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LOS

PODERES DEL ESTADO


SUS CONFLICTOS, Y MANERA DE RESOLVERLOS

POR

DO'N I S M A E L O A L Y O Y M A D B O Í T ü

MADRID
J. GÓNGORA Y ÁLVABKZ, IMPRESOR

A n c h a de S a n Bernardo, 8 6 .

18S1
CONFLICTOS DE LOS PODERES DEL ESTADO
LOS

PODERES DEL ESTADO


SUS CONFLICTOS, Y MANERA DE RESOLVERLOS

ГОР.

DON I S M A E L C A L V O Y MADROÑO

MADRID
fiÓNGORA Y ÁLVABKZ, IMPRESOR

A n c h a de San Bernardo, 8 6 .

1891
PODERES DEL ESTADO

SUS CONFLICTOS Y M A N E R A DE IIKSOLVRRLOS

Tienen por camino acertado aquellos que se proponen el estudio


del alma humana el de partir como fundamento y base de la atenta
observación á que convida la varia multitud de actos psicológicos en
que aquélla se manifiesta, y agrupando los de homogénea índole, in-
ferir como consecuencia natural cuáles sean las distintas fuerzas que
los han producido; comparar entre sí después las potencias producto-
ras, con el propósito de advertir si hay, con efecto, en el fondo de t o -
das ellas algo de común, algún principio de unidad que las enlace y
coordine; y obtenido tal resultado, colocándose el observador en el
punto escogido como centro y eje de la circunferencia, contemplar
desde allí el organismo completo de Jas facultades que integran su
naturaleza, viniendo después á deducir lógicamente su actividad, sus
relaciones, la ayuda que se prestan unas á otras, el complicado juego
de sus respectivas funciones para presentar, en fin, ante el entendi-
miento el cuadro total de la vida anímica.
No de otra suerte, si tendemos la mirada por la sociedad en que
vivimos, advertiremos en ella la existencia de Tribunales que j u z g a n ,
de Autoridades que m a n d a n , de Cámaras que legislan, y de un Jefe
s u p r e m o que, imprimiendo en la ley el sello de la soberanía por él re-
presentada, hace que desde la unidad altísima y superior del Poder
descienda aquélla para que obligue y proteja á todos por igual; es
decir, un organismo completo que debe funcionar por modo armónico.
La sumisión y acatamiento con que son recibidos los actos ejecuta-
dos por estas potencias, obligan forzosamente á reconocer que tales
entidades, si bien ejercen funciones distintas, obedecen a una reali-
— (5 —

dad superior que se impone, la cual sostiene y anima la vida de tales


miembros como si en ellos se manifeslara el espíritu do justicia, alma
y sostén de]todas las sociedades.
En presencia de semejantes y parciales organismos, fácil se hace-
ya percibir que son á la vez elementos de un organismo superior y
complejo, el cual los comprende y abarca, pues todos ellos concurren
á un mismo fin, cooperando á un mismo resultado, que no es otro
sino la realización del derecho, ó sea el conseguir que vivan a r m ó n i -
camente cuantas entidades jurídicas, así individuales como colecti-
vas, tienen asiento y raíz en el seno de la sociedad humana que se
llama nación, en la cual cumplen la misión de su existencia, desarro-
llándose y perfeccionándose bajo un mismo grado de cultura y aná-
logas formas de progreso. De modo que si aquellos actos suponen el
Poder, éste supone por su parte el Estado, y el Estado es consecuen-
cia del Derecho.
Preciso se hace, pues, á fin de procurar el desarrollo conveniente
del tema elegido, exponer el concepto sumario del Derecho como
algo necesario cuyo cumplimiento aparece indispensable para que la
vida social sea posible y ventajosa; y puesto que dada nuestra n a t u -
raleza moral, por virtud de la espiritualidad de nuestro ser pudiéra-
mos obrar contrariando las leyes que rigen nuestros actos libres, de
aquí el que resulte imprescindible la organización de la sociedad, de
modo que cuantos de ella formen parte ajusten su conducta á lo que
el bien de todos exigiere. Organizada en tal manera la sociedad, que
busca los medios de obligar á todos igualmente y de desempeñar las
funciones todas que reclama su propia existencia, recibe ya el nombre
de Estado.
Mas para que en la convivencia social pueda éste mantener á cada
uno en la esfera de su derecho, hácensede todo punto precisas reglas
fijas, claras y determinadas, que deslinden el círculo dentro del cual
debe girar el individuo, y leyes que al propio tiempo sirvan al E s -
tado de guía y lo autoricen á exigir el cumplimiento de aquellas r e -
glas, para conseguir por este camino que sea compatible el fin indi-
vidual con el colectivo, el particular de cada uno con el de los demás,
ya respetándose, ya auxiliándose mutuamente, ó sean normas á que
acomodar su acción, tanto los particulares como el Estado mismo,
las cuales han de ser la expresión de lo j u s t o , ó de lo que en tal con-
cepto estime la conciencia social; y por último, es necesario que haya
alguien que declare cuándo ha sido perturbada aquella ley de a r m o -
nía que debe presidir todos los actos de los miembros de la sociedad
— 7 —

y qué medios hay de reparación y restauración del desorden causado.


De donde lógicamente se deduce que por lo menos son necesarias
tres clases de funciones para que el Estado cumpla su cometido, las
cuales son legislativas, ejecutivas y judiciales.
Bajo el supuesto real y efectivo, que no es dable desconocer en
modo alguno, de que á cada entidad jurídica corresponde un derecho
propio é inherente, como exigencia indispensable de su vida, evi-
dente se hace que no ha de quedar confiada al criterio privativo de
tal entidad ni el de señalar el círculo de sus atribuciones, ni designar
tampoco los medios que le corresponden; porque dada la imperfec-
ción h u m a n a , no es fácil, ni creíble siquiera, que se mantuviese en
los límites de lo justo; ni desde el punto de vista del interés indivi-
dual es posible percibir cuál sea la ley de armonía entre el fin de cada
uno y el fin común; luego alguien, que esté sobre cada persona en
particular, debe señalar las líneas generales que hayan de servir de
norma á la conducta del individuo, precisando no sólo las relaciones
sociales de los mismos entre sí, sino con el todo; y claro es que ha de
ser la mismasociedad directamente ó quien su representación obtenga.
No basta, sin embargo, que cada cual sepa lo que puede hacer y
lo que debe evitar; es necesario que no ejecute sino actos lícitos, ni
eluda el cumplimiento de sus obligaciones, y por lo tanto alguien, á
nombre de la sociedad toda, ha de estar investido de autoridad b a s -
tante para obligar al estricto cumplimiento de lo mandado en la ley,
pudiendo compeler con la fuerza á los que resistan sus mandatos.
Mas este poder de ejecución no podría realizar plenamente las ope-
raciones que le incumben, si no hubiera otro que definiese en cada
caso concreto, teniendo en cuenta de un lado la regla general de la
ley, y de otro el acto particular realizado por el individuo, cual es la
deficiencia cometida por éste, y hasta qué punto han sido desconoci-
dos ó quebrantados los preceptos jurídicos, declarando á la vez, cómo
ha de ser reintegrado el orden, que por ignorancia ó mala voluntad
fué subvertido.
Y no es suficiente esto: si la concentración de las indicadas facul-
tades en una sola entidad individual ó colectiva podría dar por resul-
tado los males que anunciaba Montesquieu, el mantenerlas separadas
en órganos absolutamente desligados entre sí, siendo como han de
ser iguales é independientes, ocasionaría á su vez choques y conflic-
tos entre las mismas, que no sería fácil resolver, sino concibiendo la
existencia de una autoridad superior y como reguladora que las a r -
monizase; algo que fuera como cifra y emblema del poder total y
- 8 -
absoluto de la sociedad, que manteniendo la debida concordia entre
ios órganos enunciados, los ponga además en perfecto acuerdo con
los deseos y aspiraciones manifestados legítimamente por la opinión
pública. En las democracias directas, como en Grecia y Roma, en
aquellos Estados que no extendían su acción jurídica fuera del recinto
murado de sus ciudades, y donde el cives podía asistir fácilmente al
Agora ó al Forurn á manifestar su pensamiento, era dable que se
prescindiese de esta magistratura suprema, porque sus funciones las
ejercía por sí misma la sociedad, resolviendo soberanamente cual-
quiera cuestión suscitada entre los magistrados de los diversos pode-
res parciales.
Eslo no es posible desde que el Estado encarna en grandes nacio-
nalidades, cuya población se halla derramada en extensos territorios,
ni las condiciones de la vida moderna consienten tampoco que los
ciudadanos abandonen con frecuencia las ocupaciones de su particu-
lar profesión, para deliberar y resolver por sí asuntos de interés p ú -
blico, el <;ual inmediatamente les importa en realidad menos, que el
fomento de s u s intereses privados.
De aquí surge la necesidad de la representación, ya directa, ya
indirecta, tácita ó expresa, por la que se constituye el Estado oficial
desempeñando las funciones del Poder en sus varias manifestaciones,
á nombre del Estado todo, ó sea la misma Sociedad en función de
hacer efectivo el Derecho: y como según queda insinuado, en el ejer-
cicio de estos diversos poderes, no es extraño que resulten conflictos
en ocasiones, hácese indispensable que aquel Poder regulador siga,
conforme á la naturaleza del conflicto, cuya resolución se halla á él
especialmente confiada, un método adecuado, como garantía del
acierto que debe buscarse para que se realice la justicia y haya paz
en la patria y vida en las instituciones.
Resumiendo en breve síntesis los puntos que en el desarrollo del
presente tema me propongo estudiar, redúcense en definitiva, como
preliminares, á formular sumariamente la-idea de Derecho, en con-
cepto de regla obligatoria, y á poner de manifiesto la necesidad de la
existencia del Eslado para que haga cumplir dicha regla;'y como inte-
grantes, á la explicación de las varias funciones del Poder que el fin
del Estado exige; á la consideración de si las distintas funciones indi -
cadas han de ser ejercidas por órganos diferentes que constituyan
otros tantos Poderes; á los conflictos que pueden producir la acción
y la marcha de los mismos, y por último, al modo de proceder el
Poder moderador para resolverlos.
TI

