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Ciudad, espacio público y cultura urbana

25 conferencias de la Cátedra
Permanente de Imágenes Urbanas

Tulio Hernández (comp.)

LA FUNDACION PARA LA CULTURA URBANA ha sido creada por el


Grupo de Empresas Econoinvest como un aporte a la comunidad
número 82
Ciudad, espacio público
y cultura urbana
25 conferencias de la Cátedra
Permanente de Imágenes Urbanas
César Aira, Arturo Almandoz, Jesús Martín-Barbero, Manuel
Bermúdez, Adolfo Castañón, Umberto Eco, Néstor García Canclini,
Tulio Hernández, Pedro García Sánchez, Adriano González León,
Silverio González, Samuel Hurtado Salazar, Mireya Lozada,
Rocco Mangieri, Marco Negrón, William Niño Araque, Juan Nuño,
Teresa Ontiveros, Julio Ortega, Ramón Paolini, Aníbal Sepúlveda,
Armando Silva Téllez, Tomás Straka, Juan Villoro.

Tulio Hernández (comp.)

FUNDACIÓN PARA LA
CULTURA URBANA
Grupo de Empresas Econoinvest

Caracas, 2010
CIUDAD, ESPACIO PÚBLICO Y CULTURA URBANA
25 conferencias de la Cátedra Permanente
de Imágenes Urbanas
TULIO HERNÁNDEZ (comp.)

© Fundación para la Cultura Urbana


RIF: J-30804495-4
Caracas, 2009

Hecho Depósito de Ley


Depósito Legal: lf864200972003051
ISBN: 978-980-7309-07-3
Diseño de carátula: John Lange
Diseño de colección: ProduGráfica

Fotografía de carátula: Muu Blanco-Angulo, Ella A. De la Serie: “AAA” de Abstraccio-


nes Paisajisticas, 2008, C-Print, 115 cm x 86 cm
Corrección de pruebas: Magaly Pérez Campos
Producción gráfica: Ediplus producción, C.A.
Impresión: Gráficas Lauki, C.A.
Impreso en Venezuela / Printed in Venezuela
Presentación

Con gran satisfacción entregamos en manos de los lec-


tores las 25 conferencias de la Cátedra de Imágenes Urbanas,
recogidas bajo el título Ciudad, espacio público y cultura urba-
na. Esta cátedra, creada, coordinada y animada por Tulio Her-
nández desde 1993, ha concitado a pensadores, académicos
y escritores de obra reconocida, tanto en Venezuela como en
el mundo. Umberto Eco y Juan Nuño; Néstor García Canclini
y Jesús Martín-Barbero, forman parte del elenco catedrático
junto con otros de singular pertinencia, siempre convocados
por el entusiasmo de Hernández.
Reunidas ahora en un volumen, las 25 disertaciones se-
rán de gran utilidad para estudiantes, investigadores y ciu-
dadanos en general, todos urgidos por la interpelación per-
manente de la urbe: suerte de lugar común que nos invita a
comprender y experimentar.

Fundación para la Cultura Urbana

VII
VIII
TULIO HERNÁNDEZ

Sociólogo especializado en temas de cultura y comunica-


ción, ensayista, gerente cultural, editor y columnista de pren-
sa. Director-fundador desde 1993 de la Cátedra Permanente
de Imágenes Urbanas auspiciada por la Fundación para la
Cultura Urbana. Ha sido investigador en el Instituto de In-
vestigaciones de la Comunicación (Ininco) de la Universidad
Central de Venezuela (UCV) y profesor en las Escuelas de
Artes y de Comunicación Social de la misma universidad, en
la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Cató-
lica Andrés Bello (UCAB) y en los cursos de posgrado de la
Universidad Metropolitana (Unimet) y la Universidad Nacional
Experimental del Táchira (UNET). Ha laborado también como
profesor invitado en cursos de postgrado en Gestión Cultural
en la Universidad de Barcelona y en la Universidad de Girona
en Cataluña, España.
Director-fundador (1991) del Centro de Investigación y Docu-
mentación del Cine Venezolano en la Fundación Cinemateca
Nacional. Entre 1993 y 1996 fue presidente de la Fundación
para las Artes y la Cultura (Fundarte) de Caracas. Ha sido
miembro de la Junta Directiva de instituciones culturales ve-
nezolanas como Fundapatrimonio, la Fundación Teatro Tere-
sa Carreño y la Fundación Museo de Bellas Artes. También se
ha desempeñado como consultor-asesor de Unesco, Unicef,
la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), la Corpo-
ración Andina de Fomento (CAF), el Convenio Andrés Bello
(CAB) y de instituciones venezolanas como la Fundación Bi-
gott, el Centro Cultural Espacios Unión, la Fundación Polar, el
Ateneo de Caracas, entre otras organizaciones.
Ha sido miembro de los consejos de redacción de las revis-
tas Imagen, Internet World, Extracámara, Encuadre, ININCO;
corresponsal en Caracas de Telos de Madrid y Cultura y Co-
municación de Ciudad de México; y director-fundador de
Objeto Visual, revista especializada en cine de la Fundación
Cinemateca Nacional.
Creador y director de los libros coleccionables sobre cultura
venezolana –Atlas práctico de Venezuela, Historia de Vene-
zuela en imágenes, Cocinar a la venezolana, Rostros y per-

IX
sonajes de Venezuela, Cien maravillas venezolanas, Grandes
hechos históricos de Venezuela– que han circulado encarta-
dos en el diario El Nacional.
Sus artículos y ensayos han sido publicados en libros y revis-
tas especializados. En la línea de trabajo sobre las ciudades,
es coautor del libro Las ciudades latinoamericanas en el nue-
vo (des) orden mundial (México: Siglo XXI Editores), compi-
lador de Caracas en veinte afectos (Caracas: Museo Jacobo
Borges) y coordinador del capítulo “Caracas” del programa
de Investigación Culturas Urbanas de América Latina y Es-
paña, coordinado por el semiólogo colombiano Armando Sil-
va Téllez. Desde hace doce años mantiene una columna en
la edición dominical del diario El Nacional. Actualmente es
miembro de la Junta Directiva de la Fundación para la Cul-
tura Urbana, del Comité Editorial del diario El Nacional, del
Consejo Metropolitano de Cultura de Caracas y asesor del
Instituto Metropolitano de Urbanismo.
A la memoria de Juan Nuño, cuya última intervención
pública se halla recogida en este libro
Nota del compilador

En agosto de 1993, en la sala B del Ateneo de Caracas,


con una conferencia del antropólogo Néstor García Canclini
titulada “El consumo cultural en México”, se inauguró la Cáte-
dra Permanente de Imágenes Urbanas, un espacio creado por
la Fundación para las Artes y la Cultura (Fundarte), que por
entonces me correspondía presidir.
La Cátedra fue concebida para que profesionales de dis-
tintas nacionalidades y formación –científicos sociales, artis-
tas, arquitectos, urbanistas y autoridades de gobiernos lo-
cales– compartieran sus reflexiones sobre las ciudades y, en
general, sobre temas de cultura urbana, haciéndolo desde los
más diversos enfoques y perspectivas disciplinarias.
Durante tres años, el tiempo que duró nuestra gestión
en Fundarte, organización adscrita a la Alcaldía de Caracas,
la Cátedra reunió a un destacado número de conferencistas
de reconocida trayectoria intelectual y produjo como resultado
una decena de publicaciones con el texto de sus conferencias.
Luego de casi una década de silencio, la Cátedra volvió
a cobrar vida en el año 2003, pero esta vez bajo el auspicio
de la Fundación para la Cultura Urbana, promovida por Eco-
noinvest. Desde entonces y hasta el presente, agosto de 2009,
cuando escribo esta nota, la Cátedra se ha mantenido activa
realizando estudios y ofreciendo conferencias, talleres, cur-

XIII
sos y seminarios que han reunido a un número de destacados
conferencistas, ahora con un peso mayor de los venezolanos.
Una buena parte de estas intervenciones han sido reuni-
das en este libro que precisamente se presenta con el subtítu-
lo de “25 conferencias de la Cátedra Permanente de Imágenes
Urbanas”. Los textos, incluyendo los que corresponden a los
años 1993-1995, los hemos publicado sin cambio alguno, tal y
como fueron presentados, para dejar constancia del momento
intelectual de sus autores y de los enfoques desde donde eran
abordados por entonces sus temas. Igualmente, por respeto a
sus autores, hemos dejado intactos, sin unificar, los sistemas
de citas y referencias utilizados por cada uno.
Para facilitar su lectura, hemos dividido el libro en tres
partes. En la primera, “Ciudad, cultura y arquitectura”, he-
mos agrupado aquellas conferencias que proponen reflexiones
teóricas y enfoques generales o altamente especializados so-
bre la cultura urbana y la arquitectura, incluyendo algunos
que hacen referencia a la situación o experiencia de ciudades,
países o regiones concretas: Lima, Puerto Rico o la arquitec-
tura caribeña, por ejemplo. En la segunda, “Caracas, cultura
y espacio público”, como su nombre lo indica, se concentran
los textos explícitamente referidos a temas de la ciudad capital
venezolana. Y en la tercera, “Visiones de Ciudad de México”, se
reúnen tres textos que por casualidad, ya que no responden a
un plan previamente establecido, tienen como tema central la
capital mexicana, ese lugar que Carlos Monsiváis ha calificado
como posapocalíptico, es decir, una ciudad donde todo lo peor
ya ha pasado.
Al momento de presentar este libro quiero agradecer sin-
ceramente a Herman Sifontes, presidente de Econoinvest, de
quien surgió la iniciativa de “resucitar” la Cátedra, y a la Fun-
dación para la Cultura Urbana, su presidente, Rafael Arráiz
Lucca y al resto de sus directivos, por el apoyo recibido en
esta segunda etapa 2003-2009. Igualmente va mi agradeci-
miento al apoyo incondicional del sociólogo Carlos Guzmán y
del aquitecto William Niño Araque, quienes en la práctica me
han acompañado como codirectores académicos en la primera
y segunda etapa, respectivamente; a Gabriela Lepage, quien
adoptó la Cátedra con pasión decidida y a Marsolaire Quinta-

XIV
na, Sofía Rodríguez, Larissa Hernández, Helemir Solórzano y
Valentina Moreno, integrantes también del equipo de la Fun-
dación para la Cultura Urbana, por su entusiasta apoyo en la
producción de los distintos eventos.
También dejo constancia de agradecimiento a Marco Ne-
grón, Silverio González y Leopoldo Provenzali, cuyos consejos y
sugerencias me han sido de gran utilidad a la hora de concebir
las programaciones anuales. Por último, quiero reconocer a
Rossana Veglia, Cristina González, Mariana Gámez, Johanna
El Zelah y Oscar Murat, quienes en distintos momentos, mien-
tras eran estudiantes, actuando como pasantes de mi equipo
de investigación, colaboraron en la asistencia editorial para la
compilación de los textos que ahora tienen en sus manos.

Tulio Hernández
Director de la Cátedra Permanente de Imágenes Urbanas
Caracas, agosto de 2009

XV
Introducción
Ciudad, cultura y espacio público. Claves para
navegar en 25 conferencias

1. La comprensión cultural de la ciudad

El ingeniero y urbanista italiano Corrado Beguinot sos-


tenía que toda ciudad está compuesta por tres ciudades: una
ciudad de piedra, una ciudad de relaciones y una ciudad del
hombre que, tomándonos la libertad del caso, preferiremos
llamar, de ahora en adelante, la ciudad simbólica o ciudad
subjetiva.
La primera, la de piedra, es la ciudad construida. Aquella
formada por viviendas, avenidas, puentes, plazas, bulevares,
aeropuertos, cuarteles y monumentos, que en su conjunto da
forma, espacialidad y sirve de “contenedora” a las otras dos.
La segunda, la de relaciones, es la ciudad funcional. Aquella
que se constituye en el conjunto de actividades que las perso-
nas y los grupos humanos realizan en el contexto de la de pie-
dra: alimentarse, aparearse, comprar, vender, pasear, delin-
quir, protestar, flanear, hacer política, enamorarse, estudiar,
gobernar, elegir, para mencionar sólo algunas entre centena-
res o miles de opciones más. Y, la tercera, la simbólica o sub-
jetiva, es la ciudad representada. La que cada persona y cada
población percibe según sus criterios y sus perspectivas, ya en
su individualidad, ya en su pertenencia colectiva. Es la que se
manifiesta en el arte, los mitos, los afectos, los imaginarios y

XVII
en las diversas maneras como se expresa la necesidad de con-
ferirle sentido, recrear y hacer inteligibles las otras dos.
Al estudio y desarrollo de la ciudad de piedra se han de-
dicado tradicionalmente las diversas ingenierías y la arquitec-
tura. La sociología y las ciencias políticas lo han hecho con la
ciudad de relaciones. Mientras que las disciplinas etnográfi-
cas, la antropología y la semiótica se concentraban en la ciu-
dad simbólica. A caballo entre la primera y la segunda se ha
encontrado el urbanismo. Sin embargo, en el presente, estas
clasificaciones ya no funcionan de tan esquemática mane-
ra pues las diversas disciplinas que interpretan o ayudan a
comprender, construir, gobernar y administrar las ciudades
se han vuelto cada vez más integrales, al punto de que el ar-
quitecto catalán Oriol Bohigas sostiene, por ejemplo, que es
un error separar arquitectura y urbanismo como disciplinas
diferentes.
Por eso me gusta pensar que lo más importante del es-
quema triádico de Beguinot es usarlo sólo como referencia
para ayudarnos a entender que si se excluye cualquiera de las
tres dimensiones –lo construido, lo relacional y lo simbólico–
la ciudad y lo urbano se hacen ininteligibles. En ese sentido,
lo que de ahora en adelante denominaremos “interpretaciones
culturales de la ciudad y lo urbano” no sólo se han hecho mías
frecuentes sino que se han convertido en una especie de sín-
tesis o confluencia de las distintas perspectivas de estudio y
análisis que se fueron abriendo a lo largo del siglo XX .
Cuando hablamos de interpretaciones culturales nos re-
ferimos a aquellas que se proponen abordar la ciudad como
cuerpo de narraciones y representaciones, creación estética,
orden simbólico, sistemas comunicacionales, lógicas discur-
sivas y como objeto de pensamiento. Es, de alguna manera,
reivindicar el espíritu con el que el antropólogo francés Claude
Levi-Strauss calificó alguna vez a la ciudad como “la cosa hu-
mana por excelencia”.
Hablar de la interpretación cultural significa darle pre-
eminencia a las dimensiones subjetivas, de representaciones
y valores, de imaginarios y creaciones textuales, mediante los
cuales los habitantes de una ciudad, de manera individual o
colectiva, construyen sus interpretaciones, sensibilidades, há-

XVIII
bitos y prácticas de apropiación-construcción del espacio pú-
blico, la ciudad y lo urbano; entendiendo lo cultural como la
dimensión simbólica de lo real, el espacio donde se le confiere
sentido a la experiencia humana, donde se la hace inteligible
y trascendente.
Es ese punto de vista cultural lo que une a las veinticinco
conferencias que componen este libro. Independientemente de
que algunas de ellas coloquen mayor énfasis en alguno de los
polos de esta tríada, todas indagan en la relación entre las tres
ciudades que es también una manera de establecer relaciones
entre la ciudad, el espacio público y la cultura urbana.

2. Ciudad, espacio público y cultura urbana

Es cierto, como lo han señalado muchos autores, que


todo intento de definición de la ciudad conlleva en su ejerci-
cio el testimonio de un fracaso: todas resultan insuficientes
e insatisfactorias, incapaces de dar cuenta de las sucesivas
transformaciones que estos conglomerados experimentan y
han experimentado.
Es lo que explica que en el presente algunos autores pre-
fieran hablar de megalópolis, para designar las nuevas federa-
ciones urbanas como Ciudad de México o Sao Paulo, que por
sus dimensiones descomunales ya no responden al concepto
tradicional que deviene de la ciudad industrial del siglo XIX
o de las ciudades fundacionales de América Latina, creadas
de acuerdo con el esquema preconcebido y trasplantado de la
ciudad ibérica.
Otros, en cambio, hablan de suburbia, y no de ciudades,
cuando se refieren al tipo de conglomerados urbanos de cier-
tas clases medias norteamericanas, basados en el esquema
de urbanizaciones cerradas-viviendas uniformes-automóvil-
autopista-mall en donde la noción de densidad y de calle –y de
alguna manera de espacio público– ha desaparecido. Y otros
han comenzado a hablar de telépolis para calificar la ciudad a
distancia, la que se ha ido extendiendo por todo el planeta sin
destruir pueblos ni ciudades gracias a la televisión, las redes

XIX
informáticas y un nuevo tipo de economía que convierte el ocio
en trabajo.
Sin embargo, un camino por lo menos confiable para de-
finirla es aceptar que la ciudad se trata de una concentración
humana numerosa y densa que puebla un asentamiento de
construcciones estables, genera un sistema de identidades y
pautas comunes, y requiere un gobierno propio. Estamos ha-
blando de una realidad tangible que es a la vez espacial, geo-
gráfica, histórica, cultural y política.
En cambio, cuando hablamos de espacio público no es-
tamos aludiendo a la ciudad en su conjunto sino a una de sus
dimensiones, que puede existir de manera generosa y demo-
crática o estar reducida a su mínima expresión. Nos referimos
a aquellos espacios en donde todos los habitantes de la ciu-
dad pueden confluir, verse, encontrarse, oírse, incluso olerse,
sin la restricción, como ocurre en el espacio privado, de tener
que poseer entre sí vínculos de naturaleza laboral, parental,
de amistad, política o comercial.
De este modo, el espacio público –la calle, la plaza, la ace-
ra, el bulevar, la rambla, el metro, el malecón, la estación de
transporte pero también las redes mediáticas e informáticas–
se convierte en el espacio urbano, o el espacio de lo urbano,
por excelencia en tanto que la figura del otro, del extraño, del
paseante, del diferente, es decir, de la diversidad que define lo
urbano, se pone en escena.
Para expresarlo en términos de la antropóloga venezolana
Teresa Ontiveros, el espacio público es “un medio de extraños
cuyas vidas se tocan”. Estamos hablando entonces de algo que
va más allá de zonas verdes, mobiliario urbano o sistemas de
movilidad. Hablamos de un espacio al que los gobiernos y los
gobernantes democráticos tienden a prestar cada vez mayor
atención en tanto lugares ideales para la convivencia.
Enrique Peñalosa1 ex alcalde de Bogotá, ha definido esa
conquista de manera muy precisa:

El gesto más elemental de respeto de una sociedad hacia los

1.  Peñalosa, Enrique (2002). Enrique Peñalosa. Cuadernos de la Fundación


para la Cultura Urbana. Caracas

XX
menos favorecidos es un espacio público de calidad que eviden-
cia una alta consideración por lo humano […] En una sociedad
muy jerarquizada en sus organizaciones, en sus consumos, de
los que el más conspicuo es el automóvil, el espacio público
iguala. En una empresa los ciudadanos pueden encontrarse,
pero encerrados en sus categorías: uno puede ser el gerente y
el otro el mensajero; en el espacio público se encuentran como
iguales.

Desde esta perspectiva, el espacio público es visto como


derecho ciudadano a la apropiación y uso de la ciudad, como
el lugar donde lo urbano tiene su mayor posibilidad de realiza-
ción. Y cuando hablamos de lo urbano lo hacemos siguiendo
al antropólogo catalán Manuel Delgado2, refiriéndonos no a un
tipo particular de cultura que se produce sólo en la ciudad
sino a “un tipo de sociedad que puede ocurrir o no en el seno
de la ciudad”.
Mientras que la ciudad es lo estable, lo sólido, lo insti-
tucionalizado; lo urbano, en cambio, estaría constituido por
un tipo de relaciones irregulares y fluctuantes, escasamente
orgánicas, poco o nada solidificadas, sometidas a oscilaciones
constantes y destinadas a desvanecerse en seguida. Desde
esta perspectiva, se está valorando de lo urbano aquello que
en los términos de este autor refiere a estructuras líquidas:
“paseantes a la deriva, extranjeros, viandantes, trabajadores
y vividores de la vía pública, disimuladores natos, peregrinos
eventuales, viajeros de autobús”. De allí que la antropología
que el autor sugiere para abordar lo urbano sea una antropo-
logía de lo inestable, su rasgo esencial.
Siguiendo esta lógica, podríamos decir que el punto de
confluencia entre lo urbano y la ciudad lo constituiría el es-
pacio público, entendiéndolo como se le entendió desde la Re-
volución Francesa, como “lo que no pertenece al rey”, “lo que
es de la nación”. Para explicarlo, Víctor Hugo sostenía que “la
piedra del edificio es del dueño, pero la belleza es colectiva”.
El espacio público sería el lugar donde tanto la piedra como
la belleza (o la fealdad) son colectivas, espacio privilegiado de

2.  Manuel Delgado (1999). El animal público. Barcelona: Anagrama.

XXI
existencia de lo urbano por cuanto es sobre su superficie don-
de se producen desplazamientos, encuentros y bifurcaciones
que, a la manera de una constituyen el modo de sociabilidad
específicamente urbano.

3. La ciudad y las ideas: Nuño, Hurtado salazar, Ortega y


Straka

En el ensayo con el que se abre este libro, “¿Por qué exis-


ten ciudades?” se titula, Juan Nuño, uno de los más agudos
e incisivos pensadores con los que contó Venezuela en la se-
gunda mitad del siglo XX, realiza una extraordinaria síntesis
sobre el papel de las ciudades en el devenir humano.
A manera de desplante, comienza formulándose una pre-
gunta: “¿Qué pasaría si no existiesen ciudades?” “No existirían
los individuos, es decir, los hombres libres”, se responde. Por-
que a su juicio es en las ciudades donde el hombre realiza me-
jor su libertad. Fuera de ellas –afirma– “sólo existe la tribu, la
errancia, el nomadismo”. En las ciudades, concluye, “es donde
aparece por primera vez la noción de individuo, de ser aislado
y soberano”.
A partir de esta premisa y la tesis de que detrás de toda
ciudad hay una idea, Nuño realiza una aguda revisión de las
que considera las dos grandes matrices de pensamiento y va-
loración de las ciudades. La propia de la tradición judeocristia-
na, de una parte, y la de la tradición grecorromana, de la otra.
La primera, empecinada en la condena de la ciudad como el
lugar de todos los vicios y pecados. La segunda, inspirada en
todo lo contrario, la exaltación de la ciudad como el lugar de la
civilización, el avance, la belleza, la democracia y la libertad.
Con su trabajo, Nuño se inscribe en una de las más só-
lidas perspectivas de interpretación cultural de la ciudad y lo
urbano, aquella que trata de reconstruir las relaciones entre
las maneras como las ciudades son construidas, edificadas o
planificadas, y los valores o nociones del poder y el orden scial
que las han hecho posibles y explican su morfología. Desde
este acercamiento, el objetivo fundamental es el de identificar
el papel que han jugado las sociedades urbanas en la creación
de los distintos tipos de economía, organización política y cul-

XXII
turas de los países y olas civilizatorias a las que pertenecen. Y
a la inversa, cómo las ciudades son expresión de un conjunto
de ordenamientos mentales y lógicas de poder que se hacen
tangibles en su construcción.
En la misma línea de preocupaciones éticas y sociopolí-
ticas, otro autor de este libro, el sociólogo venezolano Silverio
González, desarrolla su ensayo “La significación de lo urbano
en la cultura venezolana”, un intento por aplicar la reflexión
propia de los estudios de historia de las mentalidades al tema
de la evolución y desarrollo de las ciudades venezolanas. Gon-
zález postula una ética de lo urbano como espacio de comu-
nión, como lugar de convergencia de los diferentes. En conse-
cuencia, se interroga por los modos de convivencia dominantes
a través de la historia en las ciudades venezolanas para des-
entrañar en qué medida lo urbano en Venezuela cumple o no
con uno de sus cometidos fundamentales: el de facilitar la co-
municación y las relaciones democráticas y plurales entre las
diversidades y otredades humanas que lo constituyen. Es lo
que el propio autor ha llamado una sociología interpretativa
de la convivencia.
El autor describe seis modalidades por las que han atra-
vesado nuestras ciudades a lo largo de su historia –la hidalga,
la criolla, la patricia, la burguesa, la masiva y la violenta– para
luego concluir que nuestra cultura no ha construido hasta
ahora una convivencia incluyente y sostenible, lo que explica
las interpretaciones de la insatisfacción de vivir en la ciudad
venezolana. En Venezuela, la idea de ciudad remarca el carác-
ter cuantitativo de la convivencia urbana como asentamiento
físico o aglomeración organizada, y subordina su significación
como apertura a las otredades.
Otra lectura que aborda la ciudad desde el campo de las
ideas es la del antropólogo Samuel Hurtado Salazar en su tex-
to “La ciudad de Caracas o la clausura del pensamiento urba-
no”. Se trata de una revisión a los modos de ser urbanos, de
construir y habitar la ciudad, tanto de Caracas como del resto
de las capitales venezolanas. Su crítica es implacable. Cara-
cas es percibida como una ciudad que va experimentando la
extinción de lo urbano. Una ciudad en donde los vendedores
informales, los malandros, los infractores de tránsito, los inva-

XXIII
sores de edificios y terrenos van degradando la vida colectiva y
junto a ello acorralando toda posibilidad de pensamiento de la
ciudad y sobre ella.
Su diagnóstico es que una de las razones de ser de la
ciudad –la de existir para tener ideas, proyectos, porvenir, me-
moria y comunidad– no se realiza en Caracas; sin comunidad
y sin proyecto no emerge lo urbano y, por tanto, las comuni-
dades se disuelven anómicamente. Como una maldición babe-
liana, concluye.
En una línea paralela, el crítico literario peruano Julio
Ortega se presenta con un texto titulado “Voces de acceso a la
ciudad postmoderna”. En él realiza una enjundiosa introduc-
ción conceptual en su afán de demostrar que “las ciudades
latinoamericanas son espacios superpuestos de la moderni-
dad”. Recuerda cómo la mayoría de las grandes narraciones
latinoamericanas son novelas urbanas; revisa un considera-
ble número de autores –Baudrillard y Virilio incluidos– que
anuncian a la ciudad postmoderna como acontecimiento del
habla, e identifica la presencia de los nuevos lenguajes de la
ciudad en la telenovela y en la radio como antesala al objeto
central de su presentación: desarrollar la tesis de que Lima, la
capital de Perú, es una ciudad “puramente discursiva”. Seis
modalidades discursivas conforman la tipología sobre la que
sustenta su tesis. El discurso de Lima como centro y como
centro vacío; el de la Lima criolla y de la cultura popular; el
discurso especializado del periodismo, las ciencias sociales y
la arquitectura y, por último, el discurso literario.
También de ideas sobre la ciudad, la urbanización y la
modernidad trata “Críticas de la modernidad criolla: Cara-
cas como espacio para la democracia” del historiador Tomás
Straka. En un contexto intelectual –el venezolano de los años
1950-60, dominado por las tesis de condena a la ciudad, la
modernización y la industrialización como fuente de pérdida
de las identidades y las tradiciones nacionales, y de genera-
ción de caos y pobreza– Straka identifica dos rara avis que
navegan a contracorriente. Se trata de Rómulo Betancourt, el
más importante político del siglo XX venezolano, primer Presi-
dente electo democráticamente que logró concluir su manda-
to, y Mariano Picón Salas, uno de sus más influyentes intelec-

XXIV
tuales. El autor demuestra cómo ambas figuras –sin dejar de
condenar el progreso de fachada, los excesos faraónicos y el
excesivo centralismo caraqueño puesto en marcha en la déca-
da de 1950 por la dictadura perezjimenista– encontraban en el
desarrollo y crecimiento de las grandes ciudades venezolanas,
en el flujo de emigrantes que el país había comenzado a recibir
por millares y en los procesos de industrialización incipientes,
inmensas posibilidades para reforzar el proyecto democrático
naciente y, en palabras de Picón, “la renovación del ser nacio-
nal”.
Revisando escritos y discursos de ambos, Straka revela
cómo conceptos que años más tarde cobrarían forma y vitali-
dad, como la idea del “derecho a la ciudad” y la preocupación
por los espacios de recreación y por el espacio público en ge-
neral, se encuentran entre las preocupaciones intelectuales de
Picón Salas y entre las tareas y metas gubernamentales de
Betancourt.

4. El texto-ciudad: Mangieri, Eco y Bermúdez

La ciudad es un texto que puede ser leído, interpretado


y explicado como se hace con un texto literario o cinemato-
gráfico. Un texto que, gracias a las gramáticas que lo han ido
construyendo, puede ser decodificado a través de las distintas
escrituras y narrativas que lo constituyen. Es esa la idea bási-
ca de otra perspectiva de interpretación cultural de la ciudad,
la sostenida por diversas perspectivas semiológicas.
En este libro se encuentran tres ensayos que apuntan a
esta lectura de la ciudad como un texto. “Lector in urbis: espa-
cio urbano y estrategias narrativas”, del arquitecto y semiólogo
venezolano Rocco Mangieri; “Personajes imaginarios y ciuda-
des reales”, del conocido novelista y semiólogo Umberto Eco y
“Caracas: hablantes de azules lomas y satíricas palomas”, del
escritor y también semiólogo venezolano Manuel Bermúdez.
En el primer escrito, Mangieri nos ofrece un corpus de
herramientas teóricas para iniciarnos en una semiología de
lo urbano. Parte de la definición del texto como “el lugar don-
de son puestos en escena simulacros de conversación entre
autores y lectores (aquí entre actores y escenarios urbanos)

XXV
previamente inscritos en el texto mismo a través de huellas o
estrategias narrativas y discursivas”.
La idea de la existencia de un texto-ciudad –el núcleo de
su argumentación– es dibujada por Mangieri como un conjun-
to más o menos articulado de huellas, programas, itinerarios,
rutas interpretativas y actos que para cumplirse requieren la
participación activa de los usuarios-habitantes. El texto exis-
te, por tanto, sólo en la medida en que encuentra un lector-
usuario que lo interpreta y se confabula con sus tramas para
imaginar, sentir y leer lo que él denomina las macronarracio-
nes y las ideologías del vivir la ciudad a través de un segui-
miento de las marcas, los signos y las huellas con los cuales se
construye la arquitectura de cada texto-ciudad.
No es posible entonces usar la ciudad si de alguna ma-
nera no se realiza un permanente ejercicio de interpretación
de la misma. Y ese ejercicio es posible gracias a una serie de
programas y contratos narrativos que se hallan previamente
inscritos en el texto urbano y sus laberintos. Como todo tex-
to, y aquí se halla el corazón de la propuesta, el urbano tiene
unidades temáticas (crisis urbana, malestar urbano), sus esti-
los y formas (ciudad mediterránea, ciudad caribeña), sus hitos
toponímicos (calle del hambre, plaza de los ahorcados, tierra
de nadie, paseo de las flores) y hasta sus órdenes gramáti-
cos (marcados, por ejemplo, por los sistemas de puntuación-
articulación-separación entre urbanizaciones ricas y favelas o
barrios pobres).
En el segundo escrito, el de Eco, se nos propone un ejer-
cicio muy peculiar. Leer el texto-ciudad a partir de la compa-
ración entre dos tipos de verdad: la verdad en el mundo real
–aquella que se basa en hechos que pueden ser verificables
con los instrumentos de las ciencias históricas y que respon-
de a preguntas del tipo “¿Napoleón Bonaparte efectivamente
existió?”–; y la verdad novelesca –aquella que aceptamos como
parte de un pacto de credibilidad con las obras de ficción y que
responde a certezas del tipo “Hamlet era soltero” o “Scarlett
O´Hara se casó con Rhett Butler”.
En este caso, recurre a Los tres mosqueteros para explo-
rar las relaciones entre la verdad en el mundo real de la vida
de París en los alrededores de 1625 y la verdad novelesca del

XXVI
París literario de Alejandro Dumas por el que D’Artagnan y sus
aliados transitan sus aventuras. De esta manera, la verdad
novelesca es utilizada para indagar en la verdad “del mundo
real” de la mítica capital francesa y como pretexto para, en un
curioso y sofisticado juego intelectual, plantearse una serie de
interrogantes sobre las maneras como los dos textos-ciudad
–el de la novela y el del París histórico y real– se superponen,
se niegan o se afirman en la mirada de los dos tipos de lectores
que ya había establecido en Lector in fabula: el lector modelo
y el lector real.
El tercer ensayo, “Hablante de azules lomas…”, un texto
que oscila entre la crónica, el humor y el análisis semiótico,
parte de una pregunta precisa: “¿Caracas es un hablante?” La
respuesta de Bermúdez es directa: “Sí. Con una fonética natu-
ral y balbuceante, y una fonología tecnológica y estridente, las
ciudades hablan”. Y agrega: “Además (las ciudades) tienen una
semántica y una lógica con sus significantes y significados, los
cuales sintácticamente generan un discurso, cuyo enunciado
es prácticamente decodificado por sus habitantes”.
Para desarrollar su tesis y explicarnos cómo se comporta
Caracas en su calidad de hablante, Bermúdez se pasea por los
más diversos discursos de la ciudad. El de la poesía, que en-
cuentra en aquel verso legendario de Pérez Bonalde que define
a Caracas como una “odalisca rendida a los pies del sultán
enamorado”, una de sus más reveladores metáforas. El de la
música, en donde Billo Frómeta brilla como el gran enamora-
do que le canta a una novia, “la bella Caracas”. El de la narra-
tiva, que a través de autores como Ángel Gustavo Infante en
su libro Cerrícolas recupera el habla de los barrios pobres de
la ciudad.
Incluye también Bermúdez en su periplo, el universo del
humor radial de los años 1940 y 50 del siglo XX, el del perio-
dismo popular inaugurado en esa misma época por el diario
Últimas Noticias y el de los locutores del béisbol y su cháchara
deportiva como fragmentos con los cuales recomponer el modo
de hablar de la capital venezolana.

XXVII
5. Los imaginarios urbanos: Silva Téllez, Aira, Almandoz,
Hernández, Villoro y Castañón

La idea de que la imagen de la ciudad no es una foto,


tampoco el recuerdo de sus lugares más representativos, sino
una impresión obtenida colectivamente en un alto nivel de
segmentación imaginaria de su espacio; que la ciudad puede
y debe ser comprendida desde el punto de vista de sus ciuda-
danos y las maneras como es imaginada por sus artistas y sus
medios de comunicación; y que estas representaciones pueden
ser identificadas estadísticamente y recreadas a través de dis-
tintos materiales cualitativos –recortes de prensa, fragmentos
de noticieros, fotografías, textos literarios, viodeoclips– está
en la base de la metodología de los imaginarios que Arman-
do Silva Téllez comenzaba a delinear en su conferencia “Los
imaginarios urbanos en América Latina”, otro de los textos de
nuestro libro.
Su tesis es que los imaginarios se construyen, como ten-
dencias, colectivamente, y que si tomamos muchos puntos de
vista ciudadanos y los sumamos se puede condensar-revelar
el sustrato imaginario de toda ciudad: la dimensión estética
de la urbe. La ciudad imaginada precede a la real y la impulsa
en su construcción. La ciudad que es también el efecto de un
deseo es un espacio de proyección de fantasías tan poderosas
como la realidad misma.
Como los imaginarios pueden identificarse, incluso es-
tadísticamente, si se develan las más importantes metáforas
urbanas –antes/después, centro/periferia, ver/ser visto, mas-
culino/femenino– y si se identifican lo que él denomina fan-
tasmas urbanos, se puede reconstruir la ciudad imaginada,
develar sus deseos, fantasías y evocaciones. En conclusión, la
creación de una imagen social, de una vida llevada colectiva-
mente, con sentimientos de lo mutuo, como corresponde a los
ciudadanos en tanto personalidad global, pasa por su puesta
en escena en forma narrativa.
Volvemos entonces a la tríada de las primeras líneas:
ciudad de piedra, ciudad de relaciones, ciudad simbólica. La
metodología de los imaginarios, según Silva Téllez, establece
una relación de simultaneidad entre la cosa física: la ciudad;

XXVIII
la vida social: sus usos; y la representación: sus escrituras. Lo
físico produce efecto sobre las representaciones, pero igual-
mente las representaciones afectan y guían los usos sociales
de la ciudad y modifican las concepciones del espacio.
En la misma línea de aproximación podemos ubicar cua-
tro textos más de este libro. Los de Arturo Almandoz, Juan Vi-
lloro, César Aira y el del autor de estas líneas. Almandoz, con
su conferencia “El imaginario de la ciudad venezolana.1900-
1958” presenta los resultados de una ambiciosa investigación
ya convertida en libro3.
Con el propósito de indagar en el proceso de urbaniza-
ción venezolana desde un punto de vista social y cultural, el
autor se propone una revisión de la manera como los grandes
pensadores y narradores venezolanos del siglo XX percibieron,
representaron o interpretaron dicho proceso. Se trata de una
exploración del imaginario novelístico y ensayístico sobre la
ciudad en el que pasa revista a la obra de Mariano Picón Sa-
las, Rómulo Gallegos, Miguel Otero Silva, Guillermo Meneses,
Mario Briceño Iragorry, para detectar la sucesión de imagina-
rios que va de las “ciudades pueblerinas” de finales del siglo
XIX hasta los de la revolución petrolera y la urbanización ace-
lerada de las primeras décadas y mediados del XX.
En el título de la investigación “La ciudad en el imagi-
nario venezolano. De María Castaña a los pequeños seres”,
encontramos un resumen elocuente del período estudiado. En
un extremo está “El tiempo de María Castaña”, una imagen
literaria que utilizará Mariano Picón Salas para sintetizar las
manifestaciones premodernas de la provincia venezolana de
finales del siglo XIX. En el otro “Los pequeños seres”, en refe-
rencia directa a la homónima novela de Salvador Garmendia,
en la cual se aborda la vida del campesino y provinciano que
llega a acostumbrarse al nuevo escenario en transformación
acelerada de la ciudad petrolera. En el medio, Juan Bimba,
otra figura popular emblemática de la época, el campesino po-
bre, de vestimenta rural y un bollo de pan en el bolsillo.

3.  Almandoz, Arturo (2003). La ciudad en el imaginario venezolano. De 1936 a


los pequeños seres. Caracas: Fundación para la Cultura Urbana.

XXIX
Son los tres imaginarios. El “pueblerino” que acompañó
a Caracas y a la mayoría de las ciudades venezolanas hasta
bien entrado el siglo XX. El de masificación y urbanización,
propiciado por la revolución petrolera a partir de los años 40.
Y el de Juan Bimba en transición, abandonando la condición
campesina para transformarse en el pequeño ser garmendia-
no en el laberinto de la naciente metrópoli.
A pesar de no hacer referencia explícita a la metodología
de los imaginarios en el sentido trabajado por Silva Téllez y
Almandoz, ubicamos también en este grupo la conferencia de
Juan Villoro, “El eterno retorno a la mujer barbuda”, porque
con los recursos del ensayo literario aborda las representacio-
nes catastróficas que el D.F. mexicano genera a sus propios
habitantes y a los del exterior.
Luego de hacer un paseo panorámico por datos impac-
tantes como los cinco millones de habitantes que circulan to-
dos lo días por el metro; horrores ecológicos como las elevadas
tasas de plomo en la sangre de los “chilangos” como efecto de
la contaminación; relatos de catástrofes como el terremoto de
1998; y de historizar un poco por el mundo azteca e identificar
el discurso estético del criollismo trash-metal como lo más de-
finitorio de la ciudad, Villoro identifica el sentimiento que une
a los millones de habitantes del D.F.: la aceptación resignada,
incluso amorosa, de la ciudad tal como es.
De allí lo de la mujer barbuda. Según nuestro autor, el
D.F. es algo así como la mujer barbuda del circo: “ejerce la
elocuente fascinación del defecto”. “A diario juramos abando-
narla”, anuncia, “pero a diario nos entregamos a su abrazo”,
recuerda
Lo mismo ocurre con la del también mexicano Adolfo Cas-
tañón. “El viaje a México”, se titula. Utilizando como pretexto
la narración de un viaje casi iniciático por el interior de su país
y de otros viajes en calidad de guía por lugares turísticos de
Ciudad de México y otras ciudades mexicanas, el poeta trata
de mostrar cómo la nación mexicana se ha construido a lo lar-
go de la historia entre dos espejos: “el de la mirada extranjera
y el del ojo interno”. Entre ambos es posible reconstruir una
imagen múltiple del país donde conviven la épica zapatista,
la cultura de los emigrantes que regresan de USA a exhibir

XXX
sus mejoras, las distancias entre los pobladores del D.F. y los
del resto del país, la memoria del mito de Pedro Infante o las
diarias sagas de muerte de mexicanos intentando atravesar la
frontera para arribar al sueño americano.
Las otras dos conferencias, la del escritor argentino César
Aira y la mía, tampoco se refieren directamente a los imagina-
rios pero su tema es afín. La de Aira, titulada “La destrucción”,
es un ejercicio literario de reflexión sobre las posibilidades, o
más bien sobre la aparente imposibilidad de que las grandes
ciudades modernas, “esas formidables acumulaciones de pie-
dra, cemento y acero”, puedan ser reducidas a ruinas.
Las ciudades son esfuerzos descomunales. Nos impresio-
namos ante las Pirámides de Egipto o la Gran Muralla china,
pero olvidamos que cualquiera de las ciudades en las que vivi-
mos equivale a decenas de miles de murallas o de pirámides.
¿Qué tipo de fuerza, qué movimiento de titanes sería necesario
para destruirlas? Al final, es una confesión de parte, no hay
respuesta directa y la conferencia se desplaza hacia el territo-
rio de la creación literaria y avizora una destrucción que sólo
ocurre como “ocioso ejercicio intelectual”.
Mi conferencia, titulada “Caracas (y el país) según Ca-
brujas” trata, por su parte, de identificar aquellas constantes
obsesiones que, en el esfuerzo de interpretar la “condición ca-
raqueña” y de alguna manera la venezolana, dejó plasmadas
en distintos géneros literarios José Ignacio Cabrujas quien en
vida fuera dramaturgo, director y actor de teatro; escritor de
guiones cinematográficos y libretos de telenovela; hombre de
radio y de ópera, y uno de los más leídos cronistas de la pren-
sa nacional.
La amnesia colectiva de los venezolanos, la tradición de-
molicionista de los caraqueños, su gusto por la provisionalidad,
la condición de brujos magnánimos de nuestros presidentes,
la condición de simulacro del Estado y en general de la cultura
nacional, son revisadas a través de una reinterpretación de
textos de sus columnas de prensa, obras de teatro, entrevistas
y conferencias, tratando de rearmar, como un rompecabezas,
su particular explicación de lo que alguna vez llamó “este fra-
caso histórico” que es la nación venezolana.

XXXI
6. La batalla del espacio público: Ontiveros, Lozada
y García Sánchez

El espacio público como escenario de confrontaciones


políticas, sociales, ideológicas y como termómetro para medir
la salud física y síquica de la ciudad y sus ciudadanos, para
verificar qué hacen o dejan de hacer los gobiernos, cuáles son
los niveles de convivencia entre los habitantes y cómo es la
economía y las expresiones culturales de un país, es abordado
en tres textos que versan sobre Caracas: “¿La calle es de to-
dos? Una lectura de los espacios públicos desde la antropolo-
gía”; “Las huellas urbanas de la polarización” y “¿Todos contra
lo público?”, de Teresa Ontiveros, antropóloga; Mireya Lozada,
sicóloga social; y Pedro García Sánchez, sociólogo; respectiva-
mente.
Teresa Ontiveros se acerca al estudio de los barrios po-
pulares caraqueños resaltando la importancia que en la vida
de sus habitantes tiene ese espacio público privilegiado que
es la calle, entendida como un auténtico laboratorio social.
Una de sus conclusiones es que en los barrios caraqueños la
calle tiende a ser una extensión de la vivienda. Una especie
de sustitución del “patio” que no poseen. La calle se convierte
en tendedero, lugar de encuentro y visita, espacio de venta
de chucherías, escenario de riñas y discusiones e, incluso, en
extensión de casa que se abre a los demás a través del equipo
de sonido.
De esta manera, la separación-oposición precisa entre lo
público y lo privado que en otros sectores de mayores recursos
y mejor urbanizados es lo normal, adquiere en el barrio una
cierta plasticidad, una flexibilización que hace que uno y otro
se confunda en vínculos, lazos y nexos de otra naturaleza más
solidaria y convivencial.
Sin embargo, advierte, en el presente, como producto de
la fuerte inseguridad y violencia predominantes, esa plastici-
dad se ha ido reduciendo, condenando a los ciudadanos a una
suerte de encapsulamiento dentro de sus hogares, convirtien-
do de ese modo la calle en espacio de una gran tensión.
Mireya Lozada se acerca al estudio de la intensa polariza-
ción política que ha vivido Venezuela bajo el gobierno de Hugo

XXXII
Chávez, de manera muy específica al período que va del año
2000 al 2004 cuando la sociedad, los ciudadanos y las más
importantes instituciones llegaron a un máximo de moviliza-
ción, confrontación e intolerancia tomando partido a favor o
en contra de su proyecto político.
La autora comienza reconociendo que si bien la polariza-
ción ocupa una cantidad de espacios públicos y privados, es
en el espacio urbano, especialmente en los espacios públicos,
donde se expresa con mayor contundencia. La ciudad –dice–,
sus calles, plazas, paredes, barrios y urbanizaciones han sido
la superficie de inscripción privilegiada de esa batalla que ge-
nera un profundo sufrimiento ético-político a todos los ciuda-
danos.
Luego de revisar los imaginarios sociales que animan a la
polarización –“nosotros-ellos”, “dioses-demonios”, “gendarme
necesario”, “revolución bonita”–, Lozada explica la lógica espa-
cial en la que ésta se ha expresado a través de la división de
los espacios de las ciudades, convirtiéndolos en territorio cha-
vista o antichavista. El proceso deja profundas huellas, mate-
riales y simbólicas, en el espacio urbano: apropiación privada
de espacios públicos por cada uno de los bandos; ocupación
e invasión de edificios públicos y privados; tomas, conquis-
tas y reconquistas de lugares de la ciudad y saturación en la
utilización de símbolos patrios y partidistas en los espacios
públicos.
Pedro García Sánchez, por último, presentó en su con-
ferencia una visión más de conjunto de las implicaciones que
en la ruptura del tejido urbano y la privatización del espacio
público de Caracas han tenido la aparición de diversos fenó-
menos que van desde la instalación de garitas, casetas y pea-
jes en urbanizaciones del Este de la ciudad –como recursos
para dotarse de la seguridad privada que la fuerza pública no
garantiza–, hasta los procesos de ocupación de “territorios li-
berados” por alguno de los bandos de la polarización reinante
o la demarcación política de los usos de la ciudad.
Analizando otros hechos, como los fenómenos de saqueos
masivos a negocios y tiendas durante el fenómeno de insurrec-
ción popular conocido como El Caracazo (1989), la ocupación
temporal de la Plaza Altamira por militares insurgentes contra

XXXIII
el gobierno de Hugo Chávez y la de los alrededores del edificio
de PDVSA, la sede de la petrolera estatal (2003), en apoyo,
García Sánchez identifica el paso, primero, de una semántica
del miedo al magma de la inseguridad que suscita una exas-
peración sensible y emocional que conduce a los extremos de
un paranoia social.
La urbanidad privativa, expresada muy bien en el cierre
de las calles de las urbanizaciones para controlar el acceso del
extraño, mezclada con la demarcación política de la ciudad,
conduce a una gramática de guerra que sería la lógica o el mo-
delo de orden público hoy dominante en la ciudad.

7. Ciudades, arquitecturas y urbanismo: Sepúlveda, Almandoz,


Paolini, Negrón y Niño

Ratificando el principio de la mirada integral de las ciu-


dades, los arquitectos y urbanistas presentes en este libro nos
ofrecen textos en los que las tres ciudades –piedra, relación y
subjetividad– quedan armónicamente integradas.
El arquitecto Ramón Paolini, en su conferencia “Arqui-
tectura y patrimonio cultural del Caribe”, oficia una apretada
síntesis de diversas investigaciones realizadas durante años
en torno al tema. En un viaje histórico que va desde la llega-
da de España a Santo Domingo, la primera ciudad del Nuevo
Mundo, hasta la construcción del Canal de Panamá y la apari-
ción de petróleo en el Lago de Maracaibo, a comienzos del siglo
XX, da cuenta del proceso mediante el cual la arquitectura ve-
nida de Europa comienza a sufrir una peculiar metamorfosis,
adaptándose a la realidad natural de los trópicos y a la nuevas
culturas que en ellos van a emerger.
Gracias a esa mezcla, en la que convergen las nuevas
realidades económicas, los momentos de riqueza que depa-
ra la producción agrícola caribeña y las guerras de coloniza-
ción, surge una arquitectura inédita cuyos testimonios aún se
pueden admirar en Cartagena, La Habana, La Guaira, Puerto
Cabello o San Juan. Ciudades en las que se ha gestado una
arquitectura popular cuyo reconocimiento como patrimonio
cultural se hace cada vez más inminente.
A continuación, Aníbal Sepúlveda, también arquitecto,

XXXIV
aborda en su “Evolución del urbanismo de Puerto Rico”, una
visión panorámica de la evolución urbana de esta isla del Ca-
ribe. Luego de pasearse por una periodización que establece
relaciones causales entre el desarrollo de la economía puer-
torriqueña del siglo XX y el tejido urbano contemporáneo, Se-
púlveda demuestra que a contracorriente de la imagen exu-
berante que se vende en todo el mundo, el Caribe isleño es
hoy una región urbanizada muy distante a la imagen exótica y
“playera” instaurada por las promociones turísticas.
En el caso de Puerto Rico, este proceso se produjo a lo
largo del siglo XX según un calco del modelo de urbanización
del suburbio norteamericano: casas de hormigón prefabrica-
das con techos planos que sustituyeron a la vivienda verná-
cula. La isla se convirtió así en una inmensa red de suburbios
instalados en espacios totalmente dependientes del automóvil
que carecen de los atributos de la ciudad tradicional y donde
la calidad de vida empeora permanentemente.
Como contraparte, y como modelo a seguir, Sepúlveda
presenta las características de los cascos urbanos tradiciona-
les puertorriqueños en donde un urbanismo pensado para la
convivencia humana se expresa en distancias concebidas a
escalas caminables, espacios públicos y privados claramente
definidos y ciudades construidas con identidad propia.
La reflexión de Marco Negrón, por su parte, también in-
daga en las relaciones entre economía, decisión política y teji-
do urbano pero concentrado en la ciudad de Caracas. Bajo el
sugestivo título de “Caracas, vida, pasión, muerte y… ¿resu-
rrección?”, el urbanista venezolano hace un recorrido históri-
co entre las maneras como ha crecido y se ha expandido –pero
también dejado de crecer y estancado– la ciudad desde finales
del siglo XIX hasta nuestros días.
Toma como punto de partida los importantes cambios
que se realizaran bajo la administración de Guzmán Blan-
co. Se pasea luego por los grandes proyectos e intervenciones
que se iniciaron con la creación de la Dirección de Urbanismo
del Distrito Federal en 1938. Se detiene en el deslumbrante
proceso de modernización que se produjo en los años 1940 y
1950, momento en que emergió una nueva ciudad. Y concluye
explicando cómo a partir de 1958, luego de la restauración

XXXV
democrática, se produjo un tan violento como incomprensible
frenazo de “esa rápida carrera hacia la modernidad”. Es lo que
ha denominado “la metropolización vergonzante”.
Es el momento de la muerte. A partir de 1958, excepción
hecha del Metro de Caracas, no se invirtió más, o se invirtió
poco, en la ciudad. Con el criterio dominante en toda América
Latina de que los problemas de atraso y subdesarrollo se de-
bían a un supuesto tamaño excesivo de las ciudades, la idea
de reforzar los desequilibrios regionales desconcentrando el
eje Caracas-Maracay-Valencia se convirtió en política de Es-
tado y comenzó un proceso de involución de la ciudad cuyas
consecuencias pagamos, en cuotas cada vez más altas, hasta
el presente. La conferencia concluye, sin embargo, con una
mirada optimista, sentando algunos criterios a partir de los
cuales otro camino es posible: la resurrección.
Terminamos esta saga con la conferencia del urbanista
caraqueño William Niño Araque, titulada “Caracas: territorio
de una moderna monumentalidad”. En este texto, que muy
bien pudimos haber ubicado en la clave 4, la de los imagina-
rios, el autor trata de escaparse de la común tentación de per-
cibir la ciudad capital venezolana sólo, es su frase, “como una
secuencia cotidiana de martirios”. En consecuencia, se dedica
a revisar con una mirada estética y amorosa sus rasgos defini-
torios, la épica de su arquitectura y la particular composición
urbana que ha ido resultando del añadido de elementos y la
superposición de proyectos.
Niño intenta leer a Caracas como una obra literaria in-
acabada (mucho más inacabada que la mayoría de las ciuda-
des del continente, dice) a la que se pueden añadir párrafos y
capítulos enteros. Una ciudad donde la monumentalidad de lo
moderno –la reurbanización de El Silencio, la Ciudad Univer-
sitaria, la urbanización 23 de Enero, la autopista Caracas-La
Guaira, entre otros íconos relevantes– será su signo defini-
torio. Una ciudad que, además, funciona como un inmenso
collage, un cadáver exquisito, un texto monumental.
Revisando sus obras emblemáticas, sus itinerarios posi-
bles de recorrer maravillados, las particularidades naturales
–las tormentas eléctricas y la brisa cálida– Niño concluye su
texto en una poco común confesión de amor por la ciudad y

XXXVI
una propuesta reivindicatoria de los monumentos de la mo-
dernidad.

8. Etnografía del consumo y los usos urbanos: García Canclini


y Martín-Barbero

Néstor García Canclini fue el primer conferencista de la


Cátedra Permanente de Imágenes Urbanas. El encargado de
inaugurarla. Jesús Martín-Barbero fue su segundo invitado.
No hay nada casual en ello. Además del hecho de que ambos
han sido amigos y referencia intelectual durante muchos años
para el autor de estas líneas, en ese momento, hablo de 1993,
ambos autores –dos estudiosos de la cultura latinoamericana
que contribuyeron a cambiar profundamente tanto los para-
digmas del marxismo ortodoxo como los del positivismo cha-
to– habían comenzado a ocuparse en sus investigaciones de
los temas de la ciudad y las culturas urbanas.
La conferencia de Néstor García Canclini, “El consumo
cultural en México”, realizada a sala llena en el Ateneo de
Caracas cuando la intolerancia chavista aún no lo había ex-
pulsado de sus sedes, aborda a un mismo tiempo tres temáti-
cas: los resultados de un estudio sobre consumo cultural en
Ciudad de México; el debate sobre las metodologías de estu-
dio, encuentros y desencuentros, entre las ciencias sociales,
especialmente la antropología, y la ciudad; y, la que me pare-
ce más importante tantos años después: la reflexión sobre el
objeto ciudad en momentos, al menos en América Latina, de
su más reciente y grande transformación.
El análisis de los resultados del estudio lleva a García
Canclini por caminos inesperados. No existe un público de
cultura en la ciudad de México, es la conclusión primera. Pero
al final, al reflexionar a fondo sobre el tema, la inferencia más
importante es que no hay tampoco, a escala más general, un
“foco organizador” de la ciudad de México. Que como El Aleph
de Borges, la ciudad “está en todas partes y no está plena-
mente en ninguna”. Y, la conclusión más radical: que la ciu-
dad, y en general las ciudades latinoamericanas, empezaban
a ser estudiadas como un todo justo en la época en que su
desintegración se vuelve alarmante.

XXXVII
Entonces se pregunta: ¿qué pueden hacer y cómo pue-
den hacer las ciencias sociales para describir expresivamente
el entrecruzamiento de culturas y la experiencia de la calidad
interna en calidades tan complejas? Se responde con lo que
de alguna manera hizo después: liberarse de las estadísticas
e incursionar en nuevas metodologías, más cualitativas, para
comprender esas ciudades ubicuas e inatrapables.
La conferencia de Jesús Martín-Barbero titulada “Media-
ciones urbanas y nuevos escenarios de comunicación”, como
su nombre lo indica, tiene un objetivo central: pensar la ciu-
dad y su cultura desde la comunicación. Barbero sugiere que
la modalidad de comunicación que hegemoniza en el presente
la existencia y la planificación de las ciudades, es la del flujo.
Flujo de personas, flujo de vehículos y flujo de informaciones.
Por lo tanto, la gran preocupación de los urbanistas no es que
la gente se encuentre, sino que circule.
Este nuevo paradigma –es el núcleo de su aporte– ha
traído consigo tres procesos que han cambiado radicalmente
“los modos de estar juntos” en las ciudades. También “las for-
mas de habitarlas, padecerlas y resistirlas”. Estos son: la des-
espacialización, el des-centramiento y la des-urbanización.
La des-espacialización, entendida como la pérdida de va-
lor del espacio urbano que ahora sólo cuenta en tanto aso-
ciado al precio del suelo o dada su capacidad para facilitar el
movimiento y el flujo vehicular. El des-centramiento, que se
expresa no sólo en la “pérdida de centro”, el deterioro de los
cascos históricos o su conversión en lugar de turistas, sino
en el hecho de que la ciudad se configura ahora a partir de
circuitos conectados en redes cuya topología supone la equi-
valencia de todos los lugares”. Y la des-urbanización, que se
refiere a la reducción progresiva de la ciudad que es realmen-
te usada por los ciudadanos.
Los tres procesos remiten a un debate sobre la identidad
urbana que remite a su vez al tema de las nuevas socialidades,
las mutaciones que afectan el sentido del lugar, la aparición
de nuevos espacios del anonimato y el paso de lo que Martín-
Barbero llama “la ciudad mediada” a la “ciudad virtual”.

XXXVIII
8. Los bohemios también hacen ciudades

He dejado para último momento la reseña de la conferen-


cia del escritor venezolano Adriano González León. Primero,
porque fue una de las más originales de todas las que hemos
presenciado en la Cátedra, y luego, porque no encajaba cómo-
damente en ninguna de las clasificaciones ya expuestas.
En su conferencia inolvidable, dictada dos años antes de
morir, Adriano, el autor de País Portátil, premio Seix Barral en
1968, habló, recitó, se emocionó, cantó romances en proven-
zal antiguo, tomó un pitillo de plástico humedecido en agua y
lo hizo sonar dulcemente como si se tratara de un caramillo,
mientras discurría sobre la importancia de los bohemios y la
bohemia en la vida de las ciudades.
Con conocimiento de causa, recorrió varios siglos de
bohemia para al final concentrarse en los cafés, los bares y
los bohemios de cuatro ciudades en las que vivió y a las que
conoció a fondo: París, Buenos Aires, Madrid y Caracas. Re-
señó por nombres propios grupos, personas y movimientos
literarios, calles, bulevares, barrios y cafés en donde la vida
bohemia adquirió sus mejores manifestaciones de civilidad,
compañía e irreverencia creativa.
Fue su contribución para recordarnos que las ciudades
son, también, lugares de encuentro y que la fiesta, la poesía,
la peña, el diálogo matizado por el vino y el café son un com-
ponente esencial de las maneras como las ciudades ayudan a
liberar al hombre para encontrarse con la libertad

***
Son seis claves que, sin pretensiones exhaustivas, sólo a
manera de croquis titubeante, he creído de utilidad para abrir
las puertas a estas veinticinco conferencias de la Cátedra Per-
manente de Imágenes Urbanas reunidas en un mismo lugar.

Tulio Hernández

XXXIX
I
Ciudad, cultura y arquitectura
¿Por qué existen ciudades?
Juan Nuño
(1995)

Quizá sería preferible preguntar a la inversa: ¿qué pa-


saría si no existieran ciudades? Respuesta: no existirían los
individuos, es decir, los hombres libres. Es curioso y hasta
paradójico: la ciudad es la consecuencia de una agrupación
de seres humanos, de la misma manera que la colmena es
la agrupación de unos determinados insectos. Pero hasta ahí
llega la comparación: en las ciudades, el hombre realiza mejor
su libertad que fuera de ellas. Fuera de ellas, sólo existe la tri-
bu, la especie, la errancia, el nomadismo. Es en las ciudades
donde aparece por vez primera la noción de individuo, de ser
aislado y soberano.
En el siglo XIII, el entonces emperador de Alemania, En-
rique V, lo dijo en alemán: Stadtluft macht frei. Lo mismo dice
un viejo refrán castellano, pero al revés: “Pueblo pequeño, in-
fierno grande”. Cualquier sociólogo sabe que la presión social
del grupo sobre el individuo está en relación inversa al volu-
men del conglomerado social: a menos número de habitantes,
más presión. Por eso, en las grandes ciudades tiene sentido la
libertad del individuo.
Por lo demás ha sido la tendencia de la humanidad. En
1800 sólo el 3% de la población mundial vivía en la ciudad; el
resto era campesino. Ahora, fines del XX, es el 60% el que vive
en la ciudad.
Adelanto una etimología útil: en cualquiera de nues-

3
tras lenguas indoeuropeas (representadas por las dos matri-
ces: griego y latín) la palabra “ciudad” siempre designa lo mis-
mo: una aglomeración, una muchedumbre, una agrupación.
Los romanos tenían dos voces para designar una ciudad (urbs,
civitas); ambas dicen lo mismo. Civis y civitas pertenecen a la
misma familia que cum (co-) o que glomerarse o que curia o que
en inglés gather, together o que en griego koinós, común, sien-
do revelador que en su forma neutra (tó koinón) quiera decir
expresamente “el Estado”. Y urbs pertenece a la misma familia
que vulgus (multitud) o que villa (granja) o que, en griego ásty,
ciudad, por reunión, multitud.
¿Por dónde acometer una reflexión general sobre las ciu-
dades?
En el orden literario, las ciudades son una mina: han
proporcionado tema para grandes y pequeñas obras, desde la
Ilíada hasta La ciudad y los perros, pasando por La colmena,
por Manhattan Transfer, por Los miserables o el Berlin Alexan-
derplatz de Döblin o el Fervor de Buenos Aires.
Otra posibilidad sería separar a las ciudades en dos gran-
des grupos: las que se rompen y dispersan en su crecimiento
o las que, por el contrario, se concentran en torno a un nú-
cleo. Londres sería el modelo de ciudad centrífuga; también,
por cierto, Caracas, mientras que París es el modelo de ciudad
centrípeta, como lo es Roma y Buenos Aires.
Pero he preferido buscar una nota común más profunda
y característica: la del esquema o idea que subyace en la crea-
ción de toda ciudad.

Ciudades

Las ciudades no son inocentes, ni siquiera ahora, épo-


ca teóricamente desacralizada y eminentemente urbanizada.
Prueba: aquellos candorosos hippies que proponían la huida
de la pecaminosa y contaminada ciudad hacia el campo puro
y abierto, sobre el modelo, no tan lejano (1854) de Thoreau,
con su Walden o la vida en los bosques: eso de hablar mal de la
ciudad, contraponiéndola a la naturaleza, tiene su raigambre
en el corazón humano. Mucho antes que los ecologistas que

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nos abruman, y doscientos años antes que Thoreau, un fran-
ciscano español, Fray Antonio de Guevara, escribió con gran
éxito su menosprecio de corte y alabanza de aldea que, aunque
no tan radical como Thoreau (al fin y al cabo prefiere la aldea
pequeña ciudad), rechazaba la gran urbe, fuente de todas las
inequidades.
En el fondo, en esto también circula el mito del buen
salvaje, tan falsamente manejado por Juan Jacobo, y que llega
hasta Tolstoi, refugiado hurañamente en su Kranaya Poliana
y del que, en América, es reflejo aquella Silva a la agricultura
de la zona tórrida, para no mencionar la idealización de los
hombres del campo, desde gauchos a llaneros pasando por los
cowboys y los indómitos caribes, que se perpetúa en nuestros
días en el culto a los supuestamente bucólicos yanomamis y
que, en ocasiones, asume proporciones genocidas, como suce-
dió con el delirio antiurbanístico del Khmer Rouge.
Es de temer que esta veta anticiudad, este rechazo a la
vida urbana, ese temor a la civitas, provenga de un fondo bí-
blico, de otra manía hebrea, propia de una civilización origi-
nalmente nomádica, hecha al desierto y reacia a la vida social
de los conglomerados humanos. Ha de venir de ahí, ya que
no puede proceder de la otra fuente que alimenta la cultura
occidental, la grecolatina. Para el griego primero y más tarde
para el romano, la ciudad era la expresión civilizatoria máxi-
ma. Prueba material de ello es que Roma sembró de ciudades
su mundo y de obras urbanas avanzadas, vinculadas a las
ciudades (acueductos, fuentes, anfiteatros, baños), precedente
repetido más tarde por el Imperio español en América.
Otro tanto puede decirse de los griegos y de su veneración
por la ciudad, asiento de la patria y centro de referencia cultu-
ral. “Quienes hablan con lógica (con lógos) han de confiar en lo
que es común a todos, así como la ciudad ha de confiar en sus
leyes...” es recomendación de Heráclito. Sin ciudad no habría
sofistas, no habría Sócrates y no habría Politeia ni política.
Tan orgullosos estaban de sus ciudades que cuando la Liga
Espartana ocupa Atenas, pese a la dura y prolongada guerra
y en contra de la opinión de la mayoría, Esparta no se atreve,
como querían los otros aliados, a destruir la gran ciudad: se
limita a ocuparla con un gobierno títere. Algo parecido sucedió

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con París y el fin de la ocupación alemana en 1945: habían
destruido sistemáticamente Varsovia y Rotterdam, pero se de-
tuvieron fascinados ante la magia de París.
Por el contrario, la tradición hebreo-cristiana, sobre todo
hebrea, es rabiosamente anticitadina. La primera vez que se
menciona una ciudad en la Biblia se hace asociándola al nom-
bre maldito de Caín: fue Caín quien levantó la primera ciudad
y justo por eso pasó lo que pasó, en el enfrentamiento de un
hermano entregado al pastoreo (nomadismo) y otro dedicado a
la incipiente agricultura, que exigía el sedentarismo y fijación
de un emplazamiento. Jerusalén sólo se convierte en ciudad
sagrada una vez que los israelitas, dirigidos por David, la han
arrebatado de mano de sus originales dueños, los cananeos,
ya que hasta David asentaba su capital en cualquier lugar.
Para no citar el peregrinaje errático de Moisés y sus huestes
por el desierto. Todos los hechos notables de la mitología judía
suceden en despoblado: en lo alto de un monte pelado le en-
tregan a Moisés unas tablas; en una zarza ardiendo tiene re-
velaciones; junto a una peña cualquiera se dispone Abraham
a matar a su primogénito obedeciendo ciegamente las órdenes
de un Dios implacable. Y cuando algunas ciudades de la lla-
nura alcanzan un cierto nivel de civilización, como Sodoma y
Gomorra, sabido es lo que les sucede.
Si se considera a la Biblia como un inmenso todo, que
arranca en el llamado Antiguo Testamento y llega hasta abar-
car los libros cristianos, al fin y al cabo, tradiciones semitas, el
proceso termina como empezó: hablando mal de las ciudades.
Porque el final de ese todo sería el libro de la revelación de
Juan, también conocido como Apocalipsis. Y su final no puede
ser más negativo para las ciudades de la tierra, suplantadas
por otra que bajará del Cielo al término de los tiempos:

Vi cielo nuevo y una tierra nueva porque el primer cielo y la


primera tierra habían desaparecido.
Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía de
Dios.
La santa Jerusalén tenía un muro alto y grande
y doce puertas y nombres escritos de las doce tribus de los hi-
jos de Israel.

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El muro de la ciudad tenía doce hiladas y sobre ellas los nom-
bres de los doce apóstoles del Cordero.
Estas son las palabras fieles y verdaderas y el Señor, Dios, envió
su ángel para mostrar las cosas que están por suceder pronto.
He aquí que vengo presto.
(Apocalipsis, 22.1-22.7)

La consecuencia es que bien pudieran etiquetarse las


ciudades, todas las ciudades, de ideales. Ideales ya que siem-
pre detrás de toda ciudad de importancia hay o ha habido una
idea, para bien o para mal. Las ciudades no son inocentes y
aun pueden ser tabú en muchos casos.

***

Ciudades hechas según ideas: el modelo consagrado son


las ciudades descritas en las diferentes utopías, de Platón a
Fourier, de Moro a Huxley. Pero tal acepción tiene el inconve-
niente de dar por supuesto que las otras, las ciudades reales,
las existentes, nada tienen que ver con las ideas, lo cual de
siempre ha sido y sigue siendo falso.
Por ser la ciudad la expresión misma de una forma social
avanzada, responde en todo momento a una determinada con-
cepción, desde la rígida y ordenancista hasta la suelta y des-
organizada. Los mitos y la historia, suponiendo que no sean lo
mismo, lo confirman.
En el capítulo 8 del libro II de la Política de Aristóteles, se
lee: “Hipodamos, hijo de Eurifón, ciudadano de Mileto, inventó
el trazado geométrico de las ciudades y cuadriculó El Pireo en
forma de damero”.
Con ello se dispone del nombre del santo patrono del ur-
banismo: Hipodamos de Mileto. Pero Aristóteles dice algo más:
dice que a ese Hipodamos lo llamaban meteorólogos, esto es,
“el meteorólogo”, que es “el especialista en fenómenos celes-
tes”. Y tenía que ser necesariamente así, pues el urbanista te-
nía como obligación principal la de hacer armonizar la ciudad
con el universo, porque aquélla, en tanto creación humana,
sólo es reflejo de la creación natural. Urbanista para los anti-
guos significaba entonces algo así como el que tiene la capaci-

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dad de proyectar un esquema habitacional en el que situar a
la sociedad de conformidad con las leyes naturales. Atiéndase
a cómo describe Campbell las primeras ciudades registradas
en la historia (esto es, ciudades que cuentan con escritura:
hacia 3000-2500 a.C.), que fueron las ciudades-estado hierá-
ticas de la Mesopotamia:

Toda la ciudad y no tan sólo el área del templo se concebía


como una limitación en la tierra del orden cósmico, un “cos-
mos intermedio” sociológico o mesocosmos, establecido por el
sacerdocio y situado por consiguiente entre el macrocosmos del
universo y el microcosmos del individuo. El rey era el centro,
como representante humano del poder que celestialmente se
manifiesta o a través del sol o a través de la luna, según las
distintas formas del culto local. La ciudad amurallada estaba
arquitectónicamente organizada en forma de un círculo cuar-
teado (o acuartelado), como los círculos de la cerámica de la
época. Se centraba alrededor del sanctum pivotal del palacio
o zigurat, tal y como en las cerámicas los diseños se organizan
alrededor de la cruz, de la roseta o de la svástica. Y existía ade-
más un calendario matemáticamente estructurado que servía
para regular las estaciones y la vida de la ciudad según el paso
del sol y de la luna (…) (Joseph Campbell: Primitive Mythology,
1982, cap. 3).

Así que el primer urbanista también concibió las ciuda-


des según un plan o idea. Hipodamos calculó que la ciudad
ideal no debería sobrepasar los diez mil habitantes, los cua-
les podrían dividirse por igual en tres grupos: artesanos, agri-
cultores y guerreros. Independientemente de que Hipodamos
hubiera podido realizar sus planes más allá del Pireo, sabido
es que Atenas estaba levantada según un esquema numérico
muy preciso: se repartía en cuatro tribus (phylías), correspon-
dientes (tal es el plan “meteorológico”) a las cuatro estaciones
del año. A su vez, esas tribus se subdividían en tres partes (tri-
tías), para formar un total de doce phratrías o hermandades,
correspondientes a los doce meses del año. Y en cada phratría
había treinta guénes o familias (días del mes) y cada familia
(guénos) no contaba con más de treinta miembros. Donde pue-

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de apreciarse que el orden urbanístico es el plan original y el
desorden lo tardío, lo que desborda los planes iniciales.
Planes iniciales que se hallaban contenidos también en
ciertas notables ciudades de la Antigüedad.
Por ejemplo, Teseo, de alguna forma el fundador de Ate-
nas y en todo caso su héroe característico, cumplió su ciclo
heroico que incluyó al final el famoso viaje a Creta para li-
brar a las doncellas del pesado tributo anual de entregar cien
de ellas al terrible Asterión o Minotauro. Sabido es que entró
en el laberinto del palacio de Minos (primera referencia ar-
quitectónica) y que lo hizo provisto del hilo que la enamorada
Ariadna le había entregado con promesa de desposarla. Cosa
que, una vez muerto el monstruo y libre del laberinto, hizo,
llevándose a Ariadna a la isla de Naxos. Pero allí pierde a la
joven esposa o porque se descuida o porque Dionisos, más
hábil, se la roba, y regresa apesadumbrado al Ática, tanto que
olvida cambiar, como había prometido a su padre, las velas
negras, señal de duelo y fracaso, por las blancas, indicio de
que regresaba con vida. El padre se arroja al abismo y Teseo,
en parte por expiación, en parte por necesidad de reunir a una
población dispersa, recoge a los distintos pobladores del Ática
en una sola ciudad y así surge Atenas.
Los reúne en un conglomerado: ambas palabras son clave
para entender el significado de los términos griegos de “plaza”
y “ciudad”. Ágora era el sitio central de reunión de la ciudad;
su corazón en tanto lugar de tratos y discusiones. Bastará re-
cordar la entrevista de los enviados de las ciudades de Asia
Menor al poderoso rey persa, Ciro, advirtiéndole de la comu-
nidad que formaban los pueblos helenos. Y la respuesta re-
veladora de Ciro diciendo que no temía a gentes que, en sus
ciudades, disponen de un lugar para reunirse a vender y ha-
blar: caracterización emblemática de la cultura grecolatina.
Además, ágora procede de una raíz (Ag-) a su vez derivada del
sánscrito (gar: reunir), que significa “llevar”, “conducir” (de
donde: agogué, demagogia; aguiá, calle; áxon, eje, y heguemón,
jefe, conductor, Führer, Duce). A su vez, pólis, “ciudad”, proce-
de de la raíz Pla- (ple-, pol), que significa “llenar”, “estar lleno”,
“ser numeroso” (plural). De ahí, pleós, lleno (pleonasmo), plu-

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tós, riqueza (plutocracia), pólloi, muchos, muchedumbre, y en
latín, populus, y en alemán y germánico, Volk y burg.
De modo que para el griego la ciudad sonaba a “reu­nión
de muchos” y su centro, a “reunión dirigida, organizada”. No
hay que olvidar que “ciudad” era equivalente a “política”, ya
que ésta procede de pólis (de ahí, la Politeia platónica).
Todavía otro mito insiste en la idea de plan o designio o
mandato que había por detrás de toda creación de una urbe.
Se trata de la fundación de otra gran ciudad griega, la de
Tebas, en Beocia. Su fundador se dice que fue Cadmos, que
era un hijo de Agenor, rey de Tiro y por lo mismo, hermano de
Europa, aquella doncella que, bañándose en una playa del Asia
menor, fue primero asustada y luego arrebatada por el toro que
saliera del agua, se la lleva a Creta y resultó ser el mismísimo
Zeus. Cadmo fue encargado por su padre de recuperar a Euro-
pa para lo que emprendió una larga y desesperada búsqueda.
Hasta que en Delfos, la Pitia le hizo saber que su empresa
era inútil y que lo que debía hacer en cambio era fundar una
ciudad allí donde cayera muerta “la vaca de la luna”. Después
de lo cual, Cadmo divisó una vaca con una semiluna en el
cuerpo, la sigue y espera a que caiga muerta de cansancio en
un prado junto a una fuente guardada por un dragón. Cadmo
mata al dragón y procede a sembrar sus dientes, de los que al
punto salieron de la tierra guerreros armados que se dedica-
ron a entrematarse. Menos cinco sobrevivientes, llamados los
spartoí, los sembrados, con los que Cadmo procede a fundar la
ciudad de Tebas.
Y ¿es que acaso detrás de la máxima ciudad sagrada
de Occidente, Roma, no se encuentra otro mito fundacional?
Como quiera mirarse: o se acepta la autoridad tardía y patrió-
tica de Virgilio que inventó a Eneas, compañero de Ulises, hé-
roe de Troya, escapado del desastre de aquella larga guerra y
llegado a Italia, funda la ciudad y la dinastía de los eneidas. O
se acepta la vieja leyenda de los dos hermanos amamantados
por la famosa loba. Lo importante fue la fundación de la ciu-
dad con aquel arado de plata para trazar el surco sagrado que
marcaba los límites inviolables de la ciudad. Y la transgresión
del tabú por uno de los hermanos con la consiguiente muerte

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a consecuencia de ello, a manos del otro, fratricida forzado en
defensa de la inviolabilidad de la recién creada ciudad.
Pero no hacen falta muchos esfuerzos para ver que detrás
del mito de Rómulo y Remo se encuentra el trasunto bíblico del
otro mito, el de Abel y Caín. Caín fue el fundador de una ciudad
y por lo mismo el que levanta leyes y prohibiciones que sirven
para que Abel las infrinja por representar al nómada pastoril
mientras que Caín era el agricultor estable y sedentario.
A la larga, pese a la valoración negativa de la Biblia,
triunfó Caín, es decir, triunfó la ciudad aun al precio del estig-
ma del crimen. Pero lo que cuenta es antes que nada el carác-
ter organizado y hasta religioso de los orígenes de toda ciudad
y sobre todo su sacralización: la ciudad ha de ser respetada y
admirada. Situación que llega hasta Constantinopla, a través
de los turcos, a nuestros días. Constantinópolis, la ciudad que
manda erigir Constantino, nace de la idea de opacar a Roma
con otra Roma más poderosa y rica, situada en el estratégi-
co Bósforo. Surge porque ya Diocleciano se había trasladado
a la Dacia y porque Asia cobraba cada vez más importancia
económica y militar. Además, Roma era la cabeza pagana del
Imperio, y Constantino acababa de oficializar el cristianismo y
quería comenzar con una nueva sede.
La leyenda dice que con su propia espada marcó los lími-
tes de la nueva ciudad y ante el asombro de quienes le acom-
pañaban por las monumentales dimensiones del perímetro
así trazado, se justificó diciendo que delante suyo marchaba
“un guía invisible” y que él, Constantino, no se pararía hasta
que no lo hiciera el espiritual guía. Para embellecerla, no sólo
despojó a Roma, sino que, como observa Gibbon “by his com-
mands the cities of Greece and Asia were despoiled of their
most valuable monuments”.
En lo que se llamó el Foro, emplazado en una colina, se
erguía una columna de mármol de cuarenta metros de altura,
coronada por una estatua en bronce de Apolo, transportada
desde Atenas, a la que se reinterpretó como el propio Cons-
tantino, con el cetro en la diestra, el globo terráqueo en la
izquierda y coronado a su vez de rayos solares. Las grandes fa-
milias patricias de Roma allí se trasladan, siguiendo a la corte,
de modo que Roma quedó entregada a plebeyos y extranjeros.

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A menos de un siglo, Constantinopla ya rivalizaba con Roma
en punto a número de habitantes, palacios, monumentos y
riquezas.
Pero lo mejor de todo es que los nómadas (los Abel) de
las estepas de Anatolia la miraron con tal reverencia que co-
menzaron a referirse a Constantinopla como “la ciudad” por
antonomasia y de ahí le viene el nombre, no turco, sino griego,
de Istanbul, que no es sino la lectura fonética deformada de
la expresión helena eis tén pólin, un imperativo moral, “a la
ciudad”, “hacia la ciudad”. Como quien dice a La Meca o a Je-
rusalén, dos modelos de ciudades-imán para sus fieles. Como
para los cristianos de la Edad Media lo fue Santiago de Com-
postela, la única ciudad cristiana (aparte de Roma) que atrajo
de tal manera, de tal “istanbúlica” manera. O como lo fue para
Ulises Ítaca, su ciudad, desgarrado entre una ciudad mítica
(Troya) y otra largo tiempo anhelada y no conseguida.
Las ciudades antiguas eran ciudades terrenas, construi-
das según modelos de ajuste al universo, tal y como entonces
se conocía: trataban de conjugar el plan ideal con la realidad
social y para lograrlo se inspiraban en el supuesto orden ma-
terial de la naturaleza. Y en la perfección de ciertas formas,
como el cuadrado (para las ciudades tiradas a cordel) o el
círculo, para aquellas ciudades construidas en forma radial.
Todo eso se rompe y termina con la irrupción de la religión
semita que fue el cristianismo, de raíz hebrea. La civilización
judía, si es algo, es una civilización antinatural, vuelta a la di-
vinidad exclusivamente, perfectamente abstracta e inexistente
en tanto tal divinidad en el mundo orgánico y por lo tanto en-
tregada, en el mejor de los casos, a la contemplación de sus
libros sagrados en un eterno desciframiento de los textos. Pero
ni les interesa el mundo exterior, material, ni aceptan las leyes
naturales, a las que prefieren e imponen las convencionales
de su visión tribal y genérica. Esto lo hereda el cristianismo.
El resultado es que su visión de la ciudad será muy distinta a
la de la Antigüedad: en lugar de representar la armonía entre
el orden natural y el social (macro y mesocosmos), la ciudad
será, en el mejor de los casos, lugar apenas de tránsito hacia la
vida ultraterrena y, en el peor, lugar de confrontación entre las
fuerzas del mal y las del bien.

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La obra característica de esta nueva concepción se deno-
mina precisamente Civitas Dei. La escribe Agustín de Hipona
en veintidós libros, justo inmediatamente después de la caí-
da de Roma a manos de Alarico. Así, la Ciudad de Dios es el
intento de refutar el paganismo, de justificar el cristianismo
(acusado entonces de haber sido el culpable de la pérdida de
Roma, ciudad sagrada) y de fundar una nueva visión de la
historia.
San Agustín concibe la ciudad de Dios habitada por dos
clanes complementarios, el de los ángeles y el de los hombres,
pues dirá, “formamos con los ángeles una sola ciudad”. El clan
de los ángeles tiene por misión atraer a los hombres entrega-
dos a la vida mundanal y el de los hombres, el de estar desga-
rrados entre esas dos tendencias, angélica y terrenal. Por eso,
en la ciudad agustiniana de Dios coexisten la ciudad terrestre
y la celeste (un adelanto de lo que parece que sucederá en
Hong Kong en 1997) y ambos órdenes también coexisten en el
mundo y aun en el corazón mismo de los humanos.
Dos amores –dirá San Agustín– han levantado dos ciuda-
des: el amor de Dios, llevado hasta el autodesprecio, ha servi-
do para levantar la ciudad celestial, pero el amor a sí mismo,
llevado hasta el desprecio de Dios, ha levantado esta ciudad
terrestre.
No deja de ser curioso que San Agustín, en su afán de
inspirarse en fuentes hebreas (a fin de evitar las griegas), se
remonte, entre los fundadores de la ciudad, a la pareja tradi-
cional Caín-Abel. Caín funda la ciudad y tal fue su crimen a
los ojos de Dios, pues pensó, y ese fue su error, que con ello iba
a construir una morada permanente para él y los suyos. Por
el contrario, insistirá la exégesis agustiniana, Abel obró recta-
mente en su nomadismo, pues tomó a este mundo como algo
pasajero y se vio en él como un extraño: sabe que su verdade-
ra morada está en el Cielo y que lo de aquí es apenas un pere-
grinaje en espera del fin de los tiempos. Por lo mismo, hasta la
consumación de los siglos, la Ciudad de Dios está exiliada en
la tierra y no realizada o imperfectamente lograda. Es una ciu-
dad en consecuencia sin reglas internas fijas, salvo la muy ge-
neral de ajustar la conducta de sus moradores a los preceptos
divinos. Es la visión opuesta al mundo griego, antiurbanista,

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racional y legalista. Por eso, San Agustín no distinguirá clases
sociales, sino actitudes personales: contemplación, acción o la
mezcla de ambas en una vida mixta y confusa.
Este desprecio por las ciudades del hombre, por las
obras que forman la ciudad, es característico del cristianismo
y alcanza su expresión terrible y caricaturesca en la Floren-
cia de Savonarola, donde se formaban grandes hogueras para
quemar las obras de arte, “montones de basura” a los ojos
del monje purificador. No fue ciertamente la única muestra de
intransigencia antiurbanística: el saqueo de Roma, por parte
de los ejércitos imperiales, y antes, la destrucción de Medina
Azahara, llevada a cabo por los fanáticos e intransigentes al-
morávides.
A consecuencia de esa visión negadora y pesimista de la
vida material en la tierra y del papel de las ciudades como lu-
gares estables y definitivos, los pensadores formados en el res-
coldo de la tradición cristiana terminan por escaparse de la vi-
sión negativa mediante el recurso tangencial de las sociedades
imaginarias que los llevan en consecuencia a la formulación
de otras ciudades ideales. De ahí nacen las diferentes utopías,
que van de Moro a Proudhon y aun hasta el marxismo, tratan-
do de solucionar la antinomia creada por la ruptura entre el
orden natural y el humano.
No hay que ver en esa antinomia, sin embargo, una ex-
clusiva del cristianismo ni pensar tampoco que el mundo an-
tiguo disfrutaba de una unidad y armonía cosmológicas. Lo
que sucede es que, por un lado, la Antigüedad nunca sintió
la separación de la naturaleza como un castigo, impuesto a
consecuencia del pecado, sino que aceptó la integración en
el orden natural y, por otro, buscó la unidad entre ambos ór-
denes a través de referencias míticas, esto es, tendiendo a un
pasado idealizado. Básicamente tal es la diferencia cultural
subyacente entre mundo antiguo y modernidad cristiana: el
sentido del mundo antiguo estaba dirigido al pasado, mientras
que la flecha de la visión judeocristiana apunta a un futuro
siempre abierto e indeterminado. Por eso, las ciudades idea-
les antiguas se erigieron con la mirada hacia atrás, teniendo
presente algún modelo de una perdida edad dorada, mientras
que las ciudades ideales modernas van a apuntar al futuro,

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que puede ser tan monstruoso y ominoso como el de la Metró-
polis de Fritz Lang. En ausencia de ese futuro, apuntarán a un
espacio indeterminado o inexistente: son o acronías o utopías
urbanas.
En el orden histórico, hay que hacer justicia a Rabelais,
pues fue él quien en su Gargantúa presenta una ciudad ideal,
Telema, a donde va a parar Pantagruel tras su largo peregri-
nar. Se trata de una extraña abadía, sin muros ni reglas, o me-
jor dicho, con una sola regla: la de que en ella cada quien haga
lo que quiera hacer, antecedente local del “prohibido prohibir”
de 1968. Pero tradicionalmente el gran modelo de ciudad ideal
utópica es el que se encuentra en la obra de Tomás Moro, Uto-
pía, en donde se describe una ciudad perfecta, sin que deje de
ser sorprendente (y bien cristiano, por lo demás) que sea des-
crita siempre mediante atribuciones negativas: ciudad que se
caracteriza por lo que no es, en vez de por lo que es o debería
ser. Así, en la isla de Utopía, la capital se denomina Amauro-
ta, que por sus referencias etimológicas designa a una ciudad
neblinosa o cubierta de niebla. Está situada junto al río Anhi-
dros o, lo que es igual, sin agua, y se encuentra gobernada por
Ademos, que es tanto como decir príncipe sin pueblo. El país
lo habitan unos seres llamados Alaopolitas, esto es, ciudada-
nos de una ciudad sin ciudad, que a su vez son vecinos de los
Ajorianos, hombres sin país.
La isla tiene cincuenta y cuatro ciudades (justamente el
mismo número de condados en que para entonces, mediado
el siglo XV, se encontraba dividida Inglaterra) y estaba aislada
perfecta y voluntariamente, pues el único itsmo que la unía
a tierra firme había sido destruido deliberadamente por sus
pobladores. En Utopía nadie estaba ocioso: todos trabajaban
seis horas diarias y todos descansaban obligatoriamente ocho
horas; después de comer, tenían una hora dedicada a la re-
creación, que podía ser música o juegos, tales como el ajedrez.
Un solo vestido de lana y otro de lino blanco les bastaban a sus
habitantes cada dos años. Estaban obligados y acostumbrados
a comer en comunidad, hombres frente a mujeres. El oro no
era metal precioso, sino vil, ya que sólo servía para encadenar
a los esclavos o a quienes había que castigar por algo que hi-
cieran. Sólo discutían un eterno problema: en qué consiste la

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humana felicidad. Ellas debían casarse a los 18 y ellos a los
22, en un matrimonio perfectamente fiel, pues el adulterio era
fuertemente castigado: la primera vez con la esclavitud y con
la muerte la reincidencia. Utopía no era la ciudad terrestre
en busca de la celestial o divina, sino pura y prosaicamente
terrestre. Tanto lo era que el Estado no lo manejaban los mili-
tares, sino los comerciantes, quienes en su condición de tales
estaban autorizados a ejercer con otros estados el poder de la
corrupción, pues bien puede corromper quien no es corrupto.
Como puede apreciarse, los cristianos escapan al yugo
asfixiante del agustinismo abeliano, pero lo hacen al precio de
situar su ideal de ciudad en ningún lugar. Justamente uno de
los imitadores de Moro llamó luego a su oferta de ciudad ideal
“Noland”.
Otra de esas ofertas, consagrada en la historia de las
utopías, es la Ciudad del Sol del calabrés Tommaso di Campa-
nella. La comenzó a escribir en la cárcel de Nápoles, a donde
lo llevó su actividad de sacerdote conspirador contra el poder
español de la región. La publicó en Francfort, en 1623.
Se habla de una ciudad lejanísima, escondida en el inte-
rior de la selva de Tapróbana (Ceylán, Sri Lanka). La ciudad
está construida en una colina formada por siete círculos con-
céntricos, correspondientes a los siete planetas. En la cima
o círculo superior, hay una gran terraza y magnífico templo
cuya cúpula representa el firmamento y de la que cuelgan siete
lámparas eternamente encendidas. El soberano es un sacer-
dote llamado “El Metafísico”, asistido de tres dignatarios, Pon,
Sin y Mor, respectivamente, Fuerza, Sabiduría y Amor. Fuerza
se encarga del ejército y la defensa. Sin, sabiduría, de las artes
y las ciencias aplicadas, y Amor, de las relaciones sexuales,
la educación, la agricultura, el abastecimiento y la medicina.
Rige un sistema económico totalmente comunista, en bienes y
personas. El trabajo es obligatorio y sólo se emplean en lo que
cada uno quiere, pero no puede haber ociosos, ya que Cam-
panella estaba indignado con que tan sólo en Nápoles más de
la mitad de sus habitantes no dieran golpe. Trabajan cuatro
horas diarias y la sociedad se organiza según agrupaciones
numéricas, en decurias, centurias y cuarteles. Pocas y claras
leyes. La religión, simple y natural. Es una ciudad que refleja

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la visión dualista del mundo y el hombre, pues a las tres virtu-
des (fuerza, sabiduría, amor) les corresponden tres vicios com-
plementarios (impotencia, ignorancia, odio) y todo el arte de El
Metafísico es hacer que predominen aquellas sobre éstas.
Hacia la misma época, Francis Bacon escribe La Nueva
Atlántida, que es una glorificación tecnológica de la ciencia. Se
pinta también una isla, la de Bensalem, única sobreviviente
del desastre de la Atlántida. En ella, las costumbres descritas
son muy parecidas a las de las anteriores utopías, con una
novedad. Existe una Casa de Salomón, que forma una orden
semisecreta de sabios y que es en realidad un instituto cien-
tífico dedicado a promover los avances más revolucionarios
para bien de la sociedad. Se cumple así el sueño de Bacon de
una ciencia liberada del yugo aristotélico.
En esa civilización científica, los sabios producirán nue-
vas especies vegetales y animales, lograrán acelerar la pro-
ducción agrícola, producirán conservas de alimentos, volarán
por los aires y navegarán bajo las aguas. Todo gracias a la
observación combinada con la experimentación. Forman una
sociedad cerrada en la que han jurado no divulgar los conoci-
mientos logrados.
En esta revisión de diversas utopías, podría seguirse has-
ta llegar al repaso más prosaico de los falansterios de Fourier,
los talleres de Babeuf o las cooperativas autogestionadas de
Proudhon. Pero al proceder así se perdería de vista una nota
diferenciadora esencial. Y es que hasta el siglo XIX todas las
visiones de ciudades ideales no pasaban de ser proyecciones
imaginarias, mientras que justamente es en el XIX cuando el
hombre comienza a querer pasar a la realización plena de sus
ideales, desde los experimentos de Proudhon hasta los kibbu-
tzim israelíes, pasando por las distintas sociedades marxistas,
ya en pleno siglo XX.
Lo que ha sucedido entre tanto es que la realización de
los planes ideales de las grandes ciudades racionalmente or-
ganizadas había tenido una plasmación en América.
Ante todo, el imperio inca de Tahuantinsuyo, que quería
decir justamente “las cuatro partes del mundo”, y cuya capital
tenía que ser Cuzco, pues “cuzco” en lengua imperial, única
admitida, el quéchua, quería decir “ombligo”. Allí, el legen-

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dario inca Yupanqui, llamado también Pachakutek, esto es,
“reformador del mundo”, organiza el primer estado totalitario
históricamente conocido, en el cual la población estaba nu-
mérica y rígidamente distribuida, el trabajo era obligatorio, la
economía absolutamente estatizada, la distribución de bienes
practicada según las necesidades familiares y dominaba una
austeridad con total ausencia de lujos, pues el oro se emplea-
ba para fines constructivos o utilitarios.
Y no fue el único: los distintos sacerdotes de la Conquis-
ta intentaron establecer ciudades ideales: casos de Vasco de
Quiroga en México o de los jesuitas en el Paraguay. De todos
los intentos, los más famosos fueron las “reducciones” para-
guayas, que llegaron, a partir de 1607, a treinta y cuatro. Eran
aglomeraciones de urbanismo geométrico fijo, formadas por
cinco mil habitantes, salvo la capital, Yapahu, que tenía diez
mil. En el centro, estaba siempre la iglesia, la escuela, el alo-
jamiento de los sacerdotes, la casa de los niños y las viudas
y los almacenes. Las viviendas eran entregadas al casarse y
devueltas a la comunidad al fallecer. Había un concejo munici-
pal, formado por diez a treinta miembros elegidos anualmente
de entre una lista aprobada previamente por los jesuitas. Se
practicaba un comunismo integral de bienes y servicios. Con
jornadas de trabajo de seis horas, extensibles excepcional-
mente a ocho; cuatro días dedicados a labores de la comuni-
dad, dos dedicados a las culturas propias, y uno, el domingo,
de obligatorio descanso. Las reducciones fueron disueltas en
1768 por Carlos III. Voltaire las había calificado de “triunfo de
la humanidad”.
En toda visión ideal de una ciudad moderna, subsiste
la semilla del dualismo cristiano, la separación agónica entre
Bien y Mal, entre Ser y Nada, entre Tinieblas y Luz. Está cla-
rísimo en San Agustín, que no en balde fue durante muchos
años maniqueo. Pero se encuentra también en Campanella, en
el sólo título de su obra: si hay una “ciudad del Sol” es porque
en algún lugar debe o puede existir una “ciudad de la Luna”,
complementaria y negadora de aquélla. Y se registra en efec-
to en el juego ideal de las imaginaciones urbanísticas de los
hombres, pues a las utopías les han correspondido antiuto-
pías o distopías.

18
El primero de los antiutópicos es Swift, con sus inquie-
tantes y satíricos Viajes de Gulliver. Recuérdese el viaje a Ba-
linarbi, donde se encontraba aquella isla volante de eufónico
nombre, Laputa, paraíso de la arbitrariedad tecnológica y de
paso crítica apenas velada a las ensoñaciones optimistas de
Bacon. Todos los laputenses son a la fuerza bizcos, pues con
un ojo miran a su interior y con el otro permanentemente al
cielo (símbolo más que elocuente del drama dualista de toda
utopía cristiana). El rey se ocupa tan sólo de problemas de
alta matemática y por lo mismo descuida el bienestar de sus
súbditos. Hay en Lagado una Academia de Planificación tan
ingeniosa como inútil que sólo ha logrado aumentar el número
de tierras improductivas, de las casas en ruinas y de las multi-
tudes vagando totalmente hambreadas. Por inventar, trataron
de inventar la supresión del lenguaje, con aquel ridículo re-
curso de hablar a través de las mismas cosas.
En sus numerosos viajes, Gulliver sólo encuentra la sa-
biduría entre los Huyhnmhms, aquellos caballos inteligentes
que han domesticado a los salvajes Yahoos. Pero por ser inte-
ligentes y buenos no hacen ley alguna ni construyen ninguna
ciudad.
Swift es el remoto antecesor de las grandes distopías de
este siglo: Huxley, Zamyatin, Orwell.

***

Inútil enfatizar que no se vive precisamente en una épo-


ca de racionalidad clásica ni en la de utopía alguna realiza-
da o por realizar. Por el contrario, se vive más bien en plena
distopía. Al punto de que prácticamente a todas las ciudades
contemporáneas se les puede aplicar aquella definición que
una vez alguien diera de Los Ángeles: “diecisiete suburbios en
busca de una ciudad”.
Pero ello no es obstáculo para que siga siendo válida la
tesis central, a saber: detrás de toda ciudad hay siempre una
idea, que puede ser tan perfecta y terminada como las de Hi-
podamos de Mileto o el Cuzco de Yupanqui, o tan débil y alegó-
rica como un simple calificativo: Ciudad Prohibida, en Pekín,
Ciudad Luz, Ciudad Eterna, Ciudad Santa.

