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Lección'1'

La' jurisdicción.' La' función' jurisdiccional,' sus' órganos' y'


manifestaciones.'Los'principios'de'la'jurisdicción.'
'
SUMARIO:'
1.'LA'FUNCIÓN'JURISDICCIONAL'
2.'LOS'PRINCIPIOS'DE'LA'JURISDICCIÓN'
A)'Independencia'
B)'Exclusividad'jurisdiccional'
C)'Unidad'jurisdiccional'
'
1.'La'función'jurisdiccional'
Por jurisdicción entendemos la potestad estatal consistente en decir y realizar
el Derecho en el caso concreto. Este concepto se desprende fácilmente de la
propia etimología del término, pues la palabra latina iuris-dictio significa
literalmente “decir el Derecho”. También es habitual referirse a la jurisdicción
con el término “Administración de Justicia”. No obstante, esta última expresión
no debe llevarnos a engaño: la Administración de Justicia no es una rama más
de la Administración Pública, como la sanidad, la educación y otros servicios
públicos. Las Administraciones Públicas son organizaciones instrumentales del
Poder Ejecutivo, que éste utiliza para gestionar y materializar sus políticas en
los más ámbitos más diversos; la Administración de Justicia, en cambio, es una
función o potestad encomendada en exclusiva a determinados órganos, los
juzgados y tribunales, que encarnan un poder distinto y separado de los demás
poderes, en especial del Poder Ejecutivo.
La jurisdicción, así entendida, constituye un hito histórico relativamente tardío
en el tiempo. En este sentido, y a pesar de todos los defectos que podamos
achacarle, lo cierto es que la jurisdicción constituye un avance, una conquista
de la civilización. Supone, en efecto, la superación de la justicia privada,
también llamada autotutela, como forma de resolución de conflictos. Cuando el
Estado no existe o se encuentra en situación de extrema debilidad, es
inevitable que los particulares se tomen la justicia por su propia mano para
reparar las afrentas sufridas o castigar los atentados contra el orden social. No
es necesario abundar en los peligros que esto acarrea, por cuanto supone abrir
una puerta a la arbitrariedad e implica, a la postre, el predominio de los más
fuertes (o de quienes gocen del favor o protección de los más fuertes). Por ello,
todos los países de nuestra órbita cultural prohíben el recurso a la autotutela y
llegan a sancionarlo penalmente, como manifestación de un primitivismo
jurídico incompatible con un Estado moderno (vid. el art. 455 CP, que tipifica el
delito de realización arbitraria del propio derecho). Sólo en supuestos muy
excepcionales se autoriza al ciudadano para salvaguardar sus derechos por la
fuerza (caso, por ejemplo, de la legítima defensa, que es causa eximente de
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responsabilidad criminal).
Pero volvamos al concepto de jurisdicción. Decíamos que ésta consiste
básicamente en decir y realizar el Derecho en el caso concreto. Esta idea es la
que late precisamente en el art. 117.3 CE, que se refiere a ella como la
potestad para “juzgar y hacer ejecutar lo juzgado”. Como vemos, el ejercicio de
la potestad jurisdiccional se concreta en dos operaciones diferentes, aunque
íntimamente entrelazadas: por una parte, se trata de declarar la respuesta del
ordenamiento jurídico ante unos hechos concretos. En esto consiste
propiamente la tarea de juzgar. Pero con esto, muchas veces, no es suficiente:
hace falta una segunda operación consistente en ejecutar, es decir, en hacer
realidad lo que se ha juzgado. No es suficiente que la sentencia declare que
Fulanito me debe una cantidad de dinero: si Fulanito, con sentencia y todo, se
niega a pagarme, habrá que emprender las actuaciones necesarias para que
esa declaración se haga efectiva (en el ejemplo propuesto, embargándole
bienes suficientes y vendiéndolos en subasta pública). Ambas son
manifestaciones o facetas de la función jurisdiccional y, como tales, atribuidas
en exclusiva a los juzgados y tribunales, si bien para la ejecución suele ser
necesaria la colaboración de otros órganos, que se encargan de llevarla a cabo
materialmente (por ejemplo, en el caso de la ejecución penal, las instituciones
penitenciarias).
Para terminar de perfilar el concepto de Jurisdicción es preciso deslindarlo de
las otras dos funciones o poderes del Estado, a saber: la Legislación y la
Administración. En principio la distinción parece nítida: la Legislación consiste
en la creación de normas jurídicas de carácter general; a la Administración le
corresponde proveer al bien común, desarrollando y ejecutando las normas
promulgadas por los órganos legislativos; finalmente, a la Jurisdicción le
incumbe, como ya se ha señalado, decir y realizar el Derecho en el caso
concreto.
En la práctica, sin embargo, la distinción no es tan sencilla, desde el momento
en que la Administración también realiza algunas labores consistentes en decir
y realizar el Derecho en el caso concreto. Pensemos, por ejemplo, en la
potestad sancionadora de la Administración: la Administración puede, en el
ejercicio de las funciones que tiene encomendadas, imponer multas y otras
sanciones (retirada de licencias, separación de funcionarios, etc.), actuando de
un modo que en ocasiones puede recordar a los órganos de la jurisdicción
penal. Existen, no obstante, relevantes diferencias, que permiten trazar una
frontera bastante nítida entre Jurisdicción y Administración:
• La Jurisdicción actúa con desinterés objetivo, es decir, es totalmente
ajena al conflicto que tiene que decidir, no tiene nada que ver con él. En
cambio, cuando la Administración decide algún conflicto, éste versa
siempre sobre la propia actividad administrativa: la Administración está
decidiendo en estos supuestos sobre “cosa propia”, a diferencia de los
tribunales, que están objetivamente desinteresados del asunto.
• Los órganos que ejercen la jurisdicción están dotados de independencia,
a diferencia de los órganos administrativos, que forman una estructura
piramidal y cuyos funcionarios están sometidos al principio de
dependencia jerárquica.

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• Sólo la Jurisdicción puede emitir decisiones con plenos efectos de cosa


juzgada, es decir, decisiones que zanjan definitivamente y para siempre
la controversia, sin que pueda volverse otra vez sobre el mismo asunto.
En cambio, los actos de la Administración son siempre susceptibles de
revisión por parte de los órganos jurisdiccionales: diga lo que diga la
Administración, son los tribunales los que tienen la última palabra.

2.'Los'principios'de'la'jurisdicción'
El ejercicio de la jurisdicción descansa sobre una serie de principios
constitucionales. Estos principios se erigen como parámetro de
constitucionalidad de las leyes y suponen, por tanto, un límite que el legislador
no debe franquear al regular el ejercicio de la función jurisdiccional. Se trata de
los principios de independencia, exclusividad y unidad jurisdiccional.

A)'Independencia'
a)#Concepto#
La independencia judicial aparece consagrada en el art. 117.1 CE (“La justicia
emana del pueblo y se administra en nombre del Rey por Jueces y Magistrados
integrantes del poder judicial, independientes, inamovibles, responsables y
sometidos únicamente al imperio de la ley”) y en diversos tratados
internacionales suscritos por España (art. 6.1 del Convenio Europeo de
Derechos Humanos y 14.1 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos).
La independencia significa que los jueces y magistrados, en el desempeño de
su función de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, no están sometidos a nadie,
no deben obediencia a nadie, no pueden recibir órdenes, instrucciones o
indicaciones de nadie. Esta independencia, sin embargo, no es absoluta, sino
que encuentra su límite en la ley, entendida como el conjunto del ordenamiento
jurídico. La sujeción exclusiva al Derecho es lo que evita que esa
independencia degenere y se convierta en arbitrariedad. A este respecto, suele
decirse que independencia y sometimiento exclusivo al imperio de la ley son
expresiones sinónimas, equivalentes entre sí: se es independiente porque se
está sometido únicamente al Derecho y se está sometido únicamente al
Derecho porque se es independiente.
b)#Ámbito#
Es habitual distinguir entre independencia judicial externa e independencia
interna. Con la independencia externa se pretende evitar que otros poderes del
Estado (sobre todo, el Poder Ejecutivo) se entrometan en la labor de los
órganos judiciales. Se pretende así arrancar el Poder Judicial de las manos de
los dirigentes políticos de turno, lo cual ha sido una preocupación constante
desde los inicios del constitucionalismo. Esta preocupación se ha traducido, en
nuestro caso, en la creación de un órgano de gobierno autónomo como es el
Consejo General del Poder Judicial (en adelante, CGPJ).
En cuanto a la independencia interna, ésta se refiere a la ausencia de sumisión
respecto de otros tribunales o respecto de los órganos de gobierno del Poder
Judicial, empezando por el propio CGPJ. Esta independencia se encuentra

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reconocida en el art. 12 LOPJ. Significa que ni los tribunales superiores ni los


órganos de gobierno judicial pueden dirigir a los inferiores órdenes o
instrucciones sobre cómo interpretar y aplicar el ordenamiento jurídico. No
pueden presionarles para que resuelvan en un determinado sentido los asuntos
sometidos a su decisión y, si lo hacen, pueden incurrir en infracciones
disciplinarias graves. Tampoco pueden corregir la interpretación o aplicación
del ordenamiento jurídico hecha por los tribunales inferiores, salvo cuando
administren justicia en virtud de los recursos que las leyes establezcan. A este
respecto, y aunque las expresiones contenidas en la Ley pueden inducirnos a
confusión (el propio art. 12.2 alude al "orden jerárquico judicial"), debe
advertirse que entre los distintos tribunales integrados en la organización
jurisdiccional no existe, propiamente, una relación de jerarquía, pues la propia
noción de independencia repele toda idea de sumisión jerárquica: a la hora de
resolver los asuntos que se sustancien ante ellos, los órganos inferiores no
deben ninguna suerte de "obediencia" a los superiores sino que pueden
separarse lícitamente del criterio de éstos, siempre y cuando su respuesta no
sea arbitraria sino fundada en Derecho.
Ni siquiera la jurisprudencia del Tribunal Supremo puede coartar a los jueces
inferiores en el ejercicio independiente de su función jurisdiccional. Frente a la
jurisprudencia del Supremo, los jueces inferiores sólo tienen una suerte de
“vinculación disuasoria”, en el sentido de que saben que, si resuelven en contra
de esa doctrina jurisprudencial, su sentencia puede ser recurrida y finalmente
revocada. No tienen, sin embargo, una vinculación formal rigurosa, como la que
tienen respecto de la ley: si así fuera, significaría que el juez que sostuviera
una interpretación de la ley divergente de la jurisprudencia fijada por el Tribunal
Supremo podría ser condenado por prevaricación, como cuando infringe a
sabiendas una norma legal. Esto supondría un grave quebranto para la
independencia judicial y tendría otros efectos perversos en los que no nos
vamos a extender (el principal: la imposibilidad de contradecir la jurisprudencia
del Supremo haría que ésta se petrificara, que no pudiera evolucionar).
Por último, conviene hacer una puntualización: aquí únicamente nos hemos
ocupado de las intromisiones en el quehacer de los tribunales procedentes de
los poderes públicos. Lo hemos hecho así porque, históricamente, los ataques
a la independencia judicial no han provenido de particulares, sino de los
poderes públicos. No obstante, en los últimos años este estado de cosas está
cambiando, debido a la creciente y poderosísima influencia de los medios de
comunicación: éstos pueden crear estados de opinión y climas de presión
social que, de facto, pueden condicionar al juez y minar su independencia. Este
tema merecería sin duda un tratamiento extenso y profundo, que
lamentablemente resulta imposible acometer en el modesto espacio de estos
apuntes.
c)#Garantías#de#la#independencia#judicial#
No basta con proclamar formalmente la independencia judicial, sino que es
preciso articular una serie de garantías que permitan su realización práctica. De
lo contrario, esa independencia existiría sólo sobre el papel, sería una
declaración retórica vacía de contenido. A esas garantías nos vamos a referir a
continuación:

