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gradecimientos Mi familiaridad con la teoria cuéntica se remonta a mis tiem- pos de estudiante cuando descubri la formula magica segtin la cual el modelo atémico de capas de electrones explicaba la tabla periddica de los elementos y, virtualmente, toda la quimica con la que me habia enfrentado a to largo de muchas lecciones aburi- das. Completando mi propio descubrimiento mediante la ayuda de libros de biblioteca catalogados de «demasiado avanzados» para mi modesto nivel académico, iomé conciencia inmediata- mente de la maravillosa simplicidad de la explicacién cudntica de los espectros atémicos, y experimenté por vez primera la sensa- ci6n de que las mejores cosas en ciencia eran a la vez bellas y simples, un hecho que todos los profesores ocultan a sus estu- diantes, por casualidad o a propésito. Me sentf como el personaje de The Search, de C. P. Snow, que yo lef mucho més tarde y que descubrid e} mismo hecho: Vi una mezcla de hechos fortuitos alinearse ordenadamente... «Sin embargo, ¢s verdad», me dije. «Es hermoso. Y es verdad.» (Edicién de Maemillan, 1963, pag. 27.) En parte, como resultado de este descubrimiento, decidf estu- diar fisica en la Universidad de Sussex en Brighton. Pero allf, la simplicidad y belleza de las ideas subyacentes quedaban camufla- das entre una.gran cantidad de detalles y de recetas mateméaticas tiles para resolver problemas concretos con la ayuda de las ecua- ciones de la mecanica cudntica. La aplicacién de estas ideas al mundo de la fisica cotidiana parecfa aportar tanta relevancia a la verdad y a la belleza subyacentes como la qué aporia el pilotar un 747 al vuelo sin motor; y aunque la fuerza del impacto inicial si- guié influyendo en mi carrera, durante un largo perfodo de tiem- Vil AGRADECIMIENTOS po desprecié ei mundo cudntico y me dediqué a explorar otros cotos cientificos. Mi interés inicial se reaviv6 gracias a una combinacién de fac- tores. A finales de los afios 1970 y principios de los 1980, comen- zaron a aparecer libros y articulos que pretendian, con distinto éxito, introducir a una audiencia no cientifica en el extraho mun- do cuéntico. Algunas de estas denominadas «divulgaciones» esta- ban tan escandalosamente lejos de la realidad que no me podia imaginar a ningun lector descubriendo la verdad y la belleza de la ciencia a través de su lectura, y comencé a sentirme atraido por realizar esa mision de forma adecuada. Por esa época llegaban noticias de continuas series de experimentos que demostraban la realidad de algunas de las mds extrafias peculiaridades de la teoria cuantica, y esas noticias me estimulaban para retornar a las biblio- tecas y refrescar mis conacimientos sobre aquellas extrafias ideas. Finalmente, unas Navidades fui requerido por la BBC para tomar parte en un programa de radio como una especie de contrapeso Cientifico a Malcolm Muggeridge, que habia anunciado reciente- mente su conversion a la fe catélica y era el invitado principal al programa. Después de acabar su discurso, haciendo énfasis en los misterios de la cristiandad, se dirigid a mi y dijo: «Pero aqui esta el hombre que conoce todas las respuestas, o que tiene la preten- sién de conocer todas las respuestas.» En el limitado tiempo de que disponia me dediqué a responder cortésmente, destacando que la ciencia no pretende estar en posesién de todas las respues- tas, y que es la religion, y no la ciencia, la que basa el conoci- miento de la verdad en la conviccion y en la fe absolutas. «Yo no creo nada», dije, y trataba de desarrollar esta filosofia cuando el programa llegé a su fin. Durante la época vacacional fui muy fe- licitado por amigos y conocides por el eco de aquellas palabras y pasé horas explicando que mi falta absoluta de fe en cualquier cosa no me impedia llevar una vida normal en la que hacia uso de hipdtesis de trabajo tan razonables como to es la suposicién de que el Sol no desapareceré durante la noche. El proceso de sedimentacién de mis ideas acerca de lo que es la ciencia implicé una profunda revision de la realidad basica —o irrealidad— del mundo cuantico, lo suficiente como para conven- cerme de que realmente estaba preparade para escribir este libro. Mientras preparaba el libro, someti a prueba algunos de los mds sutiles argumentos de mi contribucién cientifica regular a.un pro- grama de radio dirigido por Tommy Vance y emitido por la British Forces Broadcasting Service; las cuestiones planteadas por Tom pronto descubrieron ciertas deficiencias en mi presentacion, lo Vil AGRADECIMIENTOS que supuso una mejor organizacién de mis ideas. La principal fuente de material de referencia usado en la preparacién del libro fue la biblioteca de la Universidad de Sussex, que debe poseer una de las mejores colecciones existentes de libros sobre la teoria cudntica, y varias referencias mds oscuras me fueron proporciona- das por Mandy Caplin, del New Scientist, quien posee un impor- tante sistema de mensajes por télex, mientras Christine Sutton cortigié algunos de mis errores sobre la fisica de las particulas ele- mentales y la teoria de campos. Mi esposa no sdlo me proporcio- nO apoyo esencial en la faceta literaria y de organizacién del ma- terial, sino que limo muchas de las asperezas e incoherencias que quedaban incluso después de que las explicaciones hubieran pa- sado la criba que suponia la ignorancia inteligente de Tommy Vance. Cualquier alabanza sobre las buenas cualidades de este libro debe ser dirigida a los textos de quimica «avanzada» que encon- tré en la biblioteca del Condado de Kent a los dieciséis afios, cuyos titulos ya no recuerdo; a los descaminados «divulgadores> y publicistas de las ideas cudnticas que me convencieron de que yo lo harfa mejor; a Malcolm Muggeridge y a !a BBC; a la biblio- teca de la Universidad de Sussex; a Tommy Vance y a la BFBS; a Mandy Caplin; a Christine Sutton y especialmente a Min, Cual- quier queja por las deficiencias que pudieran quedar en el texto debe estar dirigida contra mi, por supuesto. JOHN GRIBBIN