19
***

Para finalizar, tres imágenes de ciudades, tomadas de


autores muy diferentes y separados culturalmente: Maimóni-
des, Baudelaire y Wittgenstein.
En la Guía de los perplejos, al final de la Tercera Parte,
Maimónides trata una parábola:

Hallábase el rey en su palacio y sus súbditos, unos en la ciudad


y otros, fuera de ella. De los que estaban en la ciudad, unos
volvían la espalda a la mansión regia, circulando de un sitio
para otro; los otros se volvían hacia la morada del monarca y
marchaban hacia ella con intención de penetrar y presentarse
ante él, pero sin percatarse hasta entonces del muro del pala-
cio. De entre esos que acudían, unos llegados hasta el alcázar,
daban vueltas en busca de la entrada; otros, ya dentro, se pa-
seaban por los vestíbulos y algunos en fin habían conseguido
introducirse en el patio interior del palacio, hasta llegar al lugar
en donde se encontraba el rey, es decir la mansión misma de
éste. Los cuales, sin embargo, aun llegados hasta allí, no po-
dían ni ver ni hablar al soberano, viéndose precisados todavía
a efectuar otras gestiones indispensables y sólo entonces logra-
ban comparecer delante de Su Majestad, verle a distancia o de
cerca, oír su palabra o hablarle. Paso ahora a explicarte esta
parábola que se me ha ocurrido.
Aquellos que se hallaban fuera de la ciudad son los que no tie-
nen ninguna creencia religiosa ni especulativa ni tradicional...
Deben ser considerados como animales irracionales; no los si-
túo en la categoría de hombres, dado que ocupan entre los se-
res rango inferior al del hombre, aunque superior al del mono...
Los que estaban en la ciudad y volvían la espalda a la mansión
del soberano son aquellos que tienen una opinión y piensan,
pero han concebido ideas contrarias a la verdad, ya sea como
consecuencia de algún grave error que les ha sobrevenido en su
especulación, ya por haber seguido a los incursos en él. Estos,
como resultado de sus opiniones, según van andando, se alejan
cada vez más de la morada regia; son peores que los primeros
y hay momentos en que hasta se impone la necesidad de darles

20
muerte y borrar las huellas de sus opiniones, para evitar extra-
víen a los demás....

Baudelaire escribe hacia 1850, en Les sept vieillards:

Fourmillante cité, cité pleine de rêves


Ou le spectre en plein jour raccroche le passant
Les mysteres partout coulent comme des seves
Dans les canaux étroite du colosse puissant.

Y Wittgenstein, en los años cuarenta, compara la ciudad


con el lenguaje, en Logische Untersuchungen: Comienza con
una pregunta:

Und mit wieviel Häusern oder Strassen, fängt eine Stadt an,
Stadt zu sein?

Y sigue:

Unsere Sprache kann man ansehen als eine alte Stadt: ein
Gewinkel von Gässchen ud Plätzen, altend und neuen Häusern,
und Häusern mit Zubeuten aus verschiedenen Zeiten; und dies
umgeben von einer Menge neuer Vororte mit geraden und regel-
mässigen Strassen und mit einförmigen Häusern.

21
Mediaciones urbanas y nuevos escenarios
de comunicación
Jesús Martín-Barbero
(1994)

Contrariamente a una concepción de la


ciudad formada por individuos libres que
tienen relaciones racionales, las megaló-
polis contemporáneas suscitan una mul-
tiplicidad de pequeños enclaves fundados
en la interdependencia y heteronomía del
tribalismo. El objeto ciudad es una suce-
sión de territorios en los que la gente, de
manera más o menos efímera arraiga, se
repliega, busca cobijo y seguridad.
Michel Maffesoli

¿Cómo describir desde la antropología la


ciudad diseminada? ¿Nos retraeremos en
la ilusoria autonomía de los barrios, en el
repliegue atomizado de las multitudes en
los hogares, en los intentos de preservar
miniterritorios exclusivos de los jóvenes.
O buscaremos entender también las nue-
vas formas de identidad que se organizan
en nuevas redes inmateriales, en los lazos
difusos del comercio y los ritos ligados a
la comunicación transnacional?
Néstor García Canclini

Esta es la apuesta: pensar la ciudad y sus culturas desde


la comunicación, entendida como los nuevos modos de “estar
juntos”. Nuevos en la medida en que, hasta no hace muchos
años, el mapa cultural de nuestros países era el de miles de

23
comunidades culturalmente homogéneas, fuertemente homo-
géneas pero aisladas, dispersas, casi incomunicadas entre sí y
muy débilmente vinculadas a la nación. Hoy el mapa es otro.
Como la mayoría de América Latina, Colombia vive un despla-
zamiento del peso poblacional del campo a la ciudad que no
es meramente cuantitativo sino el indicio de la aparición de
una trama cultural urbana heterogénea, esto es, formada por
una enorme diversidad de formas y de prácticas, de estilos de
vivir, de estructuras del sentir, de modos de narrar, pero muy
fuerte y densamente comunicada. Una trama cultural que de-
safía nuestras nociones de cultura y de ciudad, los marcos de
referencia y comprensión forjados sobre la base de identidades
nítidas, de arraigos fuertes y deslindes claros. Pues, nuestras
ciudades son hoy el opaco y ambiguo escenario de algo no re-
presentable ni desde la diferencia excluyente y excluida de lo autóc-
tono ni desde la inclusión uniformante y disolvente de lo moderno.
Ahí adquieren su peso y su relieve las actuales imbrica-
ciones entre cultura y comunicación, su remitir no sólo a los
efectos de los medios y sus innovaciones tecnológicas, sino a
las nuevas formas de sociabilidad con las que la gente enfrenta
la heterogeneidad simbólica y la inabarcabilidad de la ciudad,
y cuya expresión más cierta está en los cambios que atravie-
san los modos de experimentar la pertenencia al territorio y
las formas de vivir la identidad. Cambios que se hallan si no
determinados al menos fuertemente asociados a las transfor-
maciones tecnoperceptivas de la comunicación, al movimiento
de desterritorialización e internacionalización de los mundos
simbólicos y al desplazamiento de fronteras entre las cultu-
ras moderna/tradicional, culta/popular, letrada/audiovisual,
local/global.

Del paradigma a la experiencia

Lo que durante años fue sólo un “modelo teórico” de co-


municación hoy es parte constitutiva de la estructura urbana.
Se trata del paradigma informacional1 desde que está sien-

1.  Los textos inaugurales de ese paradigma: C.E. Shannon y W. Weaver. Teo-

24
do “ordenado” el caos urbano por los planificadores. Pensada
como transporte de información por ingenieros de teléfonos
(C. Shannon) y como regulación automatizada de la conexión
entre máquinas (N. Wiener), la comunicación que hegemoniza
hoy la planificación de las ciudades es la del flujo: de vehícu-
los, personas e informaciones. Todo ligado a una sola matriz a
la vez teórica y operativa: la circulación constante, que es a un
mismo tiempo tráfico ininterrumpido e interconexión transpa-
rente. El caos urbano tendrá entonces su máxima expresión
no en el desconcierto y los miedos de sus habitantes perdidos
en la enormidad de las distancias o en el tráfago de las aveni-
das sino en el “atasco vehicular”. La verdadera preocupación
de los urbanistas ya no será que los ciudadanos se encuentren
sino todo lo contrario: ¡que circulen! Ello justificará que se
acaben las plazas, se enderecen los recobecos y se amplíen y
conecten las avenidas. Lo que ahí se pierda es todo ganancia
desde el punto de vista del flujo. Así deviene la ciudad en me-
táfora de la sociedad toda convertida en “sociedad de la infor-
mación”.
¿En qué maneras experimenta el ciudadano la transfor-
mación radical que, bajo el paradigma del flujo, viven nuestras
ciudades, sus formas de habitarla, padecerla y resistirla? Es-
quemáticamente decribiremos tres: la des-espacialización, el
des-centramiento y la des-urbanización.
Des-espacialización significa en primer lugar que el espa-
cio urbano no cuenta sino en cuanto valor asociado al precio
del suelo y a su inscripción en los movimientos del flujo vehi-
cular: “es la transformación de los lugares en espacio de flujos
y canales, lo que equivale a una producción y un consumo sin
localización alguna”2. La materialidad histórica de la ciudad en
su conjunto sufre así una fuerte devaluación: su “cuerpo-es-
pacio” pierde peso en función del nuevo valor que adquiere su

ría matemática de la comunicación, University of Illinois Press, 1949, traduc.


Forja, Madrid, 1981; N. Wiener, Cibernética y sociedad, MIT Press Cambridge,
Mass., 1948, traduc. Sudamericana, Buenos Aires, 1969.
2.  M. Castells, La ciudad y las masas, Alianza, Madrid, 1983; y del mismo
autor, “El nuevo entorno tecnológico de la vida cotidiana”, en El desafío tecno-
lógico, Alianza, Madrid, 1986.

25
tiempo, “el régimen general de la velocidad”3. No es difícil ver
aquí la conexión que enlaza esa descorporización de la ciudad
con el cada día más denso flujo de las imágenes devaluando,
empobreciendo y hasta sustituyendo el intercambio de expe-
riencias entre las gentes. Constatándolo como una mutación
cultural de largo alcance, G. Vattimo4 asocia esa fabulación al
“debilitamiento de lo real” en la experiencia cotidiana de des-
arraigo del hombre urbano ante la hostigante y permanente
mediación y entrecruce de informaciones y de imágenes. Pero
el desarraigo ciudadano remite, por debajo de ese bosque de
imágenes, a otra cara de la des-espacialización: a la borradu-
ra de la memoria que produce una urbanización racionaliza-
damente salvaje. El flujo tecnológico convertido en coartada
de otros más interesados flujos devalúa la memoria cultural
hasta justificar su arrasamiento. Y sin referentes a los que
asir su reconocimiento los ciudadanos sienten una inseguri-
dad mucho más honda que la que viene de la agresión directa
de los delincuentes, una inseguridad que es angustia cultural
y pauperización psíquica, la fuente más secreta y cierta de la
agresividad de todos.
Con des-centramiento de la ciudad señalamos no la tan
manoseada des-centralización sino la “pérdida de centro”.
Pues no se trata sólo de la degradación sufrida por los centros
históricos y su recuperación “para turistas” (o bohemios, inte-
lectuales, etc.) sino de la propuesta de una ciudad configurada
a partir de circuitos conectados en redes cuya topología su-
pone la equivalencia de todos los lugares. O mejor, la supre-
sión o desvalorización de aquellos lugares que hacían función
de centro, como las plazas. El des-centramiento que estamos
describiendo apunta justamente a un ordenamiento que privi-
legia las calles, las avenidas, en su capacidad de operativizar
enlaces, conexiones del flujo versus la intensidad del encuen-
tro y la aglomeración de muchedumbres que posibilitaba la
plaza. La única centralidad que admite la ciudad hoy es sub-

3.  P. Virilio, La máquina de visión, Cátedra, Madrid, 1989; del mismo autor,
Estética de la desaparición, Anagrama,Barcelona, 1988; también los artículos:
“El último vehículo”, en Videoculturas fin de siglo, Cátedra, Madrid, 1989;
Velocidad Lentitud, en “Cuadernos del Norte” Nº 57, Oviedo, 1990.
4.  G. Vattimo, La sociedad transparente, Paidós, Barcelona, 1990.

26
terránea en el sentido que le da M. Maffesoli5 y que remite sin
duda a la multiplicación de los dispositivos de enlace del poder
tematizada por Focault6. Nos quedan, ahora en plural y en
sentido “desfigurado”, los centros comerciales reordenando el
sentido del encuentro entre las gentes, esto es funcionalizán-
dolo al espectáculo arquitectónico y escenográfico del comer-
cio y concentrando desespecializadamente las actividades que
la ciudad moderna separó: el trabajo y el ocio, el comercio y la
religión, las modas elitistas y las magias populares.
Des-urbanización indica una dinámica que ha sido seña-
lada especialmente por García Canclini7 y se refiere a la reduc-
ción progresiva de la ciudad que es realmente usada por los
ciudadanos. El tamaño y la fragmentación conducen al desu-
so, por parte de la mayoría no sólo del centro, sino de espacios
públicos cargados de significación durante mucho tiempo. La
ciudad vivida y gozada por los ciudadanos se estrecha, pierde
sus usos. Las gentes también trazan sus circuitos, que atra-
viesan la ciudad sólo obligados por las rutas del tráfico, y la
bordean cuando pueden en un uso funcional también. Habría
sin embargo otro sentido para el proceso de desurbanización
que quisiera dejar sólo señalado: el de la ruralización de nues-
tras ciudades. A medio hacer como la urbanización física, la
cultura de la mayoría que les habita se halla también a medio
camino entre la cultura rural en que nacieron –ellos, sus pa-
dres o al menos sus abuelos– pero que ya está rota por las exi-
gencias que impone la ciudad, y los modos de vida plenamente
urbanos. El aumento brutal de la presión migratoria en los úl-
timos años y la incapacidad de los gobiernos municipales para
frenar que siguiera el deterioro de las condiciones de vida de
la mayoría, está haciendo emerger una “cultura del rebusque”
que devuelve vigencia a “viejas” formas de supervivencia rural
que vienen a insertar, en los aprendizajes y apropiaciones de

5.  M. Maffesoli, “La hipótesis de la centralidad subterránea”, en Diálogos de


la Comunicación Nº 23, Lima, 1989; “Identidad e identificación en las socieda-
des contemporáneas”, en El sujeto europeo, Ed. Pablo Iglesias, Madrid, 1990.
6.  M. Focault, Un diálogo sobre el poder, Alianza, Madrid, 1981.
7.  N. García Canclini y M. Piccini, “Culturas de la ciudad de México: símbolos
colectivos y usos del espacio urbano”, en El consumo cultural en México, CO-
NACULTA; México, 1993.

27
la modernidad urbana, saberes y relatos, sentires y temporali-
dades fuertemente rurales8.

El lugar y el nosotros: modos de pertenencia e identidad

¿Podemos seguir hablando hoy de Medellín, de Bogotá o


de Cali como de una ciudad? Más allá de la folclorizada retó-
rica de los políticos, y la nostalgia de los periodistas “locales”
que nos recuerdan cotidianamente las costumbres y los luga-
res “propios”: ¿qué comparten verdaderamente las gentes de
los casi rurales barrios de Aguablanca con los del viejo centro
o San Fernando, o con los de las nuevas clases medias de Te-
quendama y con los viejos y nuevos ricos de Ciudad Jardín en
Cali? ¿Serán el club de fútbol América y la música salsa? En la
ciudad estallada y descentrada ¿qué convoca hoy a las gentes
a juntarse, qué referentes les hace sentirse juntos? ¿Qué ima-
ginarios hacen de aglutinante y en qué se apoyan los reconoci-
mientos? Es obvio que los diversos sectores sociales no sienten
la ciudad desde las mismas referencias materiales y simbóli-
cas. Pero nos referimos a otro plano: a la heterogeneidad de
referentes identificatorios que propone y a la precariedad de los
modos de arraigo y pertenencia que la propia ciudad produce.
El debate sobre la identidad urbana nos conduce así necesa-
riamente al análisis de las nuevas formas de socialidad, esto es
a los diversos modos de comunicar y de habitar que la ciudad
hace hoy posibles e imposibles. Para lo cual me voy a apoyar en
algunos trabajos que proponen modos diversos de superar la
razón dualista desde la que tenazmente seguimos pensando la
cuestión de la identidad, sea étnica, local o nacional.
El historiador José Luis Romero9 fue el primero en asu-
mir la masificación de las ciudades latinoamericanas en su

8.  A ese propósito ver: C. Monsivais, “La cultura popular en el ámbito urba-
no”, en Comunicación y culturas populares en Latinoamérica, Felafacs/G. Gili,
México, 1987; también en la obra Aramus (Comp.), Mundo urbano y cultura
popular, Sudamericana, Buenos Aires, 1990.
9.  José Luis Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Siglo XXI, Méxi-
co, 1976; ver del mismo autor: Las ideologías de la cultura nacional, CEDAL,
Buenos Aires, 1982.

28
especificidad antropológica, esto es como modificación estruc-
tural de las formas de socialidad, como desarticulación de las
formas tradicionales de participación y representación:

Hubo una especie de explosión de gente, en la que no se podía


medir cuánto era mayor el número y cuánto era mayor la de-
cisión para conseguir que se contara con ellos y se los oyera.
Eran las ciudades que empezaban a masificarse. En rigor esa
masa no tenía un sistema coherente de actitudes ni un con-
junto armonioso de normas. Cada grupo tenía las suyas. La
sociedad no poseía ya un estilo de vida sino muchos modos de
vida sin estilo.

La masa, marginal durante mucho tiempo, invadía el


centro de la ciudad y lo resignificaba imponiendo la ruptura
ostensible de las formas de “urbanidad”. Con su sola presen-
cia la masa implicaba un desafío radical al orden de las exclu-
siones y los privilegios pues su deseo más secreto era acceder
a los bienes que representaba la ciudad. Y al mismo tiempo
masa significaba también la aparición del “folclor aluvial”, la
moderna cultura urbana, la del tango y el fútbol, hecha de
mestizajes e impurezas, de patetismo popular y arribismo bur-
gués. Salida del suburbio, la masa le da forma al estallido de
la ciudad. Romero avizoró certeramente lo que la masificación
urbana contiene de fragmentación cultural y social.
En los últimos años, M. Maffesoli10 ha retomado la, so-
ciológicamente desprestigiada, noción de masa para pensar
justamente el correlato estructural del estallido y la reconfi-
guración de la socialidad en tribus. Comprender qué sostiene
unida la ciudad hoy exige plantearse la dinámica que opone y
liga las tribus a la masa. Esto es la lógica secreta que entre-
laza la homogenización inevitable (de la vivienda, del vestido,
de la comida) a la diferenciación indispensable de los grupos.
La crisis de las instituciones que configuraron la ligazón de la
sociedad –tanto en la producción como en la representación–
hace emerger un nuevo tipo de tejido social cuyos aglutinantes

10.  M. Maffesoli, El tiempo de las tribus: El declive del individualismo en la


sociedad de masas, Icaria, Barcelona, 1990.

29
no son ni un territorio fijo ni un consenso racional y duradero.
Lo que convoca y relega a las tribus urbanas es más de orden
del género y la edad, de los repertorios estéticos y los gustos
sexuales, de los estilos de vida y las vivencias religiosas. Basa-
das en implicaciones emocionales, en compromisos precarios
y en localizaciones sucesivas, las tribus se entrelazan en re-
des que van del feminismo a la ecología, pasando por bandas
juveniles, sectas orientales, agrupaciones deportivas, clubes
de lectores, fans de cantantes o asociaciones de televidentes.
Creadoras de sus propias matrices comunicacionales, las tri-
bus urbanas marcan de forma identitaria tanto las temporali-
dades (sus ritmos de agregación, sus cadencias de encuentro)
como los trayectos con que demarcan los espacios. No es el lu-
gar en todo caso el que congrega sino la intensidad de sentido
depositada por el grupo, y sus rituales, lo que convierte una
esquina, una plaza, un descampado o una discoteca en “terri-
torio propio”. La otra seña de identidad de las nuevas tribus
es la amalgama de referentes locales con sensibilidades deste-
rritorializadas, “pertenecientes” a una cultura-mundo, que re-
plantea las fronteras de lo nacional no desde fuera, no bajo la
figura de la invasión, sino de adentro: en la lenta erosión que
saca a flote la arbitraria artificiosidad de unas demarcaciones
que han ido perdiendo su capacidad de hacernos sentir juntos.
Exploración de esas pistas pueden encontrarse en las inves-
tigaciones del equipo de Margulis sobre las tribus de la noche
en Buenos Aires11, de Rossana Reguillo sobre las bandas en
Guadalajara12, de Hugo Assman sobre la Iglesia electrónica en
Brasil13, de A. de Garay sobre los territorios del rock en Ciudad
de México14 o aquí más cerca de A. Salazar sobre la cultura de
las bandas en las comunas nororientales de Medellín15.

11.  M. Margulis, La cultura de la noche: la vida nocturna de los jóvenes en


Buenos Aires, Espasa Hoy, Buenos Aires, 1994.
12.  R. Reguillo, En la calle otra vez. Las Bandas: identidad urbana y usos de
la comunicación, Iteso, Guadalajara, 1991.
13.  H. Assmann, La iglesia electrónica y su impacto en Latinoamérica, DEI,
Costa Rica, 1988.
14.  A. de Garay, El rock también es cultura, Universidad Iberoamericana,
México, 1993; A. de Garay y otros, Simpatía por el rock: industria, cultura y
sociedad, UAM-Azcapozalco, México, 1993.
15.  A. Salazar, No nacimos pa’ semilla. La cultura de las bandas juveniles de

30
Mirada desde la heterogeneidad de las tribus, la ciudad
nos descubre la radicalidad de las transformaciones que atra-
viesa el nosotros. Ahora proponemos mirar del otro lado: des-
de las mutaciones que afectan al sentido del lugar. M. Augé ha
propuesto la denominación de no lugar16 para nombrar esos
espacios que como el aeropuerto, el supermercado o la au-
topista son la emergencia de un nuevo modo de habitar. En
abierta ruptura con el “lugar antropológico” –que es el terri-
torio cargado de historia, denso de señas de identidad acu-
muladas por generaciones en un proceso lento y largo: el viejo
pueblo, el barrio, la plaza, el atrio, el bar– el no lugar es el
espacio en que los individuos son “liberados” de toda carga de
identidad interpeladora y exigidos únicamente de interacción
con textos. Es lo que vive el comprador en el supermercado o
el pasajero en el aeropuerto donde el texto informativo o pu-
blicitario lo va guiando de una punta a la otra sin necesidad
de intercambiar una sola palabra durante horas. Comparan-
do las prácticas de comunicación en un Carulla con las de
la plaza de Paloquemao en Bogotá –en la que fue mi primera
investigación sobre comunicación– constatamos, hace ya vein-
te años, la sustitución de la interacción comunicativa por la
textualidad informativa:

Vender o comprar en la plaza de mercado es enredarse en una


relación que exige hablar. Donde mientras el hombre vende, la
mujer a su lado amamanta al hijo, y si el comprador la deja, le
contará lo malo que fue el último parto. Es una comunicación
que arranca de la expresividad del espacio –junto al calendario
de la mujer desnuda, una virgen del Carmen se codea con la del
campeón de boxeo y una cruz de madera pintada en purpurina
sostiene una mata de sábila– a través de la cual el vendedor nos

Medellín, Cinep, Bogotá, 1990.


16.  M. Augé, Los “no lugares”. Espacios del anonimato, Gedisa, Barcelona,
1993; sobre una perspectiva convergente: P. Sansot, Les formes sensibles de
la vie sociale, PUF, Paris, 1986; A. Moles, Labyrinthes du vécul. L’ espace: ma-
tiere d’ actions, L. des Meridiens, Paris, 1982.; X. Rubert de Ventos, “El des-
orden espacial”, en Ensayos sobre el desorden, Kairós, Barcelona, 1976; M.
de Certeau, “Practiques d’ espace”, en L’ invention du quotidien, U.G.E., Paris,
1980; J. M. Ortiz Ramos (ed.), Espacio: “Local, mundial, imaginario”, Margem
No. 2, Sao Paulo, 1993.

31
habla de su vida, y llega hasta el regateo, que es posibilidad y
existencia de diálogo. En contraste, usted puede hacer todas
sus compras en el supermercado sin hablar con nadie, sin ser
interpelado por nadie, sin salir del narcisismo especular que lo
lleva de unos objetos a otros, de unas “marcas” a otras. En el
supermercado sólo hay la información que le transmite el em-
paque o la publicidad17.

Y lo mismo sucede en las autopistas. Mientras las “vie-


jas” carreteras atravesaban las poblaciones convirtiéndose en
calles, contagiando al viajero del “aire del lugar”, de sus colo-
res y sus ritmos, ¡la autopista, bordeando los centros ubanos
sólo se asoma a ellos a través de los textos de las vallas que
“hablan” de los productos del lugar y sus sitios de interés!
Espacio del anonimato, de una contractualidad solitaria,
el no lugar es el ámbito del presente, en su urgencia devorado-
ra de la atención y justificadora de cualquier olvido respecto a
lo demás. En ese espacio el pasado sólo puede ser cita retórica,
curiosidad, exotismo o espectáculo. Pero justo en la medida en
que expresa el anonimato y fagocita un presente sin pliegues
el no lugar puede producir “efectos de reconocimiento”: el via-
jero puede ir a países que no conoce y “encontrarse” con la
misma arquitectura de hotel y las mismas marcas de los obje-
tos “familiares”. Habitar el no lugar es “vivir en un mundo en
el que se está siempre y no se está nunca en casa”.
Caracterizado por contraste, en lo que tiene de ruptura,
el no lugar necesita sin embargo ser pensado por fuera de la
polarización maniquea, pues como expresamente nos advierte
M. Augé “el lugar no queda nunca completamente borrado y
el no lugar no se cumple nunca totalmente: son palimpsestos
donde se reinscribe sin cesar el juego intrincado de la identi-
dad y la relación”18. Lugares tradicionales, como los templos,

17.  J. Martín-Barbero, “Prácticas de comunicación en la cultura popular”,


en M. Simpson (Comp.), Comunicación alternativa y cambio social en América
Latina, UNAM, México, 1981; ver también: “La revoltura de pueblo y masa en
lo urbano”, en De los medios a las mediaciones, G. Gili, México, 1985; “Comu-
nicación y ciudad: entre medios y miedos”, en Imágenes y reflexiones de la
cultura en Colombia, COLCULTURA; Bogotá, 1990; “Dinámicas urbanas de la
cultura”, en Gaceta de Colcultura No. 12, Bogotá, 1992.
18.  M. Augé, obra citada, p. 84.

32
se han visto los últimos años atravesados por claros estilos de
no lugar, mientras centros comerciales recuperan y potencian
señas de identidad y espesor temporal. Reforzando la llamada
de atención contra la tentación maniquea y moralista que ace-
cha a la sociología que estudia los cambios en la sociabilidad,
I. Joseph19 insiste en tematizar los “enclaves de transición”,
los intervalos, las secretas continuidades en la reconfiguración
del espacio público y el sentido del socius. M. Augé se atreve
incluso a ir más allá y adelanta una hipótesis iluminadora: el
no lugar como experiencia de otra solidaridad que convierte
el espacio terrestre en un “lugar”. Pues en el anonimato del
no lugar “se experimenta solitariamente la comunidad de los
destinos humanos”. Lo que estaría implicando un saludable
aprendizaje contra el fanatismo de la identidad y la intoleran-
cia localista, de la que en los últimos años estamos teniendo
bien palpables y dolorosas demostraciones.
En la heterogeneidad de sus tribus y en la masificada di-
seminación de sus anonimatos la ciudad puede resultar sien-
do no sólo la más cumplida realización de la neutra y contra-
dictoria “utopía de la información” sino la metáfora del último
territorio sin fronteras.

De la ciudad mediada a la ciudad virtual

Hubo un tiempo en que los medios de comunicación hi-


cieron honor a su nombre: mediaron la experiencia de cons-
titución de la ciudad. Pensando desde el París de Baudelaire,
Benjamín ve emerger un nuevo sensorium urbano en las me-
diaciones que el cine hace de “las modificaciones en el aparato
perceptivo que vive todo transeúnte en el tráfico de una gran
urbe” y añade:

19.  I. Joseph El transeúnte y el espacio urbano, Gedisa, Buenos Aires 1988;


ver a ese propósito: M. Fernández-Martorell (ed.), Leer la ciudad. Ensayos de
antropología urbana, Icaria, Barcelona, 1988; R. DaMatta, A casa e a rua, Bra-
siliense, Sao Paulo, 1985; E. Durham, “A pesquisa antropológica com popul-
acoes urbanas: problemas e perspectivas”, en A Aventura antropológica, Paz e
terra, Río de Janeiro, 1986.

33
Parecía que nuestros bares, nuestras oficinas y viviendas,
nuestras estaciones y fábricas nos aprisionaban sin esperanza.
Entonces vino el cine y con la dinamita de sus décimas de se-
gundo hizo saltar ese mundo carcelario. Y ahora emprendemos
entre sus dispersos escombros viajes de aventuras. Con el pri-
mer plano se ensancha el espacio y bajo el retardador se alarga
el movimiento. No sólo se trata de aclarar lo que de otra manera
no se veía claro sino de que aparecen formaciones estructura-
les del todo nuevas20.

El cine medió así a la vez la constitución y la compren-


sión de un nuevo modo de percepción cuyos dispositivos se
hallan en la dispersión y en la imagen múltiple: los mismos
que hace visibles la “experiencia de la multitud”, pues es en
multitud que la masa ejerce su derecho a la ciudad y ejercita
su nuevo saber, ese al que se resiste la pintura por no poder
ofrecer su objeto a una recepción simultánea y colectiva, pero
al que sí responde el cine: “de retrógrada frente a un Picasso,
la masa se transforma en progresiva cara a un Chaplin”.
También en América Latina el cine medió vital y social-
mente la formación de esa nueva experiencia que es la cultura
urbana. Como ha explorado reiteradamente C. Monsivais, el
cine va a conectar con el hambre de las masas urbanas por
hacerse socialmente visibles. Y el cine lo hizo posible: pues al
cine iban las gentes a verse, en una secuencia de imágenes
que –más allá de lo reaccionario de los contenidos y de los
esquematismos de la forma– legitimaba gestos, rostros, modos
de hablar y caminar, legitimaba y reconocía una hasta enton-
ces desconocida y negada identidad. Con todas las mistifica-
ciones y chauvinismos que ello implicaba, pero también con
todo lo vital que resultó esa identidad para unas masas urba-
nas que a través de ella amenguan el impacto de los choques
culturales y por primera vez miran y se representan el país a
su imagen21.

20.  W. Benjamin, Discursos interrumpidos I, p. 47, Taurus, Madrid, 1982.


21.  C. Monsivais, “Notas sobre la cultura mexicana en el s. XX”, en Historia
general de México, Vol. IV, El Colegio de México, 1976; también: “Notas sobre
el Estado, la cultura nacional y las culturas populares en México”, en Cuader-
nos políticos No. 30, México, 1981.

34
Algo parecido sucedió con la radio en América Latina:
ella ha sido la gran mediadora de la experiencia popular de la
ciudad.­ Insertando su lenguaje y sus ritmos en una oralidad
cultural que es organizador expresivo de unas particulares
formas de relación con el tiempo y el espacio, la radio hará
el enlace de la matriz expresivo-simbólica del mundo popular
con la racionalidad informativo-instrumental de la moderni-
dad urbana22. La radio ha convocado y mediado dispositivos
de enlace de lo territorial con lo discursivo que hacen posi-
ble construir espacios de identificación étnica y regional que
no son mera expresión de nostalgia de lo local y campesino
sino producción de nuevas formas de socialidad. En la radio el
obrero encontró pautas para orientarse en el discurso funcio-
nal de la ciudad, el emigrante, modo de mantener una memo-
ria de su terruño, el ama de casa, acceso a emociones que le
estaban vedadas. Y de los programas que recogen las culturas
de barrio en Córdoba a los que dan voz a las mujeres de los
“pueblos jóvenes” en Lima o a los de Gil Gómez y su millón
diario de oyentes en Sao Paulo aún quedan restos de aquella
mediación23.
Con la televisión toma forma otro sensorium: en la ciu-
dad diseminada el medio sustituye a la experiencia, o mejor,
constituye la única experiencia-simulacro de la ciudad glo-
bal. Y ello porque la estructura discursiva de la televisión y el
modo de ver que aquélla implica “conectan” desde dentro con
las claves que ordenan la nueva ciudad: la fragmentación y el
flujo.
Hablamos de fragmentación para referirnos no a la forma
del relato televisivo sino a la des-agregación social que la pri-
vatización de la experiencia televisiva consagra. Constituida
en centro de las rutinas que ritman lo cotidiano24, en dispositi-

22.  G. Munizaga y P. Gutiérrez, Radio y cultura popular de masas, Ceneca,


Santiago, 1983; Mª Alfaro, “La pugna por la hegemonía cultural en la radio
peruana”, en N. García Canclini y R. Roncagliolo (Ed.), Cultura trasnacional y
culturas populares, IPAL, Lima, 1988.
23.  C. Mata, “Radios y públicos populares”, en DIA-LOGOS de la Comuni-
cación” Nº 19, Lima, 1988, R. Mª Alfaro, De la conquista de la ciudad a la
apropiación de la palabra, Tarea, Lima, 1987; A. Mª Fadul y otros, A narrativa
popular de Gil Gómez, mimeo, Sao Paulo, 1985.
24.  R. Silverston, “De la sociología de la televisión a la sociología de la pan-

35
vo de aseguramiento de la identidad individual25 y en terminal
del videotexto, la videocompra, el correo electrónico y la tele-
conferencia26, la televisión convierte al espacio doméstico en
territorio virtual: aquel al que, como afirma Virilio, “todo llega
sin que haya que partir”. Lo verdaderamente “grave” entonces
no es el encerramiento, el repliegue sobre la privacidad hoga-
reña, sino la reconfiguración de las relaciones de lo privado y
lo público que ahí se produce, esto es la superposición de am-
bos espacios y el emborramiento de sus fronteras. Con lo que
“estar en casa” ya no viene a significar ausentarse del mundo,
ni siquiera de la política, sino una manera nueva de verlo, o
mejor de mirarlo. De ahí que lo que identifica la escena públi-
ca con lo que “pasa en” televisión no sean sólo las insegurida-
des y violencias de la calle. Pues al posibilitar su acceso al “eje
de la mirada”27 la televisión puede convertirse en el medio que
transforma en espectáculo de sí mismo la antigua teatralidad
callejera de la política. Del pueblo en la calle al público de cine
la transición fue transitiva y conservó el carácter colectivo de
la experiencia. De los públicos de cine a las audiencias de tele-
visión el desplazamiento señala una profunda transformación:
la pluralidad social sometida a la lógica de la desagregación
hace de la diferencia una mera estrategia del rating. Imposible
de ser representada en la política, la fragmentación de la ciu-
dadanía es tomada a cargo por el mercado: ¡es de ese cambio
que la televisión es mediación!
El flujo televisivo es el dispositivo complementario de la
fragmentación: no sólo de la discontinuidad espacial de la es-
cena doméstica sino de la pulverización del tiempo que produ-
ce la aceleración del presente, la contracción de lo actual, la
“progresiva negación del intervalo”28, transformando el tiempo
extensivo de la historia en el intensivo de la instantánea. Lo
que afecta no sólo al discurso de la información (cada día tem-

talla”, en Telos No. 22, Madrid, 1990; R. Mier y M. Piccini, El desierto de los
espejos: juventud y televisión en México, Plaza y Valdés, México, 1987.
25.  H. Vezzetti, “El sujeto psicológico en el universo massmediático”, en Pun-
to de Vista No. 47, Buenos Aires, 1993; A. Novaes, Rede imaginaria: televisao
e democracia, C. das Letras, Sao Paulo, 1991.
26.  R. Gubern, El simio informatizado, Fundesco, Madrid, 1987.
27.  E. Veron, El discurso político, p. 25, Hachette, Buenos Aires, 1987.
28.  P. Virilio, El último vehículo, o.c., pg. 37-45, Cátedra, 1990.

36
poral y expresivamente más cercano al de la publicidad) sino
a la globalidad del palimpsesto televisivo29, a la estructura de
la programación, a la naturaleza misma de los aparatos, a los
modos de producción (el flujo económico es el que determina
la secuencia de grabación) y a la forma de la representación.
¿Y no será ese mismo régimen de aceleración el que torna pro-
gramadamente obsoletos la inmensa mayoría de los objetos
que antes estaban hechos para durar, y hacer memoria, y aho-
ra son desechables? ¿Y no tendrá algo que ver ese nuevo régi-
men temporal que acelera cada día más la obsolescencia gene-
ralizada con el profundo desarraigo que en la ciudad del flujo
las gentes experimentan? Igualmente hechos para gastarse lo
antes posible (los objetos) y para olvidarse una vez vistos (los
programas) no es extraño que algunos piensen que la televi-
sión es la metáfora de una sociedad en la que “toda la cultura
se convierte en chatarra”30.
Es justamente el flujo televisivo el que dota de sentido al
zapping, al control remoto, mediante el cual cada uno puede
nómadamente armarse su propio palimpsesto con fragmentos
o “restos” de noticieros, telenovelas, concursos o conciertos.
Así como las tribus componen su ciudad no a base de “luga-
res” sino a trayectos, así el televidente hace del ver una tra-
vesía improgramada, articulada sólo desde la pulsación/com-
pulsión instantánea. Hay una cierta y eficaz travesía que liga
los modos nómadas de habitar la ciudad –del emigrante al que
toca seguir indefinidamente emigrando dentro de la ciudad a
medida que se van urbanizando las invasiones y valorizándose
los terrenos, hasta la banda que periódicamente desplaza sus
lugares de encuentro– con los modos de ver desde los que el
televidente explora y atraviesa el palimpsesto de los géneros
y los discursos, y con la transversalidad tecnológica que hoy
permite enlazar en el terminal informático el trabajo y el ocio,
la información y la compra, la investigación y el juego.
Dicho lo anterior se hace indispensable deshacer un
malentendido: lo que hace la eficacia de la ciudad virtual no

29.  G. Barlozzetti (Ed.), II palinsesto: testo, apparati e géneri della televisione,


Franco Angeli, Milano, 1986.
30.  O. Landi, Devórame otra vez, Plantea, Buenos Aires, 1992.

37
es el poder de las tecnologías visuales e informáticas sino su
capacidad de acelerar –ampliar y profundizar– tendencias es-
tructurales de la sociedad. Como afirma F. Colombo “hay un
evidente desnivel de vitalidad entre el territorio real y el pro-
puesto por los massmedia. La posibilidad de desequilibrios
no derivan del exceso de vitalidad de los media; antes bien
lo hacen de la débil, confusa y estancada relación entre los
ciudadanos en el territorio real”31. Es el desequilibrio urbano
generado por un tipo de urbanización irracional el que de al-
guna forma es compensado por la eficacia comunicacional de
las redes electrónicas. La estrecha simetría entre crecimiento
urbano y expansión de los medios lleva a García Canclini a
plantear que si las nuevas condiciones de vida en la ciudad
exigen “la reinvención de lazos sociales y culturales, son a su
vez las nuevas redes audiovisuales las que efectúan, desde su
propia lógica, una nueva diagramación de los espacios e in-
tercambios urbanos”32. Pues en unas ciudades cada día más
extensas y desarticuladas, y en las que los partidos políticos
“progresivamente separados del tejido social de referencia, se
reducen a ser sujetos del evento espectacular lo mismo que los
otros”33 la radio y la televisión acaban siendo el único disposi-
tivo de comunicación capaz de ofrecer formas de contrarrestar
el aislamiento de las poblaciones marginales y de establecer
vínculos culturales comunes a la mayoría de la población.
He ahí la verdadera razón por la que el estudio de los me-
dios, y en especial de los audiovisuales, no puede ser dejado en
manos de sus especialistas y reclama con urgencia ser asumido
por la antropología. Porque lo que ahí está en juego no son sólo
desplazamientos del capital e innovaciones tecnológicas, sino
hondas transformaciones en la cultura cotidiana de las mayo-
rías. Ya que la envergadura cultural de los medios no se halla
en la cultura-contenido que difunden (único objeto de atención
de la crítica ilustrada) sino en el cambio cultural que ellos ca-
talizan y potencian: ése que conecta las nuevas difusas condi-

31.  F. Colombo, Rabia y televisión, p. 47, G. Gili, Barcelona, 1983.


32.  N. García Canclini, obra citada, p. 49; ver también “Del espacio público a
la teleparticipación”, en Culturas híbridas, Grijalbo México, 1990.
33.  G. Richeri, “Crisis de la sociedad y crisis de la televisión”, en Contratexto,
No. 4, Lima, 1989.

38
ciones del saber (carácter limitado del conocimiento y horizonte
ilimitado de la información) con las nuevas maneras de ver/na-
rrar (la profunda complicidad de la oralidad que perdura como
experiencia cultural primaria con la “oralidad secundaria” que
tejen las gramáticas tecnoperceptivas de la radio, el cine, la te-
levisión y el video) y de ambos con los nuevos modos de estar
juntos, esto es con las nuevas maneras de habitar la ciudad.

39
Personajes imaginarios
y ciudades reales*
Umberto Eco
(1995)

¿Ha existido realmente Don Quijote? Los historiadores


nos dirán que no. Y sin embargo, si un estudiante de literatu-
ra nos dijese que Don Quijote era un astrónomo que trabajaba
en la corte de Alfonso, el sabio, en seguida lo sacaríamos de
la clase, porque ha dicho algo que consideramos falso. Así que
nos referimos a lo falso y a lo verdadero en relación con una
persona de la cual el historiador diría: “es falso que haya exis-
tido Don Quijote”. ¿Ha existido y existe todavía La Mancha,
donde Don Quijote vivía? Los geógrafos nos dicen que sí. ¿El
Don Quijote de Cervantes sería muy distinto si Don Quijote no
hubiese nacido en La Mancha sino en otro lugar de Castilla, y
si además no se hubiese llamado Don Quijote sino Aureliano
Buendía? Creo que no. Sin embargo, el Quijote nació en La
Mancha, se llamaba así y estos dos “hechos” no están en dis-
cusión. Era un derecho absoluto de Cervantes hacerlo nacer
en aquella comarca y con aquel nombre ¿pero, hubiese sido
un derecho absoluto de Cervantes decir que La Mancha se en-
cuentra en Galicia? Hubiera podido, pero nosotros leeríamos
su libro con cierto malestar porque tendríamos la impresión
de que nos relatan algo falso (y naturalmente no les digo lo
que le ocurriría a un estudiante que, en un examen de geogra-
fía, dijera que La Mancha se encuentra en Galicia).

* Traducción y notas: Rocco Mangieri.

41
En el transcurso de esta conferencia abordaré algunos
problemas que podrán parecer ociosos. Las personas norma-
les no están acostumbradas a hacerse preguntas tales como:
“¿Se puede decir verdaderamente que Hamlet era soltero?” Las
personas normales saben que Hamlet era soltero, y si alguien
viene a decirles que había desposado a Ofelia le responderán
que está loco o no conoce bien la obra de Shakespeare. Pero es
posible que una persona normal entre en crisis frente a una
pregunta como: “¿Sería más verdadera la soltería de Hamlet
que la de San Luis Gonzaga?” Me gustaría hacer una encuesta
entre los presentes y estoy seguro de que oiríamos unas muy
interesantes respuestas.
Este tipo de preguntas es, por otra parte, muy común
entre los estudiosos de Lógica y de Filosofía del Lenguaje. No
hay que pensar que a ellos les interese algo relativo a Hamlet
o a los otros personajes pertenecientes a las novelas que citan
(como aquel célebre soltero que encontramos siempre en estas
cuestiones, el conocido Sherlock Holmes); o mejor, ellos no es-
tán interesados en los problemas de la narrativa y asumen la
existencia de las obras de ficción o novelescas como un dato
de hecho sobre el cual no reflexionan más de lo normal. Están
por el contrario muy interesados en definir un concepto de
verdad en el mundo real, en el mundo de nuestra experiencia
cotidiana o en el universo de las proposiciones científicas, y
utilizan los mundos ficcionales y novelescos como ejemplos de
mundos irreales con respecto a los cuales poder confrontar las
afirmaciones que nosotros hacemos sobre el mundo real.
En el contexto de la reflexión sobre la noción de lectura
de un texto narrativo, me interesa entender cuáles son los ti-
pos de presupuestos y creencias que una novela presume con
respecto al lector o, incluso, le impone asumir. Entender este
punto (entender qué es lo que una novela solicita como el sa-
ber del lector) es muy importante para estudiar el problema de
la lectura, el placer que produce y el saber que infiere.
Naturalmente no responderé a todas estas preguntas.
Hoy solamente les expondré algunas breves indagaciones en
el ámbito de la ontología de la narratividad. Para poder hacer-
lo les pido, a pesar de tantas discusiones filosóficas, aceptar
como induscutible el hecho de que el mundo real existe. No les

42
pido que profundicen en el plano ontológico y metafísico. El
mundo real es aquél que es descrito en las enciclopedias, en
la cuales New York se encuentra sobre la costa este de los Es-
tados Unidos y no en África, y Caracas se encuentra al sur de
New York. Aun si como filósofos creyésemos que el mundo real
es una ilusión de los sentidos, nosotros aceptaremos aquello
que todos los otros creen acerca de él, por lo menos cuando,
debiendo ir desde Caracas a New York, abordamos un avión
que vaya hacia el norte y no un avión que vaya hacia Buenos
Aires.
Creemos saber muy bien lo que significa decir que un
enunciado es verdadero en el mundo real. Es verdadero el he-
cho de que estamos en 1994 y que Napoleón murió el 5 de
mayo de 1821. Respecto a este concepto de verdad se ha dis-
cutido mucho sobre aquello que queremos decir cuando deci-
mos que una afirmación es verdadera en un mundo noveles-
co. La respuesta más razonable es que ella es verdadera en el
marco del mundo posible de esa determinada historia. No es
verdad que haya vivido en el mundo real un individuo llamado
Hamlet,­ pero es verdad que (en el mundo posible de Hamlet)
éste no desposa a Ofelia, así como también es verdadero que,
en el mundo posible de Gone with the wind1, Scarlett O’Hara
se casa con Rhett Butler. En el mundo de Hamlet cualquier
pregunta sobre Scarlett O’Hara carece sencillamente de senti-
do, así como también carece de sentido en nuestro mundo real
preguntarse si es verdad que el ángulo recto hierve a noventa
grados. Vivimos en un mundo donde los ángulos no hierven y
Hamlet vivía en un mundo donde no existía Tara.
¿Pero estamos muy seguros de que nuestra noción de
verdad en el mundo real está también tan claramente definida
como la noción de verdad novelesca?
Nosotros pensamos que conocemos por experiencia el
mundo real y que depende de la experiencia el saber que hoy
(la fecha de exposición de esta conferencia) y en este instante
llevo una corbata de un cierto color. Sin embargo el que hoy

1.  Lo que el viento se llevó, film de 1939 dirigido por V. Fleming sobre una
novela de Margaret Mitchell. Protagonizado por Clark Gable y Vivien Leigh.
(Nota del traductor).

43
sea (día tal, mes tal) es verdadero sólo en el marco del calen-
dario gregoriano, y el hecho de que mi corbata tenga ese co-
lor es verdadero solamente en el universo de discurso de una
determinada teoría de los colores, de la misma manera que el
hecho según el cual Scarlett O’Hara se casa con Rhett Butler
es verdadero solamente en el universo de discurso de Gone
with the wind.
No quiero jugar al escéptico metafísico o al solipsista
(aun considerando que Raymond Smullyan ha demostrado
que el mundo está superpoblado de solipsistas). Sé muy bien
que existen cosas que conocemos por experiencia directa y si
alguno de ustedes me advierte que detrás de mí ha aparecido
un armadillo, de golpe me voltearía para verificar si la noticia
es verdadera o falsa y todos podríamos convenir que en esta
sala no hay armadillos (al menos si compartimos las catego-
rías de una taxonomía zoológica socialmente aceptada). Pero
normalmente nuestra relación con la verdad es mucho más
complicada.
Estamos de acuerdo en el hecho de que no existen arma-
dillos en esta sala, pero en el transcurso de una hora esta ver-
dad se volverá algo más discutible. Por ejemplo, cuando esta
conferencia sea publicada, quien la lea aceptará la idea de que
hoy en esta sala no hubo armadillos, no a partir de la propia
experiencia, sino sobre la base de los mecanismos que yo haya
empleado en la descripción de lo que aquí aconteció.
No es por propia experiencia que sé que Napoleón murió
en el año de 1821. Es más, si debiera apoyarme en mi propia
experiencia no podría ni siquiera decir que Napoleón existió
(alguien incluso escribió un libro para demostrar que era un
mito solar) y no fue hasta el año pasado cuando pude saber,
por experiencia, que existe una ciudad llamada Hong Kong.
Como nos enseña Putnam, existe una división social del tra-
bajo lingüístico, que es también una división social del saber
mediante el cual yo delego en otros el conocimiento de nueve
décimos del mundo real, reservándome el conocimiento directo
de un décimo de esa realidad. En junio del año pasado debía
dirigirme a Hong Kong y adquirí el pasaje seguro de que el
avión iba a aterrizar en un lugar llamado Hong Kong. Proce-
diendo de esta forma logro vivir en el mundo real sin compor-

44
tarme neuróticamente (es más, sobre la base de esta confianza
en el saber de los otros he adquirido el derecho de aprender por
experiencia directa que Hong Kong existe). He aprendido que
con respecto a muchas cosas y eventos del pasado he podido
confiar en el saber de los demás, reservándome las dudas para
algún sector especializado del saber y, para el resto, confío en
la Enciclopedia, es decir, en un saber global, maximal, del cual
poseo únicamente una parte, pero al cual podría acceder ya
que este saber constituye una inmensa biblioteca conformada
por todas las enciclopedias y libros del mundo y de todas las
colecciones de revistas, periódicos o manuscritos de todos los
siglos, hasta incluir allí los jeroglíficos de las pirámides o las
inscripciones en caracteres cuneiformes.
La experiencia y una serie de actos de confianza en rela-
ción con los integrantes de una comunidad humana me han
convencido de que aquello que la Enciclopedia global describe
(no sin algunas contradicciones) representa la imagen satis-
factoria de aquello que llamamos mundo real. Pero lo que quie-
ro decir es que el modo según el cual aceptamos la represen-
tación del mundo real no es distinto del modo según el cual
aceptamos la representación del mundo posible presente en un
texto de ficción.
Yo acepto que Scarlett O’Hara haya desposado a Rhett
Butler del mismo modo que acepto que Napoleón haya despo-
sado a Josefina. La diferencia está, obviamente, en el grado de
esta confianza: la confianza que coloco en Margaret Mitchell es
distinta de aquella que doy a los historiadores. Yo acepto que
los lobos hablen únicamente cuando leo un cuento y por lo de-
más, me comporto como si los lobos fuesen aquellos animales
descritos en los manuales de Zoología. No me detengo a discu-
tir las razones por las cuales confiamos más en los congresos
de Zoología que en lo que nos dice Perrault. Estas razones
existen y son muy serias. Pero decir que son serias no significa
decir que son claras. Es más, las razones por las cuales creo
en los historiadores cuando dicen que Napoleón se casó con
Josefina son mucho más débiles que aquéllas por las cuales
creo que Scarlett O’Hara se casó con Rhett Butler.
Sostengo que ninguna persona razonable, aun conside-
rando que haya leído mal a Derrida, pueda poner en discu-

45
sión que si leemos Gone with the wind tiene que aceptarse
como verdadera la proposición de que Scarlett se ha casado
con Rhett. Mientras que es razonable reservarse la sospecha
de que un día los historiadores, descubriendo nuevos docu-
mentos en inéditos archivos, puedan probarnos que Napoleón
no haya desposado a Josefina.
En Los tres mosqueteros se nos dice que Buckingham fue
apuñalado por un tal Felton, quien era uno de sus oficiales, y
por lo que yo sé, se trata de una noticia histórica. En Veinte
años después se nos dice que Athos apuñaló a Mordante, hijo
de Milady, y ciertamente se trata de una verdad ficcional. Pero
el hecho de que Athos haya apuñalado a Mordante quedará
como una verdad indiscutible mientras exista en el mundo
una sola copia de Veinte años después, e incluso si alguien en
el futuro inventase un método interpretativo postdeconstruc-
tivista. Mientras que hoy cualquier investigador serio estaría
listo para renunciar a la idea de que Buckingham haya sido
apuñalado por uno de sus oficiales, en el caso de que se des-
cubriesen nuevos documentos reveladores en los archivos bri-
tánicos. En ese caso, el hecho de que Felton haya apuñalado a
Buckingham se tornará históricamente falso: pero todo ello no
disminuye el hecho de que quedará narrativamente verdadero
en el mundo posible de Dumas2.
Más allá de otras importantísimas razones estéticas,
pienso que leemos novelas porque ellas nos proporcionan la
confortable sensación de vivir en un mundo en el cual la no-
ción de verdad no puede ser puesta en discusión, mientras el
mundo real parece ser un lugar mucho más insidioso.
Así que sugiero renunciar al uso de una noción de ver-
dad en el mundo real como parámetro para definir la verdad
novelesca, y hacer lo contrario: usar el concepto de verdad no-
velesca como un parámetro seguro e indiscutible para poder
indagar el concepto de verdad en el mundo real. Podríamos
entonces decir que sería suficiente definir como verdadero en
el mundo real todo aquello que tiene el mismo grado de certeza

2.  La noción de mundos posibles ha sido estudiada y propuesta por Eco sobre
todo en su libro Lector in Fabula (1979), edición castellana de editorial Lumen,
Barcelona, España, 1981. (Nota del traductor)

46
y de control intersubjetivo que la noción según la cual Scarlett
O’Hara se haya casado con Rhett Butler.
También un mundo novelesco puede parecer infiel al
mundo real. Podría aparecer como un ambiente confortable
si se tratara únicamente de entidades ficticias. En este caso
Scarlett O’Hara no constituiría problema alguno porque el he-
cho de que ella haya vivido en Tara es más fácil de verificar
que el hecho según el cual Napoleón haya fallecido en la isla
de Santa Elena. Pero cada universo narrativo se funda, en di-
versas medidas parasitarias, sobre el universo del mundo real
que le sirve como fondo.
Sabemos desde la época de Coleridge que la regla funda-
mental para enfrentar un texto narrativo es que el lector acep-
te tácitamente un pacto ficcional con el autor realizando una
suerte de suspensión de la incredulidad. El lector debe saber
que aquello que le es relatado es una historia imaginaria sin
por ello pensar que el autor miente. Sin embargo, si construir
un mundo narrativo significa (como desea Searle) pedirle al
lector fingir tomar algunas cosas como buenas, en definitiva
se le pide también aceptar como fondo del mundo narrativo lo
que el lector sabe acerca del mundo real.
Aparentemente una novela nos dice a un mismo tiempo:
“Finge creer que existe un lobo que habla, una señora que se
llama Emma Bovary, un señor que se llama Gregor Samsa y
que se transforma en un insecto, una mujer mala que se llama
Mylady de Winter”. Y a la vez nos ordena: “de resto, continúa
creyendo en las leyes, en los eventos, en los individuos que
caracterizan el mundo real. La Francia de Madame Bovary es
la Francia del siglo XIX, el cuarto de Gregor Samsa está amue-
blado como el tuyo y el Richelieu con quien se encuentra Mi-
lady es el mismo de quien nos habla la Historia”.
Las historias de Nero Wolfe se desarrollan en New York
y el lector acepta la existencia de personajes llamados Nero
Wolfe, Archie Goodwin, Fritz o Saul Panzer, aun sabiendo que
son invenciones de Rex Stout: es más, el lector acepta incluso
que Wolfe habite en una casa de piedra de río ubicada sobre
la calle treinta y cinco oeste, cerca del río Hudson. Podría ir
a verificar si existe o si ha existido en los años en los cuales
Stout ambientaba sus historias, pero normalmente no lo hace.

47
Y digo porque sabemos muy bien que van a la búsqueda de
la casa de Sherlock Holmes en Baker Street, y me encuentro
entre los que han ido a buscar en Dublín la casa de Eccles
Street en la cual habría debido habitar Leopold Bloom. Pero
estos son episodios de fanatismo literario que constituyen un
divertimento inocente o tal vez conmovedor, pero muy distinto
de la lectura de textos; para ser un buen lector de Joyce no es
necesario celebrar el Bloomsday sobre las orillas del río Liffey.
Pero si aceptamos que la casa de Wolf estuviese allá don-
de no estaba y no está, no podríamos en cambio aceptar que
Archie Goodwin tomase un taxi sobre la quinta avenida de New
York y le pidiese que lo llevara hacia Alexander Platz porque,
tal como nos lo ha enseñado Doeblin, esta plaza se encuentra
en Berlín. Y si Archie saliese de la casa de Nero Wolfe, cruzase
la esquina y se encontrara de inmediato en Wall Street, esta-
ríamos autorizados a pensar que Stout ha cambiado de género
narrativo y quiere relatarnos un mundo como El proceso de
Kafka, en el cual K entra en un edificio ubicado en un punto
de la ciudad y sale para encontrarse en otro punto. Pero en la
historia de Kafka debemos aceptar el hecho de que nos move-
mos en un mundo no euclidiano, móvil y elástico, como si ha-
bitáramos en un inmenso cheewing-gum mientras una cierta
entidad misteriosa lo está masticando.
Parece por lo tanto que el lector debe conocer muchas,
demasiadas cosas sobre el mundo real para poderlo asumir
como fondo de un mundo ficcional. Si así fuere, un universo
narrativo sería una tierra extraña: por un lado, en cuanto nos
narra solamente la historia de algunos personajes en un lugar
y tiempo definidos debería aparecer como un pequeño mundo,
infinitamente más limitado que el mundo real; pero al contener
al mismo tiempo el mundo real como fondo, anexándole única-
mente algunos individuos, algunas propiedades y eventos, se
vuelve más vasto que el mundo de nuestra experiencia.
En realidad, los mundos de la ficción son parásitos del
mundo real, pero colocan entre paréntesis la mayor parte de
las cosas que sabemos sobre él y permiten concentrarnos so-
bre un mundo finito y concluido, muy similar al nuestro pero
más pobre. El autor no debe disponer de la totalidad de mundo
real como fondo de su propia invención: debe darle al lector

48
sugerencias sobre la cantidad de saber que él debe poner en
obra para poder comprender el relato y, al mismo tiempo, pro-
porcionarle informaciones, en los casos en los cuales no pue-
da disponer de éstas, sobre algunos aspectos del mundo real
que son indispensables para la comprensión de la historia.
Supongamos que Rex Stout nos diga en una de sus no-
velas que Archie toma un taxi para hacerse conducir hasta el
cruce de la cuarta con la décima calle. Supongamos ahora que
sus lectores se dividan en dos categorías. De un lado están
aquellos que conocen New York, de los que podemos desinte-
resarnos porque están dispuestos a creer de todo. Pero mu-
chos otros lectores, conocen que la estructura urbana de New
York es como un mapa geográfico en donde las streets son
las paralelas y las avenues los meridianos, pensarán que se
encuentran frente a un error o frente a una licencia de ciencia
ficción porque, por definición, en la retícula urbana de New
York dos streets no pueden cruzarse. En realidad en New York,
en el West Village, existe un punto donde la cuarta y la décima
calle se cruzan (y todos los newyorkinos lo saben menos los
taxistas). Pero creo que si Stout hubiese tenido que hablar de
esta situación habría introducido una explicación quizás bajo
la forma de comentario divertido, para decirnos cómo y de qué
manera existe ese cruce, temiendo que muchos lectores creye-
sen haber sido tomados por el pelo. Y el lector debería confiar
en ello.
Por lo tanto, el lector no debe únicamente entrar en la
novela sabiendo algunas cosas sobre el mundo real (supónga-
se la situación de un lector muy ingenuo de Los tres mosque-
teros que imaginara a D’Artagnan vestido como Tarzán), sino
que además debe poner su confianza en el autor cuando éste
le pide asumir como indiscutibles algunos aspectos del mundo
real acerca de los cuales el lector no sabe nada.
En un ensayo, aparecido en el libro Los límites de la inter-
pretación reflexionaba sobre este fenómeno y citaba el comien-
zo de The mysteries of Udolpho de Ann Rad­cliffe: “En el año de
1584, sobre las alegres orillas de la Garonne, en la provincia
de Gascogne, surgía el castillo de Monsieur de Saint-Aubert.
Desde las ventanas podía verse el paisaje pastoril de la Guien-

49
ne y de Gascogne que se alargaba hacia el río bordeado por
bosques frondosos, viñedos y plantaciones de olivo”.
Mi comentario había sido que era dudoso que un lector
inglés de finales del siglo XIX hubiera sabido algo sobre la Ga-
ronne, sobre la Gascogne y su paisaje. Este lector habría sido,
al máximo, capaz de inferir, a partir del vocablo “orillas”, que
la Garonne era un río y del resto habría imaginado, sobre la
base de su competencia enciclopédica, un típico ambiente del
sur de Europa poblado de viñedos y olivares. Los lectores es-
taban invitados a comportarse como si (fingir que) tuviesen
familiaridad con las colinas francesas3.
Pero, después de haber publicado aquel ensayo he reci-
bido una simpática carta enviada por un señor de Bordeaux,
en la cual me revelaba que en la zona de Gascogne nunca han
existido los olivos y tampoco han crecido olivares a orillas de
la Garonne. El lector extraía agudas observaciones a favor de
mi tesis y elogiaba mi ignorancia sobre la Gascogne, la cual
me había permitido seleccionar un ejemplo tan convincente
(por lo tanto me invitaba como huésped) porque, sostenía, los
viñedos sí existen y los vinos de aquella región son exquisitos.
Ya que no es pensable el hecho de que la señora Rad-
cliffe tuviese la intención de engañar a sus lectores, debemos
concluir que sencillamente se había equivocado. Pero esto es
todavía más embarazoso. ¿En qué medida podemos presupo-
ner como verdaderos aquellos aspectos del mundo real que el
autor cree verdaderos por error?
¿Debemos ciertamente creer en la existencia (novelesca)
de Monsieur de Saint Aubert, pero debemos también creer que
en la Gascogne existen los olivares?
Apenas llega a París, D’Artagnan toma alojamiento en
rue des Fossoyeurs, en la casa de monsieur Bonacieux (capí-
tulo 1). El palacio del señor de Treville, hacia el cual se dirige
casi en seguida, está ubicado en rue du Vieux Colombier (ca-
pítulo 2). Solamente en el capítulo 7 nos percatamos de que en
esa misma calle habita también Porthos, mientras que Athos
habita en rue Ferroy. Hoy en día la rue de Vieux Colomber

3.  Garonne es el nombre de un río de la Francia suroccidental. Nace en los


Pirineos y desemboca en el Atlántico. (Nota del traductor)

50
traza el lado norte de la actual Plaza Saint Sulpice, mientras
que rue Ferroy se inserta perpendicularmente en el lado sur,
pero en la época en la cual se desarrolla Los tres mosqueteros
la plaza no existía aún. ¿Dónde habitaba aquel individuo reti-
cente y misterioso llamado Aramis? Lo sabemos en el capítulo
11, en el cual nos enteramos de que habita en una esquina
de rue Servandoni, y si ustedes observan un mapa de París se
percatarán de que rue Servandoni es la primera calle paralela
al este de rue Ferrou. Pero este capítulo se intitula “L’intrigue
se noue” (“La intriga se complica”). Dumas de seguro estaba
pensando en otras cosas, pero para nosotros la intriga se com-
plica también desde el punto de vista urbanístico y desde el
punto de vista onomástico.­
Después de haber visitado al señor de Treville en rue du
Vieux Colombier, D’Artagnan (que no tiene mucha prisa por
retornar a su casa sino que desea pasear y pensar con ternura
en su amada madame Bonacieux) se regresa, nos dice el texto,
tomando el camino más largo. Más largo, evidentemente, con
respecto a rue des Fossoyeurs, donde él habitaba.
Pero nosotros no sabemos dónde queda la rue des Fos-
soyeurs y si observamos un mapa de París actual no la en-
contraremos. Sigamos entonces a D’Artagnan que ahora está
“hablándole a la noche y sonriéndole todo a las estrellas”, y
sigámosle sobre un mapa que reproduzca con mayor fidelidad
la estructura de París alrededor de 1625.
D’Artagnan cruza por rue du Cherche Midi (que para
entonces, tal como nos advierte Dumas, se llamaba Chasse-
Midi), pasa por una callecita que se abría donde hoy está rue
d’Assas, y que debía ser rue des Carmes, roza a la rue Vaugi-
nard, luego cruza a la izquierda porque “la casa donde habi-
taba Aramis se hallaba situada entre rue Cassette y rue Ser-
vandoni”. Probablemente desde rue des Carmes, D’Artagnan
toma un atajo a través de algunos terrenos que se extienden
junto al convento de los carmelitas descalzos, cruza luego por
rue Cassette, emboca rue des Messiers (hoy llamada Meziéres)
y debería de algún modo atravesar rue Ferrou donde habita
Athos, sin ni siquiera percatarse de ello (D’Artagnan vagaba
tal y como lo hacen los enamorados).
Si la casa de Aramis se encontraba entre rue Cassette

51
y rue Servandoni, debería haber estado en rue du Canivet, si
bien parece que en 1625 rue Canivet aún no había sido abier-
ta. Pero debía estar exactamente en la esquina de rue Servan-
doni porque D’Artagnan pasa precisamente frente a la casa
del amigo y ve una sombra salir de la rue Servandoni (luego se
descubrirá que era la sombra de madame Bonacieux).
¡Cielos!, nosotros realmente nos conmovemos cuando oí-
mos mencionar rue Servandoni, porque allí habitaba Roland
Barthes, pero Aramis no podía habitar en la esquina de rue
Servandoni porque esta historia se desarrolla en el año de
1625, mientras que el arquitecto florentino Giovanni Nicoló
Servandoni había nacido en el año de 1695; en 1733, diseñó
la fachada de la iglesia de Saint Sulpice y aquella calle le fue
dedicada en el año de 18064.
Dumas, aun sabiendo que rue du Cherche Midi se llama-
ba entonces Chasse Midi, se equivocó con respecto a rue Ser-
vandoni. No hubría mucho problema si la historia se refiriese
solamente a monsieur Dumas, autor empírico. Pero ahora el
texto está ahí, nosotros, lectores obedientes, debemos seguir
sus instrucciones y nos hallamos en un París completamente
real, similar al París del siglo XVII en el cual aparece una calle
(rue) que, al menos con ese nombre, no podía existir.
No hay problema, dirán ustedes. Arthur Conan Doyle nos
cuenta que había en Baker Street una casa que no existía, y
si existía no era cierto que allí habitara Sherlok Holmes, y es
dudoso que en La Mancha existiera uno de los castillos de los
cuales habla Cervantes. Si admitimos (por lo menos en los tér-
minos de un pacto o contrato ficcional) que Holmes habitase
en Baker Sreet, ¿por qué deberíamos decir que no es posible
que Aramis habitase en rue Servandoni?
En realidad aquello que Conan Doyle nos solicitaba no
era una suspensión de nuestra incredulidad con respecto a la
planta urbanística de Londres del siglo XIX, en la cual Baker
Street ya existía, sino únicamente en relación con la distri-

4.  Giovanni N. Servandoni (Florencia 1695-París 1776) arquitecto y escenó-


grafo italiano. Figura muy relevante en la escenografía rococó. Introdujo en
Francia la “escena en ángulo” obteniendo éxito en la preparación de espectá-
culos y fiestas. Su fachada de Saint Sulpice preanuncia el estilo neoclásico.
(Nota del traductor)

52
bución de los edificios y casas en un determinado número de
aquella calle. Por el contrario, Dumas nos pedía suspender
nuestra incredulidad con respecto a la disposición urbanística
de la ciudad de París del siglo XVII. Notemos que muy pocos
de nosotros sabemos con certeza cómo era el París del siglo
XVII, y sin embargo el caso de la rue Servandoni nos impresio-
na como un anacronismo, mientras que no retenemos como
un anacronismo el hecho de que en una calle, que existía en
el Londres del siglo XIX, habitase un señor llamado Sherlock
Holmes.
Han visto ya adónde quiero llegar. Aquí no se pone en
duda la estructura del mundo de referencia de una novela.
Aquí está en cuestión el formato de la enciclopedia del lector,
es decir aquello que el lector debería o no saber. Les ruego
reflexionar sobre este hecho, pues no representa de ninguna
manera un problema pequeño.
Naturalmente, podría decirse que todo regresa ontológi-
camente a su lugar si afirmamos que, en el mundo posible de
Los tres mosqueteros, Aramis habitaba en el cruce de una ca-
lle x, y que sólo por error del autor empírico esta calle ha sido
llamada rue Servandoni, mientras probablemente recibía otra
nominación.
Pero el asunto es mucho más complicado. ¿Dónde se en-
contraba rue des Fossoyeurs, en la cual habitaba D’Artagnan?
Ahora bien, esta calle existía ya en el siglo XVII y hoy no existe
por un hecho muy sencillo: la vieja rue des Fossoyeurs era
aquella que hoy recibe el nombre de Servandoni. Por lo tanto
(i) Aramis habitaba en un lugar que en 1625 no existía bajo
ese nombre, (ii) D’Artagnan habitaba en la misma vía de Ara-
mis sin saberlo; es más, se encontraba en una situación on-
tológicamente muy curiosa: creía que existían en su mundo
dos calles con dos nombres diferentes mientras –en el París
de 1625– existía una sola calle con un solo nombre. Podría-
mos decir que un error de este tipo no es inverosímil: durante
muchos siglos la humanidad ha creído en la existencia de dos
islas, Ceylon y Taprobane, y así están representadas por los
geógrafos del siglo XVI, mientras que más tarde se cayó en
cuenta de que se trataba de una interpretación fantasiosa de
la descripción de distintos viajeros y que solamente existe una

53
isla. Durante siglos la humanidad ha creído en la existencia de
dos estrellas, la Estrella de la Mañana y la Estrella de la Tar-
de, también llamadas Espero y Fósforo, mientras hoy sabemos
que se trata de la misma estrella, que es Venus.
Pero no se trata de la misma situación de D’Artagnan.
Nosotros, terrícolas, observamos desde lejos dos entidades.
Espero y Fósforo, y nuestra vida mental no ha sido nunca
trastornada por el hecho de que creyéramos que existiesen
dos estrellas cuando en realidad se trataba de una sola. Pero
el asunto sería distinto si fuésemos habitantes de Fósforo. No-
sotros no podríamos entonces creer en la existencia de Espe-
ro, porque nunca nadie la habría visto brillar en el cielo. El
problema de Espero y Fósforo existía para Frege y existe para
los filósofos terrícolas, pero no existe para los filósofos fosfóri-
cos, si es que existen5.
Dumas, como autor empírico que ha, evidentemente, co-
metido un error, se encontraba en la misma situación de los
filósofos terrestres. Pero D’Artagnan, en su mundo posible, se
encontraba en la situación de los filósofos fosfóricos. ¿Si se
encontraba en la calle que hoy llamamos Servandoni, debía
saber que estaba en rue des Fossoyeurs, la calle donde habi-
taba?, y entonces: ¿cómo podía pensar que aquella fuese otra
calle, aquella en la cual habitaba Aramis?
Si Los tres mosqueteros fuese una novela de ciencia fic-
ción no habría mayores problemas. Yo puedo muy bien escri-
bir la historia de un navegante espacial que parte el primero
de enero del año 2001 desde Espero y llega a Fósforo el prime-
ro de enero de 1999. Las explicaciones podrían ser varias. Así,
por ejemplo, mi relato podría sostener que existen mundos
paralelos temporalmente desfasados en dos años el uno con
respecto al otro. El primero, en el cual la estrella es llamada
Espero, y donde los habitantes son un millón, tienen todos
los ojos azules y su rey se llama Stan Laurel. El otro mundo,
en el cual la estrella es llamada Fósforo, está compuesto por
999.999 habitantes; en esta república Stan Laurel no existe y

5.  Gottlob Frege, filósofo, alemán, emprende a finales del siglo XIX uno de los
estudios más importantes sobre la teoría del significado. Uno de sus textos
más estudiados es Uber Sinn und Bedeutung de 1892. (Nota del traductor)

54
todos tienen los ojos negros, aun siendo los mismos de Espero
(los mismos nombres, las mismas propiedades, la misma his-
toria individual, las mismas relaciones de parentesco). O tam-
bién podría imaginarme que el navegante del espacio viaje ha-
cia atrás en el tiempo y arribe a un Espero del pasado, cuando
todavía se llamaba Fósforo, precisamente media hora antes de
que los habitantes decidan cambiar el nombre del planeta.
Pero Los tres mosqueteros es una novela histórica en la
cual podemos aceptar muchas especulaciones ficcionales,
siempre y cuando el resto del mundo permanezca parecido al
nuestro. Y una de las especulaciones fundamentales de cual-
quier novela histórica es que, a pesar de los muchos persona-
jes imaginarios introducidos por el autor, todo el resto debe
corresponder en cierto modo a lo que acontecía en aquella de-
terminada época del mundo real.
Una buena solución podría ser la siguiente: ya que algu-
nos historiadores de París han asomado la suposición de que,
al menos en 1636, rue des Fossoyeurs, en el punto donde se-
ría hoy atravesada por rue du Canivet, se tornase rue du Pied
de Biche, y al mismo tiempo, ya que D’Artagnan consideraba
las dos calles como distintas porque tenían nombres distintos
y sabía que habitaba en una calle que era prácticamente la
continuación de la calle de Aramis, por un error banal creía
entonces que la calle de Aramis se llamase, en vez de rue du
Pied de Biche, rue Servandoni. ¿Por qué no? Es posible que
haya conocido en París a un florentino llamado Servandoni,
bisabuelo del arquitecto de Saint Sulpice y que la memoria le
hubiese hecho una mala jugada.
Pero Dumas, o mejor, el texto de Los tres mosqueteros,
no nos dice que D’Artagnan había llegado a la calle que “creía”
llamarse Servandoni. El texto nos dice que D’Artagnan había
llegado a aquella calle que el lector debe considerar como si
fuese de verdad rue Servandoni. ¿No hemos acaso ya dicho
que en un texto narrativo la única verdad que cuenta es aque-
lla que nos es narrada?
¿Cómo salirse de esta embarazosa situación? Aceptando
la idea de que hasta el momento yo haya efectuado una cari-
catura de las discusiones sobre la ontología de los personajes
narrativos, porque de hecho lo que nos interesa no es la on-

55
tología de los mundos posibles y de sus habitantes (problema
respetable en las discusiones de lógica modal), sino la posición
del lector.
Que Holmes es soltero nosotros lo sabemos a través de
aquel texto representado por el corpus de sus teorías. En cam-
bio, que rue Servandoni no podía existir en 1625 lo sabemos
por la enciclopedia, o mejor, a partir de un chisme irrelevante
e histórico que no tiene nada que ver con la historia relatada
por Dumas. Si pensamos mejor, veremos que se trata de la
misma cuestión del lobo de Caperucita Roja. Que los lobos no
hablan lo sabemos sobre la base de nuestra experiencia como
lectores empíricos, pero como lectores modelo debemos acep-
tar que nos movemos en un mundo donde los lobos hablan.
Entonces, si aceptamos que en el bosque los lobos hablan,
¿por qué no podemos aceptar que en el París de 1625 existiese
rue Servandoni? Y es, en realidad, aquello que hacemos y que
ustedes continuarán haciendo si releen Los tres mosqueteros,
aun después de mi sorprendente revelación.
En Los límites de la interpretación6 he insistido sobre la
diferencia entre interpretar y usar un texto. Hoy he usado Los
tres mosqueteros para concederme una apasionante aventura
en el mundo de la historia y de la erudición. En efecto, les
confieso que me he divertido muchísimo hace algunos meses
recorriendo en París todas las calles nombradas por Dumas y
consultando viejas planimetrías de París del siglo XVII, todas,
por demás, muy imprecisas. Con un texto narrativo puede ha-
cerse lo que se desee y yo me he divertido jugando al rol del
lector paranoico, verificando si la ciudad de París del siglo XVII
correspondía a aquella descrita por Dumas.
Pero obrando de esta forma no me he comportado como
el lector modelo previsto por el texto de Dumas. Para saber
quién era Servandoni es necesaria una buena cultura artística
y para saber que rue des Fossoyeurs era rue Servandoni se
precisa una cultura especializada.
Es imposible que el texto de Dumas, el cual se nos pre-
senta estilística y narrativamente como una novela histórico-

6.  Los límites de la interpretación, versión castellana de Editorial Lumen, Bar-


celona, España. 1992 (Nota del traductor)

56
popular, se dirija a un lector tan sofisticado. Por tanto, el lector
modelo de Dumas no tiene por qué conocer el detalle irrelevan-
te según el cual rue Servandoni se llamaba rue des Fossoyeurs
en 1625 y puede proseguir tranquilamente su lectura.
¿Asunto resuelto? De ningún modo. Supongamos que
Dumas hubiese hecho salir a D’Artagnan del palacio Treville en
rue du Viex Colombier y luego hacerlo cruzar hacia rue Bona-
parte (que hoy existe, es perpendicular a rue du Viex Colombier
y paralela a rue Ferrou, pero que en ese tiempo se llamaba rue
du Pot de Fer). ¡Ah no!, sería demasiado. O terminamos por ti-
rar el libro, indignados, o recomenzamos a leer el libro pensan-
do que hemos cometido un error en constituirnos lector modelo
de una novela histórica. No se trataba de una novela histórica
sino de una novela de ciencia ficción, o de una de esas his-
torias llamadas ucronías que se desarrollan en un tiempo sin
coordenadas, donde Julio César se bate a duelo con Napoleón
y Euclides resuelve finalmente el teorema de Fermat7.
¿Por qué no aceptamos que D’Artagnan cruzara por la ca-
lle Bonaparte y en cambio aceptamos que cruce por rue Servan-
doni? Es obvio: porque casi todos saben que era imposible que
en el París del siglo XVII existiera una rue Bonaparte, mientras
que muy pocos saben que no podía existir rue Servandoni, y la
prueba de ello es que ni el mismo Dumas lo sabía.
Pero entonces nuestro problema no se refiere a la ontolo-
gía de los personajes que habitan los mundos narrativos, sino
al formato de la enciclopedia del lector modelo. El lector modelo
previsto por Los tres mosqueteros tiene curiosidad y gusto por
la reconstrucción histórica no erudita: conoce a Bonaparte,
tiene una idea bastante vaga de las diferencias entre el rei-
nado de Luis XIII y el de Luis XIV, tanto es así que el autor le
proporciona muchas informaciones a lo largo del relato, y no
se propone ir hasta los archivos nacionales para comprobar si
existía realmente en la época un tal conde de Rochefort. ¿Debe
también saber que en la misma época de D’Artagnan había
sido ya descubierta América? El texto no lo dice y tampoco

7.  Pierre Fermat (1601-1665) matemático francés. Junto con Leibniz y


Newton es considerado uno de los creadores del cálculo infinitesimal. (Nota
del traductor)

57
induce a inferirlo pero podríamos arriesgarnos a decir que si
D’Artagnan hubiera encontrado en rue Servandoni a Cristóbal
Colón, el lector se asombraría. Debería asombrarse: está claro
que se trata sólo de una hipótesis. Existen, desde luego, lec-
tores dispuestos a creer que Colón fuese un contemporáneo
de D’Artagnan, porque hay lectores para quienes todo aquello
que no es presente es “pasado”, y un pasado muy vago. Así
que, una vez que decimos que el texto presupone en el lector
modelo una enciclopedia de cierto formato es muy difícil esta-
blecer cuál es este formato. Honestamente, no sabría expresar
una ley para establecer cuál es el formato maximal y minimal
que debe tener la enciclopedia de su lector.
El primer ejemplo que viene a mi mente es Finnegans
Wake, que prevé, solicita, exige un lector modelo dotado de una
competencia enciclopédica infinita, superior a aquella del au-
tor empírico James Joyce; un lector capaz de descubrir alusio-
nes y conexiones semánticas incluso en los lugares donde se
le habían escapado al autor empírico. De hecho el texto apela
a un lector ideal afectado por una especie de insomnio ideal.
Dumas no esperaba, e incluso habría visto con irritación, un
lector como yo que decide verificar dónde estaba rue des Fos-
soyeurs. Joyce, en cambio, quería un lector que, aun conside-
rando que el universo de Finnegans Wake fuera potencialmen-
te infinito, de manera tal que una vez dentro no pudieramos
salirnos de él, fuese todavía capaz de salir a cada momento
para pensar en otros universos en la intrincada selva de la
cultura universal y de la intertextualidad8.
¿Podríamos decir que cada texto narrativo diseña un lector
modelo de este género, similar a “Funes el memorioso” de Bor-
ges? Ciertamente no. No se espera que el lector de Caperucita
Roja conozca algo sobre Giordano Bruno, mientras que sí se es-
pera esto del lector de Finnegans Wake. ¿Pero entonces cuál es
el formato enciclopédico que una obra narrativa nos solicita?
Roger Schank y Peter Childers, en su libro The cognitive
computer (1981) nos permiten abordar el problema desde otros

8.  La intertextualidad podemos entenderla como la continua remisión den-


tro de una cultura, de un texto a los otros textos en forma de citas, alusiones,
plagios, referencias, etc. (Nota del traductor)

58
puntos de vista: ¿cuál es el formato de la enciclopedia que de-
bemos darle a la máquina para que sea capaz de escribir (y,
por tanto, entender, o bien saber leer) unas fábulas al estilo de
Esopo?
En su programa Tale-Spin, ellos comenzaban con una
información enciclopédica mínima. Se trataba de decirle a la
computadora de qué manera un oso puede emprender la bús-
queda de miel, creando un conjunto de personajes y de situa-
ciones capaces de generar problemas con respecto al objetivo
propuesto.
Inicialmente, Joe Bear le preguntaba a Irving Bird en
dónde podía encontrar miel e Irving respondía que había una
colmena en el árbol. Pero en la historia, Joe Bear se irritaba
porque Irving no le había contestado. Efectivamente, faltaba
en su competencia enciclopédica la noticia de que se puede in-
dicar dónde se encuentra el alimento, por metonimia, nom-
brando no el alimento sino su fuente.
Una vez proporcionadas las informaciones a Joe Bear
sobre la relación alimento-fuente y cuando Irving Bird le re-
pitió que había una colmena en el árbol, Joe Bear “fue hasta
el árbol y se comió la colmena”. Su enciclopedia estaba aún
incompleta: había que explicarle la diferencia entre la fuente
como contenedor y la fuente como objeto en sí mismo, porque
si alguien tiene hambre y le digo que busque en el refrigerador
no quiero decirle que se coma el refrigerador, sino que lo abra
para encontrar alimento. Todo esto es obvio para un ser hu-
mano pero no lo es en absoluto para una máquina.
Otro incidente se produjo cuando se le dijo a la máquina
cómo usar ciertos medios para obtener ciertos objetivos (por
ejemplo, “if a character wants some object, then one option he
has is to try bargaining with the object’s owner”)9. Y se produ-
jo esta singular historia:
Joe Bear estaba hambriento. Le preguntó a Irving Bird dónde
podía encontrar miel. Irving rehusó decírselo y entonces Joe
le ofreció un gusano si le decía dónde encontrar miel. Irving
estuvo de acuerdo, pero Joe no sabía dónde encontrar gusanos

9.  Si un personaje quiere algún objeto entonces una opción que él tiene es
tratar de negociar con el propietario de ese objeto. (Nota del traductor)

59
y entonces le preguntó de nuevo a Irving dónde encontrarlos,
pero aquél se rehusó a contestarle. Entonces Joe le prometió
llevarle un gusano si Irving le decía dónde podía encontrar los
gusanos, e Irving, estuvo de acuerdo. Pero Joe no sabía dónde
encontrar gusanos y entonces le preguntó a Irving pero aquél
se rehusó. Entonces le ofreció llevarle gusanos si le decía dónde
podía encontrar gusanos... (pág. 85)

Para evitar este efecto loop (bucle), fue necesario decir-


le al computador que un personaje no debía proponerse dos
veces el mismo objetivo habiendo fallado la primera vez, sino
que debía buscar otra solución. Pero también esta instrucción
creó problemas porque interactuó mal con las informaciones
sucesivas, tales como “si un personaje está hambriento y ve
alimento, desea comérselo” o “si un personaje está tratando
de obtener alimento y falla, se enfurece”. Veamos entonces qué
produjo la máquina.

Bill el zorro ve a Henry el cuervo con un pedazo de queso en el


pico. Bill está hambriento, desea el queso y por lo tanto con-
vence a Henry de que cante. Henry abre la boca y el queso cae
al suelo. Bill lo ve nuevamente y lo desea. Pero el computador
había sido instruido de tal forma que nunca había que asignar
dos veces el mismo objetivo a un personaje y por tanto Bill no
logra satisfacer su hambre y se enfurece. Paciencia por lo que
respecta a Bill el zorro. ¿Pero qué le ocurre al cuervo?
Henry el cuervo vio el queso en el suelo, se puso hambriento
pero sabía que era el propietario del queso. Quiso ser honesto
consigo mismo y decidió no engañarse para obtener el queso,
no quería entrar en competencia consigo mismo, y además se
percataba de estar en posición de ventaja sobre sí mismo, así
que rechazó la idea de darse el queso a sí mismo.
No encontraba una buena razón para cederse el queso a sí mis-
mo (si lo hubiese hecho habría perdido el queso) así que se
ofreció a sí mismo llevarse un gusano si él se hubiese cedido el
queso. Esto le pareció bien, pero él no sabía dónde encontrar
gusanos. Así, se dijo: “¿Henry, sabes dónde se encuentran los
gusanos?”. Pero obviamente no lo sabía y entonces decidió... (se
inicia otro loop).

60
Es necesario saber muchas cosas para leer un cuento.
Pero en todo lo que Schank y Childers hayan debido enseñarle
a su computadora, ciertamente no han sido obligados a decirle
dónde se encontraba rue Servandoni. El mundo de Joe Bear
se queda a nivel de un pequeño mundo.
Leer una obra de ficción significa hacer una conjetura
sobre los criterios de economía que gobiernan el mundo ficcio-
nal. La regla no existe, o mejor, como en cada círculo herme-
néutico, debe presuponerse en el mismo momento en el que
se intenta inferirla sobre la base del texto. Por ello leer es una
apuesta. Apostamos a ser fieles a las sugerencias de una voz
que no nos dice explícitamente aquello que sugiere.
¿Pero en verdad la regla no existe? Hasta ahora hemos
hecho divertidos experimentos mentales, preguntándonos qué
hubiera ocurrido si Rex Stout hubiese colocado la Alexander-
platz en New York y si Alexandre Dumas hubiese hecho cruzar
a D’Artagnan por la calle Bonaparte. Nos hemos divertido, y
está bien, de la misma manera que los filósofos, pero no debe-
mos olvidar que Stout no ha puesto nunca Alexander Platz en
New York y que Dumas nunca ha hecho cruzar a D’Artagnan
por la calle Bonaparte.
La competencia enciclopédica solicitada al lector (los lí-
mites puestos a la intrincada amplitud de la enciclopedia glo-
bal que ninguno de nosotros jamás poseerá) son circunscritos
por el texto. Probablemente un lector modelo de Dumas de-
bería saber que Bonaparte no podía tener una calle con su
nombre en 1625, y de hecho Dumas no comete este error. Pro-
bablemente este mismo lector no tiene por qué saber quién era
Servandoni y Dumas puede darse el lujo de nombrarlo fuera
de lugar.
Un texto de ficción sugiere algunas competencias que el
lector debería poseer; otras las instituye, y por el resto se que-
da en la vaguedad, pero ciertamente no nos impone una explo-
ración de toda la enciclopedia global. Cuál es el formato de la
enciclopedia solicitada al lector es materia de conjeturas. Des-
cubrirlo significa descubrir la estrategia del autor modelo, que
no es aquella figura misteriosa en el tapiz de la que hablaba
Henry James, sino la regla a través de la cual muchas “figu-

61
ras” pueden ser precisadas (retomando la metáfora de James)
en el tejido narrativo.
Aun si me he puesto problemas aparentemente ociosos,
como el de establecer si D’Artagnan debería saber algo sobre
rue Servandoni, espero que ustedes se hayan percatado de que
he rozado algunas cuestiones de gran importancia teórica que
se refieren a nuestra libertad interpretativa en relación con un
texto narrativo (y con cualquier texto en general). He sugerido
que, en cuanto lectores-intérpretes, no podemos introducir en
un texto todo lo que sabemos, y que quizás el autor no sabía.
Podemos introducir solamente aquella porción de competencia
que el texto nos solicita.
¿Cómo podemos saber cuánto, en realidad, un texto nos
solicita? Creo que la única, humilde respuesta, puede hacerse
en los términos de un criterio de economía textual.
Regresemos a Dumas, y probemos leerlo como un lector
educado sobre el Finnegans Wake de Joyce y que se siente
autorizado a encontrar por doquier claves e indicios por alu-
siones y cortocircuitos semánticos. Imaginemos una lectura
“sospechosa”, quizás deconstructivista y postmoderna de Los
tres mosqueteros.
Un lector sospechoso podría hipotetizar que la alusión a
rue Servandoni no fuese un error sino un indicio. Dumas ha-
bía diseminado aquella traza que bordea el texto; quería ha-
cernos entender que cada texto de ficción contiene una con-
tradicción fundamental por el hecho mismo de hacer coincidir
desesperadamente un mundo ficticio con un mundo real. El
título del capítulo “L´intrigue se noue” (“La intriga se complica,
se anuda”) no se refería solamente a los amores de D’Artagnan
o de la reina, sino a la naturaleza misma de la narratividad.­
Pero aquí entra en juego el criterio de economía. Quien
anduviese a la cacería de anacronismos encontraría muchos
en Dumas pero todos en posiciones muy poco estratégicas.
Toda la construcción textual, sobre la cual se afana la voz
narrante en el episodio de la rue Servandoni, circula alrede-
dor de los celos de D’Artagnan, cuya intensidad dramática no
cambiaría aun si él hubiese recorrido otras calles, o si Dumas
no hubiese nombrado las calles que recorría. Es cierto que el
crítico educado en la escuela de la sospecha podría observar

62
que todo el capítulo se desarrolla en torno a la confusión sobre
la identidad de las personas: primero se ve una sombra, lue-
go se la identifica con Madame Bonacieux; después ella habla
con alguien que D’Artagnan cree que es Aramis; entonces se
descubre que ese alguien era una mujer. Finalmente, Madame
Bonacieux se hace acompañar por alguien que parece ser de
nuevo Aramis o tal vez un amante y en cambio, se descubrirá
que se trata de Lord Buchingham y, por tanto, del amante de
la reina. ¿Por qué no pensar entonces que el intercambio de
calles sea intencional y funcione como aviso o alegoría del in-
tercambio de personas, y que exista un sutil paralelismo entre
los dos tipos de equívoco?
La respuesta está en el hecho de que en toda la novela
los cambios de persona y el juego de las revelaciones y de las
identificaciones forman entre ellos un sistema, como era por
otra parte costumbre en la novelística popular del siglo XIX.
D’Artagnan reconoce continuamente en un paseante descono-
cido el célebre hombre de Meung, cree infiel a Madame Bona-
cieux y descubre luego que es tan pura como un ángel.
Athos reconocerá a Milady como Anne de Breuil, con
quien años atrás se había casado y de quien descubrió lue-
go que era una criminal. Milady reconocerá en el verdugo de
Lille al hermano de aquel hombre al que había conducido a
la ruina, y así sucesivamente. Por el contrario, los errores so-
bre calles o lugares se pierden entre los hilos del texto y no
asumen nunca una posición relevante, ni estos anacronismos
coinciden con los equívocos de los personajes. Y, finalmente,
es típico que a un error de identificación le sigue una revelación
de la verdad, mientras el texto no nos dice nunca que rue Ser-
vandoni no era rue Servandoni. Aramis continuará viviendo
en aquella calle inexistente durante toda la novela y aún des-
pués. Si aceptamos las reglas de la novela del mil ochocientos
de capa y espada, rue Servandoni se torna una calle ciega.
Sostengo que la mejor conclusión de nuestras correrías
es la de que el texto narrativo viene a colmar nuestra pobreza
metafísica. Vivimos en el gran laberinto del mundo, más vasto
y más complejo que el bosque de Caperucita Roja, del cual aún
no hemos precisado todos los senderos sino que además no lo-
gramos expresar su diseño total. En la esperanza de que exis-

63
tan reglas de juego, a través de milenios la humanidad se ha
planteado el problema con respecto a si este laberinto tuviese
un autor o varios autores. Y ha pensado a Dios, o a los dioses,
como si fuesen autores empíricos o narradores.
De una divinidad empírica nos preguntamos qué aspecto
tiene, si poseé barba, si es un El, un Ella, un Eso; si vive en
los cielos o sobre las cimas del Olimpo; si ha nacido o existido
desde siempre, e incluso, (en nuestros días) si está muerto,
como Marx y Freud. Una divinidad narradora, que hablase y
dijera “Yo” ha sido buscada por doquier, en las vísceras de los
animales, en el vuelo de los pájaros, en el zarzal ardiente y
en la primera frase de los Diez Mandamientos. Pero algunos,
ciertamente los filósofos, y también muchas religiones, lo han
buscado como Regla del Juego, como Ley que hace posible (o
que un día hará posible) comprender y recorrer el laberinto del
mundo. En este caso la divinidad es algo que debemos descu-
brir en el mismo momento que descubrimos el porqué esta-
mos en este laberinto, o por lo menos adivinamos cómo se nos
pide recorrerlo y comprenderlo.
La experiencia del mundo puede verse como una metáfo-
ra de la experiencia del texto, porque en ambos casos se cul-
mina en una búsqueda de la Ley, aun si se tratase de una Ley
que exige de nuestra parte actos de libertad.
Una vez escribí en las Apostillas al nombre de la rosa que
nos gustan las novelas policiales porque plantean la misma
pregunta que se hacen las filosofías y las religiones: Whodun-
nit?, ¿quién ha sido?, ¿quién es el responsable de todo esto?
Pero todo esto es metafísica para el lector ingenuo. El lector
crítico se pregunta todavía más: ¿Cómo debo identificar (por
conjeturas) o incluso, cómo debo construir el Autor modelo de
tal modo que mi lectura tenga sentido? Stephen Dedalus se
preguntaba si un hombre que en un ímpetu de ira golpeara un
bloque de madera y, por casualidad, obtuviera la imagen de
una vaca, habría producido una obra de arte. Hoy, después de
la poética del objet trouvé o del readymade nosotros tenemos
la respuesta: es obra de arte si logramos imaginarnos detrás
de la forma casual la estrategia formadora de un autor. Es un
caso extremo que expresa maravillosamente el nexo insepara-

64
ble, la dia-léctica entre autor y lector que debe realizarse en
cada acto de lectura.
En esta dialéctica nosotros respondemos a la invitación
del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. Y si, como dice
Heráclito “El dios cuyo oráculo está en Delfos, no habla, no
oculta sino que indica”, este conocimiento permanece ilimita-
do porque asume la forma de una interrogación continua. Y
todavía esta interrogación, potencialmente infinita, es limitada
por el formato reducido de la enciclopedia requerida por una
obra de ficción, mientras que no estamos seguros de que el
mundo real, con todas sus infinitas posibilidades de réplica,
sea finito e ilimitado o infinito y limitado.
Pero existe también otra razón por la cual la narrativa
nos hace sentir a nuestras anchas con respecto a la realidad.
Existe una regla áurea para cada criptoanalista o descifrador
de códigos secretos, y se refiere al hecho de que cada mensaje
puede ser descifrado siempre y cuando sepamos que se trate
de un mensaje. El problema con el mundo real es que nos es-
tamos preguntando desde hace milenios si existe un mensaje
y si este mensaje tiene un sentido. Con respecto a un universo
narrativo nosotros sabemos que constituye un mensaje y que
una autoridad, un autor, está detrás de él, como su origen y
como conjunto de instrucciones para la lectura.­
Así, nuestra búsqueda del autor modelo –y del tipo de
competencia del mundo que nos solicita– es la búsqueda del
Ersatz10 de otra imagen, aquella de un padre, que se pierde en
la niebla del infinito.

10.  Ersatz, del alemán “Ersetzen”, que significa “substituir”.

65
La destrucción
César Aira
(1994)

Creo que era Lewis Mumford el que se preguntaba qué


poder sobrehumano podría reducir a ruinas las grandes ciu-
dades modernas. Qué fuerza de titanes de la demolición se
necesitaría para hacer tabla rasa con esas formidables acu-
mulaciones de piedra, cemento, acero. No siempre se percibe
el inmenso trabajo humano que preside la construcción de las
ciudades. Nos quedamos boquiabiertos ante las pirámides de
Egipto, o la Gran Muralla china, pero cualquiera de las ciu-
dades en las que vivimos equivale a decenas de miles de pirá-
mides o murallas. Y es cierto que parecen indestructibles. Ha
quedado abundantemente demostrado que ni los bombardeos
ni las catástrofes naturales ni las epidemias pueden nada, sal-
vo en todo caso renovarlas y darles un nuevo impulso.
Y sin embargo, conservemos la convicción de que no son
eternas. Hay algo que podría destruirlas y dejarlas desiertas
y desoladas como pueblos fantasmas. Después de todo, las
pirámides son una especie de ruina, objeto del turismo, inerte,
sólo viva como enemiga intelectual. Lo que las transformó en
lo que son puede transformar a nuestras ciudades también en
monumentos vacíos y enigmáticos para las generaciones futu-
ras. Esa arma letal (ésta es la respuesta que daba Mumford)
es a la vez muy poderosa y muy discreta; es un pequeño cam-
bio de costumbres, de gustos, de creencias... Eso bastaría.

