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ALEGRIA, BUEN HUMOR Y SENTIDO COMUN

ALEGRIA Y BUEN HUMOR

Introducción

La palabra alegría deriva del latín "alacritas", "alacris" que significa fuego,

vivacidad, ardor, alegre, vivo, dispuesto, gallardo (Rojas, 1993).

La alegría es indisociable de la felicidad. Es, en palabras de J. Pieper

(1980), <<la respuesta a la felicidad>>. La alegría es el sentimiento de la felicidad,

pues cuando nos reconocemos felices, sentimos alegría. La alegría es un

sentimiento de contento y satisfacción interior que se produce como consecuencia

de algo positivo que ha acontecido a una persona.

Si decimos que la alegría es una manifestación de la felicidad, tenemos

que aclarar en primer lugar en qué consiste la felicidad. La felicidad consiste en la

autorrealización o perfección personal (Altarejos, 1983). La aspiración a la

felicidad es una aspiración a la plenitud del propio ser o autorrealización, y nada

más puede aquietarla. Por consiguiente, la alegría es la consecuencia inmediata

de cierta plenitud de vida (Fernández Carvajal, 1987). Desarrollarse como

persona, lleva consigo, siempre, la alegría y la felicidad.

Descartes, en su tratado "Las pasiones del alma", describe la alegría como

"la emoción placentera del alma que consiste en el gozo del bien".

La felicidad sólo puede entenderse propiamente como actividad, "como un

obrar que excita todas las potencialidades del hombre a la suma realización" (

Pieper, 1980).

Al afirmar que la felicidad es una actividad propia, queremos resaltar la

vinculación de la felicidad con la virtud o perfección. El hombre se hace alegre en

la medida que se va haciendo virtuoso, al perfeccionarse y alcanzar su meta, que

es la felicidad. La virtud es un hábito operativo bueno y como todo hábito requiere

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de su ejercitación. Por consiguiente, seremos felices si nos desarrollamos

plenamente, o lo que es lo mismo, si nos hacemos virtuosos.

En este sentido, la felicidad no es algo que se consigue en un momento

dado y de una vez por todas, sino que es un fin que se alcanza mediante la

práctica de acciones virtuosas. Por tanto, la verdadera felicidad no es atribuible a

ninguna circustancia exterior a nosotros mismos, sino que está en nuestro interior.

La alegría no es algo pegado a la piel, sino que se inserta en el centro de la

persona. No se improvisa según las circunstancias, como si se tratara de ponerse

un vestido para determinadas ocasiones. Si crezco como persona, la alegría crece

conmigo, en mí. Hace un todo conmigo. Si me quedo en la mediocridad, en las

"medias tintas", en las apariencias, bloqueo, seco al mismo tiempo la fuente de la

alegría genuina. Cuanto más <<soy>> más estoy en alegría. Diciendo sí a mi

proyecto como persona digo sí a la felicidad. En cambio, cualquier rechazo de este

proyecto, es replegarse sobre el yo decrépito. Como señala Aristóteles (1985): "La

felicidad es una actividad del alma según la virtud perfecta". La alegría es la

primera expresión humana de haber encontrado la verdad (Yepes, 1993).

La alegría, en efecto, está anclada en la persona, en su desarrollo, en su

crecimiento, en su posibilidad -y voluntad- de llegar a ser lo que debe. La alegría

depende del ser auténtico, profundo, no de la máscara superficial.

Sin embargo, en numerosas ocasiones tendemos a buscar la felicidad en

las cosas externas, que lo único que nos producen a la larga es hastío e

infelicidad. Y como no tenemos clara la meta o proyecto de vida, no logramos

conseguir la verdadera felicidad, ni su manifestación en la alegría.

Es curioso cómo muchas personas piensan que la felicidad es algo

reservado para otros y muy difícil de darse en sus propias circunstancias.

Corremos el peligro de pensar que la felicidad es como una ensoñación que no

tiene que ver con el vivir ordinario y concreto. La relacionamos quizá con los

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grandes acontecimientos, con poder disponer de una gran cantidad de dinero, o

tener un triunfo profesional... y no suele lograrse con eso.

La prueba es que la gente más rica, o poderosa, o más atractiva, o que

mejor dotada está, no es la gente más feliz. Entre los pobres, miserables y

desafortunados, unos son felices y otros no. Y entre los ricos y poderosos, los hay

también felices e infelices. Y eso demuestra precisamente que la felicidad y la

infelicidad provienen de otras fuentes que están más en el interior de la persona.

La señal más clara que nos indica si realmente somos felices, es la alegría

profunda. Por contra, la duda, la inseguridad, la tristeza, son señales de no

encontrarnos en el camino adecuado. Ejemplos claros de esta falta de verdadera

alegría son los siguientes: Si tu humor y tu alegría -todavía demasiado humanos-

están siempre a merced de las noticias que te van llegando. Si sólo estás contento

cuando prevés acontecimientos agradables. Si cuando el panorama de días

posteriores se te presenta oscuro, pones en seguida mala cara. En definitiva, no

seremos alegres si pensamos que la realidad de la vida es demasiado dura.

