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RELACIÓN DE JUAN CON LOS DIVERSOS TIPOS DE LITERATURA Y

CORRIENTES DE SU ÉPOCA

ALGUNOS ASPECTOS LITERARIOS

Este evangelio, tan profundo, y de majestad teológica inigualable, ha sido
compuesto en un estilo extremadamente sencillo, con una sintaxis elemental y un
vocabulario reducido. Sólo encontramos unas mil palabras diferentes. El lenguaje es
directo. Usa con mucha frecuencia el presente histórico. Las frases se unen muchas veces
con la partícula kai (“y”). A pesar de esta pobreza, se ha logrado una obra que pudiéramos
denominar artística, porque ha dotado a ciertos vocablos vulgares de una dignidad y
profundidad insospechadas. Del dramatismo de algunas escenas se hacen lenguas los
estudiosos, quienes no logran comprender cómo con un vocabulario tan exiguo y una
gramática tan sencilla se hayan podido elaborar narraciones tan sublimes. Estoy de acuerdo
con A. Panimolle: «Juan se muestra como un gran artista que compone trozos poéticos y
escenas dramáticas de alto nivel; el talento creador del cuarto evangelio ha sabido juntar en
una síntesis admirable la profundidad y trasparencia de la cristología con la inspiración
literaria más fina y más pura».

Ha conseguido un estilo muy peculiar; de tal forma que, incluso el lector no
demasiado familiarizado con los escritos bíblicos, enseguida lo reconoce. Utiliza un
vocabulario propio para la transmisión de su pensamiento, que o no se encuentra en los
sinópticos o aparece con poca frecuencia. Estudios recientes han llegado a detectar unas
cuatrocientas características propias. Fue escrito en la lengua griega, denominada “koiné”,
aunque no han faltado quienes han pretendido descubrir en el texto griego una traducción
de un original hebreo (A. Schlatter) o arameo (C. F. Burney).

Como hemos advertido, las diferencias con los sinópticos son muy notables, aunque
se dan no pocas coincidencias. Faltan tres palabras clásicas, evangelio, predicar y
conversión. Se han propuesto hasta cinco teorías para explicar la relación existente entre
Juan y los sinópticos. En toda esta cuestión me parece que hay que aceptar dos hechos
claros. Juan adopta una nueva perspectiva no sólo teológica, sino también literaria. Utiliza
conceptos y términos nuevos. Muchos datos de importancia, que se encuentran en los
sinópticos, faltan en Juan. Señalamos sólo algunos como muestra: no narra la infancia de
Jesús, habla de forma indirecta de su bautismo, omite las tentaciones, no hay pará- bolas, la
purificación del templo la sitúa al comienzo, no hay expulsión de demonios, no hay
curación de leprosos, etc. Por su parte, Juan nos ofrece otros que amplían nuestra
información sobre la historia de Jesús: Prólogo, bodas de Caná, Nicodemo, la Samaritana,
lavatorio de los pies, el sermón de la cena, etc. Y perspectivas nuevas y muy diferentes en
aquellos casos coincidentes con los sinópticos. El Jesús de Juan deja traslucir más su gloria.
Parece un resucitado que va inundando de fulgor todo cuanto toca, pero no se muestra
como un Dios que se pasea por la tierra sin que ésta le roce (Käsemann). Le tocan las penas
de los hombres. Llega incluso a llorar [edakrysen] (11,35).

A pesar de esa evidencia, si se lee en profundidad, se nota una sintonía con ellos
mucho más estrecha de la que se puede inferir de una simple comparación de coincidencias
y diferencias. Entre las diferencias de fondo llaman la atención dos. Mientras que en los
sinópticos Jesús predica el Reino, en Juan el predicador Jesús se convierte en predicado; el
Reino es él mismo. Es lo que se ha llamado la “autobasileia”. Pero la más llamativa
diferencia se refiere al hecho capital de la muerte de Jesús, que acontece en Juan un día
antes que en los sinópticos, pero coinciden ambos en que aquel día era viernes.

DIMENSIÓN EXISTENCIAL.

