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El caso Zola- G.K.

CHESTERTON
El caso Zola- G.K. CHESTERTON Título original: «The Zola controversy»,en All Things
Considered Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web:
http://juanmanuelsalmeron.com/ La coincidencia de estar en estos momentos Francia e
Inglaterra debatiendo la oportunidad de erigir un monumento a un literato puede ilustrar la
diferencia entre dos grandes ciudades. Francia está considerando la conmemoración del difunto
Zola; Inglaterra, la del recientemente fallecido Shakspere.°El tiempo transcurrido tiene ya cierta
significación nacional. Podrá parecer una muestra de impaciencia y falta de delicadeza este
temprano ataque a Zola o esta deificación de él; pero también la nación que ha estado cruzada
de brazos trescientos años desde la muerte de Shakspere puede haber llevado la delicadeza
demasiado lejos. Con todo, hay en juego cosas más profundas que una simple cuestión de
tiempo. La diferencia fundamental es que los franceses están debatiendo si habrá o no
monumento, mientras que los ingleses debaten qué monumento habrá. Es decir, los franceses
están debatiendo una cuestión viva, y nosotros una cuestión muerta. O, más que muerta,
resuelta, lo que es muy diferente. Cuando una cuestión de orden intelectual queda resuelta, no
está muerta: antes bien, es inmortal. La tabla de multiplicar es inmortal, e inmortal es la fama
de Shakspere. En cambio, la fama de Zola no está muerta ni es inmortal; está en tela de juicio,
está puesta en la balanza, y es posible que se le niegue. Tienen razón, pues, los franceses en
considerarla una cuestión viva. Está viva porque aún no ha sido resuelta. La de Shakspere, por el
contrario, no es una cuestión viva: es una respuesta viva. Por mi parte, creo que la controversia
francesa en torno al caso Zola es mucho más práctica y excitante que la controversia inglesa en
torno al caso Shakspere. La admisión de Zola en el Panteón puede considerarse un modo de
determinar la posición de Zola. Pero nadie dirá que una estatua de Shakspere, aunque mida
cuatro metros y se la coloque en lo alto de la catedral de San Pablo, determina la posición de
Shakspere. Lo que determina es nuestra posición con respecto a él. Él está fijo; nosotros nos
movemos. Lo más parecido al caso Zola entre nosotros sería proponer que un autor
controvertido y repulsivo reposara junto a los restos de los grandes poetas ingleses. Verbigracia,
que se quisiera enterrar al señor Rudyard Kipling en la abadía de Westminster. Yo estaría en
contra, primero porque el señor Rudyard Kipling está vivo (y creo que él mismo convendría en
lo justo de mi protesta), y segundo porque me gustaría que ese espacio rápidamente menguante
se reservara para las grandes figuras perdurables de la literatura inglesa, no para los
advenedizos momentáneamente interesantes. No querría en la abadía de Westminster ni al
señor Kipling ni al señor Moore, por mucho que el primero haya captado mejor que el segundo
la crueldad fría y lúcida del cuento corto francés. Estoy segurísimo de que Geoffrey Chaucer y
Joseph Addison están muy bien juntos en el Rincón de los Poetas, pese a los siglos que los
separan.° Sin embargo, creo que el señor George Moore sería mucho más feliz en Père-Lachaise,
con una turbulenta estatua de Rodin coronando su tumba, y el señor Kipling descansaría más
contento bajo algún enorme monumento asiático, esculpido con todas las crueldades de los
dioses. En cuanto al monumento a Shakspere, digamos que cada pueblo tiene su propio estilo
conmemorativo, y pienso que a favor del nuestro hay mucho que decir. El estilo monumental
francés consiste en erigir estatuas pomposísimas, muy bien hechas. El estilo monumental
alemán consiste en erigir estatuas pomposísimas, muy mal hechas. Y el estilo monumental
inglés, el gran estilo estatuario inglés, consiste en no erigir estatua alguna. Una estatua puede o
no ser digna, pero su ausencia siempre lo es. Y el hecho de que no haya una estatua de
Shakspere es, creo yo, algo edificantemente simbólico que dice mucho sobre la nación inglesa.
Cierto es que hay una en Leicester Square, pero el sitio en el que fue emplazada demuestra que
la erigió un extranjero para extranjeros.° Hay sin duda algo modesto y viril en el hecho de
renunciar a expresar a nuestros más grandes poetas en las artes plásticas en las que no
destacaron. Honramos a Shakspere como los judíos honran a Dios: no atreviéndonos a esculpir
su imagen. Nuestra escultura, nuestras estatuas, van bien para banqueros y filántropos, que son
nuestra maldición, no para él, que es nuestra bendición. ¿Por qué celebrar el arte en el que
triunfamos con el arte en el que fracasamos? A Inglaterra se la comprende mejor cuando se
piensa que es un país de aficionados. Es sobre todo un país de soldados aficionados (los
voluntarios), de políticos aficionados (los aristócratas), y no sería insensato ni inconveniente
pensar que es sobre todo un país que ve la literatura con ojos desatentos y perezosos. Shakspere
no tiene un monumento académico por la misma razón que no tiene una educación académica.
