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Homenaje al Dr.

Manuel Silva Vázquez

Ponente: Dr. Pascual Marteles


Ponencia: Tiempo de compañeros

A modo de reconocimiento del saber estar de Manuel Silva Vázquez


Para iniciar estas palabras de homenaje a Manuel, quisiera
valerme de las que sirvieron a Gabriel García Márquez para el
arranque de su autobiografía. Dicen así:

“La vida no es la que uno vivió, sino la


que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”

Y de eso me voy a ocupar aquí. De los recuerdos. No voy a


abordar su curriculum ni los momentos estelares de su trayectoria
personal y profesional, sino algunos de los recuerdos que me unen
al Manuel de los primeros años de caminar juntos por un sendero
compartido.
Yo le conocí hacia 1980, y en aquel entonces ambos
peinábamos menos canas que ahora. Casi no soy consciente de ello,
pero han pasado unos 30 años. Para algunos, toda una vida. No cabe
duda de que a nuestra edad los años, o la mayoría de ellos, pasan
muy deprisa. Pero no ocurre lo mismo con los minutos del presente,
así que trataré de no abusar de su paciencia.
Nunca he vivido en Castilla y a pesar de haber leído “El
Camino” de Miguel Delibes nunca me resultó fácil tratar de
imaginar cómo debieron ser los primeros años de Manuel creciendo
en estas inmensidades de espacios abiertos. Hace unos meses
pasamos varios días con Pilar y Manuel visitando Paredes y las
tierras de la provincia. Para mí esos días fueron sorprendentes por el
descubrimiento de los bellos testimonios del románico palentino,
pero sobre todo por haber satisfecho un deseo largamente
postergado. Es decir, conocer el espacio vital de referencia de un
Manuel niño y adolescente, pues estaba seguro de que la rotundidad
del escenario, dominado por el señorío y la belleza de sus
parroquias, tenía que haber contribuido necesariamente a forjar su
carácter en un entorno lleno de luz y de historia, de grandes

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horizontes de cereal regados por el cielo y abundantes espacios de
huerta regados por el esfuerzo del hombre. Y ahora me alegro de
estar de nuevo aquí y de haber oído a Manuel hablarnos de sus años
mozos. Y me alegro de haber oido a Pepe Tejada que nos ha
hablado (nos va a hablar) de los años de plenitud, los años del
reconocimiento académico y profesional que coronaban una vida de
esfuerzo presidida por la honestidad y la templanza.
Así que yo quiero limitarme a evocar algunos recuerdos e
impresiones que corresponden aproximadamente a la década de los
80 y que constituyen un testimonio de afecto en el que
prácticamente no hay referencias a los hitos de su trayectoria
personal. A ese período de su vida lo he bautizado como “los años
de la siembra”, los años en que se fue gestando lo que más tarde se
convertiría en abundante cosecha.
Al principio yo percibí a Manuel básicamente como miembro
de un grupo en el que los intereses y objetivos colectivos estaban
por encima de los individuales. En él, Manuel era como un sólido
eslabón que servía a la vez de cimbra para la estructura y de pieza
clave para el sostenimiento de un equipo unido por la sustancia del
afecto y forjado en torno a un proyecto común. Dentro de ese grupo,
Manuel era el que asumía el rol tutelar, el que sin prisa pero sin
pausa, sin levantar la voz en exceso y sin pretender ser el centro de
atracción, siempre marcaba la pauta de los caminos a seguir, para
continuar avanzando en el despliegue de una vocación de búsqueda
de terapias individuales y grupales al servicio de la salud.
A ese grupo constituido en torno a Manuel y Pilar, yo llegué
de la mano de un amigo común, José Manuel, que era compañero de
trabajo en un instituto de enseñanza media. El fue el que propuso el
encuentro. Y de ese modo les conocí en un ambiente festivo,
visitando casetas y tomando algún vino, en la versión catalana de la
Feria de Abril, ubicada en Barberá del Vallés, muy cerca de donde
vivíamos y trabajábamos todos.
Al poco empecé a colaborar con ellos en una investigación
que me llevó a acudir con una frecuencia que iría en aumento, hasta
el lugar de trabajo del grupo en el que se dedicaban horas infinitas a
plantearse incógnitas, a formular hipótesis, al manejo de
documentación, al análisis de datos y a la redacción de
conclusiones. Estoy seguro de que lo mucho y bueno que Manuel ha

