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2/3/2019 Doctrina

Coleccion: Gaceta Civil - Tomo 60 - Numero 7 - Mes-Ano: 6_2018

La sentencia inhibitoria pese a la declaración de existencia de


una relación jurídica procesal válida
Santos Eugenio URTECHO NAVARRO*

[-]
RESUMEN

¿Es posible declarar la improcedencia de la demanda luego de culminada la etapa postulatoria o la de saneamiento
en un proceso civil? Según el Tribunal Constitucional (STC Exp. N° 02605-2014-PA/TC), la respuesta es negativa,
pues dicho actuar generaría una clara vulneración del principio de preclusión procesal. El autor discrepa de este
criterio. Entre otras razones, afirma que la etapa postulatoria y la de saneamiento no son lo suficientemente grandes
para mostrar a cabalidad la presencia de algún vicio en la relación procesal; razón por la cual, luego de la etapa
probatoria, el juez se encontraría en la posibilidad de expedir una sentencia denunciando la ausencia de una relación
jurídica procesal válidamente configurada.

MARCO NORMATIVO

Código Procesal Civil: passim.

PALABRAS CLAVE: Sentencia inhibitoria / Saneamiento procesal / Preclusión / Finalidad del proceso / Presupuestos
procesales / Condiciones de la acción

Recibido: 25/05/2018

Aprobado: 31/05/2018

I. Problemática en debate

¿Es posible declarar la improcedencia de la demanda luego de culminada la etapa postulatoria o la de saneamiento?
Esta interrogante se da a partir de lo resuelto en la Sentencia del Tribunal Constitucional (en adelante STC) emitida en
el Expediente N° 02605-2014-PA/TC, fechada 21 de noviembre de 2017, por el Pleno integrado por los magistrados
Miranda Canales, Ledesma Narváez, Blume Fortini, Ramos Núñez, Sardón De Taboada, Espinosa-Saldaña Barrera y
Ferrero Costa, con votos singulares de Ledesma Narváez y Espinosa-Saldaña Barrera. En el fallo de dicha STC se ha
resuelto “1. Declarar fundada la demanda de amparo, en consecuencia nulas la resolución de vista 20-11-3°-SC de 13
de junio de 2012, expedida por la Tercera Sala Civil de la Corte Superior de Justicia de Lima, y el auto calificatorio del
recurso de casación de 27 de mayo de 2013, expedido por la Sala de Derecho Constitucional y Social Permanente de
la Corte Suprema de Justicia de la República”; y “2. Ordenar a la Tercera Sala Civil de la Corte Superior de Justicia de
Lima o al órgano judicial que haga sus veces expida nueva resolución resolviendo el fondo de la demanda de
rectificación de áreas, conforme a los fundamentos expuestos” en dicha STC. Los dos votos singulares han
considerado que debió declararse improcedente la demanda de amparo.

Atendiendo al tema puntualizado para el título que cobija al desarrollo de la presente problemática, es conveniente
empezar resaltando lo expuesto en el primer párrafo del punto “I. Reflexiones preliminares” del voto singular de la
magistrada Ledesma Narváez, quien es drástica en enfatizar que:

[E]s inadmisible que la mayoría del TC, en su punto resolutivo 2, esté obligando a los jueces civiles que en un caso
civil tengan que ingresar al fondo del asunto (proceso de rectificación de áreas), impidiendo que tales jueces civiles
puedan declarar la improcedencia de la respectiva demanda civil. Es más anula una decisión judicial civil sin que los
demandados y los 16 litisconsortes colindantes de tal proceso se hayan podido defender en el presente proceso
constitucional. Con tal proceder, esta decisión mayoritaria del TC se convierte en una fuente de peligro para la
seguridad jurídica pues avasalla las competencias de los jueces ordinarios y genera indefensión respecto de terceros.

Siguiendo con la cita a lo expuesto en el voto singular de la magistrada Ledesma Narváez, esta impone más énfasis
en señalar que:

[L]os jueces ordinarios han dado justificaciones razonables –interpretando los alcances de la ley ordinaria– para
inhibirse de emitir pronunciamiento sobre el fondo. Han señalado que para preservar el derecho de propiedad de
terceras personas, colindantes con las áreas y linderos que se pretende modificaren el proceso ordinario, la discusión
del caso debe derivarse hacia un proceso de mejor derecho de propiedad o reivindicación, para lo cual han hecho uso
de un pronunciamiento inhibitorio, bajo los alcances del artículo 121 del Código Procesal Civil, en el que declara la
improcedencia de la demanda.

Y, además de ello, se hace mención en el voto singular en referencia que:

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[A]nte esta situación de controversia nada pacífica, los jueces ordinarios han optado por derivar la discusión hacia una
acción reivindicatoria o de mejor derecho de propiedad de ser el caso, para garantizar en mejor forma la defensa del
derecho de propiedad de ambas partes, para lo cual han declarado la improcedencia de la demanda de rectificación
de áreas y linderos, que la mayoría del Pleno del TC la está invalidando a través de este amparo.

Por su parte, la ponencia vencedora suscrita por los magistrados Miranda Canales, Blume Fortini, Ramos Núñez,
Sardón De Taboada y Ferrero Costa –respecto de la cual solo se hará referencia a lo que atañe al tema puntualizado
para el título que cobija al desarrollo de la presente problemática–, concluye que “(…) la Sala Civil infringió los
principios de congruencia y preclusión procesal” (Cfr. f. j. 15), previo a lo cual ha considerado que “(…) al desestimar
en segundo grado las excepciones propuestas por los demandados (fojas 62), determinó pues la conclusión de la
etapa postulatoria, dando inicio a una nueva, la decisoria; por lo que en aplicación del principio de preclusión procesal
en dicha etapa no podía pronunciarse nuevamente sobre los requisitos de la demanda de rectificación”(sic) (Cfr. f. j.
14). Asimismo, se ha fundamentado para la aludida conclusión que “si los demandados (…) dedujeron las
excepciones de incompetencia, cosa juzgada, oscuridad o ambigüedad de la demanda, caducidad y defensas previas,
y todas ellas fueron desestimadas en primer y segundo grado, entonces correspondía que la Sala Civil emita un
pronunciamiento sobre el fondo del asunto (como sí lo hizo el órgano judicial de primer grado), y no uno inhibitorio,
puesto que la etapa de calificación de la demanda ya había precluido y el proceso se encontraba saneado”(sic) (Cfr. f.
j. 13). Y, para fundamentar la aseveración de infracción al principio de congruencia procesal, se ha dicho que:

(…) ningún considerando de la resolución 20-11-3°-SC (fojas 39) dio respuesta a los agravios formulados por el
recurrente en su recurso de apelación, y, por el contrario, se pronunció sobre materias ajenas a la discusión de fondo
(por ejemplo: que no se indicó el tiempo de posesión sobre el área del inmueble, que no se acreditó la posesión o
propiedad de las áreas cuya rectificación se solicita, que se debe acudir a la acción reivindicatoria, que no se
adjuntaron los planos de ubicación y perimétricos, etc.), lo cual evidentemente infringe el principio de congruencia
procesal (Cfr. f. j. 12).