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• Reserva de LO respecto del estatuto jurídico de jueces y magistrados:


según el art. 122.1 CE, deben regularse por Ley Orgánica, y no
cualquiera, sino precisamente la LOPJ, la constitución, funcionamiento y
gobierno de los juzgados y tribunales, así como el estatuto jurídico de
los jueces y magistrados de carrera. De esta manera, se garantiza que
el estatuto judicial sólo puede ser afectado por ley y mediante las
mayorías cualificadas que implica el rango legal orgánico.
Ahora bien, ¿significa esto que el estatuto de jueces y magistrados no
puede ser regulado por reglamentos? ¿Queda excluida cualquier
regulación infralegal de dicho estatuto? Estos interrogantes han hallado
respuesta en la doctrina del TC, expresada en su Sentencia 108/1986,
de 29 de julio: pueden regularse por vía reglamentaria “cuestiones de
detalle”, condiciones accesorias al ejercicio de la función jurisdiccional.
Ha de tratarse de regulaciones secundarias o auxiliares que no alteren ni
innoven esencialmente el estatuto jurídico contenido en la LOPJ. El
problema, cómo no, estriba en determinar qué es lo que resulta esencial
y qué se considera accesorio. Al amparo de esta doctrina constitucional
el CGPJ ha dictado el Reglamento 2/2011, de la Carrera Judicial, que
sustituye al anterior de 1995.
• Gobierno autónomo del Poder judicial: el gobierno de los juzgados y
tribunales se atribuye a un órgano autónomo y separado del Poder
Ejecutivo, a fin de que éste no interfiera ni se inmiscuya en el ejercicio
de la función jurisdiccional. Ese órgano es el CGPJ, previsto en el art.
122 CE, en el cual se concretan sus principales funciones: decisión
sobre nombramientos, ascensos, inspección y régimen disciplinario. Es
lo que se ha dado en llamar “régimen de premios y castigos”, que sería
muy peligroso dejar en manos del Ejecutivo: éste podría utilizar la oferta
de ascensos o la amenaza de sanciones para obligar al juez a resolver
en un determinado sentido.
• Predeterminación legal del juez: éste se configura no sólo como garantía
de la independencia judicial, sino también como un derecho fundamental
del justiciable previsto en el art. 24 CE, que proclama el derecho al juez
ordinario predeterminado por la ley. Esta garantía significa, dicho
sencillamente, que el órgano judicial que conozca de un asunto ha de
estar previsto en una norma con rango de ley, de carácter general y
dictada con carácter previo a dicho asunto. Dicho en otros términos:
tanto el tribunal como los criterios determinantes de su competencia
tienen que estar definidos con anterioridad a los hechos que motivaron
el proceso. Se trata de una cautela elemental dirigida, sobre todo, a
evitar la creación de tribunales ad hoc, constituidos ex post para conocer
de un caso concreto. La experiencia histórica demuestra que estos
tribunales poseen una independencia e imparcialidad más que
discutibles (caso, por ejemplo, de los tribunales de excepción
constituidos después de la guerra civil y de los juicios de Nürnberg y
Tokio). Esto enlaza con la previsión del art. 117.6 CE, que prohíbe
expresamente los tribunales de excepción.
• Sistema de acceso y provisión de plazas: otra garantía de la
independencia es el régimen de ingreso en la carrera judicial, que se

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hace depender de parámetros objetivos y se produce tras un duro


proceso de selección dirigido desde el propio CGPJ, quedando
completamente al margen el Poder Ejecutivo.
• Inamovilidad: prevista en el art. 117.2 LEC, en cuya virtud los jueces no
podrán ser separados, suspendidos, trasladados ni jubilados, sino por
alguna de las causas y con las garantías previstas en la ley. La
inamovilidad de los jueces tiene un sentido diverso de la inamovilidad de
los funcionarios públicos: en el caso de los funcionarios, la inamovilidad
pretende asegurar la continuidad y la eficacia de la actividad
administrativa, que se verían seriamente comprometidas si los cuadros
de la Administración fueran depurados de arriba a abajo con cada
cambio de Gobierno (como ocurría con el sistema de las “cesantías”,
propio del siglo XIX). En el caso de los jueces, en cambio, la
inamovilidad se erige como garantía de su independencia: así se evita,
por ejemplo, que el gobierno de turno suspenda o separe del cargo a un
juez con el solo propósito de apartarlo de un asunto políticamente
delicado, o que ordene su traslado como sanción camuflada por haber
fallado en contra de sus intereses.
De todos modos, la inamovilidad admite grados y matices diversos, pues
en ocasiones el juzgador está sujeto a una limitación temporal en el
ejercicio de su cargo. Esto es lo que sucede con los juzgadores que no
pertenecen a la carrera judicial, como los jueces de paz (existentes en
los municipios donde no hay juzgado de primera instancia), los jueces
sustitutos (designados para suplir temporalmente al juez titular, por
ejemplo durante el disfrute de una licencia o permiso) y los magistrados
suplentes (lo mismo, pero para órganos colegiados, por ejemplo una
Audiencia Provincial). En estos casos la inamovilidad, como es lógico,
sólo dura hasta que se agote el tiempo por el que el juzgador fue
nombrado.
• Incompatibilidades: el listado de incompatibilidades de los jueces y
magistrados se encuentra recogido en los arts. 389 a 397 LOPJ. El
listado es muy amplio (cargos de elección popular o designación política,
asesoramiento jurídico, actividades mercantiles, etc.) y permite concluir
que el ejercicio de funciones jurisdiccionales es incompatible
prácticamente con cualquier otra actividad, a excepción de la docencia e
investigación jurídica y la creación literaria, artística o científica.
• Apoliticidad: el art. 127.1 CE prohíbe a los jueces y magistrados
pertenecer a partidos políticos o sindicatos, y el art. 395 LOPJ amplía
esta prohibición al impedirles, entre otras cosas, tomar parte en
elecciones populares o concurrir a cualesquiera actos o reuniones
públicas que no tengan carácter judicial.
No obstante, a modo de compensación, se les permite constituir e
integrarse en asociaciones profesionales (por ejemplo, Asociación
Profesional de la Magistratura, Jueces para la Democracia, Asociación
Francisco de Vitoria o Foro Judicial Independiente). El problema es que
algunas de estas asociaciones han desarrollado una excesiva afinidad
con los postulados ideológicos de los dos grandes partidos, lo que ha

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llevado a que sean percibidas como meras prolongaciones de ellos en el


seno del Poder Judicial. Ello ha generado una imagen de politización de
la Justicia, con el consiguiente deterioro de su credibilidad entre los
ciudadanos.
Por otra parte, y a pesar de la tajante prohibición de pertenecer o servir a
partidos políticos, lo cierto es que la LOPJ tiende algún "puente" que
permite que el juez o magistrado, sin abandonar la carrera judicial, pueda
acceder a cargos de representación política. A este respecto, le basta con
solicitar una excedencia voluntaria para poder concurrir a elecciones
populares, solicitando su reincorporación al servicio activo cuando
concluya su mandato (art. 356.f LOPJ). En teoría no hay problema, pues
ese juez no ha llegado a simultanear la función jurisdiccional con sus
actividades políticas. Pero los riesgos son patentes, pues se está
permitiendo el retorno a la función jurisdiccional de un juez contaminado
políticamente.
En definitiva, estamos ante el conocido problema de las revolving doors
(“puertas giratorias”). Dicho problema resulta agravado por la reforma de
la LOPJ operada por la LO 12/2011, que computa como antigüedad
efectiva en la carrera judicial el tiempo que el interesado haya pasado
ocupando cargos de responsabilidad política. Ello comporta evidentes
ventajas en materia de ascensos y promoción profesional, pues cuando el
sujeto regrese a los tribunales habrá ido avanzando puestos en el
escalafón como si hubiera permanecido en servicio activo.

• Inmunidad: prevista en los arts. 398 a 400 LOPJ con la finalidad de


preservarlos de posibles intimidaciones o presiones de autoridades
policiales, civiles o militares. Así, por ejemplo, se establece que los
jueces y magistrados en activo sólo pueden detenidos por orden judicial
o en caso de flagrante delito.
• Independencia económica: los arts. 402-404 bis LOPJ se preocupan de
asegurar una “retribución digna” a los jueces y magistrados. De otro
modo, su independencia podría verse en peligro al hacerlos más
sensibles a eventuales ofertas económicas a cambio de orientar sus
resoluciones en un determinado sentido.
d)# El# reverso# de# la# independencia# judicial:# la# responsabilidad# de# jueces# y#
magistrados#
El art. 117.1 CE proclama la necesidad de que los jueces sean independientes
pero también -y en íntima conexión con esa independencia- que sean
responsables. En efecto, el establecimiento de un régimen de responsabilidad
es necesario para evitar que los jueces se desvíen de su sumisión exclusiva al
imperio de la ley. Pero hay que tener cuidado, porque un exceso de
responsabilidad de los jueces también podría minar la independencia judicial.
La responsabilidad es un reverso necesario de la independencia, pero no
puede ser un reverso que la anule: es preciso hallar un punto de equilibrio entre
ambas.
En nuestro ordenamiento, los jueces y magistrados están sometidos a tres
formas de responsabilidad:
• Responsabilidad penal por los delitos o faltas que cometan en el
ejercicio de sus cargos (prevaricación, cohecho, etc.): se encuentra
prevista en los arts. 405 a 410 LOPJ. La competencia para conocer de la

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causa puede corresponder a distintos órganos según la clase o


categoría del juez o magistrado inculpado (vid. arts. 57, 61 y 73.3 LOPJ).
• ¿Responsabilidad civil?: en un principio, los arts. 411 a 413 LOPJ
preveían la responsabilidad civil de los jueces y magistrados por los
daños y perjuicios que causaran cuando, en el desempeño de sus
funciones, incurrieran en dolo o culpa. Sin embargo, tras la reforma
operada por la LO 7/2015, de 21 de julio, esos preceptos han sido
eliminados. Ahora, el art. 297 LOPJ nos remite en estos casos a la
responsabilidad patrimonial del Estado por error judicial o
funcionamiento anormal de la Administración de Justicia, advirtiendo que
en ningún caso los perjudicados podrán dirigirse directamente contra el
juez o magistrado causante del daño: así pues, quien responderá ante el
perjudicado por la actuación judicial dañosa será el Estado, no el juez.
En todo caso, el mismo precepto aclara que si los daños perjuicios
provinieran de dolo o culpa grave del juez, la Administración General del
Estado, una vez satisfecha la indemnización, podrá repetir contra aquél
para exigirle el reembolso de lo pagado.
• Responsabilidad disciplinaria, que corresponde exigir a los órganos de
gobierno del propio Poder Judicial (arts. 414 a 427 LOPJ): la LOPJ
tipifica un largo listado de conductas sancionables, que se dividen en
faltas muy graves, graves y leves. Las sanciones que corresponden a
esas faltas están también concretadas en la LOPJ y van desde una
mera amonestación hasta la separación de la carrera judicial, pasando
por la multa o el traslado forzoso.

B)'Exclusividad'jurisdiccional'
El principio de exclusividad jurisdiccional puede entenderse en dos sentidos,
uno positivo (sólo los jueces pueden ejercer la función jurisdiccional) y otro
negativo (los jueces no pueden ejercer más funciones que la jurisdiccional).
Entendida en su sentido positivo, además, la exclusividad se traduce en dos
tipos de monopolios: un monopolio estatal y un monopolio judicial. Veámoslo
con más detalle.
a)#En#sentido#positivo#
En su sentido positivo, el principio de exclusividad jurisdiccional aparece
enunciado en el art. 117.3 CE, en cuya virtud "el ejercicio de la potestad
jurisdiccional en todo tipo de procesos, juzgando y haciendo ejecutar lo
juzgado, corresponde exclusivamente a los Juzgados y Tribunales
determinados por las leyes". Así concebida, esta exclusividad se concreta en
dos aspectos.
• Monopolio estatal: en cuanto atributo o emanación de la soberanía, la
función jurisdiccional únicamente puede ser ejercida por el Estado. Es,
por tanto, una potestad eminentemente estatal. La consecuencia que de
ello se desprende es la ineficacia en territorio español de las
resoluciones judiciales dictadas por tribunales extranjeros. Para surtir
efectos en nuestro país, esas resoluciones han de someterse a un
procedimiento de homologación ante los tribunales españoles, en el que
éstos verificarán si la resolución de que se trata reúne determinados

