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Evelio Traba

El ritual de las cabezas perpetuas


Premio Iberoamericano VERBUM de Novela 2016

MCA R E D W O O D
EDI
TORIAL
3.ª edición: mayo de 2018

© Evelio Traba, 2018

Editorial: MCA Redwood Books

Reservados todos los derechos de esta edición para


MCA Business & Postgraduate School

Florida WPB. 33415


United States of America

ISBN: 978-84-9074-418-5

Queda rigurosamente prohibida cualquier forma de reproducción, dis-


tribución, comunicación pública o transformación total o parcial de esta
obra sin el permiso escrito de los titulares de los derechos de explotación.
SINOPSIS

Lucien Balfour, joven médico de gran fama en el Hôtel-Dieu de París, recibe


en 1784 un regalo que salvará su vida de una muerte prematura y a la vez le
condenará a una rara forma de inmortalidad. Se trata de un antiguo manus-
crito encontrado en los confines de Birmania en el siglo XVII, cuyos conjuros
permiten realizar trasplantes de cabezas en el contexto de la Revolución Fran-
cesa, la época de la Historia donde más cabezas han rodado. Lucien Balfour,
único sobreviviente a la guillotina, practicante de lo que ha dado en llamar
“humanismo sanguinario”, recorre importantes ciudades de Europa en busca
de sus víctimas, todas elegidas en base a dotes excepcionales que más adelante
serán suyas: las memorias de los cuerpos que usurpa las absorbe de forma
íntegra, de modo que Lucien Balfour reúne en sí muchas personalidades y
saberes, convirtiéndose en un hombre irresistible y a la vez angustiado por la
maldición de saberse inmune ante la muerte. Jean Pierre Clément, su ayu-
dante de cirugía, es la voz que sirve de hilo narrativo a esta novela electrizante.
Será él quien devele gran parte de los misterios que harán de esta una trama
memorable, donde la experiencia de lo sublime y el horror serán manifesta-
ciones complementarias de un mismo fenómeno: la posesión maligna.

El tema de la identidad y la relación del ser humano con el conocimiento, son


algunos de los puntos medulares de esta ficción narrativa. El lector no solo
asiste al drama tenebroso de un hombre abducido por la magia negra, sino al
espectáculo de una época contradictoria y convulsa, retratada a base de pin-
celadas maestras y sutiles enunciaciones. La fuerza avasalladora de estas pá-
ginas y un lenguaje de inusual belleza, confirman una vez más a Evelio Traba
como a un joven escritor que domina, en calidad de fino artista, las claves del
oficio narrativo
Solo yo tengo la clave de este desfile salvaje.

RIMBAUD
Capítulo I
(Lucien Balfour)

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El ritual de las cabezas perpetuas

E n la primavera de 1786 conocí en París a un hombre llamado Lu-


cien Balfour. Era un médico de fama en el Hôtel-Dieu y recién
había cumplido treinta años. Para entonces ya se sabía predestinado
a una gloria tan secreta como tenebrosa, pero nada en su apariencia
delataba esa convicción. Pasaba más bien por otros tantos de su edad,
ávidos de fortuna y favores de la corte. Sin embargo, en su fuero in-
terno, despreciaba esas cúspides que sus contemporáneos ansiaban
conquistar al precio que fuese. No lo deslumbraban el oro ni las re-
verencias aunque la elegancia de su atuendo y la altivez de su mirada
confundiesen a más de un observador atento.
Algunos años después, las circunstancias extremas que se vivi-
rían en toda Francia, le darían el coraje necesario para desentrañar el
enigma que había recibido en custodia. Tendría de una vez la determi-
nación para ejercer la potestad terrible que había sido puesta en sus
manos. Para el tiempo en que trabamos amistad, faltaba maduración
al fruto, pero solo era cuestión de tiempo. La clase de tiempo que re-
sulta conveniente retardar a toda costa. Aún a sabiendas de que tarde
o temprano llegará para cambiarlo todo.
La tarde en que se cruzaron nuestros destinos yo trabajaba al ser-
vicio de Donatien Blanc, un peluquero famoso de la rue de Saint Eusta-
che. Había ido en busca de una peluca digna de su ejercicio profesional
y yo de inmediato me dispuse a atenderle del modo en que lo ameritaba
un cliente de su condición. Mientras buscaba cuál sería la adecuada a
su complexión, estatura, óvalo facial y color de ojos, me refirió la cu-
riosa anécdota de cómo unos chicuelos montados en zancos, le habían
robado la anterior en los arrabales próximos a Saint Honoré. Su relato
contenía una gracia y desenfado tales, que parecía celebrar más bien
la habilidad de los malandrines. En tanto que le ayudaba a ajustarse la
que sería su nueva peluca, pensé: solo un hombre excepcional puede
burlarse de sí mismo tal vez con mucho mayor placer con que pudiese
burlarse de otros. Y en verdad no me equivocaba.
Ante mis ojos se pulverizaron, entre rutinas y atareos inútiles, más
de tres meses y no le volví a ver. Una mañana coincidimos frente a la
cama de pena del juez Bouchat. Había sido llamado él como médico de
cabecera del magistrado ilustre, yo para darle a su peluca la que sería
la última empolvada. De inmediato supimos que nos conocíamos de
antes. Alguno de los dos mencionó la rue de Saint Eustache o a Dona-