II. Ubicación procesal especial del tema en debate

El proceso ordinario sobre el cual se ha emitido la STC del Expediente N° 02605-2014-PA/TC en referencia es uno en
que se ha ventilado la pretensión de rectificación de áreas, la cual, por disposición del inciso 2 del artículo 486 del
Código Procesal Civil, se tramita en proceso abreviado, y con la precisión de ser improcedente la reconvención según
el artículo 490 del mismo Código; siendo los actos procesales previstos para las partes en la indicada vía procesal,
conforme al artículo 491 –además de, obviamente, la demanda–, las cuestiones probatorias y sus respectivas
absoluciones, las excepciones o defensas previas y sus respectivas absoluciones, la contestación de la demanda,
ofrecimiento de medios probatorios referidos a hechos no expuestos en la demanda, y el inciso 8 del citado artículo
precisa diez días para la expedición del auto de saneamiento contados desde el vencimiento del plazo para contestar
la demanda, luego de lo cual debería programarse la realización de la audiencia de pruebas, incluso hasta se permite
la realización de las audiencias especial y complementaria –de ser el caso–, con cuya finalización recién se pasa al
estadio de expedición de sentencia.

Es importante tener en cuenta que en el artículo 493 del Código Procesal Civil, en una suerte de “abreviación del
procedimiento”, se señala que absuelto el traslado o transcurrido el plazo para hacerlo, el juez procederá conforme a
los artículos 449 y 468. Esto es, primero, con respecto a las excepciones procesales, si las declara infundadas,
declara también el saneamiento del proceso; y, segundo –con el cambio introducido por la única disposición
modificatoria del Decreto Legislativo Nº 1070, que elimina la audiencia conciliatoria–, expedido el auto de
saneamiento procesal, las partes dentro del tercero día de notificadas propondrán al juez por escrito los puntos
controvertidos; vencido dicho plazo el juez los fijará y deberá declarar la admisión o rechazo, según sea el caso, de
los medios probatorios ofrecidos; precisándose que solo cuando la actuación de los medios probatorios admitidos lo
requiera el juez programará la realización de la audiencia de pruebas, o dispondrá prescindir de ella, dándose a
continuación en este último supuesto el juzgamiento anticipado del proceso.

Entrando en más especificidad con la pretensión de rectificación de áreas, en el inciso 3 del artículo 504 del Código
Procesal Civil se le reconoce legitimidad para obrar activa al propietario o poseedor para que se rectifique el área o
los linderos, o para que se limiten estos mediante deslinde; y en el mismo artículo –in fine– se hace la advertencia de
que tal proceso solo se impulsará a pedido de parte. Asimismo, se trata de una pretensión cuya demanda tiene
requisitos legales adicionales muy técnicos, según lo normado en el artículo 505 del citado Código: i) la indicación del
tiempo de la posesión del demandante, y la de sus causantes; la fecha y forma de adquisición; la persona que, de ser
el caso, tenga inscritos derechos sobre el bien; y, cuando corresponda, los nombres y lugar de notificación de los
propietarios u ocupantes de los bienes colindantes; ii) la descripción del bien con la mayor exactitud posible,
acompañándose planos de ubicación y perimétricos, así como descripción de las edificaciones existentes, suscritos
por ingeniero o arquitecto colegiado y debidamente visados por la autoridad municipal o administrativa
correspondiente, según la naturaleza del bien; y, cuando sea el caso, certificación municipal o administrativa sobre la
persona que figura como propietaria o poseedora del bien; inclusive, el juez tiene la facultad de exigir la presentación
de los comprobantes de pago de los tributos que afecten al bien; iii) tratándose de bienes inscribibles, en un registro
público o privado, se acompañará, además, copia literal de los asientos respectivos de los últimos diez años, si se
trata de inmuebles urbanos, o de cinco años si se trata de inmuebles rústicos o bienes muebles, o certificación que
acredite que los bienes no se encuentran inscritos; iv) asimismo, necesariamente, el ofrecimiento probatorio de la
declaración testimonial de no menos de tres ni más de seis personas, mayores de veinticinco años; y, v) tratándose de
deslinde se ofrecerá como medio probatorio, además, la inspección judicial del predio.

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Entonces, si bien el antes mencionado artículo 468 del Código Procesal Civil permite prescindir de la audiencia de
pruebas, y con ello aplicar el juzgamiento anticipado del proceso; esto se puede dar válidamente solo cuando la
actuación de los medios probatorios admitidos no requiera del estricto cumplimiento del principio de inmediación,
consagrado en el primer párrafo del artículo V del Título Preliminar del mismo Código, conforme al cual las audiencias
y la actuación de medios probatorios se realizan ante el juez, siendo indelegables, bajo sanción de nulidad. Es decir,
no será adecuado –ni procesalmente válido– omitir la audiencia de pruebas cuando se requiere actuación de medios
probatorios como los mencionados en los puntos iv) y v) del párrafo precedente, ya que tanto la declaración de
testigos como la inspección judicial las debe dirigir ineluctable y presencialmente el juzgador, y con necesaria
oportunidad de participación para las partes en conflicto, ya que estas también tienen las facultades de realizar
preguntas a los testigos y de pronunciar apreciaciones con respecto al bien inspeccionado, atendiendo a las reglas
especiales de actuación previstas en el artículo 208 del Código Procesal Civil –modificado por el artículo 2 de la Ley
Nº 30293–, así como –ya específicamente– en los artículos 224, 225, 227 y 228 para la prueba testimonial, y en los
artículos 273 y 274 para la inspección.

