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1 Noviembre 2010

El SERNAM y los maricones


Por Felipe Rivas San Martín*

La última campaña de la actual administración del Servicio Nacional de la Mujer


(SERNAM) ha provocado diversas reacciones que polemizan tomando posición de
apoyo o rechazo, tanto desde la opinión pública común y corriente como de parte de
personalidades nacionales u organizaciones de derechos gays o vinculados a las agendas
académicas y políticas del género. La razón que justifica el desarrollo de debates, foros
virtuales, la elaboración de notas periodísticas, opiniones condenatorias o afirmativas y
declaraciones públicas, se encuentra en la utilización dentro del spot o los afiches de la
campaña, de una palabra que no genera indiferencia. La palabra es: “maricón”.

La publicidad del SERNAM muestra a dos personajes, un árbitro de fútbol (Pablo Pozo)
y el conocido comentarista de espectáculos y fotógrafo abiertamente homosexual Jordi
Castell, asegurando que “un maricón es el que maltrata a una mujer”. El sentido de la
campaña parece ser el de mostrar a dos personas que habitualmente son objeto del
insulto (“árbitro maricón” y “homosexual maricón”), utilizando ellos mismos la palabra
con la que se los ha ofendido, para –esta vez- reafirmar una acepción del término
referida a los “hombres que maltratan a las mujeres”.

La estrategia publicitaria ideada desde el Ministerio –según asegura la propia ministra


Carolina Schmidt- tiene como público objetivo “al hombre”, “está dirigida al hombre”.
El spot y los afiches le hablan al hombre y le dicen a la cara: si tú maltratas a una mujer,
dejarás de ser un hombre y te convertirás en un maricón. A fin de cuentas la posible
eficacia de la campaña se basa en la violencia contenida en la palabra “maricón”, su
fuerza denigratoria y en el temor que pueda provocarle a “los hombres” el ser ubicados
en ese lugar de denominación, un lugar que los alejaría –según Schmidt- de la
“verdadera masculinidad”, de la estabilidad misma de su género: “el que maltrata a una
mujer es un poco hombre... digamos las cosas como son”[1].

¿Resignificación?

Quienes desde la política homosexual reivindicativa apoyan la propuesta mediática


gubernamental, han insistido en que la campaña no sería homofóbica puesto que el uso
del término “maricón”, produciría una “resignificación” del mismo. Rolando Jiménez –
y tras él la organización que preside, el MOVILH- señaló que la campaña da otro
significado al término “maricón” y "lo adjudica a los golpeadores de mujeres, a alguien
que no es transparente o a las malas personas".[2]

Para Jiménez entonces, en un primer momento, el gesto de enunciar la palabra


“maricón” en el contexto del spot produce una resignificación, un cambio de significado
desde un sentido predominantemente homofóbico hacia uno que remite tan sólo a las
personas de conducta reprochable. Sin embargo, unas líneas más abajo, reconoce que
“en Chile el adjetivo se utiliza, mayoritariamente, para referirse a una persona ‘poco leal
o que no es capaz de decir las cosas de frente’, y no tiene una connotación homofóbica
tan significativa como en otros países”.
Ahora la lógica argumentativa de Jiménez sufre un giro inesperado, puesto que si la
palabra maricón “no tiene una connotación homofóbica significativa” en Chile,
difícilmente el mecanismo lingüístico que opera en el spot puede denominarse
“resignificación” (cambio del significado a uno diferente), toda vez que el sentido que
se quiere dar se encuentra ya dentro del campo semántico del término y tan sólo
podríamos reconocer el intento de reforzamiento de una de sus posibles acepciones: la
del hombre que le pega a las mujeres o el sujeto cobarde y deshonesto.

Aún más, no sólo es posible poner en duda el hecho que la palabra “maricón” tenga en
Chile un sentido homofóbico leve, sino que aún cuando el objetivo y operación de la
campaña sea el de potenciar el significado no homofóbico (utilizando estratégicamente
por ejemplo a Jordi Castell), las diferentes acepciones de una palabra no pueden
entenderse jamás como aisladas e indiferentes unas de otras. Lo que parece otorgar la
fuerza y violencia eficaz a insultos como “maricón”, es precisamente el hecho que sus
diferentes acepciones establezcan relaciones de contaminación y “ruido” entre sí,
provocando dentro de su polisemia, efectos de potenciación del significado impreciso.

