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PODER Y SABER

Eval Araya Vega.

El poder tiene que ser analizado como algo que no funciona sino en cadena. No está

nunca localizado aquí o allá, no está nunca en manos de algunos. El poder funciona, se

ejercita a través de una organización reticular. Y en sus redes circulan los individuos

quienes están siempre en situación de sufrir o ejercitar ese poder, no son nunca el blanco

inerte o consistente del poder ni son siempre los elementos de conexión. El poder transita

transversalmente, no está quieto en los individuos. (Foucault. 1995)

PROLEGÓMENOS

En el presente en ensayo se pretende reflexionar sobre algunos tópicos de la

relación saber-poder. Para ello, se tendrá como referente al autor francés Michael Foucault

(1926-1984); según planteamientos expuestos, principal, aunque no exclusivamente, en el

texto Microfísica del poder.

Este autor hace un planteamiento novedoso sobre el poder, desde el que, si bien es

cierto no excluye los señalamientos tradicionales del poder macro, también lo es que abre

una nueva perspectiva, no desarrollada suficientemente hasta su momento, que, a nuestro

parecer, deviene prioritaria para comprender, más profundamente, las importantes

dimensiones de la vida cotidiana, de cada una de las personas que construyen la historia

momento a momento.

Lo novedoso radica, entre otros tópicos, al señalar que el poder no puede ser

localizado en una institución, llámesele Estado, aparato de estado, poder del estado,

monarca o de cualquier otra forma macro-institucionalizada del mismo; sino que, ante
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todo, es una realidad circulante en el devenir humano, está en todas partes y de cierta

forma, cada persona es el medio de su prolongación.

De esto último se sigue que, la así llamada toma de poder, no es posible en sentido

pleno, absoluto, ni definitivo, sino, más bien, lo viable son procesos de empoderamiento,

digámoslo así: locales, personales, puntuales, microfísicos, infinitesimales, pero que, a su

vez, constituyen el entramado reticular que conforma un todo epistémico de certidumbre,

tanto racional como política, así como el entretejido que constituye el acontecer histórico.

En este caso, se complementa la concepción según la cual el poder sea algo enteramente

delegado, por ejemplo, cedido otrora al soberano, o a quien ostente representativamente el

poder en los estados modernos, según concepción contractual ius positivista, basada en la

voluntad general roussoniana y en las modernas teorías democráticas representativas del

estado nacional.

Entonces, tenemos que el poder es, en primera instancia, un juego relacional de

fuerzas, constituido gracias a la participación de todos y todas, en procesos de situaciones

estratégicas, desarrollados en contextos sociales determinados y en una dialéctica

antropológicamente constitutiva: fuerza-resistencia, según lo estudiaremos pronto.

Por lo tanto, el poder, al ser relación, al ser proceso, está en todas partes, el sujeto

individual se instituye en transindividual al estar atravesado y, de cierta forma,

"suspendido" en y por esas relaciones de poder.

Más aún y en lo que nos interesa: todo poder tiene su saber, expresado en discurso;

discurso que, a su vez, procura efectos de verdad hegemónica, con lo que se entretejen

redes complejas entre el poder(es) y el saber(es). Este tópico de confluencia: poder-saber,

será el gozne sobre el que girarán nuestras reflexiones siguientes: No hay saber sin poder ni

viceversa, o bien, todo saber sustenta un poder y todo poder un saber. En tal contexto se
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conforma cada ser humano, su conciencia, su vivencia, su práctica, sus relaciones. Por esto,

el estudio del tema del poder, resulta en un tema afín y necesario.

CIRCULACIÓN MICROFÍSICA DEL PODER: UN NUEVO CAPÍTULO EN LA

TEORÍA DEL PODER

En una especie de cuántica filosófico-política, Foucault brinda nuevas claves para

entender un problema, fundamental y antiguo, esta vez, desde una nueva óptica que radica

en analizar tópicos referentes a las manifestaciones cotidianas, minúsculas, microfísicas del

poder.

El texto usado como epígrafe de este artículo, sintetiza no solo la dirección sino,

además, la posición asumida por el autor francés, al mostrar un lado, si se quiere, muchas

veces ignorado del tema en cuestión. En esta perspectiva, el planteamiento implica la

existencia de subpoderes integrados o sometidos, articulados a un poder global, es decir, se

asume la dialéctica del micro y el macro poder.

