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ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y

DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

Alejandro haber

Nombrar a Catamarca

¿Quiénes eran los que aquí vivían?, es la más común de las preguntas
con las que me interpelan mis vecinos de Catamarca ni bien se enteran
que es arqueólogo quien está a su lado. Con alguna ingenuidad po-
dría pensar que suponen que como arqueólogo debería serme sencillo
responderles; sin embargo se trata de situaciones que me incomodan,
no sólo por lo que una respuesta pudiera contener de información sus-
tantiva, sino porque la pregunta en sí en una durísima interpelación a
la geopolítica del conocimiento que un investigador disciplinado está
convocado a reactualizar. Es que la pregunta es de las que supone
un determinado tipo de respuesta. Nadie se muestra satisfecho si mi
apuesto por un minimalismo extremo respondiendo “gente”, hacién-
dome el que supone que con eso será suficiente, o un poco más pro-
vocador, contesto “catamarqueños”. La pregunta lleva en su formu-
lación la anticipación de un tipo particular de respuesta: no basta con
decir que aquí vivía gente, hay que decir “quiénes eran”. Y “quiénes
eran” parece consistir en su nombre, al menos como primera preocu-
pación; si uno dijera la respuesta esperada la pregunta siguiente sería
por el “adelanto” relativo a otras civilizaciones. Hace unas décadas el
nombre esperado era “los calchaquíes” o “los diaguitas calchaquíes”,
más recientemente “los aguada”. Ambas designaciones reconocen un
origen en la disciplina arqueológica: diaguitas o diaguita-calchaquíes
era el nombre con el que los arqueólogos de mediados del siglo xx
designaban a los autores de los restos que describían (Márquez Miran-
da 1946), un poco por derivación del nombre con el que habían sido
designados por los conquistadores, pero sobre todo generalizando esa
designación a una amplia variedad de restos de distintas épocas y lu-
gares. La Aguada es el nombre de una localidad del norte chico de Be-
lén que fue aplicado por los arqueólogos de la década de 1950 y 1960
para designar una cultura arqueológica (González 1964) cuya exten-
sión y cronología fueron progresivamente puestas en discusión por las
generaciones posteriores (Gordillo 2007; Laguens 2006; Pérez Gollán
& Heredia 1990). Es una designación que claramente sigue la regla

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disciplinaria de nomenclatura del sitio tipo, según la cual una cultura


arqueológica recibe su nombre del sitio arqueológico que se considere
típico de esa cultura, es decir, allí donde esa cultura fue por vez pri-
mera definida, entiéndase por un arqueólogo, no por sus practicantes.
Ambas designaciones se originan, entonces, más en las experiencias
de los arqueólogos que en las de quienes son así designados. Pero es
probablemente debido a que la experiencia que la sociedad en general
tiene sobre los antiguos moradores está mediada por la arqueología
disciplinaria –y su lenguaje-, que estas acaban siendo las respuestas
esperadas, no sin alguna ansiedad, cuando mis vecinos me preguntan
(en mi condición de arqueólogo) por aquellos que vivieron aquí antes
de la invasión europea. Lo que ellos fueron acaba por ser enteramente
dependiente de la experiencia disciplinaria. Puesto en la escena de re-
producir esta violencia, me siento interpelado y mi respuesta, esquiva
a toda designación del otro, irrita. Irrita aún más cuando me inclino
por responder “catamarqueños”, es decir, el mismo apelativo que mis
interlocutores asumen para sí mismos. Porque el supuesto no es sólo
que pasado pre-colonial deba ser designado, sino que debe llevar la
designación del otro (Pizarro 2006), y debe ser capaz de ser negada
su coetaneidad (Fabian 1983) y desplazado en el eje del tiempo vecto-
rial. No es que mis interlocutores se dejen totalizar por los supuestos
de la episteme hegemónica respecto a la alteridad y la negación de
coetaneidad, sino más bien que, reconociendo en mí a un agente del
conocimiento hegemónico, es a mí mismo que “me toman distancia”,
como cuando en la primaria nos hacían formar fila extendiendo el bra-
zo sobre el hombro del compañero. En este caso se trata de una distan-
cia epistémica, y esta puede ser mucho más difícil de atravesar que la
longitud del brazo de un niño.
Cuando en la primera mitad del siglo xvi los primeros europeos
llegaron a la región de Catamarca desde el norte lo hicieron acom-
pañados de indígenas colaboradores de habla quechua y aymara. Se
dirigían al Tucumán y de allí a Chile, vocablos que aparentemente
designaban las sucesivas áreas colindantes al sur del Alto Perú o Char-
cas. Al describir a los habitantes del Tucumán, como dieron en llamar
a la región, los cronistas diferenciaron a diaguitas de juríes. Los pri-
meros fueron descritos como moradores de casas de piedra en asen-
tamientos estables y ordenados en la sierra, con agricultura y ganade-
ría; los segundos como nómades de las llanuras orientales, cazadores,
recolectores, pescadores, aunque también agricultores, sin viviendas
permanentes (Lorandi 1997). Esta primera clasificación y designación
(en el sentido de otorgamiento de un apelativo pero también de un

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significado) decía más de quienes la enunciaron que de quienes fueron


clasificados y designados. Los juríes, salvajes e indómitos, estaban
lejos del modelo civilizatorio –que no era otro que la auto-percepción
de los conquistadores– mientras que los diaguitas eran civilizados y
ordenados “a la manera de Castilla”. Esta visión del otro de acuerdo a
los patrones relativos de proximidad y alteridad movilizaba asimismo
los deseos de conquista: los castellanos consideraron que serían los
diaguitas y no los juríes quienes aceptarían el vasallaje que les permi-
tiera desplegar su orden colonial. Sin embargo, se demoraron algo en
comprobarlo, puesto que sus intereses estaban volcados más en Chile
que en el Tucumán. Así y todo, sus deseos de conquista quedarían
incluidos en la inicial cartografía colonial: la nueva jurisdicción fue
inscripta bajo el nombre de “Tucumán, Diaguitas y Juríes”.
Cuando le tocó el turno al Tucumán, las cosas probarían ser distin-
tas a lo previsto: los indios de las planicies del chaco árido colindante a
la ladera oriental de los Andes –los antiguos juríes– fueron más rápida
y eficazmente sometidos mientras que los moradores de las sierras an-
dinas –los antiguos diaguitas– ejercieron intermitentemente distintas
formas de resistencia (huida de las reducciones, desabastecimiento de
los colonos, guerra frontal y de guerrilla) durante cerca de un siglo y
medio (Lorandi 1997). La historia de las ciudades del Tucumán, focos
políticos y culturales de la guerra de conquista, muestra que aquellas
que se asentaron en tierra de juríes –la llanura– tuvieron más éxito que
las que se quisieron poblar en las áreas montañosas de los diaguitas.
A lo largo del período de guerra contra Castilla (siglos xvi y xvii),
los castellanos fueron reemplazando la anterior –ya inútil– designa-
ción “diaguitas” y “juríes”, por la de “indios ladinos” y “calchaquíes”,
más significativa para su proyecto colonial (Boixadós y Zanolli 2003).
Los primeros eran quienes se sometieron a vasallaje, aceptaron los
dioses y la lengua de los conquistadores y renegaron de los suyos –o
al menos así se lo hicieron creer a sus señores–. Sus hijos y sus nietos,
nacidos bajo relaciones de sometimiento y disciplinados en la peda-
gogía colonial, fueron engrosando las servidumbres personales de los
encomenderos y sus familias. Calchaquíes, en cambio, eran quienes
se levantaban en armas, huían de sus reducciones y encomiendas, y
alimentaban la resistencia. Uno de los pocos vocablos conocidos en
lengua kakana –la lengua indígena regional-, la palabra “calchaquí”
habría significado “guerrero”. De la misma manera que antes diagui-
tas y juríes, ladinos y calchaquíes serían las objetivaciones de las re-
laciones coloniales –y los deseos de colonia, de manera que podría
ser resumida como una clasificación general de los colonizados entre

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“amigos” y “enemigos”; nuevamente dice más de los colonizadores


que enuncian el mundo que del mundo colonizado por ellos.
Las designaciones generales del otro otorgaban a los colonizadores
una orientación general en relación a sus proyectos coloniales; por
ejemplo, cuando un indio debía testificar en una actuación judicial,
su nombre era acompañado del apelativo ladino o calchaquí (inclu-
so a veces a manera de apellido), como caracterización general de
la identidad del testigo (Boixadós y Zanolli 2003); como era común
desde el Renacimiento, toda clasificación implicaba una medición de
la distancia al centro, que siempre estaba ocupado por Cristo y en cu-
yas inmediaciones se percibían los conquistadores y sus instituciones
(Thomas 1994). No obstante, eran las designaciones particulares y no
las generales aquellas que tenían efectos concretos en pos de los pro-
yectos coloniales.
El grueso de la documentación escrita que abunda tanto en los
archivos cuanto en las referencias de la literatura historiográfica del
período, está habitada por nombres de grupos particulares de indios,
o “parcialidades”. Pomangastas, andalgalas, quilmes, motimos, hual-
fines, son solo algunas entre cientos de parcialidades nombradas en
los documentos relativos a encomiendas y mercedes. La etnohistoria
ha debatido intensamente el significado concreto de las distintas de-
signaciones, su correspondencia a alguna escala social particular, y su
vinculación con la movilización político-militar en épocas de crisis
(Giudicelli 2007). En ese esfuerzo se ha tendido a asumir que tales
designaciones tenían carácter objetivo, es decir, que tanto las designa-
ciones como signo, como sus significados, estaban allí, y que así fue-
ron leídos y escritos por los castellanos. Sólo algunos investigadores
han considerado que las designaciones pudieran formar parte de una
cartografía del deseo colonial más que de una descripción cartográfica
realizada por los colonizadores (Giudicelli 2007, Martínez 2004), a la
manera en la que, para las designaciones generales, orienté mi párrafo
anterior. En este sentido, si nos preguntásemos por las funciones de
las designaciones particulares de gente en un mundo pre-colonial, tal
vez se nos permitiera advertir que, fuera del escenario de contienda
colonial, pudo resultar poco útil la existencia de apelativos para gru-
pos localizados de pobladores; y es que los apelativos de “parciali-
dades” tienen dos funciones: discriminar una parcialidad de otra, y
discriminar la gente de la parcialidad de otras cosas de la parcialidad
misma (el valle, el cerro, el río, la tierra, los animales, los antepasados,
etc.). La primera función tiene el sentido colonial de particularizar de
quiénes específicamente se está tratando en el discurso, si de este o

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de aquél colectivo social humano. La segunda función del lenguaje


colonial permite diferenciar el colectivo humano de la tierra en la que
vive. Diferenciar mediante apelativos a unos colectivos humanos de
otros y a cada uno de sus respectivas tierras cobra sentido en el dis-
positivo político colonial que opera mediante escritura alfabética: la
maquinaria del estado moderno que dispone sus acciones en el mundo
mediante la escritura alfabética de las acciones de unos sujetos (caste-
llanos) sobre unos objetos (humanos, tierras, aguas, minerales, ante-
pasados, etc.). Así, para que un español tuviese el derecho, y pudiese
ejercerlo política y militarmente, de disponer de un colectivo humano
para su beneficio, una cédula de encomienda debía vincularlo a ese
colectivo específico, escribiendo el nombre de ambos. Para que, a su
vez, un español adquiriese el derecho de disponer de una tierra, una
merced real debía vincularlo, es decir, debían estar sus nombres en
un mismo texto escrito que dispusiera la relación entre beneficiario y
tierra. En cambio, en un mundo en el cual cada uno vive en su tierra
y se relaciona con ella y con otra gente mediante relaciones sociales
constitutivas –y no mediante dispositivos de enunciación constituyen-
tes de la relación, como las escrituras, las órdenes y las mercedes–
la distancia y proximidad relativas entre humanos se designan como
relaciones de consanguinidad, alianza, enemistad, etc., que orientan
las interacciones esperadas; de igual manera, una tierra, un río, un ce-
rro, no necesitan un nombre propio distinto de la gente que allí mora:
más probablemente sean llamados, tal como suele suceder entre las
comunidades campesinas de los Andes, río, cerro, volcán, antigal, es
decir, mediante sustantivos comunes. (Estos sustantivos comunes son
a veces adoptados por cartógrafos, antropólogos y arqueólogos como
nombres propios, y encontramos así mapas en donde hay un río Río,
un cerro Volcán, y sitios arqueológicos que se llaman Pucará, Anti-
gal, Loma de los Antiguos, etc.). La mera existencia objetiva de los
colectivos o parcialidades ha sido más una necesidad colonial que un
presupuesto de la vida local, más guiada por relaciones que por obje-
tividades preexistentes a las mismas.
Lo que las designaciones particulares de gente y lugares efectúan,
mediante su inclusión en los dispositivos de la burocracia colonial, es
la separación de las relaciones constitutivas, la disección de cada uno
de los componentes de la red relacional en la que fluyen los mundos
locales, y que hacen que la misma cosa sea la gente y su tierra y sus
antepasados, o, mejor dicho, esta gente y esta tierra y estos antepasa-
dos. En el lenguaje colonial, gente, tierra y antepasados cobran exis-
tencia por afuera de sus relaciones constitutivas; para inmediatamente

