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11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

Once Cuentos y un poema


Es una recopilación de Luzbelito Ediciones
Cuentos extraídos de la Web
Todos los Izquierdos reservados
El autor es el autor y no hay otro.
Su difusión esta permitida y aconsejada.
Córdoba, 2012
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

Índice

1- El Principiante ……………………………………………………………………….. Pág. 3


2- Cartas de un viejo indecente ……………………………………………………………. Pág. 7
3- Deje de mirarme las tetas, Señor ……………………………………………………….. Pág. 11
4- Kid Stardust en el matadero……………………………………………………………...... Pág. 14
5- La maquina de cojer ………………………………………………………………………. Pág. 18
6- No hay camino al paraíso ………………………………………………………………… Pág. 25
7- Pittsburgh Phil y compañía ……………………………………………………………...... Pág. 28
8- Se busca una mujer ……………………………………………………………………...... Pág. 32
9- Un hombre ………………………………………………………………………………... Pág. 36
10- Vida de vagabundo ………………………………………………………………………. Pág. 39
11- No puedes escribir una historia de amor ………………………………………………… Pág. 47
Como ser un gran escritor ……………………………………………………………………. Pág. 50
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

1 EL PRINCIPIANTE

Bien, dejé el lecho de muerte y salí del hospital del condado y conseguí un trabajo como encargado de
almacén. Tenía los sábados y los domingos libres y un sábado hablé con Madge:
-Mira, nena, no tengo prisa por volver a ese hospital. Tendría que buscar algo que me apartara de la
bebida. Hoy, por ejemplo, ¿qué se puede hacer sino emborracharse? El cine no me gusta. Los zoos son
estúpidos. No podemos pasarnos todo el día jodiendo. Es un problema.
-¿Has ido alguna vez a un hipódromo?
-¿Qué es eso?
-Donde corren los caballos. Y tú apuestas.
-¿Hay algún hipódromo abierto hoy?
-Hollywood Park.
-Vamos.
Madge me enseñó el camino. Faltaba una hora para la primera carrera y el aparcamiento estaba casi lleno.
Tuvimos que aparcar a casi un kilómetro de la entrada.
-Parece que hay mucha gente -dije.
-Sí, la hay.
-¿Y qué haremos ahí dentro?
-Apostar a un caballo.
-¿A cuál?
-Al que quieras.
-¿Y se puede ganar dinero?
-A veces.
Pagamos la entrada y allí estaban los vendedores de periódicos diciéndonos:
-¡Lea aquí cuales son sus ganadores! ¿Le gusta el dinero? ¡Nosotros le ayudaremos a que lo gane!
Había una cabina con cuatro personas. Tres de ellas te vendían sus selecciones por cincuenta centavos, la
otra por un dólar. Madge me dijo que comprase dos programas y un folleto informativo. El folleto, me
dijo, trae el historial de los caballos. Luego me explicó cómo tenía que hacer para apostar.
-¿Sirven aquí cerveza? -pregunté.
-Sí claro. Hay un bar.
Cuando entramos, resultó que los asientos estaban ocupados. Encontramos un banco atrás, donde había
como una zona tipo parque, cogimos dos cervezas y abrimos el folleto. Era sólo un montón de números.
-Yo sólo apuesto a los nombres de los caballos -dijo ella.
-Bájate la falda. Están todos viéndote el culo.
-¡Oh! Perdona.
-Toma seis dólares. Será lo que apuestes hoy.
- Oh, Harry, eres todo corazón -dijo ella.
En fin, estudiamos todo detenidamente, quiero decir estudié, y tomamos otra cerveza y luego fuimos por
debajo de la tribuna a primera fila de pista. Los caballos salían para la primera carrera. Con aquellos
hombrecitos encima vestidos con aquellas camisas de seda tan brillantes. Algunos espectadores chillaban
cosas a los jinetes, pero los jinetes les ignoraban. Ignoraban a los aficionados y parecían incluso un poco
aburridos.
-Ese es Willie Shoemaker -dijo Madge, señalándome a uno. Willie Shoemaker parecía a punto de
bostezar. Yo también estaba aburrido. Había demasiada gente y había algo en la gente que resultaba
depresivo.
-Ahora vamos a apostar -dijo ella.
Le dije dónde nos veríamos después y me puse en una de las colas de dos dólares ganador. Todas las
colas eran muy largas. Yo tenía la sensación de que la gente no quería apostar. Parecían inertes. Cogí mi
boleto justo cuando el anunciador decía: «¡Están en la puerta!».
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Encontré a Madge. Era una carrera de kilómetro y medio y nosotros estábamos en la línea de meta.
-Elegí a Colmillo Verde -le dije.
-Yo también -dijo ella.
Tenía la sensación de que ganaríamos. Con un nombre como aquél y la última carrera que había hecho,
parecía seguro. Y con siete a uno. Salieron por la puerta y el anunciador empezó a llamarlos. Cuando
llamó a Colmillo Verde, muy tarde, Madge gritó:
-¡COLMILLO VERDE!
Yo no podía ver nada. Había gente por todas partes. Dijeron más nombres y luego Madge empezó a saltar
y a gritar:
¡COLMILLO VERDE! ¡COLMILLO VERDE!
Todos gritaban y saltaban. Yo no decía nada. Luego, llegaron los caballos.
-¿Quién ganó? -pregunté.
-No sé -dijo Madge-. Es emocionante, ¿eh?
-Sí.
Luego, pusieron los números. El favorito 7/5 había ganado, un 9/2 quedaba segundo y un 3 tercero.
Rompimos los boletos y volvimos a nuestro banco.
Miramos el folleto para la siguiente carrera.
-Apartémonos de la línea de meta para poder ver algo la próxima vez.
-De acuerdo -dijo Madge.
Tomamos un par de cervezas.
-Todo esto es estúpido -dije-. Esos locos saltando y gritando, cada uno a un caballo distinto. ¿Qué pasó
con Colmillo Verde?
-No sé. Tenía un nombre tan bonito.
-Pero los caballos no saben cómo se llaman... El nombre no les hace correr.
-Estás enfadado porque perdiste la carrera. Hay muchas más carreras.
Tenía razón. Las había.
Seguimos perdiendo. A medida que pasaban las carreras, la gente empezaba a parecer muy desgraciada,
desesperada incluso. Parecían abrumados, hoscos.
Tropezaban contigo, te empujaban, te pisaban y ni siquiera decían «perdón». O «lo siento».
Yo apostaba automáticamente, sólo porque ella estaba allí. Los seis dólares de Madge se acabaron al cabe
de tres carreras y no le di más. Me di cuenta de que era muy difícil ganar. Escogieras el caballo que
escogieras, ganaba otro. Yo ya no pensaba en las probabilidades.
En la carrera principal aposté por un caballo que se llamaba Claremount III. Había ganado su última
carrera fácilmente y tenía un buen tanteo. Esta vez llevé a Madge cerca de la curva final. No tenía grandes
esperanzas de ganar. Miré el tablero y Claremount III estaba 25 a uno. Terminé la cerveza y tiré el vaso
de papel. Doblaron la curva y el anunciador dijo:
-¡Ahí viene Claremount III!
Y yo dije:
-¡Oh, no!
-¿Apostaste por él? -dijo Madge.
-Sí -dije yo.
Claremount pasó a los tres caballos que iban delante de él, y se distanció en lo que parecían unos seis
largos. Completamente solo.
-Dios mío -dije-, lo conseguí.
-¡Oh, Harry! ¡Harry!
-Vamos a tomar un trago -dije.
Encontramos un bar y pedí. Pero esta vez no pedí cerveza. Pedí whisky.
-Apostamos por Claremount III -dijo Madge al del bar.
-¿Sí? -dijo él.
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-Sí -dije yo, intentando parecer veterano. Aunque no sabía cómo eran los veteranos del hipódromo.
Me volví y miré el marcador. CLAREMOUNT se pagaba a 52,40.
-Creo que se puede ganar a este juego -le dije a Madge -. Sabes, si ganas una vez no es necesario que
ganes todas las carreras. Una buena apuesta, o dos, pueden dejarte cubierto.
-Así es, así es -dijo Madge.
Le di dos dólares y luego abrimos el folleto. Me sentía confiado. Recorrí los caballos. Miré el tablero.
-Aquí está -dije-. LUCKY MAX. Está nueve a uno ahora. El que no apueste por Lucky Max es que está
loco. Es sin duda el mejor y está nueve a uno. Esta gente es tonta.
Fuimos a recoger mis 52,40.
Luego fui a apostar por Lucky Max. Sólo por divertirme, hice dos boletos de dos dólares con él ganador.
Fue una carrera de kilómetro y medio, con un final de carga de caballería. Debía haber cinco caballos en
el alambre. Esperamos la foto. Lucky Max era el número seis. Indicaron cuál era el primero: 6.
Oh Dios mío todopoderoso. LUCKY MAX.
Madge se puso loca y empezó a abrazarme y besarme y dar saltos. También ella había apostado por él.
Había alcanzado un diez a uno. Se pagaba 22,80 dólares. Le enseñé a Madge el boleto ganador extra.
Lanzó un grito. Volvimos al bar. Aún servían. Conseguimos beber dos tragos antes de que cerraran.
-Dejemos que se despejen las colas -dije-. Ya cobraremos luego.
-¿Te gustan los caballos, Harry?
-Se puede -dije-, se puede ganar, no hay duda. Y allí estábamos, bebidas frescas en la mano, viendo bajar
a la multitud por el túnel camino del aparcamiento.
-Por amor de Dios -le dije a Madge-, súbete las medias. Pareces una lavandera.
-¡Uy! ¡Perdona papaíto!
Mientras se inclinaba, la miré y pensé, pronto podré permitirme algo un poquillo mejor que esto.
Jajá.
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2 CARTAS DE UN VIEJO INDECENTE

A John William Corrington, 17 de noviembre de 1961.

Soy un blando. no puedo hacerlo. Estaba dando vueltas en auto con mi chica y era domingo y yo buscaba
un lugar para comprar cerveza y vimos un cartel, POLLOS, y ella dijo, oh, compremos un pollo, vamos a
cocinar un rico pollo, y yo dije
Claro, y paramos ahí y tenían pollos muy buenos, sólo que caminaban y tenían plumas blancas, había 60
o 70 y, cuando entré, un par de ellos se cagaron y otro me miraba guiñándome el ojo. me detuve en el
mostrador y el tipo dijo lindos pollos, ¿no? pegué di media vuelta, salí y mi chica dijo dónde está el pollo,
y le respondí qué mierda, todos parecían enfermos, no podías saber lo que te
estabas llevando con todas esas plumas, y ella dijo pero es fácil, pálpalos con los dedos y mírales los ojos.
Agarré un pollo de ojos limpios. Los pollos son como la gente, si los ojos no están limpios es que algo
anda mal.
- ¿Cómo los matas?, le pregunté.
- Mi padre les retorcía el cogote, ¡WHIRRR, ZIP!!!
- Comamos un sándwich de banana, dije.
- Me acuerdo del matadero, allí por donde dobla el tranvía, los pisos estaban grasientos de sangre, verdes,
la sangre tiene un olor especial que no se va nunca y no hay nada más difícil de quitar que una mancha de
sangre, la sangre es vida, y la muerte llegaba minuto a minuto pero, a diferencia de los doctores y las
enfermeras del hospital del condado de Los Ángeles, yo nunca me pude acostumbrar. y no tenía auto.
Había que subirse al tranvía y la gente olía la sangre sobre mí y me miraba, me miraba, y después llegaba
a casa y me comía un churrasco. Y no estoy a favor de los vegetarianos, quienes quizá sean demasiado
blandos para la fórmula en que fuimos concebidos. Yo como carne, pero no quiero ver cómo la consiguen
nunca más, nunca más quiero oír ese sonido. Cuando la vida cambia a muerte, en ese pequeño instante
algo se rompe en tu cabeza, y ya no puede ser reconstruido. Tampoco cazar ciervos, pibe. Me pondría
enfermo atar el cadáver en el baúl. Tipos como Hemingway deben pensar que soy puto.
Una vez me contaron una historia divertida. Me la dijo un tipo que hacía terapia de grupo. Tocaba no sé
qué instrumento en la orquesta sinfónica, pero andaba como yo, sin hacer nada. Bueno, él fue a visitar a
un tipo. el tipo le dijo ven, te voy a mostrar algo. Tengo 2 pollos. Así ahorras plata. Compras los pollitos
y los crías. Ay ¿cómo los matas?, preguntó mi amigo. El tipo no sabía cómo matarlos. Agarró un martillo
y largó los pollos en el patio, tratando de matar los dos a la vez. Fue un desastre. Los pollos no se morían.
y el tipo les pegaba con el martillo. el ruido, la sangre, un ojo colgando del nervio, el pico hundido en la
cabeza y el pollo seguía corriendo, y mientras el martillo subía y bajaba, el otro pollo estaba quieto,
esperando. Al final, mi amigo, piadoso, se puso mal. Y empezó a dar instrucciones y al cabo de un rato el
trabajo concluyó.
El tipo agarró los dos pollos y los tiró a la basura. Su novia lo abandonó y nunca más le habló, y tampoco
le habló al que había dado las instrucciones.

A Jon y Louis Webb, 26 de marzo de 1963.

Si piensan que la entrevista que me hizo Kaye estuvo dura, tendrían que haber escuchado después...
cuando los dos nos habíamos entonado un poco:
K: "Escúchame, si el mundo fuera a terminar en 15 minutos, ¿Qué harías? ¿Qué le dirías a la gente?"
B: "No les diría nada".
K: "¡MIRA, no estas cooperando! ¡Si el mundo se terminara en 15 minutos, quiero saber qué harías!"
B: "Me tiraría a descansar un rato, como ahora".
K: "¡Pero qué le dirías a la gente, hombre, LA GENTE!"
B: "Que lleven monedas para el colectivo".
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Y lo más raro de todo es que si tú les dices la verdad, creen que no estás cooperando.

A Ann Bauman, 2 de mayo de 1963.


Estoy escribiendo esto después de nuestra conversación telefónica, y tú no tienes plata, y deberías tener, y
sin embargo también hace bien no tener, fuiste un sonido desde la oscuridad, y te amo por eso, hay algo
bueno en tí, puede que no lo sepas, pero existe, y olvídate de todas las comas y de esta charla estilo libre...
es tan raro escuchar un sonido en la locura. no me siento cómodo hablando por teléfono. No me siento
cómodo hablando. Aunque digo cosas pequeñas y tontas, es sólo por vergüenza y carencia de habilidad y
de corazón y por todas las carencias que me impiden expresar lo que quisiera, y cuando cuelgo el teléfono
siempre siento que fracasé. No un fracaso ordinario, sino un fracaso que afecta a todo: a mí mismo, a vos,
a nuestra próxima mañana, a todas las maneras en que se enrosca el humo. Ann, creo que tienes que saber
esto: no soy básicamente un poeta, odio a los putos poetas que se complican la vida contra el mundo
quejoso, y los poetas son malos, y el mundo es malo, ¡y nosotros estamos acá!, sí. lo que quiero decir es
que la poesía, la que yo escribo, es sólo una décima parte de mí. Las otras nueve partes están asomadas a
un acantilado sobre el mar escupiendo maldiciones baratas. Me gustaría sufrir a la manera clásica y tallar
un mármol que dure siglos después de este perro que escucho tras mi ventana de 1963, pero estoy
maldecido y bofeteado y malgastado hasta la nulidad en mis brazos y ojos y dedos y esta carta esta noche,
1 o 2 de mayo de 1963, luego de escuchar tu voz en el teléfono.
Merezco morir.
Espero la muerte como a un halcón engalanado que con su pico, su canto y sus púas busca mi sangre
enjaulada. Suena lindo, pero no lo es. la poesía que es parte de mí, la realidad aparente, lo que escribo, es
bosta y basura y saliva y viejas naves de combate que se hunden. sé que cuando el mundo
Que es barato y sin clase ¿y qué más? ¿Qué más?- olvidé la poca poesía que escribí, no será del todo
culpa del mundo, porque yo no pienso en escribir, y sólo el filo del cuchillo, con el que unto la manteca o
corto la cebolla, tiene un poco de práctica en los versos de mi mente. no sabes lo importante que fue tu
llamada para mí, aunque te debo haber parecido torpe y atolondrado y estúpido, pero me gustaría que no
me volvieras a llamar porque sé cómo te están yendo las cosas (no muy bien) y no quiero que la poca
buena gente del mundo sea herida por bukowski el vomitador. Todo esta bien ahora, pero yo no sé si
vendrá o cuando vendrá el próximo ataque, lo cual es un punto de vista cobarde, y todos los hombres son
cobardes al ahogarse, escúchalos gritar, ¿y qué es la vida? ¿Qué? hundiéndose en el agua, y no es la falta
de aire y luz y pulmones y ojos y amor lo que cuenta: es esta picazón que pusieron en nosotros y que nos
hace preguntarnos por qué carajo estamos acá; por esas pocas cosas. Como una llamada desde
Sacramento a las 7.30 de la noche. No sé, no sé, y eso es tan triste. si las cosas se arreglaran con mi llanto,
todos nos ahogaríamos en mis lágrimas enfermas.
Pero no sé qué hacer. Tomo demasiado. O no lo suficiente. Hago apuestas. Hago el amor con mujeres que
sólo viven dentro de sus cuerpos y miro los copos de sus ojos y sé que les miento y que me miento porque
no soy más que un perro, y el amor o su acto deberían contener algo más que dos pedazos de carne
friéndose en una sartén o todo está perdido como pasto del jardín o caracoles pisados y aplastados,
abandonados a una suerte de viscosidad viviente, a una vida triturada para siempre.
Este asunto de la poesía es el peor de esos pisotones. Te debilita. y si un hombre ya es débil antes de
escribir poesía, entonces se convierte, finalmente, a través de los golpes de sombras y quejas, en lo que
es: sólo otro muchachito rosado que hace su puto trabajo de la manera más frágil y vomitiva.
Tienes que entender que hay otros modos de enfrentar la vida que no son la máquina de escribir. Quienes
lo hicieron así quizá no sean el mejor ejemplo. Nunca tomes al Arte como un espejo sagrado. Lo justo
siempre es poco, y eso incluye a todos los siglos. Los países más honorables no sobreviven por coraje, ni
las épocas sobreviven a los buenos artistas. Todo es azar y mierda y el golpe de los vientos. por favor
perdóname las malas palabras. si hay algo que odio es una palabra vil dicha vilmente o un chiste verde o
el sexo y la vida de un hombre y una mujer que quieren la cosa así como está. Quizás yo esté
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perfectamente loco y tú deberías saberlo (una nota más sombría con chillidos dorados) y no tengo
intenciones de agarrármelas con tus obras de teatro... algunas están bien... Racine, etc., y uno sólo se
puede reír de eso cuando no da o intenta, y yo digo adelante: versos o llamadas telefónicas o tarjetas de
crédito o muerte o amor o enormes balnearios en playas de sonido y golpes y momentos de medianoche,
te agradezco por seguir y yo, también, mientras tanto, sigo un poquito más.
P.D.: no me odies por sentir más de lo (quizás) necesario. puede que sea mejor que las ranas perdidas y el
aire quemado de nylon y neón... puede que sea mejor que nos convirtamos en criaturas de gestos en vez
de realidad, y el matrimonio es una realidad de la vida y muy pocos de nosotros pueden soportar el
matrimonio o la realidad o la vida.

A John William Corrington, 28 de agosto de 1963.


