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Guerra y civilización

Arnold J. Toynbee

Selección de «Estudio de la Historia» por Albert Vann Fowler


Título original: War and Civilization. Publicado en inglés por Oxford University Press, London
Traductor: Jorge Zamalea

Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1976


Segunda edición en «El Libro de Bolsillo»: 1984
© Oxford University Press, London
© Emecé Editores, S. A., Buenos Aires, 1952
© Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1976, 1984 (por autorización de Emecé Editores, S. A.).
Calle Milán, 38 ® 200 00 45
ISBN: 84-206-1603-6
Depósito legal: M. 5.732-1984
Papel fabricado por Sniace, S. A.
Impreso en Lavel
Printed in Spain

Revisión de la edición digital: Miguel Zavalaga Flórez (2019)


Índice
Prefacio..........................................................................................4
1. El malherido mundo actual.......................................................7
2. El militarismo y las virtudes militares.....................................12
3. Esparta, el estado militar.........................................................19
4. Asiria, el hombre fuerte armado..............................................34
5. La aflicción de Nínive: Carlomagno y Timur Lenk................46
6. La embriaguez de la victoria...................................................59
7. Goliat y David.........................................................................64
8. El precio del progreso en la técnica militar.............................73
9. El fracaso del redentor por la espada.......................................79
Prefacio
El contenido de este breve volumen ha sido extractado por Albert Vann Fowler, en
consulta con el autor, de los seis relativamente extensos volúmenes de una obra que
probablemente alcance, cuando se publique el resto, a los nueve volúmenes. Los
extractos han sido escogidos para ilustrar las opiniones que sobre la guerra tiene el autor
de Estudio de la Historia, este tema común les confiere su unidad; pero el lector del
presente libro debe tener en cuenta que no está leyendo aquí esos fragmentos en su
contexto original, y que la guerra no es el tema principal de la obra de la cual han sido
tomados, aunque infortunadamente sea imposible estudiar la historia de la humanidad
—desde la aparición, hace unos cinco o seis mil años, de sociedades del tipo conocido
con el nombre de civilización— sin descubrir que la institución de la guerra está
íntimamente ligada al corazón de este trágico tema.
Al estudiar la decadencia de las civilizaciones, el autor ha aceptado desde luego la
conclusión —¡no muy nueva!— de que la guerra ha demostrado ser la causa inmediata
del derrumbamiento de todas las civilizaciones de cuya caída se tenga conocimiento, y
esto hasta donde ha sido posible analizar la naturaleza de esos derrumbamientos y
explicar su ocurrencia. Aparte de la guerra, ha habido otras siniestras instituciones con
las cuales la humanidad se ha castigado a sí misma en su era de civilización; la
esclavitud es uno de estos autocastigos que inmediatamente se presentan a nuestro
espíritu; no obstante ello, aunque la esclavitud, las castas, la lucha de clases, la injusticia
económica y muchos otros síntomas sociales de la némesis del pecado original hayan
desempeñado su papel como instrumentos del autotormento del hombre, la guerra se
destaca entre ellos como el principal agente empleado por el hombre para derrotarse a sí
mismo social y espiritualmente durante un período de su historia que ahora comienza a
ser capaz de ver en perspectiva.
Un panorama comparativo del declinar conocido de las civilizaciones muestra que la
decadencia social es una tragedia cuya intriga tiene su clave en la institución de la
guerra. Ciertamente, la guerra pudo haber sido en realidad hija de la civilización, ya que
la posibilidad de emprender una guerra presupone un mínimo de técnica y de
organización y una riqueza sobrante, superior a la indispensable para mantener la vida,
y estos nervios de la guerra le faltaban al hombre primitivo, en tanto que, por otra parte,
no sabemos de civilización alguna (con la posible excepción de la Maya, de la que sólo
poseemos actualmente conocimientos fragmentarios) en cuya vida la guerra no haya
sido, ya en la más remota etapa a que podamos alcanzar en la historia retrospectiva de
cualquier civilización, una institución establecida y dominante.
Como otros males, la guerra tiene una manera insidiosa de parecer tolerable, al
mismo tiempo que se asegura un dominio tal sobre la vida de sus adictos que éstos
pierden toda posibilidad de escapar de sus garras cuando su letalidad se manifiesta. En
las etapas iniciales del desarrollo de una civilización, el costo de las guerras, en
sufrimientos y destrucción, puede parecer superado por los beneficios que la conquista
de poderío y riqueza y el cultivo de las «virtudes militares» proporcionan; en esta fase
de la historia, los estados se han hallado a menudo en condiciones de entregarse a la
guerra casi con impunidad incluso para el partido vencido. La guerra no comienza a
revelar su índole nefasta sino cuando la sociedad agresora empieza a incrementar su
capacidad económica en la explotación de la naturaleza física y su capacidad política en
la organización del potencial humano; pero, tan pronto como esto sucede, el dios de la
guerra, que la naciente sociedad vino adorando por tanto tiempo, se revela como un
Moloch, pues devora una parte cada vez mayor de los frutos que se acrecientan en el
proceso con que la industriosidad y la inteligencia del hombre tienden a procurar un
grado cada vez mayor de vida y felicidad; y cuando el aumento de eficacia de la
sociedad llega al punto de ser capaz de movilizar para uso militar la cantidad letal de
energías y recursos, la guerra se revela entonces como un cáncer que habrá de ser fatal
para la víctima a menos que ésta pueda extirparlo y desprenderse de él, pues los tejidos
malignos ya han aprendido a crecer más de prisa que los tejidos sanos de que se
alimentan.
En el pasado, cuando en la historia de las relaciones entre Guerra y Civilización se
alcanzaba ese punto crítico y se lo reconocía, algunas veces se hicieron serios esfuerzos
para librarse de la guerra a tiempo de salvar a la sociedad, y estos intentos pudieron
adoptar una u otra de dos direcciones alternativas. La salvación, naturalmente, no se
puede buscar en parte alguna que no sea el trabajo de las conciencias de los seres
humanos individuales; pero los individuos pueden optar entre tratar de realizar sus
propósitos mediante la acción directa como personas privadas o tratar de cumplirlos
mediante la acción indirecta como ciudadanos de los estados. La negativa personal a
participar de cualquier manera en cualquier guerra emprendida por su estado con
cualquier propósito y en cualquier circunstancia es una línea de ataque contra la
institución de la guerra, que probablemente puede atraer a las naturalezas fervorosas y
dispuestas al sacrificio de sí mismas; comparativamente, la otra estrategia de paz que
trata de persuadir y acostumbrar a los gobiernos a ajustarse a la resistencia unánime a la
agresión cuando ésta se presenta y a tratar de remover sus estímulos previamente, puede
parecer una tortuosa y poco heroica línea de ataque ante el problema. Sin embargo hasta
ahora y de una manera indubitable, la experiencia indica, a juicio de este escritor, que el
segundo de estos dos arduos caminos es con mucho el más prometedor.
El peligro más evidente que hay que arrostrar en la estrategia del pacifismo reside en
la manera como los pacifistas se enfrentan al hecho de que, en la misma medida en que
su acción resulte eficaz, el primer efecto podría ser el de colocar a los estados en los
cuales el pacifismo tenga una fuerza política apreciablemente poderosa a merced de los
estados en que sea impotente; lo que equivaldría a permitir que los más inescrupulosos
gobiernos de las más tenebrosas potencias militares se hiciesen dueños del mundo en el
primer capítulo del drama. Enfrentarse con ese problema y atenerse a sus consecuencias
inmediatas presupone una activa perspicacia y un heroísmo pasivo que han sido
exhibidos por los santos, pero nunca por el hombre corriente de la masa. Ciertamente, a
menudo los pueblos se han sometido en masse al dolor y al agravio de ser oprimidos por
conquistadores que, en cotejo con sus víctimas, fueron brutales y bárbaros. En 1940, el
mundo estuvo a punto de aceptar la dominación de una Alemania controlada por los
nazis e inspirada por el espíritu satánico de Hitler; pero apenas tenemos para qué
recordar el ánimo que prevalecía en Francia y Gran Bretaña durante los años de
«apaciguamiento» y más tarde en Francia en la época de Vichy, para que se comprenda
la verdad de que, entre los motivos que inspiran la negativa en masa a resistir a la
agresión militar con la fuerza de las armas en defensa propia, el generoso horror del
santo ante el pecado de la guerra cuenta mucho menos que la natural y ordinaria
adversión del mortal a pagar el horrendo precio de sangre y de lágrimas que la guerra
impone.
La complacencia en el pago de este precio es la raíz de las llamadas «virtudes
militares» sin las cuales no puede emprenderse la guerra pero por las cuales esa
diabólica institución nunca habría sido condenada, como lo fue recientemente, por la
opinión pública y los sentimientos de una mayoría de sociedades humanas en proceso
de civilización. Esa expresión tradicional de «virtudes militares» es, desde luego,
engañosa, ya que todas las virtudes exhibidas en la guerra tienen también una esfera de
acción ilimitada en otras formas de combate y de relación humana, en tanto que, por la
otra parte, a menudo la exhibición de esas virtudes por los soldados ha resultado,
infortunadamente, compatible con una exhibición simultánea de crueldad, rapacidad y
multitud de otros vicios. En un torneo de virtud entre el guerrero que emplea la
violencia y el santo que la rehúye, ganaría hoy el santo una batalla moral que podría dar
prácticos frutos mañana; pero, por desgracia, los personajes típicos en el drama de
pacifismo versus guerra no son un guerrero y un santo armados en la misma panoplia de
la rectitud; son el guerrero —virtuoso o vicioso— que tiene el valor de arriesgar cuerpo
y alma, y el mortal corriente que huye de la lucha y el peligro; y, como lo hemos
descubierto por propia experiencia en 1939 y 1940, el personaje antiheroico que rehúye
la guerra por la común debilidad de la naturaleza humana, y no por el horror de cometer
un pecado, prefiere alzarse a cualquier precio al nivel del guerrero si sabe que la
elevación del santo se halla fuera de su alcance.
Elevándose al nivel del guerrero en las guerras mundiales de 1914-18 y 1939-45,
pueblos no agresores ejercieron las virtudes cardinales de la guerra con tan buenos
resultados que derrotaron por dos veces a un imperio militarista que había preparado
largamente su intento de conquistar al mundo; y, al obtener estas sucesivas victorias a
un horrendo precio de sangre y lágrimas, ofrecieron dos veces a nuestra sociedad la
oportunidad de desembarazarse de la guerra por un mejor camino que el del
sometimiento a una Pax oecumenica impuesta por la fuerza de un conquistador del
mundo. La primera de aquellas oportunidades se desperdició y la segunda guerra
mundial fue el castigo por esa flagrante falta de corazón y de cabeza. La segunda
oportunidad está ahora en nuestras manos. ¿La aprovecharemos? Lo que la situación
evidentemente exige es una asociación voluntaria de los pueblos amantes de la paz con
suficiente fuerza y cohesión para que no puedan ser atacados por ninguno que rechace
su pacto de seguridad colectiva o lo rompa; y ese poder mundial de preservación de la
paz debe no sólo ser suficientemente preponderante en su fuerza para convertir en
desesperado cualquier ataque contra él; debe también ser suficientemente justo y sabio
en el uso de su fuerza para impedir que surja ningún serio deseo de desafiar su
autoridad.
Esta empresa, con ser inmensa, no es superior a nuestra capacidad. Los éxitos
obtenidos por la humanidad en el pasado para unir voluntariamente a estados antes
independientes y soberanos son otras tantas garantías de que poseemos la experiencia y
la técnica necesarias para realizar la gran obra de construcción política que ahora se nos
demanda. Si tenemos voluntad, tendremos capacidad. Nuestro destino reposa en
nuestras propias manos.

Arnold J. Toynbee
1. El malherido mundo actual
A diferencia de nuestros antecesores, los miembros de la actual generación sentimos
en lo más profundo de nuestro corazón que una Pax oecumenica es ahora la más urgente
de las necesidades. Vivimos en el cotidiano espanto de una catástrofe que tememos
pueda sorprendernos si dejamos todavía por mucho tiempo sin solucionar aquella
necesidad. No es exagerado decir que la sombra de ese temor que se atraviesa en
nuestro futuro nos está hipnotizando, sumiéndonos en una parálisis espiritual que
comienza a afectarnos incluso en las actividades más triviales de nuestra vida diaria. Y
si podemos armarnos de valor para enfrentarnos a ese espanto, no obtendremos la
recompensa de sentirnos capaces de desecharlo desdeñosamente como si sólo se tratase
del pánico de un maniático. El aguijón de ese temor yace en el hecho innegable de que
nuestro miedo tiene una raíz racional.
Abrigamos grandes temores respecto del futuro inmediato porque hemos sufrido una
horrenda experiencia en el pasado inmediato. Y la impresión que esta experiencia ha
dejado en nuestros espíritus es, desde luego, aterradora. A través del sufrimiento,
nuestra generación ha aprendido dos verdades esenciales. La primera de ellas es que la
institución de la guerra se mantiene todavía con pleno vigor en nuestra sociedad
occidental. La segunda, que bajo las condiciones técnicas y sociales existentes en el
mundo occidental no puede haber guerra que no sea intestina. La experiencia de las
guerras mundiales de 1914-18 y de 1939-45 ha ahincado estas verdades en nosotros;
pero el carácter más ominoso de esas guerras es que no fueron calamidades aisladas o
sin precedentes. Fueron dos guerras dentro de una serie; y cuando contemplamos la
serie completa con visión panorámica, descubrimos que se trata no sólo de una serie,
sino también de una progresión. En nuestra reciente historia occidental, la guerra ha
seguido a la guerra en un orden ascendente de intensidad; y hoy ya resulta evidente que
la guerra de 1939-45 no marcó el clímax de este crescendo. Si la serie continúa, la
progresión llegará a grados todavía más altos, hasta que este proceso de intensificados
horrores alcance un día su término con la autodestrucción de la sociedad guerrera.
No debemos olvidar ahora que esta serie progresiva de guerras occidentales, de las
que la de 1939-45 fue la más reciente pero tal vez no la última, es uno de los dos
capítulos de una historia que ya estudiamos en otro contexto. Hemos observado que la
historia de nuestras guerras occidentales en la llamada «Edad Moderna» puede ser
analizada en dos partes que están separadas la una de la otra cronológicamente por un
período de calma intermedio y que se distinguen también una de otra cualitativamente
por una diferencia en el objeto —o, en todo caso, en el pretexto de las hostilidades—.
La primera parte consiste en las guerras de religión, que comienzan en el siglo XVI y
concluyen en el XVII. La segunda la forman las guerras de nacionalidad, que se inician
en el siglo XVIII y que todavía son el azote del XX. Aquellas feroces guerras de
religión y estas feroces guerras de nacionalidad, estuvieron separadas por un interludio
de guerras moderadas que se libraban como «deporte de los reyes». Como es evidente,
este interludio no comenzó en el continente hasta después de concluida la Guerra de los
Treinta Años, en 1648, y en la Gran Bretaña hasta después de la restauración de la
monarquía en Inglaterra, en 1660; y es no menos evidente que la tregua sólo duró hasta
el estallido de la guerra de la Revolución francesa, en 1792, aun si dejamos de lado el
problema de si sobrevivió o no a la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos,
en 1775-1783. En un recuento más ajustado, podemos limitar el período de la «Edad de
Oro» de la moderación dieciochesca de 1732 a 1755, si tomamos la expulsión de una
minoría protestante del principado eclesiástico de Salzburgo, en 1731-2, como el último
acto positivo de persecución religiosa en la Europa occidental y la expulsión de los
habitantes franceses de Acadia, en 1755, como el primer acto positivo de persecución
por razones de nacionalidad en Norteamérica. En todo caso, la tregua es palpable; y
cualesquiera sean las fechas que podamos escoger como mojones en un esquema
convencional de demarcación cronológica, el drama se presentará siempre con los
mismos tres actos en idéntica secuencia, y esta secuencia de actos presentará la misma
intriga. Esta intriga subyacente, y no la superficial cronología, es lo que interesa a
nuestro propósito actual. Y en el enredo de esta obra en tres actos, con sus dos partes de
feroces guerras separadas por un intermedio de guerras moderadas, ¿no podremos
discernir el esquema de dos paroxismos separados por una pausa de alivio en el que
reconociésemos el sello de un «tiempo de angustias» subsecuente a una catástrofe? Si
examinamos bajo esta luz el cuadro que nos presenta la historia moderna de nuestro
mundo occidental, encontraremos que, de todos modos, el paralelo es perfectamente
adecuado.
Si el estallido de las guerras de religión en el siglo XVI ha de tomarse como un
síntoma de desquiciamiento social, habrá que ver también como primer síntoma de
reacción de una sociedad occidental, que desde entonces se hallaba en desintegración, el
movimiento en favor de la tolerancia religiosa que se impuso en el curso del siglo XVII
y dio término a las guerras de religión. Esta victoria del principio de tolerancia en la
esfera religiosa ganó a su debido tiempo, y para varias generaciones sucesivas, aquel
interludio de moderación que proporcionó al achacoso mundo occidental un
indispensable respiro entre el primero y el segundo paroxismo de su trance letal. Y el
paralelo es también perfectamente adecuado cuando observamos que el alivio fue sólo
temporal y no permanente, y cuando inquirimos las razones de ello. Pues un estudio
empírico del ritmo del proceso de desintegración nos lleva a esperar que la reacción
ceda el paso a la recaída; y nos lleva también a creer que esta historia monótonamente
repetida de fracasos puede explicarse en cada paso por algún particular elemento de
debilidad que viciara la abortada reacción. ¿Se han cumplido exactamente estas
expectativas en el caso occidental? Tenemos que limitarnos a responder que, también en
este caso, la razón por la cual fracasara la reacción es tan clara como evidente el hecho
de la reacción misma. Después de todo, el moderno principio occidental de la tolerancia
no ha conseguido salvarnos porque, tenemos que confesarlo, no había salud en él. Los
espíritus que presidieron su concepción y nacimiento fueron desilusión, aprensión y
cinismo, no fe, esperanza y caridad; el impulso fue negativo, no positivo; y estéril el
suelo en que se sembraron las semillas.

Y otra [parte] cayó sobre pedregales, donde no tenía mucha tierra; y nació luego, porque
no había profundidad de tierra: mas luego que salió el sol, se asolanó; y como no tenía
raíz, se secó.1

El principio de tolerancia que inesperadamente revistiera el pétreo corazón de la


moderna cristiandad occidental con un súbito y fresco asomo de verdor cuando el fiero
sol del fanatismo religioso se calcinaba a sí mismo hasta reducirse a polvo y ceniza, se
ha marchitado —no menos inesperada y repentinamente— ahora que en el firmamento
se ha encendido llameante el sol, aún más terrible, del fanatismo nacional. En el siglo
XX estamos asistiendo a la rendición incondicional de nuestra tolerancia del XVII a un
imperioso demonio cuyas arremetidas ha sido incapaz de contrarrestar. Y la causa de
esta desastrosa impotencia es manifiesta.

1
[Marcos IV. 5-6.]
Una tolerancia que no tenía sus raíces en la fe ha fracasado en el mantenimiento de
su imperio sobre el corazón del homo occidentalis porque la naturaleza humana
aborrece el vacío espiritual. Si la habitación de la cual sale un espíritu inmundo se deja
vacía, limpia y adornada, el poseedor momentáneamente desalojado entrará de nuevo en
ella, más tarde o más temprano, con un séquito de espíritus más perverso que él, y el
nuevo estado de ese hombre será peor que el primero. Las guerras del nacionalismo son
más inicuas que las guerras de religión porque el objeto —o pretexto— de las
hostilidades es menos sublime y menos etéreo. La consecuencia es que a las almas
hambrientas a las que se dio una piedra cuando pedían pan no se les puede impedir que
traten de satisfacer su hambre devorando la primera piltrafa de carroña que encuentran
en su camino. El donante de la piedra no las puede disuadir con la advertencia de que la
carroña caída del cielo está envenenada; e incluso cuando las anunciadas agonías
comiencen puntualmente a retorcerles las entrañas, los míseros devoradores de piltrafas
persistirán en regalar con la corrupta carne su insaciable apetito hasta que la muerte
extinga su voracidad, como aquel derrotado ejército ateniense que enloqueció de sed
recorriendo los secanos de Sicilia, buscando reposo sin encontrarlo, y que
desatentadamente bebió de las aguas del río Asinaro mientras el enemigo lo diezmaba
desde la orilla y la corriente fluía roja con la sangre de los compañeros ya asesinados de
los bebedores agonizantes.
Todavía hay otro punto en el que la moderna historia occidental concuerda con el
modelo del «tiempo de angustias» de una sociedad que se desintegra; y acaso sea éste el
más alarmante de todos los puntos de congruencia. Nuestro examen nos ha mostrado
que, como regla, el paroxismo que sigue a la tregua intermedia de respiro es más
violento que el paroxismo que la precede; y esta regla se halla ejemplarizada
ciertamente en nuestro caso occidental si se toman las guerras de nacionalidad como el
segundo paroxismo de nuestro trance y las guerras de religión como el primero.
Nuestros antepasados que libraron aquel primer ciclo de feroces guerras occidentales no
debieron ser más parcos en su voluntad de destrucción, pero —afortunadamente para
ellos y para sus descendientes— carecían de los medios de que ahora disponemos,
desventuradamente para nuestros hijos y para nosotros mismos. No cabe duda de que
las guerras de religión fueron mucho peores —tanto en la pasión rencorosa como en los
recursos que poseían y en la habilidad técnica para emplearlos— que las guerras
occidentales de las épocas precedentes, durante las cuales todavía se hallaba
indiscutiblemente en crecimiento nuestra cristiandad occidental. Las guerras de religión
fueron precipitadas por la invención de la pólvora y los viajes de descubrimientos que,
al menos en el terreno material, extendieron la esfera de actividad de la sociedad
occidental desde un pequeño rincón del continente eurasiático hasta todas las riberas de
los mares navegables sobre la faz de la Tierra. Los metales preciosos que se acumulan
en las tesorerías de Tenoxtitlán y Cuzco, se invirtieron finalmente en pagar mercenarios
que lucharon en las guerras de religión sobre los campos de batalla de Europa, después
del descubrimiento, la conquista y el saqueo de los mundos centroamericano y andino
por los conquistadores2 españoles, de la misma manera que, después de la
correspondiente expansión geográfica del mundo helénico lograda con las hazañas de
Alejandro, los tesoros acumulados por la política aqueménida en Ecbatana y Susa
fueron a parar a las manos de los mercenarios que pelearon en las guerras de los
diadocos y epígonos de Alejandro en los campos de batalla de Grecia. Y la soldadesca
profesional que el mundo occidental de los siglos XVI y XVII mantuvo gracias a este
ingente incrementó de las reservas de metales preciosos de los príncipes no sólo era más

2
Sie en el original. (N. del T.)
numerosa que la milicia feudal de Europa occidental transalpina, sino que estaba
también más poderosamente armada y, lo que es peor todavía, más ferozmente
enardecida contra un enemigo que ahora, como regla general, no sólo era un adversario
militar, sino también un infiel a los ojos de su contrincante. La violencia sin precedentes
de que estuvieron imbuidas las guerras de religión por esas diversas causas habría
sorprendido sin duda tanto a san Luis como al emperador Federico II si hubiesen
resucitado para presenciar las guerras occidentales de los siglos XVI y XVII. Pero
también podemos estar seguros de que el duque de Alba y Gustavo Adolfo se
escandalizarían si resucitasen para presenciar las posteriores guerras de nacionalidades.
Este último ciclo de las feroces guerras occidentales que comienza en el siglo XVIII y
que no ha concluido en el XX ha sido llevado a un grado de ferocidad sin precedentes
por el titánico poder de dos fuerzas rectoras, Democracia e Industrialismo, que se
incorporaron a la institución de la guerra en nuestro mundo occidental precisamente al
tiempo en que ese mundo completaba virtualmente su estupenda hazaña de integrar la
total superficie de la Tierra y la entera generación viva de la humanidad en su propio
cuerpo material. Nuestro último estado es peor que el primero, porque en esta
habitación ampliamente ensanchada estamos poseídos hoy por demonios más terribles
que cualquiera de los que atormentaron nunca a nuestros abuelos de los siglos XVI y
XVII.
¿Residirán estos demonios en nuestra habitación vacía, limpia y adornada hasta
conducirnos al suicidio? Si la analogía entre la historia moderna de la civilización
occidental y el «tiempo de angustias» de otras civilizaciones se extiende a la cronología,
debemos esperar que el «tiempo de angustias» occidental, que parece haber comenzado
en algún momento del siglo XVI, encuentre su término en cualquier momento del siglo
XX; y esta perspectiva debiera estremecernos; pues, en otros casos, el asalto final que
ponía término a un «tiempo de angustias» y anunciaba un estado universal era un
«golpe de gracia» que se asestaba a sí misma la sociedad intestinamente dividida y del
cual nunca le fue posible recobrarse. ¿Tendremos también nosotros que pagar nuestra
Pax oecumenica a ese precio mortal? Es ésta una pregunta que nuestros mismos labios
no pueden responder, ya que el destino de una civilización viva es forzosamente tan
oscuro para sus miembros vivientes como el sino de una civilización muerta, cuyas
claves no son otra cosa que indescifradas escrituras o mudos artefactos, lo es para los
estudiantes. No podemos decir con certeza que nuestra perdición sea inminente; pero
tampoco tenemos garantía alguna de que no lo sea; pues lo contrario sería pretender que
somos distintos de los demás hombres; y semejante pretensión estaría reñida con cuanto
sabemos acerca de la naturaleza humana, bien sea por observación en torno o por
introspección. Esta oscura duda es un desafío que no podemos eludir; y nuestro destino
depende de nuestra respuesta.

Soñé, y he aquí que vi a un hombre cubierto de andrajos, de pie en cierto lugar, con el
rostro vuelto hacia su propia casa, un libro en la mano y un gran fardo a la espalda.
Miré, y le vi abrir el libro y leer en él; y mientras leía, sollozaba y temblaba; y, sin poder
ya contenerse se interrumpió con un grito lamentable: «¿Qué voy a hacer?».

No sin justa causa se angustiaba tanto Christian.

«De buena fuente sé —dijo— que nuestra ciudad será incendiada con fuego del cielo,
en cuya espantable ruina tú, esposa mía, y vosotros, mis dulces hijos, y yo mismo,
encontraremos mísero fin, a menos que podamos hallar un camino de escape que yo
desconozco, por el que podamos salvarnos.»3

¿Qué respuesta dará Christian a este desafío? ¿Buscará el camino y, si quiere


recorrerlo, lo hallará sin saber aún qué dirección habrá de tomar en él, mientras el fuego
del cielo desciende a su hora sobre la ciudad de destrucción y los cuitados bienhabientes
perecen en un holocausto que él tan tristemente pronosticara sin siquiera alcanzar para
sí mismo la ocasión de escapar de la cólera inmanente? ¿O se echará a correr y correr,
gritando: «¡Vida! ¡Vida! ¡Vida Eterna!», con los ojos puestos en una luz fulgurante y
los pies en vuelo hacia una distante barrera? Si la respuesta a esta pregunta sólo depende
del propio Christian, nuestro conocimiento de la uniformidad de la naturaleza humana
nos inducirá a predecir que el destino inminente de Christian es la muerte y no la vida.
Pero en la versión clásica del mito se nos dice que el protagonista humano no fue
abandonado enteramente a sus propios recursos en la hora decisiva de su destino.
Conforme a John Bunyan, Christian fue salvado por su encuentro con Evangelista. Y
como quiera que es imposible suponer que la naturaleza de Dios sea menos constante
que la del hombre, podemos y debemos orar por que el aplazamiento de la sentencia,
concedido por Dios a nuestra sociedad, no nos sea negado si una vez más lo solicitamos
con espíritu contrito y dolorido corazón.

3
[Bunyan, John: Pilgrim's Progress.]
2. El militarismo y las virtudes militares
Es difícil que cualquier persona que tenga ideas maduras pueda discutir la afirmación
de que el militarismo es suicida; pero si esta afirmación es casi un axioma, no es menos
cierto que es más improbable que nos ofrezca una solución para el problema moral
presentado por la institución de la guerra; y, en efecto, la palabra militarismo en sí
implica que esta forma suicida e inicua de emplear la fuerza militar es no sólo la única
posible, sino además una perversión —para la que tendríamos que crear una palabra
especial— de una institución respecto a la cual, aun cuando se admita que conduce a un
abuso monstruoso, no queda por ello demostrado ipso facto que sea en esencia nefasta.
¿Es la guerra intrínseca e irremediablemente mala en sí misma? Esta es una pregunta
que no puede ser eludida por ningún estudiante de historia ni por ningún miembro de la
sociedad occidental de nuestra generación, pues se trata de una cuestión crucial de la
que depende el destino de la civilización. Ha llegado la hora de abordarla; pero, antes de
debatirnos con ella, debemos estar seguros de que hemos tomado en cuenta todas las
dificultades.
La dificultad mayor es, desde luego, la evidente existencia e importancia de las
«virtudes militares». Se yerguen ante nosotros como un hecho monumental que sería
imposible aminorar o desechar. Uno de los lugares comunes de la observación
sociológica popular es que los pueblos, castas y clases militares despiertan una
admiración mayor que sus vecinos que se ganan la vida en actividades que no implican
arriesgar la propia vida en el intento de disponer de la de los demás. Hay, naturalmente,
un anticuado tipo de oficial inglés de marina o de tierra —pulcro en su sentido del
honor, considerado con sus semejantes y afectuoso con los animales (¡aunque goce
matándolos por deporte!)— que ha sido considerado, al menos durante los dos últimos
siglos, como uno de los más finos productos ingleses de nuestra civilización cristiana
occidental. Ni puede descartarse desdeñosamente esta admiración por ingenua o
esnobista. Si la consideramos seriamente y sin parti pris, seguramente nos
confirmaremos en nuestra creencia de que es merecida. Pues las «virtudes militares» no
pertenecen a una clase aparte; hay virtudes que son tales en cualquier género de vida. El
valor, que es la más eminente de ellas, es una virtud cardinal en toda acción que un ser
humano, cualquiera sea su sexo, emprenda; y las demás virtudes que hemos adscrito a
nuestro legendario coronel o comodoro son, como es evidente, moneda corriente en la
vida civil tanto como en la militar. El coronel Newcome y el caballero Bayardo;
Corazón de León y Rolando; Olaf Tryggvason y Sigfrido; Régulo y Leónidas; Partap
Singh y Prithi-rai; Jalal-ad-Din Mankobirni y Abdalah al-Battal; Yoshitsune Minamoto
y Kuang Yu: ¡qué buenos camaradas son y qué vasto lugar llenan en el paisaje histórico
de estos últimos cinco o seis mil años en que la humanidad se embarcó en la empresa de
la civilización!
¿Qué vamos a hacer con esta vena de nuestra tradición social que hasta ayer inspirara
héroes como ésos y que todavía hoy nos mueve a todos a admirarlos? Si queremos
entender el valor de las «virtudes militares» o la sinceridad de la admiración que ellas
ganan, debemos tomarnos el trabajo de considerarlas en su marco social nativo;
entonces, prestamente saltará a la vista un aspecto de ellas que se relaciona con nuestra
investigación. Las «virtudes militares» son cultivadas y admiradas en un ambiente en el
que, para la mentalidad popular, las fuerzas sociales no se hallan nítidamente
diferenciadas de las fuerzas naturales no humanas, y en el que, al mismo tiempo, se
admite que las fuerzas naturales no pueden ser sometidas al control humano.
Hasta los tiempos modernos, la guerra fue considerada casi universalmente como algo
que en sí mismo no requería justificación. Desde luego, se reconocían sus rémoras y
horrores, pero en el peor de los casos se la condenaba como un mal inevitable, una
calamidad, un azote enviado por Dios, de la misma inconfesable naturaleza de la peste.
Una comunidad amenazada por vikingos u otros vecinos agresivos no tenía otra manera
más lógica de considerarla. Desde el punto de vista de la víctima, no había, en principio,
distinción entre las incursiones repentinas de tales pueblos y una manga de langostas o
una nube de gérmenes infecciosos. Y esto trajo en consecuencia que nada hubiese más
natural que el admirar y honrar las proezas de un Alfredo o de un Carlomagno, que
podían proteger a su pueblo del desastre en semejantes circunstancias. Hasta los tiempos
modernos, aunque pueda discutirse la justificación de una guerra determinada —y esto
difícilmente se logra—, la lucha formó parte de la vida, era un incidente de la existencia
humana cuya abolición resultaba una posibilidad difícilmente imaginable. En estas
circunstancias, aunque sólo unos pocos encomiasen la guerra, todos apreciaban al
guerrero y gustosamente se sometían a su jefatura y control. Hasta el siglo XIX, la
militar fue considerada como la única profesión digna de un caballero, y un caballero es
un «armígero».4

El caballero y letrado que comunicó estas observaciones al autor de este libro llega,
en el curso de la misma carta, a hacer un luminoso paralelo entre guerra y «deporte».

En los tiempos prehistóricos, antes de la domesticación de los animales, el cazador


cumplía una función necesarísima al suministrar alimento. Rodeado de invasores
bárbaros, el soldado sirve igualmente para hacer más tolerable la vida y más asequible
la justicia. Los mejores hombres se consagraban a estos propósitos y sus hazañas eran
rectamente celebradas; y el mismo tipo de hombres tiende a heredar con sus cualidades
sus instintos. Pero sus funciones se han hecho menos necesarias; en el caso del cazador,
tal vez totalmente inútiles.

La comparación es luminosa porque, en la cacería, vemos cómo una empresa que en


un nivel de vida primitivo fue socialmente valiosa e incluso vitalmente necesaria,
resulta innegablemente superflua en una temprana y muy a menudo alcanzada etapa de
progreso económico. En esta etapa, la práctica de la cacería como medio de vida se
transforma, acaso habitualmente por medio de un proceso gradual de cambios, en un
«deporte» económicamente inútil. Basados en esta analogía, ¿podemos suponer una
etapa de progreso social en la cual la práctica de la guerra en clara defensa propia contra
incontrolables fuerzas hostiles se transforme de la misma manera en un militarismo
socialmente inútil? En esta comparación, el siniestro militarismo que empíricamente
podemos diferenciar de las inocentes proezas del feliz guerrero acaso pueda definirse
como la práctica de la guerra por amor a la guerra cuando la institución ha dejado a la
vez de ser y de considerarse una necesidad social.
En el capítulo que llaman «moderno» de la historia de nuestro mundo occidental,
hemos visto a la guerra colocada en el mismo pie que la caza durante aquella «calma»
del siglo XVIII en que la guerra sólo estuvo de moda como «deporte de los reyes». El
mal nombre de militarista, que rebota en la armadura de un Corazón de León o de un
Bayardo, es la escarapela del diablo prendida en el tricornio de un Carlos XII o de un
Federico el Grande. Los reyes que practicaron su deporte en los campos de batalla
occidentales de aquella época fueron indiscutiblemente militares. Sin embargo, a la luz
de nuestra última experiencia, hay que decir en favor de ellos que Federico y sus pares
no fueron los más perniciosos exponentes del militarismo que habría de afligir a nuestra

4
G. M. Gathorne-Hardy, en carta al autor.
sociedad occidental. Federico, por ejemplo, jamás hubiese pensado en glorificar la
guerra como fue glorificada en un clásico fragmento debido a la pluma de un militarista
prusiano posterior: Hellmuth von Moltke.

La paz perpetua es un sueño —y ni siquiera un hermoso sueño— y la guerra es una


parte integral del orden universal de Dios. En la guerra entran en acción las más nobles
virtudes del hombre: valor y renunciamiento, fidelidad al deber y una disposición al
sacrificio que no se detiene siquiera ante la ofrenda de la misma vida. Sin la guerra, el
mundo se hundiría en el materialismo.

En este extravagante panegírico de la guerra hay una nota de pasión, de ansiedad y


de rencor que está muy lejos del caballeresco y filosófico escepticismo de Federico el
Grande. Tan profundo cambio de tono bien pudiera ser el eco de similares profundos
cambios de temperamento y circunstancia sobrevenidos en el mundo occidental durante
el período, menor de cien años, transcurrido entre la muerte de Federico en 1786 y el
año en que Von Moltke escribió aquella carta a Bluntschli. Podemos observar dos
cambios de ese tipo y que tienen esa magnitud.
Por la época en que nuestro militarista prusiano del siglo XIX era un hombre viejo, la
práctica dieciochesca de la guerra como «deporte de los reyes» había, en efecto,
producido dos reacciones que eran no sólo diferentes, sino, además, antitéticas. Ambas
procedían del postulado popular de que luchar por diversión era vergonzoso; pero
mientras una escuela de reformistas sostenía que un mal que se ha convertido en deporte
puede y debe a la vez abolirse, la otra profesaba que el mal no podría tolerarse en tanto
no hubiese que sufrirlo por un motivo grave. De esta manera, cuando el regio deporte
del siglo XVIII cayó en unánime descrédito, los pacifistas decimonónicos se vieron
enfrentados a los atrevidos militaristas del tipo de Von Moltke, que eran bastante más
peligrosos que sus frívolos predecesores del siglo anterior.
Esta querella entre las dos diferentes escuelas «progresistas» del siglo XIX, sobre la
reforma de un abuso del siglo XVIII, tuvo sin duda algo que ver en el tono adoptado por
Von Moltke en el fragmento que citamos. Con esa extravaganza, Von Moltke desafía la
desconfianza de los pacifistas contemporáneos.

