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Sebastian Cardenas

Código: T00046463
8/16/2018
¡Nos están matando! Ensayo sobre los asesinatos a líderes sociales en Colombia

El asesinato a muchos líderes sociales, incluyendo a defensores de derechos humanos, ha

trastocado el ambiente social por uno de terror y violencia que amenazan a ciudadanos que

luchan por sus ideales; día a día salen a protestar por lo que les robaron, por consiguiente, ahora

están amenazados de muerte. El miedo y el terror se han vuelto a tomar por completo el campo

de la vida pública, la protesta y las manifestaciones multitudinarias, medio por el cual los

ciudadanos canalizan sus indiferencias, ha sido resquebrajado por la ola de asesinatos. En el

informe Cómo va la paz, el Observatorio de Violencia Política de la Fundación Paz y

Reconciliación ha inscrito 434 hechos victimizantes, entre esos: asesinatos selectivos, secuestros,

agresiones sexuales, amenazas y desapariciones forzadas. Estas acciones violentas son utilizadas

como instrumento de terror para disuadir a comunidades y a organizaciones sociales (Fundación

Paz & Reconciliación, 2018).

Esta situación precaria de seguridad física, se debe en gran parte a la ausencia estatal, que

aún no ejerce el control total del monopolio de la violencia legítima en los territorios que fueron

afectados por la violencia del conflicto armado. A pesar de la implementación de la Ley 1448 de

2011 (impulsada por el Gobierno de Juan Manuel Santos), las medidas institucionales para

proteger la vida de estos seres humanos indefensos no se ha visto materializada. El propósito de

este ensayo es explicar la situación actual con base a lo que han dicho autoridades expertas sobre

el tema; por qué los asesinan; quiénes son los responsables; y por último, qué alternativas de

prevención y protección se pueden ofrecer para mitigar el problema.

Desde que se firmó el Acuerdo de Paz con las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias

de Colombia) los asesinatos a líderes y lideresas como también a defensores y defensoras de


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derechos humanos han sido relativamente altos como lo muestra el informe Cómo va la paz de la

Fundación Paz y Reconciliación; las muertes parecen tener patrones sistemáticos, pero aún no se

puede confirmar completamente tal teoría (Fundación Paz & Reconciliación, 2018, pg. 60). Por

lo tanto, una razón pertinente por la cual este flagelo se presenta es porque existe un vacío de

poder (autoridad). En efecto, la desmovilización de los grupos guerrilleros dejaron zonas libres

que ahora están en disputa con otros grupos armados ilegales, de los cuales algunos se

autodenominan Autodefensas Gaitanistas de Colombia (viejas estructuras paramilitares/

BACRIM1).

Estos grupos se han movilizado a los puestos que antes controlaba la FARC, es decir, sale

un actor armado al margen de la ley para que entre otro y haga de las suyas. Según el diario

virtual El Colombiano, una posible razón para estar matando a civiles que proclaman sus

derechos es, como explica la Defensoría del Pueblo: “[…] las amenazas e intimidaciones,

sumadas a los asesinatos están relacionados con la defensa de territorios étnicos, oponerse a la

expansión de la minería y la agroindustria, denunciar el problema de la tierra o reclamar sobre

esta, y la estigmatización” (2017).

Según Ariel Ávila, politólogo experto en el tema del conflicto armado en Colombia

responde lo siguiente en una columna de opinión en la revista Semana: “[…] la mayoría de estas

victimizaciones no tienen un responsable específico. Es decir, no solo los autores intelectuales,

sino los autores materiales no tienen una clara procedencia. De hecho, en la zona del Urabá el

Clan del Golfo es responsable del homicidio de líderes sociales, pero en otros departamentos

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Las BACRIM se refiere a Bandas Criminales que surgieron después de la “desmovilización” de los grupos
paramilitares.
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donde tienen una importante presencia no asesinan líderes sociales. Lo que todo parece indicar es

que hay gente en la “legalidad” que estaría pagando para matar estos líderes” (Semana, 2017).

Desde otra orilla, Diana Sánchez, directora de la Asociación Minga y coordinadora del

Programa Somos Defensores, argumenta que “[…] es claro que detrás de todos los casos de

asesinatos, amenazas y ataques contra líderes y defensores de derechos humanos hay fuerzas con

poder de injerencia en todos los niveles y que, contrario a lo que se ha escuchado desde algunos

sectores del Gobierno, no se trata de casos aislados o problemas personales”. Sánchez también

dice, que en la Fiscalía se han investigado 170 casos que fueron registrados por la ONU, por lo

tanto, se supone que el 50% de esos están esclarecidos. “[…] Nosotros creemos que 65 casos

(correspondientes a ese 50%) es una cifra insuficiente sobre todo si tenemos en cuenta que desde

el programa hemos registrado al menos 580 asesinatos en los ocho años de Santos” (El

Espectador, 2018). Ante estas dos opiniones distintas, lo que se busca con dichos argumentos es

exhibir los criterios de ambos profesionales con el fin entender la magnitud de las violaciones de

derechos humanos.

La Ley 1448 de 2011 contempla una serie de prevenciones y protecciones para

salvaguardar la integridad humana de las víctimas, pero a mucho a pesar de que la Ley exponga

las directrices que deben guiarse las instituciones para socavar los asesinatos, la materialización

de los objetivos estipulados aún no se ha concretizado. Por lo tanto, como estudiante de Ciencia

Política, me atrevo a sugerir algunas alternativas de prevención y protección para mitigar la

situación.
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1. Es fundamental la presencia del Estado: el vacío de autoridad que dejan los

territorios antes ocupados por las FARC, se convierte en zona de disputas de

grupos armados ilegales que pretenden ejercer control.

2. La protección de los líderes y lideresas, defensores y defensoras de derechos

humanos: debe ser primordial movilizar la fuerza pública para proteger las vidas

de los activistas sociales que disfrutan de su derecho constitucional de protestar;

manifestarse en desacuerdo sobre cualquier política local o nacional.

3. En el caso de personas amenazadas, las instituciones locales deben prestar un

alojamiento temporal y protegido por policías para evitar que el individuo sea

abatido.

4. Los entes investigativos deben priorizar las indagaciones para esclarecer los

sucesos.

5. Las Cortes debe tener preferencia al momento de impartir justicia en estos casos

para agilizar los procesos judiciales.

Acéptese o no, las investigaciones que se han realizado por parte de las instituciones

estatales han sido insuficientes para arrestar a los perpetradores de los asesinatos, y más aún,

cuando se habla de una posible sistematicidad de los hechos. No cabe duda, que ambos Ávila y

Sánchez son expertos en el tema, pero a fondo, más allá de sus posibles explicaciones u

orientaciones, los hechos siguen ocurriendo, y nadie da con la verdad. Haya o no complicidad

institucional en la ola de asesinatos, los hechos ya sucedieron, la prevención aún es limitada, y la

seguridad física de los activistas todavía corre riesgo.

Las medidas sugeridas aquí son una apertura para una discusión más seria que cubra

todas las dimensiones de estos eventos. Los presupuestos recomendados sirven para tener una
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mejor comprensión del tema analizado, así como para corroborar en el diseño de un plan de

contingencia para la seguridad de los activistas sociales.


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Bibliografía

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