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Unidad 2

Paradigmas éticos del ministerio

Cada día los ministros deben tomar decisiones que afectan a otras personas, así como las suyas propias.
Algunas decisiones son comunes, como escoger entre recreación familiar o preparación de sermones,
otras a su vez son muy complejas. Pero incluso al decidir, a menudo surge la pregunta “¿Se hizo lo
correcto? ¿Cómo se sabe?”. O mucho más importante aún “¿Se puede mejorar la habilidad para

mejorar las elecciones correctas?”.

La Biblia aparece como el recurso primario para los lineamientos éticos, no obstante decir sencillamente
“sigan la Biblia” no resuelve todas las cuestiones morales. Algunos problemas éticos como el divorcio y la
guerra parecen estar tanto aprobados como condenados en las Escrituras. También un número de asuntos
morales modernos, como la inseminación artificial, la eutanasia y otras cuestiones de la bioética no existían
en los tiempos bíblicos. La correcta aplicación de las enseñanzas éticas de las Escrituras a estos y otros
problemas, requiere una exégesis hábil y una sana hermenéutica. La Biblia contiene una rica veta de oro
ético que puede extraer el ministro que se dedica a trazar bien la Palabra de verdad (2 Ti. 2:15).

Junto a la Biblia resaltamos la obra del Espíritu Santo, el medio subjetivo de la revelación. El apóstol Juan
escribió: “Y cuando venga el Espíritu de Verdad, Él os guiará a toda la verdad” (Jn. 16:13). La palabra
“verdad” incluye supuestamente la verdad moral, la ayuda y dirección del Espíritu en opciones morales. Así
como Cristo es el modelo para la moralidad, el Espíritu Santo es el poder que hace posible vivir en la
novedad de vida resucitada en Cristo. Asimismo el apóstol Pablo recordó a los primeros cristianos que el
Paracleto de Dios es la guía moral que mora en nosotros (Ro. 8:9-14; 1 Co. 6:19-20). Otros recursos
disponibles a la hora de enfrentar decisiones éticas por parte de los ministros son la reflexión moral, la
capacidad de analizar situaciones, la tradición cristiana tanto en la esfera de nuestra herencia como en la
comunidad actual; y la oración que nos vincula con la mente divina, que es la forma vital para confirmar la
voluntad del Padre en asuntos morales.

Esta lista de recursos plantea una distinción importante: ¿es la ética un asunto de carácter o de conducta?
¿Qué son más importantes? ¿las virtudes o los valores? ¿Lo que uno es, determina lo que hace, o lo que
uno hace determina quien es? La respuesta a estas últimas preguntas es, “sí”. El ser afecta el hacer y el
hacer determina el ser. “Ser bueno” (carácter) y “hacer bien” (conducta) son necesarios, ambos elementos

son interdependientes.

El proceso de aprendizaje de lo que es moral para el ministro de Dios, así como el desarrollo de la fortaleza
para hacer lo correcto es un reto de toda la vida. Crecer en la capacidad de analizar cada situación
correctamente; aplicar los principios y perspectivas cristianos con sabiduría, y caminar en la senda que
conduce hacia la voluntad suprema de Dios, esa es la meta para las opciones morales del ministro.

La ética del carácter

El carácter es básico para todas las decisiones éticas. Quienes somos determina nuestro accionar o lo que
hacemos. No es fácil definir el término carácter, aunque todos tengamos una idea de lo que queremos
expresar. William Willimon lo llama la “orientación moral básica que da unidad, definición y dirección a
nuestras vidas, formando nuestros hábitos e intenciones en modelos significativos y predecibles que han
sido determinados por nuestras convicciones dominantes”7. Por su parte D. Glen Saul afirma que los
individuos no se acercan a una opción moral objetivamente; “mas bien cada persona trae las
disposiciones, experiencias, tradiciones, herencias y virtudes que él o ella ha cultivado”8. Estos “hábitos
del corazón” se desarrollan a partir de las comunidades a las cuales pertenecemos: familia, iglesia, escuela
y nuestra sociedad toda.

