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Debates sobre la experiencia.

Un recorrido sus temas, objetos y materiales “clásicos” hasta in-


cluir entre sus problemáticas las vinculadas con es-
por la teoría y la praxis feminista tos clivajes de poder. Otro refiere a la integración
–por momentos, más retórica que real– de ciertas
preocupaciones feministas en las discusiones sobre
la construcción intelectual y política de las diferen-
cias, así como sobre los lugares de autoridad cientí-
fica en el relevamiento etnográfico de autobiogra-
fías, historias de vida y relatos de experiencia.
En lo que sigue, me propongo revisar algunos
de los planteos en disputa alrededor de esta polé-
mica categoría por parte de distintas voces de la

Por Silvia Elizalde

Silvia Elizalde es doctora en


C on diversos contrastes y argumentos, el
re-examen del concepto de experiencia
viene concitando desde hace décadas numerosos
teoría y la praxis feminista, con el objetivo de indi-
car algunos de los desafíos que estas discusiones
plantean a la tarea científica a la hora de asumir co-
mo horizonte de trabajo y compromiso político de
Filosofía y Letras, FFyLL, UBA. debates en el seno de los estudios de género. Des- intervención la difícil tarea de articular el conoci-
Investigadora del CONICET. de quienes han depositado en esta noción el funda- miento académico con el conocimiento cívico.
Docente de las Facultades de mento de un programa político emancipador para
Ciencias Sociales de UBA y las mujeres y otros grupos históricamente silencia- ¿Punto de partida?
UNICEN. Integrante del Instituto dos por el discurso social y académico, hasta quie-
Interdisciplinario de Estudios de nes abogan por su total deconstrucción para el Desde la existencia de grupos de mujeres que,
Género (IIEGE) y del Área cuestionamiento de las ideologías sexuales domi- en los años 70, se reunían para intercambiar viven-
Queer, FFyLL, UBA. nantes, diversas perspectivas teóricas, epistemoló- cias personales y construir colectivamente una na-
gicas y de método del campo feminista y queer se rración que las nombrara en plural, muchas femi-
han ocupado de interrogar el valor crítico de la di- nistas han considerado que rescatar esos relatos era
mensión experiencial en clave de género, así como sinónimo de “sacar a la luz” una “historia coral,
su poder configurador de conocimiento sobre la sustentada en múltiples voces” (Blondet, 1986 cita-
propia vida y la de los “otros culturales” en cada do por Barbieri, 1995: 84) que podía ser socializada
contexto. En este marco, es innegable que tanto los y puesta al servicio de la práctica liberadora de las
trabajos que analizan las vivencias cotidianas de las mujeres por cuanto sus testimonios permitían de-
mujeres con el anhelo de producir una reconsidera- nunciar condiciones de vida opresivas y percibir es-
ción de la teoría y la práctica social desde un “pun- ta experiencia como transversalmente compartida
to de vista femenino”, como aquellos que exploran por un “nosotras”. Por aquellos años sostenían
los relatos de vida de distintos grupos subalterniza- que, en efecto, ese ejercicio intersubjetivo habilita-
dos por razones de género y sexuales como mate- ba un “proceso interactivo de auto y mutuo cono-
rial básico para indagar las transformaciones en la cimiento” que posibilitaba a las mujeres “aumentar
cultura contemporánea, han impactado en el cora- el grado de conciencia, autonomía y organización”
zón de las ciencias sociales. Uno de los indicadores (Viezzet, 1982 citado por Barbieri, 1995: 85).
de este alcance es el evidente corrimiento de fron- En continuidad con aquella idea, pero con el se-
teras experimentado por la crítica social respecto de llo de la torsión crítica operada en el feminismo a

