You are on page 1of 13

CUBIDES CIPAGAUTA, F. (2009). EL Radicalismo y la cuestión militar. En S. M.

Rubén, El
Radicalismo colombiano del siglo XIX (pág. 28). Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

El ejército es analizado como fundamento del Estado – nación, el autor ubica 3 modelos
existentes en la época, el de el ejercito como estamento (variante prusiana: los junkers), el
ejército de voluntarios, complementado con la conscripción (como en la variante inglesa desde
Cromwell), y la variante francesa jacobina del ejército como “la nación en armas”. En cuanto a
la variante adoptada por Colombia, retrocede al proceso de independencia, que le permite
hablar de la regularidad de la guerra y del ejército, combates que se desarrollaban de manera
irregular, siendo la de la independencia básicamente una guerra de guerrillas.

En cuanto a las concepciones del radicalismo frente a la guerra y el ejército, los caracteriza
como civilistas, hostiles a la idea de ejército regular, muchos son militares por necesidad. “En
la memoria estaba fresco el papel perturbador de los militares como casta en la “guerra de los
supremos… Refrendaba esa prevención la manera en que gravitaron los gastos militares en el
presupuesto público en las primeras décadas de vida independiente”. Cubides muestra como
un sector Radical, específicamente Santiago Pérez dada su concepción de que las armas ´”son
una mercancía como cualquier otra” (CUBIDES CIPAGAUTA, 2009, pág. 197), tienen una idea
opuesta a la expresada por Weber sobre el monopolio de la violencia legítima. El argumento
de Cubides es que esta política de los radicales, al reducir el ejercito regular hasta la
insignificancia, “terminaron favoreciendo la crónica irregularidad” (CUBIDES CIPAGAUTA, 2009,
pág. 197)

La postura radical es observada como el culmen de un proceso que se venía gestando, y que se
expresa en la constitución de 1853, en 1858, en el Pacto de la Unión de 1861 y en la
Constitución de Rionegro, en la que se contempla “La libertad de tener armas y municiones, y
de hacer comercio de ellas en tiempo de paz” (CUBIDES CIPAGAUTA, 2009, pág. 199).

Es esta concepción de la fuerza pública y las armas, la que facilitaría la irregularidad y la falta
de control de los radicales. No obstante reconoce diferentes posturas, la de los 50 y 60 de
caudillos como Mosquera que reconocen al ejército como una institución central, y la de los
civilistas radicales como Camacho Roldán y Santiago Pérez, que “entienden la ciudadanía como
el resultado de una pedagogía acerca de derechos y deberes y ven en el ejército un peligro,
propendiendo por su paulatina desmovilización, su reducción al mínimo” (CUBIDES
CIPAGAUTA, 2009, pág. 200).

Suma a lo anterior la penuria fiscal, y la dificultad del control del territorio.

Su propuesta es la relación directa entre fragilidad de la fuerza pública y la privatización de la


guerra, “a menor institucionalidad de la fuerza pública, mayor probabilidad de que la guerra se
privatice, adquiriendo por ello un carácter irregular” (CUBIDES CIPAGAUTA, 2009, pág. 201).
En cuanto a la práctica de la guerra, señala la falta de un exhaustivo rastreo de las fuentes, el
autor se centra en relatos testimoniales como los de Ángel Cuervo, Felipe Pérez, y Manuel
Sicard.

Cubides, se cuestiona si los radicales no terminaron contribuyendo a que las modalidades


irregulares de la guerra se prolongaran en el tiempo, hasta hacerse una pesada herencia. Tanto
el ejército como la guerra tenían un carácter irregular, no se logro su centralización. Para
Cubides la condición de la fuerza armada se convierte en un indicador de la endeblez del
Estado como síntesis de las instituciones políticas, “pues equivale a renuncia al monopolio
efectivo de la fuerza” (CUBIDES CIPAGAUTA, 2009, pág. 216)

El autor muestra como la política militar radical favoreció la irregularidad del ejército y de la
guerra. Fue el desinterés por el monopolio de la fuerza el que posibilito la irregularidad,
motivado en un interés civil culmen de un proceso que veía en el caudillismo y los militares
una amenaza al proyecto liberal. Esta política, contrariamente a sus intenciones propiciara la
irregularidad de los ejércitos, las guerrillas, y de la guerra.

________________________

1. Algunas consideraciones de índole teórica

Modelo de ejército y de guerra

Acerca del ejército como uno de los fundamentos del Estado – nación en la modernidad
occidental, existe una línea de pensamiento que se puede rastrear de Maquiavelo a Clausewitz
y Napoleón, pasando por Hobbes.

