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Maestro, escuela y vida cotidiana en Santafé colonial

Alberto Martínez Boom


Jorge Orlando Castro Villarraga
Carlos Ernesto Noguera R.
El presente trabajo partió de los resultados del proyecto de investigación
Historia de la práctica pedagógica durante la Colonia, financiado por la
Universidad Pedagógica Nacional y Colciencias. Este proyecto hizo a su vez
parte del proyecto interuniversitario Hacia una historia de la práctica
pedagógica en Colombia, integrado por los siguientes proyectos:

Historia de la práctica pedagógica durante la Colonia


Alberto Martínez Boom, Universidad Pedagógica Nacional

Los jesuitas como maestros


Stella Restrepo Zea, Universidad Nacional de Colombia

Historia de la práctica pedagógica en el siglo XIX


Olga Lucía Zuluaga, Jesús Alberto Echeverry, Universidad de Antioquia

Historia de la práctica pedagógica en el siglo XX


Humberto Quiceno, Universidad del Valle
Abreviaturas

A.G.I. Archivo General de Indias de Sevilla (España)

A.G.N. Archivo General de la Nación

A.H.N.M. Archivo Histórico Nacional de Madrid

A.C.M.R. Archivo del Colegio Mayor del Rosario

A.E.P. Archivo Eclesiástico de Popayán

A.C.C Archivo Central del Cauca

B.M.P.J.C. Biblioteca del Museo Pedagógico José de Calazans


(Madrid – España)

B.N.C. Biblioteca Nacional de Colombia

C.P. Colección General de providencias tomadas por el


gobierno español, sobre ocupación de
Temporalidades de la Compañía de Jesús que
existen en los Dominios de su Majestad, por lo
tocante a las Indias e Islas Filipinas. A
consecuencia del Real Decreto del 27 de febrero y
Pragmática Sanción del 2 de abril de este año. De
orden del Consejo en el Extraordinario. Madrid,
Imprenta Real de la Gaceta, 1767. (Esta colección
consta de tres partes, por lo cual se citará C.P. I,
C.P. II o C.P. III
Curiosidades del “Correo Curioso”

El martes 24 de febrero de 1801 sale a la luz pública el segundo número del


Correo Curioso, erudito, económico y mercantil de Santafé de Bogotá1. Esta
publicación, la cuarta con alguna periodicidad después de los boletines
impresos en torno al terremoto de 1785, de la Gaceta de Santafé y la edición
llevada a cabo por Manuel del Socorro Rodríguez del Papel Periódico,
buscaba recoger en 4 páginas de un octavo, no sólo aquellos ensayos
periodísticos que desarrollaban temas propios del misticismo o disquisiciones
en torno a la política, el patriotismo, la administración o el movimiento
científico que agrupaba la Expedición Botánica, sino también aquellas noticias
cotidianas y curiosas de la pausada y a la vez intrincada vida colonial de
principios del siglo.

El seminario incluía una sección especial denominada noticias sueltas en la


que daba cuenta a los suscriptores y al público en general, de aquellas
curiosidades santafereñas que pasaban desapercibidas o que tenían como único
medio de difusión, el comentario informal en los días de mercado, en las
chicherías o en los atrios de las iglesias después del sermón diario o semanal.

Noticias sueltas gozaba de un régimen especial que la salvaba todos los


artículos que se publicaban en el periódico2. Eran noticias ágiles, cortas y
precisas. Desde los anuncios sobre ventas de casas, las informaciones sobre
puestos vacos en aquellos cargos vendibles y renunciables, los remates de
fincas o quintas, la solicitud de algún producto en especial, hasta las
comunicaciones de la burocracia virreinal a los súbditos de la corona, o la
recompensa ofrecida por la captura de un esclavo en fuga, previa descripción
con pelos y señales.

1 El Correo Curioso era la única publicación periódica (semanal) de la época. Fue fundado por el
Presbítero José Luis de Azuola y Lozano y su primo Jorge Tadeo Lozano en 1801. El número 1º salió
a la luz pública el martes 17 de febrero de 1801, una vez autorizada su publicación por el Virrey
Mendinueta el 9 de febrero.
2 La legislación española fue copiosísima sobre el punto de la libertad de imprenta, y su lectura permite

formar una idea de las limitaciones y restricciones a la circulación del discurso. Tal vez por el carácter
de noticia puntual y de anuncio, esta sección del periódico no tenía censura como si lo estaba el resto
del semanario.
Pero lejos de ser simplemente unos avisos limitados de la época, esta sección
recoge, en una perspectiva fresca y rica, la multiplicidad de la vida colonial de
finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, reflejando en aquella sección el
nivel restringido del intercambio comercial entre compradores y vendedores
que caracterizaba la incipiente economía del Nuevo Reino de Granada, hecho
preocupante para algunos intelectuales, como lo demuestran las reflexiones
publicadas en el número 17 del periódico.

Allí los editores se expresan acerca “de la necesidad del dinero corriente, y de
la inutilidad del dinero guardado”. Para ellos, “el dinero como la sangre del
cuerpo, vivifica y reparte a todos y a cada uno proporcionalmente el
movimiento, y robustez que necesita”. Por esa época, era costumbre de muchos
potentados colocar el dinero a rédito o intereses en alguna obra pía o de
beneficencia, antes que arriesgarse a realizar alguna inversión en cualquier tipo
de negocio; los intereses eran considerados suficientes y el dinero estaba así
seguro de los riesgos de la inversión. A este respecto, los editores decían que
“el que impone una cantidad de pesos a rédito o censo, se contenta con la más
estéril de todas las ganancias” y se preguntaban: “¿Qué se dirá pues de los que
guardan el dinero? Lo uno que son amantes de la inación, lo otro que son
enemigos de su fortuna, y lo tercero inútiles individuos a la sociedad. De nada
sirve el dinero sino que para andando de mano en mano, se convierta en todas
las cosas necesarias a la vida; y aplicables a la comodidad... Si los árboles
guardasen sus semillas, como se hace con en dinero ya hubiera perecido gran
parte de la naturaleza”3.

Pero volviendo a aquellas noticias sueltas, nada mejor para darnos idea del
contenido de sus páginas que una rápida lectura:

“Vacantes. Con fecha 16 de marzo de 1801 se dignó S.E. nombrar


interinamente para oficial del Río Hacha a D. Domingo Nieto, Oficial
mayor de las Reales Caxas de esta capital; y por consiguiente quedará
vacante el empleo que obtenía; y que tiene dotación de seiscientos pesos
anuales”.

3 Correo Curioso: Erudito, Económico y Mercantil de la ciudad de Santafé de Bogotá. B.N.C. Sala de
Investigadores, Fondo Pineda, No. 769, pág. 65.
“Ventas. Quien quisiere comprar dos solares en el Barrio Santa
Bárbara en la Calle del Purgatorio, hable con Andrés Guerrero que
tiene tienda en la Calle de la Carrera baxo la Casa del Sr. Urdaneta.

“Compras. Quien quisiere vender una o dos docenas de frasquitos


chicos con tapas de cristal, ocurra al despacho de este Correo, donde
darán razón del sujeto, que los desea comprar”.

“Pérdidas. Quien tuviere noticia de un mulato que se huyó hará el


espacio de quince días, ocurra a la Calle de Las Cunitas número 16,
donde su dueño, quien dará las correspondientes albricias. Las señas
del dicho mulato son: blanco, bizco, barrigón, con calzones de manta
azul, ruana de jerga, sombrero de lana, y es de edad de catorce años”.

Atendiendo a la lógica singular que orientaba esta sección del Correo


descubrimos una curiosidad literaria incluida precisamente en la edición del
martes 24 de febrero de 1801:

“En la patriótica, calle de los Carneros número 5, se halla de venta la


obra siguiente: Cartilla Lacónica de las cuatro reglas de Aritmética,
por D. Agustín Joseph de Torres, Maestro de Primeras Letras... su
precio 2 reales”4

Este aviso nos llama la atención por su encabezamiento. ¿Sería esta imprenta la
misma que fundara Antonio Nariño, allá por el año 1793? ¿Acaso la cartilla
reseñada en el aviso fue elaborada con los mismos tipos que permitieron la
impresión de aquel folleto que costó en destierro y encarcelación a Don
Antonio Nariño?

Situada en la Calle de los Carneros número 5, la Imprenta Patriótica pertenecía


desde hacía 4 años a Don Nicolás Calvo y Quijano, quien la había comprado al
Gobierno. Sin embargo, había sido efectivamente Don Antonio Nariño su
comprador y fundador en el año de 17935. Por los tiempos del fundador, la

4Ibid, pág. 8
5Como consecuencia del proceso que se le siguió en torno a la publicación de la traducción de los
“Derechos del Hombre” hacia finales de ese año, la imprenta fue confiscada por el Gobierno y
permaneció por algún tiempo en un rincón de la Biblioteca Real.
imprenta se localizó en la plazuela de San Carlos (hoy plazuela Cuervo), más
exactamente en los bajos de la casa del prestigioso médico francés De Rieux.
Ya en 1797 inició sus publicaciones unas cuantas manzanas hacia el norte,
siguiendo por la Calle Real primera (hoy carrera séptima), hasta llegar a la
Calle de los Carneros (actual avenida Jiménez entre carreras 7ª y 8ª)6.

Era allí donde, entre otras publicaciones, se editaba el Correo Curioso que
constituye para ese entonces el más fiel cronicón de la “muy noble y muy leal
ciudad de Santafé de Bogotá”, en cuyas líneas encontramos precisiones sobre
el ambiente de la época en que se desarrolla nuestra pesquisa sobre aquel
maestro de primeras letras.

Desde una perspectiva novedosa, el Correo Curioso buscaba imprimir en sus


páginas la realidad que escapaba a la pluma ilustrada de criollos y españoles.
Como un correo, permitía el intercambio ágil y preciso de las curiosidades que
componían la vida del neogranadino común y corriente, constituyéndose en
oído y portavoz de las inquietudes y necesidades de una época, adquiriendo
matices que hasta ese momento eran propios del pregonero público, juglar de
noticias, cantor de recados, pieza fundamental dentro de las acostumbradas
formas citadinas de comunicación puntual y rápida7.

En sus páginas se colaba la vida menuda de aquella sociedad conformando un


suelo común donde se posaba desde la trivialidad, el comentario y el chisme,
hasta las exhortaciones a la patria, a la ciencia y a Dios. Es esta naciente prensa
una superficie donde aparecen dibujados los signos de una época; una red
donde se entrecruza y atrapa la cotidianidad.

6 “El nombre de los Carneros debió originarse no porque existiera esa cuadra venta alguna de dichos
animales, sino porque, semejante al que metafóricamente lleva el cronicón homónimo escrito por
Rodríguez Freyle, provino del hoyo grande destinado en la adyacente iglesia de San Francisco para
enterrar los muertos que no iban al regular panteón, o al destinado al mismo en el cementerio adjunto
para las osamentas sacadas ya de las sepulturas, hoyo que se llamaba Carnero, según dice la primera
edición del diccionario de la Academia Española en su cuarta acepción”. Ver: Rosa, Moisés de la. Las
calles de Santafé de Bogotá, Bogotá, Concejo de Bogotá, 1938, pág. 229.
7 El oficio de pregonero público de Santafé se constituyó en una labor susceptible de reglamentación,

así fuese mínima, como se puede observar en la postulación de José María Castañeda como pregonero
público de Santafé en el año de 1790. Ver A.G.N. Empleados públicos Cundinamarca, Tomo XVIII,
fols. 737 r-747v.
Haciendo gala de su nombre, el Correo Curioso recurría constantemente a sus
lectores para llevar a cabo algunas de sus empresas periodísticas, como
también, para tener el gusto de satisfacer la curiosidad de aquellos. Es el caso
del “padrón general del virreinato” que proponía en el número 6 del martes 24
de marzo de 1801. En su tercera página los editores suplicaban “a las personas
curiosas de todas las poblaciones, y con especialidad a los S.S. curas, a quienes
les es más fácil se tomen el trabajo de formar el de sus respectivos lugares
correspondiente al año pasado de 1800, y nos lo remitan para extractarlos”8.
Para realizar este trabajo y como guía a los interesados, se proponía como
modelo el presentado durante los dos números anteriores del periódico en los
cuales se daba cuenta del padrón realizado en Santafé, cuyo objetivo era, como
lo refiere el mismo periódico, “dejar memoria de la situación en que principió
la ciudad de Santafé el siglo 19”9.

Según este padrón, la ciudad se hallaba compuesta por 4.517 puertas “tanto de
casas como de tiendas”, agrupadas en 195 manzanas por entre las cuales se
deslizaban las figuras anónimas de criollos y mestizos, españoles pobres y
mulatos, nobles y esclavos, frailes y monjas; una ciudad conformada por un
tejido más o menos complejo de calles y callejones, pilas y plazoletas, iglesias
y parroquias, conventos y seminarios, y un sinnúmero de pulperías y
chicherías, además de 30 puentes que como el de San Victorino o el de los
Micos (denominado así por las maromas y múltiples piruetas que tenía que
hacer quien intentaba pasarlo), permitían al santafereño atravesar los caudales
de los ríos de San Francisco y San Agustín o de un sinnúmero de riachuelos y
quebradas que en esa época cortaban en sendas tajadas la ciudad de oriente a
occidente. Entonces los ríos le daban un sentido a la ciudad: no es hecho casual
que la Plaza Mayor se encontrara en el centro de una especie de isla. De la
Santa Iglesia Catedral hacia el norte se encontraba el río San Francisco, su
iglesia y respectivo monasterio, la iglesia de la Veracruz y la de la Tercera, la
parroquia de las Nieves y la iglesia de San Diego que marcaba el límite de la
ciudad por este costado. Una vez pasaba bajo el puente de San Francisco,
desviaba el río su curso hacia el sur, cercando así la parte occidental del centro
de la ciudad cuya comunicación con la parroquia de San Victorino se hacía a
través de un puente construido a cuatro cuadras de la Plaza. Por el costado
opuesto se deslizaban, desde las partes altas del cerro de Guadalupe, varias

8 Correo Curioso... Op. Cit. pág. 23.


9 Idem.
quebradas y riachuelos que vertían sus aguas al río San Francisco; eran estos
riachuelos la fuente que surtía de agua a la ciudad, pues alrededor de ellos se
habían construido las principales tomas de agua. Hacia el sur, a escasas cuatro
cuadras del Colegio Mayor de San Bartolomé, corría el río San Agustín que
algunas calles abajo de la Calle Real vertía sus aguas al San Francisco cerrando
así la isla.

Dividida en cuatro parroquias (la de San Victorino, las Nieves, Santa Bárbara y
la Catedral) la capital del Nuevo Reino, siempre caracterizada por un profundo
misticismo, giraba en torno al “pasto espiritual” que ofrecía a sus devotos un
grueso contingente de eclesiásticos agrupados en los trece conventos existentes
dentro del recinto de la ciudad, ocho de religiosos y cinco de monjas, no pocas
veces en disputa por alguna prebenda real o por la partición de los diezmos
voluntarios recogidos en los treinta y un templos a donde recurrían sus
feligreses, prontos a consignar sus dádivas como contrapartida generosa al
necesario respiro de sus pecados, que sin falta iban a subsanar durante
matutinos ejercicios piadosos, complementados a su vez con noctámbulas
oraciones, las de las seis y las de las nueve, ya en casa por aquello de la “señal
de queda” anunciada por los serenos que rondaban la ciudad, espantando con
sus faroles de cebo la espesa oscuridad para defender así las calles del
comercio, pero ante todo para sorprender a los atrevidos e insensatos pecadores
que aprovechando el velo de la noche se deslizaban por las calles en busca de
algunas de las tantas chicherías, casas de juego o tras alguna mujer de “livianas
costumbres”.

Para efectos administrativos, la Santafé de aquella época se dividía en ocho


barrios: San Jorge, El Príncipe, Santa Bárbara, Las Nieves occidental y
oriental, San Victorino y el del Palacio. Su población, según el padrón,
constaba de “... ocho mil ciento noventa y un hombres, y once mil ochocientas
noventa mujeres, que componen el número de veinte mil y ochenta y un almas,
a que debe añadirse setecientas diez y nueve, que residen en los conventos de
monjas, cuatrocientas ochenta y nueve en los de religiosos, y ciento setenta y
cinco en los dos colegios; cuyas partidas juntas suman veintiunmil
cuatrocientas sesenta y cuatro que es el total de la población de esta ciudad; sin
incluir los transeúntes, que no baxan de mil almas, ni los mendigos, y vagos,
que no tienen casa fija y ascenderán a quinientos”10, como tampoco los
esclavos que generalmente no se contaban dentro de la población.

Un breve vistazo de la Plaza Mayor nos permitía identificar en el costado sur el


palacio de los virreyes (arruinado durante el terremoto de 1785 y un incendio
en 1786)11, la cárcel de la Corte y la Casa donde funcionaba la Real Audiencia.
En su costado oriental la Santa Iglesia Catedral que era la metropolitana del
reino, la iglesia del Sagrario y la casa Real de Aduanas; en la esquina
nororiental, el cuartel de caballería y en su costado occidental la casa del
Ayuntamiento y las casas de despacho y habitación de los virreyes (ésta última
tomada en arriendo desde los tiempos del virrey Gil y Lemus). En todo el
centro de la plaza se destacaba una fuente desde la cual se podía observar el
colegio Mayor de San Bartolomé, ubicado en la esquina suroriental que en
compañía del Colegio del Rosario se sumaban a “los privados que mantienen
los religiosos para la enseñanza de los individuos de su orden”12. Por ese
entonces figuraba solo una universidad, pontificia y regia al cuidado de la
comunidad de Santo Domingo, conocida también como Universidad
Tomística.

Una ciudad en cuyo recinto se hallaba la residencia de los virreyes, la de los


Reales Tribunales de la Audiencia, Cuentas y Cruzada, punto de confluencia
de los poderes civil y eclesiástico bajo el estatuto de la monarquía delegada
pero suprema e incuestionable; una ciudad gustosa del solemne ceremonial y la
estricta etiqueta, presta a engalanarse cuando las circunstancias así lo
exigieran, aún a costa de sus rentas y apretados caudales en cuyo auxilio hubo
de acudir más de una vez a dineros particulares; una ciudad que mirada en su
detalle nos deja percibir el rostro rústico y maloliente de sus calles, puentes y
desagües, que al decir de las autoridades locales, brindaban “el aspecto más
horroroso y desaseado [en donde] la inmundicia y basura que casi ya no [cabía]
en ella [causaban] unas exalaciones mefíticas y destructivas de la salud de sus
habitantes”13, por donde a la par del gentío digno de conteo, se podía advertir
sin mucho esfuerzo la presencia de vagos y malentretenidos, mujeres

10 Idem.
11 Sería tal el impacto de este fenómeno natural en los santafereños que se constituiría en el primer
acontecimiento registrado a través de una publicación con alguna periodicidad llevada a cabo en
Santafé. Aquellas hojas sueltas recibieron en ese entonces el sugestivo título de Aviso del Terremoto.
12 Correo Curioso... Op. Cit. pág. 19.
13 A.G.N. Cabildos, Tomo VIII, fol. 138.
escandalosas y de livianas costumbres, además de un ejército nada exiguo de
perros, recuas de mulas y bueyes, gallinas, marranos y otros representantes del
reino animal, que en no pocas ocasiones ponían en apuros al transeúnte
desprevenido y en cuya notoriedad y aumento se convivía, a pesar de los
muchos bandos públicos expedidos para su pronta erradicación en atención al
bienestar e higiene de la ciudad.

El bando público, una comunicación del superior gobierno, manuscrita o


impresa, se fijaba en determinadas calles para informar al público en general
de alguna decisión de la corona, del cabildo o de algún asunto referido al ramo
de policía. En torno a los problemas mencionados, fueron promulgados
numerosos bandos por las autoridades locales con el fin de controlar la
tenencia y dispersión de animales, la botadura indiscriminada de basuras en el
vecindario o alguna otra práctica que fuese en detrimento del ornato de la
ciudad, de poco arreglo por cierto. Es el caso del que se pregonó en diciembre
de 1788. Allí se advertía a la población que se castigaría con multa de “dos
pesos a los contrabentores que mantuviesen basuras al frente de su puerta”, con
el secuestro y posterior distribución dentro de los sujetos pobres de las cárceles
a quienes “habiendo pasado cuatro días [no hubiesen recogido] los zerdos que
se encontracen en las plazas y las calles”, o a los que entrando maderas en la
ciudad no estuviesen atentos que aquellas fuesen “suspendidas en la delantera
cerca del yugo de los bueyes, cosa que no tocare la punta el suelo, de adonde
venía el daño a los empedrados de las calles”14.

Un caso especial lo constituyen aquellos bandos publicados para evitar la


propagación del mal de rabia, ya anunciado en 1794 y refrendado por el virrey
Mendinueta quien cuatro años después y aún a costa de herir los afectos y
querencias caninas de los santafereños, mandaba “se reitere por bando la
prohibición a toda clase de personas, sin excepción de sexos, calidad, ni
estado, de criar ni mantener perros de ninguna casta dentro de la ciudad y sus
arrabales”. El bando publicado en cuestión concede el preciso término de 24
horas “para que todos los que tuvieren perros dentro de la ciudad los maten o
retiren de ella, pasado el cual se matarán todos los que se encontraren dentro
del distrito de la población”15. La recompensa para aquellos verdugos

14 A.G.N. Miscelánea, Cabildos, Tomo XVIII, fol. 834.


15 A.G.N. Miscelánea, Cabildos, Tomo XCV, fols. 686-687.
espontáneos se precisó en 4 reales que además incluía su extracción y
enterramiento fuera del poblado.

Por esta época se evidencia una preocupación inusitada de la intelectualidad


santafereña y neogranadina, en torno a dos viejos problemas sobre los cuales se
lanza ahora una nueva mirada que los hace aparecer con características
distintas y novedosas, al punto de ser considerados de vital importancia para
mantener la estructura social y mantener el orden. Aunque cada uno de ellos
tendrá su desarrollo particular, constantemente se cruzan y articulan
considerándose asuntos de policía, no en el sentido represivo que le damos hoy
al término, sino “según una acepción mucho más amplia que englobaba todos
los métodos de desarrollo de la calidad de la población y del poder de la
nación... Trata de que todo lo que compone el Estado sirva para la
consolidación y acrecentamiento de su poder, pero también para el bienestar
público”16.

Policía era entonces sinónimo de civilidad y en arreglo a ella se concentraba la


atención del Estado para enfrentar dos problemas que de ahora en adelante
ocuparán un lugar destacado en el terreno de lo público: la pobreza y la
enseñanza. Ellos adquieren entonces realidad y valor de problema y solución
en el seno de una cultura que ahora lo reconoce como tales.

“Vagan por las calles


maleándose de mil maneras”

En 1791 ocurre en Santafé un alegato ciertamente particular: la disputa por las


sobras o migajas de comida que repartían diariamente las comunidades
religiosas dentro del crecido número de pobres que rondaban la ciudad. Este
caso planteó la necesidad de diferenciar el acto de caridad, pues desde
entonces, habría que discernir entre aquel realmente miserable o pobre
verdadero, y el ocioso o vago. En estos términos, el Síndico Procurador, Don
Tomás Tenorio, eleva un memorial al superior gobierno en el que se sugiere a
la comunidad capuchina otro destino para “las sobras de sus refectorios [las
cuales] se reparten diariamente en las porterías... a todos a los que allí ocurren
con capa de pobres”17.

16 Donzelot, Jacques. La Policía de las familias, Valencia, Editorial Pretextos, 1979, pág. 10 y 11.
17 A.G.N. Real Audiencia, Cundinamarca, Tomo III, fols. 298r-308v.
Si bien la petición busca ganar para los miserables encarcelados las sobras que
diariamente se reparten, teniendo presente que los pobres “verdaderos” podían
obtenerlas en otras caritativas puertas y que en “breve habrían de ser recogidos
en los Hospicios”, el Síndico General plantea que una obra de “cuerpos tan
religiosos” no debía ser un acto indiscriminado, pues dentro de los que ocurren
a dichas porterías “hay muchos que pueden buscar el sustento por sus propias
manos y que por su holgazanería perjudican a los verdaderamente
necesitados”18.

La polémica en torno a la necesidad de discriminar el acto caritativo descubre,


por esta época, el velo que se había tendido sobre la figura de aquel viejo
espectro que en las últimas décadas del siglo XVIII se había multiplicado por
toda la superficie de Santafé y el Nuevo Reino, recorriendo sus calles,
aglomerándose en los atrios de sus templos, merodeando sus plazas,
descansando bajo sus puentes, siempre al acecho. Y aunque eran asombrosas
las magnitudes que había alcanzado el fenómeno de la miseria por esa época,
no hay que olvidar que la pobreza, la mendicidad y la ociosidad, eran ya
fenómenos evidentes en el Nuevo Reino desde el siglo XVI. Lo que sucedió,
entonces, fue una mutación en la percepción de la miseria19. Aquel fenómeno,
durante mucho tiempo ignorado como mal social, comenzó a ser reconocido
como producto de la desorganización social, atentatorio del orden político y
sobre todo como un gran peligro que conspira contra el buen gobierno de la
República. Se inició así, un proceso de desacralización de la pobreza que la
despojó de su halo mítico y la colocó en el terreno de los intereses públicos, en
el terreno de la policía. Surge entonces, una nueva mirada sobre la miseria,
cambia el plano de percepción: de objeto de la caridad al servicio de la
salvación de almas, pasó a constituirse en malestar social y, por tanto, en
“peligro para la salud de la República” y amenaza constante a la estructura
social y al orden.

18Idem.
19 Unos siglos atrás, los pobres estaban investidos de una cierta experiencia religiosa que los
santificaba. Inscrita en la concepción de la pobreza que tradicionalmente había sostenido la Iglesia, el
miserable poseía una especie de dignidad asociada a la presencia de Dios. Lo que estaba en vigor era la
“idea tradicional que presentaba al pobre como intercesor privilegiado entre el creador y sus criaturas,
como el que abre las puertas al reino divino”. De allí que el cristiano, para salvarse, tuviese que pasar
por el ejercicio de la caridad. Bennasar, Bartolomé. La España del Siglo de Oro, Barcelona, Editorial
Grijalbo, 1983, pág. 217.
La irrupción de la pobreza en el ámbito público fue, sin lugar a dudas, un
hecho fundamental en el Nuevo Reino de Granada. Hecho que suscitó una
serie de posturas cuya pretensión fue asegurar el alejamiento, la erradicación o
el constreñimiento del desorden impuesto por la miseria. Por esa época,
aparece un conjunto de intentos por limitar el número de pobres y discriminar
claramente entre pobres y pícaros, entre “mendigos impedidos y limosneros
capaces”. Además de las medidas de orden práctico como los censos de
mendigos y enfermos, su reclusión en hospitales, la fundación de casas de
miseria, casas de niños expósitos, la expedición de licencias para mendigar o
las penas de flagelación y expulsión para ociosos y mendigos disfrazados,
aparecen también propuestas y planes de solución para el pauperismo.

El contraste que planteaba la abundancia de riquezas naturales y el evidente


pauperismo de los habitantes del Nuevo Reino, obligó a la Corona, de una
parte, a afinarla eficacia del proceso de extracción, administración y
transporte de aquellas, y de otra, al fortalecimiento del ramo de policía
entendido como principio de civilidad y estrategia frente a la decadencia de las
poblaciones.

El superior gobierno centró su mirada en los pobladores, no precisamente con


la intención de brindarles mejores condiciones de vida, sino ante todo para
determinar el grado de perjuicio que ocasionaban, en lo político y en lo moral,
su miseria y ociosidad. Para la primera estableció y consolidó espacios de
recogimiento y encierro subvencionados con las rentas de propios y
donaciones particulares, y para la segunda, estableció una jerarquización,
según la cual, se determinaría su encierro en presidios, su distribución entre los
maestros de artes y oficios o simplemente su alejamiento de la ciudad.

Enmarcada dentro de esta estrategia encontramos la Instrucción para el


gobierno de los alcaldes del barrio de esta ciudad de Santafé20, expedida el 16
de noviembre de 1774 por el virrey Guirior, quien cumpliendo con el precepto
real de dividir la población en cuarteles y barrios, según la orden contenida en
la Real Cédula del 12 de febrero del mismo año, dio curso a un primer intento
para enfrentar la confusión que resultara del desorden social vigente, agravado
entre otros aspectos, según el decir de algunos miembros de Cabildo de la
20 A.G.N. Real Audiencia, Cundinamarca, Tomo III, fols. 304r-308v.
ciudad, por el crecido número de chicherías21 en “donde se abrigaban multitud
de forasteros y gente vaga, que sin ocupación ni ejercicio, es perjudicial al
gobierno interior de la República”. La instrucción buscaba establecer un
estricto régimen de control de la población santafereña, dividida ahora en ocho
barrios y cuatro cuarteles. Cada barrio contaba con su propio alcalde quien
debía utilizar como distintivo “un bastón de bara y media de alto con puño de
plata” para ser de todos reconocido y así poder realizar la “matrícula de
vecinos y de los que entran y salen” en un libro que a su vez haría parte del
Libro-maestro de la ciudad. Era este el instrumento que dotaba al gobierno,
mediante la persona del alcalde de barrio de una herramienta poderosa para
lograr “el conocimiento perfecto de todos los habitantes de su barrio, sus clases
y oficio”. Pero ante todo y como consecuencia de esta pesquisa civil, lo que se
precisaba era el descubrimiento de

“los que se hallaren sin destino, los vagos y mal entretenidos, los
huérfanos y muchachos abandonados por sus padres o parientes;
también los pobres mendigos de ambos sexos...” para que valiéndose de
esta información “a los últimos los trasladen sin dilación al Hospicio o
Casas de Recogidas con una voleta circunstanciada, para que se
asiente y firme en el libro de entrada: a los que por las diligencias y
noticias de que ellos se tomasen, resultaren ser vagos y sin destinos, se
les pondrá en la cárcel [...] entregándose los muchachos abandonados
al cuidado de Maestros, que les enseñen oficio, poniendo particular
vigilancia, en que ni los mancebos y aprendices, ni los criados de las
casas anden ociosos por las esquinas, sin atender a su trabajo, y muy
particularmente, que no se entreguen a los juegos, ni en los trucos, que
visitarán a todas horas los Alcaldes, para no permitir esta diversión,
sino a aquellas personas en quien no hai motivo para impedirla, por los
años que resultan que algunos artesanos e hijos de familia se vicien y
pierdan el tiempo en ella...”22.

El mal no se podía atacar simplemente con censos o con el fortalecimiento del


poder local creando la figura del alcalde de barrio. Era necesario incorporar,
dentro de la potestad estatal, un conjunto de actividades productivas regadas
socialmente, que existían sin más reglamentación que la pertinente para

21 Más de ochocientas, según los censos realizados entre 1717, 1739 y 1740.
22 A.G.N. Real Audiencia, Cundinamarca, Tomo III, fols. 306-307
asegurar su coexistencia, pero siempre al margen de un estatuto político que
permitiera articularlas a una estrategia más global. Dentro de esta perspectiva
se inicia un proceso de reglamentación de los oficios artesanales “en aplicación
de estas gentes reducidas al Estado de insensiblez por su abandono y universal
desidia”23. Se trataba ahora de poner las artes en el mejor estado posible para lo
cual se hacía necesario, en palabras de Francisco Robledo, asesor general para
el arreglo de los gremios del virrey Florez, “formar una instrucción que
[sirviese] de regla y método para enseñarlas y aprehenderlas”24.

A falta de escuelas de artes en el Nuevo reino era “indispensable ceñirse por


ahora al estado presente, contemporizando con su decadencia”25 y pensar más
bien en mejorar la policía de los oficios “con que los artesanos [adquieran] una
educación superior a la actual, consolidándose estimación entre sí y con el
resto de las demás gentes”26. De allí que durante todo el reglamento se llame la
atención sobre la necesidad de “desterrar el error con que las gentes de otra
jerarquía, o empleados de carreras de Armas y Letras, desprecian los artesanos,
teniéndolos en concepto de hombres de bajas esferas”, como también de las
interminables pugnas surgidas entre los mismos artesanos de creerse unos más
que otros, abuso reprensible, en tanto que no habiendo oficios superiores a
otros, “todos debían considerarse apreciables en sí mismos, pues todos
concurren a la prosperidad pública”27.

Se trataba de reconocerle a ese gran conglomerado que era así mismo la casi
totalidad de la plebe, un espacio público totalmente controlado por el superior
gobierno. El principio de la reglamentación general de los gremios planteaba
como precepto, que no habiendo ningún oficio peor o de más baja condición
que otro, ya que “sería un error político creerlo así”, lo único, óigase bien, lo
único que debiera tener impresa la nota de la deshonra y merecer todo el
repudio de la sociedad, la religión y el Estado, era la ociosidad.

