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SEMIÓTICA

PROBLEMAS Y RECORRIDOS

Homenaje a
Juan Ángel Magariños de Morentín

Tanius Karam (ed.)

UACM
Universidad Autónoma
de la Ciudad de México
UL5E Nada humano me es a/eno y Ciencias Sociales
Tanius Karam (ed.)
Semiótica. Problemas y Perspectivas. Homenaje a Juan Ángel Magariños de Mo-
rentín - la ed. - San Salvador de Jujuy: Universidad Nacional de Jujuy.
Universitaria de Jujuy, 2013.
396 p.; 18x24 cm.

ISBN 978-950-721-435-6

LIBRO
UNIVERSITARIO
ARGENTINO

© Editorial
Universidad Nacional de Jujuy
Av. Bolivia 1685 - CP 4600 - San Salvador de Jujuy
(0388)4221511 - ediunju@gmail.com

© Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales (UNJu)

© Universidad Autónoma de Ciudad de México

© Universidad Católica de Santiago del Estero
(Departamento Académico San Salvador de Jujuy)
Introducción

Tanius Karam

La semiótica es un área de campo cognitivo que ya desde hace tiempo
goza de reconocimiento en muchos campos. Su proceso no ha sido fácil, desde
que pugnó por la legitimidad y comenzó su internacionalización a finales de los
sesenta con la fundación de la Asociación Internacional de Semiótica, hasta las
ahora diversas asociaciones nacionales, regionales y mundiales que incluso estu­
dian distintos aspectos de la semiótica. Por otra parte es muy frecuente encontrar
conceptos, enunciados o incluso una especie de “jerga semiótica” en congresos
de diversas áreas. Hay que decir también que su recepción no es sencilla, y el
entusiasmo de los semiotistas, fuera de sus círculos, dista de ser compartido.

Con frecuencia en nuestra región existe cierto resquemor con el tema de
una semiótica más amplia y la producción teórica que no esté condicionada por
situaciones o problemas específicos. En los ochenta, el pedagogo de la comuni­
cación Daniel Prieto (en Sobre la teoría y el teoricismo en comunicación, 1984)
arremetía contra el supuesto teoricismo de la semiótica y con ello pretendía cues­
tionar la posibilidad de un área conceptual que ofreciera respuestas concretas a
los problemas sociales de la región. Es cierto que pululan excesos, sobre todo -y
nos parece ahí radica el sentido de la crítica de este autor mendocino-, la impor­
tación a mansalva de conceptos y categorías, de procedimientos; el ejercicio que
por entonces era poco desarrollado de una semiótica desde la región.

Este libro es un intento múltiple de proponer un conjunto de reflexiones
sobre lo que suponen los objetos de estudio de la semiótica; de presentar su fun­
cionalidad, sus aplicaciones diversas, las relaciones entre una semiótica teórica y
una aplicada articulada -entre otros autores, desde las propuestas del profesor
Juan Magariños, que es también un intento de homenaje en este libro, con parti­
cipación tanto de discípulos y amigos del semiotista hispano-argentino, como de
otros académicos, que aunque no trabajaran directamente con él, se beneficiaron
de su gran trabajo de divulgación-.
I. Recuento a tres tiempos
Los textos que aparecen en este volumen tienen una historia diversa. No
podemos decir que su conformación haya obedecido a un propósito unitario.
Seguramente el lector va a reconocer esos movimientos al interior de la antolo­
gía, la cual hemos organizado en torno a algunas áreas reflexivas (estética, nue­
vas tecnologías, educación, etc.) dejando un espacio central para contribuciones
donde más que explicar el pensamiento de Juan Magariños de Morentín (1935­
2010), se “dialogue” con sus contribuciones y se muestre su pertinencia y fun­
cionalidad.

La muerte del profesor Magariños sorprendió a sus amigos -pero también
a quienes no lo conocíamos directamente-, y fue también un disparador, un pun­
to y aparte que a muchos nos llevó a detenernos un poco para poder aquilatar
verdaderamente el pensamiento de Magariños. Esto sucedió en uno de los nú­
cleos académicos responsables de este libro, el Programa de Estudios Semióticos
(PES) de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Poste­
riormente decidimos lanzar una convocatoria a la que generosamente se sumaron
sobre todo jóvenes discípulos y colaboradores muy cercanos a Magariños.

El libro como tal tiene tres grandes momentos: la creación del PES y la
necesidad de organizar una ruta reflexiva, un programa académico con preguntas,
líneas, ejes que organizaran las distintas trayectorias de sus integrantes y la nece­
sidad de abrir la interlocución a otros actores dentro de la producción semiótica
del país y la región. Ciertamente algunos de sus integrantes conocían o habían
tenido contacto con Juan Magariños, por ello al morir, pensamos la posibilidad
de organizar alguna actividad que nos permitiera recuperar su pensamiento, iden­
tificarlo y ubicarlo dentro de las coordenadas de los proyectos que cada integran­
te del PES tenía, y que pudiera enriquecerse desde el diálogo con la obra de Ma-
gariños.

Así el segundo momento fue ese proceso de ubicación, de lectura e inte­
gración. Con el paso de los meses se pensó que en lugar de forzar el proceso re­
flexivo de algunos colegas, era importante que cada quien pudiera desarrollar en
el volumen, su propia traducción de los recursos que ofrece la semiótica y de la
reflexión en materia de problemas semióticos, que se intentó como una línea
transversal a recorrerse desde las distintas perspectivas y temáticas que se abor­
dan en este libro. Ese fue el tercer momento.

En su conjunto, esta antología, en su proceso de producción, presenta
algunas características que conviene subrayar: la primera de ellas es su diversi­
dad siempre organizada a partir de la preocupación por reflexionar sobre los pro­
blemas de la significación en algunas prácticas de producción de sentido. De
hecho entre el segundo y tercer momento que mencionábamos arriba, los partici­
pantes del volumen acordamos integrar algo que específicamente tuviera que ver
con la reflexión metodológica o teórica en torno a la significación, al significado,
a las prácticas de producción de sentido. La manera como cada autor tradujo esta
petición fue muy distinta: incluyéndolo en un apartado, distribuyendo la informa­
ción a lo largo del texto, o como el caso de nuestro primer trabajo, mostrando una
reflexión teórica específica dentro de una de las áreas emergentes de la semiótica,
que apenas comienza a abrirse paso en nuestra región.

La idea de dedicar una antología a los problemas semióticos nos parecía
que podía atender aspectos de la semiótica teórica y aplicada como algo que tam­
bién supere la noción de un manual, o bien un recuento casuístico de temas muy
aislados entre sí, tema amplísimamente abordado por el trabajo de Vidales y de
alguna manera puesto en el epílogo a manera de reseña que hace un contrapunto
a ese primer texto. Como puede verse en el índice, y al trabajar casi todos los
autores en escuelas, departamentos o áreas de la comunicación, hay una marcada
preocupación “práctica” de mostrar esa semiótica y sus posibilidades en “ac­
ción”, funcionando como un recurso, un medio, un “punto de vista” para saber
algo de esas prácticas y de la manera como se modelan las relaciones sociales a
través de relaciones sígnicas. Empero lo anterior, el lector va a encontrar trabajos
que no tienen esa pretensión, es el caso por ejemplo de los dos textos agrupados
en la sección “Semiótica y Estética” de corte reflexivo más que propiamente
aplicado o específico. Es decir, en el libro hay trabajos que no quieren “resolver”
algo, sino reflexionar sobre aspectos en torno a la semiosis en prácticas específi­
cas. En el trabajo de Rosa María Macías, por ejemplo, se intenta releer una espe­
cie de “semiótica del migrante” desde la Escuela de Tartu, es decir reflexionar
teóricamente desde una tradición particular en los estudios semióticos. Macías
describe las dinámicas de la migración no solo como fenómeno cultural, sino
como algo eminentemente semiótico; muestra la manera como este punto de vista
permite enriquecer algo de ese fenómeno, visto también desde una perspectiva
comunicativa que es, por otra parte, una línea transversal que acompaña a varios
trabajos.

A lo largo del proceso siempre apareció el dilema entre pugnar por la
mayor unificación posible o dejar que la diversidad aflorara de acuerdo al proce­
so de cada académico. Como los ritmos y el origen de mucha de la información
eran distintos, acabó imponiéndose lo segundo. Dentro de esos componentes de
la diversidad a subrayar, mencionamos algunos: en primer lugar el que participan
académicos que trabajan principalmente en dos países, esquinas de la América
hispánica, que tienen igualmente tradiciones particulares muy distintas en el
desarrollo de la semiótica. De hecho, queda por hacerse un trabajo más detallado
sobre la manera como la semiótica estructuralista, primero, y luego otras tradi­
ciones, se fueron difundiendo en nuestro continente. En esa historia, al menos
para el caso mexicano, fue importante la contribución tanto de las editoriales
argentinas como de la migración política en los setenta y ochenta que tanto enri­
queció el entorno cultural y académico mexicano de esas décadas. Y hoy día, sin
duda, podemos afirmar que una de las semióticas hispánicas más consolidadas en
la región, es la argentina. Un segundo componente de este libro es la diversa
formación de quienes participan, que aun cuando casi todos se encuentran rela­
cionados a escuelas o centros de estudio en comunicación, tienen preocupaciones
que proceden de lugares distintos como la estética, la historia del arte, la comuni­
cación intercultural, la antropología social, la filosofía y la comunicación políti­
ca. Otro elemento a subrayar es la generación, ya que participan lo mismo jóve­
nes que académicos con una mayor trayectoria, lo cual da un color particular al
libro y subsana uno de los vicios de las comunidades académicas, generalmente
segmentadas en la relación entre académicos con distintas trayectorias. Final­
mente hay que señalar el modo de presentación de la obra de Magariños donde
participan colaboradores y amigos, pero también quienes no tuvimos la suerte de
tratarlo más de cerca; no es este un libro de testimonios de amigos cercanos, sino
de académicos con diversa filiación respecto del autor. Detengámonos ahora un
poco en esas contribuciones.

II. Las contribuciones de Magariños de Morentín
Contra lo que pudiera pensarse, la formación original de Magariños fue
en derecho, y en un lugar distinto a su natal San Juan de Poyo en Pontevedra
(España). Después de graduarse de abogado en la Universidad de Barcelona, a
finales de los sesenta, desarrolló una larga trayectoria en su país de adopción,
Argentina, principalmente en las Universidades Nacionales de Jujuy, Córdoba y
La Plata. Sin duda esta primera trayectoria docente es una contribución, porque
dejaría una estela de estudiantes, así como una contribución didáctica-pedagógica
que lo llevó a construir, al menos para muchos de nosotros, lo que fue el primer
espacio reconocible de uso de la red para semiotistas, donde muchas de las con­
versaciones electrónicas que se fueron generando, constituyen sin duda una apor­
tación notable de imaginación y conectividad. Todos aquellos que la frecuenta­
mos, enviamos alguna pregunta o recibimos gracias a ella información, somos
deudores de este ejercicio, primero didáctico y también en material, de un campo
que se consolidó o se pudo visibilizar de otra manera, gracias a esos cientos de
contactos que, desde puntos cada vez más diversos, participaban del espacio.
Desde este espacio se fueron generando iniciativas y propuestas específicas: no
solo los grupos de discusión particulares (que facilitaban una búsqueda en cuyas
conversaciones era fascinante encontrar argumentos o referencias que con fre­
cuencia ayudaban a aclarar o mostrar las aplicaciones que una tradición, un con­
cepto o algún modelo explicativo podían tener), sino también la posibilidad de
conocer más fácilmente -e n medio de nuestro complicadísimo campo editorial
hispanoparlante-, una propuesta original como la de Magariños1, que justamente

1 Cabe señalar que Magariños en sus primeros mensajes que enviaba en 1999: "Tu escri­
bes en tu idioma y yo te respondo en el mío", con lo que promovía "TU ESCRIBES EN TU
IDIOMA Y YO TE RESPONDO EN EL MÍO". De esa forma Magariños concebía una red multi-
lingüe, y eso hace frecuente que encontremos comentarios en portugués, italiano.
superara y subsanara un gran pendiente, donde por primera vez se podía tener no
solo una visión más amplia, sino de eso que Carlos Scolari, a propósito de las
teorías en comunicación (Hipermediaciones. 2008. Barcelona: Gedisa), ha lla­
mado “conversaciones” para caracterizar a las teorías.

Hay que señalar que Juan Magariños no fue ajeno a los estudios acadé­
micos de la comunicación, aunque naturalmente no fuera su área formativa, ni su
área principal de estudio. A finales de los ochenta fue director del Instituto de
Investigación de la Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata,
en donde, aparte de esta responsabilidad, desarrolló otros cargos y comisiones.
Junto a su intensa labor académica, su participación en congresos, coloquios y
seminarios fue siempre intensa y vigorosa. Muchos, de hecho, lo vimos por vez
primera o lo conocimos en algunos de estos foros; su participación fue un refe­
rente importante dentro de una semiótica original, creativa y personal, que lo
llevó a liderar con éxito e inteligencia distintas iniciativas como la conocida
“Universidad de la Calle”. Dentro de sus habilidades estuvieron la de formar
redes amplias de conocimiento que usaran las nuevas tecnologías; la creencia
-quizá no explícita como ta l- de cómo las conversaciones electrónicas son tam­
bién parte de una construcción.

Además del tema que fue el eje de discusión de la red semioticians “La
Universidad de la Calle”, una de las discusiones más productivas fue el subtema
“La construcción semiótica de la historia” dentro de la temática general Semióti­
ca, historia y territorialidad. En la red circularon 151 mensajes desde el 17 de
octubre de 2002 al 5 de febrero de 2010. El 22 de octubre de 2008, Juan Magari-
ños lanzaba 10 preguntas para comenzar la discusión, entre las cuales las más
esenciales, desde nuestro punto de vista, son: ¿Cómo se construye la historia es
diferente a cómo se escribe la historia? ¿Existe historia sin cambio? ¿Mientras
algo no cambia, no tiene historia? ¿Es suficiente que algo cambie para que tenga
historia? ¿Es suficiente una secuencia plural de acontecimientos (y/o su registro
cronológico) para que exista la historia? ¿El cambio es entrópico y necesita ser
enunciado (mediante íconos, índices, símbolos o su combinatoria) para poder ser
percibido, identificado, evaluado y así construir la historia? ¿Puede adquirirse
identidad sin tener historia? ¿Existe alguna relación entre la identidad y el cam­
bio? ¿El cambio perjudica a la identidad? ¿La historia niega lo idéntico pero
afirma la identidad? ¿Puede haber historia en un único instante de una sociedad?

A partir de esta fructífera discusión derivaron varias mesas con el título
“La construcción semiótica de la historia” y en las que participaron 25 ponentes
en el X Congreso Mundial de Semiótica que se llevó a cabo en La Coruña, Espa­
ña del 22 al 26 de septiembre de 2009.

Después de la discusión acerca de la construcción de la semiótica, que
circuló a través de 101 mensajes (del 2008 a febrero de 2010, dos meses antes de
su fallecimiento), se derivó en el subtema de la Gramática de los sistemas se-
mióticos, en donde propone la categoría de Nano Historia como resultado de una
de las premisas de mayor producción de sentido:

“enunciar para uno mismo ya requiere de tiempo; el momento de
percibir no es el momento de memorizar; este tiempo necesariamen­
te diferente hace que toda memoria lo sea de un acontecimiento ya
histórico (en cuanto no simultáneo, sino precedente, con relación a
su registro en la memoria); este lapso permitiría identificar ontológi-
camente lo que podríamos designar como ‘NANO-HISTORIA’".
(Mensaje 10505, 5 de febrero de 2010, tema Semiótica, historia, te­
rritorialidad. Gramática de los sistemas semióticos 151).

Juan Magariños de Morentín fue un hombre generoso no solo en la pro­
ducción de conocimiento semiótico, sino también en aceptar propuestas de temas
de discusión; por ejemplo, el 28 de junio de 2000, Graciela Sánchez Guevara,
miembro del PES, propuso se incluyera el tema Semiótica de la Cultura, y a par­
tir de dicho mensaje solo circularon de 2000 a 2009, 49 mensajes de discusión,
preguntas, información bibliográfica, etcétera. En esta red no participó el profe­
sor Magariños.
Los libros impresos de Juan Magariños circularon poco en México. En
cuanto al recuento de su bibliografía2, vemos por una parte los textos abocados
centralmente a la didáctica de la semiótica o semiología como Curso de semiolo­
gía estructural I, II y III (Buenos Aires: ILAE, 1973-1976) o bien El signo. Las
fuentes teóricas de la semiología: Saussure, Peirce, Morris (Buenos Aires: Ha-
chette, 1983); y otros de más largo aliento preocupados por el pensamiento cien­
tífico y la metodología como Semiología del pensamiento científico (en colabo­
ración con Abel Kivilevich, Buenos Aires: ILAE, 1976). De su última parte, qui­
zá su libro más citado y conocido por sus colegas, estudiantes y amigos fue La
semiótica de los bordes. Apuntes de metodología semiótica (Córdoba: Ed. Co­
municarte, 2008) que de hecho aparecerá muy frecuentemente citado a lo largo
del libro. En su bibliografía sobresalen algunos textos sobre semióticas específi­
cas o particulares como Síntesis crítica de la teoría del folklore en Hispanoamé­
rica (en colaboración con Martha Blache, 2da ed. Buenos Aires: Centro de Inves­
tigaciones Antropológicas, 1980), E l cuadro como texto. Aportes para una se­
miología de la pintura (Buenos Aires: Tres Tiempos, 1981), E l mensaje publici­
tario (Buenos Aires: Hachette, 1984); Los fundamentos lógicos de la semiótica y
su práctica (Buenos Aires: Edicial, 1006), donde explica tres operaciones básicas
que impregnan mucho de su trabajo y su pensamiento: atribución, sustitución y
superación.

III. Recorridos semióticos
Este libro contiene un conjunto de trabajos que son teóricos y aplicados.
El libro abre con un texto sugerente de Carlos Vidales de la Universidad de Gua-
dalajara quien nos hace un “corte de caja” de la semiótica y nos muestra algunas
de sus áreas emergentes, algunos de sus retos y perspectivas que por mucho están
llamadas a superar las fronteras o “interdisciplinas” en las ciencias sociales o
humanas. El nuevo nombre de la semiótica para reflexionar sobre sus posibilida­
des a partir de lo que Paolo Fabri llamó el “giro semiótico” (Cf. El giro semióti-
co, 2000) para quien esta disciplina debía de ponerse en contacto no con las

2 Bibliografía completa recuperada de Wikipedia (http://es.wikipedia.org)
grandes teorías filosóficas sobre el signo, sino sobre todo con las prácticas com­
plejas de significación de las que podían “desimplificarse” funcionamientos de
sentido. Con Ole Nedergaard Thomsen, Vidales considera que la Cibersemiótica
es un marco transdisciplinario que integra la cibernética de segundo orden y la
teoría de la autopoiesis por un lado, y la biosemiótica peirceana y la etología
humana por el otro; el reto de ir construyendo una teoría de los procesos evoluti­
vos que integra dentro de sí los aspectos objetivos e informacionales así como los
semióticos y significativos de la cognición y la comunicación. Estas nuevas rela­
ciones entre la semiótica y la comunicación, que de alguna manera acompañan
todo el ejemplar, serán igualmente retomadas y sintetizadas en el último trabajo,
que en un juego entre un epílogo y una reseña de Karam pone en contacto algu­
nas de las ideas señaladas inicialmente por Vidales con el último libro de este
joven semiotista. Este primer texto en sí mismo inquietante nos abre la pauta para
un conjunto de trabajo muy diversos entre sí, pero unidos por la preocupación de
los sistemas sígnicos en prácticas sociales, políticas y comunicativas específicas.

El primer bloque de textos lo abren dos trabajos teóricos que abordan la
relación entre semiótica y estética. Vivian Romeu pretende en su trabajo dar
cuenta de uno de los problemas a los que se enfrentan hoy los estudios semióti-
cos: la vindicación de la teoría de los signos y la significación -n o solo en el
ámbito sociocultural, sino también en el biológico-evolutivo- como teoría del
conocimiento y como epistemología; para ello usa como marco particular la pro-
blematización de la experiencia estética y que como la autora señala supone re­
cuperar un debate que ha sido relativamente poco abordado, y que atribuye su­
puestamente al arte la generación de un “sentido sublime” como fenómeno y
práctica, que ha impedido comprender a la semiótica como red cognitiva que
opera necesariamente en la aprehensión que tenemos del mundo, incluyendo los
objetos del arte y el tipo de experiencia a la que las obras convocan. Por su parte
Emiliano García, preocupado por el análisis de las artes visuales, propone un
acercamiento al planteamiento intencionalista de H. P. Grice y a la recuperación
que de éste ha realizado la Lingüística pragmática, para reflexionar sobre los
principios metodológicos que se implican en todo proceso de acercamiento inter­
pretativo referido a arte visual contemporáneo; el autor propone revalorar la
transgresión propia del arte, como estrategia para proponer hipótesis inferencia-
les sobre las posibles intenciones pragmáticas que se involucran en todo artefacto
artístico; también propone la tesis de que es posible acercarse a la intención o
intenciones que han quedado inscritas en un signo visual de una manera análoga
al modo en que reconocemos las intenciones de un interlocutor en una conversa­
ción.

El segundo bloque de textos, igualmente agrupado por dos trabajos, tiene
como marco de reflexión a la educación, la pedagogía y algunos de sus instru­
mentos como pueden ser el libro de texto que analiza Sánchez Guevara y las
nuevas tecnologías en contextos particulares que analiza Luján Barrionuevo. Con
relación al primero de los trabajos, la autora parte de la semiótica de la cultura de
Lotman y de la Escuela de Tartu para analizar la historia oficial pedagógica de
México, aplicando principalmente el concepto de semiosfera, con sus principales
características; la autora quiere estudiar el funcionamiento de la memoria vehicu-
lado por este dispositivos de transmisión cultural caracterizada de la categoría
“memoria de la cultura”; para ello analiza un corpus semiótico visual constituido
por agrupaciones de imágenes, que se asocian o se oponen produciendo sentidos
muy significativos relacionados con la ideología dominante.

María Luján, por su parte, se focaliza en la inclusión de las Tecnologías
de Información y Conocimiento (TIC) y las tensiones que emergen en el ámbito
educativo, desde la descripción y el análisis de las múltiples significaciones que
operan en la forma de concebir a la escuela como institución, a sus sujetos y los
procesos de aprendizaje que ahí se verifican, de manera particular con el concur­
so de las TIC en esos espacios. Luján nos da cuenta, más que de un ensayo con­
ceptual, de un proyecto muy conocido dirigido por Juan Magariños, (“La Univer­
sidad de la Calle”); el objetivo de este trabajo es conocer los modos de interac­
ción de los sujetos con las TIC y las formas de apropiación de las mismas en los
contextos escolares, para generar estrategias de intervención pedagógica innova­
doras; para ello Luján analiza los discursos de los estudiantes sobre las TIC y sus
usos en la escuela para compararlos con los discursos de los docentes; para su
análisis la autora se apoya en las herramientas metodológicas conocidas como “la
semiótica de enunciados” y el “análisis de discurso” con la idea de identificar y
describir las significaciones -sin ser necesariamente hegemónicas- que pueden
generar nuevas prácticas escolares, superadoras de antinomias.

Ya desde el texto de Luján, el presente volumen se orienta a presentar
aspectos cercanamente vinculados con la contribución no solo teórica sino tam­
bién didáctica y pedagógica que ejerció Juan Magariños. En un libro tan presente
por dicha aportación no quisimos dejar de señalar explícitamente en un apartado
trabajos (tanto teóricos como aplicados) construidos desde el diálogo con la obra
de Magariños, casi único de la difusión semiótica que nos dejó, aparte de sus
publicaciones, una verdadera estela de información y recursos a través de Inter­
net, mostrando, quizá primero que nadie, sus posibilidades para el campo se-
miótico y muy particularmente en nuestra región. Este segmento está formado
por tres textos de jóvenes académicos argentinos: el primero de ellos, de Juan
Manuel Vaioli, nos presenta un ejercicio para una semiótica teórica, pero que
relaciona sobre los fenómenos de la intervención social; el autor analiza los desa­
rrollos de la intervención con la idea de entender cómo ocurren los procesos de
producción, interpretación y, preferencialmente, de transformación de los signifi­
cados socialmente construidos; la actividad propia de los procesos intervenciona-
les nos suscita una comparación ideal con dichos estadios sociales de producción,
interpretación, y transformación de significados; así los procesos de intervención
son estudiados como una manifestación de la facultad semiótica.

A Carlos González, como a varios de los trabajos en el libro, le preocupa
profundizar los aspectos de interpretación desde una perspectiva peirceana en la
que se ponderen los aportes generados por Juan Magariños en tanto desarrolló
operaciones específicas y rigurosas para el estudio de la producción de significa­
ciones y su transformación; desde los enfoques de Magariños intenta caracterizar
y explicar las particularidades de la interpretación en contextos acotados, como
los de una organización; en ese sentido su trabajo tiene como objetivo la interpre­
tación vinculada a la producción de signos (mensajes puestos en circulación en
situaciones de comunicación) que abarquen una de las tríadas peirceanas proce­
dentes de la segundidad (símbolos, índices e íconos) en los entornos de organiza­
ciones. El tercer trabajo fuertemente anclado en el estudio de las aplicaciones de
Magariños es el de Roxana Velarde, aplicado ahora a un ámbito enteramente
distinto a los dos anteriores: en el marco de los estudios sobre Semiótica y Fol­
klore, la autora emprende la búsqueda de respuestas acerca de la Teoría de la
Creación propuesta por Magariños, junto a la Etnografía del Habla para respon­
der a preguntas del tipo: ¿cómo identificar una nueva enunciación semiótica?,
¿cuáles son los bordes de las semiosis actuales en el mundo del folklore santia-
gueño?, ¿qué función cumple la semiótica para generar resultados eficaces? Den­
tro del enfoque conocido en La Semiótica de los Bordes de Magariños, Velarde
compara enunciados previos y emergentes desde el código verbal de sus agentes
para dilucidar la significación del folklore santiagueño, y específicamente, la
concepción de la chacarera, música nativa; la autora recupera la afirmación de
Magariños con respecto a que “toda transformación es un conocimiento previo”,
en el que incide el mundo semiótico históricamente situado.

Para cerrar el tercer bloque, Carlos González incluye lo que quiere ser
una biblio-hemerografía completa de Juan Magariños, que es un ejercicio para
delimitar y orientar lo que después ayude a organizar distintos trabajos críticos en
torno a la semiótica de Magariños en los varios aspectos señalados. Hay que se­
ñalar que dicha bibliografía es importante porque, al menos en México, permite
reconocer lo que no se ha podido leer, lo que editorialmente no ha llegado en
nuestros siempre erráticos flujos de información, que hoy apenas puede compen­
sar -no siempre de manera total- internet, los listados de direcciones, las redes,
los sistemas de mensajes, etc.

El último bloque del libro es quizá el más heterogéneo. Es por ello que
apelamos en su título a una especie de “guiño” donde, por ejemplo, podemos
encontrar, en el trabajo de Luis de la Peña, las reverberaciones de su vínculo con
Magariños, y dos textos de académicas mexicanas que aborda el de Macías, una
teorización desde la semiótica de la cultura sobre la comunicación intercultural y,
más particularmente, la relación migrante-migración; y de Olga Rodríguez, un
interesante análisis de los spots políticos en las campañas presidenciales mexica­
nas de los años 2000 y 2006.
Luis de la Peña describe en su trabajo las prácticas rituales con que se
rinde culto a San Judas Tadeo en el templo del centro de la ciudad de México; en
su análisis destaca los aspectos simbólicos e imaginarios que forman parte de un
proceso de significación y cognición social en el que confluyen el fenómeno
religioso y otras determinantes culturales y socioeconómicas; este “escenario”
ceremonial es un ámbito de ritualidad urbano al que los individuos asisten para
manifestar su fe y creencias, y en el que participan mediante el intercambio de
símbolos, imágenes y discursos. En el caso del trabajo de Macías, analiza, como
hemos dicho, el fenómeno migrante-migración como un problema semiótico,
donde la migración articula dos o más sistemas semióticos-culturales que entran
en una relación de intercambios que nos obliga a su estudio para analizar su tra­
ducción mutua a sus lenguajes y códigos. Finalmente el trabajo de Rodríguez
estudia la estrategia semio-discursiva de los spots políticos televisivos, con el
propósito de develar los efectos de sentido que estos intentan posicionar en el
imaginario de probables votantes; en su texto expone cómo los spots políticos
transmitidos en las campañas presidenciales recuperan algunas estrategias y tác­
ticas que apelan a las emociones, al imaginario social pero sobre todo a la memo­
ria histórica, para generar que los votantes acudan o no a las urnas y voten en
beneficio del partido político que presenta la campaña.

El libro cierra con un texto híbrido que ciertamente es algo más que un
opúsculo, pero es de menor extensión al conjunto del libro. El epílogo indicial-
mente marca el cierre del libro, y pretende generar un diálogo con el primero de
los trabajos. Intentamos cerrar lo que ha sido el leitmotiv del texto: las reflexio­
nes sobre los problemas semióticos, sus nuevos aportes, sus constantes posibili­
dades en el análisis de la significación y de las prácticas de producción e inter­
cambio de sentido entre los actores sociales. Este cierre, impone — lo reconoce­
mos— un sesgo por un carácter un poco más orientado a la semiótica teórica y
general, por los diálogos particulares con los estudios de comunicación social o
más propiamente entre la teoría semiótica y la de comunicación, que revela algu­
nas de las preocupaciones centrales.
Como puede verse, el pensamiento de Juan Magariños presenta posibili­
dades no solo en sí mismo, sino en su carácter evocador y provocador. La obra de
Magariños ha sido el contenido de varios de los trabajos aquí presentados, pero
también el marco para reflexionar sobre las prácticas significativas en distintos
ámbitos y contextos. Con este libro -que estamos seguro no será el primero ni el
últim o- se perfilan ya varios trabajos sobre la importante obra de este semiotista
hispano-argentino descrito no solo como una persona rigurosa y creativa en lo
intelectual y pedagógico, sino como alguien que tuvo la intuición con respecto a
ese conocimiento en red, que a su manera parece parafrasear aquella vieja con­
signa atribuida al conde de Lautremont en el sentido que la poesía -com o ahora
podemos añadir de la semiótica-, no es de nadie, de alguna manera es algo que
hacemos entre todos, y con este ánimo queremos proponer una herramienta, un
punto de vista, una teoría, un lenguaje formal con las posibilidades que algunos
ya han visto y probado como Juan Magariños, y otros vamos intuyendo y segui­
mos buscando respuestas a algunas preguntas.

Santo Domingo. Coyoacán
Ciudad de México
Septiembre 2012
Algunos problemas y preguntas
en l a s e m i ó t i c a c o n t e m p o r á n e a d e s d e l a m i r a d a
de l a B i o s e m i ó t i c a y l a C i b e r s e m i ó t i c a

Mtro. Carlos Vidales Gonzáles1
Universidad de Guadalajara

Introducción
En su introducción a la Encyclopedia o f Semiotics a finales de los años
noventa, su editor en jefe, Paul Bouissac (1998), reconocía que el estado que la
semiótica guardaba en ese momento era muy diferente de aquel que la había ca­
racterizado las décadas anteriores, una condición que podía ser considerada como
el resultado de tres grandes desarrollos. Primero, los historiadores de las ideas
habían rastreado en el pasado algunas de las nociones semióticas más básicas,
muchas de las cuales se encontraban bajo denominaciones y nombres diferentes,
pero que permitieron moverse hacia tradiciones más antiguas y ricas que no se
encontraban restringidas a aquellas producidas en las civilizaciones occidentales,
lo cual indudablemente amplió el campo de fundamentación semiótica. Al mismo
tiempo, nuevas publicaciones de los manuscritos de Peirce y Saussure revelaban
sistemas de pensamiento mucho más complejos de lo que habían vislumbrado las
interpretaciones anteriores. En segundo lugar, los modelos teóricos desarrollados
hasta el momento habían sufrido fuertes cambios tanto dentro como fuera de
cada uno de sus paradigmas. Como resultado, era posible reconocer la emergen­
cia de nuevos modelos teóricos pero también de nuevas preguntas, las cuales
implicaban una reconfiguración del campo semiótico en general hacia una postu­

1 Maestro en Comunicación por la Universidad de Guadalajara. Licenciado en Ciencias de
la Comunicación en la Universidad Latina de América en septiembre de 2005. Autor de
varios artículos y capítulos de libros, todos ellos relacionados con la semiótica y la teoría
de la comunicación. Scholar del "International Communicology Instituto" (ICI), Secretario
General de la Asociación Mexicana de Estudios de Semiótica visual. Es autor del libro Se­
miótica y teoría de la comunicación, 2 tomos (2010, 2011), Monterrey, CAEIP.
ra más crítica, un movimiento que necesariamente adelantaba una reconfigura­
ción epistemológica que habría de venir posteriormente en las ciencias sociales.
Finalmente, un tercer cambio venía potenciado por los desarrollos en otros cam­
pos como las ciencias de la información, las ciencias cognitivas, la biología evo­
lutiva entre otras, las cuales tomaron la terminología semiótica facilitando la
construcción de interfases prometedoras entre estos campos y la semiótica, dán­
dole nacimiento a disciplinas híbridas como la biosemiótica, la neurosemiótica,
la zoosemiótica, la sociobiología, la memética y, muy recientemente, a la Ciber-
semiótica. Sin embargo, a más de una década de aquel diagnóstico que Bouissac
(1998) realizara, lo cierto es que el campo semiótico se ha complejizado aún más,
generando sub-campos de especialización conceptual que han evolucionado a tal
grado que hoy son campos institucionalizados y reconocidos en la semiótica
mundial, pero muchos de los cuales no dialogan entre sí.

Por otro lado, también en los años noventa, John Deely (1990) apuntaba
un cambio drástico que trastocaba tanto los fundamentos conceptuales como la
organización institucional de la semiótica y el cual podía ser caracterizado por el
tránsito de la consideración de la semiótica como método analítico a la conside­
ración de la semiótica como punto de vista, una condición que expandía casi de
manera natural el espacio de observación mucho más allá del ámbito humano
hacia todas la formas de semiosis, incluso aquellas que van de las relaciones ce­
lulares hasta la configuración misma de las formas de vida en el planeta (Hoff-
meyer, 2008). De ahí que la semiótica ya no sea entendida únicamente como la
ciencia de los signos y la significación, sino como el estudio de cómo el cerebro
humano procesa los significados creados entre los signos y la información que
codifican (Danesi, 2011). Como se puede observar, esta última consideración
implica tanto elementos biológicos como elementos cognitivos, lo mismo que
procesos sígnicos y la emergencia de la significación, lo que representa quizá una
de las consecuencias de este diálogo transdisciplinar que caracteriza a la semióti­
ca en la actualidad. ¿Pero cómo es que todo esto ha sucedido y cuáles son las
consecuencias de este desarrollo?

Si bien las genealogías semióticas ya reconocidas desde mediados del si­
glo XX han seguido su propio desarrollo (Vidales, 2008, 2009a, 2009b y 2011b),
la realidad es que uno de los cambios más importantes en la semiótica contempo­
ránea se ha dado fundamentalmente a través del tercer momento que Bouissac
(1998) ya vislumbraba a finales de los años noventa y el cual se encontraba ca­
racterizado por el diálogo de otras disciplinas con la semiótica y de ésta con el
resto de las ciencias. En este sentido, quizá uno de los campos más especializa­
dos y que ha generado un fuerte cambio en la concepción misma de la semiótica
y la semiosis es precisamente el de la biosemiótica, un campo que Claus Emme-
che (2003) considera como un intento reciente por integrar los descubrimientos
de la biología y la semiótica para el estudio de la producción, acción e interpreta­
ción de los signos en el reino físico y biológico, por lo que una de sus metas
principales es la formación de una nueva visión de la vida y el significado como
elementos inmanentes del mundo natural. La biosemiótica pretende entonces usar
conceptos semióticos para contestar preguntas sobre la emergencia del significa­
do biológica y evolutivamente, sobre la intencionalidad y sobre el mundo psíqui­
co. Desde este punto de vista, para autores como Jesper Hoffmeyer (1996), la
semiosis en su forma más modesta, emerge con el proceso primario que creó el
primer sistema vivo en la tierra, pero desde este comienzo primitivo el aspecto
semiótico de los procesos materiales gradualmente incrementó su autonomía de
tal modo que generó una semiosfera mucho más sofisticada, una semiosfera que
finalmente (después de tres y medio billones de años) tuvo el poder de generar
sistemas semióticos, como pensamientos y el lenguaje mismo, que son solo lige­
ramente dependientes del mundo material del que son un derivado primario. Si
bien desde esta posición la semiosis es el centro de la nueva síntesis en biología,
ésta no ha sido la única síntesis planteada y seguramente no lo será en el futuro.

La gran importancia que guarda este diálogo entre la semiótica y la bio­
logía es que ha puesto en el centro de la reflexión un estadio anterior a la des­
cripción de procesos semióticos de orden sociocultural o propiamente humano al
momento de preguntarse por la emergencia del significado a nivel biológico,
pero al mismo tiempo ha abierto todo un abanico de preguntas que llegan incluso
a los fundamentos conceptuales de la semiótica misma. Por ejemplo, cuando
Hoffmeyer (1996) se pregunta de dónde emerge el significado de algo que ini­
cialmente no significa nada, su cuestionamiento supone dos cosas, que algo nue­
vo emerge y que eso nuevo que emerge puede ser distinguido de un estado ante­
rior de no-existencia, por lo tanto ¿qué cambia con la emergencia de los procesos
de significación?, ¿qué implica que la significación “emerja”?, ¿de dónde emerge
el significado? Las preguntas anteriores tienen un fuerte énfasis en lo que se re­
fiere al nivel biológico, pero encierran dentro de sí supuestos básicos de los cua­
les se derivan preguntas de un orden más general, propiamente epistemológico,
pues si la semiosis puede ser descrita como un proceso “emergente” en los siste­
mas biológicos, entonces eso permite suponer que la propia semiosis emerge en
todo sistema semiótico o que todo sistema semiótico depende de la emergencia
de la semiosis sin importar su naturaleza fenomenológica (Vidales, 2012). ¿Pero
qué es entonces un sistema semiótico? ¿Cómo diferenciar un sistema semiótico
de un sistema no-semiótico? ¿Cuáles son entonces los límites de la semiosis y de
su propio proceso de emergencia? ¿Es la semiosis un proceso emergente? ¿Son
los organismos vivos sistemas semióticos? Como se puede observar, más que
certezas lo que aparece en el horizonte es un nuevo programa de investigación.

Por otro lado, hace más de dos décadas atrás se comenzó a gestar un se­
gundo proyecto transdisciplinario que precisamente toma como una de sus bases
a la biosemiótica para ponerla a dialogar con la cibernética de segundo orden, las
ciencias cognitivas, las ciencias de la información, la teoría de sistemas, la se­
miótica peirceana entre otras, lo cual le da nacimiento a la Cibersemiótica, una
propuesta que puede ser definida sintéticamente como la búsqueda de las rutas
biológicas, psíquicas y sociales de la necesidad humana y biológica del significa­
do y la auto-organización en sus procesos de conocer/observar el mundo y en la
formulación de las explicaciones que sobre él se hagan (Brier, 2008). Es a partir
de esta nueva integración que recientemente Marcel Danesi (2011) ha propuesto
hablar del “giro cibersemiótico”, un giro que implica un cambio en el objeto de
estudio en la semiótica, puesto que supone el paso de la observación de los sig­
nos y los procesos de significación a la observación de cómo es que los sistemas
semióticos resultan ser sistemas autopoiéticos. Este giro cibersemiótico nace del
diálogo transdisciplinar que la semiótica ha establecido con otras disciplinas y
marcos conceptuales, y puede considerarse un segundo giro que nace más de dos
décadas después de aquel que propusiera Paolo Fabbri (2004), para quien la se­
miótica debía de ponerse en contacto no con las grandes teorías filosóficas sobre
el signo, sino sobre todo con las prácticas complejas de significación de las que
podían “desimplificarse” funcionamientos de sentido.

El giro semiótico que planteaba Fabbri a finales de los años noventa se
refería a un cambio en la concepción que se tenía de que era posible descompo­
ner el lenguaje en unidades semióticas mínimas para recomponerlas después y
atribuir su significado al texto del que forman parte. De esta forma, tanto la idea
de la historia del signo de Peirce y Eco como la de Saussure y Barthes pertene­
cían al espacio conceptual de la reconstrucción, es decir, de la fragmentación de
los sistemas significantes para su análisis con su consecuente posterior armado.
El problema que veía Fabbri en esta visión es que se debía tener en claro que a
priori nunca se logrará hacer una operación de este tipo. En cambio, la propuesta
era crear universos completos de sentido particulares para reconstruir en su inte­
rior unas organizaciones específicas de sentido, de funcionamientos de significa­
do, sin pretender con ello reconstruir de momento generalizaciones que fueran
válidas en última instancia. Para Fabbri, “solo por este camino se puede estudiar
esa curiosa realidad que son los objetos, unos objetos que pueden ser al mismo
tiempo palabras, gestos, movimientos, sistemas de luz, estados de materia, etc., o
sea, toda nuestra comunicación” (Fabbri, 2004: 41). Mientras la semiótica que
Fabbri planteaba tenía un fuerte centro en las discusiones sobre los caminos que
tanto la genealogía de Peirce y Saussure habían delineado y, por momentos, per­
manecía aún vinculada con el lenguaje, el proyecto de la Cibersemiótica platearía
algo radicalmente distinto, dado que se posicionaría en las fronteras de las cien­
cias en un intento por explorar más allá de los procesos de producción de sentido,
las formas y procesos propios de la cognición, la información y la comunicación.

En este sentido, para Ole Nedergaard Thomsen (2010), la Cibersemiótica
es un marco transdisciplinario que integra la cibernética de segundo orden y la
teoría de la autopoiesis por un lado, y la biosemiótica peirceana y la etología
humana por el otro. El resultado es una teoría de los procesos evolutivos que
integra dentro de sí los aspectos objetivos e informacionales así como los se-
mióticos y significativos de la cognición y la comunicación. Para Thomsen
(2010), el punto de partida de la Cibersemiótica es la idea de una diada intersub­
jetiva y dialógica del ser humano individual concreto con una mente semiótica
corporeizada y socio-comunicativa, una postura desde la cual es posible ampliar
la visión sobre el conocimiento para suponer que su adquisición pasa necesaria­
mente por cuatro formas: “el mundo natural psico-químico (energía, información
y materia), el mundo biológico de la experiencia corporeizada (la vida), el mundo
psicológico de la experiencia consciente de la vida mental (conciencia) y, el
mundo socio-cultural de la intersubjetividad y la comunicación (lenguaje y senti­
do)” (Thomsen, 2010: 391). Desde esta posición, es evidente que la semiótica y
la cibernética van desde las formas más elementales de vida, hasta las formas
más complejas que suponen una configuración social. ¿Pero a dónde nos lleva
todo esto? ¿Qué significa a la luz de la semiótica contemporánea? ¿De qué tipo
de semiótica estamos hablado y de cuáles tradiciones conceptuales?

El presente trabajo es, por tanto, un intento por poner en perspectiva al­
gunos de estos cuestionamientos y objetivar explícitamente la génesis de su na­
cimiento. Por lo tanto, es muy importante dejar en claro que no se busca en nin­
gún momento ser exhaustivo en el recuento, dado que eso es en sí mismo un tra­
bajo que demandaría todo un programa de investigación, por lo que tampoco
pretende abarcar todas las líneas, programas y sub-campos de investigación se­
miótica que hay en la actualidad, sino únicamente explorar la genealogía que
parte de Charles Sanders Peirce y se extiende hasta nuestros días en la forma de
la Bio y la Cibersemiótica, dos programas que cruzan las líneas de lo disciplinar
y las barreras propias de la semiosis. Se trata entonces de plantear un breve reco­
rrido por este desarrollo, de plantear algunas preguntas que han ido apareciendo
en el camino y, sobre todo, de aceptar las consecuencias que tienen para toda
reflexión contemporánea sobre la comunicación, la cognición, la información y
la significación una propuesta de esta naturaleza. Si la vida es coextensiva con la
semiosis como sugería Thomas Sebeok, entonces estamos viviendo las conse­
cuencias conceptuales de la superación de las barreras disciplinares que implica
la dimensión biológica de la semiosis. Se trata entonces de presentar algunas de
las preguntas que nacen a partir de la reflexión contemporánea en la semiótica, la
cual ha sido fuertemente motivada por el diálogo que ésta ha establecido con las
ciencias que estudian la cognición, la información, el lenguaje y las formas de
vida de nuestro planeta. En síntesis, se trata de explorar brevemente algunas de
las preguntas centrales que emergen en la Bio y la Cibersemiótica, las cuales
tienen que ver en cierta medida con la antroposemiosis, con el ámbito social,
cultural y humano de la semiosis, aunque no se restringen a ninguno de ellos,
dado que presentan una visión mucho más general del proceso mismo de la se-
miosis.

Es con base en lo anterior que el presente trabajo se encuentra organizado
en cuatro secciones. En la primera de ellas se explora brevemente la ruta genea­
lógica peirceana poniendo especial énfasis en los elementos que más tarde la
llevarán a establecer un diálogo con la biología y la cibernética. Se trata entonces
de un intento por reconstruir brevemente la ruta conceptual que le da nacimiento
a las propuestas contemporáneas de la Bio y la Cibersemiótica. Por su parte, en la
segunda sección se presenta una discusión sobre los límites conceptuales y disci­
plinares de la semiótica a la luz de las discusiones que se han realizado en el
campo de la biosemiótica y la zoosemiótica desde los cuales se cuestiona el papel
omnicomprensivo que parece caracterizar a la semiótica contemporánea. En la
tercera sección se presenta una discusión sobre los umbrales de la semiótica y la
pregunta por la centralidad de la semiosis, es decir, una mirada sobre las conse­
cuencias teóricas que tiene la expansión de la semiótica más allá de los límites de
lo social y lo cultural. Finalmente, en la cuarta sección se presenta una breve
conceptualización de la Cibersemiótica, un proyecto transdisciplinar contempo­
ráneo centrado en la cognición, la semiosis y la comunicación y el cual represen­
ta uno de los proyectos intelectuales más importantes y ambiciosos que se puede
encontrar en la reflexión semiótica contemporánea.

1. El proyecto de la integración semiótica
y los límites borrosos de las disciplinas
En su contribución al proyecto de la International Encyclopedia o f Uni-
fie d Sciences2 que Charles Morris, Otto Neurath y Rudolf Carnap coordinaran, un

2 La International Encyclopedia o f Unified Scienes fue un proyecto heredero del Círculo de
Viena cuyo propósito central fue la preocupación por la lógica, la historia y la sociología de
la ciencia que se desarrolló desde finales de los años treinta hasta finales de los años cin-
proyecto que heredaba algunas de las premisas básicas del Círculo de Viena de­
rivadas del positivismo lógico, Charles Morris reconocía de manera central los
alcances de la propuesta de Charles Sanders Peirce de una ciencia general de los
signos. En su trabajo, Foundations o f the Theory o f Signs, Morris presentaba la
doble relación que la semiótica tenía con las ciencias, dado que podía ser consi­
derada una ciencia entre las ciencias a la vez que un instrumento de las ciencias,
es decir, la semiótica emergía en el horizonte como un paso hacia adelante en la
unificación de las ciencias puesto que aportaba los fundamentos básicos para
cualquiera de ellas. En este tránsito hacia la unificación, Morris suponía que el
concepto de signo era la clave, dado que posibilitaba la unificación de las cien­
cias sociales, humanísticas y psicológicas en tanto que también podían ser distin­
guidas de las ciencias físicas y biológicas, por lo que podían servir igualmente de
enlace entre estos ámbitos históricamente separados. En palabras de Morris
(1955),

[...] dado que será mostrado que los signos son simplemente los obje­
tos estudiados por las ciencias biológicas y físicas relacionadas en de­
terminados procesos funcionales complejos, cualquier unificación de
las ciencias formales [...] proveerá de material relevante para la unifi­
cación de estos dos grupos de ciencias [...] Sin embargo, si la semióti­
ca es una ciencia co-ordinada con otras ciencias, estudiar las cosas o las
propiedades de las cosas en su función de ser observadas como signos,
es también el instrumento de todas las ciencias, dado que cada ciencia
hace uso de y expresa sus resultados en términos sígnicos (p. 80).

Al pensar a la semiótica como fundamento hacia la unificación de las
ciencias, Morris estaba recuperando la propuesta de Peirce de extender a la se­
miótica como una lógica general, lo cual la colocó en un segundo orden se obser­
vación, dado que no solo podía participar como epistemología, sino que al hacer­
lo terminaba mirándose a sí misma en su propio proceso de observación, pues en
eso es precisamente en lo que consiste su operación, en la de mirar mirándose.

cuenta en que los primeros volúmenes son publicados. Para una historia más detallada
sobre el nacimiento de la propuesta y de los intereses centrales véase el trabajo de Char­
les Morris titulado "On the history of the International Encyclopedia of Unified Science"
(Morris, 1960).
Por otro lado, un segundo momento clave para este recorrido es lo que sucedió
con la sistemática aplicación de los principios semióticos al campo de la biología
de la mano de Thomas A. Sebeok, quien de hecho fue alumno de Charles Morris
en la Escuela de Chicago, movimiento que generó un puente entre el ámbito físi­
co y el ámbito biológico, un puente que Morris solo había vislumbrado como una
posibilidad décadas atrás. De esta manera, al plantear a la semiótica como epis­
temología para pensar y observar al ámbito biológico en general, la semiótica
estaba dando un paso hacia la reconstrucción de los principios de su propia natu­
raleza, pues estaba dividiendo su campo de observación en dos grandes sistemas:
el biosemiótico y el fisiosemiótico3.

Esta es la base constructiva que llevará a Sebeok a plantear a la semiótica
como un punto de vista particular para observar la emergencia del significado y
los procesos semióticos en organismos biológicos en general y no solo en el ser
humano (Sebeok, 2001, 2001b y 1979) y, recientemente, a Jesper Hoffmeyer a
considerar los procesos semióticos como fundamentales no solo para el desarro­
llo de todo ser vivo, sino para su evolución y supervivencia (Hoffmeyer, 1997,
1996 y 1994)4. De aquí en adelante la Biosemiótica será vista como un proyecto
científico interdisciplinar basado en el reconocimiento de que la vida está funda­
mentalmente basada en procesos semióticos (Hoffmeyer, 2008). De acuerdo con

3 La biosemiótica comprende en realidad el estudio de lo antroposemiótico, lo zoosemióti-
co y lo fitosem i ótico. En este sentido, la «antroposemiosis» es entendida como el desarro­
llo de las modalidades semióticas entre otros animales y los humanos, del lenguaje dentro
de las especies humanas y consecuentemente de las tradiciones históricas y la cultura en
general. Por su parte, la «zoosemiosis» es comprendida como el desarrollo de las modali­
dades semióticas entre animales, entre vegetales y animales y entre animales y el entorno
físico. Por otro lado, la «fitosemiosis» es entendida como el desarrollo de las modalidades
semióticas dentro del reino vegetal y entre vegetales y el entorno físico. Finalmente, la
«fisiosemiosis» se refiere al entrono físico en cuanto tal, el cual puede comprender desde
la condensación inicial de los sistemas estelares hasta el desarrollo posterior de los siste­
mas planetarios y sub-planetarios (Véase Deely, 1990).
4 Si bien el diálogo entre la semiótica y la biología se ha dado paulatinamente, en realidad
todavía existen fuertes discusiones al respecto, algunas de las cuales se llevan dentro del
campo de la zoosemiótica, el estudio del comportamiento animal desde el punto de vista
semiótica. Para una discusión más puntual de este diálogo véase el trabajo de Dario Mar-
tinelli titulado "A critical companion to zoosemiotics: people, paths, ideas" (Martinelli,
2010).
lo anterior, es posible afirmar que la semiótica, de sus inicios como programa
lógico formal, ha transitado a ser un elemento importante para la explicación y el
estudio de algunos procesos evolutivos en los organismos vivos en general, y es
precisamente de este movimiento posterior desde el cual John Deely planteará,
en los años noventa, a la semiótica como un punto de vista particular.

De acuerdo con Deely (1990), un método en realidad implementa algún
aspecto de un punto de vista y la sistemática aplicación de un punto de vista es en
lo que consiste un método. Sin embargo, si un punto de vista puede ser comple­
tamente implementado por un método, el resultado sería un estrechamiento tanto
del método como de su mundo perceptivo, por el contrario, cuanto más rico sea
el punto de vista que se adopte, más serán los métodos necesarios para su com­
pleta exploración. En consecuencia, “[...] la semiótica es una perspectiva o punto
de vista que surge de un reconocimiento explícito de lo que cada método de pen­
samiento o cada método de investigación presupone” (Deely, 1990:10), por lo
que es posible afirmar que simultáneamente descansa sobre la base de la verifi­
cación de una única forma de actividad en la naturaleza, actividad que Peirce
denominó semiosis (acción de los signos). Para John Deely (1990),

“[...] el punto de vista semiótico es la perspectiva que resulta del
continuo intento de vivir reflexivamente con, y seguir las conse­
cuencias de, una simple concepción; la totalidad de nuestra expe­
riencia, desde sus más primitivos orígenes en la sensación hasta sus
más refinados logros del entendimiento, es una red o trama de rela­
ciones sígnicas” (p. 13).

La semiótica transita entonces de un principio lógico constructivo y un
criterio de unificación científica a un punto de vista que de alguna manera hace
visible esa unificación que a finales de los años cincuenta solo era una propuesta
prospectiva de la cual el signo, su construcción y sus múltiples relaciones, eran el
fundamento básico. Sin embargo, la idea de la extensión del marco semiótico
como matriz científica general no es nueva, sino que se ha venido planteando
desde décadas atrás, incluso podríamos extenderla hasta los inicios de la propia
disciplina. Se puede pensar entonces que el punto de partida de la reflexión se­
miótica no es el signo en sí mismo y su configuración lógica, sino la semiosis o
acción sígnica, por lo que la semiótica “contrasta con la semiosis como el cono­
cimiento contrasta con aquello que es conocido” (Deely, 1990:105). Al trasladar
el centro de una entidad conceptual (signo) hacia una configuración de relaciones
conceptuales (semiosis), la semiótica se expande naturalmente hacia todo aquello
que implique relaciones de este tipo. Pero la semiosis, como el complejo sistema
conceptual de la semiótica, depende de un elemento que la hace pertinente para
cualquier ciencia en general, es decir, la interpretación, pues ningún signo existe
si no es interpretado por alguien o por algo. De esta forma, como explica Veikko
Rantala (1992), dado que la noción de interpretación juega un papel explícito en
campos de estudio como la lingüística, la lógica, la filosofía, la teoría de la co­
municación, la teoría de la información, la estética, la teoría literaria y la medici­
na; la semiótica está necesariamente relacionada con todas ellas, pero por otro
lado, casi cualquier campo puede ser estudiado desde una perspectiva semiótica,
dado que casi cualquier cosa puede ser interpretada como un signo.

Es por esto que John Deely (1990) considera que para el caso concreto de
la semiótica, su historia será la historia de los intentos por dar cuenta de aquello
que subyace a la semiosis y la hace posible partiendo de una pregunta fundamen­
tal, a saber ¿qué es un signo, tal que él hace posible la semiosis? La semiótica es
entonces ese intento por explicar teóricamente lo que distingue al signo y su en­
tendimiento como tal, de aquellos estudios que lo tienen como objeto. Es posible
entonces argumentar que toda investigación semiótica “[...] incluye, por derecho,
todas las disciplinas tradicionales en virtud de su dependencia en lo que ellas son
en cuanto estructuras de significación típicamente distintas sobre una red de rela­
ciones sígnicas que las constituyen, pero de hecho, el campo incluye aquellas
disciplinas solo en el momento que y hasta el punto de, además de ser vistas co­
mo estructuras de significación, son vistas y analizadas temáticamente en térmi­
nos de esta constitución virtualmente semiótica” (Deely, 1990: 106). Esta cuali­
dad de integración conceptual es la que posibilitó situar a la semiótica en la inter­
sección de las ciencias y la que la llevaría a preguntarse sobre las formas básicas
de la construcción de conocimiento.
Por ejemplo, para Jean-Marie Klinkenberg (1996), el signo instituye una
cierta correlación entre una porción material del universo y una porción concep­
tual del universo conceptual y, al hacerlo, estructura el universo, por lo tanto,
estos dos rasgos deben considerarse simultáneamente, dado que ciertas definicio­
nes no insisten más que en uno de esos dos aspectos. Sin embargo, hay que acep­
tar que, por un lado, no solo los signos estructuran el universo, y, por otro lado,
que hay correlaciones que no son semióticas. Así, “puesto que la semiótica se
ocupa de la estructura del universo -por lo menos en tanto que semiótica gene­
ra l- su tarea es entonces responder a la pregunta: ¿cómo conocemos el mundo?”
(Klinkenberg, 2006:51). Como se puede observar, lo que Klinkenberg está plan­
teando es una ciencia general capaz de estructurar desde pequeños elementos
discretos hasta unidades generales, universales, pero al mismo tiempo la sitúa al
nivel epistemológico del cuestionamiento por el conocimiento mismo. Por lo
tanto, aquí aparece un problema central que vale la pena reflexionar: ¿hay algo
más general que la semiótica general o es un nivel de complejidad formal al que
toda ciencia debe aspirar?, ¿es posible hablar de una teoría semiótica unificada,
de una Semiótica General? Esta consideración básica sobre la construcción de
conocimiento y las cualidades transdisciplinares del proyecto semiótico, fueron
las características sobre las que se sentarían las bases para un último paso en la
integración conceptual y el cual implicó unir a la semiótica peirceana con la ci­
bernética de segundo orden. Este es entonces el nacimiento del proyecto de la
Cibersemiótica.

De esta manera, tomando como una de sus bases a la biosemiótica, Soren
Brier desarrolla en la primera década del siglo XXI la propuesta de la Ciberse-
miótica, un nuevo horizonte constructivo que quizá ponga a la semiótica en aque­
lla posición que Charles Morris solo veía como un horizonte a futuro en los años
cincuenta. En este sentido, lo que es fundamental en la propuesta de Brier es la
integración de varias epistemologías y el centro en la reflexión comunicativa.
Para Brier (2008), la debilidad de los estudios comunicativos e informacionales
tradicionales basados en teorías sobre los flujos de información o los datos en sí,
han hecho emerger problemas en lo que respecta a la forma en que los sistemas
de conocimiento son construidos y organizados. Sin embargo, a raíz de la pro­
puesta de la cibernética y la semiótica es posible desarrollar nuevos conceptos
que ayuden a entender y desarrollar sistemas sociales como redes auto-
organizadas y auto-reproducidas, por lo tanto, en vez de hablar en términos de
“comunicación de información” la propuesta es hablar en términos de “significa­
dos conjuntamente actualizados”.

Para Brier (2008), las ciencias de la información, en lo que respecta a los
sistemas vivos y a los sistemas humanos, no son capaces de explicar aspectos
vitales del fenómeno de la comunicación y la cognición como lo es la emergencia
del significado en los ámbitos limitados de los contextos sociales y en los ámbi­
tos generales de la reproducción y supervivencia de los seres vivos. Aparece en­
tonces el problema del significado en el marco del punto de vista mecanicista que
brinda la teoría de la información y la cibernética en el marco general de las
ciencias de la información, dado que dicha visión se extiende a la comprensión
del conocimiento, la naturaleza, el lenguaje y, finalmente, a la conciencia huma­
na. En consecuencia, el paradigma del procesamiento de información nunca ten­
drá éxito en describir los problemas fundamentales en la mediación semántica del
contenido de un mensaje de un productor a un usuario, dado que es incapaz de
tomar en consideración los aspectos fenomenológicos y sociales de la cognición.
Así, la idea de unir a la semiótica peirceana con la cibernética de segundo orden
no solo responde a un problema epistemológico, sino a una oportunidad de ex­
pandir los horizontes de observación.

En este sentido, Brier (2008) supone que una teoría consistente de la in­
formación, la cognición y la comunicación debe necesariamente comprender
tanto las ciencias sociales y las humanidades así como las ciencias biológicas y
de lo psicoquímico, una integración similar a la planteada por la International
Encyclopedia o f Unified Sciences cinco décadas antes. Desde este marco es posi­
ble preguntarse, ¿qué es lo que sucede conceptualmente con la integración de la
cibernética de segundo orden y la semiótica peirceana?, ¿qué es lo que esta inte­
gración permite observar del mundo que antes no se podía observar?, ¿qué es lo
que le plantea a la semiótica una integración de esta naturaleza? Como se puede
observar, más que certezas lo que aparece en el horizonte es todo un programa de
investigación que busca contestar algunas de las preguntas centrales sobre la
cognición, la comunicación y la información pero que toma como una de sus
bases centrales el punto de vista semiótico. Sin embargo, los cuestionamientos y
la reflexión anterior también hacen emerger una cierta sospecha sobre ese punto
de vista general, básicamente, porque parece ser “demasiado general” y abarcarlo
casi todo. Esta es quizá una crítica central que ha emergido con la discusión en la
biosemiótica y sobre la cual se centran las siguientes líneas.

2. La semiótización del mundo y los límites de la semiótica:
la pregunta por las fronteras conceptuales
En el apartado anterior se ha mostrado un breve panorama de algunos de
los intentos formales por poner a la semiótica en una dimensión de frontera entre
las ciencias de la vida, la información y la comunicación, lo cual ha generado un
escenario que presenta sus propias interrogantes sobre los alcances de una pro­
puesta de estas dimensiones. Sin embargo, lo cierto es que este diálogo no ha
sido sencillo y no puede considerarse en ningún momento una empresa conclui­
da, dado que ha hecho emerger serios cuestionamientos sobre los límites del pun­
to de vista semiótico y de la semiótica misma, discusiones que se han dado sobre
todo en el ámbito de la biosemiótica, un ámbito en el cual se exploran los alcan­
ces de la mirada semiótica en el campo de la biología. Es precisamente en este
nuevo campo en donde Darío Martinelli (2010) plantea una fuerte crítica a los
intentos por extender la mirada semiótica, dado que ésta ha pasado de ser un pun­
to de vista a ser una mirada omnicomprensiva. Esta crítica resulta central para
toda reflexión sobre los alcances que la semiótica pudiera tener más allá de las
fronteras de la antroposemiosis, dado que cuestiona los fundamentos de la bio-
semiótica y las formas en que ésta ha sido conceptualizada.

Por ejemplo, para Kalevi Kull, “la biosemiótica puede ser definida como
la ciencia de los signos en los sistemas vivos. Una característica distintiva y prin­
cipal de la semiótica biológica consiste en el entendimiento de que en lo vivo, las
entidades no interactúan como cuerpos mecánicos, sino como mensajes, como las
piezas de un texto” (Kull en Martinelli, 2010: 29). Tomando como base esta con-
ceptualización de la biosemiótica, Martinelli (2010) considera que si la naturale­
za puede ser leída como un texto y además tiene significado y debe ser interpre­
tada, la biosemiótica sería entonces la ciencia de casi “todo”. Desde su punto de
vista, es precisamente a partir de este tipo de argumentos que es urgente plantear
los peligros de incluir demasiado en una propuesta teórica o de esperar que ésta
resuelva algunas de las preguntas centrales que cada una de las ciencias tiene en
su propia agenda de investigación como es el caso de la Biología. La semiótica
no lo es todo y tampoco lo podrá ser en el futuro, lo cual plantea problemas a los
proyectos transdisciplinarios y, sobre todo, a la idea misma de la integración
conceptual. La pregunta es entonces por los alcances y la validez de la semiótica
más allá de las fronteras seguras de lo social y la cultura, una pregunta que cobra
nuevas dimensiones en las discusiones sobre la fundamentación de la biosemióti-
ca y la zoosemiótica y sobre la cual vale la pena hacer un breve recorrido sobre
algunos de los argumentos y críticas centrales partiendo de lo que Hoffmeyer
llama la “semiótización de la naturaleza”.

En este sentido, para Hoffmeyer (1997) el punto a reconocer es que las
ciencias de la vida del siglo veinte han sido caracterizadas por dos grandes ten­
dencias. La primera tendencia es la reducción molecular y genética. La segunda,
menos notada pero a la larga igual de importante que la primera, es la semiotiza-
ción de la naturaleza, la cual considera que la semiosis es una propiedad emer­
gente en nuestro universo que aparece con la primera forma de vida cerca de
cuatro billones de años atrás. La primera manifestación de esta tendencia es el
trabajo del alemán Jakob von Uexkül a través de la propuesta y desarrollo del
concepto de umwelt, el cual se refiere a los mundos fenoménicos de los organis­
mos, es decir, los mundos alrededor de los animales y ellos mismos percibiéndo­
los. Posteriormente Konrad Lorenz, inspirado por el trabajo de Uexkül junto con
el naciente campo de la etología, da el siguiente paso en la semiotización de la
naturaleza; sin embargo, es Thomas A. Sebeok el primero en observar y hacer
notar que la etología no es más que un caso especial de diacronía semiótica y
propuso en 1963 el término zoosemiótica para describir un primer campo de in­
tersección entre el reino animal y la semiótica. De acuerdo con lo anterior, sería
posible suponer que la biosemiótica es precisamente el derivado posterior de la
semiotización de la naturaleza, sin embargo, esta no es una idea compartida.
Para Martinelli (2010), la historia de la biosemiótica es una historia llena
de luchas entre los semiólogos y los académicos de otros campos debido funda­
mentalmente a la actitud conservadora de las ciencias biológicas tradicionales,
las cuales han sido típicamente hostiles a los cambios teóricos y metodológicos
en su propio campo, pero también a la posición, por momentos arrogante, de los
biosemiólogos quienes se encuentran firmemente convencidos de la superioridad
indiscutible de la semiótica sobre otras disciplinas. Este doble discurso ha lleva­
do a considerar a la semiótica precisamente como esa mirada omnicomprensiva.
Por ejemplo,

[...] Konrad Lorenz fue definitivamente inspirado por el trabajo de
Uexküll y ciertamente a la etología se le puede atribuir el tener una
naturaleza semiótica íntima (siendo sus principales ramas la comu­
nicación animal y la sociobiología). Sin embargo, llevar esa cone­
xión tan lejos como para argumentar como Sebeok lo hizo, que la
etología es difícilmente algo más que un caso especial de «semióti­
ca diacrónica», es un poco reduccionista para un campo que no úni­
camente puede también tener fácilmente un acercamiento diacróni-
co sino que, más importante, centra su investigación en temas que
no son de interés semiótico en lo absoluto (Martinelli, 2010 p. 30).

Por otro lado, el mismo Martinelli (2010) apunta la diferencia que existe
entre el uso de conceptos que normalmente se asocian al campo semiótico y el
uso de teorías semióticas propiamente, dado que es posible encontrar, mucho
antes del nacimiento de la biosemiótica, conceptos en el campo de la biología
relacionados de alguna manera con el campo semiótico como el de reconoci­
miento, mensaje, señalización, etc. Sin embargo, argumenta Martinelli, más que
un interés por la semiótica, en realidad los biólogos han estado mucho más in­
teresados en la teoría de la información, un paradigma basado en las matemáticas
y el cual presupone que las entidades pueden ser medidas objetivamente, una
posición que evidentemente no podría ser aceptada por la biosemiótica. Según
Hoffmeyer (1997) una ruptura mayor de nuestro entendimiento del carácter se­
miótico de la vida fue el establecimiento en 1953 del modelo del ADN y el sub­
siguiente desciframiento del código genético. Hasta este punto, el entendimiento
semiótico de la naturaleza había estado preocupado básicamente por los procesos
comunicativos entre los organismos, procesos a los que Sebeok denominó exo-
semióticos (fuera de los organismos vivos), pero ahora es claro que el proceso
semiótico era también prevaleciente al nivel bioquímico (endosemiótico). Sin
embargo, debido a la inclinación reduccionista del campo de la biología, éste aún
no ha incorporado la terminología semiótica, así, en lugar de hablar de procesos
sígnicos, los bioquímicos prefieren hablar de intercambio de información, to­
mando como base la teoría matemática de la información, para la cual la infor­
mación es una entidad objetivamente existente y medible, una propiedad por así
decirlo, de un determinado objeto. El supuesto detrás de la idea de la información
biológica parece ser que es de la misma clase que la de la información “matemá­
tica”, es decir, que la información es algo que puede ser movido o transportado.
Pero la información desde el punto de vista biosemiótico es muy diferente que
desde el punto de vista de la física. Mientras que la información para los físicos
no tiene conexión con los valores, la relevancia o el propósito, para la biose-
miótica la información biológica siempre tiene un propósito en el sistema, nada
menos que promover la supervivencia. Esto es lo que lleva a Martinelli (2010) a
preguntarse, ¿por qué los biólogos deberían usar una terminología como esta?,
¿qué es lo que la semiótica permite observar más allá de las fronteras propias de
un paradigma específico?

La crítica que realiza Martinelli (2010) al campo de la biosemiótica en
realidad podríamos extenderla al campo de la semiótica en general. Desde su
punto de vista “la biosemiótica parece tratar con todo tipo de cosas y de todos los
tamaños: desde lo infinitamente pequeño (ADN) hasta lo infinitamente grande (el
cosmos). Y todo lo que se ubica en medio: células, moléculas, plantas, animales,
ecosistemas, la luz, la virtualidad, o lo que se nombre. Todo parece posible. ¿Por
qué? [ . ] Ahora bien, ¿hay algo de lo que un académico pueda hablar que no sea
sobre la vida?” (p. 34). En realidad parece que es muy difícil encontrar algo que
no sea sobre la vida, pero para el autor, este es precisamente el punto en el que es
posible, argumenta, que cuando algo es sobre todo, resulta que se convierte en
algo sobre nada. Ese sería el caso de la biosemiótica. ¿Cuál es entonces la ventaja
de la semiótica? ¿Cuál es la ventaja de la biosemiótica y su capacidad de agrupar
temas de muy diversa índole? Para Martinelli (2010), estas complicaciones que
parecen únicamente conceptuales, se extienden rápidamente para cubrir las di­
mensiones institucionales de la construcción de conocimiento en cada campo.
¿Cuáles son, entonces, las consecuencias para la semiótica, en general, de la
emergencia de estos ámbitos de construcción transdisciplinar? ¿Son realmente
campos transdisciplinares los que nombramos con la convergencia de la semióti­
ca y la biología, la información, la cognición, la comunicación o la vida misma?
¿Es esto sano para una disciplina?

Algunas de las consecuencias institucionales que se pueden observar en
estos espacios de integración conceptual y las cuales tienen también repercusio­
nes en los procesos contemporáneos de producción de conocimiento, son parte de
lo que Claus Emmeche (2011) retoma para plantear las problemáticas que enfren­
ta la biosemiótica en su propio proceso de institucionalización, el cual incluye
desde la lucha por la obtención de fondos para la investigación hasta la lucha por
el reconocimiento académico como un campo “científico”. Sin embargo, parece
recomendable antes de mover la discusión hacia estas dimensiones, preguntarse
por las consecuencias de los cruces disciplinares y los alcances de la integración
conceptual. La semiótica se ha puesto al centro, pero sigue muy lejos de ser un
campo institucionalmente reconocido. ¿Qué es entonces la semiótica? ¿Es úni­
camente un punto de vista o es un campo propio de estudio? ¿Es un nivel de for-
malización al que toda ciencia debe aspirar? ¿Es una herramienta metodológica?
Como se puede observar, el catálogo de preguntas puede extenderse casi indefi­
nidamente, pero todos los cuestionamientos nacen del movimiento casi natural
que la llevó a las fronteras de la construcción e integración epistemológica. En
este punto, vale la pena recuperar un argumento con el que Emmeche (2011)
resume la discusión, pues desde su punto de vista,

[...] Hay poca duda de que parte de la peculiaridad de la biosemiótica
como un campo de investigación es que parece ser permanentemente
“parasitaria” de otros dos campos: de la biología por los casos empíri­
cos y de la semiótica por las herramientas conceptuales. Además, uno
puede observar una gran variedad de estilos teóricos que sus colabora­
dores traen al campo, los cuales provienen tanto de las ciencias natura­
les (biología evolutiva y molecular, ecología, bioquímica, embriología,
etología, robótica, ciencias computacionales) como de las humanidades
(psicología, lingüística, semiótica, antropología, filosofía) y cada una
con diferentes énfasis; ya sea en acercamientos experimentales más o
menos rígidos con la finalidad de generar nuevo conocimiento validado
[...] o con énfasis en estilos interpretativos y de razonamiento más fle­
xibles que tienen la finalidad de expandir el entendimiento a través de
narrativas teóricas comprehensivas o continuando críticamente con las
preguntas y cuestionamientos al conocimiento establecido [...] Por lo
tanto, podemos preguntarnos, ¿es realmente la biosemiótica un único
campo de investigación? (p. 371-372).

Tomando como base el argumento de Emmeche es posible extender las
mismas preguntas hacia todos los campos con los que la semiótica ha tenido con­
tacto: con el teatro, el cine, la literatura, la música, la poesía, la pintura, las tradi­
ciones, el folclore, los mitos, la publicidad, el arte, la química, la física, las cien­
cias cognitivas, las ciencias de la información, la cibernética, la inteligencia arti­
ficial, etc. Es decir, es un argumento que se puede extender hacia cualquier pro­
grama de investigación semiótico, pues en el centro parece subsistir la idea de
que la semiótica es en sí misma una mirada incompleta, dado que siempre necesi­
ta algo que objetive su mirada. No deja de ser entonces una lógica general, aquel
proyecto que planteara C. S. Peirce más de un siglo atrás. ¿Cuál es entonces la
cualidad conceptual propia de la semiótica? ¿Es la semiosis el centro de reflexión
conceptual de la semiótica sin importar su ámbito de emergencia?

Ahora bien, hasta este punto se han retomado algunos cuestionamientos
sobre la dimensión conceptual de la semiótica tomando como base las discusio­
nes desarrolladas en el campo de la biosemiótica, sin embargo, vale la pena dete­
nerse por un momento a pensar en lo que estas propuestas implican para el esta­
blecimiento de límites para la reflexión semiótica y lo que suponen para la se-
miosis como objeto central de la reflexión semiótica. Sobre esto se centran las
siguientes líneas.
3. Repensando los umbrales de la semiótica
y la pregunta por la centralidad de la semiosis
En los años sesenta Umberto Eco formuló tres hipótesis fundamentales
sobre la cultura, la significación y la comunicación en el marco de la explicita-
ción de los límites naturales de la investigación semiótica, los cuales habrían de
darle forma a lo que llamaría el «umbral inferior» y el «umbral superior», límites
fuera de los cuales determinado fenómeno ya no es considerado semi ótico o co­
mo responsabilidad de la semiótica. De acuerdo con Eco (2000), al primero lo
constituyen una serie de signos naturales como el estímulo, la señal y la informa­
ción física, es decir, está determinado por a) fenómenos físicos que proceden de
una fuente natural y, b) comportamientos humanos emitidos inconscientemente
por los emisores. Por su parte, el umbral superior sería el nivel más alto consti­
tuido por la cultura, entendida por Eco como un fenómeno semiótico. Parte así de
tres fenómenos que son comúnmente aceptados en el concepto de cultura: a) la
producción y el uso de objetos que transforman la relación hombre-naturaleza, b)
las relaciones de parentesco como núcleo primario de relaciones sociales interi-
nstitucionalizadas y, c) el intercambio de bienes económicos. La propuesta está
basada en la idea de que la cultura por entera es un fenómeno de significación y
de comunicación, lo que tiene como principal consecuencia que humanidad y
sociedad existan solo cuando se establecen relaciones de significación y procesos
de comunicación, es decir, la semiótica cubre todo el ámbito cultural, por lo tan­
to, el conjunto de la vida social puede verse como un proceso semiótico o como
un sistema de sistemas semióticos. Estas primeras consideraciones le van a per­
mitir plantear tres hipótesis sobre la cultura, a saber, a) “la cultura por entero
debe estudiarse como fenómeno semiótico; b) todos los aspectos de la cultura
pueden estudiarse como contenidos de una actividad semiótica y c) la cultura es
solo comunicación y la cultura no es otra cosa que un sistema de significaciones
estructuradas” (Eco, 2000: 44).

Para Eco (1999), la primera hipótesis convierte a la semiótica en una teo­
ría general de la cultura y, en un momento dado, en un sustituto de la antropolo­
gía cultural. Sin embargo, el reducir toda la cultura a comunicación no significa
reducir la vida material a una serie de acontecimientos mentales puros, es decir,
no quiere decir que la cultura solo sea comunicación sino que ésta puede com­
prenderse mejor si se estudia e investiga desde el punto de vista de la comunica­
ción. Por su parte, la segunda hipótesis implica tan solo una posibilidad, una
forma de aproximación al fenómeno de la cultura. Por último, la tercera hipótesis
es la más seria, dado que implica a la semiótica no como forma de aproximación
sino como forma de estructuración, como elemento de organización y configura­
ción de la cultura. Aunque Eco reconoce esta tercera hipótesis como la más radi­
cal, su desarrollo posterior parece transitar en este sentido, es decir, más que en el
análisis, en la construcción de un modelo semiótico de la cultura. De esta forma,
lo que emerge al final es, implícitamente, una forma especial de comunicación.

Ahora bien, si se pone atención en las hipótesis que Eco plantea sobre la
cultura desde la semiótica, puede observarse una situación similar a la que Marti-
nelli puntualizaba sobre la biosemiótica, una conceptualización que pone a la
significación y los signos como el centro de la configuración cultural, lo que
inmediatamente coloca a la semiótica como una mirada totalizadora de la comu­
nicación y la cultura. Por otro lado, a la luz de los desarrollos recientes de la bio-
semiótica, es posible cuestionar los umbrales de la semiótica que Eco había con­
cebido más de cinco década atrás, dado que el umbral inferior, constituido por
una serie de signos naturales como el estímulo, la señal y la información física,
son ahora el objeto de conocimiento de la fisiosemiótica, mientras que el umbral
superior, caracterizado por la cultura, es el objeto de conocimiento de la antropo-
semiótica. ¿Cuáles son entonces hoy en día los límites de la mirada y reflexión
semiótica? Si bien Eco modificaría posteriormente su conceptualización sobre la
cultura y la comunicación, en realidad el principio básico de observación se-
miótico seguirá siendo fundamental para su trabajo, por lo que aparece con fuer­
za la mirada totalizadora de la semiótica y con ella, la crítica a los umbrales y
límites de la semiótica, los cuales han sido movidos por completo en la semiótica
contemporánea sobre todo por lo extenso del campo que hoy parece abarcar la
semiosis misma.

Por otro lado, en su propuesta fundacional, C. S. Peirce consideraba que
había un continuum entre la mente y la materia, entre el mundo interno de la
emoción, la voluntad y el pensamiento y el mundo externo de la materia, la ener­
gía y las leyes. Desde su punto de vista, el proceso que unía a todos ellos era la
semiosis, el proceso de la significación (Brier, 2008). Se podría entonces argu­
mentar que la semiótica nació siendo un proyecto transdisciplinar que ha encon­
trado con el paso del tiempo su posición como disciplina de frontera, pero al
mismo tiempo, parece haber excedido por momentos los límites de su propia
conceptualización. Por lo tanto, si la semiosis es lo que está al centro de la con-
ceptualización semiótica, ¿qué es la semiosis?, ¿es únicamente la acción de los
signos?, ¿qué supone que los signos entren en acción? Para autores como Tho-
mas Sebeok, toda semiosis, en sus infinitas variedades, toma un lugar en nuestro
planeta a través de dos sistemas universales de signos: el primero de ellos, que de
hecho se considera como el sistema fundacional, es el constituido por el código
genético que parece exhibir la misma estructura en todos los organismos en el
planeta. El otro sistema es el código verbal o lenguaje natural, el cual presenta
una estructura más o menos similar en todas las personas del planeta. En medio
de estos dos grandes sistemas es en donde la vida, en sus múltiples manifestacio­
nes, sigue su curso, pero es también el lugar donde se sucede la semiosis, enten­
dida como el principio que le da un orden, como el “principio de organización de
la vida ” (Sebeok, 2001). La centralidad de la semiosis nos lleva a preguntarnos
por su naturaleza pero también a sospechar de su utilidad conceptual, puesto que,
como afirma Martinelli (2010), si la semiosis trata sobre casi todo, entonces ter­
mina tratando sobre casi nada. ¿Qué hacer en este marco? ¿Por dónde continuar
la discusión?

En su Encyclopedic Dictionary o f Semiotics, Media, and Communica-
tion, Marcel Danesi (2000) define a la semiosis de la siguiente manera: “capaci­
dad innata que se encuentra en la base de la comprensión y producción de signos.
La semiosis es una actividad del cerebro que controla la producción y compren­
sión de signos, desde las señales psicológicas simples hasta los altamente com­
plejos símbolos” (p. 204). En esta primera conceptualización es claro que la se-
miosis tiene una relación muy estrecha con la dimensión de la cognición y la
significación, pero se aleja de otras formas de semiosis que se pueden estudiar en
todas las formas de vida en el planeta como lo ha hecho la biosemiótica. Sin em­
bargo, una segunda definición de la semiosis, pone en cuestionamiento lo que la
propia semiosis es y la manera en que puede ser comprendida. Desde este punto
de vista,

Generalmente entendida para referirse a la significación como un pro­
ceso o como la actividad de los signos, la semiosis fácilmente invita a
la sospecha como una jerga hinchada y ofuscada: ¿por qué deberíamos
de hablar de la significación como un proceso y no como una relación?
¿Son los signos activos o pasivos? [...] Si la semiosis se considera que
incluye la interpretación, ¿es esa una acción de los signos o una acción
sobre los signos por otro agente? Aún si aceptamos que los signos son
agentes activos que al menos parcialmente determinan el crecimiento
del significado a través del tiempo, por lo tanto, una semiótica radical
pero coherente entra en juego que toma a la semiosis como su preocu­
pación central (Bouissac, 1998: 561).

Lo que tenemos entonces es una conceptualización sobre la semiosis que
no termina por ser suficientemente clara dado lo amplio de lo que cubre y los
cuestionamientos que hace emerger, sin embargo, parece ser al mismo tiempo el
objeto central de la investigación semiótica. Por lo tanto, una posible ruta de re­
flexión podría suponer tres movimientos, uno que implica la revisión de las bases
conceptuales propias de la empresa semiótica y otro que supone la revisión de la
viabilidad de su extensión a los ámbitos más allá del propiamente humano. Am­
bas tareas pueden presentar un programa de investigación para el futuro de la
semiótica a la par de los desarrollos que cada sub-campo de conocimiento ha
venido realizando las últimas décadas. Finalmente, un tercer movimiento, mucho
más complicado que los dos precedentes, es el diálogo entre los sub-campos,
muchos de los cuales son ahora sumamente especializados al grado que parecen
escapar por momentos de las fronteras de la semiótica misma. Poner a la semio-
sis en el centro de la reflexión permitiría ir construyendo en el futuro las bases
para el establecimiento del diálogo que hoy apenas aparece como una posibili­
dad.

Es posible entonces observar algunas de las problemáticas que enfrenta la
semiótica en la actualidad en sus intentos por dialogar con otros campos de cono­
cimiento, pero también es cierto que esto no agota el pensamiento contemporá­
neo de la semiótica, sino que representa apenas una de las áreas de conocimiento,
dado que las otras semióticas siguen su propio curso. Por lo tanto, es muy impor­
tante circunscribir las reflexiones que aquí se han presentado a estos dos sub-
campos de investigación semiótica, la Bio y la Cibersemiótica, los cuales, si bien
representan dos de las propuestas contemporáneas más importantes, no son las
únicas. Por lo tanto, lo que se presenta finalmente es una breve reflexión sobre lo
que la Cibersemiótica supone para la reflexión semiótica contemporánea y sobre
lo que la propia propuesta implica para toda reflexión sobre la comunicación, la
semiosis y la cognición, para lo cual se toma como base el trabajo del danés
Soren Brier, quien ha sido el creador de esta propuesta y la cual encierra algunas
posibles respuestas a las preguntas planteadas anteriormente.

4. Del paradigma del procesamiento de información al
paradigma semiótico, cibernético y cibersemiótico
De acuerdo con la propuesta Cibersemótica de Soren Brier (2008), existe
un primer conflicto entre el paradigma informacional y el semiótico, dado que
ambos tratan el tema de la cognición, la información, el significado y la comuni­
cación pero desde diferentes ángulos, por lo tanto, el centro ahora es la discusión
sobre la cognición y la comunicación. La primera perspectiva ha sido general­
mente llamada como el “paradigma del procesamiento de información” y ha sido
construida sobre una concepción objetivista de la información combinada con un
acercamiento a la computación que es generalmente algorítmica. El paradigma
informativo prevaleciente en las ciencias cognitivas es mecanicista y racionalista.
Sin embargo, Brier (2008) trata de demostrar que el acercamiento lógico y meca-
nicista por sí mismo no puede ofrecer una comprensión de la significación hu­
mana o sus relaciones biológicas, psicológicas o sociales. Por lo tanto, la pro­
puesta de una ciencia universal de la información debe incluir implícitamente una
ciencia universal de la cognición y la comunicación. ¿Pero son compatibles am­
bos paradigmas?

El paradigma del procesamiento de información se encuentra fundamen­
tado en el trabajo de Claude Shannon quien concebía a la información como en­
tropía, es decir, la información incrementa mientras que la probabilidad de que
un evento ocurra se vuelve menor. La información es una opción que reduce la
incertidumbre, de ahí que la teoría matemática de la información defina a la in­
formación como la propiedad estadística de un mensaje sin importar su significa­
do, es decir, la información puede ser vista como una selección entre señales. Por
otro lado, desde el acercamiento de Norbert Wiener, la información no es vista
como entropía, sino como negentropía. La información no solo es considerada
como desorden, sino también como orden u organización. Wiener (1954) ya ha­
bía comentado que la información es información y no materia o energía. En el
desarrollo posterior que hace Tom Stonier (1990) de la propuesta de Wiener, la
negentropía se convierte en el poder organizacional de la creación de las estruc­
turas y los sistemas en la naturaleza. Por su parte, para Brier (2008), mucha de la
teoría en la investigación de sistemas, cibernética y ciencias de la información
descansan en nociones metafísicas obscuras por lo que ofrecen resultados que en
algunas ocasiones son vagos tipos de funcionalismo que no tienen una posición
clara frente a la experiencia de la persona, las cualidades, las emociones y el pro­
blema de la voluntad propia.

Por su parte, el paradigma semiótico, el cual se encuentra basado en la
semiótica peirceana, estudia la posibilidad de la comunicación significativa en
sistemas vivos y sociales al tiempo que busca en las dinámicas culturales e histó­
ricas así como en la ecología evolutiva, respuestas sobre la dinámica de la comu­
nicación y la significación. En este sentido, Peirce fundó la semiótica como un
estudio lógico y científico de la dinámica sígnica de la acción humana y más
tarde este mismo principio se extendería a la naturaleza no humana en la forma
de la Biosemiótica (Hoffmeyer, 2008 y 2006). En la filosofía triádica de Peirce,
los sentimientos, las cualidades, la formación de hábitos y la significación son
constituyentes ontológicos básicos de la realidad, lo que sugiere que el paradig­
ma semiótico debe de ser capaz de penetrar más allá de la química y la física
hacia el “fondo de la naturaleza”. En palabras de Brier,

Parece que tenemos dos puntos de partida muy distintos para estas
teorías y ambas argumentando ser universales. La diferencia entre
ambos paradigmas es fundamental. El paradigma de la información
está basado en concepciones objetivas y cuantitativas de la infor­
mación y trabaja con modelos algorítmicos de la cognición, la per­
cepción y la comunicación. La semiótica, en contraste, está basada
en la comunicación significativa del lenguaje humano, en la feno­
menología y depende de una teoría de la significación [...] Uno
puede después combinar esto con una explicación epistemológica
que sugiere que ninguna explicación científica reductiva final puede
ser dada a ninguna cosa en este mundo, incluyendo el comporta­
miento de los animales. Lo que tenemos son diferentes explicacio­
nes que funcionan bien en diferentes situaciones (Brier, 2008: 42).

Lo anterior puede llevar a argumentar que los tres elementos básicos de
la realidad son la materia, la energía y la información, por lo tanto, la informa­
ción natural y objetiva debe de haber estado presente antes que las mentes huma­
nas emergieran del universo en expansión. La información es mucho más funda­
mental que el observador o el intérprete. En este punto, Brier (2008) argumenta
que la información es vista como una cosa objetiva y universalmente determina­
da por leyes que los humanos y las máquinas incorporan de la naturaleza, la
transforman mediante el pensamiento y la traen a la sociedad mediante el lengua­
je, por lo que debe de ser posible plantear una ciencia integral de la información.
Sin embargo, para hacer eso es necesario explicar la mente humana, la inteligen­
cia y la comunicación significativa en términos de información o de la conciencia
y el sentido como algo real o como la realidad de la conciencia misma de una
persona. Las ciencias de la información deben entonces incluir también a las
ciencias cognitivas y así, todos los problemas epistemológicos pueden ser resuel­
tos empíricamente. El paradigma del procesamiento de información nunca ha
sido capaz de describir el problema central de la mediación semántica del conte­
nido de los mensajes y fracasa porque no aborda el aspecto fenomenológico y
social de la cognición.

Lo anterior lleva a Brier (2008) a sostener que la diferencia entre el co­
nocimiento y la información es que la información es vista como una parte menor
de los sistemas de conocimiento, sin embargo, los dos requieren interpretación
semiótica para convertirse en significativos, es decir, uno no puede considerar el
significado de la información sin la significación. Para Wiener, “la información
es información, no materia o energía”, a lo que Brier agrega, “la información
tampoco cobra significado hasta que ha sido interpretada por un sistema vivo”.
Sin embargo, el significado depende de las estructuras de conocimiento construi­
do en un contexto individual y de entendimiento del mundo.

