You are on page 1of 45

La Agresión

Dependiente De
Programa
J.D. Keehn
Atkinson College York University, Toronto
CONTENIDO
EL ORGANISMO Y EL AMBIENTE

DEPENDENCIA PSÍQUICA Y DEPENDENCIA DE PROGRAMA


Los criminales y el crimen ...................................................................................................................................................................... 3

Preeminencia, frecuencia y contingencia ................................................................................................................................................ 5

Ambientes estructurales y dinámicos ....................................................................................................................................................... 8

DEPENDENCIA DE PROGRAMA Y AGRESIÓN


Respuesta de morder especificada por programa ..................................................................................................................................... 9

Privación y conducta de morder especificada por programa .................................................................................................................. 15

Conducta de morder inducida por el programa. Agresión inducida por extinción con reforzamiento positivo. ........................................... 18

La agresión inducida por dolor provocado por choques eléctricos. ......................................................................................................... 28

Efectos del programa sobre la agresión ................................................................................................................................................. 33

Historias de escape y evitación .............................................................................................................................................................. 33

Castigo contingente respecto de la agresión ........................................................................................................................................... 34

MODIFICACIÓN DE LA AGRESIÓN
La agresión como acontecimiento reforzante ......................................................................................................................................... 38

Modelamiento y evitación de la agresión ............................................................................................................................................... 41

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

2
La Agresión Dependiente de Programa

EL ORGANISMO Y EL AMBIENTE

UNA DE las primeras cosas que aprenden los estudiantes de psicología


experimental es que la introspección y la subjetividad son malas y que la
objetividad en la recolección e interpretación de los datos es buena. Cuando se
les somete a prueba, a fin de que demuestren que han entendido esto, se les
entrega una rata para que la entrenen en una caja de Skinner común. Minutos
más tarde, ya están quejándose de que al animal le interesa más rascarse que
procurarse comida, que es bruto o que está enojado, pues se ha dedicado a
morder la palanca o las varillas del piso.
Por tal motivo, se reprende suavemente a los estudiantes y se les recuerdan
los excelentes resultados que obtuvieron en sus exámenes. El recordatorio no lo
necesitan, pero el castigo lo reciben con franca incredulidad. A la semana,
vuelven a quejarse de que el animal no trabaja todavía, pero ahora surge algo
curioso. La queja se refiere a los efectos que ha tenido sobre el animal el exceso
de alimentación o a que alguna parte del aparato está fallando; pero lo que
ocurre, aunque ellos no se den cuenta, es que han pasado de observar a una rata
dentro de una caja, a observar un ambiente que dicta la conducta de un
organismo. Cuando se trata de un organismo humano es extraordinariamente
difícil hacer el cambio, lo cual se evidencia en que el estudiante se queja de la
ineptitud del profesor por haber sobrealimentado a la rata. Ante esta acusación,
lo más probable es que el profesor se muestre tan subjetivo como su alumno, y
esto nos lleva a la cuestión de la agresión dependiente psíquica y la dependiente
de programa.

DEPENDENCIA PSÍQUICA Y DEPENDENCIA DE PROGRAMA

Burt (1938) comenzó su obra sobre la delincuencia juvenil con la siguiente


descripción de un criminal:
“Una sofocante tarde de agosto, en una cocinita, mal ventilada e instalada
en un sótano, no lejos de la estación de King Cross, me presentaron a un
pequeñuelo lloroso que llevaba el poco ilustrativo y arcaico nombre (ficticio) de
Jeremías Jones. Jerry era un ladrón, un vago y un asesino. La primera vez que lo
vi tenía siete y medio años de edad; era un pequeño manojo de harapos y
aflicción y su nombre todavía aparecía en la lista de una escuela de párvulos; sin
embargo, a esa tierna edad, aparte de una larga lista de fallas menores, ya tenía
en su haber la vida de otro muchacho” (Burt, 1938, pág. 1).
La importancia de este caso reside en la clasificación de Jerry como ladrón,
vago y asesino, a lo que se agrega la preeminencia de su principal crimen. El
asesinato es un delito desmesurado en cualquier ocasión, pero en ésta se acentúa
su gravedad por la pequeñez de víctima y victimario. Todo lo conmovedor de
este asunto se vuelca en las palabras pronunciadas por un juez en un caso más
reciente:
“Señores del jurado”, ...comenzó diciendo el juez ...“es una cosa muy
amarga para cualquier tribunal el deber de tratar un caso en el cual se alega que
dos niños, uno de tres años y otro de cuatro, perdieron sus vidas asesinados. Y
aun más amargo y triste es el hecho de que los responsables hayan sido dos
niñas de once y trece años de edad, respectivamente...” (Sereny, 1972, pág. 15).
Los casos de niños asesinados por niños no son nada raros, pero los de
niños agredidos por adultos son todavía más comunes (Bakan, 1971). De la
prensa diaria, se han elegido más o menos al azar los siguientes casos:
“El sábado pasado, un niño de dos años de edad fue abofeteado, arrancado
de los brazos de su madre y arrojado al pavimento, frente al Hospital Infantil,
después de una disputa sobre la tarifa de un taxi... Anoche informó la policía
que un hombre y su esposa habían abordado un taxi para llevar al hospital a su
pequeño hijo que estaba enfermo y con diarrea. La disputa sobrevino cuando
empezaron a discutir entre sí sobre quién debería pagar el taxi.”
“Fue internada anoche en el Hospital Infantil una niña de veintiún días de
nacida en condición muy crítica, tres días después de haber sido golpeada
salvajemente. El viernes por la tarde le fracturaron el cráneo y le provocaron
extensas lesiones en la cabeza, la espalda y las asentaderas.”
“Un padre de diecinueve años de edad fue sentenciado ayer a cinco años de
prisión, después de que se confesó culpable de asesinato no premeditado
cometido en la persona de su hijo de catorce meses de edad.”
Como dice Johnson (1972):
“Anualmente, cerca de setecientos niños matan a alguien, y aproxi-
madamente la tercera parte de las víctimas está constituida por otros miembros
de la familia, pero mucho más frecuente que el asesinato entre miembros de la
familia es el maltrato y el abandono del que resultan víctimas los niños (el
síndrome del niño maltratado)”.
En esta cita se pone de relieve tanto la frecuencia como la preeminencia del
crimen; pero quizá más que ésta sea la frecuencia lo que despierta el interés de
la sociedad en el delito.
Los sistemas jurídico y judicial son mecanismos que la sociedad utiliza para
arreglar contingencias relativas al crimen. En esos sistemas se definen las
conductas criminales, se clasifican y se especifican las consecuencias de la
aprehensión. La ley se ocupa de la naturaleza del crimen. Bien puede especificar
4
La Agresión Dependiente de Programa

“ojo por ojo y diente por diente”, o quizá aún más, como cuando se aplica la
pena de muerte al rapto y a pequeñas raterías. En 1938, Burt, impulsor pionero
del “Movimiento de Guías para la Infancia”, en la Gran Bretaña, fue citado para
que expusiera argumentos en favor de un punto de vista diferente, aquel que
representase la postura del psicólogo en lugar de la del policía:
“No es en la investigación del delito, sino en la investigación del
transgresor en donde se concentran principalmente los esfuerzos (del
psicólogo)” (Burt, 1938, pág. 5).
Desde este punto de vista Burt clasificó diversos crímenes de acuerdo con
las características motivacionales, emocionales o instintivas del criminal, lo cual
se muestra en forma resumida en la tabla 3.1. Los psicólogos investigadores,
lejos de interesarse por aprehender a los delincuentes, se ocupan de las fuerzas
emocionales o las instintivas, como el hambre y el sexo, o de los estados
patológicos como la psicopatía o el sadismo. El hincapié se cambió del
cumplimiento de la ley al análisis psicológico; es decir, se desplazó del
organismo-respuesta (el delito) al organismo (el criminal)-respuesta. Este
énfasis puede describirse como el análisis de la dependencia psíquica,
conceptuada como las características de la psique que, según se cree,
determinan la ocurrencia de la conducta, incluida la delictuosa.

