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Colección «EL POZO DE SIQUEM» Éloi Leclerc

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El pueblo de Dios
en la noche

Editorial SAL TERRAE


Santander
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de reproducción, distribución, comunicación pública y transforma-
ción de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la
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y s. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos
(www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Traducción: índice
Miguel Montes González

Introducción 9
Título del original francés: 1. El final de un mundo 13
Le peuple de Dieu dans la nuit
© 2003 by Editions Franciscaines 2. La hora más sombría 21
© 2003 by Desclée de Brouwer 3. La llamada profética 25
París.
4. Recuerdo tu cariño de joven 33
© 2004 by Editorial Sal Terrae
5. Los ríos de Babilonia 39
Polígono de Raos, Parcela 14-1
39600 Maliaño (Cantabria) 6. El vado de medianoche 47
Fax: 942 369 201
E-mail: saltcrrae@salterrae.es
7. La experiencia de la trascendencia 55
www.salterrae.es 8. Los corazones quebrantados 61
Diseño de cubierta: 9. Tempestad de vida 71
Fernando peón <fpeon@ono.com> 10. El manantial y el río 75
Con las debidas licencias 11. Un pueblo nuevo 79
Impreso en España. Printcd in Spain 12. Tierra prometida 87
ISBN: 84-293-1565-9
Dep. Legal: BI-2133-04 13. Consolad a mi pueblo 95
14. Una profecía suprema 107
Fotocomposición:
Sal Terrae - Santander 15. Bajo el reinado de César Augusto 117
Impresión y encuademación: Epílogo 123
Grafo.S.A.- Bilbao

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Introducción

«Ese extraño secreto en el que Dios se ha retirado...»


(PASCAL, Carta IV a Charlotte de Roannez).

El pueblo de Dios en la noche vio la luz por vez primera en


1976. La obra iba dirigida a unos cristianos que debían ha-
cer frente a una sociedad en crisis y a una Iglesia institu-
cionalmente debilitada. Con todo, no pretendía en modo al-
guno aportar una solución hecha a aquellos hombres y mu-
jeres que se preguntaban por el proceso de su fe. Les invi-
taba, más bien, a acoger la noche de la fe, no como una ca-
tástrofe, sino como una purificación cargada de esperanza.
El padre De Lubac, tras haber leído este libro, decía
por carta a un compañero suyo: «Es admirable, una obra
maestra. La perfecta sencillez de su escritura (tan rara en
nuestros días) denota que su autor es un hombre muy cul-
tivado, muy sabio también, y profundamente espiritual. No
se detiene a describir la "crisis presente" ni a proponer un
remedio para la misma, y eso es lo que tiene de maravillo-

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so. Nos deja a cada uno en nuestra noche, pero nos lleva a pueblo elegido, deportado, dispersado por el inmenso pue-
encontrar en ella al Señor. Nada hay menos "práctico"...». blo caldeo en medio de pueblos paganos, se veía reducido
Si editamos de nuevo este libro [en francés] (y si lo a la desnudez primera del ser humano. Ya no sabía en
hacemos por primera vez en castellano), es porque pensa- quién confiar. ¿Qué hacía Yahvé en semejante situación?
mos que todavía puede seguir ayudando a quienes sufren ¿Cuáles eran sus designios? Ninguna respuesta. Sólo un
en su fe y llevarles a descubrir en su noche un camino de silencio total, el abandono.
esperanza. El pueblo de Dios tuvo que caminar a tientas en la no-
Vivimos en un mundo en el que no resulta fácil creer. che. La Palabra de Dios ya no podía descender de las altu-
Nuestra sociedad se ha organizado al margen de toda refe- ras fulgurantes del Sinaí; tan sólo podía emerger de las pro-
rencia religiosa; cree bastarse a sí misma sobre una base fundidades del «corazón quebrantado». A partir de esa po-
enteramente profana. El itinerario del creyente se ha con- breza esencial, los hijos de Israel fueron invitados a redes-
vertido en un asunto puramente privado. Tanto las Iglesias cubrir la Alianza, una Alianza inscrita ahora en el corazón.
como otras instancias religiosas, tenidas por alejadas de Cuando Dios se calla en la historia del mundo es cuan-
este mundo, acampan al margen de la sociedad. El cre- do hay que prestar la mayor atención. Pues es la hora en
yente, por su lado, se encuentra solo, sin apoyo, en un que quiere hablar al corazón de cada ser humano: «Me la
mundo pluralista, frente a una cultura agnóstica dominan- llevaré al desierto, y allí le hablaré al corazón» (Os 2,16).
te que ya no ofrece signo alguno. Lo importante en esos momentos es saber escuchar con
Sólo desde el interior de la fe se puede afrontar el de- nuestro corazón la Palabra de Dios. Es en el silencio de la
safío que la misma fe supone. Este libro muestra, a la luz noche donde se eleva el canto de las fuentes.
de la Biblia, cómo el momento más sombrío en la historia La Biblia nos ofrece al respecto una experiencia única.
del pueblo de Dios se convirtió en el más fecundo, el más Esta experiencia fue vivida con tal profundidad humana
«creativo», tanto en el plano de la vida espiritual como en que trasciende las circunstancias históricas particulares en
el de la fe y el pensamiento teológico. que se desarrolló. Afecta al hondón mismo del ser huma-
El exilio del pueblo judío que siguió al desastre nacio- no. Y por eso mismo adquiere una dimensión universal, un
nal del año 587 a.C. y que duró unos cincuenta años, su- valor ejemplar.
puso de hecho, para los creyentes de Israel, una larga tra- Lo que muchos creyentes viven hoy en su itinerario de
vesía nocturna. Vivieron entonces una noche total de las fe no deja de tener relación con esta experiencia del pue-
instituciones que servían de coordenadas al pueblo y cons- blo de la Biblia. Es cierto que las situaciones son muy dis-
tituían su identidad: la Monarquía, el Templo, el Sacerdo- tintas. Pero también nosotros nos damos de bruces con
cio, la misma Tierra prometida... todo les fue arrebatado. «ese extraño secreto en el que Dios se ha retirado». Y es-
Desaparecieron, aniquilados, todos los signos de su elec- tamos invitados a reencontrar el camino de nuestro cora-
ción. Jerusalén no era más que un montón de ruinas. El zón para redescubrir en él la Alianza.

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La experiencia bíblica, en lo que tiene de esencial, se
presenta como una profecía de nuestro devenir, de nuestro
crecimiento espiritual. Nos enseña lo que estamos llama-
dos a vivir a través de una purificación de nuestra fe.
Estamos ante una «Palabra profética». Y, según el con-
sejo de la Segunda Carta de Pedro, «haréis bien en pres-
tarle atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro,
hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazo-
nes el lucero de la mañana» (2 P 1,19). 1
El final de un mundo

«Se me presentó un evadido de Jerusalén


y me dio esta noticia: "Han destruido la ciudad"»
(Ezequiel 33,21).

Declina el día sobre Tel-Abib, en el cantón de Nippur.


Como cada anochecer, los deportados de Judá se reúnen
alrededor de un fuego. Han trabajado durante todo el día
en los canales, en aquella inmensa llanura regada por el
Eufrates. Ahora se reúnen ellos solos, lejos de las miradas
de sus capataces, lejos de esos hombres «cuya lengua es
oscura y no se entiende» (Isaías 33,19). Es la hora del des-
canso y de la intimidad. Sentados en círculo, miran la lla-
ma que chisporrotea en medio de ellos. No dicen nada.
Todo les es común: la fatiga, la vergüenza, el odio, la es-
peranza... La esperanza sobre todo. La vida se ha simplifi-
cado trágicamente para ellos: se limitan a esperar.
Después de haber sido deportados, hace ya una decena
de años, a raíz de la primera toma de Jerusalén por Nabu-
codonosor, han tenido noticias del reciente levantamiento

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del rey Sedecías. La noticia ha reavivado sus esperanzas. «Junto a los canales de Babilonia
El pueblo de Judá ha vuelto a tomar las armas para luchar nos sentamos y lloramos
por su libertad. Allá abajo, en la lejana patria, Jerusalén re- con nostalgia de Sión;
siste de nuevo. Y Egipto, el todopoderoso Egipto, lucha a en los sauces de sus orillas
su lado contra el invasor caldeo. ¿Cómo no esperar? La colgábamos nuestras cítaras.
hora de la victoria y de la liberación está próxima; llegará", Allí los que nos deportaron
tan cierto como la aurora; más brillante y devoradora que nos invitaban a cantar,
la llama que tienen ante sus ojos. Entonces, Babilonia, nuestros opresores a divertirlos:
Larsa, Nippur, todas las grandes ciudades paganas, arde- "Cantadnos un cantar de Sión".
rán como cañas secas echadas al fuego. Palacios y torres
¿Cómo cantar un canto del Señor
se desvanecerán convertidos en humo. Se abrasará el im-
en tierra extranjera?
perio desde el Eufrates hasta el mar occidental.
Si me olvido de ti, Jerusalén,
Esperan. Y ya contemplan en sus sueños esa aurora de que se me paralice la mano derecha;
fuego. Aquel día regresarán a su tierra natal; volverán a que se me pegue la lengua al paladar
remontar, triunfantes, el curso del gran río que descendie- si no me acuerdo de ti»
ron llenos de vergüenza. Como hicieron sus padres al sa-
lir de Egipto, también ellos saldrán cargados con el botín, (Salmo 137,1-6)
con la boca llena de risas y cantares. Ya vuelven a ver sus
colinas; vuelven a encontrar sus pueblos. Ante ellos se «Jerusalén»: el nombre suena alto y claro en la noche
abre el valle de Akor completamente verde, como una de Tel-Abib. En él cristalizan todas las esperanzas. En él
puerta de esperanza. Jerusalén aparece sobre su altura, por se concentra la resistencia de todo un pueblo. Jerusalén es
encima de sus murallas, resplandeciente de gloria: ¡Jeru- el orgullo de Judá. En ella reside el poder. Allí se ha esta-
salén, la triunfadora, libre al fin! Y todas sus casas gritan: blecido la casa de David. Y, sobre todo, allí se eleva el
«¡Aleluya!». Para ellos, ese día luce ya en la llama que Templo donde habita la Gloria de Yahvé. Y todas las tri-
contemplan. Y todos los ojos brillan de esperanza. bus suben a la Ciudad. Hoy, en un país totalmente invadi-
do, Jerusalén sigue siendo la ciudad inviolada, levantada
Sin embargo, algunas noches el peso del exilio se ha- en lucha heroica por su libertad. «Haya paz en tus mura-
ce más oneroso. Las noticias son escasas. ¿Qué está ocu- llas, tranquilidad en tus palacios» (Salmo 122,7). No, los
rriendo allá abajo, en su tierra? Esta noche ronda la nos- deportados no la olvidan.
talgia en sus corazones. Se eleva un cántico. Triste y so- No olvidan nada. Y, sobre todo, no olvidan lo que han
lemne, el lamento de los exiliados empieza a vagar en la sufrido: su larga marcha hacia la cautividad, aquellas filas
noche: interminables de seres humanos atados unos a otros; no ol-

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vidan los gritos y vejaciones de los soldados caldeos, las detenido a unos pasos del círculo de los exiliados: «¡Her-
pistas sin fin en el desierto. Algunos de ellos eran vendi- manos! -exclama-, vengo de Jerusalén». Al oír estas pa-
dos como esclavos en las localidades por las que pasaban; labras, todos se levantan. El más anciano se precipita ha-
otros, completamente agotados, eran abandonados por el cia el recién llegado y le saluda: «La paz contigo, herma-
camino como pasto para las fieras. No, nunca olvidarán no, y con Judá. ¿Qué nuevas nos traes?».
nada de eso. Y en ese momento su canto estalla con acen-
- Hermano, responde el hombre, ya no hay paz ni pa-
tos salvajes. Ya no es un lamento lo que entonan, sino el
ra mí ni para Judá.
grito de la cólera y de la venganza:
«¡Capital de Babilonia, criminal! La emoción, unida a la fatiga, impide al mensajero
¡ Dichoso el que pueda pagarte añadir nada más. Tiembla y deja caer al suelo su petate.
el mal que nos has hecho! Querría hablar, pero las palabras se le ahogan en la gar-
¡ Dichoso el que agarre y estrelle ganta. Los exiliados se aprietan a su alrededor; quieren es-
a tus hijos contra la peña!» cuchar. Pero no hay nada que escuchar. Sólo la respiración
jadeante de cientos de pechos, unos junto a otros. Por fin,
(Salmo 137,8-9)
en un sollozo, susurra estas simples palabras: «La Ciudad
Se callan las voces. Y empieza de nuevo la espera si- ha sido tomada».
lenciosa. El cielo brilla ahora con todas sus estrellas. Un Un grito de estupor brota de los pechos de todos.
enorme cielo lechoso que les hace soñar con la Tierra pro- - La han quemado y la han arrasado, continúa el hombre.
metida: con la vegetación de sus primaveras, con sus coli- - ¡No es posible! -protestan algunas voces.
nas tibias y doradas, con sus arroyos blancos y saltarines - Hermanos, os hablo como testigo. Yo soy un super-
como corderos.
viviente.
Pero bruscamente se interrumpe la ensoñación, y la Un gran barco necesita tiempo para hundirse con toda
atención vuelve a centrarse en la tierra. Se oyen pasos por su carga. Más tiempo aún necesitan los corazones huma-
el camino. Son pasos de hombre. Al principio suenan leja- nos para hundirse con su carga de esperanza.
nos; ahora se acercan. No hay duda: alguien viene. Cami- - ¿Y el Templo? -pregunta uno.
na hacia el fuego en la noche. Las cabezas se vuelven, las - Ya no hay Templo. Lo han incendiado después de ha-
miradas horadan la oscuridad. Finalmente, se perfila una
berlo saqueado. No han dejado nada en pie. Todo ha sido
silueta. Ante ellos, un hombre; lleva el petate de los viaje-
destruido. Ya no queda nada.
ros; su ropa es la de los habitantes de Judá. Todo el grupo
de los deportados se ha quedado paralizado. En este ins- ¡Ya no queda nada! Hacia este abismo, abierto de re-
tante se oiría hasta el vuelo de una mosca. El hombre se ha pente bajo sus pies, derivan inexorablemente los deporta-

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dos de Judá. Pero sus corazones, enloquecidos, se niegan de Babilonia, que tenía en Ribla su cuartel general. Allí lo
aún a creer lo irreparable. procesaron y lo condenaron al castigo del vasallo traidor:
degollaron a sus hijos ante su propia vista; luego, a él le
- Cuéntanos, hermano, cómo ha sido -pide el anciano
sacaron los ojos, grabados con semejante horror, y, bien
de la comunidad.
atado con cadenas de bronce, se lo llevaron a Babilonia
(cf. 2 Reyes 25,1-7; cf. Jeremías 52,4-11).
El mensajero, sin hacer un solo gesto, se pone a contar
...Entre tanto, las tropas caldeas se precipitaban sobre
con voz apagada:
Jerusalén. Aquello fue la debacle. Durante días y días, los
- «Jerusalén llevaba ya dieciocho meses en estado de soldados mataron, saquearon, demolieron, incendiaron
sitio. Durante mucho tiempo estuvimos esperando la ayu- (cf. 2 Reyes 25,8-10; cf. Jeremías 52,12-15). Ahora Jeru-
da de los egipcios. Acechábamos sin tregua desde lo alto salén ya no es más que un montón de ruinas y cenizas so-
de nuestras torres. Pero nada; una y otra vez, nada. El ene- bre las que resuena el cuerno del vencedor».
migo tenía cortados los caminos y rodeada la ciudad. La
población ya no tenía nada que comer: se habían agotado El mensajero se calla. Los exiliados se miran, aterrori-
las reservas de harina. Tampoco quedaba agua: los acue- zados. La emoción es tal que no pueden intercambiar ni
ductos habían sido cortados. Se había declarado la peste, una sola palabra. Están allí como niños que súbitamente
que hacía estragos cada día. Las plataformas de los asal- acaban de perder a su madre. Las miradas, veladas de lá-
tantes y sus ingenios bélicos avanzaban ya hacia las mura- grimas, vagan de la tierra al cielo. Todas las estrellas se
llas. Los golpes de los arietes resonaban en las puertas de han apagado de golpe. En su lugar, un vacío infinito.
la ciudad. La muchedumbre de los refugiados, hambrien-
ta y delirante de miedo, corría por las calles. Sin embargo, «Miro a la tierra: ¡caos informe!;
todavía esperábamos una llegada fulgurante del ejército al cielo: está sin luz»
egipcio... {Jeremías 4,23)
...Y de repente oímos que habían abierto una brecha en
los muros. Inmediatamente, el rey Sedecías decidió huir
con sus oficiales y el resto del ejército, con la esperanza de
llegar a Egipto. Y de noche lograron escapar por la puerta
que hay entre las dos murallas, la que está junto a los jar-
dines reales. Pero todo fue en vano. El ejército caldeo se
lanzó en su persecución y alcanzó al rey en la estepa de
Jericó, mientras sus tropas se dispersaban, abandonándo-
lo. Apresaron al rey y lo llevaron ante Nabucodonosor, rey

18 19
2
La hora más sombría
Esperaban la luz y llegaron las tinieblas. Los deportados
de Judá van, vienen, caminan como sombras sin decir pa-
labra. Lo sucedido es demasiado abrumador como para ser
comentado. Cada uno, a lo largo del día siguiente y en lo
secreto de su alma, podrá ir asimilando sus verdaderas y
horribles dimensiones: «Han reducido Jerusalén a ruinas»
(Salmo 79,1).
El pueblo de Yahvé conoce la hora más sombría de su
historia. Es verdad que no le han faltado desgracias en el
pasado, sobre todo a lo largo de los tres últimos siglos. Los
sinsabores empezaron al día siguiente del prestigioso rei-
nado de Salomón. El reino se dividió entonces en dos, co-
mo si sus cimientos hubieran cedido de súbito bajo el pe-
so del espléndido edificio. Fue el cisma. Desde entonces
se enfrentaron dos Estados rivales: el reino del Norte, que
había conservado el nombre de Israel, con Samaría como
capital, y el reino del Sur, que tomó el nombre de Judá y
cuya capital era Jerusalén. Esta división había debilitado
peligrosamente al país frente a la potencia asiria, que no
cesaba de crecer y de extenderse por el Oriente Medio.
Tras haber perdido la unidad nacional, primero Israel y
después Judá cayeron en un régimen de vasallaje. Tanto el
uno como el otro tuvieron que reconocer la soberanía de

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Assur y, más tarde, la de Babilonia, y pagar tributo. El rei- to, Judá, sin percatarse del peligro, se lanzó a la revuelta
no del Norte intentó, en vano, liberarse; fue invadido y, contra el coloso caldeo.
pura y simplemente, anexionado. A su vez, el reino de Sur, Hoy ya ha sucedido lo irreparable. La destrucción de
bajo el reinado de Yoyaquim, se rebeló una primera vez. Jerusalén y de su Templo hunde hasta el fondo a Judá, y
Jerusalén fue tomada, y su rey deportado con una parte de con él a todo el pueblo de Yahvé, entregándolo atado de
la población. pies y manos al poder de sus enemigos. Es una catástrofe
Pero en esta larga serie de desgracias siempre había nacional sin precedentes. Judá ha cesado de existir como
quedado preservado lo esencial: Jerusalén había permane- Estado. La realeza ha quedado destruida; deshechos los
cido en pie en medio de la tormenta; el Templo, donde re- marcos estructurales de la nación; el suelo ocupado, las
sidía la gloria de Yahvé, permanecía intacto; la realeza ha- élites deportadas.
bía quedado a salvo. Incluso después de la represión de la Nuevas columnas de prisioneros toman el camino del
revuelta de Yoyaquim, habían dejado un rey en el trono de exilio, hacia el este. Notables, funcionarios, artesanos
Judá, aunque sometido a vasallaje. Pudieron renacer las cualificados...: todos los que tienen capacidad para ejer-
esperanzas. Con excesiva facilidad y demasiado rápida- cer alguna influencia en el país son llevados a la cautivi-
mente. Fue así como Sedecías, el nuevo rey de Judá, cons- dad. Tras semanas de marcha, unos acabarán confinados
pirando con otras naciones vasallas y aliándose con Egip- en la región de Babilonia, y otros en la de Nippur, en el
to, creyó que también él podría sacudirse el yugo de Babi- Sur mesopotámico.
lonia. Pura locura. En Tel-Abib los días discurren envueltos en profunda
Desde hacía décadas, la ceguera política de los reyes tristeza. El estupor ha dejado ahora paso a la ansiedad. Los
de Judá no podía compararse más que con su infidelidad a exiliados se preguntan por su futuro. ¿Qué pueden esperar
Yahvé y a su Alianza. Los profetas no cesaban de elevar todavía? Se ven condenados a vivir y a morir en esta tie-
su voz para hacer volver a los responsables de la nación al rra extranjera, lejos de su país, olvidados del cielo y de la
camino recto y a una mayor clarividencia. Veían venir el tierra. «Nuestra esperanza ha muerto; estamos acabados»
desastre y la ruina. Los de arriba se encogían de hombros; (Ezequiel 37,11): esto es lo que piensan y rumian a lo lar-
ironizaban sobre los profetas de mal agüero. Los trataban go del día.
de derrotistas, cuando no los hacían pasar por sospecho- Se acuerdan de las palabras del profeta Jeremías:
sos. ¿Qué podían temer junto al poderoso Egipto? Jerusa-
«No lloréis por el muerto...
lén, plantada sobre su roca y rodeada de murallas, estaba
a salvo -pensaban- de cualesquiera ataques. La táctica era Llorad, llorad, sí, por el que se marcha,
sencilla y segura: dejar venir al asaltante y resistir hasta la porque no volverá,
llegada del ejército egipcio, que se encargaría de hacer porque no verá más su tierra natal»
añicos a las tropas de Nabucodonosor. Y contando con es- {Jeremías 22,10)