El marco cultural heteronormativo produce justamente binomios sexuales (homosexual-


heterosexual), que se superponen y asocian a otros binomios que otorgan diferentes
connotaciones a ambos términos. La heterosexualidad se asocia con lo normal y
correcto, más aún con la estabilidad, el honor. Las sexualidades no heterosexuales se
superponen a lo anormal, abyecto. No por nada la homosexualidad ha sido asociada a la
deshonestidad, la cobardía, la incompletitud. Todas esas acepciones que los
representantes del MOVILH ven como fácilmente separables, están en rigor
interrelacionadas entre sí de formas complejas y múltiples. Por eso mismo no es difícil
suponer que uno de los sentidos que pueda otorgar soterradamente la eficacia
publicitaria a esta campaña dirigida “a los hombres” (heterosexuales), esté precisamente
en el temor de esos hombres heterosexuales a ser identificados como homosexuales,
más aún cuando la carga del término sigue siendo insultante.

“La palabra maricón es fuerte”

La posición crítica al spot del SERNAM ha denunciado el carácter agresivo de la


campaña, poniendo en cuestión -por ejemplo- la asociación de “la imagen de un
homosexual declarado con la delincuencia (hombre que maltrata a una mujer)”[3].

Personajes como Pablo Simonetti, escritor homosexual fuera del clóset, han sido tal vez
de las figuras públicas que más coherentemente han conformado una batería
argumentativa en contra de la campaña de gobierno, poniendo énfasis en la necesidad de
limitar la circulación pública del discurso del odio.

Según él, “la palabra maricón es una palabra que tiene una carga de discriminación y
dolor que no debiera ser permitida en el ámbito público. Debiera desaparecer de la
esfera pública. La campaña se alimenta de la carga de odio que esa palabra ha tenido y
la transfiere a otro lugar de odio y violencia. A partir de la violencia que esa palabra ha
significado, connota otro lugar de violencia. Es como apagar el fuego con bencina.
Debiera ser desterrada”[4].

La posición de Simonetti parece nutrirse de ciertas teorías progresistas que han tratado
de promover la creación de propuestas legales que restrinjan, limiten o sancionen el
“discurso del odio”, y que han elaborado argumentaciones en donde las palabras
tendrían no sólo el poder de herir, sino además la fuerza performativa de fortalecer –y
así de institucionalizar- discursivamente las situaciones de desigualdad social, racial o
sexual con carácter sistemático, histórico o estructural.

En efecto, uno de los modos de operación de la violencia discursiva es la ubicación del


destinatario de la injuria en un lugar abyecto, un lugar inhabitable desde el cual no es
posible construir formas de agencia legítimas: el insulto te paraliza. A la vez, refuerza la
posición del hablante –quien emite el insulto- como alguien que se encuentra dentro de
la norma (sexual, racial, de género), posición que se ve fortalecida en esa misma
relación de poder. Uno y otro se necesitan mutuamente para existir.

Sin embargo, el problema de planteamientos como los de Simonetti, es –en primer


lugar- una excesiva confianza en el carácter totipotencial del discurso del odio (el
discurso del odio tendría supuestamente la capacidad absoluta de efectuar la
subordinación que señala), al mismo tiempo que su postura parece prescindir de
cualquier consideración del contexto y de los lugares de enunciación. Siguiendo su
análisis, la sola circulación del término -independientemente de quién lo enuncia y
desde donde- reafirmaría la violencia con la que esa palabra ha sido usada contra los
homosexuales.

Así, mientras el MOVILH ve una resignificación donde no la hay, para personas como
Simonetti no existe posibilidad alguna de resignificación. Ideas como las que afirman
que el lugar y el contexto no alteran el sentido del lenguaje, naturalizan la relación
arbitraria entre significante y significado, al tiempo que pasan por alto las estrategias de
sectores (pos)feministas, de los movimientos raciales críticos y de la disidencia sexual
que han utilizado las tácticas de reapropiación del lenguaje injurioso como modo de
autodenominación, provocando rupturas de sentido en esas relaciones de poder. Utilizar
palabras como “maricón”, “camionera”, “puta”, “indio”, como palabras reivindicativas
en primera persona y en esos contextos, ha servido como forma de expresión de una
radicalidad política que se resiste a ajustar esas posiciones subalternas a procesos de
normalización culturales, estéticos y de mercado[5].