Tipos:

a. El ejército como estamento (o casta de guerreros profesionales proveniente de una


clase social (variante prusiana: los junkers)
b. Como ejército de voluntarios que en situaciones extremas es complementado con la
conspcripción (como en la variante inglesa desde Cromwell). El ejército de los Estados
Unidos correspondería en principio a éste modelo (los “minute – man”, los “sentry”,
pero la conscripción o reclutamiento obligatorio se impone después de la
independencia, como un deber ciudadano)
c. O, en la variante francesa y jacobina, el ejército como “la nación en armas”, producto
de una leva en masa, de un “servicio militar obligatorio”, entendido como un deber, un
deber cívico, que todos los ciudadanos deben prestar en un momento de su vida. Y
junto a ello, los peligros del pretorianismo (en la referencia clásica) o, con nombre
propio, el bonapartismo o intervención providencial de un jefe militar de prestigio, que
interfiere el funcionamiento de las instancias normales. P. 193

La de la independencia fue básicamente una guerra de guerrillas. (Pérez) Sólo siete años
después con el armisticio de Santa Ana (27 XI 1820), se procura regularizar la guerra y a la vez
hacer del ejército una institución cetral. En suma, para la generación de próceres el recurso a
las formas extremas de la guerra era un imperativo de la situación, el único modo de
compensar la desventaja en que se hallaron tras las primeras derrotas, y no tenían duda
alguna acerca de que “el modo de combatir es un modo de ser”, cono sostiene el joven
historiador Clément Thibaud (República en armas. Los ejército sbolivarianos en la guerra de
Independencia en Colombia y Venezuela, Instituto Francés de Estudios Andinos / Planeta,
Bogotá, 2003) p. 195

Ahora se cuestiona por las concepciones el radicalismo respecto de la guerra y del ejército, y
sus formulaciones doctrinarias en la materia.

“Pues civilistas hasta el tuétano, eran hostiles, con algún fundamento, a la idea de un ejército
regular o con un peso específico propio en el conjunto de las instituciones políticas, por el
temor al caudillismo y a las dictaduras.

“El caso es que, aun tomando “con beneficio de inventario” el balance que hace Rafael Núñez
de todas las confrontaciones militares que se produjeron durante el período radical, en su
conjunto y para el período en que dominan la vida pública, los radicales al reducir hasta la
insignificancia a un ejército regular, terminan favoreciendo la crónica (o endémica)
irregularidad”. P. 197

El inventrio, interesado pero inobjetable, que hace Núñez en su famoso artículo “La paz
científica” sobre la recurrencia de los conflictos bélicos en el período radical es demoledor:

“Desde 1860 en que tuvo comienzo la lucha de los dos antiguos partidos nacionales, lucha que
terminó, como es sabido, con el triunfo completo del liberalismo a principios de 1863, la
República no había (…) gozado de un período presidencial en completa paz.

De 1864 a 1866 hubo tres revoluciones: una en Cundinamarca, otra en el Cauca y otra en
Panamá (…) de 1866 a 1868 hubo un golpe de Estado del general Mosquera, la contra –
revolución encabezada por el General Acosta y varios trastornos locales relacionados con esos
sucesos (…) De 1868 a 1870 hubo una revolución en Cundinamarca y otra en Panamá (…) de
1872 a 1874 hubo una serie de trastornos en Panamá, y gran agitación en Boyacá (…) de 1874
a 1876 gran agitación y trastorno en toda la República (…) de 1876 a 1878 hubo guerra civil
general (…) de 1878 a 1880 hubo trastornos en Panamá, Antioquia, Cauca, Magdalena y
Tolima” P. 197

“Ser radical es atacar los problemas por su raíz misma”, escribe el Marx de los Manuscritos del
44. De nuestros radicales no podrí afirmarse algo así. De unos años algo posteriores es el
empleo del término para designar a los draconianos, y a algunos de los gólgotas. Durante el
gobierno de José Hilario López unos y otros se van amalgamando en lo que será el partido
liberal, e irán a coincidir en un enunciado acerca de la reducción al mínimo de las tropas y de
las funciones del ejército central. Pero haciendo justicia, y gracias a la ecuanimidad que
permite el examen retrospectivo, en realidad la postura de los radicales en la materia es por
así decirlo el clímax de una actitud que se venía gestando con anterioridad a ellos, y que se
había expresando antes de su llegada al poder en una serie de normas constitucionales.
a. En la constitución de 1853 es de tan poca importancia el asunto, que la única mensión al
ejército se encuentra en las atribuciones del Congreso (art 23): El Congreso vota anualmente
los gastos públicos nacionales (…) fija la fuerza militar que debe mantenerse armada en el año
siguiente y concede amnistías o indultos (…) Le corresponde también dar o negar su acuerdo para
los ascensos en el Ejército…
b. En 1858, cuando ya se adopta una forma federal, el ejército vuelve a aparecer
mencionado solamente en la sección III, que enuncia las atribuciones del legislativo: 6ª.
Fijar anualmente la fuerza pública de mar y tierra que se necesite para el servicio de la
Confederación (Art. 29).
c. En el “Pacto de la Unión” de 1861, Art. 27, se establece: La Fuerza Pública de la Unión se
compondrá de los colombianos que voluntariamente quieran servir en ella. Aunque, en caso de
guerra y de insuficiencia del medio indicado
allí mismo se contempla que el gobierno central puede pedir u contingente a los estados.
A la vez se estipula que,
la milicia nacional será organizada por los estados, pero los cuerpos de ella que fueren llamados al
servicio de la Unión se regirán en todo por las leyes de ésta .
Y en un artículo siguiente se establece un complicado sistema para ratificar los
nombramientos: unos rangos (de sargento mayor a coronel) se le atribuyen al poder
ejecutivo general con el consentimiento del Senado de plenipotenciarios, y de alférez a
capitán, al poder ejecutivo general solamente.
d. En la Constitución de Rionegro al tiempo que se contempla (art 15)
La libertad de tener armas y municiones, y de hacer comercio de ellas en tiempo de paz.