67
Una moda, un capricho colectivo, algún pequeño invento, un
temor...
Es cierto que nuestras ciudades han sobrevivido a mu-
chos caprichos o modas o temores. Y sin embargo es perfec-
tamente concebible que sobrevenga alguno que sí sea eficaz.
Lo que no es tan concebible, para nosotros los hombres de las
ciudades, es cuál puede ser.
Todos los cambios que se nos puedan ocurrir ya han su-
cedido, y la ciudad los ha asimilado todos. Por ese lado parece
invencible. Se diría que cuanto más hostil le es una iniciativa,
más le sienta: los movimientos ecologistas, comunitarios, na-
turistas, de vuelta a la naturaleza, de trekking, de caza subma-
rina, todos crecen y prosperan en las ciudades, que encuen-
tran en ellos la ocasión de proliferar en tiendas especializadas,
clubes, periódicos, guetos...
Ese pequeño detalle que matará a las ciudades está muy
oculto, es doblemente invisible: un cambio de hábito siempre
está oculto en el hábito, que es lo invisible por naturaleza. La
máquina de la ciudad sigue funcionando porque todos cumpli-
mos nuestra función: obedecemos a nuestros hábitos, a nues-
tros gustos, a nuestras deliberaciones y a nuestros destinos. Y
en la ciudad, a lo primero que nos acostumbramos es al cam-
bio. De hecho la ciudad es una máquina de cambios. Creemos,
quizás equivocadamente, que la ciudad se adapta a nuestros
cambios de gustos y de humores: transforma cines en templos
evangélicos, iglesias en discotecas, librerías en restaurantes,
salas de billar en agencias de remises... Quizás no haya una
secuencia de causa y efecto tan neta; la razón de ser de la ciu-
dad bien puede ser alimentar un flujo permanente de cambios
en sus ocupantes, cambios que a su vez la alimentan a ella y
la mantienen con vida.
De modo que quizás ese pequeño cambio solapado será
un deseo de no cambiar... Y aun para hacerle frente a él la ciu-
dad parece bien preparada, pues todas las ciudades tienen un
repliegue conservador siempre dispuesto a expandirse.
Por otro lado, si buscamos el detalle destructivo en el
cambio radical y excesivo, perderemos la partida porque ese
cambio nunca sería patrimonio más que de individuos aisla-
dos, los grandes extravagantes, en los que la ciudad siempre

68
se ha especializado. Lo que nos hará abandonar las ciudades
será un movimiento que afecte a todos, no a uno, y lo que
afecta a todos, el común denominador, no puede ser sino un
mínimo.
Esta pequeña épica fantasiosa del fin de las ciudades
desemboca en un impasse. Un pequeño cambio en nuestro
humor bastaría para lograrlo, pero la ciudad es el animal que
se alimenta de cambios, pequeños y grandes, positivos y nega-
tivos. De modo que si realmente queremos ganar esta guerra...
Una guerra perfectamente gratuita e imaginaria, me apresuro
a aclararlo, un puro ejercicio intelectual, porque no me anima
ningún propósito práctico y mucho menos la hostilidad, ya
que no creo que pudiera vivir fuera de las ciudades... Pero,
en fin, si queremos ganar esta guerra imaginaria contra las
ciudades, si queremos encontrar ese pequeño cambio que la
aniquila, deberíamos buscarlo más allá de todos los cambios,
grandes o chicos.
Y llegado a este punto advierto que yo al escribir, al bus-
car un argumento para una novela, una idea para un perso-
naje, un giro, una palabra, no hago otra cosa que buscar ese
pequeño detalle. Después de todo, “puro ejercicio intelectual”
es una definición del trabajo del novelista. Sobre todo del no-
velista que, como yo, se pretende realista; la persecución ma-
niática de la realidad garantiza la no contaminación del traba-
jo mental con elementos mundanos.
Pues bien, ese pequeño cambio no se “encuentra” ni se
“busca” ni es la resolución de un problema intelectual: es algo
que se va a dar, que va a suceder, con la majestuosa e imper-
turbable objetividad con que sucede la realidad...
Dije que era una guerra “gratuita e imaginaria”. Pero in-
mediatamente es necesario hacer intervenir la realidad. Des-
pués de un breve planteo introductorio, mi disertación debería
demostrar que no se trata de hipótesis sino de realidades, que
sí “me anima un propósito práctico”. La ocasión es perfecta
(estoy tomando estas notas en un viaje), ya en las ciudades
ajenas, en las que uno no vive ni vivirá nunca, las ensoñacio-
nes se desvanecen en un rayo de realidad desnuda y práctica.
Una ciudad distinta puede matar la literatura, porque
desde ellas sólo puede escribirse en términos de producto, no

69
de producción. El apuro por volver es tal que no hay tiempo
para establecer sobreentendidos, o malentendidos, que son la
materia de la que se hace la literatura, y es preciso aferrarse
a los objetos.
El horror de las ciudades extranjeras: el escritor de va-
caciones. Quimera de redundancias mal cosidas. El escritor
siempre está de vacaciones. Mientras los otros se extirpan de
las vacaciones con el trabajo, el escritor se ve condenado a
acentuar sus vacaciones.
Como primera medida efectiva, está la destrucción pecu-
liar que el escritor lleva a cabo con las ciudades: mantenerlas
apartadas de su subjetividad, a distancia, como miniaturas
ópticas, con todos sus palacios, calles, avenidas, parques, he-
chos una bolita de cristal que rueda para que caiga y vuelva a
levantarse la nieve de sus glaciaciones privadas.
Para el extranjero la ciudad es siempre miniatura: foto,
postal, mapa, souvenir... Es sólo cuando uno se instala en ella
que comienza a agrandarse... La postal o el mapa pierden su
utilidad: uno ha entrado en la miniatura, y todo se infla, se
agiganta... Hasta llegar al punto en que la ciudad contiene
toda nuestra vida, y sólo entonces puede empezar a contener
nuestras novelas. Las ciudades están preparadas para actuar
como miniaturas inclusivas. Es esa disposición la que hay que
hacer explotar.
Nada más destructor para la novela que la angustia. La
ciudad extranjera, la miniatura, produce angustia porque nos
contrae a una contigüidad donde no hay espacio para las evo-
luciones de la rutina, en las que el cuerpo se siente pleno y
puede actuar... La novela es esa actividad, esa inflación feliz
en el continuo espacio temporal.
La novela se hace con la dialéctica de la miniatura y lo gi-
gantesco. Miniatura anémica, pero también espacio en el que
el cuerpo puede evolucionar, la voz resonar...
Es otra vez la dialéctica de la producción y el produc-
to. En la necesidad de tener algo que mostrar, de justificarse,
se termina fabricando una miniatura, un cristalito facetado,
miserable objeto que no valdría nada (y no vale nada) si no
reflejara los grandes espacios en los que se ha vivido (el mito

70
personal). Siempre están las dos cosas, miniatura y desmesu-
ra, en un continuo que corre y corre.
¿Y si probáramos con un concurso? ¿O lanzando el ru-
mor de que destruir ciudades trae buena suerte? Si el escri-
tor sabe algo, es que cualquier idea, aun la más disparatada,
puede ser la buena. Ni siquiera necesita serlo: en el contexto
adecuado, la peor de las ideas puede dar frutos. Se trata de un
diferencial dentro de un sistema, y toda la diferencia la hace el
más estricto mínimo. Que una novela salga bien o no depende
de muy poco.
Quizás, por último, ya ha pasado. Quizás las ciudades
están abandonadas y muertas –después de todo, eso siempre
es relativo. Y el urbanismo no es más que este mismo puro
ejercicio intelectual ante objetos enigmáticos de los que se ig-
nora la función y cómo fue posible que se construyeran.
Si las pudimos crear, si es cierto que lo hicimos, entonces
también podemos destruirlas. Lo que pudo construirse tam-
bién podrá destruirse. La destrucción es la prueba de nuestro
poder creativo. Si hoy día nos hemos convencido de que po-
demos destruir la naturaleza, que es la realidad plena, ¿por
qué no podríamos destruir las ciudades? Las ciudades no son
realidad plena, participan de los procesos mentales, inclusive
de los más íntimos, los siguen de cerca, los moldean... Son
una destrucción ready-made: en su construcción participa la
idea de la destrucción. Como las novelas; como la lengua. La
simetría que causa todas las perplejidades es que nosotros sí
somos realidad plena, objetos de la naturaleza.
Con todo, la ciudad es la forma más tangible de la reali-
dad que percibo. Y preguntarse por lo real equivale a pregun-
tarse cómo funciona y cómo nos afecta. El constructivismo,
que para mí constituye la cima del arte, no es otra cosa que
esa calidad de armado-desarmado por la que cualquiera pue-
de ver cómo se hizo la obra, y esa visión, hecha proceso, vuelve
a crear una y otra vez, vuelve a hacer arte, novela, mito perso-
nal, ciudad... “Debe ser hecho por todos, o por uno”. Y lo que
une a “todos” es el mínimo diferencial, el común denominador.
No lo grande: lo pequeño. “Construccionismo” y “despertar de
la percepción dormida” son las dos banderas de combate de
los formalistas rusos; si pudiéramos enlazarlos, le haríamos

71
un gran servicio a la teoría. De hecho, la percepción misma
es el rompecabezas que todos pueden armar y desarmar, te-
niendo las claves... Lamentablemente, la única clave que co-
nocemos es el arte, con lo que se produce un cortocircuito que
interrumpe el razonamiento y no deja más camino que seguir
haciendo arte. En términos prácticos, para saber cómo funcio-
na algo es necesario hacerse una maqueta mental que pueda
llegar a funcionar de la misma manera. Pues bien, las novelas
han sido mis maquetas.
Desde hace años estoy empeñado en escribir novelas que
llegado el caso pudieran servir como guías topográficas del ba-
rrio donde vivo. Me empeño en poner los nombres de las ca-
lles, sus características, negocios, casas, horarios, y hasta sus
vecinos más notables. Como suele decirse: no invento nada.
En cada novela exploro un par de cuadras, y no necesito que
me digan que a ese paso no voy a terminar nunca no ya con
Buenos Aires, que es inmensa, ni con el barrio de Flores, sino
ni siquiera con el rincón del barrio donde vivo. No tiene im-
portancia. De hecho, no sé siquiera por qué lo hago. Además,
saboteo la empresa; porque no invento nada para inventarlo
mejor todo.
¿Cómo se mueve uno por las calles donde vive?
A ciegas, llevado por el hábito. El hábito tiene por fina-
lidad evitar la sobrecarga eléctrica del cerebro que produciría
el exceso de percepciones; percibimos el estricto mínimo que
necesitamos para funcionar, y del resto se hace cargo el piloto
automático del hábito. Lo que sí percibimos forma lo nuevo;
antes de que se sedimente en hábito es la capa creativa de
nuestra actividad mental.
Ya mencioné la función que le asignaron al arte los for-
malistas rusos: volver a despertar la percepción dormida. Tra-
tándose de algo tan resbaloso, tan paradójico, como el sueño
de la percepción, el efecto va a producirlo mejor lo pequeño
que lo grande. No las sólidas obras maestras de largo aliento,
sino más bien el mínimo toque inconexo, el desvío sutil: el
detalle pequeño, a veces ínfimo, sobre el que he venido espe-
culando hasta aquí.
Pero sucede que el pequeño detalle es siempre la traduc-
ción, el equivalente, de un gran bloque de civilización. La per-

72
cepción que se despierta entonces, equivalente de lo grande en
lo pequeño, es la del extranjero absoluto.
Para explicarme en este punto debo esbozar someramen-
te mi teoría de las equivalencias, que dice que toda civilización
tiene todo lo que tiene cualquier otra, hasta el último detalle,
bajo otra forma... Supongamos una civilización con un gran
artista, por ejemplo la civilización occidental y Dante. Dada la
teoría de las equivalencias, toda otra civilización lo tiene tam-
bién. Digamos los papúes de Nueva Guinea... ¿Dónde está su
Dante? No lo sé, pero doy por sentado que está; puede no estar
en una persona; de hecho sería una rarísima coincidencia que
estuviera ahí. Puede estar en cualquier elemento de esa civi-
lización, el “equivalente”, y puede ser un detalle pequeñísimo,
por ejemplo, por decir cualquier cosa, el modo de hacer un
nudo, si es que los papúes hacen nudos. Ese modo de hacer
el nudo es para ellos lo que Dante es para nosotros, y saber lo
que significa ese nudo para ellos nos ayudaría a comprender lo
que es Dante para nosotros (sería el único modo de compren-
der lo que es Dante para nosotros). El asunto también puede
verse al revés; lo que fueron las pirámides para los antiguos
egipcios puede ser para nosotros, por decir algo, el balanceo
de las caderas cuando se aplasta un cigarrillo en el piso con la
punta del pie. Si llegáramos a averiguar qué función cumple
ese gesto en el tejido molecular de pequeñeces que constitu-
ye nuestra vida en sociedad, habríamos resuelto el trajinado
enigma de las pirámides, y viceversa, si los egiptólogos dieran
en el clavo al fin...
(Las equivalencias también pueden darse entre dos blo-
ques importantes de civilización, o entre dos minucias, y no
es necesario que se den equivalencias de uno a uno: dos ele-
mentos, o mil, juntos, pueden equivaler a uno solo. De hecho,
tanto la cantidad como la jerarquía se anulan.)
De ahí la importancia del pequeño detalle. El artista que
saca a la luz para nuestra percepción algo que el hábito o
la insignificancia han tenido ocultos, nos está revelando un
mundo, algo que para otros hombres fue quizás una religión,
un gran artista, el amor... Por lo mismo, es el pequeño detalle
que cambia las civilizaciones.
Preguntarse por ese pequeño cambio, por el mínimo que

73
hará toda la diferencia, equivale a preguntarse por lo que hace
a una civilización. Lo que define una civilización, su pequeño
secreto... A eso debe de referirse lo de “no terminará con una
explosión sino con un suspiro” (o gemido), vale decir con una
señal psicológica, de hartazgo seguramente.
Ninguna idea me ha influido tan profundamente en mi
trabajo de escritor como una contenida en unos versos de Au-
den, creo que en un poema que se llama “Arqueología”: “la Ar-
queología nos dice qué era importante para ellos, pero no qué
les era indiferente...” Es decir, lo que no veían, sus sobreenten-
didos, lo ignorado por ya sabido, por habitual: la materia de su
arte. Eso es lo que yo me he lanzado a buscar, con mi Teoría
de las Equivalencias y con mis novelas. Pero como nosotros
también somos una civilización, objeto de alguna Arqueología
que no sabemos dónde o cuándo puede estar haciendo sus
excavaciones, me pregunto si la frase de Auden será tan cierta
como parece. Quizás sí sabemos lo que les era indiferente... Y
saberlo es nuestro arte, nuestra ciencia, nuestra filosofía...
“No quiero detalles, quiero atmósferas”, decía una lectora
exigente, otros han dicho lo contrario. Ambos cuentan; hay
que tener un ojo puesto en cada uno. La atmósfera es funda-
mental, si la novela va a ser el inflador de ciudades, el magni-
ficador manual de las miniaturas angustiantes. Pero el detalle
también lo es, como enlace de la percepción y la invención; la
novela inventa lo que percibe, y sólo percibe lo que inventa.
(El realismo es una metáfora del hábito). Aislados del otro, el
detalle o la atmósfera producen el individuo, la psicología, y la
desdicha. Lo mismo puede decirse de la invención y la percep-
ción. El individuo nunca puede captar los mínimos, que son
colectivos. Si la novela está bien hecha, si todo en ella obedece
a una necesidad interna, entonces el lector podrá reconstruir-
la al leerla, y lo hará, volviéndose creador y dándole presente
a la obra de arte.
¿Dónde va a parar entonces nuestra búsqueda del de-
talle fatal? En la construcción no hay misterio: se desarma
hasta la última pieza y se vuelve a armar; la construcción es
transparente, limpia, al alcance de todos, sin psicología, sin
talento, sin claves ni misterios.
Pero justamente, nuestro detalle, nuestra bomba atómi-

74
ca privada, debíamos buscarlo más allá de todas las pobres
ocurrencias que nos dicta la imaginación meramente psico-
lógica. No ahí, sino en los mecanismos colectivos típicos que
darán forma a lo nuevo en el proceso de la creación, en su
borde más improbable y momentáneo. Porque la creación es
siempre creación de hábito, y el arte es sólo proceso, presente,
improvisación. De ahí el apuro.
La destrucción de las ciudades es hoy por hoy el modo de
ir más allá del juego técnico de la literatura, de la fabricación
de objetos de consumo, y de la ratificación del trabajo del arte.
El único modo.
O bien, dicho al revés: cuando la novela pueda ser hecha
por todos, no por uno, se destruirá lo indestructible, incluido
lo más indestructible, aquello cuya destrucción por ahora sólo
podemos avizorar como ocioso ejercicio intelectual, vale decir
lo que transforma todas nuestras transacciones con la reali-
dad en un ocioso ejercicio intelectual.

75
Lector in urbis:
espacio urbano y estrategias narrativas
Rocco Mangieri

“...frente a los centros que siguen soñan-


do sus raíces, que siguen protegiendo su
Edipo, los márgenes, las fronteras, están
en proceso aceleradísimo de fusión y de
transformación.”
J.M. Barbero,1994

la ciudad como texto y discurso

Las ciudades, los espacios considerados como lugares ur-


banos, pueden ser abordados como un texto o conjunto de tex-
tos espacio-temporales dotados de sentido, de efectos de senti-
do que se expresan a través de las formas de vida urbana, de
los “estilos urbanos”, o por la aparición constante y cambiante
de una red heterogénea de funciones o usos (estereotipados o
significantes): tomar un taxi, encontrar a un amiga, ir al cine,
regresar a la casa, ir al trabajo, realizar una manifestación
pública, subir una escalera, asomarse a la ventana para ver lo
que ocurre, pasear por una avenida, ir de compras, etc.
Se trata de un uso “transversal” de la noción de texto y no
orientada exclusivamente a una escuela o tendencia sino más bien
dentro de la búsqueda razonable de una necesaria confrontación de
nociones y modelos con la densidad misma de la ciudad como objeto
significante.

77
El texto, puede ser definido en principio como un artificio
semiótico, un dispositivo sígnico que produce sentido y comu-
nicación de acuerdo a determinadas reglas sintácticas, semán-
ticas y pragmáticas (ECO 1979). El texto también puede con-
siderarse como lugar donde son puestos en escena simulacros
de conversación entre autores y lectores (aquí entre actores y
escenarios urbanos) previamente inscritos en el texto mismo a
través de huellas o estrategias narrativas y discursivas. El tex-
to-ciudad es visto entonces como un vasto y complejo conjun-
to más o menos articulado de huellas, programas, itinerarios,
rutas interpretativas y actos que para cumplirse requieren de
la participación activa de los usuarios-habitantes. Pero al mis-
mo tiempo es un lugar para la realización de pruebas, para
adquirir competencias y llevar a cabo acciones y performances,
realizar programas narrativos y discursos espaciotemporales
cargados de valores que pueden ser reconfirmados, aceptados
o reconfigurados por los habitantes-usuarios.
Uno de los objetivos principales de este ensayo es la des-
cripción de algunas estrategias que la ciudades como textos
establecerían a nivel discursivo en cuanto a la configuración
de un lector in fabula, de un usuario o habitante confabulado
con sus tramas. Será pues relevante, no tanto la noción de un
lector-usuario empírico sino la de lector modelo o de segundo
nivel (ECO 1981). Es por esto el título de lector in urbis para-
fraseando al lector in fabula de U. Eco , como la imagen de un
usuario confabulado del texto-ciudad que acepta o no los con-
tratos narrativos: lúdicos o míticos, cognitivos o pragmáticos,
significantes o estereotipados, políticos, éticos, estéticos.
Una ciudad puede ser vista como una urdimbre de textos.
Un Texto-ciudad que prevee ciertos movimientos cooperativos
del lector (habitante o “extranjero”) excluyendo otros. El usua-
rio-lector de la ciudad-texto debe confabularse con sus tramas
para imaginar, sentir y leer, a partir de la superficie textual,
las fábulas propuestas: las macronarraciones posibles, las
ideologías del vivir la ciudad.

78
lector in fabula-lector in urbis

En la semiótica interpretativa y textual es importante


la prefiguración de un lector-usuario del texto diferenciable al
menos en dos planos o niveles,

a) El lector empírico o real que efectiva y concretamente em-


prende la lectura o trabajo interpretativo en determinadas con-
diciones y dotado de enciclopedias particulares y locales que le
permiten diversas topicalizaciones de los niveles temáticos dis-
puestos “estratégicamente” en el texto: Es el nivel del lector de
“primer nivel”.

b) El nivel textual propiamente dicho (una imagen interior al


texto) que se traduce en un conjunto de marcas, signos o huellas,
finalmente estrategias o “movimientos cooperativos” delineados
o difusos propuestos por la arquitectura misma del texto. Este
nivel, del lector in fabula, debería coincidir con la estructura del
texto mismo, con la redistribución de las estrategias discursi-
vas: previsiones de algunos movimientos e itinerarios en vez de
otros, selecciones cotextuales y contextuales, frames y guiones
enciclopédicos señalados, proposiciones explícitas o implícitas
de contratos narrativos a seguir, paseos inferenciales. Es el ni-
vel del lector modelo o lector de “segundo nivel”.

Nuestro lector in urbis es un lector in fábula según ciertos


grados de inserción en las tramas del discurso urbano-arqui-
tectónico. El lector empírico decide usar /interpretar la ciudad
y sus espacios en base a programas narrativos propuestos
por el texto urbano y por las enciclopedias locales delineadas
en los laberintos urbanos. El punto central es ese lugar de re-
laciones, de quiebres, de coincidencias parciales o globales, de
rechazos entre lector-usuario real y lector in urbis, modelo di-
námico inscrito en el texto-ciudad. Precisamente en este pun-
to puede comprenderse y releerse toda la densa problemática
de nuestras ciudades y en el interior de grandes unidades te-
máticas reconocidas como las formas y estilos de vida urbana
(ciudad mediterránea, ciudad caribeña, ciudad europea, ciu-
dad satélite, etc) y alrededor de las etiqueta y nombres como

79
“malestar urbano”o “crisis urbana”. No hay que obviar aquí las
ideologías de lo urbano, las lecturas y usos aberrantes de la
ciudad no previstos por los discursos oficiales.

imposicion/disposicion: dispositio dèbil, dispositio fuerte

El lector in urbis ser puede definir como una figura y


resultado de un conjunto articulado de estrategias topológico-
narrativas que se disponen en el interior del texto urbano para
ser “reconocido” y actualizado por el lector empírico. Este úl-
timo tiende a aceptar o rechazar los itinerarios propuestos.
Y esto al menos en dos sentidos, considerando sobre todo
que el discurso urbano se le impone o dispone y que al mis-
mo tiempo se torna más transparente u opaco en sus estra-
tegias enunciativas al querer producir mayor menor adhe-
sión del destinatario(cognitiva o pragmática, manipulatoria o
cohercitiva).­

–El texto-ciudad impone una fuerte aspectualización bien sea


actoral, espacial, temporal o proxémica. El lector in urbis se
configura entonces como una serie de algoritmos o secuencias
narrativas fuertes o como una cadena de actos bastante pre-
figurada. Habría aquí que diferenciar a su vez, la imposición
de efectos de enunciado “transparentes” de los efectos de una
enunciación enunciada: Así, por ejemplo, la figurativización de
un programa narrativo canónico urbano como “pasear por una
avenida” optaría por imponer a nivel de la manipulación una
secuencia que el usuario no podría no aceptar. La ciudad-texto
impone para su lectura la realización de secuencias de actos:
desde lo ceremonial y sagrado ( códigos inviolables de uso)
hasta lo cohercitivo de determinados programas de control y
vigilancia .

–El texto urbano dispone, y generalmente un lector in urbis


dotados de varias competencias enciclopédicas, a través de las
cuales se configuran itinerarios no estrictamente algorítmicos
y secuenciales. La dispositio débil estimula un mayor nivel de
ambigüedad interpretativa. Aquí el texto propone un efecto de

80
adhesión al tiempo y espacio de lo narrado (la historia urba-
na como hecho del pasado ,por ejemplo) o bien un efecto de
“distanciamiento”, desviando la percepción hacia los signos y
artificios que permiten sostener el efecto mismo de una ficción
urbanística: a través de indicadores o índices de la enuncia-
ción como, por ejemplo, los recorridos posibles en el interior
de una trama urbana y la disposición o no en éstos de signos
o señales urbanísticas para la realización del recorrido urbano.
Son textos-ciudad que más que crear un efecto contractual de
imposición (un no poder no aceptar), se fundan sobre sistemas
semióticos de prescripción, colocando al lector modelo en la
modalidad de un poder no aceptar y ofreciendo alternativas de
uso y “contratiempos” urbanos.

En este punto, y ya que he introducido algunas de las


nociones del modelo generativo de la significación, creo perti-
nente agregar la noción de narratividad y de programa narra-
tivo. Evidentemente podemos, junto a la figura de un lector in
fabula urbano, tomar en cuenta que ese mismo lector como
actante, figura o actor de la comunicación adquiere también
una presencia semiótica si lo hacemos “transitar” por la fases
de un recorrido generativo. Desde su constitución “profunda”
como actante colectivo (grupo, clase social, etnia, etc) pasan-
do por la virtualidad de los estados (de conjunción-disyunción
con los espacios y los objetos de una ciudad) hasta su presen-
cia “icónica” como figura y actor urbano , lugar de encuentro
de roles ( temáticos, pasionales, actanciales y modales).
El actor urbano podría interdefinirse con la noción de lec-
tor in urbis. Por otra parte, resulta ilustrativo ver el proceso
narrativo de observación y contrato, de adquisición de com-
petencia, realización de acciones y de sanciones o reconoci-
mientos, como un proceso análogo a lo que aquí llamamos el
movimiento cooperativo del lector que lo debe conducir desde
las tramas hasta la fábula urbana. El esquema narrativo ca-
nónico (en base a la semiótica generativa de Greimas) podría
redibujarse del siguiente modo:

81
Fase de Contrato Pruebas Performances Reconocimiento
y de observación o sanción

Manipulación
Seducción Adquisición de la competencia Acción-realización ----------------------

El lector es colocado en las El lector-usuario de la ciudad


diversas posiciones de un debería atravesar por determinadas El lector puede ver y Es reconocido
cuadrado lógico-semántico: fases narrativas que lo hagan percibir la ciudad, sus implícita o
Poder no aceptar, no poder competente antes de alcanzar espacios.Es partícipe explícitamente
no aceptar, etc el status semiótico de actor urbano de su sentido. como actor urbano

Al mismo tiempo es interdefinible la noción de programa narrativo: la ciudad


establece programas estereotipados o significantes (Greimas, 1980) y queda
de parte del lector in urbis la búsqueda, la comprensión de programas expan-
sivos que aún partiendo de un conjunto de programas de base los contradi-
gan o subviertan. Los programas de base serían homologables a lo que aquí
denominaremos como logotécnicas o discurso urbanístico en contraposición
al discurso urbano, los imaginarios y los mundos posibles construidos. Las
logotécnicas, como indicaba Roland Barthes, corresponden a los lenguajes
reductores de los especialistas de la ciudad que generalmente se superponen
al texto-ciudad para cancelar los signos inventados por los colectivos y grupos
sociales imponiendo significados estereotipados e ideológicos.

de como el texto-ciudad prevee al lector

La ciudad como lugar de las estrategias

En la obra de Umberto Eco (sobre todo en su Lector in


fábula) se encuentra una noción del texto que se apoya en
cierto modo en la de estrategia. Un texto es un producto cuya
suerte interpretativa debe formar parte de su propio mecanis-
mo generativo. Generar un texto significa organizar una es-
trategia que comprenda de algún modo las previsiones de los
movimientos del otro.
En este caso se trataría de un juego y una estrategia de
la inteligencia, del saber y de la sensibilidad y lo que yo de-
nominaría la exploración heurística de un juego cognitivo más
que la referencia directa a la idea de enfrentamiento de dos
jugadores si bien las relaciones entre los sujetos semióticos
y su ciudad( enunciador-enunciatario) se tornan a menudo
polémicas y contractuales: no tenemos más que revisar las his-
torias de la ciudades antiguas o actuales para darnos cuenta
de esto y los ejemplos de las ciudades en guerra como sujetos

82
colectivos enfrentados es una manifestación flagrante de este
hecho.
La metáfora del juego y de la estrategia me parece muy
útil en el tema que nos ocupa. El lector in urbis se identifica
(en varios grados) con el juego cognitivo que le propone si-
lenciosamente la ciudad-texto: jugar al ajedrez urbano de los
posibles desplazamientos, los falsos indicios, las traiciones y
subterfugios, las prohibiciones, a los “estímulos programados”
o indicaciones de “iconografías” arquitecturales que proponen
itinerarios reales o imaginarios. ¿En cuántas ciudades reales-
imaginarias se nos ofrecen las tramas de las estrategias, las
confrontaciones, las polémicas entre sujetos de distinto orden
y competencia?
El lector in urbis es una forma semiótica del juego de la
trama o de las tramas urbanas, detrás de las cuales se inten-
tarán descubrir las fábulas subyacentes. Se supone que una
vez leídas las fábulas, la organización más o menos profunda
que sostiene las configuraciones discursivas de una ciudad,
el lector in urbis estaría en capacidad de escribir-reescribir la
ciudad. Escribir-reescribir la ciudad es, en cierto modo, un
acto de apropiación o re-apropiación, de re-descubrimiento
del sentido de vivir en esa ciudad, en ese lugar.
Para un semiótico como Juri Lotman y contrariamente
al sentido común, esto supondría en realidad que el habitante
adquiriese la competencia de la mirada del extranjero conser-
vando al mismo tiempo el saber y la mirada del habitante. Es
la misma doble mirada y el dialoguismo de la poética que Mi-
jail Bakhtine proponía en relación al texto artístico. Un film
como “Roma” de Fellini es ejemplo de esta doble mirada.
Por otra parte las ciudades actuales (y desde hace ya va-
rios siglos), es decir lo que denominamos territorios urbanos,
son textos regidos por escrituras diversas, heterogéneas anó-
nimas, cambiantes. Todo tentativo de reducir radicalmente y a
través de códigos institucionales la significación urbana no ha
logrado sus resultados en ninguna parte del mundo. Quizás lo
logre ( y lo dudo) en el cyberspace. Las ciudades son lugares
textuales y discursivos de fuertes desfases y contrastes socio-
históricos. En este contexto la noción de autor modelo es útil
por cuanto no se identifica como un único ente productor del

83
discurso, sino con un conjunto heterogéneo de estrategias ge-
nerales y “tácticas” menores que disponen la posible genera-
ción del sentido de lo urbano: esto que llamamos comúnmente
como “vivir” la ciudad, de usarla o recorrerla, de pensarla e
imaginarla, de transformarla.
El autor-modelo es la posibilidad cognitiva y pragmática,
del reconocimiento de una entidad que crea un cierto efecto
semiótico de coherencia, de regularidad de lectura e interpre-
tación de una ciudad. Un efecto-coherencia nada compacto ni
homogéneo a pesar de los simbolismos forzados que a veces
desean imponerles las instituciones socioculturales y políticas.
Los programas políticos urbanísticos se afanan siempre por
construir la figura de un autor modelo estable y reconocible.­
Pero el problema, y más aún en el caso de la ciudad con-
temporánea, está precisamente en la construcción teórica de
estos niveles de coherencia o isotopías del texto-ciudad ,como
diríamos en el ámbito de la semiótica generativa cuando bus-
camos una noción semiótica apta para referirse a esos niveles
o planos de signos o enunciados que se reiteran y caracterizan
un texto-ciudad. ¿Quién habla-enuncia la ciudad-texto? ¿Qué
tipo de interlocutor construye o modela? ¿Cómo nombrar y
reconocer las dis-topías y las rupturas o transfiguraciones del
texto urbano latinoamericano?
Una ciudad, una urbe, presenta al mismo tiempo un cru-
ce de isotopías o temas de diversa naturaleza. Greimas en su
ensayo sobre la semiótica del espacio (GREIMAS 1980) propo-
nía tres grandes isotopías axiológicas de lo urbano: lo estético,
lo político y lo racional que, si nos fijamos bien , corresponde-
rían en cierto modo a la trilogía vitruviana de los valores con-
juntos de lo bello, lo bueno y lo bien construido. Añadiendo a
la vez las categorías sociedad vs individuo y euforia vs disforia
Greimas establecía la base de un programa semiótico que pro-
gresivamente podría construir una suerte de gramática de la
ciudad. ¿Pero es posible una gramática unificada de nuestras
ciudades?
Sin menospreciar este enfoque cuya utilidad es evidente,
vemos que supone en el fondo la constitución de lo urbano
más desde la mirada interior al texto, es decir de lo urbano
como coherencia y regularidad interna, como “buena forma”,

84
dejando fuera el problema de las actuales ciudades o urbes
cuya textualidad requeriría además de este enfoque otros más
acordes con el rasgo de liminaridad y frontera del cual habla-
remos, es decir las ciudades como cruce de fronteras semióti-
cas.
Podríamos ya inferir como hipótesis inicial que nues-
tras ciudades actuales, en “crisis” desde varios siglos como
totalidad , diseminadas, dispersas, fragmentadas, no delimi-
tadas como territorios únicos, atravesadas continuamente por
lenguajes diversos desde su propia fundación motivan a una
continua revisión del dispositivo teórico de la semiótica y de
campos análogos del saber, y sobre todo de aquellas semióti-
cas que parten de una imagen del texto como unidad acotada,
dotada de coherencia, de marcas explícitas de intencionalidad
comunicativa. Esta es una noción de texto que privilegia casi
siempre la dimensión del sistema, del código y de lo sistemáti-
co por encima de lo procesual.
La visión sobre la ciudad (lo urbano, que como veremos
se puede contraponer a lo urbanístico) induce justamente a
reformular aquella frase de A.J Greimas de que fuera del texto
no hay salvación.
Quizás la frase que conviene más en este caso es la de
que en los límites del texto está la salvación, y veremos más
adelante el sentido de este límite.

el mapa no es el territorio (remember to Korzibski & Borges)

Se nos presenta al mismo tiempo el problema de definir


aquello que entendemos por coherencia del texto, del texto ur-
bano. Y aquí proponemos estar atentos al horizonte de aplica-
bilidad de los modelos en su confrontación con el mundo em-
pírico. Mucho más aún cuando el lenguaje-objeto (la ciudad, la
urbe) presenta, en su densidad sociohistórica, acumulaciones
coexistentes y fuertes cambios de programas narrativos o de
“uso”, de imaginarios urbanos, de itinerarios oficiales” y “abe-
rrantes”, de traducciones o transcodificaciones no-oficiales y
en disputa clara con las logotécnicas de los especialistas.
En cada ciudad, aunque pueda recurrirse a un “modelo

85
canónico” de orden topológico (Lagoulopolos 1978), conviven
en correspondencias y contradicciones, múltiples lenguajes y
sistemas simbólicos o semisimbólicos, puntos de vista narrati-
vos e itinerarios adversos o concurrentes, finalmente conjun-
tos de ideologías de lo urbano. En el interior de la semiótica se
habla precisamente de la ciudad como lugar semiótico pluri-
isotópico. Sobre ellas, a partir de ellas, se justifica entonces
la labor de un semiótico-cartógrafo. Un hacedor de mapas de
sentido consciente de que su sistema de representación, de
descripción y análisis, no coincide plenamente con la riqueza
del territorio (recordemos aquí la pequeña historia del mapa a
escala 1:1 del emperador de Jorge Luis Borges que por ser del
mismo tamaño del objeto terminó por ser inservible)

tácticas y estrategias urbanas: Movimientos cooperativos


del actor urbano

Si retomamos la noción de movimientos cooperativos del


lector in fabula, tal como es formulada en la semiótica textual
de Eco, es porqué se supone que el texto-ciudad prevee en sus
tramas, lugares o espacios vacíos que deben ser llenados por
la actividad interpretativa del lector in urbis.
Pero hay ciudades y espacios urbanos donde estos movi-
mientos cooperativos tienden a reducirse, casi a anularse o a
crear un fuerte efecto de cooperación bajo reglas o estrategias
de seducción-manipulación: itinerarios que tientan, intimidan,
seducen, obligan bien a través del saber o del poder (Palacio de
Versalles vs Centro Histórico de Bologna, Plaza del Kremlin vs
Plaza mayor de Bogotá, Rambla de las flores vs Escorial).
Como dijimos antes, la ciudad-texto dispone o impone.
Prescribe, señala, obliga, seduce, intimida, invita, a veces sen-
cillamente prohíbe determinados recorridos (físicos y cogniti-
vos). A menudo combina varios de estos programas.
Los grandes movimientos o estrategias urbanas pueden
estar representados, por ejemplo, y a partir de la revolución in-
dustrial europea del siglo XVIII, por los macrosistemas de sim-
bolización del movimiento o del flujo y las redes de transporte
y comunicación interurbana. Entre redes mayores y menores

86
puede establecerse semióticamente la misma relación teórica
que entre estrategia y tácticas. Una red mayor de interconexión
y flujos como el metro puede o no vincularse significativamen-
te con las redes menores peatonales de los usuarios.
A su vez, la simbolización de los desplazamientos en los
varios sistemas señaléticos y visuales (de superficie/ de sub-
suelo, interurbana/extraurbana, central/periférica, grupal/in-
dividual, privada/ pública, etc) nos permite hablar de series
homogéneas/heterogéneas, densas/difusas, de isotopías y
distopías discursivas urbanas, es decir de un cierto nivel de
coherencia y de ruptura de los itinerarios de lectura de una
ciudad. ¿Hasta que nivel hay saturación y gramaticalización
simbólica de una ciudad?
Un texto-ciudad puede pues disponer de grandes mo-
vimientos cooperativos, estrategias propiamente dichas: las
grandes redes de intercomunicación dispuestas para comunicar
los sectores urbanos entre sí o las macrorredes para comunicar
cada ciudad con otras ciudades pero también las redes y flujos
establecidos en las grandes y densas zonas de ranchos y fave-
las (metro urbano, redes de autobuses, vías, redes informáti-
cas y de circulación-acumulación de signos). Y también puede
disponer de pequeños movimientos cooperativos: las microrre-
des de flujos a nivel del barrio, del sector, de la edificación,
desde la calle vecinal, la plaza, hasta los espacios de circula-
ción comunes a los edificios.
La mayor o menor previsión y sobre todo el tipo o modelo
de previsión del texto-ciudad nos daría la posibilidad de ha-
blar metafóricamente de “ciudades ceremoniales”, “ciudades
paranoicas” o “esquizofrénicas”, “ciudades rituales”, etc., cu-
yas cartografías y metalenguajes pretenden preveer en varios
grados de intensidad los desplazamientos y los usos. En este
punto la literatura y el cine nos pueden proporcionar ejemplos
memorables como en los films de Tatí, Wenders, Fellini, Berto-
lucci, Ridley Scott o en los textos de Cortázar, Borges, Onetti,
Calvino.
Unicamente como ejemplo recordemos los films de Ja-
ques Tati de mediados de los cincuenta (sobre todo en Play
time) que ironizaban y parodiaban con inteligencia y humor los
programas narrativos y de uso de la ciudad moderna europea,

87
algo “paranoica” y esquizofrénica: En medio de los artefactos,
objetos y edificios diseñados “a la moda” Monsieur Hulot con
su aparente torpeza infantil nos mostraba el lado ineficaz de
los espacios y los artificios a través del uso inesperado y sus
acrobacias inexplicables. En un film como El último emperador
de Bertolucci nos acercamos a la imagen de una ciudad ce-
remonial donde los itinerarios deben cumplirse bajo la forma
de episodios y espacios narrados fuera de toda perspectiva o
punto de vista central de un narrador. Bajo estos mismos cri-
terios podríamos releer las relaciones entre el trazado de un
dispositivo riguroso como Versalles y la trama laberíntica del
barrio gótico de Barcelona.

imaginarios urbanos, enciclopedias locales

Es por ello que al apasionarse por las ciudades como


textos, la semiótica también debe explorar los imaginarios ur-
banos presentes en las otras artes y prácticas significantes
que resemantizan lo urbano. Son muy significativas las ciu-
dades representadas, por ejemplo, en films como Alphaville de
Godard, The crowd de Vidor, Roma de Fellini, París-Texas de
Wenders, Brasil de T. Gillian, Blad Runner de R. Scott, pero
también los espacios urbanos verosimilizados por la literatu-
ra, la radio, la prensa, por la redes informáticas y virtuales
contemporáneas, las ciudades del ciberespacio programadas
por los ordenadores actuales de alto poder de iconicidad au-
diovisual y táctil.
Una pregunta fundamental que nos conduce a otras: ¿a
partir de que lugares del texto-ciudad contemporáneo se puede
construir la coherencia de un itinerario de lectura?
Teóricamente el lector introduce topics , es decir seleccio-
na niveles o zonas de lectura del texto urbano; hace contínua-
mente conjeturas, inferencias sobre el nivel tipológico-estilis-
tico, iconológico: reconoce la plaza, la escuela, la estación de
trenes, la casa, la avenida y posiblemente el estilo, las retóricas
y poéticas correspondientes a las morfologías (Krampen 1970).
Relaciona significados entre sí. Reconoce un campo semántico
y efectúa selecciones contextuales que se caracterizan por la

88
presencia de múltiples niveles isotópicos simultáneos. Hace
inferencias y reconoce itinerarios parciales, construye-recons-
truye las tramas. Se moviliza pragmáticamente, por abduccio-
nes, por conjeturas. Al percibir un símbolo urbano o la parte
de un todo debe “saltar” al nivel superior.
Estos desplazamientos son espaciales-figurativos y cog-
nitivos al mismo tiempo. Y pueden considerarse como un
saber-hacer y un saber-ver, una competencia del lector in urbis
que entra en juego y en acción con la “resistencia” o apertura
semiótica del texto urbano.
A otro nivel coordinado con el anterior la figura del lector
in urbis supone el internarse en las lógicas urbanas, en las es-
tructuras propiamente narrativas de la ciudad. Ahora el lector
urbano es capaz de leer sintéticamente la ciudad por “zonas”
y comenzar a enlazarlas, a articularlas en forma semejante a
un relato: a establecer pragmáticamente relaciones entre mi-
croproposiciones discursivas y macropropsiciones narrativas
(Eco 1979). De la trama urbana pasa a la fábula urbana: de la
ciudad como lugar de figuras, de actores y escenarios se pasa-
ría a la ciudad como dinámica de actantes y lógicas narrativas.
De los actores individuales al actante colectivo y a la conscien-
cia de fuerzas temáticas urbanas (políticas, ideológicas, ma-
croprogramas, técnicas de planificación y control urbanístico.
Macroproposiciones del imaginario urbano ubicadas más allá
de lo individual).
Este es un nivel de “grandes” tematizaciones: se aprende
a leer la ciudad a través de una o varias isotopías narrativas.
Aquí se insertaría el estudio de lo que hemos venido llamando
imaginarios urbanos (Silva Téllez 1992, Mangieri 1994). Los
imaginarios urbanos son verdaderos campos isotópicos na-
rrativos que funcionan a nivel de una lógica simbólica de la
ciudad. Pero estas lógicas urbanas actualmente no se pueden
reconducir a esquemas únicos y estables.
Enunciados como “ciudad de los caballeros”, “ciudad del
narcotráfico”, “sultana del Ávila”, ”Barcelona, ciudad oculta y
secreta”, “ ciudad de los crepúsculos”, “ciudad de las mujeres
fáciles y de los hombres galantes”, “ciudad de moros y ladro-
nes”, “ciudad del pecado y la sodomía” “ciudad real”, “ciudad
luz”, etc., son también niveles isotópicos narrativos que por su

89
valor semántico y pragmático determinan enteras enciclope-
dias locales de lectura pues no solamente se usan como expre-
siones referenciales que identifican un objeto.

En efecto, un “extranjero” no podrá dejar de verse influido por


este tipo de topic narrativo a la hora de leer-usar-interpretar
un espacio urbano o una ciudad. Lo mismo ocurre , pero a otro
nivel de la interpretación, con los mismos habitantes pero con
la gran diferencia de que para ellos, estos imaginarios no tienen
porqué poseer un nivel de realidad empírica sino únicamen-
te un efecto de marcación simbólica y territorial (Téllez 1992).
Así, en las periferias de la ciudad latinoamericana, fuertemente
cruzada y poblada de imaginarios rurales y urbanos, “textua-
les” y “gramaticales” (Lotman, 1979) estas fuertes marcas que
circulan como metarrelatos semisimbólicos cumplen esencial-
mente una función semiótica de territorialización o des-territo-
rialización con respecto a las fábulas dominantes y hegemóni-
cas. Esto es producto evidentemente de las contra-propuestas
semiolingüísticas de los lenguajes no-oficiales, los barrios y los
mensajes de las culturas populares que conforman los signos
periféricos o no centrales de una urbe.

Marcas isotópicas como “Tierra de nadie”, “La calle del


hambre”, “La esquina del muerto”, “Barrio el olvido”, “El co-
rozo de siquisay”, “la plaza de las cuatro bolas”, “Barrio El
desquite”, “La Vuelta de Lola”, “La plaza del ahorcado” y tantas
otras, pueden leerse como marcas de división territorial difu-
sas o plenas que chocan y se superponen, no sin dificultad, a
las cartografías y mapas “oficiales”, proporcionando segundas
lecturas de la misma urbe.
Lo mismo puede decirse de todos los demás sistemas se-
misimbólicos de la ciudad latinoamericana actual, es decir de
sistemas de signos donde no hay conformidad entre la expre-
sión y el contenido: el graffiti, los sistemas de señalización no
oficial, los nombres o marcadores semánticos dados por los
habitantes a la arquitectura oficial, los relatos y cuentos orales
sobre la ciudad, las representaciones visuales mágico-religio-
sas, los signos y símbolos de las culturas urbanas populares,
etc.

90
visible/legible: las previsiones del lector in urbis

Siguiendo nuestro recorrido imaginario se produce enton-


ces la llegada a un nivel donde el lector in urbis puede efectuar
previsiones: Previsiones sobre la imagen global de la ciudad,
sobre el desarrollo y conclusión de un itinerario, previsiones
sobre lo que no es visible pero si legible. El lector puede antici-
par (y verse luego “traicionado” o confirmado) en el desarrollo
de la narración urbana.
Así, en la lectura de textos urbanos dotados de determi-
nados niveles de coherencia isotópica, el viajero interior de una
ciudad sin tener posibilidad de acceso a un metalenguaje de
conjunto (un mapa o esquema global del territorio urbano), se
moverá en base a operaciones expansivas, elaboraciones de
“pequeñas historias” de anticipación. A partir de los signos
urbanos que se le aparecen sintéticamente expande el sentido
condensado de los signos.
Comenzará a asignar regularidades discursivas y conte-
nidos a las breves indicaciones o señales, impulsado a despla-
zarse para conectar espacios y posiblemente poder reconstruir
las estrategias urbanas. Utilizará y modificará contemporá-
neamente su enciclopedia personal tratando de percibir el au-
tor textual, definible como el conjunto o serie de las huellas
y marcas urbanas que puedan configurar una suerte de voz,
estilo, tendencia, autor, autores.
En este proceso (nunca lineal) el lector in urbis debe in-
tentar reconocer lenguajes gráficos, espaciales o plásticos,
ciertas homogeneidades, reiteraciones, repertorios y reglas de
organización, algún nivel de “lengua” aunque sea luego para
comprobar su disfuncionalidad y su cancelación: nodos, hitos,
bordes, fronteras, zonas o territorios, objetos arquitectónicos,
espacios configurados.
Un texto-ciudad dispone de unas capas heterogéneas, or-
ganizaciones narrativas de diversa naturaleza que deben ser
puestas en discurso por un lector in urbis que se desplaza.
Este desplazamiento es una secuencia aspectual y temporal
de fases incoativas, durativas, terminativas y no debe conce-
birse únicamente como “fisico” en sentido estricto sino tam-
bién y sobre todo como mental y cognitivo. Hay espacios que

91
se caracterizan por la duración del recorrido más que por el
énfasis en los inicios o finales .Estos desplazamientos son los
que hacen posible la reconstrucción (bien como imagen, bien
como hipótesis) del texto y de su cartografía local y enciclo-
pédica. Es también lo que define los recorridos que ofrecen
ciertas cartografías massmediaticas locales o globales (la red
radial, la red informática interactiva, la red creada por los me-
dios masivos audiovisuales). Pensemos en la ciudad prefigu-
rada mentalmente a través de la televisión, de la radio o como
red interconectada y virtual por los sistemas de comunicación
e información.

ideologías de lo urbano

El lector in urbis efectúa también macroprosiciones más


abstractas que las narrativas: reconoce roles actanciales, fun-
ciones y programas narrativos (Greimas 1972,1980). El lector
in urbis debería comprender las relaciones “profundas” sobre
las cuales descansan las manifestaciones “superficiales” del
texto-ciudad. Identificar una ideología significaría identificar
un código propiamente dicho (a diferencia del nivel del actan-
tes que se presenta como s-código o sistema de unidades re-
pertoriadas). Podemos pues identificar de nuevo las ideologías
en dos sentidos: como imaginarios urbanos o representacio-
nes simbólicas y semisimbólicas de los lenguajes espontáneos,
gramáticas o textos que dibujan o limitan territorios y como
logotécnicas (Barthes, 1969) o lenguajes “artificiales” reducto-
res, que se sobreimponen al territorio urbano cancelando su
estratificación y densidad semiológica (Barthes 1991, Choay
1992). Las logotécnicas corresponden a los lenguajes “oficia-
les”, los sistemas de señales y otros sistemas semisimbólicos
generados institucionalmente para superponerse sobre los
lenguajes urbanos , para cancelarlos o modificarlos substan-
cialmente. Imaginarios, logotécnicas e ideologías de lo urbano
se oponen en un juego de confrontaciones y remisiones.

92
el texto ciudad como campo semantico global:
de la isotopía y el topic a la enciclopedia

Admitamos ahora como hipótesis la indescriptibilidad del


texto-ciudad como universo semántico global (ECO, 1984).Al
hacer esto dejamos de lado la posibilidad de determinar algu-
nos niveles de coherencia del texto-ciudad como totalizadores
de lo que es la ciudad: la imposibilidad de la posesión, de
una vez por todas, del mapa global del sentido de la ciudad:
¿toda ciudad no es vivida por zonas y flujos?
Digamos con otras palabras que el diagrama mental im-
posible de todas las redes de propiedades interconectadas es
anestesiado y el lector únicamente expande o actualiza una
parte de la enciclopedia de la urbe. El thesaurus urbano per-
manece como una virtualidad. Esta imagen semiótica permite
además de otras cosas, explicarse el problema de la pluralidad
de lecturas y lenguajes de la urbe en su condición de sistema
pluricódico y pluri-isotópico. El espectro semántico global de
un texto urbano o urbema (barrio, plaza, avenida, esquina,
monumento, entrada del metro, fachada, etc.) se actualiza por
determinados topics que orientan el uso-lectura: habrían pues
marcadores de topic en el texto que proceden de las inferen-
cias (o abducciones) que el lector efectúa sobre determinadas
regularidades formales o isotopías de lectura: plástica-figura-
tiva, tecnológica, política : ¿Qué es eso que está frente a mí?
¿Puedo entrar o salir? ¿Me es familiar o extraño? ¿Seré acep-
tado en ese lugar? ¿Quién habita allí y qué piensa de esto o
aquello?
El lector enlaza el nivel semántico (isotopía) con el nivel
pragmático (topic) y sencillamente porqué se considera al tex-
to-ciudad como resultado de una práctica significante cuya
producción de sentido requiere de la participación del lector
(el usuario, el habitante ) que “llena” los vacíos textuales a me-
dida que se desplaza y recorre la ciudad.
En la figura 1 (siguiendo uno de los modelos propuestos
por Eco en el campo del texto literario) se representa este me-
ta-recorrido, desde las tramas a las fabulae urbanas: desde la
inserción en el texto manifestado como tramas hasta los nive-
les más abstractos de las estructuras ideológicas, actanciales

93
y narrativas. En este esquema se traza una zona muy impor-
tante (y que veremos se hace patente en el caso de la lectura
de la ciudad actual) que es la correspondiente a los mundos
posibles, las previsiones y los paseos inferenciales: lugar del
topic y de los cuadros o frames intertextuales.
A través de hipótesis y selecciones contextuales, hiperco-
dificaciones retórico-estilísticas, cuadros cognitivos y expec-
tativas, “frames” funcionales, estilísticos, modos de recono-
cimiento tipológico (Krampen,1970), se establece el nivel de
cooperación textual. En este espacio se incluyen los imagina-
rios y las logotécnicas como reglas de lectura fuertes o “difu-
sas”:

El lector acepta o no el “reto”, el juego de internarse en la tra-


ma urbana, siguiendo las indicaciones, las funciones sígnicas
que de alguna forma están organizadas en el texto-ciudad. La
misma forma de los edificios, su disposición espacial, las
formas urbanas de conjunto, las calles y avenidas, los elemen-
tos o hitos conmemorativos (monumentos, símbolos arquitec-
tónicos) son verdaderas unidades del discurso que proponen
la activación de determinadas enciclopedias locales. Algunos
de estos urbemas se conectan con otros en forma de grandes
enunciados mientras que otros tienden a “cerrarse” y confi-
gurar un discurso bastante autónomo ( pensemos en el pri-
mer museo Guggenheim de Wright , en el más reciente proyecto
de Frank Gehry en Bilbao o sin ir mas lejos en toda la visión
del rascacielos americano como signo anti-ciudad). Colocado o
seleccionado un itinerario dentro del texto (y cada ciudad
posee muchos itinerarios de lectura posibles) el lector puede
o no aceptar, ser seducido o no por la trama de indicios y de
signos allí dispuestos. La aspectualización urbana de algunos
elementos puede ser de tal modo que el lector se confabule con
la ciudad y decida plenamente seguir sus trazas, proponien-
do topics e intentando actualizar las enciclopedias propuestas ,
hasta incluso inventar y proponer recorridos nuevos.
Si es un “habitante normal” de un sector de la ciudad intentará
activar la misma actitud cooperativa sobre todo cuando explore
zonas nuevas o no visitadas. Si es un viajero o turista se inter-
nará guiado por algún recurso metalingüístico (un mapa, una

94
guía, un comentario).Otro tipo de lector podrá ir más allá en la
lectura (el arquitecto, el historiador) y leerá la ciudad a través
de entradas enciclopédicas que suponen otro tipo de competen-
cia, incluso con el objetivo de transformar el texto y proponer
la aparición de otro discurso, otro enunciado (el proyecto, el
diseño , el poeta, el artista visual y plástico).

Las formas por las cuales el lector in fabula es orienta-


do hacia el topic son de extrema importancia: los indicadores
“urbanos” o “urbanísticos”, las señales explícitas o ocultas, los
trayectos figurativos “permanentes” o fragmentados, el univer-
so de las señalizaciones de “imagen corporativa”, las señales
no oficiales, las letragrafías y escrituras populares , los nuevos
sistemas semisimbólicos urbanos inventados por los habitan-
tes de las periferias e “islas” urbanas, por los barrios o fave-
las de las periferias (Canclini, 1993. Barbero, 1995. Mangieri,
1996 ).

los límites: las móviles y delgadas fronteras del texto-


ciudad.

Si el topic del lector fija los límites del texto, desde el


“interior” del texto-ciudad hay cierto nivel de regularidad que
orienta, estimula la producción de las conjeturas. Pero final-
mente el topic es un instrumento metatextual: son previsiones
y paseos inferenciales que conectan la actividad del lector con
lo extratextual, abriendo la posibilidad de referirnos a un tipo
diverso de lector in urbis.
Hay que insistir sobre una imagen del texto donde la no-
ción de límite sin diluirse recobre una consistencia operati-
va y teórica que permita, entre otras cosas, dialogar con la
densidad y complejidad de los lenguajes-objetos de la ciudad
actual, como lugar de producción de sentido y de todos los
fenómenos de comunicación heterogéneos irreductibles a un
código fundamental, a un único modelo topológico. Las fronte-
ras de sentido de la urbe son móviles y cambiantes pero con-
servan ciertas regularidades.

95
lector in urbis, lector liminar

Este lugar teórico del topic, de la conjetura y además de


la elaboración de estructuras si se quiere más periféricas del
texto, es del texto pero al mismo tiempo no lo es: Lo configura
pero al mismo tiempo lo abre, lo conecta con otras posibles
textualidades. Lugar del límite de la interpretación pero en el
sentido de lo liminar (Ferraresi, 1989). Es el espacio de “fron-
tera”, virtualmente y probabilísticamente abierto a otros espa-
cios y lugares.
En esta fase el lector in urbis se define por actos de deci-
sión, duda, invención, escogencias, intuiciones de futuros even-
tos, anticipaciones de mundos. Es el lugar del lector “tramado”
con la ciudad y la no-ciudad al mismo tiempo, un meta-lector
en el pleno sentido del término. Peirce nos hablaría del “mo-
mento icónico” del texto. Es el nivel del lector más cercano al
acto de invención y de creación o al menos del acto interpreta-
tivo que lo constituye como prefigurador de mundos posibles:
¿dónde y cómo se configuran estos espacios liminares de la
ciudad?
Demos un paso más, digamos que este espacio de meta-
lecturas, de lo liminar, es el espacio sígnico de todos los me-
talenguajes que “hablan” la ciudad, lo urbano, desde la pu-
blicidad, los relatos orales, los films, las obras literarias, los
imaginarios, hasta las logotécnicas y metadiscursos que he-
mos nombrado como “urbanísticos”. Incluso las utopías de la
ciudad (que serían mundos posibles) se abren un lugar en el
movimiento cognitivo-abductivo de este lector liminar.
Veremos que el lector liminar de la urbe es también cons-
truído por redes e imaginarios que van mas allá de un único
itinerario para vincularlo con una representación casi imposi-
ble. ¿Cómo me represento el significado global y último de esta
ciudad donde vivo o transito?
Se dibuja esta condición espacial del lector liminar que
ocupa el lugar del limítrofe que a su vez se articula con espa-
cios mas amplios. Lugar de conexión y expansión posible con
otros textos .Serían los lugares de frontera en el modelo de la
Semiósfera de Lotman. Un espacio fronterizo, “marginal” y pe-
riférico del lector in urbis, que nos parece una noción adecua-

96
da para entender la ciudad actual sin abandonar la noción de
límite del texto como umbral interpretativo La ciudad contem-
poránea como “textualidad” a medio camino entre localismos y
globalizaciones, atravesada continuamente por conflictos entre
lenguajes “regionales” y lenguajes unificadores, sin límites pre-
cisos y fragmentada, permeada y soportada intensamente por
metatextos y representaciones que la narran desde ángulos di-
versos, solo podría ser leída nuevamente con mayor eficacia si
partimos de nociones como la de un lector liminar : un lector
in urbis y un observador fronterizo y colocado en espacios de
transición que se “apropia” progresivamente del texto urbano
hasta alcanzar el nivel de las fábulas o topoi más abstractos.
Es la figura homóloga del habitante no abandona el rasgo del
turista curioso o del arqueólogo amateur aún en su propio en-
torno.

frames enciclopédicos e hipótesis textuales: rutas oficiales


y atajos

Digamos que en su “viaje” entre las tramas y las fábulas


urbanas el lector in urbis debería recurrir a toda su compe-
tencia intertextual. Desde las “fábulas prefabricadas” o esque-
mas fuertes que precondicionan las lecturas o topoi-narrativos
urbanos (o urbanísticos), hasta frames menos codificados o
abiertos: las rutas “obligadas” por la doxa o por los relatos
mitologizados.
Así por ejemplo un texto urbano prescribe de antemano,
por ejemplo a través de una guía turística o un saber institui-
do socialmente que tal o cual avenida o recorrido es el más
importante y que no hay que dejar de ver para no perder el
significado de una ciudad. Pero el visitante decide arriesgar
otra ruta y proponer(se) encontrar otro itinerario periférico,
un atajo al sentido dispuesto por el texto. El tomar estos ata-
jos supone activar una mayor competencia intertextual ya no
únicamente referida a los metalenguajes explícitos ( mapas,
guías, comentarios de los habitantes). Quizás opte por seguir
las indicaciones de alguna “guía secreta” de la ciudad, como la
ya conocida “Guía secreta de Barcelona”.

97
La ciudad se describe oficialmente como integración de
estratos históricos de sentido que se acumulan pasando por
la ciudad antigua hasta las capas de significación introduci-
das por el modelo de la city y del planning norteamericano de
los años 60 y 70 o los nuevos instrumentos de diseño de la
modernidad y la postmodernidad. Barthes se refería a las Lo-
gotécnicas parciales o “globales” que promueven procesos de
hipercodificación ideológica y que plantean también esquemas
retórico-narrativos a veces extensibles a toda una cultura local.
Un texto-ciudad es entonces análogo a una posible represen-
tación enciclopédica de frames (intertextuales o no) de diver-
sas “escalas de lectura” o percepción. En este caso podemos
hablar de “cuadros históricos” o “genealógicos” que se acumu-
lan y superponen y que deberían determinar buena parte de
los itinerarios del lector in urbis.
La competencia intertextual, como periferia extrema de la
enciclopedia de la ciudad abarca “todos los sistemas semióti-
cos con los cuales el lector esté familiarizado” (ECO, 1979).
Este es el mismo lugar del texto que alberga la producción
de topic, la actividad liminar de la conjetura libre pero esti-
mulada-promovida por el texto. El espacio o zona de la com-
petencia intertextual es la dimensión “interna”, intensional o
propiamente semántica del acto interpretativo; la zona de las
hipótesis textuales es la dimensión “externa”, estensional y
pragmática de la lectura.
El lector in urbis “trabaja” por “microprosiciones narra-
tivas” viajando entre los signos de dislocaciones, saltos, acu-
mulaciones, anticipaciones, indicadas en la trama urbana.
Se mueve en el laberinto del discurso urbano reconociendo e
inventando cada vez el texto urbano. Se trata de verdaderos
“movimientos cooperativos sintéticos” que pueden dar origen a
la aprehensión de una figura global de la urbe, a un mapa del
territorio , una “macroproposición narrativa”. Estamos ya en
el universo de la fábula (ver fig.1).
Pero la urbe actual es multiforme, textual y gramatical a
la vez (Lotman 1979) y se rige tanto por los signos del “manual
de uso” como por las tácticas semióticas del “libro sagrado” y
esto en un sentido mucho mas intenso que en la ciudad me-
dioeval o historicista.

98
Si un topos existe o es leído es porqué es necesariamente
textual en el sentido ya expuesto. Son topoi globales pero vir-
tuales, generalmente orales, visuales, audiovisivos, massme-
diaticos, que iconizan intensamente la imagen topológica de
una trama o de redes de conexión de territorios particulares o
“zonas de sentido” donde, y esto si parece un rasgo bastante
universal, los espacios de frontera son leídos como intensos
lugares de tránsito y de desplazamiento, de travesías. El mo-
delo de la ciudad actual postindustrial se correspondería mu-
cho más a este esquema que a la prefiguración de una topolo-
gía desde una visión exclusivamente interna (Lotman 1979):
es el predominio de la imagen de la ciudad de los flujos, del
movimiento y de la circulación y de espacios de interconexión y
de tránsito de objetos, personas, información, datos virtuales,
mercancías globalizadas.
Como ya apuntamos el lector in urbis adoptaría una
“actitud proposicional”: cree, piensa, espera, pronostica, se
imagina estados posibles, eventos posibles, mundos. Entra en
estado de expectativa e intenta colaborar hacia la fábula an-
ticipando estados “narrativos”.Puede ser defraudado o no. Y
recurre al topos, a lo que Barthes llamó códigos proairéticos.
Sale del texto para volver a él, efectúa paseos azarosos, físicos
y cognitivos, asimilando las señales urbanísticas o inventando
otras posibles dentro de la relación interactiva con el texto.

mundos posibles, mundos de referencia: mundos construidos/


mundos nombrados.

“Es difícil que sea posible establecer las


condiciones de previsión de los estados
de la fábula sin construir una noción de
mundo posible”.
U. Eco, op. cit, p. 180.

En el transcurso de esta lectura urbana se configuran


también mundos posibles imaginados, esperados, deseados,
por el lector y previstos en el texto como “probables movimien-
tos” (fig.1). Mundos urbanos como “posibles” sociosemiótica-
mente y no ontológicamente. Como mundos culturales amue-
blados y representaciones más o menos densas de universos

99
narrativos. Hablamos de narración es en el sentido de cambios
orientados en el espacio-tiempo y entre dos estados (inicial y
final). Mundo posible como “desarrollo de acontecimientos po-
sibles” y que dependerá de “alguien” (confabulado en el texto)
que lo imagina, sueña, afirma o espera.

Casi toda la señalización urbana prefigura mundos posibles.


También los nombres propios asignados a calles y espacios, a
edificios o avenidas, a espacios urbanos (“histórico-conmemo-
rativos” o provenientes de imaginarios locales no oficiales) per-
miten el acceso a un mundo posible más o menos organizado.
La trama de signos arquitectónicos, con sus diferentes densida-
des semiológicas (Choay 1972) remite también a mundos posi-
bles con sus lógicas particulares: estilemas, signos hipercodi-
ficados, iconografías, estímulos programados, calcos, huellas,
ostensiones (Eco 1975).

Toda ciudad implica como discurso figurativo y plástico


“incrustaciones de mundos” bien sea bajo la forma de la uto-
pía, la ucronía o la metatopía. Desde el “espíritu” de la ar-
quitectura de anticipación (metatopías) de ciertos futurismos,
eclecticismos y revivals, pasando por la ucronía de Soleri y Ar-
chigram, hasta las utopías (mundo que existe pero que es aún
“inaccesible”) de buena parte del expresionismo. O el mundo
posible aún prefigurado en la arquitectura actual norteame-
ricana, suerte de anti-ciudad y ciudad al mismo tiempo en la
cual el texto urbano se resuelve en la tensión entre la cuadrí-
cula teóricamente infinita y la verticalidad del edificio de ace-
ro y vidrio casi completamente autónomo. Es en definitiva el
sistema cultural el que fija inicialmente el funcionamiento de
un mundo posible y la alternativa de transformabilidad y ac-
cesibilidad entre mundos. Una representación global de la en-
ciclopedia urbana debería registrar estas relaciones y corres-
pondencias asumiendo en su interior las lógicas “normales” y
las “aberrantes”. Mucho mas en el caso de los textos urbanos
contemporáneos que solo son comprensibles como aglomera-
ción de lógicas que responden a imaginarios locales diversos y
cambiantes, incluso contradictorios.
Aquí se dibuja una importante diferencia y que puede

100
abrirse campo en la lectura de lo urbano: la correlación que
puede hacerse entre dos oposiciones, dos estructuras mini-
males:

Imaginario urbano vs Logotécnica


o
Mundo construido vs Mundo nombrado

En efecto, los mundos posibles de las logotécnicas son


remisibles a mundos nombrados, “apuntados”, señalados pero
no construidos sociosemióticamente. Estable no significa “per-
manente” sino registrado en una enciclopedia de lo urbano:
Calles, plazas, espacios públicos o privados, esquinas, edifi-
cios, autopistas, avenidas, son nombradas, etiquetadas pero
no construyen suficientemente la lógica de un mundo posible.
El texto-ciudad “no enumera”, no narra todas las propiedades
posibles de un urbema.
A menudo, a cada cambio de gobierno local, los políti-
cos, los arquitectos y urbanistas municipales y regionales se
afanan por ‘etiquetar” de nuevo los espacios urbanos: Es sin-
tomático, por ejemplo, el cambio de nombre de una plaza, de
un monumento, el cambio de colores de fachadas, el diseño
de sistemas de señalización urbanística, la re-inauguración de
un mismo edificio como sede de nuevos usos gubernamenta-
les. Son operaciones “textuales” que corresponden a la noción
de mundos nombrados y apuntados más que construidos por
un sujeto colectivo.
En la zona semiótica de los imaginarios urbanos, en cam-
bio se construyen mundos “muy amueblados”, dotados de indi-
viduos y propiedades descritas con detalle y que alcanzan por
ello un fuerte efecto de verosimilitud y de credibilidad social: la
ciudad, sus espacios, edificios, son narrados, marcados, incor-
porados a la lectura de un sujeto colectivo(local o global) que
los resemantiza en el interior de enciclopedias locales. Así, por
ejemplo, el “nombramiento” de una calle o esquina más que
“etiqueta” es “bautizo” o “estigma”, simbolización más que se-
ñalización: “Gimnasio cubierto polideportivo” es reemplazado
por “El sombrero del general”, o “Calle 13a-5” reemplazada
por “la calle de la sombra”, o “avenida de los locos”. Diría que

101
mientras en el primer caso estamos frente a un Diccionario que
una Enciclopedia en el segundo ocurre lo contrario.
Aquí cabría todo un interesante excursus sobre los cam-
bios de efectos de realidad de los mundos construidos/nom-
brados en las diversas épocas de la arquitectura urbana, sus
procedimientos “enciclopédicos” o “diccionariales”. Pensemos
por un momento, desde esta perspectiva, en las diferencias
y relaciones entre los mundos posibles del Gótico, del Eclec-
ticismo, del Modernismo y Art Noveau, de la Modernidad, de
la Post-modernidad, en fin de las arquitecturas latinoameri-
canas permeadas por múltiples procesos de “mestizaje” y de
hibridación cultural
¿Qué serie o conjunto de mundos posibles (fragmenta-
dos, continuos) están inscritos en toda la actual arquitectura
urbana de una ciudad como Barcelona o Madrid?: La “Guía
secreta de Barcelona” es un metatexto tan válido hoy como los
geométricos itinerarios de autobuses o las guías para turistas
y el actual plano regulador de densidades y flujos. La ciudad-
texto se transforma en un espacio narrativo ficcional del mis-
mo modo que en el film o en la literatura.
Pero no debemos ubicar al mundo urbano apuntado en
un nivel de valoración absolutamente “inferior” al mundo cons-
truido. Porqué si bien desde una determinada visión esto pue-
de suceder, no está comprobado que la gente que usa hoy las
ciudades no pueda producir efectos de sentido y procesos de
comunicación novedosos al margen de una lógica de mundos
construidos o de mundos muy construidos. Es muy probable,
en cambio, que nuevos tipos de lectores in urbis, que denomi-
naría metafóricamente como lector in tribus, determinen como
contraparte semiológica la definición de un texto-ciudad di-
verso. Lo interesante es que este lector in tribus es también
homologable al lector liminar del cual hemos hablado, pues
ocupa espacios limítrofes, inter y extra textuales, periferias del
texto a través de la figura de un apuntador de mundos que in-
venta significados. Quizás desde esta mirada nos conviene leer
los actuales fenómenos de multiculturalidad étnica de casi to-
das las ciudades europeas.

102
lector in tribus: Las ‘nuevas tribus´.
Rituales urbanos y significación.

Las ciudades actuales “viven”, “funcionan” por zonas,


por sectores (¿no habrá sido siempre asi?). Las zonas funcio-
nales se invaden y se territorializan, se simbolizan mediante
mapas cognitivos, topologías diversas (posiblemente reducti-
bles a grupos de invariantes).Los árabes o africanos de Lyon
recolocan y delimitan su propia zona étnica sin renunciar a
los flujos y las relaciones sígnicas. Los “viajeros nocturnos”,
jóvenes murcianos, barceloneses, madrileños, resignifican la
ciudad nocturna por zonas y rutas inexploradas.
Las ciudades se van configurando según lo que los an-
tropólogos y sociólogos denominan como los “nuevos modos de
estar juntos”, una suerte de combinación de “redes virtuales”
o virtualizantes que se superponen a la ciudad física. Modos
nómades de habitar-leer la ciudad. Esto supone estar atentos
a nuevos modos de construcción significante. Formas de co-
municación urbana y de procesos de identificación local aún
inexplorados (Augé 1993, Attali 1992).
La noción de ‘tribu urbana” no es tan aventurada y de
hecho es considerada en los estudios sociológicos sobre la
ciudad contemporánea, la urbe o la megalópolis. Ciudad de
fronteras inestables, “desterritorializada-territorializada” con-
tinuamente, sede de mestizajes e impurezas. Lugar casi per-
fecto para homologar teóricamente la noción de enciclopedia
global de Eco como “territorio” irrepresentable. Este tipo de
ciudad (a medio camino entre la tradición, la modernidad y la
postmodernidad) que acude a metatextos que simulan la repre-
sentación de una ciudad completa pero que, al mismo tiempo
vive de juegos territoriales, rituales de grupo que se apropian
de espacios transformándolos en lugares.

En Murcia, Alicante, Madrid Barcelona, Bologna, Roma, Cara-


cas, Mérida, Bogotá, Sao Paulo y en otras ciudades, me tocaba
asistir como “extranjero” a las procesiones de verdaderas tribus
de la noche, grupos de jóvenes y adultos que de Viernes a Do-
mingo toman la ciudad y la resemantizan a través de itinera-
rios particulares, quebrando la división entre público y privado,

103
metaforizando la posibilidad de un territorio dividido de otra
forma; miniterritorios nocturnos que indicarían la arbitraria ar-
tificialidad de las demarcaciones del día. La ciudad aquí debe
ser estudiada desde la perspectiva heterogénea de estos grupos
nómades (Canclini,1993. Barbero,1994. Augé,1992). Vestidos
de negro, blanco y rojo estas nuevas tribus neogóticas invaden
prácticamente la ciudad “histórica” transformándola de monu-
mental en episódica, en viaje entre “estaciones” probables don-
de se establecen por “pactos” los encuentros y las salidas hacia
otros lugares.

Igualmente hay que desviar nuestra visión hacia las


nuevas culturas híbridas que construyen nuevas enciclopedias
locales del uso de la ciudad, influidas por las culturas textua-
les del video, del multimedia, de la radio, el cine, la nueva mú-
sica urbana. Discursos de fragmentación-recomposición que se
acercan a las operaciones textuales de ese lector liminar que
hemos mencionado.
Apoyado en redes (“prótesis”, “extensiones”, “simulacros”)
que le proporcionarían una imagen global provisoria se mueve
en el territorio en forma de programas narrativos “cortos”, “pe-
queñas conjeturas de grupo”. La visión tribal es necesariamen-
te local. Pero aquí podríamos equivocarnos en dos sentidos:

a) No estamos frente al modelo de la “sociedad cerrada”, que


funciona completamente sobre la composición-recomposición
del mismo mito, en el sentido de la antropología estructural de
Lévi Strauss o según un modelo canónico-topológico inmanente
(Greimas 1972). Los bricoleurs urbanos actuales no son iguales
a los “indígenas” brasileiros.

b) Y tampoco estamos necesariamente frente a la culminación


apocalíptica de la era del simulacro (en el mismo sentido de
Jean Baudrillard). Estos lectores neotribales del texto urbano
no son “inocentes víctimas”de las redes virtuales sino que, por
el contrario, parecen enseñarnos de algún modo nuevos usos-
interpretaciones no previstos en la relación texto-enciclopedia.
Al igual que en los años 70 (ECO, FABBRI 1972)ocurre aqui
promover dentro de la semiótica del espacio urbano el debate

104
teórico contra el viejo paradigma del “terror de la imagen” y
preguntarse en serio ¿qué hace la gente con el texto-ciudad y
como se confabula con sus tramas?

aventuras de frontera

“La ciudad está en todas partes y en nin-


guna...”
J.L.Borges

Las ciudades actuales serían entonces más comprensi-


bles a través de la noción de ese lector liminar, un lector in
tribus por el hecho de prefigurar textualmente un habitante de
fronteras, de lugares hìbridos, de construcción y deconstruc-
ción de los sistemas y signos de referencia en lapsos de tiempo
mucho más acelerados que en épocas anteriores. Y aquí nos
viene a la mente una bella frase de Mijail Bakhtine: “...el even-
to del texto, su esencia, intercorre siempre a lo largo de las
fronteras, entre dos consciencias”
El texto-ciudad (y sobre todo respecto a la ciudad latinoa-
mericana) es un texto mucho más comprensible como cruce de
fronteras que separan y unen a la vez múltiples imaginarios ur-
banos. Territorios apropiados por la gente y por encima de las
logotécnicas reductoras de la significación (CHOAY 1976) , es
decir los códigos, los sistemas de señalización y de imagen cor-
porativa impuestos por los “especialistas” de la urbe. Es más
relevante hoy estudiar los fenómenos fronterizos urbanos, los
lugares del mestizaje simbólico, la manifestación de espacios
plurales de sentido : haciendo en este punto una importante
distinción (Ferraresi,1989) es más interesante ocuparse de los
planos textuales que de niveles textuales, es decir, de estruc-
turas “internas” del texto.
Es un desplazamiento de uno de los paradigmas me-
todológicos de la semiótica aplicada a lo urbano. La misma
noción cultural de hipertexto motiva a todo esto, así como tam-
bién el uso de otras metáforas muy poderosas como “redes vir-
tuales”,” “viaje virtual”, ”mapa audiovisual”. Los nuevos usos
del espacio urbano parecen hoy más que nunca presentarse

105
como textos marcados por el “juego de la trama” por lo liminar
y la abducción.
La ciudad contemporánea privilegia las conexiones sin-
tácticas en el espacio de uso y consumo más que experiencias
temporales: en vez de Heiddeger o Proust es la táctica y es-
trategia del videogame, pero también el “cuerpo ciego” de un
personaje como Ulises. La tribu fragmentaria ganaría espacio
frente a la gran narración urbanística (Canclini, 1993). Las ciu-
dades enfatizan el uso-fruición como pequeños relatos, discur-
sos locales y juegos de lenguaje regionales que se enfrentan a
cualquier intento de simbolización general.
Pasan a primer plano los rituales de demarcación y los
procesos cognitivos y perceptivos de referencialización a los
mundos posibles construidos en los imaginarios sociocultura-
les, incluyendo en éstos todas las narraciones que la gente
efectúa a partir de las logotécnicas y los mensajes massme-
diaticos oficiales. El texto-ciudad latinoamericano es un ejem-
plo relevante como intertexto y palipmsesto, lugar de frontera,
borde vivo de intercambio. Pero precisamente desde una fron-
tera que no alterna (como sí ocurre en Europa) con un “centro”
cuya logotécnica es muy densa, gramatical mas que textual
(Lotman, 1979): “..ciudad negra o colérica o mansa o cruel o
fastidiosa nada más,/ sencillamente tibia...”. (Efraín Huerta,
México).

mundos apuntados y rituales de demarcacion urbana

En los nuevos contextos latinoamericanos , los habitan-


tes y usuarios deben resemantizar continuamente la ciudad
dentro de la ausencia de un espacio público caracterizado,
como estructura coherente de servicios, de señales: en una
palabra en una suerte de “orfandad” de la ciudad como dis-
curso urbanístico más o menos permanente desde la época de
las dictaduras y las democracias representativas latinoameri-
canas y las últimas épocas de los grandes planes territoriales-
urbanísticos de la modernidad de los años 40 y 50.
Es una confrontación “silenciosa” y a veces violenta en-
tre las “etiquetas”, los mundos apuntados por los planes de

106
turno, los metarrelatos técnico-políticos y los imaginarios “peri-
féricos”, híbridos, semisimbólicos que circulan continuamente
por la ciudad. Una tensión significante entre mundos etiqueta-
dos y mundos construidos.
En este espacio textual se superpone (y sobre a partir
de los años 80) la cultura de las redes informáticas, de los
mundos posibles “virtuales”. Pero éstos, a su vez, se mezclan
con el imaginario telenovelesco y radial de vieja data en Lati-
noamérica, con los residuos de la cultura rural y sus signos,
sus emblemas mágico-religiosos.
Los nuevos lectores tribales y locales mantienen sin em-
bargo rasgos de identidad comunes: habitan “fragmentos de
ciudad”, estructuran espacios de frontera, disponen de un
mapa virtual global y construyen pequeños relatos cotidianos
(diurnos/nocturnos) en la urbe: privilegian la sintaxis, el enca-
denamiento de eventos de un itinerario, son mas cercanos a la
metáfora del “compañero de viaje” que al “habitante del centro
urbano”. Son apuntadores de mundos.
Frente a una hipotética carencia de mundos construidos
no optan tanto por afanarse en rehacerlos: más bien (cosa de
singular atención) aprovechan la misma estrategia del mundo
apuntado para reinventar efectos de sentido. Es una estrate-
gia homologable al uso de “mouse”, a la indicación de mundos
a la cual estos grupos sociales están habituándose progresiva
y culturalmente.
La táctica de “apuntar mundos”, la idea de lugares de
paso dentro de itinerarios demarcados simbólicamente por
windows o links , la metáfora epistemológica de una suerte de
cultura urbana “periférica” (que en el caso de la urbe latinoa-
mericana adquiere un fuerte sentido de connotación), de lecto-
res liminares dotados de enciclopedias locales similares al mo-
delo del hipertexto, puede ser estimulante y renovar el enfoque
de las visiones teóricas o disciplinas que, como la semiótica,
deben reestructurarse para hablar y hablarnos de nuevos pro-
cesos de significación y comunicación. Podría ocurrir que la
cultura “decrete” la muerte del texto a través de nuevos usos,
pragmáticas del signo. O almenos la noción de texto como re-
gularidad, coherencia, totalidad, gestalt perceptiva. Esto no
significa la pérdida apocalíptica y angustiosa de la significa-

107
ción, del sentido. Creo que bien podemos ya re-emprender con
confianza (de hecho se está haciendo) una reformulación de
la noción de la textualidad. La metáfora del intertexto, del hi-
pertexto es provechosa y está representada, por ejemplo, en la
noción de enciclopedia global de Eco o en la noción de Semiós-
fera en Lotman, en la noción de dialoguismo de Mijail Baktine.
Los actuales usos del espacio urbano nos motivan a un nuevo
acercamiento al fenómeno del uso-lectura de la ciudad desde
la narratividad y la pragmática del texto.
Persiste el acecho de los de-construccionistas y trans-
modernos “hard”, amantes de la deriva total, pero como su-
jetos apasionados aún por un mínimo de estructura y por la
idea de que en la dinámica de los procesos se anidan “secretos
códigos” aún no descubiertos bien vale la pena reescribir a
Greimas en una suerte de fiel traducción-traición: “Es en los
límites del texto-ciudad donde está la salvación” .

Figura 1
Niveles de cooperacion textual. La ciudad como texto

108
Figura 1.2

LOGICAS más “profundas” TRAMAS URBANAS


de la narración urbana Saltos, dislocaciones, itinerarios
(fabulae urbana) “laberinto del discurso urbano”

topoi-narrativos urbanos ( microproposiciones)


(macroprosiciones) mapas locales
mapas globales

Movimiento del lector in urbis


por topics, cuadros o “frames”
referenciales e intertextuales,
por “paseo inferencial” y abducción

En 1.1 se representa el movimiento cooperativo del lector in urbis basandose


en el cuadro de los niveles de cooperacion textual propuesto por Umberto Eco
en su Lector in fabula . En 1.2 se grafica otra sintesis del proceso : desde las
“tramas” o “intrigas” espacio-temporales urbanas hasta el nivel de acceso a la
“lógica del juego urbano”, de las “fábulas” o lógicas urbanisticas conformadas
por el encuentro de las estructuras a nivel del contenido. El lector in urbis
debería poder acceder a este “nivel último del texto” a través de abducciones y
paseos inferenciales.

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111
Los imaginarios urbanos en América Latina
Armando Silva Téllez
(1993)

Presentación: Los croquis urbanos


La imagen de una ciudad no es aquella foto que capta-
mos de uno de sus lugares y que exhibimos como la expresión
de su personalidad urbana. Hasta el momento, por lo gene-
ral, cuando se trata del tema de la imagen de la ciudad se
piensa simplemente en un sentido de inscripción visual, o sea
aquello que se consigue por un medio mecánico, como sería
la fotografía o el video, que reproduce con alta fidelidad el ob-
jeto impreso. Otros asumen que la imagen es el recuerdo de
alguna parte sobresaliente de la ciudad, e incluso una fuerte
tendencia en el estudio de la ciudad asume que la imagen la
constituyen los mojones o referencias de la ciudad. Todos esos
puntos son ciertos parcialmente, pero, a nuestro entender, no
se han desarrollado de manera apropiada los postulados y los
criterios para definir qué es una imagen y qué la imagen de
una ciudad.
Desde nuestro enfoque queremos proponer como imagen
urbana aquella impresión conseguida colectivamente en un
alto nivel de segmentación imaginaria de su espacio. Entonces
sobreviene la pregunta: ¿de qué manera proyecciones sociales,
captadas por distintos medios cualitativos1, elaboradas sobre

1.  Las técnicas de investigación que he utilizado se reducen a cinco proce-


dimientos: fotografías de distintos actos de ciudad y análisis de las mismas;
recolección de fichas técnicas donde se describen episodios y se tecnifican

113
una base de creación mental, pueden ser materia para defi-
nir personalidades colectivas? ¿Hasta dónde y cómo algunos
postulados de las ciencias sociales y del lenguaje pueden hoy
ayudarnos a definir los entornos urbanos de un continente
en calidad de inscripción imaginaria? Nos interesa, pues, son-
dear un terreno doble: de un lado un objeto social colectivo,
los ciudadanos de una ciudad y por extensión de un continen-
te, y del otro, una metodología con unas categorías propias de
análisis simbólico. Examinar, así, hasta dónde algunos mode-
los interpretativos pueden ayudarnos a definir unos espacios
marcados, proyectados y construidos por sus ciudadanos. Se
trata, pues, de proponer una teoría estética de lo urbano de la
ciudad.
En mi libro, Los imaginarios urbanos en América Latina
(Tercer Mundo Editores, 1992 y 1993, Bogotá), he intentado
generar una teoría social a partir de lo que he denominado los
‘croquis urbanos’: puntos suspensivos que siguen líneas evo-
cativas en la creación social de territorios imaginarios. Opongo
entonces el mapa, la línea continua que marca y resalta las
fronteras, al croquis, la línea punteada apenas sugerente, para
sostener que el nuevo antropólogo urbano tiene por objeto el
levantamiento permanente de croquis de su ciudad, dado el
hecho evidente de que éstos aparecen siempre en permanente
construcción. Así el territorio urbano es croquis y no mapa.
El ‘aparecer’, sentimiento fantasmal del fugaz acontecimiento
urbano, nos es últil para edificar la noción de teatralidad y de
puesta en escena del hecho ciudadano.
En la ciudad, entonces, ocurren hechos; los construimos
como bien puede deducirse de una teoría lógica del conocer.
Pero tales sucesos son, especialmente, de naturaleza imagi-
naria. La construcción de la imagen de identidad de un sujeto
pasa por la vía de la proyección imaginaria. La creación colec-
tiva obedece a mecanismos similares. Soy en mí en la medida
que estoy en capacidad de pensarme a mí mismo como otro.

datos de ubicación; recorte y evaluación de discursos o imágenes de perió-


dicos en comparación con sucesos urbanos, técnicas de observación conti-
nuada para establecer posibles lógicas de percepción social y elaboración de
un formulario­encuesta sobre proyecciones imaginarias de ciudadanos según
explicaciones de croquis urbanos.

114
No es posible, claramente ya se ha dicho, el soliloquio si antes
no me he fijado el otro en mí para que funcione como base
de toda matriz imaginaria, y entonces no sólo los signos tie-
nen tiempo: el pasado imaginario, el presente real y el futuro
simbólico, sino que los signos corresponden a categorías pro-
nominales: Yo, instancia real del sujeto; Tú, emplazamiento
imaginario; y Él, construcción simbólica.
De esa suerte los psicoanalistas nos han ayudado a com-
prender que los pronombres personales, que nos explicitan
los gramáticos y lingüistas, tienen que ser éstos y no otros,
actúan como imperativos existenciales: nadie puede construir
un ‘punto de vista narrativo’ que no sea en una de las tres per-
sonas marcadas por los pronombres: que están en el lugar del
nombre. O sea que la proyección del punto de vista proviene
de una categoría más profunda en la estructuración del ‘yo’
como identidad especular. Y si decidimos que el ‘yo’ es presen-
te, el ‘tú’ pasado y ‘él’ futuro, entonces instauramos un modo
temporal en una acción pronominal.

La ciudad contada por sus habitantes


y las metáforas urbanas

Según lo anterior, la creación de una imagen social, de


una vida llevada colectivamente, con sentimiento de lo mu-
tuo, como corresponde a los ciudadanos en cuanto personali-
dad global, pasa por el ponerse en forma narrativa. La ciudad
imaginada precede la real, la impulsa en su construcción. Y
entonces pueden proponerse algunos ejes de sentido que he
ubicado en calidad de metáforas de ciudad, como fundamento
de los croquis colectivos. Así crece la ciudad, así se construye
la forma ciudadana, y como tal, como forma, le debe al arte su
inspiración. Propongo, dentro de otros ejes, que extiendo en el
libro en mención, cuatro metáforas urbanas en cuyo ejercicio
se nos permite comprender la creación de un ‘sentido urbano’
de naturaleza estética: el adentro/afuera; el antes y después;
los rizomas urbanos y el cortocircuito de miradas.

115
El adentro/afuera

Espacio postmoderno que rompe el eje de límite de lo pú-


blico frente a lo privado. Si bien lo apreciamos, en los nuevos
ascensores transparentes de ciertas edificaciones ‘post’, quien
los usa, expuesto a la mirada pública, no puede, verdadera-
mente, sentirse adentro de un lugar. Entramos al ascensor,
pero seguimos afuera, expuestos al suceso colectivo público.
Al asistir al museo Pompidou, hecho al revés para marcar que
siempre se está haciendo, que no está terminado, que se re-
hace según el día o la exposición; al disfrutar en un bar de Sāo
Paulo, donde ya hay casas abiertas como bares para clientes
anónimos, uno no puede afirmar que esté en práctica de una
acción privada y estable, sino que el mundo se nos corre. El
afuera vive adentro.

Antes/después

Nos coloca en la dimensión del tiempo. El meollo narra-


tivo de la ‘memoria urbana’. Bogotá nace un día específico:
el 9 de abril de 1948, cuando asesinan al gran líder popular,
Jorge Eliécer Gaitán. Luego de 45 años todos, jóvenes y viejos,
recuerdan esa fecha. La recuerdan aun los que entonces no
habían nacido. Bogotá nace de un mito: si Gaitán no hubiese
muerto, no viviríamos la angustia diaria de la violencia, no
estaríamos atravesados por el imaginario de violencia políti-
ca que nos carcome día a día a los colombianos. La memoria
urbana se hace de fisuras que marcan el antes y después.
Cualquier acontecimiento fuerte, el terremoto de la ciudad de
México o la caída de Collor de Melo en Brasil y de Carlos An-
drés Pérez en Venezuela, nos precipitan a la fractura ciudada-
na. La memoria individual y social se hace de referencias. Los
mojones de que hablase K. Linch para identificar la imagen de
la ciudad deben trasladarse al campo imaginario: aquello que
cuento porque me sirve de referencia de un después de que su-
cedió un hecho. Así se hace la literatura urbana que tanto nos
duele en este continente para poder imaginar un mejor futuro.
Al final el futuro está hecho de pasado. Irrebatible opción.­

116
Centro/periferia/circuito-frontera y los rizomas urbanos

Los centros urbanos se están perdiendo. El historiador


R. Fishman habla para Estados Unidos y afirma que el 45%
de sus habitantes viven hoy en día en callejones alrededor de
ciudades como Nueva York o Chicago. La unidad de esta nue-
va ciudad norteamericana ya no es la calle, medida en boca-
calles, sino el corredor de crecimiento hecho por el automóvil.
Si a principios de siglo Londres o Berlín medían quizá 250
kilómetros cuadrados, las nuevas ciudades largas, largueros,
pueden medir hasta 3 o 4 mil kilómetros cuadrados. En su
interior todos los elementos se han agrandado en la misma
proporción. Y qué decir de ciudades como México o São Paulo.
Para ellas se habla de explosión, de cataclismo, de no retornos.
O de Apocalipsis, como lo entona el escritor Carlos Monsiváis.
Megalópolis de increíbles gigantismos que impiden por natu-
raleza una presentación global y céntrica, dice Néstor García
Canclini y prefiere referirse a circuitos entre fronteras en sus
culturas híbridas.
Deleuze, Guattari y junto a ellos Eco, proponen el rizoma
en el que cada calle puede conectarse con cualquier otra. Se
carece de centro y periferia y no hay salida, pues son poten-
cialmente infinitos. De ahí que el rizoma se exalte como lu-
gar de conjeturas. Los rizomas serían en propiedad las figuras
imaginarias para abordar los laberintos simbólicos de las zo-
nas urbanas latinoamericanas. Guayaquil, en Ecuador, ha po-
tenciado hasta el extremo los conjuntos cerrados, en el sector
exclusivo de La Puntilla. Se trata de fortificaciones construidas
por los urbanizadores que han aprovechado el río Babahoyo
para sacarles brazos superficiales e instaurar todo un esque-
ma de vivienda cerrada, sobre lógicas rizomáticas laberínticas
con barreras, desvíos falsos y muros de contención para que
los ladrones-piratas que llegan no se lleven sus pertenencias.
Acciones y representaciones privadas, como los llamados
‘policías acostados’, que consisten en pequeños montículos le-
vantados sobre el asfalto de la calle para obligar al carro a de-
tenerse y de este modo parar su circulación pública en benefi-
cio de la calle privada que manda sobre la disposición estatal,
se vuelven comunes por todo el continente. En Sāo Paulo, en

117
el barrio de Butantá los vecinos del sector han cerrado varias
calles para construir un auténtico laberinto, ya que tiene más
de 10 entradas pero sólo una salida: para salir se requiere ‘un
mapa secreto’ que le informa a uno por dónde coger para no
perderse: un auténtico ejercicio espacial del hilo de Ariadna.
De este modo se aspira a combatir al extraño, al posible ban-
dido y la gran mayoría lo puede ser. Perdemos los centros.
Quizá con la notoria excepción de Buenos Aires y otras pocas
de menor dimensión, estamos frente a ciudades marginales
con centros abandonados. Los barrios, los conjuntos cerra-
dos, se convierten en nuevos castillos medievales desde donde
los señores miran al pueblo con sospecha. Lo mismo puede
decirse de los centros comerciales que hoy recorren todas las
ciudades de América Latina, hechos para excluir al visitante
extraño e identificar al propio.

Ver y/o ser visto/cortocircuito de miradas

En este caso destacamos los cuerpos de los ciudadanos


expuestos a la mirada pública. Hoy más que nunca, como con-
secuencia de las tecnologías y del incremento de las medidas
de control, el capturar por la mirada al otro en estado de ile-
galidad ética, cuando no social, se convierte en una estrategia
que interioriza el ciudadano que se sabe mirado. La figura del
panóptico de Foucault viene bien al caso: se nos mira, tene-
mos conciencia de ello, pero no sabemos cuándo, ni quién, ni
desde dónde. Se recuerda la famosa frase de Perón cuando en
uno de sus célebres discursos afirmó: “el hombre es bueno,
pero es mejor si se le controla”.
El mayor ojo urbano de todos, la televisión, nos hace ciu-
dadanos frágiles a la mirada pública. Pero también el super-
mercado, en la compra con dinero plástico o en la transacción
bancaria. La democracia nos abre posibilidades pero a su vez
nos controla. El cortocircuito de miradas alude a una condi-
ción de control que viene en aumento tecnológico en las ciuda-
des de América Latina. A su vez las miradas y su descarga pla-
centera se hinchan en satisfacciones en la moda maravillosa
de los cuerpos que recorren las calles de Río o Cali, evocadas
en nuestra investigación como ciudades eróticas y femeninas.

118
O en las playas del caribe, donde las tangas, invención del
continente, apenas tapan lo necesario de la parte del cuerpo:
suficiente para estimular la mirada que atraviesa.
Una vez aludidos varios de los mecanismos de las es-
trategias metafóricas de nuestras ciudades, en algunas de las
metáforas dichas a manera ejemplificante, podemos argumen-
tar que la dimensión estética de la ciudad no será reconocida
en la historia de las formas arquitectónicas, ni en los dibujos
o bodegones que hacen los artistas urbanos, ni por el colorido
de las fachadas. Todo lo anterior es forma estética externa y
no se niega. Pero la dimensión profunda corresponde a las
formas mentales que van apareciendo en el hacer colectivo:
aquello que hace que un sitio sea marcado como ciudad del
placer, aquel otro como zona de terror o peligro y uno nuevo
como el lugar erótico de la urbe. En el trasfondo lo imaginario
se nutre del fantasma. Amerita entonces divagar sobre esta
figura del inconsciente a la que nos introdujo Freud con tanto
esmero y que podemos sacar a la vida urbana.