Aspecto lamentable que este punto de vista ha perpetuado es el de la


despreocupación por la conducta que existe antes de que sea cometido el delito.
Los niños, y también los adultos, son catalogados como delincuentes habituales
de acuerdo con la frecuencia con que sean aprehendidos, pero no
necesariamente conforme a la frecuencia con que emiten determinadas
conductas. Buen ejemplo del valor que tiene la atención cuidadosa a las
frecuencias de la conducta se encuentra en el caso de Mary Bell, aludido
anteriormente. Mary fue acusada del asesinato de dos niños, uno por
estrangulación, confirmado, y el otro probablemente de la misma manera. El
relato que hace Sereny (1972) de la vida de Mary Bell revela varios incidentes
de estrangulamiento en los que participó la niña. Estos incidentes se resumen en
la tabla 3.2, que acaso contenga sólo una pequeña parte del total, ya que se basa
en relatos hechos mucho tiempo después de ocurridos los acontecimientos.
El análisis psicológico basado en el paradigma de la dependencia psíquica
no opera libre de los acontecimientos ambientales. Naturalmente, se le presta
atención a la herencia, pero los factores históricos y contemporáneos de la
situación intervienen también en el relato. Sereny (1972) hace relatos más o
menos detallados de los antecedentes sociales y los acontecimientos históricos
de la situación de Mary Bell; y Burt (1938) hace lo propio en relación con
Jeremías Jones. Estos relatos son de enorme importancia como fuentes de
hipótesis relativas a la criminalidad y a la delincuencia social, pero su valor
como fundamentos para realizar análisis científicos de la conducta se limita si se
describen en ellos situaciones en lugar de acontecimientos de contingencias
dinámicas. La forma de vestirse que ostenta el delincuente juvenil mostrado en
la portada del libro de Burt dice mucho sobre las circunstancias que rodean a la
vida del muchacho descrito, si es que uno está al tanto de la manera de vivir que
priva entre la gente pobre de Londres (por ejemplo, Quennell, N. D.); pero la
información que comunica el siguiente comentario sobre Mary Bell (Sereny,
1972) es de clase muy diferente:
TABLA 3.1. Lista clasificada de faltas juveniles.1
1. SEXO
2. CÓLERA
a) Violencia corporal en contra de personas
i) Asesinato.
ii) Lesiones.
iii) Violencia sin uso de armas.
iv) Heridas infligidas con crueldad a niños o animales.
b) Reacciones de cólera sin violencia
i) Mal genio.
ii) Incorregibilidad.
iii) Acusaciones falsas.
iv) Insultos.
v) Crueldad.
c)
i) Perjuicios.
ii) Perj uicios dolosos.
iii) Incendios premeditados.
3. ADQUISIVIDAD
4. VAGANCIA
5. PESADUMBRE
6. INCLINACIÓN A OCULTAR O A ESCONDER.

1 Resumida de Burt, 1938, págs. 15-16.

6
La Agresión Dependiente de Programa

TABLA 3.2. Incidentes (o presuntos incidentes) de2 estrangulamiento


protagonizados por Mary Bell.
1. 11 de mayo, 1968
John G., de 3 años de edad, lesionado. “Sangrando de la cabeza” [pág. 20],
2. 12 de mayo, 1968
Cindy Hepple: me puso las manos alrededor del cuello y apretó con fuerza... La muchacha me
quitó las manos del cuello y luego hizo lo mismo con Susan [pág. 21].
3. 25 de mayo, 1968
Martin Brown, de 4 años 2 meses de edad; se le encontró muerto en una casa abandonada. Fecha
7/68. Mary dijo (a sus amigos): “Norma [Bell] rodeó con las manos el cuello de un niño; era
Martin Brown; apretó y luego lo soltó” [pág. 34],
4. 26 de mayo, 1968
“Cuando los padres de Susan oyeron el grito de ésta, salieron precipitadamente, según dijeron, y
vieron a Mary y a Susan paradas cerca de la puerta anterior de la casa. Mary rodeaba con las
manos el cuello de Susan” [pág. 31].
5. 31 de julio, 1968
Brian Howe, de 3 años 4 meses de edad, fue encontrado muerto con huellas de presión y arañazos
en ambos lados del cuello” [pág. 37].
6. 15 de agosto, 1968
Al ser devuelta a la casa en Croydon, Mary no podía dormir y estuvo gritando. Senda, según ella,
que alguien la estaba estrangulando [pág. 82].
7. 7 de diciembre, 1968
Mujer policía Jean Q., en el Centro de Detención. “Levanté la vista y vi que tenía al gato cogido
del cuello, por la parte de atrás... luego me di cuenta de que lo estaba apretando tan fuerte que no
podía respirar y estaba sacando la lengua... le dije: «no debes hacer eso; lo vas a lastimar». Y ella
me contestó: «oh, no siente nada y, de cualquier modo, me gusta herir cositas de éstas que no
pueden desquitarse»” [pág. 82].
8. Mediados de 1969
“Poco después de haber sido detenida, ella intervino, por lo menos en dos ocasiones, en la más o
menos misteriosa muerte de unos hamsters que aparecieron con heridas en sus cuellos” [pág. 222].

2 Basada en Sereny (1972).


Kindergarten, 1961 (edad, 5 años). “El profesor habló de una ocasión en
que Mary rodeó y apretó con sus manos el cuello de un niño más pequeño. «No
hagas eso, no debes hacer eso», le dijo a Mary. «Eso es malo.» «¿Por qué»,
preguntó Mary, «¿podría matarlo?», (pág. ,191).
15 de noviembre de 1967. “Mary escribió en el periódico de la escuela: «El
sábado venía del parque con Susan y la (sic) estaba llena de coches de la policía.
Me detuve a observar. Habían encontrado un bebé en una bolsa de polietileno
(sic)»” (pág. 199).
The Trial, 13 de diciembre de 1968 ...“«¿Sabes lo que es la Biblia?» «Sí,
señor.» El público no lo sabía, pero el tribunal y varios periodistas estaban
enterados de que la Biblia tenía un significado especial en la vida de Mary...
Billy Bell comunicó posteriormente: «ella tenía cinco, siempre estaba leyendo la
Biblia.» Pero lo que él no sabía es que la aparentemente hipnotizada Mary, en
una de sus biblias tenía una lista de nombres, fechas y direcciones, pegada en la
lista de sus familiares fallecidos” (pág. 96).
Como lo resume Sereny:
“Mary había sido siempre muy conspicua: durante muchos años había
golpeado, pateado, arañado y «pellizcado» a otros niños, todo con el fin de
captar la atención de la maestra... Pocos eran los que le prestaban atención. Por
lo contrario, quienes la trataban habían decidido, en su mayoría, desentenderse
de ella. Y así ella fue más lejos. Mataba pichones estrangulándolos. «No hngas
eso, Mary Bell», le decían, envolvió con sus manos el cuello de un recién nacido
que estaba en su carriola y alguien le gritó «Mary, déjalo en paz...»” (pág. 200,
las cursivas son nuestras).
En realidad, Mary había sido “siempre conspicua” y, naturalmente, empezó
a pensarse en que padecía un trastorno psíquico dependiente; pero hay otro
aspecto de las circunstancias que rodeaban la vida de Mary y que las citas
esclarecen: la atención que reclamaba y los actos de estrangulamiento que no
podían ser pasados por alto. Había contingencias, o programas de
reforzamiento, para la conducta de estrangular que estaban funcionando en la
vida de Mary.
Con base en lo anterior, Mary no es ninguna de aquellas personas que
requieren de análisis psicológicos para ser descritas, sino que es preciso
comprender el ambiente interpersonal y dinámico en que transcurren sus vidas.

El ambiente de un organismo puede describirse principalmente desde


puntos de vista topográficos o estructurales o bien dinámicamente, en función
de los efectos que tal ambiente ejerce sobre la conducta. El primero tal vez
parezca el caso más común, pero la verdad es que, con toda probabilidad, es el

8
La Agresión Dependiente de Programa

más raro. Los salones de clase son a menudo lugares faltos de estímulos
excitantes, pero cuando menos alientan la acción de dejar vagar la vista; y esto
es conducta. En cualquier forma que se considere, este es un acontecimiento
dinámico en que un cambio ambiental acompaña a la conducta. Y esta última no
es impermeable al cambio.
De ordinario, los espacios experimentales son, más o menos, topo-
gráficamente estériles; pero muestran notorias propiedades dinámicas como la
administración de comidas o de choques eléctricos, contingentes respecto de
acontecimientos temporales o conductuales. La dependencia de programa se
refiere a los efectos conductuales que producen los cambios específicos del
medio. Este término se deriva del de programas de reforzamiento (Ferster y
Skinner, 1957), que son formas de regular las contingencias entre respuestas
especificadas y cambios ambientales. El concepto de programa de reforzamiento
es el que impone la elección de dependencia de programa para describir el
ambiente dinámico que contiene a un organismo (en contraste con el concepto
tradicional de que un organismo está dentro de un ambiente) como centro del
estudio de la conducta; pero la dependencia de programa no se restringe a las
contingencias entre respuestas y reforzadores específicos. Los programas de
reforzamiento tienen efectos que trascienden su control directo sobre las
respuestas especificadas por el programa; y tales efectos entran en el concepto
de dependencia de programa.
En el caso de la agresión ilustraremos aspectos de la dependencia de
programa con algunos datos sobre tres clases de efectos de programa: los
efectos del programa directo cuando la de morder es la conducta especificada, la
respuesta de morder inducida por un programa, y los efectos dependientes de
programa en donde atacar y morder dependen de programas que han tratado de
especificar otras conductas.