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3
La llamada profética

Después de la trágica noticia, nada ha cambiado exterior-


mente en la vida de los deportados en Tel-Abib. Simple-
mente, han aumentado en número con los recién llegados.
Los veteranos y los nuevos fraternizan en la desgracia co-
mún. Su situación es la de un régimen de semilibertad.
Han sido destinados a los trabajos de riego. Esta inmensa
meseta del Sur mesopotámico, por donde discurre el Eu-
frates, no era hasta hace poco más que una landa estéril.
Los reyes de Babilonia acometieron la empresa de con-
vertirla en tierra fértil. Se cavaron innumerables canales.
Ahora el país está surcado por vías de agua. Prosperan los
campos y las explotaciones de frutas y hortalizas. El man-
tenimiento de estos pequeños ríos artificiales necesita ma-
no de obra abundante y cualificada. Así que los deportados
pasan sus días abriendo y cerrando esclusas, limpiando los
fondos, consolidando los diques y abriendo nuevas vías de
agua. Todo ello bajo la dirección de los capataces caldeos.
Los trabajos agrícolas y de irrigación no son las únicas
actividades en que se ocupan los deportados. Nabucodo-
nosor, gloriosamente reinante, es un importante construc-
tor. El inmenso palacio de Babilonia, en gran parte obra

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suya, requiere mano de obra. Los exiliados se la propor- cido bajo sus pasos: su tierra, la tierra en la que estaba
cionan. Y la suerte de estos obreros es aún más dura que arraigada su vida. ¿Volverán a verla algún día? Tienen la
la de sus hermanos empleados en los trabajos del campo. impresión de que los han arrojado al vacío. Desarraigados.
Terminada la jornada, los exiliados vuelven a los im- Ya nada les cobija. No hay refugio alguno para ellos. Y
provisados pueblecitos donde viven acuartelados. Allí co- cuando llega el anochecer, la angustia les invade y se sien-
mienza para ellos una vida más libre: una vida entre her- ten como sumergidos en una enorme ola cargada de noche.
manos, lejos de las molestias que les ocasionan los capa- La situación es más fuerte que ellos, y claman contra
taces y de la mirada humillante del vencedor. Una vida en la injusticia: «¿Es justo todo esto?». Repiten aquellas pa-
la que intentan volver a recuperar un rostro de hombres li- labras: «Los padres comieron los agraces, y los hijos su-
bres. Leen entonces las raras cartas que pueden recibir de fren la dentera. Nuestros padres pecaron, pero ya no exis-
otras comunidades de deportados dispersas por el imperio, ten; y nosotros cargamos con el peso de sus iniquidades.
especialmente de la comunidad de Babilonia. También allí ¿Es justo todo esto?». Los deportados de Judá intentan es-
los hermanos han tenido noticias de la destrucción de capar de la angustia que sienten en su corazón. Acusan a
Jerusalén y se hacen las mismas preguntas angustiadas so- sus padres y blasfeman contra Yahvé. Un día, sin embar-
bre su futuro. Escuchan estas noticias. Y se callan, como go, una voz se levanta de en medio de ellos: «¿Por qué an-
en un velatorio fúnebre. Más de uno sueña con su tierra dáis repitiendo el refrán como una cantinela: "Los padres
natal, con su pueblo, con su casa, con sus hijos... ¡Qué le- comieron los agraces, y los hijos sufren la dentera"? Por
jano parece todo eso! Lejano e irreal. Ya no hay ningún mi vida, os juro -oráculo del Señor- que nadie volverá a
pueblo apacible en Israel, ni risas de niños, ni cantares en repetir ese refrán en Israel... El hijo no cargará con la cul-
las colinas. Sólo los carros de guerra de los vencedores pa del padre, el padre no cargará con la culpa del hijo (...)
ruedan a lo largo del país. Y los montes pelados lloran a Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y
las hijas e hijos desaparecidos. El país ya no es más que un guarda mis preceptos y practica el derecho y la justicia,
prolongado lamento. ciertamente vivirá y no morirá. ¿Acaso quiero yo la muer-
En los corazones de los exiliados se ha instalado el te del malvado -oráculo del Señor- y no que se convierta
miedo, ese gran miedo de quienes ya no se sienten segu- de su conducta y que viva? Objetáis: "No es justo el pro-
ros de nada. ¡Les habían garantizado tantas cosas...! Les ceder del Señor". Escuchad, hombres y mujeres de Israel:
habían certificado que el reino de Judá podía hacer frente (...) Estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por
sin temor al imperio caldeo, que Egipto les apoyaría con qué queréis morir? Pues yo no quiero la muerte de nadie
su fuerza invencible, que Jerusalén era inexpugnable... Y -oráculo del Señor-. ¡Convertios y viviréis!» (cf. Ezequiel
ellos se lo habían creído todo. Y de esa forma habían le- 18 y 33,10-20).
vantado sueños poblados de estrellas. Hoy todas esas es- La voz que acaba de hacerse oír es la del profeta
trellas se han venido abajo. Y la misma tierra ha desapare- Ezequiel, deportado también él en la primera leva. El pro-

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feta había permanecido mudo durante mucho tiempo. Pero a lo que están llamados, aquí y ahora, no a la muerte;
el Señor Yahvé le había dicho que el día en que el super- Yahvé no se complace en la muerte de nadie (Ezequiel
viviente viniera a anunciar la trágica noticia de la toma de 18,32; 33,10-20); a todos los quiere vivos, a los justos y a
Jerusalén se abriría su boca, volvería a hablar, y sería en- los pecadores.
tonces un signo para sus compatriotas exiliados. Y Ezequiel les muestra el camino de su resurrección:
«¿Por qué queréis morir?»: estas palabras las pronun- «Estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo» (Eze-
ció Ezequiel en nombre de Yahvé. Y ahora que han salido quiel 18,31). Son unas palabras sencillas, de una sencillez
de su boca y que, en cierto modo, están ahí, delante de él, desconcertante. Pero, como dijo Malraux, «las cosas capi-
cae en la cuenta de lo extrañas que son. Él es, a buen se- tales que se han dicho a la humanidad han sido siempre
guro, el primer extrañado. Hasta ese día no había abierto cosas sencillas... Pero lo que hacen nacer es imprevisible»
la boca más que para anunciar desgracia sobre desgracia. (Les chines que l'on abat, pp. 75-76).
Se le había encargado de anunciar al pueblo la guerra, la A partir de ahora, el fulcro de la vida religiosa, aquello
invasión, la ruina de Jerusalén, la deportación. Cuando el en lo que ésta debe apoyarse totalmente, ya no es el
Señor le llamó para llevar su mensaje, le hizo comer un ro- Templo ni Jerusalén ni los sacrificios ni los holocaustos; ni
llo de pergamino «que tenía escrito en el anverso y en el siquiera la nación o el grupo social; es el corazón, es de-
reverso: gemidos, lamentos y ayes» (Ezequiel 2,10). Eze- cir, lo más íntimo, lo más profundo y lo más personal que
quiel devoró aquel rollo y encontró en él la dulzura de la hay en el ser humano. También lo más duradero. Cuando
miel. A partir de ese momento, no sintió en su lengua más todo está perdido, aún queda el corazón. Desde él, y sólo
que el sabor de la desgracia. Mientras que todos sus com- desde él, puede recomenzar la vida.
patriotas vivían despreocupados y repletos de optimismo, Ahora bien, la vida no recomenzará si no es desde un
él estaba desesperado. Veía cómo acechaban la guerra, la corazón nuevo. «Estrenad un corazón nuevo»: estas pala-
ruina y el odio, oliendo su presa; y él vivía en tan lúgubre bras son una llamada a una renovación en profundidad.
compañía. Bajo un cielo aparentemente despejado de nu- Remiten al ser humano al misterioso poder de renovación
bes, él iba blandiendo el espanto como una gran bandera que habita en su propio corazón. En este poder residen una
negra. Y ahora que no quedaban más que ruinas y había posibilidad de salvación y una gracia de resurrección per-
desaparecido toda esperanza, clama para que le oigan sus manentemente ofrecidas. A cada uno corresponde hacer
compañeros de exilio: «¿Por qué queréis morir?». suyas esta posibilidad y esta gracia. A cada uno corres-
Él, el profeta de calamidades, a quien Dios le había di- ponde decidirse personalmente por la renovación o por la
cho: «Como el diamante, más dura que el pedernal hago tu decadencia, por la vida o por la muerte. No es a la nación
cabeza» (Ezequiel 3,9), tiende ahora una mano compasiva a quien corresponde decidir, ni tampoco puede hacerlo.
a sus compañeros de infortunio. Les invita a salir del abis- Nada está decidido para todos. Ni tampoco hay nada deci-
mo. Les apremia a seguir creyendo en la vida: es a la vida dido por adelantado, de una vez por todas. Cada cual, en

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cada instante, puede y debe elegir. Y sea cual fuere su pa- so las más sagradas, se han hundido. Ya no hay rey ni je-
sado, en todo momento puede renacer o morir. Es algo que fes ni sacerdotes. ¿Se puede hablar siquiera de pueblo? És-
depende exclusivamente de él. «Si el malvado se convier- te ha sido dispersado por los cuatro puntos cardinales del
te de los pecados cometidos... ciertamente vivirá y no mo- inmenso imperio caldeo. Ya no son más que unos hombres
rirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió» y unas mujeres entregados exclusivamente a las fuerzas de
(Ezequiel 18,21-22). «Y si el justo se aparta de su justicia su propio corazón. Hoy es corresponde a cada uno de ellos
y comete maldad, imitando las abominaciones del malva- escuchar y responder. El hijo ya no tiene que responder
do, no se tendrá en cuenta la justicia que hizo» (Ezequiel por el padre, ni el padre por el hijo. Cada cual tiene que
18,24). La relación del hombre con Dios ya no depende elegir: la vida o la muerte.
del clan o de la nación. En adelante, reposa únicamente en Decidir por uno mismo y a solas...: ¡difícil tarea! No
lo más íntimo de cada uno: en la orientación profunda de han aprendido a servirse de su corazón, a apoyarse en él.
su corazón. Cada uno, en cada instante, puede empezar un No saben escuchar, pensar, vivir con su propio corazón.
futuro nuevo. Siguen buscando una seguridad exterior. Esperan. Su reli-
Los deportados de Judá están invitados, por consi- gión es aún una religión simplemente aprendida; su dios
guiente, a entrar en lo más profundo de su ser. Pero ¿serán es el dios del grupo. No conocen a Yahvé con el corazón.
capaces de entender un lenguaje como éste? ¡Están tan No comprenden nada. Se sienten solos. Tienen miedo.
alejados de su propio corazón...! Hace mucho tiempo que Es el miedo al vacío. Para estos hombres y estas muje-
le dijeron adiós. Desde que empezaron a fabricar sueños res, el exilio es el desierto. Como sus padres al salir de
de gloria. Y ahora que esos sueños se han evaporado, se Egipto, también ellos han sido arrojados al desierto. Pero
descubren extraños a sí mismos, lejos de sus pueblos des- hoy su desierto es la inmensa soledad de su corazón.
truidos, de su tierra devastada; lejos, sobre todo, de su pro- Se han disuelto todos los vínculos, los de la tierra y los
pio corazón. Los deportados miran a Ezequiel. No com- del cielo. Como una veleta sometida al viento alocado de
prenden nada. Ninguno de ellos se siente aún responsable la angustia, así se encuentra el corazón del exiliado. Desde
de su propio corazón. Se esperan los unos a los otros para lo hondo de la noche, un desgraciado ha gritado: «¡Ha
saber cómo reaccionar. Siempre han reaccionado en gru- muerto nuestra esperanza. Estamos acabados!». El «auti-
po. Y el grupo estaba formado por la colectividad nacio- llo de las ruinas» ha respondido: «¿Por qué quieres morir?
nal, con sus tradiciones, sus instituciones, sus encuadra- La noche está llena de secreto. ¡Abre tu corazón a lo des-
mientos, sus jefes, su rey... La colectividad nacional cons- conocido!».
tituía su conciencia, su buena y su mala conciencia. Ella Lo desconocido es el futuro que está pidiendo nacer.
les dispensaba de habitar su propio corazón. Es el Espíritu que planea sobre las aguas y las bate con sus
Pero hoy se ha acabado para ellos la nación. Todas las alas gigantes. Siempre parece golpear desde fuera, pero
instituciones que enmarcaban y sostenían al pueblo, inclu- llama desde dentro. Tiene el rostro del otro, del extranje-

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ro, incluso del enemigo; y, sin embargo, es el íntimo, la
profundidad inexplorada. El Espíritu es la llamada crea-
dora en la criatura, el impulso irresistible de nuestro ser
hacia un ser mayor.
La hora en la que el ser humano ya no sabe quién es,
en la que vaga errante como una sombra entre sus propias
ruinas, esa hora de la gran soledad y del vacío es también 4
la hora de los grandes comienzos. Es la hora en que nos vi-
sita lo desconocido, la hora en que el futuro nos atrae ha- Recuerdo tu cariño de joven
cia sí. Es la hora en que el Espíritu nos hace señas, porque
quiere hacerse en nosotros «corazón nuevo», «espíritu
nuevo». Durante todo este tiempo se produjeron muchos aconteci-
mientos en el mundo, pero ninguno en Tel-Abib.
El curso de la historia se detuvo en seco para Israel,
quedó aniquilado y fue reemplazado por el vacío, por la
no-historia, por el tiempo en que no pasa nada. Un tiempo
que ya había anunciado el profeta Oseas: «Porque muchos
años vivirán los israelitas sin rey y sin príncipe, sin sacri-
ficios y sin estelas, sin imágenes ni amuletos» {Oseas 3,4).
Ese tiempo ya ha llegado. A Israel se le ha retirado toda
actividad política y religiosa en cuanto nación. Se le ha de-
negado toda posibilidad de acción entre los hombres. Y no
se trata sólo de que Israel ya no puede actuar en la histo-
ria, sino de que la historia ya no actúa para Israel: le deja
de lado. Para Israel ya no pasa nada. Es el tiempo muerto.
Pero esta no-historia hace posible una nueva historia.
Los hombres y las mujeres de Israel, despojados como na-
ción de toda actividad propia y de todo signo distintivo,
dispersados entre las naciones paganas, son invitados a
volver a su corazón. Ésta es la magna tarea a la que todos
ellos son invitados: «Me la llevaré al desierto y le hablaré
al corazón» (Oseas 2,16), había anunciado Yahvé.

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Los exiliados necesitarán tiempo para comprender el cupo de él, nadie le dispensó los primeros cuidados. No
verdadero sentido de esta migración interior. Están llama- fue lavado. Abandonado en medio de su sangre, rechaza-
dos a una profunda exploración. Es digno de destacar que do por todos como un aborto, estaba destinado a la muer-
lo primero que los profetas se esfuerzan por devolver a es- te {Ezequiel 16,4-5).
te pueblo, que lo ha perdido todo, es la memoria. La me- Es un lenguaje duro que destruye toda complacencia
moria es el camino al corazón: «Recordadlo... volved a en uno mismo y arranca a un pueblo de la imagen excesi-
vuestro corazón: reflexionad, rebeldes, recordad las cosas vamente favorable que se había fabricado de sí mismo, re-
sucedidas desde antiguo» {Isaías 46,8-9; cf. 44,21). Hoy conduciéndolo a su desnudez original: a la pobreza esen-
sabemos la enorme importancia que tiene para la vida del cial del ser humano. Sin embargo, sólo humilla para curar.
alma esa vuelta a las experiencias primeras y ese redescu- Su objetivo es despertar en la conciencia de aquellos hom-
brimiento del tiempo perdido. Israel debe recordar. En el bres y mujeres el sentido de la gratuidad de su existencia
lenguaje profético, recordar y volver al corazón son una y su elección. Israel lo debe todo exclusivamente a la ini-
misma cosa. Se trata de despertar en nosotros aquella me- ciativa de Dios, empezando por su propia vida. Es alguien
moria profunda que forma una misma realidad con nues- de quien Dios tuvo piedad:
tro ser más verdadero y con nuestra vocación primera. La
única ayuda eficaz sólo puede venir de las profundidades. «Pasaba yo a tu lado y te vi chapoteando en tu pro-
Esta vuelta al ser auténtico es un proceso difícil. Pasa pia sangre, y te dije mientras yacías en tu sangre:
necesariamente por la destrucción de la falsa imagen que "Sigue viviendo y crece como brote campestre".
el hombre se hace de sí mismo. En su primera fase se vi- Creciste y te hiciste moza, llegaste a la sazón;
ve como un descenso a los infiernos. Ezequiel, al volver a tus senos se afirmaron y el vello te brotó, pero es-
trazar de manera simbólica la historia de Israel, no duda en tabas desnuda y en cueros.
sumergirlo en su arqueología pagana: «Jerusalén, eres ca- Pasé de nuevo a tu lado y te vi en la edad del
nanea de casta y de cuna: ¡tu padre era amorreo, y tu ma- amor; extendí sobre ti mi manto para cubrir tu des-
dre era hitita! [Así fue tu alumbramiento]: el día en que nudez; me comprometí con juramento, hice alianza
naciste no te cortaron el cordón umbilical» {Ezequiel 16,3- contigo -oráculo del Señor- y fuiste mía.
4). A este pueblo, demasiado orgulloso y demasiado segu- Te bañé, te limpié la sangre y te ungí con aceite.
ro de sí mismo, el profeta lo reenvía a sus oscuros oríge- Te vestí de bordados, te calcé de marsopa; te ceñí de
nes; le recuerda que no es de una esencia superior, que lino, te revestí de seda. Te engalané con joyas: ...es-
procede de tribus idólatras, que está hecho de la común tabas guapísima y prosperaste más que una reina.
pasta humana y que aún conserva profundos lazos con sus Cundió entre los pueblos la fama de tu belleza,
antepasados paganos; pues «no te cortaron el cordón um- completa con las galas con que te atavié -oráculo
bilical». Más aún, el día de su nacimiento nadie se preo- del Señor-. Te sentiste segura de tu belleza y, ara-

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parada en tu fama, fornicaste y te prostituíste con el escarpadas existe una especie de pacto eterno, una alianza
primero que pasaba» {Ezequiel 16,6-15). indestructible. Lo mismo ocurre entre el «corazón» y
Yahvé. En consecuencia, todo puede renacer con el res-
Ahora, abandonado y rechazado de nuevo por todos, plandor de las nieves de antaño. Basta con que Israel vuel-
despojado de todas sus prerrogativas, perdido en el in- va a encontrar, sumido en la admiración, el camino hacia
menso mundo pagano, Israel debe regresar, con gran hu- su «corazón».
mildad, a su punto de partida y restablecer los vínculos «No te acordaste de los días de tu juventud» (Ezequiel
con aquella parte profunda de su ser que depende exclusi- 16,22). Esta queja quisiera hacer brotar desde el fondo del
vamente de la gratuidad de Dios. En su pobreza, es invita- alma una voz olvidada. Es una llamada a las profundida-
do a recordar su verdadera identidad, a reconocerse como des. Intenta despertar aquella sensibilidad primera:
alguien de quien Dios tuvo piedad. ¡Ah, si Israel fuera ca-
paz de acordarse...! «Recuerdo tu cariño de joven,
tu amor de novia,
«¿Acaso olvida una joven sus joyas,
cuando me seguías por el desierto,
una novia su cinturón? por tierra yerma»
Pues mi pueblo me tiene olvidado
un sinfín de días» (Jeremías 2,2)
(Jeremías 2,32) La marcha por el desierto, lo sabemos, no fue siempre
de una fidelidad ejemplar. Fueron muchos los que añoraron
«¿Abandona la nieve del Líbano los alimentos de Egipto y murmuraron contra Moisés. Y
las rocas escarpadas? fue también en el desierto donde el pueblo adoró el bece-
¿Se corta el agua fresca rro de oro, provocando así la cólera de Yahvé. Pero no se
que fluye caprichosa? trata aquí de recordar una página de la historia. La evoca-
Pues mi pueblo me olvida...» ción del tiempo del noviazgo tiene otro sentido; su finali-
(Jeremías 18,14-15) dad no es enumerar determinados acontecimientos del pa-
sado, sino despertar un cierto nivel de profundidad íntima.
La «joven», la «novia», «el agua fresca que fluye»... La celebración lírica del pasado constituye un lengua-
son imágenes que evocan un mundo intacto y maravillo- je simbólico que permite al ser humano explorar lo más
so: el mundo de los comienzos primordiales. Un mundo de original que habita en él y que le pone en contacto con
ensueño, lejano y puro y, sin embargo, siempre presente, unas fuentes ocultas. En cada uno de nosotros, y proce-
permanentemente ofrecido. Un mundo fiel. La nieve no dente del fondo del alma, existe una memoria de la ino-
abandona las cimas elevadas. Entre ella y las altas rocas cencia y del fervor, una memoria que ni las faltas más gra-

