33 y 1/tercio

eXt r as

33 y 1/tercio

eXt r as

¿Había uno siquiera capaz de ponerse en mi lugar, de sentir hasta qué punto, en aquel momento, yo era distinto de lo que parecía, y que poder había en mí, que amarras tensas a punto de estallar? Es posible que lo hubiera. Sí, yo me orienté hacia esa falsa profundidad, hacia las falsas apariencias de paz y gravedad, me precipité en ellas con todos mis antiguos venenos, sabiendo que no arriesgaba nada. Bajo el cielo azul, ante la mirada de mi guardián. Olvidándome de mi madre, liberado de la acción, fundido en la hora ajena, diciéndome pausa, pausa. Llegados a la comisaría, se me introdujo a presencia de un funcionario sorprendente. Vestido de paisano, en mangas de camisa, estaba hundido en un sillón, con los pies sobre la mesa del despacho, tocado con un sombrero de paja y pendiente de sus labios un objeto delgado y flexible que no llegué a identificar. Antes de que me largara tuve tiempo de constatar todos estos detalles. Escuchó el informe de su subordinado, a continuación pasó a interrogarme en un tono que, desde el punto de vista de la urbanidad, dejaba a mi juicio cada vez más que desear. Entre sus preguntas y mis respuestas (cuando valía la pena tomar aquellas en consideración) mediaban intervalos más o menos largos y sonoros. Estoy tan acostumbrado a que no me pregunten nada que cuando me preguntan algo tardo un buen rato en comprender que me preguntan. Y cometo la equivocación de que, en vez de reflexionar tranquilamente sobre lo que acabo de oír, y que he oído perfectamente, porque soy bastante fino de oído, pese a mi ancianidad, me apresuro a responder cualquier cosa, probablemente por temor a que mi silencio haga estallar la ira de mi interlocutor. Soy muy miedoso, toda mi vida he tenido miedo a que me peguen. Soporto fácilmente insultos e invectivas, pero a los golpes no he podido acostumbrarme nunca. Es curioso. Hasta los escupitajos me molestan. Pero si se me trata con un poco de dulzura, quiero decir, si se deja de tratarme a patadas, suelo dejar finalmente satisfecho a mi interlocutor. Pero el comisario se contentaba con amenazarme con una regla cilíndrica, de modo que tuvo la ventaja de irse enterando de que yo no tenía papeles en el sentido que él daba a este término, ni ocupación, ni domicilio, que por el momento se le escapaba mi apellido y que yo me dirigía a casa de mi madre, a cuyas expensas yo agonizaba. por lo que respecta a las señas de la susodicha, las ignoraba, pero sabía encontrar perfectamente la casa, incluso a oscuras. ¿El barrio? El de los mataderos, alteza, pues desde el cuarto de mi madre, a través de las ventanas cerradas, por encima de su cháchara, yo había oído rugir a los bovinos, este mugido violento, trémulo y ronco que no proviene de los pastos, sino de las ciudades, de los mataderos y mercados de animales. Samuel Beckett Molloy

33 y 1/tercio

eXt r as

equipo de redacción ……………… 33 y 1/tercio
los textos que aparecen en la revista son propiedad de autores o fuentes citadas (cualquier reproducción indicar fuente.)

fotografía de portada ………………… lia villares

la publicación no se hace responsable de las opiniones expresadas por los autores.

diseño de portada ………….. raúl flores iriarte & kmilo valdés fortes

los autores no nos hacemos responsables de las opiniones de la publicación. los responsables de los autores no expresarán opiniones en público. las opiniones que usted se haga no son responsabilidad de los autores y menos si las expresa públicamente.

si desea contactar, opinar, donar textos (sin compromisos de publicación) escribe a:

33y1tercio@gmail.com Sitio web: revista33y1tercio.blogspot.com

si no tienes el (los) 33 1/3 anterior(es) solicítalo a la misma dirección, o intenta descargarlo de www.cubaunderground.com

All lyrics ©2oo5 – 2oo7 33y1/tercio Productions Reprinted by permission

33 y 1/tercio

eXt r as

set up

(paperback writing)

rafa saavedra ……….. just come back bret easton ellis …………. Bruce llama desde Mullholland rocío silva santisteban …………. la novela joven : una propuesta chuck palahniuk ………….. monstruos invisibles legna rodríguez iglesias …………….. de chupar la piedra raúl flores iriarte ……………… de revólver gilles deleuze .................. balbuceó ahmel echevarría ................ día de entrenamiento orlando luis pardo …………….. edición para radio césar aira ……………….. nuevas impresiones de Petit Maroc stephen king …………….. es algo que llega a gustarte / esa sensación que sólo puede expresarse en francés demis menéndez ……………… arquitectura urbana roberto bolaño …………….. escrituras leymen pérez ……………. 3 poemas eloy fernández porta ………….. la naturaleza : sus métodos, sus cosas rubén rodríguez …………….. las flores rojas abren el cuarto chakra come together: breve antología de poesía norteamericana bonus track: rodrigo fresán ……….. Mr. Jones o el encontrador de tesoros

33 y 1/tercio

eXt r as

en anticipación de un live DVD de pronta salida, hacemos primero público el capítulo de los extras. también vemos este LP como el capítulo de los extras para una próxima recopilación de nuestras Obras Completas en edición, una vez más, de DVD. en extras, revisited esperar materiales de: lizabel mónica / ernesto santana / jorge enrique lage / daniel díaz mantilla / elena v. molina / livio conesa / michel encinosa / yordanka almaguer / philip k. dick / david sedaris / oscar cruz / woody allen / elvira rodríguez puerto / luis eligio pérez / ricardo alberto pérez / rodrigo fresán / más o menos

33 y 1/tercio rafa saavedra
(tijuana, del ´67. extra de toma 3 (2006))

eXt r as

just come back
El tiempo, afirmaba el viejo profesor erudito en metafísica, somos nosotros. No me costó trabajo entenderlo como punto de partida de algo que se había convertido demasiado pronto en tópico de sobremesa. En situaciones así, mi única salida era la abstracción. Una vez iniciado el proceso, no importaban ya gran cosa los ruidos –ese sonsonete de la música norteña, sus letras anodinas, el white noise del televisor, los lamentos vecinos, los murmullos inquietantes– o la nula posibilidad de hacer cualquier nimiedad que forma parte de nuestra vida cotidiana. Si bien es cierto que esto no era un escape lógico, al menos ofrecía la posibilidad de desmarcarme de una realidad fracturada por el destino y de asirme a otra mucho más plausible. En un instante determinado, aquello fue cercano a la transfiguración. Un torrente: lo wi fi, la inercia fiestera de las It Girls, el freno católico al progreso de la clase media, la fatalidad implícita en el underground, los asuntos no resueltos que obligaron a Kafka a escribirle una carta a su padre, la crítica recurrente a una malograda política internacional, el ecocidio del que ya hablaba Rius en los sixties, el pragmatismo del análisis psico-histórico, una declaración de principios de corte ambivalente, los haircuts imposibles que reciclan lo mejor y lo peor de los 80, las prebendas heredadas de los años de dictadura perfecta, la falta de buen sexo sin amarres ni lástima, eso que explica la soledad sin palabras, una lista de sitcoms televisivas, las personas que nunca se abren, las perversas intenciones de un duopolio omnipresente, la envidia de hombres diminutos y el daño que le hacen a su sistema digestivo. Cosas así de vitales que discutiría en mi bar favorito una vez resuelto este pequeño impasse. Ahí estaba yo, sedado como paciente a punto de operación, con una presencia determinada por el tiempo de otros. Sin embargo, algo en mí me obligaba a darme cuenta que había perdido el sentido de orientación, un poco de sangre, eso que llaman pomposamente “libertad”. Estaba tan fuera de mi zona de comfort que aun, vaya cosa, mi habitual calentura se apagó en un tris. Es penoso ver como se desintegra la personalidad de alguien y que su dispersión se torna irremediable. Por eso, el no ver/sentir la tragedia propia era legítimo, algo que se agradecía. Ya no pertenecía a mi tiempo, estaba inmerso en esa extraña sensación de lejanía (de todo: el ruido, los sentidos, un ideal de tercera mano, el esfuerzo fantasmático y sus lazos familiares, las cadenas de e-mails, la brisa matinal, las campañas en pro de la honestidad,). Algo así era tan triste como la dialéctica aplicada a

33 y 1/tercio

eXt r as

cuestiones baladíes que lo único que importa es continuar y dar el tipo. La ceguera emocional evitaba que observara de frente la crueldad en su presentación más (in)humana. Ante ese estado de indefensión, mi autismo actuaba como práctico salvavidas. Lidiar conmigo era too much hasta para la gente acostumbrada a hacer lo que se tiene que hacer. Con el riesgo de ser enteipado y abandonado en cualquier sitio o incrementar esa estadística sangrienta de cabezas cercenadas que incita al miedo ciudadano recordaba, cosas de la narrativa, como se fraguó el desenlace de una historia particular entretejida por el devenir nacional y la lucha de contrarios (ese eco marxista que no termina por diluirse). La posibilidad de terminar siendo el encabezado principal o una nota perdida en las páginas interiores se reducía a una cuestión de humor de aquellos que, al quebrantar de golpe toda disposición de convivencia social, trabajaban bajo un esquema de superioridad impuesta. No más lamentos, tiempo de escapar. Yo, sin saberlo, quería desligarme de un vacío del que todos hablan, de la anomia como paradoja del mercado de valores, de una discusión apática ante lo estúpido e innecesario del espectáculo, del déficit que se intenta cubrir con una póliza de embute y fantasía, de la enorme capa de abstencionismo que sacudía un sistema que se devoraba a sí mismo. Esto, pensaba mientras corría, ha sido un fragmento de una (mala) película que, tras acabarse, sería una foot note en una historia de alcance mayor. Por eso ante la pregunta recurrente de “¿en donde te habías metido, Higelin?”, contesto con un simple “Por ahí, ya regresé a la vida social.” “Damn yeah! I just come back”, agrego con mi usual desenfado y sigo de frente pensando en el ahora. El tiempo sigue siendo tan nuestro como esos minutos en los que deseamos no ser uno más en la lista de los amparos por consignar, las horas muertas en que desconocemos a donde nos dirigimos, esos tres días en los que nuestra voluntad estuvo a la deriva como en el último partido que jugamos en las canchas del Y .M.C.A. local, aquel frustrado weekend con una chica llamada La´porshe cuya risa corporal nos rejuvenecía sin motivo, el largo verano del que hablan decenas de canciones o la libertad tras un secuestro que nunca se notificó.
(de el perro, Año 1, No. 4)

replay

33 y 1/tercio bret easton ellis
(los angeles, del ´68, extra de toma 14 (2006))

eXt r as

Bruce llama desde Mullholand
Bruce, colocado y bronceado por el sol, llama desde Los Angeles y me dice que lo siente. Me dice que siente no estar conmigo aquí, en el campus. Me dice que tenía razón yo, que debería haber venido al curso intensivo de este verano y me dice que siente no estar en New Hampshire y que siente no haberme llamado desde hace una semana y yo le pregunto que anda haciendo por Los Angeles y no menciono que han pasado dos meses.

Bruce me dice que las cosas han ido mal desde que Robert dejó el apartamento que compartían en la esquina de la Cincuenta y seis con Park y se fue con su padrastro a hacer un viaje en balsa por aguas bravas, por el río Colorado, dejando a Lauren, su novia, que también vive en el apartamento de la Cincuenta y seis esquina con Park, sola con Bruce, juntos los dos durante un mes. Yo no conozco a Lauren pero sé que tipo de chicas atrae a Robert y tengo muy claro que aspecto debe de tener, y luego pienso en las chicas a quienes puede gustarles Robert, guapas, de esas que hacen como que ignoran el hecho de que Robert, a los veintidós años, tiene unos trescientos millones de dólares, e imagino a esa chica, Lauren, tumbada en el futón de Robert, con la cabeza echada hacia atrás, y a Bruce moviéndose lentamente encima de ella, mientras cierra los ojos con fuerza.

Bruce me dice que la cosa empezó una semana después de que se fuera Robert. Bruce y Lauren habían ido al Café Central y después de devolver lo que habían pedido de comer y de decidir tomar sólo unas copas, estuvieron de acuerdo en que lo suyo sería sólo cuestión de sexo. Que aquello pasaba únicamente porque Robert se había ido al Oeste. Se dijeron uno al otro que, de hecho, no existía atracción mutua aparte de la física, y luego volvieron al apartamento de Robert y se acostaron. El asunto siguió así, me dijo Bruce, durante una semana, hasta que Lauren empezó a salir con un magnate de la propiedad inmobiliaria, de veintitrés años, que tiene unos dos mil millones de dólares.

Bruce me dice que no se enfadó por culpa de eso. Pero que se sentía “ligeramente molesto” el fin de semana en que se presentó Marshall,

33 y 1/tercio

eXt r as

el hermano de Lauren, que acababa de graduarse, y se quedó en el apartamento de Robert, de la esquina de la Cincuenta y seis con Park. Bruce me dice que la cosa entre él y Marshall se prolongó sencillamente porque Marshall se quedó más tiempo. Marshall se quedó semana y media. Y luego Marshall volvió al piso que tenía su exnovio en el SoHo, un joven marchante de arte que tiene de unos dos a tres millones, dijo que quería que Marshall pintara tres columnas de adorno en el piso que compartían en Grand Street. Marshall tiene unos cuatro mil dólares y algo suelto.

Eso fue durante el período en que Lauren trasladó todos sus muebles (y algunos de los de Robert) a la casa que tenía en la Trump Tower el magnate de la inmobiliaria, el de veintitrés años. Durante ese período fue también cuando los dos carísimos lagartos egipcios de Robert aparentemente comieron unas cucarachas envenenadas y los encontraron muertos, uno debajo del sofá del cuarto de estar, sin cola, el otro despatarrado encima del Betamax de Robert. El grande costó cinco mil dólares; el pequeño había sido un regalo. Pero como Robert se encontraba en alguna parte del Gran Cañón, no había modo de ponerse en contacto con él. Bruce me cuenta que por eso dejó el apartamento de la Cincuenta y seis esquina con Park y se fue a casa de Reynolds, en Los Angeles, en la parte alta de Mulholland, mientras Reynolds, que más o menos tiene, según Bruce, lo que valen un par de falafels en PizzaHut, sin incluir la bebida, está en Las Cruces.

Mientras enciende un canuto, Bruce me pregunta qué he andado haciendo, qué ha pasado por aquí, y me dice otra vez que lo siente. Le hablo de las clases, las recepciones, le cuento que Sam se acuesta con un redactor de la Paris Review que vino desde New York el fin de semana dedicado a los editores, que Madison se afeitó la cabeza y Cloris creyó que le estaban dando quimioterapia y mandó todos los relatos que su amiga había escrito a unos redactores que conocía del Esquire, The New Yorker´s, Harper´s, y que eso dejó a todo el mundo impresionado. Bruce dice que le diga a Craig que quiere que le devuelva la funda de su guitarra. Pregunta si voy a ir a East Hampton a ver a mis padres. Le digo que, como el curso intensivo está a punto de terminar y casi es septiembre, no veo para qué voy a ir.

El verano pasado Bruce estuvo conmigo en Camden y seguimos juntos el curso intensivo y ése fue el verano en que Bruce y yo nos bañamos de noche en el lago Parrin y el verano en que él escribió la letra de la canción de Petticoat Junction por toda mi puerta porque yo me reía cada vez que él cantaba la canción y no porque la canción fuera graciosa, sólo era por el modo en que la cantaba: con la cara rígida pero completamente inexpresiva. Fue el verano en que fuimos

33 y 1/tercio

eXt r as

a Saratoga y vimos a los Cars y, en ese mismo agosto, más adelante, a Bryan Metro. El verano fueron borracheras y noches y calor y el lago. Una imagen que no vi jamás: mis manos frías deslizándose por su espalda suave y mojada.

Bruce me dice que me toquetee, ahora mismo, en la cabina telefónica. La residencia en la que estoy se encuentra en silencio. Aparto un mosquito de un manotazo. –No me puedo toquetear –digo yo. Me dejo resbalar poco a poco hasta el suelo, todavía con el teléfono en la mano. –Ser rico es lo mejor –dice Bruce. –Bruce –estoy diciendo yo–. Bruce. Me habla del verano pasado. Menciona Saratoga, el lago, una noche de la que no me acuerdo en un bar de Pittsfield. Yo no digo nada. –¿Me estás escuchando? –pregunta. –Sí –susurro yo. –Oye, ¿no hay interferencias? –pregunta. Yo estoy mirando fijamente un dibujo: una taza de capuccino rebosante de espuma y debajo de ella dos palabras garabateadas en negro: el futuro. –Cálmate –dice Bruce, finalmente, con un suspiro.

Después de colgar vuelvo a mi habitación y me cambio. Reynolds me recoge a las siete y mientras vamos en coche a un pequeño restaurante chino de las afueras de Camden, baja el volumen de la radio después de que yo le diga que ha llamado Bruce; Reynolds pregunta: –¿Se lo contaste? Yo no digo nada. Hoy mientras comíamos me enteré de que Reynolds anda enredado con una de la ciudad que se llama Brandy. En lo único en que puedo pensar es en Robert que todavía sigue en una balsa, en algún sitio de Arizona, mirando una pequeña foto de Lauren, aunque es probable que no. Reynolds vuelve a subir el volumen de la radio después de que yo niegue con la cabeza. Miro por la ventanilla. Termina el verano, 1982.

replay

33 y 1/tercio rocío silva santisteban
(lima, 1963)

eXt r as

la novela joven: una propuesta
En un trabajo extenso sobre algunos libros de jóvenes escritores, propongo el término de novela joven para englobar las diferentes novelas que han surgido desde los años 90 con características similares en diferentes lugares del mundo occidental. Se trata de un fenómeno reciente que cobra fuerza con el paso del tiempo y que se organiza a partir de diferentes elementos que conformarían su aura estética. En primer lugar se trata de novelas escritas por jóvenes, prioritariamente sobre temas de jóvenes -aunque no necesariamente se trata del eje medular- y dirigidas a potenciales lectores jóvenes que normalmente no leen literatura (entendiendo al término juventud más que como una simple etapa categorizada por la edad, como una zona reformulada desde procesos históricos y sociales que vincula a distintas personas a partir de una sensación de cercanía o proxemia). La forma como estos escritores enganchan con lectores poco acostumbrados a la lectura es a partir de las referencias massmediáticas y de la cultura popular (la música rock, el cine, la televisión, los restaurantes de comida basura, los comics), así como la manera de tocar temas juveniles desde sus propios puntos de vista pero no centrarse sólo en ellos e incorporar como eje dinamizador de sus actitudes un elemento antes sólo visible en las literaturas de outsiders: la droga. Los postulados de la mayoría de estas novelas están estructurados a partir de una forma de vivir y de pensar: el consumismo. En muchas de ellas el consumismo es lo que mueve a los personajes: el motor de la acción. En otras sucede lo contrario: los héroes (o mejor, antihéroes) se rebelan contra el consumismo, aunque no necesariamente luchan contra él. Por ejemplo los tres amigos protagonistas de Generación X, la novela pionera de Douglas Coupland, son anticonsumistas, anticompetitivos y no creen en la moral del yuppie, buscan una nueva forma de sentir y de vivir, más allá de los límites del mundo globalizado, de la cultura basura, de la corrupción moral y de la incredulidad política. Pero esto no significa que luchen contra el consumismo. En otras de estas novelas simplemente se plantea el tema como un malestar sin proponer nada. Digamos que se le nombra, pero no para no olvidarlo, sino porque es indispensable nombrar antes de tomar una actitud (aun cuando sea esta actitud la propia indiferencia). La mayoría de los personajes de estas novelas adolecen de una inestabilidad afectiva que los empuja a experimentar la vida como si se tratara de un road movie: mantenerse en permanente movimiento

33 y 1/tercio

eXt r as

engarzados por un afán de sentir emociones violentas. Estas emociones pueden variar desde la búsqueda de placer sexual sin ningún tipo de control arriesgándose al SIDA (los kamikases del amor en las riberas del Sena) hasta la puesta en juego del instinto de muerte más desatado (los más repugnantes asesinatos en serie en las calles de Nueva York). Sin duda lo que une a estos jóvenes escritores, aunque algunos ya no lo son tanto, de distintos lugares del mundo, es un aura estética. Me refiero a Estados Unidos con Brett Easton Ellis (Menos que Cero y American Psycho) y Douglas Coupland (Generación X), a Escocia con Irvine Welsh (Trainspotting), a España con José Angel Mañas (Historia de Kronen) o con Ray Loriga (Héroes), a Francia con Cyrill Collar (Las Noches Salvajes) o Marie Darrieusseqc (Marranadas) pero también a Chile con Alberto Fuguet (Por favor, rebobinar), a Argentina con Rodrigo Fresán y al Japón con Banana Yoshimoto, es un aura estética. No se trata de un lazo unívoco a partir de la vivencia apasionada de una propuesta ideológica o política, sino simplemente de un sentimiento banal, fugaz, trágicamente superficial y dionisíaco. Este sentimiento sería el sustrato subterráneo de una forma diferente de organización: lo que Michell Maffesolli denomina la socialidad. Porque a diferencia del ethos político de la modernidad (culto a la racionalidad), el mundo actual está imbuido de un ethos estético, cuyo eje no es la razón sino el sentimiento (feeling). Maffesoli sostiene que sólo a partir de esta nueva forma de representar la socialidad, se pueden entender las redes del mundo actual que van más allá del narcisismo e individualismo con el que, desde una miopía moderna, se intenta explicar los diferentes fenómenos culturales. Por otro lado, básicamente se trata de historias sobre lo que Flaubert denominaría “educación sentimental” pero estarían centradas realmente en la adquisición del desencanto y/o la lucha contra él. El desencanto porque se nace, en tanto grupo, de una serie de frustraciones colectivas acumuladas que fragmentan el sentir, dispersan la fuerza, deshilachan las ganas de plantearse propuestas y que ironizan sobre toda posibilidad de utopía. Como resultado de este desencanto, muchas de las novelas jóvenes estarían trabajadas desde un lenguaje marcado por la ironía (en su lado más cáustico) o por la ternura (desde su visión más optimista). La idea es enfrentar la ironía y la ternura a la desesperanza, a la frustración, a la falta de sensibilidad, a la frialdad y al cálculo. En estas novelas se presenta también un escepticismo básico frente al pasado y el futuro: el pasado no sirve como elemento de articulación de la realidad perversa del presente, el futuro no es ninguna pista de despegue contra la ansiedad. Tanto los autores, como sus protagonistas, no quieren comprometerse porque «para ellos es una incógnita el concepto de compromiso», según lo apunta el periodista español Vicente Verdú. Pero incógnita no por desconocimiento, sino porque en la praxis concreta de estos años, este concepto se ha devaluado una tras otra vez y por lo tanto su significado ha perdido sentido.

33 y 1/tercio

eXt r as

Desde el punto de vista del enunciado, estas novelas implantan elementos de oralidad juvenil al texto escrito (jerga, lisuras, anglicismos en el caso de textos escritos en castellano, el sublenguaje de la droga, el lenguaje técnico de las computadoras, las «malas palabras») que le otorgan un genuino carácter transgresor. Incluso hay algunos autores que retoman la ruptura con la ortografía (el reemplazo de la k por la c y la q; de la z por la s o la c) que reivindicó el movimiento punk y los movimientos de música subte en América Latina de principios de los 80 (por ejemplo Mañas en su última novela Ciudad Rayada). Muchos de estos escritores también muestran un gusto por la estructura fragmentada; se trata de incorporar a la textualidad una sensibilidad también fragmentada que sienta sus bases en la desestructuración de la familia y de las posibilidades del sentir. Considero justamente que esta propuesta de un mundo fragmentado dirigida a lectores jóvenes y de universos fragmentados, acerca estos libros a la experiencia del lector actual. Los lectores de estas novelas, jóvenes universitarios o parasitarios, enganchan con ellas a partir de la lectura como canciones de un cd, o como videoclips, con su lógica incierta, pero lógica al fin, con su condicionamiento de rupturas y con un hilo subterráneo que las une precariamente de la misma forma como están unidas las sensaciones, los sentimientos y los conocimientos en la actualidad. Por supuesto que todo intento de homogeneización para caracterizar a la juventud es inválido, en el sentido que no existe ni siquiera en una misma ciudad una sola juventud sino muchas maneras de vivirla. No sólo cada época, sino que cada sector social postula maneras diferentes de ser joven. Por eso con esta categoría no pretendo establecer un rasero para encasillar la producción intelectual de los jóvenes -¡vade retro!- sino sólo para entender ciertas formas de textualización. El término «Generación X» y la forma de sentirlo como propio, apropiado o incluso como impropio, rechazándolo, se deslizó de tal manera entre los jóvenes norteamericanos, europeos y latinoamericanos, que estableció formas de asumir una crisis y presupuestos morales para combatirla, puso en duda las versiones light del consumismo neoliberal y apostó por una ruptura, aunque no radical como la de los hippies o los punks ingleses. Justamente por esto último fue desde el primer momento reciclado por el mismo sistema. En todo caso, considero que existen convergencias en diferentes textos surgidos de esta aura estética que posibilitan la organización de una categoría aparte: la novela joven. Literariamente sólo se trataría de otra subdivisión más de los géneros; vitalmente es una propuesta que arranca del protagonismo actual de la juventud, pero sobre todo de una reflexión desde sus propias trincheras, y nos conduce por un laberinto intenso que permite afirmar, finalmente, que la juventud es mucho más que una palabra.

33 y 1/tercio

eXt r as

replay

33 y 1/tercio chuck palahniuk

eXt r as

(burbank, en un desierto de washington, 1964, extra de el laberinto (2005 – 2006))

"Lo que vas a encontrar aquí es una historia estúpida sobre un muchachito estúpido. Una estúpida historia real sobre alguien con quien nunca te querrías cruzar". Así parte Asfixia, novela de Palahniuk, el "niño terrible" de las letras norteamericanas. Es la historia de Víctor Mancini, un hombre criado en orfanatos, con una madre anarquista y que se gana la vida en un parque temático, donde simula vivir en un pueblo colonial. Además, asiste a un grupo de ayuda para superar su adicción al sexo y, para pagar el hospital en que está recluida su desquiciada progenitora, inventa una efectiva estrategia: ahogarse con un trozo de carne en lujosos restaurantes hasta que alguien le salve la vida, le tome sus datos, lo llame para su cumpleaños y le deposite, de vez en cuando, una buena suma de dinero. "La gente te comerá en la mano si los haces sentir como dioses", dice el protagonista. Con una prosa dura y mordaz, este escritor con ascendencia francesa y rusa, que estudió Periodismo pero que se desempeñó como mecánico y obrero en una fábrica de contenedores, se ha encaramado en los rankings de ventas norteamericanos desde que publicó El club de la lucha, llevada al cine por David Fincher, con Brad Pitt y Edward Norton. La novela la escribió en tres meses, cuando estaba furioso porque todos los editores le rechazaron Invisible Monsters, ópera prima en la que contaba la historia de una ex modelo con el rostro desfigurado, que va al matrimonio de su mejor amiga con un transexual. Palahniuk, quien está obsesionado con los labios de Brad Pitt, al punto que usa un cosmético para realzar su boca, también fue cantante de rap (le gusta que le digan Chucky P). En la época de El club... frecuentaba el mundo de las peleas callejeras y varias veces terminó sangrando y con moretones. álvaro matus

monstruos invisibles
Donde se supone que estés es en alguna gran recepción de boda en West Hill, en una gran mansión con arreglos florales y champiñones ornamentales embutidos por toda la casa. Esto es lo que se llama el escenario: donde está todo el mundo, los que están vivos y los que están muertos. Este es el gran momento de la boda de Evie Cottrell. Evie está parada en mitad de la gran escalinata del vestíbulo de la mansión, desnuda dentro de lo que queda de su vestido de bodas, sosteniendo aún su fusil. Yo: yo estoy parada al final de la escalera pero sólo en un sentido físico. Mi mente no sé donde está.

33 y 1/tercio

eXt r as

Nadie ha muerto todavía en toda la extensión de la palabra, pero digamos que el tiempo está corriendo. Tampoco es que en este gran drama haya una persona realmente viva. Uno puede rastrear el aspecto de Evie Cottrell hacia atrás hasta dar con un comercial de televisión de un shampoo orgánico excepto que ahora mismo el vestido de Evie está quemado y sólo quedan los alambres del miriñaque orbitando sus caderas y los esqueletitos de las flores de seda que llevaba en el pelo. Y el pelo rubio de Evie, su gran peinado hacia atrás, su arcoiris con todos los tonos del rubio, espesado con el atomizador, bien, el pelo de Evie también se ha quemado. El otro personaje aquí es Brandy Alexander que yace, con un agujero de bala, al final de la escalera, desangrándose. Lo que me digo a mí misma es que el chorro de sangre que está bombeando el agujero de bala de Brandy es menos sangre que un instrumento sociopolítico. El asunto ese de ser clonado de todos esos anuncios de shampoo, bueno eso vale para mí y también para Brandy Alexander. Dispararle a cualquiera en esta habitación sería el equivalente moral de matar un coche, una aspiradora, una muñeca Barbie. Borrar un disco de computadora. Quemar un libro. Probablemente eso también vale para matar a cualquiera en el mundo. Todos somos ese tipo de productos. Brandy Alexander, la suprema reina codiciada y sofisticada de las grandes fiestas, Brandy está chorreando sus entrañas a través del agujero de bala en su increíble chaqueta. El vestido es ese Bob Mackie blanco rebajado que Brandy compró en Seattle con una falda que le apretaba el culo en forma de un perfecto gran corazón. No creerían lo que le costó ese vestido. El precio normal es más o menos un millón de veces mayor. La chaqueta tiene un diseño retro y solapas y hombros anchos. El corte de la chaqueta de botonadura sencilla es simétrico, excepto por el hueco del que sale la sangre. Entonces Evie empieza a sollozar, parada allí en medio de la escalinata. Evie, ese virus mortal del momento. Esa es la señal para que miremos a la pobre Evie, pobre, triste Evie, sin pelo y vestida sólo de cenizas y rodeada por la jaula de alambre de su miriñaque quemado. Entonces Evie deja caer el fusil. Con su cara sucia y sus manos sucias, Evie se sienta y empieza su wah-wah, como si llorar fuera a solucionar algo. El fusil, ese fusil cargado de calibre treintaipico, resuena mientras rebota escaleras abajo y se desliza hasta el medio del suelo del vestíbulo, girando de lado, apuntándome a mí, apuntando a Brandy, apuntando a Evie, que llora. No es que yo sea algún indiferente animal de laboratorio condicionado para ignorar la violencia, pero mi primer instinto es aplicar, quizás no sea demasiado tarde, club soda en la mancha de sangre. La mayor parte de mi vida adulta la he pasado parada sobre papel inconsútil por un montón de billetes la hora, llevando ropas y zapatos, mi pelo arreglado y algún famoso fotógrafo de modas diciéndome qué debo sentir.

33 y 1/tercio

eXt r as

Él grita, Dame lascivia, nena. Flash. Dame malicia. Flash. Dame tedio existencialista indiferente. Flash. Dame intelectualismo desenfrenado como una fotocopiadora. Flash. Probablemente es por el impacto de ver una de mis peores enemigas baleada por mi otra peor enemiga es por lo que estoy así. ¡Bum! y estamos ante una situación de ganancia total. Eso y estar junto a Brandy me ha desarrollado grandes dotes para el drama. Pareciera que estoy llorando cuando pongo un pañuelo debajo de mi velo para respirar a través de él. Para filtrar el aire porque casi no se puede respirar a causa del humo que produce la gran mansión de Evie quemándose alrededor de nosotras. Yo, arrodillada junto a Brandy pudiera meter las manos en cualquier parte de mi ropa y encontrar calmantes Darvon, Demerol y Darvocet de 100 miligramos. Esa es la señal para que me miren a mí. Mi vestido tiene estampado el Sudario de Turín, la mayor parte en marrón y blanco, colgado y cortado de modo que los brillantes botones rojos se abotonen a través de las cinco llagas de Cristo. Luego llevo metros y metros de un velo de organza negra enrollado alrededor de la cara y tachonado con estrellitas de cristal austriaco cortadas a mano. No podrías decir como luce mi cara pero esa es la idea de conjunto. Mi aspecto es elegante y sacrílego y me hace sentir sagrada e inmoral. Alta costura volviéndose aún más alta. El fuego hace caer lentamente el papel de las paredes del vestíbulo. Yo, para añadir ambientación, fui quien provocó el fuego. Los efectos especiales pueden ser de gran ayuda para mejorar el ánimo. Lo que se está quemando es la recreación de mansión de época diseñada según la copia de la copia de la copia de la imitación de una mansión Tudor. Son cientos de generaciones separadas de cualquier cosa original pero, ¿no es cierto que así estamos todos? Justo antes de que Evie venga gritando escaleras abajo y le dispare a Brandy Alexander, lo que hice fue derramar cerca de un galón de Channel No. Five y añadirle una invitación de bodas en llamas y ¡bom!, estoy reciclando. Es cómico, pero cuando piensas incluso sobre el incendio más trágico, este es sólo una reacción química sostenida. La oxidación de Juana de Arco. Girando todavía en el suelo el fusil me apunta a mí, apunta a Brandy. Otra cosa es que no importa cuánto pienses que amas a alguien, te echarás para atrás cuando el charco de su sangre se acerque demasiado.

33 y 1/tercio

eXt r as

Excepto por todo este drama de altura, es realmente un día agradable. Es un día cálido y soleado y la puerta de frente está abierta al porche y al césped de afuera. El fuego de allá arriba atrae el olor cálido del césped recién cortado hacia el vestíbulo y se puede oír a todos los invitados a la boda afuera. Los invitados cogieron los regalos que quisieron, de cristal o de plata y fueron a esperar en el césped a que los bomberos y los paramédicos hicieran su entrada. Brandy abre una de sus inmensas manos llenas de anillos y toca el hueco que derrama la sangre sobre el piso de mármol. Brandy dice: “Mierda. No habrá manera de que el Bon Marché acepte que le devuelvan el vestido.” Evie levanta la cara, su cara que es un revoltijo de pintura dactilar hecha con hollín y mocos, de sus manos y grita: “¡Odio que mi vida sea tan aburrida!” Evie le grita a Brandy Alexander: “Cuando llegues al infierno resérvame una mesa junto a la ventana.” Las lágrimas enjuagan las mejillas de Evie y ella grita: “¡Querida, tú también tienes que gritarme!” Como si ya esto no fuera drama, drama, drama, Brandy me mira arrodillada junto a ella. Los ojos castaños de Brandy se dilatan al máximo y ella dice: “¿Brandy Alexander va a morir ahora?” Evie, Brandy y yo, todo esto es sólo una lucha de poder por ser el centro de la atención. Cada cual quisiera ser yo, yo, yo primero. La asesina, la víctima, la testigo, cada una de nosotras piensa que nuestro papel es el protagónico. Probablemente eso vale para cualquiera en este mundo. Todo es espejos, espejos en la pared, porque la belleza es poder de la misma manera que el dinero es poder, de la misma manera que una pistola es poder. Es más, cuando veo en el periódico la foto de una veinteañera que ha sido secuestrada, sodomizada, robada y después asesinada y hay una foto de ella en primera plana con ella joven y sonriente, en lugar de detenerme en lo terrible que es un asesinato, mi reacción instintiva es, wow, ella sería realmente sexy si no tuviera ese pedazo de nariz. Mi segunda reacción es que más me valdría ofrecer buenos ángulos de la cabeza y los hombros, en caso de que fuera, ustedes saben, secuestrada y sodomizada hasta morir. Mi tercera reacción es, bien, al menos eso la saca de la competencia. Por si eso no fuera suficiente la loción humectante que uso es una suspensión de sólidos fetales inertes en aceite mineral hidrogenado. Mi idea es que si soy honesta, mi vida gira sobre mí misma, y es lo único que me importa. Esa es mi idea, a menos que el fotómetro esté funcionando y algún fotógrafo ande gritando: Dame empatía. Entonces el resplandor del flash. Dame simpatía. Flash. Dame honestidad brutal.

33 y 1/tercio

eXt r as

Flash. “No me dejes morir sobre el piso”, dice Brandy y sus manazas me agarran. “Mi pelo”, dice, “Mi pelo va a quedar aplastado por detrás.” Mi idea es que yo sé que quizás Brandy probablemente vaya a morir pero yo no puedo meterme en eso. Evie solloza aún más alto. Encima de eso las sirenas de los bomberos que se escuchan afuera me están coronando como la reina de Migrañalandia. El fusil todavía está girando en el piso, pero cada vez más y más lentamente. Brandy dice: “No es así como Brandy Alexander quería que terminara su vida. Se suponía que primero ella fuese famosa. Sabes, se suponía que apareciera en la televisión durante el descanso de un Super Bowl, tomando una cola de dieta, desnuda, en cámara lenta, antes de que muriera.” El fusil deja de dar vueltas y no apunta a nadie. Evie solloza y Brandy le grita: “¡Cállate!” “¡Cállate tú!”, le responde Evie. Detrás de ella el fuego está devorando la alfombra escaleras abajo. Las sirenas, una las puede oír merodeando y chillando por todo West Hills. La gente llegará a golpearse unos a otros con tal de marcar el 91-1 y ser el gran héroe. Nadie parece listo para el nutrido equipo de televisión que debe llegar en cualquier momento. “Esta es tu última oportunidad, cariño”, dice Brandy y su sangre está llegando a todas partes. Dice: “¿Me quieres?” Cuando la gente te hace preguntas así es cuando dejas de ser el centro de atención. Así es como la gente te entrampa en el papel de mejor actriz secundaria. Incluso mayor que el incendio de la casa es la inmensa esperanza que tengo de decir las dos palabras más gastadas que uno puede encontrar en cualquier guión. Justo esas palabras me hacen sentir como si me estuviera metiendo el dedo. Son sólo palabras. Impotencia. Vocabulario. Diálogo. “Dime”, dice Brandy, “¿Me quieres? ¿Me quieres de veras?” Ese es el modo ridículo en que Brandy ha actuado toda su vida. La continua e incansable teatralidad en la vida de Brandy Alexander, cada vez menos viva. Sólo por cumplir con mi parte en la escena tomo la mano de Brandy en la mía. Es un gesto amable pero entonces me quedo aterrada por toda la amenaza de patógenos de la sangre y entonces, bum, el techo del comedor se derrumba y las chispas y ascuas se abalanzan sobre nosotras desde la entrada del comedor. “Incluso si no puedes quererme cuéntame mi vida”, dice Brandy. “Una chica no puede morir sin que su vida pase delante de sus ojos.”

33 y 1/tercio

eXt r as

Casi nadie logra ver sus necesidades emocionales satisfechas. Es entonces que el fuego devora la alfombra hasta el culo desnudo de Evie y Evie les grita a sus pies y golpea los escalones con sus quemados tacones altos y blancos. Desnuda y sin pelo, vistiendo alambres y cenizas, Evie Cottrell sale corriendo por la puerta delantera hacia un público más amplio, los invitados a su boda, la platería y el cristal y los carros de bomberos que llegan. Ese es el mundo en el que vivimos. Las condiciones cambian y nosotros mutamos. Así por supuesto, esto será todo sobre Brandy, conmigo de anfitriona, con apariciones especiales de Evie Cottrell y el mortal virus del SIDA. Brandy, Brandy, Brandy. Pobre y triste Brandy bocarriba, Brandy toca el hueco que derrama su vida sobre el piso de mármol y dice: “Por favor. Cuéntame mi vida. Cuéntame cómo llegamos a esto.” Así yo, yo estoy aquí tragando humo sólo para documentar este momento de Brandy Alexander. Dame atención. Flash. Dame adoración. Flash. Dame un descanso. Flash.