Fue Clemente de Alejandría el primero en denominar a este escrito “evangelio
espiritual”. Con el término “espiritual” pretendía decir que Juan leía los hechos de la vida
de Cristo por dentro, yendo más allá de los sucesos y de la materialidad de las palabras.
Hoy, después de los hallazgos de la exégesis moderna, este término quizás deba aplicarse
también a los otros evangelios. Los cuatro evangelios fueron escritos para mostrar la
salvación que Dios ofrece al hombre en Jesús. Pero es Juan el que ha recalcado más este
aspecto. La palabra “vida”, entendida como experiencia vital de salvación, aparece
incontables veces en su escrito. Por eso, como si esa experiencia fuera el objetivo de libro,
lo recuerda al final: «Éstos [signos] han sido escritos para que creáis [siga creciendo vuestra
fe en] que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su
nombre» (20,31). En la mente de Clemente este aspecto se vincula con el siguiente que
nosotros vamos a abordar.

EVANGELIO TRANSFIGURADO

Aunque es indiscutible que también los sinópticos gozan de esta característica,
como han puesto de relieve incontables estudios, en Juan aparece más claramente, porque
el autor así lo ha intentado, y también porque en algunas ocasiones lo afirma expresamente.
Aquí el simbolismo penetra toda la urdimbre del texto en diversos niveles. El simbolismo
es clave en el evangelio de Juan: «El que quiera penetrar en la mente de Juan debe
plantearse el problema del simbolismo del alcance espiritual, eclesiológico, sacramental y
cristiano de los hechos. El evangelio va más allá del cronos de Jesús» (J. Leal). Es
suficiente una simple lectura, sin mucha detención, para percibir en seguida que todas las
escenas de este libro están rebosantes de simbolismo. Todos los milagros narrados se hallan
dentro de ese resplandor. Pero pronto se descubre un segundo nivel. Ahora son las es- cenas
las que quedan transfiguradas: Caná (2,1-11): la nueva Alianza; Nicodemo (3,1ss.): diálogo
con el judaísmo; la Samaritana (4,1-42): diálogo con los herejes del judaísmo; el
funcionario real (4,43-54): diálogo con los paganos; etc. Y en un tercer paso aparece el
evangelio entero trabado en el simbolismo: las secciones del evangelio, las figuras, las
fiestas, los nombres, los números, la geografía, el trasfondo veterotestamentario de algunas
escenas, las asonancias bíblicas etc., llenan de luces y contrastes la historia de Jesús. Juan
conjuga admirablemente la historia y su significado; posee el arte de transfigurar los
hechos, porque, si hemos dicho que Juan es simbolismo, igualmente hay que afirmar que es
historia. En no pocos casos se aproxima a la realidad histórica concreta más que los
sinópticos.

Juan transfigura todo cuanto toca. Del mismo modo que sucesos, cosas y lugares
perdidos y anónimos en la geografía e historia de Palestina los ha encumbrado a rango de
historia universal, así también no pocos vocablos los ha revestido de tal modo de nuevas
significaciones que los ha dejado pletóricos de sentido. También tiene la magia de
transformar las palabras. Parece como si para él la resurrección de Jesús alcanzara a la
misma literatura: «Todas las personas y sucesos por él pintados llevan algo de intemporal
en sí mismos. Son como una transparencia de lo eterno. Su Cristo es siempre el mismo
Cristo intemporal, eterno, lo mismo en su vida anterior a la historia que en su aparición
histórica y poshistórica. El Hijo del hombre sigue “en el seno del Padre”, aun cuando obre
sobre la tierra. Los ángeles de Dios se ciernen sobre Él aun en Galilea y Jerusalén. De ahí
que Juan no sienta ya lo humano de Jesús, al modo de Pablo, como un contraste, sino como
transparencia y manifestación visible de lo divino. A través de su humanidad brilla la gloria
divina de Cristo» (K. Adam).

FONDO Y TRASFONDO HISTÓRICO

A pesar de la gran dosis de simbolismo, el evangelio de Juan se enraíza en la
tradición sobre Jesús. Al menos hay que decir que se da un trasfondo de historicidad que
coincide con los sinópticos en los hechos centrales de la historia de Jesús. Es más, en no
pocos casos parece que se acerca más a la realidad histórica, sobre todo, en la información
que nos ofrece acerca de los sucesos acaecidos en Jerusalén. Juan ha elaborado su
simbolismo sobre un trasfondo histórico, a veces difícil de precisar. Esto no quiere decir
que no haya construido relatos a base de concentración de hechos o figuras, que remiten a
un suceso histórico ¿no sería el ciego de nacimiento la representación de los diversos ciegos
curados por Jesús, en el que el evangelista concentra el proceso cristiano de integración en
Cristo? Y así otras narraciones, que parecen el resultado de diversos sucesos ahora
convertidos en uno, pero sublimados.