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ves consiguen borrar por completo. Sucede que esa me-
moria profunda, al despertar, se aureola con el resplandor
de nuestras experiencias primeras y se confunde con el re-
cuerdo de las mismas. Pero, en realidad, esa memoria vie-
ne de más lejos que nuestros recuerdos más remotos; su
luz le viene de otra inocencia y de otro resplandor. Sí, hay
Otro que se acuerda en nosotros. «Me acuerdo de ti», dice 5
Yahvé. Esta memoria de Dios, en el corazón del hombre,
es la voz de una profundidad intacta, de una reserva de pu- Los ríos de Babilonia
reza y de fervor, ofrecida de manera permanente.
De este ámbito inexplorado sólo se puede hablar de «Los ríos de Babilonia corren y caen,
una manera simbólica, en términos de recuerdos lejanos y y arrastran»
maravillosos, o bien con el lenguaje de una historia amo-
(PASCAL, Pensamientos, Br., 459).
rosa y sagrada. Es así como Yahvé, por boca de los profe-
tas, invitó a su pueblo a volver a los caminos de su infan-
cia y de su juventud: unos caminos cuyo resplandor es el Llegó una carta de la lejana patria: una carta de Jeremías
de la mañana, en esa hora en la que aún ninguna pista ha de Anatot, el cual, recluido durante el asedio de Jerusalén
discurrido sobre el rocío; caminos de admiración que lle- porque aconsejaba abiertamente la sumisión al rey
van al hombre a su corazón. Nabucodonosor, había sido liberado por el rey de Babilo-
Si Israel pudiera acordarse con su corazón, rememorar nia y se había quedado en el país. La carta decía: «Así di-
la profunda llamada y el gran juramento, de nuevo la ce el Señor de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de-
Alianza saltaría a su encuentro como un joven torrente de portados que yo llevé de Jerusalén a Babilonia: Construid
montaña. Entonces algo pasaría para él. Volvería a encon- casas y habitadlas, plantad árboles y comed sus frutos, ca-
trar el tiempo creador. Un tiempo en el que se respira un saos y engendrad hijos e hijas, tomad esposas para vues-
perfume de génesis, en el que la creación no está acabada: tros hijos y casad a vuestras hijas, para que ellas engen-
el tiempo del corazón nuevo. dren hijos e hijas; creced en esas tierras y no mengüéis.
Trabajad por la prosperidad de la ciudad adonde yo os des-
terré y rezad al Señor por ella, porque su prosperidad será
la vuestra» (Jeremías 29,4-7).
La carta causó sensación y produjo un verdadero albo-
roto entre los deportados. Si había que creer a Jeremías, la
cautividad no había hecho más que empezar. A algunos les

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pareció que Jeremías iba demasiado lejos. Un tal Sama- de Harrán y, por Siria, hasta Egipto. Eclipsa a todas las ca-
yas, nejlamita, se apresuró a responder que al hombre que pitales de Oriente por su grandeza y su fasto. El rey
afirmara tales cosas había que entregarlo a los cepos y al Nabucodonosor ha acumulado en ella grandes tesoros. En
calabozo (Jeremías 29,26-28). Babilonia se dan cita el poder, la riqueza y la gracia. Vista
Sin embargo, cada vez era más evidente para todos que desde fuera, la ciudad aparece como una plaza fuerte gi-
el exilio sería largo, muy largo, y que, en consecuencia, gantesca, a la medida del imperio que domina. Su triple
era menester organizarse. De nada sirven los lamentos: muralla de seguridad, de una anchura total de veinte me-
hay que vivir. De ahí que los deportados buscaran trabajo tros, levanta hacia el cielo, a lo largo de kilómetros y kiló-
entre los artesanos del país y entre los comerciantes. Algu- metros, sus incontables torres. Ocho puertas monumentales
nos consiguieron incluso introducirse en palacio y ocupar dan acceso a la ciudad. La más imponente, aquella por la
algún cargo en la administración. que pasan los cortejos reales y las procesiones litúrgicas, es
Al mismo tiempo que su suerte va mejorando, los exi- la puerta de Istar. Desde ella parte hacia el interior, enlosa-
liados se van mezclando cada vez más con la sociedad pa- da de piedras, la Vía triunfal, completamente recta y enlo-
gana. Ésta no carece de atractivos: las ciudades son impo- sada, con una longitud de unos 900 metros y gran cantidad
nentes por su número, su grandeza y la belleza de sus edi- de palacios y templos a ambos lados. La ciudad está levan-
ficios; los gigantescos zigurats de ladrillos esmaltados y tada sobre las dos orillas del Eufrates, unidas por un puen-
abigarrados, los palacios, los bancos, los templos guarda- te de cinco arcos. En la orilla izquierda se eleva el famoso
dos por leones y toros alados, las piscinas, los jardines...: templo de Marduk, con su zigurat de unos cien metros de
todo es digno de admiración. Nippur, aun sin igualar a altura. No lejos de allí se extiende el gran palacio sobre te-
Babilonia, ofrece en escorzo una imagen del imperio y de rrazas con adornos de gres y de basalto, que descienden es-
su maravilloso espectáculo. La ciudad, a la sombra de sus calonadamente hacia el río. Allí se encuentran los maravi-
palmeras, ve afluir hacia ella caravanas y barcos, cargados llosos jardines colgantes, con sus árboles de las más raras
con todos los productos de la creación. Sus mercados esencias, sus cascadas y sus escaleras monumentales. A
abundan en frutas, especias, perfumes, piedras preciosas y ambas orillas del río, reina una gran animación en los mue-
sedería. Y algunas veces, en medio del ruidoso bullicio de lles, en los que se descarga todo tipo de productos y donde
los mercaderes, se adelanta con gran aparato el séquito en- hacen sus negocios innumerables comerciantes.
galanado de alguna embajada que va camino de Babilonia. Sobre semejante prosperidad y poder vela la mirada
Los deportados de Judá, deslumhrados, descubren el es- fascinante de los ídolos: es una mirada extática, desmesu-
plendor del Oriente pagano. rada, presente por doquier, que envuelve y hechiza a toda
¿Y qué decir de Babilonia, «el orgullo de los caldeos»? la sociedad. Es una mirada realmente hipnótica, dotada de
La capital se encuentra por entonces en su apogeo. Su au- un tremendo poder de sugestión. Estos ídolos de ojos
toridad se extiende desde el golfo Pérsico hasta las colinas enormes, con la cabeza hundida entre los hombros -he-

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rencia de la religión sumeria-, no son la imagen de ningu- su brazo no les dio la victoria;
na criatura; son, a su manera, lenguaje de lo sagrado. Sim- sino tu diestra y tu brazo
bolizan los poderes primordiales. Ponen al hombre, junto y la luz de tu rostro, pues Tú los amabas.
con todas sus actividades, en relación con esos poderes; lo ¡Tú eres mi Rey, ¡oh Dios!,
integran en el gran poema de la creación, en el orden cós- que asignas las victorias a Jacob!
mico que simboliza Marduk. En determinados días del año, {Salmo 44,2-5)
estos ídolos son conducidos a hombros y paseados con
gran pompa por la ciudad. El momento más solemne de la Eso es lo que les han enseñado desde siempre. ¿Acaso
vida religiosa es el Año Nuevo, en el equinoccio de prima- no ha sido la historia de su pueblo, desde Abrahán hasta el
vera. Es entonces cuando los dioses de todas las grandes rey Salomón, un largo ascenso hacia el poder, bajo la guía
ciudades del imperio vienen a Babilonia para visitar a de Yahvé, el Todopoderoso? Verdaderamente fueron nue-
Marduk, el dios de los dioses: danzantes y danzarinas evo- ve siglos de enriquecimientos sucesivos y de incremento
lucionan lentamente en dos filas, en medio de alaridos y del poder. Ya los patriarcas se habían visto colmados de to-
palmadas; se recita el Poema de la Creación; todo el pue- da clase de bienes. Yahvé había multiplicado sus hijos, sus
blo celebra la renovación: la eterna victoria de Marduk. rebaños y sus días. Más tarde, cuando Israel cayó esclavo
Los deportados de Judá no escapan a la fascinación de en Egipto, lo liberó «con mano fuerte y brazo tenso» y lo
esta sociedad en la que están sumidos. Es perfectamente enriqueció con los despojos de los egipcios. Lo convirtió
lógico y natural que les turbe el poder que se ostenta an- en un pueblo y expulsó ante él a los otros pueblos. Le dio
te sus ojos y que parece arraigar en lo eterno. Les plantea una tierra donde manan leche y miel. Israel se instaló en
ciertas preguntas angustiosas. Desde siempre el nombre ella, y allí se desarrolló y prosperó y se hizo fuerte. Y un
de Yahvé ha sido para ellos sinónimo de poder. ¿Acaso no día accedió a la realeza. Su fama se difundió entonces en-
es Yahvé el Todopoderoso? ¿No fue así como se dio a co- tre las naciones. Jerusalén, su capital, pudo rivalizar en in-
nocer a sus padres y como ellos mismos aprendieron a fluencia y en fasto con las capitales de los países vecinos.
conocerlo? ¡Cuánto camino recorrido desde Abrahán, el pastor nóma-
da...! Este lento pero continuo ascenso hacia el poder y la
«¡Oh Dios!, con nuestros oídos lo escuchamos, gloria alcanzó su apogeo bajo el reinado de Salomón:
nuestros padres nos lo contaron: «Yahvé engrandeció a Salomón ante todo Israel y le otor-
la obra que realizaste en sus días, gó una majestad regia que no habían conocido los reyes
antaño, y por tu mano. anteriores de Israel» (1 Crónicas 29,25). Fue entonces
Desposeíste naciones y los plantaste a ellos, cuando se construyó el Templo, el cual, por sus propor-
trituraste naciones y a ellos les hiciste prosperar. ciones, su riqueza y su esplendor, era el símbolo de todo
Pues no se apoderaron de la tierra por su espada, el poder y la gloria que Yahvé había dado a su pueblo. Era

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en verdad el signo tangible de la presencia del Todopode- cesiones solemnes en su honor...! A través de los ritos an-
roso en medio de su pueblo. tiguos y los esplendores de la liturgia podrían recobrar el
¿Qué queda hoy de todo aquel poder? Nada. Todo ha si- aliento y encontrar alguna seguridad. Pero incluso eso se
do aniquilado. La nación se ha precipitado en el abismo. El les niega. Ya no tienen ni altar ni sacrificio.
pueblo de Yahvé se ha convertido en el más débil y despre- «¿Dónde está Yahvé, vuestro Dios?», les preguntan los
ciable de los pueblos. ¿Dónde está Yahvé en medio de se- paganos con risa burlona. Pero en el fondo de ellos mismos
mejante desastre? ¿Qué hace? ¿Dónde está su omnipoten- también los deportados se hacen angustiados la misma pre-
cia? A los deportados de Israel les asaltan las preguntas. gunta. ¿Acaso este silencio de Dios sería el testimonio de
Ellos han pecado, es cierto. Lo reconocen al menos los su impotencia? ¿Habría sido vencido Yahvé junto con su
mejores de entre ellos. Han desconfiado de Yahvé al aliar- pueblo? ¿Es realmente el Todopoderoso? ¿Es el Único? ¿O
se con otras naciones y otros dioses y al querer llevar sus quizá no es más que un dios entre otros muchos e incluso
asuntos por sí mismos. Pero ¿han pecado más que sus pa- menos poderoso que otros? El alma de Israel está sumida
dres, a quienes Yahvé se apresuró siempre a perdonar? en una noche semejante a la del antiguo caos. Los exilia-
Entonces, ¿por qué ese tratamiento tan riguroso? ¿Por dos han perdido muchas cosas en la tormenta. Han perdido
qué esa devastación sin precedentes? Y, sobre todo, ¿por su patria y sus bienes; han perdido su honor y su indepen-
qué ese silencio interminable? Antaño, cuando el pueblo dencia; han perdido también a sus allegados y amigos. Pero
se extraviaba, Yahvé lo castigaba, pero enseguida le per- hay algo aún peor que todo eso: han perdido a su Dios.
donaba para no provocar la arrogancia de las naciones pa- «¿Dónde está Yahvé?» Ésa es la pregunta que se ha-
ganas. «En ti confiaron nuestros padres; confiaban y los cen. Pero ninguno de ellos se pregunta todavía: «¿Quién
ponías a salvo; a ti gritaban y quedaban libres, en ti con- es Yahvé?». El silencio de Dios significa para ellos, sim-
fiaban y no los defraudabas» (Salmo 22,5-6). Y el perdón plemente, que Dios ha dejado de responder a la idea que
se manifestaba en un retorno a la prosperidad y al poder. ellos se habían formado de él, a la descripción que de él
Éste es el retorno que los deportados querrían ver esbo- les habían dado. Ninguno de ellos se dice en su corazón:
zarse en el horizonte. Esperan, acechan un signo de poder. «No conozco a Yahvé, no conozco sus caminos». ¡Están
Pero pasan los años y no aparece ningún signo. ¡Si al me- todos tan seguros de conocerlo como si él y ellos se hu-
nos vieran el comienzo de algo...! Pero nada. ¿Por qué se- bieran criado y crecido juntos! Israel ha perdido a su Dios,
mejante abandono? ¡Oh, qué extraño silencio este, en el pero todavía no se ha descubierto como pobre de Yahvé,
que Dios se ha retirado! pobre en su conocimiento. Murmura: «Por más que grito:
Se ha hecho de noche en el alma de Israel. Días «de os- "¡Socorro!", se hace sordo a mi súplica; me ha cerrado el
curidad y nubarrones», se dice en el libro del profeta paso con sillares y ha retorcido mis sendas» (Lamentacio-
Ezequiel (34,12). ¡Si al menos pudieran los exiliados ce- nes 3,8-9). Israel no sabe que esos sillares no son más que
lebrar su culto, ofrecer sacrificios a Yahvé, organizar pro- el reflejo de su propio corazón.

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El vado de medianoche

Han pasado los años. Mucha es el agua que ha llovido so-


bre la llanura, y muchas las ilusiones que se han desvane-
cido en los corazones. Algunos deportados han perdido to-
da esperanza de volver a su tierra. Otros han muerto y han
sido enterrados en tierra pagana. En compensación, han
nacido niños; pero sus padres apenas han podido alegrar-
se en torno a sus cunas.
Con todo, la situación de los exiliados ha ido mejoran-
do notablemente con el tiempo. Han construido y planta-
do, siguiendo la recomendación de Jeremías. Los más há-
biles se han lanzado a los negocios, y con éxito. Algunos
están a punto de adquirir enormes fortunas; habitan en
preciosas villas, mantienen numerosas relaciones y se ha-
cen servir por cientos de esclavos. En el cantón de Nippur,
situado en el Eufrates medio, los pueblos de los israelitas
prosperan. Y junto con la riqueza ha llegado también la in-
fluencia. Los hijos de Jacob tienen ahora sus propias vías
de acceso a la corte imperial. El sucesor de Nabucodono-
sor les manifiesta abiertamente su benevolencia.
La vida de la colonia judía podría haberse reducido a
este enriquecimiento. En tal caso, la historia no habría
conservado otras más huellas de su exilio que algunos li-

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bros de cuentas, como los del banco Murashu, que conta- Por la noche, cuando se han apagado todos los ruidos,
ba a muchos judíos entre sus clientes. Sin embargo, para estos hombres y estas mujeres se recogen en un religioso
un cierto número de deportados el exilio adquirió otra di- silencio. A su alrededor, y hasta el infinito, el Imperio se
mensión: se transformó en una de las aventuras espiritua- duerme. La noche toma posesión de la tierra. Pero allá
les más elevadas. Aunque estos hombres y estas mujeres arriba, en un cielo puro y sin velo, se encienden las estre-
ya no sufren materialmente, no por ello dejan de estar pro- llas por millares. ¡Cuántas estrellas! Entonces acuden a la
fundamente insatisfechos. Ni toda la riqueza del Creciente memoria de los hombres y las mujeres de Judá estas pala-
fértil habría bastado para colmarlos. Es otra cosa lo que bras: «Mira el cielo; cuenta las estrellas si puedes. Así se-
ellos esperan. El profeta Ezequiel les había dicho: rá tu descendencia» {Génesis 15,5). Se despierta en ellos
«Haceos un corazón nuevo». Estas palabras acabaron en- la Promesa inmensa; se les hace presente; les interpela y
contrando en ellos un eco profundo. Ahora aspiran a esa vuelve a poner ante sus ojos la verdadera dimensión de su
renovación. destino. Se les ha prometido la grandeza: «Haré de ti un
Hacerse un «corazón nuevo» no es sólo cambiar de gran pueblo... Con tu nombre se bendecirán todas las fa-
manera de ver, de sentir, de pensar y de querer. Se trata de milias del mundo» {Génesis 12,2-3). «Serás padre de una
un proceso más radical. Es reencontrar el impulso de la multitud de pueblos» {Génesis 17,4). ¿No son ellos los hi-
vida, la savia ascendente, el entusiasmo creador. Es volver jos de esta Promesa? Sin duda: ellos son los hijos y los he-
al manantial que brota. En una palabra: renacer. rederos; es a ellos a quienes corresponde hoy recoger esa
¿Cómo pueden renacer estos hombres? ¿Cómo unos herencia; sobre ellos reposa el futuro de la Promesa. Sobre
seres desarraigados pueden volver a hundir sus raíces en la su fe, y sobre nada más. ¡Qué responsabilidad! Si ellos se
tierra nutricia y encontrar en ella el impulso de la vida, desentienden, habrá acabado para siempre la grandeza de
cuando hasta el suelo les falta? Estos hombres y estas mu- Israel y la bendición de las naciones.
jeres saben que han dejado de ser una potencia en este Ahora bien, ¿cómo seguir creyendo en la Promesa? En
mundo. No se hacen ilusión alguna al respecto, sobre todo la situación en que se encuentran, la Promesa parece una
los más pobres y humildes. Sin embargo, no por ello re- burla. En vez de aquel «gran pueblo», ellos no son más
nuncian a la Tierra prometida. Ni a la grandeza. Sus cora- que un pequeño resto disperso entre las naciones. ¡Objeto
zones se niegan a este abandono. Y han aprendido a escu- de la chanza y la risa de todos los pueblos: en eso es en lo
char a sus corazones. De una manera oscura, pero inven- que en realidad se han convertido! Todo les invita al es-
cible, se sienten llamados a grandes cosas. En lo más pro- cepticismo y a la negación: su reducido número, su impo-
fundo de ellos mismos hay una fuerza que rechaza la ten- tencia y la actitud groseramente oportunista de muchos de
tación de la decadencia y la desaparición. Esta fuerza mis- ellos, que se han instalado en su exilio como un rebaño de
teriosa que asciende en ellos desde el fondo de su historia becerros en pastos abundantes. ¡Vete a hablarles a ésos de
les obliga a mirar hacia el futuro. la Tierra prometida y de la grandeza...! ¿Esperan algo