DEPENDENCIA DE PROGRAMA Y AGRESIÓN

En dos experimentos anteriores, de Reynolds, Catania y Skinner (1963) con


pichones, y de Ulrich, Johnston, Richardson y Wolff (1963) con ratas, se
investigó el condicionamiento operante de la conducta de luchar. En el caso de
los pichones, se formaron parejas de estas aves, hambrientas, cada una de las
cuales fue entrenada para que picoteara a su compañera, a fin de obtener
reforzamiento consistente en grano ante una luz de un color determinado: azul o
verde. Con las ratas, a un par se le sació mientras que al otro se le privó de agua
y se le reforzó con este líquido por emitir respuestas agresivas. En ambos
experimentos hubo más conducta de luchar de la que era necesaria y pareció
consistir en dos tipos: conducta de luchar operante que no presentaba todas las
características de un “patrón instintivo” y “conducta de luchar incondicionada y
descargada” (Reynolds y colaboradores, 1963). Estos dos tipos de conducta se
asemejan a los asesinatos sin violencia atribuidos a niños asesinos como
Jeremías Jones y Mary Bell, y a las violentas golpizas propinadas por algunos
padres, con las que, acaso sin intención, matan a sus hijos.
Mis propios estudios sobre la agresión especificada por programa se han
enfocado en las conductas de morder emitidas por ratas. Surgen dos problemas
cuando se emplean pares de animales sueltos: el problema de la subjetividad al
contar las respuestas y el problema de la producción de respuestas debidas a
contrataques. Se han resuelto estos problemas empleando animales atados que
sirven de blancos (Azrin, Hutchinson y Hake, 1966), animales disecados (Flory,
1969) y objetos inanimados a propósito para recibir y registrar mordidas (Azrin,
Hutchinson y McLaughlin, 1965; Azrin, Rubin y Hutchinson, 1968). En los
presentes estudios, en lugar de la palanca normal de una cámara experimental de
Lehigh-Valley, se fijó una palanca como la que se ilustra en la figura 3.1, de
modo que las mordidas a esta palanca, y no las opresiones a ella, operaban
electrónicamente el equipo de programación y registro. Las ratas eran
mantenidas normalmente al 80% de su peso corporal y los reforzamientos
(pelotillas Noyes de 45 mg) se programaron con arreglo a varios programas de
intervalo fijo e intervalo variable, durante las sesiones diarias que duraban
comúnmente cien minutos.
En las figuras 3.2 y 3.3 aparecen los registros de la conducta acumulativa de
morder de dos sujetos, bajo programas de reforzamiento de intervalo fijo de 15
seg, 1 min, 2 min, 3 min, 4 min y 5 min. Con estos registros aparecen los
patrones festoneados característicos de los registros acumulativos de opresión a
la palanca y de picoteos a la tecla bajo los mismos programas de reforzamiento.
Aparecen también múltiples aberraciones y casos de “pasarse de largo” que, por
cierto, no son frecuentes en los registros de picoteos a la tecla (Ferster y
Skinner, 1957). No es nada clara la interpretación de los casos de “pasarse de
largo” o despegues, take-offs (Ulrich, Dulaney, Kucera y Colasacco, 1972), pues
acaso representen débil control inhibitorio de las mordidas operantes por parte
de los estímulos asociados con el inicio de intervalos o tal vez constituyan
ejemplos de mordidas agresivas que son reforzantes de por sí. Azrin,
Hutchinson y McLaughlin (1965) demostraron que morder es reforzante en el
sentido de que los monos con los que trabajaron jalaban una cadena, si con esto
hacían que cayera una pelota de tenis a la cual podían morder.

10
La Agresión Dependiente de Programa

FIGURA 3.1. Un microinterruptor colocado dentro de la palanca se cierra cuando sus dos superficies,
superior e inferior, entran en contacto por presión. Las opresiones a toda la palanca cierran otro
microinterruptor.

Que las mordidas registradas en las figuras 3.2 y 3.3 pertenecen a más de
una clase lo sugieren los trabajos hechos con pichones que han presentado
efectos de automoldeamiento (Brown y Jenkins, 1968). En la figura 3.4 se
presentan los picotazos acumulativos de dos pichones a los que se les administró
grano con respecto a un programa de intervalo variable de sesenta y cuatro
segundos independiente de la respuesta, y en donde la luz de la tecla se encendía
4, 8, 12 o 20 segundos antes de la presentación de la comida. En la figura 3.5 se
muestra el efecto obtenido con uno de estos pichones al hacer que la entrega del
grano dependiese de la respuesta. Esta prueba se realizó en condición temporal
de doce segundos de luz encendida y el resultado fue que aumentó la latencia de
la respuesta media con respecto a la luz y la tasa de la respuesta media. El
incremento de la tasa de respuestas se debió al hecho de que más movimientos
de picoteo, previamente sin dirección, se encauzaron ahora hacia la tecla. El
incremento de la latencia sugiere que las respuestas de latencia más breve en la
condición de independencia de la respuesta no fue producto de coincidencias
accidentales de picoteo al azar con las presentaciones de la comida.
El trabajo de Schwartz y Williams (1972) indica que no todos los picotazos
a la tecla, que se dan en los experimentos de esta clase, tienen por qué estar
sometidos a una sola fuente de control, esto es, dentro de la misma categoría
funcional o topográfica. Demostraron que, en condición de mantenimiento
autonegativo, el que los pichones pospusieran las entregas del grano, los
picotazos duraron menos que en aquellas condiciones en que los picotazos no
ejercían ningún efecto sobre el programa de entrega del grano.
12
La Agresión Dependiente de Programa
14
La Agresión Dependiente de Programa

Fundándose en una serie de experimentos, Schwartz y Williams (1972)


llegaron a estas conclusiones:
1. Hay dos clases de picotazos a la tecla, los cuales pueden diferenciarse por
su duración.
2. Los picotazos a la tecla, de automantenimiento negativo, son todos de
duración breve.
3. Los picotazos a la tecla mantenidos por programas de reforzamiento
comunes son de larga y de corta duración, pero predominan los primeros.
4. Los picotazos iniciales a la tecla, mantenidos por todos los procedimientos
apetitivos examinados, son de breve duración.
5. Los picotazos de duración breve son insensibles al reforzamiento
diferencial, mientras que los de larga duración sí reaccionan a este tipo de
reforzamiento (pág. 213).
Es posible que los picotazos de corta duración sean de clase agresiva
(Schwartz y Williams los denominan efectos directos de la presentación de la
comida para diferenciarlos de los efectos contingentes de la presentación de la
misma), posibilidad apoyada por las conductas emocionales de batir las alas y
estirar el cuello, emitidas por pichones durante sesiones de entrenamiento de
automoldeo. Si este es el caso, los registros acumulativos de los picotazos a la
tecla dados por pichones podrían confundirse entonces con los de los picotazos
operantes y los de agresión. Los registros de conducta de morder, que aparecen
en las figuras 3.2 y 3.3, pueden confundirse de la misma manera. Otra prueba
sobre este punto se presentará posteriormente en el caso de las ráfagas de
respuestas en programas de evitación de Sidman (1953).

Otra manera de evaluar el aspecto de autorreforzamiento que presenta la


conducta de morder consiste en atender al control ejercido por la privación de
comida. Toda respuesta que no tiene propiedades reforzantes intrínsecas como
se supone en el caso de opresiones a la palanca y picotazos a la tecla, variaría de
tasa conforme a la cantidad de peso perdido. Si la conducta de morder se apoya
en factores independientes de su función de proveer de comida, permanecería
entonces a una tasa elevada aun cuando se redujera la pérdida de peso. En rea-
lidad, la tasa de morder para obtener comida decreció conforme se incrementaba
el peso corporal, del 80 al 95%, cuando se reforzó a dos ratas durante varias
sesiones conforme a un programa de intervalo variable de 1 min. Los datos de
sesión se muestran en la figura 3.6.
16
La Agresión Dependiente de Programa

Valor del IF(min)


FIGURA 3.8 Promedio de mordidas por pelotilla de comida (círculos claros) en los programas de
reforzamiento de intervalo fijo que se indican, hasta 5 min en condiciones normales y en condiciones
de “extinción” (X4), cuando el reforzamiento se administraba a intervalos fijos de 3 min, indepen-
dientemente de la respuesta de morder. Todos los valores corresponden a promedios de 5 sesiones.
Los círculos rellenos son promedios de consumo de agua inducido por programa.
FIGURA 3.9. Registro acumulativo característico de la respuesta de morder la palanca. Las mordidas
fueron reforzadas a intervalos fijos de un minuto hasta donde lo indica la flecha y, de ahí en adelante, ya no
se reforzaron más.
En la figura 3.8 se muestra el efecto de hacer innecesario el morder la barra para
producir la comida. El animal (X4) que recibió bolitas de comida en forma libre
mostró una disminución del morder la barra a lo largo de las 15 sesiones
descritas en la figura; mientras que el sujeto control que todavía tenía que
morder para la comida, mantuvo su tasa de mordisqueo durante el mismo
periodo. Cuando se utilizó el procedimiento convencional de extinción de no
reforzar el morder la barra, el mordisqueo se extinguió rápidamente, como se
describe en la figura 3.9 en el caso del animal X2. Durante los primeros 25
minutos de la sesión de 90 minutos mostrada en dicha figura, se programaron
las bolitas de comida para morder la palanca en intervalos fijos de un minuto.