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partir de los 80 y, sobre todo, en los 90 en relación conocimiento feminista; todas las mujeres tienen
con las nuevas condiciones de la hegemonía, la ir- experiencias de mujeres pero sólo en ciertos mo-
landesa-catalana Mary Nash (1994) ha llamado la mentos históricos algunas de nosotras produce co-
atención sobre la necesidad de pensar a la experien- nocimiento feminista”. (1991: 286, traducción pro-
cia como una categoría compleja, en la que la viven- pia). Por ejemplo, en el marco del movimiento de
cia personal se vincule histórica y contextualmente mujeres y por la intermediación de la teoría o el
con los distintos recorridos de las mujeres, en tanto pensamiento feminista, que –para esta autora– son
colectivo social dinámico. Esta forma de entender al los verdaderos espacios habilitadores de una instan-
feminismo como matriz de relaciones de diverso sig- cia de crítica e interpelación al poder.
no –más que como movimiento de ideas unificadas Ante este recurrente peligro de esencialización,
sobre la opresión o de modos compactos de acción varias teóricas se han pronunciado enfáticamente.
política– ha ampliado el arco de prácticas que pue- Elizabeth Weed (1989) y Chandra Mohanty (1991),
den ser comprendidas por este término (“feminis- por ejemplo, también han insistido en señalar que
mo”) al tiempo que ha permitido incluir como ma- la expresión “experiencia de las mujeres” no puede
terial de análisis a los múltiples itinerarios sociales de constituir el fundamento de ninguna política de
las mujeres, sus distintas trayectorias de lucha así co- identidad feminista en la medida en que no es po-
mo los procesos de aprendizaje histórico de los que sible presuponer intereses comunes ni homogenei-
participan en tanto configuraciones concretas en re- dad de rasgos (por ejemplo, la opresión masculina)
laciones específicas de poder de género. en el interior del colectivo de mujeres. Lo contrario,
Ahora bien, más allá de los intentos por superar conduciría a “invertir las jerarquías, colocando a
el esquematismo de los planteos iniciales sigue otro grupo como el sujeto del conocimiento y de la
siendo aún altamente conflictivo, para cualquier política, pero dejando intactas las categorías que
política feminista, sostener la pretensión de dar por definen la identidad de grupo, a las exclusiones que
sentado una cierta unidad esencial de la condición esas categorías conllevan, y a las estructuras más
de género que daría cuenta de los diversos modos amplias de dominación y explotación”. (Stone-Me-
en que las mujeres experimentan sus vidas, se rela- diatore [1996] 1999: 88).
cionan con los/as otros/as culturales, e interactúan Por su parte, Teresa De Lauretis (1984) propuso
con sus condiciones materiales, simbólicas e institu- tempranamente, retomando planteos de Charles
cionales de existencia. Esto supondría partir, justa- Pierce, Jacques Lacan y Umberto Eco, distinguir en-
mente, de un esencialismo ontológico de las identi- tre “mujeres” en tanto sujetos históricos concretos,
dades –pero también de la problemática división y la noción de “mujer”, como ficción producida por
entre público y privado, entre otras persistentes di- los discursos hegemónicos. Indicó asimismo que el
cotomías genéricas y sexuales– que sostendría una vínculo entre ambos términos nunca puede ser “ni
noción abstracta de “experiencia de las mujeres” una relación directa de identidad, una correspon-
como antagónica a la “experiencia de los hom- dencia de uno a uno, ni una relación de simple im-
bres”, concebida esta última como una construc- plicación” (1984: 5 y 6). Es interesante advertir que
ción transhistórica, saturada de poder y organizada la distinción propuesta no invalida la aspiración del
exclusivamente a partir de prácticas sexistas y con- proyecto feminista de producir “las condiciones de
2 Nos situamos en este sentido
cepciones androcéntricas. Tal como señala Sandra visibilidad para un sujeto social diferente” (1984: 8
dentro de la tradición hermenéu-
Harding “tener experiencias de mujeres –siendo y 9) sino que, por el contrario, requiere de una em- tica, siguiendo a Gadamer, Jauss,
mujer– no es obviamente suficiente para generar presa intelectual más ambiciosa. Exige, entre otras y Ricoeur.

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cosas, concebir a la experiencia como un proceso di- del feminismo, de que la experiencia cotidiana de
námico de construcción de “costumbres que surgen las mujeres reviste una importancia crucial como lo-
de la interacción semiótica con el ‘mundo externo’” cus de una agencia resistente a los sistemas abs-
(1984: 182) y del continuo “compromiso personal, tractos y las regulaciones hegemónicas. Con todo,
subjetivo, en las prácticas, discursos e instituciones me gustaría indicar, en este punto, una cierta reser-
que dan significado (valor, sentido y emoción) a los va respecto de los argumentos que utiliza para de-
acontecimientos [de la realidad social]” (1984: 159). finir las posibilidades que tienen los/as sujetos de
Así, una primera reconceptualización crítica de “examinarse críticamente”. Me inclino a considerar,
la noción de experiencia es aquella que la concibe al respecto, que la configuración de esferas de au-
como indisociable de la subjetividad en tanto inte- todeterminación no necesariamente emerge de la
racción fluida, en constante redefinición y abierta a reflexión crítica sobre las prácticas de todos los días.
cambios por la práctica política, teórica y de auto- Más bien afirmaría que la experiencia de la opre-
análisis que se produce cuando, en palabras de De sión, el percibirse y ser percibido/a en oposición a
Lauretis, “las relaciones del sujeto en la realidad so- los ojos dominantes, habilita una doble conciencia,
cial pueden rearticularse desde la experiencia histó- que no requiere inexorablemente de una instancia
rica de las mujeres” (1984: 186). Lo interesante examinadora. Es decir, no implica una separación
aquí es que, si bien para esta autora la subjetividad entre el momento de “hacer” y el de “pensar/se”
sólo es posible en el marco de ciertas configuracio- porque justamente este hiato supondría reconocer
nes discursivas, la experiencia no es, en su planteo, la existencia de una diferencia ontológica entre la
un campo totalmente indecidible para los/as suje- historia como estructura, y la agencia, pensada co-
tos concretos/as. También opera como espacio de mo un proceso a través del cual el sujeto tomaría
agenciamiento individual y de (re)elaboración de distancia de su experiencia vital y luego la examina-
formas históricas de conciencia, a partir del examen ría racionalmente.
crítico de la propia posicionalidad en cada contex- De todos modos, el planteo de De Lauretis
to. En este proceso, entonces, acierta en un aspecto central de la discusión en tor-
no a la experiencia. Sus argumentos mantienen
“[la propia historia] es interpretada o re- abierta la tensión entre el estatuto exclusivamente
construida por cada una de nosotras dentro lingüístico de ésta como instancia “narrable” y cier-
del horizonte de significados y conocimien- to margen de actuación e intencionalidad del suje-
tos disponibles en la cultura en un momen- to. Esta no total sutura del vínculo entre lenguaje y
to histórico dado, un horizonte que tam- agencia señala, justamente, el carácter constitutiva-
bién incluye formas de compromiso y lucha mente conflictivo de la subjetividad y de la experi-
política […] Por lo tanto, la conciencia no mentación personal, aún cuando, para esta autora
está nunca fija, no se consigue nunca de “la única manera de situarse fuera del discurso es
una vez por todas, porque las fronteras dis- desplazarse dentro de él” (1992: 18).
cursivas cambian con las condiciones histó-
ricas” (De Lauretis, 1986: 8, citada en Alcoff Lenguaje y deconstrucción
[1988] 2001: 92, traducción M. Navarro).
Desde el materialismo cultural con influencia de-
Como se advierte, De Lauretis suscribe a la idea, rridiana, la historiadora inglesa Joan Scott (1991) es
ampliamente extendida entre distintas vertientes una de las que, quizás, representa más acabada-