El carácter determina cómo reaccionamos frente a distintas circunstancias en la vida, sean estas buenas o
malas, gratas o ingratas, alegres o tristes. También el carácter determina cómo obramos frente a los
demás. El buen carácter embellece las relaciones humanas y le da calidad al trabajo en equipo,
características requeridas en los ministros como dirigentes de su comunidad eclesial.

En las cartas que el apóstol Pablo les escribió a Timoteo y a Tito encontramos que la mayoría de los
requisitos para ser ministros tienen relación con el carácter y la conducta que deben tener los mismos, mas

que con su capacidad técnica o intelectual.

Para desear la función de ministros debían ser irreprensibles en su carácter y en su conducta; en la calidad
de su familia y en su relación con los demás, quienes debían dar buen testimonio de él como persona.
“Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea
irreprensible… sobrio, prudente, decoroso… amable, apacible, generoso. También es necesario que tenga

buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo” (1 Ti. 3:1-7).

El carácter es el factor más importante en la toma de decisiones éticas.

Las personas deben ser algo antes de hacer cualquier cosa. Las personas de integridad no solamente
dicen la verdad, sino que son veraces, de allí la importancia de la ética del carácter en la ética ministerial.
La vestidura clerical no garantiza que el ministro tendrá una conducta ética, porque lo que existe bajo ese
atuendo afectará significativamente cada opción moral. Esperidión Julca lo expresa de esta manera:

La formación integral de la personalidad es un desafío: aprender a dirigir, saber ordenar y guiar, y obrar correctamente.
La integridad moral en relación con la carrera profesional del ministro es un reto: su capacitación progresiva, tener
control y disciplina de sus emociones, estar dispuesto a superar sus deficiencias y no descuidar el sentido de lo
correcto. Respetando criterios, interpretaciones y/o puntos de vista, decimos algo sobre importantes características
que atañen al ministro: 1) comprender la condición moral de otros; 2) demostrar consideración positiva frente a los
problemas morales por tratar; 3) tener genuino interés en el trato que da, y que este concuerde con el sentimiento de
otros; 4) responder con integridad afectiva a sus interlocutores; 5) ser congruente y transparente en sus modales y
relaciones. En conjunto, la madurez emocional y sus implicaciones, unida a sus prerrogativas benefician positivamente
al ministro: 1) se va edificando progresivamente; 2) comprende aspectos de su propia persona; 3) se encuentra a sí
mismo capacitándose para desempeñar sus funciones con más efectividad; 4) logra comprenderse para llegar a ser lo
que deseaba ser; 5) es una persona más autónoma en determinar su dirección de vida, ganando para sí más confianza;
6) está más capacitado para encarar los problemas de su ministerio en forma adecuada y con mayor facilidad.

LA FORMACIÓN DEL CARÁCTER DEL MINISTRO

Así como el carácter se expresa a través de virtudes como el amor y la sabiduría, el ministro encontrará que
para fortalecer y construir un carácter personal acorde a los principios bíblicos, deberá acudir al dador

de todas las virtudes, las cuales necesitará para ejercer éticamente el ministerio: el Espíritu Santo, el único
capaz de producir fruto de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, y dominio

propio (Gá. 5:22-25), los cuales no expresan sólo buenas acciones, sino que nacen en el interior mismo del
hombre o mujer de Dios.

Un ministro que evidencia el fruto del Espíritu Santo en su vida tomará también las decisiones morales
correctas cuando sea necesario. Decisiones basadas en aquello que la Palabra de Dios dice y también

respaldadas por un carácter alineado con el propio sentir de Dios.

MOTIVACIONES CORRECTAS E INCORRECTAS

Es importante, cuando de carácter se habla, que el ministro sea sincero en cuanto a sus motivaciones
respecto a su llamamiento y desempeño ministerial. Las motivaciones son las razones internas que lo
impulsan a actuar, y por eso, es pertinente aclarar cuáles son las correctas y cuáles las incorrectas, para
que el ministro no se engañe a sí mismo sino que sea íntegro también en este aspecto de su carácter.