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Pues bien, no; Jacob no huirá, no dará marcha atrás,
más? Nada. Y, desde luego, nada de un «corazón nuevo».
hará frente al peligro. ¡Pase lo que pase! Jacob sólo tiene
Pero lo peor no es eso.
sus manos desnudas. Pero cuenta con la Promesa. El Se-
Lo peor es ese sentimiento de indignidad que se intro- ñor Yahvé le ha prometido esta tierra y se ha comprometi-
duce de manera solapada en el alma y destila en ella su ve- do a llevarlo de nuevo algún día a su tierra: «La tierra en
neno y les deja frente a frente con una conciencia envene- que yaces te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descen-
nada, desesperada. Han sido sus repetidas infidelidades las dencia será numerosa como el polvo de la tierra; te exten-
que les han expulsado de la Tierra prometida. Han man- derás a occidente y oriente, al norte y al sur. Por ti y por tu
chado tanto y tan a fondo esa Tierra que, al final, ella mis- descendencia todos los pueblos del mundo serán benditos.
ma los ha vomitado. Y ahora Yahvé ha puesto a su ángel Yo estoy contigo, te acompañaré adonde vayas, te haré
con la espada de fuego para impedirles el acceso, como volver a este país...» (Génesis 28,13-15). Nadie en el mun-
antaño ante la puerta del jardín de Edén. En consecuencia, do puede nada contra esta Promesa. De ahí que Jacob re-
es inútil esperar volver a entrar en ella. Carretera cortada. sista con toda la fuerza de su fe. Resiste bien el primer
Reino prohibido. Hay días en que la conciencia de su in- asalto, después el segundo.
dignidad se hace tan densa y tan violenta que oscurece to- Cuando ya lleva un tiempo en ese cuerpo a cuerpo, y
do su horizonte y se yergue sobre su camino como una tras haber tanteado bien a su adversario, Jacob siente, en
montaña infranqueable. Entonces, para estos hijos e hijas el extremo de sus brazos y en el fondo de su alma, que se
de Israel se renueva el antiguo combate de Jacob.
las está viendo con una potencia sobrehumana. No está lu-
También Jacob se vio privado brutalmente de la posi- chando con un hombre, sino contra el Todopoderoso.
bilidad de acceder a la Tierra prometida, justo en el mo- ¿Qué puede él contra esa fuerza que hace vivir y mo-
mento en que se disponía a volver a ella después de vein- rir? ¿Qué derecho, qué mérito puede invocar? En este mo-
te años de exilio. Había llegado sin obstáculos hasta la mento, Jacob se ve desnudo ante el Dios vivo. Más vale,
frontera, hasta el vado del Yaboq. Sus dos mujeres, sus hi- sin duda, abandonar la luchar y doblar la rodilla.
jos, sus siervos y sus rebaños ya habían cruzado el torren- Jacob rechaza esta tentación. Es verdad que no puede
te. Él se había quedado en la otra orilla. Había caído la no- hacer valer ningún mérito. Pero Dios ha prometido, y
che, y Jacob quería pasarla solo. Solo con el pensamiento Jacob se aferra a esa Promesa. Ella es su arma, y no la de-
del retorno. Pero he aquí que, de repente, alguien surge de jará. Continúa luchando con feroz intensidad. Lucha por
la sombra y se abalanza sobre él. Jacob cae inmediata- esa tierra y ese destino de grandeza que se le han prome-
mente en la cuenta del peligro. Carece de defensa. No hay tido. Lucha por su descendencia y por todas las naciones
nadie para socorrerlo. No tiene nada que ofrecer a cambio de la tierra, que serán benditas por él. Lucha por el futuro
de su vida. Todos sus bienes están al otro lado del torren- del mundo. Nunca se había sentido tan pobre y tan libre.
te. Está solo y pobre, como en el día de la muerte. No le Maravillosamente libre. Y cuanto más despojado se ve,
queda más salida que huir.
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cuanto más suspendido de la sola Promesa, tanto más sien- ria. Pero ¿no les pareció eso mismo también a los patriar-
te crecer su fuerza. cas? ¿No resonó también como una burla en los oídos de
Y pasan las horas de la noche sin que el Otro pueda Abrahán? Este ya era por entonces centenario, no tenía hi-
vencerlo. Este último, al ver que no puede conseguir la vic- jos, y su cuerpo ya no era más que una ruina. Y el seno de
toria, da a Jacob un fuerte golpe en la articulación del mus- Sara, su mujer, también estaba yerto. Si consideramos las
lo. Jacob se estremece en todo su ser. La articulación del cosas desde un punto de vista humano, la Promesa era,
muslo se le queda paralizada. Pero él no suelta su presa. desde los comienzos, un desafío al sentido común. Ade-
Llegan ya las primeras claras del día. Entonces el desco- más, al oírla, Sara no pudo contener la risa. Sólo Abrahán
nocido dice a Jacob: «"Suéltame, que despunta la aurora". creyó. Creyó contra toda esperanza, con toda la seriedad y
Y él responde: "No te suelto si no me bendices"» (Génesis toda la ingenuidad de un corazón nuevo. Creyó en el
32,27). Estas palabras -las primeras de toda la noche- ha- «Dios que da vida a los muertos y llama a existir lo que no
cen que una lucha a muerte se transfigure en una lucha existe» (Romanos 4,17).
amorosa, en una lucha de reconocimientos. Dios reconoce A una fe como ésta están llamados los exiliados. Hasta
que ya no puede volverse atrás: está ligado por su Promesa, este día sólo han contado con ellos mismos, con sus pro-
vencido por ella; y lo acepta. Entonces dice a Jacob: «Ya pias fuerzas y con las alianzas políticas y militares. Busca-
no te llamarás Jacob, sino Israel, pues has luchado con dio- ron la grandeza donde no se encontraba; la redujeron a la
ses y hombres y has podido» (Génesis 32,29). medida de sus mediocres ambiciones. En consecuencia,
Jacob, por su parte, quisiera saber el nombre de su ad- estaban en peligro de muerte. Pero he aquí que en algunos
versario: «Dime tu nombre» (Génesis 32,30). Pero Dios de ellos se hace oír un lenguaje nuevo: «El que camina en-
sigue siendo Dios. No le dirá su nombre. Se contenta con corvado y desfallecido, los ojos que se apagan, el estóma-
bendecirlo. Entonces, en el esplendor de la mañana, Jacob, go hambriento reconocerán tu honor y tu justicia, Señor.
cojo pero rutilante de bendiciones divinas, cruza el torren- Nuestras súplicas no se apoyan en los derechos de nues-
te que echa espuma a sus pies. Vencedor y lisiado al mis- tros padres y reyes, Señor, Dios nuestro» (Baruc 2,18-19).
mo tiempo, entra en la tierra prometida. «He visto a Dios Los que así hablan no intentan volver a crear su propio
cara a cara y he salido vivo» (Génesis 32,31). Así fue co- personaje apoyándose en los méritos de sus gloriosos an-
mo Jacob introdujo el destino del mundo en el Reino. tepasados o en sus méritos personales. No se valen de la
Hoy, en la noche del exilio, los hijos de Israel, los des- recomendación de nadie, y menos aún se recomiendan a sí
cendientes del que había «luchado con dioses y hombres y mismos. La espiga que creían repleta de buen grano no
había podido», tienen que sostener ese mismo combate. contenía más que cascabillo y viento. Y ellos lo saben y lo
Conocen la misma soledad, la misma agonía, el mismo aceptan. Se han convertido en pobres ante Dios. Pero
sobresalto. Disponen también de la misma arma: la creen, como Abrahán, en el «Dios que da vida a los muer-
Promesa. Ésta puede parecer muy remota y frágil e irriso- tos y llama a existir a lo que no existe». Creen en el Dios

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de la Promesa. Y nada puede resistir a esta fe. Ni siquiera
el recuerdo de sus faltas ni el sentimiento de su indigni-
dad. Lo han barrido todo. Sólo queda el esplendor de la
Promesa.
Para estos hombres y estas mujeres el exilio ha dejado
de ser una desgracia o una maldición y se ha convertido en
el lugar donde el ser humano, desde el fondo de su noche, 7
tiene que vérselas con el Dios vivo.
Han sonado las campanadas de medianoche. El día aún La experiencia de la trascendencia
está lejos. Pero aquí comienza la otra vertiente de la noche.
«Hay en el Antiguo Testamento judío, observa Nietzsche,
hombres, cosas, palabras de un estilo tan elevado que los
textos sagrados de los griegos y de los hindúes no tienen
nada que se les pueda comparar». Entre los textos que me-
recen este elogio, tal vez convenga citar estas palabras que
leemos en el libro de las Lamentaciones:
«Ha cesado el gozo del corazón,
nuestras danzas se han trocado en duelo;
se nos ha caído la corona de la cabeza:
¡ay de nosotros, que hemos pecado!
El monte Sión está desolado,
y los zorros se pasean por él.
Pero tú, Señor, eres rey por siempre,
tu trono dura de edad en edad»
(Lamentaciones 5,15-16.18-19)

Estas palabras se alzan por encima de las ruinas de to-


do un pueblo, por encima de la destrucción de todo lo que
dicho pueblo consideraba más poderoso y sagrado.
Expresan la experiencia más profunda, y también la más

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desgarradora, que el ser humano puede tener de la tras- de que en el pensamiento de Israel no se concibe a Yahvé
cendencia de Dios. Proclaman que Yahvé no está vincula- sin su pueblo. Yahvé sin su pueblo ya no es Yahvé. Este
do a nada: ni al Templo ni a Jerusalén ni a la Realeza ni a vínculo entre Yahvé y la historia de su pueblo constituye
la Tierra. Todo eso puede hundirse y desaparecer. Perma- el fondo mismo de la fe de Israel. Conocer a Yahvé, para
nece, sin embargo y a pesar de todo, esta realidad incon- Israel, no es descubrir los misterios y los secretos de la
mensurable: Yahvé reina. esencia divina, sino experimentar una presencia: una pre-
Estas palabras encierran una grandeza infinita. No crea- sencia que actúa en la tierra en una historia humana con-
mos con demasiada facilidad que hemos examinado por creta y precisa; una presencia que se manifiesta ante todo
completo todos sus elementos. Lo que afirman no es algo como una fuerza de liberación: «Yo soy el Señor, tu Dios.
que caiga por su propio peso. Incluso contradicen, a pri- Yo te saqué de Egipto, de la esclavitud» (Deuteronomio
mera vista, la fe profunda de Israel. En efecto, para el pue- 5,6; cf. Éxodo 20,2). «Está en medio de ti el Señor, tu
blo de la Biblia «es aquí abajo, en la tierra, donde se jue- Dios, un Dios grande y terrible» (Deuteronomio 7,21). Es
ga en toda su plenitud el destino religioso del ser humano. imposible, por tanto, separar la fe en Yahvé de la fe en su
Pues aquí abajo no se encuentra sólo la morada del hom- presencia en medio de su pueblo.
bre, sino también la residencia de Dios» (NEHER, Moise et Una fe semejante, lejos de arrastrar al ser humano a
la vocationjuive, París 1956, p. 175). Nada hay más ajeno una contemplación solitaria e intemporal de la esencia di-
a Ja experiencia religiosa de Israel que la idea de un Dios vina, Je destina a la acción en el mundo. Le impulsa a
separado, retirado en un más allá supraterreno e intempo- afrontar el tiempo de la historia; y la misma fe se alimen-
ral. Cuando se despertó, después de una noche pasada al ta del acontecimiento. El éxodo fue uno de esos aconteci-
raso, Jacob exclamó: «¡Realmente está el Señor en este lu- mientos tallados en la carne viva de la historia: un aconte-
gar, y yo no lo sabía!» (Génesis 28,16). Éste es un dato cimiento físico, social, político, a la vez que espiritual y
fundamental y permanente de la fe de Israel: la Gloria de religioso; una liberación tanto del cuerpo como del alma.
Yahvé está en la tierra, pero no a la manera de las divini- Las largas andaduras por el desierto no fueron en modo al-
dades paganas que se manifiestan en las fuerzas cósmicas guno la búsqueda de una soledad en la que los humanos
y vitales, sino en cuanto que está vinculada a un pueblo y hubieran elegido instalarse, fuera del tiempo, en la paz de
a su historia. «Yo soy el Señor, Dios de Abrahán tu padre la contemplación. Bien al contrario, el desierto fue el lu-
y Dios de Isaac... Yo estoy contigo», le dice Dios a Jacob gar donde Israel se preparó para asumir valerosamente su
(Génesis 28,13.15). A Moisés se le revela de la misma ma- destino en el mundo; fue el crisol donde se formó un pue-
nera: no sólo como alguien que vive cerca del hombre en blo original, con su ley propia y su vocación histórica par-
general, sino cerca de unos seres humanos concretos y ticular. En el desierto se anudó, en la conciencia de Israel,
particulares (Éxodo 3,15). Está vinculado a unos seres per- un vínculo indisoluble entre el Eterno y el tiempo de la
sonales, a su historia y a su descendencia, hasta el punto historia.

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Con la fuerza que le otorgaba esta conciencia, Israel se un sobresalto de fe: «Se nos ha caído la corona de la ca-
lanzó a la conquista de la Tierra prometida. Expulsó a los beza... Pero tú, Yahvé, eres rey por siempre, tu trono dura
pueblos que tenía ante sí. Ocupó el país, plantó, edificó, de edad en edad». Lo que equivale a decir: «Tu reinado no
gobernó. Se entregó a fondo a su aventura humana, divina fracasa por nuestros fracasos; no está ligado a nuestras vi-
y terrena a la vez. Cada vez con más éxito y audacia. Y un cisitudes humanas; no está ligado a nada. Prosigue y se
día se elevó a la realeza, con la ayuda de Yahvé: «Diadema afirma incluso a través de nuestra devastación».
de lujo te puse en la cabeza» (Ezequiel 16,12). Ahora rei- Reconocer esto es dejarse agarrar por la pura grandeza
naba el pueblo de Yahvé. Y Yahvé mismo reinaba en la tie- de Dios: Yahvé no se confunde con sus criaturas; incluso
rra a través de su pueblo. cuando multiplica las alianzas con ellas, no se encuentra en
Esta voluntad de actuar en el mundo con el poder de el mismo plano que ellas; es siempre el Único. Y ante esta
Yahvé se afirma a lo largo de toda la historia de Israel. Se pura grandeza, el ser humano guarda silencio y adora.
encuentra hasta en sus mismos extravíos. Y precisamente ¿Equivale esto a decir que Israel renuncia aquí a su in-
en la perspectiva de esta voluntad de eficacia temporal es tuición más profunda, la de la presencia de Dios en la his-
como las palabras citadas más arriba adquieren todo su toria, para refugiarse en una Trascendencia desvinculada
sentido: «Se nos ha caído la corona de la cabeza». Estas de este mundo? ¿Renegaría Israel de su vocación propia,
palabras expresan un fracaso profundo, total. Constatan la que es la de unir al Eterno con el tiempo de la historia, pa-
ruina de todo lo que un pueblo entero no ha cesado de per- ra volverse a un Dios que reina más allá de la historia?
seguir. Tocan a muerto: la muerte de una esperanza y de Seguro que no. El reconocimiento del reinado de Yahvé
una razón de ser. Y es que semejante fracaso no sólo se incluso en la devastación de su pueblo tiene un sentido
siente dolorosamente; es que no es posible vivirlo más que completamente distinto. Para Israel, Yahvé es y sigue sien-
como un escándalo. Pone de manifiesto que Yahvé no es- do el Dios presente en la historia; y ello de una manera so-
tá presente a su pueblo, como éste pensaba. Yahvé no ha berana: es el señor de la historia. Pero lo que los deporta-
intervenido en ningún momento para impedir lo irrepara- dos empiezan a entrever, a la luz de la experiencia del exi-
ble en la gran desgracia que se ha abatido sobre Israel. Ha lio, es que el reinado de Yahvé no se deja asimilar a un po-
dejado que los acontecimientos se desarrollen y evolucio- der político; que su grandeza pertenece a otro tipo de
nen siguiendo rigurosamente su propia dinámica implaca- grandeza; y que sus caminos son misteriosos. Este reina-
ble. Ha abandonado a su pueblo a la derrota y a la ver- do es inseparable del misterio mismo de Dios; es el más
güenza. En suma, Yahvé ha sido el gran ausente. Por tan- allá en el corazón de la historia.
to, la conclusión lógica de todo esto sería: «Ha terminado
nuestro reinado, pero también el de Yahvé».
Sin embargo, he aquí que desde lo más profundo de su
desconcierto la conciencia religiosa de Israel exclama en

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8
Los corazones quebrantados

Volver al Dios vivo supone siempre reencontrar al Dios


misterioso. Yahvé reina, a pesar de las ruinas acumuladas
sobre su pueblo. Pero de este reinado no queda ninguna
huella, ningún signo. La noche es total. «Ya no tenemos ni
príncipe ni jefe ni profeta. Ni holocaustos ni sacrificios ni
ofrendas ni incienso. Ni lugar donde ofrecerte primicias y
alcanzar tu misericordia» (Deuteronomio 3,38-39).
Entonces, en medio de la noche se eleva el canto del
pobre: «...que al menos te sean agradables nuestro corazón
quebrantado y nuestro espíritu humillado; ... ése será el sa-
crificio que hoy te ofrecemos» (Deuteronomio 3,39-40).
«Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holo-
causto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu que-
brantado; un corazón quebrantado y humillado tú, Dios,
no lo desprecias» (Salmo 51,18-19). En el centro mismo
de esta oración germina una certeza, se filtra una luz. Pero
es mucho más que una simple certeza o un rayo de luz. Es
un encuentro inaudito. El Dios que está por encima de to-
das las cosas, que no está ligado a nada -ni al Templo ni a
Jerusalén ni a la Tierra ni a ninguna institución-, se reve-
la como cercano al «corazón quebrantado», está misterio-

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sámente presente en él. «Yahvé se mantiene próximo al Todo esto lo hicieron mis manos,
corazón quebrantado»: esta verdad, que la Biblia enuncia y todo es mío
en muchas ocasiones, ha brotado de la prueba del exilio. -oráculo del Señor-.
Ésta es ia estremecedora experiencia que están a punto de Pero en quien pondré mis ojos
vivir estos hombres y estas mujeres que han aceptado en- es en el humilde y en el abatido
trar en la noche de Dios. que se estremece ante mis palabras»
Tenemos un eco de esta experiencia en las palabras (Isaías 66,1-2)
que el profeta Isaías pone en boca de Yahvé:
«Así dice el Alto y Excelso, Estas palabras no son un mero mensaje de consuelo.
Expresan además una verdad que no ha podido ser descu-
el que habita en las moradas eternas,
bierta más que en la experiencia de la devastación y que
cuyo nombre es Santo:
afecta enormemente a la revelación del Dios vivo. El mis-
"Yo moro en la altura sagrada,
terio de Dios es también el de esta proximidad. Existe un
pero estoy igualmente con los de ánimo
vínculo profundo y esencial entre la revelación de Dios en
humilde y quebrantado,
el mundo y la experiencia que la Biblia designa con estas
para reanimar a los humildes,
sencillas palabras: «el corazón quebrantado». La revela-
para reanimar los corazones quebrantados"»
ción del Dios vivo pasa por esta experiencia.
{Isaías 57,15) Hablar del «corazón quebrantado» como el lugar pri-
vilegiado donde Dios se revela no supone encerrarnos en
La altura sagrada donde mora el Alto y Excelso es su el subjetivismo. Cuando la Biblia habla así del «corazón»,
propio misterio, su ser santo e impenetrable. Esa morada no pretende en modo alguno exaltar un cierto sentimenta-
es la única que le conviene, la única digna de él, la única lismo religioso. Ningún romanticismo podría dar cuenta
a su medida. Nadie puede pretender elevarse hasta esta de la experiencia bíblica del «corazón quebrantado». Tam-
morada eterna y cruzar su umbral. Pero el Dios inaccesi- poco podría hacerlo fervor pietista alguno. Se trata de al-
ble hace saber aquí que entre él y el «corazón quebranta- go completamente distinto.
do» queda abolida toda distancia. Aquel que está infinita- El «corazón», en el lenguaje de la Biblia, designa la re-
mente por encima está también misteriosamente «con». alidad profunda del ser humano, en oposición a la apa-
Yahvé habita en el «corazón quebrantado»: riencia y a la mentira. El «corazón» es la fuente secreta de
«El cielo es mi trono, nuestras energías íntimas y primordiales: «Por encima de
y la tierra, el estrado de mis pies. todo, guarda tu corazón, porque es de él de donde brotan
¿Qué templo podréis construirme los manantiales de la vida» {Proverbios 4,23). La psicolo-
o qué lugar para mi descanso? gía freudiana pone a «eros» en el centro y en la raíz de

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nuestro ser psíquico. La Biblia también. Pero para ella ese das. Ya no habita en su «corazón». Anda errante por una
amor fundamental no se reduce al deseo posesivo y agre- tierra extranjera, al servicio de dioses extranjeros (Jere-
sivo. No es eso primariamente. Existe en el ser humano, mías 5,19). Está vaciado de su propia sustancia. Las pala-
antes que cualquier otra realidad, una fuerza amorosa que bras más profundas sobre este estado de alineación fueron
lo religa al misterio del ser. El «corazón» es esa fuerza ori- dichas por el profeta Jeremías: «Siguieron tras vaciedades
ginal de comunión con todo cuanto es. Está dotado, por y se quedaron vacíos» (2,5).
tanto, de una profundidad insondable que le emparenta A partir de ahí se comprende que, para los profetas,
con el mismo amor creador. Es por su «corazón» por lo volver a Yahvé y volver al «corazón» no sean más que una
que el ser humano es imagen de Dios. Las fuerzas que ha- única realidad. El ser humano sólo existe y se encuentra
bitan en el corazón del hombre, lejos de encerrarle en sí realmente en el movimiento que le abre a Aquel que es.
mismo, le impulsan hacia los demás; le abren a la magna Sólo en esta apertura está en sí mismo. Es ahí donde ad-
forma de la bondad y, a través de ella, a Dios. Es digno de quiere su talla plena. Sólo ahí respira sus aires natales.
destacar que, para los profetas, volver al «corazón» y vol- Pero este retorno al «corazón» no es posible sin una es-
ver a Dios constituye un mismo y único proceso (Isaías pecie de fractura. El pequeño mundo en el que el hombre
46,8-9). Al volver a su «corazón», el ser humano recupera se ha encerrado debe estallar. Poco importa de dónde ven-
la dimensión profunda de su ser, la que vuelve a ponerle gan los golpes bruscos que le hagan tambalearse: al fin se
en contacto con el Dios vivo. ha abierto una brecha en nuestros muros, y ahí estamos
Ahora bien, el hombre puede desviar su «corazón» de ahora privados de nuestra seguridad, entregados a la reali-
su orientación primordial. «El corazón, escribe Pascal, dad plena, desnuda y salvaje. «La Ciudad ha sido toma-
ama naturalmente el ser universal y se ama naturalmente a da», el Templo destruido. Ahí empieza la experiencia del
sí mismo, según se entregue a ello, y se endurece contra «corazón quebrantado». Se presenta primero como un
uno u otro según a su gusto» (Pensamientos, Br. 277). Ahí gran vacío. El ser humano ya no encuentra nada en que
está el drama. El ser humano puede elegirse a sí mismo de poner su seguridad. Se acabó la tierra firme bajo sus pies.
una manera exclusiva y absoluta. Se erige entonces en Sólo tempestad y noche. Como exclama Jeremías: «Se me
centro del mundo y reduce todas las cosas a la medida de rompe el corazón en el pecho, se me dislocan los huesos,
sus deseos y de sus ambiciones. Entonces se cierra no só- estoy como un borracho, como uno vencido por el vino, a
lo a los demás, sino a su propia profundidad: a esa parte causa del Señor y de sus santas palabras» (Jeremías 23,9).
santa y reservada de su ser que lo religa al misterio del ser Esta devastación sumerge al alma en una angustia sin
y al mismo Dios. El «corazón» se oscurece; se convierte fondo. Sin embargo, esto no es aún más que un primer as-
en un pozo de sombra. Es el tiempo de los ídolos. Y el pecto de la experiencia del «corazón quebrantado». Dice
tiempo de los ídolos es siempre el del exilio. El ser huma- Yahvé: «Voy a hundirlos en la angustia, de modo que den
no vive lejos de su ser verdadero y de sus raíces profun- conmigo» (Jeremías 10,18). El «corazón quebrantado» se