Hasta este punto Brier (2008), ha señalado algunas de las principales de­
ficiencias del paradigma del procesamiento de información, por lo que es impor­
tante ahora hacer el enlace con la cibernética a través de sus principales postula­
dos. En este sentido, es Heinz von Foerster quien demuestra que si un organismo
es modelizado como una máquina, no puede ser una máquina trivial puesto que
no puede haber una descripción matemática determinista de su comportamiento,
de ahí su propuesta de referirse a los sistemas vivos como máquinas no triviales:
el sistema se organiza a sí mismo y produce sus propias partes. La habilidad para
la auto-organización en la dimensión histórica de los sistemas vivos son razones
importantes de por qué los organismos no son máquinas triviales. De esta mane­
ra, la cibernética busca describir y explicar cómo la función de la limitación es­
tructural influencia el desarrollo de los sistemas auto-organizados que son llama­
dos ahora, con el trabajo de Maturana y Varela, autopoiéticos. Es decir, un siste­
ma autopoiético es aquel que produce sus propios límites y su propia organiza­
ción al producir los elementos que lo componen a él mismo como sistema5.

Para Brier (2008), este es un punto clave para la emergencia del signifi­
cado/sentido, puesto que cuando miramos al lenguaje en términos de informa­
ción, es claro que el significado del mundo depende de la organización del siste­

5 En palabras de Maturana, "[...] el ser vivo no es un conjunto de moléculas sino que una
dinámica molecular, un proceso que ocurre como unidad discreta y singular como el
resultado del operar, y en el operar, de las distintas clases de moléculas que lo componen,
en un entre juego de interacciones y relaciones de vecindad que lo especifican y realizan
como una red cerrada de cambios y síntesis moleculares que producen las mimas clases
de moléculares que la constituyen, configurando una dinámica que al mismo tiempo |
especifica en cada instante sus bordes y extensión. Es a esta red de producciones de
componentes, que resulta cerrada sobre sí misma porque los componentes que produce
la constituyen al generar las mismas dinámicas de producciones que los produjo, y al
determinar su extensión como un ente circunscrito a través del cual hay un continuo flujo
de elementos que se hacen y dejan de ser componentes según participan o dejan de
participar en esa red, a lo que llamamos autopoiesis" (Maturana y Varela, 2003:15).
ma vivo (su cuerpo) y su contexto de vida, en contraste del lenguaje de la compu­
tadora que está libre de todo contexto.

Los significados son el resultado de un proceso de acoplamiento basa­
do en experiencias mutuas. Este es un fundamento importante para to­
dos los lenguajes y todas las semiosis. Las palabras no cargan signifi­
cados; al contrario, los significados son percibidos sobre la base de la
experiencia previa del perceptor. Los preceptos y las palabras no son
señales; al contrario, son perturbaciones cuyos efectos dependen de la
cohesión del sistema. Después de un periodo largo de interacción, un
concepto adquiere un significado convencional (eigencomportamiento)
dentro de un dominio determinado. La percepción e interpretación de
las palabras fuerza opciones que abren oportunidades para la acción y
el significado (Brier, 2008: 87).

Es por lo anterior que Brier (2008) reconoce la necesidad de una teoría
más sofisticada que no recurra a los principios mecanicistas o funcionalistas de la
mente que niegan cualquier fuente de realidad independiente de la experiencia
humana, sin embargo, también reconoce que esa teoría debe ser apoyada por una
teoría de los signos y la significación así como por teorías sobre los sistemas
biológicos y sociales desde los cuales una diferencia hace una diferencia (así
como la cibernética ha abordado la circularidad de las diferencias en los sistemas
auto-organizados). De ahí la importancia de incluir la semiótica de Peirce y la
biosemiótica de la Escuela de Copenhague. Por lo tanto, de acuerdo con Brier
(2008), si uno intenta traducir la semiótica peirceana en términos de la cibernéti­
ca de segundo orden, la Segundidad es la primera distinción hecha por un obser­
vador marcado por un signo primario, el Representamen. El observador es el
Interpretante de Peirce, el cual pertenece a la Terceridad. Solo a través de esta
semiosis triádica la cognición puede ser generada. Para convertirse en informa­
ción, las diferencias deben ser vistas como signos para el observador. Esto suce­
de cuando se convierten en interpretantes internamente desarrollados.

Para Brier (2008 y 2010), las implicaciones de lo anteriormente señalado,
son que las cualidades [Qualia] (cualidades subjetivas de las experiencias menta­
les) y “la vida interior” están potencialmente ahí desde el principio, sin embargo,
requieren del sistema nervioso para lograr una completa manifestación. Peirce
habla de las potenciales cualidades de la primeridad, pero el punto es que los
organismos y sus sistemas nerviosos no crean la mente y las cualidades, sino que
la mente y las cualidades se desarrollan a través de la interacción con el sistema
nervioso que los cuerpos vivos desarrollan dentro de formas aún más manifiestas.
Peirce sugiere entonces que estas manifestaciones ocurren a través del desarrollo
de procesos sígnicos. Por otro lado, la cibernética de segundo orden ve a la in­
formación como una creación interna de un sistema autopoiético en respuesta a
una perturbación, sin embargo, solo en acoplamientos estructurales establecidos,
los signos pueden adquirir significado, por lo tanto, la cibernética de segundo
orden le provee a la semiótica las ideas de clausura, acoplamiento estructural,
interpenetración y “languajear”. Así, la clave para estudiar el entendimiento y la
comunicación es que tanto los animales como los humanos viven en Umwelts
autoorganizados que no solo proyectan alrededor de ellos mismos, sino que tam­
bién los proyectan al interior de sus propios sistemas. Esto es a lo que Brier
(2008) llama Esferas de la Significación. La semiosis puede ser vista entonces
como un proceso de autoorganización donde el resultado es la formación de hábi­
tos que después afectarán a los signos y sus propios significados. En los huma­
nos, el resultado es que los signos se organizan en el lenguaje a través de la co­
municación. Como se puede observar, aquí tenemos una propuesta de lo que
sería la semiosis y de lo que sería al mismo tiempo el objeto de investigación de
la semiótica misma.

Finalmente, es importante mencionar que la propuesta que aquí se ha es­
bozado muy escuetamente y la cual requeriría un trabajo por sí mismo, es un
proyecto teórico que inaugura nuevas rutas de investigación y reflexión pero al
mismo tiempo una gran cantidad de preguntas. Se trata entonces de una propues­
ta que habremos de evaluar en el futuro y sobre la que será necesario explorar sus
posibilidades analíticas, pero la cual representa sin duda alguna uno de los pro­
yectos intelectuales más ambiciosos que integra a la semiótica como un elemento
central.
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Semiosis y experiencia estética:
Una relación problemática

Dra. Vivian Romeu1
Universidad Autónoma de la Ciudad de México

Introducción
A partir de los fundamentos de la semiótica peirciana, la semiótica se ha
delineado como campo de reflexión teórica en torno al papel que adquiere el
conocimiento en las formas de interacción y reproducción del sentido a nivel
social. Es así que desde aquellos primeros años de su surgimiento a finales del
siglo XIX y su notable relación con la lingüística y los estudios literarios, en la
actualidad el ámbito de acción y reflexión de la semiótica se ha extendido hasta
la tecnología, la biología, las matemáticas, la física y otras áreas del saber tradi­
cionalmente fuera de sus lugares preferenciales que fueron la filosofía, la psico­
logía y el arte; también ha ocurrido un desplazamiento formal desde los primeros
usos procedimentales y analíticos de los cuales la teoría del arte en lo general y la
teoría literaria en particular abrevaron durante muchos años, a la reflexión y teo­
rización acerca de la semiosis como proceso de significación, y en tanto tal, en su
valor de epistemología aún por conformar, aplicable a un sinfín de saberes va­
rios, en esa especie de configuración intersectiva que como dijera Serrano “le
pertenece a todos y a nadie” (Serrano, 1998: 8).

Instados por este exceso de libertad anticonfín que la semiótica sugiere a
nuestros ojos, a pesar de sus supuestos y seguramente válidos límites, en este

1 Doctora en comunicación por la Universidad de la Habana (Cuba). Profesora de la Uni­
versidad Autónoma de la Ciudad de México. Miembro del Sistema Nacional de Investiga­
dores (nivel 1); miembro de la Red de Investigadores en Comunicación (REDECOM);
miembro de la red internacional de Investigadores sobre la Frontera; miembro de la Aso­
ciación Latinoamericana sobre Estudios del discurso (ALED). Sus áreas de investigación son
arte, teorías de la comunicación, interculturalidad, estética de la recepción, semiótica y
análisis del discurso.
trabajo nos ocuparemos de recrear los vínculos que suponemos existen entre lo
que se conoce como experiencia estética, en tanto experiencia sensible de tipo
fascinante, y el carácter semiósico de los procesos cognitivos que tienen lugar
durante la experiencia del arte.

Sin dudas, lo anterior nos lleva a considerar dos puntos de partida: enten­
der la semiosis como un proceso que ocurre en el campo de lo fenomenológico,
es decir, como parte de los procesos que tienen lugar en la construcción de la
experiencia del sujeto en su praxis de vida, tanto como ser objetivado en la cultu­
ra y la historia que como ser en despliegue constante de su subjetividad y cons­
trucción personal; y entender la experiencia del arte como una experiencia que no
solo es sensible, sino también cognitiva que a su vez se da de forma diferenciada
respecto de otras experiencias que forman parte de los procesos de percepción
sensible.

La primera premisa se soporta en la idea de que hay sentido en la sensa­
ción de que es una tesis desarrollada teóricamente por Welsh; y la segunda en el
hecho de que el arte es una actividad social, comunicativa y humana en la que se
producen bienes simbólicos y culturales que juegan un papel fundamental en la
separación de la sociedad en clases, la división del consumo, la modelación de la
experiencia sensible y la objetivación del poder, por lo que su relación con los
procesos de percepción sensible debe ser abordada, entre otras perspectivas de
análisis, en estrecha vinculación con la tesis bourdieana del arte como campo
social.

Sin embargo, a pesar de la importancia que un posicionamiento como es­
te tiene para la comprensión de los fenómenos del arte y por consecuencia para la
reflexión en torno a los procesos de recepción que tienen lugar al interior de la
experiencia que tiene un público cuando se enfrenta a la obra de arte, en este
trabajo preferimos centrarnos en el valor de la semiosis en la construcción de
conocimiento proveniente de los sentidos; de manera concreta nos enfocamos en
la experiencia estética como una experiencia de interpretación singular que se
deriva de los procesos de percepción sensible, como los que convoca el arte.
Para desarrollar nuestro objetivo primero se hace necesario rescatar, aun­
que de forma resumida, las principales maneras en que ha sido entendida la expe­
riencia estética desde la antigüedad hasta nuestros días, esto a fin de ofrecer al
lector la posibilidad de constatar directamente la ausencia de la semiótica en es­
tas definiciones.

En esta primera parte recrearemos de forma muy breve el estado de la
cuestión en torno a la conceptualización de este fenómeno, lo que nos permitirá
exponer los argumentos teóricos y conceptuales que posibiliten la comprensión
de lo que posteriormente pasaremos a proponer como experiencia estética, cuya
naturaleza sensible, intelectiva y volitiva se halla en estrecha y natural articula­
ción con la semiosis como proceso natural y biológico de construcción de senti­
do.

En la segunda parte reflexionaremos en torno a la relación entre semiosis
y experiencia estética, a partir de la exposición de los planteamientos del filósofo
alemán Wolfgang Welsh sobre la naturaleza indivisible de lo sensorial y lo per-
ceptual, además de los principales hallazgos que en el campo de las ciencias cog-
nitivas permiten afirmar el valor de la semiosis como proceso de interpretación
de información simbólica y no simbólica en la configuración de patrones percep­
tivos que modelan el conocimiento.

Dicha reflexión nos servirá de caldo de cultivo para plantear la diferencia
entre percepción y experiencia estética, todo lo cual redundará en la definición
del fenómeno de la experiencia estética y su relación con los llamados objeto y
sujeto estético.

1. Breve acercamiento a la genealogía de los estudios semióticos
y su relación con la semiosis como problema
De las dos corrientes fundacionales de los estudios semióticos -la saussu-
reana y la peirciana- es esta última la que por la naturaleza de su programa per­
mite abordar a la semiótica como una epistemología. Ello se debe a la considera­
ción del signo como base del pensamiento, o dicho de una manera más clara: a la
definición del pensamiento como una sucesión de interpretaciones que se dan a
través de los signos.

El hecho de que Peirce haya centrado su preocupación por los signos al
interior de una lógica del conocimiento implicó para los estudios semióticos la
emergencia de un paradigma basado en la semiosis como proceso donde tiene
lugar la producción de sentido que, a diferencia del legado saussureano centrado
más bien en el análisis formal de los signos lingüísticos y su posterior aplicación
en semióticas del mismo corte, supuso un tránsito de los modelos formales hacia
modelos sociales, y de éstos -gracias al trabajo posterior de otros semiólogos
seguidores del pensamiento peirciano- a los modelos biológicos (Vidales, 2010:
151).

Este desplazamiento hacia la biología se radicalizó en un programa de
investigación semiótica que hoy es conocido como biosemiótica y que tuvo sus
raíces más concretas en las preocupaciones en torno a la producción e interpreta­
ción de los signos en el mundo natural. Sin embargo, a pesar de lo importante
que esto pudiera resultar para la estética como disciplina que se ocupa de la este-
sis (condición sensible del sujeto), si se indaga en las relaciones conceptuales
entre semiótica y estética, nos podemos dar cuenta de que son inexistentes.

Lo anterior se ha debido, en nuestra opinión, a que la semiótica se ha ins­
talado como un campo de estudio que aunque ha servido de alguna manera a la
teoría del arte sobre todo desde el punto de vista metodológico, no se ha propues­
to estudiar a fondo su papel en los procesos de sensibilidad; y también porque -y
esta explicación nos parece más factible- la propia genealogía del saber semióti-
co ha privilegiado una mirada reconstructiva en lugar de una sistémica que es la
que desde la década de los 90 ha aparecido en el escenario de los estudios se-
mióticos.

Es sabido que los esfuerzos teóricos que unos años antes Umberto Eco y
Iuri Lotman realizaron para lograr traspasar la barrera estructuralista en el campo
de la investigación semiótica jugaron un papel importante en la configuración del
panorama semiótico de aquel momento, pero en lo que respecta al arte estos es­
fuerzos parecieron inútiles pues ni la teoría del arte ni la teoría estética se encon­
traron dispuestas a pensar la semiótica más allá de su valor instrumental.

Eco y Lotman de hecho minaron la tesis de que la semiótica se ocupaba
de los sistemas de significación independientes y en su lugar señalaron que la
significación era un proceso que ocurría al interior de estructuras sociales más
complejas. Sin embargo, este camino de por sí necesario en la evolución de la
semiótica, marcó lo que Eco llamó los umbrales superiores e inferiores de la se­
miótica; el primero involucraba a la cultura como fenómeno semiótico organiza­
do bajo una red de significación altamente estructurada (Eco, 2000), el segundo
excluía el estudio semiótico a los estímulos y señales provenientes del mundo
natural, así como a los comportamientos inconscientes de los seres humanos.

Es así que a pesar de que la semiótica de Eco reúne al programa estructu-
ralista saussureano (que es de donde mayormente abreva la relación entre teoría
del arte y semiótica, específicamente aquella que se vincula con la teoría literaria
en su variante metodológica) con el programa peirciano (enfocado más hacia una
lógica de los signos como fuente del conocimiento y el pensamiento, en su va­
riante lógico-filosófica), también da un carpetazo a la posibilidad de reorientar la
semiótica hacia los procesos de producción de sentido en el plano biológico, es
decir, por debajo de ese umbral inferior del que hablaba que es donde sospecha­
mos la semiótica resulta una pieza clave en la comprensión de los procesos de
percepción sensible.

No obstante, gracias a la semiotización del mundo fenoménico, o lo que
es lo mismo, gracias a la posibilidad de transformar los estímulos y señales en
signos, la semiótica de Eco y también la de Lotman lograron consolidar a la se-
miosis como proceso de estructuración y organización de la cultura. Esto abrió
un camino fértil no solo para la comprensión de la cultura como fenómeno se-
miótico, sino sobre todo para entender el papel del sujeto en estos procesos y
posteriormente en la comprensión de la semiosis como proceso de producción de
sentido cuyos alcances traspasarían la lógica antroposemiótica.
Si se tiene en cuenta por ejemplo el sentido que le da Umberto Eco a la
semiosis cuando afirma que la semiosis transforma en signo cualquier cosa con la
que se topa (Eco, citado en Vidales, 2010: 170) nos podemos dar cuenta de que
para este autor la semiosis es un proceso dependiente no solo de los medios a
través de los cuales se ejerce la significación sino también de un sistema general
de significaciones desde donde justamente es posible significar; de ahí su condi­
ción comunicativa.

Pero si bien la esencia de este planteamiento resulta correcta, es aplicable
en términos del autor solo al ámbito de la cultura, es decir, al interior de un mo­
delo antroposemiótico que otorga al sujeto intencionalidad, o para ser más exac­
tos intencionalidad comunicativa. Así entendida, la producción de sentido en la
cultura consolida la idea de una producción de sentido social que choca entonces
con la idea de la producción de sentido como eje organizador de la vida en gene­
ral y por tanto con la semiosis como proceso que produce y articula la relación
entre los signos que es también una relación que postula la pregunta sobre lo real.

Eliseo Verón, en ese libro magnífico que se titula La semiosis social, de
1998, señala que en la medida en que toda producción de sentido está inserta en
lo social, es la semiosis como proceso de producción de sentido la que construye
la realidad de lo social y en consecuencia a partir de ella se puede estudiar y ana­
lizar la construcción social de lo real, con lo que le otorga a la semiosis un valor
de organización que Lotman ya preveía en su semiótica de la cultura a partir de
entender el dinamismo intrínseco de los sistemas semióticos. Pero lo interesante
de esta afirmación es que para el semiólogo argentino, este valor de organización
pasa a través de una configuración espacio-temporal del sentido que a su vez se
ancla en objetos o productos provenientes de una realidad social objetiva, es de­
cir, de materialidades sensibles investidas de sentido que recrean los vestigios de
un proceso semiósico anterior, o sea, de un proceso que da cuenta de las relacio­
nes que establece un significante con sus condiciones de producción (Verón,
1998: 128).

Como se podrá notar, la sociosemiótica de Verón, a pesar de estar centra­
da en la antroposemiótica, gesta la posibilidad de pensar la semiosis como un
proceso mediante el cual no se produce el sentido exnihilo, sino más bien todo lo
contrario. El valor del contexto que en este caso está dado por el valor que ad­
quieren las condiciones de generación de un sentido en la producción y el reco­
nocimiento del sentido per se, implica su dependencia con respecto al entorno en
los términos de relaciones de supervivencia y adaptación, tal y como lo marca la
biosemiótica, pero también en los términos interpretativos más llanos que rela­
ciona la información con sus antecedentes, su pasado, sus condiciones de genera­
ción y por tanto a la producción de sentido con la materialidad del sentido.

Es a fines del siglo pasado, con el surgimiento de la biosemiótica como
una nueva epistemología, que se abre una brecha para el estudio de la semiosis
como proceso de producción de sentido en el mundo natural, ajustando el con­
cepto de intencionalidad propio de la antroposemiótica al concepto de equifinali-
dad, más sistémico, y sobre todo, más funcional, es decir, más enfocado a la fun­
cionalidad del sistema que en este caso los biosemióticos refieren como supervi­
vencia.

Según Vidales (2010), Thomas Sebeok con su zoosemiótica, Paolo Fa-
bbri, Algirdas Greimas y Jacques Fontanille con la semiótica de las pasiones, y
Claude Zilberberg con su propuesta de la semiótica tensiva, son los impulsores
de esta nueva propuesta ya que todos ellos intentan consolidar un campo semióti-
co emergente, de corte más fenomenológico, que se ocupa de conocer las formas
en que ocurre la construcción del sentido antes incluso de concretarse como tal.

No está de más decir que esto resulta altamente valioso para comprender
lo que sucede al interior de los procesos de percepción sensible a los que justa­
mente convoca el arte a partir de su función primordialmente estética, es decir,
fundamentalmente enfocada a la generación de emociones a través de la activa­
ción de los sentidos, ya que precisamente es gracias a su condición sensorial que
la interpretación del arte se torna en un proceso semiósico que no apunta de for­
ma directa a la significación ni a los sistemas de significación donde se inserta,
sino más bien que se enfoca en la semiosis en sí, es decir, en la manera en que se
construye la información y el sentido de la información simultáneamente, o como
dijera Verón en las formas en que se tejen las relaciones entre el producto y su
proceso de producción (Verón, 1998: 139).

Así entendida, esta noción generalizada de la semiótica la instala indefec­
tiblemente como una disciplina mucho más amplia y necesariamente ligada a los
procesos de conocimiento donde el objeto de estudio no son los signos en sí, sino
las relaciones que establece con el proceso en el que el mundo fenoménico se
semiotiza o, dicho más claramente, donde los signos o conjuntos de signos ad­
quieren su estatus síginico, su potencial significante. La semiosis como escenario
por excelencia de la producción, la acción y la interpretación de los signos se
convierte así en el lugar de la interpretación, es decir, en el lugar donde los sig­
nos juegan un papel fundamental en la construcción del sentido y el conocimien­
to, y en el caso de los seres humanos del pensamiento.

Como ya comentamos con anterioridad, desde el punto de vista del arte,
este novedoso programa resulta a todas luces un punto de intersección impres­
cindible, sobre todo si se trata de entender cómo ocurre la llamada experiencia
estética, es decir, la experiencia del sujeto frente al arte que es, como ya adverti­
mos con anterioridad, una experiencia antes que todo sensible, emocional, que
construye conocimiento sobre el objeto a partir de transformarlo en signo y obte­
ner de su cualidad sígnica la información que además le permite conocer la forma
en que la construye.

Pero lamentablemente, en su estrecha relación con la teoría del arte, la
teoría estética, que es quien debe ocuparse de estos asuntos, ha estado mayor­
mente enfocada en las propiedades de los objetos del arte, descuidando así al
sujeto y a su experiencia que fue su objetivo prístino en el siglo XVIII; no obs­
tante, por fortuna esta preocupación fue retomada a mediados del siglo XX por
los estudios literarios, a través de las investigaciones realizadas por la Estética de
la Recepción en Alemania donde la semiótica ha servido de marco teórico y con­
ceptual para abordar la dimensión de la experiencia y la recepción del arte, aun­
que ciertamente estas aproximaciones no permiten dar cuenta de los procesos de
percepción sensible en términos de ese umbral inferior de distinción antropose-
miótica de la que hablábamos más arriba.
Sin duda alguna, ello se impone como tarea pendiente para la Estética y
los estudiosos del arte y la semiótica, porque hasta el momento ni semiotistas ni
estetas han logrado reunir esfuerzos, en el sentido estricto, para dar luz sobre lo
que sucede semiósicamente cuando nos enfrentamos perceptual y cognitivamente
a una obra de arte. Esto, en nuestra opinión, representa sin duda un vacío para la
teoría estética ya que le impide entender el fenómeno del arte y la experiencia a
la que convoca desde una perspectiva más biológica y cognitiva de la que, a
nuestro juicio, debe nutrirse necesariamente con urgencia, y también representa
un reto para los estudios semióticos en aras de contribuir a instaurarlos como una
epistemología general de la vida y la ciencia.

Es por todo lo anterior que en este texto, al tiempo que pretendemos
reivindicar esta mirada epistémica sobre la semiótica, intentamos hacerlo desde
la reflexión en torno a la experiencia estética que como hemos anunciado es una
problemática nada trivial en el campo de la Estética que se ha tornado aún más
compleja desde que la tesis de Katya Mandoki sobre la dimensión estética de la
vida cotidiana, desbancó el sentido sublime de la experiencia del arte.

Orientados en ese sentido y con el objetivo de aportar algunas reflexiones
que contribuyan a esclarecer las relaciones constitutivas entre los procesos se-
miósicos y los procesos de sensopercepción a los que convoca el arte, nos atre­
vemos a pensar sobre el papel del significante del arte en los procesos sensoper-
ceptivos y la relación que esto guarda con el valor de la experiencia estética co­
mo actividad sensible y cognitiva.

Para ello nos basamos en los hallazgos teóricos y empíricos más recientes
de las ciencias cognitivas sobre los procesos de conocimiento, desarrollados por
la corriente enactista, y en las reflexiones en torno al pensamiento estético del
filósofo Wolfgang Welsh, ya que ambos pilares teóricos nos conducen a plantear
una descripción de la fenomenología de la experiencia estética desde donde es
posible no solo proponer una definición de la experiencia del arte como expe­
riencia sensible, intelectiva y volitiva del sujeto, sino también postular la necesa­
ria intervención de la semiótica como modo de conocimiento que puede explicar
la singular forma en que esta experiencia tiene lugar.
En ese sentido, compartimos la opinión de Jean Marie Klinkenberg cuan­
do afirma que para anudar el vínculo entre un sentido y los estímulos del mundo
exterior que por su propia naturaleza no tienen sentido, hay que preguntarse por
la experiencia (Klinkenberg, 2006: 104); de ahí que el paradigma interaccionista
que recupera la relación entre el signo y su contexto haciendo un puente oscilante
entre el mundo y el sujeto y viceversa, resulta ser la condición correlacional que
ampara la unidad entre sentido y producción de sentido, es decir, entre sentido y
semiosis. Solo tras la integración de ambos procesos es posible pensar la super­
vivencia en términos semióticos y a su vez a la semiosis como interpretación en
términos cognitivos, organizativos y evolutivos. No sobra decir entonces que por
la naturaleza de los procesos sensoperceptivos que son fundamentalmente convo­
cados a través del arte, el debate sobre la interacción como manto integrador del
proceso semiótico adquiere no solo pertinencia sino también relevancia.

Por ello creemos que aquí se halla justamente un campo fructífero de re­
flexión en ambos sentidos y, sobre todo, un reto teórico y empírico para la inves­
tigación semiótica en los marcos del debate en torno al objeto de estudio de la
semiótica general que afortunadamente, a través de un merecido retorno a sus
orígenes, se ha comenzado a dar.

2. Breve genealogía de la experiencia del arte
como experiencia estética
El estudio de la experiencia estética se ha confinado a lo largo del tiempo
al campo de la Estética donde tradicionalmente se lo ha conceptualizado como
experiencia de lo bello en su arbitraria relación con lo artístico. Sin embargo,
para hacer honor a la verdad histórica, debemos señalar con claridad que no
siempre fue así.

A pesar de que en la Antigüedad no se habló de la experiencia del arte ni
como experiencia ni como experiencia estética propiamente dicha, podemos ha­
llar en este período, sobre todo desde el legado aristotélico, registros que sugie­
ren que la reflexión en torno al arte, específicamente en torno a la tragedia y el
efecto causado por ella en el ánimo del público espectador, puede considerarse
como un antecedente directo del debate que supondría a partir del siglo XVIII la
conceptualización de la experiencia estética.

Fue Aristóteles quien, en contraposición al legado de Platón, señaló que
la función del arte residía en su capacidad para purificar el alma (catarsis) a tra­
vés de la representación de la piedad y el terror, las que, por medio de la conmo­
ción, afirmaban la virtud. En ese sentido, para el estagirita la experiencia del arte
más que un fin contemplativo poseía, digamos, un fin utilitario y funcional aun­
que ciertamente trascendental. Este ideal purificador fue también asumido por los
renacentistas Robortello, Castelvetro, Vettori y Vico, pero negado casi rotunda­
mente por Boileau en los albores del Clasicismo en tanto enfocado a la relación
entre el arte y el conocimiento verdadero, pero sin hablar de experiencia estética2.

Sin embargo, es en las primeras décadas del XVIII que el filósofo alemán
Alexander Baumgarten en su obra Reflexiones filosóficas acerca de la poesía, de
1735, acuñó por vez primera el término “estética” para designar la ciencia del
conocimiento sensible. Él fue el primero en hablar de lo sensorial como fuente de
conocimiento a través del arte, al cual le confirió -m uy ad hoc con el racionalis­
mo imperante en la época ilustrada en la que vivió- un estatus inferior con res­
pecto al conocimiento racional; no obstante ello, su legado estableció que el co­
nocimiento que un sujeto puede extraer del arte no solo es sensible, sino también
intelectual; y si bien dicho conocimiento fue entendido por Baumgarten como un
conocimiento claro pero confuso, vinculado a los sentidos aunque no agotado en
ellos, la idea de posicionarlo como conocimiento, es decir, en función meramente
cognitiva y no contemplativa, otorgó a la Estética las bases para pensar la rela­
ción cognoscitiva entre el sujeto y el objeto del arte en su doble condición de
conocimiento sensible e intelectivo; de ahí la centralidad que otorgó a la expe­
riencia estética del sujeto como objeto de estudio de la Estética, y su énfasis en el
carácter más gnoseológico que axiológico, que fue lo que a pesar de todo, poste­
riormente, la definió.

2 Para mayor información sobre el tema, recomendamos la obra Historia del Gusto, de
Galvano della Volpe, Visor, Madrid, 1987.
Es así que, a pesar de Baumgarten y gracias a la intervención kantiana a
fines del mismo siglo, la Estética Clásica nace vinculada al arte y a lo bello, y
atada entonces a un fenómeno que solo constituyó (y aún constituye) una
pequeña parte de todo lo que abarca. Con Kant y su Crítica del juicio, de 1790,
se conceptualiza al conocimiento sensible como derivado del juicio estético, que
caracteriza como un juicio apriorístico más allá de las apreciaciones personales
de lo Bello, donde la belleza constituye una instancia de liberación de los objetos
respecto a la Naturaleza y el placer como lugar de la reintegración del sujeto con
ella. Esa es la razón por la que Kant considera a la experiencia estética como una
experiencia de emancipación utilitaria en la que el sujeto percibe al objeto bello y
halla su belleza intrínseca a través del juicio estético.

Como se puede observar, aunque Kant en sí mismo no lo promueve, es a
partir de él, con Hegel específicamente, que se fragua el ideal que permite conec­
tar al arte con lo bello y lo sublime, transmutado en la filosofía idealista a lo uni­
versal, lo divino y el Absoluto en una especie de experiencia de estatus superior
vinculada a la contemplación de lo bello a través del despliegue de una sensibili­
dad “especial” de orden casi místico y moral en lo que lo Bello se transforma en
la apariencia sensible de la Idea Absoluta. Este legado trascendentalista es reto­
mado y actualizado en una versión no metafísica posteriormente por Gadamer y
consolidado por Heidegger3.

Más recientemente, y situado ya en los predios de la teoría estética y no
de la filosofía, el debate sobre la definición de la experiencia estética apunta a
seccionar dos posturas al interior de los llamados subjetivistas4; aquella que insis­
te en la pasividad cognitiva del sujeto como premisa fundamental de la experien­
cia estética arguyendo definiciones tales como empatía (Theodore Lipps), simpa­
tía (Jerome Stolnitz), sentimiento (Michael Mitias), etc., y otra que la considera

3 Para mayor información recomendamos la consulta de las obras: La actualidad de lo
bello, de Hans Georg Gadamer, Barcelona, Paidós, 1991, y "Hordelin y la esencia de la
poesía", en Martin Heidegger Arte y poesía, Buenos Aires, FCE, 1992.
4 Los subjetivistas son aquellos teóricos que enfatizan la actividad del sujeto en la expe­
riencia estética y niegan en consecuencia la existencia de propiedades especiales en la
obra de arte.
como atención (George Dickie), experiencia (John Dewey), involucramiento
(Arnold Bearlent), actitud (Jan Mukarowsky) o intervención (Adolfo Sánchez
Vázquez)5, muy vinculadas como se puede notar a la idea de actividad del sujeto
frente al arte, o más bien su toma de partido en función de la acción cognoscente.

Sin embargo, a pesar de sus diferencias puntuales, estos teóricos conside­
ran que la experiencia estética no se vincula a la supuesta existencia de objetos
estéticos sino que guarda relación con la sensibilidad de los sujetos, en tanto la
capacidad para sentir o percibir y a través de ello valorar la realidad6. Por ejem­
plo para Stolnitz la experiencia estética es concebida como atención simpatética
y desinteresada, es decir, como una especie de actitud estética en la que el sujeto
percibe de un modo especial al objeto de arte, pero este modo especial indica que
la actitud estética no tiene un propósito definido más que la contemplación direc­
ta del objeto, es decir, su aprehensión sin juicios ni cuestionamientos.

Como se puede observar, se trata de una definición que, al igual que la de
empatía de Lipps, limita la intervención del intelecto en la experiencia y pondera
el sentimiento y la emoción, solo que para Lipps la experiencia estética resulta
una experiencia empática entre el objeto y el sujeto en la que éste se reconoce a
sí mismo en el objeto en un proceso más de autoconocimiento que de otra cosa.

Para Dickie y Bearlent en cambio, la experiencia estética se torna una es­
pecie de involucramiento en la que para el primero la atención en el objeto de
arte funciona como percepción diferenciada. Sin embargo, esta definición de la
experiencia estética como experiencia enfocada no logra resolver el problema de
la actitud estética que Dickie tanto critica a Stolnitz ya que Dickie se pierde en
disquisiciones sobre el interés que no conducen a ninguna parte; más bien en

5 Para mayor información respecto al tema, consultar las siguientes obras: Invitación a la
estética (Sánchez Vázquez), Los fundam entos de la estética (Lipps), The Myth o f Aesthetics
Attitude (Dickie), El arte como experiencia (Dewey), What makes and Experiencie Aesthe­
tics? (Mitias).
6 Con ello se oponen a los objetivistas (Bell, Danto, Mitias, Beardsley, Dufresne), quienes
convencidos de la existencia de objetos estéticos, es decir, de objetos que poseen propie­
dades especiales que los hacen ser estéticos, arguyen que para que tenga lugar la expe­
riencia estética es necesaria la presencia de los mismos.
nuestra opinión, violentan el camino natural de la percepción enfocada como
percepción intencional que es parte de lo que motiva la propuesta sobre la expe­
riencia estética que al final de este trabajo se ensaya.

En Bearlent por su parte, la experiencia estética resulta del involucra-
miento del sujeto con el arte de una forma apreciativa en tanto el objeto de arte le
exige al sujeto tal comportamiento. Con ello Bearlent desecha la posibilidad de
que la experiencia estética sea una actividad contemplativa o de acercamiento
desinteresado y propone en su lugar una acción emotiva de la que el sujeto no
puede sustraerse. Sin embargo, al respecto es Dewey quien en un intento por
reunir lo orgánico y lo cultural en la experiencia del arte propone a la experiencia
estética como experiencia apreciativa e intelectiva, donde la presencia de la emo­
ción y el intelecto van de la mano dando por resultado una experiencia auténtica,
es decir, enfocada a la reflexión, la emoción y la acción del sujeto como ser en su
experiencia individual y social, tanto en el plano emotivo como en el intelectual
que, como veremos más adelante, es desde la que, bajo cierta perspectiva, este
trabajo se nutre.

Como se ha podido notar, la mayoría de los subjetivistas, a excepción
quizá de Dewey y Dickie, abrevan por una parte del legado kantiano en torno al
sentido sentimental y puramente emotivo de la actitud estética, y por la otra, de
una tradición aristotélica que entiende a la experiencia como identificación y no
como cuestionamiento o indagación, por ejemplo. Esa es en nuestra opinión la
razón por la cual los planteamientos subjetivistas, al igual que sucede con los
objetivistas no logran traspasar los límites de la experiencia estética como una
actitud meramente volitiva, o bien como actitud meramente cognitiva, dejando de
lado con ello la posibilidad de entenderla también como experiencia afectiva e
intelectiva simultáneamente.

Hoy día, las investigaciones más recientes en el campo de la Estética han
abonado al debate sobre la experiencia estética una rica discusión en torno a la
pertinencia de su existencia. Propuestas radicales aunque valiosas como la de
Katya Mandoki que sugieren a la Estética focalizar la atención en los fenómenos
estéticos sean estos cotidianos o artísticos, se preguntan sobre si vale la pena
definir la experiencia estética o las condiciones para la estesis en tanto efecto de
la percepción sensible que dicha experiencia suscita.

Con ello no solo se ofrece a la reflexión el pensar la experiencia estética
en una dimensión no vinculada al arte, sino también pensarla como una experien­
cia excluida del arte. No obstante, debemos aclarar de antemano que, por más
tentadora que resulte esta idea, nos distanciamos en este trabajo de esta visión tan
radical de la estética donde la experiencia del arte se incluye sin diferenciación
en las experiencias cotidianas de percepción sensible, pues para nosotros preci­
samente la experiencia del arte, aunque consideramos que no debe acaparar para
sí de forma excluyente el nombre de experiencia estética, sí requiere un trata­
miento diferencial en el sentido de que se determina no solamente como una ex­
periencia sensible, sino específicamente intencional y cognitiva.

3. Estesis, percepción sensible y experiencia estética.
Sinonimias inconvenientes
Antes de comenzar a desarrollar este apartado se hace necesario ofrecer
al lector información sobre la distinción que hemos comentado anteriormente ya
que de lo contrario corremos el riesgo de parecer arbitrarios, sobre todo ante una
propuesta tan elocuente como la de Mandoki que, insistimos, sin dejar de com­
partirla del todo, requiere en este trabajo de una toma de distancia.

Normalmente se cree que el conocimiento tiene 3 niveles: el conocimien­
to sensible que involucra los sentidos y por tanto se caracteriza como singular, es
decir, dependiendo de cada persona biológica, e incluso de cada especie; el cono­
cimiento conceptual que depende de los conceptos y abstracciones y se lo carac­
teriza por ello como “universal” e intersubjetivo en tanto dependiente de las
normas cognoscitivas de una época y una cultura determinada; y por último el
llamado conocimiento intuitivo, también conocido como conocimiento holístico
que, a falta de mejor descripción, los filósofos han caracterizado como aquel que
capta la totalidad de relaciones y posibilidades de existencia de las cosas en el
mundo. Justo a este último se le ha otorgado erróneamente el estatus de expe­
riencia estética en tanto experiencia del arte.

Sin embargo, aunque desde el punto de vista teórico y empírico la divi­
sión del conocimiento en niveles resulta ser ya hoy una premisa superada en las
ciencias cognitivas, la insistencia al considerar la sensación separada de la per­
cepción impide comprender que el conocimiento es un proceso integral y unifi­
cado de comprensión que imbrica o se teje tanto a partir de procesos singulares
como la sensación y también a partir de procesos generales o colectivos como la
reproducción del sentido; por ello resulta bastante improbable en la actualidad
aceptar la idea de que el conocimiento se geste a partir de niveles o umbrales
para decantarse por la tesis de que el conocimiento aparece cuando se configuran
los sentidos7 en torno a una cierta actividad sensoperceptiva.

Como afirma Varela “si el pivote de la cognición es su capacidad para
hacer emerger significados, la información no está preestablecida como orden
dado, sino que implica regularidades que emergen de las actividades cognitivas
mismas” (Varela, 2005: 120). Ello significa que el conocimiento se configura por
medio de la información, pero ésta a su vez no existe en el mundo como tal, sino
que la construimos senso-perceptivamente en forma de dato en la medida en que
las interconexiones neuronales que se crean a partir de la percepción que desple­
gamos en torno a los objetos y fenómenos del mundo, conforman patrones regu­
lares de percepción que nos permiten, a partir de su registro regular, el re­
conocimiento de ciertos eventos y así configurar sentido sobre ellos.

Dichos sentidos, no está de más comentar, se hallan indisolublemente li­
gados a la estesis como efecto o resultado de la actitud sensible del sujeto que

7 Preferimos a propósito la palabra configuración a la palabra construcción para hablar de
la emergencia de los sentidos de las cosas en la actividad cognitiva de los sujetos, pues la
palabra construcción implica la idea de cimiento como base para el conocimiento, a partir
del cual algo de construye o edifica, mientras que configuración se ofrece como un tér­
mino que permite sugerir la idea de tejido que, a la manera de soporte como condición
(mas no base), posibilita el conocimiento. Para mayor información, recomendamos la
lectura del texto Conocer, de Francisco Varela, referido en la bibliografía al final de este
trabajo.
funciona como condición de apertura al mundo, permeabilidad o porosidad del
sujeto al contexto en que está inmerso (Mandoki, 2008: 67); o como dijera la
biosemiótica en torno a la semiosis, como proceso interpretativo imprescindible
en la supervivencia de ese organismo biológico y social que es el ser humano. Es
por ello que los sentidos que emergen de los procesos de cognición llevan consi­
go indefectiblemente una carga sensorial del orden de lo afectivo-emotivo, mis­
ma que está de alguna forma impregnada de la reacción de nuestros sentidos ante
tal o cual objeto o fenómeno del mundo; en otras palabras: la manera en que al
interior de un proceso semiótico construimos la información ata el valor sígnico
de la misma al modo de percepción que permite construirla como tal. Lo anterior,
así entendido, nos permite afirmar que lo que se construye como información no
es meramente un dato desprovisto de significado, sino más bien todo lo contrario.

A tenor con lo anterior, podemos concluir dos hipótesis de trabajo: 1) la
estesis resulta el fruto o resultado de los procesos de sensopercepción cuya fina­
lidad, como ya vimos, es hacer emerger patrones perceptivos que modelan los
sistemas cognitivos por medio de los cuales se realiza la actividad del re­
conocimiento del mundo; 2) debido a ello la cognición se entiende como activi­
dad de reconocimiento que el sujeto realiza a partir de la configuración previa de
los patrones perceptivos, lo que en términos de la biosemiótica alcanza para defi­
nir a la interpretación como un mecanismo a través del cual el organismo partici­
pa en su propia construcción como organismo (en el caso de la experiencia del
arte hablamos de sujetos) y lo hace justamente a partir del papel central que ad­
quiere en dicho proceso la herencia de los patrones interpretativos que le posibili­
tan justamente dicha construcción.

Está claro entonces que los patrones perceptivos por sí mismos no confi­
guran el conocimiento; de hecho, retomando lo dicho por Varela, el conocimien­
to surge -emerge, en sus térm inos- de las regularidades que dichos patrones
comportan pues no siempre se configuran regularmente (Varela, 2005: 77-79,
100, 108), y ello es lo que posibilita la configuración del conocimiento como
aprendizaje. De esta manera, la configuración de patrones perceptivos se vincula
con la percepción como condición del ser en el mundo, y la emergencia de signi­
ficados resulta entonces, en tanto aprendizaje, en lo que conocemos. La expe­
riencia, en ese sentido, es atribuida a esta última operación en tanto permite com­
probar que un determinado patrón perceptivo hace emerger un sistema cognitivo,
formando parte así de un mundo de significación preexistente; la percepción en
cambio solo es el dispositivo que lo posibilita, o para ser más exactos, el meca­
nismo de experimentación.

Como se puede observar, hay una diferencia sutil pero operativa entre los
procesos de percepción (a los cuales ya, a la luz de todo lo que hemos comenta­
do, no tiene sentido añadir el apellido de “sensible”) y los procesos de la expe­
riencia, ya que toda experiencia, según su propia etimología (ex - perior
/peiraomai) es aprender, o sea, descubrir mediante la acción de prueba o com­
probación, como un usar o practicar lo vivido que recuerda la experiencia del
conocimiento comprensivo de Agamben (2003) -de ahí precisamente su carácter
cognitivo-; pero la percepción es modo, mecanismo, dispositivo de funciona­
miento.

En ese sentido, entonces, distinguimos entre percepción sensible, que pa­
ra nosotros implica solo el efecto o resultado de la actividad sensoperceptiva del
sujeto que es la que posibilita la emergencia de los sistemas cognitivos, y la ex­
periencia sensible, como experiencia o acción de comprobación de la funcionali­
dad de dichos modelos. Ambas se dan en forma articulada aunque la experiencia
precede a la sensopercepción en tanto necesita de ella para emerger.

Como se puede observar a la luz de lo anteriormente dicho, toda expe­
riencia es sensible en tanto proviene de la actividad sensoperceptiva del sujeto lo
que implicaría que la experiencia que construimos al disfrutar de comer un plati­
llo que nos gusta resulta esencialmente similar a la experiencia de montar un
caballo, leer un libro, mentir o amar. Ello, si bien es cierto, implica solamente a
nuestro entender que la fenomenología de la percepción comparte sus orígenes
con la fenomenología de la experiencia, pero en ningún caso permite afirmar que
la fenomenología de toda experiencia sea la misma. No desarrollamos la misma
experiencia cuando sentimos placer ante el sonido que produce el canto de un
pájaro y el producido por una canción de El Gran Silencio.
La diferencia entre una experiencia y otra estriba en que, en nuestra cul­
tura, el régimen escópico de uno y otro varía, mínimamente, en función de que el
primero resulta proveniente de un objeto de la naturaleza (el pájaro), y el segun­
do de la cultura (movimiento musical de contracultura urbana mexicana), lo que
plantea el dinamismo de condición sensible del sujeto ya que no se percibe el
sonido así tal cual, sino que se percibe tal y más cual sonido en función de la
construcción de una experiencia semioestética, es decir, significante en función
de lo sensoperceptivo por la cual transformamos los eventos y objetos del mundo
natural y cultural en signos altamente diferenciados.

Esa es la razón por la que consideramos que la experiencia del arte, si
bien resulta sin dudas una experiencia sensible, posee características específicas
que permiten diferenciarla de otras experiencias sensibles, aunque ello no impli­
que en ningún caso la supuesta superioridad o legitimidad de una experiencia
sobre la otra; de hecho, en este trabajo, para establecer una distinción consecuen­
te preferimos nombrar la experiencia estética como experiencia fascinante, sin
suponerla como experiencia exclusivamente del arte. Esta nomenclatura nos
permitirá vincular en cierto sentido la tradición genealógica sobre la experiencia
estética como una experiencia “especial” y al mismo tiempo rescatar el sentido
etimológico de lo estético como sensibilidad.

Como se puede notar, para nosotros, la experiencia del arte resultará en­
tonces, al igual que sucede con cualquier otra experiencia, una experiencia sensi­
ble e intelectiva por su origen, aunque no se debe soslayar que también está con­
dicionada, como dijera Dewey, por ciertas condiciones que en nuestra opinión se
vinculan con la configuración del orden social donde el arte tiene un lugar. En
ese sentido, la experiencia del arte guarda relación con lo social en tanto expe­
riencia comunicativa y de socialización.

Para desarrollar con detalle esta propuesta sobre la experiencia del arte
primero se hace necesario reflexionar en torno al fundamento semiósico de la
actividad sensoperceptiva del sujeto con el objetivo de situar la imposibilidad de
percibir sin significar, y de conocer sin percibir, en tanto ello nos permitirá suge­
rir que los procesos de la experiencia se dan al interior de un marco de significa­
ción previo dentro del cual el sujeto pone a prueba la funcionalidad de sus siste­
mas cognitivos, lo cual resulta extremadamente importante para desarrollar la
reflexión última en torno a la fenomenología de la experiencia del arte.

3.1. El fundamento semiósico de toda experiencia sensible
El origen etimológico de la palabra estética proviene de los vocablos
griegos aíaG n ilK 'n (aisthetike) -que significa sensación o percepción- y de
a ’Í O 0 n a i^ (aisthesis) -que significa sensación o sensibilidad- y es atribuido por
parentesco conceptual a lo sensorial, gestando así una especie de relación simbió­
tica implicante que está muy lejos de ser excluyente u opuesta, por lo que lo esté-
sico se vincula tanto con el conocimiento (en términos de sensación y sensoriali-
dad) como con lo afectivo-emotivo (en términos de sensibilidad). En ambos ca­
sos, no obstante, hablamos siempre de una facultad del sujeto, no de una propie­
dad de los objetos y fenómenos del mundo, que en tanto tal no puede ser desvin­
culada ni de los procesos de percepción ni de los cognitivos.

Esa es la razón por la que resulta imposible hablar de la sensación como
modo de percepción que excluye al conocimiento ya que la relación entre sensa­
ción y conocimiento vincula indisolublemente la sensibilidad del sujeto como
forma de aprehensión del mundo a su capacidad para generar conocimiento sobre
él -no solo en términos sensibles ya que no puede hablarse de un conocimiento
sensible puro- en tanto toda percepción sensible se halla atada a la significación.

La percepción así entendida dista mucho de poder ser separada de la sen­
sación. Wolfgang Welsh, un filósofo que se ha ocupado de la superación teórica
de la separación entre sensibilidad y percepción (Welsh, 1998) plantea que toda
percepción se compone de un régimen de racionalidad que tiene por función in­
tentar establecer y garantizar el orden de la percepción; se trata de un abanico de
racionalidades inmerso en una totalidad desorganizada y confusa por medio de la
cual se intenta proveer a la percepción de reglas o criterios para completarla. A
diferencia de la racionalidad, continúa el autor, la razón se ocupa del entendi­
miento y la valoración a través de la diferenciación del objeto con respecto a las
relaciones que establece con otros objetos y con el contexto, lo que significa,
como el propio autor señala, que la racionalidad puede preguntarse en varios
sentidos por el objeto, pero - a diferencia de la razón- no puede reconocerlo ni
diferenciarlo.

Welsh insiste en que razón y racionalidad forman un par en un mismo ni­
vel de percepción, solo separados, si se quiere, por su función; mientras la racio­
nalidad actúa en el nivel de lo singular, la razón actúa en el nivel de lo general,
de tal manera que la configuración de un orden de conocimiento dado se debe a
la integración de ciertas racionalidades y no de unas únicas racionalidades y su
resultado es absolutamente contingente ya que todo proviene del sujeto, es decir,
de su actividad perceptiva y sensorial, y no de principios lógicos universales que
supuestamente conformarían la razón.

A propósito de ello consideramos que la percepción no solo ofrece al su­
jeto información sobre el mundo, sino también referencias a partir de las cuales
organizar su habilidad y disposición para percibirlo sensiblemente. Ello, como se
podrá notar, crea conocimiento sobre la realidad y sobre sí mismo en el desplie­
gue de su subjetividad como ser biológico y cultural; de ahí la idea de la percep­
ción como experimentación y del conocimiento como experiencia.

Como ya comentamos, la estrecha relación que comportan los procesos
de percepción y los procesos cognitivos puede conducir también a equiparar
erróneamente la experimentación con la experiencia ya que si bien la primera es
juego, modo o recurso de prendamiento como menciona Mandoki (2008)8, la
segunda es validación, evaluación, discernimiento. En ese sentido, quienes afir­
man que la percepción estética se ocupa de valorar la realidad en términos sensi­
bles no solo está soslayando esta distinción funcional de apertura a y aprehensión
del mundo por el sujeto, sino que también soslaya el hecho de que la valoración
en tanto acto de apreciación evaluativa forma parte no solo de lo puramente esté-
sico, sino también, y como parte constitutiva de éste, de lo semiósico. Veamos:

8 Consultar Mandoki Katya, "Fenomenología de la condición de estesis: prendamiento y
prendimiento" en Estética cotidiana y juegos de la cultura (capítulo 8, pp. 88-96).
tanto la valoración como la apreciación guardan relación con lo sensorial en tanto
los sentidos son órganos que permiten captar si los estímulos del mundo, estési-
camente hablando, agradan o no al sujeto; sin embargo, la relación entre sensa­
ción y valoración no se agota en los sentidos pues la apreciación precisa de un
rasero axiológico por medio del cual se pueda configurar, en un momento otro,
un enunciado estimativo, el que -debemos aclarar- aunque plausible, no es con­
dición necesaria para la manifestación de la sensibilidad del sujeto.

En ese sentido, para nosotros el término apreciación no designa con cla­
ridad el resultado de la actividad sensible del sujeto que es realmente algo nebu­
loso más allá de los términos cognitivos. Solo teniendo en cuenta que dicha acti­
vidad es también emotiva, es decir, fisiológicamente organizadora de la respuesta
al interior del organismo y en consecuencia estructuradora de los procesos de
adaptación del organismo al ambiente, a partir de una respuesta meramente inter­
pretativa, podemos hablar de la apreciación como mecanismo cognitivo que per­
mite al sujeto adaptarse al entorno, lo que posibilita entonces pensar la actividad
sensible como experiencia vital cuyo fin va más allá de la mera aversión o la
complacencia, es decir, de la mera experimentación.

Pensemos, por ejemplo, que la aversión del sabor del humor de una heri­
da ulcerada resulta una actividad sensible (sensoperceptiva) que implica tanto la
movilización de estímulos provenientes de todos los órganos involucrados en el
acto de degustación (lengua, papilas gustativas, esófago, estómago, intestinos)
como los propios del sentido del gusto (boca) ya que los primeros deberán ocu­
parse de organizar la respuesta biofisiológica del organismo en términos homeos-
tásicos, mientras que el segundo se ocuparía de sentir como agradable o desagra­
dable dicha experiencia en función del sabor mismo.

Lo mismo sucedería con la aversión que podamos sentir a un ruido es­
truendoso o el deleite ante una caricia, por lo que la sensopercepción, en tanto
emoción, se activa en dos dimensiones mutuamente implicadas: la dimensión del
equilibrio fisiológico (respuesta orgánica) y la dimensión del efecto del sentido
en términos de disfrute/aversión, o más llanamente en términos de gusto/disgusto
(respuesta semiósica).
Lo cierto es que sin esta última, la actividad sensible, aunque presente sin
dudas como condición fisiológica de todo ser vivo, se torna solo eso: una activi­
dad sensible que no conduce a la apreciación o valoración de nada, en tanto no
habría manera de proveer a la sensibilidad de un régimen escópico determinado,
es decir, de un marco referencial donde la sensibilidad encontrara tierra fértil
para la cognición. Por ello es que consideramos que pensar la experiencia sensi­
ble fuera de los límites de la cognición supondría pensarla ajena a la semiosis, o
sea, fuera de todo proceso interpretativo que en tanto proceso fruto de la percep­
ción de un sujeto humano, y tratándose del arte, se halla en relación necesaria
con un contexto no solo biológico, sino también social y cultural, por lo que se
trataría tanto de un proceso de producción social del sentido como de la produc­
ción de un sentido social. Es por medio de la percepción que el sujeto acopla o
vehicula el sentido que emerge a partir de lo percibido, por lo que se puede afir­
mar que el sentido siempre está relacionado a ese algo percibido -en tanto la
percepción siempre es percepción de algo- que se torna significante, es decir,
susceptible de ser significado precisamente al interior de un régimen escópico
preexistente.

En consecuencia lo significante emerge en el sujeto humano como parte
del proceso sensoperceptivo al que el sujeto se enfrenta como condición de vida,
y es esa propiedad emergente justo lo que ata su significación. Así, si bien el
signo no guarda relación alguna con lo material, su significante, es decir, el
vehículo material por medio del cual se llega a objetivar no corre la misma suer­
te. El significante precisa de materialidad ya que se ancla como existente material
de ese algo percibido que es justo lo que garantiza el sentido de la percepción en
tanto la provee de referencia, es decir, de conexiones, de articulaciones o relacio­
nes con otros signos u objetos que es de donde emerge el pensamiento. Esa es la
razón por la que constituye un absurdo pensar que lo sígnico puede despojarse de
su materialidad significante como sucede por ejemplo cuando los estetas trascen-
dentalistas afirman que la experiencia del arte es una experiencia de la sensibili­
dad pura, o sea, una experiencia en la que hipotéticamente el sujeto sentiría solo
por sentir en lugar de sentir “algo” que es lo que realmente hace.
Cuando sentimos, hay en dicho acto más que la pura acción de sentir
puesto que hay percepción; sentimos tal o cual cosa porque percibimos tal o cual
cosa. Por ejemplo, sentimos deleite ante una caricia porque a nuestro sentido del
tacto le resulta agradable el roce de un objeto X (el objeto que produce la caricia)
con nuestra piel; de ahí que la caricia (sensación) sea percibida como agradable
(sentido o significación) y el objeto X como proveedor de sensaciones deleitosas.
Así, el objeto se torna signo de deleite y el proceso que recoge dicha conversión
es un proceso semiósico que está inscrito en los procesos sensoperceptivos.

Como se puede observar, si se vacía materialmente al signo (o sea, si se
le despoja de su referencia, en este caso, del objeto X que produce la caricia) se
le quita su función semiósica y con ello su potencial de significación, convirtien­
do de ese modo al signo en in-significante, es decir, en aquello que no es suscep­
tible de significación, en un no-signo. En ese sentido es en el que afirmamos que
el signo no “funciona”, semiósicamente hablando, por su significado (ya que no
existe en él, sino en el agente que interpreta) sino por la materialidad a través de
la cual se vehicula como significante. Esto es, la ausencia de materialidad en el
signo le impide configurarse como tal porque lo desprovee de un régimen de
significación propio desde el cual tendría necesariamente que emerger, pues de lo
contrario no podría ser signo en absoluto, o sea, se quedaría como objeto de un
mundo insemiotizable e insemiotizado (Iuri Lotman llamaría a este universo co­
mo espacio extrasemiótico9).

Todo lo anterior tiene una alta incidencia en los procesos cognitivos toda
vez que éstos se gestan mediante un complejo mecanismo de articulación entre
signos soportados justamente en la vinculación/no vinculación de sus rasgos per­
tinentes que, a la manera de qualia, permiten al sujeto orientar su devenir cogni-
tivo. Explicamos: el color verde de una planta no puede ser percibido si no existe
al menos la planta, la luz del sol y los ojos del sujeto, pero al mismo tiempo nadie
puede intuir el verdor de la planta como qualia sin haber reconocido primero

9 Para mayor referencia sobre este punto, recomendamos consultar la obra de Lotman La
Semiósfera I. La referencia bibliográfica se encuentra en el apartado de la bibliografía al
final de este trabajo.
dicha cualidad en el objeto; de hecho, y aquí va otro ejemplo, una persona bon­
dadosa no puede ser percibida en tanto rebosa de sentido de bondad, sino solo en
la medida en que el sujeto reconozca en ella ciertos rasgos que se corresponden
con patrones perceptivos donde los qualias de la bondad (por cierto, nada defini­
dos) están previamente asentados como ciertos qualias específicos de ese objeto
y no de otro.

En ese sentido se puede afirmar que los rasgos de pertinencia de un obje­
to en el momento en que son seleccionados como tales se transforman en rasgos
significantes gracias justamente a que son percibidos en su materialidad, lo que
no significa en ningún caso que pueda hablarse de la percepción de una esencia
en los objetos ni en sus significados, pues los objetos son lo que nuestra percep­
ción registra configurando signos justo en la medida en que no se perciben, sino
en la medida en que se interpretan como significante.

Por ello, si bien -para usar una frase de Deely-, los signos son invisibles
a los sentidos (Deely, 2006), ello no significa que su valor de cambio impida al
sensorium construir información acerca de los programas de significación en los
que eventualmente se despliegan. En ese sentido, resulta incorrecto hablar de la
presencia de signos en estados de pre-cognición (si es que esto existe) como los
que sugieren los estados de sensibilidad pura o los mal llamados estados
estésicos que incluyen a la contemplación y el éxtasis o cualquier otro tipo de
actividad meramente sensible como un registro sensoperceptivo de la apreciación
estética de orden místico.

Resumiendo: la ausencia total del signo en cualquier proceso de
percepción implicaría de suyo el desordenamiento paulatino y posterior
aniquilación de los patrones perceptivos, y como la percepción y la cognición son
procesos que se organizan desde la configuración del sujeto como ser y a partir
de su propia corporalidad, tiene que hablarse de ellos como procesos que se
supeditan tanto a la condición biológica del sujeto como a la histórico-social
donde se desarrolla el entramado simbólico que orienta su percepción; de ahí la
preeminencia del significante y su valor en el plano semiósico. La aseveración
anterior obedece a que consideramos a los signos como formas significantes
insertas en lo que podríamos llamar umbrales simbólicos, donde lo importante no
es su valor de significado, sino más bien su valor de cambio, o sea, la posibilidad
de su interconexión e intercambio dinámico, infinito e impredecible con otros
signos.

Esta definición de signo que hemos intentado avanzar implica entonces
su comprensión como evento dinámico, es decir, como evento sígnico que
acentúa el potencial intrínseco de transformación del signo en una especie
continuum que se moviliza de un lado a otro del espectro semiósico, desatando
cambios y transformando continuamente su aprehensión perceptual. De hecho,
como suponemos que toda percepción se conforma a partir de esta movilidad
sígnica, es decir, yendo del evento estésico (sensación) al evento semiósico
(sensopercepción) y viceversa, creemos también que es precisamente en este
movimiento oscilatorio en el que el objeto, transformado gracias a la actividad
sensoperceptiva del sujeto en significante, se afirma como existente material
vehiculador tanto de lo puramente estésico como de lo necesariamente semiósico,
lo que nos lleva a plantear como conclusión que la relación perceptiva y
cognitiva del sujeto, la que se articula a partir de la transformación en
significante de los objetos y fenómenos del mundo, implica la conceptualización
de la semiosis como modo vital de existencia del sujeto en tanto apertura sensible
y cognitiva al mundo que se le muestra como realidad.

3.2. La fenomenología de la experiencia del arte
Según Mateu Cabot (2000) para Welsh la actividad perceptiva tiene
significación y proviene de lo sensorial, por lo que lo sensorial a través de la
significación gestada perceptualmente es la que construye el pensamiento, el
conocimiento; de ahí que consideremos, como ya comentamos con anterioridad,
que para construir conocimiento sobre algo hace falta atribuir algún sentido a ese
algo, el que debe y tiene que estar necesariamente relacionado con la manera en
que nos “topamos” e interactuamos con él. El objeto y el sujeto de conocimiento
no son entes separados, sino partes constitutivas de una realidad que se construye
en reciprocidad ya que el objeto es lo que el sujeto siente y traduce significati­
vamente a partir de dicho sentir, por lo que sensación y percepción, tal y como
afirmó Welsh (citado en Cabot, 2000) son procesos inseparables. Sin embargo, lo
que no apuntamos anteriormente es que para este filósofo la relación diferenciada
entre percepción y pensamiento se resuelve en lo que él denomina el
pensamiento estético, al que define vinculado con la percepción estética como
percepción sensible, es decir, como la percepción que permite captar de un modo
sensible la realidad ya que para Welsh el conocimiento sobre la realidad se debe
al sentido.

Como se puede notar, este planteamiento de Welsh, el cual permite cues­
tionar la idea del conocimiento racional como conocimiento universal-colectivo y
con ello también la idea del conocimiento sensorial como actividad singular-
individual, nos indica que la escisión entre sensibilidad y percepción obedece a
un proceso de diferenciación que no es natural, sino histórico e ideológico. Así,
la percepción sensible resulta susceptible a todos los seres humanos bajo ciertas
acotaciones que Welsh llama racionalidades y que se expresan simbólicamente a
través de la razón, la que, a su vez, en nuestra opinión forma parte de las raciona­
lidades implícitas en la corporalidad del ser mediante un proceso semiósico y co-
determinado en el que la razón se sensibiliza mediante su inserción en el cuerpo
y lo corporal se racionaliza mediante su inserción en el contexto. Como lo seña­
lara Verón en su ya citada obra “si el sentido es material, lo es para un sujeto que
percibe y si el lenguaje perdió el sentido de la palabra y la traza de la escritura es
porque el sujeto ha perdido su cuerpo” (Verón, 1998: 99).

Es por ello que resulta errado y confuso cifrar la fascinación, en tanto as­
pecto relativo a la experiencia del arte, como modo estésico de percepción sola­
mente en el umbral de la sensación ya que aunque la fascinación resulta un modo
adecuado de nombrar la percepción estética en general (aceptado incluso por
todos los que se han referido a la experiencia estética, incluyendo a Mandoki),
resulta también un evento semiósico anclado en el cuerpo, o sea, en lo sensorial-
perceptual y en la medida en que se torna juego de la seducción de los sentidos
ante un fenómeno concreto lo hace justo porque ocurre -fenomenológicamente
hablando- ante lo que al cuerpo, o si se quiere a la percepción, le parece asom­
broso, inesperado, raro, impresionante.

Si tenemos en cuenta que lo asombroso, lo inesperado, lo raro y lo impre­
sionante son todas ellas características atribuibles de una manera u otra al arte,
aunque también a otros fenómenos estéticos, el lector habrá adivinado que la
fascinación como modo de percepción estética tiene lugar cuando el sujeto de la
percepción -corpórea, histórica, con pasado- interactúa con el entorno (en este
caso, la obra de arte) interpretándola, pero no para interpretar lo que la obra dice,
sino para saber cómo debe entender ese entorno que le resulta asombroso y ante
el cual se halla sin memoria, sin posibilidad de reconocimiento y sin posibilidad
de interpretar. Es aquí donde cobra sentido la centralidad de la interpretación
como proceso semiósico per se, es decir, como proceso de producción y cons­
trucción de sentido no solo en torno a la realidad percibida como fascinante sino
también en torno a la construcción del sujeto ante ella.

Etimológicamente, fascinación significa encantamiento y lo que encanta
tiene que ver con lo mágico, lo extraño, lo imposible; de ahí la seducción. En ese
sentido, un objeto o fenómeno que ha sido percibido por un sujeto como fasci­
nante en realidad no es fascinante per se, sino que mediante un proceso senso-
perceptivo (que ya vimos como no puede desligarse de lo semiósico) el sujeto ha
percibido en él ciertos rasgos que concibe como mágicos, extraños, impresionan­
tes o asombrosos que son justamente los que lo convierten en significante y pro­
vocan, entonces, digamos, una aprehensión “fascinante”, si se nos permite el
término.

Dicha aprehensión, digámoslo otra vez, se da solo cuando el sujeto perci­
be una diferencia novedosa o rara en la materialidad de los objetos o fenómenos
percibidos como fascinantes; y justo ello es lo que a nuestro juicio debe enten­
derse como percepción “estética”, la que, si bien sensible, en realidad establece,
como ya hemos comentado, una diferencia con respecto de otras percepciones
sensibles no fascinantes.
No obstante esta descripción sintética de lo que consideramos percepción
estética, debemos señalar con claridad que lo que de ahora en adelante llamare­
mos, a falta de mejor nombre de momento, objeto o fenómeno “estético” designa
a aquellos objetos y fenómenos que participan de la percepción estética, lo que
no indica para nada asumir conceptualmente la idea de una esteticidad intrínseca
de los objetos10, mucho menos la idea de posesión de una verdad o esencia de las
cosas. Se trata más bien de comprender que si bien toda experiencia ocurre en el
sujeto, ello implica necesariamente la presencia de un objeto o fenómeno a la
manera de existente que es percibido fascinantemente por el sujeto a partir de que
la materialidad significante de dicho objeto le permite al sujeto implicar a dicho
objeto en una aprehensión fascinante a través de un proceso semiósico inevitable
que el sujeto realiza de forma natural ante lo desconocido.

En ese sentido, aclaramos nuevamente, en ningún caso puede existir un
objeto o fenómeno estético o fascinante per se (ni siquiera los del arte), es decir,
no pueden existir objetos estético de forma autónoma e independiente de la per­
cepción del sujeto, sino que deviene “estético” o si se prefiere “fascinante”, pre­
cisamente debido a que el sujeto percibe fascinación en ellos. Es decir, el sujeto
se maravilla o se impresiona ante estos objetos que percibe como fascinantes
porque no logra conocerlos, o sea: les resultan incognoscibles según los sistemas
cognitivos preexistentes de los que el sujeto dispone.

Pero atención: no todo lo incognoscible resulta fascinante, sino solo
aquello que el sujeto cree asombroso o mágico. Ello implica que para percibir
sensiblemente la realidad el sujeto solo debe percibirla sensorialmente, es decir,
solo debe percibir la realidad tal cual lo hace desde su nacimiento de forma cons­

10 Esta idea de la esteticidad intrínseca de los objetos lamentablemente ha sido referida
por la autora en otros trabajos, aunque en ellos al igual que en éste se habla de una esen­
cia estésica de los mismos. Sin embargo, para no caer en confusiones ni contradicciones,
en este trabajo se ha preferido soslayar radicalmente tal definición con el objetivo de
dejar claramente asentado la dirección de nuestra reflexión en torno a la propuesta que
aquí se ensaya que, como podrá notar el lector si tiene oportunidad de comparar este
trabajo con los otros anteriores a los que hemos hecho referencia, no difiere en lo esen­
cial.
tante y cotidiana; en cambio, para percibir la fascinación en un objeto o fenó­
meno, el sujeto debe disponerse, en términos tanto de disposición volitiva como
de habilidad, a experimentar invalidaciones de los sistemas cognitivos preexis­
tentes para la aprehensión de los mismos ya que justo de esa manera es que será
capaz de fascinarse, o lo que es lo mismo, de percibir estéticamente los objetos y
fenómenos ya sean del arte o de la realidad física, social y cultural como tales en
tanto poseedores de rasgos significativamente raros o extraños para los cuales no
tiene patrones de reconocimiento.

Así, queda claro que nuestra posición en torno a los objetos y fenómenos
“estéticos” o “fascinantes” se distancia de posturas ontológicas trascendentalistas
a lo Heidegger, y se ubica en una perspectiva materialista y fenomenológica que
implica la puesta en relación cognitiva a partir de una motivación afectiva y emo­
tiva (la fascinación) del sujeto hacia los objetos y fenómenos de nuestra realidad
que, a nuestro juicio, no se da como plantea Mandoki mediante un exceso o des­
bordamiento de la apreciación provocado por brincarse el eje semiósico de la
percepción (Mandoki, 2008: 134), sino justamente -tal y como ya mencionamos-
por atravesarlo.

De esa manera, cuando se dice que un sujeto percibe estéticamente los
fenómenos y objetos del arte, la realidad de lo que sucede es que se está dispo­
niendo emotiva y cognitivamente a entrar en una relación semiósica de fascina­
ción con objetos y fenómenos en los que cree percibir cierta “rareza” como valor
significante. Dicha rareza, insistimos, no responde a ninguna propiedad especial
en sí, sino a una especie de configuración otra de su materialidad que se institu­
ye, parafraseando a Bajtín (1990) como alteridad, haciendo del objeto o el fenó­
meno algo diferente a la percepción del sujeto; en ese sentido, como se podrá
apreciar, la alteridad del objeto o fenómeno solo es posible percibirla en tanto el
sujeto la perciba como tal.
Todo lo anterior indica que una vez que el sujeto percibe alteridad en el
objeto o fenómeno, éste adquiere potencial para el diálogo11 en tanto se percibe
fascinantemente como portador de “secreto”12, es decir, como portador de una
configuración material o lo que es lo mismos: una disposición espacio-temporal
de su materialidad diferente, rara o desconocida que dispone al sujeto a validar
mediante la experiencia esos patrones perceptivos nuevos que justo le han permi­
tido construir la información sobre el objeto o fenómeno fascinante en cuestión.
De esta manera, la existencia de un secreto percibido en el objeto o fenómeno
desde el carácter afectivo-emotivo que toda fascinación provee torna susceptible
de disponer al sujeto al diálogo con tales objetos y fenómenos toda vez que el
secreto en tanto percibido como tal no resulta develado, y ello precisamente es en
nuestra opinión lo que compromete al sujeto emotiva e intelectivamente a invo­
lucrarse con él para conocerlo.

Debemos insistir en que este concepto de secreto no indica en ningún ca­
so la existencia de un secreto per se en los objetos y fenómenos que se perciben
como fascinantes, sino solo el hecho de que la materialidad del objeto hecho
signo donde se asienta su carácter significante resulta nueva para el sujeto. Dicha
materialidad se muestra a través de una especie de conjuración material incom­
pleta o inconclusa que, expresada como secreto a la percepción del sujeto, le
permite a éste potencialmente involucrarse en una relación emotiva e intelectiva
con él, es decir, en una relación que no solo apela a la sensorialidad y sensibili­
dad del sujeto, sino también a su intelecto en tanto precisa de hacer emerger pa­
trones perceptivos nuevos para aprehenderlo.

11 Esto lo hemos expresado en trabajos anteriores sobre la dialogicidad del arte. Para
mayor información consultar: Romeu, Vivian (2009). "Indeterminación y construcción
identitaria. Reflexiones sobre lo estético como dimensión dialógica de lo sensible". En
revista Análisis, quaderns de comunicación i cultura No. 39, Universitat Autonoma de
Barcelona, pp. 163-178. Artículo también disponible en línea en:
http//:www.raco.cat/index.php/Analisi/Article/view/184494
12 Nos hemos basado en el concepto de "forma significante" de Clive Bell, a pesar de que
nos distanciamos de él. Para mayor información, recomendamos consultar "Art as Signifi-
cant Form: The Aesthetics Hypothesis". En George Dickie et al (Eds.) Aesthetics, a Critical
Antologhy, New York: San Martins, 1977.
En otras palabras: en su relación con el objeto o fenómeno “fascinante” el
sujeto percibe la existencia de un secreto a partir de la percepción de su propia
ignorancia o desconcierto cognitivo, y aunque no pueda dar cuenta de lo que
configura el secreto del objeto o fenómeno en cuestión, establece una relación
cognitiva con él soportada en procesos semióticos que se destacan por su natura­
leza afectiva y primordialmente sensorial13.

De esa manera, como se podrá notar, la percepción estética que solo po­
sibilita el acceso a la percepción del “secreto” en el objeto o fenómeno, da paso a
la experiencia estética mediante el establecimiento de una especie de conversa­
ción del sujeto con el objeto o fenómeno a través de la cual el primero pretende
descubrir el significado oculto en el secreto del segundo. Dicha experiencia se
muestra sin lugar a dudas, en tanto acto de descubrimiento, como actividad cog-
nitiva que posibilita la configuración de un nuevo enunciado sobre el objeto o
fenómeno, construyendo así conocimiento nuevo.

Es así que esta actividad cognitiva instituye en nuestra opinión lo que
llamamos relación dialógica del sujeto con el objeto percibido como fascinante
en su intento por descubrir su “secreto” o como dijera Ingarden (citado en Iser,
1997: 222) por completar sus vacíos a partir de las articulaciones inteligibles que
logra entrever el sujeto en la configuración material del objeto o fenómeno. La
inteligibilidad funciona así como mecanismo en el que objetos y fenómenos se
dan a entender en una especie de mostración de su ser contingente; en ese senti­
do, la presencia de mínimos patrones de inteligibilidad en objetos y fenómenos
de la realidad dispone la actividad emotiva y cognitiva en el sujeto haciendo que
éste se disponga a descubrir estas pistas inteligibles que se manifiestan como
articulaciones del sentido a partir de su materialidad, y posteriormente se dispon­
ga también a seguirlas para descubrir ese sentido otro que ha percibido; de ahí
que el objeto o fenómeno se ofrezca a la percepción del sujeto como una especie

13 Faltaría en este trabajo una caracterización casi obligada del carácter afectivo de dicha
relación, lo que supone a su vez una reflexión más profunda sobre el papel del placer y la
empatía en los procesos de experiencia del arte, mismos que al salirse de los márgenes de
este trabajo lamentablemente debemos abonar necesariamente en futuras comunicacio­
nes.
de objeto abierto al diálogo con el que entonces, a voluntad, el sujeto se involu­
cra.

Así descrito involucramiento y relación dialógica forman parte de una
misma actividad indagatoria, hermenéutica y evidentemente semiósica en la que
el sujeto pregunta al objeto sobre su secreto, y éste le “responde” desde la inteli­
gibilidad que provee su materialidad, de modo tal que el diálogo le permite al
sujeto ir construyendo patrones de percepción que en la medida en que le ofrece
información sobre el secreto, le posibilita simultáneamente la construcción de
conocimiento nuevo el cual se gesta como ya hemos señalado a través de proce­
sos semiósicos o interpretativos por medio de los cuales el sujeto se obliga a to­
mar en cuenta al objeto, preguntándose y respondiéndose él mismo sobre el sen­
tido oculto del objeto a partir de las pistas que le confiere su inteligibilidad.

Sin embargo, debemos recordar que esto solo ocurre si el sujeto se dispo­
ne a hacerlo ya que por diversos motivos el sujeto puede negarse a esa experien­
cia simultáneamente emotiva y cognitiva, ya sea debido a su falta de interés o
curiosidad en conocer el secreto que ha percibido, ya sea por deseo o capacidad
por prolongar la percepción de fascinación, o quizá debido a su incapacidad para
indagar en dicho secreto, entre otras. Pero más importante resulta plantear que en
cualquiera de los escenarios de negación anteriores hay percepción estética mas
no experiencia, ya que ésta se da solamente como fenómeno de validación de los
sistemas cognitivos del sujeto, y no como fenómeno de aprehensión que es lo que
se circunscribe al primero. Pasar de la percepción a la experiencia estética es lo
mismo que pasar de la percepción de la fascinación a la experiencia (práctica,
uso, vivencia) de lo fascinante que es, y debe ser, necesariamente fugaz.

En consecuencia, si bien en la percepción hay cognición, dicho conoci­
miento se afirma solo como evento singular, pero es solo en la experiencia que se
valida o se comprueba como fenómeno en tanto se vive; es decir, es el desarrollo
de la experiencia lo que indica al sujeto la necesidad de construir nuevos patrones
perceptivos, la percepción por sí misma no es capaz de generar tal información.
En el caso que nos ocupa, cuando el sujeto percibe la fascinación que desata la
percepción de un secreto en algún objeto o fenómeno lo hace partiendo de lo que
a su sensibilidad (léase a sus patrones perceptivos e interpretativos en el plano
sensorial) le resulta ajeno y desconocido, por ello decimos que el sujeto percibe
el secreto del objeto a partir de la percepción de su propia ignorancia; sin embar­
go, aunque el sujeto no pueda dar cuenta de lo que configura el secreto del objeto
en cuestión, su actividad dialógica que será entonces circunscrita a su carácter
primordialmente estético, en un intento por aprehenderlo, se enfocará entonces a
interrogarlo hermenéuticamente, estableciendo con ello una relación eminente­
mente cognitiva al interior de una experiencia de fascinación, o sea, de una expe­
riencia estética.

Como se puede notar nuestra definición de experiencia estética se distan­
cia de las posturas de Dufresnne y Beardsley que Mandoki llama “circulares” en
tanto definen al objeto estético por la experiencia estética y a ésta por aquél
(Mandoki, 2008: 47) puesto que la nuestra define al objeto y al fenómeno “estéti­
co” desde un punto de vista semiósico y fenomenológico soportado en la conver­
sión de un evento X en uno Y, donde Y se transforma en fascinante gracias a la
peculiar actividad perceptora del sujeto que percibe al objeto como signo, y a
éste como portador de secreto.

También nos distanciamos de las teorías sobre la captura estética en las
que la naturaleza del objeto apela a la sensibilidad del sujeto en tanto reconoce­
mos que es el sujeto en el despliegue de su sensibilidad vital quien capta o perci­
be en el objeto lo que hemos dado en llamar “secreto”. Estamos conscientes de
que el objeto no puede apelar a la sensibilidad, sino que es el sujeto, a través de
su sensibilidad intelectiva, su sensorialidad, quien apela al secreto del objeto.

Es así que el sujeto se transforma en términos cognitivos de un ser se-
miósicamente pasivo a un ser semiósicamente activo ya que si bien la percepción
es condición de la cognición, no todo sujeto perceptor es capaz de conocer, o lo
que es lo mismo no todo sujeto perceptor transforma la actividad semiótica en
una actividad del pensamiento; en ese sentido, insistimos, el sujeto de la expe­
riencia estética debe ser capaz de poder captar en el objeto o fenómeno ese secre­
to que cree percibir; de ahí que lo que definamos por actividad dialógica del suje­
to no se traduce como en Stolnitz en una actitud especial, sino en la habilidad y
disposición del sujeto para percibir la existencia de un “secreto” en el objeto o
fenómeno, lo que precisa que el sujeto despliegue como hábito su habilidad para
disponerse a descubrir esa configuración otra del objeto o fenómeno a partir de la
desestimación de los hábitos cognitivos que impiden la emergencia de conoci­
miento nuevo.

Este descubrimiento -que en términos de Mandoki (2008: 136) resulta,
como ya dijimos, de un exceso de valoración que rebasa al evento semiósico en
tanto se diferencia del re-conocimiento (semiosis), como un quitar el velo del
cubrimiento en el que la percepción se abre sin hábito ni reconocimiento a una
experiencia nueva- constituye para nosotros parte de un proceso cognitivo en el
que el sujeto, inmerso en un halo perceptivo de fascinación, gracias a su habili­
dad y disposición, percibe la alteridad como signo de los objetos y fenómenos
mediante la captación de ese algo diferente, novedoso o irreconocible que se
halla indisolublemente vinculado a su materialidad, la que en su calidad de con­
figuración incompleta e inconclusa a la percepción del sujeto se muestra como
secreto, transformando con ello el estatus de los objetos y fenómenos de norma­
les y sabidos a raros y desconocidos; dicha transformación, no está de más insis­
tir, no ocurre en los objetos tal cual, sino en los sujetos, es decir, en el acto se-
miósico por el cual se transforma el régimen de percepción de los sujetos en tan­
to se enfrentan así con una configuración material que deben aprehender a través
de patrones perceptivos nuevos.

Entendiendo que lo que conocemos como realidad proviene de lo que
construimos a través de los patrones cognitivos que vamos incorporando a la red
neuronal a través de lo sensorial (Varela, 2005: 71-75), lo cognoscible se con­
vierte en lo que el sujeto puede conocer, en tanto se adecua a los patrones de
percepción que la interconectividad neuronal de los sujetos permite registrar,
como una especie de co-determinación entre lo que se puede conocer y lo que se
conoce (Varela, 2005: 102). Por ello, cuando el sujeto se fascina ante un objeto o
fenómeno cualquiera percibe también un sentido otro en la configuración mate­
rial del objeto o fenómeno, en un acto que le evidencia la configuración de un
patrón perceptivo nuevo que, debemos aclarar, si bien en el plano sígnico (no
simbólico) el sujeto no puede reprimir, es decir, no puede evitar percibir en tanto
forma parte de su condición vital como ser sensible en el mundo, en plano simbó­
lico sí, ya que la razón vinculada a lo simbólico, mediante la desestimación de lo
puramente sígnico, procuraría la emergencia de patrones perceptivos más afian­
zados, más reconocibles y cómodos en términos de significación. Así, por ejem­
plo, en el caso del arte al ser percibido bajo un régimen de sensibilidad y fascina­
ción ya establecidos que han sido estructurados a lo largo de la vida del sujeto, el
potencial de intercambiabilidad del signo, o sea, su valor significante en tanto
fundamento esencial de la cognición se puede ver notablemente restringido, no
siendo así lo mismo con otros fenómenos estéticos como el disfrute del sexo o de
algunos sabores o sonidos, por ejemplo.

En resumen, podemos afirmar que en la experiencia estética en tanto ex­
periencia afectiva, emotiva, intelectiva y volitiva que el sujeto experimenta ante
los objetos y fenómenos percibidos como fascinantes, el sujeto despliega una
actividad perceptiva de fascinación por medio de la cual percibe un sentido otro
en el objeto. María Isabel Filinish en su texto De la espera y la nostalgia (1999)
plantea que los objetos del mundo pueden participar de la percepción estética en
la medida en que permitan vislumbrar la posibilidad de otro sentido (Filinish,
1999: 143-144); de ahí que, corrigiendo la idea de que los objetos per se permi­
tan vislumbrar algo, nos resulta interesante el hecho de que la autora haga refe­
rencia a que hay un “algo” en los objetos del mundo que permite al sujeto perci­
bir en ellos un sentido distinto que nosotros entendemos como la emergencia del
secreto14.

Solo en ese instante puede hablarse del sujeto fascinado como aquel que,
impulsado por el despliegue de su actividad emotiva o estética -que como señala
Mandoki (2008: 67, 72) resulta una actitud de apertura al mundo, diríamos, de
conocimiento- puede y quiere construir patrones perceptivos y cognitivos dife­
rentes cada vez. Por ello, la actividad cognitiva que conduce a la experiencia

14 Debemos aclarar que no se trata de un significado referencial que alude a la representa­
ción externa del objeto o a su función, sino a lo que lo define, al menos contingentemente
como objeto perceptible primordialmente de modo estético.
estética debe ser entendida como una actividad en la que el sujeto se dispone,
movilizando todos los recursos a su alcance, para hacer emerger patrones percep­
tivos que le permitan enfrentar cognitivamente al objeto de una forma diferente15,
es decir, como un signo cuya materialidad significante no ha sido explorada por
el sujeto de antemano.

Es a este tipo de experiencia emotiva en tanto regida por la percepción de
fascinación; intelectiva en tanto vehículo de conocimiento, de aprendizaje; y
volitiva en cuanto a que precisa de la voluntad e intención del sujeto para partici­
par de ella, a la que llamamos experiencia estética. Como se puede apreciar, no
se trata de una postura de recurrencia cíclica, sino más bien espiral que, en tanto
se da a partir de una mutua implicación entre la cognición y lo cognoscible, no
apunta a la finitud del proceso, sino a su potencial creativo.

4. Conclusiones
A lo largo de este trabajo hemos considerado a la subjetividad como ám­
bito por excelencia de la estesis, pero ello no significa que pueda hablarse de
percepción y cognición como procesos al margen de los objetos y fenómenos del
mundo ya que la posibilidad humana de sentir y percibir solo puede ser desple­
gada en la relación cognoscitiva implicante sujeto-objeto a través de la cual in-
teractúan para construir sentido sobre sí mismos como dijera Klinkenberg (2006)
y en la que intervienen como parte de la percepción del sujeto todo el abanico de
sus racionalidades (Welsh, 1998) que no son más que los modos innatos de sen-
sopercepción modelados onto y filogenéticamente.

Así, los objetos y fenómenos percibidos estéticamente se amparan en la
materialidad significante que hace de ellos justamente materia de la percepción
del sujeto para el despliegue de su sensibilidad ya que de esa manera la sensibili­
dad no solo se instala como condición existencial del ser en el mundo, sino como
condición que dispone al sujeto a la percepción, la semiosis y el conocimiento.

15 En ponencia de la autora Secreto y metáfora en la configuración estético-discursiva del
arte: dos aspectos semióticos, en VIII Encuentro ALED, Monterrey, México, octubre 2009.
Con ello, sin duda, se transforma al sujeto de simplemente perceptivo en un suje­
to que impulsado por la naturaleza de la fascinación, se dispone a saber.

Como en toda experiencia de cognición, la actividad cognitiva parte de la
actividad semiósica que realiza el sistema cognitivo del sujeto a partir de la cons­
trucción de patrones perceptivos mediante los cuales construye a su vez la infor­
mación sobre lo que resultará cognoscible. En ese sentido, la propuesta de defini­
ción del fenómeno de percepción y experiencia de fascinación que hemos llama­
do experiencia estética puede ser aplicable a cualquier objeto o fenómeno de la
realidad física que pueda generar tal experiencia.

No obstante, para el caso concreto de los objetos y fenómenos del arte en
tanto productos y prácticas propias del campo artístico (Bourdieu, 199516), es
necesario enfatizar además que la producción de obras de arte se realiza aún hoy
bajo ciertas requisitos o pautas de creación, tales como: exclusividad, elitismo e
innovación, cuya objetivación se manifiesta en la configuración singular de las
obras a partir del empleo de ciertas estrategias constructivas que algunos autores
han caracterizado como “especialidad” (Bruner, 2001), “intraducibilidad” (Lot-
man, 1988), hermetismo y autorreferencialidad (Romeu, 2008), etc.

En ese sentido, la experiencia del arte resulta parte de un proceso de per­
cepción mayor donde se gestan experiencias de muchos tipos y en específico ante
una diversidad de experiencias que participan dentro de una dinámica de consu­
mo cultural altamente contextualizada en la que perviven también ciertos rituales
de socialización y comunicación17. Por ello, la experiencia del arte no puede ser
entendida al margen de su situacionalidad histórica ya que ésta provee a los pro­

16 Para una mayor información sobre el particular se puede consultar el texto de la autora
"Arte y reproducción cultural" en Revista Estudio de las Culturas Contemporáneas,
Volumen XVII, No. 33, pp. 113-139, 2011. Universidad de Colima. México. También
disponible en http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/316/31618563007.pdf
17 Para una mayor información acerca de este tópico, además de la lectura obligada de las
obras de Bourdieu La distinción. Criterios y bases sociales del gusto, Taurus, Madrid, 1988
y Las reglas del arte: génesis y estructura del campo literario, Anagrama, Barcelona, 1995,
recomendamos consultar el texto "El papel del arte en la reproducción de la cultura. Una
aproximación preliminar desde la sociología y la semiótica" en Edgar Sandoval y Gabriel
Medina, Cultura y Poder, UACM, México, 2010: 159-206.
cesos semióticos al interior de los procesos de recepción del arte de pautas de
sensibilidad que aparecen sedimentados en la cultura a través del despliegue de
los regímenes escópicos donde se fraguan las más de las veces, como sucede en
cualquier situación de mediación social, las maneras o condiciones en que se
gesta la experiencia misma; de ahí que la experiencia estética, gestada a partir de
la experiencia de fascinación en torno a los objetos y fenómenos del arte, deba
ser atendida de manera más contextualizada.

Es por ello que podemos decir que la investigación teórica y empírica so­
bre la experiencia estética en lo general y sobre la experiencia del arte en lo par­
ticular ofrece a los estudios semióticos de última generación, la posibilidad de
expandir su campo de acción epistémica, a través del diálogo con otros campos
del saber con los que no ha tenido contacto directo.

La experiencia sensible, justo por formar parte de un proceso natural de
todo ser vivo se inserta con perfección en la biosemiótica como epistemología
semiótica que se encarga de estudiar los procesos de significación en la naturale­
za y el reino animal, aunque de manera concreta pueda dar cuenta de los procesos
semiósicos internos de la especie humana también, a la manera de una etología.
No obstante ello, la experiencia del arte, en tanto experiencia sensible e intelecti­
va simultáneamente, precisa de ser atravesada también por el estudio de la se-
miosis desde el paradigma antroposemiótico, es decir, a partir de la presencia del
lenguaje y los sistemas de simbolización sociocultural pues se inserta a priori en
un mundo semiotizado de antemano, aunque ello no signifique pensarlo como
una red de significación fija o inamovible. Pensamos que es este un camino que
ofrece muchas posibilidades de reflexión e indagación en un terreno fértil, pero
virgen.