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escrito después en el plano teórico sobre los equipos ya lo había
vivido en su propia experiencia de esos años. Pero lo fundamental
para mí, fue descubrir en Manuel y Pilar una rica experiencia y
formación en dinámica de grupos. Tras los primeros encuentros y la
favorable sensación de acogida, me resultó muy fácil sintonizar con
ellos. Y a partir de ahí comenzó una estrecha colaboración, no
exenta de altibajos, que se ha mantenido a lo largo de los años en
distintos contextos.
En aquel lugar de trabajo, auténtico laboratorio de creatividad,
fue donde germinaron las semillas que se trasformarían en
frondosos árboles de maduros frutos. Y recuerdo aquel lugar como
un ambiente peculiar, básicamente austero e irrepetible de trazos
escuetos, en el que tanto los habituales como los eventuales que en
un momento u otro aparecíamos por allí, no teníamos otra
alternativa que tratar de dar lo mejor de nosotros mismos y
normalmente hasta el agotamiento. Se trataba de un piso, anexo a la
vivienda de Manuel y Pilar, en el que no vivía nadie pero que era
habitado por el espíritu de mucha gente. Lo primero que destacaría
en él eran los miles de libros y fotocopias, en múltiples idiomas,
que no siempre encontraban su lugar de retorno a las cajas y
estanterías y que podían verse desparramados, o apilados en torres
de dudosa estabilidad, a modo de organizado desorden, por las
varias sillas y mesas de trabajo. Y junto a la presencia de libros y
personas, dominándolo todo, un delicioso perfume a café que a
todas horas estaba en danza como estimulante necesario, y que de
cuando en cuando servía como excusa para el reposo y la
confidencia. Nunca entendí cómo, con semejante trasiego de café,
Manuel podía irse a dormir a una hora relativamente temprana. A lo
mejor es que el café le hacía efecto con retraso o que era capaz de
retrasar su impacto biológico durante unas horas y hacer de ello la
fuerza que le ayudaba a estar bien despierto muy temprano, antes de
las del alba, de modo que cuando otros empezaban las rutinas del
día, él ya llevaba unas horas de trabajo a las espaldas.
Otro rasgo característico del lugar era una decidida apuesta
por las aportaciones de las nuevas tecnologías. Eran los años
previos a la aparición de los ordenadores personales y en aquel
entonces no había nada mejor que una máquina de escribir
electrónica en la que una vez escrita una página, como disponía de

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memoria y de un pequeño visor, permitía hacer correcciones en el
texto antes de imprimirlo. Y ahí, sin que nadie pudiera disputárselo,
Manuel era el rey en el manejo del último modelo de IBM. Me
resulta fácil evocar a Manuel sentado a la máquina durante horas y
horas, resumiendo lo tratado, leyendo lo recogido, orientando las
posibles correcciones y siempre armado de una paciencia infinita.
Y recuerdo también el difuso olor a tabaco negro, a veces mal
fumado, que se iba consumiendo olvidado por su dueño en el
cenicero. Tampoco era raro que se descubriera que alguien tenía
más de un cigarro encendido al mismo tiempo. Pero como la puerta
de acceso al piso estaba siempre abierta de par en par, es posible
que gracias a eso nos libráramos más de una vez de una intoxicación
nicotínica. Y así, el humo que habría podido cortarse con cuchillo
desaparecía escaleras arriba. Debo señalar a este respecto que Pilar
contribuía más al disfrute del café que a la generación de colillas
descontroladas. Y como también de pan vive el hombre, de cuando
en cuando disfrutábamos de una comida improvisada y a deshora,
que culminaba con una copa de coñac, bautizada por Manuel como
“copa democrática”, es decir compartida beatíficamente entre todos,
a modo de versión española del consumo participativo del mate
austral.
Algún tiempo después Manuel se incorporó como profesor a
mi instituto, de forma que durante varios años fuimos compañeros
de trabajo y compartimos muchas horas de claustro y evaluación, e
infinidad de otras socializando en la sala de profesores. De su paso
por el instituto, en el que las clases tenían lugar de ocho a tres, no
me quedan muchos recuerdos concretos porque predominan los que
se refieren a actividades que realizábamos fuera de ese horario.
Manuel no intervenía mucho en las sesiones colectivas, pero eso sí,
llegado el momento, nunca faltó su aportación de una nota de
cordura o la reflexión puntual que ayudaría al claustro o al equipo
de evaluación a apaciguar ánimos enfrentados o a centrar una
discusión.
Años después, compartiendo docencia en el Master de
Dinámica Grupos y viéndole actuar en las sesiones de trabajo en
grupos de sensibilización, entendí mejor esa forma de actuar.
Cuando el grupo necesitaba ayuda para seguir adelante, Manuel
nunca se precipitaba, jamás emitía un juicio negativo ni se valía de

