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La gestión de los mesías

Ante el retroceso de la Iglesia católica, fenecida la teología de la


liberación, el protestantismo alza su voz en América, y no solo
desde el púlpito. Gobiernos como los de Guatemala y Brasil, entre
otros, dan voz a los evangélicos
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MARÍA ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO

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23 FEB 2019 - 00:00 CET


El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en una imagen de archivo. MAURO
PIMENTEL AFP

La canonización de monseñor Óscar Romero, asesinado en San Salvador en 1980


por un sicario paramilitar, y la rehabilitación vaticana del sacerdote Ernesto
Cardenal, vergonzantemente amonestado por Juan Pablo II por la afinidad del
entonces sandinista a la teología de la liberación, son hechos que trascienden lo
religioso. Su dimensión histórica y política es evidente, pero también su simbolismo
ante una marea evangélica que no solo ha hecho retroceder a la Iglesia de Roma en
América, sino también impuesto programas y Gobiernos a cambio de votos.
Contrarios a la paz, qué paradoja, los evangélicos inclinaron del lado del no el
resultado del referéndum sobre el acuerdo con las FARC en Colombia.
En Centroamérica, la penetración evangélica alcanza las más altas instancias de
poder. El presidente de Guatemala, Jimmy Morales, es pastor, como lo fue el
dictador Ríos Montt, tan manchado de sangre. Morales promueve una amnistía para
crímenes de lesa humanidad perpetrados durante la guerra civil —la más larga de la
región, y en la que Ríos Montt desempeñó un papel criminal— que vulnera la
legislación del país y la ley de reconciliación nacional. De nuevo, como entonces, la
alianza entre poderes que alimenta la impunidad institucional, en detrimento de la
justicia.

Huelga reivindicar o recusar, a estas alturas, la teología de la liberación; también


recordar sus concomitancias con movimientos de inspiración marxista (las guerras
civiles de Centroámerica de los ochenta son el ejemplo). Pero su modelo de iglesia,
una iglesia inclusiva y altermundialista antes de que existieran esos conceptos, tiene
eco en los mensajes de Francisco frente a los de la internacional evangélica; ese
magma de denominaciones, algunas sectas y diezmos copiosos, cuando no grandes
corporaciones como en Brasil.

El ultra brasileño Jair Bolsonaro fue ungido por los evangélicos, con nutrida
bancada en el Congreso. En las antípodas ideológicas, el izquierdista Andrés Manuel
López Obrador sustenta su mandato en un pequeño socio protestante, de moral
cavernaria. Porque es la moral, es decir, lo individual, y no lo social —en un
continente de abisales injusticias estructurales—, lo que anima a estas mesnadas
fervorosas, distraídas de la perentoria necesidad de justicia y progreso de amplias
capas de la población pese al crecimiento de algunos países y el acceso a la clase
media de muchos. Pero la marginación persiste; como la invisibilidad de los
indígenas, los campesinos e incluso las mujeres, o la violencia sistemática contra los
activistas. El caso de Guatemala es paradigmático: corrupción endémica, militares
de línea dura y pobreza inicua.
Esa Latinoamérica palpitante, desequilibrada, vuelve a estar bajo el foco. Por ver en
qué para alianza entre mesianismo y gestión administrativa, entre el fervor y el
Estado. Y porque la involución la sufrirán los de siempre, aún más silenciados.

El Papa, entre Dios y el diablo


En Argentina, las organizaciones que representan a las víctimas de
abusos en la Iglesia registran más de 100 sacerdotes denunciados.
La respuesta fue siempre la misma: amenazas, marginación e
indiferencia
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ERNESTO TENEMBAUM

23 FEB 2019 - 00:40 CET


El papa Francisco, en el Vaticano. G. LAMI EFE

La actividad que despliega en estos días el papa Francisco, alrededor de los casos de
abusos producidos en la Iglesia católica, no registra antecedentes en los tiempos en
que se llamaba Jorge Bergoglio, y lideraba la Iglesia argentina. En esos años, fueron
denunciados por abusos sexuales graves el obispo Edgardo Storni, compañero de
Bergoglio en la Conferencia Episcopal argentina, también José Luis Grassi, que era
el cura más popular del país, y José Illarroz, otro cura que era la mano derecha del
arzobispo Estanislao Karlic, quien antecedió a Bergoglio en la conducción de la
Iglesia argentina.

Bergoglio nunca tuvo una palabra de apoyo a las víctimas ni de condena hacia los
victimarios. En algún caso, además, financió la realización de un libro que defendía
a uno de los curas que actualmente está detenido.

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En la Argentina, las organizaciones que representan a las víctimas de abusos en la


Iglesia registran más de 100 sacerdotes denunciados. En la mayoría de los casos las
historias se repiten. Luego de la violación o el toqueteo, la víctima intentaba
denunciar lo que ocurría dentro de la Iglesia. La respuesta fue siempre la misma:
amenazas, marginación e indiferencia. Ninguno de los acusados eran investigados
por la curia y, mucho menos, denunciado penalmente ante la justicia. Bergoglio no
tuvo ninguna denuncia en su contra. Ninguno de los curas que lo rodeaban está
acusado de nada. Pero, ¿dónde estaba Su Santidad cuando todo esto ocurría en su
círculo? ¿Por qué no se rebelaba contra estas atrocidades?

Jorge Bergoglio es un hombre complejo. Cuando asumió como obispo de la ciudad


de Buenos Aires, por ejemplo, apoyó el surgimiento de un conmovedor movimiento
de curas que trabajaban en los barrios más pobres de la Argentina. Pero, a la vuelta
del camino, repartía una carta donde calificaba al matrimonio igualitario como “un
plan del demonio”.