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abre al huracán; consiente en ser despojado de todo lo que quebrantado» es ante todo esto: un corazón maravillado
le servía de refugio, perder todas sus seguridades. Acepta por la santidad de Yahvé. Maravillado y herido. «¡Ay de
el hundimiento del mundo religioso en que vivía. Ya no sa- mí, estoy perdido!, pues soy un hombre de labios impu-
be por adelantado quién es Dios ni cuáles son sus caminos. ros» (Isaías 6,5). En el origen está la irradiación de la san-
No dice: «Dios ha muerto», sino, simplemente: «Aún no lo tidad de Dios sobre el alma. Y, por un efecto inducido, se
conozco». Esta confesión de pobreza y de no-saber le con- manifiestan a plena luz el pecado y la miseria del ser hu-
duce a la magna adoración. El «corazón quebrantado» de- mano. Entonces, ante esta doble revelación -la de la san-
ja a Dios ser Dios. Lo que parecía un abismo de desolación tidad de Dios y la de nuestro pecado-, el alma se ve sacu-
se convierte entonces en el lugar privilegiado donde el ser dida simultáneamente por un escalofrío de amor y de ho-
humano se ve agarrado de nuevo por el misterio de Dios. rror. El corazón se quebranta.
Sin embargo, la nueva relación que se establece, en lo Sin embargo, la experiencia del «corazón quebrantado»
más profundo de la existencia, entre Dios y el «corazón no se detiene ahí. En lo más profundo del misterio de Dios,
quebrantado», no destruye la soledad de hombre. Si, en es- tal como aquí se revela, están la preocupación y el interés
ta experiencia, el hombre deja a Dios ser Dios, éste, por su por el hombre perdido, el movimiento patético del Dios
parte, deja al hombre ser hombre. No interviene en su fa- santo hacia el hombre pecador. Yahvé no se alegra de la
vor; no le saca del apuro; no le da ninguna garantía de po- muerte del pecador. Al contrario, lo quiere vivo, salvado,
der o de felicidad. No está verdaderamente con él más que santo también él. «Un corazón quebrantado y triturado, tú,
abandonándolo a su soledad y a su noche. oh Dios, no lo desprecias» (Salmo 51,19). A su pueblo exi-
Pero, entonces, ¿que significan exactamente las pala- liado, al que compara con la esposa abandonada, Yahvé le
bras «estoy con los de ánimo humilde y quebrantado»? dice: «Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te
Paradójicamente, lo primero que se deja ver de Dios en recogeré. En un arrebato de ira te escondí un instante mi
esta experiencia es su alejamiento infinito, su trascenden- rostro, pero con lealtad eterna te quiero» (Isaías 54,7-8).
cia: «Como el cielo está por encima de la tierra, mis ca- Así, para el «corazón quebrantado» la emoción santa y
minos son más altos que vuestros caminos, mis planes más profunda, el estremecimiento sagrado, no se dan, de entra-
altos que vuestros planes» (Isaías 55,9). El «corazón que- da, en el hombre, sino en el mismo Dios: en la preocupa-
brantado» cae en la cuenta de toda la distancia que le se- ción e interés que siente por el hombre perdido y que le
para de Yahvé. Y lo hace a través de la conciencia doloro- lleva a comunicarse a él. El «corazón quebrantado» des-
sa de su pecado y la confesión sincera de su falta: es un co- cubre al Dios vivo. La vida de Dios, en su acepción bíbli-
razón contrito. Con todo, esta conciencia dolorosa no es lo ca, es irreductible a algo racional. No se deja ni racionali-
primero, sino que es consecuencia de una revelación más zar ni moralizar. Yahvé es el Viviente por excelencia. No
profunda y está reflejando la percepción desgarradora de tiene nada que ver con un principio abstracto. En él inter-
la santidad de Dios, de su inocencia infinita. El «corazón viene la emoción profunda: la emoción creadora y tam-

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bien la que le pone en movimiento hacia el ser humano a cielo abierto, en tierra pagana, en el exilio, lejos del
perdido: la inmensa piedad de Dios. Yahvé es espíritu, Templo y de Jerusalén! ¡Y con qué entusiasmo y liber-
sí; pero es un Espíritu «patético» (NEHER, L'essence du tad...! Va y viene como bien le parece, con plena sobera-
prophétisme, Paris 1972, p. 94). nía. A su carro van uncidos cuatro seres fantásticos que in-
Este Dios no tiene nada de olímpico. No planea tran- tegran en sí todas las fuerzas de la creación, a la vez que
quila e indiferentemente por encima de los seres humanos simbolizan las grandes divinidades babilónicas. Yahvé rei-
y de su historia. Se mantiene siempre en estado de preocu- na sin rival. Es el Único. Su Gloria ignora de manera ma-
pación e interés por el ser humano. Dios es el más allá en nifiesta las fronteras. En todas las partes se encuentra en
el corazón mismo de la existencia humana más humilde, su casa. No está atada a nada. Pero se queda allí donde
más degradada. Es como una fuerza de liberación, como unos hombres y unas mujeres caminan humildemente, le-
una llamada a la renovación, como una fuente de ensueño jos de su patria, con el «corazón quebrantado». Se deja en-
y de creación... y también como una inquietud y una heri- contrar en el huracán. Así es como Yahvé habita en el «co-
da. Así es como está presente en el «corazón quebrantado». razón quebrantado»: como una tempestad.
El «corazón quebrantado» es esa brecha íntima por
donde todavía puede llegar algo nuevo. Es una abertura al
Dios vivo e imprevisible: al Dios que viene.
¿Cuántos de los deportados realizan esta experiencia?
Es difícil decirlo. Los pioneros son siempre pocos. Y hay
aventuras que sólo pueden ser llevadas a buen puerto en
soledad. «Amo a los adoradores desconocidos por el mun-
do y por los mismos profetas», escribe Pascal {Pensamien-
tos, Br. 788).
Pero a veces los adoradores desconocidos tienen tam-
bién su profeta que habla en su nombre. La magna visión
referida por el profeta Ezequiel ¿no es acaso la expresión
simbólica, rica en colorido, de lo que se está revelando du-
rante la noche en el corazón de Israel? Un día, mientras
paseaba por la orilla del río, Ezequiel ve cómo se le acer-
ca, en forma de huracán, la Gloria de Yahvé con toda su
omnipotencia {Ezequiel 1,1-28). ¡La Gloria que el profeta
Isaías había contemplado antaño en el Templo de Jerusa-
lén, en medio de los fastos litúrgicos, se desencadena aquí,

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9
Tempestad de vida

Nada podría simbolizar mejor la magnitud de la devasta-


ción de un «corazón quebrado» que el valle al que la ma-
no de Yahvé transportó al profeta Ezequiel (Ezequiel
37,lss). El profeta pasa revista al valle en todas las direc-
ciones: ni un alma viva. No hay más que esqueletos des-
hechos. Hasta donde alcanza la vista, no hay por el suelo
más que huesos calcinados. Un espectáculo desolador, pe-
ro también un campo abierto a la invasión del Espíritu. Ha
cesado toda resistencia, ha desaparecido todo envaramien-
to. También todo límite. El hombre se confunde de nuevo
con la tierra original. Ha vuelto a ser un «hijo de Adán»:
un mortal. Ahora puede creer, como Abrahán, en el Dios
que hace vivir a los muertos.
En adelante ya nada detiene al Espíritu. Éste puede so-
plar desde los cuatro vientos con toda su plenitud. Puede
desencadenarse la fuerza de la renovación. «Conjura, con-
jura al Espíritu, hijo de Adán, diciéndole al Espíritu: Esto
dice el Señor: Ven, Espíritu, desde los cuatro vientos y so-
pla en estos cadáveres para que revivan» (Ezequiel 37,9).
El profeta repite en todas las direcciones lo que Dios le ha
dicho. Y sobre el osario se abate la tempestad de vida. Por
todo el valle se oye un gran estruendo de huesos que cho-
can entre sí, cada uno en busca de su juntura. ¡Los muertos

71
vuelven a ponerse en pie! ¡Vivos, todos están vivos! For- cuentra estrechamente asociado al corazón de carne. No
man un gran ejército, un ejército inmenso (Ezequiel 37,10). va el uno sin el otro; el uno es dado con el otro. La expe-
Cuando el espíritu humano se las ve con tales experien- riencia espiritual más elevada, la más despojada, es tam-
cias, necesita tiempo para comprender su sentido profundo. bién la que devuelve al hombre su verdadera profundidad
«Esos huesos, ha dicho Yahvé, son toda la casa de Israel... carnal. La participación del ser humano en el Espíritu de
Yo voy a abrir vuestros sepulcros... Infundiré mi espíritu en Dios está vinculada a esa profundización que le hace en-
vosotros para que reviváis» (Ezequiel 37,11-12.14). Poco a contrar, en lo más íntimo de sí mismo, las fuentes vivas de
poco se va haciendo la luz en el espíritu del profeta. La vi- la ternura y la comunión. Abrirse al Espíritu patético de
sión desvela su verdadera dimensión profética. Ezequiel Yahvé es también, por consiguiente, nacer a una humani-
comprende que se trata de un lenguaje simbólico, con el dad plena y profunda. Cuando un ser humano se deja aga-
que se expresa una renovación profunda en el corazón del rrar por el Espíritu, éste no se da respiro hasta haberlo pe-
ser humano. El profeta entra en el sentido interior de la vi- netrado y alcanzado hasta en sus raíces más oscuras; y allí
sión. Y oye a Yahvé que le dice: «Os daré un corazón nue- vuelve a crear «el Edén de la antigua ternura olvidada».
vo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra Sabemos demasiado bien hasta qué punto la vida, con
carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. sus luchas de intereses, con sus ambiciones, sus miedos y
Os infundiré mi Espíritu» (Ezequiel 36,26-27; cf. 11,19). su voluntad de triunfar y dominar, puede endurecer el co-
¡Inmenso camino el recorrido! No hacía mucho que el razón del hombre y hacer crecer en él la agresividad y el
profeta había dicho a sus compañeros de exilio, en nom- resentimiento. Las primigenias potencias de asombro y de
bre de Yahvé: «Estrenad un corazón nuevo y un espíritu comunión quedan pronto ahogadas. Y la peor dureza no es
nuevo» (Ezequiel 18,31). Era fácil decirlo. Pero ¿cómo ha- la de los sentimientos. Peor aún es la dureza seca, com-
cerlo? ¿Qué es un corazón nuevo y un espíritu nuevo? Y pletamente fría y metálica, de la inteligencia: la dureza de
ahora resulta que es el mismo Dios quien toma la iniciati- una razón chata y abstracta que, en nombre de la verdad,
va de la renovación de su criatura. Es una metamorfosis ignora todo sentimiento. El corazón del que no tiene cora-
maravillosa. Nos quitará ese corazón de piedra que todos zón: ¡ahí está la dureza de la piedra!
llevamos en nosotros y al que estamos tan acostumbrados ¡Sabe Dios qué piedra puede llevar el ser humano en su
que ya no nos damos cuenta de su dureza, y nos pondrá en interior...! Una piedra bajo la que están sepultados los es-
su lugar un corazón de carne. Pues tal será el corazón nue- tratos más profundos del alma. Es menester que se rompa
vo: un corazón de carne. En cuanto al espíritu nuevo, será la piedra para que brote de nuevo el agua viva. Sólo el «co-
el mismo Espíritu de Yahvé infundido en el corazón de su razón quebrado», que se ha dejado desposeer por el Espíri-
criatura: «Os infundiré mi Espíritu». tu de su suficiencia y de su voluntad de poder, puede vol-
Lo más asombroso, lo más maravilloso en esta reno- ver a encontrar las fuentes ocultas. Y es el Espíritu quien
vación del ser humano, es que el Espíritu de Yahvé se en- se las hace descubrir. El Espíritu de Yahvé necesita, para

72 73
nacer en nosotros, todas las fibras de nuestro corazón. Él
llama a una segunda vida a esa parte de nosotros mismos
que creíamos destruida para siempre. Con ella somos no-
sotros mismos los que renacemos; somos criaturas nuevas,
devueltas a la comunión con todo lo existente.
No es la menor novedad de este «corazón de carne» re-
conciliar en él la pureza y la ternura, la inocencia y el fer-
vor. «Pureza y ternura, ¿por qué os hemos separado?», se 10
preguntaba Francois Mauriac. El ser puro -o el que pre- El manantial y el río
tende serlo- es a menudo altivo y duro, como si el hombre
sólo pudiera elegir entre una pureza que le vuelve glacial
y un amor que le devora envileciéndolo. Pues no: ahí está El corazón nuevo nunca es una adquisición definitiva, si-
la misma Palabra divina que promete a los exiliados si- no una realidad siempre naciente y siempre amenazada. El
multáneamente un corazón de carne y una pureza compa- peso de las viejas costumbres, la presión del grupo y la de
rable a la transparencia de los manantiales: «Os rociaré su historia pasada no han muerto. El ser humano intenta
con un agua pura que os purificará» (Ezequiel 36,25). Pu- indomablemente reconstruir su paraíso perdido, volver a
rificados, pero no desencarnados. En el corazón de carne, sus antiguas fronteras, en cuyo interior se sentía tan estre-
recreado por el aliento de Yahvé, todo existe, todo se re- chamente protegido. E incluso quien ha accedido a la luz
encuentra, límpido y luminoso. Todo, incluso eros. espiritual de la Presencia puede seguir mirando hacia
Este agua pura que penetra hasta el corazón y lo libera atrás.
de su pesantez y de sus manchas no tiene nada que ver con Así, en su exilio, Ezequiel sueña algunas veces con un
el agua de las purificaciones legales. Es hermana de aquel Templo reconstruido. Lo ve, lo describe, mide su longitud,
agua «humilde, preciosa y casta» a la que canta Francisco de anchura y altura. Y lo hace con complacencia y admira-
Asís. Es una realidad íntima y original. Al ser inseparable ción. El profeta, que ha contemplado en las orillas del río
del aliento del Espíritu, lleva en sí los gérmenes de la vida. la Gloria de Yahvé desplazándose libremente bajo el cielo
¡El agua y el Espíritu! ¿No es ésta la pareja primordial en medio de las naciones paganas, que la ha visto acercar-
que, al comienzo del Génesis, preludia toda la creación?: se a los «corazones quebrantados», asiste ahora en visión
«Al principio... el Espíritu de Dios se cernía sobre la faz a su retorno al Templo reconstruido. Y ante sus ojos exta-
de las aguas» {Génesis 1,1-2). Cuando se unen el Espíritu siados la Gloria de Yahvé se encierra de nuevo en una
y el agua, está naciendo un nuevo mundo. La noche del construcción de piedra. Como si el exilio no hubiera sido
exilio se convierte en la noche de los grandes comienzos. más que un paréntesis, y todo pudiera volver a empezar
Noche de natividad. como en el pasado.

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Uno se queda asombrado y experimenta un cierto ma- zaguán del templo manaba agua hacia levante, pues el
lestar ante esa visión de futuro que reflejan los últimos ca- templo miraba a levante. El agua iba bajando por el lado
pítulos del Libro de Ezequiel (40-48). ¿No es ese Templo derecho del templo, al mediodía del altar» (Ezequiel 47,1).
de piedra, situado en el centro de la Jerusalén restaurada, Por donde discurría el agua, circulaba la vida con su im-
la negación misma, la tumba de lo que ha visto la luz tan previsible novedad. El guía invita a Ezequiel a entrar en la
lentamente y en medio de tantas lágrimas en la noche del corriente que no cesa de crecer y a atravesarla. Y así lo ha-
exilio? Al parecer, el Espíritu ha dejado de soplar. Ha ter- ce. El agua sólo le llega todavía a los tobillos. Mil codos
minado la tempestad. Ha terminado también el lirismo más abajo, ya le llega a las rodillas. Mil codos más abajo,
creador. En su lugar aparece una extensa y minuciosa des- a la cintura. Mil codos más... ¡y ahora ya es imposible
cripción en la que todo está calculado, medido. El poeta ha atravesar la corriente! Habría que nadar. Ya no es un arro-
dado paso al geómetra, el profeta al organizador y al cal- yo, sino un río infranqueable (Ezequiel 47,7). Y a lo largo
culador. Y lo que aún es más grave: las perspectivas del de todo su recorrido brota la vida: árboles, flores y frutos
corazón nuevo desaparecen ante las prescripciones de la cubren sus orillas.
pureza legal. Todo vuelve a la normalidad. Así el hombre Y esta corriente de agua, que crece cada vez más, va a
acaba siempre echando vino nuevo en los odres viejos. desembocar en el mar Muerto. Y cuando entra en contac-
También Job, tras haber conocido los supremos despojos, to con ella, ¡hasta el mar Muerto revive! Bulle en toda su
volverá a encontrarse en medio de la multitud de sus asnos extensión: un hormigueo de peces de todas clases lo agita.
y camellos (Job 42,12). Desde Engadí hasta Eglain se ven tendederos de redes
Pero ¿se trata realmente de una vuelta atrás? Hay ex- (Ezequiel 47,10). El mar ha perdido su aspecto siniestro y
periencias que el ser humano no puede hacer sin quedar desierto. Ya no es la capa pesada, brillante como una lá-
marcado para siempre. Quien ha luchado con Dios toda la mina de acero, rodeada de un paisaje enteramente mineral.
noche, para al final ser bendecido por él, puede reempren- Brilla ahora en medio de verdes frondas. Y al anochecer,
der su camino en medio de sus rebaños al salir el sol, pe- cuando el sol desaparece detrás de los montes, las barcas
ro ya no avanza con el mismo paso, sino que cojea de los pescadores se demoran aún en sus aguas fecundas.
(Génesis 32,32). Y aunque parece reinstalarse en el pasa- Por la noche, Ezequiel escucha el discurrir de las aguas
do, en su más profunda realidad es otro. Ve las cosas de que dan vida. Corren y caen en lo más profundo de sí
otra manera. mismo. Y lo que al principio no era más que un murmullo
Debajo del Templo futuro que contempla el profeta ruge ahora como un torrente de montaña. El aparejador no
Ezequiel brota un manantial. Bajo la piedra canta un agua ha podido resistir mucho tiempo al poeta. La vida lleva
viva. Y esto lo cambia todo. La imponente construcción no siempre las de ganar. La vida es siempre la más fuerte. La
puede nada contra esa efervescencia que brota de las pro- visión del Templo, con todas sus medidas, se ha desvane-
fundidades. El profeta mira, extrañado y arrebatado: «Del cido, arrastrada por la corriente vivificadora. Se ha trans-

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figurado en la de un nuevo Génesis. En lo más íntimo del
ser humano late ahora un corazón nuevo.
¿Hemos agotado el sentido de esta magna visión pro-
fética? No hay, al parecer, ninguna medida común entre el
agua libre y viva, que se precipita hacia el vasto mundo, y
la reconstrucción limitada, medida, del Templo. Y, sin em-
bargo, hay un vínculo secreto y profundo que une estas 11
dos realidades. Un vínculo que nada ni nadie puede rom-
per. Hemos contrapuesto el agua al Templo; ahora tene- Un pueblo nuevo
mos que unirlos para comprender su sentido pleno. Es ver-
dad que la corriente de agua viva se difunde fuera del
Ha aparecido una profunda vinculación entre Yahvé y el
Templo y corre hacia el mar, recreando todas las cosas a
«corazón quebrantado». Los deportados van descubriendo,
su paso; pero también es cierto que ese agua nace debajo
poco a poco, que esa vinculación es la realidad misma de
del Templo y sólo ahí. Estamos tocando lo esencial de la
la Alianza. ¡La alianza como vínculo de amor, como fiesta
visión. No se puede separar el manantial del Templo, el
del corazón! En una noche clara de oriente vio Abrahán
Espíritu de la Institución. Como tampoco se puede separar
resplandecer en el cielo el signo innumerable de su des-
el alma del cuerpo. El alma irradia más allá del cuerpo, pe-
cendencia. Ahora, en el fondo de su noche oscura, los exi-
ro siempre a través del cuerpo al que ella anima. Del mis-
liados ven lucir de nuevo el anillo de oro de la Alianza.
mo modo, el Espíritu de Dios desborda el Templo y se ex-
tiende hacia el universo, pero lo hace a partir del Templo Este descubrimiento resulta tan estremecedor que tie-
que el mismo Espíritu levanta y renueva. La fuerza revita- nen la impresión de encontrarse en presencia de una
lizadora del Espíritu pasa a través de la Institución, al Alianza totalmente nueva. En verdad, esta alianza no se
tiempo que la supera. Existe en todo esto una tensión ne- parece en nada a aquella de la que les habían hablado. No
cesaria y fecunda que es preciso saber aceptar, so pena de toma al ser humano por algún aspecto exterior de su ser,
desatender al Espíritu. No podemos encerrar al Espíritu en en razón de su pertenencia a un grupo étnico y político,
la Institución. Esta debe mantenerse abierta a la fuerza por ejemplo, sino en lo más íntimo de sí mismo; le alcan-
creadora del Espíritu y a su desmesura. La Institución es za en el corazón:
para el Espíritu, y el Espíritu es para el mundo. «Mirad que llegan días
-oráculo del Señor-
en que haré una alianza nueva con Israel y con Judá:
no será como la alianza que hice con sus padres
cuando los agarré de la mano para sacarlos de Egipto...

