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Juan Sebastián Ocampo Murillo.

Armando Enrique Viloria.

Re-visitando el mito de lo paisa.

El Indio Rómulo profería en uno de sus poemas: “Hubo una Antioquia grande y altanera, un
pueblo de hombres libres, una raza que odiaba las cadenas, y en las noches de sílex, ahorcaba
los luceros y las penas de las cuerdas de un tiple, si quiera se murieron los abuelos sin ver
cómo se mellan los perfiles.” Esta es la imagen idealizada de una Antioquia que intenta
organizar en un conjunto de arquetipos a grupos humanos bien variopintos. Encima de la
cabeza de todas estas construcciones monolíticas de monumentos, habría que poner varios
signos de interrogación, pues, difícilmente, estos estereotipos no van más allá de una
fabricación sesgada y parcializada de grupos de élite que quieren esconder cada conflicto y
cada mácula o daño colateral del inminente paso del progreso detrás de un tótem ya roído.

Mientras me acercaba a la casa del maestro, realmente me era inquietante pensar en la


sacralidad del arte. Alguno de esos tontos puristas con ínfulas de esnob, intentando emular
fórmulas mágicas de los cosmopolitas decimonónicos, no dudaría un segundo en chupar las
gónadas de su artista favorito, sin antes revestir este vínculo libidinal con retórica vagamente
abstrusa y bastante trasnochada, en un intento de realizar un performance de Schlegel, pero
un tanto más vulgarizado, y diría algo como: “el arte por el arte, el arte no es político” con
una voz ahogada en su propia baba, que también hace parte del uniforme de intelectual. En
lo que el transporte recorría las calles de Aranjuez, se me ocurría pensar responderle a ese
némesis que solo habita en mi mente como una combinación de gente pretenciosa que mi yo
marxista detesta, que el arte: su expresión en pinturas, en escultura, música, cine, no puede
deslindarse de su realidad, no es un compendio de imágenes suspendidas en el teatro meta-
histórico, y siempre relata una parte de las inquietudes del espíritu imbuido en un marco de
temporalidad.

Ya estando en la entrada del museo, siguió retumbando en mi cabeza la poesía rústica del
Indio, como haciendo plañir mi espíritu remembraba: “hubo una raza con alma de bandera y
grito de clarines, un pueblo que miraba a las estrellas buscando sus raíces, si quiera se
murieron los abuelos, sin ver cómo afemina la molicie.” Es interesante, pienso en ese
momento, mientras pago con mi entrada la posibilidad de que el Estado siga manteniendo
vivo un pedazo del espíritu bajo el cielo antioqueño, que esa idiosincrasia puede que haya
hecho más mal que bien. Que berriondera que nuestros procesos históricos hayan estado
marcados por el despojo de tierras, por paramilitares del servicio de los pequeños zares
antioqueños que, con la insigne misión de acabar la subversión, no hallaron gramo de
dubitación en su alma para poner funesto fin a familias enteras. Es que mijo, es un berraco
ese político de turno que sale en televisión montando caballo y tomando tinto, que promete
sacar a los bandidos que él mismo ha nutrido en su inmundo seno, utilizando los hijos de
campesinos y del pueblo. El buen antioqueño es ese misógino que ama a su mamá de vez en
cuando, la saca a comer al Rancherito de día de madre, pero no lava un plato de la casa, dice
que las putas son por si acaso, pero la madre de sus hijos es sagrada. Ese buen antioqueño
hijo del neoliberalismo, es bien fanático de las siliconas, que va a las cabalgatas a ver
animales más diestros, pero más desdichados que él, llevando otros animales con poncho,
sombrero, 40 libras de polímeros y una credencial fija del Epicentro Democrático. Ah, pensé
yo, también es el que asimila que la cultura se acaba cuando sale del Metro, que es muy
macho hasta que se toma dos guaros y empieza a contar que el papá le pegaba por “marica”,
y que asegura que el vallenato es corroncho, pero se le olvida que en su departamento hay
gente que vive en la costa Pacífica y que los cultores del espíritu paisa extrajeron un montón
de recursos del Chocó y de Córdoba.