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requisitos y condiciones (v. gr., que en el proceso precedente se han


respetado las garantías de audiencia y defensa, que la resolución no
atenta contra el orden público español, etc.). Este procedimiento de
homologación -que recibe el nombre de exequatur- se encuentra
regulado en diversos instrumentos internacionales o, a falta de ellos, por
nuestras normas internas (arts. 52 a 55 de la Ley 29/2015, de 30 de
julio, de cooperación jurídica internacional en materia civil).
Hay que señalar que, dando un paso más hacia la que ha dado en
llamarse “quinta libertad comunitaria” (la libre circulación de resoluciones
judiciales), en el ámbito de la Unión Europea se ha eliminado
recientemente el procedimiento de exequatur (Reglamento [UE]
1215/2012, de 12 de diciembre, relativo a la competencia judicial, el
reconocimiento y la ejecución de resoluciones judiciales en materia civil
y mercantil). Entre los países comunitarios, por tanto, las resoluciones
judiciales pueden surtir efectos más allá del Estado de origen, sin tener
que sujetarse a ningún procedimiento de homologación previa en el
Estado miembro requerido.
Por otra parte, el aludido monopolio es compatible con eventuales
cesiones de soberanía, en cuya virtud se transfieran funciones
jurisdiccionales a tribunales de carácter supranacional. Esta posibilidad
deriva de lo previsto en el art. 93 CE, según el cual puede autorizarse
mediante Ley Orgánica la suscripción de tratados internacionales por los
que se atribuyan a organizaciones internacionales competencias
derivadas de la Constitución. La traslación de funciones jurisdiccionales
que el precepto ampara se ha producido en dos ocasiones: con la
adhesión española al Convenio Europeo de Derechos Humanos y
Libertades Fundamentales de 1950 (ratificado por España en 1979),
mediante el cual se creó el Tribunal Europeo de Derechos Humanos; y
con el ingreso de España en la Unión Europea en 1985, en cuya virtud el
Estado español quedó sometido a la jurisdicción del Tribunal de Justicia
de la Unión Europea.
• Monopolio judicial: significa que, dentro del Estado, la función
jurisdiccional se reserva en exclusiva a los juzgados y tribunales. Por
ello, queda categóricamente prohibida la creación de órganos
administrativos que ejerzan funciones jurisdiccionales, como existieron
en el pasado.
Tal era el caso de los denominados "tribunales de honor", que se
encuentran expresamente prohibidos en el art. 26 CE. Estos tribunales,
surgidos en el ámbito castrense para el enjuiciamiento de oficiales del
Ejército, se extendieron posteriormente al ámbito de la Administración
Pública y a los colegios profesionales. Se trataba de tribunales integrados
por los "pares" del encausado, cuya finalidad era juzgar la dignidad de
éste para pertenecer al cuerpo de que se tratase. Las funciones
desarrolladas por estos tribunales se asimilaban de facto a las propias de
un órgano jurisdiccional, por cuanto sus decisiones -que podían suponer
la expulsión definitiva del cuerpo o carrera- tenían el carácter de
inapelables.
Este monopolio judicial admite, sin embargo, una excepción: el arbitraje.
Las decisiones fruto del arbitraje (denominadas laudos) tienen los

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mismos efectos que una sentencia judicial (cosa juzgada y ejecutividad),


por lo cual es difícilmente discutible el ejercicio de verdaderas funciones
jurisdiccionales por parte de los árbitros (al fin y al cabo, meros
particulares a quienes las partes encomiendan, de común acuerdo, la
decisión de su controversia). Con todo, hay que precisar que la
jurisdicción ejercida por los árbitros está sujeta a una serie de límites:
• El arbitraje no es posible si no hay previo acuerdo de las partes
de someter la contienda a arbitraje (el denominado convenio
arbitral): no cabe la sumisión imperativa a arbitraje, porque sería
contraria al derecho a la tutela judicial efectiva (STC de 23-11-
1995). La ausencia o los vicios del convenio arbitral se configuran
como causa de nulidad del laudo.
• Sólo puede proyectarse sobre materias disponibles (no, por
ejemplo, cuestiones de Derecho Penal o relativas a menores).
• Los árbitros sólo pueden juzgar, pero no ejecutar lo juzgado: la
ejecución de lo resuelto requiere el uso de poderes coactivos que
le están vedados al árbitro. Por ello, para ejecutar el laudo arbitral
(por ejemplo, para embargar bienes del demandado y así poder
cobrar la cantidad a cuyo pago condenó el laudo), es preciso
acudir a los tribunales estatales.
b)#En#sentido#negativo#
A este aspecto de la exclusividad jurisdiccional se refiere el art. 117.4 CE.
Significa que los juzgados y tribunales no pueden asumir más funciones que la
jurisdiccional. Con ello, se trata de no comprometer el buen funcionamiento de
los tribunales y evitar que éstos invadan esferas propias de otros poderes del
Estado.
Sin embargo, no estamos ante un principio absoluto. El propio art. 117.4 CE
deja abierta la posibilidad de que, por ley, se atribuya a los juzgados y
tribunales otras funciones en garantía de cualquier derecho. Es lo que sucede,
por ejemplo, con la celebración de matrimonios civiles (art. 51 CC) o con la
llevanza del Registro Civil.
En cuanto a la celebración de matrimonios civiles, los jueces seguirán
asumiéndola hasta el 30 de junio de 2017. A partir de entonces, esta función
pasará a los notarios y secretarios judiciales (o “letrados de la Administración de
Justicia”, según la nueva terminología).
Por otro lado, debe advertirse que la competencia de los tribunales en materia de
Registro Civil, hondamente arraigada en el Derecho español, está próxima a su
fin. La Ley de Registro Civil de 21 de julio de 2011 da un paso decisivo en la
desjudicialización de este Registro, extrayéndolo de la órbita de los Juzgados de
Primera Instancia. Sin embargo, diversos desacuerdos e incertidumbres (relativos,
sobre todo, a qué organismo o cuerpo funcionarial asumirá la llevanza del
Registro) han impedido la puesta en práctica del nuevo modelo y han obligado a
retrasar la entrada en vigor de aquella norma hasta el 30 de junio de 2017.

C)'Unidad'jurisdiccional'
Este otro gran principio vertebrador de la jurisdicción aparece consagrado en el
art. 117.5 CE, donde esa unidad se perfila como la base de la organización y

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funcionamiento de los tribunales. La unidad jurisdiccional presenta dos


vertientes diversas, una interna y otra territorial. Vamos a examinarlas por
separado.
a)#Vertiente#interna#
En su vertiente interna, el principio de unidad jurisdiccional significa que todos
los juzgados y tribunales, así como los jueces y magistrados que los integran,
están sometidos a un régimen jurídico unitario (el de la LOPJ) y encuadrados
en una única jurisdicción, la denominada “jurisdicción ordinaria”. La jurisdicción
ordinaria se encuentra dividida en cuatro órdenes jurisdiccionales (civil, penal,
contencioso-administrativo y social). Cada uno de ellos está integrado por una
serie de órganos cuya constitución y funcionamiento están regulados por la
LOPJ, como también lo está el estatuto jurídico de sus jueces y magistrados.
Con este principio, se pretende poner fin a los excesos cometidos en el
pasado, en el que proliferaron numerosas jurisdicciones especiales al margen
de la jurisdicción ordinaria (v. gr. el Tribunal de Orden Público, sucesor del
antiguo Tribunal Especial de Represión de la Masonería y el Comunismo, que
fue el órgano encargado de juzgar los delitos políticos durante la dictadura
franquista; los Tribunales de Aduanas; o la jurisdicción eclesiástica, que
durante el mismo período conoció, como es propio de un Estado confesional,
de los asuntos de familia). Se extraían las materias políticamente más
delicadas de la órbita de la jurisdicción ordinaria y se trasladaban
frecuentemente a tribunales especiales desprovistos de las necesarias
garantías, fácilmente controlables desde el Poder Ejecutivo.
El principio de unidad jurisdiccional, sin embargo, no es absoluto. Tiene una
serie de excepciones constitucionalmente reconocidas (las únicas admisibles);
esto es, la jurisdicción ordinaria coexiste con algunas jurisdicciones especiales
sometidas a un régimen propio, distinto del contenido en la LOPJ. Son las
siguientes:
• Tribunal Constitucional: regulado en los arts. 159 a 165 CE,
desarrollados por la Ley Orgánica 2/1979, de 3 de octubre. El ámbito de
su jurisdicción ya lo conocemos: tutela de los derechos fundamentales a
través del recurso de amparo; control de constitucionalidad de las leyes
mediante los recursos y las cuestiones de inconstitucionalidad; y
conflictos competenciales entre el Estado y las Comunidades
Autónomas o de éstas entre sí.
• Tribunal de Cuentas: previsto en el art. 136 CE, que ha sido desarrollado
por la Ley Orgánica 2/1982, de 12 de mayo. Aparece definido como el
supremo órgano fiscalizador de las cuentas y la gestión económica del
Estado, así como del sector público.
• Tribunales consuetudinarios y tradicionales: su pervivencia viene
autorizada por el art. 125 CE. El art. 19.3 LOPJ reconoce esta condición
al Tribunal de las Aguas de la Vega de Valencia y al Consejo de
Hombres Buenos de la Huerta de Murcia.
• Jurisdicción Militar: prevista en el propio art. 117.5 CE y regulada fuera
de la LOPJ, en la Ley Orgánica 4/1987, de 15 de julio, de la competencia
y organización de la Jurisdicción Militar. Sirven en ella los denominados

Lección 1. La jurisdicción. La función jurisdiccional, sus órganos... 11


Alberto José Lafuente Torralba Apuntes de Derecho Procesal I
Curso 2016-17

“jueces togados militares”, que son miembros del Cuerpo Jurídico Militar.
Las cuestiones relativas a ingreso, ascensos o responsabilidad
disciplinaria de estos jueces no son competencia del CGPJ, sino del
Ministerio de Defensa. Los tribunales integrados en esta jurisdicción
ostentan competencias tanto en materia penal (conocimiento de los
delitos y faltas tipificados en el Código Penal Militar), como en el ámbito
contencioso-administrativo (recursos contra sanciones disciplinarias
impuestas por las autoridades o mandos de las Fuerzas Armadas). Con
todo, deben hacerse dos precisiones:
• Su competencia es limitada: se ciñe al ámbito estrictamente
castrense, salvo en los supuestos de estado de sitio. De este
modo se racionaliza la competencia de esta jurisdicción, que
antaño se extendía fuera de la esfera militar y alcanzaba a
infracciones no directamente vinculadas con la actividad de las
Fuerzas Armadas (v. gr., delitos de terrorismo o ultrajes a la
bandera y otros símbolos nacionales cometidos por civiles).
• No está totalmente desgajada de la jurisdicción ordinaria, sino
que una y otra se engarzan en la cúspide: el órgano que culmina
la jurisdicción militar es la Sala 5ª del Tribunal Supremo. Esta
Sala tiene un carácter híbrido o mixto, lo que resulta evidente a la
vista de su composición: cuatro magistrados nombrados conforme
a las reglas de la jurisdicción ordinaria y otros cuatro entre
miembros del Cuerpo Jurídico Militar.
b)#Vertiente#territorial#
Cuando nos referimos a la unidad territorial de la jurisdicción, ello significa que
el Poder Judicial es único para todo el Estado. No existen Poderes Judiciales
autonómicos: la descentralización política que instauró la Constitución española
en 1978 comprende a los Poderes Legislativo y Ejecutivo, pero no al Poder
Judicial, que es único y corresponde a la competencia exclusiva del Estado
(art. 149.1.5ª CE). Si bien la propia Constitución prevé la existencia de los
Tribunales Superiores de Justicia como órganos que culminan la jurisdicción en
el ámbito territorial de las correspondientes Comunidades Autónomas (art.
152.1.II CE), hay que precisar que tales tribunales están lejos de encarnar un
Poder Judicial autonómico: no se trata de órganos autonómicos, sino de
órganos estatales radicados en el territorio de una Comunidad Autónoma.
Lo dicho hasta ahora, sin embargo, no excluye toda posible participación de las
Comunidades Autónomas en el ámbito de la Administración de Justicia ni
impide a éstas asumir competencias relacionadas con la jurisdicción. Esa
participación tiene las siguientes manifestaciones:
• Doctrina contenida en las SSTC 56 y 62/1990: permite a las
Comunidades Autónomas asumir competencias para la denominada
“administración de la Administración de Justicia”, entendida como el
conjunto de medios materiales y humanos que facilitan o sirven de
soporte al ejercicio de la función jurisdiccional. Ello ha permitido
transferirles competencias en materia de personal, excluyendo
naturalmente a los jueces y magistrados, pues esto pertenece al “núcleo
duro” de la jurisdicción. De este modo, en algunas Comunidades la

Lección 1. La jurisdicción. La función jurisdiccional, sus órganos... 12


Alberto José Lafuente Torralba Apuntes de Derecho Procesal I
Curso 2016-17

selección de gestores procesales, tramitadores y auxiliares corresponde


a los respectivos Ejecutivos autonómicos: dicho personal ya no depende
orgánicamente del Ministerio de Justicia, sino de las correspondientes
Consejerías de Justicia.
En cuanto a los medios materiales para el adecuado funcionamiento de
la jurisdicción, la competencia para proveer de ellos también puede ser
asumida por las Comunidades Autónomas en el ámbito de sus
respectivos territorios (por ejemplo, dotación de edificios judiciales,
equipos y plataformas informáticas, material de oficina, textos legales,
remuneración de abogados y procuradores del turno de oficio, etc.).
• Participación en el diseño de las demarcaciones judiciales de su
territorio: esta participación se prevé en el art. 152.1.II CE y se encuentra
desarrollada en el art. 35 LOPJ. En virtud de este precepto, las
Comunidades Autónomas remitirán al Gobierno una propuesta de
fijación de los partidos judiciales de su territorio a los efectos de
confeccionar la Ley sobre demarcación y planta judicial.
• Participación en el nombramiento de algunos magistrados de la Sala de
lo Civil y Penal del correspondiente Tribunal Superior de Justicia: a este
respecto, se prevé la presentación por parte de la Asamblea Legislativa
de una terna de juristas de reconocido prestigio para la cobertura de
algunas plazas (art. 330.4 LOPJ).
• Finalmente, la incidencia del “hecho autonómico” en la Administración de
Justicia tiene un claro exponente en la regulación del uso de lenguas
cooficiales por y ante los tribunales (art. 231 LOPJ). En estrecha relación
con esto último, hay que tener en cuenta que el conocimiento del idioma
o del Derecho Foral propio de una Comunidad es considerado como
mérito preferente en los concursos para la provisión de vacantes que se
produzcan en el territorio correspondiente (art. 341.2 LOPJ, desarrollado
por los arts. 71 y ss. del Reglamento 2/2011 de la Carrera Judicial).