Bueno, ya hicieron la marcha por la libertad hoy en la capital. Muy lindo. Aunque yo prefiero una libertad
negra y BLANCA. Algún día van a descubrir que, blanco o negro, igual no puedes conseguir trabajo. y
cuando votas, cualquier partido, cualquier hombre puede ser malo. y van a descubrir que el agua tiene el
mismo sabor, pero no se puede culpar a un hombre por buscar las pequeñas cosas.
Quieren entrar en cualquier iglesia; yo no quiero entrar a la iglesia. Quieren votar; yo no quiero votar.
Quieren vivir donde vive el hombre blanco; me importa un carajo dónde vivo. Quieren iguales derechos,
es decir, los derechos que se supone que yo tengo, y éstos son tan pequeños, tan insignificantes en la vida
cotidiana que los escupo. Una cosa son los derechos de los que se habla y otra lo que efectivamente
sucede. Un hombre nunca saldrá adelante con la maquinaria del Estado. un hombre sale adelante con sus
huesos, su mente y sus propias leyes. los grandes hombres no esperan nada del Estado. lo ignoran o crean
el propio que satisfaga sus pasiones. así que lo de hoy en Washington, la marcha de la libertad, el
progreso del hombre, todo ese espíritu, que, aparenta mucho pero no es nada, y camina en su tranquila
viscosidad ahogándose mientras se examina a sí mismo.

A Douglas Blazek, 22 de marzo de 1966.


Los envenenadores de perros son legión, actúan furtivamente, y rara vez los atrapan. Como si no
tuviéramos suficiente muerte, ellos juegan sucio con lo poco que hay. ¿y me querían mandar a la
GUERRA para salvar a tipos como esos? los envenenadores de perros por lo general son antiguos vecinos
del barrio, respetables, religiosos, propietarios, y a menudo sin hijos o con hijos que han
crecido y no quieren verlos más. Los envenenadores de perros suelen andar entre los 55 y los 70. La
mayoría de ellos amaba a los animales de chicos, pero la sociedad Americana y lo que ella extrae del
cuerpo, la mente y el alma puede producir monstruos muy especiales. Casi todos están preocupados
por la propiedad y los "derechos de la propiedad" como ellos los llaman. Y como no tienen otra cosa que
abrazar, su mundo se reduce a eso. No hace mucho hubo un doctor por acá que aporreó un cachorro hasta
matarlo con el mango de su pistola.
ni siquiera era un perro adulto. y lo hizo abiertamente, en su jardín, con los chicos y la gente mirando. (yo
no estaba ahí). su excusa fue que el cachorro no tenía derechos en su propiedad. Siendo médico y
alimentado con la adoración de la gente hacia los médicos y con sus $$$, resultaba más atrevido y
estúpido que sus hermanos mataperros. el caso fue a los tribunales, pero no sé cómo terminó.
No lo publicaron o me perdí esa edición. Probablemente fue absuelto o lo multaron con $15. la
propiedad, la propiedad. yo tuve un lindo perro una vez (mitad lobo, mitad collie, pero amable, amable).
un día lo estaba paseando y él se paró a mear sobre una planta que estaba enfrente de una inmobiliaria en
Beverley Boulevard.
Yo lo había entrenado para que lo hiciera en los baldíos, pero él meó en la planta. y salió el tipo de la
inmobiliaria gritándome: "¡HEY, SACA ESE PERRO DE AHI! ¡HEY, HEY, HEY! ¡EL PIS ES
VENENO, MEO MI PLANTA!" podías oírlo gritar desde Bensenville, Illinois. Yo lo miré, miré su cara
¡ácida y sus ojos y su cuerpo colgando ahí. "no controlo el pis de mi perro", le dije con tranquilidad.
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"¡Bueno, que mee en otro lado, sácalo!" no me moví. El perro o yo, cualquiera de los dos podría haberlo
matado. "tu arbolito de mierda no se va a morir", le dije. "y si se muere, te lo pago". "¡¡Saca ese perro de
acá!!" nos quedamos parados hasta que se fue otra vez adentro a contar sus pedacitos de ganancia. a veces
pienso que esos tipos casi saben que están muertos, que son feos, que están gastados, y no quieren ver a
nada ni a nadie feliz y despreocupado; ni siquiera pueden ver a nadie infeliz, del modo en que nosotros
somos infelices. Hay que hacerlo a su manera. Un auto atropelló a mi perro después de mi última
separación. le había dejado el perro a ella. los animalitos domésticos casi nunca mueren de viejos. ¡Cómo
odio este puto mundo y sus modos y sus valores! Blaz, te vas a recuperar del perro (los perros) muerto,
pero no de aquello que lo mata: la bandera Americana. El dinero. La propiedad. Los habitantes muertos
de ciudades de horror, locura y miedo. Cristo, Cristo.

A Marina Bukowski, 16 de septiembre de 1969.


Hola Marinita: es tan lindo escuchar tu voz cada vez que me llamas. Tienes la voz más bella del mundo.
Muchas gracias por llamarme. me siento bien durante días y días después de hablar contigo. y pienso que
te voy a ver de nuevo y eso me hace andar. a veces cuando me enfermo pienso en ti y me pongo bien.
POR FAVOR TEN MUCHO CUIDADO AL CRUZAR LA CALLE. MIRA PARA LOS DOS LADOS.
Pienso en ti todo el tiempo y te amo más que al cielo o a las montañas o al mar o a nada ni nadie.
Por favor pórtate bien y sé feliz y no te preocupes por mí. Con todo mi amor, mi pequeña, Hank.

Metáforas, paradigmas y actitudes sobre el oficio del escritor


En una carta de Charles Bukowski.
A John William Corrington
Enero 17,1961

Hola, Sr. Corrington: Bien, a veces ayuda recibir cartas como la tuya. Ya son dos. Un joven de San
Francisco escribió diciéndome que algún día habrá quien escriba libros acerca de mí, si esto podrá ayudar
en algo. Bueno, no estoy en busca de ayuda, o tampoco que me levanten el ánimo, y no estoy tratando de
ser pesado. Pero yo solía jugar un juego conmigo mismo un juego llamado isla desierta, y mientras estaba
tirado en la cárcel, en la clase de arte o caminando hacia la ventanilla de diez dólares en las carreras, me
preguntaba, Bukowski, si tú estuvieras en una isla desierta, tú solo, y nunca ser encontrado excepto por
pájaros y gusanos, ¿tomarías una vara y rascarías palabras sobre la arena? Yo tenía que decir no, y por un
rato esto resolvía un montón de cosas, y me dejaba seguir adelante y hacer un montón de cosas que yo no
quería hacer, y me alejaba de la máquina de escribir y me ponía en el pabellón de caridad del hospital
municipal, la sangre corriendo fuera de mis oídos, de mi boca y de mi culo, y ellos ahí esperando a que yo
muriese, pero nada pasaba. Y cuado salía me preguntaba otra vez, Bukowsky, si estuvieras en una isla
desierta y etc.; y sabes pienso que era que la sangre había abandonado mi cerebro, o algo, y yo decía, sí,
sí, yo tomaría una vara y rascaría palabras sobre la arena. Bueno, esto solucionaba un montón de cosas
porque me permitía seguir adelante y hacer las cosas, todas las cosas que no quería hacer, y me dejaba
tener la máquina de escribir también; y desde que ellos me dijeron que un trago más me mataría, ahora le
he bajado a dos galones de cerveza al día. Pero la escritura, por supuesto. Cómo el matrimonio, la caída
de la nieve o las llantas de los autos, no siempre perdura. Tú puedes ir a la cama el miércoles en la noche
siendo un escritor y despertar el jueves por la mañana y ser otra cosa totalmente diferente. O puedes irte a
la cama el miércoles por la noche siendo un plomero y despertar el jueves por la mañana siendo un
escritor. Éste es el mejor tipo de escritores… Muchos de ellos mueren. Claro. por sus arduos intentos; o
por otro lado, porque se vuelven famosos y todo lo que escriben es publicado y ya no tienen que buscar
más. La muerte tiene muchas avenidas. Y si a pesar de todo tú dices que mi material te gusta, quiero que
sepas que si se vuelve rotó, no será porque trate demasiado duro o muy poco, será porque me quedado, o
sin cervezas o sin sangre.
Para lo que sirva, puedo permitirme esperar: Tengo mi vara y tengo mi arena.
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3 DEJE DE MIRARME LAS TETAS, SEÑOR

Big Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había cojido mayor
variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste.
No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía
de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o
cojido más mujeres, o matado más hombres blancos.
Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales,
más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e
infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de las sabanas sanas y salvas, fornicar con las
mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra caravana. Tenía una barba
negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos.
Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los infiernos a martillazos de polla
mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían.
Le obligaba a decir:
—¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde la concha hasta la garganta, no
puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah! Luego de que Big
Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una
espléndida cena a base de tocino, judías y galletas.
Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios.
Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné, cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se
acercó cabalgando.
—¡Eh, chico! —dijo.
El chico no contestó.
—Te estoy hablando, chaval...
—Chúpame el culo —dijo el chico.
—Soy Big Bart.
—Chúpame el culo.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Me llaman «El Niño».
—Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta.
—Yo pienso hacerlo.
—Bueno, son tus pelotas, Niño —dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se
abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y
bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de
pavo se puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar.
—Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.
—Que te den por el culo, viejo —dijo el chico—. No hago caso de avisos de viejos coje madres con los
calzoncillos sucios.
—He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.
El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.
—Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.
—Niño —dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol—.
Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si
vamos solos. No seas pelotudo. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.
—Nos uniremos —dijo el Niño.
—¿Cómo se llama tu chica? —preguntó Big Bart.
—Rocío de Miel —dijo el Niño.
—Y deje de mirarme las tetas, señor —dijo Rocío de Miel— o le voy a sacar la mierda a cachetadas.
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios
muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz...Era obvio que
Big Bart se ponía caliente con Rocío de Miel. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por
culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír.
Quedó un sólo cocinero indio.
Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos. Big Bart esperó hasta
que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la
cortina, y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.
—Cristo, nena —dijo Big Bart—. ¡No lo malgastes!
—Lárgate de aquí —dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart—. ¡Lárgate
de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!
—¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!
—Claro que me cuida, pelotudo, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del
período me pongo caliente
—Escucha, nena...
—¡Anda a cagar!
—Escucha, nena, contempla...Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descabezado, infernal, y
basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo.
Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:
—¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
—¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
—¡La estoy mirando!
—¿Pero por qué no la deseas?
—Porque estoy enamorada del Niño.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada
estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
—Yo amo al Niño, Big Bart.
—Y también está mi lengua —dijo Big Bart—. ¡La mejor lengua del Oeste! La sacó e hizo ejercicios
gimnásticos con ella.
—Yo amo al Niño —dijo Rocío de Miel.
—Bueno, pues jódete —dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter
toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los
muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás.
ERA EL NIÑO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.
—Te trajimos tus búfalos, hijo de puta. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el
resto...
—Soy la pistola más rápida del Oeste —dijo Big Bart.
—Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel —dijo el Niño—.
Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito...
Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire.
Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34
muescas en su pistola, y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una
confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más
nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó
hacia el Niño.
—Mira, Niño...
—¿Sí, hijo de puta...?
—Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?
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—¡Te voy a volar las pelotas, viejo!


—¿Pero por qué?
—¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!
—Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos
víctimas del mismo juego.
—No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!
—Niño...
—¡Aléjate y listo para disparar!
Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de
caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y
masturbándose. El crepúsculo caía.
Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.
—Desenfunda tú, mierda seca —dijo el Niño—, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso.
Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel. Se
puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.—Vamos, violador cornudo —dijo el Niño—.
¡DESENFUNDA!
La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó
su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la
nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.
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4 KID STARDUST EN EL MATADERO

La suerte me había vuelto a abandonar y estaba demasiado nervioso por el exceso de bebida; desquiciado,
débil; demasiado deprimido para encontrar uno de mis trabajos habituales como recadero o mozo de
almacén con qué tapar agujeros y reponerme un poco. Así que bajé al matadero entré en la oficina.
- ¿No te he visto ya?, preguntó el tipo.
- No, mentí yo.
Había estado allí dos o tres años antes, había pasado por todo el papeleo, revisión médica y demás, me
habían llevado escaleras abajo, cuatro plantas, y cada vez hacía más frío y los suelos estaban cubiertos de
un lustre de sangre, suelos verdes, paredes verdes. me habían explicado mi trabajo, que era apretar un
botón y luego por un agujero de la pared salía un ruido como un estruendo de defensas o elefantes
desplomándose, y llegaba la cosa... algo muerto, mucho, sangriento, y el tipo me dijo, lo coges y lo echas
al camión y luego aprietas el timbre y ya llega otro, y después se largó. Cuando vi que se iba me quité la
bata, el casco metálico, las botas (tres números menos que el que yo uso), subí otra vez la escalera y me
largué de allí. y ahora estaba de vuelta, tronado otra vez. - - - Pareces un poco viejo para el trabajo.
- Quiero endurecerme. Necesito trabajo duro, muy duro, mentí.
- ¿Y puedes aguantarlo?
- Otra cosa no tendré, pero coraje si. Fui boxeador, y bueno.
- ¿Ah sí?
- Si.
- Vaya, se te nota en la cara. Debieron darte duro.
- De lo de la cara no hagas caso. Yo tenía un juego de brazos magnífico. Todavía lo tengo. Lo de la cara
es porque tuve que hacer algunos tongos y tenía que parecer verdad.
- Sigo el boxeo. No recuerdo tu nombre.
- Peleaba con otro nombre, Kid Stardust.
- ¿Kid Stardust? no recuerdo a ningún Kid Stardust.
- Peleé en América del Sur, en África, en Europa, en las Islas, en ciudades pequeñas. Por eso hay ese
hueco en mi historial de trabajo no me gusta poner que fui boxeador porque la gente cree que hablo en
broma o que miento. Lo dejo en blanco y se acabó.
- Vale, vale, sube a que te hagan la revisión médica. Mañana a las nueve y medía te pondremos a trabajar.
¿Dices que quieres trabajo duro? Bueno, si tenéis otra cosa no, en este momento no. Sabes, aparentas
cerca de cincuenta. No sé sí darte el trabajo no nos gusta la gente que nos hace perder el tiempo.
- Yo no soy gente: soy Kid Stardust.
- Vale, vale, dijo riendo, ¡te pondremos a TRABAJAR!
No me gustó el tono.
Dos días después crucé la puerta y entré en el garito de madera y le enseñé a un viejo la tarjeta con mí
nombre: Henry Charles Bukowski, hijo, y el viejo me mandó al muelle de descarga: tenía que ver a
Thurman. Fui hasta allí. Había una fila de hombres sentados en un banco de madera y me miraron como
si fuese un homosexual o una canasta de baloncesto.
Yo les miré con lo que supuse tranquilo desdén y mascullé con mi mejor acento golfo:
- Dónde está Thurman. Tengo que ver a ese tío.
Alguien señaló.
- ¿Thurman?
- ¿Sí?
- Trabajo para ti.
- ¿Sí?
- Sí.
Me miró.
- ¿Y las botas?
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- ¿Botas? no tengo, dije.