23 La cita en mención hace parte de la comunicación con la que el virrey Flórez da su concepto
favorable a las Reglas generales para el mejor método de los gremios que deben observarse por los
Padres, Tutores, Maestros y encargados de la Jubentud, Governadores, Corregidores, sus tenientes y
demás Justicias y Ayuntamientos. A.G.N. Miscelánea, Cabildos, Tomo III, fols. 287r-313v.
24 Ibid., fol. 288r.
25 Ibid., fol. 287v.
26 Idem.
27 Idem.
Implicado dentro del reordenamiento del trabajo y la vida del artesano, el
Reglamento General de 1777 no pudo, al parecer, llevarse a efecto. Pero las
alternativas, propuestas y planes de solución al problema del pauperismo,
continuarán apareciendo como también la persistente denuncia de sujetos que
“vagan por las calles maleándose de mil maneras”, y paralela a ella, la
advertencia sobre la gravedad de tal problema.

“Invertid con usura


vuestros caudales”

...Y siendo “que es constante y notorio para una buena República, que su dicha
y felicidad dependen del orden y buena disposición de sus havitantes,
especialmente en los pobres, artesanos y gentes de trabajo [en tanto que] de
este modo se evitan los desórdenes y vicios, se exterminan los vagos y
delinquentes, y a mas de lograr todos estos su necesaria subsistencia se logra el
dichoso fin de su salvación”28, el 26 de julio de 1789, a petición del virrey
Espeleta, Don Manuel Díaz de Hoyos presenta su reglamento de gremios como
un instrumento fundamental para atajar el pernicioso daño que causa el
desorden y la holgazanería, remedio eficaz para la miseria y vicios inherentes a
la plebe contenida en la ciudad y todo el reino. El “Reglamento para la buena
administración de los oficios artesanos” sería, en palabras del autor, el
mecanismo que garantizaría “tener sujetos y en útil ejercicio a tanta gente,
como es toda la pleve, destinada en los gremios, bagamunda y olgazana, como
se halla en esta ciudad, con precisa necesidad de sujeción”29.

Y aunque de una forma todavía difusa, la práctica de enseñanza converge en la


solución de un problema tan notorio. La asociación en gremios, articulada en
torno a la figura del maestro, se involucra dentro de la estrategia de la policía
de la ciudad, y dentro de ellos, la enseñanza de un arte u oficio, se abre paso
como instrumento político de ordenamiento social, en tanto que asegura la
sujeción de “tanta plebe bagamunda y olgazana”. Con las diferencias propias
de las distintas perspectivas desde donde se miraba el progresivo “relajamiento
de las costumbres”, la holgazanería y la miseria comienzan, desde entonces, a
considerase como malestar social. Los análisis en torno a la crisis parecen

28 A.G.N. Policía, Tomo III, fol. 553r.


29 Ibid., fol. 553v.
converger en un mismo punto: ociosos, mendigos, vagabundos, locos e
insensatos, mujeres de livianas costumbres, todos son calificados como
elementos improductivos, muchedumbre indiferenciada dedicada a la
ociosidad y unida por una característica común que la identificaba: el estigma
de la ignorancia. Así, pronto se estableció una triple relación: el ocio se
encontraba articulado con la miseria; era aquel la causa originaria de ésta. Pero
en la base del ocio se hallaba la ignorancia como causa última y origen
fundamental del desorden social.

En una de las páginas de su semanario, Francisco José de Caldas liga en el


discurso miseria e ignorancia:

“En las tristes meditaciones que devoraban mi ánimo al contemplar el


exceso de pobres que advertía en las calles y plazas de Santafé y aun de
lo demás del reino, recorría la cadena que liga a los hombres que viven
en sociedad, por si encontraba en sus eslabones la causa que motivaba
aquella tan notable desproporción, y decía: si la mucha pobreza de esta
ciudad no tiene su origen en aquella virtud que desprecia lo terreno
para correr más libre a la perfección, sin duda proviene la de tantos
infelices de la inacción perezosa, del fastidio al trabajo, de una
insensibilidad extravagante por las comodidades de la vida; en una
palabra, de la ignorancia criminal de aquella ley divina que condenó al
hombre a mantenerse de su trabajo y a costa del sudor de su rostro (...)
De estos antecedentes deducía yo las consecuencias precisas: luego
esta multitud de pueblos que veo entregada a la holgazanería y
envuelta en los horrores de la ignorancia no tiene ni ha tenido
educación ni pública ni privada; luego es forzoso que faltándole esta
carezca de costumbres; luego es preciso que sea perjudicial al Estado y
a sí misma por sus vicios y malos ejemplos”30.

De allí que la enseñanza fuese propuesta como la única alternativa posible para
detener y erradicar definitivamente el mal,

“ella es el más principal ramo de la policía, el objeto más interesante


de las sociedades políticas, y el que ha merecido toda la atención de los

30Caldas, Francisco José de. “Discurso sobre la educación”, en, Semanario del Nuevo Reino de
Granada, Bogotá, Ed. Minerva, 1943, pág. 71. El subrayado es nuestro.
legisladores. Sin educación no pueden felicitarse los pueblos; el vicio
cundiría por todas las partes, las leyes, la religión, la pública seguridad
y la privada serían violadas si no se procurase desde el principio
inspirar a la juventud las sanas ideas y obligaciones propias del
cristiano y del vasallo”31.

Pero la efectividad de la alternativa salvadora necesitaba mucho más que


palabras y alabanzas. Era preciso construir o adecuar edificaciones donde se
impartiera la tan proclamada enseñanza, que no se circunscribía a las primeras
letras, la aritmética o la doctrina cristiana, sino que involucraba además la
enseñanza de artes y oficios “para exercitar un gran número de hombres, que
no teniendo de que subsistir se abandonarían al latrocinio y demás vicios que
ocasiona la ociosidad”32. Comienzan entonces algunos intelectuales a incitar a
“poderosos y ricos” para que aporten parte de sus caudales para la construcción
de edificaciones de este tipo. En su Papel Periódico del 27 de enero de 1792,
Manuel del Socorro Rodríguez hace la relación del “Estado en que se halla la
Obra del Real Hospicio de Pobres de esta Capital, a que se dio principio el día
1 de abril de 1790”33, destaca la colaboración de varias personalidades criollas
y españolas en la construcción del edificio, y señala los beneficios que esta
obra traería a la ciudad:

“Esos miserables, que en el seno de su misma Patria andaban


forasteros y errantes sin asilo alguno, de una en otra parte; ya podrán
vivir tranquilamente disfrutando de la comodidad proporcionada a su
estado inválido y calamitoso. Del mismo modo se puede esperar una
gran reforma de las costumbres pues por este medio se harán vecinos
útiles los que baxo el fingido hábito de pobres eran verdaderos
holgazanes, y polillas destructoras de la República”34. He ahí el poder
redentor de la enseñanza.

Por otro lado, refiriéndose a la utilidad de la construcción de escuelas públicas,


Francisco José de Caldas dice: “Ahí teneis, poderosos y ricos de Santafé, en
qué emplear con usura vuestros caudales y vuestro patriotismo en bien de esa
31 A.G.N. Fondo Instrucción Pública, Anexo, Tomo IV, fol. 354r.
32 Rodríguez, Manuel del Socorro. Papel Periódico de Santafé de Bogotá, Viernes 27 de enero de
1792, No. 50. B.N.C. Sala de Investigadores
33 Idem.
34 Idem. El subrayado es nuestro.
porción desdichada que son sin embargo vuestros hermanos”35. De la mirada
misericordiosa y caritativa de años anteriores, se pasa ahora a mirar la pública
utilidad que representaría el recogimiento, limitación y erradicación de la
miseria. Aquellos caudales donados para adelantar la construcción de
hospicios, casas de misericordia, escuelas, etc., no son ya únicamente para
asegurar un lugar en el reino divino, más bien pretenden ahora asegurar la
estabilidad y permanencia del lugar ocupado aquí en el mundo terrenal. La
limosna como acto de caridad se transforma en inversión.

Son pues estos dos problemas el eje en torno del cual giró la vida política del
Nuevo Reino de Granada a fines del siglo XVIII, y es precisamente en este
paisaje social en donde concentraremos la búsqueda del autor de aquella
curiosidad literaria reseñada en el Correo Curioso. Esas mismas calles, por
donde deambulaban mendigos y ociosos, vagabundos y mujeres escandalosas,
debieron registrar también las huellas de Don Agustín Joseph de Torres; pero
otras pistas nos ayudarían a resolver algunos de nuestros interrogantes: ¿Quién
podría ser aquel maestro? ¿Acaso alguno de los intelectuales o ilustrados
criollos? ¿Maestro de qué escuela? ¿Era religioso o secular? ¿Qué clase de
incentivos le reportó esta publicación? Y paralelas a estas preguntas nos
planteamos otras más generales: ¿Cuáles eran las particularidades que definían
y diferenciaban el oficio de maestro de escuela a finales del siglo XVIII y
principios del XIX? ¿Cuál era la relación entre este oficio público y la
enseñanza que impartía la iglesia?

35 Caldas, Francisco José de. Op. Cit., pág. 69.


Tras la Huella

Unos sujetos
Públicos

Recorramos entonces los archivos coloniales en busca de posibles respuestas a


los anteriores interrogantes. Las primeras pistas nos ubican en la segunda
mitad del siglo XVIII. En los folios de los archivos históricos emerge un
personaje cuya presencia concita entre curas y burócratas coloniales un
profundo rechazo. Son éstos unos “sujetos que andan por las estancias”
pregonando enseñar a leer, escribir y contar.36

Bien pronto, pueblos y ciudades vieron surgir y expandirse unos ciertos


mercaderes de la enseñanza que vendían o cambiaban su saber por “un real,
una vela y un pan semanal”, constituyéndose así en un acontecimiento
novedoso que irrumpió dentro del panorama de villas y ciudades de todos los
puntos del virreinato. Sin embargo, no bien empezaba a delinearse este nuevo
personaje y ya era objeto de miradas censurantes que denunciaban su presencia
como peligrosa y que clamaban por su control y vigilancia. Su pronta
expansión por la geografía del virreinato causó una alerta comparable sólo a la
producida por la viruela u otras epidemias de años anteriores. Francisco
Antonio Moreno y Escandón, Fiscal de la Real Audiencia, observa en un
documento de 1774 sobre la reforma de los estudios generales:

“que con dolor se experimenta que cualquier hombre, que no tiene para
comer tome el arbitrio de abrir en su casa, o en una tienda una escuela
donde recoge algunos muchachos, a quienes por su sola autoridad,
enseña lo que sabe, o tal vez aparenta enseñarles para sacar alguna
gratificación con qué alimentarse, sin que proceda licencia, examen ni
noticia de sus superiores”37.

36 Rodríguez, Simón Narciso. “Estado actual de la Escuela y nuevo establecimiento de ella (1794)”, en,
Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, Tomo XXIX, No. 115, julio-septiembre de
1946.
37 Método Provincional e interino de los estudios que han de observar los Colegios de Santafé, por

ahora, y hasta tanto que se erige Universidad Pública o su Majestad dispone otra cosa, Santafé, 1774.
A.G.N. Instrucción Pública, Tomo II, fol. 219 y s.s.
Años más tarde, en un plan para creación de escuela, Fray Antonio Miranda,
cura de Ubaté, sienta su preocupación y pide que por

“...ningún color, pretexto, ni motivo se permita que alguno ande por las
estancias, o en el pueblo, pretextando enseñar a leer o escribir a niños,
para solapar su vagabundería y tener que comer con título de maestro,
pues por lo general ninguno de ellos sabe leer, ni escribir y así no lo
puede enseñar”38.

Pero en algunas regiones, la situación obligó a tomar medidas diferentes a la


denuncia. Es el caso de los partidos de Sogamoso y Duitama, en donde por
disposición del Juzgado de Justicia Mayor, se le ordenó a los respectivos
alcaldes que si estos sujetos, una vez advertidos, experimentaban
“reincidencia, les arrestará a prisión y les exigirá la multa de diez pesos... por
convenir así el bien público y a la buena administración de justicia”39. En fin,
estos sujetos eran considerados como “hombres perdidos, sin instrucción ni
probidad”40, que recurrían al oficio de enseñar para “asegurar su subsistencia”.
Nos asaltan aquí varias dudas en torno a estos novedosos personajes. ¿Qué
condiciones rodean la aparición de estos sujetos que producen actitudes tan
contrarias en aquella sociedad: por un lado, aceptación en la población y al
mismo tiempo rechazo y persecución de las autoridades? ¿A qué se debe su
expansión por el virreinato? ¿Qué tienen que ver estos “mercaderes del saber”
con los maestros de escuela como Don Agustín?

La aparición de estos personajes estuvo inscrita dentro de una serie de


acontecimientos que hacia la segunda mitad del siglo XVIII marcaron nuevos
rumbos, principalmente a la enseñanza, y entre los cuales se destacan dos
hechos fundamentales; la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767, y la
puesta en marcha de un discurso en torno a la educación, propiciado desde el
Estado, que colocó a ésta como centro de interés y como objeto de “pública
utilidad”.

Con la salida de los jesuitas se dejaba a aquel sector que tenía acceso a la
educación (gentes “principales y beneméritas”) en un alto grado de

38 A.G.N. Fondo Colegios, Tomo III, fol. 821v. El subrayado es nuestro.


39 A.G.N. Fondo Colegios, Tomo IV, fol. 310v.
40 A.G.N. Instrucción Pública, Anexo, Tomo IV, fol. 377.
desprotección, si tenemos en cuenta que esta orden religiosa ejercía un control
casi absoluto de la educación el Nuevo Reino de Granada hasta aquel año. Un
año después de la salida de los padres jesuitas, se comienza a sentir esta
desprotección. El gobernador de la Provincia de Antioquia se quejaba entonces
de “la carencia de maestro de abecedario, por lo cual quedan muchos hijos de
los vecinos principales sin saber leer, ni escribir”41 “...pues en ninguna ciudad,
villa o lugar de ella (Provincia de Antioquia) ha quedado escuela alguna
después de que salieron dichos padres”42. Pero aún muchos años después, se
seguían escuchando las quejas sobre la carencia de algún tipo de enseñanza. En
1792, en la Villa de Santafé de Antioquia, “el vecindario solicita que se
apruebe el nombramiento de un maestro de primeras letras”, anotando como
justificación, que la “ciudad se halla destituida de sujetos que con propiedad
ilustren la juventud instruyéndola en las primeras letras, cuya inopia se lamenta
de más de veinte años a esta parte43.

Paralelamente a estos clamores por “tan notable falta de cátedras”, se puso en


marcha un discurso en torno a la educación por parte del Estado cuyo objetivo
fue tomar el control de la educación que, antes de 1767, había permanecido
principalmente en manos de los jesuitas. En la Real Provisión del 5 de octubre
de 1767, se expresa claramente la nueva posición asumida por el Estado
cuando se habla allí del estancamiento en que los jesuitas tuvieron los estudios
de gramática, retórica y primeras letras, ya que ellos miraban como “transitoria
esta ocupación, que no a la pública utilidad”44. A partir de entonces la
educación se constituyó en un elemento “conveniente al Estado”. La
legislación declaraba que la enseñanza no podría seguir perteneciendo a la
familia y a la Iglesia como patrimonio autónomo e impenetrable y expresaba
taxativamente que “la enseñanza pública debe estar baxo la protección del
príncipe”45 y que sólo a él, como esencia del Estado es “a quien incumbe el
cuidado y superintendencia de la educación de la juventud”46.

Este conjunto de acontecimientos propició un auge de la educación,


colocándola como centro de interés de varios sectores sociales entre los cuales

41 A.G.N. Fondo Colegios, Tomo IV, fol. 87v.


42 Ibid., fol. 86v.
43 Ibid., fol. 98r.
44 C. P. I., pág. 137.
45 Real Cédula del 14 de agosto de 1768 (C.P. II, pág. 66)
46 Idem.
se incluyen algunos para los que hasta entonces ella era un impensado. Y es
precisamente en este contexto en donde emergieron aquellos “sujetos que
andaban por las estancias”, con unas características muy particulares que los
diferencian claramente de los que hasta entonces se dedicaban a la enseñanza.
No eran religiosos de orden de los que enseñaban en los Colegios o
Seminarios, ni curas de parroquia que instruían a niños en la casa cural, ni ayos
o preceptores particulares que servían en las casas de potentados, ni maestros
artesanos que enseñaban su oficio a niños aprendices. Eran sujetos seculares
que realizaban su enseñanza públicamente, cobrando algún estipendio para su
sustento.

Este nuevo enseñante se constituyó en la primera forma de emergencia del


maestro de escuela, y fue precisamente a partir de los hechos que precedieron
su actividad que se inició el proceso de consolidación y delimitación de este
nuevo oficio. Su número y su rápida expansión por villas y ciudades, al igual
que la acogida que tuvieron entre la población, se debió, entre otros factores, a
que representaban una alternativa, hasta entonces impensada para algunos
sectores tradicionalmente excluidos de la instrucción, conllevando a su
reconocimiento casi obligatorio por parte de las autoridades virreinales. Por
otro lado, las cinco escuelas que existían en todo el virreinato, anexas a los
Colegios Mayores de Santafé, Tunja, Popayán, Pamplona y Cartagena, no
constituían suficiente base material para respaldar todo el andamiaje discursivo
puesto en marcha por el Estado con el que se argumentó la instrucción pública.
Se inició, de esta manera, un proceso de reconocimiento de estos personajes
novedosos, personajes que anuncian la aparición de lo que en el curso de los
años se conocerá como maestro de escuela.

Control de un ejercicio,
mendicidad de un estipendio

Siguiendo las reiteradas denuncias y señalamientos a estos personajes,


continuamos nuestra pesquisa por entre folios y legajos, percibiendo ahora un
murmullo creciente de aquellos que con sus propias voces, reclamaban una
justa retribución de su oficio. Las connotaciones que alcanzan estas peticiones,
como veremos, desbordan los límites de aquel pasado en donde han quedado
registradas, para confundirse con el presente de un oficio, que hoy por hoy,
bordea los dos siglos de existencia. Sigamos entonces con atención algunas de
estas peticiones.

El maestro Manuel Ramírez, nombrado en la escuela del Colegio Seminario de


Popayán en agosto de 1790, dirige una representación a las autoridades locales
el 13 de diciembre de 1792 en donde habla sobre su salario aludiendo “que no
hay razón ni motivo para que se me retenga por ser legítimamente ganado con
mi sudor y trabajo al socorro de mis urgencias y asistencia de mi familia”47.
Hay en esta representación dos elementos relevantes para el análisis que nos
ocupa: el reclamo del salario, y la autorización virreinal para el ejercicio de la
enseñanza pública. El primero de ellos nos presenta con gran claridad una
característica que, sin lugar a dudas, constituye uno de los primeros elementos
que le fijan un estatuto propio a este sujeto de finales del siglo XVIII, y que
aún identifica al maestro del siglo XX: el reclamo de su salario, la solicitud de
aumento, o la petición de pago del estipendio atrasado.

Es esta la paradoja de lo público. Después de emerger a la luz del día, de


enfrentar “el resplandor de públicas concurrencias” como diría Quintiliano, de
lograr el reconocimiento social que como sujeto público le venía asignado
desde el discurso al considerar su ejercicio de la mayor importancia para el
progreso de la “república”, el maestro de escuela ha sido, a la vez, mendigo de
su salario. Sin duda alguna, ese personaje que veían pasar los vecinos de
ciudades y villas cruzando la Plaza Mayor con destino a la sede del
Ayuntamiento o Cabildo, con un pergamino bajo el brazo, tiene que ver mucho
con el que hoy vemos con alguna periodicidad marchando por las calles o
protestando por su salario, parodiando, tal vez sin saberlo, a su colega de hace
200 años al insistir una y otra vez que no hay razón ni motivo para que se le
retenga el salario “por ser legítimamente ganado con su sudor y trabajo...”.
Definitivamente es esta una continuidad que espanta. La continuidad de la
miseria, de la tragedia, del desarraigo. Azarosa continuidad que a su vez
muestra las profundas diferencias: el uno, inserto en un proceso de constitución
del maestro; el otro, el de hoy, abarcado por un proceso de sustitución, de
extinción, en donde el problema no es sólo el de la represión sino el de la
productividad dirigida y la autonomía perdida48.

47 A.E.P. Libro C3, Documento No. 18.


48 Comentarios al pre-texto con pretexto de un comentario del Profesor Alberto Echeverry.
El segundo elemento que llama la atención en los documentos de la época se
refiere a la autorización virreinal para el ejercicio de la enseñanza pública por
medio del nombramiento como maestro de primeras letras. Esta fue la primera
forma de reconocimiento de su público ejercicio. El título se constituyó,
entonces, en el mecanismo que utilizó el poder estatal para sujetar, para
controlar, para vigilar a estos personajes dedicados a la enseñanza. Por medio
de él comenzaron las autoridades virreinales a poner límites a aquella actividad
que hasta entonces se ejercía libremente; se inició así, el proceso que atrapó en
la norma una actividad y al sujeto que la realizaba.

El período que va desde 1770 hasta 1800 está lleno de expedientes en los
cuales se solicita la expedición de título de maestro. Estas solicitudes antes que
pretender alguna clase de privilegio social, constituyen la única forma para
muchos de asegurar y garantizar su propio sustento. Sin embargo, no todas
eran aprobadas. Para merecer el título eran necesarios, además de la “habilidad
para leer, escribir y contar”, algunos requisitos igualmente importantes como
los de ser “hombre blanco y decente, arreglado de buen procedimiento y sin
vicio alguno”49. En una primera parte, que se extiende hasta 1790
aproximadamente, la preocupación central no es el saber del maestro, sus
conocimientos, su competencia pedagógica; el título certifica “la virtuosidad y
buenas costumbres” de un sujeto, pero sobre todo expresa el reconocimiento
legal por parte del poder para desempeñar un oficio. Un ejercicio que desde
entonces fue susceptible de control y vigilancia por parte de las autoridades
virreinales, pero que en ningún momento representó erogación alguna para las
arcas reales. De esta manera se entendía, hacia finales del siglo XVIII, “lo
público”.

Para la muestra un botón: Juan Antonio Vargas, maestro de escuela de San


Miguel de Oyba, jurisdicción de la Villa del Socorro, envía una representación
al alcalde de dicha parroquia explicando que “con el corto número de niños
que se hallan en mi escuela no podré subsistir en la enseñanza... y sí subsistiera
si se me asignara anualmente de los propios de la Villa del Socorro alguna cosa
que se considere regular”50. Estos reclamos en torno al salario no se hacían
como consecuencia de la demora en los “giros” o porque no llegaran las
“reales órdenes” para hacerlos efectivos. Por esta época, no se obtenía dinero

49 A.G.N. Instrucción Pública, Anexo, Tomo I, fol. 409v.


50 A.G.N. Fondo de Colegios, Tomo IV, fol. 344v.
para pago de maestro o sostenimiento de la escuela, distinto de aquellos que
provenían de los principales que habían sido expropiados a los Jesuitas en el
llamado Fondo de Temporalidades.

Sólo años más tarde, y como consecuencia de las continuas solicitudes de los
vecinos, se autorizaría pagar el sueldo de maestro con los fondos recaudados
por el Cabildo, provenientes de aquellos impuestos llamados “propios” que se
impugnaban a las “casas de juego” y chicherías. La posibilidad de recibir su
estipendio dependía, como hoy, del recaudo oficial producto de las ventas a
parroquianos y forasteros, que compartiendo penas y glorias, nostalgias y
esperanzas, se confundían en la embriaguez y el azar. Así lo expresaría el
virrey Espeleta cuando en su relación de instrucción pública informaba al Rey
“...que en los lugares de afuera y de alguna población, se han establecido
muchas (escuelas públicas) costeadas por las rentas de propios que en esta
tendrían una digna inversión”51.

Hasta aquí, nuestra pesquisa ha arrojado una serie de elementos que nos han
permitido caracterizar el surgimiento de ese personaje que marca la segunda
mitad del siglo XVIII. Esta búsqueda, sin embargo, tiene un objeto preciso:
encontrar alguna referencia que nos permita seguir el rastro de Don Agustín
Joseph de Torres, el autor de la cartilla Lacónica que viéramos reseñada en el
aviso del “Correo Curioso”. Bastante larga había sido la búsqueda hasta este
momento y todavía seguíamos percibiendo aquellas voces reclamando salarios
desde diferentes lugares del territorio del Nuevo Reino de Granada. Entre todas
ellas, nos ha llamado la atención una certificación fechada el 7 de noviembre
de 1796 que bien podría ser una sugestiva síntesis de las condiciones de
ejercicio del oficio de maestro, en donde se expresa que a pesar de que Juan de
la Cruz Gastelbondo “ha cumplido y está cumpliendo hasta la fecha con su
obligación de enseñanza de niños de primeras letras sin falta incesante al
exercicio diario... no se le da cuenta de renta ninguna, pues aunque está
declarado y nombrado de ciento cinquenta pesos por año, no se ha
verificado”52. El caso de Gastelbondo, es el caso de un maestro que habiendo
sido nombrado para la escuela de Sogamoso desde el primero de abril de 1782,

51 Posada, Eduardo; Ibáñez, Pedro María. Relaciones de Mando. Memorias presentadas por los
gobernantes del Nuevo Reino de Granada, Bogotá, Imprenta Nacional, 1910
52 A.G.N. Fondo Colegios, Tomo IV, fol. 344v.
llevaba ya 14 años trabajando sin recibir sueldo alguno, a pesar de tener
reconocida la “muy corta dotación” de 150 pesos anuales.

Pero sería sólo hasta nuestra lectura del alegato que surgió en torno al
nombramiento de Don Miguel Bonel como maestro de primeras letras de la
escuela de San Carlos de Santafé, en donde encontraríamos la pista definitiva
que nos condujo a Don Agustín Joseph de Torres. El caso de Don Miguel
Bonel se halla incluido en un extenso expediente que daba cuenta del
acontecer, no sólo de la escuela en que había sido nombrado, sino, ante todo,
de las urgencias y las necesidades de los diferentes maestros que habían
ejercido el cargo en dicha escuela, entre los cuales figuraba Don Agustín.

Se abre el expediente

Los “jesuitas expulsos”

Por la importancia de este expediente y la posibilidad que nos ofrece para


esclarecer algunos de los puntos e interrogantes que habían quedado en
suspenso anteriormente, y otros que con las nuevas informaciones se podrán
desarrollar, iniciaremos su lectura destacando algunos elementos que nos
permitan, a su vez, articular de una manera más precisa y clara los
acontecimientos que conformaron la estrategia de la instrucción pública en la
segunda mitad del siglo XVIII53.

Este expediente, más que construir la historia de los avatares y las penurias, las
desdichas y las esperanzas de una tal Agustín Joseph de Torres, cuarto maestro
de la escuela pública de San Carlos, nos permitirá a su vez refrendar, desde
otra perspectiva, la aparición de este nuevo personaje llamado maestro de
primeras letras: personaje que si bien es cierto se nos presenta con un estatuto

53 La noción “estrategia de la instrucción pública” hace parte de los resultados del trabajo de
investigación que Alberto Martínez Boom adelantó en torno al surgimiento de la escuela, el maestro y
el saber pedagógico en el Nuevo Reino de Granada. Para profundizar este y otros temas sugerimos leer
sus publicaciones: “La Aparición Histórica del Maestro y la Instrucción Pública en Colombia”, en,
Revista Proyección Educativa. Bogotá, M.E.N., No. 1, 1982; El Maestro y la Instrucción Pública en el
Nuevo Reino de Granada: 1767-1809, Bogotá, CIUP, 1981; Escuela, Maestro y Métodos en
Colombia: 1750-1820, Bogotá, UPN-CIUP, 1986
todavía difuso y no completamente diferenciado, lo encontraremos de ahora en
adelante en el dominio de un espacio y un tiempo llamado escuela pública de
primeras letras, al frente de una “junta de niños” con un oficio específico:
enseñarles a leer, escribir, algo de contar y doctrina cristiana. La historia de
Agustín Joseph de Torres, unida a las referencias sobre sus antecesores en la
escuela de San Carlos, es pues, la historia de aquellos sujetos reclamando su
presencia pública que no era otra cosa que su dignidad y estabilidad salarial
como maestros.

Serían pues, las particularidades de este expediente, traducidas en un


sinnúmero de autos, oficios, informes, testimonios, Reales Cédulas, Reales
Ordenes, cruzadas entre las diferentes instancias de la burocracia virreinal, las
que nos permitirían escuchar los ecos de las súplicas de Don Agustín por un
“corto socorro” que le ayudara a afrontar la “escasez y la pobreza” que sufría
él y su familia, unidas al sello retórico de sus repetidas solicitudes a las más
altas dignidades de estas tierras de ultramar para mantenerse, como diría el
maestro Miguel Bonel, “de vestido y demás alimentos del cuerpo” y así
continuar, a pesar de todo, en el cargo para el que había sido nombrado.
Iniciaremos aquí otro capítulo del cronicón de las rúbricas que tiñeran la
solicitud de un maestro de primeras letras por un estipendio mínimo para
subvenir a sus necesidades. En este proceso, haremos un breve recuento de la
constitución de la escuela San Carlos como escuela pública de primeras letras,
unida a los acontecimientos que se vivieron durante y después de la expulsión
de los jesuitas, puesto que esta escuela funcionaba anexa al Colegio Mayor de
San Bartolomé y fue por tanto testigo de aquellos acontecimientos.

El 27 de febrero de 1767, el rey Carlos III de España firmaba un Real Decreto


en donde ordenaba “...se extrañen de todos mis dominios de España, e Indias,
Islas Filipinas y demás adyacentes, a los Religiosos de la Compañía... y que se
ocupen de todas las temporalidades de la compañía en mis dominios...”54. El 5
de abril son enviadas a los reinos de Indias las reales instrucciones para que se
cumpla y observe el decreto de expulsión “con toda aquella prudencia, sigilo,
madurez y precauciones”, advirtiendo que tales instrucciones debían
permanecer “cerradas y secretas hasta la víspera del día asignado para su
cumplimiento”. Tres meses después el Virrey Pedro Messía de la Cerda las

54 C. P. I., pág. 1.
recibe para ponerlas en ejecución hasta el 31 de julio, día de la festividad de
San Ignacio de Loyola.

Llegado el día, el templo de San Carlos (hoy iglesia de San Ignacio) se vio
colmado de público como era costumbre. Las diferentes comunidades
religiosas, los miembros de la Real Audiencia, el Virrey y demás autoridades
locales, y un sinnúmero de devotos, concurrieron a la celebración de la fiesta
del santo patrono de los jesuitas. Pero esta celebración, según nos lo relata el
cronista José María Vergara y Vergara, “se convirtió en una despedida de los
hijos de Loyola de los pueblos del virreinato... El estupor del auditorio no tenía
límites. ¿Para dónde se despedían los jesuitas? ¿Por qué abandonaban la ciudad
donde estaban tan bien colocados, donde vivían hacía ciento sesenta años? El
Virrey que escuchaba atentamente sí sabía para donde iban; pero su estupor era
mayor que el auditorio, por diferentes razones. ¿Cómo habían sabido los
jesuitas el secreto de Estado tan admirablemente guardado?”55.