33 y 1/tercio

eXt r as

replay

33 y 1/tercio legna rodríguez iglesias
(camagüey, 1984, extra de 300 dólares (2007))

eXt r as

el mundo de los sentidos
1 Mi pubis está servido Mis labios están servidos Mi interior está servido Yo soy una servidora de esas que ya no quedan Y tú eres la antepenúltima carta de la baraja Siempre hay algo peor Lo dejo todo servido porque para comensales Se han hecho mis interiores Lo sirvo todo Abro mi sombrilla Abro los objetos que se pueden abrir Y tú cierras el cuarzo rosado porque el día luce De manera incandescente Y tú cierras los objetos que se pueden cerrar Y yo pienso en Aristóteles Nunca tuve el placer de conocerlo pero pienso en él con ánimo Con el mismo ánimo con que pienso en las anáforas Nada más cuando paso por la tienda de las joyas Me privo de pensar en Aristóteles Mi pensamiento es un solo de fagot Para los árboles del centro de la ciudad Los árboles tienen el tronco de yeso En la tienda de las joyas una mujer vende árboles Cómo te llamas, le digo Aristóteles, me dice. 2 Me levanto del sofá con una idea en la mente Al muchacho con nombre de muchacha No se le ocurre ninguna idea Pero mi mente es un teléfono público Mi mente está pintada con un óleo verde claro En mi mente un arquitecto diseñó dos torres góticas Al muchacho con nombre de muchacha Le sorprenden mis ideas y mi nombre de revista Y mi pubis de revista Pero no me levanto del sofá Hasta que mi mente se desune del tapón Un arquitecto empotró mis tapones en la pared de su alcoba Y las patas del sofá me preguntan por un brillo Y son cuadradas

33 y 1/tercio
De madera y cuadradas Verde claro y cuadradas La idea en mi mente capta una bella escena de cine Últimamente voy mucho al cine Voy mucho al taller de crítica cinematográfica Hablo de cine Me como al cine que sabe a manteca cinematográfica Me levanto del sofá con una idea en la mente Mato al primero que pasa Cómo te llamas, le digo Aristóteles, me dice.

eXt r as

3 Hay un número singular de objetos Que pudieran darme placer Pero el placer no es cosa de darse El placer les pertenece A las estatuas del parque de los impropios Y a las mujeres que van al cine con una flor en la oreja Y a los hombres que van al cine del brazo de un hombre joven El placer también le pertenece al pájaro La mandíbula de tu cara pudiera darme placer Y los verdes aguacates Y las frutas con forma de corazón Y las frutas con forma de palabra étnica Esa joya de bismuto pudiera darme placer Nos acostamos unidos bajo la sombra de las estatuas Una manta cubre su pecho Y otra manta cubre mi pecho Y la brisa convierte algodones en júbilo Cómo te llamas, le digo Aristóteles, me dice.

●●●

pastel y sangre
El día 22 de abril del año en tránsito Algunos agapornis vinieron a quitarme las gamarras Y como mi espíritu estaba moribundo Todo resultó accesible Perfectamente ingenuo Lo que sí no estaba planeado Era que los agapornis se enamoraran de mi El amor no estaba ni por asomo planeado Y como mi espíritu seguía moribundo Dejé que los agapornis me hicieran Un acto que solo ellos

33 y 1/tercio
Necesitaban hacerme Ese día yo nombré a los agapornis A uno le puse Juan Pablo Sartre Y a otro le puse Jessica Vera Y al tercero Madame Constipación Un cuarto se llamó Julius Cortázar Con Julius fui al cinema Aunque jamás entendimos la película Creo que hablaba de dos límites absurdos Y de unas varillas para inseminar Con los agapornis soy culpable De las líneas que suceden Somos muchos y estamos enamorados Cabemos en un albergue de 34 colchones Pero aún estamos enamorados.

eXt r as

●●●

la dulce vida
Durante el año 1507 Alguien llamado Alberto Durero me pintó La obra se llama Retrato de Muchacha (o Muchacho) Y es un pergamino aplicado sobre tela Él también pintó a los cuatro jinetes del Apocalipsis Hace poco los cuatro jinetes y yo nos hicimos amigos Después de cinco siglos exactos Me pasa que me enamoro de uno de los jinetes Pero el jinete ya tiene novia Pero yo estoy tan arrinconada Tan arrinconada tan arrinconada Y tomo el auricular y le digo a Alberto Durero: Voy a picarme el muslo Con la misma cuchilla que afilabas tus carbones Con la sangre de mi muslo Alberto Durero pinta una obra llamada El Jinete y la Muchacha Donde aparecemos el jinete y yo Conversando seriamente sobre la dulce vida El jinete engulle frutas y a mí se me salen los leucocitos Alberto Durero piensa: Esta muchacha parece tonta Ni a mí se me ocurriría llorar Frente a uno de los jinetes del Apocalipsis Definitivamente no se me ocurriría Y tomo el auricular y le digo a Alberto Durero: La dulce vida y yo no tenemos parecido.

33 y 1/tercio

eXt r as

●●●

aseo personal
Las dos ganas de arrimar y abrevar No me dejan poseer al precipicio Mi pubis me pide laca Y yo le doy laca al pubis Corto mechones Trenzo collares Quito un poco de cabellos húmedos Espero sentada en la piedra solar Que las dos ganas juntas se me diseminen Mi pubis me pide canto Y yo le doy canto al pubis Uno volutas Separo hilachas Muevo los labios cuidadosamente Al final del día sigo impeorable Poseer al precipicio no aparece en mi leyenda Mi pubis me pide pez Y yo le doy pez al pubis Lavo residuos Echo colonia Humedezco las ideas.

●●●

monólogo de misako
Comúnmente al tokonoma Le introducen crisantemos O camelias O narcisos Hoy he puesto diminutas ramas de manzanilla Para cambiar Para pensar con nitidez En los cálculos de Euclides Y el teorema de Pitágoras Y la fórmula física del movimiento Tan antipoética Mañana pondré en el tokonoma Cuatro gajos de apasote Al igual que el apasote Yo me considero un cáliz Dividido en tres fracciones

33 y 1/tercio
Que envuelve totalmente al fruto Tú eres el fruto Tú maduras entre 30 y 40 días Después de iniciada la floración Luego caes al precipicio Y germinas sin dificultades (Pitágoras y Euclides se tapan con franela) Por supuesto que al día siguiente Pondré en el tokonoma Un tallo de cordován Esta planta es natural de México América Central, Antillas y Bahamas Tú eres natural de mí Y la fórmula física del movimiento Es natural de ti Todos pertenecemos a la palabra Desorden (Pitágoras y Euclides se tapan como novios Tú y yo nos destapamos) Otro día pondré chamico Una flor solitaria de chamico De colora acampanada Y cinco lóbulos blancos Y cinco maromas verdes Y sin raíz Ese día seré un samurai O tal vez una muchacha triste Rígida y triste Gentil y triste Al chamico le seguirá la caléndula, La escoba amarga, el mastuerzo, Y algunos guisazos de caballo Con el guisazo renaceré Para esa hora los componentes Volverán a serme útiles Para esa hora mis hemorragias Serán falsificaciones Entonces coronaré al tokonoma Con tu ítamo real.

eXt r as

●●●

chupar la piedra
Estando abierta Todos ven que me cabe un escritorio Un ventilador de pie Y otros objetos desconocidos

33 y 1/tercio
Estando abierta creo en la palabra. Como la mayoría de los creyentes Adoro la palabra Y lleno la habitación de cruces: Objetos donde apreciamos a la palabra crucificada Luego utilizo la escofina Para hacer incontables palabras de piedra Estando abierta tú también me cabes Cerrada no. Cerrada es un conflicto y los actores se esfuman Esta noche no podré representar Esta noche me sacaré los dientes Con unos alicates de jardín Compro alicates de jardín Compro un escritorio y un ventilador de pie. Estando cerrada Mi lengua se vuelve un gancho Cuya primera función es chupar la piedra En la piedra escribí palabras Las palabras han formado el concepto de erotismo Mis palabras han formado un erotismo verbal. Estando cerrada mato diez pájaros. Abierta no.

eXt r as

replay

33 y 1/tercio raúl flores iriarte

eXt r as

(havana, del ´77. extra de 33 y un tercio (2005) y firma cacharro(s) (2006))

caballo muerto
Fuime a vivir a un caballo muerto. Hallé que había bastante espacio allá dentro, nada de ruido, ningún otro tipo de molestias. Sin corazón bombeando rítmico como canción de rock, sin pulmones. Sin riñones funcionales, sin hígado. Nada. Todo tranquilo y muerto. Entré por rígidas mandíbulas e instalé muebles. Mi mujer y yo recién nos habíamos separado. Ella había retenido nuestro apartamento en Alamar, y allá estaba con las cuatro criaturas. Pero yo, contento con mi caballo muerto. Cuando creía estar a punto de dormir en parques públicos, y almorzar y cenar en espantosas cafeterías estatales, he aquí que se me habían abierto las puertas del cielo. Había espacio de sobra para todos mis discos y mis libros y ropas colgadas en percheros de metal dentro de mi ropero. La comida no faltaba. Podía ir devorando los órganos putrefactos del caballo muerto y, a medida que avanzaba el proceso de descomposición, iban penetrando en el cadáver gusanos, larvas, insectos y otros animalejos que me ayudaban a mantener una dieta balanceada. Con el paso del tiempo, el cuerpo del caballo se fue hinchando cada vez más, con lo que aumentó el espacio inconmensurablemente. Al cabo de semana y media hubo tanto espacio libre que pude hacer una fiesta para mis compañeros de trabajo. Aquello fue un éxito total. Mis compañeros se pasearon asombrados por las amplias cavidades interiores, comieron hígado putrefacto y trozos escogidos de las partes blandas de pulmones. Terminaron felicitándome por mi inmejorable adquisición. Pude hasta ligar con mi secretaria. Hicimos el amor después que todos se hubieran marchado, allí mismo, en el caballo muerto. Ella me había dicho, “Esto es maravilloso; una vez viví dentro del cadáver de un perro pero, por supuesto, no se compara con esto. Para nada se compara con esto”. Comentó la amplitud de los techos, se alegró por la sobreabundancia de alimentos, por la disponibilidad de las cosas y, sobre todo, “¡Tan céntrico! ¡En el mismo corazón de la ciudad!” Me preguntó si podía quedarse a vivir conmigo; le dije que no. Me dio un poco de lástima, pero no deseaba echar a perder unas relaciones que, hasta el día de ayer, habían sido netamente laborales. El cuerpo del caballo apestaba. Un día pasó el concejal por ahí cerca, y el mal olor le golpeó las narices con la fuerza de una explosión atómica. Vino hasta mi, caballo muerto, y dijo, “¡Tiren esta basura a la fosa común!”

33 y 1/tercio

eXt r as

Así que, después de un mes a la intemperie, llevaron el caballo a la fosa común. Esto me fue bastante conveniente, porque ya no quedaba mucho de carne y músculos originales. Solo piel y huesos. Estaba a punto de quedarme otra vez en la calle. Aquella fosa común fue una verdadera bendición. Estaba llena de otros caballos muertos, en diferentes estados de descomposición. Mudé mi casa y dejé atrás finalmente la gastada osamenta de mi caballo original. De nuevo había espacio de sobra y abundante alimento. Hice otra fiesta en el nuevo sitio y todos mis compañeros exclamaron “¡Pero si esto es un palacete!”. Se trajeron a sus esposas y sus niños y vinieron a vivir conmigo en la fosa común. Yo no pude convencer a mi esposa para que viniera, pero a las cuatro criaturas sí que las traje y les di un caballo propio para cada una. Había que ver a las tres hembritas y al varoncito dando gritos y saltitos de felicidad, como si les hubiera puesto lo mejor de la vida en sus pequeñas manos. La vida continuó su curso normal. Los niños iban por la mañana a la escuela, y los adultos al trabajo. Por las tardes, las criaturas jugaban a los escondidos o a los pistoleros, o a lo que les diera la gana jugar, y los adultos nos sentábamos en torno a una botella de ron, para hablar de política y jugar dominó, rodeados por viejas osamentas y enjambres de moscas multicolores; todo un laberinto de vida y muerte para ser admirado en silencio. De vez en cuando se nos unían otras familias, otras personas y, si en algún momento nos habíamos preocupado por la eventual falta de espacio y escasez de alimentos, ya lo habíamos olvidado. Rellenaban la fosa un día sí y otro no con nuevos cadáveres. Suficiente espacio y suficiente comida. No nos preocupaba ningún Período Especial tercermundista. Por eso dábamos la bienvenida a todos los que se nos quisieran unir. Un día el concejal pasó cerca, y el mal olor de tantos cadáveres putrefactos le llenó la nariz de lágrimas. “¡¿Qué ocurre?!”, gritó furioso, “¡Incineren toda esta porquería!” “Vive gente aquí”, le dijimos, pero él no quiso creernos. Lo invitamos a visitar nuestras moradas, y él se rehusó aduciendo motivos políticos. “Somos felices en este sitio”, le dijimos. Él arrugó la nariz, murmuró algo sobre focos infecciosos, y se marchó. Vinieron entonces los soldados con latas de gasolina y yo los observé mientras rociaban el líquido sobre los cadáveres descompuestos de los animales, sobre los huesos y las larvas de las moscas multicolores, sobre las pieles secas y los gusanos gordos como antebrazos, sobre mis compañeros de trabajo y personas afines que se resistían a dejar sus hogares. Les gustaba allí. Los vi arder cuando los soldados arrojaron fósforos sobre toda esa gasolina. Mis cuatro criaturas también estaban allí; igual se habían negado a abandonar su hogar. Las tres hembras y el varoncito

33 y 1/tercio

eXt r as

agitando sus miembros inflamados, gritando porque les dolía, y sus cabellos se incendiaban, y sus ojos y sus pequeños vientres también. Lanzaron después un par de granadas al hoyo humeante, y todos aquellos pedazos de carne chamuscada saltaron por los aires, como confetti de cumpleaños. Yo no ardí. No me gustaba la idea. Preferí quedarme sin casa. Fui entonces para Alamar, hasta el apartamento de mi mujer. Fui a explicarle el asunto, y a pedirle que me dejara dormir un par de noches bajo techo, pero ella estaba viviendo con otro tipo y no quiso saber nada de mí. Me sacó de la casa a empujones y me dio con la puerta en la cara. No me dio oportunidad para decirle nada, tal vez contarle lo de las criaturitas. Nada de nada. Fuime entonces a una cafetería estatal para cenar, y después me fui con mis cosas a un parque público, para pasar la noche durmiendo en algún banco. Creía no tener otro remedio. Pero, por el camino, me encontré con un perro muerto en la acera y me acordé que quizás allí podría estar mi secretaria. Así que me asomé y, en efecto, allí estaba ella. Le pregunté si podría pasar allí la noche, porque no me gustaba la idea de dormir en el parque y ella, por suerte, me dijo que sí, que podía quedarme.

●●●

la noticia
A pesar de haber tan solo un televisor en toda la ciudad, la noticia se divulgó bastante rápido. A las diez de la mañana se comentaba en centros escolares y laborales, a las doce se comentaba en fábricas y terrenos deportivos. A las tres, era totalmente de público dominio. (¿qué estabas haciendo cuando la noticia?, sería la frase que marcaría a nuestra generación.) De todas formas, hubo muchos incrédulos. El hecho de que solo existiera un televisor y tres aparatos de radio también ayudaba. El grupo de incrédulos creció con el paso de las horas. La gente deseaba lanzarse a la calle a celebrar, pero triunfaba la cautela. De ser cierta la noticia, la represión policial sería brutal. Se cuestionó la validez de las fuentes de información. Se inquirió sobre horarios, fidelidades, pasiones, y posiciones políticas. Como siempre, la prensa nacional obviaba el asunto. Cuando salió a la luz el hecho de que el único televisor de la ciudad estaba roto, los ánimos se enfriaron. Se volvieron a cuestionar las fuentes, esta vez más fehacientemente, y nadie estaba seguro de nada. Las frases de moda eran Puede ser que… y Pero no estoy tan seguro…

33 y 1/tercio

eXt r as

Nos olvidamos de la noticia. La dimos por falsa, y ya. Meses más tarde, al ser arreglado el televisor roto, nos enteramos de que todo era cierto, pero ya la información estaba teñida con la pátina que le transfiere el olvido a ciertas cosas. Ahora se comentaba de nuevo la noticia que no era noticia, pero esta vez con frialdad, y desapasionadamente.

●●●

papel alba
K. ha escrito esa noche: “La ciudad amanece llena de carteles, pegados por todas partes.” La ciudad amanece, efectivamente, llena de carteles. Sobre las columnas de las paradas urbanas, sobre las paredes de los edificios, sobre los postes de alumbrado público. Pero dichos carteles no son tal, sino solo hojas de papel alba, completamente en blanco, nada escrito sobre ellas. K. ha escrito después: “Se moviliza la policía. Allanan los barrios. Derriban puertas. Buscan culpables.” Tal vez sea así. El poder se siente amenazado. Es preferible poner mensajes en hoja de papel a dejar estos completamente en blanco. Poner, por ejemplo, “Te llamó Carlos”, o “Fiesta en casa de RD” o, tal vez, “Abajo la dinastía del proletariado”. El eterno temor a la página en blanco, multiplicado por un factor cercano a las mil unidades. K. piensa que el culpable podría ser él. Entonces viene la policía y lo apresan, entre ruidos de sirenas y patrullas chirriando frenos. Hallan que redacta sus textos sobre hojas de papel alba y es enjuiciado, tomando esto como principal evidencia. El fiscal lee en voz alta fragmentos de las obras de K., todas francamente inculpatorias. K., sin posibilidad alguna de defensa, es condenado a muerte. Podría retractarme, murmura K., y sale al día siguiente por la televisión nacional manifestando que solo usará de ahora en adelante papel gaceta para sus escritos. “Es barato, menos pretencioso, y más cercano a las necesidades del pueblo.” Pronuncia con expresión compungida frente a las cámaras. Enjuician entonces a un vendedor de maní, procesado por el hecho de vender cucuruchos manufacturados con papel alba. K. continúa escribiendo a medianoche sus historias sobre los márgenes de viejas libretas escolares, y el vendedor de maní es fusilado al día siguiente, por no haber sabido establecer diferencia alguna entre resma de papel gaceta y resma de papel alba.

33 y 1/tercio
●●●

eXt r as

33 y 1/tercio el orden del discurso

eXt r as

A. y B. escriben casi la misma historia. La historia de A. se diferencia solo en pequeños detalles de la historia de B. El título, por ejemplo, y algunas palabras del final. Pero, aparte de eso, es fácil percatarse que las dos historias son asombrosamente iguales. Idénticas entre sí. Se habla de plagio. A. y B., cada uno por su lado, demuestran que sendas historias son totalmente de sus autorías. Revelan sus fuentes de inspiración, así como las técnicas y recursos utilizados para llevar los hilos narrativos a buen término. Es de notar que, supuestamente, ambos habían llegado a lo mismo partiendo de fuentes disímiles entre sí. A. había escrito su historia partiendo de una idea de Stephen King y una canción de Tom Waits, y B., por su parte, se había inspirado en un informe del Secretariado Nacional al Comité Central del Partido. No obstante, logran convencer. Se toma el caso como una de esas rarísimas casualidades que solo se dan una vez en la vida, y varias veces en las novelas de Paul Auster. Podría decirse que A. y B. quedarían satisfechos, pero no es así. Casualidad o no, a partir de ese momento A. y B. empiezan a coincidir constantemente en lecturas y conferencias. Estos eventos se convierten, gracias a rencores acumulados, en carreras olímpicas para determinar cual de los dos leerá primero la historia en cuestión. A veces gana A., a veces B. El público también gusta de apostar. A. y B. dejan de escribir narrativa y comienzan a hacer crítica y reseña, pero ya nadie les hace caso. La atención está ahora centrada en C., que ha escrito una historia totalmente irreproducible y original, basada en la canción de Tom Waits, la idea de Stephen King, y el informe del Secretariado Nacional al Comité Central del Partido. A. y B. escriben sendas reseñas críticas y ensayísticas sobre esta historia irreproducible y original, pero se halla que sus trabajos críticos y ensayísticos se parecen extraordinariamente entre sí. Solo hay diferencias en el título, y en algunas palabras de la introducción. Se vuelve a hablar de plagio, aunque no por mucho tiempo. Ya la gente está cansada del asunto.

●●●

hasta el fin del mundo
Estaban transmitiendo el fin del mundo cuando prendimos el televisor. Por H o por B, la situación había llegado a un límite insostenible, y ya era el fin de todo. Nosotros en esta pequeña isla mientras en la pantalla del televisor se sucedían tsunamis gigantescos, erupciones volcánicas incontenibles, terribles terremotos, devastadores huracanes, líderes políticos histéricos por la

33 y 1/tercio

eXt r as

situación concedían alocados discursos sobre medidas de última hora que deberían haber sido tomadas en cuenta y decisiones que nunca deberían de haberse tomado. Las masas se reunían en torno a las iglesias y los patios de las escuelas, elevando plegarias a un cielo negro y gris, del color de las peores pesadillas que un moribundo podría disponer. Los locutores se excedían en discursos apocalípticos y las locutoras lloraban en la pantalla, pupilas rojas, mechones de pelo entre manos sudorosas. Ella y yo lo mirábamos todo con ojos incrédulos. “¿No será una vieja cinta?”, me preguntó, “¿Una retransmisión de la película del sábado?” “Todo parece muy real, y son todos los canales a la vez.”, dije, aunque igual seguía sin creérmelo mucho. Salí afuera, y el cielo se veía precioso. Pasaban nubes blancas y el sol tenía el leve fulgor que presagiaba un atardecer sin prisas. Volví adentro. En la pantalla continuaban los tsunamis y los terremotos y las explosiones de arsenales nucleares a lo largo de todo el mundo. Ella estaba envuelta en una frazada, a pesar del calor, y temblaba. “Voy al baño”, dijo, “No quiero que el fin del mundo me coja sin haberme lavado los dientes.” Cuando salió del baño todo seguía igual. Histeria colectiva, grandes desastres naturales. Exterminación en masa de la humanidad en pleno. “Ve afuera a ver como van las cosas”, me pidió. “Espera”, dijo. Vino y me besó en los labios. “Por si acaso, por si no nos volvemos a ver.” Pero afuera todo continuaba igual. El mar idílico golpeando contra las rocas de la costa; las nubes desfilando sobre el sepia del atardecer. En la tv continuaba toda esa situación incontrolable. En la cocina preparamos rositas de maíz y jugo de naranja. Nos sentamos frente al televisor para ver el fin del mundo. De vez en cuando yo salía afuera para ver el estado de las cosas, pero en esta maldita isla nunca pasaba nada. Vivir aquí era como vivir en el fin del mundo. Minuto a minuto, nuestra hecatombe nacional. Hubo un momento, en medio de los gritos agónicos de una locutora embarazada, en que se interrumpió la señal. Ella y yo nos quedamos como dos tontos frente a la pantalla vacía, llena de ruido blanco, devorando rositas de maíz. Nieve en el televisor y cero transmisiones en todos los canales disponibles. Nada de nada. Todo muerto, todo cadáver. Volví a salir afuera y, mientras miraba el mar azul golpeando lánguidamente contra la costa y una bandada de gaviotas circulando el horizonte, la idea aterrizó por fin en mi pensamiento. La idea de que era realmente era el fin, y sólo quedábamos ella y yo sobre la faz de la tierra. Lástima. Regresé adentro a tiempo para verla golpear el televisor. Furia en su mirada. Instintos asesinos. “Ya no se puede ver ni el televisor”, gritaba.

33 y 1/tercio
Como una posesa.

eXt r as

replay

33 y 1/tercio gilles deleuze

eXt r as

(parís 25 – parís 95. extra de firma cacharro(s) (2006))
de crítica y clínica, 1993

balbució...
Se dice que los malos novelistas sienten la necesidad de variar sus indicativos de diálogos sustituyendo «dijo» por expresiones como «susurró», «balbució», «sollozó», «se carcajeó», «gritó», «farfulló»... que indican las entonaciones. Y en realidad parece como si respecto a estas entonaciones el escritor no dispusiera más que de dos posibilidades: o bien hacerlo (como Balzac, que efectivamente hacía farfullar al tío Grandet cuando éste trataba un asunto, o hacía hablar a Nucingen en un dialecto deformante, y en cada caso se percibe el goce de Balzac), o bien decirlo sin hacerlo, limitarse a una mera indicación que se deja al cuidado del lector para que éste la lleve a cabo: como los héroes de Masoch que no paran de susurrar, y su voz ha de ser un susurro apenas audible; Isabel, de Melville, tiene una voz que no ha de pasar del susurro, y el angelical Billy Budd no se emociona sin que el lector tenga que restituirle su «balbuceo o peor aún»; el Gregorio de Kafka pía más que habla, pero eso según el testimonio de un tercero. Parece no obstante que existe una tercera posibilidad: cuando decir es hacer... Eso es lo que ocurre cuando el balbuceo ya no se ejerce sobre unas palabras preexistentes, sino que él mismo introduce las palabras a las que afecta; éstas ya no existen independientemente del balbuceo que las selecciona y las vincula por sí mismo. Ya no es el personaje el que es un tartamudo de palabra, sino el escritor el que se vuelve tartamudo de la lengua.: hace tartamudear la lengua como tal. Un lenguaje afectivo, intensivo, y ya no una afección de aquel que habla. Una operación poética de esta índole parece muy alejada de los casos anteriores; aunque tal vez no lo esté tanto del segundo caso como parece. Pues cuando el autor se limita a una indicación externa que deja intacta la forma de expresión («balbució...»), costaría comprender su eficacia si una forma de contenido correspondiente, una cualidad atmosférica, un medio conductor de palabras no recogiera por su cuenta lo tembloroso, lo susurrado, lo balbucido, el trémolo, el vibrato, y no reverberara sobre las palabras el afecto indicado. Eso es por lo menos lo que ocurre con los grandes escritores como Melville, con quien el rumor de los bosques y de las cavernas, el silencio de la casa, la presencia de la guitarra dan fe del susurro de Isabel y de sus suaves entonaciones extranjeras; o con Kafka, que confirma el piar de Gregorio mediante el temblor de sus patas y las oscilaciones de su cuerpo; o incluso con Masoch, que reitera el balbuceo de sus personajes con los pesados silencios de un tocador, los ruidos de la aldea o las vibraciones de la estepa. Los afectos de la

33 y 1/tercio

eXt r as

lengua son objeto aquí de una efectuación indirecta, pero próxima a lo que ocurre directamente, cuando ya no quedan más personajes que las propias palabras. «¿Qué quería decir mi familia? No lo sé. Era tartamuda de nacimiento, y aun así tenía algo que decir. Sobre mí y sobre muchos de mis contemporáneos pesa el tartamudeo de nacimiento. Hemos aprendido no a hablar, sino a balbucir, y únicamente prestando oído al ruido creciente del mundo, y, una vez blanqueados por la espuma de su cresta, hemos adquirido una lengua.»1 ¿Es posible hacer balbucir la lengua sin confundirla con el habla? Todo depende más bien de la manera de considerar la lengua: si se la toma como un sistema homogéneo en equilibrio, o próxima al equilibrio, definida por unos términos y unas relaciones constantes, resulta evidente que los desequilibrios o las variaciones sólo afectarán a las palabras (variaciones no pertinentes del tipo entonación...). Pero si el sistema se presenta en desequilibrio perpetuo, en bifurcación, en unos términos en los que cada uno recorre a su vez una zona de variación continua, entonces la propia lengua se pone a vibrar, a balbucir, sin confundirse no obstante con el habla, que tan sólo asume una posición variable entre otras o toma una única dirección. Si la lengua se confunde con el habla es tan sólo con un habla muy especial, un habla poética que efectúa toda la potencia de bifurcación y de variación, de heterogénesis y de modulación propia de la lengua. Por ejemplo, el lingüista Guillaume considera cada término de la lengua no como una constante en relación con otras, sino como una serie de posiciones diferenciales o puntos de vista tomados sobre un dinamismo asignable: el artículo indefinido «un» recorrerá toda la zona de variación comprendida en un movimiento de particularización, y el artículo definido «el», toda la zona comprendida en un movimiento de generalización.2 Se trata de un balbuceo, pues cada posición de «un» o de «el» constituye una vibración. La lengua se estremece de arriba abajo. Hay aquí el principio de una comprensión poética de la propia lengua: es como si la lengua tendiera una línea abstracta infinitamente variada. La cuestión se plantea así, incluso en función de la pura ciencia: ¿cabe progresar sin entrar en regiones alejadas del equilibrio.? La física da fe de ello. Keynes hace progresar la economía política, pero porque la somete a una situación de «boom» y no ya de equilibrio. Es la única manera de introducir el deseo en el campo correspondiente. Entonces, ¿poner la lengua en estado de boom, cerca del crac.? Admiramos a Dante por haber «escuchado a los tartamudos», estudiado todos los «defectos de elocución», no sólo para conseguir
1

Mandelstam, Le bruit du temps, L’Age d’homme, pág. 77.

2

Vid. Gustave Guillaume, Langage et science du langage, Québec. No son sólo los artículos en general, ni los verbos en general, los que disponen de dinamismos como las zonas de variación, sino cada verbo, cada sustantivo en particular, por su cuenta.

33 y 1/tercio

eXt r as

efectos de habla, sino para emprender una amplia creación fonética, léxica y hasta sintáctica. No se trata de una situación de bilingüismo o de multilingüismo. Cabe concebir que dos lenguas se mezclen, con pasos incesantes de una a otra: aun así cada una sigue siendo un sistema homogéneo en equilibrio, y la mezcla se hace en palabras. Pero no es así como proceden los grandes escritores, pese a que Kafka sea un checo que escribe en alemán, y Beckett, un irlandés que escribe (a menudo) en francés, etc. No mezclan dos lenguas, ni siquiera una lengua menor y una lengua mayor, pese a que muchos de ellos estén vinculados a unas minorías como al signo de su vocación. Lo que hacen es más bien inventar una utilización menor de la lengua mayor en la que se expresan por completo: minoran esa lengua, como en música, donde el modo menor designa combinaciones dinámicas en perpetuo desequilibrio. Son grandes a fuerza de minorar: hacen huir la lengua, hacen que se enfile sobre una línea mágica, que se desequilibre continuamente, que se bifurque y varíe en cada uno de sus términos, siguiendo una incesante modulación. Cosa que excede las posibilidades del habla y accede al poder de la lengua e incluso del idioma. Lo que equivale a decir que un gran escritor se encuentra siempre como un extranjero en la lengua en la que se expresa, incluso cuando es su lengua materna. Llevando las cosas al límite, toma sus fuerzas en una minoría muda desconocida, que sólo le pertenece a él. Es un extranjero en su propia lengua: no mezcla otra lengua con su lengua, talla en su lengua una lengua extranjera y que no preexiste. Hacer gritar, hacer balbucir, farfullar, susurrar la lengua en sí misma. Qué cumplido más bello que el de un crítico diciendo de Los siete pilares de la sabiduría: eso no es inglés. Lawrence hacía trastabillar el inglés para extraer de él músicas y visiones de Arabia. Y Kleist, qué lengua despertaba en el fondo del alemán, a fuerza de rictus, lapsus, chirridos, sonidos inarticulados, enlaces alargados, brutales precipitaciones y frenazos en la elocución con el peligro de suscitar el horror de Goethe, el mayor representante de la lengua mayor, y para alcanzar unos fines extraños en verdad, visiones petrificadas, músicas vertiginosas.3 La lengua está sometida a un doble proceso, el de las elecciones que hay que hacer y el de las consecuencias que hay que establecer: la disyunción o selección de los semejantes, la conexión o consecución de los combinables. Mientras la lengua es considerada como un sistema en equilibrio, las disyunciones son necesariamente exclusivas (no se dice a la vez «passion» [pasión], «ration» [ración], «nation» [nación], hay que escoger), y las conexiones, progresivas (no se combina una palabra con sus elementos en una especie de
3

Pierre Blanchaud es uno de los escasos traductores de Kleist que han sabido plantear el problema del estilo: vid. Le duel, Presse–Pocket. Este problema puede hacerse extensivo a cualquier traducción de un gran escritor: resulta evidente que la traducción es una traición si adopta como modelo las normas de equilibrio de la lengua traductora estándar.

33 y 1/tercio

eXt r as

inmovilidad o de movimiento adelante-atrás). Pero hete aquí que, lejos del equilibrio, las disyunciones se vuelven inclusas, inclusivas, y las conexiones reflexivas, siguiendo un proceso de cabeceo que concierne al proceso de la lengua y no ya al curso de la palabra. Cada palabra se divide, pero en sí misma («pas-rats», «passions-rations» [pasos-ratas, pasiones-raciones]). Es como si toda la lengua se pusiera a bandear, a derecha y a izquierda, y a cabecear, hacia adelante y hacia atrás: los dos balbuceos. Si el habla de Gherasim Luca es así eminentemente poética, es porque convierte el balbuceo en un afecto de la lengua, no en una afección del habla. Toda la lengua se enhebra y varía y acaba extrayendo un bloque sonoro último, un único aliento al límite del grito JE T’AIME PASSIONNÉ-MENT [te amo apasionadamente]. Passionné nez passionnem je je t’ai je t’aime je je je jet je t’ai jetez je t’aime passionnem t’aime.4 Luca el rumano, Beckett el irlandés. Beckett ha llevado a su punto más alto el arte de las disyunciones inclusas, que ya no selecciona, sino que afirma los términos disyuntados a través de su distancia, sin limitar el uno por medio del otro y sin excluir el otro del uno, cuadriculando y recorriendo el conjunto de toda posibilidad. Así, en Watt, la forma que tiene M. Knott de calzarse, de desplazarse dentro de su habitación, o de cambiar su mobiliario. Bien es verdad que estas disyunciones afirmativas se refieren las más de las veces en Beckett al aspecto o al andar de los personajes: la inefable manera de caminar, dando bandazos y cabeceos como un bote sin gobierno. Y es que la transferencia se ha efectuado de la forma de expresión a una forma de contenido, con lo que cabe la posibilidad de restituir el paso inverso, suponiendo que hablan como caminan o trastabillan: uno no es menos movimiento que el otro, y uno supera el habla hacia la lengua tanto como el otro el organismo hacia un cuerpo sin órganos. Cosa que encontramos confirmada en un poema de Beckett que se refiere en este caso a las conexiones de la lengua, y convierte el balbuceo en la potencia poética o lingüística por excelencia.5 Diferente de los de Luca, el proceso de Beckett es el siguiente: se instala en la mitad de la frase, hace crecer la frase por la mitad, añadiendo una partícula tras otra (que de ce, ce ceci-ci, loin là là-bas à peine quoi...) para pilotar un bloque de una única exhalación (voulais croire entrevoir quoi...). El balbuceo creador es lo que hace que la lengua crezca por en medio, como si fuera hierba, lo que le convierte en rizoma en vez de árbol, lo que pone la lengua en perpetuo desequilibrio: Mal vu mal dit [mal visto mal dicho]
4

Estos comentarios remiten al famoso poema de Luca, «Passionnément» (Le chant de la carpe.) 5 Beckett, «Comment diré», Poémes, Minuit.

33 y 1/tercio

eXt r as

(contenido y expresión). Decir las cosas tan bien dichas nunca ha sido lo propio ni la tarea de los grandes escritores. (…) Se trata, pues, de una variación ramificada de la lengua. Cada estado de variable es una posición en una línea de cresta que bifurca y se prolonga en otras líneas. Se trata de una línea sintáctica, pues la sintaxis está constituida por las curvaturas, los anillos, los giros, las desviaciones de esta línea dinámica en tanto que pasa por unas posiciones desde el doble punto de vista de las disyunciones y de las conexiones. La sintaxis formal o superficial ya no regula los equilibrios de la lengua sino una sintaxis en devenir, una creación de sintaxis que hace que nazca la lengua extranjera dentro de la lengua, una gramática del desequilibrio. Pero en este sentido es inseparable de un fin, tiende hacia un límite que ya no es en sí mismo sintáctico o gramatical, ni siquiera cuando parece todavía serlo formalmente: así la fórmula de Luca, «je t’aime passionnément.», que estalla como un grito al final de largas series balbucientes (o bien el «preferiría no» de Bartleby, que incluso ha absorbido todas las variaciones previas, o el «he danced his did.» en Cummings, que se desprende de variaciones presuntamente sólo virtuales). Expresiones de esta índole son tomadas como palabras inarticuladas, bloques de una única exhalación. Y ocurre a veces que este límite final abandona toda apariencia gramatical y surge en estado bruto, precisamente en las palabras-exhalación de Artaud: la sintaxis desviante de Artaud, en tanto que se propone forzar la lengua francesa, encuentra el destino de su tensión propia en esas exhalaciones o en esas meras intensidades que marcan un límite del lenguaje. O a veces no en el propio libro: en Céline, el Viaje pone la lengua natal en desequilibrio, Muerte a crédito desarrolla la nueva sintaxis en variaciones afectivas, mientras que Guignol’s band encuentra el objetivo último, frases exclamativas y puestas en suspensión que deponen toda sintaxis en beneficio de un mero baile de las palabras. No por ello ambos aspectos son menos correlativos: el tensor y el límite, la tensión en la lengua y el límite del idioma. Ambos aspectos se efectúan siguiendo una infinidad de tonalidades, pero siempre juntos: un límite del idioma que tensa toda la lengua, una línea de variación o de modulación tensada que lleva la lengua a ese límite. Y así como la nueva lengua no es exterior a la lengua, el límite asintáctico tampoco es exterior al lenguaje: es lo exterior del lenguaje, no está en el exterior. Es una pintura o una música, pero una música de palabras, una pintura con palabras, un silencio dentro de las palabras, como si las palabras ahora vertieran su contenido, grandiosa visión o audición sublime. Lo que es específico en los dibujos o pinturas de los grandes escritores (Hugo, Michaux...) no es que esas obras sean literarias, pues no lo son en absoluto; acceden a meras visiones, pero que todavía se refieren al lenguaje en tanto que constituyen su finalidad última, un exterior, un envés, un debajo, mancha de tinta o escritura ilegible. Las palabras pintan y cantan, pero en el límite del camino que trazan dividiéndose y

33 y 1/tercio

eXt r as

componiéndose. Las palabras enmudecen. El violín de la hermana toma el relevo del piar de Gregorio, y la guitarra refleja el susurro de Isabel; una melodía de pájaro cantor agonizando supera el balbuceo de Billy Budd, el dulce «bárbaro». Cuando la lengua está tan tensada que se pone a balbucir, o a susurrar, farfullar..., todo el lenguaje alcanza el límite que dibuja su exterior y se confronta al silencio. Cuando la lengua está tensada de este modo, el lenguaje soporta una presión que lo remite al silencio. El estilo –la lengua extranjera dentro de la lengua– se compone de estas dos operaciones, o entonces tal vez haya que hablar de no-estilo, como Proust, de los «elementos de un estilo venidero que no existe». El estilo es la economía de la lengua. Cara a cara, o cara contra espalda, hacer balbucir la lengua, y al mismo tiempo llevar el lenguaje a su límite, a su exterior, a su silencio. Sería como el boom y el crac. Cada uno en su lengua puede exponer recuerdos, inventar cuentos, emitir opiniones; a veces incluso adquiere un estilo hermoso, que le proporciona los medios adecuados y le convierte en un escritor valorado. Pero cuando se trata de hurgar por debajo de los cuentos, de hacer mella en las opiniones y de alcanzar las regiones sin memorias, cuando hay que destruir el yo, no basta ciertamente con ser un «gran» escritor, y los medios deben resultar siempre inadecuados, el estilo deviene no estilo, la lengua libera una extranjera desconocida, para que uno alcance los límites del lenguaje y devenga otra cosa que escritor, conquistando visiones fragmentadas que pasan por las palabras del poeta, por los colores del pintor o los sonidos del músico. «El lector sólo verá desfilar los medios inadecuados.: fragmentos, alusiones, esfuerzos, búsquedas, que no trate de encontrar una frase bien relamida o una imagen perfectamente coherente, lo que se imprimirá en las páginas será un discurso turbado, un balbuceo...»6 La obra balbuciente de Biely, Kotik Letaiev, lanzada en un devenirniño que no es yo, sino cosmos, explosión del mundo: una infancia que no es la mía, que no es un recuerdo, sino un bloque, un fragmento anónimo infinito, un devenir siempre contemporáneo.7 Biely, Mandelstam, Khlebnikov, trinidad rusa tres veces tartamuda y tres veces crucificada.

