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Isabel Catez (Isabel de la Trinidad) nació el 18 de julio de 1880 en el campo militar de Avor, diócesis

de Bourges (Francia). En 1901 ingresó en el Carmelo Descalzo de Dijon, donde profesó en 1903. Allí
falleció el 9 de noviembre de 1906 para irse – como dijo ella – “a la luz, a la vida, al amor”. Adoradora
auténtica en espíritu y verdad, llevó una vida humilde, acrisolada por intensos sufrimientos físicos y
morales, en alabanza de gloria de la Trinidad, huésped del alma, hallando en este misterio el cielo en la
tierra y teniendo clara conciencia de que constituía su carisma y misión en la Iglesia.

La joven Isabel murió con tan sólo 26 años de edad, los cinco últimos los vivió en el
Carmelo. A pesar de ser una mujer muy inteligente desde su infancia y una promesa en
el piano, sus conocimientos en cultura básica tenían grandes lagunas. Nunca escribió
pensando en ser leída por más del pequeño círculo de familia y amistades.
Lo primero y que más se extendió de Sor Isabel, fue la circular que según la
costumbre de la época se escribía a los otros Carmelos para dar a conocer la vida de una
carmelita fallecida. Fue una circular excepcionalmente extensa – 14 páginas – con
párrafos de sus escritos personales y de algunas cartas y que fue insuficiente para la
demanda creciente de los Carmelos, que querían conocer más y mejor a esa joven
carmelita. Mientras tanto, la Priora buscaba más información en sucesivas entrevistas
con la familia y con la recopilación de cartas para, con todo ello, escribir una reseña más
extensa, los Recuerdos, que salieron a la luz apenas tres años después de la muerte de
Isabel. Lo más conocido de Isabel fue esta sencilla biografía de su antigua madre priora
y La Doctrine Spirituelle del P. Philipon. Ambas obras dieron a conocer
internacionalmente a esta joven carmelita y su doctrina, aunque las dos tenían el mismo
defecto: una Isabel demasiado espiritual y poco accesible.
Son pocos los escritos de Sor Isabel: su Diario, El cielo en la fe, La grandeza de
nuestra vocación, Últimos ejercicios, Déjate amar, 17 Notas íntimas, 124 Poesías y 346
Cartas. También un pequeño grupo de deberes de redacción de la escuela.
Todas sus obras tuvieron serias dificultades a la hora de ser, por fin, publicadas. La
pobreza del papel y de la tinta con la que escribía y su difícil grafía, fueron un reto.
También tenía muchas faltas de ortografía y una puntuación muy defectuosa. Su
costumbre de no poner fecha en muchos de sus escritos hizo que en muchas de sus
cartas hubiese que deducir la fecha por medios como el color de la tinta. A pesar de su
bajo nivel cultural, el influjo de lecturas como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la
Cruz, Santa Teresita (que entonces sólo era otra joven carmelita fallecida recientemente)
y el apóstol San Pablo, limaron y profundizaron su estilo.
Cartas: Es sorprendente el número de cartas que se conserva de Isabel. Ello se debe
en gran parte a la importancia que se le daba en esa época a la correspondencia, a lo
afectiva que se mostraba Isabel en sus cartas, a lo joven que murió y a lo pronto que fue
considerada “una santita” por sus coetáneos. A pesar de ello se perdieron muchísimas,
lo que es de lamentar, pues sus cartas nos muestran una Isabel humana, sencilla, sin
dejar por eso de ser una mujer de una hondura y serenidad admirables. Las epístolas de
Isabel ya en el Carmelo, se convirtieron en un verdadero apostolado entre las personas
queridas. En ellas trataba de hacerse cercana a las necesidades y preocupaciones de los
otros y de ayudarles a tomar en su vida una nueva perspectiva desde la fe. Sí, querida
señora, creo que el secreto de la paz y de la felicidad está en olvidarse, en desocuparse
de sí mismo. Esto no consiste en no sentir sus miserias físicas o morales; los santos
mismos han pasado por esos estados tan dolorosos. Pero ellos no vivían allí...
Diario: Sólo se conservan el tercer y quinto cuaderno. El primero y segundo, los
destruyó la misma Isabel. Conservó los otros cuadernos porque contenían los apuntes de
la gran misión de Dijon y sus notas de los Ejercicios de 1900. Probablemente eliminó lo
que hacía referencia a las tensiones con su madre, que se oponía a su vocación. Así pues
se conservan sus apuntes desde el 30 de enero de 1899 hasta el 27 de enero de 1900