Las implicaciones que esto traería para la semiótica como epistemología
serían verdaderamente notables, y para el arte, una nueva lógica de estudio que
ampararía su papel al interior de los procesos de evolución de la vida, la especie
y las sociedades. Como dijera Luhmann la función del arte es organizar la expe­
riencia sensible (Luhmann, 2005); y si él tiene razón la demostración teórica y
empírica de tal aseveración habrá que orientarla hacia el campo de la biosemióti-
ca, es decir, hacia el lugar donde los procesos interpretativos no solo construyen
redes de significación sino modos de relación de los organismos con sus entor­
nos, o lo que es lo mismo: mecanismos de supervivencia. Estas relaciones de
sentido sin duda alguna son las que posibilitan pensar al conocimiento como
adaptación y a la experiencia como memoria. En el caso del arte y la teoría esté­
tica ello estaría indicando una verdadera revolución. ¡¡ ¡Enhorabuena!!!

Referencias
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Intención e Interpretación.
La Comunicación Artística desde un enfoque pragmático

Mtro. Emiliano García Canal1
Universidad Autónoma de la Ciudad de México

1. Introducción
[...] el artista siempre escoge. Incluso cuando hace
una pintura ordinaria, siempre hay una elección: es­
coge sus colores, escoge su lienzo, escoge su tema.
Escoges todo. No existe arte, esencialmente solo exis­
te la elección.
Marcel Duchamp2

Cuando nos enfrentamos a la interpretación de la producción artística
contemporánea en artes3 visuales y plásticas es muy frecuente que nuestra idea
común de lo que es o ha sido el arte choque con las propuestas actuales -este
problema de inteligibilidad no es exclusivo ni del arte, ni de la producción visual
que hoy podemos encontrar en los espacios de exhibición-. Concepciones tales

1 Maestro en Filosofía por la UNAM; Licenciado en Artes Plásticas con opción fotografía
por la Universidad Veracruzana. Profesor-Investigador de la Academia de Comunicación y
Cultura de la UACM. Desde el 2002 a la fecha ha colaborado con el Departamento de
Desarrollo Académico del CENART en diversos proyectos. Ha sido profesor y coordinador
del taller de fotografía de la ENPEG "La Esmeralda", INBA; así como profesor de semiótica
y sociología de la cultura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Profesor de semióti­
ca y pragmatismo en la Licenciatura de Educación Artística de la Escuela Superior de Artes
de Yucatán en coordinación con el Centro de las Artes de San Luis Potosí, Centenario.
2 Entrevista a Marcel Duchamp realizada por Phillipe Collin el 21 de junio de 1967. (von
Berswordt-Wallrabe, 2002: 37)
3 La noción de arte en este ensayo será usada con cierta especificidad; con este concepto
me referiré, no al arte en todas sus manifestaciones, sino más concretamente a la produc­
ción artística de tipo visual y plástica que se realiza en la actualidad y que deriva del arte
conceptual de los años 70's.
como maestría, obra, buena factura, autor, originalidad, intención, crítica y
otras que han sido heredadas de la tradición occidental decimonónica y que per­
miten cierto nivel de accesibilidad al arte, en los hechos prácticos -realización y
recepción-, se encuentran en un proceso constante de transformación, dificultan­
do el acto interpretativo sustentado en dichas categorías y códigos compartidos
entre público y autor.

En general, la producción contemporánea es percibida y recibida por un
gran número de espectadores con gran desconcierto y rechazo, ya que en muchos
casos las posibilidades de reconocer la realización como artística, y a sus posibles
significados como pertinentes e inteligibles, no derivan directamente de los códi­
gos y las categorías de lo artístico comprendidos desde una noción decimonónica
o vanguardista de principios del siglo XX. Si bien son innegables las reminiscen­
cias que la producción artística contemporánea guarda con su propia historia, el
reconocimiento de dichas reminiscencias puede exigir un trabajo de interpreta­
ción más conciso y especializado —propio del trabajo de Crítica del Arte o de la
Historia del Arte— cuando dichas reminiscencias no se ofrecen claras y distintas,
sino que solo se indican de manera tangencial por estar sustentadas en la trans­
gresión deliberada de algunos códigos o categorías que son o han sido reconoci­
dos como necesarios en el modo de comprensión de lo artístico hasta este mo­
mento. El hecho de que los espectadores experimenten un cierto rechazo e in­
comprensión de la producción artística actual, en gran media deriva de una diso­
ciación entre los paradigmas que se ponen en juego en la producción y los que
son utilizados en la interpretación.

Es importante tomar en cuenta que el artista contemporáneo ha asumido
las nociones de transgresión, originalidad e innovación como principios funda­
mentales de la actividad artística, al grado de reconocer como caduco casi cual­
quier referente artístico anterior. Esto no quiere decir que el artista contemporá­
neo no utilice y retome gestos, estrategias y categorías válidas de la historia de su
actividad, sino que en la utilización de dichas posibilidades se incluye un proceso
de actualización y modificación -y a presente desde el romanticismo- que permi­
ta producir un objeto nuevo, que si bien tiene reminiscencias del pasado, pueda
ser recibido como un producto novedoso y, de alguna manera, distinto a lo ya
producido4.

Esta actualización o modificación constante implica la utilización, por
parte del autor, de preceptos, códigos y categorías pertinentes a lo artístico de un
modo no esperado para el espectador, circunstancia que, a mi parecer, dificulta
cualquier proceso interpretativo que busque vincular los usos no estandarizados
de dichos presupuestos compartidos de lo artístico con una propuesta artística
concreta. En ese sentido, el acercamiento a los posibles significados de una obra
de arte requiere del reconocimiento del aspecto intencional que se inscribe en la
transgresión, si se quiere comprender qué se ha querido comunicar y transmitir
con su utilización.

La idea principal de este trabajo es mostrar cómo cierta noción de inten­
ción y de autor tienen cabida en un proyecto interpretativo. Mi preocupación se
centra en ubicar los procesos intencionales que llevan a cabo los agentes raciona-
les5 en sus acciones, en el lugar adecuado para una teoría de la interpretación del
arte.

Si bien, la interpretación es una acción que involucra al ámbito lingüísti­
co a partir del cual un intérprete provee de significados conceptuales a los objetos
en una relación interpretativa, esto no excluye el hecho de que el arte es, entre
otras cosas, la producción de objetos intencionales que llevan a cabo agentes
racionales y, por lo tanto, la recuperación de esa perspectiva intencional nos
permite comprender el porqué y el para qué de dicho acto; sobre todo, cuando en
la producción artística se involucran usos no estandarizados de preceptos, catego­

4 Esta circunstancia tiene mucho que ver con la mercantilización extrema que vive el mun­
do del arte y la necesidad que tiene el mercado de ofrecer y consumir nuevos productos
artísticos; sin embargo, este tema, aunque interesante e importante para la comprensión
de la complejidad de los procesos de producción y recepción de las artes, no será aborda­
do en este trabajo.
5 El término agente ha sido utilizado por ciertas investigaciones filosóficas contemporá­
neas que estudian los conceptos de acción, deliberación, decisión, elección, intención,
etc., sobre todo en el marco de la teoría moral y cognitiva. Un agente racional es un indi­
viduo capaz de ejecutar una acción razonada. Sobre teoría del agente ver Macmurray
(1999) y Beck (1975).
rías y códigos del arte que dificultan una interpretación literal de lo representado
como sucede en los actos lingüísticos metafóricos o irónicos.

En este sentido, considero que la producción artística debe entenderse
como un tipo de acto intencional, que suele producirse en los márgenes del len­
guaje y del marco regulador del mundo del arte: preceptos, categorías y códigos
históricamente válidos de lo artístico. Es decir, es un tipo de acción que se carac­
teriza por hacer uso estandarizado de ciertas reglas del arte, pero que incorpora
otros usos no estándares de las mismas reglas como estrategia para satisfacer la
exigencia de la transgresión, innovación y originalidad.

Un modelo interpretativo que se preocupe por acceder a la intención que
ha quedado inscripta en la obra, por medio de reconocer los indicios o gestos de
una racionalidad capaz de concatenar imágenes y formas para representar y co­
mentar su posición ante el mundo, permite develar aspectos colaterales y contex-
tuales significativos que posibilitan un acercamiento más agudo sobre la propues­
ta artística y sobre aquellas características que la obra misma no puede mostrar
en su literalidad. Indagatoria que puede resultar en el hallazgo de información
relevante para la comprensión de la obra en cuestión, sin que con esto se pretenda
un acceso al significado único y verdadero derivado del encuentro con una inten­
ción originaria irrecuperable y; por tanto, sin que se pretenda eliminar la hetero­
geneidad significativa propia de la producción artística actual.

A lo largo de este texto, defenderé la tesis de que es posible acercarse a la
intención o intenciones que han quedado inscritas en un signo visual de una ma­
nera análoga al modo en que reconocemos las intenciones de un interlocutor en
una conversación: por medio de la elaboración de hipótesis alternas -análisis
pragmático- que permitan evaluar el contenido de la significación literal de lo
dicho respecto al ámbito intencional de lo que se ha querido decir.

Esta reflexión se inscribe dentro de la tradición del pragmatismo filosófi­
co, desde la cual se establecen conexiones teóricas con la pragmática lingüística.
La idea es poder recuperar el ámbito intencional, propio de la creación artística,
para hacer inteligibles aquellos aspectos que no alcanzan a ser visibles o com­
prendidos en su complejidad desde un análisis que solamente toma en cuenta a la
obra como un objeto que debe concluir el intérprete con independencia de su
autor y de su contexto de producción.

En este sentido, acudo al pragmatismo de Charles Sanders Peirce como
uno de los ejes conductores para el análisis de la noción se signo. Desde esta
perspectiva asumo que todo proceso interpretativo es solo posible al interior de
una estructura sígnica que proporciona los límites y las posibilidades significati­
vas, y en la cual el intérprete establece las correlaciones contextuales entre dife­
rentes signos para obtener inteligibilidad sobre aquello que pretende interpretar.
Esta postura me ha permitido reflexionar sobre la relación que existe entre el
Signo, su Objeto -pensado principalmente como la finalidad de dicho signo- y el
Interpretante que -surgido de un proceso abductivo6- permite la concatenación
de la información relevante y pertinente para que se ofrezca coherencia a la in­
terpretación.

Asimismo, me apoyaré en las investigaciones realizadas en Lingüística
pragmática por Marcelo Dascal, para aventurar una propuesta metodológica que
ofrezca posibilidades de acercamiento hipotético a la intención inscrita en la pro­

6 Peirce plantea que cuando un intérprete se enfrenta a un fenómeno para el cual no
cuenta con códigos interpretativos estandarizados, ejecuta un proceso lógico de inferencia
que le ofrece sugerencias hipotéticas sobre su significado. Ese proceso de producción de
hipótesis inferenciales es conocido como abducción o hipótesis inferencial, la cual se dis­
tingue de la deducción o de la inducción pero igualmente permite establecer un cierto
nivel de argumentación sobre las relaciones significativas, aunque no de manera probato­
ria, simplemente funciona como una sugerencia que ofrece posibilidades para solucionar
un conflicto de inteligibilidad de manera pragmática: "La abducción es el proceso de for­
mación de una hipótesis explicativa. Es la única operación lógica que introduce alguna idea
nueva; dado que la inducción no hace más que determinar un valor y la deducción sim­
plemente desarrolla las consecuencias necesarias de una hipótesis. La deducción prueba
que algo debe ser; la inducción muestra que algo es realmente operativo; la abducción
simplemente sugiere que algo puede ser. La única justificación [de la abducción] es que a
partir de lo que ésta sugiere, la deducción puede derivar una predicción que, a su vez,
puede ser probada por inducción y si queremos aprender cualquier cosa de un pensa­
miento o comprenderlo del todo, esto debe conseguirse por medio de la abducción. No
puede darse razón de ella, hasta donde puedo discernir, pero la abducción no necesita
razones ya que ofrece meras sugerencias" (Pierce, 1931, CP 5.171) [traducción mía].
ducción artística. La idea es asumir que, al igual que en toda enunciación, el arte
es un modo de comunicación vinculado, en mayor o menor medida, a un ámbito
intencional.

Por lo tanto, la propuesta filosófica de Peirce ofrece un camino para ana­
lizar el problema de la intencionalidad y de su abducción desde sus aspectos ge­
nerales, mientras que, desde la pragmática lingüística intentaré ofrecer, de modo
particular, un acceso a las intenciones comunicativas que, como en el lenguaje
escrito u oral, no se vehiculan de forma transparente o literal en la representación
visual que se ostenta como transgresiva y comunicativa.

2. Asesinar al autor, despliegue del lector
A continuación realizaré un breve recorrido analítico sobre algunas de las
posturas teóricas que, por su importante influencia y declarada visión anti-
intencionalista, han ayudado a conformar una idea de arte que prioriza, en los
procesos comunicativos, únicamente el polo del intérprete. La amplia difusión de
varias de estas posturas ha provocado una estandarización en los modos de com­
prensión del arte. En este sentido, no busco proponer contra argumentos específi­
cos, sino deslizar la necesidad de retornar a un análisis que asuma la complejidad
de lo artístico. En mi posición, para comprender los posibles significados de la
producción artística, no basta comprender el papel que juega el intérprete, sino
reconocer que dicho intérprete está siendo interpelado por un gesto intencional.

La concepción generalizada de la Crítica y de la Filosofía del arte en la
actualidad implica su reconocimiento como fenómeno polisémico que, por su
misma constitución "ontológica", no se deja subsumir en una significación única
y total. Dicha concepción presupone que el valor de lo artístico radica única y
concretamente en esa constante transformación de sentido que se suscita en el
encuentro entre un artefacto7 y su intérprete, negando la posibilidad de que el arte

7 En la teoría institucionalista de George Dickie (2005), la obra es siempre artefacto; es
decir, es siempre una entidad creada por el hombre con una cierta finalidad — la de ser
usada como medio artístico en el contexto del mundo del arte— pero dicha entidad no
necesariamente tiene que ser pensada bajo la categoría de objeto físico, ya que, un poe­
comunique las ideas y las posturas de su autor, ya que a lo sumo expresa y pro­
mueve una multiplicidad de sentidos que no deben ser limitados a una sola inter­
pretación.

Determinar que el proceso interpretativo del arte tiene que restringirse a
la relación binaria entre el artefacto y el intérprete, elimina la posibilidad de
asumir la producción artística como el medio por el cual un autor, desde cierta
posición política y social, trasmite y expresa ideas a un público en particular;
elimina, de alguna forma, la posibilidad comunicativa que los artefactos, por ser
el resultado de una producción racional e intencional, pueden tener cuando se les
reconoce como un medio expresivo y comunicativo; y no como el fin en sí mis­
mo — arte por el arte— que alcanza autonomía contextual en el preciso momento
en que el artista ha concluido su trabajo.

En este sentido, la hermenéutica, el desconstructivismo, la semiología, el
anti-intencionalismo, etc., con sus matices y sus diferencias reales, asumen que
todo proceso interpretativo de un artefacto implica el reconocimiento de que éste
se concluye y conforma, en una multiplicidad de posibilidades, en cada una de
las interpretaciones que la misma historia del proceso posibilite. Es decir, en este
tipo de posturas teóricas se presupone al autor como un lastre que, en su supuesto
autoritarismo significativo, limita la polisemia y la experiencia estética derivada
del artefacto mismo. De una u otra manera, estas teorías, con sus respectivas
diferencias, postulan la existencia de una autonomía semántica entre el artefacto
y el artista.

En el caso de la hermenéutica filosófica, la conciencia subjetiva de un ar­
tista no puede ser el ámbito de determinación del sentido, en tanto que dicha sub­
jetividad se encuentra previamente determinada históricamente por elementos
que ella misma no ha creado y que, en muchos casos, no le son conscientes.
Cualquier idea de comunicación en la que el artefacto sea medio de la misma,
implica un acercamiento o contacto entre tradiciones, por medio del cual un in­

ma no es un objeto como tal, pero al estar hecho por el hombre y al estar hecho con la
finalidad de constituirse en un medio artístico en cierto contexto del mundo del arte, es
un artefacto que tiene una unidad y estabilidad lingüística.
térprete reconoce al espíritu de los tiempos implicado en el artefacto y se recono­
ce a sí mismo en aquellos aspectos familiares de la tradición que sobrevienen en
su propia historia. En este sentido, la historia de las interpretaciones específicas y
su decantación en la historia, requieren de un distanciamiento temporal entre el
momento de producción y el momento de la interpretación; distanciamiento que
garantiza la existencia de dicha historicidad interpretativa, la cual permite un
acercamiento con el artefacto que no esté mediado por la intención del autor y
sus presupuestos, sino por los prejuicios históricamente pertinentes para una tra­
dición dada. Según Hans-Georg Gadamer:

La distancia es la única que permite una expresión completa del verda­
dero sentido que hay en las cosas. Sin embargo, el verdadero sentido
contenido en un texto o en una obra de arte no se agota al llegar a un
determinado punto final, sino que es un proceso infinito. No es solo
que cada vez se vayan desconectando nuevas fuentes de error y filtran­
do así todas las posibles distorsiones del verdadero sentido, sino que
constantemente aparecen fuentes de comprensión que hacen patentes
relaciones de sentido insospechadas. La distancia en el tiempo que hace
posible este filtraje no tiene una dimensión concluida, sino que ella
misma está en constante movimiento y expansión (2001: 368).

El deconstructivismo tampoco se preocupa por las tácticas intencionales
que un autor pone en juego en su producción para iniciar el proceso de disemina­
ción, tácticas que pueden ser reconocidas por un intérprete. Según esta teoría, es
un error pensar que nuestros signos puedan ser reducidos a un origen fundante,
ya que toda idea de origen remite al final a un pensamiento metafísico. Para De-
rrida, la relación que se da entre texto y contexto es una relación de suma impor­
tancia para la significación; sin embargo, para el proyecto deconstructivista, es de
mayor importancia que dicha relación también se enmarque en el proceso del
borrarse, del hacerse ausente, asegurando así, que ningún texto quede limitado
por un único contexto; ni siquiera aquél que lo vio nacer. La posibilidad de la
diseminación del lenguaje y de la escritura está determinada y garantizada por la
archi-huella -única "originalidad" que puede soportar el proyecto derridiano-,
por la ausencia como principio determinante y trascendental. Por lo tanto, el au­
tor es solo necesario para la existencia fáctica del artefacto, pero sus intenciones
y sus presuposiciones de sentido se vuelven irrelevantes en el proceso interpreta­
tivo, ya que, dicho proceso se sustenta en una diseminación infinita, la cual pro­
duce que los signos remitan a otros signos en una dispersión y derivación del
significado. Según Jacques Derrida:

La huella no solo es la desaparición del origen; quiere decir aquí —en
el discurso que sometemos y de acuerdo al recorrido que seguimos—
que el origen ni siquiera ha desaparecido, que nunca fue constituido
salvo, en un movimiento retroactivo, por un no-origen, la huella que
deviene así en el origen del origen. A partir de esto, para sacar el con­
cepto de huella del esquema clásico que lo haría derivar de una presen­
cia o de una no-huella originaria y que la convertiría en una marca em­
pírica, es completamente necesario hablar de huella originaria o archi-
huella. No obstante sabemos que este concepto destruye su nombre y
que, si todo comienza por la huella, no hay sobre todo huella originaria
(2000: 80).

Asimismo, la semiología bartheana ha apuntado sobre la idea de la muer­
te del autor y el nacimiento del lector. En esta postura, los sujetos se encuentran
estructurados lingüística e históricamente y, por lo tanto, su voz ya nunca más es
propia, sino que es el acontecimiento de un devenir histórico en el que no se pue­
de reconocer un principio, pero sí un momentáneo final en el intérprete, el cual se
constituye en el lugar provisional de encuentro y reunión de múltiples voces que
dan explicación al suceso artístico -hablas que se encuentran ya siempre deter­
minadas por los límites y las posibilidades de la lengua misma, pero sin poder
transcenderla-.

[...] un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de va­
rias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia,
una contestación; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa mul­
tiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino
el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se
pierda ni una sola, todas las citas que constituyen una escritura; la uni­
dad del texto no está en su origen, sino en su destino [...] el nacimiento
del lector se paga con la muerte del Autor (Barthes, 1994: 71).

Por su parte, la teoría de crítica literaria denominada anti-
intencionalismo, presupone que el único acercamiento pertinente a un artefacto
es aquel que se realiza desde la evidencia interna; es decir, desde un ámbito me­
ramente semántico y formal, por lo cual, dicha postura desatiende cualquier posi­
bilidad de comprensión pragmática de las intenciones comunicativas implicadas
en el proyecto artístico; de aquellos aspectos comunicativos que, como en el caso
del lenguaje irónico o metafórico, no se muestran de forma transparente y explí­
cita en su modo de ser expresivo, pero que trascienden a una interpretación me­
ramente literal. Según Monroe C. Breardsley y William K. Wimsatt:

Uno se puede preguntar cómo un crítico espera conseguir una respuesta
sobre alguna pregunta relacionada con la intención. ¿Cómo pretende
encontrar fuera del trabajo mismo lo que el poeta ha tratado de decir?
Si el poeta ha tenido éxito al crear un poema, será en el poema en sí
donde se muestre lo que el autor ha tratado de hacer. Y si el poeta no
tuvo éxito, entonces el poema no será una evidencia adecuada, y el crí­
tico deberá ir más allá del poema para encontrar una evidencia de algo
que no se realizó efectivamente en dicho poema (1954: 4).

Posturas teóricas como las anteriores privilegian el ámbito de recepción
en el proceso de interpretación del arte y banalizan o desatienden cualquier inten­
to de recuperación del ámbito de construcción y generación del objeto artístico y
de las intenciones que se vinculan en dicho proceso. En gran medida, estas postu­
ras teóricas buscan desarticular la posibilidad de la voz del autor, al considerar
que dicha voz implica un autoritarismo que limita la multiplicidad semántica y
que promueve la búsqueda del único significado correcto y verdadero -la inten­
ción originaria del autor- en la interpretación del arte.

Sus argumentos pueden ser exhaustivos y pertinentes para comprender el
lugar que ocupa el intérprete en los procesos interpretativos y la necesidad de
revisar y replantear los alcances de la figura de autor; no obstante, el corolario
general de estas posturas permite pensar en la idea de que una obra de arte puede
significar cualquier cosa dependiendo de la intención del receptor; por lo tanto,
sería como decir que el significado de la obra, pensado desde las posibles inten­
ciones comunicativas, es irrelevante. La muerte del autor ha transfigurado el mito
del genio para que el autor omnisciente ceda su trono al intérprete omniabarcan-
te.

El problema de los acercamientos anteriores a un nivel comunicativo es
que el artefacto se vuelve una especie de espejo que devuelve lo que previamente
ya se sabía -aquellos aspectos que son familiares entre tradiciones y que le son
familiares al intérprete-, pero no necesariamente se alcanza a comprender aque­
llos que un autor pretende comunicar, expresar y producir, a nivel estético-
sensible o conceptual, con sus gestos transgresivos que, entre otros, le dan fun­
damento artístico a la producción realizada desde el siglo XIX hasta la fecha.

3. El signo triádico y el dilema de la interpretación artística
En palabras de Peirce, un signo es algo que está en lugar de otra cosa
-representándola-, para alguien; por lo tanto, el significado es el proceso de me­
diación cognitiva que produce un intérprete a partir de estar ubicado en un con­
texto y, desde el cual, relaciona contenidos paradigmáticos con aquello que se
presenta como el evento sígnico a interpretar. Para que la relación significativa
entre dicho evento sígnico y el significado sea posible, es necesaria la existencia
de un agente racional que produzca dicha relación, a la vez que una situación
cultural que proporcione los códigos necesarios para argumentar las relaciones
significativas según una comunidad interpretativa en un contexto específico.

En la propuesta semiótica peirciana, un signo se conforma en una rela­
ción triádica que es irreductible a una relación binaria de significante y significa­
do, ya que en esta semiótica todo signo o Representamen -sea simple o comple­
jo - media entre su Objeto y su Interpretante para que el segundo dé cuenta del
primero en dicha mediación; sin embargo, para que un Interpretante se pueda
referir al Objeto del signo, es necesario que dicho Objeto, al ser el referente del
signo mismo, determine, en alguna medida, las cualidades significantes de repre­
sentación del signo e imponga los límites pertinentes y reales de la mediación
anterior -com prensión- por parte del Interpretante; es decir, el Interpretante se
refiere al Objeto, pero por la influencia que este último produce en el signo que, a
su vez, influye en el Interpretante. Dicho Interpretante, al ser un pensamiento
-todo pensamiento es en sí mismo un signo-, representa la relación de mediación
entre el signo y su Objeto para que el primero pueda estar en lugar del segundo,
lo represente y, así, alcanzar la completa significación interpretativa del signo:

Un signo es un cognoscible que, por una parte, está determinado (esto
es, restringido, bestimmt) por otra cosa diferente de sí mismo, llamada
su Objeto (o en algunos casos, -si, por ejemplo, el Signo es la oración
“Caín mató a Abel”, en la que Caín y Abel son igualmente Objetos
Parciales- sería más conveniente decir que lo que determina el Signo
es el Complejo, o Totalidad de los Objetos Parciales. Y en todos los ca­
sos, el Objeto es exactamente el Universo del que el Objeto Especial es
miembro o parte); mientras que, por otra parte, determina alguna Mente
real o potencial -determinación que llamo el Interpretante creado por el
signo- de modo tal que la Mente Interpretante está en ese sentido me­
diatamente determinada por el Objeto (Peirce, 1998: 493)8.

En este sentido, ningún signo puede completar su significación si no es
por la mediación representativa de un pensamiento Interpretante; y, al mismo
tiempo, por la medición determinante -determinación que nunca será única y
total- de su Objeto, sea real o no, que en sí mismo solo puede ser pensado como
signo, pero anterior y exterior al que determina y que, a su vez, lo representa. De
ahí que un signo sea algo que está en lugar de otra cosa para un pensamiento que
represente dicha relación.

Cuando preguntamos por el significado de un signo, no estamos pregun­
tando por algo que le pertenece intrínseca y ontológicamente al signo, sino por
un modo de comprenderlo a partir de alguna relación conceptual de mediación, la

8 Ch. S. Peirce, "Correspondencia con William James del 16 de febrero del 1909" traducida
en (Redondo Domínguez, 2006: 335)
cual debe ser triádica (Signo, Objeto e Interpretante) y pertinente a una tradi­
ción9; dicha relación debe enmarcarse dentro de los propios márgenes de com­
prensión que se posibilitan en cierto ámbito socio-cultural. El significado es el
proceso que ejecuta un intérprete en función de su ubicación en un contexto his­
tórico, a partir del cual reconoce algo como signo que representa otra cosa; no
obstante, el acto interpretativo no es una mera decodificación de sistemas signifi­
cativos preestablecidos al interior de dicha tradición, sino que, dependiendo del
tipo de signo a interpretar, puede darse el caso de que en cierta comunidad inter­
pretativa no se hayan estandarizado las relaciones significativas para comprender
deductiva o inductivamente un sinnúmero de eventos sígnicos y, por lo tanto, el
intérprete tiene que improvisar e hipotetizar abductivamente relaciones inferen-
ciales de sentido que no se encuentran plenamente codificadas o estandarizadas,
proponiendo analogías entre paradigmas que le permitan, por ejemplo, hacer uso
de una piedra como si ésta fuera un martillo o como si fuera un arma al usarla de
proyectil; como contrapeso en una báscula; como pisa papel; como marca en un
terreno; como portería para jugar fútbol, o incluso, como una escultura u objeto
artístico, del cual no podríamos dar una descripción anticipada.

Ir más allá de los ámbitos estandarizados es solo posible a partir de los
presupuestos que brindan dichos ámbitos; no obstante, la interpretación así com­
prendida implica actos creativos de parte del intérprete que produzcan desplaza­
mientos de los códigos estandarizados a otros paradigmas, movilizando las rela­
ciones significativas a relaciones de sentido10 y permitiendo a dicho intérprete

9 El concepto de tradición es muy importante para la hermenéutica filosófica. Su función
es reconocer que, al ser seres históricos, estamos implicados por prejuicios (verdaderos o
falsos) que nos acompañan como una voz de autoridad y anónima (pero no necesariamen­
te autoritaria) que modelan nuestro pensamiento y nuestra forma de actuar en el mundo.
La tradición conserva y transmite los conocimientos que le son pertinentes a toda comu­
nidad que se encuentre subsumida en dicha tradición. "Lo consagrado por la tradición y
por el pasado posee una autoridad que se ha hecho anónima, y nuestro ser histórico y
finito está determinado por el hecho de que la autoridad de lo transmitido, y no sólo lo
que se acepta razonadamente, tiene poder sobre nuestra acción y nuestro comportamien­
to." (Gadamer, 2001: 348)
10 Para poder distinguir entre los significados derivados de la utilización de códigos y cate­
gorías estandarizadas y los producidos en una inferencia hipotética que pueden llegar a
realizar actos cotidianos, así como solucionar problemas de modos no estándares
al interior de dicha cotidianidad. Por lo tanto, la interpretación se encuentra
siempre vinculada a la praxis y a los actos intencionales de los individuos.

Si bien, ningún signo es capaz de mostrar por sí mismo a su objeto inten­
cional, si puede ofrecer indicios sobre la información colateral necesaria para
reconocerlo, de tal manera que se pueda acceder a cierto nivel de la intención del
autor. Dicho acceso intencional será posible siempre que se cuente con la infor­
mación colateral pertinente -información contextual, documentos diversos, car­
tas, reportes de producción, biografías, críticas realizadas, información sobre su
momento histórico y sobre sus contemporáneos, etc.- para poder proponer hipó­
tesis, a la luz de dicha información, que ofrezcan alguna concepción de la posible
intención creativa y comunicativa que nos permita explicar, con coherencia y
verosimilitud, aquello que el autor ha buscado proferir por medio de su represen­
tación.

En este sentido, la interpretación de un objeto artístico busca identificar
los significados pertinentes a partir de los cuales es posible lograr alguna com­
prensión del objeto en su complejidad. Esto sucede por medio de la conforma­
ción de una organización de sentido que reúna de forma coherente cada uno de
los aspectos formales, expresivos, conceptuales, etc., que integran al artefacto. A
este nivel de abstracción, la interpretación del arte no se distingue radicalmente
del proceso de interpretación de cualquier evento sígnico. En todos los casos, el
acto interpretativo proporciona significado a aquello que se interpreta proponien­
do, a partir de convenciones culturales, las relaciones significativas entre los
eventos -y a sean lingüísticos o n o - y los posibles significados; empero, es im­
portante recalcar que el significado no es un ente que pertenezca al signo, sino el
resultado de un proceso de mediación triádico por el cual un intérprete proyecta
relaciones significativas entre el evento sígnico y los objetos posibles del mundo

transgredir dichos códigos y categorías proponiendo otras relaciones no estándares entre
el signo y su significado, he decidido llamar a los primeros relaciones significativas y a los
segundos relaciones de sentido o sentidos, en virtud de que los primeros se producen por
medio de relaciones paradigmáticas que ejecuta un intérprete, mientras los segundos
ofrecen simplemente posibilidad y sugerencia de entendimiento.
-y a sean objetos o hechos de la experiencia u objetos de la imaginación y la ra­
zón- por medio de contenidos conceptuales pertinentes a un ámbito cultural y
contextual.

La comprensión es el resultado del acto interpretativo por el cual procu­
ramos reconocer las relaciones significativas ya presentes y codificadas en nues­
tra tradición para aplicarlas a los eventos sígnicos particulares; sin embargo, en
este proceso interpretativo no es siempre posible la implicación de una actividad
deductiva o inductiva del pensamiento, ya que no siempre contamos con los pre­
juicios o presupuestos pertinentes al evento en cuestión para interpretarlo. En
muchos casos improvisamos alternativas hipotéticas de sentido que promuevan
posibles explicaciones y modos de comprensión sobre los eventos sígnicos, -la
interpretación de objetos artísticos suele enmarcarse en esta producción de hipó­
tesis- evitando así la incertidumbre y el desconcierto que pueden producir ciertos
signos que no se dejan subsumir total, ni fácilmente a los confines de algún signi­
ficado o concepto intelectual.

El autor ejecuta un papel muy importante en la organización narrativa,
discursiva y formal de la propuesta artística, seleccionando y articulando las rela­
ciones de sentido que le parecen pertinentes en función de sus intenciones; no
obstante, dicha articulación es solo realizable a partir de los límites y posibilida­
des que se ofrecen al interior del sistema de códigos culturales que se comparten
en una comunidad. La posibilidad y los límites para que algo sea reconocido
como arte y para que dicho objeto pueda ser interpretado y comprendido signifi­
cativamente por parte del intérprete, requieren que éste último pueda reconocer
los códigos y categorías históricamente pertinentes que fueron utilizados en el
artefacto. En ese sentido, los autores no inventan códigos -n o ejecutan un proce­
so solipsista de generación de categorías- sino que, en algunos casos, promueven
la utilización de modos no estandarizados de los códigos y categorías ya presen­
tes en su tradición. Son las comunidades de uso las que aceptan y, en dado caso,
estandarizan las transformaciones promovidas por los autores. Tanto la produc­
ción como la interpretación del arte se rigen por reglas estandarizadas; pero
cuando un autor promueve actualizaciones de sentido en la utilización no están­
dar de ciertas categorías, el proceso interpretativo exigirá también la utilización
no estandarizada de dichas categorías. Interpretar una obra consiste en reconocer
y organizar coherente y creativamente las divergencias o extrañezas a la luz de
las continuidades o categorías estandarizadas utilizadas por parte del autor.

El intérprete se enfrenta al problema de proponer sentido a los aspectos
del artefacto que se muestran como irrupciones o discontinuidades en el sistema
de códigos culturales -trazas no estandarizadas-, pero a partir de aquellos otros
aspectos que se presentan como continuidades en dicho sistema y que le son fa­
miliares por sentido común -trazas codificadas y estandarizadas-. Comprender y
valorar semánticamente la novedad, originalidad o transgresión en una propues­
ta artística implica la necesidad de ofrecer relaciones de sentido a las disconti­
nuidades presentes en el objeto, para que se posibilite la revalorización de las
categorías culturalmente aceptadas, permitiéndose así la aprehensión significati­
va de la propuesta artística en su complejidad; sin embargo, no deja de ser un
problema para el intérprete acceder a aquellas particularidades en la propuesta
artística que, colocadas de modo intencional por el autor, buscan irrumpir y
transgredir aspectos concretos de la misma estructura de códigos y categorías
estandarizadas que utilizará dicho intérprete para ofrecer significado al fenómeno
artístico en cuestión.

La pregunta sobre las posibilidades de acceso a la complejidad del arte­
facto resulta pertinente al observar que los artistas juegan un papel activo en la
producción y en la organización discursiva de sus propuestas. La interpretación
de dichas propuestas artísticas, a partir de un ámbito histórico-cultural y de un
sistema de códigos y categorías sustentado en una tradición, no garantizan la
comprensión de aquellos aspectos que se presentan en el objeto artístico y que no
se encuentran estandarizados -que no alcanzan una cristalización cultural en sus
modos de comprensión-. En ese sentido, trabajar la intencionalidad autoral puede
proporcionarnos claves de interpretación que permitan articular las extrañezas
evitando la incertidumbre interpretativa.

Al plantear que el ámbito intencional puede abrir posibilidades interpre­
tativas en aquellos aspectos de la obra que no se encuentran estandarizados por
una tradición, nos coloca frente al problema de la imposibilidad de acceder a la
intencionalidad originaria, la cual es irrecuperable, ya que se diluye en el signo
mismo. Por lo tanto, más que apelar a la intención como si fuera un ente claro y
distinto, a partir del cual se puede establecer una interpretación correcta, habrá
que pensar en un método interpretativo que haga uso de la intencionalidad como
posible explicación hipotética de las relaciones que se propician en el artefacto,
entre los aspectos estandarizados y no estandarizados de la misma. Una perspec­
tiva como ésta tendrá la capacidad de acercarnos a la pieza artística desde las
trazas no estandarizadas y hacer relevante lo que suele ser incomprensible, pero,
a la vez, podrá ofrecernos información pertinente sobre las posibles intenciones y
las circunstancias históricamente documentadas que circundaban a un objeto
artístico en el pasado, antes de pretender actualizarla y apropiarla para nuestro
presente interpretativo.

La interpretación es siempre un proceso de apropiación, en el cual el in­
térprete proporciona significado a aquello que interpreta. Como ya comenté, des­
de la perspectiva pragmaticista11, un signo es algo que está en lugar de otra cosa
-representándola- para alguien; ese alguien se enfrenta a la responsabilidad
ética de reconocer la existencia de un interlocutor cuando se intenta interpretar
signos no naturales -signos producidos por una racionalidad intencional-. En
este sentido, el reconocimiento de la intención permite proporcionar límites a la
libre asociación de ideas en los procesos interpretativos, aún cuando dicha inten­
ción no pueda ser recuperada como un ente claro y distinto, sino simplemente
como una hipótesis que ofrece posibilidades de inteligibilidad pragmática.

11 Charles Sanders Peirce acuña la palabra pragmaticismo con la intención de diferenciar
su propuesta de análisis pragmático y su máxima de las que consideraba malas utilizacio­
nes de la palabra "pragmatismo" en otras corrientes teóricas o críticas. Si bien el uso de
ese segundo concepto es tardío (1903 en adelante) y no muy constante en la obra de
Peirce, he decidido utilizarlo a lo largo del trabajo para distinguir concretamente la pro­
puesta peirceana de cualquier otra teoría reconocida como perteneciente al pragmatismo
filosófico —William James, F. C. S. Shiller, John Dewey, entre otros— (Peirce, 1903); así
también para distinguir las referencias al pensamiento y propuesta semiótica de Peirce de
la teoría en Lingüística pragmática derivada de H. P. Grice, la cual también será revisada en
esta investigación desde la visión de Marcelo Dascal.
4. Transgresión y comunicación
Si bien, la comunicación como fenómeno puede darse entre una fuente no
humana -e l artefacto- y un receptor o intérprete, es necesario que entre ambos se
compartan ciertos códigos que puedan ayudar a comprender no solo el qué, sino
también el para qué del mensaje; preguntas que acercan la interpretación, en este
caso del arte, a un cierto nivel de investigación pragmática, en la cual no solo es
necesario un análisis formal y semántico de la estructura discursiva implicada en
una propuesta artística, sino que también se vuelve pertinente reconocer las posi­
bles intenciones que han quedado inscritas en dicho artefacto para comparar si
existe discrepancia entre lo expresado, el modo de hacerlo y las intenciones que
dirigieron dicha acción.

Como se ha indicado, la categoría de transgresión se ha constituido
-sobre todo a partir de las vanguardias- en el paradigma principal de la produc­
ción actual. Dicha circunstancia paradigmática ha alcanzado tal grado que, la
cultura contemporánea identifica, sin ningún nivel de crítica, a la producción
artística transgresiva como uno de los mecanismos sociales prioritarios en los que
se produce la emancipación del hombre; idea que deriva del romanticismo, en la
cual el arte, en tanto acto creativo cuasi divino (genio), gesta la posibilidad de la
libertad: la posibilidad de la resistencia a los sistemas ideológicos y a las relacio­
nes de poder, en tanto relaciones de dominación. En este sentido, la idea de
transgresión se ha constituido en un requisito indispensable para poder reconocer
a un artefacto como artefactual; es decir, como arte.

Asimismo, la idea de que el valor estético del artefacto deriva de su esen­
cia polisémica, de su multiplicidad semántica, produce como corolario que se
presuponga una concepción del arte, en la cual toda interpretación sin distinción
es posible y debe ser validada en tanto es el resultado de la propia condición on-
tológica del arte.

Estos dos ámbitos -la transgresión y la polisemia- presentan una pro­
blemática conjunta en el proceso de comprensión del arte como medio comunica­
tivo, ya que, por un lado, la transgresión suele realizarse sobre los códigos histó­
ricamente validados para el mundo del arte -prejuicios de lo artístico- y que son
utilizados por un intérprete para reconocer la producción y a sus posibles signifi­
cados como pertinentes a la concepción de lo artístico en un cierto contexto y
momento histórico. Es común que, cuando la transgresión se suscita sobre dichos
códigos que son necesarios para comprender algo como artístico y como signifi­
cativo en un cierto horizonte de inteligibilidad (Gadamer, 2001), el intérprete
experimente una especie de desprecio, de desasosiego o desconcierto sobre aque­
llo a interpretar, circunstancia recurrente, por ejemplo, en los enfrentamientos
con el arte contemporáneo de tipo conceptual.

Por el otro, la presuposición de que el arte vale por sí mismo y que de­
pendiendo del intérprete el artefacto puede alcanzar múltiples sentidos -nunca
inválidos mientras sean coherentes con los aspectos denotativos de dicho artefac­
to y con el contexto de recepción-, aun cuando dichos sentidos sean contradicto­
rios con la intención comunicativa de su autor y con los significados propuestos
por otros intérprete, deriva en una irrelevancia significativa y en una irrelevancia
comunicativa. Si una propuesta artística puede significar cualquier cosa, enton­
ces, no tiene sentido teórico preguntarse por sus posibilidades comunicativas y
expresivas: por su significado.

Por el contrario, para poder pensar la producción artística contemporá­
nea, de tipo visual y conceptual, como medio comunicativo es necesario, por un
lado, repensar la figura del autor en el proceso interpretativo, en tanto que, en los
signos no naturales (Grice, 1997) se exigen el reconocimiento de la intencionali­
dad — la finalidad— para poderlos interpretar; y, por el otro, no caer en el extre­
mo absurdo de suponer una identidad entre la intención y la significación
(Hirsch, 1967). Es un hecho innegable que la interpretación la realiza el intérpre­
te y, en ese sentido, se puede suponer metafóricamente que éste concluye al arte­
facto; pero asimismo, no se puede obviar que dicho artefacto ha sido conformado
por un agente racional -e l autor- que ha buscado comunicar por medio de sus
recurso, habilidades y límites una postura, un modo de ver y entender al mundo a
través de un gesto transgresivo particular -u n uso no estandarizado de los códi­
gos y categorías del mundo del arte-.
Un intérprete interesado en comprender el significado de esos usos no es­
tandarizados y transgresivos de los códigos o categorías del arte, no puede limitar
su interpretación al ámbito meramente semántico, sino que tiene que tomar en
cuenta, por medio de un análisis pragmático, aquellos aspectos que le permitan
reconocer las intenciones comunicativas, significativas y expresivas implicadas
en todo artefacto.

Si bien, una propuesta artística no tiene un único significado, sí puede
plantearse la existencia de significados pertinentes y verosímiles que vinculen la
intención autoral con la intención de la recepción desde la mediación que se sus­
cita en el artefacto. Si entendemos la propuesta artística como el punto de llegada
de una poética -que al ser un acto es siempre intencional- y el punto de partida
de una interpretación -que siempre es una apropiación del objeto-, entonces in­
terpretar arte implica una relación comunicativa en la cual, tanto autor como in­
térprete se correlacionan en el proceso de comprensión del mismo que se ejecuta
en la recepción (Eco, 1992).

El problema al que intento apuntar es que la interpretación es el proceso
por el cual se realiza el acto comunicativo. El intérprete, en su ejercicio interpre­
tativo, establece sus intereses e intenciones sobre su propio acto; es decir, decide
cuál será el alcance y el método que utilizará para comprender al artefacto. Cual­
quiera de las posturas teóricas antes planteadas ofrecen posibilidades y resultados
interpretativos, pero si el interés y la preocupación es por la recuperación de la
intención comunicativa de un autor en particular y por la utilización de dicha
intención como guía interpretativa que permita develar el porqué y el para qué
del uso no estandarizado y transgresivo de alguno de los códigos y categorías del
mundo del arte que posibilitan la comprensión; entonces, será importante otro
tipo de acercamiento teórico metodológico que contemple la posibilidad de recu­
perar la voz del autor de manera hipotética como en el caso de la lingüística
pragmática.
5. La teoría pragmática y la comunicación
La Lingüística pragmática, a diferencia de la semántica, se preocupa por
reconocer aquellos aspectos -gestos, entonaciones u otros- en el uso discursivo
que pueden producir desviaciones de sentido cuando se las compara con el signi­
ficado literal de una oración. En este sentido, la pragmática propone un método,
en el cual todo proceso interpretativo deviene en un proceso de producción de
hipótesis que permitan articular las extrañezas del discurso al interior de los sig­
nificados alcanzados por el análisis semántico. De esta manera, el intérprete bus­
ca generar congruencia entre el análisis semántico y aquellos aspectos que tras­
cienden y transforman el significado literal cuando son tomados en cuenta, por
medio de proponer una o varias hipótesis sobre la posible intención comunicativa
del emisor.

La pragmática, como campo de estudio del significado, tradicionalmente
se ha ocupado de los fenómenos lingüísticos de tipo intencional, en los cuales la
significación se vehicula de manera indirecta; es decir, aquellos usos del lenguaje
en los que se pretenden y producen significados distintos a los alcanzados en un
análisis meramente semántico de la oración y que implican una intención comu­
nicativa.

Marcelo Dascal (1999) propone que la tarea de la pragmática es la de
estudiar los usos de los sistemas sígnicos, por los cuales un agente racional ex­
presa sus intenciones y se las comunica a otro que las reconoce. En otras pala­
bras, la pragmática se ocupa de los mecanismos relacionados con la transmisión
de significados -intenciones comunicativas- por parte de un hablante y de los
mecanismos de reconocimiento de dichos significados intencionales en el oyente.
Esta definición, en la propuesta de Dascal, exige una complementación entre el
análisis semántico de una oración y el análisis pragmático de la intención del
hablante (gestos) que nos permita analizar el significado de la proferencia12 como

12 "Proferencia puede usarse como traducción de la palabra inglesa utterance, de amplia
circulación entre filósofos del lenguaje que se han interesado especialmente por los que
se han llamado actos lingüísticos [...] Proferencia se define entonces como la acción de
decir, es decir, lo que se hace al proferir en el sentido de decir o articular palabras. Se
la producción de una praxis individual que se sustenta y conforma al interior de
una estructura social y lingüística.

Para poder comprender qué se ha pretendido comunicar de manera inten­
cional en una oración, o por medio de cualquier otra estructura sígnica, la prag­
mática requiere de la semántica, ya que su labor consiste en verificar si lo explíci­
tamente dicho en una oración -ám bito semántico- corresponde con la intención
comunicativa -ámbito pragmático- que se hace presente solo de manera implíci­
ta y en relación a un contexto de uso.

Ante esta idea de complementación entre semántica y pragmática, Dascal
propone recuperar la división griceana del significado no natural:

1. el significado literal de la oración (sentence meaning);

2. el significado de unaproferencia (utterance meaning) y;

3. el significado intencional de un hablante, su intención comunicativa (spea­
keres meaning).

Según H. P. Grice, lo que caracteriza al significado no natural es que en
él se implica la intencionalidad como aspecto necesario que debe ser reconocida
por el intérprete para poder comprender el significado de lo que se pretende co­
municar. Por el contrario, un significado natural será aquel que se reconoce o
comprende en un signo, al margen de un análisis sobre la posible intencionalidad
del interlocutor. Dice Grice:

“[...] para que x tenga un significado no natural, el efecto deseado debe
ser algo que en algún sentido esté dentro del control del público, o que
en algún sentido de ‘razón’, el reconocimiento de la intención tras x es
para el público una razón y no únicamente una causa” (1977: 16).

Para Dascal, el objeto de dicha recuperación es dar cuenta de todos los
usos comunicativos del lenguaje, para lo cual es necesario reconocer que el signi­

puede usar asimismo el término decir como sustantivación del verbo decir: el decir, un
decir y, en plural, unos decires, los decires." (Ferrater Mora, 2001, p. 2924)
ficado de la oración, el de la proferencia y el del hablante son entidades distintas
que se interrelacionan en una misma acción comunicativa. Comprender cuál es el
significado de la oración y de las palabras es tarea de la semántica, pero com­
prender qué se ha querido decir con cierta oración implica un análisis pragmático
que proporcione indicaciones del significado del hablante.

Como la divergencia entre el significado de la oración y el del hablante
es siempre posible, el significado de lo proferido exige un análisis tanto semánti­
co como pragmático que nos permita reconocer no solo el significado de las pa­
labras, sino también la intención que se inscribe en el acto comunicativo, ya que
la comunicación, como tal, solo se alcanza si, además del reconocimiento del
significado de una oración, podemos reconocer la intención por la cual fue profe­
rida dicha oración.

Cuando nos enfrentamos a una proferencia en la cual intuimos la posibi­
lidad de que lo que dicen las palabras diverge de lo que intencionalmente se nos
quiere comunicar -los casos más comunes son la ironía, la metáfora, los actos de
habla indirectos o las implicaturas conversacionales13- es necesario hipotetizar la
intención del hablante para poder comprender la intención comunicativa y dar
inteligibilidad a dicha divergencia.

Según Dascal, en los procesos de comunicación, el intérprete siempre se
enfrenta al problema de determinar la intención comunicativa del hablante, lo

13 En la terminología de Grice se distingue entre «im plícate» —que Dascal ha traducido
como implicitar, verbo al que le corresponde el neologismo "im plicatura"— e «imply» —
implicar—. Una implicatura conversacional es aquello que se puede implicitar en una
conversación pero que no tiene la fuerza lógica de una implicación y, por lo tanto, puede
ser negada sin que exista una contradicción de sentido. La implicatura requiere siempre
de un contexto y de una comunidad interpretativa. Por ejemplo, en la oración "Juan llegó
tarde" implica que él llegó. Si se dijera "Juan llegó tarde pero no llegó", se cae en una
contradicción ya que Juan no puede llegar y no llegar al mismo tiempo; en este sentido, la
oración "Juan llegó tarde pero no llegó" implica una contradicción, pero puede implicitar
que él estaba tan distraído que era como si no hubiera llegado. En la oración "el perro está
sobre el tapete" se puede, por ejemplo, implicitar, siempre desde un determinado contex­
to y hábito de comprensión comunitaria, que hay que sacar al perro a orinar y es total­
mente posible decir, sin caer en contradicción: "el perro está sobre el tapete, pero ya lo
saqué a orinar".
que transforma todo proceso interpretativo en uno hipotético inferencial o ab-
ductivo. La formulación de hipótesis explicativas, comprende también los casos
en los cuales no existe divergencia entre el significado del hablante y el de la
oración, ya que incluso en dichos casos que se observan como no problemáticos
tenemos que presuponer que la intención del hablante se ha vuelto transparente
en sus palabras para poder asumirlas como una proferencia. En este sentido, la
comunicación directa o transparente es un caso especial en el proceso comunica­
tivo, en el que se acepta la primera hipótesis interpretativa que se deriva del sig­
nificado de la oración al no haber razones para rechazarla.

Cuando encontramos razones para rechazar la identidad entre el signifi­
cado de la oración y el significado del hablante, se hace necesario buscar hipóte­
sis alternas para comprender lo que indirectamente se está comunicando. En am­
bos casos — comunicación directa o indirecta— el intérprete tiene que cerciorar­
se de que no existan razones, a la luz de información colateral y contextual dis­
ponible, para negar o aceptar la hipótesis seleccionada como intención comunica­
tiva del hablante. La diferencia entre la comunicación directa y la indirecta es
que en la comunicación directa la hipótesis de la intención se deriva —
automáticamente— del componente semántico, mientras que en la indirecta el
intérprete elabora una o varias hipótesis alternativas para alcanzar una que ofrez­
ca la intención comunicativa más pertinente al caso y circunstancias dadas.

6. La pragmática y los signos artísticos
Para acceder al ámbito comunicativo en un signo no lingüístico, lo que en
el modelo de Grice se denomina significado de la oración -e l significado resulta­
do del análisis semántico del texto en su literalidad- tendría que comprenderse
como el análisis de la estructura formal del signo y sus referencias directas a los
objetos que representa -la denotación-. Dicho análisis de la estructura formal nos
ofrece el marco de referencia en el cual se pueden llegar a inscribir intenciones
comunicativas concretas. Esas intenciones pertenecen al ámbito del significado
del autor y sigue siendo trabajo de la pragmática determinar si existe divergencia
entre el significado de lo denotado y lo que se intenta comunicar con la denota­
ción. De la misma manera que el significado de la proferencia se alcanza en el
doble análisis semántico-pragmático, el significado de lo expresado en la pro­
puesta visual estará integrado por el análisis semiótico de lo denotado y el análi­
sis pragmático de la intención comunicativa por la cual eso ha sido representado.

Reconocer qué se ha tratado de decir o transmitir como idea en un arte­
facto de carácter conceptual requiere, siguiendo la propuesta en Lingüística
pragmática de Dascal, del reconocimiento de la intención comunicativa, la cual,
para su comprensión, debe ser analizada desde una perspectiva pragmática por
medio de un proceso abductivo que posibilite al intérprete improvisar alternativas
hipotéticas de sentido hasta lograr coherencia y verosimilitud en el análisis de lo
representado.

Empero, ante mucha de la producción artística contemporánea podríamos
preguntarnos qué pasa cuando un artista, que tiene conciencia de las categorías
que han sido y que actualmente son válidas en cierta situación cultural, busca
intencionalmente transgredir dichas categorías como plan y norma de la produc­
ción, aunque de igual manera pretende el reconocimiento de arte para su produc­
ción. ¿Cómo sería posible la pretensión de reconocimiento a la luz de categorías
que han sido transgredidas y que, muy difícilmente, serían compartidas por aque­
llos de los que se pretende reconocimiento sobre el artefacto?

Que un artista transgreda categorías válidas puede dificultar el reconoci­
miento de la práctica artística, pero no imposibilitarlo, ya que la misma transgre­
sión opera, según Dickie, al interior de las prácticas culturales reconocidas como
pertenecientes al mundo del arte:

El hacer arte ha tenido en su centro el trabajo con un medio. Aprender
a ser artista ha significado aprender a trabajar en un medio u otro
-pintura, piedra, palabras, tonos-. Durante cientos de miles de años mi­
les de personas han estado aprendiendo a usar un medio y, por ello, a
crear arte. Entonces, un día, Duchamp usó un urinario como medio de
modo preciso a como un escultor usa un trozo de madera y se las arre­
gló (solo apenas) para hacer una obra de arte. Un nuevo y sorprendente
medio se agregó, por ello al arsenal de los artistas (2005, p. 90).
Cuando, a principios del siglo XX, Duchamp inicia la producción de los
ready-mades, desarrolla una táctica basada en la descontextualización de objetos
cotidianos. Dicha descontextualización buscaba que el público reconociera
objetos de producción industrial como objetos artísticos al firmarlos y ubicarlos
en espacios destinados a la contemplación artística. Su gesto cuestionaba muchas
de las categorías que hasta el momento eran válidas para reconocer a una obra de
arte como única e irrepetible; sin embargo, en ningún momento se ponía en duda
en estas producciones, por parte del artista, el valor de categorías como la autoría
o la relación de la misma obra respecto a los espacios de exhibición.

Es así que las transgresiones en el modo de entender lo artístico, por más
extrañas que puedan ser, no transgreden más que algunos aspectos en el modo de
comprensión y de reconocimiento de lo artístico, mientras otras características se
mantienen y se potencian, promoviendo diferentes organizaciones jerárquicas
entre las categorías que se encuentran asumidas en una tradición.

Para poder plantear que la intención individual de un artista posibilita la
interpretación y comprensión de los posibles significados relacionados a un obje­
to particular, es necesario reconocer que la producción artística no se limita a la
fabricación de objetos destinados a ser contemplados por un público, sino que
también busca, por parte de su autor, que dicho público reconozca al objeto bajo
ciertas concepciones o categorías que son, o pueden ser, compartidas entre los
ámbitos de producción y de interpretación. En el acto artístico se implican deci­
siones que no son meramente formales, sino que responden también a intencio­
nes semánticas y comunicativas.

El ejemplo práctico de Duchamp que estoy utilizando como modelo para
comprender el papel que juegan la intención y la transgresión en los procesos de
la realización de artefactos, no necesariamente coincide con toda la producción
en artes plásticas y visuales del siglo XX o XXI; no obstante, en mayor o menor
medida, la intención artística tiene mucho que ofrecer en el reconocimiento de
una propuesta como artística, en tanto que, como intérpretes, podamos reconocer
las particulares categorías formales, estéticas y conceptuales que se han puesto en
juego en un artefacto por parte de un artista.
Reconocer la intención transgresiva de los artistas a la luz de su contexto
de producción permite observar el trabajo como artístico; de otra manera, La
fuente de Duchamp no podría ser reconocida más que como un urinario, pero no
como un objeto con cualidades estéticas, semánticas y expresivas pertinentes a la
noción de arte de principios del siglo XX.

En el caso particular de La fuente, es muy importante comentar que si
bien, en su momento de producción, dicha pieza no dejó de ser un urinario para
el grueso de las interpretaciones, creo que era evidente para muchos intérpretes
que con ese objeto de fontanería el autor buscaba, intencional e irónicamente,
que fuera reconocido como objeto artístico -n o del mismo modo no problemático
como hoy asumimos a las piezas artísticas que han sido conformadas bajo la ca­
tegoría de ready-made- en virtud de la pretensión de ser exhibido en un espacio
para tales fines y que contaba con una firma -R . M utt- del tipo que se inscribe en
los objetos artísticos que son reconocidos y bautizados como propios por su
creador.

En la producción artística actual es notable una dinámica acelerada de
investigación y experimentación, por parte de los creadores, de los modos para
alcanzar la siempre “novedosa” novedad, que si bien, contará con reminiscencias
del pasado, no siempre se mostrarán obvios los vínculos entre lo actual y su his­
toricidad. En muchos casos se vuelve necesario conocer la trayectoria del artista,
así como la relación con sus contemporáneos para poder acceder a un cierto nivel
de comprensión del artefacto en particular. En ese sentido, entender qué ha que­
rido comunicar un artista con su propuesta, implica la revisión de la mayor canti­
dad de información documentada que dé cuenta de sus intenciones y procesos,
así como del material crítico ya escrito sobre el tema o temas relacionados que
permita el acercamiento a la producción de hipótesis coherentes sobre la propues­
ta.

Si observamos, como plantea la Lingüística pragmática, que la transmi­
sión de ideas por medio del lenguaje oral o escrito puede ser problemática por la
posible disociación entre lo que una frase comunica de modo explícito y la inten­
ción comunicativa que implícitamente se inscribe en dicha frase en un contexto
conversacional concreto; en el caso de las artes visuales esta disociación puede
ser todavía más problemática, ya que los códigos en los sistemas de representa­
ción icónicos suelen ser más difíciles de reconocer, mas no imposibles, sobre
todo cuando la representación trabaja por abstracción de la figuración, como en
el caso de las pinturas abstractas de Mark Rothko, Jackson Pollock y otros.

En los procesos de representación que utilizan la figuración icónica no
abstracta, es más fácil el reconocimiento de lo representado o denotado, ya que
ofrece un cierto grado de inteligibilidad para aventurarnos en el proceso de análi­
sis del significado del artefacto e hipotetizar, con ayuda de información colateral,
las posibles intenciones comunicativas -idea que se espera que el signo produzca
en el intérprete- que el autor implica o implicita en el objeto artístico y que nos
permite trascender el nivel de análisis denotativo al intuir, no solamente la pre­
tensión de valoración artística, sino una pretensión de sentido y de comunicación
por parte del autor.

Por ende, tanto en la abstracción como en la figuración, en vez de pre­
guntarnos por cuál es el significado del artefacto, tendremos que preguntar por
cuál podría ser dicho significado a la luz del ámbito contextual pertinente y de la
posible intención que se implica o implicita en la propuesta artística. La primera
pregunta involucra un modo interpretativo que busca determinar por completo el
contenido de lo interpretado; mientras que la segunda permite una exploración
interpretativa -por su carácter hipotético, no deja de ser una apropiación y apro­
ximación- que, de modo pragmático y de modo lúdico, permite alcanzar un sig­
nificado posible en virtud de lo que se conoce acerca del artefacto y de lo que es
contextual y lógicamente relevante para su comprensión (Levinson, 2006: 275).

Preguntar por lo que podría significar una utilización particular no estan­
darizada de los códigos y categorías en una propuesta artística, implica postular
que no podemos asegurar que nuestro acercamiento hipotético sea verdadero, ya
que las relaciones de sentido promovidas por un autor solo alcanzan un significa­
do fijo y concreto en la medida en que una comunidad de uso estandariza su
comprensión por hábito; por lo tanto, preguntar por lo que podría significar dicho
uso no estandarizado abre la puerta a la indagación hipotética de múltiples posi­
bilidades de sentido que pongan en perspectiva la intencionalidad autoral, el con­
texto pertinente y que ofrezcan una comprensión razonable sobre dicho signifi­
cado; no obstante, aun cuando es posible que se propongan varias hipótesis sobre
el contenido de lo expresado en un artefacto, ya no es posible que la propuesta
artística signifique cualquier cosa. Por el contrario, al limitar los posibles signifi­
cados al ámbito intencional y contextual pertinente se obliga al intérprete a esta­
blecer criterios de investigación, indagación, análisis, corrección y valoración
sobre las evidencias concretas, a partir de las cuales proponga y escoja una u otra
hipótesis referente a la intención autoral de un artefacto en particular.

Una propuesta como ésta no pretende eliminar los desacuerdos interpre­
tativos, ya que puede darse el caso de varias interpretaciones plausibles que, ha­
ciendo uso de una hipótesis intencional, lleguen a resultados divergentes en los
modos de acercamiento interpretativo; sin embargo, ante estos casos habrá que
intentar construir una hipótesis alterna que busque reunir y subsumir los distintos
aspectos pertinentes de las variadas interpretaciones ofrecidas, con el objetivo de
realizar un acercamiento más amplio y más complejo del objeto artístico.

Asimismo, hay que aceptar y reconocer que ninguna propuesta de análi­
sis puede subsumir por completo las posibilidades significativas a un solo reduc­
to significativo. Es decir, todo artefacto se encuentra en un constante proceso de
interpretación, en el que siempre interviene la propia intencionalidad del intérpre­
te y ciertas fuerzas estabilizadoras propias de la comunidad interpretativa y cir­
cunscrita a una tradición. Sin embargo, del hecho de que toda propuesta artística
se encuentra, en algún sentido, siempre abierta a la reinterpretación, no se impli­
ca que haya que hacer caso omiso de su historicidad significativa que se retrotrae
invariablemente hasta ese ámbito significativo intencional y pragmático; ámbito
que en el arte conceptual contemporáneo queda comúnmente marcado, como las
huellas en la arena, en los gestos transgresivos.
7. Reflexiones finales
La idea principal que se ha planteado en este artículo es la de recuperar el
ámbito intencional, propio de la creación artística, para hacer inteligibles aque­
llos aspectos que no alcanzan a ser visibles o comprendidos en su complejidad,
desde un análisis que solamente toma en cuenta al artefacto como un objeto que
debe ser concluido por el intérprete con independencia de la intención autoral y
del contexto de producción.

En ese sentido, ha sido necesaria una reflexión sobre los procesos de in­
terpretación inferencial y su capacidad de producir diversas hipótesis para resol­
ver, de un modo pragmático, los conflictos de inteligibilidad derivados de la pro­
ducción artística contemporánea que se sustentan en la categoría de la transgre­
sión, ya que se considera que todo proceso interpretativo es solo posible al inte­
rior de una estructura sígnica, en la cual el intérprete establece las correlaciones
contextuales entre los diferentes signos para obtener inteligibilidad sobre aquello
que pretende interpretar.

Por lo tanto, es importante reconocer que en un artefacto se implica, por
un lado, la conformación intencional de una poética que realiza un autor y, por el
otro, el resultado de un acto de apropiación interpretativo por parte de un intér­
prete. En virtud de este encuentro entre autor e intérprete, siempre mediado por el
objeto artístico, resulta apropiado tratar a dicho objeto como un medio comunica­
tivo.

Asimismo, he intentado argumentar que en los procesos interpretativos
relacionados con la producción contemporánea del arte visual, y sobre todo de
tipo conceptual, es factible y pertinente preguntarnos por la posible intención o
intenciones que tuvieron lugar en la conformación del objeto artístico a analizar.
Si bien, dicha intención no puede ser recuperada plenamente con claridad y cer­
teza, ya que, como correctamente indica la teoría del anti-intencionalismo, no
existe la posibilidad de acceder a la mente del autor en el momento en que dispu­
so su plan de trabajo -su intención originaria-; entonces, la intención a la que
hago referencia tendrá que ser pensada simplemente como una estrategia meto­
dológica que proporcione vías alternas para la interpretación ofreciendo inteligi­
bilidad a los usos no estándares de las categorías y preceptos del arte propuestos
por un artista.

Ahora bien, la posibilidad de reconocer la intención como un ámbito
significativo para la comprensión de la propuesta artística se encuentra limitada a
la obtención de información colateral que ofrezca inteligibilidad a dicha obra, en
tanto que, el intérprete pretende ser parte del público pertinente al que fue dirigi­
da la proferencia (Tholhurst, 1979).

Para proponer una hipótesis intencional, por medio de un proceso infe-
rencial, es necesario reconocer la posibilidad de que el artista haya utilizado los
códigos y preceptos del mundo del arte de un modo no transparente o no estanda­
rizado, con el objeto de intentar comunicar ideas que no se comprenden de modo
literal en la estructura semántica y sintáctica de la propuesta artística. Si se da el
caso de intuir una pretensión de sentido diferente al que la lectura literal ofrece,
entonces será necesario que se propongan hipótesis alternas que permitan acceder
a ese uso no transparente y transgresor de los códigos, común en el arte contem­
poráneo de tipo conceptual.

La producción de arte implica, no solo la capacidad de dar forma artística
a la materia -capacidad que, como bien afirma Kant (2003), debe ser formada e
instruida-, sino también la constante toma de decisiones que abren nuevas dis­
yuntivas y nuevas decisiones en un proceso intencional que inicia la mayoría de
las veces con premisas muy básicas como la intención de pintar un cuadro al óleo
y no a la acuarela, pero que rápidamente exige la conformación de un plan de
investigación, experimentación y producción que va siendo modificado durante
el mismo proceso de producción y que ofrece los límites necesarios para discer­
nir sobre la posibilidad de pintar un paisaje rural o uno urbano; hacerlo bajo las
premisas de alguna corriente pictórica como el cubismo o el abstraccionismo u
otra; asumir la producción desde alguna discusión teórica contemporánea como,
por ejemplo, desde la perspectiva del arte conceptual; etc.
En este sentido, reconocer el papel activo e intencional que juega el artis­
ta en sus procesos de producción implica preguntar por el plan y los micro planes
que se llevaron a cabo para desarrollar el proyecto artístico. Un proceso interpre­
tativo sustentado en este modelo requiere trascender la concepción de que la
comprensión del significado del artefacto se puede o debe limitar a la interpreta­
ción del artefacto mismo sin tomar en cuenta ningún otro factor que implique la
intencionalidad autoral; como si de la suposición de que el artista no tiene un
acceso privilegiado al significado de su propio trabajo, se derivara lógicamente
que el intérprete sí lo tiene.

Las condiciones necesarias para postular una hipótesis intencional
-análisis de la evidencia interna, análisis de la evidencia externa, así como in­
formación colateral- son ya condiciones de inteligibilidad que proporcionan lími­
tes pertinentes sobre los cuales dicha hipótesis cobra significatividad y posibili­
dad explicativa. Por lo tanto, en este modelo, preguntar por el significado de la
propuesta artística es preguntar también por las intenciones que han conformado,
de ese modo y no de otro, al objeto de representación que intentamos interpretar.

El acercamiento a la complejidad de un objeto artístico requiere del reco­
nocimiento de todos y cada uno de los elementos y aspectos que en ella intervie­
nen; por lo tanto, la desarticulación o desvalorización del autor y de su posible
intencionalidad reduce el proceso interpretativo a un ámbito bastante más peque­
ño: la relación binaria obra-intérprete. Por el contrario, cuando incluimos al au­
tor, aunque sea solo de manera hipotética, los procesos interpretativos se dinami-
zan para dar lugar a por lo menos tres relaciones triádicas de mediación que se
pueden complementar para complejizar la interpretación:

a) La relación de autor-artefacto mediada por el intérprete: el intérprete o públi­
co como paradigma en la producción;

b) la relación artefacto-intérprete mediada por el autor: hipótesis intencional;

c) y la relación autor-intérprete mediada por el artefacto: relación comunicativa.
En ese sentido propongo que ante una propuesta artística, de tipo plástica
o visual, que presente aspectos que no puedan ser plenamente comprendidos e
interpretados a la luz de las categorías y códigos históricamente estandarizados
-gestos transgresores-, pero que se pueda intuir cierta intención comunicativa, se
tome en cuenta lo siguiente:

a) Un análisis interno sobre los elementos y aspectos que conforman el artefacto
a nivel formal, sin limitar dicho análisis a un aspecto meramente formalista.
Dicho análisis no tendría que limitarse a los aspectos técnicos-formales, sino
que buscaría también reconocer los posibles significados de lo representado a
la luz de las categorías y códigos históricamente aceptados, sin perder de vista
la necesidad de relacionar ese primer acercamiento interpretativo al contexto
de producción.

b) Una investigación histórica e historiográfica sobre todos los aspectos relevan­
tes que permitan una reconstrucción política, social y cultural del contexto de
producción; así como una investigación y análisis sobre toda la evidencia ex­
terna -colateral- disponible que permita proponer una o varias hipótesis de la
intencionalidad autoral.

c) (a) y (b) permitirán reconocer los aspectos divergentes -trazas no estandari­
zadas- en el artefacto y en su reconocimiento habrá que cuidar que toda hipó­
tesis de significado intencional sobre las relaciones de sentido propuestas por
un autor sean pertinentes respecto a la estructura formal y al contexto de pro­
ducción de la obra en cuestión.

d) Toda propuesta hipotética intencional tiene que ser evaluada en función de la
relación estrecha de (a) y (b) para poder alcanzar un significado coherente de
lo proferido visualmente.

e) Toda propuesta de hipótesis intencional que permita vincular el contexto de
producción con el objeto artístico en cuestión y que ofrezca explicación cohe­
rente, no solo sobre los usos no estandarizados de las categorías y códigos por
parte del autor, sino sobre la totalidad del artefacto, será una aproximación
posible que validará sus resultados en función de la calidad y cualidad de las
evidencias internas y externas analizadas y utilizadas.

f) Un acercamiento interpretativo bajo la premisa de hacer del autor un interlo­
cutor, permite reconocer sus intenciones expresivas y comunicativas a la luz
de su propio contexto y en función del público al que dicho trabajo estuvo di­
rigido; empero, una vez que se ha realizado esa interpretación que busca res­
ponder a la pregunta -¿qué quiso decir un autor al utilizar una secuencia síg-
nica de un determinado modo, en relación al contexto histórico de producción
y a un público de recepción?-, es factible preguntarnos -¿qué nos dice la pie­
za artística a nosotros, en nuestro contexto presente?-, sin perder de vista que
cualquier reinterpretación o apropiación del artefacto con respecto a nuestra
actualidad, no debería obviar el análisis intencional previamente alcanzado si
es que se pretende comprender qué es lo que se ha intentado comunicar por
medio de la obra.

El modelo que aquí se ha planteado ha sido visualizado para lidiar con
casos difíciles de arte contemporáneo de tipo conceptual. En ese ámbito creo que
recuperar la intención del autor por la vía de una hipótesis inferencial y ocupar
dicha hipótesis para develar y ofrecer inteligibilidad a aquellos aspectos que pue­
den pasar desapercibidos en una interpretación meramente semántica -que se
concentra solamente en las relaciones significativas que se denotan literalmente
al interior de la pieza artística-, permite un acercamiento y una apropiación in­
terpretativa mucho más compleja.

Como he apuntado, el acercamiento al arte contemporáneo y a sus posi­
bles significados implica una experiencia interpretativa que tenga la capacidad de
vincular los resultados interpretativos derivados de la categoría de la transgresión
artística — los gestos transgresores— con aquellas categorías y códigos del mun­
do del arte que se mantienen válidos como parte de los presupuestos del mismo
mundo y que ofrecen el ámbito de inteligibilidad y el contexto pertinente para la
comprensión del artefacto en cuestión. En ese sentido, defiendo que ese acerca-
miento vinculante se facilita cuando se pone en juego el aspecto intencional vía
una hipótesis abductiva.

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La historia oficial pedagógica de México:
sus semiosferas
Dra. Graciela Sánchez Guevara1
Programa de Estudios Semióticos
Universidad Autónoma de la Ciudad de México

1. El modelo de análisis semiótico-visual
El presente artículo se refiere al análisis comparativo de los libros de
texto gratuito de historia de México en dos coyunturas histórico-sociocultural y
económicamente importantes. La primera coyuntura se refiere a la Reforma Edu­
cativa promovida por el entonces presidente de México, Luis Echeverría Álvarez,
en el período gubernamental de 1970-1976, quien después del movimiento estu­
diantil de 1968 decidió llevar a cabo cambios sustanciales en la educación en
México; la segunda, corresponde a la Modernización Educativa impulsada por el
expresidente Carlos Salinas de Gortari en su período 1988-1994, quien ya avizo­
raba la globalización económica y, en consecuencia requería que la enseñanza en
la niñez mirara hacia la internacionalidad.

El estudio de los libros de texto gratuitos es de suma importancia porque
en primer lugar son los libros más leídos por las familias mexicanas. En 50 años
de creada la Comisión nacional del libro de texto gratuito (Conaliteg) se han tira­
do 6 mil millones de libros2, los cuales son obligatorios en el educación pública
mexicana; en segundo lugar, han sido poco estudiados, al menos desde la mirada
del análisis del discurso y de la semiótica de la cultura, ambos campos cognitivos

1 Dra. en Antropología. Profesora-Investigadora TC en la Academia de Comunicación y
Cultura, UACM. Profesora HSM en el posgrado de Antropología Social de la ENAH. Perte­
nece al Programa de Estudios Semióticos (PES) de la UACM y al Cuerpo Académico de
Análisis del Discurso y Semiótica de la Cultura ENAH.
2 Ver información en "Cumple la Conaliteg 50 años de producir y distribuir 6 mil millones
de Libros de Texto Gratuito" artículo recuperado el 15 de mayo de 2009 en
http://www.revistavenamerica.com/home/leer articulo.php?contenido=123
constituyen herramientas de análisis muy sólidos, que nos permitieron llegar a
interesantes conclusiones: por ejemplo, el tipo de discurso verbo-visual pedagó­
gico en donde opera subrepticiamente la ideología y el poder.

El estudio propuesto aquí es el resultado de una investigación de largo
aliento que se dividió en dos etapas, a saber: en la primera nos dedicamos al aná­
lisis comparativo del discurso pedagógico de la historia de México en cuatro
libros, dos de la primera coyuntura, que fueron titulados Ciencias Sociales, en los
cuales interdisciplinariamente se articulaban los hechos sociales en un tiempo-
espacio determinado, el aquí y el ahora de los años setenta, con los hechos histó­
ricos en los tiempos-espacios en donde se llevaron a cabo la Conquista de Méxi­
co, la Independencia y la Revolución mexicana, por mencionar algunos hechos
importantes; de tal manera que los acontecimientos históricos y los hechos socia­
les se imbricaban y de esta forma los niños y las niñas escolares podrían entender
mejor el devenir histórico mexicano. Mientras que los otros dos libros de texto
gratuito de la coyuntura salinista, titulados M i libro de historia de México, narran
los hechos históricos cronológicamente, de tal manera que son disciplinarios a
diferencia de los de Ciencias Sociales.

La segunda etapa se dedicó al análisis de las imágenes que ilustran esos
mismos libros de texto gratuito a partir del enfoque semiótico visual y de la se­
miótica de la cultura, cabe mencionar que el trabajo en esta etapa ha sido mucho
más enriquecedor y la misma investigación abrió un abanico de posibilidades de
análisis.

Este artículo únicamente se concentra en el estudio semiótico-discursivo
de un corpus verbo-visual constituido fundamentalmente por imágenes, a saber:
fotografías de pinturas, grabados, mapas, espacios abiertos, corpus ex profeso
para el análisis del concepto de semiosfera y sus características, a fin de dar
cuenta de cómo es que las culturas se modelizan a sí mismas y abren sus fronte­
ras para compartir elementos culturales entre las diversas culturas, en este caso la
cultura europea y la americana.
Para lograr el análisis se elaboró un modelo operativo que permite visua­
lizar cada uno de los elementos que constituye el discurso/texto visual; dichas
categorías han sido construidas a lo largo del estudio tanto del discurso como de
la semiótica, y han sido retomadas fundamentalmente de la teoría lotmaniana que
iremos desarrollando y explicando a lo largo de este artículo. Dado el espacio
requerido no será posible el análisis de todos y cada uno de los elementos pro­
puestos en el modelo, el cual forma parte de una amplia investigación que será
publicada posteriormente en el libro titulado Historia, Semiótica y Discurso:
Saberes y Configuración de identidades Análisis transdisciplinario de la historia
oficial Pedagógica mexicana.

Se observa el discurso/texto de la historia oficial pedagógica, como un
sistema complejo cultural que se pluricodifica mediante el proceso de traducción
intersemiótica, esto es el diálogo que existe entre el discurso verbal en la lengua
natural -e l español, sistema modelizante primario-, y los textos visuales
-códices, pinturas, fotografías, caricaturas, mapas y líneas del tiem po- que con­
forman un sistema de modelización secundaria, a través de los cuales se constitu­
yen los campos semióticos.

Se aborda la noción de iconosfera3, categoría construida en analogía con
la de semiosfera4, para analizar cómo el poder hegemónico construye un modelo
de cultura mexicana y cómo se van tejiendo, con hilos de filigrana, los diversos
tipos de identidades y sus respectivas materialidades y funcionamientos, en el
discurso verbo-visual de la historia oficial pedagógica.

El modelo operativo articula las categorías analíticas de la semiosfera en
relación con la historiografía y la tipología de culturas ilustradas en el texto pe­
dagógico. En el siguiente modelo se pormenorizan todas las categorías que he­
mos abordado y que explicamos a lo largo de este texto fundamentalmente para
exponer por qué el discurso pedagógico de la historia se mira como una semios-
fera constituida por varias semiosferas, lo cual explica la categoría de frontera

3 Iconosfera se define como la unidad mínima de significación visual.
4 Semiosfera, de acuerdo con Lotman (1996) es "el espacio fuera del cual no existe semio­
sis".
que permite abrir y cerrar las fronteras culturales para dar paso a otros elementos
culturales que no son propios de una u otra cultura, por tal razón solo se selec­
cionó el corpus de análisis que se refiere al encuentro entre dos culturas la espa­
ñola y la étnica (posteriormente aglutinada y denominada por el discurso hege-
mónico como mesoamericana).

Lotman, en su texto “Sobre el mecanismo semiótico de la cultura” en
Semiosfera III (2000 [1979]: 168-193), recoge y replantea algunas categorías de
su teoría de una manera más clara y precisa, y establece el juego dialéctico de
oposiciones. Así, frente a una cultura existe una no-cultura [para Morin la cultura
existe a través y en las ‘otras’ culturas], entendida ésta como aquélla que no par­
ticipa de las mismas reglas y códigos de la cultura. Las diversas culturas étnicas
mesoamericanas pueden ser agrupadas como un conjunto respecto de la cultura
europea: ésta, para las primeras, representa la no-cultura, y viceversa, pues nin­
guna de las dos comparte las mismas reglas, códigos y modelos de cultura; por
ejemplo los ritos y rituales sagrados de las culturas étnicas son diametralmente
opuestas a los ritos y rituales sagrados europeos, por un lado tenemos creencias
sobre dioses naturales: el dios del agua, del sol, de la luna, etcétera, y por el otro
lado, las creencias europeas sobre un solo dios. Para ambas culturas sus sistemas
de creencias tienen sentido, pero no tienen sentido para la otra cultura.

A partir del siguiente modelo operativo vamos a trabajar pormenoriza-
damente el análisis de algunas imágenes en las que se demuestra la conformación
de las semiosferas española y mesoamericana, y cómo se observa la tipología de
la cultura en donde se representa pictóricamente el sujeto semiótico-visual en la
cultura natura y la cultura hierro, propuestas de la autora, y anclar estas imágenes
que forman parte del libro de texto gratuito donde se registra el discurso pedagó­
gico de la historia y que sirve como memoria de la cultura, que a su vez funge
como un dispositivo estandarizante cultural.
La semiótica de la historia pedagógica

Figura 1. Modelo operativo para el análisis semiótico-visual, elaboración de la autora.

2. Semiótica de la cultura. Las semiosferas
española y mesoamericana
La semiótica de la cultura propuesta por el estoniano Iuri Lotman, parte
de varias definiciones de cultura y la más trabajada es la que se refiere a la cultu­
ra definida como semiosfera en analogía con la biosfera, “espacio fuera del cual
no existe semiosis” es decir, no existe sentido, solo hay producción de sentido
cuando las acciones, los seres, los objetos son reconocidos por los miembros de
una cultura, en ese momento es cuando todo un estado de cosas cobra sentido
para el conjunto. Lotman establece varias características que definen la semiosfe­
ra, a saber: carácter delimitado, irregularidad semiótica, frontera y centro-
periferia, lo cual va a dar como resultado que la semiosfera sea un dispositivo
estandarizante cultural y por ende contribuya a la memoria cultural. A continua­
ción vamos a explicar cómo funcionan estas características.

a) El carácter delimitado. La cultura es cerrada, homogénea y estática [para Mo-
rin: es identidad humana que mantiene su especificidad], es concebida sobre el
fondo de las ‘no-culturas’ y respecto del espacio extrasemiótico o alosemiótico.
Ésta puede presentarse como aquella cul­
tura que no participa de creencias, saberes,
religión, de cierto tipo de vida y de con­
ducta de la otra cultura. Por ejemplo, los
europeos no participaron ni de reglas, ni
de códigos, como las costumbres, la len­
gua y las creencias de los pueblos mesoa-
mericanos; incluso, las rechazaron, por
creerlas prácticas de la barbarie. (Véase
figura 2)
Los frailes creían que la religión de los indios era diabólica.
Figura 2. Los frailes creían que la religión b) Irregularidad se
de los indios era diabólica
del observador depende de por dónde pasa
la frontera de una cultura dada. En este sentido, el espacio semiótico se caracteri­
za por la presencia de estructuras nucleares con una organización manifiesta y de
un mundo más amorfo, que tiende hacia la periferia. En el ‘centro’5 del sistema
de la cultura están el lenguaje o lenguajes que, dentro del dominio cerrado, fun­
cionan como fuente poderosa de estructuralidad. En el sistema de oposiciones,
‘centro’ implica ‘periferia’, siendo ésta un mundo amorfo, donde se sitúan for­
maciones cuya estructuralidad no es evidente o no está demostrada, pero que al
ser incluidas en situaciones sígnico-comunicativas generales, funcionan como
estructuras. La cultura de los mexicas fungió, hasta antes de la llegada de los
españoles, como cultura ‘centro’ o hegemónica con estructuralidad, cerrada y
homogénea. A las demás culturas mesoamericanas que tenían contacto con ésta,
se las identifica como ‘periféricas’; en cuyo contacto e intercambio de bienes y
alimentos, se activaron los filtros bilingües-traductores para incorporar otros

5 El 'centro' para Lotman es un espacio abstracto, como tal debe considerarse.
códigos y reglas. La cultura vive a través de las culturas. Después de la Conquis­
ta española en Mesoamérica, y una vez establecido el Virreinato, la Corona re­
presentó la cultura ‘centro’ o hegemónica, y la colonia española -constituida por
españoles y criollos, y las culturas mesoamericanas-, desplazada e invisibilizada
en su mismo territorio, se concibe como cultura periférica, que, además, se ex­
presa con mucha intensidad, en tanto la afirmación de su identidad humana indi­
vidual y su identidad social colectiva, ya que coexisten la cultura virreinal y las
culturas mesoamericanas.

c) La cultura siempre tiene un ‘dispositivo estandarizante cultural’, cuya función
es desempeñada por el lenguaje natural, que denota un sentido intuitivo de es-
tructuralidad y de sistematicidad, transformando el mundo “abierto” en uno “ce­
rrado”, en donde se activan las fronteras mediante los filtros y traductores bilin­
gües. Luego, con la llegada de los españoles -posición del observador por donde
pasa la frontera externa- a tierras mesoamericanas -posición del observador por
donde pasa la frontera interna-, la estandarización comienza con la imposición
de dos códigos fundamentales: la
castellanización -lengua natural- y la
evangelización -religión-; hechos
que se enseñan mediante los códices
que ilustran los libros escolares. El
libro escolar, como texto complejo
generador de sentido, estandariza el
modelo cultural mediante el reforza­
miento de las diversas identidades,
con base en la lengua, las costum­ Figura 3. Los frailes comenzaron bautizando a
los indios nobles (Lienzo de Tlaxcala)
bres, los acontecimientos históricos,
el territorio y los símbolos patrios. (Véase figura 3)

d) La cultura como ‘memoria colectiva’ implica, por un lado, un sistema de re­
glas semióticas con arreglo a las cuales la experiencia de vida de la humanidad se
transforma en cultura; y por el otro lado, implica una ligadura inevitable con la
experiencia histórica pasada. Solo de esta forma se toma conciencia de la cultura
post factum. Para que los acontecimientos históricos sean identificados como
tales, deben serlo en virtud de un determinado elemento en el lenguaje del dispo­
sitivo que guarda en la memoria y que actualiza mediante los rasgos de la traduc­
ción de un lenguaje a otro, o sea, al lenguaje de la cultura. Desde esta perspecti­
va, el libro de texto gratuito funge como generador de sentido y como una memo­
ria colectiva del discurso pedagógico de la historia; cabe recordar y reiterar que
en 50 años de vigencia de estos libros han sido tirados más de 6 mil millones, por
tanto el aprendizaje de los acontecimientos ha permanecido por varias generacio­
nes de niños y niñas que han estudiado en las escuelas públicas.

Además de cumplir con la función legitimadora de los hechos pasados,
adopta el carácter de ‘verdadero’ en oposición a aquellos textos que pudieran
significar falsedad, por ejemplo, pudieran ser aquellos libros de texto elaborados
para escuelas privadas que no se rigen por los planes y programas de estudio de
la Secretaría de Educación Pública, y que son elaborados desde otras perspecti­
vas y no desde los aparatos hegemónicos. La cultura como dispositivo de memo­
ria crea su propio modelo de la duración de su existencia. La memoria implica a
su vez el olvido. Estas dos categorías, cultura y memoria6, están imbricadas con
la escritura de la historia, en cuyo proceso se recuerdan, se olvidan, se silencian,
voluntaria e involuntariamente, tanto los hechos, como a los sujetos históricos
(Foucault, 1980). El libro escolar oficial se convierte en un texto incuestionable,

6 Para Juan Magariños de Morentín "No hay producto más elaborado desde la memoria,
la ideología y el discurso que la historia. Por eso en ella se hace evidente el trabajo com­
plejo, competitivo y constructivo de la facu ltad semiótica. A su vez, cualquier explicación
de la historia requiere, explícita o implícitamente, de los instrumentos analíticos que cons­
tituyen a la disciplina sem iótica como la metodología específica para mostrar el recorrido
seguido por un acontecimiento para adquirir o transformar el carácter ontológico con el
que, en cada momento y sociedad determinados, se incorpora a la historia. Desde la pers­
pectiva semiótica que sugiero, la historia no consiste en una sucesión, cronológicamente
ordenada, de acontecimientos, sino en la posibilidad de su enunciación y en la calidad que
adquieren en virtud de tal enunciación. Así considerada, la historia consiste en la identifi­
cación de un cam bio entre un antes y un después, a partir del estado y las variaciones de
los sistemas semióticos vigentes al tiempo de enunciar tales acontecimientos".
En Semioticians [http://www.archivo-semiotica.com.ar/Textos.html1.
y deviene correcto en oposición al incorrecto. Ahí radica la palabra histórica in­
cuestionable emanada de los aparatos hegemónicos.

Figura 4. Portadas de los libros de texto gratuito: Ciencias Sociales y Mi libro de historia de México

e) La semiótica de la cultura distingue dos tipos de cultura: a) las orientadas a la
expresión, en cuyo seno se conciben los “textos correctos”; y b) las orientadas al
contenido, de acuerdo con un sistema de reglas. En cualquiera de las dos orienta­
ciones, permanece el ideal del libro; pero para que el libro y el conjunto de textos
que conforman una cultura sean aceptados, deben ser reconocidos por regirse por
las mismas reglas.

f) El carácter dinámico de la cultura es debido a que se halla vinculada a la movi­
lidad de la sociedad humana. Lotman define con mayor precisión el dinamismo
como una “constante necesidad de auto-renovación [...] propiedad interna de la
cultura [y] acción [...] de las condiciones materiales de existencia del hombre
sobre el sistema de sus presentaciones ideales” (2000 [1979]: 187). En el caso de
los libros de Historia de México y de los de Ciencias Sociales, el dinamismo
cultural se ilustra con imágenes de los sujetos históricos y los escenarios donde
se desarrollaron los diversos acontecimientos históricos de acuerdo con los cortes
temporales que los mismos historiadores han hecho, como por ejemplo: la Con­
quista, la Independencia, la Revolución y las invasiones norteamericana y france­
sa. Estas dos últimas invasiones son omitidas, silenciadas y olvidadas en el con­
junto los textos de Ciencias Sociales. Todos estos acontecimientos han favoreci­
do el dinamismo cultural, aunque también hay otro tipo de movimientos, como la
silenciosa penetración cultural norteamericana y la oriental, en las épocas recien­
tes.

g) La cultura es un fenómeno social [identidad social] del que, a su vez, se deri­
van otros tipos de identidad: en lo colectivo, en lo social y en lo étnico-cultural.
Por ejemplo, la representación icónica de Sor Juana Inés de la Cruz en ambos
conjuntos de libros; de Octavio Paz y de Carlos Fuentes, entre otros personajes,
en los libros de historia de México, implica la colectividad de los escritores, de
los intelectuales y de los poetas. La imagen del gran agricultor, implica el pasa­
do, la colectividad de los campesinos, y así sucesivamente.

h) Toda cultura tiene principio-fin. Este concepto está ligado al principio de al-
ternatividad que corresponde a las alteraciones de un mismo nivel. Por ejemplo,
el binomio estructural: estático-dinámico, abierto-cerrado, homogéneo-
heterogéneo, en esa dialéctica halla su funcionamiento el libro escolar, cuyo
principio es siempre la primera lección y la última representa el cierre o el fin del
libro, en la que, o se dan esperanzas de mejorar la situación económica, política y
social del país, o se responsabiliza al niño-lector de resolver todos los problemas
que le ha dejado su historia, véanse las imágenes.
Dinamismo de la memoria colectiva seniiótico-dUcur&iva.
principio y fui

C SD 4 Ciencias Sociales CSD41 Historia de M éxico

Fiat. IV.2 (CSD-I-CS-3°*p 5).