Un punto que, como vimos, para la mayoría de ellos tenía el carácter de doctrina.

Y dentro de los asuntos de gobierno que los estados delegan en el gobierno general, están
(Art. 17)

1º. Las relaciones exteriores, la defensa exterior, y el derecho de declarar y dirigir la guerra y
hacer la paz.

2º. La organización y el sostenimiento de la fuerza pública al servicio del Gobierno general (…)

4º. La fijación del pie de fuerza en paz y en guerra …

Ya en cuanto al carácter que tenga esa fuerza pública, se inclina por una composición mixta,
por una variante ecléctica, pero en la que predomina el elemento voluntario:

Art. 26. (…) la fuerza pública a cargo de la Unión se formará con individuos voluntarios, o por
un contingente proporcional que dará cada Estado llamando al servicio a los ciudadanos que
deban prestarlo, conforme a las leyes del Estado. En caso de guerra se podrá aumentar el
contingente con los cuerpos de milicia nacional (…)

Art. 27: El Gobierno general no podrá variar los jefes de los Cuerpos de Fuerza pública que
suministren los Estados, sino en los casos y con las formalidades que la ley determine. P. 199

Cualquiera se puede representar hoy con facilidad las dificultades operativas y funcionales que
producía un sistema como el contemplado; lo que hubiera significado en caso de haberse
producido amenazas desde el exterior. Más complicado aún el sistema si se tiene en cuenta
que el Congreso sigue fijando, por ley, anualmente, la fuerza pública; designa los oficiales de
entre los cuales el poder ejecutivo debe escoger “el general en Jefe del Ejército y que este, en
fin, puede removerlo la Cámara cuando lo estime conveniente”.

El tamaño y la función que se le atribuye al ejército como institución, es indisociable de la


cuestión del funcionamiento práctico del federalismo. En las décadas del 50 y 60 del siglo XIX
tras el federalismo hay caudillos particularistas, como Mosquera, que siguen considerando al
ejército como una institución central; y civilistas radicales como Camacho Roldán (sus
memorias de la convención de Rionegro dan cuenta detallada de eso, de la aprensión que
suscitaba el poder militar de un caudillo vencedor) o como Santiago Pérez, que, como vimos,
entienden la ciudadanía como el resultado de una pedagogía acerca de derechos y deberes y
ven en el ejército un peligro, propendiendo por su paulatina desmovilización, su reducción al
mínimo. p. 200

Y gravita también en todo ello, la crónica penuria fiscal, “La tradición de la pobreza”, para
utilizar la expresión tan conocida de Hernando Valencia Goelkel. El ejército no puede menos
que hacer parte de esa tradición, es un reflejo del país: desvertebrado y disperso. P. 200

Institucionalmente, y por más que en su ideología – en cuanto a sus mitos fundadores, en


cuanto al patriotismo de la iconografía – el ejército de la actualidad pretenda remontarse a las
heroicas guerras de independencia, en verdad como institución es lo que sale de la Guerra d
elos Mil Días, y de los intentos subsiguientes de darle un carácter permanente y de
profesionalizar la milicia como una actividad, que se plasman en la creación de la Escuela de
Cadetes (1907). P. 200

Pero entonces a que responde el trasegar del ejerérito del siglo XIX, qué eran?. Es totalmente
nuevo el carácter del ejército desde 1907 o hereda algo de las guerras civiles.

…Aun para el observador menos informado hay entonces una correspondencia más aún una
reciprocidad, entre la fragilidad de la fuerza pública y la privatización de la guerra. Juzgándolo
de manera restrospectiva, el asunto me parece tan evidente, que estaría tentado a una
formulación axiomática: a menor institucionalidad de la fuerza pública, mayor probabilidad de
que la guerra se privatice, adquiriendo por ello un carácter irregular. P. 201

Es realmente la privatización el antónimo de la institucionalización? Es lo mismo privatización


que guerra irregular?, o es el juego por la construcción de la nación, son los actores
individuales frente a la consolidación del Estado, esto es la consolidación del monopolio de la
fuerza.

Uno de los elementos ha observar durante el siglo XIX, es el proceso de institucionalización,


como se realiza, como se construyen social e históricamente estas instituciones, es decir,
ejército y monopolio fiscal.

En este proceso como en el de seguimiento a la guerra es preciso hacer el rastreo de fuentes


primarias que permita observar el proceso regional.

Uso de las fuentes


Buscar sendos testimonios representativos, a confrontar por cada uno de los bandos en
contienda. La literatura testimonial.