Sacó un par de botas de debajo del banco y me las dio. Viejas, duras, tiesas. Me las puse. La historia de
siempre: tres números menos. Me encogían y me espachurraban los dedos. Luego me dio una
ensangrentada bata y un casco metálico. Allí me quedé de pie mientras él encendía un cigarrillo. Tiró la
cerilla con un floreo tranquilo y varonil. Vamos. Eran todos negros y cuando me acerqué me miraron
como si fueran musulmanes negros. Yo mido casi uno ochenta, pero todos eran más altos que yo, y, si no
más altos, por lo menos dos o tres veces más anchos.
- ¡Charley! aulló Thurman.
Charley, pensé. Charley, como yo. Qué bien.
Sudaba ya bajo el casco metálico.
- ¡¡Dale TRABAJO!!
Dios mío Oh dios mío. ¿Qué había sido de las noches plácidas y dulces? ¿Por qué no le pasa esto a Walter
Winchey que cree en el sistema americano? ¿no era yo uno de los estudiantes de antropología más
inteligentes de mi promoción? ¿qué pasó?. Charley me llevó hasta un camión vacío de media manzana de
largo que había en el muelle.
- Espera aquí.
Luego llegaron corriendo algunos de los musulmanes negros con carretillas pintadas de un blanco
grumoso y sórdido, un blanco que parecía mezclado con mierda de pollo. y cada carretilla estaba cargada
con montañas de jamones que flotaban en sangre acuosa y fina. No, no flotaban en sangre, se asentaban
en ella, como plomo, como balas de cañón, como muerte.
Uno de los tipos saltó al camión detrás de mí y el otro empezó a tirarme los jamones y yo los cogía y se
los tiraba al que estaba detrás de mí que se volvía y echaba el jamón en la caja. Los jamones venían
deprisa, DEPRISA, y pesaban, pesaban cada vez más. En cuanto lanzaba un jamón y me volvía, ya había
otro de camino hacía mí por el aire. Comprendí que querían reventarme. Pronto sudaba y sudaba como si
se hubiesen abierto grifos, y me dolía la espalda y me dolían las muñecas, me dolían los brazos, me dolía
todo y había agotado hasta el último gramo de energía. Apenas podía ver, apenas podía obligarme a
agarrar un jamón más y lanzarlo, un jamón más y lanzarlo. Estaba embadurnado de sangre y seguía
agarrando el suave muerto pesado FLUMP con mis manos, el jamón cedía un poco, como un culo de
mujer, y estaba demasiado débil para hablar y decir eh, qué demonios pasa, amigos... los jamones seguían
llegando y yo giraba, clavado, como un hombre clavado en una cruz bajo el casco metálico, y ellos
seguían trayendo a toda prisa carretillas llenas de jamones jamones jamones y al fin todas se vaciaron, y
yo me quedé allí tambaleante, respirando la amarillenta luz eléctrica. Era de noche en el infierno. Bueno,
siempre me había gustado el trabajo nocturno.
- ¡Vamos!
Me llevaron a otro local. Arriba en el aire en una gran compuerta elevada en la pared del extremo había
media ternera, o quizá fuese una ternera entera, sí, eran terneras enteras ahora que lo pienso, las cuatro
patas, y una de ellas salía del agujero sujeta en un gancho, recién asesinada, y se paró justo sobre mí,
colgada allí justo sobre mi cabeza de aquel gancho. Acaban de asesinarla, pensé, han asesinado a ese
maldito bicho. ¿cómo pueden distinguir un hombre de una ternera? ¿cómo saben que yo no soy una
ternera?.
- VENGA... ¡MENEALA!
- ¿Menéala?
- Eso es: ¡BAILA CON ELLA!
- ¿Qué?
- ¡Pero qué coño pasa! ¡GEORGE, ven aquí!
George se puso debajo de la ternera muerta. La agarró. UNO. Corrió hacia adelante. DOS. Corrió hacia
atrás. TRES. Corrió hacia delante mucho más. La ternera quedó casi paralela al suelo. Alguien apretó un
botón y George quedó abrazado a ella. Lista para las carnicerías del mundo. Lista para las bien
descansadas chismosas y chifladas amas de casa del mundo a las dos en punto de la tarde con sus batas de
casa, chupando cigarrillos manchados de carmín y sintiendo casi nada. Me pusieron debajo de la ternera
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siguiente.
- UNO.
- DOS.
- TRES.
La tenía. Sus huesos muertos contra mis huesos vivos. Su carne muerta contra mi carne viva, y el hueso y
el peso me aplastaban; pensé en óperas de Wagner, pensé en cerveza fría, pensé en un lindo chochito
sentado frente a mí en un sofá con las piernas alzadas y cruzadas y yo tengo una copa en la mano y hablo
lenta pausadamente abriéndome paso hacia ella y hacia la mente en blanco de su cuerpo y Charley aulló
- ¡CUELGALA DEL CAMION! caminé hacia el camión. Por la aversión a la derrota que me inculcaron
de muchacho en los patios escolares de Norteamérica supe que no debía dejar que la ternera cayera al
suelo, porque eso demostraría que era un cobarde, que no era un hombre y que, en consecuencia, nada
merecía, sólo burlas y risas y golpes, en Norteamérica tienes que ser un ganador, no hay otra salida, y
tienes que aprender a luchar porque sí y se acabó, sin preguntas, y además sí soltaba la ternera quizá
tuviera que volver a recogerla. Además se ensuciaría. Yo no quería que se ensuciase. o más bien... ellos
no querían que se ensuciase.
Llegué al camión.
- ¡CUELGALA!
El gancho que pendía del techo estaba tan romo como un pulgar sin uña. Dejabas que el trasero de la
ternera se deslizase hacia atrás e ibas a por lo de arriba, empujabas la parte de arriba contra el gancho una
y otra vez pero el gancho no enganchaba. ¡¡MADRE MIA!! Era todo cartílago y grasa, duro, duro.
- ¡VAMOS! ¡VAMOS!
Utilicé mi última reserva y el gancho enganchó, era una hermosa visión, un milagro. El gancho clavado,
aquella ternera colgando allí sola completamente separada de mi hombro, colgando para el chismorreo
bata de casa y carnicería.
- ¡MUEVETE!
Un negro de unos ciento quince kilos, insolente, áspero, frío, criminal, entró, colgó su ternera
tranquilamente y me miró de arriba abajo.
- ¡Aquí trabajamos en cadena!
- Vale, campeón.
Me puse delante de él. Otra ternera me esperaba. Cada una que agarraba estaba seguro de que sería la
última que podría agarrar. Pero me decía. Una más, sólo una más luego lo dejo. A la mierda.
Ellos estaban esperando que me rajara. Lo veía en sus ojos, en sus sonrisas cuando creían que no miraba.
No quería darles el placer de la victoria. Agarré otra ternera. Como el campeón que hace el último
esfuerzo, agarré otra ternera.
Pasaron dos horas y entonces alguien gritó DESCANSO.
Lo había conseguido. Un descanso de diez minutos, un poco de café y ya no podrían derrotarme. Fui tras
ellos hasta un carrito que alguien había traído. Vi elevarse el vapor del café en la noche; vi los bollos y los
cigarrillos y las pastas y los emparedados bajo la luz eléctrica.
- ¡EH, TU!
Era Charley. Charley, como yo.
- ¿Sí, Charley?
- Antes de tomarte el descanso, lleva ese camión a la parada dieciocho.
Era el camión que acabábamos de cargar, el de media manzana de largo. La parada dieciocho quedaba al
otro extremo del patio.
Conseguí abrir la puerta y subir a la cabina. Tenía un asiento blando de suave piel y era tan agradable que
me di cuenta de que si me descuidaba caería dormido allí mismo, yo no era un camionero. Miré por abajo
y vi como media docena de mandos, palancas, frenos, pedales y demás. Di vuelta a la llave y conseguí
encender el motor. Fui probando pedales y palancas hasta que el camión empezó a rodar y entonces lo
llevé hasta el fondo del patio, hasta la parada dieciocho, pensando constantemente: cuando vuelva, ya no
estará el carrito. Era una tragedia para mí, una verdadera tragedia. Aparqué el camión, apagué el motor y
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quedé allí sentado unos instantes paladeando la suave delicia del asiento de piel. Luego abrí la puerta y
salí. No acerté con el escalón o lo que fuese y caí al suelo con mi bata ensangrentada y mi maldito casco
metálico como si me hubiesen pegado un tiro. No me hice daño, ni siquiera lo sentí. Me levanté justo a
tiempo para ver cómo se alejaba el carrito y cruzaba la puerta camino de la calle. Les vi dirigirse de nuevo
al muelle riendo y encendiendo cigarrillos. Me quité las botas, me quité la bata, me quité el casco
metálico y fui hasta el garito del patio de entrada, tiré bata, casco y botas por encima del mostrador.
El viejo me miró:
Vaya, así que dejas esta BUENA colocación...
- Diles que me manden por correo el cheque de mis dos horas de trabajo o si no que se lo metan en el culo
¡me da igual!
Salí. Crucé la calle hasta un bar mejicano y bebí una cerveza. Luego cogí el autobús y volví a casa. El
patio escolar norteamericano me había derrotado otra vez.
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5 LA MAQUINA DE COJER

Hacía mucho calor aquella noche en el Bar de Tony. Ni siquiera pensaba en cojer. Sólo en beber cerveza
fresca. Tony nos puso un par para mí y para Mike el Indio, y Mike sacó el dinero. Le dejé pagar la
primera ronda. Tony lo echó en la caja registradora, aburrido, y miró alrededor... había otros cinco o seis
mirando sus cervezas. Imbéciles. Así que Tony se sentó con nosotros.
- ¿Qué hay de nuevo, Tony? -pregunté.
- Es una mierda -dijo Tony.
- No hay nada nuevo.
- Mierda -dijo Tony.
- Ay, mierda -dijo Mike el Indio.
Bebimos las cervezas.
- ¿Qué piensas tú de la Luna? -pregunté a Tony.
- Mierda -dijo Tony.
- Sí -dijo Mike el Indio-, el que es un cara de culo en la Tierra, es un cara de culo en la Luna, qué más da.
- Dicen que probablemente no haya vida en Marte -comenté.
- ¿Y qué carajo importa? -preguntó Tony.
- Ay, mierda -dije-. Dos cervezas más.
Tony las trajo, luego volvió a la caja con su dinero. Lo guardó. Volvió.
- Mierda, vaya calor. Me gustaría estar más muerto que los antiguos.
- ¿A dónde crees tú que van los hombres cuando mueren, Tony?
- ¿Y qué carajo importa?
- ¿Tú no crees en el Espíritu Humano?
- ¡Eso son cuentos!
- ¿Y qué piensas del Che, de Juana de Arco, de Billy el Niño, y de todos esos?
- Cuentos, cuentos.
Bebimos las cervezas pensando en esto.
- Bueno -dije-, voy a echar una meada.
Fui al retrete y allí, como siempre, estaba Petey el Búho.
La saqué y empecé a mear.
- Vaya pija más pequeña que tienes -me dijo.
- Cuando meo y cuando medito sí. Pero soy lo que tú llamas un tipo elástico. Cuando llega el momento,
cada milímetro de ahora se convierte en seis.
- Hombre, eso está muy bien, si es que no me engañas. Porque ahí veo por lo menos cinco centímetros.
- Es sólo la cabeza.
- Te doy un dólar si me dejas chupártela.
- No es mucho.
- Eso es más que la cabeza. Seguro que no tienes más que eso.
- Vete a la mierda, Petey.
- Ya volverás cuando no te quede dinero para cerveza.
Volví a mi asiento.
- Dos cervezas más -pedí.
Tony hizo la operación habitual. Luego volvió.
- Vaya calor, voy a volverme loco -dijo.
- El calor te hace comprender precisamente cuál es tu verdadero yo -le expliqué a Tony.
- ¡Corta ya! ¿Me estás llamando loco?
- La mayoría lo estamos. Pero permanece en secreto.
- Sí, claro, suponiendo que tengas razón en esa chorrada, dime, ¿cuántos hombres cuerdos hay en la
tierra? ¿hay alguno?
- Unos cuantos.
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- ¿Cuántos?
- ¿De todos los millones que existen?
- Sí, sí.
- Bueno, yo diría que cinco o seis.
- ¿Cinco o seis? -dijo Mike el Indio-. ¡Hombre no jodas!
- ¿Cómo sabes que estoy loco? -dijo Tony-. ¿Cómo podemos funcionar si estamos locos?
- Bueno, dado que estamos todos locos, hay sólo unos cuantos para controlarnos, demasiado pocos, así
que nos dejan andar por ahí con nuestras locuras. De momento, es todo lo que pueden hacer. Yo en
tiempos creía que los cuerdos podrían encontrar algún sitio donde vivir en el espacio exterior mientras los
destruían. Pero ahora sé que también los locos controlan el espacio.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque ya plantaron la bandera norteamericana en la luna.
- ¿Y si los rusos hubieran plantado una bandera rusa en la luna?
- Sería lo mismo -dije.
- ¿Entonces tú eres imparcial? -preguntó Tony.
- Soy imparcial con todos los tipos de locura.
Silencio. Seguimos bebiendo. Tony también; empezó a servirse whisky con agua. Podía; era el dueño.
- Concha de la lora, qué calor hace -dijo Tony.
- Mierda, sí -dijo Mike el Indio.
Entonces Tony empezó a hablar.
- Locura -dijo- ¿y si os dijera que ahora mismo está pasando algo de auténtica locura?
- Claro -dije.
- No, no, no... ¡Quiero decir AQUI, en mi bar!
- ¿Sí?
- Sí. Algo tan loco que a veces me da miedo.
- Explícame eso, Tony -dije, siempre dispuesto a escuchar los cuentos de los otros.
Tony se acercó más.
- Conozco a un tío que ha hecho una máquina de cojer. No esas boludeces de las revistas de mujeres. Esas
cosas que se ven en los anuncios. Botellas de agua caliente con coños de carne de buey cambiables, todas
esas boludeces. Este tipo lo ha conseguido de veras. Es un científico alemán, lo agarramos nosotros,
quiero decir nuestro gobierno. Antes de que pudieran agarrarlo los rusos. No lo contéis por ahí.
- Claro hombre, no te preocupes...
- Von Brashlitz. El gobierno intentó hacerle trabajar en el ESPACIO. No hubo nada que hacer. Es un tipo
muy listo, pero no tiene en la cabeza más que esa MAQUINA DE COJER. Al mismo tiempo, se
considera una especie de artista, a veces dice que es Miguel Ángel... le dieron una pensión de quinientos
dólares al mes para que pudiera seguir lo bastante vivo para no acabar en un manicomio. Anduvieron
vigilándole un tiempo, luego se aburrieron o se olvidaron de él, pero seguían mandándole los cheques, y
de vez en cuando, una vez al mes o así, iba un agente y hablaba con él diez o veinte minutos, mandaba un
informe diciendo que aún seguía loco y listo. Así que él andaba por ahí de un sitio a otro, con su gran baúl
rojo hasta que, por fin, una noche, llega aquí y empieza a beber. Me cuenta que es sólo un viejo cansado,
que necesita un lugar realmente tranquilo para hacer sus experimentos. A le escondí aquí. Aquí vienen
muchos locos, ya sabéis.
- Sí -dije yo.
- Luego, amigos, empezó a beber cada vez más, y acabó contándomelo. Había hecho una mujer mecánica
que podía darle a un hombre más gusto que ninguna mujer real de toda la historia... además sin tampax, ni
mierdas, ni discusiones.
- Llevo toda la vida buscando una mujer así -dije yo.
Tony se echó a reír.
- Y quién no. yo creía que estaba chiflado, claro, hasta que una noche después de cerrar subí con él y sacó
la MAQUINA DE COJER del baúl rojo.
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- ¿Y?
- Fue como ir al cielo antes de morir.
- Déjame que imagine el resto -le pedí.
- Imagina.
- Von Brashlitz y su MAQUINA DE COJER están en este momento arriba, en esta misma casa.
- Eso es -dijo Tony.
- ¿Cuánto?
- Veinte billetes por sesión.
- ¿Veinte billetes por cojerse una máquina?
- Ese tipo ha superado a lo que nos creó, fuese lo que fuese. Ya lo verás.
- Petey el Búho me la chupa y me da un dólar.
- Petey el Búho no está mal, pero no es un invento que supere a los dioses.
Le di mis veinte.
- Te advierto, Tony, que si se trata de una chifladura del calor, perderás a tu mejor cliente.
- Como dijiste antes, todos estamos locos de todas formas. Puedes subir.
- De acuerdo -dije.
- Vale -dijo Mike el Indio-. Aquí están mis veinte.
- Os advierto que yo sólo me llevo el cincuenta por ciento. El resto es para Von Brashlitz. Quinientos de
pensión no es mucho con la inflación y los impuestos, y Von B. bebe cerveza como un loco.
- De acuerdo -dije-. Ya tienes los cuarenta. ¿Dónde está esa inmortal MAQUINA DE COJER?
Tony levantó una parte del mostrador y dijo:
- Pasad por aquí. Tenéis que subir por la escalera del fondo. Cuando lleguéis llamáis y decís «nos manda
Tony».
- ¿En cualquier puerta?
-La puerta 69.
-Vale -dije-, ¿qué más?
-Listo -dijo Tony-, preparad las pelotas.
Encontramos la escalera. Subimos.
- Tony es capaz de todo por gastar una broma -dije.
Llegamos. Allí estaba: puerta 69. Llamé:
- Nos manda Tony.
- ¡Oh, pasen, pasen, caballeros!
Allí estaba aquel viejo chiflado con aire de palurdo, vaso de cerveza en la mano, gafas de cristal doble.
Como en las viejas películas. Tenía visita al parecer, una tía joven, casi demasiado, parecía frágil y fuerte
al mismo tiempo. Cruzó las piernas, toda resplandeciente: rodillas de nylon, muslos de nylon, y esa zona
pequeña donde terminan las largas medias y empieza justo esa chispa de carne. Era todo culo y tetas,
piernas de nylon, risueños ojos de límpido azul...
- Caballeros... mi hija Tanya...
- ¿Qué?
- Sí, ya lo sé, soy tan... viejo... pero igual que existe el mito del negro que está siempre empalmado, existe
el de los sucios viejos alemanes que no paran de cojer. Pueden creer lo que quieran. De todos modos, ésta
es mi hija Tanya...
- Hola, muchachos -dijo ella sonriendo.
Luego todos miramos hacia la puerta en que había ese letrero: SALA DE ALMACENAJE DE LA
MAQUINA DE COJER.
Terminó su cerveza.
- Bueno... supongo, muchachos, que venís a por el mejor POLVO de todos los tiempos...
- ¡Papaíto! -dijo Tanya-. ¿Por qué tienes que ser siempre tan grosero?
Tanya recruzó las piernas, más arriba esta vez, y casi me corro. Luego, el profesor terminó otra cerveza,
se levantó y se acercó a la puerta del letrero SALA DE ALMACENAJE DE LA MAQUINA DE COJER.
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Se volvió y nos sonrió. Luego, muy despacio, abrió la puerta. Entró y salió rodando aquel chisme que
parecía una cama de hospital con ruedas. El chisme estaba DESNUDO, una mesa de metal. El profesor
nos plantó aquel maldito traste delante y empezó a tararear una cancioncilla, probablemente algo alemán.
Una masa de metal con aquel agujero en el centro. El profesor tenía una lata de aceite en la mano, la
metió en el agujero y empezó a echar sin parar de aquel aceite. Sin dejar de tararear aquella insensata
canción alemana. Y siguió un rato echando aceite hasta que por fin nos miró por encima del hombro y
dijo: «bonita, ¿eh?». Luego, volvió a su tarea, a seguir bombeando aceite allí dentro.
Mike el Indio me miró, intentó reírse, dijo:
- Maldita sea... ¡han vuelto a tomarnos el pelo!
- Si -dije yo-, estoy como si llevara cinco años sin echar un polvo, pero tendría que estar loco para meter
la pija en ese montón de chatarra.
Von Brashlitz soltó una carcajada. Se acercó al armario de bebidas. Sacó otro quinto de cerveza, se sirvió
un buen trago y se sentó frente a nosotros.
- Cuando empezamos a saber en Alemania que estaba perdida la guerra, y empezó a estrecharse el cerco,
hasta la batalla final de Berlín, comprendimos que la guerra había tomado un giro nuevo: la auténtica
guerra pasó a ser entonces quién agarraba más científicos alemanes. Si Rusia conseguía la mayoría de los
científicos o si los conseguía Norteamérica... los que más consiguieran serían los primeros en llegar a la
Luna, los primeros en llegar a Marte... los primeros en todo. En fin, el resultado exacto no lo sé...
numéricamente o en términos de energía cerebral científica. Sólo sé que los norteamericanos me cogieron
primero, me agarraron, me metieron en un coche, me dieron un trago, me pusieron una pistola en la sien,
hicieron promesas, hablaron y hablaron. Yo lo firmé todo...
- Todas esas consideraciones históricas me parecen muy bien -dije yo-.pero no voy a meter la polla, mi
pobrecita polla, en ese cacharro de acero o de lo que sea. Hitler debía ser realmente un loco para confiar
en usted. ¡Ojala le hubieran echado el guante los rusos! ¡Yo lo que quiero es que me devuelvan mis veinte
dólares!
Von Brashlitz se echó a reír.
- jiii jiii jiii ji... es sólo mi bromita de siempre. jiii jiii jiii ji!
Metió otra vez el cacharro en el cuartito. Cerró la puerta.
-¡ay, ji jiii ji! -bebió otro trago de schnaps.
Luego se sirvió más. Lo liquidó.
- Caballeros, ¡yo soy un artista y un inventor! mi MAQUINA DE COJER es en realidad mi hija, Tanya...
- ¿Más chistecitos, Von? -pregunté.
- ¡no es ningún chiste! ¡Tanya! ¡Ponte en el regazo de este caballero!
Tanya soltó una carcajada, se levantó, se acercó, y se sentó en mi regazo. ¿Una MAQUINA DE COJER?
¡No podía serlo! su piel era piel, o lo parecía, y su lengua cuando entró en mi boca al besarnos, no era
mecánica... cada movimiento era distinto, y respondía a los míos. Me lancé inmediatamente, le arranqué
la blusa, le metí mano en las bragas, hacía años que no estaba tan caliente; luego nos enredamos; de algún
modo acabamos de pie... y la entré de pie, tirándole de aquel pelo largo y rubio, echándole la cabeza hacia
atrás, luego bajando, separándole las nalgas y acariciándole el ojo del culo mientras le atizaba, y se
corrió... la sentí estremecerse, palpitar, y me corrí también. ¡Nunca había echado polvo mejor! Tanya se
fue al baño, se limpió y se duchó, y volvió a vestirse para Mike el Indio. Supuse.
- El mayor invento de la especie humana -dijo muy serio Von Brashlitz.
Tenía toda la razón.
Por fin Tanya salió y se sentó en mi regazo.
- ¡NO! ¡NO! ¡TANYA! ¡AHORA LE TOCA AL OTRO! ¡CON ESE ACABAS DE COJER!
Ella parecía no oír, y era extraño, incluso en una MAQUINA DE COJER, porque yo nunca había sido
muy buen amante, la verdad.
- ¿Me amas? -preguntó.
- Sí.
- Te amo, y soy muy feliz. Y... teóricamente no estoy viva. Ya lo sabes, ¿verdad?
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

- Te amo, Tanya, eso es lo único que sé.


