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Cuando Dios dice “No”

 Vida cristiana

 MaryLynn Johnson
 5 horas ago, 47 años ago

Jamás olvidaré el momento cuando Dios me había dicho que “no” a algo que
realmente anhelaba.

Me pareció oírle susurrar esa respuesta a mi corazón para ayudarme a darme


cuenta de que había perdido demasiado tiempo aferrándome a algo que no
estaba destinado para mí. Luego de meses de presentarle mi petición, Él me
dijo gentilmente que debía dejarlo ir.

Al principio, no me daba cuenta de que Sus planes eran mucho mejores que
los míos. Los momentos de dolor y de (aparentes) manos vacías me dejaban
preguntándome por qué me quitaba esta oportunidad que tanto deseaba.
Equivocadamente, creí que si Él no me daba lo que quería, Él no debía haber
entendido lo importante que era aquello para mí. Parecía que estaba
reteniendo innecesariamente, sin dar abundantemente como pensaba que
debía hacerlo.

Permiso para sentir dolor


Cuando nos vemos forzados a soltar algo que en verdad anhelamos —sea que
nos haya sido quitado o algo que parezca que nunca será concedido— sentir
dolor es nuestra respuesta natural. El peso de la decepción es demoledor.
Puede ser abrumador y se necesita tiempo para procesarlo.

No está mal experimentar decepción cuando la vida no sucede como


esperamos. Si no nos damos el permiso para sentir dolor, creemos sin darnos
cuenta que Dios está más preocupado por hacernos sentir mejor en lo
inmediato, en vez de obrar por medio del dolor para producir una
transformación real en nuestro corazón. Perdemos de vista la invitación que Él
nos ha hecho de colocar nuestras luchas a Sus pies.
Él no tiene temor del dolor que sentimos. Su soberanía no depende de
nuestras emociones. Él no tratará de anular nuestro dolor con soluciones
rápidas y temporales. Somos libres para expresar nuestro vacío y tristeza en el
momento. Él nos permite sentir ese vacío para poder satisfacernos consigo
mismo. Él desea acercarse.

Hallar Su amor en nuestro lamento


El pánico que sentí al ser guiada en una dirección diferente me mostró una
imagen clara del estado de mi corazón. Estaba más preocupada por no obtener
lo que deseaba que por ver el lugar a donde Dios me quería.

A menudo, la decepción revela lo que captura nuestros afectos. Aun cuando la


decepción no sea siempre lo incorrecto, sí nos da una medida que nos muestra
dónde hemos depositado nuestra esperanza. Lamentarnos en medio de
nuestro descontento nos obliga a llevar esos deseos de vuelta a Dios, incluso si
solo nos preguntamos por qué Él no nos ha dado esas cosas; arroja algo de luz
sobre los ídolos que hemos creado en nuestras vidas. Por medio del dolor,
sacamos a relucir nuestras mayores frustraciones y liberamos nuestras
emociones más crudas. El dolor nos lleva graciosamente a luchar con Dios en
cada herida y decepción.

El propósito de lamentarnos no es meramente ventilar nuestra tristeza (lo cual


nos lleva a la desesperanza), sino traer nuestra atención a las promesas de
Dios y a la esperanza que tenemos en Cristo. Él promete que nos oirá cuando
llamemos (Mateo 7:7). Él promete estar cerca de nosotros (Salmos 34:18). Él
promete que será fiel (Deuteronomio 31:6). Él promete que nuestro dolor se
acabará (Apocalipsis 21:4). Él promete que, si le buscamos, Él transformará
nuestros corazones para desearle más (Salmos 37:4). Él no nos dejará en la
miseria de nuestra decepción porque aún no ha terminado la obra que
comenzó en nosotros (Filipenses 1:6). Él nos asegura Su amor si le invitamos a
participar de nuestras luchas.
Su mejor manera de obrar puede ser
dolorosa
C.S. Lewis una vez escribió: “No dudamos, necesariamente, que Dios hará lo
mejor por nosotros; lo que nos preguntamos es cuán doloroso será su mejor
plan”.

La reorientación nos lleva a soltar aquello de nuestras manos que habíamos


anhelado retener. Por medio de ella, comenzamos a darnos cuenta de que el
plan de Dios para nuestra vida no significa que será un camino fácil y cómodo;
pero Él está haciendo que todas las cosas, incluso esta decepción, coopere
para nuestro bien (Romanos 8:28).

Al final, Dios siempre tiene en mente nuestro bien, lo que significa que se
entrometerá con los ídolos que tenemos en nuestras manos. No lo hace porque
sea cruel o nos esté privando de algo. Él sabe, mucho mejor que nosotros; y
cuando nos dice que “no” es por Su misericordia, aun cuando nos duela. Él
está por nosotros, luchando contra aquello que nos mantenga lejos de Él
(Romanos 8:31). Él sabe que nuestros corazones solo estarán satisfechos en
Él (Juan 4:14). Él no tolerará ser el segundo en nuestras vidas, porque Él
desea que tengamos algo mucho mejor que lo que el mundo puede ofrecer.

Cuando Dios nos quita algo, crea un espacio en nuestras vidas para llenarlo
con más de Él y Sus bendiciones. Ese es el mayor de los regalos. Quizás no
parezca así en esos momentos donde nos vemos forzados a conciliar la
decepción, pero Él anhela ayudarnos a entender que eso es verdad. Él desea
que lo experimentemos por nosotros mismos, probar, ver y conocer que Él es
bueno (Salmos 34:8).