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mente la perspectiva postestructuralista en este de- ciones sociales, y entre homosexualidad y heterose-
bate. En efecto, para Scott, la empresa primordial xualidad”. (1999: 64).
del feminismo debe apuntar a deconstruir no sólo la Así pues, contra toda representación de la expe-
naturaleza discursiva, ficcional, de toda representa- riencia en tanto testimonio subjetivo, inmediato y
ción, sino los presupuestos ideológicos que están en autentificador de la existencia ontológica del indivi-
la base de cualquier producción lingüística. Incluso duo, la autora propone “atender a los procesos his-
–y sobre todo– si ésta proviene del relato aparente- tóricos que, a través del discurso, posicionan a los
mente certero e infalsificable de la propia vida. Cri- sujetos y producen sus experiencias”. Y esto por-
ticando así, con agudeza, los usos que cierta histo- que, en su opinión, “no son los individuos los que
riografía ha hecho de la noción de experiencia como tienen experiencia, sino los sujetos los que son
“evidencia incontestable”, “punto de explicación constituidos a través de ella”. (1999: 64, el destaca-
originario” (1999: 63) y fuente de autoridad de los do es mío).
argumentos científicos del historiador “que aprende Ahora bien, es precisamente esta definición de
a ver y a iluminar las vidas de los otros en sus tex- experiencia como evento lingüístico, conformado
tos” (1999: 62) Scott advierte sobre los riesgos de sólo en el marco de sistemas de significados previa-
producir conocimiento sobre la diferencia cultural mente estructurados en la interacción discursiva, la
(fundamentalmente de género) y las prácticas de re- que ha despertado –como veremos enseguida– en-
sistencia (de las mujeres) desde una concepción des- cendidas críticas por parte de quienes le reprochan
historizada, descontextualizada y desideologizada a Scott no tener en cuenta la dimensión más visce-
de la experiencia. Como si ésta fuera una superficie ral de la vida de los/as sujetos, cuya materialidad no
transparente, de indiscutible autenticidad, que esta- es únicamente lingüística ni puede ser subsumida ni
blece de manera incontrovertible la identidad de las articulada enteramente en y por el lenguaje. Scott
mujeres como personas con agencia y que da acce- se defiende de estas acusaciones recordando el ca-
so directo a “lo real”, ante lo cual el intelectual pue- rácter social y productivo del lenguaje, así como la
de/debe rescatarla y validarla a través de un relato lo naturaleza contradictoria de las producciones dis-
menos intermediado posible, o directamente, a tra- cursivas de la realidad social y política, cuya base
vés de la metáfora explícita de la visibilidad. Para proviene implícitamente de la tradición teórica de
Scott, en este tipo de definiciones fundacionalistas, John Austin y Mijail Bajtín, y de las relecturas post-
la capacidad de agenciamiento queda reducida a un estructuralistas del lenguaje. Con todo, cabe aclarar
compendio de atributos inherentes a los individuos, que el carácter productivo del lenguaje, o su efecto
los cuales son pensados, además, como autónomos, performativo, no necesariamente se acomoda a la
unificados y ejerciendo la voluntad libre. En su pers- definición de “evento lingüístico” que Scott ofrece.
pectiva, en cambio, la agencia social alude a las po- “La experiencia –señala la autora– es la historia de
sibilidades de constituir condiciones históricas de ac- un sujeto. El lenguaje es el lugar donde se hace la
ción en el marco de situaciones específicas, a partir historia. La explicación histórica no puede, por lo
de las cuales es posible no sólo actuar sino también tanto, separarlos” (1999: 78).
impugnar, transformar y contestar (nunca ilimitada- Siguiendo esta línea de razonamiento, Scott
mente) a los sistemas ideológicos. Sobre todo cuan- sostiene enfáticamente que negarse a deconstruir
do, como en el caso de las historias de género, es- la genealogía de categorías clave como “clase, ra-
tas ideologías dan por sentado “una oposición na- za, género, relaciones de producción, biología,
tural o instituida entre prácticas sexuales y conven- identidad, subjetividad, agencia, experiencia y aún