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tien Blanc, pero ahora no recuerdo con precisión quién se adelantó a


dar fe de su buena memoria. En un instante en que los deudos del en-
fermo nos dejaron a solas en la recámara, comencé a hacerle algunas
preguntas relacionadas con causas y manifestaciones del carcinoma
de garganta, la enfermedad que se llevó a mi madre a la temprana
edad de treinta y ocho años. Sus explicaciones certeras, y a la vez al
nivel de mi plena ignorancia, me hicieron ambicionar aquel destino de
bienhechor ilustrado, de filántropo entregado al sacerdocio de salvar
vidas. Una semana después del fallecimiento de monsieur Bouchat,
nos encontramos en una concurrida taberna de la rue de Saint Denis,
donde nueve años después yo pactaría un macabro rescate que tras-
tornaría para siempre mi existencia.
Luego de dos horas de entusiasmo compartido en uno de aque-
llos rústicos mesones, me propuso fuese su ayudante. Si el mismísimo
Luis XVI me hubiese hecho una reverencia al pasar, no me hubiese
sentido tan extrañado como con aquella propuesta, en un tiempo don-
de los apellidos ilustres y las recomendaciones eran llaves maestras
de todas las puertas. Mi reacción inmediata fue preguntarle: por qué
yo, por qué un simple aprendiz de peluquero. Hay en sus manos una
virtud en bruto que sería un crimen desperdiciar, me dijo proponién-
dome un brindis por la alianza que en ese instante acababa de nacer.
Una vez superado el desconcierto inicial, más muerto de miedo que
de felicidad, le hice saber el fervor con que acogía la oportunidad que
me brindaba. Al día siguiente daría mi último a adiós a la clientela de
Saint Eustache y a la vigilancia inmisericorde de Donatien Blanc. Ga-
naría un sueldo mucho más bajo, pero me arriesgaba por una recom-
pensa mayor: entraría al mundo alquímico de quienes desentrañan
milagros o son capaces de provocarlos. Recién había cumplido dieci-
nueve años y estaba lejos de imaginar, que más allá de ser su asistente,
me convertiría en el mayordomo y custodio del secreto mejor guarda-
do de Lucien Balfour.
Por primera vez en mi vida paladeaba el néctar de ese insomnio que
produce la felicidad extrema. Mi dicha era la de un ladrón que des-
cubre limaduras de oro en sus propios excrementos. En plena vigilia
me soñaba junto a mi preceptor, ataviado de mandil, lupa y escalpelo,
sobre cuerpos, que o bien escapaban de la muerte, o bien nos mostra-
ban el enigmático camino que les había conducido a ella. Recordaba

