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IES Nro.1 Dra.

Alicia Moreau de Justo

Profesorado superior de historia

Catedra: Historia Americana I

Profesor/a: Lorena García

Alumno: Nahuel Nuñez

Año: 2018

Relevamiento de lectura unidad nro. 3

Tándeter, E., Coacción y mercado. La minería de la plata en el potosí colonial, 1692-


1826, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1992, pp. 30-87.

La mita Potosina

El texto en cuestión comienza analizando el trabajo forzado y la migración estacional,


en el que Tándeter nos habla de la coexistencia, en la minería de finales del siglo XVIII, de
números muy similares de trabajadores migrantes forzados (mitayos) y trabajadores libres
(mingas). En este esquema la mita era la relación de producción dominante. Continúa
proponiendo un esquema, sacado de la historiografía africana, sobre el papel crucial de las
migraciones laborales temporales, reclutadas bajo coerción, en las economías coloniales y
neocoloniales. Dicho esquema plantea tres elementos en el valor de la fuerza de trabajo:
*La manutención del trabajador durante el periodo de empleo (reconstitución de la fuerza
de trabajo inmediata)

*La manutención del trabajador durante periodos de no empleo.

*la reproducción del trabajador mediante la manutención de su primogenitura.

En un mercado de trabajo libre, nos dice Tándeter, el salario es el equivalente de la


fuerza de trabajo, pero en los casos migratorios forzados, el empresario relega la
manutención y la reproducción a la esfera de las comunidades indígenas y el salario que
paga solo cubre la restitución de la fuerza inmediata de trabajo. En este caso la mita es un
ejemplo extremo de este mecanismo ya que, no solo imponía la manutención y la
reproducción a la comunidad, sino que la restitución era insuficientemente cubierta por los
salarios.

A continuación presenta un estudio de caso, el de la revuelta de mitayos de la


localidad de Oruro, el cual sirve para observar que los mitayos se sentían por encima de las
autoridades judiciales coloniales y se equiparaban a la figura del rey. La mita y sus trabajos
pesados eran parte, para los mitayos, de una relación peculiar con la corona que les permitía
plantear una equivalencia con la figura del monarca y asumen para si la representación de
la justicia colonial. Otro aspecto de este testimonio es la indulgencia e indiferencia de las
autoridades a los “atropellos” de los mitayos, Tándeter remite al postulado de un “pacto de
reciprocidad” colonial planteado por Tristán Platt, para exponer como las comunidades
percibían este pacto, según el cual la corona, desde la llegada de Toledo, les garantizaba la
posesión de sus tierras contra el cumplimiento de tributar y mitar. La importancia de este
testimonio reside en que no abunda la documentación que evidencie si las comunidades
veían la mita como un “pacto” colonial.

No se conocen los detalles de la implementación temprana de la mita en la década de


1570, Tándeter menciona dos posturas. Por un lado Assadurian, que propone que el virrey
Toledo había llegado con órdenes secretas para la organización de la mita; y por otro la de
Bakwell, P. que estudió los antecedentes inmediatos del uso compulsivo de la minería
peruana y los repartimientos de 1573, 1575 y 1578. Toledo recorre buena parte del
virreinato supervisando su triple programa (reducciones, tributo y mita), en el cual el
primero contribuía al reagrupamiento de la disminuida población indígena, sirve a la
reproducción de la fuerza de trabajo más que a la producción de un excedente mercantil y
favorecía la tributación y la evangelización. Toledo necesitaba de las estructuras de
liderazgo indígenas para el reclutamiento de la mita, por eso encontramos nombramiento de
capitanes generales indígenas (primero 6, que luego aumentan a 11), suma al reclutamiento
de la mita una jerarquía de autoridades indígenas desde capitanes generales, hasta curacas
locales, que ven reafirmadas sus posiciones y legitimas al servicio del sistema colonial. A
finales del siglo XVII desaparecen los cargos de capitán general y solo queda el de capitán
mayor a cargo de un oficial español o criollo en Potosí, pero esta desaparición del cargo no
disminuye la intención de liberación de la mita por parte de los indígenas (Gabriel Túpac
Amaru pedirá ser nombrado Capitán mayor de la mita).

