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ANTECEDENTES GENERALES

A pesar del control que Roma ejerció sobre el concilio de Trento, y del hecho
incuestionable de que logró convertirse en el centro de la cristiandad occidental
no reformada, no
se atrevió, sin embargo, entonces, a formular con precisión la suprema
potestad de magisterio
que se atribuía. Enfijada. Ello se debía a que el peso de la tradición antigua se
dejaba sentir todavía en Occidente, gracias a la presencia de las doctrinas
conciliaristas. Los
papas del concilio tridentino, bien sea por prudencia o bien sea por miedo, no
pudieron acabar
con los restos, aún influyentes en el siglo XVI, de aquella tradición eclesiástica
que consideraba
las asambleas conciliares superiores al papa. La tradición pontificia, más tardía
que aquélla, no
se sintió con fuerzas para arremeter en contra de la antigua idea conciliar.
Pero, repetimos, el
concilio de la contrarreforma contribuyó más que ningún otro a la configuración
del «nuevo
catolicismo», el papal y romano, y de ahí que se convirtiera en factor decisivo
dentro de los
planes de la hegemonía pontificia.
Roma había ido colocando, uno por unoambages. Esta circunstancia propicia
tarda algunos siglos en llegar, como muchos siglos
había durado la evolución y el desarrollo de la idea papista, pero finalmente se
presenta en el
siglo XIX, bajo el pontificado de Pío IX. Es entonces cuando el concepto de un
papa
omnipotente, jefe absoluto de la Iglesia en todos los órdenes, alcanza su
culminación y es
coronada con la promulgación de la infalibilidad pontificia. HildebrandoLos tres
siglos que median entre la asamblea tridentina y la Vaticana son densos en
acontecimientos históricos; ellos presenciaron grandes transformaciones
económicas, sociales,
culturales y políticas en Europa particularmente y en el mundo en general.
El siglo XVI había sido una época de transición entre las monarquías
autoritarias del
Renacimiento y las absolutistas del siglo XVII. Todavía, el mecanismo
constitucional del Bajo
Medioevo restringía los constantes esfuerzos de la realeza para centralizar y
concentrar el poder
en sus manos. Asimismo, en aquellos países en donde había triunfado la
Reforma, y sobre todo
allí donde la misma era de signo calvinista, las fuerzas democráticas lograron
constituir un
valladar importante frente a las pretensiones del absolutismo monárquico.3
Los siglos XVII y XVIII vieron el triunfo del absolutismo en muchos países,
sobre todo en las
naciones católicas. Cierto que, no solamente los protestantes, sino también los
teólogos católicos
(Mariana, Bellarmino y Suárez) escribieron en contra del abuso del poder civil.
Marianaestructuras romanas.
El absolutismo llegó a su apogeo con Luis XIV de Francia (1643-1715) que
luchó por imponer el
predominio galo sobre el continente europeo. A estas pretensiones se
opusieron Inglaterra y
Holanda que defendían su supremacía naval y «ante la Francia absolutista y
católica, oponían un
régimen parlamentario y una ideología protestante; de otro lado, las grandes
potencias
continentales, Austria, en primer lugar, y en segundo plano el Reich alemán y
España»5
La Iglesia romana se puso de lado del absolutismo. Ella misma gobernaba los
estados pontificios
a la manera absolutista. Pero tuvo que pagar un alto precio por ello. Las
grandes potencias
católicas, absolutistas quisieron sucesivamente dominar no sólo en el ámbito
de 'la política sino
también en el de la religión. Así, resucitaron, cada una a su manera nuevas
formas de
cesaropapismo. En Francia, tomó la forma de lo que se conoce por galicanismo
y en Austria
mediante el llamado josefismo. Ambos pretendían además de una gran
autonomía de las iglesias
nacionales con respecto de Roma, el cimplicaban.6
Al defender el absolutismo, la iglesia romana se sintió cogida en su propia
trampa. El
absolutismo de los siglos XVII y XVIII no estaba al servicio de la Iglesia, como
lo había estado
la idea imperial del sacro imperio romano, sueño nunca realizado de los
monarcas medievales.