Sabía poco latín y menos griego, y (en el mismo espíritu) nunca ha sido conmemorado en
epitafios latinos ni en mármol griego. Si no hay nada claro y fijo en los emblemas de su fama, es
porque no hay nada claro y fijo en los orígenes de ella. Los grandes colegios y universidades que
observan a un hombre en su juventud pueden registrarlo en su muerte; pero Shakspere no tuvo
estas unificadoras tradiciones. Lo único que podemos decir de él es lo que podemos decir de
Dickens: que no vino de parte alguna y a todas partes fue. Un monumento suyo estaría fuera de
lugar en cualquier lugar. Una fría estatua en esta o aquella plaza le convendría tan poco como a
Dickens. Si mañana erigiéramos una estatua a Dickens en Portland Place, sentiríamos la rigidez
poco natural. Temeríamos que por la noche la estatua se echase a pasear por la calle. En Francia,
en cambio, plantearse si Zola debe o no ir al Panteón ahora que está muerto es tan posible como
plantearse si debió o no ir a prisión cuando estaba vivo. La cuestión es qué manera de pensar
adoptará la nación. Erigir un monumento a Zola no es solo erigir un trofeo; es también señalarse
con el dedo. Es una cuestión que deberán resolver la mayoría de los países europeos; pero, como
en tales cuestiones, primero se ha planteado en Francia porque Francia es el campo de batalla
del cristianismo. A grosso modo, la cuestión es la siguiente: si en ese mal delimitado terreno de
la licencia verbal en temas escabrosos es una atenuación o una agravación de la falta de
delicadeza el que sea deliberada y solemne. ¿Es la indecencia más indecente cuando es seria o
cuando es alegre? Por mi parte, confieso que en esta cuestión soy de la vieja escuela. Cuando un
libro o una obra de teatro me parecen un crimen, no me tranquiliza que me digan que es un
crimen serio. Si un hombre escribe algo horrible, no me consuela que me expliquen que es lo
que quería hacer. Conozco todos los males de la frivolidad, no me gustan los que se ríen de la
virtud. Pero los prefiero a los que lloran ante ella y se quejan amargamente de que exista.
Cuando la moral es tan salvaje como el canibalismo, no me tranquiliza el que sea también tan
seria y sincera como el suicidio. Y creo que es claramente engañoso el violento contraste que
algunos modernos ven entre la aversión del público al drama de IbsenFantasmas y la
popularidad de comedias como Dear Old Charlie. No quepa duda de que nada misterioso o poco
filosófico hay en la preferencia popular. La comedia Dear Old Charlie tiene aceptación... porque
es una comedia. El drama Fantasmas es exorcizado... porque son fantasmas. En esto consiste ni
más ni menos la cuestión de Zola. Yo soy un adulto y la inmoralidad de este escritor me trae sin
cuidado. Lo que no soporto es su moralidad. Si hubo alguien en el mundo que encarnara la
terrible frase: «Pues si la luz que hay en ti son tinieblas, ¡cuántas tinieblas habrá!»,° ese alguien
fue sin duda él. Grandes hombres como Ariosto, Rabelais y Shakspere incurren en lugares
inmundos, flaquean con pecados violentos, pero veniales, se revuelcan a lo largo de páginas en
su enorme debilidad, son sucios, son indefendibles; pero luego se yerguen de nuevo y siguen
hablando con cordialidad convincente y honor intacto sobre lo mejor que hay en el mundo:
Rabelais, sobre la instrucción de la fogosa y austera juventud; Ariosto, sobre la caballería
sagrada; Shakspere, sobre la paz maravillosa de la piedad. Pero en Zola incluso los ideales son
indeseables; la piedad de Zola es más fría que la justicia... mejor dicho, la piedad de Zola es más
amarga que la justicia. Cuando Zola nos da una lección, no nos lleva, como Rabelais, al feliz
terreno de la enseñanza humanista. Nos lleva a la escuela de la enseñanza inhumana, donde no
hay libros ni flores, vino ni sabiduría, sino solo deformidades en botellas de cristal, y donde la
norma se enseña por las excepciones. La verdad para Zola consiste en describir con exactitud el
esqueleto del armario, es decir, algo que la costumbre doméstica prohíbe descubrir, pero que
está muerto incluso cuando lo descubre. Decía Macaulay que los puritanos odiaban las peleas de
perros y osos no porque infligiesen dolor al oso, sino porque daban placer al espectador.° Así es
este puritano que perdió a su Dios. Un puritano como él es peor que el puritano que odia el
placer porque es malo. Este hombre odia el mal porque es placentero. Zola es peor que un
pornógrafo, es un pesimista. Hizo algo peor que estimular el pecado: estimuló el desconsuelo.
Hizo odiosa la lujuria porque para él la lujuria era la vida.

PUBLICADO POR FIDES ET RATIO EN 20:02