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Historia e historiadores

Esta parte del libro comprende una serie de artículos y breves ensayos en los cuales podemos encontrar como
tema de principal de discusión a: Historiadores, sus publicaciones, y sus ideas y pensamientos acerca de
conceptos claves dentro del oficio del historiador.
El autor no solo nos habla de los libros desde un punto de vista objetivo, sino que también al hablar de los
personajes realiza una serie de apreciaciones personales como: amigo, compañero, alumno y testigo de una
generación de intelectuales de la cual él formó parte.
Edward Hallet Carr ¿Qué es la historia?
Manuel Burga nos habla de la figura de Edward Hallet Carr y su libro ¿Qué es la historia? El cual es una
compilación de seis conferencias, dictadas por el autor, en la Universidad de Cambridge entre enero y marzo de
1961
A lo largo del libro Carr presenta de manera critica lo que otros autores han dicho sobre: 1) Los hechos
históricos, 2) La sociedad y el individuo, y por último 3) La Relación de la historia con la ciencia y la
moralidad.
En lo que respecta los hechos históricos realiza un análisis de las personas y tendencias dentro de una
generación, y la manera como estas definían los hechos históricos. Nos presenta tres ideas -en las cuales según
Burga podemos notar la influencia de Collinwood- las cuales no apoya ni refuta y son las siguientes: primero,
historiar es interpretar; segundo, el historiador debe poseer una comprensión imaginativa de la mentalidad de
las personas que lo ocupan; y tercera, dice que solo podemos comprender el pasado a través del presente, ya
que para Carr la historia es “un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un dialogo sin
fin entre el presente y el pasado”.
Respecto al historiador y la sociedad nos dice que al igual que los demás individuos el historiador es un ser
humano individual, pero a la vez un fenómeno social. Afirma que la obra del historiador no puede
comprenderse sin haberse captado antes la posición desde la cual la aborda, teniendo esta posición raíces
sociales e históricas. A su vez sin menoscabar la participación de la masa en la historia, cree en la capacidad
creadora de grandes dominadores, quienes dirigieron y encaminaron la situación social existente.
En la relación de la historia con la ciencia y la moralidad, Carr hace un estudio acerca de los científicos sociales
y el afán de familiarizar la exactitud de las ciencias naturales a la historia. Presenta así cinco reparos que a
menudo se hacen a la historia para considerarla poseedora del rigor científico, pero ninguno de ellos resiste su
análisis crítico, ya que la historia no es solo el estudio de lo particular, sino también de lo general. La historia -
para Carr- no se detiene en dar juicios morales sobre sus personajes, ya que esta juzga los acontecimientos en
términos comparativos y no rígidos y absolutos. Reconoce que todo historiador es un indagador de causas, pero
que existen diversas causas, y las que se deben investigar son las básicas. Concede tal importancia al azar qué
este puede variar el curso de la historia, lo cual indica que cree que el proceso general de la sociedad no puede
estar regido estrictamente por leyes y que los casos accidentales pueden cambiar el curso del proceso social.
En el ultimo capítulo, Carr reafirma su convicción en el carácter progresivo de la historia. Convencido de que
en los tiempos actuales necesitamos un sentido del cambio como factor progresivo en la historia; exhorta a sus
compatriotas a no temer al cambio social, ni a las doctrinas radicales.
El oficio de historiador
En este artículo, Burga realiza una serie de reflexiones acerca de la profesión de historiador, preguntándose
¿Por qué se estudia historia?; ¿Para qué se investiga?; ¿Por qué formar profesionales en esta disciplina?; y
finalmente, ¿En qué consiste este delicado, comprometido e importante oficio de historiador? Lamentablemente
no desarrolla aquí, de manera específica, posibles respuestas para las preguntas formulas al comienzo del texto.
Sin embargo, sostiene que el oficio del historiador es un oficio comprometido porque al estudiar los procesos se
acerca al conocimiento de las luchas sociales, de los modelos políticos y económicos, de las formas de gobierno
y finalmente se interesa por lo que cambia y lo que permanece inalterable. Es así como de alguna manera el
historiador se convierte en un estudioso de los mecanismos o factores que promueven el progreso. Entonces
este peculiar oficio vuelve a los historiadores en jueces y partes de los procesos estudiados. Así mismo
comprometido con su tiempo, con su generación, con su nación, la humanidad del hombre, con la justicia, con
el desenvolvimiento históricos (con sus éxitos y fracasos) y con el avance de las ciencias sociales.
La historia es -para burga- un oficio importante porque los historiadores contribuyen a la construcción de una
memoria nacional, que puede a veces ser regional, étnica o humana universal. No quiere decir con esto que
vamos a ser cautivos del pasado, pero si considera que una memoria viva, ordenada, sana, tolerante, podría
convertirnos en una colectividad más inteligente.
Desconocidos inventores de tradiciones
En este caso el autor comienza con la exposición de dos ideas que asegura volver a retomar al final del ensayo.