Cuando una institución deja de parecer necesaria, entonces se buscan o inventan


fantásticas razones para satisfacer el prejuicio instintivo que las favorece y que ha sido
creado por su larga permanencia. Exactamente lo mismo acontece con el deporte de la
caza; usted encontrará su más minuciosa defensa en una literatura muy reciente,
precisamente porque lo que ahora se recusa fue dado por supuesto en un período
anterior.5

En este litigio entre los pacifistas que pretendían abolir el «deporte de los reyes» y
los militaristas que aspiraban a que volviera a ser una seria empresa de los pueblos, ¿qué
propósitos pueden hacerse hoy? Difícilmente podríamos dejar de formular una pregunta
que acaso contenga el enigma de nuestro destino; pero los presagios, hasta donde nos es
posible leerlos, no son ahora tranquilizadores. En nuestros propios días hemos visto
adoptadas las desafiantes tesis de Von Moltke como uno de los artículos fundamentales
de su credo por los profetas del fascismo y del nazismo, y aceptadas con entusiasmo por
las masas que esos profetas lograron convertir en fe.
En dos ocasiones diferentes, el señor Mussolini definió la fe militarista del fascista.
En el discurso con motivo de la terminación de las maniobras de 1934 del ejército

5
G. M. Gathorne-Hardy, en la carta antes citada.
italiano, dijo: «Nos estamos convirtiendo —y apresuraremos este proceso, porque tal es
nuestro deseo— en una nación militar. En una nación militarista, quiero agregar, pues
nosotros no tenemos miedo a las palabras. Para completar este retrato: en una nación
guerrera, es decir, dotada en el más alto grado de las virtudes de obediencia, sacrificio v
dedicación al país.» Y en el artículo dedicado a la «doctrina del fascismo» en la
Enciclopedia Italiana, escribió: «Sólo la guerra lleva todas las energías humanas a su
más alta tensión e impone un sello de nobleza a los pueblos que tienen la virtud de
afrontarla.»
Esta llamada «heroica» actitud ante la vida fue recibida en aquel momento con los
brazos abiertos y adoptada con fatal seriedad por millones de jóvenes. La razón de ello
es evidente. Estaban ávidos de virtudes del tipo de las «virtudes militares», porque se
les había racionado cualquiera otra especie de alimento espiritual, como el hijo pródigo
que, ávido de alimento humano, «deseaba henchir su vientre de las mondaduras que los
puercos comían»6. Por lo demás, sabemos cuál suele ser el alimento espiritual de tales
pródigos y cuándo comienza su hambre. Estos novísimos adoradores occidentales de las
«virtudes militares» son los epígonos de generaciones que fueron nutridas con «las
virtudes cristianas»; y comenzaron a sentir hambre de la tradicional moral cristiana, en
que se criaran sus antecesores cuando, en el paso del siglo XVIII al XIX, la incredulidad
de una minoría cultivada del mundo occidental comenzó a contagiar a las masas menos
viciadas.
La verdad es que el espíritu del hombre aborrece el vacío espiritual; y si un ser
humano, o una sociedad humana, tiene el trágico infortunio de perder la inspiración
sublime que hasta entonces lo animara, tarde o temprano querrá apoderarse de cualquier
otro alimento espiritual que pueda encontrar —por grosero e insuficiente que sea—
antes que continuar sin sustento espiritual alguno. A la luz de esta verdad, la reciente
historia espiritual de nuestra sociedad occidental podría sintetizarse —explicando a la
vez la glorificación de la guerra— en los siguientes términos: Como consecuencia del
declinar del papado hildebrandino, que fue la institución clave de la cristiandad
occidental de la Edad Media, nuestra Pax christiana occidental sufrió un tan grave
choque moral que la forma de vida cristiana, en que se criaran nuestros antepasados,
perdió gran parte de su imperio sobre nosotros; y al encontrarnos, al final de una serie
de calamidades y desilusiones, con nuestra casa barrida y amueblada por un aufklärung
intelectual, pero deshabitada por el espíritu cristiano que antes se alojara en ella, nos
volvimos hacia otros huéspedes que pudieran reparar aquel agónico vacío espiritual.
Nuestra cultura occidental tenía tres fuentes, a saber: el proletariado interno y el
proletariado externo y la minoría dominante de la sociedad helénica de la que nuestra
sociedad occidental era «filial»; y cuando el cristianismo, que era el legado religioso del
proletariado interno helénico, pareció fracasar para nosotros, nos volvimos ávidamente
hacia las religiones del proletariado externo helénico y de la minoría dominante griega.
En realidad, estas dos religiones eran virtualmente la misma: variantes, ambas, del
primitivo culto idolátrico de la tribu o del Estado; de consiguiente, el moderno apóstata
occidental del cristianismo, al buscar un nuevo dios encuentra, en cualquiera de las dos
direcciones a que podía volver su mirada, el mismo ídolo que su adoración espera
encontrar. Maquiavelo consultando su Tito Livio; Rousseau, su Plutarco; De Gobineau,
su Sturlason; y Hitler, su Wagner, fueron llevados por sus oráculos literarios o
musicales a las gradas del altar de la misma «abominación de la desolación»7: el Estado
totalitario provinciano. En este culto pagano de la comunidad provinciana —así sea de
inspiración griega, gótica o escandinava— la veneración de las «virtudes militares» es
6
[Lucas XV. 16.]
7
[Mateo XXIV. 15.]
de práctica obligatoria y la glorificación de la guerra artículo fundamental de fe. Y
ahora podemos entender por qué Von Moltke declara, con una pasión indudablemente
sincera, que la «paz perpetua ni siquiera es un hermoso sueño» y por qué condena la
abolición de la guerra por el temor evidentemente sincero, de que la realización del
sueño pacifista conduzca nuevamente a nuestro mundo neopagano a una oquedad
espiritual.
En realidad, tendríamos que admitir que Von Moltke tiene razón si también la tiene
al suponer, implícitamente, que el hombre occidental moderno está obligado a elegir
entre dos, y sólo dos, opciones. Si realmente perdimos el poder o el deseo de practicar
las virtudes de Getsemaní, ciertamente es mejor practicar las de Esparta o las del
Walhalla que no practicar ninguna. Y en una ci-devant sociedad cristiana esta
conclusión deja de ser académica; pues Von Moltke consiguió, al convertir nuestra
cláusula condicional en simple indicativo, que las masas lo sigan; y sus discípulos de
nuestra generación puedan alegar, sin temor a ser contradichos, que tienen los mayores
batallones de su lado. El novísimo culto occidental de las «virtudes militares» como los
Diez Mandamientos de un Estado totalitario provinciano se está convirtiendo
rápidamente en la religión preponderante de la época; y esta fe, por arcaicamente
bárbara que sea, nunca podrá ser superada por el espíritu mefistofélico de la negación
total, contra el cual constituye una protesta victoriosa. Las sociedades tienden a adquirir
las religiones, como los gobiernos, que merecen; y si nos hemos hecho indignos de
nuestra progenitura cristiana, nos hemos condenado a nosotros mismos a adorar la
resucitada sombra de un Odín o de un Ares. Es preferible tener esta fe bárbara a no tener
ninguna; de la muerte de un Leónidas y de un Olaf Tryggvason el heroísmo inculcado
por el militarismo asciende a la cima de lo sublime; pero ésta no es la sublimidad de los
santos, ni un heroísmo que pueda llevar a otra cosa que no sea al suicidio. Testigo de
ello, el sino de la abortada Civilización Escandinava y de la detenida Civilización
Espartana. Y tal sería también el destino de nuestra Civilización Occidental si Von
Moltke estuviese en lo cierto en su implícito supuesto y en la consecuencia moral que
extrae de él. Queda por ver, si ese supuesto es correcto, o si, por el contrario, el
cristianismo, lejos de estar descartado, tiene todavía poder para libertar el alma del
homo occidentalis de las garras de un odioso y destructor paganismo, ofreciéndole, una
vez más, una más alta y positiva alternativa. ¿Puede levantarse de nuevo Hildebrando en
todo su poderío para curar las heridas infligidas a las almas de su grey por los pecados
de un Rodrigo Borgia, de un Sinibaldo Fieschi8? Es ésta la más grave de todas las
preguntas que nuestro mundo occidental habrá de contestar en el siglo XX.
Siguiendo la pista que nos ha suministrado Von Moltke y examinando el imperio que
el culto de las «virtudes militares» ha ido readquiriendo sobre las almas occidentales en
estos últimos tiempos, podemos cerciorarnos de que hemos hecho algún progreso hacia
la solución del problema de si la institución de la guerra es en sí mismo un mal
intrínseco e irreparable. Hemos descubierto, en efecto, que el problema había sido
planteado erróneamente. Acaso la verdad sea que ninguna cosa creada puede ser
intrínseca e irremediablemente mala, pues ninguna cosa creada es incapaz de servir de
vehículo a las virtudes que manan del Creador. No por estar montadas en sangre y
hierro dejan de ser virtudes las «virtudes militares»; pero su valor reside en las joyas
mismas y no en su horrenda montura; y es negar la experiencia el precipitarse a la
conclusión de que el único lugar en el cual haya esperanza de encontrar esas preciosas
cosas sea el matadero, donde por primera vez se manifestaron ante los ojos humanos. El
diamante escondido en la arcilla no permanece en ella, sino que encuentra su cabal

8
El Papa Inocencio IV.
montura en la corona de un rey; y la mina de diamantes, una vez que ha entregado su
tesoro, no es sino una trampa mortal para el minero que no pueda apartarse de la escena
de su faena habitual y de su accidental hallazgo. Lo que es verdad respecto a la escoria
en que yacía sepulto el diamante es verdad también respecto a la efímera institución de
la guerra en la que por un tiempo se vislumbra oscuramente, bajo la máscara de las
«virtudes militares», un eterno principio de bondad que debería luego brillar
esplendorosamente en la perfecta paz física de la Ciudad de Dios. Es la virtud divina —
inmutable en sí misma, pero que cambia siempre su morada temporal— la que derrama
el reflejo de su propia luz interior sobre cada una de sus sucesivas residencias; y cada
una de éstas asume una negligente fealdad tan pronto como el espíritu que
temporalmente la habita deja de iluminar sus tinieblas.

Difícilmente se halle acontecimiento o fenómeno acerca del cual debamos tener siempre
el mismo concepto, si rastreamos sus orígenes a través de las edades. Es decir, ningún
mal fue originalmente un mal, sino que llegó a serlo... Podrían citarse muchos...
ejemplos de cosas originalmente buenas, pero que sobrevivieron a su objeto; y acaso
pudiésemos incluir entre ellas la guerra. Como toda cosa viva, la guerra nunca
permanece estacionaria, sino que está siempre en desarrollo. Los animales nunca
guerrean, pero los seres humanos lo hacen, y nuestros descendientes —los
«superhombres», como los llamaron Goethe y Nietzsche— dejarán de hacerlo... La
[institución de la] guerra, cuya historia conocemos, nació antiguamente; era joven y
ahora es vieja. Pero, de la misma manera que el amor de una doncella nos parece
encantador y el de una anciana repulsivo, otro tanto sucede con la guerra: no podemos
nosotros, ni debemos, juzgar conjuntamente dos cosas que por su propia naturaleza y
significado son totalmente diferentes. No hay absolutamente nada en común entre el
eterno canto de odio de Aquiles y el himno de odio a Inglaterra de Lissauer; y
parejamente, hay la más profunda diferencia entre las batallas en el valle del
Escamandro y las luchas entre el Mosa y el Mosela.9

Si hemos persistido en el culto de la guerra cuando a la bondad, que una vez encontró
una genuina aunque inadecuada expresión en las «virtudes militares», se le dio, en la
vida cristiana, una esfera incomparablemente más alta donde ejercitarse, entonces nos
hemos hecho culpables de esa idolatría de las instituciones efímeras que es una de las
formas de la némesis del poder creador. Y nuestro pecado se agrava si, después de
siglos gastados en intentar la imposible empresa de servir a dos señores, poco tiempo
acá insistimos en defender lo más bajo y menospreciar lo más alto, entregándonos a la
vez al servicio de Odín y Ares y repudiando incluso el mezquino servicio ofrecido a
Cristo por nuestros antecesores. Este último estado de paganismo es mucho peor que el
primero; pues la deliberada y consciente perversidad del militarismo arcaizante de Von
Moltke y Mussolini es tan diferente de las cándidamente arcaicas «virtudes militares»
del caballero Bayardo y del coronel Newcome como la oscuridad de la noche lo es del
esplendor de la aurora. La inocencia que el coronel heredó del caballero nunca podrá ser
recuperada en nuestro mundo occidental por los herederos del cinismo de Federico y
Napoleón. El propio autor sabía muy bien, al crear a mediados del siglo XIX el
encantador personaje del coronel Newcome, que la gracia y la tragedia de su criatura
algo debían al hecho de tratarse de un ser realmente anacrónico. Los devotos que ven en
Mussolini a Marte redivivo no serán newcomes ni bayardos, sino robots y marcianos.
Este proceso de perversión, que es el fruto del mar Muerto de una idolatría amadrinada
con arcaísmo, es el reverso exacto de aquel proceso de «eterealización» y de aquella
transferencia progresiva del campo de acción del macrocosmo al microcosmo, en los
9
Nicolat, G. F.: The Biology of War, págs. 420-21 de la traducción inglesa.
que podemos hallar un criterio del crecimiento. Este criterio nos dirá a priori, si es
válido, que la institución de la guerra no puede ser moralmente estática. Admitiendo que
esta horrenda institución ofreció ayer un campo para el ejercicio de las «virtudes
militares», podemos estar seguros de que mañana el tipo de guerra «caballeresco» se
encontrará en un militarismo sin vestigio alguno de virtud o de belleza o bien se
transfigurará en una militia Christi en la que la lucha física de un hombre contra otro se
traducirá en un combate espiritual de todos los hombres unidos en el servicio de Dios
contra los poderes del mal.
Si nuestra actual apostasía resulta ser sólo la convulsión final de un paganismo in
articulo mortis y si esta suprema crisis de la larga lucha indecisa entre paganismo y
cristianismo concluye con la derrota total del paganismo, podremos soñar con una era
futura en la que la guerra física habrá sido eliminada de nuestra vida y borrada de
nuestra memoria hasta que la misma palabra «guerra» no tenga curso —como no lo
tiene ya la palabra afín «sacrificio»— excepto en un sentido que originalmente fue
metafórico. Cuando en esos días venideros los hombres hablen de «guerra», se referirán
a la guerra del espíritu; y, si algo recuerdan de la guerra física que fuera el azote
constante de sus predecesores durante seis o siete mil años, pensarán en ella como en
uno de aquellos crueles ritos de iniciación a que solía someterse a sí mismo el homo
cateckumenus a fin de abrirse camino hacia una Comunión de Santos en la que el teatro
de la guerra ha sido desplazado de un campo de batalla externo a otro interno. La lucha
de esta perfecta Respublica Christiana ha sido pintada con una poética riqueza de
imaginería militar y descrita con la visión profética de la santidad por uno de los
ciudadanos que proclamaran el advenimiento de las Civitas Dei con varios cientos o
miles de años de anticipación. San Pablo entregaba su mensaje a los ciudadanos de las
ciudades —azotadas por la guerra— de un Estado universal helénico, en un período de
la historia helénica en que el brillo de las «virtudes militares» aún podía atraer y
cautivar la mirada por debajo del velo que el militarismo de un «tiempo de angustias»
había depositado; y el apóstol se apodera de todas las nobles y gloriosas connotaciones
de la guerra que sobreviven todavía en el espíritu de sus conversos a fin de hacerlos
partícipes, mediante una serie de metáforas militares, en la más etérea gloria y nobleza
de la vida cristiana.
No obstante movernos en la carne, no pelearnos por la carne (pues las armas de
nuestra lucha no son carnales, aunque gracias a Dios sean suficientemente poderosas
para derrocar las más fuertes fortalezas): humillando las imaginaciones y todo lo que se
levante contra el conocimiento de Dios y cautivando todo pensamiento a la obediencia
de Cristo.
3. Esparta, el Estado militar
Cuando concibió su utopía, Platón estaba inspirado por las instituciones existentes en
la ciudad-Estado de Esparta: una comunidad helénica que era la mayor entre las grandes
potencias del mundo helénico de los días de Platón. Si consideramos los orígenes del
sistema espartano vemos que los espartanos se hallaban enfrentados a la necesidad de
realizar su tour de force y de equiparse a sí mismos para la empresa con su «institución
especial», porque, en una etapa anterior de su desarrollo histórico, habían adoptado una
actitud especial. En determinado momento de su historia, los espartanos se separaron
del rumbo común de las ciudades-Estado de Grecia.
Los espartanos dieron una respuesta especial a la incitación común que se les
presentó a todas las comunidades helénicas en el siglo VIII a. de C; cuando, como
consecuencia del curso inmediatamente anterior del desarrollo social helénico, la
extensión del área cultivada en la Grecia peninsular y en el archipiélago por la Sociedad
Helénica comenzara a disminuir su rendimiento en tanto que la población de la Hélade
se multiplicaba rápidamente. La solución «normal» que se encontró para este problema
común de la vida helénica en el siglo VIII fue la de ampliar el área total cultivable en
manos griegas mediante el descubrimiento y la conquista de nuevos territorios
ultramarinos. En la galaxia de las nuevas ciudades-Estado helénicas que nacieron como
resultado de este movimiento general de expansión ultramarina hubo una fundación,
Tarento, que alegaba ser de origen espartano; pero aun en el supuesto de que esta
pretensión estuviese de acuerdo con el hecho histórico, el caso de Tarento fue único.
Fue ésta la única ciudad griega ultramarina que presumiese ser colonia espartana; y esta
tradición tarentina simplemente subraya la verdad de que, por lo común, los espartanos
aspiraron a resolver el problema general de la población helénica en el siglo VIII a. de
C, no de acuerdo con las líneas usuales de la colonización ultramarina, sino a su propio
modo.
Cuando encontraron que incluso sus amplias y fértiles tierras arables del valle del
Eurotas eran demasiado estrechas para una población creciente, los espartanos no
volvieron sus ojos hacia el mar, como los calcidicenses, corintios y megarenses. El mar
no es visible desde la ciudad de Esparta ni desde punto alguno de la llanura espartana y
ni siquiera desde las alturas que la rodean. La característica dominante en el paisaje
espartano es la empinada cadena de montañas del Taigeto, que se yergue tan
abruptamente en la banda occidental de la llanura que parece casi perpendicular, en
tanto que su línea es tan recta y continua que da la impresión de un muro. Este aspecto
amurallado del Taigeto atrae la mirada hacia Langadha: una garganta que parte de la
cordillera en ángulo recto como si el titánico arquitecto de llanura y montaña hubiese
dispuesto esa visible ruptura —en una barrera que de otro modo habría sido
uniformemente infranqueable— para dotar a su pueblo de una salida de escape. En el
siglo VIII a. de C, cuando comenzaron a sentir el acoso de la presión demográfica, los
espartanos levantaron sus miradas a las colinas y contemplaron el Langadha, viendo su
salvación en el paso a través de las montañas, en tanto que los vecinos, bajo el mismo
acicate de la necesidad, veían la suya en la salida hacia el mar. En esta primera
bifurcación de los caminos, la ayuda les vino a los espartanos del señor Apolo de
Amiclea y la señora Atenea de la Casa de Bronce. La Primera Guerra Mesenoespartana
(área 736-720 antes de Cristo), contemporánea de las primeras colonizaciones helénicas
en las costas de Tracia y Sicilia, dejó a los espartanos victoriosos en posesión de más
vastas tierras conquistadas en la Hélade que las ganadas por los colonizadores de Calcis
en Lentini o por los propios famosos colonizadores espartanos en Tarento. Pero el genio
tutelar de Esparta, que la guiaba y que «no permitió» que «fuese movida su planta»
después de alcanzado su objetivo en Mesenia, no la «preservó» con ello «de todo mal».
Por el contrario, la sobrehumana —o inhumana—rigidez de la subsecuente actitud de
Esparta, como la mítica condena de la mujer de Lot, manifiestamente era un castigo y
no una bendición.
Las peculiares inquietudes de los espartanos comenzaron tan pronto como la Primera
Guerra Mesenoespartana concluyó con la victoria de Esparta; pues conquistar a los
mesenios en la guerra era una tarea menos difícil para los espartanos que la de
dominarlos en tiempo de paz. Aquellos mesenios derrotados no eran bárbaros tracios o
sículos, sino griegos de la misma cultura y las mismas pasiones que los propios
espartanos. Aquella primera guerra (área 736-720 a. de C.) fue un juego de niños
comparada con la Segunda Guerra Mesenoespartana (área 650-620 a. de C), en la que
los avasallados mesenios, templados por la adversidad y rebosantes de vergüenza e ira
de verse sometidos a un destino que ningún otro pueblo griego había tolerado, se
levantaron ahora en armas contra sus amos de Esparta, luchando más dura y largamente
en este segundo asalto para recuperar su libertad que lo que lo hicieran en el primero
para preservarla. Su tardío heroísmo no pudo impedir, finalmente, una segunda victoria
espartana; y después de esta guerra sin precedentes por su tenacidad y destrucción, los
vencedores trataron a los vencidos con una severidad también sin precedentes. Sin
embargo, en los vastos designios de los dioses los insurgentes mesenios se habían
asegurado su venganza contra Esparta, en el sentido en que Aníbal alcanzaría la suya
contra Roma. La Segunda Guerra Mesenoespartana cambió todo el ritmo de la vida de
Esparta y torció en su totalidad el curso de su historia. Fue una de aquellas guerras en
que el acero se hinca en las almas de los supervivientes. Tan terrible fue esta
experiencia, que dejó la vida espartana indisolublemente atada a la miseria y las cadenas
y en un callejón sin salida su desviada evolución. Y no siendo capaces los espartanos de
olvidar nunca lo que habían pasado, jamás fueron capaces de reposarse ni, por lo tanto,
de salir por sí mismos de la impasse de su reacción de posguerra.
Las relaciones de los espartanos con su entorno humano de Mesenia pasaron por las
mismas irónicas vicisitudes que las relaciones de los esquimales con su entorno físico
de la zona ártica. En ambos casos, tenemos el espectáculo de una comunidad que se
aventura a aferrarse a un entorno que intimida a los vecinos de la comunidad, a fin de
extraer de una empresa excesivamente formidable una recompensa excepcionalmente
rica. En la primera etapa, este acto de audacia parece estar justificado por los resultados.
Los esquimales encuentran mejor caza en los hielos del Ártico que la que podrían hallar
sus menos aventureros primos indios en las praderas de Norteamérica; los espartanos,
en la primera guerra contra Mesenia, ganan a sus parientes griegos del otro lado de las
montañas, tierras más ricas que las que pudieran ganar más allá del mar a los bárbaros
los colonizadores contemporáneos de Calcis. Pero, en la etapa siguiente, el original —e
irrevocable— acto de audacia trae consigo su ineludible castigo. El entorno conquistado
hace ahora cautivo a su audaz conquistador. Los esquimales se tornan prisioneros del
clima ártico y tienen que ajustar la vida a sus exigentes dictados hasta en el más
pequeño detalle. Los espartanos, después de conquistar a Mesenia en la primera guerra a
fin de vivir en ella, se ven obligados, en la segunda guerra e incluso después, a
consagrar sus vidas a la tarea de conservar a Mesenia. Desde entonces y para siempre,
viven como los humildes y sumisos sirvientes de su propio dominio sobre Mesenia.
Los espartanos se equipan a sí mismos para realizar su tour de force, adoptando
instituciones ya existentes para satisfacer nuevas necesidades.
La manera... como estas instituciones primitivas, que de otro modo hubiesen
desaparecido de todas las comunidades griegas ante la naciente cultura (helénica),
fueron empleadas como piedra angular del organismo espartano, es algo que suscita en
nosotros la más profunda admiración.
En esta adaptación, nadie podría negarse a ver algo que es más que el simple resultado
de un desarrollo automático. La forma metódica y deliberada con que se hizo que cada
cosa condujese hacia un objetivo único, nos obliga a ver aquí la intervención de una
mano conscientemente creadora... La existencia de un hombre, o de diversos hombres
trabajando en el mismo sentido, que reajusta las primitivas instituciones en la agogé10 y
en el kosmos, se impone como una hipótesis necesaria.11

La tradición helénica atribuye a «Licurgo» no sólo la reconstrucción de la Sociedad


Lacedemonia después de la Segunda Guerra Mesenoespartana —reconstrucción que
hizo de Esparta lo que fue y lo que siguió siendo hasta su colapso— sino también todos
los anteriores y menos anormales acontecimientos de la historia social y política de
Esparta. Pero «Licurgo» era un dios; y los modernos letrados de Occidente, en busca del
autor humano del sistema «licúrgeo», se inclinan a reconocer al personaje en Quilón,
éforo espartano que dejó reputación de sabio y que parece haber ejercido su cargo
alrededor del 550 a. de C. Acaso no incurramos en muy grave error si consideramos el
sistema «licúrgeo» como la obra acumulada de una serie de gobernantes espartanos que
actuaran durante un lapso aproximado de un siglo, a partir de la iniciación de la
Segunda Guerra Mesenoespartana.
El rasgo primordial del sistema espartano —el rasgo que por igual explica la
asombrosa eficiencia del sistema, su fatal rigidez y su consecuente derrumbamiento—
fue «su gran desprecio por la naturaleza humana». Virtualmente, la carga total de
mantener el dominio de Esparta sobre Mesenia fue impuesta a los libres hijos de los
espartiatas libres. Al mismo tiempo, dentro de la propia ciudadanía espartana, el
principio de igualdad no solamente estaba bien establecido, sino que se le daba largos
alcances.
Aunque no existiese una igualdad de riqueza, todo «par» espartiata recibía del Estado
uno de los feudos o dotes de igual magnitud —o de igual productividad— en que fuera
dividida la tierra arable de Mesenia después de la segunda guerra; y cada uno de estos
lotes, cultivados por mesenios vinculados al suelo como siervos, estaba calculado para
el sostenimiento de un «par» espartiata y su familia, dentro de un frugal nivel de vida
«espartano» y sin que tuviese que trabajar con sus propias manos. En consecuencia,
todo «par» espartiata, aunque pobre, se hallaba económicamente en condiciones de
dedicar todo su tiempo y energía al arte de la guerra; y como el permanente y perpetuo
adiestramiento y servicio militar recaía exclusivamente sobre cada uno de los «pares»
espartiatas, por rico que fuese, la restante desigualdad de riqueza no se reflejaba, en
Esparta, en ninguna diferencia fundamental, entre las formas de vida del rico y el pobre.
En lo que respecta a la jerarquía hereditaria, parece que la nobleza espartana no
detentaba ningún privilegio negado a los plebeyos, como no fuese la elegibilidad al
Consejo de Estado. Por lo demás, se hallaban absorbidos por la tropa de los «pares» y,
en particular, los trescientos caballeros de Esparta no fueron otra cosa, bajo el sistema
«licúrgeo» que un club de nobles o una fuerza montada. Se habían convertido en un
corps d'élite de infantería pesada que se reclutaba por méritos entre los «pares», quienes
competían afanosamente para ser admitidos. La más sorprendente manifestación del
espíritu igualitario del sistema «licúrgeo» fue el estado legal a que redujo a los reyes.

10
Educación espartana.
11
Nilsson, M. P.: Die Grundlagen des Spartanischen Lebens, en «Klio», vol. XII, pág. 308.
Aunque éstos continuaban sucediéndose en el trono por derecho hereditario, el único
poder efectivo que retenían era el comando militar en servicio activo. Por lo demás,
aparte de ciertos deberes y privilegios ceremoniales menos importantes que pintorescos,
los reyes reinantes, así como todos los demás miembros de las dos familias reales,
tenían que someterse a la misma rígida y perenne disciplina que los «pares» ordinarios.
Como presuntos herederos, recibían la misma educación; y su sucesión al trono no les
significaba exención alguna.
Así, pues, dentro de la fraternidad de los «pares» espartiatas, las diferencias de cuna
y los privilegios hereditarios poco o nada contaban bajo el sistema «licúrgeo», y aunque
una de las calificaciones normales para la admisión a aquella fraternidad fuera el haber
nacido espartano libre, ningún candidato habría soñado siquiera en decir —ni aun entre
los suyos y no hay para qué decir que en público— la frase espartana equivalente al
«Tenemos por padre a Abraham»; pues la cuna no era en Esparta garantía de promoción
al codiciado aunque oneroso estado de «par». En realidad, el ser espartiata de
nacimiento, aunque se requiriese normalmente, no constituía un sine qua non. El haber
nacido espartiata simplemente condenaba al niño —si no se libraba porque lo
rechazaran por canijo en el momento de nacer en cuyo caso se le dejaría morir al aire
libre— a sobrellevar la ordalía de una educación espartana, ordalía que apenas daba
título al joven para aspirar a un puesto en la fraternidad de los «pares» cuando tuviese
edad para ello. En última instancia, la manera como soportase el niño aquella ordalía
pedagógica contaba mucho más que su cuna. Hubo espartiatas de nacimiento que no
respondieron adecuadamente a la prueba educacionista y a quienes por ello se les negó
eventualmente la admisión a la fraternidad de los «pares», condenándolos al llanto y al
crujir de dientes en las tinieblas exteriores de la indeseable situación de «inferiores». A
la inversa, hubo casos —aunque fueron evidentemente raros— en los que permitió a
niños no espartiatas someterse a la educación espartana; y si estos «niños extranjeros»
cumplían bien, adquirían tantos derechos a ser elegidos «pares» como sus condiscípulos
espartanos.
A tal grado ignoró el sistema espartano las pretensiones de cuna y herencia; y el dios
Licurgo fue todavía más allá en su menosprecio de la «naturaleza humana». El
reformador social de Esparta no vaciló en intervenir incluso en el matrimonio con
objetivos eugenésicos y aspiró a hacer cuanto pudiera por obtener la especie de material
humano que necesitaba mediante la crianza, mientras llegaba el momento de la
selección. La conscripción espartana era universal para la clase que estaba sometida a
ella —es decir, para los espartiatas nacidos libres que no habían sido expuestos después
de nacer—. Los espartanos sacaban a los niños de sus hogares para llevarlos a la escuela
a la edad de siete años. Finalmente, los espartanos no sólo extendían la conscripción y el
entrenamiento a las niñas, sino que fueron más lejos todavía, dando un tratamiento
idéntico a ambos sexos. Para las niñas espartanas, tanto como para los niños, la
conscripción era universal; y se las adiestraba no en tareas especialmente femeninas ni
separadamente de los hombres. Se las adiestraba, como a los niños, en un sistema de
competencias atléticas; y las niñas, como los niños, competían desnudas ante un público
masculino.
En la crianza del material humano, el sistema espartano perseguía simultáneamente
dos objetivos diferentes. Se proponía a la vez, cantidad y calidad. La primera se
aseguraba —en proporción a la minúscula escala sobre la cual estaba edificada la
Sociedad Espartana— por presión directa sobre el varón espartano adulto, tratando de
influir en su conducta mediante alicientes y castigos. El soltero voluntario e inveterado
era castigado por el Estado e insultado por sus menores por su vergonzosa falta de
espíritu público. Por otra parte, el padre de tres hijos era exceptuado de la movilización
y el padre de cuatro de toda obligación para con el Estado. Al mismo tiempo, la calidad
se aseguraba manteniendo, con un deliberado y definitivo propósito eugenésico, ciertas
costumbres sociales primitivas que regían las relaciones sexuales y que parece eran
reliquias de un sistema de organización social a base de grupos sexuales, anterior al
sistema representado por el matrimonio y la familia. Un marido espartiata ganaba la
aprobación popular, en vez de exponerse a la condenación pública, si se tomaba el
trabajo de mejorar la calidad de la progenie de su esposa, arreglándoselas para que sus
hijos fuesen concebidos por un progenitor más varonil —o mejor animal humano— que
él mismo. Y parece que incluso la esposa espartiata podía impunemente arreglar las
cosas por su propia cuenta, si el esposo no quería tomar la iniciativa de suministrarle un
reemplazante cuando probadamente se hallaba por debajo de su tarea. El espíritu con
que los espartanos practicaban la eugenesia es descrito por Plutarco en un pasaje en el
que dice que el reformador social de Esparta sólo veía vulgaridad y vanidad en las
convenciones sexuales del resto de la Humanidad, que cuida de suministrar a sus perras
y a sus yeguas los mejores sementales que pueda comprar o alquilar, sin perjuicio de
encerrar a sus mujeres y mantenerlas bajo custodia a fin de estar seguros de que sólo
parirán hijos engendrados por sus maridos, como si éste fuese un sagrado derecho del
esposo, así sea éste débil de espíritu, senil o enfermizo. Este prejuicio ignora las dos
obvias verdades de que los malos padres producen malos hijos y los buenos padres
buenos hijos, y que los primeros en sentir esta diferencia serán aquellos que posean los
hijos y tengan que criarlos.
Al educar a los niños espartanos que han sido criados de esta manera con el último
objeto de seleccionar a los mejores de ellos para su incorporación a los «pares» y su
dotación con parcelas públicas, el sistema espartano se vale nuevamente de las reliquias
de un sistema de organización social pre-familiar, en el que el niño que no necesita ya
los cuidados personales de la madre es educado, no en el aprendizaje de la profesión de
su padre en un ambiente patriarcal, sino por sucesivas asociaciones en una serie de
«recuas humanas» en las que, a cada etapa, se junta con otros niños de la tribu de su
misma edad y sexo. La reforma «licúrgica» acepta este sistema de «edad-clase» y al
mismo tiempo lo adapta a sus propios propósitos educacionales introduciendo una
división mixta en la que niños de todas las edades eran reunidos en un solo grupo, de
manera que los mayores pudiesen asistir en su adiestramiento a los más pequeños. Estas
«bandas» juveniles eran reproducción de y preparaciones para las «mesas» de adultos,
que eran asociaciones de «pares» pertenecientes a diferentes «clases por edades», desde
la más alta hasta la más baja, de las cuarenta «clases anuales» —de los veintiuno a los
sesenta años inclusive— que se hallaban sometidas al servicio militar. La culminación
de los trece años de educación de un mozo espartano en una «banda» era su candidatura,
al finalizar los veinte años, para entrar en una de las «mesas», que era la única vía de
ingreso a la fraternidad de los «pares». La entrada en una «mesa» sólo podía obtenerse
por votación y bastaba una «balota negra» para acarrear el rechazo del candidato. Una
vez elegido en esta forma, el candidato victorioso entraba a ser miembro de la «mesa»
durante cuarenta años, a menos que dejase de pagar su contribución, en vituallas y
dinero, para el sostenimiento de la mesa común o resultase convicto de un acto
imperdonable de cobardía en la guerra.
Los rasgos fundamentales del sistema espartano eran: supervisión, selección y
especialización; espíritu de competencia; y el uso simultáneo del estímulo negativo del
castigo y el estímulo positivo de la recompensa. Y en la fraternidad espartiata de los
«pares» estos rasgos no estaban limitados a la etapa educacional. Continuaban
dominando la vida del espartiata adulto como habían dominado su infancia; y desde el
momento en que, al cumplir los siete años, había sido apartado de su madre, estaría
continuamente sometido a la disciplina hasta que el cumplimiento de su sexagésimo
aniversario lo liberase del servicio militar. El signo exterior y visible de esta disciplina
era la regulación que prescribía cincuenta y tres años de «servicio bajo bandera»; pues
el espartano que había sido trasladado, siendo niño, del hogar de sus padres a una
«banda» juvenil carecía de libertad de vivir en un hogar propio cuando había sido
elegido para una «mesa» y había sido dotado con un lote público y había cumplido con
su deber social de tomar una esposa en matrimonio. Los «pares» espartiatas estaban
obligados a casarse, pero se les prohibía hacer una «vida de hogar». El novio espartiata
estaba obligado, incluso, a pasar su noche de bodas en el cuartel: y aunque la
prohibición de pasar la noche en casa se hacía menos rigurosa a medida que se avanzaba
en edad, la prohibición de comer en el hogar era absoluta y permanente.

Licurgo se cuidó de que los espartiatas no tuviesen la libertad de tomar una comida
preliminar en sus casas a fin de evitar que estuviesen con el estomago lleno a la hora del
rancho. Si un espartiata demostraba entonces no tener apetito, era «reprendido» por sus
compañeros de mesa como glotón demasiado delicado para gustar de la comida común;
y si se le comprobaba su falta era multado. Famoso ejemplo de esto es el que nos ofrece
el rey Agis al regresar de la guerra después de larga ausencia, al final de su victoriosa
guerra de desgaste contra Atenas, el rey quiso comer, tan solo una vez, con su esposa y
envió a la bodega del cuartel por su ración; pero el Consejo del Ejército no permitió que
le fuese enviada y cuando, al día siguiente, se informó del incidente a la junta de éforos,
ésta hizo pagar al rey una multa.12

Un sistema que desafía con tanta crueldad la «naturaleza humana» no podía


evidentemente imponerse sin alguna abrumadora sanción externa; y en Esparta esta
sanción era aplicada por la opinión pública que sabía cómo castigar a los infractores del
código social espartano con escorpiones más cruelmente mordiscantes que el látigo de
los éforos. Este asunto es expuesto por un observador ateniense13 que estudió el sistema
espartano en su hora undécima14, en vísperas ya de su colapso.
Una de las notables realizaciones de Licurgo consistió en hacer que en Esparta fuese
preferible morir de una noble muerte antes que vivir en la deshonra. La realidad, la
investigación revela que los espartanos tienen en la guerra menos muertos que los
ejércitos que abren puertas al miedo y prefieren huir del campo de batalla; de tal modo
que, en la práctica, el valor se revela como un factor más efectivo de supervivencia que
la cobardía. El sendero del valor es más fácil y agradable, más llano y más seguro... Y
conviene que no omita explicar en qué forma se aseguró Licurgo de que ese sendero sea
seguido siempre por sus espartanos. Se aseguró de ello, garantizando inevitable
felicidad para el valiente e inevitable desdicha para el cobarde. En otras comunidades, el
único castigo reservado a éste es el baldón del epíteto. Por lo demás, se le deja libre de
trabajar y divertirse codeándose, si quiere, con hombres de valer. En Esparta, por el
contrario, todos se avergonzarían de tener por comensal a un cobarde o de hacer de él su
compañero en los juegos atléticos. Y ocurrirá a menudo que cuando se hallen eligiendo
los equipos para los juegos, el cobarde se vea rechazado, y que se lo relegue en los
coros a las posiciones menos honorables, y que tenga que dar precedencia a todo el
mundo en la calle y en la mesa, y ceder el paso a sus menores, y mantener la puerta
cerrada a las mujeres de su familia y soportar sus reproches por su falta de hombría, y
resignarse a no tener en su hogar ama de casa y a pagar por ello una multa, y a no

12
Plutarco: Apophthegmata Lacónica: Lycurgus, N.° 6.
13
Jenofonte: Respublica Lacedaemoniorum, Lap. IX.
14
Mateo XX. 6 y 9. (N. del T.)
mostrarse nunca fuera de casa con la piel aceitada, y a no hacer en realidad cosa alguna
de las que hacen los espartanos que no tienen mancilla en su reputación, so pena de
recibir castigos corporales de sus superiores. Por mi parte, no me sorprende en modo
alguno que en una comunidad en la que la cobardía es señalada con tan terribles
penalidades, la muerte sea preferible a vida tan ignominiosa y a semejante deshonra.
Sin embargo, el solo castigo, por implacable que sea, nunca hubiera podido crear el
ethos espartano o inspirado el sobrehumano heroísmo que ese ethos hace posible. La
sanción que hizo del espartano lo que fue, era tanto interna como externa; pues aquellas
almas implacables, cuya opinión pública hacía la vida intolerable para cualquiera de sus
miembros que fracasara en mantener las normas generales de conducta, eran
implacables en tales casos simplemente por exigirse sinceramente a sí mismos idéntico
rigor de conducta. En el alma de cada auténtico «par» espartiata, este «imperativo
categórico» fue el motor esencial que permitió actuar duramente más de doscientos años
al sistema «licúrgeo», en abierto desafío a la «naturaleza humana». Y su esencia se nos
revela en la sin duda imaginaria pero no menos ilustrativa conversación que pone
Herodoto en labios del padisha aqueménida Jerjes y el exilado rey espartano Demaratos,
qué servía en la plana mayor de Jerjes cuando el ejército de éste marchaba hacia las
Termopilas desde los Dardanelos. Jerjes había preguntado a Demaratos si debía esperar
alguna resistencia; y Demaratos le había respondido que, cualquiera que fuese la actitud
de los demás griegos, podía garantizarle, con respecto a sus propios conciudadanos de
Esparta —aunque personalmente no tuviese razón alguna para amarlos—, que acudirían
a la lucha sin tener para nada en cuenta la disparidad de efectivos. Cuando Jerjes se
negó a admitir la idea de que tropas formadas por hombres libres, como lo eran los
espartanos ex hypothesi, quisieran someterse voluntariamente a una ordalía a la que las
propias tropas de Jerjes sólo podían ser llevadas por el temor que les inspiraba su jefe y
por la fuerza del látigo, Demaratos replica que aunque los espartanos sean libres, no lo
son del todo. También ellos sirven a un amo bajo la apariencia de la Ley, a la que temen
más intensamente que tus servidores a ti mismo. Lo demuestran haciendo cuanto su
amo les ordena, y las órdenes son siempre las mismas: «En acción, está prohibido
retirarse frente a las fuerzas enemigas, cualquiera que sea su poderío. Las tropas deben
conservar su formación y vencer o morir.»
Tal fue el espíritu que inspiró las hazañas de los espartanos; y esas empresas
estamparon el nombre de Esparta con el significado que todavía conserva en toda la
lengua viva de nuestros días. Tan famosas son sus proezas que no necesitamos repetir
aquí historias familiares. ¿No está escrita en el Libro Séptimo de Herodoto la historia de
Leónidas y de los Trescientos en las Termopilas? ¿Y no se relata en la Vida de Licurgo,
de Plutarco, la historia del niño y el zorro? ¿Y no encierran estas dos historias, entre sí,
la totalidad del tour de force de la adolescencia y la virilidad espartanas? Y si no
podemos apartar nuestros ojos de los espartanos —como, sinceramente, no lo
podemos— sin mirar primero también al otro lado del escudo espartano, debemos
recordar sencillamente que los dos últimos años de la educación de un niño espartano
—los años cruciales de los que dependían, más que cualesquiera otros, sus posibilidades
de elección a una «mesa»— se empleaban probablemente en el servicio secreto, y que
éste no era otra cosa que una «banda de asesinos» oficial que patrullaba
subrepticiamente el territorio de Laconia, ocultándose de día y acechando en la noche
por todas partes como un auténtico negotium perambulans in tenebris15, con el objeto
de eliminar a todo ilota que hubiese mostrado síntomas de insubordinación o acaso
simples vestigios de carácter y de ingenio. Si Esparta demanda, y a su debido tiempo