Debemos cambiar de actitud. Tenemos que ilusionarnos con la aventura de

cada día; "con las aventuras reales, sin sueños, sin fantasías; las aventuras por

las que necesariamente hay que pasar, aquéllas en las que ineludiblemente nos

mete la vida, sin consultar nuestro parecer. Estas aventuras son <<la aventura del

trabajo>>, la <<aventura del dolor>>, y la <<aventura de la muerte>>" (Urteaga,

1965).

Porque como escribe R. Tagore: "Buscas la alegría en torno a ti y en el mundo.

¿No sabes que sólo nace en el fondo del corazón?".

Pero si la aspiración a la felicidad es una aspiración a la plenitud del propio

ser, debemos tener esperanza en nuestra potencialidad. La esperanza es una fe

optimista y alegre. Solamente los hombres a quienes alegra un futuro grande y

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perfecto son capaces de crearlo, como sólo aquel al que alegra en la tierra el cielo

es capaz de conseguirlo.

Alegría, placer y bienestar

E. Rojas (1993) destaca tres formas diferentes de alegría: ser alegre, estar

alegre y ponerse alegre.

Ser alegre constituye un perfil de personalidad, un estilo permanente de mostrarse

ante uno mismo y ante los demás. Esto tiene mucho que ver con el temperamento

-porción de la personalidad más heredada, más condicionada por factores

genéticos. La persona que es alegre mantiene prácticamente siempre ese estilo

de ser; sólo variará sustancialmente cuando se produzcan acontecimientos serios

y graves que, objetivamente, deban modificar esta conducta. Ser alegre es una

condición de la personalidad que se observa de modo habitual en el ánimo.

Estar alegre suele presentarse por la suma de distintas cosas positivas que han

salido bien. Estar alegre quiere decir que el goce emocional producido ha echado

ya ciertas raíces y que tiene una permanencia temporal, pero que indudablemente

es más breve que la que se produce en el ser alegre y de más larga duración que

en el ponerse alegre.

Ponerse alegre es consecuencia de un cambio afectivo brusco motivado por algo,


lo cual descansa en una emoción intensa y pasajera.

Hacemos esta distinción entre los diversos tipos de alegría porque no

podemos confundir la verdadera alegría con un estado pasajero de bienestar o

placer. No es lo mismo felicidad y bienestar. Por su misma naturaleza, la alegría

es algo producido por otra cosa de la que proviene o depende. La felicidad

consiste en una operación personal que trata de llevar a cabo un proyecto de vida.

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El bienestar es siempre un logro de carácter material y hace referencia a lo

que hay fuera de mí, a mi alrededor y que, de un modo u otro, me ayuda a

sobrellevar la carga de la existencia.

Por consiguiente, una persona en situación normal, no desea ponerse sin

más en ese especial estado físico de la alegría, sino que siempre desea tener una

razón para alegrarse. El hombre sólo puede y quiere alegrarse verdaderamente

cuando para ello tiene también motivos verdaderos. Nos alegramos de algo, pero

también nos alegramos de estar alegres, y ambas vertientes se dan en toda

alegría. No pueden darse por separado ninguno de los dos dinamismos. Pues,

como dice San Agustín: "no hay nadie que prefiera sufrir dolores en la cordura a

alegrarse en la locura" ( Pieper, 1976).

Decimos en situación normal, pues también puede producirse una alegría

anormal. En estos casos, puede buscarse la alegría por ella misma, a través de un

medio artificial como la droga o el alcohol. Cabría hablar entonces de euforia más

que de alegría; pero sea cual sea el nombre, es importante reparar en que una

excitación sensible puede provocar un estado afectivo próximo a la alegría.

Si la afirmación de San Agustín es cierta, entonces nos podemos preguntar

por qué las personas se limitan a buscar la alegría en diferentes lugares a su

verdadera fuente. La explicación puede ser que hoy día la gente piensa que la

felicidad es imposible y, en consecuencia, la buscan en otros lugares que

consideran más accesibles. Lo malo es que no es felicidad sino placer y, con el

paso del tiempo, la verdad les pasa factura.

Cuando el hombre va en busca de los placeres de una manera vertiginosa,

lo que trata es de escapar de sí mismo para apagar ciertos aspectos de su vida o

superar el vacío que le embarga. Es curioso observar que es en ese torbellino de

diversiones placenteras donde se pierde el rumbo de la propia vida; allí la caída en

el aburrimiento está siempre al acecho, pues los estímulos placenteros necesitan

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renovarse incesantemente para no caer en el tedio, en la apatía y en un especial

cansancio psicológico.

Por consiguiente, la alegría no podemos reducirla a bienestar o placer. La

alegría es más densa y profunda porque afecta a planos más íntimos. El placer es

algo más del momento, tiene una connotación pasajera, instantánea. Además el

placer al principio lo promete todo, pero luego no te da nada. Es decir, el placer

produce un embotamiento de los sentidos de modo que para alcanzar un placer

sensible necesito más y más. Por contra, para ser alegre cuanto menos necesito,

más lo estoy; por aquí el camino de la felicidad es más corto.