Motivaciones correctas

En primer lugar, la motivación principal que debe regir el carácter cristiano es el amor. Amor a Dios y al
prójimo. Sentimiento que permite que el ministro vele por la maduración y crecimiento de los creyentes,

que tenga la paciencia necesaria para llevar adelante la obra (aun con las personas más difíciles), y sobre
todo que le ayude a formar en su persona un carácter de siervo, al modelo de Jesús.

Otra motivación correcta es el sentir de buscar agradar a Dios en todo lo que se hace. Es decir, que en
cada actividad que el ministro realice lo haga con la motivación de agradar, honrar, y glorificar el nombre
del Señor, siguiendo el ejemplo y enseñanza del propio Jesús (Juan 8:28-29).

También el servicio es una motivación correcta. No hay cargos ni títulos que el ministro deba anhelar más
que el ser siervo de Jesucristo, y amar a las personas como Él lo hizo.

Y una última motivación correcta a mencionar es la obediencia. Obediencia expresada a través de un


compromiso del ministro con:

- El llamamiento de predicar el evangelio a todo el mundo y a hacer discípulos (Mt. 28:19-20; Mr. 16:15-16;
Hch. 1:18).

- Una vida acorde a las demandas divinas del ministro cristiano (1 Ti. 3:1-7).

- La Palabra de Dios y la sana doctrina (1 Ti. 4:6; 16).

- La justicia, la piedad, la fe, el amor, la perseverancia y la mansedumbre (1 Ti. 6:11).

-
Motivaciones incorrectas

Tal vez, una de las motivaciones incorrectas más notorias en los ministros cristianos sea el orgullo. Es
cuando el cristiano decide iniciar un ministerio con el fin de recibir el aplauso y el reconocimiento de los

demás, antes que servir a su prójimo. El orgullo es un pecado que de a poco va finalizando el ministerio
pastoral. Aunque el ministro pueda continuar haciendo las mismas actividades que realizaba cuando tenía

una buena motivación, aun así ya ha cerrado su corazón al accionar del Espíritu de Dios en él, y la
congregación progresivamente se dará cuenta de su equivocada motivación.

Algunas evidencias de esta motivación incorrecta son: la autosuficiencia, el mal carácter, el creerse superior
a los demás, la hipocresía, la utilización permanente de palabras hirientes, y distintas actitudes que den
muestra de una incapacidad para amar al prójimo como a sí mismo.

Otra motivación incorrecta es el amor al dinero. Ver a la iglesia como una fuente de ganancia, es un pecado
que atenta contra los principios más puros del anhelo de ejercer el ministerio pastoral. Es un mal que
acecha inclusive a aquellos que habían comenzado con motivaciones correctas, pero que con el tiempo
fueron cediendo ante la seducción del dinero, dejando de lado el amor y el servicio, traicionando la
confianza que las personas tienen de la imagen pastoral, y utilizándolas en beneficio propio, al punto de
llegar a torcer las Escrituras para manipularlas y extorsionarlas a cambio de supuestos “beneficios divinos”.

Para finalizar, se puede citar al exitismo como otra mala motivación, el cual hace que muchos cristianos se
dejen llevar por los mismos parámetros de éxito que la sociedad posmoderna tiene, en vez de buscar los
principios de éxito ministerial bíblicos. El exitismo incluye también males como el activismo, la vanidad y la
demagogia. Por eso, el exitismo es una mala motivación que no debe ocupar lugar en la vida del ministro
cristiano.

La ética de la conducta

El comportamiento ministerial es un ingrediente crucial en el ejercicio del ministerio. Actuar con falta de
ética, como en forma indiscreta, puede comprometer seriamente la capacidad de una persona para servir a
la Iglesia de Jesucristo. Así como el ser se centra en virtudes, el hacer gira en torno a los valores, ¿qué
queremos afirmar con valores? Los valores son bienes morales que se realizan en sociedad.