En 1578 el virrey Toledo fija en su tercer repartimiento la gruesa de 14.181


migrantes, este número descenderá a 12.354 en 1633 y se mantendrá hasta 1688 cuando el
duque de la Plata lo bajará a 5.658. de la misma manera en 1692 fue reducido todavía a
4.101 por el conde de Monclova, así se observa que la mita conservo sus cifras durante más
de un siglo para caer abruptamente en menos de un lustro, lo que se explica por la caída
poblacional, no solo de la mita, sino en general. El número de mitayos fue establecido
como resultado de los viajes de Toledo por el virreinato y se componían de la séptima parte
de la población tributaria de cada pueblo, para asegurar la rotación y el descanso de seis
años entre dos tandas de mita. Por otra parte, las reducciones perdieron sus características
originales de organización en el correr de las siguientes décadas, se generaron grandes
migraciones de grupos humanos que abandonaban los pueblos que debían responder al
reclutamiento de la mita.

La visita toledana había enumerado en los pueblos, viejos o nuevos, a los tributarios
del lugar. A mediados del siglo XVII, distingue en la población sujeta a la mita a los
naturales u originarios que representan el 64% del total y otros dos grupos: los yanaconas
(14.2%) y forasteros (21.8%) que son los no descendientes de tributarios censados por
Toledo. El esquema del Virrey Toledo implicaba que si un individuo dejaba el pueblo
perdía sus tierras, pero en su nuevo lugar de residencia estaba exento de pagar tributo y
concurrir a la mita, lo cual genero preocupación por la reducción de originarios en las zonas
de mita, por el doble fracaso de las reducciones y la provisión de mano de obra forzada, la
migración era la forma de huir a las cargas coloniales, buscando refugio en las zonas
exentas de mita (esa reducción de individuos será el argumento de los curacas locales para
justificar el incumplimiento en el pago del tributo). Sin embargo, Tándeter, toma otra visión
de este problema, la de Thierry Saignes: plantea que las migraciones del siglo XVII deben
ser vistas desde la larga duración de la tradición andina, cuando los pueblos accedían
directamente a los recursos (control vertical de los archipiélagos). En el siglo XVII, habrían
empleado estrategias para conseguir los recursos para afrontar las cargas del sistema
colonial como el trabajo asalariado en los centros mineros, la participación en el mercado
por medio del comercio y el transporte, etc. Se intentaron una serie de reformas para
revertir el descenso en los números de la mita, pero, como se dijo anteriormente, termino
por caer abruptamente y de forma total en la segunda mitad del siglo.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII, se dan arreglos entre los empresarios y los
mitayos para que, durante los descansos de la mita, pudieran desempeñarse en trabajos
libres y de esta forma “beneficiarse con los sueldos más altos de este tipo de trabajo”. Sin
embargo la sobreexplotación seguía existiendo, porque el empresario se veía más
beneficiado por la falta de límites de la mita. La única preocupación real de este grupo era
la rentabilidad inmediata y en consecuencia se alteraron las jornadas de trabajo impuestas
en 1570 por el virrey Toledo (suplantación del trabajo por horas por trabajo por cuotas a
cumplir o tareas), otros cambios fueron dirigidos a disminuir el costo del pago de altos
salarios, reduciendo la alternancia entre mita y descanso, lo que también suponía una
reducción en el número de migrantes, pero ninguna de estas acciones cambio la realidad de
la mita que ya se ha citado.

Hacia 1790 se instaura una polémica sobre la legitimidad de la institución de la mita


que tenía como objeto los abusos y desviaciones de la misma. Existía una discrepancia
entre la ley y la práctica, en donde lo estipulado en las ordenanzas no era lo que realmente
sucedía, dando como resultado que el mitayo terminara trabajando más de lo estipulado
(285%), problema que se verá también reflejado en las rentas de la mita y el análisis que
Tándeter lleva adelante sobre el pago de los salarios de los mitayos. El autor se propone
analizar la teoría del defraudamiento en los pagos de los salarios de los mitayos siguiendo,
por un lado la hipótesis de los abusos y las discrepancias entre la ley y la práctica social (los
distintos intentos por disponer de un solo lugar de pago para el control del cumplimiento de
las disposiciones legales) y por el otro, la hipótesis de Bakwell de una relación de
producción de evolución secular. En consecuencia encuentra que el análisis de fuentes
realizadas por Bakwell demuestra que los pagos de los salarios eran en cada distinto y
fijados, por los empresarios, por el valor de mercado de trabajo.