Por lo tanto, el tema del poder así planteado, permite explicar la trama vital

cotidiana, conformada en y por la red de fuerzas que constituye el espacio social en que

todo individuo logra su existir; sitio en que se integran, además, los poderes marginados y

olvidados. Más aun, esos poderes reclaman sus respectivos saberes, en una suerte de

imbricación indisoluble: no hay micropoder, ni poder alguno que no procure un saber

desde el cual se garantice su legitimación y normatización.

Para el proceso de formación humanística universitaria, es importante subrayar que

hay una concepción socio-antropológica, según la cual, sin importar el nivel de

interrelaciones humanas, ellas se juegan en campos de poder, en los cuales, ese tal poder no

se agota en tanto macro-fenómeno de dominación masiva ni homogénea, de un individuo o


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conjunto de ellos, sobre los otros, sino que se lo entiende en un sentido reticular,

microscópico, esto es, propio de la interrelación humana cotidiana y sostenida.

Por su parte, el principio de ese ejercicio de micropoder se lo desarrolla en la

corporeidad misma, pues es ese el escenario más próximo en que se ejercen los juegos

cotidianos. Es decir, estamos frente a una físis de circulación del poder, también del

detalle, orientada por un enfoque genealógico, cuyo primer clave de lectura la define el

binomio: "poder-cuerpo". Foucault señala que lo microscópico del “(…) poder se ha

introducido en el cuerpo, se encuentra expuesto en el cuerpo” y añade: “(…) nada es mas

material, más físico, mas corporal que el ejercicio del poder (…)”.

Por lo tanto, micro-física de la circulación del poder en doble sentido: Por la

dimensión corpórea del poder, es decir, por la concreción de él por medio de los cuerpos; y,

por la dinámica cotidiana y minuscular que entreteje ese dicho ejercicio del poder.

Tenemos que si el poder es microfísico, está en todas partes, circula a través de todos y

cada uno de los individuos, en el fondo lo que interesa es la, así llamada, red de poderes, la

red de relaciones de fuerza, pero no enfrentadas en forma abstraída, ni en reflexiones

generalizantes, sino en un concreto histórico, material, personal y vivencial; antropológico

al fin y al cabo: Contexto en el cual precisamente se desarrollan y producen los sujetos.

En definitiva, según la tesis de Foucault, en esa especie de tensión infinitesimal,

será fundamental conocer cómo se ejerce el poder, porque en tal escenario el sujeto se

constituye, cada uno de los sujetos, cada persona se perfila y define gracias a la tensión y a

la resistencia que ejerce sobre ella la trama del poder.

Ahora bien, se ha de señalar que cada ejercicio microfísico de poder aporta y

soporta su propia lectura, su propio texto, su propia interpretación, su propio saber; por lo

que, la relación "poder-discurso-saber" es indisoluble y si, como ya se puede inferir, todo


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en la sociedad pasa por la retícula del poder según nuestro autor, sin importar el nivel en

que se desarrolle, también, todo en la sociedad pasa por el tema del discurso/saber y todo

discurso/saber se constituye en campo de poder.

Según nuestro autor, todas las relaciones son relaciones de poder, es decir, lucha de

fuerzas; desde y sobre él se dice, se actúa, se piensa, porque el poder pulsa toda relación

humana, toda constitución antropológica, todo decir, toda cosmovisión. Esta totalidad es

también discursiva, pues no es posible establecer una separación entre el discurso y el

poder, ni a la inversa. Más que un ensamble entre el saber y el poder, lo que hay es una

relación de necesidad, indispensable.

COMPRENSIÓN METODOLÓGICA DEL MICROPODER

(…) percibir la singularidad de los sucesos, fuera de toda finalidad monótona:

encontrarlos allí donde menos se espera y en aquello que pasa desapercibido por no tener

nada de historia –los sentimientos, el amor, la conciencia, los instintos-; captar su retorno,

pero en absoluto para trazar la curva lenta de una evolución, sino para reencontrar las

diferentes escenas en las que han jugado diferentes papeles; definir incluso el punto de

ausencia, el momento en el que no han tenido lugar. (Foucault, 1995)

Este planteamiento sobre el poder en tanto micro, reclama una aproximación

metodológica acorde, es decir, no se puede estudiar el poder así entendido, según se estudió

el poder entendido de otra forma. Foucault presentó en varios lugares de su obra lo que dio

en llamar "genealogía del estado moderno" y es que, precisamente, con este concepto se

bautiza el nuevo método: método genealógico. Sin duda, la inspiración es nietzscheana, lo

que nuestro autor señala sin empacho, incluso desde el primero de los apartados de

su Microfísica.
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Cabe preguntar: ¿Por qué genealogía, o qué entender por ella? La "genealogía" es

el recurso metodológico que estudia el juego de fuerzaspresentes en la emergencia de un

fenómeno, es decir, ella permite estudiar la "procedencia" que explica un fenómeno

puntual. A la genealogía se la comprende como recurso teórico epistemológico y se la sitúa

en la confluencia de los saberes cotidianos, sometidos, en el engranaje marginado por las

narraciones históricas propias de grandes teorías globales de carácter macro, en los saberes

bajos, descalificados de antemano, por incompetentes, por insuficientes, por degradados,

por excluidos; tal el caso del enfermo mental, del delincuente, del ser lésbico o gay, de la

mujer en el androcentrismo, por citar tan solo algunos.

El acoplamiento de esos tipos de saberes abre paso a la genealogía y, con ella, al

redescubrimiento meticuloso de las luchas y la memoria de los enfrentamientos en tales

niveles; lo que facilita, o más bien exige, que sea “eliminada la tiranía de los discursos

globalizantes con la jerarquía y con todos los privilegios de la vanguardia teórica.”

(Foucault, 1995:128ss.). Con el método genealógico se leerá la realidad social no leída

antes sino más bien oculta, la realidad invisibilizada, sin derecho a decir ni a ser dicha.

Por tanto, la genealogía es un elemento fundamental en el abordaje de las relaciones

de poder, para el descubrimiento emergente de éstas y su articulación en las luchas de las

minorías. Ella faculta la constitución de un saber histórico de lucha y la utilización de ese

saber en tácticas, para oponerse a los saberes jerarquizantes, propios de la cientificismo, de

la falsa erudición, centralistas, hegemónicos y dominadores per se.

Este concepto se complemente con el de "arqueología", también central en la

propuesta que estudiamos. En este caso se hace referencia a la problematización de los

discursos en los que se articula el saber. Es decir, la genealogía estudia la emergencia,


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mientras que la arqueología el entramado del poder. Tal entramado se lo instituye con base

en saberes.

Así, aun cuando no son lo mismo, para llagar a la genealogía es necesario valerse de

ciertas regularidades discursivas evidentes y problematizadas por y desde la arqueología.

La arqueología se constituye en medio para la genealogía. Rojas Osorio (1995:35) señala al

respecto: “Es interesante retener que él [Foucault] habla de dimensión arqueológica y

dimensión genealógica de su análisis: La primera como forma de problematizar y la

segunda como forma de poner en relación el discurso con las prácticas sociales”. Por su

parte, el mismo Foucault indicó: “Para decirlo brevemente, la arqueología sería el método

propio de los análisis de las discursividades locales, y la genealogía la táctica que a partir

de estas discursividades locales así descritas, pone en movimiento los saberes que no

emergían, liberados del sometimiento”. (Foucault, 1995, p. 131).

Empero, se podría rescatar otra relación de continuidad entre la arqueología y

la genealogía, según propuesta del autor, pues las dos son metodologías filosóficas, como

se ha dicho, epistemológicas: la arqueología en la historia o memoria de las ideas y las

luchas; la genealogía, en los escenarios propios de la teoría social, de las luchas presentes.

Por lo tanto, no se las debe considerar como disciplinas alternativas, sino ante todo, como

dispositivos críticos, es decir de análisis, al interior de las ciencias, para el examen de los

objetos por analizar, de la conciencia misma que los reflexiona; todo en el contexto de las

luchas concretas, de los juegos propios del poder microfísico.

Más aún, si se da la oposición con esas otras disciplinas, será con respecto a

los "despliegues metahistóricos" que buscan el "origen" y se basan en significaciones

ideales e indefinidos teleológicos. En tales casos, se hablaría, por ejemplo, de historia


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tradicional, pero nunca de "historia efectiva" (Foucault, 1995:19), de aquella que es "un

saber en perspectiva" (Foucault, 1995:22).

Entonces, inspirado en Nietzsche, nuestro autor pretende comprender las fuerzas

que explican los tópicos fundamentales del poder en sus modos microfísicos y, a partir de

ahí, su incidencia en la "fabricación" de los discursos y, por su medio, de los sujetos.

Interesará en esta propuesta la arista genealógica, porque desde ella es posible que el poder

sea visto en sus recónditas y más pequeñas manifestaciones de lucha; discursiva e

históricamente, pero ante todo, en razón de la inserción de esas memorias de lucha, en las

luchas presentes, concretas, personales y regionales, es decir arqueológicas.

Subrayando una vez más y con un afán de sintetizar, Foucault propone analizar las

relaciones como enfrentamientos, mejor aun, como relaciones de poder; relaciones que no

pueden ser comprendidas desde las concepciones de "origen", ni de "orden", ni

de "evolución progresiva y metódica", ni de "poder central", ni de "verdad científica", ni

de "legalismo jurídico". Ello implicaría suponer una esencialidad, preexistente si se quiere,

invariable, portadora de verdad, reificadora de la realidad, ubicada en el campo del milagro

metafísico y del centralismo del ejercicio del poder.

Esta aproximación metodológica demanda el despliegue de lo que está bajo el

aspecto general, en procura de percibir lo accidental, lo ínfimo, los errores, los fallos de

apreciación, la rareza, lo discontinuo, lo anormal, es decir, todo aquello que habitualmente

es invisibilizado e, incluso, negado como posibilidad real; desde donde se instituyen

mentiras con carácter de verdad y muchas verdades se las concibe como prohibidas. Por lo

demás, la genealogía permite "(…) descubrir que en la raíz de lo que conocemos y de lo

que somos no están en absoluto la verdad ni el ser, sino la exterioridad del


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accidente" (Foucault, 1995, p. 13). En razón de ello, en vez de fundar, se remueve lo

asumido como inmóvil y verdadero, a la vez que se fragmenta lo que otrora fuera unitario.

PODER Y SABER: LA TRAMA DEL DISCURSO Y LA PRODUCCIÓN DE LA

VERDAD.

La aplicación de este método permite afirmar que el discurso, que dice algo, por o

desde alguien o algunos, proferido desde cierta posición, reclama per se un derecho, en

razón de que quien lo emite forma parte del contexto de lucha, es decir, a la postre pretende

ejercer poder desde una determinada relación de fuerza.

Por tanto, todo discurso es descentrado, es decir, se realiza desde una perspectiva,

que no guarda observancia con la universalidad jurídica, ni con la verdad universal del

filósofo, ni con la del científico, ni con un supuesto ser esencializado. En este contexto, la

verdad sería tal, sólo porque se despliega desde una posición de lucha determinada con

carácter hegemónico y coyunturalmente dominante, pero nunca lograría ser universal, total

ni objetiva. La verdad es una imposición más del poder y se la instituye y conserva en la

trama circular y reticular del poder.

Hay un vínculo indisoluble entre relaciones de fuerza y relaciones de verdad. La

verdad evidencia una relación, pues es dicha y asumida según la posición que se ocupe en

el campo de batalla que conforman las relaciones. Es decir, la verdad se conceptualiza

como un arma en las relaciones de fuerza, donde se desarrollan las intersubjetividades

cotidianamente y se entreteje la red de micro-poderes. Por lo tanto, todo discurso será

producto de cierta relación de poder y, todo saber, un saber en perspectiva y según toma de

posición política. Ningún saber instituido en decir o en práctica es ingenuo desde la

perspectiva que estudiamos.


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Por lo tanto, nuestro autor parte de una vinculación íntima y concomitante entre el

poder o relación de fuerza, y entre el discurso y la verdad. La ecuación aplicada es simple:

mediante el discurso, aportado en las relaciones cotidianas, se intenta instituir una verdad,

lo que es más que el intento de imponer un poder. Hay en las acciones humanas un instinto

de verdad y, como medio instituyente, un decir verdadero sustentado en un supuesto saber

hegemónico soporte del micropoder correspondiente.

Es por esto que se afirma que, el sentido de algo será siempre la relación de ese algo

con las fuerzas que lo poseen y que se constituyen en una especie de escenario definitorio

óntico; es decir, es en tal escenario que se arriba a la manifestación del ser, fuera de él no

sería posible alcanzar la eseidad, más claro aun: se es en la trama del poder, del saber, de la

verdad. La fuerza será lo que dice relación con la apropiación y la dominación de algún

segmento de la realidad. El sentido, de "ese algo", cambia según las fuerzas que de él se

apoderan o intentan hacerlo. Es decir, se lo define según el particular juego contextual de

fuerzas en que ese algo interactúe. De aquí que cada objeto tenga su historia, que no sería

sino la variación del sentido de ese objeto, lo que remite al fluctuante embate de las fuerzas

en juego.

Consecuentemente, ni "ese algo", ni ningún otro, podría tener una esencia originaria

ni última, invariable e inmutable. Del necesario sometimiento a las fuerzas que se apoderan

del sujeto/objeto, o que coexisten en una lucha por apropiárselo, se definirá su sentido, su

verdad, su ser-en-situación, re-interpretándolo o re-ajustándolo cada vez, sin que medie la

noción de destino ni de mecánica, ni de verdad esencialista, sino tan solo, el azar de la

lucha según las correlaciones históricas. Desde aquí también, el saber adquiere sentido y el

decir significación. El ser, o mejor aún, cada ser, no es por antonomasia un algo definido,
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es algo en contexto, en proceso, en tensión, cuyo modo siempre depende de "esas"

circunstancias.

Siguiendo a nuestro autor, queda claro que, las relaciones de poder no pueden

disociarse, establecerse, ni funcionan sin una producción, acumulación, circulación y

funcionamiento de discursos. La trama discursiva, a la vez reticular, soporta y se instituye,

en una especie de danza dialéctica, al poder mismo. Más aún, no será posible un ejercicio

del poder, sin una economía de los discursos de la verdad. Es de esta forma como poder,

verdad, discurso, saber y política están unidos en el enfoque que atendemos y, desde ellos

se instituye cada sujeto cada vez.

La verdad está ligada circularmente a los sistemas cotidianos de poder que la

producen y mantienen, y a los efectos de poder que induce y que acompaña; todo lo cual es

entendido como el régimen de la verdad. Asimismo, no hay poder que se ejercite sin un

saber que le sea propio y pretenda, como ya se indicó, la hegemonía veritativa; ni hay un

saber puro que no promueva engendrar poder. (Foucault: 1995, 100 y 189).

De aquí se deriva un tema antropológicamente importante: el de la resistencia. En el nivel

microfísico que se estudia, cada poder conlleva un contrapoder y cada discurso un

contradiscurso. De otra forma planteado, si el poder es una relación de fuerza, esa fuerza

puede ser observada desde dos aristas: la capacidad de afectar y la de ser afectada. Una de

las claves aquí de la microfísica que se estudia.

La capacidad de afectar constituye, en sentido estricto, el ejercicio del poder de esa

fuerza. En el decir de Deleuze, sería como "una función de fuerza". Mientras en el

escenario de la permanente posibilidad de ser afectada, se genera la capacidad de

resistencia, o también con Deleuze, esto sería como "una materia de la fuerza" (Deleuze:

1998, 100-101).
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Tenemos entonces que la resistencia es la respuesta desarrollada desde los

individuos afectados por un ejercicio de poder y, si a esto añadimos que el contexto en que

los sujetos se mueven es un contexto de guerra; luego, concluye Foucault: la resistencia es

tan consustantiva al poder, como el ejercicio mismo del poder, en tanto constituido por

principios de guerra.

La fórmula es simple en su presentación: afectar y ser afectado; dos elementos

igualmente importantes para comprender las relaciones de poder; las que, por lo tanto, no

podrán ser solipsistas desde ningún punto de vista, pues demandan interrelación.

La lucha comporta un diálogo de guerra que no podría darse sin discursos pero, a su vez, el

decir de los discursos debe ser entendido desde la convicción de que se dice en perspectiva,

desde una óptica determinada, desde una posición de poder específica, desde un instinto de

verdad hegemonizante. Las presentaciones de esta resistencia son diversas; sin embargo, se

materializan, bien en cuerpos que buscan ejercer sus libertades y sustraerse a la relación de

poder o, en voluntades plenas de obstinación.

Todo sujeto nace resistiendo y es, precisamente en esta capacidad de reacción, que

se instituye como tal y donde el tiempo y el sentido de la experiencia se construyen; con lo

cual, se complementa la acepción de sujeto planteada por Foucault y presentada

anteriormente. En este contexto de fuerzas, de luchas, la resistencia aparece como la

capacidad que posee todo sujeto de reaccionar, de forma actual o virtual, con el fin de

oponerse en sentido contrario a la acción que se ejerce sobre él. Nuestro autor opina que tal

resistencia permite convertir la fuerza recibida, desde fuera, en energía para actuar desde

dentro.

La inferencia de Foucault, al tenor de lo cual se confirma que saber y poder son

uno, es contundente:
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Occidente estará dominado por el gran mito según el cual la verdad no pertenece

nunca al poder político, el poder político es ciego, el verdadero saber es el que se

posee cuando se está en contacto con los dioses o cuando uno se acuerda de las

cosas, cuando se ira el gran sol eterno o se abren los ojos a lo que ocurrió. Con

Platón comienza un gran mito occidental: que existe una antinomia entre saber y

poder. Si hay saber, es preciso renuncia al poder. Ya no puede haber poder político

allí donde el saber y la ciencia se encuentran en su verdad pura. Este gran mito hay

que destruirlo (…) el poder político no está al margen del saber, está imbricado en

el saber. (Foucault: 199 (b), p. 2002).

Y es que en el fundo nuestro autor plantea con claridad lo siguiente:

(…) las prácticas sociales pueden llegara engendrar ámbitos de saber que no

solamente hacen aparecer nuevos objetos, conceptos nuevos, nuevas técnicas, sino

que además engendran formas totalmente nuevas de sujeto y de sujetos de

conocimiento. El propio sujeto del conocimiento también tiene una historia, la

relación del sujeto con el objeto o, más claramente, la verdad misma tiene una

historia." (Foucault: 199(b), p. 170).

EL PAPEL DE LOS INTELECTUALES EN ESTA PROPUESTA TEÓRICA

En el escenario de poder descrito, los intelectuales cumplen un cometido netamente

político que está muy lejos del tradicional papel especializado y bancario. Anteriormente,

señalará nuestro autor, los intelectuales y los profesionales encontraron en el "consejo

experto" una de sus principales tareas. Se los ubicó en una especie de pedestal altamente

especializado, propio de los maestros y científicos de la verdad y la justicia, portadores de


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la conciencia. Se les suponía poseedores de los rasgos del conocimiento totalizador y

universal y, sin más, los portadores de la verdad y, por lo tanto, del poder.

Pero las masas no necesitan de estos intelectuales afirma Foucault. Ellas mismas

saben, ellas entienden con claridad sus vidas y con mayor propiedad que ningún otro. Más

tal saber y el discurso correspondiente es obstaculizado, prohibido y deslegitimado en el

sistema de poder oficial y centralista. No solo en sus manifestaciones de censura

institucionalizadas, sino que la exclusión atraviesa, en el decir de nuestro autor: "Toda la

maya de la sociedad"; tanto que los intelectuales, es desde ahí que tradicionalmente operan,

desde donde se auto-asumen como agentes de "conciencia", dadores de "verdad" y

"legitimadores de discursos". (Foucault, 1995: 79).

Es importante tener claro que cuando el autor francés hace referencia a las masas en

su relación con los intelectuales, les atribuye saber y no conciencia propiamente dicha. Tal

saber se deriva de su existencia y su experiencia incorporada que, sin duda y desde una

perspectiva también microfísica, no necesita ser narrada desde ninguna exterioridad para

adquirir carta de ciudadanía. Hacerlo sería como imprimir un orden explicativo,

taxonómico y veritativo, no solo innecesario sino, ante todo, falseador e irrespetuoso. El

saber de las masas es de ese tipo: de la masa y, como tal, no es aceptado por la episteme

dominante, la que, por doxástica y normativa es, además, excluyente y hegemónica.

Señala literalmente Foucault:

Ahora bien, lo que los intelectuales han descubierto (…) es que las masas no tiene

necesidad de ellos, para saber; saben claramente, perfectamente, mucho mejor que

ellos; y lo afirman extremadamente bien. Pero existe un sistema de poder que

obstaculiza, que prohíbe, que invalida ese discurso y ese saber. Poder que no está

solamente en las instancia superiores de censura, sino que se hunde más


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profundamente, más sutilmente en toda la malla de la sociedad. Ellos mismos,

intelectuales, forman parte de ese sistema de poder, la idea de que son agentes de

conciencia y del discurso pertenece a este sistema. (Foucault, 1995, p. 79).

Propone el autor que el correcto papel de los intelectuales consiste en hacer aparecer

los discursos centralistas, hegemónicos y universalistas, desde los cuales se ocultan y

excluyen todos los otros. Dar espacio a las verdades prohibidas y denunciar las mentiras

instituidas como verdades. Es decir, le corresponde al intelectual y al profesional desnudar

las conexiones estratégicas, por las que, discursivamente, el poder opera en exclusión de

todos los otros discursos, así como brindar instrumentos para el ejercicio de la resistencia y

para una constitución antropológica mas libre y menos enajenada.

El intelectual y para nosotros el profesional en general, debe ser autocrítico, sin

situarse en la vanguardia, ni al margen, desde donde solía decir la verdad. Nuestro autor

señala que el papel del intelectual: "…es ante todo luchar contra las formas de poder allí

donde éste es a la vez el objeto y el instrumento: en el orden del "saber", de la "verdad", de

la "conciencia", del "discurso". (Foucault, 1995, p. 79).

El intelectual debe dejar de ser otro elemento más en la opresión de los pueblos y

tener la capacidad de contribuir en el desciframiento de las claves por medio de las cuales

opera el poder, se desarrollan las regularidades textuales y, merced a ellas, se delimitan

exclusivamente las condiciones de posibilidad de otros discursos.

Metodológicamente y en algún momento, el principio de su acción es arqueológico,

porque la aproximación primera consistirá en la problematización de los discursos en los

que se articula el saber y, basado en la procedencia y en la emergencia, tendrán la

necesidad de aproximarse a las regularidades discursivas que facultan, a la vez que

prohíben, decir esto o aquello; desde las que se incluye y se excluye, desde las cuales se
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generan "realidades" y "verdades" y, consecuentemente, falsedades y, desde las que

algunos tienen posibilidades mayores de desarrollo y plenitud, mientras otros son

prácticamente excluidos, ignorados, olvidados.

El intelectual debe ser un agente activo en el proceso de ruptura del secreto, está

obligado a contribuir en la apertura del decir del otro, de todos, pero decir desde otra

perspectiva, en procura de la inversión del poder, en la trama cotidiana y microfísica

misma. Claro está, si su principio de acción es arqueológico, el cometido es genealógico y

estratégico. Señala el autor que estudiamos:

Y si designar los núcleos, denunciarlos, hablar públicamente de ellos, es una lucha,

no se debe a que nadie tuviera conciencia, sino a que hablar de este tema, forzar la

red de información institucional, nombrar, decir quién ha hecho, qué, designar el

blanco, es una primera inversión del poder, es un primer paso en función de otras

luchas contra el poder. Si los discursos como los de los detenidos o los de los

médicos de las prisiones son luchas, es porque confiscan un instante al menos el

poder de hablar de las prisiones, actualmente ocupado exclusivamente por la

administración y por los compadres reformadores. El discurso de lucha (…) se

opone al secreto. (Foucault, 1995: 84).

Comprender este intelectual que el saber y el poder se articulan en el discurso y

legitiman una racionalidad determinada, desde la cual otras posibilidades racionales, esta

vez exteriores a esa episteme o red discursiva de certidumbre, desde la que se articula el

saber propio de la política global y la Doxa, son excluidas, ocultas, segregadas,

invisibilizadas. Es decir, esas tales regularidades, esa red discursiva, esa episteme

hegemónica, ese modo de ser "natural", desde la que muchas veces operó el intelectual
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mismo, es lo que demanda ruptura y enfrentamiento; precisamente, abriendo espacio para

escuchar y decir, lo que otrora era imposible o prohibido.

Ante esto último, el intelectual, pasa a ser algo así como un topógrafo y un geólogo,

en tanto le corresponde hacer el croquis del juego estratégico, arqueológico y

genealógicamente, de poderes y de batallas: "Se trata en efecto de tener del presente una

percepción espesa, amplia, que permita percibir dónde están las líneas de fragilidad, dónde

los puntos fuertes a los que se han aferrado los poderes (…) dónde estos poderes se han

implantado". (Foucault, 1995: 109).

BIBLIOGRAFÍA

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