Son los ideales y los conceptos que cualquier grupo considera de gran valor. Por ejemplo, para los
cristianos, la libertad y la justicia son valores importantes y fundamentales para toda sociedad. Una de las
funciones de los valores es hacer ver las consecuencias del comportamiento en la sociedad. Cuando
alguien viola un valor aceptado, amenaza la creencia unificadora de esa comunidad.

Al considerarse el papel de los valores en la vida ética del ministerio aparece una pregunta fundamental
¿Qué valores morales estabilizan al ministro? Al considerar la ética cristiana, es básico comprender la
naturaleza moral de Dios. Levítico 19:2 se constituye como el norte de nuestra creencia ética: “Sed santos,
porque yo Jehová vuestro Dios, soy santo”. La fe bíblica es una religión ética porque el uno y único
verdadero Dios es santo, recto y justo. El carácter moral de Dios se revela a lo largo de todas las Escrituras,
tanto en la forma en que Dios se relaciona con su creación, como en la conducta que se espera de
aquellos creados a imagen de Dios. Los valores morales como el amor y la justicia, son una guía principal
para la conducta ética. Los escritores bíblicos a menudo usan la palabra “bueno” para identificar los
valores morales y espirituales: “¡Oh hombre, Él te ha declarado lo que es bueno! ¿Qué requiere de ti
Jehová? Solamente hacer justicia, amar misericordia y caminar humildemente con tu Dios.” (Miq. 6:8).

Desde esta perspectiva, el concepto de justicia se traslada a acciones justas que el ministro debe llevar a
cabo durante toda su vida. Justicia expresada por medio del evangelio de Jesucristo, el cual incluye los
componentes esenciales para establecer una conducta ética amparada bajo la voluntad de Dios, a través
del amor y la misericordia. Y si la conducta del ministro se encuentra ligada a estos principios bíblicos,
entonces el resultado será discernimiento conforme al deseo de Dios con respecto a temas sobre los
cuales el ministro deberá tomar decisiones.

Hacer bien, no solamente es dejar de hacer mal. La conducta del ministro debe estar marcada con el
ejemplo de Jesús en cada decisión que realice, buscando siempre el bienestar para el prójimo y una

relación de obediencia y amor con su Señor.

Los graves trastornos de conducta, que se pueden observar en algunos ministros en la actualidad, son en
realidad la consecuencia de malas decisiones que hicieron primero en su ser interior y que derivaron en
acciones erróneas y cambio de valores morales bíblicos por relativismo moral. Por eso, discernir lo bueno
es una tarea en la cual el ministro deja salir a luz su comunión con Dios y obediencia a la Palabra del Señor,
antes que a opiniones personales.

La Cuestión de las Obligaciones

Posiblemente una de las debilidades manifiestas de la ética del carácter sea especificar con claridad lo que
una persona debe hacer. Hasta cierto punto esta deficiencia intenta ser cubierta, por la ética de obligación
(del griego deontos) conocida también en el ámbito de los estudios seculares como la deontología
profesional, la cual intenta tener un acercamiento en la búsqueda de definir los principios morales o leyes
de necesidad que deben ser obedecidos. Surge entonces aquí la cuestión ¿Hay deberes que obligan al
ministro?, ¿hay imperativos morales que el ministro debe seguir siempre? En respuesta, debemos
considerar que la Biblia nos da varios ejemplos de deber deontológico. El decálogo no fue ni diez
sugerencias ni diez opciones de selección múltiple, fueron expresados como absolutos morales (Ex.
20:1-7).

Los imperativos morales en el Nuevo Testamento, como la regla de oro (Mt. 7:12) y el llamado a no
vengarse (Mt. 5:38-39), son ideales éticos y principios que están implícitos en esa nueva relación con Dios
a la cual entra un hombre cuando el Reino se establece dentro de él. Por otra parte ciertos actos tienden a
ser correctos por causa de la naturaleza del acto mismo tal como se expresa en la siguiente lista que
incluye algunas responsabilidades aplicables a los ministros: cumplir las promesas, decir la verdad, no
hacer mal y practicar la beneficencia y la justicia.

