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La posmodernidad tendrá como eje la condición de descentrar la modernidad

Desde la última mitad del siglo XX y lo que va corrido de este, el mundo se ha transformado de manera
inusitada. Ha sido el fin de los grandes relatos que desde una visión ideológica y totalizadora de la
historia crearon el proyecto de la modernidad. Como toda ideología cada relato pretende dar una visión
verdadera de la realidad. El cristianismo, con su historia de salvación; la Ilustración del siglo XVIII con el
desarrollo científico trata de realizar el ideal de progreso; el liberalismo económico con su “mano
invisible” busca regular el mercado para disminuir las desigualdades económicas del mundo; y por
último, el comunismo, que pretendió acabar con la diferencia de clases sociales e instaurar la igualdad
económica. Todos estos mega-relatos a su manera fracasaron; buscaron la realización colectiva de la
utopía que cada una prometía. Entre las razones para entender el fracaso de la modernidad podríamos
preguntarnos si se debe al habernos propuesto metas demasiado ambiciosas o utópicas, o más bien a
planteamientos equivocados y extraños a nuestra condición humana. Sin embargo, algunas voces como
la de Habermas señalan que la Modernidad no ha fracasado en tanto que es un proyecto inacabado al
que todavía le quedan cosas por desarrollar y lograr.

Es difícil caracterizar la posmodernidad de manera precisa justamente por su complejidad y su devenir


permanente. No obstante, intentaremos una primera aproximación conceptual. A diferencia de la
modernidad, constituida por grandes relatos la posmodernidad se caracteriza por los micro-relatos, por
las pequeñas historias que ocurren cada día. Ya no existe la Historia con mayúscula sino solo la historia
particular de los sujetos. La historia ya no la hacen los grandes personajes, los pro-hombres de los que
nos habla la Historia, sino todos, cada uno de nosotros, protagonizamos de nuestras propias historias
particulares. Así mismo, el Estado, aunque sigue existiendo a pesar de la embestidas de las grandes
multinacionales, parece haberse ido debilitando como referente objetivo de la identidad individual ante
la emergencia de nuevas formas de subjetividad en las que la figura del ciudadano parece desdibujarse
ante la lógica del mercado y la tecnología; el homo videns de la cultura audiovisual (Sartori), el homo
consumens (Fromm), que prioriza la vida social a través del consumo innecesario e irracional, el nativo
digital con que se caracteriza a las generaciones nacidas en el mundo digital y los sujetos virtuales de las
redes sociales son ejemplos de esa disolución del sujeto.

Ante estas nuevas realidades surge la pregunta acerca de ¿cómo vivir en tiempos posmodernos? A
diferencia de la modernidad que se caracteriza por unas ideas rectoras hegemónicas, la posmodernidad
corresponde a lo que el filósofo Vattimo llama el pensamiento blando. Esta metáfora nos da una idea de
la maleabilidad y vulnerabilidad de este nuevo sujeto. Al respecto se abren dos perspectivas; por un
lado, la que nos hace ver al sujeto como una figura frágil, sin pasado, sin rumbo, anclado en la
inmediatez del presente, solo vive para el momento, hedonista vulgar, sin más visión de futuro que la de
su propia satisfacción, consumista cliente fiel de las multinacionales y de las promesas de salvación.
Desde otra perspectiva, la posmodernidad nos ofrece la oportunidad de liberarnos de todas las formas
de dogmatismo nocivo, afianza la pluralidad de formas de vida, promueve la diferencia, la creatividad, y
se siente cómoda con las oportunidades que brinda un mundo interconectado. No se trata de elegir esta
o aquella perspectiva, dependerá más bien de la elección de nuestros propios fines, lo que nos hará
inclinarnos por una u otra perspectiva. En este mundo en crisis el papel de las humanidades se vuelve
determinante no solo en la formación del carácter como en la determinación de nuestros fines más
humanos y valiosos.