El principio” o inicio de los libros de El "principio" o inicio de los libros de Historia
Cfei/ciof S&cmlm se ilustra con una de México se ilustra con. un mapa de
fotografía de im niño y una niña que están Mesoamértea y Aridoamérica, en el que ubica
mirando, desde un puente peatonal, sobre espacio-temporalmente al niño-lector, El “fin" o
alguna vía rápida, el paso de los automóviles final de estos libros representa el futuro
y autobuses, en ia ciudad de México, El "Tur1 desolador de los niños, el nao ador o sujeto-
o final de estos libros es esperanzado*, pues emisor les dice: *Son los problemas
e! narrador o sujeto-emisor enuncia: nacionales que heredas de tu pasado. Son las
‘Tendí «nos un México Mejor”. tareas «le tu provenir”,.

Figura 5. Niños mirando el periférico Figura 6. Mapa de Mesoamérica

El texto verbal (discurso) se complementa con textos visuales (semióti­
ca)7. El funcionamiento histórico-cultural del libro escolar como memoria colec­
tiva, se dinamiza cuando el niño extrapola el conocimiento en su contexto, repro­
duciendo así el modelo de vida a seguir. No obstante, esto no impide que su esfe­
ra semiótica se abra a otras posibilidades, las acepte y las cierre, constituyendo
así su esfera en una unidad, con esto se reconoce que el sujeto puede tener libre
albedrío.

La semiótica de la cultura concibe la esfera cultural como un sistema ge­
neral de organización en el que se construye una cultura determinada, siempre y

7 Desde el punto de vista de Lotman, la categoría texto se define como la entretejedura de
varios códigos, por ello decidimos considerar al texto verbal como discurso en el que se
entreteje la urdimbre lingüística con las formaciones sociales, ideológicas, discursivas e
imaginarias, y con el texto visual en el que convergen los códigos de la forma, y del conte­
nido, los colores, las líneas, los trazos, etc. Ambos textos verbal y visual se anclan mutua­
mente y en ese anclaje se produce el sentido o semiosis.
cuando cumpla con las condiciones necesarias -la oposición dialéctica- para el
mismo funcionamiento de la cultura. En este sentido, se presenta la necesidad de
la unidad (para Morin [1999] es la unidualidad, lo uno y colectivo a la vez), cuya
función social debe intervenir en calidad de una estructura sometida a principios
constructivos únicos. Con ello, la unidad crea su propio modelo.

De la misma manera que Lotman, Eco (1978b) señala que la cultura es
parte de la comunicación, y que la semiótica estudia los metalenguajes a través
de los cuales se constituye la misma cultura. La investigación semiótica debe
darse cuando todas las formas de comunicación funcionan como emisión de
mensajes basados en códigos subyacentes, en otras palabras “Todo acto de per­
formance comunicativo se apoya en una competencia preexistente, [...] el interlo­
cutor cuenta ya con un conocimiento previo del mundo y, por lo tanto, la comu­
nicación a través del discurso como de las imágenes [texto visual] puede darse
con mayor facilidad” (Eco, 1978a: 227). En este caso, el autor coincide con la
idea lotmaniana acerca de la construcción del auditorio. La semiótica es sobre
todo un punto de vista peculiar, una perspectiva que consiste en preguntarse de
qué manera las cosas se convierten en portadoras de significado, propone Sones-
son (1999). Toda cultura determinada históricamente, genera su modelo cultural
propio, en virtud del cual sus miembros se reconocen mutuamente por un com­
plejo funcionamiento de sistemas semióticos conformado por múltiples códigos
(Haidar, 1994: 119).

El libro escolar es un texto complejo, en otras palabras, comparte varios
códigos, el verbal y el visual, además implica una serie de formaciones como: la
socio-cultural-histórica-económica-ambiental-política-ideológica, y las forma­
ciones imaginarias del discurso hegemónico, por ello es un generador de senti­
dos, que forma parte sustancial de la cultura mexicana. A través de éste, el sujeto
colectivo-emisor (SEP) construye un auditorio (niños y niñas escolares) a fin de
reproducir un modelo general de vida a seguir. El libro escolar está constituido
por varios textos en el sentido lotmaniano, es decir por la urdimbre que entreteje
varios códigos, así podemos encontrar otros textos, por ejemplo las fotografías de
lienzos, códices, cuadros, murales, espacios abiertos y cerrados que, entrelaza­
dos, a su vez generan otros sentidos, pero que, al final del libro, se unifican cons­
tituyendo un sentido homogéneo y a la vez heterogéneo. Lo anterior da cuenta de
lo diverso y lo único, o sea, la necesidad del poliglotismo cultural.

En otras palabras, para que exista el espacio semiótico, como tal, es nece­
sario el diálogo entre los diversos lenguajes y no-lenguajes, entre la cultura y la
no-cultura, entre lo heterogéneo y lo homogéneo. En esta dialéctica, lo amorfo se
vuelve formado, el no-signo se convierte en signo, el no-texto en texto, lo diverso
en la unidad. Así, Lotman destaca los diversos aspectos, que son los rasgos bási­
cos del complejo sistema semiótico que define como cultura; su principal función
es la memoria y su rasgo fundamental es la auto-acumulación.

3. Las Semiosferas de la historia oficial pedagógica
Con base en los rasgos característicos de la semiosfera que hemos visto,
ahora analizamos en profundidad algunas de las imágenes visuales que ilustran el
discurso de la historia oficial pedagógica, en las cuales podemos observar cómo
el artista plástico -tlacuilos, pintores y fotógrafos- representa los acontecimien­
tos; pero antes es necesario precisar, con base en la definición de imagen visual
-uno de los componentes de la semiótica visual-, los conceptos y diferencias
entre lo visual estático y lo visual dinámico. Al respecto, Haidar (1996b: 195­
209) señala que la semiótica visual es la más productiva en los sistemas, en las
prácticas visuales, y en el análisis de lo visual. La autora llega a la conclusión de
que lo visual implica la división entre lo visual estático y lo visual dinámico. La
primera categoría se refiere a todo lo que se relaciona con las artes plásticas, y la
segunda, a aquellas producciones semiótico-discursivas, como el cine, el video,
el teatro, el Internet, etc. Haidar establece cuatro problemas para delimitar la
semiótica visual:

a) definir la dimensión visual en sus formas, colores, perspectivas y volúmenes;

b) abordar lo visual y lo verbal que han cumplido diferentes funciones y han
sido distintos en las diversas culturas y épocas históricas;
c) establecer las diferencias entre lo visual estático y lo visual kinésico, como
hemos apuntado arriba; y

d) analizar los problemas relacionados con el iconismo y los diferentes grados
de iconicidad de la imagen.

Dentro del campo de la semiótica visual, señala Haidar tres grandes áreas
de producción de los sistemas visuales:

1. la semiótica de la imagen estática: en ésta se destacan las imágenes icónicas,
indiciales y las simbólicas, por ejemplo, todas las imágenes que ilustran los
libros de texto, señaladas supra;

2. la semiótica de la imagen dinámica, en la cual también se destacan las icóni-
cas, indiciales y simbólicas, como los diversos lenguajes que implican movi­
miento, como el de los sordomudos, los para-verbales, la mímica, la televi­
sión, el cine, el teatro, la danza, los museos con interacción dinámica, entre
otros;

3. la semiótica visual relacionada con la función signo: el espacio, la arquitectu­
ra, la escultura, la cerámica, la moda, los objetos, etcétera.

En el caso de los libros que estudiamos, en su conjunto, son visuales.
Contienen:

a) los textos verbales: la narración histórica, las explicaciones didácticas y las
tareas asignadas a los educandos;

b) y los textos visuales, las imágenes: códices, pinturas, grabados, dibujos, foto­
grafías, líneas del tiempo y mapas que han servido para ilustrar el libro de
texto, en el entendido de que cualquier imagen visual es fuente de informa­
ción. El conjunto del texto verbal y del texto visual, da como resultado el tex­
to verbo-visual, al que hemos denominado: unidad mínima de sentido de se­
gundo grado, de la dimensión semiótico-discursiva.

Denominaremos unidad mínima del sentido verbal de primer grado al
signo lingüístico y unidad mínima del sentido visual de primer grado al iconema.
La unión de un texto visual estático independientemente de su género -códice,
pintura, fotografía, caricatura- con un texto verbal -pie de foto, explicación, tex­
to am plio- conforma un texto verbo-visual unidad mínima del sentido de segun­
do grado, en otras palabras, se trata de una imagen visual que contiene tanto lo
verbal como la imagen (ilustración). También definimos texto, junto con Lotman,
como el tejido de varios códigos: la forma, el color, el volumen, la tonalidad, el
relato visual con el código lingüístico.

En el caso de las imágenes visuales estáticas que ilustran el discurso de la
historia oficial pedagógica, cada texto visual contiene iconemas que son identita-
rios de los sujetos de la imagen visual, o sujetos semiótico-visuales. Por ejemplo,
la coa es un objeto-iconema que identifica al agricultor de las “grandes culturas
mesoamericanas”, y en el hic et nunc, al campesino que aun la usa; el estandarte
de la Virgen de Guadalupe, identifica a Miguel Hidalgo y Costilla; el maíz, a las
culturas mesoamericanas y especialmente a la mexicana; los cañones, a los sol­
dados europeos; las lanzas, a los guerreros mesoamericanos, los macahuitl o ma­
zo de los guerreros mexicas, son objetos/iconemas-identitarios de los sujetos de
la imagen visual. Son iconemas porque, además de ser unidades mínimas del
sentido visuales, en su relación objeto-sujeto, representan al sujeto semiótico-
visual.

4. Tipología de las culturas. Semiosferas:
Cultura-Natura y Cultura-Hierro
Para el análisis de dos semiosferas que han sido significativas histórica­
mente para la historia pedagógica de México, hemos seleccionado El códice de
Durán del libro de Historia de México, 4° Grado.

Con base en esta imagen visual analizamos y explicamos cómo a partir
del encuentro de dos culturas antagónicas -dos semiosferas- se conforma dialéc­
ticamente, en el amplio sentido del término, la tercera cultura mestiza -tercera
semiosfera-. Recordemos que la semiosfera es aquel espacio semiótico
-sim bólico- fuera del cual es imposible la semiosis (Lotman, 1996:24), y que la
cultura existe en, y a través, de las culturas (Morin, 1999). Esto significa que para
que una cultura exista, es necesario que co-exista una no-cultura [otras culturas],
y que en cada una de las dos (por separado), los sujetos compartan las mismas
leyes, reglas, códigos, costumbres y creencias que constituyen un modelo a se­
guir por los integrantes de cada una de las esferas culturales, siempre y cuando
esté presente la oposición dialéctica.

En la narración histórica visual, podemos observar, por los iconemas, las
características de cada una de las semiosferas; y en el espacio invadido por la
cultura que llega, se produce el choque de ambas culturas, una de ellas siempre
será la no cultura y la otra la cultura, desde el punto de vista de la semiosfera, de
manera que la cultura puede estar representada por la establecida, los mexicas, y
la no-cultura por la que llega, los españoles; o viceversa, desde la perspectiva de
cada una de ellas. No obstante, la cultura que domina siempre será La Cultura, la
hegemónica, la que dicta las leyes, los códigos y los modelos culturales a seguir,
aunque esté establecida en el espacio territorial del ‘otro’; y la dominada, la no-
cultura, pese a estar en su espacio territorial, es la que se encuentra en la perife­
ria.

El análisis semiótico del vestido, como propone Roland Barthes (1993),
es importante porque, de esta forma, podemos identificar la manera de concebir
el mundo de las diversas culturas. Los objetos, entre ellos el vestido, las
herramientas, el tipo de armas, etcétera, son iconemas que permiten identificar no
solo el tipo de cultura, sino su pensamiento ideológico, religioso, político,
económico e incluso, artístico. Por lo tanto, el estudio de la vestimenta, en el caso
de los mexicas y de los españoles, nos indica el tipo de cultura a la que le hemos
denominado cultura natura, para los indígenas, y cultura hierro, para los
españoles.
c
u
S L
E T
M U
I R
O A
S -
F H
E I
R E
A R
R
O

Iconemas: Vestimenta, objetos, anim ales

Mujeres Hombres natura i I Hombres-hierro
1 huipilli ^ Ocelots itraje de jaguar) -------i----------j---------- S armadura-hierro
2 cueitl-enagiia J cabeza de jaguar--------------- j--------- L---------------------9 casco
5 macalmitf-niazoy tecm-lanmX _______ i_______________ 10 espada
6 chimaUi-esendo natural______ i______ i ________11 escudo hierro
7 jaguar.--------------------------------- :--------- i.---------------------12 caballo

Figura 7. Tipología de las culturas

5. Producción Semiótico-Discursiva = PSD
Sistema Complejo Cultural = SCC
Las diferencias entre ambos conjuntos de libros son que uno se centra
más en los ambientes rurales y el otro tiende más a lo urbano. Los textos de His­
toria de México abundan en imágenes, casi no tienen exclusiones. Por el contra­
rio, los de Ciencias Sociales excluyen visualmente a personajes históricos impor­
tantes. Por último, la selección, la distribución del saber histórico verbo-visual
está a cargo del sujeto-emisor-colectivo (SEP), el cual desde sus condiciones
sociales de producción imprime su ideología.
Figura 8. Las semiosferas del libro escolar

En el diagrama anterior observamos la interacción dialéctica, heterogé­
nea, polisémica (polivalente y polifónica) de todos los espacios semióticos que
interactúan a partir de la iconosfera fundante constituida por la representación
semiótico-discursivos de los acontecimientos históricos, con base en la cual, los
historiadores, en una relación directa unilateral, seleccionan aquellos hechos que
“pueden y deben ser dichos y vistos”. Seleccionar implica necesariamente la
exclusión de objetos semiótico-discursivos que, en un momento determinado,
podrían resultar “peligrosos” en la generación informacional del texto, como los
acontecimientos que corresponden a las acciones de los diversos emperadores de
la cultura azteca o el establecimiento de la Santa Inquisición.

Esta selección configura el espacio semiótico-discursivo del “libro” que
representa la primera iconosfera fundada, que está en relación directa unilateral
con el espacio semiótico de los niños, segunda iconosfera fundada. La relación
de los editores, los diseñadores, ilustradores, profesores y pedagogos con el es­
pacio del libro, es directa unilateral, pero entre ellos se establece una mutua rela-
ción indirecta multi-bilateral. Todos estos espacios, y el del libro, constituyen, a
su vez, la iconosfera que es atravesada por la o las fronteras que permiten el diá­
logo entre las demás y, por ende, la generación de sentido, como consecuencia
del intercambio de información.

Códigos del proceso de traducción intersemiótica
y campos semiótico-discursivos

1- Iconosfera fundante.

2- Iconosfera fundada.

3- Iconosfera atravesada por la o las fronteras generadoras de sentido.

4- Fronteras-filtros bilingües.

5- Significativa relación directa unilateral.

6- Relación indirecta unliateral.

7- Mutua relación indirecta multi-bilateral.

8- Relación directa unilateral.

Espacio-Escenario Mexica
Tiempo Conquista
(T1+E1=tiempo-espacio histórico)
(tn+en= tiempo-espacio libro escolar)
(T1-tn+E1-e1= PSD del SCC)
Referencias
Barthes, Roland (1993). La aventura semiológica. México: Paidós comunicación.

Eco, Umberto (1978a). La estructura ausente. Barcelona: Editorial Lumen.

Eco, Umberto (1978b). Tratado de Semiótica General. México: Editorial Lumen/Nueva
Imagen.

Foucault, Michel (1980/1969). El orden del discurso. Barcelona: Tusquets Editores.

Haidar, Julieta (1994). "Las prácticas culturales como prácticas semiótico-discursivas",
en González y Galindo Caceres (Edit.) Metodología y Cultura. México: CO-
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Haidar, Julieta (1996b). "El campo de la semiótica visual" en Gimate-Welsh y López
Rodríguez (Coord.). Semiótica. México: UAM-AZCAPOTZALCO.

Haidar, Julieta y Lidia Rodríguez Alfano (1996a). "Funcionamiento del poder y de la
ideología en diferentes prácticas discursivas" (versión ampliada) en: Revista
Dimensión Antropológica, Año 3, Vol.7, México: INAH.

Lotman, Iuri (1996). La semioesfera I (Edición de Desiderio Navarro). Madrid: Cáte-
dra/Frónesis.

Lotman, Iuri (1998). La semioesfera II (Edición de Desiderio Navarro). Madrid: Cáte-
dra/Frónesis.

Lotman, Iuri (2000). La semioesfera III (Edición de Desiderio Navarro). Madrid: Cáte-
dra/Frónesis.

Morin, Edgar. (1999). Los siete saberes para la educación del futuro. México:
UNESCO.

Sonesson, Goran (1999). “The life of signs in society - and out of it: critique of the
communication critique” en Sign Systems Studies, Vol. 27, Estonia: Tartu Uni-
versity Press.
Los jóvenes y las TIC.
Aprendizajes posibles en la escuela
Lic. María Luján Barrionuevo1.
Cátedra Semiótica FPyCS - UNLP.

1. Introducción
La inclusión de Tecnologías de Información y Conocimiento (TIC)2 en
las escuelas secundarias públicas es un acontecimiento que pone de manifiesto
las contradicciones institucionales existentes en la concepción del conocimiento
y el aprendizaje. Esta problemática se cruza con las reflexiones teóricas desarro­
lladas en el proyecto “La Universidad de la Calle” (Cf. Magariños, 2010), del
cual nos nutrimos para enfocar la crítica hacia las formas y contenidos de la edu­
cación formal, ampliar conocimientos sobre la educación no formal e informal,
aportando elementos que complejicen y enriquezcan los saberes vinculados a la
“Pedagogía de los sectores populares” (Cf. Gutiérrez Perez y Prieto Castillo,
1994).

Esto implica pensar, no solamente las restricciones de acceso a la educa­
ción institucional que históricamente afecta a amplios sectores de la sociedad
argentina y latinoamericana, sino también, todos aquellos aprendizajes o meca­

1 Estudió en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP donde obtuvo el
título de Profesora en Comunicación Social (2003) y Licenciada en Comunicación Social
(2005). Actualmente se encuentra desarrollando estudios de Doctorado en la misma Insti­
tución Académica. Desde el año 2004 se desempeña como ayudante diplomada en la
Cátedra de Semiótica, cuyo Profesor titular fuera el Prof. Juan A. Magariños de Morentín
hasta su fallecimiento. A partir del 2012 ocupa el cargo concursado de Profesora Adjunta
de Semiótica en la FPyCS - UNLP. También se desempeña como docente de nivel Secunda­
rio y Superior en establecimientos de Educación Pública en la Provincia de Buenos Aires.
2 Siguiendo a Castells (1998), se entiende en este trabajo a las TIC (Tecnologías de Infor­
mación y Conocimiento) como aquellas tecnologías que al trabajar con información y
conocimientos, posibilitan nuevas formas de procesamiento, distribución, almacenamien­
to y producción del mismo.
nismos de aprendizajes adquiridos por la experiencia propia o por la percepción
sobre el comportamiento de otros, más allá de lo aprendido frente a un maestro,
motorizado por el hecho de tener que subsistir o por la necesidad de vivir un po­
co mejor.

Se entiende aquí por comportamiento al manejo o manipulación de obje­
tos (con especial interés en las TIC), la adopción de gestos, hábitos, terminología
de una determinada comunidad, la participación en acontecimientos propios de
una comunidad de prácticas o la participación en prácticas tribales (sean estas
virtuales o no, aclaración que vale particularmente para nuestro escenario). Esos
objetos y comportamientos se constituyen en signos, es decir que representan
algo diferente de sí mismos. Los percibimos asociados al sentido construido a
partir de nuestra experimentación con los mismos, o al sentido que han atribuido
otros y que socialmente aceptamos.

Asumiendo que el acceso al conocimiento del mundo se ve mediado por
la construcción de sentido histórica y socialmente configurada en los discursos
sociales, señalamos que desde el punto de vista del sujeto, este percibe el mundo
desde los discursos sociales a los que accede, habiendo otros tantos que ni siquie­
ra podrá percibir. Esto último interesa a los efectos de identificar espacios de
significación al margen, constituidos desde otros saberes, interpretados desde los
discursos hegemónicos como vergonzantes, amorales, innecesarios; siendo por
eso, restringidos u ocultados. Esos conocimientos indemostrables, presos de la
pedagogía tradicional, pero vivos en la “Universidad de la calle”, son igualmente
mediadores en la construcción de otro mundo posible.

Se infiere en este trabajo, una relación entre “La Universidad de la Calle”
y el fenómeno generado por la inclusión de TIC en las escuelas que pone de ma­
nifiesto una fuerte contradicción en la cultura institucional, ya que lo que había
sido cuidadosamente vedado, dosificado, negado, durante años de prácticas re­
productoras de estructuras, de un orden social y escolar específico, ahora no solo
se cuela por las ventanas, sino que ingresa al aula por la puerta mayor. Nos refe­
rimos aquí a la llegada de Netbook, una por cada alumno y cada docente, en el
marco del Plan Nacional Conectar Igualdad desde fines de 2010 y las primeras
repercusiones en el sector docente.

Las diversas pantallas con las que interactuamos en la vida diaria, en es­
pecial las jóvenes generaciones, son generadoras de aprendizajes, que pueden ser
independientes de toda formalización o sistematización. Pueden utilizarse en
cualquier momento o lugar, implican aprender comportamientos, modos de vin­
cularse con el entorno, con otras personas, que siendo rechazados como enseñan­
zas, se constituyen sin embargo, en mediadores de aquellos sentidos vinculados a
lo gregario, lo prohibido, lo innecesario, ocioso, pero que resultan altamente sig­
nificativos en la sociedad actual.

La relación de los jóvenes con las TIC, las posibilidades de interacción,
los vínculos subjetivos que se generan con la mediación de las mismas, llevan a
pensar, siguiendo a Michel Maffesoli (2009), en una mutación cultural. Según
este autor, en la actualidad coexiste una sociedad oficial marcada por el raciona­
lismo y una sociedad oficiosa, constituida como una sociedad en negro que apor­
ta otras formas de ser. Este autor sostiene que es fundamental estudiar cómo, a
través de internet, blogs, foros o chats, se está gestando un nuevo modo de estar
juntos, una nueva subjetividad impulsada por las jóvenes generaciones.

Se ha escrito mucho y es posible encontrar muchos signos que constru­
yen el deber ser y el saber de los sujetos en la escuela actual, enraizados históri­
camente en el paradigma de la modernidad, tendiente a la homogeneización cul­
tural, desde la cual las diferencias son interpretadas como disrupciones que es
preciso normalizar o corregir.

Si pensamos en la historia del magisterio (C f Tedesco y Tenti Fanfani,
2002) encontraremos que siempre existió una tensión entre nociones pre-
racionales, materializadas en expresiones que relacionan el oficio de enseñar a un
sacerdocio, o la escuela como templo del saber, y la exigencia de conocimientos
sistemáticos, racionales, provenientes de disciplinas como la pedagogía y la di­
dáctica que el maestro debía aprender para aplicar en su trabajo.

Estas tensiones o equilibrios inestables se multiplican en la actualidad,
por diferentes fenómenos como la proliferación de medios masivos, diferentes
circuitos de circulación de la información y la comunicación, que modifican en­
tre otras cosas las formas de acceso, las formas de lectura, escritura, y las estruc­
turas de autoridad tradicionales. Este fenómeno, repercute en las fibras más ínti­
mas de la cultura escolar, basada en el control, la disciplina y la transmisión del
saber, seleccionado y reconocido como tal por la misma institución.

Las TIC, en tanto herramientas cotidianas, percibidas como cercanas a los
jóvenes, generan en muchos casos una especie de temor en el adulto, docente,
posiblemente porque lo enfrenta a sus propias limitaciones, que van más allá de
saber operar con ellas; nos atrevemos a adelantar que ese temor se vincula más
con el desafío de experimentar, jugar, crear, compartir con otros, sin prejuicios
moralizantes que separen dichas prácticas de lo que se entiende como educativo.
Pero esta percepción, también, es compartida por los jóvenes estudiantes que no
logran comprender del todo por qué y cómo usar las TIC en la escuela, como si
fuesen objetos que conllevan prácticas antagónicas.

2. Revisión de antecedentes

2.1. Contexto: Aspectos generales de la “Sociedad
de la Información y el Conocimiento”
Para contextualizar la temática se discutirán, en primer lugar, algunos
conceptos que ayudan a comprender los aspectos generales de nuestros tiempos,
en particular las características que han cobrado las sociedades latinoamericanas,
especialmente desde la década de los ‘80 y ‘90, como momentos clave en la ins­
tauración de políticas neoliberales. Se destacan las reformas estructurales del
Estado tendientes a la minimización del mismo, el papel primario que han desa­
rrollado los organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial, para la
toma de decisiones frente a la crisis latinoamericana. Delia Crovi remarca la
emergencia de integración de mercados regionales a partir del Consenso de Wa­
shington, “dando lugar a un proceso que conocemos como globalización, el cual
ha facilitado el control de esos mercados por parte de empresas y corporaciones
estadounidenses, europeas y algunas asiáticas” (Crovi, 2005). En el contexto de
la globalización, las tecnologías de la información constituyen la base material de
la sociedad de redes, cuya expansión está vinculada con la interdependencia eco­
nómica y la mundialización de las comunicaciones (Renato Ortiz, 1997).

Para hablar de las sociedades actuales se han utilizado distintas denomi­
naciones: “Sociedad de la información”, “Sociedad global” y “Sociedad de la
información y el conocimiento” (SIC), propuesta por Peter Druker en 1993, que
ha sido la más aceptada y utilizada. Si bien existen muy diversas interpretaciones
sobre la SIC, una línea, de la cual nos distanciaremos, consiste en la visión tecnó-
fila y neutralizadora de lo social como la sostenida en los trabajos de N. Negro-
ponte o Bill Gate, los llamados gurúes del capitalismo, como lo señala Mattelart
(2002)

Retomamos en este trabajo los aportes de Manuel Castells (1998) seña­
lando que las sociedades actuales se ven atravesadas por una verdadera revolu­
ción tecnológica, con capacidad de penetración en la cultura, mediante el proce­
samiento del conocimiento, de la información y la comunicación. Sin embargo,
no son los medios tecnológicos los dinamizadores de una verdadera revolución
que caracteriza a la Sociedad de la Información y del Conocimiento (SIC), sino
los usos sociales que se hacen de los mismos. Siguiendo este argumento, se des­
tacan tres etapas en el empleo de los medios: la automatización de las tareas, la
experimentación de los usos y la reconfiguración de las tareas. Es en esta diná­
mica de difusión de los nuevos medios tecnológicos, de apropiación y recreación
por parte de los usuarios, donde la sociedad de la información ve amplificado su
poder. En esta línea pero desde los estudios franceses, Dominique Wolton
(2000), señala que de acuerdo con los específicos contextos culturales y políticos,
las tecnologías, lejos de eliminar desigualdades económicas y sociales, las acen­
túan.

En el contexto latinoamericano, existen innumerables trabajos de investi­
gadores y académicos reconocidos que han aportado al estudio de la comunica­
ción resaltando su dimensión política, como: Antonio Pasquali (1978, 1990),
Mattelart (1981), Hector Schmucler (1983), Aníbal Ford (1999) y Mario Kaplún
(1987, 1998), entre otros. En los últimos años fueron influyentes los trabajos de
Jesús Martín Barbero (1987), quien propuso, sin desconocer el poder de los me­
dios, realizar un corrimiento del medio centrismo hacia el eje de las mediaciones.
Dicha perspectiva indaga sobre lo que los sujetos hacen con los medios y las
tecnologías en las diversas prácticas y usos, desde donde se resemantiza, al tiem­
po que se reconstruyen las prácticas culturales y las identidades. Esta línea ha
sido interpretada críticamente por algunos de los pensadores latinoamericanos
antes nombrados, por su particular lectura sobre la hegemonía, considerando que
hace mayor hincapié en el “consenso” que en la “cohesión”, desdibujando lo
político.

Consideramos, sin embargo, que la perspectiva planteada por Barbero,
implica una actitud crítica frente a la SIC y una reflexión profunda sobre el papel
de la comunicación en relación con la política y la cultura, en la constitución de
los nuevos modos de interpelación de los sujetos, poniendo en primer plano los
componentes simbólicos en la conformación del poder. Como lo expresa Cancli-
ni, cambian los mecanismos de subjetivación en una trama más dispersa y com­
pleja de poderes sociales, comunicación y consumo.

En una línea crítica sobre la SIC, Rosalía Winocur advierte que la forma co­
mo se plantea el tema por parte de los Estados en América Latina se encuentra
ligada a la responsabilidad de generar políticas de inclusión digital y especular
sobre su impacto social, político, cultural y económico como estrategia de desa­
rrollo. Según la autora, prevalecen interpretaciones plagadas de supuestos erró­
neos sobre el acceso y apropiación de las TIC que operan tanto en los programas
de alfabetización digital como en parte de la producción académica sobre el te­
ma. Dichos abordajes se relacionan más con el pronóstico que con el diagnóstico,
panorama que restringe las posibilidades de investigación y estudio de las apro­
piaciones cotidianas de las TIC en diversas realidades socio-culturales y en inter­
acción con las políticas vigentes. Sostenemos en este trabajo que el acceso a las
TIC se ve mediado por las representaciones sociales de cada grupo o segmento
social que resignifica la experiencia por otras formas de socialización tecnológica
en el trabajo, la escuela, la familia y el uso de otras tecnologías mediáticas, pro­
pias del hábitus de cada grupo.

2.2. Usos y apropiaciones de las tecnologías
Resulta necesario trabajar el concepto de apropiación que hemos utiliza­
do en varias ocasiones, sin explicitar debidamente. Siguiendo a Prieto Castillo
(1983), significa poder encontrar sentido a los datos con los que se toma contacto
al interactuar con algo o alguien. De manera que el concepto de apropiación no
se agota en el tener acceso a las tecnologías. Muchas veces las computadoras u
otras tecnologías están pero nadie las usa, en otros casos, se sabe que se usan,
pero se desconoce el porqué y el para qué. Estas preocupaciones evidencian una
relación entre las categorías de uso, acceso y apropiación.

Retomamos, en este trabajo, las reflexiones de Alexei Leontiev sobre la
apropiación, quien reformula las teorías de Vygotsky sosteniendo que el desarro­
llo intelectual del individuo no puede comprenderse sin referencia al mundo so­
cial en el que se está inmerso. De manera que el aprendizaje debe ser explicado
no solo a partir de la interacción con los otros en un contexto social dado, sino
también, por la mediatización intelectual de instrumentos, como son en nuestro
caso las TIC.

Para Leontiev, el proceso de apropiación posibilita el desarrollo ontogenético
humano: la reproducción en las aptitudes históricamente formadas por la especie
humana, incluyendo la capacidad para comprender y utilizar el lenguaje (Cf.
Crovi, 1993). Se trata, entonces de una doble actividad, ya que al apropiarse de
un producto cultural objetivado externamente, al mismo tiempo, se desarrolla una
facultad. Esta perspectiva le otorga mucha importancia a la mediación semiótica
ya que el proceso de apropiación se realiza durante la actividad que el ser hu­
mano desarrolla con respecto a objetos y fenómenos significantes del mundo que
lo rodea.
2.3. Comunicación / Educación / TIC
Es complejo sistematizar un mapa de trabajos que articule estudios de
comunicación, educación y TIC, debido a la actualidad de las temáticas que
abarca y la proliferación de producciones desde diferentes perspectivas y recor­
tes. Existen en la actualidad, muchas publicaciones electrónicas disponibles en
internet, destinadas a la divulgación científico-técnica, que pretenden fomentar el
intercambio de ideas y trabajos de investigación, tal es el caso de la Revista Píxel
- Bit, Revista Electrónica de Tecnología Educativa (EDUTEC), Revista Iberoa­
mericana de Educación a Distancia (RIED), Revista Latinoamericana de Tecno­
logía Educativa (RELATEC) de la Universidad de Extremadura. Todas publica­
ciones españolas, que enfocan temas como: nuevas tecnologías en la formación
docente, experiencias de e-learning, uso de webquest en la docencia universita­
ria, proyectos colaborativos, entre otros. Entre las latinoamericanas, se destaca la
Revista Pedagogía Digital, de la Universidad Central de Venezuela donde se
pueden encontrar líneas de investigación sobre la inserción de las TIC en la edu­
cación básica Venezolana.

En cuanto a los estudios en el campo de la Comunicación/Educación,
Mario Kaplun (1998) realiza una revisión en la cual vislumbra tres grandes ver­
tientes predominantes: la vertiente informacional, visible en las teorías de Skin-
ner, instala una equivalencia entre proceso educativo/transmisión de información,
donde la escuela es pensada como una máquina de enseñar. Otra vertiente es la
que pone énfasis en los efectos: afirma que los medios tienen influencia en las
conductas de los sujetos, y supone que es posible manipular los mensajes para
producir los efectos deseados, en términos educativos, el rol docente se equipara
al de un técnico programador que planifica e interviene para moldear conductas.
Jorge Huergo (2005), desde una perspectiva genealógica, señala la existencia de
tradiciones educativas orientadas a prácticas y políticas de corte instrumental, en
esta línea se debaten las propuestas de la UNESCO. La tercera vertiente es la que
pone énfasis en los procesos, retomando la perspectiva de la pedagogía liberado­
ra postulada por Paulo Freire.
La perspectiva que hace hincapié en las mediaciones culturales, como ya
hemos dicho, es una de las más influyentes en América Latina; sobre el tema TIC
y educación encontramos los trabajos de Barbero (2002), Orozco Gómez (2002,
2008), quien se encarga de operativizar las mediaciones. Otra línea reconocida
desde los contextos latinoamericanos son los estudios de Alejandro Piscitelli
(1995, 2005) que funda su reflexión teórica, retomando aportes de la informática,
las ciencias cognitivas, la antropología y la filosofía. Construye un enfoque pro­
pio, al proponer el estudio de las metamorfosis tecnocognitivas, derivadas de las
interacciones que desencadenan las TIC en tanto cambios en los modos de co­
municación, las estructuras perceptivas y la diversidad cultural.

Si hablamos de estudios pioneros en nuestro país, podemos nombrar los
trabajos realizados desde el Ministerio de Cultura y Educación de la Nación,
dedicados a analizar los lineamientos de las políticas educativas de incorporación
de tecnologías informáticas en las escuelas desde la reforma de los ‘90, como las
investigaciones de M. Palamidessi (2001), D. Galarza y M. Gruschetsky (2001),
D. Galarza y M. Pini (2002) sobre el programa PRODYMES II.

Existen, además, trabajos cuyos intereses se enfocan en la relación entre
la disponibilidad de las TIC y la apropiación y usos por parte de docentes, alum­
nos y la comunidad educativa. Dichos trabajos estudian los procesos situados en
distintas regiones del país, como por ejemplo: S. Morales (2004), Morales y M.
Loyola (2005) y R. Cabello (2006).

3. Trabajo de campo y análisis de entrevistas
Desde el año 2009 venimos estudiando el tema, con el objetivo de
conocer los modos de interacción de los sujetos con las TIC y las formas de
apropiación de las mismas en los contextos escolares, para generar estrategias de
intervención pedagógica innovadoras. Abordamos la investigación desde la
descripción y el análisis de las múltiples significaciones que operan en la forma
de concebir: la escuela, los sujetos y los aprendizajes que se producen en
interacción con las TIC; considerando la importancia de analizar los discursos de
los distintos actores institucionales: docentes y jóvenes estudiantes de manera
comparativa. En un primer momento hemos realizado entrevistas con docentes de
nivel secundario de diferentes escuelas de la ciudad de Chivilcoy, luego nos
dedicamos a entrevistar a estudiantes para poder analizar y crear redes de
significación que den cuenta de la complejidad de representaciones que circulan
sobre el tema y sus posibilidades de transformación.

El análisis que presentamos corresponde al trabajo de una investigación
acreditada por el Instituto Nacional de Formación Docente (INFD) por un equipo
de docentes3 del Instituto Superior de Formación Docente N° 6 de Chivilcoy,
Provincia de Buenos Aires. En el marco de este trabajo hemos realizado entrevis­
tas abiertas a 28 estudiantes de diferentes profesorados que se dictan en el Institu­
to, la elección de los entrevistados fue realizada teniendo en cuenta la edad, entre
18 y 23 años, debido a que su experiencia en cuanto al paso por la escuela secun­
daria resulta cercana en el tiempo. Por otro lado, se trata de jóvenes que están
estudiando para ser docentes, siendo la formación docente, un aspecto central que
nos interesaba estudiar. Otro dato importante es que las entrevistas fueron reali­
zadas antes de la entrega de netbook del Plan Nacional Conectar Igualdad.

En las líneas que siguen presentamos algunas reflexiones surgidas del
análisis de las entrevistas, tarea que realizamos utilizando herramientas metodo­
lógicas de la semiótica de enunciados y el análisis de discurso, propuestas en el
Manual Operativo (Magariños, 1998). Desde la perspectiva semiótica asumida,
se explicitan los aportes de la semiótica cognitiva general:

[...] 1) no hay semántica sin sintaxis (lo que no implica afirmar la equi­
valencia entre una y otra); 2) todo lo efectivamente dicho se correspon­
de con una posibilidad de decirlo preexistente (esto equivale a decir
que todo texto proviene de un sistema pertinente, el cual, al menos
desde un punto de vista lógico, antecede a dicho texto), por lo que, a
partir de lo efectivamente dicho puede inferirse el sistema sintáctico-
semántico de donde procede, y 3) que estas posibilidades de decir no
son individuales sino que se comparten con la comunidad a la que per­

3Miembros del equipo: Dir. M. Luján Barrionuevo. Docentes Investigadores: Martín Ba-
rrionuevo y Marcos Rodríguez. Estudiante colaboradora: Anahy Palomeque.
tenece dicho productor del texto (en cuanto el productor de cualquier
texto comparte alguna, al menos, o, por lo general, varias de las "For­
maciones Discursivas" vigentes en tal comunidad). La recuperación de
estas "Formaciones Discursivas" es uno de los objetivos principales de
la metodología semiótica que aquí se propone4.

3.1. Significaciones sobre la escuela secundaria
La información que recogimos de las entrevistas a estudiantes de los pro­
fesorados, en base a sus miradas sobre las escuelas secundarias, gira en torno a
tres temas recurrentes: “la escuela y la vida”; “la escuela y los docentes” y “la
escuela y el futuro profesional”.

3.1.1. La escuela y la vida cotidiana
Es notoria la constante referencia a la relación: escuela y la vida cotidiana
como un vínculo positivo y deseable. Esto delimita, por un lado, los sentidos
sobre las funciones sociales que debería cumplir la escuela, ligando las mismas a
las necesidades puntuales de los sujetos alumnos en sus vidas cotidianas y como
participes de la comunidad.

Tomaremos algunos segmentos de entrevista para analizar: “Me parece
positivo que en la escuela secundaria nos formen para tener mínimos conoci­
mientos para nuestra vida ” (Estudiante de 1° año Prof. de Educación primaria.
19 años). Se pueden reconocer aquí ciertos valores sobre el “conocimiento” vin­
culados recurrentemente a la utilidad de los mismos, que se visualizan en tanto
sirvan “para” algo de “nuestra vida”. En este caso, observamos un “nosotros”,
bastante pasivo, visible en la expresión “nos formen”, es decir, toda la actividad
de la formación está en el accionar de la escuela.

Siguiendo en la línea de los saberes que se perciben como deseables, apa­
rece en este segmento una demanda hacia los docentes en sus formas de enseñar,

4 Juan A. Magariños de Morentín. M anual operativo para la elaboración de " contextúales"
y "redes contrastante". www.centro-de-semiotica.com.ar
señalando que "Lo negativo es que muchas veces los profesores enseñan temas a
los cuales no los relacionan con la realidad." (Estudiante de 2° año Prof. de
Educación primaria. 21 años). La falta de relación entre los temas enseñados y la
realidad, representan un valor negativo para los estudiantes. Al enseñar los te­
mas, los docentes construyen explicaciones descontextualizadas, dificultando la
interpretación de los alumnos, que no logran vincular esos textos con conoci­
mientos previos que les sean significativos. Identificando lo significativo con lo
útil para la vida, como hemos visto. Esta representación puede ir en contra de
saberes teóricos que no siempre encuentran una aplicación práctica inmediata.

En los discursos de los jóvenes se destaca como actores fundamentales a los
educadores y a la escuela, pero no aparecen referencias sobre estudiantes partici­
pes en la construcción de conocimiento y en la conexión con la realidad.

3.1.2. La escuela y los docentes
Otra vinculación que aparece con insistencia en los discursos analizados
es la de la escuela y los docentes, como figuras representativas que marcan las
experiencias de los sujetos. Es decir, parte de las respuestas que evalúan el paso
por la escuela secundaria varían en relación con las experiencias vividas como
beneficiarios o perjudicados por la práctica pedagógico-didáctica de los docentes.

Como se observa aquí, "Lo negativo es que hay profesores que van al
aula sin ganas o sea no les importa demasiado si el alumno aprende o no " (Es­
tudiante del 1er año, Prof. de Educación primaria, 18 años). La relación es tan
significativa que se identifica, directamente, a la escuela con la actuación de los
docentes, la escuela “es”, en buena medida, lo que los docentes “son”.

Se manifiesta claramente la relevancia del actor docente por sobre los
demás actores institucionales, también en los aspectos positivos, visualizando
una proximidad en la interacción cotidiana docente/alumno, que humaniza el
vínculo. Como se ve en el segmento que sigue, el docente además de “enseñar”,
“contiene”: "Lo positivo de las escuelas secundarias es que el docente además
de enseñar contiene al alumno que tiene problemas para avanzar " (Estudiante
del 1er año, Prof. de Educación primaria, 21 años).

El tema de la contención resulta una metáfora social muy utilizada en
educación que ayuda a construir un sentido existencial de los comportamientos
en una comunidad de prácticas, que permite figurar y representar conocimientos
abstractos, desconocidos a partir de datos conocidos y compartidos.

Siguiendo la perspectiva cognitivista, la metáfora “impregna la vida coti­
diana, no solamente el lenguaje sino también el pensamiento y la acción. Nuestro
sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fun­
damentalmente de naturaleza metafórica” (Cf. Lakoff y Johnson, 1995).

De manera que, a partir de un dominio fuente (de donde se toma la metáfo­
ra), en este caso: saber que existen recipientes contenedores, capaces de impedir
derrames de líquidos u otros materiales, como puede ser un vaso o un balde; se
transfieren dichas propiedades a otro dominio meta (lo que queremos metafori-
zar) para envestirlo de sentido. De este modo, el docente contenedor es aquel que
con sus actitudes impide que el alumno desestabilice sus emociones ante deter­
minados problemas de la vida o del mundo escolar.

3.1.3. La escuela y el futuro profesional
En reiteradas ocasiones, se deduce de los discursos expresados un cierto
pragmatismo en el paso por la escuela secundaria, ya hemos señalado la demanda
de “utilidad” de “mínimos” conocimientos y preparación para la vida. Señalare­
mos ahora otra dimensión de la praxis que tiene que ver con que la escuela ofrez­
ca conocimientos que “sirvan” para el desempeño en las carreras universitarias
y/o terciarias futuras, marcando una articulación deficiente entre dichos niveles
educativos. Afirmando esa perspectiva, una alumna de 1° año del Profesorado de
Educación primaria, de 20 años, dice: “Creo que los contenidos son un poco
pobres porque yo que decidí una carrera terciaria, en algunas áreas es como
que me siento perdida o desorientada por contenidos que nunca he visto y a lo
mejor otros compañeros s í ”.
No pareciera que la escuela guardase un sentido p er sé o en sí mismo, sino
como paso previo o propedéutico para las experiencias educativas vinculadas a la
elección profesional. Aquí también, las valoraciones de la escuela se vinculan
con la medida o el grado en que en ella se pueden aprender conocimientos útiles
para futuros niveles educativos. En este sentido, aparece la idea de la posibilidad
de elección a partir del paso por la escuela, "Pondría como positivo que la escue­
la secundaria permite elegir una orientación, lo que sirve como base fundamen­
tal para poco después continuar con una carrera” (Estudiante de 1° año, Prof.
de Educación primaria, 20 años).

3.2. ¿Cómo ven los/as jóvenes estudiantes a los profesores?
Las mayores referencias que surgen al momento de mencionar a los pro­
fesores de secundario tienen que ver con los temas intrínsecos a las clases y la
recepción por parte de los alumnos. Como se ve en este enunciado: "A otros pro­
fesores de nivel secundario por sentirlos cansados no llegué a entender su mate­
ria y menos llevarme un buen recuerdo” (Estudiante de 1° año, Prof. de Educa­
ción primaria, 20 años). Las referencias están centradas en la forma de percep­
ción subjetiva, relacionada al interés o desgano que despierta un profesor en par­
ticular.

En menor medida aparecen referencias a las diferencias generacionales
como dificultad en el logro de empatía entre los sujetos, "En mi caso, en la es­
cuela secundaria tuve muchos profesores en edad adulta y como que ya estaban
desgastados y las clases eran muy monótonas y se tornaban aburridas” (Estu­
diante de 2° año, Prof. de Educación primaria, 19 años).

Una mención frecuente, y que por lo general es utilizada para caracterizar
al tipo de profesor que genera tedio en sus alumnos, es la categoría de “vocación”
o falta de ésta en los profesores. A la falta de vocación se la relaciona frecuente­
mente con los profesionales (abogados, contadores, arquitectos) que por alguna
causa están al frente de una materia escolar, pero que no han estudiado para dar
clases. Se les reconoce un saber “para sí” sobre un área específica, pero se marca
la dificultad en poder transmitir y enseñar a otros. De esta forma, se pone en va­
lor la necesidad de una formación docente con conocimientos didácticos, propia
del educador. El siguiente enunciado resulta ilustrativo: “Lo negativo es que los
profesores muchas veces eran, por ejemplo, contadores y no sabían explicar, a
pesar de que tenían para sí, el conocimiento” (Estudiante de 2° año, Prof. de
Educación primaria, 23 años).

Otro aspecto negativo tiene que ver con profesores que en sus prioridades
está el factor económico antes que el educativo, esto se aprecia en enunciados
como: “hay profesores que van por el sueldo y se dedican a contar sus vidas en
un aula en vez de enseñar” (Estudiante de 1° año, Prof. de Educación primaria,
18 años).

Es marcado el reclamo contra el conocimiento fraccionado y enfrascado
en materias que pierde sentido al no relacionarse con otros conocimientos, “La
mayoría de los profesores de la escuela secundaria Enseñan los contenidos sin
relacionarlo con otro o con otras materias, y casi nunca con la vida cotidiana”
(Estudiante de 2° año, Prof. de Educación primaria, 21 años).

Estos “otros conocimientos” no solo son relativos a los demás conocimientos
escolares, sino que también, se articulan con la cotidianeidad. Aquel profesor
capaz de saltar la barrera de su especialidad y ligar lazos con conocimientos de
tipo “vivenciales”, es percibido como un buen profesor, “Hay profesores que me
enseñaron mucho pero con respecto a la vida; hoy en día los sigo tratando por el
lado afectivo” (Estudiante de 1° año, Prof. de Educación primaria, 20 años).

3.3. Representaciones sobre las TIC en la escuela

3.3.1. Formas de uso
Ante la pregunta sobre las TIC, en la escuela emerge la problemática del
uso de las mismas, que en gran medida es clasificado en términos de cantidad
(relacionada al tiempo de uso) y calidad, relativo a la significación de las prácti­
cas concretas realizadas con TIC. “Yo cursé la escuela polimodal y tuvimos en 3°
año solo una materia donde nos hacían trabajar con computadoras” (Estudiante
de 2° año, Prof. Ed. Especial Neuromotores, 21 años).

Observamos, entonces, que el uso educativo de los medios y las tecnolo­
gías es caracterizado como: limitado, escaso, básico, pero al mismo tiempo: “es­
tuvo bueno”, es decir, que se le otorga una valoración positiva. Así lo expresa
una de las estudiantes consultadas, “En la escuela secundaria no realicé muchos
trabajos con TIC, más que cuadros, gráficos, aunque sea lo básico estuvo
bueno” (Estudiante de 2° año, Prof. Ed. Especial Neuromotores, 18 años).

Algunos discursos aluden al docente como responsable del no aprove­
chamiento de las TIC en la escuela, señalando específicamente a los profesores
de computación. “Para mí las TIC son usadas solamente en la materia tecnolo­
gía que te enseñan cosas básicas y que casi todos conocen ”, dice un estudiante
de 1° año del Profesorado de Educación Primaria de 18 años. Estas ideas remiten
a representaciones generales desde las cuales se limita el uso de TIC al espacio
curricular correspondiente a materias como “Tecnologías” o actualmente NTICx
(Nuevas tecnologías de la información y la conectividad), del diseño curricular
de Nivel Secundario de la Provincia de Buenos Aires.

Si bien prevalecen sentidos que destacan el poco uso de las TIC dentro de
la escuela, afirmando a veces directamente que no se usan, también se señala la
falta de promoción o estímulo del uso fuera de la escuela para realizar tareas
educativas como buscar información o producir diversos tipos de textos.

Parece haber, en la mirada de algunos entrevistados una disociación entre
los usos pedagógicos y otros tipos de usos cotidianos, entendidos como externos
a lo educativo, entre ellos: las redes sociales, el juego o la exploración ociosa.
Citaremos algunos ejemplos:

“En la secundaria no tuve una buena experiencia con las tecnologías
debido a que los profesores del área no nos enseñaron nada, solo jugá­
bamos con las computadoras” (Estudiante de 2° año Prof. de Educa­
ción primaria, 20 años)
“En las escuelas secundarias los alumnos en esos momentos entran en
las redes sociales y no utilizan a las TIC correctamente como se debe­
ría” (Estudiante de 1° año, Prof. de Educación primaria, 21 años)

“La tecnología es buena en cierto punto porque uno se distrae mucho y
porque en lugar de usarla para estudiar, uno divaga en internet” (Estu­
diante de 1° año, Prof. de Educación primaria, 20 años)

Al momento de identificar y enumerar usos que recuerdan como expe­
riencias concretas, aparecen luego de la preposición “para” distintas acciones y
utilidades como: aprender programas básicos, hacer gráficos, hacer cuadros, ver
documentales, hacer videos. Se puede observar la diversidad en las respuestas
dadas las diferentes experiencias y recorridos acorde a las escuelas por las que
han transitado y por la propia subjetividad, en los modos de expresar las viven­
cias particulares. Algunos enunciados reconocen usos relacionados al mundo
laboral, como lo muestran los siguientes segmentos:

“En particular, en la secundaria en la que egresé, Industrial, teníamos
talleres de organización y administración de empresas y en esas clases
íbamos a la sala de computación y utilizábamos las máquinas para ha­
cer contratos, presupuestos, etc” (Estudiante de 2° año, Prof. Ed. Espe­
cial Neuromotores, 20 años).

“En la escuela secundaria las tecnologías de la información y comuni­
cación, se usan para aprender a realizar un curriculum vitae” (Estudian­
te de 2° año, Prof. Ed. Especial Neuromotores, 23 años).

3.3.2. Comparaciones: uso de TIC en el nivel secundario
y en el nivel superior
Pese a que no hubo preguntas, expresamente, sobre el uso de TIC en el
nivel superior, en la mayoría de los discursos recopilados aparece la comparación
entre los dos niveles. Sin embargo, las afirmaciones varían y se yuxtaponen: “se
usan de la misma manera”, “no se usan mucho” o “se usan más que en la secun­
daria”. Los usos que se reconocen en superior son: “Correo electrónico”, “para
entrega de trabajos”, “estamos por hacer videos”, “ver trabajos hechos en Power
Point”, “buscar información en internet”. Prevalecen las respuestas que relacio­
nan el uso para comunicarse con el profesor o para hacer entregas de trabajos
prácticos.

“Creo que en el nivel superior se da el uso de la misma manera que en
la escuela secundaria, como experiencia el año pasado trabajé en esa
forma”. (Estudiante de 2° año, Prof. Ed. Especial Neuromotores, 22
años).

“En el nivel superior creo que se usa un poco más las TIC que en el se­
cundario, ya que por ahí hay que hacer algún trabajo a través de ellas”.
(Estudiante de 1° año, Prof. de Educación primaria, 21 años).

“En el nivel terciario todavía no tuve ningún contacto con respecto al
tema de las TIC”. (Estudiante de 2° año, Prof. Ed. Especial Neuromo-
tores, 20 años).

3.3.3. Relatos de experiencias significativas
Las TIC son vistas como fuentes de información que acercan a cosas de
la vida cotidiana, cambian el sentido de las clases tradicionales y favorecen el
aprendizaje y el conocimiento. En general, las experiencias relatadas como signi­
ficativas son aquellas en las cuales los jóvenes reconocen un aprendizaje en el
que fueron protagonistas del conocimiento dando a conocer lo aprendido en co­
municación con los demás. En los ejemplos citados a continuación se observa
que los temas de estudio resultan cercanos a los intereses de los alumnos, se re­
conoce autonomía en los procesos de investigación y producción, el rol docente
aparece como un acompañamiento, el protagonismo está en los jóvenes y el
aprendizaje se ve muy ligado a la posibilidad de comunicar y compartir los cono­
cimientos con otros.

“Realizamos con un grupo de compañeros un video protagonizado por
nosotros mismos, concientizando a las personas sobre la violencia fa­
miliar. La verdad me pareció una buena manera de que el mensaje que
queríamos transmitir llegue a los demás alumnos” (Estudiante de 2°
año, Prof. Ed. Especial Neuromotores, 22 años).

“Estuvo buena la investigación que realice con TIC, fue acerca de Ar­
gentina en 1976, porque me enteré de cosas que hasta ese momento ig­
noraba” (Estudiante de 2° año, Prof. Ed. Especial Neuromotores, 23
años).

“Un trabajo que recuerdo haber realizado en la secundaria, fue uno de
investigación sobre drogas y alcohol, en este trabajo fue necesario el
uso de las TIC, internet, usamos varios programas informativos y fue
un trabajo seguido por el docente mediante el correo electrónico, hubo
comunicación. Fue un trabajo muy significativo ya que aprendimos
mucho tanto de teoría como de conocimiento informático, ya que fue
uno de los primeros” (Estudiante de 2° año Prof. de Educación prima­
ria, 23 años).

4. Interpretación de resultados
La actuación docente se torna central para los estudiantes al momento de
hablar sobre sus experiencias en la escuela; tanto en lo que respecta a aspectos
positivos -en términos de experiencias de aprendizaje o vínculos- como a aspec­
tos negativos de similar orden. Dicha centralidad no se refiere a un lugar divini­
zado del profesor, como monopolizador del saber o como único protagonista
activo en los procesos escolares de enseñanza-aprendizaje, sino como agente
directo y decisivo en el éxito o fracaso de lo que sucede día a día en las aulas.

El rol docente ha sido problematizado bastamente. Entre las categorías
que retomamos está la visión de los profesores como técnicos, cuya función es
aplicar un conocimiento acabado, producido fuera de las escuelas, objetivo y
neutral, perspectiva que se hace carne en las prácticas, desestimando la creativi­
dad, la producción de nuevos conocimientos y despolitizando la educación. Este
docente técnico puede, también, quedar desfasado en sus métodos al no contem­
plar los interrogantes y los intereses de los alumnos en sus contextos sociales.
Otro modo de pensar y actuar el rol docente es desde el reconocimiento de la
escuela en sus aspectos reproductivos de desigualdades que lleva a repensar la
tarea docente en términos de resistencia, en el sentido de descubrir y desactivar
los mecanismos reproductores, incorporando elementos de la cultura popular en
pos de democratizar la escuela. Esto implica necesariamente la comunicación, el
diálogo intersubjetivo entre alumnos y docentes en base a problemáticas compar­
tidas. Las actitudes reflexivas y comunicativas dejan huellas en los sujetos, más
allá de los roles, porque “enseñan cosas para la vida”.

Al realizar una lectura general del rol docente y las significaciones que sobre
el mismo construyen los estudiantes, consideramos que las innovaciones pedagó­
gicas planteadas en los diseños curriculares y en las políticas educativas, en gran
medida dependen de las prácticas docentes y la capacidad reflexiva sobre las
mismas. De aquí que la inclusión de las TIC puede consistir en una modificación
realmente sustantiva, en tanto y en cuanto, sean los profesores mediadores de
dichos cambios. De lo contrario, puede que las TIC, lejos de potenciar nuevos
lenguajes y subjetividades, corran el riesgo de quedar relegadas, negadas, en el
currículum real constituyendo nuevos elementos del currículum oculto.

4.1. Percepciones sobre las TIC en el escenario escolar
Si retomamos la pregunta sobre las formas de inclusión de las TIC en
educación, se desprende de los discursos de los jóvenes que las mismas son in­
corporadas de manera escasa, deficiente y bajo formas pedagógicas tradicionales
donde la comunicación/educación resultan exógenas, es decir, desde fuera del
sujeto. En esta perspectiva subyace una concepción de los medios y tecnologías
como meros instrumentos de transmisión.

Podemos interpretar que la incorporación de las tecnologías sin un cam­
bio en las propuestas pedagógicas no sirve de mucho, sin embargo, conviene
indagar en el tema. En uno de sus artículos Gavriel Salomon5 se pregunta sobre

5 Cf. Gabriel Salomón "Diversas influencias de la tecnología en el desarrollo de la mente"
en Infancia y Aprendizaje, 58: 143-159.
las funciones de la mente que se ven afectadas por la tecnología. El autor plantea
que al ser las TIC Artefactos culturales, inciden en la mente individual de dos
maneras: una a través de las representaciones culturales sobre las mismas, y otra
por la experiencia directa en el uso de los artefactos. Al interactuar con las tecno­
logías se desarrollan varios mecanismos y por lo menos cinco clases de efectos:
a) creación de metáforas, b) estimulación de nuevas diferenciaciones - creación
de nuevas categorías cognitivas, c) potenciación de la actividad intelectual, d)
potenciación de habilidades específicas y parcial extensión de otras, e) internali-
zación de modos y herramientas simbólicas tecnológicas que sirven como herra­
mientas cognitivas.

Siguiendo al autor, las habilidades, no pueden ser adquiridas si no es por
la experiencia directa, lo que implica el encuentro activo del sujeto con las tecno­
logías y su participación mental. Esto lleva a pensar que, independientemente del
docente, el solo hecho de interactuar con el artefacto genera aprendizajes, a veces
inconscientes o incidentales. Quizás, esta particularidad de las TIC, hace que los
estudiantes reconozcan en sus experiencias escolares un valor positivo aunque
advierten en muchos casos, el poco aprovechamiento de las mismas en las formas
escolarizadas de uso.

Ahora bien, si lo que se busca es hacer consciente, significativos los
aprendizajes y generar instancias de reflexión sobre los mismos, entonces sí, es
necesario retomar el terreno metodológico y revisar críticamente las prácticas
docentes teniendo en cuenta las particularidades de las TIC, y las formas de
aprendizaje que implican.

En los discursos se liga el uso de las TIC específicamente al área curricu-
lar de “Tecnologías”, “Informática” o actualmente “NTICx” (Nuevas tecnologías
de la información y la conectividad), afirmamos que se trata de una representa­
ción generalizada, en términos gramcianos, hegemónica. La mayoría de los jóve­
nes entrevistados, al igual que los docentes (como hemos visto en la investiga­
ción anterior), acuerdan en este punto. En lo dicho por los actores institucionales
aparece la representación del conocimiento como algo depositado dentro de dis­
ciplinas que se traducen en materias escolares, delimitando y recortando conteni­
dos y prácticas particulares para cada espacio curricular. Esto impide el pensar y
el hacer inter o trans-disciplinario, de modo que se dificulta, también, la apropia­
ción y uso transversal de las TIC en la escuela.

5. Conclusiones
Las formas propias de la modernidad de concebir el conocimiento, se
imprimen fuertemente en las prácticas escolares, prescribiendo modos de interac­
ción y uso de las TIC subordinados a las lógicas en las que tradicionalmente se
utilizó el libro impreso (Martín Barbero, 2002), es decir como un dispositivo
ordenador de los saberes legítimos, de modo que las nuevas formas hipertextua-
les y los lenguajes multimediales pueden percibirse como desordenamientos dis-
ruptivos o amenazantes. Ese temor que experimentan muchos docentes al desor­
den en sus múltiples formas: lingüística, institucional, de los escenarios y tiem­
pos educativos (Orozco, 2002), lleva en muchos casos a optar directamente por el
no uso de las TIC en la enseñanza, tal como referencian gran parte de los estu­
diantes entrevistados.

Consideramos que esto se debe, en parte, a un hábitus docente, al predo­
minio de una pedagogía que prioriza y anhela el “disciplinamiento” de los estu­
diantes y el control del saber ejercido en otras épocas y que otorgaba sentido a su
rol. Observamos en las prácticas escolares, formas ritualizadas de acción que
funcionan como espacios de certeza y sirven para actuar frente a diversas y nue­
vas situaciones cotidianas, pero que impiden en gran medida el reconocimiento
de los cambios sociales y la necesidad de que la escuela se piense a sí misma en
sus nuevos roles y prácticas.

En cuanto a las configuraciones de la práctica pedagógica en relación con
las TIC, vemos la convivencia de algunas prácticas decadentes que tienden a
rechazar de plano la incorporación de las TIC, en muchos casos adjudicándole
“disvalores” sociales. La forma como se incorporan las TIC a prácticas dominan­
tes es en tanto instrumentos que refuerzan la transmisión y los sentidos hegemó-
nicos de la escuela, resaltando en algunos casos el carácter novedoso como si en
sí mismas fueran garantía de mejora educativa. Entendemos que este tipo de
prácticas no generan rupturas.

A lo largo del trabajo pudimos observar algunas prácticas emergentes,
aquellas que los jóvenes vislumbran como innovadoras por permitirles un acceso
diferente al conocimiento y a su circulación, reposicionándolos como sujetos
sociales, generando relaciones de colaboración y autonomía. Consideramos que
para que las mismas lleguen a ser prácticas transformadoras, deben dejar de ser
individuales y esporádicas para pasar a ser sociales, generadoras de otro tipo de
ordenamiento pedagógico e institucional.

El escenario propicio para la inclusión de las TIC es en el marco de prác­
ticas transformadoras, esas que tienden a cuestionar los sentidos hegemónicos
sobre la docencia, la escuela y a permitir un dialogo colectivo y crítico en la
construcción del sentido público y democrático de la práctica docente. Sin em­
bargo, entendemos que esto no significa una condición sine qua non; la existen­
cia misma de los objetos TIC, específicamente, la llegada de las Netbook ejemplo
emblemático, de por sí interpelan y desestructuran las formas instituidas de la
escuela. En tal caso, la interacción con las TIC como artefactos culturales, impli­
ca posibilidades de apropiación que permitan construir nuevos vínculos con los
conocimientos y entre los sujetos.

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Los bordes semióticos acerca de una metasemiótica del
cambio: una renovada lectura/propuesta sobre
los procesos de intervención en organizaciones

Lic. Juan Manuel Vaioli1
Universidad Nacional de la Plata- Argentina

1. Hacia una Semiótica de los Procesos de Intervención

1.1. La semiótica y los estudios sobre la transformación
El objetivo de este escrito parece muy complejo ante la extensión del
precedente título, pero, en verdad, es mucho más sencillo de lo que resulta la
gran expresión que encabeza la presentación. Lo que aquí se procura no es otra
cosa que proponer una comprensión de los procesos de planificación organiza-
cional como una formulación metasemiótica, en términos de transformación,
que permite, es decir, nos da la oportunidad de encontrar un lugar privile­
giado para el análisis y estudio de lo que es propio de la semiótica.

Lo sostenido en las líneas precedentes obtiene su validez al observarse el
modo en el cual el profesor Juan Magariños de Morentín (2008) define a la se­
miótica y su campo de incumbencia, al señalar que ésta es:

1 Licenciado en Comunicación Social, con Orientación en Planificación Comunicacional.
Docente de la Cátedra de Semiótica en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social
de Universidad Nacional de la Plata (Argentina). Docente en áreas de Gestión local de los
Municipios y capacitación en Media Coaching, Política y Medios y Campañas Políticas en
cursos destinados a empleados públicos y agentes gremiales, de la Escuela de Gobierno - y
Jefatura de Gabinete- Provincia de Buenos, Argentina. Autor de los cursos virtuales de
Opinión Pública y Campañas Políticas, organizados por la Dirección Provincial de Fortale­
cimiento Institucional y de la democracia - Jefatura de Gabinete - Provincia de Buenos
Aires.
[...] aquella disciplina que, tiene que poder explicar, siempre en el sis­
tema de la racionalidad vigente en determinado momento de determi­
nada sociedad, cómo se producen, se interpretan y se transforman, en
ese momento y lugar, los significados, para, así, poder llegar a explicar
adecuadamente (o sea: según la racionalidad del momento histórico y
de la comunidad en el que formula sus enunciados y dando cuenta efi­
caz del fenómeno que está en condiciones cognitivas de percibir) por
qué a determinados fenómenos se los percibe como portadores de de­
terminados significados posibles (p. 406).

Incluso es el propio Magariños (2008), quien señala que de estas condi­
ciones de la semiótica, es decir, explicar la producción, interpretación y trans­
formación de los significados construidos socialmente, lo fundamental de este
proceso es el estadio de la transformación, puesto que,

[...] el significado que, en determinado momento de determinada so­
ciedad, permite percibir la existencia de un determinado fenómeno, es
un estado de tránsito, que se hizo posible por haber existido un antes,
desde el cual el significado que en él tenía ese fenómeno, contenía
también, en sus bordes, la posibilidad de que se formulara el que tiene
ahora (p. 406).

En este sentido se debe expresar que todo texto (desde un sentido laxo y
no desde el específico sentido que se le propone a partir de la semiótica cogniti-
va, que guía la confección de este trabajo), que versa sobre el proceso de la plani­
ficación, implica, al momento de describirlo, la utilización de los términos inter­
vención, racionalidad y transformación. En efecto, ya desde la naturaleza crea-
cional (si se me permite la expresión) de la mencionada tarea se deja en claro que
la misma se trata sobre un tipo de intervención, que regida por la implementación
de determinada racionalidad de acción, al partir de una serie de actividades, me­
dios y recursos, se dirige a la transformación de determinada realidad, de una
determinada Institución (Ander-Egg, 1995: 24-25).
Por lo tanto, puede decirse que, hablar de planificación, nos refiere nece­
sariamente a un marco teórico, conceptual y metodológicamente operativo, que
manifiesta la(s) asignación(es) de significado(s) a determinado(s) fenómeno(s), a
partir de determinada(s) enunciación(es), que surge(n) de un determinado grupo
social, de acuerdo a determinado tiempo histórico (Ander-Egg, 1995: 27-29).

Entonces, según lo explícito, se es capaz mediante el escrutinio de estos
procesos, de hallar un modo de explicación, específico y preferencial, de cómo se
da la transformación, justamente, al asentarse en un por qué, que se halla en la
producción e interpretación de cierta realidad que deviene en enunciado (enten­
diendo que ésta solo existe en tanto sea percibida y dicha por alguien, asignándo­
le ciertos significados, desde cierta perspectiva, sostenido por cierta pertenencia
social, en cierto momento histórico) (Magariños, 2008: 407-409).

De acuerdo a lo sostenido, la mecánica semiótica está expuesta de mane­
ra ideal en los procesos de planificación, con especial énfasis en los estadios de
transformación de una realidad en enunciado, de acuerdo al modo en que es
puesta en expresión, en tanto exposición de ciertos modos de percepción (Maga-
riños, 2008: 415-416). Debido a esto se comprende que a través de una pes­
quisa pormenorizada de los procesos nombrados se alcanza un conocimiento
particularizado de los modos en que se presenta y manifiesta dicho estadio
transformador .

En síntesis, esta interpretación que propongo de los procesos de planifi­
cación como espacio preferencial para el estudio de la producción, interpretación,
y, especialmente, transformación semiótica, implica, incluye, entender que éstos
permiten acceder, de un modo más ordenado, a aquello que ocurre socialmente
de modo intuitivo, diseminado y múltiple en la sociedad, a la vez que, al inter­
narnos en este estudio, nos acercamos a una reflexión sobre la semiótica como
disciplina, sus alcances, sus potencialidades y sus finalidades. He aquí, entonces,
la hipótesis que guía el presente trabajo, relacionada preferentemente con el estu­
dio de la facultad semiótica humana y su desarrollo (Magariños, 2008: 313-319).
1.2. Definiendo elementos del campo de estudio:
acuerdos terminológicos y epistemológicos
Siguiendo el encuadre enunciado más arriba, y puesto que, generalmente,
los procesos de planificación suelen llevar disímiles nomenclaturas (planeamien­
to, plan de negocios, proyecto de Inversión, y el no menos paradójico estableci­
miento en los procesos de planificación, de nombrar el estadio de praxis de éste,
con el mismo término con el que se hace referencia al proceso) pero, sin embar­
go, no abandonan su condición de ser, o mejor dicho, por lo anteriormente expli­
cado, su encarnación como procesos de intervención destinados a la transforma­
ción, de ahora en más me referiré todo el tiempo a la intervención, para no obtu­
rar el campo de lo que me propongo indagar en estas líneas, por alguna clase de
obstrucción y/o confusión de aplicación terminológica.

Teniendo en cuenta lo dicho, y más allá de la explicación ya dada, hace
falta circunscribir un poco más la instancia en estudio, para llegar a un claro
acuerdo sobre qué es lo que trataremos a continuación. Así se puede precisar que
una Intervención, por lo menos en el sentido que le aplicaremos, y por lo tanto,
aquel objeto sobre el que recaerán los conceptos que se trabajarán, es aquella que
resulta de la aplicación de cierta racionalidad o economía de acciones, que
bajo cierta coherencia, jerarquización, dirección y gobierno (de objetos y
comportamientos de sujetos), se propone alcanzar una transformación en el
devenir de la vida institucional de las organizaciones (Ander-Egg, 1995: 25).

Ahora bien, la presente definición resulta vaga para los fines analíticos
que se llevarán a cabo aquí. Por lo tanto, buscando mayor precisión expositiva,
debe decirse que: a) hablar de racionalidad o economía de acciones implica nece­
sariamente referirse a relaciones o ejercicios de poder (Foucault, 1999: 112-125),
que atraviesan dichas acciones para b) mediante una estrategia, introducir cohe­
rencia, jerarquización, dirección y gobierno (pensados estos como métodos para
que ciertas acciones puedan estructurar el campo de otras acciones) sobre objetos
y comportamientos de sujetos (Cf. Foucault, 1983), con lo cual: c) se pretende
alcanzar una transformación, emprendiendo entonces un proceso metabólico2 en
el que una forma-significada en función significante agotada, resulta, en una
forma-significada en función significante eficaz, para: d) canalizar, o mejor di­
cho, darle cierta clase de entidad al devenir ininterrumpido de una organización,
esto es, generar, a través del estadio de transformación, una semiosis disponible,
reconocida y aceptada como eficaz, para explicar una realidad-enunciado dada
(en tanto ya expresada) y proyectar una nueva realidad-enunciado satisfactoria
(en tanto nuevas posibilidades de expresión) (Magariños, 2008: 187-193).

2 En este trabajo la operatividad del concepto de metabolismo para explicar el modo en
que son transformadas las formas significantes, funciona metafóricamente, pero refor­
zándose expositiva al respetar el concepto biológico del mismo, que incluye tomar de éste
las definiciones de los procesos anabólicos y catabólicos.
En este sentido es preciso manifestar que El metabolismo tiene dos propósitos fundamen­
tales: la generación de energía para poder realizar funciones vitales para el organismo y la
síntesis de moléculas biológicas. Para conseguirlo, el metabolismo consiste en dos proce­
sos diferenciados que no son exclusivos, el anabolismo y el catabolismo. Los procesos
anabólicos son los que por regla general requieren el aporte de energía mientras que los
procesos catabólicos son los procesos que aportan energía.
El catabolismo es la degradación oxidativa de moléculas nutrientes complejas (carbohidra­
tos, lípidos, proteínas) obtenida del ambiente o de las reservas celulares. La rotura de
estas moléculas en el metabolismo resulta en la formación de moléculas más sencillas
tales como el lactato, el etanol, el CO2, la urea, el amoniaco, etc. Las reacciones catabóli-
cas son normalmente exoergónicas y normalmente la energía liberada se recoge en forma
de ATP. Ya que también es oxidación, otros tipos de moléculas donde se conserva la ener­
gía son moléculas reducidas, es decir, NADH o NADPH. Estas moléculas tienen dos funcio­
nes distintas. Mientras que el NAD+ participa en reacciones catabólicas, el NADP+ partici­
pa en reacciones anabólicas. La energía del NADH está acoplada a la formación de ATP en
células aeróbicas, mientras que el NADPH es la fuente de poder reductor para las reaccio­
nes biosintéticas.
El anabolismo es un proceso sintético en el que las biomoléculas son ensambladas a partir
de sus precursores. Tales biosíntesis envuelven la formación de enlaces de tipo covalente
y por lo tanto se necesita energía para poder realizar este tipo de biosíntesis. Esta energía
proviene del ATP formado durante el catabolismo. A pesar de sus papeles divergentes, el
anabolismo y el catabolismo comparten muchos intermediarios entre ellos.
De esta manera, es decir, conservando, en términos de funcionamiento, las definiciones
conceptuales de tales procesos, es como debe comprenderse la lectura de las etapas ana­
bólicas y catabólicas en la transformación y formación de significados sociales, según los
he trabajado aquí.
A su vez, de esto también se desprende que si bien aquí se plantea el tér­
mino organizaciones más cerca de lo institucional, propio de sectores guberna­
mentales, privados y organizaciones no gubernamentales (ONG’s), no obstante, a
pesar de versar más sobre esta perspectiva, lo que permite la empatía entre los
procesos de intervención y lo que sucede en la sociedad, en los modos ya explici-
tados, indica que comprendo una organización, como lo hacen Maturana y Vare-
la, esto es, como un conjunto de relaciones que tienen que existir o tiene que
darse para que algo sea, esto es, ciertos modos de estructuración de ese algo que
lo constituye, integra, cohesiona, establece, gobierna y define, en cuanto tal, fren­
te a un entorno, al cual, otorgándole significados, lo convierten en el mundo que
les es propio, diferencial e identificatorio (Cf. Maturana y Varela, 2003).

A partir de lo mencionado surge un par que cobra referencia y relevancia
con el de entorno-mundo: La realidad-enunciado. En este sentido, Varela (2003)
retoma la precisión, para iluminar la concepción que permite pensar la realidad
como ese entorno entrópico en el cual las cosas no son diferenciales ni identifi-
cables, y solo a través de asignarle significados, de particularizar ese entorno
caótico, extraño, regular, en segmentos independientes, al enunciar en definitiva
esa realidad-entorno, se concreta ese enunciado-mundo, que es, a la vez, la pro­
puesta que llega ante todo proceso de intervención.

De igual modo, el proceso de transformación descripto que se concretiza
en la fórmula forma-significada en función significante agotada, resulta, en una
forma-significada en función significante eficaz, que no se aleja de la formula­
ción percepción-texto-discurso (Magariños, 2008: 410), sino que, más bien, re­
presenta una forma más fiel de expresar lo metabólico de los modos en los que se
produce la transformación, según lo que aquí se propone.

Así, mediante un proceso inherentemente creacional, una forma-
significada, que lo es desde el momento en que se enuncia, que trabaja en fun­
ción significante, desde el instante en que es percibida, y a través de la constric­
ción de ciertos significados y sentidos para que sea comprendida (y en lo posible
aceptada) según fue enunciada, propone las instancias en la que las semiosis dis­
ponibles, durante el transcurso de su vigencia, son impelidas constantemente por
fuerzas catabólicas que degradan su eficacia explicativa, agotando su capacidad
para conferir entidad e identidad a un fenómeno o a un concepto mundo (dicho
de otro modo, ya no son creíbles, aceptables, para hablar de los fenómenos y del
mundo que configuran), liberando a su vez ciertas partículas de significado y
significación que actúan de base y suministro para la construcción y emergencia
anabólica de una nueva forma-significada en función significante con capacidad
para conferir entidad e identidad a un fenómeno o a un concepto mundo (dicho
de otro modo, es una forma poseedora de credibilidad, aceptabilidad, para hablar
de los fenómenos y del mundo que están constituyendo).

Entonces, a partir del proceso explicado, con la consecuente emergencia
de nuevas formas, que construyen nuevos significados y significaciones, apare­
cen las enunciaciones que configurarán, formularán y ordenarán el pensamiento
en torno al mundo y sus fenómenos, hasta que nuevamente surja un nuevo trato
transformador metabólico.

Insisto, no se trata aquí de un discurso naturalista, biologicista, ni un
planteo hacia una superación del triduo percepción-texto-discurso, pues es, indu­
dablemente, un explicación leal (y se prefiere metafórica, para su mejor asimila­
ción), de los modos en que se puede comprender, parafraseando a Michel Fou-
cault (1992), una microfísica de los procesos de transformación, esto es, de aque­
llos que dan lugar a la aparición de nuevos significados y significaciones.

2. Acerca de los modos de Intervención
Teniendo en cuenta lo anteriormente analizado se hace menester leer a la
luz de la disciplina semiótica, los modelos y las concepciones que existen sobre
la intervención organizacional. Entendiendo, entonces, a la semiótica como me­
todología (Magariños, 2008: 38-44) adecuada y pertinente para analizar el cam­
bio iremos viendo cómo se ha construido, teórica y metodológicamente, como
herramienta, sus procesos de intervención, para, deteniéndonos en sus transfor­
maciones, alcanzar, finalmente una propuesta de intervención organizacional con
metodología semiótica.
El primero de ellos es la Intervención Normativa. Sus pilares teóricos y
metodológicos entienden la aplicación de un criterio de verdad objetiva, basada
en el conocimiento científico positivista, que pretendía descubrir las leyes objeti­
vas que rigen el fenómeno de estudio. Se trata de una mirada tecnócrata que solo
tiene en cuenta a los actores político-jerárquicos como los únicos legitimados
para enunciar al mundo, y subestima a cualquier otro actor que participe del
mismo entorno y se encuentre capacitado para definir al mismo.

De igual modo, no tiene en cuenta posibles oposiciones al proyecto, y,
bajo la aplicación de un método economicista-racionalista, plagado de criterios
mensurables, pretende una aceptación universal de lo que propone, entendiendo
que lo que se realiza mediante esta clase de intervención es la aplicación de for­
mulaciones objetivas que, a priori, poseen la solución, al reconocer las leyes cau­
sales que explican los movimientos del o de los fenómenos implicados en la in­
tervención. Por esta misma causa, ésta se halla sobrepreocupada por el cumpli­
miento de los procesos pautados en la intervención, radicando en este cumpli­
miento el potencial transformador de la misma (Ander-Egg, 1995: 52-55).

Por su parte, como proceso sustituyente, en cuanto nueva forma signifi­
cada en función significante, que se asienta sobre los espacios agotados de su
predecesor, aparece la Intervención Estratégica. Sus puntos de inflexión surgen
de subvertir, en algunos casos, y revertir, en otros, los lineamientos centrales de
Intervención Normativa, que se habían agotado como forma-herramienta con
validez y eficacia intervencional. De este modo, esta corriente admite que hay
más de una explicación verdadera del o de los fenómenos involucrados en la
intervención, por lo cual, acepta que hay explicaciones situacionales que depen­
den de la dispersión de los sujetos, esto es, de los lugares que ocupan en el siste­
ma (Foucault, 2001: 82-90).

Por esto mismo, entiende que debe comprender como válido todas las
enunciaciones que surgen como explicación de lo que sucede en la organización,
y no subestimar las semiosis expositivas que provienen de los espacios no jerár­
quicos. Asimismo, relativiza el valor absoluto del saber científico, aunque lo
considera preponderante frente a otros conocimientos dentro de la organización.
A su vez reconoce que los objetivos programados en la intervención responden a
quien gobierna, renunciando por lo tanto a creerlos objetivos, y abandona así una
postura tecnócrata, para asumirse un tecnopolítico, que comprende su mediación
en el proceso de intervención, el cual siempre es conflictivo y plantea una pugna
de visiones e intereses.

De igual modo entiende que su posición es central en la intervención, pe­
ro subordinado al gobierno político. Por último vale manifestar que este tipo de
intervención se trabaja desde una mirada interdisciplinaria, construida desde la
complementariedad de conocimientos, y que se aplica contemplando el valor
táctico-operacional de la intervención, esto es, la eficacia de las operaciones pau­
tadas para producir transformación en la organización, evaluando el impacto de
estas más allá del cumplimiento de todos y cada uno de los procesos establecidos
(Ander-Egg, 1995: 52-55).

En tercer lugar encontramos a la Intervención Diagnóstica, que se pue­
de entender como una versión más bien de “reajuste” de concepción, pues resulta
de una particular revisión de la intervención Estratégica. La propuesta Diagnósti­
ca, de esta manera, expone que la verdad está en las relaciones mismas, y que el
saber científico, lejos de ser omnipotente o preponderante, es un conocimiento
más, en un conjunto de saberes necesarios para intervenir, por lo cual, por sí
mismo, no garantiza el éxito del trabajo que se emprende. Por esta misma causa,
el conocimiento científico se pone al servicio de la articulación de las diferentes
percepciones, enunciaciones y saberes que tienen lugar en la organización de los
diferentes grupos que en ella conviven y de lo que estos construyen acerca de la
misma.

En este mismo sentido, este modelo de intervención precisa que el abor­
daje en el terreno se hace a través de una mirada transdisciplinar, que requiere el
manejo teórico y metodológico de las disciplinas con la que se construye saber.
Además, esta postura entiende como necesario la evaluación permanente de los
impactos y procesos que se dan a lo largo de la intervención, y posee o adopta un
criterio de acción flexible, para contener el devenir caótico e imprevisto de la
realidad (que según lo propuesto aquí la hemos referido como entorno). Final­
mente, desde este método de abordaje se contempla que la intervención es la
oportunidad para desarrollar un proceso pedagógico tendiente a la emancipación
de los sujetos integrantes de una organización, a través del desarrollo de capaci­
dades individuales y grupales de los mismos, implicando así un proyecto partici-
pativo e integrador (Cf. Uranga y Bruno, 2007).

Con los elementos mencionados aquí, estamos entonces capacitados para
analizar estos modelos, de acuerdo a sus componentes, reajustes y transforma­
ciones, en clave, se entiende, de la mirada semiótica que este trabajo posee.

Para comenzar este recorrido es pertinente explicitar la primera de nues­
tras diferenciaciones que no se restringe a una de estas herramientas de acción, ni
a distinciones entre ellas, sino un elemento común que discurre entre los tres
procesos considerados. Tanto en la intervención Normativa, así como en la Estra­
tégica, y en la Diagnóstica, tiene lugar una conceptualización de la realidad como
una entidad dada, un existente per se, positiva, aunque en el caso de las dos últi­
mas se entiende que la verdad emerge de la producción de los sujetos que la
enuncian y desde qué espacios la plantean. Sin embargo ello no significa que no
la comprendan como algo que está allí, existiendo, capaz de ser percibida ónti-
camente (Magariños, 2008: 417-419).

Es claro que en la propuesta Normativa se prosigue el descubrimiento, la
revelación de la realidad objetiva; no obstante, las otras dos mecánicas la entien­
den como un existente sobre el que se forman diferentes puntos de vista o pujas
de poder y resistencias y de allí la diferenciación. Hay hechos y, sobre ellos,
perspectivas y pujas tras su significación. Este es el discernimiento que impera en
estas dos clases de intervención (Cf. Uranga y Bruno, 2007). Sin embargo, aun­
que esto se halla cercano a lo que se plantea aquí, hace falta un giro más profun­
do. Lo que subyace en el planteo de este trabajo es que no hay hechos, ni fenó­
menos que los contengan, ni realidad que los agrupe; en tanto, justamente, son
hechos, puede decirse que son creados. Todo acto enunciativo encierra, mejor
dicho, posee una potencia creadora, que se ejerce al momento de designar algo,
construirlo, darle características, singularidades, en otras palabras, en el instante
en que se diferencia a ese algo de otra casa. Recién en esa instancia, puede decir­
se que las cosas existen (Magariños, 2008: 413-419).

Y aunque se crea que las cosas, en este caso la realidad, existe indepen­
dientemente de quien la construya, ella resulta imperceptible para la raza huma­
na, y solo es inteligible en el momento en el cual un humano se la comunica a
otro, por lo tanto, la nombra, construye y deferencia. En sí, no existe más reali­
dad que aquella que los hombres constituyan, signifiquen y validen colectiva­
mente, de acuerdo a cierto momento histórico (teniendo en cuenta en esta cons­
trucción, claro está, los acuerdos, las desavenencias, las imposiciones, las pujas,
los choques, las luchas de poder, etc.) (Foucault, 1992: 7-31).

Siguiendo adelante con el presente análisis, podemos decir que el modo
de intervención Normativa propone una construcción unidimensional y unidirec­
cional acerca de la enunciación y la construcción de la realidad que concreta en
mundo que, como se dijo, desde esta perspectiva Normativa se entienden como
una misma cosa. Desde esta concepción no se tiene en cuenta las diversas elabo­
raciones de aquel que hacen todos los sujetos que integran la organización, y
mucho menos, la de aquellos que la construyen desde afuera de la misma, por lo
tanto, se empobrece la intervención, al coercionar la dirección de la intervención
de acuerdo a una mirada, y encerrar ésta, conforme a una construcción de mundo
posible (Magariños, 2008: 161-169), es decir, aquella de quien la ejerce y/o apli­
ca a través de los lineamientos jerárquicos.

Asimismo se privilegia una clase de lenguaje simbólico, el del universo
numérico mensurable, que marca la preeminencia de resultados y quita la obser­
vación de las construcciones de significado y significación que los pueden hacer
posible. En otras palabras se desconoce que una específica semiosis no alcanza
para abordar un fenómeno ni para explicar todo lo referente a él, ni siquiera en
gran parte, y que solo de la conjunción de dos o más se puede pensar en un análi­
sis y un proceso intervencional que consiga la transformación que persigue. A su
vez, toda pretensión cientificista de la Intervención es un síntoma del mismo
problema (Magariños, 2008: 54-61).
Desde este enfoque, entonces, la transformación es casi nula, porque no
atiende al modo en el cual se desarrolla la misma. Como ya se ha dicho, todo
proceso de transformación se inicia con el agotamiento de ciertos significados y
significaciones que no alcanzan para explicar el mundo que se construye, esto es,
no son creíbles ni suficientes las formas con las que se lo diferencia e identifica.
Allí surge la contradicción o crisis de ciertas formas. Las nuevas asignaciones de
significación que nutren las nuevas semiosis con las que se construye el mundo
están inscriptas, incipientes, en las formas viejas, ya agotadas. Parafraseando a
Magariños (2008: 405-412), en los bordes, en los límites, en las fronteras de las
formas antiguas, están embrionarias, las posibilidades nuevas de diferenciación e
identificación del mundo. De allí la riqueza que se debe atender de la liberación
de ciertos elementos en los procesos catafórico, para que, en el anafórico, se pue­
dan construir nuevas significaciones, a partir de las posibilidades que el primero
abre.

Así, la intervención Normativa no solo no re-construye adecuadamente
la(s) forma(s) agotada(s), sino que incluso, al no respetar ni buscar en sus bordes
las posibles nuevas asignaciones superadoras, y, por lo tanto, transformadoras,
termina por imponer una nueva forma desvinculada, parcial o totalmente (según
el mayor o menor tino a la hora de significar el mundo en el que está actuando
quien interviene), con los mundos construidos y en pugna en una organización;
por lo tanto, de base, el proyecto está casi destinado al fracaso (el casi se formula
porque, quizás, ciertas cuestiones de gobierno de una organización, hagan viable
lo que desde esta perspectiva se proyecte, aunque se encuentre desvinculado de
todos los sectores de la misma).

De acuerdo con lo que he enunciado, la intervención Estratégica aparece
como un juego de pares opuestos con la Normativa, dado que, como se ha seña­
lado, posee elementos que abren a una perspectiva o propuesta superadora.

Abarcando su análisis, ya no tanto su tipificación, que ya hemos desarro­
llado, es preciso exponer que si bien reconoce el valor de las construcciones de
significado y significación que se hacen desde todos los sectores de la organiza­
ción, y la relativa importancia de la valoración científica, en torno a la enuncia­
ción del mundo institucional y sus formas agotadas, con respecto a la interven­
ción, su pretensión de ser una semiosis explicativa preponderante al momento de
diagnosticar y proyectar sobre el/los mundo(s) vigente(s) y/o agotado(s) en la
organización (que ancla perfectamente con la interdisciplinariedad que propone),
termina reduciendo, aunque con mucha menos severidad que en el plano Norma­
tivo, su observación y modo de intervención; no obstante, por la preocupación de
esta propuesta por el impacto de lo proyectado, terminan corrigiendo las elabora­
ciones que no se corresponde con el/los mundo(s) que conviven y/o pugnan den­
tro de la organización.