Azrin, Hutchinson y Hake (1966) reportaron agresión inducida por el programa,


utilizando pichones en una cámara experimental que contenía un ave “objetivo”,
así como los manipulando acostumbrados y el mecanismo alimentador. En dos
experimentos, con un ave amarrada y la otra libre, no se dieron reforzamientos a
ninguna de ellas. Entonces, durante varias sesiones se entrenó al ave libre con

18
La Agresión Dependiente de Programa

un programa múltiple de reforzamiento en que se alternaron los periodos de


extinción y reforzamiento, ya fuesen dependientes de la respuesta o
independientes de la misma. El programa múltiple indujo en varias aves
conducta de luchar que no se había presentado cuando la comida no estaba
disponible. Y ese luchar ocurrió, principalmente, cuando estuvieron en efecto
los periodos de extinción. Se han publicado resultados semejantes obtenidos con
monos (Hutchinson, Azrin y Hunt, 1968) y con ratas (Thompson y Bloom,
1966).

Los periodos de extinción explícita no son necesarios para que se manifieste


la agresión inducida por programa, ni tampoco el reforzamiento depende de una
respuesta especificada. Flory (1969a) empleó un arreglo experimental semejante
al de Azrin, Hutchinson y Hake (1966) salvo en que el blanco era un animal
disecado, dispuesto de tal manera que se cerraba un microinterruptor siempre
que la cabeza de tal animal era atacada con una fuerza de treinta y cinco gramos
o más. Los sujetos fueron dos pichones a los que se presentó comida durante
cuatro segundos, a cada quince, treinta, sesenta, ciento veinte, doscientos
cuarenta, cuatrocientos ochenta o novecientos sesenta segundos, con la
condición de que las presentaciones de la comida no ocurrieran dentro de los
quince segundos siguientes a un ataque, para impedir el condicionamiento
supersticioso (Skinner, 1948).

Los resultados de las frecuencias de los ataques de acuerdo con los


intervalos transcurridos entre la administración de la comida aparecen en la
figura 3.10. Estos ataques, informa Flory, ocurrieron inmediatamente después

20
La Agresión Dependiente de Programa

de las presentaciones de comida, o al principio de los intervalos transcurridos


entre dichas presentaciones. Los resultados de Flory acerca de picotazos
agresivos emitidos por pichones se asemejan estrechamente a los de la conducta
de beber inducida por programas encontrados con ratas (Falk, 1961, 1966). La
figura 3.11 contiene datos sobre la conducta acumulativa de lamer de una rata
reforzada con 45 mg de pelotillas de comida Noyes en varios programas de
reforzamiento de intervalo fijo. Muestra también que el beber ocurre
principalmente después de los reforzamientos y difícil mente en otras ocasiones;
asimismo, que el beber dura más a medida que aumenta el intervalo entre
reforzamientos; sin embargo, como se describe en la figura 3.12, esto tiene
ciertos límites. Hay una relación bitónica entre el beber inducido por programa
y el intervalo entre administración de pelotillas de comida, semejante al
encontrado en ¿ caso de la agresión inducida por programa; pero ya se han
publicado muchos hallazgos de este tipo (Falk, 1966; Flory, 1971; Hawkim
Schort, Githens y Everett, 1972).
En la figura 3.12 se aprecia una distinción entre dos clases de conducta de
lamer que tal vez se relacionen con la distinción antes mencionada, entre los
picotazos a la tecla directos y los controlados por la comida administrada de
manera contingente; esta distinción fue hecha por Schwartz y Williams en un
experimento con pichones (1972). Por otra parte, beber después de haber
comido sería un efecto directo de la comida (en realidad de la falta de ésta) y
beber durante los intervalos entre una y otra administración de comida, que
ocurre hacia el final de estos intervalos, sería la contingencia controlada (Segal,
1969).
En los experimentos de morder especificado por programas descritos antes,
la conducta de morder después de comer, inducida por programa, no ocurriría,
como lo indican los registros acumulativos escalonados de las figuras 3.2 y 3.3.
Existieron, sin embargo, oportunidades para que ocurriera el beber inducido por
programa, pues las botellas de agua estuvieron siempre accesibles. Se encontró
el beber posterior a la administración de comida característico, como se muestra
en la figura 3.13, salvo que esta conducta no dio paso al beber en los intervalos
entre comidas durante los intervalos largos entre admi¬nistración de comida, y
la conducta de beber no se relacionó bitóni- camente en el intervalo entre
administración de comida (véase la fig. 3.12). Cuando se programaron
reforzamientos por opresiones a la palanca, y no por mordidas a ésta, se
obtuvieron registros de beber inducido por programa como los que aparecen en
la figura 3.14.
FIGURA 3.12. Consumos de agua medios por pelotilla de comida y porcentaje promedio de
intervalos entre alimentación en que la respuesta de beber ocurría dentro de los 10 seg de
reforzamiento (bebidas posalimentación, círculos negros) y por lo menos 10 seg después de comer o
de beber (bebidas entre alimentación, círculos claros), en tres sesiones posteriores a la estabili-
zación, de acuerdo con cada uno de los programas de reforzamiento de intervalo fijo planeados al
efecto. (Tomada de Keehn y Colotla, 1971, con autorización.)

22
La Agresión Dependiente de Programa
Indudablemente las complejas relaciones que existen entre las propiedades
topográficas y dinámicas del ambiente determinan la manera cómo ocurrirán el
beber y el morder inducidos por programa, así como otras conductas, pero hay
que atender también a los factores filogenéticos. Keehn (1963), al estudiar las
pausas por reforzamiento en programas de reforzamiento de razón fija con ratas
Maudsley reactivas (MR) y ratas no reactivas (MNR) de la misma cepa
(Broadhurst, 1960; enero de 1963), notaron que los animales MNR casi siempre
bebían entre reforzamientos mientras que los sujetos MR comúnmente mordían
la palanca. Esta observación se comprobó en un experimento en que se reforzó a
tres animales de cada variedad por oprimir la palanca conforme a un programa
de intervalo fijo de un minuto en cámaras experimentales Lehigh-Valley,
equipadas con botellas de agua y palancas para morder como la ilustrada en la
figura 3.1. En las figuras 3.15 y 3.16 se presentan los datos relativos a la manera

24
La Agresión Dependiente de Programa

de beber de ambas variedades: las MNR (R4, R5, R6) lo hicieron regularmente
durante los intervalos entre reforzamientos, las MR (R1, R2, R3) lo hicieron
erráticamente y a un nivel mucho más bajo.

La figura 3.17 contiene datos comparativos basados en el total de veces


diarias que lamieron los individuos de ambas variedades. Ahí se aprecia
claramente que la diferencia entre las maneras de beber de ambas variedades se
desarrollaron rápidamente, y que desde los primeros días no hubo coincidencias
en lo que respecta al consumo de cada una de ellas.

26
La Agresión Dependiente de Programa
Los registros de la conducta de morder diaria, que aparecen en la figura 3.18, no
son tan regulares. Todos los animales mostraron conducta de morder que se
elevó hasta alcanzar un máximo y luego descendió, salvo en el caso del sujeto
MR R2. En un estudio de la conducta de morder la palanca, durante
condicionamiento de evitación de Sidman, Pear, Moody y Persinger (1972,
véase adelante) notaron también que la conducta de morder la palanca se elevó
hasta llegar a un máximo y luego declinó. La naturaleza errática de la conducta
de morder inducida por programa, emitida por animales individuales en una
sesión, se ilustra en las figuras 3.19 y 3.20. En contraste con el morder, el beber
inducido por programa es regular y predecible (Keehn y Colotla, 1970).

