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Giver

The

Lois Lowry
Libro IV. El hijo
Giver
The

Lois Lowry
Libro IV. El hijo
Dirección Editorial: Raquel López Varela
Coordinación Editorial: Ana María García Alonso
Maquetación: Cristina A. Rejas Manzanera
Diseño de cubierta: David de Ramón
Título original: Son
Traducción: Alberto Jiménez Rioja y Nuria Jiménez Rioja

Reservados todos los derechos de uso de este ejemplar. Su infracción puede ser
constitutiva de delito contra la propiedad intelectual. Prohibida su reproducción
total o parcial, distribución, comunicación pública, puesta a disposición,
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© EDITORIAL EVEREST, S. A.
Carretera León-La Coruña, km 5 - LEÓN
ISBN: 978-84-
Depósito legal: LE.
Printed in Spain - Impreso en España
EDITORIAL EVERGRÁFICAS, S. L.
Carretera León-La Coruña, km 5
LEÓN (España)
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Giver
The

Lois Lowry
Libro IV. El hijo
Giver
The

Lois Lowry
Libro IV. El hijo
LIBRO 1
Antes
capítulo
1
La chica sintió vergüenza
cuando le colocaron el antifaz de cuero para cegarla.
Le parecía grotesco e inútil, pero no se resistió. Era el
procedimiento. Estaba enterada. Otra Receptora se lo
había contado un mes antes, mientras comían.
—¿Un antifaz? —preguntó entonces sorprendida,
medio riéndose al imaginar el cuadro—. ¿Y para qué?
—Es como los de dormir —explicó la joven sentada
a su izquierda antes de tomar otro bocado de ensa-
lada—, sin agujeros para los ojos. En realidad, hace
de venda —concluyó en susurros. Al fin y al cabo no
deberían hablar de ese tema.
—¿Una venda? —inquirió la chica estupefacta, tras
lo cual se rió a modo de disculpa—. Parezco incapaz
de mantener una conversación, ¿verdad? No hago más
que repetir lo que dices, ¡pero es que una venda!…
¿por qué?

7
—No quieren que veas el Producto cuando sale de
ti. Cuando pares —contestó la joven señalando la abul-
tada barriga de la otra.
—Tú ya has producido, ¿no?
—Dos veces.
—¿Cómo es? —Pese a decidirse a preguntarlo, sabía
que en cierto sentido la pregunta era una bobada.
Habían asistido a clases, visto dibujos, escuchado ins-
trucciones; sin embargo, nada de eso le parecía com-
parable a oírselo contar a quien lo había vivido. Y ya
que estaban desobedeciendo la prohibición de hablar
del tema… bueno, ¿por qué no tratar de enterarse de
todo lo posible?
—La segunda vez es más fácil; no duele tanto.
Como la chica se quedó callada, la joven añadió:
—¿Qué pasa? ¿No te han advertido de que duele?
—A mí me han dicho que molesta.
La joven resopló con sarcasmo.
—Pues será eso. Si prefieren llamarlo así… La segun-
da vez molesta menos y lleva menos tiempo.
—¿Receptoras? ¡Receptoras! —La voz de la matro-
na, por los altavoces, fue adusta—. ¡Atención a lo que
se habla! ¡Para algo están las normas!
Ambas cayeron en la cuenta de que las oían por los
micrófonos incrustados en las paredes del comedor
y guardaron silencio de inmediato. Algunas de sus