“El primero de los testimonios a los que acudiré, del lado conservador, un combatiente que
hizo parte del ejército en que se apoyaba el gobierno derribado en 1861, está considerado el
mejor de los relatos sobre cuestiones bélicas del siglo XIX, y el de mejor calidad literaria. Se
trata del escrito Cómo se evapora un ejército de Ángel Cuervo, título elocuente de por sí,
publciado inicialmente en París en junio de 1899 por su hermanoRufino José, con una breve
noticia biográfica.

El segundo de los textos de valor testimonial es el de las Memorias de Aquileo Parra,


connotado radical, como sabemos, y un protagonista de varias de las confrontaciones bélicas
de ese periodo. P. 201

“Volviendo al de Cuervo, además de lo señalado, su importancia estriba en que juzga desde


adentro, al mejor de los ejércitos, al más numerosos, mejor organizado y mejor dotado de los
que habían existido hasta el momento, el ejército “con la organización más notable que ha
habido en la República”, para usar las palabra del propio Ángel Cuervo en el prólogo”. P. 202

“Su perspectiva es partidista; rememora y narra los acontecimientos en 1895, en plena


hegemonía conservadora, y una de sus intenciones explícitas es exaltar la calidad de jefes
militares como Rafael Reyes, que resulta realzada por la escasa visión, la miopía de los de
1860, “jefes dormilones que dejaron evaporar tan hermoso ejército”, un énfasis en la cuestión
del liderazgo que pudiera ser unilateral de su parte, pero que no invalida el grueso de sus
apreciaciones, ni la veracidad, ni la secuencia que le imprime a los hechos en su relato. Más
allá de su partidismo, el relato es veraz, bien documentado; el exilio dorado en el que se
hallaba después de haber vendido su fábrica de cerveza, y dedicarse de lleno a vivir de la renta
y a un programa de formación personal, le facilita tratar con objetividad los acontecimientos, y
por cierto que suficientes lectores tenía que pudiesen haberlo refutado o rectificado, el el
partidismo lo obnubilara a tal punto que distorsionara de una manera consciente los hechos.
Por una especie de “juego de espejos”, que es inherente a la guerra, si se ocupa en principio de
su propio ejército, describiéndolo al detalle, no deja de ocuparse del ejército contrario: acopia
toda la información de que dispone, y a medida que se suceden las confrontaciones va
conociéndolo cada vez mejor; nos transmite ese conocimiento, decantado, tamizado por su
propio interés en entender las causas de la derrota. No tiene la intención de ocultamiento,
propagandístico o de cualquier otra índole mezquina; procura de manera retrospectiva ofrecer
una visión balanceada de los hechos. Guardadas proporciones, al igual que algunos de los
clásicos de la literatura sobre la guerra (de Tucídides a Clausewitz, pasando por Maquiavelo), la
suya es la visión desencantada del perdedor”. P. 202

En cuanto a los acontecimientos propiamente militares, las referencias iniciales denotan el


entusiasmo con que se organizó el ejército, la relativa eficiencia de la maquinaria
administrativa (“las oficinas de Bogotá”) para garantizar sus servicios de intendencia, armas y
municiones, importadas ex profeso, y asignadas antes de entrar en campaña; en fin la
conviccióin y el entusiasmo con los que se enroló la juventud conservadora en “los cuerpos de
cívicos”. Respecto del ejército mismo, el juicio inicial, de experto en tanto que ha sido oficial de
estado mayor no deja dudas:
El ejército de la confederación, compuesto de seis mil hombres, formaba una masa poderosa,
que sola, casi sin dirección, podía recorrer la República entera, hollando la Revolución, como
un elefante al pasar por sobre un hormiguero. Pocas veces se ha presentado en nuestro país
una tropa más respetable que ésta…. P. 203

Una cifra más importante, si tenemos en cuenta que al salir de la dictadura de Melo, durante
el gobierno de Mallarino (una especie de Frente Nacional, con participación de los dos partidos
coaligados previamente contra Melo) en el que Núñez era secretario de Guerra, según nos l
puntualiza el mismo Cuervo:

“Confiando a la Nación misma el sostenimiento del orden y la ley, redujo el ejército nacional a
cuatrocientos hombres con la sola misión de custodiar los parques y los presidios; y el
militarismo, carcoma de los Gobiernos impopulares llegó a su mayor anonadamiento: yo
recuerdo que entonces fue una Legación peruana y todos mirábamos con curiosidad al
Secretario de ella, por el uniforme militar que vestía diariamente: ya no había odio contra los
militares sin que se les veía como miembros de una institución anticuada e impropia de las
ideas modernas” (Cuervo, p. 2)

En cuanto a los radicales, ya en el ejercicio práctico del gobierno, un caso particular es el de


Aquileo Parra. No se trata propiamente de un guerrero de profesión, entre otras razones, por
una cierta autocrítica que se puede hallar al recapitular todo el período. Una lectura detallada
de este texto permite entresacar los siguientes pasajes significativos al respecto:

a. El descarnado relato del partidismo y de la discriminación al rival político


desconociendo sus derechos como una característica de la guerras desde el momento
en que se las conoce.