Juan siempre conecta con la realidad, pero no de la misma manera. Sigue sin
resolverse el grado de relación entre hecho y significado. Se proponen diversas teorías para
identificarlos, pero no se ha llegado a un consenso. Para nuestro propósito, es necesario
tener presentes los siguientes presupuestos: historicidad de Jesús, leída desde lo eterno y lo
escatológico (Logos y Cristo resucitado), simbolismo, y Jesús como sujeto de
profundísimas experiencias religiosas. Su pensamiento genuino sólo se halla en el conjunto
de la obra, desde la dinámica creciente que la caracteriza, la armonía del conjunto y el
simbolismo que la teje. Juan sabe combinar con maestría inigualable tradiciones históricas,
experiencias pascuales y fórmulas de fe. Estas realidades no se reelaboran como líneas
paralelas, sino como contenidos entre sí permeables en todos los momentos del proceso.
Juan no se ha inventado la persona de Jesús, sino que a la luz del Espíritu y bajo la fuerza
de la iluminación pascual ha sabido entrar en su profundidad y sacar a luz todos sus fondos.
El Cristo de la fe se halla en el Jesús de la historia.

ALGUNAS MODALIDADES DEL ESTILO JOÁNICO

En su libro Juan combina dos géneros literarios principales: relatos y discursos.
Algunos relatos son de gran sobriedad, como los del capítulo segundo: bodas de Caná y
expulsión de los vendedores del templo. Pero otros son auténticos dramas: el de la
Samaritana (4,1-42), el del ciego (9,1ss) y el de la resurrección de Lázaro (11,1ss). Goza de
un dramatismo especial la comparecencia de Jesús ante Pilato (18,28-19,16. Juan es un
maestro en la composición de las es- cenas y en la intervención de los personajes.
Los discursos tienen un tono solemne y su prosa es poética. Algunos suponen que
subyace en ella un estilo compuesto a base de ritmos (Burney, Bultmann). Brown sostiene
que la estructura poética se percibe claramente en el texto griego. D. Mollat ha presentado
los discursos de Juan en forma de estrofas.

Como ya hemos dicho, Juan utiliza una terminología muy propia y una serie de
palabras que están ausentes de los sinópticos; así como otras que son propias de los
sinópticos él las ignora. Da la impresión de que el evangelio está escrito por un pensador
arameo que conocía discretamente el griego koiné. Desde el punto de vista de la lengua
griega, su composición es elemental. Pero a pesar de la relativa pobreza de sus medios,
Juan es un gran escritor, capaz de concentrar la atención de sus lectores sobre lo esencial
(A. J.. Festuguière). Juan recurre poco al uso de las partículas griegas, tan común en los
clásicos. Yuxtapone las frases o las une con la partícula kai (“y”). No hace oraciones
principales y secundarias. A veces, esta pobreza estilística se transforma, no se sabe por
qué, en la yuxtaposición de las ideas, en belleza inesperada. Ya lo recordábamos: sigue
siendo un misterio cómo con un material tan exiguo y a veces tan pobre, se puedan con-
seguir efectos tan especiales.

¿TRASPOSICIONES EN EL TEXTO?

Desde Taciano se ha pensado que, cambiando algunas perícopas del evangelio se
obtendría una mayor ilación del mismo. Sin embargo, ni los códices ni los papiros detectan
estas anomalías. Como muestra, ofrezco algunas alteraciones propuestas: cap. 4 + 6 + 5 +
7,15-24, etc.; cap. 3,1-21 + 31-36 + 22-30; cap. 12,1-36a + 44-50 + 36b-43. Conviene notar
que este tipo de reordenamientos causa más problemas que los que ofrece el texto sin
modificar. En el comentario lo comprobaremos.