Lección 1. La jurisdicción. La función jurisdiccional, sus órganos... 13


Lección 2
La acción.

SUMARIO:
1. ACCIÓN VS. DERECHO SUBJETIVO PRIVADO
2. ACCIÓN Y DERECHO A LA TUTELA JUDICIAL EFECTIVA
3. CONTENIDO DEL DERECHO A LA TUTELA JUDICIAL EFECTIVA
4. OTROS DERECHOS FUNDAMENTALES DEL JUSTICIABLE

1. Acción vs. derecho subjetivo privado


Hasta este momento hemos tratado la jurisdicción como función y potestad
estatal, analizando los principios que la vertebran. Ahora contemplaremos el
fenómeno jurisdiccional desde otra perspectiva: la del derecho de los
ciudadanos a obtener la prestación de la actividad jurisdiccional para conseguir
la tutela de sus derechos e intereses legítimos. Este derecho -la acción-
constituye, junto con la jurisdicción y el proceso, uno de los ejes o piedras
angulares del Derecho Procesal. De ahí la importancia de precisar el concepto.
Tradicionalmente el concepto de acción ha carecido de sustantividad propia,
pues ha sido asimilada al concepto de derecho subjetivo privado, siendo
considerada como una simple faceta o reflejo de éste. La acción no era más
que el “derecho en movimiento” o -utilizando una expresión más gráfica- el
"derecho en pie de guerra". En pocas palabras, la idea de acción quedaba
diluida en la del propio derecho subjetivo, formando con él un todo inseparable.
No obstante, a partir del siglo XIX, y gracias sobre todo a la teorización de la
doctrina alemana (en especial la obra de Theodor MUTHER), la acción pasa a
ser concebida como un derecho diverso y conceptualmente autónomo del
derecho subjetivo privado. Obviamente existen relaciones entre ellos, pues a
menudo el derecho subjetivo privado constituye uno de los fundamentos
(aunque no el único) para la existencia de la acción. Pero se trata de categorías
diferentes y nítidamente delimitadas. Esta distinción constituye un hito en la
formación del Derecho Procesal y marca el inicio de su autonomía científica:
aquél pasa a estudiarse como una disciplina distinta y separada de las
correspondientes ramas del Derecho material (Derecho Civil, Mercantil, Penal,
etc.), y no como un mero apéndice o capítulo de éstas.
La distinción entre el derecho subjetivo privado y la acción se advierte en los
siguientes aspectos:
• Puede haber derechos subjetivos privados sin acción: pensemos en los
derechos de crédito respecto de los que se hace valer la prescripción
extintiva. En estos casos la acción queda enervada, pero el derecho
subjetivo subsiste: prueba de ello es que, si el deudor paga
voluntariamente, no procederá la repetición por cobro de lo indebido.
Alberto José Lafuente Torralba Apuntes de Derecho Procesal I
Curso 2014-15

Esto demuestra que derecho y acción son conceptualmente diversos y


pueden funcionar como entidades independientes.
• Hay acciones que no tienen paralelismo con un derecho subjetivo
privado: fenómeno inverso al anterior. Es lo que sucede, por ejemplo,
con la acción penal: el ofendido por el delito tiene acción para instar la
persecución del delincuente y la depuración de su responsabilidad
criminal, pero esa acción no se corresponde con un derecho subjetivo
privado. Ningún ciudadano, ni siquiera la víctima del delito, tiene derecho
a que se imponga una pena al delincuente. Éste es un derecho (o, mejor
dicho, un deber) que corresponde exclusivamente al Estado. Lo único
que tiene el ofendido por el delito es un poder de iniciativa procesal, el
derecho a poner en marcha la maquinaria judicial para que el Estado
ejerza su ius puniendi, pero nada más. De ahí que el ofendido por el
delito no pueda disponer de un derecho, el ius puniendi, que no le
pertenece: no puede pactar con el delincuente la pena a imponer, sino
que ésta será en todo caso la que proceda conforme a la ley; tampoco
su renuncia extingue la acción penal, ni su perdón exime de
responsabilidad al delincuente (salvo en los denominados “delitos
privados”, como las injurias).
• Los titulares del derecho subjetivo privado y de la acción no siempre
coinciden: normalmente la titularidad del derecho material y la acción
para hacerlo valer corresponden a la misma persona, pero no siempre
es así, lo que revela que en realidad se trata de derechos diferentes.
Nos referimos a los supuestos de legitimación por sustitución, como es
el caso de la acción subrogatoria del art. 1111 CC (“los acreedores, una
vez hayan perseguido los bienes de que esté en posesión el deudor
para realizar cuanto se les debe, pueden ejercitar todos los derechos y
acciones de éste con el mismo fin...”).
Por ejemplo, tengo un deudor que no me paga, pero éste es propietario de
una finca que le ha sido arrebatada por un tercero. A través de la acción
subrogatoria, puedo reivindicarle la finca a ese tercero, a fin de engrosar
el patrimonio de mi deudor y así poder cobrar. Esto es, el ordenamiento
me atribuye a mí, acreedor, una acción propia para reclamar un derecho
ajeno.

• Derecho subjetivo privado y acción tienen sujetos pasivos diversos: yo,


como comprador, tengo un derecho subjetivo a la entrega de la cosa. El
sujeto pasivo de ese derecho es el vendedor. La acción correspondiente,
sin embargo, no se dirige al vendedor: su destinatario es el Estado,
encarnado en sus órganos jurisdiccionales, a los que se pide que
condenen al vendedor a la entrega de la cosa. Estamos, pues, ante un
derecho público: la acción es en todo caso un derecho subjetivo de
naturaleza pública, que pretende la prestación de una actividad pública
(la jurisdicción) por parte de unos órganos públicos (los tribunales). No
debe, pues, confundirse con el derecho subjetivo privado que a través
de ella se invoca.
Hecha esta distinción, la acción puede definirse como el derecho subjetivo
público a obtener una sentencia favorable: no una sentencia cualquiera, sino
una sentencia con un contenido específico, una sentencia que me dé la razón.
Recogemos aquí la denominada teoría concreta de la acción, sostenida por la

Lección 2. La acción 2
Alberto José Lafuente Torralba Apuntes de Derecho Procesal I
Curso 2014-15

doctrina mayoritaria, en contraposición a la teoría abstracta. No merece la pena


entrar en el acalorado debate que desde hace décadas se viene produciendo
entre los partidarios de una y otra teoría.

2. Acción y derecho a la tutela judicial efectiva


Ya ha quedado debidamente definido y delimitado el derecho de acción. Hecha
esta labor, sin embargo, hay que señalar que el derecho de acción no ha
pasado, con la amplitud con la que lo concibe la doctrina, a la Constitución
española. El “derecho a la tutela judicial efectiva”, como lo denomina el art. 24
CE, tiene un alcance bastante más limitado, si atendemos a la doctrina
reiterada del Tribunal Constitucional (en adelante, TC).
Según el TC, el núcleo del derecho a la tutela judicial efectiva consiste en el
derecho a una resolución sobre el fondo: es decir, el derecho a que el tribunal
dicte una sentencia en la que se pronuncie sobre el fondo del asunto, ya sea
favorable o desfavorable a las pretensiones formuladas. Mi derecho a la tutela
judicial efectiva queda satisfecho en la medida en que haya podido acceder a
los tribunales de justicia, plantear mis pretensiones ante ellos y obtener una
resolución sobre el fondo del litigio, aunque ésta no me dé la razón: este último
aspecto queda al margen del derecho fundamental y, por tanto, excluido de la
protección reforzada que brinda el recurso de amparo. Esto es así por una
razón eminentemente pragmática: si, por el mero hecho de quitar la razón a
alguno de los litigantes, cualquier sentencia pudiera recurrirse en amparo ante
el Constitucional, éste se convertiría en la última instancia de todos los
procesos y acabaría literalmente colapsado. Un entendimiento tan amplio del
art. 24 CE equivaldría a constitucionalizar todos los derechos subjetivos
reconocidos en el ordenamiento jurídico y convertiría al TC en un tribunal
ordinario más.

3. Contenido del derecho a la tutela judicial efectiva


Hemos dicho genéricamente en qué consiste o cuál es el contenido básico del
derecho a la tutela judicial efectiva según la doctrina del TC. No obstante, esas
consideraciones genéricas han de ser matizadas, concretadas y desarrolladas
en las líneas que siguen:
a) El derecho a obtener una sentencia sobre el fondo del asunto no es
incondicionado, sino que exige que se hayan cumplido todos los presupuestos y
requisitos procesales establecidos por las leyes
Si no se cumplen estos presupuestos, el proceso no puede ni siquiera
comenzar (esto es, se inadmite la demanda, se archiva sin darle tramitación
alguna) y, si comienza, hay que ponerle término enseguida, antes de llegar a la
sentencia. Ejemplo: falta de jurisdicción y competencia del tribunal, falta de
capacidad procesal (por ejemplo, un menor de edad que interpone una
demanda por sí mismo, prescindiendo de su representante legal), falta de
postulación cuando ésta es preceptiva (es decir, cuando el demandante actúa
sin abogado y procurador), etc. Estos presupuestos procesales condicionan la
validez del proceso de modo que, si faltan, el proceso no puede seguir
adelante. En definitiva, la negativa a dictar sentencia sobre el fondo no lesiona