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momentos de mi infancia en América, bajo la tutela de un padre en-


tregado al vicio y una madre siempre lívida por la enfermedad. Una
vez más me repetía a mí mismo que había valido la pena escapar de un
entorno tan lúgubre como vacío de oportunidades. Todo cuanto podía
atarme quedaba sepultado en Cayenne. Ahora París comenzaba a ser
para mí algo más que una gran promesa interrupta por dos años de
privaciones extremas. Ahora París y yo comenzábamos a tomarnos en
serio. Me lo aseguraba mi corazón y yo le creía con los ojos cerrados.
Era la época de los montgolfiers, los milagros experimentales de
las ciencias aplicadas y el debate en los cafés de las obras de filósofos
que no tardarían demasiado en resucitar. Era la época de la descon-
fianza en la perpetuidad del Poder Absoluto, la época de una pasión
cuyos excesos desembocarían en tragedia.
El segundo lunes de agosto, tal y como habíamos convenido, me
presenté de mañana en la casa de Lucien Balfour. Llevaba puesto lo
mejor que había podido reunir hasta el momento: casaca de terciope-
lo azul, corbatín de seda holandesa, calzón de organdí y zapatos con
hebilla de alpaca. La peluca que había robado a monsieur Blanc me
daba aspecto de mensajero de algún noble u oficial de artesano bien
remunerado.
Con los ojos aún empastados por los humores del sueño, me reci-
bió Lucien Balfour, en ropón de dormir y con el cabello amatorralado.
No era el tipo de hombre que malgasta su vida en las tiranías del orden.
Una criada polaca, Anna Kowalski, iba una vez por semana a descostrar
los pisos y las sábanas, a planchar las ropas y a recortar los pinillos y
amapolas del jardín. Quien viese a mi futuro preceptor bajándose de las
lujosas berlinas en que sus clientes le mandaban de regreso a casa, no
podía imaginar por el fasto de su atuendo que aquel hombre viviese en
extremo desprendido de las pretensiones mundanas, que solo ingiriese
una comida fuerte al día y que aún no hubiese sustituido las ambrosías
del prostíbulo por la estabilidad del matrimonio.
Detrás de una cortina de damasco festonada con flores de lis, salió
una ninfa de alquiler reacomodándose en el escote lo que parecía una
bolsa con el pago a sus servicios. Hizo un amago de reverencia y salió
por la puerta principal abriendo su quitasol de encaje blanco. Algu-
nos minutos después apareció Lucien Balfour anudándose el corbatín.
Tarareaba un fragmento de partitura famosa por aquellos días en la

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corte y tenía el semblante satisfecho de un desbaratador de maleficios.


Se sentó al pianoforte de Bohemia intentando trasladar al teclado la
misma fuga de Mozart que se había levantado canturreando. Os invito
a desayunar, a ver si cambiáis esa cara de capitán sin barco, me dijo
haciendo un gesto de que le siguiese a la cocina. Percatándose de que
me parecían excesivas las rodajas de pan, los potes de mantequilla, las
jarras de leche, las lascas de jamón y queso, me advirtió risueño: No os
asustéis, es solo un desayuno a lo Balfour, después del sexo es la única
desproporción a que me entrego. Comía con un exquisito ademán de
lo grosero. Emitía sonidos porcinos entre un bocado y otro, eructaba
con estridencia y se ladeaba para dejar escapar pedos tan malolientes
como pedregosos. Andando el tiempo pude percatarme que ninguna
circunstancia limitaba en lo mínimo la expansión de sus hábitos: co-
mía del mismo modo tanto a solas como en un concurrido banquete.
Si alguien le reclamaba por su impostura, solía decir que la civilización
y los modales habían convertido al hombre en la peor de las bestias.
Así era Lucien Balfour antes de que el destino lo convirtiese en un ser
inclasificable.
Hôtel-Dieu, ordenó al conductor del carruaje justo en frente
de su puerta. Un sol movido como a ritmo de cello en tempo viva-
ce irradiaba sobre París aquella mañana de agosto. El traqueteo de
las ruedas, los pregones que sonaban como órdenes de fusilamiento,
las campanas de las catedrales vecinas y el ladrido de los perros ca-
llejeros, daban la impresión de que Dios había adelantado el Día del
Juicio Final sin previo aviso. Lucien Balfour iba reclinado a medias
en el asiento, leyendo con aparente desgano el Dictionaire portafif de
Chirurgie del célebre Pierre Sue. A momentos abría la ventanilla para
lanzar algún escupitajo sobre un charco de agua infecta o para asestar
una moneda en el canasto de algún niño harapiento. Entre un instan-
te de ensimismamiento y otro de reacción súbita, mirándome a los
ojos me advirtió: Estáis a tiempo de volver donde Monsieur Blanc,
esa actitud sombría no debe ser la de alguien dispuesto a encarar la
muerte día a día, invéntate algún exceso para que te sea tolerable la
pesadumbre de la vida, tengo muchos colegas con ese aire de luto y no
pasan de ser unos pudresanos incompetentes. Diciendo estas palabras
cuya dureza repentina yo no esperaba, ordenó detenerse al conductor,
abrió la portezuela del carruaje y señalándome el adoquinado volvió a