Puede que la decepción sea parte de vivir en este mundo, a medida que
luchamos para dejar ir nuestros deseos terrenales y abrir nuestros corazones
para recibir las cosas buenas que Dios quiere darnos. Pero si estamos en
Cristo, nuestra lucha con la decepción solo es temporal. Las promesas de Dios,
al igual que el gozo que experimentamos al darnos cuenta de que las tenemos,
son eternos.
¿QUE HACEMOS CUANDO DIOS DICE NO?
POR: Steven Morales

Imagina que estuvieras en una noviazgo y tu pareja te dice que te ama, y te


quiere, y le encanta pasar tiempo contigo, pero tú has observado un patrón
extraño en su relación. Cada vez que salen y están juntos, siempre te pide que
le compres algo. Ropa. Un nuevo celular. Entradas para un concierto. Y no
tienen una sola conversación que no termine con: “¿Me compras esto?”. Pronto
te das cuenta que tu tarjeta de crédito ya no puede aguantar todas estas
compras y le dices a tu pareja: “Perdóname, mi amor, pero ya no puedo
comprarte nada”. Al otro día corta contigo por mensaje de texto diciendo: “Yo
no puedo estar con alguien que no me ama. Ya nunca te quiero ver”. Porque no
le diste lo que te pidió, ya no quiero estar contigo.

Tal vez te sentirías triste por un tiempo (¡o tal vez aliviado!), pero cualquier
amigo te diría, “Ella nunca estaba enamorada de ti, estaba enamorada de lo
que tú le podías dar”.

¿Hagasé mi voluntad?

Para muchos de nosotros, nuestra relación con Dios se parece a un noviazgo


disfuncional. “Te quiero, te amo, quiero estar contigo, pero que no se haga tu
voluntad, ¡hágase mi voluntad!”. Te quiero pero yo no te obedezco, tú me
obedeces. Y si no cumples o respondes de la manera que yo quiero, cortamos.
Claro, nunca diríamos eso, pero así actuamos. Realmente no queremos a Dios,
queremos lo que Dios nos puede dar.

Muchas veces nos acercamos a Dios como si fuera el genio de la lampara.


Pedimos cosas, pero cuando Dios no cumple nuestros deseos, lo rechazamos
y cubrimos nuestro egoísmo con excusas como: “Es que Dios no responde a
mis oraciones”, “Es que Dios no me escucha”, “Es que Dios no es justo”. El
hecho de que Dios no te haya dado todo lo que tú corazón desea no significa
que él no existe o que él no te escucha, simplemente Él tiene un plan y un
parámetro diferente para santificarte que tú.

Cuando Jesús le enseñó a sus discípulos a orar, les enseñó a pedir que Dios
cumpliera Su voluntad y no la suya (Mt. 6). De hecho, no solo les enseñó, sino
que también les mostró el significado de esta oración en su propia vida cuando
fue al jardín de Getsemaní a orar a su Padre.
“Y adelantándose un poco, cayó sobre Su rostro, orando y diciendo: ‘Padre
Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino
como Tú quieras” (Mt. 26:39). Luego repitió esta oración, “Padre Mío, si esta
copa no puede pasar sin que Yo la beba, hágase Tu voluntad” (Mt. 26:42).
Aunque Jesús le pidió a Dios que cambiara su plan soberano, su mayor
petición fue que hiciera Su voluntad.

Jesús no maneja su relación con su Padre en base al cumplimiento de sus


deseos. Sabiendo el camino que tenía por delante, se humilló delante de su
Padre y abrió su corazón. Lloró con Su Padre y le compartió lo que pesaba
sobre su corazón. Y algunos dirían “Bueno, pero al parecer Dios no le
respondió o no le escuchó”, pero cualquier persona que piensa así aún no
entiende el propósito de la oración.

¿Qué quieres que Dios cambie en tu vida?

Muchos de nosotros oramos en momentos de aflicción pidiendo que Dios


solucione nuestras circunstancias inmediatas. “Estoy enfermo, quítame esta
enfermedad”, “Estoy deprimido, quítame esta depresión”, “Estoy en deuda,
quítame estas deudas”. Pero la voluntad de Dios no es cambiar tus
circunstancias, sino cambiar tu corazón: salvándote de tu pecado por la obra de
Cristo y el poder del Espíritu, y santificándote en semejanza a Cristo por el
poder del Espíritu.

Y muchas veces la respuesta de Dios no es cambiar tu circunstancia, sino


fortalecerte en su evangelio, para que puedas aguantar el dolor del momento,
obedecer al Padre, permanecer fiel, y como resultado, crecer en santidad.

Y en el caso de Jesús, cuando el Padre escuchó la oración de su hijo, Lucas


22:43 nos dice, “Entonces se apareció un ángel del cielo, que lo fortalecía”. El
padre fortaleció a su Hijo para que pudiera permanecer fiel en medio del dolor.
Y uno piensa, “Bueno, entonces, que me envíe a un angel. Yo quiero ser
fortalecido. Eso sería una gran muestra de su amor”.

Dios hizo algo mejor. Envío a su hijo Jesús. Él le dijo “no” a Su Hijo para poder
decirle “sí” a nosotros. Permitió que su hijo experimentara el dolor y la aflicción
de nuestros pecados, que bebiera la copa que nosotros debimos beber, para
que nosotros pudiésemos recibir la salvación y la santidad de Su justicia. Él
derramó su ira sobre Él para salvarnos de un infierno eterno, un sufrimiento
eterno de ira sobre nosotros.
La voluntad de Dios fue sacrificar a Su Hijo para salvar a Su pueblo. Y no
importa en qué situación te encuentres hoy, la voluntad de Dios es santificarte y
hacerte más como él.