No es que exista una dualidad entre alegría y placer, sino que las pasiones

tienen que integrarse en una jerarquía de valores porque las pasiones nos

descubren valores, pero no su jerarquía.

"Quien sólo puede actuar por pasión no hará justicia a la realidad. La pasión

nos pone tan sólo en una primera relación con el valor, pero no por eso crea ya la

adecuada respuesta a ese valor" (Spaeman, 1987).

La pasión nos manifiesta un valor o desvalor. Pero a la vez nos desfigura

las proporciones en que deben ser contemplados. Así, quien actúa por pasión, no

actúa movido por los valores, sino por su egoísmo. Se enraiza en su perspectiva

de las cosas, en vez de ponerse en el lugar de las cosas.

La paradoja reside en que, quien convierte el placer y el bienestar subjetivo

en el tema de su vida y en el fin de su actividad, no experimentará en absoluto

aquel bienestar más profundo que llamamos gozo (López-Quintás, 1992).

No se olvide que el hombre puede ser infeliz no por falta de placeres, sino

al contrario, por los placeres mismos. Será feliz, en cambio, aquél a quien se le

manifieste en toda su riqueza el contenido valioso de la realidad, y esté en

disposición de prescindir de sí para poder, como decíamos, gozar de algo y con

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algo. En definitiva, que los placeres una vez integrados en la felicidad, resultan

más placenteros.

Alegría y seguridad

En la actualidad la noción de bienestar se asocia a la seguridad, algo al

parecer decisivo en la interpretación que de la felicidad se hace. Para mucha

gente la inseguridad es sinónimo de infelicidad. Sin embargo, la inseguridad es la

condición misma de la vida, pensemos lo que pensemos y hagamos lo que

hagamos (Marías, 1987).

Se da una gran contradicción porque se ha identificado la felicidad con lo

posible y realizable; pero se exige lo imposible, a saber, la seguridad, algo que se

opone a la estructura intrínseca de la vida humana. Este planteamiento elimina el

carácter personal de la felicidad. La felicidad es personal, mientras que el

bienestar es de cualquiera, de todos. Desde esta concepción, la noción de

felicidad se altera de raíz, porque adquiere un carácter cuantitativo.

Por el contrario, en otras épocas la inseguridad se ha considerado

estimulante, el ingrediente del riesgo, la aventura, lo sorprendente de la felicidad.

Si la felicidad está estrechamente ligada al proyecto vital es imposible tener una

absoluta seguridad, porque la vida es un hacer y un hacerse.

La verdadera felicidad no depende del bienestar material, ni de la salud, ni

de los estados de ánimo, ni de la ausencia de dificultades, ni de no padecer

necesidad.

Alegría y generosidad

La alegría está más ligada al dar que al recibir. Cuando se invierte esta

dirección, es frecuente que la tristeza, la melancolía y la desilusión ronden las

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fortificaciones de la personalidad. El sacrificarte por el prójimo nos lleva a una

sana alegría. Por eso no nos podemos conformar con sentir la alegría dentro de

nosotros. Tenemos que hacer que aflore al exterior y contagiarla a quienes nos

rodean con palabras, actitudes y gestos que les arrastren a compartirla.

La alegría es un sí

Como señala Pronzato (1976): "Para entrar en la alegría es necesario

<<salir>> de sí mismo. Pero ¿de qué <<yo mismo>> debo salir? ¿No se repite

continuamente que la felicidad consiste en la realización de sí mismo? Y después

de haber salido ¿adónde voy, en qué dirección marcho? Debo salir de mi yo

egoísta, separado, limitado, es decir, salir del yo que me cierra en un

individualismo replegado sobre mí mismo y me impide realizarme como persona".

Una de las cosas que entriscece más al hombre es la egolatría. La virtud,

por el contrario, va haciendo al hombre alegre, al compás de ese esfuerzo por

repetir actos buenos que moldean su comportamiento. Así se va haciendo estable

esa disposición para obrar del mejor modo y, por tanto, conseguir un mayor

dominio sobre uno. Es evidente que el hombre que no es capaz de dominarse a sí

mismo no es feliz.

Pobreza de alegría quiere decir pobreza de <<ser>>. Quien es pobre de

alegría, antes de ser una persona pobre, es una <<pobre persona>>, o sea pobre

de sí mismo, es un ser que no crece.

¿Puede darse la alegría que uno no tiene?

Hay una alegría, una felicidad de la persona, del ser que se comunica, que

se transmite, que actúa en el encuentro. Y es natural. Pero hay también otra

alegría, mucho más valiosa, que se crea de la nada en el momento mismo de

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darla. En el mismo gesto de ofrecer un tesoro que no tengo, me lo encuentro entre

las manos. Mejor dicho: lo descubro <<dentro>>.

Podemos vivir momentos en que, aunque rebusquemos en los bolsillos y

exploremos en los rincones más escondidos de nuestro ser, no logremos descubrir

ni una migaja de alegría. Se dan circunstancias en que, por mucho que

examinemos los acontecimientos de nuestra vida cotidiana, no descubrimos nada

que pueda legitimar ni siquiera una leve sonrisa. Y hay situaciones en las que las

personas que nos rodean no nos ofrecen sino motivos de decepción, y hasta de

disgusto.

