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SAN MAXIMILIANO KOLBE ESCRIBE SOBRE LA

INMACULADA...
La Inmaculada inspira confianza
El Divino Corazón de Jesús, que arde de amor hacia nosotros, culpables como
somos, encuentra un medio digno de la sabiduría divina. Nos da como Madre y
protectora a su amadísima Madre, la criatura más santa que los santos y que los ángeles,
a la que no puede negarle nada, ya que Ella es la más digna y la más amada de las
madres.
Y ya tenemos el puente hacia el Sacratísimo Corazón de Jesús. El que cae en el
pecado, se hunde en el vicio, desprecia las gracias divinas, no hace caso de los buenos
ejemplos de los demás, no presta atención a las inspiraciones buenas y se hace indigno
de recibir otras gracias, ¿acaso tiene que desesperarse?... ¡No, nunca! en efecto tien una
Madre que le dio Dios, una Madre que sigue con corazón tierno cada uno de sus actos,
de sus palabras, de sus pensamientos. Ella no se preocupa de si es o no digno de la
gracia de la piedad. Ella es sólo Madre de misericordia, por eso se apresura a acudir,
aunque no sea invocada, allí donde se manifiesta de manera más grave la miseria de las
almas. Más aún, cuanto más se haya desfigurado el alma con el pecado, tanto más se
manifiesta en ella la misericordia divina cuya personificación es la Inmaculada. Por
consiguiente, nosotros luchamos por entregar el cetro de mando sobre cada alma.
En efecto, si Ella consigue entrar en un alma –aunque se aún miserable,
degradada como está por los pecados y los vicios- , no puede permitir que se pierda sino
que enseguida obtiene para ella la gracia de la iluminación para su inteligencia, de la
fuerza para su voluntad, a fin de que se arrepienta y se levante.
La paz en compañía de la Inmaculada
Todas nuestras pasiones y acciones, pensamientos, palabras, actos; vida-muerte-
eternidad, en una palabra, somos por entero propiedad irrevocable (¡qué dulzura!) de la
Inmaculada, Reina del cielo y de la tierra. Por tanto, aunque no lo pensemos, Ella dirige
cada uno de nuestros actos y predispone todas las circunstancias, repara nuestras caídas
y nos conduce amorosamente hacia el cielo, y por medio de nosotros se complace en
sembrar buenos pensamientos, afectos, ejemplos, en salvar las almas y llevarlas de
nuevo al buen Jesús... Dejémonos, pues, guiar, estemos tranquilos, tranquilos; no
pretendamos hacer más de lo que Ella quiere, o más pronto. Dejémonos llevar por Ella;
Ella pensará en todo, proveerá a todas nuestras necesidades tanto del alma como del
cuerpo; ofrezcámosle a Ella toda dificultad, todo disgusto y confiemos en que Ella
pensará en todo mejor que nosotros. Por lo tanto, paz, paz, mucha paz, en la ilimitada
confianza en Ella.
La Inmaculada, la “Esclava del Señor”
El alma que adopta como objetivo la conformidad de su voluntad con la
Voluntad de Dios se siente inmensamente feliz. Está en paz y serena. Posee una base
inquebrantable: Dios. Nada puede turbarla. Se sume cada vez más en esa paz y
felicidad. Reza mucho. Recemos nosotros para poder entender cada vez más lo que dijo
la Inmaculada en el momento de la Anunciación: “He aquí la esclava del Señor, hágase
en mí Tu palabra” (Lc 1, 38). Que sea lo que Dios quiera. Ahí es donde se halla la entera
felicidad. Dios nos ha creado para que seamos sus instrumentos; por eso, en su amor, Él
nos atrae hacia Sí... Desea perfeccionar las almas, hacerlas semejantes a Él, y las colma
de gracias. Pero el alma debe colaborar con la gracia, debe permitir que la gracia la
guíe. Pidamos a la Virgen María que nos enseñe cómo el alma debe ser la “Esclava del
Señor “.

En manos de la Inmaculada
Preocupémonos por pertenecerle cada día más, cada instante más a Ella; por
dejarnos conducir por Ella de la manera más perfecta, cada vez más serena, con
muchísima confianza, a través de todo lo que Ella permite, en nosotros, a nuestro
alrededor y con relación a nosotros, de modo que podamos ser un instrumento cada vez
más perfecto en sus manos inmaculadas.

En oración con la Inmaculada


Preguntémonos ¿cómo comprendemos este espíritu de oración? Diversos libros
nos hablan de esto. No se trata de esto; no se trata de susurrar oraciones sino que se trata
de la única oración. El espíritu de oración es una elevación del alma hacia Dios. El
espíritu de oración toma posesión del que tiene su alma elevada hacia Dios. En la
práctica, es la unión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios...
La salvaguarda del espíritu de oración es una cosa importante y necesaria; por
ella se hace más profunda la identificación de nuestra alma con la Inmaculada y el alma
se desprende de todo lo demás...
Obremos de suerte que el espíritu de oración y el amor de la Inmaculada inflame
a cada uno de nosotros, ya que le pertenecemos, y que libremente podamos pertenecer a
Dios por la Inmaculada y atraer a los demás...

Concédeme alabarte, oh Virgen Santísima.

Concédeme alabarte con mi esfuerzo y sacrificio personal.

Permíteme vivir, trabajar, sufrir, consumirme y morir por ti, sólo por ti sola.

Permíteme guiar a ti al mundo entero.

Permíteme contribuir a que se te exalte cada vez más a la mayor exaltación posible de ti.

Permíteme darte una gloria como nadie te la ha dado hasta ahora

Que tu gloria aumente cada vez más profundamente, con más rapidez, con más
intensidad, como desea Aquel que te enalteció de un modo tan inefable por encima de
todos los seres.

Por ti Dios creó el mundo. Por ti Dios me llamó a la existencia también a mí. ¿De dónde
me viene esta suerte?

¡Concédeme alabarte, oh Virgen Santísima!