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ser incluidas en otras relaciones, relaciones coloniales constituyentes:


estos indios (apelativo particular) son encomendados a esta persona
que ordena su traslado; esta tierra (apelativo particular) está despobla-
da de indios y es entregada en merced a esta persona que se apropia
de ella; estos antepasados (apelativo particular, esta vez creado por
la disciplina arqueológica) son instrumentos que, convenientemente
manipulados por la disciplina, permiten conocer a los investigadores
disciplinados un pasado –de relación constitutiva entre gente, tierra y
antepasados– ya agotado. El lenguaje disciplinario es una forma es-
pecífica de lenguaje colonial que acomete el mismo tipo de violencia
epistémica, extirpando el objeto de un régimen de cuidado para im-
plantarlo en otro completamente distinto (Shepherd, este volumen).
De manera que, cuando se me pregunta por quienes vivieron aquí
antes de la invasión europea, lo que implícitamente se me pide es que
enuncie en mi lenguaje disciplinario el dispositivo de designación del
otro acerca del que se me pregunta y su relación con quien me pregun-
ta. La pregunta por quién vivía aquí, dirigida a un arqueólogo, porta
un subtexto de confirmación del lugar hegemónico de enunciación de
la íntima alteridad: no hay relación constitutiva entre tierra, antepasa-
dos y gente que lícitamente pueda ser enunciada sino por el experto.
La alienación respecto de tu origen es tal que es mi sola condición de
arqueólogo disciplinado la que me permite enunciar quienes fueron,
y no alguna relación que directamente pudieras tener con ellos. La
designación, es decir, la conformación de un lenguaje que nombre a la
cosa de manera que esta sea puesta a disposición y vuelta intercambia-
ble, conlleva siempre un otro lado, oculto en el lenguaje, que debe ser
escrutado. Pues el lenguaje porta las huellas deícticas de las relaciones
sociales que secciona. Una deixis del lenguaje colonial y del lenguaje
disciplinario nos coloca, nos vuelve a colocar, en las relaciones socia-
les de la colonialidad, en donde la relación no es sólo entre la palabra
y la cosa, sino también en las relaciones intersubjetivas entre enuncia-
dor, enunciado, y enunciatario (Arnoux 2006). En ese sentido, es de-
cir, en un sentido decolonial, cobra particular importancia la deixis del
objeto, es decir, el develamiento de las relaciones sociales seccionadas
y obliteradas por el lenguaje colonial mediante el cual el mundo es
transformado en un conglomerado de palabras que designan objetos.

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Deixis del objeto

El lenguaje colonial irrumpe repentina y violentamente en la interac-


ción discursiva. Ya describí la manera en la que el enunciador altera
(alteriza) el enunciado, lo enuncia a diferencia de sí mismo, como si
estuviera allí a la distancia de sí y como si no estuviera constituido en
la relación. En la ruptura mediante la cual opera la objetualización, las
huellas de la relación social (colonial) entre enunciador, enunciado y
enunciatario se imprimen en el lenguaje. La escritura del texto colo-
nial supone una cartografía de su lectura, en otras palabras, el texto
colonial supone una determinada localización del enunciatario, o sea,
una lectura que comparte con el enunciador una misma localización
geopolítica, una intimidad civilizatoria, una misma ruptura con el otro
(el enunciado). La gramática del texto colonial crea una intimidad,
un nosotros inclusivo, entre enunciador y enunciatario. Lo subalterno,
lo popular, lo indígena, lo otro, quedan recluidos en el enunciado del
texto, excluidos de la escritura –y de la lectura; y las disciplinas hu-
manas y sociales se reparten esos enunciados a la manera de objetos.
Aspectos del enunciado y modos de enunciarlo deslindan métodos y
objetos de cada disciplina. Los colectivos disciplinarios, hablantes de
cada lenguaje disciplinario, son los respectivos enunciadores. Al mis-
mo tiempo, los lenguajes disciplinarios delimitan unas comunidades
de enunciatarios; la cartografía de estas queda definida por la intimi-
dad lingüística: son enunciatarios del texto disciplinario quienes se
avecinan en la ruptura respecto al otro (enunciado). La estructura de
la relación entre enunciador y enunciatario, es decir, las relaciones
cubiertas por la primera persona del plural, incluyen, sin embargo, no
una sino distintas posibilidades. Un nosotros inclusivo (nosotros [yo
+ tú] enunciamos a ellos/as, es decir, otros/as) alterna simultáneamen-
te con un nosotros exclusivo (nosotros [yo pero no tú] enunciamos a
ellos/as, entre quienes podrías estar tú). Cuando, como arqueólogo,
digo “Sabemos que aquí vivieron los diaguitas”, también estoy di-
ciendo que yo y tú somos distintos a los diaguitas, entre otras cosas
nos distingue la posesión del conocimiento acerca de los diaguitas,
del que los propios diaguitas carecen; pero, al mismo tiempo podría
estar diciendo que nosotros (los arqueólogos, o bien, los arqueólogos
de mi mismo tipo) somos quienes sabemos que los diaguitas fueron
distintos a nosotros y sin embargo aquí vivieron, y por ende tú, aún
cuando los diaguitas fueran tus antepasados, careces del conocimiento
de aquellos y de tu relación con ellos; tu relación con los antepasados
depende de mi conocimiento. El enunciatario queda simultáneamente

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incluido y excluido de la intimidad del enunciador o, dicho de otra


manera, la inclusión en la intimidad del enunciador del texto colonial
queda condicionada a que el enunciatario reconozca –y a veces inclu-
so que su autoreconocimiento sea asimismo reconocido– el mismo
lugar de enunciación actual (y el mismo lenguaje) como lugar poten-
cial de enunciación. Es decir, la oscilación entre el nosotros inclusivo
y el nosotros exclusivo orienta al enunciatario a vivir en el domicilio
de la enunciación colonial. Esta orientación aliena al enunciatario de
su propia localización, de su propia enunciación, de su propia mirada
(Morris y Spivak 2010).
El texto colonial describe, entonces, una cartografía epistémica:
conocedores y conocidos ocupan lugares geopolítica, y civilizatoria-
mente, establecidos y fijos; pero asimismo produce esa cartografía:
el lector se mueve hacia el domicilio del texto. El tú excluido de la
intimidad del enunciador es simultáneamente incluido en la medida
en que se oriente hacia la intimidad del enunciador, es decir, se sub-
jetive a su imagen. Este poder creativo del lenguaje colonial, que ya
fuera señalado por Bhabha (1994), no es algo que quede recluido en
la discursividad lingüística, aunque siendo esta el vehículo epistémico
hegemónico es, sin duda, de enorme peso.
Las enunciaciones metaculturales, es decir, acerca de la cultura, es-
tablecen gramaticalmente posiciones epistémicas fijas entre la primera
y la tercera persona, mientras la segunda persona –el lector– oscila
entre ambas. Pero la práctica cultural, incluso la práctica epistémica,
no discurre dentro de posiciones fijas sino en el marco de relaciones
que, a su vez, se relacionan entre sí. Estas relacionalidades se susten-
tan en supuestos epistémicos que no necesitan ser visitados, y rara vez
lo son. Las prácticas relacionales no siempre concuerdan con los po-
sicionamientos metaculturales. Son como dos líquidos distintos en un
mismo recipiente, separados uno de otro por una membrana semiper-
meable. La permeabilidad entre práctica relacional y posicionamien-
to metacultural puede aumentar o disminuir, y hasta cierto punto es
regulada contextualmente. Ello ha sido señalado por distintos autores
como dualidad de la subjetividad colonial (Bhabha 1994), coloniali-
dad (Mignolo 2003), etc.
Uno de los niveles en los que la dualidad se vuelve notoria es en
la cultura del tiempo. Las categorías metaculturales asimilables a oc-
cidente suponen una particular teoría y práctica temporal, mientras
que las prácticas culturales populares, campesinas, e indígenas suelen
implicar teorías del tiempo y la historia basadas en supuestos muy
diferentes de los que sustentan a occidente, indistintamente de cuá-

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ALEJANDRO HABER

les sean las enunciaciones meta-culturales en primera persona de esos


mismos actores.

Occidente como teoría de la historia

El tiempo occidental tiene al menos dos componentes. Uno de ellos


es la linealidad. El tiempo transcurre desde el pasado al presente al
futuro a lo largo de una línea; y la línea de tiempo es la más sencilla
representación del tiempo histórico. Los acontecimientos suceden uno
tras otro. Pero la línea de tiempo no es simplemente una línea, también
es un vector. Un vector es un tipo particular de línea recta con magni-
tud y dirección. La magnitud del tiempo es la distancia a un punto de
partida, y la dirección es su orientación en el espacio. En tanto vector,
la historia tiene un punto de partida y una dirección. En la tradición
occidental el punto de partida es abiertamente metafísico, como en el
caso de la creación bíblica, o la llegada del hijo de dios al mundo de
los hombres. En la versión moderna de la tradición occidental otro
punto de partida es el inicio de la historia, es decir, el conocimiento
(historiografía) acerca de la historia es al mismo tiempo un período en
la historia, un período –la historia (pretendidamente universal)– que
comienza cuando lo hace el conocimiento historiográfico (occidental).
En occidente, res gestae comienza cuando historia rerum gesta-
rum: la historia (relevante) de la humanidad comienza cuando se in-
venta la disciplina (occidental) de la historia. La historia (los hechos
del pasado) es comprendida como magnitud del tiempo, es decir, el
largo de la línea desde su origen metafísico hasta el presente. La histo-
ria, vista desde la teoría occidental del tiempo, consiste en la historia
de occidente. La historia como lo que sucedió e interesa (es decir, la
historia de occidente y su expansión sobre el otro) tiene su origen en
la invención del dispositivo para codificar al conocimiento occidental
como superior (la historia como lo que se dice acerca de lo que suce-
dió) (Trouillot 1995). El punto de origen de la versión occidental de
la historia está aunado, entonces, tanto a su auto-comprensión como
civilización superior como, y al mismo tiempo, a la consideración de
la superioridad de sus propios instrumentos para considerarse supe-
rior. La metafísica de la historia (occidental) está objetivada en la línea
de tiempo (en la historia objetiva), produciendo el efecto de un punto
de origen metafísico, que al mismo tiempo es un lugar naturalizado
de conocimiento. Tal punto de origen indica el origen del yo, en este
caso occidente como civilización y como proyecto de conocimiento e

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ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

intervención. El nacimiento de Jesús es el principal punto de origen en


la línea de tiempo, y señala el origen del yo cristiano. La vida de Jesús
(lo que sucedió) es narrada en los evangelios (el relato de lo que suce-
dió), y el conocimiento correcto de la historia sagrada se obtiene me-
diante la lectura de textos sagrados que codifican esa historia. En los
países europeos, la historia es usualmente considerada a partir de las
primeras fuentes documentales que permiten conocerla, usualmente
textos escritos por los conquistadores romanos acerca de los lugares y
pueblos sobre los que se expandían. Algunos de los pueblos resistentes
y dominados, con el nombre con el que han sido designados en esas
fuentes, resultaron los ancestros de los yos nacionales actuales. An-
tes de esos pueblos no había historia, sino prehistoria. En América, el
arribo de Colón es un segundo punto de origen que marca el trasplante
del yo al Nuevo Mundo y la separación de la historia (conocida en los
textos) de la prehistoria (desconocida en los textos). La arqueología
se ha dedicado principalmente a obtener conocimiento de los tiempos
pre-históricos, expandiendo la codificación y las reglas occidentales
para conocer la historia sobre períodos carentes de fuentes escritas.
Queda claro que el lugar desde el cual la historia es clasificada como
conocida (o cognoscible o “historiográfica”) y desconocida (o incog-
noscible o “arqueológica”) es el mismo lugar desde el que se practica
y teoriza la conquista. La historia como la representación del yo occi-
dental corporiza a occidente como un discurso de conocimiento y un
proyecto de dominación.
Como todo origen metafísico marcador del inicio de un proyecto
(moralizador, civilizador, purificador), la línea occidental del tiempo
también está proyectada hacia el futuro. Para los conquistadores ibéri-
cos de América durante la primera modernidad, el futuro era pensado
como mayor proximidad a Cristo. Para los conquistadores europeos
de la segunda modernidad y los europeos descendientes en los países
políticamente independientes, y para la antropología clásica evolucio-
nista, el futuro era pensado como civilización (occidental) (Thomas
1994). Para los actuales desarrolladores y para el sentido común occi-
dental en general, el futuro consiste en el desarrollo (Escobar 1999).
El tiempo occidental es siempre un vector, con magnitud y dirección.
Esta orientación espacial fundamental del tiempo occidental, marcado
a fuego en sus cimientos metafísicos, es la manera en la que el espacio
y la alteridad son reducidos al tiempo. El tiempo occidental connota el
tiempo y denota la dominación. Occidente es una teoría de la historia
en la que la historia consiste en la dirección hacia una creciente domi-