6

Andrei Biely, Carnets d’un toqué, L’Age d’homme, pág. 50. Y Kotik Letaiev. El lector se remitirá en esos dos libros a los comentarios de Georges Nivat (particularmente sobre la lengua y el procedimiento de «variación sobre una raíz semántica», vid. Kotik Letaiev, pág. 284). 7 Lyotard llama precisamente «infancia» a ese movimiento que arrastra la lengua y traza un límite siempre diferido del lenguaje: «Infantia, lo que no se habla. Una infancia que no es una época de la vida y que no pasa. Está siempre presente en el discurso... Lo que no se deja escribir, en la escritura, tal vez exija un lector que ya no sabe o todavía no sabe leer» (Lectura d’enfance, Éd. Galilée, pág. 9).

33 y 1/tercio

eXt r as

replay

33 y 1/tercio ahmel echevarría

eXt r as

(la habana, del ´74. extra de toma 3 y toma 14 (2006))

día de entrenamiento

(fragmento de novela)

Podría parecer que estoy solo, en la foto aparezco muy cerca de un semáforo, parado en el paso peatonal del separador de una avenida, con las manos en los bolsillos del pantalón. El fondo del encuadre es oscuro. Muy oscuro. Era medianoche. De los autos solo se ven largas estelas de luz, apenas reducían la velocidad al aproximarse a la intersección de la avenida Independencia y Vento, o avenida Rancho Boyeros y Vento, o simplemente Boyeros y Vento. El semáforo estaba en amarillo. Parpadeaba. No cambiaría a otro color hasta el amanecer. Pero no estoy solo, conmigo estaba Orlando L y cuesta adivinarlo. ¿Él?: cruzado de brazos. ¿Yo?: con mis manos en los bolsillos del pantalón. ¿Los dos?: en mitad de la avenida Independencia. Tragábamos el humo de la combustión del carburante, demasiado polvo y trazas de luz mientras veíamos pasar los automóviles. Pero no estábamos solos, nos acompañaba una vieja Canon EOS Rebel montada sobre un trípode: la cámara de Orlando. Cuesta adivinarlo porque solo yo aparezco en la foto. Éramos tres siluetas varadas en el asfalto, bajo el haz amarillo y sucio del alumbrado público, con las pupilas y el lente queriendo guillotinar un pedazo de aquella madrugada en Altahabana. Andábamos dando tumbos por mi barrio con la cámara, un trípode y dinero —varios billetes grandes en moneda nacional y algo en moneda convertible—. Teníamos la sospecha de que daríamos de cara contra una buena foto, o con un bar abierto, o una cafetería donde pudiéramos comer y tomar y dejar propina a una camarera, o simplemente porque cargar con la Canon, el trípode y dinero nos permitiría improvisar un sencillo malabar con el que quizá podríamos acercarnos a eso que llamamos libertad o a algún remedo parecido. Trapecio sin red y salto al vacío. Luego debíamos esperar a que nuestras alas se desentumecieran en mitad de la caída. Abrirlas o reventarnos contra el duro asfalto. Pero ninguno de los dos deseaba que aquel acto de malabarismo terminara en un montón de tripas, huesos astillados, sangre y mierda sobre el pavimento. Sin embargo lo supe después. Lo supe en la intersección de Vento y la avenida Independencia. Teníamos la misma cantidad de dinero que habíamos contado al salir de mi apartamento y un carrete de fotos sin usar: trescientos cincuenta pesos en moneda nacional, treinta y seis pesos convertibles y treinta y seis fotos justo en mitad de una avenida, a media noche. Lo supe después de decirle a Orlando L Nos vendría bien quedarnos un par de minutos aquí en el separador. Tuve que convencerlo de que el parpadeo del semáforo, tragar carburante quemado y polvo bajo la luz del alumbrado público nos

33 y 1/tercio

eXt r as

sentaría bien. Orlando L tragó una gran bocanada a pesar del catarro que tenía, tosió, me dio unas palmadas en el hombro y dijo Ahmel Ahmel, tu buena idea terminará matándome. Sonreí. —Tranquilo, hay un policlínico cerca —dije. Pero Orlando no parecía convencido y pensé en cinco detalles que quizá lo harían cambiar de opinión. Le dije Imagina una bella enfermera de guardia. Y seguí enumerando: balón de oxígeno, policlínico desierto, aburrimiento, un bello cuerpo. Le puse entonces una mano en el hombro y al oído le dije Imagina ahora que esa mujer esté dispuesta a compartir todo eso con nosotros. Orlando L arqueó las cejas. Sonrió. —Parece ser una buena propuesta, morenito de malas intenciones. Tragué una gran bocanada a pesar de mi asma. Luego de inhalar toda aquella mezcla Orlando me pidió el trípode y dijo Cojones, quédate como estás, no te muevas. La Canon, apoyada en el trípode, quedó en equilibrio sobre el separador. Detrás del único ojo de la cámara Orlando L ajustaba el encuadre: —No te muevas, ya tenemos la primera foto. Orlando quería que toda la bruma y la luz amarilla y sucia de la avenida Independencia se derramaran dentro del encuadre. Apuntó hacia mí el cañón de la Canon, gritó que no me moviera hasta escuchar el sonido del disparo y se dispuso a hacer la foto. Fue una toma muy lenta. A pesar de haber escuchado el chasquido del mecanismo no pude moverme. Quedé aletargado quizá cinco, diez o veinte minutos — Orlando L me confesó que tampoco pudo moverse una vez guillotinado aquel pedazo de Altahabana conmigo dentro. ¿Yo?: con las manos en los bolsillos del pantalón, las pupilas varadas en el punto donde se unen la cadeneta de farolas y el asfalto. ¿Yo?: como un pedazo de arrecife tierra adentro. ¿Orlando L?: se cruzó de brazos luego de accionar el disparador. Sentí sobre mi cuerpo el disparo de la Canon, o tal vez fue un golpe de aire y polvo que nos embistió, al pasar frente a nosotros un autobús de turismo, segundos después de que Orlando L pusiera en marcha el mecanismo. Pero lo cierto fue aquel chasquido final. Sentí el golpe. Luego caí en un letargo. —No me creas si te digo que tengo basura en los ojos —dije. —¿En los dos? Creo que estás llorando. Me encogí de hombros. Orlando dijo que tampoco le creyera si por alguna casualidad veía en su cara un par de lagrimones, Tal vez sea culpa del polvo, muñeco, pero no quiero perder esta foto, ¿te atreves a repetirla?, I think I will like so much this picture.

33 y 1/tercio

eXt r as

Saqué mi pañuelo después del segundo disparo. Se lo ofrecí. Orlando L se acercó a mí, yo no podía moverme. —Te hará bien llorar, créeme —dije—. A veces lloro cuando escucho mis discos o en los días de lluvia. —No exageres. Sin embargo, en aquel momento no le confesé que si también usé el pañuelo no fue por el polvo. Esta vez fui quien dio las palmadas en la espalda y dije No estamos tan mal, no importa que llores o que yo suelte mis lagrimones. Orlando L sonrió. Mientras miraba cómo se limpiaba la nariz con mi pañuelo recordé que una vez me había dicho Somos demasiado sensibles o muy tontos, ese es nuestro gran problema, Ahmel Ahmel, y para colmo eres asmático. ¿Una terrible combinación? Sé que me emociono al punto de perder el aliento. ¿Una terrible combinación? ¿Soy un tipejo sin nada de entrenamiento caminando en medio de la ciudad? —¿Somos demasiado sensibles o muy tontos? —decidí preguntarle. —Ambas. Creo —dijo y se sentó en el separador de la avenida—. Ojalá mi respuesta no te haya dejado sin aire. Aquella combinación nos ponía en desventaja, sin embargo solo le dije A pesar de todo podemos sobrevivir, pero tenemos que hacer algo y no me preguntes qué, no se me ocurre nada que valga la pena. —Ahmel Ahmel, ya comenzamos el ciclo de entrenamiento. ¿No te diste cuenta? Tenemos una foto y eso es algo, eso es ese algo que tu boquita y tu cerebro no se atreven a nombrar. —¿Te parece? —Yep, dear baby, we have begun our working out cycles. —What do you think if we say días de entrenamiento instead? —dije yo. Orlando L me propuso desmontar todo, irnos al Reloj Club y dejar el policlínico y la bella enfermera para otro día, Después de esta larga sesión de polvo y humo nada mejor para nuestros pulmones que una cerveza y aire acondicionado. Guardó la cámara en el estuche. Plegué las patas del trípode. Cruzamos la avenida en la misma dirección hacia la que íbamos mientras dábamos tumbos por mi barrio. El viejo bar rediseñado y convertido en una cafetería estaba cerrado. Crucé los dedos y le dije a Orlando L Nos queda la cafetería de la gasolinera, puede que todavía esté abierta. Subimos por la rampa de los surtidores de gasolina y diesel. La pequeña cafetería estaba abierta. Entramos. —¿Qué vas a tomar? —dijo.

33 y 1/tercio

eXt r as

Me decidí por una Bucanero. Necesitaba beber algo bien frío. Orlando llamó a la camarera, pidió mi cerveza y sacó su libreta de apuntes. Él no apetecía nada. Tomaba mi Bucanero mientras lo veía anotar. A ratos lo miraba directamente o me volvía hacia un gran espejo colgado en la pared opuesta a nuestra mesa —reflejaba la imagen de Orlando. —Vienen por la cuenta, parece que ya es la hora de cerrar —dije. No quería interrumpirlo, pero éramos los únicos clientes y la camarera se moría de sueño y aburrimiento. Le pregunté si se había fijado en ella. —No. —Deja todo y mírala. De mala gana dejó de anotar. Era joven, trigueña —o de un leve tono café—, pelo largo y recogido en una trenza. ¿Sus ojos?: dos canicas de color ámbar. Carnes duras y pantalón negro muy ceñido. Alta, ojeras. Y un gran bostezo. En resumen: bella y desenvuelta. Demasiado bella y desenvuelta para una pequeña cafetería en las afueras de la ciudad. Llegó a la mesa. Intentó sonreír. Y pudo hacerlo y parecía no fingir. Dominaba cada detalle del arte del servicio. Al menos yo lo pensaba y le dije a Orlando ¿No te parece que hoy es nuestro día de suerte? Arqueó los ojos y sonrió. La camarera dejó una bandejita con la paleta donde anotó la cuenta. Antes de que la chica se marchara hacia la barra Orlando le dijo que esperara, le íbamos a pagar. Estábamos en sintonía. Queríamos tenerla cerca, mirarla. A pesar de que la camarera estaba agotada irradiaba algo y yo no sabía qué. Le pregunté a Orlando L qué podía ser y se encogió de hombros. Luego dijo Ahmel Ahmel, debemos tener cuidado con estas mujercitas, son radiactivas y podrían hacernos daño. —¿No van a tomar nada más? —No, gracias —dije, de mi billetera saqué un peso convertible. —Enseguida regreso con el vuelto. La vimos caminar hacia la barra. Era un bello y grácil animal, un gran felino. La vimos tomar el cambio y depositarlo en la bandejita. Venía hacia nosotros. Nos miraba. La vimos llegar a nuestra mesa, poner la bandejita con el recibo de la cuenta, un par de monedas de cinco centavos convertibles y despedirse. Pero antes de que se marchara le pedí que aceptara quedarse con el cambio. Con un gesto lo agradeció. Miré la hora. Faltaban apenas unos minutos para el cierre de la cafetería y se lo dije a Orlando. Entonces la camarera dijo una breve frase que nos tomó por sorpresa: —No se preocupen. Y tú —con el bolígrafo que utilizaba para anotar los pedidos señaló hacia Orlando—, puedes seguir con tu novela. La miré extrañado. Sonrió. Me hizo un guiño y la vi alejarse.

33 y 1/tercio

eXt r as

La camarera había intentado bromear y yo lo sabía, sin embargo Orlando L sí estaba tomando notas para un proyecto de novela. Aquel comentario me había desconcertado. Miré a Orlando. Le sucedía lo mismo. Incluso supuse que también se preguntaba si el comentario y el guiño eran la confirmación de que podíamos permanecer en la cafetería después de la hora de cierre, o para corresponder a la pequeña propina, o una manera de decirnos Sigan, mientras consuman, paguen y no molesten no habrá problemas. ¿Yo?: desconcertado por la propuesta de la camarera. ¿Orlando L?: escondiendo su asombro tras un comentario: —Esta mujercita es en verdad radiactiva. Orlando volvió a sus apuntes. Valía la pena pedir otra cerveza solamente para ver cómo aquella mujer caminaba entre las mesas. Ella emitía algo y no estaba seguro qué podía ser. Tenía un buen cuerpo y su pantalón tan ajustado funcionaba como un cartel lumínico, pero no era eso. Era en verdad bella, una mujer bella sin artificios. No llevaba pintura en los ojos ni creyón labial, apenas un discreto par de aretes. Ella parecía natural, salvaje. Un gran felino. Pero no era simplemente eso lo que llamaba la atención. Orlando tenía razón, ella irradiaba algo, sin embargo solo alcancé a imaginar que su corazón bombeaba a chorros una mezcla de cuidado. Y pensé en el uranio. Y ese uranio llegaba por irradiación a mi cuerpo, incluso creí sentir una ligera falta de aire cuando cobró la primera cerveza. El cajero hizo un comentario y señaló hacia nosotros. Sin discreción. Parecía molesto. Ella le contestó en voz baja, le tomó una mano. Entonces él asintió e hizo silencio. Decidí llamarla. Pedí otra Bucanero: —Toma el dinero, así das un solo viaje. ¿Me disculpas? —No —sonrió. La camarera trajo la cerveza y el vuelto. Le pedí que aceptara quedarse con el cambio. Mientras Orlando L terminaba de anotar la vi alejarse hacia la barra. Habló con el cajero. Y cruzó el pequeño salón rumbo a la puerta de entrada. Volteó un cartel. La cafetería estaba cerrada. Le avisé a Orlando. Ya se disponía a guardar el bolígrafo y la libreta de apuntes cuando la camarera se acercó a nuestra mesa: —No se levanten. Puse el cartel para que no entrara más nadie. Al tipo de la caja registradora no le gustaría tenernos en la cafetería después de la hora del cierre y se lo dije a la camarera, Además, te ves cansada, no te preocupes, en mi apartamento él podrá seguir con su novela, vivo cerca. —El cajero tiene mal genio pero es un buen muchacho. Ya lo convencí. Puedes tomarte la cerveza, así das tiempo a que tu amigo termine. —¿Seguro? —dijo Orlando y tosió—, entonces estamos a mano.

33 y 1/tercio

eXt r as

—No, a partir de ahora estás en deuda con mi sindicato. El felino sonrió. Hizo un guiño. Volvió a cruzar el salón y fue hasta la nevera. Eligió una bebida, buscó un vaso. A dos mesas de nosotros bebía una gaseosa de limón y a ratos nos miraba. Mi Bucanero estaba por la mitad. Nuevamente llené mi vaso y lo alcé proponiéndole un brindis. La camarera respondió a la invitación y nos dimos un trago. Orlando L parecía estar poseído. Por mi cuenta llevaba cuatro cuartillas escritas por ambas caras y su letra es pequeña. Mientras bebía mi Bucanero lo veía trabajar, pero también me volvía para ver su imagen reflejada en el espejo. Acabé mi cerveza. Sobre la mesa estaba la huella húmeda y circular del vaso y la lata. Torcí la Bucanero. Dentro del vaso metí la lata torcida y lo puse justo sobre uno de esos dos anillos. Comencé a trazar hilos de agua a su alrededor. —Ya casi termino —dijo Orlando y tosió. —Si es por mí no te apures. —No, lo hago por ella y también por mí —y volvió a toser. La camarera bostezaba. Se tapó la boca con descuido y al terminar sonrió. —Es bella y radiactiva esa mujercita —dijo Orlando L. —Sentí mareos cuando vino a llevarse la cuenta. Me faltaba el aire. —¿Te parece? ¿No será el asma? —No, esa mujer tiene uranio en las venas. —Estás mal, Ahmel Ahmel, estás de ingreso. Pero es verdad que esa mujercita le saca el aire a cualquiera. Orlando cerró su libreta de notas y con el dedo hizo varios trazos junto a los que yo había hecho alrededor del vaso. Me miró, pidió disculpas y dijo No pude resistir la tentación, ¿no te parece que hicimos una bella instalación? —Llámalo arte efímero. —Eres brillante, muñequito moreno —y levantó el vaso cuidando no cayera la lata de cerveza—, el más puro concepto de lo efímero. Tienes un don natural para las artes. Tan pronto salgamos de aquí tu obra desaparecerá y nadie se acordará de ella. —Llámame Basquiat, cabroncito. Orlando L se levantó e hizo un gesto de negación, Perdón, muñeco moreno, estás equivocado, eres algo así como una versión cubana de Warhol. Por cierto, ¿alguien hablará de nosotros cuando hayamos muerto? Nos despedimos del hermoso felino, o bella camarera sin afeites, o la muerte. Miré mi reloj. Era demasiado tarde para que Orlando regresara a su casa. Le propuse que se quedara a dormir en mi apartamento. Aceptó.

33 y 1/tercio

eXt r as

En silencio hicimos el camino de regreso a mi edificio. Orlando L tal vez estaba pensando en sus apuntes, yo recordaba las fotos que habíamos tomado, también pensaba en la camarera y el húmedo calor de la madrugada. Mis pulmones podrían darme una mala noche, me sentía el pecho apretado. ¿Debía tener a mano el salbutamol? La avenida Independencia iba quedando atrás, subíamos por Vento. A ratos me volvía para ver el escenario de nuestra primera toma: la luz sucia del alumbrado público, el parpadeo del semáforo, dos avenidas apenas surcadas por automóviles, un enorme y despintado graffiti que recordaba el nuevo aniversario de la Revolución de 1959, las cafeterías y la gasolinera cerradas, una enorme valla en la que se pedía saldar una vieja cuenta pendiente con un terrorista internacional, detrás un bosque de almendros, el cajero y la camarera caminando en dirección opuesta a nosotros. Calor. Humedad. Silencio. ¿Debía tener a mano el salbutamol? Decidí no volverme más. Necesitaba caminar. Simplemente caminar. Necesitaba hacer el camino de regreso a mi apartamento. Y miré a Orlando L. Lo envidiaba, estaba absorto en sus notas, de su bolso sacó la libreta de apuntes y escribía. Apenas dijimos algo antes de que nos fuéramos a las camas, solo un breve comentario acerca de las dos tomas en la avenida. Orlando debía levantarse temprano, le esperaba un viaje largo y difícil. Le preparé una de las habitaciones y fui a la mía. —¿Verdad que no nos fue tan mal, mi pequeño Warhol? —dijo desde su cuarto—. Tenemos un par de buenas fotos y conocimos a una camarera bella y lista. —¿Te parece? —Yep, baby, habrá más fotos y más Bucaneros. Le di las buenas noches. Orlando apagó la luz de su habitación, demoré en apagar la mía. Tras la ventana se veía el cielo, estaba bastante despejado, había pocas estrellas y en una esquina del ventanal la luna brillaba tras un cerco de pequeñas nubes. Encendí el radio, cerca de los 94 MHz está una de las dos emisoras que escucho. Radio Ciudad. Al final de su cartelera hay un largo programa nocturno con dos pésimos locutores al volante, pero la música es variada y quien hace la selección sabe que también debe complacer a miles de almas en pena. Temperatura agradable gracias al ventilador y a la brisa de la madrugada, la penumbra del cuarto, buena música. Todo aquello era una buena combinación, sin embargo no lograba dormir. No tenía sentido dar vueltas en la cama. Tomé el radio y fui al patio.

33 y 1/tercio

eXt r as

Lo puse sobre el muro. Trepé de un salto. Los locutores dieron un adelanto de la programación, el especial era un bloque de varios hits de Lenny Kravitz, harían un resumen de su discografía, también de su vida. Mientras hablaban del músico recordé la estancia en la cafetería. Era una rara sucesión de imágenes cuanto alcanzaba a recordar: la camarera, el pequeño salón vacío, la imagen de Orlando L reflejada en el espejo, la lata de Bucanero, el rostro pálido de Warhol. Y comenzaron a escucharse los primeros acordes de uno de los grandes éxitos de Lenny Kravitz. Fly away. Volví a mirar al cielo, luego hacia abajo. Estaba sentado sobre el muro del patio, a cinco pisos sobre Altahabana. Volar. Fly away. Desearía poder volar al cielo, volar muy alto, como una libélula, volaría sobre los árboles, los mares, volaría muy cerca del follaje, a ras del mar, o vería todo desde una gran altura. Me gustaría volar a cualquier parte. Volar. Y saqué un pie al vacío. Fly, fly away. Pero no tenía sentido seguir traduciendo la canción. Perdía la belleza, el ritmo. I want to get away. Simplemente eso. Y recordé la reproducción de la lata de sopa de tomate Campbell hecha por Andy Warhol, sus retratos de Marilyn Monroe, el gran Elvis o Elizabeth Taylor, la serie de animales que Warhol también dibujó con colores duros y planos, entonces pensé que sería una gran idea apropiarme de su imaginario e intentar algo con mis pinceles y mis viejos potes de tempera, recordé a la camarera y la imaginé parada frente a mí, de perfil y desnuda, pero solo hasta el busto, tal vez podría atreverme a pintarla, podría hacer lo mismo con la lata de Bucanero torcida dentro del vaso, la dibujaría tal como Andy Warhol hizo con las botellas de Coca Cola, podía intentarlo también con una lata de leche condensada Nela a la manera de la Campbell´s condensed. I want to fly away. ¿Me atrevería a dibujarlos?, ¿me atrevería a dibujar el perfil de Fidel?, debía utilizar colores duros y planos, me gustaría dibujar alguna estrella de cine cubana. I want to fly. I want to fly away. Una, una estrella, una estrella de cine local inmortalizada en un viejo y bello fotograma: el close-up del rostro de Eslinda Núñez en la película Lucía. Eslinda, una mujer de más de sesenta años, he visto casi todas sus películas, creo que toda mi vida he estado enamorado de esta bella mujer, o enamorado de ese rostro que me mira desde el bello y viejo fotograma. Sentí un ruido. Me volví. Era Orlando. —¿De veras no te parece que tuvimos un buena noche? —dijo, me di cuenta de que se acercaba lentamente—. Yo sí lo creo, regresamos con treinta y cuatro pesos convertibles y treinta y cuatro fotos. Supongo que debes poner la fecha de hoy en tu almanaque perpetuo. Lo miré. ¿Orlando tenía razón? Mi almanaque perpetuo no cambiaba con el transcurso de los días. No. Solo cambiaba las piezas de mi almanaque para tener frente a mí y recordar algo que me hubiera sucedido y que por ninguna razón debía olvidar. Y volví a mirar a Orlando. Ya estaba junto a mí, sin moverse, con una mano puesta en

33 y 1/tercio

eXt r as

mi hombro, su rostro desdibujado por las trazas de una luna llena varada en el cielo de Altahabana. ¿Debía mover las piezas de mi almanaque perpetuo? —¿Nunca escuchaste a Lenny Kravitz? —Dije. —Algo —mencionó un par de títulos. —Let’s go and see the stars, the Milky Way or even Mars —canté al compás del hit. Di unas palmadas sobre el muro, hice un guiño y Orlando subió. Let’s fade into the sun. Se acomodó. Sus dos pies hacia afuera. Let your spirit fly. Hice entonces lo mismo. —¿Alguien hablará de nosotros cuando hayamos muerto? —dije. —¿Tu pregunta debería quitarme el sueño? Del rostro de Orlando L, desdibujado por las trazas de la luna, solo pude distinguir una parte de su perfil y el brillo de los espejuelos. Estábamos en el patio de mi apartamento. Eran las 2:30 de la madrugada. Moldeó las palabras de aquella pregunta sin volverse hacia mí. Lo hizo despacio. Estábamos sentados en el muro del patio, a cinco pisos sobre el suelo, con los pies colgando en el vacío. La ciudad —o mi barrio— en silencio. No pude responderle. Altahabana en silencio. Orlando L puso una mano en mi hombro. Sonrió.

33 y 1/tercio

eXt r as

replay

33 y 1/tercio orlando luis pardo

eXt r as

(la habana, 1971. extra de el laberinto (2005 – 2006))

edición para radio

(respuestas sin preguntas)

Bombardeo toda noción de nación, por supuesto no solo en términos político-administrativos (allá nuestro periodismo «in the pendiente»: y es un chiste de Mafalda), sino como territorio pautado en general, como combustible poco rentable para lo nuevo que se ha crear (en tanto escritura, también miente al respecto el eclesiastés, que se aburre de viejo bajo el demasiado sol). Y no es diatriba, sino diálisis. Disolver el óxido de toda lectura preferencial de lo histórico (ya canonizada como verosímil) y evidenciar que lo historiado es apenas un género literario más, de paso pasándole por arriba con la aplanadora de lo ficcional funcional. Todo pudo haber sido contrario de como se leyó y/o escribió, empezando por los evangelios y terminando por lo que interpretarás ahora de mis palabras, con las que, por cierto, si bien no juego de manos (esa tradición del infantilismo conceptual quedó atrás, supongo, con Wichy Nogueras) tampoco les juego cabeza (de ser un político, eso sería demagogia; de ser un literato, otro sucio suicidio). Antes bien, me dedico a narrar apocrifostasías. (…) Bien podría ser que mi concientización radical con el discurso se deba justo a eso: a que tal vez yo sea un escritor anglófono atrapado en un software de captions (mal) traducidos al español. En principio, todo me parece afectado y raro. «Ser un buen escritor finlandés» era el nombre de una entrevista que, tras tres tristes meses sobre una mesa, el director de Bohemia tuvo el tino de declinar publicar a su autora (Azucena Plasencia): al parecer no era el marco apropiado. Pero yo con gusto la hubiera retitulado como «Ser un buen escritor de Bohemia». O de Esfaján [sic]. O de Saskatoon (capital de Saskatchewan). La cuestión es que para parir algo hay que partir de cierta tensión nata con la lengua natal: desviarla, contaminarla con más deseo y menos carencia, que vibre al menos en VHF. No me tienta en absoluto escribir en inglés, no. Resulta que en cada texto lo hago. Y también en checo. Y en farsic [sic]. Y en finés. En fin... (…) Un autor, o sus restos post-estructurales, es justo esa capacidad de libre asociación. Eso es saber leer primero y saber escribir después. La violencia de leer realísticamente el realismo, casi siempre emitida para saciar la sed de las instancias institusinuosas, a estas alturas me resulta un oprobio. No hablo del panfleto comprometido y ejemplarizante, que se delata a sí mismo en tanto pésima ficción. Ni siquiera de la llamada literatura de tesis. Eso no me interesa. Al

33 y 1/tercio

eXt r as

menos, no más que una columna de difusión científica en algún periódico de provincia. Cuando reclamo un coto de autonomía para la ficción, me refiero a esa siempre sorpresiva y revitalizante libertad asociativa de un autor en particular: su autoromía. A ese delirio que alimenta sus máquinas deseantes y que lo convierte en un ser creativo de obras ambiguas en todo sentido y sinsentido: desde la pregenómica hasta la posteyaculación. Al respecto, una literatura adjetivada como gay, feminista, racial, cívica, sucia, minimal, beat, socialista o surrealista, me parece un impedimento para la creación: un corsé o camisa de fuerza, lo mismo que los géneros. Ahora, si bien tenemos que buscar la ficción en la realidad, eso sería sólo una primera etapa medio defensiva del creador. Después, incluso, tenemos las manos libres para buscar al revés: la realidad en la ficción. Porque se supone que no lo haremos policiacamente, apegados a una u otra línea férrea de una u otra maniquea dicotomía, sino que será siempre una aproximación transitoria, funcional y pragmática, a sabiendas de que sólo estamos ejerciendo nuestra independencia en tanto lectores. Y lo hacemos para conseguir expresar algo que, de otra manera, tal vez nunca hubiéramos descubierto que ya éramos capaces de expresar. Léase: en esta segunda etapa, que ciertamente parece ser más agresiva, se trata de usar la ficción propia o la del otro para ficcionalizar, sin necesidad ni necedad de delimitar genéricamente lo que es y lo que no es la "realidad".

●●●

tokionoma
Violento suspiro de un japonés. Todas las noches lo veo. Viejo. Senil. Habitante de isla. La mayor de las antiguas. Un ser que exhala su aire como quien expira. Casi cien años. Tiene. Nació a mediados del XIX. Y sólo a mediados del siglo XX lo consigue expulsar. Su aire. Se llama enfisema y no tiene cura. Ni siquiera en Japón. Mucho menos en pleno agosto de 1945. Un verano del mundo no más infernal que el resto de la realidad. En los suburbios de Tokio. Desde allí escucha sus noticias en japonés. Literalmente. Porque son suyas. Él las reinventa. El locutor comenta sobre otra ciudad de isla enteramente borrada. Él suspira. Ya va quedando menos del mapa. Falta sólo el borrón atómico de la capital imperial. Y luego llegaría por fin el turno del japonés, una última oportunidad de tachar ese idioma no tan retórico como reiterativo. Una lengua que enfatiza a tiempo. Al principio muy complicada pero, con la práctica de años, tan sencilla como el arte de respirar.

33 y 1/tercio

eXt r as

Lo veo exhalar como quien expira. Violentamente. De alivio. Anhela el fin de su historia. Literalmente. Porque es la suya. Ansía el vacío del mapa. Y teme que no le alcance el tiempo para enterarse de la noticia, de ese comunicado por radio en la locución eterna de un vocero imperial. —Ojalá que Tokio no tarde –pronuncia con los ojos cerrados, aunque sus retinas hace décadas que ya no ven. Nada. Yo sí. Yo veo. Veo aquella frase y suspiro violentamente. Me falta el aire. Me parezco a un japonés. Viejo. Senil. Habitante de otra isla. La menor de las antiguas. Casi cien años. Tengo. Nací a mediados del siglo XX y aún suspiro a mediados del XXI. A estas alturas de la historia apenas me queda tiempo para escuchar mis noticias. Literalmente. Porque son mías. Yo me las reinventé. Sólo que el idioma español es demasiado retórico para reiterar. Y eso es lo más peligroso. Habitamos una lengua que a nadie le avisa a tiempo. Ni siquiera el locutor muestra algún síntoma de preocupación. Ahora todo mapa parece eterno, mientras sea narrado en español. La historia traducida a este idioma es una estera sin fin. La memoria se hace tan imborrable que provoca dolor. —Ojalá que Tokio no tarde –me escucho doblando la misma frase del japonés. Ojalá que Tokio no tarde, pronunciado en la capital de ningún imperio. Ojalá que Tokio no tarde, en un amnésico español que no anestesia ni media palabra. Ojalá que Tokio no tarde, con mis dos ojos tan abiertos como ceros atómicos, las retinas tragándose y a la vez borrando hasta la última frase de luz. Ojalá que Tokio no tarde, en pleno agosto de 2045: un verano del mundo no más infernal que los restos de la realidad.

●●●

wunderkammer
Cuando mi padre murió, después de una imperiosa agonía que desvarió todo el tiempo entre el sentimentalismo y el miedo, Ipatria y yo pudimos entrar por fin a su habitación. Hacía medio siglo que mi padre gentilmente nos lo impedía. Por supuesto, allí dentro no encontramos tesoro alguno, como secretamente hubiera sido nuestra ilusión. Tan sólo vimos papel periódico. Cajas. Cajones. Contenedores. Mi padre, también en secreto, en las últimas cinco décadas se dedicó a recopilarlos. Titulares de la prensa plana, recortados de su nicho de texto original. Ése había sido su hobby, redescubríamos ahora: su manera de

33 y 1/tercio

eXt r as

hibernar cuando se aburría de sobrevivir en familia, en una realidad no tan doméstica como domesticada a los ojos de él. Por supuesto, todo esto lo sospechábamos desde mucho antes de su enfermedad, por el cada vez más intenso tráfico en uno y otro sentido: papá importaba publicaciones hacia su habitación, mientras hacia afuera exportaba los residuos de tanta tonta recortería. En los últimos tiempos, no podía ser más evidente su clandestinaje. Ipatria y yo decidimos quemarlos. A los titulares de la prensa plana, combustionando uno a uno en la azotea del edificio. Aquellos ripios ya no tenían, para nuestra generación, ni siquiera un valor documental. Esas líneas discontinuas eran la prehistoria analfabeta del mundo. Tedium vitae reconcentrado, mímesis mala: una parodia no tan simpática como patética, cuyo mejor destino sería su conversión en ceniza, peste y vapor de agua. De vez en cuando leíamos alguna tira en voz alta, antes de echarla a la pequeña fogata. Lo hacíamos como quien se empeña en descubrir una joya de diamante o al menos de amianto: alguna frase que se resistiera a nuestra pulsión de pasarla por el fuego, pirómanos improvisados. Pero nada. Dentro de aquella hojarasca era imposible salvar nada. De hecho, los recortes no eran más que tópicos típicos al peor estilo periodístico de: —La Habana es la mayor galería –Ipatria. —Atraso pudiera beneficiar –yo. —Construcción y voluntad ahora se parecen –Ipatria. —Combustible para avanzar hacia el futuro –yo. —La Habana habla alemán –Ipatria. —Vuelo terrestre nacional –yo. —Crean un programa audiovisual de lenguaje de señas –Ipatria. —Estrellas saldrán por el día –yo. —Tres F cosechan papa –Ipatria. —Isla perfecta para el arte –yo. —Un país enteramente pedagógico –Ipatria. —Aprender con monedas –yo. —No existe un país que haya dejado una huella tan grande –Ipatria. —Remeros con buenos planes –yo. —¿Debe Cuba bombardear a Estados Unidos? –Ipatria. —Presentará Cuba Resolución para determinación de la muerte –yo. —Pólipos del endometrio –Ipatria. —Inseminarán vaquitas en miniatura –yo. —Los cuenteros mentirosos son gente de bien –Ipatria. —¿Y los cubanos dónde están? –yo. —Una ciudad para ciegos –Ipatria. —La Habana contada por sus fotos –yo. —En Cuba la mayor manada de leones en cautiverio del mundo – Ipatria. —Llueve menos en Cuba que 46 años atrás –yo.

33 y 1/tercio

eXt r as

—El difícil arte de convencer –Ipatria. —Un pelotero, una científica y un trovador tuvieron algo en común – yo. —Socióloga, karateca y campeona –Ipatria. —¿Cuba Postcastro? –yo. —Inclinación positiva de la Copa Cuba –Ipatria. —El récord de lo absurdo está vencido –yo. —Un monumento para el rascacielos pinareño –Ipatria. —Cuba, firme y de completo uniforme –yo. —Teatro para todos los tiempos –Ipatria. —El protagonismo para los protagonistas –yo. —Tiempo de receso –Ipatria. Y así, entre otras menudencias por el estilo. Por el hastío. Todas tranquilamente trocables en dióxido de carbono y vapor de agua: titulares transparentes, ingrávidos, más gaseosos que graciosos, como el supuesto sentido de aquella galería curada por mi padre durante cincuenta años. En cualquier caso, Ipatria y yo no supimos hallar ni media joya atesorada en su medieval cámara de las maravillas. O cualquiera sea el nombre del acto paterno de narrar por corte y compilación. Acaso también ahora por cremación.

●●●

les choristes
En el edificio de enfrente, a las tres o tres y media de la madrugada, cada noche se ponía a cantar. Yo la oía: —Debout, les damnés de la terre... Debout, les forçats de la faim... Es Madam Gaceñiga, la soprano políglota del barrio. Probablemente, la única soprano loca de la ciudad: un privilegio, un lujo, una exquisitez. Madam Gaceñiga tiene más o menos cien años, nadie lo sabe bien. Y vive, por supuesto, en la más absoluta soledad. Su contacto con el resto del planeta se realiza a través de los gatos. Decenas, cientos, acaso miles de gatos. Políglotas en su mayoría también, como ella. Y como ella, insomnes y operáticos hasta la enfermedad. Es decir, Madam Gaceñiga no vive sola en absoluto. Al contrario: tal vez sea el ser más acompañado del barrio, la ciudad, y hasta de nuestra desvelada nación. —Arise, you workers from your slumbers... Arise, you prisoners of want...