"Eres pobre de alegría. Ni un rayo de luz, ni una vislumbre de tiempo sereno

en el horizonte. Solamente oscuridad y tristeza, abatimiento y amargura,

cansancio y desconsuelo. Pues bien, te queda una increíble posibilidad. La de

ofrecer alegría. Esa alegría que no tienes, la puedes ofrecer. Sí, precisamente tú,

pobre en materia de alegría, estás en condiciones de enriquecerte con aquel

producto que escasea en tu casa, que ha desaparecido de tus armarios,

regalándolo a los demás" (Pronzato, 1976). El coraje, si uno no lo tiene no se

puede dar. La alegría, sin embargo, aunque uno no la tenga, siempre puede darla.

Esta es la gran paradoja de la alegría. ¡Dándola se recibe! No es un

producto que sea necesario poseer y acumular preventivamente para poder

después hacer partícipes a los otros.

La alegría se crea, se inventa, se produce en el instante mismo de

ofrecerla. La alegría no es lo superfluo, las sobras de tu comida, que te dignas

distribuir porque estás bien comido. Si esperas a comunicar alegría sólo cuando la

poseas, tales circunstancias favorables se darán pocas veces en tu vida.

Por tanto, "en materia de alegría no se ofrece de lo superfluo sino de lo

necesario; diría más: del no tener, de su falta. Preocúpate, pues, de la alegría de

los demás. Sal fuera del agujero de tus dudas, de tus ansiedades, de tus

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problemas angustiosos, de tus dificultades. Deja de pensar en tí mismo. Olvida tus

desgracias. Deja a un lado tus disgustos. Piensa en la soledad, en los

sufrimientos, en la tristeza de los demás. Ocúpate de las dificultades, de los

disgustos de tu prójimo. Regala a los otros la luz que no tienes, la fuerza que no

posees, la esperanza que sientes vacilar en ti, la confianza de que te ves privado.

Ilumínales desde tu oscuridad. Enriquécelos con tu pobreza. Regala una sonrisa

cuando tienes ganas de llorar. Crea serenidad desde la tempestad que llevas

dentro" (Pronzato, 1976). Dí: "ahí tienes, te doy lo que no tengo..." Que sea ésta tu

paradoja. Advertirás que la alegría, poco a poco entrará en ti, inundará todo tu ser,

se hará verdaderamente tuya, en la misma medida en que la regales a los demás.

Optimismo y buen humor

Esta tendencia fundamental del hombre a la felicidad y la alegría supone un

optimismo radical y realista fundado en la idea de que en el mundo hay algo

bueno, valioso, que es posible y conveniente alcanzar. Pero conviene aclarar que

se trata de un optimismo realista puesto que los idealistas no tiene por qué ser

optimistas. Sólo hay verdadera alegría si aceptamos sinceramente la realidad, si

disfrutamos de las cosas sencillas de la vida, especialmente de la familia. De esa

tendencia a la alegría surgen, entre otros, los siguientes valores: Optimismo

realista, esperanza, talante positivo, seguridad, autoestima, conciencia y

satisfacción por la obra bien hecha, buen humor, deportividad, paz, etc.

El talante positivo o buen humor es propio de aquellos que miran la vida con

optimismo, un valor muy importante de la persona. Consiste en intentar ver


siempre lo bueno de las cosas, aun cuando haya dificultades. El optimismo no

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consiste en cerrar los ojos a la realidad, falsificándola, ni simular, con ingenuidad,

que no pasa nada. Al contrario, el verdadero optimista es realista y busca lo

positivo. Cuando el optimista se centra en las dificultades es para ver qué

oportunidades positivas encierran. Tiene en cuenta las dificultades, pero sabiendo

que muchas veces pueden superarse.

Un ejemplo muy claro del optimismo es la de una mujer famosa que cuando

se le preguntó: "¿Cómo es que usted sonríe siempre?", explicó que ella tenía,

como todo el mundo, también sus momentos de tristeza. Y añadió: "Pero conozco

el remedio, aunque no siempre sepa utilizarlo: salir de mí misma, interesarme por

los demás, comprender que quienes nos rodean tiene derecho a vernos alegres".

"Pienso que cuando sonrío y me muestro alegre, al hacerlo, comunico

felicidad a los demás, aunque yo a lo mejor lo esté pasando mal. Y, al darla a los

demás, me sucede -como de rebote- que crece también en mi interior. Creo que

quien renuncia a estar siempre pendiente de su propia felicidad y se dedica a

procurar la de los demás, se encuentra casi sin darse cuenta con la propia".

Por lo tanto, debemos aprender a encajar los fracasos con alegría y a

descubrir lo positivo de una situación en principio negativa.

La sonrisa y el buen humor

"El buen humor es el canto en el camino, que hace olvidar el cansancio,

rompe la monotonía y despierta la animación" (Chevrot, 1977). El buen humor es

siempre una victoria sobre el propio miedo y la propia debilidad. Las personas que

se esfuerzan por sonreír cuando no tienen ganas, acaban por tener ganas de

sonreír.