“Al que es apenas sospechoso de simpatizar con el contrario (particularmente las mujeres) se
le impone la pena del confinamiento”. P. 206

b. La manera en que Parra Caracteriza a las tropas (0propias y ajenas): “tropas colecticias
como eran aquellas, mandadas por una oficialidad entusiasta y valerosa, pero extraña
en su mayor parte al servicio militar, no era posible emprender movimientos
estratégicos…”. Acerca del tipo de soldado y oficial de su propio bando, como en el
caso de uno al que se refiere en particular, lo predominante es “que sin tener vocación
para la carrera militar, su amor a la causa lo había llevado dos veces a los
campamentos” parra, 158. P. 206

Respecto a lo arbitrario del sistema de reclutamiento como una práctica reiterada (un sistema
que se ensañaba con los contrarios al régimen, que forzaba a prestar servicio militar como
reclutas a los que se consideraba del partido opositor, o se sospechaba que lo fueran, y en
todo caso, e infaliblemente, a los más desprotegidos) abundan los testimonios. Sin entrar a
considerar su calidad literaria, es un buen testimonio un pasaje de la obra de teatro de José
María Samper. Acerca del predominio de lo irregular, de la informalidad y del desconocimiento
de las convenciones en la guerra, también es expresiva la siguiente afirmación (p. 268):
Nos hallábamos rodeados por tres cuerpos de tropa cada uno de los cuales era
numéricamente superior al nuestro. En nuestras guerras, que en lo general pueden llamarse
de partidas, el que menos duerme tiene a su favor, por ese solo hecho, grandes probabilidades
de triunfo.

c. Un juicio partidista: mayor aplicación a la guerra por parte de los liberales eventual
superioridad en ese terreno; Parra se refiere a: “la incontestable superioridad en el
combate que por lo general ha mostrado siempre la oficialidad liberal sobre la
conservadora (p. 262) p. 207
d. El caso de la insurrección en el estado de Boyacá contra Felipe Pérez, yla crítica de
Justo Arosemena a la Ley de Orden Público que trataba de complementar las normar
constitucionales en la materia. Al recapitular los hechos, con la retrospección que le da
el estar fuera de la política y su partido fuera del poder, ya en plena Regeneración, es
muy significativa la referencia de Parra a la ley norteamericana, común modelo a
seguir para contrarrestar la tendencia a que los conflictos se intensifiquen en cada uno
de los estados que conforman la Federación. No puede menos que pensarse, que de
un modo retrospectivo Parra se está refiriendo a la manera en que se saldó la Guerra
de Secesión, y cómo de allí salieron fortalecidas varias instancias del poder federal (en
el sentido de poder común a la Federación, es decir de poder central). Pero sí hay
instituciones en esa dirección, y se explaya acerca de la Ley de orden público que en
1867 quiso invertir la tendencia centrífuga; se hace evidente la incomprensión de lo
que significa la falta de un ente que monopolice la violencia, que la ejerza a nombre
del interés colectivo.

Otro texto citado por el autor es el de Felipe Pérez, Anales de la revolución, en el que
destaca la insurrección contra el Estado Soberano de Boyacá, que “triunfa, sin que el
gobierno federal emprenda acción alguna para impedirlo, lo cual producirá nuevas
disensiones en el campo radical”. P. 208

“su inmediatez a los acontecimientos que narra, y lo vivido del relato, le confieren a ésta
versión de la guerra del 61 una autenticidad adicional”. P. 209

Condensa la apreciación de su grupo acerca del poder del Estado, del sentido de las
normas constitucionales que se promulgarán dos años después, y de sus supuestos
fundamentales … Y al respecto, puede acogerse la tesis sociológica según la cual, muchas
de las lagunas o vacíos en el texto constitucional son deliberados, obedecen a una
percepción de lo inestable de una correlación de fuerzas entre partes encontradas, y a la
intención de los interesados de llenar tales vacíos más adelante, cuando la relación de
fuerzas los favorezca plenamente. Los radicales fueron doctrinarios en materia
constitucional, poseyeron una concepción coherente, sin duda, y nociones básicas sobre
las que no estaban dispuestos a transigir a la hora de su triunfo. El texto de 1863 es a la vez
sintético y sistemático, pero la mayoría de sus inspiradores y redactores a la vez son lo
suficientemente realistas para saber que el problema de la fuerza militar, de su grado de
organización, de su eficiencia en el apuntalamiento del orden, en ese momento no se
resuelve mediante normas constitucionales. Respeto de lo que ya se insinuaba como el
ascendiente de un caudillo como Mosquera, toman la providencia de limitar el período
presidencial; respecto de las garantías para la sociedad, de que el ejército con su grado de
organización y su peso específico no tienda a interferir a las demás instituciones, se limitan
a consagrar la libertad de porte y tráfico de armas, y a incorporar a la norma constitucional
el derecho de gentes”. P. 209