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ALEJANDRO HABER

nación humana de la naturaleza, de la modernidad sobre la tradición,


de occidente sobre el otro.
Occidente y su teoría de la historia consisten en un dispositivo me-
diante el cual se ejerce violencia creando intimidad epistémica con el
enunciatario y orientándolo en el vector del tiempo. Los fundamentos
de la historiografía occidental se relacionan a una doble operación de
dominación del otro ser y exclusión del otro conocimiento. En el si-
glo V a. C. el llamado “padre de la historia” Heródoto estableció una
clasificación de conocimientos para escribir una narrativa acerca de
los acontecimientos de las guerras médicas (entre griegos y medas).
Por un lado, Herodoto adoptó la voz barbaroi para designar al otro
cultural, los enemigos actuales o potenciales de los griegos. El epí-
teto, originado en la repetición de la partícula bar –que no significa
nada– precisamente significaba que el otro, no hablante de la lengua
del historiador, carecía de una apropiada. Al mismo tiempo la histo-
ria, en el sentido del relato de los acontecimientos, sería escrita de
acuerdo a una clasificación de fuentes de información que implicaba
una graduación del conocimiento desde la falsedad hasta la verdad.
Para Heródoto las fuentes de información superiores eran aquellas que
recibía de testigos oculares directos, mientras que consideraba a la
memoria social y la leyenda como contaminadas por la imaginación y
la falsedad. Entonces, ya en los momentos iniciales de la historiografía
hubo un maridaje entre el objeto materia de la historia (los aconteci-
mientos sucedidos) y el método básico para escribir relatos confiables
acerca de los acontecimientos sucedidos. La competencia lingüística
(y cultural) en la lengua (y cultura) del historiador y el testimonio
ocular se complementan de tal manera que delimitan en la esfera de
intimidad lingüístico-cultural del enunciador la escritura de la historia
acerca de la relación entre el yo y los otros (Abercrombie 1998). La
res gestae no es incluida directamente en la historia rerum gestarum,
para eso debe pasar por varios filtros, el primero de los cuales es su
textualización. Ya sea oral o escrito, el testimonio textual acerca de
los hechos es la fuente de la historia, y no los hechos en sí. Cuando
es el partícipe de los hechos quien los textualiza (testigo ocular) tiene
mayor probabilidad de ser tenido en cuenta por el historiador, pero esa
probabilidad aumenta cuando entre el partícipe de los hechos y el his-
toriador existe intimidad lingüística-cultural. El conocimiento acerca
del otro será más válido si originado en intimidad epistémica con el
enunciador (Trouillot 1995).

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ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

Anatomía disciplinaria (i)

La arqueología difiere de la historia en una cantidad de aspectos bá-


sicos. Aún así, comparte con aquella el maridaje fundacional de la
metafísica de objeto y método. De hecho, la arqueología, en una me-
dida mucho mayor de lo que usualmente se reconoce, es una extensión
sobre el otro de la metafísica occidental de la historia. La arqueología
introduce el lenguaje mediante el cual las relaciones del otro con sus
muertos, cosas y dioses quedan reducidas a una disciplina de conoci-
miento (Haber 2012a). Esa disciplina está enmarcada en una metafísi-
ca singular que es transportada como si fuese universal. Esto no resul-
ta de una planificación consciente y voluntaria, sino que ese transporte
ocurre en los propios marcos y definiciones fundamentales de la dis-
ciplina. ¿Qué es lo que hace que una cosa sea un objeto arqueológico?
Esta es una pregunta aparentemente fácil de responder, pero en algu-
nas ocasiones es extremadamente difícil incluso para arqueólogas/os
disciplinadas/os. Cuando se encuentra algo que podría ser o no huma-
no y antiguo, es decir que con igual probabilidad podría ser natural o
reciente, el aparato epistémico de la disciplina arqueológica es tensado
al máximo. Si ese “algo” es potencialmente de antigua factura huma-
na, es decir, si la/el arqueóloga/o logra vincularlo, aunque sea tentativa
y transitoriamente, a una red conceptual que refiere a un tiempo pasa-
do, ese “algo” dejará de ser algo para recibir un nombre (por ejemplo,
“rasgo”, o “estructura”) que en alguna medida sugiera, si bien no una
interpretación acabada, al menos una orientación de su interpretabi-
lidad. Si puede ser enunciado por el lenguaje disciplinario, será un
objeto arqueológico (al menos, hasta que se demuestre lo contrario).
Pero, advirtamos, para que pueda ser enunciado, para que pueda ser
integrado a la red conceptual, el arqueólogo ha debido ya interpretarlo
como potencial resto material mediante el cual se pueda conocer el
pasado. Es decir, para poder integrarlo a la red conceptual, debe in-
tegrarlo a la red epistémica; debe adjudicarle a ese “algo” el valor de
objeto arqueológico, es decir, como resto material mediante el cual se
puede conocer el pasado del que proviene; sólo cuando se le adjudica
el sentido epistémico de lo arqueológico es que la cosa puede llegar a
ser objeto arqueológico. Al mismo tiempo, otras posibilidades de rela-
ción son excluidas (por ejemplo, el que ese “algo” sea un antepasado,
un pariente, un dios, etc.). La operación de textualización de los acon-
tecimientos queda recluida en una misma esfera de intimidad lingüís-
tica disciplinaria: son arqueólogos quienes expresan lingüísticamente
el mundo que excavan y observan, que son hechos disciplinarios en la

134
ALEJANDRO HABER

misma medida en que son enunciados por el lenguaje disciplinario. Y


al mismo tiempo, la textualización/objetualización implica la demar-
cación de un colectivo lingüístico-cultural de hablantes del lenguaje
disciplinado y creyentes en los supuestos epistémicos de la disciplina.
El que la cosa sea objeto arqueológico implica que me relaciono con
ella mediante conocimiento, y no mediante memoria ni descendencia.
La objetualización de la arqueología disciplinaria consagra una rela-
cionalidad epistemológica y excluye relacionalidades sociales.

Sedimentación y catástrofe

La violencia del lenguaje colonial consiste, por una parte, en la disolu-


ción de las relacionalidades constitutivas de los mundos locales, tarea
que es posible mediante los mecanismos de designación, objetuali-
zación y textualización descritos más arriba. Pero al mismo tiempo
que acomete una tarea destructiva, el lenguaje colonial crea un nuevo
conjunto de relaciones. Las relaciones coloniales creadas por el len-
guaje se superponen a y obliteran las relaciones que este secciona.
Pero las relacionalidades locales no desaparecen del todo, subsisten a
la sombra, al otro lado de lo visible, o bien como soporte de las hue-
llas de la violencia. Las huellas de las relaciones perdidas permanecen
en el lenguaje, ocultas entre las nuevas relaciones. Rastrear esas hue-
llas es una difícil pero necesaria deixis del objeto; obliga a excavar la
superposición secuencial de violencias, y a profundizar la superficie
del suelo que nos es constitutivo. Esa es la tarea de una arqueología
indisciplinada, y su campo de acción es el conocimiento hegemónico.
El tiempo vectorial es uno de los soportes epistémicos de la se-
gunda modernidad, y el surgimiento de la disciplina arqueológica
está estrechamente ligado a una particular lectura de la estratigrafía
arqueológica como respaldo material de la vectorialidad de la historia
humana (Schnapp 1998; Trigger 1989). La visión vectorial de la es-
tratigrafía fue derivada de la geología moderna. La geología científica
moderna comenzó cuando se rebatió la teoría catastrofista en boga
en el siglo xviii. El catastrofismo proponía que las formas de la tierra
resultaron de eventos repentinos y violentos como, por ejemplo, la
Creación y el Diluvio Universal. Los fósiles hallados en los estratos
correspondían, para Georges Cuvier, a los animales que se extinguie-
ron como consecuencia del Diluvio. En 1788 James Hutton propuso
su teoría uniformista, según la cual los procesos que actuaron en el
pasado, y que originaron las formas de la tierra, son los mismos que

135
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

actúan en el presente, de manera que observando los procesos actua-


les y sus consecuencias en la forma de la tierra, es posible inferir los
procesos que actuaron en el pasado produciendo las formas antiguas.
Así, para Hutton, Lyell y otros, el presente, es decir, las formas de la
tierra, es la clave para el conocimiento del pasado. Por ejemplo, la
superposición de los estratos o estratigrafía geológica fue explicada
como resultado de la lenta y acumulativa sedimentación horizontal
producida en los lechos oceánicos. Una de las principales metodolo-
gías de la disciplina arqueológica, la excavación, fue desarrollada bajo
el supuesto de que la estratigrafía arqueológica de asentamientos hu-
manos era un caso especial de la estratigrafía geológica (horizontal y
acumulativa) (Harris 1989). Importando la metodología estratigráfica
asimismo se introdujo en la historia humana la relación (respaldo ma-
terial) entre la estratigrafía arqueológica y la historia vectorial (Haber
1994, Trigger 1989).
Fue Edward Harris quien llamó la atención sobre este supuesto y
propuso, en cambio, que la estratigrafía arqueológica es lo suficiente-
mente distinta a la geológica como para basarse en principios especí-
ficos y diferentes (Harris 1989). Para Harris, la estratigrafía arqueo-
lógica no es lenta sino que tiene disímiles ritmos de formación según
las acciones allí desarrolladas; tampoco es meramente acumulativa,
sino que las acciones acumulativas y las sustractivas se superponen
unas a otras dando lugar a la secuencia de estratigrafía arqueológica;
por último, no es horizontal, sino que se deposita de acuerdo a múl-
tiples formas, incluso verticales. Las propuestas de Harris han sido
metodológicamente manipuladas de manera de mantener bajo control
su corrosivo potencial teórico, y seguidores o detractores de Harris
suelen reducir sus diferencias al seguimiento de uno u otro método de
excavación (Carandini 2010).
Un lugar común de la arqueología disciplinaria es aquel que sos-
tiene que una excavación destruye la evidencia estratigráfica. Si bien
hasta cierto punto es cierto, ello no contempla el aspecto creativo de
la excavación y, así, dificulta la comprensión de la excavación como
una secuencia de acciones que sustrae y acumula materia, es decir,
que la excavación arqueológica mediante la cual es posible observar
una estratigrafía, a su vez origina una nueva estratigrafía (y no es sólo
una mera representación de la estratigrafía que excava). Desde una
perspectiva estrictamente basada en las relaciones entre estratigrafía y
acciones, la separación entre la estratigrafía creada por la excavación
y aquella que la excavación busca conocer, resulta bastante misteriosa,
pues no se justifica en el orden de las cosas y sus relaciones, sino en