Es una gran suerte tener alrededor personas que saben sonreír. Pero la

sonrisa es algo que cada uno tiene que construir pacientemente en su vida... Con

equilibrio interior, aceptando la realidad de la vida, queriendo a los demás,

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saliendo de uno mismo, esforzándose en sonreír aunque no se tengan ganas. Es

algo que hay que practicar con constancia.

Pero no debemos confundir el buen humor con la manía de bromear a cada

paso. Se demuestra mejor con una sonrisa que con carcajadas salidas muchas

veces a la fuerza. La sonrisa es siempre graciosa y eso es lo que la hace tan

agradable.

La mejor manera de practicar el buen humor es comenzando por el saludo.

No un saludo mascullado, dicho entre dientes, una especie de murmullo sino un

saludo claro, alegre, sonriente, que sea de verdad una felicitación amigable. Dicho

con cara sonriente, que exprese la alegría del encuentro con un hermano. Y con la

cabeza alta.

Dar motivos de alegría

Como señala Pronzato (1976), el mundo está lleno de víctimas del virus del

descontento, que les ha sido inoculado por el círculo de los llorones. Frente al mal,

una persona sana se pone en guardia y reacciona, produce los anticuerpos de

defensa. Contra el contagio del descontento, por el contrario, se dejan influenciar

inconscientemente, sugestionar, convencer. Y, poco a poco, hasta la persona más

serena se vuelve inquieta, exigente, descontentadiza, llorona. Le han convencido

de que tiene razón para estar descontenta. Le han revelado también los motivos

por los que tiene el derecho-deber de ser desdichada.

Un ejemplo muy bueno de alegría es el siguiente: "Un hombre que

caminaba por el campo se encontró de improviso con un tigre. Echó a correr,

perseguido de cerca por la fiera. LLegó a un precipicio, se agarró a la raíz de una

vid salvaje y quedó colgado entre el cielo y la tierra. El tigre le olfateaba desde lo

alto. Temblando de miedo, el hombre miró hacia abajo, donde al fondo del abismo,

otro tigre lo esperaba para devorarlo. Solamente se sostenía gracias a aquella

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raíz. Dos ratones, uno blanco y otro negro, comenzaron a roer poco a poco la vid.

El hombre descubre a su lado una fresa estupenda. Agarrándose a la vid con una

mano, con la otra cogió la fresa. ¡Qué dulce estaba!" (Pronzato, 1976).

Ese es nuestro quehacer en relación a los demás. Hacer notar la presencia

de los tigres al acecho y el precipicio abierto, es un quehacer mezquino. Un

quehacer de muerte. Ayudar a descubrir la fresa que está ahí, al alcance de la

mano es un quehacer noble, una misión de vida. Y la fresa, entiéndase bien, no es

solamente un consuelo momentáneo. Puede ser la salvación. ¿Encontrar motivos

de alegría no significa, quizás, remontarse hasta la fuente de nuestra existencia,

de nuestra vocación? ¿No significa quizás redescubrir a alguien, cuya presencia

nos libera abundantemente de lo banal y negativo de las cosas que nos rodean y

nos oprimen?

Frente a ciertos individuos que ejercitan el contagio del descontento, debemos

practicar el contagio de la esperanza.

El dolor y la alegría

La alegría es compatible con el dolor. Resulta curioso que a pesar de los

estados corporales placenteros, podemos encontrarnos al mismo tiempo en una

situación depresiva, y que, al revés, podemos vivir intensamente alegres teniendo

a la vez dolores físicos, supuesto que el dolor no sea tal que absorba toda nuestra

atención.

Suele decirse que ante el sufrimiento y las contrariedades es donde la

mayor parte de la gente muestra su verdadero rostro. Entonces, se distingue muy

bien a la gente positiva y a la negativa. Podemos encontrarnos, por ejemplo, a

unos enfermos que sonríen, que dicen que las cosas van bien... Son la gente

positiva. Y otros, que no paran de hablar de sus enfermedades, de sus terribles

dolores, de los imperdonables fallos de los demás... Son la gente negativa.

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Nos podemos preguntar cómo son posibles la alegría, el gozo, el servicio a

los demás en las situaciones más dolorosas. La respuesta está en que no son las

circunstancias externas, sino nuestra actitud hacia ellas lo que nos proporciona

felicidad.

Por tanto, si nos sucede algo molesto tenemos que mirar el lado positivo y

pensar que podía haber sido peor. Quién sabe si este fracaso puede traernos un

mayor bien. En definitiva, si adoptamos una actitud optimista ante las cosas

alejaremos las preocupaciones.

Aprende a no perder ni un instante en lamentaciones y quejas inútiles sobre

algo que es irremediable, como el jarrón que se ha roto, un día lluvioso, el robo del

coche, una enfermedad incurable. Acepta lo irremediable, ya que una actitud de

protesta y disgusto por algo que no tiene solución te privará de la alegría de vivir.

Como dice Tagore: "Si lloras por haber perdido el sol las lágrimas no te dejarán

ver las estrellas".