Todos los seres de la creación han sido provistos de los medios


necesarios para cumplir el fin de su existencia. Pero los seres no
libres los aprovechan en virtud de una fuerza falal y ciega que los
obliga á aplicarlos á aquello para que están destinados, sin saber
que, al hacerlo, van tejiendo inconscientemente la trama de su vida
y realizando los designios del Creador. No así el hombre: dotado de
libertad, de que carecen los demás seres, mientras que ella constitu-
ye la excelencia de su naturaleza, esta misma superioridad es á la
vez la fuente de todas sus desgracias é imperfecciones morales.
Cualquiera q u e s e a el origen de la desproporción entre lo grandioso
de sus fines y la pequenez de sus medios; cualquiera que sea la cau-
sa del desequilibrio de sus fuerzas que le trastorna ó imposibilita de
seguir rectamente por el sendero del bien, es lo cierto que, como
decía Pascal, el hombre bajo este respecto, es el ser más desdichado
•de cuantos pueblan el mundo. Los otros seres, ni necesitan el cono-
cimiento de su destino, ni el de los caminos que á él conducen, ni
tienen la elección tampoco de los medios más adecuados á su n a t u -
raleza, por los cuales han de llenar el fin para que han sido creados
y contribuir de este modo al orden total del universopporque atraídos
con fuerza incontrastable por el mismo fin, aquellos medios les
son impuestos con empuje irresistible, marchando inflexiblemente
por las vías de su existencia como la máquina que, á la vez que con-
duce, es llevada sin saberlo, á impulsos del vapor coudensado en
sus entrañas. El ser humano tiene que conocer para qué ha nacido,
tiene que enumerar los medios que le han sido dados para conservar
su vida, para desenvolverla y perfeccionarla; tiene que trazar el plan
de su existencia, el programa de su peregrinación por la tierra, los
pasos que ha de dar en ella, remover los obstáculos que se opongan
á su marcha; desembarazarse de cuantos errores y preocupaciones
anublan ó debilitan á veces su inteligencia; dominar el impulso de
sus pasiones, las cuales constantemente le asedian, y ya le empujan,
ya le arrastran fuera de la senda del deber; y sólo cuando predomine
y se imponga el imperio de la razón, refrenados ya lodos los apeti-
tos, y con percepción clara y distinta del término de su viaje, sólo
entonces podrá caminar seguro de sí propio y derechamente, si cuen-
ta con voluntad poderosa y enérgica, inaccesible al desaliento y ca-
paz de sobreponerse á las dificultados con que debe luchar, si apetece
Ja realización de su esencia.
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Mas, suponiendo al hombre adornado de todas estas virtudes y


dispuesto por su parte á trabajar en tal realización consciente y vo-
luntaria de su deslino, colocado ya en la senda de la vida, irá tra-
zando la trayectoria de su existencia; y si se le interroga acerca de
ios medios con que cuenta para ello, no vacilará seguramente en
afirmar que son los que integran su individual naturaleza con el a u -
xilio de los demás hombres y con el de todos los otros seres de la
creación, en cuanto son por él dominados y puestos bajo su imperio.
Si la acción justa y et desenvolvimiento adecuado del individuo no
pudieran ser dificultados ó impedidos por los demás seres libres; si
éstos no le negaran nunca la cooperación que le deben, no habría,
desde luego, necesidad de decir que aquellos medios constituían sus
derechos privativos. Estos existirían siempre, cual manifestación
concreta del derecho absoluto, que estaría como latente, sin haber
determinado su concepto en la mente humana y sin fórmula en el
lenguaje: á la manera que existían y actuaban las leyes de gravita-
ción universal, antes de que Newton las descubriese, sosteniendo en
admirable concierto los innumerables mundos que ruedan en el e s -
pacio.
No bastaría, sin embargo, para él el conocimiento de la esfera de
condiciones que á modo de ambiente atmosférico le rodea, para q u e ,
moviéndose libremente dentro de ella, las incorpore á su ser, utili-
zándolas en la forma que crea mejor y más conveniente; es necesa-
rio que dicha esfera sea respetada por todos, y más aún, que lleven
á ella los que especialmente estén obligados á hacerlo, los elementos
de vida que le deben. Y para que esto suceda, ofrécese como indis-
pensable la existencia de una autoridad superior á todos, la cual
proteja y defienda á cada uno dentro de su esfera propia de las in-
trusiones conscientes ó inconscientes de los demás; que, sin espíritu
ni ánimo de venganza, castigue á los que de tal suerte procedieren,
que obligue sin apasionamiento á que se respeten los unos á los
otros y á que mutuamente se auxilien, cumpliendo así las obligacio-
nes que voluntariamente hubiesen contraído; es necesario, en fin, el
Estado.
Pero ¿qué es el Estado? Cualquiera que sea la opinión formada
acerca de los fines que está llamado éste á realizar, no es ya lícito en
manera alguna confundirle, á la altura que hoy alcanzan los conocí •
mientos en la materia, con la sociedad en general, y menos con la
nación; con la primera porque no es sino el conjunto orgánico de los
hombres que viven unidos para la prosecución de todos sus fines; y
— í l -

eon la segunda, porque aun siendo también una asociación para todos
los fines, se halla limitada por determinado territorio, donde aquéllos
se realizan de manera especial, según el grado y clase de cultura q u e
une á sus individuos, contribuyendo á ello poderosamente la c o m u -
nidad histórica, la comunidad del lenguaje, la unidad de proceden-
cia originaria, tener la misma religión, identidad de aspiraciones, con
otras muchas y diversas causas más ó menos secundarias que impri-
men notoriamente carácter al desarrollo total de la vida de los g r u -
pos en que la humanidad se muestra dividida. Y como el derecho es
expresión de la actividad libre, que acompaña siempre con formas
determinadas á cada nueva dirección de cultura que toma también
cada agrupación independiente, siguiendo á ésta por tales derroteros
para que en ella resulte siempre la compatibilidad del bien de cada
uno de los individuos con el de los restantes, y con el de la totalidad,
por eso no podrían nunca constituir un solo Estado dos nacionalida-
des ó agrupaciones cuya diferencia de cultura fuese muy grande,
tanto en el grado como en el género; siendo evidente, en consecuen-
cia, que unas mismas leyes no serían de igual manera adaptables á
España y á Marruecos, aunque llegasen ambas potencias á aparecer
unidas bajo un solo gobierno, hasta que se identificasen en las con-
diciones de existencia, borradas las diferencias de origen y de tradi-
ciones, y se confundiesen en una sola unidad sus habitantes.
Pero á veces, países que tienen la misma cultura y podrían formar
un solo Estado, como sucede con España y Portugal, por causas ac-
cidentales están separados, cuando verdaderamente por su historia y
por sus tradiciones constituyen una sola nacionalidad únicamente.
Déjase conocer, por lo que indicado queda, que el Estado se p r o -
pone ante todo el cumplimiento del derecho, no siendo otro, en efec-
to, el principal de sus fines, aunque puede tomar á su cargo otros,
aprovechando su organización para aquellos que, siendo convenien-
tes, acaso necesarios á la sociedad, no tienen sin embargo en ésta
organismos propios que los realicen. Y ¿cuál será la forma especial
en que la sociedad ha de constituirse, para que esto se verifique? ¿Qué
instituciones creará? ¿Qué centros de acción deberá establecer?
Hemos de fijarnos, en primer lugar, en el hecho de que á todos
interesa que el derecho se cumpla, pues de no cumplirse, nada ni na-
die está seguro. La fuerza, la astucia, y todas las pasiones desenca-
denadas reinarían sin freno, y el que hoy despojase á otro, lo sería él
mañana, cuando la enfermedad ó la decrepitud le debilitasen; y la
sociedad entera se estacionaría, como acontece en ciertos pueblos,
— 12 —

pues le fallarían alientos para seguir adelante y estímulos para p r o -


c u r a r cualquier mejoramiento, si no había de disfrutarlo.
Mas si á lodos interesa que reine el orden jurídico, todos deben
contribuir á establecerlo y afianzarlo, bien directamente acordando y
llevando á efecto por sí lo que crean un bien para la comunidad, ó
bien delegando estas atribuciones á quien en su nombre lo haga. Lo
primero es realizable únicamente en sociedades tan pequeñas como
para hallarse por una sola ciudad constituidas, y de las cuales guarda
ejemplo la historia, y dada además cierta cultura y cierta organiza-
ción, de tal modo sencillas ambas y exentas de complicaciones, que
no absorban las profesiones y oficios por completo la atención total
de cada individuo, pues de otra suerte ni es factible, ni conveniente
á los intereses generales, que los ciudadanos abandonen á cada m o -
mento el trabajo que ¡es proporciona el sustento para ellos y sus fa-
milias, por dedicarse á la gestión de la cosa pública, y poner en mo-
vimiento la complicada máquina del Estado. Lo segundo es propio
d e las sociedades modernas, cuyos organismos han hecho más c o m -
plicadas las necesidades de nuestra superior cultura; y asi, delegando
su representación propia el común de los ciudadanos en aquellos que
elegidos por ellos se hayan consagrado única y exclusivamente y
como profesión al desempeño de estas funciones, dedicando á ellas
su actividad y su inteligencia íntegra en nombre suyo y en el de to-
dos, se conseguirá mayor acierto y mayor perfección en la ejecución
d é l a s mismas, ó lo que es igual, el arle del gobierno. Sin que esto
quiera decir que en absoluto abandonen los ciudadanos la facultad
que les compele de regir la sociedad, en manos de aquellos que tal
delegación hayan obtenido, impónese la forma de la representación,
como la más conveniente, bien que semejante delegación jamás pue-
da eslimarse como la dejación completa de la acción directriz y de
tutela que es propia de ios ciudadanos, pues como demuestra con no-
toria competencia el Sr. Azcárate (1), el principio de la representa-
ción tiene su fundamento también en los dos modos de realizarse el
derecho: uno espontáneo é intuitivo, que verifica la sociedad por sí
directamente, y otro reflexivo y técnico que lleva á cabo aquélla i n -
directamente por medio de sus representan les.
De cualquier modo, la sociedad constituida en Estado hace que
éste sea una entidad abstracta, la cual necesita concretarse para

(1) Carla al Sr. Aréchaga.