De este modo, la transformación que se encarna desde este tipo de inter­
vención, se hace más viable y exitosa, principalmente porque su preocupación
por el impacto vuelve recursivo el desarrollo evaluativo y proyectado, como ac­
ción tendiente a la transformación. Así, atiende, o cuando menos toma en cuenta,
a uno de los problemas centrales de toda intervención, que es el aspecto trans­
formador, a raíz de la correcta identificación de los modos en que se producen,
interpretan los fenómenos que ocurren en una organización, que surgen de los
distintos grupos sociales que integran la misma.

De cualquier manera, trabajar sobre el impacto implica un desarrollo so­
bre una acción ya realizada, y lo que se reorganiza es más una reacción de acuer­
do al plan que se ha practicado, que la operación sobre las construcciones posi­
bles de los sujetos que integran una organización (incluso de aquellos que desde
el exterior la configuran). Pero esto lo dejaremos latente por ahora y lo retoma­
remos más adelante, al momento de llevar a cabo la propuesta teórico-
metodológica, de un tipo de Intervención semiótica en las organizaciones.

En cuanto a la intervención Diagnóstica cabe mencionar que ella expresa
una renovación de la anterior, pero sin horizonte de presentarse como una su­
peración, como sí sucede con varios aspectos de la propuesta Estratégica respecto
de la Normativa. En lo general, la intervención Diagnóstica comparte el aspecto
teórico metodológico de la Estratégica, con los reajustes necesarios para conside­
rarla, semióticamente, otro tipo de identidad de proyecto de intervención (Maga-
riños, 2008: 35-43). Sus re-acomodamientos se sostienen por una decisión políti­
co-pedagógica, pues se basan en considerar que todas las semiosis explicativas
que aparecen en la intervención, tanto de las jerarquías, como de los subalternos,
y de los propios encargados de la intervención, poseen igual valor para la identi­
ficación del mundo que cada grupo construye de la organización, y, por lo tanto,
para el modo de trabajo hacia la transformación (Magariños, 2008: 35-43).

Esta clase de posicionamiento implica, además, una intervención que en­
tienda, como lo hace la Estratégica, que siempre habrá oposiciones a los procesos
de intervención y que éstos surgen de acuerdo al modo en que cada grupo actuan­
te en ella produce e interpreta a ese entorno que hace mundo (Magariños, 2008:
167-169). De aquí, entonces, lo imperioso en este tipo de Intervención por cons­
truir saber mediante una práctica transdisciplinaria, y desarrollar una evaluación
constante de impactos y procesos para reintegrar, pero dentro de la lógica de los
procesos ya pautados, aquellos nuevos significados y significaciones que surjan
de los procesos catafóricos y anafóricos que actúan sobre estos, en el concreto
devenir de la intervención.

Así también se comprende que la transformación en esta intervención se
concreta a través de un proyecto participativo, integrador, que hace concluir a
todos en una visión, entendimiento y conceptualización de un mundo posible
negociado, entre todos los integrantes de la organización, que por, justamente,
esta pretensión de lograr transformación entre todos, auspicia, como resultante
operacional, que los grupos integrantes de ésta, aprehendan la autopoiesis (Matu-
rana y Varela, 2003: 28-32), es decir, la autogestión.

Sin embargo, aún con el trabajo del acuerdo político y el desarrollo en­
dógeno de los grupos que conviven en la organización, se descuida, o se recae, en
ese acuerdo, como algo más o menos estable y no se tiene en cuenta sus propias
transformaciones, futuras oposiciones y diferenciaciones, sin olvidar que, en la
mayoría de las oportunidades, se fuerza dicho acuerdo político, sobre la base de
lo que ha conceptuado quien o quienes llevan a cabo la intervención, quien o
quienes, en definitiva, han establecido cuáles son los problemas que atraviesan a
la organización.
Frente a lo expuesto, a continuación propongo una construcción/reflexión
teórico-metodológica, sobre operaciones semióticas, necesarias y suficientes,
para abordar y realizar una Intervención en las distintas organizaciones sociales.

3. El abordaje concreto: cómo intervenir
desde la semiótica como disciplina
El punto de inflexión que surge en este desarrollo, es aquel que propone o
nos refiere a la posibilidad de que los procesos de intervención nos permiten un
estudio privilegiado de los procesos de producción, interpretación y, en especial,
transformación, de los fenómenos sociales. ¿Dónde se halla el asidero para esta
aproximación?, y avanzando un poco más en esta proposición ¿cómo es posible
abarcarla, problematizarla, para, desde la semiótica como disciplina, formular
una propuesta de intervención?

Como entiendo que no se puede disociar una postura teórica (el estudio
de la facultad semiótica y de los significados que su aplicación produce, interpre­
ta y transforma) de las metodologías de acción que se ejercen para un análisis
(esto es, la aplicación de métodos metasemióticos para el abordaje y estudio de
los fenómenos sociales, y los modos de construcción con los cuales los constitu­
yen, a aquellos, los grupos sociales) es que abarcaremos el aporte más específico
de este trabajo desde el mismo punto, es decir, al ir diseñando la propuesta se­
miótica de intervención iremos observando como aparece en el mismo, la facul­
tad semiótica humana (Magariños, 2008: 48), en esta clase de procesos.

La respuesta al interrogatorio precedente emerge pues de compren­
der que los desarrollos de intervención son una pequeña muestra social de
aquellos elementos que la semiótica, como disciplina, asume como propios y
necesarios para plantear su análisis (Magariños, 2008: 37). Aquí radica la ini­
ciativa para pensar que la facultad semiótica está presente en estos espacios para
ser estudiada especialmente, según sus modos de devenir. Ya se explicitaron más
arriba algunas cuestiones sobre las instancias implicadas en este estudio, pero
resulta imprescindible, para avanzar en lo que pretende esta presentación, expla­
yar la articulación de instancias sociales intuitivas que se estructuran en un pro­
ceso intervencional.

Inicialmente, al comenzar la intervención en una organización, ocurren
dos formaciones: una de potencia creacional, que no es otra que la fuerza diná­
mica propia de las relaciones sociales y los entrecruzamientos jerárquico-
reglamentarios de la organización, y otra de potencia propositiva, es decir, la
fuerza ordenadora propia de todos los planes intervencionales, que intenta esta­
blecer los procesos internos, para darles un cause a las relaciones y entrecruza-
mientos institucionales, con el fin de orientar la transformación que se busca con
la misma (Ander-Egg, 1995: 23-57).

Entre el choque o encuentro de estas fuerzas es de donde parte toda inter­
vención, lo cual es necesario tener en cuenta, porque es causa del rumbo, alcance
y el éxito de la misma. Es claro, a su vez, que en estos procesos, siempre hay un
correlato de la potencia creacional, que no es otro que aquel que desarrollan los
sujetos que no pertenecen a la organización, y que ellos también la construyen, y,
dependiendo del caso, se torna preciso observar, como lo veremos más adelante.

La potencia creacional coincide entonces con lo social intuitivo de la
facultad semiótica, como expresión de los aspectos relacionales de intercambio
que promueven la generación de significados y significaciones sociales, los cua­
les parten de un rango de libertad condicionada, dado que toda etapa histórica de
una sociedad permite producir un cierto número de significados y significaciones
y no otros (Cf. Foucault, 2004). Esta afirmación parte, asimismo, de entender que
las posibilidades de generación y asignación de significados y significación, en
sí, de enunciados diferenciales, identificatorios y explicativos de los fenómenos
sociales, se hallan limitadas, por un lado, por el punto de desarrollo de una socie­
dad en un momento determinado de la historia (Magariños, 2008: 413-425), y,
por el otro, por las relaciones de fuerza, esto es, de poder que en ella tienen lugar
(Cf. Foucault, 1983).

De estos procesos que se dan en conjunto y atraviesan la sociedad toda,
surgen dichas enunciaciones diferenciales, identificatorias y explicativas, a causa
de la lógica metabólica ya explicada y su consecuente desarrollo, que da lugar a
la producción, catafórica-anafórica, que produce los significados y las significa­
ciones sociales.

La formación de potencia ordenadora le brinda modos de canalización a
la potencia creadora, de modo tal que permite abarcarla de una manera específi­
ca. Si bien esto no es otra cosa que la aplicación teórico-metodológica incluida
en toda investigación de sesgo semiótico, lo que la hace particular, y por lo que
hemos dicho aquí, representante de una forma privilegiada para entender, anali­
zar y desarrollar, un estudio de la facultad semiótica y de la aplicación de la me­
todología de esta corriente, es el recorte concreto, singularizado y particulariza­
do, en cuanto espacios y sectores sociales que la componen, propios de la diná­
mica constitutiva de una Institución.

Entonces, como se dijo, esta diferenciación de potencias debe ser tenida
en cuenta porque es allí, justamente, donde la capacidad del trabajo semiológico
cobra mayor sentido de aplicación. Para establecer una mejor relación entre lo
teórico que expongo y la paxis de estas situaciones intervencionales, desarrolla­
remos la parte final del trabajo mediante dos ejemplos.

3.1. Acerca de la Identidad Visual
En primer lugar abordaremos lo empírico sobre el supuesto de una orga­
nización que debe, quiere o necesita realizar una modificación en su Marca
(signo argumento, según la terminología de Peirce3) diferencial e identificatoria
(Magariños, 2008: 119-120). Se sabe que las tres conjugaciones verbales no res­
ponden a las mismas pretensiones, pero aquí, por un criterio de síntesis exponen­
cial, las abarcaremos como simétricas.

3 El signo argumento "Constituye el sistema de normas o valores convencionales efectiva­
mente vigentes en una determinada comunidad, del cual el productor extrae las conven­
ciones a las que identificará como el o los Legisignos con los que producirá el Símbolo, y a
cuyo conocimiento el intérprete acudirá (memoria asociativa) para comprender y valorar
el Símbolo propuesto por el producto" (Magariños, 2008: 96)
Así, en este contexto, tenemos una organización que produce e interpreta
un entorno social, que torna en mundo, al desarrollar nuevas formas-significadas
en función significante (que a partir de ahora sintetizaremos como formas signi­
ficantes), que la posicionen en el conocimiento, aceptación y/o predilección so­
cial, dependiendo de los fines de la misma. Como todo productor, intenta cons­
treñir las formas significantes para que se lo entienda tal cual como éste pretende,
aunque esto sea imposible, pues se sabe, y he aquí una de las primeras considera­
ciones metasemióticas sobre lo intuitivo social, que toda interpretación ya es un
principio de transformación, al momento en que un intérprete hace propio un
enunciado, y por lo tanto, lo conjuga con aquellos que ya posee y, por lo tanto,
conoce (Magariños, 2008: 41).

En este sentido, las pretensiones, surjan de donde surjan, y los valores
que se quiere comunicar con una Marca-Argumento se enfrentan a aquello que
produce e interpreta la comunidad en la que se pretende insertar las construccio­
nes discursivas de dicha Marca-Argumento.

En estas circunstancias, como ya se ha dicho, la semiótica como disci­
plina debe trabajar sobre la formas agotadas, para realizar una transformación,
pues, de lo contrario, si se proyecta la misma desde las formas significantes, por
el momento vigentes, una organización se enfrentará a un rechazo de su Marca-
Argumento y sus propuestas valorativas, o, en el mejor de los casos, solo sosten­
drá, duplicará lo que ya existe, sin posibilidad de transformación y, sin, por con­
siguiente, producir diferencia con lo anterior, sin generar novedades identitarias
ni valorativas, sin dar lugar a la historia, esto es, hacer propio aquello que se está
dejando de ser, para ser otra cosa, dado que, si se quiere, debe o necesita cambiar
una Marca-Argumento. Esto es a causa de que las formas significantes vigentes
se hallan agotadas (o están agotándose) y ya no son efectivas, no son creíbles,
para dar y otorgar identidad y un(os) determinado(s) valor(es) diferenciales en el
mundo que configura, e instituye, una organización y la sociedad en la que se
encuentra inscripta (Magariños, 2008: 50-51).

Casos en los que podemos hallar lo que aquí se explicita en la materiali­
dad Nacional Argentina, están relacionados con los sectores de la Telefonía y el
Energético. Hace ya más de diez años, la constitución y aceptación de la marca
de las empresas de telefonía que obtuvieron la concesión de los servicios de di­
cho campo, en Argentina, se realizó sin problemas (si bien esto sucedió mayor­
mente con todos los procesos de privatización, tomamos este sector como un
referente ejemplar). Telefónica y Telecom ingresaron sin inconvenientes en lo
pensable y en los discursos de aquellos a quienes se dirigían (Comisión Nacional
de Comunicaciones, 2009). Esto fue posible puesto que, en los destinatarios del
servicio de telefonía estaba agotada, catafóricamente, la forma que exponía al
Estado como un eficiente y eficaz prestador de servicios telefónicos.

La antecesora de dichas consignatarias, la empresa estatal ENTEL, en su
desarrollo, construyó una semiosis que vinculaba al Estado como un mal presta­
dor de este servicio. Lo que el desgaste de esta forma dejaba liberado en su cata­
foresis era la necesidad del teléfono (fijo), como herramienta de comunicación.
Allí estaba la génesis de la forma significante nueva y eficaz, la que resultaría
viable. En el acervo-memoria cultural nacional de las enunciaciones explicativas,
se agotó la expresión Estado prestador de servicios telefónicos eficiente y eficaz,
pero en sus bordes, en la necesidad y deseo de poseer teléfono (fijo) se abrigaba
el nacimiento y aceptación de la forma significante “prestación privatizada”.

A pesar del mercado cautivo que generó y la correspondiente fuga del
capital a sus casas centrales fuera del país, las empresas recibieron un apoyo sin
sobresaltos, cuando menos, en sus comienzos (Presidentes Argentinos, 2011).
Esto demuestra, desde el punto de vista socio-cultural, que no era una cuestión de
concepción político-ideológica, la aceptación de las consignatarias y el desarrollo
de sus Marcas-Argumentos, sino más bien, el agotamiento de una forma signifi­
cante, que era sustituida por otra más aceptada, más viable, más creíble.

El caso inverso, y aquel que diferencialmente nos permite realizar este
destacado, es el de Reposol - YPF4. La empresa Española que compró este espa­

4 Al momento de realizar este trabajo, no se había producido la expropiación por parte del
Estado Argentino de la empresa Repsol-YPF, ocurrida en el mes Abril de 2012, y, por tal
motivo, no se tiene en cuenta en este análisis. No obstante, la mayoritaria aprobación
nacional que hubo de dicho proceso de apropiación puede explicarse por lo sostenido en
cio del sector energético argentino, lo hizo sobre una base social que valoraba
como eficiente y eficaz en su actividad a esta empresa nacional. Eso causó que la
Marca-Argumento nunca pudiera ser totalmente aceptada y sustituir a su antece­
sora, a tal punto que, la empresa, en su Marca-Argumento, comenzó a comuni­
carse simplemente como YPF omitiendo Repsol. Si bien la misma fue privatiza-
da con argumentos económicos, y sin oposición política de las grandes masas, lo
que denuncia su valor social es que la Marca-Argumento YPF estaba vigente en
el acervo-memoria cultural nacional con una estimación positiva, esto es, su for­
ma no estaba deteriorada.

RBRTOL
YPF ___________________

Marca Repsol-YPF de 1999 Marca de finales de 2008

Por lo tanto, segunda consideración metasemiótica de lo intuitivo social,
una Marca-Argumento no debe pensarse solo desde lo que propone para su valo­
ración, con aquellos significados del mundo que pretende generar, sino, y con el
mismo o mayor esfuerzo, desde aquello que ya está agotado, trabajando desde los
bordes anafóricos que permiten nuevas consideraciones, posiblemente válidas, es
decir, aceptables, creíbles, en el contexto cultural en el cual se proyectan.

Así una Marca-Argumento se construye y constituye sí y solo sí, se le
otorga una identidad a partir de aquello que diferencialmente expresan los secto­
res a los que se dirige (y, consecuentemente, como otro discurso distinto de sus
posibles alternativas, formas significantes que combaten, se oponen o comparten,

estas líneas, funcionando así como una comprobación más de las ideas propuestas en este
escrito.
valores discursivos, con la Marca-Argumento que se pretende construir e insti­
tuir), pero no desde la mera empatía con la que éstos buscan (cuestión heteróclita
si las hay), sino desde las formas agotadas que ya no son aceptadas, esto es, sen­
cillamente, que ya no son pensables como válidas, probables, creíbles, con res­
pecto a esa Marca-Argumento.

Es decir, solo desde aquello que está en los bordes y aún subsiste como
pensable válido, creíble, es que puede producirse significación transformadora.
Allí las herramientas teórico-metodológicas, de la semiótica como disciplina,
deben actuar para localizar y explicar, mediante mapas contextuales que detallen,
de las significaciones vigentes (Magariños, 2008: 174-186), cuáles son las for­
mas efectivamente agotadas (o que están agotándose) y qué persiste de ellas,
desde los bordes de las mismas, desde aquellos elementos que han sobrevivido y
han sido la causa, como germen del cataforismo degenerativo, de las formas sig­
nificativas ya no válidas, ya no creíbles. Solo desde dicha localización (de cuáles
formas están agotadas) y explicación (por qué lo están), se pueden construir nue­
vas semiosis diferenciales e identificatorias, que generen sustitución y superación
(Magariños, 2008: 27-28) en términos de Marca-Argumento, en términos de
su(s) novedad(es), en términos de nuevas propuestas de conocer e identificar una
Marca Argumento.

De lo contrario, como se dijo, solo tendremos un refuerzo de lo ya exis­
tente, no nuevas formas significantes, sino las agotadas, menos o poco creíbles,
vueltas a pronunciar, constituyendo así, la imposición de una seudo-novedad sin
arraigo, sin construcción desde los bordes, desde aquello que aún sigue vigente.
Esto último sería como pensar que se pueden imponer significados sobre la base
de una generación espontánea, sin tener en cuenta lo que construye, sostiene,
valora y cree una sociedad, en un tiempo dado de su historia, sin tener en cuenta
aquello que subsiste a la degeneración de ciertas formas, y que es la base de
aquello que puede surgir y la explicación de las direcciones posibles que se pue­
den seguir.

En definitiva, este es el inconveniente que encuentran los planes de inter­
vención que creen que tratan sobre una realidad traslúcida, positiva, o que se
sitúan en un lugar omnipotente de construcción y desarrollo del presente cultural
de una sociedad.

A partir de lo dicho se propone a continuación, una guía de acción, para
abordar el trabajo del desarrollo de una Marca-Argumento, a partir de la metodo­
logía semiótica. Como este trabajo no pretende cerrarse sobre espacios institu­
cionales y, subyace en el mismo, como se explicó, el abordaje de toda clase de
organizaciones humanas, esta guía puede emplearse también como método posi­
ble para conocer y explicar cómo se producen, interpretan y transforman, desde
la generación icónico-símbolica, los diferentes sectores sociales mencionados
-pensar por ejemplo en las iconografías de las tribus urbanas “punk”, “skin
head”, “emos”, entre otras- (Arce Cortés, 2008).

Procedimiento analítico

1. Análisis del discurso icónico, indicial y simbólico, o aquel que resulte de sus
posibles combinatorias, del grupo o sector social al que se dirige discursiva­
mente la Marca-Argumento que se pretende crear y/o modificar.

2. Análisis del discurso icónico, indicial y simbólico, o aquel resulte de sus
posibles combinatorias, de las alternativas, formas significantes que comba­
ten, se oponen o comparten, en términos diferenciales, valores discursivos,
con la Marca-Argumento que se pretende crear y/o modificar.

3. Construcción de mapas contextuales para conocer las formas significantes
vigentes en la sociedad y en aquellas alternativas, esas formas significantes
que combaten, se oponen o comparten, en términos diferenciales, valores
discursivos, con la Marca-Argumento que se pretende crear y/o modificar.

4. Recuperación histórica con los significados sociales que dicho grupo o sector
social en estudio, ha construido o relacionado con la Marca-Argumento que
pretende crear y/o modificar.

5. Análisis metabólico de las formas que siguen vigentes socialmente (desde el
punto de vista de la sociedad y de las alternativas formas significantes) y
aquellas que se encuentran agotadas (desde el punto de vista de la sociedad y
de las alternativas formas significantes) en relación con la Marca-Argumento
que se pretende crear y/o modificar

6. Explicación del porqué de la vigencia y agotamiento de ciertas formas signi­
ficantes

Procedimiento metodológico

1. Desarrollo de los posibles recorridos anafóricos que pueden surgir, a partir de
las formas agotadas, teniendo en cuenta aquello que sobrevive a la descom­
posición de las mismas.

2. Selección de uno de los posibles recorridos de acuerdo a los valores discursi­
vos que se proponen instituir (temporalmente) y aquellos valores sociales
desde los cuales pueden aparecer, para construir la Marca-Argumento que
pretende crear y/o modificar.

3. Desarrollo de criterios semióticos sobre cuál es la construcción más adecuada
para plasmar, a partir de los criterios anafóricos desarrollados y de los valo­
res mediante los cuales se quiere diferenciar-identificar una organización que
proyecta instituir la Marca-Argumento que se pretende crear y/o modificar.
Esto es determinar los modos, la materialidad textual/discursiva, más ade­
cuada, para enunciar la Marca-Argumento, definiendo asimismo, los signos
cromáticos, cesías, texturas y formas que lo componen (Cf. Caivano, 2005).

4. Definición final-temporal de la Marca-Argumento.

5. Socialización enunciativa de la Marca-Argumento.

6. Evaluación de los resultados alcanzados, de acuerdo a las interpretaciones
que generó la Marca-Argumento comunicada y a la eficacia transformadora
de las nuevas semiosis que se ponen a disposición de la sociedad.

Una aclaración necesaria. Utilizo el infinitivo “crear”, a pesar de versar la
guía sobre una de las Marca-Argumento a modificar, puesto que, siendo coheren-
te con todo lo que he mencionado, todo trabajo de transformación implica un
estadio creacional, al menos, de ciertas formas significantes.

3.2. Acerca de la constitución de la identidad organizacional
En segundo lugar trabajaremos sobre el supuesto de una organización que
debe, quiere o necesita enfrentar una situación de conflicto interno. Aquí aplico
las mismas restricciones que en el caso anterior, según los términos en que em­
pleé los verbos.

De acuerdo a este contexto, una organización presenta así frentes opues­
tos, en pugna. Con referencia a lo anterior, la semiótica como disciplina tiene que
localizar cómo están constituidos estos grupos (pues no se puede suponer que la
diferencia radica en la división laxa que establecen los organigramas entre las
jerarquías y los subalternos). El modo de situarlos resulta de especificar cómo
significan el entorno, de qué manera lo hacen mundo, de acuerdo a qué enuncia­
ciones, y con qué semiosis las construyen. Desde esta precisión se puede explicar
por qué lo hacen de este particular modo y no de otro. Esa explicación posibilita
reconocer cómo están agrupados verdaderamente los sectores (pues podría suce­
der que ciertos grupos subalternos coincidieran con las construcciones significan­
tes que encarnan los jerárquicos, y, quizás también, viceversa).

Desde este análisis pueden establecerse mapas conceptuales que impli­
quen la descripción de los grupos, sus conformaciones, junto a los significados y
significaciones que construyen, de acuerdo al modo en el cual, al hablar del en­
torno-realidad, producen el enunciado-mundo y lo interpretan, configurándolo.
Desde allí se hallan los puntos que se contraponen, esto es, las crisis a las que se
enfrentan, o, dicho de otro modo, cuáles son las valoraciones vigentes y cuáles
las formas agotadas presentes en la organización.

Como dije en el caso anterior, solo el trabajo de las formas agotadas con­
lleva la transformación; en otras palabras, la contradicción y/o la crisis, surgen a
raíz de las consecuencias de las formas agotadas, que, asimismo, dan lugar, o le
permiten la emergencia a la transformación. Cualquier otro tipo de trabajo es,
insisto nuevamente, una imposición sin superación, formas que se sostienen sor­
das, reproducciones estériles que no hacen historia, no inscriben nuevos signifi­
cados, no formulan nuevas semiosis; solo se pronuncian una y otra vez como
ecos huecos o se caen por el peso de su propio volumen, al carecer de sustento en
el (los) mundo(s)-enunciado(s) vigente(s), y, consecuentemente, en sus posibles
desarrollos (Magariños, 2008: 420-425).

En lo específico del supuesto planteado, la intervención en una organiza­
ción en conflicto (recuérdese que más allá del particularismo institucional, el
planteo organizacional es general) presenta una problematización que complejiza
un poco más el trabajo en estos ámbitos, con respecto al supuesto anterior. Aquí
no se trata de un grupo que plantea su diferenciación, identificación y aceptación
de ellos frente a la sociedad, cuya pugna de poder se centra en la tarea de integrar
sus valorizaciones del entorno-realidad, en el (los) mundo(s)-enunciado(s) dispo-
nible(s) que lo/la definen, sino que, además, se agrega dentro de una organiza­
ción en conflicto, la tensión y la lucha en torno a hacer prevalecer, a través de
una determinación jerárquica o una negociación, las semiosis del enunciado-
mundo del grupo o de los grupos en discordia.

En sí, no solo se trata de conseguir un posicionamiento diferenciador-
identificador, construyendo un espacio propio que pretende formular formas sig­
nificantes a ser incluidas y en lo posible aceptadas con éxito, sino, además, la
cooptación de una(s) semiosis del entorno-realidad, para hacerlo enunciado-
mundo, que conlleve imponer las valorizaciones de uno (aunque podrían ser dos
o más) de los sectores en pugna.

Esta noción del conflicto es importante pues, al conceptualizarla según
los términos en los que planteó las relaciones de poder Michel Foucault (1999:
112-125), permite leer adecuadamente la base del mismo. Dentro de este encua­
dre, reside entonces la posibilidad de arribar a buen puerto en toda intervención
de esta clase. Entonces, en estas situaciones, los procesos catofóricos, que tienen
lugar por el devenir propio del desarrollo histórico social, se intensifican por las
luchas por la preeminencia hegemónica que se busca lograr. Las tensiones de los
grupos son desgastantes de las formas significantes cuanto más fuerza o contun­
dencia adquiere el enfrentamiento.

El proceso aquí radica, entonces, en analizar los discursos de estos secto­
res en contraposición, construir sus mapas contextuales y observar cuáles son las
formas vigentes y cuáles las agotadas que llevaron al conflicto. En términos ge­
nerales, es decir, otra indicación metasemiótica de los procesos intuitivos socia­
les, se establece entonces que los conflictos propios de una crisis como de la que
hacemos referencia, vienen dados por toda falta de credibilidad al momento de
significar los fenómenos, esto es, los modos en los cuales se constituye enenun-
ciado-mundo el entorno-realidad.

Lo que está en disputa en estos procesos de transformación, es la lucha
por nombrar a un estado de cosas que ha devenido caótico, en el que las formas
significantes otrora vigentes han alcanzado un deterioro tal, que ya no permiten
ser pensadas como aceptables, creíbles, en la asignación de diferenciaciones-
identificaciones, que los enunciados-mundos disponibles les permiten a los secto­
res sociales en pugna. La necesidad de la transformación, en estos casos, se vuel­
ve imperiosa, pues, en el fondo, lo que está en disputa es la misma ontología
existencial de los sectores enfrentados, el cómo se especificarán dentro del con­
texto de redefiniciones del propio entorno-realidad, en su paso hacia su conver­
sión aprehensible como enunciado-mundo.

Continuando con la acción de la intervención es preciso mencionar que,
una vez construidos los mapas contextuales discursivos, mediante los cuales los
grupos en pugna se configuran, o, al menos, recuperadas las semiosis mediante
las cuales se configuraban, se tendría que, al igual que en el caso anteriormente
analizado, como ya se dijo, determinar cuáles son las formas que continúan vi­
gentes y cuáles son aquellas agotadas, que por consideración general sería la
mayoría, en términos de crisis, y no todas desde ya, porque esto sería lo mismo
que precisar que se ha disuelto toda comprensión de él (los) enunciado(s) - mun-
dos(s) disponible(s).
La actividad intervencional en estos casos implica, igual que en lo ante­
rior, establecer, desde lo deteriorado, qué elementos anafóricos persisten y qué
posibilidades de nuevas construcciones significantes se pueden desarrollar. Dicho
de otro modo, lo que se pretende en estos casos es establecer cómo los grupos en
pugna producen e interpretan, o, producían e interpretaban, el enunciado-mundo,
del entorno-realidad que habitaban, para dilucidar las semiosis vigentes y agota­
das y trabajar desde éstas últimas, a fin de contribuir a la construcción de las
producciones interpretantes transformadoras de los nuevos enunciados-mundos,
que darán lugar, con las consecuentes rediferenciaciones y reidentificaciones de
los sectores en pugna.

Desde luego no se trataría de negociaciones integradoras, ni mucho me­
nos, de una reproducción maniquea impuesta desde las jerarquías, sino una tarea
que pone en relieve, es decir, que expone como necesariamente dicho, la proble-
matización del agotamiento de las formas significantes, que constituyen las se-
miosis disponibles hasta el momento de la transformación.

Lo diferencial con el caso anterior, a raíz de la(s) crisis implicada(s), se
presenta ante la necesidad de nuevas producciones-interpretaciones que hagan
definible, pensable y creíble, enunciativamente, el caótico entorno-realidad en el
que conviven los sujetos implicados en la organización. En sí se trata de dejar
explícito frente a éstos últimos, que, lo inconducente de la situación actual ocurre
por la falta de formas significantes que hagan posible que estos grupos se recon-
figuren existencialmente, dado el desgaste de las mismas, constituyendo así el
estadio de incomprensión que dio lugar a la crisis.

Corresponde entonces enfrentar estos sectores en pugna a la incapacidad
momentánea de representarse, diferencialmente en términos identitarios y en
cuanto a los valores que construyen y sostienen, enfatizando la necesidad de
transformar lo ya conocido para hacer asible, ontológicamente, ese entorno-
realidad que se ha vuelto reacio, difuso a su captación cognoscible.

Por lo tanto, es preciso favorecer una actividad fervientemente creativa,
que desarrolle nuevas disposiciones de los enunciados-mundos posibles (Magari-
ños, 2008: 187-218), a partir de que aquellos que conforman la organización se
ubiquen, conceptualmente, en los bordes catafórico-anafóricos que han dejado
las formas eclosionadas, y en las posibilidades productivas-interpretativas que
aún persisten de la degradación de aquellas. Esto, de ningún modo elimina el
conflicto, que sería lo mismo que pretender hacer desaparecer la diferencia, lo
cual es un absurdo, desde nuestro punto de vista, pues ella resulta constitutiva de
toda identidad (Laclau, 1996), y establece, justamente, la posibilidad de enuncia­
ción ontológica del entorno-realidad, inaccesible si se carece de modos de produ­
cirlo e interpretarlo.

En lo concreto, la operación que se propone es la profundización de la
ineficacia de las formas significantes agotadas, la radicalización de la incapaci­
dad representativa de dichas formas, dando lugar a nuevas u otras instancias des­
de las cuales hacer pensable, y por ende, enunciable el conflicto, con lo que se
promueva una transformación que auspicie nuevas formas significantes capaces
de asimilar y reconducir, el mismo (siempre en términos transitorios, ya que las
nuevas formas significantes, con su utilización, también se irán degradando y
agotando).

Este proceso incluye, a su vez, la eficacia de las formas significantes re­
sultantes de la transformación, para construir semiosis que den lugar a un(os)
enunciado(s)-mundo(s) aceptable(s), para la coexistencia de los grupos en pugna.

Tomando como ilustración general de lo que propongo, puede examinar­
se el caso de aquello que en Argentina se denominó crisis de representatividad,
sobre fines del año 2001 y durante todo el 2002 (Cf. Muñoz, 2009). Consideran­
do al estado argentino como una organización que posee sus jerarquías o, en todo
caso, en este trabajo las delimitaremos a aquellos que ocupan transitoriamente
cargos políticos en los tres poderes constitucionales, y sus subalternos, en la tota­
lidad de la sociedad civil, podemos pensar aquella crisis nacional como un claro
ejemplo de lo que aquí expongo.

Sin ingresar en un análisis in extenso que se nos configure como inacaba­
ble, y supere, por supuesto, los límites y fines de este trabajo, puede precisarse
que expresiones como “que se vayan todos, que no quede ni uno solo” (Muñoz,
2009: 65), es la manifestación precisa de la incapacidad de las formas significan­
tes agotadas, de otorgar significado a lo que se denomina generalmente como los
modos de hacer política, a la identidad de quienes la llevaban adelante y a las
maneras en que institucionalmente se plasmaba.

Esta incapacidad es asimismo, la síntesis de que el (los) enunciado(s)-
mundo(s) disponible(s), en su generalidad, resultan ya no pensables como acep­
tables, creíbles, para continuar otorgando ontología al entorno-realidad. Esta
misma incapacidad o desarraigo a causa de las formas desgastadas encontró en lo
político la expresión indicial (Magariños, 2008: 332-402) de las cuatro renuncias
consecutivas al cargo de la primera magistratura nacional (C f BBC, 2001). Esto
demuestra claramente el agotamiento extremo de las semiosis hasta entonces
conocidas y desarrolladas (en su gran mayoría, mas no en su totalidad), en torno
a la actividad político institucional.

A partir de lo mencionado, desde los bordes anafóricos se produjeron
entonces las transformaciones. En la sociedad civil, también indicialmente, por el
desgaste en la credibilidad de las formas simbólicas, devenido de la desconfianza
básicamente hacia los sectores políticos, emergencias comportamentales surgie­
ron del direccionamiento hallado para las interpretaciones transformadoras que
construyeron los nuevos enunciados-mundos posibles, aceptables, creíbles de la
vida institucional/social Argentina. Aquellas formas que se habían desgastado
eran las que reverenciaban el modo de relación entre la política institucional de­
mocrática y la sociedad civil. En este desgate, que mostraba una disociación en­
tre ambos sectores, la sociedad civil se comprendió desoída por la política insti­
tucional democrática; de ahí el “que se vayan todos...”, del 19 y 20 de diciembre
de 2001. En este estallido radicaba la transformación (Muñoz, 2009: 67-71).

Si la democracia representativa había fracasado y resultaba insatisfactoria
como forma significante, pensable y aceptable; si la sociedad civil se comprendía
excluida del planteo político democrático institucional; si el voto y sus expresio­
nes partidarias, en términos de representación resultaban catafóricamente invia-
bles; si los modos de expresión simbólicos de la opinión pública ya no alcanza­
ban por desgastados; entonces la sociedad civil transformó su modo de manifes­
tación y participación política, de las maneras más indirectas, por el voto y los
sondeos de opinión pública, a métodos más directos, como las asambleas barria­
les, los piquetes o cortes de ruta, toma de fábricas, movilizaciones sectoriales,
ocupación de calles, cacerolazos, etc. (Muñoz, 2009: 72-77).

Resumiendo: lo agotado, y por tanto, situado en estado crítico, fue el
modo en que se había desarrollado la representatividad institucional democrática,
formulada en la sentencia constitucional de “El pueblo no delibera ni gobierna,
sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitu­
ción...” (Constitución Nacional Argentina, artículo 22). Lo que quedaba librado
a la anaforesis transformadora era la construcción del bien común que teoriza un
sistema democrático. La pugna se centraba en el modo de reconstruir el concepto
de bien común y de la égida de la voluntad popular democrática, junto a los esta­
blecimientos para articular los modos en que estas valorizaciones encontraban
enunciación en la reconstrucción del (de los) mundo(s) posible(s), pensable(s) y
válido(s), que formularan las nuevas formas significantes, que redefinieran la
vida política nacional y sus instituciones.

Concretamente, el sistema democrático, como forma significante de la
organización política aceptada como válida, permanecía, subsistía a la cataforesis
de la representación indirecta. De hecho, en el ya épico “que se vayan t o d o s . ”,
se denota claramente como un cuestionamiento a aquellos que encarnan dicha
representatividad y a los modos que frente a la voluntad popular democrática esta
representatividad se imponía; en sí, el cuestionamiento era, a la manera de go­
bernar. Sin embargo, no había un reproche al sistema, es decir, la frase, por tomar
una emergencia de lo efectivamente dicho en aquel momento, no recitaba, al
menos mayoritariamente, que se derrumbe el sistema. Incluso se oían voces de
renovación política, de los sectores que ocupaban los espacios electivos-
dirigenciales (Cf. La Nación, 2002).

De allí partió la transformación social enunciada en los nuevos modos de
expresión ciudadana, que condujo a que los mismos sectores políticos también
transformasen ciertas experiencias gubernamentales, como el trato de los dere­
chos humanos, la administración económica de la inversión pública, el discurso
frente a la redefinición del estado de bienestar, etc. (cf. E l Historiador, 2012).

Como se denota, el conflicto no desapareció, no se resolvió con un armis­
ticio, ni algún tipo de pacto social, sino que se construyeron manifestaciones, en
ambos sectores, que permitieran otros modos de re-enunciarlo, re-pensarlo, re-
articularlo, y, desde estas instancias, actuar sobre él, para encontrarle salidas
(siempre temporales, esto es, hasta que estas formas también se desgasten), en
esa reconfiguración del (de los) enunciado(s)-mundo(s) válido(s). Este re­
ordenamiento es la ejecución de un volver a presentar y producir el mundo, al
enunciarlo desde otras construcciones cognoscitivas, que hacen posible nuevos
modos de pensarse y percibirse en el entorno-realidad circundante. Estas nuevas
construcciones cognoscitivas son las que hacen posible avanzar sobre el conflic­
to, hallarle salidas y, por lo tanto, plasmar las acciones a seguir.

De acuerdo a lo dicho e ilustrado podemos proponer entonces una segun­
da posible guía, para intervenir en esta clase de situaciones, para abordar las in­
tervenciones de conflictos internos de la organización con metodología semiótica
(aquí corren los mismos reparos que en el caso anterior):

• Procedimiento analítico

1. Análisis del discurso icónico, indicial y simbólico, o aquel que resulte de
sus posibles combinatorias, de los sujetos y grupos que componen la or­
ganización.

2. Construcción de mapas contextuales para conocer los mundos semióticos
(Magariños, 2008: 161-164), que delimiten los sectores en pugna, dentro
de la organización en conflicto.

3. Análisis metabólico de las formas que siguen vigentes en la vida organi-
zacional y aquellas que se encuentran agotadas, y que son las fuentes del
conflicto.
Procedimiento metodológico creacional

1. Radicalización: explicación a los sectores en pugna de la irreductibilidad
del conflicto y las diferencias.

2. Emergencia: generación de espacios para la reflexión anafórica que per­
mita enunciar formas significantes eficaces para re-pensar el conflicto. Se
sugiere un trabajo con los diferentes sectores sociales que integran la or­
ganización, a partir de cuestionarios retóricos (a modo de significante va­
cío lacaniano (Laclau, 1996: 6) que permitan suscitar interpretaciones
transformadoras.

3. Reconfiguración Cognitiva: es el plano en el que se re-enuncia el mundo,
se lo vuelve a presentar y producir, a partir de los direccionamientos ana­
fóricos constituidos por las interpretaciones transformadoras surgidas en
la etapa anterior. El conflicto se reencauza desde estos nuevo(s) enuncia-
do(s)-mundo(s), que construyen renovados modos cognitivos de diferen­
ciación e identificación de los sectores en pugna.

• Procedimiento metodológico operacional

1. Teniendo en cuenta los nuevos mapas discursivo-cognitivos de la organi­
zación, manifestado en las interpretaciones transformadoras desde las
cuales se comenzaron a re-constituir los grupos en pugna, analizar los
productos institucionales que resultan como la materialización de la
transformación, ocurrida en la organización, en el plano cognitivo.

2. Establecer los criterios semióticos para construir dichos productos, en­
tendiendo a los mismo como la expresión materializada de los valores
trasformadores de la organización.

3. Concreción de estos productos mencionados.

4. Evaluación de los resultados alcanzados, de acuerdo a la eficacia trans­
formadora de las nuevas semiosis que se constituyeron válidas y lo eficaz
de los productos generados a raíz de las nuevas formas significantes.
Hasta aquí entonces la propuesta que he construido. Su validez se explica
por la búsqueda de escudriñar instancias que poseen recorridos teóricos y meto­
dológicos propios, pero que aún no habían sido abarcados por la semiótica como
método de análisis y/o de transformación, cuando menos desde la perspectiva
que se propone en estas líneas.

De ahora en adelante, entonces, no se marca un cierre, sino más bien la
apertura y multiplicación de interpretantes (que provendrán de los lectores) que
generen nuevas enunciaciones de un fenómeno que también es presente y caren­
cia, como la intervención organizacional, pero que asimismo, nos brinda la posi­
bilidad de ejecutar una serie de operaciones para la comprensión global de los
complejos procesos sociales de atribución, sustitución y superación de las semio-
sis que le son propias, por lo cual, avanzar en sus direcciones, ya sea insatisfac­
ciones discursivas y/o modificaciones creativas, en sí, por las transformaciones
que ocurran, implica, indiscutiblemente, un recorrido que transcurre en un enri­
quecimiento mutuo, en términos de comprensión y explicación de los fenómenos
sociales y sus procesos de significación.

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La función del objeto en la interpretación:
de la arqueología a las organizaciones

Mtro. Carlos Federico González Pérez1
CONICET. UNJu. UNLP. (Argentina)

“El conocimiento no puede dar ni el más pe­
queño paso adelante con solo la observación,
debe hacer a cada momento abducciones. ”

(Sebeok y Umiker-Sebeok, 1994:30)

1. La perspectiva abordada: introducción
La concepción de signo desarrollada por Charles Sanders Peirce permite
realizar consideraciones particulares en relación a los procesos de interpretación.
Es conocida su propuesta triádica para conceptualizar el signo, y la importancia
de considerar al interpretante como parte integrante de su estructura. En este tra­
bajo revisamos esa perspectiva, y su recuperación por diferentes teóricos de la
semiótica. Revisamos principalmente las propuestas de Juan Magariños de Mo-
rentín que resultan de particular interés, ya que son una continuación de la se­
miótica ofrecida por el lógico estadounidense. Magariños de Morentín operativi-
zó a la semiótica (no solo consideró a la interpretación como una operación, sino

1 Licenciado en Comunicación Social (Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales. Uni­
versidad Nacional de Jujuy). Doctorando en Comunicación por la Facultad de Periodismo y
Comunicación Social (Universidad Nacional de La Plata). Becario CONICET-UNJu para for­
mación doctoral. Participa del proyecto de investigación "Cementerios Urbanos. Comuni­
dad, Ideología y Modos Funerarios" (FCNyM. UNLP), y "La producción social del conoci­
miento. La Universidad de la calle 2" (FHyCS. UNJu). Sus principales trabajos tienen como
objeto a la comunicación organizacional abordada desde la semiótica peirceana, y la se­
miótica como metodología.
que partiendo de la semiótica general de Peirce, desarrolló operaciones específi­
cas de abordaje y análisis de las tres semióticas particulares y sus combinaciones:
icónica, indicial y simbólica). Como consideraba que todo es signo, también sos­
tenía que la semiótica no podía tener un objeto de estudio particular (por este
especial carácter del signo), lo que le permitiría darle sustento de "ciencia ”, por
lo que la propuso como una "metodología de base para las ciencias sociales”
(Magariños de Morentín, 2008: 23-23 y 154-169), postura que ha generado po­
lémica entre diferentes semiotistas, dado que cuestiona el estatuto de ciencia de
la semiótica2. Todos estos aspectos serán profundizados en este trabajo.

Algunas preguntas básicas orientan las reflexiones que aquí vertimos. Por
ejemplo, ¿es posible interpretar un signo producido por una cultura de la que solo
existe evidencia material? ¿Es posible acceder, a partir de esa materialización, a
los mundos interpretativos posibles que lo han producido?, ¿ese ejercicio inter­
pretativo, el cual el ser humano por naturaleza no puede dejar de generar espon­
táneamente, es diferente al de interpretar un signo producido en contemporanei­
dad con quien intenta interpretarlo?, ¿cuál es la diferencia entre una y otra ins­
tancia?, ¿cuáles son las posibilidades de responder estas preguntas desde la se­
miótica?

Nuestra preocupación en relación a la interpretación deviene de un inte­
rés particular: la comunicación en las organizaciones. Por lo tanto, intentaremos,
también, identificar, caracterizar y explicar las particularidades de la interpreta­
ción en estos contextos acotados. Es decir que abordaremos la interpretación
vinculada a la producción de signos (mensajes puestos en circulación en situa­
ciones de comunicación) que abarquen la tríada peirceana: símbolos, índices e
íconos. Los límites de este trabajo nos obligan a focalizar uno de esos aspectos,
por lo que aquí trabajaremos principalmente con ejemplos de la semiótica icóni-
ca. Pero como nuestras preguntas hacen referencia a la problemática de la inter­
pretación en momentos históricos diferentes (cuando ha transcurrido tiempo entre

2 Parte de estas discusiones pueden encontrarse en el foro de discusión "Semioticians",
creado por Magariños, y que reúne la palabra autorizada de especialistas de todos los
continentes. Puede accederse al foro en: http://ar.groups.yahoo.com/group/semioticians/
la producción del signo y su interpretación, o para ponerlo en términos peircea-
nos entre el interpretante productor y el interpretante intérprete) y con la inten­
ción de generar un contraste, también exploraremos esta operación en la arqueo­
logía. De manera que intentaremos mostrar dos posibles formas diferentes de
reflexionar en torno a la interpretación, principalmente desde la propuesta de
Magariños de Morentín.

Este trabajo se encuentra enmarcado en una preocupación mayor, plan­
teada como proyecto para el desarrollo de una beca de formación de posgrado
otorgada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
(CONICET) y la Universidad Nacional de Jujuy (UNJu), y una Tesis Doctoral,
en el marco del Doctorado en Comunicación, de la Facultad de Periodismo y
Comunicación Social (Universidad Nacional de La Plata). Todas estas institucio­
nes son argentinas. El problema principal identificado en este proyecto tiene que
ver con la comunicación organizacional (dada como procesos internos de organi­
zación), donde proponemos explorar la semiótica peirceana en el intento de defi­
nir aplicaciones para el estudio de la comunicación. Creemos necesario aclarar
que aquí solo se hará referencia a un aspecto de esa investigación, vinculado a la
reflexión de la interpretación en las organizaciones, y no a esa problemática más
amplia ya enunciada.

En este sentido, para poder explicar mejor la importancia del signo (y,
por supuesto, su relación con el proceso de interpretación) consideramos apro­
piado revisar sus principales categorías en torno a su producción, y considerarlo
luego en relación a esas dos instancias: la de la arqueología por un lado, y la de la
comunicación organizacional por el otro.

2. El tercer elemento: notas sobre el signo peirceano
Magariños de Morentín (2008:102) toma la definición habitualmente
aceptada de signo, propuesta por Peirce, para quien: “un signo o representamen,
es algo que está para alguien, por algo, en algún aspecto o disposición”. Es la
totalidad del signo, ese “algo”, la que se dirige a alguien, produciendo la crea­
ción en él o en ella de otro signo, que se constituye como el interpretante del
primero. Por otro lado, siguiendo este planteamiento, todo signo “es el sustituto
de algo, a lo que denomina su objeto” (Magariños de Morentín, 2008: 103), pero
no se trata de una sustitución completa, sino que se realiza a partir de algún “as­
pecto o disposición”. Por ello Magariños define al objeto como el fundamento3
del signo, y al referirse de esa manera considera que el objeto del signo es un
rasgo, un aspecto incompleto de esa realidad que se sustituye.

El objeto que forma parte de la semiosis que se produce, es referido por
Peirce como objeto inmediato: “Una comprensión tal, que se aproxima aunque
sea de forma distante a la del Objeto estrictamente así llamado, debería ser de­
nominada, y normalmente lo es, “objeto inmediato” del signo en la intención del
usuario” (Peirce, 2008:82). El objeto entonces, mantendrá una relación con su
representamen, el que transmitirá a su interpretante un aspecto del primero. Peir-
ce dirá que ese aspecto, el que es parte de la semiosis, será su objeto inmediato
(si está en relación a un concepto o idea) o su objeto real (si está en relación a un
objeto real) (Peirce, 2008: 79). El hecho de que un signo pueda vehiculizar,
transportar o ser mediador de solo un aspecto (o unos pocos) de eso de lo que
está sustituyendo, o sea del objeto, inserta una gran cantidad de problemáticas
que tienen implicancia en los momentos de intentar explicar esos signos, y cómo
generan interpretantes. Del desarrollo de las relaciones lógicas planteadas entre
estas entidades, resulta que un signo tendrá como objeto a otro signo, llegando a
un esquema triádico. Estas entidades se ponen en relación pudiendo representarse
de la siguiente manera:

3 Magariños utiliza la palabra "fundamento" para la traducción de "ground".
2 R epresentam en 1 Interpretante
Es decir Algo (para alguien ► Que tam bién es signo, o sea Algo
por algo y en alguna relación) (para alguien, por algo y en alguna
relación)

3 F u n d a m en to
Que tam bién es signo, o sea Algo
(Para alguien, por algo y en alguna relación)

El signo de Peirce. Reproducido de Magariños de Morentín, 2008:104

En ese mismo sentido, Eco cita a Peirce recuperando la idea de signo, y
planteando la intensidad de la relación triádica: “Una acción o influencia que eso
implica una cooperación de tres sujetos, como por ejemplo, un signo, su objeto y
su interpretante; no siendo tal influencia reductible a una influencia entre parejas
(CP: 5.4844). Definición que evoca la definición complementaria de signo como
algo que está ante los ojos de alguien en lugar de otra cosa, en algún aspecto y
carácter” (Eco, 1992: 65). En la función triádica, en la correlación de las tres
entidades que constituyen el signo, es en donde radica el potencial y la cuestión
diferencial de esta corriente semiótica, pues el proceso no está completo si no se
considera al interpretante. Pero aún siguiendo a Eco (1993:47) el “ground” com­
pone el significado: “ ... lo que de hecho el representamen selecciona en un obje­
to determinado (vale decir, su ground)”, y agrega que “El Objeto Dinámico mo­
tiva al signo, pero el signo instituye al Objeto Inmediato a través del ground; este
Objeto Inmediato es ‘interno’ (8.534), es una idea (8.183), una ‘representación
mental’ (5.473) ”5, lo que es notablemente aproximado a lo que Magariños de
Morentín plantea en su abordaje del signo, como expusimos antes.

4 Eco utiliza las referencias estandarizadas entre los estudiosos de Peirce, para referir a los
Collected Papers (CP). Los números que se incluyen corresponden al volumen (5 en el caso
citado) y el número de parágrafo correspondiente (484).
5 Si bien sostener que el "Objeto Inmediato es interno" es un concepto válido, y propuesto
por Peirce, la cita de Eco es equívoca, pues no existe el parágrafo 8.534, dado que la obra
Peirce considera que es el objeto el que tiene buena parte de responsabi­
lidad en la determinación de la significación del signo:

Si hay algo real (esto es, algo cuyas características sean verdaderas de
ello independientemente de si tú o yo, o cualquier hombre o número de
hombres las pensamos como siendo características suyas o no) que se
corresponda suficientemente con el objeto inmediato (el cual, puesto
que es una comprensión, no es real), entonces, ya sea identificable con
el 0bjeto estrictamente así llamado o no, debería denominarse y nor­
malmente se denomina, “objeto real” del signo. Por alguna clase de
causación o influencia debe haber determinado el carácter significante
del signo (Peirce, 2008:82).

En este trabajo intentaremos demostrar la importancia de la considera­
ción del objeto inmediato para reflexionar en relación a la interpretación, puesto
que al ser éste un aspecto o disposición de la realidad, su interpretación (en tanto
esté orientada a intentar explicar cómo y por qué se produjo) deberá atender al
momento histórico de su producción, la que, siguiendo esta última cita de Peirce,
debe haber influido en la forma en la que el objeto inmediato ha determinado las
posibilidades significativas del signo que se estudie.

Esto también reviste una cercana relación con la definición de semiótica
propuesta por Juan Magariños de Morentín. Siempre interesado por lo diferen­
cial, consideró a la semiótica como una metodología de base, capaz de brindar
bases rigurosas y pertinentes para el desarrollo de las disciplinas sociales y hu­
manas. En un primer sentido diferencia la semiótica como facultad humana (co­
mo capacidad cognitiva que caracteriza al ser humano) de la semiótica como
disciplina, la que plantea como:

“(...) un conjunto de conceptos y operaciones destinado a explicar có­
mo y por qué un determinado fenómeno adquiere, en una determinada
sociedad y en un determinado momento histórico de tal sociedad, una

Collected Papers ha sido editada en 8 volúmenes, y finaliza en 8.388. Hemos revisado
varias veces el texto de Eco que citamos, y constatamos que no lo estamos recuperando
mal.
determinada significación y cuál sea ésta, cómo se la comunica y cuá­
les sean sus posibilidades de transformación” (Magariños de Morentín,
2008:22).

En otro lugar (Cf. González Pérez, 2012) hemos trabajado con mayor
profundidad las maneras en las que Magariños ha presentado a la semiótica como
ciencia o como metodología a lo largo de su obra escrita. Sin embargo conside­
ramos apropiado hacer alguna breve mención aquí al respecto. Él sostiene explí­
citamente que la semiótica no puede ser una ciencia, al menos, desde la perspec­
tiva peirceana, porque si todo es signo (como se interpreta a partir de la obra de
Peirce) entonces “todo” sería objeto de esta ciencia, y con este razonamiento
nada podría constituirse en objeto de estudio, diferencial y específico, que le
permita lograr una autonomía particular y el estatuto de ciencia. Por ello, y de
manera más cautelosa, la propone como una metodología. Recurre a dos argu­
mentos para justificar que todo es signo desde la propuesta peirceana: la defini­
ción de recurrencia de las partes integrantes del signo (que a su vez son conside­
radas como signos), y la capacidad de que un signo cree otro nuevo, y de que en
su comunicación genere tantos interpretantes como aquellos que puedan llegar a
incorporarlo, creciendo. Estos dos aspectos están implícitos en el concepto de
“semiosis ilimitada ”6 de Peirce. Siguiendo a Magariños, como la semiótica pro­
porciona un enfoque y un conjunto de instrumentos específicos y pertinentes, se
sitúa como un método adecuado para explicar los procesos de significación en las
ciencias sociales y cómo esos significados se producen, se comunican y se trans­
forman. Este es otro motivo que lo impulsó a proponerla como una metodología.

En una primera instancia, Magariños sostiene que la semiótica se erige
como aquello que permite completar los trabajos de la matemática y la lógica,
vinculados a las disciplinas sociales. La condición es que la semiótica no se que­
de en la especulación metafísica, y que formalice sus operaciones cognitivas.
Formalizar implica hacer explícitos los conceptos, dándoles permanencia en una
misma investigación y permitiendo que éstos puedan ser transferidos a otros/as
investigadores/as. Es importante destacar que trabaja bajo una doble influencia

6 La problemática ha sido ampliamente discutida. Por ejemplo en Eco, 1997.
disciplinar: por un lado, la de las ciencias cognitivas, y por otro, la influencia del
constructivismo. Herencia de Peirce, Magariños considera que la propuesta de
este lógico tiene total vigencia con las exigencias de las ciencias cognitivas en la
actualidad ya que, por un lado, incorpora el proceso de conocimiento al concepto
de signo, porque el interpretante es parte de su estructura. Por otro lado, el desa­
rrollo del signo (por recurrencia en sus diferentes posibilidades, 9, 27, 81, y la
cantidad que se precise en una investigación; por las relaciones que permiten los
10 signos y la base para una semiótica generativa de semióticas particulares; y,
finalmente con las 66 posibilidades semióticas) implica una posibilidad muy
amplia de explorar la producción de signos desde una perspectiva relacional y
lógica (y no como taxonomías cerradas) capaces de poder dar cuenta de los pro­
cesos de interpretación requeridos por las diferentes disciplinas:

Todo ello es coherente con un tratamiento cognitivo como perspectiva
epistemológica de la metodología semiótica ya que tiene que dar cuen­
ta de cómo está operando la mente de cada intérprete (con los instru­
mentos que le proporciona su cultura, a partir de la estructura neuroló-
gica filogenética) en la configuración de los correspondientes signos,
cuya enunciación atribuirá existencia ontológica a los aspectos del en­
torno que por su intermedio podrán ser percibidos e interpretados (Ma-
gariños de Morentín, 2008:164).

Magariños fundamenta su propuesta metodológica, también, desde el
constructivismo. Por lo tanto se opone a un sustancialismo que propugna que el
significado de las cosas reside en ellas, y el hombre y la mujer deben tratar de
descubrirlas. Recurre así, principalmente, a la propuesta de Foucault (basándose,
en particular, en los aportes incluidos por el francés en su célebre Arqueología
del saber) para plantear la necesidad del análisis textual, bajo el supuesto de que
el significado de los objetos, sujetos, conceptos y temas, preexisten de forma
independiente a su propia producción. Esto implica la tarea de reconstruir el sig­
nificado, sin darlo por hecho, pudiendo recurrir a la semiótica para cuestionar las
propuestas hegemónicas que pretenden establecer significados correctos y erró­
neos. Se refiere a la refundación de la semiótica francesa en los sesenta, como
ejemplo de estos procesos de cuestionamiento hegemónico, con los trabajos de
Althusser, Barthes, Pecheux, Badiou, entre otros (Magariños de Morentín,
2008:164).

Desde estos enfoques la semiótica de Magariños se plantea desde el rigor
de las operaciones metodológicas, desde la propuesta de trabajar en términos de
relaciones y operaciones y no en base a modelos, desde la importancia de una
base materialista (común a diferentes enfoques semióticos), y desde el desarrollo
conceptual de los mundos semióticos posibles: la semiótica, como metodología,
en relación a la investigación, no pretende producir la significación, sino, expli­
car cómo es que se produce una significación y no otra, en relación a determina­
do fenómeno, en un momento determinado de una sociedad específica. La se­
miótica, entonces, genera un doble aporte a las ciencias sociales, a partir de ins­
trumentos para fundamentar la explicación acerca de la significación que puede
atribuirse, en tanto semiótica como metodología, y a partir de instrumentos para
identificar, describir y evaluar los fundamentos, la consistencia y la racionalidad
del proceso mediante el cual, se le atribuyó determinada significación a un fenó­
meno, en tanto semiótica como epistemología.

Para Magariños, entonces, la significación de un fenómeno será determi­
nada por el momento histórico de una específica sociedad. Consideramos que en
esta propuesta el factor temporal reviste una importancia implícita, pues es a lo
largo del tiempo, y en la circulación de una semiosis que surgen sus posibilidades
de transformación. Es por esto que nos preocupamos por reflexionar en torno a la
problemática del objeto, en tanto entidad constitutiva del signo como objeto in­
mediato, pero también como objeto dinámico, y sus posibles interpretaciones.

Como ya explicamos, recurriremos a dos objetos de estudios diferentes,
intentando explicar cómo se debería considerar la interpretación en ellos, de ma­
nera de generar un contraste. Hablaremos entonces de la interpretación del signo
arqueológico y la interpretación del signo en las organizaciones. El acento estará
puesto, tanto en la producción como en la interpretación de una propuesta de
comunicación (un signo), con el objetivo de revisar esa producción y reconside­
rar, además, la circulación y la interpretación, con las posibilidades de transfor­
mación (superación) de las significaciones en esos procesos (que implican la
historia - factor temporal) en una determinada sociedad (en un grupo de personas
dado).

3. ¿Un trineo o una canoa?: la interpretación en arqueología
Hacer referencia a la arqueología implica considerar diferentes factores,
problemáticas y extensiones que toman la producción del ser humano como su
principal objeto. Como disciplina se ha abierto, aceptando mayor diversidad (Cf.
Hodder, 1999). Ha abandonado (al igual que otras disciplinas sociales y huma­
nas) la idea de trabajar a partir de un método, de una forma unificada, para incor­
porar nuevas perspectivas y problemáticas. La cuestión temporal (el tiempo pa­
sado) también ha dejado de ser una característica de la arqueología, inicialmente
preocupada por las producciones de los primeros homínidos, y se ha dejado em­
papar por cuestiones que afectan la contemporaneidad, el presente (Cf. Renfrew y
Bahn, 2007). En este sentido ya no se puede hablar de una arqueología y su obje­
to, sino de las arqueologías y sus objetos, o más bien, de sus problemáticas. Sin
embargo, se puede decir que lo que atraviesa a todos esos intereses, en relación a
la práctica arqueológica, es la interpretación, y es ésta la que nos preocupa en
este trabajo.

Por lo tanto, y a modo de focalizar, aquí nos referiremos a una perspecti­
va específica de la arqueología como disciplina y a un particular objeto: la pro­
ducción de imágenes (considerando por ejemplo las pinturas rupestres, los graba­
dos, las pinturas en cerámica). Éstas revisten una particular importancia, ya que,
siguiendo a Ruiz y Chorolque (2007:37) “las imágenes forman y han formado
siempre una parte importante de las culturas, de un acervo común. Las mismas
han servido para identificar, para comunicar, para dominar y/o para resistir”. Es
quizás en este momento en el que podemos retomar la pregunta “¿Qué pensa­
ban?” formulada por Renfrew y Bahn (Op. Cit.), la que implica un acercamiento
a las formas de concebir el mundo y el entorno. Estos autores, frente a un graba­
do en roca, con dos figuras antropomorfas sobre una especie de soporte longitu­
dinal, plantean: “Dos personas en un barco, ¿o es un trineo? El significado exacto
de este grabado en roca de la Escandinavia de la Edad del Bronce nos resulta
confuso sin una evidencia adicional” (Renfrew y Bahn, 2007: 356). De manera
que la interpretación en arqueología es un tema central y merece reflexión y con­
sideración, pues de ella dependerán los resultados a los que se pueda llegar. En
ese mismo lugar, estos autores plantean como principio de la arqueología proce-
sual la idea de que “pueden existir varias interpretaciones alternativas, que deben
ser evaluadas, si es necesario entre sí, mediante procedimientos explícitos de
comprobación, o contratación con datos recientes” (Renfrew y Bahn, 2007: 356).
Como podemos constatar, la arqueología convierte muchas cosas en signo. Para
Kulemeyer (1995) el registro estratigráfico es tan importante como otros datos,
puesto que su estudio aporta información en relación a los momentos de ocupa­
ción de un lugar por una comunidad específica (o varias a lo largo del tiempo).
Para el autor interpretar es “el objetivo esencial en la producción científica y
surge del análisis de toda la información y datos parciales logrados en el campo,
en los trabajos de laboratorio y de los diversos diagramas y gráficos” (Kuleme-
yer, 1995: 36). Lo que la arqueología plantea, entonces, es que la interpretación
no puede realizarse a partir del estudio de un solo texto (objeto, imagen o cual­
quier otra clase de signo). Para retomar la interpretación de imágenes rupestres,
ésta se realiza con el apoyo de otros textos: la documentación escrita proveniente
de fuentes etnohistóricas, etnobotánicas y etnográficas: “Textos y contextos, mi­
tos (arquetipos) y ritos que testimonian la fuerza de la tradición prehispánica y la
sobrevivencia de estructuras del pensamiento andino, pero teniendo en cuenta la
unidad y multiplicidad como parte de su propia experiencia histórica” (Ruiz y
Chorolque, 2007: 38).

Winchkler (1994) ha propuesto recurrir al modelo de Peirce para intentar
abordar y desarrollar tres operaciones específicas de la arqueología, en relación a
la representación de líticos: "comparación/semejanza, inferencia operativa, va­
loración”. Para ella las perspectivas de abordaje del signo en arqueología son
variadas, y dependerá de cómo se presente ese signo al investigador o a la inves­
tigadora en relación a sus propiedades de materialización. En el caso de las pintu­
ras rupestres, consideradas como signos, como imágenes materiales visuales, la
semiótica icónica sería una opción metodológica adecuada, pertinente y eficaz
para su estudio. Y nos referimos a una de las tres semióticas particulares que
Magariños de Morentín desarrolló a partir de la propuesta de la semiótica general
de Charles S. Peirce7.

Pero lo que aquí nos interesa decir, antes aún del desarrollo de una semiótica
específica o particular que permitiera analizar esas imágenes de manera específi­
ca, es que el signo cumple una función de anclaje entre diferentes aspectos (tem­
porales, espaciales, materiales, sociales, etc.) que precisan ser explicados por la
arqueología a partir de una interpretación, que intentará aproximarse a aquella
que pudieran haberle asignado sus productores en el momento de su creación.
Sostenemos que esta interpretación no puede ser otra cosa más que una hipótesis.
Fundamentamos:

• en el momento de la creación de una pintura rupestre, en cuanto signo, el
representamen cumple la función de transmitir a su interpretante un aspecto o
disposición (fundamento para Magariños) de su objeto. El objeto dinámico
ha actuado de una manera particular al momento de la creación de ese signo,
en el que se han impregnado algunos de esos aspectos en su objeto inmedia­
to, generando así una serie de posibilidades interpretativas.

• en el momento de la interpretación de esta misma pintura rupestre por parte
de un investigador o una investigadora, en cuanto signo, actualizará interpre­
tantes de acuerdo a los aspectos y disposiciones que estén disponibles en la
memoria asociativa del intérprete, y que el signo evoque. La distancia entre
el momento de la producción del signo y de la interpretación desde la arqueo­
logía es importante en términos temporales y culturales. Retomando el ejem­
plo de Renfrew y Bahn: ¿es una canoa o un trineo? Imaginando otro ejemplo
posible: un animal representado puede ser ese que el arqueólogo o la arqueó-

7 La semiótica de la imagen visual apunta a lograr una explicación de la significación pro­
ducida por imágenes materiales visuales plásticas, figurativas, conceptuales, o aquellas
que resulten de la combinatoria de alguna o de todas las enumeradas (Magariños de Mo­
rentín, 2008:219-329). Las otras dos semióticas particulares a considerar, pero no en este
trabajo, son: la semiótica simbólica, o de enunciados (Magariños de Morentín, a partir de
1996, y luego 2008) y la semiótica indicial (Magariños de Morentín, 2003, 2008).
loga crean que es, o algún otro, quizá extinto al momento de la nueva inter­
pretación. Por lo tanto, esta interpretación no puede ser otra cosa que una hi­
pótesis.

Estamos lejos de argumentar que una imagen (una pintura o un grabado)
no pueda ser interpretada. Pero sostenemos que esa interpretación no puede reali­
zarse desde las formas occidentales de entender el mundo, coincidiendo con Ve-
landia, quién recupera de Silva Celis la idea de que “El estudio de las culturas
indígenas del pasado y del presente no puede hacerse guiándonos por las pautas o
patrones de la civilización o c c id e n ta l.” (Silva Celis, 1968:4, citado en Velan-
dia, 2003:1) y plantea la necesidad de un abordaje multidisciplinar en esta em­
presa. ¿Qué mejor propuesta que la de la semiótica para esta aproximación? El
aporte que la semiótica puede realizar está dado, principalmente, en considerar
que frente a esta clase de signos, y dada la particular relación que sus componen­
tes producen (fundamento, representamen e interpretante), la interpretación será
la formulación de una hipótesis, planteada de manera abductiva y que servirá de
guía para la continuidad de la investigación8. Esta hipótesis se intentará falsar (de
modo poppereano) con la información que aporten otros materiales (otros signos,
que también deberán ser considerados de la misma manera, por lo tanto se for­
mularán otras hipótesis), intentando recuperar algunas características del sistema
vigente que los ha producido. Si se enfoca la cuestión de esta manera, y se logra­
ran identificar algunas posibles convenciones sociales determinadas por aquel
momento histórico y aquella sociedad que ha producido esas pinturas rupestres
“el estudio iconográfico de las mismas podría abrir una vía a posibles análisis de
la ideología que las contiene” (Ruiz y Chorolque, 2007: 37), siempre atendiendo
a que tales afirmaciones deberán producirse a manera de hipótesis, y así estos

8 Nos referimos a las etapas consideradas en la Guía elemental para diseñar un proyecto
de investigación: descripción del tema y planteamiento del problema; elaboración del
marco teórico pertinente; formulación de hipótesis teóricas; metodología (con su corres­
pondiente marco teórico metodológico, planteo de un corpus necesario y pertinente y de
las operaciones que permitirán su abordaje); la bibliografía que se utiliza; y las conclusio­
nes. Esta guía ha sido planteada por Magariños de Morentín (2008:62-89), y el esquema
subyace a casi toda su propuesta semiótica.
procesos darán lugar a explicaciones parciales, que, en su desarrollo, permitirán
una aproximación a los fenómenos involucrados.

Lo que el arqueólogo o la arqueóloga deberán desarrollar es un conjunto
de operaciones analíticas que sea adecuado para aproximarse a la identificación
de mundos semióticos posibles:

Interpretar es una operación; por tanto implica la puesta en acción de
un determinado o de varios comportamientos, cuyas características es
necesario que puedan identificarse a partir de la observación, ya que,
de lo contrario, el término “interpretar” y sus transformaciones posibles
(“interpretación”, “intérprete”, “interpretante”, etc.) designarían una
entelequia, o sea, la pretensión de poseer lo que ya es perfecto y que,
en cuanto tal, no requiere del contraste empírico, lo que equivale al ab­
surdo (Magariños de Morentín, 2008: 247).

Es necesario entonces describir qué comportamientos intervienen en la
interpretación, y luego explicar cuál es la intervención y el resultado de ese o
esos comportamientos. Esta descripción reviste, para el caso de la interpretación
de imágenes arqueológicas (pinturas rupestres o grabados líticos) una doble ne­
cesidad: la de describir y explicar la interpretación que genera quien investiga
esos signos, y la de describir y explicar la aproximación a la interpretación (posi­
ble, y por lo tanto hipotética) de esos signos al momento de su producción, de­
terminados por ese momento histórico de esa comunidad.

Planteada la interpretación en estos términos, desde una perspectiva ope­
rativa, los mundos semióticos posibles involucran a un “desarrollo conceptual
mediante el cual se puede disponer explicativamente de la operación que se cons­
truya con el nombre de ‘interpretación’ como instrumento operativo integrante de
la disciplina semiótica” (Ibíd.) y no una perspectiva intuitiva de su significación
(propia de lo que sería la facultad semiótica inherente a la capacidad de interpre­
tar de todo organismo). A estas alturas, la continuidad de un análisis semiótico
implicaría su desarrollo desde la semiótica icónica (y sus posibilidades de identi­
ficación, reconocimiento e interpretación) que ahora intentaremos presentar, de
manera sintetizada, y a partir de un reciente trabajo de exploración interdiscipli­
naria para el estudio de un grupo de imágenes producidas por la cultura Aguada.
Esta cultura se extendió en una región amplia del noroeste argentino, entre los
años 550 y 1000 de nuestra era. Se caracteriza por compartir en toda su área de
distribución una temática iconográfica que incluye motivos zoomorfos (felinos,
aves, ofidios, saurios), antropomorfos (tanto cabezas aisladas como figuras com­
pletas), geométricos y temas complejos a partir de diferentes combinaciones de
los mismos (figuras felínico-serpentiformes, antropo-felínicas). Estas representa­
ciones se resuelven de manera específica en diversos ámbitos. El que correspon­
de a la modalidad Aguada Portezuelo se desarrolla en el Sur del Valle de Cata-
marca, y es a la que se ha acotado el trabajo que aquí recuperamos (Baldini;
González Pérez, 2012).

La semiótica icónica plantea a su objeto de estudio (su signo) como aque­
llo a lo que se “[...] le atribuye la cualidad de suscitar en una mente la posibili­
dad de que se la considere como sustituyente de otra forma que no es la que se
está percibiendo” (Magariños de Morentín, 2008: 220). En este caso la configu­
ración del signo se da de la siguiente manera: (algo) una propuesta de percepción
visual, (que está en alguna relación) considerada como representación, (por algo)
destinada a la configuración de una forma, (para alguien) para su valoración por
parte de quien la percibe.

Las instancias de aproximación y análisis a las imágenes materiales vi­
suales, siguiendo a Magariños de Morentín (2005, 2007 y 2008:223-235), están
en relación a la identificación (o la forma que adquieren las formas), la represen­
tación (o la identificación de existentes en las formas) y la interpretación (o la
valoración de esas formas). Desarrollaremos este esbozo triádico en relación a
una de las imágenes que constituye el corpus del trabajo que citamos, a modo de
ejemplo.

Identificación

Se trata principalmente de imágenes que configuran existentes, y están
constituidas por sinsignos icónicos: “Un Sinsigno Icónico (...) es cualquier obje­
to de la experiencia en tanto que alguna de sus cualidades lo haga determinar la
idea de un objeto” (CP 2.2559). Por lo tanto, las plantearemos como imágenes
materiales visuales figurativas, y proponemos que generan una selección percep-
tual en sistemas posibles de existentes. Sin embargo, algunos aspectos plásticos
nos permiten identificar cualisgnos icónicos: “Un Cualisigno es una cualidad en
tanto sea un signo (...) una cualidad puede solamente denotar un objeto en virtud
de algún ingrediente común o similitud; de manera que un Cualisigno es necesa­
riamente un Ícono” (CP 2.25410). Por lo que también se trataría de una imagen
material visual plástica, generando una selección perceptual en sistemas posibles
de cualidades. Estos aspectos están dados en las formas utilizadas (líneas, cur­
vas, trazos uniformes) y los colores: ocre, rojo, pero principalmente en la relación
positivo-negativo. Algunos componentes también revisten un carácter concep­
tual, por lo que también se tratarían de legisignos icónicos, de imágenes materia­
les visuales conceptuales y de una selección perceptual en sistemas posibles de
normas. “Un legisigno icónico (...) es cualquier ley o tipo general, en tanto que
requiere cada instancia de éstos para representar (embody) una cualidad definida
que los haga aptos para actualizar (to call up) en la mente la idea de un objeto
similar. (...) Siendo un Legisigno, su modo de ser es aquel que gobierna Réplicas
individuales (...)” (CP 2.25811). Entonces se trataría de una imagen material vi­
sual por combinatoria de las tres anteriores, con el aspecto figurativo como pre­
dominante. Al considerar la interpretación, también encontramos con preponde­
rancia el carácter conceptual.

9 La traducción es nuestra. Incluimos la versión original a los fines de comparación del
lector o de la lectora: "An Iconic Sinsign [...] is any object of experience in so far as some
quality of it makes it determine the idea of an object" (CP 2.255).
10 La traducción es nuestra, del original: "A Qualisign is any quality in so far as it is a sign
[...] a quality can only denote an object by virtue of some common ingredient or similarity;
so that a Qualisign is necessarily an Icon" (CP 2.254).
11 La traducción es nuestra, del original: "An Iconic Legisign [...] is any general law or type,
in so far as it requires each instance of it to embody a definite quality which renders it fit
to call up in the mind the idea of a like object. [...] Being a Legisign, its mode of being is
that of governing single Replicas [...]" (CP 2.258).
Reconocimiento

Cada clase de estas imágenes (plástica, figurativa o conceptual) actualiza,
en la memoria del interpretante intérprete, unos atractores y no otros, que obligan
a poner en ejercicio diferentes procesos cognitivos en cada caso. Por este motivo,
Magariños de Morentín (2008) habla de las semióticas de la imagen visual (en
plural, no en singular), dando continuidad a la propuesta del Groupe ^ (1993) y
sus intereses en lograr dicha especificidad. El concepto de atractor está vinculado
a la memoria visual, en el sentido de que está conformado por determinadas re­
presentaciones mentales archivadas en esa memoria, las que se actualizan con la
percepción de la imagen material visual propuesta. Para Magariños es un conjun­
to de formas que está organizado con cierta constancia, por lo que se puede ha­
blar de la vigencia (contextual, es decir, para una sociedad en un momento de­
terminado), pudiendo dejar de estar vigentes en algún otro momento.

Para el caso de las propuestas perceptuales existenciales o figurativas, se
propone un reconocimiento de estas imágenes a partir de la configuración de
atractores existenciales. Aquí se considerará que la representación de las imá­
genes figurativas está basada en procesos de reconocimiento analógico. Estos
atractores se actualizan en base a componentes analíticos tales como: marcas,
ejes y contornos de oclusión. Se consideran componentes perceptuales que confi­
guran una forma agrupándose entre ellos hacia el interior y/o hacia el exterior.
Aunque no agoten las posibilidades de estudio de estos atractores, son los que
tomaremos en cuenta.
Magariños considera a las marcas como “la mayor porción de imagen cu­
ya percepción todavía no actualiza un atractor existencial” (Magariños de Moren-
tín, 2008: 228). Los ejes establecen información para el reconocimiento de la
forma de objetos, a partir de su disposición espacial (distribución de los ejes, con
sus ángulos de inclinación respecto del eje principal, Marr, 1982), su orientación
y el tamaño relativo. David Marr (1982) define a los contornos de oclusión co­
mo un contorno que se corresponde (en su representación) con una línea que
permite identificar, por ejemplo, una silueta, permitiendo incorporar, además,
una discontinuidad con el fondo. Para el autor: “(...) es simplemente un contorno
que marca una discontinuidad en la profundidad (...)” (Marr, 1982: 21812). Estos
conceptos son presentados en la semiótica icónica de Magariños como operacio­
nes específicas que permiten la intervención concreta en las imágenes. En nues­
tro ejemplo tendremos:

12 La traducción es nuestra del original: "[...] is simply a contour that marks a discontinuity
in depth [...]" (Marr, 1982:218).
Atractor cuerpo del sacrificador . Atractor cuerpo de felino
Interpretación

En un tercer punto, Magariños de Morentín (2008) propone tratar el efec­
to de sentido que permite actualizar una imagen material visual que con relación
a otras semiosis vigentes (determinadas por un tiempo y una comunidad) permiti­
rán la aparición de los discursos interpretativos. Esas otras semiosis también im­
portan, dado que ninguna por sí misma puede ser suficiente para la interpreta­
ción. Por este motivo se puede sostener que las imágenes materiales visuales no
significan por ellas mismas, sino que producen un efecto de mostración. En cada
caso (imágenes plásticas, figurativas o conceptuales) el efecto de mostración está
relacionado con la actualización del atractor correspondiente, y de cómo queda
éste (o estos atractores) configurados para la percepción, que puede darse en un
nivel de interpretación o también de eficacia creativa.

En el único caso que retomamos como ejemplo, pero que es representativo
del grupo de imágenes que conforman el corpus de la investigación que se ha
referido (Baldini; González Pérez, 2012) se trata de diseños que remiten a exis­
tentes concretos (el sacrificador en el caso analizado) y por ello se corresponde
con la semiótica figurativa. Pero también es posible sostener que está ocupando
un lugar en el sistema gráfico/religioso de la cultura que se analiza. Por esa razón
también puede considerarse desde la semiótica conceptual.

En el caso de las imágenes que venimos tomando como ejemplo, conside­
ramos que se puede demostrar una eficacia interpretativa dado que pueden identi­
ficarse felinos y sacrificadores (con sus respectivos elementos: cetros, hachas,
etc.) en los casos que se estudiaron. Pero también se puede hablar de una eficacia
creativa, ya que la sintaxis de esos atractores se modifica, y se presenta con parti­
cularidades y con características que permanecen en los diseños. En otras pala­
bras, estos atractores no se utilizan actualmente para la representación de felinos:
no tienen vigencia en nuestra sociedad, y para identificarlos en las imágenes refe­
ridas es necesario primero aprender a verlos, para luego poder reconocer la ima­
gen global. Es decir, existe una relación de semejanza-diferencia entre los atrac-
tores felinos y los atractores sacrificadores. Pero también existe una relación de
semejanza-diferencia con la forma representativa de otros sacrificadores dibuja­
dos por otras culturas contemporáneas a la que ha producido estas imágenes.
Continuando con la propuesta de Magariños, la interpretación puede completarse
con la interacción de estos sistemas gráficos con otros sistemas semióticos (ritua­
les, religión, arte, etc.) de la comunidad en la que tenían vigencia. En la investi­
gación, sin embargo, se recuperan desde la actualidad en relación a otros siste­
mas semióticos propios de los investigadores, que constituyen una tradición en su
interpretación (por ejemplo González, 1998; González y Baldini, 1991).

Podemos afirmar claramente que estas imágenes, al considerar su aspecto
figurativo, generan una relación de semejanza/diferencia con los existentes con­
cretos (el sacrificador, en el acto de sacrificio, para la cultura Aguada). Pero dada
la ausencia de palabra escrita en esa cultura, y la sintaxis de las imágenes (en
estos diseños y en otros encontrados en otros soportes) es posible sospechar que
puedan ocupar un lugar en un sistema, casi a la manera de legisignos. Sin embar­
go hay algo que no nos lo permite aseverar. ¿Por qué nos cuesta trabajo hacerlo
de manera segura y definitiva? Porque intentamos aproximarnos a los objetos
dinámicos que intervinieron, a esos contextos de producción que son muy dife­
rentes a aquellos de los cuales partimos. Afirmarlo sería plantear la existencia de
un mundo semiótico posible, el que puede ser aquel que esté relacionado a la
trayectoria interpretativa de esta corriente arqueológica, lo cual no significa que
no puedan existir otros.

Lo que la arqueología está planteando es intentar una aproximación a la
concepción de los objetos dinámicos, que inspiraron/motivaron la producción de
esos signos (y por lo tanto su interpretación situada, determinada en tiempo y
lugar), desde las posibilidades actuales. Esa distancia es la que se intenta reducir
con el apoyo de otros signos (otros documentos, como los registros escritos en el
caso de la investigación desarrollada por Ruiz y Chorolque, por ejemplo), que
también merecen una consideración similar al momento de su interpretación.

Desde la propuesta conceptual que venimos manejando, esto es posible
sostenerlo a partir de citas concretas de algunos autores. Por ejemplo, al tratar de
responder en qué tendría que cambiar la semiótica, y en el marco de los plantea­
mientos teórico-epistemológicos de la construcción semiótica de la historia, Ma-
gariños de Morentín considera que al intentar explicar la producción, interpreta­
ción y transformación de la significación de los fenómenos sociales “habría que
explicar el proceso de su producción para poder llegar a comprender el valor
semántico diferencial del resultado; lo que implica admitir al significado como
un resultado históricamente situado y no como una sustancia esencial y univer­
sal” (Magariños de Morentín, 2008:406). La interpretación es siempre contex-
tual, situada, y las maneras de percibir el mundo se transforman; las interpreta­
ciones cambian. Al decir de Peirce (CP: 2.302): “Un símbolo, una vez que existe,
se propaga entre los pueblos. En uso y en experiencia, su significado crece. Pala­
bras como fuerza, ley, riqueza, matrimonio, tienen para nosotros significados
muy diferentes de los que tenían para nuestros antepasados bárbaros” 13.

Cambian los objetos (se transforma el mundo) pero el representamen, que
permanece junto al objeto e interpretante inmediatos en el signo, se convierte en
una especie de elástico temporal/cultural que funciona a modo de aglutinante
entre los tiempos, intentando acercarlos (aunque nunca de manera definitiva ni
completa). Explicar su significado es una aventura interpretativa. Por ello propo­
nemos que la interpretación en arqueología no puede ser otra cosa que la genera­
ción de hipótesis.

4. Sobre la interpretación en las organizaciones
Considerar las posibilidades del funcionamiento del signo (y de los pro­
cesos de interpretación) en organizaciones, quizás sugeriría una perspectiva to­
talmente diferente de abordaje con respecto a la planteada en relación a la ar­
queología. Sin embargo, creemos que esta diferencia no resulta tan contundente.
Por este motivo es que nos interesó generar este contraste.

Al imaginar cómo sucede la producción, interpretación y transformación
de significaciones en un ámbito acotado, específico, como una organización

13 "A symbol, once in being, spreads among the peoples. In use and in experience, its
meaning grows. Such words as force, law, wealth, marriage, bear for us very different
meanings from those they bore to our barbarous ancestors" (CP 2.302).
cualquiera14 ¿es posible interpretar un signo producido por una organización? Ese
signo (o conjunto de signos) ¿puede ser interpretado de la misma manera por
quien pertenece a la organización como por quien es externo a ella? ¿Es posible
acceder, a partir de esa materialización, a los mundos interpretativos posibles que
lo han producido? ¿La operación de interpretación en las organizaciones es dife­
rente a la de los signos en arqueología? ¿Por qué? Entre estos cuestionamientos,
¿qué función cumpliría la semiótica? ¿Qué podría aportar? ¿Cómo se desarrolla­
ría una operativa semiótica específica en las organizaciones?

Un investigador, o una investigadora, interesado/a en estudiar algún fe­
nómeno vinculado a una organización (su comunicación, por ejemplo), abordará
una serie de manifestaciones producidas en un ambiente acotado y en un tiempo
contemporáneo a su intervención. Una organización produce una serie de mate­
riales de comunicación que están destinados a ser interpretados más o menos
inmediatamente (dependiendo de cuáles sean los propósitos de una organización:
no será lo mismo una empresa que brinda servicios de telefonía con fines de lu­
cro, que una asociación preocupada por solucionar problemáticas barriales), so­
bre todo, si esas comunicaciones tienen que ver con su funcionamiento.

A partir de un análisis de la función del signo, podríamos decir que su
producción involucrará al fundamento (ground), que es transmitido por un repre-
sentamen para un interpretante, en un momento histórico determinado en una
sociedad determinada (el contexto organizacional, con la amplitud que se defina).
La investigación sobre estos fenómenos se podrá realizar de manera contemporá­
nea, más o menos, a las formas vigentes de producir e interpretar esas semiosis.

Pero en ese proceso, también ha transcurrido el tiempo, generando, al
menos, la posibilidad de generar un cambio. Retomando a Magariños de Moren­
tín (2008: 408):

En esta interacción constructiva (refiriéndose a pensamiento, semiosis,
mundo como los elementos mínimos que intervienen en la identifica­

14 Y en tanto tales, con la posibilidad de estar atravesadas por diferentes rasgos institucio­
nales (siguiendo a Schvarstein, 2004).
ción ontológica del sujeto) la transformación de cada uno de los tres
elementos es constante, de modo que cualquier identificación que se
pretenda es instantánea y ya histórica, apenas enunciada. Puede descri­
birse la dinámica de las interrelaciones, proyectada hacia la inmediata
transformación futura o recuperándola desde la inmediata transforma­
ción ya cumplida, pero no puede enunciársela como estando ocurrien­
do, porque apenas enunciada, y como consecuencia de tal enunciación,
ya es otra.

De manera que, en esta corta historia semiótica (en unas semanas que
pudiera llevar un diagnóstico organizacional, o en el brevísimo lapso que nos
llevó escribir este párrafo), ya ha transcurrido tiempo, y, por lo tanto, se ha in­
corporado la posibilidad de transformación de las significaciones vigentes. Inme­
diatamente enunciado, el fenómeno referido (el diagnóstico organizacional o lo
referido en la cita de Magariños de Morentín) ya no es el mismo. La operación de
interpretación en relación a los fenómenos comunicacionales en una organización
consistirá en describir los comportamientos que ésta involucra y en explicar (la
intervención y el resultado de) esos comportamientos. En el ejemplo que veni­
mos desarrollando, el de la comunicación en una organización determinada, esta
interpretación se realizará a partir de lo que esté propuesto para un destinatario, a
partir de imágenes, comportamientos y objetos, y palabras (escritas y en manifes­
tación oral), o la combinación generada entre ellas. Quien investigue la comuni­
cación de una empresa, de un ámbito gubernamental, de un museo, o de la orga­
nización que fuere, deberá aproximarse a la descripción y entendimiento de los
objetos (nos referimos a una concepción más próxima a la idea de objeto dinámi­
co peirceano) que permiten (o “motivan " en palabras de Peirce) la creación de
los signos vigentes en esa determinada organización, en un momento determina­
do. Por lo tanto, al igual que en arqueología, la interpretación en las organizacio­
nes estará vinculada a la aproximación de los mundos semióticos posibles a partir
de un fenómeno organizacional (su comunicación, por ejemplo).

De manera similar a como intentamos explicar las imágenes en relación a
los intereses en arqueología, incluimos en este apartado un análisis de imágenes
producidas por una organización particular: un museo. Siguiendo el mismo análi­
sis que planteamos en el apartado anterior, desde los postulados de Magariños de
Morentín (2005, 2007 y 2008), las imágenes materiales visuales pueden estar
constituidas para mostrar: cualidades, existentes, normas o la combinación de dos
o tres de estos aspectos (que es lo más habitual), dando lugar a la identificación
de tres clases de imágenes materiales visuales: plásticas, figurativas y conceptua­
les, o a aquella que resulta por la combinatoria de éstas. En el caso de las imáge­
nes que se trabajaron en esta organización referida, se trata de imágenes que
constituyen su señalización visual interna, o señalética, y están producidas para
actualizar en la mente del intérprete diferentes clases de atractores, por lo que se
trataría de imágenes por combinatoria, pero con predominio de lo figurativo y lo
simbólico.

Identificación

El conjunto de imágenes que constituyen la señalética de este museo, es
un grupo de imágenes materiales visuales conceptuales, dado que en ellas pre­
domina la mostración de una sugerencia, una indicación, una prohibición, etc. Si
bien muchas de ellas incorporan fotografías que se pueden considerar específi­
camente como identificadoras de existentes (es decir, como imágenes figurati­
vas), encontramos íconos que incorporan una norma (tales como palabras, fle­
chas, el círculo atravesado con una línea transversal que en nuestra cultura actua­
liza rápidamente la indicación de que eso que la línea y el círculo ocluyen, está
prohibido). También encontramos gamas cromáticas específicas, y la utilización
del color para la identificación de espacios dentro de un plano. En conjunto, estas
imágenes y los otros elementos estrictamente simbólicos15 (palabras, flechas,
etc.), sugieren un recorrido, aconsejan poner la atención en determinados objetos,
y también prohíben. Por ello sostenemos que lo que predomina es el carácter

15 Retomando a Magariños de Morentín (2008) diremos que los elementos estrictamente
simbólicos son componentes de las imágenes materiales visuales que no poseen ninguna
referencia figurativa, tales como letras o palabras, números, flechas, líneas (continuas o
punteadas como en el caso de las imágenes que analizamos), entre otras que se pudieran
identificar.
conceptual. Dados los límites de un trabajo como el que desarrollamos, incluimos
solo algunos elementos a modo de ejemplo del corpus trabajado.