136
ALEJANDRO HABER

una separación –igualmente misteriosa– entre lo observado del mundo


y quien lo observa. Dicha separación no existe en el mundo de las co-
sas y sus relaciones, sino en el mundo imaginario –disciplinario– por
el cual conocido y conocedor pertenecen a órdenes ontológicos dife-
rentes. Ambas visiones de la estratigrafía arqueológica, aquella que
la asimila a la estratigrafía geológica y la que la diferencia de esta,
suponen una ruptura esencial entre la estratigrafía que se observa y
la que crea el observador. Irónicamente, tanto las visiones oceánicas
como las catastrofistas de la sedimentación se basan por igual en una
ruptura epistémico-ontológica. Un análisis deíctico de la estratigrafía
arqueológica nos mostraría la manera en la cual la disciplina y sus
agentes son excluidos de la estratigrafía que excavan y de la historia
que narran como condición de posibilidad de la disciplina. El público
enunciatario es orientado hacia una intimidad epistémica con la dis-
ciplina y alejado de las relaciones sociales con lo arqueológico. Estar
relacionado por parentesco o memoria no es algo que pueda sucederle
a uno en su calidad de arqueólogo disciplinado.
La invasión europea de América, por ejemplo, ha sido considerada
ya sea uno más de los acontecimientos acumulativos ya sea un acon-
tecimiento catastrófico en el curso de la historia. Ambas posiciones
objetivistas suponen que los fenómenos bajo estudio están allí a la
distancia de mi capacidad de conocerlos, es decir, que continuidades
o rupturas deben ser buscadas en la historia objeto de la investigación,
pero que entre esa historia objeto, ya sea que se caracterice por conti-
nuidades o rupturas, y mi propia capacidad de conocerla hay una dife-
rencia de orden tal que sus existencias no se condicionan mutuamente.
Mantengamos, en cambio, las ideas de que la estratigrafía es cons-
titutiva del suelo que me sustenta y que la excavación es estratigráfi-
camente creativa. Con la palabra “constitutiva” quiero decir que esa
historia interviene en la formación de mi subjetividad y, por ende, con-
diciona el conocimiento que sea capaz de elaborar de esa historia. Y
con “creativa” digo que el conocer el mundo me relaciona (y no sólo
mediante conocimiento) con las relaciones (no sólo de conocimiento)
en el mundo que busco conocer. Es en la constitución de la subjeti-
vidad donde la colonialidad introduce su ruptura más consecuente y,
entonces, entre el pasado precolonial y los condicionamientos propios
para conocerlo hay una profunda disrupción que, si bien no es salva-
ble del todo, tampoco es absolutamente insalvable. Puesto que, siendo
constitutivo, el pasado es asimismo relacional. Así como en el lengua-
je encontramos las huellas de las relaciones sociales que representa

137
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

pero también las que crea el lenguaje, lo mismo podemos decir de la


estratigrafía.
Es más, podemos pensar en el lenguaje colonial en términos de
estratigrafía o, mejor, de secuencia estratigráfica. A la negación del
lenguaje (el otro carece de verdadero lenguaje) le sigue la designación
colonial (el otro es X). Pero el nombre que recibe la tercera persona (el
colonizado) acaba por ser enunciado, con el tiempo, en primera perso-
na. Así, el eufemismo que surge de la necesidad de enunciar lo que la
violencia impide enunciar, le sigue el neologismo, como enunciación
de la resistencia a la violencia o, mejor, como violentación simbólica
(Grosso 2012).
Una visión indisciplinada de la estratigrafía de la violencia asume,
entonces, que (a) ninguna violencia totaliza; siempre queda algo, aun-
que fuera la huella de la violencia, que se relaciona en agenciamientos
contrarios a la violencia; (b) toda violencia establece relaciones se-
cuenciales con el objeto de la violencia y con aquello que la niega (la
ausencia, la huella, el espectro); y (c) lenguaje y materia no constitu-
yen esferas mutuamente autónomas sino que están localmente relacio-
nados e imbricados en múltiples expresividades y texturas que hacen a
la relacionalidad de las vidas locales; el supuesto de su independencia
ontológica-funcional es, en realidad, parte del dispositivo colonial (y
de sus recapitulaciones en las sucesivas hegemonías epistémicas).

Anatomía disciplinaria (ii)

Para comprender el funcionamiento de los mecanismos disciplinarios


es necesario describir su anatomía y funciones. La disciplina es un
proceso continuo que se representa a sí mismo por oposición a una
etapa de carencia (de teoría, método y técnica, es decir, de conoci-
miento apropiado). Dos son los procesos de pasaje de la pre-discipli-
na a la disciplina. La filogénesis disciplinaria describe la formación,
institucionalización e incorporación del lenguaje disciplinario en el
cuerpo social; la ontogénesis disciplinaria describe la incorporación
y subjetivación del lenguaje disciplinario en el cuerpo individual. Si
bien la filogénesis disciplinaria está influida por las cercanías acadé-
micas y lingüísticas, es el estado nacional el que provee su escala so-
cial. De acuerdo a las auto-representaciones civilizatorias del estado
nacional, y a las identificaciones y negaciones identitarias mediante
las cuales pretende objetivar las subjetividades colectivas –general-
mente de manera homogénea y monolítica, el lenguaje disciplinario

138
ALEJANDRO HABER

va delimitando los alcances, contornos y supuestos del conocimiento


hegemónico acerca del origen de la nacionalidad, o bien acerca de su
inmediato antecedente contra el cual imagina su origen. Interesan a la
anatomía de la disciplina las etapas liminares, aquellas en las cuales
el lenguaje no se ha cerrado lo suficiente como para excluir preguntas
y enunciaciones que luego se revelarán incómodas para un contexto
disciplinario. En el curso de los debates liminares objeto y método
se van definiendo hasta que, por fin, el marco de la disciplina queda
delimitado y ello permite (a) su transferencia a los discursos pedagógi-
cos (textos para educadores y estudiantes de la enseñanza básica, por
ejemplo) y (b) su institucionalización (cátedras, institutos y museos en
los que se enseña, investiga y exhibe pero, sobre todo, donde reside el
reconocimiento estatal de la disciplina). La disciplina como proceso
no cesa, sino que es una tarea continua para la cual es necesaria la re-
ferencia antinómica al otro (lego, huaquero, coleccionista, anticuario,
esotérico, etc.). La ontogénesis disciplinaria ocurre principalmente en
instituciones educativas (aunque museos y textos no institucionales
también aportan lo suyo). Si bien el individuo es disciplinado a lo lar-
go de una muy prolongada exposición a textos, escenografías y coreo-
grafías que conforman el drama pedagógico de la escolaridad univer-
sal, es en la universidad en donde el estudiante incorpora el lenguaje
disciplinario; de una manera muy literal el lenguaje se le hace cuerpo
de tal forma que se acaba por convertirse en su propio lenguaje. Reco-
noce como pares a sus co-hablantes y la carencia de lenguaje es signo
de la alteridad de los conocimientos no disciplinados. La transferencia
1, en el sentido de transporte, del conocimiento disciplinario al cuerpo
social es lo que marca la madurez de la filogénesis disciplinaria; la
transferencia 2, en el sentido de identificación, del lenguaje disciplina-
rio al cuerpo individual es lo que marca la madurez de la ontogénesis
disciplinaria.
La disciplina no es un conjunto de principios teóricos, sino una
muy básica idea acerca de su objeto y su método. En el caso de la
arqueología, una básica y elemental definición como “estudio del pa-
sado a través de sus restos materiales”, conforma la roca madre apa-
rentemente ingenua y obvia sobre la cual el edificio disciplinario es
sostenido por cada uno de sus practicantes (Haber 2012b). ¿Qué es
el pasado y qué relación tiene con el presente? ¿qué implica que del
pasado resten materialidades? ¿qué cosas no restarían del pasado y
qué restos no materiales habría? ¿qué relaciones con el pasado se ex-
cluyen? Son preguntas que no caben en la disciplina madura porque
ya fueron zanjadas en la etapa liminar de la disciplina. El que exista

139
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

una brecha entre un colectivo de personas que busca (en el presente)


conocer un pasado de otros y ese pasado, y que esa brecha sea infran-
queable salvo para el conocimiento metodológicamente regulado de la
disciplina, traduce los supuestos epistémicos básicos de la disciplina
en política de violencia epistémica. La historia, las cosas antiguas,
los antepasados, quedan extirpados de la red relacional en la que se
encuentran localmente y al mismo tiempo quedan insertos en un régi-
men de cuidado encuadrado en la superioridad del conocimiento dis-
ciplinario. La disciplina alcanza grados elevados de madurez cuando
sus supuestos quedan sancionados en el derecho positivo del estado
nacional y, entonces, como con la Ley 25.743 del año 2004 de la Re-
pública Argentina, el Patrimonio Arqueológico es definido como “las
cosas muebles e inmuebles o vestigios de cualquier naturaleza que
se encuentren en la superficie, subsuelo o sumergidos en aguas juris-
diccionales, que puedan proporcionar información sobre los grupos
socioculturales que habitaron el país desde épocas precolombinas
hasta épocas históricas recientes” (itálicas nuestras). La incorporación
a tratados internacionales y organismos multilaterales consolida esta
madurez.
En las últimas tres décadas, la disciplina, cuyo desapego a las re-
laciones sociales era una pretendida consecuencia de su exclusivo
interés en el conocimiento verdadero, incorporó otros intereses. El
desarrollo, la justicia social, la democracia y el mercado, son algu-
nos de los nuevos objetivos de la post-disciplina (Lazzarato 2006). La
post-disciplina es un conjunto de reconversiones tecnológicas de la
disciplina que operan para volverla más relevante a los requerimien-
tos del capitalismo tardío. La apropiación y adaptación de tecnologías
pre-hispánicas, principalmente agrícolas, ha sido tal vez una de las
primeras reorientaciones post-disciplinarias de la arqueología en los
Andes (Herrera Wassilowsky 2013). El desarrollo turístico y la ar-
queología de impacto, de mucho mayor desarrollo actual, son otros
ejemplos notables.
En el marco de lo que se conoce, entre otras denominaciones, como
tardo-capitalismo, la sobre-abundancia y fluidez del capital financie-
ro promueve la expansión de la frontera colonial. Las porciones más
audaces y riesgosas del mercado financiero, por ello mismo con una
renta potencial más elevada, dirigen su atención hacia intervenciones
de frontera, en las que la creación de nuevas mercancías, mercados y
tecnologías son el aspecto más notable. La movilización de conoci-
miento en pos del desarrollo mercantil ha convertido cada rincón del
planeta en un campo de batalla entre el conocimiento, el capital y el

140
ALEJANDRO HABER

estado, por un lado, y los agenciamientos locales por el otro. Tal vez
sea la industria turística aquella que ejemplifica más claramente el
proceso. Estando occidente tan ávido de experimentar su otro y reco-
nocerse a sí como expresión del tiempo vectorialmente orientado, los
destinos turísticos –siempre más exóticos– son objeto de elaboración
mercantil. Investigaciones llevadas adelante por disciplinas como la
antropología y la arqueología son un manantial de conocimiento con-
vertible en mercancía. Investigadores y profesionales, o bien terceros
que fungen de brokers o intermediarios, re-escriben el discurso dis-
ciplinario en términos mercantilizables, tarea que ha recibido la muy
explícita denominación de “poner en valor” o “rentabilizar” (Criado
2001). Como parte integrante de la “puesta en valor” mercantil de
aquello que forma parte de las vidas locales, el rostro del otro tal como
es, la ruina así arruinada como está, la pobreza arropada en la miseria,
acaba por resultar intolerable para el turista. Este no desea recibir la
imagen del otro en sus propios términos pues le devuelve las marcas
de la violencia colonial (Yúdice 2002). La expectativa del turista oc-
cidental es conocer al otro, pero no como otro en sí, sino como otro
de sí, alteridad cultural respecto de sí mismo, pues es él mismo la
referencia de centralidad que debe ser reforzada por la experiencia de
su otro y no –en cambio– conmovida por la experiencia de su propia
violencia (Carvalho 2010). Así, el simulacro reemplaza progresiva-
mente al otro, las ruinas se despejan de malezas y se reconstruyen, los
indios se visten como tales abandonando sus andrajos indigentes, sus
casas se reconstruyen con materiales tradicionales dejando a un lado
los desechos industriales de la arquitectura de la pobreza, sus músicas,
danzas, rituales, cultos, son editados para que puedan ser apreciados
por el turista sin llegar a espantarlo.
Aún peores consecuencias que el simulacro tiene el efecto depre-
dador del avance de la frontera sobre la tenencia de tierras. Siendo
que las comunidades indígenas y campesinas suelen mantener una
relación con la tierra que, aunque consuetudinaria, no acaba de ser
reconocida por el estado, el avance del mercado turístico promueve
la especulación inmobiliaria sobre las tierras, de las cuales terminan
por ser despojados aquellos cuyos lugares, culturas y tradiciones eran
el original atractivo de la promoción turística de esos mismos luga-
res. Cuando la frontera turística se expande más agresivamente, como
por ejemplo al incorporarse un sitio o paisaje en vidrieras turísticas
internacionales tales como la Lista de Patrimonio de la Humanidad
promovida por UNESCO, los procesos de simulacro y despojo son
particularmente rápidos y trágicos (la quebrada de Humahuaca, Jujuy,