Las obligaciones también incluyen reglas. El ministro de Dios está en contacto constante con reglas y
normas que rigen su conducta y la de la grey de Dios a la cual ministra. Entre ellas se encuentran las
normas bíblicas, los códigos de la iglesia y los edictos gubernamentales, que han sido escritos para ser
obedecidos. Las reglas tienen un valor positivo ya que ellas describen y determinan la conducta de las
personas dentro de los parámetros aceptables de una sociedad. En el caso de las normas bíblicas,
describen la clase de personas que los cristianos deben ser, estudian cómo actúan en ciertas situaciones
quienes han sido captados por Jesucristo y también informan al mundo incrédulo lo que deben esperar de
los discípulos de Jesús. Es sin embargo en este punto donde el ministro debe considerar los peligros del
legalismo. El legalismo siempre ha sido un virus de la religión. En tiempos de Jesús las leyes del Sábado se
habían convertido en restricciones gravosas. En su celo por mantener la letra de la Torá, los rabinos
ortodoxos perdían el espíritu de la ley, hasta incluso acusaron a Jesús de quebrantar la Ley de Moisés (Mr.
2:23-24).

Los cristianos y aun los ministros corremos el peligro de ser empujados sutilmente al legalismo. La mayoría
de los evangélicos se oponen a los pronunciamientos papales, los dogmas de la iglesia y los credos
autorizados de conducta que eliminan el sacerdocio de cada creyente, pero es fácil para los ministros
convertir la Biblia en un libro de reglas, descansar en los juicios de un héroe religioso, o permitir que alguna
tradición de la iglesia se convierta en regla de fe y, aunque los ministros deberían tener más conocimiento
con relación a este tema, se cae en la culpa de establecer una lista de “hacer y no hacer” en lugar de
buscar la voluntad de Dios.

El legalismo es una base inadecuada para tomar decisiones, por varias razones. En primer lugar una lista
de reglas es insuficiente para cubrir todas las circunstancias posibles. Por otra parte generalmente para
mantener algunas leyes se requiere quebrantar otras, y finalmente la debilidad más grande que tiene el
legalismo es que casi siempre estorba la madurez moral y estimula el orgullo egoísta. Ser un buen ministro
entonces resulta de aprender cómo hacer bien, y hacer bien es asunto de valores, decidir qué bienes
morales en la sociedad son dignos de preservarse y qué reglas, principios e ideales, aplicar a cada
cuestión moral. Las perspectivas teológicas son fundamentales, lo que creemos de Dios como Creador,
Redentor y Gobernante influye en nuestra capacidad para tomar buenas elecciones morales.

DESAFÍOS DE LA CONDUCTA ÉTICA MINISTERIAL

A medida que la sociedad va asimilando una conducta cada vez más alejada de las normas de conducta
ética bíblica, mayor será el desafío del ministro para sostener integralmente la proclamación de los valores
incluidos en el evangelio de Jesucristo.Algunos de los pecados sociales que tienden a infectar rápidamente

la vida de los ministros son:

1. El soborno. Sobre todo en el contexto latinoamericano, donde la corrupción es alarmante en todos los
niveles de la sociedad, es una práctica muy común el sobornar mediante pagos de dinero a algún
empleado del Estado (policía, juez, gobernante, etc.) para que pase por alto alguna infracción a la ley
vigente. Además de extraviarse de los principios bíblicos sobre la conducta cristiana, no es ético que un
ministro permita, incentive o participe del pago de sobornos a empleados públicos con el pretexto de
decir que es para “hacer un bien a la iglesia”, como edificar un templo en algún lugar donde esta
prohibido, realizar obras de refacción o construcción sin la aprobación del ente regulador
correspondiente, mantener empleados en condiciones de ilegalidad (sin recibo de sueldo, aportes
jubilatorios, ni obra social), etc.

2. La mentira, en ninguna de sus formas puede ser adoptada por el ministro como parte de su conducta.
Este pecado se encuentra tan arraigado en la vida de la sociedad, que el ministro debe prestar mucha
atención a no caer en ella, inclusive cuando el fin pareciera ser bueno. Por ejemplo, no es ético que el
ministro altere estadísticas de crecimiento de la iglesia para aparentar una realidad ficticia, o que se
copie en exámenes, etc.