Los fantasmas urbanos

Comencemos por su etimología, que ya transporta su


excelencia semántica. ‘Fantasma’ se forma de la base griega
phan, del verbo griego phaino, mostrar, mostrarse, ver. Esta
misma base aparece en ‘epifanía’, la manifestación del señor;
en ‘fantasía’, la imaginación creadora; en ‘fenómero’, phaino-
meno, lo que se ve y se puede comprobar. ‘Fantasma’ no es
más que otra denominación de ‘espectro’. Fantasmas y espec-
tros son vecinos en sentido y en familia lingüística latina. Se
trata de la familia de specio, ver, mirar. Los espectros, como
señalé en el libro mencionado, son ánimas en pena que, se-
gún credibilidad muy arraigada en América Latina aparecen
o, lo que es lo mismo, se ‘dejan ver’. En las casonas viejas
donde hay tesoros escondidos, donde se ha perpetrado un
crimen, donde alguien ha sido atormentado o, en ocasiones,
simplemente por tratarse de un sitio viejo o abandonado, se
dan las condiciones para que aparezcan estos seres en todo
caso provenientes de algo más allá de nuestra percepción or-

119
dinaria. Los espectros cargan espantos: su nombre se aplica
a las grandes amenazas ocultas presentidas y a las penas que
surgen en la lejanía, como cuando se dice que sobre el mundo
actual se cierne el espectro de la guerra, el de la pobreza o el
de la derrota ecológica.
Desde su origen, pues, los fantasmas y sus familiares son
seres invisibles que aparecen y se van. El fantasma, morador
de casas viejas, guarda interesante analogía con el inconscien-
te, en calidad de sótano de la casa del sujeto, como lugar de
San Alejo en donde llegan los trastos viejos y sobrantes para
dejarlos allí abandonados en el olvido, pero siguen viviendo en
su etérea condición. El yo, dicen los psicoanalistas, no sabe
todo lo que sabe, pues hay un saber inconsciente, origen de
mis conductas que yo no sé. Que el “sujeto no sea quien sabe
lo que dice, cuando claramente, alguna cosa es dicha por la
palabra que falta” es la razón de la sin razón del saber que yo
no sé.
Si seguimos con la etimología encontramos que inespe-
rado pariente de ‘espectro’ es ‘espectador’: el que mira, ve u
observa. Del latín spectator, mirar con mucha atención, como
si se le salieran los ojos mirando, intensivo de specio, ver, y
relacionado con speculum, espejo, superficie lisa y pulida en la
que se reflejan los objetos. De espejos se forman los ‘espejis-
mos’, que tiene que ver con fenómenos ópticos de países cáli-
dos y que consisten “en que los objetos lejanos (como los que
se ven en un desierto cuando nos morimos de sed) producen
una imagen invertida como si se reflejasen en una superficie
líquida”; por analogía también se habla de ilusión engañosa.
Fantasma se diferencia de espectador aun cuando se lla-
men e interpelen el uno al otro: mientras el primero aparece
para dejarse ver, el espectador se instituye para ver, para aga-
rrar. No obstante, el espectador puede sufrir distintas jugadas
y puede creer que ve algo, como el fantástico Don Quijote fren-
te a los molinos de viento que identifica como sus enemigos,
y en verdad no es más que una ilusión, o mejor, un espejis-
mo. La ciudad, de este modo, vive también de espejismos, sus
fantasmas la recorren de día y de noche. Mas no se trata de
los fantasmas de los cuentos de las casas hechizadas, sino
del cuento de toda la ciudad. La única contrariedad del fan-

120
tasma urbano quizá se encuentre en los no-lugares descritos
por M. Augé: cierto espacio de la sobremodernidad que tiene
que ver con servicios a clientes, pasajeros, usuarios, pero que
no están identificados, socializados ni localizados más que a
la entrada o a la salida de los sitios fríos: aduanas, carrete-
ras, bancos. Se trata de individuos sin identidad particular y
sólo asumidos como parte de un sujeto colectivo. Sin verdad ni
destino. Descripciones de no-lugares para sentar las bases de
una etnología de la soledad. O, diría, en una sociología de la
muerte del sujeto urbano. Mas ¿quién podría decir que no se
ocultan fantasías de terror frente a una aduana o en medio de
la inquietante velocidad de las autopistas?
Entonces la ciudad del ciudadano que vive y recorre es
asaltada por los fantasmas. Se la toman y la someten. La ca-
racterizan sin saber cómo ni por qué. Le dan colores, la frag-
mentan en espacios, la diseñan como lugar o no lugar. La
corren y recorren, la agrandan o la introducen en los más mis-
teriosos ruidos, olores o creencias. En fin: el fantasma se ha
hecho urbano y vive cómodamente en todas aquellas situacio-
nes límite tan caras a ellos, donde con más fuerza aparecen
para asombrar y seducir al ciudadano. El espectador hace sus
veces en el ciudadano; el fantasma corresponde a su historia
urbana junto con el escenario que forma para dejarse ver. En
los escenarios de la vida colectiva mental los ciudadanos viven
y son conmovidos por los fantasmas de la ciudad, en espera de
la ocasión para hacerse vivos con su proyección imaginaria.
La presente propuesta consiste, según lo dicho, en estu-
diar la ciudad como lugar del acontecimiento cultural y como
escenario de un efecto imaginario. Es así como lo urbano de la
ciudad se construye. Cada ciudad tiene su propia estilística.
Si aceptamos que la relación entre cosa física: la ciudad; vida
social: su uso; y representación: sus escrituras; van parejas,
una llamando a lo otro y viceversa, entonces vamos a concluir
que en una ciudad lo físico produce efectos en lo simbólico,
sus escrituras y representaciones. Y que las representaciones
que se hagan de la urbe, de la misma manera, afectan y guían
su uso social y modifican la concepción del espacio. Una ciu-
dad entonces, desde el punto de vista de la construcción ima-
ginaria de su imagen, debe responder, al menos por unas con-

121
diciones físicas naturales y físicas construidas; por unos usos
sociales; unas modalidades de expresión mediada; por un tipo
especial de ciudadanos en relación con la de otros contextos,
nacionales, continentales o internacionales y, además, una
ciudad hace una mentalidad urbana que le es propia. Exami-
nemos estos cinco puntos que actualizan los enunciados de
las isotopías.
Quien visite a Cochabamba en Bolivia puede asombrarse
con un detalle. Mientras los campesinos e indígenas se visten
con fuertes colores en sus ponchos y hacen artesanía policro-
mada atractiva y vital, las fachadas de sus casas, casi sin ex-
cepción, padecen de un color tierra triste y lúgubre. Sus casas
reciben la tierra que el viento transporta e impregna en sus
frentes. Cochabamba tiene el color de la tierra volada por el
viento. ¿Cuál camisa de fuerza ha impedido a los cochabambi-
nos expresarse en sus casas como lo hacen en sus trajes? ¿Se
trata de la intervención gubernamental? Bogotá, al contrario,
vista desde un avión es la capital del ladrillo. La herencia ar-
tesanal de la ciudad ha venido labrando un tejido de casa en
casa, para que hoy sea considerada como una gran obra plás-
tica hecha con ladrillo, entre rojizo y amarillo, que la identifica
por su color y calidad material: el ladrillo bogotano que hace a
Bogotá el color del ladrillo.
Pero también una ciudad se hace por sus expresiones.
No sólo está la ciudad sino la construcción de una mentalidad
urbana. La vida moderna va metiendo todo en un ritmo, en un
tiempo, en unas imágenes, en una tecnología, en un espacio
simulado, para indicar los espacios de ficción que nos atra-
viesan a diario: las vallas, la publicidad, el graffiti, los avisos
callejeros, los publick, los pictogramas, los cartelones de cine
y tantas otras fantasmagorías. Nada más impresionante que
ver las inmensas vallas colocadas en los grandes edificios de
la también magnífica Sāo Paulo. Tantos calificativos de gran-
deza para hablar de una ciudad gigante donde cualquier aviso
para que sea visto tiene que aumentársele su tamaño natural.
Sólo después de uno convivir en esta ciudad comprende por
qué sus vallas son tan grandes. O por qué sus conciudadanos
imaginan que São Paulo, a pesar de ya ser la más numerosa y
amplia entre todas las ciudades de América Latina, tiene el do-

122
ble de la población realmente existente. São Paulo no sólo es
grande, sino que sus ciudadanos se la imaginan más grande
de lo que es y así, entonces, la fantasía no sólo produce efectos
en la percepción, sino que manifiesta y exige un tipo de expre-
sión en sus calles y en su entorno cotidiano.
Por último, una ciudad se autodefine por sus mismos
ciudadanos y por sus vecinos o visitantes o por los medios de
comunicación arrolladores. No creo, permítanme pronunciar-
me con un ejemplo límite, que exista en el mundo de hoy una
ciudad de más tinte imaginario que Medellín: la capital de la
mafia y centro del temido cartel. Le doy la razón al lingüis-
ta norteamericano Noam Chomsky, cuando afirma categórico
que a Medellín se la inventaron los “mismos gringos”. Aparece
su conformación cuando se da la distensión de la guerra fría y
el aparato militar requiere nuevos y pequeños enemigos. Tam-
bién los media necesitan de emociones fuertes y hay intereses
de todos lados en hacer aparecer un nuevo emblema de
maldad y codicia. El mundo necesita de algo in-mundo y allí
está la Medellín, otrora capital primaveral, para ocupar ese
lado oscuro y satánico de la vida aventurera del capital rápido
e inmoral. Sea cuales sean las explicaciones sobre cómo se
construye la Medellín mediada, no deja de ser patético e insóli-
to que el ejército más poderoso del mundo vaya a temblar ante
la acción de un puñado de analfabetos, matones pero simples
y planos, dispuestos a enriquecerse con las oportunidades que
les da el mercado mundial.
Sostengo que la construcción de la imagen de una ciu-
dad en su nivel superior, aquel en el cual se hace por seg-
mentación y cortes imaginarios de sus moradores, conduce a
un encuentro de especial subjetividad con la ciudad: ciudad
vivida, interiorizada y proyectada por grupos sociales que la
habitan y que en sus relaciones de uso con la urbe no sólo
la recorren, sino la interfieren dialógicamente, reconstruyén-
dola como imagen urbana. Entonces puedo argumentar, de
respuestas obtenidas en otros países de Latinoamérica, que
Sāo Paulo y Bogotá son grises, aun cuando Río amarilla o Bue-
nos Aires azul petróleo, Valparaíso azul mar, o que se pue-
den hallar calles femeninas en Santiago o masculinas en Ca-
racas, calles peligrosas en Lima y lugares extraños en todas

123
que recomponen ejes semánticos de corte antropológico. De
este modo la ciudad puede proyectarse como un cuerpo hu-
mano, con sexo, corazón, miembros, pero también con sen-
tidos: huele, sabe, mira, oye y se hace oír. Son atributos que
deben ser estudiados en cada ciudad, comparando una con
otra o cada una dentro de sus fragmentaciones territoriales o
sus impulsos hacia la desterritorialización internacional, que
no significa algo distinto que instaurar otro cuerpo simbólico
que impregna al primero. Decir todo eso, preguntarnos bajo
algunas circunstancias sobre las construcciones simbólicas,
la paradoja de si estamos adentro o afuera de la ciudad, sobre
su color o su construcción mediada, preguntar lo que estamos
interrogando, no es menos importante que descubrir las figu-
ras geométricas de plano, cerrada, montañosa o alta y baja.
Son definiciones nacidas del uso social.
Hay, pues, representaciones colectivas que nacen de la
geometría, pero también las hay provenientes de la construc-
ción física del espacio o, igualmente, de un mundo cromático
de color urbano, o de símbolos vernaculares, o de un cambio
en los puntos de vista urbanos. Deben nacer así los imagina-
rios urbanos de América Latina, para saber y comprender qué
nos hace a nosotros seres urbanos de este continente. Las es-
trategias de representación son distintas en las culturas, como
lo serán en las distintas comunidades urbanas. De este modo,
hablar de ciudades continentales no lo será en cuanto hablar
de abstracciones imposibles, sino de un patrimonio cultural,
histórico, social, que accede a encuentros simbólicos que ha-
cen semejantes unas con otras.
La imagen de una ciudad, pues, no es sólo la fotografía
de cualquier esquina, sino el resultado de muchos puntos de
vista ciudadanos, que sumados como se suman las cuentas
imaginarias, no las de la teneduría de libros de una empresa
contable, esto es sumando no para agregar sino para proyec-
tar fantasías, dan como resultado que una ciudad también es
el efecto de un deseo que se resiste a aceptar que las urbes
no sean también el otro mundo que todos quisieran vivir. Y
también el que viven y desean que así sea. O para decirlo con
el diccionario del gran Borges, que en esto de cuentos imagi-

124
narios en cualquier momento salta a la vista. Se trata de un
estudio y proyección de la otra ciudad: ella misma.
Los imaginarios urbanos estudian la ciudad que todos
han querido hacer y se extiende por debajo y cubre por encima
la ciudad física que todos los días abordamos. Hablamos de la
ciudad cromática más que de su entorno físico. O de la dimen-
sión estética de la urbe.

125
Voces de acceso a la ciudad postmoderna
Julio Ortega
(1995)

Las ciudades latinoamericanas son espacios superpues-


tos de la postmodernidad: torres del habla, plazas de comu-
nicación, rutas del diálogo. Aun si desde la perspectiva ur-
banística las distingue la imposibilidad de una suma, y dan
cuenta, más bien, de procesos de desurbanización, según los
cuales el programa de la modernidad es contradicho por la
pobreza; estas ciudades heroicas cambiantes, duplicadas por
dentro, autoreflexivas y hasta autoparódicas, sostienen el fer-
vor de sus voces públicas, al borde del abismo de la violencia,
contra la penuria cotidiana, y a pesar de la dividida urbanidad
del desamor citadino. Ese fervor, de pronto, es una libertad del
habla congregada en el metro de México; en los centros comer-
ciales de Caracas; en las plazas de Lima. Seguirle el hilo a esta
conversación fluida y pasajera sería reconstruir, en lugar del
mapa y del paseo modernistas, la fruición urbana postmoder-
na; para explorar la idea de la ciudad latinoamericana como el
diagrama de la comunicación que nos humaniza.
No en vano la novela latinoamericana se debe al dialogis-
mo sin fronteras de una Ciudad del Habla que podemos lla-
mar nuestra. Hemos perdido la aristocrática ciudad colonial,
estamos perdiendo la doméstica ciudad republicana, y nos ha
dividido la moderna ciudad disciplinaria, que materializa al
Estado y a la Banca en las urbanizaciones que los perpetúan;
pero hemos ganado, como verdaderos héroes del desarraigo,

127
un lugar en el relato de nuestras ciudades, allí donde añadi-
mos capítulos al cuento de estar aquí, a la novela de salir de
aquí, a la leyenda de volver. La mayoría de nuestras grandes
novelas (Rayuela de Cortázar, Paradiso de Lezama Lima, Tres
tristes tigres de Cabrera Infante, Cien años de soledad de Gar-
cía Márquez, La guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael
Sánchez, Cristóbal Nonato de Carlos Fuentes, La vida exagera-
da de Martín Romaña de Bryce Echenique, Percusión de José
Balza) no son “novelas urbanas” que puedan leerse frente a las
“novelas del campo” (una clasificación ociosa); son, más bien,
grandes espacios del habla, del recuento, del coloquio con que
construimos espacios de comunicación que son un derecho de
ciudad, un acta de fundación, una vía de acceso al lugar, si
no central sí decisivo para ocupar, en el discurso de nuestro
tiempo, el sitio de las articulaciones, de las identificaciones,
del autoreconocimiento. No es casual que de nuestras ciuda-
des sepamos más gracias a la interlocución de estas y otras
novelas.
Carlos Fuentes en La región más transparente (1958) ade-
lantó la primera imagen de una ciudad nuestra como torre del
habla. Si al Ulises de Joyce se podía entrar por cualquier capí-
tulo como a Dublín por cualquier calle, a la novela de Fuentes
puede ingresarse, como a la ciudad de México, siguiendo el hilo
de cualquier diálogo. Es un hilo que se trama entre voces de
zozobra y de pasión, y que se desata entre historias interpues-
tas al modo de un diagrama sonoro, que culmina en el origen,
hecho ahora por la tierra futura y el espejo entrevisto. El gesto
postmoderno de Fuentes está en la corriente abierta al habla
por el principio de la fusión, ya que aquí convergen todas las
voces posibles. Más tarde, en Cristóbal Nonato (1992), Fuentes
introduce otro principio, más actual, el de la fruición, ya que
la suma de las voces es ahora una celebración paradójica, no
solamente crítica sino también gozosa. Pero si a fines de los
años cincuenta todavía parecía posible proyectar una imagen
fluida de la ciudad de México, a comienzos de los noventa es
evidente que ya no es suficiente una, ni siquiera varias imáge-
nes de esa ciudad, la más grande del mundo, la más asolada
por la contaminación, la falta de recursos, la sobrepoblación,
la pobreza y la semiocupación; y, con todo, capaz de la belleza

128
insólita de sus plazas, muros, rincones, y del milagro único de
su tiempo encendido por la luz más dulce.
Para dar una imagen de la ciudad de México se requeriría
hoy una novela por cada colonia, ya que la ciudad se ha mul-
tiplicado al punto de limitar, se diría, con el lenguaje. Es una
ciudad desconocida hasta por sus taxistas, que le piden a uno
la clave de su ruta, como si cruzaran el Aqueronte. Los mapas
de la ciudad son obsoletos en cuanto salen de la imprenta:
la ciudad crece más allá de su documentación. Y hasta por
un mero cálculo de probabilidades, le decía yo a José Emilio
Pacheco, tiene que haber una calle con nuestros nombres; en
efecto, me respondió; hay una calle que lleva su nombre, aun-
que es otro José Emilio Pacheco.
París era una fiesta latinoamericana en Rayuela de Cor-
tázar, pero en las novelas parisinas de Alfredo Bryce Echeni-
que, a la Ciudad Luz se le han “volado los plomos”. Por eso, el
peruano de La vida exagerada de Martín Romaña que en pleno
mayo parisino del 68 sale a la calle, se lleva un adoquín como
recuerdo del hecho histórico. Ese adoquín, después de todo,
es una sílaba del discurso de París, de su mitología y de su
museo; y el hablante latinoamericano más que un cultor del
“fuego central” parisino, es un inmigrante en zozobra, el ex-
tranjero que se perpetúa como el otro. Bryce escribió las gran-
des despedidas de París en sus novelas de los años ochenta,
y no es casual que haya escrito ahora los adioses de Madrid,
otra ciudad donde la extranjería latinoamericana ha sido san-
cionada por heteróclita. El actual monologismo de las capitales
europeas, por lo mismo, contrasta notablemente con la fluidez
dialógica de las capitales latinoamericanas, que contradicen
el Archivo urbano, el canon de las voces iguales y abren los
parajes de las voces en tránsito.
Paúl Virilio ha escrito que el acceso a la ciudad contem-
poránea no se da ya por las puertas sino por el sistema elec-
trónico, y que a la estética de las apariciones corresponde hoy
otra, la de las desapariciones. Braudillard, por su parte, ha
descrito bien el éxtasis de la velocidad, su culto como otra
dimensión urbana. Y, en efecto, el sistema de las comunicacio-
nes, en todas partes, ha reemplazado no sólo a la naturaleza
sustituida por la ciudad como eje del artificio, sino a la segun-

129
da instancia naturalizada por el orden urbano, es la instancia
de la cotidianidad conquistada por la ciudad del siglo XIX; y,
sin embargo, hay que decir que los medios de comunicación
en las urbes latinoamericanas son un espacio más ritual y
manipulador que verdaderamente comunicativo. O sea, no
forman parte de la lógica horizontal del intercambio sino de la
violencia informativa, ese simulacro y escamoteo. A pesar de
su enorme influencia, centralidad y capacidad de hacer des-
aparecer a las presencias de la cultura viva, los medios de
comunicación identificatoria. En unas capitales la televisión
es peor que en otras, y en general hay pocos programas ver-
daderamente plurales y exploratorios; pero, si no me equivoco,
la conducta del consumidor varía entre los medios, y no por el
medio mismo sino por la distinta relación de consumo. Me ha
parecido comprobar que hay varias formas de reapropiación
de la radio, por ejemplo, que incorpora ese medio a la vida
cotidiana. Quizás haya una dimensión de la televisión que ya
no situamos en lo real ni en la ficción, que es un espacio ur-
bano distinto, a donde uno accede entre desapariciones (entre
estereotipos y repeticiones), como a una ciudad “hiperreal”,
que sería distinta la ciudad “real” (la que preserva su contexto
histórico) y a la ciudad “surreal” (la híbrida), de acuerdo con
la tipología urbana de Arata Usizaki y Akira Asada; “hiperreal”
sería una ciudad sin contexto y puramente artificial, como
Disneylandia. La televisión es un simulacro de ese orden: se
parece a nuestro mundo pero es su desaparición; lo sustituye
en un acto postmoderno de pura equivalencia exaltada. Esa
Ciudad Televisiva puede ser, claro, una prisión del espíritu
creador, pero también una mera estación de imágenes en el
gran espacio de la realidad multiplicada por el lenguaje. La voz
es la materia de que estamos hechos, y mientras los medios no
logren extirparla, el habla será irremplazable.
En dos grandes novelas españolas podemos leer el po-
der específico de esas voces de la diferencia. Una es Larva de
Julián Ríos, la otra Paisajes después de la batalla de Juan
Goytisolo. En la primera, las voces de la extranjería (que co-
rresponden a lo que Foucault llamó espacio heteróclito) en-
carnan en la poliglotía que ha abierto pasajes de comunica-
ción (erótica, juvenil, alterna) en el Londres victoriano, cuya

130
historia monumental es ahora un flujo transitivo verbal. En
la segunda, las calles de París aparecen cubiertas por el gra-
fitti ilegible: signos árabes, que encarnan la extrañeza radical,
el Otro sin Sujeto, lo puramente entrópico en el muro racio-
nal del París burgués. A la poliglotía festiva de Ríos, sucede
así la grafía invasora, cuya ilegibilidad anuncia un espacio de
ocupación sin traducción. A estas imágenes de desocupación
del centro por los márgenes descentrados hay que añadir las
imágenes de Los Ángeles asaltado por las hordas étnicas de
la pobreza suburbana, de la llamada “ciudad interior”, donde
late el español migratorio. La mitad de los amotinados eran
de origen hispano. Su malestar anuncia otro rasgo de la ciu-
dad postmoderna: su racialización, esto es, su mapa étnico,
que ya no es controlado por los centros tradicionales; y que
crece en razón inversa al principio del melting pot, de la inte-
gración compulsiva. Si en el siglo XIX empezó en los Estados
Unidos el proceso de la “americanización” como la renuncia a
los rasgos de la etnicidad a nombre de un término promedio
de semejanza ciudadana, hoy prevalece la necesidad de la ex-
tranjería como una práctica de la diferencia. Las ciudades se
podrían, así, clasificar por su capacidad de extranjería. Buena
parte de las nuestras practican procesos de nacionalización
compulsiva, naturalizando rasgos y borrando diferencias. Pero
las identidades urbanas se deciden en las opciones, y aparece
hoy la identidad elegida entre las varias opciones de identidad
que maneja, sin carga de angustia, el Sujeto postmoderno. Lo
vemos en Caracas, entre los hijos de los inmigrantes, cuyos
padres siguieron siendo extranjeros; ellos, la segunda genera-
ción que en los Estados Unidos había sido la generación más
nacionalista, asumen su condición nacional pero también ex-
ploran sus orígenes paternos; esa doble valencia es indicativa
de un diálogo capaz de restituciones. México, en cambio, le
permite a uno seguir siendo, siempre, un extranjero; la socie-
dad no busca nacionalizarlo, al contrario, lo distingue como
a Otro; algunos encontrarán en ello rasgos de nacionalismo y
rechazo de lo ajeno; yo prefiero ver una negociación de identi-
dades alternas, y por eso una ganancia de las diferencias.
México, evidentemente, no es ya la ciudad premoderna,
el gran mercado lacustre donde prevalecían los pactos tradi-

131
cionales de la diferencia y la reciprocidad. El Estado mexicano
tuvo que ceder espacios a la migración, la que más reciente-
mente ha vuelto a desterritorializar su propio mapa, en varias
capitales nuestras, al emprender caminos de retorno. Y no es
casual que en el turno de la globalización, frente a la crisis
del aparato estatal-nacional, nuestros países respondan con
un nuevo regionalismo, afirmando espacios interiores, donde
se procesa la crisis con menos costos y nuevas respuestas.
Una de esas respuestas, la insurrección zapatista en Chiapas,
anuncia que la primera guerrilla postcomunista es también
el primer movimiento campesino con conferencia de prensa
permanente, esto es, una insurrección para forzar la negocia-
ción. Por otra parte, México como proyecto urbano moderno
limita con su contraproyecto desurbanizante; y no es insólito
que la actual zozobra e incertidumbre política que vive el país
(y que es una de las primeras sensaciones de que pasamos
del estatismo patriarcal a la democracia posible) haya teni-
do su primera representación en las migraciones y su ocupa-
ción de espacios reclusos, baldíos, fronterizos (como en la ruta
México-Puebla), donde se levanta una ciudad de los oficios y
servicios, dividida por la mano de obra disponible; porque en
la ciudad de México y sus satélites es notable la minuciosa
orfebrería del trabajo popular, que alcanza a todas las formas
de expresión y producción, desde la comida (que llevó a Calvi-
no a creer que los mexicanos se estaban comiendo el mundo)
hasta las artes populares; sin olvidar a los mendigos, porque
en México hasta los mendigos trabajan.
Capital de la crisis, México actual es el lugar de la ma-
yor estratificación económica, pero es también el mapa de un
equilibrio prodigioso, como lo son casi todas nuestras grandes
ciudades, donde coexisten los extremos como una lección de
anatomía política. El metro es en México el hilo que sostiene
ese equilibrio, un espacio popular que desplaza a las muche-
dumbres pobres, y que las clases medias eluden. Seguramente
es el metro más grande del mundo, más caro y más moderno,
trasladando a la población de menores ingresos; en socieda-
des donde el costo del transporte es parte de la economía de
subsistencia familiar, el metro mexicano es un control urbano
de la crisis. Notablemente, de otro signo es el metro de Cara-

132
cas, no menos popular en sus estaciones extremas y horas
tope, pero de una urbanidad mítica (perdida en la urbe) y de
una impecable operatividad (utopía tecnológica convertida en
arcadia social). No es casual que en Lima los últimos gobier-
nos hayan inaugurado varias veces las primeras estaciones de
un metro que todavía no funciona.
Si la ciudad modernista es un texto que se puede desci-
frar según la lógica de su iconografía, la ciudad postmoderna,
en tanto acontecimiento de las hablas, lugar de las enuncia-
ciones, paraje de voces y diagrama comunicativo, puede ser
trazada siguiendo el hilo de la voz heteróclita que la enciende.
Roland Barthes propuso que entendamos el lugar común “los
lenguajes de la ciudad” no como metáfora sino como produc-
ción de lo que podría ser una semiosis urbana. Habría que
empezar por los géneros discursivos de la ciudad actual, desde
la crónica, muchas veces abrumada por una abusiva primera
persona trivilizadora del habla, hasta el periodismo testimo-
nial, muchas veces dado al biografismo episódico, donde los
hechos sucumben al peso de lo literal. En este sentido, hay
que reconocer que el registro de esas voces pasa todavía por
un anacronismo bastante empobrecedor: el costumbrismo, el
criollismo, el pintoresquismo literario. Varios cronistas, escri-
tores, y hasta letrados más jóvenes creen que dar cuenta de la
intimidad urbana es reproducir esas voces desde el paradigma
costumbrista, esto es, desde una reproducción que se quiere
fiel pero que es estereotípica, que pretende ser astuta y humo-
rística pero que es denigratoria y empobrecedora.
El criollismo costumbrista es una tendencia literaria lati-
noamericana que adquirió validez hacia los años treinta, como
expresión letrada de la crisis social a la que buscó representar
desde las clases desposeídas. Buscó también darle un lenguaje
a la ciudad cambiante de la industrialización y los movimien-
tos populares, aún incierta entre el campo y la urbe; y lo hizo
recobrando los márgenes que, por ejemplo, Borges creyó ha-
bitados por compadritos cuyo coraje los hacía dignos socios
de Macbeth. Reveladoramente, el criollismo cree encontrar en
el pueblo los valores de nobleza, integridad y carácter que las
burguesías dominantes habían perdido sin pena; por eso, el
criollismo suele adscribirse a la ideología hispánica tradicio-

133
nal, al discurso de gran señor que manejan muy bien los hi-
dalgos pobres. Algunos escritores jóvenes buscan hoy recobrar
esas voces de los desposeídos, para dar versiones de sus códi-
gos de honor, anomia social, violencia cotidiana, hablas secre-
tas. Pero la representación de la crisis actual, por su textura
compleja, es no sólo problemática sino que afecta al discurso
mismo; al punto que la racionalidad del lenguaje sobreimpo-
ne orden y distancia a esa desarticulación fluida. ¿Cómo, en
efecto, representar ese espectáculo urbano actual de las voces
en flujo, esa materialidad cambiante y reverberante que es el
horizonte abierto de lo cotidiano?
En Caracas, Ibsen Martínez, en la telenovela social Por
estas calles logró, en una brillante e impactante primera eta-
pa, introducir la temperatura del coloquio callejero, dando una
versión simultaneista de la subjetividad popular; pero en una
segunda serie, el proyecto reveló sus límites: la crisis represen-
tada (poder corrupto, drogadicción, pérdida de destino social)
se simplificó y las hablas se duplicaron hasta la caricatura. En
México, un novelista alerta a los lenguajes de la ciudad como
Gustavo Sainz, ha dedicado cada una de sus novelas al habla
de una colonia distinta; y los escritores de su generación (José
Agustín es el más conocido) se dieron a la tarea de reprodu-
cir celebratoriamente el demótico urbano, que incluye formas
tradicionales y neologismos felices, pero que sobre todo liberó
al formato narrativo y abrió en la escritura una corriente em-
pática y empírica. El proyecto debe haber concluido cuando
los delincuentes del barrio de Tepito se reconocieron en las
novelas de estos jóvenes lexicólogos amenos y decidieron, para
sobrevivir a la policía, cambiar de jerga, hacerse irrepresen-
tables. Los años setenta en Lima produjeron, asimismo, una
poesía coloquialista, donde el hablante informal asumía el bar
como locus amenus de un vernáculo igualitario y ocioso. Todo
este populismo debe haber ocurrido como una reacción primi-
tivista frente a la pérdida de lugar social del discurso literario,
desplazado casi en todas partes por el objetivismo bien tem-
plado del discurso de las ciencias sociales, casi invariablemen-
te producto del formato de las fundaciones, de las puestas al
día, y de las nuevas estrategias del mercado académico. La
pretensión de leer más a fondo y documentalmente la reali-

134
dad latinoamericana, sin embargo, limitó con los estragos de
la crisis y tampoco el discurso disciplinario resultó suficiente
para decodificar la textualidad (hay que decirlo, muchas veces
ilegible) de las desarticulaciones sociales y políticas.
Reproducir el vernáculo, escribir como habla el pueblo
no basta, evidentemente, para dar cuenta de la crisis, de la
carencia,­pero tampoco para representar las prácticas de resis-
tencia, las nuevas negociaciones y mediaciones de la moderni-
dad popular. En verdad, los lenguajes públicos están desfasa-
dos, casi en todas partes, de la práctica social; y la televisión,
otra vez, es sintomática: casi todos los locutores y presentado-
res de televisión viven la agonía del habla mediadora,­ ya que
tienen que optar entre un modelo doméstico y otro ceremonial.
Estos extremos demuestran la dificultad de representar un
promedio de urbanidad que equivaldría a la norma nacional.
Quizá, justamente, es difícil acordar esa norma, ya que esta-
mos hechos de una pluralidad de modelos, y la ciudad está
moviéndose de un habla de control a otras de renegociación.
En la mayoría de los casos, esos presentadores apelan a un
lenguaje formalista, supuestamente elegante, engolado, que
les da un empaque de pompas fúnebres. Otras, son excesiva-
mente familiares y bochornosamente indistintos.
En la radio, prevalece el habla familiar, digresiva y re-
dundante; más de las veces, una apoteosis del lugar común.
Me ha llamado la atención observar que los mejores locutores
son también buenos actores, paradoja que ya observó Henry
James en su relato “Lo auténtico”.
Lima, por cierto, es una ciudad puramente discursiva.
Trabajando sobre los discursos que la construyeron, adelanté
hace algún tiempo su tipología:
1. El discurso de Lima como centro. Se sostiene en la
mitología colonial, asume la nostalgia como punto de vista y
propone una fuente legitimadora en el sujeto de la tradición.
Discurso aristocratizante, sustenta a sujetos cuya condición
oligárquica o burguesa parecía en descenso; refuerza, por otro
lado, el ascenso de los discursos profesionales de la ciudad,
de Lima como problema, planificación urbana y solución futu-
rista. La noción de una “Lima que se va” (José Gálvez) supone

135
que la modernización mercantilista y poco gentil sustituye a la
tradición por el vecindario.
2. El discurso de Lima como centro vacío. Sostiene el dic-
tamen crítico, satírico, vejatorio, contra la ilegitimidad de lo
limeño. Propone el cambio, la revuelta, y sustenta un sujeto
popular, campesino inmigrante y provinciano avecindado. Dis-
curso de filiación crítica, a veces de un anticapitalismo román-
tico, su lugar social es lo moderno: representa los reclamos
democratizadores, igualitarios, justicialistas, así como la au-
toridad profesional y discursiva de la pequeña burguesía ilus-
trada. Federico More llegó a proponer el separatismo del resto
del país como sanción moral a Lima. Sebastián Salazar Bondy
elevó a dictamen (“Lima la horrible”) una frase humorística de
César Moro.
3. El discurso de Lima criolla. Proviene del encuentro
de lo aristocrático venido a menos con la emergencia de lo
popular como buena conciencia. Es un discurso ideoafectivo
que populariza al primero y aristocratiza al segundo. En sus
mejores momentos, las novelas de Mario Vargas Llosa nos di-
cen que la vida en sociedad es improbable en el Perú, dado el
mal inherente a los sujetos de la carencia; en sus peores mo-
mentos, la sociedad es una mecánica reduccionista, deter-
minista, que genera tipos y estereotipos. En Un mundo para
Julius Alfredo Bryce Echenique demostró que el discurso de
lo genuino había sido asumido por la servidumbre, pero que
resultaba siendo cursi a los ojos de los amos. En los cuentos
de Julio Ramón Ribeyro, la ciudad está ya pérdida, y los su-
jetos resultan afantasmados por esa amnesia irredenta.
4. El discurso de la cultura popular. Notablemente, el
vals peruano es una licencia para hablar en barroco. Cha-
buca Granda es la más famosa compositora peruana de una
versión nostálgica y arcádica de Lima como centro perdido,
recobrado en la moral de la gracia, en la intimidad del juego
galante, en la lección más clásica del barroco: la de decorar
el vacío. Otras versiones son más crudas, como la “chicha”,
un híbrido de música indígena y ritmos caribeños. En los
programas más populares, la televisión todavía opera las ce-
remonias de iniciación del inmigrante por la vía punitiva del
humor. José María Arguedas intentó representar la urbe más

136
moderna del país, el puerto industrial de Chimbote, boom
town de la pesca industrial, pero sólo pudo hacerlo a través
de las hablas desgarradas del loco, del enfermo, del borra-
cho. Con la vehemencia de las Epístolas y con la fractura de
la lógica discursiva. Arguedas, en El zorro de abajo y el zorro
de arriba testimonió la intimidad agónica de esa transcrip-
ción abismada.
5. El discurso especializado. Incluye al periodismo, la
arquitectura y las ciencias sociales; supone la noción perma-
nente de una “crisis urbana” y la reconstrucción de la vieja
Lima a nombre de la historia y la cultura citadinas. Los re-
gulares forums urbanísticos proponen imágenes alternativas
al tema cíclico de la pérdida de Lima, y documentan percep-
ciones de la actualidad que se inscriben en modelos políticos
del país.
6. El discurso literario. Hay una Lima inventada
por Ricardo Palma, que hoy nos parece tan popular como
aristocrática;­ en verdad, Palma fue el primero en vivir todos
los dilemas de la ciudad hablada frente a la ciudad escrita,
y buscó a aquella en ésta, como su historiador pero también
como su cronista. La literatura de viajes, por otra parte, le-
vantó una Lima discursiva a veces más firme que la real; es
el caso de la expedición ilustrada española de Jorge Juan y
Ulloa, que en el XVIII llega a Lima y la encuentra en ruinas a
causa de un terremoto; pero el cronista decide describirla tal
como en su fama fue, y así la pone de pie gracias a su propio
relato.
En Caracas, a la deriva de la modernidad, el habla busca
su sentido de pertenencia. Los sujetos son este diálogo virtual,
interpuesto y dividido, pero siempre a punto de su acorde de
intimidad y su coro celebratorio. Uno va en Caracas en busca
de su coro perdido. Hasta las colas son corales, y cada quien
forma parte de varias a lo largo del día y de la ciudad, como
si no acabara nunca de resolver su turno, su centro. Este es
un valle y las calles reemplazan a los ríos, en cuyos lechos
se levantan los ranchos de la pobreza, atravesando el mapa
urbano con su desurbanización acumulada y colgante. Pocos
lugares se han construido (desde sus albas y salvas del ori-
gen) como un espacio del diálogo posible. Al menos, el viajero

137
recorre las avenidas como si fueran a desembocar en plazas y
bulevares de charla unánime, merendero musical y mercadillo
frutal. Nos hablan con el fácil fraseo que aligera el espesor co-
tidiano, entonando una pregunta (siempre interrumpida) por
el lugar deshabitado entre todos: las respuestas son a medias,
mediadas, mediaciones. La urbanidad es una paciente nego-
ciación, a pesar de las voces altas.
En la colina del sujeto se oye el vocerío del valle del Otro.
De noche baja el pueblo pobre y toma la ciudad. El día desde
la polis, la noche de la policía. “Hemos perdido la noche” me
dice Juan Sánchez Peláez, como si nos hubiesen quitado el
sueño. Nosotros, los hijos de la ciudad letrada, terminamos
en nos-otros, los ilegibles. Al habernos quedado sin la noche,
hemos perdido la mitad de la voz.
Salvador Garmendia en sus cuentos y novelas nos deja
oír esa voz arrancada del cuerpo social: sus pequeños seres
le dan la vuelta a la escritura para regresar la plaza dialoga-
da, donde ya no requieren un nombre pues les basta con el
tiempo presente ganado por la voz. En las novelas de José
Balza, el habla disputa su lugar entre los espacios cerrados,
como el paraje de apertura hacia la recuperación sensorial
del mundo; no reproduce los lenguajes orales, los exalta con
precisión y brillo, contaminados por la comunicación del de-
seo, por su estrategia permutante. En las de Carlos Noguera,
en cambio, el diálogo es una fuerza convivencial: sus perso-
najes recorren las calles en coche, no para ganar otro espacio
sino para ensayar la intimidad del habla amical. La ciudad se
divide en espacios de conversación variable, digresivos y me-
moriosos, de culpa y expiación; y por el habla el tiempo es re-
tramado como un espacio del recomienzo, de la juventud y el
acuerdo. Ricardo Azuaje, Israel Centeno, entre otros, hacen
hablar a los nuevos espacios de contradicción, levantando
las voces insumisas que buscan rehacer el mapa urbano.
México, Lima, Caracas, en este fin de siglo podrían, gra-
cias a las articulaciones latentes entre las voces del relevo
que hoy subvierten los órdenes del Archivo sincrónico, re-
construir una memoria contra la amnesia, un espacio diacró-
nico donde los lenguajes sean del reconocimiento del sujeto
en el otro, de la diferencia acordada como gracia. La memoria

138
no como el museo de lo nacional sino como la búsqueda de
la ciudadanía cultural, que excede fronteras y abre en la ciu-
dad ya no el centro ordenador sino el umbral del presente,
del recomienzo, de la voz que explora su propia duración, su
textura temporal de ocurrencia convocante y concurrencia
celebrante.

139
Evolución del urbanismo en Puerto Rico
Aníbal Sepúlveda

Contrario a la imagen exuberante que se vende en todo


el mundo, el Caribe isleño es hoy una región urbanizada don-
de la mayor parte de la población vive en ciudades que nada
tienen que ver con lo rural, exótico y playero que anuncia la
propaganda1. Por otro lado, al hablar del Caribe como región,
se esperaría una gran interdependencia entre las ciudades del
área, pero tampoco ese es el caso. Aún no existe en el archi-
piélago una economía regional integrada e interdependiente.
Todavía el Caribe isleño está fuertemente marcado por su pa-
sado colonial.
En las Antillas podemos hablar aún del Caribe hispánico,
o del francés, del británico, del holandés, o más recientemen-
te del estadounidense. Así, la evolución del desarrollo urbano
en las islas del Caribe tiene que estudiarse por un lado en el
contexto regional del archipiélago y por otro de acuerdo con la
particular situación de cada isla o grupo de islas.
Este ensayo examina el desarrollo urbano en Puerto
Rico, una de las islas más urbanizadas de la región. En él se
plantean­algunas de las ideas que nos han llevado a la prepa­
ración de un Atlas urbano de Puerto Rico, la búsqueda y el
análisis de los datos estadísticos, de los materiales gráficos

1.  En las Antillas de mayor extensión la población urbana es la siguiente:


Cuba 72%, Puerto Rico 71%, Trinidad y Tobago 64%, República Dominicana
52%, Jamaica 51%.

141
y la redacción de esa futura publicación. El Atlas ilustrará la
evolución del desarrollo urbano de la isla de Puerto Rico a par-
tir de la segunda mitad del siglo XIX hasta el presente. En
él se examinarán las tendencias actuales y se propondrá un
cambio radical de actitudes como requisito para reorientar el
desarrollo urbano del país.
Como primer paso hay que insertar el estudio del urba­
nis­mo­­ en Puerto Rico en el contexto del Caribe isleño. En
mate­ria­ de desarrollo urbano, el país tiene muchas leccio-
nes que aprender y muchas experiencias que compartir. Al
igual que en el resto del Caribe, el urbanismo puertorriqueño
recibió­influencias foráneas a la vez que desarrolló formas ur-
banas adaptadas a su particular situación económica, polí-
tica, climática y social. Esas circunstancias conformaron un
urbanismo particular que en general compartía su fisonomía
con la del Caribe hispánico. Sin embargo, el desarrollo subur-
bano ocurrido, sobre todo a partir de la década de 1940, ha
deformado radicalmente la manera como los puertorriqueños
imaginan, planean, financian, diseñan, construyen y habitan
los espacios urbanos. Los resultados del calco del desarrollo
urbano norteamericano fuera del contexto real de la isla por
parte de las iniciativas privadas y del sector público, tuvieron
mucho que ver en esa deformación. Los postulados del movi-
miento moderno marcaron para siempre el urbanismo en el
país. La zonificación de usos exclusivos (vivienda, comercio,
industria, diversión, etc.) ha desparramado y separado las ac-
tividades cotidianas del puertorriqueño de forma contundente.
Puerto Rico es una isla pequeña (sólo 8.960 Km. cuadrados) y
paradójicamente hoy día todo queda lejos y el tiempo en auto-
móvil es en realidad la medida estándar de distancia.
Existe ya al menos una generación de puertorriqueños
que ha nacido y vivido en suburbios motorizados. Comienza
a borrarse de la memoria colectiva lo que fue la convivencia
en los espacios urbanos tradicionales concebidos a escala hu-
mana. Un indicador ilustrativo es el cambio dramático ocu-
rrido en los transportes. Desde finales del siglo pasado hasta
mediados del presente, las tres ciudades más importantes del
país contaban con tranvías urbanos. A su vez existía un siste-
ma de ferrocarriles con una línea de circunvalación costera y

142
varias otras hacia el interior. Todos esos sistemas de transpor-
te colectivo, favorecedores de un urbanismo compacto, fueron
barridos ante el avance inexorable del automóvil que propició
el desparramamiento. El número de autos registrados ha cre-
cido exponencialmente, sobre todo en las últimas tres déca-
das. En esa misma proporción, el espacio isleño se reduce a
medida que la infraestructura para el auto consume los esca-
sos terrenos.­
En 1940, la población era de 1.869.255 habitantes y exis-
tían en la isla 22.847 automóviles, es decir unos doce autos
por cada 1.000 habitantes. Dos décadas más tarde esa pro-
porción subía a 78 autos por cada 1.000 habitantes. A partir
de entonces la automovilización de la isla se disparó de forma
alarmante. En 1980 la proporción era de 353 y en 1990, de
449. En Puerto Rico existen hoy día 1.650.709 automóviles, lo
que equivale a más de 470 autos por cada 1.000 habitantes.
Esa proporción es una de las más altas de todo el mundo y
trágicamente muchas personas la utilizan como un índice de
progreso. Sin embargo, lo cierto es que el número de autos cre-
ce más aceleradamente que el de la población. Hay en una isla
de 160 X 56 kilómetros la insólita cifra de 22.490 kilómetros
de carreteras. La red de espacios públicos se concibe hoy to-
mando en cuenta con prioridad las necesidades del automóvil.
Ante esa perspectiva, se tienen que estudiar a fondo los funda-
mentos del urbanismo tradicional que queremos reinterpretar.
El urbanismo tradicional puertorriqueño planteaba modelos
de cordura ambiental y de adaptabilidad a una realidad isleña
que han pasado por alto las recientes generaciones.

El ámbito regional

El Caribe isleño está compuesto hoy día por casi 30 paí-


ses y territorios de diferentes tamaños con una población con-
junta cercana a 30 millones de personas. A ese total, Puerto
Rico aporta en la actualidad 3,5 millones. El archipiélago con-
forma un mosaico geopolítico y socioeconómico de piezas muy
diversas. El espectro político incluye repúblicas socialistas y
capitalistas; departamentos franceses; colonias clásicas y te-

143
rritorios con diferentes grados de autonomía. El nombre oficial
de Puerto Rico desde 1952 al presente es el de Estado Libre
Asociado. Este nombre representa una fórmula política para
un estatus indefinido con limitada autonomía. En cuanto al
idioma, en el Caribe actual se hablan por lo menos seis. En
Puerto Rico, a pesar de la cooficialidad del español y el inglés,
el español es en realidad el idioma nacional.
Aunque el pasado colonial continúa siendo una influen-
cia balcanizante, las ciudades capitales de la región tienen
algunos elementos comunes. En el pasado, casi todas tuvie-
ron funciones estratégicas de comercio y defensa y sirvieron
como centros administrativos de las antiguas colonias. Desde
el punto de vista geográfico, todas las capitales caribeñas es-
tán localizadas en la costa y son en realidad ciudades-puerto.
A partir del siglo XVI, cada isla o grupo de islas, atadas a sus
respectivas metrópolis, desarrollaron un urbanismo con mar-
cadas influencias europeas que fueron adaptando a la realidad
local. Una generalización obvia es que el desarrollo de las ciu-
dades caribeñas estuvo sujeto al vaivén de la condición geopo-
lítica de la región. Por supuesto, eso es cierto para todas las
ciudades del mundo, pero particularmente cierto en el Caribe
isleño. Como ha dicho Juan Bosch, el Caribe ha sido siempre
una frontera de los imperios2. En el caso de Puerto Rico, las
influencias principales han sido la de España y a partir del
siglo XIX la de los Estados Unidos.

El urbanismo tradicional

En un primer período, las influencias en el desarrollo


urbano fueron fundamentalmente las experiencias que traje-
ron consigo los primeros colonizadores, las cuales se amal-
gamaron con las prácticas y los materiales de construcción
indígenas. Rápidamente, el sistema de ciudades en el Nuevo
Mundo fue adquiriendo su estructura fundamental y las prin-
cipales ciudades americanas asumieron su especialización.

2.  Bosch (1981).

144
Como señaló Jorge Hardoy3, las principales ciudades fueron
los centros de administración, de minería y los puertos. En
el Caribe, las principales ciudades regionales adquirieron sus
respectivas funciones como puertos de escala y defensa en el
tráfico marítimo. Así, sobre todo en el Caribe hispánico, las
ciudades-puerto más importantes comenzaron a recibir las
aportaciones de notables ingenieros militares que las dotaron
de masivos sistemas defensivos. Hoy día La Habana, Cartage-
na de Indias y San Juan, antiguos vértices del triángulo defen-
sivo español, exhiben verdaderos catálogos diacrónicos de las
formas y el arte de la fortificación urbana. Las tres ciudades
exhiben un valioso patrimonio con magníficos ejemplos de las
primeras torres medievales tardías de comienzos del siglo XVI,
de las fortificaciones renacentistas de finales del XVI y el XVII
y de los sistemas barrocos de fortificación abaluartada de los
siglos XVII y XVIII4.
Después de la toma de La Habana por los ingleses en
1762, la corona española se preocupó por modernizar el resto
del sistema defensivo en el Caribe. Consecuentemente, desde
finales del siglo XVIII San Juan adquirió su definitiva fisono-
mía abaluartada. Este carácter de ciudad amurallada esta-
bleció una nítida diferencia entre la capital y el resto de los
pueblos de la isla.
Por un lado la ciudad amurallada se definió como capital
administrativa y punto estratégico de defensa; por otro lado
se fueron dando las condiciones para que en la isla se desa-
rrollara otro tipo de asentamientos. A comienzos del siglo XIX
se liberalizaron la inmigración, la importación de esclavos y
las políticas relativas a los impuestos. El sistema llamado de
plantación, orientado a la exportación, favoreció que se fun-
daran nuevos pueblos y a su vez potenció el crecimiento de
los existentes. La producción agrícola, el comercio (incluido
el contrabando), los transportes y el aumento natural de la
población fueron factores determinantes. En la primera mitad
del siglo XIX la llanura costera se cubrió de caña de azúcar

3.  Hardoy (1975).


4.  El desarrollo de los sistemas defensivos en el caribe ha sido objeto de múl-
tiples trabajos. Algunos estudios relevantes son los de Zapatero (1978), Gas-
parini (1985), España, CEHOPU (1985), Segre (1972), Ramos Zúñiga (1990).

145
y con ella las ciudades costeras comenzaron a prosperar. En
la segunda mitad de ese siglo, el desarrollo de una economía
cafetalera y, en menor escala, tabacalera en el interior monta-
ñoso permitió el desarrollo urbano en el interior del país. En
ese período, el centro de gravedad5 de la economía favoreció el
crecimiento de los pueblos de montaña y de los puertos que
exportaban el producto de aquellos.
A lo largo del siglo XIX, la primacía de la capital amuralla-
da fue desafiada económicamente por otros núcleos urbanos
que adquirieron su rango-tamaño de acuerdo con la capaci-
dad productiva de sus respectivos entornos: Ponce, Mayagüez,
Arecibo, Aguadilla, Caguas, Guayana y San Germán encabe-
zaron la lista de ciudades que rivalizarían con San Juan.
Cabe mencionar aquí una relación estadística que ubi-
que al lector en ese proceso. En la década de 1770 la pobla-
ción propiamente urbana de la isla era insignificante; existían
sólo 30 asentamientos y sólo cuatro de ellos tenían más de
1.000 habitantes6. Cien años más tarde, en 1878 los pueblos
de la isla eran 69. De éstos, al menos 44 tenían una población
superior a los 1.000 habitantes. Sin embargo, a pesar de este
aumento en asentamientos, la población conjunta de los 69
pueblos sólo rondaba el 20 por ciento del total de la isla. En
realidad en ese año sólo San Juan y Ponce sobrepasaban los
10.000 habitantes7. La reducida escala del fenómeno urbano
es un asunto pertinente en el estudio del Puerto Rico decimo-
nónico.
Hasta bien entrado el siglo XX, la sociedad puertorrique-
ña, como las del resto del Caribe, siguió siendo eminentemen-
te rural. Sin embargo, fue precisamente en ese fin de siglo y
hasta la década de 1930 cuando ocurrió un extraordinario de-
sarrollo en la arquitectura y se consolidaron los elementos ur-
banos que distinguen a Puerto Rico de otras islas del Caribe8.

5.  Picó (1986: 192).


6.  Sepúlveda (1989:102).
7.  Sepúlveda (1989: 188-189).
8.  Rigau (1991).

146
El desarrollo urbano en el siglo XX

En 1898 Puerto Rico pasó políticamente a ser territorio de


los Estados Unidos de América. Con el cambio de soberanía, la
isla se convirtió como nunca antes en una de las sugar islands
del Caribe. Aunque tardíamente, le llegó el turno a la renovada
colonia de aportar su dulce contribución al desarrollo ajeno.
La isla se llenó de centrales azucareras que sustituyeron las
antiguas haciendas de caña9. La mayoría de la población con-
tinuó atada a las labores agrícolas, los pueblos y ciudades cre-
cieron sólo moderadamente y en forma relativa al aumento en
población. La nueva administración norteamericana terminó
de construir el sistema ferroviario y pronto la capital retomó
su discutida primacía al ser San Juan la estación terminal de
todas las líneas. La vocación de capital alterna de Ponce10, se
vio empañada cuando San Juan consolidó su función como
centro portuario, administrativo y de negocios.
Cuatro períodos fundamentales en el desarrollo de la
economía puertorriqueña del siglo XX, han marcado el tejido
urbano actual de la isla: primero, el desarrollo de la economía
del azúcar (1899-1930); segundo, el deterioro de ese modelo
(1930-1940); tercero, el despegue de la economía manufactu-
rera y la industrialización (1940-1970); y cuarto, el predomi-
nio de una economía terciaria (1970-presente)11. De una forma
u otra estas etapas han estado fuertemente ligadas al capital
norteamericano.
En el primer período (1898-1930) los nuevos administra-
dores se enfrascaron en un masivo programa de construcción
de infraestructura y equipamiento. Se descartaron los planes
de ensanche preparados durante las últimas décadas de la
administración española12. Los principales proyectos urbanos
reflejaron las prácticas de la nueva metrópolis.

9.  Rodríguez (1990).


10.  Quintero Rivera (1989).
11.  Bas y Sepúlveda (1977).
12.  En 1867 se extendió a Puerto Rico la Ley de Alineaciones de España. Esta
ley determinó la morfología de muchos de los pueblos. Más tarde se hicieron
planes de ensanche en las principales ciudades del país. En la capital se pre-
pararon al menos cuatro de éstos, todos ellos influenciados por el de Barcelo-
na (1859) y el de Madrid (1860).

147
En su renovado estatus de ciudad primada era, requisi-
to que San Juan albergara cómodamente las viviendas de las
nuevas clases dirigentes13. A partir de 1908 se desarrolló el
primer streetcar suburb en una antigua finca costera llamada
El Condado. Este primer ejemplo de lotificación masiva, servi-
do por una línea de tranvía fue concebido y construido por dos
empresarios que simbolizaban el empuje emprendedor de la
optimista sociedad. Muy pronto se intensificó la urbanización
de los sectores céntricos a lo largo de la línea suburbana del
tranvía hacia el sur. La venta de viviendas y de parcelas para
edificar siguió siempre la iniciativa privada sin una guía de
planes de ordenación delineada por el sector público.
Paralelamente a la construcción de vivienda para el redu­
ci­do­­ mercado existente, comenzaron a llegar a la capital los
primeros contingentes de campesinos desplazados y se fueron
conformando los primeros arrabales de personas sin recursos­
que construyeron sus viviendas en los terrenos marginales
asociados a las tierras bajas y pantanosas cubiertas de bos-
ques de mangle a las orillas de la bahía, en los canales y las
lagunas que abundan en la región de San Juan. Un primer
paliativo gubernamental a ese fenómeno fue planear y cons-
truir en la década de 1920 un proyecto de gran escala llamado
Barrio Obrero14. Otros dos de estos proyectos se construyeron
en Arecibo y Salinas. Los tres proveían viviendas a bajo costo
para obreros, artesanos y empleados públicos.
En el segundo período (1930-1940), los arrabales en San
Juan alcanzaron dimensiones alarmantes. Siguiendo los pos-
tulados del Nuevo Trato de la administración del presidente
norteamericano Franklin D. Roosevelt, varios proyectos urba-
nos significativos atendieron la necesidad de vivienda. Desde
ese momento la eliminación de arrabales fue la consigna y la
política pública predominante. En 1938 se construyó el primer
residencial público que llevó el nombre de Falansterio. A la vez
se planearon y construyeron las primeras urbanizaciones de
tipo suburbano con subsidios federales las cuales dieron co-

13.  La labor de arquitectos y urbanistas en ese período apenas comienza a


estudiarse. Ver Rigau (1990), Marvel (1994).
14.  Sepúlveda y Carbonell (1987).

148
mienzo al desarrollo urbano por urbanizaciones, particular de
Puerto Rico en el contexto caribeño de la época.
A partir de la Segunda Guerra Mundial y de la creación
del Estado Libre Asociado (1952), ocurrió un acelerado creci-
miento económico que imprimió en la población una actitud
generalizada de optimismo. A partir de entonces comenzó a
cambiar radicalmente el paisaje urbano contemporáneo. Entre
las décadas de 1940 y 1970 y sobre todo a partir de esa últi-
ma década, se fomentaron de todas las maneras imaginables
cambios radicales en la forma de planear, financiar, diseñar y
construir las viviendas en todo el país, Se cambió para siem-
pre la tipología de la arquitectura vernácula y el urbanismo
isleño.
En 1949 se inauguró la urbanización de Puerto Nuevo
y poco después una expansión contigua llamada Caparra Te-
rrace en el municipio de Río Piedras al sur de San Juan. En
su momento, ese proyecto se anunció como la urbanización
más grande del mundo. Se trataba del primer ejemplo en gran
escala (4.428 unidades en Puerto Nuevo y 3.030 en Caparra
Terrace) de viviendas unifamiliares producidas industrialmen-
te y asequibles a un mercado de modestos recursos. La subur-
bia caló muy profundamente en los puertorriqueños que aun
tenían una visión romántica de poder combinar lo urbano con
lo rural en una especie de finquita pequeña que representaba
la vida urbana sin el abandono del pedacito de tierra. En esos
inicios optimistas era difícil plantearse y calibrar la escala del
cambio y el poder devastador que tuvo en el país ese estilo
importado de construcción de vivienda. Pronto le siguieron ur-
banizaciones de ese tipo en otras ciudades del país.
Claro ejemplo de ese negativo efecto fue el que tuvo para
Río Piedras la construcción del proyecto Puerto Nuevo-Capa-
rra Terrace donde precisamente comenzó la génesis del Puerto
Rico suburbano. Estas urbanizaciones estaban ubicadas en
tierras baratas alejadas y sin conexiones con el centro urbano
tradicional de Río Piedras. Los nuevos residentes, en su ma-
yoría emigrados del interior, estrenaban su nueva condición
de clase media y con ello requerían servicios y equipamiento
que el viejo municipio no fue capaz de ofrecer. Las estructu-
ras administrativas del antiguo municipio no estaban prepa-

149
radas para el nuevo fenómeno. En 1951 se celebró un referén-
dum donde los ríopedrenses decidieron eliminar a Río Piedras
como entidad administrativa e incorporarse al municipio de
San Juan. Fue así como se eliminó el primero de los centros
tradicionales como entidad urbana y administrativa. Puer-
to Nuevo-Caparra Terrace marcan el inicio de la creación de
vastos espacios uni-funcionales con la típica alugaridad que
caracteriza la producción en masa de vivienda. A partir de en-
tonces comenzó el deterioro acelerado de los centros urbanos
tradicionales.
Varios factores explican el inicio y desarrollo del proceso
de suburbanización en Puerto Rico.

Necesidad de vivienda

El más obvio de ellos es la necesidad acuciante de vivien-


da que existía en todo el país: el censo de 1950 indica que el
35 por ciento de la vivienda de la isla era inadecuado.

Planificación centralizada

Un segundo factor es la puesta en práctica, por primera


vez en el siglo, de una planificación institucional centraliza-
da hecha desde el sector público. Con ese propósito se creó
en 1942 la Junta de Urbanización y Planificación de Puerto
Rico15, una nueva agencia del Estado altamente centralizada
y desfavorecedora del poder local de los municipios. Esa pers-
pectiva se debió en parte a las ideas novotratistas de Rexford
G. Tugwell, el último de los gobernadores norteamericanos. La
prioridad de la nueva Junta fue la preparación de los regla-
mentos de lotificación y zonificación derivados de los preceptos
modernistas que postulaban la segregación de las actividades
cotidianas del ser humano en el espacio. La gestión reglamen-
taria se centralizó en San Juan en perjuicio de los poderes de-
cisionales que antes ostentaban los gobiernos locales en cada
municipio. Con ello se pretendía hacer más eficaz el proceso,
pero la Junta de Planificación estableció las reglas del juego

15.  Picó (1952).

150
copiando los reglamentos de zonificación existentes en los Es-
tados Unidos16. Estos reglamentos tuvieron en la práctica el
efecto de prácticamente prohibir la construcción de cualquier
otro tipo de vivienda que no fuera la vivienda unifamiliar en
parcelas de 300 metros cuadrados.

Construcción de infraestructura

A finales de la década de 1940, un nuevo gobierno, com-


puesto por tecnócratas emprendedores y optimistas, inició
un vigoroso programa de construcción de infraestructura (ca-
rreteras, acueductos, energía eléctrica, etc.) a todo lo largo y
ancho del país. El flujo de dinero federal a la isla durante el
período de la postguerra hizo posible la aceleración de este
proceso. La nueva infraestructura, desarrollada por empresas
de Estado, abarcó terrenos agrícolas que quedaron rezagados
por la industrialización. Los desarrolladores privados supieron
utilizar esa oportunidad.
La construcción de una extensa red de carreteras a lo
largo y ancho del país se adecuaba a duras penas a servir el
crecimiento desproporcionado del parque automotor de la isla
a que hicimos referencia al comienzo.

Financiamiento garantizado

Central y determinante para entender el despegue de la


suburbanización en Puerto Rico fue la forma de financiar las
nuevas viviendas. A partir de la década de los años cuarenta
comenzó a implantarse masivamente un programa norteame-
ricano que garantizaba los préstamos a largo plazo de los ban-
cos privados. Ese programa, conocido en los Estados Unidos y
en Puerto Rico, como la FHA (Federal Housing Administration)
es quizás el elemento más importante para entender el proce-
so de construcción de hogares a partir de la Segunda Guerra
Mundial17.
Los bancos locales se acostumbraron a otorgar présta-

16.  Santana Rabell (1989).


17.  Baralt (1993).

151
mos a familias asalariadas con la garantía absoluta de tener
asegurados los préstamos por una agencia del Gobierno Fe-
deral norteamericano. Los beneficios de la FHA traían consigo
una serie de requisitos. Para poder garantizar los préstamos,
la agencia requería que las viviendas aseguradas siguieran
ciertos estándares de construcción y adoptasen una tipología
edificatoria a imagen y semejanza de los estilos suburbanos
norteamericanos. La nueva Junta de Planificación se enorgu-
llecía de asegurar con sus reglamentos la disposición y carac-
terísticas morfológicas de las nuevas urbanizaciones.
El resultado local de los repartos de viviendas fue una
copia muy modesta de las urbanizaciones de corte modernis-
ta desarrolladas sobre todo en los Estados Unidos. En Puerto
Rico las parcelas típicas constaban de entre 250 y 300 metros
cuadrados. Los materiales tradicionales de construcción como
la madera o los techos de zinc se descartaron y se adoptó uni-
formemente el hormigón. Los repartos contaban con sistemas
de infraestructura y por supuesto una red de calles diseñadas
exclusivamente para el automóvil. Sin lugar a dudas, la im-
plantación en Puerto Rico de los programas de la FHA deter-
minó la tipología edificatoria de vivienda en toda la isla.
Los centros urbanos tradicionales comenzaron a perder
vitalidad y se deterioraron rápidamente. El censo de 1950 de-
marcó claramente el inicio de la pérdida de población de los
pueblos en todos los casos. A los cascos urbanos multifun-
cionales y socialmente heterogéneos se opusieron las nuevas
urbanizaciones unifuncionales con una morfología espacial,
social y económica segregada.
En 1968, a treinta años de extendida la FHA a Puerto
Rico, el 70 por ciento de toda la deuda hipotecaria de la isla
estaba vinculada a ese programa federal18. En esa misma pro-
porción el urbanismo del país se alejaba de sus raíces para
amoldarse a las nuevas expectativas de vivienda de una cre-
ciente clase media. Junto con la vivienda se vendía un paque-
te de optimismo, se trataba de la sociedad de consumo que
requería un nuevo estilo de vida copiado del american way of

18.  Baralt (1993:151)

152
life. Cabe añadir aquí que en ese mismo año (1968) un nuevo
partido anexionista ganó las elecciones en el país.

Abundancia de tierras baratas

La abundancia de tierras baratas que el colapso de la


agricultura ofrecía fue otro factor en el inicio de la suburba-
nización. La voracidad de la especulación creció como nunca
antes. La posibilidad de obtener grandes ganancias de forma
casi instantánea desató un interés inusitado por parte de los
dueños de las tierras que vieron en el cambio de usos una for-
ma de enriquecimiento. Pronto se generalizó la percepción de
que todo terreno era potencialmente urbanizable y con ello el
reclamo de los derechos inalienables de la propiedad privada.

El regreso de los veteranos

El retorno masivo de los veteranos de las guerras de Eu-


ropa y de Corea, provistos de pensiones federales, y los nue-
vos empleos del gobierno y la industria terminaron de crear el
caldo de cultivo para la suburbanización. Los célebres planos
reguladores de las décadas del 1960 y 1970 fueron en realidad
documentos y listados de buenas intenciones. La capacidad
centralizada de la Junta de Planificación para guiar un desa-
rrollo armónico quedó desbordada por la realidad.
La nueva sociedad de consumo asoció el progreso con las
urbanizaciones y la vida en urbanización se ofreció como la
única alternativa racional y económicamente viable para la fa-
milia de clase media. Tal fue la asociación que las casas de los
sectores rurales se construyen hoy día imitando el patrón de la
casa de urbanización. La arquitectura vernácula se transfor-
mó radicalmente para asemejarse en materiales y en forma a
la casa de hormigón prefabricado con techos planos de las ur-
banizaciones. Esta tendencia fue oficialmente estimulada por
el gobierno. Entre 1941 y 1990 el Departamento de la Vivienda
construyó 577 comunidades rurales en las que se repartieron
177.000 solares con casas unifamiliares tipo urbanización.
En el período entre 1940 y 1970 quedó fijado el destino
urbano de la isla. Puerto Rico es hoy una isla que se achica,

153
una sociedad totalmente suburbanizada que vive en espacios
sin los atributos de la ciudad tradicional y totalmente depen-
diente del automóvil, en ambientes cada vez más degradados,
tanto los construidos como los naturales, donde la calidad de
la vida cotidiana empeora día a día.

Los centros urbanos tradicionales, ¿Remanentes del pasado o


paradigmas para el futuro del urbanismo isleño?

Cincuenta años después del inicio de la suburbanización


se impone un alto a ese proceso. El cambio requerirá una do-
sis de entusiasmo similar a la de su comienzo para enfrentar
un ajuste serio de los patrones de consumo y una reanimación
de los espacios desalmados que hemos creado. Dentro de ese
panorama, que desafortunadamente no es patrimonio exclusi-
vo de Puerto Rico, persisten a duras penas los centros urba-
nos tradicionales. En la actualidad esos centros (78 para ser
exactos) son una especie de microcosmos donde están conte-
nidas muchas de las lecciones del urbanismo que heredamos
y que descartamos por el urbanismo al instante de las pasa-
das décadas.
A diferencia de las urbanizaciones a donde sólo se llega
en automóvil, los cascos urbanos puertorriqueños son refe-
rencias obligadas de un urbanismo pensado para la conviven-
cia humana. En ellos los espacios públicos y privados están
claramente definidos, las distancias fueron concebidas a esca-
las caminables y el tejido social es por definición heterogéneo.
Todos los cascos fueron dotados de elementos que aportaron
a una inconfundible identidad propia de cada pueblo. Esas
características no están presentes en los espacios suburbanos
del presente. Así, los viejos pueblos son modelos de urbanis-
mo de los cuales tenemos mucho que aprender. Los espacios
urbanos tienen que reciclarse y ahí radica la gran lección de
los centros urbanos tradicionales. Su estructura urbana tiene
la capacidad y la flexibilidad de adaptarse al paso del tiempo.
La planificación urbana que habremos de llevar a cabo
en este fin de siglo requiere imaginación lúcida y comprome-
tida por parte de todos los actores que inciden en el urba-

154
nismo caribeño contemporáneo: los dueños de los terrenos,
los desarrolladores, los que financian, los compradores y el
gobierno. El Estado por su parte tiene que garantizar una polí-
tica pública consciente del poder regenerador de las pequeñas
intervenciones en los tejidos urbanos existentes. Los antiguos
macroproyectos, las súpermanzanas, los hipermercados, y to-
das las megaintervenciones a las que estamos acostumbrados
son ya cosa del pasado.
En el nuevo milenio que comienza no se pueden proyectar
extensas áreas suburbanas nuevas: la isla es finita. Ni el eco-
sistema isleño ni el mercado del suelo lo aguantan. A los urba-
nistas caribeños nos toca una tarea aparentemente más mo-
desta, pero infinitamente más compleja, sensible y creadora:
interpretar, conservar, revitalizar y redesarrollar con calidad
la ciudad construida. Se trata de completar con sentido y res-
ponsablemente los espacios urbanos que han sido creados re-
cientemente de manera trunca, desarticulada e incoherente.­
En este fin de siglo, Puerto Rico comparte con el resto del
mundo un urbanismo al estilo internacional promulgado por
el movimiento moderno. Luego de casi 50 años de su implan-
tación generalizada, padecemos los resultados y enfrentamos
la necesidad de replantearnos las tendencias. Las buenas lec-
ciones y los malos ejemplos están plasmados en el espacio de
esta isla que se achica.
(1994)

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156
Arquitectura y patrimonio cultural en el Caribe.
Síntesis de un ensayo
Ramón Paolini

A Santo Domingo, primera ciudad del Nuevo Mundo, lle-


ga España preñada con embrujo árabe, techos de presencia
mudéjar y patios cerrados; con arquitectura Isabelina o góti-
ca tardía de los Reyes Católicos. Sus primeras construcciones
son austeras y recias, iguales a las extremeñas y andaluzas.
El hijo del almirante y María de Toledo se instalan en un alcá-
zar, admirado todavía, que suscita recuerdos de desventuras e
ilusiones en esos primeros años de la epopeya americana. La
Catedral primada, los conventos de mercenarios, franciscanos,
y dominicos; la Torre del Homenaje, Casas Reales, El Palacio
de Ovando y la casa de Bastidas… dan una idea de tiempos
seguidamente de Juan de La Cruz y Teresa de Jesús.
A sólo cincuenta años de haber llegado Colón a La Es-
pañola, Castilla consolida su presencia en todo el continente
descubierto, dejando a la deriva territorios insulares esparci-
dos en el mar de los caribes; su limitada capacidad la dedica al
infinito territorio continental, preñado de oro y plata.
Inglaterra, Francia y Holanda no asimilan fácilmente la
súbita riqueza castellana y tratarán, por cualquier medio, de
participar en ese fabuloso hallazgo. Su presencia trasladará
problemas económicos religiosos y familiares al archipiéla-
go antillano, región imposible de controlar por nadie. Así, el
Caribe­ comienza a percibir barcos con bandera extraña que
tratan, a su manera, de obtener parte de la riqueza del Nuevo

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Mundo obligada a pasar por sus aguas, donde es fácil coger
cualquier atajo y esconderse detrás de unos manglares para
evadir a la temible Armada Española.
En el transcurso del siglo XVI, las primeras ciudades
españo­las del Caribe comienzan a ser abandonadas por falta
de colonos que quieran vivir en ellas y por un clima extrema­
damente hostil; lo encontrado en el continente supera, con
creces, el mundo colombino. Corsarios y piratas protegidos por
casas reales europeas hacen su aparición y los pequeños terri­
to­rios insulares son lugar propicio para acampar y ejecutar­
una política agresiva contra España: asaltan galeones en el
mar y desafían sus puertos, en plan de guerra.
A partir de 1600, gente venida de esos reinos se apropia,
en un proceso lento pero seguro, de islas solitarias alejadas
de puertos españoles donde florecen, sin acta de fundación,
asentamientos distintos a los construidos en la región duran-
te cien años. A esos lugares llegan aventureros, bucaneros,
comerciantes apertrechados de esclavos, señores feudales re-
zagados, mujeres fraudulentas, algún colono decente, piratas
corsarios…, de Holanda, Inglaterra, Francia y Dinamarca. La
Barbada, La Tortuga, San Cristóbal, Santa Cruz y San Martín
son sus primeros emplazamientos.
Alrededor de la bahía más profunda de la isla de Cu-
raçao, Holanda instala los primeros elementos para un lugar
con sentido de permanencia, y desde sus inicios, el puerto de
Willemstad recibe gente de todo mundo y se convierte en refu-
gio de judíos sefardíes, perseguidos por la Santa Inquisición.
Allí comienzan a levantar casas de piedra con techos bastante
inclinados, convertidos en teja plana, traídos de Utrech y bu-
hardillas, en las partes altas como en Amsterdam; también
construyen la primera sinagoga del Nuevo Mundo.
Aventureros franceses se van instalando en la isla Tor-
tuga, al norte de La Hispaniola, y la mayoría pasa al lado sur,
a vivir de una riqueza insólitamente abandonada por los cas-
tellanos, incluyendo plantaciones y ganado. Construyen un
pueblo llamado Cape Française en arquitectura muy diferente
a la española y holandesa. Casas de piedra bruta y techos de
pizarra y grandes chimeneas, parecidas a las habidas en los
campos de Burdeos y Bretaña, configuran el nuevo asenta-

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miento. Igual hacen en Guadalupe, María Galante, San Cristó-
bal, Santa Cruz y Martinica.
Los ingleses llegan a La Barbada y San Cristóbal tratan-
do también de establecerse sin oposición. Para 1635, el expan-
sionismo holandés, inglés y francés está a la orden del día y
desalojar a España o tomar posesión de un pequeño territorio
insular, no es tan complicado. Cuando sus avanzadas llegan
al mismo tiempo, se portan como grandes caballeros garantes
del naciente capitalismo y se reparten los pequeños territorios
con ceremonia incluida; desde 1643, Holanda y Francia convi-
ven, hasta el día de hoy, en la pequeña isla de San Martín.
En La Barbada, los ingleses se instalan con cierta facili-
dad, alejados de puertos españoles, de atracaderos holande-
ses y refugios bucaneros. Traen muchos colonos embarcados
en Plymouth que hacen otra arquitectura, jamás han visto
una palmera y les cuesta convivir con sol radiante, todos los
días, a 25 grados Celsius cuando cae la tarde. Son tiempos de
Cromwell; aumentan los conflictos expansionistas de Inglate-
rra y le arrebatan la Jamaica a España por la fuerza. De allí
nadie los sacará y la primera base de Su Majestad Británica
en el Mar de Colón hace su aparición en la apacible bahía de
Port Royal, dando inicio a los fatídicos últimos cincuenta años
de ese atormentado siglo de la subsistencia; lo peor en la his-
toria del Caribe. La alternativa española es cerrar los puertos
donde atraca su flota de indias, con murallas abaluartadas.
Después de la firma del Tratado de Rijswijk, en 1697,
debido en gran medida al asalto francés a Cartagena, las na-
ciones europeas se aplacan a despecho de España quien, de
hecho, las acepta. Así, el Caribe entra en su mejor momento y
una generación venida de casi toda Europa, mezclada con lo
dejado por taínos y siboneyes, acompañados del inmenso con-
tingente esclavo traído del África lejana, tienen oportunidad
de reconstruir los destrozos dejados por más de cien años de
desorden.
Se reinventa la ciudad y la casa pensando, con más de-
tenimiento, en el trópico: en lluvia repentina y luz solar colada
por todas partes; en flora exuberante tranquilizando la pupila
y humedad sofocante adormeciendo a la gente por la tarde; en
sombra espesa, depositada por aposentos. Hay tiempo para

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apreciar, con tranquilidad, densos nubarrones presagiando
tempestades y a convivir con huracanes. A descansar y apaci-
guar el alma en noches de tormentas.
En 1700, las crónicas y dibujos del padre Labat dan una
idea de progreso y riqueza habida, cuando el sistema explota-
dor de plantación se convierte en la referencia más importante
del momento. Saint Nicholas Abbey y Codrington Collage en
Barbados, Mansión de Goulé en Martinica, plantación Col-
beck en Jamaica, Habitation Beausoleil en Guadalupe; casas
y edificios comerciales en Curaçao… Toda esa arquitectura
expresa la riqueza deparada por ese sistema de plantación,
reflejado,también en grandes factorías de la casa Guipuzcoana,
instaladas en los florecientes puertos venezolanos atiborrados
de cacao… La Habana, convertida en el puerto más importan-
te de toda la región, profuso en barcos españoles recalando
en su bahía, antes de partir hacia San Lúcar. El astillero de
Campeche, atestado de madera y mucha gente trabajando.
Corp Française, profuso en edificios de buenas mamposterías
con techos de madera y piedra pizarra. Fundación de nuevas
ciudades como La Nouvelle, Orleáns, Nassau, Saint George’s,
Fort Royal, Saint John’s, Saint Pierre, Kingston, Oranjestad,
Bridgetown, Port-au-Prince y algunas otras que amplían con-
siderablemente, el tamaño de la región y su nuevas realidad
cultural.­
Después de incursiones y ocupación de Santo Tomás y
San Juan, islas muy vírgenes y bellas, Dinamarca compra a
Francia la fértil y agraciada isla de Santa Cruz, plena de valles
fértiles preñados de caña de azúcar. También los príncipes del
frío están presentes en el Mar de Colón.
La arquitectura venida de Europa, después de dos si-
glos, comienza a sufrir su metamorfosis de las cosas vivas y,
paulatinamente, se transforma y adapta a la realidad de los
trópicos.­
El austero patio español, vacío y con aljibe en el cen-
tro, se siembra con abundante vegetación y se le anexan co-
rredores perimetrales; sus techos suben de altura, haciendo
posible una baja sustancial de la temperatura y controlando
la gran cantidad de luz colada a los aposentos, ayudada por
grandes vanos rematados en arcos de medio punto adornados

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con vidrio policromado. En Cartagena, La Habana, Trinidad,
La Guaira, Puerto Cabello y San Juan, se aprecia ese hecho en
donde balcones con tejaroz incluido invaden las fachadas de
sus grandes casonas.
Las pesadas casas de piedra sin patio central, construidas
en Martinica, Guadalupe y Saint Domingue, suben de altura y,
provistas de grandes aleros, mantienen en sombra los balcones
corridos ubicados en el piso superior, convertidos en lugar fa-
vorito para descanso vespertino. Cap Française, la ciudad más
próspera de todos los asentamientos ingleses en la región.
Las modestas y pequeñas viviendas, comúnmente cons-
truidas en ladrillo por gente venida de Plymouth y Dublín, son
rodeadas por corredores perimetrales, muchas veces hasta en
planta alta; con bastante profusión de madera de romanilla
que invade todo cuanto se construye en Bridgetown, Spanish
Town y Charleston, principales asentamientos ingleses de la
región.
Azúcar de caña, cacao fabuloso, café aromático, ron es-
pirituoso y tabaco seductor son productos muy cotizados por
la nueva clase europea, levantada en tiempos de Ilustración y
nueva Revolución Industrial. El Caribe es el mejor proveedor
y sus puertos cambian de fisonomía: multiplicación de planta-
ciones y compraventa de esclavos a la orden del día. Mientras
la región sigue atada a vaivenes de conflictos reales, renacidos
gracias al expansionismo comercial de Inglaterra. Los puertos
españoles son atacados nuevamente por almirantes que fijan
su cuartel general en Port Royal, obligando a la construcción
de más y más grandes fortalezas en todos sus puertos convir-
tiendo al caribe en teatro de guerra entre Estados europeos.
La riqueza que depara la producción agrícola no mengua,
a pesar del conflicto. Saint Domingue es la colonia más prós-
pera del mundo y de sus campos sale la mitad del azúcar con-
sumida en Europa. Cap Française llega a tener más de dos mil
casas y se codea en calidad y tamaño con La Habana, ciudad
convertida en gran Metrópoli donde, después del sitio inglés,
se construyen muchos edificios públicos, destacando la cate-
dral, el palacio del Capitán General, el hospital , la aduana y
el correo.
El cacao más famoso del mundo se deposita en calles

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de Puerto Cabello, la Guaira y Willemstad, manejado por la
compañía Guipuzcoana, que monopoliza el comercio agrícola
de la próspera y emergente provincia de Venezuela. Port Royal
es una base naval respetable comandada por almirantes de la
armada inglesa que, además, construye un astillero de gran-
des proporciones en la mejor bahía de Antigua. Nueva Orleáns
estrena urbanismos y alcaldías españolas, convertida en lugar
preferido por todo el mundo y en cuyo barrio francés desea
tener una fabulosa casa quien se considere importante. En
Willemstad se multiplican los edificios comerciales. En Nassau
se construye un edificio hexagonal rematado en un minare-
te de cobre y varios edificios públicos en estilo arquitectónico
inspirado en Paladio, traídos por colonos inadaptados a la in-
cipiente creación de los Estados de la Unión Americana. Ese
estilo se expande por todas las islas inglesas.
Un capitán inglés cultiva un lote de terreno con todas
las plantas y frutales de la región, creando el primer jardín
botánico del Nuevo Mundo, en la isla de San Vicente. Por in-
termedio de Lord Nelson, el Duque de Clearance construye,
en la mejor bahía de Antigua, una casa de dos plantas con
corredores perimetrales comunicados al exterior por una ex-
quisita veranda, para veraneo de la familia real; el Duque lle-
ga a ser William IV. En Barbados, alrededor de una sabana,
más de treinta nuevos edificios hechos de buena mampostería
sirven para instituciones del gobierno colonial. En Jamaica,
hospitales y barracas para esclavos, en los mejores valles de
plantación, así como buenas casas para dueños bastante ri-
cos, como la famosa casa Minard y la Rose May, preñadas de
corredores y arcadas perimetrales en planta baja, ventanales
en tres cuerpos en planta alta y un piso superior para habita-
ciones espectaculares.
En pleno siglo de las luces, la casa de plantación se hará
común en todo el Caribe, mientras la guerra de Inglaterra y
los Borbones arrecia por todas partes y la población esclava
aumenta en proporciones peligrosas. Los ingleses constru-
yen cuatro bases fortificadas hacia Barlovento donde desta-
ca Brimstone Hill, en San Cristóbal, conocida posteriormente
como The Gibraltar of the West Indies. Igual hacen España y
Francia redoblando la defensa de sus puertos.

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Paradójicamente, la mayoría de posesiones francesas en
el Caribe, en plena revolución, pasan a poder de Inglaterra
culminando con el alzamiento de esclavos en Haití, seguido
por la liberación de las provincias españolas del continente.
Entre tanto, Henri Cristophe es proclamado Rey en la parte
norte del recién creado Estado haitiano y emprende una obra
recordada por siempre en los anales de la historia del Nuevo
Mundo: una fortaleza capaz de detener a Europa entera si se
presenta con sus flotas en el Cap, un palacio digno de la nue-
va monarquía y una ciudad renacida de sus cimientos. Como
un titán, en la cima del monte Bonet, surge la Citadelle Henri:
la fortaleza más grande jamás construida en el nuevo mundo;
en compañía del deslumbrante palacio de Sans Soucy a sus
pies y de la nueva Le Cap; otro era el gran puerto de Francia
en el Mar de Colón.
El nuevo tiempo obliga a la vanguardia europea a abolir
la esclavitud y no cuesta lo mismo extraer productos agríco-
las en campo fértil, sin ello; tampoco hay interés en seguir
peleando por territorios con síntomas de agotamiento, cansa-
dos y libertos. Apenas los mantienen y preparan sus cañones
para trasladar su conflicto eterno a otros lugares del planeta,
dejando al Caribe en relativa calma, parecida a la de 1700.
Calma propicia para replantear el problema de la casa y de la
ciudad.
Al desaparecer el último filibustero, llamado William Wal-
ter, en el aeropuerto de Trujillo, los nuevos barcos que cruzan
el Caribe no transportan tropas de asalto, cañones ni teso-
ros. Transportan gente que baja y sube en los muelles, mer-
caderías, productos industrializados, romanticismos y hasta
un poco de tuberculosis- esos barcos traen novedoso material
prefabricado para construir casas, convirtiendo en cotidiani-
dad conseguir en Puerto Plata a un maestro carpintero de la
Martinica que trabajó en Barbados y viene de Montego Bay
en un barco de Nueva Orleáns, con destino a Maracaibo. Lo
aprendido en tres siglos tiene un nuevo ingrediente: conoci-
miento ecuménico realizado por todas las culturas, adaptado
a la región. Su mejor resultado: un producto arquitectónico
comúnmente llamado gingerbread style.
Después de la guerra de Crimea, Inglaterra controla el

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Lejano Oriente y trae para sus colonias del Caribe gran can-
tidad de indianos y chinos, cuya cultura milenaria es difícil
de cambiar. En la isla de Trinidad ubican a la mayoría, donde
cresterías de reminiscencia oriental se harán comunes en sus
casas. Gustan. El habitante negro lo asimila con facilidad y
propaga este novedoso estilo en el vecindario insular. Además
Buckingham impone sus costumbres en todas sus colonias
e influye en el pensamiento de las nuevas repúblicas, forma-
das después del reacomodo mundial, producto del fracaso
borbónico. Edificios de justicia y parlamentos, colegios para
británicos, plazas y edificios conmemorativos impregnados de
orden y recato victoriano, son punta de lanza para definir el
perfil urbano de Port Espain, Kingston, Bridgetown, Nassau
y Spanish Town, donde sobre sus ruinas españolas se acaba
de construir el Palacio de Justicia, La Casa del Ayuntamiento,
con doble hilera de elegantes arcadas de ladrillo, un edificio
conmemorativo al almirante vencedor de los Borbones en el
Caribe y un lujoso edificio de tres plantas donde estudian bri-
tánicos. En Port Spain, la famosa Casa Roja, de 150 metros
de largo, para alojar al parlamento y la justicia. En Antigua,
la Catedral de San Juan: la más grande obra de Inglaterra en
el Nuevo Mundo. En Bridgetown, el edificio del Parlamento en
estilo neogótico. En Nassau, la plaza de la Reina y su conjun-
to de edificios públicos, incluyendo el Palacio de Justicia, el
Edificio Postal y la antigua cárcel, que conforman una obra de
arquitectura urbana digna de ser tomada en cuenta.
Cuba y Puerto Rico, territorios todavía españoles, flore-
cen en cuanto tienen tierras planas donde es posible sembrar
caña de azúcar en gran escala a costa de la desaparición de
bosques enteros cuya madera sirve para decorar. Profusamen-
te, casas y edificios en todas sus ciudades. La renovación de
la Habana se equipara con Madrid y Barcelona. Bulevares y
paseos comienzan a definir el nuevo perfil de las calles haba-
neras flanqueadas, por lujosos edificios aporticados, asiento
de hoteles, factorías de tabaco, teatros, centros de comercio y
casas de familias importantes; todos, muy elegantes. Más tar-
de es nombrada, con justicia, la ciudad de las columnas. En
San Juan de Puerto Rico sucede lo mismo en menos escala; la

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ciudad es más pequeña. Sin embargo, se construye un cuartel
de tres niveles que ocupa una manzana.
No es el mejor momento del Caribe; ni en riqueza ni en
vivencias históricas comparadas con siglos anteriores. Sí lo es
para consolidar sus ciudades, su arquitectura y el encuen-
tro de un pueblo heterogéneo que ha vivido 300 años de in-
certidumbre y zozobra. La necesidad obligó a sus nuevos ha-
bitantes, mayormente descendientes de antiguos esclavos, a
inventar su propio idioma. Sus dueños tan pronto hablaban
francés, inglés, holandés como español, portugués o danés;
mezcla originaria del patuá, el creole, el papiamento, el gari-
funa y hasta el maracucho. Ese mestizaje surte sus primeros
efectos reflejado en música, lenguaje, comida, costumbres y
maneras de hacer la casa y la ciudad que sufren la metamor-
fosis de la cosa viva. Al extinguirse el siglo del Iluminismo y
del romance, los primeros atisbos de ese sincretismo cultural
hacen su aparición en el mundo polivalente del Caribe.
La inminente construcción de un canal, en el istmo pre-
destinado a unir al mundo, agrega nuevos ingredientes en la
construcción de la casa tropical: es necesario conquistar terri-
torios ignotos impregnados de pantanos, altísima temperatu-
ra, lluvia pertinaz y humedad sofocante. La fuerza indetenible
de los Estados de la Unión americana se atreve a conquis-
tarlos después del aparatoso fracaso de Lesseps y varios em-
presarios aventureros, encabezados por quien posteriormente
funda la United Fruit Company, adquieren gran parte de esa
región ubicada entre Yucatán oriental y la impenetrable selva
del Darién, en concesiones cedidas por los pequeños países
emergentes, estableciendo un nuevo grupo de ciudades en las
costas de la América Central. Bajo ellos subyace una idea: re-
solver problemas de vivir en ciudades donde España nunca
quiso ni asomarse, salvo para transportar, a la Península, la
riqueza del Perú. Francia apenas los entendió. Holanda logró
sobrevivir aprovechando su colonia amazónica por razones es-
trictamente de comercio con las ricas posesiones portuguesas.
A Dinamarca ni llegaron a interesarle. Inglaterra los compren-
dió desde la invasión a Jamaica; un siglo antes estuvo explo-
tando madera en esos parajes. Sobre ellos vuelca su poder
en compañía de la Unión Americana, su avanzada cultural,

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lanzada a la aventura de dominar y explotar la última región
virgen del Caribe, incluyendo su nuevo territorio de Florida.
Creado forzosamente el Estado panameño, la Unión Ame-
ricana decide construir el canal e intenta resolver el problema
de una fiebre que mata a la gente como moscas y causan-
te del desastre francés. Al descubrirse el mosquito –anophe-
les- como protagonista de esa tragedia, los constructores del
canal cambian radicalmente el tipo de vivienda realizada en
Panamá, donde es imprescindible tomar en cuenta el medio
ambiente para vivir con cierta seguridad. Dirección del vien-
to, calor sofocante, humedad del ambiente, lluvia torrencial,
bosque circundante, pantanos, insectos y alimañas, son fun-
damentales para resolver la nueva casa tropical: armónica con
la vegetación circundante, profusa en puertas y ventanas para
permitir la circulación del escaso aire; con techos y aleros bas-
tantes pronunciados, proporcionando sombra y alejando la
lluvia. Despegadas del suelo y forradas en tul transparente
para protegerlas de abundantes animales rastreros y del mor-
tífero anopheles.
A principios del siglo XX, un médico y un ingeniero hacen
posible la obra que unió al mundo, trajo la cultura de todos los
pueblos al mar de Colón y contribuyó a la prolongación de la
vida. La nueva arquitectura se basa suavemente y con acierto
en la espesa selva tropical y las moradas vistas por Américo
Vespucci en esos mismos parajes, hechas con materiales de-
leznables y sin embargo eternas; cuatro siglos después, que-
daban reivindicadas ante la historia cuando la indómita tierra
tropical había sido sabiamente dominada.
Con la aparición del petróleo en el Lago de Maracaibo, las
compañías petroleras trasladan esa nueva arquitectura a los
campos de trabajo; igual lo hace la United Fruit, dueña del mo-
nopolio bananero por tierras de la América central. Mientras
tanto los vapores pasan por Panamá y cuanto se produce en
el mundo hace escala en el Puerto de Colón. Embrujo oriental
envuelto en incienso, seda, té, porcelana y comida de cantón;
exquisitez europea saturada de enciclopedias, casimir de Es-
cocia, aceite de oliva, vinos de Toscana y Borgoña; sombreros
de Panamá hechos en Ecuador; habanos y ron antillano, bue-
nos hoteles donde se alojan comerciantes prósperos y señoras

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elegantes… En ese panorama destaca el Gran Hotel del Norte,
ubicado en la Bahía de Amatigue, hecho todo en madera con
romanilla por doquier y levantado del piso; excelente muestra
arquitectónica aprendida en la historia del Caribe.
Con capital norteamericano, en las ciudades cubanas se
multiplican edificios y bulevares por todas partes, dándoles
un carácter muy particular. En la Habana se construye el Ca-
pitolio en franca competencia con el de Washington, así como
grandes factorías de tabaco y palacios donde vive la nueva cla-
se que prospera en demasía con siembras de caña y tabaco a
gran escala. Curiosamente, en esa época es cuando más lle-
gan emigrantes españoles a la isla de Cuba.
Al avanzar el siglo XX, las plantaciones languidecen en
todo el archipiélago, mientras la revolución bolchevique y las
guerras mundiales reacomodan los centros de poder en el
mundo, dejando al Caribe en un nuevo período de calma. Sus
tibias y limpias aguas están a la orden de una nueva clase
de gente, que deambula por todas partes deseosa de pasear
y descansar. El archipiélago se llena paulatinamente de ins-
talaciones recreativas, hoteles y casinos, para disfrutar del
sol radiante y agua transparente; de sensaciones y emociones
impregnadas de bebidas exóticas, frutas y flores de todos los
colores. De laxitud y lujuria tropical acompasada por elegan-
tes cocoteros, la fisonomía urbana de sus ciudades más im-
portantes cambiará, llegando a extremos recientes en Cancún,
Puerto la Cruz, Puerto Plata, Varadero, Ocho Ríos y Porlamar,
cambio debido, en gran medida, a normas urbanísticas im-
puestas a partir de la carta de Atenas y a un nuevo movimien-
to arquitectónico hecho universal, llamado moderno, invasor
de la Tierra.
Pasa el tiempo y escribimos este cuento extraviado. La
gente actual del Caribe se adecua a su nueva realidad con
paciencia y estoicismo, después de cinco siglos preñados de
zozobra y esclavitud. Dispuesta a vivir con ese legado cultural
dentro de la pobreza dejada por la explotación desenfrenada,
tomando de cada cultura lo permitido. La morada del nuevo
hombre del Caribe, producto de este sincretismo cultural, es
sencilla, austera, esencial y suficiente; resultado de una lucha

167
desesperada, adecuada a la realidad de los trópicos, preñada
de dignidad.

Arquitectura popular

Entrometida en densos nubarrones y noches de tormen-


ta; exuberante y frágil, y sin embargo, eterna. Arquitectura
del sol y la sombra. Arquitectura policromada en comunión
con vientos y huracanes. Arquitectura de romanillas, celosías
y aguafuertes. En fin, arquitectura nueva. Esperando, tranqui-
la, ser reconocida como patrimonio cultural fundamental para
entender la verdadera realidad de una región convertida, por
las circunstancias de la historia, en lugar de encuentro de na-
ciones europeas envueltas en disputas por la supremacía del
proceso civilizatorio, a partir de los tiempos modernos: cuando
se pasa de la geometría plana, a la geometría del espacio.­

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Las ciudades, los cafés y la bohemia
Adriano González León
(2004)

A mí me entrampó en esta idea de hablar sobre las ciuda-


des y la bohemia Tulio Hernández. No es que yo sepa mucho
de esto; lo que pasa es que a uno le ven la cara de bohemio y
lo meten en este problema.
Es importante saber de dónde viene esta palabra con que
distinguen a un grupo humano que, generalmente en el mun-
do de la literatura, las artes plásticas y la vagancia también,
se dedicó a conductas absolutamente al margen de las tradi-
cionales, familiares y serias. Se califica de bohemio a alguien
que no atiende a los deberes familiares, que no se ocupa de su
casa ni de sus estudios y que está de taberna en taberna, de
bar en bar. Ocurre que todo eso dio pie a la formación de un
extraordinario elemento creado desde la más lejana antigüe-
dad.
La palabra bohemio viene del lugar de donde salieron los
gitanos, del centro de Europa. Es un lugar checo, Bohemia.
De ahí venían los gitanos, los trashumantes, los vagos. El
nombre se adoptó para definir a personas de conducta irregu-
lar, al margen de las cotidianas empresas que un buen padre
de familia tiene que llevar. Les quiero decir que eso no es tan
grave, porque esa vida irregular, trashumante, dio frutos muy
importantes, sobre todo al pensar que un hombre tan serio
como Aristóteles, que le dio el pensamiento a la civilización oc-
cidental, en medio de la Atenas clásica, es el primer bohemio

169
que hubo, a pesar de su enorme seriedad en materia ideoló-
gica. ¿Por qué? Porque él desechó los sitios de los templos, de
las escuelas y anduvo con sus alumnos caminando. Por eso se
llamó la escuela de los peripatéticos, que quiere decir enseñar
dando vueltas, y así estableció, yo creo, el más remoto antece-
dente bohemio, al negarse a cumplir con las reglas académi-
cas y tradicionales.
Hay otro lío muy importante que a ustedes les va a pa-
recer insólito. Platón también inventó salirse de las normas
y enseñó a sus alumnos en un bosque llamado Academus y
otro llamado Ateneum, de ahí viene la palabra academia para
designar sitios de estudios, y ateneo para los ateneos que te-
nemos y que extraordinariamente funcionan en nuestro país.
La cosa viene de lejos. Los trovadores en la Edad Media
fueron los antecedentes de los poetas de hoy. Iban de pueblo
en pueblo, de venta en venta, de mercado en mercado, dejan-
do sus tonadas, acompañados de gente de circo y teatro que
hacía juegos malabares, promoviendo la diversión. No sé si
ustedes habrán visto en las calles de Caracas, en los últimos
tiempos, a unos muchachitos que tiran unas pelotitas para
arriba y las recogen con gran destreza. Ese es un renacimiento
de la gran actividad que los juglares, trovadores y gentes de
circo tuvieron en la Edad Media. Hay que verlo con buenos
ojos, porque tiene una alegría, una danza del viento ahí que si
no nos da la felicidad, por lo menos nos hace soñar con ella.
Yo pienso en que estos trovadores, estos cómicos y
bohemios­ de la Edad Media, que habitaron las cortes de Leo-
nor de Aquitania en el Sur de Francia, y que produjeron las
más extraordinaria historias, cuentos y chistes, para bienestar
de los oyentes de esos tiempos, y de nosotros, que podemos de
pronto acercarnos a lo que queda en esos libros; yo pienso en
esos trovadores que no dormían mucho, que andaban de ven-
ta en venta y de castillo en castillo, bastante irregulares, pero
que usaban sus instrumentos de cuerda o sus instrumentos
de viento en medio de su francachela, su olvido, su enamora-
miento y su desnivel.
Me acordé ahora mientras venía para acá, de algunas
canciones de estos trovadores bohemios en la Corte de Leo-
nor de Aquitania. Ellos usaban el caramillo, que era una paja

170
que, pulsada, servía de acompañamiento a estos personajes
irregulares. Esto cantaban en francés medieval: Au marchais
du palais / au marchais du palais / il y a si belle fille, il y a
si belle fille. En las gradas del palacio hay una linda mucha-
cha (vuelve a tocar el caramillo) Elle a tants d´amures / elle
a tants d´ amures / que elle ne sait le que elle prendre... Ella
tiene tantos enamorados que no sabe cuál tomar. C´est un
petit cordonier / C´est un petit cordonier / qu´ il a la preferen-
ce. Es un zapaterito, un pequeño zapaterito, quien ha tenido
la preferencia. Ma belle si tu voulais / Ma belle si tu voulais
/ nous dormirons ensemble. Mi bella si tú deseas, nosotros
dormiremos juntos.
No era solo en la Corte de Leonor de Aquitania. Nosotros
en este continente, y quizás ustedes no lo sepan bien, antes
de la llegada de los españoles y conquistadores, las grandes
culturas de nuestras tierra, sobre todo los aztecas y mayas, en
el sur de México y en Guatemala, tenían instituciones como la
escuela de la flor y del canto. Allí se enseñaba a la gente a can-
tar, a tocar instrumentos y a hacer poesía. Quedan extraordi-
narios testimonios de esta actividad espectacular de nuestros
antepasados nativos en el continente que ustedes tienen que
buscar en las antologías. Era gente irregular, por supuesto,
no tenía funciones militares ni administrativas en el mundo
azteca ni en el mundo maya ni en el mundo quiché, y, por lo
tanto, se dedicaron a la música, al paseo y al ejercicio de su
vocación creadora.
¿Y qué se hacía en Venezuela? La Venezuela colonial,
muy apagada, muy triste, comparada con el Virreinato de
Nueva Granada o con el Virreinato de Nueva España o con
el Virreinato del Río de La Plata, era una Capitanía General
muy pobre, pero que poco a poco fue adquiriendo también su
personalidad. En el transcurso de algunos años, la gente lu-
ció su sensibilidad. La gente, a fines del siglo XVIII, era in-
culta. Un poco antes de nacer nuestra nacionalidad, a fines
del siglo XVIII, había un gobernador Ricardos que fundó el
primer teatro de la ciudad, que quedaba más o menos entre
Principal y Santa Capilla. Fue un teatro de mucho éxito. Allí
iban los bohemios y los playboys de fines del siglo XVIII, en-
tre los cuales estaba, aunque ustedes no lo crean, a pesar de

171
esa cara de serio con que lo pintan, Andrés Bello. Estaban
también los Tovar, y en una de esas representaciones teatra-
les, por los lados había tabernas, en las cuales tomaban el
antecesor de la guarapita y éstos fueron al teatro. A pesar de
esa cara de hombre absolutamente serio, difícil y no bohemio,
Andrés Bello era un pícaro. Fue a esa representación teatral
varias veces. Una opereta que tenía como actriz principal una
tal Jeanne Faucompre, muy bella por supuesto. Andrés Bel-
lo se atrevió a lanzarse sobre el escenario arbitrariamente.
Miró a Jeanne Faucompre y le dijo un poema que se llama “A
una artista”, que está en las antologías, y fue ruborosamente
aplaudido por todos los bohemios y los locos que habían ido
esa noche al teatro. Salieron a festejar increíblemente aquella
audacia. Claro que a ustedes les parecerá raro que un hombre
tan serio, que hizo la Gramática, que transformó la Academia
y que hizo el Código Civil chileno, pueda haber llegado a esto.
Pero es así. Esos son los juegos bonitos de la bohemia. Si nos
ponemos a incursionar en muchas cosas de la época, vamos a
encontrar grandes sorpresas.
En el siglo XIX los románticos eran también arbitrarios.
Es cuestión de buscar sus verdaderas biografías, cosa de la
que nosotros no nos hemos ocupado. Pero sí sabemos que
hacia fines del siglo XIX en Caracas, a Guzmán Blanco se le
ocurre cambiar la Plaza Mayor tradicional, de estirpe española,
y rebautizarla como Plaza Bolívar, en homenaje al Libertador.
Incluso manda a buscar esa estatua que ustedes ven hoy en
la Plaza Bolívar, si es que la pueden ver porque hay un cordel
de delincuentes que no los van a dejar entrar*. Esa estatua la
trajeron para inaugurar la nueva Plaza Mayor con el nombre
de Bolívar. Por los alrededores de esa plaza circulaban tipos
tristes, emocionales e imaginativos, que empezaron a poblar
las tabernas y cafés que se establecieron por los lados de Ca-
tedral, Principal, Las Monjas, y demás.
Por ahí deambulaba, en tiempos del último gobierno de
Guzmán Blanco, un poeta bohemio al extremo. No le prestaba

* N. del compilador: El autor se refiere a la llamada “esquina caliente”, sitio de


reunión de seguidores del Presidente Hugo Chávez, que insultaban, golpea-
ban, apedreaban e impedían la entrada a la Plaza Bolívar a personas y grupos
opositores al régimen bolivariano.