La política de las cortes europeas se regía entonces por nuevos ideales, los
cuales tendían al
sometimiento de la Iglesia por parte del estado. El absolutismo pontificio no
hacia más que
marcar la pauta al absolutismo político. El conflicto entre ambos absolutismos
era, a todas luces,
inevitable. La Iglesia romana quedaba enfrentada así no sólo con el nuevo ideal
democrático que
pugnaba por abrirse paso, y que Roma condenaba, sino con aquellos que
parecían ser sus aliados
naturales: las viejas monarquías conservadoras.
Después de la derrota de Napoleón en 1815, se inaugura el período conocido
con el nombre de
Restauración y que tendía a la reorganización de los cuadros territoriales de la
Europa anterior a la Revolución Francesa y a las guerras napoleónicas. Se
trataba de mantener
los regímenes absolutistas y de restaurar todos los valores antirrevolucionarios.
Esta fragmentación ideológica es característica de la evolución política europea
durante el siglo XIX»7 Y hay que comprender esta pugna ideológica para
situarnos debidamente
en el marco de acontecimientos que rodean el concilio Vaticano I. Esta
proliferación de Iglesias No-conformistas fue un signo de la vitalidad del
Cristianismo
Evangélico, es decir: del Protestantismo ortodoxo; y de su capacidad de auto-
reforma. La
Cristiandad Protestante veía cumplirse así, en el dolor de su propia carne, el
vaticinio profético
implícito en el mensaje de la Reforma del siglo XVI: El papado se enfrentaba,
pues, en el siglo XIX, con el resentimiento anticlerical de las masas y
las corrientes liberales de pensamiento y acción política. Únase a todo esto el
espíritu de
independencia que conmovió a toda la península italiana y que habría de
acabar definitivamente
con los estados Pontificios y el poder temporal del papado. Pío IX fue
proclamado papa el 17 de junio de 1846. Procedía de familia aristocrática; su
nombre
era Juan Mastai-Ferreti. La elección fue resultado de un compromiso entre los
cardenales más
radicalmente reaccionarios, o gregorianos (al estilo del último pontífice,
Gregorio XVI), y los
cardenales llamados «reformistas» opuestos a la política del secretario de
estado, Lambruschini,
y partidarios de una cierta adaptación, o compromiso, con la sociedad
contemporánea. Pío IX aparecería como principal promotor de la causa
antiliberalEl supuesto liberalismo del nuevo papa no era ni religioso ni político;
se redujo a simples
apariencias, hijas de las circunstancias. En todos los ramos de la
administración reinaba el mayor desorden; la Hacienda
estaba en situación, desesperada; los tributos eran gravosos y desiguales; el
tráfico se limitaba a
las pequeñas industrias; y las manufacturas eran casi inexistentes. Los puestos
más elevados de
gobierno andaban en manos de clérigos; la policía cuyo número era excesivo
para lo que exigía
la población, servía de instrumento principal a los manejos políticos; y el
contrabando y el
bandolerismo campeaban como dueños y señores. Habíanse prohibido los
ferrocarriles
(conforme al dicho vulgar francés: «Chemm de fer, chemin d'enfer»); la
instrucción carecía de
solidez y era difícil de adquirir. Las reformas de Pío IX apenas perturbaron este
estado de cosas;
y algunas de ellas le habían sido pedidas con insistencia, aunque en vano, por
las potencias
europeas desde 1815. Pero dominaba a la sazón el temperamento vehemente
y romántico y las
reformas de Pío IX fueron saludadas con aplauso más bien por lo que
prometían que por lo que
otorgaban en realidad. Y así se difundió la leyenda de un papa amante de la
libertad. En 1870 estalló la guerra franco-prusiana. Napoleón III fue derrotado
(31 de agosto de 1870);