“… La lectura del libro de Felipe Pérez hoy, a la luz de nuestro problema, permite
comprender aspectos un tanto olvidados de lo que significan los radicales como grupo: su
tendencia a considerar la perfección de la norma legal como la condición esencial de su
vigencia, de la validez que los gobernados le otorguen, es decir la tendencia a identificar
de manera sumaria, unívoca, legitimidad con legalidad formalmente estatuida. Una suerte
de fetichismo jurídico que no les es exclusivo, pero que por contraste con el sector
conservador contra el que luchan, adoptan con más intensidad. Para el liberal radical que
es Felipe Pérez, y para la mayoría de su grupo, legalidad y legitimidad son sinónimos, de
allí el cuidado especial en la redacción de la norma, en su perfección formal, como se
desprende de los diversos relatos acerca de la Convención de Rionegro y de la lectura
misma de la Carta”. P. 210

“Participes de una insurrección triunfante, su concepción de la sociedad, tal como se halla


expuesta en los escritos de Camacho Roldán, de Madiedo, de Ezequiel Rojas, incorpora las
nociones organicistas del primer positivismo. Muchas de las nociones provenientes de la
biología se aplican a la sociedad de una manera fluida, pero la analogía – o la metáfora –
tiene sus límites e incluye toda una serie de ambigüedades en tanto que es, como dice
Bourdieu, una “representación puramente tecnológica del cuerpo vivo”; de allí que
traducida a la retórica política conduzca a expresiones como “regeneración” que, contra lo
que se suele creer, son los radicales quienes primero la adoptan para aplicársela a sí
mismos, y se la apropian con visos polémicos versus el gobierno conservador, al que han
derribado y al que consideran una degeneración. A lo largo del texto de Pérez, llama a sus
propias huestes “las tropas regeneradoras” y el entendido es tal, la eficacia retórica de ese
lenguaje para el momento político es tan demostrable, que por ello se volverá en contra
suya unos años después y a causa de la eficacia argumentativa y movilizadora con la que lo
emplea Núñez, llegara a ser distintivo de sus rivales conservadores” p. 210 - 211

…queda en evidencia que las principales confrontaciones fueron batallas en toda la regla,
en las que los dos contendientes se ajustaron a normas reconocidas del Derecho de
gentes, así como a recíprocos gestos caballerescos, y tras las cuales el bando ganador
procuraba cosechar una victoria política ofreciendo un indulto o armisticio al perdedor. …
pero lo cierto es que junto a las acciones regulares, y a los gestos caballerescos y gallardos,
la otra connotación de la guerrilla, como destacamento que practica un modo de guerra
irregular, es la que se abre paso: “por todas partes se levantaban partidas de vagabundos
armados que asaltaban las poblaciones, robaban y mataban a los ciudadanos inermes,
remitían constantemente a la capital centenares de personas infelices o mal queridas con
el carácter de prisioneras de guerra” (P. 613). Si lo anterior es una denuncia respecto del
comportamiento de un gobierno que está a punto de ser derribado como el de Ospina,
otras tantas referencias se pueden hallar sobre la actitud que se daba en el campo radical,
y un atenuante para todo ello: el hecho crudo, tozudo, de la abrupta geografía, una
topografía que conspira contra la pretensión de un rápido dominio del territorio de
cualquiera de los contendientes: “La Nueva Granda tiene más de mil pueblos
desparramados en P. 211 una extensión de 37.000 leguas cuadradas”, acota Pérez (p. 441)
para justificar la duración de la guerra tras la caída del gobierno, una versión decimonónico
del “índice de fragmentación geográfica” que mencionábamos antes y que es un dato
fundamental ineludible a la hora de examinar la cuestión bélica. P. 212

Para la guerra del 76, intensificación de los combates, se introducen innovaciones en el


armamento empleado y en las tácticas de la guerra. Testimonios, conservadores:
Marceliano Vélez y Leonardo Canal, radical: Sergio Camargo, quien además, al final de esa
guerra, fue presidente por algunos meses a raíz de la licencia concedida a Aquileo Parra.
Pero además es Camargo quien tiene a su cargo la lucha contra dos de las guerrillas
conservadoras: la de Guasca, que actuó entre Guatavita y Guasca, y la de “Los Mochuelos”
que llevó a cabo sus acciones desde el suroriente de Bogotá (Yomasa, Usme) hasta Sibaté,
Soacha y las cercanías de Fusagasugá. En el transfondo está además la lucha política
electoral que se había llevado a cabo en 1876 entre los partidarios de Núñez y los de
Aquileo Parra. P. 212

Por cierto que el programa de Núñez, tal como lo esboza en carta abierta a Carlos Martínez
Silva en agosto de 1875 y procurando entre otras conjurar una guerra que se percibe como
inminente, aparece: “2ª: Reorganización del ejército federal de manera que deje de ser
instrumento de partido o electoral”. Se trata de un programa concebido por quien estando
todavía del lado radical se propone atraer a su candidatura a muchos conservadores, y se
delinea un acuerdo de estilo frentenacionalista, milimétrico: “Si el Estado de Antioquia lo
tiene a su bien, la mitad de ese ejército se compondrá de sus milicias, en tanto que llega a
realizarse la reorganización indicada. Los jefes del ejército federal serán escogidos
equitativamente entre los más honorables de la lista militar de uno y otro partido”. Por sí
sola la simple referencia a “la lista militar de uno y otro partido” da cuenta de la mínima
institucionalización que caracterizaba a dicho ejército federal. Existía, claro, un escalafón
militar, pero su elaboración y aprobación en el Congreso, había estado en las distintas
épocas determinada desde antes por el partido en el poder. P. 212 – 213

