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DILEMAS MORALES A TRAVÉS DE LA SERIE BLACK MIRROR.

“Black Mirror”: la pregunta por la ética en medio


del delirio tecnológico
25 octubre 2017 | Categoría: Novela | y tagged con Escritura | Libros | literaria | literatura | NOVELA | Reseña







Por Jakub Nowak.

Black Mirror – Oona Chaplin es Greta


“Black Mirror” es una serie británica estrenada en 2011 de la mano de Charlie Brooker. A día de hoy, cuenta con
escasos 13 episodios, un Premio Emmy Internacional para mejor película para televisión ganado tras tan solo una
temporada, y una aclamación unánime de la crítica. Cuenta también con un presupuesto considerablemente inferior
a los que podríamos llamar los blockbusters televisivos de la época dorada de la pequeña pantalla que tenemos la
suerte de vivir. Sin embargo, se codea con ellos como una de las series más relevantes del momento sin ningún pavor.
Como ya habrán podido comprobar tras esta breve introducción, se trata de un producto especial. En efecto, es así, y
es que “Black Mirror” en cada uno de sus 13 capítulos independientes entre sí se atreve a algo que la hace inusual. Se
atreve a mirar tanto al espectador como a la propia pantalla. Nos obsequia con una maravilla audiovisual que
esconde un secreto: que precisamente esa pantalla, ese espejo negro en el que nos vemos reflejados una vez apagado
cualquier dispositivo puede distorsionar la realidad en un breve descuido. “Black Mirror” es una llamada al pánico en
una sociedad abogada al progreso. A un progreso sin límites, y con riesgo de no desarrollar a tiempo sus propios
escrúpulos.
A quienes no conozcan “Black Mirror” y a quienes sí, pero no hayan tenido la oportunidad de ver “Blanca
Navidad” (T.2 E.4) – el especial navideño emitido por Channel 4 el 16 de diciembre de 2014 – les ruego pospongan la
lectura tras el siguiente punto y aparte, disfruten la experiencia y vengan luego a seguir con el artículo (y a darme las
gracias). Porque “Blanca Navidad”, aparte de una obra maestra, es lo que indica el título de este artículo: una gran
interrogación por el papel de la ética en la ciencia reina de nuestro tiempo.
No vamos a desglosar su contenido en las líneas de este artículo. No vamos a analizar sus tres flashbacks que,
enlazados con maestría, forman una simbiosis fascinante dando lugar a más de una historia autónoma de crimen y
castigo en poco más de una hora de material. Todo eso sin duda podría originar una monografía formidable, pero hoy
vamos a centrarnos en algo de mayor urgencia, porque ese algo es lo que rebasa los límites de lo artístico para
inmiscuir “Blanca Navidad” en uno de los debates más candentes en el terreno moral de la ciencia moderna: la
inteligencia artificial, o más bien, hasta qué punto es el hombre dios sobre una creación que desarrolla su autonomía
propia.
La idea futurística presentada en este capítulo de la serie es la de la “galleta”. La “galleta” es un aparato minúsculo
que, introducido en el cráneo y posteriormente extraído mediante una cirugía que al espectador se le antoja sencilla,
en el tiempo de su estancia en el organismo crea una copia de la mente del sujeto. Una copia perfecta, limitada a un
proverbial grano de arroz robotizado. Una conciencia en una máquina, o, lo que es lo mismo, una máquina
consciente. Una “galleta” casi humana.
La gran sorpresa del capítulo no la trae, sin embargo, la tecnología que todos en nuestro galopante siglo XXI sabemos
no tan lejana. Si no me creen, les recuerdo que El Mundo publicó hace menos de tres meses un artículo
titulado “Facebook apaga una inteligencia artificial que había inventado su propio
idioma”.(http://www.elmundo.es/tecnologia/2017/07/28/5979e60646163f5f688b4664.html) En esta entrega
de “Black Mirror”, lo que más se aleja de la realidad es la postura de la sociedad frente a la ética.
La ciencia crea una copia de cualquier mente humana, y la encierra en un minúsculo cubículo, incorpórea y
desorientada por su propia incorporeidad. Luego, la copia es usada en beneficio de quien la posea en tareas de
manejo del hogar, en interrogatorios y quién sabe en qué más. Pero esta, recordemos, es una máquina consciente.
Tan consciente como el original de la copia, y al parecer, igual de sintiente. Es una máquina con emociones propias,
con dolor propio. Y un dios propio – su poseedor.
Es procedente, pues, hacernos preguntas. ¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Es, como parece indicar la serie, la
carne? No se presenta ésta como una respuesta satisfactoria, porque, aunque estrechamente enlazados, reconocemos
una bifurcación entre los términos “cuerpo” y “persona”. ¿Es, entonces, la mente? Tal vez lo sea. Pero si identificamos
nuestra mente, nuestra conciencia, con nuestra propia humanidad, ¿no son dichas “galletas” igual de humanas que
nosotros? ¿Qué nos da entonces el derecho divino sobre su existencia? El hecho de haberla creado de la nada parece
un argumento demasiado autoritario, y parece también rememorar aquél debate resuelto por la filosofía hace siglos
sobre la pertenencia de los hijos a sus padres.
Recuerdo haber leído un estudio según el cual, de haberse desarrollado el avance tecnológico del siglo XX al compás
propio del XXI, este primero habría “durado” 14 años. Ante este ritmo vertiginoso, “Black Mirror” nos invita a parar y
reflexionar. ¿Qué haremos una vez lo suficientemente avanzados como para que nuestras creaciones puedan ser
nuestros semejantes? Es una pregunta que la ciencia se verá obligada a hacerse pronto. La misma ciencia que,
recordemos, hace tan sólo dos décadas miraba con cierta consternación a la oveja Dolly, sin conocer del todo las
respuestas al dilema ético que se abría ante ella.
El capítulo es, sin duda, terrorífico. Terrorífico por el disgusto que inspira la tortura psicológica aplicada a las
“copias”, no menos verdaderas a nivel emocional que los originales. El abuso del poder divino sobre unos seres que
no parecen ser distintos a nosotros en cuanto a lo mental deja mal sabor de boca al ver reflejado en aquella sociedad
futurista lo peor del ser humano. Es precisamente ese terror lo que hace que “Blanca Navidad” deje al espectador
clavado en el sofá frente a la pantalla una vez comienzan los créditos.
Esta es, y lo es de manera indudable, la grandeza de esta ambiciosa serie. Ese es el sobrecogedor impacto del especial
navideño de 2014. El momento de quedarse solo frente al espejo negro de la pantalla, enmudecido ante unos créditos
difuminados. El impacto que supone preguntarse si aquella sociedad tan poco humana está realmente igual de cerca
(porque con una pizca de relatividad en la mirada parece estar a la vuelta de la esquina) que la capacidad del hombre
para clonar mentes.