En tal sentido, para la pretensión de rectificación de áreas habría de resultar muy poco probable –al menos como
regla general– la aplicación del juzgamiento anticipado del proceso; máxime si en su regulación normativa se tiene,
conforme al artículo 473 del Código Procesal Civil –con el cambio introducido por la única disposición modificatoria del
Decreto Legislativo Nº 1070– que el juez comunicará a las partes su decisión de expedir sentencia sin admitir otro
trámite que el informe oral: i) cuando advierte que la cuestión debatida es solo de derecho o, siendo también de
hecho, no hay necesidad de actuar medio probatorio alguno en la audiencia respectiva; o, ii) queda consentida o
ejecutoriada la resolución que declara saneado el proceso, en los casos en que la declaración de rebeldía produce
presunción legal relativa de verdad. Este último supuesto quizá sea el más probablemente aplicable a un eventual –
aunque de difícil realización– escenario en que, pese a todos los requisitos legales adicionales exigidos por el ya
citado artículo 505, el juez pueda considerar eximir de audiencia de pruebas a un proceso en que se discuta la
pretensión de rectificación de áreas.

De ahí que, por lo menos preliminarmente, no resulta acertada la sustanciación expuesta en la ponencia suscrita por
los magistrados Miranda Canales, Blume Fortini, Ramos Núñez, Sardón De Taboada y Ferrero Costa, de que “(…) al
desestimar en segundo grado las excepciones propuestas por los demandados (fojas 62), determinó pues la
conclusión de la etapa postulatoria, dando inicio a una nueva, la decisoria; por lo que en aplicación del principio de
preclusión procesal en dicha etapa no podía pronunciarse nuevamente sobre los requisitos de la demanda de
rectificación” (sic) (Cfr. f. j. 14); porque, por tratarse de la pretensión de rectificación de áreas, más aún por la
complejidad del caso particular materia de pronunciamiento de la STC en comento, en que hubo una multiplicidad de
colindantes y una muy marcada diferencia de áreas entre la realidad física y la realidad –aparentemente– formal, de
ningún modo podría haberse pasado válidamente, cual per saltum, de la etapa postulatoria a la etapa decisoria; era
imprescindible la etapa probatoria, en la cual, y con rigurosidad en actuación y valoración, recién resultaba posible,
con mayor proximidad de certeza o por lo menos de contrastación jurídica, darse cuenta de que no se trataba de una
mera “rectificación de áreas” sino que el asunto implicaba discutir y determinar derechos reales principales, para los
cuales –incluso– no habría de corresponder la vía del proceso abreviado –que le toca por mandato legal a la
pretensión de rectificación de áreas– sino que se hacía necesario el uso del proceso más lato, con nueva actividad
postulatoria; estando plenamente justificado con ello un pronunciamiento inhibitorio, porque no le toca al juzgador
nutrir con argumentos y sustanciación lo que atañe únicamente al interés de cada parte, en aras de procurar la
realización de, por lo menos, los principios de neutralidad y de imparcialidad.

III. La denominada declaración de existencia de una relación jurídica procesal válida

Siguiendo la línea de la norma procesal, y siempre atendiendo al tema puntualizado para el título que cobija al
desarrollo de la presente problemática, en el artículo 465 del Código Procesal Civil se establece que tramitado el
proceso conforme a la Sección Cuarta del mismo –“Postulación del proceso”– y atendiendo a las modificaciones
previstas para cada vía procedimental, el juez, de oficio y aun cuando el emplazado haya sido declarado rebelde,
expedirá resolución declarando: 1) la existencia de una relación jurídica procesal válida; o, 2) la nulidad y consiguiente
conclusión del proceso por invalidez insubsanable de la relación, precisando sus defectos; o, 3) la concesión de un
plazo, si los defectos de la relación fuesen subsanables, según lo establecido para cada vía procedimental. En este
último caso, subsanados los defectos, el juez declarará saneado el proceso por existir una relación procesal válida;
por el contrario, la no subsanación determina la declaración de nulidad y consiguiente conclusión del proceso, desde
luego sin pronunciamiento sobre el fondo.

Ahora bien, el correlato de la declaración de existencia de una relación jurídica procesal válida encuentra un
enunciado imperativo en el artículo 466 del Código Procesal Civil, en que se indica que consentida o ejecutoriada la
resolución que declara dicha existencia, precluye toda petición referida, directa o indirectamente, a la validez de la
relación citada. Aquí –ojo–, es de resaltar el término “petición”, sobre la cual se aplica la carga de preclusión; en lo
que debe entenderse –como no podría ser de otra forma– que una petición en el proceso, más aún si está destinada a
conseguir o a cuestionar una declaración cognitiva, solo puede corresponder a las partes, o eventualmente a los
terceros legitimados o a quienes se les haya dado participación en las actividades procesales, pero de ningún modo
sería plausible considerar que se refiera a una “petición” del órgano jurisdiccional. Dicho de otro modo, y en sentido
meramente deóntico: una simple interpretación a fortiori del citado artículo 466 determina que el juzgador no está
restringido, ni mucho menos prohibido, de un reexamen sobre la validez de la relación jurídica procesal culminada la
etapa postulatoria, ya que él no peticiona algo al respecto, y más bien, tiene el deber de cumplir lo exigido en el primer
párrafo del artículo III del Título Preliminar del mismo Código, en el sentido de que deberá atender a que la finalidad
concreta del proceso es resolver un conflicto de intereses o eliminar una incertidumbre, ambas con relevancia jurídica,
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haciendo efectivos los derechos sustanciales, y que su finalidad abstracta es lograr la paz social en justicia; lo que
encuentra complemento teleológico en lo consagrado en el artículo VII, ya que debe aplicar el derecho que
corresponda al proceso, aunque no haya sido invocado por las partes o lo haya sido erróneamente.

En correlato con lo precedente, es de resaltarse que –a diferencia de las potestades del órgano jurisdiccional respecto
al tema del reexamen sobre la validez de la relación jurídica procesal–, sí está plenamente justificado que a la parte
pasiva, o a cualquier otro sujeto procesal, se le haya restringido o prohibido toda petición referida, directa o
indirectamente, a la validez de la relación citada; y esto, como es obvio, ha de recaer eminentemente en quienes
conforman la parte pasiva de la relación procesal, a quienes asiste el derecho de contradicción y que, como
consecuencia y alcance lógicos de tal, circunda su interés en que el ejercicio del derecho de acción sea desestimado,
bien en mérito directamente contra la pretensión, o bien en forma por ausencia o defecto de alguno de los
componentes de la acción, ya sea que se les quiera llamar presupuestos procesales o ya sea que aún se les quiera
considerar como “condiciones”. Es decir, es a la parte demandada a quien más ha de interesarle que el proceso
concluya en contra de la parte demandante, y para tal efecto el sistema normativo procesal le ha previsto de medios
de defensa como son las excepciones procesales, las cuales –al menos en el proceso civil– no están para ser
invocadas o propuestas en cualquier momento a mero antojo del emplazado, sino que tienen un término perentorio
para su planteamiento, sobre el cual sí se aplica –y debe aplicarse– de modo inquebrantable el principio de
preclusión, ya que el no uso de tales medios de defensa ha de significar responsabilidad exclusivamente imputable a
quien tiene la posibilidad legal de ejercitarlas. Expresión concreta de esto último –además del palmario efecto
preclusorio ya referido– se encuentra en lo normado en el artículo 454 del Código Procesal Civil, conforme al cual los
hechos que configuran excepciones no podrán ser alegados como causal de nulidad por el demandado que pudo
proponerlas como excepciones.