78 79
Así será la alianza que haré con Israel... génesis interior. Lo importante ahora es lo que debe acon-
Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en su corazón, tecer en el fondo mismo del ser:
yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo;
«No recordéis lo de antaño,
ya no tendrán que enseñarse
no penséis en lo antiguo;
unos a otros, mutuamente, diciendo:
mirad que hago algo nuevo»
"Tienes que conocer al Señor",
porque todos, grandes y pequeños, me conocerán» (Isaías 43,18-19)
(Jeremías 31,31-34)
¿Quién mejor que los exiliados es capaz de compren-
Este mensaje de Jeremías, recogido por algunos discí- der este lenguaje? Esta nueva economía de salvación ya ha
pulos suyos, circula entre los deportados. Se trata de un empezado para ellos. La están viviendo. En medio del
mensaje revolucionario. Hasta ahora, la Alianza estaba li- hundimiento de todo cuanto les religaba a su pasado más
gada al acontecimiento histórico y liberador del Éxodo: un sagrado, se les ha concedido realizar la experiencia insu-
acontecimiento físico y político, a la vez que moral y reli- perable de la proximidad de Yahvé. El vínculo que ahora
gioso. Era verdaderamente el acontecimiento fundador, el se establece entre Dios y el «corazón quebrantado» es al-
acto que había instaurado a Israel como pueblo de Yahvé. go original. No se deriva de ninguna acción pasada; no se
Desde entonces, toda la vida de Israel, con sus leyes, sus apoya en nada exterior. Nace únicamente del encuentro
instituciones, sus ritos y sus fiestas, se refería a aquel entre la gran pobreza de un corazón devastado y el Espí-
acontecimiento. Y la Alianza tenía su fundamento en ritu «patético» de Yahvé. Se mantiene por sí mismo. Se
aquella enorme acción de Yahvé en favor de su pueblo. basta a sí mismo. Es la Alianza nueva.
Pero he aquí que la profecía de Jeremías, como, por lo Esta Alianza libera al hombre de todo lo que tendía a
demás, también la de Ezequiel {Ez,equiel 36,25-27; cf. hacer de él un simple elemento del grupo social y de su
¡1,19), rompe esta representación consagrada de la historia historia. Lo pone en una relación personal e inmediata con
de la salvación. Anuncia una economía nueva: la Alianza Dios. Y, de ese modo, confiere al individuo un valor que
de Yahvé con su pueblo ya no se vinculará a acontecimien- ningún otro poder puede añadirle; conquista para la perso-
tos del pasado; se instaurará directamente en el corazón del na humana una zona imprescriptible de libertad.
ser humano. El acontecimiento fundante será una expe- Sin embargo, esa Alianza no se establece tan sólo en-
riencia que se desarrollará en lo más íntimo del ser. tre el individuo y Dios; no es un asunto que se desarrolle
Desde esta nueva perspectiva, ya no hay que ir hacia en una interioridad separada del mundo. Si libera al hom-
atrás en busca de los grandes comienzos, sino hacia de- bre del dominio del grupo, de sus pretensiones totalitarias
lante y dentro de nosotros mismos. El interés se desplaza: y de sus estrecheces, es para abrirlo a una comunidad nue-
desde la génesis histórica de la alianza se traslada hacia su va y sin límites. A buen seguro, esta Alianza no puede con-

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cluirse más que en la gran soledad del «corazón quebran- Es el pueblo de los «pobres» de Yahvé, de los que tienen
tado». Pero, paradójicamente, esa soledad es el camino de el «corazón quebrantado» y se han abierto al Espíritu.
una comunión auténtica. Esa experiencia, lejos de encerrar La noción de pueblo de Dios queda liberada así de to-
al hombre en sí mismo, no se lleva efectivamente a cabo do particularismo. Esta experiencia, es cierto, sólo se rea-
más que si es en orden a una acogida cada vez más amplia. liza todavía en la noche. Se vive como una expectativa y
Al primero que debe acoger el «corazón quebrantado» una acogida sin reservas. Pero lo que aparece aquí, toda-
es al profeta. Entre él y Yahvé está el profeta, un hombre vía en forma semejante a la del recién nacido que da sus
semejante a él y distinto de él, que habla en nombre de primeros vagidos, es importante no sólo para el futuro de
Yahvé. Debe establecerse una relación humana. El profe- Israel, sino también para el de toda la humanidad. Estos
ta, para ser escuchado, debe ser reconocido. La Palabra hombres y estas mujeres que aprenden a vivir cerca de su
pasa por ese humilde reconocimiento humano. corazón abren, en medio de su noche, una brecha simultá-
neamente hacia lo íntimo y hacia lo universal. Lo que en-
Sin embargo, al mismo tiempo se instaura otro plano trevén es la verdad definitiva del pueblo de Dios, y tam-
de relaciones. Entre todos los que viven esta experiencia, bién la verdad definitiva de nuestra humanidad. La Alian-
y a través de su mismo autodesposeimiento, se crean unos za nueva revela un nuevo orden de relaciones no sólo en-
vínculos nuevos. Los «corazones quebrantados» se buscan tre el hombre y Dios, sino también entre unos seres huma-
y se encuentran. La Palabra recibida los reúne. Y también nos y otros. Constituye el principio de una comunidad hu-
los reúne una cierta calidad de corazón en la que se en- mana universal.
cuentran una misma pobreza, una misma expectativa, una
Israel no es el único pueblo que ha hecho acceder al
misma esperanza, una misma certeza. Se abre un diálogo
hombre a lo universal. Los filósofos griegos descubrieron
en la profundidad. Es el diálogo de los pobres en la noche.
el «logos», la razón, como dimensión esencial y universal
De esta comunión nace el nuevo pueblo de Dios.
del hombre. Y el tomar conciencia de ello representó tam-
La nueva Alianza, fundamentándose en esta experien- bién un gran momento en la historia del ser humano: fue
cia de comunión, hace explotar la noción tradicional de una suerte para la humanidad. El ser humano, al descubrir-
pueblo de Yahvé. Éste ya no se define por la pertenencia a se como tal por la posesión del «logos», es decir, simultá-
un grupo étnico o político; ya no viene determinado por la neamente de la palabra y de la aptitud para percibir la esen-
sangre, la raza o las instituciones; ni siquiera está ligado cia de las cosas, se elevaba no sólo por encima de la natu-
ya a un rito de iniciación. Todo lo que hacía que el pueblo raleza y del mundo animal, sino también por encima de sus
de Dios quedara circunscrito a las fronteras de un clan o propios particularismos. Se proporcionaba un espacio hu-
de un grupo cualquiera, queda destruido. El nuevo pueblo mano universal. Con todo, este hallazgo de los filósofos
de Dios tiene su manantial en una determinada cualidad griegos tenía sus límites. No podemos olvidar que estos fi-
del corazón: en una experiencia de comunión sin límites. lósofos justificaron la esclavitud precisamente en nombre

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de la razón y de su valor superior. Pues decían, en efecto, y colectiva. A decir verdad, no conoce a nadie ni comulga
que aunque todos los hombres participan de la razón, no con nadie.
todos participan de ella en la misma medida; en conse- Estaba reservado a Israel abrir al ser humano a lo uni-
cuencia, no todos tienen la misma dignidad. «El esclavo, versal personalizándolo. Los profetas vuelven a situar al
escribe uno de ellos, es un hombre que participa lo sufi- hombre en el centro de su ser vivo, en el punto más sensi-
ciente de la razón para percibirla, pero no hasta el punto de ble; lo reconducen a su propio «corazón», allí donde es
poseerla verdaderamente». No es extraño que semejante verdaderamente él mismo, con su vida secreta, dolorosa y
ideal de humanidad condujera a la inteligencia griega a una apasionada, y también con todas sus posibilidades de co-
especie de desecación cuyos signos manifestativos fueron munión. Y es ahí donde se concluye la nueva Alianza, en
la sofística y el escepticismo. El helenismo, en virtud de su un encuentro singular de todo el ser humano con el
mismo racionalismo, se fue alejando cada vez más de las Espíritu «patético» de Yahvé.
fuentes profundas de la comunión. Al final no pudo resis- Al celebrar las bodas del Espíritu de Dios con el «co-
tir a las religiones mistéricas, procedentes de Oriente, que razón de carne», los profetas dan al nuevo pueblo de Dios
respondían justamente a esa necesidad de comunión. la dimensión de lo universal. Ya nada lo limita, ni en el es-
pacio ni en el tiempo. La descendencia de Abrahán puede
Platón intentó, sin duda, asumir el eros y asociarlo a la cosechar todas las estrellas del cielo. Está en todos los lu-
vida más elevada del espíritu, orientando sus energías de gares donde hay «corazones quebrantados», abiertos a la
comunión y de adoración hacia la contemplación de la be- magna admiración del Espíritu.
lleza suprasensible. Pero el eros platónico es una fuerza
ascensional que no libera al ser humano si no es arrancán-
dolo del mundo sensible y vivo y de su historia. A fin de
cuentas, no es más que un impulso entusiasta y lírico por
el mundo de las Ideas. Este eros celeste se pierde en un
universal abstracto, dejando lejos y detrás de sí al eros te-
rreno, abandonado a su arcaísmo. Eros no queda salvado.
Aunque pueda parecerlo a primera vista, la teoría platóni-
ca del amor no abroga el dualismo radical que inspira to-
do el pensamiento del maestro. No asume de verdad el
mundo de la materia y de la vida, con sus fuerzas oscuras.
En Platón, el amor sólo se unlversaliza desencarnándose.
No es un amor a los seres existentes, sino a la Idea.
Semejante amor ignora a los seres en su historia personal

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12
Tierra prometida

«Mirad que hago algo nuevo;


ya está brotando, ¿no lo notáis?
Abriré un camino por el desierto»
{Isaías 43,19)

Tanto los pueblos como los individuos extraen de su his-


toria pasada las imágenes y los símbolos con los que des-
cifran y construyen su futuro. La imagen del Éxodo hacia
la Tierra prometida fue para el Israel exiliado como la lla-
ve que gira en la cerradura del prisionero: la puerta se en-
treabre, y brota la luz. No se trata aún de la liberación, si-
no de la promesa del retorno. Un nuevo éxodo se anuncia,
más maravilloso que el primero. Y, bajo esta magna ima-
gen soñada, los exiliados sienten pasar un soplo de viento
procedente de su tierra natal: todo su ser retoma vida en
las profundidades.
El anuncio del nuevo éxodo rebosa de signos exterio-
res y de prodigios: el agua brota abundante en el desierto;
el país de la sed se transforma en manantial; la estepa se
convierte en un jardín de Edén, donde crece toda clase de

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árboles; el sol ya no quema, y el viento ya no reseca; bro- un universo reconciliado, un nuevo Edén donde todos los
tan verdes pastos; las fieras salvajes dan gloria a Dios; y el seres viven en fraternidad.
pueblo de Yahvé, libre, avanza por caminos allanados, en Es también una tierra hierofánica, llena del conoci-
una marcha triunfal: avanza «hacia los bienes del Señor: miento de Yahvé. Ya no necesita la luz del sol durante el
trigo y vino nuevo y aceite, y rebaños de vacas y ovejas» día, ni la claridad de la luna durante la noche; está com-
(Jeremías 31,12). Iniciado el tema por Jeremías, el segun- pletamente iluminada desde el interior. El mismo Yahvé es
do Isaías lo retoma y lo orquesta confiriéndole su imagi- su sol (Isaías 60,19-20). Así soñada, la nueva Tierra pro-
nario épico. Esta imagen del nuevo éxodo, por su dimen- metida simboliza una plenitud de ser y de vida en la que
sión maravillosa y carnal, contrasta violentamente con la están ausentes por completo el desgarro y la ruptura, y en
experiencia espiritual del exilio. ¡Estamos muy lejos, al la que el ser humano recobra la comunión con el todo.
parecer, del retorno al corazón y de un acercamiento al En esta imagen profética reconocemos sin dificultad
Dios vivo por los caminos del despojo y la pobreza! alguna el gran arquetipo que interviene en todos los mitos
Y, sin embargo, existe un vínculo profundo entre estas de los orígenes: el de una unidad primitiva en la que lo sa-
imágenes y la travesía de la noche. Al presentar el nuevo grado, lo natural y lo humano están aún divinamente con-
éxodo con los rasgos más maravillosos, los profetas están certados. Este arquetipo da a la imagen su carácter fasci-
anunciando una intervención de Yahvé que eclipsará todo nante. No es de extrañar, por tanto, que los profetas hagan
cuanto se ha hecho hasta ese día, y que no será una reedi- intervenir así, en el alma de los exiliados, las potencias
ción del pasado, sino algo absolutamente nuevo. oníricas más arcaicas. Estas potencias se encuentran en la
A decir verdad, los profetas no describen la nueva fuente de la experiencia más carnal y, a la vez, más espiri-
Tierra prometida: la sueñan. Esta tierra maravillosa que tual. La reinmersión en nuestro arcaísmo y en el de la hu-
surge del desierto es, ante todo, una tierra de vida, en la manidad es aquí el camino de una exploración profética de
que abundan el trigo, el vino y el aceite. También los re- nuestro destino. La imagen de la nueva tierra prometida no
baños. ¡Son innumerables los manantiales! Sus aguas can- significa un retorno al hombre del mito, fascinado por una
tan por doquier (Isaías 41,18; 49,10). Aguas bullentes, unidad perdida. Alcanza sin duda al ser humano en lo más
manantiales de leche, refrescantes y nutricios a la vez. oscuro de su deseo, le habla con el lenguaje de sus sueños
Pero he aquí que la imagen gana en profundidad y en inti- más profundos, pero es para abrirle a su auténtico futuro.
midad. Esa tierra es una estancia de paz. Da gusto vivir en La magna alianza que reunirá en una misma comunión a
ella. No hay violencia ni opresión ni conflicto de ningún la naturaleza, al hombre y a Dios ya no hay que ir a bus-
tipo. Reinan en ella el derecho, la justicia y la paz (Isaías carla atrás, en un tiempo primordial. Esa alianza constitu-
60,18; cf. 32,16-18). Las casas son seguras, tranquilas las ye el sentido de un futuro que está aún por construir.
residencias. Las relaciones humanas se vigorizan en los Así pues, todas estas imágenes maravillosas del nuevo
manantiales de la ternura. En pocas palabras: esa tierra es éxodo remiten finalmente a la experiencia profunda del

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exilio. Expresan claramente un retorno a la tierra de los pero sacándolo de su particularismo. En efecto, esta Tierra
padres, pero un retorno que constituye en sí mismo el len- ya no es una realidad estrecha y cerrada; se abre a los pue-
guaje simbólico de un itinerario interior hacia el «corazón blos más lejanos. Éstos afluyen a ella. Y la nueva Jerusalén
nuevo»: es en él donde ya no hay odio, donde brotan ma- resplandece por todos sus costados.
nantiales inagotables de ternura y donde brillan claras las Se crea así una nueva relación entre Israel y el mundo,
mañanas. Esta profundidad y esta transparencia no se ofre- gracias a la imagen profética de la Tierra prometida. El
cen más que a los que han pasado por el «Gran Océano pueblo de Yahvé es invitado a situarse en el universo y a
abisal»: comprenderse mejor a sí mismo, descubriendo el sentido
de la tierra y del mundo: «¿No habéis comprendido la fun-
«¿No eres tú quien secó el mar dación del mundo? ... Alzad los ojos a lo alto y mirad:
y las aguas del Gran Océano; ¿quién creó todos esos astros, sino el que cuenta y des-
quien hizo un camino por el fondo del mar pliega su conjunto y a cada uno llama por su nombre»
para que pasaran los redimidos? (Isaías 40,21.26). Estas palabras, dirigidas a unos hom-
Los rescatados del Señor volverán: bres que lo han perdido todo y a quienes la misma tierra
vendrán a Sión con cánticos, les falta, pueden sorprender y chocar en un primer mo-
en cabeza alegría perpetua, mento. ¿No están fuera de lugar? ¿Es éste el momento
siguiéndolos gozo y alegría» adecuado para evocar el poder y el esplendor de la crea-
{Isaías 51,10-11) ción y para invitar al hombre a admirarla? ¿Qué relación
existe entre la expectativa angustiada de los deportados y
Este «Gran Océano», secado por el soplo de Yahvé el universo mudo de las galaxias? ¿Por qué ese rodeo por
que dejó ver su fondo abierto, no es sólo el mar Rojo, cu- las estrellas?... Sin embargo, esas palabras son también
yas aguas se separaron para dejar pasar a los hebreos en palabras de salvación.
su salida de Egipto. Es el alma despojada de su suficien- En efecto, nada más importante y saludable para el
cia y de sus ídolos, humillada hasta verse postrada en tie- pueblo de Dios que saber y reconocer que su pequeña his-
rra y devuelta a sus profundidades originales. Entonces, toria y su elección se basan en la gran llamada creadora, y
el «fondo del mar» se convierte en un camino de libertad que Aquel que lo guía es también el pastor de las estrellas.
y de comunión. «Te cubrí con la sombra de mi mano, dice Yahvé, al ex-
Lo propio de los grandes símbolos es reconciliar al tender el cielo, al cimentar la tierra, y al decir a Sión: "Tú
hombre con su «arqueología» íntima y, al mismo tiempo, eres mi pueblo"» (Isaías 51,16). La misma palabra crea-
abrirlo a lo universal. La Tierra prometida, soñada en toda dora funda el universo y la Alianza. Ésta no es algo sobre-
su profundidad, es uno de esos símbolos. Permite al pue- añadido ni una especie de realidad aparte. Está ligada a la
blo exiliado restablecer sus lazos con sus raíces carnales, fundación del mundo. Por consiguiente, tiene su misma

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solidez. Para destruirla habría que destruir el universo, mo y de crisparse por su destino! ¡Que mire más alto y
anular la misma creación. La caída de Jerusalén y la des- más allá de su pequeña historia! ¡Que perciba y asuma las
trucción del reino de Judá han marcado el final de un cier- medidas del universo, que escuche el canto del mundo y se
to pequeño mundo. Pero el universo, el gran universo, abra, maravillado, a un destino que lo envuelve y lo des-
continúa. Cada mañana se levanta el sol, cada noche se en- borda por todos lados! La nueva Tierra prometida está he-
cienden las estrellas: Yahvé las llama cada día, y todas res- cha a la medida del universo.
ponden, como en el primer día. Es la permanencia de la Israel, despojado de todo lo que le era particular, lan-
creación. En ausencia de todos los demás signos, esta per- zado en medio de los pueblos paganos, nunca ha sido tan
manencia atestigua la fidelidad de Yahvé a su designio, a libre para una toma de conciencia y un cambio semejan-
su Alianza. Dios es fiel. «No se cansa, no se fatiga» {Isaías tes. Hoy puede oír ya el canto del mundo.
40,28). No reniega de nada de cuanto ha hecho. Sigue lla-
mando siempre a lo que ya llamó una vez. Todas las cosas
expresan esa fidelidad. No con ruido de palabras, sino en
lo secreto de su existencia. La creación permanece, y con
ella la Alianza.
Religada al acto creador, la Alianza adquiere, por ello
mismo, las dimensiones del universo; se desposa con la in-
mensidad y la universalidad. No sólo es inseparable de la
génesis del mundo, sino que constituye también su finali-
dad profunda. Nada es querido al margen de ella. Todo
cuanto existe encuentra en ella su destino y su razón de
ser. Ella constituye el sentido del mundo. En ella todo ad-
quiere consistencia. Es ella la que lo sostiene todo. La Vía
Láctea es en verdad la «hermana luminosa de los blancos
arroyos de Canaán» (APOLLINAIRE, Alcools).
Eso es lo que percibe el corazón nuevo, el cual oye es-
tas palabras de Yahvé: «Pues el que te hizo te toma por es-
posa» (Isaías 54,5). Palabras inmensas que juntan en una
unidad la Alianza y la creación entera. No es replegándo-
se sobre sí mismo como el ser humano recupera la certeza
de su elección, sino abriéndose a la llamada creadora. Por
consiguiente, ¡debe dejar de girar en redondo sobre sí mis-

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13
Consolad a mi pueblo

Han pasado más de cincuenta años. ¿Cuántos de los de-


portados sobreviven aún? Con todo, la expectativa ha per-
manecido viva en el corazón del pequeño resto. Hijos e hi-
jas han nacido en la tierra del exilio. También ellos com-
parten esta expectativa y están atentos a los signos de los
tiempos.
La historia parecía haberse inmovilizado desde hacía
mucho tiempo. Como un mar en calma, ni avanzaba ni re-
trocedía. Se confundía con la monotonía desesperante de
los días. No sucedía nada. Babilonia reinaba, y su seño-
río incontestado parecía estar marcado con el sello de la
eternidad.
Pero he aquí que, en esta primera mitad del siglo vi an-
tes de nuestra era, más allá de las montañas que dominan
el Creciente fértil por el este, el mundo entra en ebullición.
Una potencia misteriosa sacude las elevadas mesetas del
Irán. Sopla un espíritu nuevo. Aparece una nueva religión.
El mundo, enseña Zaratustra, es el escenario de una lucha
entre la luz y las tinieblas; esta lucha, inscrita en la trama
de la creación, resuena en el corazón del ser humano. Y

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cada persona está invitada a ponerse en marcha hacia la Las noticias vuelan; se difunden por todo el Oriente.
luz desde lo más profundo de su noche. Penetran incluso en el corazón del imperio caldeo y llegan
a los «restos de Israel» diseminados por toda la llanura del
Aparece también una nueva voluntad política. Se en- Eufrates. Los exiliados oyen hablar del liberador; apren-
carna en un hombre muy capacitado: Ciro, el joven rey de den su nombre. Y ya los tenemos al acecho de noticias. El
Anzán. A la cabeza de sus guerreros persas, se levanta mundo cambia de rostro. Gira el viento; y esta vez, al pa-
contra el medo Astiages, un déspota violento y cruel. Se recer, lo hace a' su favor. Como sucede después de un lar-
inicia una lucha contra la tiranía. Durante ocho años, Ciro go y rudo invierno, la tierra adormecida se despierta: bro-
lanza sus incursiones al asalto del imperio medo. Final- tan las yemas, reverdece el campo, los torrentes reem-
mente, Ecbatana, la capital, cae en sus manos. Se convier- prenden su carrera saltarina y los pájaros cantan animados
te así en el rey de los medos y de los persas, reunidos aho- por la reciente luminosidad. Ya está aquí la primavera. Y
ra en un solo imperio. Lo que hasta aquí podía parecer un el corazón de Israel se estremece. Lo que todavía ayer era
simple cambio de dinastía adquiere de pronto dimensiones impensable se convierte hoy en posible. ¿No será el alien-
de historia universal. Lanzándose hacia el Mediterráneo, to de Yahvé el que pasa esta vez por la historia? Los exi-
Ciro se apodera de Sardes y pone fin al reino de Lidia. liados se hacen preguntas. Se acuerdan de la profecía de
Conquista asimismo las ciudades griegas de la costa. Ciro Isaías. Doscientos años antes, había anunciado una gran
se vuelve entonces hacia el norte y unifica bajo su cetro to- teofanía que pondría fin a toda opresión e inauguraría una
das las tribus nómadas de la inmensa región que actual- era de paz y de justicia en el mundo:
mente se extiende desde el Turkestán hasta Afganistán.
Convertido ya en dueño de Oriente, desde Cilicia hasta el «El pueblo que caminaba en tinieblas
golfo Pérsico, rodea al imperio caldeo. vio una gran luz;
habitaban tierra de sombras,
Este nuevo conquistador no se distingue tan sólo por su y una luz les brilló.
genio militar. Se revela también como un hombre político
liberal, respetuoso de los pueblos y de sus creencias. Sus Acreciste la alegría,
actos están animados por una voluntad de reconciliación y aumentaste el gozo:
de paz. Nada de exterminios ni de represalias. Tras vencer se gozan en tu presencia,
a Creso, se limita a asignarle residencia vigilada en un pa- como se goza al segar,
lacio de Ecbatana. También respeta las divinidades de los como se alegran los que se reparten el botín.
vencidos, evita la destrucción de sus templos o los recons- Porque la vara del opresor,
truye. Esto distingue a Ciro de todos los déspotas que se el yugo de sus cargas,
habían impuesto hasta entonces en Oriente. Se afianza co- su bastón de mando
mo el liberador de los pueblos oprimidos por Babilonia. los quebrantaste como el día de Madián.