La explotación de las familias indígenas no acababa solo con las tareas de la mita y
las dificultades de su manutención por la problemática de los salarios insuficientes para
cubrir su reproducción, continuaban con las faenas, los trabajos no pagos impuestos más
allá de las tareas (limpieza de caminos y herramientas, trasporte de masas de metales
amalgados, etc. en el cerro e ingenios) y fuera de los trabajos de la minería propiamente
dicha, la imposición de trabajos domésticos como el trabajo en la obra en la capital, por
ejemplo, durante las faenas de los distintos días de la semana. Esto mismo aplica para el
resto de las familias de los migrantes, como lo confirma la residencia y utilización de las
mujeres e hijas de los mitayos, en las casas de los empresarios, en tareas domésticas, lo que
confirma, para Tándeter, el uso compulsivo de la mano de la fuerza de trabajo mitaya para
diversas tareas. Los mitayos de mina estaban, además, expuestos a quedar atrapados en
explosiones y derrumbes (aunque los números no parecen haber sido muchos) y la
proliferación de enfermedades como la silicosis que, a pesar de ser de larga evolución,
afecto a las comunidades con muertes simultaneas, lo que sumado a las sequias y
hambrunas, provoco el aumento de la mortalidad y puso en peligro la reproducción de la
comunidad indígena.

La última parte del material está dedicada al análisis de las relaciones entre los
caciques y la comunidad, los empresarios y las autoridades que hacían de intermediarios
entre las partes (capitanes enteradores). Tándeter comienza afirmando que, con el cuadro
expuesto a lo largo del texto, no sorprende que los tributarios intentaran huir de la mita y
que sus consecuencias generales fueran la migración a zonas exentas de la misma y la
generalización de forasteros en el espacio andino. Pero, además de la migración, existía
otro mecanismo para eludir la mita, ya analizado por muchos autores, que era el pago en
moneda a los caciques encargados de la confección de la lista de futuros migrantes, lo que
formo una especie de tributo anual que el cacique recaudaba de los sectores más
acaudalados de la comunidad. Esta práctica estuvo presente desde finales del siglo XVII,
hasta el fin de la institución de la mita y fue aceptada por curas y corregidores para hacer
más fácil el cobro de tributos, repartos y obvenciones (pero genero problemas entre los
caciques y estos últimos cuando el cacique se reservaba exclusividad, protegiendo a los
tributarios de las exacciones eclesiásticas). El reclutamiento de la mita le dio al cacique un
poder que se pone en evidencia en la creación de verdaderos mercados de hombres (no
acaudalados de la comunidad) enviados a trabajar hasta el próximo envió de la mita, lo que
hace pensar, para Tándeter, de nuevo en la visión entre la protección de la comunidad y el
enriquecimiento individual de los caciques.
En cuanto a los capitanes enteradores, se instituyeron como mediadores entre los
empresarios españoles y los migrantes. Las comunidades veían la responsabilidad de su
protección trasladadas a la figura de los enteradores y los caciques también sacaban
provecho de este cargo. Los enteradores también tenían la responsabilidad de responder por
el entero de la población de la mita ante los empresarios en las cuestiones de
compensaciones contractuales a los mismos por la huida de los migrantes, y en ocasiones
podían ser puestos presos por los empresarios españoles hasta el pago de la deuda.

Wolf, E., Europa y la gente sin historia, Buenos Aires, F.C.E, pp. 165-192

V- Los iberos en América: este apartado del libro de Wolf comienza con la
presentación de la vuelta de Colon, en 1493, de su primer viaje a las indias. Un año después
Castilla-Aragón y Portugal firmaron el tratado de Tordesillas, el cual delimito sus esferas
en las tierras recientemente descubiertas. Se trataba de una línea a 370 leguas al oeste de las
islas de Cabo Verde y por lo cual Castilla, creyendo que disponía de una ruta directa al
Oriente, reclamó todas las tierras al oeste de esa línea, adquiriendo la mayor parte del
hemisferio occidental. Por otro lado, Portugal tomó todas las tierras al este de la línea y se
posesiono del Brasil. En 1521 termina la conquista de México por Hernán Cortez y en 1533
Pizarro toma Cuzco. En 1541 los castellanos pusieron las bases de una nueva ciudad,
Santiago de Chile, pero la nueva sociedad se dividirá desde sus orígenes entre los naturales
de las tierras, llamados “indios”, y los españoles llamados “gentes de razón” que estaban
por encima de los primeros. Estas gentes de razón tampoco pertenecías a la misma clase,
entre los conquistadores figuraban nobles, comuneros, ricos y pobres y luego de la
conquista se dividirán aún más en capas con frecuencia antagónicas, pero que mantenían un
interés en común: mantener su superioridad como conquistadores sobre los conquistados y
llegar a controlar a los indios,