Reconocimiento

Como sostuvimos en relación al análisis de las imágenes arqueológicas,
cada clase de imágenes (plástica, figurativa o conceptual) actualiza, en la memo­
ria del interpretante intérprete, unos atractores y no otros. La complejidad de las
imágenes que analizamos radica en que actualizan atractores existenciales, por
un lado, pero que al incorporarse en un sistema, nos permiten identificarlos tam­
bién como atractores simbólicos. Las imágenes materiales normadas o concep­
tuales, que actualizan atractores simbólicos, se constituyen por la incorporación
de la convención social (una norma o una ley) a la imagen. Estamos frente a le-
gisignos icónicos, y en tanto tales el intérprete debe contar con el conocimiento
previo necesario, social y vigente, para su correcta decodificación. Los atractores
simbólicos que debe poseer el intérprete se organizan en un sistema (y en tanto
sistema será virtual), y por tanto tienen el carácter de tipos: “Estos y su sistema
pertinente preexisten, como estereotipos preconfigurados, en el ámbito social al
que pertenece el intérprete” (Magariños, 2008:226). Otra vez Magariños nos
propone considerar la vigencia de los atractores, esta vez simbólicos por las ope­
raciones mentales a que esta clase de imágenes conduce, por lo que su interpreta­
ción estará determinada por un momento específico en una comunidad particular:
el del museo que tomamos como caso de estudio.

Analizamos estas imágenes, también buscando su explicación a partir de
marcas, ejes, superficies de oclusión y conformación de atractores, como mos­
tramos en este ejemplo:
Interpretación

En consideración de la interpretación en las imágenes conceptuales, si el
investigador o la investigadora demuestran la preexistencia de un atractor simbó­
lico en la memoria del intérprete a partir de cuya relación extraerá el significado
actual, podrá demostrar su eficacia interpretativa. Por otro lado la eficacia creati­
va de la imagen podrá ser considerada si el investigador o la investigadora puede
mostrar el lugar en el sistema correspondiente de percepciones visuales social­
mente normadas donde este atractor simbólico se actualiza. Para ello este atractor
debe haber sido previamente aprendido y haber estado disponible en la sociedad
correspondiente para su uso. Las imágenes que analizamos, que conforman la
señalética del museo que estudiamos, no cumplen solo la función de identificar a
un existente en particular por lo que las podríamos considerar específicamente
figurativas, sino que además, y principalmente, están cumpliendo otra función: la
de identificar un lugar, la de explicar cómo hacer algo, las de prohibir, etc. Por
ello el efecto de mostración tiene que ver con el lugar que ocupan los signos en el
sistema, predominando el aspecto conceptual.
Las imágenes quedan subsumidas en un sistema, es decir, se constituyen
en tipos, por lo que se deben considerar con un predominio de su aspecto concep­
tual. El sistema que está virtualmente presente en estas imágenes se podría recu­
perar afirmando que: identifican espacios (como salas, sanitarios, biblioteca, u
otras dependencias de la organización), especifican la disponibilidad de servicios
disponibles (como los sanitarios, los cambiadores o el buffet), prohíben acciones
concretas (como fumar, ingerir alimentos o tomar fotografías) y aconseja otras
(como cuidar el museo), brindan información específica (tales como horarios,
visitas guiadas), entre otras.
Para esta clase de signos, la vigencia del sistema a partir del cual se ac­
tualizan, deberá ser constatado en los diferentes casos de interpretación, pues es
posible que si el museo es visitado por personas que procedan de otros lugares o
regiones, no actualicen estos atractores de la manera que el museo espera. Su
vigencia deberá demostrarse, por lo que será necesario entonces considerar los
mundos semióticos posibles.

Con todo, podemos sostener que la investigación sobre los fenómenos
comunicacionales, por más que se realice en el marco de una misma sociedad y
un mismo momento, deberá intentar explicarlos, a partir del establecimiento de
hipótesis, pues al transcurrir el tiempo, los fenómenos se transforman. Una inves­
tigación con estas características podría explicar la variación de las semiosis, las
hegemonías discursivas al momento del estudio, la aparición de nuevos bordes en
las formas enunciativas, y las posibilidades de que una manifestación pierda su
vigencia (Magariños de Morentín, 2008: 420-425).

La interpretación en los estudios de comunicación organizacional no
puede ser otra cosa que el desarrollo de hipótesis, y, como anticipamos en este
punto, deberá aproximarse a la descripción y entendimiento de los objetos (al
objeto dinámico peirceano) que permiten o “motivan " la creación de los signos
vigentes en esa determinada organización, en un momento determinado.

5. Conclusiones
En el planteo de cómo pensar la interpretación, en cuanto una operación
específica, hemos presentado esas posibilidades en relación, primero, a la arqueo­
logía, y luego a la comunicación en las organizaciones, de manera de reflexionar
sobre dos alternativas diferentes. Sin embargo, en cada instancia hemos conveni­
do en la necesidad de generar hipótesis para su explicación, considerando a la
interpretación como operación, y a la importancia del objeto. Pensamos en la
abducción, concretamente, cuando nos referimos a generar hipótesis.
Pero además, y siguiendo a Sebeok y Umiker-Semeok (1994), quienes
recuperan de Peirce la idea de que la abducción es omnipresente, y al describir
algo realizamos una proposición que

[como] declaración es abstracta, pero lo que veo es concreto. Hago
una abducción siempre que expreso en una frase lo que veo. La ver­
dad es que la fábrica de nuestro conocimiento, en su totalidad, es un
espeso filtro de pura hipótesis confirmada y limada por la inducción. El
conocimiento no puede dar ni el más pequeño paso adelante con solo la
observación, debe hacer a cada momento abducciones (Peirce, en Se-
beok y Umiker-Sebeok, 1994: 30. El resaltado es nuestro).

Esas hipótesis serían afirmaciones a priori, que permitirían generar algu­
na explicación sobre lo que vemos, que luego intentaríamos falsar. La formula­
ción de la hipótesis, ese intento de explicación de lo que un signo (o un conjunto
de signos, dependiendo de la propuesta de comunicación seleccionada) represen­
ta (o de aquello en lo que está sustituyendo) es un intento de aproximación al
objeto dinámico que lo ha generado.

Retomamos de nuevo a Peirce, quien en los prolegómenos a la definición
de signo se refiere a los objetos e interpretantes que éste implica:

A saber, tenemos que distinguir el Objeto Inmediato, que es el Objeto
como el Signo mismo lo representa, y cuya existencia es por lo tanto
dependiente de la Representación de él en el signo, del Objeto Dinámi­
co, que es la Realidad que de algún modo se las ingenia para determi­
nar el Signo a su Representación. (CP 4.53616) (El resaltado es nues­
tro).

Es esa “Realidad” (sin la intención de iniciar ahora una discusión sobre
las problemáticas vinculadas a lo óntico y lo ontológico) a la que debemos inten­

16 La traducción es nuestra del original: "(...) Namely, we have to distinguish the Immediate
Object, which is the Object as the Sign itself represents it, and whose Being is thus depend-
ent upon the Representation o f it in the Sign, from the Dynamical Object, which is the Real-
ity which by some means contrives to determine the Sign to its Representation" (CP 4.536).
tar aproximarnos al momento de interpretar un signo, y más aún al momento de
intentar explicar por qué produce una determinada significación y no otra.

Magariños (2008:103-104) plantea el hecho de que Peirce pueda decir
que un signo es capaz de transmitir “algo” de su objeto: “Coincide así con el
concepto intuitivo, en semiótica, de caos, en cuanto lo señalable (lógicamente)
pero indecible”. Ese algo que el signo transmite, que es tomado de su objeto,
para Magariños está en el pensamiento y no en el objeto específico. Al generarse
un signo, entonces, es el pensamiento el que recortará esa “idea” del objeto, y la
construirá como fundamento, a partir de “dos posibilidades teóricas: o bien el
signo sustituye al objeto en cuanto caos, diciéndolo por primera vez (supuesto
que Peirce excluye explícitamente: 2.231), o bien el signo sustituye, mediante un
nuevo decir, algo que estaba ya dicho (o pensado) acerca del objeto. ” (Magari­
ños, 2008: 103-104). Para los dos casos que hemos abordado en este trabajo,
resulta más fácil poder explicar, describir o definir cuál es el pensamiento invo­
lucrado en la producción de la señalética del museo-caso, pues se trata de una
propuesta perceptual más próxima a nuestras posibilidades interpretativas (prin­
cipalmente si las comparamos con las arqueológicas). Sin embargo, como pudi­
mos explicar, las transformaciones son posibles, y las determinaciones culturales
también, de manera que no se pueden dar por sentada ninguna significación única
y definitiva. Se debería considerar el desarrollo de hipótesis.

Para cualquiera de las investigaciones ejemplificadas, para cualquier in­
vestigación que tenga como propósito conocer el significado de un fenómeno, o
explicar cómo y por qué surgen las significaciones que de él se desprenden y
cómo y por qué éstas se transforman, será necesario realizar una aproximación a
los sistemas de producción de los discursos (en un sentido amplio) que resulten
interesantes para esa investigación. Es decir, será necesario aproximarse a un
conocimiento de esos objetos semióticos, a partir del establecimiento de mundos
semióticos posibles.

Comprendemos que los procesos de interpretación en las disciplinas so­
ciales y humanas deberían intentar aproximarse a la explicación del funciona­
miento del objeto dinámico (sin desconocer, por supuesto, la importancia de los
interpretantes peirceanos), ya que éste está conformado por aquello externo al
signo, pero que lo ha “motivado ” (impulsado, inspirado), atendiendo a las posi­
bilidades interpretativas (generación de interpretantes posibles) en cada momento
histórico que se pretenda estudiar. La interpretación en estos casos tampoco po­
drá ser otra cosa más que el desarrollo de hipótesis.

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Fragmentos semióticos: concepciones
y cambios en el folklore santiagueño
Lic. Roxana Velarde1
Universidad Nacional de Santiago el Estero, Argentina

1. Estado del arte. Interdisciplinariedad del Folklore
El folklore, disciplina científica, instaura como objeto de estudio expre­
siones culturales que se definían como bienes tangibles e intangibles del patri­
monio cultural. En los inicios de las disciplinas sociales, el folklore era definido
como un conjunto de mitos, creencias, rituales, leyendas, cuentos, usos y cos­
tumbres. La función del folklore era la búsqueda de soportes materiales que re­
presenten simbólicamente las identidades locales, regionales y nacionales, a par­
tir de la identificación de regularidades del fenómeno en estudio. Estas investiga­
ciones buscan identificar las invariantes estructurales de los textos folklóricos
sobre la base del pensamiento saussureano de lengua y habla, sintagma y para­
digma. Uno de sus representantes más destacado, Augusto Raúl Cortazar, siste­
matizó desde una perspectiva funcionalista su propuesta en Ciencia Folklórica
Aplicada (1976). Desde la lingüística, cabe mencionar la Semántica Estructural
de Greimás Algirdas y El Análisis estructural del relato de Roland Barthes,
mientras que desde la antropología se puede mencionar a Lévi Strauss con An­
tropología estructural.

1 Docente investigadora de la Universidad Nacional de Santiago del Estero, Facultad de
Humanidades Ciencias Sociales y de la Salud. Se encuentra en la fase final de elaboración
de su tesis doctoral en Semiótica, Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacio­
nal de Córdoba (CEA - UNC). Es Magíster en Comunicación Social y Licenciada en Sociolo­
gía. Desempeña la función de Directora en proyectos de investigación del CICyT-UNSE. Ha
publicado diversos artículos en revistas científicas y participado en un gran número de
congresos internacionales y nacionales. Muestra inquietud por la línea de investigación
semiótica y cultura.
Estos planteos son superados a fines de los sesenta y setenta por un abor­
daje del fenómeno folklórico en sus formas de acceder a la significación social y
como expresiones complejas en términos de una intertextualidad genérica, con
dimensiones procesuales, comunicacionales, sociopolíticas e históricas, donde la
categoría cultura se actualiza en los procesos de comunicación. De este modo se
fundamentan los postulados para un enfoque comunicativo del folklore. Su pri­
mer antecedente lo constituye la Etnografía del Habla, a partir del enfoque trans-
disciplinar, Dell Hymes reúne los métodos de la investigación folklórica y socio-
lingüística e introduce el estudio de la dinámica y variación de los fenómenos
socio-culturales.

La Etnografía del Habla constituye una transdisciplina que reúne a la
Lingüística en su análisis cualitativo, a la Antropología en la comprensión de
procesos culturales, a la Sociología en las variables cuantitativas y normas socia­
les, y a la Psicología en la estructura cognitiva del sujeto. A partir de ella, Dell
Hymes (1975) fija criterios de procedimiento para explorar las “dimensiones
performativas” de los actos de habla en contextos culturales particulares. Toma
como eje de su perspectiva la competencia/actuación y considera la redefinición
del folklore que realiza Ben Amos para delimitar la disciplina en la dinámica del
agente social y su audiencia, la evaluación de un texto en relación a la situación
contextual. Bajo esta propuesta Richard Bauman (1974) -desde la Antropología-
plantea la teoría de la performance, con énfasis en la actuación comunicativa, es
decir, en la instancia de validación del auditorio en la puesta en práctica de una
obra, la performance puede transformar la estructura social. El fenómeno de la
comunicación folklórica constituye discursivamente la manifestación espontánea
que identifica diferencialmente a un grupo. Los estudios de performance, propios
de la academia inglesa y norteamericana, se difunden en Latinoamérica en 1980.

Las nuevas perspectivas folklóricas advierten que la diversidad del en­
torno histórico, cultural y étnico ha permitido la aparición de espacios borrosos,
fluctuantes de la textualidad contemporánea en visiones interdisciplinarias como
la antropología literaria, los géneros mixtos, los palimpsestos, los sistemas enun­
ciativos polifónicos, los híbridos -entre otros-. Estos sitios de indefinición e in­
determinación genérica y textual, resultan significativos para lo folklórico que se
caracteriza por enfatizar la tradición, el pasado y configurar lo propio en lo iden-
titario diferencial. Por lo tanto, el mensaje folklórico forma parte de la red de
semiosis sociales que conforman procesos de resignificación constante. Cada
discurso remite al signo dinámico inserto en la semiosis social. Peirce distingue
el ‘objeto dinámico’ como proceso de una semiosis social y el ‘objeto inmediato’
como lo que se presenta al intérprete. El objeto dinámico abre las posibilidades
de significación de los enunciados en mundos posibles de interpretación que
conducen a prácticas, representaciones, creencias, valores del signo.

2. Desde la perspectiva de Magariños
En una primera aproximación a la “interpretación transformadora” o teo­
ría de la creación importa ubicar la historia de la semiótica, en el ‘tiempo del
conocimiento científico’ cuando en 1846, Thoms define al folklore como el saber
popular de usos y costumbres transmitido de generación en generación y se pre­
gunta: “¿cuánto de lo que es raro e interesante de ellos se ha perdido completa­
mente?, ¿cuánto puede aún ser rescatado mediante un esfuerzo oportuno?”. Este
constituiría, para Magariños, el momento previo del mundo2 del que se parte. El
momento posterior se sitúa en Argentina de los ‘80, cuando al folklore se lo foca­
liza en el ámbito comunicacional en referencia a lo identitario y en la compleji­
dad del siglo XX, donde el folklore ya no es anónimo, ya no es rural, no solo se
fundamenta en el código oral, sino que va más allá. Es cuando Juan Magariños se
pregunta: “¿qué hace que determinado fenómeno sea activamente folklórico?”.
Blache y Magariños de Morentín (1980, 1986 y, sobre todo, 1992) lo definen
como la identidad diferencial, efecto de significación que produce la circulación
de mensajes originados en códigos específicos que contrastan con los vigentes,
en otros ámbitos con los que interactúan y comprende a un grupo folklórico. Para
definir este concepto, los autores consideran que el vocablo folklore refiere a un

2 Juan Magariños de Morentín entiende "mundo" como: "los fenómenos o entidades del
entorno según el modo como se han hecho semióticamente perceptibles". Y al "entorno"
como "todo lo que rodea a un organismo, tanto lo percibido como lo no percibido" (Maga­
riños, 2009).
acontecimiento diferenciable o identitario en el conjunto de los hechos sociales
que fijan tipos específicos de procedimientos y acciones, expresados en mensajes
que se emplean pragmáticamente en una comunidad, en un tiempo y espacio. El
folklore se encuentra en la estructura cognitiva y material de la comunidad con­
formando un código convencional que da significación a las formas de sus enun­
ciados, en metacódigos regulativos condicionados por las normas que definen
nuevos modos de comportamientos. Por lo tanto, el mensaje es actual e histórico.
Es actual porque incorpora y asimila nuevas miradas, acciones que se integran
lógicamente a la “estructura significativa homóloga” pre-existente. La tradición
folklórica tiene la capacidad de conservar significados de tiempos ancestrales. El
anclaje del folklore en el pasado conlleva a valorar lo antiguo, y buscar las hue­
llas o marcas que lo hacen fiable y auténtico como resultado de un proceso en
construcción continua y/o discontinua. Sobre este marco, Magariños (2007) afir­
ma que “toda creación es la transformación de un conocimiento previo”. En ello
subyace que “la historia es la emergencia del cambio”.

Siguiendo las reflexiones semióticas de Magariños acerca de las trans­
formaciones sobre la historia del entorno, se advierte desde su enfoque dialécti-
co-diacrónico, que “el enunciado construido por el fenómeno y el fenómeno ela­
borado en el enunciado”, en su tiempo presente, es resultado de un proceso de
transformación de otro/s enunciado/s precedente/s. El fenómeno, como conse­
cuencia o antecedente, “sitúa en la historia a toda la relación constructiva del
significado, o sea, no puede prescindir de tomar en consideración al cambio”
(Magariños, 2007) 3.

Lo curioso de su propuesta es considerar, en la historia de todo sistema
semiótico, la verificación en “relación de necesariedad”, propias de las transfor­
maciones identitarias y en las alternativas de interacción interna entre los signos
que componen un sistema semiótico específico (icónico, indicial o simbólico),
con sus consecuentes cambios en la disposición perceptiva de nuevas entidades y

3 "La humanidad, la facultad semiótica y la historia del entorno". Ponencia presentada por
Juan Magariños de Morentín, en el VIII Congreso Nacional y II Congreso Internacional de la
Asociación Argentina de Semiótica. 7-10 de noviembre del 2007. Rosario, Argentina.
relaciones que dan lugar a una creciente “transformación del entorno en el mun­
do”. De igual modo, el estudioso se ubica en el mundo óntico y advierte, que las
transformaciones cognitivas se encuentran en la historia de las enunciaciones que
el ser humano puede expresar de acuerdo al estado histórico de sus sistemas se-
mióticos.

Una historia semiótica precisa registrar el modo en que signos específicos
concluyen con su aptitud identitaria de entidades del entorno, y el modo en que
otros signos manifiestan una demanda de eficacia para elaborar otras identidades
que a pesar de ser las mismas en esencia se transforman en elementos de otro
mundo. Para Magariños, la historia semiótica necesita de relaciones entre: una
semiosis socialmente disponible y reconocida en su eficacia; una situación de
enunciación; un conjunto de intérpretes que captan el nuevo concepto; “la textua-
lización de ese nuevo concepto en una nueva situación de enunciación”; resisten­
cia o desacuerdos de los nuevos intérpretes que generan los límites o bordes de la
semiosis considerando la textualización histórica; la disconformidad hace emer­
ger la necesidad de construir semiosis que satisfagan las demandas identitarias;
entonces se forman semiosis experimentales que van configurando la identidad
emergente mediante lazos entre las semiosis que anteceden y las que se van for­
mando. De lo expuesto se observa que, los cambios en los discursos, semiosis y
enunciados se dan de modo gradual ajustándose a percepciones que preceden y a
otras que intentan surgir. El proceso de legitimación se encarga de sedimentar las
identidades.

La invención de la escritura permite la conformación de un nuevo tipo de
comunicación cultural que hace posible la conservación y transmisión de los
textos configurando redes de cambios. Las transformaciones que sufren pueden
ser vistas como un deterioro o no del texto primero. Volviendo a nuestro ejemplo
del tiempo de conocimiento científico, se pasa de un predominio del mundo an­
tropológico a un énfasis del mundo semiótico, en la concepción del folklore,
donde no se excluye lo anterior (borde 2)4 sino que se lo completa y profundiza

4 El borde semiótico se constituye "a partir del campo propio construido con la explicación
del significado de los fenómenos sociales (estado vigente de representación/interpreta­
en un borde 1, porque el objeto de estudio ya no es una unidad empírica sino una
semiosis. La modalidad en que se percibe semióticamente el objeto de estudio, a
partir de lo que permanece, lo que cae en desuso (Borde 2) y lo que cambia (Bor­
de 1) en enunciados, donde reside lo percibido (mundo semiótico anterior) y lo
que se percibe (mundo semiótico).

Los enunciados brindan un panorama cognitivo, a partir del “archivo”,
instrumento metodológico de análisis que refiere al “lugar del margen de nuestras
propias prácticas discursivas” y abre la reflexión del sí mismo acerca de discon­
tinuidades o no, de la historia. Por lo tanto, el diagnóstico establece que nuestro
conocimiento es la diferencia de lo dicho, nuestro pasado lo distinto de los tiem­
pos. (Foucault, 1969/2002:222, 223). El registro de los enunciados implica perci­
bir o proyectar, lo que ya no es lo percibido o proyectado, asimismo circunscribe
alternativas de transformación en la operación de interpretación porque media el
instante que ya pasó (Cf. Magariños, 2007).

Por lo tanto, una historia de facultad semiótica se configura en relaciones
que guían el proceso de interpretación en:

1- Viejo texto y entorno: semiosis socialmente disponibles que identifican lo
percibido por una comunidad.

2- Enunciado y significación: se da en la situación de enunciación donde se
producen textos5 con existencia ontológica diferente a lo ya dicho porque es
una nueva situación, a la vez que recupera lo percibido.

3- Significado e identidad: configura “el ser del mundo” en pasos cognitivos
que comprenden intérpretes que perciben la enunciación y la interpretan.

4- Disconformidad y entorno: los nuevos intérpretes reorganizan lo significativo
de su percepción en el borde de su semiosis disponible a partir de la textuali-

ción). Se alcanzan sus bordes como delimitación originada a partir del límite a la vigencia
de las operaciones de producción, interpretación y transformación en el campo propio de
las significaciones disponibles" (www.magarinos.com.ar).
5 El texto es "Discurso sin semántica [....] fenómeno existencial o percibible de relaciones
sintácticas" (Magariños, 2008).
zación histórica comienza una pérdida de competencia de los sujetos que la
producen.

5- Nuevo texto y entorno: encierra la producción de semiosis que proponen la
configuración de relaciones diferentes a las que precedieron permitiendo el
desarrollo de identidades emergentes (Cf. Magariños, 2008).

En el análisis dialéctico-diacrónico, la relación entre enunciados muestra
la presencia y construcción significativa del diálogo. Los cambios se advierten en
la enunciación de conceptos que producen significados históricamente situados.
(Magariños, 2008: 406, 413, 414).

De lo expuesto nos preguntamos: ¿es posible efectivizar una historia de
los sistemas semióticos?, ¿cómo? Magariños responde a ello proponiéndonos un
procedimiento científico desde la Semiótica de los Bordes. Por el momento exce­
de nuestra posibilidades alcanzar esta meta, sin embargo, es posible partir de una
problemática para esbozar y reflexionar sobre el proceso de interpretación de
enunciados propuesto por Juan Magariños en Semiótica de los Bordes y respon­
der a ¿cómo se mantiene la identidad de la chacarera en sus agentes-
productores?, ¿qué ha cambiado?, ¿sigue el ritmo de los cambios del entorno o va
desfasado en el tiempo?, ¿qué tiempo respeta? Tal vez cometemos el error de
aplicar el proceso de interpretación con un alto nivel de síntesis en estas pocas
páginas, de todos modos lo intentaremos.

3. El sujeto y su identidad
Desde la Semiótica de los Bordes (2008), en el sujeto productor e intér­
prete converge pensamiento, semiosis y mundo, elementos que en su dinámica
proyectan el pasado, presente y futuro esperado. El folklorista afirma que su pro­
ducción deviene de sus experiencias y emociones fundamentalmente por eso -
parafraseando a Magariños- el significado resulta de situaciones en el tiempo y
espacio, lo que permite reconocer al sujeto en “instancia de tránsito”. Por lo tan­
to, ayuda para el análisis del sujeto productor comentar algunos datos biográficos
que, de alguna manera, enmarcan trayectorias discursivas que se objetivan en la
colectividad y colaboran en el proceso de conocer rasgos identitarios de la san-
tiagueñidad.

Es necesario advertir que el orden en que se presentan los datos de los
folkloristas escritores corresponden a su aparición vinculante con percepciones,
opiniones y convicciones que surgen en los apartados siguientes del trabajo.

Elsa Corvalán

Nació en Santiago del Estero, en 1942. Es docente, profesora de danzas,
escritora y cantante. Empezó a cantar como profesional a los 13 años ayudada
por su padre, integrante del Dúo Jugo-Corvalán. La contrató la radio emisora
LV11 “Radio del Norte de Santiago del Estero”. Cantó en actos escolares e in-
cursionó en el tango junto a Luis Napoleón Soria, integrante de la Orquesta Típi­
ca. Comenzó a hacerse conocer como escritora hace aproximadamente 7 u 8
años, con “Canto a Monte Quemado”, musicalizado por Onofre Paz (Manseros
Santiagueños). Vivió siempre en Santiago salvo dos períodos de cinco años, uno
en Buenos Aires, otro en Tucumán. Su obra quedó plasmada en tres long play y
en una grabación que realizó el Dúo Jugo-Corvalán como despedida, en donde
participó como solista y tocó la guitarra entre los ‘80 y ‘90. Después, como escri­
tora, publicó dos libros: uno, Reflejos del alma, de poesías; y el último, titulado
Más allá, nombre inspirado en sus seres queridos que ya no están, contiene foto­
grafías de su carrera. También Escribió: “Misterio de Monte Quemado”, “Mi
hijo, mi amigo”, “Quiero quedarme”, “El regalo”. Fue invitada a escribir la letra
de la canción identificatoria del Pre-Cosquín santiagueño.

Juan Carlos Carabajal

Nació en Quimili, dpto. Moreno, de la provincia de Santiago del Estero,
en 1943. Es maestro de grado. Casado. Los padres eran de Clodomira y fueron a
Quimili en la década del ‘30. Su familia conoce la música a través del hermano
mayor. Él tocaba tangos con una cuerda, leyendo las letras, en dos revistas espe­
cializadas: El alma que canta y Cantaclaro. Aprendió por transmisión espontá­
nea, de ver tocar. Comienza a escribir canciones en la adolescencia. Se considera
un autodidacta. En su época de estudiante del Instituto Incorporado de La Banda
Bernardino Rivadavia, integra el grupo “Los forasteros”, con Felipe Rojas, el
poeta, y Elizondo Crespi. Aprendió a hacer las voces, le enseñó a sus hermanos y
formaron un grupo familiar denominado “Los hijos del sol”. Era un grupo del
pueblo. Se va a vivir a Santiago en 1979. Una de sus primeras composiciones fue
“Entra a mi hogar”. Dirigió la revista Santiago, guitarra y copla, de la que se
publicaron 46 números, más 4 suplementos de canciones. También escribió: “Ya
no vendrás”, “La navidad sachera”, “Ojos de cascarudo”, “Cavando un chilalo”,
“La mesa”, “Para los ojos más bellos”, “Lunita alúmbrame con tus destellos”,
“Que lejos quedo mi pago”, “Hermano Kakuy”, “Sinfonía silvestre”, “Llave y
candado”, “Rumor de Salamanca”, “De buenos y malos”, “Corazón de perro”,
“Sinfonía silvestre”, “Monte milenario”, “Como siempre a las tres”, etc. Ha es­
crito con Peteco Carabajal, Omar Cardozo, Pablo Carabajal, Leandro Lovato. Su
actividad laboral hasta mediados de los ’90 era de locutor en un programa de
radio. Empieza a cantar cuando integra el grupo “El Rejunte”, en 1994. Luego, se
dedica a cantar sus canciones, interpretarlas haciendo un recital con narraciones,
con algún cuento, con referencia a sus experiencias de viajes. Actualmente escri­
be “El sillón de mi abuela”y “Viejo boliche de cam po”. También está armando
el proyecto “Sonkoy Santiago” que puede convertirse en un programa de radio,
una revista, un CD. También sale por internet en el programa “Mateando con
Juan Carlos”. Además, prepara un espectáculo que incluye un par de bailarines,
lo que le permite mostrar canciones nuevas, irlas probando para grabar el disco
volumen 3, titulado De pueblo en pueblo.

Felipe Rojas

Nació en la ciudad de La Banda, en 1945. Se recibió de Técnico Mecáni­
co en la escuela industrial. Desde adolescente comenzó a escribir. Participó de
innumerables concursos literarios y de poesía obteniendo los primeros lugares.
Vivió en la Banda hasta los 20 años y migró a Buenos Aires por un porvenir me­
jor; regresó a Santiago con éxito y tuvo que residir entre Santiago y Buenos Ai­
res. Cumplió 42 años de casado y está muy feliz con su hijo. A su abuela, Clo­
domira Rojas, le gustaba mucho la poesía y realizaba reuniones en su casa para
compartir el arte de recitar y cantar. Su abuelo Ibañez era escritor, narrador y
coplero. Dominaban el quechua. Su padre era amante de la música y siempre lo
motivaba regalándole discos de jazz y otros géneros. Al iniciar su carrera se ins­
piró en Agustín y Carlos Carabajal. Escritor de innumerables canciones, tales
como: “Para el río que se va” (zamba), “Concierto Azul” (zamba),“La del Ve­
rano” (chacarera), “Los Hombres de la Noche”, “Tata cantor” (chacarera),
“Zamba de mi querencia” (zamba), “Entre la Infancia y el Hombre” (gato),
“Desde siempre y para siempre”, “Dulce mujer” (chacarera), entre otras. Se iden­
tificó con el estilo y la forma de escribir de Marcelo Ferreira. Prtenece a la van­
guardia del folklore. Falleció en junio del 2011.

‘Cuti’ Carabajal

El conocido folklorista Raúl Carabajal nació en La Banda, el 3 de marzo
de 1947. Hijo de Francisco Rosario Carabajal y María Luisa Carabajal, hermano
de Carlos Carabajal, conocido como “el Padre de la Chacarera”. Tiene 61 años y
vivió en Santiago del Estero hasta los diecisiete años. Actualmente vive en Bue­
nos Aires, desde hace más o menos 35 años. Es separado y tiene cinco hijos.
Comenzó a cantar en la escuela primaria, la escuelita “Quemes” del barrio Los
Lagos, en La Banda. Ya a los 7 u 8 años tocaba la guitarra y cantaba con la fami­
lia y en la escuela. Poco a poco la familia Carabajal se fue haciendo sinónimo de
chacarera: fueron Agustín, Héctor y Carlos Carabajal los primeros que incursio-
naron por Buenos Aires, y luego le siguieron “Cali”, Graciela y “Cuti”, entre
otros. Este último aprendió música y canto de su hermano Agustín. En los prime­
ros tiempos, “Cuti” formó parte del grupo “Los Carabajal”, compuesto también
por otros tres integrantes de la familia: Cali, Roberto y Carlos. Ellos musicaliza-
ron a Chazarreta y a los Hermanos Ríos. Luego incursionó en los Manseros San-
tiagueños. Compuso una primera chacarera con Marcelo Ferreira, llamada “Her­
mano Coplero”. También compuso “Coplas para mi hermano”, dedicada a Agus­
tín, que falleció en el ’75 mientras “Cuti” estaba en España. A su pago dedicó
muchas canciones, como el escondido que se denomina “Aquel tiempo de mi
infancia”. Los Carabajal participaron de todos los festivales del país, empezando
con Cosquín, Jesús María, Villa María, Baradero, La Chaya, El Limón (Tucu-
mán), y por otros países como, Uruguay, cantando en el festival del durazno, en
Bolivia, en Paraguay, en Estados Unidos (en Nueva York, cantando para una
colonia argentina, y también en Orlando y Nueva Jersey), España, Francia, Ale­
mania, Japón. “Cuti” se relacionó con grandes escritores como Ariel Petrocelli,
Oscar Valles, Julio Fontana, Trullenque, Roberto Ternan, quienes detectaron sus
condiciones de músico.

Pedro Navarrete

Nació en Villa Silípica, provincia de Santiago del Estero, en 1956. Cursó
la escuela técnica y se recibió de Maestro Mayor de Obras. Vive en Santiago del
Estero en la casa paterna. Va constantemente a Buenos Aires. Su abuelo y su
padre sentían una gran atracción por la música folklórica. Comenzó a cantar a los
15 años, con dos amigos del barrio. Siendo adolescente, grabó con el Cuarteto
Shunko, luego transformado en trío y dúo. A los 19 años perteneció al grupo
“Sombras Azules”. En el ‘78, a los 22 años, escribió su primera canción con Car-
litos Navarro. Luego cantó en La Banda del Río Dulce. Sin embargo, recién en la
década del ‘80 empieza a componer letras, como: “Chacarera del barrio”, “Si,
Soy Santiagueño” (chacarera, letra y música), “Santiago, estoy volviendo” (re­
tumbo, letra y música), “Hermano Quenero” (letra y música), “Chango me di­
cen” (chacarera, letra), “Romance para Juan Saavedra” (música), “Río Dulce de
Santiago” (zamba, letra y música), “El patio de Froilán” (chacarera, letra y músi­
ca), “Pañuelo para los ojos de Shunko” (zamba, música), “No te olvidaré” (músi­
ca), “Gato del bailarín” (gato, letra y música), etc. En el ’86 grabó su CD. Acom­
pañó en Cosquín a Alfredo Ábalos, tocó entre amigos con Hugo Díaz, compuso
con Pablo Trullenque. Actualmente elabora con Miguel Simon un CD.

Enrique Marquetti

Nació en Santiago del Estero, en 1966. Tiene estudios secundarios. Casa­
do con dos hijos. Sus tíos maternos han tocado la guitarra, aunque no de un modo
profesional. Su madre es profesora de piano. Se inició en la escritura de cancio­
nes a principios de los ‘90. Comenzó a cantar en el grupo “La Brasa”, en el ’83,
contagiados por el gran movimiento musical que encabezaban Peteco Carbajal,
Jacinto y Juan Saavedra (integrantes del grupo “Los Santiagueños”), “Los Cara­
bajal”, el Chango Farías Gómez. Addmiró a Alfredo Ábalos y a otros menos
conocidos como Pablo Real y Carlos Luis Poutiño. Luego “La Brasa” se separó y
Marquetti reinició el grupo en 1999 con otros integrantes. Durante los dos años
de separación, trabajó con Juan Saavedra formando un grupo de teatreros, percu­
sionistas, cantores y bailarines. La nueva integración grabó su primer disco en el
2002 y el segundo en 2008. Escribió “Un mensaje para el corazón”, “Chacarera
del peregrino”, “Donde se esconde el corazón”, “Salamanca fiestera”, “La unión
de las almas”, “Sueño de amor”, “Hacia la eternidad”, entre otras.

Marcelo Mitre

Nació en Santiago del Estero, en 1968. Vive junto a su madre e hijo en
Santiago del Estero. Anteriormente, vivió dos años en Córdoba y siete en Río
Tercero. Es separado. Sus tíos-abuelos paternos fueron escritores. Aprendió mu­
cho de Carlos Carabajal. A los 18 años de edad trabajaba con su padre vendiendo
seguros. Como músico, primero acompañó a Horacio Banegas, Carlos Carabajal,
Néstor Garnica, Saavedra. Luego se convirtió en solista, al mismo tiempo que
componía junto a Raly Barrionuevo, Demi Carabajal y Jorge Luis Carabajal. Se
inició profesionalmente cuando grabó sus primeras canciones folklóricas. Su
primer trabajo discográfico, La gloria del Jumial, remarca su condición de cantor
de chacareras y su intenso amor por la tierra madre. El paisaje y la vida sencilla,
así como el amor, son los principales tópicos de este primer disco. Actualmente
está grabando su segundo CD, sin nombre aún, pero cuya temática está más vin­
culada con un fuerte contenido social, donde el músico afina su creatividad y
aborda diferentes temáticas musicales, aunque sigue haciendo hincapié en aque­
llas que reivindican sonidos de su tierra. Acompañado de sus músicos (Ariel San-
tillán, Santiago Frías, Mariano González, Alejandro Bravo, Martín Alcorta y
Eduardo Mitzoguchi) recorrió diferentes escenarios del país. Empezó a escribir a
los 25 años, en diciembre del ’93, cuando junto con Fortunato Juárez escribieron
“Santiago en Llamas”. Sus principales canciones folclóricas escritas fueron
“Camino a Telares”, “Desde la Alsina hasta el sol”, “Digo La Telesita” y “Nues­
tra Tierra”. Actualmente, a los cuarenta años de edad (2008) trabaja en la edición
de su segundo disco.

“Dito " Barraza

Edgardo Barraza, apodado “Dito”, nació en 1970 en Santiago del Estero.
Cursó estudios secundarios y terciarios completos. En la actualidad es profesor
de música, también digitopuntor, reflexólogo y paramédico radiólogo. Aparte de
su desempeño como empleado público, por la mañana y por la tarde enseña gui­
tarra. Como escritor lleva 20 años. Vive con su esposa y sus dos hijas. Comenzó
a los 8 años con una guitarra, regalo de sus padres, con la que interpretaba espon­
táneamente. Tuvo antecedentes musicales en su familia: su abuelo, Pastor Barra-
za, y su tío, el armonicista Hugo Díaz. Tomó clases con Nono Corvalán, Chuni
Cardoso y Franklin Ponce. Influenciaron en su música “Los Cantores del Alba”,
específicamente Tutú Campos, José Herrera de “Los Sin Nombre”, Chino Rodrí­
guez, Alfredo Ábalos, Guillermo Guido, Juan Antonio Ferreyra, Luis Miguel.
Sus primeras composiciones surgieron en su época de adolescente. El estallido
social de 1993 contextualizó su vinculación con el folklore, momento en que
compuso la música para un radioteatro titulado “Con la piel maldita”. También
escribió una canción a pedido de la vice-gobernadora en ese período, Nina Ara­
gonés de Juárez. Luego de una pre-selección a nivel nacional, salió elegido como
solista. Representó al Colegio Nacional. En Saldán (Córdoba) ganó el primer
premio en esa categoría. Compartió letras y música con otros autores. Su material
no es solamente folklore, sino que comprende también baladas, como “Sueño de
Amor”. Su música cuenta con títulos como “Runa Uturungo” (indio tigre) y “Per­
fume a jazmín”.

“Tacko " Juárez

Carlos (Tacko) Juárez nació en la provincia de Buenos Aires, en 1983.
Durante sus primeros meses de vida, sus padres vuelven a vivir a Santiago del
Estero, en el barrio Ejército Argentino. Tiene estudios secundarios completos.
Casado con un hijo. Actualmente, reside en la ciudad de La Banda. Cuando chi­
vo, su madre le cantaba chacareras, gatos, etc. En la familia tiene tíos maternos
folkloristas del pueblo de Frías, cantores de serenatas y cumpleaños. Su hermano,
quien le enseñó los primeros acordes, también es músico. Luego, Roberto Le-
desma, profesor de música, continúo enseñándole. Desde 1993 está formándose y
creciendo en el ámbito de la música. Comienza a escribir a los 18 años (en 2002),
junto a Omar Cardozo. Ha escrito “Herida del tiempo”, “Huacke” (hermano),
“Ñaupa” (pueblo), “No dejes de soñar”, “Por siempre luz”, “Luz Mineral”. Inte­
gra el grupo “Semblanzas”, hoy llamado “El Salitral”, integrado por Fernando
Maldonado (primera guitarra y primera voz), José Paz (primera guitarra y tercera
voz), Federico Collado (bajo), Facundo Montenegro (percusión) y Tacko Juárez
(primera voz y guitarra). En su primera grabación contaron con el apoyo del Pul­
po Heredia y gente joven como Franco Ramírez, Pablo López, Pablo Caro, Ma­
riano Paz, Omar Cardozo, Cristian Páez. Reconoce haber trabajado como ayu­
dante en la construcción, chapista, vendedor ambulante, limpiacoches. También
ha trabajado en un telecentro, en un ciber. Actualmente aprende la docencia en la
música de la iglesia, enseña guitarra, orienta en el canto. En lo artístico, el grupo
grabó dos “demos”: el primero, en la iglesia “Espíritu Santo”, denominado Sem­
blanza y generación salitre; el otro fue el premio de la “peña del rancho” como
grupo “revelación” (2001), denominado Por siempre luz. Grabaron su primer
disco Luz Mineral. Admira a Horacio Banegas, Peteco Carabajal, Juan Carlos
Carabajal y Jacinto Piedra.

Horacio Banegas

Nació en Santiago del Estero, en 1954, en el barrio 8 de abril. Se crió en
Tala Pozo, hoy barrio Almirante Brown. Cursó hasta 4° año de la escuela secun­
daria. Vive con su mujer y tiene tres hijos. Reside entre Santiago y Buenos Aires.
Proviene de una familia de vidaleros humildes. Inicio su carrera junto a su her­
mano Coco, formando el Dúo “Los Banegas”, a los 11 años de edad, cantando en
asados y entre amigos. En los ‘60 admiraba al grupo “Los cantores de Salavina”,
integrado, entre otros, por Agustín Carabajal y Antonio Ramírez. Luego se in­
corpora a “Los Tobas”, grupo tradicional con quienes graba 4 long plays. En los
‘70, a los 15 años de edad, escribe sus primeras letras: “El arenero” y “Juan la­
brador”. Sin embargo, postergó su carrera 20 años cuando nació su primer hijo
porque necesitaba un sueldo. Hacía trabajos extras para pagarse el pasaje e ir a
cantar. Es un lector permanente. Ha dado charlas en el programa cultural “Café
Cultura” de Córdoba. Participó como músico en el grupo “Los santiagueños”,
con Alfredo Ábalos, Eduardo Ávila y Sixto Palavecino. Luego se convierte en
solista. Es autor, compositor e intérprete de La misa santiagueña. En 1990 realiza
un ciclo musical, Mensaje de chacarera, junto a Jacinto Piedra y Juan Saavedra.
En 1992 lanza su primer disco como solista, Mi origen y mi lugar. A éste se
agregan, como trabajos discográficos, Pertenezco a este mundo, Proyecto Sinta­
xis, Ciudad desierta, El color de la chacarera e Inmediaciones. Es compositor de
temas como “Hilando sueños”, “Santiago es pueblo que canta”, “Para cantar he
nacido”, “Huayno de mi infancia”, “Mensaje de chacarera”, “La ciudad desierta”,
“Chacarera del sol”, “Allá vamos”, “Donde se junten los tiempos”, etc. En el año
2001 realizó el ciclo cultural El arte de las inmediaciones (arte y pensamiento),
que se desarrolló en la Universidad Nacional de Santiago del Estero. No pensó
que su vida sería ser cantor, compositor y escritor del folklore santiagueño y lo
resume así en los versos de Síntaxis: “Síntaxis de vida / quimérica voz que me
eleva” (noviembre, 1992).

“Toño” Rearte

Juan Antonio Rearte comienza definiéndose como obrero de la cultura.
Nació el 14 de octubre de 1952, en la provincia de Buenos Aires, habiendo cum­
plido a la fecha más de treinta años en el oficio de cantor intérprete. Vive con su
esposa e hija, en Buenos Aires. Sus padres lo llevaron a Santiago a los tres años.
Se radicaron en La Banda. En el año ’55, se vio afectado por parálisis infantil, lo
que le ocasionó la renguera de la pierna derecha. Cuando empezó a cantar, lus­
traba en el centro de La Banda. Vivió en Villa Juana, cerca de la casa de Los
Carabajal. En referencia a antecedentes familiares en el ámbito folklórico, re­
cuerda que su padre tocaba la guitarra y cantaba. Después, con el tiempo, su
hermano Daniel bailó en la academia de La Banda con Laurencio Acuña y Ra­
mona Barraza. Tocaba la guitarra y cantaba, pero no profesionalmente. A los 16
años ingresó al cuerpo polifónico de esa ciudad, dirigido por el profesor Franklin
Ponce, quien lo bautizó como “Toño” Rearte. Participó en el “Alero Quechua”.
Debutó en la vieja LV11, con Juan Carlos Gigli, en el programa Ruta 34. Llegó
donde vivía Hugo Díaz, su madrina Victoria Díaz y su padrino Domingo Cura.
En su agradecimiento nombró a Carlitos Sánchez, a los Tucu Tucu, a Ricardo
Romero, a Bulacio, a Pérez, porque ellos fueron los primeros que lo llevaron a
Cosquín. Y a Armando Tejada Gómez, Lima Fontana, Ariel Petrocelli, Miguel
Ángel Reyes, Chacho Santa Cruz. Según sus propias palabras: “había alguien en
particular que siempre me ayudó y me apoyó mucho; fue Agustín Carabajal”.
Continuó nombrando a Carlos Carabajal, la gente del Alero Quechua, Felipe
Corpus, Don Sixto, Eduardo Manzur, que fue el que lo ayudó en el proyecto del
primer CD, cuando grabó Santiago del Estero y sus Coplas al País. Extendió su
agradecimiento al Chino Rodríguez, a Nico Rodríguez, a Los Tobas, a Los Sin
Nombre, a las Voces Bandeñas, a Jovita Subir, Elpidio Herrera y sus Coyuyos
Atamisqueños, Jacinto Piedra, a Trullenque, quien lo inició. También a Manolo
Gómez Carrillo, quien lo ayudó con su programa de Radio Nacional, llamado
“Tierra Firme”. En su recorrido como cantante, actuó en distintas ciudades, no
solo de Argentina, sino también de otros países. Estuvo radicado en París. Actuó
en Miami. Entre sus trabajos, además de Santiago del Estero y sus coplas al país,
podemos contar Entre amigos y Recuerdos. Estas actividades se complementaron
con las de producción, como el caso del coplero Lázaro Moreno.

De lo expuesto se advierte como lugar de origen los departamentos Silí-
pica, Banda y Capital, los nacidos en la provincia de Buenos Aires se criaron en
Santiago del Estero, razón por la cual se consideran santiagueños. Las activida­
des artísticas obligan a algunos de ellos a residir prácticamente en dos lugares a
la vez, mayoritariamente, Santiago del Estero y Buenos Aires. Lo que justifica la
nostalgia del migrante reflejada en gran parte del cancionero popular.

Musicalmente, sus primeros encuentros con el público se produjeron en
la escuela a través del canto, de la guitarra o de la poesía. También en asados y
encuentros familiares. Más adelante, la asistencia a institutos especializados po­
sibilitará el desarrollo de habilidades y destrezas en un área específica del arte. El
no haber recibido una educación formal destacada, no fue obstáculo para experi­
mentar y hacer aflorar al autor, al compositor, al intérprete.

El punto de partida es la herencia familiar unida a la condición de autodi­
dactas de algunos de ellos. A esto se suma el respeto y admiración por modelos
inspiradores que marcaron un hito en la tradición santiagueña como Agustín y
Carlos Carabajal, Alfredo Ábalos, Manuel Jugo, Cristóforo Juárez, Chango Fa-
rías Gómez y conjuntos musicales como Los Cantores de Salavina, Los Sin
Nombre, Los Cantores del Alba, entre otros.

La búsqueda de un horizonte marca el camino recorrido y aún por reco­
rrer en dos sentidos: el geográfico, que acerca y aleja de la familia, del lugar
donde se ha nacido, con todo lo que ello implica y que, a través de la canción,
hace volver más de una vez a la propia tierra; y el laboral en el que, así como se
encuentra la falta de apoyo, la competencia desleal o eventuales complicaciones
de salud, también se encuentra la mano amiga que algunos entrevistados recono­
cen en el gesto de Pablo Raúl Trullenque, de los Carabajal, Ariel Petrocelli, Ma­
nolo Gómez Carrillo y de tantos otros que ayudaron a superar los obstáculos pro­
pios de los inicios.

Hacerse conocido, aparecer en el escenario, perder la invisibilidad en la
calle, llevarse bien con el ambiente, realizar funciones que llevan de gira por el
extenso territorio argentino, América Latina o el mundo, es la meta. Cómo se la
alcanza deja marcas en cada uno de estos artistas y tiene su correlato en un reper­
torio signado por temáticas cuya fuente de información es la propia experiencia.
El artista popular atraviesa un camino de idas y vueltas, éxitos y fracasos, que lo
hacen optar por el mundo de la música o desistir del mismo cuando los pesos no
alcanzan. Se ve obligado a realizar actividades diversas para mantener su hogar.
Actividades que se pueden agrupar en dos categorías: a) como medio de vida:
empleo público, oficios diversos; b) como complemento o proyección de su cali­
dad de folklorista ya sea en charlas de formación artística y ética, revistas, ciclos
de arte, teatro, espectáculos, promoción y “sponsorización” de artistas, formación
constante a través de la lectura en los que rondan y pasan los 50 años de edad.
Subyace a todas ellas una fuerza que proviene de la vocación, así se haya desper­
tado temprano o tarde o necesitado un estímulo para descubrirse, sea espontá­
neamente o a partir de un momento de crisis.

Tiene mucho que ver en ello el ambiente familiar en donde, quizás sin
intención alguna, se orientó un don natural, manifiesto desde la infancia durante
las veladas en el campo, espacio de socialización y, a veces, único, de entreteni­
miento, o en las tardes y noches de guitarreadas en patios recién regados. Pero,
principalmente, es el sentido musical el determinante para que, aún siendo niños,
desplieguen su capacidad cantando y hasta construyendo sus propios instrumen­
tos como la escala de botellas y el primer violín de don Sixto o la guitarra sache-
ra de Elpidio Herrera6.

Esa misma fuerza impulsora es la que hará vencer los diferentes tipos de
dificultades como las relacionadas con el trabajo, la familia, lo económico que
puede ocasionar la interrupción de la carrera artística o demorarla por falta de
apoyo o incidir en la calidad de las obras y según sea el contexto, políticamente
democrático o autoritario.

Por eso son importantes las interrelaciones que puedan establecerse en el
ámbito artístico, comercial, empresarial. Lo que conduce a otro plano de refle­
xión en donde entran en juego y/o conflicto los valores como la lealtad, la defen­
sa de la identidad, la solidaridad, con la competencia y la mercantilización, efecto
de haber caído la producción cultural bajo la lógica de la industria.

El afán de superación, la búsqueda de excelencia, las innovaciones inten­
sifican la relación con el público que se identifica con ellos y del cual perciben
aceptación, contención afectiva, pasión compartida, incentivos para continuar.

En lo familiar las expectativas son, por lo general, vivir en forma integra­
da, que razones de trabajo suelen complicar, dificultar o impedir. Sin embargo,
en todos los casos la finalidad última es la trascendencia porque el hombre pasa,
las obras quedan sea en algún soporte o en la memoria colectiva.

6 En 1971, Elpidio Herrera crea la sachaguitarra que reúne los sonidos del charango, violín
y guitarra.
En su obra y según nuestro recorte temático, estos folkloristas que van de
los 60 a los 24 años le escriben a su tierra, paisaje (río, monte, jumial, salinas,
desierto), campo, ciudad, barrio, rancho; pobreza, al hombre, familia, amistad,
infancia, pueblo, oficios primarios; amor, dolor, sufrimiento, soledad, recuerdo y
olvido; cotidianeidad, vida/muerte. Pasan de la intuición y conciencia a la volun­
tad, filosofía, ética y religión; de la artesanía sensible y espiritual a la formación
estereotipada; de una búsqueda por reflejar la realidad santiagueña a la expresión
de su mundo interior. Ello conlleva interpretación, traducción, valoración de lo
real que muestra su actitud ante las cosas.

En las líneas que preceden se describió al “sujeto en tránsito” de Juan
Magariños, quien sostiene que la biografía de cada ser humano deja huellas en la
reconstrucción del mundo percibido por el sujeto y su grupo social al configurar
la dinámica del pensamiento, donde “el sujeto carece de un presente que permite
atribuirle una permanencia, ya que no es (hoy) el mismo que fue, sino que es el
sucesor del que fue” (Magariños, 2008: 406). Por ello afirma que es su propio
antecesor.

4. Concepciones del folklore en un tiempo del pensamiento
y del mundo santiagueño
Continuando con esta primera aproximación a la propuesta del proceso
histórico de los sistemas semióticos de Juan Magariños se intentará identificar el
tiempo del pensamiento (lo posible) y del mundo (lo percibido). Nuestra unidad
de sentido está conformada por una semiosis posible. Los enunciados refieren a
la significación del folklore y la chacarera en los agentes santiagueños, producto­
res de cultura. Las expresiones se extrajeron de 10 entrevistas no estructuradas
(situación de enunciación) realizadas a folkloristas entre el 2008 y el 2009. Las
situaciones de entrevistas fueron diferentes, en algunos casos, el escenario fue un
bar, la salida de un recital, el domicilio del entrevistado, el barrio, una plaza. Las
construcciones simbólicas fueron consideradas, a partir del año de nacimiento y/o
edades de los entrevistados, punto de referencia del tiempo vivido en trayectorias
de vida que posibilitan la reconstrucción, a través del tiempo de la memoria, de la
percepción del viejo texto y el nuevo texto en el marco del tiempo de enuncia­
ción.

Los entrevistados se ubican en el tiempo de la creencia y del conocimien­
to filosófico-historiográfico para definir al folklore. Al igual que Magariños, nos
preguntamos: ¿qué cambio/s en el entorno y el mundo de la chacarera santiague-
ña posibilitaron transitar del mito a la razón práctica?

4.1. Significación e identidad del viejo texto
El folklore tiene varias acepciones. Es el saber del pueblo que alude a dos
ámbitos el rural y el urbano. Al primero se lo identificaba por la oralidad, las
creencias y el arte espontáneo. Al segundo por la escritura, la secularización y el
arte elaborado. Tiene como eje al tiempo, porque significa la presencia de la tra­
dición en la actualidad. Comprende expresiones culturales entendidas como bie­
nes tangibles e intangibles del patrimonio cultural. Son rasgos tradicionales que
se expresan en el día a día a través de mitos, rituales, leyendas, cuentos, costum­
bres, creencias, artesanías, música, danza y canciones que representan simbóli­
camente la identidad de una comunidad.

Para los entrevistados de más de 50 y 60 años, el folklore:

... amalgama la idiosincrasia de un pueblo. Santiago tiene una riqueza
incalculable con la música7 (Corvalán, Elsa).

Es la columna vertebral. Para nosotros, lo folklórico, no es solamente
la música y la danza; tomarnos unos mates, comer un chipaco, hacer un
asado, unas empanadas, un locro, ir a una carrera de caballo en Ruani-
llo, ir a los carnavales de Garza, venir de Buenos Aires una vez al año,
ir a Mailín caminando, es el folklore de todos los días. Es el aire que
respiramos todos los días. (Carabajal, Juan Carlos).

7 Las expresiones en cursiva y entre comillas son conceptos extraídos de los propios agen­
tes, en el momento de la entrevista. Las frases entre corchetes y en cursiva son agregados
de la redactora del artículo.
El folklore es una tradición y un costumbrismo que se canta. Es la crea­
tividad artística musical y todas las ramas del arte están involucradas.
Folklore no es únicamente el que se canta con letra y música. Es arte,
poesía, tradición, comidas, actitudes, una forma de vida. El folklore es
santidad, es un lenguaje que asume tu personalidad. Comprende len­
guaje, paisajismo, personajes reales y míticos, costumbres. En Santiago
la tragedia se baila y la tristeza se canta, eso lo vemos en los rezabailes,
en cuanto manifestación costumbrista de nuestro campo. En el canto
están esas coplas de olvido y añoranza que tanto siente el santiagueño
(Rojas, Felipe).

El folklore es uno mismo, es la vivencia de la gente, es el cantar a un
lugar determinado. Nosotros siempre le cantamos a la familia, a los
personajes, al barrio y siempre usamos músicas que se llaman folklóri­
cas, dígase chacareras, zambas, gatos, escondidos (Carabajal, Cuti).

El folklore habla del pueblo. Y la gente se siente identificada con las
canciones. (Navarrete, Pedro).

Al leer con atención los conceptos que anidan en el mundo del pensa­
miento de nuestros mediadores de cultura santiagueña se puede diferenciar en el
estadio de la palabra, el tiempo de la razón en filosofía de vida (arte popular, ser
uno mismo) integrado con el tiempo de la creencia (tradición, religión, idiosin­
crasia); tiempos mediados por la experiencia y un sentido ‘sacro’ de lo propio,
percepción unida a sociedades pre-modernas. El efecto emocional traducido en
ontopatía8 se hace presente en el tiempo de la memoria del santiagueño. Ante la
distancia temporal se reconstruye una imagen utópica de lo vivido que rememora
la infancia, el barrio, la familia, etc. En ese pasado parece encontrar su identidad.

8 Magariños entiende por ontopatía: "la constatación emocional de la presencia del mun­
do que existe para nosotros, como sentimiento; sólo podremos compartirlo, en una pe­
queña parte, configurando nuevos lenguajes no-convencionales" (op. cit. 2009: 7).
Entre los de 35 y 45 años se considera que:

El folklore es un arte, es la idiosincrasia de un lugar, un acto, una for­
ma de vivir, una forma de pensar. (Marquetti, Enrique)

El folklore es la música santiagueña, la música que canta y que sale de
Santiago. La guaracha también es música santiagueña (Mitre, Marce­
lo).

Lo que significa llevar el folklore en la sangre. Vos, yo, todos los inte­
grantes de este bioma llamado Santiago del Estero, tenemos en nuestras
partículas atómicas [...] átomos de chañar, de algarroba, de la tierra,
del salitre, del río, de la fauna y flora. La tierra habla con nosotros. Y
nos seguimos aferrando a la chacarera, al ritmo. No se ha perdido todo.
Por más que los colonos con su gran cruz católica han querido cambiar
todo y no han podido. La tierra ha seguido cantando con una determi­
nada voz (Barraza, Dito).

Aquí se reiteran, en la concepción, las dimensiones reconocidas en el
primer tramo de edad de los folkloristas: forma de vida, idiosincrasia, habla, tra­
dición, religiosidad popular, arte, música. Lo que cambia son los modos del decir
al mencionar: herencia (biomas, átomos) en la memoria del cuerpo, tierra y voz.
Se hace más explícito lo étnico, que en expresiones anteriores guía las secuelas
del indio triste y del negro alegre -am bos negados- que se resumen en el dicho
popular: “en Santiago, la tragedia se canta y la tristeza se baila”. Tacko Juárez,
de 26 años (al momento de la entrevista) dice: “[el folklore] es mi forma de vida,
de expresión, de sentimiento y de lugar. Para mí es todo, todo lo que tengo a mi
alcance como persona que soy” (Juárez, C.).

A lo anteriormente expresado, se agrega la sensibilidad presente y una
perspectiva romántica del quién soy. En esto último se destaca la hibridez, junto
a lo propio de la modernidad, la exaltación del hombre, como persona individual.
El ser individual comprende el propio cuerpo, al entender al folklore como la
columna vertebral de la cultura y como el aire que se necesita para vivir. Se ma­
terializa en la transferencia de lo simbólico al plano material y corporal. Con lo
emocional, la conexión se establece en reconocer al folklore como un sentimien­
to que forma parte de las vivencias como la nostalgia, la alegría, el amor. Y en lo
personal, se alude a una fusión del sujeto con su propia cultura. Es expresión
espiritual del pueblo por un motivo y con un fin real y concreto. Es un modo de
vivir, es el texto en el que se lee al santiagueño, el pre-texto para hablar de él y a
la vez el contexto que lo define.

4.2. Disconformidad y nuevo texto
Actuales intérpretes avisoran necesidades de identidad insatisfechas ante
el mundo que se reconstruye olvidando el pasado. Se trataría de una ausencia de
ajuste o adaptación de la imagen presente a la marca o huella que la hizo posible
en el momento previo. Horacio de 57 años considera que el folklore: “Es una
palabra muy contradictoria y muy mal usada. Yo creo que los hechos folklóricos
cumplen un proceso de 50, 100 años. Hoy a todo se le llama folklore. Se puede
considerar folklore a un hecho dentro de 100 años, cuando resista al paso del
tiempo, a la evolución de todo. A eso se llama ‘hecho folklórico’. Yo hago músi­
ca nativa de mi provincia. El folklore es el ‘saber del pueblo’” (Banegas, Hora­
cio).

En este caso, el concepto de folklore asume, por un lado, el nivel cogniti-
vo de racionalidad práctica y discursiva; y, por otra parte, el tiempo se enmarca
en la tradición, por lo tanto es un pasado y un presente que se ha transformado.
También queda resumido en la identidad de sus canciones. Es decir, el santia-
gueño siente como propio a su música, canto, baile; aunque este adquiera cierta
homogeneidad regional.

De lo que se viene expresando, se destaca que el tiempo del pensamiento
santiagueño en lo folklórico es un proceso de décadas o siglos que se constituye
en tradición. En ese transcurso se va haciendo historia y se legitima resistiendo al
paso del tiempo, de lo contrario no deja de ser una moda. Por lo tanto, roza la
decepción cuando hoy a “cualquier cosa” se le llama folklore. También hablar de
resistencia implica haber sobrevivido al proceso de aculturación. Este tiempo se
vuelve espacio con la naturaleza, al referirse a aspectos del paisaje natural, como
el salitral, el río, la flora (chañar, algarroba) y fauna; a la tierra en forma metafó­
rica en el sentido étnico, lugar donde se ha nacido, hacia el cual se tiene un sen­
timiento profundo que la filosofía popular resume en el refrán: “Santiago no
tiene riendas, pero sujeta”. Es la madre tierra que espera el regreso del hijo y al
recibirlo en su seno le dará el abrazo final.

Algunos folkloristas presentan mayor resistencia a los cambios postmo­
dernos generados por el consumo, la pérdida de capacitación y perfeccionamien­
to en materia literaria y cultura general, la indiferencia y fragmentación, aunque a
veces sin querer se entra en ellas. Las menciones a la cotidianeidad, tiempo pre­
sente, dejan traslucir algunas variaciones relacionadas con las nuevas modalida­
des en la configuración de familias o juegos de niños que han cambiado. No obs­
tante, al igual que los autores mencionados se identifica el pasado unido a leyen­
das y mitos. Por lo tanto, se perciben formas de relaciones diferentes en el sujeto
discursivo en relación al sujeto empírico, el entorno y el mundo que caracteriza
al pensamiento moderno, construido en fragmentos a veces discontinuos.

El tiempo del mundo transcurre en trayectorias indeterminadas, no cohe­
rentes con el espacio actual. Las referencias al tiempo presente con ausencia del
pasado, generan la separación del tiempo con el espacio. Por otra parte, aunque
se vislumbra una vuelta sobre sí mismo (reflexividad), no se produce un desan­
claje en relación a lo vivido. Por lo tanto los diacríticos del santiagueño en este
caso siguen residiendo en la música, la tradición, la sensibilidad por el canto.
Desde el contenido, lo que permanece es la tradición, que conserva su significado
en personas mayores, mientras en los más jóvenes, a veces por desconocimiento
de alguna leyenda -por ejemplo-, el significado cambia. Lo que cae en desuso
(borde 1) es la relación del pasado como unidad del ser y valor con el presente
fragmentado, incierto, desanclado que seduce con el cuerpo, la tecnología. Y lo
que cambia (borde 2) es la memoria colectiva de largo plazo, en la nueva con­
cepción de folklore. El sujeto se vuelve entonces un ser fragmentado, discontinuo
en prácticas, discursos y pensamiento.

Para ir cerrando se percibe que la primeridad de la semiosis o concepción
del folklore santiagueño adquiere significación ontológica en la fragmentación
que produce la historia contemporánea, es decir “la emergencia del cambio”
(Magariños, 2008, p. 407).

5. Una mirada cognitiva de la chacarera
Es la música, danza y canto representativos de Santiago del Estero pro­
venientes del área rural. Su nombre remite al cultivo de maíz, puesto que en qui­
chua se lo denomina “chacra”. Se reconocen diferentes variantes: chacarera sim­
ple, doble, trunca y aire de chacarera. Sus figuras coreográficas son avance y
retroceso, giros, vuelta entera, media vuelta, zarandeo y zapateo. Tiene un ritmo
animado, alegre. Y su letra reúne lo picaresco, la nostalgia, la creencia y el cono­
cimiento del hombre común.

Los entrevistados sostienen:

La chacarera es un hermoso género de la música folklórica, tiene ritmo,
cadencia muy particular, casi étnica. Es triste y alegre a la vez, la danza
se ofrece plena de originalidad, por eso es la preferida por los bailari­
nes (Rojas, Felipe).

La chacarera es una filosofía de vida. La chacarera es única, es una, ab­
soluta y total, [valoración] que muchos dicen que no es nuestra. Se
afincó en Santiago y ahí fue donde creció y de ahí se ha esparcido al
país. Por eso, los santiagueños no tenemos que creernos que somos los
dueños de la misma, somos responsables de la misma. La chacarera es
un sentimiento [...] Y los valores que despierta son múltiples porque
cuando uno escucha una chacarera activa la memoria de la epidermis,
del olfato, del oído, o sea es todo para nosotros (Rearte, Toño).

La chacarera es un ritmo que nos representa, nos caracteriza, nada es
original, no sabemos, no tenemos todo, el árbol hasta el principio de la
vida, como para decir este ritmo ha nacido aquí. Uno recurre a la cha­
carera para mostrar toda su idiosincrasia. [Al escuchar una chacarera]
siento una emoción, la relaciono con el lugar donde uno vive, con la re­
ligión, cosas profundas. En la chacarera tradicional más campestre es­
tán los valores que uno aprende en la casa [la chacarera es un espacio
de expresión] (Marquetti, Enrique).

La chacarera es una hermana mía, un hermano mío. Amo tanto eso que
siento que una chacarera es un decir, [...] un contar de cosas muy ínti­
mas mías, muy emparentadas conmigo. La chacarera es una parte fun­
damental en mi vida. La chacarera es lo que más nos identifica, aunque
la vidala es más vieja según dicen (Mitre, Marcelo).

Y nos seguimos aferrando a la chacarera, al ritmo [...] no se ha perdido
todo. Por más que los colonos, con su gran cruz católica han querido
cambiar todo y no han podido. Porque la tierra ha seguido cantando
con una determinada voz (Barraza, Dito).

Se la concibe como una parte fundamental del folklore que expresa una
filosofía de vida práctica, que habla de cosas profundas, asociadas al mito y la
religión. Histórica y musicalmente se la liga a ritmos africanos por lo que se dice
que tiene una cadencia étnica, esa medida del sonido que regula el movimiento
de la persona que danza, cuyo ritmo nos representa y la constituye en la preferida
de los bailarines. Si bien su origen es incierto, puede decirse que proviene del
cancionero popular anónimo. En su evolución toma elementos quichuas para su
letra, africanos para su ritmo y español para sus movimientos dancísticos. Su
expansión y difusión se produjo desde zonas rurales de la provincia por eso los
santiagueños se consideran responsables de la misma. El solo oírla despierta
emociones entrañables que activan los sentidos y la memoria del cuerpo reno­
vando el sentimiento de pertenencia al lugar donde uno ha nacido, a un hogar, a
los valores aprendidos en su seno, que se conjugan en la dualidad tristeza/alegría.
Se puede decir que la chacarera es una composición única que define un rasgo
esencial de un pueblo que a través de ella quiere hacerse comprender, sintetizan­
do drama y alegría.

En esta concepción, el tiempo de la palabra queda situado en la constata­
ción emocional de la presencia del santiagueño en el mundo u ontopatía, condi­
ción necesaria del intérprete para comprenderlo, y en el enunciado lógico de la
identidad de un pueblo que recrea su memoria asociativa a través de la creencia o
mito que muestra un estadio del proceso de interpretación o “nano-historia”9
existente (Magariños, 2009: 5-6). Lo que ha cambiado en los enunciados y resul­
ta de la dialéctica con el entorno es la referencia a la memoria del cuerpo.

En relación a las temáticas tratadas en las chacareras se advierte que los
entrevistados refieren en general a un antes y después de la siguiente manera:

se podría decir que mis canciones son occidentales y cristianas, pictóri­
cas y descriptivas, esencialmente mi mensaje tiene que ver con la fami­
lia, con la amistad en el sentido de compañerismo (Carabajal, Juan Car­
los).

Las chacareras de los años 50’ y 60’ son’ más regionales testimoniales,
picarescas, ese tipo de chacareras se ha ido perdiendo (petizo, almamu-
la) [en la escucha, paso de moda] (Rearte, Toño).

Todas las chacareras hablan un poco de la muerte, que es propia del
perfil santiagueño, no tenerle miedo a la muerte (Mitre, Marcelo).

Las temáticas de este canto popular permanecen unidas a la familia, la
amistad, el paisaje, la muerte. Sin embargo esto no se agota aquí, ya que se ad­
vierte, a partir de diversos registros de cancioneros populares, la movilidad de
temáticas acordes a condiciones objetivas del contexto, tales como: la protesta
social, la figura femenina, el amor, etc. Es decir, se pasa de un predominio del
paisaje al hombre, de la tierra a la protesta social. El amor, la mujer10 siempre

9 Básicamente, la nanohistoria "está construida por la relación entre percibir y adquirir un
significado que se origina en las posibilidades inherentes a las semióticas disponibles" (op.
cit. 2009, p.5).
10 Un estudio exploratorio de canciones folklóricas realizado por Tasso y Canevari en el
2001, advierte como resultado del análisis de la letra de 65 canciones de distintos ritmos
musicales (chacareras, gatos, escondidos, zambas) escritas durante 1960 y 1990 que: -la
referencia a diferentes figuras femeninas es explícita en las letras, considerando que es el
varón quien habla de sí y de su sentimiento. La imagen de la mujer se expresa iconográfi­
camente, en algunos casos y en otros, los más, remiten a mujeres que han sido amadas y
luego perdidas porque abandonaron al varón, la distancia se interpuso con dudas, celos.
Los tipos ideales plantean la bipolaridad mujer pura y perfecta /mujer culpable y traidora.
están presentes aunque cambia su modalidad de expresión y de concepción. Lo
que ha caído en desuso parecería ser la tonalidad picaresca y regional de la cha­
carera, ya que lo que hoy hace reír al hombre no es la simpleza del pasado y lo
regional, debido a que en la era en la globalización, la misma supera los límites
nacionales. Y cambia la proliferación y modos de referir al amor.

En particular, y en relación a nuestra temática, cuando el santiagueño le
canta a su tierra, Julio Argentino Jerez escribe, “Añoranzas” (1942), declarada
“Himno Cultural” en el año 2000, es decir, se convierte en emblema del imagina­
rio colectivo; el desarraigo y sentimiento de añoranza constituyen un diacrítico
del santiagueño al tratarse de una provincia sacudida permanentemente por el
fenómeno de la migración. Adquirió particular relevancia porque expresa los
sentimientos de quien se aleja de su hogar con todo lo que implica. Por ello pre­
guntamos qué representa este himno para el santiagueño. Nos dijeron:

Un testamento y una guía. Lo del himno de los santiagueños lo acepto
por permanencia, porque hay otras canciones que corren muy parejas
en el conocimiento de la gente (Carabajal, Juan Carabajal).

Añoranza representa la despedida, el dolor, el recuerdo, desarraigo y el
día más triste de sus raíces abandonadas, es decir, todo el desasosiego
de miles de santiagueños que migraron a otra provincia en busca de
nuevos horizontes. Es el Santiago fatal y el Santiago que se lleva como
un estigma permanente. Son las raíces que nunca podrán ser mancilla­
das, ni borradas de nuestra memoria (Rojas, Felipe).

Dentro de mi repertorio siempre está la chacarera “Añoranzas” obvia­
mente. Pero también me gusta mucho cantar la chacarera de Chingolo
Suárez, “[...] la tierra madre pinta el alma, de saber [...] y con los años
va dejando paisajes de amor”. La grabé en un CD que se llama Argen­
tina. Es la chacarera que más nos identifica a los santiagueños por lo

("Imágenes de las mujeres y de los varones en el cancionero folklórico santiagueño" de
Alberto Tasso y Cecilia Canevari. Ponencia presentada en conferencia durante el Encuen­
tro de Jóvenes Investigadores, octubre del 2001. Santiago del Estero, Argentina.)
que describe, por lo que dice y lo que ha muchos de nosotros nos hu­
biera gustado escribir (Rearte, Toño).

[Reconoce que representa para otros] En la nostalgia del pago, un es­
tandarte, un himno. Sí, es una chacarera que siempre se la ha tenido
como un estandarte. Yo no comparto mucho eso porque es como hablar
del santiagueño que está fuera, que está llorando siempre y parece que
eso nomás es el santiagueño y no (Marquetti, Enrique).

Añoranza identifica a los santiagueños. Además hay muchas como
“Abandono de mi alma”, “Entre a mi pago sin golpear” (Mitre, Marce­
lo).

Para mí es muy importante por todo lo que dice. Me identifico con ella
por el mensaje que tiene añoranza: dolor, inquietud. Es un padre nues­
tro (Barraza, Dito).

Se reconoce a “Añoranzas” como la chacarera que identifica a los santia-
gueños, aunque se advierte la existencia de otras como: “Abandono de mi alma”,
“Entre a mi pago sin golpear”. Su título es ya un indicio de su contenido, tiene
que ver principalmente con la movilidad geográfica y social que implica la mi­
gración, forma de vida del cantor. Alude tácitamente a la búsqueda de otras con­
diciones de vida, de nuevas oportunidades que en la propia provincia no se en­
cuentran o son escasas. Sería como la despedida, el recuerdo del día más triste de
su vida por tener que alejarse de su tierra natal para radicarse en otra, lo cual
produce un enorme desasosiego que se llora a través del canto y se convierte en
estigma. Es la cara dolorosa del desarraigo que, por un lado, refiere a lo que que­
dó en el pago -la infancia, la familia, los momentos vividos-; lo que se dejó -la
tierra, el monte, el rancho-; y por otro lado, adquiere una dimensión histórica que
se fundamenta en la conciencia de raíces aún vivas, quedando como un testamen­
to que asume carácter místico al ser cantada y recitada como una oración.

Hay quienes no la consideran de esta manera porque solo se refiere al
santiagueño que migró y porque en el sentir vernáculo no todo es llanto, nostal­
gia, dolor. Precisamente la chacarera es uno de los ritmos más animados del fol­
klore. Algunos la incluyen en su repertorio como una más. Sin embargo, su per­
manencia y la forma en que se ha instalado en el público la constituyó en himno
cultural. Así la reconoció el gobierno de la provincia en el año 2000, con motivo
de cumplirse cien años del natalicio de su autor.

Cuti Carabajal sintetiza lo analizado diciendo:

Yo tengo una canción con Julio Fontana que habla de esa necesidad, de
ese deseo, de pegar la vuelta. Y bueno, porque uno ha andado tanto, ha
caminado tanto, es que está buscando de vuelta ese recuerdo, esos luga­
res, la familia, “el pueblo azul que ha dejado la infancia” como dice
uno de los versos en “Las ciudades invisibles” de Ítalo Calvino.

De una u otra manera “Añoranzas” se constituye en una emoción, un es­
tímulo sensorial, una ontopatía para el santiagueño que establece el sentimiento
compartido, pero deja de ser la única pieza musical que identifica al santiagueño,
ya que se crean nuevas chacareras acordes al conocimiento del mundo. Estas
nuevas creaciones como “conocimiento acerca del mundo que requiere de la
aceptación social en la transformación de la gramática semiótica, condición nece­
saria para generar un efecto ontopático”, reciben la denominación de ontopoiesis,
en Magariños (op. cit., 2009: 6), y remiten en metáforas a otros sujetos discursi­
vos (la esposa, la amistad) en el entorno de la vida y muerte. El significado que
cambia se reviste de un sentimiento de libertad en busca de un mejor porvenir
fuera de Santiago del Estero, es decir salir del pago ya no implica recuerdos tris­
tes y una situación de vida sin elección, por necesidad sino una elección de vida
que despierta un sentimiento de agradecimiento por las capacidades y sensibili­
dades recibidas que permitirán mejorar el paso por la existencia terrenal. Lo que
permanece simbólicamente, no obstante a tratarse de escritos que corresponden a
diferentes años es lo que implica el pago, Santiago del Estero una inspiración
para el canto y la vida del santiagueño11.

11 En la tesis doctoral se analiza un corpus de chacareras, que muestra este resultado par­
cial.
6. A modo de reflexión
Si el folklore es un proceso que construye el presente en el pasado, pro­
pio de un lugar sustentado en una racionalidad cotidiana unida a la memoria vi­
vida y renovada, es posible afirmar que, las condiciones objetivas de vida condi­
cionan la recreación simbólica del tiempo pensado en relación al tiempo vivido
en el mundo. Lo folklórico, lo diferente, lo propio exige resistencia cognitiva al
cambio, a lo nuevo para poder existir, pues esta se distingue en el pasado, en sus
tradiciones. Al tiempo que, la tendencia contemporánea de integración da lugar a
los aportes de la Semiótica de los Bordes (Magariños, 2008). Es decir, la dialécti­
ca entre pensamiento, semiosis y mundo define el sistema de interpretaciones
emergentes de enunciados ubicados en un tiempo y espacio reconstruyendo las
identidades situadas entre límites, posibilidades, lugares comunes, transiciones,
alcances, hibridaciones continuas y/o discontinuas que configuran mediante la
dinámica de las semiosis la diversidad genérica, la emergencia de enunciados que
transitan en las nuevas concepciones, procesos y apropiación del sujeto.

La chacarera reviste lo propio del santiagueño a través de sus metáforas,
metonimias, baile y canto. Permanece su esencia en la tradición, la memoria, el
recuerdo, la pasión, el sentimiento, la niñez, el rancho, la danza, los valores que
dibujan y mantienen el imaginario social del santiagueño. Cae en desuso el ano­
nimato por las interacciones con el entorno, aunque en el mundo de los folkloris­
tas se vivencia en determinadas situaciones la aparición de versos que pertenecen
a “autorías compartidas” (Bauman, 2000); se mantiene la chacarera doble, trunca
y surge el aire de chacarera. Se amalgaman en lo tradicional y lo moderno, en el
baluarte y la igualdad, en el migrante santiagueño que siempre regresa y emerge,
de modo que la nanohistoria o memoria del acontecimiento precede en la identi­
dad ontológica del santiagueño. Cambia el sentido de la migración, aunque sigue
siendo la forma de vida del cantor, en un tiempo que precede se migra por nece­
sidad y en un tiempo posterior se buscan nuevos horizontes de realización perso­
nal y familiar.

Desde la historia de los sistemas semióticos, las concepciones que los
canta-autores populares tienen del folklore, la chacarera y “Añoranzas”, podría
situársela en el estadio mítico o constitución de creencias acordes al entorno y al
mundo, en la construcción de lo emergente a partir del pasado y presente previo.
Específicamente, “Añoranzas” ya no se constituye en el único sistema textual
posible del ser santiagueño. Esto confirmaría la hipótesis 1 de Magariños que
afirma:

el signo y su dialéctica de cambio en la historia de los sistemas se-
mióticos en estudio revelan la relación existente entre el cambio identi­
ficado en el interior de determinado sistema semiótico y la transforma­
ción originada en el mundo semiótico posible correspondiente (op. cit.
2009: 1).

Es decir, el registro histórico de la memoria percibe al folklore y a la
chacarera en el sistema semiótico de la tradición, sin embargo se materializa en
enunciados que refieren a la memoria del cuerpo, a la vez que emerge del mundo
semiótico contemporáneo la concepción del folklore como “moda”, “...hoy todo
es folklore ”. De alguna manera, ante esta observación se cumple la hipótesis 2 de
Juan Magariños (2009) que vincula la dinámica de la relación enunciación y per­
cepción del intérprete, quien identifica el pensamiento del entorno y lo incorpora
al mundo, a la memoria colectiva.

En el momento previo, “Añoranzas” se constituye en emblema; en el
momento posterior, es sustituida por otras, como “Entre a mi pago sin golpear”
(Letra: Pablo Raúl Trullenque; Música: Carlos Carabajal, 1985). Se pasa de lo
único, la verdad, a la variedad-diversidad, al desanclaje, el sincretismo. Por lo
tanto, la ontopoiesis o creación de un nuevo existente cognitivo queda fragmen­
tada entre lo nuevo (guitarra eléctrica; aire de chacarera [no se baila]) y lo viejo
(guitarra y bombo; chacarera doble y/o trunca [se bailan]) en mosaicos autono-
mizados que dibujan la contemporaneidad de la palabra, la memoria, la historia y
la identidad del folklorista santiagueño. De lo expresado se tiene que el cambio
de los sistemas semióticos se daría de un modo paulatino y parcial en relación al
mundo del sujeto y entorno. El primero varía en relación a la ontopatía funda­
mentada en la experiencia y en la memoria corporal, que al ser traducida en co­
nocimiento, mediante la materialización de la gramática toma del mundo los
enunciados, cuando el sujeto esta integrado a su entorno y da lugar, en algunos
casos, a la transformación del significado, mientras que en otros, cambia la forma
pero se mantiene este último.

Estas reflexiones apenas comienzan, por eso importa retrotraer el interro­
gante de Juan Magariños en el afán de buscar nuevas respuestas, “¿Toda hipóte­
sis una vez comprobada, se convierte en la significación del fenómeno cuya in­
terpretación problemática ha quedado resuelta?” (2008: 427). De aquí surge otro
interrogante: ¿cuándo, cómo y por qué un mismo fenómeno puede generar signi­
ficados diferentes hasta contradictorios en un mismo campo semiótico entre dis­
tintos interpretantes y grupos sociales que comparten un código cultural? Estos
enunciados expresarían que no hay una comprobación definitiva porque entonces
transgrediríamos los principios peirceanos de la semiosis y la propuesta semióti­
ca de Magariños; además, la historia de las ciencias lo muestra en el problema de
la complejidad de los fenómenos de hoy y las constantes y nuevas búsquedas de
respuestas desde la interdisciplinariedad, sobre pilares que van siendo aceptados
y otros que surgen y buscan la rigurosidad científica de la semiótica como disci­
plina que responde a la tarea de cómo producir el significado y cómo transfor­
marlo, identificando sus características para anticipar lo próximo.

Referencias
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187-188. Traducción Mirta Bialogorski y Fernando Fischman.
*

Biblio-hemerografía de Juan Ángel Magariños de Morentín

Mtro. Carlos Federico González Pérez
CONICET. UNJu. UNLP. (Argentina)

1. Nota introductoria
Inicio estas líneas haciendo referencia a aquellas sensaciones que me
atraviesan y movilizan para su escritura. De esta manera estaré intentando poner
en palabras algunos sentimientos y pasiones, los que en conjunto remiten a esa
semiosis privada que el propio Magariños (2008) formuló, a partir del concepto
de lenguaje privado de Wittgenstein (1953), y que relacionó con los qualia de
Peirce (por ejemplo en CP 6.222; 6.230; 6.237; entre otros), que tienen de común
aquella cualidad de ser intransferibles. En este primer párrafo estoy convirtiendo
en ontológico aspectos de lo ontopático (Magariños, 2009), racionalizándolos,
pero no explicándolos sino generando una metáfora. Necesito realizar esta acla­
ración porque el trabajo de Magariños se concentró en el desarrollo de semióticas
particulares (semiótica icónica, indicial y simbólica) y operaciones específicas
para poder analizar, con la pertinencia correspondiente, aquellas producciones
semióticas que se presentan a los sentidos y para su interpretación con esas parti­
cularidades: la imagen, las palabras, las emociones, los sonidos, los comporta­
mientos, etc. Así, para analizar la interpretación que se genera a partir de una
imagen puedo recurrir a operaciones de la semiótica icónica (Magariños, 2008:
220-246): a su identificación (plástica, figurativa o conceptual), y a su reconoci­
miento (a partir de ejes, marcas y atractores) que permitan caracterizar la inter­
pretación (en relación al efecto de mostración de cada imagen). O si me intereso
por enunciados, podré recurrir a las operaciones analíticas de la semiótica simbó­
lica (Magariños, op. cit.: 172-218), tales como la normalización, la segmenta­
ción, la elaboración de definiciones contextuales y la elaboración de ejes y redes
conceptuales y contrastantes. De igual manera, Magariños desarrolló operaciones
específicas para el abordaje de objetos y comportamientos, desde la semiótica
indicial (Magariños, 2003), a partir de la identificación de entidades, de sus rela­
ciones y las categorías resultantes (Magariños, 2009), como algunos ejemplos
puntuales de la riqueza analítica por él desarrollada. Desde un punto de vista
cognitivo cada manifestación semiótica precisa de sus operaciones. Para volver a
mi ejemplo inicial, necesito esa especificidad de intervención, y esa pertinencia
operacional para lograr la explicación de estas semiosis privadas a las que hacía
referencia; de lo contrario estaré solo realizando una metáfora de lo que intento
explicar. Y este último es mi caso.

No me preocupa en este espacio desatender tan explícitamente aquellas
indicaciones de Magariños, debido a que necesito hacer referencia a dos sensa­
ciones, dos sentimientos en particular, que me atraviesan al momento de escribir
este recorrido. La primera sensación es aquella a la que hacemos referencia como
“placer”, “gusto” o “disfrute”, dada por la tarea de revisar la abundante produc­
ción del Profesor. A partir de esa lectura puedo intuir sus transformaciones, sus
preocupaciones, el intento de su superación, en ese ejercicio que también ha sido
característico en Peirce: el de la auto revisión y corrección.

Pero por otro lado, y casi a la manera de un oxímoron, la misma tarea me
genera una sensación de una profunda “tristeza”, provocada por su ausencia des­
de 2010. Tantos caminos sin poder saber cómo se desarrollarían, cómo encontra­
rían continuidad, cómo seguirían su transformación a partir del brillante razona­
miento de Magariños. Y aún más: cuántos nuevos interrogantes surgen al realizar
esa revisión, que solo podrán ser respondidos a partir de trabajos futuros que
seguramente tendrán continuidad en las manos de aquellas personas que Magari­
ños acercó al campo académico como el gran formador de recursos humanos que
fue.

Estas referencias a su obra escrita surgen de una revisión de los antece­
dentes curriculares del Profesor, de la revisión de bibliografía personal, y de la
exploración y actualización de datos de algunas publicaciones que alojaba en la
web (y que actualmente continúan on-line), con el objetivo de poner a disposi­
ción de manera libre y amplia sus producciones.
También considero que este apartado, en una publicación que incluye un
homenaje a su trayectoria, permite poner a disposición de quien esté interesado/a
en su producción, los datos bibliográficos necesarios para acceder a este grupo de
antecedentes e iniciar su búsqueda. Algunas de sus obras están agotadas, pero es
posible encontrarlas en los diferentes sitios web que el Profesor Magariños desa­
rrolló. Por la cantidad de material que reúne, y porque permite el acceso a una
importante parte de su obra, consideramos que su sitio personal resulta funda­
mental: http://www.magarinos.com.ar/.

Conocí al Profesor Magariños en tercer año de la carrera de Comunica­
ción Social en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad
Nacional de Jujuy, cursando la materia Semiótica Audiovisual en la carrera de
Comunicación Social. Su inagotable curiosidad y su vocación de pedagogo ha­
cían que todas sus clases, aunque se desarrollaran sobre el mismo tema, fueran
diferentes año tras año: animaba la participación del estudiantado y desarrollaba
ejemplos diferentes que hacían que cada una sea particular. Sin embargo había
algo que esas clases tenían en común, aquellos rasgos icónicos de su voz (con
acento español, presente en él hasta sus últimos días) y el perfecto manejo de los
“climas” de sus presentaciones, sabiendo exactamente en qué momento hacer una
broma, pedir una opinión, o darla por finalizada.

La deuda que se genera cuando un investigador o una investigadora se re­
lacionan con personas como él, es inconmensurable: la generosidad del maestro
hacía que quienes estén cerca participen de talleres de formación interna en la
facultad, proyectos de investigación, y otras producciones académicas, sin la
necesidad de mostrar ninguna credencial que permitiera dar cuenta de algún esta­
tuto académico especial para ello, y con la maravillosa posibilidad de enriquecer
los trabajos personales con su aporte siempre oportuno. Encuentro entre estas
líneas, el espacio y el momento para realizar el agradecimiento correspondiente
al Profesor Magariños por esas oportunidades devenidas de tal generosidad.
2. Algunas referencias biográficas
Juan Ángel Magariños de Morentín nació en Pontevedra (España), en
1935. Viajó a la Argentina, junto con sus padres, cuando aún era un niño. Ya
adolescente, volvió a España, para realizar una Licenciatura en Derecho en la
Universidad de Barcelona, graduándose en 1969. Mientras ejercía como Profesor
Colaborador de Derecho Penal (1968 a 1970), se le sugirió realizar una consulta
con un Profesor de lingüística, generándose así su primer contacto más próximo a
la semiótica. Esto desembocó en que nunca ejerció la profesión de abogado, y fue
seducido por el análisis del discurso, aplicado principalmente a estudios de pa­
cientes con problemas psiquiátricos. Poco tiempo después volvió a Argentina
para radicarse en Buenos Aires.

Fundó y dirigió el Instituto y Laboratorios de Análisis Estructurales
(ILAE) en 1971, cuyo objetivo era la docencia, la capacitación, la investigación y
la aplicación del método semiótico en ciencias sociales. Dictó varios seminarios
enmarcados en la corriente estructuralista en diversas instituciones (la Sociedad
Hebraica Argentina entre ellas) y de forma particular. Al profundizar sus estudios
en la semiótica conoció la obra del lógico estadounidense Charles Sanders Peir-
ce, dando un vuelco a sus enfoques y enmarcando su pensamiento en esta co­
rriente, de la que fue partícipe “sin dogmatismos” (como solía decir), pero de la
que nunca se apartó.