15
Jeremías XLIX. 9; Abdías 5. (N. del T.)
exige, el viril heroísmo de un Leónidas y de sus Trescientos con el fin de cubrir el
nombre espartano de incomparable gloria militar, también demanda —y no deja de
exigir— la criminalidad juvenil de su servicio secreto con el objeto de que la reducida
minoría de «pares» pueda mantener sus pies sobre los cuellos de una abrumadora
mayoría numérica de «inferiores», «dependientes», «miembros nuevos» y «siervos» que
se regocijaría, si tuviese la oportunidad, de «comerse vivo» al puñado de amos. Si bajo
el sistema «licúrgeo» los espartanos se elevan hasta algunas de las más sublimes cimas
de la conducta humana, también se sumergen en algunos de sus más tenebrosos
abismos.
En el sistema «licúrgeo», todo aspecto —material o espiritual, malo o bueno— se
hallaba dirigido hacia un objetivo único; y este objetivo definido se alcanzó cabalmente.
Bajo el sistema «licúrgeo», la infantería pesada de Lacedemonia fue la mejor infantería
pesada del mundo helénico. Muy superior a cualesquiera otras tropas helénicas de la
misma arma. Por cerca de dos siglos, los ejércitos de las otras potencias helénicas
temieron enfrentarse al ejército lacedemonio en batalla campal. En disciplina y también
en morale los lacedemonios fueron inimitables. Pero precisamente por esto en la
Esparta «licúrgea» no había cabida para otro género de profesionalismo.
El genio unilateral de la agogé «licúrgea» salta a la vista de quienquiera visite en
nuestros días el Museo de Esparta. Pues este museo es totalmente distinto a cualquier
otra colección moderna de obras de arte helénicas, así se hallen en Grecia o en otros
países. En esas colecciones, el visitante busca, encuentra y se sacia con las obras de la
«Edad Clásica», que coinciden aproximadamente con los siglos V y IV a. de C. En el
Museo de Esparta, en cambio, ese arte helénico «clásico» brilla por su ausencia. La
mirada del visitante queda aquí cautiva, en primer término, y fascinada por las obras
«pre-clásicas»: delicadas tallas en marfil y asombrosa alfarería policromada, obra de
artistas que tenían, a la par, el don de la línea y del color. No obstante ser fragmentarias,
estas reliquias del arte primitivo espartano ostentan inequívocas huellas de originalidad
e individualidad; y el visitante que las descubre allí por primera vez, busca
anhelosamente sus secuelas —sólo que busca en vano, ya que este temprano
florecimiento del arte de Esparta sigue siendo una promesa sin cosecha. En el lugar que
debiera hallarse ocupado por los monumentos que nos dieran la versión espartana del
arte «clásico», hay un gran vacío; y el Museo de Esparta apenas si contiene algo más
que un sobrante de obras de escultura menor, sin inspiración, hechas sobre modelo, que
datan del último período helenístico y del primer gran período Imperial. Entre estas dos
series de obras, hay una gran laguna cronológica en el Museo de Esparta; laguna que
explican las mismas fechas. La fecha en que aparece el arte primitivo espartano
corresponde aproximadamente a la de la magistratura de Quilón, a mediados del siglo
VI a. de C. La casi igualmente abrupta reaparición de la «producción artística» en el
período de decadencia es posterior a 189-8 a. de C, fecha en la que es sabido se abolió
en Esparta el sistema de «Licurgo» por la política premeditada de un conquistador
extranjero después de que se incorporó por la fuerza a Esparta a la Liga Aquea. El arte
era imposible en Esparta mientras la vida espartana estuviese limitada, por el férreo
sistema, al único carril del militarismo.
La parálisis que desciende, con la agogé, sobre el arte pictórico y glíptico de Esparta,
fue igualmente fatal para la música, en la que habían dado también los espartanos
precoces promesas. Las autoridades habían desalentado a sus ciudadanos de cultivar un
arte que, no obstante ello, se halla tan próximo al soldado que en nuestro moderno
mundo occidental se le considera como la mejor preparación para el adiestramiento
militar. A los espartanos se les prohibió concurrir a los grandes juegos atléticos
panhelénicos, so pretexto de que el profesionalismo en la carrera, el salto y el
levantamiento de pesas era una cosa y el profesionalismo en el manejo de la lanza y el
escudo y la realización de evoluciones en el campo de maniobras algo totalmente
diferente y del cual no deberían distraerse el corazón ni el espíritu del espartiata por
razón alguna.
Así, pues, Esparta pagó el castigo por haber tomado su propia, terca y aventurada
carrera en aquella bifurcación de caminos que fue el siglo VIII a. de C, condenándose a
sí misma a permanecer inmutable en el siglo VI —presentando armas como un soldado
en revista—, en el momento mismo en que los demás griegos se ponían nuevamente en
marcha hacia adelante en uno de los más memorables movimientos de todo el curso de
la historia helénica.
Necesitamos hacer un esfuerzo de imaginación para recordar que la fraternidad de
los «pares» espartiatas fue la primera democracia helénica, y que la redistribución de las
tierras arables de Mesenia entre los miembros de aquel demos espartiata en lotes iguales
se convirtió en el santo y seña de la revolución que convulsionara a Atenas en la
generación subsiguiente. En Esparta, el movimiento que se había autodeclarado precoz
en la reforma «licúrgea» estaba condenado a interrumpirse prematuramente en una
etapa rudimentaria porque el sistema «licúrgeo» cambió la faz de la vida espartana, sólo
para petrificarla para siempre. No fue en Esparta, ni en respuesta a la peculiar incitación
propuesta a los espartanos con la Segunda Guerra Mesenoespartana, donde las nuevas
tendencias de la vida helénica estaban destinadas a expresarse en nuevos actos de
creación. La obra creadora del siglo VI a. de C. fue suscitada por una incitación de otra
especie; y esta incitación fue presentada en primera instancia a aquellas comunidades
helénicas que habían respondido a la previa incitación del siglo VIII, no conquistando, a
la manera de Esparta, la casa de su vecino en la Hélade, sino colonizando en ultramar
como lo hicieran calcidicenses y megarenses.
El problema maltusiano, después de ser solucionado —o archivado— por el sistema
de colonización y por un período de casi dos siglos, surgió de nuevo, y esta vez más
agudamente que antes, por la detención simultánea de la expansión territorial del mundo
helénico en todas las regiones. La expansión helénica hacia Oriente fue contenida en el
siglo VI a. de C. por la aparición de nuevas grandes potencias: los saítas en Egipto y los
lidios en Anatolia, y el mucho más poderoso Imperio Aqueménida que dominó primero
y absorbió luego a los otros dos. Durante ese mismo siglo, la expansión helénica fue
detenida en el Mediterráneo occidental por la unión de las colonias levantinas rivales —
fenicios y etruscos— que descubrían ahora en la cooperación política un contrapeso
para su inferioridad en vitalidad y número con respecto a los griegos. Al mismo tiempo,
los bárbaros indígenas de Occidente comenzaban a aprender a defender lo suyo de los
intrusos levantinos, empleando contra éstos sus propias armas. De estas diferentes
maneras, la expansión helénica fue interrumpida en todas partes; y esta incitación
estimuló a los helenos para resolver su recurrente problema social reemplazando el
simple crecimiento extensivo que ya no les era posible, por un crecimiento intensivo, de
más alto orden social, que todavía se hallaba a su alcance. Pasaron del «cultivo para la
subsistencia» al «cultivo comercial» y a la manufactura; de un régimen de
autosuficiencia local a un régimen de comercio internacional; de una economía natural a
una economía monetaria; y de una política basada en el nacimiento a una política basada
en la propiedad. La iniciativa en dar esta victoriosa respuesta fue tomada por Atenas: un
«caballo tapado» que no había tomado parte en el movimiento inicial de colonización
ultramarina, pero que se había abstenido, al mismo tiempo, de seguir a Esparta por su
callejón sin salida mesénico.
Sólo hay que mencionar la naturaleza de la respuesta ateniense para establecer el
contraste entre el progreso helénico bajo la jefatura de Atenas y la inmovilidad
antihelénica de Esparta; este contraste se halla adecuadamente simbolizado en la
diferencia existente entre el cuño monetario del Ática y el de Esparta. La reciente
invención de la moneda acuñada se había abierto camino en Esparta antes de que el
sistema «licúrgeo» se impusiese rígidamente; e incluso posteriormente continuó
desempeñando un papel no despreciable en la vida interna de la fraternidad de los
«pares» espartiatas, ya que la contribución del «par» a su «mesa» —que tenía que ser
pagada so pena de perder el título— era pagadera tanto en moneda como en especies.
Sin embargo, aunque los reformadores espartanos del siglo VI no pudiesen, o no
quisiesen, suprimir totalmente la moneda en Laconia, lograron adaptarla, como lo
hicieran con todas las demás instituciones que encontraran vigentes, a sus propios fines.
Permitieron a sus conciudadanos retener una moneda-símbolo de hierro que era
demasiado pesada y voluminosa para el uso ordinario y que había sido tratada
químicamente de tal manera que resultara demasiado pobre en calidad para tener ningún
valor comercial intrínseco, ni siquiera como volumen. De esta manera, Laconia quedó
excluida del conjunto de las relaciones financieras, exactamente como si en realidad no
hubiese tenido moneda alguna, con sólo darle un cuño que no tenía curso más allá de
sus fronteras. Entre tanto, «los búhos de Atenas» se convirtieron en la moneda corriente
de todo el mundo mediterráneo, y el ocasional arribo de una bandada de estas aves
migratorias a la propia Esparta creó mayor consternación aun entre las autoridades
espartanas que la importación de un instrumento musical con más de siete cuerdas. El
propio espartano Gilipo, que acaso hiciera más que ningún otro hombre por derrotar a
Atenas en la Gran Guerra de 431-404 a. de C, frustrando el intento de Atenas de
conquistar la Sicilia, fue obligado a partir al exilio al día siguiente de la paz por haber
informado su criado que había «una bandada de búhos en el tejar».
De este modo, el sistema «licúrgeo», establecido por los espartanos con el objeto de
defender su imperio sobre los ilotas, tuvo el efecto de colorarlos a la defensiva contra
todo el mundo helénico por añadidura. Y lo más irónico en la situación de Esparta era el
hecho de que, habiendo sacrificado todo lo que hace a la vida digna de ser vivida con el
único propósito de forjar un instrumento militar irresistible, se encontró con que no
podía aventurarse a hacer uso de un poder tan caramente pagado porque su equilibrio
era, bajo el sistema «licúrgeo», tan exacto y su tensión social tan alta, que el más ligero
quebrantamiento del statu quo podía tener desastrosas repercusiones; y este desastre
tanto podía producirse por una victoria que incrementase la demanda permanente de
material humano, como por una derrota que abriese el camino a la invasión de los
territorios centrales de Esparta. En el terreno de los hechos, la fatal victoria de 404 a. de
C. y la consecuente fatal derrota del año 371 trajo a su hora el desastre que los
espartanos no habían cesado de temer desde que lograron convertirse en la más
formidable potencia militar de su mundo. No obstante ello, los gobernantes espartanos
lograron posponer el calamitoso día por cerca de dos siglos, a partir de la consumación
de las reformas «licúrgeas», negándose a aceptar para Esparta la grandeza que las
circunstancias trataban incesantemente de imponerle.
En este estado de ánimo, los espartanos esquivaban, una y otra vez, la incitación a
asumir la jefatura de la Hélade que les presentaba el peligro aqueménida. Se abstuvieron
de enviar ayuda a los griegos insurgentes de Anatolia en 499 a. de C; llegaron
demasiado tarde a la batalla de Maratón en 490; y después de cubrirse de gloria, a
regañadientes, en las Termopilas y en Platea, renunciaron al alto mando de las fuerzas
de liberación en 479-8. Antes que incurrir en los riesgos que la grandeza significaba
para Esparta, deliberadamente permitieron que su propia repudiada grandeza yaciese
abandonada y se la apropiase Atenas; y, sin embargo, ni siquiera a tan duro precio,
fueron capaces finalmente de eludir su trágico destino. Pues la gran negativa de Esparta
a aceptar la incitación de 499-479 a. de C. sólo compró para Esparta, y no podía ser de
otra manera, una breve inmunidad ante su peculiar dilema. Al preferir, a todo evento, el
mal menos inmediato de dar su oportunidad a los atenienses, los espartanos abrían la
puerta a una amenaza para las libertades helénicas que podría presentarse ahora bajo la
forma de un peligro ateniense; y esta vez se encontraron los espartanos enfrentados a
una incitación que les era imposible ignorar. En opinión de Tucídides, «la causa
fundamental de la guerra atenopeloponense fue el temor que inspiraba a los
lacedemonios la ascensión de Atenas a la grandeza; y este temor les obligó a tomar las
armas», bajo la amenaza de ver disuelto el «cordón sanitario» de su alianza
peloponésica y a sus enemigos atenienses del otro lado del istmo unir sus manos, para
ruina suya, con sus enemigos mesénicos dentro de sus propias puertas.
Finalmente, en 431 a. de C, la diplomacia corintia logró obligar a los gobernantes
espartanos a asumir la jefatura de la Hélade; y en la Gran Guerra de 431-404 la máquina
militar espartana —puesta por primera vez a toda prueba— realizó todo cuanto sus
creadores se habían propuesto y todo lo que los vecinos de Esparta esperaban o temían.
La pesadilla que significaba para los espartanos una union sacrée entre Atenas y los
ilotas no se hizo realidad, ni siquiera cuando el estratego ateniense Demóstenes realizó
la brillante empresa de establecer una fortaleza en Pilos, sobre la costa mesenia de
Laconia, en 425 a. de C. Por otra parte, la expedición terrestre del comandante espartano
Brasidas a la costa tracia y el quebranto sufrido por el poderío naval de Atenas en la
expedición de Nicias a Sicilia abrieron paso a la pesadilla que para los atenienses
constituía la posibilidad de que los peloponenses lograran concertarse con los vasallos
helénicos de Atenas del otro lado del Egeo y pudiesen dominar a Atenas en su propio
elemento con una flota tripulada por marineros jónicos financiada por el oro
aqueménida. Cuando, en 404 antes de Cristo, llegó a término esta primera etapa de la
atrición que a sí misma se impusiera la Sociedad Helénica, fue Atenas y no Esparta la
que yacía postrada. Sin embargo, la profecía del rey espartano Agis —proferida en el
momento en que se echaban los dados— de que «ese día» demostraría «ser el comienzo
de los grandes males de la Hélade», resultó verdadera respecto a los vencedores no
menos que a los vencidos; pues la grandeza que ahora, tardía e involuntariamente,
recuperaba Esparta de su postrada rival, resultaría ser una verdadera túnica de Neso.
La victoriosa guerra de 431-404 a. de C. colocó a los espartanos ante un peculiar
predicamento. Un pueblo adiestrado cabal pero exclusivamente para el contacto bélico
con sus vecinos, se encontró obligado de repente y como consecuencia de una guerra
determinada, a entrar en relaciones no militares para las cuales no sólo no estaba
preparado, sino que era positivamente incapaz por razón de sus propias peculiares
instituciones, costumbres y ethos. Estas peculiaridades que los espartanos desarrollaran
con el fin de solucionar un problema previo y que les dieran una fuerza sobrehumana
dentro de los límites del estrecho entorno al que previamente ajustaran sus directivas, se
vengaban ahora de este pueblo peculiar haciéndolo inhumana o infrahumanamente
incapaz de vivir en el más ancho mundo al que eventualmente lo llevara la fortuna de la
guerra. La rigurosa exactitud de su adaptación a su propio entorno hacía que cualquier
readaptación a un entorno nuevo resultara virtualmente imposible; y las mismas
cualidades que habían sido el secreto de sus triunfos en una situación dada se convertían
en sus peores enemigos al encontrarse en otra distinta. Los espartanos comenzaron a
sufrir cuando, a consecuencia de una victoria militar, tuvieron que tomar sobre sus
hombros las responsabilidades imperiales de Atenas en vez de limitarse simplemente a
tener en jaque el poderío naval y militar de Atenas.
El contraste que ofrecía el espartano en su patria y el espartano fuera de ella fue
proverbial en la Hélade, pues en tanto que en su propia tierra superaba espontáneamente
los ordinarios niveles helénicos de disciplina y desinterés personal, tan pronto como se
encontraba fuera de su elemento caía por debajo de ellos en no menor medida. La
espectacular desmoralización del regente espartano Pausanias, cuando las circunstancias
lo colocaron al mando de las fuerzas panhelénicas en territorio aqueménida, fue una
terrible advertencia que pesó mucho en la decisión tomada por el gobierno espartano de
abdicar la jefatura de la Hélade en 479-8 antes de Cristo. Y esta decisión vino casi a
justificarse retrospectivamente cuando, en una segunda y decisiva etapa de la Gran
Guerra de 431-404 a. de C, se vio obligada Esparta a enviar al exterior docenas de
Pausanias. «Hemos hecho aquellas cosas que no hubiéramos debido hacer y hemos
dejado de hacer aquellas otras que hubiéramos debido hacer, y no hay salvación para
nosotros», pudo ser la reflexión que se impusiera, al día siguiente de Leuctra, al espíritu
de un gobernante espartano como el rey Agesilao, que tenía suficiente edad para
recordar el ancien régime.
En aquel año de 371 a. de C, la mayoría de los «pares» espartiatas se hallaban
prestando servicio de guarnición, fuera de las fronteras de Laconia, en los otros Estados
helénicos que antiguamente fueran aliados voluntarios de Esparta, pero cuya fidelidad
sólo podía ya obtenerse mediante la fuerza militar; y la flor y nata de estos «pares»
había sido aligerada de sus deberes militares a fin de que ocupasen puestos políticos y
administrativos en los que se estaban haciendo tan notorios, en pequeña escala, como el
propio Pausanias, por su espartana falta de tacto, su despotismo y su corrupción. Hasta
el respetable título de «moderadores» que se daba a estos ordenancistas del servicio
exterior espartano llegó a hacerse odioso a los oídos helénicos. Estos mismos «pares»
espartiatas que estaban haciendo el nombre de Esparta tan hediondo como pez fuera del
agua, sin duda alguna hubiesen manifestado las tradicionales virtudes espartanas si el
Hado les hubiese permitido realizar las esperanzas en que crecieran, dejándoles vivir su
vida de soldados en los bancos del Eurotas hasta tanto fuera movilizado el ejército
lacedemonio para la campaña de Leuctra. Infortunadamente para su propia reputación y
para la de su país, todos estos hombres se hallaban ausentes en aquella grave hora, y en
el contingente lacedemonio del ejército al mando del rey Cleombroto, que fuera tan
memorablemente derrotado por los tebanos en Leuctra en 371 antes de Cristo, sólo
había 400 espartiatas en acción, aparte de los 300 «caballeros» que formaban siempre la
guardia personal del rey espartano en servicio activo. Estas cifras parecen indicar que en
la infantería de línea lacedemonia, en aquella ocasión crítica, sólo un hombre de cada
diez era espartiata, en vez de cuatro espartiatas por cada diez lacedemonios, que era la
cuota regular. Si la cuota espartiata no hubiese sido rebajada de esta manera en Leuctra
a una cuarta parte de su poderío normal, podríamos dudar de que todo el valor de la
infantería tebana y el genio táctico de su conductor, Epaminondas —que sabía cómo
obtener el mayor resultado del poder combativo de sus tropas—, fuesen capaces de
realizar la histórica proeza de romper la tradición de invencibilidad de los lacedemonios
que se había mantenido intacta, hasta aquella fecha, por no menos de dos siglos y
medio.
Por otra parte, la victoria de Esparta sobre Atenas en la Gran Guerra de 431-404 a. de
C., arruinó a Esparta en otras y más sutiles formas, aparte de obligarla a relevar a sus
«pares» del servicio militar, del que no se les podía dispensar impunemente, para
encargarlos de deberes no militares que no podían ejercer sin tropiezos. La arruinó, por
ejemplo, exponiéndola tardía, y por ende desastrosamente, a los efectos socialmente
subversivos de una economía monetaria, de la que por tan largo tiempo se resguardara
artificialmente a su pueblo. «La fecha en la cual fue atacada por primera vez
Lacedemonia por la decadencia social y la corrupción coincide prácticamente con el
momento en que destruyó el Imperio Ateniense y se hartó de metales preciosos»16. Y la
introducción de una economía monetaria trajo consigo una revolución igualmente
subversiva en la actitud espartana ante la propiedad personal. El conservatismo
espartano no podía, desde luego, llegar por sí mismo hasta el extremo de permitir que
los bienes raíces fuesen comprados y vendidos en el mercado; pero en alguna fecha
desconocida del siglo IV a. de C. la Asamblea de Esparta convirtió en ley «un proyecto
que autorizaba al tenedor de una propiedad familiar o de un lote a transmitirlo en vida o
legarla por testamento a cualquier persona que escogiese»17. El efecto que tuviera este
acto legislativo, al reducir el número de los «pares» espartiatas, debió ser mucho mayor
que el producido por las pérdidas de vidas, relativamente pequeñas, sufridas por Esparta
en Leuctra, y posiblemente tan grande como el que tuvo la pérdida de Mesenia, que fue
el castigo político que correspondió a su derrota militar. Cuando Aristóteles escribía su
Política, esta infortunada ley estaba produciendo ya notorios resultados desfavorables.
En la época del rey Agis, el Mártir, que ascendió al trono en los primeros años de la
segunda mitad del siglo III a. de C, «sobrevivían no más de 700 espartiatas y de éstos
acaso solamente eran 100 los que poseían tierras y lotes, en tanto que los restantes sólo
formaban una muchedumbre menesterosa y privada de derechos políticos»18.
Otro notable fenómeno social de la decadencia espartana fue «el monstruoso
regimiento de mujeres». Como la mala distribución de la propiedad, esta mala
distribución de influencia y autoridad entre los dos sexos era notoria ya en Esparta en la
época de Aristóteles; y en la leyenda de los Reyes Redentores, Agis y Cleómenes, que
reinaron en Esparta un siglo después, el papel reservado a las nobles mujeres que
inspiran, estimulan, consuelan y deploran a los héroes es tan prominente como en el
Nuevo Testamento. Esta leyenda sugiere que, a despecho de lo que escribiera
Aristóteles sobre la conducta de las mujeres espartanas durante la invasión del valle del
Eurotas que comandara Epaminondas en el invierno de 370-369 a. de C, fue realmente
por razón de sus virtudes que, en la época de la decadencia espartana, establecieron las
mujeres su ascendiente moral sobre sus maridos y sus hijos; y, si esto es verdad, alguna
luz arroja sobre el fracaso del sistema «licúrgeo». Pues aun cuando el sistema había sido
aplicado por igual a las mujeres y a los hombres, las doncellas y las mujeres casadas de
Esparta no habían sido sometidas a su presión en el mismo grado que sus hermanos y
sus esposos; y si no nos equivocamos en nuestra creencia de que la quiebra moral de la
virilidad espartana fue el castigo a una rigidez moral producida por la excesiva
severidad del carácter «licúrgeo», podremos conjeturar entonces que fue la relativa
inmunidad de la mujer ante aquel rigor antinatural lo que le dejó la elasticidad moral
necesaria para plegarse y distenderse como reacción contra una ordalía que había
quebrantado completamente el espíritu de los hombres espartanos.
El epitafio del sistema «licúrgeo» fue escrito por Aristóteles en forma de una
proposición general:

Los pueblos no deben prepararse a sí mismos en el arte de la guerra con la mira puesta
en avasallar vecinos que no merecen ser sojuzgados... El designio fundamental de todo
sistema social debe ser ajustar las instituciones militares, como todas las demás
instituciones, con la vista puesta en las circunstancias del tiempo de paz, cuando el
soldado se halla fuera de servicio; y esta proposición se desprende de los hechos de
experiencia. Pues los estados militaristas sólo pueden sobrevivir mientras permanezcan
en guerra, en tanto que se arruinan tan pronto como han terminado sus conquistas. La

16
Plutarco: Vida de Agis, Cap. V.
17
Ib., ibid.
18
Ib., ibid.
paz hace que su metal pierda su temple: y el error reside en un sistema social que no
enseña a sus soldados lo que hayan de hacer con sus vidas cuando se hallen fuera de
servicio.

De modo, pues, que el sistema «licúrgeo», en última instancia e inevitablemente, se


destruyó a sí mismo; no obstante, aun suicidándose, le costó morir. Aunque su creación
se debiera al objetivo preciso de capacitar a Esparta para mantener su dominio sobre
Mesenia, en realidad la agogé «licúrgea» continuó practicándose en Esparta, por simple
conservatismo, por cerca de dos siglos después de que se perdiera Mesenia
irreparablemente. Y, a pesar de que el rey Cleómenes, el Mártir, reemplazara
tardíamente los 4.000 lotes espartiatas perdidos en Mesenia, redistribuyendo el territorio
que le quedara a Esparta al oriente de Taigeto, en el valle del Eurotas, en nuevos lotes
de igual número, el revolucionario regio no aprovechó esta oportunidad para liberar a su
país del antiguo anatema del ilotismo. Puesto que, en números redondos, los 700
espartiatas supervivientes sólo podían ocupar el 20 por 100 de los cuatro mil lotes en
que se habían dividido las propiedades de los cien «pares» espartiatas sobrevivientes, es
presumible que Cleómenes concediera los derechos políticos de Esparta a más tres mil
ilotas y periecos a fin de completar el número de su nueva ciudadanía espartana; pero
éstos eran solamente una minoría de los ilotas supervivientes, pues Cleómenes libertó a
más de seis mil de ellos, a tanto la cabeza en dinero contante, y enroló a dos mil de estos
libertos en su ejército, en vísperas de la batalla de Selasia, cuando su adversario
macedonio, Antígono Dosón, había llegado a Tegea. Y cuando los romanos invadieron
Laconia en 195 a. de C. todavía encontraron allí ilotas que vivían en su tradicional
estado.
La más notable empresa de esa «resistencia a morir» espartana fue el intento de los
mártires reales, Agis y Cleómenes, de revestir con carne nueva los secos huesos19 del
sistema «licúrgeo», de insuflar el soplo de una vida nueva en el cadáver, siglo y medio
después de que la gran victoria de Esparta sobre Atenas sellara el destino de ese sistema.
En este último y desesperado tour de force, la remisa rueda de la vida espartana se hizo
girar, en un supremo esfuerzo de conservación, hacia atrás en tal grado que en realidad
cumplió una revolución; y este violento movimiento final rompió el mecanismo desde
hacía largo tiempo dislocado. La cirugía de Cleómenes mató en realidad un cuerpo
social al que no podía curar. La caña cascada fue rota por la mano que pretendía
fortalecerla, y el humeante pabilo se extinguió para siempre bajo el soplo que se
proponía reanimar la llama20.
Desde entonces, Esparta vivió totalmente de sus sueños del pasado, sin distinguirse
—si esto es una distinción— en nada sino en el deleite con que se introdujo en el
académico juego del arcaísmo que estuviera de moda en todo el mundo helénico durante
los dos primeros siglos del Imperio Romano. Los espartanos de la era imperial se
complacían, como todos sus contemporáneos, en componer inscripciones honoríficas en
una caricatura de su obsoleto dialecto local; pero esta inocua pedantería arcaizante iba
acompañada por lo menos de una morbosidad arcaizante de horrenda naturaleza. Un
primitivo rito de fecundidad que consistía en la flagelación de muchachos en el altar de
Artemis Orthia y que había sido convertido, dentro del sistema «licúrgeo», para sus
propios, inflexibles pero todavía utilitaristas propósitos, en una competencia de
resistencia al dolor, fue exagerado, en la época de Plutarco, hasta hacer de él una
atrocidad sádica en la que los muchachos eran excitados hasta la histeria y azotados
luego hasta la muerte. Al relatar la historia del niño espartano y el zorro robado,

19
Ezequiel XXXVII. 6. (N. del T.)
20
Isaías XLII. 3. (N. del T.)
Plutarco escribe: «Esto no le resultaría increíble a la juventud espartana de nuestros
días, pues yo mismo he visto a muchos miembros de ella morir bajo el látigo en el altar
de Orthia.» La esencia de esta escena, en la que se acepta sin titubeo, aunque
vanamente, una sobrehumana —o inhumana— prueba de resistencia, es característica
del ethos espartano y simboliza el destino de Esparta. Pues si algún espartano imploró
nunca, por la paz de su alma, que tantus labor non sit cassus, sin duda esta plegaria fue
susurrada en vano por labios espartanos.
La vanidad de las aspiraciones espartanas se revela en el resultado de una transacción
arbitral sin importancia que el historiador romano Tácito recoge —sin percatarse en
apariencia de su significación histórica— en sus anales del Imperio Romano en el año
25 de la era cristiana:

Se ha dado audiencia a las delegaciones de les gobiernos de Lacedemonia y Mesenia en


el asunto del estado jurídico del templo de Diana [Artemis] Limnatis. Los lacedemonios
sostenían que el templo había sido fundado por sus propios antepasados lacedemonios
en territorio de Lacedemonia y apoyaban su reclamación en pruebas literarias, tanto
históricas como poéticas. Declararon que el templo les había sido arrebatado por la
fuerza, en la guerra, por Filipo de Macedonia y que luego les había sido devuelto en
virtud de un dictamen jurídico dado por Gayo César y Marco Antonio. Los mesenios,
por su parte, alegaron la antigua división del Peloponeso entre los descendientes de
Hércules [Heracles] y sostuvieron que el territorio de Dentalios, en donde se hallaba
situado el templo, formaba parte de la porción asignada a su rey. Declararon que había
allí constancias positivas de la transacción todavía en vigor, grabadas en piedras y en
bronces arcaicos; y agregaron que, si hubiese de apelarse a las pruebas literarias,
podrían también vencer a los lacedemonios con la validez y amplitud del testimonio de
este género que se hallaban en condiciones de citar. Por lo que hace a la decisión del rey
Filipo, arguyeron que no había sido un acto arbitrario de poder, sino que se basaba en
los hechos y había sido confirmado por idénticos juicios del rey macedonio Antígono y
el general romano Mummio, por una decisión arbitral del gobierno milesio y, más
recientemente, por decisión de Atidio Gémino, gobernador de la provincia romana de
Acaya. En vista de esto, se falló ahora en favor del gobierno de Mesenia.

De manera, pues, que en el siglo I de la era cristiana los espartanos se hallaban


pleiteando todavía —y esta postrera vez sin éxito— sobre el territorio disputado en la
montañosa frontera que separa el valle del Eurotas de Mesenia y por el cual combatieran
sus antepasados, conquistándolo en el siglo VIII a. de C. Una disputa sobre Dentalios
fue la causa tradicional de la Primera Guerra Mesenoespartana; y ahora, después de más
de ocho siglos, la misma disputa entre las dos mismas partes, sobre el mismo
insignificante trozo de territorio, era solucionada ante el tribunal arbitral del emperador
romano Tiberio. En realidad, no se necesita mejor prueba de que los espartanos fueron
verdaderamente un pueblo sin historia.
4. Asiria, el hombre fuerte armado
La ceguera del militarismo es tema de una parábola del Nuevo Testamento:

Cuando el fuerte armado guarda su atrio, en paz están todas las cosas que posee. Mas
si sobreviniendo otro más fuerte que él, le venciere, le quitará todas sus armas en que
fiaba, y repartirá sus despojos.21

Tan confiado está el militarista en su propia habilidad para resguardarse a sí mismo


en este sistema social —o antisocial— en que todas las disputas son resueltas manu
militari, y no por proceso legal o conciliatorio, que arroja su espada a la balanza cuando
en ella se decide entre un régimen de violencia y un régimen de paz organizada. El peso
de la espada inclina oportunamente la balanza en favor de la continuación del antiguo
régimen bárbaro; y el militarista, alborozado por haber impuesto una vez más su
voluntad, muestra su último triunfo como la prueba final de la omnipotencia de la paz.
En el siguiente capítulo de la historia, descubrirá, sin embargo, que falló en probar su
tesis ad hominem en el caso particular que le interesa exclusivamente; pues el siguiente
suceso será su propio avasallamiento por un militarista más fuerte que él. Su éxito en
prolongar el régimen militarista sólo habrá servido para garantizar que él mismo puede
aprender, finalmente, qué se siente cuando se es degollado. Podemos pensar aquí en los
aztecas y los incas, que diezmaron implacablemente a sus vecinos más débiles en sus
respectivos mundos, hasta que fueron sorprendidos por los conquistadores22 españoles
que cayeron sobre ellos desde otro mundo y los abatieron con armas con las cuales no
podían competir las suyas. Pero es igualmente ilustrativo, y considerablemente más
provechoso, pensar en nosotros mismos.
La condena que el invencible «hombre fuerte armado» insiste en atraer sobre su
cabeza, se halla descrita en la mitología helénica en la leyenda de cómo Cronos suplantó
brutalmente a su padre Urano en el gobierno del Universo, pero sólo para conocer, a su
turno, la experiencia de Urano a manos del propio hijo del usurpador, Zeus. En Zeus
tenemos el retrato del militarista que se salva, a despecho de sí mismo, gracias al
sufrimiento de otro ser que es más noble y también más sabio que él; la salvación de
Zeus por Prometeo, es la versión helénica de la salvación de Pedro por Jesús, cuando
Pedro comete el crimen militarista en el momento crucial del huerto de Getsemaní.

Y uno de los que estaban con Jesús, alargando la mano, sacó su espada, e hiriendo a un
siervo del pontífice, le cortó la oreja. Entonces le dijo Jesús: Vuelve tu espada a su
lugar; porque todos los que tomaren espada, a espada morirán.23

El retrato clásico del militarista que trama su propia derrota nos es ofrecido por el
Antiguo Testamento en la historia de Ben-adad y Achab24. Cuando el rey Ben-adad de
Damasco pone sitio al rey Achab de Israel en su ciudad de Samaria, el agresor envía
mensajeros a la ciudad cercada para pedir a su víctima la entrega de cuanto posee. Y
Achab le envía este blanda respuesta: «Conforme a tu palabra, mi rey y señor, tuyo soy,
y todas mis cosas.» Pero Ben-adad no se abstiene de humillar más aún a su humilde
adversario; envía, pues, un segundo mensaje para informar a Achab que los siervos del

21
[Lucas XI. 21-22.]
22
Sie en el original. (N. del T.)
23
[Mateo XXVI. 51-52.]
24
1 Reyes XX. (N. del T.)
conquistador irán ahora a escudriñar su casa «y tomarán con sus manos, todo lo que les
agradare, y se lo llevarán». A esto responde Achab que todavía acepta la primera
demanda pero que rechaza la segunda; y cuando Ben-adad comienza a vomitar
amenazas de fuego y mortandad, Achab responde a los portadores de su tercer mensaje:
«Decidle: No se alabe el que ciñe las armas, como el que las deja.» Tras esto, de
acuerdo con la voluntad de Ben-adad y contra los deseos de Achab, el pleito entre los
dos reyes se decide en una batalla campal; y en esta batalla el agresor sufre una
abrumadora derrota. La historia concluye con un cuadro en el que los siervos de Ben-
adad salen de la ciudad, donde se hallan ahora sitiados a su vez con su amo, ceñidos los
lomos de saco y con sogas a la cabeza e imploran merced del victorioso Achab. Este no
incurre en el error de Benadad y evita el «cambio de papeles» que tan rápidamente
invirtiera las respectivas posiciones de los dos reyes. Al mensaje: «Tu siervo Ben-adad
dice: 'Te ruego que viva mi alma'», Achab responde: «Si él vive aún, mi hermano es.» Y
cuando, siguiendo sus instrucciones, Ben-adad es llevado honrosamente a su presencia,
Achab hace con su arrepentido contrincante un tratado —en los términos
extremadamente favorables que Ben-adad se apresura a ofrecerle— e inmediatamente lo
deja marchar en libertad.
Ahora podemos considerar el caso del militarismo asirio que proyectó su sombra
sobre el mundo siríaco en la generación de Achab y Ben-adad.
El desastre que puso fin al poderío militar de Asiria en 614-10 a. de C. fue todavía
más abrumador que aquellos que abatieron a la falange macedónica en 197 y 168 a. de
C., a las legiones romanas en 53 antes de Cristo y 378 d. de C. o a los mamelucos
egipcios en 1516-17 y 1798. El desastre de Pidna le costó a Macedonia su
independencia política; el desastre de Adrianópolis fue soportado por el Imperio
Romano a costa de «rebañar» los derrotados legionarios y enrolar en lugar suyo a los
victoriosos catafractarios; la repetición francesa del golpe dado originalmente por los
otomanos era necesaria a fin de acabar una vez por todas con las amenazas de los
mamelucos que pesaban sobre los hombros de un campesinado egipcio que procuraba
sobrevivir a la dominación francesa y otomana no menos que a la de los mamelucos. En
el otro caso, el desastre que puso término al poderío militar asirio remató la destrucción
de la maquinaria bélica asiría con la extinción del Estado asirio y el exterminio de su
pueblo. Una comunidad que había existido por más de dos mil años y desempeñado un
papel cada vez más importante en el Asia sudoccidental por un período aproximado de
dos siglos y medio fue casi totalmente borrada en 614-10 a. de C.

Voz de azote, y voz de rueda, y de caballo que relincha, y carro encendido, y de


caballería que avanza, y de espada reluciente, y de lanza reluciente, y de muchedumbre
de muertos, y de gran estrago: no tienen fin los cadáveres, y caerán los unos sobre los
otros...
Durmiéronse tus pastores, oh rey de Assur, enterrados serán tus príncipes; se escondió
tu pueblo por los montes, y no hay quien lo junte.25

En este caso, la maldición de la víctima que vivió lo suficiente para ver la caída de su
opresor, se cumplió en sus resultados con una precisión extraordinaria. Los diez mil
mercenarios griegos de Ciro el Joven, cuando en 401 a. de C. se retiraban por el valle
del Tigris del campo de batalla de Cunaxa hacia la costa del mar Negro, pasaron
sucesivamente por el emplazamiento de Calah y Nínive, sobrecogiéndose de asombro,
no tanto ante la solidez de las fortificaciones y la extensión del área que cubrían, cuanto
ante el espectáculo de abandono en que yacían aquellas vastas obras del hombre. El

25
[Nahum III. 2, 3, 18.]
carácter sobrenatural de aquellas armaduras vacías que testimoniaban con su inanimada
resistencia el vigor de una vida desaparecida, nos ha sido vivamente transmitido por el
arte literario de un miembro de la fuerza expedicionaria griega que relata sus
experiencias. Sin embargo, a un lector occidental moderno del relato de Jenofonte —
conocedor, como es, de la historia de Asiria, gracias a la obra de nuestros modernos
arqueólogos occidentales— le resulta aún más asombroso advertir que Jenofonte, a
pesar de que su imaginación había sido conmovida profundamente, y su curiosidad
agudamente excitada por el misterio de aquellas ciudades abandonadas, fuese incapaz
de averiguar ni siquiera los hechos más elementales de la historia auténtica. Aunque la
totalidad del Asia sudoccidental, desde Jerusalén hasta el Ararat y desde Elam hasta
Lidia, hubiese sido dominada y aterrorizada por los amos de aquellas ciudades a una
distancia de tiempo apenas mayor de dos siglos de la fecha en que Jenofonte recorrió
aquel camino, la mejor información que se halla en condiciones de dar acerca de ellas
—presumiblemente sobre la base de las informaciones de los guías locales del ejército
griego— es más burdamente fabulosa que la información que sobre los constructores de
las pirámides egipcias logró abrirse camino hasta la obra de Herodoto después de viajar
por las disolventes aguas de la «memoria popular» durante un recorrido apenas inferior
a dos milenios y medio. Conforme a la historia que de Calah y Nínive oyera Jenofonte,
se trataba de dos ciudades medas que habían sido sitiadas por los persas mientras Ciro
arrebataba el imperio a Astiages, y milagrosamente despobladas por la intervención
divina después de que los persas se reconocieran incapaces de apoderarse de ellas por
asalto. Ni siquiera el simple nombre de Asiría fue asociado a los emplazamientos de su
segunda y tercera capitales en las leyendas que corrían respecto a aquellos sitios y que
llegaron a oídos del investigador griego que por ellos pasaba.