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instarme: Estáis a tiempo, monsieur Clément.


Alentado de un brío que solo había conocido desde mi desem-
barco en Marsella dos años atrás, di un tirón a la puerta y vociferé al
cochero continuar la marcha hasta el Hôtel - Dieu.
Inflé los pulmones y proyecté contra el cristal de la ventanilla
un enorme moco acuoso. Lucien Balfour volvió a ensimismarse en el
diccionario de su antiguo profesor Pierre Sue. Luego fui descubriendo
el tipo de silencios con que elogiaba los pequeños descalabros de la
realidad. Lucien Balfour aspiraba a minúsculos desarreglos que hicie-
sen respirable la atmósfera de lo perfecto. Acaso no podía siquiera
intuir que a él estaban destinados desórdenes y vivencias más bruscas
e inverosímiles que las revoluciones, las guerras y las carnicerías por
el poder.
Ninguno de los dos podía imaginar que lo extraordinario y lo
imposible terminarían desvirtuando nuestras vidas. Pero era agosto
de 1786 y no existía la menor prefiguración de futuro, solo nuestros
pasos trasponiendo el umbral del Hôtel-Dieu, el saludo afable de Lu-
cien a sus colegas y mi corazón a puro martilleo entre los corredo-
res húmedos y sombríos. En la densidad del aire se abrían las corolas
pestilentes del moho, las exhalaciones de cuerpos derrotados por la
enfermedad y la postración. Los gritos de las parturientas y el gemido
apenas audible de los moribundos, daban a aquel sitio cierta aureola
de castigo, de tormento dantesco en vías de infinitud.
En esa primera visita de adiestramiento presencié varios proce-
deres que solo más tarde estaría en plena capacidad de comprender;
vi a una criatura recién extraída de las entrañas de su madre, las vís-
ceras frescas de un indigente depositadas en un cuenco de porcelana
vulgar, vi instrumentales de intervención quirúrgica más cercanos a la
Inquisición que al siglo donde cada día la ciencia arrebataba un nuevo
secreto a la Naturaleza.

Tal vez vi demasiado para un solo día, pero esta experiencia, pese a
la saturación y el cansancio, reafirmó mi voluntad de perseverar en el
camino que me había trazado. Lucien Balfour había concebido para mí
un plan de estudios tan severo y exigente como el que había vencido él
en la École Practique. En menos de seis meses como ayudante, me vi
obligado a convertir mi latín de las cavernas en un latín refinado y ter-

