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UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL

ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA


JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.
UN CONTRASTE CRÍTICO SOBRE EL SIGNIFICADO DEL
ESTADO DE DERECHO Y EL VALOR DE LA
JURISDICCIÓN CONSTITUCIONAL

El Doctor Alfredo Quispe Correa ha publicado en esta revista virtual un


artículo intitulado: “Tribunal Constitucional: Límites”. En su artículo
defiende la permanencia del Tribunal Constitucional, no obstante
encontrarse últimamente incurriendo en inexplicables excesos,
deplorando que la ausencia de sindéresis institucional va socavando
su credibilidad ante la confianza pública.

Lamento tener que discrepar con la opinión autorizada del Dr. Quispe.
Y no lo hago porque esté en desacuerdo con su contenido, que no lo
estoy en absoluto, sino porque creo que le está dando un espaldarazo
a conceptos jurídicos que subyacen en el texto y que, desde mi punto
de vista, afectan al corazón mismo del Estado de derecho.

Me explico. Aquella concepción subyacente en el mencionado artículo,


contradice todos los principios basilares de un auténtico Estado de
derecho. A saber: la justicia, la legitimidad, la visibilidad y la
transparencia del ejercicio del poder, su sujeción no sólo a la ley sino a
los principios y valores constitucionales más elementales y vitales.

El liberal Friedrich Hayek, ganador del premio nobel de economía, nos


brinda, en su conocida obra “Camino de servidumbre”, una definición
del Estado de Derecho que nos sirve perfectamente como punto de
partida para sustentar nuestra argumentación: “Nada distingue con
más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un
país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los
grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.

Despojada de todo su tecnicismo, significa que el Estado está


sometido en todas sus actuaciones a normas fijas y conocidas de
antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente
certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus
poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre
la base de este conocimiento”1.
Este tipo de definición de Estado de Derecho resulta compatible con
los sistemas autoritarios que son especialmente celosos del
sometimiento a normas jurídicas previamente definidas, fijas, públicas
y claras. Circunstancialmente, este tipo de Estado, fiel cumplidor de su
legalidad, podría garantizar muy satisfactoriamente la disposición libre
de los asuntos ideológicos que lo encarnan. Pero este tipo de Estado
se queda muy corto en relación con las exigencias que adornan a un
Estado Constitucional donde el derecho ha quedado plenamente
constitucionalizado.

La constitucionalización del derecho significa que el principio de


legalidad, es decir, la supremacía de la ley propia del Estado de
derecho, debe ser conjugado con el principio de legitimidad, es decir,
la conformidad de la ley con los valores constitucionales. La ley no es
ya, por tanto, la única fuente del derecho, sino que junto a ella (y a
veces en competencia con ella) se ponen los derechos fundamentales,
contenidos en las constituciones {Zagrebelsky}. La necesaria
conjugación entre ley y derechos constituye la razón de la
combinación entre el “procedimentalismo razonable”. Mientras la ley
de por sí es el producto de la voluntad política según determinados
procedimientos e ideologías, los derechos son valores ético-políticos
sustraídos a la decisión política y son en parte internos y en parte
externos a los procedimientos mismos. En el Estado Constitucional de
derecho la autoridad política no tiene sólo los límites impuestos por el
uso propio de la ley en el gobierno de las acciones humanas y
considerados como la “moralidad interna del derecho” {Fuller}, sino
que además tiene límites materiales, constituidos por los derechos del
hombre y del ciudadano. Estos últimos no se configuran sólo como un
control jurídico de la acción del poder político, sino también como
objetivos y fines primarios de su ejercicio. Esto vale ya para los
derechos liberales, ya para las otras categorías de derechos (derechos
sociales, derechos culturales y derechos ecológicos).

Desde esta óptica todo el contenido de la Constitución depende de la


voluntad del poder constituyente, que da forma al cuerpo político y a
sus instituciones representativas. Hoy, además, se consolidan cada
vez más inclusive con los vínculos internacionales, a los cuales se
someten los contenidos de las Constituciones de los Estados. Estas
condiciones de admisibilidad a la comunidad internacional afectan no
sólo los derechos sino asimismo a la estructura de la organización
política en la medida en que incide sobre la libertad de las personas y
sobre su basilar igualdad.

Asimismo, se debe tener presente que la Constitución es el resultado


de la interpretación de las normas jurídicas constitucionales, del
«círculo hermenéutico» entre principios conformadores de la sociedad
y valoraciones de la sociedad misma; si se añade que la intervención
de los jueces constitucionales se configura a menudo en términos que
no son cualitativamente diferentes de los legislativos, o sea,
manejando, innovando e integrando los textos legislativos
{Zagrebelsky 1990}, no es difícil reconocer que las orientaciones
interpretativas se mueven en un terreno fuertemente marcado en
términos axiológicos y que está condicionado por el concreto
desenvolverse de las comprensiones de sentido y de las relaciones
entre las fuerzas sociales: hermenéutica y actuación de la Constitución
se suman y se integran en un conjunto unitario. En muchos casos el
juicio de legitimidad constitucional asume el problema de la
adecuación al fin o a los fines constitucionalmente impuestos, con un
evidente carácter crucial del aspecto teleológico y, aún más, con la
imposibilidad de poder prescindir del contexto en que el texto
constitucional recibe interpretación.