¿Dónde está la morada de los leones, y los pastos de sus leoncillos, adonde iban a
reposar el león y el leoncillo, sin haber quien los espante?26

En realidad, si los diez mil hubiesen marchado por la banda derecha del Tigris en vez
de cruzar, como lo hicieron, a la orilla izquierda en Sittace, en el camino de Babilonia a
Susa, hubieran pasado entonces por el emplazamiento de Assur —la primera y epómina
capital del Assyrium nomen— y hubieran encontrado allí, refugiada todavía entre las
ruinas, una pequeña y miserable población que no había olvidado su derecho histórico
al nombre asirio. Con todo, la fabulosa información de Jenofonte sobre Calah y Nínive
se halla más cerca de la «verdad filosófica» que el descubrimiento de nuestros
arqueólogos de las huellas dejadas en Assur por los intrusos; pues, en realidad, la
catástrofe de 614-10 a. de C. extirpó a los asirios; y en los días del Imperio Aqueménida
de Jenofonte los ilotas asirios supervivientes eran incomparablemente menos visibles
que los vestigios de los pueblos del contorno a los que los militaristas asirios hollaran
antaño y redujeran, según creían ellos, a polvo27. En una época en que los auténticos
nombres y nacionalidad de Nínive y Calah se habían olvidado, Susa, que fuera saqueada
por las tropas de Asurbanipal área 639 a. de C, era la capital de un imperio cuyo
dominio efectivo se extendía entonces, casi en todas direcciones, hasta una inmensa
distancia más allá de los puntos más remotos a que llegaran nunca los invasores asirios.
Una de las capitales subsidiarias de este imperio era Babilonia, que había sido saqueada
por Senaquerib en 689 a. de C. Las ciudades-Estado fenicias, a las que los asirios
amedrentaran y esquilmaran incesantemente desde el siglo IX hasta el VII, eran
entonces autónomas y satisfechos miembros de un Estado universal siríaco; e incluso
26
[Nahum II. 11.]
27
Ezequiel XXXVI. 36. (N. del T.)
las comunidades siríacas e hititas del interior, que aparentemente fueron reducidas a
pulpa por el mangual asirio, se habían dado maña para mantener una apariencia de su
anterior organización estatal bajo la forma de templos-Estados administrados
sacerdotalmente. En suma, dos siglos después del derrumbamiento de Asiria era posible
ver claramente que los militaristas asirios habían cumplido su labor en beneficio ajeno y
para mayor ventaja de aquellos a quienes más despiadadamente trataran. Al triturar a los
pueblos montañeses del Zagros y el Tauro, los asirios habían abierto el paso para que
los nómadas cimerios y escitas descendiesen sobre los mundos babilónico y siríaco; al
desterrar a los quebrantados pueblos de Siria al extremo opuesto de su imperio, habían
colocado a la Sociedad Siríaca en una posición que le permitía cercar y eventualmente
asimilar la Sociedad Babilónica a la que pertenecían los propios asirios; al imponer por
la fuerza una unidad política en el corazón del Asia sudoccidental, habían preparado el
campo para sus mismos «Estados-sucesores»: Media, Babilonia, Egipto y Lidia, y para
el heredero común de aquellos sucesores: el Imperio Aqueménida. ¿No es verdad que,
como estas comparaciones y contrastes lo prueban, el monstruo engendrado por el largo
terror asirio fue más cruel para con su progenitor que para con sus víctimas?
Retrospectivamente, las propias víctimas sólo pueden explicar este tremendo
«cambio de papeles» invocando «la envidia de los dioses».

Mira a Assur como un cedro en el Líbano, hermoso en ramas, y frondoso en hojas, y


de grande altura, y entre sus densas ramas se elevó su copa...
No hubo cedros más altos que él en el paraíso de Dios: los abetos no igualaron a su
copa, y los plátanos no fueron iguales a sus ramos: ningún árbol del paraíso de Dios se
asemejó a él ni a su hermosura.
Porque lo hice hermoso y de muchas y espesas ramas; y tuvieren de él envidia todos
los árboles deliciosos, que había en el paraíso de Dios.
Por tanto, esto dice el Señor Dios: Por cuanto se ha encumbrado en altura y ha
ostentado su copa verde, y frondosa, y se ha levantado su corazón en su altura.
Lo entregué en mano del más poderoso de las gentes; hará de él lo que querrá: lo he
desechado según su impiedad.
Y le cortarán extraños, y los más crueles de las naciones, y le echarán sobre los
montes, y en todos los valles caerán sus ramas, y serán cortadas todas sus arboledas
sobre tedas las rocas de la tierra, y se retirarán de su sombra todos los pueblos de la
tierra y lo abandonarán.28

¿Podemos interpretar en este caso la obra de «la envidia de los dioses» de acuerdo
con el comportamiento de la propia criatura malherida? Desde luego, a primera vista
parece difícil comprender el destino de Asiria, pues no se puede probar que sus
militaristas fuesen culpables de la pasiva aberración a la que podemos atribuir la ruina
de macedonios, romanos y mamelucos que «se durmieron sobre los laureles». Cuando
cada una de las máquinas de guerra de mamelucos, romanos y macedonios sufrió su
fatal accidente, hacía tiempo que se habían tornado estáticas, irremisiblemente
anticuadas y chocantemente descompuestas. En cambio, la máquina de guerra asiria,
que se singulariza por la totalidad de su desastre final, se distingue también de las otras
máquinas de guerra —lo que parecerá contradictorio— por la eficacia con que
constantemente fue revisada, renovada y reforzada hasta el día mismo de su destrucción.
El acopio de genio militar que lleva a producir el embrión del hoplita en el siglo XVI
antes de Cristo, en vísperas del primer intento que hiciera Asiria para dominar el
sudoeste de Asia, y el embrión del catafracta-arquero de caballería en el siglo VII a. de
C, en vísperas de la desaparición de la misma Asiria, fue igualmente productivo durante
28
[Ezequiel XXXI. 3, 8, 9; 10. 11, 12.]
los siete siglos intermedios y nunca tanto como en el paroxismo final de los cuatro
históricos golpes que asestara al mundo el militarismo asirio. La enérgica inventiva y el
incansable celo reformista que fueron las características del postrer ethos asirio en su
aplicación al arte de la guerra, se hallan irrecusablemente atestiguados por las series de
bajorrelieves, hallados in situ en los palacios reales, en los cuales están registrados
pictóricamente, con cuidadosa precisión y minucioso detallismo las fases sucesivas del
equipo y la técnica militares de Asiria durante las tres últimas centurias de su historia.
Mediante estas pruebas, podemos averiguar los sucesivos mejoramientos logrados
entre el final del tercer asalto, área 825 a. de C, y el final del cuarto, justamente
doscientos años después. La infantería montada del tiempo de Asurbanipal, a la que se
pusiera a lomos de caballo —sin duda por imitación de los nómadas— sin descargarla
de la impedimenta de su escudo de infantería, se transforma ahora en catafractarios en
embrión a los que se desembaraza del escudo, proporcionándoles en cambio una ligera
coraza. Equipar a la caballería con una armadura corporal había sido posible por una
mejora en la forma y material de la coraza misma, que se hace entonces de hojas
metálicas y se corta en la cintura, en reemplazo del tosco manto de guata o cuero que se
empleara como coraza en las épocas anteriores y que cubría desde el cuello hasta las
rodillas. Las piernas de los jinetes, que quedarían, así, expuestas, se protegen en cambio
con calzas que llegan hasta el muslo y botas que cubren la pantorrilla; y este mismo
calzado permite a la infantería operar en terrenos quebrados con mayor facilidad que lo
que lo hiciera en las épocas en que las sandalias eran la única alternativa para no andar
descalzo. Durante el mismo transcurso de tiempo se efectúan muchas mejoras en los
carros de combate: por ejemplo, un aumento en el diámetro de las ruedas, en la altura
del tablero y en el número del personal: el conductor y el arquero se hallaban ahora
reforzados por una pareja de escuderos. Se obtiene también una mejora en las defensas
de mimbre tras de las cuales disparaban los arqueros de a pie. Acaso la mejora mayor
sea, sin embargo, una de la cual tenemos información, no por la prueba pictórica de los
bajorrelieves, sino por los textos escritos de las inscripciones; se trata de la institución
de un ejército real permanente, obra probable de Tiglat-Pileser —regnabat 745-727 a.
de C.— o de Sargón —regnabat 722-705 antes de Cristo. El ejército permanente servía
como un núcleo, y no como un sustituto, para la milicia nacional de la que dependiera
previamente la corona asiría para el reclutamiento de sus ejércitos de campaña. De
cualquier manera, el establecimiento de un ejército permanente debió elevar el nivel
general de la eficacia militar asiría y garantizar el máximo resultado de las innovaciones
técnicas mencionadas anteriormente.
Para la época de Asurbanipal —regnabat 669-626 antes de Cristo—, en vísperas de
la gran catástrofe, dos siglos de constante progreso en el arte de la guerra habían
producido un ejército asirio que se hallaba tan bien preparado para cualquier empresa
como científicamente diferenciado en una serie de armas especializadas. Contaba
entonces con cuerpos de carros y de arqueros de caballería que eran semicatafractarios;
arqueros de infantería pesada, acorazados desde el casco hasta las botas y arqueros de
infantería ligera que arriesgaban su vida, cubierta apenas la cabeza con bandas, el
cuerpo con taparrabos y los pies con sandalias; hoplitas, armados a semejanza de los
arqueros de infantería pesada, con la diferencia de que aquéllos iban armados con lanzas
y escudos en vez de arcos y carcaj; y coraceros que también portaban lanza y escudo
pero iban revestidos con un pectoral, en vez de armadura, asegurado por dos correas
entrecruzadas a la espalda. Es probable que tuviera también un cuerpo de ingenieros,
pues ciertamente existía un tren de asedio —no, desde luego, con catapultas, sino con
arietes y torres movedizas— y, una vez que estas máquinas habían cumplido su misión
y habían sido demolidos los muros de la fortaleza enemiga, los jefes asirios de las
operaciones militares sabían cómo cubrir los lugares asaltados con andanadas de flechas
disparadas por concentradas baterías de arqueros. Equipado de esta forma, el ejército
asirio se hallaba igualmente preparado para las operaciones de sitio, para la guerra de
montañas o para la batalla campal en las llanuras; y su eficacia en la esfera de la técnica
iba aparejada a su eficacia táctica y estratégica. Los asirios creían firmemente en la
soberana virtud de la ofensiva.

No hay entre ellos quien se canse, ni fatigue; ninguno se adormecerá ni le tomará sueño,
a ninguno se le desatará el cinto de los lomos, ni se le romperá la correa de sus
sandalias.
Sus saetas agudas, y todos sus arcos entesados. Los cascos de sus caballos como
pedernal, y las ruedas de sus carros como torbellino.
Su rugido como de león, rugirá como los cachorros de los leones; y crujirá los dientes, y
cogerá la presa; y se la llevará con seguridad, y no habrá quien se la arrebate.29

Tal fue el espíritu del ejército asirio hasta el final, como lo demostró con la prueba
que de sí mismo diera en la campaña de Harrán en 610 a. de C, luchando por una causa
perdida, con la ciudad capital del imperio tomada ya por asalto y eliminada. Es evidente
que, en la víspera de su destrucción, el ejército asirio no se hallaba en las mismas
condiciones del macedonio, el romano y el mameluco en 168 a. de C. y 378 y 1798
después de Cristo. ¿Por qué, pues, sufrió un desastre todavía más aterrador que el de
aquéllos? La respuesta no es otra que ésta: el propio activismo del espíritu militar asirio
agravó la ruina que finalmente se había precipitado sobre Asiria.
En primer término, la política de la ofensiva sistemática y la posesión de un poderoso
instrumento para desarrollar esa política llevó a los señores de la guerra asirios, en el
cuarto y último asalto de su militarismo, a extender sus empresas y conquistas mucho
más allá de los límites a que llegaban sus predecesores. Asiria estaba sujeta a una
perpetua apelación previa a sus recursos militares para cumplir su tarea de Guardián de
las Marcas babilónicas contra los bárbaros montañeses del Zagros y el Tauro, por una
parte, y los pioneers arameos de la Civilización Siríaca, por la otra. En sus tres primeras
explosiones de militarismo, se había contentado con pasar de la defensiva a la ofensiva
en esos dos frentes, sin forzar la ofensiva à outrance y sin disipar sus fuerzas en otras
direcciones. Aun así, en el tercer asalto, que ocupó los dos cuartos medios del siglo IX
a. de C, suscitó la coalición temporal de los Estados siríacos que fue dominada por el
avance asirio en Karkar en 853 a. de C. y encontró en Armenia una más formidable
riposte en la fundación del Reino de Urartu, una potencia militar antes bárbara que
copiaba ahora la cultura asiria a fin de prepararse para resistir su agresión en términos
de igualdad. A despecho de estas recientes advertencias, Tiglat-Pileser III —regnabat
745-727 antes de Cristo—, al iniciar la última y más grande de las ofensivas asirias, se
permitió abrigar ambiciones políticas y aspirar a objetivos militares que colocaron a su
país en colisión con tres nuevos adversarios: Babilonia, Elam y Egipto, cada uno de los
cuales era, potencialmente, tan fuerte como Asiria en materia militar.
Al emprender por su cuenta el total avasallamiento de los pequeños Estados siríacos,
Tiglat-Pileser reservaba a sus sucesores un conflicto con Egipto; pues éste no podía
permanecer indiferente al hecho de que el Imperio Asirio se extendiese hasta sus
propias fronteras asiáticas, y se hallaba en condiciones de frustrar o contrarrestar la obra
de los imperialistas asirios antes de que éstos se hiciesen a la idea de redondearla,
embarcándose en la empresa todavía más formidable de subyugar al propio Egipto. La
audaz ocupación de Filistia por Tiglat-Pileser en 734 a. de C. pudo ser un magistral

29
[Isaías V. 27, 28, 29.]
golpe estratégico que fue premiado con la sumisión temporal de Samaria en 733 y la
caída de Damasco en 732. Pero fue también causa de las escaramuzas que enfrentaron a
Sargón en 720 y a Senaquerib en 700 con los egipcios de la frontera sirioegipcia; y estos
encuentros indecisos llevaron, a su turno, a Asaradón a la conquista y ocupación de
Egipto, desde el Delta hasta la Tebaida inclusive, en las campañas de 675, 674 y 671
antes de Cristo. Desde entonces se vio que si los asirios eran suficientemente fuertes
para derrotar a los ejércitos egipcios y ocupar su territorio y repetir la hazaña, no lo eran
bastante para mantener avasallado al país. El propio Asaradón se hallaba una vez más
en marcha contra Egipto cuando lo sorprendió la muerte en 669; y aun cuando la
insurrección egipcia que estalló entonces fue victoriosamente dominada por
Asurbanipal en 667, tuvo que reconquistar de nuevo a Egipto en 663. Por este tiempo, el
propio gobierno asirio parece haberse percatado de que en Egipto se había
comprometido en la labor de Psyche; y cuando Psamético expulsó sin inconvenientes a
las guarniciones asirias en 658-651, Asurbanipal cerró los ojos ante el hecho. Al
cancelar así las pérdidas que Egipto le significaba, el rey de Asiria obraba
indudablemente con prudencia; no obstante ello, su sensatez tras el fracaso era la
confesión de que las energías empleadas en las cinco campañas egipcias habían sido
malbaratadas; y la retirada de Asurbanipal no restauró el statu quo anterior al 675 a. de
C, pues la pérdida de Egipto en la quinta década del siglo VII fue el preludio de la
pérdida de Siria en la siguiente generación.
Las consecuencias finales de la intervención de Tiglat-Pileser en Babilonia fueron
todavía más graves que las de su atrevida política en Siria, ya que, por un
encadenamiento directo de causa a efecto, llevaron a la catástrofe de 614-610 a. de C.
Difícilmente podía conciliarse la agresión de Asiria a Babilonia en 745 a. de C. con
el tratado que delimitara la frontera asiriobabilónica por amistoso acuerdo —y esto
sobre una línea que decididamente favorecía a Asiria— en la primera década del siglo
VIII antes de Cristo. Probablemente, Tiglat-Pileser justificó su acción alegando que la
anarquía en que había caído Babilonia se estaba extendiendo a Asiria a través de la
frontera común; y, después de marchar sobre Babilonia, parece haber recibido alguna
especie de mandato de sus ciudadanos, que en la soberanía del vecino reino, sedentario
y de cultura afín, veían una posible protección de la vida cívica de Babilonia contra la
creciente marejada del nomadismo local de arameos y caldeos. También puede ser
cierto que tanto Tiglat-Pileser como sus sucesores se hallasen sinceramente deseosos de
restringir al mínimo la intervención asiria en Babilonia y evitar la anexión. El propio
Tiglat-Pileser dejó en su trono a Nabopolasar, el monarca reinante de Babilonia en 745;
y fue tan sólo después de la muerte de éste, ocurrida once años más tarde, y tras de la
posterior represión de una consecuente insurrección tribal caldea contra el protectorado
asirio, cuando Tiglat-Pileser «tomó las manos de Bel» en 729. Este precedente fue
seguido por Salmanasar V; pero no por su sucesor, Sargón, hasta tanto una segunda, y
mucho más seria insurrección caldea, no lo obligó, a su vez, a «tomar las manos de Bel»
en 710; e incluso entonces, el victorioso asirio solicitó un entendimiento con el
derrotado y archiinsurgente caldeo, Merodach-Baladan. Posteriormente, Senaquerib, al
suceder a su padre Sargón en 705, se abstuvo deliberadamente de ceñir la corona
babilónica; y a pesar de que una nueva insurrección caldea impusiese su intervención en
Babilonia en 703, confirió la corona babilónica, primero a un príncipe babilonio
asirianizado y luego a un príncipe asirio que no era heredero del trono de Asiria. Fue
sólo después de la gran sublevación de 694-689 cuando Senaquerib puso término oficial
a la independencia de Babilonia, nombrando a su propio hijo —y sucesor designado—
Asaradón como gobernador general asirio.
Ciertamente, estos hechos parecen testimoniar una política de moderación de Asiria
vis-a-vis de Babilonia; pero prueban, con evidencia aún mayor, que la política era un
fracaso. Una y otra vez, la mano del gobierno asirio fue forzada por las sublevaciones
caldeas que se hacían tanto más frecuentes y poderosas ante la paciencia persistente de
Asiria. Y aunque la intervención de ésta realizase el milagro de imponer orden en el
caos babilónico, este orden, lejos de forjarse bajo la égida asiria, era el subproducto de
un movimiento antiasirio que crecía incesantemente en extensión y vigor a pesar de la
derrota.
La primera etapa de un proceso que se prolongó durante un siglo, y culminó en una
gran alianza medobabilónica, fue la unificación política de todas las tribus caldeas de
Babilonia entre 731 y 721 a. de C, bajo la dirección de Merodach-Baladan, jefe de Bit
Yakin. La etapa siguiente fue la alianza entre los caldeos y el Reino de Elam, cuyo
gobierno se había alarmado tan seriamente con la intervención de Tiglat-Pileser en
Babilonia como los egipcios con su invasión de Filistia. Gracias a esta alianza elamita,
Merodach-Baladan pudo entrar a la ciudad de Babilonia y reinar allí como un rey por
cerca de doce años, no obstante el hecho de que en aquella etapa los ciudadanos de la
capital encontrasen todavía más pesado el gobierno de los nómadas locales que el de la
sedentaria potencia extranjera. No llegó a término la carrera de Merodach-Baladan
cuando éste fue expulsado de Babilonia por los ejércitos de Sargón en 710. Después de
la muerte de su vencedor asirio, ocurrida en 705, encontramos al infatigable caldeo
estableciendo relaciones con los árabes del Shamiyah y el Hamat, y enviando una
embajada a través de sus filas a tan distante enemigo de Asiria como Ezequías, rey de
Judá. Más tarde, en 703, Merodach-Baladan logró ocupar de nuevo la ciudad de
Babilonia con la ayuda de sus aliados elamitas; pero a pesar de que por segunda vez fue
expulsado de allí antes de terminar el año y murió poco después como refugiado en
Elam, la desaparición del caudillo no puso más al alcance del gobierno asirio la solución
del problema caldeo; pues, contando todavía con el apoyo de Elam, las tribus caldeas
desafiaron victoriosamente los esfuerzos que hiciera Senaquerib para ponerlas fuera de
combate. Cuando el señor de la guerra asirio ocupó y devastó sus tierras tribales en la
propia Babilonia, buscaron refugio en los pantanos y fangales que rodean el golfo
pérsico; y cuando, en 694, construyó una flota en el Tigris, maniobrada por
tripulaciones fenicias, y embarcó en ella al ejército asirio con el propósito de destruir a
los caldeos en sus fortalezas acuáticas mediante operaciones anfibias, no logró otra cosa
que dar a los elamitas oportunidad para caer sobre sus líneas de comunicación, entrar en
la ciudad de Babilonia y llevarse cautivo al rey títere que allí tenía. Ni tampoco se
benefició Senaquerib cuando, al año siguiente, se vengó derrotando a los elamitas en el
campo de batalla y se apoderó, a su turno, del títere que éstos pusieran en el trono de
Babilonia en reemplazo de su propio rey de mentirijillas. Pues fracasó en su intento de
recuperar la capital, y el trono vacante fue ocupado por un hombre de carácter,
Mushezib-Marduk, quien logró apartar a los ciudadanos babilónicos de su política pro
Asiria.
Esta secesión de la ciudad de Babilonia en 693 del campo asirio al caldeoelamita, fue
acaso el acontecimiento decisivo en el largo proceso de construir un frente antiasirio;
pues aunque los asirios, como de costumbre, resultaran vencedores sobre las fuerzas
combinadas de caldeos y elamitas y estuviesen en condiciones de dar a la ciudad de
Babilonia una lección con su saqueo en 689, la lección que la ciudad aprendió fue la
opuesta a la que esperaban sus maestros. Con este impío ultraje a la ciudad que era la
capital cultural de su mundo, los asirios cumplieron en Babilonia una operación de
alquimia política que los babilonios no hubiesen podido realizar nunca por sí mismos.
En el hervor del odio unánime que aquel «espanto» asirio había prendido tanto en la
antigua población urbana como en los nómadas intrusos, ciudadanos y tribales
olvidaron la mutua antipatía que hasta entonces los dividiera, y se fundieron en una
nueva nación babilónica que no podía olvidar ni perdonar lo que sufriera en manos
asirias y que no descansaría hasta no derribar al opresor.
En esta penúltima etapa del largo y trágico proceso que inconscientemente pusiera en
marcha Tiglat-Pileser en 745 a. de C, el sentimiento antiasirio de Babilonia era tan
vigoroso que logró dominar, y poner al servicio de sus objetivos, el alma de un príncipe
asirio de la sangre que había sido puesto en el trono babilónico por force majeure y que
era nada menos que el hermano del propio soberano reinante de Asiria. Circa 654 antes
de Cristo, Asurbanipal vio amenazada la existencia del Imperio Asirio por una coalición
hostil formada por la corona babilónica, las tribus caldeas y arameas del territorio de
Babilonia, el Reino de Elam, los árabes del norte, varios principados del sur de Siria y el
recientemente establecido «estado sucesor» de la difunta dominación asiria sobre
Egipto. Esta combinación de fuerzas antiasirias, más vasta de la que lograran nunca
Merodach-Baladan o Mushezib-Marduk, estaba encabezada por el propio hermano de
Asurbanipal, de nombre Shamash-shum-ukin; y la actitud de éste parecerá tanto más
extraordinaria si consideramos que para aquella fecha había ocupado pacíficamente el
trono babilónico, con la aquiescencia de Asurbanipal, por cerca de quince años, y en
cumplimiento del testamento político de su padre Asaradón. Además, el archirrebelde y
principal aliado, Elam, acababa de recibir —acaso apenas un año antes de que Shamash-
shum-ukin jugase su fortuna a la carta de su apoyo— la más grave derrota que hasta
entonces le infligieran los ejércitos asirios, derrota en que pereciera el monarca reinante
y su presunto heredero y fueran capturadas ambas ciudades reales. Estos hechos dan la
cabal medida del vigor del movimiento nacional babilónico que sacó de sus casillas a
Shamash-shum-ukin. Una vez más, el ejército asirio salió victorioso de esta crisis. El
traidor Shamash-shum-ukin escapó de más duro destino quemándose vivo en su palacio
cuando el hambre obligaba a la ciudad de Babilonia a rendirse en 648; y circa 639 Elam
recibió de los ejércitos asirios un tan aniquilante golpe que su abandonado territorio
pasó a la dominación de los montañeses persas de la región interior oriental y se
convirtió en el trampolín desde el cual se abalanzarían los aqueménidas sobre la silla
vacante cuando, un siglo más tarde, se hicieron amos de toda el Asia sudoccidental. Este
sacrificio de los instrumentos asirio y elamita de los nacionalistas babilónicos en la
guerra de 654-639 a. de C. no impidió, sin embargo, que alcanzase su objetivo el
movimiento nacionalista; pues si los aqueménidas encontraron vacía la silla en el siglo
VI, fue porque el jinete asirio había sido finalmente desmontado antes de finalizar el
siglo VII. Inmediatamente después de la muerte de Asurbanipal, acaecida en 626,
Babilonia se rebeló otra vez bajo un nuevo jefe nacional; y este Nabopolasar completó
la obra que comenzara Merodach-Baladán. En el nuevo Reino de Media encontró un
aliado más potente que ocupase el lugar del extinguido Reino de Elam; y Asiria, que no
se había recuperado de la guerra de 654-639, fue liquidada en la guerra de 614-610 a. de
C. Aun entonces, in extremis, el ejército asirio pudo ganar victorias en el campo de
batalla. Con la ayuda de los saítas, antes vasallos y ahora protectores, rechazaron, en
610, a los babilonios hasta más allá de Harran, en una etapa de aquella guerra de
aniquilamiento en que tanto Harran como Nínive y Assur habían sido ya saqueadas y
devastadas y en que el ejército luchaba de espaldas al Éufrates en el último rincón aún
no conquistado del territorio nacional asirio; pero esta victoria final debió constituir la
mortal agonía del ejército asirio, ya que es el último suceso registrado por los anales
militares de Asiria.
Cuando consideramos el siglo y medio de guerras cada vez más virulentas que se
inicia con la accesión de Tiglat-Pileser al trono de Asiria en 745 a. de C. y se clausura
con la victoria babilónica de Nabucodonosor sobre el egipcio Necao en Carquemish y
en Hama en el año 605, los mojones históricos más visibles a primera vista siguen
siendo los sucesivos golpes con que Asiria destruyó comunidades enteras, arrasando
ciudades y llevándose cautivos pueblos íntegros. Pensamos en el saqueo de Damasco en
732; en el saqueo de Samaria en 722; en el saqueo de Musasir en 714; en el saqueo de
Babilonia en 689; en el saqueo de Sidón en 677; en el saqueo de Menfis en 671; en el
saqueo de Tebas en 663; en el saqueo de Susa área 639. De todas las ciudades capitales
de todos los Estados al alcance de los ejércitos asirios, sólo Tiro y Jerusalén
permanecieron invioladas en vísperas del saqueo de Nínive en 612. La destrucción y
miseria infligidas por Asiria a sus vecinos es incalculable; e incluso la legendaria
observación del hipócrita maestro al colegial que azota: «Te hace menos daño del que
me hace a mí», sería una crítica todavía más pertinente de las actividades militares
asirias que las desvergonzadas, truculentas e ingenuamente jactanciosas anécdotas con
que los señores de la guerra asirios han registrado sus hazañas para enseñanza de la
posteridad.
El copioso y ampuloso registro de las victorias obtenidas por los asirios en el exterior
se halla significativamente complementado por las muy escasas y breves noticias de las
tribulaciones internas que nos suministran algún atisbo del precio a que esas victorias se
pagaron; y cuando examinamos esa crónica doméstica de Asiria en el momento en que
ésta llega a la cima de su poderío militar, ya no podemos sorprendernos de que la
victoria le acarrease la muerte.
Un creciente exceso de abuso militar se castiga a sí mismo con la creciente
frecuencia de revoluciones palaciegas y de rebeliones campesinas. Cuando apenas se ha
cumplido el segundo asalto agresivo en el siglo IX antes de Cristo, encontramos a
Salmanasar III, que muere en 827, en guerra con su hijo, y vemos en rebelión a Nínive,
Assur y Arbela. Assur se rebela de nuevo en 763-762, Arrapka en 761-760, Guzana en
769; y en 746, la rebelión de Calah, la capital asiria del momento, fue seguida por la
exterminación de la dinastía reinante. Tiglat-Pileser III (regnabat 745-727 a. de C), era
un novus homo que no podía disfrazar su proveniencia bajo el prestado manto de un
nombre histórico; y si fue también el Mario asirio, la analogía romana sugiere que el
establecimiento de un ejército permanente debe ser considerado síntoma de una
avanzada etapa de desintegración social. Nosotros sabemos que en la Italia de la época
de Mario, la ruina de un campesinado belicoso, que fuera desarraigado del suelo por
constantes llamamientos al servicio militar o a más distantes campañas, hizo posible y
necesario al mismo tiempo un ejército permanente, posible porque entonces era una
reserva de «potencial humano» sin empleo, que se podría utilizar, y porque esos
hombres que habían perdido sus medios de vida campesinos debían ser provistos de otra
alternativa vital si es que se quería impedirles aventar su infortunio y su resentimiento
en el vehículo de la revolución. En la creación del ejército permanente asirio podemos
descubrir una intención similar de hallar la misma solución militar a idéntico problema
social. Sin embargo, esta solución militar no tuvo mayor éxito en el apaciguamiento de
los disturbios domésticos de la Asiria de Tiglat-Pileser que el que tuviera Mario en el
apaciguamiento de Italia. Salmanasar V (regnabat 727-722 antes de Cristo), sucesor de
Tiglat-Pileser, parece haber chocado con la ciudad de Assur, como los predecesores de
Tiglat-Pileser. Senaquerib fue asesinado en 681 por uno de sus hijos, que aparentemente
se hallaba en las mejores relaciones con las nacionalistas babilónicos; y ya vimos cómo
el trono y el imperio de Asurbanipal fueron traicionados por obra de su hermano
Shamash-shumu-ukin, rey de Babilonia, en 654, cuando el renegado príncipe asirio se
colocó a la cabeza de la coalición contra su patria. De este modo, las dos corrientes de
stasis30 doméstica y de guerra exterior se fundieron en una sola; y, después de la muerte
de Asurbanipal, creció hasta convertirse en poderoso río cuyos torbellinos arrastraron a
Asiria a su irremediable pérdida. Durante los últimos años de su historia, es difícil
distinguir el aspecto doméstico y el externo de la desintegración de Asiría.
La ruina inminente proyecta su sombra sobre el alma del propio Asurbanipal en los
años de su declinación.

He hecho adoptar de nuevo la práctica de las ofrendas a los muertos y las libaciones a
los fantasmas de los reyes, mis antepasados. Obré bien con dios y con el hombre, con
muertos y vivos. ¿Por qué caen sobre mí enfermedades y achaques, miserias y
desventuras? No puedo acostumbrarme a las contiendas de mi país y a las disensiones
de mi familia. Disturbios y escándalos me oprimen de continuo. La miseria del espíritu
y de la carne me doblegan; con gritos de angustia arrastro mis días hacia su fin. En el
día del Dios-Ciudad, el día de la festividad, soy desdichado; la Muerte se va apoderando
de mí y me derrumba. Con lamentación y duelo lloro día y noche; y gimo: «¡Oh, Dios,
concédeme ver tu luz a pesar de mi impiedad!» ¿Hasta cuándo, oh Dios, querrás
contender así conmigo? Como quien no tiene temor de dios ni de diosa, soy juzgado.

Esta confesión es notable en su espontaneidad y conmovedora en su sinceridad e


incluso patética en su desconcierto, pero sobre todo es reveladora en su ceguera. Una
vez que ese humor se hubo apoderado de él, el último de los señores de la guerra asirios,
¿no se sorprendería nunca a sí mismo recitando en silencio aquel terrible catálogo de
ciudades saqueadas y pueblos exterminados por los ejércitos asirios..., lista que
concluye con su propio saqueo de Susa y la destrucción de Elam? ¿O era tan intolerable
el peso de esos recuerdos que el atormentado militarista se desembarazó de él,
desesperadamente, cada vez que trataba de anonadarlo? En todo caso, su sucesor Sîn-
shar-ishkum debió de vivir un momento en que estas obsesivas reminiscencias lo
cercasen sin poder ser negadas, como fueron acosados los atenienses por los fantasmas
de sus delitos al recibir las noticias de la batalla de Egospótamos.
El desastre fue anunciado en Atenas por la llegada del Paralus, y el llanto corrió
desde el Pireo a través de la Gran Muralla y entró en la ciudad a medida que la noticia
pasaba de boca en boca. Nadie durmió aquella noche. Además de dolerse por los
muertos, más amargamente se dolían aun por sí mismos, pues esperaban sufrir el
destino que infligieran a los melenses —que fueron los colonos de los lacedemonios—
cuando sitiaron y capturaron su ciudad, y a los histianos, escienenses, toronienses,
eginetos y a tantos otros pueblos helénicos. A la mañana siguiente celebraron una
asamblea en la que se decidió bloquear todos los puertos excepto uno, preparar las
fortificaciones para la defensa, disponer tropas para guarnecerlas y colocar a la ciudad
en cabal estado de defensa para la eventualidad de un asedio.
Lo que el demos ateniense sintió e hizo en aquella horrenda hora del año 405 a. de C.
debió sentirlo y hacerlo el último rey de Asiria en 612 a. de C, al recibir la noticia de
que sus aliados escitas, que habían sido su última esperanza de salvación terrena, se
habían pasado al enemigo y que las fuerzas unidas de la coalición hostil se cerraban
irresistiblemente en torno a Nínive. El resto de la historia no es el mismo en los dos
casos; pues el demos ateniense capituló y fue perdonado por la generosidad de sus
vencedores, en tanto que el rey Sîn-shar-ishkum soportó el asedio en Nínive, resistiendo
hasta el más amargo final, y pereció con su pueblo cuando la ciudad fue tomada al
tercer asalto. De este modo, el destino que imprecara Asurbanipal abrumó a su sucesor y

30
Guerra de clases revolucionaria.
no fue conjurado siquiera por la tardía contrición de Asurbanipal ni por su parcial
conversión de las obras de la guerra a las artes de la paz. La docta biblioteca de
literatura babilónica de Asurbanipal, museo asirio de una cultura que el militarismo
asirio agostara, y sus exquisitos bajorrelieves —dibujados por vigorosos artistas asirios
y descriptivos de la científica mortandad de hombres y bestias por la técnica militar
asiria— habían hecho de Nínive por el año 612 a. de C. una tesorería no del todo
incomparable con la Atenas de 405-404. Los tesoros de Nínive fueron sepultados bajo
sus ruinas para que enriqueciesen a una posteridad remota en el apogeo vital de una
civilización que no cuenta a la Sociedad Babilónica entre sus predecesores. Pero si
Nínive pereció en tanto que Atenas sobrevivía, es porque ya Asiria se había suicidado
antes de que la sorprendiese su destrucción material. Los claramente probados progresos
que el lenguaje arameo hiciera a expensas del acadio nativo en la propia tierra asiria
durante el último siglo y medio de la existencia de Asiria como Estado, demuestran que
el pueblo asirio iba siendo pacíficamente suplantado por los cautivos del arco y la lanza
asirios en una época en que su poderío militar se hallaba en el cénit. La despoblación
fue el precio que hubo que pagar por el militarismo, y fue un precio que finalmente
resultó tan ruinoso para el ejército como para el resto del cuerpo social asirio. El
indomable guerrero que permanece acorralado en la brecha ninivita en 612 a. de C, era
«un cadáver con armadura», cuya figura ahora sólo se mantenía erecta por la rigidez del
equipo militar con que este felo de se se asfixiara ya hasta la muerte. Cuando las bandas
asaltantes de medos y babilonios llegaron hasta aquella envarada y amenazante figura y
la precipitaron, resonante y rechinante, desde la morena de arruinada mampostería al
foso, no sospechaban que aquel terrible adversario no era ya un hombre vivo en el
momento en que le asestaban el audaz y, aparentemente, decisivo golpe.
5. La aflicción de Nínive: Carlomagno y Timur Lenk
Hemos dibujado de cuerpo entero nuestro retrato del militarismo asirio por tratarse
del prototipo de muchos memorables ejemplos de la misma aberración. El cuadro del
«cadáver con armadura» evoca la imagen de la falange espartana en el campo de batalla
de Leuctra en 371 a. de C. El irónico destino del militarista, que tan inmoderado es en
imponer guerras de destrucción a sus vecinos que se inflige a sí mismo involuntaria
destrucción, recuerda la ruina que se proporcionaran también a sí mismos los
carolingios o los timúridas, que construyeron grandes imperios sobre la agonía de sus
víctimas sajonas o persas sólo para proveer de ricos despojos a los escandinavos o a los
aventureros usbecos que vivieron para ver a los constructores de imperios pagar su
imperialismo cayendo de la dominación mundial a la impotencia dentro del lapso de una
simple vida.
Otra forma de suicidio que el ejemplo asirio trae a la mente es la autodestrucción de
aquellos militaristas —así se trate de bárbaros o de pueblos de alta cultura con
capacidad de dar mejor empleo a sus talentos— que violentan y disuelven algún Estado
universal u otro gran imperio que ha venido dando un período de paz a los pueblos y a
las tierras sobre las cuales tendiera su égida. Cruelmente, los conquistadores rasgan en
jirones el manto imperial a fin de exponer a los millones de seres humanos, antes
cobijados por él, al terror de las tinieblas y a la sombra de la muerte; pero la sombra
desciende inexorablemente sobre los criminales no menos que sobre sus víctimas.
Desmoralizados al día siguiente de su victoria por el esplendor y la magnitud de su
premio, estos nuevos amos de un acosado mundo son capaces, como los gatos de
Kilkenny, de ejercer uno contra otro «el amistoso oficio», hasta que no quede en la
pandilla un solo bandolero con vida para gozar de la rapiña.
Podemos observar cómo los macedonios, después de invadir el Imperio Aqueménida
y presionar, hasta más allá de sus remotas fronteras, en la India, durante los once años
que siguieron al paso de Alejandro por el Helesponto, vuelven luego sus armas para
combatirse entre sí con igual ferocidad durante los cuarenta y dos años transcurridos
entre la muerte de Alejandro en 323 antes de Cristo y la derrota de Lisímaco en
Curupedion en 281 a. de C. La torva hazaña fue repetida mil años más tarde en otro
episodio de la historia siríaca, cuando los primitivos árabes musulmanes emularon —y
de este modo se perdieron— la empresa helenomacedónica invadiendo en doce años los
dominios romanos y sasánidas del Asia sudoccidental en una extensión territorial casi
tan vasta como la que en once años conquistara Alejandro a los aqueménidas. En el caso
árabe, los doce años de conquista fueron seguidos por veinticuatro de contiendas
fratricidas que comienzan con el asesinato del califa Otmán en 656 y culminan en el
martirio del nieto del profeta, Hassan, en 680. Una vez más, los conquistadores del Asia
sudoccidental caen bajo sus propias espadas; y la gloria y provecho de reconstruir el
Estado universal siríaco que Alejandro destruyera, son dejadas a los usurpadores
omeyas y a los abasidas intrusos, en vez de recaer sobre aquellos compañeros y
descendientes del profeta cuyas conquistas relámpago habían preparado el camino. El
nuevo mundo presenta el mismo espectáculo cuando aztecas e incas caen ante los
españoles. Los conquistadores españoles de México y del Estado universal andino
invaden dos continentes —desde Florida hasta el istmo y desde el istmo hasta Chile—
tan sólo para luchar sobre los despojos tan ferozmente como los compañeros de
Mahoma o los compañeros de Alejandro; y en su tumba no fue el macedonio señor de la
guerra más impotente en el mantenimiento de la disciplina entre las tropas que antaño lo
siguieron en la batalla, que el monarca vivo de Madrid en la imposición de la paz regia a
los aventureros que le rendían nominal pleitesía al otro lado del Atlántico. También los
bárbaros que invadieron las abandonadas provincias del decadente Imperio Romano
denunciaban la misma vena suicida del militarismo asirio. Los visigodos fueron
abatidos por los francos y los árabes; la morralla de los «Estados-sucesores» ingleses en
Bretaña fue devorada por Mercia y Wessex; los merovingios fueron desalojados por los
carolingios, y los omeyas por los abasidas. Y este final suicida de nuestro clásico
ejemplo de una «edad heroica» es característico, en alguna medida, del fin último de
todos los völkerwanderungen31 que han invadido los dominios de otros Estados
universales decrépitos.
Hay otra especie de aberración militarista cuyo prototipo también podemos encontrar
en el militarismo asirio, si consideramos a Asiria, no como una entidad artificialmente
aislada, sino en su propio marco como parte integrante de un más vasto cuerpo social,
que hemos llamado la Sociedad Babilónica. Como vimos ya, en este mundo babilónico
Asiria se hallaba encargada de la misión especial de servir como marca, con el deber
primordial de defender, no sólo a sí misma, sino al resto de la sociedad en que vivía, de
la cual recibía su ser, contra las depredaciones de los bárbaros montañeses del oriente y
el norte y la agresividad de los pioneers árameos de la Civilización Siríaca que la
amenazaban desde los opuestos puntos cardinales. Al establecer una marca de ese tipo
asirio fuera de una estructura social previamente indiferenciada, la sociedad debía
beneficiarse en todos sus miembros; pues si bien la marca misma resulta estimulada en
la medida en que responde con éxito al desafío —con el que ahora se encara— de
resistir a las presiones externas, el interior —protegido ahora por la marca— se alivia de
la presión en grado correspondiente, quedando así libre para enfrentarse con otros
desafíos y cumplir otras tareas. Esta división del trabajo es saludable en tanto la frontera
continúe enderezando exclusivamente todas sus hazañas militares específicas a la
misión que se le encomendara de repeler al enemigo externo. Mientras se empleen con
este objetivo socialmente legítimo, las virtudes militares no tienen porqué ser
socialmente destructoras, lo que no impide que la necesidad de ponerlas en acción sea
un testimonio lamentable de las imperfecciones de la naturaleza humana en estas
generaciones de hombres que han puesto sus pies sobre los más bajos peldaños de la
escalinata de la civilización durante los últimos seis mil años. Pero aquellas virtudes,
tales como son, se transforman fatalmente en el vicio del militarismo —en su siniestro
sentido—, si alguna vez el centinela de la frontera vuelve las armas, que aprendiera a
emplear contra el intruso del otro lado de la marca, contra los miembros de la propia
sociedad, a los que correspondía defender y no atacar.
Lo pernicioso de esta aberración no es tanto que exponga a la sociedad como un todo
a los asaltos de un enemigo externo que el guarda de frontera tiene hasta ahora en jaque;
pues rara vez este centinela se volverá contra sus propios parientes y amigos mientras
no haya establecido tan grande ascendencia sobre sus adversarios naturales que sienta
libres las manos para otras fechorías y estimuladas sus ambiciones para apuntar a
mayores objetivos. Desde luego, cuando una marca se rebela y desgarra el interior de su
propia sociedad, habitualmente se las arregla para mantener alejado al enemigo externo
con su mano izquierda mientras promueve una guerra fratricida con la derecha. El
perjuicio letal de este extravío de las energías militares reside no tanto en abrir las
puertas a un invasor extranjero —aunque a veces sea ésta, al final, una de las
consecuencias incidentales— cuanto en la traición a una confianza y en la precipitación
de un conflicto intestino entre dos partidos cuya relación natural es la de vivir unidos.
Una marca, cuando se vuelve contra su propio interior, toma la ofensiva en lo que