- ¡Cago en tal! -chilló el viejo-. ¡Esta JODIDA MAQUINA!
Se acercó a la caja barnizada en que estaba escrita la palabra TANYA a un lado. Salían unos pequeños
cables; había marcadores y agujas que temblequeaban, y varios indicadores, luces que se apagaban y se
encendían, chismes que tictaqueaban... Von B. era el macarra más loco que había visto en mi vida.
Empezó a hurgar en los marcadores, luego miró a Tanya:
-¡25 AÑOS! ¡Toda una vida casi para construirte! ¡Tuve que esconderte incluso de HITLER! y ahora...
¡pretendes convertirte en una simple y vulgar puta!
- No tengo veinticinco -dijo Tanya-. Tengo veinticuatro.
- ¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Como una zorra normal y corriente! volvió a sus marcadores. -te has puesto un
carmín distinto -dije a Tanya.
- ¿Te gusta?
- ¡Oh, sí!
Se inclinó y me besó.
Von B. seguía con sus marcadores. Tenía el presentimiento de que ganaría él.
Von Brashlitz se volvió a Mike el Indio:
- No se preocupe, confíe en mí, no es más que una pequeña avería. Lo arreglaré en un momento.
- Eso espero -dijo Mike el Indio-. Se me ha puesto en treinta y cinco centímetros esperando y he pagado
veinte dólares.
- Te amo -me dijo Tanya-. No volveré a cojer con ningún otro hombre. Si puedo tenerte a ti, no quiero a
nadie más.
- Te perdonaré Tanya, hagas lo que hagas.
El profe estaba corridísimo. Seguía con los cables pero nada lograba.
- ¡TANYA! ¡AHORA TE TOCA COJER CON EL OTRO! estoy... cansándome ya... tengo que echar otro
traguito de aguardiente... dormir un poco... Tanya...
- Oh -dijo Tanya- ¡este jodido viejo! ¡Tú y tus traguitos, y luego te pasas la noche mordisqueándome las
tetas y no puedo dormir! ¡Ni siquiera eres capaz de conseguir un empalme decente! ¡Eres asqueroso!
- ¿COMO?
- ¡DIJE «QUE NI SIQUIERA ERES CAPAZ DE CONSEGUIR UN EMPALME DECENTE»!
- ¡Esto lo pagarás Tanya! ¡Eres creación mía, no yo creación tuya! seguía hurgando en sus mágicos
marcadores. Quiero decir, en la máquina. Estaba fuera de sí, pero se veía claramente que la rabia le daba
una clarividencia que le hacía superarse.
- Es sólo un momento, caballero -dijo dirigiéndose a Mike-. ¡Sólo tengo que ajustar los cuadros
electrónicos! ¡Un momento! ¡Vale! ¡Ya está!
Entonces se levantó de un salto. Aquel tipo al que habían salvado de los rusos. Miró a Mike el Indio.
- ¡Ya está arreglado! ¡La máquina está en orden! ¡A divertirse caballero!
Luego, se acercó a su botella de aguardiente, se sirvió otro pelotazo y se sentó a observar.
Tanya se levantó de mi regazo y se acercó a Mike el Indio. Vi que Tanya y Mike el Indio se abrazaban.
Tanya le bajó la cremallera. Le sacó la polla, ¡menuda polla tenía el tío! había dicho treinta y cinco
centímetros, pero parecían por lo menos cincuenta. Luego Tanya rodeó con las manos la polla de Mike.
Él gemía de gozo. Luego la arrancó de cuajo. La tiró a un lado. Vi el chisme rodar por la alfombra como
una disparatada salchicha, dejando tristes regueruelos de sangre. Fue a dar contra la pared. Allí se quedó
como algo con cabeza pero sin piernas y sin lugar alguno a donde ir... lo cual era bastante cierto.
Luego, allá fueron las BOLAS volando por el aire. Una visión saltarina y pesada. Simplemente
aterrizaron en el centro de la alfombra y no supieron qué hacer más que sangrar. Así que sangraron.
Von Brashlitz, el héroe de la invasión rusonorteamericana, miró ásperamente lo que quedaba de Mike el
Indio, mi viejo camarada de sople, rojo rojo allá en el suelo, manando por su centro... von B. se dio el
piro, escaleras abajo...la habitación 69 había hecho de todo salvo aquello. Luego le pregunté a ella:
-Tanya, habrá problemas aquí muy pronto. ¿Por qué no dedicamos el número de la habitación a nuestro
amor?
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- ¡Como quieras, amor mío!


Lo hicimos, justo a tiempo; y luego entraron aquellos idiotas.
Uno de aquellos enterados declaró entonces muerto a Mike el Indio. Y como von B. era una especie de
producto del gobierno norteamericano, en seguida se llenó aquello de gente, varios funcionarios de
mierda de diversos tipos, bomberos, periodistas, la pasma, el inventor, la CIA, el FBI y otras diversas
formas de basura humana.
Tanya vino y se sentó en mi regazo.
- Ahora me matarán. Procura no entristecerte, por favor.
No contesté.
Luego von Brashlitz se puso a chillar, apuntando a Tanya:
-¡SE LO ASEGURO, CABALLEROS, ELLA NO TIENE NINGUN SENTIMIENTO! ¡CONSEGUI
QUE HITLER NO LA AGARRASE! ¡Se lo aseguro, no es más que una MAQUINA!
Todos se limitaron a quedarse allí mirándole. Nadie le creía. Era ni más ni menos la máquina más bella, la
mujer por así decirlo, que habían visto en su vida.
-¡Maldita sea! ¡pelotudos! toda mujer es una máquina de cojer, ¿es que no se dan cuenta? ¡Apuestan al
mejor caballo! ¡EL AMOR NO EXISTE! ¡ES UN ESPEJISMO DE CUENTO DE HADAS COMO LOS
REYES MAGOS!
Aun así no le creían.
-¡ESTO es sólo una máquina! ¡No tengan ningún MIEDO! ¡MIREN!
Von Brashlitz agarró uno de los brazos de Tanya. Lo arrancó de cuajo del cuerpo. Y dentro, dentro del
agujero del hombro, se veía claramente, no había más que cables y tubos, cosas enroscadas y
entrelazadas, además de cierta sustancia secundaria que recordaba vagamente la sangre.
Y yo vi a Tanya allí de pie con aquellos alambres enroscados colgándole del hombro donde antes tenía el
brazo. Me miró:
- ¡Por favor, hazlo por mí! recuerda que te pedí que no te pusieras triste.
Vi como se echaban sobre ella, como la destrozaban y la violaban y la mutilaban. No pude evitarlo.
Apoyé la cabeza en las rodillas y me eché a llorar...Mike el Indio nunca llegó a cobrarse sus veinte
dólares. Pasaron unos meses. No volví al bar. Hubo juicio, pero el gobierno eximió de toda culpa a Von
B. y a su máquina. Me trasladé a otra ciudad. Lejos, y un día estaba sentado en la peluquería y agarré una
revista pornográfica. Había un anuncio:
«¡Hinche su propia muñequita! veintinueve dólares noventa y cinco. Goma resistente, muy duradera.
Cadenas y látigos incluidos en el lote. Un bikini, sostén, bragas, dos pelucas, barra de labios y un tarrito
de poción de amor incluidos. Von Brashlitz Co.».
Envié un pedido. a un apartado de Massachusetts. también él se había trasladado. El paquete llegó al cabo
de unas tres semanas. Fue bastante embarazoso porque yo no tenía bomba de bicicleta, y me puse muy
caliente cuando saqué todo aquello del paquete. Tuve que bajar a la gasolinera de la esquina y utilizar la
bomba de aire.Hinchada tenía mejor pinta. grandes tetas, un culo. inmenso.
- ¿Qué es eso que tiene ahí, amigo? -me preguntó el de la gasolinera.
- Oiga, oiga, yo le he pedido prestado un poco de aire. Soy un buen cliente, ¿no?
- Pueno, bueno, puede agarrar el aire. Pero es que no puedo evitar la curiosidad... ¿qué tiene ahí?
- ¡Vamos, déjeme en paz! -dije.
- ¡DIOS MIO! ¡Que TETAS! ¡Mire, mire!
- ¡Ya las veo, imbécil!
Le dejé con la lengua fuera, me eché el chisme al hombro y volví a casa. Me metí en el dormitorio. Aún
estaba por plantearse la gran cuestión...abrí las piernas buscando algún tipo de abertura. Von B. no lo
había hecho mal del todo. Me eché encima y empecé a besar aquella boca de goma. De cuando en cuando
echaba mano a una de las gigantescas tetas de goma y la chupaba. Le había puesto una peluca amarilla y
me había frotado con la poción de amor toda la polla. No hizo falta mucha poción de amor, con la del
tarro habría para un año. La besé apasionadamente detrás de las orejas, le metí el dedo en el culo y le di
sin parar. Luego la dejé, di un salto, le encadené los brazos a la espalda, con el candadito y la llave, y le
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azoté el culo de lo lindo con los látigos. ¡dios mío, voy a volverme loco! pensé. Después de azotarla bien,
volví a metérsela. Cojí y cojí. Era más bien aburrido, la verdad. Imaginé perros follando con gatas;
imaginé dos personas follando en el aire mientras caían de un rascacielos. Imaginé un coño grande como
un pulpo, reptando hacia mí, apestoso, anhelante de orgasmo. Recordé todas las bragas, rodillas, piernas,
tetas y coños que había visto. La goma sudaba; yo sudaba.
- ¡Te amo, querida! -susurré jadeante en sus oídos de goma. Me fastidia admitirlo, pero me obligué a
eyacular en aquella sarnosa masa de goma. No se parecía en nada a Tanya. Agarré una navaja de afeitar y
destrocé el artefacto. Lo tiré donde las latas vacías de cerveza. ¿Cuántos hombres compran esos chismes
absurdos en Norteamérica? ¿No pasas ante medio centenar de máquinas de joder si das una vuelta por
cualquier calle céntrica de una gran ciudad de Norteamérica? con la única diferencia de que éstas
pretenden ser mujeres. Pobre Mike el Indio, con su polla muerta de cincuenta centímetros. Todos los
pobres Mikes. Todos los que escalan el Espacio. Todas las putas de Vietnam y Washington. Pobre Tanya,
con su vientre que había sido el vientre de un cerdo. Sus venas que habían sido las venas de un perro.
Apenas cagaba o meaba, cojer, sólo follaba (corazón, voz y lengua prestados por otros). Por entonces,
sólo debían haber hecho unos diecisiete transplantes de órganos. Von B. iba muy por delante de todos.
Pobre Tanya, qué poco había comido la pobre... básicamente queso barato y uvas pasas. Nunca había
deseado dinero ni propiedades ni grandes coches nuevos, ni casas supercaras. Jamás había leído el diario
de la tarde. No deseaba en absoluto una televisión en color, ni sombreros nuevos, ni botas de lluvia, ni
charlas de patio con mujeres idiotas; jamás había querido un marido médico, o corredor de bolsa, o
miembro del Congreso o policía. Y el tipo de la gasolinera sigue preguntándome:
- Oiga, ¿qué fue de aquello que trajo a inflar aquel día?
Pero ya no me lo preguntará más. Voy a echar gasolina en otro sitio. Y no volveré tampoco a la barbería
donde vi la revista del anuncio de la muñeca de goma de Von B. Voy a intentar olvidarlo todo. ¿No harías
tú lo mismo?
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6 NO HAY CAMINO AL PARAÍSO

Estaba sentado en un bar de Western Avenue. Era alrededor de medianoche y me encontraba en mi


habitual estado de confusión. Quiero decir, bueno, ya sabes, nada funciona bien: las mujeres, el trabajo, el
ocio el tiempo, los perros...
Finalmente sólo puedes ir y sentarte atontado, totalmente noqueado, y esperar; como si estuvieses en una
parada de autobús aguardando la muerte.
Bueno, pues yo estaba allí sentado y aquí entra una con el pelo largo y moreno, un bello cuerpo y tristes
ojos marrones. Yo no dí la vuelta para mirarla, seguí con mi vaso. La ignoré incluso cuando vino y se
sentó a mi lado a pesar de que todos los demás asientos estaban vacíos. De hecho, éramos las únicas
personas que había en el bar sin contar al encargado. Pidió un vino seco. Entonces me preguntó lo que
estaba bebiendo.
—Escocés con agua —contesté
—Y sírvale al señor un escocés con agua —le dijo al barman.
Bueno, esto no era muy normal.
Abrió su bolso, cogió una pequeña jaula, sacó de ella unos hombrecitos y los puso sobre la barra. Tenían
alrededor de diez centímetros de altura, estaban apropiadamente vestidos y parecían tener vida. Eran
cuatro: dos mujeres y dos hombres.
—Ahora los hacen así —dijo ella—. Son muy caros. Me costaron cerca de 2000 dólares cada uno cuando
los compré. Ahora ya valen cerca de 2400. No conozco el proceso de fabricación pero probablemente sea
ilegal.
Estaban paseando sobre la barra. De repente, uno de los hombrecitos abofeteó a una de las pequeñas
mujeres.
—¡Tú, perra! —dijo—. No quiero saber nada más de ti.
—¡No, George, no puedes hacerme esto! —gritaba ella llorando—. ¡Yo te amo! ¡Me mataré! ¡Te
necesito!
—No me importa —dijo el hombrecito, y sacó un minúsculo cigarrillo, encendiéndolo con gesto altivo—.
Tengo derecho a hacer lo que se me dé la gana.
—Si tú no la quieres —dijo el otro hombrecito —yo me quedo con ella, yo la amo.
—Pero yo no te quiero a ti, Marty. Yo estoy enamorada de George.
—Pero él es un cabrón, Anna, un verdadero cabronazo.
—Lo sé, pero le amo de todos modos.
Entonces el pequeño cabrón se fue hacia la otra mujercita y la besó.
—Creo que se me está formando un triángulo —dijo la señorita que me había invitado al whisky–. Te los
presentaré. Ese es Marty, y George, y Anna y Ruthie.
George va de bajada, se lo hace bien. Marty es una especie de cabeza cuadrada.
—¿No es triste mirar todo esto? Eh... ¿Cómo te llamas?
—Dawn. Un nombre horrible, pero eso es lo que a veces les hacen las madres a sus hijos.
—Yo soy Hank. ¿Pero no es triste...?
—No, no es triste mirar todo esto. Yo no he tenido mucha suerte con mis propios amores, una suerte
horrible, a decir verdad.
—Todos tenemos una suerte horrible.
—Supongo que sí. De todos modos, me compré estos hombrecitos y ahora me entretengo en mirarlos, es
como no tener ninguno de los problemas, pero tenerlo todo presente. Lo malo es que me pongo
terriblemente caliente cuando empiezan a hacer el amor. Es la parte más difícil para mí.
—¿Son sexys?
—¡Muy, muy sexys. Dios, me ponen de verdad caliente!
—¿Por qué no los pones a que lo hagan? Quiero decir, ahora mismo.
Podremos mirarlos juntos.
—Oh, no se pueden manejar, tienen que ponerse a hacerlo por su cuenta.
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—¿Y lo hacen a menudo?


—Oh, son bastante buenos. Lo hacen cerca de cuatro o cinco veces por semana.
Mientras tanto, ellos paseaban por la barra.
—Escucha —decía Marty—, dame una oportunidad. Sólo dame una oportunidad, Anna...
—No —decía la pequeña Anna—, mi amor pertenece a George. No puede ser de otra manera. George
estaba besando a Ruthie, acariciando sus pechos. Ruthie estaba empezando a calentarse.
—Ruthie está empezando a calentarse —le dije a Dawn.
—Sí que lo está. Está empezando de verdad.
Yo también me estaba poniendo cachondo. Abracé a Dawn y la besé.
—Mira —dijo ella—, no me gusta que hagan el amor en público. Me los voy a llevar a casa y que lo
hagan allí.
—Pero entonces no podré verlo.
—Bueno, sólo tienes que venir conmigo y podrás.
—De acuerdo —dije— vámonos.
Acabé mi bebida y salimos juntos. Ella llevaba a los hombrecitos metidos en la jaula. Subimos al coche y
los pusimos entre nosotros en el asiento delantero.
Miré a Dawn. Era realmente joven y bella. Parecía también inteligente. ¿Cómo podía haber fracasado con
los hombres? Bueno, había tantos modos de fracasar unas relaciones... Los hombrecitos le habían costado
8000 dólares. Todo eso sólo para alejarse de las relaciones sexuales sin alejarse de ellas. Su casa estaba
cerca de las colinas, un sitio agradable. Salimos del coche y fuimos hacia la puerta. Yo llevaba a la
gentecilla en la jaula mientras Dawn abría la puerta.
—Estuve oyendo a Randy Newman la semana pasada en el Trobador. ¿Verdad que es grande? —me
preguntó.
—Sí que lo es —contesté.
Entramos y Dawn abrió la jaula y los sacó y los puso sobre la mesita de café.
Entonces se metió en la cocina y abrió el refrigerador y sacó una botella de vino. La trajo en compañía de
dos copas.
—Perdona —dijo— pero pareces un poco chiflado. ¿En qué trabajas?
—Soy escritor.
—¿Y vas a escribir algo acerca de esto?
—Nunca se lo creerá nadie, pero lo escribiré.
—Mira —dijo Dawn —George le ha quitado las bragas a Ruthie. Le está metiendo el dedo. ¿Un poco de
hielo?
—Sí, ya lo veo. No, no quiero hielo. El tío va bien derecho.
—No sé —dijo Dawn—, pero de verdad que me pone cachonda el mirarlos. Quizás es porque son tan
pequeños. Realmente me calientan.
—Entiendo lo que quieres decir.
—Mira, George la está tumbando, se lo va a hacer.
—Sí, allá van.
—¡Míralos!
—¡Dios o la puta!
Abracé a Dawn. Comenzamos a besarnos. Cuando parábamos, sus ojos pasaban de mirarme a mí a mirar
a los hombrecitos fornicando, y luego volvía a mirarme de nuevo a los ojos. Yo seguía siempre su mirada.
El pequeño Marty y la pequeña Anna también estaban mirando.
—Mira —decía Marty—, ellos lo están haciendo. Nosotros deberíamos hacerlo también. Incluso las
personas grandes van a hacerlo. ¡Míralos!
—¿Oíste eso? —le pregunté a Dawn—. Ellos dicen que vamos a hacerlo, ¿es verdad eso?
—Espero que sea verdad —dijo Dawn.
La tumbé sobre el sofá y le subí la falda por encima de los muslos. La besé a lo largo del cuello.
—Te amo —dije.
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—¿De verdad? ¿De verdad?