Al día siguiente, Juan Francisco Pey y Ruiz, Alcalde de Corte y Oidor de la


Real Audiencia, acompañado del Provisor y Vicario General del Arzobispado
y de un escribano, se dirigió hacia el Colegio Mayor de San Bartolomé. Una
vez allí, insinuó al Padre Yarza, rector del claustro “que convocase a los demás
padres que en él residen, para intimarles un real decreto de Su Majestad”.56
Cuando estuvieron todos reunidos, “les [intimé] en presencia del presente
escribano y testigos el expresado real decreto, leyéndoselo de verbo ad verbum
y inteligenciados de él y exhortados a la resignación y obediencia, dijeron: que
lo obedecían como fieles y leales vasallos de su Majestad".57

Aquel mismo día, el Oidor y Alcalde Pey y Ruiz recibió del padre Yarza las
llaves del Colegio Mayor y desde entonces quedaron suspendidas las
actividades académicas que se venían realizando. La escuela anexa al Colegio
funcionaba en el llamado patio de las Aulas en uno de los tres corredores de la
planta baja donde se encontraban además la carpintería y el aula de menores.
Era una pieza con “cuatro ventanas, y de uno y de otro lado sus asientos de

55 Vergara y Vergara, José María. Historia de la Literatura en Nueva Granada, 2ª.Edición, Bogotá,
Librería Americana, 1905, pág. 218.
56 Citado por: Hernández de Alba, Guillermo. Documentos para la Historia de la Educación en

Colombia, Tomo III, Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pág. 301


57 Idem.
madera y bancos para escribir...”58. Cuando los dos jueces comisionados para
realizar el inventario del Colegio entraron en esta pieza que servía de escuela,
encontraron allí:

“...una alacena con su llave para guardar libros, catones y cartillas: en


la testera donde tiene su lugar el maestro se halla una mesa, con su
cajón, y llave, una silla y dos cuadros con algunas figuras pintadas en
ellos. Y en la parte principal tiene un retablo de madera dorada, en
medio del cual se halla colocado un lienzo de San Casiano, que tendrá
vara y cuarto de alto, y una de ancho, con su velo de raso carmesí, a los
dos lados en sus nichos, están San Justo y San Pastor, de media vara de
alto, con sus vestiditos de seda y en el remate está otro lienzo pintado,
un atril, cuatro candeleros y unas palmetarias de madera para el
servicio de dicho altar”.59

Como se puede ver, el espacio dedicado a la enseñanza no se diferenciaba


mucho de aquel dedicado a la oración. Antes que elementos pedagógicos, el
aula estaba rodeada de imágenes y utensilios religiosos. Sin embargo, hay en
esta distribución, además de los asientos y los bancos para escribir, otro
elemento que si bien no tiene relación directa con las labores escolares, por lo
menos evoca la actividad de enseñanza que se realizaba allí diariamente. No es
casual entonces, que la imagen de San Casiano ocupase el centro de la
habitación, pues este santo era el patrono del primer gremio de “maestros de
escuela de enseñar el arte de leer, escribir y contar”, constituido en Madrid el
26 de diciembre de 1643 bajo el nombre de “Congregación y Hermandad del
glorioso mártir San Casiano”.60

58 Ibid., pág. 331.


59 Idem
60 Prudencio (muerto hacia 405) en la Pasión de San Casiano de Forum Cronelli, nos describe la

muerte de un maestro a manos de sus alumnos, ante la mirada complaciente de las autoridades. Todo
sucede cuando Casiano se indispuso con las autoridades por “negarse desdeñosamente a prosternarse
ante los altares” y aquellas deciden entregarlo a sus discípulos para que le castigaren, primero
desnudándole y atándole para luego herirle y traspasar “...su cuerpo con los estiletes que utilizaban
para trazar sobre las tablillas de cera los surcos de la escritura”. Una tortura con estocadas profundas
haciendo evidente el violento desahogo que les procuraba el ataque que condujo a su agotamiento y a
la muerte del maestro. Astucia del poder manifiesta en la atinada manera de elegir el “justo verdugo”
para consumar el “castigo ejemplar”. (Mause, Lloyd de. Historia de la Infancia, Madrid, Alianza
Editorial, 1982, págs. 115-116.
La conformación a este tipo de agremiaciones fue muy común por toda Europa
hacia finales de la Edad Media, cuando las ciudades resurgieron y se
convirtieron nuevamente en los centros de la vida social a partir del auge del
comercio y de las manufacturas en general. Fue precisamente la proliferación
de artesanos la que dio origen a estas agremiaciones que tenían como objetivo
principal controlar el ejercicio de determinados oficios mediante la expedición
de licencias para abrir talleres o tiendas, previo examen o previa instrucción en
escuelas creadas para el efecto. Estas escuelas eran generalmente un taller a
donde concurrían los muchachos que querían iniciarse en el oficio o arte
respectivo (herrería, carpintería, construcción, etc.). Quien enseñaba el oficio
era llamado maestro y para realizar esta actividad debía poseer una
autorización previa por parte del mismo gremio o de las autoridades locales.
Los iniciados eran llamados aprendices y después de varios años de trabajar a
ordenes del maestro en su taller y aprobar el examen respectivo, obtenían
licencia para abrir su propio taller o tienda con lo cual ascendían a “oficiales”.
Sin embargo, no podían dedicarse a la enseñanza, para ello necesitaban
comprobada experiencia y calidad en el trabajo.

En este contexto se ubican las agremiaciones de “Maestros del Arte de enseñar


a leer, escribir y contar” que buscaban, de una parte, vigilar el ejercicio del
magisterio, como es el caso del “Gremio de Maestros de la Nobilísima Arte de
Primeras Letras” creado en 1601 en la ciudad de México con el objetivo de
limitar el ejercicio de dicho arte, en vista del crecido número de sujetos que
enseñaban sin preocupación adecuada; de otra parte, buscaban brindar una
protección a los asociados frente a cualquier imprevisto que les impidiera el
normal ejercicio de su oficio, tal como se halla referido en las “Ordenanzas de
la Congregación de San Casiano”, en donde además de establecer reuniones
periódicas para nombrar Hermanos Mayores y exámenes para los aspirantes,
incluso contemplaban un sistema de cuotas mensuales que buscaban servir de
auxilio “...a qualquiera de nuestros hermanos, que se hallare enfermo, de
enfermedad que sea...” por la cantidad de “...8 reales cada día por término de
20 días...”.61

En lo que respecta al Nuevo Reino, el ejercicio de los oficios presenta grandes


diferencias en relación con la metrópoli y aún con los otros virreinatos.
Mientras en Nueva España se conocieron los primeros gremios desde el siglo
61 Biblioteca del Museo Pedagógico “José de Calasanz” de Madrid. R/20774, fol. 7.
XVI (los herreros se organizaron en 1523, los arquitectos y albañiles en 1599 y
los maestros del arte de escribir y leer en 1601)62 en el territorio del Nuevo
Reino de Granada no se conoció durante la colonia ninguna solicitud por parte
de los maestros de artes y oficios a las autoridades locales para que, por medio
de un reglamento u ordenanza, protegiera el ejercicio de su respectivo oficio.
Muy por el contrario, y sólo hacia finales del siglo XVIII, el superior gobierno
en vista del “descuido de las artes y el desarreglo de los oficios” y dentro de la
estrategia para enfrentar la decadencia de las poblaciones, propondrá dos
instrucciones generales para “moralizar los gremios de la plebe” una en 1777 y
otra en 1879. Fueron esas instrucciones generales para el arreglo de las artes,
elaboradas en los albores del siglo XIX, instrumento de la “policía de los
oficios”, forma práctica de celar el trabajo y la vida de la “plebe”, herramientas
para el control de la población antes que estatuto de identidad y principio de
autonomía.

Para el caso de la enseñanza de las primeras letras, y a pesar de los fueros


adicionales y privilegios otorgados por los reyes a los maestros de la
“nobilísima arte de enseñar a leer, escribir y contar”63, los maestros de escuela
del Nuevo Reino tampoco constituyeron ningún gremio. Quizá el hecho de que
muchos maestros eran curas que enseñaban en las parroquias o en escuelas
anexas a los colegios seminarios, o al carácter acentuado de privilegio que
tenía la educación colonial, o en general, a la forma dispersa e irregular en que
fueron apareciendo aquellos “sujetos que andaban por las estancias”, incidió en
la ausencia de algún tipo de agremiación de estos maestros.

Nace un oficio

Ahora bien, aunque aquella pieza que nos describieran los jueces comisionados
para realizar el inventario del Colegio Mayor, seguiría sirviendo de espacio
para la nueva escuela de San Carlos y su distribución interior seguramente
sería la misma, a partir de su reapertura inicia un proceso de transformación
que pronto la convirtió en un espacio radicalmente diferente de lo que hasta

62 Ver: Estrada, Dorothy Tank de; et. al. Historia de las profesiones en México, México, Colegio de
México, 1982, págs. 49-60; Estrada, Dorothy Tank de. La educación ilustrada: 1785-1836, México,
Colegio de México, 1987, págs. 87-109.
63 En relación con este aspecto ver los trabajos de Dorothy Tanck de Estrada, citados anteriormente.
entonces había sido. Cuando se reabre la escuela el 16 de septiembre de 1767,
no sólo era un lugar distinto, sino que acogería, además, a unos nuevos sujetos:
el maestro era un personaje de otro orden, y el primero en representar este
papel fue Don Miguel Bonel.

Unos meses después de tomar posesión de la escuela, Bonel eleva una


representación al Virrey en la cual declara “que habiendo sido nombrado por el
muy venerable Dean y Cabildo de esta Santa Iglesia como maestro de la
escuela San Carlos desde el 13 de septiembre del 67”, era necesario, para
continuar en su oficio que el Superior Gobierno se dignara “...mandar para el
socorro del presente tiempo se me supla con lo que fuese del agrado de Vuestra
Excelencia...”64. Sin embargo, esta solicitud de reconocimiento de sueldo
pondría a Bonel entre dos fuegos, producto de la pugna entre el poder civil y le
poder eclesiástico en torno a la potestad y competencia para llevar a cabo
nombramiento de Maestros.

Una vez conocida por el Fiscal esta representación, sería utilizada como
“piedra de escándalo”: en una comunicación dirigida al Virrey expresaba su
inconformidad con dicho nombramiento, poniendo de presente que “...no se
alcanza con que facultad ha procedido el Cabildo Eclesiástico a este
nombramiento que por ningún título le compete, por ser privativo y reservado
únicamente a Vuestra Excelencia”65, y aunque a continuación suaviza sus
términos anotando su confianza en la buena fe con que se hizo dicho
nombramiento y teniendo en cuneta que “el público ha disfrutado en este
tiempo del beneficio de la instrucción de los niños...”66 aprueba el que se le
asigne salario (que será de 200 pesos anuales), al solicitante, pero aclarando
que dicho maestro “deberá tener entendido, que su nombramiento, pende de
Vuestra Excelencia como el apartarlo siempre que lo tenga por
conveniente...”67 (eso que hoy con lenguaje del Servicio Civil llamamos
“funcionario de libre nombramiento y remoción”). De esta manera, sienta el
Fiscal la nueva posición que en adelante asumiría el Superior Gobierno frente a
lo que empiezaba a considerar como exclusivo de su potestad.

64 A.H.N.M. Sección Jesuitas, Legajo 92, Doc. No. 17 (Sin foliación).


65 Idem.
66 Idem.
67 Idem.
Fue éste uno de los muchos acontecimientos que en aquel período impulsaron
toda una recomposición de las relaciones interinstitucionales entre el poder
civil y el poder eclesiástico y que para el caso de la educación, delimitaron un
espacio distinto para la enseñanza y un sujeto diferente de los que hasta
entonces se habían dedicado a aquel oficio. Y fue Bonel, precisamente, uno de
estos “nuevos sujetos”.

Miguel Bonel inició su ejercicio como primer maestro de la escuela pública de


San Carlos, el 16 de septiembre de 1767 (tres meses después de notificada la
expulsión de los jesuitas) con un grupo conformado por 60 niños. Pero ese
maestro que vieron los niños ya no era un religioso de orden, ni ningún
sacerdote. Era un sujeto secular. Una real disposición expedida algunas
semanas después da razón de este nuevo hecho. El 5 de octubre, los Señores
del Consejo en el Extraordinario expiden una Real Pragmática en donde
plantean la necesidad de sustituir a los maestros regulares por seculares en la
enseñanza de Primeras Letras, gramática y retórica “que tuvieron como
estancados los citados regulares de la Compañía, de que nació la decadencia de
las letras humanas”68. Se ponía entonces en cuestión la enseñanza impartida por
cualquier orden religiosa que “jamás puede competir con los maestros y
preceptores seglares, que por oficio e instituto se dedican a la enseñanza y
procuran acreditarse para atraer a los discípulos”69. Lo que el poder civil
planteaba aquí era una definición de competencias frente al poder religioso, y
en ningún momento una postura atea o anticlerical. Como veremos más
adelante, los requisitos exigidos al maestro implicaban una conducta religiosa
regida por los principios de la moral cristiana. Ahora bien, si estos sujetos que
aparecen al frente de la escuela pública no eran religiosos de orden ¿Cuál era
entonces su procedencia?.

Fue el mismo expediente en cuestión quien nos dio respuesta a estas preguntas.
Bonel comentaba en la representación aludida anteriormente, que antes de
entrar a servir en la escuela se encontraba “ocupado por el exercicio de la
pluma para mantenerme de vestido, y demás alimentos para el cuerpo...”70.
Según parece, Francisco de Mendieta, sucesor de Bonel, tenía la misma
ocupación de su antecesor. Pero aquel no realizaba su oficio en Santafé sino en

68 A.C.M.R. Vol. VII.


69 Idem.
70 A.H.N.M. Sección Jesuitas, Legajo 92, Doc. No. 17(Sin foliación).
Maracaibo, desde donde viajó a la capital del virreinato para cumplir con el
encargo de la escuela de San Carlos. Este un hecho curioso se origina cuando
el Virrey envía una solicitud al Gobernador y Comandante General de la
provincia de Maracaibo para que escoja dos sujetos solteros que pudieran
desplazarse hasta Santafé y encargarse de la escuela. El Gobernador, en carta
al Virrey con fecha 10 de abril de 1768, informa que mandará a Mendieta y
agrega que además se ha presentado “un joven bien nacido... instruido en
crianza, que continuamente asiste con los escribanos pareciéndome de buen
juicio...”71 y pide que se le remita orden sobre lo que debe hacer. Aquí el
Gobernador de Maracaibo nos enseña claramente los primeros requisitos que
apuntan hacia un estatuto de ese personaje que empieza a estructurarse. Antes
que por su saber, al maestro era definido desde la virtud.

No hay pues, por esta época, un estatuto preciso que configure claramente el
oficio del maestro. Sin embargo, podemos diferenciar dos elementos a partir de
los cuales se determinaba si un sujeto era apto para el ejercicio del magisterio.
Por una parte, se exigía al maestro “...conocida probidad y buena conducta,
vida pura e irreprensible”72. Sólo serían tenidos en cuenta para el magisterio
aquellos “honrados, de buena vida y costumbres, cristianos viejos, sin mezcla
de mala sangre”73. De otro lado, se hacia una segunda exigencia a este sujeto:
“saber leer con sentido, escribir correctamente y contar con expedición”74.
Podríamos decir que el estatuto de estos primeros maestros de escuela estaba
dado por su carácter de “hombres virtuosos” sin más exigencias de saber que el
de las primeras letras y las cuatro operaciones aritméticas.

El caso del tercer maestro de la escuela de San Carlos, ratifica una vez más el
estatuto todavía difuso, para esta época, del oficio de maestro. Don Joseph
Molano, portero del Cabildo de la Ciudad, presenta su solicitud para el cargo
que había quedado vacante en dicha escuela, y una vez aprobada, se le fija una
asignación anual de 300 pesos que disfrutará durante los seis años que
permaneció en el puesto, hasta la llegada de su sucesor, Don Agustín Joseph de
Torres.

71 Idem.
72 A.G.N. Fondo Colegios, Tomo II, fol. 950.
73 Novísima Recopilación de las Leyes de España, mandada a formar por el Señor Carlos IV, Libro

Octavo. De las Artes y Oficios París, Vicente Salvá, 1846., pág. 467.
74 A.G.N. Fondo Colegios, Tomo II, fol. 951.
De la escuela pía a la escuela pública:
La escuela de San Carlos

Entre los papeles que conforman este amplio expediente hemos encontrado
también el Acta de Fundación de San Carlos que data del siglo XVII, en donde
se le definía como escuela pía y no como escuela pública, designación con que
se conoce hacia finales del siglo XVIII. Sobre este aspecto es necesario tener
algún nivel de claridad para comprender, de una mejor forma, no sólo el
expediente, sino el proceso en el cual está inscrito. Por lo tanto, creemos
conveniente profundizar un poco más en las diferencias que existían entre estas
dos modalidades de escuela, y a la vez, diferenciar, de una forma más precisa,
las particularidades de la enseñanza entre los siglos XVII y finales del XVIII.
Por el momento, los detalles en torno a la historia de Don Agustín quedarán en
suspenso.

El 8 de febrero de 1687 el Capitán Antonio González Casariego entregaba al


padre Mercado, rector en ese entonces del Colegio Mayor de San Bartolomé, la
cantidad de “ocho mil pesos de a ocho reales en dos mil doblones de oro de a
dos escudos para que dicho padre Rector lo situase y cargase sobre los bienes y
rentas de este colegio, y fundase una escuela de Niños en que se enseñase a
leer, escribir y contar, por un religioso de la Compañía...”75. Con esta donación
consignada en el testamento de dicho Capitán, se iniciaba la vida de una
escuela que un siglo después, y por varios años, sería la única escuela pública
de Santafé de Bogotá. ¿Qué características presentaba la escuela fundada en
1687? ¿En qué se diferenciaba de la constituida después del extrañamiento de
la Compañía de Jesús en el año de 1767?.

La fundación de la escuela anexa al Colegio Mayor de San Bartolomé, se


encuentra articulada al mecanismo de las donaciones que dieron paso, en el
Nuevo Reino de Granada y durante el período comprendido entre finales del
siglo XVII y mediados del siglo XVIII, a la fundación de otras cuatro escuelas
que, de igual forma, eran regentadas por los Jesuitas y funcionaban anexas a
los Colegios Seminarios de Tunja, Popayán, Pamplona y Cartagena. Estos
establecimientos, llamados escuelas pías, tenían el carácter de hospicios y eran
puestas en manos de órdenes religiosas, quienes disfrutaban de los intereses o
75 A.H.N.M. Sección Jesuitas, Legajo 92, Doc. No. 17 (Sin foliación).
réditos que producían anualmente los capitales que habían servido para su
fundación y con las cuales se sostenía un clérigo, para que haciendo las veces
de preceptor, enseñase a los niños a leer, escribir y latinidad.

Antes de irrumpir la escuela pía como fenómeno educativo en el panorama


colonial de finales del siglo XVII, la enseñanza se restringía a la existencia de
tres modalidades de instrucción. La primera de ellas la constituían los estudios
generales por medio de los cuales se preparaban las “gentes principales y
beneméritas” para el ejercicio de la jurisprudencia o para el sacerdocio. Esta
modalidad educativa se llevaba a cabo en los Colegios Mayores o Seminarios
que funcionaban en las principales ciudades del virreinato. Un segundo tipo de
instrucción era realizada por preceptores particulares y dirigida exclusivamente
a los hijos de comerciantes, mineros y funcionarios de la alta burocracia
virreinal, conocida con el nombre de enseñanza hogareña. Los ayos o
bachilleres de pupilos, como se les llamaba a estos preceptores particulares,
eran sostenidos en las casas de aquellos potentados y sin dejar de formar parte
de la servidumbre, estaban encargados de enseñar a los niños a leer, escribir y
contar. Una última modalidad de enseñanza era realizada por curas “párrocos
que en la casa cural recogían a niños y jóvenes de buenas capacidades y
probada virtud a quien la familia deseaba hacerle eclesiástico y les enseñaba un
poco de latín, amen un tanto de los demás conocimientos esenciales para el
sacerdote (...) hasta dejarlos en estado de aspirara a los órdenes sagradas”76. La
educación constituía entonces un privilegio de un sector de la sociedad.
Pertenecía como derecho único a aquella capa donde se encontraban las
“gentes principales y beneméritas”.

La escuela pía, aunque manteniendo el carácter excluyente para la mayoría de


la población, vinculaba a un grupo no contemplado hasta ese entonces: el de
los españoles pobres. En este sentido, la escritura de la fundación de González
Casariego expresaba que se podían recibir “hasta el número de cien pobres; y
con particularidad los niños varones expósitos que se crian en la casa de
Divorciados de esta ciudad, y después los hijos de regidores y otros inferiores
(...) exceptuándose para no ser recibidos indios, negros, mulatos ni sambos, por
ser el ánimo y voluntad expresa de dicho fundador, el que sólo se reciban

76Otero, Jesús María. La Escuela de Primeras Letras y la Cultura Popular Española en Popayán,
Popayán, 1963, pág. 23.
españoles pobres que no sean de los prohibidos...”77. Sin embargo, eran estos
“prohibidos” la mayoría de la población78. Prohibidos para la escuela, para el
colegio Mayor, para el Seminario, para los puestos públicos. La única
posibilidad para estos sujetos “libres”, como se les llamaba en el lenguaje de la
época y en la cual no tenían ninguna restricción, era la mendicidad.

Son entonces dos las características que definen y diferencian esta modalidad
de las demás formas de instrucción de finales del siglo XVII (formas que sin
embargo se mantendrán durante la primera mitad del siglo XVIII). La primera,
su carácter de obra pía, es decir, obra realizada como producto de donaciones
para efectos piadosos. La segunda, la posibilidad, todavía restringida, de la
instrucción para un grupo diferente de las élites coloniales (aunque sin dejar de
ser, por esto mismo, un fenómeno de carácter excluyente).

Unida a estas dos características fundamentales de la enseñanza agrupada en


las escuelas pías, encontramos en los registros de la época una referencia un
tanto paradójica si se mira desde nuestro tiempo, pero de la más común
incidencia en la época colonial. Se trata de la procedencia de los dineros con
que en la mayoría de los casos se realizaba la fundación de una obra pía. En
una escritura de fundación de una escuela en Popayán, encontramos que para
poder llevar a cabo la donación de 6.000 pesos, Don Manuel Díaz de Vivar
“ordenó la venta de 40 piezas de esclavos”79. Eso que la sociedad de hoy
mimetiza en un complejo e intrincado proceso de mediación entre el trabajo
obrero y el sostén del Estado, se dibuja con claridad absoluta en la época
colonial cuando es la venta de la pieza de esclavo la que permite sostener una
escuela. Pero se muestra además, esa articulación entre el mundo de los
intereses materiales y la fe religiosa como constantes que atraviesan la
sociedad colonial.

Ahora bien, casi un siglo después, la escuela anexa al Colegio Mayor de San
Bartolomé asumió unas características bien diferentes a las que tuviera en la
época de su fundación. Estas diferencias empiezan con el extrañamiento de la
Compañía que siempre la había tenido bajo su tutela. Una vez ratificada la
77 A.H.N.M. Sección Jesuitas, Legajo 92, Doc. No. 17 (Sin foliación).
78 Según Jaramillo Uribe, hacia 1778 la población mestiza superaba casi en 100.000 almas a la
población blanca, y si sumamos a aquella la población negra e indígena, tendremos que estos
“prohibidos” conformaban más del 70% de la población total del Nuevo Reino.
79 A.C.C. Signatura 10200 (col. III 13 SU).
expulsión, en cumplimiento del Real Decreto del 27 de febrero de 1767,
quedaron suspendidas todas las escuelas que funcionaban anexas a los
Colegios Seminarios. Pero al igual que la de Santafé, una vez abrieron sus
puertas algunos meses después, ofrecían unas características marcadamente
diferentes a las que hasta ese entonces habían presentado.

“Aquí lo que aparece es la escuela pública como lugar separado y


delimitado por su propia espacialidad, con el horario como su tiempo,
con sus actividades propias que encierran la práctica pedagógica. Es
decir, estos serán los elementos que van a definir la identidad, forma y
unidad de la escuela, los que atraviesan y definen su esencia misma
como ámbito institucional en una relación de interioridad.

La escuela surge entonces como institución para la enseñanza,


impartida por un sujeto cuyo estatuto principal es definido más por una
práctica de enseñanza que por una práctica religiosa; estatuto que no
lo recibe de la Iglesia sino del Estado. En el contexto de la instrucción
pública aparece la escuela como la primera institución estatal que se
funda por fuera de las corporaciones religiosas que por mucho tiempo
habían sido, además, las únicas instituciones del saber. No es un
acontecimiento de orden religioso, así tenga en sus inicios una
acentuada coloración eclesiástica, es sobre todo un fenómeno que se
localiza en el orden estatal.

Este es el origen de la escuela en Colombia. Escuela que no existió


siempre y que fue producto de una convergencia múltiple y compleja de
diversos elementos y condiciones”80

Tal vez es el caso de la escuela de Popayán fundada por Manuel Díaz de Vivar.
Cerrada por motivo de la expulsión de los jesuitas, reinició sus labores en 1768
como “escuela pública” para “la enseñanza de todo género de niños que
concurriesen a aprender”81, los que el maestro nombrado deberá “admitir sin
excepción de ninguno, para que desde hoy en adelante les enseñe a leer,
escribir y contar”.82

80 Martínez Boom, Alberto. Escuela, Maestro y Métodos: 1750-1820, Bogotá, CIUP, 1986, pág. 27.
81 A.E.P. Libro D-4, Documento 5.
82 Idem.
Aunque las nuevas disposiciones exigían que se abrieran las puertas de la
escuela a sectores sociales que estaban marginados de sus públicos beneficios,
estos acontecimientos, enmarcados dentro de las reformas borbónicas, más que
proponer una democratización de la escuela, buscaban un reordenamiento
institucional que rescatara, para el poder de la Corona, su soberanía en
diferentes dominios que como el de la educación se hallaban hasta el momento
bajo la potestad y control de las órdenes religiosas.

Se inició así un largo proceso de recomposición de aquella institución


anteriormente llamada escuela pía y que desde entonces, tuvo el carácter de
escuela pública de primeras letras, redefiniendo el rumbo de la enseñanza,
delimitando un nuevo espacio y marcando el surgimiento de un sujeto diferente
al eclesiástico que la había regentado desde su fundación 80 años atrás.

Retomemos aquí nuevamente el hilo del expediente y dejemos que nos


describa los avatares del cuarto maestro de la escuela de San Carlos, Don
Agustín Joseph de Torres. Acontecimientos inscritos en un período
caracterizado, de una parte, por el reordenamiento institucional entre el poder
civil y eclesiástico, y de otra, por la pugna entre la competencia y autonomía
que reclamaban las colonias, y el progresivo recorte a que fue sometido el
poder virreinal por la Corona en lo tocante al manejo, administración y destino
de los dineros y propiedades de sus colonias de ultramar.

El caso de este maestro, como veremos, está nutrido de estos acontecimientos


que se agrupan dentro del gran cúmulo de disposiciones oficiales conocidas
como “la estrategia de la instrucción pública”.83

83 Ver: Martínez Boom, Alberto. Escuela, Maestro y Métodos...Op. Cit.


Segunda Parte

Comienzan las urgencias lloradas

Un “socorro de limosna”

El 30 de junio de 1787, Don Agustín Joseph de Torres elevaba una petición,


con el “mayor respeto y veneración”, a la máxima autoridad de la época, el
ilustre Arzobispo – Virrey Antonio Caballero y Góngora. Esta no será la
primera que hiciere Don Agustín al Superior Gobierno, y como veremos,
tampoco será la última. Apenas constituye un eslabón dentro de las múltiples
comunicaciones, representaciones, contestaciones y solicitudes que durante 16
años vendrían a constituir lo que él mismo denominara sus “urgencias
lloradas”. A través de esta solicitud, Don Agustín describe la situación de
desconcierto que padece como maestro de la única escuela pública de Santafé
al Arzobispo-Virrey, que por esta época había fijado su residencia y sitio de
despacho a muchos kilómetros de Santafé, más exactamente en Turbaco, cerca
de Cartagena.

Que sea entonces el mismo maestro el que nos relate su caso:

“Excelentísimo e ilustrísimo señor. Siendo nombrado desde trece de


Diciembre de mil setecientos setenta y cinco por la Superior Junta de
Temporalidades de Maestro de primeras letras de esta ciudad ha el
tiempo de cerca de doce años, que con infatigable anhelo, Celo de Dios
y del Rey, he procurado la más perfecta educación en costumbres,
letras e instrucción de la Religión, con inviolable asistencia al exacto
cumplimiento de mi obligación, como es público y notorio según se
advierte por lo muchos discípulos aprovechados, que oy ocupan los
colegios, y otros destinos; a pesar de la carga de doscientos niños poco
más o menos, que desde aquel tiempo ocurren a esta Escuela según
patentiza por el informe, que pedí a estos Reales oficios y presento
solemnemente en donde anualmente hago constar con certificaciones de
los Rectores de este Colegio Real y Seminario de San Bartolomé el
cumplimiento y la notoriedad de mis procedimientos.
Este mérito, aunque corto, me hace hacer presente a los pies de Vuestra
Excelencia que hallándome oprimido por la estrecha obligación de
mujer e hijos y entre ellos dos niñas doncellas que apenas me alcanza
para el sustento escasamente con el sueldo de cuatrocientos pesos
dotados de temporalidades, sufriendo las necesidades de su desnudes:
suplico a la gran piedad de Vuestra Excelencia que movido de este justo
clamor, se sirva mandar añadirme del dicho Ramo algún socorro de
limosna (que pido a V. Excelencia por el Sacramento) lo que sea de su
superior agrado; para poder seguir al servicio, y sufragar a las
necesidades representadas a cuio agradecimiento viviré, pidiendo a
Dios nuestro Señor guarde la importante vida de Vuestra Excelencia
muchos años para amparo de este Reyno, Santa Fé y junio treinta de
ochenta y siete”.84

Efectivamente, el maestro Torres había sido nombrado el día 13 de Diciembre


de 1775 por la Junta Superior Provincial de Temporalidades. Desde este
momento, y hasta el año en que se presenta esta solicitud al Arzobispo-Virrey,
el maestro, según consta en las certificaciones expedidas por los rectores del
Colegio Seminario de San Bartolomé, cumplía a cabalidad su oficio,
observando celo y virtuosidad en cada uno de sus actos. Y eran estas
demostraciones en torno a la pública notoriedad en su desempeño, las que
constituían el argumento más válido para elevar aquella solicitud invocando
algún “socorro de limosna” que pudiere favorecer la estrechez y las
necesidades que padecía él y su “dilatada familia”. Concentrémonos por ahora
en explicitar la procedencia de los cuatrocientos pesos que constituían su
“corta dotación”.

La escuela pública de San Carlos, como decíamos atrás, fue producto de una
donación testamentaria cedida en el siglo XVII. Su fundador, el Capitán
González Casariego, había apropiado para tal efecto la suma de ocho mil
pesos. Este dinero se había aplicado (o anexado) a las propiedades de los
jesuitas y el rédito o interés producido por esa suma, llamada el principal,
reportaba el 5% anual, lo que en términos prácticos eran los cuatrocientos
pesos con los cuales, según lo testamentado, se pagaría el sueldo del sujeto que
84 A.H.N.M. Sección Jesuitas, Legajo 92, Documento No. 17 (Sin foliación).
hiciese las veces de maestro de dicha escuela. Una vez verificado el
extrañamiento de los jesuitas, estos dineros, que se hallaban bajo tutela de la
Orden, quedaron incluidos, al igual que todos los bienes de dicha Compañía,
dentro del fondo llamado de Temporalidades. Con este nombre se conocían
por aquella época, los bienes expropiados a esa gran empresa económica que
llegó a ser la Compañía de Jesús85. Tal fondo era controlado muy celosamente
por la Corona y para su administración en cada una de las colonias de ultramar
y sus respectivas regiones, había creado las ya mencionadas Juntas de
Temporalidades. Por esta razón, todo lo que se refería a la escuela de San
Carlos y especialmente aquello concerniente al nombramiento y pago de
maestro, era de potestad exclusiva de dicha Junta.

Con aquella petición enviada al Arzobispo-Virrey el 30 de junio de 1787, Don


Agustín Joseph de Torres sumaba su voz a aquellas, que desde diferentes
puntos del virreinato se dirigían a las autoridades reclamando su público
reconocimiento. Recordemos aquí al maestro Gastelbondo quien permaneció
más de 15 años sin recibir salario alguno y sin embargo se mantuvo “sin faltar
incesante al exercicio diario”, o al maestro Ramírez que después de 2 años de
trabajar en una escuela de Popayán no encontraba “razón ni motivo” para que
se le retuviera su salario “por ser legítimamente ganado” con su “sudor y
trabajo”.

Don Agustín se dirigía al Virrey, no sólo por las posibilidades que le ofrecía el
hecho de regentar la única escuela pública de la capital del virreinato, sino
principalmente, porque había agotado las gestiones con los burócratas de
medianos destinos y veía que era ya momento para que se tomaran decisiones
en torno a su caso, pues su estrechez aumentaba con el correr de los días. Y
fueron estas circunstancias las que dieron forma a su respetuosa solicitud a la
máxima autoridad virreinal. En todo el proceso se verá el claro reconocimiento
85En el transcurso de casi dos siglos, la Compañía de Jesús se había asentado por todo el virreinato
creando en la población la necesidad de su presencia. Después de la fundación del Colegio Mayor de
San Bartolomé en 1604, los hijos de Loyola habían creado colegios en las más importantes provincias
del reino: Popayán, Tunja, Pamplona, Cartagena, Mompox, Antioquia, Buga, Vélez, Honda, etc.; Tales
colegios conformaban los puntos de una compleja red de donaciones, limosnas, capellanías, que se
formaban en torno a los colegios y a partir de los cuales se constituyó el andamiaje económico que
sostenía a la Orden.
Era imposible pensar un colegio independiente de un conjunto de piezas de esclavo, haciendas,
ganado, despensas. Alegóricamente podríamos decir que su poder se extendía desde la esquina
suroriental de la Plaza Mayor hasta los rincones más apartados de los llanos orientales.
que hacen, tanto los funcionarios oficiales como los personajes eclesiásticos,
del mérito que ostenta y la notoriedad de su desempeño como maestro de
primeras letras. Sin embargo, la decisión final no dependía tan sólo de estas
certificaciones, ya que por ser esta escuela producto de una obra pía, el
principal que la sustentaba estaba incluido en el fondo de Temporalidades y
cualquier decisión a este respecto tenía que provenir del Rey directamente.
Este expediente seguiría su itinerario y sólo cuatro años después se conocería
la “real respuesta”.