Educar en la alegría

La educación ha de ser una educación para la alegría. Podemos considerar

la alegría como el valor humano fundamental, síntesis y resumen de todos los

demás valores.

El buen humor brota de una conciencia pura y de un corazón generoso,

pero falta desarrollarlo con el auxilio de un continuo ejercicio (Chevrot, 1977). Y la

lucha por tener buen humor tiene su recompensa en seguida, a diferencia de otras

virtudes que no la tienen sino a largo plazo. Nuestro humor no es solamente el

reflejo de un cielo claro o nublado, es además reflejo de nuestra alma que tiene

sus alternativas, sus entusiasmos y sus depresiones, pero que podemos contener

o corregir. En efecto, todo lo que vale cuesta. Si queremos adquirir la virtud de la

alegría tenemos que esforzarnos, pues el logro de esa virtud será la conquista de

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nuestra voluntad. Y para ser alegres hay que comenzar a practicar la alegría

desde pequeños.

Los hombres no nacemos felices o infelices, sino que aprendemos a ser lo

uno o lo otro. Cada uno nace con una cierta disposición a la alegría, con distinto

humor. Junto a este hecho, para llegar a la alegría es preciso luchar por alcanzarla

e incorporarla a nuestra personalidad, sobre todo, cuando aparezcan las

preocupaciones. Por eso, el niño, desde su más tierna infancia, ha de ser educado

para la alegría. Porque la alegría se aprende y este aprendizaje debería ser tarea

primordial en el hogar y en la escuela. Este aprendizaje es una de las tareas

primordiales de la educación.

La tarea de aprender a ser feliz ha de ser un objetivo constante en todas las

familias. Con la alegría no se topa nadie a la vuelta de la esquina, sino que hay

que fomentarla día a día. Sólo con que todos los miembros de la familia intentaran

sonreír siempre, y que no hubiera nunca caras largas en casa, se habría

coseguido mucho.

El ejemplo

"Para <<enseñar alegría>> es muy importante vivirla. Los educadores

somos mediadores entre el niño y los valores. Estos se aprenden

fundamentalmente por contagio y su asimilación será mayor cuanto más los

presentemos encarnados en nuestro ser y nuestra conducta" (Alcázar, 1996).

Si es verdad, como decía Romano Guardini, que educamos más por lo que

somos y hacemos que por lo que decimos..., ser adultos alegres, cambiar nuestras

actitudes deprimentes, negativas y derrotistas por otras entusiastas, positivas y

esperanzadoras, sería la conditio sine qua non de una educación para los valores
humanos. "Ocurre, pues, que el ejemplo, aunque menos próximo de suyo a la

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intención moralmente formativa, es, sin embargo, más eficaz que las simples

palabras" (Millán Puelles, 1963).

La alegría de vivir, la alegría de compartir con otros la propia existencia ha

de ser potenciada, incrementada y enriquecida con la ejemplaridad del educador.

Esta constituye uno de los elementos esenciales de su personalidad educativa: la

encarnación de los valores que, con su ejemplo, presenta al educando de manera

experiencial y viva.

Como dice San Agustín, cuando un mensaje está impregnado de la alegría,

se da aquiescencia y gustosa aprobación a dicho mensaje. Por tanto, debemos

enseñar con alegría, puesto que la monotonía de enseñar puede, por su constante

repetición, causarnos hastío interior.

Es muy importante ver qué medios vamos a emplear para que el catequista,

padre, educador, etc., lo haga siempre con alegría, pues cuanto más alegre esté

más agradable resultará la enseñanza.

En definitiva, que cuanto mayor sea nuestra responsabilidad (sacerdotes,

padres, superiores, maestros...) mayor también nuestra obligación de tener paz y

alegría para darla a los demás

Consejos para adquirir la virtud de la alegría

- Disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas que están en nuestra vida: la


conversación, el descanso, el trabajo, la naturaleza, la amistad... Siendo

consciente de que la búsqueda ansiosa y descontrolada de satisfacciones, por lo

general materiales, conduce a la pérdida del equilibrio interior.

Phil Bosmans (Alcázar, 1996) refleja con gran belleza esta actitud de disfrute de lo

cotidiano en su "Canto a las cosas sencillas de cada día":

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"Redescubre las cosas normales,

el encanto sencillo de la amistad,

las flores para un enfermo,

una puerta abierta,

una mesa acogedora,

un apretón de manos,

una sonrisa, el silencio de una iglesia,

el dibujo de un niño, una flor que se abre,

un pájaro que canta,

una hilera de álamos,

un riachuelo, una montaña...

La vida se vuelve una fiesta

cuando sabes disfrutar

de las cosas normales de cada día"

- Mostrar un sentido positivo ante las personas y los acontecimientos. Es lo

opuesto a los derrotismos y a las actitudes deprimentes y desesperanzadas, a la

visión negativa de la vida, que conduce a la inquietud y al desasosiego.

Encontraremos alegría cuando nos esforcemos por descubrir lo positivo que

siempre, y en mayor medida que lo negativo, hay en las personas y situaciones en

las que nos encontramos. Aprovechar los errores para aprender.