—Sí, de alguna manera, sí...
—De acuerdo —dijo la pequeña Anna al pequeño Marty— podemos hacerlo nosotros también, pero que
quede claro que yo no te quiero.
Se abrazaron en medio de la mesita de café. Yo le había quitado ya a Dawn las bragas. Dawn gemía. La
pequeña Ruthie gemía. Marty se la metió por fin a la pequeña Anna. Estaba pasando en todas partes. Me
pareció como si toda la gente del mundo estuviese haciéndolo. Entonces me olvidé de toda la otra gente
del mundo. Nos fuimos al dormitorio y allí se la metí a Dawn en una larga y tranquila cabalgada...Cuando
ella salió del baño yo estaba leyendo una estúpida historia en el Playboy.
—Estuvo tan bien —dijo.
—Fue un placer —contesté.
Se volvió a meter en la cama conmigo. Dejé la revista.
—¿Crees que nos lo podemos hacer juntos? —me preguntó.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que si tú crees que podemos seguir así, juntos, durante algún tiempo.
—No sé. Las cosas ocurren. El principio siempre es lo más fácil.Entonces escuchamos un grito roveniente
de la salita. «Oh oh», dijo Dawn. Se levantó y salió corriendo de la habitación. Yo la seguí. Cuando
legué, ella estaba sosteniendo a George en sus manos.
—¡Oh, Dios mío!
—Qué ha pasado?
—Anna se lo hizo.
—¿Qué le hizo?
—¡Le cortó las pelotas! ¡George es un eunuco!
—¡Uau!
—¡Tráeme algo de papel higiénico, rápido! ¡Se está desangrando!
—Ese hijo de puta —decía la pequeña Anna desde la mesita de café —si yo no puedo tener a George,
nadie lo tendrá.
—¡Ahora las dos me pertenecéis! —dijo Marty.
—Ah no, tienes que elegir una de nosotras —dijo Anna.
—¿A cuál prefieres? —preguntó Ruthie.
—Yo os amo a las dos. dijo Marty.
—Ha parado de sangrar —dijo Dawn —se está quedando frío.
Envolvió a George en un pañuelo y lo puso sobre el mantel.
—Quiero decir —dijo Dawn —que si tú crees que lo nuestro no va a funcionar, no quiero seguir por más
tiempo.
—Creo que te amo, Dawn —dije.
—Mira —dijo ella—. ¡Marty está abrazando a Ruthie!
—¿Crees que van a hacerlo?
—No sé. Parecen excitados.
Dawn cogió a Anna y la metió en la pequeña jaula.
—¡Dejadme salir! ¡Los mataré a los dos! ¡Dejadme salir! —gritaba.
George gimió desde el interior del pañuelo sobre el mantel. Marty le había quitado las bragas a Ruthie.
Yo me atraje a Dawn. Era joven, bella e inteligente. Podía volver a estar enamorado. Era posible. Nos
besamos. Me sumergí en sus grandes ojos marrones. Entonces me levanté y eché a correr. Sabía donde
estaba. Una cucaracha y un águila hacían el amor. El tiempo era un bobo con un banjo. Seguía corriendo.
Su larga cabellera me caía por la cara.
—¡Mataré a todo el mundo! —gritaba la pequeña Anna. Se agitaba sacudiendo su jaula de alambre a las
tres de la madrugada.
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7 PITTSBURGH PHIL Y COMPAÑÍA

Este tío, Sommerfield, no trabajaba en nada y además le pegaba a la botella. Era una especie de imbécil y
yo trataba de evitarle, pero él siempre estaba asomado colgando de la ventana medio bebido. Me veía salir
de mi casa y siempre me decía lo mismo:
-Hey, Hank. ¿Por qué no me llevas a las carreras?
Y yo siempre le contestaba:
-Un día de éstos, Joe, hoy no.
Bueno, él seguía y seguía siempre con lo mismo, colgando de la ventana medio borracho, así que un día
le dije:
-Está bien, Cristo, vamos...
Y nos fuimos a las carreras.
Enero en Santa Anita, si conocieras ese hipódromo sabrías que puede hacer verdadero frío cuando estás
perdiendo. El viento llega de las montañas nevadas y tus bolsillos están vacíos y tiemblas y piensas en la
muerte y en los tiempos duros y en el alquiler y todo lo demás. No es un sitio muy agradable para perder.
En Hollywood Park por lo menos puedes volver a tu casa bronceado. Nos fuimos a las carreras. El habló
durante todo el camino. No había estado jamás en un hipódromo. Le tuve que explicar la diferencia entre
ganador, colocado y apuesta múltiple. Ni siquiera sabía lo que era una valla de salida o un folleto de
apuestas. Cuando llegamos, utilizó mi folleto. Tuve que enseñarle a leerlo. Le pagué la entrada y le
compré un programa. Todo lo que él tenía eran dos dólares, me los enseñó. Suficiente para una apuesta.
Dimos una vuelta antes de la primera carrera, mirando a las mujeres. Joe me dijo que no había estado con
una mujer en cinco años. Era un tío de apariencia miserable, un verdadero perdedor. Pasamos las páginas
del folleto de apuestas y miramos a las mujeres; entonces Joe me dijo:
-¿Cómo es que el caballo 6 está 14 a uno? A mí me parece el mejor. Traté de explicarle por qué el caballo
estaba 14 a uno en relación con los otros caballos, pero él no me escuchaba.
-Tan cierto como el infierno que es el mejor. No lo entiendo. Yo voy a apostar por él.
-Son tus dólares, Joe -dije yo-, y no pienso prestarte ni un céntimo cuando los pierdas. El nombre del
caballo era Red Charley, una bestia de aspecto triste. Salió con las cuatro patas vendadas. Cuando la gente
lo vio, su cotización bajó a 18 a uno. Yo puse diez dólares a ganador al caballo lógico, Bold Latrine, un
apretado manojo de clase, con una buena temporada a sus espaldas, y segundo favorito en la carrera.
Pensé que 7 a 2 era un buen precio para ese caballo. Era un recorrido de milla y cuarto. Red Charley
estaba ya en 20 a uno cuando salió de la valla, y salió el primero; no podías perderlo de vista con tanto
vendaje. El chico le pegó fuerte y sacó cuatro cuerpos en la primera recta, debía creerse que estaba en una
carrera de cuarto de milla. El jockey sólo había ganado dos veces en 40 montas y en seguida se veía por
qué. Llevaba seis cuerpos de ventaja en la recta de vuelta. La espuma caía a chorros por el cuello de Red
Charley; parecía condenada crema de afeitar.
En la última curva los seis cuerpos habían disminuido a cuatro y todo el paquete le iba ganando distancia.
Al entrar en la recta final, Red Charley sólo sacaba un cuerpo y medio y mi caballo, Bold Latrine, iba
avanzando cada vez más. Yo me sentía como si estuviera allí dentro. A mitad de la recta sólo me sacaba
una cabeza. Unos metros más y estaría el primero. Pero siguieron de ese modo hasta el final. Red Charley
ganó por una cabeza. Pagaron 42,80 dólares.
-Sabía que era el mejor -dijo Joe, y se fue a cobrar su dinero.
Cuando volvió me pidió el folleto de nuevo. Lo ojeó.
-¿Cómo es que Big H está 6 a uno? -me preguntó-. Parece el mejor.
-Puede que te parezca el mejor a ti -dije-, pero según los expertos en caballos y handicap, verdaderos
profesionales, su valor es de 6 a uno.
-No te cabrees, Hank. Ya sé que soy un novato en este juego. Sólo quiero decir que me parece como si
debiera ser el favorito. No sé. Voy a apostar por él de todas formas. Voy a apostar diez dólares de
ganador.
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-Es tu dinero, Joe. Sólo tuviste suerte en la primera carrera, el juego no es tan sencillo.
Bueno, Big H ganó y pagaron 14,40 dólares. Joe empezó a pavonearse. Leímos de nuevo el folleto en el
bar y Joe pidió una bebida para cada uno y le dio al camarero un dólar de propina. Cuando nos íbamos del
bar, se dirigió al camarero y le dijo: «Barneyïs Mole está solo en esta carrera». Barneyïs Mole era el
favorito a 6/5, así que no me pareció una predicción tan disparatada. De todos modos, al acabar la carrera,
ganador, representó dinero. Pagaron a 4,20 dólares y Joe se sacó 20 dólares gracias a él.
-Esta vez -me dijo- eligieron favorito al caballo adecuado.
Al acabar la jornada, de nueve carreras, Joe había acertado ocho ganadores. En el camino de vuelta,
estuvo todo el rato preguntándose cómo podía haberse equivocado en la séptima carrera.
-Blue Truck parecía con mucho el mejor. No entiendo cómo llegó tercero.
-Joe, has ganado 8 de 9. Esa es la suerte del novato. No sabes lo jodido que es este juego.
-A mí me parece fácil. Simplemente eliges el ganador y luego recoges tu dinero.
No volví a hablar en todo el resto del viaje. Esa misma noche llamó a mi puerta y se presentó con una
botella de whisky y el folleto de apuestas. Le ayudé a vaciar la botella, él me dijo los nueve ganadores del
día siguiente y me explicó por qué. Teníamos entre nosotros a un verdadero experto. Yo sabía cómo
podían subirse las carreras a la cabeza. Una vez tuve 17 ganadores seguidos y pensé en comprar casas a
todo lo largo de la costa y empezar un negocio de esclavos blancos para proteger mis ganancias de los
inspectores de Hacienda. Así de loco te puedes volver.
Me moría de ganas por llevar a Joe al hipódromo al día siguiente. Quería ver su cara cuando fallasen
todas sus predicciones. Los caballos eran sólo animales hechos de carne. Continuamente fallaban. Como
decían los viejos aficionados:
«Hay una docena de formas de perder una carrera y sólo una de ganarla».Bueno, pues no ocurrió así. Joe
acertó 7 de sus 9 ganadores; caballos desconocidos, de tarifa media. Y todo el camino de vuelta estuvo
maldiciendo sus dos perdedores. No podía entender por qué había fallado. Yo no dije nada. El hijo de
puta podía tener razón. Pero los porcentajes acabarían venciéndolo. Comenzó a explicarme que yo
apostaba mal, y el modo adecuado de hacerlo. Dos días en el hipódromo y ya era un experto. Yo llevaba
jugando 20 años y el tío me estaba diciendo que no conocía mi propio culo. Fuimos toda la semana y Joe
siguió ganando. Se volvió tan insoportable que no pude aguantarle por más tiempo. Se compró traje y
sombrero nuevos, zapatos y camisas, y empezó a fumar puros de medio dólar. Les dijo a los del subsidio
de paro que estaba empleado en su propio negocio y que no necesitaba su sucio dinero por más tiempo.
Joe se había vuelto loco. Se dejó crecer el bigote, se compró un reloj de pulsera y un costoso anillo. El
martes siguiente le vi dirigirse al hipódromo en coche propio. Un Caddy negro del 69. Me saludó desde
la ventanilla al tiempo que echaba fuera la ceniza de su puro. En el hipódromo no hablé con él. Ahora iba
siempre al sector de socios. Cuando llamó a mi puerta aquella noche, llevaba la habitual botella de whisky
y una rubiaza a su lado. Una rubia joven, bien vestida, bien cuidada, tenía unas formas y una cara
magníficas. Entraron juntos.
-¿Quién es este viejo sarnoso? -le preguntó a Joe.
-Es mi viejo compadre, Hank -le dijo él-; le conocí cuando yo era pobre. Me llevó un día a las carreras.
-¿Y no tiene alguna vieja?
-El viejo Hank no ha estado con una mujer desde 1965. Oye, ¿qué tal si lo juntamos con la gorda Gertie?
-Oh infiernos, Joe. ¡La gorda Gertie no lo aguantaría! Mira, va vestido como un pordiosero.
-Ten un poco de misericordia, nena, es mi compadre. Sé que no tiene muy buena pinta, pero empezamos
juntos, y yo soy muy sentimental.
-Bueno, la gorda Gertie no es sentimental, y le gusta la clase.
-Mira, Joe -dije yo-, olvídate de las mujeres. Siéntate aquí, bebamos unos tragos, y vamos a echar un
vistazo al folleto de apuestas para que me digas los ganadores de mañana. Joe hizo eso. Bebimos y me
señaló los caballos. Me escribió nueve nombres en un pedazo de papel. Su chica, Thelma, bueno, Thelma
me miraba como si fuese una mierda de perro en medio de un césped bien cuidado. Estos nueve caballos
dieron ocho ganadores al día siguiente. Uno de ellos pagó 62 dólares. No podía entenderlo. Esa noche Joe
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vino con una chica nueva. Parecía aún más bonita. El se sentó a mi lado con la botella y el folleto de
puestas y me escribió nueve caballos más. Entonces me dijo:
-Escucha, Hank, me voy a mudar de casa. He encontrado un bonito apartamento de lujo al lado del
hipódromo. El tiempo de viaje de ida y vuelta a las carreras era un coñazo. Vámonos, nena. Nos veremos
por ahí, chico, adiós. Sabía lo que pasaba. Mi compadre me estaba dando el cepillazo. Al día siguiente
aposté fuerte a los nueve caballos. Siete fueron ganadores. Cuando volví a casa me sumergí en el folleto
de apuestas tratando de hallar el motivo por el que los había elegido, pero no parecía haber ninguna razón
comprensible. Algunas de sus selecciones eran verdaderos rompecabezas para mí. No volví a ver a Joe
por el patio de apuestas, excepto una vez. Le vi entrar en los locales del club con dos mujeres. Estaba
gordo, reía a carcajadas. Llevaba un traje de doscientos dólares y un anillo con un diamante incrustado.
Arrojó al suelo a medio fumar un puro importado de dólar y medio. Ese día perdí todas las carreras.
Dos años más tarde, yo estaba en el hipódromo de Hollywood Park y era un día particularmente caluroso,
un jueves. En la sexta carrera había sacado un ganador a 26,80 dólares. Cuando me alejaba de la
ventanilla de pagos, oí su voz detrás de mí:
-¡Eh, Hank! ¡Hank!
Era Joe.
-Cristo, tío -dijo-. ¡Es maravilloso volver a verte!
-Hola, Joe...
Seguía con su traje de doscientos dólares, en medio de todo ese calor. Todo el mundo iba en mangas de
camisa. El necesitaba un afeitado, sus zapatos estaban polvorientos y el traje estaba arrugado y sucio. El
diamante había desaparecido, el reloj de pulsera había desaparecido.
-Dame un cigarrilo, Hank.
Le dí un cigarrillo y cuando lo encendió, noté que sus manos temblaban.
-Necesito un trago, tío -me dijo.
Lo llevé a un bar y nos tomamos un par de whiskies. Joe estudió el folleto de apuestas.
-Escucha, tío; yo te he señalado un montón de ganadores, ¿no?
-Claro que sí, Joe.
Estuvimos allí mirando el folleto por un rato.
-Ahora coge esta carrera -dijo-. Mira a Black Monkey. Va a ganar, Hank. Lo tiene chupado. Y está 8 a
uno.
-¿Te gustan sus posibilidades, Joe?
-Está hecho, tío. Ganará como la luz del día.
Pusimos nuestras apuestas a Black Monkey y salimos a ver la carrera. Llegó en séptimo lugar.
-No lo entiendo -dijo Joe-. Mira, déjame dos pavos más, Hank. Siren Call está en la próxima, no puede
perder. No hay manera.
Siren Call llegó a alcanzar un quinto puesto, pero eso no es una gran ayuda cuando apuestas a ganador.
Joe me sacó otros dos dólares para la novena carrera y su caballo llegó el último. Me dijo que no tenía
coche y que si me importaba llevarle a casa.
-No te lo vas a creer -me dijo-, pero estoy de nuevo en la miseria.
-Te creo, Joe.
-Pero me remontaré. Sabes, Pittsburgh Phil se arruinó media docena de veces. Siempre consiguió volver a
enriquecerse. Sus amigos tenían fe en él. Le prestaban dinero. Cuando le dejé, me encontré con que ahora
vivía en una vieja casa de habitaciones alquiladas, a unas cuatro manzanas de la mía. Yo nunca me había
mudado. Cuando bajó del coche me dijo:
-Hay un programa cojonudo para mañana, lo tengo controlado. ¿Vas a ir?
-No estoy seguro, Joe.
-Quiero saber si vas a ir.
-Claro, Joe.
Esa noche oí llamar a mi puerta. Reconocí la llamada de Joe. No contesté. Seguí tumbado en la cama. El
siguió llamando. Yo tenía la televisión encendida, pero seguí sin contestar. El volvió a llamar.
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

-¡Hank! ¡Hank! ¿Estás ahí? ¡EH, HANK!


Entonces empezó a pegarle de verdad a la puerta, el hijo de puta. Estaba frenético. Golpeó y golpeó, una y
otra vez. Al fin paró. Le oí bajar las escaleras. Entonces oí cerrarse la puerta principal de la casa. Me
levanté, apagué el televisor, fui hasta el frigorífico, me hice un sandwich de jamón y queso, y abrí una
botella de cerveza. Me senté con todo ello, abrí el folleto de apuestas del día siguiente y empecé a mirar la
primera carrera, un premio de cinco mil dólares potros de más de tres años. Me gustaba el número 8.
Estaba homologado en 5 a uno. De cualquier modo, me quedaba con él.
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

8 SE BUSCA UNA MUJER

Edna bajaba por la calle con su bolsa de la compra, cuando pasó a la altura del automóvil. Había algo
escrito en la ventanilla lateral:
SE BUSCA UNA MUJER.
Se paró. Era un cartón pegado a la ventanilla, con alguna especie de anuncio. En su mayor parte estaba
escrito a máquina. Edna no podía leerlo desde el lugar de la acera en que se encontraba. Sólo podía ver las
letras grandes:
SE BUSCA UNA MUJER.
Era un coche nuevo y de los caros. Edna cruzó la hierba y se acercó a leer la parte mecanografiada:
«Hombre de 49 años. Divorciado. Busca una mujer con fines matrimoniales. Que tenga entre 35 y 44
años. Me gusta la televisión y los films. La buena comida. Soy contable y tengo el trabajo bien asegurado.
Tengo dinero en el banco. Me gustan las mujeres algo rellenas. Edna tenía 37 años y estaba algo rellena.
Había un número de teléfono. También había tres fotos del caballero que buscaba una mujer. Parecía rico
y elegante, con su traje y corbata. También parecía algo estúpido y un poco cruel. Y hecho de madera,
pensó Edna, hecho de madera...Siguió su camino, con una pequeña sonrisa. También sentía una especie
de repulsión. Pero cuando llegó a su apartamento ya se había olvidado por completo de todo. Fue varias
horas más tarde, sentada en la bañera, cuando empezó a pensar en él otra vez, y esta vez pensó en lo solo,
en lo terriblemente solo que debía encontrarse para haber llegado a hacer una cosa así:
SE BUSCA UNA MUJER.
Se lo imaginó llegando a la casa, encontrándose las facturas del gas y del teléfono en el buzón,
desnudándose, tomando un baño, la televisión encendida. Después leería el periódico de la tarde. Luego
entraría en la cocina a hacerse la cena. Allí, quieto, mirando como se fríe el pan, en calzoncillos. Luego
cogería la comida y la llevaría a una mesa, se la comería. Le podía ver bebiéndose su café. Luego más
televisión. Y quizás un solitario bote de cerveza antes de acostarse. Debía haber millones de hombres
como él en toda América.
Edna salió de la bañera, se secó, se vistió y salió del apartamento. El coche seguía allí. Apuntó su nombre,
Joe Lighthill, y el número de teléfono. Leyó de nuevo toda la parte mecanografiada. «Films». Era un
término muy culto. La gente decía «películas» normalmente. Se busca una mujer. El anuncio era bastante
atrevido. Por lo menos había mostrado ser original al escribirlo. Cuando Edna volvió a casa se tomó tres
tazas de café antes de marcar el número. El teléfono sonó cuatro veces. «¿Hola?» Contestó él.
—¿Señor Lighthill?
—¿Sí?
—Es que vi su anuncio. Su anuncio en el coche...
—Ah, sí.
—Me llamo Edna.
—¿Cómo estás, Edna?
—Oh, muy bien. Pero hace tanto calor. Este tiempo es demasiado.
—Sí, hace la vida difícil.
—Bueno, señor Lighthill...
—Llámame Joe, a secas.
—Bueno, Joe, ja, ja, ja, me siento como una tonta. ¿Sabes por qué he llamado?
—Viste mi anuncio.
—Bueno, quiero decir, ja, ja, ja. ¿Qué es lo que te pasa? ¿No puedes conseguir una mujer?
—Creo que no. Edna, dime. ¿Dónde están?
—¿Las mujeres?
—Sí.
—Oh, pues en todas partes, ya sabes.
—¿Dónde? Dime. ¿Dónde?
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—Bueno, en la iglesia, por ejemplo. Hay mujeres en la iglesia.