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cultura”, o posponer la necesaria tarea de “negar producidas sobre esas narrativas, se presenta como
la fijeza y trascendencia de todo lo que parece ope- un discurso autoevidente, que narra constantemen-
rar como fundamento” (1999: 81 y 82) tiene impli- te lo pasado y aquello que es foráneo, y cuya legi-
cancias no sólo teóricas sino también epistemoló- timidad viene dada por la naturaleza científica de su
gicas y políticas. La más importante, dice, es que escritura. Libre, entonces, del compromiso de discu-
nunca se explicita claramente el proceso de asigna- tir la política de su construcción, la teoría olvida
ción de posiciones de sujeto, ni de quien investiga también preguntarse por su rol en la formulación
ni de quien es construido/a como objeto de la in- de prácticas políticas concretas, precisamente por-
vestigación, y por lo tanto se asumen a ambas ads- que, para Scott “las respuestas a esas preguntas no
cripciones identitarias (investigador/investigado; existen por fuera de los discursos que las produ-
entrevistador/informante; antropólogo/“nativo”, cen” (1999: 80). Operando de esta manera, el que-
etcétera) como inevitables, dadas o simplemente hacer teórico suspende, también, la pregunta por
“encontradas”. Y no como lo que son: parte de su propia posicionalidad histórica en y a través del
sistemas discursivos que están constantemente patrón colonial/moderno que organiza las diferen-
atravesados por el conflicto y la contradicción de- tes esferas de experiencias, subjetividades, autori-
bido a las múltiples significaciones que despliegan dad y propiedad en cada momento. De allí la im-
en su entorno, así como a las diferenciadas histo- portancia que la perspectiva postestructuralista
rias y geografías desde las que se las formula. Al no otorga a la indagación de los modos de producir y
historizarse los términos en los que el propio lugar ejercer dominio, que muchas veces se solapan en el
de lectura e interpretación intelectual se produce hacer científico, y que atraviesan incluso los proce-
–advierte Scott–, la subjetividad del analista y su sos de traducción que ese hacer configura.
posicionamiento en la trama identitaria más amplia Pero entonces: ¿de qué está hecha la experien-
jamás son puestas en cuestión. Lo que demuestra, cia? La pregunta abre un interesante contrapunto
además, que ciertas lecturas de lo social se apoyan en el interior de los estudios de género. Como men-
y justifican en la construcción de una posición es- cionamos, para Joan Scott el desafío consiste en re-
tratégicamente distanciada de lo “real”, que ubica levar las experiencias de las mujeres (y de otros gru-
a quien produce teoría en el lugar de un ojo exter- pos subalternizados), no como expresión de la sin-
no que “mira” desde lo alto, desvinculado de la gularidad de sus vidas, ni como unidad de aprecia-
historia. Así, pues, la condición de género, la edad, ción de su grado de inclusión o exclusión en el
la pertenencia a una etnia, una nacionalidad, o una mundo social sino como materiales polémicos de
implicación subjetiva o afectiva particular con cier- construcción y re-interpretación de las condiciones
tos objetos, procesos o actores sociales, quedan históricas y los significados culturalmente disponi-
virtualmente fuera de interrogación en la dinámica bles para pensar la identidad, el género, las sexua-
de construcción de conocimiento. Como conse- lidades o la raza. Para otras feministas, en cambio,
cuencia de ello, la relación –historizada y contex- sigue siendo vital usar los relatos de las mujeres
tualizada– que debería establecerse entre el poder marginalizadas para indicar las respuestas que pro-
del marco analítico y las experiencias que son obje- ducen a las tensiones y contradicciones de las de-
to de su estudio, queda –según Scott– suspendida mocracias capitalistas contemporáneas y obtener, a
o directamente ignorada. En su lugar, el relato his- partir de esos relatos, un conocimiento liberador.
toriográfico o etnográfico que se construye alrede- En este sentido, la crítica más fuerte que se le
dor de las narrativas personales o de las historias formula a Scott desde esta perspectiva es –como

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veremos enseguida– el haber reducido la experien- cruces culturales que atraviesan la experiencia en
cia a un mero efecto lingüístico, lo cual conduciría “la frontera”, en esos intersticios que se crean en-
al solapamiento del compromiso efectivo del análi- tre los diferentes mundos que habitan, conflictiva y
sis con las narrativas más sutiles de la experiencia simultáneamente los/as borderdwellers, donde sur-
marginal femenina. Como consecuencia de esto, se ge una conciencia “alienígena” en proceso. Una
la acusa también de obliterar en su propuesta el po- nueva conciencia mestiza, que emerge en el “estar
tencial que estas intervenciones contra-hegemóni- haciéndose” en la frontera. Así, para Anzaldúa, el
cas tienen para nuestras propias imaginaciones his- trabajo de la mestiza es, en sí mismo, el experi-
tóricas en clave de género. mentarse en lo cotidiano como un “amasamiento,
un estar uniendo y juntando, que no sólo produce
Voces resistentes y experiencias corporeizadas una criatura de la oscuridad y una criatura de la
luz, sino también una criatura que cuestiona las
El rescate de las experiencias que han sido os- definiciones de lo claro y de lo oscuro y les otorga
curecidas por las grandes narrativas del imperialis- nuevos significados”. (Anzaldúa, 1999: 103, tra-
mo, el patriarcado y el androcentrismo tiene un lu- ducción propia). Esta conciencia, nacida en la bre-
gar destacado entre las llamadas feministas “de cha que se extiende entre los “movimientos de re-
los márgenes”, “postcoloniales” o “del Tercer beldía y las culturas que traicionan” proviene,
Mundo”, entre las que se encuentran, entre mu- pues, de una experiencia que no puede encorsetar-
chas otras, Gloria Anzaldúa, Bell Hooks y Chandra se en los límites exclusivos de la gramática y las
Mohanty. El presupuesto de esta corriente es que prescripciones del discurso:
las mujeres que han sido históricamente silencia-
das y/o segregadas política, económica y cultural- “Así que no deis vuestros dogmas y vuestras
mente en las representaciones dominantes del leyes. No deis vuestros banales dioses. Lo
mundo social, producen una cantidad significativa que quiero es contar con las tres culturas –la
de testimonios, biografías, relatos de vida y expe- blanca, la mexicana, la india–. Quiero la li-
riencias que desafían cotidianamente a las previ- bertad de poder tallar y cincelar mi propio
siones hegemónicas con una fuerza política no rostro, cortar la hemorragia con cenizas,
despreciable. Esto, sin perjuicio de reconocer que moldear mis propios dioses desde mis entra-
la sola condición de chicana, negra, lesbiana, co- ñas. Y si ir a casa me es denegado, enton-
lonizada o pobre no determina ni conduce inexo- ces tendré que levantarme y reclamar mi es-
rablemente a la autoconciencia de la exclusión y a pacio, creando una nueva cultura –una cul-
la movilización para su resistencia. Como lo indica tura mestiza– con mi propia madera, mis
diáfanamente Bell Hooks en su implacable crítica propios ladrillos y argamasa, y mi propia ar-
al feminismo liberal blanco: “[…] la gente que es- quitectura feminista”. (Anzaldúa, 2004: 79,
tá de verdad oprimida lo sabe incluso si no se itálica en el original).
compromete con una resistencia organizada o es
incapaz de articular de forma escrita la naturaleza En efecto, el gran divisor de aguas entre las fe-
de su opresión”. (2004: 44). ministas intervinientes en este debate sigue siendo
En esta línea de revalorización no esencialista el lugar adjudicado al lenguaje en las estrategias de
de las voces excluidas, Gloria Anzaldúa (1987) sos- formulación y significación de las experiencias indi-
tiene que es en el espacio que se abre “entre” los viduales y colectivas. Al respecto, lo que para mu-