33 y 1/tercio

eXt r as

Hace años que a Madam Gaceñiga le ha dado por perfeccionar las notas iniciales de "La Internacional". Como es sabido, se trata de un arreglo musical de Pierre Degeyter (su compositor favorito, por lo demás), quien al parecer llegó a ser incluso su amante, en 1930 o 1932, siendo él mismo ya un anciano y ella una solterona republicana de paso por París para estudiar el belchant. Hace décadas que, según dicen, con un fémur humano (acaso del propio Pierre Degeyter), la madam dirige a su coro de felices felinos (todos machos, pero castrados) desde la medianoche hasta el amanecer. Hace décadas que (y esto nos consta a cada uno de sus vecinos) la madam sacrifica a uno de sus vocales tras la velada: tal vez al que peor desafine. Al parecer, de eso se alimenta ella en su ostracismo. Y también el resto de su tropita coral. Los huesos remanentes son lanzados entonces desde una ventana hacia el tambuche plástico de la esquina, aunque casi ninguno acierta, y así se va creando un cementerio fósil que nadie se atreve a limpiar por miedo a que Madam Gaceñiga sea bruja. —De pé, ó vítimas da fome... De pé, famélicos da terra... Este holocausto, por supuesto, implica forzosamente cierta reposición. De ahí que los vecinos ya no dejen salir nunca a sus gatos machos sobrevivientes. Aunque en los consejillos de vecinos se ha valorado denunciarla a alguna instancia paramédica o parapolicial, la naturaleza ideológica de la canción ensayada por la madam, así como su relación afectiva con un ícono de la izquierda internacional de la talla de Pierre Degeyter, han votado a favor de Gaceñiga. De hecho, todas las escuelas y empresas del barrio se llaman desde hace décadas "Pierre Degeyter", y en sus respectivos murales florecen la biografía del músico plagiada de una enciclopedia digital. —Ontwaakt, verworpenen der Aarde... Ontwaakt, verdoemd in hong'ren sfeer... En lo personal, he preferido aliarme a nuestra soprano loca local. Supongo que no sea muy elegante hacerle una guerrita fría a quien tiene más o menos cien años. Así que, noche tras noche, a las tres o tres y media de la madrugada, cuando desde el edificio de enfrente ella y sus pupilos se ponen a ensayar otra vez, en la penumbra muda de mi apartamento yo comienzo, también, y sin la menor ironía o parodia, a tararear las notas iniciales de "La Internacional". Sé que no afino especialmente y que Madam Gaceñiga enloquecería de rabia si me escuchara entonar: imagino incluso su fémur humano chocando toc-toc-toc contra mi occipital. Sé que mis amigos dicen que yo lo hago para paliar mis persistentes temporadas de insomnio. Pero no es así. En absoluto. Resulta que siempre me han fascinado las posibilidades creativas y clandestinas de los idiomas extraños. Creo que en cualquier otra lengua, que no sea la natal, es posible narrar ciertas sutilezas secretas que, en este caso, se escapan del universo físico de nuestro idioma español. Asumo que esto no tiene mucho que ver con la tan manoseada libertad de expresión, sino en todo caso con la de inexpresión. Sé que no puedo transmitir del todo mi idea. En fin, no

33 y 1/tercio

eXt r as

sé. Mejor óiganme interpretar estos floreos de Madam Gaceñiga a ver si, mal que bien, me ayudan a mostrar lo que les quisiera directamente decir: —Debout, les damnés de la terre... Debout, les forçats de la faim... —Arise, you workers from your slumbers... Arise, you prisoners of want... —De pé, ó vítimas da fome... De pé, famélicos da terra... —Ontwaakt, verworpenen der Aarde... Ontwaakt, verdoemd in hong'ren sfeer...

replay

33 y 1/tercio césar aira

eXt r as

(buenos aires, del ´49. extra de aquí en tres (2005 – 2006))

nuevas impresiones de Petit Maroc
Para venir al Petit Maroc, todas las mañanas, debo cruzar un puente mecánico que sube y baja, no en mi beneficio por supuesto sino en el de los barcos que han decidido entrar a un rectángulo de agua que se llama “bassin”; pero no bien estoy en esta especie de isla encuentro una cadena de cafés, uno de los cuales se llama El Puente Levadizo, que podría concluir la minúscula travesía iniciada con el cruce del puente, o cerrar el paréntesis con un uso de la lengua que parecería al fin adecuado. Salvo que nunca he entrado al Puente Levadizo; voy más allá, al Café de La Loire, que es el último de la serie, el más próximo al borde externo de la isla, y me siento junto a los ventanales laterales desde donde tengo una vista al río, al Loire, por donde pasan grandes barcos lentos sin que suba o baje ningún puente. Lenta. Rápida, la velocidad de los barcos es de las que se resisten a la clasificación. Es cierto que parecen lentos, como el transcurso de un astro, pero eso puede ser una ilusión de la distancia; por lo pronto, usan una medida diferente y esotérica, los “nudos” para crear su cuenta propia, no relativa a nada, además uno sabe que dentro de ellos sucede una vida planetaria, sujeta a su propia gravedad, y sus habitantes bien lo pueden considerar, a cualquier efecto práctico, inmóviles; un barco tiende a ser “ciudad flotante”, como una isla. Al observador desde tierra firme nunca se le ocurriría detenerlos con un gesto del pensamiento, porque se sabe que tienen prisa, una prisa lenta propia de ellos que se ha moralizado en fábulas de la eficacia: es que nunca hacen rodeos ni curvas, salvo las elípticas sobrenaturales más breves que la recta, porque siempre van a alguna parte, a un punto de alguna costa que ellos saben y nadie más podría adivinar. Es como si pensaran. La coincidencia de espacio y pensamiento es una especie peculiar de tiempo. Durante un instante a cierta hora del día, resulta que todos los barcos del mundo están quietos en su lugar, clavados al mar. Si fuéramos testigos de ese prodigio no tendría por qué parecernos un azar, porque es el resultado justo de la enmarañada mecánica de las causas náuticas, una constelación razonable. Esto tiene su analogía: estoy en un café, a la misma hora que ayer, sentado a la misma mesa y de pronto advierto que ha llegado alguien que estaba ayer y se ha sentado a la misma mesa que ayer (y ha pedido lo mismo: una menta) y a un costado está almorzando, a la misma hora absurda, la misma señora que estaba ayer en ese sitio… y ahí vienen los dos señores que tomaban cerveza frente a mí y seguramente lo harán hoy también… Una repetición empieza a construirse, o mejor dicho se ha

33 y 1/tercio

eXt r as

construido (el tiempo está dado vuelta) inesperada y ajena a mis intenciones, a cualquiera de ellas, incluida la intención de esperar, que de cualquier modo no tengo. Justamente es la intención lo excluido aquí. Cuando una repetición exterior e inexplicable nos arroja fuera de toda intención posible, caemos inevitablemente en la literatura. Eso es la literatura entonces: una especie de efecto feliz que no tuvo causa. Pues bien, de eso me ocupo en el Café de la Loire por las mañanas: de hacer teorías sobre la coincidencia final de la literatura consigo misma. Llego a ella con un ejemplo cualquiera y cuando ya no sé que más pensar vuelvo atrás diciendo “eso es la literatura entonces.” El escritor es una proliferación de teorías. De teorías falsas, por lo mismo que su trabajo es inventar ejemplos que también son falsos, ya que la literatura es el método de hacer mitos de las particularidades, crear la imposible repetición de lo único. Como solo importa multiplicar su calidad de único, la repetición es falsa también. El estilo propio de la teoría es no olvidar lo que uno ha dicho: retener en la memoria las proposiciones avanzadas y construir el discurso teniéndolas siempre a la vista. Todo el saber es combate contra el olvido, y no sólo interpersonal sino, antes, dentro del sujeto. La literatura en cambio está hecha toda de olvido, o de simulacros de memoria. Cuando una literatura se ocupa menos de hechos que de ideas, se hace necesario aceptar una cierta irresponsabilidad del discurso. Aquí lo falso no se remite a una moral de lo auténtico, sino más bien a la ficción, en la que conviven lo verdadero y lo falso, valen lo mismo al mismo tiempo y se transforman uno en el otro. De hecho, si uno se decide por la literatura es con ese fin: salir de una lógica de exclusión de los contrarios que califica de falso a uno solo de los miembros del par. No para hacerlos falsos o verdaderos a los dos sino para ponerlos en una teoría falsa que hace irrelevante la clasificación. Por eso debemos hacer teorías. Claro que las hacemos para hacer literatura, lo que no es necesario en absoluto ¿Por qué empezar entonces? Por nada. Por una especie de locura benévola al alcance de todos; por pasar el rato. Porque “mientras tanto” uno está viviendo y debe ocuparse de algo. Esa es la parte de realismo, la única parte de realismo, que tiene nuestro oficio: se hacen teorías con la vida (o viceversa) mientras se hace literatura con el pensamiento (o viceversa también). Como mi teoría postula un continuo entre vida y pensamiento, creo que puedo plantearme la pregunta: ¿qué estoy haciendo aquí, en el Café de la Loire, en el Petit Maroc… (siguen las inclusiones en una serie por derecho infinita de paréntesis encajonados)? ¿Por qué me trajeron aquí? ¿Por qué a mí justamente? La cortesía un tanto irónica de Christian me recuerda que soy el escritor de turno, nada más. Siempre hay uno, y esta vez me tocó a mí. Eso es todo. Alguien que piense en términos normales, poniendo el recuerdo en su lugar y el olvido en el suyo, tiene necesidad de que piensen los otros, para hacer con las diferencias y exclusiones su idioma razonante. Por eso

33 y 1/tercio

eXt r as

existe una comunidad de científicos o de filósofos. Un escritor, en cambio, está solo, cumpliendo su turno, inventando y sosteniendo todas las teorías a su vez, todas las teorías opuestas y disparatadas. Lo gratificante de las teorías es que cada una parece provenir de una idea, de un parto feliz del pensamiento. El peligro de ese pequeño placer mezquino es que uno puede terminar haciendo esos libros que encuentro los más detestables de todos, los “cuadernos de notas”. Voy a hacer la lista, no jerárquica, de los motivos de mi aversión por este género: 1. Si uno toma notas, no es sino por el temor de olvidar lo que se le ha ocurrido. Por temor de que la vida nunca vuelva a ofrecerla la configuración que despierta ese pensamiento. Actuar contra el olvido, desconfiar de la repetición, es lo contrario de la literatura. si uno toma nota de un pensamiento, es por creer que podrá serle útil en algún momento del futuro. Pero a ese momento lo despojamos, por nuestra cobarde falta de fe, de su poder generador de repetición. Todo el mecanismo de las notas se basa en una avaricia de mal agüero. 2. Más que eso, se basa en una ambición ilusoria. Si uno quiere tener abundancia de buenas ideas a bajo costo, no tiene más que dejarlas venir, sueltas. Es sólo cuando se pretende hacer venir una idea encadenada a un discurso o a una ocasión o a una utilidad, que las ideas declaran su precio exorbitante y su poca o ninguna disposición a manifestarse. 3. Lo definitivamente grave de los fragmentos es que obligan al lector a hacer la continuidad en su espíritu, lo que es lamentable porque de ese modo el mundo no puede reconstruirse sino en su forma más convencional. Los fragmentos promueven una reconstrucción psicológica, que se hace en el mismo impulso reconstrucción del mundo, con todo lo que ello implica de aceptación de las convenciones, empezando por la que dice que el mundo debe de ser reconstruido. 4. Las notas sueltas son un mecanismo privado. Lo público es el hilo que las une en un discurso. Publicar notas es fraudulento, entonces, por mezclar dos registros y querer hacer pasar uno por el otro. Doblemente fraudulento, por cuanto la novela, género al que los “libros de notas” aluden de un modo u otro, se basa en el mismo pasaje pero en dirección inversa: la ficción es principio la ficción de una continuidad, vale decir el registro público envolviendo hechos privados: al darla a publicidad se promueve una ilusión de privacidad en la que el discurso se atomiza, de donde el recuerdo de una novela que guarda el lector está hecho de fragmentos, es decir, vuelve al registro de lo privado bajo la forma de la memoria imperfecta. El género “cuaderno de notas” propone un buen problema sobre el cual valdría la pena hacer una teoría: si uno toma notas de todo lo que le pasa o se le ocurre o le sugieren sus experiencias y lecturas, ¿puede hacer con ellas un texto continuo? ¿Cuáles son las

33 y 1/tercio

eXt r as

condiciones de posibilidad o de existencia de ese discurso? ¿Hasta que punto pueden hacerse sólidas las transiciones o, al revés, hasta que punto persisten los hiatos entre los que fueron originalmente pensamientos aislados y autónomos? O, visto desde otra perspectiva, ¿no habría en todo discurso, aún en el más firmemente encadenado, una fragmentación irreductible, reflejo de lo irreductible del pensamiento al tiempo? Si es así, y parece lo más probable, toda transición sería un simulacro, una invención sometida al arte, con lo que podría haberlas tan buenas y eficaces como para conectar los pensamientos más incongruentes. (Aquí la eficacia no se define por su calidad: una transición muy torpe puede lograr su efecto mejor que la más sutil. También podría tratarse de una eficacia apenas mecánica: con un buen juego de paréntesis encajonados, cualquier conjunto de aforismos puede transformarse en un discurso continuo.) Lograr o percibir una transición en el discurso es un trabajo afín al de la traducción. Pasar de un fragmento a otro es como pasar de una lengua a otra. No tanto porque se trate de distintas lenguas, aunque también es eso, como porque se trata de distinta gente; puede imaginarse la siguiente situación: se plantea un problema y varios expertos plantean sus ideas sobre él. Esas ideas son necesariamente inconexas, responden a distintos sistemas de referencia. Con todas ellas, sin excluir ninguna, hay que hacer un discurso único (esa es la solución al problema). (…) Se forma así un círculo aberrante del que no se sale sino con una historia. El narrador es el creador por excelencia de continuo y, en este sentido, el antifilósofo. El paso de una nota a otra tiene algo de traducción, dije antes. La traducción no debería ser nunca una reconstrucción. Tal como son las cosas, empero, le es difícil evitarlo. A una lengua se la entiende con analogías. Este es un hecho que los lingüistas no terminan por aceptar, llevados por la comprensible necesidad psicológica de tratar su objeto literalmente, como lo que es. El uso de la analogía puede parecer un rodeo incómodo y descalificador; no lo es en este caso, por la índole del objeto que es la lengua. Una analogía del mecanismo de la traducción es el pasaje del verso a la prosa. De este pasaje dieron prueba muchos textos muy hermosos de poetas rusos de las primeras décadas del siglo. La prosificación que parece la más natural es el comentario. El inconveniente es que del comentario no se vuelve al poema; para que el pasaje sea en las dos direcciones es preciso recurrir al relato. Los poetas rusos supieron crear un tipo de relato hecho a medida para extender el poema en el tiempo de la vida, en la memoria pero también en las felicidades del olvido. Hubo en el comienzo un episodio, con algunas notas del cual, tomadas aquí y allá al azar de la sensibilidad o el capricho, se escribió un poema. La poesía es la transformación mediante el comentario; habrá errores que serán considerados traiciones por los celosos amigos del poeta. Porque

33 y 1/tercio

eXt r as

todos estos poetas murieron jóvenes en circunstancias adversas, y sus amigos poetas sobrevivientes, en el breve lapso paradójico en que sobrevivían, se sentían obligados a hacer rectificaciones, a hacer lo que uno de ellos llamó la “defensa del pasado”. Pero no se trata de rectificar la memoria; no es eso en absoluto y lo prueba el hecho de que ninguno de ellos haya escrito sus Memorias. Porque el relato que hacen para rectificar el comentario sigue desde el comienzo el mismo camino que el poema y se expone al mismo género de olvido o malentendido. De la experiencia, el relato ruso toma algunas notas, no las que pueden conformar una melodía sino más bien las de un trozo atonal suspendido en el tiempo. Hay una condición virtual de la escritura aquí; no una irrealidad, porque el pasaje, que explicitan defectuosamente el poema y el relato, da cuenta plena de la vida de estos poetas, sus errancias, su pobreza, su precariedad. La Historia de los años en que vivieron contribuyó al panorama, pero no es excluyente: en el Japón la transmutación del haiku y el haibun, el libro de excursiones y sus poemas, se dio bajo otras condiciones. Una buena historia escrita, se diría que es siempre la “historia de un poema”, antes que la de los hechos que cuenta. Este pasaje del verso a la prosa, del poema a la historia, es un trabajo. Aunque ninguno de los dos estadios, el inicial y el final, sea visto como un trabajo, el pasaje sí lo es. (Y debe recordarse que una buena parte de las desdichas de estos poetas rusos estuvo representada en su necesidad de hacer traducciones para sobrevivir, traducciones de poesía, para más datos). De un trabajo lo primero y último que uno se pregunta es si vale la pena. ¿Y vale la pena, si no hay una buena historia que contar? La guerra es la mejor, y casi siempre la única. Hoy día la guerra ha sido reemplazada en buena medida por el turismo, por lo que no debería extrañar que ya no haya tan buenos escritores como hubo. Si la vida pierde su precariedad, como en los períodos prolongados de paz y prosperidad, parecen desvanecerse las buenas historias. En el corazón de las más opaca prosperidad, el turismo ha recreado un simulacro de impermanencia, pero no ha dado muy buenos resultados, salvo alguna excepción aquí y allá. Si la frivolidad es el arte de hacer que efectos insignificantes provoquen grandes causas, la literatura tiene un potencial cuantioso en ella. Si se necesita una guerra para producir un puñado de buenos libros… Pero la literatura es frívola aún sin inversiones de la causalidad. “Después de Auschwitz, no hay relato posible”, dijo Adorno. Qué error. Basta pensar en las novelas de Marguerite Duras para ver que ese relato que ya es imposible es apenas el relato en el viejo estilo, al que puede reemplazar perfectamente un relato según técnicas nuevas. Una guerra o un genocidio pueden ser, desde cierto punto de vista, sólo la ocasión de una modificación en la técnica de la novela. Es una inversión de las prioridades corrientes, como en la famosa frase de Joyce: “Que pena que esta guerra distraerá a la gente de lo realmente importante que sucede ahora, que es la publicación de mi Finnegan´s Wake.”

33 y 1/tercio

eXt r as

Es curioso, pero las extravagancias de este tipo no pueden entenderse sino sacándolas de su status de excepciones y haciéndolas normas generales, algo así como teorías. Estos días los paso formulando teorías. Ayer en el liceo un alumno lleno de pavor, trémulo y ruborizado, me preguntó si un escritor nace o se hace. Antes de esa, hay otra pregunta: si un escritor es, o cree ser. Hay una paradoja: para ser escritor, basta, y es necesario, creer que uno lo es. Pero el que se cree escritor, el que se ha convencido, no lo es nunca. Lo necesario parece ser la creencia en proceso. Es como si todo estuviera en el momento juvenil en que se formula la vocación: yo seré escritor. En adelante se vive siempre sobre ese momento original, sin llegar nunca a lo que en otros casos sería la realización. Claro que “escritor” es un término cualitativo, un escritor nunca lo es a secas sino mejor o peor, por lo que el deseo se formula “seré un gran escritor” (si no, no vale la pena). La paradoja aquí está en que “escritor” es algo que nunca tiene confirmación, es una creencia en suspenso. Mientras que la realidad siempre está confirmando a los “grandes escritores” con premios, fama, dinero. Lo anterior es una teoría. También habría podido responder con una historia. Nací en Pringles, la misma noche y en la misma clínica en que nacía mi mejor amigo, Arturo Carrera, un gran poeta. Es posible, y lo hemos pensado, que nos hayan cambiado; los dos vimos la luz en la misma sala de parto, entre las once y doce de la noche. Mi vocación y la suya se definieron en la adolescencia, en el contacto de nuestra amistad; ya entonces noté que había una diferencia entre nosotros dos: yo no tenía el “don” y él sí. Él había nacido escritor… salvo que tuvimos la prudencia de poner en duda cuál de los dos había nacido. De ahí surge una conclusión, que vuelve a ser una teoría: en materia de escritores, nacen los otros. ¿Será cierto? ¿Siempre, en todas las ocasiones? Sí, en tanto cedo a la manía blanda de la generalización sin objeto. Si lo único que pido, ahora que soy un turista del Petit Maroc, es que me dejen aquí sentado en el Café de la Loire, escribiendo, no tengo más remedio que inventar teorías, como simulacros portátiles de eternidad. Inofensiva en tanto no crea en mi inteligencia (y no puedo hacerlo) esta manía es algo inherente a la literatura, porque escribir es hacer los universales de lo particular. El escritor hace un universal mítico de lo individual irrepetible, mediante una historia; no hay otro modo de hacerlo, pues lo que no es relato está condenado al gris de una generalización de sentido común. Cuando me preguntan algo, debo responder con una teoría, no tanto para desviar el interés de mí, donde no podría estar el interés salvo que yo me volviera un ejemplo, sino para concentrarlo en mí, para volverme tema y espectáculo. Después de todo, ¿para qué componen sistemas los filósofos? Para poder hablar “en sus propios términos”, para redefinir todo su vocabulario como una lengua extranjera y no poder ser refutados. Lo mismo hace un escritor, tomando a la filosofía

33 y 1/tercio

eXt r as

como modelo y dándole a la filosofía esta función de modelo. Y entonces se ve llevado a hacer teorías con sus historias. A los escritores se les interroga con cierta liviandad sobre su obra, dando por sentado que están dispuestos a revelar sus secretos. Y casi siempre están dispuestos, demasiado dispuestos. Salvo que ellos no conocen sus propios secretos, que no son tan suyos porque son los secretos inmemoriales de la literatura. pero si los supieran los dirían. De hecho, muchos escritores han tenido visiones muy amplias y profundas que no han vacilado en revelar. En ese sentido, un escritor inteligente revela más que uno idiota. Yo me he esforzado, en la escasa medida de mis posibilidades, en preservar toda mi idiotez natural, para que la literatura actúe sin trabas en mí. Aunque ahí aparece otra paradoja: pues se necesita cierta inteligencia, o mucha para escribir. De donde resulta que mi idiotez es un simulacro levantado por mi inteligencia, que a su vez es un simulacro utilitario que levanta mi idiotez astuta. (…) Antes de venir a Francia yo creía saber francés, pero una vez aquí descubrí que no entendía nada. Eso me dio que pensar, me resultó inclusive asombroso. Porque yo sé francés, lo leo desde la infancia, lo escribo pasablemente, lo hablo con cierta fluidez. Me llevé una verdadera sorpresa aquí cuando alguien me decía algo y yo no entendía… Habría entendido si hubiera sido una réplica leída en una novela u oída en una película, pero me lo decían a mí, desde el otro lado de una mesa de café, y en la ocasión debía decir: me está hablando en una lengua extranjera, que no entiendo… Me lo expliqué así: Hay dos lenguas, no una, en un idioma. Una es la conformada por sus reglas, incluidas las de la emisión, su vocabulario, pronunciación, estilo. Perfectamente. Pero hay otra también. Porque la lengua, por ejemplo, el francés que yo conozco y entiendo, es una posibilidad. Y después de la posibilidad viene otra cosa: el acto. La gente se decide a usar esa lengua sólo cuando tiene algo que decir, algo que considera que vale la pena decir, algo que parece inteligente o a propósito. Y esto es distinto de lo que dice la lengua, muy distinto, casi podría decirse que es lo contrario. La primera lengua está hecha para lo obvio, para lo que ya está dicho en ella en la analítica de los posibles. Y el hablante quiere decir otra cosa, casi siempre quiere decir lo contrario o, por lo menos, algo que está en una relación de tortuosa ambigüedad con el posible general de la lengua. ¿Cómo entender en esas condiciones? Yo estoy con toda mi atención puesta en la primera lengua, ¿cómo podría desplazarla a la segunda sin provocarme un colapso total de la comprensión? La lengua materna es lengua segunda de un lado a otro, es pura lengua de la inteligencia y la ocasión, vale decir pura traición al idioma en que tiene lugar. Todos nos creemos inteligentes y no sin motivo: si hay algo en que podemos creer es eso. Todos, menos el extranjero. El idiota. El hombre verdaderamente civilizado, el que quiera tender un puente entre civilizaciones debería renunciar a la inteligencia, que queda

33 y 1/tercio

eXt r as

para el tráfico interno. Este dechado de cortesía se parece prodigiosamente al Escritor, pero a un escritor en estado puro, en sí, un escritor sin obra, pues esta requiere, ay, mucha inteligencia. Y no sólo la obra la exige, también lo hace el público que enfrenta el escritor en reportajes, en conferencias, en la televisión, en todas partes. Para huir de la madre-inteligencia que hace imposibles las articulaciones en un mar de notas inconexas, para recuperar la cortesía inherente a su trabajo, el escritor debe dar un salto fuera de su obra y de su persona y crear su mito personal. Esta, al fin, es la construcción por excelencia de la teoría, que siempre se formula en una lengua extranjera. Dicho de otro modo: inventar una teoría es relativamente fácil, pero exponerla no lo es tanto. El obstáculo principal es el ejemplo, que prolifera interrumpiendo la fluidez del discurso. Para hacerse entender hay que dar ejemplos, cada vez más elaborados, y los ejemplos van ganando terreno, hasta que uno termina escribiendo sobre esto o aquello, ya no sobre su teoría, que retrocede más y más en una asíntota de la abstracción. El ejemplo prolifera en otra forma también, como análogo, y las historias que uno escribe se postulan insensiblemente como ejemplos, y más todavía, el mito personal que uno quiere ser se vuelve un ejemplo, algo provisorio que el discurso dejará caer cuando tenga la oportunidad. Yo mismo sentado aquí escribiendo en el Café de la Loire puedo creer por un instante aterrador estar ofreciéndome como un ejemplo. Eso se debe en parte a que escribo estas Nuevas Impresiones en francés y me resulta tan incómodo (es como si tratara de dibujar con la mano izquierda) que me transporta la deliciosa ensoñación de estar escribiendo “mal”. “Cómo escribir mal” es una lección que nunca se da, al menos deliberadamente, pero sería útil. Porque hay una curiosa infatuación, de la que debería librarse a toda costa un escritor, con la lengua materna, en la que uno cree tocar la perfección. Por su esencia misma, ésta es una creencia fuerte, de contigüidad total, mientras que los escritores prosperan con las creencias dudosas y relativas. Lo mismo pasa con el amor materno, perfecto e irreversible. Lo irreversible, por otro nombre el destino, es lo que nos ha hecho escritores en el pasado absoluto de nuestro mito personal; pero no es lo que nos hace escritores en el presente, cuando más lo necesitamos. Es preciso dejar el destino atrás, como un nacimiento. “Pienso como un genio, escribo como un escritor distinguido, hablo como un niño…” Habría que ir más lejos todavía, antes de que ese niño nazca, a otra lengua, ser el Fénix de nuestra propia idiotez. Y más todavía, hasta poner la muerte misma en pasado. “Je perds mon vocabulaire a chercher ma langue étrangére”, dice Christian. El uso que hago aquí de mi lengua extranjera me justifica en una forma continua, lejos de las deplorables “notas” que debería estar escribiendo. Es cuando se usa la lengua materna que se hacen “notas” y no se puede hacer otra cosa, porque el pensamiento, en su medio natural de inteligencia, hace pequeños blancos intercalares,

33 y 1/tercio

eXt r as

blancos de saciedad. Con todo, a esta altura de mi esfuerzo, advierto que escribir en otra lengua no es un juego tan inofensivo como había creído; tiene algo de angustiante, porque es una maniobra nihilista, aniquiladora. La torpeza paralizante que se levanta ante el escritor, se revela inherente a su trabajo, a su vocación, sólo que hasta aquí había permanecido velada tras las ensoñaciones encantadas de su lengua materna. Y quizás es un desperdicio de trabajo, si es cierto que “todos los libros que amamos nos parecen escritos en una lengua extranjera” (Proust). El encanto del estilo de Schwob, al que he estado leyendo estos días, reside en que sugiere un estilo inglés, igual que Borges. Es posible que uno busque en ciertos autores, en los que ha elegido para amar, un acento extranjero; una norma que se funda en una lengua ajena, aún sin saber de que lengua se trata. Es posible que ahí esté el secreto del estilo: en una coincidencia prodigiosa con alguna lengua lejana. Marguerite Duras no habría hecho otra cosa que redescubrir sin saberlo el tono de los narradores de la Edad Media australiana, o Faulkner el de los shamanes urálicos, o Macedonio Fernández el de alguna raza de irónicos profetas paleolíticos. Eso son entonces las “vidas imaginarias”: lo que debe escribirse en un estilo imaginario; y no hay ninguno que no lo sea, o que lo sea del todo. (…) Si falta la literatura mala, falta todo. Si la literatura se postula como buena, es nada. Por recomendación de X y de Y tuve que leer al execrable Julien Gracq, epítome del escritor de calidad, al que todos veneran por aquí. Le Rivage des Syrtes es la pesadilla de la literatura. odio tener que leer esas interminables extensiones de prosa de alta calidad hasta alcanzar la novela… Pasar por lo bueno para llegar a la literatura. ¡Y pensar que a ese preliminar intolerable nos obliga la buena literatura! Me gustaría poder escribir alguna vez una novela que se diera inmediatamente, sin anteponer su calidad. ¿Para qué leer una novela si no es para encontrar algo nuevo? Y Julien Gracq, y todos los Julien Gracqs del mundo son apenas una confirmación de su propio viejo lema: “Escribo bien.” La calidad nunca puede ser una novedad, es más bien un recuerdo, el nacarado nostálgico de la experiencia. De Francia, de Europa, de toda esta vieja civilización, podría decir lo mismo que de Julien Gracq. A este mundo senil no le queda más que la calidad. Si hay una diferencia general y abarcadora entre la literatura europea y la nuestra, es que la europea se apoya masivamente en la calidad, en la exigencia de calidad a que está sometido el producto del escritor. Mientras que la nuestra puede permitirse todo. La estupidez, o sea, todo. El mérito revierte sobre la literatura, nunca sobre los efectos de su práctica. La calidad es un efecto, en buena medida un resultado. Pero entre escribir bien y escribir mal, entre una prosa buena y una mala, hay una diferencia que va más allá de lo que resulta. Escribir mal, sin correcciones, en una lengua vuelta extranjera, es un ejercicio de libertad que se parece a la literatura misma. De pronto, descubrimos

33 y 1/tercio

eXt r as

que todo nos está permitido. Si Dios no existiera, yo podría escribir mal. El territorio que se abre ante nosotros es inmenso, tan grande que nuestra mirada no alcanza a abarcarlo por entero, y el cuerpo se desenfrena, en una velocidad superior a sus posibilidades… Los pensamientos huyen muy rápido en todas direcciones… El vértigo nos arrastra, la calidad queda atrás, todo efecto o resultado queda atrás… La prosa se disuelve, cuanto peor se escribe, más grande es todo, en una inmensidad ya sin angustia, exaltante… Hasta un umbral en que la exaltación se revela como calidad, como lo “bueno” de una escritura que debe volver a su fijeza paralítica para hacerse real. Nunca debería corregirse lo escrito para hacerlo mejor. Corregir es invocar a un fantasma. Yo escribo como quien soy, pero si lo escrito estuviera mejor escrito sería como si lo hubiera escrito otro, algún gran escritor… Y lo peligroso que tienen los fantasmas es que suelen parecerse a Julien Gracq. Un argumento contra las correcciones es el siguiente: cuando un escritor corrige lo que ha escrito, lo hace con una mirada (y una estética y una moral) de lector, no de escritor; se está rebajando a hacerle el gusto al lector, con lo que, además de renunciar a su función específica, inhibe la sorpresa, que es el goce primero y último de la lectura. Para que algo sea verdaderamente escrito, el escritor debe ser sólo escritor; una gota del elemento “lector” puede echarlo todo a perder. Una corrección de veras exhaustiva (¿y para qué corregir si no es para hacerlo bien, es decir, para hacerlo del todo?) debería dar por resultado un texto que el lector ya conozca. Siendo así, es preferible escribir mal. Cuando se escribe mal, el producto no es el texto, sino el autor. El verdadero escritor es el que efectúa la transmutación de lo malo en bueno mediante su mito personal, sin prestar demasiada atención a lo que escribe en definitiva. La traducción es una práctica tan horrible y denigrante porque ella sí está sometida a la calidad, condenada a ser mejor o peor antes que todo lo demás. (…)

33 y 1/tercio

eXt r as

replay

33 y 1/tercio stephen king
(maine, del ´47. extra de 33 y un tercio (2005))

eXt r as

es algo que llega a gustarte
El otoño de Nueva Inglaterra y la delgada tierra se muestran en algunos fragmentos entre los dientes de león y la ambrosía, a la espera de las primeras nevadas, que aún tardarán al menos un mes en caer. Las alcantarillas están sembradas de hojas muertas, el cielo aparece siempre gris, y las cañas del maíz se alinean en ordenadas hileras cual soldados que han encontrado un fantástico modo de morir de pie. Las calabazas, hundidas por la podredumbre, se amontonan apoyadas contra cobertizos anodinos, y despiden un olor que recuerda el aliento de una vieja. En esta época del año, no hace frío ni calor, tan sólo se percibe una brisa pálida que nunca cesa, que sopla sobre los desnudos campos, bajo el cielo blanco que surcan, de camino al sur, bandadas de pájaros en forma de cheurones. El viento levanta polvo de los suaves hombros de los caminos y lo convierte en derviches danzantes; divide los campos exhaustos del modo en que un peine divide el cabello, y se abre paso hasta los coches desguazados que se agolpan en los jardines traseros. La casa de los Newall, situada en Town Road, no. 3, goza de una espléndida vista sobre lo que en Castle Rock se conoce como el Recodo. De algún modo, resulta imposible experimentar cualquier sensación positiva al ver esta casa. Ofrece un aspecto de muerte que la falta de pintura no logra explicar del todo. El jardín delantero consiste en un amasijo de morones a los que las primeras heladas conferirán una silueta aún más grotesca. Una delgada columna de humo surge de la tienda de Brownie, situada al pie de la colina. Antaño, el Recodo constituía una parte bastante importante de Castle Rock, pero eso se acabó con la guerra de Corea. En el viejo escenario de la banda municipal que hay frente a la tienda de Brownie, dos niños pequeños se pasan un camión rojo de bomberos. Tienen rostros cansados y gastados, rostros de viejos, casi. Sus manos parecen cortar el aire cuando se pasan el camión de juguete, y sólo se detienen de vez en cuando para limpiarse las narices que no cesan de gotear. En la tienda, Harley McKissick, un hombre corpulento y de rostro colorado, preside la sesión, mientras que el viejo John Clutterbuck y Lenny Partridge permanecen sentados junto a la estufa con las piernas apoyadas en ella. Paul Corliss está apoyado en el mostrador. La tienda despide un olor antiguo, olor a salami, papel matamoscas, café, tabaco, sudor, Coca-Cola pasada, pimienta, clavo y loción capilar O'Dell, que parece semen y transforma el cabello en escultura. Un cartel salpicado de moscas muertas, que anuncia una cena a base

33 y 1/tercio

eXt r as

de alubias celebrada en 1986, todavía aparece apoyado contra el escaparate, junto a otro cartel que anuncia la actuación de Ken Corriveau, el cantante de country, en la feria del condado de Castle de 1984. La luz y el sol de casi diez veranos han caído implacables sobre este último cartel, y ahora, Ken Corriveau, que lleva más de cinco años apartado del mundo de la música y actualmente se dedica a vender Fords en Chamberlain, presenta un aspecto desvaído y a un tiempo tostado. En la parte trasera de la tienda se ve un inmenso congelador de vidrio, traído de Nueva York en 1933, y en cada rincón se percibe el vago pero persistente aroma de los granos de café. Los viejos observan a los niños y hablan en tono bajo y confuso. John Clutterbuck, cuyo nieto, Andy, está muy ocupado emborrachándose a muerte este otoño, ha estado hablando del vertedero del pueblo. El vertedero apesta a rayos en verano, dice. Nadie discute este punto, porque es cierto, pero tampoco están demasiado interesados en el tema, porque no es verano, es otoño, y la enorme estufa de gasóleo despide una aplastante oleada de calor. El termómetro de Winston, colgado tras el mostrador, marca veinticinco grados. La frente de Clutterbuck muestra una inmensa hendidura justo encima de la ceja izquierda, producto de un golpe que se dio en un accidente de coche en 1963. A veces, los niños le preguntan si pueden tocarla. De hecho, el viejo Clut ha sacado un buen puñado de dinero a muchos veraneantes, que no se creen que la hendidura de la frente de Clut pueda albergar el contenido de un vaso de tamaño mediano. —Paulson —murmura Harley McKissick. Un viejo Chevrolet se ha detenido detrás del cacharro de Lenny Partridge. En el costado hay un cartel de cartón sujeto con cinta de embalaje. REPARACIÓN DE SILLAS DE MIMBRE GARY PAULSON COMPRAVENTA DE ANTIGÜEDADES, pone el cartel, además de indicar el número de teléfono. Gary Paulson se apea del coche con lentitud, un anciano enfundado en pantalones verdes desvaídos con un gran parche de pana en el trasero. Extrae un nudoso bastón del coche, y se aferra con firmeza al marco de la portezuela hasta que coloca el bastón ante él en la posición que le gusta. El mango del bastón aparece envuelto en la funda de un manillar de bicicleta de niño, como un condón. El bastón deja pequeñas marcas circulares en el polvo cuando Paulson emprende su cuidadosa excursión en dirección a la puerta de la tienda de Brownie. Los niños del escenario alzan la vista para mirarlo, a continuación siguen su mirada, atemorizados, al parecer, hasta el bulto algo ladeado y crepitante de la casa de Newall, allá en la colina, y después vuelven a concentrarse en su coche de bomberos. Joe Newall se instaló en Castle Rock en 1904 y allí permaneció hasta 1929, pero amasó su fortuna en las serrerías de un pueblo cercano, Gates Falls. Era un hombre flacucho, de rostro enojado y ojos de córneas amarillentas. Compró al Banco Nacional de Oxford una gran parcela de terreno en el Recodo, cuando aquel sector era próspero y contaba con serrerías e incluso una fábrica de muebles. El banco se lo había arrebatado a Phil Budreau en un embargo de hipoteca a la que

33 y 1/tercio

eXt r as

contribuyó el sheriff del condado, Nickerson Campbell. Phil Budreau, un tipo popular, pero al que la mayoría de sus vecinos consideraba un poco tonto, se trasladó a Kittery y pasó los diez o doce años siguientes haciendo chapuzas con coches y motos. A continuación, partió hacia Francia para luchar contra los teutones, cayó de un avión durante una misión de reconocimiento, o al menos eso es lo que cuenta la historia, y se mató. La parcela de Budreau permaneció abandonada durante la mayor parte de aquellos años, pues a la sazón, Joe Newall vivía en una casa de alquiler en Gates Falls y se ocupaba de amasar una fortuna. Era más famoso por sus severas medidas empresariales que por el modo en que había salvado una serrería que había estado al borde de la ruina en 1902, el año en que él la había comprado. Los trabajadores lo llamaban Joe de los Despidos, porque si alguien dejaba de acudir a un solo turno, lo ponía de patitas en la calle sin aceptar ni siquiera escuchar disculpa alguna. Se casó con Cora Leonard, sobrina de Cari Stowe, en 1914. El matrimonio tenía gran valor a los ojos de Joe Newall, por supuesto, pues Cora era la única pariente viva de Cari, y, sin duda, recibiría una buena tajada en cuanto Cari pasara a mejor vida, siempre y cuando, claro está, Joe mantuviera buenas relaciones con él, y Joe, por supuesto, no tenía otra intención que estar a buenas con el viejo, quien, en sus buenos tiempos, había sido Muy Listo, pero en los últimos años de su vida, se había vuelto Bastante Blando. Había otras serrerías en la zona que podían comprarse por cuatro chavos y reformarse..., siempre y cuando uno tuviera un pequeño capital de arranque. Joe no tardó en disponer de dicho capital, pues el adinerado tío de su mujer falleció un año después de la boda. Así pues, el matrimonio tenía gran valor, sin duda alguna. Cora, por su parte, no tenía ninguno. Era una especie de saco de papas, increíblemente ancha de caderas, con un trasero increíblemente grande, pero de pecho casi tan plano como un chico y dotada de un cuello ridículamente corto, sobre el que su desproporcionada cabeza se asemejaba a un extraño girasol pálido. Las mejillas le colgaban, fláccidas; sus labios eran tiras de hígado; tenía un rostro tan inexpresivo como la luna llena de una noche invernal. Sudaba tanto que sus vestidos mostraban grandes manchas oscuras bajo los sobacos incluso en febrero, y un fétido olor a sudor la acompañaba dondequiera que fuese. En 1915, Joe empezó a construir una casa para su mujer en la parcela de Budreau, y al cabo de un año dio la impresión de estar terminada. Era una construcción pintada de blanco y dotada de doce habitaciones que surgían de los ángulos más inverosímiles. Joe Newall no era nada popular en Castle Rock, en parte porque había amasado su fortuna fuera del pueblo, en parte porque Budreau, su predecesor, había sido un encanto de hombre, aunque un estúpido, no cesaban de recordarse, y su estupidez y amabilidad iban siempre de la mano, y eso no podía olvidarse jamás; pero Joe era impopular sobre todo porque su maldita casa no había sido construida con mano de obra

33 y 1/tercio

eXt r as

del pueblo. Antes de que se colgaran los canalones y los alerones, alguien garabateó con tiza amarilla un dibujo obsceno y una palabra anglosajona monosílaba sobre la entrada de montante en abanico. En 1920, Joe Newall se había convertido en un hombre rico. Sus tres serrerías de Gates Falls marchaban viento en popa, repletas de los beneficios producidos por una guerra mundial y alimentadas regularmente con los pedidos de la nueva o incipiente clase media. Empezó a construir una nueva ala en su casa. La mayoría de la gente del pueblo lo consideraba innecesario, pues al fin y al cabo, vivían los dos solos, y casi todos opinaban que el añadido no hacía sino afear una construcción que la mayoría consideraban ya de por sí de una fealdad inconmensurable. La nueva ala añadía un piso a la casa y contemplaba ciega la colina, que en aquellos tiempos aparecía cubierta de pinos dispersos. La noticia de que la familia iba a incorporar un nuevo miembro llegó desde Gates Falls, y la fuente de información más probable era Doris Gingercroft, a la sazón enfermera del doctor Robertson. Así pues, el ala nueva de la casa constituía una suerte de celebración, al parecer. Tras seis años de gozo conyugal y cuatro años en el Recodo, durante los cuales la gente sólo la había visto a distancia, cuando cruzaba el jardín o cogía flores (azafrán, rosas silvestres, margaritas salvajes, escarpines de dama, amapolas) en el prado que se extendía tras el edificio, después de todos aquellos años, Cora Leonard Newall había florecido. Cora nunca hacía la compra en la tienda de Brownie. Cada jueves por la tarde, acudía a la tienda de Kitty Korner, en el centro comercial de Gates Falls. En enero de 1921, Cora dio a luz un monstruo sin brazos y, según se rumoreaba, con un pequeño racimo de dedos perfectos saliéndole de una de las cuencas oculares. La criatura murió después de que seis horas de contracciones arrojaran su carita roja e inconsciente a la luz de este mundo. Joe añadió una cúpula a la casa diecisiete meses más tarde, a finales de primavera de 1922, pues en Maine occidental no hay principios de primavera, sólo finales de primavera y antes de eso, invierno. Siguió comprando sus provisiones fuera del pueblo, y no quería saber nada de la tienda de Bill Brownie McKissick. Asimismo, nunca puso los pies en la Iglesia Metodista del Recodo. El bebé deforme que había salido del vientre de su mujer fue enterrado en el panteón que los Newall poseían en Gates Falls, y no en Homeland, el cementerio local. La inscripción de la pequeña lápida rezaba: SARAH TAMSON TABITHA FRANCINE NEWALL 14 DE ENERO DE 1921 QUE DIOS LA ACOJA EN SU SENO En la tienda hablaban de Joe Newall, de la mujer de Joe y de la casa de Joe mientras el hijo de Brownie, Harley, demasiado joven para afeitarse (pero, pese a ello, con la senectud enterrada en lo más

33 y 1/tercio

eXt r as

profundo de su ser, hibernando, esperando, tal vez soñando), aunque lo suficientemente mayor como para apilar verduras y colocar montones de patatas en los estantes de la calle cuando se lo ordenaban, permanecía cerca y escuchaba. Sobre todo cuando hablaban de la casa, pues consideraban que era una afrenta a la sensibilidad y a la vista. —Pero llega a gustarte —afirmaba de vez en cuando Clayton Clutterbuck, el padre de John. Nunca obtenía respuesta a su comentario. Era una afirmación que carecía de significado alguno... pero, al mismo tiempo, constituía un hecho patente. Si uno estaba ante la tienda de Brownie, mirando las frutas del bosque para escoger la mejor caja durante la estación de las frutas del bosque, tarde o temprano volvía la mirada hacia la casa de la colina, del mismo modo que la veleta se vuelve hacia el nordeste antes de una ventisca de marzo. Tarde o temprano, uno sentía la necesidad de mirar, y con el paso del tiempo, más temprano que tarde en el caso de la mayoría de la gente. Porque, como decía Clayton Clutterbuck, la casa de los Newall atraía. En 1924, Cora se cayó por la escalera que había entre la cúpula y el ala nueva de la casa, y se rompió el cuello y la espalda. Por el pueblo circulaba el rumor, procedente sin duda de un Comité Femenino de Asistencia, de que en el momento del accidente, Cora estaba completamente desnuda. Recibió sepultura junto a la hija deforme que tan sólo había vivido unas horas. Joe Newall, quien, tal como convenía casi toda la gente del pueblo, tenía algo de sangre judía, siguió ganando dinero a espuertas. Construyó dos cobertizos y un granero en la cima de la colina, todos ellos conectados a la casa principal a través de la nueva ala. El granero quedó terminado en 1927, y su propósito se puso de manifiesto de inmediato; por lo visto, Joe había decidido convertirse en un granjero acomodado. Compró dieciséis vacas a un tipo de Mechanic Falls. Compró una ordeñadora pequeña y brillante al mismo tipo. El aparato se antojaba un pulpo de metal a aquellos que echaron un vistazo al camión de reparto y lo vieron cuando el conductor se detuvo en la tienda de Brownie para tomarse una cerveza fría antes de subir la colina. Una vez instaladas las vacas y la ordeñadora, Joe contrató a un imbécil de Motton para que se hiciera cargo de su inversión. La razón por la que un propietario de serrerías tan duro y frío como él habría hecho tal cosa asombraba a todos, que se decían que la única causa posible era que Joe estaba perdiendo la cabeza, pero lo cierto es que lo hizo y que, por supuesto, todas las vacas murieron. El funcionario de sanidad del condado apareció en la colina para echar un vistazo a las vacas, y Joe le mostró un certificado firmado por un veterinario, un veterinario de Gates Falls, se dijeron más tarde los del pueblo, enarcando las cejas del modo más significativo, certificado según el cual las vacas habían muerto de meningitis bovina. —Eso significa mala suerte en inglés —comentó Joe.