Es posible inducir mucha más conducta de morder regular administrando


choques eléctricos periódicos, mediante alimentación periódica, aunque en este
caso se mantiene a los animales en una posición más restringida. Un tubo
restrictor para ratas, que les aplica choques eléctricos en la cola, es descrito por
Azrin, Rubin y Hutchinson (1968). Estos investigadores usaron un blanco de
madera y otro de hule, así como una barra para morder por el estilo de la
mostrada en la figura 3.1, pero sin palanca para morder. Su procedimiento
general consistió en administrarles a las ratas choques eléctricos en la cola cada
diez segundos durante los veinte minutos intermedios de las sesiones de sesenta
minutos. La figura 3.21 es un registro acumulativo de la conducta de morder, el
cual fue obtenido al trabajar con una rata y un blanco de hule. Este blanco,
según informaron, era inferior al de madera en cuanto a su capacidad para
inducir la conducta en cuestión, pero superior a la palanca de metal, con
respecto a la cual las ratas alcanzaron un promedio de únicamente cuatro

28
La Agresión Dependiente de Programa

mordidas por minuto. Es posible que este morder errático inducido con
reforzamiento positivo esté en función del blanco usado y no del tipo de
reforzamiento, pues morder el hule tal vez proporcione una retroalimentación
más favorable para futuras acciones de morder, que la proporcionada por la
palanca metálica.
El empleo de un trozo de manguera como estímulo para estudiar la conducta
de morder inducida por dolor fue iniciado por Hutchinson, Azrin y Hake (1966).
Trabajando con monos, se mostró que el morder el manipulando constituido por
un trozo de manguera variaba legalmente con el voltaje de los choques
eléctricos aplicados a la cola de los animales (Hutchinson, Azrin y Renfrew,
1968) y con el intervalo entre uno y otro choques. En la figura 3.22 se ilustra la
regularidad del morder inducido por dolor conforme el voltaje varía de setenta y
cinco a doscientos voltios (Hutchinson y Emley, 1972); pero con la exposición
constante a choques repetidos surge un nuevo patrón de conducta, en donde el
morder prosigue durante el intervalo entre choques, como se aprecia en la figura
3.23. El festoneado que presenta esta figura se asemeja al patrón conductual
mantenido por programas de reforzamiento positivo de intervalo fijo. Parece
ejemplificar también las respuestas condicionadas de manera clásica,
originalmente producidas por choques eléctricos. En apoyo de esta apreciación,
Hutchinson y Emley (1972) publicaron un experimento sobre conducta

30
La Agresión Dependiente de Programa

condicionada clásicamente de morder, producida por una luz parpadeante; pero


posteriores intentos por condicionar clásicamente conducta de morder en ratas
han terminado en el fracaso (Creer, Hitzing y Schaeffer, 1966; Vemon y Ulrich,
1966). La diferencia puede estar en función de las especies, monos en
contraposición a ratas, especificación de las respuestas, morder una manguera
en contraste con morder a un blanco vivo, o luz como estímulo condicionado en
contraposición a sonido.
Minutos

FIGURA 3.23. Conducta de morder una manguera, inducida por choques eléctricos, de un mono ardilla
al que se le aplicaron brevemente voltajes de 400 voltios a intervalos de 240 seg. En la esquina inferior
derecha aparece amplificado un segmento característico de la conducta de morder entre choques, en
donde se aprecia una ráfaga de respuestas de morder a medida que se aproxima el momento del choque.
(Tomada de Hutchinson y Emley, 1972, con autorización.)
El responder antes y después del choque tiene que ocurrir forzosamente en
el mismo manipulando. Hutchinson y Emley (1972) comunicaron el
descubrimiento accidental de que, si hay una palanca, algunos monos la
oprimirán durante los intervalos entre uno y otro choques. En estos casos, las
opresiones a la palanca (que no son funcionales) muestran curvas festoneadas de
respuestas acumuladas que se aceleran hasta el momento en que ocurre el
choque, mientras que las mordidas a la manguera muestran “ráfagas”
características por choque.
Hake y Campbell han publicado datos que confirman estos resultados
(1972). Empezaron condicionando respuestas de opresión a la palanca conforme
a un programa de reforzamiento negativo de intervalo fijo (terminación del
choque con respecto a un programa de IF) y luego agregaron una manguera para
ser mordida como segundo manipulando. Al igual que Hutchinson y Emley

32
La Agresión Dependiente de Programa

(1972), encontraron una tasa creciente de responder manual hasta el momento


inmediatamente antes del choque, en que se presentaba un efecto de supresión
condicionada y una breve ráfaga de morder posterior al choque. Esta conducta
se asemeja al mantenimiento de la conducta por choques eléctricos producidos
por la respuesta, que es lo que han debatido Hutchinson y McKearney (1972).
Ejemplo final del morder inducido por choques eléctricos es la ráfaga de
respuestas que se presenta después de los choques en el entrenamiento de
evitación de Sidman (Sidman, 1958). Pear, Moody y Persinger (1972) diseñaron
una palanca para morder a fin de observar si estas ráfagas consistían en
mordidas a la palanca en lugar de opresiones a esta. Demostraron que ocurrían
ambas clases de respuestas con lo que se confirmaba el informe anterior de
Boren (1961), de que las ráfagas de respuestas posteriores al choque en los
programas de evitación de Sidman pertenecen a una clase diferente a la de las
respuestas que ocurrieron posteriormente en los intervalos entre el choque y la
respuesta. Boren (1961) separó las dos clases de respuestas modificando la
posición de las palancas; Pear y colaboradores (1972), por la topografía de la
respuesta.

Los programas de reforzamiento mantienen la conducta y ésta así mantenida


puede ser más o menos impermeable a efectos extraños.
Es muy sabido, por ejemplo, que la conducta mantenida por programas de
reforzamiento de razón es a menudo difícil de interrumpir (Sidman, 1960) y que
ciertas drogas tienen efectos diferentes sobre la conducta de acuerdo con el
programa de reforzamiento que esté en acción (Dews, 1956; McKearney, 1972).
En lo tocante a las interacciones del programa con la agresión, son concebibles
dos grandes clases de efectos: los efectos históricos en que se comparan los de
la experiencia anterior sobre la ejecución que se está desarrollando conforme a
un programa estándar; y los efectos contemporáneos, en que se comparan los de
un procedimiento estándar; por ejemplo, el de castigo, con otros programas
contemporáneos de mantenimiento. Proporcionaré a continuación, ejemplos del
primero y de un caso intermedio en que se compararon los efectos del castigo
intermitente y continuo sobre la agresión.

La inducción de conducta de luchar por medio de estímulos dolorosos


puede tener efectos ventajosos si el estímulo provoca la lucha en contra del
agresor responsable del dolor. En otras circunstancias el luchar reflejo puede
tener resultados perjudiciales. Ulrich (1967) entrenó ratas individualmente para
que presionaran una palanca a fin de terminar con un choque eléctrico doloroso
y luego las probó, por pares, con objeto de determinar cuál de las ratas era capaz
de detener el choque. Esto no mejoró, sino que deterioró la ejecución; pues en
lugar de hacer terminar el choque cuando aparecía, los animales luchaban
cuando uno de ellos oprimía la palanca. Resultado semejante fue el obtenido por
Logan (1972) con un procedimiento de evitación señalizada. Logan comunicó
que la ejecución de hacer girar la rueda en un programa de evitación se deterioró
porque “una rata macho y dominante mantiene atrapada de la cabeza a otra
pequeña y sumisa, y le impide llegar a la rueda... Y luego, cuando la rata dócil
finalmente hace girar la rueda y el choque cesa, la rata dominante vuelve a
agredirla muchas veces” (Logan, 1972, pág. 1059). Una característica del
hallazgo comunicado informalmente por Logan es la de que la agresión ocurrió
al terminar el choque, característica que no se nota cuando la conducta de luchar
se presenta como respuesta a choques periódicos y breves.
El efecto de las historias previas de cheques evitables e inevitables sobre la
conducta de luchar inducida por choques eléctricos, se estudió en un
experimento de Francisco y Schneiderman (1972) que se realizó en dos etapas.
Los sujetos fueron dos grupos de cuatro ratas blancas. En la etapa 1 todos los
animales pertenecientes a un grupo fueron expuestos a choques de 2.5 MA de
0.5 seg de duración a intervalos de tres segundos (intervalo Ch-Ch), a no ser que
uno de los sujetos, un “evitador” aislado, oprimiera una palanca, en cuyo caso el
choque se aplazaba veinte segundos para todos los miembros del grupo. Los tres
sujetos restantes, uno aislado y una pareja, no tenían ningún control sobre el
choque. En la etapa 2 del experimento se sometió a prueba a los sujetos,
agrupados en varias combinaciones de pares, con resultados que difirieron de
acuerdo con los papeles desempeñados por los animales en la etapa 1. Hubo más
peleas cuando ocurrieron los choques entre los pares de ratas originales que
tenían historias de luchar en la etapa 1, particularmente cuando en esta etapa 2,
se formaron pares de luchadores dominantes y no dominantes (uno de cada
grupo de cuatro). Los evitadores, que podían continuar desempeñando su papel,
lucharon un poco menos. De todos los animales, los que presentaron menos
conducta de luchar fueron los pares de sujetos no dominantes, no responsivos y
los evitadores. El experimento demuestra que la agresión inducida por choques
es un fenómeno modificable de acuerdo con las historias preexperimentales
anteriores a una prueba estándar.