31
Migraciones de pueblos. (N. del T.)
realmente es una guerra civil; y es notorio que las guerras civiles se libraron siempre
con mayor amargura y ferocidad que cualesquiera otras. Esto explica la importancia de
las consecuencias postreras que siguieron a la acción de Tiglat-Pileser III en 745 antes
de Cristo, cuando volvió sus ejércitos asirios contra Babilonia en vez de continuar
empleándolos exclusivamente contra Nairi y Aram, que era su legítimo campo; y
podemos ver, examinando otros ejemplos que el prototipo asirio nos trae a las mientes,
que el desenlace de la subsiguiente guerra asiriobabilónica de cien años, por catastrófico
que fuera, no fue peculiar de este caso concreto. La aberración de la marca que se
vuelve contra el interior es, en su naturaleza auténtica, desastrosa para la sociedad toda;
y es especialmente destructora para el partido responsable del primer acto de violencia.
Cuando un perro ovejero, que ha sido criado y educado para ser compañero de las
ovejas cae en el ethos y la conducta de los lobos cuya misión fue cazar, y traiciona la
confianza asolando a las ovejas por cuenta propia, produce mayor estrago que el que
pudiera hacer un auténtico lobo si un leal perro ovejero le anduviese a la zaga; pero al
mismo tiempo, no es el rebaño el que más duramente sufre la catástrofe que sigue a la
traición del perro ovejero. El rebaño es diezmado, pero sobrevive; el perro es eliminado
por su ofendido amo; y el guarda de frontera que se vuelve contra su propia sociedad, se
condena a sí mismo a inexorable destrucción porque va contra la fuente misma de que
surge su propia vida. Es semejante al brazo armado con espada que hunde la hoja en el
cuerpo del cual es miembro; o como el leñador que poda la rama en que se asienta y cae
con ella al suelo en tanto que el mutilado tronco permanece en pie.
Acaso fuera un sentido intuitivo de la perversidad de este extravío de las energías lo
que moviera a los austrasianos a protestar tan vehementemente en el año de 754 contra
la decisión de su señor de la guerra, Pipino, de responder al llamamiento a las armas del
papa Esteban contra sus hermanos lombardos. El papado había vuelto sus ojos hacia
aquella potencia transalpina y espoleado la ambición de Pipino, ungiéndolo rey en 749,
y coronándolo en vísperas de la proyectada expedición italiana, porque, en la generación
de Pipino, Austrasia se había distinguido por sus proezas, sirviendo de marca a la
Cristiandad Occidental en dos frentes: contra los bárbaros sajones paganos en la «tierra
de nadie» de la Europa septentrional, y contra los árabes musulmanes, conquistadores
del África noroccidental y de la península ibérica, que presionaban ahora a través de los
Pirineos. En 754, los austrasianos fueron invitados a distraer sus energías de los campos
en que justamente encontraron hasta entonces su verdadera misión, y a imponer a los
lombardos de Italia el mismo destino que los ejércitos austrasianos impidieran a árabes
y sajones imponer a los francos de Galia. Los recelos despertados entre las tropas
austrasianas por esta aventura italiana demostraron con los hechos estar más justificados
que el apetito del jefe; pues desoyendo las objeciones de sus satélites, el rey Pipino forjó
el primer eslabón de una cadena de compromisos militares y políticos que ligaría a
Austrasia a Italia cada vez más estrechamente. La campaña italiana de Pipino contra
Astulfo en 755 y 756 conduce a la campaña italiana de Carlomagno contra Desiderio en
773-4, a despecho de los esfuerzos que hiciera la reina Bertrada, madre de Carlomagno
y viuda de Pipino, para reparar la brecha que, contra la voluntad de su pueblo, abriera el
rey Pipino entre francos y lombardos. Cuando Bertrada arregló el matrimonio de su
hijo, que había sucedido ahora a su padre, Pipino, con la hija del sucesor de Astulfo,
Desiderio, Carlomagno repudió a su esposa lombarda, Desiderata, y realizó las
ambiciones de su propio padre, conquistando inmediatamente el reino del padre de su
esposa. Pero el hecho de que Carlomagno se apoderara de la corona lombarda no
arregló la cuestión italiana ni relevó a la potencia transalpina de sus inquietudes
ultramontanas. Al abolir la independencia del Reino Lombardo, Carlomagno echó sobre
su propia casa la responsabilidad de defender y controlar al papado; y su protectorado
del Ducatus Romanus lo mezcló en posteriores complicaciones con los principales
lombardos, y las avanzadas romanas en el sur de Italia. Incluso cuando, en la cuarta de
las expediciones que se vio obligado a hacer a Roma, alcanzó el apogeo de su éxito
exterior siendo coronado por el papa y aclamado como Augusto por el pueblo romano,
el honor le costó el disgusto de un conflicto diplomático con la corte de Constantinopla,
que se prolongó por más de diez años. El justo veredicto sobre la política italiana de
Carlomagno nos lo da el cuadro cronológico de los hechos de su reinado, que muestra
cómo aquellos compromisos ultramontanos lo distrajeron repetidamente —y muy a
menudo en momentos críticos— de su primordial empresa militar, que era la
prosecución de la Gran Guerra Sajona. Después de arrojar el guante a los sajones inva-
diendo el interior de su país en 772, Carlomagno desaparece tras los Alpes durante los
dos años siguientes, dejando así abierto el camino para la conquista de Hessen por los
sajones en 774. Además, el presunto golpe decisivo de 775-6 hubo de aplazarse en la
primavera de este último año, mientras el destructor de los sajones partía en una
segunda expedición ultramontana para sofocar la rebelión encabezada por Rodgau,
duque lombardo de Friuli. A la mitad de la siguiente y más formidable etapa de la
guerra, en la que los sajones estuvieron conducidos durante ocho años —777-85— por
Widukind, capitán cuya estrategia era la ofensiva defensiva, Carlomagno hubo de hacer
su tercera visita a Italia y la segunda a Roma; y la tregua en la Guerra Sajona que siguió
a la sumisión de Widukind en 785 no dio reposo a los ejércitos austrasianos, pues en
787 Carlomagno hubo de hacer su tercera visita a Roma, dirigir una expedición sin
consecuencias contra el ducado lombardo de Benevento e imponer su autoridad, con
una demostración de fuerza militar, a sus antiguos amigos lombardos y a sus propios
alborotados vasallos bávaros. La cuarta y última etapa de la Guerra Sajona, en la que los
conquistados pero no doblegados bárbaros hacen un desesperado y prolongado esfuerzo
por liberarse del yugo austrasiano con la ayuda de los frisios —nitebantur 792-804—,
se desarrollaba durante la cuarta visita de Carlomagno a Roma, que era la quinta que
hiciera a Italia, en 800-1.
Esta guerra de atrición contra los sajones debilitó gravemente el poderío carolingio.
La debilidad se reveló con la disolución del Imperio Carolingio a la muerte de
Carlomagno y en la revanche tomada por los escandinavos a cuenta de los sufrimientos
sajones —contraataque iniciado antes de que muriera el conquistador austrasiano de los
sajones—. Debe recordarse también que el frente sajón allende el Rin no era la única
frontera de la Cristiandad Occidental de la que fuese responsable Austrasia; era también
el centinela de la frontera árabe allende los Pirineos: y Carlomagno, cuando salió al
Reino Lombardo y redujo a los bávaros a la obediencia, heredó de sus vencidos
adversarios la guarda de una tercera frontera: el frente de Avar, allende los Alpes
estirios. En el segundo año de su guerra a muerte con Widukind, pudo haber sido
inevitable que Carlomagno fuese arrastrado a la expedición transpirenaica que tan
lamentablemente concluyó en Roncesvalles; pero, teniendo que mantener un frente
transpireinaico y un frente transrenano, y con el descontento siempre latente en
Aquitania, es evidente que Carlomagno no podía permitirse contraer nuevos
compromisos en el lado italiano de los Alpes; y su política italiana resultó suicida
cuando, como de hecho sucedió, se la combinó con un ambicioso movimiento más allá
del doble frente transalpino que la gran Austrasia militarista heredara de sus
antepasados. La carga que inconsideradamente se impusiera a sí mismo Carlomagno
con sus cinco expediciones italianas fue lo que agravó hasta el punto de fractura la
presión que pesaba sobre las espaldas de Austrasia.
Si Carlomagno quebrantó los lomos de Austrasia volviendo sus armas contra el
interior lombardo y bávaro de una naciente Cristiandad Occidental cuando a ésta le era
indispensable toda su fuerza para la terrorífica lucha contra los sajones allende la línea
renana, Timur, en modo semejante, quebró la espada de su propia Transoxania,
dispersando en expediciones sin objeto al Irán, al Irak, a la India, a Anatolia, a Siria las
escasas reservas de la fuerza de Transoxania, que hubiera debido concentrar en el
cumplimiento de su propia misión: imponer su paz a los nómadas eurasiáticos.
En el curso de dieciocho años —1362-80— de extenuante campaña, Timur había
rechazado los intentos hechos por los nómadas de Chaghatay para conquistar los oasis
transoxianos; asumido a su tumo la ofensiva contra los chasqueados invasores en su
suelo nativo de «Mogolistán», y redondeado sus propios dominios en la marca
eurasiática del mundo iránico, liberando el oasis de Kiva, en el Oxo inferior, de los
nómadas dependientes de Juji. Al completar esta gran tarea en 1380, Timur tenía a su
alcance un premio todavía mayor: nada menos que la sucesión del imperio eurasiático
de Genghis Kan; pues en la época de Timur los nómadas eurasiáticos se hallaban en
retirada en todos los sectores de la larga frontera entre el Desierto y el Sembrado.
Mientras Timur alcanzaba su victoria sobre las hordas del «Mogolistán» y Kipchak en
el sector situado entre los Pamires y el Caspio, los moldavos, lituanos y cosacos
desmembraban el territorio de Juji en el extremo opuesto de la enorme ensenada
occidental formada por la estepa entre las Puertas de Hierro del Danubio y las cataratas
del Dniéper; los moscovitas se desembarazaban del yugo de la horda kipchaka; y los
chinos expulsaban a los kha-qanes mongoles —rama menor de la casa de Genghis Kan
y señores nominales de todas las heredades genghisidas— de Pekín, capital de Kubilai,
a una tierra de nadie allende al costado exterior de la Gran Muralla, de donde
originariamente procedían aquellos nómadas intrusos. En todos los sectores, los
nómadas se hallaban en retirada y el inmediato capítulo en la historia de Eurasia sería
una carrera en que los resucitados pueblos sedentarios se disputarían como premio la
herencia de Genghis; los moldavos y lituanos se hallaban demasiado remotos para
participar en la carrera; los moscovitas se aferraban a sus bosques y los chinos a sus
campos; los cosacos y los transoxianos eran los únicos competidores que habían logrado
adaptarse a la estepa sin desarraigar las bases sedentarias de su propia forma de vida.
Cada uno a su manera, habían adquirido algo de la fuerza del nomadismo para
combinarlo con el vigor de una civilización sedentaria. Un observador agudo hubiese
pensado, en 1380, que la victoria en la carrera por el dominio de Eurasia se hallaba entre
aquellos dos competidores y que, en aquel momento, el transoxiano tenía según todas
las apariencias, muchas más posibilidades, pues, aparte de ser más fuerte y de hallarse
más próximo al corazón de la estepa, era el primero en el campo ya que, como campeón
reconocido de la Sunnah, contaba con partidarios potenciales entre las sedentarias
comunidades musulmanas que eran las avanzadas del Islam en la linde opuesta de la
estepa: en Khazan y Krim, por un lado, y en Kansu y Shensi por el otro.
Por un momento, Timur pareció apreciar su oportunidad y aferrarse resueltamente a
ella. La guerra civil entre las facciones rivales de la horda kipchaka, que permitiera a
Timur la conquista de Kiva y a los moscovitas asegurar su independencia, fue
aprovechada oportunamente por Timur para un fin más ambicioso que el de la mera
adquisición de una simple provincia fronteriza. Intervino entonces en los asuntos
internos del Kipchak dando su apoyo a uno de los pretendientes rivales, Tokatmysh;
gracias a la ayuda de Timur, aquél pudo unir, en el curso de los años 1378-82, toda la
heredad de Juji bajo su propia jefatura, reducir nuevamente a los moscovitas a la
obediencia con la toma e incendio de la propia Moscú e infligir una grave derrota a los
lituanos. Todo esto fue realizado por Tokatmysh como vasallo de Timur, y el resultado
fue convertir a éste, directa o indirectamente, en amo de toda la región occidental de la
estepa eurasiática con sus sedentarias dependencias circunvecinas, desde el Irtish hasta
el Dniéper y desde los Pamires hasta los Urales. No obstante ello, en esta coyuntura el
conquistador transoxiano de la tierra de nadie eurasiática se revolvió repentinamente,
dirigió sus armas contra el interior del mundo iranio y consagró los restantes
veinticuatro años de su vida a una serie de infructuosas y destructoras campañas en este
sector. Incluso cuando Tokatmysh, envalentonado al ver a su soberano escapar por la
tangente, lo hizo volver inadvertidamente a su propio campo mediante un audaz acto de
agresión, Timur se obstinó en reanudar su nueva carrera tan pronto como se deshizo de
aquel estorbo en Kipchak, en una campaña de invierno a través de las estepas que fue el
más brillante y característico tour de force en toda la historia del capitán transoxiano.
Una breve exposición de los anales de los últimos veinticuatro años de la vida de
Timur, mostrará con cuánta persistencia rechazó, a todo lo largo de este lapso de casi un
cuarto de siglo, una oportunidad que tuviera en sus manos en el momento de transición
de la primera a la segunda etapa de su carrera
Con la sola excepción de una expedición punitiva realizada en 1383-4 contra un
todavía rebelde kan Chaghatay en el «Mogolistán», Timur empleó los siete años
corridos de 1381 a 1387 en la conquista del Irán y la Transcaucasia. Ni siquiera tomó
nota de un choque ocurrido entre sus propias tropas y las de Tokatmysh en Azerbaiján
en 1385; y a comienzos de 1388 se hallaba en Fars, a punto de completar su conquista
de la meseta irania, cuando urgentemente fue llamado a Samarkanda: Tokatmysh había
invadido Kiva y Transoxania. La aplastante victoria que obtuviera sobre Tokatmysh en
Urtapa, en la linde opuesta de la estepa kipchaka, volvió a poner en manos de Timur, en
1390, la oportunidad que se le presentara en 1380 y que desdeñara desde 1381. Esta vez,
se hallaba en condiciones de llegar a ser el amo directo de Kipchak y de todas sus
dependencias. Además, después de su triunfal regreso a Samarkanda desde Kipchak a
comienzos de 1392, pudo pisotear los últimos rescoldos de rebelión en el «Mogolistán»
y establecer definitivamente su soberanía sobre la horda Chaghatay. Ahora tenía a
Eurasia a sus pies; pero en vez de detenerse a recoger el premio, partió de nuevo aquel
verano, en dirección opuesta, precisamente hacia Fars —es decir, el punto de su carrera
en el cual se viera obligado a desistir de conquistar el Asia sudoccidental en 1388— y
procedió sistemáticamente a subyugar el Irak, Armenia y Georgia. En el curso de su
famosa «campaña de cinco años» —julio de 1392-julio de 1396—, una vez más, y a
despecho de sí mismo. Timur fue distraído de su propósito por una nueva incursión de
Tokatmysh en Transcaucasia en la primavera de 1395. La contraofensiva de Timur lo
llevó a través del Cáucaso, el Terek y la estepa hasta Moscovia; pero en 1396 volvió
sobre sus pasos desde Kipchak hasta el Asia sudoccidental, y regresó a Samarkanda a
través del Irán.
Del verano de 1396 a la primavera de 1398, reposa Timur en Samarkanda de sus
devastadoras tareas; pero esta pausa no fue seguida por una consolidación o extensión
de su dominio sobre Eurasia. Habiendo completado ya la pulverización del corazón del
mundo iranio —del que él mismo era hijo—, se dedicó luego a asolar sus extremidades
del sudeste y el noroeste, en donde los príncipes Taghlaki del Hindustán y los osmanlíes
de Rum extendían por aquella época el dominio iranio a expensas del mundo hindú y de
la Cristiandad Occidental, respectivamente. Los emires de Timur objetaron el cruce del
Hindú Kush y el ataque a sus propios parientes y correligionarios turcos de la India con
la misma vehemencia con que los satélites de Pipino objetaran en circunstancias
similares, el paso de los Alpes y el ataque a sus parientes lombardos de Italia; pero
Timur, como Pipino, hizo prevalecer su voluntad. La campaña hindú lo mantuvo
ocupado desde la primavera de 1398 hasta la primavera del año siguiente; y en el otoño
de 1399 partía de nuevo para la que habría de ser la más famosa, si no realmente más
brillante etapa de su carrera militar: una segunda campaña de cinco años que «incluye
su encuentro con el filósofo magrebí Ibn Khaldun en Damasco, en 1401, y la derrota y
captura del sultán otomano Bayaceto Yildirim en 1402.
De regreso a Samarkanda en julio de 1404, Timur se hallaba de nuevo en el sendero
de la guerra en noviembre; y en esa circunstancia, por primera vez en veintitrés años,
volvía deliberadamente la mirada en una dirección propicia; pues su objetivo, esta vez,
era China; y aunque pueda dudarse, a la luz de sus hazañas en el Asia sudoccidental, de
que hubiese podido repetir inmediatamente la proeza mongólica de conquistar China —
empresa que insumió a los mongoles mismos setenta años para llevarla a término (1207-
1277)—, con todo, esta última campaña de Timur, si éste hubiese vivido para realizarla,
hubiera tenido durables consecuencias de importancia histórica; pues incluso una
incursión transitoria en China habría dejado a Timur en posesión permanente de los
sectores orientales de la frontera sureña de la estepa eurasiática con la cuenca del Tarim
en Manchuria; y esto habría colocado la totalidad de la estepa en su poder. En todo caso,
entramos aquí en el reino de la conjetura; pues ni siquiera un militarista favorecido por
tan benéfica estrella como Timur puede luchar impunemente treinta y tres años. En su
campaña china, no había llegado más allá de Utrar cuando la muerte lo llamó.
El engaño a que Timur se induce a sí mismo es un ejemplo supremo del carácter
suicida del militarismo, como se verá al comparar este fracaso con el de Carlomagno.
En ambos casos, el intento de conquista del interior por la marca fue efímero, y
naturalmente es raro que una comunidad relativamente retrógrada logre asimilarse, por
el crudo expediente de la conquista militar, otra comunidad que se halla más avanzada
en el mismo sendero de civilización. Como la dominación transoxiana que Timur
impuso por la fuerza de las armas al Irán y al Irak, la dominación austrasiana impuesta
por Carlomagno a Lombardía y Bavaria se disipó tras la muerte del conquistador. No
obstante ello, los efectos del militarismo de Carlomagno no fueron del todo transitorios;
pues en cierto modo su imperio permaneció unido por tres cuartos de siglo después de
que fuera removida su mano; y los destinos de las diversas partes sufrieron un cambio
permanente en virtud de su unión en un solo cuerpo social que vivió, bajo la forma de
una Respublica Christiana, mucho después de evaporarse la fuerza militar mediante la
cual se fraguara originalmente la unión. En cambio, el imperio de Timur no sólo fue de
más corta duración que el de Carlomagno sino que careció de toda consecuencia social
de carácter positivo. Al occidente de las Puertas Caspianas se disolvió en 1405 con la
noticia de la muerte de Timur; en Jorasán y Transoxania se quebró en débiles y
enconados fragmentos tras de la muerte del shah Rukh, acaecida en 1446; y la única
consecuencia discernible es totalmente negativa. Arramblando con todo lo que
encontraba en su camino, a fin de correr temerariamente hacia su propia destrucción, el
imperialismo de Timur creaba simplemente un vacío político y social en el Asia
sudoccidental; y este vacío condujo eventualmente a osmanlíes y safavíes a entrar en
una colisión que asestó a la convulsa Sociedad Irania el golpe de muerte.
El haber distraído Carlomagno las energías militares de Austrasia de las fronteras de
la Cristiandad Occidental hacia el interior fue fatal para la propia Austrasia sin resultar
igualmente fatal para la sociedad de la cual ésta formaba parte. La expansión de la
Cristiandad Occidental a expensas de los bárbaros de la Europa continental fue
eventualmente aceptada y proseguida por los descendientes de las víctimas sajonas de
Carlomagno, y su expansión a expensas del mundo siríaco en la península ibérica por un
número de principados locales cristianos occidentales, muchos de los cuales eran
«estados sucesores» directos del Imperio Carolingio. El precio que la Cristiandad
Occidental hubo de pagar en estos dos frentes por el militarismo de Carlomagno fue una
pausa que duró poco menos de dos siglos y que luego fue seguida por tres siglos —
circa 915-1275— de avances adicionales. En el otro caso, el militarismo de Timur privó
para siempre a la Sociedad Iránica de su Tierra de Promisión en Eurasia.
El despilfarro que hiciera la Sociedad Iránica de la herencia del mundo nómada se
revela en primer término en el plano religioso. A través de cuatro siglos que terminan
con la generación de Timur, el Islam había venido estableciendo progresivamente su
imperio sobre les pueblos sedentarios que rodean las costas de la estepa eurasiática y
cautivando a los propios nómadas en donde quiera saliesen del Desierto para pasar al
Sembrado. En el siglo X de la era cristiana, cuando el poderío militar y político de los
soberanos musulmanes del Califato Abasida se hallaba en disolución, su religión
conquistaba los sedentarios pueblos turcos del Volga medio y de los oasis de la cuenca
del Tarim y a los nómadas turcos seguidores de los kanes selyúcidas y de los ilegkanes
en la franja transoxiana de la estepa, entre el mar de Aral y el lago Balkash. Incluso en
la última y mayor irrupción de la völkerwanderungen posabasida —cuando la estepa se
convulsionó profundamente y arrojó sobre Dar-al-Islam una horda de nómadas a los que
nunca llegara la irradiación de la cultura islámica y que, antes bien, por su tinte de
nestorianismo fueron hostiles al Islam, cuando se encontraron con él— el daño
ocasionado al Islam por la persecución espasmódica a que lo condenaran los primeros
khaqanes mongoles, se vio más que compensado por el servicio no intencional que
recibió de la política mongólica de entremezclar deliberadamente los pueblos y culturas
de su vasto y heterogéneo imperio. Gracias a estos paganos nómadas señores de la
guerra, se propagó el Islam en China, y esto no sólo en las provincias del noroeste,
vecinas al más viejo dominio islámico de la cuenca del Tarim, sino también en la nueva
provincia de Yunnan, en el remoto sudoeste, que había sido tomada de la tierra de nadie
bárbara y anexada a China por los ejércitos mongoles. Más tarde, cuando en el paso del
siglo XIII al XIV de la era cristiana los tres territorios occidentales dependientes del
Imperio Mongol —la casa de Hulagu en Irán, la casa de Juji en la estepa del Kipchak y
la casa de Chaghatay en Transoxania y Zungaria— se convirtieron, uno tras el otro, al
Islam, pareció como si nada pudiese impedir ya que el Islam fuese la religión de toda
Eurasia; y por la época en que Timur se levantó como campeón de la Sunnah en
Transoxania, una «diáspora» musulmana que se sembrara a sí misma a lo largo de las
costas occidentales y sureñas de la estepa había preparado —como ya vimos— el
camino para que aquél recogiese la cosecha de un imperio musulmán paneurasiático. Es
muy significativo el hecho de que la propagación del Islam en Eurasia, que tan grandes
progresos hiciera hacia la época de Timur, entrase entonces en un período de inercia. La
única ganancia posterior que hiciera el Islam en este terreno fue la conversión del
kanato turco de la Siberia occidental en alguna fecha inmediatamente anterior a la
conquista cosaca de 1582; y este éxito en un remoto y atrasado rincón fue poca cosa
para que el Islam se vanagloriase de ella en un momento en que se veía a otra de las
«religiones superiores» cautivar a todo el resto de los nómadas eurasiáticos que hasta
entonces permanecieran en su primitivo paganismo.
El acontecimiento religioso más importante de Eurasia en el paso del siglo XVII al
XVIII fue la conversión de los mongoles —1576-7— y de sus parientes occidentales los
calmucos —circa 1620— a la forma lamaísta del budismo mahayánico; y este
asombroso triunfo de una reliquia fosilizada de la vida religiosa de la hacía tiempo
extinta cultura índica, da alguna medida de la profundidad en que había caído el
prestigio del Islam en la estimación de los nómadas eurasiáticos en los dos siglos
transcurridos desde los días de Timur.
También hizo bancarrota en el plano político la cultura iránica de que Timur se
hiciera campeón antes de traicionarla. Las sociedades sedentarias que, finalmente,
realizaron la hazaña de domeñar políticamente el nomadismo eurasiático, fueron la rama
rusa de la Sociedad Cristiana Ortodoxa y la rama china de la del Lejano Oriente; y la
sentencia de vasallaje que el destino había pronunciado sobre los nómadas cuando
Timur atravesó la estepa en invierno y aniquiló a Tokatmysh en Urtapa, en 1391, no fue
ejecutada por manos transoxianas. Fue confirmada cuando, a mediados del siglo XVII,
los cosacos al servicio de Moscovia y los amos manchúes de China se encontraron
inesperadamente al buscar su camino por opuestas direcciones en torno a la banda norte
de la estepa y libraron su primera batalla por el dominio de Eurasia en las vecindades de
los pasturajes ancestrales de Genghis Kan en la cuenca superior del Amur. La partición
de Eurasia y la dominación de sus antiguos ocupantes nómadas por la misma pareja de
competidores, fue completada un siglo más tarde cuando el emperador Chien Lung
(imperabat 1735-99 d. de C.) quebrantó el poder de los calmucos zúngaros en 1755 y
dio asilo a los ya quebrantados fugitivos calmucos torgotes, que venían de los dominios
del zar, en 1771. De este modo se disipó el último aguaje del nomadismo eurasiático; y
cuando moscovitas y manchúes se dividieron el vasallaje de los kazakos —lastre y
despojo de la penúltima ola que ahora se tendía perezosamente sobre la porción oriental
de la estepa del Kipchak, entre el Irtish y el Yaik— la totalidad de Eurasia, hasta la
linde norteña de los oasis transoxianos, se encontró bajo el control ruso y chino.
El daño causado por el militarismo de Timur al mundo iránico, incluida en éste la
propia patria transoxiana del conquistador, no se detuvo en la pérdida de un campo
potencial para la expansión a través de la estepa eurasiática y en torno a ella. La
condenación definitiva del destructor militarismo que se apoderó de Timur durante los
últimos veinticuatro años de su carrera, se hallará en el hecho de que, además, de ser
infructuoso en sí mismo, llevaba en realidad —como lo demostraron sus consecuencias
en la tercera y cuarta generaciones— a la ruina irrevocable de la obra constructiva a que
se dedicara Timur mismo durante diecinueve años antes de hacer «amok» en 1381. El
libertador de la naciente Sociedad Iránica en Transoxiana gastó el resto de su vida en
consumir tan imprudentemente las energías que en un comienzo movilizara contra el
nómada intruso, que el mundo al que garantizara contra las hordas de Chaghatay y Juji
se halló expuesto, un poco más de cien años después de la muerte del libertador que se
hiciera militarista, a la reiteración del peligro nomádico bajo la forma de los usbecos; y
en esta emergencia, los epígonos de la casa de Timur fueron impotentes —herederos
como eran del legado socialmente extenuante de los excesos militares de Timur— para
repetir la proeza original de su antepasado. El golpe usbeco al corazón del mundo
iránico fue parado eventualmente, no por ningún príncipe timúrida de Farghana o
Jorasán, sino por la nueva potencia safaví de Shah Ismail; e incluso los ejércitos de éste,
que efectivamente impidieron a los usbecos efectuar nuevos progresos, fueron incapaces
de hacer retroceder a los intrusos hasta la tierra de nadie eurasiática de donde salieran.
Con su base de operaciones relativamente distante en Azerbaiján y sus grandiosas
ambiciones en el oeste —ambiciones que lo llevaron a una lucha desigual con los
osmanlíes— su poder para desempeñar el papel de libertador en el frente oriental fue
limitado; y después de expulsar definitivamente a los usbecos de Jorasán se vio
finalmente obligado a dejarlos en posesión permanente de Transoxania.
Así, pues, siglo y medio después en que Timur se armara para liberar a su país del
dominio de la horda Chaghatay, Transoxania cayó bajo el yugo de otro enjambre de
nómadas, venidos de remotas regiones, que eran todavía más bárbaros que los
aborrecibles y despreciables «jatah»; y bajo este yugo la precedente marca eurasiática
del mundo iránico, que una vez sembrara el terror tan poderosamente como Asiria,
estaba destinada a yacer postrada y pasiva por los próximos trescientos cincuenta años,
hasta que, en el tercer cuarto del siglo XIX de la era cristiana, el campesinado largo
tiempo abatido de los oasis transoxianos obtuvo finalmente el alivio de cambiar a su
amo usbeco por un amo ruso.
Es una curiosa reflexión la de que, si Timur no hubiese vuelto la espalda a Eurasia y
sus armas contra el Irán en 1381, las actuales relaciones entre Transoxania y Rusia
hubieran podido ser exactamente inversas a lo que son en la actualidad. En esas
hipotéticas circunstancias, la Rusia de hoy podía hallarse incluida en un imperio de una
extensión muy semejante a la de la Unión Soviética, pero con un muy diferente centro
de gravedad: un Imperio Iránico en el que Samarkanda regiría a Moscú, en vez de éste a
Samarkanda. Este cuadro imaginario de un curso alternativo de la historia iránica puede
parecer ridículo porque el curso actual tomó una dirección muy diferente durante los
últimos cuatro siglos. Al menos, una pintura igualmente extraña puede surgir ante
nuestros ojos si imaginamos un curso distinto de la historia occidental en el que las
consecuencias del militarismo de Carlomagno hubiesen sido para nuestro mundo tan
totalmente desastrosas como lo fueron para el suyo las del militarismo de Timur. En
esta analogía, veríamos a Austrasia aplastada por los magiares y a Neustria por los
vikingos en el siglo X; el núcleo del Imperio Carolingio bajo esta misma dominación
bárbara hasta que en el siglo XIV entrasen allí los osmanlíes para imponer el mal menor
de una civilización extranjera a las abandonadas marcas de la Cristiandad Occidental.
Así pues, además de perder la Tierra Prometida, Timur arruinó su propia obra de
liberación del país nativo; pero el mayor de todos sus actos de destrucción lo cometió
contra sí mismo. Logró inmortalizar su nombre a costa de borrar de la mente de la
posteridad toda memoria de los hechos por los cuales hubiera debido recordársele
siempre. ¿En cuántas personas de la Cristiandad o del Dar-al-Islam actuales suscita el
nombre de Timur la imagen de un campeón de la civilización contra la barbarie, que
condujo al clero y al pueblo de su patria a una victoria duramente ganada después de
una lucha de diecinueve años por la independencia? Para la vasta mayoría de aquellos
para quienes el nombre de Timur Lenk, o Tamerlán, significa algo, ese nombre
conmemora a un militarista que cometió tantos horrores en el transcurso de veinticuatro
años como los que cometiera en un siglo una sucesión de reyes asirios desde Tiglat-
Pileser III hasta Asurbanipal inclusive. Pensamos en el monstruo que arrasó literalmente
a Isfaraín en 1381; que construyó una fortaleza viviente con dos mil prisioneros y la
hizo cubrir luego de ladrillo, en Sabzevar, en 1383; que aquel mismo año, en Zirih,
apiló en minaretes 5.000 cráneos humanos; que en 1386 hizo arrojar vivos por
precipicios a sus prisioneros Luríes; que masacró a 70.000 personas y apiló las cabezas
de sus víctimas en minaretes, en Isfahán, en 1387; que pasó a cuchillo la guarnición de
Tankrit, en 1393, repitiendo allí su fantasía arquitectónica; que masacró a 100.000
prisioneros en Delhi, en 1398; que enterró vivos a 4.000 soldados cristianos de la
guarnición de Sivas después de su rendición en 1400; que construyó veinte torres de
esqueletos en Siria en 1400 y 1401, e hizo en Bagdad, en 1401 lo que catorce años antes
hiciera con Isfahán. En espíritus que sólo lo conocen a través de tales hazañas, Timur
logró ser confundido con los ogros de la estepa; un Genghis, un Atila y sus pares, en
contra de quienes saben que empleó la mejor mitad de su vida en pelear una Guerra
Santa. La megalomanía del loco homicida cuya única idea es impresionar la
imaginación de la humanidad con la sensación de su poderío militar, haciendo de éste
un horrendo abuso, está brillantemente expuesta en las hipérboles que el poeta inglés
Marlowe pone en boca de su Tamerlán:

Con cadena de hierro pongo coto a los Hados,


Y voltea mi mano la rueda de la Fortuna,
Y antes caerá el Sol de su Esfera
Que morir Tamerlán o ser vencido...
El Dios de la guerra resigna en mí su reino,
Designándome Generalísimo del mundo;
Viéndome armado, Júpiter palidece y desmaya,
Temeroso de que mi poder lo arroje de su trono.
Dondequiera que voy, las fatales hermanas sudan,
Corriendo, implacables y mortíferas, de un lado a otro
Para rendir su incesante tributo a mi espada...
Millones de almas yacen en las riberas de la Estigia,
Esperando regrese la barca de Caronte,
Averno y Elíseo pululan de fantasmas humanos
Que allí envié desde diversos campos de batalla
Para que esparciesen mi fama por el infierno y por el cielo...
Tampoco se me ha hecho Archimonarca del mundo,
Coronado e investido por mano de Júpiter,
Por liberalidad o por razones de cuna;
Mas como ejerzo un nombre mayor,
Azote de Dios y terror del mundo,
Debo aplicarme a merecer tales títulos
En guerra, en sangre, en muerte, en crueldad...
Deseo persistir en ser terror del mundo,
Haciendo que los Meteoros, que como hombres armados
Vemos marchar sobre las torres del cielo,
Corran dando lanzadas por el firmamento
Y rompan en el aire sus llameantes lanzas
En homenaje a mis maravillosas victorias.