De ese modo, en el juicio constitucional se ponen en juego no sólo las


intenciones de los legisladores constituyentes y las prácticas
interpretativas realizadas sobre los textos, sino también, en último
análisis, la idea de derecho, de sociedad y de ética que se supone que
subyace al edificio constitucional. A tal punto que a través de la
interpretación constitucional penetran en el tejido del ordenamiento
positivo, valores y principios históricamente acuñados {Kriele}. Por eso
mismo es que en una reciente teoría de planteamiento neo-
institucionalista {MacCormick} se sostiene que los problemas jurídicos
más consistentes que surgen de la vida social, se los considera
problemas de interpretación de las disposiciones constitucionales,
admitiendo con esto, y dando así por descontado, que el consenso
sobre la interpretación de la Constitución no ha de considerarse nunca
como un elemento adquirido de una vez por todas, sino al contrario
como objeto de continua confrontación y, en el límite, de una disputa.

Con este tipo de prácticas la Constitución misma, no es vista ya en su


dimensión documental y formal, sino en la dimensión que ha sido
definida como “material”, tiene un significado determinante totalmente
particular {Mortati}. La Constitución lleva en sí el vínculo que la cultura
jurídica impone al poder constituyente. Es cierto que el tejido
normativo constitucional presenta las características específicas,
constituidas por su impronta axiológica, de mayor indeterminación y
debilidad estructural propias de su estilo y, en consecuencia, de
reducida intensidad prescriptiva {Ruggeri}.

Pero se cometería un grave error si se olvidara que la Constitución,


como cualquier ley, es siempre y ante todo un acto normativo que
contiene disposiciones preceptivas {Crisafulli} y que, por eso,
pertenece indudablemente al ámbito del derecho. Desde este punto de
vista tanto los jueces ordinarios, al resolver en base a normas
constitucionales las controversias sujetas a su decisión, como los
jueces constitucionales, operantes como intérpretes “autorizados” de
la Constitución y como jueces de constitucionalidad de las leyes, se
encuentran vinculados por los textos constitucionales en modos
ciertamente menos apremiantes de lo que sucede en el caso de la
interpretación de leyes ordinarias; pero de todos modos se encuentran
siempre vinculados. La misma función jurisdiccional constitucional ha
venido a asumir una notable relevancia en el derecho actual, en el cual
los valores y principios éticos se manifiestan con singular claridad y
con notable relevancia {Cheli}.

Me parece que sólo de esa manera se podrán establecer las


condiciones de legitimidad de la labor del juez constitucional. A este
propósito es necesario alejarse de la problemática tradicional de la
relación entre norma superior y norma inferior, entendida sea de forma
kelseniana como delegación de poder o en el sentido del derecho
natural como deducción lógica de contenidos. Eso significa que los
principios y los valores constitucionales tienen un doble aspecto: por
un lado, establecen derechos o intereses comunes (y en este sentido
defienden contenidos jurídicos sustanciales que hay que interpretar),
por otro, son utilizados como criterios de medida para la validez de
ulteriores determinaciones normativas (y en este sentido son
argumentos para la justificación de decisiones dotadas de autoridad).

La exigencia de razonabilidad de la ley, que está en la raíz de la


problemática constitucional, es una exigencia general impuesta por la
conciencia de que el juicio de validez es la conclusión de un
razonamiento jurídico y no de una comprobación notarial. La ley
jurídica ya no es vista sólo como la decisión de una autoridad
constituida, sino también y sobre todo como la realización de
finalidades preconstituidas e indisponibles en la que resulta de vital
importancia su debida interpretación.

En estas condiciones el juicio de validez constitucional no puede ser


presentado simplemente como la correspondencia de una norma con
una norma de rango superior. De hecho, cuando hablamos de
conformidad con la constitución, el parámetro de referencia no es una
norma singular sino una acumulación de normas y de principios que
asumen su coordinación no en abstracto sino en relación al problema
concreto para el que son interpeladas.

Los principios que se encuentran en la base de nuestra Constitución


se van a ir desarrollando con la apertura de nuevos horizontes y de
nuevos problemas, y para eso la labor interpretativa de los jueces
constitucionales tienen que ser continuamente puestos al día,
reelaborados y recompuestos en un conjunto dotado de sentido.

En relación con ese menester nuestra tarea en el plano cognoscitivo


tiene que ser la de comprenderla y, en el plano práctico, la de
controlarla, haciendo lo posible para reducir sus efectos perversos.

¿Será capaz el Tribunal de hacer ese esfuerzo? ¿Serán los


congresistas capaces de sustraer este tema del debate político-
electoral? Muchos problemas, muchas incógnitas y un solo principio:
tempus regit actum.

1 Friedrich
A. Hayek «Camino de servidumbre», Alianza Editorial, Madrid, 1978, trad.
de Tose Vereara, pág.. 103.