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Porque la bota que pisa con estrépito «Porque un niño nos ha nacido,
y la capa empapada en sangre un hijo se nos ha dado:
serán combustible, pasto del fuego» lleva el cetro del principado y es su nombre:
{Isaías 9,1-4) Maravilla de Consejero, Dios fuerte,
Padre perpetuo, Príncipe de la paz.
¡Cuántas veces han leído los exiliados esta profecía!
Se la saben de memoria. Se han reconocido muy pronto Para dilatar el principado, con una paz sin límites,
en ese pueblo que caminaba en tinieblas, en los que habi- sobre el trono de David y sobre su reino.
taban en el país de sombras. Pueblo de la noche, aplasta- Para sostenerlo y consolidarlo
do de tinieblas, que acecha sin descanso las primeras lu- con la justicia y el derecho»
ces del día. Y de pronto, sin ninguna transición, ¡llega la (Isaías 9,5-6)
luz resplandeciente del mediodía! Como en el primer día
del Génesis. Ayer, aún estaba todo enormemente sombrío. Más explícita aún es la profecía sobre la venida del rey
No se veía venir nada. Y la noche se ha borrado de un plu- justo: «Pero retoñará el tocón de Jesé, de su cepa brotará
mazo. Aquella luz sobrenatural anunciada por el profeta un vastago» (Isaías 11,1).
resplandece ahora para ellos. Cosa increíblemente verda- Sin embargo, el hombre por el que llega la libertad en
dera. Los corazones laten más rápido, las gargantas se se- este momento de Ja historia no es un hijo de Israel. Ciro es
can de emoción ante el loco pensamiento de que tal vez un pagano. Entonces, ¿es realmente el aliento de Yahvé el
la liberación esté cerca, de que ellos la verán y volverán que pasa? ¿Es esta luz realmente la del día de Yahvé?
a su tierra. Y más de uno esconde el rostro para llorar de ¿Pueden permitirse, por fin, la alegría prometida? Los exi-
alegría. liados vacilan, discuten entre sí. Están desorientados.
Es entonces cuando en medio de ellos se eleva una voz.
Con todo, subsiste una sombra. Es tan sólo una duda, Habla en nombre de Yahvé. Ya no es la voz del profeta
pero es importante para quien fundamenta toda su espe- Ezequiel, que se ha apagado, sino una voz nueva. ¿Y qué
ranza exclusivamente en la palabra de Yahvé. Esa luz ma- dice?
ravillosa de que habla Isaías está vinculada al nacimiento
de un niño de la estirpe de David. Es un hijo de Israel el «Consolad, consolad a mi pueblo,
que instaurará el reinado de la justicia y la paz sobre la tie- dice vuestro Dios:
rra. Heredará a la vez la sabiduría de Salomón, la valentía hablad al corazón de Jerusalén,
de David, el espíritu religioso de Moisés y de los patriar- gritadle que se ha cumplido su servicio
cas. En suma, brillarán en él todas las cualidades de sus y está pagado su crimen»
antepasados: (Isaías 40,1-2)

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Ha surgido un nuevo profeta. Un inspirado de la no- deroso. El profeta ya no duda en nombrarlo. Y a quien se
che. Un exiliado como los demás. La historia no ha rete- extrañe de ello le recuerda la soberana libertad de Yahvé.
nido su nombre. Lo llamamos el «segundo Isaías». Pues Nadie puede pedir cuentas al Creador del universo, que es
bien, este profeta sin nombre, sin estado civil, sin rostro, libre de llamar a quien desee. Es el Dios de todos, y su vo-
barre todas las dudas. Proclama que el brazo de Yah vé es- luntad de salvación se extiende a todos. Por consiguiente,
tá actuando en lo que sucede en este momento en Oriente. Israel no tiene que extrañarse al ver cómo recurre a un pa-
Aunque todavía no nombra expresamente al liberador, sí gano para llevar a cabo sus designios. Esta elección es ab-
lo designa, sin equívoco posible, como alguien a quien el solutamente gratuita, como también lo es, por lo demás, la
mismo Yahvé ha llamado: «¿Quién lo ha suscitado en de Israel.
oriente y convoca la victoria a su paso? ... ¿Quién lo ha
«Así dice Yahvé,
hecho y ejecutado? El que anuncia el futuro de antemano.
el Santo de Israel, su artífice:
Yo, Yahvé, que soy el primero, yo estoy con los últimos»
¿vais a pedirme vosotros cuentas de mis hijos
{Isaías 41,2.4).'EX Vencedor de Sardes, el hombre de quien
y a darme órdenes sobre la obra de mis manos?
habla todo el Oriente y que vuela de victoria en victoria,
Yo hice la tierra
es ciertamente el instrumento elegido por Yahvé; él es el
y puse sobre ella a la humanidad que la habita;
liberador anunciado:
mis propias manos desplegaron el cielo,
«Yo lo he suscitado en el norte, y ha venido; y doy órdenes a todo su conjunto.
en oriente lo llamo por su nombre; Yo lo he suscitado [a Ciro] para la victoria...»
pisará gobernantes como barro, (Isaías 45,11-13)
como pisa el alfarero la arcilla»
No es la primera vez, en la historia del pueblo de Dios,
(Isaías 41,25)
que un rey pagano es designado como instrumento elegi-
do por Yahvé. No hace mucho todavía, Jeremías y Eze-
«Mi amigo cumplirá mi voluntad
quiel habían presentado a Nabucodonosor, rey de Babilo-
contra Babilonia y la raza de los caldeos».
nia, como ejecutor de las hazañas de Yahvé. Ahora bien, la
(Isaías 48,14) elección de Ciro presenta una grandeza de otro tipo. Su
grandeza se debe al tipo de misión que le ha sido confia-
Aquí tenemos, ciertamente, algo nuevo y del todo ines- da. No sólo vencerá a Babilonia, sino que reconstruirá
perado. Nadie lo había previsto (Isaías 48,6-8; cf. 41,26). Jerusalén y el Templo y repatriará a los deportados (Isaías
«Yo, yo mismo he hablado y lo he llamado, lo he traído y 44,28; 45,13). Será el «pastor» de Yahvé, el que reúne a su
he dado éxito a su empresa» (Isaías 48,15). Sí, que se se- rebaño dispersado y lo conduce con toda seguridad. Será
pa y se proclame bien alto: Ciro es el elegido del Todopo- el artesano del reinado pacífico de Yahvé. De ahí que el

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profeta no dude en llamar a Ciro el «Ungido de Yahvé» ni en un país tenebroso; no dije a la estirpe de Jacob:
(Isaías 45,1), es decir, su mesías. Este título estaba reser- "Buscadme en el vacío"» (Isaías 45,19). Estas palabras re-
vado primitivamente a los reyes de Israel y de Judá, en vir- suenan de manera extraña cuando recordamos las que
tud de la unción que los consagraba. También Ciro ha si- Jeremías había dicho en nombre del mismo Yahvé: «He
do objeto de una consagración por parte de Yahvé. decidido... hundirlos en la angustia, de modo que den con-
Sin embargo, el verdadero sentido de esta elección y migo» (Jeremías 10,18). «Miro a la tierra: ¡caos informe!»
de esta consagración es éste: «Por mi siervo, Jacob; por (Jeremías 4,23). ¡Qué diferencia de tono! ¿Se habrá vuel-
Israel, mi elegido, te llamé por tu nombre, te di un título, to todo tan claro?
aunque no me conocías» {Isaías 45,4). Así pues, la llega- A buen seguro, no podemos reprochar a los deportados
da repentina de Ciro a la escena mundial, sus victorias, su de Judá el que vean un signo del cielo en los aconteci-
reinado..., todo eso ha sido querido únicamente con vistas mientos que les favorecen. ¿Qué pueblo oprimido durante
a Israel. En definitiva, el verdadero elegido de Dios es mucho tiempo no ha acogido a su liberador como a un en-
Israel. La historia camina para él. En consecuencia, los viado del cielo? Pero aquí está en juego algo más que la
exiliados, después de tantos años de ausencia total de sig- suerte temporal de un pueblo. Lo que está en tela de juicio
nos, pueden ver en los acontecimientos que están cam- en la mirada que proyectan los exiliados sobre los aconte-
biando la faz del Oriente la prueba casi palpable de la pre- cimientos en curso es la revelación misma del reinado de
sencia de Yahvé a su pueblo, y recobrar la certeza exul- Dios en el mundo. La noche del exilio nos ha mostrado la
tante de su elección. profundidad a la que este reinado se deja abordar y cuáles
Se plantea aquí una grave cuestión: esta constatación son sus verdaderas dimensiones. Al dar la bienvenida a las
de la presencia de Yahvé en el ámbito de los aconteci- victorias militares y políticas de Ciro como manifestación
mientos más actuales y más exteriores ¿no significa una del poder de Yahvé, como signo de su venida, ¿no se
vuelta atrás? ¿Qué relación existe entre este reinado de arriesga Israel a perder nuevamente de vista la trascen-
Dios que se adelanta en el estrépito de las victorias de Ciro dencia de Dios y de su reinado? Al identificar el aliento
y el que la prueba del exilio ha hecho aparecer, en la no- del Espíritu con la marcha de la historia, ¿no incurre en su
che, a los «corazones quebrantados»? ¿Seguimos hablan- mayor peligro? ¡Y eso en vísperas de su liberación! ¿No
do el mismo lenguaje? Gracias a los profetas, los exiliados se está evaporando en un providencialismo de cortas mi-
han ido aprendiendo pacientemente a escuchar a Yahvé en ras la extraordinaria experiencia espiritual del exilio?
medio del silencio y la oscuridad, ¡y ahora ya no tienen oí- Cabe temerlo al escuchar los boletines de victoria prego-
dos más que para los estrepitosos testimonios de su ac- nados por el profeta en nombre de Yahvé:
ción! Ellos, que ya no veían ningún signo, ahora, de pron-
to, los descubren en abundancia. Y Yahvé parece darles la «Yo acerco mi victoria, no está lejos».
razón y animarles en este sentido: «No hablé a escondidas (Isaías 46,13)

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«Dirán: "Sólo el Señor tiene la justicia y el poder"... hombre acerca del Espíritu de Dios en tanto no ha tenido
por el Señor triunfará y se gloriará el «corazón quebrantado»? Pero quien ha luchado durante
la estirpe de Israel». toda la noche con uñas y dientes con Dios para ser bende-
(Isaías 45,24-25) cido por él, ése no reemprende su camino a la mañana si-
guiente, si no es cojeando; sabe, él sí, que el Espíritu de
«Triunfará y se gloriará...». Resurge el antiguo sueño Dios se manifiesta también en la pobreza de una existen-
de Israel. ¡En vez de la humilde búsqueda del corazón cia herida y que habita en el «corazón quebrantado».
nuevo, el deseo de poder! ¡Qué tentación, abandonarse a Precisamente esta experiencia es la que finalmente re-
él...! La liberación está ahora muy cerca. Es preciso man- tiene a los exiliados en el límite del triunfalismo y la que
tener la cabeza bien fría para no dejarse embriagar en se- lleva al mismo profeta a considerar un horizonte situado
mejantes momentos. Ciro está a las puertas. Según las úl- más arriba y más lejos que el vencedor del momento, por
timas noticias, ha cruzado el Tigris cerca de Arbelas. muy recomendable que éste sea, y a leer la historia en otro
Babilonia, como paralizada, no reacciona. Nabónides, el nivel de profundidad. Quiéralo o no, Israel está marcado
incapaz Nabónides, tercer sucesor de Nabucodonosor, por el exilio; sale de la gran tormenta lisiado y con una mi-
permanece inactivo. Más aún, debido a su política religio- rada que ya no se deja deslumhrar por las grandezas frági-
sa, consigue que le abandonen el clero de Babilonia y una les de la historia.
parte de la población. Todas las miradas se vuelven enton- Ante esta mirada que escruta el futuro, se va difumi-
ces hacia el este. Ciro no tiene prisa. Sabe que el tiempo nando poco a poco la figura del gran capitán; y aparece
trabaja a su favor. Un poco más, y Babilonia, la capital, le otra, misteriosa y estremecedora: la del perfecto Siervo de
abrirá sus puertas y lo recibirá como liberador. Yahvé, en la cual emerge un nuevo orden de grandeza que
«La historia del mundo, escribe Hegel, es el juicio fi- no tiene nada que ver con la grandeza militar y política.
nal del mundo». El filósofo alemán no dudaba en saludar «Los santos, escribe Pascal, tienen su imperio, su esplen-
en el vencedor de Jena a una figura del Espíritu absoluto. dor, su grandeza, su victoria, su lustre, y no tienen ningu-
En una carta fechada el lunes 13 de octubre de 1806, «día na necesidad de las grandezas carnales o espirituales, con
en el que Jena fue ocupada por los franceses y atravesó el las que no tienen ninguna relación, porque ni quitan ni
Emperador Napoleón sus muros», escribía a Niethammer: añaden nada. Son vistos por Dios y por sus ángeles, no por
«He visto al Emperador..., esa alma del mundo...» (Co- los cuerpos ni por los espíritus curiosos: Dios les basta»
rrespondance 1785-1812 Paris 1962, pp. 114-115). ¿Van a (Oeuvres completes, Paris 1954, p. 1.341 [Chevalier 829]).
ceder a este tipo de lectura fácil de la historia los exiliados Hacia esta misteriosa figura del perfecto Siervo de
de Judá, en medio del entusiasmo que sentían por su libe- Yahvé debemos volver ahora nuestra mirada, si queremos
ración? El joven Hegel podía dejarse fascinar fácilmente seguir hasta su punto culminante la experiencia espiritual
por la prestigiosa figura del Emperador. ¿Qué sabe un y profética del exilio.

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14
Una profecía suprema

Misión paradójica la de este profeta anónimo del final del


exilio: por una parte, debe celebrar las hazañas de un gran
capitán y, por otra, despertar y abrir los espíritus a una fi-
gura destinada a la humillación y al fracaso. Esta doble ta-
rea corresponde, sin duda, a dos momentos diferentes, en-
tre los cuales el profeta ha sido testigo de un fracaso. Ciro
ha liberado a los deportados, tal como había anunciado el
profeta. Sin embargo, el retorno del exilio no ha sido el
gran acontecimiento esperado: no ha conseguido la reu-
nión de Israel ni la adhesión de las naciones paganas al
Dios único. Muchos de los deportados han preferido per-
manecer en el exilio, satisfechos con su situación material.
Las naciones, no se han convertido. A partir de este doble
fracaso, reflexiona el profeta sobre su mensaje y lo recu-
pera desde una perspectiva nueva, trasladando sus espe-
ranzas a una figura misteriosa y futura. Cuatro cantos, co-
nocidos como «Cantos del Siervo», van a permitirle un
acercamiento cada vez más íntimo a esta figura.
La figura del Siervo, ya desde los comienzos del pri-
mer Canto, se distingue claramente de la del gran guerre-
ro. El Siervo no entabla batallas. Su misión es enseñar el

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derecho y la verdad a las naciones (Isaías 42,1). Para ello nará y liberará a toda la humanidad (ibidem). También él
ha recibido el Espíritu de Yahvé (Isaías 42,1). Esta misión será, por tanto, un liberador, pero por medio de la luz. Su
espiritual y universal le sitúa de golpe en la línea proféti- misión será enteramente luminosa. Abrirá los ojos de los
ca, a la que se entrega sin brillo exterior ni violencia de ciegos y hará salir de la mazmorra a los que habitan en ti-
ningún tipo. Sus maneras están llenas de dulzura y de una nieblas (42,7).
paciencia infinita: El horizonte se hace inmenso. Se abre ante el Siervo la
ruta del mar. Como heredero del espíritu de los profetas,
«No gritará, no clamará, también a él le anima un gran aliento misionero. Al co-
no voceará por las calles. mienzo del segundo Canto, él mismo se dirige a los pue-
La caña cascada no la quebrará, blos del otro lado de los mares: «Escuchadme, islas; aten-
el pábilo vacilante no lo apagará» ded, pueblos lejanos...» (Isaías 49,1). Esta vez habla el
(Isaías 42,2-3) Siervo; se presenta refiriendo la predestinación de que ha
sido objeto: «Estaba yo en el vientre, y Yahvé me llamó»
Actuando de este modo, el Siervo cumple fielmente su (ibidem). Esta primera confidencia recuerda la vocación
misión (Isaías 42,3); trabaja por la instauración del reina- de Jeremías. Sin embargo, las imágenes que siguen harían
do de Yahvé y su justicia, según el orden de grandeza que pensar más bien en el destino de un guerrero, si no se men-
le es propio. Lo hace con valor, sin ceder ni desviarse. Él, cionara la «boca» del Siervo:
que respeta el pábilo vacilante y no quiebra la caña casca-
da, «no vacilará ni se quebrará» (42,4). Sigue recto su ca- «Hizo de mi boca una espada afilada,
mino, con una gran fuerza de ánimo, «hasta implantar el me escondió en la sombra de su mano;
derecho en la tierra» (ibidem). Por otra parte, «las islas», me hizo flecha bruñida,
es decir, los pueblos más remotos, los extremos de la tie- me guardó en su aljaba»
rra, esperan su enseñanza (ibidem). (Isaías 49,2)
Viene después, en la segunda parte de este primer
Canto, la declaración solemne de la investidura del Siervo: Estas imágenes guerreras nos trasladan a un ambiente
«Yo, Yahvé, te he llamado para la justicia, te he tomado de distinto del que aparecía en el primer Canto. Reina aquí
la mano, te he formado...» (Isaías 42,6). El Siervo, como una atmósfera de combate. La misión del Siervo no se lle-
todos los grandes artesanos del designio de Dios, es un vará a cabo sin lucha. Por eso necesita estar armado. Pero
elegido, un hombre puesto aparte. Su misión se concreta y su arma será la Palabra. Pasará por momentos de abati-
es doble y afecta simultáneamente a Israel y a todas las na- miento ante la inutilidad de sus esfuerzos. Entonces no le
ciones paganas: el Siervo renovará la alianza de Yahvé y vendrá de más la certeza de su elección para apoyarle con-
de su pueblo, al tiempo que difundirá una luz que ilumi- tra el desánimo:

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«Y Yahvé me dijo: «Mi Señor me ha dado
"Tú eres mi siervo (Israel), una lengua de iniciado,
de quien me siento orgulloso". para saber decir al abatido
Mientras, yo pensaba: una palabra de aliento.
"En vano me he cansado, Cada mañana me espabila el oído
en viento y en nada he gastado mis fuerzas"» para que escuche como los iniciados.
(Isaías 49,3-4) El Señor me abrió el oído»
(Isaías 50,4-5)
Aparece por primera vez en estos poemas la perspecti-
va de una tarea difícil y sin éxito aparente. Pero Yahvé per- Con todo, este mensaje no es una lección aprendida. Es
manece al lado de su Siervo y conserva hacia él toda su a través de una experiencia de vida como Yahvé despierta
amistad: «En realidad, mi derecho lo defendía el Señor, mi a su Siervo: concretamente, a través de todas las dificulta-
salario lo tenía mi Dios... Tanto me honró el Señor, y mi des y sinsabores con que éste topa en el cumplimiento de
Dios fue mi fuerza» (Isaías 49,4-5). su misión. Al ser probado él mismo, el Siervo encuentra la
palabra que va directa al corazón del agotado.
Así pues, frente a los combates que le aguardan, el El papel de este perfecto discípulo se revela cada vez
Siervo se apoya en la certeza de que Dios no lo abandona- más penoso y doloroso. Su docilidad consiste en asumirlo
rá y en la grandeza de su misión. Ahora está claro que su plenamente, sin replicar ni sustraerse: «Yo no me resistí ni
misión supera la simple restauración de Israel. Tiene otra me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban,
amplitud. También otra cualidad: se extiende a todos los las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el ros-
seres humanos y es esencialmente religiosa. La salvación tro ante ultrajes y salivazos» (Isaías 50,5-6). Ya no se tra-
de la que el Siervo es heraldo y artesano está purificada de ta sólo de que le contradigan. El Siervo es apaleado y es-
todo nacionalismo. Consiste en el don de la luz ofrecido a carnecido. En sus desgracias, saca fuerzas anímicas de su
todos: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tri- seguridad en que el Señor Yahvé está con él e intervendrá
bus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te al final en su favor. Con la fuerza de esta esperanza, con-
hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance sigue hacer su rostro duro como la piedra, o sea, aguantar
hasta el confín de la tierra» (Isaías 49,6). cuanto sea necesario. Y espera. «Tengo cerca a mi defen-
Esa luz es la de la revelación de Yahvé. El Siervo está sor, ¿quién pleiteará contra mí? ... Mirad, el Señor me ayu-
a la escucha de esta revelación. El tercer Canto nos intro- da, ¿quién me condenará?» (50,8-9). Con este grito de
duce en la vida íntima del Siervo, en su relación profunda confianza termina el tercer Canto.
con Yahvé. Se deja instruir por Dios como un discípulo Ultrajado, maltratado, el Siervo espera una interven-
dócil. Ni se inventa ni crea su mensaje; lo recibe: ción sobrenatural que le habrá de librarlo de sus persegui-