Concepción de la guerra y tipo de organización militar

Y será en la breve guerra de 1885, antesala de la abolición de la Constitución de Rionegro,


síntesis del credo radical en que se irán a expresar de manera resumida todas las
limitaciones de su doctrina al respecto, así como, tras las derrotas de la insurrección fallida
contra Núñez, las fisuras y divisiones en el campo radical. Núñez, triunfador, se hallaba
tejiendo combinaciones para soldar la alianza con el partido conservador, y llevando a
cabo hasta el detalle una política florentina, en tanto que en la dirección del liberalismo,
que conforman Aquileo Parra, Santos Acosta, Santiago Pérez y Eustorgio Salgar, sólo logran
oponer una política de resistencia a ultranza, de reafirmación simple y escueta de todo su
bagaje doctrinario, de un modo empecinado, sin ningún atisbo de autocrítica. En un último
intento de acuerdo, antes de que las cosas desemboquen en la guerra, de puño y letra de
Núñez, en agosto de 1844, es dirigido a Aquileo Parra y contiene entre otros temas en los
que propone como indispensable una Reforma Constitucional: 5. Disposiciones relativas a
la formación de un ejército nacional (Citado en extenso en: Antonio Pérez Aguirre, Los
Radicales y la Regeneración, Editorial Cromos, Bogotá, 1941, pp. 208 – 209). P. 214

Tras el fracaso del acuerdo, los aprestos para la guerra se van abriendo paso en una y otra
parte, aunque del lado radical hay vacilaciones; Sergio Camargo, cuyo liderazgo y
capacidad militar son reconocidos, por ejemplo, estima que “aún no es tiempo de que el
país se lance en una guerra general”. El gobierno había declarado turbado el orden público
en Santander, Boyacá, Cundinamarca, Magdalena y Bolívar. Y entre algunos de los ejércitos
de los estados regionales enfrentados se había suscrito una esponsión o tregua de
hostilidades, según el modelo de la de Manizales y como preludio a un “tratado definitivo
de paz”, según la propuesta radical. Núñez, aplicando la sentencia latina, comisiona al jefe
conservador Leonardo Canal para que organice un “Ejército de Reserva”, pero entre tanto
las tratativas siguen, y se suceden las visitas al palacio presidencial de algunos de los
prohombres del radicalismo como Foción Soto. La guerra finalmente se declara, tras varios
combates, con alternativas variadas que sin embargo ponen en evidencia la impreparación
de los radicales insurrectos, hasta el combate de La Humareda (el 17 de junio de 1885, en
las cercanías de El Banco, Magdalena) que resulta ser una victoria pírrica para los radicales.
Según el general e historiador militar, Pedro Sicard, fueron mayores las pérdidas de los
insurrectos que las del gobierno. De cualquier manera, por las enfermedades, las
deserciones y la falta de abastecimiento, a partir de allí se irá erosionando la fuerza militar
del lado radical, en medio de recriminaciones mutuas por parte de varios de los jefes;
Camargo renuncia al mando y otro de los jefes radicales, el general Foción Soto en sus
Memorias, no vacila en llamarlo “desertor” (La batalla de La Humareda será en adelante
más conocida porque de ella hace un teatral y épico relato, junto con otras de las
incidencias de esa campaña militar, uno de sus participantes, José María Vargas Vila,
primero en varios de los panfletos contra la Regeneración luego en Pretéritas, Librería de
la viuda de Ch. Bouret, París, 1924, p. 151 y ss) En los documentos que anexa,
retrospectivamente, Soto en sus memorias registra algunos, como las cartas del general
Antonio Cuervo, y en particular una de ellas en las que el problema se plantea de manera
transparente: “Debo advertir que la compra del armamento la voy a hacer no sólo por
indicación de Bogotá, sino con el permiso del Gobierno nacional, el cual se halla hoy
embarazado para dar solución a las cuestiones políticas que nos agitan por falta de un
ejército de confianza y bien armado, que por su respetabilidad obligue a la Guardia
Colombiana a guardar silencio y a estarse quieta cuando el Doctor Núñez proceda a
cumplir su programa”. Todo ello será el preludio de la célebre declaración de Núñez desde
un balcón de Palacio: “La Constitución de Rionegro ha dejado de existir”. P. 215

A manera de Conclusión

El autor se pregunta si no terminaron los radicales contribuyendo a que la modalidades


irregulares de la guerra se prolongaran en el tiempo, hasta hacerse una pesada herencia.