172
atención a nada; piensen que esto es en los años ochenta del
siglo XIX. Deambulaba un tal poeta Arvelo, bohemio, muy co-
nocido, incluso por las señoritas bien que iban a las reuniones
nocturnas de la Plaza Bolívar. Este Arvelo se las ingenió para
buscarse un frac, una vestimenta de gala, para asistir a una
gran cena que daba Guzmán Blanco en el Palacio Presiden-
cial, que quedaba enfrente de la Plaza, donde hoy es la Casa
Amarilla. Se presentó y logró entrar a esa gran cena, probable-
mente lo más aristocrático y distinguido del momento jalán-
dole mecate, por supuesto, a Guzmán Blanco. Se trataba de
una comunidad que alguien en ese tiempo llamó La Adoración
Perpetua. Ya en la gran cena, con diferentes platos, una mesa
muy larga ovalada, el poeta Arvelo estaba ahí sentado. Cuando
viene el final, en el cambio de postres, una de las muchachas
que lo observa y sabe quién es, agarra una manzana y se la
lanza. El tipo agarra y dice: "poeta, improvise sobre eso". Me-
nudo compromiso. Se levantó y dijo: Por una cual la presente/
perdió el paraíso Adán/si hubiera sido Guzmán/ se come hasta
la serpiente. Todavía está preso en el Cuartel San Carlos.
Hacia el sur del continente, en Buenos Aires, está lo más
granado y lo más importante, señoras y señores, del mundo
bohemio. Ustedes se van a llevar algunas sorpresas con lo
que yo diga hoy. El tango, o eso que incluso ustedes ven hoy
además demasiado sofisticado y estupidizado en los filmes
de Hollywood, fue durante mucho tiempo música prohibida
en Buenos Aires. La gente que lo rodeaba era gente de muy
baja conducta, prostibularia. Las familias decentes de Buenos
Aires no permitían que ninguno de los muchachos y las mu-
chachas tarareara o silbara un tango en las casas, porque esa
era música de reos o de minas, de prostitutas o de compadri-
tos, que eran los chulos. Esta tríada tan especial y tan curiosa
es la que conforma el nacimiento del tango. Es más o menos
un primer compás que nace con los payadores, los que venían
con guitarras hacia el mercado desde la pampa y tocaban esos
sones, pero apenas con guitarra.
Se fueron estableciendo en los mercados de Buenos Aires
y, poco a poco, en los fines del siglo XIX, fueron adquiriendo
categoría, pero en los burdeles. Hasta ese momento el tango
no pasa al centro de Bueno Aires, ni atraviesa la calle Riva-

173
davia. Son, además, los mejores tangos los que surgen en ese
mundo bohemio y terrible. Del tango se dice que lo venéreo
petulante le viene de los compadritos, que eran los chulos de
la época.
Las familias decentes no podían admitir eso en su casa y
siempre le pusieron un freno. Pero compadritos, reos y pros-
titutas, tratando incluso de huirle a la policía, inventaron un
lenguaje propio, inventaron un lenguaje que no se pudiera en-
tender. Eso es lo que se llama lunfardo. Por eso es que muchas
letras de tangos aún posteriores a eso no se entienden casi:
flaca, fañé y descangayada; fañé y descangayada: con gripe y
con el cuello torcido. El tango más increíble de esta época es
la historia de un tipo que sale de la cárcel porque cumplió su
condena; se llama El Ciruja. Ciruja es el recogedor de basura,
el recogelatas de hoy. El tipo sale de la cárcel después de cum-
plir condena. El tango dice: como con bronca y junando / de
rabo de ojo a un costado / sus pasos ha encaminado / derecho
pal arrabal. Como con bronca, enfadado; junando, mirando
para los lados. Lo lleva el presentimiento / de que en aquel
potrerito / no existe ya el bulincito / que fue su único ideal. Lo
lleva el presentimiento de que en aquel potrerito no existe ya el
ranchito, un bulín, que fue su único ideal.
Recuerden entonces cómo la tipa con la cual él construyó
ese bulincito se fue con un compadrito, con un chulo. Él es un
reo, nada más que un delincuente. Se desafían y se van a la
orilla del río de La Plata por los lados del Barrio Sur y viene el
duelo y el tipo dice en el tango: Y el ciruja que era bueno para
el tajo / al caficho le cobró por su amor y lo prensa, porque esa
es la vida de este mundo del tango cuando era música prohi-
bida.
Ya avanzado un poco el siglo XX, el tango comienza a
adquirir otra categoría. Aparecen por supuesto muchos cafés,
muchas zonas bohemias; baja un poco el grado de prostíbulo
que el tango tiene y comienzan a surgir las orquestas, a las
guitarras primitivas se les agregan los bandoneones que vienen­
con la inmigración alemana. Ustedes pensaban que los bando-
neones eran italianos. No, eso que le da el sabor al tango que
ustedes conocen es alemán. Luego se incorporan instrumen-
tos de viento y nacen las primeras orquestas de tango hacia los

174
años veinte: Diarola, Santurce. Nace ese tango espectacular de
Juan de Dios Filiberto, que se llama Caminito. Las orquestas
van avanzando con su capacidad envolvente sobre el centro de
Buenos Aires y atraviesan la calle Rivadavia. Cuando logran
atravesar la calle Rivadavia, ya el tango ha alcanzado un poco
su libertad. Quizás no se trata la autenticidad que yo les conté
del reo, la prostituta y el compadrito, pero es el tango que
ustedes conocen. Es ahí del 22 al 35 cuando surge Gardel.
Gardel es lo más reciente del tango y lo menos significativo
desde el punto de vista social. Gardel es una extraordinaria
voz, pero no tiene nada que ver, aunque hereda en las letras
que él canta todo ese sentido reo y lunfardesco que ustedes
han escuchado: Cuesta abajo en mi rodada, etc. Gardel ya es
la configuración más alta del tango que pasa a ser una música
permitida. Eso no quiere decir que su lado no haya cafés ex-
traordinarios, donde la vida intelectual y artística se haga.
Dos lugares de Buenos Aires fueron altamente represen-
tativos: la calle Florida y el barrio de Boedo. Se hicieron dos
grupos donde se reunían escritores, pintores, de alta calidad.­
Aparentemente surge como una competencia entre estos
dos grupos, como si fuera aquí entre La Castellana y en Las
Mercedes.­ Estos grupos de bohemios se formaron en Florida,
alrededor de la Revista Martín Fierro. Entre los que participa-
ron en esa revista se encontraban Nora Lange, Enrique Amorío,
Arturo Cancela, Luis Cané, Eduardo Mallea y otros más. Se
reunían en un bar llamado Richmond, en Florida. El de Boe-
do se reunía en el Japonés. Ahí iba Leonidas Barletta, Álvaro
Yun­que, César Tiempo, Elías Caltelnovo y algunos más.
Esto representa algo muy significativo en la creación poé-
tica y literaria general de Buenos Aires, desde el punto de vista
de la evolución de los artistas plásticos. Es curioso; ustedes
ven que ahí no figura Borges, a pesar de que podía, porque
él vivía en la calle Charcas, al lado de Florida. Pero Borges
era muy “hijo de mamá”, muy metido dentro de su constreñi-
miento, Borges Acevedo, porque era muy oligarca, claro. Era
un escuálido* de alta categoría.

* N. del compilador: Se refiere a la manera despectiva como el Presidente Hugo


Chávez califica a sus opositores de las clases media y alta.

175
En París, en su parte de arriba, donde está la famosa Ca-
tedral que todos ustedes conocen, en Montmartre, nace a fines
del siglo XIX la gran poesía de Guillaume Apollinaire y nace el
cubismo con Picasso, Juan Gris, Joan Miró y las grandes figu-
ras que todos conocemos. Apollinaire y el grupo se reunían en
un lugar llamado Bateau Lavoir, el Barco Taller. Otra gente se
reunía en ese lugar espectacular que ya ha hecho historia fun-
damental para la bohemia, que es Le Moulin Rouge, el Molino
Rojo, donde actuaba Toulouse-Lautrec. Toulouse-Lautrec, que
era tullido de las piernas, fue el que pintó esas mujeres exqui-
sitas que ustedes ven a veces en algunos afiches, La Goulue,
que era la cantante del lugar. En todo ese ambiente se fue pre-
parando toda una transformación del arte y la literatura real-
mente extraordinaria. Ahí nacieron las nuevas proposiciones
de la poesía y de la pintura.
En Montparnasse comienza una nueva generación en la
primera guerra; los surrealistas que se reúnen en un bar lla-
mado La Coupole. Allí iba también Stravinski y los grandes
músicos de vanguardia. Y la gente que de uno u otro modo
tenía que ver con la intelectualidad de ese momento. El grupo
Dada, formado en Viena, se traslada a París y encuentra allí
muy buena receptividad entre los escritores franceses y artis-
tas de ese momento. El grupo Dada hace cosas locas, extraor-
dinarias, de una insolencia plena.
Le siguen proceso, entre tantas cosas, a un escritor lla-
mado Maurice Barré, que era de lo más reaccionario que ha-
bía. A André Breton le toca acusarlo. En ese proceso lleva-
ron una imagen de Barré con un muñeco vestido de blanco y
fueron todos los acusadores, los fiscales etc. Entonces André
Bretón, el gran jefe posterior de los surrealistas, dice que Barré
es culpable de un enorme delito contra el espíritu por escribir
así. No era verdad, pero era una manera de hacerle juicio a lo
convencional, a lo tradicional. De ahí pasan a reunirse en ese
lugar que yo les dije, La Coupole. Modigliani vivía ahí arriba
de ese café. Por ahí comenzó también a aparecer Jean Paul
Sartre. Montparnasse tuvo su gran época ahí en ese café bar
llamado La Coupole. Aparece lo que se llama le Quartier Latin,
el barrio latino, como diez cuadras más abajo, entre el bulevar
Saint Germain y el bulevar Saint Michael. Ahí, a fines de la

176
guerra, toma su asiento el existencialismo. En un café llamado
Les Deux Magots, Sartre oficia como un gran señor. Toda la
intelectualidad, y en general todo el mundo latinoamericano
bohemio se apacentaba por ahí.
En este tránsito entre el Montmartre y el Barrio Latino,
en los años veinte aparece un latinoamericano excepcional,
absolutamente borracho, pero yo creo que el más grande poe-
ta de nuestra lengua. Se llama Rubén Darío. Él conmovió a
todo el mundo, porque era un tipo excepcional y extraordina-
rio. Vale la pena hacer este recuerdo porque Rubén Darío es la
bohemia por excelencia, pero es la poesía por voluntad celeste
y creadora. Un tipo tan duro y tan difícil como él, con todas
sus borracheras, escribió lo que todos ustedes se saben: Mar-
garita, está linda la mar / el viento trae esencia sutil de azahar
/ Margarita te voy a contar un cuento. Un poeta de esa calidad,
de esa finura, sin embargo era un borracho que lo recogían vo-
mitado en los alrededores del mostrador de los bares en todas
esas zonas de París y de Madrid también.
En los años previos a la guerra civil, el lugar más espec-
tacular que haya parido Madrid en la Puerta del Sol se llama el
Café Pombo. Ese café Pombo era, en cierto modo, movilizado,
motorizado, por un gran escritor de ingenio llamado Ramón
Gómez de la Serna, y allí incluso cayó hasta un venezolano. Lo
demuestra un cuadro de un pintor muy importante llamado
Solana, que se llama “Bajo la cripta del pombo” donde pone
a todos los habitués de ese café y aparece un tipo al lado de-
recho del café, que era nada menos que nuestro paisano Pedro
Emilio Coll. Pedro Emilio Coll era representante del General
Gómez y siempre, por supuesto, los envidiosos venían a chis-
mearlo con el General Gómez: “mire donde anda su represen-
tante diplomático, con este cordel de locos”. Gómez afortuna-
damente no les hizo caso nunca, porque Gómez con todo lo
suyo era un hombre serio. En ese café del Pombo se hicieron
muchas cosas, juntó a personajes realmente increíbles: Anto-
nio Espina, gente de la nueva poesía del 27 como Rafael Al-
berti, Lorca, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, es decir, una
constelación increíble de poetas previos a la guerra civil. Des-
pués de la guerra civil y de la instalación de Franco en el po-

177
der, España desaparece como hecho creador. Es la desolación
máxima después de haberse producido un millón de muertos.
Quizás fue muy triste que estos años de jolgorio, de bo-
hemia y de alegría creadora, tanto en literatura como en la
plástica, se tuvieran que olvidar por esa infamia pavorosa que
fue el franquismo durante más de 40 años. Pero afortunada-
mente las cosas resucitan, como resucitarán aquí también,
como están resucitando ahora que nos reunimos todos para
celebrar el alma creadora de sus poetas, de sus artistas plás-
ticos, de sus intelectuales, en estos lugares gratos y extraor-
dinarios, en que durante una semana se celebran libros, se
hacen reuniones como la de esta noche, y las que podremos
seguir haciendo para recuperar el rostro altivo y profundo de
nuestro país, hoy tan deteriorado por la estupidez. Yo sé que
ustedes están en disposición superior para levantar los brazos
y pensar que muy pronto nos espera un futuro extraordinario.
Salud y brindemos como los grandes bohemios.
En Caracas, en el Café Druno, ya empezado el siglo XX,
en los años treinta, fue donde se estableció el Grupo Viernes,
de reconocida actuación en la poesía del país, con grandes
nombres como Pascual Venegas Filardo, Otto de Sola, Vicente
Gerbasi. Esto quedaba en los alrededores de San Francisco.
Después de ese grupo Viernes, vino un grupo muy im-
portante desde el punto de vista de la literatura, pero poco
amigos de la bohemia: Contrapunto. Después de Contrapunto
llegó mi generación, a la cual le tocó fundar el Grupo Sardio.
Nos reuníamos con mucha frecuencia, cuando todavía el cen-
tro de Caracas era un lugar habitable. Las reuniones tenían
lugar en el Edificio Fonseca, frente al Teatro Municipal, en
un café llamado Iruña. Llegaba también gente de teatro, gente
de plástica, sobre todo. Más allá, detrás del Teatro Municipal,
estaba una especie de viñatería con muchos barriles que a
mí me parecía muy atractivo, porque el vino se lo servían a
uno desde el barril. A mediodía, nosotros nos pasábamos del
Iruña a ese lugar que no recuerdo su nombre. Allí iba Alejo
Carpentier a tomarse unos vinos antes de llevar su columna a
El Nacional. Yo, muy asomado, me hice amigo de él, y poco a
poco íbamos hablando una vez en la semana. Una vez me dijo:
“¿Has visto lo que están haciendo?” -hablaba con erres, pero

178
no por afrancesado sino por problemas guturales- “he visto lo
que están haciendo y me parrece muy imporrtante”.
Nosotros éramos el grupo de vanguardia, que creía que el
mundo comenzaba y terminaba con nosotros. Todo lo demás
no servía para un carajo. Nosotros éramos “los chéveres”, “los
importantes”, y él me dijo: “he visto lo que están haciendo,
pero tengan cuidado”. Tomaba un vino y me brindaba “Tengan
cuidado, porque los jóvenes siempre tienen la razón en lo que
afirman, pero no tanto en lo que niegan”. Ahí nos enseñó lo
que era la moderación, y que con nosotros no comenzaba ni
terminaba el mundo, que había gente detrás de nosotros en el
país que contribuyó con algo para la construcción de nuestro
espíritu, nuestra cultura y nuestro entusiasmo.
Fue una linda lección de Alejo y eso más o menos nos
bajó los humos a los que queríamos comernos a todo lo que no
fuera la actualidad. Pensábamos que Michelena y Tito Salas
eran unos pendejos. Eso no era así en la pintura, como tam-
poco en la literatura Gallegos o Andrés Eloy, o RomeroGar-
cía. Cada quien había puesto su aporte, su mensaje para ir
construyendo poco a poco una conciencia del país, una digni-
dad en nuestras artes y nuestra sensibilidad. Una dignidad en
nuestra música, un territorio realmente extraordinario, por-
que los directores musicales como Inocente Carreño, Antonio
Estéves, Angel Sauce se reunían también con los otros en el
café Iruña, con toda la gente que de algún modo contribuía a
la construcción de una estructura musical. Todas las cosas
tienen que arrancar, como arrancaron desde Sardio. Estuvie-
ron presentes después con el Techo de la Ballena, una vez
que el centro se fue contaminando, se fue echando a perder,
porque esos son los problemas del urbanismo y cómo determi-
nados barrios o áreas de la ciudad se deterioran o se mezclan,
y entonces la gente busca sus mudanzas.
Un día cualquiera yo le dije a alguien, cuando comen-
zaron a surgir los cafés de italianos en el Bulevar de Sabana
Grande y salieron por primera vez las mesas a la calle en el
Piccolo Mondo: “- mira, aquí tenemos que construir nuestro
barrio latino-” le dije yo a Salvador Garmendia y a Rodolfo
Izaguirre. Entonces comenzamos a reunirnos con seriedad. Da
la casualidad de que las tres librerías fundamentales queda-

179
ban a menos de dos cuadras: Suma, el extraordinario templo
de todos nosotros, con un hombre animoso y superior como
Raúl Betancourt, la librería Cruz del Sur, más la que nosotros
fundamos, llamada Ulises. Teníamos tres librerías y seis cafés
enfrente, lo cual era un primor. Había uno llamado El Viñedo,
que fue donde logramos reconstruir todas las cosas estupen-
das del Iruña del centro. Luego nos abrimos hacia el lado de
abajo, en un lugar con un nombre catalán que se me olvida.
También hacia otros cafés alrededor. En la otra calle se reu­
nían los poetas de Tabla Redonda, otro grupo fundamental
del país, donde están nombres tan significativos como Rafael
Cadenas o Jesús Sanoja Hernández. Todo lo que era el hecho
creador de la ciudad estaba tomando un gran segmento en esa
zona, entendiéndonos extraordinariamente.
Generalmente la gente de la Universidad venía hacia Sa-
bana Grande para conocer a los nuevos poetas y escritores.
También venían muchas muchachas bonitas, no se los voy a
negar; era lo más lindo que pudo haber; ojalá no haya ninguna
de ellas por aquí porque ya estamos viejos.
Surgieron, desde las galerías de arte, hasta un teatro en
las calles. Emergió todo un mundo que después iba a reunir
todos esos sectores bajo el nombre de la República del Este,
entre la esquina de la Solano y la calle donde estaba el res-
taurante Franco, el Vecchio Mulino y El Camilo, un trío que a
alguien le dio por llamarlo, cuando nos reuníamos mucho, el
Triángulo de las Bermudas, porque el que entra ahí se pier-
de.
Para los sectores más distinguidos, estaba a dos cuadras
Il Rugantino y el Da Guido, que es lo único que subsiste de esa
época. Luego se hacía extensivo, porque una República tiene
que tener de todo. La República del Este tenía de todo, tenía
a los dirigentes chéveres y aristocráticos que éramos Orlan-
do Araujo, yo, etc., quienes operábamos en los dos comandos
fundamentales, el Franco o el Vecchio. Pero había el sector
juvenil que iba al Chicken Bar, y también el sector fino, soli-
tario y confidencial que iba al Rugantino. Un sector marginal
que iba por las noches a un sitio increíble, que permanecía
abierto las 24 horas, llamado La Bajada. Este es todo un mun-
do importante, difícil de reconstruir hoy en día, pero que dejó

180
extraordinarios resultados. La gente que se reunía ahí no for-
zosamente era artista o intelectual, sino una comunidad de
amigos. Yo me acuerdo de que alguien nos dijo, parodiando
una cosa de la juventud católica, dice: “barra que bebe unida
permanece unida”. Y era una unión de gente amiga y solidaria
que pasaba el volumen de las 200 personas y que no forzosa-
mente tenía que ser escritor, pintor o músico para participar.
Incluso los grandes políticos se acercaron para olfatear qué era
lo que pasaba ahí. La gente creía que nosotros teníamos una
gran beligerancia en el proceso del gobierno o de los gobiernos
vigentes, y que nosotros influíamos para nombrar ministros.
No teníamos ninguna influencia porque la mayoría éramos ex-
tremistas en el momento de Betancourt, de Leoni o de Jaime.
Jaime Lusinchi sí iba le gustaba el trago.
Era un diálogo y una manera de hacer festejos; no se
tomaba tampoco muy en serio todo eso. La tremenda unidad
que había era impresionante; gente de todos los colores y to-
das las pintas, comunistas, socialistas, adecos con menos pre-
sencia, incluso copeyanos y gente que se había decepcionado
de la guerrilla y se había venido del monte a beber tragos con
nosotros.
Había hasta un tipo que tenía una crianza de cerdos y el
tipo de vez en cuando ofrecía grandes banquetes en su finca
para toda la gente de la República.
La cosa fue aumentando tanto, que ya en Valencia, Ma-
racay, Barquisimeto, se crearon seccionales de la República.
Nosotros los llamábamos cantones, un poco a la manera sui-
za. A la gente le fue gustando semejante hermandad. Pero hay
que recordar bien esto: fue un grupo de gente que se quería y,
sobre todo, de tomadores de pelo. Logramos llevar incluso, a
ciertas sesiones que inventamos, a Gustavo Machado, a Jóvi-
to Villalba y al Maestro Prieto, que hablaron ahí varias veces.
Rómulo Betancourt, que nos odiaba, cuando vio que Jóvito
estaba hablando en la República del Este, dijo: “Coño, para lo
que quedó Jóvito”.
Nos sentimos profundamente orgullosos de toda esa épo-
ca, sobre todo de grandes personalidades que nos acompaña-
ron, o que formaron el núcleo fundamental. Hombres de un
talento increíble como Orlando Araujo, un presidente impor-

181
tante de la República. Hacíamos elecciones e incluso se trans-
mitían por radio, y uno de esos presidentes, que creo que si-
gue siendo porque fue el último, porque la República no se ha
disuelto, es el doctor Manuel Matute, a quien todos le rinden
devoción, admiración y respeto. Entre ellos tenemos algunos
muertos que no es bueno recordar para no sentirnos tristes,
pero ellos saben que todos los llevamos en nuestro corazón y
en nuestra memoria.
Todo este juego yo creo que se está restableciendo, según
dijo en un reciente artículo Elías Pino Iturrieta. Se ha opera-
do el retorno de los intelectuales; la gente comienza a tener
conciencia de un análisis. un sentido crítico y una recupera-
ción altiva de la nacionalidad, ante tanto sesgo estúpido, ante
esta cosa innombrable que es el gabinete de este gobierno que
es el que se presta al saqueo del país. El hecho de que no-
sotros intelectualmente nos reunamos procura una extraor-
dinaria esperanza para conquistar, para flotar, para volver a
tener un país de imaginación, de grandeza, sin percibidores,
y con todo el efecto creador que ustedes todos tienen y que yo
saludo en esta noche en que me han oído tantas cosas. POR
VENEZUELA…­­­

182
II
Caracas
Urbanismo europeo en Caracas (1870-1940)
Arturo Almandoz Marte
(1995)

1. Esta conferencia pretende una primera aproximación


epistemológica a cómo las ideas del urbanismo europeo fueron
trasladadas a Caracas y definieron las etapas originarias de
nuestro pensamiento sobre la ciudad, desde el arte urbano
de Guzmán Blanco hasta el urbanismo monumental del Plan
Rotival­ (1939), pasando por el preurbanismo higienista de
principios de siglo, todo ello con el fin de bosquejar lo que pue-
de ser visto como el ciclo europeo de la Caracas postcolonial.
La constitución de tal pensamiento urbano será extraída
de las imágenes y mitos, nociones y conceptos, suministradas
por diferentes tipos de textos: desde la novela y la crónica, así
como por los conceptos del texto legal, que comienzan a apa-
recer a mediados del siglo XIX, hasta la literatura técnica y
especializada que despunta con el siglo XX.
En relación con tal intento reflexivo, valga por una parte
advertir que ésta es una aproximación preliminar, en el senti-
do de que expone por primera vez el esquema de la tesis doc-
toral que desde el pasado año desarrollo en la Architectural
Association de Londres. Por otra parte, valga reconocer que la
aproximación no pretende ser novedosa en el sentido temático
o histórico, ya que el tema y el período han sido antes aborda-
dos desde la perspectiva morfológica o arquitectónica; sin em-
bargo, creo que la particularidad y el valor de esta aproxima-
ción puede estar en su enfoque teórico y epistemológico a cómo

185
las ideas modernas de ciudad y de urbanismo surgieron en
Venezuela, así como en el rastreo de su procedencia europea.­
En este sentido, este enfoque demanda una calificación epis-
temológica que viene de Foucault, esto es, si se acepta que el
objeto de un discurso emerge de un complejo de relaciones
entre instituciones, procesos económicos y sociales, modos de
comportamiento social, conjuntos de normas y técnicas, todo
lo cual constituye sus condiciones de aparición histórica1.
Finalmente, valga señalar que, más allá de la reflexión
sobre un proceso urbanístico de nuestra historia, la conferen-
cia quiere sugerir valores de ciudad y urbanidad que Caracas
desarrolló en el pasado, los cuales conviene tener presentes en
la crisis urbana de la Caracas metropolitana.

I. El arte urbano de Guzmán Blanco

2. La Venezuela de mediados del siglo XIX es un país


de escasa significación urbana y económica, dentro de un
contexto­ continental postcolonial ya de por sí signado por la
desurbanización y el atraso. Es un continente en el que, des-
pués de la pereza colonial, comienzan las competencias nacio-
nales por buscar nuevos modelos económicos y urbanos que
permitan la incorporación desesperada de cada país dentro
del sistema mundial del capitalismo industrial decimonónico,
cuyo centro está en Gran Bretaña.
En el caso de Caracas, hablamos de una ciudad sin nin-
guna primacía continental y acaso alguna nacional. Exigua
inmigración internacional. No hay preocupación oficial por la
ciudad ni por la capitalidad en tanto cuestiones públicas. La
Caracas de la República no ha experimentado, al igual que la
mayoría de las ciudades del continente, ningún cambio sig-
nificativo de perfil ni de trama ni extensión con respecto a la
ciudad colonial. La pobreza urbana, que todavía arrastra los
efectos del terremoto de 1812, salta a la vista de los viajeros de
mediados de siglo.

1.  Michel Foucault, L’archéologie du savoir, Paris: Gallimard, 1969, pp. 61-
65.

186
En este sentido, el Consejero Lisboa, ministro del Brasil
en Venezuela, encuentra en su famosa Crónica de 1852 que la
diversidad urbana de Caracas está no sólo por debajo de Lon-
dres y París, sino también por debajo de las ciudades brasile-
ñas; e incluso afirma que “no hay en Caracas ningún edificio
público que merezca especial mención”2. Y si bien el otro testi-
monio urbano de mediados del XIX, la crónica de Sandford de
1858, hace la salvedad del Palacio Arzobispal en tanto único
edificio notable, se sorprende por la estrechez y mala pavi-
mentación de las calles, la carencia de aceras y la ausencia de
vehículos sobre ruedas3.
Sin embargo, no por ello dejan de reconocer los viajeros
un cierto afrancesamiento de modales, esto es, de la urbanidad
de las gentes de sociedad de Caracas, tendencia no igualmente
presente en otras ciudades del continente, que pareciera na-
tural a la vocación de la ciudad y que resulta premonitoria del
guzmancismo.

3. Ese primer período de inercia urbana postcolonial va


a ser cerrado en Venezuela con la llegada al poder de Antonio
Guzmán Blanco en 1870. Paralelamente a otros gobernantes
del continente, Guzmán ante todo abre un nuevo ciclo político
y económico dentro del liberalismo republicano, en el que el
progreso no se concibe ya realizable sólo en términos de ideas
políticas sino también de logros económicos, tal como lo ha
deslindado Diego Bautista Urbaneja4.
En efecto, sobre la base de lecturas heterodoxas y dila-
tadas temporadas en Estados Unidos y Europa, que permiten
hablar por primera vez en Venezuela de una autocracia ilus-
trada, Guzmán sueña con un modelo binómico de civilización,
cuyo componente económico siempre concibió de acuerdo con
la industrialización y el progreso británicos, tal como él mismo

2.  Miguel María (Consejero) Lisboa, Relación de un viaje a Venezuela, Nueva


Granada y Ecuador (1852), Caracas: Presidencia de la República, 1954, p. 68.
3.  H. E. Sandford, “Caracas en 1858”, trad. A Huizi Aguiar, en Crónica de
Caracas, 51-54, Caracas: enero-diciembre 1962, pp. 239-52.
4.  Diego Bautista Urbaneja, La idea política de Venezuela: 1830-1870, Cara-
cas: Cuadernos Lagoven, 1988, pp. 98-104.

187
reconoció a James Mudie Spence a finales del Septenio5. De
allí su decidido apoyo a la inmigración internacional, en un
país hasta entonces sólo escogido por isleños de las Canarias;
su inusitada apertura a la inversión foránea en ferrocarriles
y servicios de red (iluminación de gas en 1881, teléfono en
1883, por ejemplo); su preocupación por la participación de
Venezuela en las exposiciones mundiales tan características
del XIX, siglo al que él intentó incorporar a Venezuela con la
Exposición Nacional de 1883.

4. El otro término del modelo civilizatorio guzmancista,


el componente urbano, irá modelándose en su mente sobre la
base de manuales de arquitectura e ingeniería y libros sobre
ciudades incluidos en su biblioteca6, así como sobre un rico
itinerario de ciudades en las que pudo él vivir: Filadelfia, Nue-
va York, Londres, París, Madrid; ciudades todas de las que re-
sultará preeminente el modelo del París del Segundo Imperio.
En este sentido, más allá de la discutida influencia que
como gobernante pudo haber ejercido Napoleón III sobre Guz-
mán, resulta indescartable la impresión que hubo de haberle
causado el París de los Grandes Trabajos de Haussmann du-
rante su estadías en Europa en los años sesenta; si bien no
cabe hablar de una influencia teórica directa de Haussmann,
ya que las Memorias de éste van a ser publicadas entre 1890
y 18937, y de hecho no se encuentran en el catálogo de las
bibliotecas de Guzmán Blanco, quien muere en 1899. Sin em-
bargo, tal como lo señala Armando Rojas a propósito de la
estadía diplomática de Guzmán en Europa durante los años
sesenta:

Durante los meses que Guzmán permaneció en Europa, obser-


vó con atención los progresos materiales que en el Viejo Mundo,

5.  James Mudie Spence, The Land of Bolívar or War, Peace and Adventure in
the Republic of Venezuela, London: Sampson Low, Marston, Searle & Riving-
ton, 1878, tomo II, pp. 143-44.
6.  Ver Antonio Parra, Inventario de la Biblioteca Guzmán Blanco (1892), Cara-
cas: Fundación John Boulton.
7.  George Eugène (Baron) de Haussmann, Mémoires (1890-93), Paris: Guy
Durier, 1979, 2 tomos .

188
y particularmente en Francia, se llevaban a cabo: la política
ferrocarrilera de Napoleón; el establecimiento de institutos de
crédito y de sociedades científicas. Soñó poder realizar en Ve-
nezuela algunas de tales cosas y, desde ese momento, concibió
la idea de hacer de Caracas una copia en pequeño del París,
que bajo Haussmann, se estaba convirtiendo en una hermosa
y moderna capital8.

Pero más que un modelo estrictamente urbanístico, París


es para Guzmán un modelo de urbanidad, exquisitez y refi-
namiento, de donde le deben ser traídos a su casa caballos,
servilletas y peras, ropas, peluqueros y cocineras; de la misma
manera como le deben ser traídos desde París a su propia ciu-
dad la Santa Capilla y los muebles y altares de Santa Teresa.

5. Todos esos componentes se mezclan en el concepto


que quiero definir como arte urbano guzmancista, rescatando
para ello esa noción de la historiografía urbana, básicamen-
te introducida por Pierre Lavedan y reformulada por Gaston
Bardet, que connota la preocupación por el ordenamiento de
espacios públicos en la ciudad preindustrial, esto es, antes de
la emergencia del urbanismo europeo de finales del siglo XIX;
ordenamiento que, a pesar de no estar constituido sobre la
base de una teoría explícita, posee cualidades intuitivas y or-
gánicas que le confieren un valor epistemológico precursor de
la disciplina moderna9.
Veámoslo en perspectiva. No puede todavía hablarse en
Guzmán de una concepción integral de plan, ya que la ciudad
no lo permitía ni lo requería: Caracas no necesitó el ensan-
che decimonónico que experimentaron ciudades europeas y
latinoamericanas. Por ello, no hemos elegido la otra categoría
epistemológica aplicable al período, la del “urbanismo de regu-
larización”, introducida por Françoise Choay para referirse a

8.  Armando Rojas, Las misiones diplomáticas de Guzmán Blanco, Caracas:


Monte Ávila, 1974, pp. 32-52.
9.  Ver en este sentido Pierre Lavedan, Qu’est-ce que l’urbanisme? Introduction
à I’histoire de l’urbanisme, Paris: Henri Laurens, 1926, p. 3; Gaston Bardet,
Naissance et méconnaissance de l’urbanisme, Paris: SABRI, 1951, p. 416.

189
los procesos de cirugía urbana realizados por Haussmann en
París y Cerdá en Barcelona, entre otros10.
Sin embargo, no por ello debe dejar de reconocerse que
el arte urbano guzmancista, que acaso fue más que eso, ya
maneja coordinadamente conceptos que lo sitúan como el pri-
mer estadio hacia la constitución del urbanismo moderno en
Venezuela. En lo que respecta a la ciudad, ese arte urbano
representa el primer episodio haussmanniano en el ciclo eu-
ropeo de Caracas, ciclo que se cerrará elípticamente con el
urbanismo monumental de los años treinta.

6. Veamos cómo se caracteriza tal arte urbano. Prime-


ramente, en lo que a ordenamiento arquitectónico se refiere,
se nota una preocupación por trascender la mera monumen-
talidad edilicia y por alcanzar un valor disposicional, urbano,
del monumento dentro del conjunto de la trama de la ciudad,
como ya ha señalado Gasparini11.
En segundo lugar, en lo referente al ordenamiento ur-
banístico, hay ya un claro despunte de distintas cuestiones
urbanas que comienzan a ser sistemáticamente tratadas en
decretos centrados en el ámbito de la ciudad: el mantenimien-
to y limpieza de la vivienda; la provisión de transporte y regu-
lación de tránsito; la cobertura del servicio de policía. Y todo
ello íntimamente vinculado, en tercer lugar, con una preocu-
pación victoriana por el decoro de la ciudad y el comporta-
miento público de sus habitantes, que va desde el control de la
apariencia de la fachada de la casa hasta la prohibición de la
mendicidad y el consumo de alcohol o tabaco por parte de los
conductores de vehículos. Todo lo cual manifiesta un alto sen-
tido de urbanidad, de “cultura urbana” de la capital, explici-
tada en algunos de los decretos, la cual la Caracas de hoy, en
parte destartalada y vandalizada, tendría quizás que revisar.
Finalmente, en lo que respecta al ordenamiento admi-
nistrativo de lo urbano, el concepto de Obra Pública, descen-
diente del Gran Trabajo haussmanniano, se barrunta ya en la

Françoise Choay, The Modern City: Planning in the 19th century, trans.
10. ������������������
Marguerite Hugo, George Collins, New York: Braziller, 1969, pp. 25-26.
11.  Graziano Gasparini, Caracas, La ciudad colonial y guzmancista, Caracas:
Ernesto Armitano, 1978, p. 11.

190
creación de la Compañía de Crédito de 1870 para dar soporte
a la administración pública, y se instituye definitivamente con
la creación del Ministerio de Obras Públicas. La instrumen-
tación del concepto a escala de cada obra se particulariza a
través del fortalecimiento de las Juntas de Fomento y Orna-
to y de las Juntas Inspectoras. Y tal aparataje administrativo
se apuntala con una labor docente y profesional que lleva a
la creación del Colegio de Ingenieros; la preocupación por el
reconocimiento personal y profesional del arquitecto y su pos-
terior inclusión curricular en la Academia de Bellas Artes; así
como por la capacitación técnica de los artesanos que laboran
en las obras públicas.

7. Ese conjunto de transformaciones urbanísticas a tra-


vés del Septenio, el Quinquenio y la Aclamación van a ser per-
cibidas rápidamente por lo frecuentes viajeros de esos años,
así como por visitantes a la Exposición Nacional de 1883, los
cuales nos dan ahora una visión diferente de las sombrías im-
presiones del Consejero Lisboa o de Sandford.
Así, los visitantes colombianos Isidoro Laverde Amaya y
Alberto Urdaneta no escatiman elogios frente al estado general
de limpieza de las casas y de las calles, el servicio de transporte
público, la eficiente policía urbana y el comportamiento de los
habitantes; reconociendo en todos estos aspectos la superio-
ridad de Caracas frente a Bogotá; e incluso frente a París, a
juzgar por el excesivo e ingenuo juicio de Urdaneta con res-
pecto a la superioridad absoluta de los bulevares de Caracas12.
Así mismo, los colombianos no dejan de reconocer el fuerte
afrancesamiento y europeización de la sociedad caraqueña en
gustos artísticos y modas en general. Y toda esa revaloriza-
ción de Caracas dentro de la jerarquía urbana hispanoame-
ricana será refrendada por el español José Güell y Mercader,
Hortensio, quien en 1883 proclama en su historia oficialista

12.  Ver Isidoro Laverde Amaya, Viaje a Caracas, Bogotá: Tipografía de Igna-
cio Borda, 1885. Alberto Urdaneta, “Panorama de la ciudad el año de 1883”,
en Crónica de Caracas, 45-46, Caracas: 1960, pp. 382-88; “Las casas de ha-
bitación”, en Crónica de Caracas, 55-57, Caracas: enero-octubre 1963, pp.
489-94.

191
que “(...) Caracas convirtióse como por encanto en una capital
europea...”13
Por otra parte, los visitantes europeos también perciben
el avance urbano de Caracas desde su propia perspectiva. Así
por ejemplo, el inglés Spence reconoce que el crimen y el des-
orden callejeros son mucho menos visibles en Caracas que en
cualquier otra ciudad que visitara, así como también alaba
la magnificencia de los trabajos públicos emprendidos por el
gobierno14. En este sentido, el nivel europeo de algunos mo-
numentos caraqueños, tales como la Universidad, San Felipe
Neri y el Matadero Público es también proclamado por el ve-
nezolano Miguel Tejera en su Venezuela pintoresca e ilustrada
de 187515.
Sin embargo, frente a proclamas como ésta, siempre apa-
rece la reticencia del refinado ojo europeo para aceptar los va-
lores y logros absolutos de las obras criollas: es el caso de
la francesa Jenny de Tallenay, quien confiesa al lector de su
país que las plazas y espacios públicos de Caracas no llegan
a tener la misma importancia de sus equivalentes europeos, a
pesar de las lisonjas que tuvo que concederles en presencia de
la sociedad caraqueña que los muestra con orgullo16.

8. La ciudad se estaba perfilando, pues, en tanto objeto


y el urbanismo en tanto disciplina con el arte urbano de Guz-
mán Blanco. Si bien no había llegado a ser tratado en tan-
to objeto de un discurso especializado, técnico (ni en Europa
ni en Estados Unidos lo era todavía), las diversas cuestiones
urbanas habían comenzado a ser tratadas prácticamente se-
gún una sectorialidad funcional (servicios de red, tránsito y
transporte, vivienda, ornato, policía) y administrativa (Obras
Públicas, Juntas de Fomento y Ornato...); todo lo cual arti-
culaba una noción y un proyecto de ciudad. Proyecto que era

13.  José Güell y Mercader (Hortensio), Guzmán Blanco y su tiempo, Caracas:


Imprenta de la Opinión Nacional, 1883, p. 207.
14. �������������
J.M. Spence, Ob.cit., pp. 108, 118-19.
15.  Miguel Tejera, Venezuela pintoresca e ilustrada, París: Librería española
de Denée Schmitz, 1875, pp. 384-90.
16.  ��������������������
Jenney de Tallenay, Souvenirs du Vénézuela. Notes de voyage, Paris: Li-
brairie Plon, 1884, p.90.

192
concebido y desarrollado por el mismo Guzmán, y cuyo hilo se
nota pierden incluso Linares Alcántara y Crespo durante sus
presidencias.
Pero en los lustros siguientes a la Aclamación puede
decirse que ese proyecto urbano se desdibuja. En ese des-
dibujamiento urbano y urbanístico influye primeramente la
reacción política contra Guzmán. Ya la cuestión del excesivo
gasto público en obras supuestamente innecesarias, así como
la conspicuidad de su nombre e intereses económicos asocia-
dos a tales obras habían aparecido como críticas reiteradas
por los enemigos políticos de su gobierno, desde su propio pa-
dre, Antonio Leocadio Guzmán, hasta el General Luis Level de
Goda, el único que lo tilda como un Haussmann en su propio
tiempo17.­

9. Pero quizá la crítica más irónica y persistente será en


contra del afrancesamiento que había supuesto el guzmancis-
mo en todas las manifestaciones artísticas y del gusto cara-
queño, y vendrá de parte de los escritores costumbristas ve-
nezolanos del siglo XIX. En este sentido, Bolet Peraza ya se
preguntó en sus “Cuadros caraqueños” qué debían de haber
sentido los habitantes del tiempo de Guzmán al presenciar la
transformación de la antigua Plaza de la Catedral en una nue-
va Plaza Bolívar, “hermosa y espléndida como un pedacito de
París”, pero en la que hubiera sido posible combinar lo nuevo
con lo histórico y solemne, en vez de perpetrar una profana-
ción en nombre del progreso18. Por otra parte, toda la reacción
burlesca del “delpinismo”, inspirada en Francisco Antonio Del-
pino y Lamas, va a ser articulada por Pedro Emilio Coll en su
crónica mordaz “La Delpinada”, en la que se caricaturizan los
excesos esnobistas y contradicciones de la “Adoración Perpe-
tua”, o grupo de sempiternos seguidores de Guzmán19.

17.  Luis Level de Goda, Venezuela y el General Guzmán Blanco, Bogotá: Im-
prenta de la América, 1873.
18.  Nicanor Bolet Peraza, “El Mercado. Cuadros caraqueños”, en Antología de
costumbristas venezolanos del siglo XIX, comp. Mariano Picón Salas, Caracas:
Monte Ávila, pp. 210-40.
19.  Pedro Emilio Coll, “La Delpinada (Crónica del ocaso de Guzmán Blanco)”,
en Antología de costumbristas venezolanos del siglo XIX, pp. 394-414.

193
Más allá de lo extendido y resonante que esta burla so-
bre el mal gusto de la Caracas guzmancista pueda ser __no
hay que olvidar que esta línea crítica ha persistido en este si-
glo a través de voces como las de Mariano Picón Salas y Arturo
Uslar Pietri, quizá lo más significativo de esta tendencia sea
que a través de ella se deja ver una primera desmitificación
de París y de Francia en tanto términos referenciales de ciu-
dad y urbanidad que venían del modelo civilizatorio concebido
por Guzmán; los cuales, si bien siguen siendo inobjetables en
tanto paradigmas culturales para la sociedad venezolana fi-
nisecular, no por ello dejan de ser objetados al intentárselos
copiar indiscriminadamente. En este sentido, no es casual que
Don Secundino, el personaje de Tosta García al que le es dado
visitar la magnificencia de París, regrese melancólico y hasta
decepcionado a Caracas, regreso dialéctico que acaso define la
primera rebelión caraqueña frente al mito urbano parisino y
europeo en general20.

II. Preurbanismo de principios de siglo

10. La historiografía del urbanismo en tanto disciplina


ha sido enriquecida desde hace algunas décadas por Françoi-
se Choay con la introducción del concepto de “preurbanismo”:
éste engloba la producción de diferentes tipos de análisis y
propuestas utópicas sobre la ciudad industrial europea de fi-
nales del siglo XIX, por parte de pensadores heterodoxos, que
no especialistas en lo urbano, cuyas propuestas, aunque sólo
en pocos casos resultaron realizables o aplicables, tienen sin
embargo el mérito epistemológico de haber hecho de la ciudad
un objeto de atención y reflexión públicas21.
Si bien el concepto de Choay se refiere en principio a las
tendencias reflexivas sobre la problemática de una ciudad in-
dustrial finisecular, problemática que Venezuela nunca llegó
a experimentar debido a su tardía industrialización, la noción

20.  Francisco Tosta García, Don Secundino en París (1894), Buenos Aires:
Editorial América, 1942.
21. ������������������
Françoise
�����������������
Choay, L’urbanisme, utopies et réalités (1965), Paris: Editions
du Seuil, 1979, pp. 10-15.

194
de preurbanismo en tanto momento epistemológico sí creo
puede ser aplicada con distancias y retraso a nuestro caso
para dar cuenta del debate que despunta en ciertos sectores
de la sociedad venezolana de comienzos de siglo sobre dife-
rentes cuestiones implicadas por el desarrollo de la ciudad, y
particularmente de Caracas.
Esas nuevas inquietudes preurbanísticas pueden ser ras-
treadas, tal como lo hemos hecho hasta ahora, a través del
texto histórico, legal y literario. Sin embargo, se percibe en esta
nueva etapa el creciente interés sobre la ciudad en artículos
de prensa y en revistas especializadas que han aparecido en
el país, tales como la Revista Técnica del Ministerio de Obras
Públicas. Con todas esas fuentes se puede ir articulando un
debate urbano en ciernes, así como se puede reconocer la de-
manda por un urbanismo técnico, el cual sin embargo no se
explicitará como tal sino hasta la década de los treinta.

11. En la constitución de ese debate preurbanístico cabe


distinguir varios frentes. Uno primero es el discurso arquitec-
tónico que sigue reportando las tendencias europeas, y bási-
camente la de la escuela de Beaux-Arts22; discurso en el que sí
puede ser distinguida una continuidad crítica sobre las bases
académicas y profesionales sentadas por el guzmancismo, a
pesar de que el famoso crítico del período, Rafael Seijas Cook,
se queja en su momento de la ausencia de un campo de estu-
dios arquitectónicos23.
Pero lo verdaderamente significativo es la introducción
de nuevas preocupaciones higienistas que hacen eco del gran
debate que había tenido lugar en Inglaterra y Europa en ge-
neral desde mediados del siglo XIX sobre la llamada cuestión
sanitaria, originada por el hacinamiento en las ciudades in-
dustriales, cuyo primer logro legal fue la Public Health Act de
1848.

22.  Ver por ejemplo, Alejandro Christophersen, “La arquitectura en el siglo


XIX”, en Revista Técnica del Ministerio de Obras Públicas, 68, Caracas: agosto
1936, pp. 190-98.
23.  Rafael Seijas Cook, “Arquitectura y arquitectos venezolanos”, en Revista
Técnica del Ministerio de Obras Públicas, 69, Caracas: octubre 1936, pp. 322-
27.

195
Con bastante diferencia de tiempo con respecto al caso
inglés, en Venezuela la higiene en los edificios públicos comien-
za a ser controlada por el Reglamento de Higiene y Salubridad
Públicas de 1906; así como la higiene de la habitación urbana
es tratada detalladamente por Luis Aristiguieta Grillet en sus
Elementos de Higiene de 190824; hasta que es finalmente pro-
clamada por Pedro José Rojas en 1911 como “religión social” y
nuevo paradigma civilizatorio de los tiempos modernos, en un
artículo de la Revista Técnica del MOP25.
Todo ello origina una preocupación pública por el mejo-
ramiento de las redes de servicios eléctricos, telefónicos y de
aguas, así como por sus efectos en la ciudad. Tal preocupa-
ción se evidencia cuando, al iniciarse en 1912 con Carlos F.
Linares, las propuestas seculares sobre el crecimiento de Ca-
racas, la salubridad y la facilidad de abastecimiento y servicio
de aguas son establecidas como criterios básicos, junto a la
calidad del terreno y sus posibilidades constructivas26.

12. Pero además de la preocupación higienista, otras cues-


tiones urbanas comienzan a ser discutidas y normadas, siem-
pre en torno al crecimiento experimentado por Caracas. Una de
ellas es el problema de tráfico y circulación, que tiene mucho
que ver con el culto al automóvil en la sociedad gomecista. Ello
se había dejado ver en el Reglamento de tranvías, automóviles,
velocípedos y carros, sancionado por la Sección Occidental del
Distrito Federal en 1908, así como en la Ordenanza sobre co-
ches, tranvías, automóviles, carros, biciclos, etc. de 1922.
Otra cuestión es la de la vivienda popular. Esta cuestión
había sido tratada por Guzmán y Castro muy puntualmente:
ya por ejemplo algunos personajes de El hombre de hierro de
Blanco Fombona (1907) se dejan envolver en oscuros negocios
relacionados con la construcción de viviendas públicas patro-

24.  Luis Aristiguieta Grillet, Elementos de Higiene, Ciudad Bolívar: Tipografía


Boliviana, 1908.
25.  Pedro José Rojas, “Algo sobre higiene”, en Revista Técnica del Ministerio
de Obras Públicas, 6, Caracas: junio 1911, pp. 303-305.
26.  Francisco Linares, “Consideraciones acerca del lugar hacia el cual debe
extenderse la ciudad de Caracas”, en Revista Técnica del Ministerio de Obras
Públicas, 15, Caracas: marzo 1912, pp. 153-56.

196
cinada por el gobierno, negocio que resultaba atractivo dada
la exoneración de impuestos aduaneros sobre los materiales
constructivos. Sin embargo, con el gomecismo y la llegada de
los nuevos contingentes poblacionales que comenzarán a emi-
grar a la capital de la nueva Venezuela petrolera, la construc-
ción de viviendas populares es asumida más articuladamente,
lo cual se reflejará en la creación del Banco Obrero en 1928.
Pero quizá la más polémica de las nuevas inquietudes
preurbanísticas es la que tiene que ver con la necesidad de
expansión de Caracas y la dirección que ésta debe adoptar.
En efecto, además de la ya mencionada propuesta de Linares
de 1912, a medida que se aproxima el fin del gomecismo y la
vuelta de la capitalidad a Caracas, las propuestas se suceden
y, lo que es más significativo, ocupan el espacio de periódi-
cos como El Universal, con lo que el debate urbano alcanza la
máxima difusión permitida para la época.
En este sentido, dos son las propuestas aparecidas en
este diario en 1936, con escasos días de diferencia, que ilus-
tran los términos del debate: una es un anónimo “Proyecto de
ensanche para Caracas”, que apunta al tráfico como principal
problema de la ciudad, además de la cuestión sanitaria27; la
otra es la respuesta que le da Luis Roche, en la que, además
de tales cuestiones, se tocan los problemas funcionales y or-
namentales, con consideraciones de tipo financiero incluso28.
Además de la difusión y de la diversificación del lenguaje
que ya está dejando de ser preurbanístico, de ambas propues-
tas queda claro que la expansión que debe adoptar Caracas
es hacia el este, lo que supone un viraje con respecto al creci-
miento inicial adoptado hacia El Paraíso, y en ambas el eje de
crecimiento de la Carretera del Este que posteriormente reco-
nocerá el plan de los franceses.

13. La articulación del debate preurbanístico venezola-


no de principios de siglo en torno a tales cuestiones de corte
higienista y funcional debe ser vista también en el marco de

27.  “Proyecto de ensanche para Caracas. Cómo resolver el primer problema


de congestión de tráfico”, en El Universal, Caracas: febrero 27/1936.
28.  Luis Roche, “Embellecimiento de Caracas”, en El Universal, Caracas:
marzo 4/1936.

197
un cambio del modelo civilizatorio que venía del guzmancis-
mo. En este sentido, puede decirse que el gomecismo supu-
so el desplazamiento de la idea rectora de civilización por la
nueva idea de progreso. Este progreso, tal como lo ha hecho
notar Ciro Caraballo, fue medido en términos de infraestruc-
tura más que de embellecimiento urbano, así como en térmi-
nos de obras provinciales más que de edificios capitalinos29.
De allí por ejemplo la aparición del nuevo concepto de “obras
de saneamiento” el cual, conjuntamente con el de “vías de co-
municación y acueductos”, va robando terreno a las obras de
“ornato” que venían del MOP guzmancista30.
Al mismo tiempo, tal desplazamiento de un modelo por
otro supuso también el arrostramiento del mito exclusivo de
París, el cual es a partir de entonces puesto en perspectiva con
respecto al mito más secular de Nueva York. En este sentido,
no es casual por ejemplo que Luis Roche conciba su Carretera
del Este como un “Broadway caraqueño”, y la Victoria Guani-
pa de La Trepadora encuentre en su llegada a Caracas más
imágenes neoyorquinas que parisinas.
Por cierto que tal cambio de modelo puede también ser
percibido en términos literarios. Si bien cabe decir que Alber-
to Soria y María Eugenia Alonso todavía tienen su motivo de
frustración esencial en el regreso de París, algunos persona-
jes de Ídolos Rotos y de Ifigenia cuestionan la copia local de
una civilización afrancesada, cuestionamiento que se acentúa
y amarga en La casa de los Ábila, donde el esnobismo vacuo
de la sociedad caraqueña es puesto en ridículo ante los valo-
res vernáculos... Ello conlleva un reconocimiento de Caracas
como realidad urbana modesta pero propia, diferente de París,
reconocimiento que se siente en algunos personajes de El hom-
bre de hierro de Blanco Fombona.
Sin embargo, el mito parisino y francés en Caracas per-
sistirá en el urbanismo monumental de finales de los treinta,
último embate del urbanismo francés que definirá el segundo
y último episodio haussmanniano de la Caracas europea.

29.  Ciro Caraballo, Obras Públicas, fiestas y menajes (Un Puntal del Régimen
Gomecista), Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1981, pp. 49-50.
30.  Ver Memorias del Ministerio de Obras Públicas, 1911, 1913, 1918, 1934.

198
III. Urbanismo monumental

14. En las primeras décadas del siglo XX, el estado co-


lonialista francés siente que tiene todavía mucho que aportar
al mundo en términos urbanísticos y civilizatorios en general.
Gaston Bardet dice haber sentido este clamor de las naciones
jóvenes por la misión civilizadora e iluminadora de Francia, en
los salones de Buenos Aires y México, de Santiago y Caracas,
desde Salónica y Damasco a Tananarive31.
Ciertamente, el urbanismo francés, que puede decirse
técnicamente constituido desde los primeros años del siglo
XX, aunque no debe ser considerado más avanzado que el ur-
banismo alemán o inglés del momento, sí llegó a tener varias
experiencias planificadoras en ciudades coloniales. En esa
consolidación empírica hace falta mencionar el desarrollo de
una escuela de urbanistas que había tenido su original campo
de entrenamiento en el Musée Social, institución fundada en
1898, entre cuyos fines estaba el atender a la problemática
urbana originada por la industrialización y urbanización fran-
cesas, que por cierto ocurren con retraso con respecto a otros
países de Europa.
En ese Museo Social se va a constituir en 1908 una sec-
ción de higiene urbana y rural bajo la dirección del ya famo-
so Eugène Hénard, el cual coordinó el plan de crecimiento de
la región parisina. En general, puede decirse que la orienta-
ción maquinista y futurista preconizada por Hénard en su es-
cuela de París representaba una superación de la tradición
haussmanniana y apuntaba ya al funcionalismo de Le Corbu-
sier y las nuevas tendencias modernas en general.
Es en esa escuela donde se va a formar Henri Prost,
quien desarrollará una vasta experiencia planificadora en ciu-
dades coloniales, entre ellas Alger, ciudad en la cual trabaja
con Maurice Rotival, joven urbanista formado bajo el funcio-
nalismo del CIAM. A finales de los años treinta, ambos planifi-
cadores están asociados con Jacques Lambert, quien ya traía
una considerable experiencia urbanística en diversas ciuda-
des de América Latina. Están así reunidos tres personajes que

31.  G. Bardet, Ob. cit., VII.

199
representan todos los contenidos del urbanismo francés post-
haussmanniano, los cuales configuran el equipo técnico que
será llamado a Caracas.
15. Los cambios políticos ocurridos con el fin del go-
mecismo favorecen la aparición del primer urbanismo insti-
tucional en Venezuela. Las instancias gubernamentales que
aparecen pioneramente como propiamente urbanísticas son
la Comisión Técnica de Urbanismo de 1937 y la Dirección de
Urbanismo de la Gobernación del Distrito Federal, creada en
1938, la mayoría de cuyos integrantes poseían una formación
universitaria francesa.
La necesidad de adopción del urbanismo como cuestión
pública es urgida por el gobernador Elbano Mibelli en su expo-
sición de 1939 ante el Concejo Municipal, cuando señala que
“... en América somos los últimos en considerar el problema
del acondicionamiento de la ciudad y esto debido a las cir-
cunstancias por todos conocidas”, al mismo tiempo que tal ur-
banismo es definido certeramente en los siguientes términos:

Tendemos en fin a disipar el concepto erróneo que el públi-


co tiene a menudo sobre urbanismo. A veces se califican como
‘Obras de Ornato’ los trabajos que en realidad constituyen
‘Obras Necesarias’. Si en el momento de su ejecución lográra-
mos una mejor agrupación de los inmuebles y reglamentára-
mos las fachadas de los mismos sobre ciertas plazas y aveni-
das, uniríamos el ‘ornato con la necesidad’.
Pero es necesario recordar, ante todo, que el urbanismo es el
arte de hacer que los hombres convivan en una forma sana,
agradable y útil. Arte que brinda la posibilidad de dar a las
clases laboriosas, en las que cifran el porvenir del país, aloja-
mientos higiénicos y, al mismo tiempo, el llamado a prestar a la
Ciudad el aspecto digno de una verdadera Capital32.

De manera que con esa concepción amplia y sintética


está el gobernador Mibelli acaso inconscientemente resumien-

32.  “Exposición del Ciudadano Gobernador ante el Concejo Municipal”, en


Revista Municipal del Distrito Federal (1939), 1, Caracas: Imprenta Municipal,
1985 (edición facsimilar), pp. 13-16.

200
do y superando a la vez todos los momentos esenciales de la
evolución preurbanística venezolana, a saber, el arte urbano
guzmancista, con sus contenidos de ornamentalismo y urba-
nidad, y el preurbanismo higienista que le había sucedido. A
ambos momentos está dando una feliz síntesis dialéctica con
su nueva fórmula de unir “el ornato con la necesidad”. Pero
más que eso, y aunque él insista en llamarlo “arte”, está in-
troduciendo un nuevo vocabulario conceptual y está inaugu-
rando a la vez un tercer momento, una nueva etapa tecnicista
del urbanismo venezolano, el cual ahora puede comenzar a
considerarse como tal.

16. En el marco de tal cambio institucional es que se aco-


mete el viejo proyecto secular de expansión de Caracas, para
el que son ofrecidos los servicios del equipo francés. Y son
finalmente Rotival y Lambert los encargados de estructurar el
primer Plan de Urbanismo de Caracas, publicado en el núme-
ro 1 de la Revista Municipal del Distrito Federal en noviembre
de 1939.
En la exposición de ese Plan se maneja una serie de con-
ceptos que superan lo meramente urbanístico: conceptos que
arrastran una visión todavía colonialista del mundo, en los
cuales se sugiere una transferencia civilizatoria del mar Medi-
terráneo al mar de las Antillas, y se asigna a Caracas la capi-
talidad política de una civilización Caribe, por poseer valores
estratégicos análogos a los que han poseído otras metrópolis
en el pasado33.
La definición de urbanismo de los planificadores coincide
con la del gobernador Mibelli en plantear el urbanismo como
una necesidad económica, de inversión pública, más allá de lo
meramente ornamental:

Para las ciudades, el urbanismo equivale a un programa de or-


ganización y desarrollo, cuyo objeto principal consiste en evitar
los errores y permitir una mayor economía. Se ha generalizado
la idea vulgar de que el urbanismo es un lujo, un arte ornamen-
tal que se preocupa, ante todo, por levantar arcos de triunfo y

33.  Revista Municipal del Distrito Federal, pp. 18-19.

201
edificar fuentes públicas. Es menester protestar enérgicamente
de este concepto elemental y erróneo del urbanismo cuya fina-
lidad es de un alcance mucho más profundo y trascendental.
El urbanismo, ante todo, debe permitir que la iniciativa privada
actúe en armonía con sus disposiciones. De esa armonía y dis-
ciplina organizada, es que se logra la belleza. Más adelante, la
comunidad añadirá el ornato. Esto siempre es posible, ya que
no es necesario34.

En relación con este énfasis económico, Haussmann y


el París del siglo XIX son citados en tanto ejemplos audaces,
visionarios y exitosos de la inversión pública en renovación
urbana. A lo cual sigue la conclusión tácita y colonialista de
que Caracas no debe sino seguir pasivamente ese ejemplo pre-
cursor:

Actualmente, Caracas se enfrenta al problema de una nueva


organización y no tendrá que comenzar, como las ciudades del
siglo pasado, por vacilaciones y tanteos, ya que, en todas partes
del mundo, modernas legislaciones han coordinado los esfuer-
zos en materia de urbanismo y han suministrado a los gobier-
nos los medios necesarios para obtener un mayor bienestar de
la comunidad. Por lo tanto, no nos proponemos una aventura.
No hay nada por descubrir35.

17. En una nueva analogía con el París previo a Hauss­


mann, el Plan reconoce en Caracas problemas debidos a la
falta de control sobre la urbanización, así como también resal-
ta el problema de tráfico. Para todo lo cual plantea una serie
de principios de orden práctico, que envuelven la creación de
avenidas, paseos y plazas “monumentales”, entre las cuales
destaca:

Encauzar el sentido principal de la circulación por medio


de una avenida central que, por sus proporciones y las facha-

34.  Ibid., p.19


35.  Ibid., p. 20

202
das de sus edificios dé a la ciudad un aspecto monumental
imprimiéndole un carácter especial36.

Seguidamente se plantea la necesidad de determinar


áreas para nuevos edificios oficiales y para la inversión priva-
da en inmuebles, lo cual complementa la imagen monumental
que se quiere crear con el sistema de circulación. También
se reconoce la necesidad de prever terrenos para la vivienda
obrera, así como la determinación de terrenos no urbaniza-
bles, todo lo cual habla del reconocimiento de una Caracas
petrolera que ya recibe los embates de la inmigración. Por lo
demás, hay una intención de difundir estos principios a los
alrededores de Caracas, en un intento por definir una Región
de Urbanismo.

18. Aunque hemos dicho que el bagaje técnico de los ur-


banistas franceses los hacía representantes de un urbanismo
europeo más bien moderno y funcionalista, la intervención de
Rotival y Lambert en Caracas (Prost no llegó a venir), los hace
actuar más bien bajo una tradición monumental y haussman-
niana. Valga apuntar que este cambio de actitud del urbanismo
moderno no sólo ha tenido lugar en Caracas: algunos arqui-
tectos europeos reconocidamente modernistas han temperado
su vanguardismo en sus intervenciones en el exterior,­optando
eclécticamente por soluciones que yuxtaponen lo exótico, lo
autóctono y lo racional, tal como lo ha demostrado reciente-
mente Gwendolyn Wright con respecto al urbanismo colonial
francés en general37.
En efecto, si bien se percibe una preocupación funciona-
lista por el tráfico y la circulación, en la cual resuenan las ad-
vertencias de Hénard, la intención más manifiesta del sistema
circulatorio es más bien monumentalista, pudiendo incluso
hablarse de un monumentalismo urbano, en el sentido de que
la intervención urbanística parcial está llamada a definir el
carácter total de la ciudad:

36.  Ibid., p. 25.


37. �������������������
Gwendolyn Wright, The Politics of Design in French Colonial Urbanism,
Chicago: The University of Chicago Press, 1991, p. 10.

203
En efecto, el carácter estético de todas las ciudades lo deter-
mina la ejecución de una porción de ellas, a menudo insigni-
ficante en relación con la superficie total. La ciudad de París,
por ejemplo, ha sido completamente delineada por la ejecución
del eje de los Campos Elíseos y las Plazas de La Estrella y de La
Concordia; la ciudad de Berlín, por Unter den Linden; la ciudad
de Londres por su Picadilly Circus, etc.38

El espíritu totalizante de ese monumentalismo urbano


queda plasmado en Caracas en la propuesta Avenida Central,
nuestra Avenida Bolívar, que si bien recoge la dirección que
ya había sido prefigurada en las propuestas de ensanche pre-
urbanísticas, reclama ahora el carácter monumental de unos
Campos Elíseos caraqueños. Tal modelo ya aparece menciona-
do varias veces en el Plan de 1939 y que ahora podemos lla-
mar Monumental, y será reconocido explícitamente por Rotival
en artículos posteriores.

19. La intervención monumentalista de los franceses es a


la vez profundamente haussmanniana y define pues el segun-
do episodio focal de las ideas del Barón en Caracas. El espíritu
haussmanniano de la empresa queda claro si se ve el tipo de
intervención adoptada sobre el área central desde una pers-
pectiva histórica comparativa: a pesar de que el contexto de
la Caracas de los treinta la hacía muy diferente del París deci-
monónico, y sin mirar los ejemplos expansivos de Barcelona y
Madrid y algunas ciudades latinoamericanas, respetuosas de
sus áreas centrales (ejemplos que habrían sido más aplicables
al caso caraqueño) se opta por una cirugía urbana de la ciu-
dad tradicional que alteró su trama colonial.
No es el objeto evaluar aquí si tal cirugía fue conveniente
o no para Caracas, sino dejar claro el espíritu haussmanniano
de la misma. De tal evaluación se ha ocupado prolijamente la
crítica arquitectónica y urbanística en el país, desde el profe-
sor Zawisza39 hasta la revisión secular realizada por el equipo

38.  Revista Municipal del DistritoFederal, p. 31.


39.  Leszek Zawisza, “Rotival, ayer y hoy (1)”, en Revista del Colegio de Inge-
nieros de Venezuela, 347, Caracas: enero 1989, pp. 14-31.

204
de la Universidad Central de Venezuela en el excelente libro El
Plan Rotival. La Caracas que no fue40.
Sin embargo, valga sólo señalar cómo el haussmannis-
mo de tal cirugía es responsable de rasgos fundamentales de
nuestra Caracas de hoy, tales como la intervención en forma
de “Y” sobre el centro de la ciudad, lograda mediante la con-
vergencia de tres avenidas que hoy nos son familiares (San
Martín, Sucre y Bolívar), pero que en su momento no pudieron
ser justificadas en términos funcionales sino estéticos.
Así mismo, la haussmanniana simetrización pretendida
por el Plan resultó sólo aparente, ya que Caracas quedó, más
que dividida, fracturada en dos partes: al norte y al sur de la
avenida Bolívar. Fractura en la que la mitad norte se quedó
con casi todo el dinamismo de las actividades centrales, y la
mitad sur se presentó por mucho tiempo como área urbana
deprimida. Fractura que se ha intentado soldar con interven-
ciones posteriores (entre ellas la renovación urbana de San
Agustín, la construcción del Parque Central y la reciente se-
maforización de la avenida Bolívar) pero que acaso persistirá
secularmente en sus efectos más estructurales.

20. Después del Plan de Urbanismo de 1939, puede de-


cirse que el ya constituido urbanismo técnico venezolano se
va a hacer cada vez más anglosajón y menos europeo. Lo cual
acaso pueda ser formulado diciendo que el urbanismo cede
terreno al planeamiento, entendido éste en tanto ulterior mo-
mento epistemológico de la disciplina, ya no centrado en la
ciudad como ámbito preeminente ni en su diseño urbano, sino
más bien en los procesos de ordenamiento, gestión y control
del territorio en general.
Es por ello que la visión “macrocósmica” de Rotival, de
intuitivo y rápido alcance sobre los grandes espacios urbanos
y la ciudad en su totalidad, tiende a ser suplantada, por un
lado, por la “visión microcósmica” de las zonas de la ciudad,
preocupada más por los instrumentos del control del desarro-
llo urbano; y por otro lado, orientada a la vez hacia el orde-

40.  El Plan Rotival. La Caracas que no fue, Caracas: Universidad Central de


Venezuela, 1991.

205
namiento de los grandes sistemas regionales; visiones ambas
preconizadas en Venezuela por técnicos norteamericanos tales
como Francis Violich.
Pero más allá de estos giros tecnicistas, es importante ver
en perspectiva que con el episodio del Plan de 1939 se cierra
lo que ahora puede ser visto como el ciclo europeo de Caracas,
con su carga de centralidades y monumentalidades. Ese ciclo
dará paso a un estilo de desarrollo diferente, más inspirado
en la desarticulada ciudad media norteamericana, constituida
a grandes rasgos por un distrito central, los suburbios y sus
centros comerciales; estilo que más secularmente ha deter-
minado la expansión y la cultura urbana de Caracas, por lo
menos hasta la aparición del Metro.

206
El imaginario de la ciudad venezolana.
1900-19581
Arturo Almandoz Marte
(2004)

1. Hay múltiples vías analíticas para explorar la histo-


ria de la urbanización como proceso, especialmente en sus
dimensiones social y cultural; estas últimas son las que siem-
pre me han interesado más en general, y preocupado en el
caso venezolano en particular, por creer que ellas evidencian
nuestros­ mayores desajustes urbanos como nación moderna.
Una forma­ de descifrar la urbanización venezolana en tanto
proceso­de cambio social y cultural es mediante la percepción
que del mismo han dado nuestros grandes pensadores nacio-
nales del siglo XX; lo cual nos lleva al tema de la representación
y del pensamiento sobre la ciudad para el caso venezolano. En
este sentido, trato a continuación de distinguir y concatenar
las percepciones de ciudad y urbanización dentro de ese que
podemos denominar imaginario venezolano comprensivo del
ensayo y de la novela. Al tratar de hacer esa conexión de ideas
e imágenes, intento cumplir un objetivo paralelo, cual es el de

1.  Este texto se apoya en las conclusiones de las dos partes de mi investiga-
ción La ciudad en el imaginario venezolano. I: Del tiempo de Maricastaña a la
masificación de los techos rojos. Caracas: Fundación para la Cultura Urbana,
2002; y La ciudad en el imaginario venezolano. II: De 1936 a los pequeños se-
res. Caracas: Fundación para la Cultura Urbana, 2004. Una versión ampliada
de este texto fue solicitada para Itinerarios de la palabra en la cultura vene-
zolana, edición a cargo de Luis Barrera Linares, Beatriz González Stephan y
Carlos Pacheco.

207
dar coordenadas a nuestro pensamiento sobre lo urbano, en el
marco de cuadrantes internacionales.
Las visiones que de la ciudad y de la urbanización vene-
zolana en tanto forma y proceso de modernización –y no sólo
de transformación espacial y territorial– ofrecieran intelectua-
les venezolanos entre 1900 y 1958, aproximadamente, es el
hilo conductor de la investigación “La ciudad en el imaginario
venezolano. Del tiempo de Maricastaña a los pequeños seres”,
del que apenas expongo acá las conclusiones. Dos imágenes
literarias definen tal período: al inicio, ese “tiempo de Mari-
castaña” en el que Picón Salas fundiera las manifestaciones
premodernas de la provincia venezolana de finales del siglo
XIX y comienzos de la Bella Época; al final, la masificación y
urbanización del Juan Bimba rural que se transforma en el
pequeño ser garmendiano, en medio de las laberínticas metró-
polis que escenifican la acelerada urbanización de la Venezue-
la petrolera.
Una tal exploración del imaginario ensayístico y novelís-
tico sobre ciudad, requiere un corpus verificador y contextual
proveniente de las disciplinas especializadas, el cual debe ayu-
dar a contextualizar y verificar las representaciones e ideas
que se van sucediendo en el discurso literario. Siguiendo la
metodología que he desarrollado en trabajos anteriores, esa
literatura especializada (sociológica, urbanística, histórica)
es utilizada sólo como apoyo para los sucesivos momentos
de la urbanización que son analizados en esta investigación.
La contextualización y verificación de géneros y discursos no
especializados –en este caso ensayo y narrativa– dentro del
acervo de fuentes urbanísticas, es característica del subcampo
disciplinar de la historia cultural urbana, del que el trabajo ori-
ginal intenta ser muestra.
Dadas las múltiples ideas y metáforas de innumerables
autores con los que una investigación como ésta debe encon-
trarse, es previsible que terminen predominando las tesis e
imágenes de algunos de los escritores más conspicuos de la
primera parte del siglo XX, tales como Mariano Picón Salas,
Rómulo Gallegos, Mario Briceño Iragorry, Arturo Uslar Pietri,
Guillermo Meneses y Miguel Otero Silva, entre otros. En la
medida en que evidenciaron su “angustia por el sentido y el

208
destino venezolanos”2, ellos tuvieron por ende que ocuparse
de la urbanización voraz, la cual terminó siendo uno de los
cambios más estructurales que haya vivido el país a lo largo
de su historia. En las vastas obras de esos autores principa-
les –que abarcan desde libros de referencia hasta el ensayo y
la ficción– se encuentran claves básicas para entender varios
de los momentos imaginarios distinguidos en la investigación.
Especialmente en su visión histórica y analítica del cambio
social de la Venezuela de comienzos del siglo XX, ellos son los
autores que, a mi juicio, resultan máximos exponentes de eso
que María Fernanda Palacios ha denominado el “temple ensa-
yístico”, cualidad que distingue al ensayista como verdadero
escritor, que por encima de la “perspectiva especializada”, las
“pretensiones científicas” o la “presión de las ideologías”, desa-
rrolla su propia reflexión en tanto “aventura intelectual”3.
Después de hacer en la introducción un recorrido histo-
riográfico por las distintas vertientes de la historia urbana, en
la que se intenta encuadrar las características del imaginario
en tanto fuente para la historia cultural, el trabajo intenta la
articulación de momentos establecidos a partir del discurso
literario. El primer libro se centra en las “ciudades pueble-
rinas”, en las que una sociedad oligárquica de base agrícola
y comercial, cuyas tradiciones reflejaban no sólo la repúbli-
ca decimonónica sino también el pasado colonial, comenzó a
evidenciar formas de una cultura transicional que anunciaba
ya la revolución petrolera por venir. Tomando como umbral el
fin de la dictadura gomecista, el segundo libro se inicia con
el reporte que tanto el ensayo como la novela ofrecieran de la
revolución petrolera y la urbanización, principalmente entre
1936 y 1945. Continúa con la visión que de la modernidad
norteamericana nos transmitieran intelectuales venezolanos,
algunos de ellos exiliados en el Nueva York de entreguerras, el

2.  Carlos Pacheco, “Retrospectiva crítica de Miguel Otero Silva” (1993), en La


patria y el parricidio. Estudios y ensayos críticos sobre la historia y la escritura
en la narrativa venezolana. Mérida: Ediciones el Otro, el Mismo, 2001, pp.
177-197, 185.
3.  María Fernanda Palacios, “Miserias y fulgores del ensayo en la Venezuela
de hoy”, Zona Franca. Revista de Literatura, Tercera Época, Año V, No. 30-31,
Caracas: julio-octubre 1982, pp. 52-56.

209
cual, después de 1945, devino emblema del poderío y de la paz
americana. La fractura económica y territorial entre la Vene-
zuela rural y urbana, así como la ostensible extranjerización
y el consumismo en las metrópolis de espejismos, son temas
recurrentes del ciclo posterior a 1945, que intento cubrir en la
tercera parte. Finalmente, la ya referida masificación del su-
jeto popular es el hilo conductor de la última parte, en la que
intento bosquejar las mutaciones de ese personaje que se ur-
baniza, a lo largo de una atrevida genealogía que va del Juan
Bimba de 1936 a los pequeños seres de los años cincuenta.

2. Habiendo llegado incluso hasta el umbral de la muta-


ción metropolitana caraqueña, al concluir su libro La ciudad
de los techos rojos (1947-49), Enrique Bernardo Núñez obser-
vó que Caracas conservaba todavía, al menos durante las no-
ches, “su aire conventual”. Con sus ventanas cerradas y sus
calles desiertas, oyéndose en la lejanía el “toque de ánimas”
y encontrándose a veces el paseante “esquinas y portales con
cruces y hornacinas”, la ciudad de los techos rojos era a ratos
pueblerina para el cronista, aunque se enfilara ya “en la ruta
de un gran éxodo”4. No sólo retomó Núñez la imagen de Pé-
rez Bonalde para definir con ella el tercer título que marcaría
la crónica histórica de la capital venezolana –después de la
Santiago de León de Losada y de la Ciudad Mariana de Diez
Madroñero– sino que también remitió, a través de la metáfo-
ra conventual, a la ciudad de las procesiones y de los gran-
des cacaos que había sido repujada por Arístides Rojas en sus
Leyendas históricas (1890-91), cuyas estampas urbanas más
significativas fueron reunidas precisamente por don Enrique
en una selección titulada Crónica de Caracas (1946)5.
Lo que quiero hacer notar con este detalle genealógico de
la crónica urbana es el persistente carácter pueblerino de Ca-
racas hasta bien entrado el siglo XX, lo cual resulta predicable
no sólo de la capital sino, con más razón, de las ciudades del
interior. Me atrevo a decir que ese aire conventual que toda-

4.  Enrique Bernardo Núñez, La ciudad de los techos rojos (1947-49). Cara-
cas: Monte Ávila Editores, 1988, p. 279.
5.  Arístides Rojas, Crónica de Caracas (1945). Caracas: Ministerio de Educa-
ción, Academia Nacional de la Historia, 1988, pp. 9-12.

210
vía refrescaba las noches de algunas céntricas parroquias de
las ciudades de techos rojos, procedía del piconiano tiempo
de Maricastaña. Venteaba desde la “brumosa ruralidad” de la
provincia venezolana de entre siglos, custodiada por la figu-
ra legendaria de Maricastaña6, “Diosa femenina del tiempo”, a
quien Picón Salas dedicara su Viaje al amanecer (1943).

Cuando Maricastaña, los reyes de los cuentos, parecidos a los


reyes de la baraja, andaban a pie por los caminos del mundo,
se detenían en las pulperías a beber su vaso de guarapo fuerte,
dormían en las posadas rurales y solían ser tan buenos que a
veces elegían para esposa del príncipe a la hermosa muchacha
labriega que amasó y les regaló de tan blanco pan. Seres lejaní-
simos, cubiertos con el oro y el azul de los mitos, desprendidos
de la más encantada miniatura, emperadores, papas y grandes
visires de Las mil y una noches, me parecían, así, los contempo-
ráneos de Maricastaña7.

Más que corresponder a un período concreto de nuestra


historia, el tiempo de Maricastaña parece resultar del entre-
cruzamiento de la mitología infantil con muchos de los rasgos
tradicionales de la Venezuela rural que salía del siglo XIX, y
cuyo acceso al XX Picón negaría hasta la muerte del dictador
Juan Vicente Gómez. Tiempo casi feudal de procesiones, gue-
rras civiles y trashumancia de caudillos y párrocos a través de
las haciendas, lo que permite la analogía de la Europa medie-
val con la Venezuela decimonónica, cuyas “ciudades principa-
les” eran sólo una “ficción fragmentada”, ya que muchas de las
funciones “urbanas” y el poder de los caudillos siguió concen-
trado en haciendas hasta bien entrado el siglo XX8.

6.  Al igual que el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, la


mayoría de los diccionarios etimológicos sólo reconocen la voz “Maricastaña”
en tanto “personaje proverbial, símbolo de antigüedad muy remota”, que ge-
neralmente se emplea en las frases “los tiempos de Maricastaña; en tiempo o
en tiempos de Maricastaña; ser del tiempo de Maricastaña”. Sólo la Enciclope-
dia del Idioma... de Martín Alonso (Madrid: Aguilar, 1958, 3ts, t.2) añade que
se trata de un uso de los siglos XIX y XX.
7.  Mariano Picón Salas, Viaje al amanecer (1943), en Autobiografías. Bibliote-
ca Mariano Picón Salas. Caracas: Monte Ávila, 1987, t.I, p. 14.
8.  Tal como lo expresa Miguel Bolívar, Población y sociedad en la Venezuela

211
Aquella era infantil y patriarcal a la vez, en la que trans-
curre la fabulosa domesticidad de la hacienda venezolana de
entre siglos, enmarca también Las memorias de Mamá Blanca
(1929) de Teresa de la Parra. Allí se describen los “tiempos que
se iban quedando tan lejos, ¡tan relejos!” en el pasado de la
Venezuela rural; tiempos de travesuras en la hacienda Piedra
Azul, los cuales recrean la Edad de Oro, el paraíso perdido,
el “tesoro de felicidad” de una infancia mitológica9, emparen-
tados con el tiempo legendario de Maricastaña evocado en el
Viaje al amanecer de Picón Salas.
Mítica era de, por un lado, moralidades fabulosas e infan-
cias felices del niño Mariano en Mérida, de Blanca Nieves en
Piedra Azul, así como de La Candelaria que Antonia Palacios
nos recreara en Ana Isabel, una niña decente (1949). Al igual
que en la fabulosa Piedra Azul de Blanca Nieves, en la casa de
Ana Isabel se superponen y confunden estratos decimonó­nicos
de la Venezuela de Maricastaña, cuyos próceres se convierten
en ilustre lastre de nobleza para la familia venida a menos, al
igual que lo son para el país endeble y endeudado.
Por otro lado, truncado también por las endemias y pes-
tes que asolaron a la provincia venezolana de entre siglos, el
feliz y pueblerino tiempo de Maricastaña puede encontrarse
en otro contexto de la literatura venezolana: “la rosa de los
Llanos” que era el Ortiz reedificado por la niña Carmen Rosa,
a través de los relatos de los viejos habitantes de las Casas
muertas (1954) de Miguel Otero Silva. La evocación legendaria
lograda por Picón Salas de boca de las criadas domésticas en
la Mérida de su infancia, fue buscada por Carmen Rosa a tra-
vés de los personajes típicos del pueblo llanero: “Hermelinda
la de la casa parroquial, la señorita Berenice la maestra de
escuela, el descreído señor Cartaya, hasta Epifanio el de la
bodega”, conforman una galería de caracteres que, sin alejarse
demasiado del modelo criollista, ayudan a la heroína estructu-
ral de la novelística de Otero Silva a reconstruir una “imagen
viva de la ciudad muerta”10.

del siglo XX. Caracas: UCV, 1994, p. 184.


9.  Teresa de la Parra, Las memorias de Mamá Blanca (1929). Caracas: Monte
Ávila Editores Latinoamericana, 1997, pp. 5, 165-166.
10.  Miguel Otero Silva, Casas muertas (1954). Barcelona: Círculo de Lecto-

212
3. Vista desde esta provincia devastada por endemias y
montoneras, en ese tiempo de difusos contrastes entre lo rural
y lo urbano, acaso sólo Caracas podía pretenderse moderna,
en el sentido de que la capital de la Bella Época venezolana
representaba, como lo señalara Juan Liscano, el relativo “hoy”
de entrada al siglo XX para inmigrantes oriundos de pueblos
y ciudades todavía estancados en el XIX11. Esa fue la puerta
por la que llegaron a la capital muchos personajes de la novela
de comienzos del siglo, desde los Montálvez que Pío Gil retra-
tara en El Cabito (1909), hasta la Chucha Garate de las Vidas
oscuras (1916) de Pocaterra; ellos iniciaron un síndrome de
deslumbramiento con Caracas que se prolongaría en el joven
protagonista de Los Riberas (1952) de Briceño Iragorry, des-
pués de la Victoria Guanipa que Gallegos nos ofreciera en La
Trepadora (1925).
Pero había otra puerta más dramática, por la que entra-
ban los venezolanos que retornaban al país reprimido y oscu-
rantista, después de haber vivido en las metrópolis de verda-
dero progreso y civilización. Ese fue el umbral de retroceso y
desengaño que cruzaron los personajes de la novela modernis-
ta, que los llevó a un ausentismo estético y a una evasión ur-
bana de atávicas consecuencias para la intelectualidad criolla.
Porque la carga de desengaño y frustración que alcanzó su
extremo en el arquetípico conflicto del Alberto Soria de Ídolos
rotos (1901), fue legada, en dotes diversas, a todos los que ha-
brían de sentirse, en algún momento y de una u otra manera,
en el arrabal de la cultura europea. En este sentido, ese spleen
de saberse en una periferia de ciudades chatas y recónditas
asaltó a una estirpe intelectual que se prolongó mucho más
allá del modernismo de Díaz Rodríguez o Blanco Bombona;

res, 1974, pp. 16-17. El análisis de la estructura y la puesta en perspectiva de


la novela pueden verse en Carlos Pacheco, “Casas muertas: la escritura desde
el espacio agónico” (1991), en La patria y el parricidio..., pp. 167-176, p. 169.
Con respecto a la visión de Carmen Rosa en tanto “personaje estructura”, ver
Orlando Araujo, Narrativa venezolana contemporánea (1972). Caracas: Monte
Ávila, 1988, p. 138.
11.  Juan Liscano, “Líneas de desarrollo de la cultura venezolana en los úl-
timos cincuenta años”, en Venezuela moderna. Medio siglo de historia, 1926-
1976 (1976). Caracas: Fundación Eugenio Mendoza, Editorial Ariel, 1979, pp.
865-963, p. 868.

213
desde la Teresa de la Parra de Ifigenia hasta el Uslar Pietri
que casi sucumbió al embrujo del París de finales de la Belle
Époque. Bien lo resumió este último a propósito de algunos
intelectuales de entonces: “Los espíritus cultivados tendían a
hacerse cosmopolitas y a sentirse cada vez más incomprendi-
dos y ajenos en la propia tierra. Sentían como una fatalidad
el haber nacido en lo que consideraban como un arrabal de la
cultura europea”12.

4. Aunque el gomecismo supuso innegablemente recu-


peración económica, estabilidad política, organicismo social y
mejoramiento de infraestructura, sólo los positivistas criollos
parecieron entrever y saludar los rasgos de modernidad in-
dustrial que tal proceso conllevaba. José Gil Fortoul, Laurea-
no Vallenilla Lanz, Pedro Manuel Arcaya, y hasta cierto punto
el Gallegos de El Cojo Ilustrado, saludaron la inversión y mi-
gración foráneas en tanto puntales del liberalismo económico;
éste ya se evidenciaba en los primeros síntomas de la bonan-
za petrolera, desde los automóviles y carreteras que atravesa-
ban el país recorrido por Alfonso Ribera, hasta las eclécticas
quintas de las nuevas urbanizaciones del este caraqueño. La
exégesis que de los padres de la sociología moderna –Com-
te, Durkheim, Weber- hicieron sus contrapartes venezolanos,
puede verse como un necesario intento de traducir y divulgar
entre la élite criolla las categorías y valores de la sociedad “in-
dustrial” o “moderna”, tal como había sido conceptuada desde
finales del siglo XIX en algunas obras sociológicas del libera-
lismo y positivismo.
Sin embargo, aunque varios de ellos provinieran del inte-
rior, nada de este avance pareció deslumbrar a los miembros
de la Generación del 28 o de la creciente intelectualidad anti-
gomecista, quienes no cesaron de construir la imagen de la ca-
pital del desengaño, como en perpetua alusión a la lobreguez
de la satrapía. En este sentido, desde la perspectiva urbana,
la nivelación del oscurantismo dictatorial por contraposición
a las gestas de rebeldía, se encuentra principalmente recrea-

12.  Arturo Uslar Pietri, Letras y hombres de Venezuela (1948). Caracas: Edi-
me, 1958, pp. 276-227.

214
da en obras posteriores al régimen gomecista: Puros hombres
(1938) de Arráiz, Fiebre (1939) de Otero Silva, Los tratos de
la noche (1955) de Picón Salas, El rastro de los dioses (1960)
de García Maldonado, por sólo mencionar las consideradas en
la investigación. Desde la perspectiva rural, la recreación de
esa época de atraso alcanza su manifiesto novelado en Doña
Bárbara (1929), obra que no sólo elabora la antinomia barba-
rie/civilización para las postrimerías del gomecismo, sino que
también retrata los desafueros de la mujerona y ño Pernalete
en una de las más apartadas comarcas de esa gran hacienda
de miserias que era la Venezuela del señor de Maracay. Acaso
más que la doña misma, el siniestro jefe civil galleguiano pasa
a ser símbolo de una era barbárica, tribal o feudal, pero en
todo caso anacrónica con respecto a la modernidad del siglo
XX, al menos según las cruentas metáforas que nos dieron los
ensayistas de la democracia por venir, incluyendo a Picón Sa-
las, Díaz Sánchez, Augusto Mijares y Andrés Eloy.
No sólo a través de las mejoras posibilitadas por el ingre-
so petrolero y saludadas por los positivistas, la modernidad
del siglo XX había llegado ya a Venezuela también por vía de
la urbanización. Aunque durante esta época sus manifestacio-
nes en la literatura venezolana fueran todavía tenues o elusi-
vas, podían ya distinguirse en Caracas situaciones, escenarios
y personajes de la americanizada masificación que penetraba
las capitales latinoamericanas de la primera postguerra. En
este sentido, el cambio social venezolano y la transformación
espacial de su capital son descritos con nitidez en la segunda
parte de Los Riberas, así como en múltiples pasajes de la “Ca-
racas en cuatro tiempos” de Picón Salas. Pero también creo
que asoman pistas del crecimiento suburbano y de la masifi-
cación social en novelas como Peregrina (1922) o Fiebre, cuya
ambientación en la ciudad de los techos rojos que se dilataba
a los pies del Ávila las ha hecho pasar, principalmente, como
una tardía expresión del criollismo, o un temprano reporte de
la dictadura. Además de significativos, precursores en este
sentido de la urbanización resultan los Campeones (1939) de
Meneses, quien desde esta novela juvenil se perfila como el
narrador urbano que seguiría siendo en los años por venir.

215
5. Como bien señala Oscar Rodríguez Ortiz en Paisaje del
ensayo venezolano (1999), entre los años 1930 y 1950 se con-
figuró en el país una “nómina de ensayistas y una ensayística,
un corpus”, caracterizado en parte por motivos recurrentes,
entre los que se cuentan el “asombro” ante el petróleo en tan-
to “regalo de los dioses”13. Después del recorrido hecho en la
inves­tigación, creo que podemos decir que uno de los temas que
articulan esa ensayística de la “primera contemporaneidad”
viene dado por el análisis y la crítica a la revolución petrolera
y los efectos desiguales de la urbanización por ella producida.
Si bien incluye los esperanzados discursos del Gallegos que
fuera candidato presidencial, así como la miscelánea geográ-
fica de Enrique Bernardo Núñez –en libros como Una ojeada
al mapa de Venezuela (1939) o Bajo el samán (1963)– el tono
de ese análisis se vuelve progresivamente admonitorio, desde
los tempranos Pizarrones de Uslar Pietri hasta el Mensaje sin
destino (1951) de Briceño Iragorry, pasando por la tristeza que
rezuman muchos textos de la Suma de Venezuela piconiana.
Acaso por perder la perspectiva del proceso de urbanización
que irreversiblemente ocurría en otros países de América Lati-
na, los cuales ni siquiera contaban con el petróleo como dina-
mizador; quizás también por entreverar el análisis económico,
social y cultural con el resentimiento político surgido después
de la ruptura democrática de 1945; esa crítica se tornó en
diatriba de la riqueza sin trabajo ganada con el oro negro, que
ya a mediados del siglo XX había producido desigualdades in-
justificables e irremediables entre las dos Venezuelas rural y
urbana.
Sin embargo, hay que reconocer que ese demonismo
del oro negro venía desde la novela petrolera, a través de un
sinnúmero de imágenes y alegorías; entre ellas, la investiga-
ción recoge sólo algunas de las que caracterizan las dolorosas
mutaciones de aldeas y pueblos de esa Venezuela rural que
llegaba a su fin, trastocada desde finales del gomecismo por
campamentos y ciudades subitáneos, a los que tuvieron que
acoplarse sus pobladores perplejos e incautos. Las sagas no-

13.  Oscar Rodríguez Ortiz, Paisaje del ensayo venezolano. Maracaibo: Uni-
versidad Cecilio Acosta, 1999, pp. 64-65.

216
velescas de Díaz Sánchez y Otero Silva, a las que la investiga-
ción se limita, permiten ilustrar esa abrupta urbanización de-
mográfica, espacial y cultural, de pueblos y villorrios, aldeas y
campamentos, con abundancia de detalles que creo deben ser
revisados por nuevos estudios sociológicos y urbanísticos en
Venezuela. En ese sentido, además del primer Ortiz de Casas
muertas –al que ya miramos con otros propósitos– creo que,
quizás por buscar polarizar y acentuar los extremos de esa
urbanización dislocante, las novelas petroleras de Díaz Sán-
chez idealizan aquel tiempo de Maricastaña que he tratado de
caracterizar para la provincia venezolana de entre siglos14. A
diferencia del más objetivo reporte de Otero Silva en Oficina
No. 1 (1961), la “aldea” zuliana en Mene (1936) o la “tierra”
margariteña invocada en Casandra (1957), llevan a don Ra-
món a evocar con resonancias míticas las supuestas bonda-
des de aquella era agraria en diversos paisajes venezolanos,
reforzando así el componente eglógico de la crítica ideológica a
la Venezuela petrolera a lo largo del siglo XX. En este sentido,
valga decir también que, a través de esas novelas, arrastran
su carga de nefasto pesimismo las que Picón Salas llamara
“Penélopes” de pueblos y ciudades provinciales, devenidas
símbolos de una femenina Venezuela agrícola abandonada por
los hombres que hubieron de partir en busca del oro negro.
Si se nos permite el salto a la poesía popular, la Casandra de
Díaz Sánchez, aunque habite en el campamento, nos hace re-
cordar a la loca Luz Caraballo de Andrés Eloy, en su incesante
deambular, “De Chachopo a Apartadero”, conservando sólo el
nombre del hombre “que quién sabe donde vive/ cinco años
que no te escribe, diez años que no lo ves”15.
Sin embargo, durante el ciclo democrático entre 1936 y
1945, las posibilidades de reforma urbana acercadas por la
apertura política y la bonanza petrolera también se hicieron
sentir en la ensayística de Adriani, Picón, Uslar, Gallegos, An-

14.  Ver el capítulo “El tiempo de Maricastaña” en A. Almandoz, La ciudad en


el imaginario venezolano, I, pp. 15-32.
15.  A.E. Blanco, “Palabreo de la loca Luz Caraballo”, en La juanbimbada,
en Antología popular (1990). Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana,
Comisión Presidencial para el Centenario del Natalicio de Andrés Eloy Blanco,
1997, p. 276.