Después de los oscuros y macabros días de la Dictadura Militar de la Ar­
gentina, Juan Magariños de Morentín comenzó a producir con mayor fuerza y
entusiasmo, tanto de manera escrita, plasmando su trabajo en diferentes publica­
ciones, como impartiendo seminarios y cursos.

Se desempeñó como docente de diversas materias en diferentes Faculta­
des, pero principalmente su trabajo ha estado vinculado a las cátedras de Se­
miótica Audiovisual (desde 1995), Comunicación y Educación, y Metodología de
la Investigación en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Uni­
versidad Nacional de Jujuy, y a la de Semiótica en la Facultad de Periodismo y
Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata (cargo que ganó
por concurso en 1986, cuando esta Facultad aún era Escuela Superior de Perio­
dismo) impartida por él hasta su fallecimiento. Dictó seminarios de grado y pos­
grado en diferentes ámbitos académicos de Argentina y del exterior. Entre 1988 y
1994 ejerció como director interino del Instituto de Investigación de la Comuni­
cación Social (IICS) de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la
Universidad Nacional de La Plata, momento en el que desarrolló aportes funda­
mentales para su perspectiva de análisis del discurso y semiótica simbólica, entre
otros.

Dirigió diferentes y fructíferos proyectos de investigación semiótica, y
fue reconocido por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Nación como Investi­
gador Categoría I. Sus proyectos más recientes fueron: El museo como acto co­
municativo. Su producción e interpretación (Facultad de Ciencias Naturales y
Museo, UNLP), La Universidad de la Calle (actualmente se desarrolla una se­
gunda etapa) y Visualizar el futuro Jujeño (estos dos últimos radicados en la Fa­
cultad de Humanidades y Ciencias Sociales, UNJu). Las últimas inquietudes del
Profesor Magariños estuvieron vinculadas a la reflexión en relación a otro pro­
yecto, que había pensado desde una perspectiva de participación y apertura inter­
nacional: “La construcción semiótica de la historia. Relación entre la historia de
la humanidad y la historia de los sistemas semióticos”, presentado durante su
conferencia en el X Congreso Mundial de Semiótica, en 2009 en La Coruña.

Como ya comenté, fue un gran formador de recursos humanos, y realizó
importantes trabajos de transferencia y extensión. En 1999 fundó “Semioti-
cians ”, una lista de discusión de la Semiótica Cognitiva que él mismo moderaba.
Actualmente la lista continúa habilitada, con el espíritu del intercambio y la cons­
trucción colectiva del conocimiento, gracias a su esposa, la Dra. Giovanna Win-
chkler (en el detalle de la producción que aquí incluimos pueden encontrarse las
referencias de este foro).

Participó en más de cien Jornadas y Congresos, y fue conferencista invi­
tado en importantes eventos nacionales e internacionales.
Siempre disponible y atento a las demandas de sus colegas y de los estu­
diantes, Magariños trabajó hasta sus últimos días. Los proyectos más recientes
apuntaban, como ya dije antes, a la conformación de un escenario de investiga­
ciones mundiales en relación a la Construcción Semiótica de la Historia, pero por
otro lado continuaba la revisión de su trabajo, explorando los límites de la se­
miótica y proponiendo reflexiones agudas y críticas en la práctica misma del
semiótico, metiéndose con preguntas como “En qué tiene que cambiar la se­
miótica ”, que da título a la sección final de su última obra (Magariños, 2008).
Toda esa producción, la continuidad de sus exploraciones y las nuevas aperturas
serían integrantes de un nuevo proyecto editorial, que daría existencia en algún
momento a la segunda parte de “La semiótica de los bordes ” (Ibíd.). La comuni­
dad académica y científica del mundo fue sorprendida por su fallecimiento, el 12
de abril de 2010 en San Salvador de Jujuy, a los 74 años.

3. Intento de biblio-hemerografía
1972. Semiología, Afasia y Discurso Psicótico. Buenos Aires: Rodolfo Alonso
(113 ps.).

1973. Curso de Semiología Estructural. Fasc I. Buenos Aires: ILAE (ps.: 1-85).

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1976b. Semiología del Pensamiento Científico (en col. con Abel Kivilevich).
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1979. Pautas metodológicas para el tratamiento y evaluación de documentos de
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D. Silveira). Buenos Aires: C.F.I. (192 ps.).
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Folklore (en col. con Martha Blache). Buenos Aires: Centro de Investiga­
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1993. Análisis semiótico del discurso político (y col.). La Plata: IICS, Universi­
dad Nacional de La Plata (48 ps.).

1996. Los fundamentos lógicos de la semiótica y su práctica. Buenos Aires: Edi-
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2003. Hacia una Semiótica Indicial. Acerca de la interpretación de objetos y
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2008. La semiótica de los bordes. Apuntes de Metodología Semiótica. Córdoba:
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3.1. Capítulos en libros
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Jakobson y Juan A. Magariños de Morentin, Semiología, afasia y discurso
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Dr. Luis de la Peña Martínez1
Escuela Nacional de Antropología e Historia

In memoriam
Juan Magariños de Morentín
y Carlos Monsiváis

Introducción. Recordando a Magariños
El presente trabajo estaba pensado como parte de una propuesta de inves­
tigación para ser incluida en el proyecto que Juan Magariños denominó “La Uni­
versidad de la Calle” (“La U de la C”, como gustaba abreviar). Dicho proyecto
fue dirigido por él en la Universidad Nacional de Jujuy desde 2006, aunque lo
concibió en 2003, y poco antes de su muerte, en 2010, le había dado forma a la
segunda etapa del mismo bajo el título de “La construcción social del conoci­
miento”. Mi “participación” en el proyecto (que como otros de sus proyectos
formaba parte de “Semioticians”: la lista, archivo y centro de investigación se­
miótica que Juan coordinaba en Internet: http://www.archivo-semiotica.com.ar/ y
http://www.centro-de-semiotica.com.ar/) fue como integrante del equipo “vir­
tual” de investigadores que se creó con docentes-investigadores de otras ciudades

1 Maestro en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México y licenciado en
Lingüística por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Profesor de las li­
cenciaturas en Lingüística y en Etnología de la ENAH, donde ha impartido, entre otros, los
siguientes cursos: Teoría del discurso, Teoría de las ideologías y Lingüística y etnología. Ha
investigado sobre el discurso zapatista y algunos de sus trabajos sobre este tema aparecen
referidos y citados en tesis y artículos en países como Argentina, Uruguay, Brasil, España y
Francia.
argentinas y del exterior (como fue mi caso y el de otros mexicanos) a la par que
el equipo presencial que trabajaba en San Salvador de Jujuy.

Entrecomillo la palabra “participación” porque fue muy poca mi colabo­
ración, aunque desde el inicio yo le propuse un “escenario de investigación” al
que llamé “La ciudad como texto y contexto”, el que aparece como parte de las
“aulas temáticas” que conformaban uno de los apartados del proyecto, en donde
presentaba algunos ejemplos literarios a propósito de la experiencia de vivir y
convivir en la ciudad; no obstante ello, Juan me invitó a seguir en el proyecto.

Creo que la invitación a continuar se debió a que una de las primeras dis­
cusiones, en 2004, se centró en el título “Universidad de la calle”, nombre que
estaba constituido por dos metáforas y un oxímoron, y yo le envié algunos men­
sajes a “Semioticians” para intervenir y opinar sobre el tema del oxímoron, al
que anteriormente me había referido en otras participaciones en relación con el
discurso zapatista (con respecto a ello, me atreví a mandarle posteriormente un
trabajo mío sobre ese tema: “Somos el silencio que habla”: del oxímoron a la
retórica del silencio en el discurso zapatista”, que no sé si tuvo oportunidad de
leer).

Sin embargo, siento que quedé en deuda con la generosidad de Juan, a
quien por cierto conocí personalmente en México, en la ciudad de Puebla (duran­
te el coloquio “Metáfora en acción” al que asistió en el 2005), por lo que en este
trabajo abordo un “fenómeno” social, cultural y religioso que puede ajustarse al
tema de “La Universidad de la Calle”, desde la perspectiva de la semiótica cogni-
tiva y comunicativa que a él le interesaba. Si bien es, apenas, una primera apro­
ximación, creo que presento elementos que pueden ser desarrollados con más
profundidad y dar pie a nuevas hipótesis de trabajo.

La expresión “Universidad de la Calle” se refiere, como lo explica Maga-
riños en la introducción a la primera versión de su proyecto presentada ante la
Secretaría de Ciencia y Técnica y Estudios Regionales en la Universidad Nacio­
nal de Jujuy, a la “suma de conocimientos que no se imparte en ninguna institu­
ción determinada sino que se adquiere en el esfuerzo cotidiano por ganarse la
vida y/o tener éxito en el logro de los objetivos sociales: en definitiva, todo lo
que unos hacen para sobrevivir y otros para vivir mejor” (consúltese para ésta y
las siguientes citas del proyecto: http://www.universidad-de-la-calle.com/
Proyecto.html). Este proyecto se apoyaba en el enfoque teórico de la “cognición
social”, definida en el Diccionario de Ciencias Cognitivas como:

el campo de los saberes y competencias relativos a las personas (uno
mismo y los otros); a las relaciones interpersonales que intervienen en­
tre individuos identificados por parámetros personales y funcionales,
en relación inmediata o retransmitida (comunicaciones, procesos de
posicionamiento mutuo y de influencia); a las relaciones en el seno de
un grupo humano entre grupos; a las situaciones sociales. Estos saberes
y competencias se refieren a las emociones y los afectos, los móviles e
intenciones que animan a los agentes sociales, de manera habitual o en
una circunstancia particular, a los procesos de ajuste, de influencia, de
evitación y de disimulación (Cf. Houder, Kayser et al, 2003: 66).

En este sentido, la propuesta de investigación apuntaba hacia dos objeti­
vos principales: 1) “la enunciación descriptiva de un conjunto de comporta­
mientos generadores de experiencia” y 2) “la enunciación generalizadora de
conocimiento experiencial adquirido”; ambos objetivos eran propuestos para
ser alcanzados por el investigador a partir de su percepción, participación y/o
testimonio de otra persona.

Por “comportamiento generador de experiencia”, Magariños (2006 y
2008) entiende “a aquella conducta humana cuyos componentes constitutivos
(gestos, palabras, actitudes, interacción con otros sujetos, etc.) y la estructura
relacional que los vincula pueden reproducirse en otro momento y circunstancias
relativamente semejantes, para la obtención de un resultado deseado”. Mientras
que por “conocimiento experiencial adquirido”, Magariños entiende “a la dispo­
nibilidad de determinado comportamiento como posibilidad actualizable a partir
de su previa percepción y/o participación y/o información”.

Esta interrelación dialéctica entre dicho comportamiento y su conoci­
miento “abductivo emergente”, constituían la “estructura semiótica-cognitiva”
del proyecto. Ello estaba contemplado como la aplicación de una “semiótica in-
dicial”, “consistente en el estudio del significado de los objetos y/o comporta­
miento, ya que tratará de la educación y del aprendizaje, en determinado ámbito
social, a través del espectáculo del aprendizaje de los otros”.

Considerada, así, un ámbito de conocimiento informal, la “Universidad
de la calle” fue definida desde una perspectiva semiótica por Magariños como
una instancia generadora de sentido, esto es, como un proceso productor de signi­
ficación. La base de esta perspectiva la encontró tanto en la teoría semiótica de
Ch. S. Peirce como en el análisis discursivo-semiótico de M. Foucault.

La expresión “Universidad de la calle” era examinada de modo poético y
retórico, pues estaba construida por dos metáforas vinculadas por un oxímoron,
como antes señalé: la “universidad” (donde se conserva la noción de jerarquía en
el ámbito del aprendizaje y el conocimiento) y la “calle” (espacio público en que
se exhibe y muestra un determinado tipo de comportamiento “vulgar” y arriesga­
do); con lo que se genera una “autocontradicción” que el oxímoron resuelve
(“alianza de términos contarios o contradictorios”, como lo define R. Jakobson).
Esta “idea poética” fue el punto de partida de la investigación para llegar a plan­
tear después la problemática del descubrimiento y la explicación de la existencia
de dicho fenómeno social.

Con todo, en el trabajo que a continuación se presenta no seguí al pie de
la letra la metodología y los pasos propuestos por Magariños para el proyecto.
Me limito a una descripción (casi etnográfica) del escenario y del comportamien­
to de los actores participantes en él, y a una caracterización muy general de algu­
nos de los objetos y procesos semióticos ahí observados (íconos, índices y símbo­
los). No pretendo más que mostrar un posible camino para adentrarse posterior­
mente, si fuera el caso, en el análisis semiótico-discursivo de manera más ex­
haustiva: por ejemplo, en él no hay el empleo de ningún cuestionario o entrevista
para conocer el punto de vista y el propio discurso de los sujetos involucrados en
este proceso, que era una de los requisitos de la investigación.
Se trata, ante todo, de una forma de observación-participante, la que sin em­
bargo ha implicado asistir con regularidad mes con mes (cada día 28) al lugar
donde ocurre esta experiencia, desde hace poco más de un par de años, para po­
der comprender e interpretar el conocimiento ahí obtenido. Por último, una acla­
ración para los lectores no mexicanos: la frase “hazme un paro” empleada en el
título del trabajo es una expresión popular que se puede entender como una peti­
ción de ayuda a alguien para poder salir de algún problema o de un apuro eco­
nómico (tal vez, “hacer el paro” pueda también entenderse metafóricamente co­
mo una ayuda para parar o detener una situación difícil o agobiante).

1. San Judas Tadeo, el abogado de las causas difíciles
y desesperadas
La frase que da título a este trabajo es la misma que leí impresa en un
cojín o almohadilla que contenía la figura (caracterizada a modo de una “carica­
tura” o personaje de cómic) de San Judas Tadeo. En realidad, la frase estaba es­
crita con faltas de ortografía: “San Juditas has me un paro”, lo que le daba un
cierto tono de ingenuidad más que de ignorancia o de incorrección lingüística (¿o
es que estaba escrita así para llamar la atención?). Como sea, la leyenda y la figu­
ra me conmovieron, pues la almohadilla era llevada por una niña que acompaña­
ba al resto de su familia en un vagón del metro, los cuales iban ataviados con
camisetas, escapularios, collares y pulseras en las que se mostraba la imagen del
santo. Era un domingo 28, que como el 28 de octubre (día en que se festeja
anualmente a San Judas), o el 28 de cada mes, es el día en que cientos (o miles)
de fieles de este santo acuden desde distintos rumbos de la Ciudad de México y
sus alrededores (y, tal vez, de otras ciudades más, de provincia y hasta del extran­
jero) al templo de San Hipólito, situado en la convergencia de las calles de Ave­
nida Hidalgo y Zarco, en la céntrica colonia Guerrero.

Esta muestra de devoción da cuenta de una forma de culto o religión po­
pular que se distingue por ser practicada, en su mayoría, por gente muy joven y
por grupos familiares y barriales. Tal vez, ello se deba a que San Judas está con­
siderado como el “abogado” de las causas difíciles y desesperadas o porque mu­
chos lo consideran como uno de los santos más milagrosos, lo cual en una situa­
ción de crisis económica como la que padecemos puede resultar normal, pero
más allá de esto es indudable que la fidelidad a este santo desborda los paráme­
tros de lo que es aceptado “normalmente” como religioso, sobre todo, si se trata
de la Iglesia católica.

2. La llegada al templo de San Hipólito:
los caminos de la fe
Al templo de San Hipólito (y San Casiano) se puede llegar en metro, se
baja en la estación del Metro Hidalgo, en el entronque de las Líneas 2 y 3 (azul y
verde, respectivamente por su color distintivo), y se sale hacia la calle “Zarco”. O
bien, se puede llegar a pie por alguno de los costados del parque central de La
Alameda, y si se viaja en otro transporte colectivo (autobús o pesero) se toma
alguno que recorra la avenida de El Paseo de la Reforma. Cualquiera que sea el
trayecto elegido uno puede ver a las personas que ahí se dirigen y reconocerlas
por su atuendo. Por lo regular, visten con una camiseta blanca (o, en algunos
casos, negra, que compiten en diseño con algunas utilizadas por los fans de los
grupos de rock) en la que la figura de San Judas está estampada y es acompañada
de alguna leyenda (Véase Foto 2).

Dicha figura del personaje (que algunos pueden confundir con la del
mismo Jesucristo, de quien el santo era primo, según se consigna en las “vidas de
santos”) se representa ataviada con un manto verde que cubre a la túnica blanca,
además de que toca con una mano un medallón dorado que lleva en el pecho y
con la otra sostiene un mazo (o garrote) que en ocasiones tiene la apariencia de
un báculo; asimismo, de la cabeza del santo surge una pequeña llama o flama en
medio de su aureola (Ver al final de este trabajo las imágenes de San Judas Ta-
deo). De esta combinación de elementos y colores (verde, amarillo y blanco,
principalmente) se conforman las diversas imágenes y objetos que se ofertan en
los improvisados puestos que se instalan en las cercanías de la iglesia; lo que
provoca, junto con la afluencia de los fieles, que en ese día se cierre el tránsito
vehicular en la esquina en la que se encuentra el templo de San Hipólito.
Muchos de los que ahí van cargan una escultura del santo (en yeso o plás­
tico) de distintos tamaños (hay quienes llegan a cargar piezas de más de un me­
tro) a la que llevan para ser bendecida (Véanse Fotos 1 y 2), y a la que le “cuel­
gan” escapularios y collares, en agradecimiento por los favores concedidos, con
lo que se parece competir por el número de adornos que tanto el santo como las
personas ostentan. Incluso, algunos (niños, jóvenes y adultos) visten con un hábi­
to semejante al de San Judas para cumplir con ello alguna “manda” o promesa
hecha.

Como ya se mencionó, una mayoría de los fieles son muy jóvenes (algu­
nos casi niños o adolescentes) por lo que su “look” es muy atractivo: en los hom­
bres pueden verse cortes de pelo extremadamente cuidadosos, teñidos o a la
“brosh” (Véanse Fotos 2 y 3), incrustaciones o piercing en los labios y la nariz,
argollas y pequeños artes en las orejas, cejas depiladas o delineadas, y hasta al­
gún tipo de intervención con trozos de cintas adhesivas en el tabique de la nariz
con el fin de afilarla. No hay contradicción entre ser un devoto y la apariencia
moderna y desfachatada: algunas jóvenes lucen amplios escotes, visten “tops”
que dejan al desnudo los hombros, ajustados pantaloncillos o minifaldas, utilizan
peinados extravagantes o grandes flecos en la frente y se maquillan el rostro con
colores llamativos, mientras que varios jóvenes (hombres y mujeres) tienen gra­
bado en alguna parte del cuerpo un tatuaje de San Judas (Véase Foto 3). Existe
una exuberancia y sensualidad a flor de piel, a tal grado que hay quienes aprove­
chan la situación para “ligar” y establecer nuevas relaciones.

De igual modo, es común observar entre estos jóvenes (considerados par­
te de una “tribu urbana” conocida como “chacas”; nombre derivado, según algu­
nos, de la palabra “chacal” o “chacalón” y del verbo “chacalear”: analogía con el
comportamiento violento de ese animal salvaje) el consumo de bebidas embria­
gantes y de sustancias tóxicas: inhalan una “mona” (una estopa humedecida con
algún solvente químico o algún tipo de pegamento) o fuman mariguana. Esto le
ha dado a San Judas la “mala” fama de ser el santo de los rateros y malvivientes,
y ha llevado a la creación de “consejas populares” acerca de que en ese día las
calles de la ciudad se encuentran más seguras pues los “delincuentes” están en el
templo o porque han hecho una especie de pacto secreto con los policías y agen­
tes, quienes también acuden a ese lugar; aunque otros tantos prefieren evitar el
andar por esos rumbos en esa fecha. También, es visible la asistencia de gente
que se dedica a la prostitución (por ejemplo, algunos travestis o transexuales).

Por cierto, este culto se ha relacionado con el de la “Santa Muerte” (hay
quienes llevan también imágenes de ésta), pero a diferencia de ese otro culto, que
es practicado fuera del ámbito de la Iglesia católica, el de San Judas es aceptado
y fomentado por las autoridades de dicha Iglesia. Es más, el lenguaje utilizado
por la propaganda religiosa ha tenido que adaptarse a las formas de expresión
popular y juvenil, como lo muestra este fragmento de una hoja volante, impresa
en hojas amarillas y con tinta verde, repartida por los misioneros encargados del
templo de San Hipólito, a propósito de la Semana Santa, al que titulan “CARTA
A LA BANDA”:

HOY QUIERO DAR LAS GRACIAS A DIOS MI
VALEDOR SAN JUDITAS POR ESTAR CON TODOS
USTEDES CELEBRANDO ESTA FE QUE NOS UNE Y
QUE NOS TIENE CONTENTOS EL DIA DE HOY.

BANDA TE INVITO A TENER
ORDEN Y CONSERVAR LA
CALMA EN LA ENTRADA
DEL TEMPLO PARA QUE
TODA LA DEMÁS BANDITA
PUEDA ENTRAR SIN TENER
QUE TROPEZAR Y CAER.

El uso de términos como “valedor” (para designar a alguien considerado
como un compañero o gente de valía, o a quien puede “hacer un paro”: “mi vale­
dor”), “banda” o “bandita” (para dirigirse a los jóvenes en general o el grupo al
que se pertenece barrialmente) o el diminutivo “San Juditas”, refleja el tono co­
loquial y el aprovechamiento del caló empleado por los jóvenes de las zonas po­
pulares de la Ciudad de México y sus alrededores, además de que en dicho texto
se hace referencia al consumo de drogas y de alcohol:

BANDITA ES MUY TRISTE
TAMBIÉN VER A MUCHOS
VALEDORES Y
VALEDORCITAS
DROGÁNDOSE Y
ALCOHOLIZÁNDOSE SIN
COMPRENDER Y
AGRADECER LO QUE SE
CELEBRA.

3. Las imágenes y el imaginario colectivo en la calle
La fe en San Judas, con toda su imaginería y simbolismo, representa una
manera de expresión popular característica de una mega-ciudad como lo es el
Distrito Federal y los barrios y municipios suburbanos (también llamados “co-
nurbados”) que lo rodean, en particular del Estado de México. De los grupos que
acuden al sitio de reunión para su culto, un gran número procede de aquellos
municipios y, literalmente, vienen en peregrinación en contingentes que se orga­
nizan en sus respectivos barrios. Además, una parte significativa de esta concu­
rrencia la constituyen las personas dedicadas al comercio informal (los llamados
“vendedores ambulantes”), sobre todo los que trabajan en la zona céntrica del
Distrito Federal o en los vagones del metro.

El ambiente festivo y relajado que se siente en el lugar rompe con la
acostumbrada solemnidad de otras celebraciones religiosas (católicas o no católi­
cas). Las distintas generaciones conviven sin problemas y, paradójicamente, son
muestra de una tolerancia hacia prácticas censuradas por otras formas de rito.
Nadie parece meterse con nadie y todos manifiestan su creencia y devoción a su
modo.
El espacio que constituye la entrada al templo es colmado por los fieles,
quienes se arremolinan, cuerpo a cuerpo, para poder ingresar al interior del mis­
mo, aunque una mayoría no logra hacerlo. Algunos prefieren permanecer a la
distancia y escuchar las bocinas del equipo de sonido que transmiten la voz del
párroco que oficia la misa, casi siempre son las personas de mayor edad o las
familias con pequeños niños. El movimiento es incesante durante todo el día (se
ofician misas cada hora los días 28, de 6 de la mañana a 10 de la noche, y los
domingos de 7 de la mañana a 8 de la noche) y solo en ciertos momentos dismi­
nuye un tanto la afluencia, lo que sirve para comer con relativa calma en los
puestos que ofrecen un variado menú (hay de todo: tacos, quesadillas, sincroni­
zadas, y un largo etcétera). Otros más curiosean para comprar una camiseta (que
las hay de precios y diseños diferentes), tomarse una foto instantánea junto a una
reproducción en yeso de San Judas de tamaño natural, o adquirir cuanto objeto
relacionado con el santo se venda: veladoras, inciensos, llaveros, botones, bolsas,
morrales, gorras, globos y hasta botellas con agua bendita (la cual es anunciada
en la etiqueta como “agua potable filtrada ingerible”). Pero los objetos más codi­
ciados son, sin duda, los escapularios, los collares y las pulseras, estos últimos
fabricados con chaquiras multicolores (principalmente: verde, amarillo y blanco),
rematados con la imagen con-sagrada (Véase foto 2).

El colorido resalta como una manera de festejar al sentido de la vista: la
religión entra por los ojos con toda su carga emotiva y afectiva, el pathos se pre­
senta como empatía que liga (re-liga: que es el sentido de la auténtica religión)
los unos a los otros a través del color. Lo sensorial y lo sensual se confunden en
quienes llevan pintado en el rostro, por medio de una plantilla, los colores o la
imagen del santo, semejantes a los hinchas de un equipo de fútbol; el color y el
calor del ambiente es un modo del disfrute del cuerpo con el que se expresa una
peculiar forma de espiritualidad.

Se diría que no hay sufrimiento, sino un placer por estar ahí y formar par­
te de un conglomerado cuyos individuos cotidianamente se enfrentan aislados a
múltiples problemas, pero que en su conjunto constituyen una fuerza que atrae
como el magnetismo de un imán gigantesco. Esa fuerza les otorga, sin quizá ellos
comprenderlo del todo, una identidad que, sin embargo, los vuelve diferentes:
son distintos y a la vez los mismos. Ellas y ellos, de varias edades, se mueven al
ritmo de sus pasos cortos pero rápidos, o tal vez compactados simulen la capri­
chosa precisión del vaivén de una ola. Ondulaciones y vibraciones de una masa
que se sabe, se siente, viva y activa. No hay tiempo para la quietud, todo es, aun­
que no lo parezca, un pasar pronto a otra circunstancia: se está aquí y al momento
se es desplazado a otro sitio, inclusive quien elige mantenerse un tanto al margen,
alejado del bullicio y los empujones de la gente, como mero observador, pronto
se moverá de su lugar, ya sea porque alguien le pide permiso para colocar su
mercancía o, de plano, porque le estorba su presencia para vender.

En ocasiones, para agradecer al santo algún favor concedido, se obse­
quian estampitas ilustradas con imágenes religiosas que contienen en el reverso
oraciones a San Judas, a alguna Virgen y a otros santos; en ellas se pide prospe­
ridad, trabajo y salud o están dedicada a los choferes o a algún otro tipo de acti­
vidad u oficio; también, se regalan flores, paletas y caramelos, o alimentos para
los más necesitados (se forman largas filas para obtener algún plato con comida).
Y aunque no faltan quienes pidan limosna, con el pretexto de brindarla a la igle­
sia, a cambio de un caramelo o figura (una práctica frecuente en las calles aleda­
ñas, o en días anteriores a la celebración en otras partes de la ciudad), la propia
iglesia hace pasar entre los feligreses reunidos en la calle varias alcancías de ma­
dera donde depositar los donativos.

El intercambio monetario y/o simbólico es continuo: es un flujo de signos
e íconos, de textos y discursos que forman la trama de una red de relaciones de
solidaridad en que se sustentan y son posibles las acciones significativas que
dotan de sentido a una creencia común. El dar y el recibir, el convidar y el com­
partir, los guiños y las complicidades secretas (desde fumar entre varios un mis­
mo cigarrillo de mariguana a permitir el paso a los otros), son gestos y actitudes
que los unen en una especie de fraternidad implícita que los hace reconocerse
como iguales aun en, y con, sus diferencias.
4. Del afuera al adentro (y viceversa): entre lo profano y lo sagrado
En realidad, lo que pueda parecer caótico resulta producto de una organi­
zación por parte de las autoridades del templo, quienes cuentan con personal de
apoyo (que viste una playera o un chaleco de un mismo color) y tienen asignados
espacios y accesos para cierto tipo de personas como lo son las personas con
alguna discapacidad, las embarazadas y los ancianos, además de contar con un
módulo para personas extraviadas (estos lugares se encuentran en el número 10 y
12 de la calle de Zarco, a un costado del templo). También, se reparten folletos
que contienen recomendaciones y medidas de prevención para evitar accidentes.
Sin embargo, se han hecho modificaciones al tránsito de vehículos, como el tra­
zado de un carril en una de las avenidas para que frente al templo pase un auto­
bús, el conocido como metro-bus, lo que no ha sido visto con agrado por los cre­
yentes, pues conforme es mayor la afluencia de la gente se invade ese carril cons­
tantemente.

Entre lo profano y lo sagrado, caracterizado por el afuera y el adentro del
espacio del templo, la multitud de fieles transcurre a través del atrio hasta intro­
ducirse a ese espacio y poder llegar, algunos, frente al altar para que sus imáge­
nes sean bendecidas; quienes permanecen afuera se conformarán con alzar sus
imágenes (figuras de yeso de todos tamaños, estampas, escapularios, etc.) cuando
adentro se dé la bendición. Ese recorrido difícil y agotador, sin embargo, los lle­
nará de la satisfacción de haber realizado su propósito (la petición de un favor o
el cumplimiento de una promesa). Incluso, habría que señalar que cuando las
iglesias fueron cerradas durante algunos días, en marzo del 2009, debido a la
“contingencia sanitaria” provocada por la propagación del virus de la influenza
AH1-N1, decretada por las autoridades de salud del gobierno federal, muchos
fieles fueron a depositar flores y veladoras ante las puertas cerradas del templo
sin importarles desacatar la medida que prohibía la asistencia a lugares de
reunión pública.

Adentro del recinto, el ambiente se condensa, se recarga con la emoción
de aquellos que con paciencia esperaron durante horas para lograr ingresar a él y
por ser de los afortunados que participarán de la ceremonia litúrgica, por encon­
trarse en contacto directo con los oficiantes del rito y formar así parte de un gru­
po especial; llama la atención, no obstante, que ahí solo haya una imagen de San
Judas, colocada en el centro del altar mayor, pues el templo está consagrado a
otros santos (Hipólito y Casiano).

La construcción del templo fue ordenada por Hernán Cortés el 13 de
agosto de 1521, día de San Hipólito, cuando conquista Tenochtitlán y deposita
ahí los restos de los soldados muertos en la batalla conocida como de la “Noche
triste”. En el interior, igualmente, hay diversos altares y capillas en que se venera
a diversas figuras religiosas (una, en particular, está dedicada a los santos mexi­
canos). Por ello, este templo es una de las primeras construcciones españolas de
la Ciudad de México y San Hipólito su santo patrono.

La imagen de San Judas del altar mayor es muy diferente a la que todos
conocen, el pelo del también apóstol es más corto y los colores de sus ropas no
aparecen del mismo modo: la túnica es verde con motivos dorados pero el manto
es púrpura, aun así los creyentes lo reconocen y le manifiestan fervor y le rezan.
La fuerza de su simbolismo es tal que ha dado origen a relatos que por más que
puedan parecer inverosímiles atrapan a quien los oye o lee por su feliz conclu­
sión.

Son muchos y curiosos los testimonios dados acerca de los milagros rea­
lizados por el santo, de los que aquí narraré uno que supe por tratarse de un caso
familiar: “en una ocasión le fue robado el automóvil a una tía, que al llegar de­
sesperada a casa le contó el hecho a mis abuelos y a mi tía abuela, con quienes
vivía. Ésta, al ver a mi tía tan agobiada, le rezó a San Judas y le pidió ayuda para
recuperar el auto; cuál no sería la sorpresa de mi tía cuando al ir a denunciar el
robo a la Delegación de policía encontró en el trayecto el auto abandonado por
los ladrones”. Como éste, abundan los testimonios que cuentan experiencias que
van desde haberle salvado la vida a alguien, recuperar la salud o haber ayudado a
otro más a conseguir trabajo.
A un costado del altar mayor existe un libro donde la gente puede escribir
sus peticiones, favores o agradecimientos a San Judas y también hay un espacio
para colocarle veladoras, cartas o exvotos.

El transitar de la gente durante cada hora, al comenzar y al terminar cada
misa, formará las afluentes de un río que se bifurca al salir del templo. Después,
la celebración sigue afuera, se bebe alguna cerveza o se hacen planes para pro­
longar la fiesta, no hay ruptura sino continuidad, aunque quizá se invierta el or­
den: de lo sagrado a lo profano, del ámbito religioso al de la calle. Reconfortados
por su fe, los parroquianos vuelven a su realidad, la misma pero vista con otros
ojos: las parejas se abrazan, las familias se conjuntan, los amigos bromean, pero
ahora con un nuevo dinamismo y energía, pese a que algunos se vean cansados.

Según sea la hora, la gente retoma y retorna a sus actividades o a aprovechar
su tiempo de descanso. Como ocurre cada mes, se ha participado de una situación
única, pues aunque ésta sea ya una costumbre la viven cada vez de manera dife­
rente. En ese día renuevan su creencia y se sienten fortalecidos espiritual y mo­
ralmente, se sienten protegidos y seguros para enfrentar los problemas cotidia­
nos: las afectaciones a la salud, la falta de trabajo y de dinero, las injusticias co­
metidas contra ellos. No en balde San Judas Tadeo (cuyas iniciales, SJT, apare­
cen en muchos objetos en que se presenta su imagen como una especie de “logo”
o “marca”) es nombrado como “el santo de los desesperanzados”; sin embargo,
paradójicamente, quizá sean ellos quienes tengan, más que nadie, una esperanza
(y, en verdad, la conozcan), o para decirlo con Walter Benjamin: “La esperanza
nos ha sido dada por los desesperanzados”.

5. La comunicación y difusión de la fe en los tiempos de la red
Además de las formas tradicionales de propagación de la fe, el culto a
San Judas se difunde por medios de comunicación como la radio (a través de una
“cápsula devocional” transmitida los sábados por la mañana en una estación de
a.m.), y una revista bimestral, titulada Presencia apostólica, que se encuentra “en
línea” en la página electrónica que tiene en Internet la Liga Nacional de San Ju­
das Tadeo (a propósito, el nombre “Tadeo” es muy común en un país como Po­
lonia, donde también se practica este culto), promovida por los misioneros clare-
tianos, quienes son los encargados del templo y, además, dan pláticas con temas
como la búsqueda de trabajo o realizan misas especiales para enfermos o para
quienes pertenecen a la Liga.

Por cierto, en uno de los links de esa página se expresa la preocupación
de estos misioneros por el fenómeno de lo que ahí llaman “banda”, o “chavos
banda” (jóvenes que viven “en situación de calle” o que forman parte de alguna
pandilla callejera), para referirse a los “jóvenes marginados” que asisten al tem­
plo los días 28, en un documento titulado “Red social por los jóvenes de San
Judas Tadeo”:

Existe un evento que empezó su aparición de forma notoria hace ya
más de 7 años y es el fenómeno de la devoción de jóvenes marginados
que veneran a San Judas Tadeo. Este fenómeno social y religioso sigue
sorprendiendo a propios y extraños. Cabe mencionar que no menos de
30 estudios universitarios, incluso algunos de postgrado han abordado
este fenómeno. Queremos hacer de su conocimiento y despertar su in­
terés respecto a lo que algunas instancias hemos empezado a reflexio­
nar y a hacer queriendo asumir la parte que nos corresponde en torno a
este acontecimiento devocional y social que los jóvenes llamadas (sic.)
“banda” protagonizan.

Precisamente, esta red es la que difundió el volante “Carta a la banda”,
así como también ha realizado encuestas, entrevistas y un documental para tratar
de comprender este novedoso fenómeno “social y religioso”, y para poder incidir
en la concientización y adoctrinamiento de los jóvenes. Ello forma parte de una
estrategia para rehabilitarlos de sus adicciones a las drogas y reintegrarlos so­
cialmente, ya que muchos viven, como ya lo mencioné, “en situación de calle”.
De este modo, se ha recurrido a colaborar con asociaciones civiles e instituciones
de asistencia privada dedicadas a tratar estas problemáticas y con sacerdotes que
cuentan con experiencia “de campo” en el trabajo con jóvenes de zonas popula­
res (por ejemplo, el municipio de Nezahualcóyotl, en el estado de México), como
el P. Federico, al que llaman “Padre banda”; o con líderes juveniles y comunita­
rios, como uno apodado “El tierno”, uno de los dirigentes de una organización
denominada “Bandas Unidas en Cristo”.

Este uso de la red ha generado una profusa iconografía de San Judas tan­
to en videos de música rap, de reggeatón o corridos dedicados al santo, como de
imágenes que han sido creadas o intervenidas a modo de una parodia o de crítica
a los jóvenes “chacas” que profesan este culto (en muchas ocasiones, estos ata­
ques son llevados a cabo de forma racista y clasista).

El personaje de San Judas también ha sido objeto de un libro escrito por
Antonio Velasco Piña, autor de libros como Regina, Tlacaelel y otros sobre el
movimiento espiritual (“new age”) de la “nueva mexicanidad” que él dirige, con
lo que intenta ligar ambas formas de ritualidad. Con todo, la dinámica de esta
manifestación popular de fe parece desbordar y trascender los límites impuestos
por cualquier autoridad eclesial o líder carismático, lo que no supone que no pu­
diera ser aprovechada en algún momento para intereses distintos, partidarios,
sectarios, o de otro tipo.

6. La “lógica” compleja de los milagros y el arte de la
sobrevivencia: de la desesperación a la esperanza
Lo importante de dicho “fenómeno” es observar los procesos de creación
cultural y simbólica que se generan a partir de este culto masivo, las formas de
adaptación y flexibilización que adquiere la religión en el contexto urbano (en el
que se “habita” y se comparten “hábitos”) considerado como un espacio donde
existen “ámbitos” de ritualidad y vínculo como es éste, así como la singular mez­
cla entre tradición y modernización de las costumbres y las creencias. Pero, sobre
todo, hay que entender el modo en que la religión está asociada estrechamente a
la inestabilidad económica y la incertidumbre laboral de los jóvenes, los desem­
pleados, los comerciantes informales, las y los sexo-servidores, y de otros secto­
res populares, quienes sienten su presente amenazado y su frágil seguridad en
riesgo constante, y que encuentran en su devoción a San Judas un sentido positi­
vo y motivador ante las dificultades de su existencia cotidiana.
Pero, más que juzgarla como una mera reacción irracional propia del fa­
natismo o de la gente “inculta”, actitud que no deja de connotar un cierto despre­
cio y discriminación hacia los grupos vulnerables y desprotegidos de la sociedad,
hay que adentrarse a las causas profundas de esta peculiar circunstancia que hace
que miles de personas se reúnan para compartir sus creencias y a la vez se sien­
tan, en lo individual, plenos al manifestar su espiritualidad de modo voluntario.
El joven que delinque porque no tiene otras opciones de vida, o porque no tuvo
las mismas oportunidades para contar con los estudios suficientes para conseguir
un empleo seguro (como el tipo de joven que ahora es llamado “nini”, porque
“ni” estudia “ni” trabaja) vive “al día”, o mejor: sobre-vive, como muchos otros
que, desgraciadamente, aunque contaran con estudios y preparación, se han visto
obligados al subempleo o, de plano, al desempleo como modo de vida. En ello
influye, por igual, el ambiente de violencia que se ha originado a partir de la lla­
mada “guerra” contra el narcotráfico llevada a cabo por las autoridades federales.

Esta situación de una crisis “crónica” con la que crecen los individuos en
una sociedad como la nuestra, pese a los discursos oficiales acerca de una recu­
peración económica y la creación continua de empleos, es el motor que genera la
existencia de familias desintegradas, de adicciones en las personas sin recursos y
que viven en la calle, y de otros tantos problemas sociales que si no se les da una
solución radical de poco sirven las acciones para remediar con simples paliativos.
La miseria a que se ven empujados amplios componentes de las clases bajas, y
hasta de las medias, es el triste horizonte sobre el que se proyecta la fe puesta en
los milagros. El “derecho” a la felicidad que todos los seres humanos deben tener
es la única premisa para creer en ellos: es posible alcanzar la felicidad y la justi­
cia en este mundo pero para lograrlo hay que creer en algo o alguien que de mo­
do trascendente lo motive.

La imaginación juega aquí un papel fundamental, pues, más que ser una
representación “deformada” o “falsa” de la “realidad”, ella constituye un comple­
jo entramado de significaciones que permite representar la propia existencia y la
de los otros: un universo de relaciones sensoriales y afectivas que tiene una “ló­
gica” compleja, si bien ésta parece poco “racional”. El sujeto (los sujetos) que
cree(n) lo hace(n) inmerso(s) en una red de sentido cuyo marco de referencia lo
forman esas “significaciones sociales imaginarias” (en el sentido de Castoriadis)
que comparte con otros con los que se identifica(n). Su vínculo está conformado
por discursos, íconos y símbolos que se crean y recrean cotidianamente.

La “semiosfera” (para utilizar el término de Lotman) en la que están in­
mersos los creyentes posibilita un cúmulo de “conocimientos” aprendidos en la
“universidad de la calle”, un aprendizaje que los hace “competentes” para com­
prender y actuar en consecuencia con un contexto de significación en que se ma­
nifiesta su comportamiento “como signo” (a decir de Magariños). Con todo ello
se crea un “sentido global” que ubica al individuo “en su mundo” y fundamenta y
vuelve “coherente” para él su existencia (se trata, en vez de una ontología, de una
“ontopatía”: término acuñado por Magariños). El aprendizaje cotidiano de la
calle lo capacita para, de manera auto-poiética, recrear su identidad y valores, y
los de los otros, con base en la “lógica” de la fe y los milagros (toda una semiosis
de los afectos, las emociones y las pasiones). Es un “arte de la sobrevivencia”
que le permite experimentar y expresar sus dificultades y apuraciones de modo
“trascendente”, articulando su problemática existencial y económica con los sig­
nificados religiosos.

Si definimos a las “creencias” como aquel conjunto de representaciones
simbólicas que son compartidas por un grupo o colectivo al que le dan una iden­
tidad común, en el caso de las “creencias religiosas” se justifica con base en su
función integradora y reguladora de las conductas de quienes se reconocen como
partícipes de una forma de culto o rito, como ocurre con el de San Judas Tadeo,
lo que, a su vez, forma parte de un proceso de cognición social cuyo aprendizaje
es estimulado y transmitido mediante prácticas ceremoniales en sitios aceptados
convencionalmente para tal fin. Las creencias, más allá de su valor de verdad, se
entremezclan con modos de actuación que las dinamiza y las mantiene vigentes,
en ello reside su eficacia y permanencia al poder flexibilizarse y adaptarse a cir­
cunstancias inéditas que transforman las costumbres y aprovechan, sin embargo,
su potencial creador y expresivo.
Sin llegar a ser un “nuevo movimiento religioso”, el culto a San Judas
Tadeo combina aspectos novedosos con los tradicionales de la religión católica,
su pertinencia depende todavía de los marcos institucionales que le brinda la
Iglesia que le da cobijo, y que mucho le debe a su difusión, pero ello no significa
que en todo se ajuste a ellos. Tradición y modernidad forman una mezcla heteró-
clita que da como resultado un modo de vida propio de una megalópolis como lo
es la Ciudad de México; la imagen de San Judas Tadeo representa un símbolo de
la lucha cotidiana por sobrevivir frente a las desigualdades sociales y la miseria:
es la imagen, a la vez, de la desesperación y de la esperanza de quienes habitan
(habitamos) en ella.

Sea pues, éste, un homenaje a Juan Magariños y a su importantísima la­
bor de difusión, investigación y enseñanza de la semiótica en nuestro idioma y
continente, al igual que a Carlos Monsiváis, quien con sus múltiples y diversos
trabajos nos ayudó a transitar imaginativamente por los infinitos laberintos de las
calles de la Ciudad de México.

Referencias
Foucault, Michel (1969). L'archéologie du savoir. Paris: Gallimard.

Houde, O.; Kayser, D.; Koening,O.; Proust,J.; Rastier, F. (2003). Diccionario de Cien­
cias Cognitivas. Buenos Aires: Amorrotu.

Magariños de Morentín, Juan A. (1996). Los fundamentos lógicos de la semiótica y su
práctica. Buenos Aires: Edicial.

Magariños de Morentín, Juan A. (2003). Hacia una semiótica Indicial. La Coruña:
Ediciós do Castro.

Magariños de Morentín, Juan A. (2006). “L ’université de la rue. Projet de recherche sur
une sémiotique Indicielle ”, ponencia en el X I Colloque de sémiotique de la
francophonie: Performances et objets culturels, 74 Congres de l ’Acfas, Le sa­
voir trame de la modernité; Montréal, Canada: Université McGill; 15 a 18 de
mayo de 2006.
Magariños de Morentín, Juan A. (2008). La semiótica de los bordes. Apuntes de meto­
dología semiótica. Córdoba: Comunicarte.

Magariños de Morentín, Juan A. (2009). “La construcción semiótica de la historia.
Relación entre la historia de la humanidad y la historia de los sistemas semióti-
cos” en X Congreso Internacional de la AIES: http://www.produccionsemio-
tica.com/LA-CORUNA2-EN10.pdf.

Magariños de Morentín, Juan A. (2010). La Universidad de la Calle. (http://www.uni-
versidad-de-la-calle.com/), iniciada en noviembre de 2005 y actualizada en
2010.

Peirce, Charles Sander (1965). Collected Papers o f Ch. S. Peirce. Cambridge : The
Belknap Press of Harvard University Press.
ANEXO

Fotografías e imágenes

Liga Nacional de San Judas Tadeo

http://www.ligasanjudas.org

Foto 1: Una creyente a las afueras del templo de San Hipólito carga una reproducción en yeso de
la figura de San Judas Tadeo que se encuentra adornada con collares y escapularios.
Foto 2: Joven ataviado con un collar y pulse­
ras con los colores verde, amarillo y blanco
(colores con que se identifican las vestimen­
tas de San Judas Tadeo), y con una camiseta
estampada con su imagen. En una de sus
manos carga una reproducción en yeso de la
figura del santo y en la otra lleva una velado­
ra de color verde. Nótese el cuidadoso recorte del cabello. (Al fondo se observa a otra mujer car­
gando también una reproducción del santo).
Imágenes sobre San Judas Tadeo

Foto 4: Imagen de San Judas Tadeo en el
altar mayor del Templo de San Hipólito.
Tomada de la página en Internet de los
Misioneros Claretianos de México:

http://www.apostoladocmf.org/galeria/415/M%C3%89XICO+DF.+S.+HIP%C3%93LITO/156
Imagen 4: Imagen que alude a San Judas,
semejante a una de las figuras con que se
identifican las estaciones del metro.
San Judas reggeatonero

(o "reggeatoñero”: "ñero”, palabra despectiva para
referirse a una persona de clase baja sin preparación
o estudios).

Nótese el atuendo y los accesorios que porta el
personaje (zapatos tenis marca "Jordan”, la gorra) y
la motoneta, además del uso de la "mona”.

"San Judas Yanqui”.

Alusión a la fusión de elementos modernos y tradi­
cionales. Nótese el look juvenil del personaje y la
motoneta.
El problema semiótico del fenómeno de la migración:
una mirada desde Lotman y la filosofía de la cultura

Mtra. Rosa María Macías Herrera1
Programa de Estudios Semióticos
Universidad Autónoma de la Ciudad de México

La historia no conoce repeticiones
sino que ama las rutas nuevas, imprevisibles.
Y. Lotman

1. Introducción
Son muchas las circunstancias que llevan a una persona a dejar su país, o
su territorio original; unos salen voluntariamente, otros se ven forzados a hacerlo
por amenazas o razones políticas; otros van en busca de mejores oportunidades
laborales, económicas o de estudios. Para algunos todo comienza como una aven­
tura, conocer personas nuevas, nuevos lugares, otra cultura, idioma y entorno
social y para ellos puede ser excitante, pero después de un tiempo la ilusión de lo
nuevo pasa; algunas personas pueden experimentar síntomas depresivos, de an­
siedad y sicosomáticos ante la adaptación al nuevo entorno social y cultural.

Para los migrantes, la construcción de la identidad socio-territorial pre­
senta además ciertas condiciones particulares, ya que el desarrollo del sentido de

1 Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Intercontinental, Especiali­
dad en Mercadotecnia Estratégica por el Centro de Estudios en Ciencias de la Comunica­
ción y Maestría en Filosofía de la Cultura por la Universidad Intercontinental, cursando
doctorado en Pensamiento y Cultura de América Latina - IPECAL. Actualmente profesora-
investigadora de la Academia de Comunicación y Cultura de la Universidad Autónoma de
la ciudad de México. Líneas de investigación: Identidad cultural y migración, filosofía inter­
cultural, Semiótica de la cultura, publicidad, comunicación organizacional, marketing polí­
tico.
pertenencia se inicia desde etapas tempranas de la vida y generalmente en el seno
familiar, donde recibe el universo simbólico cultural que después será comple­
mentado y resignificado en las relaciones que entable con comunidades socio-
territoriales con las que entra en contacto en el transcurso de su vida. La migra­
ción impone al actor, tras establecerse en un nuevo territorio, la necesidad de
aprender, contrastar y apreciar otros mundos, que pueden estar más o menos cer­
canos o lejanos a su universo cultural natal y familiar, pero que por circunstan­
cias de la vida tiene que interactuar en ellos y con ellos. En estas condiciones, el
migrante recibe algún tipo de impacto en el contenido y significación de su iden­
tidad socioterritorial, que puede tomar diferentes direcciones, con toda una gama
intermedia en cada una de ellas: el reforzamiento y radicalización de su identidad
natal, o la reconstrucción identitaria al sentirse plenamente asimilado al nuevo
ambiente socioterritorial.

En el primer caso, para que ocurra el reforzamiento o incluso radicalización
de la identidad natal en migrantes, el actor requiere de algún referente, interno o
externo, que le recuerde y actualice el sentido de pertenencia a la comunidad
socioterritorial de origen. Este referente puede aparecer en dos tipos de figuras:

Los "otros", que no comparten su identidad, y que se encargan de resaltar de
manera frecuente o eventual aquellos rasgos que se perciben como distintivos e
identitarios diferenciadores, como por ejemplo en la forma del habla, acento,
hábitos alimenticios, costumbres, modos peculiares de relacionarse con los otros
y hasta el aspecto físico entre muchos otros. En los relatos biográficos aparece
este referente externo con mucha claridad cuando narran que a su llegada al nue­
vo territorio fueron reconocidos y señalados como "fuereños". Estas evidencias
que se presentan al actor de la diferencia, desde las distintas identidades sociote-
rritoriales, le permiten tomar conciencia de la propia identidad, que entre iguales
puede pasar prácticamente desapercibida.

Los "iguales", los que sí comparten identidad, con los que conserva una rela­
ción constante, ya sea porque también han migrado y se encuentran o reúnen en
el nuevo territorio, o porque mantienen algún tipo de vínculo o comunicación
frecuente con el lugar de origen por cualquier medio, inclusive si éste solamente
se realiza de manera simbólica a través de los recuerdos. Este tipo de relación
contínua con los "iguales" permite mantener vivo el recuerdo de los orígenes,
actualizando aquellos rasgos que se perciben como distintivos identitarios, en
contra del olvido y la plena asimilación a una nueva comunidad socioterritorial
que reconfigure la identidad. En este sentido encontramos la formación de grupos
de paisanos que se reúnen con diferentes objetivos (ayuda mutua, celebrar las
festividades, compartir recuerdos o costumbres, encontrar pareja, etcétera), o las
visitas, frecuentes o esporádicas, al lugar de origen.

En el otro caso, la reconstrucción identitaria entre migrantes sucede a partir
de una ruptura con la comunidad socioterritorial de pertenencia antecedente, ya
sea ésta de manera real o simbólica, que puede expresarse en frases como "yo ya
no soy de allá". En este caso se observa el triunfo del olvido sobre el recuerdo
que sucumbe ante las vivencias cotidianas, lo que permite y facilita al actor adap­
tarse e integrarse a la nueva comunidad, adoptando como propio el universo sim­
bólico cultural característico con lo que éste significa, aun cuando pueden quedar
remanentes de su pertenencia anterior.

La persona que abandona a su país no rompe con sus antiguos sistemas de
valores étnicos y comunitarios, ni se adhiere necesariamente a los nuevos mode­
los. Es producto de un grupo social híbrido y complejo basado en la relación
étnica, tribal, el no reconocimiento del individuo y la sumisión. La cultura, por su
parte, la podemos definir como una herencia constituida, en el caso del migrante,
como “cultura de origen”, conformadora de su memoria histórica y que le inculca
una serie de valores, ética, cosmovisión que lo llevan a creer que es la visión
correcta del mundo; sin embargo, al abandonar su país se enfrenta en muchas
ocasiones a una visión muy diferente de la aprendida en su cultura de origen, lo
que provoca confusiones y conflictos de identidad.

El fenómeno de la migración es un proceso complejo que se ha dado a
través de la historia en la humanidad; implica un conflicto en la identidad del
migrante que lo lleva a un proceso de aculturación, desde el punto de vista filosó­
fico. Desde el punto de vista semiótico, la migración significa un encuentro de
una semiosfera con una frontera, que provoca una transformación semiótica en el
migrante; no podemos determinar de manera precisa cuáles son los cambios que
adopta el migrante y cuáles son los elementos que permanecen de su cultura de
origen, pero sí podemos afirmar que existe un proceso de transformación. Si bien
este proceso de cambio conlleva muchas complicaciones, tanto para el país al que
llega como para el propio migrante, no podemos dejar de reconocer que en ese
proceso se conforma y se ha estructurado en gran medida la evolución cultural de
la humanidad, lo que nos permite hoy en día disfrutar de la pluralidad cultural,
comprendida en aspectos como pluralidad étnica, religiosa, gastronómica, lin­
güística, y coincidir con Lotman en que la historia es dinámica e imprevisible.

2. Cultura y migración. Una mirada filosófica
Una cultura está fundada en la acción de sus miembros y ésta, a su vez,
está condicionada por factores que van desde los histórico-geográficos hasta los
factores biológicos. Las relaciones entre los miembros de una cultura son im­
puestas por los mismos factores que fundamentan la propia cultura, de ahí que
sin estar basada en una ley completamente exterior a quienes la fundan y la fo­
mentan, la cultura es compendio más o menos arbitrario de posiciones interpreta­
tivas, de modos de vida, del privilegio de acciones de la creación y permanencia
de objetos culturales, etc., creadas por sus integrantes. En consecuencia la cultura
aparece como “un todo estructurado de manera de actuar, pensar y creer que pro­
porciona a los grupos respuestas a los problemas que presenta el entorno, y ase­
gura la cohesión de aquéllos” (García Cataño, 2002: 6).

En la problemática de la cultura, la variedad de reflexiones que podemos
hacer es enorme. Entre las diversas concepciones para encontrar la relación entre
las culturas uno de los temas que emergen es el fenómeno de la migración. Esto
quiere decir que se genera un enfrentamiento entre la cultura propia y la cultura
del país al que se emigra. Así, la cultura del país de origen es conceptuada como
un todo funcional homogeneizado, transmitido de una generación a la siguiente.
Ello no sirve como referente para hablar de la cultura originaria de los migrantes.
Por su parte para León Olivé (2004: 31-32) la cultura:
[...] es una comunidad que tiene una tradición desarrollada a lo largo
de varias generaciones, cuyos miembros realizan cooperativamente di­
ferentes prácticas, por ejemplo, cognitivas, educativas, religiosas, eco­
nómicas, políticas, tecnológicas, lúdicas y de esparcimiento —lo cual
significa estar orientados dentro de esas prácticas por creencias, nor­
mas, valores y reglas comunes—, que comparten una o varias lenguas,
una historia y varias instituciones, que mantienen expectativas comu­
nes, y se proponen desarrollar colectivamente proyectos significativos
para todos ellos.

A partir de lo anterior se puede establecer a la cultura como una elabora­
ción colectiva, en perpetua transformación. Tratando de considerar la cultura
como un conjunto de elementos objetivos y subjetivos del hombre, no podemos
dejar a un lado los elementos que nos determinan la progresión y construcción de
la misma, en las diferentes sociedades.

Dentro de los elementos que conforman la cultura tenemos, en primer lu­
gar, a la tradición: es la parte heredada que no elegimos y que determina muchos
aspectos de nuestra vida cotidiana. Es lo permanente en las sociedades, que a
pesar de los años, de los distintos paradigmas generacionales (sabemos perfecta­
mente que cambia la tradición), las diferentes condiciones económicas, políticas
o sociales de los países, permanece. La tradición da orientación y sentido de his­
toricidad e identidad a cada uno de sus miembros, al mismo tiempo que les otor­
ga un sentido de pertenencia. Esto implica que tienen elementos propios y no
podemos negar que todos y cada uno de nosotros pertenecemos y estamos inser­
tos en una tradición, como lo señala Gadamer (1977: 46): "es ella nuestro sello
de finitud y el condicionamiento histórico.”

En segundo lugar, el lenguaje. Este es un elemento de la tradición con un
referente simbólico que se afirma en la interacción con los demás, de manera tal
que el lenguaje promueve visiones paradigmáticas acerca de la realidad, creando
con esto cosmovisiones comunes compartidas socialmente, las cuales nos llevan
a erigir patrones o modelos culturales al margen de las diferencias de clase, raza,
género, identidad o geográficas. No obstante, estos mismos factores que aseguran
la permanencia inamovible de patrones tradicionales se ven afectados por apro­
piaciones particulares de cada individuo. Tales apropiaciones son solamente ob­
servables a partir de la interacción pública de las mismas, lo cual significa que no
existe la cultura al interior de los individuos sino solo en un proceso de interac­
ción social.

Esto nos da idea de la importancia de la tradición dentro de la cultura en
la persona, es decir, forma parte de su formación en la parte moral, ética social y
política. Con esto, no queremos decir que la tradición sea aplastante en la forma­
ción y la comprensión de la realidad cultural, sin embargo juega un papel funda­
mental en todos y cada uno de los miembros de una sociedad, lo cual significa
que brinda pautas de comportamientos de todo tipo.

A pesar de que la tradición es una herencia no podemos dejar de recono­
cer que está en constante cambio. El hombre alimenta, transforma, o reduce as­
pectos o rasgos de sus tradiciones, es una constante en la vida del ser humano,
pero no lo es de manera inamovible, sino con permanentes cambios que enrique­
cen cada día más la tradición y van dando un sentimiento de participación activa
en ese proceso de evolución. Creemos que esta participación se da a partir de un
proceso de autoformación definido por Kant como Bildung2.

En este sentido podemos afirmar que el individuo hereda o se crea a sí
mismo algunos sentidos de pertenencia a una cultura dada. Otra forma de partici­
pación se manifiesta a través del accionar cotidiano de los individuos, pero en la
mayoría de los casos este accionar no concientiza la acción como proceso de
construcción cultural.

De aquí se desprende otra característica fundamental de la cultura, a sa­
ber: el aspecto social. Una cultura es algo compartido por todos los miembros de

2 Este proceso consiste en el hecho de que el individuo en la medida en que vive tiene una
serie de experiencias que lo ayudan a conformar una parte de su identidad y también para
este mismo fin se apropia de experiencias tradicionales en las que en muchas ocasiones
no tiene elección, como sería el caso del lenguaje, la familia, la condición genética, etc.
Esta construcción de la identidad individual incide en la conducta social de los individuos y
es así como se da su participación dentro del proceso de la cultura.
una sociedad, de tal modo que podemos declarar que no puede existir una cultura
de un solo hombre. La cultura siempre es social, siempre corresponde a un grupo
de personas, que participan tanto en la práctica como en la creación de la cultura.
Por eso, la cultura es un modo de vida, se constituye por cosmovisiones construi­
das mutuamente por todos sus partícipes en un proceso dinámico permanente de
interacción social.

Debemos aclarar que este proceso no es compartido por todos los indivi­
duos en la misma medida y existen personas que lo asumen con extrema pasivi­
dad, por lo que es conveniente establecer que la construcción como individuo
genera afectaciones dentro del ámbito cultural en diferentes niveles, que pueden
ir del reforzamiento de ideas al cambio de las mismas.

En cualquier caso, al hablar de los integrantes de la cultura, podemos de­
cir que éstos participan en forma activa o pasiva, y que la cultura se suscita en un
espacio público, ya que ahí es donde encuentra su expresión. La cultura se mani­
fiesta abiertamente porque se da, en última instancia, trascendiendo la esfera
privada de sus integrantes y esta trascendencia del ámbito privado abre a otros la
posibilidad de compartir modos de pensamiento y de acción que a final de cuen­
tas son modos culturales.

La única forma de crear pertenencia a una cultura dada (nos referimos al
accidente histórico de nacer en determinada cultura) consiste en hacer de los
factores culturales una especie de elementos compartidos, es decir, el grado de
representación de los contenidos culturales que tiene forzosamente que poseer
elementos de identificación y asimilación por parte de los miembros de la cultu­
ra. A este respecto Kymlicka dice que “una comunidad que tiene una tradición
cultivada a lo largo de varias generaciones y que comparte una lengua, una histo­
ria, valores, creencias, instituciones prácticas, (educativas, religiosas, tecnológi­
cas, etc.) mantiene expectativas comunes y se propone desarrollar un proyecto
común” (Kymlicka, l996: 18). Esta afirmación es la que nos denota la compleji­
dad del proceso que vive el migrante al enfrentarse a una cultura distinta, con
valores que no comparte, con visiones de mundo distintas a él y que incluso en
algunas ocasiones se muestra hostil hacia su forma de pensar, de expresarse, de
vivir, y que, como veremos más adelante, lo envuelve en un proceso de transfor­
mación de sí mismo prácticamente irreversible.

Esta consideración de Kymlicka requeriría, para ser efectiva, que los
miembros de una comunidad tengan claridad o conciencia social del rumbo a
seguir. La cultura influye en nuestro proyecto de vida, puesto que propone patro­
nes o modelos claros para sus miembros. Esto es lo que les da la posibilidad de
cohesión social y al mismo tiempo de entendimiento, comprensión y, por qué no
decirlo, de pertenencia, que hacen que un grupo social mantenga un grado de
acercamiento basado principalmente en compartir una serie de valores a la par de
su historia o lengua. Una cultura nos brinda una visión del mundo y nos permite
que los miembros aprecien su relación con el resto de la sociedad, así como sus
aspiraciones sobre la base de una cosmovisión del mundo. La cultura es aprendi­
da, las personas no vienen al mundo con la cultura integrada a su propio ser, ésta
es aprendida a lo largo de la vida de los individuos. Para esto es importante seña­
lar lo que Villoro (1985: 177) señala:

La cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los
rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos
que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, ade­
más de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamen­
tales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las
creencias.

Cada individuo tiene acceso a más de una cultura, es decir, a más de un
conjunto de conocimientos y patrones de percepción, pensamiento y acción.
Cuando adquiere esas diversas culturas nunca lo hace completamente: cada indi­
viduo solo adquiere una parte de cada una de las culturas a las que tiene acceso
en su experiencia. Su versión personal de la cultura es la totalidad de esas parcia­
lidades que conforman una visión privada y subjetiva del mundo, y de sus conte­
nidos, desarrollada a lo largo de su propia historia. Podemos decir que está llena
de interacciones con otras culturas, la ascendencia de padres migrantes, el acceso
a través de textos, las colonizaciones de las distintas culturas; e incluso en la ac­
tualidad el acceso al mundo globalizado nos permite convivir con otras culturas
casi de forma permanente.

3. La semiótica de la cultura en la explicación de los
procesos de adaptación-integración del migrante
Para la semiótica, la cultura se concibe como un sistema de organización,
conservación, transmisión y creación de información (Cf. Uspenski, 1987; e Iva-
nov et al., 1973) que el hombre recibe y transforma a partir de su relación con el
mundo exterior: la cultura es un generador de estructuralidad y crea alrededor del
hombre un entorno que hace posible la vida social (Lotman y Uspenski, 1971:
171). En ese sentido, la semiótica de la cultura no consiste solamente en el hecho
de que la cultura funciona como un sistema de signos. Es necesario subrayar que
ya la relación con el signo y la signicidad representa una de las características
fundamentales de la cultura (Lotman, 1971: 152)

Una de las preocupaciones de la semiótica de la cultura es el problema de
la generación del sentido. La formación de sentido no tiene lugar en un sistema
estático. Para que ese acto se haga posible, se debe introducir algún mensaje nue­
vo en el sistema comunicativo que detone un proceso interno de traducción, de
intercambio semiótico entre sus subestructuras. La comunicación y el intercam­
bio cultural resultan de un mecanismo de traducción que opera tanto entre los
propios textos de la cultura (semiosfera) como para los textos que provienen de
sistemas culturales externos.

Este proceso vive el migrante; no vive una realidad estática, viene de una
cultura que le brinda cosmovisión para luego enfrentarse a otra cultura, con gran
diferencia en sus significados y requiere de un proceso de traducción que le ayu­
de a su proceso en un inicio de adaptación y más delante de integración, pero no
es un proceso simple, es un proceso complejo. Para Lotman cultura es “inteligen­
cia colectiva” y “memoria colectiva”, la “cultura es la información no hereditaria
que recogen, conservan y transmiten las sociedades humana expresada en un
determinado sistema de obligaciones y prescripciones” (Lotman y Uspenskij,
1979: 71). De manera particular el semiotista ruso señala:

Se puede considerar el universo semiótico como un conjunto de distin­
tos textos y de lenguaje cerrados unos con respecto a los otros. Enton­
ces todo el edificio tendrá el aspecto de estar constituido de distintos
ladrillitos. Sin embargo, parece más fructífero el acercamiento contra­
rio: todo el espacio semiótico puede ser considerado como un meca­
nismo único (si no como un organismo). Entonces resulta primario no
uno u otro ladrillito, sino el “gran sistema” denominado semiosfera. La
semiosfera es el espacio semiótico fuera del cual es imposible la exis­
tencia misma de la semiosis.

Así como pegando distintos bistecs no obtenemos un ternero, pero cor­
tando un ternero podemos obtener bistecs, sumando actos semióticos
particulares no obtendremos un universo semiótico. Por el contrario,
solo la existencia de tal universo -de la semiosfera- hace realidad el
acto sígnico particular (Lotman, 1978: 28).

Podemos reconocer que las distintas culturas del planeta, todas en su
conjunto forman el gran patrimonio cultural de la humanidad, pero no podemos
dejar de reconocer que en muchas ocasiones cuando hablamos de las distintas
culturas en los distintos países no son compatibles, en ocasiones son incluso con­
tradictorias, por ello el proceso de adaptación e inserción del migrante se vuelve
tan complejo; ya que en ocasiones se enfrentará a visiones, tradiciones, costum­
bres contrarias a la de su país de origen, y aun estando convencido de que son las
correctas, se enfrentará al rechazo u hostilidad por parte de la cultura donde se
inserta, ello debido a que las culturas a pesar de formar un conjunto valor mun­
dial, se viven como entes aislados autosuficientes y que hacen compleja su con­
vivencia.

Lotman llama al lenguaje “sistema modelizante primario” y considera
que se trata de un modelo que va delimitando la realidad y que se encuentra en el
centro de la cultura funcionando como un elemento que brinda estructura, ya que
define las reglas o códigos de los signos que se encontrarán tanto dentro como
fuera del sistema. Aplicada esta noción para el caso del migrante, notamos cómo
su “cultura de origen” marca su visión; es en ella donde originalmente se “mode­
la” su estructura de valores, creencias y símbolos, que le dan sentido y que él
lleva más allá de su país. Al enfrentar el cambio de cultura, vive un proceso de
adaptación a su nueva casa que, en el mejor de los casos, se convertirá en un
proceso de integración.

La semiótica de la cultura resulta útil para explicar los procesos migrato­
rios como procesos de intercambio entre distintos sistemas semióticos. Durante el
fenómeno de la migración, el intercambio de culturas produce de manera perma­
nente un proceso de traducción entra las culturas, que provoca la transformación
de ambas culturas de forma continua.

La adaptación exige, desde el punto de vista semiótico, comprender y
aprender los signos de la cultura a la que llega el migrante. Esto implica poder
traducir las costumbres, el lenguaje, etc., un proceso que no es igual para todos,
pues hay personas a las que les resultan más fáciles los procesos de traducción de
los códigos de la cultura de recepción, por sus habilidades personales; pero tam­
bién es importante aclarar que las cercanías culturas con la cultura de origen hace
el proceso menos complejo; por ejemplo, no es lo mismo migrar entre países del
mismo idioma o con elementos culturales que comparten, a países que son radi­
calmente distintos en idioma y/o cultura.

El segundo paso corresponde a la selección de conservar y/o reproducir
de los códigos de su cultura de origen. En ello también intervienen varios facto­
res, puesto que la posibilidad de poder mantener sus costumbres y tradiciones
depende, en gran medida, de las posibilidades de poderlas continuar en el lugar al
que llegan: poder seguir comiendo su comida original, continuar con su religión,
festejar sus fiestas típicas, etc. Es decir, la cultura de origen se mantiene más allí
donde se pueden conseguir, por ejemplo, los ingredientes de las comida; o allí
donde se aprueban o se respetan las expresiones culturales del migrante. Esto
generará condiciones que favorezcan o inhiban su memoria cultural.
Todo ello forma el proceso de integración del migrante que consiste en la
producción de nuevos textos. Los sujetos deben generar nuevos códigos a partir
de los sistemas preexistentes en ambas culturas. Los migrantes producen, de al­
guna manera, nuevos procesos semióticos (a los cuales tenemos acceso a través
de discursos, textos, códigos, lenguajes) como resultado del intercambio cultural.
Y este proceso creativo constituye el origen del dinamismo cultural.

3.1. La cultura como texto
Toda cultura está estructurada como un magno sistema semiótico cuyos
textos, organizados jerárquicamente, remiten a una extensa gama de lenguajes
cuya gramática se atiene a reglas parecidas a las de las gramáticas de las lenguas
naturales. Y, como agrega Lotman, en el texto que nos sirve de epígrafe, "la rela­
ción con el signo y la signicidad representa una de las características fundamen­
tales de la cultura" (Cf. Lotman, 1998).

El texto se extiende a lo trans-semiótico, es decir, más allá de lo pura­
mente lingüístico, teniendo como característica primordial la pluricodificación.
Los textos, cumplen al menos dos funciones básicas: la transmisión adecuada de
los significados y la generación y organización de nuevos sentidos dependiendo
de un ordenamiento cultural interno y externo. Para Lotman:

La cultura en su conjunto puede ser considerada como un texto. Pero es
sumamente importante subrayar que se trata de un texto organizado de
manera compleja que se escinde en jerarquías de “textos dentro textos”
y que forma, por lo tanto una compleja trama con ellos (Lotman, 1999:
109).

Lotman asigna al sentido como el elemento dinámico en la cohe­
sión/coherencia de un texto, la noción de la cultura como una naturaleza semánti­
ca propia del ser humano que tiende a expandirse, dirigirse o ramificarse, luego
de interacciones múltiples en espacio y tiempo y por lo tanto es susceptible de ser
extraída por analogía y sopesada a la luz de los estudios antropológicos y filosó­
ficos.
La cultura es la determinación del contexto de interacción con base en la
manera en la que la entendemos, pero también de las formas en las que nos rela­
cionamos unos con otros. Una cultura puede ser analizada como un conjunto de
textos construidos por sendos lenguajes, alimentados por una cuota de sentido
que genera el conjunto de las significaciones que circulan y funcionan en un de­
terminado ámbito social.

Para el emigrante su cultura le brinda identidad, sentido de pertenencia,
le da sentido y al cambiar de cultura tiene que vivir otro texto, adaptarse a una
nueva realidad y recuperar el sentido y significación. Podemos plantear que la
migración es fundamentalmente un proceso de traducción intercultural, puesto
que toda traducción es entendida como una traducción de la cultura (Torop,
2002).

Los textos culturales no pueden entenderse fuera del contexto cultural ya
que justamente es la cultura la que le permite producir e interpretar cada fenó­
meno como sígnico, es decir, como texto. Con respecto a la producción de nue­
vos textos, los sujetos deben generar nuevos códigos a partir de los sistemas pre­
existentes en ambas culturas. Los migrantes en ese sentido producen nuevas se-
miosis (discursos, textos, códigos, lenguajes) como resultado del intercambio
cultural. Este proceso creativo constituye el origen del dinamismo cultural.

3.2. La memoria y la traducción como
mecanismos de funcionamiento
De acuerdo a Lotman, la memoria de la cultura pasa por tres mecanis­
mos: el aumento de texto en forma cuantitativa; la redistribución de la valoración
jerárquica ya registrado en la memoria a través de centro y perfiles; y el olvido,
que consiste en la selección u obliteración de textos que son semánticamente
incompatible con la aparición de nuevos textos.

La cultura, los textos -de acuerdo con Lotman (1996)- cumplen dos fun­
ciones básicas: la de transmisor adecuado de los significados y generador de
nuevos sentidos.
La memoria histórica se condensa en símbolos a partir de la naturaleza
icónica (relación con los objetos de la realidad) y los textos simbólicos como
cualquier texto necesitan ser descifrados y reinterpretados como un mecanismo
semiótico de la cultura. Es por ello que elementos como conservar su gastrono­
mía, su acento o determinadas costumbres le permiten al migrante seguir sintién­
dose “parte de”, aun cuando ya no vive en esa cultura. La memoria funciona así
como mecanismo central para el funcionamiento de la cultura. Sin memoria no
hay cultura. Es a través de la memoria que el emigrante transmite a sus siguientes
generaciones el conocimiento, gusto y amor por su cultura de origen y al mismo
tiempo obtiene significación.

Pero la memoria desfigura la realidad porque ese movimiento recursivo
es parte de su naturaleza semiótica, en muchos casos se traduce en la idealización
de la vida anterior del emigrante. Éste no es un fenómeno que se verifique exclu­
sivamente entre la población inmigrante de un país. Se ha observado que los mi­
grantes en general tergiversan en sus formas de auto-presentación ciertos datos
relativos a la zona geográfica de procedencia y a la clase social de origen. En
cuestión de deseabilidad social, es una forma de compensar la pérdida generali­
zada de estatus social a consecuencia de la inmigración reinventado un pasado
que no fue tal pero que, en todo caso, el interlocutorio tiene forma de verificar.
Ejemplos pueden ser como comentar que tenía mejor nivel económico que el que
en realidad tenía en su país de origen, que las condiciones sociales de su país son
mejores que las reales, que tenía mejor trabajo, etc.

Por eso decimos que la memoria no es un almacén neutral, sino un dispo­
sitivo activo y transformador. Es decir: cuando recordamos las experiencias vivi­
das regularmente no las recordamos apegadas a la realidad sino que las llenamos
de significado y por lo tanto la importancia que les damos no va de acuerdo al
hecho en sí, sino a lo que representó en nosotros.

La memoria se da a través de textos (no se puede “sacar” la realidad de
un texto, sino a través de su desciframiento y reconstrucción). La identidad del
emigrante es una construcción de signos que se da a través de su personal memo­
ria histórica. Esto es debido a que somos seres generadores de sentido; a los he­
chos en sí, el humano los llena de sentido y significado, que se traducen en cómo
los entendemos y cómo los recordamos.

No es un almacén, como ya dijimos anteriormente, sino un dispositivo
para la conservación y el cambio de eventos culturales (aumenta el volumen de
los conocimientos y reorganiza continuamente el sistema codificante -selección/
exclusión; conservación/olvido)-. Este proceso se aplica a la adaptación que el
migrante logra, a través de los años, a su país de acogida donde existen elemen­
tos culturales que incorpora y elementos culturales que rechaza llevando un pro­
ceso diferencial entre la inserción o integración.

En el caso de los sistemas culturales que entran en contacto se producen
traducciones permanentes entre los diversos textos y lenguajes que constituyen el
repertorio de las culturas involucradas, que conducen a la producción de nuevos
textos y lenguajes. Podemos plantear que la migración es fundamentalmente un
proceso de traducción intercultural, puesto que toda traducción es entendida co­
mo una traducción de la cultura (Cf. Torop, 2002).

El olvido se produce por dos clases de mecanismos: uno que consiste en
jerarquizar de tal modo la información que determinado elementos de la realidad
no sea trasladado a los textos. El segundo mecanismos que puede regir los proce­
sos de olvido se construye desde la violencia: censura, destrucción, la depuración
de textos. El olvido también es un mecanismo de la memoria por eso toda cultura
se resiste al olvido. Esto significa que el análisis semiótico siempre debe precede
al histórico en el sentido de que todo texto excluye ciertos hechos, pero que a la
luz del código natural torna este olvido como semánticamente significativo.

3.2. Los conceptos de “Frontera núcleo” y “Periferia”
La semiosfera es un espacio delimitado con respecto del espacio que lo
rodea (el espacio extra-semiótico), divididos por una frontera de puntos que per­
tenecen a ambos espacios, que actúa como filtro y traductor. Esta traducción se
articula dando sentido a la realidad extra-semiótica, es decir otorgando sentido
dentro de algunos de los sistemas semióticos. Para nuestro autor, la frontera “es
la suma de todos los traductores ‘filtros’ bilingües pasando a través de los cuales
un texto que se traduce a otro lenguaje (o lenguaje) que se halla fuera de la se-
miosfera” (Lotman, 1998: 24).

Para tener contacto entre una cultura y otra, el migrante tiene pasar a tra­
vés de los filtros, para poder ser traducido al lenguaje de su cultura de origen; la
frontera une dos esferas de la semiosis, desde la posición de la autoconciencia
semiótica. Lotman hace la división del espacio cultural entre centro y periferia y
plantea que la zona de la periferia es la zona más sensible a los cambios, debido a
su inestabilidad fronteriza y a la carencia de normas rígidas que la guíen; por el
contrario, en el centro existe una constante hiper-estructuralidad. Como resultado
de esta situación, el cambio proviene casi siempre de esta zona periférica por su
mayor impredictivilidad. La dialéctica del campo cultural y de la semiosfera se
da en el continuo movimiento entre centro y periferia.

Solo en la semiosfera es posible la semiosis o asimetría bipolar, es decir,
la presencia de dos entes con lenguajes diferentes que se relacionan dialéctica­
mente demandando ser traducidos, y en el proceso de traducción producen nue­
vos significados. Existen espacios semióticos internos (dentro de un determinado
sistema) o externos; lo importante para Lotman no es el estudio de cada uno de
estos espacios, sino el hecho de que existe una frontera que pertenece a su vez a
ambos espacios. En el espacio semiótico la frontera, siempre movible y flexible,
limita la penetración de significaciones ajenas, filtra los textos externos y los
traduce al propio lenguaje. Aquí las culturas establecen relaciones y crean nuevos
significados.

La frontera, para Lotman, es un mecanismo bilingüe que traduce los
mensajes externos al lenguaje interno de la semiosfera y, a la inversa, elabora la
nueva información y la adapta a las nuevas condiciones. El diálogo permite que
entre las dos semiosferas (lugar de origen/lugar de llegada) haya ese intercambio
de información con la consecuente generación de semiosis o sentidos; al respecto
señala Lotman que "tanto la historia de la autodefinición cultural, la nominación
y el trazado de las fronteras del sujeto de la comunicación, como el proceso de
construcción de su contraparte -del ‘otro’-, son uno de los problemas fundamen­
tales de la semiótica de la cultura" (Lotman, 1995: 74).

El proceso de significación se da dentro de una convención social; proce­
so que se da de una manera no natural, en la que los significados se dan de
acuerdo a los conceptos y al contexto de la sociedad en la que se están presentan­
do; es así como el significado de los discursos no está directamente relacionado
con la verdad, sino que los discursos son construcciones de significados creados
por una sociedad en particular en un contexto cultural determinado. El migrante
hace consciente este proceso cuando se enfrenta a un sistema de construcción de
significados diferentes, al migrar de su lugar de origen, y comprende en muchos
casos la relatividad de uso de los signos. Tomar conciencia de sí mismo, en el
sentido semiótico-cultural, significa tomar conciencia de la propia especificidad,
de la propia contraposición a otras culturas.

La frontera actúa también como un elemento de organización y estructu­
ración semiótica, no solo organiza el espacio dentro y fuera de ella, sino que es­
tablece los elementos de la semiosis que se relacionan en un contexto determina­
do. La valoración de los espacios interior y exterior no es significativa; “signifi­
cativo es el hecho mismo de la presencia de la frontera (Lotman, 1996: 29). La
frontera filtra la penetración de lo externo hacia lo interno y al filtrarlo, lo elabora
y adapta a su interior. La frontera es un lugar donde se negocian procesos de
integración, un lugar bilingüe que promueve adaptaciones, reelaboraciones y
traducciones que territorializan un complejo colectivo, receptores “filtros” que
reciben y descodifican lo semiótico. La frontera presupone una zona de intersec­
ción y resistencia de fuerzas que los espacios oponen uno a otro. A Lotman le
interesa la dificultad de la traducción de una parte no interceptada de una lengua
a otra porque es allí donde se producen los mayores problemas de construcción
del sentido.

La intersección de la periferia produce rápidos cambios semióticos, por­
que captura espacios culturales particulares (extrasemióticos) y las entidades que
funcionan como traductores se distribuyen por la frontera funcionando como
traductores en los límites del sistema, porque poseen el don especial de pertene­
cer a dos mundos.

Este proceso es el que vive el migrante: al tener una cultura de origen y
empezar a insertarse en otra cultura, habla dos lenguajes, tiene dos culturas, lo
que le permite estar en la periferia actuando como traductor de una y otra cultura;
son muchos los factores que determinan qué elementos de su cultura nueva va a
conservar y cuáles va a desechar, desde su psicología personal hasta elementos
contextuales o de traducibilidad; pueden ir desde el uso de determinados térmi­
nos, hasta la adopción de costumbres, tradiciones, creencias, etc. Sin embargo, la
cultura no es totalmente rígida, razón por la cual existe un núcleo y una periferia.
En el núcleo se disponen aquellas cosas que expresan los elementos más caracte­
rísticos de la cultura y por lo tanto menos bilingües y estáticos. El núcleo corres­
ponde a los sistemas semióticos dominantes y la periferia a los fragmentos de
sistemas o textos aislados; al respecto menciona Lotman:

Las estructuras nucleares segregan un sistema de metalenguajes con los
cuales no solo se describe a sí misma, sin que también al espacio peri­
férico de la semiosfera dada entonces encima de la irregularidad del
mapa semiótico real, se construye el nivel de unidad ideal de éste
(1996: 26-30).

Los códigos dominantes se situarían en el centro y constituyen el núcleo
de una semiosfera dada, mientras que los elementos caóticos, desordenados o los
traductores se ubicarían en la periferia (Lotman, 1996: 27). Las estructuras peri­
féricas pueden estar conformadas por lenguajes más abiertos, pueden ser incluso
ajenos a la semiosfera o por lo menos al núcleo dominante.

La creación del nuevo lenguaje se conforma entonces, por medio de estos
trozos de texto que han ingresado y que se reconstruyen a partir del lenguaje
existente. La periferia es más actualizada, flexible, tendiente al cambio y, por lo
tanto, tiene la capacidad de desplazar a las rígidas y dominantes estructuras signi­
ficantes del núcleo, lo que permite que el sistema se retroalimente.
El hecho de conservar las tradiciones tiene un precio para el emigrante,
así al tratar de conservar parte de sus viejas costumbres, éstas pueden ir paulati­
namente perdiéndose a partir de las nuevas circunstancias y las nuevas genera­
ciones y los que han tratado de conservarlas a toda costa, como judíos y gitanos,
lo han hecho al precio de una endogamia étnica y cultural que ha generado no
pocos problemas a lo largo de la historia. Se presenta entonces el fenómeno del
“culturalismo”3, esto es, la afirmación de que cada una de estas comunidades
(religiosas, étnicas, sexuales u otras) tiene sus propios valores irreductibles, en el
sentido de que estos valores que no tienen significación universal y solo son con­
servados con base en sus propias tradiciones, y representan un elemento de resis­
tencia al cambio cultural que afrontan los emigrantes. Unas formarían parte del
núcleo de la cultura y las otras de la periferia.

4. La adaptación del migrante como proceso semiótico
Los migrantes, al insertarse en nuevos espacios culturales y semióticos se
enfrentan básicamente a tres problemas:

1. La alfabetización en los códigos de la cultura de recepción (traduc­
ción/interpretación).

El migrante tiene que identificar, reconocer y comprender los códigos de la
cultura de recepción, no basta que conviva con ellos; al principio le pueden
parecer extraños, ajenos. La forma de saludarse, las frases coloquiales, las
tradiciones, la comida; todo ello son en la mayoría de los casos, elementos

3 Corriente antropológica que considera que toda cultura dada modela una personalidad
individual típica, una estructura psicológica, un comportamiento, unas ideas y una menta­
lidad particular La corriente culturalista es esencialmente norteamericana, y la represen­
tan sobre todo los trabajos de la escuela llamada Cultura y Personalidad, en la que se
agruparon durante el período de entreguerras Abram Kardiner, Ruth Benedict (1887­
1948), Margaret Mead, Ralph Linton (1893-1953) y Cora Dubois, en torno a un trabajo
colectivo de antropología cultural centrado en dos grandes nociones: el pattern y la per­
sonalidad básica. Por pattern, concepto que introdujo Ruth Benedict en 1934, se entiende
la forma específica que toma una cultura para singularizarse con relación a otra; la perso­
nalidad básica, idea postulada en 1939 por Linton y Kardiner, remite a los elementos cons­
titutivos de una sociedad dada.
culturales que no conocía, y en el reconocimiento de ellos y comprensión se
empieza a dar un proceso de adaptación.

2. La conservación de los códigos de la cultura de origen (memoria cultural).

En muchos casos este proceso le da certidumbre de su origen, pero depende
en mucho de la oportunidad en la nueva cultura como ya dijimos anterior­
mente la que marcará en gran parte la oportunidad de conservar rasgos de su
cultura de origen. Los rasgos que tengan mayor similitud con su cultura de
origen serán aprobadas para ser reproducidas y las que sean reprobadas o
censuradas será más difícil que se puedan conservar.

3. La producción de nuevos textos/discursos/semiosis con códigos monolin-
gües/bilingües/plurilingües (dinamismo cultural). La complejidad y la multi­
plicidad de los componentes participantes en la interacción textual conducen
a cierta imprevisibilidad en la transformación a la que es sometido el texto
base. La transformación del emigrante es imprevisible no sabemos qué ele­
mentos de su cultura de origen conservará y cuáles de su cultura de acogida
adoptará.

La cultura se construye a través del contacto e intercambio con otras cul­
turas; es desde el punto de vista semiótico un proceso dinámico que está en mo­
vimiento constante en el cual no solo el migrante recibe transformaciones sino
que las culturas se van transformando permanentemente. Así, la generación que
emigra transmite a la siguiente, a través de los procesos de socialización, los as­
pectos más definitorios de sus tradiciones de origen. Esta transmisión produce
seguridad identitaria, pero si la herencia tradicional es muy rígida y sus paráme­
tros son antagónicos respecto de la nueva cultura, puede propiciar la aparición de
grupos cerrados que se enquistan, no evolucionan ni social ni culturalmente; no
es posible para ellos la integración a la sociedad de la cual aspiran a formar parte.
Los hijos de los migrantes reciben un bagaje de tradición y cultura de sus padres
que, junto a los parámetros culturales recibidos del país receptor, les proporcio­
nan pautas de acción que suelen adoptar, lo cual se ha llegado a denominar
“acomodación sin asimilación”, en el que se da parte de la asimilación pero
mantienen sus modelos tradicionales, o también en la ‘‘acomodación con asimi­
lación ”, en la que los emigrantes desarrollan estrategias a partir de su percepción
del funcionamiento de la sociedad, asimilando y adaptándose a la misma. A este
respecto cabe aclarar que esto sería una asimilación que es una fase de la acultu-
ración.

Por lo que puede verse, las comunidades inmigrantes operan en los dife­
rentes niveles y campos sociales que componen la reproducción social de las
comunidades. De esa forma, en cada campo social, se establecen y reconstruyen
redes basadas en costumbres ya conocidas, a través de las cuales los miembros de
las comunidades interactúan y desarrollan sus actividades sociales, culturales,
económicas y políticas. Asimismo, la práctica de estas acciones e intercambios
en contextos transnacionales fortalece las propias redes, y permite la expansión
territorial de los ámbitos de reproducción de la propia comunidad.

Cada grupo cultural genera valores propios que se expresan a través de
sus tradiciones que sirven de referencia al comportamiento individual y del gru­
po. Estos valores al entrar en colisión con los valores de otros grupos, por lo ge­
neral entran en conflicto. Se debe considerar que los valores no son pura abstrac­
ción, sino un elemento importante en las tradiciones. Así cuando un individuo de
un grupo emigrante participa con un grupo de individuos que corresponden a la
sociedad que pretende asimilar al emigrante, la acción recíproca que caracteriza
el proceso queda totalmente desequilibrada (nos referimos al hecho del enfren­
tamiento del migrante de manera individual a un grupo). Así el emigrante no
rompe, ni real ni simbólicamente, sus relaciones con la cultura de origen, sino
que actúa como un agente de su propio grupo; se presenta una situación de resis­
tencia y un proceso de contacto de aculturación con tintes segregacionistas, y
representa muy bien el concepto de núcleo de Lotman.

En el marco de la emigración, los pueblos han luchado durante siglos por
conseguir unas señas de identidad que les hiciera distinguirse como pertenecien­
tes a una determinada nacionalidad, dando lugar a una ideología y una tradición
según la cual hay una determinada forma de comportamiento para cada grupo.
Esa identidad se ha ido elaborando sobre todo en función de rasgos y caracteres
diferenciadores. Es en este contexto donde aparece la territorialidad definida
como la característica peculiar que se adquiere en cuanto al sentido de pertenen­
cia de un territorio perteneciente a un Estado. Sin embargo, el hecho de tratar de
identificarse con la cultura de origen propicia, para el emigrante, una confronta­
ción con una realidad cultural diferente preexistente en el lugar donde se asienta.

El mencionado choque cultural se resolverá favorablemente o no, depen­
diendo de factores basados, sobre todo, en cómo la comunidad receptora reaccio­
ne ante los emigrantes, las oportunidades laborales, escolares y económicas, el
cumplimiento de las expectativas con las que emigraron y sus propias experien­
cias personales, a las que no son ajenas la cohesión del propio grupo. El choque
cultural bien resuelto permite al individuo una buena adaptación e integración sin
tener que renunciar a ninguna de las dos culturas que, poco a poco, con el tiem­
po, van conformando una identidad bicultural, aunque ésta, debe y suele acabar
siendo jerarquizada.