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compañeras soltaron risitas. Quizá porque también
se sentían culpables. Apenas había otros temas de
conversación que aquel. El proceso —su misión, su
trabajo— era casi lo único que tenían en común. Pero
tras la reprimenda la charla se apagó.
La chica tomó otra cucharada de sopa. La comida
de la Residencia de Biomadres era abundante y delicio-
sa. La nutrición de las Receptoras se cuidaba al detalle.
De todas formas, al criarse en la comunidad, ella había
estado siempre bien alimentada, ya que su casa fami-
liar recibía comida a diario.
Sin embargo, cuando a los doce años la seleccio-
naron como Biomadre, su vida cambió; de forma gra-
dual, por supuesto. En las disciplinas más académicas
del colegio —matemáticas, ciencias, leyes— la exigencia
disminuyó; menos exámenes, menos lecturas. Y los
profesores empezaron a prestarle menor atención.
Añadieron a su programa escolar cursos de nutrición
y salud, y aumentaron sus horas de ejercicio al aire libre.
Incorporaron vitaminas especiales a su dieta. Su cuerpo
fue examinado, analizado y preparado para el tiempo
que pasaría aquí. Después de ese año y parte del siguien-
te la consideraron capacitada, y le indicaron que dejara
la casa familiar para trasladarse a la Residencia.
Cambiar de domicilio en la comunidad era fácil. La
chica no poseía nada. Su ropa era repartida y lavada por

9
el depósito central de confección. El colegio le requisa-
ba anualmente los libros de texto para dárselos a otro
estudiante. La bicicleta con la que había ido a clase los
primeros cursos fue recogida para ser remozada y servir
como medio de transporte a otro alumno más joven.
La última noche que pasó en casa hubo una cena
de despedida. Su hermano, seis años mayor, ya se
había marchado para hacer sus propias prácticas en
el departamento de Ley y Justicia. Solo lo veían en las
reuniones públicas; se había convertido en un extraño.
Por tanto, a esa cena no asistieron más que los tres,
ella y la unidad parental que la había criado. La pareja
rememoró algunos incidentes divertidos de la primera
infancia de su hija (un tiempo en que tiraba los za-
patos a los arbustos y volvía a casa descalza desde el
Centro de Atención Infantil). Hubo risas y ella les agra-
deció los años que habían dedicado a su educación.
—¿Te dio vergüenza que me eligieran para Bioma-
dre? —le preguntó a su padre. Ella misma esperaba en
secreto algo más prestigioso. Cuando seleccionaron
a su hermano, ella solo contaba seis años, pero fue
consciente de lo orgullosos que se pusieron todos. Ley
y Justicia se reservaba a los muy inteligentes. Ella no
había destacado en el colegio.
—No —respondió este—, confiamos en el buen juicio
del comité. Ellos saben qué se te da mejor.

10
—Y las Biomadres son muy importantes —añadió su
madre—, ¡sin ellas ninguno de nosotros estaría aquí!
A continuación le desearon buena suerte. Sus vidas
también estaban cambiando; al dejar de ser padres, se
trasladarían a vivir con los Adultos sin Hijos.
Al día siguiente caminó sola hasta la Residencia,
anexa a la Unidad de Partos, y se instaló en el cubícu-
lo que le asignaron. Desde la ventana veía su antiguo
colegio y el campo de deportes adyacente. A lo lejos
distinguía el río que bordeaba la comunidad.
Por fin, varias semanas más tarde, cuando ya se
había acomodado y empezaba a trabar amistades, la
llamaron para la inseminación.
Como no sabía qué esperar se había puesto nervio-
sa, pero cuando el trámite acabó, tan solo sintió alivio:
había sido rápido e indoloro.
—¿Ya está? —preguntó asombrada al levantarse de
la camilla cuando el técnico se lo indicó.
—Ya está. Vuelve la semana que viene para analizar-
te y certificarte.
Ella se rió nerviosamente y pensó que ojalá el folleto
que le habían dado al seleccionarla hubiese sido más
explícito.
—¿Qué es eso de «certificarme»? —preguntó.
El empleado guardó el equipo de inseminación. Pa-
recía tener prisa. Quizá hubiera otras esperando.