¿Puede controlarse la conducta de luchar inducida por dolor, mediante


acontecimientos aversivos consecuentes? La respuesta parecería ser negativa
hasta donde se esperase que el castigo produjera más agresión, y hasta donde los

34
La Agresión Dependiente de Programa

animales que una vez evitaron los choques lucharan cuando no pudiesen
evitarlos aunque esto condujese a más choques; sin embargo, los resultados
obtenidos con evitadores pareados, comunicados por Powell y colaboradores
(1972), muestran que la conducta de luchar puede decrecer con el
entrenamiento; y Myers y Baenninger (1966) demostraron que los ataques en
contra de ratones, efectuados por ratas, quedaron suprirñidos mediante choques
contingentes con la respuesta.
Ulrich y colaboradores (1972), trabajando con monos araña (Saimirí
sciureus), lograron suprimir la conducta inducida por choques, de morder una
manguera, aplicándoles en la cola a sus sujetos choques contingentes a la
respuesta; pero a veces se presentó facilitación de la respuesta de morder. La
facilitación apareció cuando el castigo de la conducta de morder era intermitente
y cuando se usaron dos mangueras para morder, en una de las cuales se
castigaba tal conducta mientras que en la otra no. En este caso ocurrieron tasas
elevadas de morder en una de las mangueras cuando morder en la otra era
castigado.
En la figura 3.24 se presentan datos de muestra tomados de Ulrich y
colaboradores (1972). Al sujeto, un mono, durante cada sesión se le aplicaron
primero diez choques eléctricos de trescientos voltios en la cola, con una
frecuencia de uno cada cinco minutos, en veintitrés sesiones con dos mangueras
de morder distintas, una a la izquierda y otra a la derecha de su cabeza. Desde la
sesión 24 a la 112, las mordidas a la palanca más atacada previamente fueron
castigadas de manera inmediata con choques de seiscientos voltios. Las
mordidas a la palanca postergada no tuvieron efecto. En la tercera fase del
experimento se interrumpieron los choques de castigo. En la figura 3.24, las
mordidas a la manguera diferente se muestran con marcas diagonales sobre los
registros acumulativos, las mordidas a la otra manguera no están marcadas y los
choques están indicados con puntos sobre los registros. El registro de la parte
superior de la sesión 5, mues¬tra que después de los choques ocurrieron noventa
y tres mordidas casi todas en la palanca preferente. Los registros segundo y
tercero de las sesiones de castigo 24 y 72 muestran tasas muy elevadas de
morder la manguera, con más mordidas en la palanca postergada, y a me¬nudo
y continuamente en los intervalos entre choques. Los cuatro registros de la parte
inferior, de las sesiones 127, 136, 170 y 211, cuan¬do se dejó de aplicar el
castigo, muestran un retomo gradual al patrón que prevalecía antes que se
comenzaran a castigar las respuestas.
36
La Agresión Dependiente de Programa

La agresión inducida por programas de reforzamiento positivo es fácil de


castigar con sólo retirar el reforzamiento (tiempo fuera), y así también
administrando choques dolorosos. Con el arreglo experimental estándar de
Hutchinson, Azrin y Hake (1966), Flory (1971) reforzó a dos monos privados de
comida con pelotillas de ésta, conforme a programas de razón fija de cincuenta
o veinte respuestas por pelotilla, durante los cuales ocurrió conducta de ataque
estable. Seguidamente, se retiraba durante diez segundos la palanca que
producía comida. Si, durante este periodo, se atacaba al tubo de morder de
goma, el intervalo de tiempo fuera aumentaba hasta que transcurrían diez
segundos sin que se presentaran más ataques, y en ese momento volvía a
introducirse la palanca que producía la comida. En esa condición de tiempo
fuera, uno de los monos mordió menos y el otro más que en la condición de
línea-base; pero cuando los tiempos fuera duraron más, 30 seg en un caso y 60
en el otro, las frecuencias de los ataques se redujeron en ambos animales. Como
observó Flory (1971), la contingencia de tiempo fuera es en realidad
Reforzamiento Diferencial de Otra Conducta (RDOC), distinto de la de atacar al
tubo de hule. Este procedimiento para controlar la agresión lo usaron también
Reynolds, Catania y Skinner, (1963), quienes hicieron que sus sujetos, una
palomas, dejaran de luchar reforzándolas por trasladarse a las esquinas opuestas
de una caja. Powell y colaboradores (1972), en el experimento descrito antes,
proporcionaron igualmente testimonios que sugieren que la agresión se reduce
con la adquisición de una conducta incompatible.
Los procedimientos de tiempo fuera se han aplicado en instituciones
infantiles para reducir la conducta agresiva (Bostow y Bayley, 1969; Corte,
Wolf y Locke, 1971). Todavía no se han realizado comparaciones sistemáticas
de los efectos de los tiempos fuera de conducta agresiva inducida por diversos
programas de reforzamiento positivo; pero como los programas de
reforzamiento de intervalo fijo (Cherek y Heistad, 1971), los de reforzamiento
diferencial de tasas elevadas (Knutson y Kleinknecht, 1970), los de tiempo fijo
(Flory, 1969a), y los múltiples (Hutchinson, Azrin y Hake, 1966; Hutchinson,
Azrin y Hunt, 1968; Flory, 19696), así como los de razón fija, en su totalidad
inducen conducta agresiva, son muy claras las posibilidades de estudiar
directamente los efectos de un procedimiento estándar (el de tiempo fuera)
sobre la conducta agresiva mantenida por diferentes programas de
reforzamiento.
El valor de atender a las propiedades dinámicas del ambiente, en lugar de
limitarse a las cualidades físicas de los organismos, no se ha demostrado lo
suficiente en el estudio de la agresión. Cada vez se comprenden más los
ambientes que acrecientan y suprimen los ataques de conducta de morder y son
de citarse aquí las diferencias entre las conductas agresivas especificadas por
programa y las inducidas por éstos. La investigación necesita concentrarse ahora
en las interacciones entre los programas de acontecimientos ambientales que
mantienen y suprimen conductas, como fundamentos para construir tecnologías
destinadas a controlar y modificar las conductas destructivas y agresivas de
ambos tipos.

MODIFICACIÓN DE LA AGRESIÓN

Participación
Poner de relieve el papel del ambiente en el control de la conducta no es
dejar de considerar por completo al organismo. Después de todo, es un
organismo el que se está conduciendo y algunas de sus formas de conducta
pueden ser funcionalmente autorreforzantes. Los datos del experimento con
ratas sobre la conducta de morder una palanca especificada por programa dan
pocas pruebas del “despegue” de la conducta del control de la comida
administrada en forma contingente; pero como observaron Reynolds y
colaboradores (1963), y como yo he tratado de demostrarlo con otros ejemplos,
el luchar controlado por contingencias tal vez difiera del luchar incondicionado
y producido. Azrin, Hutchinson y McLaughlin (1965) mostraron que la
oportunidad para morder ante un choque productor de dolor reforzó una
respuesta arbitraria de jalar una cadena, y los ejemplos tomados de la conducta
humana que dan también la impresión de conducta de luchar placentera se
muestran en las figuras 3.25 y 3.26. En la figura 3.27 se da un ejemplo de
violencia humana realizada en nombre de la autoridad; pero hay muchos otros
ejemplos, de todas partes del mundo, que aparecen diariamente en la televisión
y en las fotografías de los periódicos. En contraste con los ejemplos tomados del
deporte, en estos casos se aprecian la brutalidad y la frecuencia exageradas,
características de todas las conductas inducidas por programa (Falk, 1972).
Zimbardo (1969) escribe varios casos palpables de aspectos reforzantes (en
el sentido de placenteros o satisfactorios) de la violencia y el vandalismo
humanos. Cita el informe periodístico de una interrogante militar de prisioneros:
“Primero pegas para volverte loco, luego pegas porque ya lo estás, y al último
por el puro placer de hacerlo” (Zimbardo, 1969, pág. 244). En un caso
experimental, después de que los experimentadores, “cebaron” la situación, un
coche abandonado fue destruido a golpes de mandarria:
“Tan pronto como alguien comenzaba a blandir el mazo, ya era difícil
lograr que se detuviera para pasárselo al siguiente par de manos ansiosas... Un
38
La Agresión Dependiente de Programa

