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Thomas A.

Sebeok

§igm©§i mm mtr©ie<cdén!
a la seméíka

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III Barcelona • Buenos Aires • México
Título original: Signs. An introduction to semiotics
Publicado en inglés por University of Toronto Press, Toronto y Buffalo
Traducción de Pilar Torres Franco
Cubierta de Mario Eskenazi

1.a edición, 1996

© 1994 by University of Toronto Press, Toronto y Buffalo
© de todas las ediciones en castellano,
Ediciones Paidós Ibérica, S.A.,
Mariano Cubí, 2 - 08021 Barcelona
y Editorial Paidós, SAICF,
Defensa, 599 - Buenos Aires.
ISBN: 84-493-0209-9
Depósito legal: B. 16-1996
Impreso en Hurope, S.L.,
Recaredo, 2 - 08005 Barcelona
Impreso en España - Printed in Spain
Sumario

Agradecimientos ...................................................................... 9
Introducción, Marcel D a n e s i................................................ 11

1. El estudio de los sig n o s.................................................... 19
Aproximación biológica al estudiode los s ig n o s .......... 21
Mensajes .............................................................................. 25
El signo .............................................................................. 26
Signos y «realidad» .......................................................... 30
2. Seis especies de sig n o s...................................................... 33
Características generales de lossignos .......................... 33
Seis especies de s ig n o s ...................................................... 36
Señal .................................................................................... 38
Síntoma .............................................................................. 40
I c o n o .................................................................................... 44
índice .................................................................................. 47
Símbolo .............................................................................. 49
N o m b re ................................................................................ 52
Sobre el ser, la conducta y la transformación de los signos 54
3. Signos sintomáticos .......................................................... 57
El significado del s ín to m a ................................................ 58
El punto de vista de P e irc e .............................................. 62
Síntomas y orígenes médicos dela sem iótica................ 64
Interpretación de los síntomas ........................................ 67
4. Signos indexicales .............................................................. 75
Indexicalidad ...................................................................... 76
Características de la indexicalidad.................................. 80
Manifestaciones de la indexicalidad................................ 83
El estudio de la indexicalidad.......................................... 88
5. Signos icónicos .................................................................. 95
La iconicidad...................................................................... 95
La incidencia de la iconicidad ........................................ 97
Características de la iconicidad ................................... 99
El estudio de la ico n icid ad .............................................. 103
6. Signos fetich es.................................................................... 107
El origen del fetichismocomo«desviación».................. 108
El fetiche en psicologíaysexología.................................. 110
El fetiche en semiótica ...................................................... 115
7. Signos del len g u a je ............................................................ 119
El estudio del signo v e rb a l.............................................. 120
Signos verbales y no verbales .......................................... 126
8. ¿La lengua como un sistema primario de modelización? 131
Sistema de m odelización.................................................. 132
Retorno al modelo de U ex küll........................................ 136
La lengua como sistema dem odelización...................... 138
Observaciones finales ........................................................ 140

Bibliografía .............................................................................. 143
índice an alítico ....................................■.................................. 159
Agradecimientos

Los capítulos de este libro son trabajos reelaborados a partir
de estudios aparecidos en las siguientes fuentes: capítulo 1 en el Jour­
nal o f Social and Biological Structures; capítulo 2 en Semiótica;
capítulo 3 en New Directions in Linguistics and Semiotics, editado
por James E. Copeland (Houston, Rice University Studies); capí­
tulos 4 y 6 en el American Journal o f Semiotics; capítulo 5 en M ó­
dem iMnguage Notes; capítulo 7 en el Georgetown University Round
Table Monographs; y capítulo 8 en The Semiotics o f Culture, edi­
tados por Henri Broms y Rebecca Kaufman (Helsinki, Arator 1988).
Los capítulos 1, 8, 12 y 13 han aparecido también en A Sign Is Just
a Sign (Bloomington, Indiana University Press, 1991). Agradezco
a los editores y directores el haberme permitido utilizar estos tra­
bajos como base de los capítulos de este volumen. Gracias también
a Enza Antenos, Francés Koltowski y Danila Danesi por su ayuda
en la corrección de pruebas.

T hom as A. Sebeok
Introducción
Thomas A. Sebeok y la ciencia de los signos

Los signos —cualquier marca, movimiento corporal, símbolo,
signo, etc., utilizados para transmitir pensamientos, información,
órdenes, etc.— son la base del pensamiento humano y de la comu­
nicación. No es muy conocido que la ciencia de los signos, la se­
miótica, surgió a partir de los intentos de los primeros médicos del
mundo occidental de comprender cómo funciona la interacción entre
el cuerpo y la mente en dominios culturales específicos. En reali­
dad, en su uso más antiguo, el término semiótica se aplicaba al es­
tudio del modelo observable de síntomas psicológicos inducidos por
enfermedades particulares. Hipócrates (4607-377? a.C.) —fundador
de la ciencia médica— vislumbró las formas en las que un indivi­
duo de una cultura específica manifestaría y relacionaría la sinto-
matología asociada a una enfermedad como la base sobre la que
se emitiría una diagnosis apropiada y después se formularía una
prognosis adecuada. El médico Galeno de Pérgamo (130?-200? d.C.)
también se refería a la diagnosis como un proceso de semiosis. En
Italia el término semeiotica sigue, de hecho, utilizándose para refe­
rirse al estudio de los síntomas. Poco después la utilización de Hi­
pócrates del término semeiosis para referirse a la representación cul­
tural de los signos sintomáticos que en la época de Aristóteles
(384-322 a.C.) venía a significar la «acción» de un signo en sí mis­
ma, o el acto correlativo de la interpretación del signo.
Así, desde los albores de la civilización hasta nuestros días, siem­
pre se ha reconocido en la cultura occidental —al menos implíci­
tamente— que existe una conexión intrínseca entre el cuerpo, la men­
te y la cultura, y que el proceso que une estas tres dimensiones de
la existencia humana es la semiosis, la producción y la interpreta­
ción de los signos. La raison d ’étre de la semiótica es, argüiblemente,
investigar si la realidad puede existir o no independientemente de
los códigos significativos que los seres humanos crean para repre­
sentarla y pensarla. ¿Es el universo físico una gran máquina que
opera según leyes naturales que pueden ser descubiertas por la ra­
zón humana? ¿O, al contrario, es todo «allí fuera» solamente una
construcción de la mente humana que se proyecta a sí misma sobre
el mundo de las sensaciones y percepciones? Aunque dar respuesta
a esta pregunta fundamental nunca será del todo posible, una de
las ramas importantes de la investigación en busca de una respues­
ta ha sido indagar de forma sistemática cómo se interrelacionan
los productos de la mente y los procesos naturales del cuerpo. Y
nadie ha investigado esta cuestión más productiva e intensamente
que el autor del presente volumen, Thomas A. Sebeok, uno de los
más grandes estudiosos de la semiótica de este siglo.
La semiótica es el término comúnmente utilizado para referir­
nos al estudio de la capacidad innata de los seres humanos para
producir y comprender signos de todas clases (desde los que perte­
necen a simples sistemas de signos psicológicos hasta aquellos que
revelan una estructura simbólica altamente compleja). La etimolo­
gía del término se rastrea en la palabra griega sema «signo marca»,
que es también la raíz del término afín semántica, «el estudio del
significado». En todas las conceptualizaciones más importantes de
la semiosis, los componentes primarios de este proceso mental son
el signo (una imagen representativa o icono, una palabra, etc.) el
objeto referido (que puede ser concreto o abstracto) y el significa­
do que resulta cuando el signo y el objeto se unen por asociación.
Parece que el sistema cognitivo humano opera en la base de este
nexo triádico. En efecto, actualmente muchos semióticos afirma­
rían que sirve de base a la estructura misma de la mente. Así, por
ejemplo, la palabra gato es un signo verbal que sirve para relacio­
nar el animal (su objeto) con el significado «gato» (el mamífero
carnívoro doméstico con uñas retráctiles que mata ratones, ratas,
etc.). De forma similar, el uso del dedo índice para señalar un obje­
to en una habitación produce una relación existencial concreta de
significación entre el llamado signo indexical (el dedo que señala)
y el objeto. Siguiendo al matemático Charles Sanders Peirce, la ma­
yor parte de los semióticos añaden ahora la noción de interpretan­
te al proceso de semiosis. Éste es el término de Peirce para la inter­
pretación particular del individuo sobre la interpretación de la
relación triádica que es inherente a la semiosis. Una de las contri­
buciones más significativas a la teoría de la semiosis ha sido el sos­
tener de forma convincente que este proceso es inherente a la habi­
lidad innata de la mente para transformar las impresiones de los
sentidos en modelos experienciales recordables. Aunque todas las
especies participan por instinto en el universo experimental, los hu­
manos están particularmente bien dotados de la capacidad de mo­
delar cognoscitivamente sus impresiones sensoriales. Cuando estas
transformaciones de nuestras experiencias corporales se codifican
en signos y en sistemas de signos, se transforman permanentemen­
te en forma de unidades cognoscitivas, fenomenológicamente libres
de sus unidades psicológicas de aparición. En efecto, el trabajo de
Sebeok sobre semiosis lo ha hecho posible, más que nunca, al rela­
cionar el mundo de la experiencia corporal con el mundo de la abs­
tracción y el pensamiento, al haber demostrado que este último es
una forma de «expansión» evolutiva del primero.
Si tuviera que resumir en una frase lo que Thomas A. Sebeok
ha enseñado a toda una generación de semióticos, escogería la si­
guiente: nos ha demostrado que la vida es semiosis. Su tetralogía
de libros publicados en aproximadamente una década —Contribu-
tions to the Doctrine o f Signs (1976), The Sign and Its Masters
(1979), The Play o f Musement (1981), y I Think I A m a Verb
(1986)— nos ha demostrado cómo trabaja la semiosis en la especie
humana. También se han convertido en clásicos contemporáneos
en este campo. La preocupación de Sebeok se centra en todos los
seres vivos; y, por esta razón, incluso las cuestiones filosóficas más
complejas son para él dignas de la atención de todos los seres hu­
manos. Es, en primer lugar, por su extraordinario dominio de la
lengua por lo que consigue una gran audiencia. Su lenguaje con­
vierte siempre los temas complicados en comprensibles. Su sentido
del humor imbuye su prosa de entusiasmo y vivacidad. Sus libros
son al mismo tiempo entretenidos y reflexivos; útiles para los estu­
diantes y para los eruditos al mismo tiempo; y para los semióticos
profesionales se han convertido en las coordenadas que delimitan
todo el terreno de la semiótica teórica y metodológica. En una pa­
labra, él ha desmitificado la semiótica y la ha convertido en el mé­
todo de investigación científica más ampliamente conocido y acep­
tado dentro de las ciencias behavioristas, cognitivas y sociales.
Este libro es una síntesis del pensamiento de Sebeok sobre los
hechos «elementales» de la semiosis. Reúne algunos de sus ensayos
más importantes sobre los temas fundamentales de la semiótica con­
temporánea. Estos ensayos han sido reelaborados en un interesan­
te libro de texto que es utilizado por el semiótico, el estudiante de
semiótica y teoría de la comunicación, el científico cognitivo, el fi­
lósofo y el lector en general.
El primer capítulo («El estudio de los signos») constituye una
panorámica del fascinante estudio de la semiosis humana, inclu­
yendo una delimitación del campo científico de la semiótica. El se­
gundo capítulo («Seis especies de signos») define e ilustra las seis
categorías fundamentales de los signos —señal, síntoma, icono, ín­
dice, símbolo, nombre— que caracterizan la semiosis en los siste­
mas biológicos. Lo que queda claro en este capítulo es que la se­
miosis, incluso de naturaleza simbólica, no es exclusiva de la especie
humana. Más tarde, en el capítulo 3 («Signos sintomáticos»), Se­
beok se centra en la naturaleza de los síntomas. Es instructivo ob­
servar cómo en el mundo antiguo, el análisis del sistema de sínto­
mas del cuerpo genéticamente programados e indicativos de tipos
de enfermedades, sentó la base de la ciencia de los signos. El acto
de la interpretación de los signos constituye la esencia de la compe­
tencia semiósica. Un síntoma está por alguna disfunción o «inter­
pretado» proceso corporal que, en la mente del médico, señala o
«representa» una enfermedad. En el capítulo 4 («Signos indexica­
les»), Sebeok examina la que es indiscutiblemente la categoría más
importante del acto signual «consciente» —la indexicabilidad. Ésta
se refiere al proceso típicamente humano de señalar los objetos,
acontecimientos y seres del mundo. La indexicabilidad puede ma­
nifestarse a sí misma en señales signo que oscilan desde la forma
de señalar del dedo índice hasta el uso de palabras tales como «aquí»
y «allí». En el capítulo quinto («Signos icónicos») Sebeok exami­
na la naturaleza de la iconicidad, el proceso significativo mediante
el cual un signo representa a su referente a través de algún tipo de
mimesis o imitación de uno solo o de todos sus atributos. Utilizan­
do una serie más extensa de ejemplos procedentes del mundo de
la naturaleza, el tratamiento de Sebeok nos conduce hacia la con­
clusión de que la iconicidad constituye un principio central de or­
ganización semiótica y de diseño en la naturaleza. Más tarde, en
el capítulo sexto («Signos fetiches»), Sebeok hace una interesante
incursión en el campo que más claramente ilustra la naturaleza de
la semiosis en los humanos —los signos fetiches. Aunque el feti­
chismo ya se encuentra en los aloprimates y en los mamíferos, es
un tipo de fenómeno significativo que ilustra notablemente de qué
manera la semiosis interconecta los procesos biológicos, psicológi­
cos y culturales. El fetichismo es un microcosmos de lo que somos.
En el capítulo 7 («Signos del lenguaje») Sebeok nos introduce en
el dominio humano exclusivo de la semiosis verbal. La lengua es
el último logro del proceso semiótico transformacional cuerpo-
mente-cultura. Pero, como nos recuerda de modo convincente, no
siempre es superior al modo no verbal. La comunicación humana
debe ser entendida en su totalidad como un proceso verbal y no
verbal. Finalmente, en el último capítulo («¿La lengua como un
sistema primario de modelización?»), Sebeok nos ofrece una de las
más claras y plausibles consideraciones de la etiología del lenguaje
en la especie humana. La lengua, para Sebeok, es un efectivo me­
dio cognitivo para la modelización del mundo. Se desarrolló para
permitir que los humanos representaran el mundo en torno a ellos
de manera eficiente. «El discurso», o lengua articulada, es una de­
rivación de esta capacidad de modelización. Es, utilizando un tér­
mino de reciente acuñación biológica, una «exaptación» de la ca­
pacidad del lenguaje. En esencia, Sebeok sostiene que el signo no
verbal es más importante para la supervivencia, tanto filogenética
como ontogenéticamente, que el signo verbal.
Es ciertamente difícil formular que la principal característica de
estas páginas, de fascinante intelectualidad, no es otra que la idea
de que la semiosis es vida. En cierto modo, este libro trata del estu­
dio de la «humanidad» y de su capacidad innata de producir sig­
nos. El tratamiento de Sebeok documenta las manifestaciones de
semiosis en especies muy diferentes (desde las termitas hasta los hu­
manos) y nos lleva a la conclusión de que la habilidad del cerebro
para manufacturar signos es una estrategia de supervivencia básica
en todas las formas de vida. En los seres humanos la persistencia
del modo de pensamiento icónico sugiere que ese concepto surge
como representación mimética u osmótica del entorno físico. Éste,
al principio, está ligado a las operaciones de nuestro aparato sen­
sorial. Es únicamente después de haberse convertido en rutinarias
a través de la difusión cultural, cuando éstas se liberan del control
sensorial y adquieren una cualidad abstracta. Para Sebeok, la ico­
nicidad se centra en la respuesta del organismo humano al mundo.
De la misma forma que el gran biólogo Jakob von Uexküll
—cuyo «descubrimiento» por parte de los científicos norteameri­
canos es debido en buena parte a los esfuerzos de Sebeok—, Se­
beok encuentra un punto de contacto entre una aproximación pri­
mordialmente científica al estudio de los organismos —la biología—
y la de la tradición estrictamente semiótica. Para Von Uexküll cada
organismo tiene diferentes «vidas» interiores y exteriores. La clave
para la comprensión de esta dualidad se encuentra en la estructura
anatómica del propio organismo. Animales de anatomías divergentes
no viven el mismo tipo de mundo. No existe, por tanto, un mundo
de objetos comunes compartidos por los animales y los seres hu­
manos de igual manera. El trabajo de Von Uexküll y de Sebeok ha
demostrado que un organismo no percibe un objeto en sí mismo,
sino de acuerdo con su particular tipo de Bauplan, el sistema de
modelización mental preexistente que le permite interpretar el mun­
do de los seres, objetos y acontecimientos de forma biológicamen­
te programada. Para Sebeok, este sistema forma parte del cuerpo
del organismo, que, de forma rutinaria, convierte el mundo exte­
rior de la experiencia en uno interior de representación en términos
de hechos particulares del Bauplan con el que una especie específi­
ca está dotado.
Sebeok ha transformado la semiótica en una ciencia de la vida,
al haberla devuelto a sus raíces de la biología médica. En otras pa­
labras, ha arrancado la semiótica del terreno filosófico, lingüístico
y hermenéutico en el que ha sido cultivada durante siglos y la ha
trasladado al dominio de la biología, de donde procedía original­
mente. La aproximación biológica de Sebeok es inherente a una pers­
pectiva que pretende investigar cómo todos los animales están do­
tados genéticamente de la capacidad de utilizar las señales básicas
y los signos para sobrevivir, y cómo la semiosis humana es al mis­
mo tiempo similar y diferente de esta capacidad. Sebeok destila ele­
mentos rudimentarios de la semiosis de la realidad viva para así es­
tablecer una taxonomía de nociones, principios y procedimientos
para comprender la unidad de la semiosis humana. El resultado es
un programa para el estudio de la semiosis humana como capaci­
dad biológica que transforma las respuestas sensoriales básicas y
las motivadas afectivamente en un mundo de modelos mentales.
Los signos se fraguan en el interior del organismo humano como
extensiones del sistema de respuesta del cuerpo. No importa cuán ex­
traña o inverosímil sea la forma de las criaturas que pudieran habi­
tar planetas extraños, las reconoceríamos igualmente como anima­
les. La base fundamental para este reconocimiento es que se sabe
que van a dar «señales de vida».
No existe la menor duda de que el lector encontrará la obra de
Sebeok, comparada con la de otras grandes figuras de la semióti­
ca, divertida y de fácil lectura. En la base de su gran habilidad para
transmitir este sentimiento de alegría se encuentra un profundo co­
nocimiento de la semiosis. Al haber transformado el estudio de la
semiosis en una ciencia de la vida, Sebeok ha desplegado la natu­
raleza de la investigación semiótica y ha suscitado cada vez más el
interés de las ciencias behavioristas, del conocimiento y sociales.
La aproximación de Sebeok ha hecho posible buscar respuestas a
preguntas tales como: ¿está la mente construida sobre la base de
la semiosis? ¿Es el cerebro un órgano semiósico? ¿Hasta qué pun­
to están interconectadas las especies específicas, o Bauplansl Como
afirma a lo largo de todo el libro, una semiótica basada en la bio­
logía nos permitirá entrever de qué manera se une el cuerpo con
la mente para producir signos, mensajes, pensamientos y, por últi­
mo, la conducta cultural.

M a r c e l D an esi
Universidad de Toronto, 1993
El estedio de los signos

Consideremos qué tienen en común estas diez situaciones:

® Un radiólogo detecta una silueta en una radiografía de pul­
món de un paciente y diagnostica cáncer de pulmón.
® Un meteorólogo observa una elevación de la presión baromé­
trica y lo comenta en las predicciones del día siguiente tenien­
do en cuenta el citado cambio.
® Una antropóloga advierte complejos intercambios ceremonia­
les practicados entre miembros de una tribu; esboza analítica
e intuitivamente la forma de gobierno, la economía y la or­
ganización social del pueblo que está estudiando.
® Un profesor de francés muestra la fotografía de un caballo.
Un discípulo suyo americano dice: horse. El profesor asiente
y pronuncia: cheval.
® Una historiadora ojea la caligrafía de un antiguo presidente
y basándose en ella profundiza en la personalidad del sujeto.
® Un observador del Kremlin, en la antigua Unión Soviética,
constata la proximidad de un miembro del politburó al secre­
tario del partido el Primero de Mayo, conjeturando así su po­
sición actual.
® Se introduce una comprometedora huella dactilar como evi­
dencia en un proceso judicial; el condenado es considerado
culpable ante tal evidencia.
® Un cazador advierte en la nieve una serie de huellas de pezu­
ñas con impresión de garras; el rastro de las patas delanteras
tiene 15 cm de largo y 13 cm de ancho; las medidas de las
huellas de las patas traseras son 15 cm y 11 cm respectivamente.
Hay excrementos esféricos a lo largo del rastro de entre 20
y 30 mm de largo y de 15 a 20 mm de ancho. El cazador de­
duce, con un alto grado de probabilidad, que un alce adulto
va trotando delante de él.
® Un hombre se siente observado fijamente por un perro que
está gruñendo y ladrando, con la cabeza erguida y el cuello
arqueado, con los labios contraídos verticalmente y los dien­
tes al descubierto, las orejas empinadas y curvadas hacia ade­
lante. El hombre llega, a la conclusión de que está en peligro
inminente de ser atacado y en consecuencia toma las medi­
das oportunas para escapar.
® Un pavo real se exhibe ante una pava impresionable, ella se
gira rápidamente y se pone en cuclillas. El apareamiento es
inmediato.

Todos los que estudiamos la semiótica tenemos tendencia a dar
a estos acontecimientos un tratamiento similar, a pesar de sus ma­
nifiestas diferencias sustantivas de puesta en escena, reparto de per­
sonajes humanos o de personajes sin habla, y de muchas otras va­
riables. Lo que nos da derecho a hacerlo es una operación abstracta
que reduce cada episodio a un ejemplo de semiosis o a una acción
simbólica. Desde este punto de vista, la semiótica no versa en ab­
soluto sobre el mundo «real» sino sobre modelos reales comple­
mentarios o alternativos de él, y —como Leibniz pensaba— sobre
un número infinito de posibles mundos antropológicamente con­
cebibles. De este modo, la semiótica no revela nunca qué es el mun­
do, sino qué circunscribe lo que podemos conocer de él; en otras
palabras, lo que un modelo semiótico representa no es la «reali­
dad» como tal, sino la naturaleza descubierta por nuestro método
de investigación. Es el intervalo entre «el libro de la naturaleza»
y el descodificador humano en cuestión. La distinción podría ve­
nir dada por el símil de un pescador cuando comprueba la red; la
medida del pez que pueda capturar está limitada por la morfología
de la red, pero este hecho no le convierte en especialista o experto
en ictiología. El concepto de «sistemas de modelización» ha sido
muy importante para la semiótica de la llamada escuela Moscú-Tartu
desde la década de los sesenta, pero, por el hecho de proceder de
una representación de la lengua en estructuras lingüísticas, se ha
enfocado hacia la cultura de la exclusión del resto de la naturaleza.
En la antiquísima investigación filosófica de la realidad, se han su­
gerido dos puntos de partida alternativos: el de que la estructura
del ser está reflejada en estructuras semióticas que se constituyen
en modelos o mapas de la realidad, o por el contrario el de las es­
tructuras semióticas variables e independientes en donde la reali­
dad se convierte en la variable dependiente. Aunque ambos puntos
de vista están rodeados por numerosas dificultades, una versión del
segundo, propuesta por el destacado biólogo alemán Jakob von Uex­
küll (1864-1944) bajo el nombre de Umwelt-Forschung —traducida
aproximadamente como «investigación en universos subjetivos»—,
está mucho más en consonancia con la semiótica moderna (así como
con la etología). La misma actitud fue expresada por Niels Bohr
cuando, al responder a la objeción de que la realidad tiene más fun­
damento que la lengua que le sirve de base, Bohr replicó: «Es tal
nuestra incertidumbre en lo que a la lengua se refiere que no po­
demos decir qué hay arriba y qué hay debajo» (French y Kennedy
1985, pág. 302). Los signos han adquirido su efectividad a través
de una adaptación evolutiva a las extravagancias propias del signo
y de la Umwelt de quien lo maneja. Cuando la Umwelt cambia,
estos signos pueden convertirse en obstáculos, y su transmisor ex­
tinguirse.

Aproximación biológica al estudio de los signos

De acuerdo con el incomparable filósofo y polimatemático Char­
les Sanders Peirce (1839-1914), quien acaba de ser llamado «el inte­
lecto más original y más versátil que han producido los america­
nos» (Fisch 1980, pág. 1) y quien únicamente infundió nuevo rigor
a la semiótica, la antigua doctrina de los signos, la semiosis impli­
ca de forma irreductible una relación triádica entre un signo, su ob­
jeto y su intérprete. Este trío de términos y sus asociados tienen
armónicas resonancias filosóficas. Antes de enumerarlas, permíta­
seme dar una definición general de semiótica y considerar sus com­
ponentes y algunas de sus consecuencias. La materia sobre la que
versa la semiótica, de forma más extendida, es el intercambio de
cualquier mensaje, sea cual fuere —en una palabra, la comunica­
ción. A esto hay que añadir que la semiótica está íntimamente rela­
cionada con el estudio de la significación. La semiótica está clasifi­
cada, por otra parte, como disciplina impulsora de una ciencia
integrada de la comunicación a la que su carácter de investigación
metódica de la naturaleza y de la. constitución de códigos otorga
un contrapunto indispensable.
Un mensaje es un signo o una sucesión ensamblada de signos
transmitidos desde un productor de signos, o una fuente, hasta un
receptor o destino. Cualquier origen o cualquier destino es una en­
tidad viviente o el producto de una entidad viviente, tales como un
ordenador, un robot, un autómata en general o un ser sobrenatural
postulado, como cuando un chico (fuente) de rodillas (mensaje no
verbal) suplica a su deidad (destino): «Pido al Señor que acoja mi
alma» (mensaje verbal). Es importante observar que solamente las
cosas vivientes y sus extensiones inanimadas experimentan la se­
miosis, que de ese modo se convierte en inspiradora necesaria, si
no suficiente, de atributos discernibles de la vida. Por «cosas vi­
vientes» entendemos no solamente los organismos pertenecientes
a uno de los cinco reinos, a saber el de Monera, Protoctisa, Ani-
malia, Plantae y Fungi, sino también los componentes de sus partes
jerárquicamente desarrolladas, empezando con una célula, unidad
semiótica mínima, correspondiente a cincuenta genes aproximada­
mente, o a miles de miles de millones (1012) de átomos intrincada-
mente organizados. (Se omiten los virus porque no son ni células
ni agregaciones de las mismas.) Nuestros cuerpos son ensamblajes
de células, aproximadamente cien mil miles de millones (1014), uni­
das armoniosamente unas a otras a través de un incesante flujo vi­
tal de mensajes. El origen de las células nucleadas es un relato va­
gamente comprendido de colaboración simbiótica y semiótica entre
simples células, poblaciones de algas azules y de bacterias en apa­
riencia sin componentes internos, que evolucionaron menos de mil
millones de años después de la formación de la Tierra (amplios ves­
tigios de los mismos fueron recogidos en Groenlandia). Se cree que
las células simples se fusionaron para formar confederaciones com­
plejas de células que componían cada ser vivo. Ellas, a cambio, se
integran en órganos, los órganos en organismos que forman siste­
mas sociales de creciente complejidad. De esta forma, la física, la
biología, la psicología y la sociología incorporan su propio nivel
peculiar de semiosis. El código genético gobierna el intercambio de
mensajes en el nivel celular: las hormonas y los neurotransmisores
actúan como mediadores entre los órganos y entre ellos mismos (el
sistema inmunológico de defensa y el sistema nervioso central es­
tán íntimamente entrelazados mediante un denso flujo de doble ver­
tiente); también una variedad de mensajes verbales y no verbales
conectan entre sí organismos en una red de relaciones así como con
el resto de su entorno. Como Frangois Jacob describió de forma
pintoresca (1974, pág. 320), la progresión «de la organización fa­
miliar al estado moderno, del grupo étnico hasta la coalición de
naciones, toda esta serie de integraciones está basada en una varie­
dad de códigos culturales, morales, sociales, políticos, económicos,
militares y religiosos. La historia de la humanidad es más o menos
la historia de estas integraciones y el modo en que se configuran
y cambian». La semiosis en un nivel superior en la jerarquía de in­
tegraciones es irreductible a ese nivel inferior que denominamos fí­
sica (Popper y Eccles, 1977).
El comportamiento semiótico incluso de las agrupaciones or­
gánicas más importantes, con diferentes estilos de vida, ha sido
estudiado de forma desigual. En la trama de la naturaleza, las plan­
tas son fundamentalmente los productores. Un estudio de su con­
ducta comunicativa, bajo la denominaciónphytosemiotics, comenzó
en 1981, cuando el semiótico alemán Martin Krampen publicó un
perspicaz artículo programático bajo ese título. El polo opuesto de
las plantas son los hongos, que actúan como agentes de descom­
posición; nuestro conocimiento de su comportamiento peculiar de
semiosis es incluso más rudimentario. Hasta ahora el interés pri­
mario se ha centrado en los animales (zoosemiótica), los que ingie­
ren, que están a medio camino entre ambos. Según lo que consu­
man, pueden ser catalogados como herbívoros o como predadores;
su conducta nutricional puede marcar el carácter de su dependen­
cia respectiva sobre la utilización del signo.
Es digno de destacar que el tráfico de mensajes en cuatro de
los cinco reinos es exclusivamente no verbal. Únicamente se han
encontrado mensajes verbales en los animales y en relación a ellos
únicamente en una sola de las subespecies existentes, el H omo sa­
piens sapiens. El rasgo más distintivo de los humanos es que sola­
mente ellos, por lo que a su vida terrestre respecta, tienen dos re­
pertorios de signos a su disposición: el no verbal derivado, como
se puede demostrar, de sus ancestros los mamíferos (en especial los
primates) y otro de carácter verbal, fruto exclusivo de su condición
humana. Este último constituye el tema fundamental de análisis
de una de las ramas más avanzadas de la semiótica, la lingüística
general, es decir, el estudio del intercambio verbal y de sus funda­
mentos gramaticales subyacentes.
Una definición avanzada presupone, en este caso, un productor
de mensajes, una fuente y un receptor del mensaje, un destino. En
los ejemplos anteriores, tanto las fuentes como los destinos, sean
actuales o no, adoptan los mismos papeles que entre un físico y
su paciente; entre un etnógrafo y quien le informa; entre un profe­
sor y un alumno; entre un historiador y una figura pública poste­
rior; entre un alce y su cazador; entre un perro y su víctima poten­
cial; entre un pavo y una pava. El barómetro leído por un hombre
del tiempo es un instrumento de observación confeccionado por
el hombre, perteneciente a ese tipo de inventos cautivadores, como,
por ejemplo, una cámara de burbujas, construidos para convertir
los mensajes inefables en lo contrario. De esta forma ningún físico
puede «ver» realmente partículas subatómicas, ni siquiera ayuda­
do incluso del más poderoso microscopio electrónico (o del más
complejo acelerador-detector), sino únicamente (en el caso más sen­
cillo) las burbujas más insignificantes de hidrógeno producidas por
ellas —las gotas de vapor en la caldera «representan» o, lo que es
lo mismo, modelan sus interacciones. Por lo que respecta al mode­
lo dermatoglifo presentado al tribunal, funciona como un mensaje
sinecdótico por contigüidad, por lo que a la presunción de inocen­
cia de un criminal se refiere.
En cualquier tipo de transacción, es necesario asociar la fuente
a un destinatario mediante un canal: la variedad de las citadas vías
está supeditada a la forma de actuación sensorial y específica de
cada uno de ellas. Esta situación fue claramente resumida por Geor-
ge Dalgarno (el autor escocés de Ars signorum, un fascinante tra­
tado de semiótica de mediados del siglo xvn): «Es cierto», escribió
en 1680, «que todos los sentidos son Inteligencias para el alma en
mayor o menor grado, por esto tienen límites distintos, y Objetos
de carácter propio asignados por la naturaleza y lo que es más, ella
es capaz de utilizarlos incluso en las Nociones más abstractas y en
instituciones Arbitrarias». Dalgarno añade que «la naturaleza pa­
rece haberse ajustado, pensando en su propio beneficio, a dos de
ellas: La Vista y el Oído». Esta visión es superficial. La mayoría
de los mensajes más antiguos son de tipo molecular, y es el canal
químico el que prevalece. Tres de los niveles jerárquicos de control
endosemiótico básico están regulados respectivamente por los có­
digos genético y humoral, así como por reacciones inmunocelula-
res, y (desde la aparición de las esponjas) por un extenso número
de péptidos presentes en el sistema nervioso central que funcionan
como neurotransmisores. Los sentidos del gusto y del olfato son,
del mismo modo, semioquímicos. Incluso, por lo que a la visión
se refiere, el impacto de los fotones en la retina afecta diferencial­
mente a la capacidad del pigmento rodopsin, que llena los filamen­
tos para así poder absorber la luz de las diferentes longitudes de
onda, condición indispensable para el principio de invariabilidad.
Las vibraciones acústicas y táctiles, así como los impulsos distri­
buidos vía sentidos térmicos, acaban siendo transformados en men­
sajes electroquímicos. Los humanos y también muchos otros ani­
males están unidos rutinariamente mediante un número de canales
de forma simultánea o en sucesión. El proceso paralelo de los men­
sajes introduce un grado de redundancia, en virtud de la cual se
convierten, más que en errores, en un tipo de recepción minimiza­
da; sin embargo es también posible que mensajes colaterales se con­
tradigan unos a otros; así una figura retórica como la ironía actúa
en un discurso hablado o escrito, como la astuta entrada principal
de un refugio de gatos se proyecta en zoosemiótica.

Mensajes

Se desconoce cómo la mayoría de las fuentes generan —o, para
utilizar un término menos sobrecargado, formulan— un mensaje.
Los seres humanos son capaces de emitir una cantidad enorme de
nuevos mensajes apropiados a una variedad indefinida de contex­
tos, pero las complejidades electroquímicas de su entrenamiento ini­
cial, realizadas a través de esa compleja trama conocida como ce­
rebro, sigue siendo un enigma. De forma sencilla, sin embargo, el
mensaje en tanto que formulado debe sufrir una operación trans-
ductiva para así poder ser exteriorizado de forma apropiada al ca­
nal o canales seleccionados para unirse a sus destinatarios. Esta
transformación neurobiológica desde una forma de energía a otra
es conocida como encoding. Cuando el destinatario detecta y ex­
trae los mensajes codificados del canal, otra transducción, seguida
de una serie de ulteriores transformaciones, debe producirse antes
de que tenga lugar la interpretación. Esta reconversión se conoce
como decoding. Codificación y descodificación implican la exis­
tencia de un código, de un conjunto de reglas claras según las cua­
les los mensajes son susceptibles de convertirse de una representa­
ción en otra. El código es lo que supuestamente tienen en común,
sea de forma completa o parcial, de hecho o por asunción, las dos
partes que intercambian un mensaje. Al utilizar el famoso progra­
ma para ordenador de Joseph Weizenbaum, llamado Eliza, obser­
vamos cómo los interlocutores humanos tienden a proyectar sim­
patía, interés, e inteligencia sobre Eliza, como si se tratase de un
psicoterapeuta. En realidad, Eliza «no sabe» nada. Una falacia si­
milar sobre códigos compartidos es el tema de la brillante novela
corta de Jerzy Kosinski Being There (y de la película fielmente ba­
sada en ella) en la que un jardinero analfabeto y retrasado posee
poderes gnósticos superiores, ya que él —que es esencialmente una
página en blanco— imita, repite y responde en los códigos interac­
tivos de cada uno de sus compañeros conversacionales, cualquiera
que sea la lengua nativa propia de sus comunidades.
Los receptores interpretan los mensajes como una amalgama de
dos inputs combinados de modo inextricable: el signo físico desen­
cadenante, o la señal en sí misma, aunque inevitablemente mode­
lada por el contexto. La última desempeña un papel cardinal, a pesar
de que el concepto ha eludido la definición. También se desconoce
cómo los destinatarios «tienen en cuenta» el contexto. En semióti­
ca se utiliza ampliamente el término como modo de aproximación
a los mensajes precedentes (presuposiciones anafóricas), y a los men­
sajes probablemente subsiguientes (implicaciones catafóricas), así
como al ruido ambiental y semántico, todos ellos filtrados por una
memoria de breve y largo plazo, genética y cultural.