La gran mortandad: esta afecto, como expone Wolf, primeramente a las islas del
caribe, luego salto a la tierra del litoral bajo de meso y Sudamérica en general. Finalmente
alcanzó las mesetas del interior: la Española tenia, en 1492, aproximadamente un millón de
habitantes y para 1520 estaba casi deshabitada. La causa fue la propagación de los
organismos patogénicos del viejo mundo, a los cuales los naturales no eran inmunes
(viruela, sarampión, males respiratorios, etc.). Entre 1520-1600 hubo al menos catorce
grandes epidemias en Mesoamérica y tal vez diecisiete en la zona de los Andes. Sin
embargo es necesario, para el autor, conocer las condiciones político- sociales que
permitieron la rápida proliferación de enfermedades: el uso desenfrenado del trabajo indio
en la búsqueda de oro, la intensificación de la esclavitud y las correrías en busca de
esclavos. Tanto en Mesoamérica, como en la zona de los Andes, es probable que la
desnutrición acrecentara la virulencia de las nuevas enfermedades y que la baja de la
población ayudara a quebrar las unidades políticas de los imperios Inca y azteca.

El que se rompieran obras hidráulicas y que se interrumpieran los intercambios entre


regiones especializadas en diferentes productos, disparó consecuencias ramificantes. Los
mecanismos ordenadores de estas sociedades dependían del papel político e ideológico de
las clases gobernantes, la dislocación de las elites nativas y la imposición de las normas
españolas de gobierno y religión, minaron profundamente ese papel. Los europeos
comenzaran a apropiarse de tierras y aguas para sus fincas, molinos y pastizales y a reclutar
poblaciones nativas para que trabajen para ellos (en los Andes el desarrollo paralelo de la
agricultura española y la minería, trastocó las relaciones ecológicas sincronizadas entre la
costa, el piedmont, la mesta y la puna). Este nuevo sistema de producción no era tan intenso
como el pre-hispánico, dependía de menos fuerza de trabajo y gracias a esto pudo sortearse
la caída de población.

La riqueza de América: los iberos buscaban en el nuevo mundo tesoros en forma de


metales (al principio oro) y al poco tiempo se sacrificó a la población nativa en su
extracción. Fue la producción de la plata el puntual de la riqueza española y
consiguientemente el principal indicador de la fuerza o de la debilidad del control real, en
1545 los españoles hallaron los primeros depósitos de plata y Potosí acabo siendo
sinónimo de una riqueza más allá de los sueños de avaricia. Desde el tiempo de los incas
existía una rotación obligatoria del trabajo reclutado (mita), los españoles extendieron esta
institución para el servicio de minas. En 1570 ordenaba que todos los poblados aportaran
un séptimo de su población adulta de varones para trabajar en las minas o en obras
públicas, a su vez los nativos, en sus aldeas, estaban sujetos a otras mitas en cuanto a
labores domésticas, trasporte, de servicios, de correo, obra de caminos, etc. durante el
periodo de marcado descenso de la población, se mantuvieron constantes las cuotas de
servicios y tributo y las autoridades locales tenían que reclutar hombres con mas frecuencia
de la autorizada por la ley.