- 13 —
realizar sus funciones, que sólo por personas individuales pueden
ser efectuadas. «Estos individuos consagrados de un modo especial
al servicio de las funciones públicas representan al Estado, en cuanto
le personifican físicamente con su propia personalidad, constituyendo
lo que usualmente se denomina Estado Op.cia.hi (1).
Ahora bien: el Estado oficial, representación del Estado todo, si
ha de llevar á cabo la realización de sus fines, necesita medios para
conseguirlo, y facultad de aplicar dichos medios á los fines mencio-
nados, recibiendo este conj unto de atribuciones, de que ha de h a -
llarse investido el Estado, el nombre de Poder, el cual, considerado
en unidad y totalidad, antes de ninguna distinción ni división inte-
rior, es llamado también soberanía.
No habré de detenerme á dilucidar aquí el origen próximo y r e -
moto de la soberanía, ni tampoco los límites de la acción del poder
público en sus relaciones con el individuo y la sociedad, á fin de lle-
gar pronto á aquello que constituye más concretamente el objeto de
mi discurso; permítaseme dé por expuesta la conciliación entre la
máxima omnis potestas á Deo, y el principio de la soberanía de la
nación, así como el examen de las escuelas que con diversos matices
de individualismo, socialismo y eclecticismo discuten acerca de lo que
es propio y exclusivo de cada personalidad jurídica en la realización
del bien, y lo que pertenece al Estado como fines permanentes y v a -
riables, según el grado y dirección de cultura de la nación en q u e
encarna.

III

Sentados estos precedentes y entrando ya de lleno en el a s u n t o


propio de la presente disertación, la primera de las cuestiones que
se presentan, es la de determinar, si las funciones del Poder pueden
reducirse á una sola, ó si es preciso reconocer que son varias iguales
é independientes. Conviene recordar para que dicha cuestión sea
debidamente resuelta, que el poder público no es sino el conjunto de
facultades conferidas al Estado para cumplir sus fines; y como éstos
requieren la efectuación de funciones diferentes, claro es, que aun
cuando el poder sea originariamente uno, por ser una la voluntad d e
la nación, como lo es la de todo ser que quiere, y uno el fin capital
para que aquélla se constituya en Estado, se diversifica, sin e m b a r -

(1) Santamaría: Derecho político, p. 186.


— II —

go, en tantas ramas cuantas sean aquellas funciones distintas, á la


manera que en el alma h u m a n a son también distintas las facultades
que la integran y todas concurren á la vida racional del hombre.
Cabe preguntar si, dada esta diversidad de funciones, estarán las
unas subordinadas á las otras, como momentos distintos de una sola,
ó si, por ser esencial la diferencia entre ellas, se ofrecerán indepen-
dientes y coordinadas. Teniendo e n c u e n t a la naturaleza propia de
cada una, no es lícito á mi entender la vacilación en afirmar esto ú l -
timo; pues no hay duda de que, entre la declaración de la regla de
derecho, y la aplicación de la fuerza para su cumplimiento, hay tan
sustancial diferencia, como entre una operación del entendimiento y
un acto de la voluntad: el que legisla, dice lo que entiende que es el
derecho; el que ejerce la coacción, quiere que el derecho se cumpla,
y emplea los medios para ello._
Determinar cuántos sean los poderes, ó mejor dicho, cuántas son
las funciones esencialmente distintas que ha de efectuar el Estado
para llenar su cometido, asunto es que ha sembrado la discordia en
el campo de los cultivadores del derecho público.
La clasificación tradicional, que no es otra sino la tripartita de
Aristóteles, quien, como para todos es notorio, considera la autoridad
política dividida en las ramas legislativa, ejecutiva y judicial, ha
sido en los tiempos modernos modificada, reduciendo unos autores á
dos el número de los poderes, al propio tiempo que otros han a d m i -
tido cuatro y aun más, usando frecuentemente como sinónimas las
palabras funciones y poderes, sin expresar con claridad bastante,
que las funciones siempre han sido varias, aun en los tiempos en que
estaban reunidas en una sola autoridad suprema.
A primera vista seduce por su sencillez, la división del Poder en
dos ramas, correspondientes á los dos momentos de la actividad racio-
nal: querer y ejecutar. Así lo manifestaba Mirabeau á la Asamblea
francesa en uno de sus célebres discursos; y esta doctrina ha sido sos-
tenida con pequeñas variantes por Saint Girons, quien afirma que
«todo Gobierno desempeña dos funciones esenciales: dictar leyes y
. hacerlas ejecutar. En la función legislativa, entra la organización de
los derechos privados y públicos, al paso q u e la ejecutiva comprende
las medidas generales ó individuales necesarias para hacer respetar
esos derechos.» «No están de acuerdo los publicistas, dice en otro pa-
saje, en cuanto al número y calidad de los Poderes. Nosotros creemos
q u e es necesario distinguir dos Poderes: el legislativo y el ejecutivo;
y dos autoridades, la de la justicia y la del gobierno y administración.
— 15

La justicia es una rama autónoma independiente del Poder eje-


cutivo-......»
«El principio de la separación de los poderes tiene, pues, dos g r a -
dos de aplicación; desde luego, separación de los dos Poderes legis-
lativo y ejecutivo; enseguida, distinción en el seno del Poder ejecu-
tivo, de la autoridad gubernamental y administrativa de una parte, y
de la autoridad judicial de la otra, é independencia de esas dos a u t o -
ridades entre sí, y con respecto al Poder legislativo» (1).
Antes que este escritor había ya sostenido la misma opinión el
Sr. Reus y Bahamonde, quien en su Teoría orgánica del Estado,
escribía: «Hay una división capital: la ley y su aplicación. No hay, no
puede haber más distinciones radicales, porque no hay actos que no
entren en esta división, entre todos los que pueden concebirse en la
naturaleza h u m a n a . Llega la ley á hablar de todo y á disponer de
todo; refiérese su aplicación á todo y en todas partes se halla. ¿Qué
hace el Poder judicial dentro de la vida pública? Ni más ni menos que
aplicar á su modo las leyes que le están encomendadas, como la admi-
nistración hace con aquellas que le competen » Pero es, se dice,
que son necesarias la inamovilidad y la independencia del poder j u d i -
cial, para el libre cumplimiento del derecho. ¿Y quién lo niega? Tam-
poco el Senado debe sumisión al Congreso, ni éste á aquél, y sin
embargo, uno y otro son miembros del Poder legislativo, y así lo
reconoce todo el mundo. Con admitir la existencia de un Poder j u d i -
cial, no gana nada la justicia, ni se aumenta su prestigio; porque
aquello que la realza es el fiel y exacto cumplimiento de sus p r e r r o g a -
tivas, no una declaración vana y vacía que de continuo puede estarse
falseando en una torcida práctica del régimen representativo. Reco-
nociendo, por el contrario, que el P o d e r j udicial está dentro del poli-,
tico, lo mismo que el Senado en el legislativo, y que debemos engran-
decer y reformar el concepto de la administración, hoy desprestigiada,
la división de los Poderes resulta clara y evidente en esta forma:
i t • , ,. ( Cámara popular,
i Legis alivo.. ] , ^ 1

Poder ' ' Senado.


Q

" i D~I'<- „ í Ejecutivo.


( - • • •!
P o l l l l ü 0
Judicial.
Esta división responde á la Teoría del Estado. Expresa el Poder
legislativo la unidad de la vida social, rigiéndose á sí propia, mediante

(1) Saint Girons: Essai sur la séparation des pouvoirs, págs. 1 y 1 3 5 .


- 1<>. —

una combinación de representaciones. Lleva el poder político á la


práctica esta unidad, dividiendo sus actos en dos series, para cada
una de las cuales se crea otra de funcionarios de diversas condicio-
nes: administración y justicia» (1).
La modificación propuesta por estos autores redúcese, pues, á
que, si bien las funciones judiciales deben ser desempeñadas por un
organismo especial, cuya existencia y acción sean independientes, n o
constituyen un Poder, sin embargo.
A esta tendencia de los dos Poderes, con subdivisión del ejecutivo
en administración y justicia, incluíanse los Sres. Alcántara y Mora-
les en su Tratado de las competencias, y el Sr. Abella en su libro de
Lo contencioso y administrativo, con algunos otros.
Muchos más prosélitos ha tenido la división clásica, sobre todo
desde que Montesquieu le asignó fundamento distinto del ideado por
Kant en Alemania. Comparaba éste los Poderes con los elementos de
un silogismo, y sostenía que el Poder legislativo era la proposición
mayor, el judicial la menor', y el ejecutivo la conclusión. Montes-
quieu al adoptarla la propagó con la fama de sus obras, habiendo
sido aceptada por Blakstone en la misma Inglaterra, de cuyas prác-
ticas constitucionales creía haberla aquél sacado (2).
Seguida esta teoría en España por Colmeiro y otros varios auto-
res, ha sido defendida últimamente, allende los mares, por D. Justo
Jiménez de Aréchaga, si bien aplicándola sólo á una de las dos for-
mas que él distingue (no con bastante fundamento á mi juicio) de
Gobierno representativo, á saber: «Gobierno de gabinete ó régimen
parlamentario, y Gobierno presidencial ó régimen representativo pro-
piamente dicho»; la primera como practicada en todas las Monarquías
constitucionales del Viejo Mundo, en el Brasil y en la República fran-
cesa organizada en 1875; y la segunda que rige en todas las R e p ú -
blicas americanas y en Suiza. «Entre estas dos formas de gobierno,
la europea, y la americana, aparentemente iguales, existen, dice, radi-
cales y profundas diferencias.» En esta última, que tiene por menos
imperfecta, sólo hay tres Poderes; pero en aquélla, por no estar com-
pletamente separados, es de necesidad que haya uno más, que dirima
sus contiendas. Siguiendo á Bagehot, afirma con efecto que «lo que
caracteriza el régimen parlamentario, es la estrecha unión, la fusión

• (1) Teoría orgánica del Estado, pág. 135.