141
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

Argentina, constituye un caso testigo en este aspecto) (Belli y Sla-


vutzky 2010).
La segunda notable reconversión post-disciplinaria de la arqueo-
logía –que según algunos estudios ocupa al 90 % de los arqueólogos
en todo el mundo (Gnecco y Dias 2013)– es lo que se conoce como
arqueología de contrato, comercial, de impacto o de licenciamiento.
Basada en legislaciones cuyo alcance varía de país en país, esta recon-
versión consiste en el proceso por el cual aquello que anteriormente
era el “rescate” de restos arqueológicos descubiertos con ocasión de
obras de remoción de suelos, es ahora incluido en un procedimiento
administrativo modulado por el estado que se conoce como “evalua-
ción de impacto ambiental”. Tal procedimiento consiste en la ponde-
ración, valoración y cuantificación de los efectos de las obras en, por
ejemplo, el patrimonio arqueológico. De modo que, en lugar de tener
que vérselas con interrupciones sorpresivas cuyo costo financiero y
temporal es altamente variable e impredecible, la evaluación de im-
pacto le ofrece al capital la posibilidad de cuantificar (en tiempo, dine-
ro y riesgo) los efectos no deseados de la intervención a los que deberá
hacer frente. Así, los imponderables –no cuantificables– pueden ser
cuantificados e incluidos en el cálculo de costos de la inversión y en
la ecuación de renta. En el caso del patrimonio arqueológico, cuya
impredecibilidad y capacidad de movilización de la opinión pública
constituyen un factor de riesgo notable en ciertas oportunidades de
inversión de frontera, la posibilidad de cuantificación anticipada a la
ejecución es claramente una ventaja para el capital. El que los estudios
de impacto que alimentan la evaluación deban ser firmados por profe-
sionales específicos con aval del estado indica por qué se multiplican
las ofertas de formación universitaria de arqueólogos al mismo tiempo
que avanzan los procesos de matriculación profesional en cada país.
El estado ya no regula la intervención del capital, sino que la modula
mediante la intervención de técnicos expertos. El arqueólogo ya no es
aquel que busca el conocimiento acerca de un pasado inaccesible por
medios distintos a su propia ciencia, sino el poseedor del conocimien-
to técnico experto habilitado por el estado para certificar los licencia-
mientos correspondientes de los proyectos de intervención de capital
que incluyan remoción de suelos.
Es enorme la transformación que la arqueología post-disciplinaria
ha significado para la disciplina. La inserción mercantil de la arqueo-
logía, su relevancia en el presente, y el lugar de la arqueología en
el discurso hegemónico, todo se ha transformado para dotar a la ar-
queología de una popularidad y fluidez de los que antes, aparente-

142
ALEJANDRO HABER

mente esotérica y misteriosa, carecía para el público. Pero la arqueo-


logía post-disciplinaria, con toda la gran transformación que implica,
recapitula el mismo conjunto de supuestos básicos sobre el cual se
había construido el edificio disciplinario. El pasado, cesante y perfec-
to, distanciado del presente, inaccesible como no sea mediante el co-
nocimiento arqueológico experto, la materialidad de los restos como
la única permanencia del pasado, los restos como instrumentos para
conocer el pasado que les dio origen; la misma metafísica disciplina-
ria es retomada en la post-disciplina. Cobra nueva fuerza la violencia
epistémica, ya naturalizada en los marcos disciplinarios ahora movi-
lizados en las reconversiones post-disciplinarias. La permanencia de
las cosas y los dioses, lo muertos que sustentan los agenciamientos
locales, es expropiada de la injerencia local para quedar en manos
expertas y procedimientos administrativos, que ahora no sólo escriben
acerca de los locales sino que también habilitan intervenciones locales
del capital global mediante la aplicación de criterios extra-locales.

Metodologías decoloniales

Una de las consecuencias del debate post-colonial en la arqueología ha


sido el reconocimiento de su herencia colonial. Si la tarea de indisci-
plinar la arqueología tuviese como su principal objetivo el despojarse
de esta, tal empresa estaría de antemano condenada al fracaso y al
sinsentido. Fracasaría dado que no es posible despojarse de una heren-
cia secular y constitutiva con la prontitud con la que uno se cambia la
camiseta. Pero aún más: no tendría sentido rescatar a la arqueología de
la colonialidad por el mero objetivo de dejarla a salvo. La colonialidad
no es una cosa que esté allí de modo que podamos optar por abrazarla
o rechazarla. Aceptar el carácter constitutivo de la colonialidad es una
de las condiciones de una transformación intersubjetiva. La decolo-
nialidad exige una transformación de la política del conocimiento, y
de supuestos culturales y epistémicos sobre los que se apoya la co-
lonialidad. Los académicos y universitarios estamos en el foco de la
decolonialidad, pero no porque la academia sea un lugar privilegiado
desde el cual pueda llevarse la antorcha de la decolonialidad hacia
otros sectores de la sociedad, como si fuese una reedición del paradig-
ma moderno en el que la ciencia y la filosofía han de iluminar al resto
con la luz de la razón, o en términos más generales, en los pensamien-
tos vanguardistas según los cuales es un sector de la sociedad el que
lleva la delantera de la revolución que el conjunto ha de seguir luego.

143
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

La universidad, la academia, la ciencia, son los lugares institucionali-


zados de producción y reproducción del conocimiento hegemónico; y
cuando digo conocimiento hegemónico quiero hacer referencia tanto
al contenido del conocimiento como a la consolidación de su lugar
de enunciación como hegemónico respecto a otros conocimientos. La
academia no es el lugar desde el cual emprender un programa decolo-
nial, sino hacia donde dirigir los objetivos de indisciplina.
Hay colegas que, advertidos del lugar de la arqueología (o de otra
disciplina, pues ese lugar no es patrimonio exclusivo de la arqueo-
logía) en la reproducción de la violencia colonial y la colonialidad,
simplemente se alejan de la arqueología, y proponen su abolición con
mayor o menor altisonancia. Mi opinión es que las cosas son mucho
más difíciles. Por un lado, debido a las razones comentadas en el an-
terior párrafo: la disciplina es un dispositivo de la violencia colonial
y es preciso desactivarlo. Pero una de mis premisas es que, para ello,
se debe desacoplar el concepto de disciplina del de arqueología. Las
mismas razones por las cuales la disciplina opera de manera particu-
larmente profunda sobre la arqueología, volviéndola un arma de la
frontera colonial, me llevan a pensar que la arqueología, repito una
vez más, desacoplada de la disciplina, ofrece una ayuda lo suficien-
temente fundamental al programa decolonial como para que valga la
pena prestarle atención.
La noción de disciplina, con sus marcos portadores de los supues-
tos epistémicos respecto a objeto y método, el lenguaje disciplinario
y la filogenia y la ontogenia disciplinarias, debe ser escrutada y disec-
cionada. A esa tarea la llamamos “anatomía disciplinaria”, y un esbo-
zo de ella fue desarrollado más arriba. Todo un amplio campo se abre a
la profundización de la anatomía disciplinaria, tanto en lo que respecta
a la arqueología como en relación a otras disciplinas. Por ejemplo,
los lugares de la transferencia en las relaciones paralelas entre cono-
cimiento experto y sociedad lega y en la formación de la experticia,
tal vez puedan ser más fácilmente diseccionados en el seno de una
disciplina que, como la arqueología, cuenta con un lenguaje experto
bastante desarrollado y visible, para luego servir comparativamente en
disciplinas sociales y humanas lingüísticamente menos diferenciadas.
La explosiva inserción mercantil de la disciplina arqueológica en con-
textos post-disciplinarios, con su concomitante desarrollo de mecanis-
mos estatales o para-estatales de certificación de la experticia para la
modulación de las intervenciones del capital, no ha recibido sino una
somera atención; y es el de la disciplina arqueológica un caso de alta
visibilidad entre el conjunto de disciplinas.

144
ALEJANDRO HABER

Pero allí no acaba el camino: descolonizar el conocimiento exige


comprender los dispositivos de la colonialidad para, al mismo tiem-
po, operar en contrario. La colonialidad no es algo que esté allí a la
distancia, en cambio, es uno de las relaciones constitutivas de la sub-
jetividad. En este sentido, cada uno es al mismo tiempo víctima y
agente de la colonialidad; esto es particularmente notorio para quienes
nos dedicamos al conocimiento. La decolonialidad, por ello, no pue-
de reducirse a actuar en el mundo sin implicar al mismo tiempo una
transformación subjetiva. Deixis del objeto y estratigrafía fractal son
habilidades de la arqueología indisciplinada entendida como nometo-
dología, metodología negativa, contraria, es decir, decolonial (Haber
2011). Y en este punto quisiera hacer un alto. Se ha escrito mucho en
el campo de la teoría decolonial, y gran parte de ello ha sido muy ins-
pirador para tantísimas investigaciones y propuestas de trabajo. Tal es
así que aproximaciones post-coloniales y decoloniales abundan en las
tesis e investigaciones académicas. Es un proceso sin dudas muy inte-
resante, aunque no dejaría de resultar irónico que la teoría decolonial
acabara formando fila en la sucesión de teorías y enfoques que, uno
tras otro, conformaran la vanguardia o la moda académica, superan-
do al anterior y esperando ser superados en poco tiempo, para que al
final del día todo ello no aportara sino a la reproducción de la misma
política de conocimiento. La teoría decolonial ha recibido numerosas
críticas, muchas veces precisamente por ello. Pero creo que, en su
mayoría, se ha tratado de críticas mal dirigidas. El problema, según
veo, no reside tanto en la teoría decolonial sino en el esfuerzo compa-
rativamente menor aplicado en desarrollar metodologías decoloniales.
Cientos de propuestas de investigación orientadas por la teoría deco-
lonial se rinden ante la metodología disciplinada, y es la metodología
la que verdaderamente agencia las relaciones de conocimiento. Por
más comprometido con la decolonialidad que el planteo teórico que
escribamos haya logrado ser, todo ese impulso se volverá en senti-
do contrario si nos dejamos llevar por el protocolo de la metodología
moderna-colonial. No es por casualidad que la ortodoxia del conoci-
miento hegemónico haya cerrado filas en el campo de la metodología
con sus gendarmes del conocimiento válido (científico, académico, o
como sea enunciado). En los últimos años, conjuntamente con distin-
tos grupos de investigación y debate en los que he tenido el privilegio
de participar, he ido interesándome por las metodologías decolonia-
les y el lugar que en ellas ocupa la arqueología indisciplinada (Haber
2011). Si bien en este texto me interesa principalmente mostrar las
relaciones entre la arqueología disciplinaria y post-disciplinaria, por

145
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

un lado, y la arqueología indisciplinada, por otro, es evidente que no


puedo evitar que, en la medida en que me voy adentrando en este últi-
mo terreno, sea algo más visible el debate metodológico.

Arqueología indisciplinada

Si lo arqueológico ha llamado la atención, incluso mucho antes de


ser disciplinado (así como en paralelo a la disciplina), ha sido por la
inmediatez semiofórica (Pomian 1987; Schnapp 1993), es decir, por
el poder de atracción del sentido de lo ausente, de conmoción de lo
visible, que tiene lo arqueológico como su principal característica.
Krzysztof Pomian (1987) propuso llamar semióforo (o semáforo) a
todo objeto hecho para manifestar algo distinto que sí mismo, de prin-
cipal o exclusivo valor simbólico en distinción a su valor de uso. Para
Pomian el objeto seleccionado por el coleccionista tiene el estatus de
un semióforo, es decir, un repositorio de signos que se encuentran en
el objeto pero que refieren mas allá de la experiencia visual inme-
diata como entidad material que del mismo tiene el observador. Es
un referente para algo otro de lo que ve el ojo no iniciado (Pomian
1987). Alain Schnapp (1993) ha mostrado los caminos por los cuales
una larguísima historia de interés en la antigüedad y sus restos fue
disciplinándose hacia la primera mitad del siglo xix para dar lugar a
la ciencia arqueológica. Mediante la elaboración metodológica de la
estratigrafía, la tipología y la tecnología la disciplina arqueológica fue
capaz de conocer el pasado a través de sus restos, en la medida en que
los efectos del paso del tiempo pudieron ser rastreados en los materia-
les y, entonces, que estos sirviesen como signos de un pasado ausente.
Michael Shanks ha llamado la atención en la relación experiencial que
se produce en el encuentro con lo arqueológico, y en la manera en que
esa relación es dominada por la soberanía de la ciencia (Shanks 1992).
En lo arqueológico sucede al unísono lo que es pasado y presente;
externo e interno; pertenece a un mundo que tan sólo puedo evocar
con la memoria o la imaginación y, al mismo tiempo, está aquí mate-
rialmente junto a mi cuerpo; puedo tocarlo, verlo, olerlo y simultánea-
mente está ausente. De hecho, entre todas las ciencias la arqueología
destaca por el compromiso corporal al mismo tiempo que intelectual.
Lo arqueológico, el vestigio, pone en relación de inmediatez las rela-
ciones cuyas rupturas forman la base de la episteme moderna colonial
(pasado-presente; materia-espíritu; cuerpo-intelecto; razón-afecto)
pero, además, lo hace de manera inmediata; en pocas palabras, agen-