En atención a lo expuesto por Don Agustín, el Arzobispo-Virrey desde su


residencia en Turbaco, solicita a la Junta de Temporalidades que obre según
“lo que considere en Justicia”. Fue entonces el día 26 de octubre en que el
Fiscal Estanislao Andino, expresando lo prevenido en un sinnúmero de Reales
Ordenes, deja en claro que la solicitud del maestro de primeras letras “no halla
cabimento por la vía del Ramo de Temporalidades”. Este concepto oficial,
como vemos, no expresa otra cosa que las limitaciones de la Junta y en general
de todo el gobierno virreinal en lo pertinente al manejo y al posible destino que
se pudiera dar a los jugosos rubros obtenidos de la expatriación de la
Compañía.

Sin embargo, el Fiscal propone un camino que de encontrar aceptación de los


señores de la Junta, podría dar algún “alivio al suplicante”. Para ello,
necesitaba un informe de los Oficiales Reales86, en donde dieran cuenta de los
sobrantes que habían quedado del pago incompleto de las dotaciones de los
tres primeros maestros y lo que hubiese dejado recibir Don Agustín,
informando “...si se hallaban retenidos, o el destino que se les ha dado”87.

“Hame ocurrido
un pensamiento...”

Hasta este momento se veían fructificar los esfuerzos realizados 12 años antes
por este maestro que ingeniándoselas y conviviendo con sus necesidades, había
logrado sacar a flote unos dineros que se creían perdidos o sobre los cuales
86 Estos eran funcionarios de la Real Hacienda que cumplían las tareas de recaudadores, tesoreros y
veedores de los fondos reales. Su cargo era vendible y renunciable y por lo tanto de carácter vitalicio,
por lo que podía transmitirse por herencia y a perpetuidad según la fórmula llamada “a juro de heredad
perpetua”.
87 A.H.N.M. Sección Jesuitas, Legajo 92, Doc. No. 17.
nadie se había preocupado. A partir del informe de los Oficiales Reales, el
fuerte de las solicitudes tendrá un piso de legalidad, pues los dineros que
constituían la petición de Don Agustín no significaban una nueva carga al
Ramo de Temporalidades, pues eran sobrantes de la dotación asignada para el
pago de maestros. Efectivamente, no todos los maestros de Primeras Letras de
la escuela pública de San Carlos, que desde el año de la expatriación sumaban
ya cuatro, habían recibido la suma total que les correspondía por derecho
propio y por voluntad del testamentario (400 pesos anuales), quedando
entonces un sobrante correspondiente a los veinte años y 32 días transcurridos
entre el 31 de julio de 1767 (fecha en que se verificó el extrañamiento de la
Compañía) y el 31 de agosto de 1787, año en el que se rendía el informe
solicitado.

En este lapso, el principal (o sea los 8.000 de la donación) había producido


anualmente un rédito (interés) de 400 pesos anuales que era el dinero
correspondiente al salario de cada maestro. Sumados estos réditos, se
completaba un total de 8.035 pesos; pero como no se había pagado a todos los
maestros esta suma, “...con motivo de que el primer maestro que lo fue Don
Miguel Bonel sólo se le pagó el tiempo que estuvo en la escuela al respecto de
doscientos pesos anuales. A Don Francisco Mendieta y Don Josef Molano, a
razón de trescientos pesos y al actual, que lo es Don Agustín Joseph de Torres,
se le pagó al mismo respecto de trescientos pesos desde primero de enero de
mil setecientos setenta y seis en que tomó posesión de dicha escuela, hasta
veinte y uno de febrero de mil setecientos setenta y siete...”88 quedaba
entonces un sobrante de 1100 pesos, resultante de la diferencia entre lo que
había producido el principal durante este tiempo y lo efectivamente devengado
por los maestros en este lapso. Además se hacía constar que Don Agustín había
dejado de recibir “100 pesos 4 reales y 10 y tres quartos de maravediz”.

El panorama que se ofrecía en este informe, afianzaba de manera más


categórica todavía la petición del maestro Torres. Ahora sí tenía sentido la
solicitud de esta “gratificación de gracia” ante la Corona, ya que los
argumentos allí expuestos demostraban claramente que no había carga extra
para el Ramo de Temporalidades, y que en justicia correspondía a Don Agustín
disfrutar de esta merecida contribución en atención mérito que lo distinguía. Y
por si fuera poco, Don Manuel Revilla, uno de los oficiales Reales, esbozaba
88 Idem. El subrayado es nuestro.
en la segunda parte de su informe una propuesta demasiado atinada dentro de
un período todavía difuso de consolidación de la escuela pública, y que en
atención a los planteamientos que expresa, no podemos dejar pasar por alto.
Dice Don Manuel Revilla a la Junta:

“Hame ocurrido un pensamiento, que por parecerme digno de atención,


lo expongo a Vuestra Señoría; y es que para que se haga en todo tiempo
más apreciable el ministerio de Maestro con respecto a la dotación, y
que igualmente se ocurra, con más amplitud a las necesidades, que
representó al Maestro Don Agustín... sería conveniente, el que de los
mil cien pesos, quatro reales, diez y tres cuartos maravediz existentes,
se impusiesen a servir los Un mil, juntando su respectivo rédito a los
quatrocientos de cuyo modo no solamente gozaría el actual Maestro de
la indulgencia que pretende sino que subcesivamente la disfrutarían
sus subcesores y por consiguiente el público por el beneficio que
reciben los niño pobres, y a lo dicho persuade el resistir dicho sobrante
se le de otro destino, con reflección a la mente del fundador de esta
obra pía...”89

Como puede verse, el Oficial Real cumple con lucidez su cotidiano encargo de
administrador de los dineros reales. Por lo menos, su propuesta está nutrida de
su conocimiento del caso y en atención “al mérito, vigilancia y celo con la que
ha procedido el suplicante en el desempeño de su ministerio, y ser nada menos
que trascendental al público”90. Aquí Don Manuel Revilla plasma, de una
forma precisa, la necesidad ya antes enunciada, de la educación como bien
público.

Pero aunque pública la escuela y público el maestro, esta denominación


acuñada dentro del período colonial de finales del siglo XVIII, designaba una
práctica que en ningún momento podría pensarse como que el Estado
financiaba de su propio peculio el pago de un maestro o el sostenimiento de
una escuela, práctica ésta que todavía hoy doscientos años después, sigue
teniendo vigencia en algunos sectores del Estado. Lo público, óigase bien, se
entiende aquí como susceptible de intervención del gobierno para su control,
su sanción, más no como gratuito o asistido con dineros oficiales. Pero como

89 Idem. El subrayado es nuestro.


90 Idem.
decía el Fiscal Andino, “aunque se apruebe la propuesta no puede ponerse en
execusión sin la orden superior...”91. Con esta comunicación del Fiscal fechada
el 15 de diciembre, culminó el año de 1787 y sólo volvimos a oír de nuevo el
clamor de Don Agustín 18 meses después.

Un silencio obligado

El año de 1789 sorprendió al Nuevo Reino de Granada con una serie de


acontecimientos poco usuales dentro de la parsimoniosa vida colonial. La
pausada normalidad que envolvía las actividades cotidianas de los
neogranadinos se vio profundamente alterada por una serie de noticias,
ceremonias y celebraciones que tuvieron lugar en aquel año. Durante él, la
población del virreinato vitoreó a dos reyes y fue gobernada por tres virreyes.

El día 14 de diciembre de 1788, siendo las 12 y 45 minutos de la mañana,


murió en su palacio real Carlos III de España, y desde ese mismo momento, las
reverencias y atenciones, hasta ahora prodigadas al agonizante anciano de 63
años, se dirigirían hacia uno de los testigos de aquel instante: su hijo y sucesor
al trono, el nuevo rey de España, Indias e Islas Filipinas, Don Carlos IV.
Terminaban allí 29 años de un reinado que se empeñó, como ningún otro, en
modificar las relaciones de la metrópoli con las colonias de ultramar a partir de
un proceso de reordenamiento de la economía y la administración.

Diez días después de aquel hecho, el nuevo rey firmó sus primeras reales
cédulas informando a sus súbditos de las colonias el “infausto” hecho. Pero
sólo tres meses después, los santafereños conocieron la fatal noticia, cuando
aún no terminaban las ceremonias que se habían programado con motivo de la
llegada del nuevo virrey, Don Francisco Gil y Lemus, y de la despedida de su
antecesor, el Arzobispo Antonio Caballero y Góngora. No fue, sin embargo,
aquella la única noticia sorprendente que recibieron los neogranadinos en aquel
año. Una vez concluidas las ceremonias, mientras se preparaban las honras
fúnebres, luto y exequias de Carlos III, y cuando aún comenzaban los actos de
“jura” al nuevo rey, éste, variando los planes de su fallecido padre y señor,
decide prolongar el viaje de Gil y Lemus más hacia el sur, nombrándolo virrey
de las tierras del Perú. En su reemplazo quedaba designado Don José de
91 Idem.
Espeleta, quien hasta entonces se había desempeñado como gobernador de la
Habana.

Debió ser muy grande la sorpresa, el desconcierto y el asombro que tales


hechos produjeron dentro de la población y varios los apuros en que se vieron
las autoridades virreinales, pues basta conocer el ritual que acompañaba las
ceremonias de rigor ante esos hechos y las sumas de dinero gastadas en ellas.
Aunque no hubo dinero para dar un “socorro de limosna” a un suplicante
maestro de primeras letras, de las arcas reales se extrajeron más de 10.000
pesos para cubrir los múltiples gastos que tales eventos demandaron.

Los antecedentes ceremoniales

Durante seis años, Antonio Caballero y Góngora concentró entre sus manos el
más grande poder que haya tenido algún otro gobernante del Nuevo Reino de
Granada. Sobre su humanidad reposaron los dos supremos poderes que
articulaban y orientaban la vida colonial: el poder divino, representado en su
condición de Arzobispo, y el poder político en su calidad de Virrey. Fue ésta la
primera y única vez, por lo menos durante el reinado de los Borbones, que
concurrieron en una misma persona los más elevados cargos de la Iglesia y el
Estado en propiedad. Ahora, ¿Cómo explicar este hecho cuando uno de los
propósitos fundamentales de Carlos III y sus ministros era el de reducir
sensiblemente la influencia eclesiástica en los terrenos del Estado? No hay que
dudar que tal decisión sólo pudo tener una motivación: la destacada actitud del
Arzobispo durante los desórdenes de la revuelta comunera en 1781, hecho que
además de proporcionarle el trono del virreinato, le hizo acreedor a uno de los
más altos honores reales: la Orden de Carlos III.

Después de aquellos perturbadores y trágicos sucesos de 1781, el fatigado


virrey Flórez (que venía en el cargo desde 1776) presenta su renuncia, y una
vez aceptada, el rey designa al entonces gobernador de la provincia de
Cartagena, Juan Torrezal Díaz de Pimienta, como su sucesor. Sin embargo, no
podrá aquel oficial del ejército desempeñarse en su nuevo cargo; después de un
penoso viaje por el río Magdalena desde Cartagena hasta Honda, y concluida la
travesía desde aquella, llega a la capital el 7 de junio de 1782, pero en lugar del
alegre y pomposo recibimiento acostumbrado, la ceremonia de recepción se
redujo a un silencioso y tenso acompañamiento de la carroza que lo
transportaba, pues una grave enfermedad lo mantenía casi inmóvil, y los
sopores de la fiebre le impedían asumir los ritos correspondientes a tal evento.
Ante la mirada atónita de las autoridades santafereñas, fue bajado de su coche
e inmediatamente introducido al palacio virreinal de donde fueron sacados sus
despojos mortales cuatro días después, el 11 de junio, para celebrar las honras
fúnebres correspondientes. ¿Quién asumiría las riendas del gobierno
interinamente? Era la pregunta obvia de los santafereños. Pocos días después,
se abría el sobre sellado que contenía las instrucciones reales sobre la sucesión
en caso de vacancia en el virreinato y quedarían resueltas las dudas; la real
cédula nombraba al Arzobispo Caballero y Góngora como virrey interino en
caso de que el virrey quedase incapacitado para ejercer. La real cédula había
sido firmada desde 1777 y por esta designación sospechamos del aprecio de
Carlos III por el Arzobispo, pues el monarca debió admirar desde mucho antes
sus aptitudes y méritos para hacerlo merecedor de tal encargo, en caso de algún
inconveniente como el que se presentó a mediados de 1782.

No cabe duda que aquel aprecio y buen concepto real debieron aumentarse
notablemente después de los sucesos de 1781, en donde Caballero y Góngora
hizo gala de sus dotes como político, pues el 7 de abril de 1783 Carlos III lo
nombró virrey en propiedad. A partir de allí, se mantendría durante 5 años en
su doble función de Arzobispo-Virrey hasta 1788, cuando considerándose
satisfecho de su actividad en estos reinos, volvió su mirada a su tierra natal y
renunció a su doble labor.

En reemplazo del Arzobispo-Virrey, Carlos III nombra a Don Francisco Gil y


Lemus para sucederle en el virreinato. El nuevo virrey llega a Cartagena el 6
de enero de 1789 y allí es recibido por Caballero y Góngora quien, como
recordaremos, había localizado su desempeño a pocas leguas del puerto, en
Turbaco. Dos días después el Arzobispo hizo entrega del bastón de mando y
emprendió su viaje hacia Córdoba para asumir el Arzobispado de esta ciudad,
poniendo así punto final a su inigualable “hoja de méritos y servicios”. En
marzo de este mismo año, inició el nuevo virrey Gil y Lemus su travesía hacia
la capital y durante ésta se enteró de dos noticias que no sólo sorprenderían a
él, sino a la población del virreinato del Perú. Correspondió a Gil y Lemus
informar a los vasallos de estas tierras la noticia del fallecimiento real y la
organización de las ceremonias de honras fúnebres, luto y exequias.
Una vez llegado a Santafé se instaló en el nuevo palacio virreinal, que no era
más que una lujosa casa particular situada en el costado occidental de la Plaza
Mayor, tomada en arriendo y adaptada para tal efecto por las autoridades
santafereñas, en vista de la destrucción del antiguo palacio como consecuencia
del terremoto de 1785 y del posterior incendio en 1786. La casa pertenecía a
Francisco Sanz de Santamaría, y por su arriendo debió pagarse a su dueño a
suma de 300 pesos anuales. Desde alguna de aquellas habitaciones en donde se
improvisó el despacho virreinal, firmaría Gil y Lemus sus primeros decretos de
gobierno. Primero que todo, ordenó un estricto luto de seis meses y designó a
dos regidores del Cabildo para que se encargaran de preparar las ceremonias
respectivas. Después, expidió la orden para la celebración de las honras
fúnebres en la Catedral el día 29 de mayo, de la cual se pasó copia al Dean y
Cabildo Eclesiástico, a los rectores de los colegios San Bartolomé y el Rosario
y a los provinciales de las diferentes órdenes que funcionaban en la capital,
Santo Domingo, San Francisco, San Agustín y los Recoletos descalzos. Sin
duda alguna la ceremonia debió ser majestuosa y para ninguno de los 20 mil o
más santafereños pasaría desapercibida. En ella, los regidores encargados de
organizar los diferentes actos gastaron la no despreciable suma de 3.000 pesos.
Un maestro carpintero estuvo a cargo de la construcción del túmulo cuyo
“esqueleto de madera de ochenta vigas, ochenta tablas dobles y sencillas,
doscientos y setenta clavos...”92 estaba recubierto por cientos de varas de
terciopelo negro, hilos de oro y sedas, multitud de lámparas, cirios y flores.

La capital entera estaba vestida de luto. El normal temperamento frío que


cubría y atravesaba toda la ciudad se acentuaba aún más con los negros trajes
de sus habitantes, el monumento funerario instalado en la Plaza Mayor, las
cintas negras pendientes de balcones y ventanales, y el silencio ceremonial que
recorría las calles y demás sitios públicos. Sin embargo, por el horizonte
asomaba un panorama totalmente opuesto. El negro del luto pronto se vería
reemplazado por el colorido que acompañaría el recibimiento del nuevo virrey
y las ceremonias de juramento de fidelidad a un nuevo rey. Apenas terminaba
Gil y Lemus de presidir las fúnebres ceremonias cuando tuvo que preparar su
salida hacia el Puente de Aranda para recibir a Don José de Espeleta, su
sucesor en el cargo.

Las Ceremonias
92 A.G.N. Miscelánea, Tomo 46, fol. 783r.
La recepción de los virreyes constituía un solemne acto que por su singular
ceremonial mantenía concentrada la atención del gobierno virreinal durante
varias semanas. Junto con la jura a un nuevo monarca, el advenimiento de un
príncipe, el cumpleaños del soberano, los onomásticos de los integrantes de la
familia real, o el deceso del monarca, representaba uno de los principales
acontecimientos en donde se articulaban los diferentes órdenes de la vida de
aquella sociedad. Es bien difícil entender desde nuestra actualidad cómo la
actividad social, política y económica de la ciudad se concentraba en torno a
los rituales ceremoniales; cómo la distribución de los cuerpos en el espacio y el
orden estricto de los movimientos determinaban jerarquías sociales, niveles
burocráticos, grados de nobleza; cómo el lujo y la ostentación, la gala y la
pomposidad que demandan gruesas sumas de dinero, eran consideradas como
digna y útil inversión. Aunque difícil de comprender, el derecho a un asiento
en las diferentes fiestas civiles o eclesiásticas, el lugar ocupado en ellos, el uso
de gorra, sombrero o bastón, las venias respectivas de acuerdo con el título
nobiliario, el uso del Don y otros muchos privilegios, constituían el eje de
miles de pleitos entablados por diferentes individuos e incluso por
corporaciones como la Real Audiencia, el Tribunal de Cuentas o el Cabildo
Eclesiástico entre otros, llegando a constituir gruesos expedientes en las
distintas salas de ayuntamiento, cabildos, despacho virreinal y en varias
ocasiones, en la misma mesa del rey.

Una de las tantas querellas entabladas en torno a los privilegios y preferencias


que otorgaba la Corona, fue la que cursó en el cabildo de Santafé por un
enfrentamiento entre el cabildo eclesiástico y el cabildo secular, surgido a
partir del acto de recibimiento del virrey Guirior, en donde había “entrado
primero el cabildo eclesiástico a felicitar su bienvenida, contra la posesión de
verificarla con anticipación el cabildo secular en esta y semejantes
concurrencias”.93 Los legajos y folios del archivo se hallan inundados de
alegatos, disputas, solicitudes de censura y demás pleitos como los siguientes:
“Disputa entre el oidor decano y el dean y cabildo de la catedral, sobre si en
ausencia del virrey, tiene o no derecho a silla, cojín e incienso en las
ceremonias que en la metropolitana se celebran”;94 “Pleito de la real audiencia
por unos cojines y almohadas, seguido al tribunal de cuentas el cual se diera

93 A.G.N. Miscelánea, Cabildos, Tomo 128, fols. 298-299 (1774).


94 A.G.N. Real Audiencia, Cundinamarca, Tomo 10, fols. 731-755. (1793)
por agraviado por ser privado de ellos en las solemnidades de cuaresma”;95
“José Angel Marzón, Gran Canciller y Registrador Mayor de la real audiencia,
reclama el asiento que tiene derecho a ocupar en las recepciones oficiales”;96
“Petición de sanción para el portero de la real audiencia de Santafé por no
haber guardado en la ceremonia de la primera misa del Padre Solís, el puesto
correspondiente”;97 “Censura a Sebastián de Castañeda, contador del tribunal
de cuentas, por no haber asistido a una ceremonia en la catedral”;98 “Queja de
los miembros de la real audiencia ante el virrey porque en la fiesta de Tabla,
verificada en la catedral, no les hicieron honores ni los guardas de la cárcel, ni
los de las reales cajas”.99

Como una medida para evitar la proliferación de pleitos, la Corona optó en


varias ocasiones por disminuir las fiestas o por controlar la asistencia de
algunos funcionarios a tales celebraciones, argumentando “que siendo ya
tantas, apenas queda tiempo para el reconocimiento de los negocios, en grave
daño de la recta administración de justicia y causa pública”100 y ordenando por
real cédula de 14 de noviembre de 1771 que “sólo asista la real audiencia a las
fiestas de tabla, a las de Jesús Nazareno, a las de desagravio del Santísimo
Sacramento y las de Nuestra Señora”.101 Sin embargo, ya desde 1747 se había
expedido otra real cédula “sobre la disminución de fiestas de Corte, para que
tenga más días hábiles la real audiencia”.102

Pero con órdenes reales o a pesar de ellas, con gran número de celebraciones o
con la determinación de su disminución, los pleitos se multiplicaban cada vez,
al punto de obligar al rey a pronunciarse sobre la minucia del ritual y la
etiqueta como mecanismo para evitar tan reiteradas pugnas. Tal es el caso de
Carlos IV quien tuvo que elaborar dos reales cédulas, en menos de una década,

95 A.G.N. Policía, Tomo 4, fols. 174-187.


96 A.G.N. Real Audiencia, Cundinamarca, Tomo VIII, fols. 885-914.
97 A.G.N. Real Audiencia, Cundinamarca, Tomo VII, fols. 169-178.
98 A.G.N. Real Audiencia, Cundinamarca, Tomo VI, fol. 876.
99 A.G.N. Real Audiencia, Cundinamarca, Tomo II, fols. 851-854.
100 A.G.N. Reales Cédulas y Reales Ordenes, Tomo XIX, s.f.
101 Idem.
102 A.G.N. Historia Civil, Sección Primera, Tomo XVI, fols. 424-428.
fijando “...el lugar y asiento que deben ocupar los ministros honorarios de las
audiencias en las concurrencias públicas”103.

Era aquella una ciudad articulada en torno al ritual y la ceremonia, en donde el


poder se desplegaba del orden meramente económico instaurándose en un
conjunto de prácticas sociales en las que antes que la posesión material de
bienes, estaba el orden del día, la requisitoria social de la posesión de un
privilegio: el poder articulado al orden de lo simbólico.

El año de 1789 constituyó, sin lugar a dudas, un período particular en el que,


como ningún otro, se evidencia el carácter ritual de aquella sociedad de finales
del siglo XVIII. El primer acontecimiento que marcó el comienzo, no sólo de
aquel año, sino del complejo proceso de ceremonias que caracterizaron este
período, lo constituyó el recibimiento de un nuevo virrey. Este hecho
comprendía un largo ritual que duraba varios meses.

Mientras el nuevo gobernante emprendía su camino hacia Santafé, el virrey


actual reunía al Real Acuerdo y nombraba dos embajadores, uno, para que en
nombre de la Real Audiencia saliera a darle la bienvenida en el pueblo de
Facatativá, y a otro, para que hiciera lo mismo en el pueblo de Fontibón;
generalmente era designado el alcalde de segundo voto para Facatativá y el de
primer voto para Fontibón. El día en que el nuevo virrey llegaba a Facatativá,
era recibido por el alcalde de segundo voto, algunos miembros de la Real
Audiencia, Tribunal de Cuentas, Ilustre Cabildo y demás tribunales y
religiones; en este pueblo permanecía tan solo un día y después de ser
“cortejado con todo lucimiento”, continuaba su viaje hacia el pueblo de
Fontibón en el coche que le enviaba su antecesor. Al llegar al Puente Grande o
Puente de Serrezuela (hoy municipio de Madrid), era recibido por el alcalde de
primer voto, quien montando a caballo y tomando el estribo de la derecha del
coche, lo acompañaba hasta llegar a la puerta de la iglesia de Fontibón en
donde era esperado por los oidores de la Real Audiencia, vestidos
pomposamente de garnacha y listos para dirigirlo, bajo el palio, hasta el lugar
correspondiente; se cantaba el Te Deum y concluido el acto, pasaba el virrey
con toda su comitiva al hospedaje que se le tenía prevenido; allí lo dejaban con

Las dos reales cédulas referidas están fechadas, la una el 18 de Agosto de 1973, y la otra, el 20 de
103

Noviembre de 1801. Ver: A.G.N. Real Audiencia, Cundinamarca, Tomo XX, fols. 474-475 y A.G.N.
Reales Cédula y Reales Ordenes, Tomo 34, s.f.
su familia y se retiraban hasta la noche cuando concurrían a hacerle corte los
señores oidores, contadores mayores, alcaldes ordinarios, oficiales reales y
algunos regidores, “sirviéndose entonces un magnifico refresco acompañado
de concierto de música”104; aproximadamente hacia las diez de la noche, se
retiraban todos del aposento y el virrey cenaba sólo, sirviéndose en otra pieza
una delicada cena para su familia y algunos caballeros que se quedaban.

A las 9 de la mañana del día siguiente, los oidores, el Tribunal de Cuentas,


cabildo secular y oficiales reales pasaban al hospedaje del nuevo virrey para
acompañarlo hasta la iglesia en donde se cantaba una misa en acción de
gracias; concluida, se retiraban nuevamente a sus aposentos en donde recibía,
por su antigüedad, a los Tribunales, comunidades religiosas y universidades;
hacia la una de la tarde, pasaba el virrey a una pieza ricamente adornada y
destinada para servir un suculento banquete en donde participaban además la
real audiencia, el tribunal de cuentas, cabildo secular, los oficiales reales,
capitanes, secretarios y asesor; en una pieza contigua se servía otra comida
para la familia y varios caballeros distinguidos de Santafé que llegaban allí
para cumplimentar al nuevo gobernante. Después de esta cena, se pasaba a otra
habitación, “cubierta de damasco carmesí, con espejos, cornucopias y un sitial
y se servía entonces el ramillete y café”105; concluido este acto, el virrey se
retiraba a sus aposentos y sólo saldría hasta la noche cuando nuevamente se
servía un refresco al ritmo de la música, y luego una ostentosa cena general
cubriendo varias veces la mesa.

Al tercer día de su estancia en Fontibón, una vez asistido a los oficios


religiosos y servido el desayuno (dentro de cuyo platillo destacaba el exquisito
e inevitable chocolate santafereño)106, partía en coche el nuevo virrey hacia

104 Tomada de: Papel Periódico Ilustrado, Bogotá, 20 de junio de 1882, No. 19, págs. 302-303.
105 Idem.
106 Del deleite que animaba esta exquisita bebida, confundida en la tradición santafereña, hacen eco los

siguientes versos, cantados en algunas de las sabrosas veladas de la Sociedad del Buen Gusto a finales
del siglo XVIII: El cacao delicioso, / Que abundante produce nuestro suelo, / Nutritivo y sabroso, / De
los hombres consuelo, / Y que los dioses usan en el cielo. / El néctar y ambrosía, / Se mezclan en
magnífico azafate; / Mercurio los envía, / Ceres misma los bate / Y es concedido al hombre el
chocolate. / Sobre el plato ya brilla / La arepa, el pan tostado, el biscochuelo, / El queso y mantequilla,
/ Y el hermoso espejuelo / Como ornamento de este don del cielo.
Gutiérrez Vergara, Ignacio. “Oda al chocolate”, en, Ibáñez, José María. Crónicas de Bogotá, Tomo I,
Bogotá, Imprenta Nacional, 1913, pág.
Santafé con su respectiva escolta y caravana acompañante. En el sitio del
Puente de Aranda era esperado por el antiguo virrey, quien salía de palacio con
la “Compañía de Caballos” y todos los oficiales, llevando al estribo de la
derecha al Capitán de Alabarderos y al otro estribo al Mayordomo y dos
oidores en la testera del coche. “Echando todos a pie de tierra” se saludaban los
dos virreyes con un abrazo, entregándole luego al virrey saliente el bastón del
reino a su sucesor; después de este saludo y los respectivos honores militares,
la fastuosa caravana iniciaba su marcha final hacia la muy noble y muy leal
ciudad de Santafé de Bogotá: el antiguo virrey ofrecía su coche al nuevo
gobernante dándole la derecha dentro de aquél y así entraban a la ciudad por el
“camino real”; en el puente de San Victorino los esperaba una compañía de
Alabarderos que marchaban al tiempo de llegar los dos virreyes, hasta la
entrada de la Plaza Mayor en donde la caravana se detenía: descendían los
virreyes del coche y entraban en palacio a la sala del dosel para efectuar el
respectivo juramento: se reunía el Real Acuerdo y se leía el Real Título de
“verbo ad verbum”, lo besaban y lo ponían luego sobre sus cabezas diciendo
que lo obedecerían; seguidamente mandaban traer el Real Sello, se colocaba
sobre la mesa donde también estaba preparado el libro de los Santos evangelios
y una cruz, y procedía el escribano de cámara y del Real Acuerdo a tomar el
juramento al virrey. Cumplido este acto central al que asistían las
personalidades más distinguidas de la sociedad santafereña, el antiguo virrey se
retiraba a su casa en coche, acompañado de dos oidores y un piquete de
caballería. Ese día se servía en palacio un ostentoso banquete y en la noche se
daba un refresco, se ofrecía una cena y se iniciaba un gran baile. Pocas veces
se veía tanta elegancia y etiqueta como en este acontecimiento en donde la élite
santafereña lucía con soberbia ostentación la esplendidez de sus trajes, togas,
mantos, capas, adornados con las más brillantes joyas, terciopelos, presillas
doradas, cintillos bordados en oro, plumas, todo ello con el lustro
correspondiente a la dignidad nobiliaria que ostentaban.

Según la “Qüenta y razón de lo que se gastado en el recibimiento, provisión de


despensa y repostería del exmo. sr. virrey fr. D. Francisco Gil y Lemus”107 se
consumieron durante los actos de bienvenida, 10 arrobas de garbanzo, 5
docenas de jamones, 130 pollos, 70 gallinas, 18 pollas, 24 capones, 2 terneras,
7 carneros, 11 pavos, 30 pares de pichones, 96 lenguas saladas, 20 docenas de
chorizos, 23 libras de mantequilla, 15 arrobas de manteca, 55 arrobas de
107 A.G.N. Virreyes, Tomo II, fol. 423r a 427 y 446r a 469r.
azúcar, 1 arroba de velas de esperma, 2 botijas de vinagre, 7 libras de canela, 3
libras de comino y 3 de pimienta, 8 botijas de vino blanco y 5 de vino tinto; se
pagaron más de 470 pesos ( que si recordamos era más de lo que ganaba el
maestro Torres anualmente) en huevos, puerco, pescados, quesos de Tunja,
bizcochos, pan, bizcochuelos, confites, alfeñiques, almendras, melones,
sandías, higos, tunas, duraznos, manzanas, sesos, criadillas, sal, arroz, harina,
ajos, para un total de dos mil ciento setenta y cinco pesos, tres reales y
veinticinco y medio maravedíes ($2.175, 3,25 ½ m).

Hasta este momento, el grueso de habitantes de Santafé permanecía excluido


de tales ceremonias. El recibimiento público se cumpliría, como era costumbre,
varias semanas después, para lo cual se rompía bando público a las puertas del
Ayuntamiento “a son de caja”, por una escuadra de alabarderos y un cabo,
informando a los habitantes el día designado para el recibimiento en público
del nuevo gobernante y ordenando se “colgasen y aderezasen las calles”. En el
tiempo que mediaba entre la llegada del virrey y su entrada pública en la
ciudad, aquel “no asiste de ceremonia en público, y si gusta de pasearse por la
tarde, es en secreto, llevando dos criados en su coche con quatro soldados a
caballo”108. El día anunciado para el acto público, la capital del virreinato lucía
bellamente adornada con cintas multicolores, flores y banderas. En las horas de
la tarde salía el virrey en coche seguido de un piquete de caballería por la calle
florián*, de secreto, (eludiendo la vía acostumbrada que era la calle real) hacia
el sitio de San Diego, en donde se levantaba una tienda de campaña ricamente
dispuesta. En esta tienda improvisada, el alcalde ordinario de primer voto le
tomaba el juramento ante escribano público y el Alguacil mayor, o quien
designase el cabildo, hacía entrega al nuevo gobernante de las llaves de la
ciudad. Concluidos estos actos, le calzaban las espuelas y montando en un
caballo lujosamente enjaezado, se dirigía por las principales calles de la ciudad
hacia la iglesia catedral, en donde lo esperaba el Arzobispo y los miembros del
Dean y Cabildo eclesiástico para cantar el Te Deum.

