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Hacerse uno.

La concepción de la «amistad perfecta» en los


Ensayos de Montaigne
Manuel Tizziani | Universidad Nacional del Litoral*

“Estaba yo tan hecho y acostumbrado a ser


siempre dos que paréceme que sólo soy a
medias”

MONTAIGNE, Ensayos. I, 28

1. Reflexionar sobre la amistad


A lo largo de la historia de la filosofía, muchos grandes pensadores 1
se han detenido a reflexionar acerca de esta relación que -según
Cicerón2- es especialmente apreciada, de manera indistinta, por
todos los seres humanos, y que se ha denominado desde la
antigüedad griega con el nombre de amistad [phília]3.
En esta comunicación, intentando recuperar esta discusión
pero siendo conscientes de la extrema dificultad que implica el
elucidar la esencia de la amistad, hemos decidido limitarnos a
prestar oídos a una experiencia de primera mano, a partir de la cual
intentáremos describir ciertas características de dicha relación, sin
mayores intenciones de acabar la cuestión. Nos limitaremos,
entonces, a recorrer el ensayo «De la Amistad» de Michel de
Montaigne, en el cual el autor nos provee de un relato íntimo y
singular acerca de la «amistad perfecta» que lo unió a Étienne de la
Boétie. La cual es puesta, a su vez, en consonancia con aquellos
«modelos» de la antigüedad, que tan bien conoce el ensayista y que
le sirven de parámetro de comparación.
Nuestro interés último es mostrar cómo esta clase de amistad
se erige en un modo de acceso privilegiado a la alteridad, en donde

1
* Este trabajo ha sido realizado gracias a una Beca de Iniciación a la Investigación
otorgada por la UNL.
Cfr. por ejemplo: PLATÓN, Lisis; ARISTÓTELES, Ética Nicomáquea; CICERÓN, Laelius
De Amicitia, SÉNECA, Epístolas Morales a Lucilio; Maurice BLANCHOT, L’amitié; o
Jacques DERRIDA, Politiques de l’amitié.
2
“Acerca de la amistad, todos opinan a una lo mismo, no tan sólo aquellos que se
dedicaron a la política, sino también esos que se complacen con el conocimiento y
el estudio teórico de la naturaleza, y aquellos que, indiferentes, se ocupan de sus
propios asuntos y finalmente, los que se entregaron por entero a los placeres:
piensan que la vida sin amistad no es vida, a condición de que sólo se quiera vivir
dignamente” CICERÓN. Laelius De amicitia. §86, p.123. Buenos Aires, Losada, 2006
[el subrayado es nuestro]
3
Para considerar brevemente el concepto de philía entre los griegos cfr. La
introducción de Emilio Lledó Iñigo al diálogo Lisis de PLATÓN. Madrid, Gredos,
2003

1
las identidades de los dos que participan de la relación llegan a
conformar una sola.
A continuación, indicaremos, cómo en su génesis, los Ensayos
de Montaigne contienen y sirven casi como un joyero [écrin] a la
obra del amigo, reproduciendo fielmente desde su portada la
extrema unión que entre ambos se da; luego, buscaremos mostrar los
límites que el ensayista fija a la amistad perfecta que describe; para
por último, dar una breve descripción aquella unión substancial.

2. Los Ensayos y el Discurso


Montaigne comienza su ensayo «De la Amistad» sugiriendo, que en
la composición de su obra, va a seguir el ejemplo que un pintor de su
casa le dio; el cual elabora un cuadro magnífico en el centro de la
pared, y rellena luego, el espacio que resta, con las más grotescas y
fantásticas figuras. Montaigne, por su parte, admite que si bien es
muy capaz de realizar lo segundo, no tiene las luces necesarias para
llevar a cabo la primera tarea.
De allí que, no encontrando manera de generar un cuadro
magnífico con el cual rellenar el espacio central de su pintura,
decide tomarlo prestado, y recurre para ello a una obra de su amigo
más querido: el Discurso sobre la servidumbre voluntaria, escrito por
Étienne de la Boétie4. Este Discurso, que fue a su vez el impulsor del
primer acercamiento entre ambos5, estaba destinado -de no haber
sido por la coyuntura política 6- a constituir el centro destacado de la
obra, en derredor del cual Montaigne iría adosando sus propios
ensayos7, a modo de figuras grotescas, presentadas sin más forma ni

4
“Se me ha ocurrido tomar uno [o sea, un cuadro] de Etienne de la Boétie que
honrará el resto de este trabajo” MONTAIGNE, Ensayos, I, 28, p.241. La portada de
la edición de los Ensayos de 1588, a la cual accedimos gracias a los datos
aportados por Jesús NAVARRO REYES, es admirablemente reveladora respecto de la
estructura de la obra que Montaigne propone. Ver Fig.. 1
Los Ensayos son citados según la traducción de Ma. Dolores PICAZO y Almudena
MONTOJO. Barcelona, Altaya, 1995. El tomo de la obra es designado en números
romanos y el ensayo correspondiente en numeración arábiga.
5
“ …estoy particularmente obligado con esta obra porque sirvió de intermediario es
nuestro primer encuentro; pues ella me fue mostrada mucho tiempo antes de
haberle visto e hízome conocer su nombre por primera vez” Ensayos, I, 28, p.242
6
Las dos ediciones del Discuors, hechas por los hugonotes en 1574 y en 1576, con
claras intenciones políticas, hicieron que su inclusión en la edición de 1580 de los
Ensayos se hubiese visto casi como una afrenta a la corona católica, por lo cual
Montaigne decidió sustituirlo por los Sonnets.
7
Si nos detenemos a contar los ensayos que contiene este primer libro, es
indudable que hasta matemáticamente podemos observar la intención de que la
obra de La Boétie constituya el centro del mismo; pues sabiendo que consta de 57
ensayos, y que los destinados al amigo son el 28 y el 29, poco nos falta para ver
que por delante, quedan los ensayos 1 a 27, y por detrás, los ensayos 30 a 57.

2
concurso que aquella brindada por la fortuna y el desandar propio de
una reflexión casi completamente descarriada.8
Esta intención de poner al amigo en el centro de la obra no
sólo puede comprenderse como un acto de profunda admiración, sino
que casi con seguridad, debe su origen a un muy especial pedido que
el propio La Boétie -“ya en las garras de la muerte” 9- consigno a
Montaigne; al dejar en sus manos los papeles de su biblioteca, con la
intención que éste -en honor a su amistad- los diera a conocer.
Rogándole además que le proveyera el «sitio» que la fortuna se
empeñaba en quitarle:
Tenemos expreso registro de este pedido, en la carta que
Montaigne envía a su padre relatándole los últimos momentos de su
amigo:

“En este momento [cercano a la muerte], entre otras cosas, [La


Boétie] se puso a rogarme y a suplicarme con afección extrema, que
le dejara un sitio. Tuve miedo de que su juicio se hubiera
trastornado, pues habiéndole con dulzura amonestado, diciéndole
que se dejaba arrastrar por el mal, y que sus palabras no eran de
hombre muy en calma, no se resignó por ello, y redobló sus ruegos:
«¡Hermano! ¡Hermano! ¿Me negáis, pues, un lugar?» Siguió
insistiendo hasta que me obligó a convencerle por razones que
puesto que respiraba y hablaba y tenía un cuerpo, ocupaba por
consiguiente su lugar. «En verdad, en verdad, me respondió
entonces, ocupo mi lugar; pero no es el que me precisa y de todos
modos ya no tengo ser. -Dios os dará uno mejor muy luego, repuse
yo. –Ojalá estuviera ya con él me respondió; hace tres días que sufro
por partir.»”10

¿Qué significa este «lugar»? ¿Qué significa hacer un lugar?


¿Qué intenciones tiene La Boétie con esta interpelación a su amigo?
¿Cómo interpreta Montaigne este pedido?11 No se parece tratarse de
un lugar físico, pues, como bien señala Montaigne, La Boétie tenía
un cuerpo y ocupaba un lugar en el espacio; tampoco parece
probable la tesis de que el moribundo esté reclamando un lugar en el
más allá, pues, debido a la cercanía de la muerte no tendría mucho
sentido que él rogase por algo que está a punto de conseguir de

8
Como ejemplo del modo de composición de estos primeros ensayos, cfr. Ensayos,
I, 8.
9
Ensayos, I, 28, p.242
10
MONTAIGNE, Carta II.
11
Este pasaje, por su escasa claridad, ha hecho correr mucha tinta, y no siempre es
factible responder esta serie de preguntas satisfactoriamente. Aquí, por
considerarlo sumamente pertinente, nos atenemos a la interpretación dada por
Jesús NAVARRO REYES, en “Lo propio y lo ajeno: génesis de los Ensayos de
Montaigne” en Cuadernos sobre Vico, nº 15-16, 2003, pp. 271-290

3
todos modos. Así, lo más probable es que La Boétie, esté tratando de
comprometer a su hermano de alianza12, para que éste le provea de
un lugar en la República de las Letras, y evite así, que la mala
fortuna que lo condenaba a morir tan joven13 le siguiera aún tras la
muerte, condenándolo también al desconocimiento.
Montaigne, que acaso posee una endeble memoria, pero nunca
puede sacarse de su cabeza -quizás de manera inconsciente- el
pedido de su amigo14, toma el encargo de aquella herencia y
emprende así el proyecto de edición de las obras laboetianas;
comenzando por algunos escritos menores y concluyendo con la
intención de incluir el mayor logro del amigo -esto es, el Discurso-
dentro de sus propios Ensayos.
Podemos arriesgar, entonces, como una interpretación posible
que este proyecto de autorretrato, que hoy conocemos con el nombre
de Ensayos , y que va conformándose poco a poco a lo largo de más
de 20 años, ha sido gestado con la primera intención de albergar en
su interior la obra más perfecta de ese amigo único. Los Ensayos se
constituyen entonces en un cofre que alberga en su interior la joya
del hombre más capaz de su época15, y se erigen como la
materialización de la profunda unión que se dio entre aquellos dos
hombres; a la cual tenemos la suerte de acceder como lectores,
tomando -según Frame- el lugar de aquel que murió. 16

3. Límites y características de la perfecta amistad


Tratemos ahora de elucidar qué sentimiento se forjó entre estos dos
hombres, para que uno de ellos se haya sentido obligado para con la
memoria del otro aún más de quince años después de su muerte,
para que uno de ellos se haya sentido morir en el mismo instante en
que el otro exhalaba su último suspiro.

12
“En verdad que es hermoso nombre y lleno de dilección, el de hermano, y por él
hicimos él y yo alianza” Ensayos, I, 28, p.244
13
LA BOÉTIE, nacido en el año 1530, muere en el año 1563, no habiendo cumplido
los treinta y tres años.
14
“Puedo ciertamente, olvidar con facilidad, mas lo que no hago es descuidar el
encargo que un amigo me ha hecho.” Ensayos, I, 9, p.70
15
“…el más grande [hombre] que haya conocido vivo…, y el mejor nacido, era
Etienne de La Boétie; era en verdad un alma plena y que mostraba un bello rostro
en todo; un alma de categoría a la antigua y que hubiera creado grandes cosas si el
destino lo hubiese querido” Ensayos, II, 17, p.410
16
“Cuando él [Montaigne] comenzó su libro había perdido a un querido amigo,
Etienne de La Boétie, a quien había podido de expresar, como nunca a ninguna
otra persona de nuevo, cada pensamiento, opinión, y sentimiento. A pesar de lo
autosuficiente que él era, tenía una necesidad imperiosa de comunicarse. Los
Ensayos son su medio de comunicación; el lector toma el lugar del amigo muerto.”
FRAME, Donald. The Completes Essays of Montaugne: Introdution, Standford,
Standford University Press, 1965, p. V. [la traducción es nuestra]

4
Sin dudas, al menos en el imaginario de Montaigne, se dio
entre ellos una amistad incomparablemente pura y casi inigualable,
de esas que no se presentan más que muy rara vez y que tienen su
modelo en las grandes amistades de los hombres virtuosos de la
antigüedad y que tanto Montaigne como La Boétie conocen en
detalle debido a su formación humanista17.
Esta relación, es presentada pues, como una amistad perfecta,
que, siguiendo el modelo desplegado por Aristóteles, no se da ni por
el placer ni por la conveniencia pública o privada de alguno de los
amigos, sino que sólo se anhela a causa de sí misma. Se trata de una
relación en la cual el amigo no es considerado amigo más que por sí
mismo, por su virtud y por su valor intrínseco18
A partir de ello, y para hacer posible una descripción inteligible
de todas las características con las que Montaigne presenta esta
amistad perfecta, debemos conocer primero a aquellos seres que son
verdaderamente aptos para mantener dicha relación.
Reconstruyamos entonces, las exigencias para mantener dicha
relación.
Montaigne comienza excluyendo de esta clase de amistad las
relaciones que se dan en el ámbito familiar, especialmente aquella
que se entabla entre los padres y los hijos; pues considera que “la
amistad se alimenta de comunicación, y ésta no puede darse entre
ellos a causa de la disparidad demasiado grande” 19. Y ello lo señala, a
pesar de que afirma haber poseído el mejor de los padres que se
haya conocido, con quien se supone que pudo establecer una muy
estrecha relación. En tanto, no deja de reconocer que la disparidad
que se da por naturaleza entre ambos participes no es posible de
zanjar, y tampoco quizás, es recomendable que lo sea, pues: por un
lado, por una cuestión de decoro, no todos los secretos de los padres
pueden comunicarse a los hijos; y por otro, los hijos no pueden hacer
a sus padres las advertencias y correcciones que devienen de la
amistad. De ahí, que no todo puede ser común a ambos.

17
“[La Boétie] enderezando a mí sus palabras: «Hermano dijo, a quien amo tan
caramente, y a quien escogí entre tantos hombres para con vos renovar aquella
amistad virtuosa y sincera, cuya índole se alejó tanto ha de nosotros a causa de los
vicios, que de ella no quedan sino algunas viejas huellas en la memoria de la
antigüedad” MONTAIGNE, Carta II.
18
“Así, los que se aman por utilidad no se aman por sí mismos, sino en la medida
en la medida en que uno obtiene del otro algún bien. Lo mismo los que [se aman]
por el placer. […] Entonces, los que aman por utilidad, aprecian por lo que es
bueno para ellos, y lo que [aman] por placer, [aprecian] por lo que les es
placentero, esto es, no en tanto el amigo es el que esencialmente es, sino en tanto
útil o placentero” ARISTÓTELES. Ética Nicomáquea, 1156a10-17. Buenos Aires,
Colihue, 2007. [las adiciones entre corchetes son del original]
19
“Los hijos hacia los padres sienten más bien respeto” Ensayos, I, 28, p.242

5
Puede inferirse de aquí, que para Montaigne, la verdadera
amistad sólo se dará en base a la igualdad, entendida como
reciprocidad y comunión. Y además, entre personas que se elijan
voluntariamente para compartir todo su ser, y no, como es el caso de
padres e hijos, entre quienes se encuentren obligados a ello por
alguna ley natural o civil.20
En un pasaje posterior de este ensayo -que puede resultar un
tanto anacrónico y prejuicioso a nuestros oídos, e incluso un tanto
llamativo en el texto de éste autor- las mujeres son también excluidas
de esta clase de amistad, puesto que si bien su compañía es producto
de una libre elección, el sentimiento que nace hacia ellas no es el
calor universal, templado y constante que demanda la amistad; sino
un fuego abrasador y voraz, efímero y diverso, un deseo demente que
se interpone al acuerdo de voluntades. En definitiva, la relación con
las mujeres se basa -a juicio del joven Montaigne- en lo corporal, que
es susceptible de saciedad, y no en lo espiritual, que se alimenta y
crece con la práctica.
Agrega por último, una restricción mayor e insalvable, pues,
“…a decir verdad, la inteligencia ordinaria de las mujeres no puede
responder a esa compenetración y comunicación de la que se nutre
esa santa unión; ni su alma parece lo bastante firme como para
soportar la presión de lazo tan apretado y duradero.” 21
Creemos que estos dichos de Montaigne no son más que el
resultado de la estrechez con la que es concebida la amistad perfecta
y la extrema dificultad bajo la cual ella es susceptible de
consumarse22, pues, si reflexionamos más en profundidad,
descubriremos que no sólo las mujeres, los padres, o los hermanos
quedan fuera del ámbito de la amistad perfecta, sino que la gran
mayoría de los mortales lo hacen. Y aún más, esta inmensa mayoría
no sólo queda fuera de poder vivirla, sino también, excluida de poder
alcanzar una cabal comprensión de lo que se quiere significar con

20
Montaigne excluye también a los hermanos de la posibilidad de mantener una
perfecta amistad, pues, al hecho de que mantienen su relación por una unión no
voluntaria se le suma un problema de competencia por los bienes heredados y por
una posición social, que muchas veces pueden ser motivo de conflicto. Así dice: “Al
tener que dirigir los hermanos los avances de su progreso por el mismo sendero y
con el mismo ritmo, forzoso es que choquen y se empujen a menudo” Ensayos, I,
28, p.244
21
Ensayos, I, 28, p.246. A pesar de estos dichos, Montaigne parece haber
cambiado de opinión al conocer a Marie de Gournay, quien a su juicio, podría ser la
primera mujer en lograr establecer ese vínculo de amistad perfecta. Así dice ella:
“Si puede presagiar algo la adolescencia, este alma será algún día capaz de las
cosas más hermosas y, entre otras, de la perfección de esa tan santa amistad de la
que no hemos leído que ese sexo haya podido elevarse aún”. Ensayos, II, 17, p.413
22
Valga una cita para aclarar cuan difícil es de lograr: “Son precisas tantas
casualidades para construirla, que ya es mucho si el azar realiza una cada tres
siglos.” Ensayos, I, 28, p.242

6
ella. Así lo afirma Montaigne: “…desearía yo hablar a gentes que
hubieran probado cuanto digo. Mas sabiendo lo alejada que está tal
amistad de la costumbre común y cuán rara es, no espero hallar
ningún buen juez”23

4. Fundirse en uno
Así, una vez delimitado el estrecho ámbito en el que ésta amistad
puede florecer, podemos intentar una caracterización más
exhaustiva. Ya habíamos dicho al pasar que esta clase de amistad
exige no sólo reciprocidad sino también comunicación, como
condición para lograr intimidad y favorecer las correcciones
mutuas24. Pero si bien estas dos distinciones son muy importantes, la
característica saliente que Montaigne le va a otorgar es la total
comunión de las almas de los amigos; “En la amistad de la que hablo
[las almas] se mezclan y confunden una con la otra en unión tan
universal, que borran la sutura que las ha unido para no volverla a
encontrar”25
En esta unión, ambas pierden su propia identidad y generan,
por así decirlo, una identidad desdoblada. Cada una de las
voluntades se sumerge y se pierde en la otra, logrando que todo
aquello que podría ser considerado antes de uno u otro pase a ser
irremediablemente común a ambos26. En ésta mutua unión se alcanza
-según Montaigne- una total certeza acerca de la voluntad de aquel
con quien se halla en comunión, y puede llegar a conocer y a confiar
en su amigo como en sí mismo; o en su caso, aún más.
Esta unión trae a su vez tres consecuencias importantes de
destacar: la primera nos indica que siendo todo común entre estos
amigos, nada puede prestarse entre ellos, ningún favor puede
hacerse, ninguna gratitud o agradecimiento puede haber. Pues, al
estar vedados esos sentimientos para con uno mismo, tampoco
pueden sentirse para con ese otro, que no es más que un alter ego.
En este sentido, señala Montaigne; “Efectivamente, al ser todo
común a los dos, voluntades, pensamientos, juicios, bienes, mujeres,
hijos, honor y vida, y no siendo lo propio de ellos más que un alma en
dos cuerpos, según la adecuada definición de Aristóteles, no pueden
prestarse ni darse nada”27

23
Ensayos, I, 28, p.253
24
“…las advertencias y las correcciones…son una de las misiones más importantes
de la amistad” Ensayos, I, 28, p.242-4
25
Ensayos, I, 28, p.248
26
“…no sé que quinta esencia de toda esa mezcla fue la que habiéndose apoderado
de toda mi voluntad, llevóla a sumergirse y perderse en la suya […] Y digo
perderse, en verdad, porque no nos reservamos nada que nos fuese propio, ni que
fuese suyo o mío” Ensayos, I, 28, p.249
27
Ensayos, I, 28, p.250

7
En segundo lugar, afirma que la entrega hacia el amigo ha de
ser tal que la amistad perfecta no puede darse sino sólo entre dos
personas. Cada uno se entrega tan por entero al otro que ya nada
tiene para poder repartir a los demás. De allí, que aquellos que
hablan de triplicarse, lo hacen porque no conocen el «gran milagro»
que implica el desdoblarse.
En tercer lugar, podemos decir que esta amistad perfecta está
por encima de cualquier otro deber que se tenga. Y, siendo como son,
uno, cualquier secreto que se ha jurado no revelar puede ser dicho
sin perjuicio en el ámbito de esta amistad, pues aquel con quien
hablo “no es otro, sino yo mismo”28. No hay secretos entre los
amigos, pues hablar con él, es hablar como con uno mismo, y según
la expresión de Cicerón “¿Qué cosa es más agradable que tener a
alguien con quien atreverse a hablar de todo, como ante uno
mismo?”29
En resumen, se puede decir que este amigo único debe ser
entendido como un otro yo, con el cual se consigue compartir lo más
íntimo de uno mismo, en una relación de extrema unión, bajo la cual
no pueden subsistir ni los favores, ni los secretos y en donde todo es
común.
A partir de este recorrido, estamos capacitados para
comprender las palabras finales de este ensayo, en las cuales, un
Montaigne tremendamente apesadumbrado declara: “…si comparo
todo el resto de mi vida […] con los cuatro años que he podido gozar
de la dulce compañía y sociedad de esta persona, no es más que
humo, no es más que una noche oscura y tediosa. Desde el día en
que le perdí…no hago sino languidecer.”30
Este dicho sólo es inteligible si podemos entender que aquel
día en que La Boétie murió, murió asimismo la mejor mitad de
Montaigne. Aquel día fatal separó a aquellos dos, que no eran dos,
sino uno.

28
Ensayos, I, 28, p.252
29
CICERÓN. Op Cit. §22, p.59.
30
Ensayos, I, 28, p.254

8
Fig. 1
Portada de la Edición de 1588 de los Ensayos de Montaigne, París.