estudiante saltó al techo y comenzó a bailotear violentamente sobre él, dos se


pusieron a sacar de sus goznes las puertas, otro la emprendió a mazazos con el
motor y la cubierta de éste, mientras que el último rompía todos los vidrios.. .
Los participantes reportaron después, que sentir que el metal o el vidrio cedía
bajo la fuerza de sus golpes era estimulante y placentero. Los observadores...
quienes daban gritos de que pegaran más fuerte y aplastaran, finalmente se
unieron también ...”
(Zimbardo, 1969, pág. 290, las cursivas son nuestras.)
Observación
En los seres humanos, la participación directa en la violencia puede ser menos
reforzante que la observación de ella o de sus efectos. El boxeo como deporte
popular, y diversiones como azuzar con perros a osos cautivos, las peleas de
gallos y las ejecuciones públicas, no carecieron de público en su época. Las
películas modernas en que la violencia es el protagonista principal atraen
enormes multitudes, al igual que los espectáculos de matanzas realizadas por
gladiadores, que se acostumbraban en la antigua Roma.

FIGURA 3.26. Primero pegas por


volverte loco, luego, pegas porque ya lo
estás, y al último por el puro
placer de hacerlo. (Litografía del siglo
XIX, hecha por Géricault que representa
a dos boxeadores. Reproducida en A.
Hyatt Mayor, Prints and people.)
La observación de la violencia humana suprime la participación real; pero la
participación en la violencia de los tiempos modernos a menudo es suprimida de
la ejecución de actos violentos o de presenciar los efectos de éstos. En la
Segunda Guerra Mundial, los violentos discursos de Winston Churchill tendían
más a fortificar a los ingleses en su determinación de continuar una guerra larga
y aparentemente sin recompensa, que a excitarlos para que cometieran ataques
físicos reales. Las palabras que Shakespeare pone en labios de Henry V, cuando
éste se encuentra en el campo de Agincourt fueron escritas para lograr otro
efecto muy distinto:
En la paz. no hay nada que convenga más al hombre
Que la humildad y la quietud sin pretensiones;
Pero cuando el toque de guerra llega a nuestros oídos
Hay que adoptar entonces la actitud del tigre:
Poner en tensión los nervios, encender la sangre,
Infundir a los ojos terrible mirada.
Ahora, mostrad los dientes y desencajad las aletas de la nariz.
¡ Contened el aliento y elevad el espíritu A su mayor altura! ¡Adelante, adelante, vosotros,
lo más noble de Inglaterra!
(Henry V, Acto 39, escena H)

40
La Agresión Dependiente de Programa

En ambos casos, el de la poesía de Shakespeare y el de la prosa de


Churchill, las palabras mantienen sus efectos reforzantes más allá de los límites
de sus intenciones originales. Aparte de lo poético, dos cosas son importantes en
la arenga de Henry. La primera es que tales palabras habrían sido superfluas si
los hombres ya hubiesen sido guerreros y listos para realizar los actos propios
de la guerra; la segunda, que especifica técnicas conductuales para inducir
belicosidad; y éstas técnicas se han anticipado a la teoría de James-Lange de la
emoción y de la imitación de la agresión.

Las dos clases principales de teorías sobre la agresión, las de la reactividad y las
de la espontaneidad (Eibl-Eibesfeldt, 1970), poseen testimonios en favor, pero
ambas son incompletas; pues la agresión especificada por programa y la
inducida por éste están bajo diferentes fuentes de control; sin embargo, ninguna
teoría necesita concentrar su atención en cualidades intrapsíquicas como
determinantes de la conducta de luchar; pues el luchar, como otras conductas
agresivas, está siempre bajo el control ambiental. El problema del control de la
agresión estriba en si es mejor arreglar contingencias ambientales de modo que
nunca ocurran respuestas agresivas, que hacer los preparativos para tomar
medidas de contracontrol a fin de suprimir la conducta agresiva cuando
aparezca. En la actualidad, es imposible resolver totalmente esta cuestión, pero
sí es posible asegurar que la agresión es un fenómeno controlable. Lo único que
hace falta entender es que depende completamente de circunstancias
ambientales, y de las pruebas examinadas en párrafos anteriores parece ser que
los ambientes que apoyan conductas incompatibles con la agresión representan
las circunstancias más prometedoras para llegar a controlar la agresión.
En el caso de la agresión humana, queda por resolver el grado en que,
reforzando la observación de agresiones se fortalecen conductas distintas de las
de participar en la agresión; o bien se proporcionan modelos para el
moldeamiento de la conducta agresiva en sí. Hay muchas pruebas en favor de
este último (Bandura y Walters, 1963); pero queda abierta la posibilidad de que
la conducta que se modela, como la de morder, especificada por la respuesta en
ratas, monos y palomas, sea algo menos que las conductas instintivas
determinadas filogenèticamente, observadas en la invasión y defensa de
territorios.
Concluiremos con un comentario de Nathan Mirón (1966) sobre el control
punitivo de la agresión:
“Una mañana, me propuse corregir de una vez por todas la agresividad de
una de las pacientes; me valí de la botella lanza chorros, y la respuesta fue tan
inmediata y reforzante que de pronto me encontré, con la botella en la mano,
observándola atentamente. Los espectadores comentaron que parecía como si yo
estuviese «acechando» a la paciente, previendo la oportunidad de usar otra vez
mi «arma». Debo admitir la sorpresa que sentí al darme cuenta de la leve
decepción que me invadía cuando la conducta prohibida ya no dio muestras de
volver a presentarse” (pág. 9).
Reconocemos aquí un ejemplo de agresión especificada por programa operante:
el lanzar los chorros de agua con la botella, el acosar los sentimientos, todas
estas son conductas que están bajo el control contingente con la respuesta. Estas
conductas difieren claramente de las respuestas de cólera a la “frustración” con
la cual son igualmente familiares. El análisis experimental de la agresión ha
comenzado a aislar las condiciones ambientales responsables del
establecimiento y manutención tanto de la agresión especificada por programa
como de la inducida por éste, y a la larga servirá para someter estas conductas al
control social benigno.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Azrin, N. H., Hutchinson, R. R. y Hake, D. F. Extinction-induced aggression.


Journal of the Experimental Analysis of Behavior, 1966, 9, 191-204.
Azrin, N. H., Hutchinson, R. R. y McLaughlin, R. The opportunity for
aggression as an operant reinforcer during aversive stimulation. Journal of
the Experimental Analysis of Behavior, 1965, 8, 171—180.
Azrin, N. H., Rubin, H. B. y Hutchinson, R. R. Riting attack by rats in response
to aversive shock. Journal of the Experimental Analysis of Behaviour,
1968, 11, 633-639.
Bakan, D. Slaighter of the Innocents. Toronto: CBG Learning Systems, 1971.
Bandura, A. y Walters, R. Social learning and personality development. Nueva
York: Holt, Rinehart & Winston, 1963.
Boren, J. J. Isolation post-shock responding in a free operant avoidance
procedure. Psychological Reports, 1961, 9, 265-266.
Bostow, D. E. y Bayley, J. B. Modification of severe disruptive and aggressive
behaviour using brief time-out and reinforcement procedures. Journal of
Applied Behaviour Analysis, 1969, 2, 31-37.
Broadhurst, P. B. Experiments in psychogenetics: Applications of biometrical
genetics to the inheritance of behavior. En H. J. Eysenck (compilador),
Experiments in personality, vol. 1. Psychogenetics and
psychopharmacology. Londres: Routledge & Kegan Paul, 1960.
Brown, P. L. y Jenkins, H. M. Auto-shaping of the pigeon’s key-peck. Journal
of the Experimental Analysis of Behavior, 1968, 11, 1-8.
Burt, C. The young delinquent. Londres: University of London Press, 1938 (4*
edición).