Aquella noche, la ciudad desterraba su acostumbrada oscuridad, pues la


Santafé colonial nunca tuvo alumbrado público (a pesar de los esfuerzos del
alcalde Nariño para mantener, durante 1791, un exiguo alumbrado conocido en
la época como “luces de la prevención”) y sólo contó con un “cuerpo de

108 A.G.N. Virreyes, Tomo 10, fol. 22v.


* Hoy carrera octava
serenos” que deambulaba por las oscuras calles en busca de algunos osados
ladrones que de vez en cuando atacaban las tiendas del comercio, o
simplemente tratando de sorprender a alguno de tantos “pecadores” o
“malentretenidos” que aprovechando la oscuridad, se desplazaban anónimos
tras los encantos de alguna de las tantas “mujeres escandalosas”, tras las
delicias de la chicha y el guarapo en una de las 800 o más chicherías que tuvo
la ciudad a fines del siglo XVIII, o tras el sutil encanto de los muchos “juegos
prohibidos”. Desde las oraciones (6 de la tarde) se ponían luminarias en toda la
ciudad, hecho que constituía un verdadero espectáculo, pues algunos
potentados y comunidades religiosas se esforzaban por atraer la atención del
gran público que salía a reconocer su ciudad sin el acostumbrado velo de la
oscuridad. De esta manera, concluían los actos oficiales, pues los saludos de
bienvenida, cenas, bailes y demás celebraciones, se extendían durante algunos
días más. Algunos virreyes, como Don José de Espeleta, atraídos por las
fantásticas descripciones de los santafereños, organizaban un suntuoso paseo
para conocer el entonces majestuoso salto de Tequendama.

El primero de Agosto de 1789, el Puente de Aranda se vistió de gala. Allí las


autoridades virreinales y algunos beneméritos santafereños se alistaron para
recibir, en una ceremonia como la descrita anteriormente, al segundo virrey en
menos de 5 meses. Procedente de la Habana, llegó a Santafé Don José de
Espeleta, a quien le correspondió, además de presidir los actos de “jura” al
nuevo rey Carlos IV, atender, entre otras cosas, las urgencias lloradas de un
maestro público.

Y continúan
las “urgencias lloradas”

Quizás aprovechando el intervalo entre le final de las ceremonias que con


motivo de la muerte de Carlos III, y el recibimiento de Gil y Lemus se
realizaron, y los preparativos para la recepción del nuevo virrey Espeleta, o
simplemente por haber encontrado la posibilidad monetaria para financiar lo
pertinente a la solicitud (papel sellado, pago de escribiente por copia, etc.),
Don Agustín rompía el silencio de casi 18 meses. En una comunicación que el
virrey Espeleta remitió al Rey, explicaba que no había podido llevar a cabo la
consulta sobre lo solicitado por el maestro para la real aprobación “por no
poder subvenir a los costos el insinuado Don Agustín de Torres”.

Y tal vez no sea aventurado definir como toda una gesta los sinsabores y
batallas que ha dado y seguirá enfrentando nuestro “caballero de la triste
figura” en su lucha contra las aspas de ese gran molino burocrático que era la
España de finales del siglo de las luces. Porque si bien el maestro Manjarrés
será caracterizado por Fernando González por su cepillo de dientes “...con las
cerdas para arriba, condecoración de todo maestro de escuela” y sus pedazos
de tiza en los bolsillos “...única abundancia es casa del maestro”109, Don
Agustín Joseph de Torres, delineando los contornos y definiendo los matices
del maestro como sujeto público, podría identificarse, como otros tantos en
este período, más bien bajo la figura anónima de un individuo cruzando la
Plaza Mayor con dirección al Ayuntamiento, apoyado en un bastón con su
mano derecha y llevando un pergamino bajo su brazo izquierdo, en el cual,
quizá por enésima vez, formulara una solicitud o una súplica por un “socorro
de limosna”, patentizando una vez más las urgencias lloradas de aquella figura
que nuestra sociedad conoce todavía como maestro de escuela.

Fue el día 10 de julio de 1879 cuando se produjo la nueva solicitud del maestro
de primeras letras. Su representación fue conocida días después por el recién
posesionado Virrey, quien solicitó al Escribano una copia del expediente para
hacer efectivo lo solicitado por el suplicante. En esta representación, Don
Agustín expuso una vez más su situación, colocando el estado de la enseñanza
en su escuela como justificación para que el Virrey “se sirviese mirar este corto
mérito con la claridad que exigen mujer, hijos y la escacez con que los
mantengo con los quatrocientos pesos de su dotación, que apenas me alcanza
para el sustento, sufriendo sus desnudeces” y así “se sirviese concederme del
ramo de Temporalidades una gratificación graciosa para subvenir a mis
urgencias”110. Como era de esperarse, Don Agustín recoge en esta solicitud el
último informe de Oficiales reales fechado 11 de diciembre del 87, en donde se
hacía constancia del sobrante de 1.100 pesos que no se habían pagado a los tres
maestros anteriores durante su permanencia en la escuela, incluyendo los cien
pesos que se le adeudaban por su primer año de trabajo, ya que durante este
año recibió tan sólo 300 pesos de los 400 asignados por el fundador.

109 González, Fernando. El Maestro de Escuela, Medellín, Editorial Bedout, 1941, pág. 11.
110 A.H.N.M. Sección Jesuitas, Legajo 92, Doc. No. 17.
Esta solicitud involucra un nuevo elemento dentro de la encrucijada
burocrática que poco a poco había ido envolviendo el caso. Don Agustín deja
constancia de su desespero ante la lentitud de un trámite que consideraba de
sobrada justicia, y limita su aspiración en torno a los sobrantes a que, por lo
menos, se le restituyan los “...ciento y tantos pesos que se hallan a mi
favor...”111, según el informe de los Oficiales Reales. Dos meses después de
examinar el caso, el Virrey elabora la Carta No.17 de su naciente gobierno,
fechada el día 19 de noviembre de 1789, en donde presenta a consideración de
la Corona, el “testimonio de autos formados sobre la pretensión del maestro de
escuela pública de primeras letras de esta Capital para que se le contribuya con
los réditos de cierta cantidad sobrante que ha impuesto y pertenece a la
fundación de la citada escuela que servían los exJesuitas; con cuyo motivo
recomienda el mérito del actual maestro Don Agustín Joseph de Torres”112.

Este hecho marcaría un acontecimiento sin precedentes, por lo menos en lo que


respecta al Nuevo Reino de Granada: la persistente solicitud de un maestro de
primeras letras, enfrentando las múltiples y dispendiosas trabas burocráticas,
había logrado concentrar no sólo el interés de los más altos funcionarios del
gobierno local, sino que ahora, traspasando los límites del virreinato, tocaba
directamente a las puertas del recién proclamado rey Carlos IV de España.

Tal vez Don Agustín nunca imaginó que tan modesta solicitud alcanzara el
despacho real para dejar de ser un caso, que como tantos otros eran del solo
conocimiento de los Cabildos locales, del Fiscal o de la Junta suprema de
Temporalidades. Sin embargo, las “urgencias lloradas de un maestro público”
llevan impreso el clamor de todas esas voces que no son otras que las de ese
contingente anónimo de individuos, que alegando miseria con tintes de
retórica, configuraban las bases de un oficio, siendo el caso del maestro Torres
quizá la primera y última voz de uno de estos sujetos que llegara a los oídos
reales reclamando su presencia pública.

Ahora sólo quedaba esperar algún gesto favorable del recién posesionado
monarca. Si el nacimiento de una princesa o el matrimonio de un príncipe
impactaban de tal manera al rey, al punto que algunas veces resolvía, en

111 Idem.
112 Idem.
celebridad de tales acontecimientos, conceder indulto general a los presos que
se hallaban en las cárceles del reino o regalar uno o varios títulos nobiliarios a
cierto número de vasallos de sus colonias, habría un lugar para la esperanza y
cabría la posibilidad que Carlos IV, impactado aún con su reciente ascenso al
trono, ordenara impartir el socorro de limosna que solicitaba un maestro
público de Santafé. A la espera de la respuesta real, tuvo Don Agustín la
oportunidad de animar sus esperanzas demostrando públicamente su fidelidad
y devoción patriótica: por esta época, el Alférez mayor, en nombre de la ciudad
y en vista de la “necesidad de mostrar como gratitud sus júbilos, como
reconocimiento sus aclamaciones y como sagrada obligación la alegría
universal...”113 por la llegada al trono de Carlos IV, señaló el día 6 de
diciembre de 1789 para proclamarlo, junto con toda la ciudad, “rey suyo”.

Por tercera y última vez durante este año, los santafereños se entregarían
colectivamente al ritual de la ceremonia. Se trataba, esta vez, de la llamada
“jura a Carlos IV”, justa solemnidad en la cual se refrendaba públicamente
fidelidad y obediencia al nuevo monarca. El día señalado, Don Luis de
Caicedo, Alférez mayor, y su comitiva, se dirigieron hacia el tablado instalado
en la Plaza Mayor, y desde allí se realizó la proclamación del nuevo monarca
(en voz del Alférez), a la cual el numeroso pueblo, entre quienes se contaría sin
duda el maestro Torres, estalló en vivas y vítores al tiempo que retumbaban las
salvas de artillería. Y para mostrar a aquella multitud santafereña las bondades
regias, en nombre del monarca, el Alférez arrojó a la concurrencia, varias
monedas de plata, aumentando así el fervor del pueblo en aquel solemne acto.
Este gesto de “liberalidad y desinterés” lo repitió el Alférez, por medio de sus
cuatro hijos, desde el balcón de su casa, por donde aquellos arrojaron una
“copiosa cantidad de dinero” al innumerable pueblo que se agolpaba en la calle
presto a atrapar cualquier moneda de las que caían como muestra irrefutable de
los paternales sentimientos del rey.

Las celebraciones continuaron durante varios días: se cantó el respectivo Te


Deum en la catedral, se montó un lujoso espectáculo de escaramuza a caballo,
se realizaron las infaltables corridas de toros, otro espectáculo de fuegos
artificiales y una pieza de teatro organizada por los maestros artesanos, entre
otras muchas cosas, y por fin, después de catorce días de fiesta, el 20 de

113Vergara, Saturnino (transcriptor). “Jura a Carlos IV”, en, Papel Periódico Ilustrado, Bogotá, 1º de
febrero de 1882, No.9, pág. 145.
diciembre por la tarde “...se repitió por los mismos sujetos y en la misma
forma, la escaramuza a caballo... con lo que se concluyeron las fiestas, sin
experimentarse en ellas desorden ni desgracia alguna”114. De esa manera, los
santafereños rendían homenaje de fidelidad al nuevo rey, en quien de ahora en
adelante el maestro Torres concentraría su esperanza por aquel socorro
mendigado durante más de diez años.

Fue definitivamente aquel año de 1789 un año muy singular. Durante ninguno
otro la vida social, política y económica de la ciudad había girado tan
insistentemente en torno a la ceremonia, en donde la vida citadina se confundía
con el ritual. De ello da cuenta la gruesa suma de dinero (más de 10.000 pesos)
invertida durante los actos de celebración y etiqueta, y la galanura con que las
élites santafereñas saludaron tales acontecimientos. En donde hubo dinero
incluso para arrojar a manojos, pero que sin embargo no alcanzó para otorgar
la dádiva solicitada por el maestro Torres... Declinaba un año más, pero nacían
nuevas esperanzas para Don Agustín con aquella carta que pocas semanas
antes de las últimas festividades envió el virrey a la península.

En dicha carta de noviembre 19, el Virrey Espeleta hace un balance de la


situación de la escuela, atendiendo a las condiciones de su fundación y a la
asignación salarial del maestro. Se refiere al residuo de 1.100 pesos hallado en
las Casas Reales y “que ha reclamado el actual maestro Don Agustín Joseph de
Torres, en alivio de las urgencias que padece por no alcanzarle los 400 de su
dotación a mantener su dilatada familia”115 y agrega que “aquel sobrante
pertenece a la escuela, y si alguno es acreedor a él es el que la sirve en
beneficio del público”116. Sin embargo, Espeleta, acogiendo la propuesta del
Oficial Real, considera que “de entregarse al maestro Torres la expresada
cantidad no se conseguiría otra cosa que darle un socorro temporal que
consumiría muy en breve”117, por lo que propone que dicho sobrante se anexe
al principal (los 8.000 pesos de la donación) hecho que produciría nuevos
réditos “por cuyo medio al mismo tiempo que se logra darle este auxilio más
para su subsistencia, se asegura también la perpetuidad del fondo, en beneficio
de esta ciudad que conseguirá tener una dotación competente con que

114 Ibid., pág. 147.


115 Idem.
116 Idem.
117 Idem.
mantener siempre maestros hábiles de primeras letras para la instrucción de
la tierna juventud”118

Cuatro meses después, más exactamente el 31 de marzo de 1790, se produce el


dictamen real: preciso y categórico, como lo señalan las palabras que
reproduce el escribano encargado de comunicar lo preceptuado por el monarca:

“No habiendo el Rey en conceder a el maestro de primeras letras de la


escuela pública de esa ciudad el aumento de la asignación que propone
Vuestra Excelencia... me manda Su Majestad prebenga a Vuestra
Excelencia que inmediatamente haga remitir a Cartagena para su
embio a estos Reynos... los un mil cien pesos...” ya que estos dineros
considerados “...como verdaderos sobrantes de obras pías deben
destinarse a el pago de las pensiones alimentarias de los ex-jesuitas,
como está resuelto”119.

Ante esta comunicación, y dejando a un lado los posibles argumentos para


explicar la decisión del monarca, sólo pensamos en Don Agustín. La lectura de
cada una de las palabras de la Real Orden, seguramente habrá hecho aflorar en
la mente de aquel maestro, la multitud de pasajes vividos durante estos años de
urgencias y padecimientos, alimentados por la sola esperanza de una fallo a
favor de su humilde petición. Sin embargo, el pergamino que tenía ahora en sus
manos, no significaba otra cosa más que el desmoronamiento de sus
aspiraciones de más de 16 años. ¿Qué habrá pensado el maestro Torres de la
singular forma que tenía el Rey de interpretar aquello del “público beneficio y
progreso del Reyno” con que se argumentaba todo el andamiaje discursivo,
que por esta época, sustentaba la estrategia de la instrucción pública en el
Nuevo Reino de Granada, si maestros como él, de carne y hueso, no tenían
siquiera cómo asegurar “los alimentos para el cuerpo”?.

Absorto, pero meditabundo, Don Agustín necesitaría todavía un año más para
salir de su desconcierto. Sólo doce meses después de conocida la Orden Real,
volvería a atravesar la Plaza Mayor con su ya acostumbrado pergamino bajo el
brazo, rumbo a la Casa de despacho del Virrey. Pero esta vez su solicitud
tendría otro propósito; el peso de 16 años de urgencias había agotado sus

118 Idem. El subrayado es nuestro.


119 Idem. El subrayado es nuestro.
esperanzas en aquellos dineros que pedía y ahora, en el borde de la
desesperanza y la angustia, suplicaba al Virrey...

“...Que mirándome de cerca


me tenga presente para otro destino”

“Excmo. Señor, Señor con mi mayor veneración represento a V.E. que


habiendo yo pedido el Excmo. Señor Don Antonio Caballero y Góngora
antecesor de V. Excelencia una gratificación de gracia del ramo de
Temporalidades, en atención a doce y hoy cerca de diez y seis años que
sirvo a la Escuela de Primeras Letras con infatigable aplicación, y
progresos en mi enseñanza como es notorio al público en hora de Dios,
y del Rey; y de hallarme cargado de Muger e Hijos por lo que no me
alcanza el sueldo para subvenir a las estrechas necesidades que
padezco: se sirvió dicho Señor Mandar a la Junta se verificase en mi el
premio que considerase. De aquí resultó hallarse en caxas reales cien
pesos y reales que se me retuvieron de mi sueldo al ingreso de la
Escuela , y un mil pesos de igual naturaleza a los antiguos Maestros;
por lo que informaron los Señores Oficiales Reales que verían justo se
me entregasen los cien pesos, y que los un mil se impusiesen y se me
aplicase el rédito. Así lo aprobó la citada Junta, y mandó se diese
cuenta al Rey. V. Excelencia se sirvió informarlo así en diez y nueve de
noviembre de ochenta y nueve; y por Real Orden de treinta y uno de
marzo de noventa, se negó su Magestad a esta aplicación, por
considerar ser resagos de temporalidades que tienen otro destino. En
esta lamentable situación; no puedo menos que hacer presente a V.E. la
mala suerte con que ha ocurrido este asunto; siendo esta obra pía de
ocho mil pesos que fundó el Capitán Antonio Casariego, para los
maestros que enseñasen las primeras letras según parece de la
Fundación que se halla con este expediente en la Secretaría de
Gobierno no ha habido más diferencia de que la sirvieron los
Ex-jesuitas, por lo que parece no son resagos de Temporalidades, pero
no comprehendidas en ellas. Por tanto suplico a la piedad de V.E. se
sirva informarlo a su Magestad y alcanzarme de su Real Trono este
socorro que solicito para subvenir a la escasez y pobresa que sufro a
pesar de mi conducta. Y en caso que V.E. no lo halle por conveniente,
imploro su patrocinio para que mirándome de cerca me tenga presente
para otro destino en que respire mi necesidad y resplandezca la
misericordia de V. Excelencia, cuya vida Nuestro Señor guarde los
muchos años que necesita este reyno, Santa Fé y Marzo treinta de mil
setecientos noventa y uno.

Excmo. Señor= Besa los pies de V.E. su rendido subdito= Agustín


Joseph de Torres Patiño= Excmo. Señor Virrey Don Joseph de
Espeleta”.120

Esta carta, como ningún otro documento, deja entrever con toda claridad la
situación de estos sujetos públicos, que por allá hacia finales del siglo XVIII
emprendieron, tal vez sin saberlo, la constitución y consolidación de un nuevo
oficio, con una tenacidad inigualable y muy a pesar de las múltiples urgencias
que padecían. Oficio que desde sus comienzos ha sido mirado como de
fundamental importancia para la sociedad y “útil al bien público”, pero que sin
embargo, se consolidó a costa de la “escasez y pobreza” de la “desnudez y
miseria” de las familias de estos pioneros mendigos de un salario, que a pesar
de su intensa lucha, permanecen ocultos tras dos siglos de historia que los ha
asumido en la más profunda penumbra.

He aquí otra vez la continuidad que espanta, pero cada vez más dolorosamente.
Parece que el oficio de maestro está destinado a ser, paradójicamente, un
destino pasajero. Ayer pedían cambiar de destino en cualquier cargo que les
permitiese tener una “congrua sustentación”; hoy pasan por el oficio de
maestro mientras cumplen requisitos académicos para otro destino, en el
derecho, o en la ingeniería, etc. No pretendemos dar a estos individuos la
categoría de héroes o de mártires. Creemos sencillamente que rescatar la
historia de sus vidas y sus luchas es recuperar uno de los pasajes más
importantes en la conformación cultural de nuestro país, y al mismo tiempo,
uno de los más desconocidos. Bien podríamos decir como Octavio Henao: “El
maestro de escuela: una metáfora de la miseria”.121

Idem. El subrayado es nuestro.


120

Henao, Octavio. “El maestro de escuela: una metáfora de la miseria”, en, Educación y Cultura,
121

Bogotá, marzo de 1985, No. 3, pág. 23.


Y con razón Don Agustín aspiraba a otro destino, pues el sueldo como maestro
de escuela era ínfimo comparado con los salarios promedio de curas y
funcionarios de la burocracia virreinal: “Tanto el Arzobispo de Bogotá como el
Virrey recibían 40.000 pesos al año (...) el salario de un juez de Audiencia era
de 2.491 pesos. El Corregidor de Tunja ganaba 2.812 pesos y el gobernador de
Girón 1.375 pesos. Dentro de la burocracia fiscal los contadores del tribunal de
cuentas ganaban 2.812 pesos y los funcionarios de rango intermedio entre
1.000 y 1.500 pesos (...) De ahí que un ingreso de 1.000 pesos o menos
resultara ciertamente exiguo. Un salario entre 1.000 y 2.000 era sólido y
modesto, y todo lo que pasara de 2.000 era ya sustancial”.122

Ahora bien, si esta dotación de 400 pesos anuales que recibía el maestro Torres
era realmente exigua, ¿Qué decir del salario de aquellos maestros de
provincia? porque Don Agustín, como maestro de la única escuela de la
Capital, era en cierto modo un “privilegiado”. Por ejemplo, recordemos el
salario del maestro de la escuela de Sogamoso, Juan de la Cruz Gastelbondo,
que al igual que el de los maestros Melchor Bermúdez de la escuela de
Nemocón y Josef Bonilla de la escuela de Ubaté, era de 150 pesos anuales, o
en el peor de los casos, el de José Casimiro López Sierra, maestro de la escuela
de Rioacha, que tenía asignados 50 pesos anuales de estipendio.

Volviendo al caso del maestro Torres, ante su nueva y última petición fechada
el 31 de Marzo de 1791, el Rey contestaría a través de la Real Orden del 14 de
Mayo del mismo año, en la cual demanda del Virrey Espeleta que atienda la
solicitud del maestro y le asigne, como lo pide el suplicante, otro destino
“conforme a su aptitud y mérito contraído en la enseñanza pública”. De esta
manera Carlos IV daba por concluido el caso recompensando los servicios
prestados al reino por este fiel vasallo: una paradoja más de las que seguirá
encerrado esta historia.

Pero el Virrey pensaba una cosa muy diferente. Si bien Don Agustín, ante las
circunstancias de su extrema pobreza había dejado planteada la posibilidad de
renunciar a su cargo, si no era posible el tan esperado “socorro de limosna”, y
aunque el Rey estaba totalmente de acuerdo con aquello del “otro destino”, el
Virrey Espeleta, sea por las razones que fueran, estaba empeñado en lograr
aquellos dineros, así esto lo significase “un real jalón de orejas”. De otra
122 Phelan, John Leddy. El Pueblo y el Rey, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1980, pág. 79.
forma, no nos podemos explicar que a un año y 8 meses de conocida la orden
real en la cual se le requería para que remitiera los mil cien pesos en el primer
barco que saliera de Cartagena, todavía este dinero no se hubiese enviado tal
como lo exigía el Rey, y por el contrario, hiciera llegar a la Corona una
comunicación en la cual ratificaba una vez más su propuesta de años atrás.

En esta carta, fechada el 19 de noviembre 1871, Espeleta hace presente al Rey


que Don Agustín “sirve hace muchos años el ministerio de maestro de
primeras letras, en aprovechamiento de la Juventud, y por lo tanto considero
que se le debe continuar en este empleo, para el que se conoce ser a propósito,
principalmente quando por su edad no lo será tanto para algún otro
destino...”123 Sin embargo, reconoce que “en realidad es muy corta la dotación
que tiene como maestro de primeras letras, y mereciendo por su aplicación y
desempeño que se le proporcione mejor sueldo debe tan sólo tratarse de
verificarlo...”,124 aunque también reconoce que es bien difícil por falta de
arbitrios y por eso ratifica su propuesta de 2 años atrás como única solución, y
así, con los intereses que produciría esta nueva suma (9.100 pesos), no sólo se
daría alivio a Torres, sino que además “...tendrían los Maestros que fuesen en
lo sucesivo un sueldo regular para mantenerse sin angustia, y sin pensar en
abandonar la enseñanza después de haber acreditado su aptitud”.125 Por lo
mismo, y en atención a todo lo preceptuado dentro del expediente, el Virrey
Espeleta deja en claro su posición ante el Rey con las siguientes palabras: “Por
estas razones, y por que realidad es muy poco lo que va a perder Su Majestad
en conceder este sobrante para el aumento del fondo de la escuela, cuya
utilidad y necesidad sólo se puede conocer sabiendo que no hay otra en esta
capital, espero que vuestra excelencia se servirá contribuir al intento...”.126
Como se puede ver, el Virrey no se limita a interceder por Don Agustín, sino
que su interés va más allá: por un lado, le preocupa que un maestro, después de
acreditarse en el ejercicio de la enseñanza, piense en abandonar su ministerio,
y por otro lado, percibe que si esto sucede, la escuela de San Carlos, la única
de la Capital, no podría continuar, poniendo de esta forma en peligro la tan
proclamada instrucción pública en el caso de Santafé.

123 A.H.N.M. Sección Jesuitas, Legajo 92, Doc. No. 17.


124 Idem.
125 Idem. El subrayado es nuestro.
126 Idem.
Espeleta comprendía lo que Carlos IV, preocupado seguramente por los
últimos problemas que agobiaban a la España de finales del siglo XVIII, no
veía claro: la utilidad y el beneficio de la enseñanza no sólo dependía de la
acreditada aptitud, el celo y la notoriedad de los maestros, o del severo control
de su ejercicio, sino que ellos necesitaban mucho más que el “público
reconocimiento”, y que la consolidación de la escuela pública en el Nuevo
Reino de Granada, tan proclamada y defendida por el discurso en torno a la
instrucción pública, no podía subsistir sin dineros con qué financiarla.

Hemos llegado aquí al final del expediente, documento que plasma entre sus
folios de una manera muy singular, aquel complejo y contradictorio proceso de
surgimiento de la escuela y del maestro en Colombia. Pero aún no sabemos
qué pasó con aquel viejo maestro, con aquel pionero de la enseñanza pública,
que vencido por sus necesidades, por su edad y atrapado en la intrincada
maraña burocrática de finales del siglo XVIII, renunciaba a la única labor de su
vida, aquella que había desempeñado con ejemplar mérito, y la cual constituía
su identidad: el magisterio de las primeras letras.

El expediente termina con esta categórica carta del Virrey Espeleta y en los
folios de los archivos se pierde la huella que habíamos venido siguiendo. ¿Qué
habrá pasado con estos dineros? ¿Cuál habrá sido la actitud del Rey ante la
ratificación de la respuesta de Espeleta? ¿Qué habrá pasado con aquel anciano,
que debería ser por aquellos años, el tan reconocido y a la vez humillado
maestro de primeras letras de la escuela pública de San Carlos, Don Agustín
Joseph de Torres?.
Unas páginas borrosas

Otras voces,
otras escuelas

Al llegar al último folio del expediente constituido por la carta del Virrey
Espeleta, vemos quebrar súbitamente nuestro relato en torno al caso del
maestro Torres. Se abre ahora un gran espacio que nos remonta hasta el año de
1801, fecha en que aparece aquel aviso del “Correo Curioso” en donde se
reseñaba la curiosidad literaria que motivó nuestra indagación.

Nos hallamos otra vez en el comienzo: hemos regresado al inicio, pero sin
cerrar el círculo. La pesquisa, que partiendo de 1801 nos había transportado
hasta el siglo XVII, nos traía de nuevo al comienzo, delineando una
circularidad que aunque inconclusa, se presiente, aun cuando no esté todavía a
nuestro alcance configurarla plenamente. Sólo nos quedaba un camino: la
búsqueda paciente de archivo, ya que ella misma era la que nos había
permitido descubrir aquellos elementos que, una vez localizados en folios y
lagajos, se habían encargado de mostrarnos una red histórica que variando en
su complejidad, permitía ser descrita en su régimen de existencia. Hasta este
momento, el caso de Don Agustín nos había permitido incursionar en las
particularidades de la sociedad neogranadina de finales del siglo XVIII,
dilucidando al mismo tiempo aquella cotidianidad cubierta de paradojas que
delineó el ejercicio de la enseñanza por aquella época.

Aunque nuestra búsqueda se orientaba básicamente a localizar la cartilla que


mencionaba el aviso, y obtener cualquier tipo de información que nos
permitiera continuar el seguimiento del caso, fuimos percibiendo, poco a poco,
el eco de unas nuevas voces que como la de Don Agustín, nos daban cuenta de
las singularidades del ejercicio del magisterio, pero ahora en la primera década
del naciente siglo. El 5 de abril de 1808, Don Gerónimo Sierra y Quintana,
vecino de Santafé, elevaba una representación al Virrey Amar y Borbón,
poniendo de presente que “ha el espacio de cuatro años que a instancias de
algunos sujetos distinguidos de esta ciudad y movido del gusto de servir a la
sociedad me dediqué a instruir a la juventud”127 en cuyo mérito y con el debido
127 A.H.N.M. Instrucción Pública, Tomo IV, fol. 375r.
respeto suplica se digne librarle el título como maestro para proseguir en su
cargo con “mayor ánimo y fervor”. Siendo que en el pretendiente concurrían
las cualidades necesarias para maestro de primeras letras, como efectivamente
se hace constar dentro del expediente, el Virrey conviene en autorizar se libre
título a favor del suplicante, lo cual se hace efectivo tres meses después.

Este nuevo caso nos llamó la atención, por varios aspectos: lo que se solicita es
el reconocimiento de un hecho cumplido, ya que desde 1804 Gerónimo Sierra
venía desempeñándose en el magisterio “ilegal”, dedicado especialmente a la
enseñanza de hijos de “clases nobles”, que reunidos en su casa pagaban una
pensión a cambio de una “educación civil, moral y científica”. Este caso no es
el de un maestro que regenta una escuela pública (como la de San Carlos) sino
por el contrario, el de un maestro pensionista, que buscando asegurar su
sustento y el de su familia, convenía en el pago de una pensión por cada uno de
los discípulos que asistían a su escuela-casa. Cuando este maestro solicita la
expedición de un título, no lo hace con el ánimo de recibir algún estipendio de
las arcas reales, pues no lo necesita. El título tiene en este caso la función de
autorizar, de legalizar el ejercicio de la enseñanza. Mientras Don Agustín,
como maestro de escuela pública, con poco más o menos de doscientos niños a
su cargo, tenía que suplicar por un “socorro de limosna”, Don Gerónimo de
Sierra y Quintana, con un corto número de discípulos, sólo necesitaba su título
para disfrutar, sin preocupación alguna, del cómodo estipendio que muy
seguramente debía reportarle su labor.

Además de estos detalles, el presente caso nos permite tener una idea más
amplia del estado de la instrucción, por lo menos en la capital del virreinato, y
de las formas en que el Estado continúa atacando dos problemas fundamentales
que todavía, por estos años, persistían a pesar de la múltiple legislación que
buscaba normalizar la práctica de la enseñanza en el Nuevo Reino de Granada:
el de la libertad de los maestros para crear escuelas, y el de la necesidad de
promover la uniformidad de la enseñanza.

En lo que respecta al primer problema, y aprovechando la solicitud de este


maestro pensionario, el expediente sienta las bases que le dan un nuevo
carácter al acto jurídico del título, desbordando los límites de un simple
nombramiento o autorización para ejercer la enseñanza y entrando ahora en la
categoría de certificación de cualidades que concurren en un sujeto, garantías
morales y sanción de un cierto grado de saber por el que debe responder.
Desde entonces, para obtener título de maestro era necesario, como primera
medida, acreditar información ante testigos y autoridades civiles sobre “su
lugar de domicilio, de su vida, costumbres y limpieza de sangre”.128 Una vez
cumplidos estos requisitos, el aspirante era sometido a un “riguroso examen en
la Sala del Ayuntamiento ante cuerpo municipal”, examen en que daría prueba
de su instrucción respondiendo las preguntas propuestas por los cabildantes o
los sujetos que el “gobierno tuviera a bien nombrar”.

En lo que se refiere al segundo problema, la necesidad de promover la


uniformidad en la enseñanza, el expediente establece una serie de precisiones
que buscan crear la base de un modelo o plan para la uniformidad en las
escuelas de todo el Nuevo Reino de Granada. “Este plan deberá ser sencillo y
común a todas las escuelas”129, incluyendo la enseñanza de los principios
religiosos, lectura, escritura, ortografía y gramática castellana, “deberá
extenderse también a la instrucción o reglas de la educación civil que
comprende los buenos modales con los superiores, con los iguales y con los
inferiores”130, y en general, todos los conocimientos indispensables al que haya
de vivir en sociedad.