(2) Alirens: Derecho natural.
— 17 —

casi completa del Poder ejecutivo, que corresponde al Gabinete, y del


Poder legislativo; pues el Ministerio, si bien aparentemente es nom
bracio por el jefe del Estado, en realidad es el Parlamento quien hace
la elección.»
No se hallaría en mi concepto el Sr. Aréchaga muy lejos de la
verdad, si dijera todo lo contrario; ó lo que es lo mismo, que el Poder
legislativo, aunque aparentemente sea nombrado por el Cuerpo elec-
toral, de hecho el Poder ejecutivo, interviniendo interesadamente en
la elección, es el que hace el nombramiento, al menos en España, y
no es de suponer que por excepción. Esto mismo debía pensar el
citado Bagehot, cuando escribía que «el Gabinete no ejerce sólo todas
las funciones ejecutivas, sino que también toma una participación, é
importantísima, en las funciones legislativas» y que «en general, la
iniciativa de lodo proyecto de ley de alguna importancia, parte siem-
pre del Gabinete, y las Cámaras legislativas, no hacen más que seguir
siempre la dirección que aquél las imprime». De modo que, si bien el
poder ministerial es el resorte más activo del mecanismo parlamen-
tario, y el punto de mira de todo el mundo político, no es «sostener
y voltear ministerios una de las más grandes ocupaciones del Parla-
mento», como deduce este escritor americano.
Preciso es convenir con él, á pesar de todo, en que en el régimen
parlamentario se producen frecuentes conflictos entre los dos Pode-
res ejecutivo y legislativo, y que es necesario, por tanto, crear un
Poder moderador que restablezca la armonía; ya destituyendo al Mi-
nisterio, cuando la oposición del Parlamento á la política de aquél sea
justa y razonable, ya disolviendo las Cámaras, cuando sean éstas las
que, en su concepto, no marchen de acuerdo con la opinión pública,
al estorbar la acción del Gabinete. Pero este Poder armónico es más
indispensable en el que él llama sistema representativo americano ó
gobierno presidencial, fundado en la separación casi completa de sus
tres departamentos ó poderes, que aparecen del testimonio del señor
Aréchaga desligados de todo vínculo, pues es imposible que haya
unidad de miras entre ellos, ni que su acción diversa concurra armó '
nicamente á la realización de los fines del Estado, si no hay un centro
común que los ordene. Con la separación completa de los Poderes
podrá evitarse la intrusión de unos en otros, lo cual significaría cier-
tamente un despotismo intolerable, pero también se produce la inac-
ción por causa de empate ó choque, cuando dos pretenden conocer
de un asunto, cuya materia no se sabe á quién compete, ó se niegan
ambos á entender en ella por la misma causa. Mounier, en la A s a m -
— 18 ­
blea constituyente de 1?89, dejó con toda precisión determinado el
verdadero sentido del principio de la separación é independencia de
los Poderes, diciendo: «para que los Poderes se mantengan realmente
divididos, es preciso que no estén enteramente separados.»
La teoría de los cuatro poderes tiene en España ilustre represen­
tación: sostiénenla, entre otros, los insignes profesores de la Univer­
sidad Central Sres. Azcárate, Santamaría y Piernas, y el excelente
escritor Si*. Moya (1). Todos reconocen que quien con más ardor ha
defendido la existencia del cuarto Poder ha sido Benjamín Constant,
aunque protestando de ser él su descubridor. He aquí las palabras
de este ilustre publicista francés: «Causará extrañeza tal vez que yo
distinga el Poder real del ejecutivo ó ministerial; pero esta distinción
desconocida hasta hoy es muy importante y puede ser la llave de
toda organización política. Estoy lejos de apropiarme el honor de ha­
berla inventado, pues el primero que nos ha dado idea de ella en sus
escritos ha sido un hombre muy ilustrado (Mr. Clermonl Tounerre),
que pereció durante las revoluciones pasadas, como casi todos los
sabios que entonces existían. «Hay, dice él, en el Poder monárquico,
»dos poderes distintos: el Poder ejecutivo revestido de prerrogativas,
»y el Real sostenido por el recuerdo perenne y tradiciones de la épo­
»ca.» Reflexionando sobre esta idea me he llegado á convencer de su
exactitud; pero como esta materia es bastante nueva, necesita algu­
nas explicaciones».
«Los Ires poderes políticos, tales como los hemos conocido hasta
el presente, á saber: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, son tres
resortes que deben cooperar, cada uno por su parte, al movimiento
general; pero cuando éstos, sacados de su lugar, se mezclan entre sí,
se chocan ó embarazan, es necesario buscar una fuerza que los
ponga en su ltigar. Esta fuerza no puede existir en ninguno de los
tres resortes, porque serviría para destruir á los demás; y así debe
estar fuera y ser neutra, en cierta manera, á fin de que su acción se
aplique en todas las partes don Je sea necesaria у рига que preserve
y repare sin ser hostil. La Monarquía constitucional tiene esta gran
ventaja, porque crea el poder neutro en la persona de un Rey, r o ­
deado de tradiciones y recuerdos y revestido de un poder de opinión
que sirve de base á su poder político. El verdadero interés de ese
Rey no es, en manera alguna, el que uno de los poderes destruya

(1) Conflicto entre, los poderes.


— 19 —

^al otro, sino el que todos se apoyen, se entiendan y obren de


^acuerdo» (1).
El Sr. Azcárate, en presencia de los sucesos de una de las crisis
políticas de Francia, ocurrióle tratar el problema de si debe ser ad-
mitida la sustantividad é independencia de la función y del poder
propios del Jefe del Estado, en una. conferencia d a d a en la Institu-
ción Libre de Enseñanza, y hay que convenir en que el sabio maes-
tro, conduciéndose como tal, dilucidó la cuestión con aquel método,
claridad y alteza de miras, propios del hombre que se mueve en la
región serena de la ciencia. No es posible dudar después de sus elo-
cuentes palabras de que á la jefatura del Estado corresponde un poder
sustantivo distinto de los tres incluidos en la clasificación tradicional,
cuya función propia consiste en mantener la armonía entre ios po-
deres oíieiales y entre éstos y la sociedad (2).
«La función del Jefe del Estado, dice el Sr. Santamaría, sirve
¡para dar realidad á la unidad suprema del poder, facilitando que la
nación misma decida los conflictos entre los poderes especiales é im-
pida el predominio del uno sóbrelos otros. Y si se acepta la existen-
cia de una magistratura suprema que represente la unidad del Poder
y vele por el mantenimiento de la armonía en la* relaciones de los
poderes particulares, ocioso me parece discutir si debe ó no debe
llamarse en sí misma Poder, cuando tiene facultades para ejercer
una función propia y distinta de las demás, aunque desempeñándola
por representación, como acontece con todas las que ejercen los ó r -
ganos del Estado» (3).
«Si no se acepta el Poder moderador, añade el Sr. Moya, hay
q u e confesar con Sieyes que la Monarquía es una sombra. Nosotros
decimos con Thiers: «el Rey reina y no gobierna», pero aceptado el
Poder mederador, reinar no es un sueño de autoridad; no es una
sombra con título de Majestad, cetro y corona; es regular el o r g a -
nismo político del Estado, prevenir los conflictos que puedan s u s c i -
tarse entre los poderes que dentro de él se mueven y resolverlos se-
gún el deseo de la mayoría de la nación» (4) .
La realidad de este cuarto Poder se impone; llámese real con Ben-
jamín Constant; gubernativo con Stuart-Mill; gubernamental con

(1) Benjamín Constant: Cours de Politique constitutionelle.


(2) Azcárate: Conferencia de 20 de Enero de 1878
(3) Santamaría: Derecho político,
(i) Moya: obra citada.
— -
A h r e n s ; inspectivo, moderador ó regulador como quieren otros, ó
armónico, según opina el Sr. Santamaría Y esta verdad alcanzada
por la ciencia política moderna, pasando del terreno de la pura espe-
culación al derecho positivo, fué admitida por las Constituciones del
Brasil de 1824, y de Portugal de 182(5, que en sus artículos 1tíy 71
respectivamente establecen queiccei Poder moderador es la base de
toda la organización política y compete privativamente al Rey (1) como
jefe supremo de la Nación, para que vele sin cesar sobre el manteni-
miento de la independencia, equilibrio y armonía de los demás pode-
res políticos.»
Algunos (2), por último, distinguen cinco funciones fundamentales
en el Estado, haciendo de la ejecutiva dos: gubernativa y adminis-
trativa, según que el Gabinete verilique actos discrecionales ó tenga
que acomodar su acción á reglas preexistentes; pero no creo que
existe sustancial diferencia entre estas dos clases de actos; pues en
unos y otros se trata de ejecutar algo; convertir en hechos concretos
y efectivos lo que la necesidad de que se o. mpla el Derecho hace pre-
ciso, siquiera en los primeros se deje á la libertad del agente la apre-
ciación de lo que es justo, y en los segundos, por tratarse de nece-
sidades previstas y reguladas por la ley, tenga que atenerse á normas
prescritas de antemano.
El mismo Benjamín Oonslant creía que el conjunto de autoridades
do los departamentos y municipios, que administran ó deben admi
nistrar los intereses puramente locales con entera independencia del
gobierno general de la Nación, constituyen un poder que merece
colocarse al lado de los anteriores con el nombre de Poder munici-
pal (3). A poco que se reflexione habrá de advertirse que los Munioi
pios son organismos completos, además de ser partes ó miembros de
un organismo superior, y que considerados bajo el primer aspecto,
tienen funciones análogas á las del Estado supremo, dentro del cual,
si no se les pueden dar el nombre de Estados por no ser sociedades
independientes, realizan su vida propia en forma semejante, siquiera
sea con extensión más limitada. De modo que sus autoridades cons