El signo

Estos seis factores clave —mensaje y código, fuente y destino,
canal y contexto— separada y conjuntamente constituyen el rico
dominio de las investigaciones de la semiótica. Sin embargo la no­
ción central sigue siendo el signo. Este término ha sido definido
de múltiples formas desde su introducción en la antigua Grecia. En
semiótica médica, por ejemplo, el signo se utilizó conjuntamente
con, o más bien en oposición al síntoma, al menos desde Alcmeón,
Hipócrates y especialmente Galeno (130-200 d.C.). Los médicos sue­
len distinguir entre soft data, o signos subjetivos, síntomas flexi­
bles, queriendo referirse en este caso a cualquier cosa que el pa­
ciente relate verbalmente sobre sus sentimientos («Me duele el
pecho») o de forma de no verbal («gemidos mientras se señala el pe­
cho»); y hard data o signos objetivos, a los que los médicos llaman
en realidad «signos», refiriéndose a cualquier cosa que el físico apre­
cie a través de sus ojos u oídos (un esputo sanguinolento y ruidoso)
o mediante sus instrumentos (una sombra en una radiografía). Mu­
chos filósofos utilizan también el término signo', sin embargo son
no pocos los que lo contrastan con símbolo más que con síntoma.
El filósofo neokantiano del siglo xx Ernst Cassirer (1874-1945), por
ejemplo, defendía el hecho de que ambas nociones pertenecían a
diferentes universos del discurso, y consideraba que «un signo es
parte del mundo físico y un símbolo parte del mundo humano del
significado» (Cassirer, 1944, pág. 32). Apreciaciones minimalistas
como éstas son lejanas e imprecisas como para resultar de alguna
utilidad, como Peirce demostró a través de sus voluminosos escri­
tos. Para Peirce, el signo era un concepto genérico, del que existen
un gran número de especies, que se multiplica a partir de una base
tricotómica de icono, índice y símbolo, cada uno definido de acuerdo
con esa relación de categoría signal con su objeto en un contexto
particular.
Para clarificar lo que es un signo, es útil comenzar con la fór­
mula medieval aliquid stat pro aliquo, extendida por Peirce aproxi­
madamente en 1897, según la cual algo está para alguien por otra
cosa, dependiendo de su capacidad. A la noción clásica de substi­
tución aparecida en esta frase —Román Jakobson la llamó renvoi,
traducible como referral— Peirce le añadió el criterio de interpre­
tación. En este punto, miremos con especial detenimiento el ciclo
tricotómico objeto-signo-intérprete aludido anteriormente, y paré­
monos a considerar el «alguien» de Peirce, el destinatario o recep­
tor del mensaje.
La distinción inicial entre objeto (O) y el signo (S) suscita pro­
fundas cuestiones sobre la anatomía de la realidad, e incluso sobre
su mera existencia, pero no hay nada que aproxime a un consenso
sobre estos enigmas a los físicos, dejando, de esta forma, solos a
los filósofos. Una implicación obvia de esta postulada dualidad es
el hecho de que la semiosis requiere como mínimo dos actores: el
observador y el observado. Nuestra intuición de la realidad es con­
secuencia de una interacción mutua entre ambos: el mundo priva­
do de sensaciones elementales de Jakob von Uexküll (Merkzeichen,
«signos perceptuales») asociado a sus transformaciones significa­
tivas en impulsos activos ( Wirkzeichen, «signos operativos») y el
mundo fenomenal (Umwelt), es decir, el mundo subjetivo que cada
animal presenta como modelo de su entorno «verdadero» (Natur,
«realidad») que únicamente se revela a sí mismo a través de signos.
Las reglas y leyes a las que aquellos procesos relacionados con el
signo —a saber, la semiosis— están sujetos, constituyen las únicas
leyes auténticas de la naturaleza. «Así como la actividad de nues­
tra mente es el único fragmento de la realidad conocida para noso­
tros», argumentaba en su gran trabajo, Theoretical Biology, «sus
leyes son las únicas que tienen el derecho a ser llamadas leyes de
la naturaleza» (Uexküll 1973 [1928], pág. 40). La versión de cual­
quier observador de su Umwelt será la de un único modelo del mun­
do, que es un sistema de signos constituido a partir de factores ge­
néticos unido a un cocktail de experiencias, entre las que se incluyen
las expectativas del futuro. Un hecho vital complicado es el de que
el simple acto de la observación suponga un vínculo residual que
distorsione el sistema en observación. El ingrediente esencial de la
mente, o nutriente, podría muy bien ser la observación, pero para
adquirir información sobre cualquier tema se requiere, vía una com­
pleja cadena de eslabones, la transmisión de los signos desde el ob­
jeto de interés hasta el sistema nervioso central del observador. Su
consecución, por otra parte, tiene lugar de manera que esta influ­
yente acción reaccione sobre el objeto en observación de manera
tal que perturbe su condición. En resumen, el cerebro o la mente,
que son en sí mismos un sistema de signos, están unidos al supues­
to mundo de los objetos, no simplemente por selección perceptual,
sino por casi eliminación de inputs físicos —estímulos sensibles—
de los que podemos asegurar que el único conocimiento que de ellos
pueden tener los animales es a ciencia cierta el de «misteriosa vi­
sión que proporciona el cristal», los signos. Si existe una realidad
más allá de los signos —quizás aquello que Heráclito denominaba
logos, la estructura repetible que asegura su unidad ideal y su esta­
bilidad a cualquier objeto, y a la que el topólogo francés René Thom
(1975) y yo mismo recuperamos como «forma»— es algo de lo que
la humanidad nunca podrá estar segura. Como Heráclito apuntó
de forma tan elocuente: «Nunca podríamos descubrir los límites
del alma, aunque para ello tuviéramos que recorrer todos los cami­
nos; tal es la profundidad de su forma». En resumen, este razona­
miento nos permite volver a escribir O como Son, de manera que
la doble distinción inicial se resuelva en una única de entre dos ti­
pos de signos.
¿Qué sucede con el tercer correlacionante, intérprete de Peirce
(yo)? ¿Qué quiso decir con este concepto tan discutido (y a veces
incluso incomprendido)? Una verdadera, aunque no sencilla, defi­
nición canónica del mismo podemos encontrarla en sus escritos.
Peirce deja muy claro que cada signo determina un intérprete «que
es un signo en sí mismo, (de manera que) nos encontramos con un
signo superpuesto a otro». Apunta también que un intérprete pue­
de ser, bien un signo equivalente o bien «quizás un signo más desa­
rrollado», que es donde la novedad penetra en el sistema, permi­
tiéndonos incrementar la comprensión del objeto inmediato. Para
ilustrar todo esto, sería de utilidad ponderar algunas interpretacio­
nes del sustantivo inglés horse. Podrían ser sinónimos (parciales)
tales como colt, gee-gee, gelding, hinny, mare, pony, stallion, stud,
thoroughbred —y no digamos nada de heroína— donde el intér­
prete podría ser una reproducción monolingüe, incluyendo defini­
ciones estándar del diccionario, tales como la del Oxford English
Dictionary: «Un animal ungulado perisodáctilo cuadrúpedo... que
tiene una crin ondeante y una cola, cuya voz es un relincho». Otra
de sus interpretaciones es el nombre científico Equus Przewalski
caballus, como lo son también todas las traducciones equivalentes
que del término se han hecho (aproximadas) a signos verbales en
otras lenguas, tales como cheval, Pferd, losad, hevonen, y así suce­
sivamente. Referencias históricas, tales como Bucephalus, Moroc-
co, Clever Hans, y todos los Lippizaners de la Escuela española de
equitación de Viena convergen aquí, así como también representa­
ciones literarias como «Houyhnhnms» de Dean Swift, la obra Equus
de Peter Shaffer, la saga Silver Blaze de Conan Doyle, Brunellus
de Eco, y un conjunto de tratados científicos tan diferentes como
la disquisición de Jenofonte titulada La equitación, la Psychologie
der Pferde und der Dressur de Stefan von Maday, y el penetrante
ensayo de E. H. Gombrich «Meditations on a Hobby Horse». Trans­
mutaciones intersemióticas en signos no verbales incluyen graba­
dos innumerables y conocidos en todo el mundo, así como pintu­
ras de caballos (en especial los de las cuevas de La Magdalena),
esculturas (desde la época del Neolítico en adelante, incluyendo los
de la tradición china desde Lung-Shan), los frisos escitios, los cen­
tauros griegos, así como retratos modernos de cine tales como Na­
tional Velvet y The Black Stallion. Finalmente, por supuesto, cual­
quier caballo «real» que señale, podría ser, en virtud de ese gesto,
un signo indexical, o un «objeto de experiencia directa desde el mo­
mento en que dirige su atención hacia un objeto que es la causa
de su presencia», un intérprete. No hay duda de que un sinónimo
intralingual, un extenso discurso, o bien una paráfrasis de cualquier
signo enriquecerán la comprensión del objeto que representan, así
como sus traducciones interlingüísticas y las transmutaciones in­
tersemióticas. Todos y cada uno de los intérpretes posteriores tien­
den a aumentar la comprensión y a concederle una oportunidad
a una cascada de innovaciones semánticas y por tanto de cambio.
(Otra manera, más técnica, de abordar esta cuestión es lá de que
cualquier explicación metalingüística que explique un objeto de la
lengüa es siempre más rica que la última.)
En resumen, se deduce de la forma en que Peirce observa el sig­
no que la primera distinción, así como la segunda, se resuelven a
sí mismas en dos tipos de signos, a saber, S y SIn. Una vez más,
éstas son sus palabras: un signo es todo aquello «que determina
algo más (su intérprete) para referirse a un objeto al que él mismo
se refiere (su objetó) del mismo modo, el signo se convierte a cam­
bio en un signo, y así ad infinitum».

Signos y «realidad»

Si los objetos son signos en regresión indefinida hacia un hipo­
tético logos, y si los intérpretes son signos en dirección progresiva
hacia la última desintegración de la mente, ¿queda algo que no sea
signo? ¿Qué sucede con ese «alguien» mencionado por Peirce, el
observador o el intérprete de sucesivas acciones de signos? En un
celebrado artículo que publicó en 1868, Peirce anticipó y respon­
dió a esta pregunta, en oposición al hecho de que «la palabra o
signo que utilizan los humanos, son los mismos seres humanos»,
lo que es pretender que el signo humano y el signo externo sean
idénticos, en el mismo sentido que las palabras homo y man son
idénticas. «Así mi lengua es la.suma total de mí mismo, puesto que
el hombre es el pensamiento.» En definitiva, el «alguien» es tam­
bién un signo o un texto. ¿Qué facultad de procreación comparte
el ser humano con otras formas de vida? Peirce demostró que in­
cluso esta capacidad es inherente a los signos; algo paralelo fue ela­
borado por Thom (1973). Los signos llegan a ser únicamente me­
diante el desarrollo de otros signos.
La posición anunciada en los párrafos anteriores, según la cual,
en cierto punto del ciclo de la semiosis, hay objetos entre los que
se encuentran observadores conscientes o intérpretes —tales como
las personas, las marsopas y quizá las fobias— y, en otro momento
del ciclo, intérpretes. Ambas clases de signos son familiares en la
tradición filosófica. Esta posición que a ciencia cierta se deriva del
pensamiento de Peirce, una vez desechada una consideración que
él tomaba como un hecho, que «el universo entero... está represen­
tado por medio de signos, si no está compuesto exclusivamente de
signos», es conocida como idealismo; lo mismo sucede con aque­
lla otra posición de carácter particular, llamada a veces «idealismo
conceptual», que mantiene que nuestra visión de la realidad, a sa­
ber, nuestra Umwelt, supone una referencia esencial a la mente (Ge-
müt) en su constitución. Como insistía Kant —y, por supuesto, tanto
Peirce como Jakob von Uexküll habían asimilado ampliamente los
principios kantianos— «la experiencia pura» es inalcanzable; la ex­
periencia, para ser aprehendida, debe ser primero remojada, mol­
deada y sazonada por un caldo de signos. Por este motivo, este tipo
de idealismo puede ser llamado «idealismo semiótico», según la
acertada designación del filósofo David Savan (1983). Además, pa­
rafraseando a Savan, el idealismo semiótico se nos presenta con dos
sabores, fuerte o radical y apacible o tolerante; entre ambos, él se
inclina hacia el segundo, a saber, «la tesis de que todas las propie­
dades, atributos o características de todo lo que existe dependen
del sistema de signos, representaciones o interpretaciones a través
de las cuales adquieren significado». Sin tener que manifestarnos
necesariamente a favor de esta o aquella tendencia del idealismo
—solamente las posiciones realistas están, en mi opinión, despro­
vistas de interés— está claro que finalmente toda semiótica está en
relación con el papel de la mente en la creación del mundo o de
sus constructos físicos, además de con una vasta aglomeración de
impresiones de los sentidos.
En 1984 fui oyente en una conferencia internacional sobre el es­
tado del arte, patrocinada por la Universidad de Indiana y la Na­
tional Endowment for Humanities. El tema a debatir era si la se­
miótica es un campo o una disciplina —cuestión que Umberto Eco
había sugerido en un discurso pronunciado diez años antes en el
campus de Indiana. La mayor parte de los ponentes eran especia­
listas en una o más de las complejas ciencias históricas que los fran­
ceses llaman les sciences humaines. El moderador designado era
el ilustre y escéptico antropólogo social inglés sir Edmund Leach,
quien había detectado intervenciones indebidas en las presentacio­
nes, señalando a los ponentes que «otros estuvieron allí antes que
vosotros». Por lo que respecta a esto, estuvo indudablemente acer­
tado. La preocupación obsesiva por los signos data desde la apari­
ción del más dramático de todos los estadios en la evolución de los
homínidos, la aparición de los signos verbales y los cambios en el
acopio de información y transmisión que acompañó esa transición.
La misma preocupación por los signos se hace evidente en la infan­
cia y el desarrollo del niño. Cuando mi hija de cinco años me pre­
guntó: «Papá, ¿qué hace exactamente el Ejército de Salivación?»
y cuando otro niño de siete años se preguntaba cómo Drácula pudo
haber sido asesinado por un «filete» clavado en su corazón, com­
prendí que no iba a ser transportado a las enmarañadas espesuras
de la filantropía o a Transilvania, sino a aquel locus classicus de
signos en acción, la paronomasia.
Para concluir este capítulo inicial, una advertencia. Decir que
la semiótica es una ciencia «humana» o «histórica» podría muy
bien perpetuar una ilusión. De acuerdo con al menos una versión
de teoría cuántica, la importante rendición imaginativa de la cono­
cida interpretación de John Archibald Wheeler, de la Escuela de
Copenhague, el pasado es teoría, o incluso otro sistema de signos;
éste «no tiene existencia sino en los registros del presente». Á nivel
semiótico construimos el pasado de la misma manera que el pre­
sente y el futuro.
2. Seis especies de signos

En este capítulo examinaré en primer lugar los rasgos que ca­
racterizan a los signos. A continuación esbozaré una tipología de
seis «especies» básicas de signos que reflejen los tipos de signos iden­
tificados con más asiduidad y empleados con más frecuencia por
los semióticos.

Características generales de los signos

E l signo es bifacial

En 1305, en su tratado inacabado De vulgari eloquentia (1957,
pág. 18), Dante profirió esta formulación del concepto de signo (ver­
bal): hoc equidem signum... sensuale quid est, in quantum sonus
est: rationale vero, in quantum aliquid significare videtur adpiad-
tum. Esta repetición está muy en consonancia con prácticamente
todos los modelos de la estructura intrínseca del signo que, con ma­
yor o menor énfasis, se han tenido en cuenta a la hora de tratar
con los fundamentos de la doctrina de los signos, que se extiende
desde la filosofía de los estoicos hasta el pensamiento contemporá­
neo. Esta expresión implica que el signo está constituido por dos
mitades indispensables, una aistheton, perceptible (o sensible), la
otra noeton, inteligible (o racional): el significante, un impacto apre-
ciable sobre al menos uno de los órganos sensoriales del intérprete,
y el contenido significado. (En latín medieval, el par de términos
correspondientes a los estoicos semainon, «significante», y semai-
nomenon, «significado», eran signans y signatum, representados
por Saussure como signifiant y signifié, en alemán habitualmente
como das Signifikat y der Signifikant, por Morris como sign vehi-
cle y designatum, por algunos eruditos soviéticos [Revzina 1972,
pág. 231] como «cosa» y «concepto», etc.)

Signos cero

En varios sistemas de signos, especialmente en los lingüísticos,
el vehículo de un signo puede algunas veces —cuando las condi­
ciones contextúales son apropiadas— significar por su propia ausen­
cia, es decir, presentarse en forma cero. Los lingüistas que emplean
la expresión «signo cero» (fonema cero o alófono, morfema cero
o alomorfo) se refieren, o bien a «significante cero», o mucho más
raramente, a «significado cero», pero nunca a ambos; tomada en
sentido literal, la noción de «signo cero» sería oximorónica. (Para
el uso del cero en lingüística, véanse Jakobson, 1940, 1966; Frei,
1950; Godel, 1953; Haas, 1957.) El papel de los vehículos del signo
cero en los sistemas de comunicación, con excepción del verbal, nun­
ca ha sido analizado correctamente. Pohl (1968, págs. 34-35), por
ejemplo, considera erróneamente como cero las funciones de la ropa
de los paisanos cuando se lleva puesta en un contexto de unifor­
mes; pero esto confunde la oposición marcado/no marcado con la
oposición verificado/cero.
Los vehículos del signo cero también tienen lugar en los siste­
mas de comunicación animal. Thus Ardrey (1970, pág. 75) afirma
que la llamada de alarma del «elefante africano es el silencio», y
también, René-Guy Busnel manifiesta que el parámetro temporal
entre el mensaje intercambiado por dos miembros de las especies
Laniarius erythogaster, es decir, «el modelo rítmico de los silencios...
y no la parte acústica de la señal en sí misma» transporta la infor­
mación (Sebeok, 1968, pág. 138). Una investigación más promete-
dora heurísticamente es la sugerida por el cuasiprosódico fenóme­
no de que, en algunos tipos de luciérnagas, el intervalo de las
pulsaciones es un elemento significativo en la estimulación de las
hembras, y que estos intervalos son distintos en diferentes especies,
por ejemplo en el Photinus consanguineus y en el macdermotii; en
su pariente lineellus, además, el número de pulsaciones es variable,
«lo cual, asimismo, indica la significación del intervalo de pulsa­
ciones» (Lloyd, 1966, pág. 78). La existencia de formas cero en va­
rios sistemas de comunicación no vicia por lo tanto el modelo clá­
sico bipartito del signo.

Señal/tipo, denotación/designación

Una particular aparición de un signo —al que Peirce denominó
sinsign (2, pág. 245)— es más conocida ahora como token, mien­
tras la clase de todas las apariciones del signo —legisign (8, pág.
363)— es llamada tipo. Parafraseando un ejemplo del propio Peir­
ce, podríamos decir que si una página en un libro tiene 250 pala­
bras, es éste el número de tokens de palabra, mientras el número
de palabras diferentes en una página es el número de tipos de pala­
bras (esta distinción también fue explorada por Richards, 1969).
Entre las principales cuestiones que más han ocupado a la ma­
yor parte de los estudiosos del signo verbal, son tres las que nos
han parecido básicas e ineludibles: ¿cómo refieren las señales de
signo particular? ¿Cómo adquieren y mantienen los signos tipo su
capacidad para significar? ¿Qué es lo realmente esencial a la hora
de distinguir entre la relación de referencia, o denotación, y la rela­
ción de significado, sentido o designación? Podríamos añadir tam­
bién una cuarta pregunta acerca de la relación de significado y uso
(Wells, 1954). La moderna división entre significado y referencia
se viene repitiendo de muchas maneras desde la consideración clá­
sica de Frege, en 1892, de Sinn y Bedeutung —Bedeutung vs Be-
nutzung en Husserl, denotation vs connotation en Mili, Bedenkung
vs Benutzung en Paul, valeur vs substance en Saussure. La «semán­
tica» es utilizada, de manera imprecisa, como término cobertura
que abarca tanto la teoría de la referencia verbal como la teoría del
significado verbal, aunque en sentido estricto debería ser confina­
da a esta última. Filósofos analíticos, tales como Carnap (1942),
asignan la teoría de la verdad y la teoría de la deducción lógica a
la semántica, basándose en que aquella verdad y la consecuencia
lógica son conceptos basados en la designación, y por tanto con­
ceptos semánticos. El término zoosemiótica fue acuñado en 1963
para extender la teoría del significado y para ser tenido, presumi­
blemente, en cuenta en los correspondientes procesos designativos
de las criaturas sin discurso (Sebeok, 1972a, pág. 80).
Una discrepancia destacable entre lo que un signo tipo designa
y la denotación de una de sus señales puede ser la responsable, en
varios niveles, de los procesos lingüísticos conocidos en poética y
en retórica como «figuras del discurso», así como de fenómenos
afines encontrados en los animales (Bronoswki, 1967). Esto tam­
bién subyace en el mecanismo que hace posible la mentira, que —a
pesar de ciertas opiniones— corresponde a diversas formas de en­
gaño encontradas en el reino animal.

Seis especies de signos

El reconocimiento de las múltiples relaciones posibles entre las
dos partes de un signo —el significante y el significado— ha lleva­
do a filósofos y a lingüistas con inclinación filosófica a intentar,
en numerosas ocasiones a lo largo de la historia de la semiótica,
clasificar los signos o los sistemas de signos. Entre ellos el último
esquema maximal de Peirce —que elaboró lenta pero persistente­
mente durante un período aproximado de 40 años— con sesenta
y seis variedades, incluyendo intermedios e híbridos, fue con segu­
ridad el más extenso, de más envergadura y el más sutil (Weiss y
Burks, 1945; pero véase Sanders, 1970). En el campo de lo verbal,
uno de los esfuerzos más sugestivos e influyentes de los últimos años
fue el de Bally (1939), mientras que el estudio especial de Jakobson
(1970) centrado en la clasificación de .los signos humanos en gene­
ral expande una vez más los horizontes de la investigación semióti­
ca actual. El estudio de Spang-Hanssen (1954) nos proporciona una
oportuna visión de las aproximaciones psicológicas de Ogden y Ri­
chards, Karl Britton, Bertrand Russell y Charles Morris, así como
de las lingüísticas de autores tan heterogéneos como Ferdinand de
Saussure, Leo Weisgerber, Alan H. Gardiner, Karl Bülher, Eric Buys-
sens, Leonard Bloomfield y Louis Hjelmslev. En la actualidad, sólo
una media docena de signos, incluyendo frecuentemente algunas
subespecies de opinión más o menos aproximadas, se identifican
con regularidad y se utilizan comúnmente, aunque con definicio­
nes toscas; sin embargo, en todos los casos virtualmente, se les tiene
en cuenta en el dominio de la lengua y de otros sistemas específi­
cos de las especies del ser humano, es decir, los sistemas secunda­
rios de modelización de la tradición semiótica rusa, que implica una
infraestructura verbal o musical, y similares (Sebeok, 1972a, págs.
162-177). Más adelante se discutirá sobre las seis especies de signos
que, al parecer, se dan con mayor frecuencia en semiótica contem­
poránea, redefinidos provisionalmente e ilustrados no sólo desde
los sistemas antroposemióticos (por ej., aquellos que son especies
específicas para los humanos), sino también desde los sistemas zoo-
semióticos, para mostrar que ninguno de los signos tratados aquí
es normativo, o único, de los humanos. Finalmente, debería que­
dar claro que no son signos los que se están clasificando en reali­
dad sino más exactamente aspectos de los signos: en otras palabras,
un signo debe —y lo hace a menudo— exhibir más de un aspecto,
de manera que uno deba reconocer diferencias en gradación (Eco,
1972a, pág. 201). Es también importante reconocer que el princi­
pio jerárquico es inherente a la arquitectura de cualquier especie
de signo. Por ejemplo, un símbolo verbal, como un imperativo, está
comúnmente dotado de un valor signal. Un emblema, que es una
subespecie de símbolo, puede ser en cierto modo icónico, como la
bandera de los Estados Unidos, desde el momento en que sus siete
bandas rojas horizontales alternando con las seis blancas están por
cada colonia fundada, mientras que sus cincuenta estrellas en la
parte que es sólo azul corresponden a cada estado de la Unión. Un
signo primariamente indexical, como un reloj, adquiere además un
contenido simbólico discernible si el reloj da la casualidad de que
es el Big Ben. En los diseños del australiano Walbiri, el enlace icó­
nico entre las formas de los vehículos del signo y los referentes asig­
nados es fundamental, porque, como Munn (1973, pág. 177) seña­
la: «no hay subordinación sistemática del elemento icónico con un
segundo sistema de ordenación abstracto», en contraste con la he­
ráldica, donde, como en un sistema de escritura pictórico, «las cua­
lidades icónicas que unen las formas visuales con sus significados
tienden a ser atenuadas», es decir a convertirse en simbólicas de
modo progresivo, «debido a la completa adaptación de las formas
visuales a otro sistema sociocultural subyacente por el que el ante­
rior constituye un código de comunicación». (Para el proceso de
desiconización, véase Wallis, 1973, pág. 487.) La sentencia de Mo­
rris (1971, pág. 191): «La iconicidad es... un asunto de grado», uni­
da a la similar y concisa fórmula de Count (1969, pág. 102): «La
simbolización... es supuesta como asunto de gradación (cualitati­
vo) continua», parece resumir la cuestión adecuadamente.
Para recapitular, decir que los aspectos de un signo co-ocurren
necesariamente en una jerarquía sensible al medio. Desde el mo-
mentó en que todos los signos, por supuesto, entran en contrastes
sintagmáticos complejos así como paradigmáticos y en oposicio­
nes, es su lugar el tejido de un texto concreto y la red de un sistema
abstracto que es decisivo en cuanto a qué aspecto predominará en
un contexto dado en un momento particular, hecho que nos con­
duce directamente al problema de los niveles, tan familiar a los lin­
güistas —al ser un prerrequisito absoluto para cualquier tipología—
pero tan poco desarrollado todavía en las otras ramas de la semió­
tica. Esta importante cuestión (véanse Lotman y Uspenskij, 1973;
Meletinsky y Segal, 1971) sólo puede ser apuntada aquí. El signo
es legítimamente descrito, aunque de forma imprecisa, en virtud
del aspecto que se considera predominante.

Señal

La señal es un signo que mecánica (naturalmente) o convencio­
nalmente (artificialmente) provoca alguna reacción en un receptor.
Esto está en consonancia con el punto de vista de que «las señales
pueden... ser proporcionadas por la naturaleza, pero también pue­
den ser producidas artificialmente» (Kecskemeti, 1952, pág. 36). Ad­
viértase que el receptor puede ser o una máquina o bien un orga­
nismo, o incluso un ser sobrenatural personificado (Sebeok, 1972b,
pág. 514).
Una reelaboración más interesante y productiva del concepto
de señal se encuentra en Pazukhin (1972). Su argumento y defini­
ción resultante, parecida, aunque no idéntica, a la que hemos visto
anteriormente, descansa sobre el desarrollo de una serie de fronte­
ras, que van desde la necesidad de distinguir la noción física o tec­
nológica de signo de la predominante en las humanidades y en las
ciencias sociales —en definitiva, desde una concepción puramente
semiótica— hasta la necesidad, por una parte, de separar los fenó­
menos físicos que sean señales de los del tipo no señales, mientras,
y por otra parte, se busca distinguir las señales de los signos. Sería
conveniente observar que Pazukhin arranca la tesis de Bühler de
su contexto y la desecha por haber dado «origen a numerosas in­
terpretaciones impropias, que conciben las señales bühlerianas como
especies de signos (Zeichen, después de Bühler), que transmiten ór­
denes, ruegos y otros tipos de mensajes imperativos» (1972, pág.
28). Dos son las falacias aquí implícitas: una es la omisión del he­
cho de que el tan renombrado modelo organon de Bühler ha de
entenderse como un todo, en el que el concepto de señal toma su
lugar lógico junto con los conceptos de síntoma y símbolo, y sin
los cuales no puede ser comprendido. Un error más serio es olvidar
que debemos tratar constantemente con los aspectos de los signos:
repitiendo, una orden verbal es probable que tenga aspecto de sím­
bolo y aspecto de señal, y el signo en cuestión oscilará entre los
dos polos según el contexto de su emisión.
Sería bueno recordar lo que Bühler dijo acerca de la señal den­
tro de la organización de su modelo. Desde el punto de vista de
Bühler, la señal apela al destino, cuya conducta interior y exterior
gobierna; es decir, actúa como un regulador del tráfico, que posi­
bilita o inhibe la reacción. Por contraste, el síntoma tiene que ver
con la fuente, cuya conducta interior expresa; y el símbolo se rela­
ciona con la designación (Bühler, 1934, pág. 28).
Pazukhin (1972, págs. 29 y sig.) enfatiza correctamente la nece­
sidad de «alcanzar una discriminación substancial entre las señales
y los signos», analiza a continuación «algunas de las tentativas más
prometedoras», incluyendo las hipótesis de filósofos rusos o de lin­
güistas tales como Abramian, Brudny y Zalizniak, aunque encuen­
tra defectos en todos ellos, fundamentalmente debido a su convic­
ción de que ninguno de ellos ofrece «criterios adecuados para una
oposición realista de las señales a otros medios de interacción» (1972,
pág. 30). En mi opinión es esencial, en primer lugar, observar que
la relación de la señal con el signo es la de una categoría marcada
con una sin marcar, es decir, para ser más exactos, la de una espe­
cie con un género al que pertenece, como Bühler también defen­
dió. En segundo lugar, Pazukhin presenta y trata en profundidad
lo que él llama dos modos de control, ambos son interacciones ba­
sadas en la idea de relación causal: control directo y control de blo-
queo-y-liberación. El control por señalización es un caso especial
del último, que conduce naturalmente a la conclusión, insinuada
en la definición de señal de Pazukhin (1972, pág. 41), de que «hay
solamente una relación ocasional entre una señal y las reacciones
producidas por ella». Esto es, sin embargo, un simple eco de la ex­
plícita conexión de todos los procesos del signo en Peirce —de aquí
también la señalización— con procesos que requieren mediación
o «mediador». Sirva de testimonio el siguiente pasaje:

Es importante entender lo que quiero decir con semiosis. Toda ac­
ción dinámica, o acción de fuerza bruta, física o psíquica, que tenga
lugar entre dos sujetos... o que de todas formas sea resultado de tales
acciones entre pares. Pero por «semiosis» quiero decir, al contrario,
una acción o influencia, que sea o implique una cooperación de tres
sujetos, tales como un signo, su objeto y su interpretante. Esta influencia
trirrelativa que no es de ninguna manera reductible a acciones entre
pares... mi definición confiere a todo lo que se comporte de este modo
el título de «signo» (Peirce, 5, pág. 484).

Consideremos lo siguiente: C. R. Carpenter (1969, pág. 44), pro­
minente estudioso de la conducta animal, aprovecha la ocasión de
definir la conducta de las señales de forma general, en muchas cua­
lidades, formas y modelos, como un «acontecimiento de estímulos
condensado, parte de un todo mayor, que puede dar lugar a accio­
nes prolongadas. La actividad de las señales, en su forma más sim­
ple, está producida por un organismo individual; representa infor­
mación; está mediada por un portador físico, y es percibida y
respondida por uno o más individuos. Como el acontecimiento de
estímulos, del que la conducta de las señales es un caso especial,
este tipo de conducta desprende más energía de la que es utilizada
en señalización». Ahora Pazukhin (1972, pág. 41) rechaza tres cri­
terios que han sido propuestos de diversos modos para definir las
señales, sobre la base de que «no pueden ser considerados esencia­
les». Estos criterios —todos ellos utilizados por Carpenter— son:
la presencia de una cierta cantidad de energía, la distribución de
información sobre alguna cosa, y el ser consignado por un animal.
Yo asumo completamente la eliminación de los tres factores de una
definición viable de señal.
Un ejemplo de señal es la exclamación «¡Vete!» o, alternativa­
mente, la descarga de una pistola al descubrir una huella (un dis­
parador convencional vs un gatillo mecánico). El término es lugar
común en estudios de comunicación animal (Burkhardt, 1967; Se-
beok, 1968, 1972a, págs. 135-161), donde es utilizado de forma in­
tercambiable con un raro primer zoosemiótico definido, display
(Smith, 1965, pág. 405).

Síntoma

Un síntoma es un signo compulsivo, automático, no arbitrario,
como el del significante unido al del significado a la manera de un
enlace natural. Un síndrome es una configuración de signos regida
por normas con una designación estable. Ambos términos tienen
fuertes connotaciones médicas, aunque no exclusivamente (Ostwald,
1968); de este modo podemos decir, por extensión metáforica: «el
origen de la antropología moderna fue un síntoma del colonialismo».
Es una peculiaridad de los signos que sus denotados sean gene­
ralmente diferentes para el emisor (por ejemplo, el paciente —«sín­
tomas subjetivos»—) y para el destinatario (por ejemplo, el médi­
co —«síntomas objetivos»—). En una afortunada frase de Barthes
(1972, pág. 38), le symptóme, ce serait le réel apparent ou Vappa-
rent réel (para implicaciones freudianas de esta observación véanse
Brown, 1958, pág. 313 y Kecskemeti, 1952, pág. 61; y para el traba­
jo semiótico en esta área véanse Shands, 1970 y Ruesch, 1973).
Es interesante destacar que los sutiles lógicos de Port-Royal es­
bozaron una distinción entre síntomas «ordinarios» y lo que los
físicos llamarían «signos vitales», partiendo de un criterio esencial­
mente cuantitativo (Arnauld y Nicole, 1816, [1662]). En otras pala­
bras, la especificación «compulsivo, automático» está sujeta a un
refinamiento de probabilidades, aunque la denotación de síntoma
sea siempre equivalente a su causa en el origen; algunos síntomas
están conectados efectivamente con una condición antecedente «con
seguridad», mientras que la unión de otros síntomas con el estado
previo de los acontecimientos está meramente asumido con diver­
sos grados de probabilidad.
La semiótica —refiriéndonos en su primer uso a preocupacio­
nes médicas, con indicaciones lógicas de los cambios en la condi­
ción del cuerpo humano— constituyó una de las tres ramas de la
medicina griega. Desde el momento en que los síntomas se encon­
traron entre los primeros signos identificados, constituyen una ca­
tegoría históricamente importante para cualquier investigación en
los comienzos de la teoría de los signos, por ejemplo, el pensamiento
de físicos tales como el fisiólogo alejandrino Erasistratus (310-250
a.C.), el anatomista Herophilus (335-280 a.C.), y el epicúreo Ascle-
piades de Bitinia (fl. 110 a.C.), mencionados, entre otros, por Sex­
to Empírico. La sintomatología, o semeiología (Sebeok, 1973b),
eventualmente se desarrolló en una rama de la medicina con una
triple y especializada preocupación por el diagnóstico, centrándo­
se en el aquí y ahora, y en sus dobles proyecciones temporales en
el pasado anamnésico y el futuro prognóstico. Un acercamiento en­
tre la teoría general de los signos y la práctica médica que conlleva,
es bastante reciente; esta aproximación fue considerablemente esti­
mulada por el importante trabajo de Michel Foucault (Barthes, 1972,
pág. 38); pero fue, en cierto modo, anticipada extraordinariamente
por Kleinpaul (1888) quien rindió homenaje a Hipócrates (460-377
a.C.) como el padre y maestro de la Semiotik al haber trazado este
nexo en sus prefiguraciones saussureanas; y también por Crooks-
hank (1925, págs. 337-355).
Barthes (1972, pág. 39), siguiendo a Foucault, considera que es
oportuno distinguir el síntoma del signo, y elige oponerlos dentro
del bien conocido esquema de Hjelmslev, cuya elaboración sobre
el carácer bifacial del signo en forma y en substancia, expresión y
contenido, al parecer continúa fascinando a los semióticos de len­
guas romances. Barthes asigna el síntoma a la categoría que Hjelm­
slev llamó la substancia del significante, y más tarde continúa ar­
guyendo que un síntoma se convierte en signo únicamente cuando
entra en el contexto del discurso clínico, sólo cuando esta transfor­
mación está muy bien trabajada por el físico, en resumen, única­
mente par la médiation du langage. Sin embargo, tal punto de vis­
ta es defendible solamente en casos especiales, cuando el destino
de un mensaje sintomático sea un físico o, por extensión, un vete­
rinario, o al menos un técnico en computadoras. De hecho, el des­
tino no necesita ser ninguno de éstos; podría, por ejemplo, ser una
criatura sin habla. Los efectos autonómicos, es decir, las demostra­
ciones sintomáticas, fueron observadas con agudeza y descritas por
Darwin, y virtualmente toda la investigación moderna tanto en la
comunicación animal interespecífica como en la intraespecífica, en
el fondo descansa sobre pasajes tales como su observación de que
la erección de los apéndices dermales en una variedad de los verte­
brados, «es una acción refleja, independiente del deseo; y esta ac­
ción debe ser contemplada, cuando tiene lugar bajo la influencia
de la cólera o del temor, no como un poder adquirido para la ob­
tención de alguna ventaja, sino como resultado incidental, al me­
nos en gran medida, del ser sensorial afectado. El resultado, en cuan­
to que es incidental, puede ser comparado con la profusa sudoración
de una agonía provocada por el dolor o el terror» en los humanos
(Darwin, 1872, pág. 101). Síntomas humanos como éstos y otros
muchos pueden ser fácilmente percibidos y representados por ani­
males domésticos como los perros y los caballos (como el episodio
notorio de Clever Hans en la historia de la psicología corrobora,
y para el cual véase Hediger, 1967), y en una variedad de otras si­
tuaciones en las que además la lengua no juega o no puede jugar
ningún tipo de papel mediador. En esta perspectiva semiótica glo­
bal descansa pues mi tesis de que la oposición del síntoma al signo
es paralela a la de la señal con respecto al signo, a saber, la de una
categoría marcada (especie) con una categoría sin marcar (género).
Es asimismo una falacia asumir que la función de un síntoma
es invariablemente morbífica: como Kleinpaul (1972, pág. 106) ha
destacado astutamente, debe existir también una buena y «radian­
te» salud semiótica, una condición del organismo según la cual éste
pueda ser observado como si fuese un conjunto de síntomas «ra­
diantes» de bienestar. Así, la identificación exclusiva de la sinto-
matología con la nosología puede ser bastante errónea.
Obsérvese que Bühler (1934, fn. 1) amplió su término «sínto­
ma» con dos palabras casi sinónimas Anzeichen e Indicum, y que
otras deberían clasificar realmente todos los síntomas como subes-
pecies de los índices, a menudo con expresiones como «índices in­
conscientes» o «índices involuntarios» (Jakobson, 1970, pág. 10).
La dificultad de esta sugerencia es que el lugar de la «intención»
—o, en términos más generales, de la orientación del fin— en un
modelo de comunicación sigue siendo un problema dificultoso y
discutible (Meiland, 1970). En el sentido de la autoconciencia —la
denominada «teleología subjetiva»—, la noción puede ser norma­
tiva en la definición de los sistemas antroposemióticos y puede ca­
racterizar de forma notoria a la lengua, aunque apenas sea perti­
nente para un análisis semiótico, en el que su inserción puede tener
efectos nulos. Una discusión más detallada de la intención se ex­
tiende más allá del alcance de este capítulo (véase Sebeok, 1973a).
Como todos los signos, los síntomas pueden figurar tanto en
los sistemas paradigmáticos como en las cadenas sintagmáticas. La
investigación de su función tradicional ha sido hasta ahora rudi­
mentaria, pero será mucho mejor comprendida en esta época de
tecnología computacional. Una concatenación sintagmática de los
síntomas puede ser de dos tipos: llamémosles actual y temporal.
Un sintagma actual está formado por un conjunto de síntomas que
se manifiestan simultáneamente, a lo largo de regiones diferentes
del cuerpo humano. De esta forma los parámetros operativos bási­
cos en un procedimiento quirúrgico pueden incluir un electrocar­
diograma, un electroencefalograma, un output cardiaco, la presión
venosa central, la presión arterial periférica, la temperatura rectal,
la respiración, todos ellos controlados e interpretados sincrónica­
mente por el equipo de médicos asistente. Un sintagma temporal
implica una entrada de información desde la misma fuente, desde
el origen, pero con intervalos sucesivos situados a lo largo del eje
del tiempo. Así Hediger (1968, pág. 144) cuenta que el excremento
de las jirafas se mantiene bajo observación auditiva en el zoo por­
que es una guía continua del estado de salud del animal: «normal­
mente, la caída de las heces nos proporcionaría un sonido típico,
crujiente» dice, pero «si el excremento es evacuado en porciones
informes», el encargado se alerta de la posible existencia de un es­
tado patológico.
Podría ser bastante instructivo explorar con más profundidad
ideas tan fructíferas como las de la interacción del paradigma y del
sintagma y la del eje de la simultaneidad con el de la sucesión, de
la substitución vs la combinación, y otros por el estilo, en un cam­
po distinto de la lingüística como (a primera vista) parece ser la
sintomatología (Celan y Marcus, 1973). El ensayo de Barthes de
1972 es sugestivo, pero esta labor debe aguardar, esencialmente, un
considerable avance de la semiótica en un frente mucho más extenso.