—No me gusta la iglesia.
—Oh.
—Escucha. ¿Por qué no te vienes aquí, Edna?
—¿Quieres decir allí, a tu casa?
—Sí. Tengo un buen apartamento. Podemos tomarnos una copa, conversar. Sin compromiso.
—Es tarde.
—No es tan tarde. Escucha, viste mi anuncio y llamaste. Debes estar interesada.
—Bueno, es que...
—Tienes miedo, eso es lo que te pasa. Tienes miedo.
—No, yo no tengo miedo.
—Entonces vente, Edna.
—Bueno, es que...
—Vamos.
—Bueno, de acuerdo. Estaré allí en quince minutos.
Era en el último piso de un moderno complejo de apartamentos. Apartamento 17. La piscina reflejaba las
luces. Edna llamó. La puerta se abrió y allí estaba el señor Lighthill. Con una calvicie incipiente; la nariz
afilada con pelos saliéndole de los orificios; la camisa abierta por el cuello.
—Entra, Edna...
Ella pasó y la puerta se cerró detrás. Edna se había puesto un vestido de seda azul. No se había puesto
medias. Iba en sandalias y fumando un cigarrillo.
—Siéntate. Te serviré algo de beber.
Era un sitio bonito. Todo estaba decorado en azul y verde, y además estaba muy limpio. Pudo oír al señor
Lighthill canturreando sordamente mientras preparaba las bebidas... Parecía relajado y eso la tranquilizó.
El señor Lighthill —Joe— salió con las bebidas. Le alcanzó a Edna la suya y fue a sentarse a una silla en
el lado opuesto de la habitación.
—Sí —dijo él—, hace calor, un calor infernal. Pero yo tengo aire acondicionado. ¿Te has dado cuenta?
—Sí, ya lo noté. Está muy bien.
—Bebe algo.
—Oh, sí.
Edna probó un trago. Estaba bueno, un poco fuerte, pero sabía bien. Vio a Joe inclinar la cabeza hacia
atrás al beber. Tenía una gruesa papada. Y sus pantalones eran demasiado holgados. Parecían ser varias
tallas más grandes. Le daban a sus piernas un aspecto cómico, ridículo.
—Llevas un vestido muy bonito, Edna.
—¿Te gusta?
—Oh, sí, te cae muy bien. Parece cómodo, muy cómodo.
Edna no dijo nada. Y Joe tampoco. Y allí estaban, sentados, mirándose el uno al otro, bebiéndose sus
vasos.
¿Por qué no habla?, pensó Edna. Se supone que es él quien debe empezar la conversación.
Verdaderamente tenía algo de madera...Edna terminó su bebida.
—Deja que te sirva otro —dijo Joe.
—No. Me tengo que ir ya.
—Oh, vamos —dijo él—; déjame que te sirva otro trago. Necesitamos beber algo para soltarnos.
—Está bien, pero después de éste me voy.
Joe se llevó los vasos a la cocina. Esta vez no canturreó. Salió, le dio a Edna su vaso y volvió a sentarse
en la silla al lado opuesto de la habitación. La bebida era ahora más fuerte.
—Sabes —dijo—, soy bastante bueno en el sexo.
Edna bebió su vaso y no contestó nada.
—¿Qué tal eres tú en la cuestión sexual? —preguntó Joe.
—Nunca lo he hecho.
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

—Deberías hacerlo, sabes, así te darías cuenta de quién eres y qué eres.
—¿Tú crees que todo eso es verdad? Quiero decir, yo lo he leído en los periódicos, no sé qué pensar. Yo
no lo he hecho nunca pero he visto fotos —dijo Edna.
—Por supuesto que es verdad, deberías hacerlo.
—Tal vez no sea muy buena para estas cosas —dijo Edna—. Tal vez es por eso que estoy sola. —Se
tomó un buen trago del vaso.
—Cada uno de nosotros, al fin y al cabo, siempre solos —dijo Joe.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que, no importe cómo vaya la cuestión sexual, o el amor, o ambos, llega un día en que
todo se acaba.
—Eso es triste —dijo Edna.
—Sí, claro. Así llega un día en que todo se pasa. Y entonces, o se corta o todo se convierte en una tregua
infernal: Dos personas viviendo juntas sin el menor sentimiento entre ellas. Creo que es mucho mejor
vivir solo que eso.
—¿Tú te divorciaste de tu mujer, Joe?
—No, ella se divorció de mí.
—Y qué es lo que fue mal?
—Las orgías sexuales.
—¿Las orgías sexuales?
—Sí, ya sabes, una orgía es el lugar más solitario del mundo. Esas orgías... Me sentía desesperado... Esas
pollas deslizándose dentro y fuera... Perdóname...
—No pasa nada.
—Bueno, esas pollas deslizándose dentro y fuera, piernas enredadas, los dedos trabajando, hurgando por
todos lados, bocas, todo el mundo babeando, y sudando, y una ciega determinación a hacerlo... como sea.
—No sé mucho acerca de esas cosas, Joe —dijo Edna.
—Yo creo que, sin amor, el sexo no es nada. Las cosas sólo pueden tener un significado cuando existe
algún sentimiento entre los participantes.
—¿Quieres decir que a cada uno le debe gustar el otro?
—Eso ayuda bastante.
—¿Supón que ambos se casen. Supón que tienen que seguir juntos, por cuestiones económicas, niños,
cualquier cosa?
—Las orgías no arreglarán nada.
—¿Y entonces qué?
—Bueno, no sé. Tal vez el swap.
—¿El swap?
—Sí, ya sabes, cuando dos parejas se conocen muy bien y entonces hacen intercambio de componentes.
Los sentimientos, al fin y al cabo, tienen una oportunidad. Por ejemplo, digamos que a mí siempre me ha
gustado la mujer de Mike. Me viene gustando desde hace meses. La he visto pasear por la habitación. Me
gustan sus movimientos, llaman mi atención. Me imagino, ya sabes, lo que va con esos movimientos. La
he visto furiosa, la he visto borracha, la he visto sobria. Y entonces, el swap. Estás en la cama con ella, y
por fin la estás conociendo. Existe la posibilidad de que sea algo real. Por supuesto, Mike se está tirando a
tu mujer en la otra habitación. Muy bien, buena suerte, Mike, piensas, y espero que seas tan buen amante
como yo.
—¿Y funciona bien?
—Bueno, no sé... Los swaps pueden traer problemas... a la larga. Tiene que estar todo muy hablado... bien
hablado y con tiempo. Y aún así puede haber gente que no sepa bastante, no importa cuánto se haya
hablado...
—¿Tú sabes bastante, Joe?
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

—Bueno, estos swaps... Creo que pueden ser buenos para algunos... Tal vez para muchos. Pero me temo
que conmigo no funcionan. Soy bastante mojigato. Joe acabó su bebida. Edna se bebió de un trago el
resto de la suya y se levantó.
—Escucha, Joe, me tengo que ir...
Joe cruzó la habitación hacia ella. Parecía un elefante mientras se acercaba, con esos pantalones. Vio sus
grandes orejas. Entonces la agarró y comenzó a besarla. Su mal aliento arrastraba todas las bebidas; era
un olor agrio. Parte de su boca no hacía contacto. Era fuerte pero su fuerza no era real. Ella apartó su
cabeza pero él la siguió agarrando.
SE BUSCA UNA MUJER.
—¡Déjame, Joe! ¡Estás yendo muy de prisa, Joe! ¡Deja que me vaya!
—¿Por qué viniste aquí, zorra?
La intentó besar otra vez y lo consiguió. Era horrible. Edna subió la rodilla bruscamente. Y le alcanzó de
lleno. El se llevó las manos a las partes y cayó al suelo.
—Dios, Dios... ¿Por qué has tenido que hacerme esto? Me has querido asesinar... ¡Auuggh!
Rodó por el suelo gimiendo.
Su trasero, pensó ella, tiene un trasero tan horrible. Le dejó tirado en el suelo y bajó corriendo las
escaleras. El aire estaba limpio allá fuera. Mientras bajaba, pudo oír gente hablando, pudo oír sus
televisores. Su casa no estaba muy lejos. Sintió que necesitaba darse otro baño, quitarse su vestido de
seda azul y lavarse bien todo el cuerpo. Hacía calor. Más tarde, salió de la bañera, se secó y se colocó
unos rulos rosados en el pelo. Decidió no volver a verle más.
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9 UN HOMBRE

George estaba recostado en su remolque, sobre su espalda, viendo el pequeño televisor portátil. Sus platos
de la cena estaban sucios, los del desayuno estaban sucios, necesitaba afeitarse, y la ceniza de su cigarrillo
caía sobre su camiseta. Algo de la ceniza todavía estaba encendida. En ocasiones, la ceniza encendida
fallaba a caer en su camiseta y caía en su piel, entonces él maldecía, apartándola de un manotazo.
Llamaron a la puerta del remolque. Lentamente se puso de pie y atendió al llamado. Era Constance. Ella
tenía un quinto de whiskey sin abrir en una bolsa.
-George, dejé a ese hijo de puta, no podía soportar más a ese hijo de puta.
-Siéntate.
George abrió la botella, tomó dos vasos, los llenó a la tercera parte con whiskey, y dos tercios con agua.
Se sentó en la cama junto a Constance. Ella tomó un cigarrillo de su bolso y lo encendió. Estaba ebria y
sus manos temblaban.
-También me llevé su maldito dinero. Tomé su maldito dinero y me fui mientras él estaba en el trabajo.
No sabes lo que he sufrido con ese hijo de puta.
-Dame un cigarrillo, dijo George. Ella se lo pasó y al acercarse a él, George puso su brazo alrededor de
ella, la atrajo hacia él y la besó.
-Hijo de puta, te eché de menos.
-Yo he echado de menos esas lindas piernas tuyas, Connie. En verdad eché de menos tus lindas piernas.
-¿Todavía te gustan?
-Me pongo cachondo solo de verlas.
-Nunca podré hacerlo con un chico universitario, dijo Connie. Son tan blandos, tan sosos. Y él mantenía
su casa limpia. George, era como tener una sirvienta.
Lo hacía todo. El lugar estaba inmaculado. Uno podía comer estofado directamente del basurero. Él era
antiséptico, eso es lo que era.
-Bebe, te sentirás mejor.
-Y no podía hacer el amor.
-¿Quieres decir que no se le paraba?
-Oh, sí se le paraba, la tenía parada todo el tiempo. Pero no sabía cómo hacer feliz a una mujer, tú sabes.
No sabía qué hacer. Todo ese dinero, toda esa educación, era un inútil.
-Yo desearía haber tenido educación universitaria.
-No la necesitas. Tú tienes todo lo que necesitas, George.
-Solo soy un lacayo. Todos los trabajos de mierda.
-Dije que tienes todo lo que necesitas, George. Tu sabes cómo hacer feliz a una mujer.
-¿Sí?
-Sí. ¿y sabes qué más? ¡Su madre venía de visita! Dos o tres veces a la semana.
Y se sentaba ahí mirándome, pretendiendo que yo le agradaba, pero todo el tiempo me trataba como si
fuera una puta. ¡Como si fuera una puta mala que quería robarle a su hijo! ¡Su precioso Wallace! ¡Cristo!
¡Que desastre! Él decía que me quería. Y yo decía, "¡Mírame el coño, Walter!" Y él no lo miraba. Él
decía, "No quiero ver esa cosa." ¡Esa cosa! ¡Así lo llamó! ¿Tú no le tienes miedo a mi coño, verdad
George?
-Aún no me ha mordido.
-Pero tú lo has mordido, lo has mordisqueado, ¿no es así George?
-Supongo que sí.
-Y lo has lamido ¿Chupado?
-Supongo que sí.
-Lo sabes malditamente bien, George, sabes lo que has hecho.
-¿Cuánto dinero sacaste?
-Seiscientos dólares.
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

-No me gusta la gente que le roba a otra gente, Connie.


-Por eso es que eres un jodido lava platos. Eres honesto. Pero él es tan imbécil, George. Y puede darse ese
lujo, y yo me lo he ganado... él y su madre y su amor, su madre-amor, sus limpios tazones y baños y
bolsas dispensadoras y sus refrescantes de aliento y lociones para después de afeitarse y sus rarezas y su
preciosa forma de amar. Todo para él, ya entiendes, ¡todo para él! Tú sabes lo que una mujer quiere,
George.
-Gracias por el whiskey, Connie. Dame otro cigarrillo.
George llenó nuevamente los vasos.
-Eché de menos tus piernas, Connie. En verdad eché de menos esas piernas. Me gusta la forma en que
usas esas zapatillas de tacón alto. Me vuelven loco. Estas mujeres modernas no saben lo que se pierden.
El tacón alto acentúa la pantorrilla, la cadera, el culo; le pone ritmo al caminar. ¡Eso realmente me
enciende!
-Hablas como un poeta, George. En ocasiones hablas justo así. Eres todo un señor lava platos.
-¿Sabes lo que me gustaría hacer?
-¿Qué?
-Me gustaría azotarte con mi cinturón las piernas, el culo, las caderas. Me gustaría hacerte temblar y llorar
cuando estés temblando y llorando te abofetearía con él por puro amor.
-No quiero eso, George. Nunca antes me habías hablado así. Siempre has sido bueno conmigo.
-Súbete el vestido.
-¿Qué?
-Súbete el vestido, quiero verte más las piernas.
-Te gustan mis piernas, ¿verdad, George?
-¡Deja que la luz brille en ellas!
Constance se subió el vestido.
-Dios santo, mierda, dijo George.
-¿Te gustan mis piernas?
-¡Me encantan tus piernas! Entonces, George se inclinó en la cama y abofeteó duramente el rostro de
Constance. El cigarrillo se le escapó de los labios.
-¿Por qué hiciste eso?
-¡Follaste con Walter! ¡follaste con Walter!
-¿Y qué demonios?
-¡Así que súbete más el vestido!
-¡No!
-¡Haz lo que digo!
Geroge la abofeteó otra vez, más fuerte. Constance se subió la falda.
-¡Súbelo hasta bajo las bragas! Gritó George- ¡En realidad no quiero ver las bragas!
-Cristo, George, ¿qué es lo que te ocurre?
-¡Follaste con Walter!
-George, por Dios, te has vuelto loco. Quiero irme. ¡Déjame salir de aquí, George!
-¡No te muevas o te mato!
-¿Me matarías?
-¡Lo juro!
George se puso de pie y se sirvió un trago de whiskey puro, lo bebió, y se sentó junto a Constance. Él
tomó el cigarrillo encendido y lo sostuvo contra la muñeca de ella. Ella gritó. Él lo sostuvo ahí,
firmemente, y luego lo retiró.
-Soy un hombre, nena ¿lo entiendes?
-Ya sé que eres un hombre, George.
-Mira, ¡echa un ojo a mis músculos! –George se puso de pie y flexionó ambos brazos- Hermosos, ¿eh,
nena? ¡Mira ese músculo! ¡Siéntelo! ¡Siéntelo!
Constance tocó uno de los brazos, luego el otro.
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

-Sí, tienes un cuerpo hermoso, George.


-Soy un hombre. Seré un lava platos pero soy un hombre, un hombre de verdad.
-Lo sé, George.
-No soy el blanducho que tú dejaste.
-Lo sé.
-Y también sé cantar. Tienes que oír mi voz.
Constance estaba sentada ahí. George comenzó a cantar "Old man River." (El Río del Viejo) Luego cantó
"Nobody knows the trouble I’ve seen." (Nadie sabe los problemas que he visto). Cantó "God Bless
America," (Dios Bendiga a America) deteniéndose varias veces y riendo. Después se sentó junto a
Constance. Dijo:
-Connie, tienes unas piernas hermosas. Pidió otro cigarrillo. Lo fumó, tomó otros dos tragos, luego puso
su cabeza sobre las piernas de Connie, sobre las medias, en su vientre, y dijo:
-Connie, supongo que no soy bueno, supongo que estoy loco, lamento haberte golpeado, lamento haberte
quemado con el cigarrillo.
Constance estaba sentada ahí. Pasó sus dedos por el cabello de George, acariciándolo, calmándolo. Muy
pronto se durmió. Ella esperó un poco más. Luego levantó su cabeza de sus piernas y la colocó sobre la
almohada, levantó sus piernas y las colocó sobre la cama. Ella se puso de pie, caminó hacia la botella, se
sirvió un buen trago de whiskey en su vaso, añadió un toque de agua y lo bebió hasta el fondo. Caminó
hacia la puerta del remolque, la abrió, salió, cerró. Caminó por el patio trasero, abrió la puerta de la cerca,
caminó por la callejuela bajo la luna de la una de la mañana. El cielo estaba libre de nubes. El cielo
nublado también estaba ahí arriba. Salió hacia el boulevard y caminó hacia el este y llegó hasta la entrada
del Blue Mirror. Entró, y ahí estaba Walter sentado solo y borracho al final de la barra. Caminó hasta ahí
y se sentó junto a él.
-¿Me echaste de menos, nene?- preguntó ella.
Walter levantó la vista. La reconoció. No respondió. Miró al cantinero y el cantinero caminó hacia ellos.
Los tres se conocían bien.
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10 VIDA DE VAGABUNDO

Harry se despertó en su cama con resaca. Una resaca horrible.