- Aceptar las propias posibilidades y limitaciones. Vivir con alegría lo que tenemos,
sin renunciar a mejorar, pero sin tener nuestra atención centrada casi

exclusivamente en lo que nos falta. No perder el tiempo en lamentaciones o

quejas inútiles sobre lo que ya ha ocurrido o es irremediable. Aceptar a cada

persona como es y por lo que es.

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- Hacer de nuestras ocupaciones habituales una fuente de alegría. Nuestro

trabajo, sea el que sea, es la expresión de nuestra capacidad y aportación a la

sociedad en que vivimos. Es uno de los ámbitos -junto con el juego y el amor-

principales de la vida humana y, por tanto, una de las fuentes de satisfacción y

alegría más importantes.

- Pasarlo bien en familia. Reír en familia con frecuencia y contagiar la alegría.

Crear oportunidades de "pasarlo bien" todos juntos: comidas especiales, fiestas,

excursiones. No se trata de hacer cosas muy especiales sino de hacer "especial"

muchas cosas.

SENTIDO COMUN

Se suele decir que el sentido común es el menos común de todos los

sentidos. Cuando se habla de sentido común nos referimos a la capacidad de

realizar un juicio adecuado a la hora de emprender una acción o tomar una

decisión.

En efecto, desde muy pequeños nos preparan y educan para llegar a ser

personas independientes y libres. Poco a poco vamos alcanzando la madurez

necesaria para ser capaces de tomar decisiones propias. Y en estas decisiones

propias ya no puedo culpabilizar a los otros de mis posibles equivocaciones

(característica de los adolescentes), porque debo ser responsable de mis actos.

Por eso, para ser juiciosos en nuestro actuar tenemos que tener un punto

de referencia, una base que nos sirva de apoyo y consejero a la hora de actuar.

Este apoyo es lo que denominamos sentido común.

Pero este sentido común no surge de forma espontánea, sino que debe

configurarse desde la más temprana infancia y debe ser enriquecido con una

adecuada educación. Así, el niño al entrar en contacto con el mundo va

acumulando una rica gama de experiencias que se irán asentando en eso que

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denominamos sentido común. Esas experiencias que se captan por los sentidos

generales tienen que ser estructuradas, integradas, de forma que adquieran

sentido. El acumular experiencias sin comprender su significado ni su sentido, no

sería un aprendizaje significativo y, por consiguiente, carecerían de valor, no

enriquecerían nuestro sentido común.

Cuando hablamos de significado y sentido no confundimos ambos términos.

Una acción puede tener un significado, y en esa situación concreta no tener

sentido. Un ejemplo claro, como señala López-Quintás (1992), es el de las

relaciones sexuales. Un adolescente ve de forma clara su significado: satisfacer

un instinto y apenas necesita reflexionar para captarlo. Pero en este caso, las

relaciones sexuales no tienen sentido. Sentido aquí hace referencia a ser

conveniente o juicioso. Es decir, yo capto lo que perciben mis sentidos pero mi

entendimiento me dice que aquello me conviene o no me conviene. Esto es lo que

consideramos que compete al sentido común. Este realiza un juicio sobre la

conveniencia o inconveniencia de determinados actos o experiencias. En nuestra

vida no se presentan dos situaciones semejantes, porque las circunstancias, las

personas que nos rodean, nuestra edad, etc., hacen que cada una de nuestras

situaciones sean tan única e irrepetible como nosotros mismos. Si ésto es así, el

sentido común tendrá que estar capacitado para poder inducir y partir de unos

criterios o principios generales, desde los cuáles pueda deducir el juicio más

conveniente.

Esta actividad del sentido común debe ser informada y formada primero por

nuestros padres, sacerdotes, educadores y después por uno mismo. Si un niño se

comporta de una determinada manera en una situación pero no se le explica las

consecuencias de sus actos ni las diversas posibilidades que se le plantean en su

actuar, tendrá mayores dificultades a la hora de realizar posteriores juicios. Esta

carencia de información impedirá ser verdaderamente libres. Si no conozco todas

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las posibilidades que me brinda una situación concreta, no podré actuar

libremente.

Este podría ser el caso de muchos jóvenes que manipulados por la

sociedad actual no son plenamente libres puesto que sólo conocen parte de sus

posibilidades. Y si no son libres, entonces tampoco están actuando con sentido

común. Si a un adolescente le animamos a mantener relaciones sexuales con su

novia y sólo le advertimos que tome las "precauciones necesarias" (como hoy día

se dice), le estamos manipulando. En este caso sólo le hago ver una parte de la

realidad, que es la gratificación que produce la satisfacción de los instintos. Pero le

estoy ocultando la información más relevante para actuar de forma coherente y

libre: que la integración de los instintos no es una represión, sino una

jerarquización.