Icono

Se dice que un signo es icónico cuando hay una similitud topo-
lógica entre un significante y su denotado. Fue en 1867, en su ensa­
yo «On a New List of Categories», donde Peirce expuso por
primera vez su ahora famosa tríada fundamental en la que, inicial­
mente, afirmó que había tres clases de signos (o, como él les llama­
ba, «representaciones»): a) semejanzas (término que pronto aban­
donó en favor de iconos), o «aquellos cuya relación con sus objetos
es una mera comunidad de cierta cualidad»; b) índices, o «aque­
llos cuya relación con sus objetos consiste en una correspondencia
de hecho»; y c) símbolos (que son lo mismo que los signos genera­
les), o «aquellos cuya relación profunda con sus objetos es una cuali­
dad atribuida», a los que denominó más tarde «leyes», en el sentido
de convenciones, hábitos o disposiciones naturales de su interpre­
tante o del campo de su interpretante.
Peirce distinguió después tres subclases de iconos: imágenes, dia­
gramas, y metáforas. La noción de icono —que ha sido últimamente
relacionada con el proceso platónico de mimesis y que más tarde
Aristóteles amplió desde ser una representación fundamentalmen­
te visual hasta abarcar toda la experiencia cognitiva y epistemoló­
gica— ha estado sujeta a numerosos análisis en algunas de sus va­
riedades y manifestaciones, pero con todo quedan todavía algunas
cuestiones teóricas aparentemente intratables. Las imágenes (que
todavía en algunas ocasiones y de forma simplista se consideran
equivalentes a los iconos, o lo que es peor, se da por sentado inge­
nuamente que están confinadas únicamente a la esfera visual) fue­
ron estudiadas en dos investigaciones excepcionalmente preclaras
por Eco (1972b) y por Wallis (1973) respectivamente. Por lo que a
la teoría de los diagramas se refiere, hay que decir que ya se intuía
en las investigaciones semióticas de Peirce, y que fue revisada cui­
dadosamente por Zeman (1964) y por Roberts (1973) en algunas de
sus ramificaciones principales, entre las que se incluye la moderna
teoría de las gráficas. Peirce no siguió el antiguo recurso retórico
de la metáfora más allá de lo correcto —a pesar de la crítica de
Todorov (1973, pág. 17) de que el icono es una sinécdoque más que
una metáfora— asignándola, en su lista de categorías, al icono. Las
funciones icónicas del lenguaje han sido estudiadas en detalle (Ja-
kobson, 1965, Valesio, 1969 y Wescott, 1971).
A pesar del vasto, múltiple algunas veces, y por regla general
útil avance de la literatura sobre nuestra comprensión del icono,
todavía persisten algunos problemas teóricos serios. Dos de ellos
—llamémosles la cuestión de la simetría y la cuestión de la
regresión— merecen que les dediquemos al menos una breve pau­
sa. Otros han sido discutidos por Eco (1972a, págs. 197-230, 1972b)
de forma muy interesante aunque sin resultados definitivos.
Wallis (1973, pág. 482), de todas formas, siguiendo la costum­
bre, asegura ex cathedra que la «relación de representación es no
simétrica: un signo icónico o un signo convencional independiente
representan a su representado pero no viceversa». Ahora permitid­
me una instantánea de una reproducción de un famoso cuadro —La
Gioconda— que es un signo icónico, o imagen, por la copia, que
de esta manera se convierte en denotatum (o representatum), pero
que es en sí mismo un signo icónico por el retrato expuesto en el
Louvre, su denotatum; pero esta pintura es además un signo icóni­
co por el modelo de Leonardo, la dama conocida como Mona Lisa,
su denotatum. En esta secuencia diacrónica, Mona Lisa vino en
primer lugar, su retrato después, a continuación su reproducción,
y finalmente una fotografía del mismo. Observemos, sin embargo,
que no hay nada en las definiciones de iconicidad que requiera la
imposición de cualquier tipo de prioridad cronológica: la defini­
ción de Peirce nos habla de «mera comunidad con alguna cuali­
dad», y la que se propuso al comienzo de esta sección sólo de «si-
milaridad topológica»; ambas cualidades deberían ser aplicadas
hacia atrás tan bien como hacia adelante. ¿Es meramente una con­
vención inmotivada asignar una secuencia progresiva temporal a
la relación entre significante y significado? La dificultad quizá puede
ser controlada por la siguiente vía: supongamos que un personaje
contemporáneo tan renombrado como el Papa me es conocido —co­
mo lo es para la mayoría de los católicos— únicamente a través de
su fotografía, o de alguna otra representación pictórica, pero que,
un día, consigo verlo en persona; en esa ocasión, el Papa vivo se
convertiría para mí en el «signo icónico» debido a su imagen fami­
liar, su denotatum fotográfico o litográfico. Este problema tampo­
co es desconocido para los etologistas. Así Lorenz (Introducción
a Wickler 1968, pág. xi) aludió a esto en su observación de que la
«forma de la pezuña del caballo es exactamente como una imagen
de la estepa que pisa, así como la impresión que deja es una ima­
gen de la pezuña». Si este atributo de reflexión puede ser mostrado
como característica indispensable propia de los iconos, entonces se­
guramente la flecha del tiempo deba ser incorporada a las revisio­
nes de las definiciones existentes.
Por lo que al problema de la regresión vertiginosa se refiere, de­
jémonos ilustrar por lo siguiente: podemos decir que una hija pe­
queña es un signo icónico para su madre si hay una similitud topo-
lógica entre ella, como significante, y su madre, su denotatum; sin
embargo la niña puede asimismo, aunque sin duda en menor gra­
do, estar como un signo icónico por su padre, por cada uno de sus
hermanos, por todos los de su familia, o incluso por todos los ma­
míferos, todos los vertebrados, etc., y así sucesivamente, en inaca­
bable retrogradación hacia denotata más generalizados. Son mu­
chos los ejemplos de iconicidad en el discurso animal (Sebeok, 1968,
págs. 614 y sigs.) que incluyen virtualmente todos los canales dis­
ponibles —el químico, el auditivo o el visual. La función icónica
de un signo químico está bien ilustrada en la sustancia de alarma
segregada por la hormiga Pogonomyrmex badius: si el peligro para
la colonia es momentáneo, la señal —la emisión de cierta cantidad
de feromona— se desvanece rápidamente dejando al grueso de la
colonia como estaba; por el contrario, si el peligro persiste, la sus­
tancia se expande involucrando a un número cada vez mayor de tra­
bajadoras. El signo es icónico, puesto que varía en proporción aná­
loga al crecimiento o disminución de los estímulos de peligro
(Sebeok, 1972, págs. 95 y sig.).
La conducta de ciertas vespine audio-mímicas ilustra la función
de un signo auditivo. Así la mosca Spilomyia hamifera Lw. bate
las alas a una velocidad de 147 movimientos por segundo mientras
vuela cerca de la avispa Dolichovespula arenaria E (que se le pare­
ce muchísimo en el color). Esta avispa bate las alas a una veloci­
dad de 1.250 movimientos por segundo. El sonido de ambos vue­
los no es fácilmente detectable por los predadores; de esta manera,
los pájaros cazadores de moscas son engañados (Sebeok, 1972, págs.
86 y sig.).
Finalmente, un ejemplo (a veces controvertido) de cierta con­
ducta compleja que funciona como signo icónico, es el descrito por
Kloft (1959): el extremo posterior del abdomen de un áfido y la for­
ma de mover sus patas traseras constituyen el vehículo de un signo
complejo para la hormiga obrera que lo interpreta como si se trata-
ra de la cabeza de otra hormiga que estuviera moviendo su antena.
En otras palabras, se pretende que la hormiga identifique la seme­
janza (el extremo próximo del áfido) con su denotado (el extremo
delantero de una hormiga) y que actúe en base a esta información,
es decir, que trate al áfido como una efigie (una subespecie de icono).

índice

Se dice que un signo es indexical cuando su significante es con­
tiguo a su significado, o es una muestra de él. El término contiguo
no tiene por qué ser interpretado literalmente en esta definición con
el significado de «adjunto» o «adyacente». En este sentido, la es­
trella polar puede ser considerada como indicativa del polo norte
por cualquier habitante de la Tierra, a pesar de las inmensas dis­
tancias que nos separan de él. Es más, la continuidad debería ser
considerada en yuxtaposición con el principio más importante en
la definición de icono, a saber, la semejanza. Se eligió el término
«contiguo» debido a que en el sentido de «similar» su uso estaba
muy extendido en multitud de campos de ámbito intelectual: desde
homeopático vs contagioso, mágico frente a poético y retórico (sis­
tema vs texto, metáfora vs metonimia), psicología de la Gestalt (fac­
tor de semejanza vs factor de proximidad [Wertheimer, 1923, págs.
304-3111), neurología (hipótesis de los tipos polares de afasia de Ja-
kobson y Luria) y, por supuesto, la lingüística en la tradición saus-
sureana (el eje paradigmático vs el eje sintagmático, oposición vs
contraste), etc.
La noción de índice de Peirce fue al mismo tiempo original y
provechosa, como Wells (1967) había destacado. Sus signos indexi-
cales han sido estudiados meticulosamente por filósofos de nuestra
época, bien bajo el nombre de particulares egocéntricos (Russell,
1940), palabras señales reflexivas (Reichenbach, 1948), expresiones
indexicales (Bar-Hillel, 1954) o de otras formas (Gale, 1967). Al mis­
mo tiempo, las ideas de Peirce han influido en el punto de vista
de algunos lingüistas, hasta el punto de que la teoría gramatical
«debe tener su punto de mira en... la teoría de la conversación, y
que tanto la deixis como la referencia pronominal se han estudiado
como parte de aquella teoría» (Fillmore, 1972, pág. 275). La deixis
es un fenómeno bien conocido por los lingüistas (Frei, 1944; Bursill-
Hill, 1963), en especial como shifter —un m ot juste acuñado por
Jespersen en 1922 (1964), cuya idea fue difundida, entre otros, por
Sturtevant (1947, págs. 135 y sig.), Jakobson (1963), y especialmen­
te Fillmore (1973) en su admirable serie de ensayos sobre lo espa­
cial, lo temporal, el discurso orientado y sobre el anclaje social deíc-
tico de declaraciones en «el mundo real».
En uno de sus ejemplos más importantes, Peirce recuerda que
la huella del pie que Robinson Crusoe encontró en la arena fue ín­
dice para él de la presencia de alguna criatura. De igual manera,
animales de todo tipo dejan su impronta cada noche en los cam­
pos: huellas y rastros «de inmensa variedad, a menudo maravillo­
samente nítidos». Estas «historias escritas en códigos de huellas»
obligan a «la identificación del campo» y han sido bellamente des­
cifradas por naturalistas tan experimentados en este ámbito como
Ennion y Tinbergen (1967, pág. 5); sus meticulosas fotografías de
huellas e impresiones forman una colección imponente de signos
indexicales en el sentido más literal e inmediato.
La tan conocida configuración del labio de los indios cuna de
Panamá, como Sherzer analizó (1973), nos proporciona un claro
ejemplo de integración cultural de un sencillo acuerdo unificado
entre un índice verbal y uno no verbal. Su descripción nos muestra
también que, mientras que el índice constituye una categoría mar­
cada en oposición al signo, el labio de los cunas permanece sin marca
en su función focal indexical, en oposición a aquellas formas aumen­
tativas que han adquirido significados periféricos.
Una pequeña familia de pájaros cerófagos picarianos, una es­
pecie común cuyo nombre científico es Indicator indicator (nomen
est ornen?) son los conocidos guías-de-la-miel. Estos pájaros han
desarrollado una destacada relación simbiótica con ciertos mamí­
feros, mandriles y humanos a través del empleo de un enlace pura­
mente indexical: conducen a sus simbióticos a la proximidad de los
nidos de las abejas salvajes. El pájaro, guía es fundamentalmente
delofónico, pero con elementos delotrópicos también: un presunto
pájaro guía irá hacia una persona y parloteará hasta que le sigan,
pero se mantendrá fuera de la vista de su perseguidor la mayor par­
te del tiempo. Aunque su vuelo descendente sea llamativo, con sus
blancas plumas de la cola desplegadas completamente, el guía de
la miel «indica», mediante una serie repetitiva de notas chirrian­
tes, que desciende sólo cuando ve u oye el zumbido de abejas vo­
lando, cuyos nidos, por supuesto, son el blanco (Friedmann, 1955).
La teoría de la explotación de las abejas obreras (Apis mellife-
ra) como fuente de alimento ha sido descrita (Frisch, 1967) y pon­
derada por muchos científicos, incluyendo semióticos y lingüistas.
Se sabe que si la fuente de alimento está a más de cien metros, el
movimiento de la cola comunica, entre otras formas de informa­
ción, la dirección de la meta. Se utiliza el sol como punto de refe­
rencia. Si la abeja danza sobre una superficie horizontal, «la direc­
ción del movimiento apunta directamente a la meta», es decir, el
signo és indexical (el ritmo «indica» la distancia de forma análoga:
cuanto más lejos de la meta, menos ciclos de la danza en un tiem­
po dado). Si, por el contrario, la danza tiene lugar sobre un panal
de superficie vertical —como es el caso, por regla general, de las
colmenas oscuras— entonces «la abeja que danza cambia el ángu­
lo solar por uno no gravitacional» (si la dirección de la carrera apun­
ta hacia arriba, es indicativo de que la fuente de alimento está en
la dirección del sol, si hacia abajo, frente al sol, si 60° a la izquier­
da hacia arriba, 60° a la izquierda del sol y así sucesivamente)
(Frisch, 1967, págs. 230 y sig.). Si se trata de un panal vertical, es
decir, cuando se utiliza un ángulo con respecto a la gravedad como
orientación de la entrada, el signo deja de ser un índice: su aspecto
simbólico pasa a ser ahora el predominante.

Símbolo

Se llama símbolo a un signo sin semejanza ni contigüidad, sino
solamente con un vínculo convencional entre su significante y su
denotado, además de con una clase intencional para su designado.
La característica «vínculo convencional» —atribuida al «carácter
imputado» de Peirce— es presentada, por supuesto, para distinguir
el símbolo tanto del icono como del índice, mientras que la carac­
terística «intensión» se utiliza para distinguirla del nombre. La opo­
sición lógica entre intensión (llamada a veces «intensión objetiva»
y con frecuencia «comprensión») y extensión ha sido descrita en
multitud de ocasiones y de forma muy variada desde el año 530
a.C. hasta nuestros días (Carnap, 1956, pág. 18; Stanosz, 1970). Para
nuestros fines, una clase conocida como intensional es la definida
por el uso de una función proposicional: los denotados de la desig­
nación son definidos en términos de propiedades compartidas por,
y únicamente por, todos los miembros de esa clase, sean conocidos
o no (Reichenbach, 1948, pág. 193). Según la terminología de Le-
wis (1946, pág. 39), la intensión se refiere a la «conjunción de to­
dos y cada uno de los términos que deben ser aplicados a todo aque­
llo a lo que el término deba ser aplicable».
Es cierto que «símbolo» es el término del que más se ha abusa­
do de todos los que aquí hemos sometido a consideración. Conse­
cuentemente, ha tendido, o bien a estar recargado, incluso de for­
ma grotesca, o, al contrario, a ser reducido a los modos más
generales de los fenómenos conductistas, o, lo que es más, a la nu­
lidad del absurdo. Pocos y breves ejemplos ilustrativos de ambas
tendencias serán suficientes; pretenden simplemente subrayar la ne­
cesidad de una ulterior clasificación conceptual.
Muchos de los epígonos de Cassirer, o al menos aquellas teo­
rías que indirectamente están influenciadas por su filosofía, se ca­
racterizan por una generalización injustificadamente extendida del
concepto de forma simbólica (Sebeok, 1973a, pág. 189). En la an­
tropología cultural un ejemplo digno de mención es el de Leslie Whi-
te (1940, pág. 454), quien escribió en cierta ocasión: «La conducta
humana es conducta simbólica, la conducta simbólica es conduc­
ta humana. El símbolo es el universo de la humanidad... el eje del
mundo y el medio, la forma de participar de él es el símbolo». Esta
hipérbole fue muy bien reflejada y expuesta por el fundador de la
Sociedad Internacional para el Estudio de los Símbolos, de la que
además fue fiel seguidor (Kahn, 1969).
Según el psicólogo Kantor (1936, pág. 63), «el término símbolo
surgió para nombrar todo aquello que los psicólogos denominan
estímulo». Uno puede preguntarse hasta qué punto dicho término
está extendido y es redundante entre los científicos cognitivos.
Aunque el término está también incluido en el útil glosario de
Cherry (1966, pág. 309), le sigue inmediatamente esta extraña re­
nuncia: «Evitamos el término símbolo tanto como nos es posible
en este libro». De hecho, los lingüistas siempre han tendido a evi­
tar el término, con sólo algunas excepciones (Landar, 1966; Chao,
1968).
Un buen número de subespecies importantes de símbolo —cuyo
significado semiótico raras veces ha sido analizado correctamente—
siguen siendo utilizadas, al menos en lo que al inglés contemporá­
neo se refiere. Estos términos subordinados, de intensión creciente,
incluyen: alegoría, insignia, marca, emblema (en heráldica), señal
y estigma (siempre que no sea considerado como síntoma, como
en la expresión venous stigmata que sugiere exceso de alcohol) (Goff-
man, 1963, págs. 1-2).
Echemos un vistazo sólo a uno de ellos: el emblema. Está claro
que su distribución debe estar más restringida que la de su inme­
diato superior en la jerarquía: así podemos decir que la hoz y el
martillo eran el símbolo o emblema del Partido Comunista, o bien
la Torre Eiffel el de París, pero no podemos decir que H20 sea un
emblema químico.
Siguiendo la propuesta de David Efron en 1941 (1972), Ekman
y Friesen (1969, pág. 59) reintrodujeron y perfeccionaron la noción
de emblema:

Los emblemas se diferencian de la mayoría de las conductas verba­
les, fundamentalmente en lo que a su uso se refiere, y particularmente
en su relación con la conducta verbal, en la conciencia y la intenciona­
lidad. Los emblemas son aquellos actos no verbales que tienen traduc­
ción verbal directa, o figuran en los diccionarios. Constan, por regla
general, de una o dos palabras o incluso de una frase completa. Esta
definición verbal o traducción del emblema es bien conocida por to­
dos los miembros de un grupo, clase o cultura... Las personas son casi
siempre conscientes del uso de sus emblemas, es decir, saben en qué
momento están utilizando un emblema, pueden repetirlo si así se les
pide y se harán responsables de él a nivel comunicativo.

Sólo tienen en cuenta los emblemas no verbales, y además con­
ciben el emblema en la mayoría de las ocasiones como un símbolo
muy formalizado en la línea de la modalidad visual. Sin embargo
no tiene por qué ser siempre así. Lévi-Strauss ha sugerido (en una
comunicación personal) que ciertas genealogías de individuos bien
conocidos de ciertos antepasados africanos pueden ser considera­
das como emblemáticas. Tales actos verbales podrían fácilmente te­
ner cabida en la anterior formulación, como quizá la pudo tener
el uso decididamente más idiosincrásico de Hollander (1959) en co­
nexión con la métrica.
Debería quedar claro, a pesar de estos escasos párrafos, que el
Wortfeld del símbolo es muy complejo y que el emblema y sus con­
géneres deben esperar un dominio lexicográfico muy correcto por
parte del término inmediatamente dominante, el símbolo, como to­
talidad.
A menudo se afirma que los símbolos son propiedad exclusiva
de los seres humanos, pero los organismos también son capaces de
formar conceptos de tipo intencional (Jacob, 1974, pág. 319) en fi­
logénesis, y tienen la habilidad de construir universales a partir de
particulares, como lo demostraron las sólidas racionalizaciones ma-
temático-neurológicas de Pitts y McCulloch (1947, véase Arbib,
1971). De acuerdo con ambas definiciones tanto el signo que aquí
nos ocupa como las definiciones aristotélicas más comunes se ba­
san en la doctrina de la arbitrariedad, promovida en lingüística es­
pecialmente por Whitney y Saussure (Engler, 1962; Coseriu, 1967),
de que los animales tienen sin lugar a dudas sus signos. He habla­
do anteriormente de la importancia del movimiento de la cola en
los perros, gatos y caballos (Haldane, 1955, pág. 387; Sebeok, 1973a,
pág. 196); este grupo de ejemplos se podría ampliar fácilmente:
cuando un burro está asustado pone la cola tiesa hacia atrás, mien­
tras que en los mandriles el miedo se manifiesta poniendo la cola
vertical. No obstante, lo contrario no tiene por qué ser necesaria­
mente cierto: «la madre de un joven mandril puede poner la cola
vertical no por temor, sino para ayudar a su cría a balancearse so­
bre su espalda; y la cola también puede estar en posición vertical
mientras su propietario esté siendo acariciado en esa zona» (Ro-
well, 1972, pág. 87). Según Altmann (1967, pág. 376), con «pocas
excepciones, las señales semánticas sociales que se han estudiado
en los primates son hasta ahora representaciones arbitrarias». De
forma más general y de acuerdo con Bronoswki (1967, pág. 376)
«es posible creer que debido únicamente a que los seres humanos
piensan con símbolos arbitrarios, también son los únicos que los
utilizan al hablar. Pero, una vez más, no es así» (véanse también
Malson, 1973 y Lurker, 1968, pág. 4).
Otro ejemplo de símbolo en la conducta animal sería el de los
insectos de la familia carnívora Empididae. En una especie de los
dípteros de esta familia, el macho ofrece un globo vacío a la hem­
bra antes de la copulación. El origen evolutivo, es decir, la crecien­
te ritualización (Huxley, 1966) de este gesto aparentemente estrafa­
lario ha sido analizado minuciosamente por los biólogos, aunque
este tratamiento es irrelevante en una perspectiva sincrónica: el he­
cho es que el regalo de un balón vacío es un signo completamente
arbitrario; su transferencia reduce simplemente la probabilidad de
que el mismo macho sea presa de su compañera hembra.

Nombre

Se llama nombre a un signo que tiene una clase extensional para
su designado. Según esta definición, los individuos denotados por
un nombre propio, como por ejemplo «Verónica» no tienen atri­
buida una propiedad común excepto el hecho de que todas ellas
responden a «Verónica». Una definición extensional de clase es la
que viene dada por «la enumeración de los nombres de sus miem­
bros, o bien por el hecho de señalar a cada uno de sus miembros
sucesivamente» (Reichenbach, 1948, pág. 193); o, como Kecskeme-
ti (1952, pág. 130) observó, «considerado en términos de su inten­
sión... un nombre es simplemente un espacio en blanco, a menos
que y hasta que sea sustituido por una descripción referente al mis­
mo objeto», es decir, «Verónica la del pañuelo», santa Verónica,
etc... (véase también Sorenson, 1963).
Cuando la significación de un signo permite un único denota­
do se dice que es singular. Los signos singulares, incluyendo los nom­
bres propios, pertenecen a un modo de significación que Morris
(1971, págs. 76 y sig.) ha denominado namors, «que son símbolos
de la lengua». Los namores son miembros de una misma familia
de signos, llamados «identificadores» a la que pertenecen otras dos
categorías: los indicadores, dependientes no lingüísticos de los na­
mores, y los descriptores, «identificadores que describen una situa­
ción». Husserl considera (1970, pág. 341 y sig.) que el nombre de
una persona es generalmente unívoco (eindeutig), aun cuando po­
dría, por azar, ser plurívoco (mehrdentig). Los individuos huma­
nos son identificados por namores verbales fiables, es decir, un nom­
bre personal o (en Estados Unidos desde 1935) un único número
de registro de la Seguridad Social; o bien por multitud de indica­
dores no verbales, «el medio a través del que una persona o un ca­
dáver pueden ser reconocidos, incluso en aquellos casos en que la
persona intente engañar expresamente» (Wilder y Wentworth, 1918,
pág. 5).
Se sabe que todos los animales emiten «identificadores» cons­
tantemente. Lo hacen identificando su fuente de una o más for­
mas: como para las especies, las condiciones de reproducción, el
lugar en el espacio o en el tiempo, están socialmente jerarquizadas
de modo pasajero (Sebeok, 1972a, pág. 130). Además, las socieda­
des mejor organizadas entre los vertebrados se distinguen por un
simple rasgo, tan decisivo por sus consecuencias que las demás ca­
racterísticas parecen derivarse de él. Wilson (1971, pág. 402) señala
que existe una distinción básica entre las sociedades impersonales
formadas por los insectos, por una parte, y las sociedades «perso­
nales» encontradas entre los pájaros y los mamíferos, por otra, y
que este atributo es el reconocimiento de la identidad individual,
característica propia de círculos pequeños en relación con grandes
formas de socialización propia de los jóvenes y que tiene como co­
rolario un alto grado de cooperación mutua entre los adultos. Cada
miembro de esta sociedad «tiene alguna relación particular con to­
dos los demás miembros», y por esta razón se da a conocer a todos
los demás como único. Unido a los esfuerzos por establecer y man­
tener la necesaria red de vínculos sociales «personales» múltiples,
encontramos el desarrollo de una forma íntima de comunicación,
que incluye necesariamente el uso de signos de soporte apropiados:
así, la noción de «unicidad» implica la manifestación de indicado­
res o, en terminología de Goffman (1963, pág. 56), identity pegs.
La literatura sobre la comunicación de los vertebrados da por
sentado —al menos ex hypothesi— que los indicadores (es decir,
sus propios nombres) están universalmente incorporados a los men­
sajes de los pájaros y los mamíferos (Smith, 1969a, 1969b). Thorpe
(1967) demostró que cuando un compañero está ausente, el pájaro
que queda emitirá sonidos reservados para el compañero con la fi­
nalidad de que dicho compañero vuelva tan rápidamente como si
se le hubiera llamado por su propio nombre. Hay multitud de ejem­
plos específicos entre las diferentes variedades de vertebrados, en­
tre los que se incluyen los caninos y los felinos, los primates (Lawick-
Goodall, 1968; Rowell, 1972) y los mamíferos marinos. Los soni­
dos emitidos por las ballenas también son considerados signatures
(Backus y Schevill, 1966), quizá por analogía con los signature-tunes
de los pájaros.

Sobre el ser, la conducta y la transformación de los signos

En este capítulo se han manejado media docena de posibles re­
laciones seleccionadas empíricamente entre el significante y los com­
ponentes del significado de los signos. También se tratan ciertos pro­
blemas concomitantes con las definiciones ofrecidas, en particular,
cuando éstas puedan tener relación con su clasificación. La discu­
sión se ha centrado en torno al ser de un signo, o a su estructura,
es decir, a su estado permanente en sentido sincrónico; el foco de
la investigación recayó sobre el campo de la significación. Una de­
finición estructural del signo es analítica, intrínseca y estática; uti­
liza tipos de asociaciones inherentes, de hecho o virtualmente, a la
arquitectura del signo en sí mismo.
Todo lo expuesto debería ser complementado con un examen
más profundo sobre la conducta del signo, o sobre su función, una
inquietud repetida a lo largo de una tendencia secular. La defini­
ción funcional de signo es pragmática, extrínseca aunque dinámi­
ca; está basada en variaciones en diferentes puntos nodales de un
modelo derivado del proceso comunicativo, como fue descrito, por
ejemplo, en el triángulo de Morley (Sebeok, 1972a, pág. 14). Wells
(1967, pág. 103) ha afirmado que «la semiótica tiene dos grupos
de afinidades. Está relacionada, por una parte, con la comunica­
ción, y, por otra, con el significado».
La cuestión de la transformación de los signos, o su historia,
que representa cambios acumulativos en la sección longitudinal del
tiempo, nos presenta múltiples consideraciones en el plano de la
diacronía. Éstas son de dos tipos diferentes: las que tienen que ver
con la evolución de los signos en filogenia, en una palabra, con su
ritualización (Huxley, 1966); y las que tienen que ver con su elabo­
ración en ontogenia. El estudio de las primeras requiere la cola­
boración de la etología con la semiótica; la investigación de las se­
gundas pertenece al avanzado campo de la psicolingüística.
Resumiendo, aunque la semiótica sea considerada en la mayor
parte de las ocasiones como una rama de las disciplinas de la co­
municación, los criterios que debemos perseguir a la hora de tra­
bajar en la línea de una comprensión razonablemente holística de
los signos se derivan de estudios tanto de la significación como de
la comunicación (noumena y phenomena) y deben además estar
conformes con los hallazgos de las investigaciones de la etología
y de la psicología evolutiva.

Aplicación de la Ley de variación inversa

Hemos distribuido los términos signo, símbolo, emblema e in­
signia en el orden de la subordinación, cada término a la izquierda
es género de su subclase de la derecha, y cada término a la derecha
es especie de su género de la izquierda. De esta forma, la denota­
ción de estos términos decrece: por ejemplo, la extensión de «sím­
bolo» incluye la extensión de «emblema», pero no a la inversa. Tam­
bién la intensión convencional de cada término aumenta: la intensión
de «emblema» incluye la intensión de «símbolo». A veces, sin em­
bargo, la variación de la intensión no va acompañada de ningún
cambio en la extensión: de esta manera, en la secuencia, «signo»,
«símbolo», «presentimiento», «augurio» y «presagio», la extensión
del último par de términos es, dentro del universo semiótico del dis­
curso, materialmente la misma. Esto implica que si una serie de ca­
tegorías semióticas está organizada en orden de intensión crecien­
te, la denotación de los términos habrá disminuido o bien
permanecerá idéntica, como estaba.

Un dominio léxico

Además de las seis especies de signos descritas aquí, hemos he­
cho alusión a gran variedad de términos, entre los que destacamos:
alegoría, insignia, marca, descriptor, recurso, diagrama, demostra­
ción, efigie, emblema, identificador, señas de identidad, indicador
de imagen, distintivo, señal, metáfora, namor, firma, estigma y sin-
drome. Sin duda, éstos y un gran número de términos afines —es­
pecialmente los presentados por Peirce (2, págs. 254-263) y Morris
(1971, págs. 20-23)— necesitarían un tratamiento diferente, a pesar
de la observación de Revzina (1972, pág. 231) de que sería mucho
más natural tratar las definiciones de los signos «como un intento
de interpretación lexicográfica de los correspondientes conceptos
de la lengua».

La ubicuidad de los signos

Como ya señaló el zoólogo inglés R. J. Pumphrey, hay dos es­
cuelas de pensamiento en relación al desarrollo de la lengua (véase
Sebeok, 1972a, pág. 88). Una de ellas afirma que el habla humana
es diferente de la de los otros animales en cuestiones materiales,
pero que ambas están unidas por el nexo de la evolución (teoría de
la continuidad). La otra postura defiende que el habla es un atri­
buto específicamente humano, una función de novo, distinta en clase
de la que cualquier otro animal pueda ejercitar (teoría de la dis­
continuidad). Sin estar a favor ni de una ni de otra, hay algo que
deberíamos enfatizar por encima de todo: es esencial adoptar una
estrategia de investigación que compare los sistemas de comunica­
ción humana y animal para así adquirir una visión más significati­
va sobre la naturaleza y ubicuidad de la semiosis.
3. Signos sintomáticos

En el capítulo anterior señalamos que el síntoma es un signo
rudimentario en intrínseca conexión con los procesos corporales.
Los síntomas fueron los primeros signos examinados por los prac­
ticantes de la medicina del mundo antiguo; su estudio condujo a
la fundación de la semiótica como una rama de la ciencia médica.
En este capítulo me centraré más detenidamente en los signos sin­
tomáticos.
Ullmann (1951, pág. 161) distinguió cuatro ramas yuxtapuestas
del estudio de la palabra: «1) la ciencia de los nombres (lexicología
si se trata de un estudio sincrónico, etimología si diacrónico); 2)
la ciencia del significado (semántica); 3) la ciencia de la designa­
ción (onomasiología); 4) la ciencia de los conceptos (Begriffsleh-
re)». Aunque la distinción entre designación y significado no sea
muy clara, consideraré que esta alteración depende de si el punto
de partida es el nombre, el lexema, o, más generalmente, el signo;
o si lo es el concepto o, más generalmente, el objeto, es decir, la
constelación de propiedades y parentescos por los que está el sig­
no. En el primer caso, el análisis desde la perspectiva de la semióti­
ca debería interesarse por este tipo de cuestiones: ¿qué significa un
signo dado en contraste y oposición a otro signo cualquiera dentro
del mismo sistema de signos? En el segundo caso, el análisis debe­
ría revelar un signo mediante el cual una entidad dada es designa­
da dentro de un cierto sistema semiótico. De acuerdo con Ullmann,
la segunda investigación es la piedra angular de la distinción, pero
ambas posturas son complementarias. En cualquier caso, la totali­
dad de la empresa depende de cómo el investigador analice la antí­
tesis signo/objeto (aliquid/aliquo) y de qué implica la conyuntiva
stands fo r (representar, significar) en el juicio del investigador. La
prueba se complica cada vez más, pero también se hace más intere­
sante, cuando el campo lexical que está siendo explorado (Bedeu-
tungsfeld?, Sinnfeld?, Wortfeld?) se convierte en reflexivo, es decir
en autoinvestigable. Tal es el caso de los signos sintomáticos. Un
examen de este tipo de signo puede iniciarse en el campo del léxico,
si es contemplado como un nombre, o en el campo exterior de la
experiencia clínica, si es tenido en cuenta como un sentido.

El significado del síntoma

Uno podría muy bien preguntarse: ¿qué significa el lexema sín­
toma en ciertos lenguajes; o qué designa el mismo lexema, es decir,
qué revela como indicación de un diagnóstico, digamos que con res­
pecto a una cualidad real de «enfermedad» (Fabrega, 1974, pág.
123), que Crookshank (en Ogden y Richards, 1923, pág. 343) des­
cribió como «una substancia misteriosa que tiene propiedades bio­
lógicas y que produce síntomas»? Al final, los resultados de tales
investigaciones dicotómicas se unen en una síntesis dialéctica co­
mún. Para nuestros propósitos, la lengua elegida es el inglés ameri­
cano. Sin embargo, el campo semántico del «discurso médico» que
está centrado típicamente en el interior de conjuntos más extensos
de estructuras concéntricas (Labov y Fanshel, 1977, págs. 36 y sig.),
es tratado aquí, mutatis mutandis, de forma similar al de cualquier
otra comunidad del habla confiada al paradigma de la teoría mé­
dica y la práctica «en el contexto de la gran tradición» (Miller, 1978,
pág. 184) del pensamiento marcada por una continuidad que une
las medicinas modernas con la idea del insomnio lanzada por el
brillante Alcmeón de Crotona durante la primera mitad del siglo
v a.C. Esta herencia fue consolidada más tarde por Hipócrates
—considerado, al mismo tiempo, «padre de la medicina» (Heidel,
1941, pág. xm) y «padre y maestro de la semiótica» (Kleinpaul, 1972,
pág. 103)— después por Platón, Aristóteles, y por los físicos ale­
jandrinos del siglo iv a.C. También han aparecido estudios muy in­
teresantes del síntoma en la literatura semiótica (Baer, 1982) y en
la literatura médica (Prodi, 1981), acometidos por sabios que co­
nocen todo lo relacionado con otros campos tan bien como el suyo
propio (véase también Staiano, 1979). No deberíamos olvidar, sin
embargo, la advertencia de Mounin (1981) en contra de una aplica­
ción mecánica (especialmente lingüística) de los conceptos de la se­
miótica a la medicina (en especial en psiquiatría).
El síntoma aparece siempre en conexión con el signo, pero la
naturaleza precisa del vínculo no es tan obvia (como en MacBryde
y Blacklow, 1970 o Chamberlain y Ogilvie, 1974). Los hechos se-
miósicos básicos fueron descritos perspicazmente por Ogden y Ri­
chards (1923, pág. 21):

Si estamos en la proximidad de un cruce y observamos a un peatón
delante de un anuncio To Grandchester exhibido en un poste, general­
mente distinguimos tres factores importantes en la situación. Hay, es­
tamos seguros, 1) un signo que 2) se refiere a un lugar y 3) que está
siendo interpretado por una persona. Todas las situaciones en las que
los signos son considerados, son similares a ésta. Un médico al obser­
var que su paciente tiene fiebre y otros síntomas asociados, va a diag­
nosticar que está enfermo de gripe. Al expresarnos de esta manera, no
dejamos suficientemente claro el hecho de que también aquí nos en­
contramos con signos. Incluso cuando hablamos de síntomas no pen­
samos en que éstos están estrechamente ligados a otros grupos de sig­
nos. Pero si decimos que el doctor interpreta la temperatura como un
signo de gripe, podríamos preguntarnos, de todos modos, si hay algo
en común entre la manera en que el peatón trató el objeto en el cruce
y el modo en que el doctor trató el termómetro y el enrojecimiento del
rostro de su paciente.

La relación del signo con el síntoma implica o bien coordina­
ción o bien subordinación. Si la distinción es entre coordinados,
lo que importa no es su significado inherente, sino el mero acto de
la oposición binaria entre las categorías emparejadas. Todo esto fue
bellamente expuesto por dos médicos, Shands y Finesinger (Shands,
1970, pág. 52) en un ensayo sobre una investigación del síntoma
de la «fatiga»:

El detenido estudio de... pacientes, hizo necesario diferenciar cui­
dadosamente entre «fatiga», un sentimiento, y «debilidad», un des­
censo observable de la actividad que sigue a un esfuerzo prolongado.
La distinción viene a ser la misma que entre síntoma y signo. El sínto­
ma se siente, el signo es observado por otra persona. Estos dos térmi­
nos abarcan el amplio campo de la semiótica; con frecuencia se con­
funden, y se intercambian los términos sin previo aviso.