Existió una ardua polémica sobre si Bergoglio había entregado, durante la dictadura,
a dos curas muy cercanos a él, irritado porque no obedecían sus reclamos de
prudencia. Varios amigos de Bergoglio sostenían que esa acusación no era cierta.
Pero dirigentes de derechos humanos aportaron pruebas de su complicidad. Sea
como fuere, hubo obispos y sacerdotes que denunciaron las violaciones a los
derechos humanos: uno de ellos falleció durante un sospechoso accidente.
Bergoglio, claramente, no estaba entre los que alzaban esa voz tan necesaria ni entre
los que ofreció cobijo a las víctimas. Era un prudente.

Sin embargo, el ascenso de Bergoglio en la Iglesia argentina fue una novedad: no


solamente respaldaba a los curas de los pobres, también recibía a las prostitutas, y
calmaba las heridas de los familiares de víctimas de hechos muy dolorosos, como un
choque de trenes, o el incendio de una disco.

Bergoglio era el obispo de los pobres y de las prostitutas y de los dolientes. Pero
también el que odiaba a homosexuales, abortistas, nunca había alzado la voz frente a
la dictadura militar, se oponía a la distribución de preservativos para prevenir el sida
e ignoraba, en el mejor de los casos, las denuncias de abusos.

Ese raid habilita a pensar que su decisión de abrir el debate sobre las violaciones de
niños en seminarios e iglesias no obedece a una genuina indignación personal. De
hecho, entre sus principales colaboradores durante los primeros cinco años de
gestión figuró George Pell, el arzobispo de Australia condenado por abusos. Sin
embargo, también, y he aquí la riqueza del personaje, el Papa ha tomado medidas
ejemplares contra la curia chilena y ha obligado a los obispos a escuchar a las
víctimas de tantas décadas de violaciones y encubrimiento de violaciones.

Francisco es el que no decía nada en la Argentina, el que nombraba a su lado a


abusadores, el que no recibe a la red de sobrevivientes y el que realiza una propuesta
tibia que no incluye la orden de denunciar a todo violador, inmediatamente, ante la
justicia. Pero también es el que abre las puertas de la Iglesia para que el tema deje de
ser tabú, proclama —extraño que sea necesario hacerlo— que los niños deben ser
respetados, y avanza lentamente con sanciones. Y luego, para agregar un nuevo
zigzag, el que sostiene que quienes acusan a la Iglesia —o sea, los chicos
abusados— “son hermanos y amigos del diablo”.
¿Quién es, entonces? ¿El que protege a los niños? ¿O el que protege a los sacerdotes
que los humillaron? O, ¿en qué medida es o ha sido, uno y el otro al mismo tiempo?
Tironeado entre Dios y el diablo, el Papa coquetea con ellos a cada paso.

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ESTAR SIN ESTAR

Días azules, sol de infancia


Antonio Machado tenía una mirada que veía el azul rapsodia de
'saudade' y melancolía en la claridad de sus últimos días y apunta
que al filo del final renace el mismo sol que iluminó la inocencia
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JORGE F. HERNÁNDEZ

22 FEB 2019 - 22:08 CET


J.F.H.

Poco antes de morir, el poeta va tirando versos sobre el camino. Envejeció con cada
paso que lo llevó al exilio. Va con su madre, que pregunta si llegarán a Sevilla,
cuando llegan al pueblo francés de Colliure y se cose la postrera bandera de España
con franja morada que ondea hoy mismo en un colegio de México y en la memoria
viva de ese pueblito al filo de la frontera con Francia por donde salió una parte de
España.

Se llamó Antonio Machado y se cumplen 80 años de aquel 22 de febrero. Quizá sin


saberlo, su mirada veía el azul rapsodia de saudade y melancolía en la claridad de
sus últimos días y apunta –para que nadie olvide—que al filo del final, renace el
mismo Sol que iluminó la inocencia en infancia, la mínima sonrisa de un niño que
mira de lejos un caramelo o su propio reflejo en el diminuto espejo que lleva en las
manos su abuela. Miles de fantasmas cruzando el paisaje con todos los soles de sus
vidas encima, en medio de la niebla y la pólvora, blanco y negro de una película que
urge volver a filmar con un dron que recorra el camino de Barcelona hasta los
campos alambrados que izaron en Francia como cárceles con el mar como muro.
Filmar de nuevo el instante en el que se tira sobre la camita de un hotelito en
Colliure el fatigado lomo de un hombre hecho libro de su propia poesía cansada y
enfocar la lente del dron que sobrevuela ahora en colores el paisaje en sepia de todos
los senderos por donde peregrinan las sombras anónimas de todos los exiliados, los
que llegan hasta los campos de concentración y los que se enfrentan hoy mismo al
muro en Tijuana o los que bogan en el mar como carcelero de su esperanza perdida.

MÁS DEL AUTOR

 ¡Salve, estúpido!
 Escrutinios exagerados
 Lo sabe el mar

Filmar hoy mismo la hilera de sílabas que murmuran los poetas al filo de la muerte y
el susurro de una canción muda de cuna para el niño que va en brazos, la niña que
llora desconsolada mientras la migra catea a su madre como sospechosa, los brazos
abiertos en cruz de todos los viajeros que son revisados como presuntos pilotos del
terrorismo de nuestros tiempos y la mirada vidriosa de una pupila que ya ni llorar el
agua salada acumulada bajo los párpados que se parece tanto a la Tierra, planeta
como canica de agua azul que flota en medio del infinito terciopelo negro cacarizo
de diamantes que son estrellas, que son luz que ya sabemos que en realidad se
extinguieron hace ya tanto tiempo... porque "hoy es siempre todavía".