33 y 1/tercio

eXt r as

—¿Es un chiste? —Tómeselo como quiera —replicó Joe—. No pasa nada. —Haga callar a ese imbécil, ¿quiere? —ordenó el funcionario de sanidad del condado. Estaba observando al tonto a través de la calzada de entrada. El hombre estaba apoyado contra el buzón, llorando a lágrima viva. Gruesas lágrimas le rodaban por las rechonchas y sucias mejillas. De vez en cuando, se contenía y se daba un buen sopapo, como si él tuviera la culpa de todo cuanto había sucedido. —A él tampoco le pasa nada. —A mí me parece que aquí pasa de todo —contravino el funcionario de sanidad—, y lo de menos son esas dieciséis vacas muertas, con las patas tiesas para arriba como si fueran postes. Si las veo desde aquí... —Pues me alegro —terció Joe—, porque no va a acercarse más. El funcionario de sanidad del condado tiró el certificado del veterinario de Gates Falls al suelo y lo pisoteó con la bota al tiempo que contemplaba a Joe Newall con el rostro tan ruborizado que las venitas de los lados de la nariz sobresalían casi violetas. —Quiero ver esas vacas. Llevarme una, si hace al caso. —No. —Oiga, usted no es el dueño del mundo... Conseguiré una orden del juez. —Eso ya lo veremos. El funcionario de sanidad se marchó mientras Joe lo observaba. En el extremo más alejado de la calzada de entrada, el subnormal, enfundado en su mono de trabajo manchado de estiércol y comprado a través del catálogo de Sears y Roebuck, siguió apoyado en el buzón de los Newall, llorando a lágrima viva. Ahí se quedó todo aquel caluroso día de agosto, llorando tan fuerte como se lo permitían sus pulmones, con el rostro plano y mongoloide vuelto hacia el cielo amarillo. —Berreando como una ternera a la luz de la luna —fueron las palabras del joven Gary Paulson. El funcionario de sanidad del condado era Clem Upshaw, de Sirois Hill. Tal vez habría renunciado al asunto en cuanto las aguas se calmaron un poco, pero Brownie McKissick, que le había apoyado para que pasara a ocupar el cargo y que le fiaba una cantidad de cerveza respetable, le acució para que continuara. El padre de Harley McKissick no era la clase de hombre que sacara las garras por norma, y además, por lo general no lo necesitaba, pero hacía tiempo que quería dejar las cosas claras con Joe Newall respecto a la cuestión de la propiedad privada. Quería hacer entender a Joe que la propiedad privada era algo estupendo, por supuesto, algo realmente americano, pero que, pese a ello, la propiedad privada va unida a la comunidad, y en Castle Rock, la gente todavía creía que la comunidad ocupaba el primer lugar, incluso en el caso de tipos ricos que podían construir un

33 y 1/tercio

eXt r as

trozo de casa sobre su propia casa cada vez que les entraba el capricho. Así pues, Clem Upshaw bajó a Lakery, la capital del condado por aquel entonces, y obtuvo la orden del juez. En el mismo momento en que la obtenía, un gran furgón pasó junto al imbécil, que seguía aullando, y se dirigió al granero. Cuando Clem Upshaw regresó, ya sólo quedaba una vaca, que le miraba con grandes ojos negros, ojos que habían perdido el brillo y se habían tornado distantes bajo la capa de ahechaduras de heno. Clem determinó que al menos aquella vaca había muerto de meningitis bovina y se marchó. En cuanto se perdió de vista, el furgón regresó a recoger la última vaca. En 1928, Joe inició la construcción de otra ala en la casa. Fue entonces cuando los hombres que se reunían en la tienda de Brownie concluyeron que el hombre estaba loco. Era inteligente, eso sí, pero estaba loco de atar. Benny Ellis afirmó que Joe le había sacado un ojo a su hija y lo guardaba en un frasco de lo que Benny denominaba «flomaldelido» sobre la mesa de la cocina, junto con los dedos amputados que sobresalían de la otra cuenca al nacer la niña. Benny era un apasionado lector de revistas de terror, publicaciones que mostraban mujeres desnudas raptadas por hormigas gigantes y pesadillas similares en las portadas, y, sin lugar a dudas, su historia sobre el frasco de Joe Newall se inspiraba en sus lecturas habituales. Como consecuencia de ello, muchos habitantes de Castle Rock, y no sólo del Recodo, no tardaron en afirmar a ultranza que aquello era del todo cierto. Muchos afirmaron que Joe incluso guardaba otras cosas en el frasco, cosas de las que no se podía siquiera hablar. La segunda ala de la casa quedó terminada en agosto de 1929, y dos noches más tarde, un cacharro rápido que tenía grandes círculos de sodio por ojos se abalanzó entre chirridos sobre la calzada de entrada de la casa de Joe Newall, y el cadáver hediondo y descompuesto de una gran mofeta salió despedido y colisionó contra la nueva ala. El animal estalló por encima de una de las ventanas, dejando un abanico de sangre en los marcos que casi parecía un ideograma chino. En septiembre de aquel mismo año, un incendio devoró la sala de cardas de la serrería más importante que Newall poseía en Gates Falls, y ocasionó pérdidas valoradas en cincuenta mil dólares. En octubre, la bolsa se desmoronó. En noviembre, Joe Newall se ahorcó de una viga de una de las habitaciones inacabadas, probablemente un dormitorio, del ala más nueva de la casa. Lo encontró Cleveland Torburt, el subdirector de las serrerías de Gates Falls y socio de Joe, o al menos eso se rumoreaba, en toda una serie de negocios de Wall Street que ahora tenían más o menos el mismo valor que el vómito de un chucho tuberculoso. El cadáver fue levantado por el funcionario de justicia del condado, que resultó ser el hermano de Clem Upshaw, Noble. Joe fue enterrado junto a su mujer y a su hija el último día de noviembre. Era un día claro y brillante, y la única persona que asistió

33 y 1/tercio

eXt r as

al servicio fue Alvin Coy, conductor del coche fúnebre de Hay & Peabody. Alvin informó de que uno de los espectadores era una mujer joven y de buena figura, que llevaba un abrigo de mapache y un elegante sombrero negro. Sentado en la tienda de Brownie mientras comía un pepinillo directamente del barril, Alvin esbozaba una sonrisa mordaz y contaba a sus compadres que aquella mujer era una preciosidad donde las hubiera. No guardaba similitud alguna con Cora Leonard Newall ni con nadie de su familia, y no había cerrado los ojos durante las plegarias. Gary Paulson entra en la tienda con exquisita lentitud, y a continuación cierra la puerta tras de sí con todo cuidado. —Buenas —saluda Harley McKissick en tono neutro. —He oído que anoche ganaste un pavo en La Grange —comenta el viejo Clut mientras se prepara la pipa. —Aja —responde Gary. Ha cumplido los ochenta y cuatro años y, al igual que los demás, recuerda los tiempos en que el Recodo era un lugar mucho más lleno de vida que ahora. Ha perdido dos hijos en dos guerras, ambos antes del desastre de Vietnam, y eso le ha resultado muy duro. El tercero, un buen muchacho, murió en una colisión con un camión que transportaba madera en 1973. En cierto modo, aquella pérdida le resultó más fácil de asimilar, Dios sabe por qué. A veces, Gary babea y, con frecuencia, emite ruidosos chasquidos con la boca cuando intenta succionar la saliva para evitar que se salga con la suya y le baje por la barbilla. No se entera de gran cosa últimamente, pero sabe que envejecer es una manera asquerosa de pasar los últimos años de vida. —¿Café? —pregunta Harley. —No, creo que no. Lenny Partridge, que seguramente no se recuperará de las costillas que se rompió en un extraño accidente de coche hace dos otoños, dobla las piernas para que el más viejo pueda pasar y dejarse caer con todo cuidado en la silla del rincón, que él mismo tapizó en 1982. Paulson emite un chasquido con los labios, succiona la saliva que amenaza con escapársele y entrelaza las manos sobre el puño del bastón. Ofrece un aspecto cansado y macilento. —Va a llover a cántaros —anuncia por fin—. Me duelen todos los huesos. —Es un mal otoño —contesta Paul Corliss. Se produce un silencio. El calor de la estufa llena la tienda, que cerrará en cuanto Harley muera o tal vez incluso antes si su hija menor se sale con la suya, llena la tienda, protege los huesos de los ancianos, al menos lo intenta, y sube por los sucios cristales del escaparate, cubierto de viejos carteles que miran hacia el patio, en el que hubo surtidores de gasolina hasta 1977. Son ancianos, y la mayor parte de ellos han visto a sus hijos partir hacia lugares más prósperos. La tienda no obtiene beneficios dignos de mencionar en la actualidad, no tiene más clientes que unos pocos habitantes del pueblo y algunos

33 y 1/tercio

eXt r as

turistas de paso que creen que viejos como éstos, ancianos que se sientan junto a la estufa enfundados en camisetas de termolactil incluso en pleno julio, son pintorescos. El viejo Clut siempre ha afirmado que van a llegar nuevas gentes a esta parte del condado de Rock, pero los últimos dos años, las cosas han ido peor que nunca, y da la sensación de que todo el maldito pueblo se muere. —¿Quién está construyendo un ala nueva en la maldita casa de Newall? —inquiere Paulson por fin. Los demás se vuelven hacia él. Por un instante, la cerilla de cocina que el viejo Clut acaba de encender permanece suspendida sobre la pipa como una llama mística, quemando la madera y tornándola negra. El fósforo se vuelve grisáceo y se riza. Por fin, el viejo Clut hunde la cerilla en la pipa y aspira. —¿Un ala nueva? —pregunta Harley. —Aja. Una cortina de humo azulado procedente de la pipa del viejo Clut se eleva sobre la estufa y allí se extiende como una delicada red de pescador. Lenny alza el mentón para desentumecer los músculos del cuello y, a continuación, se pasa la mano por él, lo que produce un sonido áspero. —Nadie, que yo sepa —dice Harley en un tono que indica que eso incluye, como consecuencia, a todo el mundo, al menos en esta parte del mundo. —No han tenido un comprador para la casa desde el ochenta y uno — comenta el viejo Clut. Al decir «no han tenido», el viejo Clut se refiere tanto a la Tejeduría del Sur de Maine como al Banco del Sur de Maine, pero también se refiere a otra cosa, concretamente a los Espaguetti de Massachusetts. La Tejeduría del Sur de Maine se apropió de las tres serrerías de Joe, así como de su casa de la colina, alrededor de un año después de que Joe se quitara la vida, pero, por lo que respecta a los hombres congregados en torno a la estufa de la tienda de Brownie, ese nombre no es más que una cortina de humo... o lo que a veces denominan El Legal, como en La mujer obtuvo una, orden de protección contra él y ahora él no puede ver a sus propios hijos a causa del Legal. Estos hombres odian El Legal por cuanto usurpa sus vidas y las de sus amigos, pero les fascina lo indecible el modo en que ciertas personas lo ponen al servicio de sus infames planes para ganar dinero. La Tejeduría del Sur de Maine, es decir, el Banco del Sur de Maine, es decir, los Espaguetti de Massachusetts, vivieron una larga época de gran prosperidad tras salvar las serrerías de Joe Newall de la ruina, pero el hecho de que hayan sido incapaces de deshacerse de la casa fascina a los ancianos que pasan los días en la tienda de Brownie. —Es como un moco que no puedes arrancarte de la punta del dedo — comentó Lenny Partridge en cierta ocasión, y los demás asintieron—. Ni siquiera esos Espaguetti de Malden y Revere pueden librarse de esa piedra de molino.

33 y 1/tercio

eXt r as

El viejo Clut y su nieto, Andy, no se hablan, y la propiedad de la fea casa de Joe Newall fue la causa de ello... aunque otros motivos más personales flotan justo debajo de la superficie, sin duda, como casi siempre ocurre. El tema surgió cierta noche después de que abuelo y nieto, ambos viudos, disfrutaran de una sabrosa cena a base de espaguetti en casa del joven Clut. El joven Andy, que todavía no había perdido su empleo en la policía local, intentaba, de un modo bastante condescendiente, por cierto, explicar a su abuelo que la Tejeduría del Sur de Maine no había tenido nada que ver con ninguna de las antiguas propiedades de Newall durante años, que el verdadero propietario de la casa del Recodo era el Banco del Sur de Maine, y que las dos empresas no guardaban ninguna relación en absoluto. El viejo John dijo a Andy que estaba loco si se tragaba eso. Todo el mundo sabía, afirmó, que tanto el banco como la empresa textil eran tapaderas de los Espaguetti de Massachusetts, y que la única diferencia entre ellos residía en un par de palabras. Estas empresas se limitaban a camuflar las conexiones más obvias con una densa burocracia, explicó el viejo Clut, El Legal, en otras palabras. El joven Clut había tenido el mal gusto de reírse de su abuelo. El viejo Clut se puso colorado, tiró la servilleta sobre el plato y se levantó. «Tú ríete —exclamó—. ¿Por qué no? La única cosa que un borracho hace mejor que reírse de lo que no entiende es llorar sin saber por qué.» Aquellas palabras enojaron a Andy, el cual dijo algo respecto a que Melissa era la razón por la que bebía, y John preguntó a su nieto cuánto tiempo iba a seguir culpando a su esposa muerta de su problema con la bebida. Andy palideció cuando su abuelo dijo eso, le ordenó que saliera de su casa, John se fue y desde entonces no ha vuelto. No es que quiera. Acusaciones aparte, no puede soportar ver cómo Andy se va derechito al infierno. Especulaciones o no, no puede negarse lo siguiente: la casa de la colina lleva once años vacía, nadie ha vivido en ella en todo este tiempo y, por lo general, es el Banco del Sur de Maine el que intenta venderla a través de una de las inmobiliarias locales. —Las últimas personas que la compraron eran del estado de Nueva York, ¿verdad? —pregunta Paul Corliss. Por lo general, habla tan poco que todos se vuelven hacia él, incluso Gary. —Sí señor —asiente Lenny—. Un matrimonio muy simpático. El hombre iba a pintar el granero de rojo y convertirlo en una especie de tienda de antigüedades, ¿no? —Aja —corrobora el viejo Clut—. Y entonces su chico cogió el arma que guard... —La gente es muy descuidada —tercia Harley. —¿Se murió? —pregunta Lenny—. El chico. ¿Se murió? El silencio se hace eco de la pregunta. Por lo visto, ninguno de ellos lo sabe. Por fin, Gary habla, casi a regañadientes. —No, pero se quedó ciego. Se mudaron a Auburn. O tal vez a Leeds.

33 y 1/tercio

eXt r as

—Eran gente como Dios manda —comenta Lenny—. Realmente creí que iban a quedarse. Les encantaba la casa. Creían que todo el mundo les tomaba el pelo al decirles que traía mala suerte porque eran forasteros. —Hace una pausa—. Tal vez ahora hayan cambiado de opinión... estén donde estén. Se hace el silencio mientras los ancianos piensan en aquella gente de Nueva York, o tal vez en sus órganos y sentidos maltrechos. En la penumbra que reina tras la estufa, se oyen los gorgoteos del aceite. Más allá, un postigo golpea una y otra vez, movido por el inquieto aire otoñal. —Están construyendo un ala nueva allá arriba, sí señor —insiste Gary. Habla en voz baja pero vehemente, como si uno de los otros hubiera contradicho su afirmación. —Lo he visto cuando bajaba por River Road. Ya tienen casi toda la estructura hecha. Parece que esa maldita cosa va a medir treinta metros de largo por diez de ancho. No lo había visto antes. Parece buena madera de arce. ¿Dónde conseguirán buena madera de arce en estos días? Nadie responde. Nadie lo sabe. —¿Estás seguro de que no es otra casa, Gary? —pregunta por fin Paul Corliss en tono cauteloso—. Tal vez te... —Y una mierda —interrumpe Gary en el mismo tono bajo, pero con mayor vehemencia—. Es la casa de Newall, un ala nueva en la casa de Newall, con la estructura acabada, y si todavía tienen dudas, salgan y echen un vistazo ustedes mismos. Una vez dicho esto, no queda nada más que añadir. Todos le creen. Ni Paul ni ninguno de los demás se apresura a ir a ver el ala nueva de la casa de Newall. Consideran que se trata de una cuestión de cierta importancia y, por tanto, no deben precipitarse en modo alguno. Pasa el tiempo... En más de una ocasión, Harley McKissick ha pensado que si el tiempo fuera madera, todos ellos serían ricos. Paul se dirige a la vieja nevera de refrescos y saca uno de naranja. Entrega sesenta centavos a Harley, el cual los registra en la caja. Al cerrar de un golpe el cajón, se da cuenta de que el ambiente de la tienda ha cambiado. Hay otros temas que discutir. Lenny Partridge tose, hace una mueca, se oprime con las manos el lugar en que se encuentran las costillas rotas que nunca han llegado a curarse, y pregunta a Gary cuándo es el funeral de Dana Roy. —Mañana —responde Gary—. En Gorham. Ahí es donde está enterrada su mujer. Lucy Roy murió en 1968; Dana, quien hasta 1979 fue electricista en la sucursal de Gates Falls de la empresa U.S. Gypsum, que los ancianos suelen llamar U.S. Gyp Em, murió de cáncer de colon hace dos días. Vivió en Castle Rock toda su vida, y le gustaba contar a la gente que en sus ochenta años de vida sólo había salido de Maine tres veces; una para visitar a una tía suya en Connecticut, otra para ver un partido de los Red Sox de Boston («y perdieron, los muy desgraciados») y la última para asistir a una convención de

33 y 1/tercio

eXt r as

electricistas en Portsmouth, New Hampshire. «Una maldita pérdida de tiempo», decía siempre acerca de la convención. «No había más que alcohol y mujeres, y las mujeres no valían un centavo, desde luego.» Era un compadre de estos hombres, que han acogido su fallecimiento con una extraña mezcla de dolor y triunfo. —Le sacaron dos metros de intestinos —explica Gary a los demás—. Pero no sirvió de nada. Lo tenía extendido por todas partes. —Él sí conocía a Joe Newall —interviene Lenny de pronto—. Estaba ahí arriba con su padre cuando su padre estaba instalando la electricidad en casa de Joe... No tendría más de seis u ocho años, creo yo. Recuerdo que dijo que una vez Joe le dio un caramelo, pero que lo tiró por la ventana de camino a casa. Dijo que tenía un sabor agrio y raro. Después, cuando volvieron a poner en marcha las serrerías, a finales de los años treinta, creo que fue, se encargó de cambiar la instalación eléctrica. ¿Te acuerdas, Harley? —Aja. Ahora que la conversación ha vuelto a centrarse en Joe Newall a través de Dana Roy, los hombres permanecen sentados en silencio, hurgando en sus recuerdos en busca de anécdotas. Pero cuando el viejo Clut rompe el silencio, lo hace con una afirmación de lo más asombroso. —Fue el hermano mayor de Dana, Will, quien tiró la mofeta contra la pared de la casa. Estoy casi seguro de que fue él. —¿Will? —exclama Lenny con las cejas enarcadas—. Will Roy era demasiado estable para hacer algo así, me parece a mí. —Sí señor, fue Will —tercia Gary Paulson en voz baja. Todos se vuelven hacia él. —Y fue la mujer quien le dio un caramelo a Dana el día que fue allá con su padre —prosigue Gary—. Fue Cora, no Joe. Y Dana no tenía seis u ocho años. La mofeta aterrizó en la casa más o menos cuando el crack, y Cora ya estaba muerta por entonces. No, tal vez Dana se acordara de algo, pero no podía tener más que dos años por entonces. Fue alrededor de 1916 cuando le dieron aquel caramelo, porque fue en el 16 cuando Eddy Roy instaló la electricidad en la casa. Nunca volvió a ir allá arriba. Frank, el mediano, que lleva unos diez o doce años muerto, él sí que tendría unos seis u ocho años en aquella época. Frank vio lo que Cora le hizo al pequeño, eso lo sé, pero no cuando se lo contó a Will. No importa. Por fin, Will decidió hacer algo. La mujer ya estaba muerta, así que se desahogó con la casa que Joe había construido para ella. —Eso da igual —interviene Harley fascinado—. ¿Qué es lo que le hizo a Dana? Eso es lo que yo quiero saber. Gary prosigue con voz calmosa, casi sentenciosa. —Lo que Frank me contó una noche que había bebido unas cuantas copas fue que aquella mujer le dio el caramelo con una mano y con la otra le tocó el paquete. Delante de las narices del hermano mayor. —¡Eso es imposible! —rechaza el viejo Clut, escandalizado a pesar suyo.

33 y 1/tercio

eXt r as

Gary se limita a mirarle con sus ojos amarillentos y desvaídos, pero no dice nada. De nuevo se hace el silencio, roto tan sólo por el golpeteo del postigo. Los niños del escenario de la banda han cogido el coche de bomberos y se han marchado a otro sitio, y la tarde eterna sigue y sigue, bajo la luz de un cuadro de Andrew Wyeth, blanca, quieta y llena de significados dementes. La tierra ha cesado de dar sus escuálidos frutos y espera yerma la caída de las primeras nieves. A Gary le gustaría hablarles de la habitación del hospital de Cumberland en la que Dana Roy yacía moribundo, con mocos negros pegados en torno a las fosas nasales, y un olor idéntico al de un pescado abandonado al sol. Le gustaría hablar de los fríos azulejos azules y de las enfermeras con el cabello recogido en redecillas, criaturas jóvenes, dotadas en su mayoría de bonitas piernas y pechos firmes, sin conocimiento de que 1923 fue un año real, tan real como los dolores que atenazan los huesos de los viejos. Tiene la sensación de que le gustaría pronunciar un discurso sobre la maldad del tiempo y tal vez incluso sobre la maldad de determinados lugares, así como explicar por qué Castle Rock es ahora como un diente podrido, a punto de desprenderse. Sobre todo, le gustaría contarles que Dana Roy sonaba como si le hubieran atestado el pecho de heno y estuviera intentando respirar a través de él, y que tenía el aspecto de haber empezado ya a pudrirse. Sin embargo, no puede decir ninguna de estas cosas porque no sabe cómo decirlas, de modo que se limita a succionarse la saliva y permanecer en silencio. —A nadie le caía bien Joe —comenta el viejo Clut. De repente, se le ilumina el rostro. —¡Pero, desde luego..., acababa por gustarte! Los demás no responden. Diecinueve días más tarde, una semana antes de que la primera nevada cubra la tierra yerma, Gary Paulson tiene un sueño sorprendentemente erótico... aunque, en realidad trata más bien de un recuerdo. El 14 de agosto de 1923, cuando pasaba junto a la casa de los Newall en la camioneta de su padre, Gary Martin Paulson, que por entonces contaba trece años, vio cómo Cora Leonard Newall se apartaba del buzón. En una mano sostenía el periódico. Al ver a Gary, alargó la otra para cogerse el dobladillo del vestido de estar por casa que llevaba. No sonreía. La inmensa luna que tenía por rostro aparecía pálida y vacua mientras se alzaba el vestido y le mostraba el sexo... Era la primera vez que veía aquel misterio del que todos los niños a los que conocía hablaban con tal avidez. Sin sonreír, mirándole con expresión grave, la mujer adelantó las caderas y se las colocó delante del rostro perplejo y asombrado cuando la camioneta pasó a su lado. De pronto, Gary dejó caer una mano sobre el regazo y al cabo de un instante eyaculó en los pantalones de franela. Fue su primer orgasmo. En los años que han pasado desde entonces, ha hecho el amor con muchas mujeres, empezando por Sally

33 y 1/tercio

eXt r as

Ouelette, a la que sedujo bajo el puente Tim en el 26, y cada vez que se acercaba al orgasmo, cada vez, sin excepción, veía a Cora Leonard de pie junto al buzón, bajo el cielo caluroso y acerado; la veía levantarse el vestido y revelar un matojo casi inexistente de vello rojizo que se abría bajo el monte pálido de su vientre; veía el signo de exclamación con sus labios rojos que se teñían de un color que, como sabía, sería el más delicado rosa coral (Cora) Sin embargo, no es la visión de su vagina con la promiscua hinchazón de entraña lo que le ha perseguido todos estos años, haciendo que todas las mujeres se convirtieran en Cora en el instante del orgasmo. Lo que siempre lo ha vuelto loco de placer cuando recordaba la escena, algo que, de todas formas, no podía evitar cuando hacía el amor, era el modo en que había arrojado las caderas hacia delante, hacia su rostro... una, dos, tres veces. Eso y la falta de expresión en su rostro, una impavidez tan profunda que parecía fruto de un trastorno mental, como si la mujer representara la suma de la limitada comprensión y el deseo de todo muchacho, una oscuridad angosta y anhelosa, nada más, un Edén limitado que relucía en tono rosado coral. Su vida sexual ha quedado marcada y delimitada por aquella experiencia, una experiencia seminal donde las haya, pero nunca ha hablado de ella con nadie, aunque en más de una ocasión se ha visto tentado a ello después de tomarse unas copas. Siempre ha guardado el secreto. Y esto es lo que está soñando, con el pene perfectamente erecto por primera vez en casi nueve años, cuando de repente, un pequeño vaso sanguíneo estalla en su cerebro y forma un coágulo que acaba con su vida con rapidez, ahorrándole cuatro semanas o cuatro meses de parálisis, de tubos en los brazos, de catéter, de enfermeras silenciosas con el cabello recogido en redecillas y pechos erguidos. Muere mientras duerme, con el pene apuntando al cielo, y el sueño se desvanece como el eco de una imagen televisiva tras apagar el aparato en una habitación oscura. No obstante, sus compadres quedarían confundidos si estuvieran junto a él para escuchar las dos últimas palabras que pronuncia jadeante, pero con claridad: «¡La luna!» El día después de ser enterrado en el cementerio de Homeland, una nueva cúpula empieza a surgir de la nueva ala de la casa de Newall.

●●●

esa sensación que solo puede expresarse en francés
«¿Qué es eso de ahí, Floyd? Mierda.»

33 y 1/tercio

eXt r as

La voz del hombre que había pronunciado esas palabras me resultaba familiar, pero las palabras en sí no eran más que un retazo de diálogo inconexo, la clase de cosa que oyes cuando haces zapping. En su vida no existía nadie llamado Floyd. Pese a ello, así empezó. Aun antes de ver a la niña del pichi rojo, oyó esas palabras inconexas. Pero fue la niña quien contribuyó a intensificar la sensación. –Oh, oh, me está viniendo esa sensación –dijo Carol. La niña del pichi rojo estaba delante de una tienda llamada Carson's, CERVEZA, VINO, ALIMENTACIÓN, CEBOS VIVOS, LOTERÍA, en cuclillas, con el trasero entre los tobillos y la falda rojo brillante del pichi encajada entre los muslos mientras jugaba con una muñeca sucia de pelo amarillo, de esas flácidas de trapo rellenas de serrín. –¿Qué sensación? –preguntó Bill. –Ya sabes, esa que solo se puede expresar en francés. ¿Cómo se dice? –Déjà vu –repuso él. –Eso. Carol se volvió para mirar una vez más a la niña. «La estará sujetando por una pierna –pensó–, sujetándola boca abajo por una pierna, con el mugriento pelo amarillo colgando hacia abajo.» Pero la niña había abandonado la muñeca en los resquebrajados escalones grises de la tienda para ir a ver un perro enjaulado en el maletero de un coche familiar. En ese momento, Bill y Carol Shelton tomaron una curva en la carretera, y la tienda se perdió de vista. –¿Cuánto falta? –inquirió Carol. Bill la miró con una ceja levantada y un hoyuelo en la mejilla... Ceja izquierda, mejilla derecha, como siempre, la mirada que decía: «Crees que me hace gracia, pero en realidad estoy mosqueado. Por trillonésima vez en nuestro matrimonio, estoy mosqueado de verdad, pero no lo sabes, porque no tienes ni idea de lo que me pasa por la cabeza». Sin embargo, Carol tenía más idea de la que él creía; era uno de los secretos que guardaba. Con toda probabilidad, Bill también tenía los suyos, y por supuesto, estaban los que guardaban juntos. –No lo sé, nunca he estado allí. –Pero estás seguro de que vamos bien. –Una vez pasada la carretera elevada que lleva a Sanibel Island, solo queda un camino –explicó Bill–. La carretera se acaba en Captiva, pero antes pasa por Palm House, te lo juro. El arco de su ceja empezó a aplanarse, y el hoyuelo se despidió de su rostro. Bill estaba regresando a lo que Carol denominaba el Nivel Genial. Había llegado a detestar el Nivel Genial, pero no tanto como la ceja enarcada y el hoyuelo, o su forma sarcástica de decir «¿perdona?» cuando decías algo que consideraba estúpido, o su costumbre de adelantar el labio inferior cuando quería parecer pensativo y meditabundo. –Bill... –¿Hummm?

33 y 1/tercio

eXt r as

–¿Conoces a alguien llamado Floyd? –Bueno, conozco a Floyd Denning. Él y yo llevábamos la cafetería en la planta baja de la iglesia de Cristo Redentor durante el último año de instituto. Te he hablado de él, ¿no? Un viernes robó el dinero de la caja y se fue a pasar el fin de semana en Nueva York con su novia. A él lo suspendieron y a ella la expulsaron. ¿Qué te ha hecho pensar en él? –No lo sé –repuso ella. Era más fácil que contarle que el Floyd con quien Bill había ido al instituto no era el Floyd con el que hablaba la voz que había oído. Al menos, no lo creía. «Una segunda luna de miel, así llamas a esto», pensó mientras contemplaba las palmeras que flanqueaban la carretera 867, un pájaro blanco que caminaba por la cuneta como un predicador enojado y un cartel que decía RESERVA NATURAL DE LOS SEMÍNOLAS. 10 DÓLARES POR VEHÍCULO. «Florida, el estado del sol. Florida, el estado de la hospitalidad. Por no hablar de Florida, el estado de las segundas lunas de miel. Florida, el estado donde Bill Shelton y Carol Shelton, de soltera Carol O'Neill, de Lynn, Massachusetts, habían pasado su primera luna de miel veinticinco años antes. Solo que en aquella ocasión habían ido al otro lado, a la costa atlántica, a una pequeña urbanización de cabañas con cucarachas en los cajones de la cómoda. Bill no podía quitarme las manos de encima. Pero por entonces no me importaba, por entonces quería que me tocaran, que me incendiaran como Atlanta en Lo que el viento se llevó, y él me incendiaba, me reconstruía y volvía a incendiarme. A los veinticinco años de matrimonio se cumplen las bodas de plata, y a veces solo es plata lo que percibo.» Se acercaban a una curva. «Esas cruces a la derecha de la carretera – pensó–. Dos pequeñas a ambos lados de una más grande. Las pequeñas son dos tablones cruzados y clavados. La del centro es de abedul blanco con una fotografía diminuta prendida a ella, la foto del chico de diecisiete años que perdió el control del coche en esta curva una noche que conducía borracho, la última noche que conduciría borracho, y este es el lugar que su novia y las amigas de esta marcaron para...» Bill tomó la curva. Una pareja de cuervos negros, rollizos y relucientes, levantaron el vuelo desde algo aplastado sobre el asfalto en medio de un charquito de sangre. Los pájaros se habían dado tal festín que Carol no supo si se apartarían hasta el instante en que echaron a volar. Allí no había ninguna cruz, ni a la derecha ni a la izquierda. Solo un animal atropellado en el centro, un pájaro carpintero o algo parecido que ahora desaparecía bajo las ruedas de un coche de lujo que nunca había estado al norte de la línea MasonDixon. «¿Qué es eso de ahí, Floyd?» –¿Qué te pasa?

33 y 1/tercio

eXt r as

–¿Eh? –farfulló Carol, volviéndose hacia él con expresión desconcertada y cierta sensación de haber perdido el juicio. –Estás tiesa como un palo de escoba. ¿Te ha dado un calambre en la espalda? –Uno pequeño –mintió al tiempo que volvía a reclinarse muy despacio–. He vuelto a tener esa sensación de déjà vu. –¿Ya se te ha pasado? –Sí –volvió a mentir. Lo cierto era que la sensación había remitido un poco, pero nada más. Le había sucedido otras veces, pero no de un modo tan persistente. Alcanzó un punto culminante y volvió a descender, pero sin desaparecer del todo. Era consciente de ella desde que la asaltara esa idea sobre Floyd y viera a la niña del pichi rojo. Bueno, a decir verdad, ¿no había sentido nada antes de esos dos episodios? ¿No había empezado todo cuando bajaron la escalera del Lear 35 para sumergirse en el calor abrasador de Fort Myers? ¿O incluso antes? ¿Durante el trayecto desde Boston? Se aproximaban a un cruce. Sobre él parpadeaba un semáforo ámbar de advertencia. «A la derecha hay un concesionario de coches usados y un rótulo del teatro municipal de Sanibel», pensó. Allí estaba el cruce... Y a la derecha, en efecto, un concesionario de coches usados, Palmdale Motors. Carol sufrió un sobresalto, una punzada de algo más fuerte que la inquietud. Se reprendió por ser tan tonta. Sin duda Florida entera estaba llena de concesionarios de coches usados, y si vaticinabas uno en cada cruce, tarde o temprano la ley de las probabilidades te convertía en profeta. Era un truco que los médiums utilizaban desde hacía siglos. «Además, no hay ningún rótulo de ningún teatro.» Pero sí una valla publicitaria. Mostraba a la Madre de Dios, el fantasma de todos los días de su infancia, con las manos extendidas como en la medalla que su abuela le había regalado al cumplir diez años. Su abuela se la había puesto en la mano antes de enrollarle la cadena alrededor de los dedos y decir: –Llévala siempre, porque están por llegar malos tiempos. Y Carol la había llevado, sí señor. La había llevado durante toda la escuela primaria, que cursó en Nuestra Señora de los Ángeles, y en el instituto de San Vicente de Paul. Llevó la medalla hasta que los pechos empezaron a crecerle alrededor como dos milagros y entonces, probablemente durante una excursión escolar a Hampton Beach, la perdió. Durante el trayecto de regreso en autocar había dado su primer beso con lengua. El afortunado fue Butch Soucy, y Carol saboreó el algodón de azúcar que había comido. La María de aquella medalla perdida y la María de la valla publicitaria exhibían la misma expresión, esa que te hacía sentir culpable por albergar sentimientos impuros aunque solo estuvieras pensando en un bocadillo de crema de cacahuete. Debajo de María, la valla decía LA OBRA BENÉFICA MADRE MISERICORDIOSA AYUDA AL INDIGENTE DE FLORIDA. ¿QUIERES AYUDARNOS A NOSOTROS?