217
drés Eloy, Díaz Sánchez y Augusto Mijares, colaboradores de
los regímenes de López y Medina, o partícipes del movimien-
to político de aquel tiempo promisorio, prendado de reformas
y proyectos. Como complemento de la renovada democracia,
esos pensadores, que fueron a la vez funcionarios guberna-
mentales o activistas de partido, ayudaron a configurar una
agenda del municipalismo en proceso de reivindicación, que
contribuyera a superar al preterido pero latente feudalismo
comarcal del gomecismo; creo que este clima intelectual ex-
plica en parte el emergente urbanismo de entonces, corrobo-
rando así la sincronía entre los discursos político y urbanís-
tico para este significativo período. Sin embargo, el ambicioso
programa de reformas orientado a educación y equipamiento
territorial, entre otros frentes vinculados a la urbanización,
pareció descuidar la renovación de valores que debía funda-
mentar la educación de la burguesía urbana. Desde el dis-
curso novelesco, muy cercano a la historia en este período, la
tercera parte de Los Riberas es rica en cuestiones y respuestas
sobre esta renovación ética de esa élite por formarse, así como
Fabbiani Ruiz en Mar de leva (1941) nos ofrece una vívida in-
terpretación de los dilemas socialistas para la urbanización de
la masa emergente. Acudiendo nuevamente al ensayo, la au-
sencia del plan de alta cultura señalada por Picón Salas cobra
acaso máximo valor para entender por qué el ambicioso y tec-
nocrático programa de urbanización de esos gobiernos pareció
resquebrajarse desde el punto de vista cultural. La carencia de
ese plan, aunada al quiebre político de 1945, pareció apurar
el demonismo en torno al oro negro y el cambio de actitud de
varios de esos intelectuales frente a las posibilidades urbanas
de la riqueza petrolera.

6. Aunque con menos evidencia que el tema de los efectos­


de la revolución petrolera, creo que el reporte de la america-
nización de la Venezuela urbana, después del prolongado cre-
púsculo de la Belle Époque europea y de la Bella Época lati-
noamericana, puede ser visto también como motivo recurrente
en esa ensayística venezolana de entreguerras, que la investi-
gación ha tratado de poner en relieve. Confirmando el dilema
secular de la modernidad periférica de América Latina para

218
el caso venezolano, en “Antítesis y tesis de nuestra historia”
(1939), Picón Salas señaló que la “vida moderna” de la Ve-
nezuela petrolera se medía en buena parte por “la creciente
influencia de Europa y Estados Unidos”16. Sin embargo, en la
primera parte de su “Caracas en cuatro tiempos”, ya reconoció
don Mariano el agotamiento en la capital petrolera de la euro-
peizada cultura que nos había legado el guzmanato: “Nuestros
nuevos modelos de vivir ya no se buscan en Roma y en París,
sino en Houston, Texas”17. Como respuestas a ese desplaza-
miento en nuestro eje de modernidad -el cual he tratado de
describir desde el punto de vista urbanístico y de cultura urba-
na en otros textos- don Mariano nos aclaró en varias “medita-
ciones” de sus Preguntas a Europa (1937) las razones políticas
e intelectuales de ese crepúsculo del Viejo Mundo, así como
sus implicaciones para el nuevo tiempo latinoamericano. Por
su parte, en El otoño en Europa (1954), a través de múltiples
ciudades legendarias y pintorescas, pero atrasadas por la gue-
rra, Uslar nos traza el itinerario para un sereno entendimiento
de aquel desplazamiento metropolitano, incluso a pesar de su
pretérito culto por la Ciudad Luz. Creo que la visión del autor
sobre la cansada intelectualidad del París sobreviviente a las
vanguardias modernistas se entiende y complementa al con-
traponerla al crítico pero vibrante fresco de la nueva capital
del mundo, que en La ciudad de nadie (1950) don Arturo nos
ofreciera después de su exilio en Nueva York.
Intelectual poco estudiado y revelador, que tuvo opor-
tunidad de vivir largas temporadas en Europa y los Estados
Unidos, Juan Oropesa puede ser visto como otro exponente de
las “solicitaciones” de ambos mundos, donde la objetiva apre-
ciación de la emergencia americana pasa por la desmitifica-
ción de la Bella Época. En este sentido, valga decir que tanto
en Uslar como en Picón resuenan ecos novecentistas sobre la
mecanización de la vida urbana en Norteamérica, por contra-
posición a un supuesto balance de la ciudad europea, aunque

16.  Mariano Picón Salas, “Antítesis y tesis de nuestra historia” (1939), en


Suma de Venezuela. Biblioteca Mariano Picón Salas. Caracas: Monte Ávila,
1988, t.II, p. 100.
17.  M. Picón Salas, “Caracas en cuatro tiempos”, en Suma de Venezuela, p.
233.

219
la sociología urbana, especialmente desde el análisis llevado a
cabo por la Escuela de Chicago en los años 1920, hubiera ya
desmontado esa interpretación.
Desplazado el bastidor de la Bella Época del escenario
de sus reflexiones, las visiones de otros intelectuales venezo-
lanos sobre la modernidad norteamericana son también for-
mas de entendimiento y asimilación de la creciente influencia
gringa en el mundo de la postguerra. Si caben las generali-
zaciones en este sentido, puede decirse que Alberto Adriani y
Enrique Bernardo Núñez –en Viaje por el país de las máquinas
(1954)– mostraron posiciones menos prejuiciadas y más abier-
tas, frente al formidable ejemplo del capitalismo yanqui. Ello
si lo comparamos con la más difícil asimilación que tuvieron
que transitar otros intelectuales como Gallegos, Díaz Sánchez
y Briceño Iragorry, más influidos por el arielismo latino que
venía de comienzos del siglo XX. Los símbolos urbanos y téc-
nicos de la civilización americana en expansión, sobre todo
el rascacielos, tuvieron valor significativo en la interpretación
que esos autores nos ofrecieran sobre el poderío y la suprema-
cía del gran vencedor de la Segunda Guerra. Por ello, aunque
acaso no la conocieran o tampoco se ocuparan particularmen-
te de la nueva capital del mundo, todos esos autores tuvieron,
en cierta forma, su regreso de Nueva York.

7. El regreso de Nueva York es, también en cierta forma,


la nueva mirada de la intelectualidad venezolana a un país
con una declarada modernidad americana, pero a la vez con
atrasos ancestrales, incomprensibles e inexcusables para una
opulenta economía petrolera. Uslar Pietri, Picón Salas y Bri-
ceño Iragorry, Gallegos y Núñez, entre otros, habían adverti-
do desde el primer ciclo democrático, sobre los desequilibrios
económicos y territoriales que algunos de ellos habría de se-
guir criticando desde el exterior. Díaz Sánchez había coloreado
en su Transición (1937), la nueva geografía de potencialidades
regionales que él visualizaba para la Venezuela petrolera. Sin
embargo, pareciera que para los años cincuenta, aquellas ad-
vertencias y profecías tempranas, así como aquellos escenarios
geográficos, se tornaron admoniciones sobre el contrastante e
irreversible drama de dos Venezuelas que resultaban ya frac-

220
turadas e irreconciliables. Sin pretender agotar el catálogo de
fuentes, he tratado de estructurar la crítica de esos autores a
través de la ensayística de libros como De una a otra Venezue-
la (1949) o los discursos galleguianos, apoyándome al mismo
tiempo en novelas como Los Riberas o Los tratos de la noche
(1955), en las que creo palpitan estos temas; para completar
con los raros libros de viaje y geografía de Enrique Bernardo
Núñez, llenos de innumerables postales que esperan todavía
por una revisión­ más detallada. Como capítulos de una leta-
nía temática que he tratado­de articular, en todas esas fuentes
encontramos el abandono de la Venezuela rural y provinciana,
de la que algunos de esos autores provenían; de espaldas a
ese país había surgido otro de extranjerizadas urbes consumis-
tas, donde se borraban las antiguallas del acervo patrimonial,
insignificantes para las oleadas de inmigrantes extranjeros y
campesinos; los más de estos últimos engrosaban una masa
sin posibilidades de inserción productiva, despojada de sus
tradicionales valores de trabajo; masa que se establecería en
los estigmatizados “barrios”­ de esas metrópolis de espejismos,
desde sus centros venidos a menos hasta las periferias margi-
nales e incontroladas.
A través de esa crítica incesante de las disparidades terri-
toriales producidas por la revolución petrolera, los intelectuales
venezolanos parecieron proyectar, principalmente en sus ensa-
yos posteriores al quiebre democrático de 1945, las imágenes
demoníacas del oro negro que la novela petrolera había ya prefi-
gurado. Sin negar el drama urbano que evidenciaba el fractura-
do país del Nuevo Ideal Nacional, creo que el factor político está
entreverado en los análisis históricos, económicos y culturales
que ciertamente se lograron en libros como De una a otra Ve-
nezuela o Mensaje sin destino, por ejemplo. Sin embargo, repi-
to, pareció esa crítica carecer de la perspectiva necesaria para
comparar esos desajustes con los que ocurrían en otros países
latinoamericanos y del hoy llamado Tercer Mundo, donde los
efectos de las “revoluciones urbanas” de mediados del siglo XX
se agravaron incluso más, a causa de la falta de dinamismo
económico inducido por el petróleo en el caso venezolano18.

18. �������������������������������������������������������
En este sentido, ver por ejemplo David Drakakis-Smith, The Third World
City (1987). Londres: Routledge, 1990.

221
8. A partir de la emblemática caricatura del Juan Bimba
de ascendencia rural, legado por la poesía de Andrés Eloy, que
rápidamente adquirió un rostro urbano en el ensayo histórico
de Díaz Sánchez y Picón Salas, creo que la masa de las ciuda-
des venezolanas se engrosó con inmigrantes campesinos y ex-
tranjeros que fueron desdibujando aquella caricatura inicial.
Si bien hubiera podido tomar el sustrato de un sujeto urbano
venido a menos, creo que el ángulo provinciano de la masa
capta la rama genealógica que la narrativa venezolana repor-
tara en algunas obras de Pocaterra, Díaz Sánchez, Otero Silva
y de la novelística del petróleo en general; reporte que adquirió
un registro más urbano en la genealogía que arrancara con el
Meneses posterior a Campeones. Suerte de pequeño laborato-
rio social que reproduce los vericuetos de una Caracas metro-
politana en ciernes, El falso cuaderno de Narciso Espejo (1952)
da pistas de la hibridación y la amalgama, de la mutación y la
alteridad de Juan Bimbas como Juan Ruiz y Pedro Pérez, en
medio de una ciudad que segregaba y diversificaba sus barrios
y distritos. No es casual entonces el encuentro de esos paletos,
tanto en las pensiones y casas de vecindad del centro caraque-
ño venido a menos, como en los hoteles de los relatos de Julio
Garmendia, ambientes ambos que acentúan el talante tran-
sitorio y desarraigado de esa masa escotera en fragua. Como
muestrario de pequeños y anónimos seres de la contrastante
Caracas en expansión, de esos hospedajes y casuchas parro-
quiales salen a protagonizar sus ceremonias nocturnas o sus
recorridos marginales, con cierto sentido de aventura y nove-
dad todavía, a lo largo de avenidas tumultuosas iluminadas
por el firmamento de neón.
El sentido aventurero que dentro de esa ciudad expan-
siva parecían conservar los personajes populares de Mene-
ses, o Los alegres desahuciados (1948) de Mariño Palacio, se
pierde en la mutación urbana que Garmendia introduce en
sus pequeños seres. Desdoblados en medio de una compleja
y diversificada metrópoli en la que se polarizan los dominios
público y privado, como bien lo advirtiera la sociología urbana
desde comienzos del siglo XX; ensimismados y reducidos por
las relaciones despersonalizadas y las rutinas alienantes, los
pequeños seres y los habitantes garmendianos parecen ha-

222
ber perdido todo rasgo pintoresco del Juan Bimba rural que
los engendrara. Esa ascendencia colorida de la provincia sólo
aparecerá como una forma de memoria desvaída y fragmenta-
ria, en medio de un presente urbano que se impone complejo y
absorbente, como la estructura misma de la metrópoli.
Por lo demás, creo que la temprana obra garmendiana
nos ayuda a concluir el itinerario que uno puede iniciar, de la
mano de Juan Bimba, en los hospedajes del centro de la Cara-
cas postgomecista, para dejarnos frente al panorama de con-
trastes sociales, segregación espacial y nuevas rutinas de las
estalladas urbes venezolanas de finales de los años cincuenta.
De la mano de otros personajes del segundo Garmendia debe-
ríamos seguir avanzando por las urbanizaciones y barriadas
de las metrópolis segregadas y duales, violentas y subdesarro-
lladas, que serían el escenario más característico de una nue-
va era del imaginario urbano venezolano, posterior a 1958.

223
Caracas, vida, pasión, muerte...
¿y resurrección?
Marco Negrón
(2004)

Caracas, ciudad nueva

Cuando en 1881 se realiza el primer censo oficial de Ve-


nezuela, la población de Caracas, su capital y ciudad princi-
pal, era de apenas 55.638 habitantes, prácticamente la mis-
ma que 69 años antes, en 1812, había calculado Alejandro de
Humboldt; esa población casi se duplicará en los siguientes
40 años, llegando a los 92.212 habitantes en 1920.
El final del siglo XIX, especialmente bajo las adminis-
traciones de Guzmán Blanco, registra importantes cambios
para Caracas: mejoran considerablemente las comunicacio-
nes regionales y se desarrollan algunas importantes infraes-
tructuras, pero los cambios en la morfología urbana son más
superficiales, centrados esencialmente en la remodelación de
antiguas edificaciones para destinarlas a nuevos usos (casos
del Panteón Nacional y la Universidad Central) o demolición de
otras para construir en su lugar las que alojarán algunas de
las actividades más emblemáticas del régimen (casos del Pala-
cio Federal Legislativo y el Teatro Guzmán Blanco).
Será solamente a partir de la década de 1920 cuando,
bajo el estímulo de la actividad petrolera, la economía venezo-
lana comenzará a dejar atrás el modelo agroexportador para
transformarse en una de base esencialmente urbana: aunque
en 1926 todavía el 85% de los venezolanos vivía en poblados

225
menores de 2.500 habitantes, Caracas ya se acercaba a los
150.000, lo que, en relación con el censo anterior, de 1920 re-
presentó un crecimiento absolutamente excepcional del 8,1%,
sin precedente alguno en nuestra historia.
La década de 1930 marcará una clara transición en la
evolución urbana de Venezuela y también, naturalmente, de
Caracas. Sin embargo, siguiendo la caracterización que Ar-
mando Córdova hizo de la economía de aquel período (Cór-
dova, 1979), también en el caso de Caracas podemos decir
que nos encontramos frente a un proceso de “crecimiento sin
acumulación”, que para el caso se traduce en un crecimiento
exponencial de la población sobre una ciudad que práctica-
mente no se modifica: apenas se registran ligeras variaciones
en su perímetro y en su parque inmobiliario. La incorporación
de la nueva población se resuelve a través de la subdivisión
de las viejas estructuras habitacionales, con los consiguien-
tes efectos de hacinamiento y el incipiente crecimiento, en los
márgenes de las quebradas y la periferia de la ciudad, de vi-
viendas improvisadas, todo lo cual conduce a un acentuado
deterioro de la calidad de la vida y un radical incremento de la
densidad, como se puede observar en el cuadro que se inserta
a continuación:

Caracas en la transición
Variaciones en superficie y población entre 1897 y 1936

Años Sup. urbana Habitantes Densidad


(hectáreas)* (hab./hectárea)

1897 430 76.140** 117


1936 534 235.160 440

(*)
Para 1897, “Plano de la ciudad y situación de las parroquias foráneas 1897”,
Ing. Ricardo Razzeti, en De-Sola Ricardo (1967), Plano N° 40; para 1936, Are-
llano Moreno (1972), p. 154.
(**)
Cálculos propios con base en los censos de 1891 y 1920.

Como resulta del cuadro, frente a un incremento de la


superficie urbana en 24% entre esos dos años, el incremen-
to poblacional fue del 209%; además, muchas de las viejas

226
mansiones coloniales del centro, habiéndose transferido sus
propietarios desde principios de siglo a la entonces suburbana
urbanización El Paraíso o, más tarde, a los recientes desarro-
llos del este, fueron transformadas en fondos de comercio con
los consiguientes efectos negativos sobre el ambiente urbano.

Figura 1: Caracas 1884/Caracas 1933

La época de los grandes proyectos


y las grandes intervenciones

El deterioro que venía registrando la ciudad condujo a


que, sobre todo a partir de la muerte del dictador Juan Vi-
cente Gómez en diciembre de 1935, sobre ella empezaran a
ensayarse propuestas de modernización. Un paso trascenden-
tal en esa dirección lo constituyó la creación de la Dirección
de Urbanismo del Distrito Federal1 en 1938 y la simultánea
contratación de los urbanistas-consejeros Prost, Lambert, We-
genstein y Rotival, con el fin de adelantar “el estudio, confec-
ción y ejecución del amplio plan de Urbanismo para la Ciudad
de Caracas” (Gobierno del Distrito Federal, 1939). En 1939
presentan el llamado “Plan Monumental de Caracas”, acogi-
do por el Concejo Municipal en 1942 como “Plan Rector”. Los
cambios cuantitativos y cualitativos que va a registrar Caracas
a partir de entonces permitirán hablar de ella como una ciu-

1.  La responsabilidad de dirigirla recae en el Ing. Guillermo Pardo Soublette


y es asesorada por una Comisión Técnica de Urbanismo integrada por el Ing.
Edgar Pardo Stolk y los arquitectos Carlos Raúl Villanueva, Carlos Guinand,
Enrique García Maldonado y Gustavo Wallis.

227
dad nueva, con muy escasos nexos con la que hasta entonces
se había conocido.
El plan de 1939 parte de una visión de la ciudad, enton-
ces poco más que una aldea, como una de las futuras capitales
políticas del continente, aprovechando su muy favorable posi-
ción geográfica. Para ello se plantea crear un elemento urbano
de gran fuerza que permita revitalizar el agobiado centro de la
ciudad, lo que se concreta en la proposición de un eje vial de
carácter monumental que, partiendo del parque de Los Cao-
bos, remataría en el nuevo Centro Cívico de la ciudad, cuyo
edificio central sería el Capitolio, localizado por el plan al pie
de la colina de El Calvario, prominente hito de la topología de
la vieja ciudad.

Figura 2: Plan Monumental de Caracas 1939

En 1942, aprovechando una atractiva oferta de financia­


miento externo, las autoridades nacionales y de la ciudad deci­
den­ sustituir el Centro Cívico por un conjunto residencial de
clase media sin abandonar del todo las ideas centrales del plan.
El proyecto es sometido a concurso, resultando ganador Carlos
Raúl Villanueva, quien materializará el primer gran elemento
urbano moderno de la ciudad: la urbanización El Silencio (747
apartamentos y 207 locales comerciales), por su escala y la
calidad de la solución, la intervención más importante que Ca-
racas había conocido desde su fundación.
Terminada la Segunda Guerra Mundial, se crea en 1946
la Comisión Nacional de Urbanismo, que comenzará a traba-
jar en los planes urbanos de Caracas y las demás ciudades

228
principales del país, para la cual vuelve como asesor Maurice
Rotival. Empieza entonces a esbozarse ese segundo gran ele-
mento urbano que, proyectado por Cipriano Domínguez, será
el Centro Simón Bolívar, inaugurado en 1951. Paralelamente,
Villanueva venía trabajando en la Ciudad Universitaria, cuyo
núcleo central, con la Plaza Cubierta y el Aula Magna, se inau-
gura en 1952. Luis Malaussena, por su parte, trabajaba en el
llamado Sistema de la Nacionalidad, con la Escuela Militar y el
Círculo de las Fuerzas Armadas. En 1951 se culminará el Plan
Regulador de Caracas y el Plan Director del Casco Central.
En el Banco Obrero se crea, bajo la dirección de Villanue-
va y con la consigna de eliminar las viviendas improvisadas e
insalubres, el TABO (Taller del Banco Obrero) que desarrolla la
tipología de los llamados superbloques, unidades de vivienda
en gran altura aunque casi siempre acompañadas de edificios
más bajos. Entre 1954 y 1958 ese programa logra construir 97
edificios con 17.399 apartamentos para pobladores de bajos
ingresos en el Área Metropolitana de Caracas, introduciendo
además un cambio notable en la imagen de la ciudad.
Si la iniciativa en el proceso correspondía claramente al
sector público, también el sector privado registra desde muy
temprano una notable dinámica, en gran medida en el campo
de las urbanizaciones residenciales y la vivienda, pero tam-
bién en el de los edificios comerciales y de oficinas. De una lar-
ga lista sólo mencionaremos, por su audacia y el impacto que
tuvieron en su momento, el inconcluso Helicoide de la Roca
Tarpeya (1956), proyecto de Jorge Romero Gutiérrez, Pedro
Neuberger y Dirk Bornhorst con la colaboración de Roberto
Burle-Marx para el paisajismo y Buckminster Fuller, autor del
domo geodésico que corona la edificación, y el conjunto de la
Torre Polar y el Teatro del Este (1954), de Vegas y Galia, que
marcó la expansión de la ciudad hacia el este y atrajo el inte-
rés de la crítica internacional más prestigiosa (Sato, 2002, pp.
60 y 61).
La dinámica de la ciudad convocó también a muchos
de los proyectistas de mayor prestigio mundial de entonces:
aparte de los mencionados Rotival, Fuller y Burle-Marx, que
diseñó numerosos jardines privados y públicos entre los que
so­bresale el Parque del Este, hicieron proposiciones diversas

229
Figura 4: El sueño de la moderni-
dad: Centro Simón Bolívar, Cipria-
no Domínguez (1952)
Figura 3: El sueño de la modernidad:
El Silencio, Carlos Raúl Villanueva
(1941-1943)

Figura 6: El sueño de la moderni-


dad: Las grandes realizaciones en
Figura 5: El sueño de la modernidad: el centro (1968)
Propuestas para la Avenida Bolívar
(Rotival, Neutra, Ron Pedrique)

Figura 7: El sueño de
la modernidad: Ciudad
Universitaria de Caracas,
Carlos Raúl Villanueva
(1944-1967)

230
para Caracas Marcel Breuer, Oscar Niemeyer, Rino Levi, Ar-
thur Frohelich, Richard Neutra y Gio Ponti, aun si sólo los tres
últimos lograron materializar algunas de sus propuestas.
Aunque en esos años se construyó un patrimonio urba-
nístico y arquitectónico invalorable, no es posible ignorar el
que fue destruido o descontextualizado por unas intervencio-
nes viales sobre el casco histórico, dogmáticamente guiadas
por la racionalidad ingenieril; un inventario parcial de ese pa-
trimonio perdido quedó registrado en el libro de Carlos Raúl
Villanueva, Caracas en tres tiempos (Villanueva, 1966). Y si es
cierto que en materia de transporte se realizaron numerosas
y muchas veces espectaculares intervenciones, especialmente
en lo relativo a las estructuras y los grandes nodos de distri-
bución de las autopistas, el tema del transporte colectivo fue
lamentablemente relegado, mientras que el exagerado favore-
cimiento del transporte privado no sólo condujo al menciona-
do daño sobre el patrimonio antiguo, sino que incluso colocó
pesadas hipotecas sobre los desarrollos futuros.
Esa dinámica de la ciudad no era gratuita: como obser-
vaba el economista Celso Furtado en relación con los años que
analizamos: “Venezuela es la economía subdesarrollada de
más alto nivel de producto per cápita que exista actualmente
en el mundo. Su producto bruto territorial por habitante se
aproximó, en 1956, a 800 dólares, es decir, un nivel similar al
promedio de los países industrializados de Europa Occiden-
tal”. Luego de analizar otros aspectos de la dinámica econó-
mica venezolana entre 1945 y 1956, concluía: “Si se mantiene
ese ritmo­ de crecimiento, al final del próximo decenio Vene-
zuela(...) disfrutará de uno de los ingresos por habitante más
elevados del mundo, y será el primer país de clima tropical a
incluirse entre las naciones de más elevado nivel de ingreso”.
Y en rela­ción­ con la urbanización, el tema que nos ocupa de
manera específica, señalaba: “La etapa actual de la economía
venezolana constituye una transición de un sistema agrícola
de baja productividad –que todavía ocupa directamente el 40%
de la población activa del país– hacia una economía principal-
mente urbana y de alta densidad de capital en sus procesos
productivos” (Furtado, 1957). Sin embargo, el mismo autor
alertaba en cuanto a los riesgos que se le planteaban a Vene-

231
Figura 9: El
destripamiento
del centro: Av.
Figura 8: El aporte privado: Torre Fuerzas Arma-
Polar y Teatro del Este, Vegas & das/Av. Urda-
Galia (1954) neta

zuela hacia el futuro: “Las etapas de rápido crecimiento con


base en estímulos externos, cuando no aparejan modificacio-
nes estructurales del sistema económico, tienden necesaria-
mente a un punto de estancamiento” (ibídem).
Es importante destacar que, con una sustancial conti-
nuidad en los planes urbanos y los grandes proyectos, esta
sostenida dinámica de la ciudad se desplegó a través de una
significativa variedad de gobiernos de signos muy diferentes,
desde el de Eleazar López Contreras, responsable de la res-
tauración democrática a la muerte del dictador Gómez, hasta
la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, derrocada en enero de
1958, pasando por el de Rómulo Gallegos, el primer presiden-
te venezolano electo por voto universal, directo y secreto.

La metropolización vergonzante

El año de 1957, víspera de la restauración de la democracia,­


el Área Metropolitana de Caracas superó la emblemática cifra
del millón de habitantes que el Plan de 1939 había estimado
como hipótesis máxima para el año 2000. Evidentemente, ya la
ciudad podía ufanarse legítimamente de su condición metropo-
litana, tanto por su tamaño como por la calidad y modernidad
de la arquitectura y el urbanismo, aunque en este aspecto con
muchos bemoles, que estaba produciendo.
Sin embargo, de manera sorprendente y difícil de expli-

232
car, la restauración democrática va a suponer un violento fre-
nazo en esa rápida carrera hacia la modernidad. Una frase de
José Antonio Ron Pedrique, director técnico del Centro Simón
Bolívar, responsable de una nueva y ambiciosa propuesta de
Centro Cívico sobre la Avenida Bolívar entre 1960 y 1961, re-
sume emblemáticamente la nueva posición del gobierno nacio-
nal hacia la ciudad: “Surgió un rechazo en Miraflores”, sede de
la Presidencia de la República, “que destruyó todo en un mi-
nuto: ‘No se debía invertir en Caracas’. Ese argumento político
pospuso todo y yo me retiré” (Hernández de Lasala, 1991:169).
Desde entonces permanece en la incertidumbre el destino de
las casi ocho hectáreas del llamado trébol de La Hoyada, uno
de los espacios más importantes de la ciudad.
Durante esos años se irá consolidando en toda América
Latina una suerte de mitología que atribuía los problemas del
atraso y el subdesarrollo de nuestros países a un supuesto
tamaño excesivo de sus ciudades, especialmente las capita-
les: fue el llamado enfoque centro-periferia o del colonialismo
interno, según el cual el crecimiento del “centro” (la ciudad o
ciudades principales) se fundamentaba en la explotación de la
“periferia” (el campo y las ciudades menores)2. Entre nosotros
su primera y embrionaria expresión se encuentra tal vez en la
exposición de motivos de la Ley de Reforma Agraria de 1960,
que destaca entre sus razones justificativas la necesidad de
frenar las migraciones hacia las grandes ciudades. A comien-
zos de la década de 1970, esas ideas reciben una suerte de
bautizo académico con la ponencia “Desarrollo urbano y de-
sarrollo regional”, presentada con singular éxito por el CEN-
DES al Congreso Nacional de Arquitectos en 1971, donde se
sostenía además que la causa última de semejante situación
residía en las relaciones de dependencia que en cada período
histórico se habían establecido con las economías centrales
del mundo, destacándose la congruencia entre el modelo de
desarrollo resultante de esas relaciones y la configuración del
territorio. Se concluía en que la transformación de esta última

2.  Un ensayo de refutación de ese enfoque en el caso venezolano se encuen-


tra en Negrón, 1998.

233
era inseparable de la superación o, en todo caso, atenuación
de tales relaciones (CENDES, 1971).
Como se dijo, se trata de un enfoque que tuvo mucha
difusión a lo largo de América Latina durante aquellos años,
pero la peculiaridad en el caso venezolano es la fuerza con que
ella fue incorporada como política de Estado, especialmente
a partir del V Plan de la Nación 1976-1980 que formuló una
propuesta de superación de los desequilibrios regionales a
partir de una estrategia de desconcentración dirigida a frenar
las inversiones hacia el llamado eje de concentración Caracas-
Maracay-Valencia (CORDIPLAN, 1974). Al mismo tiempo, de
manera difícilmente explicable, empezaron a manejarse cifras
poblacionales francamente fantásticas incluso por parte de al-
tos personeros de la administración pública. Adoptando como
punto de partida el enfoque centro-periferia3, en su estudio
Caracas 2000, donde esbozaba la imagen deseada de la ciu-
dad para fin de siglo, una institución del prestigio y la solven-
cia profesional de la Oficina Metropolitana de Planeamiento
Urbano (OMPU) construyó una hipótesis poblacional al año
2000 de 5.190.000 habitantes para lo que llamaba el Área Me-
tropolitana Interna (OMPU, 1979:33), que terminó por exceder
en 81% la cifra de 2.867.947 que registró el Censo de 2001.
Ese documento llega incluso a hacer referencia al “crecimiento
hipertrofiado” de Caracas4 y recomienda iniciar, entre las ac-
ciones de corto plazo que propone, los estudios de factibilidad­
para evaluar la reubicación de la capital; como es lógico, de-
fine una estrategia de mediano y corto plazo que unos años
después, en 1983, serán mejor desarrolladas en el Plan Rector
del Área Metropolitana de Caracas y Litoral Vargas.
Lo más notable de ese debate sin embargo es que, mien-
tras él se desarrollaba, el crecimiento demográfico de Caracas
caía dramáticamente, al punto que justamente en la década
de 1971-1981 su tasa anual fue de 2,80%, inferior a la na-
cional en 0,94% y 2,23% por debajo de la que la misma ciu-
dad había registrado en la década anterior (Negrón, 2001:95),

3.  De manera explícita en la Estrategia para Caracas 1974-1979 (OMPU,


1974), más vagamente en el estudio que se comenta a continuación.
4.  Este supuesto ha sido refutado, con abundancia de evidencia empírica, en
Negrón 2001.

234
manteniéndose desde entonces de manera sostenida has-
ta el 0,31% registrado entre 1990 y 2001. Esto desmonta de
manera­ostensible los señalamientos de algunos de los defen-
sores tardíos­del enfoque del colonialismo interno en cuanto a
que la reducción del crecimiento demográfico de Caracas ha
sido el resultado de las políticas de desconcentración defini-
das por el V Plan de la Nación: la realidad evidente es que ella
fue consecuencia de una dinámica no solamente no dirigida,
ni siquiera percibida por los responsables de las políticas terri-
toriales y urbanísticas. Además las recomendaciones conteni-
das en Caracas 2000 y en el Plan Rector fueron ignoradas casi
en su totalidad, particularmente en aspectos como transporte
y vialidad, incorporación de áreas para la expansión urbana,
desarrollo de nuevas ciudades y la reforma de la estructura de
gobierno de la capital5: lo que ocurrió fue el abandono en la
práctica –ratificado en 1989 con la eliminación de la OMPU sin
crear ningún organismo alternativo– de cualquier lineamiento
de política urbana, con el resultado de que progresivamente
se redujeran las inversiones hacia las ciudades principales,
especialmente en lo atinente a los desarrollos urbanísticos y la
vivienda para los estratos de menores ingresos y que, en todo
caso, ellos ocurrieran aleatoriamente, al margen de cualquier
proyecto de ciudad.
Debe registrarse sin embargo la crucial importancia de
una decisión como fue la relativa a la construcción del Me-
tro, el sistema subterráneo de transporte masivo cuyo primer
tramo­fue inaugurado en 1983. Esta obra, decisiva para Cara-
cas, ha seguido adelante pese a los muchos tropiezos; en cam-
bio, la prometida reestructuración del transporte de superficie
no ha avanzado un solo milímetro.
Otro logro importante se registró, como ya se señaló, el
año 2000, con la promulgación de la Ley Especial sobre el Ré-
gimen del Distrito Metropolitano de Caracas, que crea una au-
toridad responsable de coordinar las actuaciones de los cinco
municipios autónomos que actualmente integran ese ámbito.

5.  En 1979 se proponía la creación de “un sistema de gobierno local de dos


niveles”, lo que apenas vino a ocurrir y con enormes fallas en 2000, con la
promulgación de la Ley Especial sobre el Régimen del Distrito Metropolitano
de Caracas.

235
Lamentablemente los defectos de esa ley, sumados a la irra-
cional radicalización de la confrontación política, la han hecho
prácticamente inoperante.
Un dramático registro de la involución que ha sufrido Ca-
racas puede encontrarse en las encuestas anuales que sobre
las ciudades de nuestro continente realiza la revista América
Economía desde 2001, período en el cual nuestra capital no ha
hecho otra cosa que perder posiciones hasta llegar en 2004 al
lugar 35 entre 40 ciudades estudiadas, por detrás de capitales
de países mucho más pobres y capitales de provincia de otros.
Esas encuestas, sin embargo, revelan algunos aspectos que,
además del decrecimiento crónico que desde 1978 registra la
economía venezolana, ayudan a entender lo que está pasando
con una ciudad que, pese a todo, tiene considerables venta-
jas geográficas y de localización: en la encuesta de 2003 ella
aparece como una de las ciudades del continente con menos
capacidad para atraer empresas basadas en el conocimiento
científico, industrial o tecnológico, que son hoy por hoy las
que lideran los procesos de desarrollo y transformación. A
ello se suma la inseguridad, una de las variables más efica-
ces para espantar las inversiones, sobre todo extranjeras: en
2003, Caracas ocupaba una nada envidiable cuarta posición
en cuanto a tasa de homicidios, con 89,9 por cada 100 mil ha-
bitantes, pero en 2004 esa tasa se elevó a 133, para colocarla
en el primer lugar. Igualmente, la ausencia de proyectos urba-
nos significativos, si se exceptúan las obras para continuar el
Metro y, por el contrario, el sistemático deterioro de espacios
emblemáticos de la ciudad, como el casco histórico y Saba-
na Grande, constituyen elementos adicionales que reducen la
competitividad de Caracas.

Un futuro es posible

La situación descrita, sin embargo, está lejos de ser irre-


versible. Además de las ventajas de carácter geográfico que se
han señalado anteriormente, Caracas cuenta con otras poten-
cialidades que nos limitaremos a enunciar sumariamente: un
aeropuerto internacional con ubicación muy ventajosa y en

236
fase de modernización y repotenciación, un sistema de trans-
porte público subterráneo cómodo, eficiente y que cubre ya las
áreas más significativas de la ciudad; una red de telecomuni-
caciones que aún debe ser potenciada pero que se cuenta entre
las mejores del continente; una importante masa de recursos
humanos de alta calificación y un conjunto de universidades y
centros de investigación que sin excesivas dificultades podrían
superar su atraso actual y colocarse entre los primeros de la
región. El gran déficit, sin embargo, más que con determina-
das insuficiencias concretas, está relacionado con la pérdida
de visión de ciudad. Para recuperarla hay una ocasión muy
fuerte que, a nuestro juicio, está en grado de generar una au-
téntica reacción en cadena: se trata del proyecto de la Zona
Rental de la Universidad Central de Venezuela.
Ubicado en el centro neurálgico de la ciudad, con la prin-
cipal estación de transferencia del Metro dentro de sus límites,
ese desarrollo multiusos de más de 10 hectáreas de superficie
y 600 mil metros cuadrados de construcción está en grado
de suministrar algunos de los servicios metropolitanos cru-
ciales de los cuales carece el área metropolitana, tales como
una estación central de transporte y un centro de eventos,
exposiciones y convenciones. Mientras dirigimos ese proyecto
entre 1997 y 2003 se formularon los estudios de factibilidad
técnica y económica de esos y otros desarrollos a partir de un
esquema de alianzas estratégicas entre el sector público y el
privado. Su fuerza como centro de la metrópoli del siglo XXI y
su capacidad de generación de empleos directos e indirectos lo
convierten en el gran detonante potencial de un nuevo flore-
cimiento de Caracas que, en un cuadro completamente nuevo
de madurez democrática, vuelvan a hacer de ella una de las
referencias ineludibles del desarrollo continental.

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misión de Asuntos Culturales del Cuatricentenario de Caracas,
Caracas.
Saqueos, ranchos, casetas, peajes, plazas
“liberadas”, esquinas “calientes”, planes
de contingencia, zonas de seguridad…
¿Todos contra lo público?
Pedro José García Sánchez
(2003)

I. “... Claro está, es por necesidad”

Estamos en un contexto dominado por la afirmación de


diferencias y los problemas de convivencia social que así sur-
gen: consolidación de la polarización sociopolítica, transfor-
mación gatopardiana de las desigualdades socioeconómicas,
debilitamiento de instancias de mediación (cívicas, judiciales,
comunicativas). En consecuencia, disminución de mecanis-
mos de diálogo y debate, radicalización de la territorialización
socio-espacial... A quince años de aquel Caracazo con el que
mi “generación boba” comenzó a jugarse sus galones en la
cantera de las confrontaciones, quisiera aprovechar esta opor-
tunidad para abordar el análisis de lo que pareciera un “lugar
común” de este proceso: la apropiación-expoliación de lo pú-
blico en función de “la necesidad”.
¿Qué significa y representa este “lugar común”? Comu-
nidad de medios, sin duda, antes que de intereses, la “apro-
piación de lo público porque es necesario” aparece como un
factor fundamental para comprender las coordenadas morales
y políticas de los desafíos que afronta la convivencia urbana
en Caracas. Es fundamental, entre otras cosas, por su poder
de encantamiento, suerte de “ábrete, sésamo” de las políticas
públicas que invita a preguntarse: ¿Cómo una significación
sin identidad de apropiación (“lo público”) puede ser opuesta a

239
otra (“la necesidad”) identificada más bien por su sobrecarga?
La necesidad invocada como justificación pública de la acción
se ofrece como valor de cambio cuya plusvalía política puede
ser considerable en una dinámica populista. Sin embargo, lo
que me interesa de momento es interrogar cómo este recurso
a la necesidad se instala como valor de uso urbano, con sus
anclajes socioespaciales, sus procedimientos sociopolíticos, su
inflación y deflación simbólica.
De allí, una primera “comunidad” paradójica que reúne
a los saqueadores de El Caracazo y a los “rancheros” de los
barrios con los vecinos de las urbanizaciones del Este, sus
alcabalas, su vigilancia privada y sus planes de contingencia.
En esta comunidad virtual se encuentran también los militan-
tes políticos que “liberan” plazas o “calientan” esquinas, con
los militares que, en calles centrales, decretan “zonas de se-
guridad” válidas para unos y no para otros. Se trata de una
comunidad pragmática, pues la experiencia de apropiación de
lo público (que termina así en general siendo expoliado) deter-
mina la pertenencia a ella: el abogado presidente de la asocia-
ción de vecinos de la urbanización del Este, quien va a ver a
las autoridades “con los hechos por delante” y el “empresario”
de ranchos del Oeste que “hace solo lo que todo el mundo
hace” terminan por igual cogiéndose la acera y parte de la vía,
enchufándose al poste para obtener los servicios, buscando el
modo de controlar a los desconocidos que se aproximan...
Sin embargo, la multitud y variedad de intereses sola-
pados y los efectos temibles de la desconfianza generalizada
nunca han tardado en mostrar y hacer valer su poder de im-
plosión social. La vida metropolitana de Caracas esta así con-
tinuamente sometida a grandes pruebas. Ciudad provisional
en la que las urgencias están al origen del desarrollo urba-
no y se legitiman hasta hacer suyo el espacio político. Ciudad
plural también, pues las huellas de la heterogeneidad en la
población, el urbanismo, la vida pública, los usos, se ajustan
continuamente en la búsqueda de modos de regulación. En
esta ciudad plural, la democracia cotidiana se construye entre
un dominio público desdeñado como fuente de ciudadanía y
un estatus comunitario que redefine los principios del mun-
do cívico. Ciudad vulnerable finalmente, pues las formas de

240
vulnera­ción del vínculo civil (léase, lo que producen la violencia
y la inseguridad) no cesan de ocurrir, ligarse, confundirse y
dar la impresión de generalizarse. Una gramática de la guerra
se normaliza así en una sociedad que, en realidad, no ha al-
canzado un tal estado, pero tampoco ha cesado de hacer des-
de los años ochenta como si así fuese.
¿Cuántas “comunidades” (de intereses, de intención, de
coordinación...) formadas desde El Caracazo hemos de contar,
de proteger o de evitar? ¿Cuántas calles cerradas, temidas o
simplemente desconocidas debemos contemplar al bosquejar
nuestra movilidad cotidiana? ¿Cuántas urbanizaciones con
seguridad privada bordeamos a diario, con lo cual se nos es-
capan episodios y geografías enteras de la metrópolis de la que
nos reclamamos? ¿Cuántas “esquinas calientes” nos obligan
a reajustar nuestro camino? ¿Son estas solamente las para-
dojas fragmentarias de una sociedad que, habiendo surgido
gracias al maná público del petróleo, no puede asumir y rein-
terpretar esta herencia sino desde la desconfianza y la sospe-
cha? ¿Cómo pensar el orden público y la organización social
que le es subsidiaria en una sociedad que para invocar el bien
común se ha ido acostumbrando a oponer la “comunidad” a lo
“público”? ¿En qué sentido la antropología de la urbanidad y
la sociología de la vulnerabilidad pública pueden ayudarnos a
comprender la constitución progresiva y accidentada de una
“ciudadanía” cuyos umbrales públicos lucen contradictoria-
mente domésticos?

II. La ciudad vulnerable

Así como de la ciudad a cualquiera de sus formas mora-


les (polis, cité, proyecto, organización) no hay solo lo urbano
(Choay, F., 1994; Munford, L., 1961), es imposible pretender
seriamente dar un orden a la ciudad y organizar su vida pú-
blica si no se identifica, reconoce, evalúa, repara e integra su
condición vulnerable. Reflexionar sobre la urbanidad caraque-
ña no puede entonces limitarse a rendir cuenta de los criterios
reglamentarios que desde el siglo XIX han servido para esta-
blecer el modelo de referencia típico-ideal para la identifica-

241
ción político-urbanística (tamaño, densidad, heterogeneidad,
gobernabilidad) y sociocultural (sociabilidad, civismo, superfi-
cialidad relacional, civilidad) de la vida urbana (Wirth, L., 1938;
Simmel, G., 1984; Graffemeyer Y. & Joseph, I., 1984; Revel,
J., 1985; Carreño, M., 1957)1. Se trata más bien de identificar
los procedimientos por los cuales la urbanidad se constitu-
ye, adquiere formas, es objeto de conflictos, de reparos y de
recomposiciones. El espacio y sus formatos interesan en la
medida en que contribuyen a modelar las conductas citadinas
y ciudadanas. Tan importante es lo que ameniza el espacio en
términos sensibles, como las actividades que allí se realizan.
Interesan tanto las relaciones de poder que crean efectos de
sistema que formalizan el orden público (por ejemplo, las po-
líticas de seguridad), como las interacciones mínimas que le
dan la fluidez cotidiana a ese orden (por ejemplo, las “ojeadas”
mutuas entre los miembros de una banda de rateros en la Pla-
za Caracas). La urbanidad se constituye así a través de formas
socioespaciales y de usos citadinos diversos. Su medida tiene
menos que ver con su cercanía al tipo ideal de lo urbano que
con las pruebas de ajuste (políticas, organizativas, éticas...)
entre las formas y los usos.
La ciudad está en el centro de tensiones sociopolíticas
producidas por los cambios radicales que marcan el pasaje del
siglo XX al XXI2. Así, las metrópolis aprovechan (o sufren) hoy
día las contradicciones de un mundo en el que cohabitan una
civilización reticular propulsada por la globalización y sus dis-
positivos de circulación e intercambio y una territorialización
a ultranza de identidades, de conflictos colectivos y de comodi-
dades citadinas. Caracas es un ejemplo de la contemporanei-
dad de esta tensión que afecta la forma metropolitana: a veces
reemplaza a la Nación del siglo XIX como “escena del culto a

1.  Por esta vía el lenguaje de la falta y de la nostalgia condicionan el análisis


y lo limitan frecuentemente a comparaciones estériles: ni los principios de
simetría son claros, ni el contexto ni las situaciones son usualmente tomados
en serio.
2.  Se cuentan entre estos cambios el debilitamiento de los Estados-Nación, la
predominancia económica de las transnacionales, el refuerzo de las alianzas
regionales, la omnipotencia de la información y de las tecnologías de la comu-
nicación, la caída de los paradigmas filosóficos y políticos que han orientado el
desarrollo de las sociedades modernas...

242
la cultura” (Delgado, M., 1999), otras veces se convierte en el
espectro de un mosaico que se transforma progresivamente
en un archipiélago de enclaves. Los índices gubernamentales,
cívicos y civiles producidos en la gestión y el uso de espacios
públicos abiertos (calles, aceras, plazas, parques) sirven para
evaluar la urbanidad en una ciudad “odiada, amada, sensual
y de mala memoria” (Hernández, T., 1998). Caracas, metrópo-
lis erigida desde principios del siglo XX gracias al “oro negro”,
recoge en el alba del siglo XXI los frutos amargos del exceso:
excesiva en su tamaño, su demografía y en la proliferación pa-
ralela de sus barrios pobres y de sus urbanizaciones privadas;
excedida por la generalización de la violencia y sus símbolos,
la desorganización de los servicios públicos y la fragilidad de
su ciudadanía.

La urbanidad privativa

La singularidad de este fenómeno en Caracas y su inci-


dencia en la emergencia de una nueva segregación han servi-
do para caracterizar la forma privativa de la urbanidad (García
Sánchez, P., & Villá, M., 2001). Así calificamos (1) la predis-
posición política y la constatación pragmática que instituyen
el uso privado de espacios destinados normalmente a un uso
público y (2) la moral y los hábitos que progresivamente la van
instalando como cultura. Esta forma elemental de la urbani-
dad3 ha progresivamente adquirido una legitimidad territorial
y sociopolítica basada en presupuestos morales ordinarios4,

3.  La urbanidad privativa forma parte de un repertorio “ simmeliano” en el


que se identifican también las formas autoritaria, reglamentaria, citadina y
cívica (Garcia Sanchez, P., 2002).
4.  Estos se verbalizan frecuentemente en términos como: “¿Para qué vienen
si no viven acá ni nos conocen?” (presidente de una asociación civil de residen-
tes, pero también escuchado de los vigilantes privados y de algunos vecinos).
“La primera percepcion de los que vivimos en Caracas es de sospecha: pensar
que todo el mundo viene a hacerte daño” (vecina), “Este problema es más co-
modo manejarlo sin verlo, ¿OK? La mayoría se hace la vista gorda y punto”
(concejal municipal, presidente de la comision de seguridad).

243
figuras jurídicas e institucionales5, distribuciones geográficas6
y objetos urbanísticos.
El tipo de segregación suscitado por la urbanidad priva-
tiva se basa en los efectos de repliegue sobre sí mismo produ-
cidos tanto por la propagación general e incontrolable de una
semántica del miedo condicionada por el magma de la inse-
guridad, como por la acumulación local de elementos socio-
económicos y urbanísticos que incitan a una homogenización
residencial. En este proceso, ciertas figuras de la interacción
se han vuelto predominantes: la participación comunitaria, la
sociabilidad vigilante, la privatización del espacio público, el
desarrollo del mercado de la seguridad privada, el uso oportu-
nista de la discreción urbana (García Sánchez, P., 2004).
Caracas, como tantas otras ciudades anglo y latinoame-
ricanas, también ha sido testigo de la aparición de gated com-
munities en su periferia (Davis M. 1992; Caldeira, T., 2001;
Blakeley E. & Snyder M., 1997). Hasta la década de los ochen-
ta, este tipo de urbanización que ejerce un control relativo o
absoluto de la accesibilidad se reducía a la clase social más
pudiente: por ejemplo, el Country Club en el noreste o la Lagu-
nita Country Club en el sudeste de la ciudad respectivamente.
Sin embargo, en los cruciales años noventa, la expansión de
la urbanidad privativa se debió sobre todo a la instalación de
“casetas de vigilancia” y a la progresiva privatización ejercida
a través de la delimitación de los usos de calles, manzanas
y sectores cuyo estatuto ha sido (en los hechos) y es (en los
principios) público7. La diferencia entre estos dos modos de

5.  Aunque el grado de “formalización institucional” de la “autodefensa de las


comunidades” (tal y como lo califican los propios actores) es desigual, la ex-
pansión del fenómeno hace que diversas dependencias ministeriales y muni-
cipales sean solicitadas: ingeniería y catastro, inspección del medio ambiente,
control de vías públicas, urbanismo y gestión urbana, cuerpos policiales. En
municipios como Baruta, el fenómeno ha sido tratado a través de decretos,
reglamentos, supervisiones, estadísticas... (García Sanchez P. & Villà M., op.
cit.).
6.  La topología comunitaria de la urbanidad privativa varía (el perímetro de
una calle ciega, un pedazo de calle, varias cuadras, un sector, una urbaniza-
ción) según el vector de organización territorial que la suscita: una asociación
de vecinos, la escisión de una asociación, una federación de asociaciones, una
compañía immobiliaria, una empresa de vigilancia privada...
7.  En Caracas, la mayor parte de la superficie residencial urbanizada se ha

244
cristalización urbanística de la urbanidad privativa estriba en
la gran autonomía política y social que las gated communities
pueden ejercer en virtud de su origen estrictamente privado.
Dicha autonomía se aplica tanto a la propiedad y a la gestión
de los lotes residenciales, como a los espacios comunes liga-
dos a las funciones urbanas, los servicios y los espacios de
circulación.

La sociabilidad vigilante

En el medio de esta multiplicidad del despliegue privativo,


la sociabilidad vigilante aparece como un soporte perceptivo,
cognitivo y político importante. Para poner freno a “la inseguri-
dad que viene de afuera”, hace más de quince años que los ve-
cinos se organizan en asociaciones civiles, se reúnen en comi-
tés de seguimiento y control, evalúan los eventos sucedidos y
dictan pautas de comportamiento a los vigilantes contratados,
los habitantes, los transeúntes, etc. Esta sociabilidad funcio-
na bajo el imperativo de defender el territorio para poseer (dixit
un directivo vecinal) un mínimo de seguridad. Disponer o no
de vigilancia privada no solo es símbolo de un privilegiado es-
tatus socioeconómico y un efecto de moda, sino que sirve para
ratificar una cierta comunidad de valores morales que reflejan
toda una concepción de la civilidad y de la hospitalidad me-
tropolitanas. El espacio urbano fuera del hogar es “vivible y
deseable” solo en la medida en que es posible reencontrar allí
los patrones de relación del espacio doméstico tradicional: re-
conocimiento primario de la tradición y de las costumbres para
calificar una acción; recurso a la jerarquía y al autoritarismo
para resolver los diferendos; atribución de confianza y orienta-
ción social a partir de valores familiares como fidelidad, apego
y semejanza.
Los vecinos se debaten entre la necesidad de transponer
las expectativas domésticas al espacio público y el desapego
que implica la frecuentación casi exclusiva de este último como

hecho bajo patrones de catastro municipal que exigen a los promotores inmo-
biliarios ceder a las instituciones ciudadanas las vías de comunicación y los
espacios de uso común para su administración pública.

245
espacio de desplazamiento8. Las cualidades citadinas y ciuda-
danas de la vida urbana en Caracas afrontan entonces una
doble pérdida. Por un lado, cualquiera que sea la opción de
uso citadino escogida por los vecinos, siempre les cuesta asu-
mirse y manifestarse como “público”. Por el otro, se hace difícil
considerar una experiencia del habitar que trascienda el mero
domicilio para bosquejarse como “el lugar en el que la viven­cia
de la proximidad se vuelva circunstancia de edificación de la
personalidad” (Breviglieri, M., 1999). La actitud vecinal de pre-
disposición desconfiada frente a los desconocidos refleja un
aspecto del darwinismo urbano característico de la Caracas de
hoy. Ella establece una diferencia difícil de allanar entre las
personas (la familia, los amigos los vecinos), los únicos a poder
ejercer sin barreras un derecho de ciudadanía en el territorio
de la comunidad, y aquellos que no lo son: los paseantes ocio-
sos, distraídos o perdidos, los vendedores de cualquier tipo9,
los religiosos en campaña, las parejas en auto que buscan un
lugar tranquilo, anónimo y apartado para estacionarse y aca-
riciarse, los “bichos raros”, los “pinta de malandro” ..., actores
“presentidos” de la sospecha, la amenaza y la agresión.
De este modo se construye el pasaje de la sociabilidad
familiar (existente cuando solo la confianza doméstica funge
de cemento de las relaciones civiles) a la sociabilidad vigilante
en la que el vínculo se forja por una asociación de objetivos y
de medios de autoridad, control y privación que persiguen “la
seguridad”. Si la primera se funde en la segunda y se confun-
de con ella, esta última hace de cualquier forastero un sospe-
choso, una amenaza a la propiedad privada y a la “integridad

8.  “Fue horrible. Empezó a escucharse que si asaltaron a fulanito, que si tu


ibas llegando a tu casa te atracaban en el garaje, te esperaban, hacían guar-
dia para cuando estaba llegando el marido de uno. La gran familiaridad que
había, la libertad que teníamos con los hijos, se acabó. Todo el mundo empezó
a recogerse y no podía estar uno afuera; cada familia se fue encerrando poco
a poco en su casa; entonces entre los vecinos, ya no nos vimos sino esporá-
dicamente, sobre todo para saber adónde íbamos, cuándo veníamos, cuándo
salíamos y así salvaguardarnos entre nosotros” (vecina).
9.  La década de los noventa fue testigo de la desaparición acelerada de la
tradición comercial del vendedor ambulante en Caracas que ofrecía ollas, te-
las, ropa, etc., de puerta en puerta, y quien se ha visto atrapado entre el riesgo
inminente de atracos y agresiones en los barrios y el impedimento al acceso
en las urbanizaciones.

246
física y moral de los habitantes”. Las condiciones son así crea-
das para que un sentimiento segregacionista sea expuesto en
el espacio, creando diferencias de trato conscientes e incons-
cientes que excluyen al que no es percibido como cercano o
conocido10. La segregación se ampara en la definición de un
orden que interpreta como perturbador, sospechoso o irracio-
nal las costumbres, normas, modos de vida y personas dife-
rentes a las representadas por sí mismo y su entorno “de per-
tenencia”. El sentido comunitario definido por la sociabilidad
vigilante va más allá del hecho (legal y civil) de constituirse
como una asociación (definida como una comunidad de inte-
reses entre vecinos que velan por su propia seguridad). Este
sentido se construye necesariamente compartiendo y recrean-
do una semántica del miedo contra la cual se intenta luchar
no solamente sin salir de su lógica, sino irónicamente, alimen-
tándola11. La comunidad vecinal ejerce una disuasión y una
privación que afecta la comunidad pública metropolitana en su
condición citadina: el uso de los espacios públicos urbanos.
“Si vas a la urbanización Santa Paula, te juro que es im-
posible saber la cantidad de casetas que hay que atravesar. Mi
hija vive en Colinas de Los Ruices y en una misma calle hay
una caseta para subir y otra para bajar. Es verdad que a veces
yo me digo que es absurdo. Por eso creo que estamos viviendo
prácticamente en guetos” (vecina, fundadora de la asociación y
activa propulsora de la instalación de una caseta en San Luis).
Lo más grave es que el vecino que justifica, sostiene y

10.  “Si yo veo que la persona es sospechosa o medio sospechosa, no la dejo


pasar. Tú sabes, nosotros conocemos nuestro trabajo y siempre es mejor evi-
tar… Un sospechoso puede ser el que llega en un carro sin placas, un barbu-
do o alguien que se pone nervioso cuando le pedimos que se identifique. Un
sospechoso puede ser incluso el que viene por primera vez y duda un poco
cuando me da los datos del propietario que viene a ver” (vigilante de una ca-
seta en San Luis).
11.  “La celebración de la comunidad territorial contra los males del urbanis-
mo impersonal se adapta con comodidad dentro del vasto sistema individua-
lizante del capitalismo porque conduce a una lógica de defensa local contra el
mundo exterior. La comunidad moderna parece estar condenada a suicidarse
por la fraternidad de estos vínculos expresados en empatía de un grupo se-
lecto de gentes aliadas para el rechazo de aquellos que no se hallan dentro
del círculo local. Este rechazo crea exigencias de autonomía. Se trata de una
versión de la fraternidad que conduce al fratricidio” (Sennett, R., 1978).

247
aúpa esta dinámica atenta contra su propia condición ciu-
dadana en la medida en que prefiere adoptar una solución
sectaria y expeditiva en lugar de movilizar sus competencias
organizativas para exigir a los cuerpos de policía urbana la
prestación del servicio para el cual existen. Además, frente a
la concepción territorial de los vecinos sobre la seguridad y el
orden público, basta que aparezca la variable urbana movili-
dad para mostrar su fragilidad, pues hace abstracción de su
pertenencia como territorio a una ciudad. La consecuencia,
ayer previsible y lamentablemente constatada desde fines de
los años 1990, es la opción tomada por los agresores de espe-
rar que los vecinos salgan de sus territorios para atacarlos12.
Lo anterior quiere decir que dichos agresores han integrado
en su accionar la necesidad de desplazamiento y de uso de
las vías y espacios públicos que tarde o temprano los vecinos
manifiestan. Más allá de ser injusto, injustificable e inacepta-
ble, esto constituye una muestra de inteligencia urbana y de
competencia pragmática adquiridas por los agresores, que han
parecido escasear en los vecinos y las policías. Frente a ello
la respuesta erróneamente no ha tendido a ser ecológica sino
más segregacionista y autoritaria.

La topología comunitaria se diversifica

¿Puede sorprender entonces que el recalentamiento de la


escena política venezolana en los últimos años se traduzca en
la proliferación de nuevas expresiones de la urbanidad priva-
tiva o en la radicalización de las ya existentes? Bien sea que
repitan el esquema ya conocido de iniciativas grupales o aso-
ciativas que intentan crear una movilización social de mayor
envergadura (la ocupación de plazas “liberadas”, de esquinas
“calientes”, de calles, aceras y otros espacios públicos), o que

12.  Nótese, por ejemplo, el aumento de crímenes cuyo modus operandi con-
siste en asaltar a mano armada a los ocupantes de vehículos que transitan
por las autopistas de la ciudad o que se estacionan momentáneamente en las
estaciones de gasolina u otros sitios, secuestrándolos para luego “ruletearlos”,
en ocasiones violarlos, obligarlos a conducirlos a alguna de las posibles fuen-
tes de robo (casa, trabajo, banco, etc.) y finalmente abandonarlos en algún
paraje solitario.

248
ejemplifiquen un nuevo esquema en el que el mismo Estado
aparece como promotor (las zonas de seguridad militarizadas
alrededor de instalaciones “prioritarias” situadas en períme-
tros centrales de la capital), se trata de una extensión del pro-
ceso de territorialización que alimenta las fuentes de la segre-
gación, la desconfianza y la polarización. Al mismo tiempo, el
problema de pérdida de espacios y de legitimidad de lo público
se agudiza, repotenciando las condiciones de inequidad al ori-
gen de la violencia.
La ocupación “temporal” de la plaza Altamira por los mi-
litares disidentes y sus seguidores de oposición o de los alre-
dedores de la sede de PDVSA en La Campiña por los círculos
bolivarianos, así como la ocupación “permanente” de la “es-
quina caliente” de la plaza Bolívar han modificado la topología
de la apropiación-expoliación de lo público en Caracas. Así,
el antiguo interés por territorializar los espacios públicos de
proximidad de zonas residenciales más o menos periféricas es
sustituido por el nuevo, que concierne espacios públicos con-
notados social e históricamente, situados en zonas centrales.
Los actores se movilizan en función de un claro y explícito
objetivo político, lo cual no era el caso antes. El carácter “tem-
poral” pero sin definición precisa de la ocupación incide en
la cualidad de los equipamientos de instalación (mayormente
“efímeros”), en las condiciones de habitación del espacio, así
como en el compromiso variable asumido por los participan-
tes. Por ocurrir en lugares simbólicamente significativos, la
apropiación genera espacios críticos particularmente atracti-
vos para la escenificación espectacular de presunciones, ame-
nazas, ofensas y confrontaciones.
Por ello, eran de esperar, por ejemplo, la potencialidad
violenta, el vocabulario y el equipamiento guerrero, el savoir-
faire organizativo13, el sectarismo e incluso la perversidad de
algunas medidas propuestas en la elaboración de los “planes

13.  “En uno de los apartes del plan se desarrollan las maneras de contra-
rrestar amenazas. En la exposición de motivos se recurre a la definicion de
terrorismo de la página web de la Escuela de las Américas. El texto ha sido re-
visado por oficiales de policía jubilados y activos y ha recibido buena acogida
en urbanizaciones como La Florida, La Lagunita, Santa Fe y Santa Paula”. El
Nacional, edición digital de 04/01/03.

249
de contingencia” por las comunidades vecinales del Este ca-
raqueño o de los “planes de defensa de la revolución” de los
círculos y otros grupos bolivarianos14. A otra escala y por otros
motivos, durante más de una década los caraqueños y sus ad-
ministraciones sociopolíticas y urbanas habían ido ejerciendo
los oficios de la segregación y de la fragmentación socioespa-
cial, en la provocación, la intolerancia o el temor ante el ex-
traño, en la resolución de diferencias a expensas de ese “otro
generalizado” (Mead, G., 1963) que encarna lo público. Las
recientes expresiones “politizadas” de la urbanidad privativa
representan una continuidad histórica agravada de este pro-
ceso que habría que analizar tomando en cuenta los efectos de
composición con las formas autoritaria y reglamentaria de la
urbanidad. Como vecinos, militares o militantes, su posición
frente a los problemas de gestión urbana o de orden público
puede difícilmente no ser parcial. Una irónica consecuencia
política aparece así: la participación ya no es el monopolio de
los partidos, sino que se ha extendido a otras formas de orga-
nización que participan para segregar.
De esta manera se normaliza el privilegio dudoso de una
moral comunitaria por sobre la citadina. El comunitarismo ur-
bano que de allí resulta hace caso omiso de las precauciones
que, según E. Tassin, solicitan a toda comunidad política de
mantenerse a igual distancia de dos formas de ruptura: «aque-
lla producida por una conversión comunional de la comuni-
dad que tiende a borrar los polos de una comunicación posible
y aquella que, al contrario, es producida por una dispersión
y una desunión de las partes tal y como se manifiesta en la
atomización social» (1991: 25). La consecuencia es hoy visible
para todos: una ciudad cada vez más segmentada y que en
tanto comunidad metropolitana es incapaz de fundarse sobre
bases de confianza y ciudadanía. Apoyándose en la filosofía
urbanística del defensible space (Newman, 1973) y lejos de la

14.  He aquí un muestrario rápido de algunas propuestas (o hechos) inaudi-


tas: desechar la idea de equiparse con bombas de agua congeladas, pues pue-
den ser devueltas y contentarse con tener listas ollas de agua hirviendo; ad-
quirir barriles de ácido muriático y de material molotov para producir bombas
mas “corrosivas” y “eficaces”; echar aceite en el asfalto e impedir la circulación
en las calles bloqueándolas con autos y cadenas.

250
representación típico-ideal de las metrópolis modernas, una
forma de homogenización socioespacial se instala. Alimentada
por la segregación de usos citadinos y de condiciones ciuda-
danas, por el endurecimiento de los límites entre la dimensión
pública, comunitaria y privada de los espacios y por una hos-
pitalidad regida por la diferenciación estricta de los “públicos”
que son bienvenidos.

III. La ciudad excedida

De la semántica del miedo al magma de la inseguridad

La aprensión, el miedo y la desconfianza que predominan


entre las comunidades que se perciben diferentes introduce
una exasperación sensible y emocional que conduce a los ex-
tremos de la paranoia social. Ciertamente, desde El Caracazo
ha habido un incremento significativo de sucesos violentos,
delictivos o criminales, fenómeno del cual rinden cuenta (so-
bre todo en términos cuantitativos) diversas iniciativas insti-
tucionales (BID, 1996; Ávila O. & alii., 1997; Fundación Plan
Estratégico Caracas Metropolitana / Lacso, 1998; Navarro J.
& Pérez Perdomo, R., 1991; Sanjuán, A.M., 1997). Buena parte
de los efectos de realidad de este fenómeno surgen de la imbri-
cación de hechos, impresiones, sensaciones, creencias, califi-
caciones y perturbaciones por las que se ha ido construyendo
una semántica del miedo. Esta hace que la violencia urbana y
la inseguridad personal se perciban como omnipresentes y se
“diabolice” a los sospechosos o culpables. Así, la novedad de
la mayoría de los hechos violentos, delictivos o criminales pu-
blicitados para ilustrar el porqué Caracas se ha convertido en
“una de las tres ciudades más (cuando no es simplemente “la
más”) violentas de América Latina”15 durante los años noventa,­

15.  Este calificativo es escuchado y repetido hasta la saciedad en los estu-


dios científicos, los informes policiales, las declaraciones políticas, las infor-
maciones mediáticas y las conversaciones callejeras. Además de legitimar la
razón común del miedo social, sirve quizá también para actualizar una cierta
tendencia de los caraqueños a superlativizar aquello que, interpretado como
“patrimonio cultural”, puede servir para “caracterizarlos substancialmente”.

251
no es tanto que ocurran, sino que lo hagan y se generalicen
en lugares distintos a los barrios pobres en los que desde los
años setenta eran moneda corriente sin que ello suscitase ma-
yor revuelo16. Por ejemplo, bajo la más absoluta indiferencia
(o “participación”) civil y policial, desde mediados de los años
noventa, el linchamiento de malandros en los barrios ha apa-
recido como una “solución” cada vez más “normal” frente a los
problemas de injusticia y de impunidad que se acumulan y se
confunden. En 1994, luego del linchamiento de un ladrón por
parte de una poblada de 80 personas en el barrio El Encanto
de la parroquia La Vega en el oeste de la ciudad, al que, “como
de costumbre”, la policía llegó tarde, el director del departa-
mento de homicidios de la PTJ afirma: “solo investigamos los
casos eminentes”.
La semántica del miedo impone así su conjugación, su rit-
mo, sus formas y sus urgencias. Estas obedecen tanto a pa-
rámetros político-administrativos y socioeconómicos como a
dinámicas comunicativas y morales. La urbanidad en Caracas
elabora sus rostros a partir de ella. Un sinfín de hechos pre-
senciados o conocidos directamente, pero también de encues-
tas, relatos, rumores, reseñas mediáticas, ofertas electorales,
imágenes, consejos familiares, etc., alimentan la multiplicidad
de índices semánticos, cognitivos y pragmáticos a través de los
cuales la violencia urbana y la inseguridad personal se insti-
tuyen en Caracas. Ello no quiere tanto decir que estas tomen
posesión de las instituciones, ni que se constituyan como rea-
lidad “objetiva”, como el que, bajo la forma de omnipotentes
y globales contextos ecológicos que reciclan la acción y sus

Así, por ejemplo, a lo largo de los siglos XIX y XX, Caracas, por ciclos, ha
pasado de ser la ciudad más “libertadora”, “amable”, “rica”, “moderna”, “fies-
tera”, “mestiza”, “de las mujeres más hermosas” a ser la más “caótica”, “des-
ordenada”, “peligrosa”, etc.
16.  En 1994, según la Policía Técnica Judicial (PTJ), del promedio de 30
muertos regulares de los fines de semana, 26 sucedían en los barrios (El Uni-
versal del 09/12/94: 18). Las cifras para fines de los noventa aumentaron
entre uno y dos tercios, pero las proporciones fatales para los barrios se man-
tuvieron. En cuanto a la manera como en los barrios la violencia como engra-
naje cotidiano de vida urbana antecede a lo que ha sucedido en el resto de la
ciudad, ver los trabajos públicados por la revista SIC (1994, 1999).

252
signos, la violencia urbana y la inseguridad personal “se esta-
blecen de manera durable”17.
La violencia y la inseguridad se “personalizan” en un
doble sentido: cualquiera puede referirse a ellas a través de
connotaciones particulares, pero además, en el discurso ordi-
nario se les atribuyen cualidades de autonomía y de intención
como si encarnasen personas. Sus índices sirven algunas ve-
ces para identificarlas, constatarlas o contemplarlas y otras
veces para fantasmearlas, combatirlas o aprender a convivir
con ellas. Es así que se construye el pasaje de un hecho justi-
ciable o punible a una atmósfera de inseguridad, y de esta al
magma. Por la delincuencia y los crímenes que padecen, los
caraqueños no solo tienen miedo de los excesos de la violencia
y de las faltas de la inseguridad sino que por sobre todo temen
su proximidad, su inminencia (Rosset, C., 1982) y la dificul-
tad para descifrarlos a tiempo. El magma de la inseguridad se
constituye entonces a partir de esta latencia. Pero, como cau-
sa o efecto, en dicho magma también se aglutinan la variedad
de formas de la vulneración del vínculo civil: inhibirse, evitar,
provocar, prohibir, manipular, amenazar, ofender, agredir, vio-
lar, destruir, exterminar... Como convenio tácito de uso y de
reciprocidad en el respeto y la dignidad de lo que puede ser
partícipe (como sujeto, pero también como objeto o como con-
texto) de una interacción, el vínculo civil aparece como uno de
los fundamentos sine qua non de la urbanidad citadina y de la
civilización ciudadana.
El tratamiento sociológico de este problema no puede
contentarse con el objetivismo jurídico, la victimización sico-
sociológica, la codificación administrativa, la “literaturaliza-
ción” posmodernista, la criminalización policial o la “especta-
cularización” periodística y mediática. Es importante que una
perspectiva social de la vulneración no quede atrapada en las
dialécticas de “víctimas-victimarios” o de “seguridad-insegu-
ridad” que predominan. El vínculo civil es el mínimo común
denominador de toda sociedad urbana contemporánea. Para

17.  Siguiendo lo que los diccionarios califican como el sentido común del
término “ instituir ” (María Moliner, 1998: 73; DRAE, 1994: 1175; Le Petit
Robert, 1992: 1013).

253
vivir en ella bajo un fundamento de confianza (y no precisa-
mente de “seguridad”) que aminore el miedo y los riesgos, es
necesario comprender que violentar este vínculo, además de
ser el acto por el cual se fragiliza a una persona, constituye
siempre la agresión a una relación y a un modo, no solo de-
seable, sino inevitable de convivencia. Así, una sociología ur-
bana concebida desde el punto de vista pragmático identifica
las transferencias socioespaciales de la vulnerabilidad pública
y evalúa cómo los problemas que atañen a la seguridad y al or-
den públicos pueden ser enfocados no desde el punto de vista
de la fuerza y la autoridad (Muller, R. A., 1989; Waddington,
D., 1989), sino de la ecología (García Sánchez, P., 2002).

La crisis como estado, la urgencia como lógica


y el operativo como instrumento

De este modo se puede rendir cuenta de la manera como


la vulneración, en su papel de componente interaccionista del
orden público, encuentra un marco de inscripción y de conti-
nuidad importante en la tríada sociopolítica que sintetizan lo
provisional y lo vulnerable en la ciudad excedida: cuando la
“crisis” es considerada como un estado, la “urgencia” aparece
como una lógica de acción con su organización, su cultura y
sus instrumentos, léase: los “operativos”. Así, el vínculo civil
puede ser puesto bajo la tutela de dispositivos de subordina-
ción (en el caso de la crisis) y de somación (en el de la urgen-
cia). Cuando las crisis se instalan, los excesos se normalizan y
las salidas definidas por el paradigma de la urgencia se vuel-
ven comunes. La urgencia se impone no solo como marco de
percepción y de identificación, sino también de organización y
de acción.
Sin embargo, hacer salir la urgencia de la dimensión de
acontecimiento limitado en el que encuentra su origen y su
eficacia conceptual para hacer un andamio cultural es pro-
blemático. La urgencia no se identifica más con los atribu-
tos temporales de lo que es inmediato, poco frecuente y sirve
para designar situaciones de desestabilización momentánea.
Al contrario, se convierte en un soporte para explicar la emer-
gencia y la consolidación de situaciones, figuras y modelos de

254
socialización extremos que se hacen comunes (cf. Sánchez, M.
& Pedrazzinni, Y. 1992).
Pero la urgencia hecha cultura no puede atribuir exclu-
sivamente su realidad ni su realización solamente a las con-
diciones socioeconómicas o políticas subyacentes: es el objeto
de un trabajo social de identificación semántica y comunicati-
va. El devenir común de la urgencia debe entenderse tanto por
su cualidad de reunir una mayoría de actores que comparten
su significación y su expresión, como por la multiplicación de
sus escenas y ocasiones. Estas se fundan en ”la necesidad” de
un sujeto (en general) “colectivo” y “popular” que sirve para le-
gitimarlas. Estas expresiones de la urgencia hacen que la vul-
neración y sus disturbios no se correspondan solamente con
la experiencia de un hecho sancionable y quizá reparable. La
urgencia hecha cultura es aprendida, cultivada, estabilizada,
profesada, temporizada y anclada en la cotidianidad. Por esa
vía, lo público en Caracas queda atrapado entre la improvisa-
ción como principio de acción, la institución de lo provisional
como estructura de organización y la parada como marco de
evaluación pública.
En un registro sociopolítico, este proceso conlleva la nor-
malización del modelo de organización del “estado de urgencia”:
es decir, la gestión “urgentista” de necesidades y problemas tal
y como se hace en situaciones de guerra, de postguerra o de
catástrofes. La cualidad de “urgencia” de las acciones facilita
la concentración de presupuestos y partidas de las institucio-
nes públicas (sea cual sea la escala administrativa), favorece el
control discrecional sobre las estructuras (de decisión y opera-
cionales) y permite actuar haciendo caso omiso de exigencias
de evaluación. En lugar de reforzar las capacidades de los or-
ganismos existentes en cada orden de actividad y reafirmar la
“sabiduría práctica” (Ricœur, P., 1990) de una supervisión ad-
ministrativa descentralizada, el modo “urgentista” las debilita
o aniquila. Así lo público se convierte en un dominio estimable
para “negociazos” y componendas, pero no para la construcción
regular y pluralista del bien común.
En este contexto, el operativo se impondrá en el seno de
la administración pública venezolana como el instrumento par
excellence del tratamiento en urgencia. Frente a un problema

255
público (cualquiera que sea el área: transporte, seguridad, vi-
vienda, abastecimiento, etc.), en lugar de formular una polí-
tica tomando en cuenta lo que ya ha sido hecho al respecto,
las estructuras existentes, las posibilidades organizativas de
transformación, el escenario prospectivo…, esta se modulará
según los principios de la urgencia: descubrimiento, inmedia-
tez inevitable de la acción e inminencia. Así, “los operativos se
convierten para las instituciones públicas en la manera per-
manente o cíclica de mostrarse concernidos” (Hernández, T.
1997). El operativo sobrepasa de este modo su concepción
y su horizonte coyunturales para convertirse en la principal
fuente de dispositivos sociopolíticos.

IV. La ciudad vulnerada: el Caracazo como modelo

Todas las derivas, los excesos y las faltas (de confianza,


de justicia, de seguridad, de ciudadanía, de “sabiduría prácti-
ca”…) a los que se ha hecho referencia tuvieron lugar de ma-
nera concentrada en El Caracazo. El lunes 27 de febrero de
1989 no comenzó de la misma manera para los caraqueños.
Sin embargo, ese día iba a terminar reuniéndolos en un clima
de confusión y de vulnerabilidad exacerbada, así como en una
percepción inevitable de cómo lo incierto se convierte en peligro-
so. La historia contemporánea de la metrópolis y de sus con-
flictos de urbanidad cuenta allí con un acontecimiento clave
para analizar la importancia, los vínculos y las múltiples con-
secuencias de los abusos y dolores, de los ruidos y silencios,
de las intolerancias y enfrentamientos, de las incomprensio-
nes y olvidos que forman parte de la vida urbana caraqueña.

¿Una situación de guerra?

A lo largo de esos días de angustia, la vida cotidiana de


numerosos caraqueños estuvo expuesta a una multiplicación
de actos violentos que han sido mayoritariamente interpreta-
dos como propios a las situaciones de guerra. Lucha “de po-
bres contra ricos” (Pérez, C. A, 1989), “de pobres contra po-
bres” (Fuenmayor, L., 1989), de “acto de guerra inmediatista”

256
(Vethencourt, J. L., 1990), las metáforas propias de la gramá-
tica de la guerra han predominado en la interpretación de los
hechos. Esto ha hecho que numerosos análisis descuiden la
matriz plural (en el tiempo, en el espacio, respecto al grado
de compromiso de los actores, al empleo de medios, al tipo de
actividades privilegiadas) que identifica a este conflicto mayor
de la urbanidad caraqueña.
Sin embargo, El Caracazo es un buen ejemplo de una si-
tuación ciertamente delicada y peligrosa que, sin ser de guerra,­
es tratada, “corregida” políticamente e interpretada a pesar del
contexto y los signos contrarios, como si lo hubiese sido. Cier-
tamente, de las manifestaciones pacíficas iniciales, pasando
por los diversos brotes de revuelta violenta, hasta las “acciones
extrajudiciales” cuando el “estado de urgencia” estaba vigente,
todas las formas de vulneración del vínculo civil se hicieron
presentes. Pero es importante señalar que cuando la sociedad
opta por la gramática de la guerra18 como estructura de me-
dios de apaciguamiento y de institución de la paz civil frente
a desafíos como los que planteó El Caracazo, ella renuncia a
hacer­ uso de los principios políticos y de las fuentes morales
que la han erigido como civilización. El Caracazo es una pola-
roid de lo que sucede cuando los principios interaccio­nistas y
los vínculos civiles que le dan una consistencia ordinaria al
orden público dejan de tener vigor. Luego, las respuestas ins-
titucionales carecen de credibilidad, muestran un descoloca-
miento increíble frente a la realidad (cuya organización tienen
a cargo) y contribuyen a la imposición cruenta de un orden
cuasi pretoriano.
Por otro lado, la noche del 27 al 28 de febrero se inscribió
en la historia caraqueña como aquella en la que el ruido de las
turbas, los saqueos, los disparos, los incendios, las sirenas co-
lonizaron todos los instantes y los espacios. El ruido repetitivo
y prolongado de disparos y ráfagas dejó de escucharse desde
entonces solamente en los barrios más peligrosos y se convir-

18.  Entre los componentes de esta gramática encontramos (1) la obligación


a pasar por el filtro de la «corporacion militar» para poder participar en una
acción cívica, (2) la ocupación progresiva de espacios, funciones y decisiones a
militares, (3) el establecimiento del modelo organizativo del «estado de urgen-
cia» y (4) el tratamiento en enemigo de oponentes y desconocidos.

257
tió en una de las herencias perceptivas legadas por El Cara-
cazo a la metrópolis. El Caracazo es una circunstancia única
en la historia contemporánea de la metrópolis pues, sobre la
base de múltiples injusticias y frente a la incertidumbre gene-
ralizada, los actores expusieron en la arena pública, primero
sin imposturas, luego bajo el corsé autoritario, buena parte de
lo que les hace coexistir sin necesariamente convivir. Sin em-
bargo vecinos, saqueadores, militares y saqueados comparten
todos la impresión de haber vivido una situación irreal. Los
principios de reserva y de discreción, de respeto al otro y a las
figuras de autoridad, así como los de identificación, división y
ajuste de actividades entre lo público, lo comunitario y lo pri-
vado que le dan una consistencia ordinaria a la coexistencia y
al orden público se eclipsaron. La sobreexposición personal y
colectiva, la apropiación enconada de bienes, la confusión de
dominios de acción y una dialéctica de solidaridad-enfrenta-
miento aparecieron más bien como los primeros soportes del
orden público durante el Caracazo.
He aquí una escenificación espectacular, sorpresiva,
transparente y brutal de un dominio público regido por un
orden que conquista los espacios y desencadena la acción
colectiva­ sobre la base de principios domésticos, cualquiera
que sea el actor, el contexto local o el motivo. El agotamiento
de este modelo de concebir el orden público y su organización
social se manifestó tanto en la multiplicidad de los saqueos
(muestrario inaudito de los registros delirantes alcanzados por
“la necesidad de apropiación”), como en el “guabineo” moral
y pragmático de las fuerzas policiales y en el ensañamiento
de los militares. Detengámonos brevemente en estos aspectos
para señalar lo que histórica y culturalmente está en juego
con la deriva privativa y autoritaria del orden público.

Delirio de apropiación y ambivalencia de la amenaza


como sentimiento social

El saqueo y la destrucción de comercios de todo tipo


(más de 3.000) se vuelven un leit-motiv de los primeros días de
el Caracazo. Estos representan casi la mitad de los incidentes
registrados por las fuerzas del orden y la Cámara de Comer-

258
cio anuncia pérdidas por más de 6 mil millones de bolívares.
Cuando los saqueadores encuentran en las trastiendas y en
los depósitos parte de los productos “desaparecidos” desde
hacía meses, la rabia y el odio se desencadenan. El ministro
de economía de entonces advierte contra el “desabastecimien-
to de la serenidad”. A través de la evidencia de la vulnera-
ción, la “igualación por lo bajo” completa así su justificación.
El saqueo honesto se convierte en el argumento preferido de
los saqueadores, pero también de ciertos políticos, religiosos,
profesores universitarios y de todos aquellos que justifican la
actitud explosiva y autocompensatoria del “pueblo”. El resen-
timiento acumulado durante años por los habitantes de los
barrios, hasta entonces olvidado o confundido en el medio de
otras urgencias, aparece bajo la forma de una violencia re-
vanchista (Vethencourt, J. L., op. cit.), de una venganza ética
(Salamanca, L., 1989), o social (Hernández, T., 1989).
La participación activa en la movilización de masas por
los “saqueos justos” y la satisfacción de apropiarse y de exhi-
bir el botín, hacen pasar a un segundo plano la presunción
de riesgos y el temor a la amenaza, a la agresión y, en gene-
ral, a la inseguridad19. El binomio apropiación-posesión que
expresa las dimensiones instintiva y privativa de las prácticas
de intercambio material se potenció en una dinámica voliti-
va y delirante. A partir del momento en que la sospecha de
acaparamiento se reveló como uno de los principales motivos
del desabastecimiento, el saqueo pudo darse los fundamen-
tos para convertirse en un objetivo autónomo. Así, el saqueo
no responderá estrictamente a la necesidad de subsistencia,
sino a una diversidad de razones que pueden encadenarse o
substituirse con oportunismo y rapidez: “participar a la cau-
sa popular”, “no se sabe cuándo será necesario utilizar lo sa-
queado”, “podremos luego intercambiarlo con otras cosas más
necesarias”20. La organización de los saqueos fue variable, y

19.  “Entre el humo y las ráfagas, a escasos metros de una joyería cuya alar-
ma todavía sonaba, una morena en sostén con los pantalones llenos de barro
y una sonrisa desafiante y vacía, se recogía el cabello para mostrar mejor un
par de zarcillos de oro” (Giusti, R., 1989b).
20.  “La sobrevivencia del caraqueño lo hace un abastecedor cueste lo que
cueste” (Bethencourt, L., 1989).

259
se perfeccionó progresivamente gracias a las redes familiares
y de vecinos. Ella iba del individuo solo que saqueaba tanto
como podía cargar (los productos que quedaban en el camino
servían de indicación a nuevos saqueadores), hasta verdade-
ras cadenas humanas de saqueo y distribución que contaban
con transporte continuo21.
La movilización por la apropiación distingue apenas lo
que forma parte del botín: muebles, cajas de jabón para lavar,
camas, calentadores, cauchos, planchas, correas de transmi-
sión para autos, pasta. Los productos de consumo hasta en-
tonces inasequibles por su precio o por haber desaparecido se
convierten en “fetiches”: “un kilo de café, una canilla o papel
toillette son perseguidos obstinadamente y el hecho de obte-
nerlos se ha convertido en la coronación de una proeza pa-
tética” (Giusti, R., op. cit.). En muchas ocasiones, no es sino
después de haber arrasado las tiendas y los depósitos que los
saqueadores piensan qué hacer con el producto del saqueo, lo
cual muestra la manera como la apropiación se convierte en
posesión. Dar parte de lo saqueado a otros saqueadores, tran-
seúntes e incluso a efectivos militares formó parte de los usos
urbanos de esos días y los posteriores, cuando el desabasteci-
miento se había agravado con los saqueos.
Durante la tarde del 27 de febrero, los medios de
comunicación­transmitieron en directo lo que sucedía. La tele-
visión focalizó las imágenes de saqueo y huida en los centros­
comerciales. Los efectos de sorpresa, de incitación que eso
produjo no se hicieron esperar: cientos, luego miles de teles­
pectadores en Caracas, Maracay, Valencia, Barquisimeto, Mé-
rida… salen a saquear. Lo que se veía era increíble: hombres
y mujeres, viejos y niños, delincuentes y honestos, habitantes
de las barrios pero también de las urbanizaciones, entrando y
saliendo de los comercios “como perro por su casa”, cargando

21.  “Me desperté muy temprano y la gente seguía subiendo al cerro con co-
sas. No podía entender de dónde podían traer tanto y bajé a ver. Ellos saquea-
ban la panadería, la tintorería, la licorería...la gente subía con cajas de mante-
quilla. Nadie iba a hacer algo con ello. Yo pedía y me daban. Luego me puse a
ayudar. Esperaba en una esquina y mi papá en otra. Debíamos pararnos para
ser capaces de llevarnos tantas cosas a la casa” (adolescente saqueadora in
Saldivia, F., El Diario de Caracas 7/3/89: 22).

260
toda clase de artículos. Pero había sobre todo esa expresión
indescriptible en sus rostros, mezcla y sucesión de fascina-
ción, temor, alegría y revancha: “Al fin la impunidad es para
todos” dice un saqueador ebrio de presente e ignorante de fu-
turo. El carácter de “botín” de los productos saqueados, sirve
también a legitimar la apropiación: “Sin liderazgo alguno, el
pueblo suspende la norma penal que protege la institución
de la propiedad y las leyes tradicionales del dinero. Vemos así
la diferencia entre los saqueos de estos días y los actos delin-
cuentes: sin normas, no hay delitos. Un botín de guerra no es
un objeto de delito” (Vethencourt, J. L., op. cit.).
Cuando buena parte de los comercios accesibles fueron
desvalijados, los apartamentos de los edificios de clase media­
que colindan con los barrios en ciertas zonas caraqueñas (La
Urbina, Montalbán, Los Jardines de El Valle), aparecieron
como nuevos blancos. Surge así otro tipo de agresión que con-
quistó sus lettres de noblesse con el Caracazo: el lanzamiento
de objetos contundentes desde los apartamentos, la réplica de
los saqueadores y la amenaza de saqueo. De este modo, la
sospecha como atribución que sirve para relativizar en térmi-
nos morales y prácticos la civilidad en la interacción cambia
momentáneamente de lado.
Esta experiencia de amenaza tumultuosa de los sectores
pobres hacia los otros habitantes causa una profunda impre-
sión. Dado su carácter de intimidación verbal y gestual, “la
amenaza es percibida por aquellos que la padecen como llena
de potencialidades temibles” (Davidovitch, A., 1973). Los sa-
queadores muestran sin remilgos su agresividad a través de
sus gritos, insultos, reagrupamientos y gestos manuales de
intimidación. Pasan sin cesar de la ofensa a la provocación,
luego a la amenaza y viceversa. Los vecinos sitiados respon-
den en términos similares. En esta dinámica hay un peligro
que se anuncia, se ilustra, pero además se prolonga. Esta
“prolongación” es importante, pues supone un uso del tiempo
que delimita el “pasaje al acto” de manera porosa y ofrece a
la amenaza un intersticio fundamental para afianzarse como
una de las formas predominantes de vulneración del vínculo
civil en Caracas desde el Caracazo.
En términos de conflicto, esta amenaza significa el des-

261
plazamiento de la revancha concreta ejercida sobre los comer-
cios y los distribuidores, hacia una revancha generalizada,
casi existencial, ejercida sobre el conjunto de aquellos que son
percibidos como ajenos al mundo del barrio. El valor histórico
de la experiencia de apropiación como criterio de ciudadanía se
consagra con la libertad con la cual dicha experiencia ocurrió
durante esos días. Salvo en algunos casos aislados, la secuen-
cia ofensa-provocación-amenaza no derivó hacia otras formas
de vulneración. Esto, principalmente por dos razones que no
pueden a estas alturas dejarnos indiferentes: la disuasión mi-
litar y las iniciativas de autodefensa armada llevadas a cabo
por algunos grupos de vecinos.

De cómo el orden y lo público son deshechos por la gramática


de la guerra

Entre conveniencia, connivencia y temor (Soriano, G.,


1991), la actitud de las fuerzas policiales sirvió también para
legitimar los saqueos. Durante los primeros momentos, sal-
vo en los casos en que los efectivos fueron movilizados por la
presión directa de empresarios, la actitud policial osciló entre
el dejar-hacer y la ambigüedad. Esta inercia inicial traduce
la duda y la inconstancia de los agentes, pero también de las
autoridades de comando. El apoyo tácito de los efectivos tenía
que ver más con una especie de pasividad participativa que
con la indiferencia: “estamos de acuerdo con lo que está pa-
sando pues nosotros también sufrimos los aumentos” (policía
entrevistado en Ojeda, F., 1989a). Frente a la arbitrariedad de
los transportistas y las agresiones de los usuarios, las fuerzas
del orden apenas asumen un trabajo de mediación y apaci-
guamiento. El caso del Guardia Nacional, que como cualquier
pasajero sorprendido y contrariado en Guarenas, responde
por la fuerza a la negativa del chofer de prestar el servicio sin
aumento, es premonitorio de lo que sobrevendrá: desenfunda
su arma y dispara a los cauchos del minibús.
Pero, luego, es la participación activa (¡y directiva!) en los
saqueos de numerosos agentes del orden lo que retendrá so-
bre todo la atención. Bien organizados en bandas, estos po-
licías utilizan su capacidad de intimidación, sus armas, las

262
informaciones de inteligencia y las patrullas para hacerse de
su parte del botín.

Bajo el puente 9 de diciembre en la avenida San Martín, varios


PM, con y sin uniforme y con los rostros cubiertos, saquean sá-
banas y cobijas en una fábrica: llenan sus vehículos, disparan
sobre la masa de gente, lanzan unas bombas lacrimógenas y se
van (Ojeda, F., 1989).

De allí que la acción de las fuerzas del orden se haya


debilitado en un pasaje abrupto “de la subreacción a la sobre-
reacción” (Müller Rojas, A., op. cit.). Los informes de inteligen-
cia posteriores dictaminan la “incompetencia de las fuerzas
policiales para el control de los acontecimientos, en razón de
una improvisación que contribuyó sobremanera a engendrar
el desorden generalizado que caracterizó a la crisis”. El Cara-
cazo sirvió entonces para poner en evidencia “la carencia de
procedimientos preestablecidos para afrontar las circunstan-
cias rutinarias del orden público, así como la indisciplina de
los agentes, incapaces de actuar en situaciones de su exclu-
siva competencia sin estar bajo vigilancia” (ibid., op. cit.). Lo
anterior fue fundamental para constatar desde el primer día
el desmoronamiento del Estado y de su organización social.
El resultado inmediato fue poner el país bajo la tutela militar,
su gramática de la guerra como abecedario de gobierno y sus
operativos de urgencia como metodología social. Así, desde el
28 de febrero en la noche y durante casi dos semanas, Vene-
zuela y particularmente su capital, vivieron bajo un orden pú-
blico en el que “lo público” había desaparecido para dar lugar
a “la excepción”: declaración oficial de un “estado de urgen-
cia”, suspensión de ocho garantías constitucionales y estable-
cimiento de un toque de queda. El Ministerio de la Defensa
moviliza 14 batallones y unos 10.000 soldados para sitiar la
capital y hacer respetar el estado de excepción.
De este modo, el vacío político y la extrema discreción
institucional son sustituidos por la institución formal de la ur-
gencia como política. Así se militariza completamente la vida
citadina y son negadas abierta y legalmente las condiciones
civiles y ciudadanas como principios de orden. Las consecuen-

263
cias de este dejar hacer militarista no tardarán en hacerse
sentir. Si antes del estado de excepción el número de víctimas
era estimado en 80 muertos, 800 heridos y alrededor de 1.000
arrestos, algunos días después, estas cifras se disparan: las
ONG humanitarias calculan entre 400 y 1.000 muertos, de-
cenas de desaparecidos, más de 2.000 heridos y 4.000 bajo
arresto.
Los testimonios y los registros de abusos de autoridad,
de arrestos y allanamientos sin justificación, de torturas, de
utilización indiscriminada de armas de guerra, de desapari-
ciones, de vendettas y de asesinatos cometidos por los agentes
institucionales del orden público durante el estado de urgen-
cia son numerosos, variados y documentados (cf. sitio Web de
Cofavic). De este modo, pasando de la hipótesis “subversiva” a
la “criminal”, el agobio del sospechoso y su represión desafo-
rada se normalizan. Sobre todo desde que las fuerzas policia-
les y militares se juntan para desarrollar los “operativos de re-
cuperación de productos saqueados”, los cuales se realizaron,
claro está, solo en ciertos barrios. Los agentes del orden apro-
vechan entonces la omnipotencia que les permite actuar como
acusadores y justicieros. Estamos así en el corazón bruto de la
ciudad vulnerada: la política de la urgencia no solo militariza la
escena, sino también formaliza y normaliza la injusticia.
La paz y la concordia civil conquistadas por la fuerza de
las armas no pueden hacer gala sino de una frágil fortaleza.
Al mismo tiempo, la lógica militar del estado de urgencia hizo
que la información sobre lo que estaba sucediendo navegase
entre el secreto, la versión oficial de dudosa reputación y el
rumor, lo cual no podía sino producir aún más incertidumbre
y temor.
De este modo, retomando los términos de J. Gibbs (1989)
en su perspectiva interaccionista de la relación entre control
social y desviación de conductas, el Caracazo no solo sirvió
para demostrar las grandes limitaciones cotidianas de las
normas y de las instituciones políticas, sino que las sustitu-
yó constituyéndose a sí mismo en “el fenómeno normativo”.
Desde entonces, la vulneración del vínculo civil en Caracas,
reforzada por su inscripción socioespacial, además de no ocul-
tarse más, se alimenta de su propia evidencia y de los temores

264
que despierta. Esta evidencia-inminencia sirve entonces para
“autorizar” cualquier desmesura justificada en “la necesidad”.
De esta manera no solamente dichas formas de vulneración
obtienen su “licencia pública” para ocurrir, sino además lo lo-
gran gracias a una exhortación basada en el autoritarismo y la
fuerza. Esta evidencia-inminencia de la vulneración generaliza-
da llega a ocupar el espacio que corresponde a los dispositivos
de ley o a las instancias de mediación para normalizar el com-
portamiento cotidiano del caraqueño.
No puede decirse que desde que el sistema democrático
se instaló en 1958, Caracas no había conocido situaciones de
gran desasosiego civil. Pero es con El Caracazo que la vulnera-
ción, antes vivida de manera ocasional o difusa, encuentra su
símbolo, su revelación desenfrenada, su epifanía. La vulnera-
ción no solo se instituye (por su figuración múltiple y perma-
nente) sino que también logra institucionalizarse, lo cual hace
perder al caraqueño su capacidad de asombro. El caraqueño
de los años noventa aprendió a convivir con la idea de que, en
términos de vulneración de su condición civil, cualquier cosa
puede sucederle. El darwinismo urbano que desde entonces
ha logrado perdurar y extenderse encuentra en El Caracazo
su origen primigenio. No tanto porque sus bases históricas se
hayan allí engendrado, sino porque, desde entonces, sus múl-
tiples manifestaciones han podido mostrarse sin reservas sen-
sibles ni civiles y sin reparos de exposición pública. Se trata de
un evento histórico ineludible como momento clave de la visibi-
lidad acerca de lo que es designado como violencia e inseguri-
dad, vulnera el vínculo civil y trastorna el orden público.
¿Cuál es entonces ese profundo disturbio revelado por
el hecho de que el restablecimiento del orden público y su or-
ganización social pase no solo por la suspensión de su vida
pública y común, sino por la expoliación de sus principios
ciudadanos?­ “Nuestra sociedad no está lista para afrontar su
realidad. Tenemos­ entonces que atenuar, disminuir, frenar la
imagen de lo que somos” (Giusti, R., 1989c). El Caracazo mues-
tra cómo “el miedo ha sido necesario para descubrir al otro,
tanto como lo incierto y la angustia lo han sido para valorar
la paz” (Castillo D’Imperio, O., 1989). Sin embargo, la historia
más reciente de esta ciudad provisional, excesiva, vulnerable

265
y vulnerada da una idea de la hasta ahora imposible transfor-
mación de este conocimiento en virtud pública ordinaria.