ESTRUCTURA LITERARIA

Hubo un tiempo en que se insistía mucho en este aspecto. Hoy los autores apenas se
fijan en él. Pero conviene recordarlo, al menos, para hacer ver al lector el dinamismo que se
esconde en el texto evangélico, pues como afirmaba un conocido especialista: «Las
ordenaciones estructurales del evangelio se multiplican partiendo de muy variados ángulos
de visión. Semejante proliferación, al mismo tiempo que deja entrever la riqueza del cuarto
evangelio, impide tomar una actitud de exclusividad que cierre el campo a ulteriores
investigaciones» (J. Caba). Entre las diversas estructuras propuestas figuran: estructura
simbólica, con los siguientes aspectos: simbolismo tipológico, cronológico y numérico;
estructura litúrgica; estructura temática y estructura de la progresiva manifestación
dramática. Al final, propondré mi forma de comprensión del evangelio, ajustándome a
aquello que aconsejaba D. Mollat: «Se han propuesto muchas maneras de dividir el
evangelio, todas las cuales contienen una parte de verdad, pero pecan a menudo por exceso
de sistematización. Lo mejor es dejarse guiar por las indicaciones más claras dadas por el
mismo evangelista». Es cuanto vamos a hacer nosotros. Un desarrollo más pormenorizado
se podrá ver en el índice. Como dice Mollat, todas esas realidades están ahí. El problema
radica en determinar su orden y prioridad. Sólo desde el conjunto de todas ellas emerge la
figura de Jesús.
Los autores convienen en que el evangelio de Juan se divide en dos partes: 1,1-
12,50 y 13,1-21,25. El Prólogo 1,1-18 se refiere a todo el evangelio; y de igual modo, el
cap. 21 también, aunque este último, desde un punto de vista, se refiera al evangelio entero,
desde otra perspectiva, es un texto, que presenta determinadas vicisitudes de la comunidad
de Jesús; recuerda en miniatura a los Hechos de Lucas. Efectivamente, algunos lo han
denominado “los Hechos de los Apóstoles del evangelio de Juan”. Más adelante
expondremos el sentido teológico de cada una de estas secciones.

UNA PALABRA SOBRE EL GÉNERO LITERARIO

El dialogo es muy conocido como género literario. Sobre todo, se utilizaba como
vehículo de una presentación más o menos elaborada de aspectos doctrinales que se tenían
que profundizar o entender poco a poco. Basta con tener presentes los diálogos de Platón o
de la literatura hermética, o los de Luciano de Samosata y Cicerón para entender el papel y
sentido de este género literario: medio de enseñanza, de presentación y profundización de
uno o de varios puntos doctrinales que, de esta manera, son objeto de un tratamiento más
lento y con más posibilidades de templar despacio el mundo central que se intenta iluminar.

Este género literario no es frecuente en los escritos bíblicos. Sin embargo los
Evangelios Sinópticos lo utilizan como un esquema sencillo que parece constar de cuatro
puntos:

1. Un breve cuadro narrativo, sin concreciones del lugar, ni de personas implicadas, ni
de tiempo.
2. Pregunta, objeción o crítica contra Jesús o los discípulos; la iniciativas corresponde
por tanto a los interlocutores.
3. Breve debate de dos o tres preguntas y respuestas como máximo encaminado hacia
una sentencia de Jesús que sobresalga claramente y constituya así la punta del
fragmento.
4. Efectos de diálogo en los presentes.

En contraste con esta presentación sencilla y breve, Juan se extiende largamente en
presentar aspectos doctrinales o discusiones en el marco de grandes diálogos de Jesús.
Incluso extenderse en grandes monólogos (que caracteriza la presentación joánica, por
ejemplo 5,19-47) no tiene tampoco paralelos en el los sinópticos. En efecto, los monólogos
e Jesús en los sinópticos, que tienen una cierta amplitud (parábolas más elaboradas o los
discursos de Jesús del Evangelio de Mateo), son el resultado de la combinación de
perícopas previamente independientes entre sí, que han sido dispuestas hasta formar
discursos más largos. Esto se hace patente en un análisis literario un poco detallado. Véase,
por ejemplo el sermón de la montaña Mt 5,7 o el discurso escatológico de Mc 13.

Bibliografía

CASTRO SÁNCHEZ, SECUNDINO, Evangelio de Juan, Comentarios a la Nueva Biblia de
Jerusalén, Descée De Brouwer, España 2008, pp. 25-30.
TUÑÍ, JOSEO-ORIOL Y ALEGRE, XAVER, Descritos joánicas y cartas católicas, Verbo
Divino, Navarra 1995, p. 44.