Violencia de Género

La campaña en cuestión utiliza la figura de Jordi Castell para eludir posibles


acusaciones de homofobia, al utilizar a un homosexual público, pero –a diferencia de las
políticas de reapropiación- manteniendo la carga de violencia sexual del término, esta
vez destinado a los hombres golpeadores. En cierto sentido el hecho que la campaña
esté dirigida “a los hombres” heterosexuales, provoca también ciertos reforzamientos y
naturalizaciones de estereotipos de género habituales en las políticas de violencia contra
las mujeres, que no sólo muestran a los hombres como los sujetos privilegiados en el
ejercicio de la violencia y a las mujeres como los objetos naturales de la agresión, sino
que también –en el mismo gesto de “dirigirse a los hombres”- construyen retóricamente
al hombre como sujeto (con capacidad de voluntad y agencia suficiente como para
cambiar de conducta), y a la mujer como un no-sujeto, con quien no se puede renegociar
una voluntad, sino apenas intentar proteger de la violencia del hombre.

Como forma de contrarrestar estos efectos de naturalización sexo-genérico propios de


los discursos estatales (y de las agendas del género) contenidos en la lucha contra la
violencia, determinados grupos posfeministas, queer y de Disidencia Sexual han
elaborado propuestas alternativas y contraculturales que ponen el acento ya sea en la
autodefensa, el empoderamiento y la administración o ejercicio de violencia por parte
de las propias mujeres, rompiendo con el binomio “víctima/victimario”.

Pero aún más, campañas publicitarias como las del SERNAM deben ser sometidas a
cuestionamiento no sólo por su adecuación a esos modelos de género esencialistas. En
el marco actual en que se realizan a nivel mundial demandas de despatologización de las
identidades trans, habrá que sospechar también de cualquier iniciativa que –como ésta-
recurra a los temores culturales de una posible incoherencia de sexo-género como forma
de lograr el resultado publicitario esperado. Si el miedo a llegar a ser un “poco hombre”
es un temor que puede movilizar cambios de conducta en ciertos sujetos, es sólo debido
a que esa incompletitud del sexo y el género –que antes fue ocupada por la
homosexualidad y hoy por las identidades trans-, configura una amenaza de
incoherencia sexual que marca en forma radical los lugares hoy inhabitables e ilegítimos
y que debe estar dentro de los intereses primordiales de las políticas actuales de
Disidencia Sexual.

* Felipe Rivas San Martín es activista de la Disidencia Sexual y estudiante de Artes


Visuales en la Universidad de Chile. Es miembro de Expasiva: red de pensamiento
desviado y fundador de la CUDS (Coordinadora Universitaria por la Disidencia
Sexual).

[1] Las frases corresponden a los dichos de la ministra del SERNAM Carolina Schmidt
entrevistada sobre el sentido de la campaña. En Diario La Nación (periódico oficialista
de gobierno): http://www.lanacion.cl/sernam- lanza-campana-dirigida-a- hombres-
agresores/noticias/ 2010-10-27/191302.html

[2] En El Mercurio On Line (EMOL): http://www.emol.com/noticias/ nacional/detalle/


detallenoticias.asp?idnoticia= 444088

[3] Opiniones de Acción Gay Valparaíso.

[4] En: http://radiozero.cl/2010/10/ 29/podcast-desde-zero-29-de- octubre-pablo-


simonetti/
[5] Cabe recordar que Pablo Simonetti recibió en la última versión de la Marcha del
Orgullo, una condecoración en reconocimiento a su “importante aporte desde el mundo
de letras a la lucha y la visibilidad de la comunidad gay”, tal vez debido –en parte- al
modo en que Simonetti encarna un ideal de representación estética, económica y de
clase de “lo gay”, para las lógicas políticas del integracionismo homosexual y la
“homosexualidad de Estado”.