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adjetivos o aliviaderos que pudieran distraer del asunto. Siempre iba
al meollo de la cuestión y sin pontificar ni tratar de aleccionar a
nadie dejaba caer pausada y honestamente lo que sentía en ese
momento y cómo le afectaba a él lo que estaba sucediendo. Y el
grupo respiraba, se tomaba su tiempo de silencio y luego era capaz
de encauzar su participación de una forma más sincera y personal.
Estoy convencido de que Manuel ha tratado siempre de ser
auténtico, nunca ha querido vender la imagen de lo que no era y
creo también que a la hora de elegir, ha tenido siempre un respeto
básico hacia las alternativas que ha ido descartando en su vida.
Nunca le he visto disfrutar con la descalificación, ni siquiera
aproximarse o juguetear con ella.
Durante esos años de gestación, a Manuel siempre le vi como
el buscador de información que curioseaba por todo tipo de
bibliografías y bibliotecas y se preocupaba de obtener los libros y
artículos de interés para el grupo. Y él era el primero que los leía,
marcando unas páginas o subrayando unos párrafos. Yo creo que la
mente de Manuel funcionaba entonces como un catálogo
bibliográfico enriquecido con la poco frecuente habilidad de poder
acompañar esa referencia con un juicio de valor sobre el interés que
tenía tal o cual publicación que se ocupara de temas de psicología
en general o de temas concretos como las actitudes, los grupos, las
emociones, la creatividad, el clima o la cultura organizacional y
tantos otros.
De esa forma, cuando el grupo abordaba un tema, él ya había
reflexionado sobre ello y le permitía actuar como secretario de la
sesión de trabajo en la que como ya hemos dicho, no solo levantaba
acta de lo que se estaba elaborando sino que hacía de voz crítica y
de corrector de pruebas de todo lo que se preparaba para la imprenta
o para ser presentados en algún congreso o seminario especializado.
Por aquellos años Manuel siempre se desplazaba con una
cartera negra de la que al llegar a casa surgían, como del sombrero
de un prestidigitador, las últimas fotocopias que acababa de
conseguir. Y así, durante los años de preparación de su tesis
doctoral sobre Clima Organizacional, lo normal era ver a Manuel en
sus ratos libres del instituto ocupado en la lectura de materiales que
le iban llegando con cuentagotas desde los más diversos lugares,

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con miras a poder abordar el tema con rigor y hasta la extenuación
en toda su complejidad.
A la década de los 80 le he llamado la de los “años de la
siembra” porque poco a poco fueron fluyendo de las manos del
grupo numerosos artículos académicos, firmados individual o
conjuntamente. Los veo como los años de una dedicación
permanente, en muchos momentos ingrata por la falta momentánea
de compensaciones al enorme esfuerzo personal desplegado, pero
en la que se fueron sentando firmemente las sólidas bases que les
llevaron a Manuel y a José Manuel a concluir las tesis doctorales y
junto a Pilar, como adelantada que llevaba muchos años de docencia
universitaria, a participar en infinidad de congresos, a involucrarse
en procesos de grupos y a obtener, al cabo, todos ellos, un puesto
como profesores titulares en el Departamento de psicología social
de la Universidad de Barcelona.
Y no fue un proceso fácil pues la redacción de tesis, memorias
pedagógicas y artículos académicos requiere dedicar una amplia
reflexión en torno a lo que dices y cómo lo dices y sobre todo en
torno a lo que callas. Y yo vi a Manuel enfrascado en llevar a cabo
sucesivas redacciones de su tesis doctoral siempre a la búsqueda de
fórmulas comprensivas y facilitadoras de la comprensión. Con su
aportación, él dio carta de naturaleza al Clima Organizacional en el
ámbito universitario español y abrió el camino para que otros
pudieran seguir abordándolo. Y todo ello con una generosidad que
no puedo callar. Por ejemplo, yo me animé a seguir sus pasos con
otra tesis sobre el tema y él no dudó un segundo en facilitarme toda
la documentación, recogida tras largos años de laboriosa búsqueda
en su meritorio esfuerzo por abarcarlo todo, regalándome así,
desinteresadamente, lo que la mayoría de la gente tiende a guardarse
para evitarse futuras competencias. Gracias Manuel por esa sabia y
desinteresada manera de brindar ayuda. Siempre me ha parecido que
crecías y disfrutabas viendo crecer a los demás.
No me cabe duda de que para soportar aquel ritmo de
esfuerzo, en el que los fines de semana solo significaban la
disponibilidad de más tiempo para dedicar al trabajo, hacía falta
disfrutar de una salud de hierro. Y creo que Manuel era en buena
medida el artífice responsable de ello. No solo se preocupaba del
alimento espiritual sino que se encargaba de la compra de las

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proteínas, las fibras y las vitaminas necesarias para seguir adelante.
Además de ser el encargado de ir a comprar, era el responsable de
decidir qué alimentos eran los mejores en tal época del año o
cuando una oferta del supermercado era verdaderamente una oferta
o no. Y sobre todo con los vinos. Y les aseguro y puedo dar fe de
que sabía acertar al elegir los que pasaban formar parte de su
modesta, pero selecta, bodega. Y curiosamente, a pesar de que
Manuel es amigo del buen comer, no recuerdo haberle visto nunca
cocinar. Sin embargo sí recuerdo muy bien la primera vez que faltó
al trabajo en el instituto. El día anterior, haciendo la compra, al
inclinarse sobre un cajón frigorífico de congelados tuvo su primer
ataque de lumbago.
Pero ni ese incidente, ni otros más serios que le acontecieron
después, fueron capaces de frenar una actividad que cada día
descubría nuevos campos sobre los que proyectarse. Y así hasta la
manifestación más evidente de ese carácter luchador y creyente en
los valores del amor y la amistad que se reflejan en las
circunstancias que se describen en su penúltimo libro “La
Constelación de Cáncer”. Y digo penúltimo no porque ya haya
publicado otro, sino porque estoy seguro de que a éste todavía le
seguirán otros.

Gracias Manuel por haberme permitido ser tu amigo.

Barcelona, agosto de 2010.