146
ALEJANDRO HABER

cia una dislocación del sentido común. En muchas experiencias loca-


les (no hegemónicas) esa dislocación se encuentra entre las relaciones
posibles, y suele ser modulada ritualmente. En el locus de la moder-
nidad, en cambio, la dislocación agenciada por lo arqueológico recibe
enormes esfuerzos de disciplina y domesticación. Se comprende así la
importancia de la arqueología disciplinaria: la frontera colonial vecto-
riza tiempos y espacios allende los límites de occidente.
La arqueología disciplinaria se basa en una pre-comprensión vec-
torial de la inmediatez semafórica. Es decir, lo arqueológico, que es
arqueológico en la medida en que ya es pre-comprendido como tal,
es investido con los valores semafóricos del tiempo lineal vectorial.
La arqueología disciplinaria revierte –metodológicamente– el sentido
de la línea del tiempo; así le es posible conocer el pasado ausente. El
tiempo actúa sobre la realidad externa, el conocimiento del tiempo
es conocimiento de la relación de presente y pasado mediada por lo
arqueológico. Pero pareciera que el tiempo no actuara sobre el cono-
cimiento en sí, es decir, que este fuera un dispositivo que hace posible
conocer el tiempo, pero que no es afectado por el tiempo, sino indirec-
tamente en la medida en que afecta a la realidad externa.
Ahora bien, hacer una lectura crítica de la linealidad vectorial y las
maneras en las cuales interviene en la constitución de lo arqueológico
no debería llevar a pensar que no existe un antes y un después, que las
cosas no se suceden, con o sin relación causal, unas a otras. Las rela-
ciones secuenciales no deberían ser ignoradas, pues es la historia de la
constitución del lenguaje/paisaje (mundo) colonial una de las vías por
las que es posible desprenderse de su apariencia de naturalidad. Iden-
tificar las estratigrafías de violencia que dan forma al lenguaje/paisaje
es una de las maneras por las que la arqueología indisciplinada resulta
una nometodología decolonial que hace posible el desprendimiento
epistémico (Mignolo 2008). Pero ello no implica aceptar la lineali-
dad vectorial. La secuencialidad estratigráfica de la que se ocupa la
arqueología indisciplinada es una secuencialidad fractal y heterogé-
nea, que admite por lo tanto la simultaneidad del pasado y el presente.
La idea de reversión metodológica no tiene a la linealidad vectorial
como condición; por el contrario, es compatible con la secuencialidad
fractal, y es una de las bases de interés de una metodología negativa,
en sentido contrario, en reversa. En ese sentido, y en otros que trato
más adelante, la arqueología indisciplinada puede entenderse como
una nometodología, aunque se trata de una nometodología sin objeto.

147
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

Del semáforo al vestigio

Aquello de lo que es vestigio la palabra vestigio o, dicho de otra ma-


nera, la voz latina vestigium de donde nuestro vestigio procede, refiere
a la huella que deja la planta del pié, pero también a la planta del pié
que deja la huella. Así, el investigare latino (de in vestigium) era seguir
las huellas, lo que al mismo tiempo era seguir las plantas de los pies
de quien las dejó, lo que al mismo tiempo era seguir al/a caminante.
Por donde este haya caminado debe caminar el investigator, quien es
entonces agenciado por quien está ausente, precisamente por aquello
que presenta su ausencia –sus huellas. El rastreador compromete su
cuerpo y su intelecto al mismo tiempo, es llevado y se deja llevar.
No conoce el destino final de su viaje, o más precisamente eso es lo
que quiere conocer. Pero sólo puede conocerlo a medida que se ponga
en movimiento. Caminar es preciso para conocer a quien camina. El
conocer no depende del logos, de los enunciados, ni de la escritura;
sino de la relación de conversación (lingüísticamente mediada o no)
con los otros, presentes y ausentes. El vestigium no es el contorno del
signo de un significado ausente; por el contrario, el vestigium nos dice
que no caminamos con el cuerpo, sino con la relación entre el cuerpo
y el piso: caminamos con el piso. Entre presencia y ausencia hay una
continuidad necesaria.
Ha sido preciso que los modernos la convirtieran en investigación,
derivada de in vestigare e investigator, el espía o seguidor de hue-
llas, para referir a la acción de conocer una causa ausente a partir de
sus efectos materiales presentes; un semáforo en el sentido de Pomian
(1987), puesto bajo la soberanía de la ciencia, en el sentido de Schnapp
(1993). Los usos actuales de investigación y vestigio han sucumbido a
la disciplina moderna: suponen ya la ruptura entre pasado y presente,
cosa y logos, presencia y ausencia, y prescriben el método para atrave-
sar esa ruptura, es decir, los modos disciplinados mediante los cuales
es posible atravesar el abismo, por otro medio infranqueable, entre ra-
zón y cuerpo, que es la misma cisura abierta por la diferencia colonial.
El sentido de las relaciones evestigiales me fue sugerido por Se-
vero Reales, comunero antofalleño que me autorizó a practicar una
pequeña excavación al costado de su potrero, aunque quiso acercarse
al sitio al comenzar los trabajos. Allí, ofreciendo al antiguo hojas de
coca, alcohol y cigarro, le pidió que “se críen lindas cositas para Don
Ale”. No había allí un pasado ausente al cual se pudiera acceder sólo
mediante el conocimiento disciplinado, a través del estudio pormeno-
rizado de los restos materiales que quedaran de ese pasado. Es decir,

148
ALEJANDRO HABER

no había allí relaciones vestigiales. Por el contrario, las relaciones eran


evestigiales (de e vestigia, aquí y ahora, al mismo tiempo), es decir,
pasado y presente, presencia y ausencia, razón y afecto, estaban en
el mismo tiempo y lugar, inmediatamente, es decir, sin mediación.
Las “cositas” que Don Ale buscaba, simultáneamente procedían de un
pasado antiguo y eran criadas por ese pasado (que no es una parte de
una dimensión lineal sino un agente relacional). Las relaciones eves-
tigiales, severamente expuestas por Severo, son aquello por lo cual lo
arqueológico atrae tan poderosamente, son su indómita potencia se-
mafórica. Al mismo tiempo, es sobre las relaciones evestigiales que se
aplica toda la violencia del disciplinamiento (Schnapp 1998). Por eso
es preciso rastrear la estratigrafía de violencias a la que las relaciones
evestigiales han sido sometidas, y movilizar esos sentidos modernos
de la ruptura con aquellos que resaltan la inmediatez: lo mismo la hue-
lla que la planta del pié; ambos en relación de inmediatez, e vestigia,
aquí y ahora en el mismo lugar y al mismo tiempo.
Un mundo de relaciones allí donde se nos presentan objetos, con-
tinuidades allí donde rupturas, supone la permanencia de aquello que
ha sido destruido, violentado, que el pasado, que no ha cesado, sigue
pasando. Destrucción y permanencia, ausencia y huella, se superpo-
nen una a otra de manera secuencial. Seguir la secuencia, la estrati-
grafía de violencia, es una manera de desandar los mecanismos de
la colonialidad del conocimiento. En lugar de prestar atención a las
relaciones dimensionales (espacio extenso y tiempo lineal) entre las
cosas del mundo (objetos), es preciso prestar atención a las secuen-
cias de violencia que llevaron a que el mundo estuviera compuesto de
objetos con relaciones dimensionales entre sí. Excavar la estratigrafía
de violencia (así como anatomizar la disciplina) permite descubrir las
relaciones evestigiales que lenguaje y paisaje han cubierto. Ese des-
cubrimiento no es sólo intelectual, sino al mismo tiempo corporal y
afectivo, pues sucede en la medida en que uno se relaciona integral-
mente con el mundo local (así como el mundo local lo hace con uno).

Lenguaje y paisaje, estratigrafía y superficie

Se dice que Jorge Luis Borges, quien habría desdeñado las etimolo-
gías (García Jurado 2002), consideraba que sólo servían para saber
aquello que las palabras ya no significan. Precisamente por ello es
que considero que la etimología tiene un enorme potencial decolo-
nial, pues es una de las vías por las que podemos comprender cómo

149
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

es que el lenguaje colonial ha ejercido violencia sobre el mundo y, al


mismo tiempo, cómo es que esa violencia nos constituye. Aunque el
lenguaje quiera ser visto como un sistema lógico y funcional, como
una superficie sobre la cual deslizamos nuestra experiencia, es sólo
comprendiendo la estratigrafía que se oculta debajo de esa superfi-
cie que podríamos hacernos cargo de la colonialidad constitutiva. Ya
me he referido, al comienzo de este texto, a las designaciones propias
de pueblos, lugares, lenguas, etc., y he intentado mostrar, mediante
algunos simples ejemplos, cómo es que las designaciones encubren
historias de violencia. Algo semejante sucede con las categorías geo-
gráficas, pero asimismo con otras categorías sociales y culturales que
usamos para describir el mundo colonial. Categorías como “provin-
cia”, “ciudad”, “indio”, “argentino”, pero también “naturaleza”, “sil-
vestre”, “desierto”, tienen historias estratigráficas de violencias, re-
sistencias, y nuevas violencias. A veces, cuando las palabras quedan
asociadas irreparablemente a la violencia, y parece que la violencia
estuviese concentrada en su enunciación, se vuelven impronunciables,
y entonces se las reemplaza con un “eufemismo”. El eufemismo, no
obstante, no alcanza a liberarse del condicionamiento de la violencia,
en buena medida porque su enunciación está ligada al silenciamiento
de la violencia. Así, otra secuencia estratigráfica da inicio, vinculada
a la anterior. En tiempos multiculturales, cuando la relación entre len-
guaje y violencia tiende a ser evitada como “políticamente incorrecta”
–aunque poco se hace para eliminar la violencia-, la proliferación de
eufemismos, que luego serán neologismos, impulsa buena parte del
cambio lingüístico. Las categorías de la prospección social y de las
políticas públicas son ejemplo de ello: hay así individuos en situación
de calle, necesidades básicas insatisfechas, y muchas otras cosas que,
a veces convertidas en acrónimos para mayor comodidad, enuncian al
otro negando su conocimiento.
El paisaje es otro de los fenómenos que suele ser visto como una
superficie. Se piensa que las relaciones significativas en el paisaje son
aquellas que quedan plasmadas en una fotografía actual. Si en esa fo-
tografía no se advierte a nadie pues entonces se trata de un área des-
poblada o desierta. Si la tierra está reseca y cuarteada y los árboles
están secos, se trata de un área desértica, árida y marginal para la pro-
ducción agrícola. Sin embargo, los paisajes están hechos por siglos de
secuencias de acciones humanas y no humanas. Esas acciones suelen
consistir en el despliegue de la violencia colonial, como por ejemplo
cuando a fines del siglo xix los algarrobales de la cuenca de Pipana-
co fueron consumidos para hacer funcionar los hornos de fundición

150
ALEJANDRO HABER

de los minerales de Capillitas, Andalgalá, Catamarca, o cuando las


laderas del Ambato, Catamarca, fueron transformadas, de cultivares
escalonados interdigitados de bosques, en pastizales para reses, en los
siglos xvii y xviii. Esos paisajes desérticos y áridos son la consecuen-
cia de una historia de violencia colonial. Otras veces, las categorías
lingüísticas de descripción del paisaje son ellas mismas agentes de
la violencia. Como cuando la descripción de un área como despobla-
da, desocupada o improductiva da lugar a su apropiación por parte de
agentes coloniales, ejemplos de lo cual son tan numerosos que sólo
mencionamos dos: la merced de Cotagua solicitada por Bartolomé de
Castro en 1687 (Quiroga 1999) y la apropiación de la llanura aluvial
del valle de Catamarca por parte de empresas olivícolas en el marco de
un programa de estímulo fiscal, despojando a familias de puesteros en
la década de 2000 (Haber 2014). En estas situaciones, el paisaje, que
más que un tipo de cosa es un tipo de mirada sobre el mundo, supone
una equivalencia entre lo que su propia perspectiva admite que sea
visto y las relaciones existentes: el mundo es lo que del mismo se ve
en su superficie. Las secuencias de violencia colonial quedan ocultas,
o bien son ocultas mediante la aplicación de esa perspectiva de mirada
y enunciación del mundo (Haber 2000).
La arqueología indisciplinada, en lugar de asumir una ruptura entre
estratigrafía y superficie, presta atención a las relaciones estratigráfi-
cas del mundo superficial. Ambas se relacionan y eventualmente se
transforman una en otra. Ambas visiones por sí solas, la superficial y
la estratigráfica, bien podrían ser las visiones de la etnografía y la ar-
queología disciplinarias, pues se basan en el supuesto de la ruptura. La
remanida discusión entre antropólogos sociales y arqueólogos acerca
de si ambas son sub-disciplinas o disciplinas independientes no ha
sino consolidado su común supuesto moderno colonial: que pasado y
presente son diferentes órdenes ontológicos y que pueden ser conoci-
dos independientemente uno de otro.
A diferencia de la visión oceánica de la estratigrafía, la estratigra-
fía arqueológica focaliza en la interdigitación secuencial de estratos
positivos y huellas negativas. Dado que la superficie es cuenca de
deposición de nuevos estratos, entre superficie y estratigrafía no hay
una diferencia ontológica ni epistemológica sustancial, sino relaciones
secuenciales. Pero la estratigrafía en la arqueología indisciplinada no
busca retrotraerse a un primigenio u original estrato, sino explorar
el espesor secuencial que constituye la superficie del lenguaje/pai-
saje. La secuencia de la estratigrafía de violencias como foco de la
arqueología indisciplinada es, entonces, una estratigrafía fractal, es