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chas de las teóricas “de los márgenes” resulta inad- cando zonas de explicitación y de secreto. Desde
misible del planteo de Joan Scott es su virtual elimi- esta perspectiva, la clave reside, entonces, en la in-
nación de toda otra dimensión de la experiencia corporación de la distinción de género –además de
que no sea de orden lingüístico. Fundamentalmen- las diferencias de clase y etnia– como dimensión de
te porque en los argumentos de la historiadora in- estudio del análisis de narrativa. Porque esta aper-
glesa el lenguaje aparece definido como el principal tura permite prestar atención al modo en que esta
material de la inteligibilidad normativa. Este opera, división opera en la construcción de ciertos forma-
según Scott, construyendo representaciones semió- tos discursivos, no porque “hablen” de los “pro-
ticas y lingüísticas que regulan las identidades de blemas de las mujeres marginadas”, sino porque
género, naturalizan el deseo (en el patrón heterose- participan de la relación móvil entre saber y poder.
xual) y reenvían al terreno de lo “desviado” a aque- Recordemos, en cambio, que en el planteo de
llas actuaciones que no se adecuen o que directa- Scott, las narrativas subalternas nunca dejan de estar
mente problematicen las comprensiones estableci- encarnadas en textualidades que “no sólo oscurecen
das sobre el género y la sexualidad. El núcleo de la sino que también perpetúan inconcientemente los
crítica a esta perspectiva del lenguaje como perfor- procesos discursivos que ‘producen’ a los sujetos que
matividad –que está en la base del texto de Scott, tienen experiencias” (Stone-Mediatore, 1999: 90).
pero sobre todo en Judith Butler (1990, 1993 y Por eso, para mantener la productividad del concep-
1997)– es que el carácter normativo de la constitu- to (de “experiencia”), Scott propone hacerlo estallar,
tividad discursiva de la que emergería toda expe- deconstruir las operaciones ideológicas que lo tra-
riencia, insinúa que todo otro enclave de eclosión man discursivamente, a fin de pensar y producir des-
sólo puede ser pensado como reacción a aquella de allí, nuevas configuraciones del sujeto. Sin embar-
norma. Esto es, no habría margen para leer que las go, “al poner en el mismo plano a la experiencia con
experiencias que ciertos/as sujetos producen (y en las representaciones de la experiencia, [Scott] [oblite-
las cuales son producidos/as) desde posiciones mar- ra] el papel que tiene la experiencia subjetiva en la
ginalizadas y a contrapelo de la regulación hegemó- motivación y su intervención formadora en las prác-
nica, son elaboraciones que incluyen componentes ticas de representación”. (Stone-Mediatore, 1999:
que no provienen de modo exclusivo de la norma- 92. Los destacados son míos). Avanzando en esta lí-
tividad discursiva global dominante. Para indicar, nea podríamos radicalizar la crítica con una nueva in-
justamente, su existencia y vitalidad, Jean Franco terrogación: si la experiencia es el compendio pro-
(1992) menciona los textos de Rigoberta Menchú ductivo de estilizaciones discursivas (y codificadas)
(1983) y de Domitila Chungar (1977) como ejem- sobre los actos que constituyen la identidad de cada
plos de resistencia a los intentos de institucionaliza- sujeto, y los sujetos son los agentes tramados por el
ción de una tradición basada en la producción de discurso que pueden repetir, parodiar o subvertir
relatos sobre la subalternidad. En estos textos –se- esos actos pero siempre dentro de las fronteras de la
ñala Franco– las diferencias culturales no se anulan normatividad social (y, por lo tanto, por medio de
por efecto del discurso. Por el contrario, quedan ex- mecanismos retóricos), ¿cómo explicar aquellas prác-
plícitas en las marcas mismas del testimonio: Rigo- ticas y vivencias que los/as sujetos actualizan en tor-
berta y Domitila se muestran “concientes” del uso no al género y las sexualidades cuya materialidad
de la información que dan, por lo que mantienen transgrede la norma (lingüística) de las regulaciones
una relación ambigua con las editoras, de alianza culturales dominantes, pero que no se sostiene ne-
por la difusión de sus historias y de límites, demar- cesariamente en el lenguaje para hacerlo?