Recuérdese que las excepciones procesales que el ordenamiento procesal civil permite proponer –y se está
incidiendo en este tema porque en el proceso ordinario materia de pronunciamiento de la STC en comento se
propusieron varias y todas fueron desestimadas– están orientadas a denunciar: 1) incompetencia, 2) incapacidad del
demandante o de su representante, 3) representación defectuosa o insuficiente del demandante, 4) representación
defectuosa o insuficiente del demandado, 5) oscuridad o ambigüedad en el modo de proponer la demanda, 6) falta de
agotamiento de la vía administrativa, 7) falta de legitimidad para obrar del demandante, 8) falta de legitimidad para
obrar del demandado, 9) litispendencia, 10) cosa juzgada, 11) desistimiento de la pretensión, 12) conclusión del
proceso por conciliación, 13) conclusión del proceso por transacción, 14) caducidad, 15) prescripción extintiva, y 16)
convenio arbitral; y, salvo las señaladas precedentemente en los números 2, 3, 5 y 8, así como el tratamiento
diferenciado que ahora tiene la de incompetencia –por la adición efectuada por el artículo 2 de la Ley Nº 28544, y la
modificación a manos del artículo 2 de la Ley Nº 30293–, las demás son perentorias, o sea, la consecuencia de
declarárselas fundadas es la declaración de nulidad de todo lo actuado y de conclusión del proceso; e, incluso,
aquellas mencionadas dilatorias también acarrean la declaración de nulidad y conclusión cuando, vencido el plazo
para las respectivas subsanaciones requeridas por el juez, tales no son cumplidas; todo esto conforme a lo precisado
en los distintos incisos de los artículos 446 y 451 del Código Procesal Civil.

La precedente referencia a las excepciones procesales tiene correlato con las situaciones consideradas como
causales de improcedencia de la demanda según el artículo 427 del Código Procesal Civil –con la modificación
introducida por el artículo 2 de la Ley Nº 30293–, en que se tiene: 1) la carencia evidente de legitimidad para obrar, 2)
la carencia manifiesta de interés para obrar, 3) la caducidad del derecho, 4) la falta de conexión lógica entre los
hechos y el petitorio, y 5) la imposibilidad jurídica o física del petitorio. En lo que cabe aclarar –o por lo menos opinar–,
que si bien en los dos últimos párrafos del citado artículo 427 se hace referencia a una declaración liminar de
improcedencia, esta posibilidad no tendría que necesariamente estar restringida al acto procesal de calificación de la
demanda; y esta afirmación se da así en mérito de una obvia pero suficiente interpretación sedes materiae, no solo
porque no hay indicación normativa expresa en dicho sentido, ni menos restricción ni prohibición explícitas con
respecto a otros momentos procesales, sino también porque, aplicando una consideración realística muy básica y
palmaria, las citadas situaciones de improcedencia de la demanda no siempre pueden ser advertidas por la sola
revisión sesuda de la demanda, en vía de calificación, lo cual es, más bien, la primera –mas no la única– oportunidad
que el órgano jurisdiccional tiene para pronunciarse sobre la invalidez de la relación jurídica procesal propuesta por el
actor.

Es luego de pasar por esa primera oportunidad referida precedentemente, o sea estando ya en el centro de la etapa
postulatoria, donde entra a tallar incluso de modo determinante la posibilidad de aporte que se le da a la parte
demandada, bien para excepcionar o bien para, en su ánimo de desvirtuar la pretensión, haga notar al juzgador que,
a partir de lo planteado por la parte actora, existen configuraciones procesales defectuosas o insuficientes que no
permiten mantener o sostener la relación jurídica procesal; sin embargo, hasta aquí se estaría haciendo referencia
solo a –una suerte de– dialéctica, que, para ser válida, debería permitir arribar a conclusiones definitivas por parte del
órgano jurisdiccional sobre la afectación de la relación jurídica procesal únicamente con base en las exposiciones
escritas de las partes, con el detalle de que –de ningún modo ha de pasar inadvertido– tal conclusión no ha sido, ni
será, materia de comprobación objetiva o tangible, y no por omisión o defecto, sino porque no debería necesitarla.
Aquí, el estadio procesal es el de culminación de la etapa postulatoria, el punto que el ya citado artículo 465 del
Código Procesal Civil llama “saneamiento” del proceso, que es donde el juez debe: 1) o declarar la existencia de una
relación jurídica procesal válida, 2) o declarar la nulidad y consiguiente conclusión del proceso por invalidez
insubsanable de la relación, precisando sus defectos, 3) u otorgar un plazo, si los defectos de la relación fuesen
subsanables, según lo establecido para cada vía procedimental.

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En ese orden de ideas, una premisa implicativa necesaria es: si se pasa la etapa postulatoria, ya sea con declaración
directa de existencia de relación jurídica procesal válida o con declaración de saneamiento del proceso, y ya con el
despliegue de la actuación probatoria y de la valoración jurisdiccional sobre los medios probatorios el juzgador logra
concluir con mayor grado de certeza que el proceso, y la relación jurídica procesal existente y declarada válida, no le
permiten una declaración final de mérito o sobre el fondo de la controversia, porque recién –no por falta de idoneidad
ni por negligencia– pudo convencerse que la pretensión planteada no tiene un sólido ejercicio de la acción en tanto
que adolece de deficiencia o carencia de alguno de los presupuestos procesales o de las –aún– denominadas
“condiciones” de la acción, ¿deberá siempre y necesariamente de modo ineluctable emitir o una sentencia estimatoria
o una desestimatoria, solo porque en una etapa anterior declaró la existencia de una relación jurídica procesal válida o
el saneamiento del proceso? La respuesta debería ser negativa.