Este pasaje subraya la importancia de separar «el mundo priva­
do» de la introspección relatada por la descripción de los síntomas
por parte del paciente, del mundo público de los signos presenta­
dos por la descripción de una conducta por parte del médico. Como
se apuntó en otro lugar: «Es peculiaridad de los síntomas que sus
denotados sean generalmente diferentes del emisor, el paciente (“ sín­
tomas subjetivos”, llamados erróneamente “ signos” por muchos
médicos) y el destinatario, el médico que hace el examen (“ sínto­
mas objetivos”, o simplemente “ síntomas” )» (Sebeok, 1976, pág.
181). Destacamos que únicamente un solo observador —a saber,
uno mismo— puede relatar acontecimientos sintomáticos, mientras
que un número indefinido de observadores —incluyendo a uno
mismo— puede observar los signos. Por consiguiente, en esta lí­
nea, es importante destacar el hecho de que situaciones de soledad
como característica normativa distintiva demarcan cualquier sín­
toma de cualquier signo (Sebeok, 1979). Los síntomas podrían así
ser leídos como communiqués recónditos sobre el mundo interior
de un individuo, una interpretación que a veces adquiere ese esta­
do de elaborada metáfora oculta. Por ejemplo, el desorden en la
alimentación de la anorexia nerviosa podría parecemos razonable­
mente descifrable debido a su argumentación «me estoy muriendo
de hambre (emocionalmente) para morir». Se cree que sus sínto­
mas provienen de relaciones familiares problemáticas y de dificul­
tades interpersonales (Liebman, Minuchin y Baker, 1974a, 1974b).
Un signo palpable de esta enfermedad es, por supuesto, la fobia
al peso, mensurable como disminución de la masa del paciente.
La distinción crucial entre fatiga y debilidad es similar a la de
la ansiedad como síntoma que se siente y la desintegración con-
ductista que se produce muy a menudo en situaciones de pánico.
El último es un signo, no un síntoma (Shands, 1970). El encubri­
miento que aquí se ejemplifica está relacionado con la noción de
Uexküll (1982, pág. 209) que se mantiene tanto en la vida como
en las ciencias del signo «interior» y «exterior». Para mí la impli­
cación básica de todo esto es la siguiente: «Algo observado (= ex­
terior) está por algo que es (hipotéticamente) observado por los su­
jetos observados (= interior). O bien algo dentro del sistema de
observación está por algo dentro del sistema observado» (Uexküll,
1982, pág. 209). Esta relación complementaria es obligatoria para
cualquier comunicación, porque el organismo y su Umwelt juntos
constituyen un sistema. El cambio desde los procesos fisiológicos
hasta la semiosis es una consecuencia del hecho de que el observa­
dor asume una postura hipotética dentro del sistema observado
(Bedeutungseríeilung-Bedeuiungsverwertung).
Para el síntoma existen sinónimos de carácter o muy estricto o
poco exacto. Entre los primeros, el que parece ser más utilizado,
(Elstein y otros 1978, pág. 279) es el que generalmente sólo admite
una entrada. Aunque no está definido, su significado queda bas­
tante claro en pasajes tales como «las entradas fueron interpreta­
das por los médicos como tendentes a confirmar o no confirmar
una hipótesis, o sencillamente como no contribuyentes a tales efec­
tos». Fabrega (1974, pág. 126) parece preferir indicador, pero lo uti­
liza indistintamente tanto para síntoma como para signo; y cuando
afirma que «todos los indicadores pueden ser utilizados para po­
der opinar sobre la enfermedad», seguramente se refiere a ambas
categorías. La palabra indicio, sin embargo, es un sinónimo menos
preciso para síntoma: en el habla en general, mientras síntoma se
utiliza en el discurso médico, indicio se utiliza más en el campo de
la investigación policial (Sebeok, 1981a, Eco y Sebeok, 1983).
En la asociación minimalista, signo y síntoma son equivalen­
tes: no se pueden distinguir el uno del otro (Waugh, 1982). A veces,
sin embargo, el síntoma engloba tanto al «signo objetivo como al
signo subjetivo» (Staiano, 1982, pág. 332). En otra tradición, e\ sín­
toma es un simple fenómeno «qui précisément n’a encore rien de
sémiologique, de sémantique», o es considerado en plena decaden­
cia (por ejemplo, en la terminología de la glosemática) dentro del
área de la articulación del contenido, la substance du signifiant, fi­
gura operacionalmente diseñada y que se eleva a un estatus semió­
tico completo solamente a través del conocimiento del médico y la
mediación del lenguaje (Barthes, 1972, págs. 38 y sig.). Sin embar­
go, todavía se producen otros tipos de acuerdos radicalmente opues­
tos en literatura. En el modelo organon de Bühler (véase Sebeok
1981b), el síntoma consta, sin embargo, de uno de los tres «mo­
mentos variables» capaces de elevarse «de tres modos diferentes a
la categoría del signo». Son: la señal y el símbolo, así como el sín­
toma. Bülher (1934, pág. 28) especifica más detenidamente que la
relación semántica de estas últimas funciona «por razón de su de­
pendencia del transmisor, cuya interioridad expresa». Bühler su­
bordina claramente este trío de palabras bajo una y la misma Ober-
begriff Zeichen. Debemos destacar también que la primera mención
de Bühler de síntoma está inmediatamente seguida por un conjun­
to explicativo de supuestos sinónimos: Anzeichen, Indicium. Así,
al reconocer la importancia de la noción de aislamiento como una
característica inmarcada esencial del síntoma, Bühler reconoce que,
mientras esté coordinado con otros dos términos, está también su­
bordinado a la noción genérica (inmarcada) de signo, a saber, aquel
tipo de signo que ya Peirce, sin saberlo Bühler, había definido con
mucha más exactitud como «índice».

El punto de vista de Peirce

A pesar de sus vastos conocimientos de medicina (Sebeok,
1981a), Peirce no solía hablar de síntoma (aunque sí de síndrome,
diagnosis, prognosis, etc.). Para él, un síntoma era un tipo de sig­
no. En un pasaje muy interesante del diccionario, lemma, «repre­
sentar», define: «estar por, es decir, estar en relación tal con otros
que para ciertos propósitos es tratado por una mente como si fuera
otra. Así, portavoz, diputado, abogado, agente, vicario, diagrama,
síntoma, opuesto, descripción, concepto, premisa, testimonio, todos
representan algo más, en algunas de sus acepciones, para aquellas
mentes que lo consideren de esa forma» (Peirce, 2, pág. 273).
Para Peirce, sin embargo, un síntoma nunca fue algo de una es­
pecie distinta de la del signo, sino una simple subespecie de és­
te, es decir, el índice —o algo secundario de grado genuino (en
contraste con un pronombre demostrativo, que ejemplifique la se-
cundariedad de la naturaleza degenerativa)— de una de sus tres ca­
tegorías canónicas. ¿Pero qué clase de signo es? Peirce, (2, pág. 304)
nos ofrece un ejemplo al que yo preferiría denominar pista: «Es
parecido, por ejemplo, a una zona marcada con un agujero de bala,
como signo de un disparo; sin disparo no habría habido un aguje­
ro. Pero allí hay agujero en el momento en que a alguien se le ocu­
rra atribuirlo a un disparo». La cuestión fundamental es que el ca­
rácter indexical del signo no se manifestaría si no hubiera ningún
interpretante, o no lo haría sólo si su objeto fuera eliminado. Un
índice es un tipo de signo que llega a serlo gracias a estar conecta­
do realmente con su objeto (es decir, objetivamente): «como un sín­
toma de enfermedad» (Peirce, 8, pág. 119). Todos los «síntomas de
enfermedad», además «no tienen palabras», como también sucede
con los «signos del tiempo atmosférico» (8, pág. 185). Tenemos un
índice, prescribió Peirce en 1885, cuando hay «una relación dual
del signo con su objeto, independientemente, de la mente que está
utilizando el signo... Todos los signos naturales y los síntomas físi­
cos participan de esta naturaleza» (3, pág. 361).
Otro detalle opcional complementario digno de mencionar es
lo que Peirce llama «la aparición del síntoma de una enfermedad...
un legisigno, un tipo general de carácter definido» pero «la apari­
ción en un caso particular es un sinsigno» (8, pág. 335), es decir
una señal. Algún que otro críptico comentario lo refuerza: «A un
signo que permite pensar que algo es verdad, prefiero darle el nom­
bre de 11símbolo”', aunque las palabras señal y síntoma también se
remiten la una a la otra». Staiano (1982, pág. 331) está indudable­
mente en lo cierto cuando observa que «la aparición de un síntoma
en un individuo es un sinsigno indexical, mientras que el sínto­
ma interpretado aparte de su manifestación se convierte en un legi­
signo indexical».
Los síntomas, según Peirce, son índices inconscientes, interpre­
tables a través de sus receptores sin el realismo de un transmisor
intencional. Jakobson (1971, pág. 703) también incluye los sínto­
mas en el punto de mira de la semiótica, pero advierte que «de­
bemos tomar firmemente en cuenta la diferencia decisiva entre la
comunicación que implica un destinatario real o simulado y la in­
formación cuyo origen no puede ser contemplado como un emisor
por el intérprete de las indicaciones obtenidas». Esta observación
encubre el hecho de que los síntomas sean reclamos del cuerpo pi­
diendo una explicación —para la construcción, per se, de un mo­
delo coherente e inteligible (que, por supuesto, puede ser o no ser
apropiado; véase Polunin, 1977, pág. 91). El dolor consta de un
síntoma que expresa un mensaje que obliga al sistema nervioso
central a influir sobre la conducta interior y la pública de manera
que ésta busque signos de dolor a través de la filogenia, la ontoge­
nia, hic et ubique. Miller (1978, págs. 45-49), a propósito de esto,
añade:

Desde el instante en que una persona reconoce por primera vez sus
síntomas hasta el momento en que se lamenta de ellos, siempre trans­
curre un intervalo, más o menos breve, dependiendo del caso, en el que
se pregunta a sí mismo si es conveniente comentar esta dolencia a al­
guien conocido, o a un experto... En un momento u otro todos noso­
tros hemos sido víctimas del dolor y del sufrimiento. Probablemente
hemos observado alteraciones del peso, la complexión y la función cor­
poral, cambios en la potencia, capacidad y deseo, innumerables cam­
bios de humor. Pero por regla general les damos un tratamiento simi­
lar al que le daríamos a las alteraciones atmosféricas.
Como vimos en el capítulo anterior, Peirce (4, pág. 351) afirmó
que la huella de Robinson Crusoe encontrada en la arena era índi­
ce «de que había alguna criatura en su isla» y que además un índi­
ce actúa siempre como un signo cuya dirección vectorial está orien­
tada hacia el pasado, o, como Thom (1980, pág. 194) observó, par
réversion de la causalité génératrice, que es lo contrario de causali­
dad física. La clase de los signa naturalia de san Agustín, definida
—en contraste con los signa data— por medio de la relación de de­
pendencia entre el signo y las cosas significadas {De Doctrina Chris-
tiana 2.1.2), además de su sentido ortodoxo (una erupción cutánea
como síntoma de maldad), está también ilustrada por las huellas
dejadas por un animal que escapa a nuestra vista, y que pretenden
ser consideradas como presagio o como, en su uso más general, una
evidencia (por ejemplo, como un viento del suroeste que puede sig­
nificar ambas cosas y traer la lluvia; es decir, saca a la superficie
su significado). De esta forma, los síntomas funcionan como ras­
tros en muchos aspectos —huellas, mordeduras, pequeñas canti­
dades de alimento, excrementos y orina, senderos, el chasquido de
las ramas, guaridas, restos de comida, etc.— en todo el mundo ani­
mal (Sebeok, 1976, pág. 133) y en tribus cazadoras en las que los
humanos «aprendieron a husmear, a observar, a dar significación
y contexto al más leve indicio» (Ginzburg, 1983). Las huellas, in­
cluyendo muy especialmente los síntomas, operan como metoni­
mias. Este tropo está también incluido en el pars pro toto, como
Bilz analizó extensamente (1940).

Síntomas y orígenes médicos de la semiótica

Es por supuesto Hipócrates quien se mantiene como la figura
emblemática ancestral de la semiótica —es decir, de la semiología,
en el sentido restringido de la sintomatología— aunque «tomó la
noción de indicio de los médicos anteriores a él» (Eco, 1980,
pág. 277). Baer (1982, pág. 18) alude a una «sintomatología román­
tica», que, según postula, podría haber sido «la original» al devol­
ver el ámbito «a una región de conciencia mítica». Alcmeón desta­
có, en uno de los escasos fragmentos de su libro: «Por lo que se
refiere a las cosas invisibles y a las cosas mortales, los dioses tienen
certezas; pero hasta donde los hombres puedan intervenir... los hom­
bres deben proceder por indicios» (Eco, 1980, pág. 281), es decir
por «conjeturas provisionales». ¿Y cuál será la base de tal inferen­
cia circunstancial? Es seguro que el concepto que siempre ha sido
fundamental es el de síntoma (Ginzburg, 1983).
Mientras Alcmeón es considerado como el fundador de la psi­
cología empírica, fue Hipócrates, profesor de medicina par excel-
lence (Temkin, 1973), quien rompió con la práctica médica arcaica,
en la que el médico se preocupaba por la naturaleza de la enferme­
dad, sus causas y sus manifestaciones, y la dirigió de nuevo hacia
la persona enferma y sus dolencias —en definitiva hacia los sínto­
mas de la enfermedad (Neuburger, 1906, pág. 196).
Para Hipócrates y sus seguidores los síntomas eran simples «fe­
nómenos significantes» (Heidel, 1941, pág. 62). Su consideración
de los síntomas como signos naturales —que tienen la facultad de
significar las mismas cosas en todo momento y lugar— fue de las
más amplias. Un temprano estudio de este tipo se encuentra en Prog-
nostic x x v de Hipócrates:

Debemos comprender con claridad, en relación a los signos segu­
ros y a los síntomas en general, que en todas las épocas y en todos los
lugares, los signos malos indican algo malo, y los signos buenos algo
favorable, puesto que los síntomas anteriormente descritos demuestran
que tienen el mismo significado en Libia, Délos y Escitia. En conse­
cuencia podemos comprender que en las mismas zonas no es extraño
que una cosa sea correcta en gran número de ejemplos si los aprende­
mos bien y sabemos estimarlos debidamente.

Previamente he recordado un ejemplo perdurable de su méto­
do, la descripción detallada de la famosa facies hippocratica (Se­
beok, 1979, págs. 6 y sig.); debemos citar también otro ejemplo de
Epidemics i (Heidel, 1941, pág. 129):

Las que a continuación se exponen fueron circunstancias relacio­
nadas con las enfermedades a partir de las cuales yo formé mis opinio­
nes, aprendiendo de la naturaleza común de todos y de la naturaleza
particular de cada individuo, desde la enfermedad, el paciente, el régi­
men prescrito y el prescriptor —para a partir de ellas emitir un diag­
nóstico más o menos favorable—; desde la constitución, no sólo como
una totalidad sino con respecto a las partes, del tiempo atmosférico
y de cada región; desde las costumbres, forma de vida, prácticas y edad
de cada paciente; desde el habla, modo, silencios, pensamientos, sue­
ño o su ausencia, naturaleza y duración de los sueños, ánimo, cicatri­
ces, lágrimas; desde irritaciones, orina, esputos, vómitos, anteceden­
tes de las repercusiones en cada miembro de las sucesivas enfermedades,
•y abscesos que están abocados hacia un desenlace fatal o hacia una
crisis, sudor, rigidez, escalofríos, tos, estornudos, hipo, respiración, eruc­
tos, flatulencias, silencio, ruido, hemorragias y hemorroides. A partir
de todas estas cosas debemos considerar cuáles serán sus consecuencias.
En La Ciencia de la Medicina, Hipócrates afirmó: «Aquello que
escapa de nuestra visión debemos visualizarlo con la mente, y el
médico que no sea capaz de ver la naturaleza de la enfermedad,
ni pueda recibir información sobre ella, debe recurrir a especular
a partir de los síntomas que se le presentan». Los medios mediante
los que se puede hacer un diagnóstico «consisten en la observación
de la calidad de la voz, si es clara o es ronca, el ritmo de la respira­
ción, si es acelerada o lenta, y de la formación de fluidos que ma­
nan de los orificios del cuerpo, teniendo en cuenta el olor y el co­
lor, así como su ligereza o viscosidad. Sopesando el significado de
todos estos signos es posible deducir de qué enfermedad son resul­
tado, qué ha sucedido en el pasado y pronosticar la evolución futu­
ra del mal» (Chadwick y Mann, 1950, págs. 87-89).
Sin embargo, fue Galeno, cuyo único ídolo era Hipócrates y cuya
medicina fue (en su totalidad) hipocrática, quien intentó emitir pro­
nósticos, factibles o no, con soporte científico, es decir, basando
sus previsiones en observaciones reales. Le fue posible hacerlo gra­
cias a sus disecciones y experimentos: mientras que Hipócrates es­
tudió la enfermedad como un naturalista, Galeno «se atrevió a mo­
dificar la naturaleza como científico» (Majno, 1975, pág. 396). «El
método empírico fue formulado por primera vez en la medicina an­
tigua» como expresión sistemática y detallada dentro del corpus hi-
pocrático (De Lacy, 1941, pág. 121), y llegó a formar parte de la
teoría de los signos para epicúreos y escépticos, en oposición a la
postura estoica racionalista. El tratado fragmentario de Filodemo
(c. 40 a. de C.) es con diferencia el estudio metodológico más com­
pleto descubierto (en la biblioteca Hercúlea) y más extensamente
elucidado hasta la fecha. Galeno, a pesar de toda su formación pla­
tónica, más tarde se vio «forzado por su profesión a ser más empí­
rico» (Phillips, 1973, pág. 174), incluso este investigador de mente
abierta, que continuó hablando con voz y autoridad de científico,
giró gradualmente hacia la mística dogmática (Sarton, 1954, pág.
59). No obstante, tiene que ser reconocido como el primer semióti-
co «científico».
La pluma de Galeno estaba tan ocupada como su escalpelo. En
el transcurso de sus excepcionalmente voluminosos escritos, clasi­
ficó la semiótica como una de las seis principales ramas de la me­
dicina, ordenación que tuvo especial importancia por su «efecto
en la historia de la medicina más reciente» (Phillips, 1973, pág. 172).
La fuerza del galenismo, como Temkin (1973, pág. 179) destaca,
«se basó en buena medida en el hecho de haber proporcionado las
categorías médicas... para relacionar al individuo con la salud y con
la enfermedad», incluyendo «la semiología (la ciencia de los sig­
nos)». Galeno también dividió el campo en tres partes perdurables:
en el presente, afirmó, su preocupación era la inspección, o diag­
nosis, en el pasado la cognición, o anámnesis (etiología), y en el
futuro la providencia, o prognosis. Su procedimiento clínico está
bien ilustrado por Sarton (1954, pág. 6):

Cuando un enfermo venía a consultarle, Galeno intentaría averi­
guar en primer lugar su historial médico y sus hábitos; haría pregun­
tas relacionadas con la extensión de la malaria y de otras enfermeda­
des. Después el paciente sería invitado a relatar la historia de sus nuevos
problemas, y el doctor le haría todas las preguntas necesarias para po­
der aclararlas y le haría los pocos exámenes que le fuera posible.

Galeno consideraba todo lo «antinatural» que ocurre en el cuer­
po como síntoma y la suma de síntomas como síndrome. Era ple­
namente consciente de que los síntomas y los síndromes eran refle­
jo directo de la observación clínica, pero que para la formulación
de la diagnosis se requería el pensamiento causal (Siegel, 1973). Fue
el maestro de la predicción de la evolución de las enfermedades (Neu-
burger, 1906, pág. 383). Aunque sus pronósticos se basaban esen­
cial y fidedignamente en el Corpus Hippocraticum, su propio co­
nocimiento de la anatomía y su precisión intelectual le facilitaron
la elaboración de su prognosis a partir de la creación de un diag­
nóstico convincente.

Interpretación de los síntomas

Podría parecemos poco razonable la existencia de una confor­
midad sutil y armónica entre los estados internos y la «realidad»,
entre un Innenwelt y su circundante Umwelt, o más estrechamen­
te entre los síntomas y sus interpretaciones como resultado defini­
tivo o como adaptación evolutiva —prodotto genetico, en la sucin­
ta formulación de Prodi (1981, pág. 973)— en la que un organismo
obtiene beneficio mejorando su «estado de buena salud». Pero todo
esto no refleja el estado del arte de la diagnosis. El carácter proba-
bilístico de los signos ha sido observado durante mucho tiempo por,
entre otros, los lógicos de Port-Royal (Sebeok, 1976, pág. 125). Sus
sugerencias, con frecuencia vagas e inciertas, fueron articuladas con
gran claridad por Thomas Sydenham, médico del siglo xvn cono­
cido como «el Hipócrates inglés» (Colby y McGuire, 1981, pág. 21).
Este ilustre doctor, tenido en tan alta consideración por su herma­
no de profesión, John Locke, fue conocido también como el «pa­
dre de la medicina inglesa» (Latham, 1848, pág. xi). La importan­
cia de Sydenham se debe a su escrupuloso reconocimiento de la
prioridad de la observación directa. Él reclamó «la percepción se­
gura e inconfundible de los síntomas peculiares», enfatizando sa­
gazmente que estos síntomas «se referían menos a la enfermedad
que al doctor». Mantuvo que «la Naturaleza, en la producción de
la enfermedad, es uniforme y consistente; puesto que debido en bue­
na parte a que la misma enfermedad en personas diferentes presen­
ta los mismos síntomas en la mayoría de ellas; y que los mismos
fenómenos que se observarían en la enfermedad de un Sócrates se
observarían en la enfermedad de un inocentón» (Latham, 1848, pág.
14). Esta afirmación suya era, por supuesto, bastante errónea, aun­
que la burla del estudiante de medicina contada por Colby y McGui-
re (1981, pág. 23), de que «el problema de la psiquiatría es que to­
dos los síndromes psiquiátricos tienen los mismos signos y
síntomas», parece ser igualmente exagerada. Hay, para ser exactos,
ciertas dificultades de diagnóstico inherentes a las semejanzas en­
tre la sintomatología de los síndromes funcionales y las de las en­
fermedades orgánicas. Los síntomas marginales o suplementarios
del primero pueden ser, sin embargo, asimilados de acuerdo con
criterios específicos, tales como los que están siendo elaborados,
por ejemplo, por Uexküll (1979).
Este conjunto de constricciones me lleva a considerar un aspec­
to del síntoma que raras veces es mencionado en la literatura, y que
sin embargo a mí me resulta fascinante y desde luego de gran valor
heurístico para los semióticos. Éste tiene que ver con las anoma­
lías,, que en un contexto filosófico inquietaron especialmente a Peir­
ce. Según Humphries (1968, pág. 88), un estado de cosas natural­
mente anómalo lo es «con respecto a un conjunto de afirmaciones
que son en el momento presente supuestamente verdaderas», o di­
cho de forma más directa «cualquier hecho o estado de cosas, que
requiera realmente una explicación, puede aparecer como necesita­
do de una explicación sobre la base del conocimiento existente»
(1968, pág. 89). El carácter enigmático de las anomalías semióticas
puede ser especialmente bien ilustrado por ejemplos clínicos, don­
de son pocos los modelos capaces de dar respuesta a multitud de
actos. Puede que la medicina sea una de las pocas disciplinas ca­
rentes de una teoría consumada, aunque existen paradigmas loca­
les, no lineales, y en consecuencia restringidos y simplificados, como
la «teoría de las enfermedades infecciosas».
Hagamos una primera aproximación al tema de las anomalías
de la espiroqueta Treponema pallidum. Este virus, en su fase ter­
ciaria, puede manifestarse como («causa») aortitis en el individuo
A, neurosífilis parética en el individuo B, o como ausencia total
de enfermedad en el individuo C. Del último, es decir del paciente
con sífilis terciaria asintomática podemos decir que tiene una en­
fermedad sin estar enfermo. Tengamos presente que no sólo una
persona puede tener una enfermedad sin estar enfermo, sino, al con­
trario, estar enfermo sin tener una enfermedad específica identifi-
cable. ¿Qué podemos decir en casos como éste, sobre el nexo impli-
cativo que relaciona la «proposición», es decir, el virus, con sus
consecuencias expresadas de forma tangible o, por el contrario, mis­
teriosamente ocultas? ¿Están A, B y C distribuidas de forma com­
plementaria, y si es así, de acuerdo con qué principio —la consti­
tución del paciente, o algún factor extrínseco (geográfico, temporal,
social, relacionado con la edad o con el sexo, etc.) o una coalición
de éstos? Sospecho que la influencia del contexto puede ser pri­
mordial. Éste llega a ser decisivo en el tema de la hipertensión —que
no es una enfermedad propiamente dicha, sino un signo de desor­
den cardiovascular (Paine y Sherman, 1970, pág. 272)— sólo ob­
servable en un marco restringido: en el de la interacción paciente/mé­
dico, con la ayuda de ciertos accesorios, como por ejemplo un
tensiómetro. La semiosis existe solamente bajo las circunstancias
anteriormente mencionadas; si no hay síntomas (la enfermedad asin­
tomática conocida como hipertensión subsiste durante una media
de quince años), no hay signos y por tanto no hay ningún objeto
determinado, es decir, diagnosticable.
Numerosos estudios nos han demostrado que la mayoría de las
personas que tienen cálculos viven tranquilamente sin problemas
palpables. La presencia de estos pequeños cálculos que se forman
en la cavidad donde se almacena el jugo digestivo es claramente
observable con rayos X: las sombras son los «signos objetivos», aun­
que la mayor parte de ellos no producen dolor ni ningún otro sín­
toma. Son mudos. Se diagnostican solamente en chequeos minu­
ciosos, y además no requieren intervención quirúrgica.
Las experiencias sensoriales nos conducen a veces a paradojas
semióticas, como la siguiente contravención clásica. Un agujero en
una de mis muelas y que me parece gigantesco cuando introduzco
la lengua en él, es un síntoma subjetivo que me impulsa a ir al den­
tista. El dentista me permite ver la caries en un espejo, y me quedo
muy sorprendido al ver el tamaño tan pequeño del orificio —el signo
objetivo. La pregunta es la siguiente: ¿qué interpretación es la «ver-
dadera», la obtenida táctilmente o la percibida ópticamente? La ima­
gen sentida y la forma que veo no encajan. El dentista, por supues­
to, actúa basándose en el tamaño del agujero, para rellenar así la
cavidad que está contemplando.
Es una experiencia bastante común que el síntoma (por razo­
nes que tienen que ver con el diseño evolutivo del sistema nervioso
central humano) se refiera a una parte del cuerpo distinta del sitio
en el que el mal está realmente localizado. «El dolor de una enfer­
medad de corazón coronaria, por ejemplo, se siente en el pecho,
en la espalda, en los brazos y con cierta frecuencia también en el
cuello y en la boca. No se siente en la zona en la que realmente
está el corazón —ligeramente hacia la izquierda» (Miller, 1978,
pág. 22). Esta falta de exactitud en la información no es biológica,
en el sentido de que una lectura inexacta podría ser fatal. Existe
un síntoma más extravagante todavía, cuyo referente no tiene cabi­
da en ningún lugar, dramáticamente ilustrado por un miembro fan­
tasma después de su amputación. Miller (1978, pág. 20) escribe:

El miembro fantasma parece que se mueva, puede mover los de­
dos, agarrar cosas, o sentir sus uñas fantasmas clavándosele en la pal­
ma fantasma. Con el paso del tiempo, el fantasma decae, pero lo hace
de forma peculiar. La parte del brazo puede ir, dejando una parte de
la mano sin rumbo moviéndose invisiblemente desde el límite de la es­
palda real; la mano puede extenderse hasta tragarse el resto del miembro.

Se trata de un ejemplo de dolor subjetivo —en contraste con
el objetivo—, distinción mencionada por el ilustre anatomista y fi­
siólogo alemán del siglo xix Fiedrich J. K. Henle, y perpetuada en
posteriores clasificaciones sobre el dolor desde entonces (Behan,
1926). El dolor subjetivo viene definido por no tener «ninguna causa
física de su existencia»; es decir, por no tener ninguna base orgáni­
ca para su presencia (lo que es más, ni con respecto a un miembro
dislocado y ni siquiera a un órgano): es el resultado de «impresio­
nes almacenadas en los centros de la memoria, recordadas por aso­
ciaciones que surgen en un momento determinado» (Behan, 1926,
pág. 74), lo que quiere decir que el dolor permanece conectado a
un sistema de significación que depende de un conocimiento retros­
pectivo. El dolor aludido y el dolor proyectado están estrechamen­
te unidos; el último es un término asignado al dolor que se siente
como si estuviera presente bien en una parte donde no hay sensa­
ciones (como en la locomotor ataxia), bien en una parte que debi­
do a su amputación ya no existe.
Ciertos síntomas —dolor, náuseas, hambre, sed, etc.— son ex­
periencias privadas, que no tienen un lugar identificable, sino un
anexo separado al que los humanos llamamos «el yo». Este tipo
de síntomas tiende a adquirir significación a través de medios pa-
rafonéticos, tales como gemidos o signos verbales, acompañados
o no por gestos, que oscilan en intensidad desde fruncir el entrece­
jo hasta retorcerse de dolor. Un problema ciertamente espinoso y
complicado, que podemos tratar muy brevemente aquí, surge de los
diferentes significados del «yo» y de cómo relacionarlos con el tema
de la sintomatología. La definición biológica se basa en el hecho
de que el sistema inmunológico no responde abiertamente a sus pro­
pios auto-antígenos; existen marcadores específicos que modulan
el sistema, generando estructuras celulares de antígenos específi­
cos y de idiotipos específicos, es decir, que activan el proceso de
auto-tolerancia. Más allá del yo inmunológico, hay un «yo semió-
tico», del que he hablado ya en algún otro lugar (Sebeok, 1979,
págs. 263-267).
Otra categoría diacrítica de los síntomas merece ser tratada aquí
o al menos mencionada. Se trata de lo que seguramente un lingüista
tendería a llamar «características negativas», o síntomas de abs­
tracción. A éstas pertenecen todas las variedades de asemasia (Se­
beok, 1976, pág. 57, 1979, pág. 58) —agnosia, agrafía, alexia, am­
nesia, amusia, afasia, apraxia, etc., así como «deficiencias» como
visión borrosa, sordera, parálisis— en definitiva síntomas que in­
dican un déficit observable en comparación con algún modelo es­
tándar de «normalidad».
En el estudio de los síntomas, no se debería perder de vista el
hecho de que incluso un síndrome o constelación de síntomas —por
ejemplo de carácter gastronómico (anorexia, indigestión y hemo­
rroides)— pueden no ser importantes en el caso de cualquier libro
de texto que trate sobre nombres y terminología de las enfermeda­
des. El consiguiente tratamiento podría muy bien ser denominado
«sintomático», acompañado del consejo de que el paciente deberá
permanecer en continua observación. En algunas circunstancias, «el
síndrome debería estar adscrito a la etiología psicológica» (Che-
raskin y Ringsdorf, 1973, pág. 37). Lo que esto parece querer decir
es que la interpretación de los síntomas es con frecuencia un asun­
to que implica un espectro de gradaciones a veces apenas percepti­
bles que acarrean un número cada vez mayor de otros síntomas.
Es necesario destacar, asimismo, que de forma temporal, o por pro­
pósitos pronosticados, los síntomas generalmente preceden a los sig­
nos, lo que quiere decir que la metódica exposición de la evidencia
puede ser llamada pronóstico.
Nadie hasta la fecha sabe cómo adquiere significado una acti­
vidad neuronal aferente más allá de la fuerte sospecha de que lo
que se conoce como «el mundo exterior», incluyendo los objetos
y acontecimientos que se supone están contenidos en él, es la es­
tructura formal del cerebro (logos). Para cualquier propósito prác­
tico, ignoramos cómo el sistema nervioso central preserva cualquier
tipo de estructura y le asigna significado, cómo este proceso se re­
laciona con la percepción en general, y cómo induce una respues­
ta. Implícito en este conjunto de preguntas hay un evidente mode­
lo lineal: por ejemplo el de que el temor o la alegría «causa» un
aumento de velocidad en el ritmo del corazón. Este modelo no sólo
está lejos de parecerme simplista, sino que me parece que no existe
ni un ápice de evidencia.
El futuro de la sintomatología estará claramente relacionado con
el desarrollo de la informática y con los estudios de la inteligencia
artificial. Éstos están pensados para representar y complementar,
si no reemplazar, los procesos semióticos humanos, como pueden
ser los juicios basados en la intuición (en una palabra, la abduc­
ción). Tales consejeros de diagnóstico son ya operacionales, como
por ejemplo el programa Caduceus (McKean, 1982). Este programa

examina a un paciente con fiebre, sangre en la orina, esputo sanguino­
lento de los pulmones y con ictericia. El programa añade números que
muestran hasta qué punto está cada síntoma relacionado con cuatro
posibles diagnósticos —cirrosis de hígado, hepatitis, neumonía y
nefritis— y selecciona neumonía como primera posibilidad. El que le
sigue en puntuación es hepatitis. Pero debido a que la hepatitis tiene
un síntoma no compartido con la neumonía (sangre en la orina), Ca­
duceus escoge cirrosis como primera alternativa. Este proceso, llama­
do de división, centra la atención del ordenador en grupos de enfer­
medades relacionadas (McKean, 1982, pág. 64).

La habilidad de la interpretación de los síntomas tiene una sig­
nificación que excede el tratamiento diario del médico con la en­
fermedad. Como Hipócrates había ya anticipado, su éxito deriva
de su poder psicológico, que depende críticamente de la habilidad
del médico a la hora de imprimir sus destrezas sobre el paciente
y sobre el entorno que le rodea (la audiencia reunida en torno a
su trabajo, que pueden ser la familia del paciente y los amigos, así
como el equipo del médico y la plantilla). El doctor Joseph Bell,
de la Real Enfermería de Edimburgo, consiguió triunfar dejando
su impronta en las historias de detectives, al seguir los pasos de las
ficticias investigaciones de Sherlock Holmes del doctor Arthur Co-
nan Doyle (Sebeok, 1981; Ginzburg, 1983). Según el pensamiento
médico reciente, la preocupación contemporánea por la diagnosis
—es decir, las exigencias básicas del trabajo del médico, que expli­
ca el significado de la condición de paciente— descansa sobre el
análisis final del papel del médico auto-asignado como auténtico
exponente explicativo de los valores de la sociedad contemporánea.
La enfermedad es así elevada al estatus de categoría moral, y el con­
junto de síntomas es contemplado como un sistema de taxonomía
semiótica—o, según el lenguaje semiótico ruso, como un «sistema
de modelización secundario».
Lord Horder afirmó que «lo más importante en medicina es la
diagnosis, la segunda cosa más importante es la diagnosis y la ter­
cera cosa más importante es la diagnosis» (Lawreñce, 1982); y debe
ser cierto, porque el conocimiento médico se ha elevado al estatus
de medio de control social. La sintomatología se ha convertido en
la rama de la semiótica que nos enseña las formas en que los doc­
tores funcionan dentro de su medio cultural.
4. Signos indexicales

El poeta Joseph Brodsky (1989, pág. 44) ha destacado reciente­
mente que un estudio de genealogía «está normalmente motivado
por un sentimiento de orgullo hacia nuestros antepasados o bien
por desconocimiento de los mismos». Muchos estudiosos de la se­
miótica buscan orgullosamente su linaje, o lo intentan. Max Fisch
caracterizó a Peirce (1980, pág. 7) como «el intelecto más original
y versátil que han producido los americanos hasta la fecha». Hizo
tal afirmación influido quizá por el alumno y, en su momento, co­
laborador de Peirce de principios de 1880, Joseph Jastrow (1930,
pág. 135), que llamó a su maestro «una de las mentes más excep­
cionales que América ha producido» y «un matemático de primer
rango».
Es verdad que ciertas indicaciones de los semióticos occidenta­
les —a veces bajo el expresamente indexical nom de guerre sem (e)
iotic— que, en cierto modo, culminaron con Peirce, surgieron de
un estado de confusión milenaria anterior a él. Y la «doctrina» de
los signos, a la que Peirce comunicó un giro tan crítico, continúa
en la actualidad floreciendo en todas partes. Su consideración (8,
pág. 41) de que «las investigaciones humanas —los razonamientos
y observaciones humanas— tienden hacia el establecimiento de dis­
putas y posteriores acuerdos en determinadas conclusiones que son
independientes de los puntos de vista particulares de los que los
distintos investigadores puedan haber partido», se mantiene con
toda seguridad en el caso de la semiótica, que la aplica en otros
dominios de estudio e investigación.
En este capítulo me centraré detenidamente en una de las más
grandes contribuciones de Peirce al estudio de la semiosis —su no­
ción de «indexicalidad». Ni que decir tiene que esta categoría peir-
ceana, como cualquier otra, no puede ser bien comprendida de
modo fragmentario, sin tener en cuenta, al mismo tiempo, la ver­
dadera cascada de otras irreducibles estructuras relaciónales triá-
dicas que configuran el armazón de la semiótica de Peirce —sin en­
trar en el terreno de su filosofía peculiar. Pero este procedimiento
ideal sería obligatorio sólo si yo estuviese resuelto a provocar una
exégesis más que un compromiso —tomando las ideas de Peirce
como una especie de baliza— en busca de mí mismo. Debería pro­
porcionar al menos un ejemplo del dilema de la selectividad, apun­
tando cómo Peirce enlaza sus nociones de deducción y de indexica­
lidad (2, pág. 96):

Un argumento obsistente, o deducción, es un argumento que re­
presenta hechos en la premisa, de tal manera que cuando vamos a re­
presentarlos en un diagrama nos encontramos impulsados a represen­
tar el hecho consignado en la conclusión; de manera que la conclusión
está diseñada para reconocer que, bastante independientemente de si
es reconocida o no, los hechos constatados en la conclusión no esta­
ban allí, es decir, la conclusión surge en reconocimiento de que los he­
chos en las premisas constituyen un índice del hecho que se está obli­
gado a reconocer.

Indexicalidad

Fue Rulon Wells (1967, pág. 104) quien, en un artículo que to­
davía hoy precisa ser estudiado con detenimiento por su extraordi­
naria fecundidad, hizo estas interesantes afirmaciones:

1. Que la noción de Peirce de icono es tan antigua como la de
Platón (la de que el signo imita al significado).
2. Que la noción de Peirce de símbolo es original pero in­
fructuosa.
3. Que es «con su noción de índice con la que la teoría de Peir­
ce es al mismo tiempo fructífera y novedosa».

Discutiré algunas implicaciones de la primera afirmación en el
próximo capítulo. No es éste el lugar para debatir la segunda. La
tercera afirmación —coincido con Wells— es sin duda verdadera.
Los puntos de vista de Peirce sobre el índice puede que hayan esta­
do históricamente arraigados en el realismo de Escoto; hic et nunc,
observó en cierta ocasión, «es la frase que siempre tiene en la boca
Duns Escoto» (1, pág. 458). «El índice», añadió posteriormente,
«contiene el ser de la experiencia presente» (4, pág, 447). Cuales­
quiera que hayan sido las fuentes de sus ideas sobre este tema, su
innovación con respecto al índice se debe, como Wells observó (1967,
pág. 104), al hecho de que Peirce vio, como nadie había hecho an­
teriormente, «que la indicación (señal, ostensión y deixis) es un
modo de significación tan indispensable como irreductible».
Peirce sostuvo que nada puede ser afirmado o constatado sin
el uso de algún signo que sirva como índice, porque los designado-
res componen una de las principales clases de índices. Consideró
las designaciones como «absolutamente indispensables tanto para
la comunicación como para el pensamiento. Ninguna afirmación
tiene significado a no ser que haya alguna designación que demues­
tre si se refiere al universo de la realidad o al universo de la fic­
ción» (8, pág. 368). Deícticos de varias clases, incluyendo los tiem­
pos verbales, constituyen tal vez los ejemplos más claros de
designaciones. Peirce identificó los cuantificadores universales y exis-
tenciales como pronombres selectivos a los que clasificó también
como designaciones (2, pág. 289).
Llamó a su otra clase importante de índices reagentes. Puesto
que los reagentes pueden ser utilizados para determinar hechos, no
sorprende que sean producto de la ficción policial, como fue bri­
llantemente demostrado por el famoso dúo Sherlock y Mycroft Hol-
mes en The Greek Interpreter y reproducido enseguida por los nu­
merosos imitadores de Conan Doyle.
El espacio sólo nos permite un sencillo ejemplo de cómo su mé­
todo policial de abducción (alias «deducción») (véase Eco y Sebeok,
1983) opera en detalle. El rei signum de mi elección (Quintiliano,
8.6.22) también incluye una yegua baya u otro tipo de caballo, un
animal que, por oscuras razones, ha sido ensalzado por docenas
de novelistas desde el episodio de 1747 del caballo del rey, pertene­
ciente a la obra Zadig de Voltaire, pasando por las crónicas de Sil-
ver Blaze, la carrera de caballos de John Straker, las innumerables
carreras de caballos de Dick Francis y por último el incidente de
Baskerville sobre el caballo del abad de Eco. Mi elección procede
de la novela de Dorothy L. Sayers Have His Carease (1932, págs.
209-210).
En el capítulo 16 Harriet Vane tiende a lord Peter Wimsey una
herradura que acaba de encontrar en la playa. A continuación él
procede a reconstruir — ex alio aliud etiam intellegitur (Quintilia-
no 8.6.22)— un caballo a partir de esta sinécdoque:

Él pasó los dedos suavemente alrededor del aro de metal, quitán­
dole la arena.
«Es una herradura nueva —no lleva aquí mucho tiempo. Quizás
una semana, puede que un poco más. Pertenece a una bonita jaca jo­
ven, de unos catorce palmos. Un bonito animal, bien criado, bastante
dado a cocear para deshacerse de sus herraduras, pica un poco con
las patas delanteras.»
«Holmes, ¡es maravilloso! ¿Cómo lo hace?»
«Elemental, mi querido Watson. La herradura no está desgastada
por el trota, trota, trota sobre “el duro camino”, por tanto, es razona­
blemente nueva. Está poco oxidada como para haber estado bajo el
agua, apenas rozada por la arena y por las piedras y no corroída, lo
que nos hace pensar que no lleva mucho tiempo aquí. La medida de
la herradura nos da el tamaño de la jaca y la forma sugiere una pata
redondeadita y bien alimentada. Aunque bastante nueva, no está re­
cién salida de la fragua y está un poco desgastada bajo el borde delan­
tero, lo que nos demuestra que quien la llevaba puesta tenía tendencia
a picar un poco; mientras que el modo en que las pezuñas están colo­
cadas y remachadas nos indica que el herrero quería asegurar la herra­
dura al máximo, que es por lo que dije que perder una herradura era
un accidente bastante común con esta forma tan peculiar de caminar.
No podemos culparle o culparla demasiado. Con todas esas piedras,
un paseo o un golpe pueden hacerle perder fácilmente la herradura.»
«A él o a ella. ¿No podría continuar y decirme el sexo y el color,
ya que está en ello?»
«Me temo que yo también tengo mis limitaciones, mi querido
Watson.»