Examinando las carreras de Timur y Carlomagno y de los reyes de Asiria de Tiglat-


Pileser III a Asurbanipal, hemos observado el mismo fenómeno en los tres casos. Las
proezas militares que una sociedad estimula entre sus hombres de frontera para su
defensa contra los enemigos externos, sufren una siniestra transformación —en la
enfermedad moral del militarismo— cuando se las desplaza de su campo propio, que es
la tierra de nadie allende la línea, y se vuelven contra la propia hermandad de los
centinelas en el interior de un mundo al que tienen por misión proteger y no devastar.
Muchos otros ejemplos de esta destructora enfermedad social se presentarían fácilmente
a nuestro espíritu.
Podríamos pensar en Mercia volviendo contra los otros «Estados sucesores» ingleses
del Imperio Romano en Bretaña las armas que aguzara en el cumplimiento de su
función primordial de marca inglesa contra Gales; en el reinado inglés de los
Plantagenet tratando de conquistar en la Guerra de los Cien Años el reino hermano de
Francia en vez de cuidar de sus asuntos propios extendiendo las fronteras de su madre
común, la Cristiandad Latina, a expensas de la «franja celta»; y en Roger, el rey
normando de Sicilia, empleando sus energías militares en la expansión de sus dominios
en la Italia central —a expensas de los ducados de la Lombardía del sur, del Sacro
Imperio Romano y de los Estados Papales— en vez de dedicarse a adelantar la obra de
sus antepasados de extender las fronteras de la Cristiandad Occidental en el
Mediterráneo, a expensas de la Cristiandad Ortodoxa y del Dar-al-Islam. En el mundo
mexicano, vemos a los aztecas aniquilando a los toltecas, de quienes recibieran su
propia iniciación en la cultura mexicana, en vez de limitarse a su misión de vigilar la
frontera norte contra los salvajes inconversos chichimecas. En el mundo andino vemos a
los incas dirigir sus energías al avasallamiento de sus vecinos de las tierras bajas de la
costa y sus vecinos de las mesetas ecuatorianas, que eran sus coherederos en el legado
de la Civilización Andina, en tanto que oponían escasa resistencia contra los peligrosos
salvajes de la Amazonia o los valientes bárbaros del sur de Chile y de las pampas, a los
que les correspondía mantener a raya. De igual manera, las avanzadas micénicas de la
Civilización Minoica en el continente europeo, deslustraron las hazañas que realizaran
defendiéndose de los bárbaros continentales al volverse contra la madre Creta y
desgarrarla; y los macedonios y los romanos, cuya función en el mundo helénico era
servir de centinelas de las marcas contra los mismos bárbaros, cometieron a su vez el
mismo crimen que los micenios cuando lucharon contra sus vecinos y, finalmente, entre
sí por el premio ilegítimo de una hegemonía panhelénica. En el mundo chino, el papel
de Roma estuvo representado por Tsin, frontera occidental contra los montañeses
bárbaros de Shensi y Shansi y contra los nómadas de la estepa eurasiática, cuando sus
príncipes entraron en la arena que ellos mismos formaran en el interior y dieron allí
eventualmente el golpe de gracia en la lucha entre los Estados contendores.
En el mundo egipcíaco, la clásica marca del sur, en la sección del valle del Nilo
inmediatamente después de la primera catarata, se adiestró en las armas cumpliendo su
deber de contener a los bárbaros nubios del Nilo superior tan sólo para revolverse luego
contra las comunidades egipcíacas del interior y aprovechar su superioridad militar para
establecer por la fuerza el Reino Unido de las Dos Coronas. Este acto de militarismo,
que era a la vez hechura y destrucción de la Civilización Egipcíaca, fue descrito por su
autor, con toda la franqueza de la autocomplacencia, en uno de los más remotos
documentos egipcíacos que hayan llegado a manos de nuestros modernos arqueólogos
occidentales. La paleta de Narmer describe el regreso triunfal del señor de la guerra del
Alto Egipto después de su conquista del Bajo Egipto. Henchido hasta una estatura
sobrehumana, el regio conquistador marcha detrás de una pomposa fila de
portaestandartes hacia una doble hilera de decapitados cadáveres enemigos, en tanto
que, abajo, representado en la imagen de un toro, pisotea al caído adversario y derriba
los muros de una ciudad fortificada. Se cree que la escritura que acompaña a estas
imágenes enumera un botín de 120.000 prisioneros, 400.000 bueyes y 1.422.000 ovejas
y cabras.
En esta horrenda obra del arte arcaico egipcíaco tenemos toda la tragedia del
militarismo, tal como ha sido representada una y otra vez desde los tiempos de Narmer
por los senaqueribes y tamerlanes y carlomagnos de veinte civilizaciones diferentes
hasta nuestros propios militaristas del mundo occidental de hoy. Acaso la más acerba de
todas las representaciones de esta tragedia en su trayectoria de cerca de seis mil años sea
aquella de que se hizo culpable Atenas cuando la «libertadora de la Hélade» se
transformó en «ciudad tirana», mal empleando en oprimir a sus aliados y protegidos
helénicos el poder naval con que a sí misma se armara tan poco tiempo antes con el
objeto de salvarse —rescatando a la vez a toda la Hélade— de la agresión de los
aqueménidas. Esta aberración de Atenas acarreó a la totalidad de la Hélade, no menos
que a la propia Atenas, el nunca reparado desastre de 431-404 antes de Cristo. Y si una
Atenas en armas sucumbió bajo tan craso pecado y con tan fatales consecuencias,
¿puede ninguna de estas potencias navales y militares de nuestro mundo occidental
moderno que superan a Atenas en armas tan señaladamente como le son inferiores en
artes, estar segura de preservar su propia integridad moral?
En todos los ejemplos que hemos recordado en sumario repaso, el carácter suicida
del militarismo es tan evidente como en los tres casos clásicos sobre los cuales nos
hemos detenido más largamente; y se revela más asombroso que nunca cuando el
cambio fatal de frente no fue exclusivamente devastador en sus efectos, sino también
incidentalmente constructivo. El desplazamiento de los ejércitos atenienses y
macedónicos de la frontera externa hacia el interior del mundo helénico fue desastroso
para la Hélade, aunque los militaristas atenienses y macedonios estuviesen haciendo
algo por dotar a la Sociedad Helénica con el orden político mundial de que todavía se
hallaba necesitada. Los correspondientes cambios de frente realizados por Roma, Sin y
los Incas fueron igualmente desastrosos para sus respectivas sociedades a pesar del
hecho de que en cada uno de estos casos la comunidad militarista lograra, con el triunfo
de su militarismo, dotar a esa sociedad de un Estado universal. Y el cambio de frente
efectuando por Narmer en el valle del Nilo tuvo un efecto siniestro en el curso posterior
de la historia egipcíaca, aunque tuviese por resultado el establecimiento del Reino
Unido. En la paleta de Narmer tenemos la primera prueba de esa vena brutal en el ethos
egipcíaco que tan pronto detendría el desarrollo de la Civilización Egipcíaca. Los
descendientes de los campesinos del Bajo Egipto que Narmer asesinara o esclavizara
serían aquellos infortunados seres humanos que los constructores de pirámides
convirtieran en simple mano de obra.
El campo militar que hemos venido inspeccionando en este capítulo, ilumina el
estudio de la fatal cadena de «hartazgo», «atropello» y «desastre», porque la pericia y
las proezas militares son filosos instrumentos aptos para infligir fatales heridas a
quienes se aventuran a manejarlos, si en su empleo se incurre en la más ligera torpeza o
error. Cuando un individuo, un gobierno o una comunidad que tienen mando de fuerza
militar equivocan los límites del campo dentro del cual puede emplearse con resultado
esa fuerza, o juzgan erradamente la naturaleza de los objetivos que es posible alcanzar
por su medio, los desastrosos efectos de esa aberración difícilmente podrán dejar de
evidenciarse en la gravedad de sus consecuencias prácticas. Pero lo que es
palpablemente cierto con respecto a la acción militar lo es también en relación a otras
actividades humanas en campos menos aventurados en los que el tren de pólvora que
lleva del «hartazgo» al «desastre» a través del «atropello» no es tan explosivo.
Cualquiera que sea la facultad humana, o la esfera de su ejercicio, la presunción de que
porque una facultad ha demostrado ser capaz de realizar una empresa determinada
dentro de su propio campo puede contarse con ella para producir algunos efectos
irregulares en un diferente conjunto de circunstancias, no será nunca cosa distinta a una
aberración intelectual y moral y jamás conducirá a nada que no sea un desastre seguro.
6. La embriaguez de la victoria
Una de las formas más corrientes en que suele presentarse la tragedia del «hartazgo»,
«atropello» y «desastre» es la de la embriaguez de la victoria —así sea la lucha en que
se gane el premio fatal una guerra de ejércitos o un conflicto de fuerzas espirituales.
Ambas variantes del drama pueden ilustrarse con la historia de Roma: la embriaguez de
una victoria militar desde el quebrantamiento de la república en el siglo II antes de
Cristo, y la embriaguez de una victoria espiritual desde el quebrantamiento del papado
en el siglo XIII de la era cristiana.
La desmoralización bajo la cual sucumbió la clase gobernante de la República
Romana después del medio siglo de titánica lucha —220-168 a. de C.— que comenzara
con la terrible ordalía de la Segunda Guerra Púnica y concluyera en la conquista del
mundo, fue cáusticamente descrita por un observador griego contemporáneo, que
resultó ser una de las víctimas.

El primer resultado de la amistad entre Polibio y Escipión Emiliano fue un dinámico


entusiasmo por más altas cosas que se apoderó de ambos y les inspiró la ambición de
ganar distinción moral y competir victoriosamente en este terreno con sus
contemporáneos. El gran premio al que aspiraban sus corazones hubiese sido difícil de
alcanzar en circunstancias ordinarias; pero, infortunadamente, en la Roma de aquella
época el nivel de la competencia había caído por la desmoralización general de la
sociedad. Algunos corrían tras las mujeres, otros buscaban los vicios contra natura y
muchos se dedicaban a los espectáculos y a la embriaguez y a todas las extravagancias a
que dan ocasión los espectáculos y la bebida. Vicios todos por los cuales sentían
debilidad los griegos; y los romanos se habían contagiado instantáneamente de esta
enfermedad durante la Tercera Guerra Romanomacedónica. Tan violenta e incontrolada
era la pasión por estos vicios que se apoderara de la más joven generación romana que
era cosa corriente comprarse un favorito por un talento y un pote de caviar por
trescientas dracmas, conducta que en un discurso público arrancara a Marco Catón la
exclamación indignada de que la desmoralización de la Sociedad Romana se hallaba
chocantemente expuesta en el mero hecho de que los efebos alcanzaron mayor precio
que la tierra y los potes de caviar que el ganado. Si se pregunta por qué coincidió
aquella enfermedad social con esa época determinada, pueden darse dos razones en
respuesta. La primera, que los romanos, al aniquilar el Reino de Macedonia, sintieron
que no quedaba ya poder en el mundo que pudiese disputarles su propia supremacía. La
segunda, que la ostentación material, tanto privada como pública, de la vida en Roma
había sido enormemente acrecentada por las riquezas que de Macedonia se trasladaran
allí.32

Tal fue el desfiladero moral a que llevara a la clase gobernante romana la aplastante
victoria que obtuviera la república después de años de agonía en que se tambaleara al
borde de un abismo. La primera reacción de una generación que había vivido el
azoramiento de esa experiencia fue la ciega presunción de que el irresistible poder
material de un vencedor era la clave para solucionar todos los problemas humanos, y
que el único fin concebible del hombre era el desenfrenado goce de los burdos placeres
que ese poder podía poner a su alcance. Los vencedores no comprendieron que ese
mismo estado de ánimo daba testimonio de la derrota moral que lograra infligirles
Aníbal, el adversario derrotado militarmente. No se percataron de que el mundo en que
pasaban por vencedores era un mundo en ruinas, y que su propia y ostensiblemente

32
Polibio: Historia Ecuménica, libro XXXI, cap. 25.
victoriosa República Romana era el más penosamente golpeado de todos los postrados
Estados con que se fabricara ese arruinado mundo. En esta aberración moral, vagaron
por el yermo durante más de cien años; y en ese horrendo siglo infligieron una
calamidad tras otra a un mundo puesto a merced de ellos por la victoria; y la mayor de
todas las calamidades se la infligieron a sí mismos.
Incluso en el cuño militar, que era la moneda que ellos mismos eligieran, su
bancarrota se puso pronto de manifiesto. Los triunfos romanos tan arduamente
conseguidos sobre un Aníbal y un Perseo, fueron seguidos por una serie de humillantes
reveses infligidos a los romanos por mano de adversarios que se hallaban totalmente
superados por Roma en fuerza militar: la quebrantada, desarmada y casi indefensa
Cartago, sobre la cual dictara a sangre fría el gobierno romano una sentencia de
destrucción en 149 a. de C; los bárbaros numantinos que desafiaron todos los esfuerzos
hechos por Roma para subyugarlos de 153 a 133; los esclavizados y expatriados
orientales que irrumpieron desde su ergástula sobre las plantaciones sicilianas en 135 y
104; los amotinados gladiadores a cuya cabeza anduvo Espartaco por Italia de 73 a 71
tan libremente como lo hiciera el propio Aníbal de 218 a 211; los «ciudadanos del Sol»
que pusieron su fe en Aristónico de Pérgamo y durante tres años —132-130—
resistieron al poder de Roma con el vigor de su creencia en el advenimiento de una
nueva revelación; y los rebeldes en el advenimiento de un Yugurta y un Mitrídates—
que repudiaron su lealtad y desafiaron la fuerza de su agraviada soberana hasta el último
extremo antes de que ésta lograse llamarlos a capítulo.
La razón por la cual se cubrió Roma de esta manera de deshonra militar al día
siguiente de un triunfo militar no es otra que el hecho de que durante aquel siglo sus
oficiales estaban dirigiendo soldados que ya nada tenían que ganar con la victoria sobre
un enemigo que, por su parte, no tenía ya nada que esperar con deponer las armas.
Tanto la movilización del campesinado italiano como la esclavitud de los bárbaros y
orientales eran explotadas ahora implacablemente en beneficio pecuniario de la clase
gobernante romana. Las provincias eran despojadas de su riqueza material y de sus
pobladores a fin de proveer de lucrativos contratos a los hombres de negocios de Roma
y de mano de obra barata a las plantaciones y ganaderías de los senadores romanos; y la
tierra que había sido cultivada con el trabajo de aquellos esclavos extranjeros a fin de
multiplicar las fortunas de una pequeña clase de hombres ya ricos, era tierra italiana que
había sido puesta a disposición de aquellos capitalistas por el empobrecimiento y la
expulsión de los originarios propietarios campesinos. El núcleo del latifundio que
«arruinó a Italia» era el área devastada del sur que se convirtió en propiedad pública
como resultado de la Segunda Guerra Púnica, parte en castigo por la defección de los
propietarios originales al campo adverso, y parte por la simple desaparición de los
propietarios originales. En consecuencia, la nueva clase de «plantadores» y «ganaderos»
de posguerra se halló en condiciones de acumular tierras, comprando los títulos que
invadían el mercado cuando sus propietarios eran movilizados y llamados bajo banderas
por años interminables en algún remoto teatro de la crónica guerrera de fronteras en los
límites occidentales de las dos provincias de España, o en los límites norteños de la
provincia de Macedonia.
En aquella época, los vasallos y ciudadanos de la República Romana eran víctimas
de una ci-devant clase gobernante romana que había sido transformada por la
embriaguez de la victoria en una banda de ladrones. En 104 a. de C, cuando todo el
mundo helénico se hallaba ensombrecido por la amenaza común de un alud de bárbaros
del norte de Europa, el rey de Bitinia (oficialmente era un Estado amigo bajo el
protectorado romano) pudo responder, con mordaz ironía, a la solicitud de tropas que le
hiciera el más alto representante del gobierno romano «que la mayor parte de sus
vasallos habían sido asaltados por los recaudadores de impuestos, y vivían ahora como
esclavos en territorios administrados por Roma». Y en 133 a. de C, un magnánimo
joven aristócrata romano que trató de realizar una reforma social, precipitando con ello
una revolución, pudo declarar sin contradicción:

Los animales salvajes que andan por Italia tienen una cueva, y cada uno de ellos tiene su
cubil y su nido, pero los hombres que luchan y mueren por Italia no tienen parte ni lote
en cosa alguna que no sean el aire y la luz del sol. En beneficio de la riqueza y el lujo de
otros hombres, van a la guerra e inmolan sus vidas. Se les llama señores del mundo, y
no tienen siquiera un terrón de tierra al que puedan llamar suyo.

La belicosa negativa de los compañeros de Tiberio Graco a apoyarlo en la búsqueda


de un remedio para los males de los campesinos romanos promueve una revolución que
se encona hasta convertirse en guerra civil; y la violencia autodestructora que se
desencadenó dentro de la República Romana con el asesinato del presunto reformista en
133 a. de C. sólo pudo ser controlada con el establecimiento de la Pax Augusta, en 31
antes de Cristo, después de la batalla de Accio.
La Pax Augusta inauguró no una «Edad de Oro», sino apenas un «veranillo». Los
daños que los atropellos romanos ocasionaron ya a la propia Roma y a la totalidad de la
Sociedad Helénica, no tenían reparación posible. Lo más que podían conceder los dioses
de la minoría dominante a sus últimos favoritos era una tregua que no era un indulto; y
aun este aplazamiento redundaba en beneficio, no del propio pueblo de los fracasados
dioses, sino de una nova progenies: una «raza venidera» cuyos ojos se hallaban fijos en
distantes horizontes y cuya fe estaba fundada en el poder de un salvador diferente. El
acontecimiento irreparable que ocurriera en el mundo helénico entre la generación de
Polibio y la generación de Virgilio, fue la secesión del proletariado; y el acontecimiento
inexorable que se produciría entre la generación de Virgilio y la de Marco Aurelio sería
el brote, dentro del seno de ese proletariado, de un nuevo orden social.
El agravio material que Graco pensara remediar con la acción política, reapareció
finalmente, en forma perniciosamente antisocial, cuando los descendientes de aquellos
campesinos italianos que lograron permanecer aferrados a la tierra fueron rudamente
expulsados por una serie de señores de la guerra revolucionarios, de Sila al propio
Augusto, a fin de dotar de parcelas a los descendientes de sus desarraigados hermanos
que desde hacía tiempo fueran incapaces de un efectivo «retorno a la tierra» después de
haber sido forzados durante incontables años a hacer del campamento su hogar y de la
espada su medio de vida. Esta parodia de la solución de Graco fue todavía peor que la
enfermedad de un proletariado urbano, desarraigado y militarizado. Y dio el golpe final
a la agricultura italiana. Pero en el momento en que los problemas sociales de Italia
desbarataban por completo todas las maniobras de los estadistas romanos, la parábola de
las «cuevas» y «nidos» de las bestias que Tiberio Graco empleara en un discurso
político como simbólico reflector que revelase un mal social, era aplicada en Siria y
para ilustrar una verdad diferente y más profunda, por un profeta que no impresionó los
espíritus de las autoridades romanas de la época —ni siquiera cuando, en el curso de su
rutina administrativa, tuvieron ocasión de llevarlo a la muerte—. Cuando Jesús toma
sobre sí los sufrimientos del campesinado galileo que fuera despojado por la misma
mano predatoria que los campesinos del ager mantuanus, y cuando dice al escriba: «las
raposas tienen cuevas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde
recline la cabeza»33, usa la imagen de Graco a fin de que el proletariado entienda que la
errónea y violenta expoliación de los bienes materiales no justificaba represalias

33
[Lucas IX, 58.]
revolucionarias y ni siquiera acaso reformas políticas, sino que era realmente una
bendición disfrazada, por ser una insospechada fuente de riqueza espiritual.

Bienaventurados les mansos; porque ellos poseerán la tierra...


Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia; porque de ellos es el reino
de los cielos.34

En grado menor, esta embriaguez de la victoria que condujo a la clase gobernante


romana a su perdición después de la conquista del mundo helénico, en el medio siglo
que concluye con la batalla de Pidna, fue semejante a la ruina de españoles y
portugueses después de la conquista del Nuevo Mundo, a comienzos de la Edad
Moderna de nuestra historia occidental, y también a la ruina de los británicos después de
su conquista de Bengala y el Canadá en la Guerra de los Siete Años.
Los españoles y portugueses que en 1493 obtuvieron del papa un laudo arbitral que
repartía entre ellos la totalidad del mundo ultramarino —como si no hubiera más
reclamantes en el campo— vieron roto su monopolio antes de que transcurriera un
siglo, cuando holandeses, ingleses y franceses franquearon los cotos españoles de
América y los cotos portugueses de África y la India y los cotos de ambas potencias
iberas en el Lejano Oriente, después de la derrota de la armada española. Y la
embriaguez de los pioneers iberos con su hazaña inicial, su altanero orgullo de
saber que

Fuimos los primeros en forzar


Esa mar silenciosa...

fue el resquicio abierto en la armadura contra el cual dirigirían sus competidores


europeos de ojos de lince y manos veloces sus golpes mortales en el paso del siglo XVI
al XVII.
Por lo que hace a los ingleses, temporalmente fueron sacados de la moderación que
practicaron estudiadamente antes de que la extraordinaria prodigalidad de la Fortuna
hiciese que el Canadá cayera en una de sus manos y Bengala, al mismo tiempo, en la
otra. En 1763 parecía que «el destino manifiesto» del Imperio Británico fuese el de
absorber totalmente tanto a Norteamérica como a la India. Sin embargo, veinte años
más tarde la Gran Bretaña había perdido la mejor mitad de uno de los dos
subcontinentes y se hallaba en inminente peligro de perder la totalidad del otro. Es
verdad que el veredicto de la Historia ha absuelto ahora a los estadistas británicos de la
exclusiva responsabilidad por la disgregación del Primer Imperio Británico.
Últimamente, los historiadores norteamericanos han hecho mucho para demostrar que
en la guerra fratricida de 1775-83 la culpa de la guerra se hallaba dividida; y el nombre
de Warren Hastings no suena ya tan siniestramente como se lo hiciera sonar hace siglo y
medio. Sea como fuera, perdura el hecho de que las trece colonias jamás se hubiesen
perdido para la corona británica si de 1763 a 1775 ésta hubiese usado con ellas el
mismo trato y consideración que repetidamente empleara con el Canadá de 1774 en
adelante. Ni se hubiese conservado Bengala —ni, a fortiori, ampliado hasta constituir
un imperio que abarcaría toda la India— si las prácticas predatorias de los funcionarios
de la Compañía de las Indias Orientales, de Clive y Warren Hastings en adelante,
durante los veintiséis años subsecuentes a la embriagadora victoria de Plassey, no
hubiesen sido desalentadas por la abortada India Bill de 1783 y la efectiva India Bill de
1784 y el prolijo proceso administrativo de 1786-95. Por más sinceramente que Clive se

34
[Mateo V. 5 y 10.]
«maravillara» de su «propia moderación», su economía de virtud seguramente no habría
tardado en costarle a los compatriotas la pérdida de un dominio oriental que el exceso
de inescrupulosidad ganara repentinamente para ellos, si ellos mismos bajo la influencia
moderadora del desastre americano no se hubiesen esforzado por superar el nivel moral
de Clive.
7. Goliat y David
La competencia biológica entre el menudo y el afelpado mamífero y el reptil
poderosamente armado, encuentra su analogía, en la historia militar humana, en la saga
del duelo librado entre David y Goliat; y si tomamos este legendario combate siríaco
como punto de partida, encontraremos el mismo drama representado una y otra vez en
una serie continua de peleas entre nuevas y viejas técnicas militares.
Antes del día fatal en que desafió a los ejércitos de Israel, Goliat había ganado tan
resonantes victorias con su lanza, cuya asta era como enjullo de telar y cuya punta
pesaba seiscientos siclos de hierro35, y se había hallado a sí mismo tan completamente a
prueba de armas hostiles con su panoplia de casco y coraza, grebas y escudo, que ya no
podía concebir ninguna otra clase de armamentos; y se creía invencible con el suyo.
Reta al enemigo del día, pues, a que elija un campeón que se mida con él en singular
combate, presumiendo que, si algún campeón se presenta, sólo podrá ser un lancero
armado cap-à-pie, y en la seguridad de que cualquier israelita que tenga la osadía de
combatir al campeón filisteo con sus propias armas será para él fácil presa. Tan aferrado
se halla el espíritu de Goliat a estas dos ideas que, cuando ve que David le sale al
encuentro sin cubrir su cuerpo con armadura ni llevar visiblemente en la mano otra cosa
que un cayado, se encoleriza, en vez de alarmarse, por la aparente negligencia de su
adversario, y exclama: «¿Soy yo un perro para que vengas a mí con palos?» Goliat no
sospecha que aquella juvenil impertinencia no es obra de infantil locura sino, por el
contrario, una maniobra cuidadosamente meditada. David, en efecto, había
comprendido tan claramente como el propio Goliat que no tenía esperanza alguna de
dominarlo con sus mismas armas y, después de ensayarla, había rechazado, en
consecuencia, la armadura con que lo revistiera Saúl; ni se percató tampoco Goliat de la
honda que llevaba en la otra mano, ni adivinó qué malicia pudiera ocultar su zurrón de
pastor. Y así este desventurado triceratopus filisteo se adelanta majestuosamente
ofreciendo su frente desnuda como blanco para la guija de la honda que lo tenderá de un
solo golpe antes de que su desdeñable adversario se ponga al alcance de su hasta ahora
infalible lanza.
Goliat de Gath no fue el primer hoplita en la historia de la vida sobre la Tierra que
cortejase y se atrajese tan desconcertante sino: pues armaduras mucho más poderosas
que la suya habían revestido los catafractas reptiles y mamíferos antes de que el primer
antecesor humano de Goliat hiciese su aparición en la escena terrestre.

Un seductor y en un último término siempre fatal sendero (de evolución) ha sido el


desarrollo de la armadura defensiva. Un organismo puede protegerse a sí mismo por
ocultación, por rapidez en el vuelo, por contraataque efectivo, uniéndose para el ataque
y la defensa con otros individuos de su especie y también cubriéndose de placas óseas y
de espinas. Este último método fue adoptado por los peces ganoideos del período
devoniano con su resplandeciente armadura. Algunos de los grandes lagartos del último
mesozoico estaban cuidadosamente blindados. Algunos mamíferos del terciario,
especialmente en Sudamérica, eran inmensas y bizarras criaturas; y se pregunta uno qué
prolongado período de evolución necesitaron para armarse así. El experimento de la
armadura fracasó siempre. Las criaturas que lo adoptan tienden a hacerse tardas. Tienen
que moverse relativamente despacio. Por ende, se ven obligados a alimentarse
principalmente de vegetales y esto, en general, constituye una desventaja frente a
adversarios que viven de alimento animal rápidamente «aprovechable». El repetido

35
[Samuel XVII. 7.]
fracaso de la armadura protectora muestra que, aun en el más bajo nivel evolucionista,
el cerebro triunfa sobre la simple materia. El ejemplo supremo de esta clase de triunfo
es el hombre36.

Y se halla idealmente ejemplarizado en la saga de David y Goliat. Sin embargo, si


bien este clásico cuento resume en todo tiempo una verdad filosófica que está
igualmente ilustrada por el lento desarrollo de la historia de la competencia humana en
armamentos, es también un hecho histórico que el hoplita campeón del interregno
postminoico —un Goliat de Gath o un Héctor de Troya— no sucumbió bajo la honda de
David ni el arco de Filoctetes, sino ante la falange mirmidónica: auténtico Leviatán en
el que una multitud de hoplitas actuaban hombro a hombro, casco contra caso y escudo
contra escudo. Aunque cada falangista en particular fuese, en su atuendo, una réplica de
Héctor o de Goliat, era la antítesis del hoplita homérico en su espíritu; pues la esencia
de la falange no consistía en el equipo de los hombres de armas que la componían, sino
en la disciplina que había transformado una chusma bárbara de guerreros individuales
en una formación militar cuyas ordenadas evoluciones podían tener resultados diez
veces más efectivos que los esfuerzos no coordinados de igual número de campeones
individuales exactamente armados.
Esta nueva técnica militar, de la que sorprendemos algunas anticipadas vislumbres en
la Ilíada, hace indudablemente su entrada en la escena histórica bajo la forma de la
falange espartana que marcha al ritmo de los versos de Tirteo hacia su socialmente
desastrosa victoria militar en la Segunda Guerra Mesenoespartana; pero el triunfo de la
falange espartana no era definitivo.
Después de sacar del campo a todos sus «números adversos» sucumbe, a su turno,
ante nuevas técnicas; y es significativo que esta derrota de la falange espartana
sobreviniese tan pronto como los espartanos se sintieron tentados a «dormirse sobre los
laureles», en la pujanza de su victoria, en la Guerra Atenopeloponense de 431-404 a. de
C.; victoria que parecía completar la supremacía militar de Esparta en la Hélade y
coronar así el triunfo que obtuvieran las mismas tácticas espartanas sobre los mesenios
más de doscientos años atrás. A los treinta y tres años del desastre ateniense de 404 a.
de C., la triunfante falange espartana era ignominiosamente sacada del campo: primero,
por un enjambre de escuderos atenienses —una hueste de davides con la que la falange
de goliats se encontró absolutamente incapaz de contender—; y luego por una columna
tebana, innovación táctica que perfeccionaba la falange, con efectos decisivos,
introduciendo una distribución irregular de su profundidad y peso y movimiento, y
superando el antiguo caudal de disciplina con el nuevo elemento de la sorpresa. Las
técnicas ateniense y tebana fueron, sin embargo, tan rápida y seguramente desgastadas
por sus triunfos sucesivos como lo fuera la técnica espartana; pues sus respectivas
victorias sobre la falange espartana en 390 y 371 quedaron anuladas de un solo golpe en
338 a. de C. por una formación macedónica en la que se habían coordinado
minuciosamente guerrilleros y falangistas, altamente diferenciados, con una caballería
pesada dentro de un mismo cuerpo de batalla.
Si la falange macedónica, con su marco de armamento ligero y su caballería, superó
a la falange espartana como instrumento de guerra en la medida de la diferencia de
volumen entre las conquistas macedonias y espartanas, la distancia entre las dos
técnicas hubo de ser sin duda grande, ya que la falange espartana solamente conquistó la
Hélade, en tanto que el ejército macedonio sumaba a la conquista de la Hélade la del
Imperio Aqueménida. De las riberas del Cefiso y el Eurotas a las del Yaxartes y el Beas,
los macedonios anduvieron a su antojo, sin hallar ningún contrincante que fuese capaz
36
Barnes, E. W.: Scientific Theory and Religion, págs. 474-5.
de detenerlos. Pero el testimonio más impresionante de la eficacia de su máquina militar
no es la larga lista de potencias militares sucesivamente derrotadas por Filipo II y
Alejandro el Grande, sino la confesión hecha, después del suceso, por el victorioso
comandante de un ejército enemigo en la batalla decisiva que se librara ciento setenta
años después de la aplastante victoria de Filipo en Queronea.

El cónsul (Emilio Paulo) no había visto en su vida una falange hasta que, por primera vez,
se enfrentó con una en la guerra de Roma contra Perseo; y cuando aquello terminó, solía
confesar libremente a sus amigos que la falange macedonia era la más formidable y
terrorífica cosa que vieran nunca sus ojos, y esto dicho por un soldado que no había sido
simple testigo, sino que había participado realmente en mayor número de acciones que
cualquier otro capitán de su tiempo.37

Y, sin embargo, no fue la falange de Perseo, sino las legiones de Paulo, las que
resultaron victoriosas en Pidna, en 168 a. de C; y el elogio de la formación macedonia
que acabamos de citar es a la vez una oración fúnebre pronunciada sobre su cadáver por
el jefe de la formación romana que asestara a la falange el golpe de gracia. El ejército
macedonio del siglo II antes de Cristo fue tan incapaz de resistir a los romanos como lo
fueran las fuerzas armadas atenienses, tebanas y aqueménidas de contender con el
ejército macedonio de Filipo II y Alejandro el Grande; y la causa de este sensacional
«cambio de papeles» en los triunfos militares macedonios fue la senil adulación de una
técnica que durante cinco generaciones sucesivas aplastara cuanto se le opusiera. Una
victoria macedonia arduamente ganada sobre la diminuta Atenas o Tebas había sido
seguida por la fácil conquista del vasto Imperio Aqueménida; y desde entonces, los
soldados macedonios se «durmieron sobre los laureles» como los indiscutidos amos de
casi todo el mundo habitable, en tanto que, más allá de su horizonte occidental, los
romanos revolucionaban el arte de la guerra a través de una experiencia adquirida con
sus sufrimientos en la tremenda lucha con Aníbal. La inmensa superioridad de la
máquina de guerra romana posterior a Aníbal sobre la macedonia posterior a Alejandro,
fue terminantemente demostrada en su primer encuentro; y el pronóstico hecho en el
año 200 a. de C. por la escaramuza de caballería en Iliria, se cumplió en 197 en
Cinocéfalos y fue confirmando en 168 en Pidna.
La legión romana triunfó sobre la falange macedonia porque dio un largo paso más
en la integración iniciada por los propios macedonios, de la infantería ligera con la
falangista. En la técnica macedonia esa integración dependía de una coordinación
minuciosamente exacta de las dos armas que se hallaban lo más distante posible una de
otra en cuanto a equipo y entrenamiento y que, en realidad, estaban segregadas en dos
unidades distintas. Si esa coordinación vital entre la falange y la infantería ligera
macedonias llegaba a romperse en el campo de batalla, la extrema especialización de
cada una de estas dos armas las ponía en peligro de quedar a merced de un adversario
más dúctil. Todo dependía, en consecuencia, de la precisión de las evoluciones militares
en el campo; como es obvio, era imposible garantizar esa necesaria precisión. Tan
naturales contre-temps como la niebla en Cinocéfalos y el quebrado suelo en Pidna
bastaban para dislocar la formación del ejército macedonio, con resultados desastrosos
cuando el enemigo era una fuerza de la eficiencia del ejército romano posterior a la
Segunda Guerra Púnica.
Esta eficiencia romana era cosa de ayer; pues en la Italia central, bajo la penumbra
del mundo helénico, se había visto en el campo una anticuada falange de tipo
premacedonio y, desde luego, pretebano, en fecha tan reciente como la de la batalla de

37
Polibio: Libro XXIX, cap. 17.
Cannas (214 a. de C.), cuando la infantería pesada de Roma, formada conforme al
modelo de la antigua falange de Esparta, había sido rodeada desde la retaguardia por la
caballería pesada hispánica y gala de Aníbal y degollada como ganado en el otro flanco
por su infantería pesada africana. Pero en la dura escuela de sus repetidas derrotas en la
Segunda Guerra Púnica, los romanos habían aprendido por cuenta propia a perfeccionar
la técnica de infantería que, de un solo golpe, transformó al ejército romano de la última
en la más eficaz de las fuerzas del mundo helénico contemporáneo, eliminando la
debilidad crucial del sistema macedonio preponderante. En esos años creadores, los
romanos inventaron un nuevo tipo de armamento y un nuevo tipo de formación que
permitieron que cada soldado y cada unidad actuasen tanto como infantería ligera
cuando como hoplitas y pasasen de una a otra táctica en un momento dado y frente al
enemigo.
La superioridad técnica de esta infantería romana post-Aníbal sobre la técnica
macedonia que permaneciera estática por más de un siglo antes del estallido de la
Segunda Guerra Romanomacedónica en 200 antes de Cristo es lúcidamente explicada
por el acadio Polibio, observador contemporáneo de los hechos:

La falange, con su única y potente técnica, puede contar, como es fácil demostrarlo, con
barrer cualquier formación enemiga que se atreva a atacarla de frente. Su carga es
irresistible... ¿Cuál es, entonces, la explicación del triunfo romano? ¿Y cuál es la que
convierte en derrota el empleo de la falange?
La falla reside en la discrepancia entre ese elemento de indecisión —tanto de
situaciones como de terreno— que es inherente a la guerra como arte práctico, y la falta
de elasticidad de la falange, que en la práctica sólo puede salir airosa en una situación
determinada y en una especie particular de terreno. Desde luego, y siempre que se trate
de una lucha decisiva, si el enemigo se ve forzado a aceptar la situación y el terreno que
convienen a la falange, es muy presumible que el empleo de ésta sea un infalible
talismán de victoria. Pero si en realidad siempre es posible —y fácilmente posible—
para el enemigo rehuir el encuentro en tales términos, entonces la formación de la
falange deja de ser formidable.
Se reconoce, por otra parte, que la falange requiere un terreno llano, descampado y
limpio de obstáculos tales como zanjas, crestas, barrancas, riscos y corrientes de agua,
cualquiera de los cuales basta para sacarla de línea y dislocar su formación. Todo el
mundo reconocerá también que la clase de terreno que la falange necesita —un terreno
limpio de obstáculos en una extensión de dos mil yardas y aun más— es casi imposible
de encontrar o, en todo caso, es muy raro; y, aun suponiendo que se le haya encontrado,
siempre es posible, como lo anotamos ya, que el enemigo rehúya el encuentro... (o, si
acepta el encuentro con la falange en terreno llano, todavía el enemigo puede asegurar
la victoria manteniendo en reserva parte de su fuerza, atacando a la falange con el resto,
hasta hacerle perder la formación y exponer los flancos y arrojando luego sus reservas
contra los flancos o la retaguardia de la falange, cuando éstos no están protegidos ya por
la infantería ligera y la caballería).38 En suma, la situación favorable a la falange puede
ser fácilmente eludida por el enemigo, en tanto que la falange no puede evitar las
situaciones que le son adversas. Si los hechos que he expuesto son auténticos,
constituyen manifiestamente una enorme desventaja.
Por lo demás, una falange, como otra fuerza cualquiera, tiene que marchar a través de
toda suerte de terrenos, acampar, anticiparse al enemigo en la ocupación de posiciones
claves, ejecutar y contrarrestar asedios y enfrentar emergencias imprevistas. Todas estas
operaciones —que son carne y hueso de la guerra— son susceptibles de afectar y,
algunas veces, decidir el resultado final. Y para todas esas operaciones la técnica militar
macedonia es desmañada, y en ocasiones totalmente inefectiva, porque no permite al

38
El pasaje entre paréntesis es un resumen del pasaje correspondiente en el original. — A. J. T.
falangista salir airoso en las filas o individualmente. En el campo contrario, la técnica
militar romana es efectiva en toda esa suerte de operaciones, porque cada soldado
romano, una vez en armas y en acción, se halla igualmente bien adaptado para
enfrentarse a cualquier género de terreno, situación o emergencia; y no sólo esto, sino
que se halla igualmente en su elemento y domina lo mismo la situación si se le llama a
tomar parte en un encuentro general o parcial, o a entrar en acción por compañías o a
hacerlo individualmente. Es evidente que la máquina bélica de Roma es enormemente
superior a la de sus rivales en su eficiencia pormenorizada y es por tanto apenas natural
que les romanos obtengan un éxito enormemente superior al de sus adversarios en la
obtención de sus objetivos militares.

Esta ductilidad, que fue el rasgo característico del cumplido genio militar de Roma,
permitió completar la integración del guerrillero y el hoplita; pues la movilidad del uno
y la irresistibilidad del otro se combinaron ahora en la persona de cada legionario; y
cuando la legión, después de ser suscitada por Aníbal y empleada, con destructivo
efecto, contra la anticuada formación macedónica, fue perfeccionada en las guerras
contra los bárbaros y en las guerras civiles romanas por una serie de grandes capitanes
que se inició con Mario y terminó con César, había alcanzado la mayor eficiencia que
fuese posible lograr para la infantería antes de la invención de las armas de fuego. No
obstante ello, el legionario, en el momento mismo en que alcanzaba la perfección en su
género, recibió la primera de una larga serie de derrotas de manos de una pareja de
caballeros armados con técnicas totalmente diferentes —el arquero de caballería ligera y
el lancero acorazado o catafracta— que, entre ambos, eventualmente sacarían al
legionario del campo à la débandade. La victoria del arquero montado sobre el
legionario en Carras —año 53 a. de C.— anticipó en cinco años el combate clásico de
legionario contra legionario en Farsalia —48 a. de C.— batalla en la que la técnica de la
infantería romana llegó probablemente a su cénit. El vaticinio de Carras fue confirmado,
más de cuatrocientos años después, en Adrianópolis, en donde el catafracta dio al
legionario su coup de grâce en el año 378 de la era cristiana.
El desastre de Adrianópolis, que fue el trágico fin de un predominio que el legionario
retuviera —a despecho de crecientes dificultades— por cerca de seiscientos años, ha
sido vívidamente descrito por un oficial romano contemporáneo que fue también un
historiador latino39.
En vísperas de esta catástrofe era todavía tan arrogante la confianza del alto mando
romano en su tradicional técnica militar, que el emperador Valente, que acababa de
establecer contacto con la horda goda que por entonces asolaba el territorio romano de
Tracia, insistió en administrar castigo inmediato a los recalcitrantes bárbaros. No quería
esperar los refuerzos que su sobrino y colega Graciano le enviaba a marchas forzadas
desde occidente, a pesar de haber recibido despachos que le anunciaban que el ejército
de Graciano se hallaba ya a punto de unirse con el suyo; y no quiso tomar en
consideración las proposiciones que los godos —desconcertados de haber provocado
tan fuerte reacción militar romana— trataban de hacer tardíamente a su encolerizado
adversario imperial. Valente ordenó a sus legiones marchar inmediatamente sobre la
retaguardia goda; y a primera vista parece que los resultados justificaron su
intransigente política.

El terrorífico estrépito de las entrechocadas armas [de los legionarios] y su agresivo


retañir sobre los escudos, intimidaron de: tal manera a los bárbaros —que se hallaban
debilitados también por la ausencia de una parte de su horda que operaba a distancia
bajo el comando de Alateo y Safrax, y que no había tenido tiempo de regresar aunque
39
Amiano Marcelino: Res Gestae, libro XXXI, caps. 11-13.
ya se le impartieran órdenes de hacerlo— que decidieron enviar parlementaires en
demanda de paz.