Así, no debe perderse de vista que –justamente– por no haber podido ser las exposiciones de las partes aún
sometidas a una contrastación objetiva –o sea, lo que caracteriza a la etapa probatoria–, ya que el espacio para esto
no es necesariamente la etapa postulatoria, la apreciación sobre la existencia de una relación jurídica procesal válida
es meramente deductiva y declarativa, y se sustenta en un razonamiento basado en observaciones, desde luego
nutridas estas con la sapiencia del juzgador y su experiencia procesal, pero nunca serán del todo suficientes cuando
lo que se tiene en un proceso como sustancia de pronunciamiento es, precisamente, la actividad probatoria:
ofrecimiento, admisión, actuación y valoración; solo el primero de estos ha ocurrido en la etapa postulatoria, y el
segundo funciona más bien como un puente entre dicha etapa y la etapa probatoria. Por eso la respuesta a la
pregunta del párrafo precedente ha de ser negativa, ya que el juez siempre ha de –y debería– tener la posibilidad de
efectivizar lo exigido en el primer párrafo del artículo III del Título Preliminar del Código Procesal Civil, en el sentido de
atender a que la finalidad concreta del proceso es resolver un conflicto de intereses o eliminar una incertidumbre,
ambas con relevancia jurídica, haciendo efectivos los derechos sustanciales, y que su finalidad abstracta es lograr la
paz social en justicia; lo que encuentra complemento teleológico en lo consagrado en el artículo VII, ya que debe
aplicar el derecho que corresponda al proceso, aunque no haya sido invocado por las partes o lo haya sido
erróneamente. Por lo que, la tercera oportunidad que tiene el juzgador para pronunciarse sobre la validez de la
relación jurídica procesal es, precisamente, aquel espacio procesal que viene luego de culminada la etapa probatoria:
la etapa decisoria, la sentencia.

IV. Los componentes de la relación jurídica procesal

1. Los presupuestos procesales

Los presupuestos procesales constituyen –partiendo de su denominación– supuestos previos necesarios para que se
establezca una relación jurídica procesal válida y se dé un proceso eficaz a través del cual los justiciables tengan la
posibilidad de acceder a la tutela procesal. Si no concurren necesariamente todos y cada uno de los presupuestos
procesales no surgirá el proceso que resulta del ejercicio del derecho de acción; el que habrá sido ejercido pero su
resultado no se presentará, será un acto estéril. Sin embargo –se aclara– llegado a incoarse un proceso, por defecto
de oportuna advertencia del órgano jurisdiccional, o de las mismas partes, la ausencia o defecto de alguno de
aquellos presupuestos no significa que no haya actividad procesal, sino que la ejecución de esta se encuentra viciada;
tan cierto es ello que solamente se constata la falta o defecto de un presupuesto procesal al interior del proceso.
Incluso, puede haberse iniciado válidamente el proceso, pero bastará que en cualquier momento desaparezca o
defeccione un presupuesto procesal para que la relación procesal se afecte con vicio desde ese momento en
adelante.

Se tiene que los presupuestos procesales, stricto sensu, son la capacidad del juez, la capacidad de las partes y la
observancia de los requisitos formales de la demanda que contiene la pretensión del demandado. Se dice de estos,
que son presupuestos procesales de la acción, en tanto también se catalogan presupuestos procesales de la
pretensión, de los cuales se concibe que se refieren “a la existencia de una relación jurídico sustantiva que está en el
trasfondo del proceso de determinados requisitos para que la pretensión pueda ser acogida a través de una sentencia
favorable” (De Bernardis, 1995, p. 88). De otro lado, asistiendo al tratamiento de la doctrina alemana respecto a los
presupuestos del proceso, se tiene la distinción entre prozessvoraussetzungen y prozesshindernisse;
correspondiendo el primer concepto a los presupuestos procesales, los que son controlados de oficio; y el segundo, a
[1]
los “impedimentos procesales”, cuyo control depende del interés de las partes . Esta anotada distinción no está
hecha expresamente –en la descrita forma– en sede nacional, ya que la concepción de los presupuestos procesales
de la legislación procesal civil abarca a la competencia del juez, la capacidad procesal de las partes y la observancia
de los requisitos de la demanda; elementos a los que en la doctrina local se advierte una calificación como
presupuestos procesales de la acción, cuya verificación puede hacerse de oficio. Aparte quedan los elementos que
podrían considerarse como impedimentos procesales, a los que no les corresponde un examen ope iudicis, ya que
son plausibles de renuncia tácita o expresa; teniéndose como tales: la producción de una afectación a la jurisdicción
ordinaria, es el caso del convenio arbitral; el fenecimiento de la posibilidad de realización o reconocimiento del
[2]
derecho, la prescripción extintiva ; y la posibilidad de determinación de la competencia por los justiciables, solo la
[3]
competencia por razón del territorio .

En esta parte, solo se hará extensión en los requisitos de la demanda, por estar vinculado a lo expuesto supra en el
punto 2. La demanda constituye “el ejercicio efectivo de la manifestación concreta del derecho de acción”, por ello, su
actuación implica el necesario cumplimiento de determinados requisitos o actos formales. Sin embargo, el
cumplimiento de algunos requisitos es solo formal en la actuación de la demanda, ya que su incumplimiento impide
que la demanda produzca efectos jurídicos, pero ante lo cual el juzgador puede conceder al demandante un plazo de
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subsanación; tales son requisitos de admisibilidad. En tanto que hay otros requisitos cuya presencia articula la
esencia de la demanda misma, “son tan intrínsecos a ella, que se confunde su presencia con la demanda misma”; por
lo que, ante su ausencia o imperfección, la orden jurisdiccional es el inmediato rechazo de la demanda,
determinándose su improcedencia (Monroy Gálvez, 1996, p. 534). Se tiene entonces la exigencia de que la omisión
de los requisitos de la demanda imposibilite al juez pronunciarse sobre el fondo de la controversia, o cuyo defecto
conlleve una sentencia inhibitoria o afecte gravemente el derecho de defensa de la otra parte. De ahí que, para Ticona
Postigo (1999), no todos los requisitos de la demanda son presupuestos procesales; quedando como tales los
referidos al petitorio: su claridad y precisión, la posibilidad jurídica y material de su concretización, la existencia de
conexión lógica con los hechos que se exponen (p. 271). Empero, para el profesor Monroy Gálvez (1996), todos los
requisitos de la demanda, los de admisibilidad y los de procedibilidad, son presupuestos procesales, por el mérito de
que son imprescindibles para que el acto de apertura del proceso produzca efectos jurídicos (p. 535).