“Toda la discusión sobre “el pie de fuerza” en lenguaje decimonónico (o sea acerca del
número de efectivos que debería tener el ejército), discusión que conlleva esa suspicacia
respecto de la fuerza armada, de lo que representa como institución, es a la vez el
reconocimiento de la pobreza en los ingresos fiscales; pero otra pobreza endémica recorre
el período, y a nuestros ojos es uno de los indicadores netos de la endeblez del Estado
como síntesis de las instituciones políticas, pues equivale a renunciar al monopolio
efectivo de la fuerza”. P. 216

Hay que tener en cuenta al mismo tiempo que por bienintencionados que sean los
radicales, ya en el poder, se ven obligados a guerrear, y esa necesidad convierte a muchos
de ellos en expertos en la guerra. La propia insignificancia del ejército regular facilita su
rápido ascenso y hay toda una cosecha de generales jóvenes (además de practicantes de la
guerra, al estilo del “negro Marín”, un personaje de nuestras guerras civiles en el que se ha
fijado Malcom Deas de modo recurrente, por considerarlo típico o emblemático, en gran
parte por lo ilustrativo de la iconografía existente).

El pensamiento de los Radicales afectado por la guerra de secesión norteamericana, 1861


– 1865, “la primera guerra industrializada”. Anota el viaje realizado por Camacho Roldán a
Estados Unidos en 1887, …

En los Estados Unidos se está consolidando para la época una nueva doctrina estratégica
que conlleva la atenuación del federalismo, aunque sin modificar ni una línea el texto
constitucional.

¿Qué se entiende por “doctrina estratégica”? el conjunto de concepciones acerca del


territorio, su soberanía, el tipo de fuerza militar necesaria para preservarlo (o expandirlo)
frente a un enemigo externo, la definición de los enemigos (reales y potenciales) y,
subsidiariamente, una definición de las confrontaciones posibles y de sus escenarios. Al
respecto los radicales sólo poseyeron intuiciones, y una lucidez tardía, cuando los propios
hechos de guerra las van refutando”. P. 217

Con todo lo contradictorio que pueda resultar debe tenerse en cuenta que en el período
de dominio ascendiente de los radicales se asiste a algunos de los eventos más civilizados
en la larga serie de nuestros conflictos bélicos: “La Esponsión de Manizales” (el acuerdo
humanitario y caballeresco entre las fuerzas insurrectas de Mosquera y las tropas del
gobierno de Ospina Rodríguez, el 29 de agosto de 1860, luego de una confrontación
indecisa), el “Armisticio de Chaguaní”,… Y el de los radicales fue un periodo en el que,
además de la incorporación del derecho de gentes a la Constitución de Rionegro, se dio el
primer Código Militar, el Código Militar de 1881, que al decir de algunos especialistas es
avanzado e innovador para la época” p. 217

Los Radicales con la constitución de Rionegro permitieron el derecho de insurrección, el


derecho a la libre asociación como cuerpo armado (los mochuelos). Libre tráfico, libre
asociación, y todas las ventajas que confiere a quien quiera practicar la guerra irregular . p.
218 - 219

No es abundante la literatura de las ciencias sociales sobre el fenómeno militar, pero hay
textos fundamentales acerca del ejército como institución: su estructura y su rol en el
conjunto de la sociedad, los resortes internos de su funcionamiento (Freud y Bataille). Por
encima de las diferencias, hay en toda esa literatura examinable un consenso acerca de los
rasgos básicos y las difrerencias entre el ejército feudal, el ejército nacional y el contraste
de este último con las organización fragmentarias o de partido, y con las de partisanos o
guerrilleros dedicadas a la guerra irregular que, en el caso de estas últimas, cuentan con
caracteres excepcionales aunque provisionales, de gran inestabilidad. P. 218 – 219

El pensamiento militar de los radicales se encuentra ante todo en la discusión


constitucional sobre el papel del ejército, ya desde la de 1853 en que comienzan a
configurarse como grupo, y es praxis (en el sentido de experiencia directa de combate) …
no hay que perder de vista sin embargo que ya en las múltiples confrontaciones que se
sucedieron durante el período radical y por parte de ambos contendientes, como lo
prueban todos los testimonios y de modo abundante los documentos, tuvieron siempre
una conciencia aguda de la proporción entre los medios bélicos y los fines de la guerra en
la que estaban enzarzados: había unos principios claros sobre la necesidad de la
autorregulación. A la vez, en algunos de los más visionarios, se puede hallar la intuición
acerca de que esa proporción en inestable, precaria, y que en la época que les tocó vivir ha
estado cambiando con particular rapidez gracias a la secuencia de innovaciones técnicas
en armas, municiones y artificios bélicos, y que la ausencia de una institución militar fuerte
y representativa, por encima de los partidos, se iría a traducir en un mayor número de
confrontaciones y de víctimas, como se irá a manifestar con creciente intensidad en las
guerras posteriores de 1894, y en la de 1899 a 1902. Pero esa es ya otra historia.

(hasta donde en no resolver problemas como la tierra, lleva a l fracaso del radicalismo en
Boyacá?

Fue un periodo durante el cual el liberalismo fue importante en Boyacá, pero que en el
transcurso del mismo periodo hará transito al igual que la tendencia nacional hacia la
regeneración conservadora. La pregunta es por que no permanece el liberalismo y
parecierá fácil el transito hacia el liberalismo)