(1) «y está delegado exclusivamente en el Emperador», dice la citada Cons-


titución del Brasil.
(2) Muéstrase de esta opinión el Sr Montejo en su Tratado de Derecho judi-
cial, tomo I, pág. 4 0 .
(3) Benjamín Constan!: obra citada
- 2! -

tUiíirían, no uno de los Poderes del lisiado nacional, sino lodos los
Poderes de l;i sociedad Municipio.
Plnheiro Ferreira sostiene, por su parle, la división en los cinco
Poderes siguientes: legislativo, ejecutivo, judicial, conservador y
electoral; y de esta opinión se muestra Lastarria. en una de sus
obras (I), a u n q u e luego desecha en otra (2) el Poder conservador y
se decide por la clasificación de Aristóteles y Mnnlesquieu.
Cuan lamentable es la confusión que resulla de incluir la función
electoral entre los poderes del Estado, salta desde luego á la vista;
razón por la cual séame permitido , en refutación de semejante
doctrina, que recuerde sólo el hecho de que la función electoral es
el ejercicio de un poder, poro no confiado al listado, sino ejercido
por la Sociedad, y es el medio de que se vale ésta para nombrar sus
representantes, y organizar asi los poderes públicos. De otro modo
no podría concebirse la función electoral que va encaminada á corre-
gir y reformar constantemente por medio de la delegación de pode-
res, que supone, el Derecho constituido, "con arreglo á las necesida-
des que la misma Sociedad experimenta en el proceso de los tiempos.

IV
Si las diversas funciones del poder han de ser ejercidas por una
sola entidad jurídica, ya sea individual, ya colectiva; ó si han de
constituir tantas instituciones ó series de instituciones como son las
funciones del Poder; ó en otros términos, como lia de estar o r g a n i -
zado el poder público del listado, es la segunda de las cuestiones que
debemos proponer en este trabajo.
Fuera de duda está que en los Estados nacionales modernos cuya
extensión impide el gobierno directo del pueblo por el pueblo, ha-
ciendo indispensable, por lo tanto, la representación, lo más racional
es la creación de órganos particulares para cada una de las funciones
del Poder, las cuales sean ejercidas con entera independencia, pero
no con separación absoluta, á fin de que armonizadas, todas produz-
can en conjunto la unidad suprema de la acción total del Estado. Así
lo han entendido la mayor parte de los tratadistas de Derecho consti-
tucional, desde Monlesquieu á nuestros días, ya estimando como éste
que el fundamento de la división de los poderes es el de evitar la t i -

(1) Elementos de Derecho piiblico, p í g . 47.


(2) Política positiva, piíp. 2 6 2 .
ranía, ya haciendo estribar simplemente la división referida en un»
razón de organismo, como lo hace Bluntschli.
El autor insigne del Espíritu de las leyes, cuya palabra fué, p o r
decirlo así, el primer grito de alarma, repetido después de un modo
casi mecánico y á veces inconsciente, decía, con efecto, á e s t e propó-
sito: «Cuando los p o d e r e s legislativo y ejecutivo están reunidos en la
misma persona, ó en el mismo cuerpo de Magistrados, no puede h a -
ber libertad ninguna, pues es de temerse que el mismo monarca ó
Senado dicte leyes tiránicas para ejecutarlas tiránicamente.
Tampoco hay libertad si el poder de juzgar no está separado de
los poderes legislativo y ejecutivo. Unido al poder legislativo, la vida
y la libertad de los ciudadanos veiíanse expuestas á una acción a r -
bitraria, pues el Juez sería entonces el legislador. Reunido al ejecu-
tivo, el Juez podría proceder con toda la violencia de un opresor.
Todo estaría perdido si el mismo hombre, ó el mismo cuerpo de Ma-
gistrados, ejerciera estos tres poderes: el de hacer las leyes, el de eje-
cutarlas, y el de juzgar los crímenes ó las diferencias entre los par-
ticulares» (1).
Grande es la autoridad del escritor francés y no exenta de aplica-
ción su doctrina á las sociedades en que hoy toma forma corpórea el
Estado; pero esto no autoriza para condenar sin apelación, como es
frecuente hacerlo, toda otra forma de organización que haya r e v e s -
tido el Poder público en sociedades diferentes de las nacionalidades
modernas, pues precisamente el modo de ser y vivir de la sociedad
es lo que impone la manera de constituirse en Estado, así como la
extensión que ha de darse á los íines que debe cumplir además del
Derecho y los múltiples ó escasos organismos para la realización de
éste necesarios.
Guarda en sus páginas la historia el recuerdo de la existencia y
vida, en otras épocas, de Estados que no pudieron tener otra consti-
tución que la que tuvieron, porque no consentían otra cosa las con-
diciones de las sociedades que les dieron ser real y efectivo. Y ¿quién
puede poner en duda que aquellas formas orgánicas del Estado p u e -
den ser aplicadas á sociedades menos desarrolladas que las de la Eu -
ropa culta'? ¿Quién es capaz de asegurar que en circunstancias excep-
cionales respecto de las naciones, no sea preciso acudir á alguna de
aquellas formas históricas?
Lejos de mí la infundada preocupación de que la filosofía p r e s -

(1) Ouvres completes, tomo 1.°, pá<; 2 5 1 . edición dp 1886.


- 2:i -

cribe un ideal absoluto de gobierno, al cual van aproximándose los


pueblos según avanzan en el camino del progreso, y que se les aplica
en la proporción que lo consiente el grado de perfeccionamiento á
que han llegado, á manera de patrón que se va aplicando en mayores
dimensiones á medida que el cuerpo crece y ensancha. La filosofía
saca sus abstracciones de la cantera viva de la realidad, y puesto el
pie en la tierra como el Anteo de la fábula, se remonta á las regiones
de lo ideal, dilatándose por los horizontes de lo posible, pero sin per-
der nunca de vista el punto de partida. Y toda concepción que apar-
tando los ojos de lo existente se forme por la espontaneidad desre-
glada del espíritu, es tan quimérica como las vanas representaciones
de un sueño y las fantásticas alucinaciones del delirio.
El ideal se perfecciona y amplía á medida que son corregidas las
deficiencias de la realidad, y cuando penetrada nuestra inteligencia
de la interioridad esencial de las cosas, y apoderándose de las causas
y leyes que en ellas actúan, las contempla obrando á través de espa-
cios no señalados ni discernidos todavía y de tiempos que aún no
han existido. Cabe, pues, predecir algo de lo que debe suceder; es
posible levantar magnífico edificio en la región pura de las ideas,
pero asentado en la inconmovible roca de la realidad: cualquiera
otra construcción podrá ser artístico alcázar, conjunto de maravillas
deslumbradoras, mas levantado en los aires por la fantasía.
Hay, por tanto, un idea! en cada época, el cual inspira é impulsa
á las generaciones; pero este ideal está formado por los elementos
que la realidad que le sustenta les ofrece, y se modifica y cambia al
mismo tiempo con que cambian las condiciones reales que le dieron
base; y si bien, con lo que tienen de común los ideales de diversos
tiempos, hay la creencia de que podría formarse un ideal eterno,
prototipo y modelo de gobierno para todos los pueblos, fácil se hace
comprender que no sería otra cosa sino la enunciación de algunos
principios universales que, respondiendo á lo inmutable de la natu-
raleza humana, no lograrían salir nunca de las oscuras regiones de
la abstracción.
Aceptando que la multitud de funciones del Estado nacional re-
clama variedad de óiganos que las desempeñen, no parece ya incon-
veniente que la acción de los unos esté limitada por los otros á fin de
precaver los males de la concentración de todas las atribuciones que
la realización del derecho exige en una sola institución, ya uniperso-
nal, y a colectiva; porque la flaqueza y limitación humanas harían
que, aun suponiendo el mejor deseo de practicar la justicia, tal
vez llegase pronto á ser aquella institución el odioso brazo de la ti-
ranía.
Pero de esta necesidad ó conveniencia actual, principalmente
surgida de las grandes sociedades en que encarna el Estado; de la
complejidad de la vida moderna; de la inmensa variedad de actos
que al Estado están encomendados y de la división que los mismos
piden, no se concluye que la distribución de los poderes en órganos
distintos haya sido de tal modo indispensable en las sociedades E s -
tados cuyo desarrollo no alcanza el grado conseguido por las pode-
rosas de nuestros días, como para que, precisamente por no haber
gobierno de tal división, no hayan podido aquéllas realizar el dere-
cho de manera más perfecta y acabada.
En el Estado familia, ó sea en la primera sociedad Estado que
existió, no se concibe la separación de los poderes: para que se rea-
lice el derecho en la familia, pocas reglas de conducta bastan, y no
serán muchos los actos de justicia por infracción de los preceptos de
la misma que sea preciso practicar en el seno de una sociedad, la
cual más bien debe ser dirigida por el amor recíproco de los seres
que la forman que por el rigor del derecho. Mas por si en algún
caso, excepcional sin duda, hubiera de apelarse á este extremo, ¿qué
inconveniente hay en que el padre reúna las atribuciones de legisla-
dor, de juez y de autoridad ejecutiva, cuando ninguna tiranía puede
temerse de quien por la Naturaleza, por obra del mismo Dios, lleva
en su alma un caudal de ternura y de cariño que le arrastrará segu-
ramente á la abnegación y al sacrificio en bien de aquellas débiles
personas puestas bajo su amparo, pero nunca á los abusos del poder?
Observación es esta que el P . Taparelli apunta (1), y parece contes-
tar de antemano á Madisson, quien afirma que «la acumulación de
todos los poderes en las mismas manos, bien sean de uno, de pocos
ó de muchos, hereditarias, de propio nombramiento ó electivas,
puede con exactitud juzgarse como la definición misma de la tira-
nía» (2).
No ocurre cosa distinta, en verdad, en orden al Estado tribu,
en donde no solamente no se hace necesaria la división de los pode-
res, sino que, por el contrario, habría de resultar funesta, dada la
vida de este género de sociedades.