Parece como si las legiones hubiesen ganado la victoria sin necesidad de dar un
golpe; pero, en realidad, la intransigencia de Valente no había quebrantado el espíritu de
los godos, sino que les había inspirado el valor de la desesperación; y el parlamentar
sólo era una finta.
El propósito de Fritigern, el comandante godo, era simplemente ganar tiempo hasta
que le fuese posible aceptar el reto romano con la totalidad de sus fuerzas —incluyendo
el cuerpo ausente, formado por caballería pesada—, y su astucia tuvo éxito; pues se las
arregló para prolongar las conversaciones mientras los romanos permanecían armados,
sin comer ni beber, a pleno sol, hasta que «la caballería goda, reapareciendo en escena
con Alateo y Safrax a la cabeza y reforzada por un contingente de alanos, cayó sobre el
ejército romano como cae el rayo sobre la cordillera, cargando con la velocidad del
relámpago, y barrió, en un torbellino mortal, tantas tropas romanas como alcanzó a
embestir cuerpo a cuerpo». Los legionarios fueron desalojados de su formación y
acorralados en una masa tan densa que ya no tenían espacio para manejar y ni siquiera
desenvainar las espadas; en esta desesperada condición sufrieron el mismo destino que
sus propios predecesores infligieran antaño a los falangistas macedonios. Habiendo
sorprendido a los legionarios en tan irreparable desventaja, los catafractas forzaron un
ataque, sin dar a sus desconcertados adversarios una oportunidad para rehacerse, hasta
que «finalmente, bajo el peso e impulso de la ofensiva bárbara la línea romana se
rompió, y los legionarios —mantenidos hasta el último instante en una situación
desesperada— pusieron pies en polvorosa en un caótico sauve qui peut». El historiador
certifica el hecho de que «las pérdidas romanas ascendieron a cerca de los dos tercios de
los efectivos empleados» (el propio emperador Valente se contó entre los
desaparecidos) y expresa la opinión de que, «aparte de la batalla de Cannas, los anales
de la historia militar de Roma no registran ninguna otra acción en que la mortandad
fuera tan grande como en ésta».
Al comparar a Adrianópolis con Cannas, Amiano da prueba de perspicacia histórica,
pues fue la matanza de Cannas, en donde la infantería romana estuvo a merced de la
caballería pesada de Aníbal, la que estimuló el genio militar de los romanos a
transformar la falange, de anticuado tipo espartano en la legión móvil que resultara
victoriosa en Zama y luego en Cinocéfalos y Pidna. Pero en los días de Adrianópolis, la
lección de Cannas tenía ya cerca de seis siglos; y durante esos seiscientos años los
legionarios romanos se habían «dormido sobre los laureles», como lo hicieran antes los
falangistas macedonios, hasta que permitieron que los sorprendiera y atropellara una
caballería pesada oriental que era una máquina de guerra todavía más formidable que
los escuadrones europeos de Aníbal, y que no podía ser contrarrestada efectivamente sin
alguna innovación en la técnica de la infantería. La efectiva innovación fue descubierta
por fin, pero sólo después de mil años y no por los ingenios romanos. A pesar de que
había recibido repetidas veces advertencias respecto a la inferioridad de los legionarios
frente a la caballería oriental —desastre de Craso en 53 antes de Cristo, de Valeriano en
260 y de Juliano en 363 después de Cristo—, Roma no se había sentido estimulada a
ninguna creación nueva que perfeccionase la técnica de la infantería. Había entregado la
legión, sin reformarla, a su destino; y cuando en la plenitud de los tiempos fue dado
puntualmente el golpe de gracia en Adrianópolis, en 378 d. de C, no pudo pensar ya en
remedio más original que el de desechar inmediatamente a los derrotados legionarios y
adoptar de segunda mano a los catafractas. Teodosio, colega y sucesor de Graciano,
premió a los jinetes bárbaros por haber aniquilado la infantería romana alquilándolos
para que ocupasen el puesto vacante; e incluso cuando el gobierno imperial hubo
pagado el inevitable precio por el breve respiro que esta miope política comprara, y
presenciando cómo los bárbaros mercenarios repartían todas sus provincias occidentales
entre «Estados sucesores» bárbaros, el nuevo ejército nativo, que en la hora undécima
salvó las provincias griegas y orientales de seguir el mismo camino, fue armado y
montado conforme al modelo bárbaro.
El ignominioso final del legionario se ve acentuado aún más por el extraño hecho de
que el catafracta que lo arrolló en las llanuras de Tracia en 378 estaba degenerado. La
caballería parta que obligara a capitular a las legiones de Craso en Carras —53 a. de
C.— estaba formada por arqueros montados, como su nativo prototipo nómada; los
catafractas sármatas y godos que destruyeron las legiones de Valente en Adrianópolis
eran simples lanceros que ganaron su victoria con el burdo y pesado método de forzar la
carga, en sustitución de la refinada técnica de anonadar al enemigo —como lo hicieron
los arqueros montados de Surena en Carras— con una incesante descarga de flechas
suministradas por un inagotable comisariato de camellos. Carras «hubiera debido
revolucionar el arte militar del mundo; pero, en realidad, produjo poco efecto, pues al
año siguiente mataron a Surena y su organización se derrumbó». El futuro no contaría
con el arquero de caballería ligera, sino con el catafracta, que había estado representado
en Carras en las filas partas sin dar ninguna notable contribución a la brillante victoria
de sus camaradas no acorazados. Y tan pronto como revistió la armadura del infante
asirio, el catafracta comenzó a desechar el arco del nómada para adoptar la lanza del
hoplita. El rudimentario catafracta sirio continuaba siendo un arquero montado. Según
se ha descrito, los militares que lucharon en Gaugamela por el último de los
aqueménidas en 331 a. de C. estaban equipados todavía con arcos, aunque tanto los
caballos como los hombres llevaban coraza. No obstante eso, al entrar en acción
aquellos saces semicatafractas no disparaban; cargaban. Y el cabal catafracta parto
retratado en el graffito de Dura ni siquiera llevaba un arco adicional a la lanza. A
despecho del éxito obtenido por el arquero de caballería ligera contra Craso en Carras,
del fracaso de la carga de catafractas contra Ventidio en la siguiente vuelta de aquella
prueba de fuerza romanoparta y del renovado éxito contra Marco Antonio del arquero
montado, los partos optaron por el catafracta; y el ejemplo de los arsácidas fue seguido
por sus sucesores, los sasánidas. Es verdad que los catafractas romanos de Belisario, en
el siglo VI, tal como los describe Procopio, eran arqueros montados del tipo asirio; pero
en general fue el lancero acorazado y no el arquero acorazado, el que se mantuvo en la
silla durante los mil doscientos años posteriores a la victoria que obtuviera en Carras el
arquero de caballería ligera; y hay una extraordinaria uniformidad en el atuendo de este
lancero a través de un lapso mayor de un milenio y a todo lo largo y ancho de Europa y
Asia. Su identidad es inconfundible, ya sea que se nos presente retratado en algún
fresco, fechado en el siglo I de la era cristiana, de una tumba de Crimea; o en los
relieves de los reyes sasánidas en Fars de los siglos IV, V y VI; o en esas figulinas de
arcilla que representan a los hombres de armas del Lejano Oriente que formaron la
fuerza bélica de la Dinastía Tang —imperabat 618-907 d. de C.—; o en las tapicerías de
Bayeux del siglo XI que describen la derrota de los anticuados peones ingleses de la
época por los caballeros normandos de Guillermo el Conquistador.
Si esta longevidad y ubicuidad del catafracta son sorprendentes, también es notable
que sólo resulte ubicuo en una forma degenerada; y puesto que la clase y escala del
material puro pueden ser síntomas de decadencia, no nos sorprenderemos al leer el
próximo capítulo de la historia del catafracta. Una vez más, la historia puede relatarse
con palabras de un contemporáneo que era además un testigo presencial.
Yo estaba en el ejército del subsecretario cuando éste fue al encuentro de los tártaros en
lado occidental de la Ciudad de la Paz (Bagdad), con ocasión de su supremo desastre en
el año 656 de la héjira (que comienza el 8 de enero, 1258 d. de C). Nos encontramos en
Nahr Bashir, una de las dependencias de Dujayl; y allí salió de entre nosotros, para retar
a un combate individual, un caballero completamente equipado y montado en un caballo
árabe, de tal modo que era como si él y su corcel fuesen [sólidos como] alguna gran
montaña. Luego, de entre los mongoles se adelantó a su encuentro un jinete montado en
un caballo semejante a un asno, y teniendo en su mano una lanza parecida a un huso, sin
vestir traje ni armadura, de manera que cuantos lo veían se sentían movidos a risa. No
obstante esto, antes de que concluyese el día la victoria fue de ellos, y nos infligieron
una gran derrota, que fue la Llave del Mal, y luego nos aconteció lo que nos aconteció.40

Así, pues, el legendario encuentro entre David y Goliat en el alborear de la historia


siríaca se repite en el crepúsculo vespertino, acaso veintitrés centurias más tarde, como
un hecho histórico atestiguado; y aunque en esta ocasión el gigante y el pigmeo
desempeñaban su papel a caballo, en vez de hacerlo a pie, el resultado es el mismo.
El invencible kazako tártaro que vence al catafracta iraqués, saquea a Bagdad, hace
morir de hambre al califa abasida entre sus tesoros y da el coup de grâce a un califato
que había sido la reasunción del Imperio Aqueménida y una reintegración del Estado
universal siríaco, es un arquero de caballería ligera del genuino y persistente tipo
nómada, el mismo que se diera a conocer, y a temer, por primera vez en el Asia
sudoccidental con la irrupción de cimerios y escitas al filo de los siglos VIII y VII a. de
C. En el corazón de la estepa, de la que, a su turno, irrumpieran los tártaros en el siglo
XIII de la era cristiana, la antigua técnica militar nomádica había subsistido para
reafirmar ahora su superioridad, al finalizar el capítulo, sobre el acorazado disfraz de sí
mismo que era la imitación que de él hicieran las sociedades sedentarias en el curso de
unos dos mil años de escasa invención y prolongado estancamiento. Pero si el David a
caballo derrota totalmente al Goliat a caballo en ese histórico momento, la secuela de su
lid en esta repetición de la historia fue también leal al original. Ya vimos que el
acorazado campeón pedestre que el guijarro de David abatiera fue reemplazado más
tarde no por David mismo, sino por una falange de Goliats en la que cada falangista
estaba equipado con el atuendo de Goliat; sólo que entonces se pensaba usarlos con
mejores resultados, luchando dentro de una formación disciplinada en vez de
consentirles el deporte primitivo del combate singular. Y ahora, en la época de la
caballería, la disciplina gana una vez más su victoria sobre el individualismo. Pues la
caballería ligera del kan hulagu mongol que derrotara a los caballeros del califa abasida
bajo los muros de Bagdad en 1258 fue derrotada posteriormente una y otra vez —en
1260, 1281, 1299-1300 y 1303— siempre que cruzó el Éufrates e intentó pactar con los
mamelucos, amos de Siria y Egipto, bajo cuya égida hallara asilo una nueva serie de
califas abasidas. En su atuendo, los mamelucos no estaban mejor ni peor equipados que
sus hermanos, los caballeros musulmanes que pocos años antes fueron tan
ignominiosamente vencidos en Nahr Bashir; pero en sus tácticas, los mamelucos eran
fieles a su nombre y estado al obedecer la disciplina; y esta disciplina les dio el señorío
sobre los mañosos tiradores mongoles y los errantes caballeros francos.
Habiendo visto ya luchar a Goliat y David, primero a pie y luego a caballo 41, no
podemos dejar el anfiteatro sin la esperanza de ver a la arena convertirse en naumachia

40
Falakad-in Muhammad b. Aydimir, citado de primera mano por Ibn-at-Tiktaka en Kitab-al-Fakhri. La
traducción inglesa fue tomada de A Literary History of Persia, de E. G. Browne, vol. II, pág. 462.
41
Como una curiosidad de historia, el siguiente pasaje, escrito en 1938, que aparece en el texto de la
obra original, puede ser reproducido aquí como nota: [Estudio de la Historia, Vol. IV, pág. 463, de la
edición inglesa.]
para que nuestros dos gladiadores repitan su duelo a flote. Bien podemos poner término
a nuestro examen de la destrucción suscitada por toda idolatría de una técnica efímera,
con la ilustración que nos ofrece una de las curiosidades de la historia naval. Cuando en
el curso de la Primera Guerra Romanopúnica —gerebatur 264-241 a. de C.— se
hicieron a la mar, los romanos tenían que enfrentarse con una flota cartaginesa que
había heredado todos los refinamientos introducidos sucesivamente en el arte de la
guerra naval en el Mediterráneo durante los dos siglos transcurridos desde la generación
de Temístocles. De acuerdo con la historia —así se trate de un hecho auténtico o de la
legendaria «verdad filosófica»— los bisoños marineros romanos aplastaron a los
maestros cartagineses del arte naval cancelando de un golpe dos siglos de progresos
náuticos y reduciendo una vez más la guerra marítima a ese primitivo género de guerra-
terrestre-a-flote que existiera desde el comienzo de todas las cosas. Se dice que los
romanos, incapaces de enfrentar a los cartagineses en igualdad de condiciones y
rumiando pesarosamente su propia y conspicua ascendencia terrígena, inventaron una
pasarela que colgaba del mástil y estaba provista de ganchos de abordaje, por medio de
la cual se agarraban literalmente de los navíos cartagineses. Mediante esta chocante
innovación antiprofesional, tomaron la iniciativa táctica, impidieron a sus atónitos e
indignados adversarios emplear sus tradicionales tácticas de maniobra y embestido con
el espolón, sustituyéndolas a la fuerza por las de anclaje y abordaje, con decisivos
efectos sobre la suerte de la guerra.
Si hay algo de verdad en ella, esta historia revela muy claramente la conexión que
existe entre derrumbamiento e idolatría; pues en este ejemplo vemos que una técnica
intrínsecamente superior e idolatrada por sus adeptos es derrotada por una técnica
intrínsecamente inferior que sólo cuenta en favor suyo el no haber tenido tiempo aún —
ya que se trata de una innovación— para que se la idolatre; y este extraño espectáculo
sugiere muy vigorosamente que es el acto de idolatría el que causa el daño y no ninguna
de las cualidades intrínsecas del objeto.

En el año 1938 fue nuevamente cierto que la técnica que había ganado la guerra de 1914-18 no sería el
último eslabón en la cadena, si la humanidad era tan perversa que continuase cultivando el arte de la
guerra después de haber alcanzado un grado de letalidad tras el cual la menor indulgencia con respecto
a la beligerancia parecía implicar la destrucción total de la sociedad. En otra guerra de Occidente, la
marina británica de «posguerra» y el sistema francés, también de «posguerra», de fortificaciones
fronterizas semisubterráneas, demostrarían no ser sino piedras de molino atadas al cuello de los
vencedores en la que sería recordada por la posteridad no como «la guerra para acabar con la guerra»,
sino simplemente como el episodio de 1914-18 en una competencia militar que los lacerados
competidores fueran incapaces de decidir dentro del tiempo reglamentario. En otra guerra, las
fortificaciones francesas pueden ser sobrevoladas y la gran flota británica hundida en sus puertos por la
aviación enemiga cargada con todas las invenciones destructoras de los químicos occidentales del siglo
XX. «La próxima guerra», si es que alguna vez llega para borrar la existencia de la gran sociedad, bien
pudiera ser ganada —si es que la noción de «victoria» tiene todavía entonces algún sentido— por una
fuerza profesional de «posguerra» cuyo vigor residiese, no en el número, sino en una disciplina y
entrenamiento que capacitase a esos jenízaros del siglo XX para aprovecharse totalmente de un
comando sin rivales sobre una armería repleta de armas recién aguzadas. Una pandilla de semejantes
mecánicos militarizados podría vencer con las mismas artes y virtudes que los granaderos de Federico el
Grande y los mosqueteros de Selim I; y si la victoriosa pandilla guerrera fuese la reichswehr germana,
entonces la rueda de la historia militar europea habría dado la vuelta completa.
8. El precio del progreso en la técnica militar
El militarismo ha sido, y con mucho, la causa más frecuente del derrumbamiento de
las civilizaciones durante los cuatro o cinco milenios que han atestiguado la cuenta de
los derrumbamientos registrados hasta la hora presente. El militarismo destroza a una
civilización haciendo que los Estados locales dentro de los cuales se halla articulada esa
sociedad choquen entre sí en destructores conflictos intestinos. En este proceso suicida,
la fábrica social entera se convierte en combustible para alimentar la llama devoradora
en el broncíneo pecho de Moloch. El arte particular de la guerra progresa a expensas de
todas las artes de la paz; y antes de que sus ritos letales hayan completado la destrucción
de sus devotos, éstos pueden haberse hecho tan expertos en el uso de sus instrumentos
de muerte que, si les aconteciese interrumpir por un momento su orgía de mutua
destrucción y volver por un tiempo sus armas contra pechos extranjeros, serían capaces
de arrasar con cuanto encontrasen ante sí.
Oportuno ejemplo nos ofrece la novísima expansión del helenismo a la India y
Bretaña entre el siglo IV antes de Cristo, y el siglo I de la era cristiana; pues los caminos
que siguió esta expansión habían sido abiertos por los ejércitos macedonios y romanos,
y sus armas habían sido llevadas a una irresistible eficacia durante el largo período de
guerras intestinas entre las grandes potencias del mundo helénico en que Atenas estuvo
a punto de establecer su hegemonía y en que Roma logró asestar el golpe decisivo. De
modo, pues, que en la historia helénica el militarismo fue por lo menos responsable en
parte de la última expansión del mundo helénico tanto como de la desintegración de la
Sociedad Helénica de la que fue contemporánea aquella expansión.
Un ejemplo de técnica que progresa mientras la civilización declina nos es ofrecido
por el contraste que presentan en Europa el paleolítico superior y el neolítico inferior,
que es su inmediato sucesor en la serie técnica. La sociedad del paleolítico superior se
contenta con instrumentos de ruda artesanía, pero desarrolla un fino sentido estético, y
no descuida descubrir ciertos sencillos medios para dar una expresión pictórica a ese
sentido. Los hábiles y vivaces bocetos de animales que sobreviven en los muros de las
cavernas del hombre paleolítico, en los que fueran descubiertos por nuestros modernos
arqueólogos, suscitan nuestro asombro y nuestra admiración. La sociedad del neolítico
inferior se toma infinito trabajo para equipararse con finos instrumentos de labranza, a
los que posiblemente da otra justificación usándolos como armas en una lucha por la
existencia con el hombre paleolítico en la cual el homo pictor cae, dejando dueño del
campo al homo faber. En todo caso, la sociedad paleolítica desaparece y la sociedad
neolítica reina en su reemplazo; y este cambio, que inaugura un sorprendente progreso
en términos de técnica, es claramente un retroceso en términos de civilización. Pues el
arte del hombre del paleolítico superior muere con él; y si el hombre del neolítico
inferior tiene alguna vislumbre de sentido estético, en ningún caso le da expresión
material.
Otro ejemplo del progreso técnico coincidente con un retroceso en la civilización,
puede hallarse en el interregno en que la Civilización Minoica cayó en disolución. La
Sociedad Minoica permaneció en la edad de bronce desde el comienzo hasta el fin de su
historia. El último y más cruel enjambre de bárbaros de la Europa continental que
cayera sobre el abandonado dominio de la Sociedad Minoica en las völkerwanderungen
postminoicas se presentó equipado con armas de hierro y no ya de bronce; y en su
victoriosa arremetida contra los epígonos de la Civilización Minoica aprovecharon
indudablemente su conocimiento de un metal más fuerte. No obstante ello, esta victoria
de las espadas de hierro «dóricas» sobre las espadas de bronce minoicas fue un triunfo
de la barbarie sobre la Civilización. Pues una espada de hierro —o un tanque de acero, o
un submarino, o un bombardero o cualquiera otra máquina de muerte de nuestra
novísima edad de la máquina— puede ser un talismán de victoria sin ser un talismán de
cultura. Cuando los «dorios» adoptan las armas de hierro en vez de las de bronce, no
dejan de ser bárbaros. Y no hay razón para estimar a tales bárbaros ni siquiera por la
hazaña de descubrir un nuevo y mejor material metalúrgico. El hierro «dórico»
probablemente no fue un descubrimiento original de los «dorios», sino simplemente un
préstamo que cualquier accidente geográfico permitió hacer a estos bárbaros, por
mimesis, de los ingeniosos artífices de una región vecina. En este encuentro entre los
«dorios» y los minoicos, el criterio técnico del progreso en la civilización se ve refutado
por una reductio ad absurdum; pues el criterio técnico nos fuerza a declarar que el nadir
del interregno postminoico fue testigo de un avance en la cultura del área egea; que este
progreso fue más significativo que cualquiera otro que se lograra en toda la historia de
la Civilización Minoica; y que el avance fue provocado por las bandas invasoras de
«dorios» armados con espadas de hierro en el momento en que empleaban sus armas de
hierro para asestar el golpe mortal a la cultura minoica de las espadas de bronce.
Este ejemplo, tomando de la historia del Viejo Mundo, tiene un paralelo
notablemente exacto en la historia del Nuevo Mundo. Yacimiento

El establecimiento de la cronología maya y tolteca fija, dentro de límites relativamente


estrechos, el comienzo de la edad de los metales en la América central y México. En las
excavaciones de Copan, Quiriguá y otras ciudades mayas del Primer Imperio no se halló
muestra alguna de metal, ni siquiera huellas de cobre. Las Quebradas, en Guatemala, se
hallaba construida precisamente sobre un placer; no obstante ello, en las operaciones de
lavado que han destruido prácticamente aquel sitio, no se encontró muestra alguna de
oro elaborado. Ni hay ornamentos de metal, tales como golas y campanas, reproducidas
en los monumentos primitivos. Deducimos, por tanto, que la edad de los metales no
comenzó hasta después del año 600 de la era cristiana; sin embargo, en 1200 la
elaboración de los metales se hallaba muy desarrollada en oro, plata, cobre y diferentes
aleaciones. Muchas muestras encontradas en Chichen Itza, al norte del Yucatán, son de
origen costarricense y colombiano, y la técnica de la elaboración del metal es la misma
empleada desde el sur de Colombia hasta el centro de México. Aparentemente, este arte
fue importado de Sudamérica alrededor del año 1000 y logró un rápido desarrollo en los
quinientos años anteriores a la conquista española.42

Puede verse que este ejemplo centroamericano y el anterior egeo que hemos traído en
apoyo de nuestra tesis se ilustran mutuamente. De la misma manera que en el Viejo
Mundo la Sociedad Minoica realiza sus empresas y vive su vida sin pasar de la edad de
bronce, en el Nuevo Mundo la Sociedad Maya surge y cae sin haber pasado de la edad
de piedra a la de los metales. La importancia de la técnica metalúrgica estuvo reservada
en la América central a dos civilizaciones, relacionadas ambas con la maya, ninguna de
las cuales podía compararse con la civilización anterior en lo que atañe al nivel general
de sus logros culturales. Y, también aquí, el avance técnico se halla sincronizado con el
interregno cultural.
Si es una reductio ad absurdum del criterio técnico el alegar que la civilizaciones de
segundo orden afiliadas a la Civilización Maya o los invasores bárbaros del mundo egeo
en el interregno postminoico y prehelénico fueron apóstoles de civilización en virtud de
sus realizaciones técnicas, es divertido encontrar un alegato no menos extravagante
presentado por el último de los grandes historiadores helenos en pro del interregno
posthelénico y con similares bases técnicas.
42
The Encyclopaedia Britannica: 13." ed., vol. I, pág. 195.
Procopio de Cesárea escribió una historia de las guerras del emperador romano
Justiniano —imperabat 521-65 d. de C.—; y esas guerras fueron realmente la muerte de
la antigua Sociedad Helénica. Empeñándose obstinadamente en realizar su equivocada
ambición de restaurar la integridad territorial del Imperio, Justiniano causó la ruina
financiera de las provincias orientales, la despoblación de las provincias balcánicas y la
devastación de Italia; e incluso a tal costo fracasó en la realización de su unilateral
propósito; pues al expulsar a los vándalos de África, abrió el camino para que los moros
ocupasen su lugar, y al expulsar a los ostrogodos de Italia creó un vacío que habría de
ser llenado, a los tres años de su muerte, por los todavía más bárbaros lombardos. El
siglo que siguió a las guerras de Justiniano fue en realidad el nadir del interregno
posthelénico. Esta fue la tragedia de la generación de Procopio, tal como la posteridad
puede verla retrospectivamente; y, desde luego, fue penosamente claro en su hora y
ampliamente reconocido por los contemporáneos de Procopio, que —por distante o
próximo que pudiera hallarse el fin del helenismo— la historia helénica había pasado su
cénit desde hacía tiempo. No obstante ello, al escribir el prefacio de su relato de los
fatales acontecimientos que asestaran el golpe mortal al helenismo muy poco antes de
que él tomara la pluma, el eminente historiador se aparta de su camino para romper una
lanza en pro de las ideas que él mismo tuviera respecto a la lucha entre modernos y
antiguos; y otorga la palma a los modernos a cuenta de su superioridad técnica en el arte
de la guerra.

Para todo espíritu no prevenido, es evidente que los acontecimientos de estas guerras
son, por lo menos, tan sorprendentes e imponentes como ningún otro en la historia. Han
sido responsables de sucesos de carácter más extraordinario que cualquiera hasta ahora
registrado, excepto —posiblemente— desde el punto de vista del lector que insista en
dar la palma a la Antigüedad y se niegue a impresionarse por cosa alguna del mundo
contemporáneo. El primer ejemplo que me viene a las mientes es la afectación de aludir
a las tropas modernas como a «arqueros», reservando las apelaciones de «combatientes
cuerpo a cuerpo» u «hombres de armas» a los guerreros de la Antigüedad, con la
tranquila presunción de que aquellas virtudes militares se extinguieron en nuestros días.
Estas presunciones revelan simplemente una superficialidad y una falta total de
experiencia en quienes las abrigan. Jamás les ha pasado por la cabeza que los arqueros
de Homero, cuya arma se vuelve contra ellos como un oprobioso epíteto, no tenían
carne de caballo entre sus rodillas, ni lanza en la mano, ni escudo o armadura que los
cubriese. Entraban en acción a pie y se veían forzados a protegerse, ora colocándose tras
el escudo de un compañero, ora «cobijándose tras un cipo funerario», posición que por
igual les impedía actuar desembarazadamente en la defensa o en la persecución de un
adversario en retirada y, sobre todo, luchar a campo abierto. De ahí su reputación de
desempeñar un papel clandestino en el juego de la guerra; por lo demás, aparte de esto,
se preocupaban tan poco de la técnica que, al disparar, sólo tiraban de la cuerda del arco
hasta el pecho, con el resultado natural de que la flecha, al llegar a blanco, carecía de
fuerza y efectividad. Tal era sin duda alguna el nivel a que llegó la ballestería en
tiempos primitivos. En cambio, los arqueros modernos entran en acción equipados con
corazas y rodilleras, con su carcaj al lado derecho y su espada al izquierdo, a la vez que
algunos jinetes llevan una lanza terciada sobre los hombros y un pequeño escudo sin
agarradera, de tamaño exactamente suficiente para cubrirles el rostro y el cuello. Siendo
admirables jinetes, están adiestrados para tender el arco al flanco, sin hacer esfuerzo,
mientras van a todo galope, acertando lo mismo al disparar hacia atrás contra sus
perseguidores que al disparar hacia adelante contra un adversario en retirada. Tienden la
cuerda del arco hasta el rostro, a la altura —aproximada— del oído derecho, lo que
comunica tanta fuerza al proyectil que su impacto es invariablemente fatal y que ningún
escudo o coraza puede resistir su impulso. No obstante ello, algunas gentes que
prefieren ignorar la existencia de estas tropas, persisten en la boquiabierta adulación de
la Antigüedad y se niegan a admitir la superioridad de las invenciones modernas. Desde
luego, los juicios errados de esta especie son impotentes para despojar a las últimas
guerras de su superlativo interés e importancia.

La argumentación de Procopio es una extravaganza que se refuta a sí misma; y el


único comentario que parece necesario hacer es que el catafracta, al que Procopio
presenta a sus lectores como chef d'oeuvre de la técnica militar griega y romana —el
tipo de luchador más eficiente que se presentase nunca en el mundo helénico durante el
largo período transcurrido entre la edad homérica y la del autor— distaba tanto de ser
creación original del genio militar griego y romano como el descubrimiento del hierro
obra de los «dorios». Aquellos arqueros montados y armados cap-à-pie, formidables por
razón de su habilidad personal como jinetes y arqueros, eran totalmente ajenos a la
tradición militar genuina de griegos y romanos, quienes habían relegado su caballería a
un papel subalterno y puesto su confianza en una infantería cuya fuerza residía en la
cohesión corporativa y en la disciplina de regimiento más que en el equipo o en la
expertise individual del soldado. El catafracta era en el ejército romano una innovación
reciente —un arma que sólo fuera adoptada un par de siglos antes de los días de
Procopio— y si esta arma llegó a ser el más fuerte puntal del poderío militar romano en
un tiempo tan relativamente corto, esta revolución en la técnica militar sólo sirve para
testimoniar la rápida y lamentable decadencia de la histórica infantería romana. En el
ejército romano de la época de Procopio, el catafracta ocupaba, en efecto, una vacante
que hiciera producir el propio catafracta; pues la antes invencible infantería romana se
había encontrado primero con su igual y conocido finalmente a su superior, en el
catafracta al que se enfrentara en las llanuras de Mesopotamia en los ejércitos de
arsácidas y sasánidas, y en las llanuras danubianas en las bandas guerreras de sármatas y
godos. La lección militar de una larga prueba de fuerza entre el legionario y el
catafracta, que comenzara con el desastre de Craso en Carras en 53 a. de C. y culminara
en el desastre de Valente en Adrianópolis en 378 d. de C, había llevado finalmente a las
autoridades romanas a descartar la histórica infantería romana —con cuya espada y
arado ganara originalmente su imperio la Dea Roma— y a adoptar al exótico pero
triunfante catafracta oriental en lugar del legionario.
En su elogio del catafracta, Procopio hace en realidad justamente lo opuesto a lo que
suponía y pretendía. En vez de celebrar un perfeccionamiento de la técnica militar
griega y romana, pronuncia su oración fúnebre. Pero aunque Procopio escogiera un
infortunado ejemplo para ilustrar la tesis que se proponía sostener, su alegato general de
que había habido un mejoramiento progresivo en la técnica helénica es plenamente
valedero dentro del campo de la técnica militar a que limita su argumentación. Al
revisar el campo de la historia social griega y romana, permítasenos desechar el epílogo
espurio representado por el catafracta y ceñir nuestro examen al milenio que se inició
con la invención de la falange espartana en la Segunda Guerra Mesenoespartana, en la
última parte del siglo VII a. de C. y concluyó con la final derrota y descrédito de la
legión romana en la batalla de Adrianópolis en el año 378 de la era cristiana. El
desarrollo de la genuina técnica militar helénica puede seguirse, sin solución de
continuidad, a lo largo de esos mil años; y al hacerlo, podemos observar que toda
detención o retroceso, en la Civilización Helénica estuvo acompañado invariablemente
por un progreso en el arte de la guerra.
Para comenzar, y como ya lo vimos, la invención de la falange espartana, que es la
primera señal de progreso de que tenemos memoria, fue una consecuencia de los
mismos acontecimientos que ocasionaron un alto prematuro en el crecimiento de la
versión espartana de la Civilización Helénica.
El segundo progreso obtenido fue la diferenciación del soldado de infantería helénico
en dos tipos extremos: el falangista macedonio y el coracero ateniense. La falange
macedónica, armada con largas lanzas de doble filo en vez de la corta espada de un solo
filo, era más formidable en su impacto que su precursora espartana; pero era también
más tarda en sus maniobras y, si perdía su formación, se hallaba más a merced del
enemigo; en consecuencia, sólo podía entrar seguramente en acción cuando sus flancos
estaban protegidos por los coraceros: un nuevo tipo de infantería ligera a los que se
sacaba de las filas y se les entrenaba para luchar como guerrilleros. En colaboración, el
falangista macedonio y el coracero ateniense constituyeron un tipo de infantería mucho
más efectivo que el antiguo falangista indiferenciado de modelo espartano. Este
segundo progreso de la técnica militar helénica fue el resultado de un siglo de guerras
intestinas en el mundo helénico —centuria transcurrida desde la iniciación de la Guerra
Atenopeloponense en 431 a. de C. hasta la victoria macedónica en Queronea en 338—
que marcó el derrumbamiento de la Civilización Helénica y el comienzo de su
desintegración.
El siguiente progreso de la técnica militar helénica fue obtenido por los romanos,
cuando lograron combinar las ventajas y evitar los defectos de falangistas y coraceros
en las tácticas y en el equipo del legionario. Este se hallaba armado con dos venablos
arrojadizos y una espada, y la legión entraba en acción en orden de despliegue, en dos
olas consecutivas, con una tercera ola —armada y formada de acuerdo con el anticuado
estilo de la falange— como reserva. Este tercer perfeccionamiento de la técnica militar
helénica fue la consecuencia de un nuevo brote de guerras intestinas, iniciado con el
estallido de la Segunda Guerra Púnica en 218 antes de Cristo y cancelado en 168 con el
final de la Tercera Guerra Romanomacedónica durante el cual los romanos asestaron el
golpe de gracia a todas las demás grandes potencias del mundo helénico de aquella
época.
El cuarto y último progreso fue el perfeccionamiento de la legión; progreso iniciado
por Mario y completado por César como consecuencia de un siglo de revoluciones y
guerras civiles romanas. Posiblemente, el legionario romano llegó a su ápice en el
ejército que lucho por César en Farsalia en 48 a. de C; cinco años más tarde, las
legiones que lucharon por Craso en Carras en 53 antes de Cristo encontrarían la horma
de su zapato en los catafractas partos. De modo que la generación de César y Craso vio
a la vez el cénit y la caída de la técnica militar romana. Y la misma generación vio
entrar a la Civilización Helénica en la última fase de su declinación y muerte. Pues
aquel siglo de revoluciones y guerras civiles romanas que comenzara en 133 antes de
Cristo, con el tribunado de Tiberio Graco había sido el clímax del «tiempo de
angustias» helénico; y le correspondió a César la misión de poner término a ese «tiempo
de angustias», inaugurando el Estado universal que eventualmente estableciera Augusto
después de la batalla de Accio.
En esta historia de los sucesivos progresos del arte de la guerra helénica, tenemos un
claro ejemplo de que no es el crecimiento de una civilización, sino un detenimiento,
caída y desintegración lo que anda de mano con los progresos de su técnica militar; y la
historia de las civilizaciones Babilónica y Sínica nos ofrece ejemplos igualmente buenos
del mismo fenómeno. Tanto en el «tiempo de angustias» babilónico, cuando la Sociedad
Babilónica se desgarraba a sí misma en el frenesí del militarismo asirio, como en el
«tiempo de angustias» sínico, cuando el poderío militar de Tsin asestaba golpes
mortales a los demás Estados contendores del mundo sínico, se realizaron notables
progresos en la técnica militar. En ambos casos, por ejemplo, el anticuado uso del
caballo de batalla como bestia de tiro de un carro fue desechado en favor de un uso más
efectivo como bridón de un jinete. Acaso del anterior examen podamos deducir que
todo progreso de la técnica militar es habitual, sino invariablemente, síntoma del
declinar de la civilización.
Un inglés de la generación que participó en la Guerra General de 1914-18 puede
recordar, a este respecto, un incidente que, en su momento, lo conmovió como
penosamente simbólico. Como la guerra, en su siempre creciente intensidad, hacía
demandas cada vez mayores de vidas a las naciones beligerantes —a manera de un gran
río que ha rebasado sus límites en la inundación y sumerge campo tras campo y barre
pueblo tras pueblo—, llegó un momento para Inglaterra en que las oficinas del «Board
of Education», en Whitehall, fueron destinadas para uso de una nueva dependencia del
«War Office» que se improvisara con el fin de hacer un estudio intensivo de la guerra de
trincheras. El expulsado «Board of Education» encontró asilo en el Museo Victoria y
Alberto, en donde sobrevivió por tolerancia como si fuese una curiosa reliquia de un
pasado abolido. De este modo, durante varios años antes del armisticio del 11 de
noviembre de 1918 se enseñó el asesinato, en el corazón de nuestro mundo occidental,
dentro de los muros de un edificio público que fuera construido con el objeto de dar una
educación para la vida. Un día primaveral de aquel año de 1918, el autor del presente
volumen se paseaba por Whithall; y se sorprendió a sí mismo repitiendo un pasaje del
Evangelio según San Mateo:

Por lo tanto, cuando viereis la abominación de la desolación, que fue dicha por el
profeta Daniel, está en el lugar santo (el que lee, entienda)... habrá entonces grande
tribulación, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora... Y si no fuesen
abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva...43

Ningún lector dejará de entender que cuando el Ministerio de Educación de un gran


país occidental es dedicado al estudio del arte de la guerra, el desarrollo de la técnica
militar occidental que se adquiere a tal precio es sinónimo de la destrucción de nuestra
Civilización Occidental.

43
[Mateo XXIV. 15, 21, 22.]
9. El fracaso del redentor por la espada
El presunto salvador de una sociedad que se desintegra es, necesariamente, un
redentor armado de espada; pero una espada puede estar envainada o desnuda, y el
hombre de la espada puede ser descubierto en una u otra de las dos posturas
correspondientes. Lo mismo puede mostrarse empuñando el arma desnuda, como los
dioses en lucha con los titanes —tal como se los representa en los frisos de Delfos o de
Pérgamo— que aparecer majestuosamente sentado, con su cuchilla oculta a la vista por
la vaina, como un vencedor que ha «humillado a todos sus enemigos bajo sus pies». La
segunda de estas posturas es el fin hacia el cual la primera es un medio; y aunque un
David o un Heracles, que nunca cesan en sus labores hasta perecer bajo el arnés, pueden
ser más románticas figuras que un Salomón en toda su gloria o un Zeus en toda su
majestad, los trabajos de Heracles y las guerras de David serían conatos sin objeto si no
se propusiesen como meta la serenidad de Zeus y la prosperidad de Salomón. La espada
sólo se empuña con la esperanza de poder usarla para fines tan excelentes que
eventualmente no tenga para qué emplearse más; pero esta esperanza es una ilusión;
pues sólo en el país de las hadas corta la espada los nudos gordianos que los dedos no
pueden desatar. «Todos los que tomaren espada, a espada morirán»44, es la ley
inexorable de la vida real; y la creencia del hombre de la espada en una victoria
definitiva es mera ilusión. Mientras que a David nunca se le permitirá construir el
Templo, el que edifica Salomón sólo es construido para que lo incendie
Nabucodonosor; y en tanto que Heracles jamás encontrará en esta vida el camino para
ascender al Olimpo, Zeus hinca su trono sobre la formidable cima de la montaña tan
sólo para someterse al destino de ser, a su vez, precipitado en el abismo que con sus
propias manos cavaran ya los titanes.
¿Cuál es la razón para que, a pesar de todo, ninguna sociedad en desintegración
pueda ser salvada por la espada ni siquiera cuando el hombre de la espada se halla
sinceramente ansioso de volver el arma a su vaina lo antes posible y mantenerla en ella
—invisible y sin empleo— por el más largo período que sea factible? El guerrero que
desea renunciar, en la primera oportunidad, al uso de un instrumento al que sólo ahora
puede poner de lado precisamente porque acaba de emplearlo victoriosamente, puede
ser un triunfador que sea a la vez un estadista, y un estadista que tenga algo de sabio.
Puede tener una vasta porción de salvador sentido común y al menos un gramo de la
más sutil virtud del autodominio. La renuncia a la guerra como instrumento político es
una resolución que promete ser tan fructífera como noble y sabia es; y siempre que se
adopta con sinceridad, suscita altas esperanzas.
¿Por qué están condenadas a frustrarse estas esperanzas aparentemente legítimas,
como se frustraron en el significativo fracaso de la Pax Augusta en obtener la
perpetuidad que para ella se esperaba? ¿No hay, pues, aquí «lugar para el
arrepentimiento»? El triunviro que una vez perpetró y se benefició de la proscripción,
¿no podrá nunca transfigurarse auténticamente en un pater patriae? La respuesta a esta
angustiosa pregunta ha sido dada por un poeta inglés en una oda horaciana sobre el
regreso de un César occidental de una victoriosa campaña en la que el vencedor parece
haber completado final y triunfalmente su tarea militar. Un poema cuyo alcance es el de
un pean en honor de una victoria determinada, da el toque de difuntos de todo
militarismo en sus dos últimas estancias:

44
[Mateo XXVI. 52.]
Pero tu hijo, hijo de la Guerra y la Fortuna,
Continúa infatigable;
Y, para el fruto final,
Mantiene todavía erecta la espada.
Además de la fuerza hay que espantar
A los espíritus de la noche sombría.
Las mismas artes que ganaron
Un poder, deben mantenerlo.45

Este veredicto clásicamente fraseado sobre la carrera del primer presunto redentor
por la espada, que encontramos en la historia moderna de la Civilización Occidental,
tiene un aguijón en la cola que todavía se hinca más agudamente con aquel mot
decimonónico que dice que «lo único que no puede hacerse con las bayonetas es
sentarse en ellas». El instrumento que una vez sirvió para destruir vidas no puede ser
usado, a conveniencia de quien lo emplea, para salvar vidas. La función de las armas es
matar; y el gobernante que no tuvo escrúpulos en «abrirse paso al trono por el crimen»,
encontrará —si trata de mantenerse en el poder sin recurrir de nuevo a las torvas artes
mediante las cuales lo obtuvo— que tarde o temprano se enfrentará al dilema de
permitir que se le caiga el poder de las manos o de renovar su alquiler mediante una
nueva efusión de sangre. El hombre de violencia no puede arrepentirse sinceramente de
su violencia y aprovecharse permanentemente de ella. No tan simplemente se evade la
ley del karma. Acaso el redentor por la espada pueda construir una casa sobre la arena,
pero jamás una casa sobre la roca. Ni podrá construir vicariamente para la eternidad
recurriendo al expediente de una división del trabajo entre un David, culpable de
derramamiento de sangre, y un Salomón inocente; pues las piedras con las cuales edifica
Salomón fueron desbastadas por David; y el veto pronunciado contra el padre —«No
podrás edificar casa a mi nombre, habiendo derramado tanta sangre de mí»—46 acarrea
la ruina a una casa construida por el hijo en nombre del padre.
Este fracaso último de toda tentativa de obtener la salvación por la espada se halla no
solamente proclamado por la poesía, el mito y la leyenda, sino que está demostrado
también por la historia; pues «la iniquidad de los padres» que recurren a la espada,
recaerá «sobre los hijos hasta la tercera y la cuarta generación». En nuestros propios
días, los descendientes de los protestantes ingleses que Cromwell plantó en Irlanda
como colonos militares para mantener avasallado a un país católico, han sido
expulsados, mediante los mismos instrumentos de violencia e injusticia a los que debían
su maldecida herencia, de las propiedades mal adquiridas por sus antepasados; y en
1937, la riqueza de una comunidad británica de hombres de negocios, acumulada en una
concesión de Shanghai y basada en la iniquidad de la «Guerra del Opio» de 1840-42,
fue destruida por manos japonesas y chinas que se educaron en el militarismo,
siguiendo el ejemplo de los éxitos que tuviera la Gran Bretaña en el pasado convirtiendo
temporalmente la violencia militar en beneficio comercial. Estos dos juicios de la
historia no tienen nada de excepcional. Los clásicos redentores por la espada fueron los
capitanes y los príncipes que procuraron encontrar, o lograron encontrar, o lograron
preservar, o procuraron preservar los Estados universales en que se muda la civilización
que se desintegra cuando ha vivido hasta el amargo final su «tiempo de angustias»; y
aunque el paso del «tiempo de angustias» al Estado universal puede traer consigo tan
grande e inmediato alivio para los atormentados hijos de una sociedad en
desintegración, que éstos muestren algunas veces su gratitud al victorioso fundador de