Primeramente, que el trabajo del historiador no es inmune a las influencias, necesidades, urgencias o ideas
dominantes de su tiempo. La segunda es que las tradiciones se inventan, sea para rescatar un pasado que se
necesita, para definir una identidad o para administrar mejor los territorios coloniales, llegando así a la
conclusión de que las tradiciones no son inocentes productos de inconscientes prácticas colectivas, sino que
pueden ser inventadas y diseñadas conscientemente.
Luego continúa ejemplificando estas ideas a través de dos casos concretos. El primero de ellos, Recadero Pérez
Palma en cuyo libro “Evolución mítica en el imperio incaico del Tahuantinsuyo”, el cual fue un intento por
compatibilizar la cultura indígena con lo que él consideraba demonolatría (religiones andinas), trato de
demostrar que ubo un proceso religioso prehispánico hacia formas más evolucionadas, y que las creencias
andinas afloraban de la sociedad y en respuesta a la naturaleza circundante.
El Perú de aquella época sería, para Recadero, el producto de una serie de cambios, continuidades alternadas y
permanencias. Un Perú que se enraíza en el pasado prehispánico, en la cultura quechua campesina. Lo que
Pérez Palma hace, en pleno siglo XXI, es dar profundidad histórica a muchas tradiciones ayacuchanas y en
muchos casos lo que hace es “inventar tradiciones” que dan un perfil más andino al Perú.
El segundo, Pastor Ordoñez en su libro “Los varayoc. Estudio de una forma de gobierno y administración
local”, fundamenta todo su razonamiento en una afirmación equivocada considerando que el varayoc es una
institución de origen prehispánico, una herencia incaica que “…en la republica subsiste a despecho de los
múltiples esfuerzos hechos por conseguir su total anulación”. Afirma, que esta institución ha sobrevivido por
respeto a la tradición, por tener un carácter civil-mítico y finalmente porque responde a una necesidad de
administración donde las autoridades políticas del estado peruano no tienen legitimidad. Además, proponía que
la legislación peruana debería recoger el “derecho tradicional andino”, codificarlo y darle una formulación
legal. No marginarlo ni desconocerlo como era práctica habitual.
En los dos casos anteriormente citados observamos un proceso de “invención de tradiciones” que -según
burga- responden a las necesidades de la época, a las ideas dominantes y al efervescente pro-indigenismo que se
desarrolla a lo largo del Perú. Ya que a finales de la Republica Aristocrática este era el camino elegido para
discutir el problema nacional.
La música, el teatro, la pintura, el canto, la literatura, la historia e incluso el derecho comienza a rescatar lo
andino y a descubrir las “viejas tradiciones” que alimentan nuestra identidad. Así se van redescubriendo o
inventando tradiciones necesarias para el Perú de entonces.
Por último, se termina el articulo concluyendo que ambos, autores de sus respectivas publicaciones, representan
una serie de intelectuales que por ese tiempo serán eficaces propagandistas de una nueva sensibilidad frente a lo
andino.
Alberto Flores-Galindo: Historiador e intelectual
Esta fue una redacción que el autor hizo con el fin de presentarla en un simposio el cual tenía como intención
analizar la obra de Alberto Flores-Galindo.
Burga aprovecha la ocasión para hablar de la acerca de la generación del 70, una generación de la cual él y
Flores-Galindo formaron parte. Un rasgo distintivo de esta generación -en palabras del autor- a comparación de
la generación del 50 – la cual la antecedió- fue una procedencia social más modesta.
Para burga la confusión ideológica ha sido uno de los rasgos característicos de la generación del 50. Una
confusión que bien pudo haber sido transmitida a la generación del 70 porque estos fueron sus maestros, pero
su generación estudió y se formo dentro de una tempestad política estudiantil que no admitía ambigüedades. No
había margen a la confusión, dudas, ni pesimismo. La revolución cubana y las guerrillas peruanas de 1965
moldearon su identidad. Todos eran emotivamente marxistas, y el gran reto era convertir la actitud sentimental
en investigaciones, reflexión intelectual, narrativa, poesía, historia, sociología, arqueología y antropología. En
resultados que permitieran una lectura e interpretación innovadores del Perú histórico y actual.
Respecto a la figura de Flores-Galindo, habla de su formación como una formación integral y distanciada del
marxismo dogmático de manuales universitarios. Para burga la revolución no se contrapone con la heterodoxia.
Esta actitud, abierta y de enorme curiosidad intelectual lo acerco progresivamente, y de manera sistemática, a la
literatura, la economía, la teoría política, la sociología, la antropología. Esta será su opción metodológica
esencial.
Ruggiero Romano y la historia-problema
Este historiador italiano -con quien trabajo Manuel Burga y del cual fue discípulo- se caracterizo intelectual por
su antieuropeocentrismo, interesado más en descubrir el mundo tal como es y no a través de los ojos de Europa.
En la vida y la obra de Ruggiero Romano podemos encontrar tres dimensiones: el maestro, el editor y el
historiador.