11
—Cuando no haya dudas de que está implantado
—explicó con impaciencia—, serás una Receptora certi-
ficada. ¿Algo más? —añadió dando media vuelta para
marcharse—. ¿No? Pues ya hemos acabado.
Daba la impresión de que había sido ayer. Pero aquí
estaba, nueve meses después, con el antifaz tapándole
los ojos. Las molestias habían empezado unas horas
antes, de manera intermitente; ahora eran continuas.
Respiró hondo, tal como le habían enseñado. Con
los ojos vendados resultaba más difícil; sentía la piel
caliente bajo el antifaz. Intentó relajarse. Aspirar y es-
pirar. Ignorar las moles… «No», pensó, «de molestias
nada. Es dolor, dolor de verdad». Reunió fuerzas para
el trabajo que la esperaba, gruñó bajito, arqueó la es-
palda y se rindió a la oscuridad.
Se llamaba Clara y tenía catorce años.

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LIBRO 1
Antes
capítulo
1
La chica sintió vergüenza
cuando le colocaron el antifaz de cuero para cegarla.
Le parecía grotesco e inútil, pero no se resistió. Era el
procedimiento. Estaba enterada. Otra Receptora se lo
había contado un mes antes, mientras comían.
—¿Un antifaz? —preguntó entonces sorprendida,
medio riéndose al imaginar el cuadro—. ¿Y para qué?
—Es como los de dormir —explicó la joven sentada
a su izquierda antes de tomar otro bocado de ensa-
lada—, sin agujeros para los ojos. En realidad, hace
de venda —concluyó en susurros. Al fin y al cabo no
deberían hablar de ese tema.
—¿Una venda? —inquirió la chica estupefacta, tras
lo cual se rió a modo de disculpa—. Parezco incapaz
de mantener una conversación, ¿verdad? No hago más
que repetir lo que dices, ¡pero es que una venda!…
¿por qué?

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—No quieren que veas el Producto cuando sale de
ti. Cuando pares —contestó la joven señalando la abul-
tada barriga de la otra.
—Tú ya has producido, ¿no?
—Dos veces.
—¿Cómo es? —Pese a decidirse a preguntarlo, sabía
que en cierto sentido la pregunta era una bobada.
Habían asistido a clases, visto dibujos, escuchado ins-
trucciones; sin embargo, nada de eso le parecía com-
parable a oírselo contar a quien lo había vivido. Y ya
que estaban desobedeciendo la prohibición de hablar
del tema… bueno, ¿por qué no tratar de enterarse de
todo lo posible?
—La segunda vez es más fácil; no duele tanto.
Como la chica se quedó callada, la joven añadió:
—¿Qué pasa? ¿No te han advertido de que duele?
—A mí me han dicho que molesta.
La joven resopló con sarcasmo.
—Pues será eso. Si prefieren llamarlo así… La segun-
da vez molesta menos y lleva menos tiempo.
—¿Receptoras? ¡Receptoras! —La voz de la matro-
na, por los altavoces, fue adusta—. ¡Atención a lo que
se habla! ¡Para algo están las normas!
Ambas cayeron en la cuenta de que las oían por los
micrófonos incrustados en las paredes del comedor
y guardaron silencio de inmediato. Algunas de sus

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compañeras soltaron risitas. Quizá porque también
se sentían culpables. Apenas había otros temas de
conversación que aquel. El proceso —su misión, su
trabajo— era casi lo único que tenían en común. Pero
tras la reprimenda la charla se apagó.
La chica tomó otra cucharada de sopa. La comida
de la Residencia de Biomadres era abundante y delicio-
sa. La nutrición de las Receptoras se cuidaba al detalle.
De todas formas, al criarse en la comunidad, ella había
estado siempre bien alimentada, ya que su casa fami-
liar recibía comida a diario.
Sin embargo, cuando a los doce años la seleccio-
naron como Biomadre, su vida cambió; de forma gra-
dual, por supuesto. En las disciplinas más académicas
del colegio —matemáticas, ciencias, leyes— la exigencia
disminuyó; menos exámenes, menos lecturas. Y los
profesores empezaron a prestarle menor atención.
Añadieron a su programa escolar cursos de nutrición
y salud, y aumentaron sus horas de ejercicio al aire libre.
Incorporaron vitaminas especiales a su dieta. Su cuerpo
fue examinado, analizado y preparado para el tiempo
que pasaría aquí. Después de ese año y parte del siguien-
te la consideraron capacitada, y le indicaron que dejara
la casa familiar para trasladarse a la Residencia.
Cambiar de domicilio en la comunidad era fácil. La
chica no poseía nada. Su ropa era repartida y lavada por