(1) Taparelli: Examen crítico del Gobierno representativo. Tumo I, pág. 5 3 2 .


(2) El Federalista: Núra. X L V I I . pág. 339;
El carácter privativo, el lado más saliente de la vida de la tribu,
es la guerra: la tribu realiza el derecho principalmente defendiendo
su propia existencia, siempre amenazada por las otras tribus limítro-
fes y por la ambición de sus propios caudillos, que aspiran sin tregua
y por lodos los medios ai supremo mando. Estado de tales condicio-
nes, en pie de guerra permanente, es incuestionable, á mi entender,
que exige la concentración de la mayor suma de facultades en quien
ha de conducir los combatientes á la victoria. Toda desmembración
de poder, cualquiera disminución de atribuciones, es, no sólo perni-
ciosa, sino perjudicial y nociva en alto grado cuando el peligro a m e -
naza; porque la unión es fuerza, y para que la fuerza sea invencible,
no ha de encontrar obstáculo en su acción ni ha de ofrecerse como
coartada por el temor de excederse y traspasar los limites á que de-
biera llegar en olro caso.
Hasta en los pueblos que tienen ó barí tenido un régimen político
enemigo y contrario al gobierno unipersonal, acuden á él en m o -
mentos difíciles, como cuando tienen que defender su independencia
ó sofocar una demagogia desenfrenada. Roma nombra un Dictador,
cesando todas las demás magistraturas supremas mientras duraba el
peligro, y la historia moderna brinda, sinnúmero de ejemplos, por
medio de los cuales se patentiza que los pueblos han abdicado su li-
bertad á los pies de un tirano, antes que sufrir el despotismo de las
muchedumbres, vivir en la anarquía ó sufrir el yugo de la domina-
ción extranjera.
Pues si esta actitud, excepcional hoy, ha constituido por razones
especiales la vida normal de algunos Estados en otros tiempos, ¿ha-
bremos de condenar en absoluto su gobierno, arrojando sobre ellos
con notoria injusticia el denigrante epíteto de salvajes ó de bárbaros,
con que suele tildárseles, mientras se pregona con censurable a r r o -
gancia que sólo el régimen constitucional no es contrario á la natu-
raleza moral y social del hombre, sin hacer distinción de circunstan-
cias y condiciones históricas? Nunca con más razón que en este caso
puede recordarse con verdad el axioma jurídico: distingue témpora,
et concordatas jura.
Pero admitiendo que en los E-dados modernos sea de necesidad
la distribución de las funciones del poder en órganos distintos, que
constituyan por sí poderes independientes, no habré de molestaros
con innecesarias explicaciones acerca de si la función de legislar ha
de ser efectuada por dos Cámaras que, representando el elemento
individual y social de la nación, contengan entre ambas la expresión
- 26 -

genuina de todas las fuerzas vivas del país, como tampoco me deten-
dré á exponer por qué causa la función ejecutiva debe ser desempe-
ñada por autoridades unipersonales, auxiliadas en ciertos casos de
cuerpos consultivos cuya misión sea la de ilustrarlas con su consejo;
ni que el poder judicial debe constituir una jerarquía de tribunales,
tan alejada de las agitaciones de los demás poderes, como para que,
juzgando con arreglo á las leyes, no tengan sus individuos que reci-
bir inspiraciones sino de Dios y de su conciencia; ni que, por último,
el poder regulador necesita ser ejercido por el Jefe Supremo del E s -
tado, quien personifica realmente y da forma visible á la unidad
abstracta de la soberanía.

Únicamente las ciencias matemáticas guardan proporción ade-


cuada con las fuerzas aprehensivas de la humana inteligencia, y sólo
en ellas puede ser expuesta la materia científica en fórmulas que
sean la expresión exacta de la verdad; en las demás ciencias, bien
que su objeto se muestre susceptible de larga labor por parte del
entendimiento, nunca se llega á delinear el límite preciso de los
conceptos que encierran, por cuya razón no habrá de extrañar que
en la de derecho público sea objeto de disputas el intento de fijar
los linderos basta donde puede extenderse en sus funciones cada uno
de los poderes del Estado. No basta decir que al Poder legislativo
corresponde únicamente dar la regla de derecho en abstracto, al j u -
dicial declararlo en concreto, al ejecutivo cumplirlo y hacerlo cum-
plir por medio de la coacción y al armónico sostener el equilibrio de
la balanza constitucional, manteniendo en concordia á los ¡interiores;
porque la dificultad está en determinar la esfera de lo abstracto,
dónde empieza lo concreto, qué debe entenderse por cumplimiento
del derecho, y cuándo ocurre el desequilibrio entre los poderes ó el
desacuerdo entre éstos y los deseos de la nación.
r»olorio es que la ley, para ser constante, ha de establecer princi-
pios fundamentales y generales de posible aplicación, cualesquiera
que sean las circunstancias variables de lugar y tiempo, mientras no
experimente profundos cambios la sociedad para que se legisla. Afir-
mase que para el cumplimiento de la ley es necesario derivar de ella
aquellas reglas prácticas que las circunstancias del momento exijan,
formando una colección de preceptos de actual observancia, los cua-
les puedan ser modificados tantas veces como lo reclame el movible
— 27 —

mar de las necesidades diarias, y que nadie sino el Poder ejecutivo,


por hallarse en continuo contacto con dichas necesidades, es el que
aparece como más autorizado para dictar tales disposiciones. L o q u e
no es posible señalar, por modo indudable, es el punto hasta que
debe llegar la ley, y en el cual han de tener comienzo las referidas
disposiciones secundarias, llámeselas reglamentos, ó desígneselas con
cualquier otro n o m b r e .
Igualmente, aun cuando se estime cierto que el Poder judicial es
la salvaguardia y defensa de los derechos privados, el muro inexpug-
nable contra las tendencias avasalladoras del ejecutivo, que invocan-
do el salas populi suprema lex esto, atiende en primer lugar á rea-
lizare! bien público, ¿puede acaso señalarse el límite verdadero entre
lo público-y lo privado, determinar con exactitud cuándo la Admi-
nistración obra como persona jurídica y cuándo como un poder del
Estado, en qué cuestiones luchan solamente intereses particulares y
cuáles otros afectan directamente al orden social?
Si es difícil fijar en las leyes normas claras y precisas de conducta
para los poderes, por virtud de las cuales se evite la intrusión de
los unos en la órbita de los otros, todavía aumenta la dificultad si de
averiguar se trata, de qué parte se hallan la razón y la justicia cuan-
do el Poder legislativo y el ejecutivo se muestran en desacuerdo, por
rechazar las Cámaras los proyectos de ley formulados por el Gabi-
nete, ó por desaprobar la gestión administrativa ó la conducta polí-
tica del mismo. Y ¿será suficiente para resolver tal conflicto acudir
como remedio al expediente, aconsejado por algunos autotes, de que
en los casos propuestos, si las Cortes llevan larga vida, conviene d i -
solverlas para que el voto de la Nación confirme á sus representantes
la confianza que les dispensa, ó designe otros nuevos que sean fieles
intérpretes de sus deseos y de sus aspiraciones, ó bien pedir la dimi-
sión al Ministerio y nombrar otro que satisfaga mejor las necesidades
puestas de manifiesto por la opinión pública? Porque ¿se sabe cuál es
la verdadera opinión pública? ¿Existe algún signo inequívoco que la
exprese y que la represente?
Tongo por empeño vano el de dar reglas para conocer y para
apreciar las verdaderas necesidades de la Nación en momentos dados,
como creo inútil buscar filosóficamente el límite preciso de la acción
de los poderes; porque la materia misma de ella, en su realidad o n -
tológica, no da base para una separación completa de esferas, ni
ofrece tampoco linderos naturales tan evidentes y determinados que
cierren de todo en todo el campo en que cada uno de los poderes
— 28 —

puede extenderse, como quien está en terreno propio, sin temor de


que le sea por nadie disputado con derecho alguno; ni consiente, por
lo tanto, el concepto abstracto de las esferas de acción de cada poder
independiente el ser aprisionado y condensado en proposiciones a b -
solutas, donde no se descubra algo que parezca pertenecer á la esfera
propia de cualquiera de los poderes restantes.
Y si tantas y tan grandes resultan las dificultades para consignar
racionalmente lo exclusivo de cada uno de los poderes, á la manera
que lo es el determinar las funciones que pertenecen con entera inde-
pendencia á cada uno de los sistemas del organismo h u m a n o ; si e s -
tas dificultades suscitan dudas, siempre posibles, las cuales pueden
ser origen de frecuentes invasiones de los poderes en lo que no les
corresponde privativamente, compréndese cuan grande habrá de ser
también él número de las invasiones referidas á que dé nacimiento el
olvido ó menosprecio de los límites ciertos de su propia esfera, y á
donde el orgullo, el egoísmo, el celo exagerado en el cumplimiento
de su deber, y todas las limitaciones, en fin, que las instituciones hu-
manas traen consigo pueden arrastrar á los poderes ahogando en
ellos la voz del sentimiento de lo justo, é impulsándolos á ocasionar
disturbios y alteraciones en el orden armónico del Derecho.
Yo no creo, como aiguno asegura (1), que los conflictos «serán más
aparentes que reales, siempre que cada poder se mueva dentro de su
esfera de acción marcada en la Constitución», porque entiendo que
la dificultad estriba en que, no siendo posible que ésta sea tan previ-
sora como para que consigne un criterio inequívoco conforme al cual
deban ser todos los conflictos resueltos, dada la inmensa variedad de
causas que pueden hacerlos surgir, dicha esfera de acción nunca p o -
drá quedar tan deslindada ni definida, que en cualquier momento sea
factible decir á cada poder: «hasta aquí puedes llegar; de aquí no
pases».
Suponiendo un listado en el cual los poderes se ofrezcan, según
hemos dicho debían estar en lodos los pueblos sometidos al régimen
representativo, distribuidos en cuatro secciones, á saber: legislativa,
ejecutiva, judicial y armónica; admitiendo que su Constitución esta-
blezca que al poder primero corresponde la potestad de hacer las le-
yes; al segundo la de obligar á cumplirlas; al tercero la de adminis-
trar justicia, y al cuarto la de resolver los conflictos; y concedido
también que haya varias leyes orgánicas en las cuales se desenvuel-