Lección 2. La acción 3
Alberto José Lafuente Torralba Apuntes de Derecho Procesal I
Curso 2014-15

el derecho a la tutela judicial efectiva, si esa negativa se basa la ausencia o


incumplimiento de un presupuesto procesal.
De todos modos, el Tribunal Constitucional ha dejado claro que la negativa a
resolver sobre el fondo del asunto tiene carácter excepcional, en el sentido de
que dicha negativa sólo puede producirse por las causas expresamente
previstas en la ley y que dichas causas han de tener una justificación
razonable. Un eco de esta doctrina lo hallamos en el art. 403.1 LEC: la regla
general es la admisión de la demanda, de modo que pueda llegarse a una
resolución sobre el fondo, mientras que la inadmisión tiene carácter
excepcional y ha de estar legalmente prevista. Las causas de inadmisión de la
demanda, además, han de interpretarse en el sentido más favorable a la
efectividad de la tutela judicial (principio pro actione). Ejemplo de esto último:
presentación de una demanda en la que, por error, se ha omitido la firma del
abogado, o a la que no se ha acompañado el poder del procurador. En estos
casos, la demanda no ha de ser automáticamente inadmitida, sino que lo
razonable es otorgar un plazo al actor para que tales defectos se subsanen.
Hay que evitar los formalismos enervantes, esto es, hay que evitar que la más
mínima irregularidad formal se convierta en un obstáculo insalvable para la
tutela judicial.
b) El respeto a la tutela judicial efectiva exige que la resolución sobre el fondo
cumpla dos requisitos: dicha resolución ha de estar motivada y ser congruente
• En lo que respecta a la motivación, el derecho a la tutela judicial efectiva
resultará vulnerado (y, por tanto, quedará abierta la posibilidad del
recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional) cuando esa
motivación sea inexistente, pero también cuando sea insuficiente o bien
se base en consideraciones arbitrarias, irracionales o absurdas.
• En lo que atañe a la congruencia, se alude aquí a la denominada
“incongruencia omisiva” o falta de exhaustividad de la sentencia: esto es,
el derecho a la tutela judicial efectiva se infringe cuando la sentencia
omite pronunciarse sobre alguna de las cuestiones oportunamente
deducidas por las partes.
c) El derecho a la tutela judicial efectiva no se satisface únicamente con una
sentencia sobre el fondo, sino que comprende también la ejecución de la sentencia
obtenida
En efecto, de poco serviría la resolución sobre el fondo, si en caso de
incumplimiento no se pudiese imponer por la fuerza (por ejemplo, embargando
al condenado a pagar una suma dineraria). En ese caso la sentencia no
pasaría de ser una mera declaración de intenciones, ajena a la realidad. De ahí
que denegar indebidamente la ejecución de una resolución judicial constituya
también una violación del art. 24 CE.
Los mayores problemas aquí se refieren a la ejecución de sentencias dictadas
contra las Administraciones Públicas, pues el privilegio de inembargabilidad
que aquéllas ostentan resulta difícil de conciliar con el derecho a la tutela
judicial en su vertiente ejecutiva. No obstante, ese privilegio de
inembargabilidad ha quedado considerablemente reducido tras la STC
166/1998, de 15 de julio, que declaró la nulidad del art. 154.2 de la Ley de

Lección 2. La acción 4
Alberto José Lafuente Torralba Apuntes de Derecho Procesal I
Curso 2014-15

Haciendas Locales por cuanto extendía la inembargabilidad a la totalidad de los


bienes de los Ayuntamientos, de manera absoluta e indiscriminada. Dicha
sentencia consideró, por el contrario, que era perfectamente posible embargar
aquellos bienes que, aun siendo de titularidad administrativa, no se encuentran
materialmente afectos a un uso o servicio público.
d) ¿Comprende la tutela judicial efectiva el derecho a recurrir?
Con carácter general, no existe ningún imperativo constitucional que obligue al
legislador a prever recursos contra la sentencia dictada. La posibilidad de instar
la revisión del asunto ante un tribunal superior no se ha elevado a elemento
integrante de la tutela judicial efectiva, sino que queda a la discrecionalidad
política del legislador. En este sentido, el legislador es libre para establecer o
no recursos, sin que ello genere inconstitucionalidad (de hecho, así se hizo en
octubre de 2011 con la denominada Ley de medidas de agilización procesal:
eliminó el recurso de apelación para las sentencias recaídas en juicios verbales
que no superasen los 3.000 €). Ahora bien, una vez que el legislador ha
decidido prever un recurso, los tribunales no pueden vedar injustificadamente el
acceso al mismo, pues en ese caso sí estarían vulnerando el art. 24 CE.
La única excepción a lo que hemos dicho tiene lugar en el proceso penal,
donde sí que existe un derecho fundamental al recurso: en efecto, el legislador
está obligado a prever, como mínimo, un recurso frente a las sentencias
recaídas en causas criminales; una ley que omitiese o eliminase cualquier tipo
de recurso frente a las sentencias penales sería, por tanto, inconstitucional.
Este derecho a la doble instancia penal, integrado en el derecho a la tutela
judicial efectiva, deriva del art. 10.2 CE en relación con el art. 14.5 del Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966.

4. Otros derechos fundamentales del justiciable


El derecho a la tutela judicial efectiva no es el único derecho fundamental
dotado de relevancia procesal. Por el contrario, el art. 24 CE reconoce al
justiciable otra serie de derechos. Algunos de ellos tienen virtualidad en todos
los órdenes jurisdiccionales; en tanto que otros quedan circunscritos al proceso
penal.
a) Derechos con virtualidad en todos los órdenes jurisdiccionales
• Derecho a no padecer indefensión: cuando hablamos de indefensión,
nos referimos a la privación de posibilidades de alegación o prueba que
permitan influir en el convencimiento del juzgador, siempre y cuando esa
privación sea imputable al órgano judicial y no a la propia parte. Un
supuesto de indefensión imputable a la propia parte, y por tanto sin
trascendencia constitucional, sería por ejemplo dejar transcurrir el plazo
para contestar a la demanda, no comparecer al acto del juicio sin causa
que lo justifique, etc. En otro orden de ideas, la proscripción de la
indefensión exige poner especial cuidado en la notificación de las
actuaciones judiciales, pues a través de ellas las partes toman
conocimiento de los sucesivos trámites del proceso y pueden participar
en él. Concretamente, la exclusión de la indefensión exige agotar todos
los medios para averiguar el paradero del demandado antes de proceder

Lección 2. La acción 5
Alberto José Lafuente Torralba Apuntes de Derecho Procesal I
Curso 2014-15

a la comunicación edictal.
• Derecho al juez ordinario predeterminado por la ley: nos remitimos a lo
dicho en la lección 1, en la que este derecho fue estudiado dentro de las
garantías de la independencia judicial.
• Derecho a la defensa y a la asistencia de letrado: debe puntualizarse
que en el proceso penal, además de un derecho del imputado, la
asistencia de abogado se convierte en una necesidad. Hasta tal punto
es así, que si el imputado no designa un abogado de su confianza,
resulta ineludible designar uno de oficio.
• Derecho a un proceso público: reconocido en los arts. 24.2 y 120.1 CE,
como medio para garantizar la transparencia de la Administración de
Justicia y facilitar la participación de los ciudadanos en ella. Este
derecho, sin embargo, no es absoluto, sino que consiente algunas
excepciones cuando entre en conflicto con otros bienes jurídicos
relevantes (vid. arts. 232.2 LOPJ, 138.2 LEC y 680.II LECrim).
• Derecho a un proceso sin dilaciones indebidas: la salvaguarda de este
derecho se traduce en la posibilidad -al menos en los casos más
extremos- de solicitar una indemnización por funcionamiento anormal de
la Administración de Justicia (arts. 121 CE y 292 y ss. LOPJ). Asimismo,
en el ámbito penal, la "dilación extraordinaria e indebida en la tramitación
del procedimiento", siempre que no sea atribuible al propio inculpado,
se configura como una causa atenuante de la responsabilidad criminal
(art. 21.6 CP).
• Derecho a utilizar los medios de prueba pertinentes para su defensa:
ahondaremos en él en la lección 13, dedicada al estudio pormenorizado
de la prueba.
• Derecho a un proceso con todas las garantías: este derecho, en
realidad, viene a ser una suerte de compendio que engloba a todos los
demás. Sin embargo, no es una fórmula redundante o desprovista de
utilidad, pues ha servido para introducir diversas garantías procesales
consagradas en tratados internacionales y no mencionadas
expresamente en el art. 24 CE. Entre ellas cabe destacar las siguientes:
• Derecho al juez imparcial: la imparcialidad no debe confundirse
con la independencia, aunque estén relacionadas. La
imparcialidad se entiende como ausencia de vínculos previos con
las partes o con el objeto del proceso susceptibles de generar
prevenciones o prejuicios en el ánimo del juzgador. A diferencia
de la independencia, que tiene una proyección general, la
imparcialidad sólo adquiere verdadero significado en relación con
un proceso concreto. Por ello, es perfectamente posible que un
juez esté dotado de independencia (no está políticamente
subordinado ni se halla sujeto a las órdenes de nadie) pero sea
parcial en el caso concreto (por ejemplo, uno de los litigantes es
un amigo íntimo o un pariente suyo). Para denunciar la posible
parcialidad del juez están los mecanismos de la abstención y la
recusación, regulados en los arts. 217 y ss. LOPJ. Una y otra han
de fundarse en alguna de las causas que de forma tasada
enumera el art. 219 LOPJ.
Hay que destacar que el derecho a la imparcialidad del juzgador

Lección 2. La acción 6
Alberto José Lafuente Torralba Apuntes de Derecho Procesal I
Curso 2014-15

ha tenido especial relevancia en el ámbito penal, donde ha


servido para acuñar el principio del “juez no prevenido” (STC
145/1988, de 12 de julio). En virtud de este principio, el juez que
instruye una causa penal no puede luego llevar a cabo su
enjuiciamiento: ambas tareas (instruir y juzgar) deben separarse y
residenciarse en órganos diferentes. La justificación de ese
deslinde estriba en que el juez instructor, al haber dirigido la
investigación contra una determinada persona, ha podido
formarse prejuicios acerca de su culpabilidad.
• Derecho a no ser juzgado ni sancionado por hechos delictivos por
los que se fue juzgado anteriormente (non bis in idem).
• Derecho a la ineficacia de las pruebas ilícitas: a diferencia de los
anteriores, el TC no ha extraído este derecho de los tratados
internacionales ratificados por España, sino que lo ha deducido
del sistema de derechos fundamentales consagrado por la
Constitución. Este derecho parte de una premisa básica: la
búsqueda de la verdad no puede hacerse a cualquier precio,
atropellando los derechos fundamentales del imputado.
b) Derechos cuya virtualidad se limita al orden jurisdiccional penal
Vienen recogidos en el art. 24.2 y son los tres siguientes:
• Derecho a ser informado de la acusación formulada.
• Derecho a no declarar contra sí mismo y a no confesarse culpable: el
término "declarar" debe interpretarse en sentido estricto y, por tanto, no
ampara la negativa a cualquier actuación posiblemente perjudicial para
el imputado (v. gr., someterse a un test de alcoholemia). De hecho, la
negativa a someterse a la prueba para verificar la tasa de alcohol está
tipificada como un delito contra la seguridad del tráfico (art. 383 CP).
• Derecho a la presunción de inocencia: nadie puede ser condenado
penalmente sin prueba de cargo suficiente. El acusado no necesita
probar su inocencia, sino que es la acusación la que tiene que probar,
más allá de toda duda razonable, la culpabilidad del acusado.

Lección 2. La acción 7
Lección 3
El proceso jurisdiccional. Sus garantías, principios y formas

SUMARIO:
1. CONCEPTO DE PROCESO. PRECISIONES TERMINOLÓGICAS
A) Proceso y juicio
B) Proceso y procedimiento
2. CLASES DE PROCESOS
A) Proceso declarativo
B) Proceso de ejecución
C) Proceso cautelar
3. PRINCIPIOS DEL PROCESO
A) Utilidad de los principios
B) Principios comunes a todos los procesos: audiencia e igualdad
C) Principios específicos de cada proceso: dispositivo y aportación de parte vs.
oficialidad e investigación de oficio
4. FORMAS BÁSICAS DEL PROCESO
A) Formas inquisitiva y contradictoria
B) Forma escrita y derivaciones de la misma (orden de actos y preclusión)
C) Forma oral y derivaciones de la misma (concentración e inmediación)
D) Publicidad y secreto
E) Impulso procesal

1. Concepto de proceso. Precisiones terminológicas


La función jurisdiccional no puede ejercerse instantáneamente y en un único
acto, sino que requiere de una actividad compleja. A esa actividad la llamamos
proceso: éste puede definirse como una sucesión de actos, jurídicamente
reglada, a través de la cual se ejerce la función jurisdiccional. Dicho esto, sin
embargo, es oportuno deslindar el concepto de proceso de otros con los que
frecuentemente se confunde.

A) Proceso y juicio
Ambos términos suelen utilizarse como sinónimos, tanto en el lenguaje
coloquial (“llevar a alguien a juicio”) como en las propias leyes procesales. No
obstante, en rigor no son lo mismo:
• Etimológicamente, el “juicio” consiste en una operación intelectual y
volitiva; se trataría, en suma, del “acto de juzgar”. Este acto tendría lugar
Alberto José Lafuente Torralba Apuntes de Derecho Procesal I
Curso 2015-16

propiamente en la sentencia, al final del proceso.


• En una acepción más técnica y restringida, el “juicio” es una de las fases
del proceso: el acto oral o comparecencia realizada ante el tribunal, en la
que las partes exponen sus alegaciones y practican la prueba.