Como maestro; sorprendía la cantidad de horas diarias que dedicaba a sus alumnos y amigos. Dando así
magnificas lecciones e inolvidables enseñanzas -que moldeaban a sus discípulos- a través conversaciones, a
veces tensas y exigentes, pero siempre respetuosas y estimulantes. Definía al maestro como la persona que
sigue de cerca, paso a paso, el trabajo de su alumno.
Como editor; fundo la revista “Nova Americana”, publicó en italiano a José Carlos Mariátegui, John Murra y
Tom Zuidema, entre otros intelectuales latinoamericanos.
Como historiador; se destacó específicamente dentro de la historia económica. Sus inquietudes centrales,
historia del comercio y de los precios, le permitieron un ingreso a la historia latinoamericana a partir de
mediciones cuantitativas. En sus estudios expone las bases de un sistema económico feudal en la América
Hispánica de los siglos XVI al XVIII.
Así mismo señala el desencuentro entre los conceptos y las realidades, tanto en Europa como en América. Nos
recuerda que el estado y la nación aparecen en Europa junto con la libertad y la democracia, pero de acuerdo
con procesos singulares, propios de cada país. Entonces se pregunta ¿Qué es una nación? Y si acaso la francesa,
la española, la inglesa o la alemana podemos entenderlas y explicarlas desde un mismo concepto. Su respuesta
es no. Entonces se pregunta: ¿Por qué tenemos que buscar el estado y la nación en América Latina tomando
como referencia histórica y conceptual lo que sucedió en Europa?
John H. Rowe: Arqueología e historia. Cambio, continuidad y resistencia en los Andes
Formado profesionalmente en la tradición arqueológica occidental, ha buscado desde sus inicios en el Perú,
aplicar -al estudio de la historia andina- los criterios de rigurosidad técnica y metodológica que la arqueología
utiliza para estudiar las civilizaciones más antiguas del mundo occidental. Priorizando así la elaboración de
precisas cronologías arqueológicas, a partir de las técnicas estratigráficas, la aplicación del carbono 14 y
especialmente del estudio de los estilos y las técnicas alfareras.
Todo esto le permitió establecer un periodificación, para el período prehispánico, que aún conserva su vitalidad
y validez en la época actual.
También se interesó en estudiar las expresiones del cambio y la continuidad de la cultura andina en la época
prehispánica y las formas de supervivencia y resistencia que desarrolló bajo la dominación colonial.
Estas investigaciones de Rowe, le han permitido establecer tres conclusiones fundamentales: 1) La historicidad
de la historia de los pueblos andinos (que se pueden reconocer en la sucesión de periodos y culturas, material,
social y espiritualmente diferentes); 2) La centralidad del Cusco en el proceso histórico andino hasta el siglo
XVIII; 3) La demostración sumamente innovadora de que la historia inca, como proceso, social y político, no
termina en 1533 con la ejecución de Atahualpa, sino que se prolonga durante la dominación colonial hispánica
y que los descendientes de los incas, como dirigentes étnicos y tradicionales de las poblaciones indígenas,
intentan -durante el siglo XVIII- la recuperación del poder perdido con la instalación del sistema colonial
hispánico.
Las aulas aún existen en Occidente
En este articulo publicado en 1983, con la intención de hacer un balance que sea útil para situación de la
universidad peruana de aquella época, Manuel Burga nos narra su experiencia en la escuela de Altos Estudios
en Ciencias Sociales de París. En la cual pudo asistir a dos seminarios de Jacques LeGoff, ambos sobre la Baja
Edad Media.
En primer lugar, los asistentes eran alumnos que preparaban sus tesis, diplomas o doctorados; además había
profesores visitantes y los mismos ayudantes. El auditoria presionaba sobre LeGoff y sobre los demás
expositores. Siempre estaban allí trabajando en temas similares al maestro, a tal punto que el año académico se
terminó publicando un número especial de la revista “Mediévales”, con ensayos de los asistentes. Del otro lado,
el trabajo docente recayó en LeGoff, sus ayudantes y luego en los profesores visitantes.
Nos dice Burga que muchos peruanos que van al extranjero y que terminan doctorándose en alguna de estas
instituciones, regresan al país y se convierten en acérrimos críticos de la universidad peruana. Olvidando así
que la universidad -en estos países- es un centro de contestación, de polémica, de enseñanza y de investigación
científica; en otras palabras, de rebeldía, practica o intelectual. La universidad es en esencia un lugar de
inconformismo, de donde nacen las grandes doctrinas o teorías que conmueven al mundo.
En un país como el nuestro, donde la injusticia es alarmante y donde las doctrinas o teorías son conocidas
mediocremente, la universidad debe ser rebelde. Sin embargo, el gobierno abandona la universidad y luego la
acusa de terrorista, o mira los modelos europeos o norteamericanos para criticarla. Para Burga el Perú da la
apariencia de ser un país gobernado por irracionales o gente que no piensa de acuerdo a nuestra realidad.