Se comienza a manifestar, entonces, la urgente necesidad de abrir escuelas,


pues aún en los albores del siglo XIX seguía siendo la de San Carlos la única
pública de la capital. La intelectualidad granadina percibe la importancia del
hecho y pronto empiezan a surgir propuestas provenientes de diferentes puntos.
Es el caso de Nicolás Cuervo, cura párroco de la parroquia de Santa Bárbara en
Santafé, quien en 1805 señalaba que la ausencia de controles sociales podrían
acarrear males irreparables al Reino en la medida en que los niños se “crian en
la ociosidad, madre de todos los vicios, se acostumbran a ella y al mal ejemplo
de los vagos y delincuentes de quienes aprenden todo lo malo”.131 Y para
remediar esta situación, propone la creación de escuelas de primeras letras en
las parroquias de las Nieves, Santa Bárbara y San Victorino. Los barrios aquí
nombrados estaban “destituidos de los beneficios de la educación de niños y
sin arbitrio ni recurso para aprovecharse de ella”,132 ya que las dos únicas
128 Novísima recopilación de las Leyes de España... Op. Cit., pág. 468.
129 A.G.N. Instrucción Pública, Tomo IV, fol. 378r.
130 Ibid., fol. 378v.
131 B.N.C. Sala de libros raros y curiosos, Protocolos, Instrucción Pública, fol. 388r.
132 Ibid., fol. 378v.
escuelas de la capital, la pública de San Carlos y la regentada por los
dominicos, no eran accesibles a la población por varias razones: la
considerable distancia, “la pobreza casi general en las familias de las dichas
parroquias” que no permitía costear maestros (a la manera de maestros
pensionarios), y por último, lo reducido de las dos escuelas para acoger el
crecido número de niños.

Pero la preocupación se hace más evidente y no se restringe ya únicamente a la


propuesta de la creación de escuelas. Preocupa además, las formas de
enseñanza. No se trata simplemente de erigir escuelas; hay que mirar dentro de
ellas y pensar sobre la práctica que allí se realiza. En este sentido se ubica un
artículo aparecido en 1808 en el “Semanario del Nuevo Reino de Granada”,
dirigido por el sabio Caldas, y titulado “Plan de Escuelas Patrióticas”. Este
plan no es tan solo la propuesta de la época para la creación de escuelas para
los pobres en los diferentes barrios de la capital. Su elemento novedoso radica
en la forma taxativa en que señala que “la Nueva Granada no progresará ni se
convertirá en un nación sabia e ilustrada si no garantiza que la educación tenga
la circunstancia de ser pública y gratuita y estar bajo la inspección y vigilancia
del gobierno”.133 Propone de igual forma, como una obligación del Estado, la
necesidad de elaborar una constitución o “plan que uniforme y que
constantemente debe observarse en las escuelas que se establecieran en este
Reino”.134

Como vemos, la preocupación por la unificación de los contenidos, métodos y


reglamentos que debían regir una escuela pública se coloca como punto central
en el orden del día para las autoridades civiles. Hacia 1809, el propósito de la
uniformidad irá a pisaría terrenos más sólidos: el cura párroco del barrio de Las
Nieves en Santafé, Dr. Santiago de Torres, remitía al Virrey un conjunto de
disposiciones agrupadas bajo el nombre de “Ordenanzas que han de regir la
escuela que va a fundar en Las Nieves su actual cura interino”.135 Esta
propuesta constituye la más completa reglamentación de escuelas actualizadas
con las últimas disposiciones reales que regían para España y otras colonias
americanas, y sin embargo, parece paradójico que la uniformidad constituyera
un propósito de primer orden en este mar de carencias, pues aunque corriera ya

133 Caldas, Francisco José de. Op. Cit., pág. 74.


134 Ibid., pág. 84.
135 A.G.N. Instrucción Pública, Anexo, Tomo IV, fol. 380r a 1002v.
la primera década del siglo XIX, la escuela pública no era aún un fenómeno
masivo.

La lectura de estos documentos, antes que alejarnos de nuestra pesquisa, nos


han abierto nuevas posibilidades de análisis. Era esta la red en que se hallaba
atrapado Don Agustín Joseph de Torres Patiño: una explosión discursiva en
torno a la necesidad y utilidad de la instrucción, sostenida por un voluminoso
paquete legislativo que no alcanzaba a ser absorbido por el reducido número de
escuelas.

Aquella “curiosidad literaria”

Aunque hasta el momento la búsqueda nos había arrojado nuevos datos sobre
el panorama educativo colonial, todavía no obteníamos documentación que nos
relacionara directamente con el caso del maestro Torres. Fueron necesarias
largas jornadas de consulta para encontrar nuevamente una pista que nos
condujera hacia la posible solución de este extenso e insólito caso. Pero por fin
el trabajo tuvo una recompensa: sumergido en las profundidades de un legajo
del archivo, encontramos un folleto de 22 páginas de un octavo impreso en la
Imprenta Patriótica “con licencia del Superior Gobierno” en el año de 1797, y
cuya dedicatoria reza así:

Muy Poderoso Señor

Consagra en las superiores manos de Vuestra Alteza: esta Cartilla


lacónica de las quatro reglas de Aritmética práctica, que la escuela
de primeras letras la de San Carlos de Santafé, movida en un
patriótico celo compulsó á esmeros de su maestro, para que la
puerilidad tenga algunos principios de instrucción en beneficio del
bien público; y que haviendo Vuestra Alteza dignádose admitirla en
su protección logre el Reyno el honor, con que Vuestra Alteza le
esmaltó para sus felices progresos.

Muy Poderoso Señor


A los pies de Vuestra Alteza su rendida Escuela”.136

El hallazgo de este documento, a la vez que nos ofrecía nuevos datos con qué
continuar hilando esta historia, nos abría, al mismo tiempo, nuevos vacíos e
interrogantes. Por un lado, nos señalaba a 1797 como el año de aparición en
público de la cartilla, cinco años después de perdida la pista del caso y
veintiuno del nombramiento del maestro Torres en la escuela de San Carlos.

Estos nuevos datos, antes que arrojarnos luces sobre el caso, nos planteaban
más bien un panorama insólito, pues no podíamos imaginarnos que ese
maestro que a finales de 1791, ahogado en sus urgencias, suplicando otro
destino con que mantener su dilatada familia, hubiese sido el mismo que
apenas cinco años después, aparecía como autor de una cartilla de aritmética,
teniendo en cuenta los altos costos que implicaba cualquier publicación, como
la compra de papel, -que era traído de España, pues estaba prohibida su
elaboración en estas tierras- y el pago al impresor: precisamente por estas
razones, en ese mismo año de aparición de la cartilla, Manuel del Socorro
Rodríguez se vio obligado a concluir la publicación de su "Papel Periódico de
Santafé de Bogotá". Y es aquí donde surge el interrogante que seguramente
debe estar planteándose el lector: ¿De dónde habrá obtenido dinero y ánimos
Don Agustín para acometer la difícil empresa de escribir una cartilla, y más
aún de aritmética?

La primera respuesta que aparece, y desde luego la más evidente es, sin lugar a
dudas, que después de tantas súplicas por fin el Rey accedió a otorgar aquel
"socorro de limosna" al maestro suplicante; pero como veremos, esta opción
aunque importante, no es la solución definitiva del caso. Veamos por qué: en el
supuesto de que Carlos IV hubiese aceptado la propuesta de Espeleta, los 1.100
pesos en torno a los cuales giraba la petición se habrían anexado entonces al
principal de 8.000, constituyendo un nuevo capital de 9.100 pesos, que a un
interés del 5% anual, como era lo acostumbrado en la época, habría significado
un aumento de tan sólo 55 pesos a nuestro maestro, lo cual vendría a ser un
verdadero “socorro de limosna”. Y estamos seguros que este leve socorro
habría aliviado sólo en una mínima parte la desnudez y demás necesidades de
136Torres, Agustín Joseph de. Cartilla Lacónica de las Quatro Reglas de la Arithmética Práctica,
Santafé, Imprenta Patriótica, 1787. B.N.C. Sala de Investigadores, Fondo Pineda, Vol. 26, pieza 2.
la dilatada familia de Don Agustín, siendo imposible que en estas
circunstancias tuviese respiro para pensar siquiera en escribir una cartilla, y
mucho menos costear de su bolsillo los gastos de su impresión.

Y aún así, en el lapso comprendido entre 1792 y 1797, había sucedido algo, un
hecho que todavía no lográbamos descubrir pero que dio el suficiente ánimo y
dinero para proponer a Nicolás Calvo, editor y dueño de la Imprenta Patriótica,
la publicación de su cartilla. En nuestra incursión por los archivos se nos
presentaron una multitud de posibilidades que, poco a poco, fueron quedando
desvirtuadas ante la ausencia de respuestas precisas, obligándonos a plantear
una serie de alternativas, ubicadas más bien en el campo de lo azaroso y de lo
casual: el mismo trabajo nos fue exigiendo asumir un tipo de hipótesis más
arriesgadas con la perspectiva de desentrañar la red todavía confusa y
empañada que constituye estas páginas borrosas.

Es muy difícil pensar en otro auxilio del Superior Gobierno que no sea el
supuesto “socorro de limosna” que el Rey hubiese venido en conceder al
maestro, pues es conocida la estrechez de las arcas reales para asumir una
erogación de esta naturaleza. Como vemos, cada avance en este caso deja
entrever un horizonte, por demás insólito, tocando a estas alturas los límites de
lo real y lo fantástico. Teníamos entonces que optar por posibilidades más
arriesgadas; quizá la Cartilla Lacónica, en ausencia de instituciones o personas
que patrocinaran su publicación, hubiese dependido más bien de un golpe de
suerte de su autor; tal vez una afortunada boleta de lotería o una ganancia
ocasional en un juego de azar, tan de moda por aquellos tiempos, o de pronto
una inesperada herencia familiar. Estas posibles respuestas se iban articulan,
poco a poco, y sólo en la medida en que profundizamos en nuestra consulta de
archivo, adquirieron vigencia, o se desmoronaron totalmente.

En relación con la primera hipótesis, los registros de la época nos permitieron


observar una fuerte tendencia de la población hacia los juegos de azar. Las
“casas de juego” proliferaban en villas y pueblos arrojando rentas que el
gobierno virreinal fue canalizando como una fuente de abastecimiento para las
arcas de Cabildos y Ayuntamientos, y con destino a la financiación de obras de
pública utilidad. Parece ser, que desde sus inicios, los juegos de azar y las
diversiones públicas en general, eran vistas como una fuente de recursos para
la realización de obras de este tipo. Recordemos aquí el informe que hiciera el
Virrey Espeleta en su Relación de Mando de 1796, en donde explicaba que en
algunos pueblos y Villas (Sogamoso, Duitama, Soatá, Oyba, Socorro, entre
otras) se habían establecido escuelas costeadas con las “rentas de propios”,
formadas a partir del cobro de impuestos a entidades comerciales entre las que
se contaban principalmente las “casas de juego y chicherías”. Tal era el caso de
la villa de San Gil, en donde varios de los vecinos, con el apoyo de las
autoridades locales, solicitaban en 1787 al “Superior Govierno la gracia de que
los arvitrios de mesas de Truco, Patios de Bolas, Chicherías, etc., que se van a
establecer por formal ramo de propios sea con lo que se contribuya a los
Maestros de escuela...”137

No es de extrañar entonces que nuestro maestro, conviviendo con su miseria,


pero también en atención de ella, hubiese pensado frecuentar alguno de estos
sitios, aunque estamos seguros que esta idea sólo pudo haber sido una remota
posibilidad, pues su condición de “maestro público” le fijaba una serie de
normas de comportamiento moral muy estrictas, tanto en su vida pública como
privada. Sus pasos eran observados detenidamente por mil miradas, en tanto
que era el símbolo de la virtud y el ejemplo: sujeto de “conocida probidad y
buena conducta de vida pura e irreprensible”138 por lo que se le exigía
“arreglar su vida por una conducta seria y juiciosa que pueda servir de regla a
sus discípulos”.139 De allí que esta posibilidad perdiera significación para
nuestra pesquisa.

En cuanto a la posibilidad de una afortunada boleta de lotería, el Correo


Curioso se encargaría de cerrar esta muy sugestiva vía para dar razón del
auxilio que hubiese podido mejorar la situación del maestro Torres. En las
páginas del número 31, correspondiente al martes 15 de septiembre de 1801,
encontramos un aviso en el que se informaba que el sorteo de la lotería había
sido autorizado desde el 3 de agosto del mismo año, incluyendo, además, la
publicación de los últimos artículos del “Reglamento del establecimiento de la
Lotería Municipal, que principiará el día primero de noviembre”,140 iniciada en
el número anterior.

137 A.G.N. Instrucción Pública, Anexo, fol. 358v.


138 A.G.N. Fondo Colegios, Tomo II, fol. 950r.
139 A.G.N. Miscelánea, Tomo 118, fol. 45r.
140 B.N.C. Sala de Investigadores, Fondo Pineda, No. 769, pág. 122. La lotería no se escapa a la

situación descrita en relación con los demás juegos de azar, pues precisamente su creación tuvo origen
Lejos se encontraba todavía Don Agustín de acceder a este azaroso mecanismo
para aliviar con un poco de suerte su estrechez económica. Por el contrario,
aquella tercera posibilidad, no menos insólita que las dos anteriores, se nos fue
dibujando hasta llevarnos a percibir las márgenes de este relato.

Historia y ficción:
un legado como respiro

Concentrados en la lectura de empolvados folios, explorando alternativas que


nos permitieran clarificar en alguna medida estas páginas borrosas del caso del
maestro Torres, salió a flote la evidencia de una herencia que le extendía un
familiar cercano, y que se encuentra ubicada, precisamente, antes de la
publicación de la cartilla y después de la última carta del Virrey con la cual
finaliza el expediente en 1792.

Tratando de establecer la genealogía de Don Agustín, en uno de los legajos de


los archivos notariales, encontramos referencia de sus padres, Don Pedro
Rafael de Torres de Aragón y María Antonia Valenzuela y Patiño, españoles
venidos a estas tierras de ultramar desde la provincia de Aragón y de sus
hermanos, Don Joseph Clemente y Don Antonio, presbíteros del Arzobispado
de Santafé. Cabe anotar aquí que esta era una clara prueba de la “limpieza de
sangre” que Don Agustín debió anexar para que se le concediera el título y el
cargo de maestro de la única escuela pública de la capital.

Ahora bien, la hipótesis de una inesperada herencia familiar, tomó fuerza


cuando localizamos en uno de los legajos de la Notaría Primera de Santafé, un
voluminoso testamento, registrado en el año de 1793 en el que Don Joseph
Clemente, presbítero de La Capellanía de Monserrate, disponía de sus
múltiples bienes y haberes entre los cuales se contabilizaban 16.000 pesos,
suma que por sí sola significaba ya una gruesa fortuna. En una de las cláusulas
del testamento, ordena que a su muerte, esta suma de imponga “para que de sus
réditos (que son ochocientos pesos al cinco por ciento según costumbre)

en una propuesta para recolectar fondos con qué eregir una “Casa de Recogidas para castigo y
contención de mugeres abandonadas y prostitutas”, como lo señalaba el artículo 29 del reglamento.
usufructen y perciban mis hermanos Don Agustín y Don Antonio de Torres, en
la misma forma que en la cláusula cuarta tengo explicado...”141 la cual, dispone
que aquellos réditos se dividan en tres partes: una para cada hermano, y otra
tercera para que “...anualmente se le hagan sufragios y para que se repartan
limosnas en los pobres de Nocayma, Cuinubá y Simacota...”.142

En términos concretos, este legado significaba para Don Agustín incrementar


en 266 pesos su sueldo anual, con lo cual sus ingresos ascenderían a 666 pesos.
Si a esta suma se le agrega el posible “socorro de limosna” que pedía,
solicitado desde años anteriores, contaría entonces con 721 pesos, rubros que
aunque no elevados, habrían satisfecho sus necesidades y las de su familia. De
esta forma, la cara de la miseria, tan familiar a Don Agustín, se veía borrada,
aunque fuese por un momento, por los designios del azar. Era la suerte en
forma de legado la que acudía en su ayuda a través de un pariente que,
actuando por un precepto moral, le extendía una dádiva a un hermano, sin
imaginar tal vez que al hacerlo, abría el camino para la elaboración y
publicación de una cartilla de “Arithmética Práctica” escrita por un maestro en
honor a su escuela y a su patria “...para que la puerilidad tenga algunos
principios de instrucción en beneficio del bien público...”.143

Esta evidencia enterrada por el tiempo, se nos presenta ahora viva, reafirmando
esa realidad que no es la de hace doscientos años, ni la del papel, y en este
caso, ni la del pergamino, sino aquella que vive con nosotros. Una realidad que
desborda sus propios límites, y en donde, como diría García Márquez: “Poetas
y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de
aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la
imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de
los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Es este, amigos, el
nudo de nuestra soledad”.144 Insólita, paradójica, ridícula, increíble: así es
nuestra realidad, y esta historia nos lo recuerda.

Retomemos aquí nuevamente aquel insólito documento que nos diera razón de
los hechos que habían permitido a Don Agustín, llevar a cabo su propósito de
141 A.G.N. Notaría 1ª, Tomo XIII, Año 1793, fol. 129r.
142 Ibid., fol. 129v.
143 Torres, Agustín Joseph de. Op. Cit., pág. 2.
144 García Márquez, Gabriel. Discurso pronunciado en el acto de entrega del premio Nobel de

Literatura, 1982.
escribir una cartilla para la enseñanza de la aritmética. Hay un aspecto en él
que nos llama la atención: la profunda diferencia que separa a estos dos
hermanos: el uno sacerdote, salvador de almas y con una gran fortuna; el otro
maestro de primeras letras, formador de la juventud en beneficio del bien
público, y mendigo de su salario. Una diferencia particular que nos da cuenta
de una práctica social generalizada por aquella época en la que el sacerdocio,
antes que obedecer a un llamado divino y a una profunda vocación, era una
profesión, y de las más importantes. No es extraño, entonces, encontrar que el
oficio privilegiado al cual aspiraban los hijos de beneméritos principales fuese
el Ministerio pastoral, pues además de proporcionar respetabilidad social,
aseguraba un buen sustento económico. El oficio de pastor “al servicio y en
aprovechamiento de las almas”, generaba en aquel tiempo jugosas
satisfacciones materiales, quizá como aliciente para sobrellevar las pesadas
cargas de la fé y los horrores de este mundo terrenal. Mientras un maestro
recibía anualmente en promedio 150 pesos, “la Parroquia del Socorro le
producía a su párroco el ingreso anual de 5.000pesos...”.145 Por otro lado, “El
curato del pueblo de Ubaté que es el mayor de la Jurisdicción de Santafé...
rentaba a su párroco 2.500 pesos (...) el Curato del pueblo de Guatabita...
1.200, el Curato de Chocontá... 1.300 pesos, el Curato del caxica... 1.200
pesos...”.146

En el caso de Don Agustín, su calidad de maestro se confunde,


paradójicamente, con la condición de criollo pobre; su inclinación y
persistencia en la enseñanza “al servicio” y en aprovechamiento de la
juventud”, con su condición de miseria, y su notoriedad y público
reconocimiento en su oficio, con su condición de mendigo de salario.

Pero de nuevo, al final del testamento de Don Joseph Clemente, perdíamos el


rastro de Don Agustín. Sin embargo, teníamos en nuestras manos un
“monumento”, que aunque minúsculo en su tamaño, representa, desde el punto
de vista histórico, un hecho sin precedentes, constituyéndose en un verdadero
acontecimiento pedagógico para la época: la cartilla lacónica. En esta parte del
relato comprobamos una vez más la estrecha semejanza entre el trabajo
145Phelan, John Leddy. Op. Cit., pág. 55.
146Oviedo, Basilio Vicente de. Pensamiento i noticias escogidas para utilidad de curas. Lib. X. Del
Nuevo Reino de Granada, sus riquezas i demás qualidades, i de todas sus poblaciones i curatos con
específica noticia de sus gentes y gobierno, Santafé, 1761, fo1. 93r. Biblioteca de la Real Academia de
Historia de Madrid, Colección Muñoz, A-86 (4820) Ms.
documental y la búsqueda del arqueólogo: es muy extenso el terreno que hay
que recorrer y escudriñar para, en la mayoría de las veces, obtener algún
minúsculo monumento que permita continuar describiendo esa compleja red de
la historia.

Una cartilla singular

La “Cartilla Lacónica” nos ofrece, al igual que todos los documentos que
hemos recuperado en esta historia, una doble dimensión: continuar la
descripción de la vida del maestro Torres, y paralelamente, lanzar una mirada
hacia aquella lejana y atractiva sociedad colonial de finales del siglo XVIII. Su
lectura nos permite escuchar una vez más al maestro Agustín, pero esta vez ya
no llorando sus urgencias ante el poder, sino ahora hablando desde el ejercicio
de un saber que lo afirma como maestro de primeras letras y como un
intelectual que piensa y escribe sobre su quehacer diario. La cartilla se
constituye entonces en un acontecimiento discursivo sin precedentes, para
aquel momento, en el que el acto de escribir estaba restringido a una preclara
élite, y la circulación de impresos, celosamente controlada por el poder civil y
eclesiástico.

En este sentido Don Agustín representa una fisura, un quiebre que nos ofrece
la ilusión del maestro como intelectual, disputando un lugar a la ilustración
criolla y española; un pliegue en la historia, una “rareza” en aquel ámbito
donde el maestro era, a pesar de todo el discurso, un personaje de tercera
categoría al cual se le había otorgado algún modesto puesto debajo del
ocupado por las autoridades virreinales, por el estamento eclesiástico y por la
intelectualidad de la época, en la rigurosa pirámide jerárquica que daba forma
y sentido a la sociedad colonial. Aunque el maestro recibía también el nombre
de director de escuela, su actividad dentro de ella estaba totalmente controlada
y dirigida por las autoridades civiles y eclesiásticas: a las primeras debía su
nombramiento y de ellas dependía su permanencia en el cargo, por lo tanto su
comportamiento dentro y fuera de la escuela era seguido de cerca por
funcionarios del Cabildo o del Ayuntamiento; a las segundas, debía su
aprobación moral, su “bendición” como sujeto virtuoso.
Curas y burócratas definían así las condiciones morales y de saber para el
ejercicio de la enseñanza: los procedimientos, los saberes, los fines de tal
oficio, y el estatuto del sujeto de la enseñanza.

Ahora bien, antes que las calidades intelectuales, los esfuerzos y méritos de un
maestro, la cartilla se nos presenta como una superficie sobre la cual aparece
dibujado un saber: el saber de la arismética práctica, un saber profundamente
práctico que dice de los acontecimientos de la vida diaria por su articulación
estrecha con ellos. La incipiente actividad comercial y mercantil asociada con
la ignorancia de las primeras letras y la aritmética, por parte de la gran mayoría
de la población, planteaban la necesidad de unos elementos mínimos de
instrucción para afrontar de mejor manera las actividades cotidianas, y en este
sentido la arismética práctica cumplía un papel importantísimo, pues su
función, básicamente instrumental, consistía en resolver ciertas necesidades de
orden doméstico y comercial. Quizá por estos motivos Don Agustín se empeñó
en escribir su cartilla, y no otra para la enseñanza de la lectura o la escritura.

Era esta carencia, sin duda, una preocupación general de autoridades e


intelectuales. En 1789, el Doctor Don Felipe Salgar, cura párroco de la villa de
San Juan de Girón, planteaba que es “por efecto del descuido de las escuelas
públicas o por el mal gobierno de ellas en los lugares donde las hay, que las
personas más elevadas carecen del conocimiento de los números y se ven
obligadas a mendigar e1 auxilio de otras para sus negocios domésticos,
confiando sus secretos a quienes tal vez carezcan de la probidad necesaria para
guardarlos”.147 De ahí la necesidad de saber contar con exactitud y de
“aprender los principios de la Aritmética práctica que deberá enseñarles el
maestro con toda la eficacia necesaria”.148 El cura Salgar, aunque destaca la
importancia de la aritmética en la escuela, no puede ver más allá de la utilidad
práctica que ésta representa, pues “los niños de escuela no necesitan
precisamente del perfecto conocimiento de todas las operaciones de esta
ciencia, siempre será muy conveniente que aprendan al menos las cuatro
primeras, que son muy fáciles por sí, y les bastarán para el despacho de sus
negocios”.149

147 A.G.N. Fondo Colegios, Tomo II, fol. 949r. El subrayado es nuestro.
148 Ibid. fol. 955r.
149 Idem.
El eje de la enseñanza de una aritmética de este tipo, no podría ser otro que el
ejemplo. Antes que una traducción simbólica que permitiera una evocación
mental de la operación, el énfasis se colocaba en la mecanización de las
actividades a partir de algunos ejemplos. Y en este sentido, la cartilla lacónica
es bien ilustrativa. La resta, para tomar un caso, se presenta al lector como la
forma de determinar “los restos”, aquello que sobra después de haber pagado
una deuda; “restar es quitar un número de otro mayor, o igual para hallar la
diferencia, como quitar 4 de 6, para saber la diferencia 2 ...Escríbase primero la
deuda, y debaxo la paga, de suerte que el número mayor ha de ser el
primero,”150 éste depende de una cosa con la cual pueda asociársele, siendo
más importante la naturaleza de la cosa a la cual se encuentra adherido que su
conceptualización o abstracción. Antes que operaciones con números, esta
aritmética centraba su interés en las operaciones con cosas.

Si bien esta corta mirada al interior de la cartilla nos ha mostrado el saber


profundamente práctico que articulaba la enseñanza de la aritmética, vista
desde su exterioridad, nos permitirá reconocerla como un acontecimiento que
rompe con el tipo de impresos editados hasta ese momento, y todavía mucho
tiempo después, en el Nuevo Reino de Granada.

De la incertidumbre
al desconcierto

En el año de 1797 salen a la luz pública nueve folletos, impresos en Santafé,


dedicados especialmente a asuntos de orden religioso, con excepción del
último número del Papel Periódico de Santafé de Bogotá y la Cartilla
Lacónica de las quatro reglas de la arithmética práctica.151 Desde la aparición
de la primera imprenta en estos reinos, en el año de 1738, de propiedad
exclusiva de los Jesuitas, hasta la publicación de la Cartilla en 1797, sólo se
había llevado a cabo la edición de algo más de un centenar de folletos, hojas

150Agustín Joseph de Torres. Op. Cit., pág. 6.


151 Con base en E. Posada, los impresos registrados en 1797 tratan de los siguientes asuntos:
indulgencias a las reliquias de Tierra Santa; Oficio del Beato Miguel Asantis (en latín); Divinos
Oficios; Obra pía de Jerusalen; Novena de San Gerónimo; Novena de San Francisco de Paula; Fiesta
del Tránsito de Nuestra Señora; el Papel Periódico y la Cartilla Lacónica. Para una reseña más
detallada ver: Posada, Eduardo. Bibliografía Bogotana, No. l, Bogotá, Imprenta de Arboleda y
Valencia, 1917-1925, págs. 131-135.
sueltas y unos pocos libros. Impresos de carácter preferentemente religioso
(oraciones, novenas, sermones, máximas morales, decretos de indulgencias,
calendarios o almanaques) y otros que registraban asuntos de gobierno
(edictos, disposiciones en torno a la administración y recaudo de aguardientes
y alcabalas, deberes de los funcionarios reales tratados entre la metrópoli y
otros estados, régimen de policía).

El panorama que nos brinda la revisión de los años en que fueron impresas
estas obras y las temáticas que frecuentaban, dejan entrever el estado de atraso
de la ilustración en el Reino de Granada, en donde la imprenta, “el vehículo de
las luces y el conductor más seguro que las puede difundir...”152, además de
haber sido severamente controlada, se presentó como un fenómeno tardío en
1738, mientras que “en México y en Lima empezó a funcionar desde 1535 y
1585, respectivamente, y en Lima apareció ya en 1599, en hojas volantes, el
primer periódico del Nuevo Mundo...”153.

Si bien en aquel año sale a la luz pública el primer impreso realizado en el


Nuevo Reino de Granada, consistente en una novena del Padre Ricaurte y
Terreros, sólo hasta 1777 el virrey Flórez, a petición del entonces Fiscal y
Director de Estudios, Moreno y Escandón, puso en conocimiento de la Corona
la necesidad que tenía la juventud y 1os literatos de este reino de “manifestar el
fruto de sus tareas por medio de una imprenta de que han carecido”154 e
indispensable además para “facilitar las órdenes circulares de gobierno y
asuntos públicos que deben ser trascendentales a todas las provincias”.155 A
este efecto, solicita que se provea a esta capital de una imprenta que, dentro de
la sugerencia de Moreno y Escandón, entraría a complementar las tareas de la
recién creada Biblioteca Real, en donde se había logrado concentrar, en un solo
local, los fondos de las bibliotecas pertenecientes a los Jesuitas expulsos,
poniéndolos a disposición del público y “...satisfacción de los literatos que por
falta de buenos libros no pocas veces privan al común de los sazonados frutos
de sus tareas...”156. Aunque el virrey Flórez había dispuesto ya a su paso por

152 Camilo Torres. Memorial de Agravios o Representación del Cabildo de Santafé de Bogotá a la
Suprema Junta Central de España, Santafé, Noviembre de 1809.
153 Cristina, María Teresa. “La literatura en la Conquista y la Colonia”, en, Manual de Historia de

Colombia, Tomo I, Bogotá, Procultura S.A., 1982, pág. 516.


154 A.G.I. Audiencia de Santafé, Legajo 736 A, No. 269. Sin foliación
155 Idem.
156 Idem.
Cartagena el traslado a Santafé de una vieja imprenta propiedad de Don
Antonio Espinosa de los Monteros, logrando “la impresión de un almanaque
para que los vecinos y moradores [supiesen] los días de fiesta, vigilia y
abstinencia”157, y algunos otros asuntos de gobierno, debido a su pésimo
estado, y a la necesidad de nutrirla con “letra buena”, obtiene una sanción real
en 1779 en la que se autoriza el envío, desde el puerto de Cádiz, de “24 caxas
de letras e instrumentos”158 que llegarían a Santafé solamente hasta 1782,
fecha en la cual aparecerán los primeros escritos con la leyenda “Impreso en la
Imprenta Real”. Once años después, Antonio Nariño traería una nueva
tipografía bautizándola con el sugestivo nombre de Imprenta Patriótica, que
una vez confiscada dentro del proceso que se le siguió permanecería muda,
abandonada en algún rincón de la Biblioteca Real, hasta el año de 1797, fecha
en la cual, bajo los designios de su nuevo dueño Don Nicolás Calvo, sería la
responsable, en compañía de la Imprenta Real, de las nueve publicaciones que
salieron a la luz en aquel año.

Paralelo al ejercicio de la censura a que eran sometidos por esta época todos
los certámenes, actuaciones y escritos de carácter público, encontramos la
persistente ausencia del Estado para patrocinar cualquier evento u obra de
carácter cultural, alegando, como todavía es costumbre en nuestros tiempos, su
estrechez económica y los múltiples compromisos que desangraban los fondos
de las “caxas reales”. Su interés en estos casos, se restringía más bien al
ejercicio de la censura, compartida con el poder eclesiástico, a través de cada
uno de los escalones burocráticos por los que era necesario desplazarse para
obtener “licencia del Superior Gobierno”.

En estas circunstancias, aquel que se empeñaba en llevar a cabo cualquier tipo


de publicación, actividad u obra de carácter cultural, se veía enfrentado a
asumirlo a su propio riesgo y fortuna, con la posibilidad, siempre presente, de
abandonar su intento antes de ver finalizada su empresa o en el transcurso de la
misma, absorbido, tal vez por los altos costos del papel (traído directamente de
España), por los impuestos o cargas que acarreaba, por las continuas censuras
civiles y eclesiásticas, o por el sinnúmero de trámites burocráticos que
actuaban más bien como una “barrera natural” del gobierno para controlar
cualquier vana intención de alborotar los ánimos de los neogranadinos. Un

157 Idem.
158 Idem.
complicado proceso al cual debieron someterse igualmente la Cartilla Lacónica
y el Papel Periódico.

De allí que el oficio de escribir, la posibilidad de sostener una publicación


periódica, o la iniciativa de la realización de un evento o certamen cultural, se
constituía en todo un acontecimiento para la época; tareas restringidas en la
casi totalidad de los casos a los beneméritos y acaudalados señores (sin
ninguna otra preocupación más que la de asegurar su inversión), a pequeños
círculos o tertulias literarias conformadas por algunos criollos y españoles que
habitualmente se nutrían del espíritu de las luces (al amparo de sus pequeñas
fortunas), o muy remotamente a un vasallo “movido por un profundo celo
patriótico” (con la clara convicción de restarle a su estipendio, un porcentaje
que hiciera posible su empeño).