V. Hacia una ecología del orden público

Administrar los conflictos en las sociedades urbanas


contemporáneas es una tarea ciertamente compleja y difícil,
tanto como el que sea inevitable que se produzcan. Sin embar-
go la experiencia de una paz vivida bajo una amenaza cons-
tante, además de no tranquilizar, invita a interrogarse sobre
su real utilidad. Cualquiera que sea la orientación por la que
el orden democrático procura generar confianza y seguridad,
si el objetivo es que la paz no se mantenga “permanentemente
bajo fianza”, esta debe conquistarse, mantenerse y repararse
civilmente, así como instituirse, reglamentarse, salvaguardar-
se cívicamente. La paz “militarizada” ofrecida por la gramática
de la guerra se vuelve crítica, indeseable, ingobernable y pasa
difícilmente la prueba del mediano y del largo plazo. Conclu-
sión: hay que civilizar el conflicto para que su apaciguamiento
pueda sustraerse a la hipoteca autoritaria.
Esta orientación de la acción se basa en dos elementos:
actuar en función de lo que es justo y establecer un princi-
pio de publicidad (en el sentido de “hacer público”). Una doble
conveniencia civil aparece. Por un lado, frente a los vectores
emocionales y sociales que han hecho de Caracas una ciudad
vulnerada (los “excesos” de la violencia, las “faltas” de la inse-
guridad, la impresión de desamparo respecto a los organismos
públicos...), es ciertamente fundamental inscribir una percep-
ción justa en la memoria, la calibración, la decisión y el segui-
miento de la acción. Por el otro lado, nada mejor que enarbolar
el principio de publicidad frente a los imperativos clásicos de
la gramática de la guerra que hacen del secreto y de la disimu-
lación aspectos centrales de la interacción con los otros.
Dos de los Principios para una paz perpetua de E. Kant
(1948) atribuyen a la paz una significación a la vez autónoma
(en relación con la guerra) y social (pues no puede ser ni par-
cial ni secreta): mientras que la paz se civilice (siendo justa y
pública), puede pretender no ser interrumpida (al menos en

266
los términos decisivos y radicales de una guerra). Un tercer
principio del que ya hemos hablado aparece entonces como
consecuencia de la fortaleza de los primeros: la paz puede per-
petuarse si surge y se afianza a través un marco civil y cívi-
co. La hospitalidad universal aparece como el cuarto principio
para concebir la paz civil como una construcción ciudadana:
en el territorio propio, es inaceptable tratar al extranjero como
enemigo. Este último principio es esencial en Caracas, don-
de el espíritu de la urbanidad privativa ha logrado propagarse
tanto.­
Todo espacio público urbano representa una realidad ci-
vil y cotidiana para sus usuarios, a la vez que es una reali-
dad operativa e institucional para los que allí prestan algún
servicio. Se trata siempre de un espacio de interacción en el
que coexisten usos plurales, competencias múltiples y pobla-
ciones diferentes (Joseph, I., 1998). De allí una “normalidad”
compuesta de convenciones y de prescripciones tanto como de
situaciones y de imprevistos. El orden de lo público no puede
entonces sino ser negociado, continuamente reconocido y actua-
lizado. La ecología del orden público se construye tomando
en cuenta las contingencias relativas a la apertura y a la vul-
nerabilidad espacial, al elevado grado de publicidad y a las
múltiples lógicas institucionales que participan. Algunas con-
diciones que determinan el uso citadino de los espacios públi-
cos pueden así ser precisadas. Ni imprevisto, ni incoherente,
más bien flexible y permeable. No se trata de un espacio vacío
a desertar ni de un espacio sobrecargado de símbolos. El refe-
rente empírico está allí donde hay una conjunción entre equi-
pamientos socioespaciales e interés público.
He aquí entonces el “telón de fondo” sobre el que se erige
la durabilidad civil de las interacciones y de los compromisos
que hacen perceptible la confianza constitutiva del orden pú-
blico. De todos modos, en una sociedad democrática, los obje-
tivos del orden, de la seguridad o de la policía se reconocen en
un mismo vocabulario: tranquilidad, confianza, organización
social, civilización, reciprocidad, disposición común, etc. El
orden público no es el campo de experimentación de las leyes
creadas para regularlo, ni el “coto de caza” de las fuerzas poli-
ciales y paramilitares del Estado, ni el nuevo Dorado de los be-

267
neficiarios de la seguridad privada. El orden público es aquel
en el que los usos citadinos se construyen sobre la base de
una coexistencia que no siempre es convivial y que no está al
abrigo de conflictos. Su desafío es actualizar las competencias
para administrar aquellos conflictos que pueden suspender la
paz civil al origen de cualquier interacción o agrupamiento en
el espacio público. Frente a estos conflictos, la necesidad de
contar con un soporte normativo y un servicio de seguridad
eficiente es evidente. Sin embargo hay que tener en cuenta
también la presunción tácita de respeto, dignidad y hospitali-
dad sin las cuales resulta una quimera progresar hacia un or-
den público en el que la paz civil, como un acto-reflejo, forme
ya parte de una pragmática citadina.
La emergencia de una cultura pública supone siempre
un trabajo de evaluación de las posiciones tomadas frente a
exigencias cívicas. La comparación entre las concepciones au-
toritaria e interaccionista del orden público permite valorar las
convergencias necesarias frente al trabajo de salvaguarda de
un vínculo. El orden público desde un punto de vista ecológico
identifica los elementos necesarios de organización, de adhe-
sión y de acción para que las formas elementales del vínculo
civil puedan imponerse como gramática de uso de los espacios
urbanos. De este modo, no hay necesidad de recurrir a la “na-
turaleza” para devolverle su espacio al orden, ni tampoco a “la
seguridad” para entender lo que constituye su fuente prima-
ria. Así, frente al otro nos exponemos mutuamente, al tiem-
po que hacemos lo necesario en gestos y palabras para hacer
entender que la vulnerabilidad propia a la “exposición de sí”
(Goffman, E., 1973) no se volverá insostenible. La civilidad que
muestran los citadinos cotidianamente abre ese taller de la
urbanidad en el que el orden público y el orden social pueden
encontrarse sin reducirse el uno al otro. Se hablará entonces
de mantener el orden público si se privilegian los procedimien-
tos para organizar el espacio del entre-sí, de garantizarlo en
caso de interpelación de sus principios y normas y de restable-
cerlo si la reparación de un perjuicio se impone. Pero el man-
tenimiento del orden público se basa en una gestión prudente
de la distancia social, al tiempo que su garantía resulta de la
reafirmación de sus formas y valores en los actos cotidianos y

268
su restablecimiento debe poder sustituir la necesidad de sen-
tirse seguro por una confianza construida desde una perspec-
tiva ecológica.
Como hemos visto, el análisis pragmático del orden pú-
blico interroga la manera como este orden se produce en (y a
través de) la experiencia de aquellos que participan: ellos lo
presuponen, lo esperan... y desesperan o lo cristalizan, man-
tienen, despiden, reparan... Una constatación importante para
las ciencias sociales aparece: los encuentros entre orden pú-
blico y orden social se deben menos a la conformidad de los
individuos a sus roles sociales, al respeto de las autoridades
o a la internalizaci+on de normas que a las maneras como el
vínculo civil se concibe, se compromete, se cuida y se repara
comúnmente22.

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22.  Recordemos el triple sentido del adjetivo «común»: (1) que pertenece o se
aplica a varias personas o cosas, (2) que concierne el mayor número y (3) que
es usual, corriente, ordinario.

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271
Caracas: territorio de una moderna
monumentalidad
William Niño Araque
(1995)

Cada generación recibe el patrimonio mo-


numental como una rica herencia que di-
lapida o acrecienta. Sometidas al pertinaz
desafecto del tiempo, las construcciones
del pasado no pueden aspirar a congelar-
lo, sobreviviendo inanimadas en una at-
mósfera de gases inertes: la arquitectura
detenida es una arquitectura muerta.

Luis Fernández Galiano

La novedad del monumento

Con acierto, Fernández Galiano se instala en el centro


mismo del problema: todos los monumentos son monumentos
nuevos.

Nuevos en sus fábricas, interminablemente recompuestas a


medida que el tiempo o el azar las desbarata; nuevos en sus
usos, continuamente cambiantes con las transformaciones de
la economía y la sociedad; nuevos en fin en sus significados,
permanentemente alterados por las retinas que los contemplan
y las culturas que los interpretan. En esa triple mudanza –ma-
terial, funcional y simbólica– reside la eterna juventud del mo-
numento.

273
Y es en esa mudanza donde hemos agudizado la atención
a la importancia inédita que adquiere el monumento de un
tiempo reciente. La ciudad moderna también es un patrimo-
nio, la interpretación de su monumentalidad exige el traslado
de su esencia significativa: extendida a lo largo del cañón del
valle, Caracas es signada a partir de 1947 por un crecimiento
inesperado y por las demoliciones que arrasaron con la ciudad
decimonónica. La caída del Hotel Majestic y la construcción de
la Avenida Bolívar marcan un período hasta 1957, en el que se
fragua el territorio monumental del siglo XX.
En tanto que arte útil, la arquitectura participa de la con-
dición mudable de los flujos económicos y las organizaciones
espaciales, continua Galiano; la construcción monumental
se teje y se desarma para formar el universo de las relacio-
nes espirituales y materiales. Los monumentos inmóviles se
mueven. Lo que pensamos de ellos se transforma, como una
metáfora adquiere nuevos significados. La trama de sus usos
es cambiante. Los edificios y conjuntos monumentales poseen
un valor simbólico y emotivo tan elevado que su naturaleza de
testimonio y monumento se tiñe siempre por el interés y la pa-
sión. Seguramente la referencia constante al estilo perezjime-
nista y los complejos democráticos frente a la dictadura son
los síntomas definitivamente irritantes que acusan el descuido
al que está sometida la construcción del paisaje moderno. “En
el palimpsesto que representan las construcciones históricas,
nadie renuncia a añadir su propia línea interpretativa o su
peculiar matiz”. En Caracas es especialmente significativa la
agresión perpetrada a toda la arquitectura efectuada durante
una década que no se termina de aceptar como gloriosa. Nue-
vos en su significado, los edificios de los cincuenta, en el epí-
logo del siglo XX, adquieren un especial valor simbólico y emo-
tivo, en una ciudad cuya naturaleza urbanizada permanece
como el más rotundo testimonio de un tiempo que no hemos
querido observar por el prejuicio, el interés o la pasión.
Las vanguardias modernas condenaron el monumento y
el museo como intereses de anticuario, para rescatar después
su infancia y retomar para sí la condición monumental. Pero
no se trata solo de recordar –como nos instara Le Corbusier–
que las catedrales fueron un día blancas, sino de comprender

274
que lo son todavía, inagotablemente regeneradas por cambios
físicos, funcionales e interpretativos. Sobre todo en esta ciu-
dad, sedimentada a la luz de la modernidad.

La monumentalidad de lo moderno

Caracas es el mejor síntoma: el culto rendido hoy día al


patrimonio histórico es el factor revelador, desatendido y sin
embargo esplendoroso, de una condición de la sociedad y de
las cuestiones que la forman. Desde los años sesenta, los mo-
numentos históricos ya no constituyen más que parte de una
herencia que superó la interpretación “idealista” (con la va-
loración exclusiva de los edificios perfectos) que no cesa de
aumentar debido a la incorporación de nuevos tipos de bienes
y categorías en las que ingresan el pop y el arte conceptual; la
ampliación del marco cronológico y de las coordenadas geo-
gráficas donde se inscriben amplían a su vez la interpretación
de esa monumentalidad. Desde entonces se han incorporado
todas las formas del arte de construir, cultas y populares, ur-
banas y rurales, sofisticadas y toscas, y todas las tipologías de
edificios: públicos y privados, de lujo y funcionales, y hasta in-
dustriales. Y todas las razones históricas y políticas. Así pues,
la esfera patrimonial ya no se reduce a los edificios individua-
les, sino que a partir de ese momento incluye también los con-
juntos construidos: manzanas y barrios, pueblos y ciudades.
En el paisaje de la ciudad contemporánea, la arquitectu-
ra académica, fundamentada en la poética del funcionalismo,
escenificó el marco en el que se dimensionó el canon de la
cultura popular e incorporó un nuevo estilo de vida al marco
de la sociedad. La referencia a estos espacios filtrados en las
urbanizaciones obreras transformó definitivamente el esque-
ma parroquial de La Pastora o San Juan hacia una diversidad
infinitamente actual y explosiva.
Así como la reurbanización de El Silencio, la construc-
ción de la primera etapa de la Ciudad Universitaria y las torres
del Centro Simón Bolívar cierran el ciclo de un tiempo prota-
gonizado desde 1930 por la primera modernidad, el inicio del
Aula Magna y la Plaza Cubierta, la urbanización 23 de Enero

275
y la autopista Caracas-la Guaira signarán la apertura de un
nuevo tiempo en la historia de la arquitectura venezolana que
ingresa en la tradición secular.
La complejidad de una espacialidad vinculada con las
tendencias de vanguardia, la búsqueda tecnológica y la ex-
presión de un funcionalismo extremo permitirán el desarrollo
de un laboratorio de espacios y de modos de comportamiento
notables a escala continental. La definición del área metro-
politana de Caracas extiende los límites donde se construye
el paisaje moderno; el dominio de la geografía a partir del de-
sarrollo de las nuevas autopistas; la implantación de una se-
rie de edificios autónomos, entre los que destacan: el Hotel
Humboldt, la Torre Polar, el Hotel Tamanaco, el Centro Profe-
sional del Este, el Club Táchira, el Hipódromo y el Helicoide;
la prolongación de las avenidas Bolívar, Sucre y San Martín,
establecen el campo de acción donde actuará una segunda
generación de arquitectos conducidos por una voluntad plena-
mente moderna.­

Las referencias

Instalada entre la ciudad de los sueños y la ciudad real,


la ciudad de la plena modernidad resguarda un arsenal de
referencias, situaciones y recuerdos que revelan la consagra-
ción de la ciudad cotidiana y verdadera. Los monumentos de
la modernidad, muchos de ellos presentes como bastiones
solitarios, revelan un recorrido memorable, ya que hacen ha-
bitable la utopía. Se comportan como las referencias inelu-
dibles del siglo XX y de algo que trasciende la vida urbana
contemporánea.­
Los documentos de los cincuenta se levantan entre las
ruinas como acentos en el inmenso texto de la ciudad, proyec-
tando el inconsciente en la ciudad misma. Conforman el cuer-
po simbólico de un saber venezolano y constituyen el trazado
visual de las referencias míticas que nos permiten reconocer y
redescubrirnos entre ellas.
Autopistas, esculturas, detalles, espacios internos, mobi-
liarios, avenidas y arquitecturas manifiestan públicamente la
verdadera dimensión escénica de la ciudad. Los monumentos

276
y los edificios permiten la apropiación del espacio urbano a
través del conocimiento de la historia; el Helicoide y la Avenida
Fuerzas Armadas; el Humboldt y la montaña; las Torres del
Centro Simón Bolívar y la Avenida Bolívar; el 23 de Enero y
la avenida Sucre; la Torre Polar y la Plaza Venezuela; el recin-
to interno del Aula Magna y la Ciudad Universitaria; el Aero-
puerto de La Carlota y el Parque del Este; los Boquerones y la
Autopista Caracas-La Guaira; El Circuito de la nacionalidad
y el Patio de Honor de la Escuela Militar; María Lionza y la
Autopista del Este, trazan la cartografía de una modernidad
inapelablemente caraqueña.

El monumento es una defensa contra el traumatismo de la exis-


tencia, es un dispositivo de seguridad; el monumento asegura,
tranquiliza y apacigua conjurando el ser del tiempo. Es una
garantía de nuestros orígenes y calma la inquietud que genera
la incertidumbre de los comienzos. Como desafío a la entropía,
a la acción disolvente del tiempo sobre las cosas naturales y
artificiales, trata de apaciguar la angustia de la muerte y la
aniquilación.

Los objetos brillantes

Al realizar una lista abreviada de objetos brillantemente


diseñados durante el tiempo de la modernidad, recuperados,
estimulantes, atemporales, y necesariamente transcultura-
les, nos damos la idea de la iconografía que atesoraría la ciu-
dad como museo: calles memorables, puntos estabilizadores,
abiertas perspectivas, plazas cerradas, espléndidas terrazas
públicas, monumentos, torres, escalinatas y jardines, patios
internos, edificios axiales, cruces de avenidas, portales urba-
nos, viaductos y, ¿por qué no?, avisos, vallas publicitarias,
barrios y atmósferas que producen nostalgia, pertenecen a la
visión de un museo ceremonial, vociferante y conmemorativo,
que también podría retornar el señorío de la ciudad que dia-
riamente se nos disuelve entre las manos.

277
Caracas, collage de escenarios

La arbitraria combinación de los estilos, todos relaciona-


dos con el moderno, es lo que permite la anarquía que iden-
tifica a lo popular. Aquí hay una tendencia hacia la mixtura
y las nuevas expresiones, creando continuamente situaciones
inéditas de espacios y comportamientos.
Dejando de lado los argumentos de los nostálgicos y los
naturalistas de las más distintas procedencias, la ciudad ha
edificado durante medio siglo, al mismo tiempo que su estruc-
tura arquitectónica, un modo discursivo e imaginal que priva
por sobre todos los demás medios, modos ecológicos y cultura-
les, como no lo hizo durante toda la historia del país desde los
tiempos de la conquista. Un modo discursivo e imaginal que
impregna la lógica constructiva de otros discursos con mayor
peso que el mismo discurso literario o religioso.
Desde los años setenta, nuestras generaciones utópico-
socialistas y las tardocomunistas se han enfrentado a un pere-
grinaje que no tiene ya la misma razón de ser. Apuntan todos
a un mismo gesto, una misma voz, una idéntica pretensión:
poner en paréntesis la lógica y el funcionamiento de nuestra
gran ciudad a todos los niveles, para acusarla fácilmente, sin
profundizar en los argumentos de lo que no posee: la estrati-
ficación, la fractura, el horror. Y es que Caracas, a diferencia
de un rompimiento, funciona como un inmenso collage (un
patchwork) en el cual Sabana Grande, El Silencio, Catia, Cha-
caíto, El Country y Altamira se conjugan en zonas permeables
en las que, franca e impunemente, penetramos a diario. El es-
pacio (sea hermoso, sereno, geográfico o ruidoso) se convierte
así en medio obligatorio y permitido, independientemente de
nuestra condición social.
Aparte de los síntomas aislados (que por lo demás no pa-
recen aumentar en calidad ni en cantidad), el discurso de los
esteticistas y los ecologistas de hoy es por lo general tan en-
deble como débiles son algunos de sus argumentos críticos
contra la lógica de funcionamiento de la ciudad. En efecto,
la mayor parte de las actitudes del caraqueño de fin de siglo
frente a lo que la ciudad le ofrece no se dirigen a la destrucción
del medio urbano (los saqueos del 89 son la excepción), sino a

278
conseguir la supervivencia de un discurso que cada día descu-
bre y construye nuevas caras.
Es aquí donde la ciudad, como escenario en el que se
construye la atmósfera de un tiempo, apunta plenamente su
valor. A pesar de sus inconvenientes, Caracas ofrece, sin lugar
a dudas, enormes ventajas para el trabajo, el ocio, lo cotidiano
y mayores ventajas en lo que concierne a la vida espiritual de
sus habitantes. Nuestra gran ciudad permite un aislamiento
y una privacidad que propicia la génesis, cuando no la expre-
sión, de pensamientos particulares.

La anarquía como estética de lo monumental

Este aspecto es lo que posiblemente sustancia eso que


se llama ética y estética de lo venezolano. No se puede negar
que las zonas de privacidad en la gran ciudad no han sido fa-
cilitadas exclusivamente por los intereses del urbanismo o la
arquitectura, sino de acuerdo con más de un criterio en el cual
la relación de clase social se mezcla, a partir de un gusto, con
referencias particulares, que más de una vez han enfrentado y
desconcertado los más poderosos intereses.
Podríamos incluso argumentar que el estilo particular de
los venezolanos ya no queda fijado tanto por su forma peculiar
de alimentarse, vestir o tocar un instrumento según la geogra-
fía, por la elección de tal o cual culto religioso y menos todavía
por la actitud asumida frente a un televisor (que es siempre
idéntica) como por la forma peculiar y prevista del indudable
margen de anarquía con que los caraqueños han organizado y
utilizado su ciudad.
Aquí, la acción se invierte: si durante la primera mitad
de siglo, Caracas conformó una geografía construida por toda
la nación, a partir de la segunda mitad del siglo lo venezolano
aparece como una condición pautada por lo caraqueño. En
definitiva, hoy, el estilo exteriorista y “playero” del venezolano
está marcado por esas constantes en sus procedimientos de
utilización urbana que se repiten por igual en gestos de combi-
nación armoniosa entre lugares tan disímiles como la Avenida
Sucre, la Basílica de la Chinita, la Plaza Bolívar de Cabudare
o el Sari Sari Ñama. Nuestro punto de partida es que Caracas

279
constituye, en el tiempo de hoy, el gran texto en el que apren-
dimos a vivir. Se diría que en su totalidad corresponde a un
conjunto de frases disímiles y dispersas que la convierten (em-
plazada en la geografía del valle) en una de las ciudades más
raramente hermosas e imprevisibles de la contemporaneidad.

Cadáver exquisito, Caracas como texto monumental

Caracas entera equivale a toda una obra literaria, mucho


más inacabada que la mayoría de las ciudades del continente
(México prehispánica, Bogotá colonial, Buenos Aires decimo-
nónica, Lima virreinal). Una ciudad a la que se pueden añadir,
ya no únicamente párrafos, sino capítulos enteros, una fasci-
nante novela en la que cada entrega constituye un capítulo en
la construcción del gran texto abierto.
La analogía no es gratuita. La ciudad puede ser entendi-
da como un descomunal texto en prosa, generalmente inaca-
bado y la historia urbanística de la ciudad es también la his-
toria espiritual y monumental de ese complejo texto, en cuya
elaboración, por supuesto, están presentes cambios de autor,
estilo y hasta género literario.
Así, la ciudad ofrece como parte de su texto, el género
épico-criollo (barrio El Silencio); el género lírico-arrasado (las
huellas dispersas del modernismo de Campo Alegre o Los Cho-
rros); el género novelesco (la ampliación, tan próxima a la no-
vela realista que va desde las dos imponentes torres del Cen-
tro Simón Bolívar, hasta el neoclasicismo aparecido en el eje
marcado por los chaguaramos del Parque Vargas); el género
heroico venezolano (enmarcado entre los dos kilómetros que
se extienden desde el indio a caballo hasta el patio de honor
de la Escuela Militar); el género abstracto-concreto (hermana-
do con la poética de Cage y visualizado en los espacios de la
Ciudad Universitaria); el género agrario-urbano (entre cerros y
barrancos); el género tragi-cómico (llevado a un grado de inevi-
table perfección en ese nuevo barrio que hoy habitamos en el
Parque Central) y hasta el género bizarro-moderno (dispuesto
entre los bloques del 23).

280
23 de enero; espejo de lo bizarro-moderno

La interpretación de bizarro como galicismo corresponde


a una categoría que amplía el grado de aceptación del monu-
mento hacia lo extravagante, raro y no funcional. Se distancia
de la acepción castiza de la pura valentía que abrazaba la nue-
va escala de la ciudad obrera.
La construcción del enorme conjunto habitacional que
abraza el sistema de colinas volcadas hacia el valle principal
de Caracas constituye el último gesto heroico y el capítulo de
expansión que configura definitivamente la ciudad del siglo
XX. Acierto histórico o fracaso, estimulante apuesta hacia el
futuro o masificación del estilo de vida, siguen siendo hoy, a
cincuenta años de su planificación, las incógnitas que identifi-
can este notabilísimo trozo de la caraqueñidad.
El 23 de Enero corresponde a un territorio extendido des-
de el oeste del centro histórico de Caracas; desde el Parque El
Calvario en Caño Amarillo, hasta los confines de Los Flores de
Catia; 220 hectáreas, 5 colinas intervenidas, todas ellas rami-
ficaciones de Loma Quintana, abiertas a la luz, a la montaña,
cruzadas por la vialidad tangencial, sembradas por 52 pris-
mas neoplasticistas de 15 pisos impecablemente distanciados,
dispuestos a la orientación solar y a la sana ventilación, tra-
zan la morfología de esta odisea arquitectónica.
El escenario teatralizaba en la ciudad la escala de las
grandes transformaciones, emulaba el espíritu de la construc-
ción, marcaba también el sueño cartesiano de Le Corbusier a
la luz de la genialidad e interpretación formal de otro maestro:
Carlos Raúl Villanueva. La urbanización 23 de Enero se expo-
ne a Caracas como un manifiesto ético de la urbanidad, un la-
boratorio de planteamientos tecnológicos, sociales y estéticos
que el tiempo se encargaría de contradecir.
La propuesta integraba la utopía funcional y racionalista
de la ciudad obrera con la ciudad jardín. Los prismas, escul-
tóricamente dispuestos sobre las colinas, establecían el rigor
de un nuevo funcionamiento a lo largo de las espléndidas te-
rrazas públicas. El plan original comprendía la construcción
de tres centros a escala vecinal (Sagrado Corazón, La Planicie
y La Cañada) y un gran centro a escala de toda la comuni-

281
dad (Cristo Rey), además de zonas para industrias ligeras y un
proverbial sistema de áreas verdes en los sectores de mayor
pendiente: jardines de infancia y abastos, canchas y escue-
las, mezclados con las viviendas, demostraban la tesis de esa
nueva funcionalidad como estilo de vida. El desafío que ofrece
el 23 está en cubrir las expectativas del nuevo siglo para una
población que hoy se acerca a los 150.000 habitantes, distri-
buidos en dos sistemas espaciales opuestos: por un lado el
súperbloque reseña la unidad de habitación nacida de una
poética cartesiana como modo de vida moderna; por el otro, la
progresiva invasión de los barrios densificados informalmen-
te marca el territorio bizarro de una poética aleatoria. Estos
sistemas nacen de una interpretación inocente de la civiliza-
ción versus la barbarie; opuestos desde sus geometrías, cons-
tituyen dos asombrosos laboratorios estéticos y sociales de los
que se pueden sacar estimulantes y temibles conclusiones: la
fortuna de un tesoro de posibilidades ante la gerencia y la va-
lidez de las propuestas políticas.
La vivienda informal se ha transformado con una gran
vitalidad, desde el rancho fragilísimo a la casa permanente,
mientras que los bloques se deterioran en profundidad. La
densificación poblacional de los barrios ha acentuado las ca-
rencias, pero es en los bloques donde se ha presionado nega-
tivamente los servicios (agua, basura, ascensores, vigilancia).
Sin embargo, esta “informalidad urbanística entre la fluidez de
los ranchos y la rigidez de los bloques ha impregnado el tejido
urbano del territorio de una particularidad, además de su re-
conocida dureza y violencia, de una atmósfera popular”.
Y es que desde el barrio El Observatorio hasta la Plaza
Pérez Bonalde se desata una secuencia de puntos entrañables
y terrazas públicas; Barrio Colombia, La Calle, La Libertad,
La avenida Sucre, Cristo Rey, La Cañada, Monte Piedad, La
Planicie, El Descanso, El Morán, Loma Quintana, Sans Souci,
Los Arbolitos, El Carmen, El Limón, Sierra Maestra, Andrés
Eloy Blanco, Camboya y El Mirador se encadenan a lo largo
de esa secuencia, con la expectativa futura de un proyecto que
los agilice; establecen una incipiente muralla urbana, moldea-
da por la vialidad, un paredón aleatorio, de trama continua,

282
compacta y medieval, sutilmente posada sobre la geografía,
como una red, independiente a los megalíticos volúmenes.
Barrio Sucre, por ejemplo, constituye un incuestionable
fenómeno de arquitectura urbana; sus casas, ubicadas en el
sentido norte y sur, crecidas entre el área verde que separaba
la primera de la segunda etapa de la urbanización, permitieron
estructurar casi escultóricamente un trozo de ciudad sólido.
Una ciudadela compacta y continua, de seis pisos, apuntalada
como un barco encallado, como una cuña dispuesta hacia una
diminuta plaza de bulliciosa vitalidad.
El 23 de Enero fija el símbolo del nacimiento de la de-
mocracia. Sin embargo, sus bloques perpetúan en el paisaje
urbano la memoria de la dictadura, representan el sueño de
una ciudad obrera implantada entre las asépticas colinas ver-
des. Es la paradoja de una conciencia cultural crecida como
la radiografía de la segunda mitad del siglo XX. En la Caracas
contemporánea es la sedimentación de una forma de vida con-
creta y real. Los barrios y el deterioro acrecentado durante la
misma democracia someten el desafío de desactivar esta si-
tuación que en ocasiones aparece como una bomba de tiem-
po, matizada por la musicalidad de sus habitantes. En sus
bloques, al margen de la ilusión transitada en sus “calles aé-
reas” y al margen del terrible miedo que imponen sus oscu-
ras escaleras internas, se dibuja la posible conquista de una
auténtica reurbanización: pavimentar los intersticios dejados
por los edificios aislados como áreas de juegos, trabajo y de
reunión, dispuestos en una geometría integradora, creada de
ejes de palmas y árboles de los más variados tipos; promover
calles y veredas tropicales son parte de una acción monumen-
tal, la cual podría ejecutarse paralelamente en un plan general
de reconstrucción: que la urbanización cartesiana aprenda del
barrio aleatorio e informal y que la ciudad al margen aprenda
de la racionalidad, deja abierto el desafío.
Del 23, a lo largo de su gigantesca y sinuosa avenida cen-
tral, nacida desde Caño Amarillo y Monte Piedad, entre los mu-
ros de helechos, hasta la inesperada avenida Morán, siempre
se recuerdan sus canchas, desplazadas entre colinas, iglesias,
escuelas, talleres mecánicos, bodegas y tintorerías; siempre se
recuerdan sus mercados volcados hacia la vía, niños y madres

283
a la espera del transporte. Siempre se recuerdan las alcabalas
y muchísima gente joven entre los barrancos y a la espera de
un tiempo mejor.
El 23 de Enero representa en el paisaje del valle caraque-
ño la historia moderna de una monumentalidad inconclusa.
En Caracas, el 23 es nuestro espejo, en él se reflejan la ran-
chificación de los bloques y la arquitecturización de las ciu-
dadelas que lo bordean; es la promesa contradictoria de una
felicidad colectiva. Su paisaje moderno y posrural es la confi-
guración definitiva del espíritu que coincide plenamente con el
país de este siglo. A la distancia, el 23 es la realidad visual de
Caracas y acentúa la visualidad de la historia.
Desentender sus situaciones y la descripción de sus es-
pacios es desentender la comprensión del monumento. Es
olvidar un eslabón capital que nos incita a la posibilidad de
pensarnos como sujetos de una historia caraqueña, distan-
ciada definitivamente de la imagen melancólica de La Pasto-
ra; es ubicarnos en una idea contemporánea como habitan-
tes y creadores de una república monumental. Sin embargo,
esa monumentalidad caraqueña debe declinar las ideas de-
cimonónicas orientadas exclusivamente a resguardar el lujo
concebido como orden, proporción y medida. El 23 resguarda
tres categorías que lo involucran como el síntoma del siglo XX;
construye el paisaje de lo moderno a partir de una nueva esca-
la descomunal; fija en el espacio la conciencia de una ciudad
obrera; y establece el territorio en el que se debaten los límites
extremos de la vida contemporánea.
El 23 es una urbe de márgenes signada por la intensidad
de sus espacios paradójicos. Los barrios encarnan otra polis,
compleja e infinita, configurando así una ciudad real y a la
vez análoga. Ciudad irrepetible e impenetrable. Un laberinto
urbano, una realidad política inaceptable, la expresión de la
forma traumática en la que sin embargo florece la vida. Es
la imagen inevitable de una catástrofe. Los barrios represen-
tan el híbrido de una desproporción extremadamente urbana,
vertiginosamente constructiva, hecha de bloque sobre bloque,
abismalmente política. Es la construcción esperanzada que
sin orden, nace de la nada. Paradójicamente, los bloques for-
malizan inocentemente la mirada valiente, romántica, heroica

284
y paternalista que nacía del Estado. Es la expresión “respon-
sable” del gobierno sobre el espacio caraqueño.

El tiempo demoledor

La herencia

Me gusta pensar la ciudad como una herencia prodigiosa


o como un espectáculo de proporciones descomunales. Para
comprenderla, la ciencia de la arqueología, el estudio de las
rutas y las corrientes, el conocimiento del relieve, las descrip-
ciones de todas las ciudades que se extienden desde Las Ad-
juntas hasta Guarenas, el análisis de la humedad y el clima,
las variaciones de la luz, la medida de las lluvias tempestuosas
o de las sequías, las imágenes, los edificios y los carros apare-
cen como el dominio de una cartografía en la que se puede ex-
plorar el territorio y su geografía, medir las temperaturas y los
vientos más desconsiderados, que desde Barlovento arrastran
en ocasiones árboles, avisos luminosos, cubiertas y fachadas.

Melancolía

Las leyes que inexorablemente rigen la presencia de la


Caracas deseada se establecen a partir de una particular com-
prensión del pasado (bien sea lejanísimo, jurásico, geológico, o
muy cercano, referido a la modernidad) en tanto que previsión­
del futuro. Es este particular entendimiento de lo pasado, de
lo recientemente acaecido en la banalización de la cultura mo-
derna, lo que produce en Caracas la desazón de las cosas per-
manentemente inconclusas, desazón que lejos de resonar en
la poética nostalgia hace presente una patética melancolía a
lo largo de los momentos brillantes que dan cuerpo a nuestra
ciudad. Son esos sentimientos inquietantes y esas sensacio-
nes positivas cortadas al filo de la ilusión las que movilizan
nuestros esfuerzos “en pos de esa quimera que es el acabar”,
dar rostro a una ciudad.
Hoy, justamente al finalizar el siglo, no podemos olvidar
que en ocasiones en Caracas se produjo la feliz conjunción de

285
factores que nos regalaron esos momentos dulces de la mejor
ciudad. En esos momentos atrapados y extendidos desde El
Silencio hasta Los Caobos; desde el Hotel Humboldt hasta el
Club Táchira; desde El Tamanaco hasta la casa de Gio Ponti
en El Cerrito; de la Plaza Cubierta de la Universidad hasta el
jardín de Burle Marx; allí la ciudad de la modernidad plena,
por fin conformada en su recinto, entre parques y autopistas
fijó, más allá de la montaña geológica, el escenario de su pro-
pia serenidad contemplativa.

El tiempo reciente

En Caracas presenciamos, pues, sin tiempo para medi-


tarlo, una sustitución en la que las coordenadas de la geografía
natural y de la geografía histórica se enlazan en un raro tejido
que expresa un tiempo reciente y demoledor. El tiempo adquie-
re aquí, a lo largo del cañón del valle caribeño, la potestad de
otorgar o cancelar la vida de los objetos arquitectónicos: esa
descifrable relación entre el tiempo y la vida, entre el tiempo y
la naturaleza, entre el tiempo y los objetos, entre el tiempo y la
arquitectura, o por el contrario, entre el tiempo y la muerte.
En las torres del Centro Simón Bolívar, en el Club Tá-
chira o en el Hotel Humboldt, el inexorable envejecimiento de
la materia que da cuerpo a la arquitectura marca como una
pátina el paso del tiempo. Pero también explica si posee vida
propia o no. Pisotear las viejas lozas de mármol a lo largo de
Los Próceres o caminar entre el cuerpo descarnado de la ar-
quitectura del edificio Los Andes nos dice del señorío de las
piedras y nos habla de nuestra única historia; podemos sentir
las heridas inscritas en la piel del material, las huellas, el ros-
tro de una vida que otros caraqueños han ido marcando en su
superficie a lo largo del tiempo.
Nos ubicamos así, ante el problema de la naturaleza de la
arquitectura urbana caraqueña: de la información instructiva
disponible, de cómo ha de formularse un discurso deseable, de
qué criterio deben determinar el contenido ético preferido por
los objetos de arte que dan cuerpo a la ciudad. La ciudad como
territorio estimulante de cultura y finalidad educativa, la ciu-
dad como fuente sonora y benevolente de información casual,

286
se establece así, a pesar de su cuestionada belleza, como la
posibilidad de una poética urbana capaz de normar su futuro.
Un futuro establecido en un momento en que paradójicamente
Caracas, la ciudad cívica, del sexo comulgado, del humanismo
y del enamoramiento, se hace cada vez más pequeña, a pesar
de su desproporcionado gigantismo.

Epílogo

Lo estremecedor

La ciudad que vivimos, la Caracas de los grandes mo-


mentos, de los discretos objetos, de las tormentas eléctricas y
la brisa cálida, de los episodios expresados con precisión, de
los residuos del decoro clásico, del incipiente optimismo libe-
ral, del ahistoricismo modernizante, la ciudad que amamos y
la que aspiramos, se dirige más bien a la cultura que a la tec-
nología; se dirige más bien a la nostalgia y a la evocación que a
los problemas que tanto nos fatigan. Pues, a pesar de nuestras
reservas dispuestas a percibir la ciudad como el crujir de mo-
numentos, o como una simple antología de puntos históricos
memorables, o lo que es peor, como una secuencia cotidiana
de martirios, es difícil no admitir que desde los boquerones
que anuncian el cañón del valle avileño hasta La Urbina, rum-
bo a Guarenas; desde al túnel de Los Ocumitos a la bajada de
Tazón; desplazados entre Coche y La Rinconada, rumbo a los
viaductos y a La Planicie; desde La India de El Paraíso hasta
los Estadios; desde la valla nocturna de la Coca-Cola en la
Plaza Venezuela hasta las Filas de Mariches; desde el Obelisco
a Sabas Nieves; desde las avionetas que retornan a La Carlota,
antes de las lluvias torrenciales y los vientos descomunales al
anochecer; desde la solaridad absoluta, a lo largo del vértigo
de la autopista entre gandolas, es difícil no admitir la rotun-
da y estremecedora capacidad de conmoción y asombro que
promueven sus escenarios; es difícil no admitir que a pesar de
sus años recientes y de su iconografía en movimiento, Caracas
es una herencia prodigiosa y un espectáculo de proporciones
descomunales.

287
Paralelamente a ello, tampoco podemos olvidar la exis-
tencia de testimonios privados, testimonios solitarios y con-
movedores, testimonios únicos, amarrados a la geografía,
dislocados entre los barrancos, testimonios caraqueños, los
cuales exigen ser protegidos y exhibidos en una pluralidad de
manifestaciones. Quisiera comentar aquí el impacto de la vista
de la montaña con el hotel en su cúspide, siempre cambian-
te, sol a sol en perpetua transformación, observada desde las
colinas de Bello Monte, o el asombro que cada hora me pro-
ducen los jabillos en su avenida, o el vértigo del paisaje desde
la autopista, o las bandadas de guacharacas al atardecer, o el
redescubrimiento de los prismas del 23 desde la avenida Su-
cre. Por ello, la condición de lo moderno como historia en su
misión de cultura no es fácilmente comprensible. Su abierta
presencia es más tolerable que su condición subyacente, y es
esta condición subrepticia la que argumenta ante la aparente-
mente superficial designación de ciudad museo su validez, su
urgencia y aplicación como vía rectora de una normativa para
la conservación y el mantenimiento de los maltratados monu-
mentos de la modernidad.

288
La significación de lo urbano
en la cultura venezolana
Silverio González Téllez
(2004)

Introducción: recorrido propuesto

Disertar sobre la significación de lo urbano en la cultura


venezolana implica comenzar por la acepción predominante de
lo que quiere decir urbano. Ese significado predominante es el
de ciudad, es decir, un asentamiento humano o convivencia
social aglomerada y organizada en un territorio. Comenzare-
mos nuestra reflexión con esta acepción de lo urbano como
ciudad y con ella en mente presentaremos una síntesis del
recorrido que hemos realizado por tres registros culturales re-
lacionados con el tema de la convivencia citadina: 1) la idea
de ciudad, 2) las dinámicas y cristalizaciones que se distin-
guen en la memoria de la convivencia venezolana, y 3) la inter-
pretación del malestar en la convivencia venezolana. Durante
el recorrido propondremos un significado más profundo de
lo urbano como alternativa a los problemas de la conviven-
cia citadina. La propuesta rescata una significación latente y
emergente de lo urbano, que si bien quiere decir asentamiento
poblado, también refiere a estar atento, brindar cortesía, ofre-
cer una apertura al diferente, lo cual sugiere una sociabilidad
centrada en la atención al otro en tanto diversidad. Por eso en
el diccionario aún se define urbanizar como la acción de “ha-
cer sociable a una persona”.
De este recorrido arribamos a la presunción de que nues-

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tra cultura no ha construido hasta ahora una convivencia in-
cluyente y sostenible y nos preguntamos por qué y cómo resol-
ver tamaño dilema.
La reflexión que hacemos se concentrará en una micro-
sociología de la convivencia que concibe la realidad humana
como cultura construida y constructora. No profundizaremos
en fuentes, datos, teorías, hechos o contextos específicos inves-
tigados en el recorrido por las tres temáticas. Nuestro esfuerzo
aquí se aplicará a repertoriar las relaciones entre las distintas
visiones, afectos y explicaciones que han sido identificadas en
los registros culturales trabajados; a partir de esas relaciones
arriesgaremos sucesivas interpretaciones hipotéticas sobre la
cultura de la convivencia venezolana y sobre su potencialidad
urbana en el más amplio sentido indicado.

La idea de ciudad

Juan Nuño decía que no hay ciudades inocentes, ya que


detrás de cada ciudad hay una idea. En nuestra cultura pode-
mos afirmar que detrás de nuestra convivencia hay una idea
dicotómica de ciudad, es decir, dos ciudades que son antagó-
nicas pero coexisten e impregnan nuestra convivencia citadi-
na: ellas son la ciudad ideal y la ciudad natural.

La ciudad ideal o positiva

En la cultura venezolana encontramos una ciudad es-


criturada, ordenada, ideal, basada en la razón, la ley y el de-
ber-ser que se expresa en edictos, ordenanzas, leyes, planes,
discursos, planos, reglamentaciones, la cual observa y atien-
de espacios físicos, funciones, estructuras, objetos, cuyo pro-
pósito es instrumentar eficientemente soluciones y gobernar.
Surge de una idea de ciudad positiva en cuanto que enfatiza
lo delimitado, identificable, explicativo y al mismo tiempo nor-
mativo. Su fuente cultural más fuerte es la razón positivista
que desde el Renacimiento retoma la filosofía griega y con ella
propone una alternativa humana a la ciudad de Dios. Primero
formula ciudades utópicas, luego se plantea las ciudades cien-

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tíficas y planificadas con una razón que garantiza la eficiencia
y el progreso.
Una clara evidencia de la ciudad ideal la encontramos en
la definición de población urbana que usamos oficial y regular-
mente. En Venezuela y en muchas partes del mundo cuando
definimos un asentamiento urbano se establece un criterio de
igual o más de 2.500 habitantes que residen en viviendas no
distantes de 500 metros entre ellas. Esta definición numérica-
residencial delimita la población urbana a partir de un modelo
básico de convivencia aglomerada y asentada en un lugar fí-
sico, según una pauta de 5x500/500, es decir 5 personas por
vivienda por 500 viviendas entre 500 metros de distancia. Aquí
la identificación de la población es al mismo tiempo objetiva y
normativa. El concepto decide que la realidad urbana no sólo
es así sino que debe ser así. Esta ciudad positiva, ideal, parte
de un sentido de superioridad excluyente que es el modelo de
la realidad que se identifica con un número, una estructura,
unas reglas, unos objetos, funciones y espacios. Lo que ese
modelo no considera no existe, es desorden, es ruido, se niega.
En el ejemplo de la definición de población urbana allí se de-
jan afuera todos los aspectos de la actividad o de la movilidad
de la población asentada.
El urbanismo progresista, identificado entre otros por
Francoise Choay, continúa esta representación de la ciudad
positiva en los últimos dos siglos. Le Corbusier decía que la
cultura es un estado de espíritu ortogonal, y la ciudad radian-
te es la ciudad de un futuro luminoso donde el hombre es pre-
definido por un modelo de funciones cuyo orden garantiza el
progreso. Cada área tiene una función, cada función un lugar
en la estructura. El pasado es un obstáculo a ese orden y por
tanto es prescindible. El desorden es todo aquello excluido del
orden definido en el modelo, por tanto cualquier comporta-
miento o manifestación fuera de lo delimitado no existe o será
subordinado, como por ejemplo lo fueron los centros tradicio-
nales de las ciudades o los barrios populares.

La ciudad negativa o natural

Otra idea de ciudad reta y resiste a la ciudad homoge-

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neizante y positivista. Es la idea de una convivencia que res-
ponda a la naturaleza o a la tradición de un lugar o contexto,
que trata de ser fiel a su naturaleza propia, a su historia, a
su particularidad, interioridad y subjetividad, por lo cual se
opone fehacientemente a todo orden externo o impuesto, inde-
pendientemente de que éste venga de la ciencia o de la técnica,
pues se asume como una intervención que anula el alma de la
ciudad o lo más preciado de la civilización, su diversidad.
Varias corrientes culturales han alimentado esta visión
de la ciudad. La más importante de ellas es la tradición judeo-
cristiana. El relato bíblico confronta a la ciudad terrenal de
Caín por asentarse sólidamente en la tierra de los pecadores y
por preferir sus adquisiciones a su hermano. Por eso el nom-
bre de la primera ciudad bíblica es el mismo nombre del hijo
de Caín, llamado Enoc. La ciudad del hombre no ofrece sal-
vación del alma ni la eternidad. Se produce una ruptura del
orden divino con el orden humano-natural y la angustia por
restablecer la armonía estará siempre presente en Occidente
como fuente de condena del mundo real, es decir, del mundo
citadino de hoy. Pero el Cristianismo y su condena a las fija-
ciones adquisitivas y materiales del mundo terrenal también
conllevó a construir una comunidad de hermanos cristianos
según la cual la sola declaración de la fe permitía el ingreso
a la comunidad de los hijos de Dios, lo cual ha contribuido a
la paradoja de que es en las ciudades donde el Cristianismo
ha progresado más y ha creado una comunidad espiritual de
individuos aún en expansión.
En los últimos dos siglos, la corriente del Romanticis-
mo profundizó el rechazo a la ciudad positiva a través de la
condena al nuevo orden industrial-masificado, que se presen-
taba como máximo exponente de la civilización moderna. El
movimiento romántico resalta el espíritu poético y natural del
hombre, así como las convicciones y la fortaleza interior, di-
mensiones que se ven amenazadas por la homogeneidad de
la masificación creciente que aliena y degrada al espíritu. Un
poeta de esa corriente decía que “la libertad muere en la basu-
ra de las ciudades”.
En el campo de la teoría social, el marxismo ofrecerá
una explicación de la aparición histórica de la ciudad como

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explotadora del campo y del trabajo manual y propondrá para
el futuro comunista su disolución una vez que las contradic-
ciones de clase social hayan sido eliminadas y seamos todos
iguales. Para esta teoría, la ciudad buena es la ciudad disuel-
ta. Tesis que inspiró esfuerzos de planificación socialista en
la URSS, China, Cuba y otros países del desaparecido bloque
comunista.­
La idea de ciudad negativa va a concretarse en una co-
rriente de urbanismo que ha sido llamada culturalista, que
encierra muchas variantes, pero que coincide en la condena al
crecimiento urbano y a la consecuente pérdida de la riqueza
personal e histórica de las ciudades.
En la cultura venezolana actual la idea de ciudad natural
se ha expresado con fuerza en una resonante corriente que
ve negativamente a las ciudades. Tanto a nivel de la opinión
mayoritaria de habitantes de las ciudades como a nivel de
los decisores políticos del siglo XX, la visión de Caracas y de
las ciudades centrales ha sido particularmente crítica. Sirva
de muestra la opinión influyente de Arturo Uslar Pietri, quien
cuestionó arduamente la incivilidad y pérdida de identidad
de la Caracas que él percibía desbordada. Por otra parte se
encuentran los esfuerzos de sucesivos gobiernos de distintas
tendencias que han evitado el reconocimiento a los barrios po-
pulares como parte de la ciudad, han promovido inversiones
hacia el sur deshabitado del país y han desestimulado el creci-
miento económico de la ciudad central. Si revisamos la opinión
de los residentes de Caracas, se encuentra también un alto
rechazo a la ciudad existente porque la consideran desorde-
nada, con mucha gente y hostil, a pesar de que reconocen las
oportunidades que ofrece, el clima y el paisaje que la favorece.
Pareciera que predomina un uso instrumental de la ciudad,
donde se vive para trabajar y utilizar sus servicios, pero de la
cual se sueña escapar a una vida tranquila en el campo, en un
pequeño pueblo o a una ciudad espectáculo en el exterior.

Ideas antagónicas de ciudad

Estas ideas de ciudad se presentan antagónicas, dico-


tómicas y muestran cómo a pesar de constituir ambas parte

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de nuestra cultura se encuentran enfrentadas. Postulamos la
tesis de que nuestro malestar cívico está en relación con esta
incomunicación cultural, pues dos dimensiones de la cultura
de la convivencia se anulan: la ciudad del discurso y la ciu-
dad del sentimiento. Más específicamente, la ciudad positiva
es la cultura objetiva y uniforme del hacer razonado, eficiente
y rentable, de acuerdo con un orden funcional de umbrales
numéricos, áreas, reglamentaciones y zonas delimitadas para
una convivencia ordenada, que se traduce en mayor confort
material, en producción de bienes y servicios y comportamien-
tos reglamentados. Mientras que la ciudad negativa es la cul-
tura del ser y la diversidad de los sujetos, de las identidades,
de las tradiciones, del sentido valorativo y subjetivo que resis-
te o queda fuera de la masificación y la instrumentalización de
la vida de la ciudad. Ambas dimensiones se enfrentan, fuerte-
mente estimuladas por la lógica industrial del siglo XIX y XX, y
ahora se confrontan más debido a las tendencias globalizado-
ras del siglo XXI, donde los flujos de las redes informacionales
de las actividades más productivas reinan en la conexión o
desconexión a la economía, mientras las comunidades y perso-
nas se encierran cada vez más desconfiadas, desligadas de las
actividades más productivas, y refugiadas en creencias, afec-
tos y dioses, como lo han reportado Richard Sennett, Manuel
Castells, Alain Touraine y Anthony Guiddens. Se presagia así
la disolución de la idea gloriosa de la civilización moderna y la
pérdida de sentido de realidad social.

La convivencia urbana como comunicación

Una noción de lo urbano alternativa se abre paso, sin


embargo, desde las últimas décadas del siglo XX, que intenta
resolver el dilema de la ciudad dicotómica o de la doble idea de
ciudad en la cultura. Esa noción evita restringirse a un agre-
gado de individuos, casas, zonas funcionales o a encerramien-
tos comunitarios o subjetivos; por eso se centra en la comuni-
cación. En efecto, varios autores van a formular una revisión
de la concepción dualista y antagónica de la realidad urbana y
la presentan como un problema de comunicación. Un pionero
de esta visión es, a nuestra manera de ver, Max Weber cuando

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apreciaba el valor de la ciudad occidental medieval en aquella
diversidad cosmopolita que lograba constituirse en autonomía
y autoridad legítima, donde la institución más importante eran
los tribunales. Más cerca en el tiempo, Melvin Webber, Fran-
coise Choay, Henri Lefebvre y Richard Sennett desde perspec-
tivas distintas llegan a definir lo urbano como comunicación
de la diversidad. En Venezuela, Roberto Briceño-León, Maru-
ja Acosta, Arturo Almandoz esbozan también esta salida. Y, a
nuestro entender, el autor que más ha elaborado esta tesis es
el psicólogo colectivo mexicano Pablo Fernández Christlieb, de
quien somos tributarios en esta interpretación. La propues-
ta, en síntesis, es drástica: lo urbano se concibe primero que
nada como un ámbito temporal-espacial más que espacial-
físico, más dinámico que estructural, más intersubjetivo que
individual. Por tanto, lo urbano se concibe como una entidad
psíquica, un espíritu, una sociabilidad, una forma temporal,
con lo cual puede postularse que el espíritu urbano es un mo-
mento donde las distintas ideas de ciudad se comunican, es
decir, encuentran un sentido común.

El espíritu urbano

Si lo urbano es un espíritu es porque con esa palabra


queremos llamar al sentido que emerge en el encuentro de co-
rrientes culturales diversas, de una realidad hecha de comu-
nicación. En efecto es una realidad simbólica, construida de
una relación esclarecedora entre pensamientos e imágenes.
Cuando aparece crea luces, centro y politiza porque construye
un puente en la diversidad, una comunidad en la diferencia.
Puede haber conflicto o comunión, pero siempre hay relación.
Pero lo urbano no es único ni permanente. Mientras los en-
cuentros crean sentido, en otra parte del espíritu van acumu-
lándose objetos que sólo repiten y por tanto la relación des-
aparece. Esta parte de la comunicación ocurre en la periferia
de la cultura y se llama ideología, porque se vuelve rígida, fija,
oscura y repite ideas y sentimientos. De manera que la comu-
nicación se presenta como movible y dinámica porque abre o
cierra relaciones, se crean significados o se oscurecen, mien-
tras que hay otra parte del espíritu que distribuye el sentido

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al inscribirlo en los objetos, en las palabras, en los edificios y
se vuelve estructura pesada y sedimentada pero con memoria.
La politización ocurre cuando esa memoria durmiente en las
palabras u objetos resucita con la ayuda de otra significación.

Las formas de convivencia en la historia venezolana

En la convivencia venezolana pueden distinguirse varias


decantaciones y transiciones que la memoria colectiva nos
permite ubicar y que proponemos revisar. Hemos distingui-
do seis ciudades o formas de convivencia, inspiradas en José
Luis Romero: la hidalga, la criolla, la patricia, la burguesa, la
masiva y la violenta. Proponemos una síntesis de la dinámica
y estructura de la ciudad venezolana en estos seis momentos.

La ciudad hidalga

Los conquistadores españoles fueron recibidos y luego


resistidos por una población indígena que no había construi-
do ciudades en el territorio que después sería Venezuela. Por
tanto, la primera ciudad, que llamaremos hidalga, fue un acto
legal de dominación establecido por los adelantados conquis-
tadores en nombre de una civilidad inexistente. Su sentido era
tomar posesión de los territorios tanto militar, jurídica como
religiosamente, de acuerdo con prácticas de avance contra los
moros utilizadas por el Imperio Español. Durante el siglo XVI
se fundaron cientos de ciudades, en medio de la guerra de
conquista, pero lo novedoso es que se sistematizó un modelo
de ciudad. Las pautas de fundación y organización conocidas
después como Leyes de Indias establecieron un orden reti-
cular, ortogonal y jerarquizado, con espacios e instituciones
definidos que erigirían sus cúpulas al cielo para gobernar la
inmensidad de un territorio vivido como salvaje. Podían ser
aquellas ciudades un grupo de chozas ubicadas en torno a una
plaza de tierra, pero sus fórmulas de existencia, sus pautas de
crecimiento, su deber ser como tierra santa y superior frente a
un mundo en conquista estaban predefinidas e idealizadas. El
purismo de sus formas legales y religiosas inventó una ciudad

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desde cuyas modestas cúpulas se dirigía el arrase conquista-
dor, a la par de la evangelización asimiladora de los indígenas
sobrevivientes. Así, los adelantados conquistadores pasaron a
nivelarse hacia arriba como hidalgos, nuevos dueños y nobles
de la civilización americana. Sin embargo, las fórmulas idea-
das de la civis se alejaban tanto de la realidad de las colonias
que frecuentemente se acataba pero no se cumplían los edictos
imperiales, y así también ocurría con la pureza de los cuerpos
y de las razas, que era mantenida parcialmente, mientras los
conquistadores se mezclaban con mujeres indígenas y luego
con mujeres negras sin que la hidalguía sufriera.

La ciudad criolla

De la ciudad ideal hidalga transitamos hasta una con-


vivencia civil más auténtica, que tiene lugar en el siglo XVIII,
aunque restringida a un pequeño grupo de la población de
blancos peninsulares y criollos. Es la ciudad criolla o mantua-
na cuya pretensión hidalga y nobiliaria disminuye para pasar
a establecer su superioridad sobre la pureza de raza y la pose-
sión de riqueza de las haciendas, comercios y propiedades. La
ciudad exclusiva de propietarios criollos mantiene las cúpulas
del rey y la Iglesia y al mismo tiempo desarrolla una vitalidad
social de iniciativas cívicas y negocios que la hace propensa a
la autonomía política. Su convivencia es pautada y cerrada,
expresión de una idea escriturada de la convivencia citadina
que se cree invulnerable a pesar de la tensión con una cre-
ciente mayoría de población de otras razas que trabajaba en
haciendas y hatos en lo profundo de la provincia.

La ciudad patricia

El movimiento de Independencia del siglo XIX lleva a la


élite criolla más radical a emprender una guerra que termi-
nará por romper las cúpulas de su propio orden cívico al mo-
vilizar a las poblaciones pardas del Llano y de las haciendas
al campo de batalla, primero como ejército, luego como po-
blación liberada del orden criollo y dispuesta a batallar de-
trás del militar que más expresara su condición. Apareció así

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la primera versión de ciudad negativa o natural en la cultura
venezolana, que llamaremos ciudad patricia. Es una ciudad
marcada por el costo y el desorden de una guerra larga en
tiempo, y extensa en territorio, que muchos historiadores han
calificado de guerra civil, donde los ataques y saqueos cíclicos
a las ciudades como forma de pago a la tropa y las masacres
a sus residentes eran frecuentes. Al final de la guerra, la pér-
dida en vidas fue inmensa y la élite criolla ya no era la misma,
por desaparición física o ausencia. Pero inclusive después de
la Independencia y de la desaparición de la Gran Colombia, la
dinámica desestructurante continuó con ciclos de flujos y re-
flujos de montoneras y nuevos caudillos que por vía de la fuer-
za ascendían a cuotas de poder. La dificultad de construir una
convivencia incluyente de las mayorías pardas que al mismo
tiempo garantizara los privilegios de los nuevos propietarios
patricios era el signo de aquella tensión. Sin embargo, cada
nuevo hombre fuerte culminaba erigiendo otras cúpulas en
la convivencia agotada, como un intento de renovar el orden,
para lo cual el militar recurrirá al letrado, quien escribirá una
nueva constitución, un discurso, una justificación. Lo particu-
lar es que el divorcio de las nuevas formas con la realidad de
la población había cambiado poco. La incomunicación en la
cultura no era modificada: un deber ser purificante y justifica-
dor era proclamado por cada nuevo poder y paralelamente la
realidad privatizada, ocultada y empobrecida de la población
llamaba a nuevas irrupciones.

La ciudad burguesa

El general Antonio Guzmán Blanco queda como vence-


dor en las largas guerras federales, de mediados del siglo XIX,
sobre el centralismo conservador. Pero su principal obra será
restaurar la relevancia de Caracas en el control nacional. El
triunfador del igualitarismo más pugnaz, el representante de
la inmensidad del Llano y montes de la provincia centra su
obra en la instauración de un orden cívico cuyo centro es Ca-
racas, convertida en un pequeño París. Las cúpulas del poder,
entre ellas las de la Iglesia, ciertamente fueron cambiadas de
dueño pero el Estado liberal instauró un nuevo culto. Erigió

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en cúpula a la academia de la historia, la plaza mayor pasó a
ser la plaza Bolívar y varias edificaciones religiosas devinieron
sede del poder civil y panteón del padre de la patria, todo en
un estilo parisino. La forma escriturada cambia su aspecto,
la Constitución y las leyes se renuevan, pero la ciudad ideal,
esta vez francesa, cumple el mismo papel de modelo explicati-
vo y normativo; mientras tanto, las “poblaciones volantes” del
mundo profundo y natural se repliegan un tiempo para volver
en cualquier momento a irrumpir con otro caudillo.
Fue así como al final del siglo XIX otra montonera, esta
vez compuesta de tachirenses, atraviesa todo el territorio des-
de el sur hasta Caracas. Los hombres de Los Andes se apro-
pian de la ciudad burguesa como de una hacienda. Con efi-
ciencia de patronos prósperos y militares probados, Cipriano
Castro primero, y luego Juan Vicente Gómez, se convierten
en jefes de Venezuela hasta 1935; viniendo de las montañas
de la más apartada provincia, son ellos quienes consolidan el
poder central de Caracas, reducen las últimas montoneras e
institucionalizan el tejido mínimo para la unidad nacional. El
dueño de todo, que fue el general Gómez, construye un orden
elemental centrado en la fuerza militar y en la comunicación
por carreteras. Erigió guarniciones y caminos, al tiempo que
mantuvo un modelo de convivencia ideal que seguía decla-
rando ciudadanos donde sólo había súbditos, un orden viejo
con nuevas fórmulas, esta vez norteamericanas, con el fin de
mantener el poder. Con el recién descubierto petróleo en los
haberes de la pobre república, la consolidación de la ciudad
burguesa no deja lugar a dudas. La ciudad positiva, del poder
y el orden ideal, parecía consolidarse definitivamente frente a
la inmensidad del mundo natural y sus fuerzas telúricas.
Pero no pasó mucho tiempo de la victoria de los San-
tos Luzardos cuando un nuevo ciclo de tensiones se presentó,
pero ya no en proveniencia del campo, sino dentro de la mis-
ma ciudad. Se trataba de las masas que ahora poblaban la
ciudad, que habían dado razón al orden positivo y se mudaron
a la ciudad para compartir el triunfo y vivir modernamente
como se debía.

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La ciudad masificada

El anterior orden de la ciudad burguesa había estable-


cido la superioridad del trabajo, de la educación y el confort
material, en el mejor estilo norteamericano. Sin embargo, las
mayorías permanecían pobres y analfabetas. En 1936, des-
pués de la muerte de Gómez, se inaugura la protesta masiva
en la calle de la ciudad como forma de expresar el descontento
y hasta la violencia contra el orden establecido, pero ya no a
caballos ni en armas, sino en masas que toman la ciudad y
mueven los significados del poder. Son las nuevas versiones de
la ciudad negativa dentro de la ciudad.
Con el partido Acción Democrática, estas masas progre-
sivamente citadinas expresaron su reclamo de acceso a los de-
rechos sociales, económicos y políticos. En 1945, por medios
violentos, el partido de las masas accede al poder y la transi-
ción hacia la ciudad masificada estaba realizada. Muchos tras-
piés y dificultades se presentaron hasta lograr una ampliación
de los derechos para las masas citadinas, pero progresivamen-
te en los años cincuenta y sesenta se dan grandes avances en
la salud y la educación. Las tensiones por un orden ideal pero
accesible encuentran en esta convivencia masificada grandes
oportunidades, por supuesto favorecidas por la renta petrolera
y por una democracia representativa gobernada por civiles y
no por militares.
Sin embargo, los ritmos eran alucinantes. Caracas pasa
de tener 325.000 habitantes en 1941 a 2.200.000 treinta años
después. De 10% de población urbana a nivel nacional a co-
mienzos del siglo XX se pasa a 50% a mediados del siglo y a
casi 90% a finales del mismo. Las nuevas clases medias apa-
recían ansiosas de ascenso. Las rupturas con las tradiciones
de la ciudad criolla y burguesa eran frontales, al punto que
una nueva ciudad moderna huía de la cuadrícula tradicional e
histórica del centro para instalarse en una periferia de urbani-
zaciones al estilo americano.
Las cúpulas edificadas de la ciudad masificada eran es-
cuelas, hospitales, ateneos y universidades, así como torres de
oficinas financieras y empresariales del nuevo culto al Estado
petrolero, muy a la vista de otras alturas ocupadas por los

300
ranchos de los pobres recién llegados de la provincia y aspi-
rantes a incorporarse a la masa beneficiada. El rancho de los
nuevos barrios populares era el mismo tipo de vivienda que se
construía en el conuco o en el campo, sólo que con materia-
les de desecho y dentro de la misma ciudad, preferiblemente
en cerros que dominaban alturas desde donde se veía la otra
ciudad.
Las tensiones del orden y la masa se resolvieron con una
fórmula populista, según la cual se establecía la nueva supe-
rioridad de la ideología, la clientela. Había pureza en ser parte
del partido como clientela familiar y compartir su ideología,
que se seguía con lealtad. Era una superioridad accesible a las
masas, pero que al mismo tiempo mantenía el poder de las éli-
tes, esta vez agrupada en una partidocracia y negociadas sus
diferencias en un pacto de élites.
Sin embargo, la realidad eruptiva de la convivencia co-
menzó a asomar desde el principio de la ciudad masificada.
Las montoneras pasaron a ser motines que se formaban cada
vez que una protesta de calle se agudizaba o cuando factores
políticos llevaron a cabo una estrategia insurreccional. Por otra
parte, la masa que vivía en Caracas y otras ciudades centrales
del país mostró desde el principio una negatividad o rebeldía
hacia el orden masificado muy peculiar. Desde que hubo opor-
tunidad de manifestar o votar, en cada manifestación o elec-
ción, como ocurrió en 1936, 1958, 1963, 1968 la ciudad de
Caracas, y otras ciudades del centro, se manifiestan en contra
del poder de Miraflores.
Este enfrentamiento a lo interno de la ciudad entre las
masas centrales y el poder nacional se hizo recíproco, pues
con la democracia representativa de la ciudad masificada, y
especialmente durante los gobiernos adecos, se llevó a cabo
una política según la cual, como lo dice Marco Negrón, los
problemas de Caracas se solucionaban fuera de ella, con in-
versiones en el campo o en otras nuevas ciudades en el sur,
como Ciudad Guayana.
Más allá de los conflictos y los congestionamientos de
todo tipo, la bonanza petrolera que duró hasta comienzos
de los años ochenta permitió dar la ilusión de un futuro in-
tegrado que resolvía el desencuentro histórico de la cultura.

301
Pero los canales de integración de la masa al orden de convi-
vencia modernizado se rigidizaron y parasitaron con el peso
de clientelas y castas de privilegiados partidistas, lo cual se
acompañó de la declinación del rendimiento de la renta petro-
lera causando un estallido de mayor nivel de la violencia.

La ciudad violenta

En 1989, con la esperanza populista perdida de Carlos


A. Pérez y las nuevas políticas de ajuste económico, las masas
irrumpieron y la violencia se adueñó de la convivencia citadina
en la calle. El sacudón del 27 de febrero de 1989 cumplió la
amenaza de una población urbana excluida, mayoritariamen-
te residiendo en los cerros altos de los alrededores del valle de
Caracas, de bajar y tomar la ciudad a través del saqueo y el
desorden, retando el poder de los palacios y las torres, sin di-
rección política, espontánea pero muy violentamente. El orden
empleó la violencia y masacró a la masa. Las expectativas de
una vida mejor se desvanecieron a pesar de la riqueza osten-
tosa del gobierno y de la élite. La expresión afectiva del des-
contento no pudo ser canalizada por clientelas rigidizadas del
orden masivo. La política extrainstitucional de la calle provocó
otro reacomodo del poder al lograr que se eligieran gobernado-
res y alcaldes directamente, intentando tardíamente abrirse al
cambio. Sin embargo, unos años más tarde, en 1992, grupos
de militares intentan tomar el poder en dos golpes de Estado
con amplia violencia, muertes y ataques aéreos sobre Caracas
y otras ciudades. Los golpes no triunfan, pero el presidente
Carlos Andrés Pérez sale del poder sin terminar su período y la
convivencia citadina entra en un período de mayor inestabili-
dad política y económica.
La violencia delincuencial aumentó exponencialmente
como una epidemia sobre los diferentes sectores de la ciudad
en esa década que comienza con el Caracazo. Los homicidios
se multiplicaron por cinco en diez años y convierten a Caracas
en la primera capital del continente americano donde mue-
ren más personas por violencia, sin duda expresión de la ne-
gatividad de una convivencia imposible que destruye el tejido
social existente y crea otro fundado en la amenaza, la muerte

302
inminente, el culto a la violencia y la desconfianza. Como co-
rrelato, más del 80% de los caraqueños declara desconfiar de
los otros.
La superioridad de la ciudad violenta es la presión extra-
institucional, la “parada”, la ley del más fuerte para imponerse
o ser tomado en cuenta, las armas, el odio, el miedo. En un
clima de amplia desconfianza y confrontación social, triunfa
en las elecciones de 1998 el líder militar de uno de los golpes
de Estado de 1992. Su triunfo es el comienzo de un período
de mayores confrontaciones, esta vez políticas, que el nuevo
presidente define como una nueva revolución que aspira a
enfrentar el poder de las oligarquías. El gobierno bolivariano
comenzó rechazando a Caracas y a las ciudades centrales y
emitiendo un discurso favorable a Los Llanos y al desarrollo
centrado en el Eje Orinoco-Apure. A los seis años de su gobier-
no (2004), el nuevo orden se construyó un nuevo deber ser (la
Constitución de 1999), se elaboró un discurso antiglobaliza-
dor, se renovó el culto a Bolívar, declarando su pensamiento
una doctrina constitucional y se planteó un modelo referen-
cial, ya no español ni francés ni gringo sino esta vez cubano.
Paralelamente al nuevo orden, la violencia política se adi-
ciona a la violencia delincuencial con la imposición de una
revolución de una parte de la sociedad a otra y la respuesta
contrarrevolucionaria de la otra, la ruptura de las reglas de
la alternabilidad presidencial, los asesinatos políticos, las in-
vasiones de propiedades urbanas y rurales, la desobediencia
militar, los intentos de golpe de Estado, el paro petrolero, la
persecución política, las denuncias de fraude electoral. Todo
ello ocurrió en una ebullición de la participación política de
los diferentes sectores de la ciudad que provocó grandes ma-
nifestaciones de calle opuestas al poder de Miraflores y otras a
favor. La convivencia se polarizó en expresiones políticas que
se negaban una a otra, casi reflejando el paisaje de la segrega-
ción de la ciudad física o del desencuentro de la cultura. En el
referendo revocatorio de 2004, si bien se ratifica el poder del
presidente, de nuevo las masas de la ciudad capital votaron
rebeldemente contra Miraflores y su propuesta de orden.

303
Espacios comunicativos y posibilidades de lo urbano

Al igual que las ideas definitorias de ciudad, observamos


que, en el recorrido por la estructura y dinámica de la ciu-
dad venezolana descrita, se da un antagonismo estructural,
un desencuentro permanente, un laberinto de soledad entre
las cúpulas del orden ideal y la inmensidad de los afectos
inexpresados que cíclicamente irrumpen al escenario, por lo
cual surgen inquietantes preguntas: ¿se confirma la incomu-
nicación citadina? ¿Cómo entender esa incomunicación de la
convivencia citadina? ¿Cuáles alternativas existen? ¿La socia-
bilidad urbana es una alternativa? ¿En cuáles espacios de la
convivencia se practica la democracia plural? ¿Cuáles prácti-
cas sociales demuestran la pluralidad y la tolerancia? ¿Si los
derechos vigentes son incluyentes y garantizan la paz, en cuál
convivencia cotidiana se vive así? ¿Dónde está el centro de
nuestra cultura, dónde la socialidad pública, dónde el noso-
tros, dónde los puentes de integración?

La interpretación de la convivencia venezolana

Proponemos responder estas preguntas con base en otro


registro cultural venezolano: la interpretación surgida de im-
portantes estudios de nuestra cultura. Con ella nos acerca-
remos definitivamente a las posibilidades de la sociabilidad
urbana.

La república sin republicanos en Simón Rodríguez

Una ciudad de ciudadanos en el marco de una repúbli-


ca se debe regir por acuerdos entre los ciudadanos, o sus re-
presentantes, hechos Ley. La república requiere republicanos
conscientes de que sus facultades dependen de las facultades
de los otros, por lo cual todo avance es un concurso de fa-
cultades. En 1842, Simón Rodríguez escribió estas ideas para
evidenciar que las repúblicas fueron establecidas, pero no han
sido fundadas. Por ello la idea de república debía pasar de las
manos y de las armas a la cabeza y al espíritu, pues pensaba

304
que sin conocimientos de sus semejantes, los seres humanos
somos populacho y no pueblo. Esa fue la tesis de Rodríguez
cuando se planteó el problema de la convivencia ideal repu-
blicana. Ya en esas circunstancias propuso una alternativa al
desencuentro cultural entre las repúblicas ideales y las sumi-
siones reales y lo planteó cuando dijo que “las luces se deben
a la comunicación” y ellas llegan a través de una educación
general practicada a todos los niveles cuya intención funda-
mental fuese encontrar las palabras del discurso republica-
no con su espíritu, de manera que las leyes, ideas y formas
sean acordadas con sentimientos, realidades y convicciones.
Por eso insistía en pintar las palabras, resucitar las ideas para
prevenir su pérdida de sintonía con la gente y la incomunica-
ción en la cultura ciudadana.

La ciudad letrada en Ángel Rama

Más de un siglo después de Simón Rodríguez, Ángel


Rama valida su tesis y define con mayor claridad la predo-
minancia de una ciudad letrada de espaldas a una cultura
sin voz donde la incomunicación se debe a lo que él llama “el
absolutismo de la letra sobre la vida” en la cual se instaura un
imperio de signos,­una cúpula del discurso, un muro de frases
que ideologiza el deber ser, lo que debe decirse y hacerse y se
sobreimpone a la realidad de lo que se dice y se es. Por eso el
autor plantea que se trata del sueño de un orden y no de un
orden legítimo. La ciudad positiva del discurso contradice cícli-
camente la vida de la gente, y viceversa. Por eso la convivencia
se colorea de mediastintas, de ambigüedades, de disimulos,
de mentiras, porque la vida sentida no debe decirse y cuando
se hace ocurre la explosión desgarradora de sentimientos. El
lugar propio de la cultura se niega y la comunicación no crea
centro, no construye polis.

La identidad altercentrada en Maritza Montero

Por su parte, para Maritza Montero la identidad vene-


zolana es altercentrada, es decir centrada en una identidad
externa y dominante vista como deseable, que a su vez opera

305
como desvalorización de lo propio. Por tanto, lo que se valora
no proviene del nosotros. El Yo social se construye sin el Otro
presente y real; por eso, cuando éste aparece lo hace como
eliminación de su negación. Un juego de opuestos antagónicos
se recrean en esta identidad dependiente descrita por Monte-
ro. Por eso lo Uno de la ciudad positiva se define por encima y
aparte de lo Otro que pasa en la vida y la realidad.
La propuesta que hace la autora se encuentra en la po-
sibilidad de construir “un ser en la relación”, para lo cual se
requiere superar la “exclusión esencial” del Otro, y atender la
construcción de un “Sí Mismo” con Otro, no reduciéndolo al
narcisismo del Yo. Propone una morada en la que estemos en
nosotros, una ecoalteridad.

El ethos matrisocial en Samuel Hurtado Salazar

A diferencia de Montero, Samuel Hurtado Salazar plan-


tea que la negatividad en la cultura venezolana no viene de
una presencia de un centro externo y dominante. Encuentra
que es autogenerada por una matriz cultural centrada en la
socialidad familiar y particularmente en torno al sentido de la
madre. Coincide en la incomunicación y la violencia cíclica de
la convivencia pero su explicación se dirige más a la ausencia
de un pacto de convivencia social. Esto es debido a que en el
espacio más importante de la convivencia, que es el familiar,
hay un ideal patrisocial que no se cumple y una realidad ma-
trisocial sobreprotectora, donde el lazo afectivo predomina so-
bre la norma impersonal. Por eso la socialidad de un nosotros
que incluya al extraño o a otro impersonal es insignificante
y las diferencias o reclamos no pueden hacerse argumenta-
damente sino en forma de atropellos o chantajes. El ethos de
esta cultura no es occidental por la insignificancia de la figura
del padre en la familia.

El homo convivialis en Alejandro Moreno

Moreno es otro investigador que encuentra que el sentido


de vida social o cívico no es importante en la cultura venezo-
lana, siendo el espacio afectivo-familiar de los míos, vividos

306
como afectos maternos o desde la madre, lo más significativo y
poderoso de la convivencia, al punto de que llama a esta socia-
lidad Homo Convivialis, por su fuerte solidaridad afectiva con
los otros-míos, pero al tiempo que resalta una marcada sepa-
ración con el deber ser impersonal de la norma en el espacio
público. A diferencia de Hurtado Salazar, cree que desde este
sentido cultural popular puede construirse sociedad, sólo que
distinta a la moderna.

El laberinto en Briceño Guerrero

Los hallazgos de Montero, Hurtado Salazar y Moreno han


sido apoyados por muy variados intérpretes de nuestra cul-
tura. Tal es el caso de José Ignacio Cabrujas cuando definía
a Venezuela como “una nación malcriada” o el mexicano Car-
los Monsivais, quien hablaba de la “sensibilidad como identi-
dad” en México. Estas contradicciones en la construcción de
la convivencia adquieren particular desarrollo y profundidad
en el planteamiento de J.M. Briceño Guerrero, quien postula
la existencia de tres discursos culturales en América que se
disputan irreconciliables nuestra convivencia. Ellos son el dis-
curso mantuano, el moderno y el salvaje. La visión mantuana
nos viene de la tradición española, que centra su valoración
en la separación de lo bueno o trascendente –ligado a una di-
vinidad de otro mundo– de lo real –sometido a leyes natura-
les de dominio señorial y patrimonial donde triunfan los más
fuertes y de mejor casta. Por otra parte, la visión salvaje es la
producida por la herida de la humillación y de la opresión vi-
vida o heredada, que no se expresa en argumentos sino en re-
sentimientos susceptibles de gran explosividad. Finalmente, el
discurso moderno que refiere a la ciencia, el control racional y
el cambio social planificado a través del Estado. Estas corrien-
tes nos conforman sin que encuentren punto de conciliación o
centro, pues están en constante pugna; de allí la imagen de un
laberinto con centros de atracción en pugna.

El moralismo en Luis Castro Leiva

El análisis de la historia de las ideas conduce, por su

307
parte, a Castro Leiva a la conclusión de que “el moralismo nos
ha llevado al fracaso republicano”, entendiendo por ello el én-
fasis en los preceptos previos a todo contexto. De esa manera
la cultura se incomunica, al enfatizar una “obligación cognos-
citiva” que le cierra el acceso a las intuiciones, a encarar los
miedos propios. No hay evaluación ni política posible desde
esa perspectiva, pues la deficiencia ética de no poder ser sí
mismo impide la creación y construcción desde el contexto
donde se podrían encontrar los discursos y la realidad. Lo que
queda son ciclos de ruptura para destruir lo poco establecido.
Este autor sugiere fundarse claramente en la afectivi-
dad para establecer una habitabilidad de la ciudad posible en
nuestra cultura.

Las dos Ciudad Guayanas en Luis D’Aubeterre

Ciudad Guayana es el esfuerzo más consistente de la mo-


dernidad venezolana por crear una ciudad “instrumento del de-
sarrollo económico” basada en la gran industria, promovida por
el Estado, en una zona del sur deshabitado y en confluencia de
ríos y riquezas minerales. El trabajo de D’Aubeterre muestra
cómo cuatro décadas después la ciudad se construyó negando
su otro (San Félix) y perdiendo todo sentido de contexto, lo que
le hace dar la espalda a la telúrica confluencia de los ríos Ori-
noco y Caroní. Ni siquiera el nombre decretado de Ciudad Gua-
yana es respetado por sus habitantes, quienes prefieren seguir
usando esa doble denominación que marca su escisión entre
Puerto Ordaz y San Félix. La explicación es una cultura que se
construye en un sí mismo sin Otro. Se niega lo diferente por in-
ferior, insignificante o externo al mundo en construcción y por
ese camino se pierde la relación social, se empobrece la identi-
dad propia y se antagoniza al mundo hasta su inviabilidad.

El disfrute de la afectividad familiar en Silverio González

Del análisis de valores y sentidos de vida entre los ve-


nezolanos se desprende que el espacio predominante donde
se realiza el sentido de vida en la cultura venezolana es el del
disfrute del afecto familiar. Lo más valorado son los hijos por

308
los que se lucha o los afectos “míos” con los que se comparte
plenamente. Un “estar juntos” en el cual el diferente, descono-
cido o no querido no tiene cabida. El sentido de logro o cum-
plimiento o estatus son importantes entre los hombres jóvenes
y con profesiones, aunque más expresados como cumplimien-
to de un deber y menos como realización propia o creativa.
Aquellos sentidos de vida que asumen la responsabilidad de
lo que hacen con convicción y afecto aparecen muy minorita-
riamente. Los espacios de un nosotros colectivo en los cuales
el Otro impersonal, o el sentido de la ley, están presentes son
bastante reducidos.

Posible síntesis del problema: opuestos que se niegan

La existencia de una palabra declarada de lo que somos


y hacemos en distancia y sin conexión con lo que realmente
somos y hacemos, de un Yo social sin Otro, de una identidad
centrada hacia fuera y que desvaloriza la relación propia, de
un ethos matrifamiliar afectivo que privatiza el mundo en con-
traste con un ideal patrisocial, de un laberinto inescapable en
la cultura, de una predominancia de los preceptos para no
afrontar la realidad y los miedos, de sentidos de vida popu-
lares que no incluyen al Otro impersonal o no querido, nos
permite sustentar la tesis de una convivencia incapaz de sos-
tenerse por la incomunicación que vive la cultura.
Esa incomunicación parece tener una fuente en la cultu-
ra maniquea según la cual los opuestos, de una parte o de otra
del conflicto, son eliminables, reducibles, subordinables, pres-
cindibles. Es la idea de la superioridad del orden letrado que
pretende suplantar toda afectividad y todo contexto particular
con previsiones universales o modelísticas, o del resentimiento
explosivo que en un momento supone arrasar toda edificación o
institución existente, como condición mágica de vuelta al Edén.
De manera que no sólo existen dicotomías y partes incomuni-
cadas en la cultura, sino que se comportan como si pudieran
eliminar una a la otra. El pensamiento que nutre ese antago-
nismo supone la posibilidad de “mejorar” reduciendo la cultura
que es combatida y negada. De manera que las oposiciones se
plantean como resolubles por vía del ascenso a un estado su-

309
perior que se construye sobre las ruinas del orden previo. Así
la negación del Otro, opuesto a mi visión, es consustancial a la
incomunicación descrita. El nosotros que se puede avizorar es
una construcción de mismidad, de lo mismo fortalecido, donde
el Yo social niega la relación con las otredades, la diversidad y
se erige con el poder absoluto sobre la realidad.

La sacralización del final feliz

Sacralizar la posición de Uno frente al Otro significa sen-


tirse envuelto de tal pureza que puede uno creerse portador de
un “mundo mejor” donde no entren aquellos que se le oponen.
Manuel García Pelayo alertó tempranamente contra esta ten-
dencia de la cultura occidental, exacerbada en el contexto ve-
nezolano, que cree en el “progreso como seguro triunfador de
la lucha contra las sombras”, con lo cual se tiende a perseguir
“un reino feliz de los tiempos finales”. Sobre ese propósito,
Fernando Mires nos recuerda que cuando nuestra posición se
cree verdadera y excluye la contraria, se sataniza al adversario
y se le convierte en enemigo. Eso ocurre cuando se le atribu-
yen a la realidad principios que la trascienden (naturales o
históricos), los cuales presionarían para continuar hacia un
estado más puro o perfecto, rompiendo la oposición actual.
La cultura ha estimulado esta lógica confrontacional se-
gún la cual el progreso está hecho de superación de opues-
tos que representan obstáculos. Esa es una sacralización de
la realidad humana con resabios de nostalgia por un paraíso
perdido armonioso y fundado en la bondad, el bien y la be-
lleza, como si fuese posible eliminar el egoísmo, el mal o la
fealdad del mundo humano. Aquí estaríamos más de acuerdo
con una definición relacional, dialógica y contradictoria de la
naturaleza humana que incluya los opuestos, los distintos, los
diversos en la definición y en la construcción de un espacio
nosótrico. Es el gran problema de construcción de lo común,
pero no sólo de míos sin aparentes conflictos y contradiccio-
nes, sino hecho de una hermandad en donde nuestra verdad
relacional se base en el diálogo y en el conflicto de las verdades
de unos y otros. De manera que las oposiciones pasan a ser

310
consideradas como intrínsecas o complementarias en vez de
ser tratadas en tanto extrínsecas o excluyentes.
Por tanto el mundo social se fragmenta más cuando se
hace una definición maniquea de la relación social y se con-
sidera uno u otro en tanto extraños o extrínsecos al centro
social de la identidad. La alternativa puede provenir de una
concepción que incluye a los opuestos.

¿Cómo construir una convivencia incluyente y sostenible?

Sabemos que la comunicación es la gran respuesta, y que


la misma implica una realidad contradictoria donde los opues-
tos se complementan. Sabemos que la ciudad dicotómica, los
ciclos extremos, la identidad altercentrada, el ethos matricen-
trado, el homo convivialis, el sentido de vida afectivo y el labe-
rinto son explicaciones de la incomunicación predominante en
la cultura. Sin embargo, esas fuerzas disolventes pueden ser
una oportunidad para la sociabilidad incluyente. Uno lo puede
ver y sentir en la calle. La convivencia venezolana, si bien mues-
tra disolución y violencia, también presenta niveles de autoor-
ganización llamativos que la hacen más propensa a la relación
con otros que al individualismo; nos referimos a que es una
sociedad donde la impunidad judicial es masiva, la autoridad
ausente, las normas poco respetadas y sin embargo se pue-
de todavía transitar, vivir y trabajar diariamente, tomando las
precauciones correspondientes al contexto. Esa voluntad diaria
de convivir que implica cierta amabilidad en la calle, la accesi-
bilidad al intercambio de palabras y sentimientos, el compar-
tir un momento de amistad con un desconocido que se hace
instantáneamente familiar, hacen a esta sociabilidad potencial-
mente fructífera para una mayor elaboración y transición. Si
aceptamos el sentido de la afectividad familiar como centro de
identidad, nos preguntamos puede la cultura además de per-
mitir un endogrupo con lazos afectivos, puede acordar normas
para intercambiar, dialogar, decidir, cooperar o competir con
el exogrupo. O si la afectividad de los míos puede abrirse a la
afectividad del próximo, o del prójimo. En otras palabras, nos
preguntamos si se puede construir una trascendencia de la in-
manencia afectiva de la cultura. Una propuesta tentativa sería

311
la de trabajar desde las comunidades de sentido del afecto fami-
liar como fuentes de identidad para desarrollar una episteme de
la relación. Partamos del reconocimiento de esa Otra conviven-
cia matricentrada, démosle voz, pidámosle responsabilidad.

Las posibilidades urbanas

Hasta aquí habíamos llegado con los primeros autores que


plantearon la ausencia y el rescate de este significado de lo ur-
bano como relación comunicativa. Nos proponemos finalmente
dilucidar aún más esa significación emergente de la conviven-
cia citadina. Y lo primero a resaltar es que lo urbano se plantea
como alternativa a los opuestos irreconciliables de la ciudad
dicotómica y a los vaivenes cíclicos de nuestra historia cívica,
por lo cual no es un orden superior, un modelo lógico, una
estructura físico-espacial, una cúpula o un lugar fijo; tampoco
una interioridad aislada, un sentimiento ahogado de heridas
escondidas. Proponemos comprenderlo como lugar hecho de
movimiento, de tiempo, en el cual se comunica a esos opuestos
complementarios en un espacio progresivamente nosótrico.
El reto que se le plantea a la convivencia es el de encon-
trar unos sujetos tejedores que hilen un tejido entre la alteri-
dad demasiado externa y una afectividad demasiado encerra-
da. Se trata de que los fragmentos, los discursos, los modelos,
las identidades, las ciudades distintas y en pugna se encuen-
tren y se comuniquen. El lugar de ese encuentro es urbano,
por su requerimiento de calidad de una atención que socializa,
que crea lazos. Ese lugar puede estar en la mayor intimidad de
la conciencia propia, donde se descubre la relación entre par-
tes de nuestra vida que le dan sentido nuevo. O puede aparecer
entre dos desconocidos que se atienden en un vagón del Metro.
O también en la discusión entre participantes de un proyecto
público. Por eso no es un lugar obligatorio de estar siempre en
algún lado, pues su realidad es fundamentalmente opcional.

¿Cómo se constituye lo urbano como espíritu?

Lo urbano se constituye como centro, porque es allí don-

312
de las corrientes contradictorias de la cultura se encuentran
y crean sentido común o comunican sentido. Ese centro está
hecho principalmente de atención, es decir de tiempo, de at-
mósfera. Su propósito fundamental es facilitar el reconoci-
miento de la diversidad involucrada en la relación; por eso su
movimiento politiza, da sentido. Así, lo urbano es una socia-
bilidad, un tiempo de convivir. No se encuentra por encima
ni por debajo de las acciones de los sujetos actuantes en un
contexto. Hemos hablado de que es un espíritu en ese parti-
cular sentido de que está hecho de relación y no de objetos o
espacios separados o jerarquizados. Como relación es también
una escogencia de apertura de los sujetos actuantes, que son
capaces de enfrentar el miedo a lo sensible, a lo distinto, a lo
inseguro, y atender a lo que está más allá de lo mío. O también
son capaces de aceptar, de dejar entrar, lo que viene de la rela-
ción y reconocerlo como existente, maravilloso o terrible.

La fraternidad faltante

La Modernidad ha antagonizado los valores de la libertad


y la igualdad, y ha olvidado la importancia de la fraternidad.
El espíritu urbano es una alternativa a resignificar la urbani-
dad como otra definición de la fraternidad. No le falta razón a
Charles Taylor cuando enfatiza esa ausencia en la cultura, ni
a Jacques Levy, quien postula la consigna de “Liberté, Egalité
et Urbanité”. La urbanidad es la práctica del espíritu urba-
no. Por tanto, no es un modelo ni una identidad predefinida
por alguna tradición; es más bien un vacío donde se tercia y
se relaciona. La disolución social que predomina en nuestras
relaciones citadinas se ha incrementado, pero su fuerza des-
tructora no proviene de factores externos al mundo social que
vivimos; no posee determinaciones sobrehumanas; es creada
y recreada en nuestros ámbitos de vida. La cultura que vehi-
culamos y que transmitimos puede ser interrogada, critica-
da, reconstruida, si reconocemos lo culpado, lo execrado en
nuestras visiones de la convivencia y construimos relaciones
concretas con esos opuestos malqueridos.

313
La política del espíritu urbano

Pero no se puede construir poder desde el espíritu urba-


no, ya que el poder fija un sentido encontrado en la comuni-
cación, en tanto lo urbano es un flujo de sentido en la comu-
nicación entre partes diversas. El poder puede rápidamente
convertir en ideología y fijar un orden permanente desconec-
tado de la realidad, a menos que permita la aparición de otros
sentidos de lo común que se encuentran en disputa y se asu-
men como parte de la polis. Lo que si puede hacer el espíritu
urbano es política, pues lo urbano politiza en su dinamismo.
Urbanizar es politizar una relación o hacerla parte de un cen-
tro de sentido. Pero cuando ese centro se fija y pierde sintonía
con los sentimientos se convierte en poder, en cúpula, trata de
imponerse al Otro y se hace rutina.
De manera que la urbanidad, en tanto atención opcional
de los sujetos, es una práctica que actúa como contrapoder,
como tercero que media entre polarizaciones fijas, entre ce-
rramientos profundos de la cultura y brinda encuentros como
lugares de paso entre unos y otros. Esto no quiere decir que
la urbanidad no se pueda institucionalizar o enseñar. Por el
contrario, como lugar emergente y espontáneo no puede regla-
mentarse, pero puede propiciarse cuando se cultiva una mira-
da o perspectiva abierta a la relación. Eso quiere decir que se
escoge exponer y exponerse a argumentos y sentimientos, al
sentir y valorar la pluralidad y lo diverso como referencia pro-
pia, por lo tanto se practica la escucha y la sociabilidad sen-
sible al Otro. El resultado puede ser el enriquecimiento social
al permitir aclarar diferencias y coincidencias en un marco
de afectividad fraterna de seres con conciencia de su diversi-
dad. Así, la significación de lo urbano puede retomar su doble
acepción de asentamiento aglomerado de personas y de con-
vivencia atenta a los otros. Ambos significados están latentes
en cada relación citadina y su más frecuente emergencia en
nuestra cotidianidad podría fundar una más auténtica convi-
vencia urbana o, también, una ciudad más urbana.

314
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Manuel Bermúdez
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Caracas es, a un tiempo, la gran creación


y la gran víctima del centralismo. Si bien
ha recibido, en términos económicos, el
mayor impulso sobre todo en dos grandes
momentos (el período de Antonio Guz-
mán Blanco y el período de Isaías Medina
Angarita-Marcos Pérez Jiménez), siempre
ha sido una tarima desde la cual se habla
al país, pero nadie se ocupa de mirarlq a
ella.
Tulio Hernández. Papel Literario,
El Nacional, Caracas 18/09/04

Cuando estaba releyendo y reescribiendo la versión origi-


nal de este trabajo veía, con intermitencias, el serial novelesco
televisivo Le Meglior Gioventu del regista italiano Marco Tulio
Giordana. La obra se refiere a la dramática y cambiante vida
de dos hermanos y su familia, en las complicadas décadas de
los años sesenta, setenta y ochenta de la historia de Italia. Por
lo que vi me atrevo a decir que la misma es algo así como un
silogismo con las siguientes premisas: 1. La mejor juventud
es…, 2. la de la vieja inteligencia…, 3. que como la mejor foto-
grafía debe mirar el alma que está dentro de lo que se mira.

Después que nos casamos en Trujillo, Tarcila y yo nos


fuimos en alas de avión a Santafé de Bogotá. En una tarde

319
cachaca, caminando por la Avenida Jiménez de Quesada, ella
me preguntó: “¿Cómo es Caracas?” Y yo le respondí: “Una mu-
chacha pavita de 17 años, frente a esta bella de 40, que es
Bogotá”.

En transmisión radiofónica de un partido de béisbol pro-


fesional, Pancho Pepe Croquer, el mejor perifoneador de los
años cuarenta, le preguntó a un fanático asomado y pareje-
ro, que penetró en la caiba radial, que cuál era su mensaje
para los oyentes. Y el muchacho, paladinamente, le respondió:
“Aquí en Caracas, la cátedra del buen vestir”.
¿Qué tiene que ver la ropa con el habla?, se preguntaba
uno en aquel entonces. Y en verdad aquello parecía un sin-
sentido quijotesco. Pero con los avances que ha tenido la lin-
güística, con las teorías de Ferdinand de Saussure, Roman
Jakobson y Roland Barthes, se puede decir que no sólo “por
la maleta se saca el pasajero”, sino también por la ropa se
saca el hablante. Porque el modo de vestir es un lenguaje y un
habla (Barthes). Y el uso que hace cada quien con los trajes y
vestidos es semejante al uso que hace el hablante en la selec-
ción y combinación de las palabras. La única diferencia es de
naturaleza perceptiva: uno se viste para que lo vean y habla
para que lo oigan.
Viéndolo desde otra perspectiva, Caracas tiene una flor
geológica que es el Ávila. Y una “guirnalda de cerros a su al-
rededor”, como dice la canción que le compuso Billo Frómeta.
Como las hadas-madrinas de Walt Disney, tuvo su padrino
Oil Company que le mandó a diseñar trajes arquitectónicos
para que se vistiera de modernidad neoclásica en los Museos
de Bellas Artes y de Ciencias Naturales, que junto al Parque
Los Caobos, con estilo semicolonial en la reurbanización de El
Silencio y chic Le Corbusier en la Ciudad Universitaria. Car-
los Raúl Villanueva, caraqueño y universal, quiso que Caracas
fuera “la cátedra del buen vestir”. Cuando uno ve la foto del
general Isaías Medina Angarita, presidente de la República,
con un pico en las manos, inaugurando los trabajos de demo-
lición de la antigua barriada de El Silencio; y al lado, otra foto

320
con la fachada del Bloque I y de la futura Plaza Urdaneta, el
libro de Aquiles Nazoa, Caracas física y espiritual, se convence
con lo que dice Aquiles:

Carlos Villanueva logró conciliar corrientes de tan diversa


orientación como el criollismo colonial hispanoamericano, el
funcionalismo espacial de Le Corbusier y las teorías de la ciu-
dad-jardín ensayadas por Ebenazar Howard en Inglaterra. Dar
a Caracas una arquitectura en la que el hombre venezolano
se sintiese vinculado a su tradición hispánica, satisfaciendo al
mismo tiempo las urgencias de la vida contemporánea, y dis-
frutando de un grato contacto con el paisaje a través de los
árboles, del agua y de las flores, fue un propósito espléndida-
mente cumplido por la reurbanización de El Silencio.

Al discurso urbanístico de Nazoa se me antoja mencio-


nar una lectura inédita de Douglas Vidal, urbanista egresado
de la Universidad Simón Bolívar y descendiente del general an-
tigomecista Zoilo Vidal, el Caribe, encaramado en la Torre Este
del Parque Central, edificada por el gobierno del doctor Rafael
Caldera y “sol cuello quemado” hoy por desidia del CSB, se-
gún caricatura de Rayma. Desde allí Douglas veía el complejo
arquitectónico Teresa Carreño, obra magistral del arquitecto
Tomás Lugo, construida durante el gobierno del doctor Luis
Herrera Campíns, como una gran nave espacial de otro plane-
ta, aterrizando junto a los museos, al bosque de Los Caobos,
el Jardín Botánico y la Ciudad Universitaria, lo cual le da a ese
privilegiado lugar caraqueño una proyección metafórica digna
de H.G Wells, aunque tenga allí cerquita al ranchódromo de La
Charneca.