«Bien, ésa es una deducción bastante interesante.»

Peirce (2, pág. 289) apuntó que «un grito de ayuda no se emite
únicamente para poner en conocimiento de la mente la necesidad
de la misma, sino para forzar al deseo a aceptarla». Como vimos
en el capítulo anterior, quizás el mejor ejemplo conocido de Peirce
de reagent —aunque nos desconcierte porque parece escapar a la
regla general de que un índice perdería su carácter de signo si no
tuviera un interpretant (Ayer, 1968, pág. 153)— incluía «un trozo
de tela con una marca como de un disparo. Sin disparo no habría
habido agujero, pero en este caso lo hay independientemente de que
haya alguien que quiera o no atribuirlo a un disparo» (2, pág. 304).
A esta clase pertenecen también los signos motor que, como es sa­
bido, sirven para indicar el estado de ánimo del que habla; sin em­
bargo, si un gesto sirve simplemente para llamar la atención del que
habla, sólo se trata de designación.
Un índice según había apuntado Peirce «es un signo que se re­
fiere al objeto que denota en virtud de estar realmente afectado por
aquel objeto» (2, pág. 248) —donde la palabra «realmente» tiene
resonancias de la doctrina de la realitas et realitas, que postula un
mundo real en el que existen los universales y los principios gene­
rales se manifiestan a sí mismos en el tipo de cosmos que los cientí­
ficos intentan descifrar.
Peirce especificó que «desde el momento en que el índice está
afectado por el objeto, tiene necesariamente alguna cualidad en co­
mún con el objeto y se refiere al objeto en relación a ellos» (2, pág.
305). Más tarde añadió que «un signo o una representación, se re­
fiere a su objeto no tanto por su similitud o analogía con él, ni por­
que esté asociado a los caracteres generales que aquel objeto posea
en un momento determinado, sino porque está en conexión diná­
mica (incluyendo la espacial) tanto con el objeto individual, por
una parte, como con los sentidos o memoria de la persona a quien
sirve como signo, por otra». Recordemos que todos los objetos, por
un lado, y la memoria como reserva de los interpretantes, por otro,
son clases de signos o sistemas de signos.
Así, la indexicalidad gira en torno a la asociación por contigüi­
dad, expresión técnica que comprensiblemente no agradaba a Peir­
ce (3, pág. 419), y no por semejanza, como en el caso de la iconici-
dad, ni tampoco como el símbolo, que descansa en «operaciones
intelectuales». Los índices, «cuya relación con sus objetos consiste
en una correspondencia de hecho... dirigen la atención hacia sus
objetos por compulsión ciega» (1, pág. 558).
Un ejemplo espantoso de asociación por contigüidad fue el caso
del brazo derecho del general mexicano Alvaro Obregón, que per­
dió el codo durante una batalla en 1915. Este miembro se estuvo
exhibiendo hasta el verano de 1989 en una vitrina de formol en un
gran monumento de mármol en Ciudad de México, donde adqui­
rió cualidades talismánicas atribuidas al cruel presidente anterior.
Cuando el novelista Gabriel García Márquez sugirió (Rohter, 1989)
que «deberían simplemente reemplazarlo por otro brazo» (se refe­
ría al apéndice decadente), estaba efectivamente adelantándose al
hecho de que el miembro pudiera transfigurarse de índice con cier­
ta aureola mística en un símbolo con significación histórica.

Características de la indexicalidad

La iconicidad y la indexicalidad se han polarizado con frecuen­
cia —Peirce nunca lo hizo— con las mismas etiquetas en los cam­
pos más variados, como si se tratara de dos categorías más antagó­
nicas que complementarias (Sebeok, 1985, pág. 77). Así por
ejemplo:

® James G. Frazer contrastó la homeopatía con la magia con­
tagiosa, «la simpatía mágica que se supone que existe entre
un hombre y cualquiera de las porciones en las que se divide
su persona».
® El psicólogo de la Gestalt Max Wertheimer distinguía «un fac­
tor de semejanza» de «un factor de proximidad».
® El neuropsicólogo Alexander Luria distinguía los desórdenes
de semejanza de los desórdenes de contigüidad en pacientes
afásicos.
® Los lingüistas de tradición saussureana diferenciaban el eje
paradigmático del eje sintagmático, la oposición del contras­
te, etc.

La contigüidad está actualizada en retórica, entre otros recur­
sos, por el tropo de la metonimia: la sustitución de una entidad por
uno de sus índices. En gramática es el genitivo el que contempla
la relación entre una entidad y su índice (Thom 1973, págs. 95-98),
como en el pareado de Shakespeare Eye o f newt, and toe o f frog
/ Wool o f bat, and tongue ofdog (Macbeth) utilizando la preposi­
ción, y en la frase de una estrofa de Enrique VI, O tiger’s heart
wrapp’d in a woman’s hide. La proporción de parspro toto tam­
bién se encuentra en la categoría antropológica y especialmente psi-
cosexual conocida como «fetiche», como veremos más adelante en
el capítulo 6 (véase también Sebeok, 1989). En ocasiones se ha afir­
mado que en poética el verso lírico está impregnado de iconicidad
y que, en cambio, en la épica se caracteriza por estarlo de indexi­
calidad.
Deberíamos aludir, aunque brevemente, a la noción de osten-
sión sostenida por Russell en 1948 y más tarde desarrollada por Qui­
ne, en el sentido de definición ostensiva. El semiótico de teatro checo
Ivo Osolsobe (1979) ha analizado extensamente este concepto en
un contexto diferente, el de la «comunicación ostensiva». También
se le ha llamado «presentación» o «exposición». Osolsobe quiere
distinguir claramente ostensión de indexicalidad, deixis, signos na­
turales, comunicación por objetos y así sucesivamente. Sin embar­
go, yo encuentro su paradójica afirmación de que «la ostensión es
el uso cognitivo de los no signos», y su elaboración de una teoría
de los no signos, confusas y complicadas.
La sucesión temporal, las relaciones de una causa con su efecto
o de un efecto con su causa, o incluso el vínculo espacio/tiempo
entre un índice y su objeto dinámico, como Berkeley y Hume ya
habían descubierto, pero Peirce elaboró con más amplitud, se es­
conden en el corazón de la indexicalidad. Los epidemiólogos res­
ponsables de la investigación del brote de una enfermedad (es de­
cir, un efecto), que afecta a un gran número de personas en una
localidad dada, investigan un agente transmisor (es decir, un agen­
te causativo) al que de acuerdo con los principios de su jerga profe­
sional denominan «caso índice» en quienes y sólo en quienes ha­
bían estado expuestos a una reserva viral desconocida. En este
sentido un auxiliar de vuelo canadiense, Gaetan Dugas, conocido
como el infame «paciente cero», fue supuestamente identificado
como el caso índice de infección por SIDA en Norteamérica.
Un objeto dado puede funcionar momentáneamente, hasta cierto
punto y dependiendo de las circunstancias en las que se manifieste,
como un icono, un índice o un símbolo. Es el caso, por ejemplo,
de las barras y estrellas:

® La iconicidad empieza a destacar cuando la atención del in­
térprete se centra en las siete barras horizontales rojas de la
bandera en alternancia con las seis blancas (iguales en núme­
ro al de las colonias fundadas), o el número de estrellas blan­
cas reunidas en un sencillo cantón azul (idéntico al número
de los estados reales de la Unión).
® En caballería, por ejemplo, la bandera se utilizaba como man­
dato, y desde un punto de vista indexical, como objetivo.
® Los debates relacionados con la más reciente resolución de
la Corte Suprema sobre el tema de quemar la bandera, nos
presentan el tema de sus barras y estrellas como un problema
sobrecargado emocionalmente, como si fuese una especie de
símbolo.
Peirce afirmó en cierta ocasión que un signo «es o bien un ico­
no, o un índice, o un símbolo» (2, pág. 304). Pero no se trata de
algo tan simple. Una vez que Peirce comprendió que la utilidad de
esta tricotomía se intensificaba en gran medida al tener en cuenta
el reconocimiento de las diferencias de grado no de los signos, sino
de los aspectos de los signos al ser clasificados, cambió su afirma­
ción anterior por la siguiente: «sería difícil, por no decir imposi­
ble, citar como ejemplo un índice absolutamente puro, o encontrar
un signo desprovisto completamente de una cualidad indexical» (2,
pág. 306), aunque aceptó que los pronombres demostrativos y los
relativos eran «índices casi puros», pretextando que denotaban co­
sas sin describirlas (3, pág. 361). Ransdell (1986, pág. 341) puso de
manifiesto que sólo un mismo signo puede —y yo insistiría, debe—
«funcionar al mismo tiempo como icono y símbolo así como índi­
ce». En otras palabras, todos los signos tienen algo de «secunda­
rio», aunque este aspecto prospera solamente en ciertos contextos.
Peirce, que reconoció plenamente que el emisor y el intérprete
del signo no necesitan en absoluto ser personas, no debería haber­
se sorprendido cuando comprendió que la semiosis, en la relación
indexical de lo secundario —en relación directa con sus hermanos
mayor y menor, lo primario y lo terciario— apareciera en la evolu­
ción terrestre hace aproximadamente 3,6 x 109 millones de años.
Además, en la ontogénesis humana, lo secundario es un universal
de la conducta comunicativa pre-oral del niño (Trevarthen, 1990).
La razón fundamental estriba en que la implicación recíproca más
importante entre el ego, hacedor de signos fundamental, y el alter,
distinguible intérprete de signos —ninguno de los cuales, repito, ne­
cesita estar integrado en un organismo—, es innata al tejido mismo
de lo emergente, la mente dialogante e intersubjetiva (Braten, 1988).
Los signos, incluso los de los índices, tienen lugar, en sus esta­
dios más primitivos, en las células más sencillas, como si se tratase
de entidades físicas o químicas, externas o internas en relación al
organismo al que están ancladas como eje referencial, y al cual de­
ben «señalar», leer o analizar microsemióticamente —es decir, pue­
den emitir instrucciones funcionales como podría hacerlo un índi­
ce. Así es como un índice, que puede ser tan simple como un cambio
de magnitud, una simple forma, un cambio geométrico en la su­
perficie de un área, o cualquier otra singularidad, puede ser signi­
ficativo para una célula porque evoca recuerdos, es decir, expone
una información oculta que había estado almacenada anteriormente.
El siguiente ejemplo, proporcionado por Berg (1976), está ex­
traído de la vida de la ubicua bacteria E. coli. Esta criatura de es-
tructura celular simple tiene múltiples flagelos que pueden girar a
favor o en contra de la dirección de las agujas del reloj. Cuando
sus flagelos rotan en la dirección de las agujas del reloj, se mueven
sin concierto, provocando un desarreglo del organismo. Cuando gi­
ran en contra de la dirección de las agujas del reloj, se apiñan en
un haz que actúa como una hélice, proporcionando una natación
suave y continua. Al caminar sin propósito fijo por el intestino,
la bacteria explora un campo químico en busca de nutrientes, al­
ternando —el contexto le sirve como operador— entre nadar di­
rectamente o ir dando tumbos, hasta encontrar la concentración
óptima de un sintetizador químico apropiada para su reproducción,
como el azúcar o algún aminoácido. Cuando efectúa este proceso
cuenta con una memoria de aproximadamente cuatro segundos, lo
que le permite comparar deícticamente, en distancias y en tiempos
breves, el dónde estaba con el dónde está. Sobre esta base «deci­
de», con aparente intencionalidad, si moverse irregularmente, per­
manecer en ese lugar, nadar o buscar otro enlace indexical en algu­
na otra parte.
Puede ser pertinente observar, en relación a sus movimientos
rítmicos, que el hic et nunc que percibimos nosotros los humanos,
tiene una duración de tres segundos. Parece que poetas y composi­
tores han captado intuitivamente este hecho, reflejándolo en las
«pausas» apropiadas recogidas en sus textos. Un reciente trabajo
etológico, realizado en sociedades de todo el mundo, sobre movi­
mientos ostensivos y otras posturas corporales de carácter indexi­
cal, revelan que no hay diferencias culturales en la duración de es­
tas conductas y que la duración de los intervalos oscila entre una
media de 2 segundos para los gestos que se repiten y 2,9 segundos
para aquellos que no lo hacen. Según estos investigadores el time
window de tres segundos parece quedar completamente obsoleto
para estas circunstancias.

Manifestaciones de la indexicalidad

El brillante biólogo teórico y experimental neokantiano Jakob
von Uexküll (1864-1944), al trabajar en Hamburgo en una tradición
científica muy diferente y emplear una jerga técnica diferente aun­
que fácilmente reconciliable, estaba sentando las bases de la biose-
miótica y estableciendo los principios de la fitosemiótica y la zoo-
semiótica aproximadamente en la misma época en que Peirce
elaboraba una semiótica general en la soledad de Milford. Desa­
fortunadamente, no llegaron a conocerse.
Le correspondió a un semiótico alemán contemporáneo, Mar­
tin Krampen, en colaboración con el hijo mayor de Uexküll, Thu-
re, mostrar detalladamente por qué y cómo se aplicaban las dis­
tinciones de Peirce a las plantas. Krampen (1981, págs. 195-196) es­
cribió:

Si uno quiere extender esta tricotomía a las plantas, por una parte,
hacia los animales y humanos, por otra, la ausencia del ciclo de la fun­
ción [que en los animales conecta los órganos receptores, vía sistema
nervioso, con los órganos ejecutores] nos sugeriría que en las plantas
la indexicalidad predomina con toda seguridad sobre la iconicidad...
La indexicalidad, en el nivel vegetativo, se corresponde con la signifi­
cación y regulación, en un ciclo de retroalimentación, de simulación
significativa directamente contigua a la forma de la planta.

Después de todo, como Peirce apuntó en cierta ocasión (3, pág.
205): «incluso las plantas crean su propio estilo de vida... median­
te signos uttering».
También en los animales encontramos gran cantidad de ejem­
plos de conducta indexical. Como ya vimos en el capítulo anterior,
el pájaro llamado por su taxonomista ornitológico Indicator indi­
cator se conoce en inglés como black-throated honey-guide. El sin­
gular hábito del honey-guide de apuntar y atraer mediante señas
a algunos grandes mamíferos, incluyendo a los humanos, hacia los
nidos de abejas salvajes, fue descubierto por primera vez en el su­
roeste de Mozambique en 1569. Cuando el pájaro descubre una col­
mena, busca un compañero humano, a quien conduce a la colme­
na mediante un elaborado despliegue audiovisual.
El dispositivo es aproximadamente como sigue. El apenas visi­
ble honey-guide emite un canto de reclamo mediante una secuen­
cia continua de notas chirriantes. Después vuela, por etapas, hacia
el árbol más cercano, en el que permanece sin moverse, sobre una
de sus ramas más fácilmente visibles, hasta que vuelve a comenzar
la persecución. Cuando emprende un vuelo, que puede durar des­
de dos hasta veinte minutos y alcanzar una distancia desde 20 has­
ta 750 metros, el pájaro se eleva, y luego desciende con las plumas
de la cola desplegadas. Este agitado comportamiento ostensivo con­
tinúa hasta alcanzar su objetivo: un nido de abejas. Los escoltas
aéreos y sus seguidores humanos también son capaces de invertir
sus roles en este pas de deux indexical: las personas pueden llamar
a un «guía de la miel» imitando el sonido de un árbol caído, desen­
cadenando de ese modo la secuencia de comportamiento descrita
anteriormente.
Palabras tales como síntoma, indicación, indicio, huella, rastro,
etc., forman parte de un gran número de cuasisinónimos ingleses
de índice. Vuelvo una vez más al eficaz ejemplo de Peirce sobre la
secundariedad: el de la huella de Robinson Crusoe encontrada en
la arena, «que ha sido grabada en el granito de la fama» y «que
fue índice para él de que había alguna criatura en su isla» (4, pág.
531). Este ejemplo nos sirve para ilustrar un atributo básico de la
indexicalidad, a saber: la operación de renvoi, o referral, que de­
vuelve a Robinson Crusoe a un día, probablemente anterior a Vier­
nes, en el pasado. El índice invierte la causalidad. En el caso de
Viernes, el vector del índice apunta a un día pasado en el que un
signans, la huella de un pie en la arena, limita temporalmente con
un signatum, la altamente probable presencia de alguna otra cria­
tura en la isla. Thom (1980) ha analizado algunas fascinantes rami­
ficaciones de paralelos, o la ausencia de las mismas, entre transfe­
rencias semióticas de este tipo y la causalidad física y la génesis de
los símbolos —la huella que Peirce consideró, al mismo tiempo,
como «un símbolo, evocador de la idea de un hombre».
El historiador Cario Ginzburg (1983) ha expuesto que existen
lugares comunes entre los historiadores que estudian las caracterís­
ticas de las pinturas por medio del tan conocido «método Morelli»,
médicos y psicoanalistas resueltos a descubrir síntomas y detecti­
ves en busca de indicios. Ginzburg invoca un trío de físicos —el
doctor Morelli, el doctor Freud y el doctor Conan Doyle— para
descifrar un caso que le resulta sugerente tanto a él como a sus co­
legas, en base a una similar dependencia de los signos indexicales.
Demuestra que todos sus orígenes históricos, características, sínto­
mas, indicios, etc., están basados en el mismo antiguo paradigma
semiótico: el médico. (Como vimos en el capítulo anterior, ese mo­
delo estaba claramente implícito en los escritos hipocráticos y ha­
bía sido explicitado por Galeno.)
Para Peirce los índices incluían «todos los signos naturales y los
síntomas físicos... un dedo apuntando como tipo de la clase» (3,
pág. 361). Los «signos que llegaban a serlo en virtud de estar real­
mente conectados con sus objetos» eran para él «las letras unidas
a las partes de un diagrama», tanto como «un síntoma de enferme­
dad» (8, pág. 119). En su correspondencia con lady Welby, contras­
taba «la aparición de un síntoma de enfermedad... un legisigno,
un tipo general de carácter definido», con su «aparición en un caso
particular [que es] un sinsigno» (8, pág. 335).
Ginzburg (1983, págs. 88-89) ha averiguado hábilmente los orí­
genes del modelo médico basado en la interpretación y descifra­
miento de indicios, clínicos y de cualquier otro tipo, en dos fuentes
asociadas: 1) las primeras prácticas de caza como protohumanos
en retrogresión de sus efectos, rastros de un animal y otros restos
—huellas en tierra blanda, chasquidos de ramas pequeñas, excre­
mentos de animales, marañas de pelos o restos de plumas, olores,
charcos, hebras de saliva— con su causa real, una presa aún ocul­
ta; y 2) las técnicas adivinatorias mesopotámicas que progresan má­
gicamente desde una causa real presente hacia un efecto futuro pro­
nosticado —tripas de animales, gotas de aceite en el agua, las
estrellas, movimientos involuntarios.
Los sutiles argumentos de Ginzburg, que hacen buen uso de la
conocida comparación medieval y moderna entre el mundo —me­
tafóricamente, el Libro de la Naturaleza— y el libro, ambos pensa­
dos para permanecer abiertos y listos para ser leídos una vez que
uno sabe cómo interpretar los signos indexicales, dibujan extensa­
mente las fuentes del mundo antiguo. Pero podría haber citado fá­
cilmente la ficción americana del siglo xix, como la saga de los
Leatherstocking de James Fenimore Cooper, para ilustrar otras com­
paraciones míticas del «buen salvaje», para ejemplificar así la de­
pendencia de secuencias de indicaciones indexicales, disponibles para
la percepción inmediata, lo cual permitió el arte de la exploración
a través del paisaje desierto. De esta forma sólo Uncas, el último
mohicano, es capaz de leer una lengua, a saber, el Libro de la Na­
turaleza, «lo cual sería una muy dura prueba para el más sabio de
los hombres blancos», Hawkeye; por eso el descubrimiento crucial
de Uncas de la huella de un pie, en una de las novelas de Cooper,
hace posible que Hawkeye afirme confidencialmente: «ahora pue­
do leerlo entero» (Sebeok, 1990).
De igual modo Robert Baden-Powell, en su manual militar Re-
connaisance and Scouting (1884) adaptó la técnica de la «deduc­
ción» de Sherlock Holmes, es decir, deducir conclusiones impor­
tantes a partir de indicios aparentemente insignificantes, al enseñar
a sus jóvenes tropas cómo interpretar las localizaciones del enemi­
go y sus intenciones, estudiando signos topográficos indexicales,
incluyendo las huellas.
Es esencial para el granjero, el guardabosques y el jardinero pro­
fesional el saber a qué animales pertenecen los rastros, aunque sólo
sea por razones de economía (Bang y Dahlstrom, 1972). Sabemos,
gracias al testimonio de numerosos naturalistas del campo animal,
que la naturaleza proporciona continuamente gran cantidad de
muestras de las actividades habidas en la noche anterior, impresas
en el suelo para todos aquellos que quieran seguirlas. Así Tinber-
gen (Ennion y Tinbergen, 1967) solía pasar muchas horas estudian­
do el campo, leyendo historias escritas en un código de huellas,
deleitándose en las figuras de luz y sombra en la quietud de la
mañana.
El cuerpo de cualquier vertebrado, incluyendo el del ser huma­
no, está compuesto por un verdadero arsenal de marcas de carácter
indexical más o menos palpables. Ciertas prácticas mánticas como
la haruspicación, que se basa en muestras del hígado de los trama-
todos, y la quiromancia, así como un buen número de pseudo-
ciencias —la grafología hoy (Furnham, 1988), la frenología en el
pasado— giran en torno a lo secundario. Según el imponente rela­
to de Kevles, el jefe de la Institución Frenológica de Londres, Fran-
cis Galton, decía que las personas con su tipo de cabeza —tenía
un perímetro craneal de veintidós pulgadas— «poseían un tempe­
ramento optimista, voluntarioso, con fuerte autoestima y sin nin­
gún tipo de obstinación» y que «hay mucho poder perdurable en
mentes como éstas —tanto que capacita a un hombre para vencer
las dificultades que encuentre al colonizarlas».
Algunas formas de entretenimiento, como los juegos de manos
y las actuaciones de los animales en el circo, se basan fundamen­
talmente en la manipulación de los signos indexicales. Del mismo
modo proceden ciertas artes como la de la interpretación de la gra­
fía y, por supuesto, la de la identificación de criminales a través
de huellas dactilares (Moenssens, 1971) —mencionada en multitud
de ocasiones por Sherlock Holmes— según un sistema fenotípico
inventado por Galton en la década de 1890. En 1894 el personaje
de ficción Pudd’nhead Wilson de Mark Twain se convirtió en el
mejor abogado del mundo porque utilizó huellas dactilares en un
caso criminal, adelantándose en ocho años a Scotland Yard. Este
tipo de índices reciben el nombre de «signos profesionales» en el
argot de los negocios. Erving Goffman (1963, pág. 56), el conoci­
do sociólogo, les llamó «señales positivas» o identity pegs. Más ade­
lante fue Preziosi (1989, págs. 94-95) quien conectó los métodos
de Morelli, el Zadig de Voltaire, Sherlock Holmes y Freud con los
petits faits de Hyppolyte Taine —su sistema de índices culturales
y artísticos— y con Peirce.
Todos estos mecanismos se basan igualmente en lo secundario,
como también era ya evidente en los trabajos protosemióticos —Ser­
vice de signalements (1888) e Instructions signalétiques (1893)— de
Alphonse Bertillon. Éste llamó a su sistema de medidas del cuerpo
anthropometry. En el plano genotípico, la tan conocida «huella dac­
tilar de ADN» puede identificarse, discutiblemente, con una dis­
criminación que va más allá de las prácticas forenses ya que, de he­
cho y con absoluta certeza, cada individuo, exceptuando un gemelo
idéntico, ofrece una secuencia única de moléculas indexicales de
ADN, patente incluso en el análisis de una simple raíz de uno de
sus cabellos.

El estudio de la indexicalidad

Las ciencias naturales trabajan en general descodificando índi­
ces empíricamente e interpretándolos posteriormente. El cristaló-
grafo Alan Mackay (1984) en particular ha demostrado de qué ma­
nera su campo comparte con la adivinación «una creencia de que
la naturaleza puede estar hecha para hablarnos mediante un tipo
peculiar de metalenguaje, un sentimiento de que la naturaleza está
escrita en un tipo de código», y de cómo los augures descodifican
mensajes indexicales de la naturaleza mediante la magia, y los cien­
tíficos mediante la lógica. Los cristalógrafos están consciente y fuer­
temente influenciados por las técnicas de decryption y han pedido
prestado el vocabulario semiótico de los criptógrafos: por ejemplo,
hablan de fotografías de difracción de rayos X como de textos con
mensaje.
La función feromonal distintiva de las signaturas químicas hu­
manas (Toller y Dodd, 1989), estudiada hoy en día bajo la novísi­
ma rúbrica científica de «semioquímica», ha sido comparada con
las huellas dactilares humanas. Patrick Süsskind basó su maravi­
llosa novela El perfume en las facetas indexicales de la semioquí­
mica humana y en sus devastadoras repercusiones. El campo abar­
ca el estudio de los olores, de los que Peirce escribió (1, pág. 313)
un sorprendente pasaje lírico, poco recordado, en el que decía que
«son signos de más de un tipo» que «tienen una notable tendencia
a automentarse a sí mismos... a saber por asociación contigua, en
la que los olores son particularmente aptos para actuar como sig­
nos». Y continuaba de esta forma tan personal:

El perfume favorito de una dama coincide con su condición espiri­
tual, según mi punto de vista. Si no utiliza ninguno su naturaleza care­
cerá de perfume. Si se envuelve en violetas tendrá su delicada fragan­
cia. De las dos únicas que yo conozco que utilizaran rosas, una era
una vieja virgen artista, una gran dama ; la otra, una ruidosa matrona
joven y bastante ignorante; pero ambas eran extrañamente parecidas.
Por lo que se refiere a aquellas que utilizan heliotropo, pan de fraile,
etc., las conozco tan bien como deseo conocerlas. Estoy seguro de que
debe haber cierto sutil parecido entre el olor y la impresión que perci­
bo de la naturaleza de esta o aquella mujer.

Nuestro sistema inmunológico utiliza aproximadamente el mis­
mo número de células dispersas por nuestro cuerpo como las que
componen un cerebro humano. Estas asociaciones endosimbióti-
cas —o, como prefiero llamarlas, endosemióticas— de residuos es-
piroquetales funcionando —como demostró el Nobel Niels Jerne
(1985)— de forma tan imprevisible como una gramática generativa
bien armonizada, constituyen un sofisticado repertorio extremada­
mente sensible de signos indexicales que en condiciones normales
circunscriben nuestra única «coraza» biológica. Por desgracia, lo
secundario puede fracasar bajo condiciones patológicas, por ejem­
plo cuando uno está afectado de ciertos tipos de carcinoma o de
una enfermedad autoinmune o incluso al administrar inmuno-
supresores después del trasplante de un órgano.
La mayor parte de la literatura sobre la indexicalidad se ha ba­
sado en el terreno de lo verbal o de lo visual (Sonesson, 1989, págs.
38-65). Peirce estaba, como siempre, en lo cierto cuando afirmaba
el predominio de la indexicalidad sobre la iconicidad en la fotogra­
fía, por lo que respecta al modo de producción: «pertenecen a la
segunda clase de signos, los de la conexión física» (2, pág. 281).
En el destacado estudio de Phillippe Dubois, LActe photographi-
que, está documentado este punto de vista. También es obvio, des­
de hace mucho tiempo, que la metonimia —especialmente la del
método indexical pars pro toto— tiene mayor peso que los usos de
la metáfora en las películas.
En el terreno de lo verbal, la indexicalidad ha sido objeto de
preocupación, aunque con distinto énfasis, por parte de los filóso­
fos de la lengua y los lingüistas profesionales. El punto de vista de
Bar-Hillel (1970) es útil con respecto a esto. Bar-Hillel sabía, por
supuesto, que fue Peirce quien había acuñado los términos de «sig­
no indexical» y de «índice», y recuerda a sus lectores que Russell
utilizaba en su lugar «particulares ego-céntricos», aunque sin re­
solver si había sido Russell, independientemente de Peirce, quien
había redescubierto la indexicalidad, o si simplemente la había ree-
tiquetado. Más tarde recuerda que Nelson Goodman introdujo «in­
dicador» y Reichenbach token-reflexive word.
El interés global de los lingüistas y filósofos por las expresiones
indexicales se dirige, según mi punto de vista, hacia la búsqueda
de un lenguaje ideal, consistente en un conjunto de oraciones li­
bres de contexto, que puedan ser utilizadas para definir el universo
sub specie aeternitatis. Según la terminología de Ayer (1968, pág.
167), el argumento gira en torno a «si el lenguaje puede estar com­
pletamente libre de la dependencia del contexto». Ayer fue incapaz
de decidirlo por sí mismo, y yo considero que el tema sigue abierto.
Sin embargo, tanto si esta indecisión tiene serias consecuencias para
la indexicalidad en general o para el punto de vista de Peirce sobre
este asunto en particular, como si no, el asunto me parece dudoso.
Porque como Ayer (1968, pág. 167) también pensó, «aunque la re­
ferencia al contexto puede no ser necesaria para los propósitos de
la comunicación, siempre habrá ocasiones en la práctica en las que
necesitaremos confiar en los indicios proporcionados por las cir­
cunstancias reales en las que se producen las comunicaciones».
Peirce insistió en cierta ocasión en el hecho de que un índice
es bastante esencial para el proceso del habla (4, pág. 58). ¿Qué
quieren decir entonces los lingüistas con índice? Para muchos de
ellos simplemente se refiere a las características de identificación
de los miembros de un grupo, tales como las regionales, sociales
u ocupacionales. Para otros, los menos, un índice se refiere a las
características fisiológicas, psicológicas o sociales del habla o de
la escritura que revelen características personales, tales como la ca­
lidad de la voz o la escritura, en el marco de un principio genera­
dor. Muchas son las lenguas que han analizado indexicales de es­
tos tipos, también conocidos como características expresivas, a través
de un gran número de contribuciones teóricas.
Existe además una vasta literatura disgregada, no sometida a
la norma de indexicalidad de los lingüistas, sino dedicada a dife­
rentes tipos de deixis. Con ella los lingüistas se refieren a la totali­
dad de los roles gramaticalizados en la conducta lingüística coti­
diana, es decir, a los distintos modos en que los interlocutores unen
todo aquello sobre lo que hablan con el contexto espacio-temporal
de sus manifestaciones. Según Levelt (1989, págs. 44-58) los tipos
más importantes de deixis distinguidos en literatura son: la deixis
personal, la deixis social, la deixis del lugar, la del tiempo y la dei­
xis del discurso. Karl Bühler (1934, pág. 107) llamó al relevante con­
texto de las manifestaciones Zeigfeld, o campo indexical, y a su pun­
to de anclaje hic et nunc su Origo u origen (véase también Jarvella
y Klein, 1982).
Los deícticos pueden variar considerablemente de una lengua
a otra y con cierta frecuencia pueden ser —como por ejemplo en
wolof (Wills, 1990) muy complicados en su estructura. Un examen
de las características tipológicas y universales de los pronombres
personales, sobre una muestra de setenta y una lenguas naturales,
confirma la existencia de sistemas que oscilan de cuatro a quince
personas (Ingram, 1978). En este sentido, el sistema inglés de cin­
co personas parece ser bastante atípico, y si fuera cierto podría con­
ducirnos a preguntas fundamentales sobre la aparentemente natu­
ral tripartición «I-it-thou» de Peirce y otros filósofos.
Sólo un hablante nativo de Hungría puede apreciar, aunque no
siempre articular, el conjunto de términos de tratamiento tan rica­
mente diferenciados que los hablantes deben controlar para produ­
cir las expresiones apropiadas a los diversos roles y a otras varia­
bles contextúales. Por ejemplo, para simplificar, aunque no mucho:
dos académicos del mismo sexo y de aproximadamente la misma
posición y edad, son incapaces de conversar fácilmente en húngaro
sin conocer la fecha exacta de nacimiento de cada uno de ellos, por­
que la antigüedad, aunque sólo sea por un día, determina estricta­
mente los términos en los que uno se tiene que expresar en el diálo­
go (véase también Lyons, 1977).
Otto Jespersen (1922) acuñó por casualidad el término shifter
para referirse a las unidades gramaticales que no pueden ser defi­
nidas sin una referencia al mensaje. En 1957 Jakobson reasignó shif­
ter a la categoría sincrética peirceana de símbolos indexicales, que
de hecho son términos sincategoremáticos complejos en los que el
código y el mensaje se cruzan (1971, pág. 132).
En un importante estudio de una oración simple de cuatro pa­
labras consistente en un verbo modal auxiliar, un pronombre per­
sonal deíctico, un verbo y el complemento del verbo, Fillmore (1973)
insinúa, con la complejidad propia de la teoría lingüística, si es su­
ficiente con captar la riqueza conceptual de incluso las oraciones
más simples. Tal teoría debe incorporar principios para derivar al
menos la descripción sintáctica, semántica y pragmática completa
de una oración, una teoría de los actos del habla, una teoría del
discurso y una teoría de la lógica natural. Aunque todas ellas sean
objeto de numerosas investigaciones, hoy en día, no conozco nin­
guna teoría que reúna todas estas exigencias.
Barwise y Perry (1983, págs. 32-39) introdujeron la expresión
«eficiencia del lenguaje» para las locuciones —incluso aunque és­
tas conserven el mismo significado lingüístico— que diferentes ha­
blantes utilizan en diferentes situaciones espacio-temporales y con
diferente anclaje en su ambiente y que son susceptibles de interpre­
taciones diferentes. Dicho de otro modo, la productividad de la len­
gua depende de manera decisiva de la indexicalidad, que es, por
otra parte, «importantísima para la capacidad de transporte de in­
formación de la lengua». Estos autores argumentan de forma con­
vincente que el monopolio filosófico con respecto al contexto de
la libertad, es decir, con las matemáticas y la naturaleza eterna de
sus oraciones, «es un error decisivo, debido a que la eficiencia se
encuentra en el corazón mismo del significado». Sea como fuere,
en la actualidad los lingüistas no hallan un solo atisbo de una úni­
ca teoría capaz de abarcar y llevar a cabo esta empresa humana
global.
Quizás lo mejor que uno puede hacer es seguir la sugerencia
de Jakob von Uexküll (véase Thure von Uexküll, 1989) de que la
realidad se revela a sí misma en el Umwelten, o aquellas partes del
entorno que cada organismo selecciona con sus órganos sensoria­
les específicos según sus necesidades biológicas. Todo en este mun­
do fenoménico o self-world está etiquetado con las indicaciones per-
ceptuales de los sujetos por medio de los effector cues, que operan
por medio de un circuito de retroalimentación que Uexküll llamó
ciclo funcional. La naturaleza (el mundo, el universo, el cosmos,
la verdadera realidad, etc.), se revela a sí misma a través de los pro­
cesos de los signos o semiosis. Éstos son de tres tipos distintos:

® semiosis de la información que emana del entorno inanimado;
® semiosis de la sintomatización en la que la fuente está viva
(ésta es equivalente a los unintelligent gestures de George Her-
bert Mead);
• semiosis de la comunicación (intelligent gestures de Mead).

Los tipos primero y segundo constituyen etapas complementa­
rias e indispensables en cada biosemiosis. El observador reconstru­
ye los procesos del signo exterior del observado a partir de un flujo
percibido de índices, pero nunca sus estructuras interiores, que ne­
cesariamente persisten en su privacidad. La transmutación de tales
procesos del signo en signos verbales son meta-interpretaciones que
constituyen estructuras objetivas conectadas y que permanecen fuera
del mundo subjetivo de la entidad viviente observada; éstos están
«implicados en los procesos del signo sólo como un agente induc­
tor para su signo perceptual y como un enlace que le conecta con
su signo operacional» (Uexküll, 1989, pág. 151).
Cómo la referencia —el circuito index-driven entre la semioes-
fera (Lotman, 1984) y la biosfera— está dirigida por sign-users y
sign-interpreters, sigue siendo un profundo enigma. Las teorías de
modelización y mapping no han progresado más allá de una espe­
culación disciplinada. A pesar de esto, yo permanezco intuitivamente
atraído por la visión de Wheeler (1988) sobre el mundo como un
sistema de existencias que se autosintetizan. Su maestro, Niels Bohr,
consideraba, acertadamente en mi opinión, tales cuestiones de la
misma manera en que los conceptos están relacionados con la rea­
lidad, como fundamentalmente estériles. Bohr replicó en cierta oca­
sión a esta misma cuestión: «Dependemos de la lengua de tal ma­
nera, que no podemos decir qué está arriba y qué está abajo. La
palabra realidad es también una palabra, una palabra que debemos
aprender a usar correctamente» (French y Kennedy, 1985, pág. 302).
5. Signos ¡cónicos

Mientras la indexicalidad constituye claramente una forma fun­
damental de los signos, casi en la misma línea está la iconicidad,
la segunda de las tres categorías básicas de Peirce. Desde muchos
puntos de vista, la iconicidad es una forma de semiosis mucho más
importante que la indexicalidad. En este capítulo me detendré en
el estudio de las características esenciales y de las múltiples mani­
festaciones de este fenómeno.