Un claro ejemplo del desconcierto y los riesgos que asumía aquel que se veía
tentado a emprender tales actividades, lo encontramos en Don Tomás Ramírez,
acaudalado comerciante español, que habiendo solicitado licencia para llevar a
cabo lo que juzgaba sería un buen negocio, obtuvo la aprobación de la Junta de
Policía para levantar un Coliseo o Casa de comedias en la ciudad.159 Con tal
empeño compró Ramírez un corral “...que demoraba cuadra y media arriba de
la Plaza Mayor”160 encargando al ingeniero Domingo Esquiaqui la
construcción de la obra, siguiendo los planos del teatro de la Cruz de Madrid.
Cuenta Vergara, que el virrey Espeleta brindó abiertamente su apoyó espiritual
a la obra propuesta por Ramírez, actitud muy diferente a la asumida por el
contrariado arzobispo del reino, Señor Martínez Compañón, quien una vez
agotados los recursos de su elocuencia “...llegó a ofrecerle hasta cuarenta mil
pesos con tal que renunciara a esa obra inspirada por Satanás”161. A esta actitud
arzobispal, se sumaría la censura teológica, en atención a la “moralidad” y “al
bien público”, de varias comunidades religiosas, entre las cuales se destacaría
la cruda guerra contra las representaciones escénicas propiciadas desde la sacra
159 “El 16 de febrero de 1792 concedió el virrey Espeleta a los señores José Tomás Ramírez y José
Dionisio del Villar la licencia para establecer en Santafé una “casa de comedias”, y el 2 de agosto de
dicho año, los interesados obtuvieron concepto favorable de la Junta de Policía de la ciudad, en la cual
figuraban Don Antonio Nariño, Don José Manuel Pey y el oidor Alba”. Cordovez Moure, J. M.
Reminiscencias de Santafé y Bogotá, Bogotá, Compañía Grancolombiana de Ediciones S.A., (1949),
pág. 48.
160 Vergara y Vergara, J. M. Historia de la literatura en la Nueva Granada, Tomo II, Bogotá, Banco

Popular, 1974, pág. 33.


161 Idem.
influencia del púlpito, a través de las “luengas y pobladas barbas” de más de un
integrante de la comunidad de capuchinos.162

“No sabemos si fue Satanás o el virrey quien aconsejó a Don Tomás que
desechase la propuesta”163 y que hiciera caso omiso al fantasma de la
excomunión, pero lo único cierto es que el coliseo, aún antes de haber sido
terminado completamente, abrió sus puertas hacia finales de 1793. El edificio,
una construcción sólida y amplia de mampostería que podía contener hasta
1.200 espectadores, “tenía tres órdenes de palcos, un escenario incompleto, y la
platea, en forma de herradura, medía 22,50 metros de largo por 15 de
ancho”.164 En esta obra invertiría Ramírez “la gruesa suma de sesenta mil
pesos”165 que muy a su pesar, significaron su ruina, presagiada ya en un
pronóstico que el arzobispo le hiciera antes de ser estrenado el coliseo: de “que
perdería toda su fortuna y que el día de mayor concurrencia se desplomaría el
teatro sobre los espectadores, dejándolos a todos sepultos bajo sus ruinas”.166
La anterior profecía se cumpliría casi al pie de la letra, pero sólo en la primera
parte, ya que en lo que respecta a la segunda, no fue posible entre otras cosas
porque el “edificio se usó sin cielo raso -que se reemplazó con un lienzo, desde
sus primeras representaciones”167. Por cierto, todavía en el año de 1846, el
cielo raso seguiría siendo, en palabras de Cordovez Moure “una maravilla de
los tiempos primitivos [consistente] en un gran toldo de lienzo ordinario todo
manchado y remendado, sostenido por el centro por un florón de madera
dorada, del cual salían radios de cuerdas forradas en percal amarillo y atados a
las columnas de los palcos de gallinero”.168

Eran estos algunos de los riesgos y desenfados que comúnmente ocurrían a


aquel que osaba empeñarse en la realización de una obra o una actividad
cultural, en cuyo propósito peligraban fortunas y surgían otras tantas deudas.
Sin embargo, este factor, unido a la falta de incentivos, a la desazón, a los
improperios, y a las no pocas censuras morales, contribuían de manera
reiterada a que sus gestores claudicaran o desistieran en tal empeño. Ésta por lo
162 Ibáñez, Pedro María. Op. Cit., pág. 351.
163 Vergara y Vergara, J. M. Op. Cit., pág. 33.
164 Ibáñez, Pedro María. Op. Cit. pág. 119.
165 Idem.
166 Cordovez Moure, J. M. Op. Cit., pág. 48.

167 Ibáñez, Pedro María. Op. Cit. pág. 121.


168 Cordovez Moure, J. M. Op. Cit., pág. 49.
menos fue la suerte corrida por los editores de los dos periódicos que
constituyen los antecedentes más claros del surgimiento del periodismo en
nuestro país: el Papel Periódico de Santafé de Bogotá, publicado entre 1741 y
1797, y el Correo Curioso, erudito, económico y mercantil, impreso solamente
durante el año de 1801. Algunos párrafos insertos en sus diferentes ediciones
dejan entrever, desde otra perspectiva, las condiciones y obstáculos que
cobijaban a aquel que se atrevía a escribir e imprimir sus pensamientos.

El viernes 6 de Enero de 1797, la Imprenta Real publica el último número del


Papel Periódico que llegaba a su edición No. 265. Así terminaba la vida de un
semanario que durante seis años había circulado en el Nuevo Reino de
Granada, con algunas interrupciones, como única publicación periódica de la
época, víctima de los avatares del naciente periodismo, foco de las críticas que
recibía constantemente desde diferentes sectores, pero fundamentalmente, de la
clerecía y ahogado por las crecientes cargas económicas que tenía que
sobrellevar a falta de un mayor número de suscriptores. Su autor, haciendo eco
del dolor contenido en su pluma, catalogaba, en ese entonces, como de “triste
experiencia” y “premio miserable”, esos seis años de dedicación al semanario,
en un epigrama que se encuentra inserto en la última edición, a manera de
epitafio, y que reza así:

“Por cumplir con la ley de la obediencia


Te pusiste a escribir ¡oh pluma mía!
Llevando a la verdad siempre por guía
Y al bien común por alma y por esencia.

¿Mas que has logrado al fin? ¡Triste experiencia!


Mil afanes sangrientos que a porfía
Te han hecho con infanda tiranía
Los hijos de la cruel malevolencia.
¡Oh infausta estrella, y premio miserable
Del que con fino amor servir procura
A este mundo despótico y variable!

Ea pues, descansa en plácida clausura


Que si duermes en ocio perdurable
Lograrás de la envidia estar segura”169

Unos años más tarde, y ya marchando el nuevo siglo, el Correo Curioso, en su


edición número 26, publicaba un artículo titulado Reflexiones del Ermitaño en
donde se describen las precarias condiciones en que se hallaba el arte de
escribir y los múltiples tropiezos que deparaba su ejercicio:

“Nuestra decantada ilustración sólo se manifiesta por la impresión de


una novena cada dos o tres años, y si se establece un papel público
para facilitar un medio costoso de comunicarnos nuestras ideas, en
lugar de protejerlo y coadyuvar a su adelantamiento se le ataca, se le
combate y se procura destruirlo, siendo lo más gracioso, que se toma
por pretexto el honor del reino”.170

El periódico se publicaría durante cuatro meses más, alcanzando la edición No.


46. A pesar de sus continuos llamados al público lector sobre la importancia de
la labor periodística y la urgente necesidad de obtener el mínimo de
suscriptores para sufragar los costos de su impresión, este periódico, que
recibió entre sus páginas al recién nacido siglo XIX, llegó a su final en
diciembre de 1801, no habiendo podido celebrar su primer aniversario. Era esta
la muerte de aquel registro histórico que nos había incitado a escribir esta
historia, y nada mejor que las siguientes líneas, escritas algunos meses antes de
su deceso, tal vez presagiando su corto destino, para darnos cuenta de las
causas que ahogaron este interesante intento periodístico:

“La negra envidia de unos, de otros la jactancia y vana presunción de


saber, la crasísima ignorancia de algunos y la decidida inacción de
tantos, han atacado en sus propias trincheras a nuestro “Correo
Curioso”, durante la primera suscripción; ahora en la segunda lo
quieren coger por hambre, porque de esta ciudad apenas hay efectivos
diez y siete suscriptores. Y aunque muchos dicen que estamos perdiendo
el tiempo y nosotros vemos que estamos perdiendo el dinero, con todo
hemos determinado seguir haciendo el glorioso sacrificio de nuestro
169 Rodríguez, Manuel del Socorro. Papel Periódico de Santafé de Bogotá, Bogotá, Viernes 6 de enero
de 1797, No. 265. B.N.C. Sala de Investigadores.
170 “Reflexiones de un Ermitaño”, en, Correo Curioso erudito, económico y mercantil de la ciudad de

Santafé de Bogotá, Bogotá, martes 11 de Agosto de 1801, No. 26. B.N.C. Sala de Investigadores.
Fondo Pineda. No. 769, pág. 101-103.
trabajo e intereses, porque aunque no se expenda un ejemplar, los
montones de ellos que queden rezagados serán para la posteridad
monumentos irrefragables de nuestro patriotismo y prueba convincente
del egoísmo actual, que es la leche inficionada que está mamando el
infeliz recién nacido siglo décimo nono”.171

La muerte del Correo Curioso coincide con el ocaso de este capítulo. Después
de 1801, encontraríamos dos informaciones referidas al maestro Torres. La
primera consistía en una escritura pública fechada el 9 de septiembre de 1806,
en donde “...da en venta real y enajenación perpetua desde aora y por siempre
jamás [...] una casa de tapia y teja baja cituada en la Parroquia de San
Victorino, en el Camino Real como quien va para la Alameda [...] la qual huvo
por herencia de su lexitima hija doña Ma. Ambrosia de Torres, quien falleció
en esta capital sin subcesión lexitima ni marital como es público y
notorio...”.172

La segunda, nos condujo de la incertidumbre de estas páginas borrosas al


desconcierto de tener que pensar de nuevo esta historia: en uno de los 1.249
legajos que componen la sección Gobierno del Distrito Audiencial de Santafé
del Archivo General de Indias en Sevilla (España), reposa una “lista de los
expedientes que se hallan pendientes en la mesa del Rey”, correspondiente al
año de 1806, dentro de la cual alcanzamos a distinguir la siguiente reseña:
“sobre el socorro que solicita Don Agustín de Torres Maestro de Primeras
Letras de Santafé...”.173

Entre la zozobra y el terror: Morillo en Santafé

Próximos a celebrar un año más del Grito de Independencia y el advenimiento


de la Primera República ocurrido un 20 de julio, no pocos santafareños testigos

171 Ibid.
172 A.G.N. Notaría 1ª., 1793-1806, fol. 90r.
Doña Ma. Ambrosia fue una de las doncellas a quienes se refería el maestro Torres en sus reiteradas
solicitudes por un socorro de limosna. El hecho que haya muerto sin esposo e hijos nos hace pensar en
la imposibilidad que tuvo su padre para cumplir siquiera con la necesaria e indispensable dote
requerida para asegurarle a su hija el derecho al sacramento del matrimonio.
173 A.G.I. Audiencia de Santafé, Legajo 731. Sin foliación.
ya de la inestabilidad de las Provincias Unidas, de la guerra intestina desatada
durante estos años y las disputas sobre territorios y legitmidades, entraron en
pánico y permanente zozobra ante las noticias, la mayoría pesimistas, sobre la
avanzada de las tropas realistas dirigidas por el General en Jefe, Don Pablo
Morillo, llamado también El Pacificador, quien había desembarcado a
principios de 1815 en territorio americano, primero en las Islas Margaritas,
doblegando un importante reducto patriota, para seguir luego a Caracas. Y
entonces llegó la noticia.

Se trataba de la primera proclama de Morillo dirigida a los pobladores del


Nuevo Reino, que hubo de armar todo un torbellino de recriminaciones y
temores, pero ante todo de pánico, por el inminente desenlace, lo cual no era
para menos. De hecho, ya en La Bagatela, Nariño advertía una realidad que
estaba por tocar a la puerta de todos, no importaba procedencia, caudal, ni
casta.174

“¿Habrá todavía almas tan crédulas que piensen escapar del


cuchillo si volvemos a ser subyugados? Que no se engañen. Somos
insurgentes, rebeldes, traidores, y a los traidores, a los insurgentes
y a los rebeldes se les castiga como a tales. Desengañense los
hipócritas que nos rodean, caerán sin misericordia bajo la espada
de la venganza, porque nuestros conquistadores no vendrán a
disputar con palabras como nosotros, sino que segarán las dos
yerbas sin detenerse a examinar y apartar la buena de la mala.
Morirán todos, y el que sobreviviere sólo conservara su miserable
existencia para llorar al padre, al hermano, al hijo o al marido.”
(La Bagatela, 19 de septiembre de 1811)

Tendiendo un cerco cada vez más envolvente sobre Santafé, bastión y cuna de
la revolución, la proclama de Morillo buscaba minar lealtades y obnubilar a los
nacientes ciudadanos, especialmente a aquellos que añoraban todavía,
condición de vasallos, anteponiendo para tal efecto, la voluntad y autoridad

174 La Bagatela, una breve hoja fundada el 14 de junio de 1811 por Antonio Nariño, se constituyó en
una de sus más contundentes armas políticas, desde la cual asumió gran parte de su crítica al naciente
gobierno, a su negativa romper de manera integral con España y denunciar la inconveniencia de un
sistema federal.
regia. Firmada el 17 de mayo de 1815, Morillo se dirige a los habitantes del
Nuevo Reino de Granada, en los siguientes términos:

“Disensiones promovidas por la ambición de algunos pocos, os


separaron de la obediencia del rey. La voluntad vuestra no era esa;
pero la falta de energía para oponeros a los malvados, os cuesta ya
bien caro, sufriendo los mismos horrores que los desgraciados de
Venezuela, y por la propia mano. Escarmentad con el ejemplo de los
desdichados. En breve estaré en medio de vosotros con un ejército
que ha sido siempre el terror de los enemigos del soberano; entonces
gozaréis de la tranquilidad que ya disfrutan estas provincias.
Apresuraos a arrojar de entre vosotros a los autores de vuestros
males: a aquellos hombres que viven y gozan de la desgracia
universal. Desaparezcan esos miserables de la vista de unas tropas
que no vienen a verter la sangre de sus hermanos, ni aún de los
malvados si se puede evitar, como ya lo habéis visto en Margarita.
Ellas protegerán al débil y sepultarán los sediciosos. Vosotros
acusaréis mi tardanza: pero es preciso dejar estas provincias de
modo que por algún tiempo no necesiten de mi presencia, y en
situación de no seros gravoso de manera alguna. Me lisonjeo de que
aprovecharéis mi venida y os reuniréis alrededor del trono del más
deseado de los reyes y entonces cesarán vuestros males. Caracas 17
de mayo de 1815. El General en jefe, Morillo.”175

Cobarde e hipócrita benevolencia con un pueblo que en su momento habría de


doblegar ante el poder que representaba, subyugándolo y pasando al cadalso a
todo insurgente, rebelde, traidor, o a cualquiera sobre el cual recayera la más
mínima sospecha, por público testimonio o furtiva delación. Así estaba
previsto y así se hizo. 176

El 6 de mayo de 1816, un año después de la anterior proclama, entraron las


tropas realistas a Santafé de Bogotá bajo el mando del comandante general

Díaz Díaz, Oswaldo. “La reconquista española: Invasión pacificadora – Régimen del terror –
175

Mártires, conspiradores y guerrilleros (1815-1817)”, en, Historia Extensa de Colombia, vol. VI, t. I,
Bogotá, Ediciones Lerner, 1964, pág. 39.
Miguel de La Torre177, experimentado oficial español, sobre el cual los
habitantes de Santafé habían desatado un cierto sentimiento de confianza y
optimismo por el indulto prometido desde Zipaquirá, dos días antes de
verificar su entrada en la capital. Transcribimos aquel documento en su
totalidad, ante todo porque muestra la génesis de las prácticas de delación,
algunas veces recompensada en metálico, y que hoy por hoy, constituyen la
vanguardia de nuestros modernos sistemas judiciales; por otro lado, este
documento deja entrever, por un efecto sutil de ingenuidad no sabemos si
patriótica o de tozudez endémica de los criollos y paisanos, las prácticas y
procedimientos que habrían de diluir aquel sentimiento esperanzador de los
habitantes de Santafé y que a la postre significó una verdadera sentencia de
muerte:

“Americanos: El excelentísimo señor general en jefe Pablo Morillo,


destinado por el soberano para pacificar esta vasta región de sus
dominios, me ha confiado el mando del ejército oriental del
Magdalena; constituido por este empleo a obtener la satisfacción
de gobernar un territorio desolado por unos malvados, que so color
de amor a la patria la han aniquilado y destruido hasta el extremo
en que yace; y usando de las facultades que S.E. me concede, como
fiel intérprete de las piadosas intenciones del rey nuestro señor,
quiero antes de ensangrentar mis bayonetas, haceros partícipes del
último indulto que ofrezco. Todos los sargentos, cabos y soldados,
empleados de hacienda y demás cargos civiles, que deponiendo sus
armas y actual servicio vuelvan a los pueblos de su domicilio a
ejercitarse con toda seguridad en sus antiguas profesiones, se
harán acreedores a esta gracia, y merecerán el perdón de su
extravío. Indulto también a todos los oficiales desde capitán
inclusive abajo, siempre que algún servicio extraordinario les
purgue del feo borrón que han contraído, como aprehender y
presentar al general o jefe que los mande; descubrir un depósito de
armas o municiones en gran número; presentarse con la tropa
armada, el capitán con el completo de su compañía; el teniente, con

177 La Torre fue uno de los expedicionarios de más larga trayectoria. Participó en el Sitio de
Cartagena y en febrero de 1816 recibió el mando de la que Morillo llamó División del Oriente del
Magdalena, integrada por el regimiento de infantería de La Victoria, un escuadrón de artillería volante,
una compañía de húsares y otras compañías sueltas de distintas unidades. (Ver: Ibid., pág. 61)
la mitad, y el subteniente con la cuarta, reputándose el completo de
ella por cien hombres. El soldado de caballería o infantería que se
presente con sus armas o caballos recibirá, además, una
gratificación en metálico. Los esclavos que aseguren y presenten
algún cabecilla o jefe revolucionario a quien pertenezcan, se les
concederá su libertad, una gratificación pecuniaria y además serán
condenados conforme al mérito que contraigan con la prisión del
sujeto. Conferiré distinciones y prerrogativas a todos los
ayuntamientos, que excitando en los pueblos el noble deseo de
destruir los enemigos del rey, persigan a los contumaces y
revoltosos hasta lograr su aprehensión, elevando hasta el trono
tales pruebas de adhesión, para que la majestad conozca afecto tan
señalado, ofreciendo a los aprehensores una suma proporcionada a
la persona capturada. Por último: muy particularmente se premiará
la persecución de aquellos malvados cuyos hechos sanguinarios o
sediciosos los hagan señalar de entre los demás; haciéndose
acreedoras las corporaciones o personas que logren aprehender a
estos corifeos, no sólo a la consideración que testifiquen su lealtad
y recompensen sus méritos. Estas generosas proposiciones, que en
medio de 6.000 vencedoras bayonetas pronuncio, podrán
convenceros que ningún género de temor me las hace proclamar; y
sí sólo el ardiente deseo de restituir aquella tranquilidad que
respira todo vasallo protegido por nuestras leyes. Preguntad a los
pueblos por donde ha transitado mi ejército, los mismos pueblos
que los bandidos de Serviez178 han saqueado sin perdonar lo más
sagrado y recóndito de los templos; preguntadles qué conducta ha
observado: no hay esposa ni madre que no llore la perdida de un
hijo, cuando ve en su casa alojado un español, y deponiendo su
fuerza militar se entretiene en consolarla; jóvenes esposas clamad
vuestro llanto y vivid persuadidas que vuestros consortes
arrancados del lecho nupcial por la crueldad y el despotismo de los
que los gobiernan, volverán a enlazarse con indisoluble vínculo,
luego que sepan esta invitación que les hago en nombre del rey
nuestro señor Don Fernando VII. Zipaquirá, 4 de mayo de 1816. El
Comandante General Miguel de la Torre.” 179

178 Oficial patriota de origen francés, al servicio de las fuerzas de las Provincias Unidas.
179 Ibid., pág. 66-67.
Morillo entró en la capital, de soslayo y a hurtadillas según cuentan, el 26 de
mayo por la noche, víspera de la solemne y efusiva recepción que los
atemorizados habitantes de la capital le tenían preparada, apaciguados un tanto
por la conducta y benevolencia que había manifestado de La Torre. Pero no
bien pisó las calles santafereñas engalanadas para su recepción, determinó la
detención y captura de todos los implicados en la revolución, reprendió a La
Torre y Calzada por admitir obsequios de sus moradores y no haber reducido a
prisión a todos los insurgentes o rebeldes. Y como era de esperarse, declaró
nulo el indulto hecho por La Torre en Zipaquirá “que sólo sirvió para engañar
a los crédulos”, como ya había ocurrido con las capitulaciones firmadas entre
el gobierno español y los comuneros, en el siglo anterior. Las seis mil
bayonetas blandían ahora en el horizonte de la altiplanicie.

Las ejecuciones en la capital se iniciaron a la semana de haber entrado Morillo


a ella. Para el 10 de julio ya habían sido ejecutados Ignacio Vargas, José de la
Cruz Contreras, José María Carbonell, Jorge Tadeo Lozano y otros. Después
seguirían Francisco José de Caldas, Camilo Torres y muchos otros.

Pero las ejecuciones no lo eran todo. No bastaba con eliminar al enemigo, se


necesitaba hurgar en la vida pública y privada, atrapar en la urdimbre
documental, tan propia de la burocracia indiana, a todos y cada uno de los
implicados, así no tuviesen nada que ver. La maquinaria de represión en la
Nueva Granada organizada por Morillo se compuso de cinco instrumentos: a)
Consejos de Guerra, b) Consejo de Purificación, c) Junta de secuestros, d)
Aplicación de fuero castrense a sacerdotes rebeldes con omisión de su fuero
eclesiástico, y e) Restablecimiento del santo oficio de la inquisición.180 En
Santafé el Consejo de Guerra sesionó de manera permanente y aún no daba
tregua. El Consejo de Purificación estaba encargado de calificar la conducta de
los individuos y determinar su participación en la insurgencia. Por su parte, la
Junta de Secuestros, se ocupaba de incautar bienes, aplicándolos a la Corona y
al sostenimiento de la expedición “pacificadora”.

En el caso del Consejo de Purificación se presentaron casi exclusivamente los


empleados públicos para poder, con ese requisito, continuar en el goce de sus
180 Ibid., pág. 101.
cargos. “Muchos de ellos eran reconocidos realistas, [los cuales] salieron bien
librados y continuaron desempeñando sus empleos; otros fueron suspendidos
pero no perdieron la libertad ni sufrieron sanción pecuniaria, pero la gran
mayoría tuvo que pagar multas más o menos cuantiosas.”181 A quien llenaba
todos los requisitos y pasaba la prueba de purificación se le expedía un
documento llamado cédula de inmunidad o pasaporte.

En este momento, y en virtud de una nueva solicitud de sueldo como maestro


público, Don Agustín Joseph de Torres aparece nuevamente en escena.

El Maestro Torres ante el Consejo de Purificación

Del grito de independencia y la euforia de los primeros años de fugaz


República sólo quedaba el susurro y el lamento. Extirpadas las voces patriotas
e impuesto el régimen del terror, la vida cotidiana de Santafé, ahora vestida de
luto, se hallaba como suspendida en el limbo. No se sabía qué destino podía
correrse. Los papeles de gobierno que daban cuenta de la participación en
cargos, no habían sido destruidos, por olvido o confianza, y aquellos se
encontraban en poder de los realistas. Cualquiera podía ser objeto de denuncia;
las noticias secretas y los rumores se confundían en estos tiempos obscuros.
Sin Presidente ni Congreso, ni Virrey, ni Real Audiencia, la única forma de
gobierno descansaba en los designios y “buen sentido” de Morillo, quien por
delegación expresa del Rey, tenía el encargo, muy honroso por cierto, de no
dejar la menor duda en estos vasallos tórridos y díscolos sobre a quién debían
obediencia y respeto.

De tal suerte, además de la arrogancia peninsular paseándose y husmeando la


procedencia y calidades de los vecinos de Santafé, esta ciudad, como todas las
de la abortada república, fueron testigas del levantamiento de cadalsos en sitios
públicos a la vista y escarmiento de todos. Aquellos que se salvaron de la horca
o el fusilamiento, enfrentarían penas de destierro, penas corporales o trabajos
forzados. Otros quedaron a la espera de un destino ya fuese en hospitales,
maestranzas o dependencias militares.

181 Ibid., pág. 115


De nadie se podía confiar. Todos debían comprobar, ante el régimen
instaurado, su lealtad al trono. Y obviamente, Don Agustín Joseph de Torres,
maestro público, no podía ser la excepción. Ante tales circunstancias, ya
nuestro maestro había tomado algunas medidas ajustadas a los tiempos de
reconquista, y previas a su presentación ante el Consejo de Purificación. El 18
de junio de 1816, un mes después de haberse cumplido la entrada de las tropas
realistas en Santafé, obtenía del escribano público del número, una
certificación en la cual dicho funcionario daba crédito sobre su conducta, celo
y aplicación, “sin que se le haya notado interbención, cedición, ni empleo
alguno en la anterior rebolución...(sic)”182 Posteriormente, en noviembre 28
del mismo año, el Contador Mayor Don Martín Urdaneta certificaba la
probidad del referido maestro, a solicitud del mismo, y para efectos de lo que
en lo futuro le pudiera convenir.

Sería en enero de 1817, cuando ya se había cumplido la retirada de la capital


de Morillo y se habían apaciguado un tanto los ánimos, que el maestro Torres,
como ya era su costumbre de vieja data, se llenaba de valor para dirigir una
nueva representación a la autoridad suprema en ese momento, es decir, al
Gobernador y Capitán General Juan Sámano, cuyo objeto se centra en dos
puntos centrales:

en primer lugar, y argumentado los ya 40 años de ejercicio continuo en el


magisterio de las primeras letras, hace alusión a los 400 pesos de dotación que
dicho cargo tenía sobre el ramo de las temporalidades. Habiendo la escuela
cesado en sus actividades “desde el 6 de mayo pasado de 816 en que las tropas
Reales ocuparon los Colegios en donde está situada” requiere el maestro,
alegando su desempeño, dilatada familia y pobreza, el pago del tercio que tiene
devengado de enero, febrero, marzo y abril, como también la continuación de
la enseñanza.

En segundo lugar, “y en atención a lo arruinado de trastes y adorno de la


escuela en qe ha quedado por haberse echo caballeriza pa la tropa se sirva Vsa
mandar a un comisionado qe la registre y que se repare de los reditos qe han
caido desde el dho 6 de mayo proximo pasado hasta el presente ... 1817 ...”183

182 A.G.N. Sección República, Fondo Ministerio de Instrucción Pública, fol. 1r.
183 Ibid., fol. 3.
Seguramente, los años que nos ocupan están teñidos de crónicas sobre hazañas,
batallas y guerras en el terreno militar. Pero lo que nos está mostrando aquí
Joseph, ya anciano, no puede ser interpretado solamente como un alegato de
sueldo, que de por si podría catalogarse de imposible, en un momento de
escasez de recursos y guerra total. Lo interesante de esta representación es su
tesón por dar continuidad a su ejercicio y recuperar para la enseñanza un
espacio usurpado para caballeriza de un regimiento armado.

Ante ésta solicitud, que pasa de Sámano al Fiscal y de aquel al Oficial Real,
consultando si existen recursos, se responderá como ya era de suponerse, con
una negativa, ya que “no existen fondos ni para el pago de tropas”. Una
respuesta, que por cierto no cejó al maestro Torres en su empeño, como lo
vamos a ver posteriormente, y que en el entretanto lo colocó de frente al
Consejo de Purificación, según observación hecha por el Oficial Real, quien
argumentara que aunque hubiese fondos, el sujeto en cuestión tendría que
justificar “su indemnización y purificación, según se le ha practicado con los
demás empleados”184

... Que es honrado, timorato, recogido y de gesto pacífico

De nada valió la presentación de los testimonios ya recogidos por el maestro


Torres, del Contador y del Escribano, ni tampoco las certificaciones del
Escribano del Número Eugenio Elorza y ni del escribano actual de gobierno,
Vicente de Roxas. Se tenía que cumplir con un procedimiento, valga decir,
instruyendo su solicitud en forma. Tres eran las preguntas que debían contestar
y tres eran los testigos que debían presentarse ante un fiscal o la persona que
determinase el Gobernador.

Las preguntas fueron las siguientes:

“1º Si me conocen de vista, trato y comunicacion, honradez y


conducta en 40 años qe ha que sirvo la escuela de primeras letras
con aprobacion de S.M.
2º Si saben qe no he tenido otra ocupación qe la referida en qe me he
portado con celo y aplicacion en servo de Dios y del Rey

184 Ibid., fol. 4.


3º Si les consta de publico y notorio qe xamas haya tenido
interbencion, comision, ni adepcion alguna en la pasada
insurgencia”185

Tres fueron entonces los testigos que presentó el Maestro Torres: Félix Lotero,
Don José María Zapata y Porras y Don Lorenzo Pacheco y Sea. El testimonio
del primero de ellos, reza lo siguiente:

“... y siendo por el tenor del interrogatorio que motiva esta


diligencia dixo:
A la primera pregunta: Que conoce al que lo presenta, de vista,
trato y comunicación ha muchos años. Que cuando vino el
declarante a esta capital, ya se hallaba empleado en ella de
Maestro de Primeras Letras en la Escuela denominada San Carlos,
en cuyo exercicio ha oydo con generalidad se ha mantenido con
notorio aprovechamiento de crecido numero de jóvenes, poco
después del extrañamiento de los Jesuitas. Que ignora si tiene o no
aprobación de su magesad, pero que su posecion ha sido quieta y
pacifica hasta ahora pocos meses que las tropas del Rey ocuparon
para su alojamiento las piezas destinadas a las Aulas en cuyo
edificio estaba comprehendida la escuela y responde,
A la segunda: Que es cierto todo su contenido, expresado ya en
mucha parte en la anterior respuesta; y añade en esta que el que lo
presenta, es notoriamte tenido y reputado pr hombre pacifico,
recogido y timorato y responde,
A la tercera: que en obsequio de la verdad y de la justicia puede
asegurar qe en todo el tiempo de la rebolucion no ha oydo, ni
sabido qe Dn Agustin de Torres se haya mesclado en lo mas minimo
de estos negocios en qe directa o indirectamte hubiese ofendido
respetos justamte devidos a la soberania y sus ministros ...” (fols.
7r-7v)

Los testimonios de Don José María Zapata y Porras y de Don Lorenzo Pacheco
y Sea, ratifican la conducta arreglada, la juiciocidad y el ser notoriamente
timorato, condiciones que, según los declarantes, le han separado de
conversaciones, papeles y de todo lo demás que de algún modo pudiera obrar a
185 Ibid., fol. 6r.
su opinión y buen nombre.186 Estas consideraciones sobre las calidades del
maestro Torres, serán planteadas igualmente por Don Eugenio de Elorza
(Escribano Público del Número) y Don Vicente de Roxas (Encargado del
Despacho de asuntos de gobierno de la Provincia) en donde en consideración
al maestro describen su conducta, palabras más, palabras menos, como la de un
buen realista.

El 11 de marzo de 1817, Sámano declara al maestro acreedor a los sueldos que


demanda y autoriza las consultas para hacer efectiva la refacción de la escuela.
Y no hubiera podido ser de otra manera, ante tan “superabundantes pruebas”
como bien lo expresa Don Joseph de Torres en una nueva representación ante
el Gobernador y Capitán General Sámano un mes después, solicitando permiso
para que la escuela funcione provisionalmente en su casa de habitación,
mientras se repara la propia.

Y Sámano aceptó, remitiendo el expediente al Síndico Procurador General para


que promoviera lo conveniente a la refacción de la escuela de primeras letras.
Don Agustín iba ganando sus pequeñas batallas ante uno de los más temidos y
rudos oficiales españoles, quien devino en Gobernador y Capitán General por
las circunstancias de la guerra, y quien generara la situación de hecho en la
Provincia de Popayán que motivó la decisión de Nariño de renunciar a la
Presidencia y liderar el ejército del sur para recuperar estos territorios.