Contrariamente, el choque cultural mal asentado abre un proceso de tran­
sición con fuertes pérdidas a nivel psicológico y social. Al no resolverse correc­
tamente la confrontación pueden producirse distintas salidas que van desde el
rechazo a la propia cultura, a las reacciones melancólicas, o desde una vertiente
más problemática, a conductas antisociales como el alcoholismo, la marginali-
dad, la delincuencia, etc.

Por lo tanto, con frecuencia el grupo dominado, al verse inmerso en un
nuevo mundo, una nueva realidad, y percibiendo que los miembros de la otra
sociedad gozan de condiciones seguras en su forma de vida, pueden identificarse
con la nueva cultura con la esperanza de que los beneficios que observa, también
puedan ser compartidos con ellos. La aculturación ha adquirido diferentes mati­
ces, es decir, de manera implícita o explícita, se promueve la participación inme­
diata dentro de una sociedad, lo cual da cabida a la asimilación, pero al costo de
perder la identidad original del emigrante. Se trata, pues, del proceso en el cual
las minorías son absorbidas dentro de la cultura dominante. En este sentido, pue­
den ocurrir dos situaciones: una en la que, gracias a este proceso, se facilite la
entrada de las personas a la cultura dominante y sea aceptada por ésta; y la otra
está ligada a la discriminación, lo que dificulta e incluso puede impedir el proce­
so.

Como consecuencia, la tradición permite que no perdamos de vista la im­
portancia del conocimiento de la propia cultura, así como la capacitación para
valorar y respetar otras formas culturales en un ejercicio crítico de enriqueci­
miento mutuo, que no descarta un cambio en aquellos aspectos culturales que
claramente perjudican el desarrollo humano y que los emigrantes pueden recha­
zar con base en sus propias tradiciones. En este contexto, cabe abordar la cues­
tión del sentido de pertenencia y la construcción de identidades transnacionales.
Se trata de un sentido de pertenencia a comunidades imaginadas que coexiste con
las diversas formas de pertenencia, residencia y ciudadanía propias de las comu­
nidades creadas por los estados nacionales entre los cuales se da la emigración.

5. Conclusiones
Para Lotman, el proceso de integración del emigrante implicaría las si­
guientes funciones del texto en el proceso de integración del emigrante a la cultu­
ra receptora.

a) E l trato entre el destinador y el destinatario. El texto cumple la función de un
mensaje dirigido al auditorio. Es fundamental la relación entre las distintas
culturas si son cercanas, si tienen similitudes, si comparten empatías o si, por
el contrario, muestran profundas diferencias, son diametralmente diferentes
desde aspectos como idioma, tradiciones, religión, etc.

b) El trato entre el auditorio y la tradición cultural. El texto cumple la función
de memoria cultural colectiva. Esta memoria es dinámica, se enriquece cada
día con los nuevos aconteceres. El migrante trae su memoria colectiva de su
cultura de origen, pero es dinámica, no inamovible.

c) E l trato del lector consigo mismo. El texto es un espejo del destinatario y re­
fleja parte de su propia configuración. El migrante tiene su propia cosmovi-
sión, los significados que el migrante trae consigo sobre la realidad son cons­
truidos y que lo que dice o interpreta, ya sea en pensamiento o acción, forma
parte de lo que él es, por eso el proceso de adaptación e integración es tan
complejo.

d) E l trato del lector y del autor con el texto. El texto no solo es mediador entre
destinador y destinatario; sino también establece grados de interacción con el
autor y el lector, en los que se pone en juego la memoria histórica de la cultu­
ra de origen del emigrante, relacionado con el grado de avance y de profundi­
dad del proceso de acomodación antes desarrollado.

e) E l trato entre el texto y el contexto cultural. En primer lugar, el texto se con­
vierte en receptor de información; al ser una forma simbólica, en palabras de
Thompson, descubre nuevos aspectos que, como elemento estructurado, está
abierto a añadir más significados, por tanto sus proceso de reconfiguración no
tienen límites de plazo. Segundo, el texto se convierte en contexto, en este
sentido los procesos de integración y desintegración son más evidentes: el tex­
to de la cultura, como forma simbólica, logra integrarse como forma del con­
texto. El emigrante convierte el texto de su cultura de origen en símbolo, y
cambia producto del contexto. Por último, y también entendiendo a la cultura
receptora como texto, la acción del migrante también la cambia porque la abre
a otros significados.

Dependiendo de la capacidad del inmigrante para aguantar frustraciones
y adversidades, y del tipo de situaciones a las que se debe enfrentar, será más
fácil o no adaptarse al nuevo entorno. Desde luego, el proceso de arraigo/desa­
rraigo puede presentarse con diferentes niveles de intensidad. Para comprender
dicho fenómeno es indispensable tomar en cuenta el lugar en donde se establecen
los inmigrantes en el país que los recibe, la composición étnica y social de la
comunidad en donde arriban y si se encuentran rodeados por otros miembros de
su mismo origen étnico. De tal manera que el proceso semiótico está marcada­
mente influenciado por estos factores, y por lo tanto, la respuesta del emigrante a
este proceso semiótico depende en gran medida de éstos. Asimismo, tiene que
ver con la respuesta de la comunidad a la que llegue el emigrante.
Todo ello es un mecanismo semiótico que puede favorecer la adaptación
de los migrantes y que éstos impongan con ellos sus normas y significados a la
cultura receptora, o puede hacer más lento y complejo el proceso de adaptación.

Por lo anteriormente mencionado, se debe considerar que el proceso de
transformación no es exclusivo del migrante sino que la población de acogida
también sufre una transformación, lo que da lugar, de forma más o menos explí­
cita, a reacciones desde la acogida de buena forma, hasta actitudes racistas y/o
xenófobas; desde percibir al emigrante como un intruso o peligro del que hay que
protegerse, o como una persona que viene a enriquecer su cultura. En este marco
los migrantes desarrollan vínculos sociales y culturales junto a nexos económicos
y laborales que hacen que muchos de ellos se “imaginen” a sí mismos como parte
de una comunidad en los países a los cuales emigran, pero no de cualquier comu­
nidad, sino de una comunidad emigrante que reproduce y recrea los patrones
culturales y formas simbólicas de sus comunidades de origen. Esta construcción
imaginaria se basa en un conjunto de relaciones y transacciones de todo tipo que
se dan en el marco de un sistema transnacional de redes sociales y capital cultu­
ral. Estas redes conforman el nicho interpersonal del individuo, y contribuyen a
su propio reconocimiento como individuo, a la construcción de una imagen de sí
mismo como miembro de una comunidad, como sujeto de un tejido social.

Las comunidades de gente migrante definen y construyen un sentido de
pertenencia y dependencia con ella, que es más fuerte y profundo que el de los
respectivos estados nacionales involucrados con la migración. Se trata de la con­
figuración de un sentido de pertenencia. En este sentido se hace referencia a la
transnacionalización (en el sentido de comunidad más allá de las fronteras nacio­
nales tanto del estado original, pero también del estado al que se llega), de esta
forma, los emigrantes residentes en el país de destino, mantienen e incrementan
su importancia y vínculos con sus comunidades de origen aún después de su
asentamiento legal, estable y definitivo.

Toda traducción lleva como implícita la carga cultural, como es el caso
de los migrantes que llevan traducciones que involucran semiosferas distintas
(diferentes universos semióticos) en cualquier nivel, es necesario asumir que la
traducción va a ser forzosamente una traducción intercultural.

La traducción en el caso de la migración involucra los lenguajes y textos
comprendidos en la cultura y es compleja por la diversidad y características de
esos lenguajes.

Puesto que entre los lenguajes de la cultura rige un principio de intradu-
cibilidad, las traducciones interculturales, intrasemióticas e intersemióticas, en el
caso de la migración generan nuevos textos que participan de manera heterogé­
nea de los códigos de las culturas en relación.

La adecuación de la traducción intercultural del migrante depende de las
competencias desarrolladas para interpretar (traducir) los códigos de ambas cul­
turas, y por las condiciones de conservación y transmisión de los textos.

La naturaleza (dirección, intensidad y ritmo) de la traducción intercultu­
ral va a depender de la manera en que se establecen las relaciones entre las cultu­
ras y de las condiciones que engloban el proceso de migración.

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Dra. Olga Rodríguez Cruz1
Programa de Estudios Semióticos
Universidad Autónoma de la Ciudad de México

1. Introducción
En la construcción de estrategias en las campañas políticas, los consulto­
res políticos toman en cuenta todos los elementos significativos como puede ser
parte del sistema de creencias sobre un asunto social y/o la percepción que tienen
sobre un político. Estos elementos significativos en la construcción del mensaje
no son gratuitos, el propósito es representar contextos, actos, así como interac­
ción de los personajes proyectados a través del uso de la imagen, texto y audio
con el propósito de obtener mayor eficacia persuasiva. Estos códigos semióticos
buscan generar intencionalidad en el destinatario, en ellos se pueden hallar hue­
llas ideológicas de cómo pensar y actuar sobre determinado asunto.

Las representaciones sociales que se exhiben en los spots políticos nos
conducen a repensar el proceso de significación cultural, el cual es representado a
través de actores políticos y sociales por medio de diversos dispositivos informa­
tivos, en este caso es el spot televisivo. Al igual que otros soportes, el promocio­
nal pretende generar la articulación de sentido a través de la red interdiscursiva
de imaginario social y asimismo producir intencionalidad en el destinatario. Los

1 Profesora Investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM),
pertenece a la Academia de Comunicación y Cultura, Eje Comunicación Aplicada. Participa
dentro del grupo colegiado de posgrado en estudios semióticos. Doctora en Ciencias So­
ciales, Comunicación y Política.
signos son parte del acto comunicativo, estos los empleamos para incidir o influir
sobre el receptor para que éste responda de un modo en particular. Charles Mo-
rris, precursor de la psicología social, nos dice que los signos no pueden enten­
derse como unidades ajenas a la conducta del ser humano:

El signo, (...) es una entidad constituida por dos elementos de la natu­
raleza psíquica que son el concepto y la imagen acústica. El significado
y el significante. En el signo no se encuentran unidos un nombre y una
cosa, sino las dos entidades psíquicas (2003: 73).

En la comunicación política en especial, los consultores diseñan una es­
trategia semiótica para tener mayor eficacia persuasiva y de convencimiento. De
esta manera observamos cómo las experiencias individuales en los anuncios tie­
nen como propósito recrear e intervenir en parte del imaginario colectivo. La
construcción de sentido y significado en campañas políticas tiene que ver con las
problemáticas que son expuestas, de qué manera son abordadas y quiénes son
representados, con ello se excluye la diferencia para generar identidad (Cf. Derri-
da, 1978) para producir dinámicas sociodiscursivas que influyan en el compor­
tamiento ciudadano.

En la construcción de imaginarios se crean antagonismos sociales y polí­
ticos, Laclau (1996) lo define como la lógica de la diferencia, los psicólogos
sociales los denominan etiquetas, que es una forma de posicionar en la mente de
los ciudadanos al nosotros y el ellos, que puede darse a través de un proceso de
semejanza o mediante una estrategia de divide y vencerás. Entendiendo que la
identidad está en un constante proceso de constitución, que es dinámica, ya que
se refuerzan hábitos, creencias, actitudes, comportamientos de grupos sociales
que siempre están expuestos a factores externos que implican auto-
reconocimiento y diferencia. Asimismo, en las campañas políticas, por medio de
los promocionales, se exponen tópicos de la vinculación de la semiosis social
ideológica, establishment. En este sentido, la construcción y representación de
los signos que dan indicios sobre los discursos ideológicos de la cultura hegemó-
nica que pretende representar a sectores sociales populares, no solo para que se
sientan identificados con las problemáticas que muestran, sino también para
cooptar su imaginario de en qué pensar y cómo pensar un problema, con el pro­
pósito de incentivar o disuadir la participación política.

En este artículo pretendo develar la estructura de significación en los
spots televisivos políticos que hacen posible ciertas formas de conducta. Con ello
pretendo comprender cómo se generan signos que estructuran las actividades de
los agentes sociales, cómo funcionan y cómo se combinan. En este sentido nos
acercamos al concepto socio-semiótico que toma en cuenta las condiciones de
producción y transformación de procesos sociales y políticos para comprender el
objeto de estudio (Cf. Foucault, 2010 [1972]).

2. La estrategia en las narraciones en los spots políticos televisivos
El término estrategia proviene del griego Stratos (ejército) y Agein (guía-
conducción), en su inicio su significado estaba orientado al arte de dirigir las
operaciones militares, éstas consistían en la planeación de diferentes tácticas que
el estratega implementaba para derrotar al enemigo en el campo de batalla. Este
concepto de la “polemología” pasa a las diferentes disciplinas de las Ciencias
Sociales entre ellas la lingüística y en particular a la teoría de la argumentación y
de la comunicación política para que sea retomado como parte esencial del dise­
ño de mensajes que buscan convencer y persuadir a los destinatarios2. Patrick
Charaudeau comenta que la estrategia es una acción conducida para alcanzar
determinados propósitos. La finalidad de la creación de una estrategia discursiva-
argumentativa son la captación, la credibilidad y la legitimación. Por su parte,
Gilberto Giménez dice que la estrategia argumentativa consiste en: “[...] el arte
de elaborar decisiones conformes a la promoción o defensa de un interés, toman­
do en cuenta el sistema de intereses confrontados y las posibilidades de decisio­
nes y de defensa de los demás intereses” (1983: p.25); en cuanto la estrategia
argumentativa este autor señala que es “la selección y el orden de las operaciones

2 El concepto de estrategia es introducido en el año 1944 en el campo económico y aca­
démico por Von Newman y Morgerstern con la teoría de los juegos, en ambos casos la
idea básica es la competencia, con el propósito de obtener el máximo de efectividad y
eficiencia en la administración de todos los recursos.
lógicas y modales aplicadas a las series de argumentos agrupadas en función de
sus respectivos objetos discursivos (Giménez, 1983: 148).

En este sentido el estratega planea una serie de tácticas discursivas-
argumentativas que signifiquen y orienten al destinatario con el propósito que lo
conduzca y le permita alcanzar cierto fin.

3. Las tácticas en la estrategia significativa del diseño de mensajes
El término táctica, aunque en los estudios discursivos y semióticos no se
utiliza, en el área de la comunicación política y aplicada es un término usado con
frecuencia, ya que las tácticas consisten en la forma en la que se va a intervenir
en la construcción de un mensaje y en el diseño de planeación de toda una estra­
tegia. Las tácticas para el diseño de mensaje son diversas y pretenden responder,
cuando menos, a ocho interrogantes fundamentales para el diseño de mensajes:
quién es el enunciador, a quién dirige el discurso, qué dice, cómo lo dice, bajo
qué condiciones lo dice, cómo es representado, cuál es el propósito cognitivo,
afectivo y conductual que se quiere alcanzar con ese mensaje. Las tácticas en las
que se pueden hallar las acciones argumentativas del destinador comienzan desde
el sujeto de enunciación (yo, nosotros) que organiza su lenguaje de manera explí­
cita o implícita en función de un determinado destinatario o alocutario (tú, uste­
des) (Benveniste, 1983: 85), qué tema expone, cómo lo explica y/o lo justifica.
La forma de cómo lo dice puede ir desde el uso de la voz pasiva para la toma de
distancia ante determinada situación; la utilización de preguntas retóricas donde
el enunciador no afirma algo pero hace que su interlocutor lo infiera con la utili­
zación del argumento de autoridad; la implementación de falacias, los actos de
habla; cómo representa los preconstruidos culturales y enmarca la situación en un
lugar y tiempo. En el desarrollo de las tácticas argumentativas se requiere pensar
en el modo de organización de la argumentación: narración, descripción y expli­
cación; funciones del discurso: expresivo, apelativo, representativo y, también, la
forma de la imagen del emisor y la emoción. Estos conceptos permiten analizar
los spots audiovisuales de tipo político en los que se destacan situaciones sociales
que crean conflicto en determinados sectores de la sociedad. Es aquí cuando la
función expresiva, también conocida como emotiva o apelativa, manifiesta los
estados de ánimo y busca tener una representación simbólica de las situaciones,
sujetos y/u objetos que los interpelan.

La función apelativa de Karl Bühler (1985) busca influir por medio de las
palabras en la actitud y conducta del interlocutor, la función representativa se
relaciona con el referente que se enuncia o se observa en la escena discursiva o
visual. Al igual que Bühler, Roman Jakobson considera que la “función expresi­
va o emotiva crea en el destinador una impresión de la emoción, ya sea ésta real
o fingida” (1987: 354). Con el desarrollo de las funciones discursivas puestas en
escena en la argumentación, Christian Plantin resalta que se pone de manifiesto a
los sujetos portadores de intereses, pasiones y valores (Plantin, 1998a: 51). Por su
parte, Michel Adam dice que esta función emotiva está encaminada en el hacer-
creer y que tiene como fin hacer-hacer al auditorio (Adam, 1992: 69).

De ahí la importancia de desarrollar estrategias argumentativas para la
creación de mensajes en especial de tipo político que pretendan convencer y per­
suadir, ya sea para incentivar o desmotivar a los destinatarios a realizar una ac­
ción por medio de relatos, al mostrar razonamientos que exhiben una parte de la
realidad de los destinatarios y apelando a las emociones, en donde se presentan
los afectos de los emisores y receptores (Casalmiglia y Tusón, 2007: 285).

4. Las emociones como tácticas
La historia de las formas de persuasión no es nueva, Aristóteles en la
retórica enseña que los oradores deben entender a sus audiencias, especialmente
su estructura e inclinaciones emocionales. De hecho en el Libro II de La retórica,
Aristóteles proporciona una lista de emociones.
EMOCIÓN EM OCIÓN CONTRARIA
1 Ira Serenidad
2 Amor Enemistad y Odio
3 Temor Valor
4 Vergüenza Respeto
5 Favor Ingratitud
6 Compasión Indignación
7 Envidia

Tomado de Aristóteles, 1999: 138-169.

Tanto en la publicidad como en la propaganda una de sus funciones esen­
ciales es convencer y persuadir a un público objetivo. En el caso de los spots
políticos televisivos se dirigen a la vista, al oído, a la mente de los ciudadanos
con diversos mensajes persuasivos, una de las estrategias argumentativas son los
relatos que invitan a los destinatarios a poner atención sobre lo que se está co­
mentando; Tony Schwartz (1973)3 dice que a la gente le gusta participar del rela­
to.

Combs y Nimmo argumentan que los anuncios cumplen con una función
estratégica al ser emitidos:

Proporcionan a la audiencia la oportunidad de expresar y proyectar sus
propios deseos y preocupaciones internos a través de, y en y sobre, los
personajes más importantes del drama. Los dramas proporcionan goce
y sufrimiento vicario que implican a la audiencia en el espectáculo por
vía del entretenimiento (Combs y Nimmo, 1998: 192).

Las historias que se exhiben en los spots políticos televisivos permiten no
solo pensar de una determinada manera los problemas, sino también, están im­

3 Tony Schwartz (1923-2008), conocido como el padre del anuncio de la bomba atómica:
Daisy Spot, el spot de La margarita producido en 1964 para la campaña presidencial de
Lyndon B. Johnson, es reconocido como el primer anuncio televisivo de tipo negativo.
Autor del libro Theresponsivechord.
pregnadas de esos sentimientos que los actores manifiestan en sus expresiones
verbales y corporales. Asimismo, muchos de los anuncios refuerzan el contenido
dramático con la utilización de la música, efectos de sonido y los colores todos
ellos buscando de alguna manera exaltar emociones. Este tipo de anuncios por lo
regular apela más a la imaginación (pathos) que al argumento (logos) o a la cre­
dibilidad (ethos). En apariencia se disuelve el argumento y pone a prueba la cre­
dulidad (Combs y Nimmo, 1998: 186).

Uno de los estudiosos del pathos en la publicidad televisiva como Root
dice que el pathos probablemente es más fuerte que el recurso del logos (1987),
ya que las historias en los polispots ofrecen como conclusión un final feliz, que
resuelve o le solucionan la problemática que le aqueja al destinatario.

5. Lo narrativo en los spots
Los spots audiovisuales son narraciones en los que se muestran deseos
insatisfechos por seres que parecen ser reales, que son verosímiles. Las historias
narradas por estos personajes son más asequibles con éstos que con otros recur­
sos; por ejemplo, los anuncios que utilizan únicamente datos duros, siguiendo un
proceso narrativo más lógico, niegan la posibilidad de ser comprendidos por un
grupo más amplio. La “gente no vive según la fría lógica. Comparte deseos de
aceptación y placer, gusta de finales felices y quiere creer en la eficacia de la
ayuda” (Combs y Nimmo, 1998: 62).

Montague Kern señala que los anuncios políticos utilizan técnicas elegia­
cas para crear un efecto de ojo-nublado, es decir, están encaminados a resaltar el
lamento sobre algo o alguien. El efecto del ojo nublado consiste en que se pierde
de vista la esencia de la resolución del problema por la utilización de un discurso
emocional con lo cual se generan orientaciones de cómo pensar un tema y cómo
actuar4.

Dentro de la publicidad y la propaganda, tan importante ha sido el desarro­
llo de las historias emotivas que diversos analistas en anuncios políticos como

4 El estudia los spots políticos de los años ochenta y noventa.
Larry David Smith y Anne Johnston Wadsworth ofrecen una tipología (1989)5 de
la publicidad política que destaca los característicos rasgos dramáticos y señalan
que las narraciones son uno de los recursos más predominantes, ya que se narran
historias como formas entretenidas de apelar a los posibles votantes. Estos auto­
res dividen a los géneros dramáticos en dos tipos de líneas: positivas y negativas.
Combs y Nimmo rescatan elementos esenciales de la propuesta de Smith y
Wadsworth:

La épica, la tragedia y la comedia son líneas de narración “positivas”.
La épica retrata a los candidatos en posturas heroicas, tiene un campo
panorámico y hace que el carácter domine en cualquier ambiente. [...]
Las tragedias ponen el acento en los límites humanos, pero enfatizan el
valor y la dignidad de un carácter o de un personaje al enfrentarse a si­
tuaciones críticas a pesar de sus “faltas trágicas”. Las comedias señalan
las debilidades y flaquezas humanas pero los “tontos” son amables, su
conducta es admirable. [...] Las líneas narrativas “negativas” están
compuestas por la elegía, la sátira y el burlesque. Las elegías lamentan
las condiciones actuales pero no sugieren mejorarlas por medio de es­
fuerzo heroico alguno, trágico o cómico. No hay promesa de una reso­
lución positiva a los problemas. [...] Las sátiras atacan y critican las
debilidades. [...] El burlesque ataca también, pero por medio de la exa­
geración, en lugar de morder sutilmente como las sátiras (citado en
Combs y Nimmo, 1998: 191).

Sin embargo, esta tipología variará dependiendo de la estrategia de cam­
paña que se diseñe tomando en cuenta al adversario político, tipo de ciudadanos
que se desea persuadir y el contexto social. De acuerdo a esta pretensión se reali­
zará la jerarquización y ordenamiento (dispositio) con los que se construirán los
mensajes. El propósito es influir en el destinatario hacia alguna dirección, po­
niendo énfasis en los recursos pathémicos, por encima del logos, pero no del
ethos, porque la intención es representar a sujetos, en este caso candidatos invo­

5 Los analistas explotan un esquema que toman prestado del crítico Kennet Burke para
clasificarlos.
lucrados en situaciones que han dañado a la sociedad, con el propósito de recrear
la memoria histórica de los ciudadanos.

6. La música creadora de estados de ánimo
Los publicistas conocen la importancia de la música en los anuncios polí­
ticos, en el primer cuarto del siglo XX la música pasó a formar parte de películas
propagandísticas nazi, ya que reconocían su capacidad de influir en los estados
de ánimo de la gente y asimismo afectar su conducta. Aristóteles escribió en su
tratado de Política en el capítulo V sobre la importancia de la música y la educa­
ción:

[...] bastaría ahora probar su poder moral para afectar a nuestros sen­
timientos. [...] Nada más influyente que el ritmo y los cantos para imi­
tar la cólera, la bondad, el ánimo, la sabiduría [...] La música es eviden­
temente una imitación de los sentimientos morales (Aristóteles, 1951:
71).

En este sentido, la música, aunque pocas veces valorada y perceptible por
parte de la audiencia, en los spots resulta ser un complemento de los otros discur­
sos y pretende crear en el receptor estados de ánimo. Por ello, los realizadores
cuidan que las melodías estén en armonía con la imagen, anteponiendo la emo­
ción a la razón dentro de los discursos narrativos. La música es de vital impor­
tancia porque no solo acompaña en ocasiones a la imagen y al narrador, sino que
recrea e intensifica su mensaje al provocar katharsis en el espectador. En este
sentido, al convivir diferentes niveles de discurso se pretenden resaltar las pro­
blemáticas sociales, contrastar a candidatos para denigrar su imagen, que en la
mayoría de las ocasiones se presentan de forma maniquea y melodramática. Bajo
este argumento, la utilización de las imágenes y de las emociones manifiestas en
los spots televisivos serán determinantes para motivar o desmotivar a la gente
para participar en las elecciones.
7. Imágenes y emociones en los procesos
de significación de los spots políticos
Una leyenda acerca del famoso orador griego
Demóstenes dice que, cuando un orador rival ha­
bló de los atenienses éstos exclamaron: “¡Qué
bien ha hablado!”, pero cuando habló Demóste­
nes se dijeron uno a otro: “¡Sigámoslo!”.

(Combs y Nimmo, 1998:45)

El logos y el pathos juegan un papel primordial para la construcción del
ethos. Patrick Charaudeau y Dominique Maingueneau definen al ethos de la si­
guiente manera:

[...] término tomado de la retórica antigua, el ethos (en griego n^oG,
personaje) designa la imagen de sí que construye el locutor en su dis­
curso para ejercer influencia sobre su alocutario [...] Junto con el «lo-
gos» y el «pathos», el ethos forma parte de la trilogía aristotélica de los
medios de prueba (Retórica I, 1356a). En Aristóteles adquiere un doble
sentido: por un lado, designa las virtudes morales que hacen creíble al
orador, es decir, la prudencia, la virtud y la benevolencia (Retórica II,
1378a), y, por otro lado, implica una dimensión social en la medida en
que el orador convence expresándose de manera apropiada a su carác­
ter y tipo social (Eggs 1999: 32) en los dos casos se trata de la imagen
de sí que el orador produce en su discurso, y no de su persona real
(2005: 246).

Maingueneau dice que el ethos se deja aprehender como una voz y un
cuerpo, se vislumbra en el tono de un carácter y una corporalidad. La puesta en
escena discursiva o de enunciación está relacionada con las representaciones
colectivas de determinada cultura (1996b: 81). De esta manera el destinatario
asigna al orador una serie de características producidas por su discurso en el que
están presentes elementos extralingüísticos como la mímica, la vestimenta con la
cual se pretende tener un efecto en el destinatario. Maingueneau, retomando a
Declercq, lo expone de la siguiente forma:

[... ] todo aquello que, en la enunciación discursiva, contribuye a pro­
yectar una imagen del orador destinada al auditorio. Tono de voz, mo­
do de hablar, selección de las palabras y argumentos, gestos, mímica,
mirada, postura, atavío, etcétera, son los signos, elocutorios y oratorios,
de vestimenta y simbólicos, mediante los cuales el orador ofrece de sí
mismo una imagen psicológica y sociológica ([Declercq, 1992: 48] ci­
tado en Maingueneau, 2010: 206)

El autor arguye que el ethos está vinculado al acto de enunciación y acto
conductual, es una representación dinámica construida por el destinatario no solo
cuando el enunciador toma la palabra, sino también por la representación que el
destinatario tiene sobre el enunciador a lo cual Maingueneau denomina ethos
prediscursivo (2010: 207).

Por otro lado, el ethos es definido también como el carácter distintivo o
los valores y actitudes fundamentales propios de una persona específica, un pue­
blo, una cultura, un movimiento social o una época. "They cultivated a subver-
sive alternative ethos" (Anthony Burgess en Dictionary o f the English Language,
2000).

Algunos autores que hablan del ethos social como Romagnoli (2005), lo
identifican y definen con el “Ethos social del estado”, como un conjunto de ideas
y creencias que se dan al interior del sistema político administrativo, respecto de
su ética de responsabilidad social. John Roemer (2009) y Sune L sgaard (2011)
se refieren al ethos social como un sistema de creencias y responsabilidad com­
partida. También se le identifica con las características que tiene una comunidad,
un país sobre su forma de pensar y de actuar, en el cual se refleja su cultura. Es­
tos son rasgos distintivos que tienen que ver con la escala de valores, normas y
hábitos que distinguen a sectores sociales y países por sus estilos de vida. El et-
hos social es un término utilizado para describir la forma de ser de un pueblo y el
cual se refleja en su conducta (Cf. Sznajder Mario y Luis Roniger, 2001).
La utilización de este tipo de representaciones sociales, en las que se re­
flejan determinadas características del grupo social, es aprovechada por la propa­
ganda y la publicidad con el propósito de convencer y persuadir al ciudadano o
consumidor. En el ámbito de la propaganda, la construcción de una imagen no es
fácil y menos en periodos de campañas políticas. Estas representaciones del can­
didato o del candidato opositor o de grupos sociales que se exhiben en los polis-
pots, son creados por medio de instrumentos de investigación de tipo cuali-
cuantitativo en los que se indaga en los ciudadanos al menos tres directrices; la
primera consiste en conocer cuáles son sus deseos, esperanzas, inquietudes, pro­
blemáticas, necesidades; la segunda, qué opinan del trabajo de su gobernante; y
la última, si reconocen a los candidatos, qué opinan de ellos, qué les agrada de
estos, qué características debe tener el candidato ideal y con qué debe cumplir
(Cf. Rodríguez, 2005). La información que se obtiene de este tipo de estudios se
utiliza para el diseño de una imagen de un político, de una problemática y/o pú­
blico destinatario, en los que se incluyen preconstruidos culturales para reafirmar
cierto tipo de creencias.

A lo largo de la historia de la propaganda abundan ejemplos de la cons­
trucción del ethos de los candidatos, por ejemplo está el caso de Jimmy Carter
que en 1976 después de haber sido gobernador de Georgia quiso ser candidato a
la presidencia de Estados Unidos por parte del partido demócrata (E.U.) y en las
elecciones internas de su partido era un desconocido. Los medios de comunica­
ción se referían sobre este personaje:

[...] Por consejo de su encuestador, Carter se situó en una dimensión
completamente diferente, en la de confianza-desconfianza. Con una
publicidad respecto a que él “nunca mentiría al pueblo estadouniden­
se”, que sería un presidente “en el que puedes confiar” y que quería
que su país tuviera un “gobierno tan bueno como su pueblo”. Carter
apeló a lo que estaba en la mente de los votantes, preocupaciones que
expresaron a través de la elección de su candidatura en primarias victo­
riosas, que lo condujeron a la nominación, y más tarde a la Casa Blanca
(Combs y Nimmo, 1998: 190).
Toda publicidad y propaganda incorpora ethos, pathos y logos; pero el
énfasis relativo en cada uno difiere. Todos éstos son recursos utilizados para per­
suadir. También es cierto que en varios anuncios no se manifiesta de manera
explícita el pathos, sin embargo los estrategas en publicidad buscan motivar de
diversas formas la emoción, ya sea por el discurso verbal, expresiones corpora­
les, encuadres visuales, colores, efectos: auditivos, visuales y la música. Todos
estos diferentes niveles discursivos de los spots audiovisuales representan una
unidad y la exigencia que pide su estudio va desde la dimensión descriptiva hasta
la estilística.

8. La imagen como productora de sentido
La imagen es la principal fuente de información sobre el mundo: nos
orientamos por medio de lo que vemos en la vida cotidiana y en la televisión.
Frecuentemente hacemos del mundo un espacio museístico, es decir, el sentido
de la vista se ha convertido en el sentido madre, le atribuimos los dones de los
otros cuatro sentidos. Como comenta Jean Baudrillard (1993: 91; 98-99) en Cul­
tura y simulacro, hemos hecho de la vista un universo táctil, con la vista no so­
lamente vemos sino también tocamos, escuchamos, olemos y degustamos. Gra­
cias a esta conjunción los seres humanos recordamos imágenes que nos transmi­
ten sensaciones de un pasado-presente que se posiciona de una parte de nuestra
memoria.

A través de imágenes creamos y recreamos parte de la cotidianeidad y
sobre todo esta proyección se da en los medios audiovisuales en donde la interfa-
se se vuelve día con día más invisible y quedamos representados, reflejados,
asombrados y mediados por la televisión. No hay realidad verdadera y más cer­
cana que la que se emite frente a nuestros ojos. La función mimética como dice
Roman Gubern (1998: 8), es “la exaltación de la capacidad ostensiva de óptica
del mundo visible, en una ambición que culmina en el hiperrealismo”.

La verdad, verosimilitud y visibilidad van a ser los ingredientes centrales
en la propaganda visual. Esta técnica de magnificencia persuasiva no es nueva
para el ser humano del siglo XX y mucho menos para el del XXI, aunque sí hay
que reconocer su sofisticación.

Larga es la historia de los gobernantes que han utilizado la imagen y el
imaginario de sus pueblos para persuadirlos sobre sus victorias. Recordemos
brevemente a Napoleón I. Bonaparte (1769-1821), antes de ser emperador de los
franceses de 1804 a 1815, y después de haber sido derrotado en 1798 por los
turcos en Egipto, y haber abandonado a sus soldados en el norte de África, regre­
só a Francia y mandó a acuñar monedas con su imagen que simbolizaban el
triunfo en el país de las pirámides. Es así como la propaganda, ya sea blanca gris
o negra, hace uso de las tres “V ”: 1. Verdad; 2. Verosimilitud; 3. Visibilidad y,
ha manifestado siete características casi invariables a lo largo de la historia:

1. muestra pruebas que se apegan a las creencias;

2. muestra pruebas que se apegan a lo creíble basándose en una experiencia
previa, apelando al recuerdo;

3. retoma elementos que corresponden a una pequeña parte de la realidad, es
decir, muestra parte de las evidencias;

4. utiliza a las artes y ciencias como instrumentos de comprobación;

5. se basa en el principio de la emoción para desarrollar un argumento visual,
auditivo o escrito, todos ellos presentados de forma maniquea;

6. mecanismos de visibilidad: se obtienen a través de los medios de comunica­
ción y difusión.

La propaganda va a generar una falsa lógica que hará pasar un hecho
como verdadero, plausible, probable, creíble, en la medida en que este último
escapa a la certeza del cálculo (Perelman, 1989: 30). Es así como el spot audiovi­
sual electoral retoma nuevamente estas características heredadas y explotadas por
el cine nazi en la segunda Guerra Mundial, y trata de representar un espacio de­
dicado al candidato, la mayoría de las veces, para emitir ciertas imágenes discur­
sivas que retoman el caudal simbólico y en donde el medio de comunicación
ocupa el lugar del espejo al transmitir imágenes de una realidad social fragmen­
tada y descontextualizada.

Los candidatos para legitimar su elección tienen la necesidad de ejercer
el poder de persuasión desde los medios y de reducir su discurso político a imá­
genes, sonidos prefabricados, con el objetivo de persuadir a una audiencia que no
está interesada ni informada de asuntos políticos (Inglehart, 1977; Neumann,
1995; Price, 1992 y Zaller, 1992). Por lo regular, en los spots televisivos los can­
didatos exhiben en 30 segundos frases simples, ambivalentes que contienen los
aspectos más negativos de los antagonistas y/o exponen sus propuestas de go­
bierno y/o posicionan su imagen.

Los spots televisivos transmiten, como lo denominaba Walter Lippmann
una “pseudo-realidad” y son acompañados por el adjetivo “social” o “colectivo”.
El interés principal es impactar en las mentalidades y en los comportamientos de
los individuos (1956: 65-76). Como dice Castells: “Los medios audiovisuales son
los principales alimentadores de las mentes de la gente en lo que respecta a los
asuntos públicos” (1999: 346). Siguiendo estas premisas los spots audiovisuales
de las campañas presidenciales del Partido Acción Nacional nos muestran una
“pseudo-realidad” que nutre el imaginario colectivo a través de la apelación al
recuerdo, la esperanza, el deseo y el temor. El diseño de la imagen de los candi­
datos y de los opositores es parte de la estrategia de campaña de los equipos pro­
pagandísticos de los candidatos políticos, y responde al complejo fenómeno del
imaginario social, el cual es retomado por los equipos publicitarios para recrear
representaciones en los spots audiovisuales del adversario.

En este pseudo-realismo de los spots de los candidatos panistas está pre­
sente un lenguaje de signos, que lejos de ser invenciones, caprichosas o geniales
de un individuo, pertenecen al acervo de representaciones de la colectividad.

En nuestro trabajo retomamos únicamente los spots que tenían el eje rec­
tor de apelar y reconfigurar la memoria histórica para despertar esperanza sobre
el cambio, la motivación de satisfacer necesidades y deseos de los ciudadanos en
el caso de la campaña de Vicente Fox en el año 2000. En contraposición, la me­
moria histórica en la campaña de Felipe Calderón fue apelar al miedo de los ciu­
dadanos. A continuación hablaré de seis audiovisuales que apelan a la memoria
histórica tres pertenecientes a la campaña de Fox y los restantes a la campaña de
Calderón.

9. Spot políticos televisivos del 2000
En el spot llamado: “Acaso no tenemos memoria” se recopilan los slo­
gans usados durante las campañas electorales de cada uno de los cinco ex presi­
dentes mexicanos: “¿Arriba y adelante?” de Luis Echeverría; “¿La solución so­
mos todos?” de José López Portillo; “¿La renovación moral?” de Miguel de la
Madrid H; “¿Solidaridad con México?” de Carlos Salinas; y “¿Bienestar para tu
familia?” de Ernesto Zedillo. Ninguna de estas interrogaciones se escucha en voz
de algún narrador, sino simplemente se observan en la pantalla. Esta acusación se
hace cuestionando de manera exclamativa con tono irónico, proyectando despre­
cio, enfado e indignación por los ex mandatarios. Este discurso da la apariencia
de surgir desde la sociedad, sin embargo, al final son proyectados los créditos de
Alianza por el Cambio (véase Cuadro: 1).

Cuadro 1

SPOT: EX PRESIDENTES
Di s c u r s o e s c r it o Di s c u r s o v er b a l

-¿Arriba y adelante? N arrador: Acaso creen que no tenemos
Luis Echeverría memoria, que vamos a tragarnos un se-
-¿La solución somos todos? xenio más la sopa que tanto daño nos ha
José López Portillo hecho.
-¿La renovación moral? No, porque los mexicanos que estamos
Miguel de la Madrid H. dispuestos a despertar somos mayoría.
-¿Solidaridad con México? Por el nuevo México. El de la gente de
Carlos Salinas verdad.
-¿Bienestar para tu familia?
Ernesto Zedillo
-Espacio reservado para el viejo rostro del
nuevo PRI.

Logotipo del PAN.

En principio, hay que decir que en los lemas se pretende que sean frases
breves y fáciles de recordar, además de manifestar un pensamiento que sirve de
guía para la acción. En este caso son utilizados para denunciar las promesas que
no cumplieron los adversarios priistas de Fox. Los slogans no cumplidos por los
ex mandatarios están ubicados debajo de cada una de sus fotografías en blanco y
negro con grano reventado y fuera de foco. Al cambiar la imagen, cae hacia ade­
lante y se escucha el sonido de una guillotina. A esto se superpone el discurso
auditivo que versa: “Acaso creen que no tenemos memoria, que vamos a tragar­
nos un sexenio más la sopa que tanto daño nos ha hecho, porque los mexicanos
que estamos dispuestos a despertar somos mayoría. Por el nuevo México el de la
gente de verdad”. Al principio de la oración se da una suposición del narrador, en
forma irónica, al sugerir que existe la creencia, por parte de un grupo político, de
pensar que la sociedad mexicana todavía no está preparada para cambios y que es
incapaz de recordar el pasado. Pues bien, en la mayoría de los casos los seres
humanos recordamos cosas que tienen que ver con nuestra experiencia inmediata,
y ponemos menos atención a cuestiones de la política. Por ello la importancia de
hablar directamente en el spot sobre la memoria, presentarle al espectador foto­
grafías distorsionadas y poner en cuestionamiento las promesas de los ex presi­
dentes priistas.

En la segunda parte del discurso auditivo se emplea el recurso literario de
la metáfora en forma de refrán, que es una manera popular de sentenciar a al­
guien o a una acción. Esta frase tiene una postura desafiante para avisar al
enemigo que la sociedad no volverá a votar por él porque lo ha reconocido.

Hay que subrayar que la utilización del color en los spots tiene la función
de exagerar las situaciones y a los personajes, además de poseer una dimensión
sensorial y simbólica que modifica el valor de una imagen. Ana Meléndez, teóri­
ca de la imagen, señala que los colores sugieren y transmiten ambientes sociales
y climas psicológicos, no tienen una traducción única, pero se pueden interpretar
dependiendo de la cultura y el contexto donde se ubican (Meléndez, 2001). Este
tipo de spot negativo tiene su antecedente en el año 1956 en Estados Unidos. En
ese periodo los asesores en marketing del Partido Republicano concibieron la
idea de presentar a su adversario de forma negativa. Emplearon los spots de Ei-
senhower durante su campaña televisiva de 1952. Cada vez que el general hacía
una promesa, se añadía una voz en o ff que susurraba: “¿Cómo dice, mi general?”.
Se ponía de manifiesto que la promesa no se había mantenido durante su manda­
to. Este tipo de campaña negativa se conoce en la actualidad con el nombre de
“H ow ’s that, General?” (Maarek, 1997:30).

Sin duda, no hay que perder de vista que los spots que atacan al Partido
Revolucionario Institucional van a tener como particularidad el uso de fotogra­
fías blanco y negro, que van a ser reforzadas por un discurso auditivo que se re­
fiere a las imágenes, pero no en un sentido provocador para el receptor, sino en
una dirección de aliento, tal es el caso del spot “A dios ”: “Adiós al rezago educa­
tivo. Adiós a la marginación de los indígenas. Adiós a las masacres como las de
Acteal y Aguas Blancas. Adiós a la violencia en las calles. Adiós a la corrupción
y a la narcopolítica. Adiós a los fraudes electorales, Adiós al PRI” (Ver Cuadro
2).

Cuadro 2

SPOT: A D IÓ S
P e r s o n a je s D is c u r s o P e r s o n a je s D is c u r s o P e r s o n a je s D is c u r s o
verba l verba l verba l

30”
N arra-dor Adiós a las N arrador 1: Adiós a las N arrador 1: Adiós al
1: masacres como masacres como rezago educa-
la de Acteal y la de Acteal y tivo.
Aguas Blancas. Aguas Blancas.
Adiós a la Adiós a la
corrupción y a corrupción y a
la narcopolítica. la narcopolítica.
Adiós al rezago
educativo.
Adiós a la Adiós a la
marginación de marginación
los indígenas. de los indíge­
nas.
Adiós a la Adiós a la
violencia en las violencia en
calles. las calles.
Adiós a los Adiós a los
fraudes electo- fraudes electo-
rales. rales.
Adiós al PRI. Adiós al PRI. Adiós al PRI.
N arrador 2: Vota Alianza N arrador 2: Vota Alianza N arrador 2: Vota Alianza
por el Cambio, por el Cambio, por el Cam­
el cambio que a el cambio que a bio. El cam­
ti te conviene. ti te conviene. bio que a ti te
conviene.
En este cuadro obsérvese como en los tres distintos spots se eliminan tanto parte del discurso
oral como del visual con el propósito de acentuar determinados temas.

El discurso auditivo contrasta reiteradamente con imágenes violentas de
indígenas maltratados y marginados, los muertos de Acteal y Aguas Blancas, un
policía muerto al lado de un carro, el rostro del ex gobernador de Quinta Roo
Mario Villanueva Madrid, hombres saqueando una urna y por último a Carlos
Salinas de Gortari; en un segundo plano se escucha un mariachi tocando las go­
londrinas. En este audiovisual en particular se refleja el carácter espiritual. En
cada cambio de foto se proyecta la palabra “Adiós”, escrita en color blanco y en
los costados tiene alas, el fondo es azul con nubes y rayos que reflejan el cielo, la
palabra se mueve en forma de vuelo, haciendo pensar que es una paloma.

En un primer momento pareciera que la palabra contiene una falta orto­
gráfica pues debería estar acentuada en la “o”; sin embargo no es así, pues ade­
más de ser alusivo a la despedida por el tipo de música que emite el mariachi que
son las golondrinas, también posee un enfoque mesiánico ya que al separar la
palabra el resultado es A Dios, al todo poderoso déjale estos problemas que él los
solucionará. Al final de las imágenes aparece el rostro de Fox y el logotipo.

Los hacedores de mercadotecnia de Alianza por el Cambio ponen a Fox
al nivel de divinidad o como un representante de Dios que crea en los espectado­
res una esperanza por la despedida del gobierno priista. En este spot la esperanza
no actúa ni como causa ni como consecuencia; sino como una espera.

Por otro lado, y ya para finalizar, identificar al candidato con los ciuda­
danos, va a darle identidad histórica, en este caso a Fox, y el uso del color en el
“recuerdo” va ser modificado cuando se habla de algún personaje panista o se
hace referencia al blanquiazul. Esto se demuestra sencillamente con el spot de
CLOUTHIER. Los creativos de la imagen buscaron identificar a Fox con un pasado
inmediato y anclarlo a un personaje como Manuel Clouthier (Maquío)6 que en las
elecciones de 1988 fue uno de los candidatos presidenciales por el PAN, algunos
consideran que fue uno de los líderes más fuertes de ese partido, además de ser
un luchador social que murió creyendo en sus ideales (Véase Cuadro 3).

Cuadro 3

SPOT: CLOUTHIER
Di s c u r s o v er b a l

Fox: Recuerdo bien al Manuel Clouthier lleno de verdad adentro, nos enseñó a
todos los mexicanos a hablar derecho y a luchar por nuestro país.
-Oye Fox, -m e dijo- todos en este país vivimos quejándonos del gobierno
corrupto, de la falta de oportunidades, sin embargo, no hacemos nada...
Él me lanza el reto y yo le lanzaría a todos los mexicanos a la gente y a los
ciudadanos tenemos que construir un país exitoso y triunfador a la entrada
del siglo XXI.

6 Manuel Clouthier del Rincón, nacido en Sinaloa, fue uno de los principales líderes del
Partido Acción Nacional, contendió en las elecciones presidenciales de 1988 junto con
Cuauhtémoc Cárdenas Solorzano quien representaba a los partidos de izquierda en Méxi­
co y también participó el priista Carlos Salinas de Gortari, quien ganó la elección presiden­
cial. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) gobernó por más de 70 años a la Repúbli­
ca Mexicana, perdió por primera vez en el año 2000 y por segunda ocasión en el 2006, sin
embargo para las elecciones del año 2012 volvió a recuperar la silla presidencial.
En este recurso audiovisual, Fox evoca con nostalgia la imagen de
Clouthier, la amplifica y la llena de simbolismo al presentarse un poco cabizbajo
con una camisa negra que es señal de luto. La imagen que sugiere en su mente no
es exhibida en blanco y negro o sepia como tradicionalmente se muestra en la
televisión o en cine o cuando hace referencia a gobiernos priistas. La tonalidad
que subyace es el azul, que cumple una doble función: por un lado, es un color
que ostenta el PAN en su logotipo; y por otro, Fox al rememorar a Clouthier ad­
quiere un aire triste, contemplativo y sobrio. Ana Meléndez comenta que el azul
proyecta lo infinito, lo noble, lo grandioso, lo majestuoso que está relacionado
con el cielo y el mar. Es una gama que transmite confianza y fidelidad (2001:
109). También es un color utilizado recurrentemente por los partidos de derecha
en todo el mundo (Ferrer, 1999: 121-122). El recuerdo de un personaje como
Clouthier se convierte en un emblema para el PAN, en una guía a seguir en don­
de el discurso oral se mezcla con la interpelación directa con la sociedad a mane­
ra de reclamo, queja, llamada de atención por parte de Clouthier en voz de Fox al
decir: “Todos en este país vivimos quejándonos del gobierno corrupto, de la falta
de oportunidades, sin embargo no hacemos nada...”. Después aparece la imagen
de Fox diciendo: “Él me lanza el reto y yo le lanzaría a todos los mexicanos, a la
gente, y a los ciudadanos. Tenemos que construir un país exitoso y triunfador a la
entrada del siglo XXI”.

En este audiovisual en particular, el papel de la identidad se refiere úni­
camente a la de Fox que trata de ser ligada con una identidad colectiva “noso-
tros-PAN-sociedad’ y marca su “territorio” y las fronteras. Así define sus rela­
ciones con los “otros-ellos-adversarios”, y forma imágenes de amigos y enemi­
gos, de rivales y aliados. Con ello intenta modelar, conservar, manipular los re­
cuerdos y proyectar hacia el futuro los temores y esperanzas de los ciudadanos.

Este campo de evocaciones está rodeado de un horizonte de expectativas
sociales que intentan ser compartidas. Esto se logra a través de la recreación de la
identidad que es la fuente de sentido y experiencia para la gente. Eley y Suny
manifiestan que con frecuencia esta identidad no es solo lo que los individuos
comparten; sino por lo que desean combatir (Eley y Suny, 1996: 9).
Cierto es que todo sentimiento de pertenencia, el culto a los personajes
como Clouthier, se construye desde la cultura y también desde los medios de
comunicación. Ernest Gellner señala que la identidad es artefacto ideológico,
construido mediante la manipulación arbitraria de mitos históricos por parte de
los intelectuales para el interés de las elites social y económica (Gellner,
1988:87). Para concluir, la función de los spots de “Clouthier”, “el Adiós” y “No
tenemos memoria”, no pretende únicamente marcar las diferencias, sino también
introducir ciertas imágenes que actúan como valores que respaldan la conducta
de Fox y al mismo tiempo intenta modelar las conductas individuales y colecti­
vas.

10. La apelación al riesgo y miedo, campaña del 2006:
Felipe Calderón
La apelación al riesgo y al miedo son dos de los temas medulares en las
campañas políticas de tipo negativo, en donde se busca representar imágenes de
caos social e incertidumbre económica, el propósito es generar una atmósfera
social de amenaza y con ello se le indica al destinatario por quién votar para evi­
tar la crisis. Martín Salgado menciona que la apelación al miedo son de dos tipos:
“miedos permanentes, la preocupación de los ciudadanos a perder algo que les es
valioso, y miedos concretos, los que un candidato o un partido determinados
pueden provocar” (2002: 236). Un ejemplo de los miedos permanentes lo tene­
mos en el spot televisivo denominado “Padre de Familia” de la campaña del 2006
de Calderón:

CAMPAÑA NEGATIVA
Pa d r e d e f a m il ia

Sr.: Por fin nos hicimos de nuestra propia casa, un coche, una lavadora, un refri­
gerador.
López Obrador va a endeudar a México. Los intereses que pago van a subir y
no los voy a poder pagar. Voy a perder mi patrimonio como lo perdieron mis
papás.
Yo no quiero una crisis para mis hijos.
Yo voy a votar por Felipe Calderón.
Firma: Candidatos del PAN al Senado de la República.

El discurso verbal de este promocional está constituido por una sola se­
cuencia, en ésta se ve la representación de un hombre joven perteneciente al nivel
social D (clase media baja), que es padre de familia y manifiesta sus preocupa­
ciones y miedos. Se observa en el discurso escrito la firma de quien patrocina ese
audiovisual. El recurso de la presentación del tema es la reflexión que hace el
hombre por los logros obtenidos por su trabajo como son los objetos domésticos
y el temor de perder su patrimonio si llegase a la presidencia AMLO, con estas
aseveraciones el protagonista del audiovisual buscó desacreditar la imagen del
candidato haciendo uso de la falacia ad hominem7. Estos anuncios producidos por
el PAN durante la campaña presidencial de Felipe Calderón, toca de manera re­
currente el tema de la crisi económica en México, la cual es expresada a través de
su protagonista quien siente inquietud frente a la posible victoria de Andrés Ma­
nuel López Obrador (principal candidato opositor del PAN) como presidente en
los comicios del 2006, pues considera que el abanderado de la CPBT conducirá
al país a una crisis inminente, perdiendo así su patrimonio. La acción de este spot
tiene lugar en el interior de un domicilio de clase media baja. La comunicación
no verbal es manifiesta cuando el sujeto se lleva la mano a su rostro en señal de
preocupación, tiene un momento de introspección y se escucha la enunciación en
off: “López Obrador va a endeudar a México, los intereses que pago van a subir y
no los voy a poder pagar”. Al unísono se mira en la sala de la casa cómo van
desapareciendo lentamente la tv, las bocinas, la computadora y la laptop; con lo
que se observa un claro juego de figuras retóricas visuales para añadir significa­
ción al discurso como es la pérdida del patrimonio. Con esta figura retórica vi­
sual se contribuye a añadir dramatismo a la acción reflexiva.

7 Un argumento ad hominem tiene la apariencia de razonamiento, sin embargo busca
descalificar al adversario.
En relación con el sonido, la musicalización es extradiegética en su tota­
lidad, tiene una vinculación directa con la utilización de las imágenes, por medio
de instrumentos como la guitarra, sintetizadores y percusiones se enmarca un
sonido de peligrosidad al ser notas cortadas (en la guitarra), fondeos lentos (en
sintetizadores) y golpes graves en las percusiones; esto podría indicar un alerta
de un peligro próximo y va totalmente vinculado con la enunciación del sujeto,
en el sentido de su propia reflexión en torno a lo que ha conseguido, en este caso,
su casa. Posteriormente, se da un cambio en la musicalización, ahora se ambienta
con violines, flautas y tubas; la característica de estos instrumentos es la grave­
dad en sus tonalidades, esto va relacionado con la posibilidad de perder, en defi­
nitiva, lo que el sujeto ha construido para su familia. Anuncia a su vez, nueva­
mente, la proximidad del peligro y la posibilidad de caer en una desgracia, por lo
general este tipo de ambientaciones se utiliza en momentos catastróficos, ya que
los tonos son muy bajos o “tristes”. Al final del spot televisivo cambia radical­
mente la musicalización y se recurre al piano en sus tonalidades más agudas (o
“alegres”) y al acompañamiento con platillos y percusiones en el fondeo, esto
eleva la intensidad de la música y hace un ambiente más vivo, en este caso lo
podemos traducir como esperanza y como resolutivo del peligro próximo. Esta
sonorización se da en los últimos segundos del spot, y cuando el sujeto habla de
frente a la cámara y dirigiéndose al auditorio con la firme convicción de votar
por Felipe Calderón, en este caso podemos pensar que el peligro se alejará en
tanto se vote por el candidato.

Por otro lado, este anuncio guarda relación con otro spot: “Padre de Fa­
milia: Vivienda”, ya que el tópico es el patrimonio familiar, el tipo de dramatiza-
ción que se emplea es similar al anuncio arriba analizado, sin embargo, en este
spot se resalta la parte positiva: “nosotros hemos hecho realidad ese sueño. Ahora
sé que mis hijos podrán cumplir sus propios sueños.”8

8 Este promocional forma parte de una serie de audiovisuales que muestran la propuesta
de gobierno y son reconocibles por el tipo de intervención que realiza Calderón: "Estoy
contigo" y por la narradora que culminan el promocional diciendo: "Con Felipe Calderón
presidente, vamos por más vivienda".
CAMPAÑA DE PROPUESTA DE GOBIERNO
Pa d r e d e f a m il ia : Vi v i e n d a
Sr. voz en off: Tienen que pasar generaciones para que se cumpla un sue­
ño. El sueño de mi abuelo era tener casa propia, el de mi
padre fue el mismo, nosotros hemos hecho realidad ese
sueño.
Ahora sé que mis hijos podrán cumplir sus propios sueños.
Calderón: Estoy contigo. Y quiero que esto siga pasando. Por eso voy
a seguir con el programa de vivienda. Para que tú puedas
tener por fin el patrimonio que tanto has soñado.
Voz en o ff narradora: Con Felipe Calderón presidente vamos por más vivienda.

En este audiovisual, que pertenece a la categoría de propuesta de go­
bierno (véase infra.), el tópico es la continuación de programas de vivienda, y el
tipo de dramatización que se emplea es similar al anuncio arriba analizado, sin
embargo, en este spot se resalta la parte positiva: “nosotros hemos hecho realidad
ese sueño. Ahora sé que mis hijos podrán cumplir sus propios sueños”. Además,
este anuncio forma parte de una serie de audiovisuales que presentan la propuesta
de gobierno y son reconocibles por el tipo de intervención que realiza Calderón:
“Estoy contigo.”

Finalmente, el miedo que busca establecer este spot hace que se piense
que con determinado gobierno, en este caso el de López Obrador se perderá el
patrimonio construido con trabajo y esfuerzo. Esto lleva a su vez a mostrar an­
gustia por lo que pueda venir, lo que denota es que la oposición en ese momento
pensaba en que AMLO tenía una posición de ventaja respecto de Felipe Calderón
y el medio para hacer cambiar al votante era a través de la desesperanza. El ma­
nejo de las emociones en este spot es evidente, en tanto que genera, al menos,
incertidumbre sobre lo que podría ocurrir. El miedo, la angustia y la desesperan­
za son las emociones que prevalecen e intentan, por estas tácticas, guiar al votan­
te.
11. Apelación al pasado y crisis económicas
Otra de las tácticas desarrollada por el equipo publicitario panista, en el
2006, fue apelar al miedo haciendo referencia al pasado inmediato sobre la esta­
bilidad económica y cuestionando con tres anuncios la pertinencia del modelo
económico que propuso el candidato de la CPBT con el propósito de desacreditar
la imagen de AMLO. En los promocionales ¿Un nuevo modelo económico? y
¿Quieres otra crisis? la intención fue asociar a AMLO con expresidentes mexica­
nos que se les recuerda por las devaluaciones de 1982 y 1994. Asimismo, los
spots intentan interpelar a la audiencia recreando la memoria histórica y resaltan­
do a través del discurso audiovisual algunos elementos que sirven para atacar al
contrincante.

C A M P A Ñ A N E G A T IV A - M E M O R IA C A M P A Ñ A N E G A T IV A - M E M O ­
H I S T Ó R IC A R I A H I S T Ó R IC A
¿U n n u e v o m o d e l o e c o n ó m ic o ? ¿ Q u ie r e s o t r a c r is is ?

Narrador ¿Un nuevo modelo económico? Narrador En 1995 México entró en
voz off: López Portillo hizo las mismas voz off: su peor crisis. Los dipu­
propuestas. El resultado fue una tados del PAN salvaron
crisis de 10 años. tus ahorros.
Carlos Salinas también hizo lo López Obrador no hizo
mismo. El resultado fue la peor nada.
crisis en la historia de México. El culpable de la crisis fue
Hoy López Obrador las presen­ Salinas por la irresponsa­
ta como un nuevo modelo eco­ ble política de endeuda­
nómico. Propuestas que endeu­ miento que López Obra­
dan, que provocan inflación y dor pretende de nuevo
desempleo. implantar.
Podrías perder la casa que ¿Quieres otra crisis?
compraste con tanto esfuerzo,
podrías perder tu trabajo.
No votes por otra crisis.
Firma: Candidatos del PAN al Congre­ Firma: Candidatos del PAN al
so de la Unión. Congreso de la Unión.
Estos spots pertenecen a la campaña negativa, llamada por el equipo pro­
pagandístico de Felipe Calderón como “contraste”, está presente el tema de la
deuda y la crisis relacionado con el “modelo económico” que propuso AMLO.

En los spots “¿Un nuevo modelo económico?” y “¿Quieres otra crisis?”
se manifiesta el problema de perder el patrimonio. Estos promocionales buscan
recrear la memoria histórica del destinatario con la intención de que los ciudada­
nos dirijan su atención y su voto al candidato mejor posicionado. El propósito es
generar ese sentimiento de aislamiento en la ciudadanía para que estos sigan a la
mayoría de la comunidad que votará por el candidato panista. Estos promociona­
les políticos intentan apelar a la memoria histórica más cercana sobre la crisis
financiera de 1995 y alude a la devaluación del peso mexicano frente al dólar en
diciembre de 1994, pocos días después de la toma de posesión de Ernesto Zedillo
Ponce de León. No mencionan las crisis económicas anteriores, ya que su públi­
co objetivo son padres jóvenes, de clase media que hayan vivido con su familia
ese momento aciago. También hacen referencia a las consecuencias de las crisis
económicas, específicamente del impacto que se tiene en la esfera privada: la
familia. No aborda el impacto social, como la pérdida de empleos en el sector
formal, lo que significa que millones de personas pierden sus prestaciones como
el de la seguridad social (Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Tra­
bajadores del Estado (ISSSTE) o el Instituto Mexicano del Seguro Social
(IMSS).

12. Conclusiones
Podemos concluir que varias son las tácticas desarrolladas en los spots
audiovisuales políticos, por ejemplo, la utilización del logos, ethos y pathos den­
tro de la estructura argumentativa, así como la convivencia de diferentes soportes
comunicativos como la música y efectos sonoros, la imagen y la palabra, los cua­
les son factores determinantes dentro de una estrategia persuasiva.

En el breve análisis de estos spots televisivos se observó que a través de
las teorías del comportamiento, los diversos niveles del discurso hicieron uso del
imaginario social, utilizando fundamentalmente la memoria histórica, aunque
también mostrando a un candidato fuerte que enfrenta al antagonista aplicando la
técnica de la inoculación para denostar al adversario.

Además se percibió en los promocionales que la configuración del ima­
ginario social consistió en la edificación de mundos ficticios, pero con problemá­
ticas reales como economía, inseguridad, empleo, salud, justicia social, igualdad.
Sin embargo, éstos, al no poder cumplir con ese tipo de demandas, buscaron sa­
tisfacer ciertas necesidades afectivas que motivaron a la audiencia a tener el sen­
timiento de ilusión, de esperanza en el caso específico de la campaña de Fox,
mientras que en la campaña de Felipe Calderón se motivaron sentimientos de
miedo y temor.

Estos sentimientos dieron la pauta para imaginar situaciones de un futuro
cercano, el cual le otorgara a la gente ya sea seguridad o intranquilidad. En esta
rúbrica se pretendió construir un orden social que identificara e integrara al co­
lectivo alrededor de una idea.

En este sentido, Bronislaw Baczko señala que por medio del imaginario
se pueden alcanzar las aspiraciones, los miedos y las esperanzas de un pueblo. En
él, las sociedades esbozan sus identidades y objetivos, detectan sus enemigos y,
aún, organizan su pasado, presente y futuro. Se trata de un lugar estratégico en
que expresan conflictos sociales y mecanismos de control de la vida colectiva. El
imaginario social se expresa por ideologías y utopías y también por elementos
culturales: símbolos, alegorías, rituales, mitos (1984: 54). Y como lo denomina
Castoriadis es producto de significaciones imaginarias colectivas.

Es así como estos estímulos9 configuraron, reconstruyeron y recrearon el
imaginario social para mantener unida la compleja urdimbre de significaciones

9Existen dos tipos de estímulos: verbales y no verbales. Los estímulos verbales son: la voz,
la música o el texto. En los no verbales resalta la imagen, la cual tiene cinco categorías así
definidas por Brembeck y Howell. Kinesística: incluye todos los movimientos del cuerpo
que añaden significado al lenguaje oral, como son la expresión facial o los gestos con las
manos. Proxémica: el uso de espacio y las relaciones físicas en la comunicación interper­
sonal: la distancia que separa al emisor del receptor, el contacto visual, actitudes corpora­
les como inclinarse hacia el auditorio. Háptica: que es la parte de la comunicación no ver­
bal que se logra a través del tacto y el contacto físico; pero no debemos olvidar que ver a
imaginarias que estructuran en cada instante la experiencia social al empapar,
orientar y dirigir a la sociedad a determinados sentidos (Castoriadis, 1981: 68; y
1975: 312).

En este rubro, la eficacia del uso del imaginario social dependió, por un
lado, del modo en el que los equipos de los candidatos panistas se apropiaron del
imaginario con el uso de los símbolos, creencias, necesidades, deseos, sueños y
esperanzas que manifestó el colectivo y, los cuales fueron plasmados en imáge­
nes verosímiles que recrearon el imaginario en anuncios audiovisuales para que
tuvieran el reconocimiento social.

Es por ello que el dominio del imaginario social se fundó en los elemen­
tos constantes, exhibiendo un conjunto de rasgos sociales que otorgaron cierta
identidad a determinadas comunidades para dar sentido de importancia a su par­
ticipación en ese momento climático como era la elección presidencial; y en
donde el imaginario social se vio reflejado en la pantalla chica al mostrar eviden­
cias en los promocionales que los hacían verosímiles, pero con un discurso falaz
y que al ser investidos por un discurso emocional también se invisten conflictos e
intereses ideológicos (Ansart, 1983: 36).

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los candidatos estrechando manos e incluso abrazando y besando a la gente puede tener
un efecto persuasivo cuando lo vemos en pantalla. Paralenguaje: uso de la voz que afecta
las respuestas de la audiencia al mensaje (un comunicador puede dar a las mismas pala­
bras un significado completamente opuesto con tan sólo variar el tono de su voz). Nerván-
tica: son los tics nerviosos, movimientos impacientes y repetitivos, gestos involuntarios.
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Epílogo a manera de reseña, o una denuncia semiotista
contra el campo académico de la comunicación
Dr. Tanius Karam1
Programa de Estudios Semióticos
Universidad Autónoma de la Ciudad de México

1. Hablando de propuestas y méritos
Hace poco más de un año, el joven semiotista Carlos Vidales publicó el
segundo tomo de su obra Semiótica y Teoría de la Comunicación. En realidad, es
la segunda parte de un mismo libro y resume poco menos de diez años de trabajo,
en lo que ha sido una de las actitudes teóricas más señaladas. Es importante este
texto, entre muchas otras razones, porque se trata del primero publicado origi­
nalmente en español, y específicamente en México, que aborda centralmente las
relaciones teóricas entre los estudios de la comunicación y la semiótica. Tarea
encomiable porque, a diferencia de lo que frecuentemente sucede en el campo
académico de la comunicación, estamos ante un trabajo programático, de varios
años.

Semiótica y Teoría de la Comunicación, más que un ensayo, es un texto
académico -aunque no es éste lugar para problematizar los géneros- en el que el
autor hace una revisión conceptual, historiográfica y sobre todo epistemológica

1 Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense. Profesor-
investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México Es co-autor del libro 100
libros hacia una comunicología posible (2005, UACM), compilador del libro Mirada a la
ciudad desde la comunicación y la cultura (2006, UACM), Comunicología en construcción
(2008, UACM) El campo académico de la comunicación, una mirada reflexiva y práctica
(Universidad de Colima, 2008). Es fundador de la Red de Estudios en Teorías de Comunica­
ción (REDECOM), coordina al grupo de "semiótica, discurso y lenguaje" en la Asociación
Mexicana de Semiótica Visual y del Espacio (AMESVE) y en la Asociación Latinoamericana
para Estudios del Discurso (ALED).
de los dos campos, de su institucionalización, del uso que la comunicación ha
hecho de la teoría semiótica y de lo que para los estudios semióticos puede ser la
comunicación.

En general, podemos decir que Vidales hace una presentación sintética
de la trama epistemológica para pensar (e imaginar) una semiótica de la comuni­
cación, como matriz teórica, a partir del análisis de las genealogías separadas del
pensamiento teórico, de las relaciones del campo conceptual, entre comunicación
y semiótica. Ello, con la idea de identificar los puntos de sutura y articulación, así
como las posibilidades constructivas hacia el futuro. En su argumentación advie­
ne -de acuerdo con lo propuesto por Tarasti en su conferencia inaugural del no­
veno congreso mundial de la IASS/AIS- una “neosemiótica” que sugiere la exis­
tencia de muchas semióticas en etapa de transición, ya no subordinadas a la lógi­
ca, a la filosofía del signo, a la lingüística o a la psicología social, sino a perspec­
tivas necesariamente transdisciplinares.

Para Vidales, el punto de partida de esa “neosemiótica” van a ser, en lu­
gar de Peirce o Saussure, los programas subsecuentes de Sebeok o Hoffmayer,
quienes, justamente, ponen en contacto a la semiótica con la “vida”, en un senti­
do general, como una semiosis que puede darse en el mundo natural y social. La
semiótica, en este sentido, toma el cuerpo de una poderosa propuesta teórica,
metodológica y epistemológica; hace emerger un programa posible a partir de la
relación entre biosemiótica, semiosis y comunicación, con rasgos de una cosmo­
logía que permite leer, entender, comprender, que aporta sentido a una emergente
posición racional y lógica frente al mundo, al tiempo que permite una acción y
una intervención también racionales y ecológicas. Estamos ante una lectura se­
miótica que deja a la comunicación (o más propiamente a los estudios académi­
cos de la comunicación) en un segundo lugar; campo que, por cierto, como dice
Vidales (2011: 184), en realidad volteó a ver a la semiótica cuando ésta comenzó
a desarrollar modelos comunicativos y de la cultura (por ejemplo, los conocidos
casos de Eco y de Lotman). El problema central fue que, en lugar de proseguir un
diálogo conceptual y lógico, la comunicación académica (escuelas, centros de
estudios, clases, profesores, congresos) solamente incorporó la superficialidad
conceptual y no las matrices epistemológicas, lo que trajo aparejado, entre otras
consecuencias, que lejos de un pensamiento semiótico en las escuelas de comu­
nicación, lo que ha proliferado es una jerga, una especie de “meta-lenguaje”, de
nociones cerradas en sí mismas, “palabras” no entendidas como conceptos cons­
tructores, sino como un “habla” carente de elementos analíticos.

De los varios méritos del texto de Vidales, uno fundamental es que nos
permite una nueva mirada lófica entre estas dos áreas (o campos), que por otra
parte, han vivido una relación desde hace varias décadas, al grado que, como el
propio Vidales lo ha afirmado, se asoma la posibilidad de que la semiótica pueda
dar respuesta a las grandes preguntas de epistemología en comunicación. En otro
orden, los semiotistas han encontrado en la comunicación un espacio fértil de
reflexión. En muchos planes y programas de estudio en comunicación (con todo
ese ramillete de denominaciones que tiene) se encuentran cursos vinculados con
semiótica, significación, ciencias del lenguaje que aluden centralmente a los pro­
blemas de la semiótica y que frecuentemente son impartidos por profesores que
no provienen de la comunicación. Sobre esta relación “natural” podemos leer,
por ejemplo, en los dos primeros capítulos del Manual de semiótica general de
Klinkenberg (2006), que inserta en sus primeros capítulos el problema de la co­
municación; o bien la conocida primera parte de La estructura ausente, de Um-
berto Eco (1968). A un mayor nivel de abstracción puede pensarse que esas pre­
guntas sobre la difusión, la expresión, la interacción no las podría responder la
comunicación sin el concurso de la semiótica.

El trabajo de Vidales tiene como antecedente una serie de procesos pre­
vios que el propio autor ya había explicado (Cf. Vidales, 2009). Estos “momen­
tos” de su producción ayudan a definir las preguntas que el texto e intenta res­
ponder a la relación entre semiótica y comunicación:

(a) el primer momento consistía en reconocer lo que el primer elemento descri­
be, es decir, aparecía como necesaria la tarea de recuperar y reconstruir la
historia conceptual de la semiótica con la finalidad de entender en realidad de
qué forma se construye el pensamiento semiótico o qué es la propuesta se­
miótica y cómo se ha relacionado con los estudios de la comunicación; una
tarea en este momento supuso recuperar y reconstruir la historia de la se­
miótica en su vida académica, independiente de la comunicación y su campo
académico. Un siguiente momento consistió en vincular lo sucedido con la
semiótica en el pensamiento en comunicación; aquí el énfasis fue en la histo­
ria de la semiótica dentro del campo académico de la comunicación, apoyada
en los textos y los autores básicos, así como el mapa conceptual correspon­
diente de la semiótica en el espacio académico de la comunicación.

(b) el segundo momento, con dos tareas centrales: el reconocimiento de la forma
en que la semiótica conceptualiza y utiliza a la comunicación en sus sistemas
conceptuales y, segundo, en la forma en que los estudios de la comunicación
han utilizado a la semiótica. Hay datos interesantes a corroborar en este nivel,
por un lado, la comunicación apareció en el programa semiótico como un
elemento de configuración y estructuración de lo biológico y lo social, y
fuertemente ligada a la teoría matemática de la información. Por el contrario,
la semiótica emergió en los estudios de la comunicación tan solo como una
técnica de análisis y no como un principio constructivo. En consecuencia, el
“objeto comunicación” y sus dimensiones ontológicas y epistemológicas son
diferentes en ambos espacios reflexivos.

(c) El tercer momento tiene el claro reto de conciliarlas dentro un modelo epis­
temológico, es decir, es la propuesta por una “semiótica de la comunicación”
y que toma como punto de partida no a la semiótica de la cultura sino a la
biosemiótica, la cual ha hecho emerger en el centro de su programa la nece­
sidad de reflexionar sobre la comunicación.

Vidales ve, con fundamento, la tergiversación instrumental que la comu­
nicación ha hecho de la semiótica, y avanza con la idea no solamente de hacer un
“muro de los lamentos”, sino para ofrecer nueva perspectivas. Hay que diferen­
ciar para ello cómo la comunicación se ha visto de manera dominante en modelos
lineales, difusionistas o en el mejor de los casos, en aquellos basados en la inter­
acción o el intercambio; por su parte la semiótica describe a los procesos de co­
municación no en términos de intercambios de mensajes, sino en términos de
producción de sentido, de acción de los signos, de semiosis, de procesos de pro­
ducción de significado, de sistemas de significación, de procesos culturales o de
intercambios simbólicos. Desde el punto de vista semiótico, la comunicación no
solo aparece como la emisión-recepción o intercambio de mensajes; tampoco
aparece necesariamente vinculada a los medios o a la comunicación interperso­
nal, sino que aparece como un elemento constructivo y generador de estructurali-
dad tanto a nivel biológico como a nivel social.

Un mérito más de Semiótica y Teoría de la Comunicación es su afán
formal, su intento de reflexionar no ya sobre objetos o procedimientos específi­
cos, que es donde suele descansar la semiótica dirigida al lector que le preocupa
la comunicación, los mensajes y los códigos, sino en una mirada de “segundo
grado” que nos ofrece una visión más amplia que no ceda a esa pretensión muy
difundida — sobre todo entre los lectores de comunicación— que buscan proce­
dimientos y mecanismos, formas necesariamente “efectivistas” donde estudiantes
(y profesores de semiótica o áreas afines) buscan didácticamente pasos para
“aplicar” esa red de conceptos en los que muchas veces se reduce a la semiótica
(al menos claramente en México) y que ello pueda explicar quizá aquella perora­
ta teoricista denunciada por Daniel Prieto en los ochenta. Y es que el “teoricis-
mo” —no dicho naturalmente por Prieto así— , implica que la semiótica nunca
fue pensada en el campo académico de manera formal y que mostrara lo distinti­
vo de este punto de vista con relación a otros, por ello aun cuando el libro de
Vidales es eminentemente teórico, a su manera supera la denuncia “teoricista” de
ese uso instrumental que suele dar más dolores de cabeza que soluciones, sobre
todo en cursos de pre-grado a profesores y estudiantes. Vidales nos ofrece una
mirada fresca, y no por ello menos rigurosa, que nos permite comprender de for­
ma distintiva a la semiótica, a sus métodos y a sus objetos.

2. Miradas erráticas desde las escuelas de comunicación
y algo para salir del atolladero
La fundamentación académica de la comunicación no tiene más de 80
años. El término, sin embargo, tiene una larguísima historia que podemos remon­
tar a la retórica de Aristóteles, las filosofías del lenguaje medieval, la teología e
incluso algunas ciencias naturales. Luego, en el siglo XIX se asocia la noción de
comunicación con los sistemas de transportes, cables, carreteras y el por entonces
pujante ferrocarril. Pero la comunicología propiamente dicha surge a la par de las
tecnologías audiovisuales, que luego agrupan a otros medios de masas (la prensa,
el cine) dentro del concepto de “medios de comunicación masiva” o mass media.
Así, durante el siglo XX se completa el “secuestro” semántico que las tecnolo­
gías hacen del referente “comunicación”, y es al amparo de este crecimiento que
comienzan la proliferación, la dispersión, el abuso, la importación -por ejemplo,
de la cibernética- de conceptos, porque hay que nombrar rápidamente las cosas,
o bien edulcorar algunos procesos de “teoría”, de “ciencia” de “legitimación”, de
“planes de estudio”, etc. Por ello, la meta-teoría, los trabajos historiográficos de
pensamiento comunicacional (académico, científico, profesional, laboral, produc­
tivo, etc.) son pertinentes y necesarios porque permiten contener la multiplica­
ción indiscriminada de modelos que no lo son, o las explicaciones generalmente
descontextualizadas que llevan a adaptaciones muy forzadas de un campo a otro,
de un esquema conceptual a un segundo.

Al surgir estos medios audiovisuales, los especialistas -que por ejemplo
en Estados Unidos se autodenominaban, a falta de mejor nombre mass communi-
cation research- no contaban con recursos, con teorías, con tradiciones o méto­
dos particulares. Por entonces, en EE.UU. la propuesta claramente más desarro­
llada fue la cibernética y la teoría de la información, al amparo de la cual se co­
menzaron a reciclar o reinterpretar los usos previos que había del concepto de
comunicación; sirvió como marco básico desde el cual se comenzó a aludir a la
comunicación (básicamente como difusión e interacción), a la que incluso pro­
yectos como el de R. Jakobson -m uy distante al main stream del mass communi-
cation research- acudieron en busca de responder las nuevas preguntas que se
hacían y que concitaban la reflexión sobre la “comunicación”. Con frecuencia la
mayor de las extrapolaciones que intentaron hacerse desde la teoría de la infor­
mación o la cibernética fueron muy imprecisas, como por ejemplo el nuevo len­
guaje que surgió aplicado a la comunicación interpersonal.
El campo de la comunicación parte sobre todo de la influencia en
EE.UU. de la psicología social y de la sociología política para definir a los me­
dios. La comunicación se “sociologiza” por una parte y se “mediatiza”, lo que
lleva a perder una dimensión un poco más amplia que de hecho permita una mi­
rada compleja de los procesos que intervienen en la comunicación social o colec­
tiva. Aunque se intuye ese carácter múltiple2, la pregunta que podemos hacer tras
la lectura de Vidales es si la comunicación es una reflexión más específica, que le
correspondería tomar sus principios configuradores de la semiótica, o ésta tendría
que subordinarse a los principios de la comunicación.

Muy pocos han intentado desde el campo académico de la comunicación
construir una mirada amplia. Se argumenta que no es necesaria, que lo que im­
porta es atender y resolver los problemas concretos de la comunicación en nues­
tros países desiguales, con injusticia, etc. Pero lo que no se menciona es la conse­
cuencia de esa dispersión y desorganización. En el caso del campo académico,
nos ha parecido sugerente la propuesta de Jesús Galindo (Cf. Hacia una comuni­
cología posible, México, UASLP, 2005) que ahora no explicamos - a quien de
hecho Vidales menciona en el listado de sus agradecimientos- quien aboga por
una visión no subordinada a la sociología, ni tampoco de la comunicación mediá­
tica. A otro nivel, por referir a la producción teórica de comunicación escrita
originalmente en castellano, merece mención la obra de Manuel Martín Serrano,
quien ha sido, dentro de las escuelas de comunicación, el que ha trabajado la
posibilidad de una reflexión sobre la comunicación mucho más allá de la socio­
logía y de las ciencias humanas, pasando por una etología, una teoría de los ac­
tos, hasta llegar a lo que ha propuesto en su último libro como una “paleontología

2 Lo que ha llevado a algunos a pensar en la posibilidad de una "ciencia de la comunica­
ción" donde algunos como Abraham Moles o su discípulo Martín Serrano han respondido
afirmativamente. Hemos debatido este tema de manera amplia en Karam, Tanius (2007)
"Epistemología y Comunicación. Notas para un debate" en Andamios 7, México, CHYCS-
UACM, también en línea, disponible en http://redalyc.uaemex.mx/src/inicio/ArtPdfRed.
jsp?iCve=62840705.
de la comunicación” (Cf. Teoría de la Comunicación, Madrid. Mc Graw Hill,
2007)3.

El problema de la “comunicación” es que se trata de eso que Eco llama
“hipo-codificado”, con alta erosión semántica, que prácticamente se puede vincu­
lar con cualquier cosa, o que como señalan en su Ensayo general sobre la comu­
nicación, Piñuel y Lozano (2010), saber comunicarse no significa saber comuni­
cación y, que es cierto que llevado también a las preguntas epistemológicas: que
la comunicación aparezca en varias disciplinas o ciencias, no significa que tam­
poco exista una “ciencia de la comunicación” o que ahí haya un saber integrador.
Las consecuencias de esta aparentemente “omnipresencia hipo-codificada” han
sido diversas y Vidales aborda la “fragmentación conceptual” y “relatividad” por
una parte, y por la otra, el abandono a cualquier proyecto de fundamentación y
meta-organización, lo que incluso suele ser visto con desconfianza ante lo que a
priori se considera como casi imposible. Hay que señalar, si acaso sirve de con­
suelo, que este conflicto -entre “saber académico-científico” versus “campo”-
aparece desde los primeros años de las escuelas de comunicación en EE.UU. en
dos de los founding fathers estadounidenses: Wilbur Schramm y Bernald Berel-
son. A finales de los cincuenta el primero de ellos tenía un optimismo desborda­
do del naciente campo en su país; mientras que Berelson lo veía -¡ya entonces!-
en decadencia. En realidad, estas dos disposiciones anímicas han acompañado a
quienes han estudiado el fenómeno4 con diversas consecuencias: autores impor­

3 Dicho sea de paso, llama la atención, por ejemplo en algunas universidades españoles
esa útil diferencia entre las clases de teoría de la información (centralmente abocadas al
estudio de la información y los medios masivos), de las de teoría de comunicación, aboca­
das a una reflexión más amplia de los intercambios expresivos en el mundo social, pero
también natural (véase por ejemplo Martín Serrano et al, Teoría de la Comunicación. I
Epistemología y análisis de referencia, 2- ed. Madrid, UCM, 1982)
4 Vidales refiere (p. 12, t. I) cómo en los cincuenta se dio una famosa discusión entre Ber-
nard Berelson (1959), para quien el campo de la comunicación moría y Wilbur Schramm y
sus colegas (1959), para quienes el campo de la comunicación recién estaba naciendo.
Vidales cita a John Durham Peters quien a finales de los ochenta resumía la discusión se­
ñalando que el problema es que la comunicación ha sido definida administrativamente
pero no conceptualmente, por lo que la teoría fracasa como principio de definición, como
fracasa el intento por determinar a la comunicación como un objeto distinto.
tantes en el campo no siempre son quienes mejor definen a la comunicación;
débil principio de la organización conceptual, dificultad para reconocer “los clá­
sicos” dentro de las tradiciones de estudio, etc. ¿Pudiera ser que paradójicamente
lo que Vidales presenta ayude a la semiótica en las escuelas de comunicación a
salir del atolladero, sin que eso necesariamente significque que haya que dar bio-
semiótica en lugar de los consuetos “modelos” para hacer análisis?

Uno de los primeros debates teóricos en nuestras dos áreas de reflexión
fue la relación entre “significación” y “comunicación”, que lleva al conocido
asesto de Eco de una semiótica que estudia todos los procesos culturales como
procesos comunicativos. Este acercamiento sitúa a la comunicación y a la se­
miótica en estrecha relación, en donde una implica a la otra (articuladas por el
concepto de significación), además, permite hablar de una “semiótica de la signi­
ficación” diferenciada de una “semiótica de la comunicación”5.

Vidales no pretende dar respuestas a las escuelas de comunicación sobre
metodología o didáctica de la semiótica, lo que, por ejemplo, nos parece Juan
Magariños sí realiza con efectividad. Vidales ve una semiótica más allá de las
ciencias sociales y cree que eso puede ayudar a salir del atolladero; para ello la
teoría de comunicación tiene que abrirse a otras epistemologías, a otros princi­
pios constructivos -com o de hecho la semiótica lo ha realizado- para construir
una “semiótica de la comunicación” y de ahí un punto de vista comunicativo
propio y autónomo. Vidales ha reconocido cómo la semiótica en realidad es muy
marginal a los estudios académicos de comunicación -aunque aparentemente sea
una de las fuentes del pensamiento más frecuente en manuales de teorías de co­
municación o casi todos los currículos en comunicación tengan materias o conte­
nidos referidos a ella-. Parte del problema ha sido ese imperio de lo concreto, lo

5 Mientras que la primera es una construcción autónoma que posee modalidades de exis­
tencia totalmente abstracta, independiente de cualquier posible acto de comunicación
que las actualice; por el contrario, la "semiótica de la comunicación" presupone un siste­
ma de significación como condición propia necesaria. Es posible hablar de una semiótica
de la significación independiente de una semiótica de la comunicación, lo que sería impo­
sible de forma inversa. Esta distinción fundamental produce dos enfoques diferentes con
líneas metodológicas diferentes que requieren además aparatos categoriales diferentes.
aplicado, lo fácilmente transmisible (como esa caricaturización de definir a la
comunicación como la suma de emisor-mensaje-receptor). Vidales en suma, no
ofrece en este diálogo, ciertamente la denuncia que hemos señalado, pero a su
manera, algunos atisbos que permitan tener, siguiendo la sabia sentencia que
Jesús Ibáñez hacía a propósito de las ciencias sociales, una visión más compleja
de la acción comunicativa, de las prácticas comunicativas y de la vida como pro­
ceso semiósico. No se trata de que la comunicación deje de ver a la interacción y
a la difusión, a los medios o a las mediaciones, sino que justamente para ver más
complejamente estas realidades y procesos, tiene que abrir su perspectiva y gene­
rar un diálogo con otras áreas y saberes, de lo cual lo único que se tiene ahora en
las escuelas de comunicación es, en el mejor de los casos, una ligera sospecha.

Referencias
Fuentes Navarro, Raul y Vidales, Carlos (2011). Fundaciones y fundamentos del estu­
dio de la comunicación. Monterrey: CECyTE NL-CAEIP, Colección Altos Es­
tudios. También disponible en http://www.portalcomunicacion.com/download/
fuentes_vidales.pdf

Littlejohn, Stephen (1992). Theories o f Human Communication. California: Wadswoth
Publishing Company, 4a ed.

Vidales Gonzáles, Carlos (2010). Semiótica y teoría de la comunicación, Tomo I. Mon­
terrey: Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de Monte­
rrey (Colección Altos Estudios 23).

Vidales Gonzáles, Carlos (2011). Semiótica y teoría de la comunicación, Tomo II.
Monterrey: Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de
Monterrey (Colección Altos Estudios 24).

Vidales Gonzáles, Carlos (2011b) “El relativismo teórico en los estudios de la comuni­
cación: la semiosis histórica y los sistemas conceptuales” en Meta-
comunicación, Año 0, N° 1, Julio 2011-Enero 2012, Puebla (México): Bene-
merita Universidad Autónoma de Puebla. También disponible en http://revista
metacomunicacion.files.wordpress.com/2011/10/el-relativismo-tec3b3rico-en-
los-estudios-de-la-comunicacic3b3n3.pdf
Vidales Gonzáles, Carlos (2009) “La relación entre la semiótica y los estudios de la
comunicación: un diálogo por construir” en Comunicación y Sociedad, Nueva
época, núm. 11, enero-junio, Guadalajara: Universidad de Guadalajara, pp. 37­
71. Disponible en: http://scielo.unam.mx/pdf/comso/n11/n11a3.pdf
ÍNDICE GENERAL
Pág.
Introducción 5

Entrada: Definiendo los problemas de la semiótica

Algunos problemas y preguntas en la semiótica contemporánea desde la
mirada de la Biosemiótica y la Cibersemiótica
Carlos Vidales González 19

Comunicación, Semiótica y Estética

Semiosis y Experiencia: Una relación problemática.
Vivian Romeu 53

Intención e Interpretación, la Comunicación Artística desde un enfoque
pragmático.
Emiliano García Canal 94

Semiótica, Nuevas tecnologías y Educación

La historia oficial pedagógica de México: sus semiosferas.
Graciela Sánchez Guevara 130

Los jóvenes y las TIC. Aprendizajes posibles en la escuela.
María Luján Barrionuevo 150

Aplicaciones y reflexiones en torno al pensamiento
de Juan Magariños de Morentín

Los bordes semióticos. Acerca de una meta-semiótica del cambio: Una renova­
da lectura/propuesta sobre los procesos de intervención en organizaciones.
Juan Manuel Vaioli 175
La función del objeto en la interpretación: de la arqueología a las
organizaciones
Carlos Federico González Pérez 210

Fragmentos de historias y memorias del folklore santiagueño
Roxana Velarde 246

Biblio-hemerografía de Juan Ángel Magariños de Morentín
Carlos Federico González Pérez 281

La semiótica como guiño abierto

“San Juditas, ‘hazme un paro ’ ”: El culto a San Judas Tadeo en el templo de
San Hipólito. Significación y Cognición social.
Luis de la Peña Martínez 297

Encuentros entre la Semiótica la Filosofía y la Migración
Rosa María Macías Herrera 322

Estrategias y tácticas en los spots políticos televisivos de las campañas
presidenciales panistas: 2000 Y 2006
Olga Rodríguez Cruz 349

Epilogo a manera de reseña o una denuncia semiotista contra el campo
académico de la comunicación
Tanius Karam Cárdenas
S e m ió tic a . P ro b le m a s y R e co rrid o s, se te rm in ó de im ­
p rim ir en el m es de ju lio de 2013 en los ta lle re s gráfico s
de la Editorial de la U n iversidad N acional de Ju ju y, sitos
en Av. Bolivia 1685, San S alvad o r de Ju ju y - JU JU Y - A R ­
G EN TIN A .
1a edició n: 100 e je m p lare s