La iconicidad

Como ya Wells (1967) había apuntado acertadamente, la noción
de icono de Peirce es tan antigua como la de Platón (el signo imita
al significado). Además fue también Platón quien legó el concepto
de mimesis (Lausberg, 1960, pág. 554) a los teóricos de la literatura
desde Aristóteles hasta Wimsatt (1954), quien fue responsable cons­
ciente de la restauración del término icono en el vocabulario de la
crítica de mediados de siglo, al utilizarlo como palabra clave en el
título de una de sus más importantes colecciones de ensayos. Sin
embargo, el icono adquirió su perspectiva original como consecuen­
cia de la yuxtaposición de Peirce en el particular contexto de su se­
gunda tricotomía de signos —la que él llamó su división «más im­
portante» (2, pág. 275) y la que ciertamente llegó a ser más
influyente— en primer lugar con el índice, y más tarde las dos an­
teriores con el símbolo. El icono y el índice incorporan relaciones
propias de los signos que, de modo natural —por semejanza o por
conexión existencial—, se enfrentan al símbolo, el cual se mantiene
en la vía tradicional, o en el reflejo de una relación que se caracte­
riza por una imputed quality, citando en los términos incompara­
blemente precisos de la expresión de Peirce (1, pág. 588).
El concepto de icono de Peirce no puede ser bien entendido si
lo aislamos del contexto global de su semiótica. Y sin embargo la
iconicidad ha generado una literatura pletórica. ¿Por qué se ha con­
vertido la iconicidad y su anverso el aniconismo (la prohibición de
las imágenes por motivos religiosos) en el centro de atención de tan­
tos estudiosos? Wallis (1975, pág. 157), entre otros, alude al suges­
tivo poder de los signos icónicos y a las implicaciones de esta pose­
sión para la historia de la cultura. La mágica eficacia del tipo de
icono llamado effigy, ha sido reconocida en la experiencia ritual
desde hace mucho tiempo, al menos desde que Donne proclamase,
en un sermón en 1661, que «para aquellos que han sido condena­
dos antes, nosotros estamos condenados en la Effigie»; del mismo
modo en una exhibición de marionetas ante una casa de fraterni­
dad en casi todos los campus americanos durante la temporada fut­
bolística, se decide la victoria del equipo local a la sazón. El siste­
ma ritual de ciertas culturas está construido con signos icónicos:
entre los rotineses, la premisa más importante de sus rituales se basa
en la ecuación de humanos y plantas y está definida por una forma
de iconos realzados por el lenguaje de la botánica (Fox, 1975, pág.
113).
¿Qué quiere decir que un signo icónico se basa en la «semejan­
za», cuestión que Peirce introdujo a propósito de su definiensl Eco
la criticó (1976, págs. 192-200) por considerarla una concepción in­
genua, ya que los iconos están codificados culturalmente, es decir,
convencionalmente, «de manera más flexible». Por supuesto sabe­
mos que Peirce había sostenido exactamente este punto de vista
cuando afirmaba que cualquier imagen material «es altamente con­
vencional en su modo de representación» aunque «pueda ser lla­
mado hypoicon» (2, pág. 276) y también al escoger «iconos en los
que la semejanza está apoyada en reglas convencionales» (2, pág.
279). Sin embargo pudiera ser que la utilidad de la semejanza, es­
pecialmente en yuxtaposición clásica con la contigüidad, apunta­
da ya en capítulos anteriores, se derive de la omnipresencia de am­
bas en muchos ámbitos del trabajo intelectual a través de la historia
de Occidente. Así, aunque aplaudo el imaginativo análisis de in­
vestigación de Eco, sigo a favor de la terminología que a él le mo­
lesta: «la semejanza», y lo que la rodea constituye, desde mi punto
de vista, un excelente conjunto de importantes nociones, cuya uti­
lidad ha sido ampliamente probada en múltiples campos de las cien­
cias humanas, pero cuya pertinencia en relación al discurso semió-
tico se hace plenamente patente sólo si se aplica apropiadamente.
La noción de icono se empobrece mucho más cuando es contem­
plada de forma aislada, cosa que sucede en múltiples ocasiones,
que cuando es considerada en relación al contexto global de la cien­
cia de los signos.

La incidencia de la iconicidad

Existen innumerables ejemplos de iconicidad en el discurso de
la zoosemiótica que están virtualmente implicados en todos los ca­
nales conocidos, es decir, en tanto formas de propagación de la ener­
gía física que son utilizadas por los animales para la transmisión
de los mensajes. Bateson (en Sebeok, 1968, págs. 614-628) incluso
ha intentado explicar por qué los controles genotípicos se han de­
sarrollado en múltiples ocasiones para determinar la señalización
icónica y ha teorizado brillantemente sobre el hecho de que una
adecuada comprensión del sueño humano «debería arrojar luz so­
bre cómo opera la comunicación icónica entre los animales y sobre
la misteriosa etapa evolutiva de lo icónico a lo verbal». El mismo
sorprendente pensamiento, acerca del hecho de que la progresiva
inmediatez del sueño en el ser humano tiene en cuenta diferentes
grados de consciencia durante las diversas etapas del sueño y por
tanto cierta discontinuidad de la distinción sujeto/objeto inherente
a un sistema de codificación icónico, parece habérsele ocurrido a
Thom independientemente (1975, págs. 72 y sig.).
Serán suficientes aquí solamente unos pocos ejemplos del uso
de los signos icónicos en el mundo de los animales. La función icó­
nica de un signo químico se puede medir correctamente por las fluc­
tuaciones en la intensidad del rastro de olor de un insecto dejado
por los rastreadores de alimentos en algunas especies de hormigas,
por citar un ejemplo. La cantidad real de feromona emitida depen­
de directamente de la cantidad y de la cualidad de la fuente de ali­
mentación: «cuando el suministro de alimento y la intensidad del
olor del rastro disminuyen, son menos los insectos rastreadores atraí­
dos» (Butler, 1970, pág. 45); es decir, la feromona actúa como un
vehículo del signo icónico desde el momento en que se relaciona
de forma analógica con los puntos crecientes o menguantes del olor
guía (aunque un insecto puede utilizar canales suplementarios en
su avance —de acuerdo o no con las estrictas normas del code-
switching— tales como la vista, el tacto, la reacción de una brújula
y la orientación mediante la polarización de la luz en un cielo azul,
pero siempre bajo aquellas condiciones, es decir, de forma icóni­
ca). La iconicidad programada genéticamente juega un papel deci­
sivo en el engaño que supone el olor y el sabor, el color y la forma,
el sonido y por supuesto la conducta, como ya había descrito grá­
ficamente Hinton (1973). A veces un animal altera incluso su me­
dio ambiente para adaptar su propia imagen, fabricando ciertas co­
pias falsas de sí mismo, con el fin de alejar a los predadores de su
cuerpo, el modelo vivo, hacia alguna de las réplicas que construye
a tal efecto. Y éste es solamente uno entre un gran número de me­
canismos antipredación icónicos ideados por ciertas variedades de
un interesante género de arañas conocidas como «tejedoras del orbe»
(Wickler, 1968, págs. 56 y sig.; Hinton, 1973, págs. 125 y sig.). La
teoría del mimetismo, que encuentra muchas aplicaciones entre los
animales y las plantas, según Wickler (1968), está relacionada con
una serie de fenómenos naturales emparentados con el origen de
todas las especies y todas sus adaptaciones. Sin embargo, las aso­
ciaciones que constan de modelos y de sus imitadores constituyen
un conjunto especial de acontecimientos biológicos que conectan
los signos con cosas significadas por «una mera relación de razón»
(Peirce, 1, pág. 372), en cuyo caso el signo es un icono, de manera
que el modelo debe estar integrado, in toto, dentro de una teoría
de la iconicidad más general y profunda.
Me es difícil evitar el recordar una vez más el ejemplo particu­
larmente bonito (aunque a veces controvertido) de una compleja
conducta invertebrada que evolucionó para funcionar como un signo
icónico del tipo táctil o visual. Fue descubierto por Kloft (1959),
y tiene que ver con cierta especie de áfidos asociados con las hor­
migas. Estos pequeños insectos de cuerpo blando, muy vulnerables
al ataque de los predadores, están protegidos y atendidos por las
hormigas, con las que se comunican a través de una feromona de
alarma que funciona para estabilizar su asociación. Su relación se
refuerza aún más por el hecho de que las hormigas «ordeñan» a
los áfidos haciendo vibrar sus antenas contra la parte trasera de
un áfido. Los áfidos secretan entonces gotitas de una especie de miel
que es consumida por las hormigas. Kloft se dio cuenta de que esta
agradable relación se basaba en un «malentendido», y propuso
como hipótesis de trabajo que el extremo trasero del abdomen de
un áfido y los movimientos de sus patas traseras constituyen para
una hormiga obrera un complicado vehículo del signo, que signifi­
ca, desde su perspectiva, que se trata de la cabeza de otra hormiga
moviendo su antena. En otras palabras, la hormiga, en un acto de
perversión de la trofalaxis habitual entre las hermanas, identifica
la réplica (la parte posterior del áfido) con el modelo (el extremo
delantero de la hormiga) y pretende, en base a esta información erró­
nea, tratar a un conjunto de emisores biológicos fuera de contexto,
es decir, de la misma manera que en el caso de una efigie. Los múl­
tiples parecidos entre el modelo y la réplica son tan sorprendentes,
sutiles y efectivos, que apenas podrían explicarse sino como una
coincidencia evolutiva (Wilson, 1975, pág. 422).

Características de la iconicidad

Ya he citado en capítulos anteriores la desigual división peir-
ceana de los iconos en imágenes, diagramas y metáforas (2, pág.
227), y su aparente falta de interés en la tercera. Los iconos todavía
se identifican de manera simplista con meras imágenes, entendidas
como ecuaciones que originan teorías superficiales y mal cimenta­
das, como las del arte. El abandono de los diagramas es especial­
mente incomprensible, puesto que fueron de gran importancia en
la misma investigación semiótica de Peirce, y han sido revisados ex­
tensamente por al menos tres estudiosos: Zeman (1964), Roberts
(1973) y Thibaud (1975).
Peirce (2, pág. 282) ha manifestado explícitamente que «muchos
diagramas no se parecen en absoluto a sus objetos por su aparien­
cia, sino que su semejanza consiste únicamente en la relación entre
sus partes». En algún otro lugar insistía en que «un diagrama tiene
que ser auditivo o bien visual y que las partes tienen que estar se­
paradas, por un lado, en el tiempo y por otro, en el espacio» (3,
pág. 418). Le sigue un pasaje crucial (3, pág. 419) que todos los lin­
güistas deberían leer desde el principio hasta el final. Peirce esta­
blecía en él que «la lengua no es sino un tipo de álgebra», o un
método para formar un diagrama. Más tarde continúa: «Los signi­
ficados de las palabras de ordinario dependen de nuestra tendencia
a unificar cualidades y nuestras aptitudes para captar semejanzas
o para utilizar la frase recibida, en asociaciones de semejanza', mien­
tras que la experiencia está toda ella ligada y solamente es recono­
cible por fuerzas que actúan sobre nosotros o, utilizando un térmi­
no técnico incluso peor, por medio de asociaciones de contigüidad».
Peirce explica largamente (7, pág. 467) que «la viva influencia so­
bre nosotros de un diagrama o icono, con cuyas partes están co­
nectados en el pensamiento un número idéntico de sentimientos o
ideas... Pero el icono no es percibido siempre con claridad. Puede
que no sepamos qué es exactamente o es posible que lo hayamos
aprendido por observación de la naturaleza». En resumen, yo soy
de la opinión de que ninguna crítica de la iconicidad que ignore
los gráficos existenciales de Peirce, con sus múltiples implicacio­
nes, puede ser tenida en cuenta seriamente o considerada como ab­
solutamente viable.
Un solecismo sorprendentemente predominante asume que los
iconos, es decir, las imágenes, están necesariamente confinadas a
la modalidad visual. A veces una constricción semántica de este tipo
viene impuesta por una elección deliberada. «Hay un acuerdo sus­
tancial» según una destacada investigación experimente 1 en busca
del lugar de almacenamiento visual a corto plazo, llamado también
memoria icónica, «de que los términos icono, imagen visual y per­
sistencia de la sensación puedan ser utilizados de forma intercam­
biable» (Sakitt, 1975, pág. 1.319). Un simple momento de reflexión
sobre los componentes icónicos de la lengua hablada natural sería
suficiente para examinar esta limitación terminológica improducti­
va. Deberíamos también tener presentes en esta conexión las múlti­
ples representaciones icónicas multisensoriales que impregnan la
existencia diaria del ser humano y de los animales. Una esfera de
este tipo, saturada de iconicidad, es, hablando en términos genera­
les, la de un pequeño grupo ecológico ilustrado, por ejemplo, por
una conducta de asentamiento (Lott y Sommer, 1967) como un tipo
de posicionamiento espacial: en una reunión familiar esperamos en­
contrar al «cabeza» de familia a la «cabeza» de la mesa, etc. Como
ya han demostrado numerosos estudios sobre aloprimates «la po­
sición relativa y la distancia entre unos y otros de los diferentes
miembros de un grupo, reflejan la naturaleza de las relaciones so­
ciales entre ellos» (Hall y DeVore, 1965, pág. 70). Además, Kum-
mer (1971, pág. 233) ha analizado inteligentemente la conexión icó­
nica de las relaciones sociales y de los acuerdos espaciales en los
animales en general, concluyendo verosímilmente con la insinúa-
ción de que «tendencias territoriales... pueden reemerger en el tra­
tamiento de la información». En otras palabras, que existe una co­
rrespondencia diagramática entre el signans, el orden espacial, y
el signatum, la organización social, de manera análoga a la rela­
ción isomórfica entre un área geográfica y cualquier mapa que pre­
tenda representarla.
Antes o después, la contemplación del icono tiende a experi­
mentar un cambio: desde versar sobre asuntos legítimamente se-
mióticos, en sentido técnico, a hacerlo sobre intratables problemas
filosóficos de identidad, sobre analogía, parecidos, contrastes (Ayer,
1968, pág. 151), semejanzas y diferencias, arbitrariedad y motiva­
ción, geometría y topología, naturaleza y cultura, espacio y tiem­
po, vida y muerte. La experiencia es como entrar en una divertida
casa amueblada con reflejos de cristales y espejos distorsionantes,
dobles y réplicas, estímulos enfáticos y modelos superóptimos, sien­
do transportado en la grupa de uno de los ambiguos caballitos de
Gombrich (1951). Eco (1976, pág. 212), con su bien conocida habi­
lidad estilística, proporcionó a sus lectores indicadores a través de
esta jungla de equivocaciones, sin ignorar la final, y posiblemente
fatal, ambigüedad de que «todo se parece a cualquier otra cosa».
Al responder a sus animadversiones hacia el icono, recuerda mi
ejemplo del segundo capítulo con respecto al tema de la regresión
(la representación de La Gioconda).
Podemos resumir así las características fundamentales de la ico­
nicidad (véase Bouissac y otros, 1986):

® La noción de icono y de los conceptos relacionados con él
han sido objeto de continuas e intensas discusiones en cier­
tos períodos y, en general, a lo largo de los siglos, desde Pla­
tón hasta Peirce. La tendencia de las ideas a asociarse unas
con otras por semejanza se constituyó en un poderoso prin­
cipio para explicar muchas operaciones mentales, convirtién­
dose de esta manera en un capítulo importante en la historia
de las ideas en las que la historia volvía a ser contada, como
todavía lo está siendo, con infinitas variaciones.
® La resemblance-association de Peirce (1, págs. 313, 383 y 502),
al margen de la cual su noción de icono debe haber cristali­
zado, deriva su asombrosa novedad del hecho de estar encla­
vada en una matriz semiótica muy compleja y productiva, que
además está concebida como teoría de la comunicación y
como teoría de la significación. Aunque la clasificación de
los signos de Peirce se haya convertido en el objetivo funda-
mental de todos los debates sobre la iconicidad desde 1867,
el nivel de discusión disminuye cuando el icono, como suce­
de a menudo, se aísla del contexto global de su marca única
de «doctrina» de los signos, o cuando las complejidades de
su semiótica están insuficientemente controladas (o quizás ex­
traídas de fuentes secundarias, o algo peor).
No hay signos icónicos puros; de hecho, «ningún signo ver­
dadero es un icono» (Ayer, 1968, pág. 140). La transforma­
ción de la desiconización es frecuente. El proceso inverso de
iconización es más difícil de encontrar. Es admisible asumir
que puede haber una tendencia diacrónica hacia un equili­
brio en sistemas de signos mixtos (tal como sucede en len­
guas gestuales utilizadas en algunas comunidades de sordos).
La iconicidad juega un papel decisivo en la configuración de
la vida diaria en todas las culturas. Los signos icónicos se di­
funden a través de los códigos de comunicación humana, sean
verbales o no verbales.
Los signos icónicos se encuentran a través de las series filoge-
néticas, circunscritos en todas sus modalidades por los órga­
nos de los sentidos, mediante los cuales los miembros de una
especie dada pueden informarse entre ellos mismos sobre su
entorno. La falsificación de los signos (es decir, el fenómeno
de la mimesis), las manipulaciones engañosas de las plantas
y los animales, así como las de los humanos, suelen depen­
der crucialmente de la iconicidad.
Todavía quedan multitud de enigmas sin resolver en torno a
este modo de almacenamiento, producción y transmisión de
los signos icónicos. Algunos de ellos pertenecen a la lógica,
algunos a la psicofisiología, otros a la etología. La solución
espera la llegada de nuevas herramientas analíticas, entre las
cuales parecen, con diferencia, las más prometedoras —porque
muestran cómo opera el proceso de copia a nivel molecular,
gobierna la percepción, impregna los sistemas de comunica­
ción tanto de los animales como de los seres humanos, cons­
tituye un principio fundamental de la sociobiología, y, en re­
sumen, es capaz de integrar globalmente problemas de carácter
universal que implican relaciones dinámicas entre el signifi­
cante y el significado (Thom, 1974, pág. 245)—, aquellas que
se derivan de la teoría de la catástrofe (Stewart, 1975) ya que
parecen capaces de hacer útiles dichas herramientas para el
análisis topológico.
El estudio de la ¡conicidad

Hacia finales del siglo pasado, trabajos marginales con respec­
to a las grandes corrientes filosóficas culminaron en la semiótica
de Peirce. Su contemporáneo Ferdinand de Saussure contribuyó al
progreso de la disciplina, aunque de manera mucho más modesta
por partir de una base estrictamente lingüística y por hacer refe­
rencias constantes a modelos lingüísticos estándar, aunque con una
exhaustiva visión de futuro. A pesar de que Saussure nunca utilizó
el término, proporcionó como ejemplo provisional de signo iróni­
co las escalas de la justicia (Saussure, 1967 [1916]) que representan
el equilibrio entre el pecado y el castigo. El origen real de sus ideas
sobre la tipología de los signos sigue siendo un misterio tentador.
No parece haber mostrado interés hacia la iconicidad y, aunque su
sucesor franco-suizo Bally (1939) sí lo mostró hasta cierto punto,
nuestro conocimiento sobre la teoría de los signos y los símbolos
no se ha visto especialmente aumentado por la tradición saussu-
reana, a pesar del avance que se ha originado últimamente en Fran­
cia, a saber, el de la brillante incursión de Thom (1973) con respec­
to a este aspecto de la semiótica. No debería sorprendernos el que
las ideas de Peirce, en especial las relacionadas con el icono, hubie­
ran encontrado un eco tan beneficioso en el trabajo de este distin­
guido creador de modelos topológicos, puesto que Peirce esperaba
que sus gráficos existenciales sirviesen para contribuir también de
forma explícita a la comprensión de las leyes topológicas (4, págs.
428 y sig.); además su «sistema es absolutamente topológico» (Gard-
ner, 1968, pág. 56).
Thom (1975, págs. 72 y sig.) asume que la función fundamen­
tal del sistema nervioso central de los animales es proyectarse sobre
regiones localizadas para simular la posición del organismo en su
entorno, así como representar objetos tales como el de la presa y
el predador, que son cruciales biológica y/o socialmente con res­
pecto a su supervivencia o bienestar. Es decir, un animal está infor­
mado e impulsado constantemente por vehículos-signo portadores
de significado diseñados con el fin de liberar reflejos motores per­
tinentes (IRMs) como aproximación (hacia una presa) o como re­
tracción (desde el predador), o respuestas verbales sustitutorias en
el ser humano, como en una oración transitiva de sujeto-verbo-
complemento, un modelo sintáctico que puede ser considerado
como una transcripción temporal de un suceso biológico en el
espacio-tiempo, y la predación como su paradigma arquetípico. En­
tre los conductistas animales, Schneirla (1965, pág. 2) ha defendi-
do persuasivamente, en apoyo de su teoría bifásica, que «las ope­
raciones que aumentan o disminuyen apropiadamente la distancia
entre los organismos y las fuentes de estímulo, deben haber sido
cruciales para la supervivencia de todas las clases animales» en la
evolución de la conducta. Thom (1975, pág. 73) ha extendido este
hilo de razonamiento a los seres humanos, quienes, dice, mediante
el acto de nombrar han reemplazado las representaciones icónicas
de las interacciones espacio-tiempo por símbolos.
Thom esbozó brevemente la génesis de los iconos (1973). En con­
tados ejemplos las imágenes aparecen de manera natural, pero las
muestras de este tipo están generalmente desprovistas de valor se-
miótico —el perfil de la sombra de una persona sobre el suelo, una
forma reflejada en el agua, la impresión de un pie sobre la arena.
Tales imágenes espaciales cotidianas están dotadas necesariamente
de ciertas propiedades físicas y geométricas, aunque adquieren es­
tatus semiótico únicamente bajo circunstancias especiales. Para que
una sombra se perfile, como en el primer ejemplo, el modelo debe
estar iluminado por un foco de luz y la luz ha de ser proyectada
sobre el cuerpo, para así definir su sombra. En el segundo ejemplo
se forma una imagen similar en la superficie reflectante. En ningu­
no de los ejemplos la imagen que resulta es permanente: se desva­
nece con toda seguridad al desaparecer el modelo (o la fuente lu­
minosa). Sin embargo, el tercer ejemplo ilustra un nuevo fenómeno
que Thom denomina «plasticidad» del sistema receptor. La huella
del pie no desaparece al quitar el pie (o al ponerse el sol): el estímu­
lo formativo altera el equilibrio del sistema receptor al grabar la
forma del modelo; en este caso la imagen se convierte en una hue­
lla de la memoria (Sakitt, 1975). Thom designa al estado dinámico
que supone tal transacción como «competencia», implicando la po­
sibilidad de una interacción irreversible. Una modificación del pri­
mer ejemplo subraya la siguiente distinción: la sombra de una per­
sona debería perfilarse sobre una placa fotográfica en lugar de sobre
un suelo insensible. La imagen de esa persona debe ser fijada para
siempre, debido a la competencia del sistema receptor. Utilizando
los conceptos sugeridos podríamos prever la formación de imáge­
nes equitativas a sus modelos, o lo que es más, como en el caso
de las construcciones de las termitas, que podríamos decir que es­
tán «congeladas» o fosilizadas y que producen la conducta social
de estos grandes insectos arquitectos, podríamos hacerlas aprove­
chables para el estudio de la larga evolución de su conducta inclu­
so después de la extinción de la colonia (Emerson, 1938).
Se podría decir que en esta etapa la vida se ha hecho accesible.
Un ser vivo L fabrica, durante cierto tiempo, otro ser vivo L’, iso-
mórfico con L. L’ pronto suplantará a L. Thom dice que esta ca­
racterística de la plasticidad activa el código genético, originando
un sistema molecular autorreplicante y mutable que también es sen­
sible al entorno. Este complicado proceso está prefigurado en el tipo
de explosión local que tiene lugar en la emulsión fotográfica. Se
hace particularmente simple en el desarrollo embriológico que puede
existir entre las formas más dramáticas de iconización: es el diseño
de la naturaleza para expandir el crecimiento y la diferenciación de
una estructura isomórfica con respecto a la matriz en virtud de una
operación de traducción espacio-temporal. A nivel molecular, se pro­
duce este mismo mecanismo cuando una hélice doble de ADN se
reproduce para generar dos hélices conteniendo cada una de ellas
un elemento viejo y otro nuevo de reciente creación.
En el otro extremo de la escala ontogenética de la vida, Thom
nos invita a considerar el fenómeno de la percepción: éste puede
ser entendido como una modificación de la competencia dinámica
a partir del impacto sensorial de la realidad externa, como Sócra­
tes había enseñado a Teeteto. Cualquier sistema competente, por
ejemplo, los componentes mecánicos e hidrodinámicos del córtex
acústico o de la retina y el córtex visual, etc., recuperan rápidamente
su penetrante virginidad, indispensable para una competencia per­
manente y completa, siempre que su facultad de plasticidad garan­
tice que las impresiones de los sentidos sigan almacenadas en la
memoria.
En un resumen panorámico de Thom, la formación de los ico­
nos aparece a través de toda la escala de la naturaleza como la ma­
nifestación de una dinámica universal de carácter irreversible: un
modelo se ramifica en una réplica isomórfica de sí mismo. Con fre­
cuencia, sin embargo, este proceso implica una interacción reversi­
ble, debido a la perenne oscilación de los físicos termodinámicos
entre el punto de vista conservador hamiltoniano (expresado en la
Primera Ley) y el punto de vista de Heráclito, «la flecha del tiem­
po» (expresado en la Segunda Ley). En todas las interacciones en­
tre las dos mitades indispensables del signo, la relación entre el sig­
nificado y el significante debe obedecer a este flujo universal: el
significado engendra al significante en un eterno proceso de rami­
ficación. Pero el significante reengendra al significado cada vez que
nosotros interpretamos el signo. En términos biológicos se podría
decir que el descendiente como significante puede convertirse en
el padre como significado, dado el lapso de una generación.
Thom tiene mucho más que decir, aunque en este punto no nos
extenderemos demasiado, sobre la imagen relacionada con la desi­
onización, la estilización, la descomposición, el paso del tiempo
y la muerte, esbozando una extensa distinción entre la capacidad
física de un icono para resistir el factor mido inherente a cualquier
intercambio comunicativo y su capacidad biológica para evocar otras
formas importantes o «interesantes» desde el punto de vista bioló­
gico o sociológico.
En busca de una causa común con Peirce, Thom explora el nú­
cleo de la significación. La característica transcendente de ambos:
una gran imaginación. Su instrumento científico, compartido para
la invención y descubrimiento de nuevas verdades, así como sus me­
canismos de reordenación de las antiguas, constituye una rama de
las matemáticas capaz de tratar con los fenómenos discontinuos
y divergentes, una parte especial de la teoría de las singularidades.
Estas dos figuras profundamente carismáticas agruparon un siglo
de divagaciones más o menos pedestres sobre el signo, y ocasional­
mente inspiraron extensiones y aplicaciones de nociones semióticas
sobre la mayoría de las partes de los dominios verbales y no verbales.
El código genético, el código metabólico (transacciones hormo­
nales intercelulares), los códigos comunicativos no verbales utiliza­
dos por gran cantidad de organismos, incluyendo los humanos,
nuestro peculiar código verbal y su participación diferenciada en
todas las formas de las funciones artísticas, ya sean literarias, mu­
sicales, pictóricas, arquitectónicas, coreográficas, teatrales, fílmi-
cas o de otras formaciones híbridas y, finalmente, las comparacio­
nes entre cualquiera de los ya mencionados, todos son aspectos que
siguen figurando en la agenda de la ciencia semiótica contemporá­
nea. Peirce y Thom tienen un encanto especial que nos cautiva y
que nos instruye cuando nos adentramos en el origen de esta fasci­
nación. La teoría de la catástrofe desarrollada por Thom en los años
sesenta estaba dirigida hacia la embriología, donde podía en prin­
cipio dar respuesta a cada punto de la bifurcación mediante la idea
de que el desarrollo de cada célula diverge del de sus vecinas. Más
tarde, Thom extendió su teoría a la evolución en general, a la re­
producción, al pensamiento y, por último, a la generación y trans­
misión de los signos verbales y no verbales. Sucede pues que las
imágenes son la característica más importante de su teoría; él ha
demostrado que a pesar de la cantidad casi ilimitada de fenómenos
discontinuos que puedan existir, hay solamente cierto número de
imágenes diferentes que suceden realmente. Las llamó «catástrofes
elementales» y ha demostrado que en un espacio que no tenga más
de cuatro dimensiones (como las de nuestro mundo «real») se pro­
ducen exactamente siete de tales transformaciones.
Como podemos comprobar en el Oxford English Dictionary,
el vocablo inglés fetish fue adoptado directamente del sustantivo
portugués feitigo, «encanto, brujería» {hechizo en español; ambos
procedentes del latín facticius, «facticio», que significa «artificial,
hábilmente tramado»). Originalmente el término se aplicaba a cual­
quier objeto utilizado por los guineanos de la costa y regiones veci­
nas como talismanes, amuletos u otras formas de encantamiento,
«o que era considerado por ellos como portador de terror supersti­
cioso». Los marineros portugueses acuñaron el término en el siglo
xv al observar la veneración con que eran tratados tales objetos por
parte de los africanos de la costa occidental, objetos que formaban
parte de sus vestimentas (véase Herskovits, 1947, pág. 368). La pri­
mera mención inglesa, como más tarde fue constatado en el OED,
data de un trabajo de Purchas de 1613, Pilgrimage (6.15.651): He-
reon were set many strawen Rings called fatissos or Gods.
Ciertos antropólogos, seguidores de Brosses (1760), empezaron
a utilizar fetish en el sentido más amplio de un objeto inanimado
que los «salvajes» adoran debido a sus poderes mágicos inherentes
o por estar alentado por un espíritu. De forma más general, fetish
se refiere a algo reverenciado irracionalmente. En 1869 McLennan,
que consideraba el totemismo como un tópico teórico, inventó tam­
bién esta importante fórmula: el totemismo es fetichismo más exo­
gamia y descendencia matrilineal (véase Lévi-Strauss, 1962, pág. 18).
Más tarde Van Wing escribió (1938, pág. 131) una ampliación, cita­
da en numerosas ocasiones, acerca del fetiche como una oposición
metáfora/metonimia.
El propósito de este capítulo consiste en contemplar el fetiche
como un ejemplo de semiosis que coincide en parte con alguna de
las categorías de los signos. Aunque el fetichismo es común entre
los mamíferos, es un ejemplo particularmente bueno de la fecundi­
dad de la semiosis humana, que incluye simultáneamente el cuer­
po, la mente y la cultura.

El origen del fetichismo como «desviación»

Un método fructífero para clasificar las religiones ha sido ha­
cer la siguiente pregunta a cada una de ellas: ¿dónde se busca y
localiza principalmente lo divino (el objeto de respuestas religio­
sas) y qué tipo de respuesta se le da en primer lugar? Según este
principio de división, las religiones se dividen en tres grandes gru­
pos: sacramentales, proféticas y místicas. Alston (1967b) aportó más
detalles siguiendo las sugerencias de William James. Auguste Comte
y Charles de Brosses interpretaron el fetiche como base de sus teo­
rías relacionadas con el origen de la religión.
Lo divino en la religión sacramental se busca fundamentalmen­
te en las cosas, que se cree son capaces de capturar las fuerzas na­
turales —cosas inanimadas tales como trozos de madera, reliquias
de santos, estatuas, cruces; o comida y bebida como el pan y el vino
o el agua bautismal; o cosas vivas como el animal totémico del gru­
po, la vaca sagrada, el árbol sagrado; o procesos tales como los mo­
vimientos de la danza sagrada. En formas muy primitivas de reli­
gión sacramental, cuando el objeto en sí, quizás en posesión de una
existencia animada dentro o fuera de sí mismo, es tratado como
divino, se le ha designado como fetiche en las primeras prácticas
antropológicas. A este tipo de fetiches se les suponen efectos posi­
tivos —como el de curar la enfermedad— e incluso son utilizados
para inducir la disposición erótica, es decir, para influir y alterar
las relaciones sociales «naturales».
Fue claramente la asignación de esta capacidad la que condujo
hacia la adhesión eventual del término al discurso clínico, y de aquí
al legal, para describir el aumento de la actividad sexual ante la
presencia de un tipo de objeto que está dotado, aunque no para
todos, y en ese caso muy débilmente, de una connotación sexual
compulsiva (parafilíaca). Gebhard (1969, pág. 72) considera acer­
tadamente «todo el tema del fetichismo como un fenómeno gra­
dual. En un extremo de la línea la preferencia es débil; más tarde
la preferencia es fuerte; después es el punto donde el asunto fetiche
se convierte en una necesidad para la actividad sexual. En el extre­
mo final de la línea el tema fetiche se substituye por un compañero
sexual vivo». Además, como quedará claro más adelante, la clasi­
ficación gradual es el único procedimiento que tiene sentido cuan­
do el asunto es observado desde el punto de vista de la semiótica.
La noción de «fetichismo de los géneros» (Erckenbrecht, 1976)
se ha convertido en uno de los conceptos y eslóganes cardinales de
la herencia marxista, al ser aplicado al análisis de la relación entre
la gente y los productos o entre el valor de uso y el valor de cam­
bio. Geras (1971, pág. 71) ve los orígenes de este concepto en la dis­
tinción fundamental entre «esencia» (es decir, relaciones sociales
«reales») y «aparición» (la manifestación externa de tales relacio­
nes). Geras escribe: «Es debido a que existe en el interior de la so­
ciedad capitalista un tipo de ruptura interna entre las relaciones
sociales que se obtienen y la manera en que se experimentan, por
lo que el científico de la sociedad choca con la necesidad de cons­
truir la sociedad en contra de las apariencias. Así, esta necesidad
no puede seguir siendo considerada como una importación arbi­
traria en el propio material teórico de Marx o como algo extraído
simplemente de otras ciencias preexistentes... Al parecer conduce
por un camino más corto al núcleo de la noción de fetichismo».
En definitiva, investir un género con poderes que no están pre­
sentes o no le son inherentes es elevarlo al estatus de fetiche; de esta
forma el dinero, o el capital en general, se «fetichiza». Jhally (1987,
pág. 29) —que ha trabajado acerca del fetichismo en la televisión
y los anuncios de las revistas— reformuló recientemente este pro­
ceso de manera cuasisemiótica al comentar que «el fetichismo con­
siste en ver el significado de las cosas como parte inherente de su
existencia física, cuando de hecho ese significado se origina por su
integración en un sistema de significado». Anteriormente, Baudri-
llard (1981, pág. 92) llegaba a una conclusión similar al destacar
que es la santificación del sistema como tal, «el género como siste­
ma» la que refuerza «la fascinación del fetichismo».
El fetiche en psicología y sexología

La obra Psychopathia sexualis (1886), del psiquiatra forense Ri­
chard von Krafft-Ebing, contenía la primera colección sistemática
de datos relacionados con el fetichismo «patológico». Este texto,
con su visión del sexo como algo pervertido y repugnante, ejerció
una gran, triste y al parecer perpetua influencia. Su autor escribió
extensamente sobre crímenes sexuales y sobre variaciones o desvia­
ciones que él consideraba basadas en defectos genéticos.
Hasta donde yo he podido rastrear, fue Krafft-Ebing quien se
refirió por primera vez a la noción de fetiche como una «perver­
sión», es decir, como algo que requiere deshonra y sanciones so­
ciales para ser controlado. Según sus descripciones, un fetiche era
un objeto no humano —una parte del cuerpo o algo contiguo a
él, como bien podría ser la ropa— que servía como impulsor de
la excitación sexual y el orgasmo. El teutónico doctor de hecho con­
sideraba todos aquellos actos que no fuesen el coito marital con
el objetivo y propósito de la procreación y todos los sustitutos de
las relaciones sexuales pene/vaginales —por ejemplo el voyeuris-
mo, el exhibicionismo, el travestismo o el sadomasoquismo— como
«perversiones» que tenían que ser reprendidas.
El «método» de Krafft-Ebing está ilustrado por su informe de
un caso (n.° 101) de hair-fetishism, que cito de Kunzle (1982, pág.
53), quien —después de la monografía del doctor policía francés
Paul Garnier (1896, pág. 70)— lo utiliza para ilustrar «el grado de
deseo de venganza moral» mostrado por las autoridades y aproba­
do por Krafft-Ebing. Según este conocido relato, un chico de die­
cisiete años estaba viendo un espectáculo en los jardines de las Tu­
nerías mientras acariciaba a una chica «cuyo cabello enrollaba
silenciosa y amorosamente entre sus dedos, tan suavemente que ella
ni siquiera lo notó. De repente dos policías de paisano se abalanza­
ron sobre él. Uno de ellos cogió con las manos el pene erecto del
chico a través de sus pantalones y gritó: «¡Al fin te tenemos... des­
pués de todo el tiempo que te hemos estado vigilando!». El chico
fue sentenciado más tarde a tres meses de prisión.
Un libro de texto clásico de psiquiatría de Freedman, Kaplan
y Sadock (1972) define asimismo el uso de los fetiches (en un con­
texto explícitamente sexual) en términos metonímicos: «El proceso
de alcanzar la excitación sexual y la gratificación mediante la susti­
tución de un objeto inanimado, como un zapato, ropa interior u
otro tipo de vestimenta, por un objeto de amor humano». Esta de­
finición se repite sustancialmente bajo la rúbrica de «Otras desvia­
ciones sexuales» (sic), a las que solamente se añaden «un pie o un
mechón de cabello» a la enumeración de fetiches sexuales comunes.
(Un ejemplo notable y reciente de fetichismo del pie aparece en un
cortometraje de Martin Scorsese titulado Life Lessons, en el que
la cámara se detiene obsesivamente en los pies de Rosanna Arquet-
te.) De hecho es muy común en la literatura psiquiátrica encontrar
referencias a la atracción que un paciente pueda manifestar hacia
un objeto inanimado como un «desorden» o una «patología».
Una publicación reciente (6 de marzo de 1987) del «The Kinsey
Report», una columna periodística de mi colega June Reinisch, re­
sume el punto de vista científico actual del tema:

Q.- Soy un hombre de unos 20 años. Desde que tengo 9 años me he
sentido fuertemente atraído hacia los pies de las mujeres, los zapatos
y las medias. Llego a estimularme sexualmente pensando en el olor
de los pies y a veces tengo erecciones en lugares públicos cuando fan­
taseo sobre el tema. Me siento extremadamente culpable y pienso que
la mayor parte de la gente opinaría que soy un pervertido. ¿Cree que
estoy enfermo? ¿Necesito la ayuda de un profesional? ¿Por qué me en­
cuentro en esta situación?

A.- Pienso que debería consultar a un psicoterapeuta que tenga expe­
riencia en el tratamiento de problemas sexuales. Él o ella pueden ayu­
darle a determinar exactamente qué papel desempeñan en su vida es­
tos deseos, y así poder determinar entre los dos qué tipo de terapia
le es necesaria para mantener relaciones estrechas y duraderas. El feti­
chismo es una conducta en la que el deseo sexual depende de un obje­
to inanimado, una cierta parte del cuerpo o algo similar —en resumen,
de algo distinto de la persona completa. Esta área no ha sido científica
y completamente examinada. Se sabe muy poco sobre las causas de
la conducta fetichista, excepto que se cree que se origina al comienzo
del desarrollo psicosocial. Los científicos tampoco saben cuántas per­
sonas tienen fetiches sexuales pero está claro que esta conducta es mu­
cho más corriente en los hombres que en las mujeres. Una gran varie­
dad de partes del cuerpo, prendas de vestir y olores han sido
mencionados en artículos sobre fetichismo individual.

