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Lucrecio De rerum natura, Libro VI 1220-1286

Si alguno de ellos, como sucede, había evitado los funerales de la muerte,

más adelante sin embargo, por úlceras asquerosas y por un flujo negro del vientre 1200

lo descomponía a éste y le aguardaba la muerte,

o también salía de las narices tapadas mucha sangre

estropeada a menudo junto con un dolor de cabeza.

En esto fluía todas las fuerzas y el cuerpo del hombre.

Aparte de esto, quien había escapado al agudo flujo de la sangre, 1205

sin embargo a este le entró una enfermedad a los nervios

y a las articulaciones y a los genitales mismos del cuerpo.

Y unos porque temían terriblemente los umbrales de la muerte,

vivían privados de su parte masculina con un cuchillo,

y algunos permanecían vivos sin manos ni pies 1210

y con todo en parte perdían su vista.

Hasta tal punto los perjudicaba el fuerte miedo a la muerte.

Y también el olvido de todas las cosas se apoderó de algunos,

de modo que ni siquiera podían reconocerse a sí mismos.

Aunque muchos cuerpos insepultos yacían en el suelo encima de otros cuerpos, 1215

sin embargo la especie de las aves y de las fieras

o se apartaba saltando lejos para escaparse del olor,

o cuando le había gustado, perdía las fuerzas por la cercana muerte.

Sin embargo en verdad ni por casualidad aparecía alguna ave en aquellos días,

ni salían del bosque las tristes razas de fieras. 1220

La mayoría perdía sus fuerzas por la peste y moría.

En particular, la fiel fuerza de los perros tendida por todas las calles,

se quitaba la vida angustiosamente;

pues una fuerza morbosa les arrebataba la vida a los miembros.


Luchaban para ser arrastrados sin compañía hacia funerales desiertos. 1225

Tampoco había un tipo seguro de remedio general;

ya que lo que a uno le había permitido poder revolver

las vitales brisas del aire en la boca y contemplar los espacios del cielo,

esto era mortal para otros y les causaba la muerte.

En estas circunstancias aquello era lo único particularmente lamentable, 1230

que cuando cada uno se veía implicado en la enfermedad,

como si estuviera condenado a la muerte,

yacía perdiendo su triste ánimo junto con su corazón,

y daba por perdida su alma allí mismo mirando los funerales.

Puesto que el contagio de la voraz peste, de hecho, no cesaba de extenderse 1235

de unos a otros en ningún momento,tal como el ganado lanífero y los rebaños de bueyes,

y esto también en los comienzos acumulaba cadáver sobre cadáver.

Ya que quienesquiera que huían de visitar a los suyos que estaban enfermos,

demasiado deseosos de vivir y temiendo a la muerte,

los castigaba poco después con una muerte mala y deshonrosa, 1240

abandonados y sin recursos, sacrificándolos con incuria.

Quienes por otra parte echaban una mano, sucumbían por el contagio y la labor,

al que la entonces la decencia y la voz aduladora de los agotados

mezclada con la voz del lamento los forzaba a enfrentar.

Precisamente el mejor tomaba este tipo de muerte. 1245

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Y combatían unos con otros por sepultar a su pueblo:

Volvieron cansados por las lágrimas y el luto;

de ahí se daban en gran parte a la cama por la tristeza;

tampoco se podía encontrar alguien al que ni la peste, 1250

ni la muerte, ni el luto probara en tal tiempo.


Además ya el pastor y el boyero,

y de tal modo el robusto conductor del curvo arado languidecían,

y dentro de la choza yacían amontonados los cuerpos

dedicados a la muerte por la pobreza y enfermedad. 1255

A veces podías ver a padres

encima de los cuerpos inanimados de sus hijos sin vida,

y a la inversa, a hijos que espiraraban su vida encima de sus madres y padres.

Y no fluía lo más mínimo desde los campos a la ciudad

este lamento que llevaba la multitud fatigada y enferma de campesinos 1260

cuando se juntaba allí saliendo de todas partes.

Llenaban todos los lugares y las viviendas,

tanto más por el calor acumulaba la muerte

a los que estaban apiñados de este modo en montones.

Muchos cadáveres, tendidos y desparramados en la calle por la sed, 1265

yacían desperdigados junto a los pozos de agua,

privados de sus inmoderadas vidas por el encanto de las aguas.

y podías ver muchos miembros por todas partes a la vista en las plazas y las calles,

cansados con un cuerpo medio muerto,

cubiertos de harapos para morir llenos de inmundicias, 1270

a causa de la suciedad del cuerpo, sobre los huesos solo la piel,

ya casi enterrados por la basura y las úlceras asquerosas.

La muerte, finalmente, había llenado todos los santuarios sagrados de los deidades

con cuerpos inanimados, y por todas partes se quedaron cargados con cadáveres

todos los templos de los dioses celestiales, espacios que los guardatemplos habían llenado
con los huéspedes.] 1275

Ciertamente ya no les importaba mucho la reverencia de los dioses

ni la fuerza del Gran Dios: El dolor presente se imponía.


Tampoco permanecía en la ciudad la costumbre aquella de la sepultura,

con la cual este pueblo antes siempre había acostumbrado a ser enterrado;

Cada uno, totalmente confundido, vagaba solo, 1280

y triste, de acuerdo con las circunstancias enterraba a su ser querido.

La urgencia1 y la pobreza recomendaban muchas cosas horribles;

ya que colocaban a sus consanguíneos en hogueras ajenas

bajo un llanto enorme y ponían antorchas debajo,

peleando a menudo con mucha sangre, 1285

antes de que fueran abandonados los cadáveres.

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