B) Proceso y procedimiento
Estas dos palabras suelen emplearse también de manera indistinta y, de
hecho, muchas veces tan correcto es usar una como la otra. Ambas designan
una sucesión o concatenación de actos enderezados a un fin determinado. Sin
embargo, hay que tener en cuenta que:
• “Procedimiento” se utiliza en múltiples ramas del ordenamiento jurídico:
así, se habla del “procedimiento administrativo”, del “procedimiento de
elaboración de las leyes” o del “procedimiento para la adopción de
acuerdos societarios. En cambio, el término “proceso” se ciñe al ámbito
jurisdiccional.
• Dentro del ámbito jurisdiccional, “procedimiento” designa la mera
envoltura o aspecto exterior de las actuaciones. En cambio, la palabra
“proceso” alcanza lo que subyace y da sentido a esa mera sucesión de
actuaciones. Por ejemplo, si exponemos que éstas comienzan con la
presentación de la demanda, a la que sigue la contestación del
demandado y la posterior convocatoria de ambas partes a la audiencia
previa al juicio, nos estamos limitado a hablar del “procedimiento”, de
aspectos “procedimentales”. Si, en cambio, hablamos de la capacidad
para ser parte, de la legitimación o de las características de la cosa
juzgada, no nos limitamos a describir un procedimiento: estamos
tratando cuestiones “procesales”.

2. Clases de procesos

A) Proceso declarativo
La finalidad del proceso declarativo consiste en decir cuál es la respuesta del
ordenamiento jurídico ante un caso concreto, a través de la correspondiente
sentencia. En el proceso de declarativo pueden ejercitarse tres clases
genéricas de acciones que dan lugar, si son estimadas, a otras tantas clases
de sentencias:
• Mero declarativas: persiguen únicamente que se declare la existencia o
inexistencia de un derecho subjetivo o relación jurídica. Con esa pura
declaración se satisface el interés del actor, sin que éste precise nada
más. Ejemplo: propietario de una finca que ya está en posesión de la
misma. Este sujeto puede ejercitar una acción mero declarativa de
dominio para acallar a quien discute o cuestiona su derecho.
• De condena (o declarativas de condena): no sólo persigue que se declare,
sino sobre todo que se imponga un deber de prestación al condenado
(pagar una suma de dinero, desalojar un inmueble, prestar un
determinado servicio o dejar de pasar por la finca del vecino).
• Constitutivas: las sentencias declarativas que antes hemos visto se

Lección 3. El proceso jurisdiccional. Sus garantías, principios y formas 2


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limitan a declarar, recoger o reflejar una situación jurídica preexistente,


esto es, anterior al proceso: en un sentido metafórico, vendrían a ser
como una fotografía de la realidad. En cambio, las sentencias
constitutivas no se limitan a recoger una situación jurídica preexistente al
proceso, sino que la hacen surgir: son ellas las que crean, modifican o
extinguen esa situación jurídica. El ejemplo típico de sentencia
constitutiva sería la sentencia de divorcio: es la propia sentencia la que
disuelve el vínculo matrimonial. El matrimonio se disuelve con la
sentencia, no antes.
La distinción que acaba de hacerse es relevante, por cuanto sólo las
sentencias de condena permiten abrir un ulterior proceso de ejecución: sólo
estas sentencias tienen la consideración de títulos ejecutivos. En cambio, las
mero declarativas y las constitutivas no dan acceso a la ejecución forzosa y
tampoco la necesitan, ya que se bastan a sí mismas para producir el resultado
jurídico apetecido. Puede ser conveniente, eso sí, llevar a cabo alguna
actuación complementaria para dotar a estas sentencias de oponibilidad frente
a terceros (v. gr., inscripción en los Registros de la Propiedad, Civil o Mercantil
según los casos).

B) Proceso de ejecución
Mediante el proceso de ejecución se trata de hacer realidad lo que dispuso la
sentencia, de modo que ésta no quede reducida a un mero desiderátum o una
pura declaración retórica. Implica el uso de poderes coercitivos para
materializar lo declarado en la sentencia (por ejemplo, embargando bienes del
deudor para convertirlos en dinero, llevando a la fuerza pública para proceder
al lanzamiento de un inquilino desahuciado, etc.).
A la luz de las aseveraciones anteriores, pudiera parecer que el proceso de
ejecución es una secuela lógica y necesaria del proceso declarativo, que uno y
otro forman un binomio inseparable. Esto, sin embargo, no siempre es así:
• En primer lugar, puede haber declaración sin ulterior ejecución: es lo
que sucede, por ejemplo, cuando el condenado cumple
voluntariamente el deber de prestación impuesto. Recordemos,
asimismo, lo dicho a propósito de las sentencias mero declarativas y
constitutivas, que por definición no pueden dar lugar a la ejecución
forzosa.
• En segundo lugar, también se observa el fenómeno inverso, esto es:
puede haber ejecución sin una previa actividad declarativa. Es lo que
acontece con los títulos ejecutivos extrajudiciales. En efecto, la ley
brinda acceso inmediato a la ejecución a los créditos plasmados en
documentos que reúnen ciertas formalidades legales consistentes, por
lo común, en la intervención de un fedatario público (v. gr., una
escritura pública de constitución de hipoteca inscrita en el Registro de
la Propiedad).

C) Proceso cautelar o medidas cautelares


El proceso declarativo requiere un lapso de tiempo más o menos prolongado
para su desarrollo. Durante ese lapso de tiempo, pueden producirse

Lección 3. El proceso jurisdiccional. Sus garantías, principios y formas 3


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situaciones que frustren o dificulten la efectividad de la futura sentencia. Para


evitar que esto suceda, cabe hacer uso de las denominadas medidas
cautelares.
Con algunos ejemplos comprenderemos mejor la función de estas medidas.
Imaginemos, en primer lugar, un proceso de reclamación dineraria. En el curso
del proceso, el demandado se desprende de todos sus bienes, de modo que
cuando se dicta la sentencia condenatoria ya no hay nada que ejecutar. Para
que este riesgo no llegue a materializarse, el actor puede solicitar en su
demanda la adopción de una medida cautelar, que en este caso consistiría en
el embargo preventivo de bienes suficientes para cubrir el importe de la futura
(y eventual) condena. Otro ejemplo, esta vez extraído del proceso penal, sería
el del imputado por un delito respecto del cual existe riesgo de fuga, lo que
hace temer la imposibilidad de celebrar el juicio o de ejecutar la pena de prisión
que en su día pudiera imponérsele. Nuevamente, lo apropiado en supuestos
como el descrito sería instar la adopción de una medida cautelar, que en este
caso consistiría en decretar la prisión provisional.

3. Principios del proceso

A) Utilidad de los principios


A pesar del pragmatismo exacerbado que parece presidir los actuales planes
de estudio, que invita a soslayar el estudio de los principios y centrarse en lo
inmediatamente tangible, es preciso destacar la utilidad que reviste el análisis
de los principios para lograr una mejor comprensión del proceso. Los principios
que vamos a ver son instrumentos útiles por cuanto permiten descubrir la
coherencia o lógica interna de un conjunto de actuaciones que, de otro modo,
aparecerían como un amasijo o maraña de trámites sin sentido.
Por otra parte, los principios del proceso son herramientas hermenéuticas que
nos ayudan a interpretar preceptos oscuros o incluso a llenar lagunas legales.

B) Principios comunes a todos los procesos: audiencia e igualdad


a) Principio de audiencia
El principio de audiencia es un principio o idea fundamental que ha de inspirar
la regulación de cualquier proceso. Dicho principio exige que no se dicte
ninguna resolución judicial que pueda repercutir a afectar a una persona, sin
que ésta haya tenido la oportunidad de influir en el contenido de esa resolución,
formulando las alegaciones y utilizando las pruebas que le convengan. Por ello,
el principio de audiencia guarda una estrecha relación con el derecho
fundamental a no padecer indefensión.
Es necesario destacar que el principio de audiencia tiene un alcance diverso
según nos hallemos ante un proceso civil o ante un proceso penal:
• En el ámbito del proceso civil, el principio de audiencia se satisface
ofreciendo al demandado la oportunidad de comparecer en el proceso
para defenderse, aunque luego no haga uso de ella. El demandado no
tiene el deber de comparecer (no puede ser conducido por la fuerza al
juzgado), pero sí la carga de hacerlo. En otras palabras, deberá

Lección 3. El proceso jurisdiccional. Sus garantías, principios y formas 4


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atenerse a las consecuencias desfavorables de su conducta pues al no


defenderse, al no intentar rebatir los argumentos del actor, es probable
que sea condenado. En definitiva, un proceso civil puede seguirse
perfectamente en rebeldía del demandado, sin que ello afecte a su
validez ni obste a su prosecución.
• En el ámbito del proceso penal, no es suficiente con ofrecer al acusado
la posibilidad de hacerse oír, sino que se exige su presencia como
condición de validez de las actuaciones (art. 841 LECrim). Hay no
obstante, excepciones en las cuales se permite celebrar el juicio en
ausencia (injustificada) del acusado, como acontece con el
procedimiento para enjuiciar delitos leves (sucesor del antiguo juicio de
faltas, vid. art. 971 LECrim).
No podemos concluir el estudio del principio de audiencia sin hacer referencia a
las modalizaciones que éste puede experimentar: hay supuestos en los cuales
la ley permite que se dicten resoluciones judiciales sin que la persona afectada
por ellas intervenga previamente para defenderse. Esta manera de proceder
obedece a motivos razonables y, además, se permite al afectado intervenir a
posteriori para alegar y probar la improcedencia de lo resuelto. Por ello, se dice
que en estos casos no decae ni se suprime el principio de audiencia, sino que
simplemente se aplaza en el tiempo (audiencia diferida). Los supuestos a los
que aludimos serían los siguientes:
• Medidas cautelares: la regla general es que estas medidas se adoptan
previa audiencia del demandado (art. 733.1 LEC). No obstante, esta
regla general puede excepcionarse en casos de urgencia o cuando la
previa audiencia del demandado pudiera frustrar el buen fin de la
medida. En estos supuestos se permite adoptar la medida inaudita
parte, ofreciendo al demandado la posibilidad de oponerse a ella una
vez ha sido adoptada.
• Despacho de ejecución: la ejecución se inicia sin dar previa audiencia al
ejecutado. Asimismo, las medidas ejecutivas que se hayan decretado
(investigación de su patrimonio, embargo de bienes, etc.) pueden
practicarse sin esperar a que la ejecución le sea notificada. Pese a la
aparente dureza del régimen descrito, éste se apoya en motivos
razonables: tengamos en cuenta que ha habido un previo proceso
declarativo en el que el ahora ejecutado alegó y probó cuanto convino a
su derecho; se trata, además, de no poner sobre aviso al ejecutado con
el fin de prevenir posibles maniobras fraudulentas. En cualquier caso,
también aquí se ofrece al ejecutado la posibilidad de oponerse a
posteriori, dentro de ciertos límites, a la ejecución despachada.
• Secreto de sumario: el art. 302 LECrim permite declarar secreta la
instrucción, de modo que los actos de investigación que se practiquen
sean conocidos sólo por el juez y el Ministerio Fiscal. El secreto
sumarial resulta a menudo imprescindible para garantizar la eficacia de
la investigación, evitando el ocultamiento o la destrucción de pruebas
(pensemos en una intervención de las comunicaciones o en una
entrada y registro).
b) Principio de igualdad
En el contexto en que nos hallamos, el principio de igualdad significa equilibrio

Lección 3. El proceso jurisdiccional. Sus garantías, principios y formas 5


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o paridad de oportunidades procesales entre todas las partes que intervienen


en el proceso, sin que puedan existir privilegios a favor o en contra de ninguna
de ellas. Se trata de una derivación del principio de igualdad proclamado con
carácter general por el art. 14 CE que, asimismo, se halla estrechamente
conectado con el art. 24, pues cuando a una parte se le niega una oportunidad
procesal de la que sí goza la contraria (por ejemplo, proponer pruebas), no sólo
se está vulnerando el principio de igualdad, sino que también se le está
provocando indefensión.
Una aparente excepción a este principio se da, nuevamente, en la fase de
instrucción de los procesos penales, donde se observa una situación de
desventaja del imputado con respecto al poder público. En especial, cuando se
decreta el secreto de sumario, observamos que el imputado queda postergado
o apartado de las actuaciones, que se sustancian a sus espaldas. No obstante,
hay que tener en cuenta que:
• Se trata de contrarrestar la ventaja inicial del delincuente, que antes de
que se ponga en marcha la investigación ha tenido tiempo de ocultar las
huellas de su delito, elaborar coartadas y tomar otras precauciones para
eludir la acción de la Justicia. Parece adecuado, por tanto, reforzar la
posición del Estado en esta primera fase a fin de remontar la “delantera”
que ha tomado el autor del delito.
• Los intereses en juego justifican esa desigualdad, ya que se trata de
reprimir eficazmente la criminalidad en beneficio de la sociedad.
• Esa desigualdad se produce sólo al principio, en la fase de instrucción:
posteriormente, en la fase de juicio oral o plenario, que es el verdadero
núcleo del proceso penal, se restaura la plena igualdad de armas
procesales entre acusadores y acusados.
Antes de concluir el estudio de este principio, debemos señalar que aunque la
igualdad de las partes esté garantizada formalmente (es decir, aunque esté
garantizada “sobre el papel”, si se permite el coloquialismo), en la práctica esa
igualdad puede quedar desvirtuada debido a las diferencias económicas,
sociales y culturales entre las partes, que pueden dificultarles sobremanera la
asunción del coste del proceso. Para intentar reducir el impacto de esas
diferencias, el art. 119 CE asegura la gratuidad de la justicia para quienes
acrediten insuficiencia de recursos para litigar. Este precepto ha sido
desarrollado por la Ley 1/1996, de 10 de enero, de asistencia jurídica gratuita.

C) Principios específicos de cada proceso: dispositivo y aportación de parte vs.


oficialidad e investigación de oficio
a) Principios dispositivo y de aportación de parte
Se trata de dos principios estrechamente ligados entre sí (aunque de contenido
diverso), cuyo genuino campo de aplicación es el proceso civil. Dichos
principios se fundamentan en la naturaleza privada del derecho subjetivo
deducido en el proceso. No son sino el reflejo procesal de la autonomía de la
voluntad que rige en el ámbito del Derecho Privado.
En cuanto al significado del primero de ellos, el principio dispositivo, éste puede
condensarse en los siguientes puntos:

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• El proceso sólo puede iniciarse a instancia de parte: puesto que el


justiciable es el titular del derecho lesionado y tiene la exclusiva
disponibilidad del mismo, es él quien decide si pide o no su tutela ante
los tribunales. Este rasgo del principio dispositivo suele sintetizarse en
los brocardos latinos nemo iudex sine actore y ne procedat iudex ex
officio. Lo antedicho comporta que todos los procesos civiles comienzan
por demanda, sin que quepa su incoación de oficio por el órgano judicial.
• Son las partes las que delimitan el objeto del proceso: en la demanda
debe precisarse el objeto del proceso, tanto lo que se pide (el petitum)
como por qué se pide (la causa petendi). En definitiva, el actor ha de
concretar en su demanda hasta dónde quiere que intervenga el órgano
judicial.
• La sentencia ha de ser congruente con el objeto delimitado por las
partes: es decir, la sentencia no puede conceder más ni cosa distinta de
la solicitada. Si el actor reclama a una compañía aseguradora 10.000 €
en concepto de indemnización, el juez no puede concederle 20.000
aunque entienda que, en virtud de las cláusulas contenidas en la póliza
o por la gravedad de los daños producidos, tendría derecho a una suma
superior.
• Del mismo modo que las partes deciden si iniciar o no el proceso,
también son libres para ponerle fin anticipadamente: en efecto, el actor
puede renunciar a la acción o desistir el proceso iniciado; el demandado
puede allanarse a las pretensiones del actor; y, asimismo, ambas partes
pueden celebrar una transacción para zanjar la controversia que entre
ellas existe.
Pasemos ahora al otro principio, el de aportación de parte. Éste se concreta en
los siguientes aspectos:
• La alegación de los hechos corresponde en exclusiva a las partes, sin
que el juez pueda tomar en consideración elementos fácticos distintos
de los alegados: no podría, por ejemplo, declarar la nulidad de un
contrato por dolo, si esta circunstancia no ha sido alegada por la parte
que tuviera interés en ello; tampoco puede, como regla general, apreciar
excepciones no invocadas por el demandado (por ejemplo, la
prescripción de la deuda que se reclama).
• Los hechos alegados por una parte y admitidos por la contraria quedan
fijados para el juez, que no puede apartarse de ellos a la hora de dictar
sentencia.
• La iniciativa probatoria corresponde en exclusiva a las partes: son ellas
quienes suministran el material probatorio, sin que el juez pueda
practicar averiguaciones de oficio. No obstante, la LEC de 2000 ha
aumentado tímidamente los poderes del juez civil en materia probatoria
(vid., a este respecto, el art. 429.1.II LEC, que examinaremos en
lecciones posteriores).
• El principio de aportación de parte, a priori, no alcanza a las normas
jurídicas: el juez está obligado a conocer el Derecho vigente y aplicarlo
para resolver el litigio, aunque las partes no lo hayan invocado o lo
hayan invocado mal (por ejemplo, citando unos preceptos en lugar de
otros o invocando por error normas derogadas). Esta idea suele

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expresarse con los brocardos latinos iura novit curia o también da mihi
factum, dabo tibi ius.

b) Principios de oficialidad e investigación de oficio


Estos principios constituyen el reverso de los anteriores. Rigen en procesos
donde existe un predominante interés público, cuyo paradigma sería el proceso
penal. En este ámbito, se entiende que la tutela del interés público no puede
depender de la iniciativa de sujetos particulares: el proceso debe comenzar
siempre que ese interés público resulte afectado, necesariamente, aunque los
sujetos privados no hagan nada. Por ello, la decisión de iniciar el proceso se
atribuye a órganos públicos, ya sea el propio juez de oficio o el Ministerio
Fiscal.
En este tipo de procesos, el juez no está constreñido por el material fáctico y
por las pruebas que las partes hayan aportado, sino que puede acordar las
diligencias que estime oportunas para esclarecer la verdad (investigación de
oficio). Difícilmente podría ser de otro modo: aparte del propio interés público
en la represión de la criminalidad, hay que tener en cuenta la dificultad
intrínseca que supone la averiguación de conductas delictivas (pues el
delincuente busca de propósito la impunidad y tiende a ocultar o borrar las
huellas del delito), los riesgos que acarrea entrar en contacto con entornos
criminales y la frecuente necesidad de forzar o invadir derechos fundamentales
para descubrir el delito y a sus autores (escuchas telefónicas, entradas y
registros, etc.). Por todo ello, es el Estado el que debe impulsar la investigación
del hecho delictivo y poner los medios para llevarla adelante, de modo que
aquélla no quede abandonada en manos de los particulares.
Por otra parte, y en contraposición a lo que hemos visto en el apartado anterior,
la admisión de los hechos por el presunto responsable no resulta vinculante
para el juez. Así pues, la confesión espontánea de la propia culpabilidad no
impedirá que el órgano judicial continúe investigando si lo estima necesario.
Hay que destacar asimismo que en los procesos regidos por el principio de
oficialidad las partes no pueden disponer sobre el proceso ni sobre su objeto.
La voluntad de las partes es irrelevante para la continuación del proceso: ni la
renuncia del ofendido extingue la acción penal ni el perdón de la víctima
extingue la responsabilidad criminal. Tampoco las partes pueden fijar de mutuo
acuerdo la pena a imponer.
Esta última aseveración debe ser matizada, pues en los últimos años se ha
introducido en nuestro proceso penal el instituto de la conformidad, procedente del
Derecho anglosajón. Un ejemplo de ello lo encontramos en el art. 801 LECrim,
dentro de los llamados “juicios rápidos” (de frecuente aplicación en casos de delito
flagrante, hurto, robo, delitos contra la seguridad del tráfico, etc.). En dicho
precepto se prevé que el acusado puede expresar su conformidad con el escrito
de acusación presentado por el Ministerio Fiscal. En ese caso, se dictará
sentencia inmediata de conformidad, sin necesidad de celebrar el juicio ni
proceder a la práctica de la prueba. La ley pretende incentivar esta conformidad, y
por ello ofrece al acusado un bonus o rebaja de un tercio de la pena solicitada.
Finalmente, es preciso advertir que determinados procesos se sustraen al
esquema esbozado a lo largo de estas páginas: esto es, hay procesos civiles
en los que no rigen los principios dispositivo y de aportación de parte; y, del
mismo modo, hay procesos penales que no están sujetos a los principios de

Lección 3. El proceso jurisdiccional. Sus garantías, principios y formas 8


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oficialidad e investigación de oficio:


• Ejemplo de lo primero son los denominados “procesos no dispositivos”
regulados en el Título I del Libro IV de la LEC (v. gr., el proceso de
incapacitación). En ellos subyace un claro interés público que impide
dejar el proceso al arbitrio de las partes y que se manifiesta en aspectos
diversos (intervención del Ministerio Fiscal, indisponibilidad de su objeto,
poderes probatorios del juez, etc.). En definitiva, en estos supuestos se
excepcionan los principios dispositivo y de aportación de parte que rigen
con carácter general en el ámbito civil.
• Ejemplo de lo segundo es el enjuiciamiento de injurias y calumnias
contra particulares: al tratarse de lo que comúnmente se conoce como
“delitos privados”, estos procesos se apartan de la regla general propia
del ámbito penal y se rigen por el principio dispositivo. Por ello, el
procedimiento sólo puede iniciarse en virtud de querella del particular
agraviado, nunca de oficio, y en él nunca interviene el Ministerio Fiscal
(art. 215.1 CP); antes de presentar la querella, y como condición para la
admisibilidad de ésta, es preciso un previo intento de conciliación (art.
804 LECrim); cabe renunciar a la acción penal (art. 106.II LECrim) y el
perdón del ofendido o de su representante legal extingue la
responsabilidad criminal (art. 215.3 CP).

4. Formas básicas del proceso


Hasta ahora hemos analizado los principios, que podrían considerarse como la
"médula" del proceso. En cambio, cuando hablamos de las formas, nos
estamos refiriendo a la configuración más externa y aparente de los procesos.
A ellas dedicaremos las siguientes páginas.

A) Forma inquisitiva y forma contradictoria


a) Forma inquisitiva
El processus per inquisitionem surge en la Baja Edad Media, en los siglos XII y
XIII, tanto en el ámbito eclesiástico (fundamentalmente, para la persecución de
la herejía) como en el ámbito secular (primero para los delitos contra la Corona
o "de lesa majestad", extendiéndose después a los demás delitos).
En un proceso organizado bajo la forma inquisitiva, el juez asume un
protagonismo absoluto. Es él quien inicia el proceso de oficio y lo lleva adelante
frente a una sola parte. Frente a este sujeto, el juez concentra las labores de
investigar, acusar y finalmente dictar sentencia. Como vemos, en el proceso
inquisitivo se parte de una supervaloración del poder público y una
minusvaloración del individuo. No hay en él una verdadera dualidad de partes,
pues los poderes del juez son absolutos frente a un acusado que está inerme
frente a él. Por ello, suele afirmarse que en el proceso inquisitivo el acusado no
era parte, sino objeto del proceso.
Éstos son los ingredientes básicos. Pero, históricamente, el proceso inquisitivo
presenta algunos rasgos adicionales. Así, las actuaciones suelen ser de
carácter escrito y secreto: se entiende que la escritura da fijeza a lo realizado,
permite conservarlo y perpetuarlo (verba volant, scripta manent); asimismo, el

Lección 3. El proceso jurisdiccional. Sus garantías, principios y formas 9


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secreto se concibe como defensa de la colectividad frente a un infractor que


puede tergiversar y deformar los hechos. Finalmente, estos procesos se
caracterizan por tener un sistema de prueba legal o tasada: es la ley, y no el
juez según su prudente criterio, la que predetermina cuál es el valor que debe
darse a cada medio de prueba: por ejemplo, dando un valor absolutamente
privilegiado a la prueba de confesión (confessio est regina probationum),
imponiendo un número mínimo de testigos para considerar probados
determinados hechos o negando todo valor probatorio a la declaración
efectuada por determinados sujetos (v. gr. tahúres, prostitutas, adúlteros, etc.).

b) Forma contradictoria
Aunque existe la creencia de que, históricamente, lo primero fue el proceso
inquisitivo y sólo después, como fruto de la modernidad, apareció el proceso
con forma contradictoria, esto no es exactamente así, pues el modelo formal
contradictorio existía ya en la antigua Grecia y también en Roma (al menos,
durante la época republicana).
Un proceso estructurado en forma contradictoria se caracteriza por la
existencia de una dualidad de partes enfrentadas y un juez en posición
expectante, más o menos pasiva, que actúa como tercero imparcial. A esta
característica se añaden, históricamente, la oralidad y la publicidad de las
actuaciones, así como la libre valoración de las pruebas: no es la ley la que
dice qué credibilidad merece cada prueba, sino que esto lo decide el juez
conforme a su propio criterio. A todo ello suele sumarse la intervención del
pueblo en la decisión del caso, lo cual constituye el germen de la institución del
jurado.

c) Correspondencia entre principios y formas


Los procesos regidos por el principio dispositivo adoptan una forma
contradictoria. Puede decirse que existe un ajuste espontáneo, una correlación
necesaria entre ambos. En cambio, los procesos regidos por el principio de
oficialidad no exigen, necesariamente, una forma inquisitiva: en otros términos,
aun estando vigente el principio de oficialidad, cabe construir un proceso
formalmente contradictorio. Ejemplo de ello es nuestro proceso penal actual, en
el que coexisten elementos del modelo inquisitivo y el modelo contradictorio,
con un peso que varía según la fase del proceso en la que nos encontremos:
• Fase preparatoria o de instrucción: esta primera fase, que recibe distintos
nombres en función del tipo procedimental ("sumario" para el proceso ordinario,
"diligencias previas" para el abreviado y "diligencias urgentes" para los juicios
rápidos), está dirigida a investigar el hecho delictivo y las circunstancias de su
comisión. Es decir, en esta fase se trata de recopilar todo el material fáctico
que, en su caso, servirá para sostener la acusación y preparar la ulterior etapa
del juicio oral.
En esta fase se dan algunos elementos que son típicamente inquisitivos. Así, la
instrucción puede y debe abrirse de oficio por el juez en cuanto tenga noticia de
algún hecho con apariencia delictiva y las actuaciones tienen un carácter
predominantemente escrito y secreto. La instrucción siempre es secreta
respecto de terceros, no sólo por razones de eficacia (la investigación se

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frustraría si fueran aireándose todos los hallazgos y pistas que se van


descubriendo), sino también por respeto al honor del imputado (contra el que,
por ahora, sólo hay indicios o sospechas que pueden quedar desvirtuados
conforme avanza la investigación). No obstante, ya hemos visto que el art. 302
LECrim permite extender este secreto también al propio imputado, de modo
que las diligencias instructorias se realicen sin su conocimiento.
• Fase de juicio oral o plenario: si, en virtud de las diligencias practicadas en la
instrucción, aparece como probable la comisión del hecho delictivo y la
responsabilidad del imputado, se da paso a la siguiente etapa, la del juicio oral.
Esta fase posee una serie de características que son, en buena medida,
inversas a las de la actividad instructora, incardinándose en un modelo
claramente contradictorio. Así, el juicio oral no puede abrirse si no hay una
parte acusadora, papel que no puede ser asumido en ningún caso por el propio
órgano enjuiciador: la exigencia de imparcialidad y la necesaria dualidad de
partes procesales hacen incompatibles los roles de acusar y juzgar y, por tanto,
la acusación tendrá que ser ejercida por un sujeto distinto del juez, ya sea otro
órgano público (el Ministerio Fiscal), el propio ofendido por el delito (acusador
particular) o cualquier ciudadano (acusador popular).
Asimismo, y a diferencia de lo dicho a propósito de la instrucción, el juicio se
desarrolla de forma contradictoria, oral y pública. Por último, es necesario que
exista una correlación entre la sentencia y la acusación: la sentencia no puede
condenar por delito distinto ni más grave que el sostenido por la acusación.
Aunque esto pueda recordarnos a la necesidad de congruencia propia de las
sentencias civiles, en este caso el fundamento es muy distinto: dicho
fundamento no radica en el principio dispositivo, sino en el principio de
audiencia y el derecho de defensa (el acusado quedaría indefenso si se viera
sorprendido en la sentencia por una calificación delictiva más grave que no fue
debatida ni tuvo la oportunidad de combatir).

B) Forma escrita y derivaciones de la misma (orden de actos y preclusión)


Se dice que el proceso es escrito o con forma escrita cuando las actuaciones
que lo componen se realizan predominantemente en esta forma.
El carácter escrito de la generalidad de los actos procesales suele comportar la
necesidad de que éstos se vayan enlazando o sucediendo entre sí, según un
orden preestablecido legalmente. Para asegurar que ese orden sea respetado
surge el instituto de la preclusión (art. 136 LEC). Esta figura se traduce en la
pérdida de la posibilidad de llevar a cabo aquellos actos procesales cuyo plazo
o momento de realización hubiera ya expirado. Fácilmente se comprenderá la
necesidad de la preclusión en el ámbito procesal, pues sin ella el orden de los
actos determinado por la ley resultaría ilusorio.

C) Forma oral y derivaciones de la misma (concentración e inmediación)


Un proceso oral se caracteriza por que sus actuaciones se llevan a cabo
predominantemente mediante la palabra hablada, a través de vistas o
comparecencias. Es difícil hallar un proceso que se desarrolle íntegramente de
forma oral, pero para que sea calificado como tal basta que, aunque exista
algún acto escrito (por ejemplo, la demanda), el resto de actuaciones se

Lección 3. El proceso jurisdiccional. Sus garantías, principios y formas 11


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realicen de viva voz ante el tribunal.


El predominio de la oralidad no se concilia bien con el orden sucesivo y
espaciado de las actuaciones. Por el contrario, un proceso configurado de este
modo favorece la concentración, de modo que todas las actuaciones se llevan
a cabo en una sola vista o comparecencia o en varias próximas entre sí.
Igualmente, la oralidad del proceso favorece la inmediación o, lo que es lo
mismo, que las distintas actuaciones (exposición de alegaciones, práctica de
pruebas, etc.) se lleven a cabo en presencia del tribunal.
La escritura y la oralidad no son intrínsecamente buenas ni malas. Ambas
tienen virtudes y defectos y la idoneidad de cada una de ellas va
estrechamente ligada al tipo de asunto. Así, la oralidad supone una
simplificación notable del proceso y permite imprimirle una mayor rapidez pero,
como contrapartida, puede suponer una mayor precipitación y superficialidad
en la resolución de las cuestiones planteadas. Por su parte, el predominio de la
escritura suele ser fuente de mayores dilaciones pero, a cambio, permite un
estudio más atento y pausado, lo que se revela especialmente apropiado
cuando se trata de resolver asuntos complejos. En definitiva, no se trata de
diseñar procesos totalmente orales o totalmente escritos, sino de hallar un
equilibrio entre ambas formas de modo que puedan maximizarse sus
respectivas ventajas.

D) Publicidad y secreto
Entendemos por proceso público aquél en que las actuaciones procesales más
relevantes pueden ser presenciadas por terceros (por “el público”), sin que
baste con que a dichas actuaciones puedan acudir las partes, sus
representantes y sus defensores. Es decir, cuando hablamos de proceso
público nos referimos propiamente a la publicidad externa (la que permite el
acceso de terceros a las actuaciones), no la mera publicidad interna (limitada al
acceso de las partes).
La publicidad ha sido concebida desde antiguo como una garantía esencial
para procurar la transparencia de la Administración de Justicia y facilitar el
control social de la actividad de los jueces. Bien expresivas son, en este
sentido, las palabras de COUTURE, que definió la publicidad como “el más
precioso instrumento de fiscalización popular sobre la obra de magistrados y
defensores: en último término, el pueblo es juez de los jueces”. Por ello, en
nuestro Derecho la publicidad de las actuaciones procesales se configura como
la regla general (arts. 24.2 y 120 CE; art. 232 LOPJ). No obstante, es preciso
señalar la existencia de excepciones que atienden a la posible colisión de esa
publicidad con otros bienes jurídicos dignos de protección:
• En el proceso civil, el art. 138.2 LEC prevé la posibilidad de celebrar las
actuaciones a puerta cerrada “cuando ello sea necesario para la
protección del orden público o de la seguridad nacional en una sociedad
democrática, o cuando los intereses de los menores o la protección de la
vida privada de las partes y de otros derechos y libertades lo exijan o, en
fin, en la medida en la que el tribunal lo considere estrictamente
necesario, cuando por la concurrencia de circunstancias especiales la
publicidad pudiera perjudicar a los intereses de la justicia”. Asimismo, el

Lección 3. El proceso jurisdiccional. Sus garantías, principios y formas 12


Alberto José Lafuente Torralba Apuntes de Derecho Procesal I
Curso 2015-16

art. 754 LEC prevé idéntica posibilidad en los procesos sobre capacidad,
filiación, matrimonio y menores, por las materias sensibles que en ellos
se abordan.
• En el proceso penal, el art. 681 LECrim permite al tribunal ordenar que
todas o alguna de las actuaciones se celebren a puerta cerrada “cuando
así lo exijan razones de seguridad u orden público, o la adecuada
protección de los derechos fundamentales de los intervinientes, en
particular, el derecho a la intimidad de la víctima, el respeto debido a la
misma o a su familia, o resulte necesario para evitar a las víctimas
perjuicios relevantes que, de otro modo, podrían derivar del desarrollo
ordinario del proceso”. Como medida adicional de protección, el mismo
precepto faculta al juez para prohibir que se divulgue o publique la
identidad de la víctima, así como la difusión de imágenes de ésta o de
sus familiares.
• También en el ámbito del proceso penal, es preciso recordar que la fase
de instrucción es siempre secreta o reservada estrictamente a las partes
(art. 301.1 LECrim), aunque éstas también pueden quedar apartadas
temporalmente mediante la declaración del secreto de sumario (art. 302
LECrim). En este supuesto, la exclusión de la publicidad está justificada
por la necesidad de salvaguardar la eficacia de la investigación y
proteger de una difamación social injusta a personas contra las que
existen indicios delictivos que, tal vez, podrían disiparse en un futuro.
Cuestión distinta es la vulneración sistemática de este carácter secreto,
como podrá comprobar quien esté mínimamente pendiente de la
actualidad informativa.
A la luz de lo expuesto, podríamos pensar que la publicidad está vinculada
exclusivamente con las actuaciones procesales orales. No es así, pues también
hay disposiciones dirigidas a facilitar el acceso a las actuaciones escritas de un
proceso (pensemos sobre todo en el texto de las sentencias) a los terceros
interesados en conocerlas, previa adopción de garantías como la disociación
de datos de carácter personal (art. 235 bis LOPJ). Lo que sucede, obviamente,
es que esas actuaciones escritas no son tal fácil e inmediatamente accesibles
como las que se llevan a cabo oralmente en una audiencia pública, que se
pueden presenciar y a las que se puede asistir.
A modo de conclusión, debe destacarse que la exigencia de publicidad de las
actuaciones procesales plantea nuevos (o no tan nuevos) retos en la actualidad
debido a la creciente presencia de los medios de comunicación, especialmente
la prensa audiovisual. A este respecto, una exposición muy certera de las
tensiones que se producen en este ámbito, y del modo de paliarlas, la
encontramos en la STC 56/2004, de 19 de abril, cuya consulta se recomienda
vivamente.

E) Impulso procesal
Concebido el proceso como una secuencia ordenada de actos que se suceden
en el tiempo, la cuestión del impulso procesal pretende responder a la siguiente
pregunta: ¿a quién le corresponde “hacer avanzar” el proceso cuando se ha
realizado el correspondiente acto procesal o ha expirado el plazo para su
realización? ¿Quién ha de poner de manifiesto esa circunstancia y abrir o dar

Lección 3. El proceso jurisdiccional. Sus garantías, principios y formas 13


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paso al siguiente acto? ¿Quién ha de facilitar el tránsito de una fase a la


siguiente? Si esta tarea recae sobre la parte interesada, estaremos ante un
sistema de impulso procesal de parte; si lo hace de oficio el tribunal, estaremos
ante el impulso procesal de oficio.
Antiguamente, en nuestro proceso civil regía el impulso procesal de parte: si,
por ejemplo, transcurría el plazo otorgado al demandado para contestar a la
demanda, el actor debía pedir que el proceso avanzara hasta la siguiente fase
y siguiera su curso. En otro caso, el proceso quedaba paralizado de facto hasta
que el actor decidiera “reactivarlo” o se produjera la caducidad de la instancia.
Sin embargo, en 1924 se introdujo en impulso procesal de oficio, que desde
entonces es el que rige en todos los órdenes jurisdiccionales (vid., en lo que
ahora nos interesa, el art. 179.1 LEC). Ello, como es lógico, ha restado mucho
juego al instituto de la caducidad de la instancia: como gráficamente señala
ORMAZÁBAL SÁNCHEZ, hoy en día la inactividad de las partes podrá dar lugar a la
preclusión, es decir, a la pérdida de oportunidades procesales, pero nunca a la
parálisis y muerte por inanición del proceso.

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