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Chandra Mohanty (1991) propone una respues- ta a pensar de modo complejo la subjetividad, de
ta posible a este interrogante delineando un análisis manera que –sin quedar inexorablemente “atada”
que avanza en la exploración de los recursos subje- al género– pueda ser reconstruida reflexivamente
tivos que se ponen en juego en la narración de his- en el relato y convertirse en espacio de confronta-
torias y biografías, pero también en los procesos de ción de las determinaciones históricas. En esta
lectura y reinterpretación, y que pueden dar pie a perspectiva, el lenguaje no es el exclusivo material
nuevas modalidades de producción y ejercitación de ni el único lugar del significado: los cuerpos con-
discursos resistentes. Entre estas herramientas nom- cretos y habitados, y las prácticas sociales son fun-
bra a la tensión emocional que surge del relato de damentales para la construcción de sentido y es a
experiencias y sentimientos contradictorios que atra- través de ellos y del ejercicio estratégico de la con-
viesan la trama misma de la realidad vivida por mu- ciencia, que la subjetividad femenina puede rearti-
chas mujeres, y que puede dar paso a formas de cularse en términos de alianzas y coaliciones de in-
contestación al discurso dominante. Lo interesante tereses políticos específicos, más que de bloques
es que estas resistencias no se diseñan desde un yo monolíticos de lucha y oposición.
auténtico y pre-discursivo sino desde posiciones y En efecto, el planteo de Alcoff recupera la suge-
materialidades específicas (corporales, emocionales, rencia ya expresada por Rosi Braidotti (1991) de po-
lingüísticas y no lingüísticas). Desde allí los/as sujetos ner en valor el papel que desempeña la experiencia
se apropian de las categorías disponibles de la iden- corporal en el desarrollo del conocimiento, en tan-
tidad mediante la producción de narrativas que pro- to lugar de una verdad que, en vez de apartarse del
blematizan la condición naturalizada de esas cate- cuerpo, lo reclame “para nosotras mismas”. Esta
gorías, así como las significaciones dadas por senta- experiencia corporeizada, y la subjetividad a la que
do en torno a ellas. No hay, pues, para Mohanty, da acceso y, a la vez, configura, debe ser pensada,
una experiencia, sino capas o niveles de experiencia para Alcoff, como un espacio cognitivo. Este no se
que pueden expresar tensiones y ambigüedades en- reduce, claro está –como creían las feministas de los
tre sí, incluso en una misma narrativa. 7– a hacer meramente visible la experiencia de la
La operación de lectura se vuelve aquí clave, mujer “a la luz de las tachaduras y distorsiones fa-
porque es en ella que “nuestra incomodidad con el locéntricas”, como si la experiencia oficiara de fun-
discurso [dominante] excede lo que está represen- damento autorizado y no problemático del conoci-
tado en categorías discursivas dadas” (Stone-Me- miento. Pero tampoco puede desecharse –señala–
diatore, 1999: 107, el destacado es mío) y puede como lo hacen las postestructuralistas, negando la
avanzar en el reconocimiento de múltiples opresio- importancia cognitiva del entramado experiencial y
nes por parte de los grupos excluidos y en la crea- fundando el conocimiento exclusivamente en la ta-
ción de formas de oposición a esos poderes. Aho- rea política de la teoría, al afirmar que tanto la ex-
ra bien, ¿cómo se piensa ese exceso que dispara la periencia como la subjetividad no son más que el
incomodidad “más allá” o “por fuera” de la nor- producto inexorable –nunca del todo liberado de
ma, de la representación retórica del mundo? Al- las constricciones que las regulan– de la interacción
gunas pistas sugerentes provienen de autoras co- discursiva. Para Alcoff, se trata, más bien, de tender
mo Linda Alcoff (1988, 1994 y 1999) quien –como nuevos puentes entre la exclusión recíproca en la
la mencionada Teresa de Lauretis– si bien acuerda que han caído la perspectiva fenomenológica (la
en la necesidad de deconstruir toda identidad de autora se refiere, primordialmente, a los planteos
género y sexual definida apriorísticamente, apues- de Merleau-Ponty, que rescata) y la postestructura-