33 y 1/tercio

eXt r as

«Eh, María, qué pasa...» Esta vez oyó más de una voz; muchas voces, voces de chicas, voces fantasmales entonando un canto. Pequeños milagros. También existían los fantasmas pequeños, eso lo descubría una al hacerse mayor. –¿Se puede saber qué te pasa? Carol conocía esa voz tan bien como la ceja enarcada y el hoyuelo. Era el tono que Bill empleaba cuando quería hacerte creer que solo fingía estar enfadado, cuando en realidad lo estaba, al menos un poco. –Nada –aseguró ella con la mejor sonrisa que fue capaz de esbozar. –Estás muy rara. Quizá no deberías haber dormido en el avión. –Seguro que tienes razón –convino ella, y no solo para mostrarse conciliadora. A fin de cuentas, ¿cuántas mujeres conseguían pasar la segunda luna de miel en Captiva Island para celebrar las bodas de plata? Diez días en uno de esos sitios donde el dinero no tenía importancia alguna (al menos hasta que MasterCard te escupía la factura a final de mes), y si querías un masaje una mujerona sueca venía y te lo hacía en tu casa de seis habitaciones a pie de playa. Las cosas eran distintas al principio. Bill, al que conoció en un baile organizado por varios institutos y con quien volvió a coincidir en la universidad tres años más tarde (otro pequeño milagro), había empezado su vida matrimonial trabajando de empleado de la limpieza porque no encontró nada en el sector informático. Corría el año 1973, y los ordenadores no progresaban. Vivían en un tugurio en Revere, no junto a la playa, pero sí cerca, y la noche entera era un desfile de gente que subía la escalera para comprar drogas a las dos criaturas cetrinas que vivían en el piso de arriba y se pasaban las horas escuchando discos psicodélicos de los sesenta. Carol permanecía despierta a la espera de que empezaran los gritos, pensando: «Nunca saldremos de aquí, envejeceremos y moriremos oyendo a Cream, Blue Cheer y los autos de choque en la playa». Bill, exhausto al acabar su turno, dormía como un lirón a pesar del estruendo, tendido de costado, a veces con una mano apoyada sobre la cadera de Carol. Y si no la apoyaba, Carol se la ponía allí, sobre todo si las criaturas del piso de arriba se estaban peleando con sus clientes. Bill era lo único que tenía. Sus padres prácticamente la habían repudiado cuando se casó con él. Era católico, pero de la clase equivocada. Su abuela le había preguntado por qué quería liarse con ese muchacho si se veía a la legua que era un don nadie, que cómo podía creerse las sandeces que decía, que por qué se empeñaba en destrozarle el corazón a su padre. ¿Y qué podía responder ella a todo eso? Había un largo trecho del tugurio de Revere al avión privado volando a trece mil metros de altitud, a aquel coche de alquiler, un Crown Victoria, esos que los mafiosos de las películas de gángsteres siempre

33 y 1/tercio

eXt r as

llamaban Crown Vic, que los llevaba rumbo a unas vacaciones de diez días en un lugar donde la factura ascendería a... Bueno, no quería ni saberlo. «¿Floyd? Mierda.» –¿Y ahora qué pasa, Carol? –Nada –respondió ella. Un poco más adelante, junto a la carretera, había una casita pintada de rosa, con el porche flanqueado de palmeras (ver esos árboles con flecos recortarse contra el cielo azul le recordaba los cazas japoneses volando bajo mientras disparaban sus ametralladoras, una asociación debida a toda una juventud malgastada delante del televisor), y cuando pasaran ante ella saldría una mujer. Se estaría secando las manos con una toalla rosa y los miraría con el rostro impasible, unos ricachones en un Crown Victoria camino de Captiva, y no tendría ni idea de que Carol Shelton había pasado muchas noches en vela en un piso cuyo alquiler costaba noventa dólares al mes, oyendo los discos y los gritos de los camellos del piso de arriba, sintiendo algo vivo en su interior, algo que le hacía pensar en un cigarrillo caído tras las cortinas en una fiesta, una colilla pequeña e invisible, que, pese a ello, seguía ardiendo junto a la tela. –¿Cariño? –He dicho que no me pasa nada. Pasaron ante la casa. No había ninguna mujer. Un anciano blanco, no negro, estaba sentado en una mecedora y los siguió con la mirada. Llevaba gafas con montura al aire y tenía una toalla del mismo tono rosa que la casa sobre el regazo. –Estoy bien, solo impaciente por llegar y ponerme pantalones cortos. Bill le posó la mano sobre la cadera, el lugar donde tantas veces la había apoyado en los viejos tiempos, y la deslizó hacia regiones más íntimas. Carol estuvo a punto de retirársela, pero no lo hizo. A fin de cuentas, estaban de segunda luna de miel, y además, quizá así se borraría aquella expresión de su cara. –Podríamos hacer un inciso –sugirió Bill–. Quiero decir entre que te quites el vestido y te pongas los pantalones cortos. –Me parece una idea estupenda –aseguró Carol al tiempo que cubría la mano de su esposo con la suya y presionaba ambas sobre su cuerpo. Un poco más adelante había un rótulo en el que leerían PALM HOUSE A 4 KM IZQUIERDA cuando se acercaran lo suficiente. De hecho, el rótulo decía PALM HOUSE A 3 KM IZQUIERDA. Más allá otra valla publicitaria con la Virgen María de las manos extendidas y una iluminación eléctrica en forma de halo alrededor de la cabeza. Aquella versión decía: LA OBRA BENÉFICA MADRE MISERICORDIOSA AYUDA AL ENFERMO DE FLORIDA. ¿QUIERES AYUDARNOS A NOSOTROS? –El siguiente debería decir «Burma Shave» –comentó Bill.

33 y 1/tercio

eXt r as

Carol no comprendía a qué se refería, pero a todas luces era un chiste, de modo que sonrió. De hecho, el siguiente diría «La obra benéfica Madre Misericordiosa ayuda al hambriento de Florida», pero eso no podía decírselo. Su querido Bill. Querido a pesar de sus expresiones a veces estúpidas y sus alusiones a veces crípticas. «Lo más probable es que te deje, ¿y sabes una cosa? Si lo superas te darás cuenta de que es lo mejor que podía pasarte.» Palabras de su padre. El querido Bill, que había demostrado por una vez, por una sola y crucial vez, que Carol tenía mucho mejor criterio que su padre. Seguía casada con el hombre al que su abuela había llamado «ese fanfarrón». Había pagado un precio, cierto, pero ¿qué decía aquel viejo axioma? Ah, sí, Dios dice que cojas lo que quieras... y pagues por ello. Le picaba la cabeza. Se la rascó con ademán ausente mientras seguía buscando con la mirada la siguiente valla publicitaria de Madre Misericordiosa. Por espantoso que sonara, las cosas empezaron a torcerse cuando perdió el bebé. Fue justo antes de que a Bill le dieran el empleo en Beach Computers, en la carretera 128; soplaban los primeros vientos de cambio en el sector. Perdió el bebé, sufrió un aborto espontáneo... Todos se lo habían creído salvo tal vez Bill. Desde luego, su familia se lo había creído, papá, mamá, la abuela... Hablaban de «aborto espontáneo», término católico donde los haya. «Eh, María, qué pasa», cantaban a veces cuando saltaban a la comba, sintiéndose osadas, pecaminosas, con las faldas del uniforme subiendo y bajando sobre las rodillas arañadas. Era en Nuestra Señora de los Ángeles, donde la hermana Annunciata te daba en los nudillos con la regla si te pillaba mirando por la ventana durante la hora del castigo, donde la hermana Dormatilla te decía que un millón de años no es más que el primer tic del reloj infinito de la eternidad, y que podías pasarte dicha eternidad en el Infierno, no era difícil. En el Infierno morarías para siempre con la piel en llamas y los huesos asándose. Y ahora Carol estaba en Florida, sentada en un Crown Vic junto a su esposo, cuya mano seguía explorándole la entrepierna. Se le arrugaría el vestido, pero no importaba si con ello conseguía borrar aquella expresión de su rostro, ¿y por qué demonios no desaparecía aquella sensación? Pensó en un buzón con el nombre RAGLAN escrito en el costado y un adhesivo de la bandera norteamericana en la parte delantera, y aunque el nombre resultó ser REAGAN y el adhesivo, de los Grateful Dead, lo cierto era que el buzón estaba allí. Pensó en un perrito negro trotando con paso resuelto al otro lado de la carretera, husmeando el suelo con la cabeza gacha, y el perrito negro estaba allí. Pensé de nuevo en la valla publicitaria, y en efecto, ahí estaba: LA OBRA BENÉFICA MADRE MISERICORDIOSA AYUDA AL HAMBRIENTO DE FLORIDA. ¿QUIERES AYUDARNOS A NOSOTROS? Bill estaba señalando algo.

33 y 1/tercio

eXt r as

–Allí, ¿lo ves? Creo que es Palm House. No, no donde está la valla publicitaria, sino al otro lado. ¿Por qué permitirán poner esos trastos en esta zona? –No lo sé. Le picaba otra vez la cabeza. Al rascarse vio que copos de caspa negra flotaban ante sus ojos. Se miró los dedos y quedó horrorizada al comprobar que los tenía manchados de negro, como si acabaran de tomarle las huellas dactilares. –Bill... Se mesó el cabello rubio y esta vez sacó copos más grandes. Advirtió que no eran fragmentos de piel, sino de papel. En uno de ellos se veía una cara asomada entre el papel carbonizado como si de un negativo echado a perder se tratara. –¡Bill! –¿Qué? ¿Qu...? Y entonces su tono de voz cambió por completo, lo que la asustó más aún que el brusco vaivén del coche. –Madre mía, cariño, ¿qué tienes en el pelo? Parecía el rostro de la madre Teresa. ¿O se lo parecía solo porque había estado pensando en Nuestra Señora de los Ángeles? Carol se lo separó del vestido con la intención de mostrárselo a Bill, pero el rostro se desintegró sin darle ocasión de hacerlo. Se volvió hacia él y vio que las gafas se le habían fundido con las mejillas. Uno de los ojos se le había salido de la órbita para estallar como una uva repleta de sangre. «Y yo lo sabía –pensó Carol–. Lo sabía antes de volverme. Porque tenía esa sensación.» En los árboles chilló un pájaro. En la valla publicitaria, María extendía las manos. Carol intentó gritar. Intentó gritar. –¿Carol? Era la voz de Bill que le llegaba desde muy lejos. Luego su mano, pero no entre los pliegues de su vestido en la entrepierna, sino sobre el hombro. –¿Estás bien, cielo? Carol abrió los ojos al sol cegador y los oídos al zumbido constante de los motores del Learjet. Y otra cosa, una presión en los tímpanos. Apartó la mirada de la expresión levemente preocupada de Bill para fijarse en el dial situado bajo el indicador de temperatura y vio que habían descendido a ocho mil metros. –¿Vamos a aterrizar? –preguntó con voz confusa–. ¿Tan pronto? –Sí, qué rápido, ¿eh? –repuso él en tono complacido, como si hubiera pilotado personalmente en lugar de limitarse a pagar el viaje–. El piloto dice que llegaremos a Fort Myers dentro de veinte minutos. Has dado un respingo de mil demonios, cariño. –He tenido una pesadilla.

33 y 1/tercio

eXt r as

Bill lanzó aquella carcajada modelo «mira que eres tontita» que Carol había llegado a detestar con todas sus fuerzas. –Prohibido tener pesadillas en tu segunda luna de miel, tesoro. ¿Qué has soñado? –No me acuerdo –repuso ella. Y era cierto. Solo recordaba fragmentos, a Bill con las gafas derretidas sobre el rostro, y una de las tres o cuatro rimas prohibidas que cantaban cuando saltaban a la comba en quinto y sexto. «Eh, María, qué pasa», empezaba, y luego no sé qué, no sé qué, no sé qué. Lo había olvidado. Recordaba aquella de «Pito pito colorito, a mi padre le he visto el pito», pero no la de María. «María ayuda al enfermo de Florida», pensó sin tener idea de lo que significaba, y en ese momento se oyó un pitido al encender el piloto la señal de abrocharse los cinturones. Habían iniciado la maniobra de aproximación. «Que empiece el espectáculo», se dijo al abrocharse el cinturón. –¿De verdad no te acuerdas? –insistió Bill mientras se abrochaba el suyo. El pequeño avión atravesó una masa de nubes cargada de turbulencias, uno de los pilotos realizó un pequeño ajuste, y el aparato volvió a estabilizarse. –Porque por lo general, al despertar uno recuerda los sueños, incluso las pesadillas. –Recuerdo que salía la hermana Annunciata, de Nuestra Señora de los Ángeles. Era en hora de castigo. –Eso sí que es una pesadilla. Diez minutos más tarde, el tren de aterrizaje se desplegó con un chirrido y un golpe sordo, y al cabo de otros cinco habían aterrizado. –Quedamos en que traerían el coche a pie de avión –resopló Bill, ya en tono de bronca, algo que Carol detestaba, pero no tanto como la risa condescendiente y el repertorio de miraditas paternalistas–. Espero que no haya ningún problema. «No hay ningún problema –pensó Carol con una sensación de déjà vu más fuerte que nunca–. Lo veré por mi ventanilla dentro de un par de segundos. Es el coche ideal para unas vacaciones en Florida, un enorme Cadillac blanco, o puede que un Lincoln...» Y en efecto, apareció, pero ¿qué demostraba eso? Bueno, se dijo Carol, demostraba que a veces, cuando tenías un déjà vu, lo que pensabas que iba a suceder sucedía. No era un Cadillac ni un Lincoln, sino un Crown Victoria, lo que los gángsteres de las películas de Martin Scorsese llamaban un Crown Vic. –Uf –suspiró mientras Bill la ayudaba a bajar por la escalera del avión, mareada por el calor del sol. –¿Qué pasa? –Nada, es que he tenido un déjà vu. Supongo que debe de ser un vestigio del sueño. Como si ya hubiéramos estado aquí antes.

33 y 1/tercio

eXt r as

–Es por estar en un lugar desconocido –aseguró él, besándola en la mejilla–. Vamos, que empiece el espectáculo. Se dirigieron hacia el coche. Bill mostró su carnet de conducir a la joven que lo había llevado hasta allí. Carol vio cómo le miraba el dobladillo de la falda antes de firmar el impreso. «Se le va a caer», pensó Carol. La sensación era tan intensa como si se hallara montada en una atracción demasiado rápida; de repente te das cuenta de que estás a punto de abandonar el País de la Diversión para adentrarte en el Reino de la Náusea. «Se le va a caer, y Bill dirá "Patapum", lo recogerá y echará un buen vistazo a sus piernas.» Pero la mujer de Hertz no dejó caer el impreso. Había aparecido una furgoneta blanca para llevarla de regreso a la terminal de Butler Aviation. La joven dedicó una última sonrisa a Bill (en ningún momento prestó atención a Carol) y abrió la portezuela derecha. Al subir resbaló. –Patapum –dijo Bill al tiempo que la asía del codo para sujetarla. La joven le dirigió una sonrisa de agradecimiento, él se despidió de sus piernas bien torneadas, y Carol permaneció junto a la pila cada vez más grande de su equipaje, pensando: «Eh, Mary, qué pasa...». –¿Señora Shelton? Era el copiloto. Llevaba la última bolsa, la que contenía el ordenador portátil de Bill, y en su rostro se pintaba una expresión preocupada. –¿Se encuentra bien? Está muy pálida. Bill oyó el comentario y dio la espalda a la furgoneta que se alejaba con expresión igualmente preocupada. Si los sentimientos más intensos que albergaba hacia Bill fueran los únicos sentimientos que albergara hacia Bill, lo habría abandonado al descubrir lo de la secretaría, una rubia de bote demasiado joven para recordar aquel anuncio de Clairol que empezaba «Ya que solo tengo una vida...». Pero también albergaba otros sentimientos hacia él. Amor, por ejemplo. Aún lo amaba con una clase de amor que las niñas ataviadas con uniforme de colegio de monjas no sospechaban, una especie dura y correosa de mala hierba que nunca muere. Además, no solo el amor mantenía unidas a las personas. También estaban los secretos y el precio que pagabas por guardarlos. –Carol, ¿estás bien? –le preguntó Bill. Pensó en decirle que no, que no estaba bien, que se estaba ahogando, pero logró forzar una sonrisa. –Es el calor, estoy un poco aturdida –explicó–. Subamos al coche y pongamos el aire acondicionado a tope. Enseguida estaré bien. Bill la asió por el codo (pero a mí no me miras las piernas, pensó Carol, porque ya sabes adónde conducen, ¿verdad?) y la llevó hacia el Crown Vic como si fuera una anciana. Cuando la puerta se hubo cerrado y el aire acondicionado empezó a azotarle el rostro, Carol ya se encontraba algo mejor.

33 y 1/tercio

eXt r as

«Si la sensación reaparece, se lo diré –se prometió Carol– No me quedará otro remedio; es demasiado fuerte, anormal.» Bueno, el déjà vu nunca era normal, suponía. Era en parte sueño, en parte química y (estaba segura de haberlo leído en alguna parte, tal vez en la consulta de algún médico mientras esperaba a que el ginecólogo le metiera mano en el coño cincuentón) en parte consecuencia de un fallo eléctrico en el cerebro, que procesaba las nuevas experiencias como datos ya existentes. Una fuga en las cañerías que mezclaba el agua caliente con el agua fría. Cerró los ojos y rezó por que desapareciera. «Ave María purísima, sin pecado concebida, ruega por nosotros pecadores.» Por favor, oh, por favor, de vuelta a la escuela parroquial no. Estaba de vacaciones, no... «¿Qué es eso de ahí, Floyd? Mierda. ¡Oh, mierda!» ¿Quién era Floyd? El único Floyd al que Bill conocía era Floyd Dorning... o Darling, el chico con el que llevaba la cafetería, el que se había fugado a Nueva York con su novia. Carol no recordaba cuándo Bill le había hablado de él, pero sabía que se lo había contado. «Basta, muchacha. No sigas por este camino. Dale puerta a esos pensamientos.» Y funcionó. Oyó un último susurro, «qué pasa», y luego volvió a ser la Carol Shelton de siempre, que se dirigía a Captiva Island, a Palm House con su esposo, el prestigioso diseñador de software, a las playas y los cubalibres, al sonido del grupo tocando «Margaritaville». Pasaron delante de un supermercado Publix. Pasaron delante de un anciano negro que vendía fruta en un tenderete junto a la carretera y que le recordó a los actores de las películas de los años treinta que ponían en el canal de clásicos, de esos que siempre llevaban pantalón de peto y sombrero de paja. Bill charlaba de cosas intrascendentes, y ella respondía de forma adecuada. Aún la asombraba que la niña que había llevado la medalla de la Virgen cada día desde los diez hasta los dieciséis años se hubiera convertido en esa mujer ataviada con un vestido de Donna Karan, que la pareja desesperada que malvivía en el piso de Revere se hubiera transformado en ese matrimonio rico de mediana edad que viajaba por un corredor flanqueado de frondosas palmeras, pero así era. Una vez, durante la época de Revere, Bill había vuelto a casa borracho, ella le había pegado y le había hecho sangre en el pómulo. Una vez, tendida con los pies metidos en unos estribos de acero y medio drogada, había temido el Infierno, pensando que estaba condenada, perdida para siempre. Un millón de años, y este no es más que el primer tic del reloj. Pararon en el peaje de la carretera elevada, y Carol pensó: «El empleado tiene una marca de nacimiento en forma de fresa en el lado izquierdo de la frente que se confunde con la ceja». Pero no había ninguna marca. El empleado no era más que un tipo normal y corriente de cuarenta y muchos o cincuenta y pocos años,

33 y 1/tercio

eXt r as

de cabello gris cortado al cepillo y gafas con montura de concha, la clase de tipo que dice: «Que lo pasen bien, ¿eh?», pero la sensación empezaba a apoderarse otra vez de ella, y Carol comprendió que las cosas que creía saber las sabía en realidad, al principio no todas ellas, pero cuando se acercaron a la tienda situada a la derecha de la carretera 41, casi todas. «La tienda se llama Corson's y delante hay una niña pequeña –pensó Carol–. Lleva un pichi rojo y una muñeca sucia de pelo amarillo que ha dejado en la escalinata para ir a ver a un perro que está en el maletero de un coche familiar.» La tienda resultó llamarse Carson's, no Corson's, pero todo lo demás era cierto. Cuando el Crown Vic pasó por delante de ella, la niña del vestido rojo volvió su rostro solemne hacia Carol. Era el rostro de una niña de campo, aunque Carol no sabía qué hacía una niña de su condición y su muñeca sucia de cabeza amarilla en aquellos parajes para turistas ricos. «Aquí es donde le pregunto a Bill cuánto falta, solo que no voy a hacerlo, porque tengo que romper el círculo. Tengo que hacerlo.» –¿Cuánto falta? –le preguntó. «Dirá que solo hay una carretera, que no podemos perdernos. Dirá que me jura que llegaremos a Palm House sin contratiempos. Y por cierto, ¿quién es Floyd?» Bill enarcó la ceja, y junto a su boca apareció el hoyuelo. –Una vez pasada la carretera elevada que lleva a Sanibel Island, solo queda un camino –repuso. Carol apenas lo oyó. Bill seguía hablando de la carretera, su marido, que dos años atrás había pasado un fin de semana guarro en la cama con su secretaria, poniendo en peligro todo lo que tenían, Bill con su otra cara, el Bill que, según la madre de Carol, le rompería el corazón. Y más tarde, Bill diciéndole que no había podido contenerse, y ella con ganas de gritar. «Una vez asesiné a un niño por ti, el proyecto de un niño, al menos. ¿No te parece un precio lo bastante alto? ¿Y es esto lo que recibo a cambio? ¿Llegar a los cincuenta y descubrir que mi marido no ha podido evitar irse a la cama con una rubia teñida?» «¡Díselo! –chilló–. Haz que pare el coche, que haga todo lo que acabará liberándote, cambia una cosa, cámbialo todo. Puedes hacerlo. Si pudiste apoyar los pies en esos estribos, puedes hacer cualquier cosa.» Pero no pudo hacer nada, y los acontecimientos empezaron a precipitarse. Los dos cuervos sobrealimentados levantaron el vuelo de su cruento festín. Su marido le preguntó por qué estaba sentada de aquella manera, que sí tenía un calambre, y ella le respondió que sí, que tenía un calambre en la espalda, pero que ya se le estaba pasando. De sus labios brotaron las palabras déjà vu como si no se estuviera ahogado en la sensación, y el Crown Vic siguió avanzando como uno de esos sádicos Dodgem en Revere Beach. Palmdale Motors

33 y 1/tercio

eXt r as

a la derecha. ¿Y a la izquierda? Un rótulo del teatro municipal, anunciando la representación de Marieta la traviesa. No, es María, no Marieta. María, madre de Jesús, María, madre de Dios, con las manos extendidas. Carol intentó concentrar toda su fuerza de voluntad para decirle a su marido lo que le sucedía, porque el Bill que necesitaba estaba sentado al volante y aún podía oírla. La esencia del amor matrimonial consistía en ser escuchado. Pero no logró articular palabra. «Están por llegar malos tiempos», advirtió la abuela en su mente. Otra voz preguntó a Floyd qué era eso antes de añadir un «mierda» y un «¡oh, mierda!». Carol miró el indicador de la velocidad y vio que no mostraba kilómetros por hora, sino metros de altitud. Se encontraban a ocho mil metros y bajando. Bill le decía que no debería haber dormido en el avión, y ella se mostraba de acuerdo. Se acercaban a una casa de color rosa, poco más que un bungalow flanqueado de palmeras, que recordaba a los que se veían en las películas de la Segunda Guerra Mundial, frondas encuadrando Learjets que se aproximaban disparando sus ametralladoras... «Destellos cegadores, ardientes. De repente, la revista que sostiene en la mano es pasto de las llamas. Santa María, madre de Dios, eh, María, qué pasa...» Pasaron ante la casa. El anciano sentado en el porche los siguió con la mirada. Los cristales de sus gafas con montura al aire centelleaban al sol. La mano de Bill atracó en su cadera. Dijo algo de que deberían hacer una parada técnica entre vestido y pantalones cortos, y ella asintió pese a que nunca llegarían a Palm House. Seguirían por aquella carretera, ellos con el Crown Vic, el Crown Vic con ellos, por los siglos de los siglos, amén. El siguiente cartel diría PALM HOUSE 3 KM. Más allá encontrarían el que explicaba que la obra benéfica Madre Misericordiosa ayudaba al enfermo de Florida. ¿La ayudaría a ella? Ahora era demasiado tarde, empezaba a comprender. Empezaba a ver la luz como veía el sol subtropical reflejado en el agua a su izquierda. Se preguntó cuánto mal habría hecho en su vida, cuántos pecados habría cometido, si uno prefería ese término. Dios conocía a sus padres, y su abuela, por descontado, pecado por ahí, pecado por allá, lleva la medalla entre esas cosas cada vez más grandes que los chicos no pueden dejar de mirar. Y años más tarde, tumbada en la cama con su flamante marido las calurosas noches de verano, sabiendo que se imponía tomar una decisión, sabiendo que el reloj avanzaba inexorable, que la colilla se consumía, y recordó el momento en que tomó la decisión, sin decírselo a él en voz alta porque en algunos casos se podía guardar silencio. Le picaba la cabeza. Se la rascó. Unos copos negros flotaron ante su rostro. En el salpicadero del Crown Vic, el altímetro se paró a cinco mil metros y se apagó, pero Bill no pareció darse cuenta.

33 y 1/tercio

eXt r as

Pasaron ante un buzón con un adhesivo de los Grateful Dead pegado a él, un perrito negro con la cabeza baja, trotando ensimismado, y cómo le picaba la cabeza, Dios mío, copos negros volando por el aire como nieve en negativo, la madre Teresa en uno de ellos. LA OBRA BENÉFICA MADRE MISERICORDIOSA AYUDA AL HAMBRIENTO DE FLORIDA. ¿QUIERES AYUDARNOS A NOSOTROS? «Floyd, ¿qué es eso? Oh mierda.» Le da tiempo a ver algo grande y a leer la palabra DELTA. –Bill... ¡Bill! Su respuesta clara, pero como llegada de los flecos del universo. –Madre mía, cariño, ¿qué tienes en el pelo? Carol cogió la cara carbonizada de la madre Teresa de su regazo y se la alargó a la versión envejecida del hombre con el que se había casado, el follasecretarias con el que se había casado, el hombre que pese a todo la había rescatado de unas personas convencidas de que una podía vivir para siempre en el paraíso si encendía suficientes velas y llevaba la chaqueta azul y se ceñía a las rimas oficiales. Tumbada en la cama con ese hombre una calurosa noche de verano, mientras en el piso de arriba vendían drogas al son de «In-A-GaddaDa-Vida», de Iron Butterfly, por enésima vez, le había preguntado qué creía que había más allá... pues eso, cuando se acababa tu papel en el espectáculo. Bill la había estrechado entre sus brazos, y de la playa le había llegado música country, los choques de los autos de choque, y Bill... Bill tenía las gafas derretidas sobre la cara y un ojo fuera de su órbita. Su boca se había convertido en un agujero ensangrentado. En los árboles cantó un pájaro... chilló un pájaro, y Carol empezó a chillar con él, sosteniendo el fragmento carbonizado con el rostro de la madre Teresa, chillando mientras veía sus mejillas tornarse negras, su frente abultada, el cuello abriéndose como un cadáver descompuesto, chillando, estaba chillando sobre el telón de fondo de «In-A-Gadda-DaVida», y siguió chillando. –¿Carol? Era la voz de Bill, que le llegaba de muy lejos. La estaba tocando, pero no con lujuria, sino con preocupación. Abrió los ojos y paseó la mirada por la soleada cabina del Lear 35. Por un instante lo comprendió todo, del modo en que uno entiende la inmensa importancia de un sueño al despertar de él. Recordó haberle preguntado qué creía que había más allá, y él le respondió que creía que, seguramente, te tocaba lo que siempre habías creído que te tocaría, que si Jerry Lee Lewis creía que iría al infierno por tocar boogie-woogie, allí acabaría. Cielo, infierno o Grand Rapids, tú elegías... o bien los que te dictaban qué debías creer. Era el truco definitivo de la mente humana, la percepción de la eternidad en el lugar donde siempre habías esperado pasarla. –¿Carol? ¿Estás bien, cielo?

33 y 1/tercio

eXt r as

En una mano sostenía la revista que había estado leyendo, un número de Newsweek con el rostro de la madre Teresa en la portada, ¿SANTIDAD AHORA?, decía en letras blancas. Paseando la mirada enloquecida por la cabina, Carol pensó: «Sucede a cinco mil pies, tengo que avisarlos». Pero la sensación empezaba a disiparse, como siempre sucedía con esa clase de sensaciones. Desaparecían como los sueños o como el algodón de azúcar al derretirse sobre tu lengua. –¿Ya vamos a aterrizar? –preguntó. Se sentía despejada, pero su voz sonaba pastosa y confusa. –Sí, qué rápido, ¿eh? –repuso él en tono complacido, como si hubiera pilotado personalmente en lugar de limitarse a pagar el viaje–. Floyd dice que llegaremos a... –¿Quién? –lo atajó ella. En la cabina del pequeño avión hacía calor, pero Carol tenía los dedos helados. –¿Quién? –repitió. –Floyd, el piloto, mujer –explicó él, señalando el asiento izquierdo de la cabina con el pulgar. Estaban descendiendo hacia una masa de nubes; el avión empezó a temblar. –Dice que llegaremos a Fort Myers dentro de veinte minutos. Has dado un respingo de mil demonios, tesoro. Y antes estabas gimiendo. Carol abrió la boca para hablarle de la sensación, esa sensación que solo puede expresarse en francés, algo así como vu or vous, pero la sensación se esfumaba a pasos agigantados, y lo único que dijo era que había tenido una pesadilla. Se oyó un pitido cuando Floyd, el piloto, encendió la señal de abrocharse los cinturones. Carol volvió la cabeza. Allá abajo, en tierra, esperándolos ahora y para siempre, había un coche blanco de Hertz, un coche de mafiosos, de esos que los personajes de las películas de Scorsese llaman Crown Vic. Miró de nuevo la portada de la revista, el rostro de la madre Teresa, y de repente se recordó a sí misma saltando a la comba detrás de Nuestra Señora de los Ángeles, saltando al son de una de las rimas prohibidas, esa que decía «Eh, María, qué pasa, resérvame el Purgatorio y para casa». «Están por llegar malos tiempos», había augurado su abuela al ponerle la medalla en la mano y enrollarle la cadena alrededor de los dedos. «Están por llegar malos tiempos.»

33 y 1/tercio

eXt r as

replay

33 y 1/tercio demis menéndez

eXt r as

(la habana, del ´80. extra de aquí en 3 (2005 – 2006))

arquitectura urbana
Estará el mar para delimitarlo todo. Esa agonía no podrán sacársela de la cabeza. Vendrá a buscar el territorio que le pertenece y en las tormentas saltará para devorarlos vivos. No hay juicios medios. En la práctica lo veremos hacerse cargo de las zonas bajas y de algunas vidas inocentes. Siempre los osados y el hambre cambiarán la altura en las mareas. Marea baja, muerte segura bajo fauces escuálidas. Barquito de papel y goma. Barquito de deseo y sueño. Americanos por desgracia geográfica. La cercana siempre, mientras tanto, única forma de sobrevivir en la Historia. Hacer de lo maldito un juego tenebroso para los hijos. Salvarlos de perder la cabeza, porque no hay otro y no habrá camino a salvarse. Mientras tanto los edificios. El mar como sea vendrá a cobrar las deudas. Las catedrales y las escuelas como si no hubiese diferencias. Colegas y colegios. Instructores del dogma a plena capacidad máxima. Reglamento uniformado para cada uno de los ciudadanos. Vivir en la ciudad tiene sus precios. Repito: vivir en la ciudad tiene sus precios. Baje la cabeza y afirme. Dególlese y sin cabeza, afirme. No habrá palabra con prefijos negativos. Rehusarse a creer que existen los contrarios o periódicos que circulen por la izquierda. Los edificios. Se necesitan constructores, albañiles de poca monta y bajo nivel cultural. Materia prima importada desde el hambre. Graffiti de tiza. Poesía libre de las calles. Arte pop y de vanguardia. La Historia. Los conquistadores acabaron con la tradición nativa en tiempos ya memoriosos. Sincretismo como posibilidad a la supervivencia. Blanco y negra da mulato. Viceversa, malformación congénita. Causas probables de discriminación en años posteriores a la conquista y durante esta reactivación del fin de milenio. Construcciones fastfoward alrededor de la bahía. La muralla rodea la manzana podrida. Y el mar a la muralla. Abre y cierra con el cañonazo y la hora exacta del meridiano Greenwich. Traducción disponible en close caption solo en aparatos de nueva tecnología. No preguntes la manera de entenderlo todo: recuerda, el mar está cerca y no habrá alternativas. Los edificios. Alrededor avenidas y paseos. Los héroes nombran con su pellejo el pavimento bajo los pies y las sombras. La mayoría de

33 y 1/tercio

eXt r as

ellos se dejó alcanzar por la metralla el día de su muerte. O falsificó el acta de defunción. Transó dinero al sospechoso encargado del cementerio. «Yo me paso en esta» gritó alarmado Juan Pérez Pérez y lo sepultaron en las márgenes de un río fósil. No pasó a la historia. «Y no lo hará por tacaño» se jactará el sub-alcalde Floro de Marques. Repoblación de moradores de la principal villa de la isla. Sexo abierto en los bares y los montes. La iglesia aprueba manifiesto para perdonar a los pecadores. El suicidio se mantiene fuera de la amnistía. Pero el mar no se retira ni un poquito. Los war-heroes toman occidente. La coincidencia de este hecho les inculcará sospechas posteriores a los historiadores. Un tal Eusebio nacerá pronto para el bien de la memoria. Y para el de los edificios. Empiecen a sufrir los que habitan los realengos y las subculturas. Los edificios. Ecólogos avezados a los ciclos destructivos de la naturaleza reconocerán que el mar es un agente peligroso. Difícil sacárselo de la cabeza. Imposible. Los muros en Holanda funcionan a la perfección en ese arte de contener la muerte por inundaciones. Y además da la sensación de estar seguros. Ese es el precio justo de vivir en una metrópoli. Baje la cabeza y afirme. Siga la línea y ponga una cruz. El muro. Construcción colindante. Mediador tierra y mar. Ciudadano o emigrante. Fronteras tangibles para personas que no reconocen a la muerte. O no les interesa permanecer como parásitos. No se sabrá exactamente en términos temporales cuándo echarle mano a la parte virgen y a las playas. Un río interminable amenaza ser contaminado, mientras tanto «tomad el Vedado para las familias acomodadas» gritará convencido Don Omar de la Vanguardia. Habrá mangos y guayabas y cocos y bananas. Construir portales y balcones como evidencia latina del confort de mediados de siglo y de la República. Escuela de bailarinas del Ballet. Escuela de tenistas del Yacht Club. Escuela de policías de la Dictadura. Nuevamente los historiadores sospecharán de las coincidencias. Y de la Historia. El gran Eusebio estará haciendo de las suyas. La infamia habrá sido recogida magistralmente en un pequeño, pero certero volumen de relatos, por un argentino llamado Jorge Luis. Algunos artistas de lo malévolo, según el propio autor, quedarán fueran por causas editoriales. Algunas precarias leyes permitirán a los escritores conocer otros amaneceres. Otros no serán beneficiados aunque el mar persista en su intento de cobrar más vidas y exista el muro, a pesar de la inminencia de la muerte. Pero estarán las calles atestadas de gente y de anuncios lumínicos. Famosas prostitutas francesas llorando por una esquina en el boulevard. Pregón de mediodía anunciando vísceras importadas de Tailandia. Viajes de ida y vuelta a cualquier isla limítrofe. «Somos lo mejor» y a vendernos como pan caliente. La Mafia se hará cargo de la propaganda a cambio de las playas y los hoteles.

33 y 1/tercio

eXt r as

Otra vez los historiadores y los ecólogos sospecharán de la Historia. Y de las coincidencias. Del mar asediándonos constantemente. Los edificios. Barrios para gente de poca habla. Gente hecha para el desafío de la escucha. Miles de pájaros en dirección del verano. «No podemos parar» refiere al final del acta del sindicato de ingenieros civiles. Civilización para personas civilizadas. Baje la cabeza y afirme. Cercene sus derechos en pos de la ciudad. Barrios endebles. Putrefactos. Reciclables. Barrios europeos. Barrocos. Marítimos. Santificados. Artísticos. Los comentarios. «Alguien llegó, dicen que mandó a parar» susurrará Mama Inés a su nieto Elpidio. Los historiadores sospecharon. Mientras tanto los cambios. El triunfo de la evolución. Equidad manifestada en cartas y correos electrónicos. Avance y retroalimentación. Todos a favor aunque el mar cobre deudas y territorios ocupados. «Aquí no hay miedo» gritará desde el muro Vladimiro Smirnov. Los edificios. La igualdad impregna consecuencias. Extraños laberintos para lograr una finalidad confortable. Proyecto de manicomio a gran escala en las afueras. Lado Este. Del otro lado de la bahía, bien lejos. Acceso escabroso a través del desierto y la tundra. Los libros. Prioridad gubernamental aumenta calidad de producción y variedad temática. Estadísticas oscuras en momentos de claridad en las decisiones. Voltearse y llorar por la impaciencia y la censura. Y por los exilios. Baje la cabeza y afirme. Preferencia por la página en blanco. «Somos un país libre» se reivindica Juan Pérez Pérez en su manifiesto. Los historiadores desentierran su obra inédita en las márgenes de un río fósil. Los ecólogos protestan por el tratamiento de las cuencas hidrográficas y la contaminación marítima. El mar. Nostálgico presente para futuro agónico. Límite necesario para la existencia terrestre. Humanos por autodefinición y destructores por naturaleza. Personas expertas en el tratado de los campos vendrán buscando la verdad acerca de las construcciones citadinas. Migración este/oeste. Sur/norte. El boom del arte será el encargado de impulsarlos en el aprendizaje de las culturas ibéricas, indostanas y mesoamericanas. La ciudad. Supervivencia a pesar de su incómoda adaptación a los cambios. Podredumbre de bajo costo en el mercado negro. Deflación del espíritu y de la conciencia. «No puedo más con esto» escrito con creyones en una anónima esquina del Centro. El cuerpo. Camino entre los fantasmas de la calle. Personas que visten como otras personas. Se disfrazan el rostro con mascarillas y silencio. Ofrezco mi alma. Soy una puta francesa en una esquina del boulevard. Un héroe sin dinero para el privilegio de los libros. Un amanecer nublado de este mes de invierno. Una piedra que sobró en la construcción del muro.

33 y 1/tercio

eXt r as

Miro en cualquier dirección y veo el mar. Todas las calles terminan allí. Algunas incluso, ya sobornaron a los que hacen los mapas. Miro en cualquier dirección... Vivir tiene sus precios. Baje la cabeza y afirme. Repito: baje la cabeza.