151
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

decir, fragmentada, repetida, discontinua. La estratigrafía fractal de


la violencia colonial y epistémica, permite reconocer el carácter cons-
tituyente de la violencia constitutiva, sin necesidad de asumir como
condición de ello al tiempo vectorial occidental. Ello hace a la es-
tratigrafía fractal conducente al desprendimiento del lenguaje/paisaje
colonial.
Mediante el reconocimiento de la superposición de violencias y
resistencias, de destrucciones y permanencias, de enunciados y silen-
cios, podemos encontrar las texturas concretas y constituyentes de la
colonialidad constitutiva. Los dispositivos de la colonialidad son los
modos en que la violencia constituyente (que establece las reglas bási-
cas por las que se gobierna el mundo) es recapitulada por la violencia
constitutiva (que lleva a que la violencia se reproduzca sin necesidad
de gobierno alguno que la ejerza). Estas matrices coloniales incorpo-
radas, subjetivas y profundas son de larga duración y durabilidad, pues
informan los marcos epistémicos así como los epistemológicos, las
formas de comprender el mundo y el conocimiento, de manera que son
el verdadero supuesto y punto de partida, pero también la infección
con la que debe tratar todo proyecto decolonial. La estratigrafía frac-
tal que propone la arqueología indisciplinada fuerza al sujeto y a su
proyecto (también su proyecto de conocimiento, incluso su proyecto
decolonial) a reconocerse como constituido por la violencia.
Una de las características fundamentales de la secuencialidad frac-
tal es la inclusión de relaciones de superposición o contigüidad en-
tre estratos y huellas de texturas distintas y diferentes textualidades.
Cuando aquí escribo lenguaje/paisaje como si fuese una misma cosa,
como si el lenguaje y el paisaje formasen parte del mismo sustantivo,
quiero llamar la atención precisamente sobre ello: cosas de órdenes
tan distintos como el lenguaje y el paisaje pueden mantener relaciones
estratigráficas entre sí, formar parte de una misma secuencia de vio-
lencia. Esto quiere decir que la violencia ejercida en el lenguaje puede
tener una resistencia en materia no lingüística, y viceversa. Pero asi-
mismo, esta fluidez trans-textural puede ir de categorías meta-cultu-
rales a prácticas, de dioses a paredes. Una de las razones para esto es,
nuevamente, la violencia colonial. Esta ha reprimido lenguajes, géne-
ros, expresividades, ritualidades, así como narrativas, gestos, y dioses.
En ese contexto tiene sentido el que los agenciamientos subalternos
hayan elegido saltar de unos registros a otros distintos, donde su reco-
nocimiento y represión por la violencia colonial probara ser más difí-
cil. Incluso antes de pensar en términos de textualidades interesa aquí
retener la idea de relación entre texturas, entre las cosas de la relación,

152
ALEJANDRO HABER

incluso independientemente de que la relación, incluso las cosas, es-


tén mediadas por palabra (Virno 2011). La relación arqueológica, la
experiencia arqueológica, son relaciones entre cosas; es la disciplina
la que subsume esa experiencia semafórica al lenguaje disciplinario. A
diferencia de cómo la arqueología disciplinaria se representa a sí mis-
ma, la práctica arqueológica es una relación entre cosas, una comuni-
cación trans-textural. La arqueología indisciplinada propone un foco,
junto a la estratigrafía fractal, en la fluidez trans-textural que sigue las
contigüidades entre cosas, y lo hace como cosa contigüa, como techné
antes que como dispositivo del logos (Shanks 1992).
Si en este punto uno acordara con la concepción del conocimiento
como una actividad fundamentalmente intelectual de enunciación de
una cierta gramaticidad del mundo, el foco en la fluidez trans-textural
podría, o mejor dicho debería, ser blanco de sospechas: dejar al des-
cubierto las relaciones que han sabido sobrevivir a la violencia debido
a que lograron quedar cubiertas a la mirada colonial. Pero, incluso sin
bajar del todo la guardia que esa sospecha provoca, cabe decir aquí
que la arqueología indisciplinada no propone una relación solamente
intelectual, sino un conocimiento como producto de la relación social
en el mundo local, que no puede acontecer sino de acuerdo a las rela-
cionalidades locales. No se trata de extraer del mundo un enunciado
que lo represente –teoría como representación espectacular o, teoría
abstracta, sino de relacionarse con las teorías locales de la relaciona-
lidad –teoría como conversación de comunidad cosmológica local. Al
mismo tiempo, no se trata de develar en el mundo externo las estra-
tegias de resistencia a la violencia, sino de revelarnos como agentes
de esa violencia. La deixis objetual nos devuelve a la relación social
constitutiva con aquello que se nos presenta como el mundo objetivo
externo.

Relacionalidades y conocimientos

Los seres que integran los mundos locales están relacionados entre sí.
Por ejemplo, una familia con la familia vecina; la familia con su casa,
sus animales y su sembradío; el agua de la acequia con las plantas que
la acequia riega; la pala con la que se abre, cierra y limpia la acequia;
el manantial de donde nace el agua que va a parar a la acequia; el
cerro nevado a cuya falda se encuentra el manantial; los niños y los
abuelos; los vivos y los difuntos; en fin, múltiples relaciones fluyen
en el mundo local. A su vez, estas relaciones se relacionan entre sí; y

153
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

se relacionan de específicas maneras. En los Andes, las relaciones de


crianza o amparo definen los modos correctos de la relacionalidad:
la crianza de los sembradíos y el amparo del potrero y de la acequia
son parte de la misma relación de relaciones, de modo que criar una
chacra es ser criado por ella. La crianza, o uywaña, es una relación
de reciprocidad asimétrica: ambos seres –criador y criado– se deben
cuidado mutuo pero ello no implica que ambos tengan el mismo poder
relativo. Economía, política y estética tienen sentido en el marco de la
relacionalidad del amparo o uywaña. Las teorías locales de la relacio-
nalidad suponen modos de relación apropiada, al mismo tiempo que
comprensiones locales del cosmos. No se trata de representaciones
abstractas de un mundo que se ofrece como espectáculo, como sucede
con las teorías académicas; sino que las teorías de la relacionalidad
son teorías concretas: refieren a seres concretos que pueblan el mun-
do local; y son semioprácticas: producen y reproducen en la práctica
(Grosso 2008) sin necesidad de mediación lingüística (pero asimismo
sin necesidad de excluirla). Aunque a veces se enuncian o representan
de diversos modos, aunque fuera de manera parcial, no necesitan de la
representación sino del agenciamiento. Esta es una de las principales
virtudes de las teorías locales de la relacionalidad en las situaciones
coloniales: son objeto de violencia y represión, pero permanecen en
la práctica local aún sin representación (o debido a que son puestas en
práctica local aún sin representación es que permanecen).
Las relacionalidades locales son la materia prima de la antropolo-
gía y de la arqueología disciplinarias, que construyen su conocimiento
acerca de (o representando a) los mundos locales. La arqueología in-
disciplinada, en cambio, considera a las teorías locales de la relaciona-
lidad como conocimiento en sí mismo, no como insumo para el cono-
cimiento propio. Para la arqueología indisciplinada, el conocimiento
no es representación intelectual del espectáculo del mundo (teoría
abstracta), sino conversación con el mundo local. Pero esa relación de
conversación sólo puede suceder en el tiempo y bajo las condiciones
de la teorías locales de la relacionalidad. Para la arqueología indisci-
plinada, conocimiento es relación con el mundo local concreto, rela-
ción que es también transformación mutua (conversación/conversión),
ya que está informada en la práctica por la teoría local de la relaciona-
lidad. De modo que el conocimiento de la arqueología indisciplinada
es relación teórica concreta en el mundo local. En esa relación operan
las transformaciones decoloniales (siendo la más relevante de ellas
el descentramiento respecto del lugar hegemónico del conocimiento).

154
ALEJANDRO HABER

Recapitulando, la teoría académica es el pensamiento de la uni-


versidad sobre el mundo, como si el mundo no tuviera pensamiento y
necesitara un otro lugar –la universidad– donde ser pensado (Castro-
Gómez 2005). La teoría es abstracta en la medida en que su condición
de posibilidad es que su domicilio se abstraiga de las relaciones so-
ciales con el mundo que, sin embargo, le son constitutivas. La teoría
abstracta es una narrativa acerca del mundo. Teoría y mundo se expre-
san en géneros esencialmente distintos. La teoría se piensa a sí misma
como un texto de escritura alfabética. La teoría piensa al mundo como
un cúmulo de objetos, que tienen relaciones dimensionales entre sí
(espacio y tiempo).
Por su lado, el mundo, los mundos locales, están habitados por
teorías concretas, las teorías locales de la relacionalidad. Las cosas
(humanos, animales, objetos, casas, dioses, etc.) son en la medida en
que se relacionan. Pero no se relacionan de cualquier manera, sino de
acuerdo a teorías de la relacionalidad. Estas relacionalidades no se dis-
tribuyen superficialmente, sino que, en parte por haber sido objetivo
de la violencia colonial, son parcialmente subterráneas, no visibles,
negativas. Esas relaciones negativas que se relacionan entre sí son las
que agencian los mundos locales. Las teorías locales no se encuentran
en un estado de aislamiento, encerradas en su propia hermenéutica,
como una etnografía clásica haría suponer. Por el contrario, incluyen
perspectivas sobre el conocimiento hegemónico, y desarrollan actitu-
des diversas a ese respecto (la resistencia, la fagocitación o la igno-
ración son algunas actitudes posibles). El conocimiento hegemónico
suele tener dificultades para reconocer teorías locales subalternas, de
hecho, la carencia de conocimiento es uno de los tropos preferidos
en su representación del otro. O bien los trata como conocimientos
periféricos, carentes de perfección y refinamiento, o que pueden ser
perfeccionados o refinados si incorporados en el conocimiento an-
tropológico que los representa. Es la antropología, como parcela es-
pecializada del conocimiento hegemónico, quien los “visibiliza”, los
“muestra”, como si ser visualizados y mostrados fuese una necesidad
propia y no de las dinámicas académicas. Las teorías locales son teo-
rías decoloniales, precisamente porque incluyen visiones acerca de su
relación con la hegemonía. Severo Reales tenía una idea bastante clara
de mis expectativas y condicionamientos epistémicos, y de la práctica
que como arqueólogo yo desarrollaría en su potrero. Es por eso que se
acercó a poner la relación con el antiguo en concordancia con la teoría
local de la relacionalidad. Al hacerlo, además, me puso en relación se-
miopráctica con la relacionalidad. Esto podría haber sido meramente

155
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

una nota de color en mi procedimiento protocolizado, incluso podría


haberme provisto de una coartada que amparase mi respeto por la di-
versidad, o podría, finalmente, haberlo reducido a un dato a incluir
en mi versión del mundo local, y tal vez fue un poco de cada una de
esas cosas. Pero asimismo fue algo más: una interpelación epistémica-
política de mis propias certezas y mis supuestos disciplinarios, una
oportunidad de mudanza de mi propio domicilio de pensamiento. La
teoría concreta local se vuelve decolonial cuando la localidad es inter-
venida como frontera.