-Mierda -dijo en voz baja.
Había un pequeño lavabo en la habitación. Harry se levantó, alivió su estómago en el lavabo que después
aclaró con agua del grifo, metió la cabeza debajo y bebió un poco de agua. Después se mojó la cara y se
secó con la camiseta que llevaba puesta. Era el año 1943. Harry cogió algunas prendas del suelo y
comenzó a vestirse lentamente. Las persianas estaban echadas y todo estaba oscuro menos los lugares
donde el sol se colaba por los trozos rotos de la persiana. Había dos ventanas. Un sitio distinguido. Salió
pasillo adelante rumbo al retrete, cerró la puerta con llave y se sentó. Era increíble que aún pudiese
defecar. No había comido desde hacía varios días. Dios mío, pensó, la gente tiene intestinos, boca,
pulmones, orejas, ombligo, órganos sexuales y... pelo, poros, lengua, a veces dientes, y todo lo demás...,
uñas, pestañas, dedos de los pies, rodillas, estómago... Había algo muy fastidioso en todo eso. ¿Por qué
nadie se quejaba? Harry acabó con el áspero papel higiénico de la pensión. Seguro que las caseras se
limpiaban con algo mejor. Todas aquellas caseras tan religiosas, con maridos muertos hace tiempo.
Se subió los pantalones, tiró de la cadena, salió de allí, bajó la escalera de la pensión y salió a la calle.
Eran las 11 de la mañana. Se dirigió hacia el sur. La resaca era brutal, pero no le importaba. Eso
significaba que había estado en algún otro lugar, algún sitio bueno. Mientras iba andando encontró medio
cigarrillo en el bolsillo de la camisa. Se detuvo, miró el extremo negro y aplastado, buscó una cerilla y
luego intentó encenderlo. La llama no prendía. Siguió intentándolo. Después de la cuarta cerilla, que le
quemó los dedos, consiguió dar una calada. Sintió náuseas, luego tosió. Notó que su estómago se
estremecía.
Un coche se acercó lentamente. Estaba ocupado por cuatro muchachos jóvenes.
-¡EH, TÚ, VEJESTORIO! ¡MUÉRETE! -gritó uno de ellos a Harry.
Los otros se rieron. Después se fueron.
El cigarrillo de Harry seguía encendido. Dio otra calada. Brotó una bocanada de humo azul. Le gustaba
aquella bocanada de humo azul. Caminaba bajo el calor del sol pensando: "Voy andando y fumando un
cigarrillo."
Harry caminó hasta llegar al parque que había frente a la biblioteca. Seguía chupando el cigarrillo.
Entonces la colilla le quemó los dedos y la tiró a regañadientes. Entró en el parque y anduvo hasta
encontrar un sitio entre una estatua y unos arbustos. Era una estatua de Beethoven. Y Beethoven estaba
andando, con la cabeza gacha, las manos entrelazadas a la espalda, obviamente pensando en algo. Harry
se agachó y se tumbó sobre la hierba. La hierba recién cortada picaba bastante. Estaba puntiaguda,
afilada, pero tenía un aroma agradable y limpio. El aroma de la paz. Insectos diminutos comenzaron a
pulular alrededor de su cara en círculos irregulares, cruzándose unos con otros pero sin chocar jamás.
Apenas eran unas partículas, pero eran unas partículas a la búsqueda de algo. Harry levantó la mirada, a
través de las partículas, hacia el cielo. El cielo estaba azul y endemoniadamente alto. Harry siguió
mirando hacia arriba, al cielo, intentando sacar algo en claro. Pero Harry no sacó nada en claro. Ninguna
sensación de eternidad, ni de Dios, ni siquiera del diablo. Pero uno tiene que encontrar primero a Dios
para encontrar al diablo. Van en ese orden.
A Harry no le gustaban los pensamientos profundos. Los pensamientos profundos podían conducir a
errores profundos. Después pensó un poco en el suicidio. Tranquilamente. Como la mayoría de los
hombres piensa en comprarse un par de zapatos nuevos. El problema principal del suicidio es la idea de
que podría ser el comienzo de algo peor. Lo que él realmente necesitaba era una botella de cerveza
helada, con la etiqueta un poco mojada y esas gotas frías tan hermosas sobre la superficie del vaso. Harry
comenzó a dormitar..., a ser despertado por el sonido de voces. Las voces de colegialas muy jóvenes. Se
reían con risillas bobas.
-¡Ohh, mirad!
-¡Está dormido!
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

-¿Le despertamos?
Harry entreabrió un poco los ojos bajo el sol, espiándolas a través de las pestañas. No estaba seguro de
cuántas eran, pero viosus vestidos llenos de colores: amarillos y rojos y verdes y azules.
-¡Mirad, es precioso! Soltaron unas risillas bobas, se rieron abiertamente, salieron corriendo. Harry
volvió a cerrar los ojos.
¿Qué había sido aquello? Nunca le había pasado nada tan deliciosamente refrescante. Le habían llamado
precioso". ¡Qué amabilidad! Pero no regresarían. Se levantó y anduvo hasta el extremo del parque. Allí
estaba la avenida. Encontró un banco y se sentó. Había otro vagabundo en el banco de al lado. Era mucho
más viejo que Harry. El vagabundo tenía un aire pesado, oscuro y siniestro que a Harry le recordó a su
padre. No, pensó Harry, ¡qué desconsiderado soy! El vagabundo echó una rápida mirada a Harry. El
vagabundo tenía unos ojos minúsculos e inexpresivos. Harry le sonrió levemente. El vagabundo miró
hacia otro lado. Entonces se oyó un ruido procedente de la avenida. Motores. Era un convoy del ejército.
Una larga fila de camiones llenos de soldados. Rebosantes de soldados que iban allí como enlatados,
colgando por los costados de los camiones. El mundo estaba en guerra. El convoy se movía lentamente.
Los soldados vieron a Harry sentado en el banco del parque y ahí empezó todo. Era una mezcla de
silbidos, abucheos y sartas de palabrotas. Le estaban gritando a él.
-¡EH, TÚ, HIJO DE PUTA! -¡DESERTOR!
Cuando uno de los camiones del convoy ya habla pasado, el siguiente retomaba la cantinela.
-¡MUEVE EL CULO DE ESE BANCO! -¡COBARDE! -¡JODIDO MARICA! -¡GALLINA!
Era un convoy muy largo y muy lento.
-¡VENGA, ÚNETE A NOSOTROS! -¡NOSOTROS TE ENSEÑAREMOS A PELEAR, AMARRACHO!
Los rostros eran blancos y marrones y negros, flores del odio. Entonces el vagabundo viejo se levantó del
banco y gritó a los del convoy:
-¡SE LO VOY A HACER PAGAR POR VOSOTROS, AMIGOS! ¡YO LUCHÉ EN LA PRIMERA
GUERRA MUNDIAL!
Los de los camiones se rieron y agitaron los brazos:
-¡HAZ QUE LO PAGUE, ABUELO! -¡HAZLE VER LA LUZ!
Y el convoy desapareció. Le habían tirado varias cosas a Harry: latas de cerveza vacías, latas de refrescos,
naranjas, un plátano. Harry se puso de pie, cogió el plátano, volvió a sentarse, lo peló y se lo comió.
Estaba delicioso. Después encontró una naranja, la peló, masticó y se tragó la pulpa y el zumo. Encontró
otra naranja y se la comió. Después encontró un encendedor que alguien había tirado o perdido. Lo
encendió. Funcionaba. Se dirigió hacia el vagabundo sentado en el banco, extendiendo el brazo en el que
llevaba el encendedor.
-Eh, amigo, ¿tienes tabaco?
Los ojillos del vagabundo se volvieron rápidamente hacia Harry. No tenían vida, como si las pupilas les
hubieran sido arrancadas. El labio inferior del vagabundo temblaba.
-Te gusta Hitler, ¿no? -dijo muy suavemente.
-Oye, amigo -dijo Harry-. ¿Por qué no nos vamos tú y yo por ahí? Puede que consigamos alguna copa.
Los ojos del vagabundo viejo se quedaron en blanco. Durante un rato lo único que Harry vio fueron los
blancos globos oculares inyectados en sangre. Después los ojos volvieron a su sitio.
El vagabundo lo miró:
-¡Contigo... no!
-Muy bien -dijo Harry-, hasta la vista...
Los ojos del vagabundo viejo volvieron a ponerse en blanco y repitió lo mismo, sólo que esta vez más
alto:
-¡CONTIGO... NO!
Harry salió lentamente del parque y fue calle arriba hacia su bar preferido. El bar siempre estaba allí.
Harry echaba anclas en aquel bar. Era su único refugio. Era despiadado y exacto. De camino, Harry pasó
por un terreno baldío. Un grupo de hombres de mediana edad jugaba a béisbol. No estaban en forma. La
mayoría tenían una barriga prominente, eran bajos de estatura y tenían grandes traseros, casi de mujer.
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

Eran todos no aptos o demasiado viejos para ser llamados a filas. Harry se detuvo y observó el juego.
Muchos tiros fuera, lanzamientos absurdos, bateadores golpeados, errores, pelotas mal bateadas, pero
seguían jugando. Casi como un rito, un deber. Y estaban furiosos. Lo que mejor les salía era la furia. La
energía de su furia era lo que dominaba. Harry se quedó mirando. Todo parecía inútil. Hasta la pelota
parecía triste, botando aquí y allá inútilmente.
-Hola, Harry, ¿cómo es que no estás en el bar?
Era el viejo y flaco McDuff chupando su pipa. McDuff tenía alrededor de 62 años, siempre miraba hacia
adelante, nunca te miraba a tí, pero de todas formas te veía desde detrás de aquellas gafas sin montura. Y
siempre llevaba un traje negro y una corbata azul. Entraba en el bar todos los días alrededor de mediodía,
se tomaba dos cervezas y luego se iba. No se le podía odiar y no se le podía querer. Era como un
calendario o un portaplumas.
-Para allá voy -contestó Harry.
-Voy contigo -dijo McDuff.
Así que Harry se fue andando con el viejo y flaco McDuff, y el viejo y flaco McDuff iba chupando su
pipa. McDuff siempre tenía encendida aquella pipa. McDuff era su pipa. ¿Por qué no? Caminaban juntos
sin hablar. No había nada que decir. Paraban en los semáforos. McDuff chupaba su pipa. McDuff tenía
dinero ahorrado. Nunca se había casado. Vivía en un apartamento de dos habitaciones y no hacía gran
cosa. Bueno, leía los periódicos, pero sin demasiado interés. No era creyente. Pero no por falta de
convicción, sino porque simplemente no se había preocupado de considerar ese aspecto de un modo u
otro. Era como no ser republicano por no saber lo que es ser republicano. McDuff no era feliz ni
desgraciado. Una vez se puso nervioso un instante, pareció que algo le preocupaba y durante unas
décimas de segundo el terror se reflejó en sus ojos. Luego aquello pasó, rápidamente..., como una mosca
que se hubiera posado... y luego saliese disparada hacia tierras más prometedoras. Entonces llegaron al
bar. Entraron. El gentío habitual. McDuff y Harry se sentaron en sus taburetes.
-Dos cervezas -canturreó al camarero el bueno de McDuff.
-¿Qué haces, Harry? -preguntó uno de los clientes del bar.
-Buscar, moverme y cagar -contestó Harry.
Lo sintió por McDuff. Nadie lo había saludado. McDuff era como un papel secante sobre una mesa de
despacho. No impresionaba. A Harry lo veían porque era un vagabundo. Les hacía sentirse superiores.
Necesitaban esa sensación. McDuff les hacía sentirse débiles y ellos ya eran débiles de por sí. No pasaba
nada importante. Todo el mundo estaba sentado frente a sus bebidas, mimándolas. Pocos tenían la
suficiente imaginación como para emborracharse simplemente como una cuba. Una insulsa tarde de
sábado. McDuff pidió su segunda cerveza y tuvo la amabilidad de invitar a Harry de nuevo. La pipa de
McDuff estaba roja por las seis horas que llevaba ardiendo sin parar. Acabó su segunda cerveza y salió
del bar, y entonces Harry se quedó allí sentado solo, con el resto de la tripulación. Era un sábado lento,
lento, pero Harry sabía que si se quedaba allí sin hacer nada el tiempo suficiente, lo lograría. Por
supuesto, el sábado por la noche era el mejor momento para pedir copas. Pero no tenía adónde ir hasta
entonces. Harry tenía que evitar a la dueña de la pensión. Pagaba por semanas y llevaba nueve días de
retraso. El ambiente se puso terrible entre copa y copa. Lo único que buscaban los clientes era sentarse y
estar en algún sitio. Reinaba una soledad general, un miedo suave y una necesidad de estar juntos y
charlar un poco, eso les aliviaba. Todo lo que Harry necesitaba era algo de beber. Harry podía beber sin
parar y aún seguía necesitando más, no existía suficiente bebida para satisfacerle. Pero los demás... sólo
estaban allí sentados, interviniendo de vez en cuando se hablara de lo que se hablase. La cerveza de Harry
se estaba desbravando. Y el asunto consistía en no terminarla, porque entonces había que pagar otra y no
tenía dinero. Tenía que tener paciencia y esperanza. Como buen gorrón profesional de copas, Harry
conocía la primera regla: nunca pidas que te inviten. Para los demás la gracia consistía en que estuviese
sediento. Si pedía que le invitaran les quitaba el placer de sentirse espléndidos. Harry dejó deambular su
mirada por el bar. Había cuatro o cinco clientes. No eran muchos y no eran gran cosa. Uno de los que no
eran gran cosa era Monk Hamilton. La razón principal por la que Monk creía merecer la inmortalidad era
que se comía seis huevos para desayunar. Todos los días. Pensaba que eso le hacía superior. Pensar no se
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le daba bien. Era enorme, casi tan ancho como alto, tenía unos ojos pálidos y despreocupados, de mirada
fija, un cuello de roble y unas manos enormes, peludas y nudosas. Monk estaba hablando con el
camarero.
Harry miraba una mosca que se estaba metiendo despacito en un cenicero mojado de cerveza que había
frente a él. La mosca dio varias vueltas entre las colillas, se dio contra un cigarrillo borracho y entonces
emitió un zumbido furioso, se elevó en línea recta hacia arriba, pareció luego que volaba hacia atrás y
hacia la izquierda y después se esfumó. Monk era limpiacristales. Sus ojos afables vieron a Harry. Sus
gruesos labios se contrajeron en una sonrisa altanera. Cogió su botella, se acercó, se sentó en el taburete
contiguo al de Harry.
-¿Qué haces, Harry?
-Estoy esperando a que llueva.
-¿Te apetece una cerveza?
-Estoy esperando a que llueva cerveza, Monk. Gracias.
Monk pidió dos cervezas. Las trajeron.
A Harry le gustaba beber la cerveza directamente de la botella. Monk vació parte de la suya dentro de un
vaso.
-¿Necesitas trabajo, Harry?
-No he pensado en eso.
-Lo único que tienes que hacer es sostener la escalera. Necesitamos alguien que sostenga la escalera.
Claro, no pagan tan bien como a los que están en lo alto, pero te dan algo. ¿Qué te parece? Monk estaba
bromeando. Monk creyó que Harry estaba demasiado jodido para darse cuenta.
-Déjame pensarlo un rato, Monk.
Monk miró a los otros clientes, puso de nuevo su sonrisa altanera, les guiñó un ojo y luego volvió a mirar
Harry.
-Oye, lo único que tienes que hacer es sostener derecha la escalera. Yo estaré arriba, limpiando las
ventanas. Lo único que tienes que hacer es sostener derecha la escalera. No es muy difícil, ¿no?
-No tan difícil como muchas otras cosas, Monk.
-Entonces, ¿vas a hacerlo?
-Creo que no.
-¡Venga! ¿Por qué no pruebas una vez?
-No sé hacerlo, Monk.
Entonces todos se sintieron bien. Harry era su chico. El perfecto idiota. Harry miró todas aquellas botellas
de detrás de la barra. Todos aquellos buenos momentos esperando, toda aquella risa, toda aquella
locura..., bourbon, whisky, vino, ginebra, vodka y todo lo demás. Sin embargo, aquellas botellas estaban
allí, sin abrir. Era como una vida esperando ser vivida y que nadie quería.
-Oye -dijo Monk-, voy a ir a cortarme el pelo.
Harry sintió la gordura silenciosa de Monk. Monk había ganado algo en algún sitio. Se sentía tan bien
como una llave que encaja por una cerradura que permite entrar en algún lugar.
-¿Por qué no vienes y te quedas conmigo mientras me cortan el pelo?
Harry no contestó.
Monk se inclinó acercándose:
-Pararemos a tomar una cerveza por el camino y después te invitaré a otra.
-Vamos...
Harry vació sin dificultad la botella dentro de su sed y puso la botella sobre la barra. Salió del bar
siguiendo a Monk. Bajaron la calle juntos. Harry se sentía como un perro siguiendo a su amo. Y Monk
estaba tranquilo, todo estaba funcionando, todo encajaba. Era su sábado libre e iba a cortarse el pelo.
Encontraron un bar y pararon. Era mucho más bonito y limpio que aquel en el que Harry solía pasarse las
horas muertas.
Monk pidió las cervezas.
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¡Cómo estaba allí sentado! ¡Un superhombre! Y además, le gustaba sentirse así. Nunca había pensado en
la muerte, por lo menos no en la suya. Cuando estaban sentados uno junto al otro, Harry comprendió que
había cometido un error: un trabajo de 8 a 5 hubiese sido menos penoso. Monk tenía un lunar en el lado
derecho de la cara, un lunar muy relajado, un lunar sin conciencia de sí mismo. Harry observó cómo
Monk levantaba su botella y chupaba de ella. Era algo que Monk hacía porque sí, como meterse el dedo
en la nariz. No estaba realmente sediento de alcohol. Monk estaba simplemente allí sentado con su botella
había pagado para eso. Y el tiempo pasaba como la mierda río abajo. Terminaron sus botellas y Monk le
dijo algo al camarero y el camarero le contestó algo. Entonces Harry salió del bar siguiendo a Monk. Iban
juntos y Monk iba a cortarse el pelo. Llegaron a la peluquería y entraron. No había ningún otro cliente. El
peluquero conocía a Monk. Mientras Monk se encaramaba en su silla, se dijeron algo. El peluquero
extendió la toalla y la cabeza de Monk surgió de allí dentro, con el lunar firme en la mejilla derecha, y
dijo:
-Lo quiero corto alrededor de las orejas y no mucho por arriba.
Harry, desesperado por otra copa, cogió una revista, pasó algunas páginas e hizo como si tuviera interés
en ella. Entonces oyó a Monk hablar con el peluquero.
-Por cierto, Paul, Este es Harry. Harry, Este es Paul. Paul y Harry y Monk. Monk y Harry y Paul. Harry,
Monk, Paul.
-Oye, Monk -dijo Harry-, ¿qué tal si me voy a tomar otra cerveza mientras te cortan el pelo?
Los ojos de Monk se clavaron en Harry.
-No, nos beberemos una cerveza cuando yo termine aquí.
Luego sus ojos se clavaron en el espejo.
-No quites demasiado de encima de las orejas, Paul.
Mientras el mundo daba vueltas, Paul tijereteaba.
-¿Has ligado mucho, Monk?
-Nada, Paul.
-No me lo creo...
-Pues deberías creerlo, Paul.
-No es eso lo que he oído.
-¿Qué, por ejemplo?
-Que cuando Betsy Ross hizo aquella primera bandera, ¡las 13 estrellas no hubieran dado para envolverte
la polla!
-Joder, Paul, eres demasiado!
Monk se rió. Su risa era como si se estuviesen cortando rebanadas de linóleum con un cuchillo mal
afilado, O quizás era un grito de muerte. De pronto, dejó de reírse.
-No me quites demasiado de arriba.
Harry dejó la revista y miró el suelo. La risa de linóleum se había convertido en un suelo de linóleum.
Verde y azul, con diamantes púrpura. Un suelo antiguo. Algunas partes hablan empezado a pelarse,
dejando al descubierto el suelo marrón oscuro de debajo. A Harry le gustaba el marrón oscuro. Empezó a
contar: 3 sillones de peluquería, 5 sillas para esperar, 13 o 14 revistas. Un peluquero. Un cliente. Un...
¿qué? Paul y Harry y Monk y el marrón oscuro. Fuera pasaban los coches. Harry empezó a contarlos,
paró. No hay que jugar con la locura, la locura no juega. Más fácil era contar las copas en la mano:
ninguna. El tiempo sonaba como una campana muda. Harry tomó conciencia de sus pies, de sus pies
dentro de los zapatos, luego de los dedos... en los pies... dentro de los zapatos. Movió los dedos de los
pies. Su vida se consumía yendo hacia ninguna parte como si fuese un caracol que se arrastra hacia el
fuego. Las plantas echaban hojas, los antílopes levantaban la cabeza de la hierba, un carnicero de
Birmingham levantaba el cuchillo y Harry estaba sentado esperando en una peluquería, con sus
esperanzas puestas en una cerveza. No tenía honor, nunca era su día. Aquello siguió, transcurrió, siguió y
por fin terminó. El final de la obra del sillón del peluquero. Paul giró a Monk para que pudiese verse en
los espejos de detrás del sillón. Harry odiaba las peluquerías. El giro final en el sillón, aquellos espejos,
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eran momentos de horror para él. A Monk no le importaba. Se miró. Estudió su imagen, su cara, su pelo,
todo. Parecía admirar lo que veía. Entonces habló:
-Muy bien, Paul, pero ¿te importaría cortarme ahora un poquito más del lado izquierdo? ¿Y ves estos
pelillos que salen por aquí? Deberías cortarlos.
-Oh, sí, Monk..., ahora mismo...
El peluquero volvió a girar a Monk y se concentró en los pelitios que se salían de su sitio. Harry miró las
tijeras. Había mucho clic-clic pero no cortaban casi nada. Entonces Paul giró otra vez a Monk hacia los
espejos. Monk volvió a mirarse. Una leve sonrisa le distorsionó el lado derecho de la boca. Luego en el
lado izquierdo de la cara le apareció un ligero tic. Narcisismo con sólo una sombra de duda.
-Así está bien -dijo-, ahora está perfecto.
Paul cepilló a Monk con un cepillo pequeño. El pelo muerto caía hacia un mundo muerto. Monk buscó en
el bolsillo el dinero para pagar y la propina. La transacción monetaria tintineó en la tarde muerta.
Después, Harry y Monk fueron juntos calle abajo de regreso al bar.
-No hay nada como un corte de pelo -dijo Monk- para sentirse como un hombre nuevo. Monk siempre
llevaba camisas de trabajo azul pálido, remangadas para exhibir los bíceps. ¡Menudo tío! Ahora lo único
que le faltaba era una hembra que le doblase los calzoncillos y las camisetas, que le enrollase los
calcetines y los guardara en el cajón de la cómoda.
-Gracias por acompañarme, Harry.
-Vale, Monk...
-La próxima vez que vaya a cortarme el pelo me gustaría que me acompañaras.
-Quizás, Monk...
Monk iba andando junto al bordillo y fue como un sueño. Un sueño sensacionalista. Simplemente ocurrió.
Harry no sabía de dónde había venido el impulso, pero lo permitió, simuló que tropezaba y empujó a
Monk. Y Monk, como un pesado bloque de carne, cayó delante del autobús. El conductor pisó los frenos
se oyó un ruido sordo, no demasiado fuerte, pero un ruido sordo. Y allí estaba Monk sentado en la cuneta,
con su corte de pelo, lunar, y todo. Y Harry bajó la mirada. Lo más extraño de todo aquello: la cartera de
Monk estaba en la cuneta. Había saltado del bolsillo trasero de Monk por el impacto y allí estaba, en la
cuneta. Sólo que no estaba plana sobre el suelo, se erguía como una pequeña pirámide. Harry se agachó,
la recogió, la puso en su bolsillo delantero. Estaba tibia y llena de gracia. Dios te salve, María. Entonces
Harry se inclinó sobre Monk.
-¿Monk? Monk..., ¿estás bien?
Monk no contestó. Pero Harry notó que respiraba y vio que no había sangre. Y de repente el rostro de
Monk se volvió hermoso y elegante. Está jodido, pensó Harry, y yo estoy jodido. Todos estamos jodidos
sólo que de diferentes maneras. No hay verdad, no hay nada real, no hay nada. Pero si había algo. Había
una multitud.
-¡Retírense! -dijo alguien-. ¡Denle aire! Harry retrocedió. Retrocedió hasta meterse entre la multitud.
Nadie le detuvo. Iba andando hacia el sur. Oyó el lamento de la ambulancia, junto con el de su propia
culpa. Entonces, de pronto, la culpa desapareció. Como acaba una vieja guerra. Había que seguir adelante.
Las cosas continuaban. Como las pulgas y las tortitas con caramelo. Harry se precipitó dentro de un bar
en el que no había reparado antes. Había un camarero en la barra. Había botellas. Estaba oscuro allí
dentro. Pidió un whisky doble, lo bebió de un trago. La cartera de Monk estaba hinchada y espléndida. El
viernes debía de ser día de paga. Harry sacó un billete, pidió otro whisky doble. Bebió la mitad de un
trago, aguardó un minuto enhomenaje a Monk y luego se bebió el resto. Por primera vez en mucho
tiempo se sintió muy bien. A última hora de la tarde Harry bajó andando hasta el Groton Steak House.
Entró y se sentó en la barra. Nunca había entrado allí. Un hombre alto, delgado y anodino, con gorro de
cocinero y delantal manchado, se acercó y se inclinó por encima de la barra. Necesitaba un afeitado y olía
aerosol contra cucarachas. Miró maliciosamente a Harry.
-¿Vienes por el TRABAJO? -preguntó.
¿Por qué demonios quieren todos ponerme a trabajar?, pensó Harry
-No -contestó.
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-Hay un puesto de friegaplatos. Cincuenta centavos la hora y, de vez en cuando, se le puede tocar el culo
a Rita. La camarera pasó a su lado. Harry le miró el culo.
-No, gracias. Lo que quiero ahora es una cerveza. Sin vaso. De cualquier marca.
El chef se le acercó aún más. Tenía unos pelos muy largos en los agujeros de la nariz, que provocaban
una enorme intimidación, como una pesadilla fuera de programa.
-Oye, cabrón, ¿tienes dinero?
-Claro que tengo -dijo Harry.
El chef dudó un momento, luego se alejó, abrió la nevera y sacó una botella. La destapó, volvió a donde
estaba Harry y la puso de un golpe frente a él. Harry dio un buen trago, bajó suavemente la botella hasta
la barra. El chef seguía examinándolo. El chef no podía comprenderlo del todo.
-Ahora -dijo Harry-, quiero un bistec de solomillo, tirando a hecho, con patatas fritas y poca salsa. Y
tráigame otra cerveza. Ahora mismo. El chef se alzó amenazadoramente frente a él, como una nube
furiosa, luego se largó, volvió a la nevera, repitió la acción que incluía llevar la botella y depositarla de un
golpe sobre la barra. Entonces el chef fue hacia la parrilla, lanzó un bistec encima. Se levantó un velo de
humo glorioso. A través de él, el chef miraba fijamente a Harry. No sé por qué no le gusto, pensó Harry.
Bueno, quizás necesite cortarme el pelo (quíteme bastante de todas partes, por favor) y afeitarme, quizás
tenga la cara un poco magullada, pero llevo la ropa bastante limpia. Gastada, pero limpia. Probablemente
estoy más limpio que el alcalde de esta puta ciudad. La camarera se acercó. No tenía mal aspecto. No era
nada del otro mundo, pero no estaba mal. Llevaba el pelo recogido hacia arriba, como revuelto y con unos
rizos que le colgaban por los lados. Bonito. Se inclinó por encima de la barra.
-¿Vas a quedarte de friegaplatos?
-Me gusta el sueldo, pero no es mi tipo de trabajo.
-¿Cuál es tu tipo de trabajo?
-Soy arquitecto.
-Eres un comemierda -dijo, y se alejó.
Harry sabía que no era demasiado bueno entablando conversación. Se había dado cuenta de que cuanto
menos hablaba, mejor se sentía la gente. Harry se acabó las dos cervezas. Entonces llegó el bistec con
patatas fritas. El chef depositó el plato de un golpe. El chef era un gran golpeador. A Harry le parecía un
milagro. Se puso a ello, cortando y masticando. Hacía un par de años que no comía un bistec. A medida
que comía sentía cómo entraba en su cuerpo una fuerza nueva. Cuando no se come a menudo, eso resulta
un gran acontecimiento. Hasta su cerebro sonreía. Y su cuerpo parecía decir gracias, gracias, gracias.
Entonces Harry acabó. El chef aún seguía mirándolo fijamente.
-Muy bien -dijo Harry-, tráigame otro plato de lo mismo.
-¿Vas a tomar otra vez lo mismo?
-Sí.
La mirada pasó de fija a feroz. El chef se alejó y lanzó otro bistec sobre la parrilla.
-Y tomaré otra cerveza, por favor. Ahora.
-¡RITA! -gritó el chef-, ¡DALE OTRA CERVEZA!
Rita se acercó con la cerveza.
-Para ser arquitecto -dijo-, le das mucho a la cerveza.
-Estoy planeando levantar algo.
-¡ja, ja! ¡Como si pudieras...!
Harry se concentró en su cerveza. Luego se levantó y se fue al lavabo de caballeros. Cuando regresó se
acabó la cerveza. El chef salió y puso de un golpe el plato de bistec delante de Harry.
-El puesto sigue vacante si lo quieres.
Harry no contestó. Empezó a comer otra vez.
El chef volvió a la parrilla desde donde continuó mirando fijamente a Harry.
-Tienes derecho a dos comidas -dijo el chef-, y a meter mano.
Harry estaba demasiado ocupado con el bistec con patatas para contestar. Seguía teniendo hambre.
Cuando se es un vagabundo, y especialmente si se es bebedor, pueden pasar días y días sin que comas,
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muchas veces sin que sientas siquiera ganas, pero de pronto te ataca un hambre insoportable. Uno
empieza a pensar en comérselo todo, cualquier cosa: ratones, mariposas, hojas, resguardos de la casa de
empeños, periódicos, corchos, lo que sea. Ahora, en plena faena del segundo bistec, el hambre de Harry
continuaba allí. Las patatas fritas estaban fantásticas, crujientes, amarillas y calientes, parecidas a la luz
del sol, una gloriosa y nutritiva luz solar que podía morderse. Y el bistec no era simplemente una
rebanada de algún pobre bicho asesinado, era algo apasionante que alimentaba el cuerpo y el alma y el
corazón, que iluminaba la mirada y hacía que el mundo no fuera tan difícil de soportar, o tan inhóspito.
De momento la muerte no importaba. Entonces acabó el segundo plato. Sólo quedó el hueso del bistec y,
además, completamente limpio. El chef seguía mirándole.
-Me voy a comer otro -le dijo Harry al chef-. Otro bistec con patatas y otra cerveza, por favor.
-¡NO! -gritó el chef-. ¡VAS A PAGAR Y TE VAS A LARGAR A LA PUTA CALLE! Dio la vuelta a la
parrilla y se paró frente a Harry. Tenía una libreta en la mano. Garabateó furiosamente en la libreta.
Luego tiró la cuenta en medio del plato sucio. Harry la cogió del plato. Había otro cliente en el
restaurante, un hombre muy redondo y rosado, con una cabeza grande, llena de pelos despeinados, teñidos
de un castaño bastante desalentador. El hombre había consumido numerosas tazas de café mientras leía el
periódico de la tarde. Harry se puso de pie, sacó unos billetes, apartó dos y los acercó al plato. Luego
salió de allí. El tráfico de las primeras horas de la noche comenzaba a llenar de coches la avenida. El sol
se estaba poniendo a sus espaldas. Harry observó a los conductores de los coches. Parecían desgraciados.
El mundo era desgraciado. La gente estaba en la oscuridad. La gente estaba aterrada y desilusionada. La
gente había caído en las trampas. La gente estaba desesperada y a la defensiva. Se sentían como si
estuvieran malgastando sus vidas. Y tenían razón. Harry echó a andar. Se detuvo en un semáforo. Y en
ese momento tuvo una sensación muy extraña. Le pareció que él era la única persona viva del mundo.
Cuando la luz se puso verde se olvidó completamente del asunto. Cruzó la calle hacia la otra acera y
continuó caminando.
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11 NO PUEDES ESCRIBIR UNA HISTORIA DE AMOR