9
el depósito central de confección. El colegio le requisa-
ba anualmente los libros de texto para dárselos a otro
estudiante. La bicicleta con la que había ido a clase los
primeros cursos fue recogida para ser remozada y servir
como medio de transporte a otro alumno más joven.
La última noche que pasó en casa hubo una cena
de despedida. Su hermano, seis años mayor, ya se
había marchado para hacer sus propias prácticas en
el departamento de Ley y Justicia. Solo lo veían en las
reuniones públicas; se había convertido en un extraño.
Por tanto, a esa cena no asistieron más que los tres,
ella y la unidad parental que la había criado. La pareja
rememoró algunos incidentes divertidos de la primera
infancia de su hija (un tiempo en que tiraba los za-
patos a los arbustos y volvía a casa descalza desde el
Centro de Atención Infantil). Hubo risas y ella les agra-
deció los años que habían dedicado a su educación.
—¿Te dio vergüenza que me eligieran para Bioma-
dre? —le preguntó a su padre. Ella misma esperaba en
secreto algo más prestigioso. Cuando seleccionaron
a su hermano, ella solo contaba seis años, pero fue
consciente de lo orgullosos que se pusieron todos. Ley
y Justicia se reservaba a los muy inteligentes. Ella no
había destacado en el colegio.
—No —respondió este—, confiamos en el buen juicio
del comité. Ellos saben qué se te da mejor.

10
—Y las Biomadres son muy importantes —añadió su
madre—, ¡sin ellas ninguno de nosotros estaría aquí!
A continuación le desearon buena suerte. Sus vidas
también estaban cambiando; al dejar de ser padres, se
trasladarían a vivir con los Adultos sin Hijos.
Al día siguiente caminó sola hasta la Residencia,
anexa a la Unidad de Partos, y se instaló en el cubícu-
lo que le asignaron. Desde la ventana veía su antiguo
colegio y el campo de deportes adyacente. A lo lejos
distinguía el río que bordeaba la comunidad.
Por fin, varias semanas más tarde, cuando ya se
había acomodado y empezaba a trabar amistades, la
llamaron para la inseminación.
Como no sabía qué esperar se había puesto nervio-
sa, pero cuando el trámite acabó, tan solo sintió alivio:
había sido rápido e indoloro.
—¿Ya está? —preguntó asombrada al levantarse de
la camilla cuando el técnico se lo indicó.
—Ya está. Vuelve la semana que viene para analizar-
te y certificarte.
Ella se rió nerviosamente y pensó que ojalá el folleto
que le habían dado al seleccionarla hubiese sido más
explícito.
—¿Qué es eso de «certificarme»? —preguntó.
El empleado guardó el equipo de inseminación. Pa-
recía tener prisa. Quizá hubiera otras esperando.

11
—Cuando no haya dudas de que está implantado
—explicó con impaciencia—, serás una Receptora certi-
ficada. ¿Algo más? —añadió dando media vuelta para
marcharse—. ¿No? Pues ya hemos acabado.
Daba la impresión de que había sido ayer. Pero aquí
estaba, nueve meses después, con el antifaz tapándole
los ojos. Las molestias habían empezado unas horas
antes, de manera intermitente; ahora eran continuas.
Respiró hondo, tal como le habían enseñado. Con
los ojos vendados resultaba más difícil; sentía la piel
caliente bajo el antifaz. Intentó relajarse. Aspirar y es-
pirar. Ignorar las moles… «No», pensó, «de molestias
nada. Es dolor, dolor de verdad». Reunió fuerzas para
el trabajo que la esperaba, gruñó bajito, arqueó la es-
palda y se rindió a la oscuridad.
Se llamaba Clara y tenía catorce años.

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