II

Yo vengo a hablar aquí del habla de Caracas. Y ustedes


se preguntarán: ¿Caracas es un hablante? Yo, sencillamente,
me limito a responder: si existe una zoosemiótica, como la que
propone Thomas Sebeck, ¿por qué no se puede hablar de una
posible semiótica de la polis, o semiótica de la ciudad? Con

321
una fonética natural y balbuciente, y una fonología tecnoló-
gica y estridente, las ciudades hablan. Además, tienen una
semántica y una lógica con sus significantes y significados, los
cuales, sintácticamente, generan un discurso, cuyo enuncia-
do es pragmáticamente decodificado por sus habitantes, pro-
pios y extraños. Veamos. Lisandro Alvarado en su Glosario de
Voces Indígenas de Venezuela, registra la palabra “Caracas” y
dice: “Esta nación de indios Caracas tomó este nombre por-
que en su tierra hay muchos bledos que en su lengua llaman
caracas” (Descripción de la ciudad de Santiago de León y sus
términos, por orden de don J. de Pimentel). Con el solo nombre
de la ciudad se genera un discurso histórico, donde la tierra
y la palabra indígena forman el núcleo semiológico del asun-
to. Y a través de ellos nos enteramos de que el espacio geo-
gráfico habla y se prolonga en el tiempo, porque como afirma
Tarcila Briceño en su ensayo titulado “Terruños, ciudades y
lugares”, publicado en la revista Tierra Firme: “el patrón de
comportamiento que inicialmente se correspondía con un es-
pacio geográfico concreto, luego se independiza de éste, tiene
vida propia, y pasa a formar parte de un modo de ser”. Ca-
racas tiene una geografía, un comportamiento y un modo de
ser. El arqueólogo Mario Sanoja dice que el espacio que ocupa
Caracas en su centro histórico era “un relieve caracterizado
por una fuerte pendiente” que va del cerro Guaraira-Repano
al río Guaire. Por eso los conquistadores escogieron el lugar,
ya que de arriba abajo tenía abundante agua que descendía
de riachuelos y quebradas: el Anauco, Caroata y Catuche. Las
aguas cristalinas han desaparecido, pero quedan sus nombres
prístinos. En cambio, el nombre indígena del cerro es de anta-
ño y el del Ávila es de ogaño. En este tramo se cumple lo que
Lêvi-Strauss denomina “el paso de la Natura a la Cultura”.

III

A mí me llama la atención cómo en francés la palabra se


une a la tierra. Ellos llaman pomme de terre a la papa. Eso es
una verdadera metáfora, porque la papa es una manzana de
tierra. Algo parecido ocurre con el ferrocarril, que se llama che-

322
min de ferre, que equivale a un camino de hierro. Que yo sepa,
el primer caraqueño que le pone fonometáforas a los referentes
geográficos de la ciudad es el poeta Juan Antonio Pérez Bonal-
de, cuando en su “Vuelta a la patria” dice armónicamente:

Caracas, allí está, sus techos rojos,


su blanca torre y sus azules lomas
y sus bandadas de tímidas palomas
hacen nublar de lágrimas mis ojos

Y para que no haya dudas de que Caracas es un hablan-


te, la personifica, junto con el cerro el Ávila, por medio de una
doble metaforización:

Caracas allí está, vedla tendida


a las faldas del Ávila empinado.
Odalisca rendida
a los pies del Sultán enamorado

Y uno, como amigo de arriar las palabras más allá de lo


que significan, se hace el heurístico y le inventa a las azules
lomas la equivalencia del eminente hablante o hablantes ce-
lestiales. Tal sería el caso del poeta Andrés Bello y del Liber-
tador Simón Bolívar, que decían cosas de tanta altura como:
“Naturaleza de una sola madre y una sola patria”, cuyo cuerpo
geográfico se extiende desde el llano / que tiene por lindero
el horizonte, / hasta el erguido monte / de inaccesible nieve
siempre cano. Así veía Andrés Bello a su país, como hombre
que fue de arranciar estancias por otros lugares, lejos de la
patria. Bolívar, que también vivió enrancias y exilios, escribió
una carta a su tío Esteban Palacio, a la cual llamaron después
“Elegía del Cusco”, donde le dice: “Todo lo que tengo de huma-
no se removió ayer en mí: llamo humano lo que está más en la
naturaleza, lo que está más cerca de las primeras impresiones.
Y usted, mi querido tío, me ha dado la más pura satisfacción
con haberse vuelto a sus hogares, a su familia, a su sobrino
y a su patria”. Sin nombrarlo, Bolívar exprime el néctar que
Rousseau le ha sembrado en su mente. El hombre es bueno
por naturaleza. Luego continúa: “Mi querido tío, usted habrá

323
sentido el sueño de Epiménides: Ud. ha vuelto de entre los
muertos a ver los estragos del tiempo inexorable, de la guerra
cruel, de los hombres feroces. Ud. se encontrará en Caracas
como un duende que viene de otra vida y observará que nada
es lo que fue”. Algo de Hobbes en El Leviatán y de Dante en
la Divina Comedia. Y el monte azul de su elocuencia lo vierte
sobre su Caracas natal: “¿Dónde está Caracas? Se preguntará
Ud. Caracas no existe; pero sus cenizas, sus monumentos, la
tierra que la tuvo han quedado resplandecientes de libertad
y están cubiertos de la gloria del martirio”. Digo yo que estos
textos fueron escritos por Bello y por Bolívar; pero quien habla
ahí es Caracas, la cátedra del buen decir.

IV

El Ávila, que para Pérez Bonalde fue un monte azul y


Sultán enamorado, para Manuel Díaz Rodríguez es un pintor
impresionista, distinto al de Manuel Cabré. Porque, además,
es cinético y cambiante, como el arte de Jesús Soto. Dice Díaz
Rodríguez: “No quiero perder ni un solo aspecto de la belleza
del Ávila. Hoy está vestido con luz lila. Ya es lila sola. Ya el
Ávila entero es como una enorme amatista”. Y Nicanor Bolet
Peraza, tal vez obsesionado por la magia que irradia el Mon-
te, lo insta a que hable: “Acaso ahora me revelarás el secreto
que nunca quisiste confiarme, de cómo cambia el color de tu
follaje a cada hora que se te contempla y admira”. En su obra
Bajo el signo del Ávila, don Santiago Key Ayala habla en exten-
so sobre éstos y otros escritores. Y va desmadejando hablas
y hablantes, que giran en torno al discurso de la ciudad. Lo-
renzo Batallán, que español como lo era Cabré, me preguntó
una vez: “Manuel, ¿qué tendrá ese cerro el Ávila que lo pintan
tanto y siempre del mismo color ladrillo, cuando todos los días
es verde?” Y yo no encontré en el momento alguna explicación
válida. Pero me llamó la atención lo del ladrillo y el verde de
Lorenzo. Y preguntandito, don Augusto Germán Orihuela me
dio una razón: “Lo que pasaba, Manuel, es que para la épo-
ca de Cabré, Caracas no tenía un cuerpo de bomberos como
ahora, Y el Ávila ardía en llama viva en los días estivales”. Al

324
no más mencionar Augusto la llama viva, me acordé de los
místicos españoles y del “faro ignipotente” de Lazo Martí, que
era neoclásico y nativista en el habla y la escritura. Creo que
se repite el paso de la Natura a la Cultura. Las últimas azules
lomas del firmamento caraqueño han sido y serán don Rómulo
Gallegos, Teresa de la Parra, Arturo Uslar Pietri y Aquiles Na-
zoa. Ellos vieron la decadencia y caída de la cultura del café y
el cacao. Y el advenimiento de la cultura petrolera.

Venezuela es la primera
en petróleo producción,
al que llaman Oro Negro
y le dicen Gran Señor.

Eso lo decía Lorenzo Herrera, el cantante criollo por ex-


celencia de la radio venezolana, en sus primero tiempos. El
poeta Aquiles Nazoa satirizaba la voz de Herrera en su parodia
al Hamlet, cuando éste le decía a Ofelia:

—Ese que veis allí, tan complacido


a mi padre mató por el oído

Y Ofelia, sorprendida, le pregunta:

—¿Y cómo? ¿Acaso lo obligó que oyera


alguna cosa de Lorenzo Herrera?

Si la voz de Herrera no era tan recomendable, los conse-


jos que daba en sus típicas canciones sí; porque se parecían
mucho a la tesis de “sembrar el petróleo”, que proponían en
aquellos años Alberto Adriani y Arturo Uslar Pietri:

—Oye, hermano, campesino,


no te dejes engañar.
Anda al campo, siembra papas,
tapiramas y frijol.

325
Caracas, entonces, no se había despertado de la pesa-
dilla dictactorial de los gobiernos de Cipriano Castro y Juan
Vicente Gómez (1899-1935). Cuando estos generales entraron
triunfantes a Caracas, la ciudad conservaba los aires parisinos
con que la maquilló Guzmán Blanco. Y como los chácharos ca-
pacheros no tenían cuartel, se alojaron en la Plaza Bolívar. Allí
dormían, comían, excretaban y fornicaban con sus troperas. Y
los señoritos, los patiquines y las señoras camanduleras veían
con arrechera el espíritu de la horda invasora y dueña del po-
der. Poco se ha estudiado ese contacto de hablas, desde el
punto de visto diatópico, diafásico y diastrático. Mariano Picón
Salas en Los días de Cipriano Castro, da una semblanza cine-
matográfica del momento en flashes que vale la pena transcri-
bir por lo que tienen de paradigmáticos y diacrónicos:

Así, con las misma mezcla de recelo y escepticismo con que
aguardó en 1863 a los corianos de Falcón, en 1868 a los orien-
tales de Monagas y en 1892 a los llaneros de Crespo, Caracas
aguarda en este mes de octubre de 1899 a los andinos de Castro.
Corianos, orientales, llaneros y andinos, parecían patronímicos
de invasores distantes, así como al final del mundo antiguo se
hablaba de godos y de visigodos, de suevos y burgundios. En la
vastedad de un país tan mal comunicado que en ese momento
apenas sobrepasa a los dos millones de habitantes, cada región
con sus peculiaridades climáticas, raciales y alimenticias pare-
ce engendrar sus propios tipos étnicos. El coriano es comedor
de chivo salado, orejón y frecuentemente braquicéfalo. El an-
dino duplicas eses, chasquea y aspira con sonido de látigo las
consonantes, y tiene habitualmente el cráneo achatado. Cuan-
do quiera distinguir inmediatamente un oriental de un andino
póngales por delante un pavo y conmínelos a que lo nombren.
El que diga ‘pissco’ con dos eses muy subrayadas habrá nacido,
indudablemente, cerca del Páramos de La Negra.

Como era lógico, ese choque de costumbres y hábitos de


vida produce víctimas. Castro, dragoneando de juez y parte,
dice: “No cobro andinos, ni pago caraqueños”. Y Gómez, apli-
cando su Cesarismo democrático, proclama como lema de go-
biernos: Paz, Unión y Trabajo. La inteligencia sarcástica cara-

326
queña completó el texto diciendo: Paz en el cementerio, Unión
en la cárcel y Trabajo en las carreteras.
Durante este período de ofensas y humillación del Cas-
tro-gomecismo, Caracas vivió amnésica y afásica. Sin techos
rojos, sin blanca torre y sin azules lomas. Rómulo Gallegos,
sin darse cuenta, la mitificó con el nombre de Marisela en
Doña Bárbara. Marisela es Caracas sin la flor geológica del
Ávila en sus greñas.
Los dictadores militares andinos, arquetipos jungianos de
Doña Bárbara, no quisieron a Caracas como la quiso Guzmán
Blanco, quien para darle aire de Capital de la República, le
construyó un Capitolio Federal, sede del Poder Legislativo to-
davía. Castro, Gómez o Pérez Jiménez tuvieron tiempo y dinero
suficientes para construirle un verdadero Palacio Presidencial
para el Poder Ejecutivo y, por lo menos, una justa y clásica
fachada para la Suprema Corte de Justicia. Pero qué va. De
allí que hasta “la blanca torre” de nuestra humilde iglesia prin-
cipal sea tan modesta como la Catedral Primada de América,
en Santo Domingo que, según don Pedro Henríquez Ureña, no
tiene torre. Desde esta perspectiva icónica, o mejor dicho, ar-
quitectónica, Caracas no es “la cátedra del buen vestir”.

VI

El gobierno dictatorial de Marcos Pérez Jiménez, en un


despliegue y alarde del concreto armado, derribó el bello y vie-
jo edificio del Hotel Majestic para construir las dos torres del
Centro Simón Bolívar. El humor contestario caraqueño, pa-
loma satírica del habla de la ciudad, bautizó los edificios con
el nombre de Los Cónfiros. Porque la gente que los miraba,
cinematográficamente, en till-up y contrapicado, exclamaba:
¡Coooññño!
El vuelo satírico y poético de Aquiles Nazoa, caraque-
ño del barrrio El Guarataro y Ruiseñor de Catuche, escribió
un juguete lírico-burlón, digno de la Antología Histórica de la
ciudad:­

327
Buen día, señor Ávila. y en vez de Siro es Mardem Buen día, señor Ávila
¿Leyó la prensa ya? quien manda en el Irán! ¿Leyó la prensa ya?
¡Perdón, no se moleste!, Cambiemos, pues, el tropo ¿Se enteró de que pronto
siga usted viendo el mar, Por algo más actual; con un tren de jugar
es decir, continúe Digamos, por ejemplo, su solapa de flores
leyendo usted en paz que usted, pese a su edad le condecorarán?
en vez de los periódicos y pese a que en un ojo ¡Oh, no! No, no. No llore
el libro de Simbad. tiene una nube (o más) ¿por qué tomarlo a mal?
¿Se extraña de la imagen? es un lector celeste Será, se lo aseguro
Es muy profesional. y espléndido ante el cual un tren de Navidad
¿O es que es obligatorio como un gran libro abierto Con el que usted, si quiere
llamarlo usted Sultán se tiende la ciudad. podrá también jugar.
y siempre de Odalisca ¿Se fija usted? La imagen Serán, sencillamente,
tratar a la ciudad? no está del todo mal… seis cuentas de collar
¡Por Dios, señor, ya Persia ¿Qué le ha gustado? ¡Gracias! trepándose en su barba
no lee a Omar Kayyam, Volvamos a empezar. de viejo capitán.

En cierto modo, maestro, de Aquiles fueron Francisco


Pimentel y Leoncio Martínez, más conocidos por los caraque-
ños de la época como Job Pim y Leo, humoristas y poetas que
siempre tenían una habitación reservada en la cárcel de La
Rotunda. La poesía del Jobo era domésticamente caraqueña. Y
por eso se pierde con el paso del tiempo. Especialmente sus Pi-
torreros. Sin embargo, desde el punto de vista léxico dejó una
Enciclopedia Espasa, que recoge gran parte del sociolecto de
entonces. El viejo LEO, a quien los estudiantes franquistas de
la Universidad le dieron una golpiza, porque los caricaturizó
nadando como patos en una laguna en su semanario Fanto-
ches, jugaba satíricamente con la imagen y la palabra. Y tuvo
el don de poner la letra a muchas canciones que todavía sue-
nan con ritmo y gracia:

Todo el que va a Nueva York


se vuelve tan embustero,
que si allá lavaba platos
aquí dice que es platero.

Pero quien musicalmente impregna a Caracas con su rit-


mo musical es Billo Frómeta. Caracas Vieja es una canción ele-

328
gíaca. “Y es que yo quiero tanto a mi Caracas”, un himno com-
pletito para la ciudad. El lenguaje de Billo, además de musical
y verbal, es cinético como los Móviles de Soto. El poeta Fran-
cisco Salazar Martínez dijo una vez que la Billo’s Caracas Boys
enseñó a caminar a los caraqueños. Y especialmente a las ca-
raqueñas, cuando bajan del cerro o se desplazan por el amplio
río de la ciudad. Las parejas de baile de La Pastora, San José o
de Catia tienen un eléctrico tumbao que no es el uno, dos y tres
cubano del paso más chévere, ni el apambichao dominicano
que bailaba el dictador Rafael Leonidas Trujillo; sino una mez-
cla de ambos con su toquecito barloventeño que se baila en un
ladrillo cuando llega la hora del rucaneo. Para la gente de Ca-
racas, Billo compuso sus famosos Mosaicos, que comenzaban
con “la palidez de una magnolia invade”, vocalizando Pirelita, y
terminaban con el inconfundible Cheo García diciendo: “Com-
pay, póngase duro que ahora sí que vamo a gozá”. Caracas, por
muchos años, habló y bailó con letra y música de Billo. Esto
se puede comprobar viendo el documental televisivo A bailar
con Billo’s, que se presentó en el Aula Magna de la Universidad
Central de Venezuela. Otro poemita kinésico-musical es el de
Ilan Chéster, dedicado al cerro el Ávila.­

VII

Cuando muere Gómez, que era el gran silenciador, chiiiii-


to…, la radio se convierte en la lengua de la ciudad. El pueblo
llama Radio Bembita a lo que la gente dice sotto voce. Y la no-
ticia de la muerte del dictador, que trataban de ocultarla, se
divulga con la expresión “córrela que Maracay está solo”, pues
Maracay era el Fuerte Tiuna de la época. La primera estación
de radio se llamaba Broadcasting Caracas, injerto de inglés-
español, que tuvo que cambiar de nombre cuando un grupo de
antigomecistas trató de incendiarla. Desde entonces se llama
Radio Caracas. Uno de sus más importantes programas fue el
Diario Hablado, que transmitía noticias nacionales e interna-
cionales. Y el locutor más famoso del momento era Francisco
Fossa Andersen, quien hablaba con un timbre de voz parecido
al de los locutores de programas en español de la BBC de Lon-

329
dres. Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, el gran dia-
rio hablado fue Panorama Universal, a través de Radiodifusora
Venezuela. Sin proponérselo, la radio fue enseñando un espa-
ñol estándar, bien pronunciado y con buena entonación. De
allí que el habla caraqueña fuera atildada dentro de lo que se
llamaba gente bien educada. Pero la gente pobre, que vivía en
las casas de la vecindad, dentro de su competencia lingüística,
tenía la fonética de sus ancestros negros. No pronunciaba bien
la (d) intervocálica: parao, comío, dormío; confundía las (r) y las
(l): cálcel, arbóndiga; aspiraba las (s) y las (h): “No quiero maj,
polque toy jarto”. Y por esa vía se fue creando un subsistema
(E. Colmenares del Valle) en el habla, que se difundió mucho
por la radio, en programas de tipo costumbrista como Frijolito
y Robustiana de Carlos Fernández y María Teresa Guinand; o
el de la Familia Buchipluma, que mezclaba estilos individuales
de habla (idiolectos) con estilos colectivos (sociolectos), a través
de personajes con nombre rebuscados como el de Casagüito
Esmadurriaga. Y los libretistas no lo hacían con malas inten-
ciones, sino que la jerga lingüística era así.

VIII

El estudio de esos subsistemas del habla ha sido tema


de interés y análisis en las grandes ciudades. George Bernard
Shaw en su obra Pigmalion, a través de los personajes prin-
cipales, recrea y analiza las formas dialectales y giros léxicos
del inglés que se hablaba en Londres en aquella época, desde
el punto de vista fonético y semántico. Y también del modo de
vestir William Labor, en sus Modelos Sociolinguísticos, analiza
el inglés sectorial de Nueva York, fonética, diafásica y dias-
tráticamente, siguiendo el habla de clientes y empleados de
tres grandes tiendas comerciales: SACKS en Quinta Avenida;
Macy´s en Herald Square, Sexta Avenida; S. Klein en Union
Square (calle 14), las cuales corresponden, económica y so-
cialmente, a las escalas alta, media y baja del estatus. Esas
escalas, en jerga caraqueña, corresponderían respectivamente
a los cartelúos, los pioresnada y los tierrúos. Y en el vestir,
serían: los del Sambil, los Graffiti y los Pepeganga. Don Rufi-

330
no José Cuervo, en su época, hizo unas Apuntaciones críticas
sobre el lenguaje bogotano, que son de gran utilidad para el
estudio del español que se habla en Colombia. Del español que
se habla en Buenos Aires hay infinidad de trabajos, que van
de Jorge Luis Borges a Amado Alonso; y de los temas gauches-
cos hasta el lunfardo, así como el sentir del compadrito, del
tango y la milonga. Pecaríamos de injustos si en este trabajo
olvidáramos La ciudad de los techos rojos de Enrique Bernardo
Núñez, quien junto con Aquiles Nazoa integra el paradigma
metafórico de Pérez Bonalde, y lo convierten en una verdadera
isotopía. E.B.N, como acostumbraba firmar sus trabajos, sin
dejar de ser un valenciano raigal, hizo de Caracas su ajedrez
histórico principal. Las manzanas, calles y esquinas de la ciu-
dad las convirtió en escaques; los gobernantes y gobernados,
en piezas simbólicas; y el movimiento de éstas, en acciones
narrativas e históricas. El tono evocativo y nostálgico de la
escritura de Enrique Bernardo Nuñez en esta Ciudad de los
techos rojos tiene un curioso parecido con el de Jorge Luis
Borges en Fervor de Buenos Aires. Parece que ambos fueran
inventores de ciudades utópicas.
Muchos caraqueños y venezolanos de otras ciudades del
país, aficionados a la lexicología, han escrito diccionarios de
venezolanismos. Pero en los mismos se les escapa el alma que
se esconde dentro de las palabras. El profesor Ángel Rosem-
blat llegó a Caracas en 1946, invitado por don Mariano Picón
Salas, para que trabajara en la UCV y en el Instituto Pedagó-
gico Nacional. Y oyendo hablar a los caraqueños se dio cuenta
de que los venezolanos hablan con buenas y malas intencio-
nes. De ese bullicio de hablas salieron sus Buenas y malas pa-
labras, obra que, filológicamente, da una visión antropológica
de venezolanos que para realizarse en la vida tienen que vivir
en Caracas. La expresión “jodido pero en Caracas” es una pa-
radoja que resume el idealismo mágico de quienes siembran
esperanzas en medio del fracaso. El secreto lingüístico de Ro-
semblat consiste en analizar en el habla lo que hay de antiguo
y moderno, de culto y popular, de serio y cómico, de mentira y
verdad. Y sobre todo, corregir lo soez y chabacano. En su for-
mación humanística, Rosemblat tuvo como maestro a Amador
Alonso y Pedro Henríquez Ureña en Buenos Aires; a don Ra-

331
món Menéndez Pidal en Madrid. Y su filosofía del lenguaje si-
gue las orientaciones de Ferdinand de Saussure, Guillermo de
Humboldt y Andrés Bello. Por eso en su obra exalta el lenguaje
de las “azules lomas” con la misma agudeza con que analiza
el de las “satíricas palomas”. Veamos:

Caracas tenía tradicionalmente un habla vulgar, con muchas


lavativas, varillas, berenjenas y otras legumbres, que hicieron
afirmar a Arturo Uslar Pietri, cuando regresó del exilio, que el
venezolano tenía la lengua sucia. Pero en 1940 Caracas no te-
nía un argot del hampa como tienen, desde hace generaciones,
las grandes capitales: Buenos Aires, el lunfardo; Santiago de
Chile, la coa; Lima, la replana; la Habana, la briba; México,
la singonza o el caló; Río de Janeiro, la giria. Claro que no fal-
taban hampones y gente de mal vivir, pero no había una ver-
dadera república del hampa. La vieja tradición de la germanía
española se había roto en Venezuela.

Ahora la república del hampa va por la V República. Y las


cárceles se han convertido en cacomaternidades de palabras.
El doctor Francisco Canestri publicó en 1965 una Jerga ham-
ponil con un vocabulario de cerca de mil palabras. El profe-
sor Esteban Mendiola publicó El Carreño de los panas, donde
analiza el habla estudiantil y orienta a padres y educadores
sobre la coprolalia de las nuevas generaciones. Y cuando Juan
Sebastián Aldana publica en 1972 su Retén de Catia, el uni-
verso semántico de la vida carcelaria conmociona a la cultura
venezolana con el drama y el lenguaje de los presos.
Sobre el habla de Caracas habría que decir algo parecido
a lo que dice don Miguel de Montagne, en uno de sus Ensayos,
cuando se refiere al hombre: “Preciso es reconocer que el hom-
bre es cosa pasmosamente vana, ondulante y vacía, y que es
bien difícil fundamentar sobre él juicio constante y uniforme”.­

IX

Cuando el habla caraqueña se me empicha, cambio de


dial como en la radio. La crónica social de los periódicos, si

332
está en manos de gente que corta como tijera de sastre, uno
puede leerla para saber algo de la “cátedra del buen vestir”.
Yo la vengo leyendo desde que apareció El Nacional en 1943.
Uno de los primeros redactores, Oscar Escalona Oliver, tenía
pinta de actor mexicano de la época de Ramón Pereda, con
mostacho­en vez de bigote. Pero fileteaba e hilvanaba la cróni-
ca con un lenguaje de buena costurera, cuando describía los
trajes de las novias y el atuendo de los invitados. Pedro José
Díaz, hermano de dos buenos escritores guayaneses, impuso
un estilo tan personal en su leída columna “La ciudad se di-
vierte”, que la gente high de Caracas lo llamaba familiarmente
Pedrojota. Después vino Roland Carreño, quien como su to-
cayo Roland Barthes, es un semiólogo de la moda y el buen
decir. Dos muestras de su buena escritura son: a) La fiesta
kitsch que hizo doña Cecilia Matos cuando la nombraron pre-
sidenta de una Sociedad Protectora de los Indios o algo así,
durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez; b) y la
otra, imaginaria, porque no lo invitaron, con motivo de la boda
de la hija del actual presidente de la República.
No puedo evitar el link comparativo. Aníbal Nazoa, cara-
queño, su alter ego y Matías Carrasco, guayanés, parodiaban
a Pedrojota con su columna “La ciudad se pervierte” en los se-
manarios El Morrocoy Azul y Tocador de Señoras, sarcásticas
palomas del habla escrita de Caracas. Este link se prolonga en
secuencia encadenada, porque hay dos obras que, diacrónica-
mente, forman dos murales del habla y la escritura de la ciu-
dad. Me refiero a Escrito de Memoria, 1961, del doctor Laurea-
no Vallenilla Lanz, hijo, y Del Trocadero al Pasapoga, 1993, del
periodista Oscar Yanes. El doctor Laureano es un escritor de
muchos registro de habla, tanto diatópicos, como diafásicos
y diastráticos. Es un memorialista que recrea conversaciones
oídas desde su infancia entre personajes de familias patriar-
cales, así como de los humildes criados del llamado servicio de
adentro. Siendo Ministro de Relaciones Interiores del gobierno
de Marcos Pérez Jiménez, publicó la segunda edición de Allá
en Caracas 1954. Es una visión novelesca de su infancia y
adolescencia, que no tuvo buena acogida por razones obvias.
Pero cuando vive exiliado en París empieza a publicar, por en-
tregas, en el diario La Esfera su Escrito de Memoria, que se

333
convierte en un acontecimiento editorial y político, porque ra-
diografía gran parte de la vida del país, desde la dictadura de
Juan Vicente Gómez hasta la de Marcos Pérez Jiménez (1908-
1958). Allí se consiguen muestras de cómo hablaba el general
Gómez y cómo se expresaba su padre, don Laureano Valleni-
lla Lanz, autor de Cesarismo Democrático. El doctor Vallenilla
Lanz, gracias a la posición política de su padre, director del
Nuevo Diario, periódico oficial de la dictadura de Gómez, tuvo
una formación educativa y cultural muy europea (Francia, Ita-
lia, Suiza). Sin embargo, sentimentalmente, estaba muy unido
a Caracas y a la gente de Caracas. Esa dualidad intelectual se
percibe en la obra. El amor por el terruño y el recuerdo de la
gran urbe es un tópico literario que no muere en muchos escri-
tores latinoamericanos. En un olvidado cuento de Pedro Emilio
Coll, Opoponax, Andrés, caraqueño y parisino, después de haber
vivido disipadamente el decantismo francés al lado de Marion,
se viene a Caracas a purificarse en las campiñas del Guaire.
Y en una fiesta, bailando con María Luisa, el candor de su ni-
ñez, siente que el perfume de Opoponax emanaba triunfante
de su cuerpo, con la “lúbrica” imagen de Marion, la parisina.
Las grandes urbes europeas (París, Roma, Madrid) hacen que
Caracas tenga una educación afrancesada, con ribetes arqui-
tectónicos de Tarbes; una tradición cristiana católica romana
y un apego castizo y conservador de la lengua española. Para
la época en que el doctor Vallenilla Lanz es ministro de la dic-
tadura, Ramón Díaz Sánchez escribe su obra magistral, Guz-
mán, elipse de una ambición de poder, libro ninguneado por
los historiadores de izquierda. Curiosamente, entre los libros
Cesarismo Democrático de Vallenilla Lanz, padre, y Escrito de
Memoria de Vallenilla Lanz, hijo, parece que hubiera una elip-
se histórica del discurso político dictatorial.
Oscar Yanes viene del periodismo que impuso Últimas
Noticias, desde su fundación hasta que se convirtió en “el dia-
rio del pueblo”, gracias a la maestría de dos brillantes escri-
tores, Pedro Beroes y Kotepa Delgado. Con su obra Memorias
de Armandito, Yanes da una visión del habla coloquial de la
familia caraqueña en la época de Gómez. Por lo general se ha-
blaba del trabajo, las fiestas, los espectáculos, los toros, los
cantantes: cuando Rubito / llegó de Lima / toda la prensa /

334
lo publicó; mi Buenos Aires, querido / cuando yo te vuelva
a ver / no habrá más penas, ni olvido. Y a veces se solía oír
una tonada un poco triste: Señora, présteme medio / señora,
présteme un real / para sacar mi conoto / que está preso en
Maracay. Del Trocadero al Pasapoga recoge una serie de re-
portajes sobre el complejo y deslumbrante mundo de la socio-
política del restorán, el cabaré y el botiquín. La antropología
de la cocina, el sexo y la política ha sido campo de brillantes
análisis para Lêvi-Strauss, Freud y Maquiavelo. Estas obras
caraqueñísimas no son vinos de Champaña, del Danubio o de
Florencia. Pero son nuestros vinos. Y a través de ellas nos en-
teramos de la endococina y la endopolítica de una Caracas en
la que los pobres se desayunaban en los cafetines de cualquier
chino malico lalón; y cenaban junto a los carritos vendedores
de tostadas fritas con mortadela y un palillo para los dientes.
Después vinieron los hermanos Álvarez y fundaron las prime-
ras areperas. Las arepas predilectas eran la dominó y la reina
pepiá. La expresión “senda papa” equivale a una copiosa comi-
da entre los pobres. Los ricos hablan de ingesta. Los cartelúos
del gobierno y del comercio, cuando a corré un trueno. Iban al
Trocadero o al Pasapoga, donde la comida era internacional
y la bebida de etiqueta. Esta obra de Yanes es una fuente de
primera para conocer el habla y la vida de la ciudad que fue
Caracas, durante la décadas de los cuarenta y los cincuenta.
Un prófugo de la Isla del Diablo (Guayana francesa) llama-
do Pierre René Delofre creó en el Trocadero un imperio de la
proxémica y el poder.

Trescientos mil bolívares invertí en acondicionar el local; des-


pués lo dividí con una pared de celotex. Cada uno de los salo-
nes tenía una entrada independiente; al de la izquierda le puse
‘Longchamp’ en recuerdo al hipódromo de París en donde alter-
nan las figuras de la alta finanza; al otro le iba a poner ‘Caribe’,
pero una amiguita a quien habían conocido en ‘Le Canarí’, se
empeñó en que lo bautizara ‘Trocadero’. Ni ella ni yo pensa-
mos nunca lo célebre que iba a ser nombre en el país. Al Long-
champ sólo tenía acceso la gente importante. El Trocadero, en
cambio, era un cabare, con muchachas bien presentadas que
se sentaban a las mesas a consumir con los clientes. Eso que

335
después se ha dado en llamar ‘ficheras’. Ninguna chica del Tro-
cadero podía ir al Longchamp, así la llamara una personalidad,
so pena de perder inmediatamente el puesto”.

Después Delofre se dio cuenta de que las grandes seño-


ras del Longchamp querían saber qué había detrás del celotex.
Y tuvo que cambiarlo por unas gruesas cortinas de terciopelo.
“A las dos o tres de la mañana llegaban damas de la mejor so-
ciedad caraqueña con sus esposos. El pretexto era la ‘sopa de
cebollas’, pero luego me llamaban y me decían al oído: “-Señor
Delofre, ¿por qué no descorre la cortina un poquito? –Sí, ma-
dame…”
A medida que leo y releo estos episodios, pienso que el
Padrino Oil Company, el Gran Señor petrolero viene aceitando
aceleradamente un gran cambio en el país y muy especialmen-
te en Caracas. En vez del coñac o el brandy se brindará con
whisky, la sopa de cebolla del Longchamp será reemplazada
por el sándwich o la hamburguesa, los neologismos franceses
irán desapareciendo para dar paso a los términos anglosajo-
nes; las quintas, estilo Tarbes de El Paraíso, le darán paso a
las quintas californianas; y el aire parisino que le dio Guzmán
a Caracas desaparecerá frente al airecito neoyorkino. Y como
respuesta natural, para bien o para mal, al Sultán enamorado
y a la Odalisca rendida les nace un hijo díscolo; El cerro, her-
mano gráfico de las azules lomas y las verdes colinas.

Para completar el decálogo de este monólogo exterior,


buscando como Henry James La figura en el tapiz del habla
caraqueña, no vacilo en recomendar el libro Cerrícolas de Án-
gel Gustavo Infante, que ganó el Premio Fundarte de Narrativa
en 1986. Infante llega a la narrativa por la vía del habla, como
lo hicieron Homero, los antiguos juglares y los narradores de
la picaresca. Por eso en sus cuentos y relatos hay un sabor de
pueblo que no oculta lo que hace; y un sinnúmero de historias
que se enlazan y bifurcan por caminos que llegan al mismo
lugar que lo cotidiano… El universo temático del cerro para to-

336
das las manifestaciones artísticas. Román Chalbaud ha hecho
cine; Rodolfo Santana, teatro; Salvador Garmendia, telenovela;
el Grupo Madera, música; William Osuna, poesía. Ahora Angel
Gustavo Infante le empuja el cuento y el relato. Y el cerro va
que chuta… Cerrícolas son los habitantes de un reino, cuyo
trono es el cerro. La arquitectura de ese reino la popularizó el
pintos Pedro León Zapata, dibujando, en contrapicado enfo-
que cinematográfico, unas moles de tierra y piedra, un cuyos
picachos más altos sobresalen casitas de zinc y tablas que los
caraqueños denominan ranchos. Con estos Caballos de Troya,
alrededor de la ciudad, el habla de Caracas es homérica; son
sus Ilíadas y sus Odiseas.

337
Caracas: huellas urbanas de la polarización
Mireya Lozada
(2004)

La sociedad contemporánea, desafiada por las tensiones


y contradicciones de la globalización, que agravan las ya exten-
didas desigualdades sociales, enfrenta hoy una multiplicidad
de demandas de grupos y movimientos que buscan reconoci-
miento y reivindican identidades invisibilizadas o marginadas,
exigiendo viejos y nuevos derechos: sociales, económicos, políti-
cos, identitarios, comunitarios, ecológicos, sexuales, religiosos.­
En América Latina, estos movimientos se expresan, con
diferentes intensidades y modalidades, dentro de la hetero-
geneidad de una región que comparte importantes referentes
históricos y culturales. Estos movimientos cuestionan profun-
damente los modelos de democracia formal y visibilizan con-
flictos socioeconómicos y político-institucionales cuyas causas
estructurales son de vieja data.
En este conflictivo contexto sociopolítico, donde se evi-
dencia la confrontación de distintos modelos de desarrollo,
competencia por el control del aparato estatal, la propiedad y
administración de los recursos naturales y la defensa de nue-
vas identidades o ciudadanías de diferentes sectores sociales,
también se produce un proceso de polarización social, carac-
terizado por un demarcamiento físico-simbólico de territorios y
propuestas mutuamente excluyentes, provocando una fractu-
ra del tejido social y distintas expresiones de violencia política
que limitan el manejo constructivo y pacífico de los conflictos

339
y comprometen las posibilidades de convivencia democrática
en muchos países de la región.
En Venezuela, altos niveles de polarización social agudi-
zaron el conflicto político en el país, especialmente durante el
período 2000-2004, cuando distintas instituciones (educati-
vas, religiosas, policiales, militares, mediáticas, académicas,
etc.) y diferentes sectores sociales tomaron partido a favor o en
contra de una de dos posiciones: gobierno y oposición.
Si bien la polarización ocupó una cantidad de espacios
privados y públicos, generando un fuerte impacto individual y
colectivo, es quizás el espacio urbano donde mejor pudo apre-
ciarse la expresión social de esta polarización. La ciudad, sus
calles, plazas, paredes, barrios y urbanizaciones han sido la
superficie de inscripción privilegiada de la polarización social.
Pero, ¿cuáles son sus características? ¿Qué representaciones
e imaginarios sociales moviliza dicha polarización? ¿Cuáles
son sus signos y significados? ¿Cómo se construye la conflicti-
vidad social en la memoria de lo urbano?
Sin detenerme a profundizar la multicausalidad histórica
de la crisis venezolana, ni los factores de profundización del
conflicto en momentos coyunturales (golpe de Estado 20021,

1.  Ante las estrategias retóricas y jurídicas que califican de “vacío de poder”
o “Rebelión Militar” los eventos ocurridos en Venezuela en el período compren-
dido entre el 12 y 13 de abril, suscribo la posición de Provea (Programa Vene-
zolano de Educación-Acción en Derechos Humanos- 14-8-2002), que expone
los siguientes argumentos para sostener que se trató de un golpe de Estado:
“a) el Presidente fue presionado por sectores militares (es decir, por quienes
administran el monopolio de la violencia estatal); b) pese a que el Comandante
General Lucas Rincón notificó que el Presidente había renunciado, nunca se
mostró su renuncia firmada y, por el contrario, altos funcionarios públicos
denunciaron que no lo había hecho; c) en el caso (no probado) de que hubiera
renunciado (hecho que, por haber ocurrido bajo coacción, era ilegítimo), cons-
titucionalmente le correspondía al vicepresidente sustituirlo; d) el Presidente
fue detenido e incomunicado, ilegal y arbitrariamente, por funcionarios milita-
res sin que se hubiera realizado el procedimiento político y judicial establecido
en la Constitución; e) el decreto mediante el cual se autoproclamó Presidente
de la República el empresario Pedro Carmona Estanga derogaba, además, la
Constitución y los nombramientos de funcionarios electos por votación popu-
lar y los Poderes Ciudadano y Judicial; f) se produjeron acciones represivas
contra funcionarios y simpatizantes del oficialismo, así como contra institu-
ciones oficiales”.
“La sociedad civil saluda el renacimiento de la República de Venezuela”. Aviso
de prensa firmado por destacados representantes de la sociedad civil venezo-

340
paro petrolero, referendos revocatorios, p.e,), referiré tres ejes
problemáticos que permitan guiar la mirada psicosocial que
intenta dar respuesta a estas interrogantes: polarización so-
cial y legitimación de la violencia, representaciones e imagina-
rios sociales y territorialización de la polarización.

Polarización social y legitimación de la violencia

La polarización se evidencia cuando la postura de un


grupo supone la referencia negativa a la posición del otro gru-
po, percibido como enemigo. Se trata de una compleja dinámi-
ca donde el acercamiento a uno de los polos arrastra no sólo
el alejamiento, sino el rechazo activo del otro. Siete elementos
caracterizan psicológicamente el proceso de polarización so-
cial sufrido por amplios sectores de la población venezolana a
lo largo del conflicto:
1. Estrechamiento del campo perceptivo (percepción des-
favorable y estereotipada del grupo opuesto, que genera una
visión dicotómica y excluyente: “nosotros-ellos”).
2. Fuerte carga emocional (aceptación o rechazo sin mati-
ces de la persona o grupo contrario).
3. Involucramiento personal (cualquier hecho afecta al
individuo).
4. Quiebre del sentido común (posiciones rígidas e intole-
rantes suplantan la discusión, el diálogo o debate de posicio-
nes diversas).
5. Cohesión y solidaridad al interior del propio grupo y
conflicto latente o manifiesto entre grupos opuestos.
6. Familias, escuelas, iglesias, comunidades u otros es-
pacios sociales de convivencia se posicionan en alguno de los
dos polos de la confrontación.
7. Personas, grupos e instituciones sostienen las mismas
actitudes de exclusión, rigidez o enfrentamiento presentes en
la lucha política.

lana, saludando el golpe de Estado del 12 de abril de 2002 (El Nacional, D-5,
13-4-2002). “Referéndum revocatorio presidencial o dictadura constitucional”.
Aviso de prensa llamando a la insurrección e irrespeto de la Constitución, pu-
blicada por el Bloque democrático (El Nacional, A-6, l3-2-2004).

341
El impacto personal y social de esta polarización depen-
de de una variabilidad de factores que van desde la ubicación
geográfica de la población (capital, regiones), hasta variables
de edad, sexo, estado de salud, cercanía o exposición con si-
tuaciones de violencia directa y problemas personales, familia-
res, comunitarios o institucionales existentes previamente.
Estos signos de polarización observados en Venezuela
después de cuatro años de un conflicto sociopolítico que arras-
tra viejas causas coinciden con algunas de las características
referidas por Martín-Baró (1986) luego de diez años de guerra
civil en El Salvador.
Durante este período, el discurso político de gobierno y
oposición hizo uso de la violencia vía polarización maniquea.
Se multiplicaron los estereotipos, las descalificaciones, la dis-
criminación y la exclusión del Otro (persona o grupo con pos-
tura política distinta) a través de referencias a la condición de
clase, etnia, raza u otras características grupales o partidistas
(p.e.: hordas, chusma, turbas, monos, indios, escuálidos, cír-
culos infernales, escuacas, sifrinos, oligarcas, opusgay, cúpu-
las podridas, talibanes, golpistas, afligidos, ignorantes, mer-
cenarios).
En este proceso de polarización, la percepción estereotipa­
da­ de grupos opuestos dificulta las posibilidades de dialogar,­
llegar a acuerdos a partir del debate de ideas y propuestas
de solución de asuntos de interés común. Desaparece así la
base para la interacción cotidiana; ningún marco de referencia
puede­ser asumido como válido para todos; los valores dejan de
tener significado colectivo y se pierde la posibilidad de apelar
al “sentido común”, pues se encuentran cuestionados los pre-
supuestos mismos de la convivencia.
El sufrimiento ético-político (Sawaia, 1989) que deriva de
esta confrontación entre bandos opuestos exige un análisis que
trascienda el énfasis patologizante con enfásis individual y re-
conozca las realidades histórico-culturales que supone la expe-
riencia colectiva de la polarización y la violencia política.
La polarización social fractura el tejido social a la vez que
favorece la naturalización y legitimación de la violencia. Ante
una situación de conflicto sociopolítico prolongado, como el
confrontado en Venezuela, la población sufre un proceso de

342
cambios que trastoca su vida, asumiendo como normal, natu-
ral o habitual lo que no lo es. Ante la avalancha de sucesos de
agresión, muerte y destrucción material o simbólica, se trans-
forma en cotidiana la convivencia con la violencia y en este
proceso de internalización se trastocan tanto la identidad del
individuo como sus relaciones sociales.
En este proceso cada sector, según la información que
obtenga (medios, rumores, etc.) o su implicación en los acon-
tecimientos, construye su propia concepción de lo que ocurre,
incrementa su hermetismo como colectivo y percibe a los gru-
pos externos como posibles enemigos. El temor a ser atacado,
a ser blanco de ataque, genera una angustia que transforma el
actuar del grupo o la persona, llevándolo a defenderse o atacar
para “salvarse”, donde el lema explícito o implícito es: “el Otro
es el enemigo” (Lozada, 2004).
Esto se ve agravado por la distorsión de atribución: a la
otra parte se le atribuye la peor de las intenciones y aquellas
acciones desmedidas del propio bando se perciben invariable-
mente como respuestas a las amenazas o agresiones del con-
trario. En fin, se justifican las propias acciones violentas (p.e.:
armarse o buscar instrumentos de defensa ante el posible ata-
que de grupos opuestos) como respuesta a la violencia que se
anticipa, la que desencadena el miedo.
Se produce así la transformación de valores como soli-
daridad, justicia, esperanza, paz, verdad, confianza, dignidad,
ética, por aquellos contrarios que se cree permiten alcanzar el
equilibrio y mantener a la persona a salvo. “Paradójicamente,
se cree que la situación ‘más segura’ es la de aquellos que se
encuentran en el vértice de los dos polos. Sin embargo, son
estas situaciones las que entrañan mayor peligro objetivo,
las que llevan a asumir mayores riesgos en la confrontación”
(Martín-Baró, 1983: 12).
En este contexto de amenazas y agresiones, de negación y
rechazo del oponente, de expresiones masivas de descontento,
aunado a la percepción de inutilidad de las formas de mani-
festación cívica y de creciente impunidad, se cierra el espectro
de perspectivas políticas no violentas, aumenta la desconfian-
za en el sistema democrático y la desesperanza respecto a las
vías pacíficas de resolución del conflicto. En este proceso de

343
naturalización y legitimación de la violencia, tanto institucio-
nes estatales como distintos sectores sociales pueden llegar a
justificar la violación de los derechos humanos, la ejecución
de homicidios, torturas, juicios populares, golpes de Estado y
la guerra puede convertirse en un fin en sí misma.
En fin, la polarización, que parece erigirse y extenderse
como mecanismo de poder y control sociopolítico a nivel mun-
dial, además del fuerte impacto psicosocial que genera en la
población, obstaculiza de varias maneras la búsqueda de sali-
das democráticas y pacíficas a los conflictos:
a) Invisibiliza la histórica y compleja causalidad estructu-
ral del conflicto (exclusión, pobreza, desempleo, agotamiento
del modelo político tradicional, p.e).
b) Genera una representación restringida del conflicto, al
reducirlo a la salida o triunfo de un actor o propuesta (p.e., en
Venezuela, salida o permanencia del presidente Chávez).
c) Privilegia la gestión del conflicto y su solución a los
actores políticos en pugna.
d) Produce una representación de los actores políticos y
sociales limitada al núcleo duro del conflicto: (“círculos vio-
lentos”, “sectores golpistas”, “oposición”, “oficialismo“, p.e.) ex-
cluyendo al resto de los sectores sociales y el reconocimiento
de diferentes posturas intra- e inter grupos).
e) Fragmenta el tejido social.

Representaciones e imaginarios sociales

Más allá de los dilemas del chavismo-antichavismo y las


diversas causas del conflicto señaladas por distintos autores
(Ellner y Kellinger, 2003; Medina y López Maya, 2003; García-
Guadilla, 2003), entre las que destacan la profunda inequidad
y exclusión social, la pérdida de credibilidad en las institu-
ciones, el descrédito de los partidos tradicionales y los límites
del modelo rentista petrolero, interesa subrayar acá algunos
referentes simbólicos, representaciones e imaginarios socia-
les2 que, junto con los factores ya señalados, han contribui-

2.  El concepto de imaginario, desde su larga existencia en el quehacer filo-

344
do a agudizar el conflicto político y los niveles de polarización
social en Venezuela, tomando expresión en distintos espacios
públicos.­
Toda sociedad, como señala Colombo (1993: 99) “crea
un conjunto ordenado de representaciones, un imaginario a
través del cual se reproduce y que, en particular, designa al
grupo para sí mismo, distribuye las identidades y los roles,
expresa las necesidades colectivas y los fines a realizar”. La
vida social y con ella sus conflictos, se articulan a estos siste-
mas simbólicos. Si bien estos imaginarios sociales pueden fa-
vorecer la creación de consensos intra- o intergrupos, también

sófico ha influenciado tanto la sociología, la antropología, la comunicación, la


psicología, como la ciencia política. Ubicado en la problemática díada entre lo
real y lo simbólico, el imaginario aparece en general asociado a otras nociones
como mentalidad, mitología, ideología, representación, ficción, memoria, cul-
tura, imagen, imaginación.
Con Castoriadis (1975), quien reivindica la potencialidad heurística de la no-
ción, Wunenburger (2003, p-28-29) señala cuatro grandes líneas de reflexión
en torno al imaginario, que a pesar de sus divergencias, pueden vislumbrarse
en autores como Bachelard, Lêvi-Strauss, Durant y Ricoeur:
1. El imaginario obedece a una lógica y se organiza en estructuras don-
de se pueden formular ciertas leyes. El imaginario, aunque se inscribe en in-
fraestructuras (cuerpos) y superestructuras (significaciones intelectuales), es
obra de una imaginación trascendental que es en gran parte independiente de
los contenidos de la percepción empírica. El imaginario revela el poder figura-
tivo de la imaginación, el cual excede los límites del mundo sensible.
2. La imaginación es una actividad a la vez connotativa y figurativa
que trasciende aquello que la conciencia elabora desde la razón abstracta o
digital.
3. El imaginario es inseparable de obras mentales o materializadas,
que sirven a cada conciencia para construir el sentido de su vida, sus pen-
samientos y acciones. De esta manera, las imágenes visuales y lingüísticas
contribuyen a enriquecer la representación del mundo o a elaborar la propia
identidad.
4. El imaginario se presenta como una esfera de representaciones y de
afectos profundamente ambivalente. Así, puede ser una fuente de errores e
ilusiones. Su valor no reside solamente en sus producciones, sino en el uso
que de ella se hace. La imaginación obliga entonces a formular una ética, una
sabiduría de las imágenes.
En fin, los imaginarios sociales estructuran la memoria histórica, la experien-
cia social y construyen la realidad. Sin estas formas simbólicas, cargadas de
significados y sentidos comunes compartidos, es difícil sostener los sistemas
de racionalización ideológica en una sociedad donde la diversidad cultural y
las distintas formas de exclusión reinterrogan permanentemente los discur-
sos universalistas de democracia, igualdad y justicia.

345
pueden generar disensos, usos diferenciales en el discurso de
grupos opuestos y rivalidades que contribuyen a la expresión
de distintas formas de violencia real y simbólica.
La emergencia, utilización y explotación política, de parte
de los sectores en conflicto, de valores, creencias, símbolos
y mitos del imaginario social ha sido una constante a lo lar-
go del conflicto. El discurso público tanto de actores políticos
de gobierno y oposición, como de sus seguidores, reivindica y
resignifica una serie de representaciones e imaginarios socia-
les de los grupos en conflicto, de referentes simbólicos milita-
ristas, religiosos y revolucionarios que movilizan un juego de
identificaciones y oposiciones, de pasiones y deseos, de en-
cuentro y desencuentro a nivel intra- e intergrupal. La emer-
gencia de estos imaginarios latentes en un momento histórico
como el presente se expresa en una multiplicidad de espacios
sociales, públicos y privados, reales y virtuales3, corporales y
territoriales, a través de discursos verbales e icónicos de gran
fuerza simbólica.

Nosotros-ellos

En los imaginarios de los grupos sociales confrontados,


subyace una elaboración ideológica del conflicto y profundas
diferencias socioeconómicas y culturales de una sociedad di-
vidida en clases, las cuales han sido mantenidas y reforza-
das por una desigual distribución de la riqueza, por formas de
gobierno clientelares y populistas que han definido excluyen-

3.  El conflicto político que lucha por el poder y control social en las calles e
instituciones públicas y privadas en Venezuela en los últimos tres años, libra
también su batalla en el espacio virtual. En una multiplicidad de páginas de
opinión política en la red, se revela la desconfianza y el cuestionamiento a la
legitimidad del Otro como interlocutor válido. En general, los internautas no
operan en el ámbito de la argumentación o la retórica; la violencia discursiva
en la red está menos determinada por su coherencia racional que por la in-
tensidad de la carga emocional que moviliza. Tal como afirma Mitchell (1996),
la red elimina la dimensión tradicional de la legibilidad cívica y libera del lazo
moral. Así, amparados en el anonimato, adeptos u opositores multiplican los
estereotipos y la discriminación y exclusión del Otro a través de insultos, uso
de la sátira, ironía y descalificación desde referencias a clase social, etnia,
raza u otras características grupales o partidistas que hacen extensivas a alle-
gados y familiares del opositor (Lozada, 2004).

346
tes patrones de distribución territorial y favorecido comporta-
mientos asociados al consumo, a la corrupción y al manejo de
influencias en la vida pública.
La polarización en Venezuela ha revelado una marcada
distancia social, una percepción estereotipada de los grupos,
una diferenciación que subraya diferencias de clase, género,
raza, ideologías, pero también las características que en el pla-
no subjetivo y afectivo toma la exclusión y las formas suti-
les o grotescas de discriminación, racismo, sexismo, clasismo
entre grupos que se expresa en una variedad de formas en
manifes­taciones y protestas de calle (p.e.: pancartas, monigo-
tes, grafitis, máscaras, bailes, etc.). En estas representaciones
de sí mismo y del otro, se encuentran residuos de los mitos de
la conquista y expansión española; los significados y caracte-
rísticas asociados a las poblaciones indias, esclavas y negras
capturadas y vendidas en las Antillas que luego transfirieron
sus procesos de trabajo al esquema productivo de la sociedad
clasista emergente en el período postcolonial. La diferencia-
ción de la población entre negros, mestizos, indios, zambos
y blancos de la colonia son los antecedentes de la diferencia-
ción entre monos y escuálidos de los chavistas y opositores
actuales.­
Asimismo, los imaginarios asociados al propio grupo y
al otro opuesto políticamente aparecen asociados a la historia
política de Venezuela, Latinoamérica y el mundo. Encontramos­
representaciones antagónicas de Venezuela, del conflicto, sus
causas y salidas, del modelo de desarrollo, de la política y sus
actores, de la democracia, de dos sectores de la población (so-
ciedad civil y pueblo), de lo local y nacional, de lo trasnacional
y lo global.
Las referencias a Latinoamérica, a su autodetermina-
ción, a la política imperial norteamericana, a los determinan-
tes geopolíticos, a las luchas del poder actuales, definen, con-
ducen y refuerzan una renovada acción ciudadana en la esfera
pública que evoca diferentes símbolos, quimeras e ilusiones
en los grupos confrontados exaltando o sobredimensionando
las virtudes del modelo político norteamericano o europeo, o
la autodeterminación e integración latinoamericanas. Así, en
las marchas que toman las principales avenidas de la ciudad,

347
se multiplican imágenes del Che Guevara, se queman o izan
banderas de Estados Unidos, Cuba, Venezuela; unos y otros
vocean lemas que recuerdan luchas políticas en otros países:
“No pasarán”, “Ni un paso atrás”, “El pueblo unido jamás será
vencido”, “Patria o muerte venceremos”.

El gendarme necesario

Encontramos referencias en el discurso oficial a mitos


fundacionales que reivindican el pasado guerrero y valiente
de nuestros libertadores. Ello se evidencia tanto en un pasado
fantasmal y decimonónico, que reivindica héroes como Simón
Bolívar, Ezequiel Zamora, Antonio José de Sucre y las gue-
rras independentistas, como en la expresión actual de esas
herencias políticas caudillistas y militaristas en los principales
actores que han ocupado la escena política venezolana de los
últimos años.
La presencia del Teniente Coronel Hugo Chávez en la Pre-
sidencia de la República, el alto número de militares en fun-
ciones de gobierno, como la participación activa y pública de
la Fuerza Armada Nacional a favor o en contra del presidente
en el marco del conflicto, han contribuido de igual manera a
reforzar este imaginario militarista, donde la democracia está
permanente acechada por la posibilidad de un régimen de
fuerza y la emergencia de un militar que actualice los mitos
ancestrales de los héroes de la independencia o de militares
que han gobernado el país: Gómez, López Contreras, Medina
Angarita y Pérez Jiménez.
Los discursos y estrategias de acción, defensa y ataque
utilizado por distintos sectores pro y contra el gobierno en dis-
tintos espacios públicos (calles, plazas, barrios, urbanizacio-
nes, etc.) subrayan significados asociados a conquista, bata-
lla, guerra, que reivindican la visión militar, mítica, heroica,
libertadora y legitiman la violencia como medio para la defen-
sa de intereses ciudadanos.
Estas acciones, además de provocar daños a estructuras
físicas: inmuebles, calles, plazas, paseos peatonales; provocar
contaminación ambiental: ruido, humo, basura; y violentar los
derechos ciudadanos de libre acceso y circulación, seguridad

348
pública, recreación, esparcimiento y paz, contribuyen también
a exaltar una cultura de la violencia, de trauma y gloria que
afecta la convivencia democrática y el respeto a los derechos
humanos.

Dioses y Demonios

La lucha entre lo sagrado y lo profano, el bien y el mal,


entre Dios y el Demonio, han ocupado también un importan-
te lugar en el imaginario social en este tiempo. Ejemplos de
ello son las cadenas nacionales de rezos públicos pro o con-
tra Chávez, los altares en Plaza Altamira y Puente Llaguno de
Caracas, con figuras del santoral cristiano u otras religiones,
junto con deidades africanas; la marcha de las vírgenes o re-
corridos con sus imágenes en distintas parroquias; los desfiles
de personas frente a imágenes de vírgenes que destilan acei-
te o lloran sangre; la bendición con agua bendita desde un
camión cisterna a miles de manifestantes en una marcha en
una autopista capitalina o la utilización de antorchas y velas
en manifestaciones públicas. Las imágenes y representaciones
religiosas han sido usadas como arma política por ambos sec-
tores, destruyendo iglesias, robando imágenes, mientras que
la polarización ocupa también la institución religiosa y sus
templos, a cuya defensa o ataque recurren civiles y militares,
laicos y religiosos4.

4.  “Los ataques representan una acción cobarde de quienes no son capaces
de enfrentar al contrario con ideas y argumentos, pero también es una señal
clara que envían, conociendo nuestra mayoritaria preferencia religiosa, de lo
que están dispuestos a hacer para imponer su revolución. Una vez más un ré-
gimen totalitario utiliza lo religioso para enviar un mensaje político” (Enrique
Medina Gómez: General de División [Ejército], Política y religión, El Universal,
17-2-2003).
“Con un escapulario de la Virgen del Socorro en la mano, el presidente de
Venezuela, Hugo Chávez, reiteró su fe católica y desmintió que sienta temor
por la Virgen como dicen, según aseguró, sus opositores, a los que volvió a
calificar de ‘locos’. Hay una tesis peregrina de que yo le temo a la Virgen, que
me paralizo si veo una Virgen, es cosa de locos, de psiquiátrico”, dijo Chávez,
quien afirmó tener pruebas de que la oposición realizó marchas con “‘rutas”
de la Virgen, a sugerencia de “planificadores locos”. Sin miedo a la virgen. (El
Universal, 14-12-2003).
“Esta actividad no tiene tinte político, hacemos un llamado a todos los católi-
cos, sin distingos de posición política, para que se unan a través de la oración

349
La figura mítica5 de la escultura de María Lionza, ubica-
da en medio de una céntrica autopista de la capital, tampoco
ha estado al margen del conflicto. Su restauración y reubica-
ción quedó atrapada en la lucha de intereses políticos entre
instituciones estatales y privadas, y la escultura cedió partién-
dose por la cintura en dos mitades, lo que contribuyó a nutrir
los imaginarios del sincretismo religioso que ella convoca. La
corte del poder criollo, mezcla de razas, fuerza de independen-
cia y libertad que ella simboliza sirvió para alimentar miedos y
deseos colectivos, retaliaciones y castigos, así como divisiones
entre sus creyentes.

La “revolución bonita”

En el marco del proceso liderizado por el presidente


Chávez que se ha llamado Revolución Bolivariana, se han ac-
tivado los imaginarios asociados a la revolución como utopía
movilizadora de cambio social estructural que en América La-
tina tuvo expresión en Cuba, Nicaragua, El Salvador y sigue
expresándose de distintas maneras en México u otros países.
La recreación de estos imaginarios se acompaña, igualmente,
de la reivindicación de la gesta emprendida por héroes como
Bolívar, Martí, Sandino, San Martín, Zapata.

para combatir el mal”, manifestó Nancy Farías de Espina, miembro de Unidos


por María. “Levantaron una oración de purificación de la Plaza de Altamira”
(El Universal, 14-12-2003).
“Lo que sucedió en Plaza Altamira el día de la marcha no fue un acto de pro-
vocación ni de irrespeto a la religión. Sólo alguien como Porras, obseso con
Chávez y vocero sistemático de la oposición más recalcitrante, sin considera-
ción alguna por su alta investidura y por el respeto que debe a la verdad, sin
recabar información, utiliza el tema religioso con la misma vehemencia que
empleó –por ejemplo– la jerarquía católica española para estimular la cruza-
da franquista que provocó un baño de sangre con la acción del “Caudillo de
España por la gracia de Dios”. Rangel: Monseñor Porras manipula argumento
religioso (El Nacional, 8-12-2003).
5.  “El mito guarda ciertamente la más estrecha correspondencia con todas
las articulaciones sociales y todas las prácticas: desde este punto de vista, la
experiencia mítica no debe confundirse con la experiencia religiosa, ni con la
experiencia ideológica; pero el mito no es sólo ese calco significante, inmanen-
te a toda práctica. Constituye también una estructura simbólica eficiente, que
asume funciones permanentes de atestación, legitimación y regulación, nece-
sarias para el mantenimiento y la reproducción social” (Colombo, 1999, 100).

350
Sin detenernos a analizar los límites y posibilidades de
la propuesta revolucionaria bolivariana y su cercanía o dis-
tancia con modelos autoritarios, clientelares, populistas y co-
rruptos de la historia política venezolana o mundial, importa
reconocer el carácter simbólico que juega dicho proyecto en el
colectivo que la defiende, como deseo, pasión y sueño utópico,
y como ruptura de la institucionalidad política existente en su
proyección espacial y temporal.
Paralelamente a los referentes simbólicos revolucionarios
que saludan la “revolución bonita”, también se han activado
en el sector de la población que no comparte la propuesta gu-
bernamental, los miedos y fantasmas que activa el comunismo
y su carga de significados, sean estos asociados a la historia
de la lucha armada en Venezuela de los años sesenta, a la his-
toria de los países del llamado socialismo real o a la vivencia
cubana.
Las manifestaciones y marchas multitudinarias de apoyo
o protesta a esta propuesta “revolucionaria” han sido una cons-
tante a lo largo del conflicto, tomando autopistas, calles, ave-
nidas, plazas y lugares públicos, donde se despliega una gran
cantidad de símbolos e iconos que la reivindican o la niegan.

Territorialización de la polarización

Además de los signos ya señalados, la polarización tam-


bién tomó una lógica espacial que dividió espacios de las ciu-
dades, regiones y estados del país en territorios chavistas o
antichavistas. Entre las huellas materiales y simbólicas de la
polarización a nivel urbano, especialmente en la ciudad de Ca-
racas, se encuentran:
l Apropiación privada de espacios públicos en la ciudad
capital: Plaza Altamira, Plaza Bolívar, Puente Llaguno, PDVSA
Chuao, PDVSA La Campiña 6.

6.  Durante momentos coyunturales del conflicto, los dos sectores políticos
ocuparon espacios emblemáticos de la ciudad de Caracas. La sede de Petró-
leos de Venezuela (PDVSA) La Campiña, Puente Llaguno y la Plaza Bolivar fue
ocupado por el sector chavista, mientras que el sector de oposición ocupó PD-
VSA Chuao y la Plaza Francia en Altamira, que se proclamó como “territorio

351
l Ocupación e invasión de edificios o terrenos públicos y
privados.
l Marchas y contramarchas en lugares de la ciudad
identificados como chavistas u opositores -demarcados simbó-
licamente a través del color rojo y negro respectivamente- que
en muchos casos derivó en confrontaciones, heridas y muer-
tes de un gran número de personas pertenecientes a los dos
grupos7.
l “Tomas”, “conquista o reconquista” de sectores de la
ciudad generalmente asociados a sectores políticamente con-
trarios (“catiazo” y “petarazo”, p.e.).
l Desarrollo de planes de “desobediencia”, “contingen-
cia”, “defensa comunitaria” que incluyen: adquisición de ar-
mas y entrenamiento en estrategias de defensa-ataque para
su uso en caso de una eventual confrontación; instalación de
campamentos; trancazos de calles y autopistas; construcción
de barricadas recurriendo a la tala de árboles; quema de cau-
chos y basura; cacerolazos, pitazos y apagones de luz.
l Ocupación de avenidas, autopistas y plazas (Avenida
Bolívar, Distribuidor Altamira, p.e.) con tarantines, merca-
dos y tarimas para realizar operativos de ventas de alimentos,
cedulación, eventos deportivos o celebraciones con artistas y
grupos musicales.
l Saturación en la utilización de símbolos patrios (ban-
deras, himno nacional) en letreros, pancartas, insignias, ves-
timenta, graffitis, consignas, etc., por simpatizantes de los dos
grupos en conflicto.
l Saqueos a negocios y propiedades.

liberado” al momento de ser tomado por un grupo de militares disidentes. En


el interior del país, especialmente luego del paro petrolero, ambos sectores se
adjudican plazas y áreas cercanas a las instalaciones de la industria petro-
lera.
7.  Provea –Programa Venezolano de Educación en Derechos Humanos– (2004:
14), contabiliza al menos 107 muertos durante el período comprendido entre
octubre 2001-septiembre 2004. Las muertes conocidas durante este período
incluyen en su mayoría las ocurridas en el contexto de manifestaciones polí-
ticas, sucesos ocurridos entre el 11 y 14 de abril 2002, la guarimba, luchas
por el derecho a la tierra y el empleo, y asesinatos (p.e.: soldados de la Plaza
Altamira).

352
l Atentados y autoatentados a personas y propiedades
públicas y privadas.
l Agresión y hostigamiento en lugares públicos o en sus
hogares a funcionarios estatales y sus familias8.
l Agresión en lugares públicos y privados a representan-
tes de oposición.
l Ataques o medidas intimidatorias en sedes de medios
de comunicación y partidos políticos.
l Desabastecimiento de recursos energéticos: gasolina,
gas, y de alimentos, medicinas o llamados al abastecimiento
como mecanismo de previsión ante posibles huelgas, paros o
golpes de Estado, con la consecuente conducta colectiva de
pánico, confrontaciones, incertidumbre y aglomeración en si-
tios públicos.

Esta territorialización de la polarización es, para López


Maya (2003) una nueva fase –la más radical y violenta– de la
demarcación bipolar de los espacios urbanos venezolanos que
se viene desarrollando en nuestro país desde hace décadas,
y la cual da cuenta de un patrón de distribución desigual del
territorio y sus riquezas.
El empobrecimiento progresivo de los venezolanos ha ido
configurando los paisajes urbanos de nuestras ciudades, con-
finando en los barrios a los sectores de menos recursos y a las
urbanizaciones –protegidas con vallas y vigilancia– a las clases
medias y altas.
El imaginario social que teme la respuesta social ante
tales niveles de marginalidad y exclusión –“cuando bajen los
cerros”, es un fantasma que con distintas palabras recorre
América Latina– que en otros momentos históricos se ha tra-
ducido en signos visibles en las principales ciudades del país
(c.f. Caracazo en 1989) juega un importante rol en el actual
conflicto, generando profundas divisiones y desconfianza mu-
tua entre los grupos opuestos políticamente. Estos tienden a

8.  Algunos sectores de oposición justificaron estas acciones, estableciendo


un paralelismo con aquellas reconocidas como “escrache” iniciadas en los
años noventa por la agrupación “hijos” en Argentina, contra la impunidad de
los asesinos de la dictadura y se han extendido actualmente como manifesta-
ciones de protesta social.

353
ser ubicados en un sector u otro de la ciudad de Caracas. En
el sector Este (clase alta y media alta) la oposición, y en el
Oeste (clase baja y media baja) el chavismo, aun cuando cada
sector reivindique la presencia de sus adeptos en distintos lu-
gares de la ciudad.
Para García-Guadilla (2003:11), en Caracas las luchas
por la democracia y más concretamente, por la denominada
“democracia participativa”9 se han polarizado, creando feudos
y guetos urbanos.

la territorialización de los conflictos políticos, la aparición de es-


pacios altamente segregados, la pérdida de libertad para despla-
zarse en la ciudad dado el alto riesgo de ser identificado con el
“otro”, el creciente deterioro de los servicios y calidad de vida de
los ciudadanos y el surgimiento de los espacios del miedo y de la
violencia, han conducido a la pérdida del derecho a la ciudad.

El desafío ético-político: construir ciudadanía y convivencia


democrática urbana

Hemos visto cómo la demarcación espacial de la exclu-


sión, especialmente en barrios y urbanizaciones de la ciudad
-ambos ubicados mayoritaria y paradójicamente en las mon-
tañas que rodean al valle de Caracas- ha servido como super-
ficie simbólica y territorial del conflicto sociopolítico vivido en
Venezuela durante los últimos cuatros años, agudizado por los
procesos de polarización expresados por distintos sectores so-
ciales, rompiendo la “ilusión de armonía” de varias décadas de
democracia en Venezuela (Naím y Piñango, 1984).
La segregación socioespacial se ha exacerbado y Cara-
cas, “ciudad que en el pasado se asumía como un ejemplo
de la convivencia de los barrios marginales con las modernas

9.  La democracia participativa, término que quedó inscrito en la Consti-


tución Bolivariana de 1999 y que sirvió de objetivo a las luchas ciudadanas
que liderizaron las asociaciones de vecinos en los años setenta y ochenta, es
un término sumamente amplio y ambiguo que en la actualidad es utilizado
por las dos partes en conflicto como respaldo de sus luchas (García-Guadilla,
2003).

354
urbanizaciones de clase media” y de “una sociedad de clases
sin lucha de clases”, es hoy una ciudad sitiada, dividida y po-
larizada socialmente y altamente segregada desde el punto
de vista espacial y de desempeño de las actividades” (García-
Guadilla, 2003: 13).
La ciudad de Caracas, sus calles, sus esquinas, sus rin-
cones, sus paredes, sus muros, sus casas y edificios, están
cargados de signos y sentidos, mundos de significados y riva-
lidades que se desplazan de un grupo a otro. Son visibles las
fronteras espaciales y territoriales que muestran las huellas
urbanas de la polarización.
La desconfianza y la negación del Otro que supone la po-
larización resquebraja los cimientos de la convivencia, lo cual
entraña un agotador clima de tensión socioemocional, donde
la violencia encuentra campo fértil. La presencia de fisuras
en la estructura de sentido y el intercambio de significaciones
que hacen posible la vida social conlleva a la confrontación
más que a la acción común, imponiéndose la violencia simbó-
lica de las ideologías. La carga de símbolos, imágenes, mitos,
creencias, representaciones que impulsan hacia posturas ex-
tremas de uno y otro signo, así como la fractura de universos
simbólicos compartidos constituye hoy una de las consecuen-
cias más visibles del conflicto sociopolítico en Venezuela.
La comprensión geopolítica, económica y sociocultural de
dicho conflicto exige entonces reconocer la fuerza simbólica de
representaciones e imaginarios sociales que agudizan la pola-
rización social que lo ha caracterizado. Estos imaginarios se
sitúan en el campo de fuerzas que organiza el sistema social,
donde sectores del chavismo y oposición se reconocen en lu-
gares antagónicos desde donde se niegan, excluyen y descono-
cen mutuamente, lo que provoca una ruptura en los consen-
sos propios de la realidad sociopolítica que supone un sistema
establecido y afecta los patrones de convivencia que requiere
la vida ciudadana y la construcción de un orden simbólico que
da sentido y dirección a la vida en común.
En fin, el fenómeno de la polarización parece indicar que
hay factores objetivos y subjetivos que impulsan hacia postu-
ras extremas de uno y otro signo, pero también muestra las
posibilidades de rescatar los elementos simbólicos e imagina-

355
rios sociales compartidos para alcanzar consensos entre los
grupos confrontados. Se trata, pues, de reconocer los conflic-
tos, sus fronteras y horizontes, el manejo constructivo, demo-
crático y pacífico de los mismos, a la par de reivindicar la po-
lítica como negociación de la diversidad en su espacio natural
de aparición, en lo público, en la experiencia cotidiana de los
ciudadanos.
Esto supone un desafío ético-político que invita a cons-
truir prácticas ciudadanas y acciones colectivas comunes que
permitan la reconstrucción del tejido social y urbano fragmen-
tado por el conflicto y la creación de formas de conmemora-
ción o símbolos unificadores en distintos lugares de la ciudad
que constituyan una reafirmación ética en la defensa de los
derechos humanos, del reconocimiento del otro y la abdica-
ción a la violencia (Martín y Páez, 2000). De allí la urgencia de
definir políticas públicas que permitan evaluar el impacto ur-
bano y ambiental causado por la territorialización del conflicto
y aquellas que permitan reducir la segregación socioespacial,
ampliando la experiencia democrática en la ciudad, la autoor-
ganización, autonomía y empoderamiento de los ciudadanos,
incentivando movimientos sociales comprometidos con el re-
conocimiento del otro y la preservación de espacios de convi-
vencia pacífica y democrática.
Muchas de estas iniciativas y propuestas requieren tiem-
po y escenarios propicios que permitan la distensión y el fin de
la polarización. Sin embargo, es necesario favorecer la cons-
trucción de estos espacios a través de iniciativas que facili-
ten algunas claves en la interacción, consenso y diálogo entre
grupos que defienden diferentes posiciones políticas. Para ello
obviamente se requiere una mirada autocrítica de ambos gru-
pos en conflicto que reconozca el carácter antidemocrático de
algunas de sus acciones y reclamos de derechos ciudadanos,
que muchas veces legitiman estrategias violentas, autoritarias
e insurreccionales10.
Si bien el conflicto ha funcionado en algunos sectores so-

10.  “La sociedad civil saluda el renacimiento de la República de Venezuela”.


Aviso de prensa firmado por destacados representantes de la sociedad civil
venezolana, saludando el golpe de Estado del 12 de abril de 2002 (El Nacional,
D-5, 13-4-2002). “Referéndum revocatorio presidencial o dictadura constitu-

356
ciales como catalizador de la toma de conciencia, organización
y participación política, contribuyendo a reforzar la identidad
grupal en torno a objetivos comunes, aún queda un largo y
arduo trabajo de educación ciudadana que permita desarro-
llar acciones colectivas comunes tendientes a la despersona-
lización y contextualización sociohistórica del conflicto; a la
transformación de las representaciones de sí y del Otro; a la
construcción de nuevas metáforas y discursos mediáticos no
polarizados; a la reivindicación de imaginarios sociales y uni-
versos simbólicos compartidos; al abordaje del impacto psico-
social del conflicto y la reparación social.
Paralelamente, estas acciones requieren el desarrollo de
un modelo de democracia inclusivo y participativo que forta-
lezca las instituciones, asuma la lucha contra la impunidad,
exclusión, pobreza e inequidad social, y defienda los derechos
humanos en su visión integral e interdependiente que contem-
pla los derechos económicos, sociales, culturales, civiles, polí-
ticos y de los pueblos. Ello implica construir un nuevo ideal de
desarrollo urbano comprometido con la justicia, la equidad, el
desarrollo sustentable, respetuoso de la diversidad, de nuevas
identidades y de los derechos humanos.
Se trata de educar en y para la ciudadanía, desde la re-
construcción crítica de nuestra memoria histórica, la siste-
matización de los saberes sociales y la multiplicidad de expe-
riencias ciudadanas vividas en este período, como desde los
procesos simbólicos implicados en la construcción democráti-
ca del espacio público. Se trata de construir un país donde se
produzcan cambios sociales, económicos y políticos basados
en los principios de inclusión, justicia, equidad y paz; que nos
permitan recuperar la confianza en las instituciones democrá-
ticas y ahuyentar las amenazas del populismo y autoritarismo
y su expresión en líderes mesiánicos, sean estos militares o
civiles.
Son tiempos de asumir el desafío histórico de la políti-
ca entendida como vivencia cotidiana, tiempos para recrear y

cional”. Aviso de prensa llamando a la insurrección e irrespeto de la constitu-


ción, publicada por el Bloque democrático (El Nacional, A-6, l3-2-2004).

357
significar el imaginario nosotros, con sentido y norte de futuro
común.
La ciudad, las calles, las plazas, las escuelas, los hos-
pitales, los bares, las fábricas, las casas, están poblados de
gente, de pensamiento, de cuerpos y afectos, de política y vida
cotidiana, de alma y espíritu. Está llena de espacio que siente
y vibra, hecho de ruido, de conversaciones, de conglomera-
ciones, de rumores y chismes, de emociones y argumentos,
de propuestas y acciones, de debates y diálogo, de confron-
taciones y negaciones. Es esa alma colectiva la que debemos
reconocer en la calle, en los espacios urbanos; es esa la demo-
cracia por construir.

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359
La ciudad (y el país) según Cabrujas
Tulio Hernández
(2005)

Acto 1: “Buena idea, así la volvemos a construir”

La imagen es divertidamente original. Como alguna vez


lo hizo con Sodoma y con Gomorra, el Ser Supremo ha decidi-
do destruir Caracas y se toma el trabajo de advertírselo a sus
habitantes. Pero, para su sorpresa, los caraqueños, en vez de
huir despavoridos como lo hicieron en su momento sodomi-
tas y gomorrianos, se toman la noticia como asunto de júbilo,
vuelven la vista al cielo y le responden al Altísimo algo así
como: “Mejor, Señor, mejor, buena idea, porque así la volve-
mos a construir”.
El desplante, por supuesto, es obra de José Ignacio Ca-
brujas, el objeto de nuestra reflexión de hoy, quien la ha utili-
zado para ilustrar una de sus tesis básicas sobre la condición
caraqueña y, de alguna manera, sobre la cultura nacional ve-
nezolana –la idea de que somos en esencia una sociedad de de-
moledores– desarrollada en el ensayo “La ciudad escondida”,
(que apareció originalmente en el libro Caracas, producido y
editado por Carsten Todmann) en el que resume de manera
magistral sus ideas básicas en torno a la capital venezolana y
sus habitantes.
La idea le obsesionaba y la manejaba como una certe-
za poniendo como ejemplo la reacción ciudadana la mañana
cuando demolieron el Hotel Majestic, el último icono ciuda-

361
dano de la ciudad premoderna. Nuestro autor contaba cómo
mientras la inmensa bola de acero golpeaba, echándolas al
piso, las paredes del tradicional hotel, los curiosos que pre-
senciaban el espectáculo no protestaban, no se lamentaban,
no sentían nostalgia; todo lo contrario: ¡aplaudían! Y mientras
más fuerte era el mazazo y más grande el trozo del edificio que
caía, más entusiastas eran los aplausos y el júbilo de los allí
presentes.
Pero la condición demoledora no es reciente, petrolera, ni
se halla asociada exclusivamente a lo que algunos consideran
el inicio del suicidio de la ciudad a partir del perezjimenis-
mo. Cabrujas se esmeró en sus escritos en hacernos enten-
der que siempre fue así; que Guzmán Blanco, para construir
su pequeño París en Caracas, se tomó la molestia de demoler
las pocas edificaciones de calidad que aún quedaban en pie,
porque hay que tener en cuenta también, nos proponía, que
incluso la naturaleza nos ha ayudado en esa vocación demo-
ledora y los terremotos son decisivos para entender el tipo de
ciudad que tenemos. Antes, decía, no se demolió más porque
no había suficiente dinero.
Fue esa certeza la que lo llevó a sostener en uno de sus
típicos e irónicos desplantes: “así como hay personas que pro-
claman con orgullo pertenecer a un pueblo de grandes cons-
tructores, me atrevo a exhibir con cierta jactancia, que pro-
vengo de un pueblo de grandes ‘derrumbadores’, un pueblo
demolicionista que hizo del escombro un emblema”1.
Pero la fascinación demoledora es sólo la punta del ice-
berg, el síntoma, no la enfermedad. Los atributos decisivos,
los que explican aquella vocación, están ligados a otros dos
atributos fundamentales de la caraqueñidad y la venezolani-
dad. Me refiero al gusto por la provisionalidad y a esa otra
característica colectiva mil veces señalada: la tentación de la
amnesia colectiva, nuestra particular dificultad para recordar
y la facilidad colectiva para olvidar.
Ese sentido de la provisionalidad concebido como atribu-
to colectivo es lo que le llevó en innumerables oportunidades

1.  Cabrujas, José Ignacio. “La ciudad escondida”, p.19. Hernández, Tulio
(comp.) (1999) Caracas en 20 afectos. Caracas: Museo Jacobo Borges.

362
a sentenciar que en definitiva Venezuela no era otra cosa que
un campamento, y su capital, un lugar de tránsito o, en el
mejor de los casos, un simple hotel que, incluso cuando son
muy buenos y gratos, son sólo lugares para pasar unos días.
En una película de los años ochenta, uno de los personajes
interpretados por el gran Héctor Myerston declara, ebrio, en la
barra de un botiquín del este de Caracas: “Esta vaina no es un
país; esto lo que es, es un estacionamiento de gente”.
Fue esa otra de sus ideas recurrentes. Una idea que le
persiguió durante años, una suerte de pecado original que le
servía para explicar el fuerte desapego por el recuerdo, la me-
moria, la continuidad y también por el futuro. Nadie vino a
Caracas para quedarse. En la época colonial Caracas siempre
fue un lugar de paso, un lugar al que se iba porque se estaba
en tránsito hacia otro, hacia el sur, por ejemplo, o porque se
venía a hacer dinero rápido. Lo decía muy bien: “pasar por
aquí y seguir avanzando”.

Quedarse en Caracas fue siempre una desgracia. Entonces to-


dos los edificios de esta ciudad fueron construidos con un con-
cepto provisional, todos los edificios de la Conquista, y aun de
la Colonia, son muy simples y apenas parecidos a lo que quie-
ren representar, pero sin llegar a ser nada. Por eso la Catedral
de Caracas no es una catedral, es una aspiración de algo que
no llegó a hacerse. Y hoy uno la puede visitar y la encuentra
vetusta pero inacabada. Por eso, los caraqueños hemos soñado
siempre con el día en que inauguremos la ciudad, una ciudad
que se parezca a nosotros mismos; lo cual es virtualmente im-
posible, pero un delirio colectivo. De allí que el caraqueño goce
con el espectáculo de la destrucción de aquello que considera
provisional, esperando que en ese hueco aparezca lo definitivo.

Y esta, “esperando que aparezca lo definitivo” creo que es


la idea clave de Cabrujas en torno a nuestra vocación demole-
dora. Se demuele porque se tiene la esperanza de que de lo de-
molido, que era provisional, va a surgir lo estable, lo definitivo.
Pero en esta ciudad, sostenía, no hay espacio para lo estable,
ni para la transmisión de tradición alguna, ni para el predomi-
nio de algún estilo que la defina. Lo propio de Caracas, según

363
Cabrujas su estilo, es no tener estilo ninguno y proponerse
otra cosa es entrar en un acto esquizoide; es una negativa a
reconocer la ciudad tal como es.
Hay un fragmento de “La ciudad escondida” que explica
de manera sublime ese estilo de no tener estilo, esa mezcla a
la vez confusa y estupenda en la que se fue convirtiendo nues-
tra ciudad en la medida en que, a partir de la fiesta petrolera,
dejó de ser lugar de paso para convertirse en alternativa de
vida para emigrantes de Europa y Suramérica.
“Eso es lo que somos”, dice.

La aproximación a una certeza universal, la impunidad de re-


presentar el mundo con altivo desparpajo. A veces asomo la ca-
beza en el trayecto que me separa de mi trabajo y me hago tan
habitual como un florentino. Animo el día con un café italiano,
honradamente sudado en una Gaggia, sobre el mostrador de
una panadería de portugueses cuya especialidad es el pan ga-
llego. Suelo comprar la prensa en el quiosco de un canario pre-
maturamente inválido y saludo la santamaría de mi charcutero
de Treviso apasionado por las especialidades catalanas […] y
escucho en mi reciente memoria la ponderación de un vendedor
de cuchillos cuzqueño, realmente impresionado por lo que él
denomina “el eterno filo alemán […] Estaciono frente al merca-
do Cendrillon, regentado por unos madeirenses, y saludo a la
conserje dominicana en trance de regresar a su patria por una
gravedad nonagenaria. Entonces me pregunto en dónde estoy
si no en el centro mismo de una historia por la que Erasmo de
Rotterdam quebró alguna lanza (p. 23)2.

Es verdad que no siempre sus lectores estaban plena-


mente de acuerdo con las teorías explicativas de Cabrujas.
Pero debatir con ellas desde las perspectivas racionales y car-
tesianas de las ciencias sociales o del urbanismo era suma-
mente difícil, por cuanto su lógica argumental estaba siempre
a medio camino entre el orden expositivo del ensayo tradicional
y los giros idiomáticos, las libertades literarias y los recursos
estéticos de la escritura poética o de la dramaturgia teatral.

2.  Ídem.

364
En esta misma Cátedra le escuché, por ejemplo, al ar-
quitecto William Niño Araque, expresar su desacuerdo con el
hecho de que José Ignacio no hubiera valorado en sus escritos
ese descomunal esfuerzo constructivo que se produjo en Ca-
racas a partir del año 47, cuando se inauguró el bloque 7 de
la urbanización El Silencio, a juicio de los entendidos primera
obra de la modernidad caraqueña. Nos explicaba Niño en esa
oportunidad que lo que aquí ocurrió, la construcción práctica-
mente de la nada, en apenas dos décadas, de una nueva ciu-
dad con impresionante conjunto de obras –rascacielos como
las Torres de El Silencio, autopistas, avenidas, viaductos y
puentes con las más adelantadas técnicas constructivas, tú-
neles y plazas, urbanizaciones residenciales y en el centro de
todo la Ciudad Universitaria de Villanueva– es el testimonio de
una sociedad que también tiene una inmensa capacidad para
la construcción y que seguramente a partir de ese momento la
tesis de la vocación demoledora se hace más difícil de sostener
porque lo entonces construido –la ciudad moderna– ya no tie-
ne el mismo sentido de la emergencia y la provisionalidad.
Comparto en buena medida estas apreciaciones de Niño,
pero cuando miro lo que está ocurriendo en la Caracas del
presente, cuando paso en medio de las Torres del Silencio y
veo la cruel destrucción e invasión a la que ha sido sometida
por la economía informal; cuando leo las noticias de personas
que se caen y mueren en la avenida Libertador porque alguien
se robó las barandas de aluminio para vendérselas a un cha-
tarrero; cuando veo al lado de la Base Aérea de La Carlota las
ruinas precoces de esa hermosa obra que fue alguna vez La
esfera de Jesús Soto o en la Plaza Venezuela el esqueleto sa-
queado de la Aguja Solar de Alejandro Otero, cuando presencio
cómo las vías de acceso a la ciudad están en permanentemen-
te amenaza, cayéndose y rompiéndose; cuando veo el campo
en ruinas de ese nuestro orgullo citadino que era el bulevar
de Sabana Grande, entonces pienso que el presagio de José
Ignacio era cierto y que ahora hemos entrado en un nuevo tipo
de demolición que no está hecha por bolas de acero sino por la
barbarie, la desidia y el desinterés por la ciudad sustentado en
un populismo urbano elemental y ramplón pero, en todo caso,
demoledor.

365
Probablemente un texto, tan lúcido como afectuoso, es-
crito por Ibsen Martínez, bajo el nada gratuito título de “Por
ahora y mientras tanto” pueda venir en nuestra ayuda. En esa
crónica, escrita a propósito de un viaje por carro en los alrede-
dores de Bogotá, Ibsen, de manera provocadora le pregunta a
José Ignacio si la aparición y existencia del libro Mi cocina a la
manera de Caracas no era precisamente “un brillante contrae-
jemplo de su teorema de la provisionalidad” y “una frondosa
refutación de su idea de que Caracas es tanto más Caracas
cuanto más se despoja de sí misma”. “¿Cómo pudo ser posible
este libro sin una tradición, sin una memoria?”, cuenta Ibsen
que le preguntó retador. “Por eso mismo”, respondió José Ig-
nacio, “porque hurta el cuerpo a la idea de tradición y prefiere
«insinuar» provisionalmente una cocina «a la manera de Ca-
racas». Scannone logra situarse de modo natural en algo que
llamaré «el futuro arquetipal», ese al que propendemos «provi-
sionalmente» desde 1567. Cuando Caracas sea al fin Caracas,
y fíjate que no digo «si volviese a ser», advierte que no digo «si
Caracas continuase siendo», sino que digo «cuando por fin lle-
gue a ser Caracas», entonces ésta, la provisional «a la manera
de Scannone», será su cocina, su tradición”.
Pero, por más severa que fuera su mirada, esta era su
ciudad. Sobre ella escribía permanentemente. En ella se esce-
nificaban muchas de sus piezas teatrales. A ella le dedicó un
lúcido texto en los tiempos del cuatricentenario para una obra
compuesta por Juan Carlos Núñez, de donde Martínez tomó el
título del ensayo que he citado. Parafraseando lo que padecía
por el MAS, o por los Tiburones de la Guaira, esta era la Cara-
cas de sus tormentos. Y sobre ella repetía resignado:

Para vivir en esta ciudad no necesitamos de ningún monumen-


to que tenga a bien la gentileza de recordarnos su historia. La
historia, la única historia posible, somos nosotros, y la ciudad
comienza y recomienza un martes cualquiera como el pajarraco
de los romanos, después de una nueva resurrección (p. 19)3.
Acto II: “Los 15 rones y el culo de la alemana”

3.  Ídem.

366
A quienes han seguido la producción intelectual de José
Ignacio Cabrujas no les queda duda alguna de que en dos de
sus obras de teatro, Acto Cultural y El día que me quieras, lo-
gra desarrollar de la manera más acabada sus más profundas
convicciones sobre la forma como los venezolanos de la transi-
ción entre el mundo rural y el urbano, entre el cosmopolitismo
y el provincianismo, resuelven la relación entre subjetividad
individual y existencia pública, entre las exigencias del deber
ser social y los más auténticos gustos y creencias personales,
entre lo que cada quien en el fondo de sus almas sabe lo que
realmente es y lo que colectivamente se establece como lo cul-
turalmente digno, lo políticamente correcto y lo socialmente
deseable.
En estas obras se expresa de manera lúcida la que con-
sidero la segunda gran idea que se repite de manera obsesiva
a lo largo de su obra: la distancia entre lo que el venezola-
no realmente cree que es como individuo, como subjetividad,
como soledad, y la pose, el desplante, la simulación a la que
lo obliga una idea de la cultura, de lo público, de la respeta-
bilidad que no coincide necesariamente con sus valores más
profundos ni con lo que la sociedad como tal es. Entendía la
sociedad venezolana como una caricatura de la modernidad,
como un “fracaso histórico” que no tiene la fuerza para re-
conocerse a sí misma y está, por lo tanto, permanentemente
gestualizando para mostrarse como otra.
Por eso los dos grandes momentos de estas obras son
confesiones. Terribles y dolorosas confesiones, almas que por
fin se desnudan y se quitan de encima el ropaje del engaño
que se han hecho a sí mismos y a los otros. Los dos personajes
que protagonizan, Cosme Paraima, en el caso de Acto Cultural,
y Pío Miranda, en El día que me quieras, terminan por confe-
sarles a todos, a los demás personajes, al público que está en
la sala, pero sobre todo a sí mismos, qué clase de seres huma-
nos son realmente, o para decirlo en lenguaje cabrujiano, “qué
carajo” era lo que en verdad les interesaba en la vida o “por
qué carajo” tuvieron que inventarse un proyecto en apariencia
trascendente para salir de la vida oscura, gris y apocada a la
que fueron condenados.
Cosme Paraima formaba parte una sociedad cultural, la

367
legendaria Sociedad Pasteur para el Fomento de las Artes, las
Ciencias y las Industrias de San Rafael de Ejido, cuyos direc-
tivos han decidido celebrar sus cincuenta años de existencia
haciendo una representación de la vida de Cristóbal Colón.
Pero la representación se vuelve un fracaso porque los actores,
en lugar de recitar los parlamentos ensayados, comienzan a
contar lo que realmente les pasa, sus intimidades, fracasos y
amarguras personales. Uno de ellos, el secretario de la Socie-
dad, harto de dar conferencias sobre cualquier cosa, confiesa
de manera dramática:

Cosme: (Solo) Uno puede llegar al asunto así en la vida, o sea


que está la persona y bueno, está la persona. Ahora; está la
persona y el límite y ahí. O sea: lo asumes. Tú lo asumes. ¿Que
te dijeron que no lo asumieras? Bueno, tú lo asumes, y tal.
Pero, ¿no se puede, verdad?, rebasar. Es decir, se puede, pero
entonces te atienes. Rebasas y te atienes. Ah, que no, que tú no
querías decir eso sino lo otro. Está bien. Entonces, ¿por qué no
dijiste lo otro? Estabas ahí en tu vida esperando decir lo otro...
y llega el momento y dices lo de antes. ¿De quién es la culpa en-
tonces? ¿No es tuya la culpa? ¿No te dieron lengua? ¿No tuviste
la oportunidad? Después, bueno, la queja. No. Que yo no. Que
yo no sabía. Yo no estaba. Yo no fui. Yo no hice. ¿Y la cultura?
Porque alguien tiene que responder por la cultura. En último
caso, quiero decir. Entre otras cosas, quiero decir. También
puedo irme y dejarlo así. Me paro ahí en la plaza Bolívar a que
me caguen las palomas. Me tomo unos tragos. Me busco unas
putas y me sincero. (Cada vez más angustiado) ¿Qué me gusta
a mí? Esos quince rones después de las seis de la tarde y el culo
de la alemana que todos conocemos. Y nada más. Quince rones
y mi culo de mi alemana. Pero entonces me dicen: ¡la cultura!...
¡la obra! Ah, bueno... entonces la cultura... vamos a hacer la
cultura; que nadie diga que yo no colaboro con la cultura. Pero,
si me permiten, el problema es que no me permiten, yo no lla-
maría a ese centro de respiraciones patrióticas Sociedad Louis
Pasteur, porque en mi vida, y lo juro por mi santísima madre
Micaela Paraima que Dios me la guarde bien gorda y bien con-
servada, me ha importado la microbiología o la rabia de los pe-
rros. En primer lugar, porque los perros de San Rafael de Ejido

368
están tan jodidos que ni rabia tienen. Entonces, yo no llamaría
a esto Sociedad Pasteur, sino Sociedad para un Estudio Porme-
norizado y Profundo del Culo de mi Alemana. Y está bien, no
sería tan cultural, pero por lo menos yo entendería mis quince
rones y mis deseos y tal vez mi vida. (Acto Cultural, 1976)

Es más o menos lo mismo que le sucede a Pío Miranda.


Pío, como lo debe saber la mayoría de este auditorio, quien ha
mantenido engañada a su novia María Luisa Ancízar y a su
familia, con la idea de que a través de su relación con Romain
Rolland, el gran intelectual de la época, está preparando su
viaje a vivir en un koljoz, esa modalidad de unidades de pro-
ducción agrícola y comunitaria comunista mitificada interna-
cionalmente en los años treinta como lo fueron posteriormente
en los años sesenta del siglo XX las comunas de los hippies.
Pero una noche, en medio del encantamiento que produce la
visita de Carlos Gardel a Caracas y su casual visita al modesto
hogar de las Ancízar se hace insostenible la mentira, se descu-
bre que no hay koljoz, que no hay Romain Rolland y que el ca-
marada Stalin no tiene ni idea de quién es Pío ni seguramente
de dónde queda Venezuela. Entonces Pío, como ya lo había
hecho Cosme (papeles ambos que representó el gran maestro
Fausto Verdial), nos cuenta su secreto más profundo:

Pío: ¡Y ahora, te voy a explicar por qué soy comunista! Cuan-


do era niño, en Valencia, mi santa madre, Ernestina, viuda de
Miranda, enfermera jubilada del Hospital de Leprosos, lectora
perpetua de El Conde de Montecristo, se ahorcó en su habita-
ción. ¿Sabes cómo mierda se ahorcó? Amontonó en el suelo Los
miserables, de Víctor Hugo, El coche número 13, de Xavier de
Montepin, La dama de las camelias, de Alejandro Dumas, hijo,
El crimen del padre Amaro, de Eça de Queiroz y una edición
ilustrada de la Biblia. Se subió a la pila de libros, y ni siquiera,
maldita sea, me dejó una carta explicativa. Se limitó a saltar
sobre la narrativa romántica, con una fiereza inexplicable. Aho-
ra parece un chiste y, a veces, me he sorprendido a mí mismo,
riéndome al contarlo. ¡Pero desde ese día tuve miedo! ¡Me orina-
ba en la cama de puro miedo! ¡No me atrevía a cruzar el patio
después de las once, por temor a encontrarla bajo el limonero, o

369
en el comedor, o en la cocina! Tú me preguntarás, ¿miedo a qué
mierda? Y yo te diré, miedo a que me explicara por qué lo había
hecho. Miedo a no inventarla. Miedo a terminar en la misma
viga y bajo el mismo techo. (Breve pausa) ¡Leí los libros de aquel
patíbulo que mamá había hecho en su dormitorio, buscando
una clave, una respuesta, una explicación cualquiera...! ¡Y no
encontré nada! ¡Páginas y páginas... y nada! (Pausa) ¡Ingresé en
el seminario arquediocesano y comencé a masturbarme todas
las noches! (El día que me quieras, 1979)

Para los jóvenes de mi generación estas dos obras fueron


decisivas. Porque, por primera vez, en el terreno local veíamos
un tratamiento de los temas colectivos hechos desde el pun-
to de vista de la existencia individual, del sujeto, como dicen
ahora los sociólogos y los psiquiatras, y no desde las visiones
paisajistas de la historia hechas de grandes hombres y gran-
des acontecimientos. Porque nunca habíamos oído a nadie
proponiéndonos que la sociedad venezolana “está basada en
una mentira general, en un vivir postizo”. Como el mismo JIC
lo decía:

para sobrevivir voy a aparentar esto o lo otro para esconderme,


porque vivo en un país donde mis deseos no forman parte de
la poesía, porque los treinta rones y el culo de la alemana no
son “culturales”, porque la descripción que se hace de mí en
términos literarios, pictóricos, está hecha en términos sublimes
y pertenece al edificio teologal del deber ser.

Estas obras, además, se ubican en medio de dos discu-


siones que para entonces eran decisivas en el mundo inte-
lectual –y de alguna manera lo siguen siendo–: el tema de la
cultura de los colonizados, de nuestro sentimiento de insufi-
ciencia y minoría de edad al lado de lo que ocurre en Europa y,
de la otra, el tema de cómo abandonar la ortodoxia marxista,
de cómo seguir siendo de izquierda –es decir, estar de parte
de los desposeídos y a favor de la justicia social– sin tener que
apoyar lo que ya sabíamos había generado un monstruo au-
toritario que era el pensamiento comunista marxista. O, a la
inversa, cómo abandonar el marxismo sin tener que volvernos

370
conversos, como le ocurría a muchos, que iban volando del
MAS o del MIR a la decadente Acción Democrática o se prote-