Margie iba a salir con este tío pero cuando salían el tío se encontró con otro tío vestido con un abrigo de
cuero y el tío del abrigo de cuero abrió el abrigo de cuero y le enseñó al otro tío sus tetas y el otro tío se
dirigió a Margie y le dijo que no podía mantener su cita porque el tío del abrigo de cuero le había
enseñado las tetas y tenía que ir a cojerse a ese tío. Así que Margie se fue a ver a Carl. Carl estaba en su
casa, y Margie se sentó y le dijo:
-Este tío iba a llevarme a la terraza de un café, íbamos a beber algo de vino y a hablar, sólo beber vino y
hablar, nada más, pero en en camino este tío se encontró a otro tío con un abrigo de cuero, y el tío del
abrigo de cuero le enseñó sus tetas al otro tío y ahora este tío se ha ido a cojer con el tío del abrigo de
cuero, así que me quedé sin mesa, sin vino y sin charla.
-No puedo escribir nada -dijo Carl-. He perdido la inspiración. Entonces se levantó y se fue al baño, cerró
la puerta, y se puso a cagar. Carl echaba cuatro o cinco cagadas al día. No tenía otra cosa que hacer. Se
bañaba cuatro o cinco veces al día. No tenía otra cosa que hacer. Se emborrachaba por la misma razón.
Margie oyó el ruido de la cadena del retrete. Carl salió.
-Ocurre simplemente que un hombre no puede escribir ocho horas al día. Ni siquiera puede escribir todos
los días, ni todas las semanas. Agota su mente, es una desesperación fija. Ahora no puedo hacer otra cosa
que esperar. Carl se fue hacia el frigorífico y salió con un paquete de seis cervezas. Abrió un botellín.
-Soy el escritor más grande del mundo -dijo-. ¿Sabes lo difícil que resulta? Margie no contestó.
-Puedo sentir cómo el dolor se arrastra por todo mi ser. Igual que una segunda piel. Me gustaría poder
cambiar de piel como las serpientes.
-Bueno, por qué no te revuelcas en la alfombra y tratas de desprendértela?
-Escucha -preguntó él-. ¿Dónde te conocí?
-En la tienda de legumbres de Barney.
-Bueno, eso lo explica un poco. Tómate una cerveza.
Carl abrió una botella y se la pasó.
-Ya -dijo Margie-, ya sé. Necesitas tu soledad. Necesitas estar solo. Excepto cuando necesitas algo,
excepto cuando cortamos de una vez y entonces te sientes perdido y en seguida te pones a llamar por
teléfono diciéndome que me necesitas, que te estás muriendo de la resaca. Eres débil y te rajas rápido.
-Sí, me debilito rápido.
-Y eres tan estúpido conmigo, nunca te pones caliente. Vosotros los escritores sois tan...delicados... No
podéis soportar a la gente. La humanidad hiede, ¿cierto?
-Cierto.
-Pero cada vez que cortamos empiezas a dar fiestas gigantescas de cuatro días. Y de repente te vuelves
ingenioso. ¡Empiezas a hablar! De repente estás lleno de vida, hablando, bailando, cantando. Bailas en la
mesita de café, lanzas botellas por la ventana, interpretas fragmentos de Shakespeare. De repente estás
vivo, cuando yo me voy. ¡Oh, me han contado cosas acerca de esto!
-No me gustan las fiestas. Me disgusta especialmente la gente en las fiestas.
-Pues para ser un tío al que no le gustan las fiestas, celebras unas cuantas.
-Escucha, Margie, no entiendes. Ya no puedo escribir. Estoy acabado. En algún lugar torcí el rumbo. En
algún lugar morí en medio de la noche.
-De la única manera en que te vas a morir es de una de tus monumentales resacas.
-Jeffers dijo que incluso los hombre más fuertes pueden quedar atrapados.
-¿Quién fue Jeffers?
-Fue el tío que convirtió el Gran Sur en una trampa para turistas.
-¿Qué vas a hacer esta noche?
-Iba a irme a escuchar las canciones de Rachmaminoff.
-¿Quién es ese?
-Un ruso muerto.
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-Mírate. Te quedas ahí sentado como un idiota.


-Estoy esperando. Algunos tíos aguardan dos años. A veces la inspiración no vuelve nunca.
-Supón que no te vuelve nunca.
-Entonces me pondría mis zapatos y bajaría andando por Main Street.
-¿Por qué no te buscas un trabajo decente?
-No hay ningún trabajo decente. Si un escritor abandona la creación, está muerto.
-¡Oh, vamos, Carl! Hay millones de personas en el mundo que no trabajan en la creación.
Quieres decir que están muertas?
-Sí.
-¿Y tú tienes alma? ¿Eres de los pocos con alma?
-Podría decirse que sí.
-¡Podría decirse que sí! Tú y tu miserable maquinita de escribir! Tú y tus cheques enanos! Mi abuela gana
más dinero que tú!
Carl abrió otra botella de cerveza.
-¡Cerveza! ¡Cerveza! ¡Tú y tu condenada cerveza! Está presente incluso en tus historias:
Marty cogió su cerveza. Al levantar su mirada, vio a una magnífica rubia entrar en el bar y sentarse a su
lado...
-Tienes razón. Estás acabado. Tu material es limitado, muy limitado. No puedes escribir una historia de
amor, ni siquiera puedes escribir una decente historia de amor.
-Tienes razón, Margie.
-Si un hombre no puede escribir una historia de amor, es un inútil.
-¿Cuántas has escrito tú?
-Yo no pretendo ser escritora.
-Pero -dijo Carl-, pareces tomar una pose de estúpido crítico literario. Margie se fue pronto después de
eso. Carl se sentó y bebió el resto de las cervezas. Era verdad, la literatura le había abandonado. Esto
haría felices a sus enemigos de las catacumbas. Podrían subir un jodido escalón. La muerte les complacía,
tanto a subterráneos como a escritores con éxito. Recordaba a Endicott, sentado allí y diciendo: < Bueno,
Hemingway se fue, Dos Passos se fue, Patchen se fue, Pound se fue, Berryman se tiró desde un puente,
odos muertos... Las cosas cada vez están mejor y mejor y mejor >.
Sonó el teléfono. Carl lo cogió.
-¿Señor Gantling?
-¿Sí? -contestó.
-Quisiéramos saber si a usted le gustaría venir a dar una lectura en el Fairmont College.
-Bueno, sí. ¿Para qué fecha?
-El treinta del mes próximo.
-No creo tener nada que hacer para entonces.
-Nuestra paga usual son cien dólares.
-Me suelen dar ciento cincuenta. Ginsberg cobra mil.
-Pero es Ginsberg. Sólo podemos ofrecerle cien dólares.
-De acuerdo.
-Muy bien, señor Gantling. Le mandaremos los detalles.
-¿Qué me dice del viaje? Son varias horas de carretera.
-De acuerdo, veinticinco dólares por el viaje.
-O.K.
-¿Le gustaría hablar a los estudiantes en sus clases?
-No.
-Hay un almuerzo gratis.
-Entonces sí.
-Muy bien señor Gantling, estaremos por el campus esperándole.
-Adiós.
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

Carl dio una vueltas por la habitación. Miró la máquina de escribir. Puso una cuartilla de papel en el
rodillo, se asomó a la ventana y vio pasar a una chica con una minifalda increíblemente corta. Empezó a
escribir.
< Margie iba a salir con este tío pero en el camino este tío se encontró con otro tío vestido con un abrigo
de cuero y el tío del abrigo de cuero abrió el abrigo de cuero y le enseñó al otro tío sus tetas y el otro tío
se dirigió a Margie y le dijo que no podía mantener su cita porque el tío del abrigo de cuero le había
enseñado sus tetas...>
Carl cogió su cerveza. Era agradable volver a escribir de nuevo.
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

COMO SER UN GRAN ESCRITOR

Tienes que cojerte a muchas mujeres


bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
Aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
Y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
No te exijas.
Duerme hasta el mediodía.
Evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
Acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
Y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
Un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.
Quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas, sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
Más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
Quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
Una amante continua.
Agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
Haz de eso una pelea de peso pesado.
11 cuentos y 1 poema – Charles Bukowski Luzbelito Ediciones

Haz como el toro en la primer embestida.


Y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
Hay tiempo.
Y si no hay,
está bien
igual.