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lista por cuanto ambas coinciden en que el principal al feminismo renovar su plataforma epistemológica
desafío sigue siendo interrogar críticamente las de trabajo a fin de “partir de descripciones de
ideologías sexuales y de género que organizan las cuerpos específicos, con sus propias historias indi-
relaciones sociales más variadas. viduales específicas e inscripciones, en lugar de
En este sentido, Alcoff reconoce que Scott puso partir de un concepto abstracto del cuerpo o de
el dedo en la llaga al sostener que dar visibilidad a uno que exista sólo en una representación tex-
la experiencia femenina no significa per se un pro- tual”. (1999: 127).
yecto político capaz de desentrañar el modo en que
los sistemas ideológicos construyen tanto las identi- Lugares de (re)lectura. Desafíos para el análisis social
dades como las experiencias y las traducen en desi-
gualdades, sino que –por el contrario– admite que La posibilidad de pensar, entonces, que ciertas
este gesto no ha hecho más que dejar inalterados experiencias y narraciones de experiencias activan
los términos y condiciones en los que esas experien- prácticas de resistencia que no pueden explicarse
cias se fundan. Pero advierte sobre los riesgos de sólo como el revés de la trama dominante (median-
concebir a la totalidad de la experiencia y del cono- te, por ejemplo, el uso paródico o subversivo de las
cimiento como operando sólo en un terreno lingüís- nominaciones normativas de género y sexualidad,
tico. ¿Cuál es, por caso, –se pregunta Alcoff– la re- como sostiene Judith Butler), ni como un acto de
lación existente entre el discurso y la experiencia de agencia individual absolutamente restringido a los
la violencia sexual concreta? Ciertamente –sostiene contornos de las categorías discursivas socialmente
a modo de respuesta– el lenguaje impregna y afec- disponibles, señala una vía de análisis en alto grado
ta la experiencia, pero éste no puede convertirse en sugerente. Desde esta mirada, las experiencias no
la condición exclusiva de su inteligibilidad. La auto- “pertenecen” a los/as sujetos en tanto individuos o
ra propone, al respecto, pensar en el amplio con- colectivos unificados, sino que se construyen como
junto de conocimientos que surgen de distintas ex- resultado de continuos procesos de intersección e
periencias corporeizadas vinculadas con la opresión influencia (desigual) entre diferencias encarnadas
y la violencia –da el ejemplo de la violación y otras en sujetos concretos, así como de relaciones de
formas de explotación y abuso sexual–, cuya marca, control y resistencia. Esto plantea algunos desafíos
memoria y/o sedimento no encuentran formulación de interés. Entre ellos, el de cuestionar las explica-
adecuada bajo los regímenes reinantes del discurso. ciones categoriales de las opresiones, las compren-
“Mi [propia] experiencia vivida –ejemplifica– incluye siones unilineales, unívocas y monológicas de la his-
cosas tales como lecciones, intenciones y una vasta toria y los entendimientos abstractos de las identi-
extensión de afectos inarticulados que exceden el dades y los cuerpos, ya que todos éstos son meca-
raciocinio”. (1999: 135). nismos que producen una percepción atomística de
De allí que para esta perspectiva, más abierta- los/as sujetos y de los grupos sociales. En este sen-
mente fenomenológica, la experiencia sea siempre tido, una vez desarticuladas estas conceptualizacio-
“abierta, multifacética, fragmentada y cambiante, nes restrictivas, ninguna experiencia puede ser con-
no a causa del juego del lenguaje, sino por la na- cebida como despojada de politicidad. En especial,
turaleza de la existencia corpórea temporal” las que construimos desde nuestras aparentemente
(1999: 128 y 129) que engloba lo ausente y el pa- previsibles posiciones de “investigadores/as”. Lejos
sado en el momento presente: mi propio cuerpo en de la autoevidencia, esas narrativas son siempre
el mundo. Es por ello que, para esta mirada, urge material de disputa, abierto y en tensión con las for-

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mas en que reconocemos y se reconoce la experien- personales, intelectuales y regionales en las que la
cia de narrar “científicamente” a los/as otros/as. autoubicación es condición imprescindible –pero no
Al respecto, es sabido que la proliferación de las suficiente– para reponer una dimensión crítica en el
metodologías cualitativas en el amplio campo de las estudio de las diferencias. Como señala agudamen-
ciencias sociales ha supuesto, en algunos casos, un te Silvia Delfino:
uso reduccionista de la entrevista, convertida en es-
trategia de incitación compulsiva a dar testimonio. “[...] Enunciar la propia posicionalidad en
Las objeciones formuladas por cierta zona del femi- relación con las comunidades de poder, ése
nismo y de los estudios de la subalternidad apuntan es el lugar de la crítica con respecto a los
justamente a la versión más esquemática de esta ‘oprimidos’. De lo contrario, la crítica queda
técnica, cuestionada por el carácter “colonizador” atrapada en la estructura que trata de deve-
de su objetivo. El foco de la crítica es la pretensión lar: reproduce categorías descriptivas que al-
de incitar al otro/a a que produzca un texto sobre sí canzan estatuto de evaluación y autentifica-
mismo a partir de ubicarlo/a en una posición enun- ción no sólo del objeto que construye sino
ciativa previamente establecida por el/la investiga- de sus propias operaciones y, a su vez, otor-
dor/a con el fin de facilitar su posterior localización, ga lugares al intelectual en tanto ‘productor
clasificación y análisis (Spivak, 1988; Rimstead, 1997; de valores culturales’”. (1999: 76).
Franco, 1992; Baba, 2002). Con todo, la posibilidad
que tiene el/la analista de subvertir este sentido res- Una segunda tarea consiste en convertir a la en-
trictivo de entrevista no puede alcanzarse si se man- trevista en un espacio, también, de deconstrucción
tiene la idea de que se trata de un medio legítimo y de los significados dominantes, permitiendo la pro-
epistemológicamente vigilado para conocer de mo- ducción de narrativas que incluyan la propia posi-
do directo la voz de los/as otros/as, a partir de “ga- ción de quien relata. Al respecto, Roxane Rimstead
rantizar” un lugar desmarcado, casi invisible, para (1997) sostiene que no alcanza con reconstruir en
el/la entrevistador/a (Harding, 2002). la entrevista la genealogía de las definiciones nega-
Desde este punto de vista, la participación del/la tivas que se han producido históricamente en torno
investigador/a no debería pasar, entonces, por un a la figura de, por ejemplo, la “mujer-pobre”, para
rol celador, garante o habilitador de la palabra de obtener relatos autobiográficos emancipadores de
los/as otros/as sino por la revisión misma de las con- la diferencia de clase y género por parte de las “in-
diciones y los materiales de la argumentación, de formantes”. Para Rimstead es igualmente necesario
los que es/a intelectual forma parte. Su primera ta- examinar cómo esas definiciones estigmatizantes
rea consiste, pues, en el reconocimiento del estatu- “son vividas por las mujeres concretas como una
to intrínsecamente contextual del sujeto y de su parte significativa de sus historias de vida” (1997:
identidad; en el análisis del posicionamiento identi- 251). En este contexto, el relato autobiográfico de
tario como un proceso provisorio de localización, las experiencias femeninas, en su posibilidad de
siempre lábil y entrecruzado por haces de relaciones convertirse en espacio de surgimiento de una vo-
y diferencias que anudan históricamente sus senti- luntad de resistencia, exige que la actividad de lec-
dos. La empresa comprende, asimismo, a las activi- tura tenga el estatuto de una operación política de
dades de lectura (ideológica) que se lleven a cabo interpretación. Precisamente porque en la narra-
sobre los materiales relevados, tanto desde cuerpos ción de esas voces puede advertirse lo que Rims-
teóricos específicos como desde las trayectorias tead (1997) señala como el (conflictivo) pasaje de