3. Irresponsabilidad. El ministro debe ser cuidadoso de no ser irresponsable en los ámbitos del trabajo,
ministerio y la familia. Los compromisos incumplidos suelen traer consigo deudas, problemas de
relaciones interpersonales y, sobre todo, una alteración en la relación del hombre o mujer de Dios con
su Señor.

La ética de la integridad

Tomar decisiones éticas es más que ser una buena persona y hacer lo correcto, hay un tercer aspecto que
debemos considerar.

Se ha escogido el término “integridad” como la mejor palabra para describir la totalidad ética de vida
demandada al ministro cristiano. Este término aparece 16 veces en las Escrituras. La palabra hebrea es
tom o tummah y significa “completo, sano, ileso, perfección”. Se usa para describir a los personajes
bíblicos como David (Sal. 7:8), Salomón (1 R. 9:4) y Job (Job 2:9). Ninguno de estos hombres fue perfecto
moralmente, pero cada uno modela una vida de integridad y madurez. La integridad incluye lo que se es y
lo que se hace. Es también lo que se piensa, así como la forma en que se actúa. Es también santidad ética,

veracidad intelectual y excelencia moral. Quizá el aspecto a considerar dentro del ámbito de la integridad
de un ministro es el del intento por ser consecuente en su pensamiento moral y acciones, ya que de otra
manera sería irracional y también daría lugar a serias dudas sobre su integridad personal.

El vicio que Jesús condenó con sus palabras más duras y más severas denuncias, fue la hipocresía (Mt.23).
La hipocresía puede significar una falla en practicar lo que uno predica; también puede envolver una actitud
de escrupulosidad moral rigurosa en un área, en coexistencia con una actitud de libertad indiferente en otra
área comparable. La hipocresía puede llevar al ministro a señalar permanentemente los errores de los
miembros de su congregación y la necesidad que tiene de cambiar, pero no le permite ver sus propios
errores ni sus falencias, ni su propia necesidad de depender únicamente de Dios.

El ser íntegro ocupa distintos aspectos como el crecimiento en el amor, y el compromiso social. Cuando el
ministro vive en integridad, puede crecer en amor en la misma medida que lo hace en otras áreas de su
vida como la misericordia, la paciencia, el gozo, etc. Y tampoco permanecerá indiferente ante el sufrimiento
de su prójimo, ni frente a sus necesidades. Es por esto que su compromiso social también irá en aumento
con el correr de los años.

Un ministro íntegro buscará no dar lugar a pensamientos y acciones que afecten la comunión con su Señor,
todo lo contrario se mostrará sincero ante Dios y solícito para responder con buenas obras en la sociedad
donde se encuentre ministrando.

Un ministro íntegro ha desechado el uso de máscaras de personalidad en su vida. Se comporta de la


misma manera ante diferentes tipos de personas o situaciones, y tiene un único compromiso con Dios y su
Palabra.

LA CREACIÓN DE INTEGRIDAD

En 1 Juan 2:6 se enseña a “andar como Jesús anduvo” en un pasaje que sirve para resumir cómo se puede
adquirir o crear integridad en la vida del ministro. Si Jesucristo es el ejemplo y modelo de vida a seguir, el
andar con él también traerá integridad a la vida del ministro.Andar con él, es vivir lo que él vivió, siguiendo
sus pisadas actuando como él lo haría. Jesucristo no sólo enseñó sobre distintos aspectos del carácter e
integridad del hombre, sino que también vivió experiencias, hoy plasmadas en los evangelios, que le
permitieron dar cuenta verazmente de la posibilidad de llevar una vida íntegra aun en un mundo corrompido
por el pecado y la ausencia de decisiones morales correctas.

Ser íntegro no es un imposible para el ministro cristiano, es un desafío diario de comunión con Dios, que se
refleja en cada acción que realiza.

Concluyendo, se puede crear integridad en la medida que más se busque ser como Jesucristo en carácter,
conducta, moralidad y ética.