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Trabajo de integración teórica clínica

Historia, síntoma, fantasma y la posición del analista: Estudio del caso de


Andrés, la herida hecha viento

Psicoanálisis Infanto Juvenil


Lucas Ortiz, Ignacio Espinoza y Eduardo Guajardo
Diciembre 2018
En las conversaciones que cimentaron los primeros esbozos de este escrito, persistía entre
nosotros un sentir ecuánime sobre las palabras del psicoanalista Juan Carlos Volnovich en su
libro ‘Claves de Infancia’, lo cual constatamos especialmente al momento de consignar su
encuentro con Andrés. En ‘La herida hecha viento’, el autor nos cuenta de Andrés; él, quien al
momento de su análisis con el autor era un niño de nueve años, entrama nuestros asombros en las
primeras palabras de Volnovich al abrir el capítulo: “Nuestros niños son nuestra historia”
(Volnovich, 2000, p.133). La consigna anterior irrumpió en nosotros como un espacio de
posibilidad para una constelación de preguntas. Pensamos en un primer momento sobre la
impronta de la violencia política en la historia, y, consecuentemente, en la singularidad de
aquellos que la historia interpela. Por otra parte, nos preguntamos, desde un lugar de notable
intriga e ignorancia, sobre el quehacer del psicoanalista frente a este entramado de historia social
y política. Esta apertura nos llevó a cultivar el enigma sobre los distintos momentos que se
sucedían en la aparición del ‘encuentro’ entre el autor y Andrés; llevándonos eventualmente a
presentar este escrito.
Los lineamientos de este trabajo consisten en plantear parte de nuestro recorrido por los
distintos caminos teóricos labrados por los psicoanalistas visitados en la cátedra de Psicoanálisis
Infanto Juvenil; en relación con el quehacer de Juan Carlos Volnovich en su encuentro con
Andrés. Esta premisa, asimismo, al permear la arquitectura considerada para este trabajo, nos
incita a plantear, al menos sucintamente, las instancias o temáticas del caso clínico que nos
resultaron significativas, y que serán elaboradas en los siguientes apartados:
En un primer momento consideramos aquella instancia que marca la apertura del
capítulo, la cual oscila sobre el lugar de la historia. Sin embargo, por una que está vinculada
singularmente al dolor y la infancia; lo cual es ilustrado por el autor en las siguientes palabras:
“Nuestros niños como historia nuestra so testigos-testimonio de un proyecto genocida, de una
empresa de exterminio, y en cada síntoma, el más banal de los síntomas del menos neurótico de
nuestros niños, hablan el espanto y la tragedia que amenaza repetirse a cada paso” (Volnovich,
2000, p.133). Posteriormente abordaremos las instancias que permiten pensar el apartado anterior
desde la singularidad de Andrés, y de lo que aparece en el espacio analítico: desde la dimensión
imaginaria, pasando por el ideal hasta el “decir indeterminado del síntoma” -su síntoma.
Finalmente, consideraremos el lugar que asume el autor, en tanto analista, al verse interpelado
por la palabra de Andrés.
Para lograr lo anterior, consideraremos dos secciones denominadas ‘Andrés y el decir del
síntoma’, y ‘Reflexiones’. En la primera, particularmente en los apartados ‘Fantasma,
identificaciones, y el lugar de los padres’; ‘La singularidad de Andrés y el Síntoma’; y en ‘La
posición del analista’; expondremos en un primer momento algunos elementos o viñetas del
caso; para luego desarrollar ciertos conceptos psicoanalíticos a propósito de las mismas.
Posteriormente, en el apartado ‘Reflexiones’, vincularemos de manera particular los elementos
del caso y algunos conceptos; con el propósito de responder cuatro problemáticas teórico-clínicas
nacidas de nuestra lectura de Volnovich: ‘Sobre la pertinencia de la historia socio política para la
clínica: la violencia política’; ‘La relevancia de las identificaciones en la clínica y la historia’​;
​ l relato de la historia a partir del síntoma: la otitis crónica’; ‘​La posición del analista y su
‘E
quehacer: toma de posiciones’.
Andrés y el decir de la historia
Historia y Violencia política

En el libro ‘Claves de infancia’ de Juan Carlos Volnovich, especialmente en el capítulo