A mi lado iba mi compañero venezolano, se me hacía un poco difícil caminar por la casa del
maestro, hay muchas escaleras, pero él es un fiel guía. Empezamos recorriendo las
habitaciones más íntimas de la casa: el cuarto del maestro y su biblioteca. En esta última
pudimos observar una compilación del paso del Espíritu por el mundo Occidental. En
diversas obras sobre historia civil, historia del arte, poesía y literatura, estaban condensadas
algunas de las creaciones más grandilocuentes del ingenuo humano. Justo al frente del librero
había un piano que se dice era tocado por la esposa y la hija del maestro. Mi compañero
inmediatamente se sintió conmovido por el grado de virtuosidad que podía existir detrás del
producto final de la obra de arte. Sería bello imaginar una escena familiar: las mujeres
sentadas interpretando a Liszt o a Chopin, mientras el maestro luchaba con sus pinceles
importados de Francia por plasmar algo verdaderamente antioqueño en un lienzo, o mientras
repujaba bocetos en la máquina de grabados que habían traído de Alemania.
Es curioso como mi pretencioso némesis del principio se va acallando frente a tamaña
evidencia. El artista, por supuesto, más aún en nuestro contexto hispanoamericano, no habita
una torre de marfil. Sería estúpido pensar eso, igual de idiotas se ven algunos historiadores y
filósofos del arte, que con su amplísima formación, aún sugieren que el pintor o el escultor
son como Robinson Crusoe, que en su isla desértica se hace por sí mismo de su propio
sustento. Ahora, imaginemos a un Pedro Nel Gómez con un harapiento traje recogiendo
bayas silvestres para crear pigmentos, y saciar su hambre mientras pinta con su dedo sobre
una roca a manera de diario. El artista bebe de su privilegio, de su status social, de la
capacidad de juntar sus apellidos con otros de abolengo extranjero. Esto no desvirtúa la obra,
pero como con Cristo en Nicea, al menos hace a esos pequeños dioses más profanos. Bien el
señor Gómez y yo, y mi compañero sentimos el mismo miedo ante la incertidumbre, nos
duele ver el sufrimiento ajeno, nos indigna pensar que las promesas del progreso capitalista
son más bien un lujo.

Mi compañero y yo nos estábamos encaminando hacia otras salas de la casa. Estaban


haciendo algunos arreglos, no es de extrañar, el patrimonio cultural no acaece en el aire, no
vive de buenas intenciones; de vez en cuando es necesario que la mano del hombre intervenga
sobre esos monumentos entronizados de la historia universal. Entramos en una sala que
estaba engalanada por pinturas sobre los mitos y leyendas antioqueños. En ese instante nos
dimos cuenta de que el ser antioqueño, al menos esa ontología que se había creado alrededor
de ello, era una forma dialéctica de evitar la universalidad. Me explico. Se nos insertó dentro
de unas dinámicas totalizantes, pues el mito requiere, al igual que en todas las culturas, cierto
grado de recepción, y esa recepción necesita de entendimiento, de elucidar que los que
habitamos la esfera de ese mito estamos enmarañados en la misma trama histórica. En esas
guerras míticas que retrataba el maestro se exteriorizaban algunas de las manifestaciones más
interiores del espíritu: el ser humano siempre había estado en pugna por la tierra, por defender
su pasado, por sobreponer sus tradiciones. Nuestros ojos fueron pasando a través de las
pinturas: la llorona, la patasola, el patetarro, eran todas expresiones de la universalidad, del
miedo, de la violencia. No estábamos simplemente ante proporciones estéticas, juegos de
luces, o en un acto mecánico de escorzar la obra; estábamos ante sistemas de in