Teoría de frontera y conversación situacional:


destino de Kagemusha

La batalla de Nagashimo de 1575 es la escena central de Kagemusha,


la magistral película de Akira Kurosawa (1980). La cámara barre cui-
dadosamente las formaciones de soldados, miles de ellos preparados
para entrar en combate; cada uno de sus uniformes, de sus armas, cada
rostro expectante, recibe la detallada atención del director; pero uno
sabe –todos saben– que en el campo de batalla sólo hay dos posiciones
posibles: o se es de un lado o se es del otro, la lógica binaria de la gue-
rra no admite matices. La historia narra un episodio de las luchas entre
casas feudales en el Japón. Muerto el señor que domina la región,
la casa gobernante queda en dificultades para restablecer las alianzas
que le podrían asegurar la continuidad de su dominio. En vistas a la
contienda, un ladrón recientemente apresado, de asombroso parecido
con el señor difunto, se hace pasar por este a pedido de los herederos.
Caracterizado como el rey, el impostor (kagemusha) logra convencer
a propios y extraños; incluso en el harén logra satisfactorio conven-
cimiento. Pero las alternativas políticas y militares de todas maneras
conducen a una inminente derrota. Convencido de su papel de señor
de la casa real, el impostor sabe que sus tropas lo seguirían en un final
embate si él mismo cargara contra el enemigo. En su audaz arremeti-
da, no obstante, es su caballo (el del señor) quien reconoce la impos-
tura y, abandonado por el corcel, el señor-ladrón es herido de muerte.
Los entramados territoriales locales son campos de batalla en don-
de, más allá de las intenciones y voluntades de cada uno, hay dos posi-
ciones posibles: el estado, el capital y la ciencia por un lado y los agen-
ciamientos territoriales locales por otro. La arqueología disciplinaria,
pero sobre todo la arqueología pos-disciplinaria, es un participante
habitual de los entramados territoriales locales en la frontera colonial.

156
ALEJANDRO HABER

Proyectos de desarrollo, rentabilización turística, licenciamiento am-


biental, o investigaciones académicas, ponen a la arqueología en el
campo de batalla de la frontera colonial. Una vez allí, y cualesquiera
sean las intenciones de los profesionales involucrados, la disciplina
es un arma y una posición. Cuando las resistencias locales traban el
conflicto, cuando las partes presentan sus armas, incluso el profesio-
nal mejor intencionado puede verse sorprendido en una posición de
combate contraria a sus íntimas y constitutivas solidaridades. La re-
sistencia de pueblos y comunidades indígenas a permitir el acceso de
arqueólogos a sus tierras suele tomar por sorpresa a los investigado-
res de buena fe. La orientación de las intervenciones hacia objetivos
deseados desde el sentido común hegemónico (por ejemplo, hacia el
desarrollo) muchas veces impide reconocer otros soportes epistémicos
y posiciones locales, a veces opuestas. Cuando estas se articulan en
contestación a la intervención, los agentes que intervienen en nombre
de la disciplina resultan sorprendidos por la posición en la que han
quedado situados por las relaciones del conflicto.
Comunidades y pueblos indígenas, comunidades locales y tradi-
cionales, movimientos campesinos y movimientos sociales, que en
alguna medida también participan del conocimiento hegemónico,
suelen verse igualmente sorprendidos por la situación de conflicto en
los entramados territoriales en sus localidades. Desde la posición de
los agenciamientos territoriales locales, desarrollar teorías de frontera
suele ser una de las primeras necesidades, puesto que deben pensarse
el mundo a contrapelo de las teorías hegemónicas, pero ahora desde
su situación de frontera. Las narrativas de discontinuidad cultural, las
retóricas del desierto, de la criollización como pérdida de identidad, de
la desaparición de razas y culturas, de la desestructuración y otras de-
funciones irreversibles, deben ser contestadas. Pero también se deben
pensar a contrapelo el desarrollo, el progreso, el patrimonio cultural
y el patrimonio arqueológico, la protección de la naturaleza, y tantas
otras categorías teóricas que forman el plexo de signos desde el cual la
intervención es articulada por el capital y justificada como necesaria
por el estado. Es por ello que es en los agenciamientos territoriales de
frontera donde se está produciendo teoría decolonial. En consonan-
cia con lo que se ha planteado acerca del desprendimiento (Mignolo
2008) y la violentación simbólica (Grosso 2012), es en conversación
con la teoría de frontera que la arqueología indisciplinada puede ha-
cer parte de una nometodología decolonial.
Para ello, la arqueología indisciplinada que, a diferencia de la dis-
ciplina, ya no está delimitada por un campo objetual y un método, se

157
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

transforma en una aptitud, una habilidad para poner en tensión el len-


guaje/paisaje recorriendo la estratigrafía fractal de su constitución
violenta, para desarticular la anatomía del dispositivo disciplinario
mediante el cual se produce y afirma el conocimiento hegemónico y
para restablecer las relaciones sociales constitutivas en las que ya
estamos con el mundo objetual. Ahora bien, estas tareas, si se vuel-
ven meros objetivos prácticos de un quehacer académico, no podrían
configurar otra cosa que el reforzamiento del lugar hegemónico de su
propia enunciación, no podrían ser sino justificaciones altruistas de in-
tervenciones coloniales. Por ello es que la arqueología indisciplinada
no debe ser una corriente teórica o metodológica que supere a las an-
teriores corrientes o posiciones académicas. Debido a que la arqueo-
logía indisciplinada compone localmente, en conversación local, los
intereses que dan forma a la situación es que al mismo tiempo corroe
el lugar hegemónico del conocimiento. Es en conversación local, con
la teoría de frontera, y no meramente con la teoría universitaria, que la
arqueología indisciplinada puede orientarse en un sentido decolonial
y que en ese sentido puede ocuparse de la anatomía disciplinaria, la
estratigrafía fractal y la deixis objetual. Pues es sobre el propio lu-
gar hegemónico que debe ejercer su tekné nometodológica. Dibujar la
propia cartografía antagónica ayuda en la composición situacional de
intereses.

Cartografía antagónica y mudanza

Reconocer los antagonismos sociales y los antagonismos epistémi-


cos entre la investigación y los agenciamientos territoriales locales,
encontrar el preciso punto de encrucijada de ambos antagonismos,
equivale a advertir el domicilio donde nos ha llevado a vivir la in-
vestigación ya disciplinada por la metodología moderna/colonial. En-
contrar la insoportable incomodidad de la cartografía del campo de
batalla, donde la investigación moderna colonial nos posiciona en la
trinchera opuesta a las solidaridades constitutivas de la voluntad de-
colonial, puede llevar a un reforzamiento de los anclajes epistémicos
hegemónicos; pero también puede ser una oportunidad de mudanza.
Seguir las huellas evestigiales y deícticas, anatomizar la disciplina,
excavar la estratigrafía fractal de la violencia colonial, son aspectos
del movimiento epistémico en la medida en que la conversación si-
tuacional altera la cartografía antagónica, promueve mudanzas y cría
conocimiento relacional.

158
ALEJANDRO HABER

No se trata de impostar al local pues, Kurosawa monstravit, si mon-


tamos un corcel ajeno como si fuera propio, pronto se nos señalarán
con oportunidad cruel los límites de la actuación. Tampoco se trata de
volverse nativo, menos de transformar al nativo en arqueólogo. Sino
de entrar en un flujo de conversación (lingüísticamente mediada o no)
en el que las interpelaciones epistémicas permitan alterar las propias
certezas, los propios supuestos, para aprender los conocimientos-
otros en tanto conocimientos, con sus propias certezas y supuestos; un
aprendizaje que no es meramente intelectual sino relacional. En ese
sentido, la conversación es transformación mutua, es decir, de todos
quienes participan en ella, y del fluir de la situación.

Arqueología indisciplinada y descolonización


del conocimiento

La arqueología indisciplinada se basa en la idea de desacoplar el con-


cepto de arqueología del de disciplina. Con indisciplina nos referimos
a la insubordinación respecto a los supuestos disciplinarios, aquellos
que forman los marcos de demarcación de la disciplina, y al mismo
tiempo constituyen los cimientos sólidos sobre los que se apoya la
disciplina. Se trata generalmente de unas nociones básicas del campo
objetual y el método. En el caso de la disciplina arqueológica, se trata
de un conocimiento del pasado a través de sus restos materiales. Esto
incluye una serie de definiciones epistémicas respecto del tiempo, la
relación entre presente y pasado y el acceso al pasado del otro colo-
nial, según esbocé más arriba (también ver el texto de Nick Shepherd,
“La arqueología y la conquista del tiempo”, en este mismo volumen).
Describir la anatomía disciplinaria es instrumental en el camino de
la indisciplina. Para ello, la disciplina debe ser vista, además de como
un estatus epistémico, como un proceso. La ontogénesis disciplinaria
es la que ocurre a escala del individuo, en la medida en que este se
subjetiva en sucesivos dispositivos pedagógicos, el más importante de
los cuales es el que ocurre en el grado universitario. Allí, el estudian-
te literalmente se convierte en arqueólogo. Para que esa conversión
acontezca, debe incorporar el lenguaje disciplinario, es decir, hacerlo
cuerpo; esa transferencia lo hace capaz de designar el mundo con el
lenguaje disciplinario como su lenguaje natural. La filogénesis disci-
plinaria ocurre a escala social, generalmente nacional (aunque las co-
munidades lingüísticas y tradiciones académicas trasnacionales tam-
bién tienen su relevancia en la definición de la escala). La disciplina se

159
ARQUEOLOGÍA INDISCIPLINADA Y DESCOLONIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO

narra a sí misma en relación a una etapa de carencia, o pre-disciplina.


Interesa la fase liminar o proto-disciplinaria, en la cual la disciplina no
está aún institucionalizada ni tiene un lenguaje reconocido ni una co-
munidad de hablantes, sino que todo ello está en formación. En la fase
liminar se ponen en discusión las ideas genéricas básicas, que luego,
ya institucionalizada la disciplina y su lenguaje, serán los supuestos
disciplinarios, los axiomas epistémicos que difícilmente vuelvan a po-
nerse abiertamente en discurso (Haber 1995; Schnapp 1993; Shepherd
“La arqueología y ..., en este volumen).
La post-disciplina, la reconversión tecnológica de la disciplina en
contextos del tardocapitalismo, coloca a la arqueología en el seno de
entramados territoriales poscoloniales, campos de batalla por el sen-
tido, la tierra y los muertos que caracterizan a la frontera colonial. Si
bien la post-disciplina incorpora otros objetivos adicionales a la bús-
queda del conocimiento verdadero, tales como el desarrollo, el bien-
estar, la justicia social, el mercado, recapitula los mismos supuestos
epistémicos disciplinarios. Las reconversiones arqueológicas orienta-
das al desarrollo local, al turismo arqueológico y al licenciamiento
de intervenciones territoriales se encuentran entre las variantes más
conocidas de arqueología post-disciplinaria. En la etapa post-discipli-
naria la arqueología conoce una inserción mercantil antes desconocida
(al menos de manera lícita, ya que el tráfico de antigüedades es de
más larga data aunque en general rechazado desde la disciplina y el
estado).
Además de describir la anatomía disciplinaria, la arqueología indis-
ciplinada opera mediante deixis objetual, estratigrafía fractal, fluidez
trans-textural y evestigación. La deixis del objeto rastrea las huellas
que en el lenguaje/paisaje quedan de las relaciones sociales en las que
el mundo colonial es constituido. Permite devolver la subjetividad de
la investigación al tejido de relaciones sociales constituyentes. La es-
tratigrafía fractal permite seguir las secuencias de violencia allí donde
el lenguaje/paisaje prefiere mostrarse plano y sin espesor. Presencias
(estratos) y ausencias (huellas) se superponen secuencialmente de ma-
nera que ambas, y su relación secuencial, son constitutivas del mundo
colonial. Estratos y huellas se superponen aún cuando consistan de
textualidades y texturas distintas. Atender a la relación evestigial de
estrato y huella, es decir, la búsqueda de relaciones ausentes allí donde
sólo se muestran presencias, permite adentrarse en una metodología
negativa, una nometodología, que se pregunta por aquello que toda
afirmación niega (en lugar de seguir obcecadamente una secuencia

160
ALEJANDRO HABER

protocolar prefijada que impide relacionarse con aquello que del mun-
do es verdaderamente sorprendente).
La arqueología indisciplinada no es una nueva propuesta al seno
del ámbito académico, sino una urgencia de comunicación con la
teoría de frontera. Esta es la que, habitando en la frontera colonial,
piensa el lenguaje/paisaje a contrapelo, desde sus agenciamientos te-
rritoriales y como parte de las luchas de sentido en los entramados te-
rritoriales poscoloniales. En esos contextos la teoría decolonial se está
produciendo como condición de supervivencia, y la arqueología indis-
ciplinada ya se desarrolla. La tarea pendiente para los medios acadé-
micos –los lugares del conocimiento hegemónico– es precisamente el
de ponerse en relación de conversación con, reconocimiento y apren-
dizaje de la teoría de frontera, no para reducirlos a insumos para su
propio conocimiento científico-académico, sino como conocimientos
por derecho propio. Para el conocimiento académico, ello supone in-
terpelaciones epistémico-políticas y oportunidades de mudanza de su
domicilio allende las posiciones hegemónicas. La arqueología indisci-
plinada es una nometodología en la descolonización de conocimiento.

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