IX o ‘Andrés: La herida hecha viento’ aparece, desde los primeros esbozos de tinta, una consigna
que ubica la historia en un lugar fundamental para el psicoanálisis:
Psicoanalizar a un niño es una empresa fascinante, desconcertante y dificil: es,
fundamentalmente, exponerse al desafío del sufrimiento y al dolor del síntoma. Síntoma
en el que se lee la escritura de la historia. De ahí que, el síntoma es -desde un principio y
al mismo tiempo- individual y social. De ahí que, descubrir lo que el enigma ofrece a la
comprensión impide la razón que oculta, justamente, aquel espacio que el síntoma intenta
abrir. (Volnovich, 2000, p.133)
La impronta que estas palabras otorgan en relación a la reflexión respecto al lugar de la
historia en la vida del sujeto, y en el quehacer psicoanalítico; tienen el rol de introducirnos al
encuentro entre el psicoanalista Juan Carlos Volnovich y Andres, un chico de nueve años de
argentina. Posteriormente, el autor nos hablará de los matices de la historia que cuenta Andrés: la
del “espanto y la tragedia” (Volnovich, 2000, p.133). Por esto, no podemos no considerar,
aunque sea de manera sucinta, el suceder dentro de la historia social de Argentina de la
existencia de un pasado de violencia política de Estado; este evento, que en nuestras reflexiones
evoca la pregunta por el lugar de la ley y su quiebre; del desconocimiento del lugar de sujeto de
muchos en dicha historia; de el ubicar en ‘un lugar de objeto’ a algunos desde el ejercicio de la
violencia política de Estado; por medio de la persecución, el asesinato, la tortura y la
desaparición (Aceituno y Cabrera, 2014).
Nos parece relevante considerar en la apertura de este escrito la existencia de estas
prácticas de abrumación que ha sufrido el sujeto; del impacto que significa un ‘querer hacer
desaparecer las huellas que definen el acontecer de la subjetividad’ (Aceituno y Cabrera, 2014, p.
17); puesto que son pertinentes para comprender la historia en Andrés, y también de Volnovich;
y, por lo mismo, para pensar su lugar en la clínica psicoanalítica.
En el encuentro con Andrés, Volnovich nos relata la historia social y política de la
Argentina a partir de esquirlas y esbozos, los cuales solamente podemos aprehender de manera
limitada. Podemos pensar el pasado de Andrés desde la falta de garantías y derechos en su
sociedad, de la relevante relación de estos últimos con el pacto social; y de los impactos que debe
haber generado su transgresión (Aceituno y Cabrera, 2014). Finalmente, no podemos sino
intentar fallidamente sopesar en un primer momento las premisas que abren el capítulo sobre el
encuentro entre el psicoanalista Juan Carlos y Andrés: el espanto y la tragedia; una violencia
cuyo exceso linda fácilmente con lo inteligible (Vetö, 2009, citado en Cabrera, Aceituno,
Matamala y Fischer, 2017).

Fantasma, identificaciones, y el lugar de los padres


El encuentro entre Juan Carlos Volnovich y Andrés aparece consignado desde un primer
momento en la escritura del capítulo por la violencia política; y con ella, la ausencia de los
padres. Esto decantó en que Andrés fuera cuidado posteriormente por compañeros de militancia
de los padres, y, luego, en su exilio en parís, por su abuela. Sin embargo, los padres reaparecen
en el encuentro entre el autor y Andrés: cuando este último colecciona calcomanías: “A partir de
aquí, Andrés se volvió animoso como la democracia de 1985 y empezó a coleccionar
calcomanías. Le parecieron lógicas ya que su papá desaparecido se llamaba Ricardo- aquellas
con la banderita argentina como fondo de “R.A.””(Volnovich, 2000, p.136). El autor reconoce el
valor del propósito de Andrés en coleccionar dichas banderitas, al ver en ello “esfuerzos por
recuperar, guardar, atesorar, coleccionar al fin, aquello donde él se reconoce. Aquello que lo
representa y refleja” (Volnovich, 2000, p.136). Sin embargo, la historia social y política se
perfila tras el encuentro entre Andrés y el autor; por lo mismo, ocurre “el juicio a los militares
que hicieron desaparecer a sus padres y que se escurren por el agujero, rajadura, de una ley
fallida” (Volnovich, 2000, p. 137); a esto se le agrega el desmoronamiento de una figura muy
relevante para Andrés, el presidente Raúl Alfonsín. El autor consigna la relevancia de los
anteriores eventos: “Con el presidente que se le cae, caen las calcomanías y aparecen los miedos”
(Volnovich, 2000, p.137). El autor, en esta vertiente presenta uno de los caminos posibles en el
encuentro con Andrés: “Es, entonces, cuando iniciarse en los afanes por fortalecer la posición del
padre, temor a la caída que impida el propio fracaso y la propia caída es, tal vez, menos evidente
y más audaz” (Volnovich, 2000, p.138). Estas aprehensiones del autor nos remiten a múltiples
lugares teóricos; pensamos en qué conceptos son los más pertinentes para abordar el propósito de
Andrés en cubrir su ventana con calcomanías que recuerdan a su padre; con el dolor por el
patetismo de una figura que le es representativa de la democracia como lo es Alfonsín, o de la
importancia del lugar del exilio en la vida subjetiva de Andrés. Estos puntos nos resultan
especialmente desafiantes, por el entramado teórico que presentan.
La primera constatación que se nos presenta es la ausencia de los padres; pero también se
suscita la duda de si estos no acompañan acaso a Andrés al menos en su vida subjetiva; nos
preguntamos qué implicaciones tiene ello; a este respecto Maud Mannoni (2004) plantea en “El
niño, su enfermedad, y los otros” que:
Como analistas, tenemos que enfrentarnos con una historia familiar. La evolución de la
cura es en parte función de la manera en que cierta situación es aprehendida por nosotros.
El niño que nos traen no está solo, sino que ocupa un sitio determinado en el fantasma de
cada uno de los padres (pp.64-65)
Una primera elaboración quizás pertinente es el lugar del fantasma; este es presentado
por Mannoni (1998) como un concepto que, en su relación con el inconsciente, “comprende el
vínculo del sujeto con el mundo y su vínculo con el Otro”(p.114); la autora también lo comenta a
partir de su elaboración de ‘Juanito’ en el ‘Niño, su enfermedad y los otros’; donde menciona
que el mundo fantasmático de los padres da un lugar en el ‘orden del ser’ al hijo -en el caso de
Juanito, por ejemplo, la representación que su madre tenía de él en tanto niño ingenuo. Otra
aproximación que, por su claridad, nos sirve profundamente, es la realizada por Silvia Amigo
(2005); para la autora el fantasma es “una respuesta que el sujeto se da a la pregunta enigmática
por el deseo del Otro”. Este concepto, por lo demás, posee cierta pertinencia a propósito las
elaboraciones que realiza Graciela Kait (1996) sobre los conceptos de narcisismo, identificación,
y ​yo ideal e ideal del yo​; sin extendernos, podemos consignar que la autora considera que en la
enseñanza de Lacan que va desde ‘el estadio del espejo’, hasta las formulaciones más elaboradas
del esquema óptico; se distinguen dos narcisismos; siendo el segundo el que nos amerita mayor
atención. Este se encuentra “en relación a la identificación con el semejante, el otro, que le
permite al hombre situar con precisión su relación imaginaria y libidinal con el mundo en
general” (Kait, 1996). Este segundo narcisismo surge de un “cruce entre una imagen real y una
imagen virtual, entre imaginario e imaginario” (Kait, 1996); por lo mismo, manifiesta su
dimensión en “todos los fenómenos de enamoramiento, o doble elección de objeto, o la angustia
neurótica en tanto tiene que ver con el lazo objetal” (Kait, 1996). Por otra parte, consideramos
que podría ser pertinente mencionar brevemente el concepto de ‘ideal del yo’. La autora
menciona que el ideal del yo es -a propósito del sujeto- “un lugar desde donde es mirado y desde
donde se dice qué y cómo debe ser para alcanzar la perfección” (Kait, 1996); lugar el cual,
asimismo, y lo que no es menor, está reglado por las exigencias de la ley.

La singularidad de Andrés y el Síntoma


El síntoma aparece como una referencia de una relevancia palpitante en el encuentro
entre Juan Carlos Volnovich y Andrés. Esto puede consignarse al punto que el valor del síntoma
es introducido desde el primer momento en la aproximación que el autor realiza en el capítulo:
“Psicoanalizar a un niño es una empresa fascinante, desconcertante y difícil: es,
fundamentalmente, exponerse al desafío del sufrimiento y al dolor del síntoma. Síntoma
en el que se lee la escritura de la historia. De ahí que, el síntoma es -desde un principio y
al mismo tiempo- individual y social. De ahí que, descubrir lo que el enigma ofrece a la
comprensión impide la razón que oculta, justamente, aquel espacio que el síntoma intenta
abrir”. (Volnovich, 2000, p.133)
Esta relevancia del síntoma, en tanto formación que articula una dimensión social e
individual, nos conduce necesariamente, en el encuentro con Andrés, a aquello de lo que el
síntoma habla: el “espanto y la tragedia que amenaza repetirse a cada paso”(Volnovich, 2000,
p.133). Esta constatación realizada por Volnovich es elaborada paulatinamente en el encuentro
con Andrés, al punto que el primer comentario sobre el síntoma que el autor realiza es sobre “una
otitis crónica con perforación del tímpano” (Volnovich, 2000, p. 134); a lo cual suma algunas
palabras de la abuela: “hay que cuidarlo mucho, y no dejarlo salir” (Volnovich, 2000, p. 134). La
comprensión por parte de Volnovich (2000) sobre el síntoma de Andres parte de la duda:
“Si la presencia del síntoma es la pérdida y el olvido: ¿ Que silencio le hace estallar el
oído? ¿Qué no-recordado se repite como supuración por ese agujero en el tímpano; pus
que al escurrirse intenta encontrar una salida, que es fallida, al no estar ligada a la verdad
que la causa?” (p.136)
El silencio, lo no recordado, el agujero y el viento como un ‘más allá de la ventana’ serán
instancias, que en el encuentro entre Volnovich y Andrés, marcarán el devenir de la relación
dialéctica entre ambos. Así, posteriormente el autor nos hablará sobre el interés de Andrés por
ocupar (opacar) el vidrio de su habitación con calcomanías que, en virtud de su padre
desaparecido llamado Ricardo, tienen una “banderita argentina como fondo de R.A” (Volnovich,
2000, p. 136). Luego retoma el dolor de Andres al encontrar este último el vidrio de su ventana
transparente y vacío, a propósito de haber visto por la televisión a Ricardo Alfonsín haciendo el
ridículo. La comprensión de este dolor por parte del autor se perfila en las siguientes palabras:
Porque la ventana cerrada protege contra la violencia exterior que derribó la puerta años
atrás, y también del viento rumoroso. Pero el miedo al viento como objeto no es el
miedo al viento como objeto sino mucho más, miedo a ser objeto del viento. Es el temor
a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: o traicionar la causa de
su padre y su madre para poder salvarse, o tener que inmolarse como ellos -y por ellos-
para saldar su falla. Destino de sobreviviente después de la masacre, ir para donde lo
lleve el viento engañado en su ilusión de volar, o caer ante la ausencia de una referencia
paterna que le impida “zafarse” del vendaval”. (Volnovich, 2000, p.139)
Las palabras del autor nos permiten aproximarnos a la magnitud de lo que esta en
cuestión en Andrés; de las fuerzas que fundan su dolor; y su origen en la historia socio política
misma. Por otra parte, sin embargo, luego de la reflexión que el autor realiza, nuestra pregunta
por aquello que retorna por el agujero del oído de Andrés resulta más difícil de abordar debido a
la presencia -de la cual no tenemos una certeza cabal-, fundada en la violencia política, de una
problemática en el orden de la ‘ley’. Por lo mismo, para poder comprender, revisaremos algunas
elaboraciones realizadas por Maud Mannoni y Luciano Lutereau a propósito del síntoma. No
obstante, debido a que algunas concepciones y desarrollos sobre el síntoma pueden tornarse
complejos, consideraremos por premisa una definición sencilla del síntoma, elaborada por
Lacan; este autor plantea que “el síntoma es un lenguaje cuya palabra debe ser puesta en
libertad” (Lacan, s/f, Mannoni, 1998).
La perspectiva del síntoma elaborada por Mannoni es presentada por la autora en
distintos escritos. Por ejemplo, en ‘Un saber que no se sabe’ plantea, de manera similar a la
definición anteriormente presentada; a propósito de la revisión del caso que Freud realiza sobre
Frau Cecilia; una concepción del síntoma en tanto ‘una formación estructurada como un
lenguaje’, y que, por lo mismo, puede ser descifrado (Mannoni, 1998). Por otra parte, en ‘La
primera entrevista con el analista’; la autora define el síntoma como una forma de lenguaje; un
medio a disposición de expresar las dificultades que el niño tiene (Mannoni, 1973).
Particularmente, la autora considera que el síntoma presenta la confrontación con ‘la mentira del
adulto’ (refiriéndose particularmente a la fantasía); siendo lo ‘perjudicial’ la existencia de una
situación real que no ha sido verbalizada con claridad. Esta argumentación se condice con los
planteamientos de la autora en ‘El niño, su enfermedad y los otros’, donde la autora argumenta lo
siguiente:
El síntoma se convierte en un lenguaje cuyo secreto es guardado por el niño. No son los
mitos lo que molesta a los niños (cigüeña, repollo), sino el engaño del adulto que adopta
la pose de estar diciendo la verdad y de ese modo bloquea al niño en la sucesión de sus
incursiones intelectuales. (Mannoni, 2004, p.38)
La elaboración anterior sobre el síntoma parece recordar a algunas concepciones que
Francoise Dolto posee respecto al mismo, por lo menos desde las elaboraciones de Michel
Ledoux (2002):
El síntoma es la expresión de una dificultad, de un malentendido. Pero el niño lo necesita
para vivir porque de ese modo el sufrimiento se deriva, se compensa. Los síntomas son
recursos para utilizar la angustia y hacerla menos penosa. Tienen una positividad.
Además, constituyen sin lugar a dudas una comunicación, un lazo de intimidad entre
madre e hijo. (p.153).
Estas elaboraciones sobre el síntoma, por otra parte, resultan especialmente pertinente
cuando se consideran a partir de la preocupación de Luciano Lutereau (2017) sobre las múltiples
formulaciones sobre el síntoma de los niños y niñas en psicoanálisis. Particularmente el autor
plantea que lo infantil es una posición subjetiva, y que la sintomatización de dicha posición
también lo es; por lo mismo al autor le interesa esgrimir que “el síntoma no es una respuesta en
sentido estricto o, mejor dicho, no es un efecto” (Lutereau, 2017, p.24). Esto a propósito de su
crítica a algunas tradiciones en el psicoanálisis de niños: “De qué manera, incluso dentro del
psicoanálisis, se pareciera haber vuelto a una especie de familiarismo -donde si algo le pasa al
niño seguramente es porque algo pasa en la casa- es un fenómeno preocupante” (Lutereau, 2017,
p.24).
En virtud de lo anterior, el autor (Lutereau, 2017) plantea, más que una definición
propiamente delimitada, una duda sobre el lugar del síntoma en la infancia:

El psicoanálisis es, entonces, una práctica bastante acotada: el síntoma es una respuesta al
problema sexual, a la elección sexual. El punto es que el adulto responde a esa elección
sexual, a ese problema de la posición sexuada enfermando, recuperando esa posición
infantil y fantasmatizándola Ahora bien: esa lógica de la otra escena en la infancia no
existe. Por eso se vuelve sumamente importante poder plantear algunas especificidades
del síntoma infantil, sobre todo para no hacer de este síntoma una especie de equivalente
del síntoma de la adultez. (Lutereau, 2017, pp. 35-36)

Las consideraciones sobre el síntoma infantil realizadas en psicoanálisis parten de una


problemática:

Tomamos como modelo del síntoma infantil la fobia de Juanito, y sin embargo no hay
caso más problemático entre los historiales de Freud que el caso de Juanito Quienes nos
dedicamos a trabajar con niños sabemos que Juanito no puede ofrecernos un modelo de
síntoma porque está pensando con la lógica del síntoma en la adultez. (Lutereau, 2017,
p.36).

Por lo mismo el autor, más que introducir una definición especialmente circunscrita sobre
el síntoma en los niños y niñas; plantea la duda sobre si este es equivalente al síntoma de los
adultos. Frente a esto, nosotros nos limitaremos a considerar el caso particular de Andrés, no
obstante, resulta dificultoso considerar su dimensión sintomática a propósito de las diversas
posiciones de estos autores.

La posición del analista


Las páginas que sostienen las palabras finales de Juan Carlos Volnovich sobre su
encuentro con Andrés están marcadas por un sentir reflexivo: “El saber de mi quehacer, con
todo, me invita a reflexionar no tanto como necesidad teórica, sino para definir la naturaleza de
lo que asumo como terapéutico y justificar la ética y la ideología que sostiene mi posición”
(Volnovich, 2000, p.141). Estas palabras introducen una vertiente que en nosotros confirma parte
del sentir que ha imperado en nuestra propia aproximación al caso: Volnovich, en su encuentro
con Andrés, destila una forma de aproximarse que nos resulta singular: el autor no ha buscado
posicionarse en el “refugio anónimo que la función analítica habilita” (Volnovich, 2000, p.141,
ni se ha limitado a aplicar “una teoría más o menos establecida” (Volnovich, 2000, p.141). Este
argumento puede fundamentarse en el propio sentir del autor:
Decir que Andrés interpela mi función, mi historia personal, la de mis hijos, es decir bien
poco. Decir que Andrés y yo estuvimos juntos en este proceso terapéutico y que también
nos unió la violencia y el exilio, que nos arrastró la turbulencia, el torbellino, la vorágine
de la historia es algo más, pero no todo. Nos une o nos separa un mismo latigazo. Nos
une o nos separa una misma fobia. Fobia nuestra a ir para donde vaya el viento. Culpa
nuestra por la supervivencia. Intento mutuo de expiar sufriendo. Pero también, y por qué
no, empecinado esfuerzo para no repetir. Irreductible ilusión por la esperanza.
(Volnovich, 2000, p.141)
La singularidad de Andrés inquiere en Volnovich una reflexión que él plasma en el
escrito: ¿Cómo uso mi deber? ¿Para explorar o para bloquear la singularidad de una historia
personal que es también familiar y colectiva? (Volnovich, 2000, p.141). El autor responde en los
pasajes finales del texto; sin embargo, antes de perfilar la herencia del autor, que no es sino la
respuesta a esta pregunta, revisaremos algunos puntos consignados en el pensamiento
psicoanalítico.
Patrick Guyomard (1998), en el ‘Tiempo de la acción’, se aproxima al lugar de la técnica
en el psicoanálisis freudiano y lacaniano; sosteniendo desde sus primeras argumentaciones
ciertas dimensiones de la misma; lo cual se corresponde, en parte, en su siguiente premisa: “Es
preciso reconocer además que la técnica, sobre todo si la relacionamos con el tratamiento y con
una anticipación de la finalización de éste, importa normas e ideales” (Guyomard, 1998). Esta
premisa nos remite a un comentario de Mannoni (1998) sobre la ética en psicoanálisis:
Cada una de las dos corrientes psicoanalíticas (la “psicología del yo” de Hartmann y el
psicoanálisis freudiano centrado en los efectos del significante en la estructuración del
deseo) desembocan en una ética diferente. Para la primera, prevalece una norma moral, la
propia, que tratamos de imponer al candidato. Para la segunda, lo que está en juego es
una transformación del ser: privilegia el vínculo del sujeto con la verdad. Esta verdad está
por lo tanto estrechamente ligada al advenimiento de un Yo (Je) en particular. (p.115).
Maud Mannoni (1998), a través de su argumento, nos permite pensar críticamente el
lugar de la técnica al sostener la existencia de algo que la permea: una imposición normativa o
un encuentro con la verdad. La posición de Guyomard, a partir de su lectura de Freud y Lacan,
frente a la problemática anterior es clara: la técnica tiene que subordinarse a un algo, el cual no
es sino el inconsciente; más aún, el autor pareciera sostener el argumento de que, más allá de
cualquier formalización, el deseo del analista y el inconsciente son determinantes; o que “el
inconsciente no finge” (Guyomard, 1998, p.124) o que “el deseo del Otro no es una voluntad
ausente”; esto es explicitado particularmente en las siguientes palabras:
Ninguna norma que se instaure en la formación eximirá al analista de tener que “llevar la
palabra”. Las reglas técnicas remiten a solo una que Freud ajusta y desarrolla a los largo
de todo el escrito: cómo trabajar con el propio inconsciente. Todos los consejos -confiar
en la memoria inconsciente, abstenerse de tomar notas durante las sesiones, permanecer
abierto a lo imprevisto en el análisis porque el espíritu científica va “en detrimento del
tratamiento”, recelar de la sugestión que puede ejercer el orgullo terapéutico, someterse al
análisis personal- remiten a uno solo. (Guyomard, 1998, p.126)
El propósito común de las reglas anteriores consiste entonces en sostener un solo
elemento: crear para el analista “el equivalente de la ‘regla psicoanalítica fundamental’ que es
impuesta al psicoanalizado” (Guyomard, 1998, p.126). Es decir, que “el analista está sujeto al
mismo condicionamiento que el paciente. La diferencia reside sólo en algo que se puede permitir
(…) servirse de su propio inconsciente como instrumento” (Guyomard, 1998, p.126); esto le
lleva al autor a sostener que “se hace absolutamente imperativo reconsiderar toda la teoría en
función de cada caso” (Guyomard, 1998, p.126).
Reflexiones

La siguiente sección de nuestro escrito ha sido pensada para elaborar y reflexionar sobre
las instancias presentadas en el apartado anterior; vinculando tanto las viñetas que presenta Juan
Carlos Volnovich en su encuentro con Andrés; como las elaboraciones teóricas presentadas en
cada apartado. Para ello nos orientaremos sobre las distintas preguntas que han quedado a partir
de nuestra lectura del capítulo.

Sobre la pertinencia de la historia socio política para la clínica: la violencia política

Es notorio a través del trabajo realizado la centralidad que tiene la historia para el autor.
En primera instancia consideremos la obviedad, la constante referencia a la historia de Andrés
dentro del espacio analitico, entendiendo que esta es a la que se busca remitir. Esta es una
historia cuyo origen implica una horrible vivencia, causada por la violencia deshumanizante de la
dictadura del periodo. Así, se puede observar cómo esta historia, que necesariamente remite a un
período original, tiñe el vivir de Andrés, en su colección de calcomanías, en su otitis, en sus
dibujos. Pero este evento catastrófico, no termina por circunscribirse solo a la historia de Andrés,
no habla solo de su propia historia. Este evento del más gran horror, nos habla de una historia
social vivida en Argentina, vivida en el horror que trajo consigo la dictadura no solo sobre la
vida de Andrés o de otras víctimas de la violencia política de estado, sino que es un horror que
cae sobre la sociedad en su conjunto, entendiendo que no existe una clara diferenciación entre
testigos y víctimas respecto a los efectos de esta violencia (Pizarro, 2014). Este horror es uno que
solo marca “espacialmente” en el momento que ocurre, sino que es una que marca la historia en
sí misma, siendo transversal a las generaciones (Pizarro, 2014)

La relevancia de las identificaciones en la clínica y la historia

El autor, en las páginas finales del capítulo, escribe unas palabras que nos resultaron
centrales en la comprensión de este escrito, y que nos llevaron eventualmente a elaborar este
apartado a pesar de la dificultad teórica que nos lleva remitirnos a conceptos tales como fantasma
e ideal del yo. En concreto, Volnovich, luego de reflexionar sobre las distintas instancias que han
aparecido en su encuentro con Andrés; vale decir, el retorno de los padres de andrés a partir del
decir del síntoma; el anhelo de Andrés por saltar por la ventana; la angustia por la caída de
Alfonsín; el autor, tras esto, nos comenta lo siguiente a propósito del miedo a la ventana
Porque la ventana cerrada protege contra la violencia exterior que derribó la puerta años
atrás, y también del viento rumoroso. Pero el miedo al viento como objeto no es el
miedo al viento como objeto sino mucho más, miedo a ser objeto del viento. Es el temor
a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: o traicionar la causa de
su padre y su madre para poder salvarse, o tener que inmolarse como ellos -y por ellos-
para saldar su falla. Destino de sobreviviente después de la masacre. (Volnovich, 2000,
p. 138)
Este apartado, que nos generó la sensación de que sintetizaba la encrucijada en la que
Andrés se encontraba, nos hizo preguntarnos sobre los lugares que ocupaba Andrés en el deseo
de sus padres; sobre las identificaciones que aparecían en su encuentro con Volnovich; sobre su
ideal; sobre aquella ‘falla’ que comenta el autor al final del párrafo. Quizás podríamos pensar las
palabras de Volnovich a propósito de las identificaciones que aparecen en relación al deseo de
los padres; a comprender su fantasma. Sin embargo, creemos que que rescatamosmás destacable
para nuestra reflexión es el valor que el autor le asigna a la dolorosa encrucijada que supone para
Andrés mediar entre lo que considera que se espera de él, en lo que cree haber fallado, y lo que
realmente desea.

El relato de la historia a partir del síntoma: la otitis crónica

La elaboración que el autor realiza en su encuentro con Andrés consideramos que nos
permitió situarnos en un lugar distinto al de una sistematización teórica del síntoma en la
tradición del pensamiento analítico. Para Volnovich, el síntoma es un decir, empero,
indeterminado; que es invocado por la pérdida y el olvido. Podemos consignar aquí las
problemáticas que tuvimos al pensar el lugar del síntoma de Andrés en función de una familia
que está ausente (¿lo está?); las dudas sobre si las concepciones citadas de los autores eran
realmente pertinentes al caso o no; la vacilación que generó las no siempre similares nociones de
síntoma. Sin embargo, en nuestras conversaciones grupales, el síntoma siempre aparecía nuestra
intuición de que, dicha formación es, sobre todo, portadora de la singularidad del sujeto. Al
sopesar nuestras elaboraciones, desde Lacan a Volnovich, pasando por Mannoni y Lutereau. El
síntoma parece evocar esa dimensión de la singularidad; el síntoma dice algo, desde la dificultad,
por eso Volnovich habla de un decir a medias; y eso que cuenta, es la historia que entrama tanto
a Andrés como a Volnovich; a los padres del primero y a los hijos del segundo. Por lo mismo, en
tanto la historia es pertinente al sujeto, en tanto se presenta en la Otitis crónica; y en el vértigo
que la ventana genera en Andrés, no puede no ser considerada en la situación analítica.

La posición del analista y su quehacer: toma de posiciones

Juan Carlos Volnovich ve conmovido su lugar de analista en distintos momentos; se ve


interpelado por Andrés en el lugar de exiliado; también él se cuestiona limitar comprensión de la
vida subjetiva de Andrés al marco que ofrece el psicoanálisis, al considerar como subsiste una
historia que lo conecta en tantos lugares con Andrés, esto puede verse en las propias palabras del
autor: “Para un psicoanalista de niños argentino no es fácil dilucidar esta cuestión. ¿Quién puede
analizar a un niño soslayando la muerte que nos marcó?. También puede encontrarse esto en la
pregunta por la función analítica: “Es quién lo duda, mucho más tranquilizante ubicarse en el
refugio anónimo que la función analítica habilita, que exponerme al grito de la docta que
anunciará seguramente, contraidentificación introyectiva, captura de mi deseo y algunas cosas
más. Sin embargo, tenemos la impresión de que el autor finaliza el capítulo considerando que el
quehacer psicoanalítico permite resolver estos asuntos; asimismo, desde nuestra propia revisión
teórica, y desde nuestra intuición más visceral, pensamos lo mismo. El autor nos comenta al
finalizar el capítulo que “analizar a un niño es, entonces, aceptar la responsabilidad de matar el
silencio, integrar un pasado, construir un porvenir como compromiso con la historia y con
nosotros mismos, misión a realizarse lejos del lugar tanto de víctima como de ​vouyeur”
(Volnovich, 2000, p.143). Desde nuestra reflexión teórica, por otra parte, respondemos a esta
pregunta desde la consigna que planteamos anteriormente: Toda regla analítica no tiene sino por
propósito dar lugar al inconsciente; y que lo eminentemente diferenciador para el lugar del
analista es que dicho inconsciente puede mediar en pos del propósito del análisis. Esto nos
habilita, a nuestro haber, a considerar que los lugares que asume Volnovich a propósito de la
historia que lo interpela, son sumamente pertinentes.
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