La serie británica creada por Charlie Brooker lanzó su tercera temporada.


Seis episodios que muestran la tensión entre ética y tecnología de las
sociedades modernas.

Una comunidad que hace del “me gusta” un termómetro de ascenso y condena
social; víctimas de hackers extorsionadas hasta la más aberrante humillación; los
fantasmas del inconsciente reflotados por un sistema de realidad virtual y el
romance entre dos mujeres en una dimensión desconocida. A través de seis
episodios individuales de una hora en promedio, la tercera temporada de Black
Mirror propone un mosaico de distopías que respeta la narrativa de ediciones
anteriores y consolida a la serie británica como género en sí mismo. Black Mirror a
lo Black Mirror: dilemas éticos y morales en escenarios postapocalípticos cuya
resolución provocará, aunque sea por unos instantes, la desconfianza del
espectador hacia el dispositivo tecnológico más cercano.

Bautizada por la crítica estadounidense como “La Twilight Zone de la era digital” y
ganadora en 2012 del Premio Emmy Internacional en la categoría de mejor
película para televisión y miniserie, esta creación del guionista Charlie Brooker
supera la dicotomía entre tecnofilia y tecnofobia. Detrás de esos artefactos,
implantes o aplicaciones futuristas que acorralan a los protagonistas de cada
capítulo en un callejón de amenazas contemporáneas, emerge siempre la pregunta
por el ser humano y cómo los condicionamientos sociales, su sensibilidad, influye
en el uso cotidiano que le damos a la tecnología.

Caída en picada, episodio inaugural de la tercera temporada, plantea una sátira


sobre la alienación en las redes y la cultura del entretenimiento, no muy lejana a la
frivolidad que hoy percibimos en Snapchat o Instagram. El trabajo estético de Joe
Wright, director de Orgullo y Prejuicio y Expiación, ofrece una gama de luces y
colores poco frecuente para la serie, aunque efectiva para abordar con ironía un
mundo donde los “me gusta” docilizan al hombre al estilo de La naranja
mecánica de Stanley Kubrick.

El listado de reproducción continua con Partida y Cállate y baila, dirigidos por Dan
Trachtenberg (10 Cloverfield Lane) y James Watkins (La dama de negro, film
protagonizado por Daniel Radcliffe), respectivamente. Ambos se apropian de
temas actuales como los juegos de realidad virtual y los delitos informáticos contra
la intimidad, pero resultan ser los menos logrados: Jugador peca de un exceso en
los giros argumentales que le quita potencia al desarrollo dramático, mientras
que Cállate y baila desencadena una sucesión de hechos al límite de lo forzado,
donde lo espectacular embarra el verosímil.

En el cuarto lugar aparece la joyita de la nueva temporada. Escrito por Charlie


Brooker y dirigido por Owen Harris (Kill your friends), San Junípero indaga sobre la
finitud de la vida y los peligros de la cosificación del ser –en términos de
Heidegger-, a partir del romance entre dos mujeres en un universo sin tiempo ni
espacio. De lo mejor de Black Mirror junto con Tu historia completa y Vuelvo
enseguida, capítulos destacados de ediciones anteriores.

El ciclo termina con El hombre contra el fuego y Odio Nacional, episodios que
combinan una incursión en géneros narrativos sin antecedentes para la serie -
como el bélico o detectivesco- con esa impronta dramática y acidez moral, tan bien
recibida por los devotos de las ficciones 2.0. Bajo la dirección de Jacob Verbruggen
(The Bridge, House of Cards), El hombre contra el fuego representa una crítica a la
biopolítica del racismo y una metáfora contundente de cómo el manejo de la
información interfiere en la construcción de identidades. Odio Nacional, por su
parte, es obra de James Hawes (Penny Dreadful, Lawrence of Arabia) y entreteje
una visión esquizofrénica del mundo que cuestiona la indignación virtual y la
vigilancia en las sociedades modernas.

La vida en el planeta vuelve a deshumanizarse con la intervención de dispositivos


cada vez más crueles y sofisticados. Tecnologías monstruosas; al igual que los
seres humanos