2. Las –aún denominadas– “condiciones” de la acción

Una primera teoría sobre las condiciones de la acción –propuesta por Giuseppe Chiovenda, Hugo Alsina, Hernando
[4]
Devis Echandía, entre otros; enmarcada en la teoría que concibe a la acción como derecho concreto –, postula que
las condiciones de la acción son los requisitos que el juzgador debe establecer en su decisión final para que el actor
pueda obtener una “sentencia favorable” a su pretensión; estableciéndolas en tres: el derecho, que implica la ley, la
voluntad abstracta de esta o la posibilidad jurídica; la legitimidad para obrar o legitimatio ad causam; y, el interés para
obrar, o interés procesal (Ticona Postigo, 1999, pp. 272-273). En tal sentido, siguiendo la teoría referida, se tiene que
las condiciones de la acción constituyen requisitos para la actuación de la voluntad concreta de la ley; de tal modo, se
presenta la exigencia de que la pretensión del accionante no se encuentre prohibida legalmente, lo que equivale a
requerir de la existencia de un derecho que no esté privado de la acción por una disposición legal; se configure la
legitimatio ad causam, o legitimidad para obrar, es decir, que el derecho pertenezca al que ejercita la acción o a la
persona en cuyo nombre se ejercita; y, se muestre la existencia de un interés de carácter procesal tendiente a
ejecutar el derecho de acción en defensa del derecho vulnerado o amenazado, es decir, el interés para obrar,
concreto y actual (Hinostroza Minguez, 1998, p. 33).

De otro lado, una segunda teoría –del contexto que concibe a la acción como derecho abstracto, que es lo que
predomina actualmente– propugna que las condiciones de la acción son requisitos exigibles para su ejercicio válido, y
que son dos: la legitimidad para obrar y el interés para obrar; condiciones de cuyo examen positivo depende el
acogimiento de la demanda en sede judicial, siendo plausibles, además, su cumplimiento íntegro y no viciado de
reexamen por promoción de excepciones, al momento del saneamiento procesal, e incluso hasta al expedir sentencia.
Así, “solo si concurren estas condiciones puede considerarse existente la acción”, por lo que, “pueden también
definirse como las condiciones de admisibilidad, de la providencia sobre la demanda, o sea, como condiciones
[5]
esenciales para el ejercicio de la función jurisdiccional, respecto de un concepto caso específico deducido en juicio”
(Ticona Postigo, 1999, p. 277).

Entonces, tomando como condiciones de la acción a las derivadas de la acción como derecho abstracto, se tiene que
aquellas permiten al juez emitir un pronunciamiento válido sobre el fondo del litigio; a lo que vale diferenciar o
esclarecer que los presupuestos procesales –que tienen intervención al incoarse el ejercicio de la acción– permiten
constituir válidamente el proceso. En tal sentido, si se diera el caso en que hay concurrencia de presupuestos
procesales con ausencia de cualquiera de las condiciones de la acción, el proceso instaurado podrá ser válido, pero
no podrá expedirse pronunciamiento válido sobre el fondo de la litis. Dándose como consecuencia la expedición de
una “sentencia inhibitoria” (Ticona Postigo, 1999: 278).

Así, la institución jurídica procesal de la legitimidad para obrar recibe en la doctrina denominaciones como legitimación
en la causa, legitimación sustancial, legitimación para accionar, cualidad para obrar, legitimación para pretender –o
para resistir la pretensión–, además de su nomen iuris originario legitimatio ad causam; no obstando ello para
mantener su esencia como conexión, relación o correspondencia lógica existente entre la persona abstracta a quien la
ley concede acción y la persona del actor, o, en contraparte, entre la persona contra quien se concede el derecho de
acción –a quien, en otras palabras, le corresponde el derecho de contradicción– y la persona del demandado; esencia
que es la que determina su carácter de condición de la acción. Entonces, si se tiene a la acción, en su concepción
más aceptada, como un derecho público subjetivo que resulta independiente de la relación subjetiva sustancial en
discusión dentro del derecho general de las personas de acceso irrestricto a la prestación jurisdiccional, se tendrá que
la legitimatio ad causam viene a ser la razón para obrar de acuerdo a Derecho dentro de una relación jurídica
procesal, sea como sujeto activo o como sujeto pasivo (De Bernardis, 1995, pp. 66-67). Sin embargo, no se encuentra
un consenso respecto de la esencia de la legitimidad para obrar; teniéndose dos vertientes doctrinarias respecto de lo
que debe entenderse por este instituto: la primera –adoptada por Piero Calamandrei y Eduardo Couture– considera
que la legitimidad para obrar es propiamente la titularidad del derecho discutido en proceso, el derecho sustantivo
mismo objeto del proceso; y, la segunda –seguida por Giuseppe Chiovenda, Francesco Carnelutti, Ugo Rocco,
Hernando Devis Echandía, Leo Rosenberg, Víctor Fairén Guillén, Enrico Redenti, y otros– propugna que la legitimidad
para obrar no se identifica con la titularidad del derecho sustantivo, ni con el derecho mismo en discusión, sino que
expresa una idea pura de relación lógica entre la persona del actor, o del demandado, y la persona que en abstracto
la norma jurídica favorece o contra la persona abstracta obligada.

En tal sentido, se expone como concepción técnica y lúcida de la legitimidad para obrar –de cita hecha a Giuseppe
Chiovenda–, que “con ella se expresa que, para el juez estime la demanda, no basta que considere existente el
derecho, sino que es necesario que considere que este corresponde precisamente a aquel que lo hace valer, o sea,

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considere la identidad de la persona del actor con la persona en cuyo favor está la ley, y la identidad de la persona del
demandado con la persona contra quien se dirige la voluntad de la ley” (Ticona Postigo, 1999, p. 279). De ello, puede
obtenerse las características que confluyen en la legitimidad para obrar, teniéndose que: a) es personal, subjetiva y
concreta; lo que implica que cada parte debe tener y aducir su propia legitimidad para obrar, la que atenderá a su
situación personal y a las pretensiones o excepciones a discutirse en el proceso (Devis Echandía, 1984, p. 290); b) se
distingue totalmente de la titularidad del derecho sustancial pretendido o alegado en la demanda; no es ni el derecho
[6]
ni la titularidad del derecho controvertido ; c) no es un requisito para una sentencia favorable, ni su existencia
condiciona tal situación, sino simplemente una “sentencia de mérito” –sea favorable o desfavorable–; d) debe
preexistir al momento en que se acude al órgano jurisdiccional, o –dependiendo del caso– al momento en que
[7]
corresponde su exigencia a cada parte en sede judicial ; e) su ausencia no conlleva la consecución de la cosa
juzgada, sino que esta circunstancia provocará la expedición de una sentencia inhibitoria, en la que no se afirma ni se
niega la existencia del derecho alegado por el actor en su demanda; es decir, no hay pronunciamiento sobre el fondo.