cayó el imperio y resurgió la tercera República francesa. Las tropas que habían
estado
protegiendo al papa fueron retiradas por necesidades bélicas y ya no volverían
jamás a Roma. El
gobierno italiano se apresuró a reconocer al nuevo régimen francés. El rey
Víctor Manuel envió
una carta autógrafa en la que comunicaba a Pío IX la próxima entrada de las
tropas italianas en elEstado Pontificio. El 11 de septiembre se enfrentaron las
tropas italianas (50.000 hombres) con
las pontificias (13.000). El 29 de septiembre la resistencia pontificia quedó
replegada a la ciudad
misma que fue sitiada y a la mañana siguiente las baterías disparaban contra la
Porta Pía y la
Porta Salaria. Pío IX ordeno ofrecer resistencia20 para demostrar que cedía
únicamente a la
violencia. Finalmente, los pontificios hubieron de rendirse y los italianos
ocuparon Roma entre
los aplausos del pueblo. ANTECEDENTES INMEDIATOS

La Iglesia romana ganó en intensidad lo que perdió en extensión y, a la larga,


salió favorecida
con el cambio. Consiguió la centralización, o romanización, de la vida
eclesiástica que acabó
definitivamente con el conciliarismo, el galicanismo y el febronianismo. Al igual
que el partido reformista de Contarini en tiempos de Trento, el partido
progresista del
catolicismo romano del siglo XIX, acabaría sometido a sus enemigos
ultramontanos. Si se
resistía caería fulminado por el anatema de la herejía. Pío IX preparaba una
serie de definiciones dogmáticas para consolación de su vanidad
herida y alborozo de la piedad más típicamente romana. Estas empezaron con
la proclamación de
la Inmaculada Concepción de la Virgen, en 1854. La Concepción inmaculada
de la Virgen es decir su exención de toda mácula de pecado original
era una cuestión de batida entre los teólogos escotistas y los tomistas. Mientras
aquellos la
afirmaban, éstos la negabanEn 1849, Pío IX dirigió una encíclica a los obispos
católicos, a modo de consulta para tantear la
opinión del episcopado sobre esta cuestión. El documento pontificio dejaba
traslucir bien a las
claras que lo que el papa deseaba era la adhesión de los obispos al nuevo
dogma que estaba
ansioso de proclamar por su sola autoridad. La encíclica decía: La
promulgación del nuevo dogma fue hechaEl objetivo principal de esta definición
no era sólo el dar satisfacción a la piedad mariológica,
sino sobre todo preparar el camino para el dogma de la infalibilidad papal. Pío
IX había
promulgado una nueva doctrina en su calidad de supremo jerarca de la iglesia
romana, desde la
cátedra de San Pedro. cuya definición forma parte integrante del programa
jesuita y ultramontano que Pío IX estaba
esforzándose sistemáticamente en llevar a cabo. tanto más Pío IX y los
jesuitas, movidos tal vez por el
despecho, exageraban las muestras de devoción al papado y acumulaban sin
tino ni discreción
todas las prerrogativas imaginables sobre la persona del pontífice. Todo iba
encaminado a un
mismo y único objetivo: crear una atmósfera propicia para la promulgación del
dogma de nuevo
cuño: la infalibilidad papal. La encíclica «Quanta Cura» y el «Syllabus».no
fue hasta 1864 en que apareció el célebre «Syllabus».La encíclica Quanta Cura
fue una declaración de guerra contra las ideas, libertades, e
instituciones modernas.30 El Syllabus que le servía de complemento, especificó
sus principales
afirmaciones. El jesuita Schrader, que redactó el Syllabus, convirtió las
proposiciones
negativas en sus afirmativas correspondientes, Cuando el 8 de diciembre de
1864 se publicaron la encíclica Quanta Cura y el Syllabus, el
partido ultramontano se asignó un triunfo y lanzó al vuelo las campanas de su
regocijo.