45
ANDREW Marvell: Oda horaciana sobre el regreso de Cromwell de Irlanda.
46
[Crónicas XXII. 8.]
un Estado universal adorándolo como a un dios, cuando estudiamos más de cerca esos
Estados universales podemos ver que, en el mejor de los casos, son efímeros y que, si,
mediante un tour de force, obstinadamente superan su normal duración, tienen que
pagar esta anormal longevidad degenerando en atrocidades sociales que son, a su modo,
tan perniciosas como el «tiempo de angustias» que precede al establecimiento del
Estado universal o como el interregno que sigue a su derrumbamiento en edad normal.
La relación entre las historias de los Estados universales y las carreras de los
presuntos redentores por la espada, no sólo testimonia de una manera general la
ineficacia de la fuerza como instrumento de salvación, sino que nos capacita para
examinar empíricamente la prueba, dándonos la clave conveniente para colocar y reunir
a los presuntos salvadores de este género en un orden en el que nos sea posible pasarles
revista.
El primero en desfilar sería el trágico batallón de presuntos redentores por la espada
que acuchillara —con hojas tan fútiles como el harnero de las danaides— en las guerras
iniciales de un «tiempo de angustias».
En el «tiempo de angustias» helénico —circa 431 antes de Cristo— podemos
distinguir, en la primera generación, la gallarda figura del lacedemonio Brasidas, que
ofrenda su vida para salvar a las ciudades-Estado de Calcedonia del yugo ateniense,
pero sólo para que su obra fuese destruida, antes de que transcurriese medio siglo por
otras manos lacedemonias que abrirían el camino para que un Filipo de Macedonia
pusiese un yugo todavía más oneroso al cuello de todos los Estados de la Hélade, salvo
la propia Esparta. A la raza de Brasidas zancajea la siniestra figura de su compatriota y
contemporáneo Lisandro, quien victoriosamente liberó a las ciudades-Estado griegas a
lo largo de las costas asiáticas del Egeo y dio a la talasocracia ateniense su coup de
grâce sin otro fin que el de desatar sobre los exvasallos de Atenas el castigo de los
escorpiones lacedemonios en vez del de los látigos áticos y encaminar a su propio país
por un sendero que, en treinta y tres años, lo conduciría de Egospótamos a Leuctra. De
aquí en adelante, cada sucesiva generación agrega alguna figura a nuestro desfile.
Veamos al tebano Epaminondas libertar a arcadios y mesenios y castigar a Esparta
como Lisandro castigara a Atenas, sólo para estimular a los focenses a infligir el mismo
castigo a la propia Tebas. Vemos a Filipo el macedonio librar a la Hélade del dominio
fócense y ser vitoreado como «amigo, benefactor y salvador» por los tebanos y tesalios
que fueran víctimas principales de aquel yugo —sólo para extinguir la libertad de estos
dos pueblos helénicos que incurrieran una vez en la ingenuidad de «pensar que todo el
mundo les pertenecía». Y vemos a un Alejandro procurando reconciliar a los griegos
con la hegemonía macedonia, incorporándolos a la común conquista de todo el Imperio
Aqueménida —sólo para perder la hegemonía de Macedonia que para él ganara su
padre, y alimentar las llamas de la guerra civil helénica desperdigando en los morrales
de sus sucesores rivales el tesoro que los aqueménidas acumularan durante dos siglos.
Una paralela y contemporánea procesión de fracasados redentores por la espada
puede verse en la otra mitad del mundo helénico que se extiende al occidente del
Adriático. Nos basta recitar el catálogo de sus nombres: Dionisio I y Dionisio II,
Agatocles y Hierón y Jerónimo, para percatarnos de que el fracaso de cada uno de estos
dictadores de turno se halla proclamado por el hecho escueto de la necesidad que tienen
de un sucesor que asuma de nuevo la misma tarea. El problema de salvar al helenismo
en Occidente estableciendo una union sacrée que sea suficientemente fuerte para resistir
la doble presión de los rivales siríacos de África y los intrusos bárbaros de Italia,
permanece insoluble mientras que el fértil semillero de la cultura helénica en Sicilia por
el dominio ecuménico entre Cartago y Roma.
El mismo batallón de presuntos redentores se halla representado en el mundo
cristiano ortodoxo por figuras que son más simpáticas sin ser por ello más eficaces. En
el grueso del ejército de la Cristiandad Ortodoxa, vemos a Alejo Comneno —imperabat
1081-1118 después de Cristo— arrebatar un postrado Imperio Romano de Oriente de
las fauces de normandos y selyúcidas con toda la intrepidez de un David que rescata su
cordero del león y el oso. Y, un siglo más tarde, vemos a Teodoro Lascaris negándose a
desesperar de la república después de la catástrofe sin precedentes del año 1204, y
manteniendo en jaque, tras los muros de Nicea, a los conquistadores francos de la santa
ciudad de Constantino. Pero todo este heroísmo bizantino fue inútil. Pues en la trágica
historia del Imperio Romano de Oriente, el Goliat francés que llegara merodeando en la
Cuarta Cruzada no compartió, después de todo, la suerte del oso normando y del león
selyúcida; y la eventual reconquista de Constantinopla por Miguel Paleólogo, que
pareció, por el momento, coronar la obra de Teodoro Lascaris con un éxito póstumo,
demostró más tarde que tan sólo había sellado el destino del Imperio Romano de
Oriente, señalando a los osmalíes el camino que lleva de la ribera asiática del estrecho
del mar Negro a la ribera europea. En la historia del vástago ruso de la Sociedad
Cristiana Ortodoxa, podemos descubrir las copias de un Alejo Comneno y un Teodoro
Lascaris en Alejandro Nevski —regnabat 1362-89 d. de C.—, que empuñaron sus
espadas para salvación del mundo ruso, durante su propio «tiempo de angustias» —área
1078-1478 d. de C.—, del ataque simultáneo de los paganos de Lituania y los cruzados
teutones en el noroeste y de los nómadas mongoles en el sudoeste. Estos héroes rusos de
la Cristiandad Ortodoxa fueron más afortunados en su generación que sus pares griegos,
ya que la fortaleza que tan valientemente defendieran contra fuerzas tan superiores no
caería, en el siguiente capítulo de la historia, en manos extranjeras. No obstante ello, ni
Alejandro ni Demetrio tuvieron más éxito que Alejo o Teodoro en su personal empresa
de poner término al «tiempo de angustias».
Estos redentores por la espada que pierden su heredad en los «tiempos de angustias»
están evidentemente forjados en el molde de Heracles sin tener nada de Zeus; pero el
batallón que viene luego a su zaga está compuesto de mestizos de Heracles y Zeus, a los
que no se dispensa de realizar los trabajos de Heracles sin estar por ello condenados a
ejecutarlos sin esperanza alguna de obtener la recompensa de Zeus. Estos Zeus
hercúleos o Zeus jupiterinos son los precursores de los victoriosos fundadores de
Estados universales. Representan el papel de un Moisés ante Josué, de un Elías ante un
Mesías mundano, de un Juan el Bautista ante Cristo, si es que pueden compararse
propiamente los presuntos redentores de una sociedad mundana a los heraldos de un
reino que no es de este mundo. Algunos de estos precursores mueren sin cruzar el
Jordán ni alcanzar de la Tierra Prometida algo más que la visión de Pisga47, en tanto que
hay otros que logran forzar el paso e hincar momentáneamente el estandarte de su reino
en la ribera opuesta; pero estos audaces espíritus que pretenden arrancar de las manos de
un Destino renuente un éxito prematuro, se acarrean, con su temeridad, un castigo al
que escapan sus pares que reconocen, y reverencian, su propio hado; pues el Estado
universal que prematuramente establecen, se derrumba, como castillo de naipes, tan
pronto como es erigido; y las abortadas faenas de estos arquitectos fraudulentos sólo
hallan lugar en la historia para hacer resaltar la solidez de la obra de sucesores que
reparan el desastre reconstruyendo el derrumbado edificio en granito, en vez de hacerlo
en cartón.
El Moisés que muere en el desierto está representado en la historia helénica por un
Mario, que muestra a un Julio el camino que debe seguir la generación siguiente,
47
Deuteronomio III. 27. (N. del T.)
aunque los vacilantes y tardos movimientos del propio Mario hacia el establecimiento
de una dictadura igualitaria no sólo fracasan en la imposición de un reinado del orden
sino que agravan enormemente un estado de anarquía existente ya. En el grueso del
ejército de la Cristiandad Ortodoxa, viene el osmanlí Bayaceto Yilderim que estará a
punto de anticipar la doble hazaña de Mehmed el Conquistador de apoderarse de
Constantinopla y ajustar cuentas con Caramania, cuando, en mitad de la acción, cayó
«el rayo» con el repentino e irresistible impacto de una fuerza militar poderosa todavía.
Cerca de esta vanguardia que divisa, pero que nunca pisará la Tierra Prometida,
viene una segunda compañía de precursores que momentáneamente subyugan al
monstruo de la anarquía, pero no tan decisivamente que le sea imposible levantar la
cabeza o mostrar de nuevo los dientes.
En el mundo helénico, un Pompeyo y un César se dividen la tarea de convertir la
anarquía romana en una Paz Romana —sólo para incurrir en el pecado de destruir su
propia obra común volviendo sus armas el uno contra el otro. Los señores de la guerra
rivales condenan a un mundo, al que tenían la misión conjunta de salvar, a las sajaduras
de una nueva guerra civil romana; y el vencedor triunfa tan sólo para ser «rechazado»,
como Esaú, «cuando pudo haber heredado bendición», y para no hallar «lugar de
arrepentimiento, aunque ansiosamente lo solicite con lágrimas». César no expió la
muerte de Pompeyo y Catón con su famosa clemencia en la hora de aparente
omnipotencia. El asesino que retiene a su espada de cometer nuevos asesinatos, tendrá
que morir, sin embargo, bajo las dagas de los derrotados adversarios a los que perdonará
la vida; y al morir esta trágica muerte, César deja una nueva guerra civil como
voluntario legado al mísero mundo al que sinceramente deseara salvar. La espada tenía
que cobrar nuevo tributo de vida y felicidad antes de que la obra que César y Pompeyo
arrojaran tan ligeramente al aire, fuese, por fin, cumplida cabalmente por el hijo
adoptivo de César. Tras de abatir al último de sus adversarios, Augusto logró
desmovilizar los engreídos ejércitos que quedaron en sus manos al día siguiente de la
batalla de Accio.
En la historia siríaca, Divus Julius encuentra su paralelo en Ciro, el presunto portador
de una Pax Achaemenia al mundo que fuera lacerado por el furor assyriacus. En vano
fue que Ciro atendiese —como dice la historia— el signo enviado desde el cielo por
Apolo y se arrepintiera del mal que pensara haber infligido a Creso. En vez de quemar
vivo a su derrotado adversario, Ciro hizo de Creso su consejero íntimo, pero sólo —
conforme al cuento de Herodoto— para perder la vida, años después, al obrar de
acuerdo con el mal consejo que le diera Creso de buena fe. La última palabra sobre la
carrera de Ciro fue dicha por la reina de los nómadas, cuando ésta prometió satisfacer la
insaciable sed de sangre del señor de la guerra persa; y Tomiris cumplió puntualmente
su amenaza, llenando un pellejo de vino con la sangre de los asesinados y rociando con
ella los labios del cadáver de Ciro. No sólo fue Ciro el que pereció bajo el arma que él
mismo fundiera; pues la muerte del constructor del Imperio Aqueménida fue coronada
con el colapso de su imponente edificio. Cambises llevó a la Pax Achaemenia de Ciro el
mismo estrago que un Claudio y un Nerón desataran sobre la octaviana Pax Augusta; y
Darío hubo de salvar la arruinada obra de Ciro, como Vespasiano salvó la de Augusto.
En el mismo mundo siríaco, algo más de un siglo después, cuando el señor de la
guerra árabe Omar puso tardío final a un largo interludio de intromisión helénica,
emulando las conquistas relámpago del señor de la guerra persa, el conquistador de
Jerusalén mostró la misma clemencia que el de Sardis, pero para demostrar una vez más
que para el presunto redentor por la espada no hay «lugar de arrepentimiento».
Nuevamente, un edificio construido con la espada se derrumba tan pronto como el
armado constructor deja de actuar. Después de la muerte de Omar, su obra —como la de
Ciro— fue vergonzosamente destruida primero y brillantemente salvada luego; sólo que
en la historia del califato, los papeles de Cambises y Darío fueron desempeñados, uno
tras otro, por el versátil genio de un solo estadista árabe. Muawiyah condenó fríamente a
un mundo que acababa de quedar exhausto por el último encuentro en una lucha
indecisa entre Roma y Persia, a ser asolado una vez más por una guerra civil árabe, a fin
de que el astuto omeya pudiese hurtar la herencia política del profeta a las
incompetentes manos del primo y yerno del propio profeta.
Pero hay todavía una tercera compañía en nuestro batallón de precursores; se
compone de Heracles que entregan a los sucesores los frutos de sus propios trabajos sin
haberlos probado siquiera, pero también sin ningún rompimiento o retroceso. En el
mundo babilónico, Nabopolasar —imperabat 626-605 a. de C.— gasta su vida en
maquinar la muerte del tigre asirio a fin de que Nabucodonosor —imperabat 605-562 a.
de C.— pueda sentarse, sin contrincante, en el trono de un neo-imperio babilónico que
no podrá estar seguro mientras no yazga Nínive en ruinas.
A los ojos de un historiador de tiempos posteriores, que puede ver las carreras de los
fundadores de Estados universales a la luz de una secuela distante, sus figuras
jupiterinas no se revelan notablemente distintas de las figuras hercúleas de sus
predecesores. Pero a los ojos de un observador contemporáneo, que no puede ver las
cosas en perspectiva, debe presentarse aquí la diferencia misma que hay entre el éxito y
el fracaso. Los fundadores de los Estados universales parecen, en su hora, haber
realizado triunfalmente una hazaña que sus predecesores procuraran ejecutar valerosa
pero inútilmente; y la autenticidad de su éxito parece garantizada no sólo por la
efectividad de las mismas vidas y hechos de los fundadores —no importa cuán
elocuentes sean esos hechos— sino más decisivamente que nada por la prosperidad de
los sucesores de los fundadores. La gloria de Salomón es la más diciente prueba de las
hazañas de David. Continuemos, pues, nuestro examen de los redentores por la espada,
pasando revista a estos Salomones que nacieron entre púrpuras. Las espadas de los
porphyrogeniti se hallan especiosamente encubiertas por los pliegues de un manto
imperial; y si alguna vez las vemos mostrar verdaderos visos poniendo al descubierto la
oculta cuchilla, encontraremos siempre que ese acto de autotraición ha sido sugerido por
la protervia y no prescrito por la necesidad. Si la salvación por la espada ha de ser
«justificada por sus hijos», tendrá que serlo ahora, en esta generación salomónica, o no
lo será nunca en toda la historia de la desintegración de las civilizaciones. Permítasenos,
pues, examinar a Salomón de cerca.
Los reinados de estos salomones constituyen aquellos períodos relativamente
dichosos, de paz y prosperidad parciales, que semejan «edades de oro» si confinamos
nuestro examen al tiempo de vida de los Estados universales en que ocurren, pero que
podrán verse realmente como veranillos tan pronto como ampliemos nuestro campo
visual para abarcar todo el tiempo de vida de la civilización en cuya historia el ir y venir
de los Estados universales es sólo uno de los diversos incidentes en una larga crónica de
desintegración. Un examen empírico de estos veranillos revelará dos rasgos
característicos de este fenómeno histórico. Ya veremos cómo presentan una notable
uniformidad de carácter combinada con una no menos notable desigualdad de duración.
El veranillo helénico comienza con la accesión del emperador Nerva en el año 96 de
la era cristiana y termina con la muerte del emperador Marco Aurelio en 180 d. de C; y
estos ochenta y cuatro años son casi la cuarta parte de la duración total de una Pax
Romana que, en los términos de la cronología convencional que data los
acontecimientos públicos, puede admitirse que comenzó en 31 a. de C, al día siguiente
de la batalla de Accio, y concluyó en 378 d. de C, con la batalla de Adrianópolis. En la
historia de la Sociedad Egipcíaca, el veranillo del «Nuevo Imperio» dura más: de la
accesión de Tutmosis I, circa 1545 a. de C, hasta la muerte de Amenofis III, en 1376 a.
de C. Pero estos lapsos son superados con la duración del veranillo del «Imperio
Medio», que fue el original Estado universal egipcio; pues este primer veranillo egipcio
fue casi coevo con la Dinastía XII, que reinó circa 2000-1788 antes de Cristo; y aun si
datamos el comienzo del invierno en la muerte de Amenemhat III en 1801 a. de C, el
período solar cubre la mitad de la duración total de una Pax Thebana que duró cerca de
cuatro siglos, si ha de coincidir su comienzo con la accesión de Mentuhotep IV, área
2070-2060 a. de C. y su final con la irrupción de los hicsos, circa 1660 a. de C.
Estos veranillos de San Martín que han perdurado a través de diferentes reinados y,
al menos en un caso, durante casi todo el período de una dinastía, difieren notablemente
en duración de otros veranillos que son también manifiestos y auténticos ejemplos del
mismo fenómeno social, pero que no sobrevivieron al reinado de un solo soberano, con
cuyo nombre se identifican. En la historia del Califato Árabe, el celebrado veranillo en
el reinado de Harun-al-Raschid —imperabat 786-809 después de Cristo— brilla tan
esplendorosamente gracias a la densidad de las tinieblas sobre las cuales se proyecta ese
rayo de luz. Los esplendores de un califa abasida que se beneficiaba de los resultados
acumulados por un largo linaje de predecesores omeyas es realzado, por una parte, por
un anterior período de anarquía en el que los antepasados abasidas de Harun arrebataran
el califato a las garras de los omeyas y, por la otra, por un subsecuente desastre en que
los sucesores abasidas de Harun cayeron en humillante alianza con su propia guardia de
corps turca.
En el cuerpo central de la Cristiandad Ortodoxa, la Pax Ottomanica produce su
veranillo en el reinado de Solimán el Magnífico —imperabat 1520-66 d. de C.—, un
príncipe osmanlí que emuló en «la vida real» la gloria legendaria de su davídico
homónimo. Los contemporáneos occidentales de Solimán quedaron impresionados
como la reina de Saba por la vastedad de los dominios de este novísimo Salomón y por
la abundancia de sus riquezas y la grandeza de sus edificios; «no había ya espíritu en
ellos». Pero el pecado con que el bíblico Salomón alcanzó a condenarse a sí mismo,
arrastró también a Solimán. «Dijo pues el Señor a Salomón: Por cuanto ha habido en ti
esto, y no has guardado mi pacto y los mandamientos que te di, rompiendo
desmembraré tu reino, y lo daré a un siervo tuyo»48. Solimán el Magnífico fue el
padishah otomano que minó las funciones del sistema social otomano, quebrantando por
primera vez la regla fundamental de que los servidores esclavos del padishah debían
reclutarse entre personas que hubieran nacido infieles y de que los hombres libres
musulmanes serían inelegibles para el enrolamiento ex officio religionis. Al tolerar el
alistamiento de hijos de jenízaros entre los ajemoghlans, Solimán abrió las compuertas a
una desastrosa disolución del cuerpo de jenízaros; y esta catástrofe autoinfligida rompió
a su hora el reino del padishah osmanlí y se lo entregó a su «ganado humano», el raiyeh.
Si pasamos ahora la vista del cuerpo central de la Cristiandad Ortodoxa a su vástago
ruso, de primer intento podremos vacilar en reconocer una copia de Solimán el
Magnífico en su contemporáneo Iván el Terrible —imperabat 1533-84 d. de C. ¿Son
compatibles un reinado del terror y un veranillo? Las dos atmósferas nos parecerán tan
agudamente antitéticas entre sí que pondremos en duda la posibilidad de que coexistan
en un mismo tiempo y lugar. Sin embargo, la relación de las obras de Iván el Terrible
nos fuerza a admitir que su reinado fue, en cierto modo, un veranillo, pues fue el
reinado que vio al príncipe de Moscovia asumir el estilo y título de un emperador
romano de Oriente y justificar esta audacia con la conquista de Kazan y Astrakán y la
exploración del mar Blanco y Siberia. Aquél fue seguramente un veranillo, aunque con
48
[I Reyes XI. 11.]
truenos en el aire; y esta interpretación del reinado de Iván el Terrible está confirmada
por el resultado. Antes de la muerte del emperador, una sombra cayó a través del
siniestro sol de su reinado con el estallido de una guerra por la adquisición de una costa
en el Báltico que se prolongó todavía más que la guerra inmediata movida con el mismo
objeto por Pedro el Grande, pero que concluyó en un miserable fracaso que fue el polo
opuesto del brillante éxito de Pedro. Y cuando murió Iván, menudearon y se
precipitaron los golpes del infortunio sobre el cuerpo político que tras sí dejara. El año
1598 vio la extinción de la Casa de Rudik, y los años 1604-13 vieron un colapso
temporal del Estado universal ruso ortodoxo, del que no se recobraría totalmente hasta
el reinado de Pedro el Grande.
Si echamos ahora una ojeada hacia atrás en nuestro catálogo de los veranillos que
duraron más que un reinado, observaremos que también éstos, con todo su poder de
contención, sucumbieron finalmente a la embestida del invierno. En el mundo helénico,
Marco Aurelio fue seguido por Cómodo, y Alejandro Severo por «los Treinta Tiranos».
En el mundo egipcíaco de los tiempos del «Nuevo Imperio» Amenofis III fue seguido
por Amenofis IV, que se hizo célebre bajo el nombre que él mismo eligiera de
Akhenatón, en tanto que en los días del «Imperio Medio», la larga serie de alternas
majestades amenóticas y senusréticas cede finalmente el paso a una dinastía en la que
no menos de trece efímeros emperadores sucesivamente se apoderan del trono imperial,
y lo pierden, en el breve lapso de un cuarto de siglo.
Como podrá verse, nuestro examen de los veranillos nos ha llevado de este modo a la
conclusión de que las carreras de los salomones refutan decisivamente, en vez de
vindicar decisivamente, la pretensión de que pueda la espada convertirse en un
instrumento de salvación; pues así dure el veranillo toda la vida de una dinastía, o llegue
y se vaya en el breve lapso de un solo reinado, hemos visto que en todo caso es algo
esencialmente transitorio. La gloria de Salomón es una gloria que se marchita; y si
Salomón fracasa, David y los antepasados de David en vano desenvainaron sus espadas.
La verdad parece ser que la espada que una vez bebió sangre no puede dejar
permanentemente de beber sangre de nuevo, de la misma manera que el tigre que una
vez probó la carne humana no puede dejar de convertirse desde ese momento en un
comedor de hombres. El tigre así cebado es, no cabe duda, un tigre condenado a muerte;
si escapa a la bala, morirá de sarna. Sin embargo, aun en el caso de que pudiese prever
su destino, el tigre probablemente sería incapaz de dominar el devorador apetito que
despertara en su vientre el primer bocado de carne humana; y así sucede con la sociedad
que pensara alguna vez alcanzar la redención a través de la espada. Sus jefes pueden
arrepentirse de su obra de carniceros; pueden mostrar clemencia con sus enemigos,
como César, y licenciar sus ejércitos, como Augusto; y, mientras tristemente ocultan la
espada, bien pueden decidir de completa buena fe que nunca la desenvainarán de nuevo,
como no sea con el propósito, seguramente benéfico y, por tanto, legítimo, de preservar
la paz contra los criminales sueltos todavía en las fronteras de sus Estados universales
tardíamente establecidos o contra bárbaros todavía recalcitrantes en las tinieblas
exteriores. Pueden confirmar esta resolución con un juramento y reforzarla con un
exorcismo; y por un período puede parecer que victoriosamente realizaron el pío tour de
force de enfrenar y embridar al Asesinato para engancharlo al carro de la Vida; sin
embargo, aunque la aparente bondad de la Pax Oecumenica pueda parecer firmemente
asentada, en su formidable basamento de espadas sepultas, por treinta, o ciento, o
doscientos años, tarde o temprano el Tiempo reducirá su obra a cero.
El Tiempo, desde luego, trabaja desde un comienzo contra estos infortunados
constructores de imperios; pues las hojas de espada son cimientos que jamás arraigarán.
Expuestas a la luz o sepultadas, esas armas mancilladas con sangre conservan siempre
su siniestra carga de karma; y esto quiere decir que nunca podrán convertirse en
auténticas piedras sillares, sino que deberán —como semillas que son de dientes de
dragón— levantarse y resurgir en la superficie para una nueva cosecha de gladiadores
asesinos y asesinados. Bajo su máscara serena de pasiva supremacía, la Paz Ecuménica
de un Estado universal está librando todo el tiempo una desesperada batalla perdida
contra un demonio, no exorcizado, de violencia en su propio seno; y podemos ver cómo
se libra esta lucha moral bajo la forma de un conflicto de políticas.
¿Puede el jupiteriano gobernante de un Estado universal dominar aquella insaciable
concupiscencia de nuevas conquistas que fue fatal a Ciro? Y, si no puede resistir la
tentación de debellare superbos, ¿puede, en todo caso, obligarse a sí mismo a actuar
conforme al consejo virgiliano parcere subiectis? Cuando aplicamos este par de pruebas
a la obra jupiteriana, vemos que rara vez logra vivir tanto como sus buenas resoluciones.
En la historia del Estado universal helénico, el mismo fundador da un ejemplo
práctico de moderación a sus sucesores, abandonando su intento de extender la frontera
romana hasta el Elba, antes de legarles su famoso consejo de contentarse con preservar
al Imperio dentro de los límites existentes, sin tratar de ampliarlos. La actitud de
Augusto se halla ilustrada por el relato que hace Estrabón de una controversia corriente
acerca del problema de si la regla de Augusto permitiría hacer una excepción con
Bretaña. Y aunque esta infracción particular de la regla se cometió eventualmente con
aparente impunidad, Trajano demostró más tarde la solidez del juicio de Augusto al
aventurarse a quebrantar la regla en gran escala con el intento de realizar el sueño de
Craso, Julio y Antonio de conquistar el Imperio Parto. El precio de un momentáneo
avance desde la ribera occidental del Éufrates hasta los pies del Zagros y las cabeceras
del golfo pérsico, fue una intolerable carga sobre los recursos humanos y monetarios del
Imperio Romano. Las insurrecciones estallaron no solamente en los territorios recién
conquistados, entre los mismos pies del conquistador, sino también entre la diáspora
judía, en los antiguos dominios de la retaguardia del imperio; el claro cielo de un
naciente veranillo de San Martín helénico, se anubló momentáneamente; y Adriano,
sucesor de Trajano, hubo de emplear toda su prudencia y habilidad en la liquidación de
la formidable herencia que la espada de Trajano le legara. Rápidamente, Adriano
evacuó todas las conquistas transeufráticas de su predecesor; no obstante ello, sólo
pudo restaurar el statu quo ante bellum territorial, pero no el político. El acto de
agresión de Trajano dejó una honda huella en los espíritus siríacos de ultraéufrates, que
la corrección impuesta por Adriano; y podemos datar de esa época el comienzo de un
cambio de temperamento en la comarca transeufrática del mundo siríaco, alimentado
por la reincidencia romana en el recurso a la espada hasta que la reacción del Irán
estalló final y sensacionalmente con el cambio revolucionario de un rey arsácida por un
rey sasánida, y la consecuente reanudación de aquel beligerante contraataque contra el
helénico intruso que lograra expulsar al helenismo de sus posiciones en Irán e Irak en el
siglo II a. de C, pero que luego se interrumpiera a raíz de la «paz honrosa» que en el año
20 a. de C. concertara Augusto entre romanos y partos. Bajo los auspicios del segundo
padishah del linaje sasánida, el rompimiento de la ley de Augusto en que incurriera
Trajano en 113-17 después de Cristo, halló su némesis en 260 d. de C, en una repetición
del desastre que infligieran los partos a los ejércitos romanos en 53 a. de C.
En la historia egipcíaca, vemos que la espada tebaica que desenvainara Amosis —
imperabat 1580-1558— en un befreiungskrieg49 y blandiera en una revanche Tutmosis I
—imperabat 1545-1514 a. de C.—, es envainada deliberadamente por la emperatriz
Hatasu —imperabat 1501-1479 a. de C.—, pero para ser voluntariamente desenvainada
49
Guerra de liberación.
y blandida de nuevo por Tutmosis III —imperabat 1479-1447 a. de C.— tan pronto
como fue removida por la muerte la mano moderadora de Hatasu. El karma del
militarismo que gobernó la política del «Nuevo Imperio» durante los cien años
siguientes —circa 1479-1376 a. de C.— no pudo ser anulado por el apasionado repudio
que hiciera Akhenatón de una política que heredara de cuatro antecesores, de la misma
manera que la némesis del militarismo de Nabucodonosor no pudo ser evitada por el
infantil expediente de Nabónides de ignorar las desagradables realidades de su herencia
imperial y tratar de olvidar los deberes del Estado en las delicias de la arqueología.
En la historia del poderío otomano, Mehmed el Conquistador —imperabat 1451-81
d. de C.— limita deliberadamente sus ambiciones a la empresa de hacer su Pax
Ottomanica coincidente con el dominio histórico de la Cristiandad Ortodoxa —sin
incluir su vástago ruso—; y resiste todas las tentaciones de invadir los dominios
adyacentes de la Cristiandad Occidental y del mundo iránico. Pero —en parte, sin duda,
porque le forzaba la mano la agresividad de Ismail Shah Safawí— el sucesor de
Mehmed, Selim el Torvo —imperabat 1512-20 d. de C.—, rompe la abnegada
ordenación que diera al Asia Mehmed, en tanto que el sucesor de Selim, Solimán —
imperabat 1520-66 d. de C.—, cometió el nuevo error, que era fundamentalmente
mucho más desastroso y que no podía explicarse con la excusa de Selim de force
majeure, de romper también en Europa el mismo abnegado ordenamiento. En
consecuencia, el poderío otomano fue rápidamente arruinado por la desgastadora
fricción de una guerra perpetua en dos frentes contra adversarios que el osmanlí podía
derrotar repetidas veces en el campo de batalla pero a los que nunca podría poner fuera
de acción. Y esta perversidad selímica y solimánica llegó a estar tan profundamente
enraizada en la política de la Sublime Puerta que incluso el colapso que siguió a la
muerte de Solimán no produjo ninguna reacción duradera en favor de la moderación de
Mehmed. La derrochada fuerza del Imperio Otomano había sido reparada apenas por el
buen gobierno del Koprulus cuando ya era gastada por Kara Mustafá en una nueva
guerra de agresión contra los francos que pretendía llevar la frontera otomana hasta la
orilla oriental del Rin. Aunque jamás llegara a divisar siquiera su objetivo, Kara
Mustafá emuló la proeza de Solimán el Magnífico de sitiar a Viena. Pero en 1682-3,
como en 1529, el nervio de la caparazón danubiana de la Cristiandad Occidental
demostró ser un hueso demasiado duro de roer para los otomanos; y en esta segunda
ocasión, los osmanlíes no fracasaron impunemente ante Viena. El segundo sitio turco de
Viena provocó un contraataque occidental que se prolongó desde 1683 hasta 1692, sin
resistencia seria, y sin debilitarse, hasta que los osmanlíes no solamente fueron
despojados de su imperio sino que fueron obligados a renunciar también a su ancestral
cultura iránica a cambio de continuar en posesión de sus tierras nativas de Anatolia.
Al despertar tan desatentadamente el avispero de la Cristiandad Occidental, Kara
Mustafá, como antes de él lo hiciera Solimán, cometía el error clásico de Jerjes cuando
el sucesor de Darío desató su guerra de agresión contra la Grecia continental europea,
provocando con ello un contraataque helénico que inmediatamente arrebató al Imperio
Aqueménida el margen griego de sus dominios en Asia y llevó finalmente a la
destrucción del imperio mismo cuando la obra comenzada por el poderío marítimo de
Atenas bajo auspicios de Temístocles fue adelantada y completada por el poderío
terrestre de Macedonia bajo los auspicios de Alejandro.
Como se ve, en la primera de nuestras dos pruebas de habilidad para envainar la
espada, los gobernantes de los Estados universales no tienen mucho éxito; y si pasamos
ahora de la prueba de no agresión a los pueblos allende la frontera a nuestra segunda
prueba de tolerancia para con los pueblos que viven ya bajo la decantada Pax
Oecumenica, encontraremos que Jovino no lo pasará mejor en esta segunda ordalía,
aunque la receptividad característica de los constructores de imperios pudiera hacer
creer que la tolerancia les llegase más fácilmente.
El gobierno imperial romano, por ejemplo, se hace a la idea de tolerar el judaísmo y
persiste en esta resolución frente a graves y repetidas provocaciones judías; pero su
paciencia no fue igualada por la hazaña moral, más difícil, de extender su tolerancia a la
herejía judía que se había propuesto convertir al mundo helénico. En el primer choque
entre las autoridades romanas y la Iglesia Cristiana, el gobierno imperial dio el paso
extremo de hacer de la profesión del cristianismo un pecado capital; y esta declaración
de guerra a muerte fue el único de los bárbaros actos de Nerón que no fuera abolido por
los sucesores del tirano en el trono imperial. El motivo de esta proscripción del
cristianismo como religio non licita por parte de los conductores del Estado universal
helénico es tan insignificante como su consecuencia. El elemento que en el cristianismo
era intolerable para el gobierno imperial, era la negativa cristiana a aceptar la pretensión
del gobierno de tener títulos para forzar a sus súbditos a actuar contra sus conciencias.
Los cristianos discutían la prerrogativa de la espada; y, en defensa de su laesa majestas,
el arma que Augusto contribuyera a envainar brotó de nuevo de su funda, como una
sierpe de su cueva, para armar guerra, esta vez, a un poder espiritual que nunca podría
ser derrotado por los golpes de un arma temporal. Lejos de contener la propagación del
cristianismo, el martirio demostró ser el mejor instrumento de conversión; y la eventual
victoria del espíritu del mártir cristiano sobre la cuchilla del gobernante romano
confirmó la triunfante y desafiante jactancia de Tertuliano de que la sangre cristiana era
semilla.
El gobierno aqueménida, como el romano, resolvió en principio gobernar con el
consentimiento de los gobernados y al parecer sólo parcialmente logró aplicar esta
política en la práctica. Triunfó al ganar la lealtad de fenicios y judíos, pero fracasó en la
larga empresa de conciliarse a los babilonios y a los egipcios. La magnanimidad con
que perdonara Cambises la negativa de los tirios a luchar contra sus parientes
cartagineses y la que usara Darío para con los judíos que participaran en el abortado
ensayo de alta traición de Zorobabel, basta para confirmar la lealtad que esos dos
pueblos siríacos se sentían inclinados a manifestar a un Gran Rey cuya espada los
salvara de los opresores babilónicos, en un caso, y de los competidores griegos en otro.
Pero la conciliación del clero babilónico por Ciro y del clero egipcíaco por Darío, fue un
efímero tour de force; ningún tacto ni halago podía conciliar permanentemente a los
herederos de las civilizaciones babilónica y egipcíaca con una dominación extranjera; y
Egipto y Babilonia nunca cesaron de rebelarse hasta que Babilonia fue aniquilada por
Jerjes y Egipto por Ocos50.
No tuvieron mejor éxito los osmanlíes en reconciliar a su raiyeh, a pesar de la
amplitud de la autonomía cultural, e incluso civil, que les concedieron dentro del
sistema miliet. La liberalidad del sistema de jure quedó anulada por el despotismo con
que se aplicó de facto; el gobierno otomano nunca fue completamente capaz de ganarse
el corazón del raiyeh; y la peligrosa forma en que demostraron su deslealtad tan pronto
como una serie de reveses otomanos abrió la puerta para la traición del raiyeh, dio a los
sucesores de Selim el Torvo alguna razón para lamentar que aquel despiadado hombre
de acción hubiese sido disuadido —si el cuento es cierto—, por las unánimes gestiones
de su gran visir Piri Bajá y de su «jeque del Islam» Jemalí de ejecutar un plan para
exterminar a la mayoría cristianoortodoxa de sus súbditos como en realidad exterminó a
una minoría shií imamita.

50
Artajerjes III.
Al intentar, con éxito, derrotar el atroz proyecto del sultán Selim, no solamente
movían al jeque Jemalí sus propios sentimientos de humanidad, sino las órdenes
vigentes de la ley canónica islámica, cuya defensa era deber profesional del jeque. La
seriah requería al Paladín de los Fieles, o a su delegado, dar cuartel a los no
musulmanes que fuesen «Pueblo del Libro» si éstos se abstenían de resistir a la espada
del Islam por las armas y mientras diesen y mantuviesen una garantía de obedecer a las
autoridades musulmanas y pagar una sobretasa. Tal fue, en verdad, el principio seguido
por los primitivos árabes musulmanes constructores de imperios, y su lealtad a ese
principio es uno de los factores que cuentan en la asombrosa rapidez con que realizaron
su obra. Tan pronto como las incursiones preliminares ceden el puesto a conquistas
permanentes en gran escala, el califa Omar interviene para proteger a las poblaciones
conquistadas contra la rapiña y, a veces, contra los derechos de la soldadesca árabe
musulmana; fue la renuncia de Otman a abandonar la política de Omar lo que costó la
vida al tercero de los califas; y, a este respecto, los omeyas muestran ser dignos
sucesores de los Cuatro «Bien Guiados». Muawiyah dio un ejemplo de tolerancia que
fue seguido no sólo por los últimos omeyas, sino también por los primeros abasidas. No
obstante ellos, los últimos días del régimen abasida no dejan de mancillarse con
estallidos de violencia multitudinaria contra los súbditos cristianos del califato que, en
aquella época, habían menguado en número hasta pasar de mayoría a minoría en la
población como resultado de las conversiones en masa al Islam que anunciaban el
declinar del Estado universal y la proximidad de un interregno social.
Nuestro examen ha revelado la importunidad suicida de una espada que ha sido
envainada después de que probara sangre. El arma mancillada no se enmohecerá en su
vaina, sino que sentirá siempre el prurito de saltar nuevamente fuera, como si el
desencarnado espíritu del presunto redentor que por primera vez recurrió a este siniestro
instrumento no pudiese encontrar descanso mientras su pecado de buscar la salvación
por un sendero de crimen no fuese purgado por intermedio de la misma arma que tan
perversamente usara una vez. Un instrumento que carece de poder para salvar, puede,
sin embargo, ser potente para castigar; la penitente espada envainada permanecerá
implacablemente sedienta de cumplir su deber congénito; y finalmente encontrará su
camino, cuando tenga por aliado al tiempo. En la plenitud del tiempo el estrépito de la
batalla que ha refluido hacia las lindes de la civilización hasta hacerse casi inaudible,
afluirá de nuevo con la vanguardia de guerrillas bárbaras que habrán ganado dominio
sobre las guarniciones de las marcas, aprendiendo de ellas, en la escuela efectiva de una
perpetua guerra de fronteras, los trucos victoriosos de la industria del soldado
profesional; o, más terrorífico aún, el horrendo estrépito manará de nuevo con la
resurrección de un proletariado interno que una vez más se hará militante, para cons-
ternación de una minoría dominante que se ha estado lisonjeando con la idea de que este
profanum vulgus desde hace tiempo se halla doblegado o engaritado en un arraigado
hábito de sumisión. Los espectros de la guerra y la revolución que hace poco pasaran a
ser leyenda, se yerguen de nuevo, como antaño, a la luz del día; y una bourgeoisie que
hasta ahora nunca viera sangre, se apresura a erigir muros circulares en torno de sus
abiertas ciudades con cualquier material que le caiga en las manos: estatuas mutiladas, y
altares profanados, y dispersos fragmentos de columnas, y bloques de mármol con
inscripciones desprendidos de abandonados monumentos públicos. Esas inscripciones
son ahora anacrónicas; pues pasó el «veranillo»; el «tiempo de angustias» ha vuelto y
esta oprobiosa calamidad ha descendido sobre una generación que se criara en la
convicción ilusoria de que los malos tiempos de antaño habían pasado para siempre.

FIN
1889-1975