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¿Qué era, después de todo, aquello que yo quería hacer?

No era una pregunta fácil de responder…


Pero, como siempre, había algunas pistas, algunas sensaciones, ideas, recuerdos…

En pocas palabras, me preocupaba mi relación con la eternidad. Llegaba un momento en que sentía
que toda mi vida se ahogaba en un caos de experiencias cotidianas y circunstanciales de las cuáles
poco o nada más que un difuso recuerdo podría subsistir dentro de unos meses. Y no solo me
importaba que subsistiera, o dejara de hacerlo. Me importaba poder llegar a comprender sí es que
había algo más que saber al respecto. Quizás algún mensaje o significado oculto, quizás una
estructura subyacente que me permitiera ordenar mejor los sucesos.

“El absoluto se piensa a sí mismo a través de nosotros. El conocimiento se forma porque entramos
en contacto por un momento con el absoluto” Esas frases que el viejo Jorge Federico Guillermo
Hegel había escrito, en su Fenomenología del Espíritu, daban vueltas a mi cabeza. Tanto más porque
no era el único que las había pronunciado, más o menos con las mismas palabras y más de un siglo
después, gente como Vincent Van Gogh ya habían dicho también “Antes pensaba que tenía que
comunicar o mostrarle algo a la gente. Pero actualmente pienso más que nada en mi relación con
la eternidad”

Y después de todo era eso, ¿o no?, lo que importaba más. Quizás ya todos teníamos, en nuestras
vidas, demasiado de contingencia, de inmanencia, de ahora, de hoy, de sentidos, de sonidos… ¡de
sabores! Fueran nuevos o fuesen los mismos, siempre llegaba a un punto en que yo quería
suspender todo canal de comunicación con el mundo exterior.

Solo quería un espacio para mí mismo, un poco de aire y tranquilidad para poder armar el plan
maestro; la obra maestra: ¿cómo conjugar lo uno con lo otro? ¿Cómo conjugar la dimensión fugaz,
sensoria, fragmentada y discontinua de la vida cotidiana, con la búsqueda de lo eterno, de lo
trascendente, de lo continuo y lo infinito? En muchos y diversos dominios de mi vida, esa dicotomía
desgraciada parecía ser una constante a todas luces bien disfrazada. ¿Hacer trabajo de campo o
seguir leyendo sobre Ciencia? ¿Leer sobre ciencia y filosofía o leer sobre arte e historia? ¿Ver una
película o escribir, sistematizar mis ideas?

Debía seguir pensando, después de todo, y, a veces muy a mi pesar, también debía continuar
viviendo… formando parte de la vida en común con algunos seres humanos. Entonces, sería mejor
encontrar alguna forma de que ambos lados de la moneda dejen de disputarse el predominio sobre
el otro… Quizás ansiaba siempre ser un poco más “teórico”. Pero podría ser que esto no fuera viable.
No lo sabía. No tenía forma de saberlo.

A veces, por momentos breves, parecía haber ciertas personas que lo habían logrado. Leonardo Da
Vinci, y a través de él, Paul Valéry; José Ortega y Gasset, Leibniz, Claude Lévi-Strauss, y Hegel. Ellos
parecían saludar alegremente con rostros envejecidos por todo lo sufrido, vivido, leído y releído.
Pero más que nada, parecían ser capaces de ver más allá. De ver ese hilo conductor, que iba por ahí
enlazando entre sí las cosas más dispares del mundo. Ese hilo quizás tuviera un estatus similar al de
la ley de la gravedad. Entonces era algo que estaba oculto, pero que no obstante estaba ahí. ¡Y era
cosa de toda una vida descubrirlo…!

Esa era la consigna. Quizás para comenzar, había que preguntarle a Dilthey!