●●●

From: Dmis To: dmisrock@yahoo.es Sent: Tuesday, January 29, 2008 9:07 AM Subject: si del silencio, los ojos se callan... en un terremoto, un día, sentimos todos el piso moverse, descolocarse los muebles que tanto trabajo nos costó ordenar, las fotos viejas encuadradas torpemente en la pared de enfrente donde pega el sol de la tarde, y las sombras rápidas de las palomas, los buitres, todos esos animalejos del espacio pasaban con un susto por el cristal alargado... sin cortinas, casi todo se ve, digo el sexo que se practica en las mañanas, digo el desayuno pobre antes de las largas horas de trabajo, el filme hipócrita sobre este propio terremoto filmado unos cuantos años, antes o después, donde a veces nos entrevistábamos a nosotros mismos con preguntas evidentes y sin sentido, lo mismo con lo mismo, nada diferente, comunes, pedestres, hambrientos de sentido común... recuerdo que los cristales (para no alejarnos de las sensaciones del terremoto) saltaban alegres por el piso, buscando un pie o una lengua para ensartarnos una cortadita mínima, nada grave, solo el pinchazo necesario para una duda hermosa: será que aún estoy vivo? y de paso, esos mismos cristalitos (discúlpenme el diminutivo, así me siento hoy yo) viajaban acompañados de recuerdos anteriores al terremoto (y al filme) recordándome que inevitablemente, nada grave, tenía una certeza irónica: carajo, aún estoy vivo! ... después quedaba una sed como de nostalgia, porque de veras las personas, luego de un terremoto y de ver sus muebles dando brincos por el techo y las fotos de la pared y las sombras, quedábamos como simplemente tendidos al destino (esto precisa de una interpretación personal de cada uno de ustedes, se los suplico) y casi sin una esperanza (experanza, así quedaría mejor) de contar nuevamente con nosotros mismos. Incluso después de aquel estruendo, que ahora confieso: fue un terremoto mío y sólo mío, me sorprendí de que si agarraba cada pedazo de vidrio podía ver/conectar/revivir un pedacito (otra vez así diminutivo) de mi propio filme. La mayoría de las veces, en vez de sucesos, actos heroicos o conquistas aparecían sonrisas, conversaciones extrañas, orgasmos, golpes bajos pero necesarios, lugares que para algunos no tendrían mucha importancia, ríos o atardeceres (y la vieja pregunta mía de porqué el sol solo es significante en el alba o el crepúsculo), mis padres y mi hermana claro, mis amigos y amores todos, los fracasos y los escritos. Milagrosamente, jajajjajajajja, la luz no habría cesado, ni el agua, ni el fuego, ni la tierra aunque quebrada, ni el aire, ni el amor... había sí una distancia, un punto donde estaba, mi yo observador mirándome allá en mi yo sobreviviente viviéndome y tenía extremidades (con ellas aún mi yo éste

33 y 1/tercio

eXt r as

que escribo) y los pequeñísimos cristales y en ellos, la totalidad de ustedes, por ahí, con sus terremotos y sus propios filmes....

replay

33 y 1/tercio roberto bolaño

eXt r as

(chile, 1953 – barcelona, 2003. extra de el laberinto (2006) y vi (2006 – 2007))

autores que se alejan
Hace unos días, con Juan Villoro nos pusimos a recordar a aquellos autores que habían sido importantes en nuestra juventud y que hoy han caído en una suerte de olvido, aquellos autores que gozaron en su momento de muchos lectores y que hoy sufren la ingratitud de esos mismos lectores y que para colmo de males no han conseguido interesar a los lectores de una nueva generación. Pensamos, por supuesto, en Henry Miller, que en su día tuvo una gran difusión en España, y cuyo nombre estaba en boca de todos, pero cuya fama tal vez obedecía a un equívoco: es probable que más de la mitad de los que compraron sus libros lo hicieran esperando encontrar a un pornógrafo, algo que en cierta manera se justificaba y era una necesidad en la España que emergía después de cuarenta años de censura frailuna y franquista. En el otro extremo recordamos a Artaud, puro nervio ascético, que en su día también tuvo buenas ventas, y no pocos admiradores españoles y mexicanos, y que si uno comete hoy el error de preguntarle a una persona menor de treinta años por su nombre seguramente recibirá una respuesta desoladora. Ya ni siquiera aquellos que están interesados por el cine saben quién era Antonin Artaud, lo que es igual de grave. Lo mismo sucede con Macedonio Fernández: sus libros, salvo en Argentina, supongo, no se encuentran en las librerías. Y con Felisberto Hernández, que en los setenta tuvo un pequeño boom, pero cuyos relatos hoy sólo es posible encontrarlos tras mucho buscar en librerías de viejo. Doy por descontado que la suerte de Felisberto en Uruguay y Argentina debe ser diferente, lo que nos lleva a un problema aún peor que el olvido: el provincianismo en que el mercado del libro concentra y encarcela a la literatura de nuestra lengua, y que explicado de forma sencilla viene a decir que los autores chilenos sólo interesan en Chile, los mexicanos en México y los colombianos en Colombia, como si cada país hispanoamericano hablara una lengua distinta o como si el placer estético de cada lector hispanoamericano obedeciera, antes que nada, a unos referentes nacionales, es decir, provincianos, algo que no sucedía en la década del sesenta, por ejemplo, cuando surgió el boom, ni, pese a la mala distribución, en la década de los cincuenta o cuarenta. Pero, en fin, de esto no hablábamos con Villoro, sino de otros escritores, escritores como Henry Miller o Artaud o B. Traven o Tristan Tzara, escritores que contribuyeron a nuestra educación sentimental

33 y 1/tercio

eXt r as

y que ahora ya no es posible encontrarlos en los fondos de las librerías por la sencilla razón de que casi no tienen nuevos lectores. Y también de aquellos más jóvenes, escritores de nuestra generación, como Sophie Podolski o como Mathieu Messagier, que fueron unos jóvenes absolutamente maravillosos y de gran talento y a quienes ya no sólo no es posible encontrar en las librerías sino que tampoco en los buscadores de internet, lo que ya es mucho decir, como si nunca hubieran existido o como si los hubiéramos imaginado nosotros. La respuesta a este reflujo de escritores, sin embargo, es muy sencilla. Así como el amor se mueve con una mecánica similar a la del mar, como decía el poeta nicaragüense Martínez Rivas, así también se mueven los escritores, y un día aparecen y luego desaparecen y luego, quién sabe, vuelven a aparecer. Y si no vuelven a aparecer tampoco importa tanto porque ellos, de alguna manera secreta, ya son nosotros.
16 de mayo de 2001

●●●

Jim
Tuve, como todo el mundo, un amigo que se llamaba Jim. Nunca vi a un norteamericano más triste. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que tenía que durar más de medio año, pero al cabo de dos meses volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. En Centroamérica lo asaltaron varias veces. Lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila y del miedo. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí.

33 y 1/tercio

eXt r as

Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba y luego seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto el rostro de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Tal vez me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Cuando por fin se giró observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe me di cuenta de que eso, precisamente, esperaba Jim. “Chingado, hechizado/ chingado, hechizado”, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y a las pocas calles nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.
9 de septiembre de 2002

●●●

recuerdos de Los Ángeles

33 y 1/tercio

eXt r as

Hace unos meses venía en avión desde Madrid a Barcelona y me tocó sentarme junto a un joven chileno. El joven resultó ser de Los Ángeles, Bío-Bío, el sitio donde más tiempo viví en Chile. Él iba a El Cairo, en viaje de negocios, vaya Dios a saber lo que vendía, y la conversación fue breve y más bien discreta. Dijo que Los Ángeles había crecido mucho pero que seguía siendo un pueblo, mencionó dos o tres fábricas, habló de un fundo que producía no sé qué cosa. Era un joven discreto y profundamente ignorante, pero que sabía viajar en primera. Cuando el avión despegó le cambié el asiento a una mujer que quería estar junto a sus hijos y me fui a sentar al lado de un fotógrafo que no paraba de sudar. El fotógrafo tenía pinta de pakistaní, por lo que pensé que tal vez al cabo de un rato iba a sacar un cútex y secuestrar el avión. Puestos a morir, me dije, prefiero hacerlo mordiéndole los tobillos a un pakistaní que sentado junto a un chileno de Los Ángeles. Después me puse a recordar mi infancia y parte de mi adolescencia en aquella ciudad o pueblo. En aquella ciudad o pueblo de Bío-Bío comprendí que la práctica de cualquier deporte era un acto aberrante y que sin salir del umbral de mi casa podía conocer el mundo entero. Para mi sorpresa, me di cuenta de que recordaba muchas cosas. Me acordaba, por ejemplo, de las paredes de mi casa, que eran de madera. Y de cómo se mojaban los tablones (y los listones) cuando caían esas lluvias interminables del sur. También recordaba a una enana que vivía unas cinco casas más allá. Una enana de origen alemán, profesora de algo en alguna escuela, que parecía la viva imagen del exilio, al menos la imagen decimonónica, la imagen póntica. Durante un tiempo pensé que esta mujer era, en realidad, una extraterrestre. Y más recuerdos. Una chica llamada Loreto, otra llamada Verónica, las hermanas Saldivia, una cuyo nombre he olvidado pero a la que besé el último día que estuve allí. Los campeonatos de taca-taca. El rostro de mi amigo Fernando Fernández. Los ataques de asma de mi madre. Una tarde en que creí que me estaba volviendo loco. Otra tarde en que bebí sangre de cordero. En Los Ángeles comprendí que la práctica de cualquier deporte era un acto aberrante, que entre O’Higgins y Guiraut de Bornelh yo me quedaba con Guiraut, que sin salir del umbral de mi casa podía conocer el mundo entero. Por supuesto, hice más cosas que aún recuerdo: batí mi propio récord de masturbaciones, batí mi propio récord de páginas leídas en un día, batí mi propio récord de cimarras, batí mi propio récord de felices horas perdidas sin hacer absolutamente nada. Fui feliz allí, pero menos mal que mis padres decidieron irse.
14 de octubre de 2002

33 y 1/tercio
●●●

eXt r as

un paseo por el abismo
“Mantra es una novela caleidoscópica, recorrida por un humor feroz, en ocasiones excesiva, escrita con una prosa de rarísima precisión que se permite oscilar entre el documento antropológico y el delirio de las madrugadas de una ciudad” De las muchas novelas que se han escrito sobre México, las mejores probablemente sean las inglesas y alguna que otra norteamericana. D.H. Lawrence prueba la novela agonista, Graham Greene la novela moral y Malcolm Lowry la novela total, es decir la novela que se sumerge en el caos (que es la materia misma de la novela ideal) y que trata de ordenarlo y hacerlo legible. Pocos escritores mexicanos contemporáneos, con la posible excepción de Carlos Fuentes y Fernando del Paso, han emprendido semejante empresa, como si tal esfuerzo les estuviera vedado de antemano o como si aquello que llamamos México y que también es una selva o un desierto o una abigarrada muchedumbre sin rostro, fuera un territorio reservado únicamente para el extranjero. Rodrigo Fresán cumple con creces éste y otros requisitos para escribir sobre México. Mantra es una novela caleidoscópica, recorrida por un humor feroz, en ocasiones excesiva, escrita con una prosa de rarísima precisión que se permite oscilar entre el documento antropológico y el delirio de las madrugadas de una ciudad, el Distrito Federal, que se superpone a otras ciudades de su subsuelo como si se tratara de una serpiente que se traga a sí misma. La novela, aparentemente (y digo aparentemente pues todo en esta novela puede llegar a ser aparente, aunque sus partes estén ensambladas con exactitud matemática), está dividida en tres grandes capítulos. El primero está narrado por un niño argentino y transcurre en Argentina, tras la llegada al colegio de un nuevo alumno, un niño mexicano que pasa, en menos de un minuto, de posible víctima a líder del grupo mediante el ingenioso (y peligrosísimo) truco de jugar, cuando el profesor lo deja solo, a la ruleta rusa, con una pistola de verdad, delante de sus nuevos compañeros. El niño, Martín Mantra, es la encarnación del niño terrible por excelencia: hijo de dos actores de telenovelas, acude al colegio acompañado por un guardaespaldas ex luchador enmascarado, y piensa revolucionar el mundo del cine y de la televisión. La visión de México, del lugar de donde viene ese niño increíble, está mediatizada por el niño y por los recuerdos de la propia infancia del narrador argentino y por algo que nunca se dice claramente pero que en ocasiones se asemeja a una enfermedad o a un desplome social y que tal vez sólo sea la ausencia definitiva de la infancia.

33 y 1/tercio

eXt r as

La figura simbólica que preside esta primera parte es la de un héroe del pasado, el general (posmortem) Gervasio Vicario Cabrera, mexicano despistado que luchó en la guerra de Independencia de Argentina, víctima de un fusilamiento a todas luces apresurado, de igual forma que la figura simbólica que preside la tercera parte es la de un robot cuya sombra se discierne confundida con las primeras palabras de Pedro Páramo. El segundo capítulo, a mi juicio el mejor, está construido alfabéticamente, como un diccionario del DF o como un diccionario del abismo. Es, también, la parte más extensa de la novela, de la página 144 a la página 510. Su lectura es abierta: se puede leer linealmente o bien el lector puede entrar por la letra que prefiera. El narrador esta vez es un francés, un francés que sólo ha oído hablar de Martín Mantra y que viaja a México para matar y morir. E incluso para seguir matando después de muerto. Entre las múltiples líneas argumentales que se cruzan como relámpagos, está la vida de Joan Vollmer, muerta en el DF mientras jugaba a Guillermo Tell con Burroughs, su marido, en el papel de Guillermo; y la historia de los luchadores enmascarados mexicanos y la historia de la película nouvelle vague que quiso hacer en Francia uno de estos luchadores enmascarados; y la historia del LIM, el lenguaje internacional de los muertos; y la historia de los monstruos mexicanos y de la pornografía mexicana; y la historia del grupo de rock femenino Anorexia & susFlaquitas; y la historia de Martín Mantra como guerrillero milenarista y mediático; sin que falte incluso una historia de amor, pero en París, entre el narrador francés y una joven mexicana. Palabras de Mantra extraídas al azar: En el apartado “Telenovelas” el lector puede leer: “Las telenovelas son como noticieros mutantes”. En el apartado “Televisores”: “Y me preguntarás cuál es la marca de estos televisores muertos que miran los muertos y te responderé (...) que estas pantallas zombis donde los zombis dan de comer a sus ojos zombis son marca Sonby”. En el apartado “Vómito”: “Así me habla Joan Vollmer, esto es lo que me dice mientras fuma varios cigarrillos invisibles. Me dice que son cigarrillos de marca diferente: unos la hacen hablar en primera persona, otros en tercera persona, en ese entrecortado y espasmódico idioma sísmico que es el Lenguaje Internacional de los Muertos”. Así pues, los muertos hablan un lenguaje cuya cadencia se asemeja a un temblor. Y Mantra, eso lo descubrimos a medida que nos vamos internando en las distintas capas superpuestas de la novela, se va llenando de muertos, de todos los muertos de México, desde los muertos ilustres hasta los muertos anónimos. Y el temblor que el lector percibe es el temblor del LIM, un lenguaje que también sirve para hacer novelas siempre y cuando éstas se escriban en orden alfabético. La tercera y última parte de la novela es una fábula futurista. La Ciudad de México ya no existe, aplastada por terremotos permanentes, y entre esas ruinas se alza una nueva ciudad llamada Nueva Tenochtitlán del Temblor. Un robot vuelve al corazón de esa

33 y 1/tercio

eXt r as

ciudad extraña a buscar a su padre creador, un tal Mantrax. Así se lo ha prometido a su madrecita computadora. Evidentemente, nos hallamos ante una nueva versión de Pedro Páramo o ante el encuentro azaroso, al pie de una piedra de sacrificios, de Pedro Páramo de Rulfo y 2001 de Kubrick, con un final sorprendente. Pocas novelas tan apasionantes he leído en los últimos años. Con Mantra es con la que más me he reído, la que me ha parecido más virtuosa y al mismo tiempo más gamberra; su carga de melancolía es inagotable, pero siempre está asociada al fenómeno estético, nunca a la cursilería ni al sentimentalismo siempre en boga en la literatura en lengua española. Es una novela sobre México, pero en realidad, como toda gran novela, de lo que verdaderamente trata es sobre el paso del tiempo, sobre la posibilidad e imposibilidad de los sueños. Y también trata, en un plano casi secreto, sobre el arte de hacer literatura, aunque muy pocos se den cuenta de eso.

replay

33 y 1/tercio leymen pérez

eXt r as

(matanzas, del ´76. extra de okupas (2006 - 2007))

marcas de campo a Lien y Rey irrespirable todavía para los gusanos: las marcas/ el ruido mortuorio de las marcas históricas que han sobrevivido más de cuatro décadas/ más de cuatro generaciones/ más de cuatro centímetros campo adentro/boca adentro/ irrespirable todavía para los gusanos que cruzan el estrecho y ancho de La Florida/ con el hígado enfermo/ raspando la húmeda madera/ dejándose tragar de un lado y otro/ como un vencido animal.

●●●

cuando la pulsación hojas. digo: verdes… hojas verdes me primaveran. la tierra que tengo en mi ojo atrae lo que hay de tierra en lo que veo. estoy en la imagen sin imagen cuando la pulsación me arritmia. altos muros me acompañan en los ciclos ¿qué fluyen? equivocado estaba Heráclito viscerales/ minerales/ viscerales/ vegetales/ ignoro la cantidad de tierra que tengo en mi ojo lo que hay de tierra cuando creo ver.

●●●

33 y 1/tercio

eXt r as

11 mm de cabeza o inclinados no importa 11 mm no es una proporción golpe o reflejo del golpe el padre es estéril es inútil y no ve la compuerta abriéndose cerrándose en el hueso occipital poco poético o mejor enfermizo se debe arrancar la pared de abajo hacia arriba con fuerza para que no haya restos ni estremecimientos los 11mm no duermen no respiran son un color primario/secundario son lentos átomos transformándose/ transformándote 11 mm no es una proporción no hay que hacerle misa no tiene cuerpo intensidad aritmética o armónica de cabeza o inclinados ellos buscan un poco de luz una línea vertical donde asirse 11mm no son suficientes para decir que hay un ser atrapado en un campo de fuerza en un campo de silencio en un campo de sombras luchando por resucitarse

replay

33 y 1/tercio eloy fernández porta
(barcelona, del ´74. extra de 33 y un tercio (2005))

eXt r as

la naturaleza: sus métodos, sus cosas
El primer elemento es el neón. De él proceden, según dicen los antiguos, las lámparas, los anuncios, la luz. El neón es usado para iluminar y para decorar. En cuanto a la naturaleza®, hay que preguntar a John G. Mitchell. En su trabajo para National Geographic, Mitchell fabrica decorados que sirvan de trasfondo a las fotografías y vídeos de animales. Los decorados tienen que ser relajantes y hermosos juntamente, y deben dar la impresión de que el mundo es feral y remoto y apenas si sabemos a qué atenernos. Su modesta solución a este problema estético es la naturaleza®. Como otros elementos de atrezzo y merchandising alquilados por National Geographic, la naturaleza® es producida en cadena; en su compleja fabricación intervienen un buen número de tubos, sensores y silicios, así como obreros especializados. El software que sirve de base a este proceso ocupa tres disquetes de gran capacidad, que son usados de forma diversa. El primero de los disquetes debe ser formateado y abierto, de forma tal que al hacer click en su tercera carpeta se deja oír un pitido militar que va sonando durante tres segundos: uno, dos, tres; y se apaga: ha quedado activado el virus cascada. Instantáneamente, la pantalla, abigarrada con prospecciones de terreno, cortes transversales de la corteza terráquea y síntesis holográficas de las especies en expansión, empieza a perder consistencia. Finísimos puntos blanquecinos menudean aquí y allá, cada vez más abundantes; van emborronando el espacio, difuminan el color y en progresión geométrica van diseminando hasta la última de sus formas, hasta que un último dibujo de la sabana acaba de perder su volumen y con él tiembla el diseño entero y las letras que conforman la ilustración caen rendidas al fondo de la pantalla, donde quedan formando un exánime montón. Al término del proceso, el programador, que ha observado la pantalla con los ojos fuera de las cuencas, cae hacia atrás cuan largo es y golpea el suelo con la espalda en horizontal y los pies hacia arriba, formando una ele perfecta: CROCK. El programador abandona entonces su trabajo, abjura de esta sociedad tecnocrática e inhumana y se refugia en el cine, donde devora películas iraníes sobre la pureza moral y el amor de los niños en los villorrios de las montañas. El cineasta iraní, encumbrado por miles de programadores y otros ciberescépticos y floristas, obtiene el Premio a la Mejor Obra Sobre la Entereza Ética y los Arrumacos de los Ancianos en la Aldea donde Cristo Dio las 3 Voces. Se hace muy famoso, es encumbrado; hasta aquí, la primera parte del proceso.

33 y 1/tercio

eXt r as

El segundo de los tres disquetes debe ser introducido en un Commodore 64, para lo cual se hace preciso armarse con un Black&Decker y una broca y abrir un boquete rectilíneo en la pantalla. Una vez abierta la ranura, de diez centímetros de largo por dos de alto, se instala el disco. Como es natural, el Commodore 64 lo escupirá, por la boca recién abierta, y prorrumpirá en grandes aspavientos, gritando en muy alta voz: "¡Follones, impíos, mal rayo me parta: tráeme el acero, mi niño, pues no podré llamarme cristiano viejo si agora mismo no doy escarmiento a estos felones!" Los gritos del Commodore, cuya voz es rugosa y como de ultratumba, asustan a un conejo, que está posado sobre un carrete; el conejo empieza a correr y el carrete gira, poniendo en movimiento una cinta rodante que con su impulso hace entrechocar dos piedras de sílex, encendiendo una pequeña chispa; la chispa pone en funcionamiento una turbina, que bombea y bombea litros de agua a lo largo de una extensa cañería. La cañería gira a lo largo del edificio, dobla una esquina, sigue subiendo pared arriba, se introduce bajo el suelo y, tras reptar bajo una mesa, sube en vertical y va a desembocar en la parte inferior de la taza de té de Walter Benjamin, quien en ese momento hace una pausa en su trabajo y se lleva la taza a los labios. Un chorro de agua helada sube zumbando desde el fondo de la taza y anega el rostro de Benjamin, de quien sólo pueden verse, por un momento, los ojos iluminados en una ola que asciende y salpica hasta el último rincón de su despacho. El pensador, con el pelo empapado y el bigote goteante, deja temblorosamente la taza vacía en la mesa y se da vuelta hacia la derecha, diciendo: "¿No te parece, amigo, ¡whatchís! (perdón), que esta época nuestra de la técnica endiosada es la era del fin del espíritu?" Su interlocutor se aparta de la cara un mechón empapado y deja ver así su rostro, el de Walter Benjamin, quien responde: "Completamente, completamente, querido colega: la reproductibilidad técnica mata el arte, mata el aura del arte, mata todo, y si no, pues que me digan a mí, porque es que la verdad no sé, ¿no?" Un tercer interlocutor toma la palabra y, pasándose la mano por el bigote, añade: "Como me llamo Walter, amigos, que esta dinámica en que andamos metidos... esta dinámica... ¡ah! esta dinámica, pardiez, non eu trigo limpio." Un cuarto Walter Benjamin se suma a la discusión, y con él un quinto, y pronto la habitación entera es un bullir de Benjamines iluminados, descorchados, departiendo enfáticamente sobre la dinámica, la dinámica que nos lleva. ¡La dinámica! Hasta aquí, la segunda parte del proceso. Para la tercera y definitiva parte son imprescindibles unos guantes de goma y una PlayStation último modelo. Se toma la PlayStation y se agita ante los ojos de un adolescente, por más señas adicto a los juegos de rol, ciberonanista y consumidor de drogas inteligentes®. Cuando el joven está ya boqueando ante el cacharro y extendiendo los brazos en pos del mismo, se le bajan rápidamente los pantalones y, con la mano convenientemente enguantada, se le introduce el tercer disquete de un golpe seco hasta una profundidad de 15 cm de esfínter. Este tercer disquete va cargado con un juego de estrategia.

33 y 1/tercio

eXt r as

En cuestión de segundos, el adolescente empezará a descargar el juego: sus ojos girarán sobre sí mismos, y en sus retinas se quedarán proyectadas las jugadas de una partida de ajedrez, con un jugador por retina; de su boca empezará a brotar una ristra de papel milimetrado; empezando por el cuello y de izquierda a derecha, una luz de neón surgirá de su interior e irá redactando como un tatuaje la historia de la fundación de Neo-Tokio. Breves explosiones sacudirán sus orejas, y la piel se volverá transparente para mostrar el fluido amarillo de sus venas. Presa de convulsiones, expelerá, por la nariz, líquido de frenos, y un hilillo blanquecino y corrosivo manará de sus pezones en mágico surtidor. Al éxtasis cyborg del adolescente acudirán los vecinos, movidos por la piedad; acudirán los policías, movidos por el jaco; finalmente, atraídos por la conciencia social y por la relevancia cívica del drama, acudirán el cineasta iraní (encumbrado) y los Benjamines (mojados). Los Benjamines, no tan húmedos como aterrados por el androide semihumano que se agita ante ellos, tratarán de iluminarlo: "¡Sé tú mismo!" -dirá uno-; "Sé natural" -dirá el otro- "No te reproduzcas" -apuntará un tercero, extrayendo con disimulo un preservativo de la cartera. Pero el androide sigue convulsionándose y deglutiendo. "¡No podemos hacer nada!", se lamenta uno; y sollozando: "¿Por qué nos convocan, entonces? ¿Por qué nos citan?" "Porque les han dicho que si os citan quedan bien", responde el cineasta, y con la mejor de las intenciones bondadosas™ exclama: "¡Dejadme a mí!" El cineasta se abre entonces el khmer (traje típico iraní), y con un movimiento de jhlad (ostentoso) extrae un garrote de madera con pinchos en la punta que lo flipas. "Esto es un jalahad " -explica, sopesándolo-, "en mi país se usa para dormir a los bebés e infundirles la rectitud moral". Y lo enarbola y lo levanta y arqueándose en el aire cuan infiel es propina tal papirotazo en la cabeza del androide que éste cae de culo y queda sentado, y el murmullo de la máquina parece remitir. Y entonces, ¡oh sorpresa!, entonces, la cabeza del androide, con su chichón enorme, queda quieta, y a su alrededor empieza a silbar, a trinar y a pitpitear una alegre bandada de pajaritos, que jovialmente cantan y revolotean como un anillo del planeta que girara. Cantan, trinan: corren en un aire limpísimo de pradera, y traen consigo el sabor de las frutas y del olmo. "Hela aquí" -dice Benjamin-; "la naturaleza®".

replay

33 y 1/tercio rubén rodríguez
(holguín, del ´69. extra de 300 dólares (2007))

eXt r as

las flores rojas abren el cuarto chakra
El muchacho pidió varias combinaciones de helado: fresa, vainilla, almendra; con bizcochos, galletitas, sirope, crema, alguna fruta confitada. “Tiene hambre”, pensó el gordo y rectificó: “Apetito. Las bellas criaturas no sienten hambre. El hambre queda para los viejos patéticos, las mujeres escuálidas y los niños panzones de los países pobres”. El sol doraba los pelillos de los brazos y las pantorrillas del joven, daba tintes bermejos a la gran marca rojiza debajo de la oreja izquierda. –Es del violín –dijo el muchacho, ante la mirada curiosa. Palmeó el estuche apoyado en otra de las sillas, y se tocó el cardenal. –No llegará a papa –comentó el gordo, jocoso. –¿Cómo? –El cardenal –explicó la broma. Tampoco fue comprendido –Parece una flor roja. El muchacho no contestó. El gordo lo miró de hito en hito. Los caninos apiñados daban un aire infantil a la sonrisa. El mar verde de los ojos. El vello de las mejillas. El mediodía era cálido. Los insectos zumbaban alrededor de las mesas y las copas de helado. El sol latía tras el follaje de los árboles y transparentaba los toldos. Llegaban ecos de las conversaciones, tintineos metálicos, el bramido ahogado de un ómnibus. Había pasado un siglo desde que el joven pidiera permiso para sentarse a la mesa, con su estuche negro y la bolsa de colorines. El empleado se acercó bajo el peso de una bandeja con demasiadas copas, y las depositó sobre la mesa. Anunció el importe y el muchacho miró al gordo, con aire indefenso. Éste sacó un billete y dijo: “Cobre todo”. El empleado se retiró como una sombra. –Gracias –susurró el joven, y comenzó a comer. El gordo evocó las siestas de la infancia. La casa se paralizaba después del almuerzo. Todos se arrastraban hasta sus cuartos, aletargados ya; apartaban las colchas, entornaban las persianas y dormitaban hasta pasadas las cuatro de la tarde. A mano tenían la penca de yarey, que se agitaba como una mariposa agonizante hasta caer muerta sobre las sábanas. Del patio llegaba el trino de un sinsonte. Entonces venían los sueños, provocados por la digestión y el calor. En ocasiones, una pesadilla lo hacía saltar sobre la cama. Permanecía unos minutos asustado antes de dormirse de nuevo.

33 y 1/tercio

eXt r as

A veces le asaltaba la idea de la muerte. Le acometían tembleques y sudores e imágenes de un final que habría de llegar alguna vez. Sacudió la cabeza para espantar la súbita conciencia de su mortalidad. “Tú también”, pensó al mirar al otro. Según los antiguos griegos, los amados de los dioses mueren jóvenes. Luego se convierten en flor, árbol o estrella. Tal vez éste sería raptado pronto por un águila bugarrón. Soltó una carcajada. –¿Qué pasa? –Cosas de viejo. Bostezó discreto y el muchacho levantó las cejas. –¿Estás aburrido? –Es la hora. El otro cantó una carcajada. –Mi abuela duerme a esta hora. –Todos los viejos... Sonrió. –Mal que me pese, soy un viejo. –La siesta del fauno. El gordo reaccionó como si le hubieran abofeteado. Su rostro cambió perceptiblemente con el latigazo del ridículo. El más joven se percató y tiró una tabla se salvación entre los restos del naufragio. –Debussy. Reafirmó: –Me gusta Debussy. Y por si fuera poco, añadió: –Y Saint Saëns. Lo pronunció mal. Dijo “sansán”, pero no importó. –¿Estudias música? Negó, batiendo la crema con el helado. –¿Ya terminaste de estudiar? Sorbió la mezcla espumosa de un rosa tenue. –Más o menos. –Siempre quise ser músico –confesó el gordo. El muchacho gruñó sin mirarlo. –Pero no tengo oído. Otra cucharada de crema, coronada por una cereza almibarada. –Disfruto la música muchísimo. El otro mascó la frutilla. –Pero no puedo hacer música. No estoy dotado. Como toda respuesta, el joven sacó el hueso con los dedos y lo puso en el borde del plato. –No sé si me entiendes. Dijo que sí, que entendía. ¿Qué hacía él cuando tenía esa edad? Se vio muy flaco, con pelos largos y pantalones ceñidos. ¿Cuándo comenzó a engordar? ¿Fue a

33 y 1/tercio

eXt r as

los treinta o a los cuarenta? Tal vez a los cincuenta. Todo se disolvía en una nebulosa. Era definitivamente, poco tiempo. ¿Cuánto le quedaba? ¿Cuánto a este muchacho que tragaba sin parar cucharadas de helado? Las crisis de pánico nocturno habían vuelto. Por eso tenía ojeras y un leve temblor en las manos. Acarició el bolsillo del pantalón bajo la mesa. Palpó los bulticos redondos de las pastillas que le ayudarían a dormir de nuevo. Hacía poco había soñado con su primer amor. Despertó llorando, mientras frotaba desesperadamente su sexo. –Los instrumentos de cuerda frotada... –comenzó a decir. El muchacho levantó las orejas. –Dicen que son más difíciles... –tartamudeó el gordo. El otro asintió. –Aunque el chelo es más sensual, prefiero las emociones que me provoca el violín. El muchacho bebió un sorbo de refresco y partió un pedacito de torta untada de merengue. Lo miró intensamente. –¿Está buena? Contestó con un leve gruñido, sin dejar de mascar. Combinaba el dulce con el helado y comía casi obscenamente. Clavaba los dientes como un pequeño felino en la ubre materna. Otra vez el vértigo. El gordo empujó su platillo con el dulce intacto. –¿No quieres? –preguntó el joven. Lo tuteaba descaradamente. –El dulce engorda. El muchacho lo miró perplejo, pero no dijo nada. Agradeció con un gesto. –¿Se sufre mucho? –dijo, más que preguntó, el mayor. Aclaró: El violín. El otro lamió la cucharita colmada de merengue. –Mucho. Sonrió, incrédulo. Aquella bestia joven no parecía hecha para el dolor. Dudaba que alguna vez hubiera sufrido. El muchacho lo miró, curioso, al sentirse observado. Llevaba una barbita corta de filósofo. Seguramente acariciaba todo el tiempo aquella tímida muestra de virilidad, donde había una gota de helado rosa, como una perla. Se limpió con la mano y se arrancó un pelo prendido en el anillo liso. Contrajo el rostro por el dolor, y murmuró una palabrota. –Cojones. Lo miró, avergonzado, y el gordo hizo como que no había oído. Esquivó los ojos. Tras sus pupilas dormía un par de dragones de jade. Un fuego dulce, frío como el helado. Helado de menta, de orégano, de algas. Batiría leche condensada con unas gotas de licor de menta y lo pondría a congelar en moldes en el refrigerador, para cuando el muchacho le visitara. Entonces le pediría que tocara el violín. Cualquier cosa: Debussy, Saint Saëns. El violín le dejaría aquel estigma rojo en el cuello.

33 y 1/tercio

eXt r as

El empleado recogió ruidosamente las copas vacías y el gordo se turbó, inexplicablemente. El joven siguió imperturbable. Echó una bola de helado en el vaso del refresco y este se desbordó en espuma. Se puso colorado y dijo “sorry”. Lo dijo bien. Barrió la catarata hacia el suelo y sacudió la mano. El gordo le tendió el pañuelo. Más bien, pensó hacerlo pero se detuvo. Otro acto fallido ante el rechazo potencial o la potencial aceptación. El muchacho secó la mano en el pantalón y siguió como si nada. –Al revés –le dijo–. Primero el helado, luego el refresco. El joven agitó la mezcla con la cuchara y bebió ávidamente, con una sed de animal pequeño. Vio su lengua a través del vaso, al apurar el último sorbo. Tomó el resto directamente de la botella y eructó sin excusarse. Se apretó el plexo solar... El gordo preguntó cortésmente y el muchacho respondió, sin dejar de apretarse. –Una punzada. –¿En el cuarto chakra? El joven lo miró, completamente azorado. –¿Dónde? –Ahí tienes un chakra. El otro sonrió, revisó la camisa. –No... –Un punto de energía. –No entiendo. –Vamos por pasos. El joven lamió la cucharita embarrada de sirope y puso expresión de interés. –Tu cuerpo está lleno de energía. Todos somos energía. Dijo que sí. –Como la electricidad. ¿Cómo enciendes y apagas la luz? La respuesta vibró a través de la cucharita metálica. –Botones. Le aplaudió mentalmente. –Los chakras. –Ya entiendo –sonrió el otro, sin demasiado entusiasmo. El gordo adivinó la sombra del aburrimiento en el golpeteo nervioso de la cucharita contra la copa. Salpicaduras rosas sobre el mantel. El repique seguía un patrón melódico. Miraba algo más allá de las mesas y las sillas descascaradas, de los empleados y los niños ruidosos de las mesas vecinas. Incluso más allá. –Debían estar durmiendo todos. El muchacho no respondió. Sacó el bizcocho clavado en una de las bolas de helado y lo mordisqueó como una rata. –¿Para qué sirven? Lo miró sorprendido. –Los botones.

33 y 1/tercio

eXt r as

Le explicó y fue escuchado pacientemente, pero era obvio que no había comprendido nada. –Debo irme. Apuró su copa. –Me esperan. Adivinó la sombra de una novia de piel de trigo, y sin saber porqué, trenzas y sandalias. ¿O sería un novio? Una desnudez de alabastro. Le dolió. A medida que pasaba el tiempo, le producía mayor dolor la belleza, incluso su simple evocación. “Eres un viejo ridículo”, se decía, sin aceptar la idea totalmente. Pesaba veinte kilos más de lo habitual, tenía pelos en las orejas y una tonsura monacal. ¿Cuándo se había convertido en este viejo patético del espejo y las fotografías, con las carnes blandas y surcos en el rostro? Contempló el rostro del muchacho, los músculos de los brazos, la lisura del cuello. La piel tensa como parche de tambor y debajo, glándulas bien engrasadas. La máquina perfecta. –No te demoro. El muchacho se justificó. –Quisiera quedarme, pero me están esperando. Nada más para la curiosidad aguijoneada. El gordo bebió un sorbo de agua. Volvía a doler. Ni siquiera sabía qué iba a hacer el resto del día, después de que el otro se marchara para siempre. Nadie lo esperaba en aquella casa tan grande donde ya sólo él dormía la siesta. Tuvo la idea fugaz de invitarlo a comer, a ver la televisión, a tumbar las guayabas que se pudrían en el patio; pero no se atrevió. Luego le pesaría como el resto de sus actos fallidos, detenidos en un perenne tiempo potencial. Cocinaría arroz con pollo, con aceitunas y un chorrito de cerveza, acompañado con plátanos maduros fritos. Comida caliente, como el ponche de leche tibio en las mañanas de invierno, con el ardor de la canela en la garganta, el dulce aroma del azúcar, el olor del huevo. También el helado olía a canela pero no era especia fragante de Las Indias, sino algún aroma sintético. La mentira de la química. No dijo nada. El muchacho anunció su partida y condescendió: –Gracias por el helado... y por lo demás. Se terció sobre el pecho su bolso de colorines andinos. –Ponte algo. –¿Cómo? –En el cuello. El otro sonrió. –Me saldrá de nuevo. Se rozó el cardenal. –El violín. El muchacho le extendió la mano, nervioso, y él se la apretó flojamente. –De verdad, muchas gracias. Y se perdió entre la gente.

33 y 1/tercio

eXt r as

El gordo permaneció sentado, pensando. Miró su helado intacto. Una abeja zumbó sobre el mar rosa de la copa niquelada. Tal vez no había sido más que un sueño húmedo de la siesta. Un sueño también el estuche sobre la silla. Buscó con la mirada, pero ya el joven se había perdido de vista. Miró el estuche un rato, sin atreverse a tomarlo. Lo puso sobre la mesa, desplazando las copas y los vasos. Lo abrió, sin poder reprimir su ansiedad. Los cierres chasquearon. Estaba vacío.

replay

33 y 1/tercio come together
breve antología de poesía norteamericana
(extra de glam! (2007))

eXt r as

joshua beckman
(connecticut, 1971) La sed de la multitud. Acostamos al surfeador. El chico y el chico. Ven a ver lo que he hallado. Nuestro país pasa por tiempos ominosos y tú traes esto. La sed de la multitud. Otra cosa muerta en el suelo. Un cuerpo. La oscuridad y la madera rota. La exhibición de un cuerpo. El chico y el chico. Ven a ver lo que he hallado. Acuesta al surfeador. Otra cosa muerta en el suelo, y tú trajiste eso. El chico y el chico. Ven a ver lo que he hallado. Un surfeador allí sobre el suelo. El chico y el chico. Desde lejos un pequeño sonido. Ven a ver lo que he hallado. La multitud y la multitud. El surfeador acostado sobre el suelo. En la oscuridad ominosa de nuestro país, tu cuerpo.

●●●

david berman
(virginia, 1967)

vistas democráticas
El narrador fue abatido por el francotirador a quien describía y yo rápidamente recogí su pluma. Que suerte, pensé, estar sentado aquí en la torre del narrador donde los parqueos parecen pizarrones y los personajes pasean o caen y mueren como yo los diseño. Entonces comencé a leer la novela que había heredado y no me gustó lo que descubrí. La mayor parte de los personajes eran implacablemente malos, salidos directamente de las calles malas de la Biblia.

33 y 1/tercio

eXt r as

El narrador interrumpía la historia en los sitios equivocados, como una tercera persona en una cita de dos, y propinaba endebles opiniones como “La gente que usa cuellos de tortuga debe tener cuellos bastante jodidos.” Se perdía en investigaciones sin sentido, por ejemplo, si Pac-Man era un animal, así que cuando retornábamos a los personajes después de muchas páginas, el cabello les había crecido hasta los hombros y las uñas medían pulgadas. A favor de la novela, debo decir que estaba bien diseñada. Las escenas eran como casitas contiguas. Tenían paredes comunes, a través de las cuales se podía oír las débiles voces y pasos de lo que vendría a continuación. He vivido esas largas escenas de conducción. Todos saben cuán duro es, después de haber estado todo el día en la carretera, dejar de conducir. Vas a dormir y la carretera corre bajo la cama como una cinta cinematográfica. También me gustaba la secuencia de sueño ansioso del sheriff, donde se la pasa encarcelando a un hombre de dos pulgadas de alto, y el hombre diminuto se escapa, por entre los barrotes. Después de una noche de insomnio lo despierta el teléfono. Hay un francotirador en la torre de la Universidad. El sheriff está frente al espejo del baño. Le corren gotas de Visine por la cara. Son frías y cristalinas y puedo contarlas a través de la mirilla de mi rifle.