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so. Dormía solo tres horas diarias. Toda mi felicidad consistía en tener
cera para alumbrarme, un mendrugo de pan y una garrafa de vino con
que ahuyentar el frío de noches cada vez más gélidas. Una o dos veces
por semana pernoctaba en mi buhardilla de la rue de Jacob, pues el
resto permanecía en una celda casi monástica que mi protector me
había preparado en el Hôtel–Dieu. Ni el juego que trastorna el sentido
de lo esencial, ni el sexo que momentáneamente cura la misma angus-
tia que produce, me apartaban más allá de lo necesario de las obras
de Haller, Boherhaave, Blegny, y Barthez. Del mismo modo en que un
apostador llega a estar cautivo de la ruleta y los naipes, yo lo estaba de
los libros ante los cuales mostraba una sed rayana en la enfermedad.
En una época en que los futuros asesinos de Francia se afanaban
aún en pasatiempos inofensivos, yo me entregaba a los libros con el
ardor de un renunciamiento con que tal vez hoy no volvería a volcarme
sobre cosa alguna. La búsqueda afiebrada del conocimiento generó en
mí una pureza malsana, una arrogancia secreta que en todo momento
yo estaba en condición de satisfacer. En los primeros meses de 1787
dominaba varios tipos de suturas, había compuesto una docena de
huesos dislocados, practicado dos autopsias sin supervisión y recono-
cido unas tres muertes por envenenamiento, tan comunes por enton-
ces. El profesor Desault, a quien Lucien profesaba una ciega devoción,
en ocasiones situó bajo mi tutela a un grupo de ayudantes primerizos.
Jacques Broussot, un cirujano mediocre que años más tarde acusaría
de traidor de Lucien, lanzaba en mi contra enconados ataques, comen-
tando entre sus colegas cercanos y la cámara de galenos de la corte,
que el Hôtel–Dieu se había convertido en una caterva de improvisa-
dores y charlatanes, de advenedizos y patrocinadores del éxito fácil. La
intriga llegó a oídos del rey mismo, y éste, siempre dispuesto a hacer
valer su nulidad, promulgó una real orden que limitaba las prácticas de
los asistentes y aprendices a un grado en que la decepción prematura
de cualquier iniciado se tornaba perfectamente comprensible. Lucien
Balfour, que en verdad era ferviente partidario de quebrar normas y
sujeciones insulsas, se las arregló como pudo para que no me faltase
material de adiestramiento. Puso a mi entera disposición su bibliote-
ca y su experiencia. Me confió invaluables códices persas y florentinos
sobre anatomía y enfermedades venéreas, además de una colección
de tratados de magia negra que en su tiempo fueron condenados por

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la Inquisición. Se dirigía a mí con mucho más respeto que a buena


parte de sus antiguos colegas. Sometía a mi consideración casos des-
concertantes y enigmáticos, confiando siempre en que yo le ayudaría
a buscar la posible respuesta en volúmenes y legajos que a él mismo le
parecían intimidantes por su grosor y oscuros por la ambigüedad de
sus contenidos. Su buena voluntad alcanzó la cúspide cuando en junio
de ese año me propuso abandonar la buhardilla de la rue de Jacob
para irme a su palacete de la rue de Saint Denis.
En la que me resultaría una recámara en exceso espaciosa, me
esperaban cuatro casacas de uso regular que podían pasar por nuevas,
seis pares de medias de seda, media docena de calzones y camisas,
más dos pares de zapatos que completaban para mí un ajuar más nu-
trido que el de un marqués o un conde.
La habitación daba al jardín de pinillos y amapolas. Por la cla-
raboya entraba un chorro de luz a medio camino entre la moderación
y el exceso. Había un escritorio con tinteros de ónix y marfil, un can-
delabro de treinta y cinco brazos y un librero cuyas obras bastaban
para llevar a cualquier hombre, de la más elemental rusticidad, a un
refinamiento apenas distinguible de la erudición. A ambos laterales
de los veintiocho tomos de la Enciclopedia de Diderot y D´Alembert,
estaban Locke, Rousseau, Voltaire, Condillac, Kant y Hume. Lo que
yo estaba lejos de saber era que un día me convertiría en señor abso-
luto de aquel palacete, que los trabajos de Louis Balfour para su hijo
desembocarían finalmente en mis manos, sin yo procurarlo ni poner
hacia ello la proa de mi ambición.
Entonces me sentía emperador en aquella estancia, César en una
enorme cama de motivos clásicos donde al menos una vez por sema-
na ardía la cintura de una hetaira de alquiler. A veces pasaba tardes
enteras mirando consumirse astas de incienso en un pebetero, viendo
desplegarse los florilegios caligráficos del humo, viendo amontonarse
una ceniza tan gris como mi vida anterior. Habíamos llegado al des-
peñadero de esa placidez en que el mundo parece menos extraño,
y era natural que ignorásemos cuán cerca del precipicio estábamos,
atareados con fervor en discusiones, orgías y proyectos. El resto es
del silencio y es también de las palabras. El resto corresponde a ese
espacio donde la llave de la Razón se quiebra oxidada en el cerrojo de
lo que llamamos Enigma.

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