Por tanto, el sentido común se va configurando a partir de las experiencias,

pero éstas tienen que ser adecuadas. El juicio o valoración de una situación que

realiza el sentido común tiene mucha relación con la virtud de la prudencia. A

fuerza de ejercitar el sentido común nos convertimos en personas prudentes. Por

ejemplo, el sentido común nos informa si un determinado acto generoso conviene

o no a una persona. Es decir, nos dice si aquél acto es en esas circunstancias un

verdadero acto de generosidad. Y al juzgarlo correctamente voy adquiriendo el

hábito de la prudencia. Un claro ejemplo es el caso de un joven que por pereza no

hace unos ejercicios de matemáticas (cuando sabe hacerlos). Si su padre,

compañero de clase o amigo se los hace, no está actuando de forma generosa. Al

ser generosos debemos buscar el bien de la otra persona y, en este caso

concreto, la actuación del amigo que le hace los deberes no es prudente ni

generosa, porque le está fomentando la pereza.

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El sentido común: Aristóteles, Santo Tomás y Kant

Para Aristóteles, los sentidos externos perciben cualidades específicas que

son su objeto propio, los sensibles propios; pero hay otros contenidos perceptivos

que no remiten a ningún sentido particular, sino que pueden ser percibidos de dos

o más maneras, y éstos tiene un cierto centro común, que ha sido llamado sentido

común. El sentido común tendrá como objeto aquellas cualidades comunes como

son el movimiento, la quietud, la magnitud, la figura y el número. Por tanto, para

Aristóteles, el sentido común es el centro en el que confluyen los sentidos

externos.

También Santo Tomás enseña que el sentido común es un cierto poder en

el cuál termina la actividad de todos los sentidos, y así la forma, la magnitud y los

otros sensibles comunes no son percibidos mediante un sentido particular, sino

más bien mediante el sentido común.

Este valor superior del sentido común se debe a que "en él se afirma la

unidad del sujeto sentiente, por la que llega a ser posible la confrontación ya entre

los objetos de los diversos sentidos, ya entre los objetos de un mismo sentido. El

sentido común puede hacer todo esto, porque siendo la raíz frontal de la que se

derivan las virtualidades de cada sentido, las contiene todas unidas en sí, y, en

cierto modo, todos y cada uno de los sentidos están presentes en tal raíz frontal y

a ella retornan de hecho cada vez que pasan al acto de conocer, llevándole sus

propios tributos, como los esclavos a su propio rey, según la imaginativa expresión

de Avicena" (Fabro, 1978).

Para el Angélico, "el sentido común no es la sensibilidad general

indiferenciada, sino que indica una facultad realmente distinta de los sentidos

externos y superior a ellos en dignidad" (Fabro, 1978). El sentido común realiza un

juicio sensorial sobre la conveniencia o no de una acción (de la práctica), apelando

a la teoría.

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Así lo expresa Kant (1984): "Aunque la teoría puede ser todo lo completa

que se quiera, se exige también entre la teoría y la práctica un miembro intermedio

que haga el enlace y el pasaje de la una a la otra; pues al concepto del

entendimiento que contiene la regla se tiene que añadir un acto de la facultad de

juzgar, por el que el práctico diferencia si el caso cae o no bajo la regla". "Para

Kant, como también para cualquiera que no pretenda sostener una relación

meramente lineal entre teoría y práctica, es perfectamente posible que existan

teóricos que jamás devengan prácticos por su carencia en la facultad de juicio y

consejo práctico" (Bárcena, 1994). Este es el caso que señalábamos en líneas

anteriores. Si formamos a una persona sin explicarle el porqué de un "deber" o

una "norma", cuando llegue el momento de aplicar esa norma a un caso concreto,

no lo hará.

Pero también es perfectamente posible que esta carencia de ejecutividad o

practicidad se deba al hecho de que la teoría sea incompleta por falta de

experiencia y oportunidades para ponerla en práctica. "En este caso no es culpa

de la teoría si es poca cosa para la práctica, sino de que hay poca teoría, la teoría

que el hombre habría debido aprender a partir de la experiencia, y que es la

verdadera teoría" (Kant, 1984). En este sentido, Kant hace hincapié en la

importancia del aprendizaje significativo y de la eficacia de la experiencia en la

inducción de la teoría. Si sólo formamos aportando principios teóricos sin ofrecer

la oportunidad de comprobarlo en la propia experiencia, esa teoría dejará de tener

significado.

Los filósofos aristotélico-tomistas -algo que luego fue tomado por la teoría

de la Gestalt- se refieren así al sentido común. Es el sentido común el que lleva a

término el primer momento del proceso perceptivo. La función del sentido común

es aquella por la que se opera la síntesis sensorial: él reúne, funde, organiza los

datos suministrados desde el mundo externo. Pero además, es necesario

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interpretar estos datos. El interpretar, el comprender ha sido reconocido por

Aristóteles como diferente de la síntesis sensorial. Aristóteles considera que el

entendimiento no se sirve propiamente de los datos suministrados por los sentidos

externos, sino más bien de la síntesis sensorial, formada y suministrada por el

sentido común.

Por lo tanto, podemos hablar del sentido común desde dos perspectivas. La

primera referida a la integración de todos los sentidos externos de la que habla

Aristóteles. Y la segunda referida a ese sentido que nos permite entender lo que

sucede a nuestro alrededor. Es decir, la elaboración y preparación del

“phantasma” que ordinariamente condiciona el entender.

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