(1) Figiieroti.
— 2!) —

van estos preceptos, marcando detalladamente la competencia de cada


uno. ¿Cuándo podi'á decirse que el judicial ó ejecutivo se lian arro
gado el derecho á legislar; el legislativo ó judicial á verificar actos de
ejecución, y á juzgar el ejecutivo ó legislativo? Solamente cuando uno
de ellos verifique actos que en las leyes por modo expreso estén atri-
buidos á otro. Pero, ¿y si no están adjudicados á ninguno, ó se ha-
llan incluidos entre los que corresponden al ejercicio de dos ó más de
dichos poderes? Nunca el derecho positivo alcanzará á evitar seme-
jantes dudas.
Cuando tales son los escollos que se hace necesario evitar y aún
vencer, en derecho constituyente para conseguir una buena legisla-
ción, que dé la clave con arreglo á la cual han de ser resueltos los
conflictos en la práctica, hagámonos cargo de lo que sucederá en de-
recho constituido, cuando la legislación sea incompleta y además
confusa, por atribuir á unos poderes lo que es propio de otros.
Nuestra Constitución vigente dice, en su arl. 18, que «la facultad
de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey», y esto mismo de-
claran las Constituciones de 1812 (arl. 15), de 1837 (art. 12), de
1815 (art. 12), y de 185b' (art. 15), dando á entender con tan tenaz
insistencia en repetir la misma fórmula los autores de aquellos Códi-
gos, que los Monarcas constitucionales toman parte acliva en la fun-
ción de hacer las leyes, con lo que resulta, en verdad, lastimosamen-
te confundida ésta con la sanción, acto diferente y superior, por el
cual puede explicarse que la ley tenga fuerza de obligar con sus pre-
ceptos, no sólo á los ciudadanos, sino también á los demás poderes,
que no son inferiores al legislativo y de él independientes. Más con-
forme con la verdad real mostrábase en esta parte la Constitución de
1869, al consignar en su art. 34 que «la potestad de hacer las leyes
reside en las Cortes», añadiendo en párrafo aparte: «El Rey sanciona
y promulga las leyes».
Por el contrario, no muy exactos estuvieron sus autores cuando
en su art. 35 escribieron estas palabras: «El Poder ejecutivo reside
en el Rey, que lo ejerce por medio de sus Ministros», lo cual con no
muy notable diferencia viene á consignar el art. 50 de la Constitución
de 1876, concordando también con las oirás Constituciones a n t e -
riores (1).
Permitido me será exponer en este punto la creencia de que no es

(1) Constitución fie 1312, art. 15; de 1837, art. 12: de 1845, art. 12; de 1 8 5 6 ,
artículo 15.
— 30 —

io mismo invocar el nombre del Rey, como símbolo de la soberanía


de toda la Nación, para llevar á efecto lo ordenado en las leyes, que
ejercer el poder ejecutivo, el que, como tal, sólo debiera ser ejercido
por los Ministros y demás autoridades de la jerarquía administrativa,
q u e son los legalmente responsables; lo cual no sería en modo algu-
no m e r m a r las prerrogativas del Jefe del Estado, porque tienen éstas
su objeto propio en todo lo que signifique el ejercicio de la unidad
del poder, como si la Nación entera efectuase lo que él resuelve y
ejecuta.
No se prestaba á tan fácil yerro el designar á quién había de atri-
buirse el poder de administrar justicia, y acertaron á escribir en el
artículo 76 de dicha Constitución de 1876 (1), «que la potestad de
aplicar las leyes en los juicios civiles y criminales pertenece exclusi-
vamente á los Tribunales y Juzgados»; pero no es concebible siquie-
ra que en el acto ds disolver las Cámaras ó sustituir un Ministerio
con otro, no viesen el ejercicio de un poder distinto de aquel que in-
fundadamente atribuían al Monarca, y del cual pudieron haber hecho
declaración expresa, en lugar de atribuirle tales y cuales prerrogati-
vas, sin obedecer á sistema alguno.
Es por tal manera deficiente y confusa nuestra legislación, que no
se hace posible deducir de ella e l ' n ú m e r o de conflictos que pueden
resultar entre los poderes, ni los caracteres que revistan, habiendo de
limitarme por esta causa, á indicar en generales términos los más fre-
cuentes, clasificados en tres grupos:
1.° Conflictos entre el Poder legislativo y el ejecutivo, bien por la
supremacía absorbente de las Asambleas parlamentarias que imposi-
bilitan la acción del Gobierno, bien por el dominio usurpador del Po-
der ministerial sobre las funciones legislativas, que conduce á la n e -
gación de la soberanía.
2." Conflictos entre el Poder ejecutivo y el judicial, que se cono-
cen con el nombre de cuestiones de competencia ó recursos de queja
por abuso de poder, según procedan del exceso de atribuciones que
se arroguen los Jueces y Tribunales, contra el cual reclama la A d m i -
nistración; ó por introducirse ésta en lo que está especialmente a t r i -
buido á aquéllos.
3." Conflictos entre el poder legislativo y la opinión pública, pro-

(1) Concuerda con el art. 17 de la Constitución de 1812; con el 63 de la de


1837; con el 63 de la del 45; 67 de la del 56 y 36 de la de 1 8 6 9 .
— :il —
duoidos por haberse separado de ésta los que deben ser sus genuinos
representantes.