Está claro, en primer lugar, que ambas posturas, según el pun­
to de vista sobre el comportamiento fetichista del artículo, consti­
tuyen un «problema» sexual, incluso posiblemente una forma de
conducta «pervertida», o al menos necesitada de una intervención
psicoterapéutica. Esto es así a pesar de la concesión de Reinisch
de que se conoce muy poco sobre la causa u ontogenia del tipo de
conducta descrita.
Reinisch se hace eco también de una opinión común entre los
clínicos —la de que el fetichismo es mucho más común entre los
hombres que entre las mujeres. Esta tesis fue sostenida por Freud
(1927; véase Vigener, 1989), así como por Kinsey (1953, pág. 679)
y sus colaboradores, quienes consideraban que el fetichismo era «casi
exclusivamente un fenómeno masculino». Freud y sus seguidores
sostenían incluso que el fetichismo es la perversión par excellence
del macho. Schor (1985, pág. 303) lo resumió así: «el fetichismo
de la hembra es, en la retórica del psicoanálisis, un oxímoron».
Para el sujeto de Schor, George Sand, el fetiche hembra es una
herida casual; pero las heridas, afirma Schor (1985, pág. 304) «no
suelen ser fetiches para los hombres» —una afirmación cuestiona­
ble. La atracción fetichista hacia los mutilados —o dicho de mane­
ra más amplia, hacia los individuos «desacreditados» que arrastran
un estigma, en el sentido de Goffman (1963), como también hacia
las hembras de una sola pierna e incluso hacia el fetichismo de la
muleta (Schindler, 1953)— es abundante en literatura. Morris, por
ejemplo, (1969, pág. 170) resume el siguiente caso: un chico joven
«se estaba asomando por una ventana cuando tuvo su primera eya-
culación. Cuando le sucedió, estaba viendo una figura que pasaba
por la carretera, que llevaba muletas. Al casarse únicamente podía
hacer el amor con su mujer si ésta llevaba puestas las muletas en
la cama».
Reinisch subscribe implícitamente el punto de vista del fetiche
como un signo esencialmente indexical —especialmente un signo
sinecdoquial («algo más que la totalidad de la persona»)— aun­
que, por supuesto, su lenguaje no es el de la semiótica. Además
el fetiche es, como aquí, considerado generalmente como una fija­
ción sobre pars pro toto.
El estudio reciente más extenso del fetiche en sexología se en­
cuentra en Lovemaps de John Money (1986). Éste nos ofrece una
vez más una definición convencional: «un objeto o encantamiento
dotado de poder mágico o sobrenatural; un objeto o parte del cuerpo
cargado, para una persona particular, de poder sexoerótico espe­
cial» (1986, pág. 261). En su lema sobre el «fetichismo», sin em­
bargo, hay indicios mucho más amplios (indicios a los que volveré
más adelante) cuando Money señala (1986, pág. 265) que «no hay
ningún término técnico para la condición parafilíaca recíproca en
la que el fetiche, por ejemplo, un uniforme, deba pertenecer al yo».
Lo que podemos encontrar principalmente en el libro de Mo­
ney es un catálogo rutinario de algunos objetos que numerosos clí­
nicos han definido como fetiches típicos. Las personas relaciona­
das con la pornografía fabrican y venden objetos —incluyendo ex­
hibiciones pictóricas y escritas— ordenados por medio de catego­
rías similares, diseñados para atender a todos los posibles gustos
fetichistas.
Money clasifica (1986, págs. 65 y sig.) los objetos tangibles —o,
técnicamente, imaginarios— junto con aquellos que atraen la vista
o el olfato, asequibles para la percepción inmediata o para la fan­
tasía. Los anteriores pertenecen a los sentimientos de presión, fric­
ción o tacto, que pueden ser generados internamente (como por un
enema u otros artefactos insertados) o externamente (por la aplica­
ción de tejidos, piel, cabello, etc.). Un signo táctil puede ser tam­
bién una criatura viva moviéndose y/o peluda. En esta línea, recor­
demos el caso de una mujer que se ponía un perro a horcajadas
sobre las caderas, «como un atributo para la masturbación y el or­
gasmo», pero lo sustituyó más tarde por un niño pequeño en la mis­
ma posición (1968, pág. 64).
Fetiches de cuero (por ejemplo, zapatos), de goma o plástico
(pantalones de entrenamiento) llenan el vacío entre el tacto y el ol­
fato, como en el caso del fetiche de James Joyce con las bragas su­
cias (Wilson, 1989). Los fetiches olfativos transportan de forma ca­
racterística el olor de alguna parte del cuerpo humano, en especial
de aquellas prendas que cubren zonas sexuales (olor fecal o urina­
rio, olor del sudor, olor menstrual, olor de la leche). Estas prendas
a veces también son chupadas o mordidas.
Aunque Money no lo enfatice, el uso de fetiches por parte de
las hembras parece estar mucho más extendido en la literatura de
lo que se había reconocido explícitamente hasta ahora. Las opinio­
nes de Freud fueron dictadas obviamente por su preocupación teó­
rica por el complejo de castración, según el cual la fijación o la
regresión a estadios primerizos del desarrollo psicosexual se cons­
tituye en la base de las desviaciones, de forma que el componente
central del fetichismo es la ansiedad de la castración.
Es posible que la opinión tradicionalmente sostenida por Kin-
sey se deba simplemente a un perjudicial error de muestreo. Por
ejemplo, el robo compulsivo de objetos carentes de valor intrínse­
co para el ladrón pero que tienen una significación semiótica obse­
siva —tratada en sexología bajo el término «cleptofilia»— parece
darse en las mujeres mucho más que en los hombres, aunque la co­
nexión no está reconocida siempre de forma explícita (véase Zavit-
zianos, 1971, donde se relaciona el fetichismo femenino con el ex­
hibicionismo y la cleptomanía).
Por otra parte, no son infrecuentes relatos como el siguiente:
«Una joven experimentó su primer orgasmo sosteniendo un trozo
de terciopelo negro mientras se masturbaba. Al ser adulta, el ter­
ciopelo se convirtió en algo especial para su sexualidad. Toda su
casa estaba decorada con él y sólo se casaría por dinero o para con­
seguir más terciopelo» (Morris, 1969, pág. 169). De manera simi­
lar, la fijación de Imelda Marcos por sus 500 sujetadores y 2.700
pares de zapatos parece ser un caso muy publicitado de algo más
que el fetichismo de una mujer corriente y moliente.
Los niños de ambos sexos se abrazan frecuentemente a un obje­
to —como Linus y su conocida sábana—. Este objeto puede estar
relacionado por contigüidad con el padre o la madre o con el en­
torno material del niño en la primera etapa de su vida. Según algu­
nos psiquiatras (Freedman y otros, 1972, pág. 637) se trata de «una
operación de seguridad que se debería distinguir del fetichismo en
el que el objeto sexual se sustituye por otro». Más adelante se insis­
te en que el fetichismo de este último tipo «no se sabe que tenga
lugar en la infancia». Esta opinión puede que se deba al hecho de
que los psiquiatras se aferren al prejuicio de que un fetiche, para
ser definido como tal, tiene que producir satisfacción sexual geni­
tal (habitualmente considerada también como «desviación») y de
que el uso de objetos para producir un efecto fetichista tiene lugar
relativamente tarde, en la adolescencia. Con todo, objetos de ca­
rácter transitorio que están presentes en el entorno inmediato del
niño en las primeras etapas de su vida, pueden ascender al estado
de completos fetiches, presentándosenos de nuevo como un asunto
únicamente de grado (Sperling, 1963, Roiphe, 1973, Bemporad y
otros, 1976).
Deberíamos mencionar de pasada un síndrome llamado a veces
«pigmalionismo», que se refiere a un fetiche con forma de estatua
de mujer o de muñeca de goma. Desde un punto de vista semióti­
co, tal objeto constituiría un índice fuertemente impregnado de ico­
nicidad. (En grado menor, hay que mencionar algunos casos más
raros de fetichismo relacionado con los tatuajes, como apuntaba
Weimann en 1962, los cuales posiblemente contienen también índi­
ces indexicales.)
Otros fetiches —como por ejemplo los anillos de diamantes, las
alianzas de boda o los clásicos anillos o pins que llevan los adoles­
centes (Money, 1986, pág. 63)— pueden ser tenidos en cuenta como
índices encubiertos, en una estructura de referencia erótica, con alta
significación simbólica ampliamente conocida en el seno de cual­
quier cultura. El dinero o la propiedad también se convierten en
objetos fetiches del capitalismo (Becker y Schorsch, 1975, y Strat-
ton, 1987).
El fetiche en semiótica

Insisto de nuevo en una consideración más completa del fetiche
como un problema semiótico. Como se puede deducir de la discu­
sión sostenida hasta este momento, queda claro que un fetiche es:

® un signo, que a saber, es
® un signo predominantemente indexical, y que además es
• un signo indexical de la especie metonímica, habitualmente
una sinécdoque pars pro toto, y que
® este signo indexical está, por regla general, entremezclado con
elementos tanto icónicos como simbólicos en proporciones
diversas, dependiendo del contexto de su uso.

Con respecto a este último punto, hay que decir que una conse­
cuencia importante del modelo semiótico del fetiche es que no es
necesario para el objeto representado estar absolutamente presente
en el organismo antes de que la información sobre él pueda tener
influencia sobre la semiosis interna («pensamiento») e inducir lo
que Peirce (7, pág. 372) llamaba acción grafitic.
En otra terminología, un fetiche podría ser considerado como
un modelo (aliquid), pero de tal manera que el simulacro sea más
potente que el objeto (aliquo) por el que está (statpro). Su referen­
cia (renvoi) recuerda la caricatura del sujeto al que representa. Esto
concuerda con el punto de vista de Morris (1969, pág. 209) de que
el arte de la caricatura tiene mucho que ver con el proceso de un
estímulo extremo. Por regla general, las características que suelen
exagerarse en las caricaturas son equivalentes supernormales de las
características juveniles normales o de las partes sexuales, como el
pecho y las piernas de la mujer.
Como hemos podido ver hasta ahora, el término «fetiche» ha
sido utilizado fundamentalmente en los campos de la antropología
y de la psiquiatría (incluyendo especialmente el psicoanálisis) y de
forma más concreta —aunque extensamente— en estudios de con­
ducta erótica y sexual de los humanos. La noción de fetiche tiene
que ver, de acuerdo con todos estos conceptos, con la conservación
obsesiva de la propia imagen.
En mi opinión, solamente Christian Metz (1985), hasta ahora,
ha reflexionado sobre el fetiche en términos semióticos, aunque lo
ha hecho en relación a un entorno estrictamente técnico, a saber,
el de la fotografía. Metz opina que debido a dos características —la
de unas medidas relativamente pequeñas y la posibilidad de verlas
tantas veces como uno quiera— la fotografía, en oposición al cine,
se presta mucho más a ser utilizada como fetiche, es decir, como
algo que significa tanto la pérdida («la castración simbólica» freu-
diana, que es metafórica) como la protección contra la pérdida (que
es metonímica). Permítaseme, sin embargo, dejar al margen el tema
de la fotografía como fetiche, tema que más tarde Metz relaciona­
ría ingeniosamente con la muerte (o con el temor de la muerte) y
la conversación (personificada como aspecto, mirada, contempla­
ción). Preferiría revisar brevemente y ponderar las implicaciones de
un problema etológico de más importancia, conocido como super-
normal signal/stimulus o superoptimal sign.
El punto que quiero destacar sobre los citados signos ya había
sido captado fielmente en el tan celebrado aforismo de Oscar Wil-
de (en A Woman o f No Importance, acto 3): Nothing succeeds li-
kes excess, ya anticipado en los versos de Shakespeare: To gild refi-
ned gold, to paint the lily, / To throw perfume on the violet... / Is
wasteful and ridiculous excess (.King John 4.2.11 y sig.).
En resumidas cuentas, se dice que un signo es «supernormal»
cuando sobrepasa a un signo «normal» en su eficacia como emisor
(en referencia a la descarga de una conducta apropiada). Según
Guthrie (1976, pág. 19) una buena parte de la anatomía de los ór­
ganos sociales y de la conducta, los denominados signos supernor-
males «tienen lugar bajo la forma de órganos sociales extragran-
des, que aumentan la fuerza de los signos al incrementar la amplitud
de las señales». Así, en ciertas especies de animales, las cornamen­
tas y los cuernos se utilizan como estimativos del rango; o bien
«aumentan de forma gigantesca entre los machos de más edad, o
bien desarrollan modificaciones especiales como las de la forma­
ción de auténticas palmeras para incrementar el efecto visual desde
cierta distancia».
En particular, los órganos anales y genitales —o simplemente
aquellos a los que la humanidad considera tabúes— tienen tenden­
cia a ser modificados en órganos semióticos por varias razones: en
parte debido a que los mamíferos, al tener un sentido del olfato
muy bien desarrollado en general, tienden a utilizar las heces y la
orina como parte de su conducta signual (¿Quién era, dónde y cuán­
do?), y en parte debido a las armónicas vías urinario-sexuales de
los diferentes mamíferos. Los genitales han adquirido un significa­
do semiótico importante y se han ritualizado en un conjunto de
signos que conllevan oposiciones de importancia, como las de la
masculinidad/femineidad o la agresión/sumisión, al mismo tiem­
po que han sido elaborados en una ornamentación social especiali­
zada, relacionada residualmente con su ancestral función copu-
latoria.
El fenómeno del objeto estímulo supernormal ha sido demos­
trado en numerosas ocasiones en estudios sobre la conducta ani­
mal, en especial en un trabajo de Tinbergen y Perdeck (1950). Es­
tos dos investigadores (entre otros logros interesantes) descubrieron
que podían idear un estímulo supernormal consistente en un mo­
delo artificial en el que algunos aspectos del signo están exagera­
dos con respecto al objeto natural. El citado estímulo supernormal
consistía en una agua roja de tejer lana con tres anillos blancos cerca
de la punta. En este caso, el citado estímulo fue más efectivo que
el efecto natural producido por una gaviota adulta cuando reclama
la atención de sus crías mediante un ardid.
Habría que destacar que en este tipo de experimentos la fuerza
de la respuesta ante la situación de estímulo varía según los contex­
tos, incluyendo el del estado interior de respuesta de los animales.
En el famoso experimento diseñado para identificar las caracterís­
ticas más importantes del estímulo en el caso del macho del puerco
espín, se observó que la máxima efectividad, derivada de la exhibi­
ción de su rojo vientre, depende del momento del ciclo de repro­
ducción y de si está en su territorio.
El etologista Leyhausen (1967), escribiendo sobre gatos domés­
ticos, observó que los «objetos sustitutos» pueden convertirse en
objetos supernormales, como en el caso de un gato saciado que se
divierte con una pelota de papel en un juego de caza, mientras unos
ratones —víctimas perfectamente «adecuadas»— se pasean ante sus
mismas narices. Es más, los dispositivos fetichistas son lugares co­
munes entre los vertebrados, particularmente entre los mamíferos,
así como entre muchos pájaros.
Yo sostendría que un fetiche es un simple signo supernormal,
una «respuesta equivocada» (Lorenz, 1971, pág. 160), o si se desea,
que está por —y, por supuesto, ampliado por un proceso de
ritualización— algún objeto natural al que un individuo ha susti­
tuido por el objeto en sí mismo. (Para mayor información sobre
el tema véase Leyhausen, 1967.) Esta definición requiere, sin em­
bargo, una considerable ampliación de los conceptos de fetiche y
fetichismo, que abarque el esteticismo erótico general, así como las
derivaciones positivas que puedan ser consideradas como eróticas
por extensión interpretativa (por ejemplo, las reliquias de los san­
tos o la pata de un conejo).
Tales derivaciones tienen lugar normalmente entre un niño y su
madre, y más tarde, cuando el niño crece y se enamora de otro ser
humano. La unción con un objeto de amor exclusivo o un compa­
ñero sexual, incluyendo la relación que los behavioristas animales
llaman vínculo de pareja, implica de hecho un fetiche vivo: el obje­
to amado es un pars pro toto en el sentido de que la compañera
hembra está por todas las hembras casaderas. «Las respuestas esté­
ticas, marcadamente sexuales, a “ características de belleza” espe­
cíficas del cuerpo del macho o de la hembra exigen una atención
particular», porque se obtienen a través de caracteres «que son in­
dicadores inmediatos de las funciones sexuales hormonales» (Lo-
renz, 1971; pág. 159). Lorenz nos proporciona muchos más ejem­
plos, tomados del terreno del arte y de la moda, de la producción
de tales «maniquíes superoptimales», destacando aquellas caracte­
rísticas que se han exagerado a tales efectos. Morris (1969) también
aporta y analiza ejemplos relacionados con el tema.
Desde esta perspectiva, lo que en la literatura del sexo y de lo
erótico se conoce como desviación fetichista, puede ser considera­
do como error de impresión. Como escribió Morris (1969, pág. 169):
«La mayoría de nosotros desarrollamos una relación de pareja pri­
maria con un miembro del sexo opuesto, más que con unos guan­
tes de piel o con unas botas de cuero... pero el fetichista, firme­
mente marcado por su objeto sexual inusual, tiende a permanecer
en silencio ante el objeto de esta extraña atracción... El fetichista...
acaba aislado por su propia conducta sexual altamente especia­
lizada».
La mutua relación entre la semiótica y la lingüística se concibe
como coordinada o como jerárquica. Si la relación es jerárquica
hay dos posibilidades: o bien la lingüística está superordinada, es
decir, subsume a la semiótica, o bien es la semiótica la superordi­
nada, es decir, subsume a la lingüística. Cada una de estas tres pos­
turas ha sido objeto de estudio, pero únicamente la tercera ha reci­
bido un apoyo ininterrumpido. Por esta razón trataremos las dos
primeras muy brevemente.
El punto de vista de que la semiótica y la lingüística son iguales
se mantiene por motivos de utilidad más que abstractos. Como Metz
(1974, pág. 60), por ejemplo, había postulado: «En teoría, la lin­
güística es solamente una rama de la semiótica, pero de hecho la
semiótica fue creada a partir de la lingüística... Para la mayoría,
la semiótica sigue inacabada, mientras que la lingüística ya está muy
avanzada. No obstante, hay un ligero cambio. Los postsaussurea-
nos han tomado la semiótica que él intuyó y la han transformado
en una disciplina traslingüística. Y esto es muy bueno, porque el
hermano mayor debe ayudar al más joven y no a la inversa». Desa­
fortunadamente, el argumento de Metz está plagado de falacias.
Una de las más serias es la histórica: la semiótica no partió en ab­
soluto de la lingüística, sino de la medicina, como ya vimos en ca­
pítulos anteriores, que además tenía profundas raíces en los anales
de la humanidad. Sin embargo, la metáfora fraternal ha sido obje­
to de alguna sanción administrativa: por ejemplo, la Universidad
de Rice creó en 1982 un Departamento de Lingüística y Semiótica
(Copeland, 1984, pág. x).
Roland Barthes (1967, pág. 11) debe haber sido el único defen­
sor de la postura radical de que la semiología (alias semiótica) no
es sino «una parte de la lingüística: para ser más exactos, es la par­
te que abarca las grandes unidades significativas del discurso. Me­
diante esta inversión [de un conocido aforismo de Saussure del que
hablaremos más adelante] es posible que salga a la luz la investiga­
ción que en estos momentos está llevando a cabo la antropología,
el psicoanálisis y la estilística sobre el concepto de significación».
Sobre este pasaje, uno de los más destacados compiladores de Bar­
thes puntualizó: «Incluso si la lengua fuera la única evidencia que
tuvieran los semiólogos, ésta no haría a la semiología parte de la
lingüística más que la dependencia de los historiadores de los do­
cumentos escritos hace a la historia parte de la lingüística. Pero los
semiólogos no pueden contar sólo con la lengua; no pueden asu­
mir que todo lo que es nombrado es significante y que todo lo que
no es nombrado es “ insignificante’^) (Culler, 1983, págs. 73-74). La
opinión de Prieto (1975, pág. 133) —malgré Vattrait quepeut exer-
cer ce point de vue [es decir, el de Barthes], je considere qu ’il est
insoutenable— es compartida por la mayoría de los semióticos. Por
ello en este capítulo me centraré en cómo los semióticos y los lin­
güistas contemplan la semiosis verbal y la no verbal.

El estudio del signo verbal

A menudo se dice que el objetivo temático de la semiótica es
«la comunicación de cualquier tipo de mensaje» (Jakobson, 1974,
pág. 32) o «el intercambio de cualquier mensaje y del sistema de
signos que les sirva de base» (Sebeok, 1985, pág. 1). Sus intereses
incluyen consideraciones de cómo los mensajes son sucesivamente
generados, codificados, transmitidos, descodificados e interpreta­
dos y de cómo esta transacción actúa sobre el contexto. Otro tipo
de cuestiones giran en torno a problemas de códigos, filogénesis
e historia, ontogénesis, pérdida de la capacidad semiótica («asema-
sia», véase Sebeok, 1979, pág. 71), etc. Un mensaje es equivalente
a una cadena de signos. Y los signos, como hemos visto a lo largo
del libro, se clasifican según muchos criterios (que a menudo se so­
lapan parcialmente): oposiciones comunes como la de los signos
subjetivos o síntomas frente a los signos objetivos; signos wanted
o señales frente a signos unwanted o ruido; signos vs símbolos (Ma-
ritain, 1943; Cassirer, 1944, pág. 31; Alston, 1967a); iconos frente
a índices y ambos contra símbolos; y así sucesivamente. La distin­
ción más pertinente aquí, sin embargo, es la de signos no verbales
(categorías sin marcar) frente a signos verbales (categorías marca­
das). Esta diferenciación —que sitúa a la semiótica en una posi­
ción superordinada con respecto a la lingüística y a la supuesta dis­
ciplina, sin una designación universalmente acordada, que estudia
los signos no verbales— disfruta de una respetable tradición tanto
entre los filósofos como entre los lingüistas.
El primer desarrollo de la noción de «signo verbal», al margen
de sus comienzos estoicos, ha sido expertamente estudiado por Te-
legdi (1976, págs. 267-305), pero para hacer un seguimiento a par­
tir del siglo xvn debemos recurrir de nuevo a Locke. En las dos úl­
timas páginas de su Ensayo (1690, págs. 720-721), que trata sobre
la división de las ciencias, vemos cómo Locke introduce el término
semiótica abruptamente (con una leve variación ortográfica) al de­
finirlo como la «doctrina de los signos» y al explicar que su come­
tido es «examinar la naturaleza de los signos de los que la mente
hace uso para la comprensión de las cosas o para transmitir su co­
nocimiento a otras». Un poco más adelante, en el mismo párrafo,
Locke continúa observando lo siguiente: «para comunicar nuestros
pensamientos a otros, así como para recordarlos para nuestro pro­
pio uso, también son necesarios los signos de nuestras ideas. Los
que los hombres han considerado más convenientes, y en consecuen­
cia los que más se utilizan, son los sonidos articulados. La consi­
deración, pues, de las ideas y las palabras como los grandes instru­
mentos del conocimiento, hace que ninguna parte de su
contemplación sea despreciable porque contemplaría el conocimien­
to humano en toda su extensión». La clasificación epistemológica
de Locke está basada, según Armstrong (1965, pág. 380), «sobre
la teoría especial de las relaciones entre cosa, idea y palabra». Como
Deely (1985, págs. 309-310) dice: estos términos clave «palabras e
ideas» son utilizados por Locke como sinécdoques. Es decir, para
Locke los primeros son signos verbales, los últimos los asocia con
objetos (1690, pág. 47). De cualquier forma, en estos breves pasa-
jes, Locke establece dos puntos: primero, que las «palabras», o lo
verbal, constituyen una clase de signos, segundo, que para los seres
humanos esta clase es privilegiada.
El filósofo alsaciano Lambert, quien estaba influenciado por
Locke, publicó su hábil aunque no brillante Semiotik (1764) unos
tres cuartos de siglo más tarde. Los diez primeros capítulos están
dedicados a los tipos de signos que no son verbales, mientras que
el resto de su monografía trata del lenguaje.
La importancia que Peirce daba a su doctrina de los signos queda
patente en una famosa cita extraída de una carta dirigida a lady
Welby el 23 de diciembre de 1908: «Sabed que desde el día en que,
a la edad de 12 o 13 años, encontré en la habitación de mi hermano
mayor un ejemplo de la Lógica de Whately y le pregunté que qué
era la lógica y, al recibir una contestación simple, me arrojé sobre
el suelo y me enterré en él, nunca ha estado en mi poder el estudiar
ninguna otra cosa —matemáticas, ética, metafísica, gravitación, ter­
modinámica, óptica, química, anatomía comparativa, psicología,
fonética, economía, historia de la ciencia, whist, mujeres y hom­
bres, vino, metrología— más que el estudio de la semiótica» (Hard-
wick 1977, págs. 85-86). En este catálogo podemos considerar el
término «fonética» como un pars pro toto al que Peirce en algún
otro lugar (1, pág. 271) definía como «la amplia y espléndidamente
desarrollada ciencia de la lingüística».
Entre los filósofos, parece ser Charles Morris (1946, págs.
220-223; 1964, págs. 60-62) el más prudente por lo que respecta a
los vínculos entre la semiótica y la lingüística. La sugerencia que
hizo en 1946 (Morris, 1946, pág. 221) y que recuerdo muy bien de
los seminarios a los que asistí seis años antes, era que la semiótica
iba a proporcionar «el metalenguaje para la lingüística» y que la
terminología de la lingüística sería definida en términos semióti-
cos. «La puesta en marcha de este programa, de una forma deta­
llada y consistente, podría suponer la aparición de una ciencia de
la lingüística semióticamente fundamentada». Aunque parezca men­
tira, el deseo de Morris se hizo realidad cuatro años después de su
muerte, cuando Shapiro (1983, pág. ix) hizo el más serio «intento
de encontrar una lingüística peirceana... a lo largo de las líneas su­
geridas por la semiótica de Peirce en el contexto global de su filo­
sofía». Este intento parece, sin embargo, haber fallado porque o
bien fue ignorado por la línea central de la lingüística o bien con­
denado por otros expertos en Peirce (Walther, 1984, pág. 117). Gar-
ver (1986, pág. 74) tachó la concepción de la semiótica de Shapiro
de «errónea, incluso desde el punto de vista de Peirce». (En reali­
dad, la aproximación de Shapiro ya había sido anticipada por lin­
güistas tan importantes como Uriel Weinreich y Raimo Anttila, aun­
que el tratamiento lingüístico de los datos dentro de un marco
fuertemente semiótico, como nos recuerda Rauch [1987, passim] con
su forma característica de entender las cosas, tampoco «han pro­
vocado una revolución en el método lingüístico».)
Según Carnap (1942, pág. 13) la lingüística «es la parte descrip­
tiva y empírica de la semiótica (en las lenguas habladas o escritas)».
Morris amplió la propuesta de Carnap introduciendo la noción de
lansign-system, aplicable no sólo a las lenguas habladas y escritas,
sino también a las matemáticas y la lógica simbólica y «quizás a
las artes» (Morris, 1964, pág. 60). Nada de esto está, por lo gene­
ral, admitido (Morris, en todo caso, menciona sólo a Hjelmslev,
Bloomfield y Greenberg), es decir, el que «la lingüística sea una parte
de la semiótica» (1946, pág. 62). Su propuesta de reemplazar la pa­
labra «lenguaje» por lansign-system (1946, pág. 36) y las deriva­
ciones terminológicas asociadas, nació muerta, aunque él estaba
en lo cierto al observar que la mayor parte de los lingüistas, aun
sin reflexionar sobre el tema, consideraban su disciplina como par­
te de la semiótica. Entre estos lingüistas, es Saussure el que por cos­
tumbre se somete primero a discusión.
Saussure, que utilizaba el término semiología más que el de se­
miótica —y, en ocasiones, el seguramente más apto, aunque no se
haya abogado nunca por él, sinónimo francés signologie— parece
haber dedicado muy poco tiempo en sus conferencias a estos even­
tos lingüísticos. Un pasaje, denso pero admirado e influyente, dice
lo siguiente:

Una lengua... es una institución social. Pero es en algunos aspec­
tos diferente de la política y de otras instituciones jurídicas. Su natura­
leza especial emerge cuando sacamos a colación otro tipo de hechos...
Una lengua en un sistema de signos que expresa ideas [véase Locke],
y en consecuencia, comparable a la escritura, al alfabeto de los sordo­
mudos, a los ritos simbólicos, a las normas de educación, a las señales
militares, etc. Es sencillamente el más importante de los sistemas... Es
posible por tanto concebir una ciencia que estudie el papel de los sig­
nos como parte de la vida social. Formaría parte de la psicología so­
cial y en consecuencia de la psicología general. La llamaremos semio­
logía (del griego semeion, «signo»). Investigaría la naturaleza de los
signos y de las leyes que los gobiernan. Desde el momento en que to­
davía no existe, no podemos afirmar que existirá. Pero tiene el derecho
de existir, de ocupar un lugar dispuesto a priori para ella. La lingüísti­
ca es solamente una rama de esta ciencia general. Las leyes que la se-
miología descubrirá serán las leyes aplicables a la lingüística y la lin­
güística será asignada a un lugar claramente definido en el campo del
conocimiento humano (Saussure, 1967, págs. 15-16).

Algunos ensayos se pusieron de moda con posterioridad para
transmitir las implicaciones del programa de Saussure. El primero
de ellos fue el preclaro intento —olvidado durante mucho tiempo—
de Buyssens (1943, pág. 31), quien lo interpretó directamente: seul
le point de vue sémiologique permet de déterminer scientifiquement
l’objet de la linguistique. Al principio que aquí se expone, según
el cual los problemas lingüísticos son «en primer lugar y principal­
mente semiológicos», y «la necesidad hará que se les considere fe­
nómenos semiológicos y que se les explique según los términos de
las leyes de la semiología», se le añade otro, a saber, el de que la
lingüística, según el punto de vista de Saussure, iba a servir como
modelo (lepatrón général) de la semiología (o semiótica). Por cier­
to, esta fórmula fue utilizada de forma errónea y mal enfocada en
las tentativas de investigación de áreas adyacentes, como por ejem­
plo la de la «cinética».
Sapir (1929, pág. 211) también consideró los hechos lingüísticos
como «formas especializadas de la conducta simbólica», y men­
cionó entre «los primeros procesos comunicativos de la sociedad...
la lengua; el gesto en el sentido más amplio; la imitación de la con­
ducta pública; y un extenso grupo de procesos implícitos que na­
cen de la conducta pública y a los que se les podría llamar “ indi­
cación social” ». Añadió más tarde que «la lengua es el proceso
comunicativo por excelencia en todas las sociedades conocidas» (Sa­
pir, 1931, págs. 78-79). Sin embargo nunca utilizó, que yo sepa, nin­
gún término de la familia de la «semiótica».
Gardiner (1932, pág. 85) destaca que el «estudiante de teoría
lingüística... trata sobre las palabras solamente como instrumentos
de comunicación, como signos significantes. Su interés ha recibido
varios nombres, como semasiología, significs o semántica. Es un
extenso campo que abarca ampliamente el dominio tanto de la gra­
mática como de la lexicografía». También deberíamos mencionar
aquí la sentencia de Bloomfield (1939, pág. 255), según la cual «la
lingüística es la principal contribuyente de la semiótica»; y la de
Weinreich (1968, pág. 164) de que «la investigación especializada
del lenguaje (sic) humano natural —el fenómeno semiótico por
excelencia— constituye la lingüística». Para acabar con tales sen­
tencias, deberíamos citar finalmente la interpretación de Greimas
y Courtes (1982, pág. 177) sobre qué es la lingüística: según ellos,
ésta «puede ser definida como un estudio científico del lenguaje
como sistema semiótico» (véase Mounin, 1970).
Es necesario destacar las contribuciones de dos de las figuras
más importantes de la lingüística del siglo xx: Hjelmslev (Trabant,
1981) —que estaba fuertemente influenciado por Saussure— y Ja-
kobson —que estaba igualmente influenciado por Saussure pero que
más tarde se dejó persuadir por Peirce. Greimas y Courtes (1982,
pág. 288), haciendo caso omiso de la historia, proclamaron que
Hjelmslev «fue el primero que propuso una teoría coherente de la
semiótica», una imprudente exageración mediante la cual segura­
mente sólo querían decir que consideraban que la semiótica «es una
jerarquía... dotada de un doble modo de existencia, la paradigmá­
tica y la sintagmática... y provista al menos de dos planos de arti­
culación —la expresión y el contenido». Los sistemas semióticos
naturales, según la concepción de Hjelmslev, comprenden las len­
guas naturales. Como dice Eco (1984, pág. 14), la definición de
Hjelmslev puede ser considerada como «un desarrollo más riguro­
so del concepto saussureano», pero sucede también que su progra­
ma para la semiótica «tan resueltamente anunciado, nunca ha sido
puesto en marcha con éxito en los dominios de la ciencia» (Sebeok,
1985, pág. 13). Incluso Trabant (1981, pág. 149) coincide en que la
teoría de Hjelmslev no ha tenido ningún impacto virtual, incluso
cuando intenta mostrarnos la originalidad de Hjelmslev en el desa­
rrollo de la lingüística moderna en su única hazaña, parcialmente
exitosa, de haberla asociado a la semiótica general.
La aportación de Jakobson a la doctrina de los signos fue tan
influyente como la de Hjelmslev, incluso aunque sea más difícil de
identificar (Eco lo expone con argumentos sólidos y ampliamente
en 1977). Jakobson (1974, pág. 32) coincide con otros lingüistas en
que «de estas dos ciencias del hombre», a saber, la semiótica y la
lingüística, «la última tiene menor alcance», por estar confinada
a la comunicación de los mensajes verbales, «aunque, por otra parte,
cualquier comunicación humana de mensajes no verbales presupo­
ne un circuito de mensajes verbales sin consecuencias contrarias».
El punto clave en esta discusión es que él desplegó una jerarquía
de «disciplinas de la comunicación» más estratificada. (Al hacer­
lo, estaba refinando realmente un esquema esbozado originariamen­
te por Lévi-Strauss, 1958, pág. 95.) Según esta concepción más am­
plia, en cualquier sociedad (humana) la comunicación opera a tres
niveles: «intercambio de mensajes, intercambio de utilidades (fun­
damentalmente bienes y servicios) e intercambio de mujeres (o qui­
zás, en una formulación más general, intercambio de compañeros).
Además, la lingüística (juntamente con las demás disciplinas de la
semiótica), la economía y finalmente los estudios sobre el matri­
monio y la monarquía “ aproximan las mismas clases de problemas
sobre niveles estratégicos diferentes y realmente pertenecen al mis­
mo campo”... Todos estos niveles de comunicación asignan un pa­
pel fundamental al lenguaje».
En mi opinión, lo que vicia este diseño es que no es lo suficien­
te liberal. En particular, fracasa al tener en cuenta las diferentes
divisiones fundamentales de la biosemiótica o la biocomunicación
(Tembrock, 1971) tales como la endosemiótica (T. von Uexküll, 1980,
pág. 291), la zoosemiótica (Sebeok, 1963), la fitosemiótica (Kram-
pen, 1981), etc., en ninguna de las cuales el lenguaje —una propen­
sión exclusiva y expecífica del género humano— juega ningún pa­
pel. A pesar de la estructuración de los principales apartados de
la «semiótica de la cultura», este esquema fracasa debido a la de
dominios más extensos en la «semiótica de la naturaleza», en cuyo
interior los anteriores permanecen anclados. Si la semiótica va a
seguir siendo «la ciencia de los sistemas de signos comunicativos»,
perderá de vista su inmensa responsabilidad de sintetizar la lingüís­
tica con «la investigación de la conducta animal, con los sistemas
de señalización en particular y con muchos otros más» (Lekomcev,
1977, pág. 39).
En general, los gramáticos generativos no han prestado aten­
ción a la semiótica, aunque el mismo Chomsky alude a una «cien­
cia de la semiología», en cuyo marco, dice, «es tentador esbozar
una analogía... con reglas de la gramática que pongan en contacto
los diferentes niveles de la representación lingüística». Tal ciencia,
añade, «no debería alejarse de los horizontes de la investigación
actual», distinguiendo «algunos intentos de la síntesis general». La
compatibilidad de la teoría de Chomsky con los puntos de vista
semióticos sobre la función simbólica permanecen sin explorar, pero
quizás encuentren su explicación cuando ambos puedan estar inte­
grados en el engranaje de una ciencia del conocimiento más vasta.

Signos verbales y no verbales

La consideración de Jakob von Uexküll (1982, págs. 4-6) sobre
la relación entre los procesos de los signos de la naturaleza y el len­
guaje nos proporciona un fértil marco de trabajo para examinar los
signos verbales y los no verbales. La distinción entre código y men­
saje, o más detalladamente, entre langue y parole, se corresponde
con la distinción de Von Uexküll entre «plan activo» y «existencia
vital concreta». Acerca del plan, escribió: «Nuestra mente posee un
plan interior que se revela a sí mismo solamente en el momento en
que empieza a ser activo. Por otra parte debemos observar la men­
te durante el tiempo en que recibe y resuelve las impresiones de
acuerdo con su actividad». Además, «la forma no es nada más que
el producto de un plan impreso sobre una materia indiferente que
podría haber tomado cualquier otra forma». No deberíamos olvi­
dar que este gran innovador de la biología teórica no había oído
hablar nunca de sus contemporáneos Peirce y Saussure.
Un estudio profundo de los signos y de los sistemas de signos,
ya sean verbales o no verbales, exige tanto aproximaciones sincró­
nicas (estructurales y funcionales) como aplicaciones de las pers­
pectivas diacrónicas (evolucionistas u ontogenéticas, y evolutivas o
filogenéticas) (Sebeok, 1979, págs. 27-34, 57-60 y 1985, págs. 26-45).
Por lo que se refiere a la ontogenia de la semiosis en nuestra espe­
cie, queda claro que los mútiples sistemas de signos no verbales es­
tán «instalados» en la conducta de todos los neonatos normales.
Estas dotes semióticas iniciales permiten a los niños sobrevivir, ad­
quirir y componer un conocimiento activo de su mundo (Umwelt)
antes de la adquisición de los signos verbales (véanse, por ejemplo,
Bullowa, 1979 y Bruner, 1983). Hay que destacar que los sistemas
de signos no verbales no se atrofian en absoluto (aunque pueden,
por supuesto, quedar deteriorados) en el transcurso del acercamiento
a la madurez y a la vejez. En otras palabras, los dos repertorios
—el primero, cronológicamente hablando, y el mucho, mucho más
joven— se entrelazan y permanecen entrelazados profundamente
como complementarios y suplementarios a lo largo de la vida de
todos los individuos humanos. Esta dependencia de dos modos se-
mióticos entrelazados independiente pero sutilmente —a veces la
zoosemiótica con la antroposemiótica— es más específicamente hu­
mana que la simple propensión hacia la lengua, característica por
otra parte, de nuestra especie.
Cuando surgen preguntas relacionadas con la filogenia, yo siem­
pre sostengo que la aparición de la vida sobre la tierra, hace unos
3,5 miles de millones de años, fue equivalente a la aparición de la
semiosis. La ciencia de la vida y la ciencia del signo tienen implica­
ciones mutuas. También he afirmado que la derivación de la len­
gua de cualquier sistema de comunicación animal es un ejercicio
completamente inútil, porque la lengua no evolucionó para favore­
cer las exigencias comunicativas de la humanidad. Evolucionó, como
veremos en el siguiente capítulo, como un sofisticado mecanismo
de modelización, de acuerdo con la Umweltlehre de Uexküll, como
el que presentó en 1982 (véase también Lotman, 1977), según el cual
la lengua está, con toda seguridad, presente en el Homo habilis más
como un sistema de modelización que como una herramienta de
comunicación. Este miembro ancestral de nuestro género apareció
aproximadamente hace sólo dos millones de años. La lengua, que
fue una adaptación evolutiva del género, se adaptó (Gould y Vrba,
1982) a la especie del Homo sapiens bajo la forma de habla hace
tan sólo trescientos mil años. El proceso duró tanto debido a las
debilidades de codificación del Homo sapiens para estar en buena
armonía con las correspondientes habilidades de descodificación
de nuestra especie. Observemos que, como en la ontogenia huma­
na, la semiosis verbal no ha reemplazado en absoluto a las lejanas
manifestaciones no verbales diversiformes, debido a una serie de
razones que Bateson analizó y estudió (en Sebeok, 1968, pág. 614):

La decadencia de los órganos y las habilidades ante un reemplazo
evolutivo es un fenómeno sistemático, necesario e inevitable. Si, por
consiguiente, el lenguaje verbal fuera de algún modo una sustitución
evolutiva de la comunicación por medios [no verbales]... podríamos
suponer que los viejos... sistemas han caído en completa decadencia.
Claramente, no lo han hecho. Es más, los [usos de los signos no verba­
les] de los hombres se han hecho más ricos y más complejos y la [co­
municación no verbal] ha florecido al mismo tiempo que la evolución
del lenguaje verbal.

