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Tibor Déry

(Hungría, 1894-
1977)

E scritor húngaro, autor de La frase inacabada; fue


una de las figuras más importantes de la literatura
húngara vanguardista en el siglo XX. Nacido en Budapest
en una familia de la alta burguesía, Tibor Déry rompió pronto con
su entorno para frecuentar los movimientos anarquistas y
consagrarse a la escritura; participó en los movimientos
revolucionarios de 1918 y 1919 y posteriormente hubo de exiliarse
en Austria, Francia e Italia. De esta primera etapa de su vida
cabe destacar su novela paródica El bebé gigante (1924). En la
década de 1930, de nuevo en Hungría, Déry mantuvo relaciones un
tanto ambiguas con el partido comunista en el poder. Pese a su
consagración como escritor oficial, Déry guardó pronto las
distancias con respecto al régimen; desde 1938 estuvo en el punto
de mira de la censura por haber traducido Regreso de la URSS de
André Gide; más tarde fue encarcelado (1957-1960) por participar
en el intento de sublevación de 1956. Tras haber colaborado en
diversas revistas surrealistas, Déry optó, en su narrativa, por
una estética de inspiración realista. De este modo su “novela
río” La frase inacabada (1947) hacía un retrato preciso de la
sociedad húngara de entreguerras describiendo los amores de un
joven burgués y una militante comunista. Tras su liberación, su
prestigio como escritor le permitió volver a publicar. En 1964 dio
a luz una novela, El señor G. A. en X., con claras influencias,
en su dimensión absurda y fantástica, del universo de Kafka. Hay
que citar también El excomulgador (1966), relato en el que el autor
se proponía hacer una síntesis de todos sus hallazgos formales.
Cabe citar, por último, Querido suegro (1974), novela desencantada
de inspiración autobiográfica en la que describe el último amor
de un anciano. Escribió también novelas cortas El columpio (1969)
y obras de teatro Pelotillero (1954). © M.E.
Amor (fragmento)

"La ventana del pequeño cuarto de servicio daba al norte, como en


general las ventanas de todos los cuartos de servicio; ante él se
levantaba un fresno y a la izquierda se veía la cumbre del monte
Gugger, a la que los pinares conferían un tono negruzco. Una vez que
se quedó solo y el ritmo de su respiración se sosegó, reconoció el
olor de su esposa. Se sentó junto a la ventana y respiró hondo.
Contempló el follaje del fresno. Estaba inmerso con todas las células
de su cuerpo en el olor de su esposa y respiraba. En el angosto
cuartico no había más que un viejo armario blanco, una cama de
hierro, una mesa y una silla; para poder llegar hasta la cama era
necesario quitar la silla. Pero no quiso acostarse. Siguió sentado,
respirando. Encima de la mesa se veían montones de objetos diversos,
libros, ropa y juguetes; entre ellos había también un espejo. Se
miró en él. La imagen que le devolvió era la misma que había visto
antes en el espejo del escaparate de la tienda. Lo puso sobre la
mesa de nuevo, pero dándole vuelta. No escudriñó entre las cosas de
su esposa. En el cenicero se acurrucaba una pelota de lunares rojos
y también alrededor de la mesa se percibía el olor de ella.
Se sentó de nuevo frente a la ventana. Al poco rato llegó la portera
con un gran tazón de café con leche y con dos gruesas rebanadas de
pan dulce. Después de quedarse solo se lo comió todo. Un poco más
tarde vino una vecina que vivía en la planta baja, trayendo también
una taza de café, pan con mantequilla, chorizo y una manzana igual
a las que había visto en la calle, en la exhibición de la frutería.
Puso la bandeja sobre la mesa y a los pocos minutos se marchó. Tenía
lágrimas en los ojos. Cuando se quedó solo, B. se comió todo eso
también. Todavía no le había dado cuerda a su reloj, así que no podía
saber cuánto tiempo llevaba sentado junto a la ventana. Esta daba al
jardín trasero, frente al cual no pasaba gente. Entre las hojas de
color verde claro y borde blanco del fresno se agitaba de vez en
cuando la brisa, haciendo temblar la luz vespertina en las encaladas
paredes del cuartico de servicio.
Cuando se saturó del olor de su esposa y dejó de percibirlo, bajó a
la calle y se quedó delante de la puerta del jardín. Un poco después
apareció su esposa en la esquina, rodeada de cuatro o cinco niños.
Venía caminando en dirección al jardín. De pronto sus pasos se
hicieron más lentos, luego se paró y se quedó inmóvil por un instante
y finalmente empezó a correr. Sin darse cuenta, también B. echó a
correr. Ya estaban bastante cerca el uno del otro cuando ella se
detuvo bruscamente, como si no se sintiera segura de algo, pero
después echó a correr de nuevo. B. reconoció el jersey de lana de
mangas largas, de color gris y rayas negras, que le había comprado
todavía él, en una tienda de lujo, un poco antes de su detención.
Su esposa era una combinación nunca vista de aire y de materia, única
en su especie. En la realidad superaba todas las imágenes que había
reunido acerca de ella durante estos siete años en la cárcel. "

La frase inacabada (fragmento, 1947)

"A pocos pasos, en la esquina de la calle Sziget, volvía a cerrarse


la niebla, esta vez en formas más gruesas, así que no daba la
sensación de un techo plano sino de un monte, y por debajo la calle
se convertía en un túnel estrecho y abandonado, bajo cuyas bóvedas
todavía se percibía el sabor a humo y hollín ya disipados. Ese ligero
olor a pavesa que en realidad llegaba a la ciudad desde las fábricas
de Óbuda y Újpest cambiaba de golpe las imágenes provocadas por la
niebla. Esta había trasladado hacía un minuto gracias a una rápida
corriente la calle Csáky a orillas del Danubio, a los pies de las
montañas de Óbuda –como en América, donde la gente arrastra toda una
hilera de casas de un sitio al otro–, y tras las olas negras había
hecho sentir los vientos y la oscuridad que descendían de las
montañas por encima de las titilantes estrellas de las farolas,
evocando los crujidos de las enormes placas de hielo sobre el Danubio
y su imaginario olor a nieve. Ahora el olor a humo ligero, pero real,
como unas agujas automáticas, cambió de repente la marcha y remolcó
la impotente calle hasta las industrias de la carretera de Váci y la
estación del Oeste. Detrás de la niebla se vislumbraban oscuros
almacenes en cuyo interior se oían –como antes el murmullo del viento
y de los bosques– los pasos de los vigilantes nocturnos andando a
tientas y que hacían menos ruido que el tictac de un reloj. En la
lejanía se oyó el traqueteo de un tren. Eran las diez, sería el
expreso de Praga que acababa de entrar bajo el invisible vestíbulo
de cristal de la estación del Oeste. Desde un portal llegó un olor
indefinible, posiblemente de un bidón de basura: olor a harapos,
cáscaras de huevo, mondaduras de patata, ceniza y papel húmedo. Esos
olores distintos, como cubos de un juego de construcción, creaban
imágenes deslucidas sobre pisos abarrotados, y las proyectaban a la
calle. El olor flotaba por encima de las aceras, tan sugerente y
persistente que sobre las paredes de niebla a la altura de las
plantas, como imágenes proyectadas, algo borrosas y grises, pero
totalmente animadas, aparecían las visiones superpuestas de tugurios
con camas atestadas, cuartuchos que servían de cocina, ollas sin
fregar, jergones, y entre ellos, zapatos desbocados. "
Tácito: La vida de Julio Agrícola
(fragmento)

"Desde los albores de su feliz era, Nerva fue capaz de aunar cosas
extremadamente incompatibles, Imperio y Libertad; Trajano contribuye
a diario a promover esa dicha; y el pueblo no sólo ha aprendido a
esperar y rezar, sino que goza de la completa seguridad de que sus
ruegos serán satisfechos. Aunque es cierto que la frágil condición
de la naturaleza humana actúa más pausadamente que la enfermedad y
que el cuerpo crece lentamente y decae con celeridad, de modo que es
más fácil desalentar el ánimo de los hombres que fortalecerlo...
Durante quince años, un tiempo largo en el devenir humano, ha sido
cercenada toda oportunidad de cambio y otras, más enérgicas, han
peligrado a causa de la cólera del Emperador.

Niki: La historia de un perro (fragmento,


1956)

Desde aquel instante se decidió el destino de Ancsa y anticipándome


un poco, permitidme que os diga al menos que el perro, a pesar de
los lamentos y quejas de su esposa, contribuyó a ser un miembro más
de la familia. La oposición inicial se había basado especialmente en
la teoría, lo cual explica que no fuera en absoluto eficaz. Ancsa y
su esposa sentían debilidad por los animales, especialmente por los
perros, pero su único hijo había sido asesinado en Voronesh, el padre
de la señora Ancsa había fallecido a causa de un ataque aéreo, de
modo que los Ancsa sabían perfectamente que el cariño no sólo es una
causa de placer sino que puede ser un yugo, el cual, en proporción
a su grandeza, oprime el alma más que la regocija. Ancsa tenía
cincuenta años y su esposa más de cuarenta y cinco y ninguno de los
dos estaba dispuesto a adoptar una nueva responsabilidad. Pero aparte
de cualquier otra consideración, no tendría sentido quedarse con el
animal, viendo las condiciones en que ellos vivían, y recoger una
perra perdida de la calle, como así había sucedido, un ser
completamente extraño. Y además una perra, que podría tener
cachorros. En suma no era adecuado.
Ancsa llamó a su esposa, que estaba ocupada lavando la loza. Desde
ese instante la perra comenzó a cortejar inteligentemente al
ingeniero, encantada con su olor y el tono de su voz, por no hablar
de las caricias que ella podía haber interpretado como un estímulo.
Con esa bella y fútil coquetería femenina, desplegó todo el encanto
de su delgado cuerpo y su espíritu juguetón, como si todo su futuro
se decidiera en el siguiente cuarto de hora. Comenzó a ladrar y luego
a correr en círculos salvajes sobre el césped en frente de la casa.
Durante un minuto casi rozó con su blanco cuerpo el suelo mientras
corría; lo siguiente fue doblarse como un gato, arqueando su lomo,
dio vueltas alrededor de los Ancsa a una velocidad endiablada, como
si quisiera encerrarlos para siempre en un círculo mágico. "

Un ajuste de cuentas (fragmento)

"El anciano miró la pistola que sobresalía de la gabardina de Tommy.


"Estoy enfadado contigo, mi joven amigo" -dijo. "Incluso, aunque por
alguna razón desconocida, tuvieras derecho a que me mostrara
solidario con lo que te sucede, forzarme a admitirlo carece de tacto
y es muy impertinente por tu parte. Y lo que es más, no sólo me
extorsionas en contra de mi natural forma de proceder, sino que eres
capaz de caer tan bajo como para exigir inmediatamente -sin contar
con mi aprobación- mi ayuda, mi implicación personal. Quieres que me
arriesgue, que desafíe la ley, que vaya a prisión y que en última
instancia muera como un mártir... Estoy tergiversando la cuestión,
tú no me estás pidiendo esto, sino que me estás forzando o tratas
de apelar a estúpidas leyes morales... Me fuerzas a ir a prisión, al
patíbulo y todo esto un minuto antes de que la entrada esté cerrada,
en mi propio apartamento, mientras sonríes como un idiota y ensucias
mi antesala, la cual había encerado ayer...
Y finalmente tienes el descaro, en el colmo de tu pueril broma, de
ofrecerte burlonamente a limpiar este charco. ¿Acaso te orinas como
los niños? ¿Lo limpiarías si te lo pidiera?"
"Se lo vuelvo a repetir, una palabra más y le arrancaré la piel,
señor," dijo el estudiante.
"¿No eres muy perspicaz, mi joven amigo?", preguntó el profesor.
"¿No puedes distinguir entre aprobación e identificación? ¿No sabes
que si un hombre de sesenta y dos se manifiesta de acuerdo con uno
de veinte, las consecuencias no son las mismas para ambos? ¿No sabes
que lo que es adecuado para ti no lo es para mí? ¿No sabes que los
jóvenes actúan y los viejos juzgan? ¿Te impide la pasión por el juego
distinguir entre las obligaciones de la juventud y los derechos de
la ancianidad? Qué imagen más miserable del mundo tienes si puedes
con buena fe pedirme que sacrifique mi vida, o que la ponga en
peligro por tus insignificantes y superficiales veinte años... Sí,
así es, no me mires con ese estúpido brillo en tu mirada. Si te
atreves a cambiar la realidad presente, que me he ganado, por un
puñado de promesas, con un guiño gay y sin meditarlo, dónde está la
garantía de que cumplirás? Muéstrame algún sueño cuyo peso sea
consistente. Hasta ahora me parecía que eras franco y valiente,
aunque nunca había estimado mucho tu inteligencia. Pero ahora me he
dado cuenta, y lo lamento mi querido amigo, que no eres más que un
cobarde. "

http://www.epdlp.com/escritor.php?id=3939

EL AJUSTE DE CUENTAS, DE TIBOR DÉRY


Magda Díaz Morales16 julio 2009 Reseñas

El ajuste de cuentas. Tibor Déry

Traducción de Sergio Pitol

Universidad Veracruzana (México, 2007)

Cuando terminé de leer Amor, el segundo de los tres relatos que conforman este excelente
libro del escritor húngaro Tibor Déry (1894-1977), pensé que lo transcribiría para quien no lo
hubiese leído pudiera hacerlo, es un delicioso poema de quince páginas. Sin embargo, al
terminar de leer el último, Filemón y Baucis, quería hacer lo mismo, qué relato más poético,
hermoso. El primero, y más largo, El ajuste de cuentas, que da título al libro, es estremecedor.
En los tres se percibe ese compromiso político que en aquellos años, como señala Pitol, era
indisociable de la actividad literaria.
Amor está escrito en 1956. Un año significativo para Budapest, para los húngaros, es el año de
la insurrección. “La revolución húngara de 1956 fue un movimiento revolucionario espontáneo
nacional contra la República Popular de Hungría, su gobierno estalinista y sus políticas
impuestas por la URSS. Duró desde el 23 de octubre hasta el 10 de noviembre de 1956″.
El 4 de noviembre, un gran contingente soviético entró en Budapest, matando a millares de
civiles. La resistencia organizada finalizó el 10 de noviembre, y comenzaron los arrestos en
masa. Un número estimado de 200.000 húngaros escaparon como refugiados. Para enero de
1957 el nuevo gobierno instalado por los soviéticos había suprimido toda oposición pública.
Se inicia el relato cuando B., el protagonista de Amor, sale de la cárcel después de estar siete
años adentro. Sin saber por qué, lo dejan libre. Parece ser que B. es arrestado durante el
estalinismo de los años 50, años pre-revolucionarios. Al salir le entregan sus objetos de valor,
un reloj de pulso, niquelado, una pluma fuente, una cartera verduzca, herencia de su padre, y
150 forintos como pago de su sueldo. Con los ojos llenos de lágrimas, al mirar que el mundo
tiene vida, toma un taxi: “-A dónde vamos? -A Buda -dijo B. -¿Por cuál puente? -preguntó el
chofer. -Por el puente Margit -dijo B.”.
Cuando B. llega a su casa, después de detenerse a vomitar, muchas cosas han cambiado. Su
esposa todavía no llega del trabajo y su hijo, Gyurika, está en la escuela. En su casa ya hay
cuatro inquilinos, su esposa e hijo han sido transferidos al cuarto de servicio, pero la cocina y el
baño son comunes. El reencuentro es imposible de narrar de tanta belleza.
En Filemón y Baucis, una anciana que casi no escucha (hay que gritarle para que oiga),
recupera el oído solo por amor. El relato tiene lugar el día del cumpleaños de ella. El anciano
había estado ahorrando de sus gastos de cigarrillos durante un año para poder regalarle una
corneta auditiva y un ramo de rosas de otoño. Cuando iban a celebrar con una cena especial,
los combates no habían llegado a ese barrio…
En El ajuste de cuentas, eran unos minutos antes del toque de queda cuando llega a casa de
un intachable profesor, el estudiante Feri Kovács. Éste, lleva una metralleta bajo el brazo. El
profesor y el estudiante saben que si alguien se entera de que existe un arma escondida, son
hombres muertos. El profesor permite que Kovács, deje el arma y se vaya, teme que si no lo
hace puedan atraparlo y sufrir las consecuencias. Esto desata un viaje clandestino hacia la
frontera o hacia ningún lado…

El ajuste de cuentas de Tibor Déry, es un libro maravilloso. Al final, se reproducen algunos párrafos de un
extenso estudio de Wolfgang Hädecke, en el que se destaca en primer lugar:

El destino irónico de una de las obras más notables de la literatura europea contemporánea: para que saliera
de la oscuridad y los límites de su país y su idioma, hubo que esperar que el autor estuviera comprometido en
los trágicos sucesos de 1956 en su país; solo entonces los círculos culturales de Occidente lo descubrieron.
En 1957 fue procesado y condenado a nueve años de cárcel. Gracias a la amnistía parcial de 1960 fue
puesto en libertad; a partir de ese momento, como la mayor parte de los intelectuales húngaros que
permanecieron en el país, se comprometió con el régimen kádárista.

Magda Díaz y Morales


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