VI

Réstame hablar acerca del modo de ejercer el Poder armónico, en


la resolución de los conflictos. Cuestión es esta que entraña dos de
singular importancia para obtener un resultado imparcial y j u s t o ,
relativa la primera á la forma en que el jefe del Estado ha de ejercer
su jurisdicción, y al procedimiento que se debe observar, para que,
depurados los hechos, y observando el fondo del asunto, origen del
conflicto, recaiga solución acertada.
Aquellos conflictos, en los cuales el conocimiento de la cuestión
planteada no exija largas investigaciones, pueden ser directamente
resueltos por el jefe del Estado; así como aquellos otros en que haya
necesidad de reunir acopio de datos, consultar antecedentes, y tener
conocimientos especiales del derecho, deben ser resueltos por un tri-
bunal de jurisdicción delegada, el cual conozca técnicamente del
asunto, origen de cada conflicto. Dicho Tribunal, que podría llamarse
de conflictos, evitaría que, como ahora sucede en España, fuera juez
y parte uno de los poderes que intervienen en la contienda.
Cuando los poderes contendientes son el legislativo y el ejecutivo,
el conflicto debe ser resuelto por el Monarca ó Presidenle de la R e -
pública, ejerciendo de un modo inmediato y directo el poder m o d e -
rador que le corresponde.
Sólo el jefe Supremo que representa la unidad del poder, cuya ma-
gistratura está sobre todas las demás, y á distancia conveniente de
las pasiones de los bandos, y de las enconadas luchas de los partidos
políticos, puede tener independencia bastante, para dar, en tal caso,
solución imparcial y oportuna que satisfaga las necesidades y deseos
de la patria, en cuyo amor debe inspirarse, al imprimir, tal vez, con
su decisión soberana, nuevos rumbos á la suerte y destinos de la
misma.
El procedimiento en tales casos es bien sencillo: el conflicto queda
planteado solemnemente, cuando el Gobierno pierde la votación en un
asunto que había hecho cuestión, de Gabinete, lo cual obliga á los
Ministros á presentar sus dimisiones al jefe del Estado, quien ha de
optar entre admitirlas ó disolver las Cámaras.
Digna de aplauso es la práctica de llamar el jefe del Estado, d e s -
pués de enterarse oficialmente del conflicto por los presidentes de los
Cuerpos Colegisladores, á los jefes de los partidos políticos, para oir
su opinión y saber las condiciones de gobierno en que éstos se hallan;
como también la de consultar á los hombres más eminentes en la po-
lítica, ó de gran representación en el Estado, á fin de que, ilustrán-
dose cumplidamente por todos estos medios el Monarca ó Presidente,
acerca de las necesidades del país, y de las tendencias manifestadas
por la opinión, pueda decidir del modo más conveniente para la paz
y felicidad de su pueblo.
Si no tan expuestos á causar perturbaciones en el orden político,
como los conflictos que acabo de mencionar, son en cambio de una
frecuencia asombrosa los que ocurren entre el Poder judicial y el
ejecutivo. Tiene éste la representación y defensa de los intereses g e -
nerales, mientras aquél es garantía de que los derechos de los parti-
culares no serán desconocidos y vulnerados por la acción del Estado;
correspondiéndole, por tan tu, no sólo el conocimiento d é l a s cuestio-
nes que afectan al individuo como tal, en sus relaciones con otros
individuos, sino también el derecho de protesta contra las invasiones
del Poder ejecutivo en la esfera privada, el cual, puestos los ojos
principalmente en el bien de la totalidad, sacrifica á veces de un
modo innecesario el bien de las personas individuales, á las que d e -
fienden y protegen los Tribunales de justicia, al sostener sus propias
atribuciones.
Si hubiera un criterio (ijo para trazar la línea divisoria entre las
jurisdicciones de los dos poderes, sería posible predecir con alguna
probabilidad de acierto, cuándo puede presentarse el conflicto entre
ambos. Pero según dejé ya indicado, no es posible separar absoluta-
mente lo público de lo privado, porque el individuo, como toda per-
sona jurídica, á la vez que, considerado aisladamente, es un lodo
con sus fines y sus medios, forma parte integrante del todo superior,
que se llama Estado. Por consiguiente, no hay cuestión que, aun
pareciendo entrar de lleno en la esfera individual, no loque por algún
lado con los intereses sociales, como tampoco hay asunto del orden
social, que no alcance de algún modo al individuo.
El predominio, pues, de uno ú otro aspecto, el individual ó social,
en el asunto objeto de la controversia, será lo que ha de indicar al
Poder armónico á cuál de los dos poderes contendientes debe adjudi-
car su conocimiento.
Cuando haya una legislación, cuyas imperfecciones no sean otras
que aquellas en que es dable incurrir por las limitaciones de la h u -
mana inteligencia, será relativamente llano y fácil resolver estos con-
flictos, pues no ofrecerá grandes obstáculos el intento de hallar los
artículos de la ley en que esté comprendido el caso, objeto del litigio;
y podría esperarse que las decisiones de aquéllos fueran tan justas,
como es posible obtenerlas en, este mundo terreno, si procediese de
un Tribunal independiente de los Poderes particulares, que ejerciese,
como he dicho antes, la jurisdicción delegada del Jefe del Estado.
Desgraciadamente, la legislación española no se acerca á esta r e -
lativa perfección que deseamos. Fuera de aquellos pocos é inexactos
artículos de la Constitución, que distribuyen las funciones del E s t a -
do entre los varios poderes, apenas puede decirse que sus preceptos
hayan sido desenvueltos, si exceptuamos en lo que atañe al Poder
judicial,por la ley orgánica del mismo, con sus adiciones, y las de
Procedimientos civiles y criminales. Por lo que concierne al Ejecuti-
vo, es necesario acudir al Decreto de 4 de Junio de 1847, que pasó
en espíritu y letra al Reglamento de 25 de Septiembre de 18G3, dado
para la ejecución de la ley relativa al gobierno y administración de
las provincias, el cual ha sido modificado por el Real decreto de 8 de
Septiembre de 1887, para conocer medianamente cómo están regula-
das las cuestiones de competencia que puede promover al Judicial,
por los excesos de éste en sus atribuciones; sin embargo de lo cual,
poco ó natía sabríamos del fondo de dichas cuestiones, ó sea, de si el
asunto está atribuido exprésame! te a l a Administración, habiendo
de investigarlo por el revuelto mar de las heterogéneas disposiciones
que constituyen nuestra legislación administrativa.
Agreguemos á esto, que el tribunal encargado de fallar y resolver
definitivamente estos conflictos, e« una rueda de la máquina a d m i -
nistrativa, y que todavía, si no anduviese á la medida y deseo del
Poder ejecutivo, podría éste apartarse de las decisiones de ella, y se
comprenderá que, si no se resuelven todos favorablemente al mismo,
será porque la humana flaqueza nunca llega al extremo de perder
por completo el pudor las criaturas racionales, ó porque algunas
veces, haciendo gala de generosidad, el poderoso es liberal con el
desvalido: no porque en nuestras leyes é instituciones políticas e n -
cuentren un valladar insuperable las pasiones bastardas, si acaso
llegaran á albergarse en el corazón de nuestros gobernantes.
Y voy á terminar dedicando algunas líneas á los conflictos entre
el Poder legislativo y la opinión pública. Si fuese una verdad el ejer-
cicio del Sufragio, rarísimos habían de ser los conflictos de esta cla-
se, porque una vez designados libremente por la Nación sus repre-
sentantes, es de suponer, pensando con alguna lógica, que fueran la
expresión de la voluntad de la misma, la cual continuaría haciendo
- 34 -

oir su voz en el Parlamento, mientras no se interrumpiese la comu-


nicación constante que debe existir entre los elegidos y sus repre-
sentados, á fin de que, enterados aquéJlos oportunamente de las n e -
cesidades generales de éstos, propusieran á las Cámaras los remedios
convenientes. No sería fácil, de este modo, que las Asambleas legis-
lativas se apartasen del espíritu y tendencias de la opinión pública;
y en todo caso, la renovación de las mismas, después de un período
de tiempo, que la prudencia aconsejara, según la variabilidad de las
circunstancias del pueblo, alejaría todo temor de discordancia entre
éste y sus legisladores.
Es, por desgracia para nuestro país, una esperanza irrealizable
la de conseguir tal armonía entre él mismo y sus representantes. No
caeré en la vulgaridad de atribuir toda la culpa de ello á los Gobier-
nos, á quienes nos empeñamos en creer una especie de providencia,
puesta en la cumbre del poder para hacer nuestra felicidad y ventu-
r a , mientras yacemos en la inactividad más censurable. Difícilmente
se hallará un pueblo que más exija á sus Autoridades, y que menos
las respete y apoye. Está en la índole de nuestra raza esperarlo
todo de cualquiera parte, que no sea nuestro individual esfuerzo, y
nos pasamos la vida hablando mal de todo Poder constituido, en vez
de expurgar de él los elementos nocivos, ejercitando con varonil
constancia nuestros derechos de ciudadanos, hasta conseguir la r e -
generación completa del organismo del Estado. Mas, ¿cómo extrañar
esta general apatía y glacial indiferencia para la práctica de los de-
rechos políticos, si en las cuestiones puramente sociales no hacemos
nada, ó hacemos poquísimo, esperando siempre, con reprensible pe-
reza y cómoda holgazanería, faltos de iniciativa particular, á que los
Poderes públicos vengan á p r o v e e r á nuestras necesidades y á hacer
nuestra dicha, la cual hasta recibimos con disgusto, si nos causa la
más pequeña molestia?
Tan culpable abandono, hace dificilísimo el desempeño de la fun-
ción moderadora, • y completamente inútiles los rectos propósitos de
quien la ejerza. ¿De qué serviría, en efecto, que el Jefe del Estado
disolviese unas Cortes, desacreditadas ante la Nación, si ésta dejaba,
por indolencia y desidia, que resultasen elegidas otras igualmente
impopulares, gracias á los manejos de algunos políticos de oficio? No
creq fuera 'improcedente para combatir este desdén de la inmensa
mayoría de los ciudadanos, el decretar el Sufragio obligatorio, y tal
vez fuese un estímulo el temor á la pena para que los electores pro-
curasen ejercer sus derechos con conciencia del acto que realizan, y
- 35 -
de las condiciones de las personas elegidas. De lo contrario, y mien-
tras aquéllos no tengan independencia bastante para emitir ubérri-
mamente su voto, podrá con fundamento temerse que usurpen el
puesto de representantes de la voluntad nacional personas ajenas y
quizá contrarias á ella. Por otra parte, la bien montada máquina
electoral, en cuyo manejo suelen ser peritísimos nuestros gobernan-
tes, producirá con tal sistema de retraimiento de las personas inde-
pendientes agradecidos Diputados, dispuestos á formar compacta
mayoría que asegure la impunidad de los desaciertos del Gabinete.

tíin la pretensión de haber resuelto las importantísimas cuestio-


nes que comprende el epígrafe que sirve de tema á este trabajo, no
sólo por la escasez de mis fuerzas, sino también por la índole del
mismo, voy á resumir en pocas líneas, las consideraciones que del
mismo se desprenden.
El derecho es norma para la vida; regla obligatoria que los h o m -
bres han de cumplir viviendo en sociedad. Esta se constituye en Dis-
tado para que el derecho se cumpla. La misión del Estado se realiza
mediante distintos órdenes de funciones, que son: declaración de la
regla jurídica, á la cual todos los individuos de la sociedad deben
ajuslar sus actos libres; declaración de lo justo en cada caso particu-
lar, bien porque lo ignoren ó duden los que en el acto han interve-
nido, bien porque conociendo el derecho, lo hayan infringido volun-
tariamente; y empleo de medios coercitivos para que se obedezca y
cumpla aquella regla general jurídica y esta declaración concreta. El
desempeño de estas diversas series de funciones, debe ser encomen-
dado á diferentes organismos que constituyan otros tantos poderes, y;
que obren separadamente dentro de sus respectivas órbitas, pero rela-
cionados entre sí, bajo la inspección de un Poder superior que los
ponga en armonía, cuando ésta falte entre los mismos, ó entre algu-
nos de ellos y la nación. Esta falta de armonía entre los poderes, el
choque ó encuentro de atribuciones entre los mismos, se llama con-
flicto, y acerca de los conflictos, es preciso determinar los asuntos ó
cuestiones en que pueden surgir, quién ha de dirimirlos, y procedi-
miento que debe seguir. El primer punto es imposible precisarlo,
porque ni en el derecho positivo están deslindados los campos de los
poderes, ni la ciencia jurídica, hasta hoy, ha podido marcar los lími-
tes de cada poder. El segundo p u n t o , ó sea el determinar quién ha
— 36 —

de dirimir los conflictos, está resuelto, admitiendo el cuarto poder,


llamado armónico ó moderador, que funcione ya solo, ya con un
Tribunal da jurisdicción delegada. Y en cuanto al procedimiento,
como cuestión de forma, la naturaleza de cada clase de conflictos in-
dicará el más conveniente, y no será difícil fijar algunas reglas co-
munes á todos, desarrollando luego separadamente las especiales de
cada uno.
Tal es el plan orgánico del Estado, que creo más conducente á la
realización pacífica del derecho, aspiración noble y digna de todo
buen ciudadano.