En resumen, el predominio de una opinión experta nos conven­
ce de que la lingüística es una rama autónoma, estructural más que
funcional, de la semiótica. El resto de ella abarca una extensa va­
riedad de sistemas no verbales de significación y comunicación que,
en los humanos florece al mismo tiempo que el precedente, con el
que se relaciona recíprocamente. En el eje longitudinal temporal,
ya sea en la vida de los organismos o en las vidas de hombres y
mujeres, la semiosis tiene una primacía sustancial. Los estudios acer­
ca de cómo los signos verbales y no verbales se entrelazan y modi­
fican unos a otros en nuestras comunidades lingüísticas tan multi­
formes, deberían ser objeto de un análisis conjunto por parte de
lingüistas y semióticos.
Todos los seres vivos se influyen mutuamente mediante inter­
cambios de mensajes no verbales. Los seres humanos adultos nor­
males se relacionan entre sí tanto por intercambios no verbales como
por mensajes verbales. Aunque la lengua sea una estructura semiau-
tónoma, permanece enclavada en una matriz laberíntica de otras
variedades de modelos semióticos utilizados entre nosotros y here­
dados, por diversos medios, de nuestros antepasados animales.
«Desde que», como subrayó Jakobson (1974, pág. 39), «los men­
sajes verbales analizados por los lingüistas están vinculados con la
comunicación de los mensajes no verbales», y desde que, como Ben-
veniste (1971, pág. 14) insistió, «la lengua es también humana, es
el punto de interacción entre la vida cultural y mental del hombre»,
las enseñanzas sobre el lenguaje deberían ser consideradas como
una tentativa que Morris (1946, págs. 353-354) llamó «semiótica
aplicada [la cual] utiliza el conocimiento de los signos para la con­
secución de varios propósitos». La cuestión que me gustaría repe­
tir en este apartado (suscitada por Sebeok, 1985, pág. 179) es la
siguiente: «si, como en el caso, acumulamos cantidades incalcula­
bles de energía, tiempo y dinero con el propósito de inculcar en los
niños y en los adultos amplias competencias de una lengua extran­
jera, ¿por qué se abandonan universalmente las destrezas de gesti­
culación, teniendo en cuenta que incluso los lingüistas son cons­
cientes de que lo que se ha dado en llamar el paquete integrado
de la comunicación, “ que se asemeja más a un cable coaxial que
transporta muchos mensajes al mismo tiempo”, es un símil difícil­
mente exagerado?».
Cuando me hice esta pregunta por primera vez, en 1975, exis­
tían muy pocos materiales para la enseñanza de destrezas de gesti­
culación extranjeras. Las que existían estaban restringidas al fran­
cés y al español (Iberia, Colombia). Hoy en día la situación ha
mejorado, aunque no mucho. El impacto de la conducta no verbal
sobre la enseñanza de la lengua extranjera fue estudiado por Ward
y Von Raffler-Engel (1980, págs. 287-304), pero sus ensayos sola­
mente describían los resultados de un experimento muy modesto.
A finales de los años setenta, el Research Center for Language
and Semiotic Studies de la Universidad de Indiana empezó a pres­
tar cierta atención a esta falta de material (el proyecto fue descrito
por Johnson y por Wintsch en 1979). Johnson también completó
un libro de bolsillo sobre la comunicación no verbal para los profe­
sores de japonés, acompañado por una película de una media hora
en la que nativos japoneses interpretaban gestos específicos, así
como interacciones situacionales (véase también Tsuda, 1984). John­
son preparó asimismo un método similar para los profesores del
Golfo Arábigo. Harrison (1983) publicó un libro paralelo, compa­
rando la conducta social de los brasileños con la de los norteameri­
canos. Rector y Trinta (1985) publicaron en Brasil un manual sobre
comunicación no verbal, es decir, sobre comunicación gestual. Todo
esto, sin embargo, únicamente puede ser considerado como el sim­
ple comienzo de algo que debe tener implicaciones de carácter uni­
versal, y especialmente en la producción de ayudas visuales indis­
pensables.
8. ¿La lengua como un sistema
primarlo de modelización?

La expresión «sistema primario de modelización», empareja­
da, por regla general, con el concepto opuesto «sistema secundario
de modelización», que enfatiza su carácter derivado en relación a
la lengua natural, ha sido fundamental para los semióticos rusos
de la escuela Moscú-Tartu desde 1962, cuando fue propuesta por
Zaliznyak, Ivanov y Toporov (véanse Lucid, 1977, págs. 47-58 y
Rudi, 1986). En 1974 yo interpreté dicho concepto —después de un
proceso de revisión de mis conocimientos provisionales, cuando di
una conferencia juntamente con el profesor Ivanov en la Universi­
dad de Tartu en agosto de 1970— como sigue: «La noción de un
sistema de modelización secundario, en el sentido más amplio de
la expresión, se refiere a un modelo ideológico del mundo donde
el entorno está en relación recíproca con algún otro sistema, como
un organismo individual, una colectividad, un ordenador, etc., y
en el que su reflejo funciona como un control del modo de comu­
nicación de todo este sistema. Un modelo del mundo así entendido
constituye un programa para la conducta del individuo, de la co­
lectividad, de la máquina, etc., puesto que define su elección de
operaciones, así como de las reglas y las motivaciones que le dan
soporte. Un modelo del mundo puede actualizarse teniendo en cuen­
ta las diferentes formas de la conducta humana y de sus resultados,
incluyendo los textos lingüísticos —de aquí el énfasis sobre las ar­
tes verbales—, las instituciones sociales, los movimientos de la ci­
vilización y así sucesivamente» (Sebeok 1985, pág. 23). Aunque Iva-
nov aprobó en aquella época mi formulación ad hoc, mirando hacia
atrás tengo la impresión de que necesita una revisión. Así pues, el
propósito de este último capítulo es partir de cero en el sistema de
modelización humano par excellence, el lenguaje verbal.

Sistema de modelización

La definición canónica de sistema de modelización fue formu­
lada por Lotman en 1967 (Lucid, 1977, pág. 7) como «una estruc­
tura de elementos y de reglas para combinarlas en un estado de ana­
logía fija con la esfera global de un objeto de conocimiento,
penetración psicológica o regulación. Por lo tanto, un sistema de
modelización puede ser considerado como una lengua. Los siste­
mas que tienen como base un lenguaje natural y que adquieren su-
praestructuras suplementarias, como, por ejemplo, las lenguas ori­
ginadas en un segundo nivel, pueden ser llamados acertadamente
sistemas secundarios de modelización». La lengua natural está por
tanto propuesta como la infraestructura primaria o básica de to­
dos los demás sistemas de signos humanos. Los sistemas derivados
—como los mitos o la religión— son supraestructuras resultantes
construidas sobre aquéllas. En 1971 Lotman y Uspenski (1978) ela­
boraron un trabajo sobre el estudio semiótico de la cultura. En un
esquema consideran que la lengua tiene una función de comunica­
ción específica por el hecho de proporcionar a la colectividad una
presunción de comunicabilidad.
Hay una cuestión de fondo respecto al concepto de «modelo»
entendido de manera general —esencialmente como una analogía
reducida y, por lo tanto, como un tipo de icono—, y sus aplicacio­
nes, en el caso de que las haya, como términos técnicos de la se­
miótica de lo no verbal y de lo verbal en particular. Ciertamente
es una apelación que está de moda en la literatura y la filosofía de
la ciencia, en la que, sin embargo, ha adquirido connotaciones muy
diferentes. Algunas de las más importantes —especialmente en ló­
gica, matemáticas y física—, han sido discutidas de modo provo­
cador por Hesse (1967).
La única discusión consignada de modelos lingüísticos de la que
soy consciente, tuvo lugar en 1960 en el International Congress for
Logic, Methodology and Philosophy of Science, con la participa­
ción (entre otros) de Bar-Hillel y Chomsky. Las Actas incluían un
útilísimo, aunque olvidado, artículo de Yuen Ren Chao, en el que
se apuntaba que, mientras «el término “ modelo” es relativamente
nuevo en lingüística... el uso que del término se hace habitualmen­
te es tan viejo como el del estudio de la lengua» (Chao, 1962, pág.
558. Para otras referencias, véanse Welte, 1974, 1, págs. 386-387;
Stewart, 1976; Koch, 1986). Chao afirma que las primeras referen­
cias al término modelo fueron las de Z. S. Harris en 1944. El tér­
mino fue utilizado posteriormente con mayor frecuencia e incluso
con una desconcertante variedad de sentidos: Chao enumera no me­
nos de treinta sinónimos o frases más o menos equivalentes de «mo­
delo» recopiladas durante los catorce años que él estudió. Sin em­
bargo, ninguno de ellos se ajusta ni tiene el alcance, en lo que a
su uso se refiere, de los usos de «modelo» de la tradición rusa.
El siguiente gráfico nos muestra algunos modelos de semiosis
pre-Chao del siglo xx. Se trata de una modesta muestra elegida casi
al azar de entre un buen número de ellas (Fiske, 1982). Deberíamos
destacar que todos estos modelos están más o menos conectados
unos con otros. A saber, sus creadores conocían los modelos ante­
riores y sus interpretaciones de estos modelos eran reelaboraciones
de cada uno de ellos.
Este «útil diagrama de Símbolo, Referencia y Referente» fue
creado en la década de los veinte por Ogden y Richards (1923,
pág. 11):

Pensamiento o referencia

Verdadero

En Europa el siguiente organon model de la lengua de Bühler
(1934, pág. 28) fue muy influyente a partir de mediados de los años
30.
Gegenstánde und Sachverhalte

El esquemático diagrama de flujo de Shannon y Weaver (1949,
pág. 5), que representa un sistema de comunicación general, se ha
convertido en un clásico que se sigue copiando, con toda clase de
variantes, por su valor heurístico y porque sugiere diferentes vías
de explicación de la teoría que incorpora:

Fuente de
información Transmisor Receptor Destino

Fuente de ruido

A principios de los sesenta, intenté (1972a, pág. 14) dibujar me­
diante un triángulo de Morley las relaciones entre el modelo de Büh-
ler y el esquema de Jakobson (1960, págs. 253, 257) de seis factores
constitutivos, más completo por lo que a la información teórica se
refiere, cada uno de los cuales está propuesto como principio para
determinar una función diferente del lenguaje. Éste fue impulsado
por el modelo de Shannon y Weaver:
IV. Canal

Chao no siguió muy de cerca sus propios puntos de vista, pero
de haberlo hecho, está claro que se habrían contemplado en los prin­
cipios comunes de la semiótica, cambiando sus paridades. Lo que
él dice es que, en su modelo de modelos, «hay cosas y modelos de
cosas, donde las últimas también son cosas, pero utilizadas de ma­
nera especial» (1962, pág. 564). En la actualidad, diríamos que hay
objetos y signos de objetos, siendo los primeros, sin embargo, sig­
nos utilizados de forma especial.
Más tarde, Chao propuso este ejemplo: «Si cogemos dos cosas,
por ejemplo coles y reyes, y convertimos a la col en el modelo de
un rey, no es muy probable que lo que es verdadero para una sea
verdadero para la otra, aunque no de forma absoluta porque, por
ejemplo, ambas son seres vivos o pueden serlo, etc., pero la ejem-
plaridad de las coles con respecto a la de los reyes es mucho menor».
Este ejemplo puede ser parafraseado en un lenguaje semiótico
estándar de la siguiente manera: una col (aliquid) está por (stat pro)
un rey (aliquo). Si es probable que mucho de lo que es verdadero
para uno (el signo «col») es también verdadero para el otro (el ob­
jeto «rey»), entonces deberíamos añadir, con Peirce (2, pág. 257),
que la col tiende a ser un Dicent Sinsign, incluyendo tanto «un sin-
signo icónico que exprese la información como un Rhematic Inde-
xical Sinsign que indique el objeto al que se refiere la información».
Sin embargo, si algo es verdadero para uno, por muy poco que lo
sea y también lo es para el otro (incluso aunque no lo sea comple-
tamente), deberíamos decir, de nuevo con Peirce (2, pág. 261), que
la col tiende a ser un Rhematic Symbol o un Symbolic Rheme, como
un nombre común. En la visión mucho más simplificada de Jakob­
son (1980, págs. 11, 22), un modelo M, una col, funcionaría como
renvoi de la cosa T, un rey, y este referente podría ser icónico en
virtud de una semejanza efectiva —después de todo, como Morris
(1971, pág. 273) nos enseñó, la iconicidad es un «asunto de grado».
O en virtud de una contigüidad habitual, convencionalmente atri­
buida, el referente podría ser simbólico, como sucede en el caso del
perro experimental del paradigma de Pavlov, en donde el sonido
de un metrónomo se convierte en un símbolo asociado arbitraria­
mente (un reflejo condicionado) con el alimento seco.

Retorno al modelo de Uexküll

Las concepciones de modelos y de sistemas de modelización se
deben fundamentalmente a la teoría de la significación de Jakob
von Uexküll (Gipper, 1963; Sebeok, 1979) desarrollada en Hamburgo
durante las cuatro primeras décadas de este siglo por este gran bió­
logo, en una serie de sagaces contribuciones a la semiótica. Stepa-
nov (1971, págs. 27-32), por ejemplo, le escoge por sus tendencias
actuales (entonces) en la (bio)semiótica moderna.
La originalísima Umwelt-Forschung de Uexküll —cuyo creador
consideró como una teoría científica de la intuición kantiana— es
verdaderamente una teoría fundamental, tanto de los procesos del
signo (o semiosis) como de las funciones vitales. Por otra parte, su
concepción utiliza al mismo tiempo, un modelo básico —la famo­
sa «función ciclo». Este simple diagrama, aunque no lineal, en el
que, como Lorenz (1971, pág. 274) observó «está implicado un am­
plio programa de investigación», constituye en sí mismo una teo­
ría cibernética de modelización tan importante que la evolución de
la lengua no puede ser comprendida sin él. Su ciclo funcional se
parece a lo siguiente:
Receptor
de sentido Transmisor
(Sujeto) de sentido
(objeto)

El término Umwelt resulta recalcitrante a la hora de traducirlo,
por lo que el autor ha intentado darle otros nombres como, por
ejemplo, «universo subjetivo», «mundo fenomenal», «auto-mun­
do». Sin embargo, «modelo» se le ajusta mejor, especialmente en
función de su credo de que «todo sujeto es el constructor de su Um­
welt.» (Uexküll, 1982, pág. 87).
Como Jacob (1982, pág. 55) ha explicado con suma claridad,
«cada organismo está bien dotado como para obtener cierta per­
cepción del mundo exterior. Cada especie vive en su propio mundo
sensorial, para el que las otras especies pueden estar parcial o to­
talmente ciegas... Lo que un organismo detecta en su entorno siem­
pre es una parte de lo que está alrededor. Y esta parte es diferente
según el organismo». El mundo, en tanto que percibido, depende
fundamentalmente de todos los órganos sensoriales del organismo
y de la forma en que el cerebro integra los sentidos con los aconte­
cimientos motores. Pero los recursos conductuales de cualquier or­
ganismo deben estar alineados con su modelo de «realidad» (Na-
tur) —es decir, el sistema de signos que su sistema nervioso es capaz
de asimilar— o estarán con toda seguridad condenados, por selec­
ción natural, a la extinción.
La teoría bifásica aproximación/retirada de Schneirla (1965) pro­
porciona un modelo mínimo que debe haber sido crucial para la
supervivencia de todos los tipos de animales, desde los protozoos
hasta los primates (incluyendo a los humanos). Tal modelo minia­
tura o modelita, según el mote de Chao (1962, pág. 565), requiere
evidentemente los mismos órganos, pero está representado en dos
sistemas funcionalmente opuestos, uno para la búsqueda de alimen­
to y pareja y el otro para la evasión de situaciones nocivas. Un pos­
tulado clave de esta teoría holística de oposición A/W, la cual es
posible en virtud de la plasticidad que atraviesa toda la experien­
cia, es el que relaciona cíclicamente la Innenwelt de cada organis­
mo, «integrando», como explica Lorenz (1971, pág. 275), «la tota­
lidad de las estructuras y/o funciones corporales, en su hábitat
característico, Umgebung, o Umwelt del observador» (después de
Uexküll, 1909).
La Innenwelt de cada animal comprende un modelo —ya sea
del tipo minimo A/W o de otra clase más elaborada— que está cons­
truido a partir de una serie de tipos diferentes de signos no verba­
les (elaborados por Uexküll [1982, págs. 10-11] bajo los nombres
de Ordnungszeichen, Inhaltszeichen, Lokalzeichen, Richtungszei-
chen, Wirkzeichen, etc.). Los signos verbales han emergido única­
mente en el género Homo. Dicho de otra manera, únicamente los
homínidos poseen dos repertorios de signos que se apoyan mutua­
mente, el zoosemiótico no verbal —superimpuesto— y el antropo-
semiótico verbal. El primero es el sistema de modelización al que
la escuela rusa llama primario, pero que en realidad es secundario
filogenética y ontológicamente con respecto al no verbal. Por otra
parte, lo que ellos llaman «secundario» es en realidad una argu­
mentación terciaria del anterior. La congruencia de este paradigma
con el famoso modelo «Mundos 1-2-3» de Popper (véase Eccles,
1979) es inconfundible: su mundo 3 es el mundo de la cultura; su
mundo 2, «el otro mundo exclusivamente humano» (Eccles, 1979,
págs. 115-116), que acompaña a la lengua y se desarrolla juntamen­
te con el anterior «en cierta clase de interacción simbiótica». Fi­
nalmente, su mundo 1 es todo el mundo material del cosmos, ya
sea orgánico o inorgánico, incluyendo las máquinas y todo lo rela­
cionado con la biología.

La lengua como sistema de modelización

La primera especie conocida del género Homo es la forma que
Louis Leakey llamó habilis, descrita por primera vez en 1964 y con­
siderada en la actualidad como una transitoria forma africana de
breve duración, de unos dos millones de años de antigüedad y an­
cestral con respecto a todas las especies posteriores de los homíni­
dos. Con una capacidad cerebral de 600-800 cc, esta criatura an­
cestral debe haber tenido un dispositivo de modelización mudo
alojado en su cerebro, pero era incapaz de codificarlo en un len­
guaje lineal articulado. La lengua está, de hecho, entre sus regis­
tros taxonómicos quintaesenciados (en conexión directa con la me­
nor de las piedras y con los montones de huesos de animales que
muestran cortes y rupturas hechas deliberadamente).
El éxito de la evolución del habilis está corroborado por la rápi­
da aparición, sólo medio millón de años más tarde, de la siguiente
especie, el H om o erectus, con un volumen cerebral de 800-1.200 cc.
Este rápido logro se debe sin lugar a dudas a la competencia lin­
güística de la especie, manifestada también indirectamente por su
posesión de herramientas con diseños estándar, por el uso del fue­
go y por su rápida dispersión global.
Hace aproximadamente unos tres mil años, una forma arcaica
del H om o sapiens evolucionó en la especie erectus, con un creci­
miento de la capacidad craneal hasta de 1.400 cc, y con muchas
otras novedades. Es razonable concluir con el hecho de que este
humano premoderno ya terna la capacidad de codificar la lengua
en habla y por tanto la habilidad concomitante de descodificarla
en el extremo final del circuito de la comunicación. El Homo sa­
piens apareció hace unos cuatro mil años, con un cerebro medio
de 1.500 cc.
Los puntos cardinales de esta breve panorámica son dobles: la
lengua evoluciona como una adaptación, mientras que el lenguaje
se desarrolla a partir de la lengua como una «exaptación» derivati­
va sobre un período sucesivo de aproximadamente dos millones de
años. Estas dos proposiciones gemelas deberían clarificarse según
las indicaciones de Gould y Vrba (1982). Estos autores enfatizan
la distinción entre génesis histórica y utilidad actual, sugiriendo que
las características que se derivan por otros usos (o por ninguno)
pueden ser coelegidas posteriormente por su papel actual. La ope­
ración anterior se la conoce como adaptación, para la segunda pro­
ponen un nuevo nombre: exaptación.
De acuerdo con esto, es preferible pensar que las lenguas —que
constan de un conjunto de características que estimulan las capaci­
dades— han sido construidas mediante selección para la función
cognitiva de modelización y que, como el filósofo Popper y el lin­
güista Chomsky habían insistido, no lo han sido para la función
de intercambio de mensajes de la comunicación. Esta última con­
cepción era rutinariamente sostenida por el recurso a medios no
verbales, como en el caso de los animales, y así sigue siendo en el
contexto de la mayor parte de las interacciones de los seres huma­
nos en la actualidad.
Algunos millones de años más tarde, sin embargo, la lengua lle­
gó a estar «exaptada» para la comunicación, primero en forma de
habla (y más tarde de escritura, etc.)- Este relativamente breve lap­
so de tiempo era necesario para un verosímil ajuste mutuo de la
codificación con la capacidad de descodificación, pero puesto que
la mutua comprensión absoluta es un objetivo distante, el sistema
sigue siendo armónico aunque manoseado. Gould y Vrba (1982, pág.
13) nos ofrecen muchos ejemplos interesantes de procesos biológi­
cos comparables, afirmando que la utilidad actual no tiene ningu­
na implicación automática sobre el origen histórico, y concluyen­
do con la observación empírica de que «la mayor parte de lo que
el cerebro hace ahora para asegurar nuestra supervivencia, se en­
cuentra bajo el dominio de la exaptación». El defecto común de
muchas de las teorías evolucionistas —la inferencia de la génesis
histórica a partir de la utilidad actual— contaminó de manera im­
portante toda la investigación del siglo xix e incluso originó recien­
tes confusiones en el problema del origen de la lengua, que por otra
parte ha demostrado ser impermeable a la mayor parte de las prue­
bas basadas en principios no biológicos.
Es interesante que en el otro dominio universal de modelización
humana, donde la comunicación no verbal —o, en términos de Bu-
llowa (1979, págs. 9-10), «extraverbal»— tiene primacía absoluta
sobre el lenguaje, a saber, en ontogénesis, ha sido la característica
común, —es decir, «nuestro hábito de pensamiento de comunica­
ción consistente principalmente en el lenguaje»— «ha demorado
el estudio de la primitiva comunicación humana».

Observaciones finales

Como Peirce (1, pág. 538) nos enseñó, «cada pensamiento es
un signo», pero como también él escribió: «no sólo es pensado en
el mundo orgánico, sino que se desarrolla allí» (5, pág. 551). Cada
modelo mental es, por supuesto, también un signo y la modeliza­
ción no sólo es una característica indispensable del mundo huma­
no, sino que también permite a todo el mundo orgánico desarro­
llarse. El milieu extérieur y el milieu intérieur de los animales, así
como los nexos de feedback entre ellos, están creados y sostenidos
por tales modelos. Un modelo, en este sentido general, es una pro­
ducción semiótica con presunciones cuidadosamente establecidas
y con reglas para las operaciones biológicas y lógicas.
Tan verdaderas son las abejas (Peirce, 5, pág. 551), como lo son,
en una escala más amplia, los grandes modelos del universo de Al-
bert Einstein. Einstein construyó su modelo con independencia de
los signos no verbales, «de tipo visual y algunos de tipo muscular»
y trabajó durante mucho tiempo y duramente «sólo en un estadio
secundario» para convertir esta creación en «palabras convencio­
nales y otros signos» de manera que pudiera ser comunicado a los
demás. «Las palabras o la lengua, escrita o hablada», escribió Eins­
tein en una carta a Hadamard (1945, págs. 142-143), «no parecen
desempeñar ningún papel en mi mecanismo de pensamiento. Las
entidades físicas que parecen servir como elementos en el pensa­
miento son signos seguros e imágenes más o menos claras que pue­
den ser reproducidas y combinadas “ voluntariamente” ».
Como hemos visto a través de todo este libro, los relativamente
simples modelos no verbales con los que viven los animales y que
los niños normales también utilizan, son representaciones más o
menos flexibles que, como vimos, deben adaptarse a la «realidad»
lo suficiente como para asegurar su supervivencia en su nicho eco­
lógico (una expresión etológica que en el argot de la semiótica se
refiere a la Umwelt considerada desde el punto de vista del obser­
vador de cualquier objeto en examen). Tal modelización top-down
(utilizando una jerga actual prestada de las ciencias del conocimien­
to) puede persistir y llegar a ser muy sofisticada en la vida adulta
de los individuos excepcionalmente dotados, como corroboraron
los testimonios de Einstein o por lo que conocemos sobre las habi­
lidades de Mozart o Picasso para modelar difíciles composiciones
visuales o auditivas en sus mentes antes de transcribirlas a un pa­
pel o a un lienzo. Este tipo de modelización no verbal es primario
tanto en un sentido filogenético como ontogenético.
La misma lengua es, hablando con propiedad, un sistema de
modelización secundario, en virtud de un hecho singular que in­
corpora un componente sintáctico (porque, hasta donde nuestro co­
nocimiento alcanza, no existe tal componente en los sistemas en-
dosemióticos, tales como el código genético, el código inmunológico,
el código metabólico y el código neural). La sintaxis hace posible
que los homínidos no sólo representen la «realidad» inmediata (en
el sentido discutido anteriormente), sino también —únicamente en­
tre los animales— que estructuren un número indefinido de mun­
dos posibles.
De aquí que la humanidad sea capaz de fabricar sistemas de
modelización terciarios del tipo de los que Bonner (1980, pág. 186),
por ejemplo, llama «cultura verdadera», que requieren un «siste­
ma de representación de todas las sutilezas del lenguaje», en con­
traste con la «cultura no humana» y, de ese modo, producir lo que
el grupo de Moscú-Tartu ha dado tradicionalmente en llamar «un
sistema de modelización secundario». Es en este nivel, redefinido
ahora como terciario, en el que los signos no verbales y los verbales
se unen en la más creativa de las modelizaciones que la naturaleza
haya podido desarrollar hasta ahora.
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Indice analítico

Abducción, 77 —como base para el estudio de la signi­
—vs deducción, 77 ficación, 22-24
Abeja, 48, 49 —los sentidos y la significación, 23-26
—danza, 49 —y los orígenes de la semiótica, 57-60
—movimiento de la cola, 48 Biosemiótica, 126
Actividad neuronal del significado, 22-24, Bloomfield, Leonard, 36, 124
72 Bohr, Niels, 21, 93
Agustín, san, 64 Bühler, Karl, 36, 38, 39, 43, 61
—signos naturales vs artificiales, 64 —modelo organon, 38, 61
Alcmeón de Cretona, 26, 58, 64, 65
Anzeichen, 43, 62 Caballo (horse), 29
Aristóteles, 12, 44, 59, 95 —y sinónimos, 29
Asclepiades de Bitinia, 41 Carnap, Rudolf, 35, 49, 123
Asemasia, 121 Cassirer, Ernst, 27, 50, 121
Auto, 43, 71 Cerebro, 25, 72, 89
—inmunológico, 71 —y lengua, 125-126
—semiótica, 71 Ciclo semiósico, 30
Ayer, A.J., 79, 90, 101 Cinética, 124
Clasificación de los signos, 36-38
Barthes, Roland, 41, 44, 61, 120 Clave de identidad (identity pegs), 53
Biología, 21-25 Clever Hans, 29, 42
Codificación, 25 —aludido, 70
—vs descodificación, 25 —como síntoma, 63
Código, 22-23 —proyección, 70
—descodificación, 25 Dominio lexical, 55-56
—el papel del contexto, 25
—y mensaje, 91, 126 Eco, Umberto, 29, 31, 37, 44, 45, 61, 64,
Código genético, 22 77, 96, 101, 125
Cognición, 50 Efigie, 47, 96
Comunicación, 22, 121 Einstein, Albert, 141
—animal, 34, 122-123 Eje de simultaneidad, 44
—extraverbal, 129-130, 140 —vs sucesión, 44
—modelo, 43 Emblema, 50
—niveles, 125-126 —Partido Comunista, como, 50
—ostensible, 80-81 —no-verbal, 51
—sistemas, 34 —químico, 50
—teoría, 121 —Torre Eiffel, como, 50
—y semiótica, 55 Endosemiosis, 24, 89
Comunicación animal, 40, 42 —reacciones humorales, 24
—interespecífica, 42 —reacciones inmunes, 24
—intraespecífica, 42 —reguladores genéticos, 24
Conan Doyle, Arthur, 29, 72-73, 77, 85 Erasistratus, 41
Concepto, 26, 57 Escoto, Duns, 77
Connotación, 35 Escritura pictórica, 37
Escuela Moscú-Tartu, 21, 131, 142
Crusoe, Robinson, 48, 64, 85 Etimología, 57
Cultura, 21, 50 Etiología, 67
Etología, 21
Chomsky, Noam, 126, 133, 139 Extensión, 49
—clase extensional, 52
Dalgrano, George, 24 —definición de, 52
—Ars signorum, 24
Dante, 33 Feromona, 46
—De vulgari eloqueníia, 33 Fetiche, 15, 80, 107-118
Darwin, Charles, 42 —etimología del término, 107-109
Descodificación, 25 Figura retórica, 25
Deducción, 76 Figuras del discurso, 36
—en Peirce, 76 Fitosemiótica (phytosemiotics), 23, 83
Deiconización, 37 Foucault, Michel, 41
Deíctico, 77, 90 Freud, Sigmund, 85, 87, 112, 113, 116
Deixis, 47, 77, 90 Fuente, 22, 24
Delofónico, 48
—ví delotrópico, 48 Galeno, 11, 26, 66, 67, 85
Denotación, 35 Gato (doméstico), 25
—denotados, 41, 44, 49 Genitales, 116
Designación, 35-36, 40, 79 Glosemática, 61
—designado, 49 Goffman, Erving, 50, 53, 112
Destinatario, 41, 60 Gombrich, E.H., 29, 101
—vs expedidor, 41, 60 Goodman, Nelson, 89
Diagnosis, 67 Gradación de los signos, 37
—diagnóstico, 41, 67, 68
Dolor, 63 Heráclito, 28, 105
Heráldica, 37 —como un síntoma de subespecie, 27,
Herophilus, 41 43-45, 62, 67-83
Hipócrates, 11, 26, 41, 58, 64, 65, 66, 72 —definición de, 47-49
Hipoicono (hypoicon), 96 —estudio de, 78-83
Hjelmslev, Louis, 36, 42, 125 —noción de Peirce de, 47
Holmes, Sherlock, 77, 78, 86, 87 —y sistemas culturales, 86-87
Homo, 30 Innenwelt, 67, 138
—erectus, 139 Intensión, 49, 52, 55
—habilis, 128, 138, 139 —en comunicación, 49
—sapiens, 128, 139 Interpretación, 12, 27
—sapiens sapiens, 23 —de síntomas, 67-73
Huella dactilar de ADN, 87, 88 Intérprete, 28
Ironía, 25
Iconicidad, 95-106
—aniconismo, 96 Jakobson, Román, 27, 34, 36, 43, 45, 47,
—e imitación, 98 63, 99, 120, 129, 134, 136
—en el discurso animal, 46 Jespersen, Otto, 47, 91
—en la lengua, 100
—estudio de, 103-106 Kant, Inmanuel, 30, 136
—génesis de, 104-105 Kinsey Report, 112-113
—hechos de, 99-102
—incidencia de, 97-99 La Gioconda, 45, 101
—noción de Peirce de, 95 —como signo icónico, 45
—noción de Platón de, 95 Langue, 26
—vs indexicabilidad, 80 —to parole, 126
—y códigos, 106 Legisigno, 35, 63, 85
—y diagramas, 99-100 —indexical, 63
—y relaciones, 99 Lengua, 15
Icono, 44-47 —como adaptación, 139
—definición de, 28 —como exaptación, 139
—e imágenes, 44 —como sistema de modelización, 131-142
—y audición, 46 —estudio de, 120-126
—y lengua, 45 —evolución, 139-140
Idealismo, 30 —signos verbales, 119-130
—conceptual, 30 —y comunicación, 132
—semiótico, 31 —y sintaxis, 141
Identificador, 53 Leonardo da Vinci, 45
—animales, 53 Lévi-Strauss, Claude, 51, 108, 125
Indexicabilidad, 29, 47, 75-93 Lexema, 57
—e indicadores, 53, 89 Lexicología, 57
—en el espectáculo, 87 Ley de variación inversa, 55
—en los animales, 83-86 Lingüística, 124
—estudio de, 88-93 Locke, John, 68, 121, 122
—manifestaciones de, 83-88 Lógicos de Port-Royal, 41, 67
—noción de Peirce de, 47, 76-82 Logos, 28
—ra iconicidad, 89 Lotman, J.M., 38, 92, 132
—y lengua, 89-90
Indicador, 53, 89 Mead, George Herbert, 92
—no-verbal, 53 Mensaje, 22-23, 25-26, 120-121
índice, 47-49, 62 Mensajes no-verbales, 22, 23
—clases de, 77-79 Metáfora, 45, 89
Metalenguaje, 29 Reactivo (reagent), 77-78
Metonimia, 64, 80, 89, 116 Realidad, 93
Metz, Christian, 115, 119-120 Recepción, 25
Miembro fantasma, 70 Red de relaciones, 23
Mimesis, 14, 15, 44, 95 Redundancia, 25
Modelo, 21, 85, 131-132 Referal, 27, 85
Modelo organon, 38, 61 Referencia, 30
Morris, Charles, 36, 37, 53, 56, 112, 114, Regresión, 46
115, 118, 122, 123, 129, 136 Reichenbach, Hans, 47, 49, 52, 89
Relaciones paradigmáticas, 43
Nombres, 52-54 Relaciones sintagmáticas, 43
—ciencia de los, 57 Renvoi, 85, 115, 136
—como signo, 52-53 Representado, 45
—definición de, 52-53 Retórica, 36
—descriptor, 53 Richards, I.A., 36, 58, 59, 133
—identificador, 53 Russell, Bertrand, 36, 47, 81, 89
—indicador, 53
—namor, 53 Sapir, Eduard, 124
Saussure, Ferdinand de, 34, 35, 36, 51,
103, 123-127
Objeto, 28
—significado, 34
Ogden, Charles, 36, 58, 59, 133
—significante, 34
Onomasiología, 57
—tipología de los signos, 103
Ordenadores, 25-26
Sebeok, Thomas A., 11-17, 34, 36, 37, 38,
—Eliza, 25-26
40, 41, 43, 46, 50, 51, 53, 54, 60, 61, 62,
Ostensión, 77, 80-81
64, 67, 71, 73, 77, 80, 86, 97, 120, 125,
126, 127, 128, 129, 136
Paradojas (semiótica), 69 Secundariedad, 87, 89
Parole, 126 Sema, 12
—vs langue, 126 Semántica, 12, 35, 57
Pars pro toto, 89, 112 —e innovación, 29
Peirce, Charles Sanders, 13, 21,27,28, 29, —y señales sociales, 52
30, 35, 36, 39-40, 44, 45, 47, 48, 49, 56, Semiología, 120
62, 63, 64, 68, 75, 76, 77, 78, 79, 80, Semiosis, 20, 21, 23
81, 82, 83, 84, 85, 87, 88, 89, 90, 91, 95, —modelos de, 133-142
96, 98, 99, 100, 101, 103, 106, 115, 122, —y comunicación, 92
125, 127, 135, 136, 140-141 Semiótica, 68-71
—y la primacía de la iconicidad, 44-45 —estudio de, 36
—y la tipología de los signos, 27, 44 —y lengua, 90-122
Platón, 59, 95, 101 —y lingüística, 128
Poética, 36, 80 —y medicina, 14, 40, 59, 64-68
Popper, Karl, 23, 138, 139 Semiótica médica, 26, 64-67
Proceso paralelo, 25 Sensaciones elementales, 11
Prognosis, 67 Sentido del gusto, 24
Pronombres personales, 90 Sentido del olfato, 24
Providencia, 67 Sentido del tacto, 25
Psicología de la Gestalt, 47 Señal, 35-36, 38-40, 63, 77
Psiquiatría, 68 —hechos de, 40
—relación al signo, 39
Quine, Willard V., 81 —ví síntoma, 39
Quintiliano, 77, 78 —y comunicación animal, 40
Shakespeare, Wiiliam, 80, 116 —definición de, 40
Signado (signaíum), 85, 101 —definición de Barthes, 42
Signante (signans), 85, 101 —hechos de, 41-43
Significación, 22 —sintomatología, 41, 64
Significado, 36 —visión de Peirce, 62-64
Significante, 36 —y ordenadores, 72
Signo cero, 34-35 Sistema de modelización, 131-142
Signo objetivo, 69 —definición de, 132-136
Signo verbal, 126-130 —top-down, 141
—vs signo no-verbal, 126-130 —visión de Uexküll, 136-138
Signos, 11, 26-32 —y lengua, 131-142
—bifacial, 33-34 Sistemas antroposemióticos, 37, 43, 127
—cero, 34 Sócrates, 68
—definición de, 26-27, 42, 54-55
—hechos de, 33-56 Thom, René, 28, 30, 64, 65, 80, 85, 97,
—señal/tipo, 35-36 103, 104, 105, 106
—teorías de, 120-121, 136 Tipo, 35-36
—tipos de, 47, 49, 82 Tipología, 38
—ubicuidad, 56 Tríada fundamental de Peirce, 44
—verbal vs no-verbal, 121 Twain, Mark, 87
—y denotación, 35-36
—y realidad, 30-32 Uexküll, Jacob von, 15-16, 21, 27-28, 30,
Símbolo, 14, 49-52 60, 68, 83, 84, 92, 126, 136, 137
—como epígonos de Cassirer, 50 —Bauplan, 16, 17
—definición de, 49 —Innenwelt, 67, 138
—definición de Aristóteles, 51 —Merkzeichen, 27
—génesis de, 85 —Natur, 27, 138
—tipos de, 49, 52 —Umwelt, 21, 27, 28, 30, 67, 127, 136,
—y animales, 51-54 137, 138
—y emblema, 50-51 —Wirkzeichen, 27
Síndrome, 40, 68
Sinécdoque, 45, 78 Verificado/cero, oposición, 34
Sinsigno (sinsign), 35, 63 Voltaire, 77, 87
—dicente, 135
—icónico, 135 Wilde, Oscar, 116
—indexical, 63 Wilson, Edward, 99
—remático, 135, 136
Síntoma, 14, 40-44 Zoosemiótica, 23, 25, 36, 83, 127