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Arwen Rivera

Una de las cosas que me gusta mucho hacer es pasar tiempo en la cocina, creando y

experimentando con nuevos gustos, sabores y olores.

Desde pequeña siempre he sentido pasión por lo que es el arte de cocinar. Recuerdo que durante

mi niñez, casi siempre estuve rodeada por personas que se dedicaban a lo que es la cocina

salvadoreña. Mi abuelita, por ejemplo, era una de esas personas a las que les encantaba estar

cocinando desde cuando se levantaba, a las tres de la mañana, hasta que obscurecía. Cada

mañana recuerdo que no era ni el ruido de los pájaros, ni el bullicio del tren el que me

despertaban, si no el olor tan único y delicioso del café de olla recién hecho por mi abuela. Ese

café, siempre era acompañado con un pedacito de pan dulce o pan francés, seguido por un

manjar mañanero que incluían pupusas, plátanos fritos y frijoles recién hechos. Ahora que lo

pienso, creo que la mayoría de mis recuerdos de infancia, tienen que ver con esas comidas de

dioses que solo mi abuelita preparaba.

Hoy en día, siempre que me siento muy estresada, en lo primero que pienso es en llegar a casa y

cocina algún tipo de platillo o postre salvadoreño. Aparte de saber que en cuanto empiezo a

cocinar me siento mucho mejor, me encanta ver que por medio de mis platillos, todo aquel que

los prueba, pone una cara de felicidad y se olvida de lo mal que fue su día, o los pesares de la

vida. Quizá y suene un poco tonto, pero yo siento que la comida no es solo para alimentar el

cuerpo, pero también para alimentar el alma. Siento que él o la cocinera, son capaces de

transmitir emociones a otras personas por medio de sus platillos. Es por eso, que el arte de la

cocina es una de las cosas que más me llenan. El ver la sonrisa que las personas ponen con cada

bocadillo que prueban, me hace sentir mucha satisfacción y me motiva más a continuar creando

nuevas combinaciones gastronómicas.