De lo expuesto, es de hacer notar que la legitimatio ad causam podrá concretarse o no; y, al hacerlo, el sujeto que
acciona verá satisfecha su pretensión a una tutela efectiva, coincidiendo la relación procesal con la relación sustantiva
que ha sido su objeto; pero, al no concretarse, el actor no obtendrá –en modo alguno– la sentencia favorable que
desea por cuanto no se determinará su identificación con la titularidad del derecho material controvertido; empero
“será concreto y real su legítimo interés a obtener una tutela jurídica que se advierte por la sola circunstancia de haber
accedido a un proceso al interior del cual se discutió la titularidad de la relación jurídica sustantiva respecto de la que
algún interés tenía” (De Bernardis, 1995, p. 88).

Por su parte, el interés para obrar es denominado también, doctrinariamente, como interés procesal, interés en obrar
–Giuseppe Chiovenda–, interés en accionar –Enrico Tullio Liebman, Ugo Rocco–, o necesidad de tutela jurídica –en la
doctrina alemana–. De lo que se tiene la implicancia de un estado de necesidad actual y concreto de tutela
jurisdiccional en que se encuentra una persona, lo que lo determina a solicitar, “por vía única y sin tener otra
alternativa eficaz”, la intervención del órgano jurisdiccional para la resolución del conflicto de intereses o controversia
generada (Ticona Postigo, 1999, pp. 286-287). En esta tónica –de magistral exposición de Juan Monroy Gálvez– se
tiene que el interés para obrar es básicamente un estado de necesidad:

[C]uando una persona tiene una pretensión material, antes de convertirla en pretensión procesal, puede realizar una
serie de actos destinados a procurar satisfacer su pretensión antes de iniciar el proceso, desde solicitar, invocar,
rogar, requerir, exigir, apremiar, o amenazar al obligado. Se dice que hay interés procesal o interés para obrar cuando
una persona ha agotado los medios para satisfacer su pretensión material y no tiene otra alternativa que no sea
recurrir al órgano jurisdiccional. Esta necesidad inmediata, actual, irremplazable de tutela jurídica es el interés para
obrar. (Monroy Gálvez, 1992, pp. 19-20)

En concepción similar –recogida de cita hecha a Figueruelo Burrieza (como se citó en De Bernardis, 1995)–, se tiene
que el interés para obrar denota:

[L]a situación jurídica en la que se encuentra un sujeto respecto a una norma objetiva, de manera tal que el
cumplimiento de la misma le produce un beneficio, mientras que su infracción le ocasiona un perjuicio en su esfera
vital. Para la defensa de ese interés consiguiendo un beneficio o evitando un perjuicio, el ordenamiento jurídico
concede a su titular la facultad de actuar en juicio. Dicha facultad constituye un derecho reaccional o impugnatorio, la
posibilidad de accionar o conseguir a través del proceso el mantenimiento o restablecimiento íntegro de su situación
jurídica. (De Bernardis, 1995, pp. 66-67)

Se derivan, entonces, como características del interés para obrar, que: a) es un interés secundario, accesorio o de
segundo grado, un interés procesal; y sirve de medio para la satisfacción del interés sustancial primario o de primer
[8]
grado , del cual es totalmente distinto; b) es independiente y autónomo, ya que existe sin depender de la existencia
real o no del interés sustancial o principal, ni estar subordinado a este, solo relacionado; de ahí que no es necesario
tener probado desde el inicio del proceso el interés sustancial para efectivizar el interés procesal, porque la existencia
real de aquel se verificará de lo actuado en etapa de cognición; solo se exige, al incoar el proceso, que exista interés
[9]
procesal ; c) es abstracto y general, en tanto que para su satisfacción hace completa abstracción de la existencia
efectiva y verdadera del interés sustantivo, siendo irrelevante que este exista realmente; su generalidad permite que
pueda referirse en abstracto a todos los derechos posibles, de cualquier naturaleza, de los cuales puede ser
“teóricamente titular un sujeto determinado” (Rocco, 1976, p. 713); d) no es patrimonial, porque la prestación
jurisdiccional es de Derecho Público, carece de contenido económico; no está determinado por el contenido
patrimonial que pueda tener el interés principal (Ticona Postigo, 1999, pp. 288-290). Entonces, el interés para obrar
obedece a la necesidad de obtener del proceso la protección del interés sustancial –principal, material, o de primer
grado–, por lo que presupone –o al menos alega– la lesión de este y la idoneidad de la acción promovida para
protegerlo y satisfacerlo. Por eso, no se configura el interés para obrar cuando: la situación fáctica no implica la lesión
del derecho o interés sustantivo que se alega, o si los efectos jurídicos que puedan producirse del proceso ya hayan
sido adquiridos por el promotor de la acción, o la acción no es la adecuada o la correspondiente para la remoción de
la lesión, o sea un imposible jurídico, atente contra el orden público o no esté contemplado en la ley. Pero, se recalca
que el reconocimiento de la existencia de interés para obrar en el actor no significa que este tenga necesariamente la
razón en la controversia, sino solo que su demanda será tramitada, estableciéndose el proceso.

En conclusión, el interés para accionar está dado por la relación jurídica entre la situación antijurídica que se denuncia
–o describe– y la providencia que se pide para ponerle remedio mediante la aplicación del derecho, y esta relación
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debe consistir en la utilidad de la providencia como medio para adquirir por parte del interés lesionado la protección
acordada por el derecho (Liebman, 1980, p. 116).

V. Conclusiones

i) ¿Es posible declarar la improcedencia de la demanda luego de culminada la etapa postulatoria o la de


saneamiento? Sí es posible, y no solo ello, debe ser –incluso– necesario cuando el material que se tiene en el
proceso a partir de lo aportado por las partes no resulta idóneo para efectos de emitir un pronunciamiento de mérito
que satisfaga lo exigido en el primer párrafo del artículo III del Título Preliminar del Código Procesal Civil, en el sentido
de que el juez deberá atender a que la finalidad concreta del proceso es resolver un conflicto de intereses o eliminar
una incertidumbre, ambas con relevancia jurídica, haciendo efectivos los derechos sustanciales, y que su finalidad
abstracta es lograr la paz social en justicia; lo que encuentra complemento teleológico en lo consagrado en el artículo
VII del mismo Título Preliminar, ya que debe aplicar el derecho que corresponda al proceso, aunque no haya sido
invocado por las partes o lo haya sido erróneamente.