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dores. El drama es que el Señor Yahvé no intervendrá. Y Dios es luz, fuerza, vida, esplendor. Manifiesta su pre-
aquí comienzan el escándalo y el misterio. El hombre más sencia y su favor a sus amigos envolviéndolos de luz, de
pacífico que nunca haya pisado la tierra ha sido abando- fuerza, de vida y de esplendor. Yahvé no está en las tinie-
nado a los perros. El cuarto y último Canto nos conduce al blas ni en la impotencia ni en la enfermedad. Ni en el fra-
corazón de este escándalo y de este misterio. El profeta caso ni en la muerte. Todas esas situaciones son los luga-
tiene conciencia de que va a anunciar algo propiamente res donde Yahvé no está. Pues bien, es ahí donde ahora se
inaudito: un misterio de oprobio y de gloria a la vez halla el Siervo, que se ha identificado con la negación mis-
(Isaías 52,13-15). ma de Dios. «Yo soy No-Dios para vosotros» (Oseas 1,9):
La voz del Siervo ha enmudecido. Esta voz, humilde e estas palabras de Yahvé dirigidas al profeta Oseas podrían
intrépida, que llegaba hasta las islas, ha sido reducida al ser puestas en boca del Siervo, en quien se cumplen con
silencio de una manera brutal. Ahora ya no es cuestión de toda su violencia.
enseñar. Sin embargo, su misión no ha terminado aún. Le Esta figura apenas es sostenible, por desconcertante y
aguarda un papel misterioso. Ya no tiene nada que decir ni escandalosa. Ante ella se tapan el rostro las personas res-
que hacer. Tiene que limitarse a mantenerse en lo más ba- petables. Sólo los lisiados del gran abismo, esos que han
jo de la angustia y la decadencia humanas. Y lo que ahí le explorado la noche del exilio, pueden mirarla sin descora-
queda por hacer es comulgar e identificarse con el destino zonarse. Hay algo en ella que les atrae y les habla. Se re-
de la humanidad perdida. Desfigurado hasta el punto de no conocen en ella. Les une a ella un misterioso parentesco.
ofrecer apariencia humana, «despreciado y evitado por la ¿Acaso este varón de dolores no sale de la misma tierra
gente» (Isaías 53,3), se ha convertido en varón de dolores: árida que ellos? ¿No está arraigado también él en la expe-
el dolor hecho hombre. riencia de la devastación y del «corazón quebrantado»?
La humanidad puede convertirlo todo en ídolo: la be- «Creció en su presencia como brote, como raíz en el pára-
lleza, el amor, la fecundidad, el poder, etc. Todo, menos el mo» (Isaías 53,2). Esta figura «sin apariencia ni belleza»,
dolor y la humillación. No hay ídolos del dolor ni de la hu- que Yahvé se complació en quebrantar, se les presenta co-
millación. Los ídolos son siempre el lenguaje del deseo del mo fraternal. Fraternal y sagrada a la vez. No forma más
hombre. Y el hombre no desea estas cosas, que constituyen que una sola realidad con el misterio del Dios escondido
para él un signo de maldición: el signo de la ausencia de lo que habita en el «corazón quebrantado». En este punto, la
divino, su misma negación. El mismo pueblo de la Biblia noche más larga, la del pueblo exiliado y la de los profe-
siempre las ha sentido como tales. El varón de dolores no tas perseguidos, se transfigura en una misteriosa teofanía.
puede ser más que un hombre «castigado, herido por Dios» Yahvé se encuentra allí mismo donde todo grita su ausen-
(Isaías 53,4): un hombre del que Dios se ha apartado. Y, en cia. Sobre todo, allí. Su presencia y su revelación se con-
consecuencia, un pecador, un impío. Así era Job para sus densan en el silencio de este hombre destinado al despre-
amigos. Y así es el Siervo de Yahvé para su pueblo. cio y horriblemente maltratado. Los signos de nuestra

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maldición cambian aquí radicalmente de sentido. La hu- cada ser humano se ha encontrado solo, confrontado con
millación, el sufrimiento y la muerte dejan de ser los sig- su propio corazón. «Todos errábamos como ovejas, cada
nos de la ausencia de Dios y se convierten en signos de su uno por su lado» (Isaías 53,6). El Siervo es la expresión
misteriosa presencia. más elevada de la experiencia del «corazón quebrantado»,
El Dios que aquí se revela no se deja representar con abierto al misterioso designio de Dios. Traduce exacta-
las formas de la belleza griega. Tampoco con los rasgos mente la conciencia que el pequeño «Resto» se hace de su
nobles del Sabio. Menos aún con el resplandor de la Om- misión en el mundo, al cabo de su larga purificación.
nipotencia. Es el Dios santo y «patético» el que aparece Con todo, no podemos considerar al Siervo como la
aquí. El Siervo está limpio de todo pecado. En su boca no simple proyección de la experiencia, por muy profunda
hay mentira alguna, ni en sus manos la menor huella de in- que sea, de un profeta, ni siquiera del mismo Israel en su
justicia. Es la inocencia misma. Si entra en nuestra sole- conjunto. Aunque está arraigado en esa experiencia, la
dad y en nuestra noche, si carga sobre sí con nuestro pe- trasciende. El Siervo está solo ante todos. Solo, debido a
cado y se ofrece él mismo a la muerte, es porque se ha de- su santidad sin sombra. Solo, debido a su misión, que le
jado agarrar por la pasión que siente el Dios santo por el hace cargar con los pecados de todos. Solo, debido al des-
hombre pecador: ha hecho suyo el afán de Dios por unir- precio universal que se abate contra él. Solo, en fin, debi-
se al hombre perdido. Lleva así a cabo la venida misterio- do a su íntima y libre decisión de ofrecerse por todos. En
sa del Dios santo al corazón de nuestra angustia y de nues- el centro de la pasión del Siervo se encuentra ese acto de
tra noche. En esto se muestra más que nunca como el libertad en que está solo: «Se entregó a sí mismo» (Isaías
Siervo de Yahvé: el que realiza su designio haciéndolo na- 53,12). El Siervo no pertenece a nadie. Sería vano tratar de
cer en el mundo. identificarlo con una raza o una clase. Todos lo rechazaron
Al leer este canto, que celebra la pasión del Siervo, po- y lo maldijeron. Todos sin excepción. Está él, y todos los
demos plantearnos la pregunta de aquel alto funcionario demás contra él.
de la reina de Etiopía, venido en peregrinación a Jerusa- Y precisamente en el momento en que es rechazado
lén: «¿De quién habla el profeta: de sí mismo o de otro?» por todos y se encuentra absolutamente solo, es cuando es-
(Hechos 8,34). Indudablemente, debemos responder: «De tá, misteriosamente, con todos, solidario con todos. Pero
sí mismo y de otro a la vez». Todas las pruebas que el pro- esta solidaridad ya no es la que se tiene con el clan o con
feta ha visto, vivido y experimentado a lo largo de estos la raza. Al llegar hasta el fondo de la soledad y la noche
años en medio de un pueblo elegido y, no obstante, aban- humanas, el Siervo se ha despojado de todo vínculo con-
donado, aflora en estos Cantos del Siervo. «El Siervo -es- creto, de toda condición humana particular, para no cono-
cribe A. Neher- es hijo de Israel, ha nacido en el dolor de cer más que la pobreza esencial del ser humano ante el
Israel». Es el hijo del exilio, de ese paso por la noche en el misterio de Dios. Es el ser humano que tiene que habérse-
que se han deshecho todos los vínculos visibles y en el que las con el misterio de Dios, abierto por completo. Ya no se

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pertenece a sí mismo, sino al misterio de Dios. Y por eso,
él mismo es ese misterio revelándose en el corazón de
nuestra angustia y de nuestra noche.
Ciro y el Siervo de Yahvé: dos figuras de la liberación
del pueblo de Dios. Inspiradas ambas por el Espíritu, com-
ponen juntas la visión profética de la historia. Ciro, con
sus victorias, pero más aún con su sentido político y hu- 15
mano, trabaja en la liberación temporal de los hombres. El Bajo el reinado de César Augusto
Siervo, con su enseñanza y su pasión, lleva a cabo una li-
beración más profunda. La figura de Ciro revela e ilustra
el soplo del Espíritu en la actividad que construye la his- Aquel día había empezado como todos los demás.
toria. La figura del Siervo hace aparecer, más allá de esa Jerusalén se había despertado con el sol y los gritos de los
actividad e incluso en lo más hondo del sufrimiento y del mercaderes. La cohorte romana, con sus lanzas relucien-
fracaso, una suprema afirmación del Espíritu y una defini- tes, volvía de efectuar la ronda. Todo en orden. Cada cual
tiva realización del hombre; muestra que la vida del a sus quehaceres. Y Roma dominaba el mundo.
Espíritu no es la vida que se aterra ante la devastación y la Sin embargo, un hombre tenía el presentimiento de
noche, sino que es ella la que, con enorme paciencia, las que algo muy importante para su pueblo y para el futuro
soporta y las transfigura; proclama que la historia no es el del mundo iba a suceder. Ese hombre, justo y piadoso, se
horizonte último del hombre ni el juicio final de Dios. dirigía apresuradamente al Templo. Se llamaba Simeón.
Era un hombre cargado de años, de meditaciones y, sobre
todo, de esperanza. A una edad en la que muchos ya no es-
peran nada de la vida, él seguía esperándolo todo. Su co-
razón se henchía de esperanza, como si hubiera heredado
toda la expectativa acumulada por su pueblo, de genera-
ción en generación, desde Abrahán. Simeón esperaba la
Consolación de Israel. Y no la esperaba como algo remo-
to y abstracto, sino como un acontecimiento inminente al
que él mismo asistiría.
«La Consolación de Israel»: esta expresión no tenía
nada de dulzón en la boca del anciano; tampoco evocaba
un acontecimiento espectacular, una de esas acciones bri-
llantes que en determinadas ocasiones hacen estremecerse

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a los pueblos. Pero sí anunciaba la llegada de algo profun- Rumiando estos graves pensamientos y empujado por
do y decisivo. Simeón conocía el libro de la Consolación el espíritu de profecía, se apresuraba aquel día el anciano
de Israel del profeta Isaías. En el mensaje contenido en es- Simeón hacia el Templo. El acontecimiento no debía tar-
te libro pensaba cada vez que hablaba de la Consolación dar en producirse. Estaba seguro. El Espíritu le había ase-
de Israel. Se había alimentado de este libro, día tras día, gurado que lo vería antes de morir.
meditando detenidamente los Poemas del Siervo. Se había ¿Qué había hecho él para merecer tal seguridad? Había
dejado penetrar por el Espíritu que había inspirado al pro- esperado. Y seguía esperando, a pesar de la pesantez de la
feta. Y el Espíritu también se había apoderado de él. Le edad, a pesar de los desmayos y los estragos de la vida. Es-
había revelado el tipo de grandeza y de santidad que debía peraba con un corazón de pobre, cada vez más pobre. Su
caracterizar el reinado de Dios. «Estaba en él el Espíritu esperanza era una llama que el viento de la debilidad incli-
Santo», escribe el evangelista san Lucas (2,25), haciendo na hasta casi extinguirla y que, sin embargo, se yergue una
eco a las palabras de Isaías (61,1-2). y otra vez, incesantemente, hasta ponerse vertical de nuevo.
Simeón esperaba, por tanto, al Mesías salvador, pero no Simeón acaba de llegar al Templo justamente en el mo-
como un héroe nacional y triunfante que habría de sacudir mento mismo en que entra en él una pareja joven. La mu-
el yugo del ocupante romano y devolver a Israel su inde- jer lleva un bebé en sus brazos. Es María, acompañada por
pendencia y su lugar entre las naciones. Tampoco lo espe- José, que viene a presentar a su hijo al Señor y a ofrecer
raba como un fuego vengador que habría de purificarlo to- como sacrificio dos tórtolas, de acuerdo con las prescrip-
do a su paso con el brillo de su poder y de su santidad. Lo ciones de la Ley. Nadie se ha fijado en ellos. Son gentes
esperaba en el espíritu de los Poemas del Siervo. El Mesías del común, sin más. Gentes muy sencillas, a las que nada
sería un hombre del Espíritu. Su llegada se produciría sin distingue. El anciano Simeón les mira. No les conoce.
brillo exterior. No actuaría mediante la espada ni el fuego, Pero, de pronto, le invade una certeza. Se acerca a la ma-
sino mediante la palabra. Diría las palabras que salvan y li- dre, fija su mirada en el niño y, suavemente, con infinito
beran. Su mensaje se dirigiría a todos, incluso a los pueblos cuidado, lo toma en sus brazos. Y se pone a orar en voz al-
remotos y paganos. Traería consigo una salvación univer- ta, transfigurado su rostro:
sal. Pero sería contestado. Conocería un destino trágico: re-
chazado, escarnecido, reducido al silencio, se vería conde- «Ahora, Señor, según tu promesa,
nado a la soledad, a la humillación, aplastado por los sufri- puedes dejar a tu siervo irse en paz,
mientos y condenado a muerte. Y, sin embargo, su muerte, porque han visto mis ojos a tu Salvador,
más aún que su enseñanza, sería un camino de luz y de paz al que has puesto ante todos los pueblos
para todos. «Sobre él descargó el castigo que nos sana, y como luz para alumbrar a las naciones,
sus heridas nos han curado» (Isaías 53,5). Esto era para y como gloria de tu pueblo Israel»
Simeón «la Consolación de Israel». (Lucas 2,29-32)

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Y mientras oraba, a Simeón le venía a la memoria con graba al saber que la misión de su hijo iba a extenderse
enorme claridad todo cuanto había leído y meditado en el más lejos y que sería la luz de las naciones.
libro de la Consolación de Israel: Sin embargo, Simeón seguía callado. Y al mirar al ni-
ño, volvía a ver también la imagen del Siervo sufriente, tal
«Mirad a mi siervo, a quien sostengo;
como es descrita en el libro de la Consolación:
mi elegido, a quien prefiero.
Sobre él he puesto mi espíritu «Muchos se espantaron al verlo,
para que promueva el derecho en las naciones. porque desfigurado no parecía hombre
No gritará, no clamará, ni tenía aspecto humano»
no voceará por las calles.
(Isaías 52,14)
La caña cascada no la quebrará,
el pábilo vacilante no lo apagará» «Despreciado y evitado de la gente,
(Isaías 42,1-3) varón de dolores acostumbrado a sufrimientos,
ante el cual se vuelve el rostro;
«Yo, Yahvé, despreciado, lo tuvimos en nada»
te he llamado para la justicia,
(Isaías 53,3)
te he tomado de la mano, te he formado
y te he hecho alianza de un pueblo, «Maltratado, se humillaba y no abría la boca:
luz de las naciones» como cordero llevado al matadero»
(Isaías 42,6) (Isaías 53,7)
«Te voy a poner por luz de las gentes
El anciano Simeón lo sabía: este canto de dolor era
para que mi salvación alcance
también un canto de esperanza, un canto de salvación y de
hasta el confín de la tierra»
victoria.
(Isaías 49,6)
«Mirad, mi siervo tendrá éxito,
El anciano se ha callado y, con el niño en sus brazos, subirá y crecerá mucho»
se ha quedado absorto en la contemplación interior. El pa- (Isaías 52,J3)
dre y la madre, según refiere san Lucas, se habían queda-
do maravillados de lo que acababan de oír. María sabía «Verá la luz,
que su hijo reinaría sobre la casa de Jacob: el ángel de la se saciará de saber»
Anunciación se lo había dicho. Pero en ese instante se ale- (Isaías 53,11)

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Pero ese triunfo pasaba por la noche y la muerte.
Volviéndose entonces hacia la madre, Simeón le susurra al
oído: «Mira, éste está colocado de modo que todos en
Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida, y
así quedarán patentes los pensamientos de todos. Y a ti
una espada te traspasará el alma» (Lucas 2,34-35).
María sintió que se le encogía el corazón. Ella había
venido llena de dicha a presentar a su hijo al Señor y a
ofrecerle, con tal ocasión, el sacrificio de dos tórtolas. Epílogo
Pero las palabras del anciano y el Espíritu que le inspira-
ba habían encendido de pronto, en el fondo de su alma,
una luz trágica. No, ella no iba a saldar cuentas con sus Jamás se les ha ahorrado la noche a los creyentes, aunque
dos tortolillas blancas. Éstas no eran más que un pálido re- hasta hoy parecía estar reservada a una élite: a los santos
flejo. La realidad era muy distinta. «No quisiste sacrificios y a los místicos. La masa en general se dejaba llevar por
ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo. No te agradaron la Institución. La Iglesia, segura de su armadura jerárqui-
holocaustos ni sacrificios expiatorios. Entonces dije: ca y de su posición sociológica dominante, se alzaba por
"Aquí estoy; he venido para cumplir, oh Dios, tu volun- encima de los pueblos con una autoridad soberana. Ella
tad"» (Hebreos 10,5-7; cf. Salmo 40,7-9). María miraba a era la voz que enseñaba, el faro que iluminaba, la espada
su hijo entre los brazos del anciano. La carne de su carne que zanjaba. Bastaba con escucharla y mirarla para saber
sería un día la víctima. Su hijo sería el Siervo desfigurado lo que había que pensar y lo que había que hacer. Todo era
con quien se encarnizarían para abatirlo y que se ofrece- «claro y distinto». Pero resulta que hoy la propia Institu-
ría, él mismo, hasta la muerte por la salvación de todos. ción se ha oscurecido. Desalojada de su posición de privi-
¿Por qué se daban en ella, de pronto, esta violencia y este legio en el mundo, la Iglesia se ve contestada tanto desde
desgarro entre la carne y el espíritu? dentro como desde fuera, lo cual le hace vacilar, buscar a
Intenso silencio. María ya no oía más que los latidos tientas su camino y aparecer ante el mundo con el rostro
enloquecidos de su propio corazón. Había entrado en la del Siervo. Muchos, al verla en tal estado, se sienten tur-
noche de Dios. Jamás se había sentido tan pobre, tan ale- bados y desorientados, pues ya no encuentran en ella el
jada de Dios. Y jamás había estado tan cerca. abrigo que les protegía.
Hoy ya no queda ningún medio protegido. El ser hu-
mano, desde muy temprana edad, se ve arrojado en un
mundo en el que todas las opiniones, todas las creencias y
todos los sistemas de valores se codean en pie de igualdad.

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En este mundo pluralista, la fe ya no puede ser una mera y al almendro. Para el profeta, la imagen graciosa del al-
lección aprendida, sino que exige optar por unos valores y mendro no tenía nada de tranquilizadora. Significaba que
profundizar en la existencia. La fe, por consiguiente, está Yahvé velaba por la ejecución de sus amenazas; anuncia-
vinculada a la andadura humana. Y nadie puede hacer es- ba que la desgracia era inminente. Pero algunos años más
ta experiencia por nosotros. tarde, cuando el país ya no ofrecía más que un espectácu-
Hoy, como en los tiempos del Exilio, el creyente se ve lo desolador, Yahvé le dijo a Jeremías: «Del mismo modo
entregado a las solas fuerzas de su corazón, remitido a la que anduve presto contra ellos para extirpar, destruir,
esencial desnudez del ser humano. Ya no sabe de antema- arruinar, perder y dañar, así andaré respecto a ellos para
no cuáles son los caminos de Dios. reconstruir y plantar» (Jeremías 31,28). ¿Se acordaría el
En semejante situación de precariedad y despojo, la fe profeta en aquel momento de la rama de almendro?
se convierte en una aventura que tiene muchos puntos de El almendro es un árbol precoz que no espera al final
semejanza con la gran aventura humana en general. Ya no del invierno para anunciar la primavera, sino que tiene pri-
es algo sobreañadido. El creyente camina con los demás sa por florecer. Sobre sus ramas desnudas, todavía ateri-
seres humanos: en la misma noche. También él debe escu- das, brota restallante la vida nueva en forma de florecillas
char las voces profundas del mundo y dejarse interpelar blancas que van invadiendo progresivamente hasta las ra-
por ellas. Y es en el nivel de esta andadura humana donde mas más altas. En medio de un paisaje desolado, el al-
es invitado a escuchar de nuevo la Palabra y a descubrir mendro en flor es un luminoso anticipo. Y la rama florida
los signos. luce como el alba en medio de la noche.
Esta fe despojada se abre a los cuatro vientos del Más allá de la tormenta y la devastación, la Palabra so-
Espíritu. Hoy, como en los tiempos del Exilio, el Espíritu bre la que Dios no cesa de velar sigue siendo siempre la
no deja de soplar, y lo hace tempestuosamente, precisa- Promesa. El invierno continúa en nuestros surcos. Pero en
mente allí donde han caído todos los muros. Y su soplo es alguna parte, en la mirada de la Iglesia, ha florecido ya una
un soplo de universalidad que renueva y congrega a seres rama de almendro.
humanos procedentes de los más lejanos horizontes. Está
naciendo un nuevo pueblo de Dios, más allá de todas las
líneas divisorias tradicionales.
«¿Qué ves, Jeremías?», le había preguntado Yahvé a su
profeta en vísperas del desastre que iba a abatirse sobre
Judá. «Veo una rama de almendro», le respondió el profe-
ta. Y Yahvé repuso: «Bien has visto. Pues así soy yo: aten-
to a mi palabra para cumplirla» (Jeremías 1,11-12). La
misma palabra hebrea shéqed sirve para designar al vigía

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