42
La Agresión Dependiente de Programa

Cherek, D. R. y Heistad, G. T. Fixed-interval-induced aggression. Psycho-


nomic Science, 1971, 25, 7-8.
Colotla, V. A., Keehn, J. D. y Gardner, L. L. Control of schedule-induced
drinking by interpellet intervals. Psychonomic Science, 1970, 21, 137—
139.
Corte, H., Wolf, M. N. y Locke, B. J. A comparison of procedures for
eliminating self-injurious behavior of retarded adolescents. Journal of
Applied Behavior Analysis, 1971, 4, 201-213.
Creer, T. L., Hitzing, E. U. y Schaeffer, R. Classical conditioning of reflexive
fighting. Psychonomic Science, 1966, 4, 89-90.
Dews. P. B. Modification by drugs performance on simple schedules of positive
reinforcement. Annals of the New York Academy of Sciences, 1956, 65,
268-281.
Eibl-Eibesfeldt, I. Ethology: The biology of behavior (traducido al inglés por E.
Klinghamer). Nueva York: Holt, Rinehart & Winston, 1970.
Falk, J. L. Production of polydipsia in normal rats by an intermittent food
schedule. Science, 1961, 133, 195-196.
Falk, J. L. Schedule-induced polydipsia as a function of fixed-interval length.
Journal of the Experimental Analysis of Behavior, 1966, 9, 37-39.
Falk, J. L. The nature and determinants of adjunctive behavior. En la obra de R.
M. Gilbert y J. D. Keehn (dirs.). Schedule Effects: drugs, drinking and
aggression. Toronto: University of Toronto Press, 1972, 161-163.
Ferster, C. B. y Skinner, B. F. Schedules of reinforcement. Nueva York:
Appleton-Century-Crofts, 1957.
Flory, R. Attack behavior as a function of minimum inter-food interval. Journal
of the Experimental Analysis of Behavior, 1969, 12, 285- 828. (a)
Flory, R. K. Attack behavior in a multiple fixed-ratio schedule of reinforcement.
Psychonomic Science, 1969, 16, 156-157. (b)
Flory, R. K. The control of schedule-induced polydipsia: Frequency and
magnitude of reinforcement. Learning and Motivation, 1971, 2, 215- 227.
Flory, R. K. Punishment of fixed-ratio schedule-induced aggression in monkeys.
Artículo presentado en la XVIII Reunión Anual de la Asociación
Psicológica del Sudeste, Atlanta, Georgia, 1972.
Hake, D. F. y Campbell, R. L. Characteristics and response-displacement effects
of shock-generated responding during negative reinforcement procedures:
pre-shock responding and post-shock aggressive responding. Journal of the
Experimental Analysis of Behavior, 1972, 17, 303.
Hawkins, T. D., Schort, J. F., Githens, S. H. y Everett, P. B. Schedule- induced
polydipsia: an analysis of water and alcohol ingestion. En la obra de R. M.
Gilbert y J. D. Keehn (dirs.), Schedule effects: drugs, drinking and
aggression. Toronto: Press, 1972.
Hutchinson, R. R. y Emley, G. S. Schedule-independent factors contributing to
schedule-induced phenomena. En la obra de R. M. Gilbert y J. D. Keehn
(dirs.). Schedule effects: drugs, drinking and aggression. Toronto:
University of Toronto Press, 1972.
Hutchinson, R. R., Azrin, N. H. y Hake, D. F. An automatic method for the
study of aggression in squirrel monkeys. Journal of the Experimental
Analysis of Behavior, 1966, 9, 233-237.
Hutchinson, R. R., Azrin, N. H. y Hunt, G. M. Attack produced by intermittent
reinforcement of a concurrent operant response. Journal of the
Experimental Analysis of Behavior, 1968, 11, 485-493.
Hutchinson, R. R., Azrin, N. H. y Renfrew, J. W. Effects of Shock intensity and
duration on the frequency of biting attack by squirrel monkeys. Journal of
the Experimental Analysis of Behavior, 1968, 11, 83-88.
Innis, N. K. y Keehn, J. D. Comment. En la obra de R. M. Gilbert y J. D. Keehn
(dirs.). Schedule effects: drugs, drinking and aggression. Toronto:
University of Toronto Press, 1972.
Jay, G. E. Genetic strains and stocks. En W. J. Burdette (dir.). Methodology in
mammalian genetics. San Francisco: Holden-Day, 1963.
Johnson, R. N. Aggression in man and animals. Filadelfia: Saunders, 1972.
Keehn, J. D. A reversal effect with pauses on mixed schedules of reinforcement.
Nature, 1963, 200, 1124-1125.
Keehn, J. D. y Colotla, V. A. Predictability of schedule-induced drink durations.
Psychonomic Science, 1970, 18, 297-298.
Keehn, J. D. Review of F. R. Brush (compilador). Aversive conditioning and
learning. Behavior Therapy, 1972, 3, 374-377.
Keehn, J. D. y Colotla, V. A. Schedule-induced drinking as a function of
interpellet interval. Psychonomic Science, 1971, 23, 69-71.
Knutson, J. F. y Kleinknecht, R. A. Attack during differential reinforcement of
a low rate of responding. Psychonomic Science, 1970, 19, 289-290.
Logan, F. A. Experimental psychology of animal learning and now. American
Psychologist, 1972, 27, 1055-1062.
McKeamey, J. W. Schedule dependent effects: effects of drugs, and main-
tenance of responding with response-produced electric shocks. En la obra
de R. M. Gilbert y J. D. Keehn (dirs.). Schedule effects: drugs, drinking
and aggression. Toronto: University of Toronto Press, 1972.
Miron, N. Behavior shaping and group nursing with severely retarded patients.
En la obra de J. Fisher y R. E. Harris (dirs.). Reinforcement theory is
psychological treatment —a simposium. California Department of Mental
Hygiene Research Monograph No. 8, 1966.
Myers, J. S. y Baenninger, R. Some effects of punishment and stress on mouse
killing by rats. Journal of Comparative and Physiological, 1966, 62, 292-
297.
Pear, J. J., Moody, J. E. y Persinger, M. A. Lever attacking by rats during free-
operant avoidance. Journal of the Experimental Analysis of Behavior,
1972, 18, 517-523.
Powell, D. A., Francisco, M. J., Francisco, J. y Schneiderman, N. Shock-
induced aggression as a function of prior experience with avoidance,

44
La Agresión Dependiente de Programa

fighting, or unavoidable shock. Journal of the Experimental Analysis of


Behavior, 1972, 18, 323-332.
Quennel, P. Meyhew’s London. Selections from London Labour and the
London Poor. (P edición, 1851.) London: Spring Books, sin fecha.
Reynolds, G. S., Catania, A. C. y Skinner, B. F. Conditioned and unconditioned
aggression on pigeons. Journal of the Experimental Analysis of Behavior,
1963, 6, 73-74.
Schwartz, B. y Williams, D. R. Two different kinds of key peck in the pigeon:
some properties of responses maintenained by negative and positive
response-reinforcer contingencies. Journal of the Experimental Analysis of
Behavior, 1972, 18, 201-216.
Segal, E. F. Transformation of polydipsic drinking into operant drinking: a
paradigm? Psychonomic Science, 1969, 16, 133-135.
Sereny, G. The case of Mary Bell. Methuen. Londres, 1972.
Sidman, M. Avoidance conditioning with brief shock and no exteroceptive
warning signal. Science, 1953, 118, 157-158.
Sidman, M. On the persistance of avoidance behavior. Journal of Abnormal and
Social Psychology, 1955, 50, 217-220.
Sidman, M. Some notes on “bursts” in free operant avoidance experiments.
Journal of the Experimental Analysis of Behavior, 1958, 1, 167-172.
Sidman, T. Tactics of scientific research. Nueva York: Basic Books, 1960.
1960.
Skinner, B. F. ‘Superstition’ in the pigeon. Journal of Experimental Psy-
chology, 1948, 38, 168-172.
Thompson, T. y Bloom, W. Aggressive behavior and extinction-induced
response-rate increase. Psychonomic Science, 1966, 5, 335-336.
Ulrich, R. Interaction between reflexive fighting and cooperative escape.
Journal of the Experimental Analysis of Behavior, 1967, 10, 311- 317.
Ulrich, R., Dulaney, S., Kucera, T. y Colasacco, A. Side effects of aversive
control. En la obra de R. M. Gilberth y J. D. Keehn (dirs.). Schedule
effects: drugs, drinking and aggression. Toronto: University of Toronto
Press, 1972.
Ulrich, R. E., Johnston,- M., Richardson, J. y Wolff, P. C. The operant
conditioning of fighting in rats. Psychological Record 1963, 13, 465- 470.
Vernon, W. y Ulrich, R. E. Classical conditioning of pain-elicited aggression.
Science, 1966, 152, 668-669.
Zimbardo, P. G. The human choice: individuation, reason and order versus
deindividuation, impulse, and chaos. En la obra de W. J. Arnold y D.
Levine (dirs.), On Motivation. »Lincoln: University of Nebraska Press,
1969.