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un “yo avergonzado” a un “nosotros/as desafian- nal encuentra en la interpretación un acto político
te”. En efecto, a contrapelo de los análisis clásicos que desafía a las decodificaciones estabilizadas de
de narrativa, esta autora propone preguntar(se) la textualidad hegemónica.
“cómo, en cada historia de vida, el acto de contar De esta manera, preguntarnos por el lugar que
esa vida subvierte o reproduce las construcciones ocupamos como investigadores/as en cada momen-
negativas de identidad experimentadas por la na- to de nuestro trabajo científico, desnaturalizar la
rradora desde su propio punto de vista”. (1997: matriz ideológica con la que operamos para pensar
261-262, los destacados son míos). Es decir, desde las diferencias propias y ajenas, e instalar la duda y
la lógica interna y las metáforas personalizadas que la provisoriedad –alejando la certidumbre– en el
emplea en su relato, y no desde las categorías dis- diálogo con el/la otro/a y en su registro etnográfico
ponibles y naturalizadas de la simbolización colecti- pueden ser vías posibles que, en vez de permitirnos
va, que remiten no sólo a la retórica dominante de hablar por y de las experiencias de la “alteridad cul-
opresión (y a sus múltiples formas de estigmatiza- tural” (de las mujeres, los/as jóvenes, los sectores
ción identitaria), sino a la autobiografía como for- populares, etcétera), nos posibilite el encuentro
mato típicamente imperialista en el que estas muje- concreto con su humanidad, en su doble acepción
res aparecen subsumidas previamente en la condi- ética y política.
ción de “subalternas” y, por lo tanto, reducidas en
su heterogeneidad genérica y multicultural. Buenos Aires, abril de 2008.
Así, la apuesta analítica requiere de un doble
movimiento. Por un lado, se trata de tomar distan- Bibliografía
cia de los estudios que le adjudican a los discursos
de los/as sujetos subalternizados/as una suerte de -ALCOFF, LINDA. “Feminismo cultural versus pos-
naturaleza oposicional ubicua, ya que no sólo testructuralismo: la crisis de identidad en la teoría
crean nuevas etiquetas e identidades a priori, sino feminista” en: NAVARRO, MARYSA y STIMPSON,
que se convierten en renovadas narrativas maes- CATHERINE R. (compiladoras), Nuevas direcciones,
tras que enmascaran el carácter prescriptivo de su Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, [1988]
política textual tras la pretensión de un estatuto 2001, pp.65-106.
autotransparente e inherentemente “liberador”. -________________ “The problem of speaking for
Por el otro, implica renunciar a la pregunta por la others” en: WEISSER, S. O. y FLEISCHNER, J. (edito-
representatividad de las imágenes previsibles (de res), Feminist nightmares. Women at odds: femi-
“mujer”, “gay”, “pobre”, “joven”, “negrito/a”, nism and the problem of sisterhood, New York Uni-
etcétera) eventualmente contenidas en esos rela- versity Press, New York, 1994, pp. 285-309.
tos. Se trata, por el contrario, de focalizar los usos -__________________“Merleaux-Ponty y la teoría
específicos que los/as narradores/as hacen del tes- feminista sobre la experiencia” en: Revista Mora Nº
timonio autobiográfico (a través del relato de sus 5, octubre, IIEGE-FFLL-UBA, Buenos Aires, 1999,
recorridos personales, las experiencias colectivas y pp. 122-138.
las sensibilidades históricas que los/as definen co- -ANZALDÚA, GLORIA. Borderlands. La Frontera.
mo sujetos) e indagar los modos en que estos usos The New Mestiza, Aunt Lute Books, San Francisco,
discursivos habilitan nuevas experiencias de empo- [1987] 1999.
deramiento de género y sexual. Sólo así, creemos, -__________________ “Los movimientos de rebel-
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