Por otra parte, para canalizar hacia España el flujo de plata, la corona hizo un
monopolio real de los viajes y del comercio a las indias. La entidad encargada de dicho
control fue la casa de contratación de Sevilla, que autorizaba a los barcos y comerciantes,
expedía permisos para transporte de pasajeros y mercancías y recibía la plata de las indias.
Entre 1503-1600 llegaron a Sevilla desde América más de 7 000 000 de libras de plata, lo
que triplicó la cantidad que había en Europa de dicho metal, la corona se quedaba con casi
un 40% como ajuste de impuestos americanos o en pago del quinto real sobre toda la
producción argentífera. Hubo además exportaciones secundarias, como la cochinilla, el
índigo y el cacao, que tuvieron su importancia en las exportaciones desde el nuevo mundo.
La cochinilla es un insecto que produce un colorante rojo y se requieren unos 70 000
insectos para producir una libra de colorante, encomenderos y corregidores presionaban a
las comunidades nativas a recoger y procesar los insectos (en la segunda mitad del siglo
XVI, la cochinilla ocupo el segundo lugar en las exportaciones de Nueva España). Por otro
lado el índigo y el cacao también tuvieron su importancia, el primero produce un tinte azul,
que se obtiene macerando las hojas de un arbusto y dejando que el caldo resultante se haga
panes y fue producido usando trabajo temporal de nativos; en el caso del segundo, bajo
dominio de los españoles, se obligó a la población nativa a pagar con cacao sus tributos y
algunas mercancías. Funcionarios y encomenderos exigían entregas de cacao en sus
tributos, pero las altas tasas de mortalidad limitaron la producción de cacao en América.

España se llevaba del nuevo mundo todas estas materias primas y regresaba
productos manufacturados y de lujo de precio muy elevado, producidos, en buena parte,
fuera de España (sobre todo en el noroeste de Europa). El precio que se les fijaba producía
impuestos y derechos aduaneros al estado y el intercambio estaba en manos de
comerciantes que, en lado europeo estaban organizados en el consulado y gremio de
comerciantes de Sevilla y en lado americano en los gremios de Nueva España y Lima. A
medida que la minería de plata alcanzó un papel central en la economía de las indias
hispanas, significó una gran alteración en las políticas de gobierno: del interés inicial de
asegurar el control real de gobernantes sobre gobernados a políticas dirigidas
primordialmente a maximizar la minería y garantizar sus abastecimientos.

La hacienda: las encomiendas fueron gradualmente sustituidas por las haciendas,


estas eran fincas trabajadas por gentes que se establecían en ellas y que dependían
directamente de los dueños de la tierra. Para Wolf, la evolución de las haciendas no adopto
en todos los casos la misma forma, ni siguió el mismo ritmo, aparecieron primero en
territorios subpoblados en que el ganado podía criarse con pocas manos y luego crecieron
en lugares en que las aldeas nativas o los corregidores, interesados en la mano de obra y los
tributos, se oponían a las peticiones de las sobre tierras y mano de obra (en las mesetas
peruanas las haciendas fueron un fenómeno del siglo XVIII). La hacienda se fundaba por
completo en la propiedad de la tierra y en la capacidad del propietario para negocias
directamente los términos de la contratación de trabajadores.

La mayoría de estos trabajadores eran nativos americanos, los cuales se conseguían a


veces quitando su tierra a establecimientos nativos o trayendo migrantes que habían
abandonado sus aldeas, cargadas de tributos, para establecerse en otra parte. Al trabajador
se le daba acceso a una porción de la tierra de la hacienda a cambio de los servicios
convenidos y de la entrega de las cosechas al dueño. Las haciendas servían a propósitos
diferentes: las de dueños de minas o talleres proporcionaban los productos necesarios para
estas operaciones a un costo muy bajo o sin costo; otras producían para un mercado
regional creado por la demanda de poblaciones cercanas, centros mineros o puertos
(operaban mejor y con más utilidad dentro de esta realidad de producir para un mercado, ya
que la escases relativa garantizaba buenos niveles de precios). En general las haciendas no
fueron empresas muy lucrativas, las mayoría estaban endeudadas y con frecuencia pasaban
a manos de nuevos dueños, principalmente organismos eclesiásticos que, casi siempre, las
hacían producir bien.

Brasil y el Caribe: Los portugueses se aplicaron a la producción de azúcar en


plantaciones en las tierras tropicales bajas del litoral del Brasil. Lo que plata era para la
América española, lo fue por mucho tiempo el azúcar para Portugal (a lo largo del siglo
XVII, el cultivo del azúcar se propagó a las islas del caribe de modo que holandeses,
ingleses y franceses acabaron siendo rivales de Portugal en su producción). En el último
cuarto del siglo XV, Portugal comenzó a sembrar caña de azúcar en Madeira y poco
después en Sao Tomé, en el golfo de Guinea, utilizando mano de obra de esclavos
comprados en la costa occidental de África.

Hacia 1570 había ya en Brasil unos 60 ingenios que producían 180 000 arrobas de
azúcar al año, después de 1570 la producción brasileña creció exponencialmente y luego de
1627 fue de más de un millón de arrobas. El foco de la producción fue el ingenio, que no
solo molía la caña producida en sus propias tierras, sino también la de cultivadores libres
que probablemente aportaban la mitad de la caña. El trabajo esclavo, primero de indios y
luego de africanos fue importante, pero también el de trabajadores libres fue muy
significativo.

Desde un principio buena parte del azúcar producido por Portugal era enviada a los
países bajos, y los holandeses, en 1629, invadieron Pernambuco y ocuparon por 15 años los
azucareros hasta que en 1645, la población del Brasil holandés, dirigida por los endeudados
productores luso-brasileños, se levantó contra ellos. De la guerra de guerrillas que siguió,
los luso-brasileños controlaron el campo y los holandeses debieron replegarse a las
ciudades costeras (resistieron en Recife hasta 1654 cuando capitularon). Los holandeses
volvieron la vista al caribe y a mediados de 1640, holandeses provenientes de Brasil,
enseñaron a colonos ingleses el cultivo de la caña de azúcar, y muy pronto el azúcar
transformó el panorama económico y político de las islas.

Los cultivadores pequeños de tabaco se volvieron “blancos pobres” y fueron


rápidamente desplazados por las grandes plantaciones trabajadas por mano de obra esclava
africana. A partir de este momento creció rápidamente el cultivo de la caña de azúcar en las
islas y llego pronto a superar en escala a la industria luso-brasileña, logrando incluso
acumular capital cuando los precios del azúcar declinaban en el mercado mundial.

Contrabando: una de las consecuencias de la propagación del cultivo de la caña en


las islas del caribe fue la creación de una serie de bases de avanzada al servicio de las
potencias atlánticas europeas. La embestida holandesa, inglesa y francesa ocurrió justo en
un momento en que el poderío español iba cuesta abajo, conforme este poderío español
menguaba, estos competidores buscaban entrar a las riquezas de las posesiones españolas
del Nuevo Mundo. Aunque disminuyo el monto de la plata enviada a España, la producción
de este metal no cayo gran cosa, o bien la plata se quedaba en América, o bien buscaba
otros cauces.

A partir de 1630 el contrabando alcanzo alturas sin precedentes y se ha calculado que


al finalizar el siglo XVII la cantidad de plata española sacada por contrabando por Jamaica
era de unas 200 000 libras esterlinas anuales.

Florescano, E., “Formación y estructura económica de la hacienda en nueva España”,


en Konrad, H., Una hacienda jesuítica en el México colonial. Santa Lucia, 1576-1767,
México, F.C.E., 1989.

Transformación económica: La primera revolución que transformo el suelo


mesoamericano fue la invención de la propia agricultura, y unas décadas después de la
conquista se produjo la segundo revolución, al combinarse la baja de la población nativa,
por un lado, y la penetración de los españoles en el territorio y la propagación de las plantas
y animales europeos (a mediados del siglo XVI, los valles de Puebla-Tlaxcala y la cuenca
de México sorprendían por su paisaje agrícola mestizo de maíz, frijol, calabaza y chiles,
mezclado con trigo, cebada y legumbres europeas). La caña de azúcar fue otro de los
vehículos que contribuyó a la transformación del medio natural y social, se introdujo desde
1530 en las tierras templadas y calientes del sur de la capital (era un negocio para pequeños
ricos, por ejemplo, Hernán Cortés fue uno de los primeros introductores de la caña de
azúcar en Cuerna Vaca), se estima que el costo de un ingenio azucarero era de 50 000 pesos
o más al final del siglo XVI, por eso sorprende que para la misma época hubiese ya
funcionando docenas.

La penetración europea en las tierras templadas y calientes también se debió a la


demanda de productos tropicales como el tabaco, el índigo, el añil, etc. que desde la
segunda mitad del siglo XVI pasaron a exportarse a escala comercial. Pero el impacto más
violento en el paisaje natural y cultural de Nueva España lo produjo la introdujo la
introducción del ganado: este llego a través de las Antillas y su proliferación tuvo un
impacto como ningún otro de los aspectos, la multiplicación de vacas, cerdos, ovejas,
caballos, etc. que en pocos años repoblaron Nueva España y cambiaron la fauna original y
uso del suelo. Los animales europeos invadieron y destrozaron los cultivos nativos,
transformaron tierras de cultivo en tierras de pastoreo, dislocaron el sistema de
asentamiento y redujeron los recursos alimentarios indígenas (la expansión y multiplicación
del ganado permitió la introducción de las técnicas españolas de pastoreo).

El fraile evangelizador fue otro de los agentes que contribuyo al gran cambio en la
ecología de Nueva España, fueron sumamente activos en la introducción y adaptación de
plantas y animales, de las técnicas agrícolas y de regadío (cada convento, monasterio y
pueblo de indios fundado por los misioneros tuvo su huerto de árboles frutales europeos y
huertas con nuevos tipos de vegetales.)

Distribución de la tierra: En un principio solo Cortés y unos pocos más sembraron


semillas traídas de Europa. Más tarde, para interesar a los conquistadores en la agricultura y
fijar los lindes de las propiedades, Cortés dispuso el reparto de terrenos llamados “peonias”
para los soldados que combatieron a pie y las “caballerías” para los que lo hicieron a
caballo (estas eran cinco veces más grandes que las otras), pero tuvo escaso éxito. La
primera distribución regular fue hecha por los oidores de la segunda Audiencia (1530-
1535), se autorizó a los cabildos a dar mercedes de tierra a quienes desearan establecerse en
ellas de forma permanente (más adelante los virreyes también darán títulos de vecinos a
nuevos colonos).

En la segunda mitad del siglo XVI el desinterés original de los conquistadores


cambio y se pidieron cada vez más mercedes, las cuales se dieron ininterrumpidamente
hasta finales de siglo. Los dos periodos de extensiva distribución de tierra (1553-1563 y
1585-1595) estuvieron relacionados con las grandes epidemias que diezmaron a la
población indígena (1545-1547 y 1576-1580). Los cambios en el uso de la tierra como
consecuencia de la extensión de la ganadería fueron imponentes y radicales. A partir de
1567 se promulgaron las ordenanzas que determinaron la extensión y características de
cada estancia, este reparto a gran escala dio lugar a que cientos de nuevos colonos se
beneficiaran y al surgimiento de un nuevo grupo de propietarios agrícolas, casi siempre
antagónicos a los grande encomenderos. La hacienda logró estabilizarse cuando consiguió
crear su propio sistema de atracción, mantenimiento y reposición de mano de obra. De 1521
a 1542, los encomenderos dispusieron de la energía de los indios para la encomienda, pero
esta situación cambió cuando la corona valoro la diferencia entre la renta en tributos que
proporcionaban los indios y la renta en moneda que comenzaba a dar la explotación
agrícola, ganadera y minera (introducción del esclavismo tanto para los indios como para
los africanos).

En 1548 se prohibió la esclavitud para los indios y muchos se convirtieron en los


primeros “naborías” que vivieron y trabajaron de forma permanente en las haciendas y
centros mineros a cambio de un salario. La conversión de la hacienda en centro económico
y social, dedicada a la producción de alimentos para abastecer a los mercados urbanos y
mineros, no aseguro la disposición permanente de mano de obra (la principal causa fue la
inexistencia de un mercado de trabajo), en general las haciendas formaron sus plantillas de
trabajadores con mestizos, negros y europeos que no recibían salario, sino un adelanto en
dinero, ropa, compensaciones en especie, vivienda o una porción de tierra dentro de la
hacienda.

Pese a que las haciendas surgieron para el abastecimiento de los mercados urbanos y
mineros, como explica el cuadro expuesto por Florescano, los estudios sobre ellas muestran
que estas haciendas coloniales buscaban ser autosuficientes en cuanto a productos básicos,
para esto crearon un complejo productivo complementario e interrelacionado (lo que no
producía una en cantidades suficientes, le era proporcionado por otra hacienda) para de esta
manera evitar el mercado abierto.