●●●

mark bibbins
(albany, 1968)

groupie

33 y 1/tercio
Toda la plata sobre la que mentí, el bombeo temporal de estómago –olvídenlo todo y el camino hacia donde ocurrió. El dios de la guitarra me desea / me tiene / me bota / me llama desde la carretera y si puedo mandarle algo de dinero, está en una situación: un refrigerador vacío de autobús en gira así que puedo encontrarlo en Trenton y traer una bolsa. El próximo desnudo la revela

eXt r as

y está delgada tal como lo demanda su edad– no convencionalmente bonita, no convencionalmente depilada, pero contra un poste si hay tiempo y lo hay. Estoy trabajando en una nueva línea de pintura labial –Foie Gras, Primordial Soup, Contusion –todas las que lo prueban embellecen. Las chicas y yo queríamos ser famosas, En vez de eso amamos a un astronauta que derrama brillo de sol en nuestros traseros desde la mitad hasta su centro. Que se joda. Nuestras líneas de suministro han quebrado –no más K, no más X, no más. Me gusta cotorrear, el cotorreo usual, pero distinto: este tejió una manta de polillas otro pintó de dorado todas sus habitaciones. Nosotras, las chicas y yo, le sacamos las alas a los botes de cine, seguimos a nuestro favorito a las estrellas y la cápsula donde guardamos las recetas para nuestras sucesoras para que no pasen hambre.

●●●

oni buchanan
(pennsylvania, 1975)

el período
Mi reloj es rápido. No sé cuán rápido. Quería estar con él en el glaciar, solo nosotros dos congelándonos y apartándonos uno del otro en nuestro lecho de hielo

33 y 1/tercio

eXt r as

mientras el témpano flotaba hacia el sur, inexorable. Mi ciclo de hincharme con la luna, mi giboso. No es una luz lisonjera. Alguien debió de haber estado mejor afuera, y estoy segura que soy yo, pero ya nos hemos dirigido hacia tierra firme con un remo, todos los colores guardados. A seis pies de profundidad. Caminé sobre ellos la primera vez, pura suerte –háganme sitio. Una puerta a los escombros. Como para no interrumpir el oscuro pulso, sin diferencia, sin diferencia. Como para no interrumpir el reguero floreciente, sus diminutos dígitos. A veces los abismales puentes desarraigados– esquirlas de encima arrebatadas por los vientos antárticos, apostadas, arrojadas como varitas chinas –no pueden ser distinguidos de la superficie, no pueden aguantar el peso. Incluso los perros cadáveres de delicadas patas… han aprendido de alguien que no soy yo a no flaquear. A no dejar ir los recuerdos en las fauces heladas. Un rastro en el matorral de hielo que conduce. Su garabato: Momentáneo; lo bulboso abrió hoy, un halo de bebés. Vi un mapa de mi, el terreno no estaba a escala. Luz atada en la cabeza donde abriría el tercer ojo. Justo para que estuvieran sincronizados, su aliento grabado en hielo, su voz un pigmento en los zarcillos de las algas del hielo. No escribí la nota necrológica y para ese momento se me había olvidado. Aves de vidrio soplado en la ventana enviando arcoiris en diseños fragmentados por la cocina temporal, nuestra choza para la observación. Otras mujeres crecen para ser concubinas. Él podía congelarlo, o congelarlo. Sin lupa para ver más de cerca a los bebés. Los bebés derramándose del lado afilado del desgarrón. Creí una ruptura de la hinchazón, creí que me haría estallar por favor. Si solo los otros viejos estuvieran aquí, si los otros. Los perros de trineos unidos a la cadena clavada con una estaca en el hielo. Vergüenza, diría él. Y la tengo. En cuatro, estoy totalmente dispuesta.

●●●

33 y 1/tercio

eXt r as

mónica de la torre
(mexico d.f., 1969)

como ver las carreteras mexicanas
1. No estás yendo a ninguna parte. 1.1. Nadie te espera. 1.2. En caso de que alguien te espere, siempre puedes explicar más tarde la demora. 1.3. Échale la culpa al tráfico, nadie más sabe que elegiste caminar. 2. No mires al pavimento, mira a las cosas que no ves cuando estás puertas adentro. 2.1. Depósitos de agua. 2.2. Cables. 2.2.1. Cables que traen voces y caras de otras personas a los monitores de TV. 2.2.2. Cables que conducen electricidad a bombillos y refrigeradores. 2.3. Ropa lavada en tendederas. 2.4. Latas vacías de comida. 2.4.1. Con flores creciendo en ellas. 2.4.2. Con cactus creciendo en ellas. 3. Siente las ondas rodeándote. 3.1. Ondas que traen las voces de otras personas a los altavoces de tu sistema de sonido. 3.2. Ondas de sonidos callejeros. 4. Comprueba cuán rápido puedes subir y bajar escaleras; compara eso con la velocidad de los autos que pasan. 5. Cuando te canses, párate en el medio del elevado. 5.1. Mira hacia abajo. 5.2. Trata de mirar hacia delante, intenta delinear el horizonte citadino. 5.2.1. Si no hay demasiada polución, vuelve a mirar hacia abajo. 5.2.2. Aguántate fuerte a la baranda. 5.2.3. Quédate un rato más; recuerda que nadie te espera. 5.2.4. No estás yendo a ninguna parte. 6. A través de las barandas verás historias desarrollándose en la calle. 6.1. Préstales atención. 6.2. Tú no eres ellos.

33 y 1/tercio

eXt r as

6.3. Ellos no son ellos. 6.3.1. Ellos son uno más uno más uno, indefinidamente. 7. Estás rodeado por mónadas que van hacia alguna parte. 8. Hay un propósito en su movimiento. 9. El deseo es una confederación.

●●●

arielle greenberg
(ohio, 1972)

series de Berlin
I. sótano Si no conoces a los chicos, no puedes seguirlos. Siempre ha sido así. Cuando yo era más pequeña, los chicos eran grandes. Tienen círculos en vez de cabezas, y en los animados, todo es hacia atrás y constituido por puntos. En sueños, los chicos rezan o crean problemas. Siempre ha sido así. Este es un poema sobre una guerra. IV. casual Y aquí volvemos otra vez a la música y a las felonías. Siempre donde hay un radio hay el deseo de compañía, y el deseo de relajarse, y también el deseo, tal vez, de contacto. Cuando era pequeña tuve muchas posiciones, y algunas de ellas requerían que me inclinara y algunas me hacían exponer mi cuerpo. De esta forma hice amistades. VI. esto Hacemos marcas y, de esta forma somos como los tipos de peces que sueltan tinta cuando son asustados. Los artistas son mucho como el terror, peces asustados. Al menos, ese es el lado médico del asunto. Podrías decir que mi hermano me dio este consejo, pero no es del todo así. VII. murió No confiamos en nosotros mismos. La cadena de ser es transmitida de padre a hijo. A mi me fue transmitida en un campo con una lata de spray. Todo está en los juguetes, la memoria, y esto muestra que no estoy lista para ceder el juguete. Esto muestra que toda la memoria es falsa. Como se puede ver, esto es sobre un perro perdido.

33 y 1/tercio

eXt r as

●●●

thomas heise
(michigan, 1971)

correcciones
Estábamos equivocados. La Reina nunca amó a un caballo. Todo el misterio saldrá a la superficie cuando recuperemos la libreta desaparecida del naufragio. “En verano, ella vagaba por el prado en su túnica blanca, la luz en su cabello” es una cita equivocada. Disculpa. Llena el espacio en blanco con tu trompeta. En la página nueve todos los nombres son falsos. Estábamos equivocados. El hombre huyendo de la escena del crimen permanece sin identificar. Mi paradero: desconocido. Estoy perdido en Newfoundland. Estábamos equivocados. El borrón en la quinta enmienda de tu corazón debería decir: Nadie durmió aquí. Apréndetelo– suéñalo permanentemente. Incluso el gorrión que levantaste muerto de la cesta fue un error.

●●●

33 y 1/tercio kathy lederer
(new hampshire, 1972)

eXt r as

en Las Vegas
I. Cuando escribo una novela en Las Vegas, me pregunto que pensarán los demás. Cuando escribo una novela, pienso mucho en comer. Cuando llamo a mi amigo, él se excita mucho. Fuera de mi ventana, veo una gran montaña. Sus estrías la hacen parecer como si la lluvia cayera sobre ella de lado. Veo un cielo donde las nubes flotan lenta e interminablemente. Los pistones suben y bajan. Los péndulos van hacia uno y otro lado. Si alguna persona enamorada de mi lee esto, le importará. Si alguien que me odia lo lee, me tomará por una impostora. II. Los árboles son como montículos funerarios. El patio está limpio. La puerta está abierta para que entre aire. He conducido largas distancias y he escuchado montón de música. He leído cosas que me hacen celosa. Sola. He leído sobre gente que conozco. Todas las mujeres quieren ser hermosas. ●●●

matthew rohrer
(michigan, 1970)

mi gobierno
La historia del mundo es la historia de descontentos rurales levantándose contra la capital. Cada noche oigo algo arañando para entrar en mi fortaleza que no puede aguantar mucho. El gato cree que algo vive en el radiador Y pone su boca en la abertura –su aliento.

33 y 1/tercio
Ningún hombre es una isla. Además, nadie está interesado en excesiva indeterminación. Los franceses se comerán el caballo debajo de ti. Eso, y mucho más, me has enseñado, Mundo. Tus productos colapsarán tras corto tiempo y tendremos que ir a por más a las calles. Es posible vivir solo de lo que cosechas si comes poco y no te mueves demasiado. ●●●

eXt r as

brenda shaughnessy
(okinawa, 1970)

panóptico
Mi ventana de dormitorio puede ser vista desde el mirador del World Trade Center. La he visto. ¿Qué vi? Mi compañera de cuarto experimentando con mi vibrador. Lucía adorable a través de las tenues cortinas en mi cama cremosa. ¿Pensará en mi? Yo pienso en ella y dejé migajas de pan en el telépata. Ella puede sentirlo, mi observación, aún a través de un trance de niebla. La he alumbrado con esto. Es su ceguera, su dulce maldición, su ración de privacidad derramada como harina mientras ella imagina que el pan milagroso se hace. Decidí tres reacciones posibles: Continuar observándola y, al llegar a casa, mencionar la extraña visión que he tenido, describiendo en detalle lo que vi. Alimentar el telescopio moneda tras moneda, y leer un libro mientras pasa el tiempo. He sido bendecida con la vista, como un tercer ojo, sin la mimesis compulsiva de la apariencia. El lujo

33 y 1/tercio
de un pulpo es nunca tener que usar piernas para caminar.

eXt r as

O, quedarme en casa con mi propio par de binoculares, en lo oscuro, observando a quien quiera me esté observando, mientras me observa. ●●●

g. c. waldrep
(virginia, 1968)

los milagros de San Sebastián
Agachándose en el patio el chico santo levanta el cuerpo. Está curioso, comienza a masajear el tejido alrededor de los ojos; comienza a pellizcar, pluma a pluma, después la piel –un masaje más profundo– que sale del cráneo. No es su firme presión la que logra algo, él es solo parte de un proceso mayor que se demoraría más de no ser por su ayuda. Él no piensa gorrión. Él piensa, vagamente, pájaro. Piensa, más específicamente, cráneo: es el hueso que quiere, cerca del brillo, su pálida multitud. Su propia mano es un esqueleto tocando un esqueleto. Esta es la primera lección del deseo: gustar a gustar. El fruto llega después. Pasa el tiempo. Él cree que es malo reírse de los payasos porque su abuela le dice que ellos nacieron así, sacados del hospital con narices bulbosas y pelo naranja. Más tarde él pinta payasos, caras copiadas de revistas financieras, Guía de la TV. Las adorna en su mente, aplica maquillaje, las prótesis atroces. Se dice a sí mismo que elige esas caras porque son caras fuertes. Todas son masculinas. También pinta mujeres, muchas mujeres, primero desnudas, después desolladas, después como esqueletos. Pinta homínidos, pinta simios. Pinta pintura homínida. Pinta simios que pintan. Pinta a un chimpancé inclinado sobre su atril y paleta, dibujando un desnudo femenino. No piensa en pintar a una chimpancé dibujando un desnudo masculino. Pinta a una mujer del cuello para arriba. Pinta a una mujer del cuello para abajo. Pinta a tres mujeres que se pasan una pera de mano en

33 y 1/tercio

eXt r as

mano. Bosqueja a una mujer tirada bocarriba en la nieve: sexo, ombligo, ojos, senos. Se convierte en profesor. Manifiesta que todo el arte es figurativo; que la figura deja de importar solo cuando dejamos de ser humanos. Está muy seguro de eso. Cree que todo el arte transcurre en su momento. Memoriza: fossae y tibia, cóccix y acetabulum, calcáneo y teres. Pinta a su esposa saliendo de la musculatura de su espalda como si de un vestido se tratara. Se pinta a sí mismo sosteniendo su propia piel. Pinta una pitón, enroscada en una rama, esforzándose por sacarse la flecha de un cazador de su cuerpo con su propia boca ensangrentada. ●●●

joe wenderoth
(baltimore, 1966)

poema narrativo
Gradualmente me llegó a doler tanto que no podía estar tranquilo. Tuve fiebre todos los días durante unos cuantos años. Obtuve préstamos escolares. Vi un poco de televisión en un pequeño cuarto. Tropecé con algunas pastillas– los amigos tenían problemas en la espalda, trabajos dentales. Moví mi televisorcito de ciudad en ciudad, mirando con deleite, con odio. Gradualmente el dolor disminuyó en la fundación, golpeando más suavemente mis huesos. Mi novia y yo nos mudamos a Canadá y compramos codeína. Vimos una película en la tv en un motel fuera de temporada. Regresamos y compramos una casa en Baltimore. Obtuvimos crédito. Compramos una tv de 32 pulgadas y un sofá nuevo– dos mil dólares, por todo. Pateé la ventanilla de nuestro auto en un parqueo en Denny. Reclamé a la agencia de seguros;

33 y 1/tercio
demasiados objetos valiosos habían sido robados del auto. Se nos acabó la codeína. No había dinero para arreglar la ventanilla. Conducimos todo el invierno sin ventanilla. Nuestro vecino nos dio una pecera de diez galones y yo compré dos pirañas. Las alimento con goldfish todas las mañanas. A veces, se arrancan la cabeza y la cola; aún así, nadan un rato por el tanque. ●●●

eXt r as

rebecca wolff
(new york, 1967)

sibila
1. estas son las demandas indefinidas que me haces 2. (que me) recoja (yo) recolectar (yo) decodificar ( ) asociar 3. que admita, tensa con dificultad, reintegración no es un día en la playa con tintas de cáscara de huevo “los ocupantes empiezan a envalentonarse y se hacen los locos” cuando oyen esa voz amistosa –la matrona. 4. (Pero esa es también mi mente, perdida) Su poema épico perdido en las restricciones que la sociedad pone en los 5. incomprendidos. 6. Todo no puede ser… un producto de la imaginación Las razones para hacer esto son muchas y variables Y estoy lista para mi close-up 7. Sabes que las figuras talladas han sido proscritas Finalmente, me dieron un antisicótico Esto tuvo un inesperado efecto positivo En la población general, la desdisimulación, La opresión

33 y 1/tercio

eXt r as

8. el débil aroma de focas que actúan. Con la misma mirada arrogante en su cara, un hombre emparentado contigo se suicida en una habitación oscura, esta noche. Soy “de poderes síquicos” pero ella es de poderes síquicos El sarcasmo no está en su repertorio. 9. Si eres transparente es por la trascendencia. Una buena amiga, se oye a sí misma diciéndome “hay más para mi carácter esencial, más que soy esencialmente yo.” 10.No pienses en cuanto tiempo has desperdiciado Sangre en tu labio inferior las horas muertas está realmente muertas (incoadas) (insensatas) 11.Con tanta buena voluntad y sex appeal chicas jóvenes descienden las escaleras. Mis oídos zumban y mi visión me falla. Debo estar diciendo la verdad 12.…el gato regresó. Arrastrándose noventa millas sobre patas lastimadas al viejo hogar, destruido por el fuego 13.el alce suelta un mugido. Creando la música por la que soy famosa. La indulgencia de la soga cede 14.…el vacío se abalanza. ¿es eso un mosquete plantado en la ancha pared? ¿O un arado? 15.Algo descerebrado cerca de la mitad del paréntesis. El registro de sonido en mi cerebro. 16.era como si ella lo hubiera puesto ahí para que yo lo viera. Soy solo una foto en un extremo –esto es probablemente más de lo que deseaste saber sobre mi. Hombres afuera. Soy una mujer en un campo pastel.

33 y 1/tercio
Lo que quiero de una escena de sexo: continuidad. Por temor a ti. ●●●

eXt r as

33 y 1/tercio mark wunderlich
(minnesota, 1968)

eXt r as

servidumbre voluntaria
En un valle de Wisconsin hay un cementerio donde las tumbas se inundan con un arroyo. Tú dices, No me rompas, y yo digo que no lo haré, pero ¿cómo puedo saberlo? Ver un hombre encadenado, como te hace sentir, depende si la servidumbre es voluntaria. Los cuerpos están intactos en sus tumbas, empapados en un baño de hielo. El cabello una red alrededor de ellos. La música no me consuela. Las palabras en los libros se levantan y se esparcen. Una amiga me contó sobre una serpiente que entró a su habitación una noche. La casa estaba en Pennsylvania. Ella vivía allí sola. En la oscuridad la podía oír –seca, deslizándose sobre las tablas como una media enrollada en la pierna, Se retiraba cuando ella encendía las luces. Había un agujero oscuro en el suelo. Los residentes no están de acuerdo sobre el cementerio. Algunos piensan que es equivocado decir que los cuerpos están intactos. Sugerir que hay algo anormal es pensamiento inadecuado. Tengo una nueva historia para contarte. En ella, hay una chica. Es una historia que una amiga una vez me contó. Algunas formas de servidumbre son voluntarias. Algunas cadenas también– Algunas te las puedes quitar. Pero esta historia– Comienzas en la mitad, en la parte buena y tuétano de esta. Creo que te gustará. Déjame contártela. Yaciendo lado a lado. En la oscuridad.

33 y 1/tercio

eXt r as

●●●

rachel zucker
(new york, 1971)

en tu versión del cielo yo soy más joven
En tu versión del cielo yo soy rubia, más delgada, pero no tan avispada. En la versión cinematográfica de tu versión del cielo tú peleas con Dios para regresar a mi. Es un éxito de taquilla porque eres un personaje increíble. Nada es real excepto el cronometrado accidente de tráfico que cuesta 226 mil dólares. En la vida real, estoy en un puente pequeño sobre un pequeña cañada. Entonces no es un puente sino un estadio. Entonces una mesa baja. Un sentido de conocer el futuro. No hay localización clara de temor. Quiero que digas que abandonarás tu disertación. Quiero que le preguntes al hombre de uniforme verde si yo estaba embarazada. ¡Pónganse los preservativos!, anuncian, ¡Están bajo sus asientos! Hora de contarle a tu esposa unas últimas cositas. La gente vomita En las filas alrededor de nosotros. Las chaquetas sudadas y grandes. Somos, en esta versión, una imagen de esperanza. Los transmisores recién nos están sacando. Estoy embarazada pero no lo sé y no puedo saber Si el feto sería, de cualquier modo, no viable. Nadie sobrevive. Nadie sale con cáncer. El fade-out deja una pantalla en blanco sobre el sonido del agua. Las críticas dicen que es un film noir. La carta al editor dice que el crítico debería regresar a la escuela. El crítico está en la escuela de graduados escribiendo una tesis sobre películas que nunca se hicieron. Si se hicieran él no obtendrá tenencia.

33 y 1/tercio

eXt r as

Si morimos él tiene una pequeña oportunidad de éxito. Una joven escribe: debería, más propiamente, haber sido llamado un embrión.

replay
rodrigo fresán
(buenos aires, del ´63. extra de 33 y un tercio (2005))

Mr. Jones o el encontrador de tesoros
Ya lo sé, de acuerdo, es cronológicamente imposible, las fechas no cierran y el cofre no se abre... ¿Pero no cabe pensar que cuando –en “Ballad of a Thin Man”, último track del primer lado de Highway 61 Revisited, año 1965– Bob Dylan canta y se pregunta aquello de “Pero tú sabes que algo está pasando aquí, aunque no sepas lo que es, ¿no es verdad, Mr. Jones?” se esté refiriendo al habitual e hiperkinético desconcierto del un tanto nerd profesor universitario Henry Walton Jones Jr., mejor conocido por su alias y doble personalidad pública del arqueólogo corsario y encontrador de tesoros Indiana Jones? Porque ahí está ese hombre más fornido que flaco al que no dejan de pasarle cosas porque algo está pasando. Siempre. Todo el tiempo. Sin parar. Teniendo perfectamente claro que el verdadero hallazgo reside en la búsqueda, en ir acumulando experiencia y peripecias para que el tan deseado momento del encuentro con el tesoro tenga la cualidad extática y la calidad orgásmica de, sí, acabar sabiendo que todo volverá a empezar con el próximo desafío. Con las instrucciones de un nuevo pergamino o instrucciones en el último aliento de alguien indicándole cuál será el siguiente sitio al que llegar y la situación precisa de su próximo y nuevo lugar en el mundo. Corriendo, perseguido y persiguiendo, consumiendo millas y paisajes, enfrentándose a malos y a serpientes, y pagando el precio y ganando el premio de traer poderosos y míticos y místicos artefactos del pasado a un presente (el suyo) por siempre retro y felizmente abducido por la estética y la ética pulp. Tiempos en que la aventura lo era todo, donde los otros planetas todavía estaban en éste y donde las nociones del Bien y del Mal se encontraban (o al menos eso parecía) perfectamente delimitados. Ahora, tanto tiempo después –diecinueve años luego de que lo viésemos por última vez cabalgando hacia un atardecer de fuego luego de haber retornado el Santo Grial a las profundidades de la

33 y 1/tercio

eXt r as

tierra–, Indiana Jones regresa a las pantallas de nuestra felicidad en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Y allí, seguro, algo va a pasar, a pasarle. algo estaba pasando Los cazadores del Arca perdida –luego rebautizada como Indiana Jones y los cazadores del Arca perdida por necesidades del marketing del VHS/DVD, esos formatos que trafican felizmente con la nostalgia instantánea y la alegría de ya no tener que salir de casa– fue la película que más veces he visto en mi vida en un cine. Es decir: la película que más veces fui a ver al cine. Paré de contar, creo, en la sesión número 25, todas en el cine Metro de la calle Cerrito o de la avenida 9 de Julio, da igual. Todas y cada una de ellas en el cine Metro porque Los cazadores del Arca perdida es, también, la película que más veces vi en menos tiempo y siempre en el mismo lugar. Consulto fechas, hago memoria y no termino de decidirme –entonces las películas demoraban más en estrenarse al sur del Río Grande, las del verano de allá recién descendían y llegaban hacia el verano de acá– si fue en diciembre de 1981 o de 1982. No importa. Estoy casi seguro de que fue el del recién inaugurado 1982, apenas pasadas las Navidades. De lo que sí no hay dudas es que yo me movía lento y poco (mucho menos –voy a permitirme el diminutivo– que Indy) por esos años en los que la adolescencia comienza a transformarse en otra cosa y en otra época. Una dimensión desconocida. Algo cuyo nombre es tan impreciso como esos mapas con una X marcando el sitio exacto donde se esconde aquello que no se sabe exactamente qué es y para qué sirve y, sin embargo, todos están más que dispuestos a matar y morir por lo que allí se esconde y espera. Recuerdo que yo hacía poca cosa: mi vida estudiantil estaba en ruinas y mi futuro profesional era más bien difuso. Me pasaron muchas cosas un poco feas a principios de los ’80; pero la culpa no era de los ’80. Tampoco de los ’70 o de los ’60. Posiblemente la culpa fuera de los ’90, aunque todavía no hubieran llegado. Porque ya se sabe que, en la Argentina –en Indiana Jones y la década diabólica–, los ’90 tienen la culpa de absolutamente todo lo malo que sucedió y que sucede y que sucederá. Por entonces el mañana –el mío– era un misterio insondable cuyas incógnitas se disolvían un poco, apenas, en la oscuridad de un cine o en las luces de un libro. Así que me dedicaba casi exclusivamente a leer, a intentar escribir, y a robar libros en las librerías de la avenida Corrientes. Y recuerdo una matinée de calor cuando la promesa de “una nueva de Spielberg” más la bendición del aire acondicionado resultaron una tentación irresistible. Así que entré y pagué y me senté y abrí los ojos –la montaña de la Paramount mutando a montaña en jungla sudamericana, año 1936– y a veces pienso que todavía sigo allí, que aún no he cerrado los ojos. algo sigue pasando

33 y 1/tercio

eXt r as

Mi reincidencia serial con Los cazadores del Arca perdida a muchos les parecerá hoy un tanto patológica, pero está claro que yo no estaba solo y que el film produjo efectos más radicales y fiebres más altas en otros. Y como muestra del poderío del virus vaya este ejemplo: en 1981, tres amigos de doce años filmaron en los patios traseros de sus casas en Mississippi y a lo largo de siete años –tenían veinte cuando la terminaron– una adaptación casera, escena a escena, de Los cazadores del Arca perdida. El resultado adquirió instantáneo status de leyenda, de tanto en tanto se exhibe en festivales de cine indie con el título de Raiders of the Lost Ark: The Adaptation, y el comic-escritor Daniel Clowes prepara hoy un guión sobre toda la aventura de la aventura en cuestión. Una copia llegó a Spielberg y a Spielberg le encantó. Lo que me pasó entonces a mí por primera vez –y en las sucesivas visiones hasta memorizar la película fotograma a fotograma– fue mucho más humilde, pero igualmente encandilador. Fue intuir primero y comprender después que Los cazadores del Arca perdida era una legítima e incontestable obra maestra del cine. En Los cazadores del Arca perdida, Spielberg consigue –con el entusiasmo de quien necesitaba reponerse del fracaso que había sido la no tan mala como dicen 1941– para el cine de aventuras lo mismo que logra Casablanca para el cine romántico: un perfecto destilado de clichés y lugares comunes, un cuidadoso repaso de gestos históricos e histéricos, un tan cerebral como apasionado ejercicio de apropiación de referencias pasadas para así conseguir un producto final fresco que acaba abduciendo a todo lo que vino antes, produciendo la curiosa y magistral sensación de que todo aquello que lo inspiró existió nada más, como piezas sueltas de un rompecabezas, para ir a dar a este insuperable y por fin modelo terminado. La parodia que acaba siendo original, el homenaje dionisíaco que acaba resultando apolíneo Big Bang. Los modelos de Indiana Jones han sido debidamente reconocidos por sus creadores George Lucas y Steven Spielberg y –a la hora de la dirección de arte y story-boards– por el dibujante de comics Jim Steranko y la vestuarista Deborah Nadoolman Landis: Doc Savage, los seriales por entregas de la Republic Pictures que precedían al largometraje en los años ’30 y ’40 y ’50, un imprevisible casi suicida perro de Lucas llamado Indiana, James Bond (Spielberg por entonces se moría por dirigir una de 007, Lucas le dijo que podía hacer algo mucho mejor y le contó su idea durante unas vacaciones en la playa durante 1977), el sombrero modelo fedora de Humphrey Bogart en El tesoro de la Sierra Madre, la ropa de Charlton Heston en El secreto de los incas y el látigo de El Zorro. Se sabe también que al principio se llamaba Indiana Smith (apellido que Spielberg consideró demasiado común), que se le presume algún parentesco más o menos lejano con héroes auténticos y verídicos de la edad dorada de la arqueología como Giovanni Battista Belzoni o Irma Bingham III y que en la mezcla se incluye una pizca del extranjerismo profesional y mutable de T.E. Lawrence.

33 y 1/tercio

eXt r as

Y es hecho conocido que, en principio y antes de Harrison Ford (primera elección de Spielberg; Lucas no estaba seguro porque temía que el público lo asociara automáticamente con el Han Solo de Star Wars), se barajaron los nombres de Peter Coyote, Craig T. Nelson (el padre de familia en Poltergeist) y, muy especialmente y hasta la recta final, el de Tom Selleck, quien no pudo zafarse de su contrato televisivo para la serie Magnum y todavía debe estar llorando. (Selleck, con la exitosa High Road to China de 1983, quiso mostrarle al mundo cómo hubiera sido su Indiana Jones. No estaba tan mal, pero...) Así que, por suerte, Ford. Y, al menos en mi caso, ya nunca pensé en Han Solo viendo a Indiana Jones; porque la saga Star Wars (compararla con la tanto más inteligente y dark nueva encarnación de Battlestar Galactica para comprender todo lo buena que puede llegar a ser una space-opera) siempre me pareció un hueco agujero negro donde sacudir el plumero láser luego de limpiar tanto polvo de estrellas. Ford fue, es y seguirá siendo Indiana Jones y –por encima del nombre, el apodo y el apellido– el triunfo incuestionable de un concepto que ha marcado a fuego el celuloide hasta nuestros días: la apología extática y orgásmica de la sucesión ininterrumpida de good parts. Las hasta entonces “partes buenas” de una película –esas introducciones autoconcluyentes y esos finales catárticos de las de 007– elevadas a la millonésima potencia hasta dominar toda la película convirtiéndola en una good part de dos horas. Lo bueno y lo noble de Los cazadores del Arca perdida es que fue hecha en un tiempo en el que todavía existía –y se exigía– un cierto equilibrio armónico entre el especial guión (gracias, Philip Kaufman; y gracias, Lawrence Kasdan) y el efecto especial y lo que se decía era tan importante como lo que se hacía. Ahora no. Para ponerlo más claro: basta con ojear lo que podría haber sido y finalmente es la flamante y un tanto oxidada Iron Man y lo poco que quiere ser de salida y lo aún menos que resulta ser al llegar a la meta la acelerada Meteoro de los Wachowski Brothers. Y es que el maestro Henry Walton Jones Jr. –es la lucha, su vida y su elemento– lucha con el látigo, con la pistola y con la palabra. Y paradoja espacio-temporal interesante: en el momento de su debut, Los cazadores del Arca perdida funcionaba como una variación glorificada, high tech y state of the art de los viejos seriales de los años ’40. Aquí y ahora, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal aspira en cambio, y según declaró Spielberg, a parecer algo antiguo y venerable, sin efectos digitales, apoyándose en la tarea de dobles de riesgo y trucos ya casi artesanales. Así, Los cazadores del Arca perdida –y esta nueva entrega de Indiana Jones– tienen y tendrán para nosotros la misma textura de un viejo serial... de los años ’80. Lo que no me impide recordar con cierto dolor la inmensa decepción que sentí al ver la prequel desganada y casi en piloto automático –si descontamos el deslumbrante prólogo musical en el club Obi Wan de Shanghai, 1935– que fue Indiana Jones y el Templo de la Perdición

33 y 1/tercio

eXt r as

(1984), con ese insoportable niñito oriental y la insufrible pero inminente Mrs. Spielberg Kate Capshaw suplantando a la adorable Karen Allen de la primera parte como “interés romántico”, así como el poco interés que me despertó la serie de TV. Lo que tampoco me impide evocar la alegría recuperada con la graciosa y emocionante Indiana Jones y la última cruzada (1989), donde se abría con la historia de cómo el joven Indiana (River Phoenix) se hacía con su primer sombrero y luego –sobre un telón padre/hijo, año 1938– todo estaba de nuevo en su sitio y las páginas más misteriosas del Viejo Testamento volvían a embrujar un mundo en el que los nazis (y, a no olvidarlo, también los monitos nazis) no sólo querían dominar al mundo sino, además, convertirse en los dueños de la Historia. algo va a pasar Lo que se ha venido filtrando (un extra que habló demasiado, violando un pacto de silencio firmado y classified, alguien que se robó unos diseños top-secret, todo muy Indy y nada indie) de la inminente Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal –que antes tuvo títulos como Indiana Jones y los hombres de los platillos voladores de Marte y que, para despistar, fue varias veces registrada como Indiana Jones y el Destructor de Mundos o Indiana Jones y las cuatro esquinas del mundo– anuncia cosas buenas y partes mejores. Hace un par de meses, Vanity Fair fotografió todo lo que se permitía fotografiar y dijo todo lo que se autorizaba a decir: los ya comentados efectos no digitalizados para mantener el espíritu original, otra vez John Williams sosteniendo la batuta, vuelve Karen Allen como Marian Ravenwood (lástima que, por fallecimiento, no pueda volver Denhom Elliott y lástima que, dicen, Sean Connery haya pedido demasiado dinero por romper su retiro para un cameo revisitando al Dr. Jones Sr.), Shia LaBeouf (el actor teen más simpático desde John Cusack, y quien será, se rumorea, no es seguro, el hijo hasta entonces desconocido de Jones), Cate Blanchett como la malvada espía rusa Irina Spalko en 1957, año en que comienza a calentarse mucho la Guerra Fría (la SS da paso a la KGB, las siglas cambian, pero los malvados se parecen), maleficios de culturas precolombinas, posibles incursiones en los supuestos misterios alienígenas de Roswell, guiños a los delirios de Erich von Däniken, un guión calibrado al milímetro por David Koepp (luego de que pasaran por allí nombres como de M. Night Shyamalan, Kevin Smith, Tom Stoppard y Frank Darabont) y un Jones maduro y con canas y a quien los golpes le pegan más duro (¿no es hora ya de una nominación para Ford por su Indiana?) hacen pensar que todo está dispuesto para que el látigo y la sonrisa torcida vuelvan a reclamar –durante 123 minutos y con 185 millones de dólares de presupuesto– lo que siempre fue suyo, lo que no tendremos ningún problema en devolverle. Las colas y avances –que colapsaron el tránsito en Internet cuando se colgaron allí– son, por supuesto, buenísimos, y Spielberg se refirió a todo el asunto como “el

33 y 1/tercio

eXt r as

dulce y sabroso postre que les debía a todos aquellos a quienes les hice tragar las amargas hierbas de Munich”. Hoy, mientras ustedes leen esto, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal se abre en el Festival de Cannes. Y ya sé que está mal decirlo, que no corresponde, que es un pensamiento infantil y adolescente, pero exactamente de eso se trata: en lo que a quien firma todo esto respecta, después de proyectada Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, por mí que cierren el festival y que tiren la llave. Y saludos a todos los que acusan a Spielberg de firmar para el Mercado mientras a Indiana Jones vuelven a pasarle todas esas cosas que sólo le pasan a Indiana Jones para que así, de algún modo, las pasemos junto a él y nos pasen a nosotros. algo pasará siempre Porque ya lo dije: en la esencia de Indiana Jones –el desenterrador y desentrañador de mitos que, finalmente, se convierte en un mito en sí mismo– siempre están pasando cosas. Nosotros pasamos, pero Indiana Jones permanece y permanecerá, y ese gag de Los cazadores del Arca perdida –ese momento improvisado en el set porque Ford estaba enfermo con disentería y exhausto por los rigores del rodaje en Túnez en que un Jones agotado de golpear turbantes desenfunda su pistola y baja de un tiro al eximio espadachín vestido de negro– sigue y seguirá causando gracia por más que alguien hoy, seguro, no dude en condenarlo por políticamente incorrecto. En lo personal, yo corro mucho menos de lo que podía correr cuando me crucé por primera vez con Indiana Jones, sigo leyendo y sigo intentando escribir y ya no robo libros. Y la otra noche –luego de enterarme de que Spielberg se preparaba para el lanzamiento del primer Wii game diseñado por él: Boom Blox, con el que espera devolver a sus seguidores otro placer primal y primario: el de destrozar juguetes virtualmente–, yo estrené una pantalla de plasma de 40 y pico de pulgadas. Afuera llovía, tormenta eléctrica, no paraba de caer agua, dos días mojados como hacía años que no se sentían en esta desventurada tierra con sed y sequía de desierto exótico. Y presioné play –acaba de editarse una nueva edición de la trilogía en DVD, para el formato Blu-Ray habrá que esperar hasta noviembre, cuando se lance la versión doméstica de Indy IV– y ahí estaba otra vez Los cazadores del Arca perdida. Y volvieron a pasar cosas, volvieron a pasarme cosas. Y estaba bien que así fuera y sea. Indiana Jones volvía a correr –en uno de los mejores principios jamás filmados– perseguido por una enorme bola de piedra, y yo me acordé que una de las más de veinticinco veces que entré a ver todo eso lo hice porque me perseguía un librero de una librería cuyo nombre no recuerdo. No importa. Seguro que ya no está allí. En cualquier caso, el librero me descubrió robando (no recuerdo qué pero, para potenciar la peripecia, digamos que era algo del Corto Maltés, otro afortunado caballero de fortuna) y yo bajé corriendo por Corrientes con el “malo”

33 y 1/tercio

eXt r as

pisándome los talones. Yo corría aferrando mi botín debajo de mi – poco apropiada para los calores, pero tan práctica para el hurto– chaqueta de cuero. Yo doblando por Cerrito y yo cruzando Lavalle y ahí estaba el cine Metro y yo zambulléndome ahí de cabeza y sacando una entrada. Y la película estaba empezada, pero no me importaba porque me la sabía de memoria, fotograma a fotograma y línea a línea y la aventura comenzaba cuando uno llegaba y afuera, muy lejos, por suerte, por un par de horas, quedaba la Argentina militar y derecha y humana, donde el silencio era salud, los ruidosos desaparecían y qué podía hacerse salvo ver películas en esa república perdida de las arcas vacías, tierra de última más tachada que cruzada, reino del caracú de plástico. Así que pongamos que me perdí esa primera escena que le hace un guiño travieso al Yojimbo de Akira Kurosawa y que entré justo en esa parte en que un tímido profesor Jones da clase a un puñado de alumnas en celo. O ésa en que un rayo de sol atravesaba la empuñadura preciosa de un cetro y (observar con atención en las paredes del templo los hieroglifos que retratan a los robots C-3PO y R2-D2) marcaba el sitio exacto en el que descansaba un Arca de la Alianza con mucho de caja de Pandora. O aquella otra en que la bella Marion Ravenwood vencía en un duelo alcohólico a unas bestias bebedoras y nepalesas. O aquel otro gag perfecto en que el torturador ensambla sádicamente un instrumento que acaba siendo una percha para colgar su abrigo. O la pelea con ese ruso –que lucharía con el héroe en la segunda y tercera parte en otros roles musculosos– al pie del avión con hélices. O el instante justo en que se levanta la tapa y surgen los espíritus sedientos de justicia bíblica. O el momento sacro en que Indiana Jones y Marion Ravenwood se salvan – o son perdonados– porque deciden cerrar los ojos y no mirar lo que sale del Arca y así respetar su poderío sabiendo que no son dignos de ver lo que allí se revela. O en esa coda à la Citizen Kane con cajas y cajas almacenadas en un hangar secreto que, dicen, vuelve a aparecer en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Daba y da igual. Todas las partes son buenas y esperemos que también lo sean todas las partes de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Mientras tanto y hasta entonces –falta poco, falta cada vez menos– leo que el sombrero y chaqueta y látigo que usó mi héroe en Indiana Jones y la última cruzada se exhiben hoy, como si se trataran de reliquias sacras, en una vitrina del Smithsonian American History Museum de Washington DC. Tarde o temprano, estoy seguro, alguien les adjudicará poderes mágicos. Temprano o tarde, no lo dudo, alguien intentará robárselos. Para que algo pase, para que algo vuelva a pasar. ¿No es verdad, Mr. Jones?

33 y 1/tercio

eXt r as

replay

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful