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Socialismo, marxismo y poder popular en Chile hoy

www.revistaposiciones.cl/2017/12/22/348/

Autonomismo y poder popular [PP] no son sinónimos. El autonomismo es un ideario que no


sigue los criterios táctico-estratégicos del socialismo ni del marxismo. Puede haber proyectos
autonomistas anarquistas, liberales e incluso conservadores; el desarrollo del PP es socialista
y marxista.

Si este proyecto deja de lado marxismo y socialismo, se vuelve autonomismo o anarquismo.


Es la ilusión del comunismo sin socialismo, es decir, del comunismo sin periodo de transición
que permita la superación de la sociedad capitalista. Es “idealismo comunista”.

Este idealismo comunista plantea el PP como medio y como fin. Es cierto que la locución
posee un valor prefigurativo: la sociedad utópica aquí y ahora. Pero no se hace cargo de las
profundas limitaciones y obstáculos que se deben enfrentar, sobre todo en una formación
social como la chilena hoy.

Sin embargo, no es menos cierto que debido a la debacle de los “socialismos reales”, la
burocratización, el autoritarismo y la estatización, además de la osificación del marxismo, los
idearios del PP fueron autonomizándose del real significado del socialismo y del marxismo,
surgiendo grupos bajo la identidad “libertaría”, “rojo y negro”, de “cultura miristas”, o
abiertamente “comunistas”. Esto permitió en Chile mantener el compromiso revolucionario, a
pesar de las derrotas autoritarias y neoliberales. Pero con el tiempo, en su forma radical, estas
experiencias asumieron un ideario “autonomista” que independizó la noción del PP respecto al
socialismo, entendido como periodo de transición de la sociedad capitalista a la sociedad
comunista[1].

De esta manera, por otra vía, que no es de ruptura (el autonomismo se plantea una ruptura
respecto del socialismo), sino del difuminado, el PP se ha confundido con el autonomismo.

Recuperar socialismo y marxismo para el desarrollo del PP es de suma importancia. Sin


estos, las organizaciones identificadas con este ideario no podrán ser nunca una opción
política alternativa y real al capitalismo.

EL PODER POPULAR [PP]

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Es por todos reconocido que los debates acerca del desarrollo del PP han sido más bien
ideológicos, antes que verdaderamente políticos y económicos; que han asumido una
consistencia rígida, una posición dogmática y testimonial, en vez de sostenerse en las
prácticas políticas de construcción de proyecto, organización y disputa de la correlación de
fuerzas; y que no se sostienen en prácticas reales de relaciones de producción.

En Chile, son sumamente minoritarias las experiencias productivas que las organizaciones
identificadas con la construcción de PP han realizado. Estas experiencias son más bien
pedagógicas o culturales. Los huertos urbanos, por ejemplo, muy excepcionalmente permiten
la alimentación de una comunidad. Las escuelas populares y los talleres de salud
comunitarios, no logran que las personas se independicen de la educación y la salud
proporcionadas por el Estado o el Mercado. Y las protestas, barricadas o marchas, no son
sino formas que asume la contienda política y recursos de movilización.

No obstante, a pesar de las inmensas limitaciones y obstáculos con los que se encuentran las
organizaciones que se identifican con este ideario, éstas tienen claridad de qué quieren decir
con “crear poder popular”. El problema es que muchas veces confunden sus sueños con la
realidad…

Con “construcción del poder popular” se quiere expresar el proceso donde las comunidades
generan sus propias formas organizativas, productivas, educativas, etc., de forma
independiente al Estado o al Mercado. Este proceso, que es parte del proyecto de superación
del capitalismo, tiene distintas vías políticas: la anarquista, que plantea la destrucción
(abolición) del Estado; la autonomista, que plantea la independencia del Estado; y la
socialista, que plantea la disolución del Estado en la propia sociedad organizada hasta que
éste llegue a “extinguirse”… Las vías anarquistas y socialistas conllevan un enfrentamiento
con el Estado, el autonomismo no, al menos no como iniciativa propia.

Es decir, hablamos de PP cuando las distintas expresiones de la sociedad civil organizada


asumen progresivamente las tereas del Estado y del Mercado. Estas tareas pueden ser
políticas o jurídicas: una comunidad puede actuar de forma independiente a los
representantes electos o designados bajo las normas de un régimen político. Y pueden ser
económicas: una comunidad puede abastecerse de los alimentos producidos por sí misma o
gestionar por sí misma la producción.

Con PP también se quiere expresar una forma de construcción política, antiburocrática,


asamblearia, horizontal, participativa, directa, profundamente democrática, de base. En este
sentido, el PP, por muy limitado que sea, expresa su valor en tanto horizonte y a la vez, como
prefiguración de la sociedad que se quiere construir[2].

El problema es que para todo esto ─el PP como proyecto productivo y político─, no basta la
sola voluntad ni las capacidades propias de personas, organizaciones o comunidades. Hay
una serie de determinantes: formas productivas, niveles de consumo, valores, tradiciones,
etc.

El PP como pura consigna ideológica ─que no se puede alzar como verdadera alternativa
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política y económica, que se queda tan sólo en las organizaciones revolucionarias y jamás
pasa a la comunidad, que se queda en las experiencias pedagógicas y jamás pasa a la
producción─, puede llegar a ser incluso él mismo límite y obstáculo para la superación de
status quo.

Las organizaciones del PP se vuelven un obstáculo cuando sus postulados se tornan rígidos,
se vuelven inflexibles y testimoniales, se vuelven dogmáticas; cuando no son capaces de
comprender las necesidades reales y cotidianas de las personas; cuando apuestan tan sólo
por una vía, la suya, menospreciando cualquier otra táctica o estrategia. ¿Cuáles son las
formas de estas inflexibilidades, de estos dogmas? Algunas de estas pueden ser:

La desviación militarista, que esencializa el enfrentamiento militar en vez de comprenderlo


como una forma específica que adopta la lucha de clases y la contienda política en una
coyuntura determinada. Lo peor de esta desviación es que ni siquiera se hace cargo de sus
propios postulados: las organizaciones y personas que adoptan este dogma, ni siquiera
pueden generar las condiciones mínimas para la resistencia. Más aún: incluso las
organizaciones revolucionarias que lo hicieron, con valor, habilidad y completa entrega, fueron
derrotadas[3].

La desviación culturalista, que cree que sólo cambiando las prácticas cotidianas se
transformará el mundo y olvidan cuatro elementos cardinales: el poder, la correlación de
fuerzas, la hegemonía y la lucha de clases. Algunas organizaciones feministas,
vegetarianistas, animalistas, de talleres con niñas y niños, colectivos universitarios, etc., no
son capaces de incorporar en sus prácticas organizativas elementos reales de disputa de
poder.

La desviación aparatistas o vanguardista, que plantea que sólo el Partido puede introducir a
las masas la conciencia revolucionaria y la línea política correcta. Otro error que puede
adoptar el vanguardismo es tomarse a sí mismo como el movimiento revolucionario en su
totalidad.

Pero más allá de todas las inflexibilidades y dogmatismos que en un momento dado se
pueden cometer (o revertir), hay un elemento central que se encuentra en todas las
desviaciones; este es: la tesis del poder dual o poder paralelo.

El militarismo adopta la tesis del poder dual cuando se plantea la construcción de un ejército
popular paralelo al ejército profesional al que hay que enfrentar y derrotar; el culturalismo lo
hace cuando quiere generar experiencias que “no se toquen”, que no se “mancillen”, que sean
independientes al Estado o al Mercado, como escuelas, centros de salud, huertos, bibliotecas,
etc.; y el vanguardismo, cuando quiere proponer espacios de decisión y acciones políticas
paralelas a las instituciones representativas de los regímenes políticos existentes.

LA TEORÍA DE LA DUALIDAD DE PODERES

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Este es el principal error del PP entendido como medio y como fin, expresado desde el
idealismo comunista: la tesis de que el propio PP alzará sus organizaciones, políticas y
productivas, de forma paralela e independiente al Estado, se volverán hegemónicas y lo
reemplazaran de forma definitiva.

La dualidad de poderes como tesis política ha sufrido la más grande de las derrotas: el
cambio histórico. Ya ni siquiera depende de los medios o capacidades que un proyecto
político posea: que los militaristas tengan una gran fuerza castrense o los vanguardistas un
partido bolchevique profesional. Se ha producido ─como veremos más adelante─ una
transformación radical en la sociedad, en el Estado y en el Mercado, en la subjetividad y en la
cultura, que hace inviable la estrategia del poder dual.

Esto quiere decir que la transformación revolucionaria de la sociedad sólo será posible
integrando, complementando, el desarrollo del PP con la conquista de la autonomía relativa
del Estado. Esto se puede denominar como Proyecto Popular.

La teoría de la dualidad de poderes se diferencia del autonomismo en el sentido cardinal de la


disputa por el poder. Lo que llamo “autonomismo” se expresa en las teorías de John Holloway
sintetizadas en la consigna “cambiar el mundo sin tomar el poder”[4]… La teoría marxista del
socialismo plantea la necesidad histórica de un periodo de transición hacia el comunismo,
donde el ejercicio del poder del Estado por parte del pueblo organizado en clase (trabajadora)
es fundamental… Y esta necesidad del ejercicio del poder se manifiesta en todo momento: las
limitaciones ya contundentes del zapatismo demuestran que el ejercicio del poder es un
requerimiento para la construcción de una alternativa política, de la construcción hegemónica
y profundización del PP; y las experiencias cubanas, venezolanas, bolivianas, por nombrar
algunas, y la misma experiencia de la UP en Chile, demuestran que el ejercicio del poder es
fundamental para hacer frente al Imperialismo y a la reacción de la burguesía nacional y
transnacional (lo que, ciertamente, no asegura el triunfo por sí mismo).

Espero que se entienda que esquematizo. Por mucho que uno critique las tesis de Holloway,
es innegable que no se pueden confundir con la experiencia zapatista misma y que ésta ha
entregado elementos tanto valóricos como económicos y políticos trascendentales, por
ejemplo, la idea de poder obediencial del buen gobierno: mandar obedeciendo[5].

La idea de un poder paralelo y externo al Estado fue la concepción de Lenin y Trotsky


respecto a cómo construir el socialismo y, de una manera más compleja, de Gramsci (pero no
una idea de Marx)…

La idea básica es que (para Lenin y Trotsky) el Estado es una “máquina de dominación”, es
un Estado-objeto copado completamente por los intereses de la burguesía. Por lo tanto, la
lucha revolucionaria debe crear su propio órgano de poder (los soviets), completamente
independientes del Estado-objeto. Este segundo poder (el soviet) debe ir asumiendo las
tareas del viejo Estado hasta el momento del enfrentamiento, donde sólo uno de los dos
puede triunfar…[6]

La idea de Gramsci se diferencia, en primer lugar, en la limitación de la concepción de un


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Estado-objeto. No crítica la existencia de un Estado-objeto, sino que crítica la idea de
extrapolar esa concepción y su existencia empírica de las realidades Orientales a las
Occidentales[7].

Gramsci no habla de Estado-objeto sino de “Estado restringido”. El Estado restringido es el


Estado como máquina de dominación, o sencillamente, la dominación organizada. Que no se
traduce a la realidad Occidental, donde la existencia de un “Estado ampliado” se extendía a
las distintas naciones “desarrolladas”. El Estado no sólo es dominación, sino que también
hegemonía… Esta doble concepción del Estado, que Gramsci denominó como el “centauro
maquiavélico”, es políticamente necesaria, tanto para quienes mantienen la concepción del
Estado-objeto (marxismo ortodoxo), como para quienes poseen una concepción del Estado-
sujeto, es decir, el Estado que sólo es hegemonía o que se concibe por sobre la lucha de
clases, que es la concepción socialdemócrata… El Estado no es sólo dominación, pero
tampoco es sólo hegemonía. El Estado es un centauro, es dominación y es hegemonía[8].

Esta idea llevó a Gramsci a plantear dos estrategias diferentes para Oriente y para Occidente.
Para Oriente, la guerra de movimientos o maniobras, es decir, el enfrentamiento abierto,
frontal, contra el Estado. Para Occidente, la guerra de posiciones…[9]. El Estado ya no tiene
un estatuto restringido, sino que se ha ampliado: no sólo es dominación organizada, es
también consenso, legitimidad; no sólo es ejército y aduanas, es también hospitales, salud,
escuelas, educación, seguro de desempleo, jubilación, etc.

El Estado tiene legitimidad y genera consensos. Por lo tanto, una guerra de movimientos
posee mayores obstáculos, tanto materiales como organizativos así como ideológicos y
subjetivos… La guerra de posiciones es entonces la estrategia que se debe seguir, que no es
más corta que la guerra de movimientos pero sí más segura: para obtener la mayoría política
previamente hay que triunfar en la batalla cultural, porque sin esta última, la mayoría política
está destinada a derrumbarse. En esto consiste la generación de una contra-cultura y la
acción de los “intelectuales orgánicos”, que deben ir erigiendo hegemonía, donde las
experiencias populares (educación popular, salud comunitaria, expresiones artísticas, etc.)
deben ir asediando al Estado… hasta que llegue el instante del enfrentamiento, donde el
Estado instituido, conservador, pierda hegemonía, volviéndose sólo dominación, momento
donde se ha de asumir la toma del poder político…

En la concepción gramsciana persiste la idea de poder dual o paralelo. El Estado sigue siendo
externo a la contra-cultura. No es ya un Estado-objeto o restringido, pero las luchas
revolucionarias, bajo la estrategia de la guerra de posiciones, siguen siendo externas a él.

Mientras los socialdemócratas creen que el Estado se sitúa, o puede situarse, por sobre la
lucha de clases, los socialistas plantean que aquella es el fundamento del Estado. De ahí la
principal idea de Marx, Lenin y Mao: la centralidad de la lucha de clases. Pero la cuestión en
debate es que el Estado, así como la Democracia, no es un “instrumento de la clase
dominante”, solamente… Estado y Democracia son el resultado mismo de la lucha de clases.

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Rosa Luxemburgo lo planteó claramente, criticando a Lenin y su concepción de la
“democracia burguesa” como algo que simplemente hay que suprimir instaurando una
“democracia socialista”[10].

Ciertamente Luxemburgo plantea que en la democracia burguesa hay una semilla de


desigualdad y sujeción social, pero también un núcleo social, conquistas de la clase obrera,
conquistas del pueblo; la libertad y la igualdad formal hay que superarlas, no podemos
limitarnos a esas envolturas, pero eso no significa que hay que abolir toda democracia; hay
que llenarla de un nuevo contenido.

Asimismo, tanto en el problema de la Democracia como del Estado, hay que incorporar el
análisis relacional de Nicos Poulantzas: no son sólo instrumentos de la burguesía, son
además instituciones resultantes de la lucha de clases; no son exclusivamente reflejos
exactos de los intereses de las clases dominantes, también son conquistas de las clases
subalternas[11].

El Estado no es solamente una “máquina de dominación” (como creía Lenin y lo repitió


vehementemente incluso tras la toma del Palacio de Invierno[12]); sí es dominación, sí está
atravesado por la lucha de clases (a diferencia de lo que creen erróneamente los
socialdemócratas); pero también es hegemonía, consentimiento, legitimidad… No debemos
rechazar la democracia como si fuera una simple democracia burguesa, pero sí hay que
transformarla. Lo mismo el Estado. Hay una necesidad de transformación, de ruptura, de
sublevación… Pero el Estado no es únicamente coerción, dominación, represión. También
crea, transforma, produce realidades, etc. El Estado es un campo de batalla, una
“condensación material de una relación de fuerzas”[13].

PODER POPULAR [PP] Y CONCIENCIA SOCIALISTA


La idea de PP se sistematiza principalmente en América Latina a partir de dos experiencias: la
Teología de la Liberación en Centro América y el MIR en Chile. Ni el PRT ni Tupamaros ni el
Movimiento 26 de Julio, desarrollan la consigna “crear poder popular” de forma manifiesta.
Esto no quiere decir que no esté presente en las luchas revolucionarias, ya sean anteriores o
diferentes a la Teología de la Liberación y al MIR chileno.

El PP está en directa relación con la máxima marxista: la emancipación de los trabajadores


será obra de los trabajadores mismos[14]. Y las experiencias de la Comuna de Paris (1871),
los Soviet en Rusia (1905 y 1917) y los Consejos de Fabrica en Turín (1919-1920), son
expresiones del PP. Asimismo, podemos encontrar este sentido en la obra de Luis Emilio
Recabarren y su movimiento de mancomunales y cooperativas.

Pero el asunto central no es si el PP proviene de tal o cual tradición o experiencia. La cuestión


central es si acaso está o no mediado por la conciencia socialista.

Incorporar la conciencia socialista o el marxismo, significa la toma de conciencia de la


necesidad histórica de un periodo de transición antes de que nazca la sociedad comunista.
Significa también una concepción compleja de la contienda política en el sentido de que ésta
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es tanto extra-institucional como institucional, de rupturas efectivas así como de
reivindicaciones inmediatas, de utilización e insturmentalización de las instituciones burguesas
así como el desarrollo de experiencias autónomas y autogestionarias. Esto es tanto o más
necesario cuando las luchas revolucionarias por la transformación de las relaciones de
producción capitalistas son locales, nacionales, regionales y mundiales.

La conciencia socialista o el marxismo nos permiten soslayar la confusión respecto a qué es el


PP. El PP no es socialismo, aunque sin él no haya socialismo, en el sentido de “socialismo
societal” (Mazzeo) y en contraposición al “socialismo de Estado”. El PP tampoco es
comunismo o “sociedad comunista”, y quienes rechazan la necesidad histórica de un periodo
de transición se denominan “anarquistas”.

Otro tema cardinal respecto al PP que plantea la conciencia socialista es la cuestión del
poder. Que el poder es necesario, es ineludible para todo proyecto revolucionario. No es
posible cambiar el mundo sin tomar el poder. El poder no es una cosa, un objeto o un lugar,
sino un conjunto de relaciones de fuerzas…

El PP es popular porque el sujeto que lo encarna es el pueblo. El sujeto que encarna el PP es


el “pueblo” en el sentido expresado por Fidel en La historia me absolverá[15].

Fue necesario recurrir al pueblo como sujeto puesto que, en América Latina, la clase obrera
como sujeto encontró históricamente una serie de obstáculos y expresó un conjunto de
limitaciones, tanto objetivas como subjetivas (subdesarrollo, chovinismo, heterogeneidad,
integración al capitalismo de Estado y al Estado desarrollista, etc.), muchas de ellas derivadas
de las estrategias de modernización al capitalismo, iniciativas provenientes especialmente de
la socialdemocracia (que abandonó la lucha de clase).

Es primordialmente en los países del así llamado Tercer Mundo y en particular en América
Latina, donde el pueblo encarna al sujeto revolucionario, a partir de los Movimientos de
Liberación Nacional, donde se condensan elementos marxistas, socialistas, comunitarios
(campesinos e indígenas), de la teología de la liberación y nacional-populares.

Para el marxismo, heterodoxo y crítico, el pueblo como sujeto persiste, por un lado, en una
relación estratégica con la clase obrera (que en teoría sigue siendo el sujeto revolucionario), y
por otro, en la lucha de clases (a diferencia de la socialdemocracia); es decir, el pueblo, en su
heterogeneidad, sigue siendo un sujeto clasista.

Ahora bien, el pueblo no es, por así decirlo, objetivamente revolucionario, como tampoco lo
era la clase obrera para Lenin. Lenin decía que la conciencia transformadora más profunda de
la clase obrera era la tradeunionista (o corporativista) y que la conciencia revolucionaria sólo
podía ser incorporada externamente por medio del Partido Revolucionario[16].

El pueblo debe constituirse como sujeto revolucionario, y esto no se realiza por medio de una
externalidad que sopla en él la conciencia revolucionaria, sino que se realiza en la ruptura
institucional, resistencia, la ofensiva y la mantención de la revolución. De hecho, las

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revoluciones socialistas ─Rusia, China, Vietnam, Cuba─, han sido revoluciones de carácter
nacional-popular que en el transcurso de la lucha, las determinaciones históricas y por
iniciativa y capacidad de sus direcciones se han vuelto socialistas.

TRES FORMAS DE PODER POPULAR [PP]


Mazzeo propone tres grandes concepciones o significados de “poder popular”. 1. Como medio
para un fin; 2. Como medio sin fin; y 3. Como medio y como fin. La primera es una concepción
instrumentalista y se caracteriza por la “sustitución” de los actores subalternos por la de los
“revolucionarios profesionales”. La segunda concepción se puede ejemplificar con la teoría de
John Holloway: cambiar el mundo sin tomar el poder. Y el tercer significado o uso, que es el
que él plantea, es la utopía prefigurativa en el aquí y el ahora[17].

Nosotros proponemos otras categorías: 1. Como autonomismo; 2. Como dualidad de poderes;


y 3. Como comunidad soberana o soberanía comunitaria. ¿Qué es el PP como comunidad
soberana?

Es, en primer lugar, el PP mediatizado por la conciencia socialista o el marxismo. No en el


sentido cientificista de “introducido desde fuera” al modo de Lenin, sino en el doble sentido de
que la emancipación de la clase trabajadora debe ser obra de los trabajadores mismos[18] y
el proyecto final es el de una sociedad basada en la libre asociación de los productores[19].

Es el desarrollo de formas anticipatorias o prefigurativas de la sociedad comunista, lo que


Mariategui denominó “elementos de comunismo práctico”, Althusser “islotes de comunismo”,
Mazzeo “la utopía aquí y ahora” y Luis Emilio Recabarren el inicio de un “modo de vivir
socialista”.

Es, también, el desarrollo de las capacidades autogestionarias de los sectores subalternos


para independizarse de las clases y las instituciones burguesas, es decir, una forma de
acumulación de fuerzas y gestión de la producción.

Es una forma, y no la única forma, de acumulación de fuerzas, por dos razones: primero,
porque el PP no se puede desarrollar a sí mismo sino hasta ciertos límites (debido a las
transformaciones de la sociedad y la subjetividad, la autonomía del Estado y el Mercado, los
años de dictadura y neoliberalismo, el individualismo, consumismo, etc.), y requiere, durante
un periodo importante y sostenido, del apoyo del Estado y del Gobierno popular y
revolucionario. Por lo tanto, la segunda forma de la acumulación de fuerzas para la
transformación revolucionaria de la sociedad capitalista por parte de los sectores subalternos
y oprimidos, es el manejo de la coyuntura de la autonomía relativa del Estado. Es en este
sentido que el proyecto socialista, para triunfar, requiere del manejo de la espada de doble
filo: poder popular y coyuntura de la autonomía relativa del Estado.

Ahora bien, ¿por qué llamarlo poder soberano de la comunidad? Es soberano en el sentido de
que se plantea el ejercicio efectivo del poder, de las decisiones políticas, de la producción, es
decir, refiere a la autodeterminación y la autonomía. Y es de la comunidad en el sentido de
que no es de la Nación o del Estado.
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Además, es de la comunidad porque las experiencias de PP pueden estar relativamente
aisladas unas de otras (juntas de vecinos, fábricas recuperadas, sindicatos, control
comunitario de escuelas, autonomías indígenas, etc.). Pero para su íntegro desarrollo deben
conformar un bloque histórico subalterno, conquistar el poder político y transformarse en
Estado socialista, un Estado de transición, que “no es ya un Estado en el sentido estricto”[20].

Y esto significa que debe transformarse en una alternativa factible y hegemónica (asociación
de productores; municipios socialistas; cooperativas; autonomías indígenas). Debe
institucionalizarse (lo que no quiere decir necesariamente, aunque siempre es un peligro,
burocratizarse). Y esa institucionalización es la constitución, primero, de un bloque histórico
subalterno (que haga frente al bloque histórico dominante que perdió su hegemonía o está en
vías de perderla), luego, de un Gobierno Popular (que sea capaz de hacer frente a la reacción
de la burguesía y del Imperialismo), y prontamente, tras una serie de luchas y rupturas,
trasformaciones institucionales radicales, de un Estado popular, socialista. Es el recorrido del
poder constituyente plebeyo: un bloque histórico popular, un Gobierno Popular y un Estado
Popular que no deje de tener, potenciar, reproducir, los órganos autónomos del PP. Porque,
independiente a nuestros deseos, el PP sólo alcanzará el mayor estadio de desarrollo con el
apoyo del Gobierno y del Estado popular, Socialista y Revolucionario (de allí las Misiones y
las Comunas en Venezuela, las Autonomías en Bolivia, las Cooperativas en Cuba). Lo que no
significa (aunque siempre es un peligro) que se coopte, clientelice o burocratice. Pero pensar
que el PP puede desarrollarse por sí sólo es confundir la realidad con nuestros deseos.

Además, considerando la actual correlación de fuerza (histórica y estructural y no sólo


coyuntural), no es cierto que seamos más fuertes, por fuera, al margen y en contra de la
institucionalidad. La guerra de posiciones (Gramsci) puede resultar estéril bajo la actual
asimetría de poder entre los débiles, aislados y fragmentados sectores populares y
transformadores, y los conservadores o continuistas, quienes poseen bajo su control los
medios de comunicación, la opinión pública, los grandes teatros y cines, las redes de
bibliotecas, las editoriales, las empresas privadas de salud, educación, etc.

Y a todo esto se agrega que la lucha revolucionaria por el socialismo (en tanto periodo de
transición hacia el comunismo) y la revolución misma, son, por lo menos, de carácter nacional,
pero fundamentalmente no puede ser sino regional o continental.

PODER POPULAR [PP] Y LA CUESTIÓN DEL ESTADO


¿En qué se distingue el PP como soberanía comunitaria, a las concepciones autonomistas y
de poder dual? Primero que todo, en la concepción del poder y del Estado. No profundizaré en
el tema de que el poder no está sólo en el Estado. El poder no está sólo en el Estado, ni toda
lucha por el poder es una lucha por el poder del Estado… Sin embargo, esto no quiere decir
que el poder está en todas partes. Ciertamente hay relaciones de poder y luchas que son
cotidianas. Pero socialistas y marxistas reconocen una lucha y un poder fundamental, que de
alguna manera estructura todas las otras: la lucha de clase y la explotación[21].

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La existencia de la lucha de clases y de la explotación nos lleva a concebir al Estado como un
lugar de relaciones estratégicas de la lucha revolucionaria. No el único, no el más importante.
Las luchas de la contra-cultural, de la guerra de posiciones, quizá sean las más importantes,
porque constituyen el soporte de la hegemonía revolucionaria. Y la revolución no puede ser
sólo dominación… Pero el Estado sí es un lugar de relaciones estratégicas.

Primer elemento: El Estado no es ya un objeto (marxismo ortodoxo) o un sujeto


(socialdemocracia). Es un lugar de relaciones, y es, al mismo tiempo, ya una relación, puesto
que la idea de “lugar” por sí sola mantendría cierta posibilidad de externalidad. El Estado es
una relación y al mismo tiempo un lugar de relaciones estratégicas[22].

Segundo elemento: el Estado-relación no sólo es dominación, sino también consenso,


legitimidad, hegemonía. Lo que se traduce empíricamente en el hecho que el Estado no tiene
ya la condición de “restringido”, sino de “ampliado”; no es sólo ejército, fronteras y parlamento,
es también hospitales, salud, escuelas, universidades, educación, seguridad social, jubilación,
municipios. Lo que se traduce ideológica y subjetivamente a una dependencia histórica cada
vez más profunda…

El Estado no sólo son los poderes del Estado, sino que todo aparato que participe de la
reproducción de “las ideas” del Estado, que son “las idas de la clase dominante” (Marx). Esta
concepción es el aporte de la teoría de los Aparatos Ideológicos de Estado (Althusser) y su
distinción respecto a los Aparatos Represivos del Estado. Los medios de comunicación, las
escuelas, ¡las iglesias!, etc., son aparatos ideológicos de Estado en tanto que participan de la
reproducción de las ideas del Estado capitalista, que son las ideas de clase dominante[23].

Esto no quiere decir que todas “las ideas” son de la clase dominante. Eso significaría la
imposibilidad de una contra-cultura. Pero más aún: esto tampoco quiere decir que “Las ideas
de la clase dominante son las ideas dominantes”[24] siempre y en todo momento.
Ciertamente la clase dominante tiene la capacidad de integrar ideas provenientes de las
clases subalternas y las vuelve así suyas, bajo sus sellos y valores, bajo sus prismas e
intereses de clase (de eso depende la mantención de la hegemonía: de la incorporación de
las contradicciones)… Pero esto no soslaya el hecho de que sean ideas de las clases
subalternas: ni la limitación de la jornada laboral, ni el establecimiento de periodos de
descanso, ni la seguridad social, ni la creación de sindicatos, ni el sufragio libre, universal y
secreto, ni la misma democracia liberal, por nombrar algunos elementos, son ideas de las
clases dominantes. Son, por el contrario, conquistas de las clases subalternas. Fueron, en un
momento, alteridad…

El Estado no es entonces una exterioridad de las luchas populares. Las luchas populares
atraviesan el Estado. Este es el tercer elemento… Ciertamente las luchas populares, que
atraviesan el Estado, no se cristalizan en éste. De hecho, quienes las cristalizan son las
clases dominantes. Para el socialismo y el marxismo, las clases subalternas no pueden
limitarse a ser “incluidas” en el Estado, sino que deben estar orientadas a “transformar” al
Estado, hasta su disolución.

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Primer elemento entonces: el Estado-relación es un lugar de relaciones estratégicas. Segundo
elemento: el Estado es dominación-coerción y hegemonía-consenso (no sólo una máquina de
dominación). Tercer elemento: el Estado está atravesado por las luchas subalternas, no
siendo exterioridades excluyentes. Y cuarto elemento: las luchas subalternas, la lucha
revolucionaria, se dan en el Estado.

El Estado, decíamos, según la concepción ampliada de Gramsci, no es sólo dominación, sino


también consenso, legitimidad y hegemonía. Pero agregábamos que, sin embargo, aunque
Gramsci distinguía dos estrategias distintas según se trate de Oriente u Occidente, la guerra
de movimiento o la guerra de posiciones, se mantenía en la lógica de una dualidad de
poderes, la contienda entre la “cultura” y la “contra-cultura”, que debían enfrentarse
inevitablemente[25].

Considero que las contiendas entre las fuerzas del trabajo y del capital son inevitables. Decir
algo distinto significaría el abandono de la principal idea marxista: la lucha de clases y la
explotación. Contienda a la que debe integrarse la idea “rupturas efectivas” (Poulantzas[26]).
Debe darse la contienda y deben darse rupturas… Lo que aquí se cuestiona es la existencia
separada de una “cultura” y una “contra-cultura”, el enfrentamiento entre una “dualidad de
poderes”, el enfrentamiento entre el Estado burgués y el soviet, por así decirlo.

Primero, por una cuestión práctica: si este enfrentamiento se diera, las clases subalternas
serían irremisiblemente derrotadas. Esto en todos los ámbitos: las necesidades sociales
históricamente determinadas hoy superan a toda experiencia comunitaria (incluso indígenas
de la amazonia, en Brasil, Perú o Bolivia, poseen hoy la reivindicación por la salud pública,
por dar un ejemplo, aunque con sus propias identidades; pero en definitiva, no viven en un
legendario estado “natural”)… Y para qué decir en el ámbito militar: el enfrentamiento entre el
ejército regular (especialmente en Chile) y un ejército popular, no se revolverá sino con la
derrota de éste último; o en el mejor de los casos, por un empate catastrófico (como el de las
FARC en Colombia).

Y segundo, por una cuestión histórica: el Estado se ha desarrollado como nunca, irradiando
todos los ámbitos de la vida (salud, educación, trabajo, protección, transporte, valores,
beneficencia, sexualidad, entretenimiento, etc.). Incluso quienes trabajan, se educan o
atienden su salud como “privados”, “en privados”, en ong’s o en el “mercado”, no lo hacen
sino en el Estado.

Esto es lo que se puede llamar la universalidad del Estado. No una universalidad del tipo
hegeliano: el Estado es la realización del ser, la autoconciencia, la racionalidad en sí para sí,
etc. Sino en el sentido marxista: el Estado es la única institución que ha sido capaz de
universalizarse, de asumir todos los requerimientos sociales, de abordar todas las
necesidades sociales históricamente determinadas. Cuando Marx plantea en el texto “La
Guerra Civil en Francia”, que la Comuna (de Paris) es la forma histórica para el desarrollo del
comunismo, así como las granjas de los campesinos rusos (en uno de los Prefacios de “El
Manifiesto…”), y Lenin y Trotsky incorporaron los soviets como formas de organización de
esas Comunas, o Mariátegui habla de “elementos de comunismo práctico” en los indígenas
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del Altiplano, y Luis Emilio Recabarren se plantea el proyecto mancomunal, de cooperativas y
municipios populares, están hablando de esa universalidad. Hoy, por las determinaciones
históricas y por la persistencia del modo de producción capitalista y la dominación-hegemonía
burguesa, esta forma universal sigue siendo la del Estado[27].

Por lo tanto, la lucha revolucionaria, por la construcción del socialismo, se dará al interior del
Estado-relación, cuando las clases subalternas desplieguen su soberanía comunitaria, su PP,
en la transformación de las instituciones del Estado en vista a rupturas efectivas y su
extinción… Y esto será así porque las luchas subalternas siempre han atravesado el Estado,
teniendo conquistas, derrotas y suplantaciones. Pero el punto central es que no es posible la
destrucción del aparato del Estado en tanto externalidad (anarquismo), sino su transformación
por los órganos de PP que irán asumiendo sus tareas. Lo que se ha denominado la
transformación de una sociedad de matriz Estado-céntrica hacia una sociedad Socio-céntrica:
la disolución del Estado en la sociedad[28].

En términos prácticos, el ejemplo más claro de esto lo da Nicos Poulantzas: no habrá un


enfrentamiento entre el ejército regular y un ejército popular. Lo que habrá es un copamiento
de las clases subalternas, sus prácticas, sus valores, su cultura, en el ejército regular, tanto en
el ámbito de los oficiales como los soldados; donde un sector importante se pasará al bando
del bloque popular[29]. Y lo mismo se puede pensar desde los municipios, como lo hacía Luis
Emilio Recabarren, en tanto estructuras descentralizadas de poder[30].

Del mismo modo sucederá con la democracia. Como escribía Rosa Luxemburgo, no se trata
de abolir la democracia (la “democracia burguesa” la llamaban peyorativamente Lenin y
Miguel Enríquez). Sino que la democracia representativa se profundizará con elementos e
instituciones de la democracia participativa, directa, de los pueblos, de las comunidades.

Todo esto se ha conceptualizado como la coyuntura de la autonomía relativa del Estado. La


autonomía relativa se distingue del momento instrumental, que es cuando las clases
dominantes o sus representantes ocupan el aparato del Estado; la autonomía relativa es
entonces cuando sectores de las clases subalternas acceden al aparato del Estado o a ciertas
estructuras de manera autónoma[31].

EL PROYECTO POPULAR
La lucha revolucionaria, por la construcción del socialismo, se dará al interior del Estado,
cuando las clases subalternas desplieguen su soberanía comunitaria en la transformación de
la institucionalidad, aprovechando también para ello la coyuntura de la autonomía relativa.
Esta tarea va acompañada, al mismo tiempo, de la guerra de posiciones, del despliegue de
una contra-cultura, de autonomías: pero no para crear un poder dual o cambiar el mundo sin
tomar el poder… sino porque estas luchas, las luchas por el poder popular, son las principales
formas para la construcción de la hegemonía de las clases subalternas: solidaridad,
cooperación, compromiso, comunitarismo, etc. En ellas radica el futuro del socialismo y de la
revolución, para que no se estanque, empantane o retroceda.

El poder popular es la identidad misma del socialismo que queremos: no un socialismo de


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Estado, sino un socialismo que genere rupturas efectivas contra el capital, es decir, contra el
valor de cambio, y se oriente a la construcción de las Comunas y las “granjas”, fortalezca los
“soviets” (en la URSS se disolvieron), los cordones industriales, las autonomías indígenas,
empodere y reproduzca los “elementos de comunismo práctico”, los universalice, es decir, que
el valor de uso triunfe por sobre el valor de cambio.

Como se ve, el poder popular como poder soberano de las comunidades, no es una
“estrategia” en sí misma, que deba uno preferir en vez de la conquista del poder político. Es
un elemento fundamental en la construcción del socialismo (yo diría en la construcción del
socialismo democrático). Tampoco es una táctica, pues eso significaría la burocratización del
proceso revolucionario (lo que pasó en la URSS). El poder popular es un lugar de relaciones
estratégicas, así como lo es también el Estado.

Si con la consigna izquierdista la lucha estratégica es por fuera, al margen y en contra de la


institucionalidad, se quiere decir en contra del Estado neoliberal y el actual momento
instrumental, entonces coincido plenamente con el izquierdismo. La ruptura en esto es
fundamental. Pero sí se quiere expresar que el único lugar de relaciones estratégicas es el
poder popular (bajo la estrategia del poder dual o del autonomismo), entonces no coincidimos.
Tanto el poder popular como el Estado son lugares de relaciones estratégicas: es lo que
Rodrigo Ambrosio denominó la espada de doble filo[32].

Notas

[1] Marx, Karl. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán.

[2] Mazzeo, Miguel. El sueño de una cosa: introducción al poder popular. Capítulo 1.

[3] Pozzi, Pablo; Pérez, Claudio (Editores). Por el camino del Che. Las guerrillas
latinoamericanas, 1959-1990.

[4] Holloway, John. Cambiar el mundo sin tomar el poder. Capítulo 1, sección V.

[5] García Linera, Álvaro. El zapatismo: indios insurgentes, alianzas y poder.

[6] Trotsky, León. Historia de la revolución rusa, vol. 1, La dualidad de poderes. Lenin. La
dualidad de poderes, ¿Ha desaparecido la dualidad de poderes? y Todo el poder a los
soviets.

[7] Gramsci, Antonio. Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal.

[8] Gramsci, Antonio. (sin título) Parágrafo 14, Cuaderno 13. Edición Valentino Guerratana.

[9] Gramsci, Antonio. Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal.

[10] Luxemburgo, Rosa. La revolución rusa.

[11] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado y las luchas populares.
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[12] Lenin. Sobre el Estado. Conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov, julio de
1919.

[13] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado y las clases dominantes.

[14] Marx, Karl. Estatutos generales de la asociación internacional de los trabajadores.

[15] Castro, Fidel. La historia me absolverá.

[16] Lenin. ¿Qué hacer? Capítulo 2, sección b.

[17] Mazzeo, Miguel. El sueño de una cosa: introducción al poder popular. Capítulo 2.

[18] Marx, Karl. Estatutos generales de la asociación internacional de los trabajadores.

[19] Marx, Karl. El capital.

[20] Lenin. El Estado y la revolución. La transición del capitalismo al comunismo.

[21] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado, los poderes, las luchas.

[22] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado y las clases dominantes.

[23] Althusser, Louis. Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Sección “Reproducción de


la fuerza de trabajo”.

[24] Marx, Karl; Engels, Friedrich. La ideología alemana. Sección 2, Sobre la producción de la
conciencia.

[25] Gramsci, Antonio. Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal.

[26] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. Hacia un socialismo democrático.

[27] Jessob, Bob. ¿Narrando el futuro de la economía nacional y el estado nacional? Puntos a
considerar acerca del replanteo de la regulación y la re-invención de la gobernanza.

[28] Cavarozzi, Marcelo. El capitalismo político tardío y su crisis en América Latina. Gómez,
Juan Carlos; Escalante, Zulema. La conflictiva relación entre Estado, Mercado y sociedad civil
en “Nuestra América”.

[29] Poulantzas, Nicos. El Estado y la transición al socialismo, entrevista de Henri Weber.

[30] Recabarren, Luis Emilio. Lo que puede hacer la municipalidad en manos del pueblo
inteligente. Salazar, Gabriel. Luis Emilio Recabarren y el municipio popular en Chile, 1900-
1925.

[31] Tapia, Luis. La coyuntura de la autonomía relativa del Estado.

[32] Ambrosio, Rodrigo. La conquista del poder

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