Muchas páginas fueron arrancadas también por ella, antes de entrar al convento. La
joven Isabel toma notas de los sermones de la época, haciendo comentarios sobre los
mismos. Así escribe tras un terrible sermón sobre la muerte: El sermón terminó con un
acto de contrición, muy hermoso y emocionante. Cosa curiosa. Con temer yo tanto el
juicio de Dios, el sermón de esta tarde no me ha impresionado lo más mínimo. ¡Oh,
Jesús! ¿Por qué me ha de aterrar el comparecer ante Ti? Comienza a despuntar su
alejamiento del moralismo de su época que irá afianzándose al contacto con los santos
del Carmelo y con la Biblia.
El cielo en la fe: A Isabel le quedaban tres meses de vida. Hacía poco su enfermedad
le había llevado a una crisis de la que se creyó que no saldría con vida. Entonces
escribió estos ejercicios espirituales de diez días para su hermana – Guita – que estaba
casada y tenía ya dos niñas. Isabel – contrariamente al pensamiento de la época – no
cree que la vida de casada de Guita la aleje de vivir la esencia de la vida cristiana: la
unión íntima con Dios en fe, vivir el cielo en la tierra. La vocación cristiana es la misma
para las dos: Sí, nosotras hemos llegado a ser suyas por el bautismo. Es esto lo que
quiere decir San Pablo con las palabras: “los llamó”. Sí, llamadas a recibir el sello de
la Santa Trinidad.
Grandeza de nuestra vocación: Pequeño tratado espiritual, escrito a dos meses de su
muerte, dirigido a una joven amiga de Dijon: Francisca Sourdon, con dificultades para
dominar su carácter, pero con un gran corazón. Trata sobre la humildad y la
magnanimidad en el seguimiento de Cristo, modelo de todo creyente. ¿Qué hacéis con
estos lazos que os encadenan a vosotras mismas y a las cosas más pequeñas que
vosotras?
Últimos ejercicios: El 14 de agosto de 1906 hace sus últimos ejercicios espirituales
personales. Ella lo llama mi noviciado del cielo. En estos apuntes, va desgranando su
pensamiento sobre la inhabitación de Dios, su deseo de vivir en Cristo como alabanza
de Gloria a Dios. “¡Es necesario que me hospede en tu casa!” Es mi Maestro quien me
manifiesta este deseo. Mi Maestro que quiere habitar en mí, con el Padre y el Espíritu
de amor, para que, según la expresión del discípulo amado, yo tenga “comunión” (1 Jn
1,3) con Ellos… He aquí cómo entiendo yo ser “de la casa de Dios”: es viviendo en el
seno de la tranquila Trinidad, en mi abismo interior, en esa fortaleza inexpugnable del
santo recogimiento de que habla San Juan de la Cruz.
Déjate amar: Pequeña carta que deja como regalo a su priora, La Madre Germana,
que le costaba el abandono confiado en Dios. Isabel llama a su priora mi sacerdote
santo, en un lenguaje sacrificial y eucarístico en el que le invita a dejarse amar por Dios
en toda circunstancia. No seréis superficial si estáis despierta en el amor. Pero en las
horas que no sintáis más que el decaimiento, el cansancio, le agradaréis todavía, si sois
fiel en creer que El obra aún, que os ama de todos modos y más aún: porque su amor es
libre y es así como quiere engrandecerse en vos. Y vos os dejaréis amar, “más que
éstos”…
Poesías: De baja calidad, son desahogos de su corazón en su vida seglar y regalos
para amenizar las fiestas ya dentro del convento. Su importancia no es tanto su valor
como composición poética, sino el hecho de tener en ellas un segundo diario íntimo de
Isabel donde expresa sus creencias y sentimientos más hondos.
Notas íntimas: Son la recopilación de 17 notas sueltas de reflexión y oración personal
de Isabel. Entre ellas está su famosa “elevación a la Trinidad”, una profunda oración a
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos habitan en el fondo del alma. He aquí un
breve fragmento: Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro. Ayúdame a olvidarme
enteramente para establecerme en ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya
en la eternidad… Pacifica mi alma, haz de ella tu cielo, tu morada de amor y el lugar
de tu descanso. Que no te deje allí jamás solo, sino que esté allí toda entera,
completamente despierta en mi fe, en adoración total, completamente entregada a tu
acción creadora…

“Estoy leyendo a Isabel de la Trinidad. Me encanta. Su alma es parecida a la mía...


Quiero vivir con Jesús en lo íntimo de mi alma... Quiero vivir una vida de Cielo, así
como dice Isabel, siendo una alabanza de gloria”

Santa Teresa de Jesús de los Andes