ii) No resulta acertada la sustanciación expuesta en la ponencia suscrita por los magistrados Miranda Canales, Blume
Fortini, Ramos Núñez, Sardón De Taboada y Ferrero Costa, de que “(…) al desestimar en segundo grado las
excepciones propuestas por los demandados (fojas 62), determinó pues la conclusión de la etapa postulatoria, dando
inicio a una nueva, la decisoria; por lo que en aplicación del principio de preclusión procesal en dicha etapa no podía
pronunciarse nuevamente sobre los requisitos de la demanda de rectificación”(sic) (Cfr. f. j. 14); porque, por tratarse
de la pretensión de rectificación de áreas, más aún por la complejidad del caso particular materia de pronunciamiento
de la STC en comento, en que hubo una multiplicidad de colindantes y una muy marcada diferencia de áreas entre la
realidad física y la realidad –aparentemente– formal, de ningún modo podría haberse pasado válidamente, cual per
saltum, de la etapa postulatoria a la etapa decisoria; era imprescindible la etapa probatoria, en la cual, y con
rigurosidad en actuación y valoración, recién resultaba posible, con mayor proximidad de certeza o por lo menos de
contrastación jurídica, darse cuenta de que no se trataba de una mera “rectificación de áreas” sino que el asunto
implicaba discutir y determinar derechos reales principales, para los cuales –incluso– no habría de corresponder la vía
del proceso abreviado –que le toca por mandato legal a la pretensión de rectificación de áreas– sino que se hacía
necesario el uso del proceso más lato, con nueva actividad postulatoria; estando plenamente justificado con ello un
pronunciamiento inhibitorio, porque no es al juzgador a quien le corresponde nutrir con argumentos y sustanciación lo
que atañe únicamente al interés de cada parte, en aras de procurar la realización de, por lo menos, los principios de
neutralidad y de imparcialidad.

iii) Si se pasa la etapa postulatoria, ya sea con declaración directa de existencia de relación jurídica procesal válida o
con declaración de saneamiento del proceso, y ya con el despliegue de la actuación probatoria y de la valoración
jurisdiccional sobre los medios probatorios el juzgador logra concluir con mayor grado de certeza que el proceso, y la
relación jurídica procesal existente y declarada válida, no le permiten una declaración final de mérito o sobre el fondo
de la controversia, porque recién –no por falta de idoneidad ni por negligencia– pudo convencerse que la pretensión
planteada no tiene un sólido ejercicio de la acción en tanto que adolece de deficiencia o carencia de alguno de los
presupuestos procesales o de las –aún– denominadas “condiciones” de la acción, ¿deberá siempre y necesariamente
de modo ineluctable emitir o una sentencia estimatoria o una desestimatoria, solo porque en una etapa anterior
declaró la existencia de una relación jurídica procesal válida o el saneamiento del proceso? La respuesta es negativa.

Referencias bibliográficas

De Bernardis, L. (1995). La garantía procesal del debido proceso. Lima: Cultural Cuzco.

Devis Echendía, H. (1984). Teoría general del proceso (Tomo I). Buenos Aires: Editorial Universidad.

Hinostroza Minguez, A. (1998). Las excepciones en el proceso civil. Lima: Editorial San Marcos.

Liebman, E. (1980). Manual de Derecho Procesal Civil. (S. Sentís Melendo, Trad.) Buenos Aires: Ediciones Jurídicas
Europa América.

Monroy Gálvez, J. (1995). Conceptos elementales del proceso civil. En V. Ticona Postigo, Análisis y comentarios al
Código Procesal Civil (Segunda ed., Tomo II). Lima: Grijley.

Monroy Gálvez, J. (1996). Introducción al proceso civil (Tomo I). Santa Fe de Bogotá: Temis.

Rocco, U. (1976). Tratado de Derecho Procesal Civil. (S. Sentís Melendo, & M. Ayerra Redín, Trads.) Buenos Aires:
Temis & Depalma.

Ticona Postigo, V. (1999). El debido proceso y la demanda civil (Tomo I). Lima: Rodhas.

_____________________

* Abogado. Director del Estudio Jurídico Santos E. Urtecho Benites Abogados. Docente de Derecho Civil en la
Facultad de Derecho de la Universidad Privada del Norte (Trujillo). Árbitro y conciliador extrajudicial. Doctorado en
Derecho. Maestría en Derecho con mención en Derecho Civil Empresarial.

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[1]
Verbigracia, el convenio arbitral.
[2]
Porque, por mandato del artículo 1992 del Código Civil, el juzgador no puede fundar sus decisiones en la
prescripción extintiva que no ha sido invocada por la parte interesada.
[3]
Ya que, por regla general, esta competencia es prorrogable por convención o tácitamente, según lo facultado en los
artículos 25 y 26 del Código Procesal Civil.
[4]
Teoría que se basa en la concepción de la acción como elemento del derecho sustantivo lesionado, y para la cual
solo tiene acción quien tiene derecho sustantivo.
[5]
Completándose la cita hecha a Enrico Tullio Liebman con la afirmación, de las condiciones de la acción, de que “la
ausencia aún de una sola de ellas induce carencia de acción y puede ser puesto de relieve aún de oficio, en cualquier
grado del proceso” (Ticona Postigo, 1999: 277).
[6]
Por lo tanto, el actor podrá estar investido de legitimidad para obrar, pero si no prueba los hechos sustentatorios de
su pretensión, la demanda se declarará infundada; esto es que el actor no habrá probado ser titular del derecho que
alega (Ticona Postigo, 1999, p. 281).
[7]
Se anota que, por lo general, la situación existente al momento en que se exige la verificación de la legitimidad para
obrar –para la admisión de la demanda o para la intervención en el proceso, según sea el caso de cada parte o de
terceros llamados a la causa– permanece igual durante el curso del proceso “y no se presenta problema alguno sobre
el particular”. Pero, por excepción, puede ocurrir que se altere en uno de dos sentidos; o porque quien no estaba
legitimado en la causa entonces, adquiera esa calidad antes de la sentencia; o porque desaparezcan los hechos que
otorgan la debida legitimación a alguna de las partes (Devis Echandía, 1984, p. 292).
[8]
Ilustra Rocco (1976) que:

[L]a intervención del Estado y la prestación de la actividad jurisdiccional no representa, efectivamente, una actividad
directa que satisfaga sin más los intereses principales no satisfechos, pero constituye una utilidad diversa y accesoria,
mediante la cual se hace posible la consecución de las utilidades principales, y, por ende, la satisfacción de los
intereses principales a los que en cada caso puede referirse. (Rocco, 1976, pp. 709-710)
[9]
“No es necesario que de hecho, en cada caso, el derecho objetivo proteja el interés, cuya declaración o realización
coactiva se demande, porque las más de las veces puede saberse si en el caso concreto existe la protección y en qué
medida existe, solo cuando el interés secundario ha sido ya satisfecho, por haberse ya realizado la intervención del
Estado” (Rocco, 1976, p. 712).

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