Juan Sámano: su procedencia y destino

La relación de Sámano con el Nuevo Reino de Granada data de 1782 cuando


arribó por primera vez a estas tierras. Entre ires y venires, vuelve a
desembarcar en 1794 en Cartagena y se conocen actuaciones documentadas en
Santafé.187 Entre 1805 y 1809 se desempeñó como gobernador de la Provincia
de Riohacha. Como lo comentara Morillo en un oficio reservado dirigido al
Ministerio de Guerra en 31 de agosto de 1816: “Desde antes de la revolución
que hizo deponer al virrey Amar, era Sámano conocido por la rígidez de sus
costumbres, conocimientos militares y carácter inflexible contra los malos.

186Ver: Ibid., fol. 8r.


187“... el 9 de noviembre de 1794, según Oswaldo Díaz Díaz, se hallaba al frente de su unidad de
batallón en Santafé, Tanto así que en mayo de 1798 denuncia al virrey como un hecho arbitrario, el
que el alcalde de segundo voto, don Lorenzo Marroquín, haya arrestado a un recluta del Auxiliar.
Aquí (Santafé) es temido y todos convienen en que si se le hubiera dejado
obrar, no hubiera habido revolución).”188

Como lo refieren las crónicas de la época, Sámano tuvo formado y municiado


el batallón auxiliar en el patio del cuartel, pero el virrey no quiso disponer de la
fuerza. “Al día siguiente, y según lo resuelto en esa memorable ocasión, las
tropas de la guarnición debían jurar el nuevo gobierno, Sámano lo hizo así pero
a regañadientes, ya que el día 25 la Suprema Junta de Santafé le extendió
pasaporte a solicitud propia, y para comienzos de 1811 se hallaba de nuevo en
España.”189 Después participa en la toma de Quito y varias batallas en la
Presidencia de Quito, y posteriormente es encargado por Don Toribio Montes
de la reconquista de Popayán.

El 30 de diciembre de 1813, Nariño, Presidente de Cundinamarca y general en


jefe del ejército del sur, infringe una grave derrota a Sámano, haciéndolo
abandonar Popayán. En Calibío se cumple otro enfrentamiento el 15 de enero
de 1814, del cual también sale derrotado Sámano, quien se refugia en Pasto.
Después es relevado del mando por Montes, y mandado a Panamá, tránsito en
el cual es apresado por los patriotas. Sin saberse a ciencia cierta si fue liberado
por los realistas o dejado en libertad por los patriotas, aparece nuevamente en
Quito. Sucedida la derrota del jefe español Aparicio Vidaurrázaga se le
presentó otra oportunidad y fue enviado nuevamente a Pasto, ciudad leal a los
realistas y después de reconquistar Popayán, llega a Santafé a reemplazar en el
mando a Morillo, quien le concede amplias facultades que le permitieron
continuar con los procedimientos del General en Jefe, hasta recrudecerlos
cuando comenzaron a aflorar los primeros brotes de deserción y sedición
oculta en el país, aquellos que llevaron a Policarpa Salavarrieta al cadalso.

Y es este mismo personaje ante el cual, el maestro Torres interpone y gana.

... para que mirándolas los niños por modo de distracción se les imprima su
objeto

188 Díaz Díaz, Oswaldo. Op Cit., pág. 83.


189 Idem.
Con cargo al Fondo de Temporalidades, Sámano, siguiendo los conceptos del
Síndico Procurador General, aprueba la refacción de la escuela, que según el
cálculo de los peritos Nicolás León (maestro Albañil) y Leonardo Salgado
(maestro de Carpintería), se elevaba a 350 pesos. El 18 de mayo de 1818, un
año después de decretada la refacción, y ante las incomodidades de la
enseñanza provisional en la casa de habitación, Don Agustín Joseph de Torres
recibe las llaves de la escuela ya restaurada, entrega que se había dilatado sin
justificación durante todo este tiempo.

Las novedades en mobiliario y arreglos del sitio ocupado por las tropas y
utilizado como caballeriza, debió dejar absortos y con la boca abierta tanto a
maestro como a discípulos. De tales cambios da cuenta Don Agustín en un
documento que como ningún otro nos brinda una imagen certera de la
distribución, ornamentación y organización del espacio escolar, ya en el
umbral de la colonia:

“Razon de los reparos y composicion de la Escuela de primeras


letras para su seguimiento en la enseñanza y direccion de Don
Francisco Domínguez como comisionado del Superior Gobierno
en la forma siguiente:

Primeramente se enladrilló toda la escuela


Item se blanquearon sus quatro paredes
Item se hizo un Alteron con su mesa y silla de sentarse para el
Maestro a cuyos lados se hicieron asientos de madera de dos
ordenes para los niños de distinción y aplicación
Item se hizo el Altar nuevo colocando la imagen de la Santísima
Trinidad antigua con su marco de yeso y San Casiano como
Patrono de la escuela.
Item se renobó y limpió dicha imagen y los santos de San Ignacio y
San Francisco Xavier que se colocaron con su gotera encima del
asiento del maestro
Item se colocaron en el Altar los dos niños San Justo y San Pastor
limpios y aseados en sus repisas de yeso
Item se refaccionaron 5 estantes de escribir con sus bastidores
nuevos para muestras igualmente los bancos de sentarse que se
compusieron
Item un escaño nuevo de madera en que se podran sentar 6 niños
cartilleros
Item se hizo un bastidor de la ventana frente al Maestro de
vidrieras para la mejor luz como estaba antes
Item se gravaron en las paredes letras distintas del Alabado para
que mirandolas los niños por modo de distracción se les imprima su
objeto
Item en las paredes de arriba y el cuerpo de una pared de las
principales se hicieron manzanas de maderas para poner los
sombreros y capas
Item en la puerta de dicha escuela se le puso chapa y llabe y un
cerrojo abajo todo de buen gusto y seguridad
Item un escañito de madera para sentarse el portero
Item en la puerta de la calle se le puso chapa llabe cerrojo de fierro
y un pasamano de madera
Item se me entregó la llabe de la Escuela por mano de Don
Francisco Roxas Oficial de la Escribanía de Gobierno. Y para que
conste doy y firmo la dicha razon en Santafe a 12 de mayo de 1818.

Agustin Josef de Torres190

De la solicitud que nunca presentó y su jubilación por decreto, ya en la República

Teniendo sobre sus hombros más de cuarenta y dos años de ejercicio como
maestro Público, desde 1818 comienza a considerarse la posibilidad de
promover la jubilación de Don Agustín Joseph de Torres, jubilación que él
nunca solicitó y que fue promovida, paradójicamente, por su persistencia en
ejercicio de la enseñanza. Eso fue lo que sucedió cuando el maestro Torres,
preocupado por la demora en la entrega de la escuela, escribió una más de sus
misivas, pero esta vez en un tono enérgico que contrasta con su tradicional
acento suplicante. El 3 de abril de 1818, casi un año después de ordenarse la
refacción de la escuela, Don Agustín se dirige al General en Jefe, Juan
Sámano, en los siguientes términos:

“... se sirvio la justificacion de V.E. por tres decretos de 20 de

190 A.G.N. Sección República, Fondo Ministerio de Instrucción Pública, fol. 326
Febrero, 11 de Marzo y 11 de Abril del año pasado de 1817
declararme acreedor a dicha Escuela y sueldos de su dotacion, y que
se entregase el Expediente al Procurador Gral. Dn Francisco
Dominguez para que concurriese a la composicion y reparos de ella.
En efecto a poco tiempo se compuso dicha escuela. Mas habiendole
recombenido, por mi y muchas personas por la llabe haciendole
presente la incomodidad de la enseñanza provisional en mi casa, la
de los padres de familia que anelan por sus hijos; a vista de tan
enorme y estraña dilacion de un año que se cumple este 11 de Abril
del presente año de 1818, suplico a la piedad de V.E. se sirva
mandar a dicho Dn Francisco Dominguez que en el acto entregue la
llabe de dicha Escuela para seguir en la enseñanza y cumplir con las
sabias providencias de V.E...”191

Ante la contundencia de los argumentos de Don Agustín, el Síndico


Procurador General se vio en la obligación de explicar su actitud, aclarando
que “no se concluyo la obra con la presipitud que era necesaria porque se
presentaron varias dificultades al efecto y no se le entrego la llabe al maestro
por lo mismo y no por una negativa como quiso suponer...”192 La denuncia de
la negligencia del alto funcionario virreinal en el cumplimiento de tan
importantes ordenes superiores, colocaría al maestro Torres como blanco de la
furia del Síndico Procurador, quien no tardó en dar los primeros pasos para
vengar tan alevosa actitud de un funcionario de menor destino. No bien entregó
las llaves de la nueva escuela, procedió a escribir dos notas a Sámano: en una
de ellas, de manera premeditada y en tono confuso, insinuó la necesidad de
jubilar a Don Agustín; en la otra, aprovechando la remisión formal de la
entrega de las llaves de la escuela, propuso que se pasara el expediente en
cuestión al Ilustre Cabildo para que aquél, como patrono de la escuela,
estableciera las reglas y método a las cuales debería someterse el maestro “que
estuviese a cargo de la escuela”.

Con estos comentarios, pensaba el Síndico resarcir su honor y poner en regla al


insolente maestro. Pero por aquellos juegos del azar y de la buena estrella que
acompañó a nuestro ya anciano maestro, quiso el destino jugarle una mala
pasada al negligente funcionario: el Ilustre Cabildo, al leer la nota del Síndico,

191 Idem.
192 Ibid., fol. 327
manifestó su sorpresa ante tamaña sugerencia, y en una extensa misiva de
respuesta, dejo en claro la importancia de mantener a Don Agustín en la
enseñanza y la impertinencia de la solicitud del Procurador:

“...estando D. Agustin de Torres en aptitud de poder desempeñar el


destino de Maestro de primeras letras, y sin que haya cometido
falta alguna en el exercicio de esas funciones, sin injuria no se le
podría separar de el. Por muchos años ha servido con honradez y
con aplicación y sus tareas y trabajo han sido provechosas al
publico por la educacion que de el han recibido los niños a quienes
ha enseñado a leer a escribir y los primeros rudimentos de la
religion. Él no ha pretendido que se le jubile, y antes bien ha
solicitado se le entreguen las llaves de la escuela para seguir en su
antiguo exercicio. Por esto, y por que no hay ramo de donde se
deduzca la extemporanea jubilacion que el Procurador quiere...
debe declararse sin lugar tal pretension como opuesta a lo que el
mismo representa.”193

Pero los argumentos del Cabildo no se quedaron allí. Ante la otra pretensión
del Procurador, aquella referida a la necesidad de establecer las reglas y el
método para sujetar el ejercicio del maestro, los cabildantes señalan
enfáticamente:

“... en quanto a la distribucion de las horas, y de las clases de


discipulos el Maestro es quien debe hacerlo, como que inmediato de
ellos conoce las ventajas que van adquiriendo, su capacidad, y por
consiguiente el trabajo de que sean susceptibles y la clase a que
deban abscribirse.”194

Este será el último rastro del maestro Torres bajo el régimen español. Don
Agustín, un realista y noble vasallo, ajeno a cualquier acto en contra de la
dignidad de su majestad, pero persistente en la defensa de su escuela y su
dignidad como maestro, ya en la recién fundada república, y por las paradojas
del destino, resultó ser catalogado como buen patriota, y recibió en el año de

193 Ibid., fol. 330


194 Ibid., fol. 330
1820, sin haberlo solicitado, y bajo las rúbricas de los nuevos gobernantes, su
jubilación con una asignación de 150 pesos. Quizás los nuevos patriotas, ante
la notoriedad de la labor de aquel anciano maestro, tuvieron un gesto de piedad
y a pesar de conocer sus afectos realistas, optaron por retirarlo de la mejor
manera, sin manchar su dignidad y decoro. Así parece mostrarlo la solicitud
que hiciera el Ministro del Interior el 6 de abril de 1820:

El M.I.A. persuadido de que uno de sus principales deberes es


promover la educación de la juventud, ha acordado en Acta de 5 del
corriente se represente por mi ante Su Excelencia, la necesidad de
que se provea la escuela de un maestro. El Señor Agustín Torres a
pesar de haber desempeñado hasta el día este destino con la mayor
exactitud, y de un modo tan satisfactorio al público, ha llegado por su
edad, a un estado de casi absoluta incapacidad. Un decidido
patriotismo, y quarenta o más años de servicio, y entera consagración
en la educación de la juventud, hacen a este individuo acreedor a las
consideraciones del Alto Gobierno y digno por lo mismo de que su
Escelencia le dé por jubilado y decrete alguna recompensa, que
puede consistir en cierta asignación anual de la dotación misma de la
escuela en la que Su Excelencia tenga a bien. Lo digo a V.S. en
cumplimiento de lo dispuesto por esta corporación, para que se digne
elevarlo al conocimiento de S. Excelencia. Dios guarde a V.S. muchos
años, Bogotá, 6 de junio de 1820. Firma Jose J. Echeverri195

El 12 de junio, el Secretario del Interior Estanislao Vergara, determina la


jubilación del maestro Torres y autoriza la fijación de carteles para proveer el
cargo de maestro de escuela con una dotación de trescientos pesos. En su
comunicado se fijan las condiciones que debe tener el nuevo maestro, así:

“Debe tener el opositor la cualidad de leer y escribir correctamente,


principios de aritmética, buenas costumbres en lo moral y opinión
por la República”.196

Serán nuevos tiempos, los de la Gran Colombia y la noche septembrina, los de


Santander y las escuelas lancasterianas. Mientras se acomodan las fuerzas del

195 Ibid., fol. 384


196 Ibid., fol. 385
convulsionado siglo decimonónico, asistimos ahora al ocaso del maestro
Torres. Su sucesor se nombró dos meses después... pero, vamos, esa es otra
historia.
Epílogo
Reflexiones sobre
la historia del maestro
en Colombia

¿Dónde estarán
aquellos maestros...?

He aquí algunos fragmentos, retazos discursivos que forman parte de la


historia de la práctica pedagógica en Colombia. Fragmentos de un discurso
que, inicialmente y a manera de cronicón de rúbricas, registra un
acontecimiento fundamental dentro del panorama cultural de la Colonia: el
surgimiento del maestro, pero que a la vez van describiendo las vicisitudes, los
avatares, las miserias, las luchas, las esperanzas e ilusiones de una figura cada
vez más desplazada y oculta tras dos siglos de historia: el maestro de escuela.

¿De dónde proviene


el maestro de escuela?

“Admite un pobre artesano en su tienda los hijos de una vecina


para enseñarlos a leer; ponerlos a su lado mientras trabaja a dar
voces en una cartilla, óyelos todo el vecindario; alaban su
paciencia; hacen juicio de su buena conducta; ocurren a hablarle
para otros: los recibe y al poco tiempo se ve cercado de cuarenta o
cincuenta discípulos”. (Simón Rodríguez, 1794)

Artesano: carpintero, barbero, peluquero, sastre, zapatero, dueño de un saber


que materializa con sus manos en una obra para gusto del cliente y
reconocimiento suyo, acoge a su lado, con la esperanza de un real, una vela, un
pan o un huevo semanal, una materia prima en la que, paralelamente a su
práctica artesanal, grabará e imprimirá las letras del alfabeto, los números,
algunas oraciones y pautas morales.
“Y se verá que ha sido costumbre antigua retirarse los artesanos
de sus oficios en la vejez, con honores de maestros de primeras
letras y que con el respeto que infunden las canas y tal cual
inteligencia del catecismo, han merecido la confianza de muchos
padres para la educación de sus hijos: que muchos aún en actual
ejercicio forman sus Escuelas públicas de leer y peinar, o de
escribir y afeitar, con franca entrada a cuantos llegan sin
distinción de calidades, y nunca se ve salir de ellas uno que las
acredite”. (Estado actual de la escuela y nuevo establecimiento de
ella. Simón Rodríguez, 1794)

La enseñanza pública de las primeras letras en Colombia, aparece


históricamente ligada a la posibilidad de cierta redención económica.
Posibilidad planteada para algunos sujetos que vinculan la enseñanza de las
primeras letras a la enseñanza de un oficio artesanal. Cuando, hacia la segunda
mitad del siglo XVIII, el Estado declara la educación como objeto público, la
enseñanza de las primeras letras pasa a ser un oficio civil e independiente,
inaugurando, de esta manera, un nuevo espacio de trabajo dentro de la
restringida sociedad colonial, hacia el cual confluyen algunos sujetos con la
pretensión de mantener una posición con asomos de decoro. Por aquella época,
villas y ciudades vieron surgir y expandirse unos ciertos mercaderes de saber,
sujetos anónimos que no bien marcan el umbral de su presencia, cuando son
tildados de “hombres perdidos, sin instrucción ni probidad”; mercaderes de la
enseñanza que deambulan por las calles, individuos desheredados sin ninguna
raigambre social,

“sujetos que andan por las estancias pretextando enseñar a leer o


escribir a niños, para solapar su vagabundería y tener que comer
con título de maestro”. (Francisco A. Miranda, cura de Ubaté,
1792)

Signados por su propio origen, las formas que definieron su inclusión dentro de
las prácticas sociales de la época, fueron las del control y la vigilancia. De aquí
y allá se escuchanban las denuncias de curas, burócratas y vecinos notables;
denuncias que en algunos casos llegaron a exigir el arresto de aquellos
novedosos personajes, que desde una casa o una tienda,
“recogen algunos muchachos a quienes por su sola autoridad
enseñan lo poco que saben, o tal vez aparentan enseñarles para
sacar alguna gratificación con qué alimentarse, sin que proceda
licencia, examen ni noticia de sus superiores”. (Francisco A.
Moreno y Escandón, 1774)

Fue precisamente en este juego entre alguna gratificación con qué alimentarse
y la ausencia de autorización estatal, examen y noticia de superiores, en donde
se debatió el estatuto del nuevo sujeto. Sujetos que por “su mala situación
económica, la abundante familia, o la necesidad de mantener por otros
medios”, (Darío Echandía, Ministro de Educación, 1936) recurrían a la
enseñanza de las primeras letras, como una posibilidad, una alternativa, una
esperanza, o simplemente una solución inmediata y pasajera mientras se
plantean mejores oportunidades. Cientos de expedientes sobre solicitud de
nombramiento o expedición de título de maestro se encuentran en los folios de
los archivos coloniales:

“Pues busco honestamente los medios de sostener a tres hermanas


mías doncellas y a mis ancianos padres que rayan ya en la edad
octogenaria” (Miguel Jerónimo Sierra y Quintano, 1808)

Juan de la Cruz Gastelbondo, maestro de escuela de Sogamoso, solicita al


Virrey en 1792, “se sirva prohibir toda otra escuela y que no haya si no la del
maestro Melchor Zerón y la mía...”, argumentando como principal razón para
su solicitud que

“...como es notorio, he tomado esto por oficio, como tan útil y


santo; y aunque es cierto que pretendo en algún modo por este
medio subvenir a las notorias escaseces mías y de mi familia,
también es notorio que a más de que el salario que de uno u otro
niño recibo es muy escaso, enseño de balde a la mayoría de ellos”.

Son estas peticiones y solicitudes cuyo argumento principal es la amenaza del


hambre y la desnudez, las formas que adquirió la batalla solitaria de unos
cuantos sujetos que andando por las estancias, y a costa de su escasez y
pobreza, de su desnudez y miseria, intentaron ganar las condiciones de
existencia de una práctica, que si bien no satisfaría sus necesidades, por lo
menos, como diría siglos después, el ministro Echandía, les permitía mantener
una posición con asomos de decoro.

Limpieza de sangre,
limpieza de alma

“...cristiano viejo, sin mezcla de mala sangre”

Desde su mismo surgimiento, el maestro logra un espacio y un tiempo para su


decir, pactando y sometiendo su cuerpo y su alma a la mirada pública y a los
designios del poder estatal. De allí que la definición del contenido y la forma
de su práctica no se halle al interior de su gremio, que a la vez que estableciera
el régimen de preeminencias y sanciones, concediera un cierto nivel de
identidad y autonomía a sus asociados, sino más bien de aquella que proviene
del exterior, en donde la sanción, el control, la vigilancia dependen del cura, de
los vecinos o de cualquier funcionario de mediano o corto destino.

Artesano de un saber sobre las primeras letras, las exigencias en torno a su


oficio corresponden más al orden de la virtuosidad, que al de sus condiciones y
requerimientos de saber como sujeto enseñante. De allí que su principal
obligación fuese la de inculcar, a partir del ejemplo, el santo temor de Dios y la
obediencia al Rey, después de la cual podía asumir la instrucción de los niños
en los rudimentos de las primeras letras, basado en la práctica del catecismo y
la cartilla de oración. Caracterizado por una relación precaria con el saber, el
ejercicio del magisterio público de primeras letras se convalidó y ratificó
socialmente en tanto que armonizó su acción con el orden del cristiano y del
vasallo.

Ante la arremetida del Estado para declarar la educación como objeto público,
entendiendo por público aquello susceptible de su control, el oficio del maestro
fue reconocido como un bien público, en tanto se hallaba articulado a la
felicidad del reino, pero ante todo porque estaba comprendido dentro de la
órbita de lo estatal; a fin de cuentas, fue el Estado quien lo engendró,
delegándole cierta autoridad y algún derecho, siempre restringido, de
pronunciar y
“ejercer un discurso dentro de un tiempo y un espacio propio,
precisamente en un momento en el cual el cura tenía el privilegio
exclusivo de intelectual además de preceptor, formador y director
espiritual de los feligreses de su parroquia”. (Escuela, Maestro y
Métodos en Colombia: 1750-1820”, Alberto Martínez Boom)

Si bien la presencia de aquellos mercaderes de saber suscitó el rechazo del cura


y, en alguna medida, de las autoridades virreinales, aquel entendió que la única
forma de regular y controlar su peligroso acercamiento a los parroquianos era
la de concretar las directrices emanadas del Superior Gobierno sobre
instrucción pública, en las cuales se reiteraba la importancia del maestro como
el gestor de mentes y cuerpos. Haciendo eco de la necesidad que tiene el
maestro de ser “mirado por el público con la veneración y respeto que merece
una ocupación tan respetable, como que de ella pende la felicidad pública”,
(Santiago de Torres, cura de las Nieves, Santa Fé, 1809) reafirma, igualmente,
el deber del vecindario en general, de estar en la mira de que el maestro
nombrado satisfaga cumplidamente su obligación. (Cabildo del pueblo de
Nemocón, 1778)

El maestro apareció, entonces, en medio de un doble juego, de una doble


presencia: de una parte, bajo la condición de formador de la juventud, de los
vasallos, elemento esencial para la permanencia y cohesión social, elemento
útil para asegurar la existencia de la escuela; pero también, y en donde lo
importante no fue tanto su oficio como su persona, la de centro de miradas,
motivo de rigurosa vigilancia, calificación y control. Teniendo entendido que
al maestro corresponden “todas las gracias, franquezas y libertades que por
razón de su dicho oficio le deben ser guardadas y le pertenecen, en cualquiera
manera” (Corregidor Justicia Mayor de Sogamoso, 1782), de igual forma y en
atención a su condición pública, debería “arreglar su vida por una conducta
seria y juiciosa que sirva de regla a sus discípulos” (Domingo Duquesne de la
Madrid, cura de Lenguazaque, 1785). Siendo lo esencial su conducta moral, el
maestro debió sujetar sus mínimas flaquezas, distanciándose de su condición
primera de “hombre libre”, aquel que andaba por las estancias, y pasando a ser
sujeto público, delineado desde la virtuosidad, en sus condiciones personales, y
por las directrices estatales, en lo que respecta a su oficio.
La demanda por el saber, la otra cara del oficio del maestro, fue escasa y
precaria. Poco importaba, en todo caso, cuando lo que estaba en juego era la
regulación, el control y la vigilancia de un “sujeto” de reciente nacimiento. Se
tejió así una red de poder sobre este nuevo sujeto: del cura recibió el favor del
púlpito y la certificación de la virtuosidad y buenas costumbres; de los vecinos,
su reconocimiento o aprobación social gracias a que su oficio les permitía el
“descargo de sus conciencias”; y de los funcionarios reales, las sanciones y
prerrogativas de la Corona, la expedición de su título (primera forma de
reconocimiento de su público ejercicio), pero en su misma figura sufriría la
suerte de la desidia del Estado, hasta interiorizarla.

Una “congrua sustentación”

Enjuto de hombros, con flacura de maestro de escuela, que no es precisamente


su condición natural, sino que la padece (El Maestro de escuela, Fernando
González, 1936), el maestro surge desde la solicitud en justicia, “por público y
notorio”, de una congrua sustentación para subvenir a sus necesidades. Larga
esperanza de un remedio que ponga fin, de una vez por todas, a la desidia que
le ignora su pagamento o mínimo estipendio,

“no solo el actual, el resagado, con cuia causa me hallo en la más


miserable situación, que el compasivo pecho de Vuestra Excelencia
puede considerar: expuesto cuasi a la mendigua, para la
manutención de mi familia, por manera que muchos días deja de
calentar el sol cuando aún no se ha resebido el desayuno...” (Juan
de la Cruz Gastelbondo, 1798)

Congeladas sus voces en pergaminos, multitud de folios que conforman


medianos expedientes, extensos algunas veces, se encuentran allí elegías de la
prosternación, alegatos en justicia mayor, agonías, entierros.

El maestro surge investido de una ética que le impone una forma de vivir,
dirigida al control del cuerpo, como resistencia al hombre en un lento proceso
de descomposición ante las ausencias de alimento corporal e intelectual. Ante
la inminencia de la crisis última, el cuerpo se sobrepone, la mente se vuelve
lúcida, la pluma se desliza sobre el pergamino, disponiendo así el maestro, tal
vez, de lo único que es suyo: el sello retórico de su discurso. Ante la
resignación total lo único que le queda es su discurso: y el primer discurso del
maestro es el de la súplica; su presencia primera evoca el profundo
acatamiento, el mayor respeto y veneración, la más humilde representación, el
socorro de limosna. Decálogos de la postración ante los pies de...

“...que siendo nombrado ha el tiempo de onze años, cinco meses y


sufriendo algunas necesidades para la vida humana, les suplico se
sirvan movidos de la caridad del Rey, mandar añadirme algún leve
socorro del dicho ramo de Temporalidades para poder subvenir a
las urgencias lloradas.” (Agustín Joseph de Torres, maestro de
escuela, Santafé, 1787)

Se escuchan más de una vez los ritmos de las agonías, aparecimientos


marginales de sujetos sin rostro, solicitando tímidamente, nunca exigiendo, no
su salario, sino tal vez alguna indulgencia, una congrua sustentación, o quizás
una gratificación graciosa. Peticiones sucesivas que en los más de los casos,
duran lo que dura su vida. Circularidad que atormenta. Punto permanente de
encuentro.

“Como así mismo se mandó por Vuestra Excelencia, comparecer


de su Fiscal se me pagara ciento cincuenta pesos por cada año, de
los propios de esta jurisdicción, lo que hasta la fecha no se ha
verificado... No podré menos excelentísimo Señor que justamente
lamentarme y ocurrir a la fuente de su justicia exclamando por
medio de esta representación, las diarias necesidades que padesco,
por las cuales he llegado al bergonzoso caso de pedir limosna
algunas veces, para mantenerme, como el ya forzoso de molestar el
piadoso ánimo de Vuestra Excelencia, significando cómo en los
seis años que hace que celebro el primer despacho de Vuestra
Excelencia, no he faltado al cumplimiento de esta obligación de tan
pesado trabajo, con copioso número de jóvenes, sin la más leve
renta, mantenido solo con la esperanza de que cuando no hoy,
mañana, se me contribuyese con el correspondiente pago...” (Juan
de la Cruz, Gastelbondo, 1796)
Denuncia ante la cual se contrapone la perseverancia constante en la
enseñanza, la asistencia incesante a su cita diaria “como es público y notorio”,
al frente de una junta de niños (que en muchos casos llegaba a doscientos),
testigos accidentales, cómplices espontáneos de las hambrunas no solo
corporales sino también intelectuales (aunque menos evidentes), de su maestro,
aquel que difícilmente les enseñaba a garabatear su vida entre sílabas y
avemarías, jolgorios y castigos de sangre deletreada; empeñado, como ningún
otro, en trasegar a sus mentes no pocas “nociones fantásticas” sobre los
números y la religión, la obediencia al Rey y el santo temor a Dios.

Solicitudes que se repiten, sucediéndose una tras otra hasta llegar al


desconcierto, “canción de necesidad y de miseria perdida en sórdidos
legajos...” (Historia de Maestros, Jesús Alberto Echeverry) de archivos,
peticiones que desbordan los posibles límites de aquel pasado donde han
quedado registradas, para confundirse con el presente de un oficio que hoy por
hoy supera los dos siglos de existencia.

El maestro de escuela ha sido mendigo de su salario...

“...el qual no ha ni motibo para que se me retenga por ser


legítimamente ganado con mi sudor y trabajo necesario al socorro
de mis urgencias y asistencia de mi familia.” (Manuel Ramírez,
maestro de escuela de Popayán, 1792)

Una ilusión:
El maestro intelectual

Desde sus inicios, el magisterio de las primeras letras aparece marcado, como
una huella congénita, por la ilusión de un estatuto intelectual.

“Como formador de las mentes de los niños, como guías en su


dirección por las sendas de la subordinación, obediencia y respeto
a las potestades legales” al maestro se le deben guardar “todas las
honras, gracias, preheminencias, franquezas y libertades que le
corresponden sin que le falte cosa alguna”. Su trabajo “debe ser
mirado por el público con la veneración y el respeto que merece
una ocupación tan respetable, como que de ella pende la felicidad
pública”; por lo cual, “ningún sujeto, sea de la clase o condiciones
que sea, tendrá facultad para reprehender, amenazar, e insultar al
maestro.” (Josef Ignacio Ortega, Gobernador de Popayán, 1776)

Ninguna oportunidad es desaprovechada por el poder para referirse al maestro


como el forjador del mañana, como el encargado de la delicada tarea de
transmitir la herencia cultural a las nuevas generaciones. Siendo colocado su
oficio como de los más dignos y respetables, su labor ha sido considerada de
las más importantes y útiles a la sociedad. Sin embargo, desde su surgimiento
el maestro ha ocupado un plano secundario en el terreno intelectual, ha sido
desplazado por otros sujetos, otros han hablado por él, otros han definido
históricamente su estatuto, otros han condicionado y delimitado su hacer y su
decir.

Dentro de estos otros, el cura ha ocupado un lugar privilegiado. Desde mucho


antes de la aparición del maestro, el cura se perfiló en el panorama social como
el intelectual por excelencia. Era él el depositario de la verdad divina,
dominaba la lectura y la escritura, conocía el latín, había sido formado en
Teología y Filosofía, y además, poseía toda una tradición como sujeto
enseñante. Saber y poder se articulaban en la figura del cura como en ningún
otro sujeto. Cuando comienzan a. aparecer aquellos sujetos que andan por las
estancias, fue el primero en alertar los vecinos sobre el peligro que representa
poner a los niños en manos de “hombres perdidos, sin instrucción ni probidad”.
Por ello, todo sujeto que pretendiese dedicarse a la enseñanza debía, primero
que todo, contar con su aprobación: bendición moral que se anexaba a manera
de certificado y como requisito indispensable de buena conducta en las
solicitudes de nombramiento ante Cabildos y Ayuntamientos.

Así, e1 maestro aparece ligado a la figura del cura. Su autonomía, muy a pesar
de su designación como director de escuela, estuvo restringida. La selección
de los discípulos que asistirían a su escuela, “la fecha de los exámenes, los
horarios, la premiación y en ocasiones el premio, todo esto era decidido más
que por el maestro, por el Cabildo y aun más por el cura”, (Escuela, Maestro
y Métodos en Colombia: 1750-1820, Alberto Martínez Boom)
La autonomía del maestro queda así desdibujada.

Usurpada su autonomía, definido por otros, dependiente del cura para su


aprobación moral, y del Cabildo para su autorización legal, el maestro se
constituye en un intelectual de segunda categoría. Su ilusión como intelectual
surge entonces como producto del enfrentamiento entre las condiciones de
miseria, las urgencias lloradas, las súplicas por un socorro de limosna, y la
figura idealizada promovida por el Estado. En la lucha contra el hambre, contra
la desnudez, el maestro interioriza esa imagen delineada desde el discurso
estatal como forma de dignificarse, como estrategia para derrotar su condición
subordinada, sus miserias.

Es la ilusión que lo anima, que lo impulsa a persistir en su ejercicio, que le


permite vivir con cierta dignidad. Dignidad de maestro de escuela cuya
primera forma de utilización de su saber ha quedado, a manera de monumento
histórico, como una súplica por un mínimo estipendio: representaciones en
donde, a partir de una singular retórica, se delinea dramáticamente la
menesterosidad de la práctica pedagógica: “poiesis” que nos describe las
primeras formas de un drama cultural.

La ilusión del maestro como intelectual ha sido, entonces, un mecanismo


particular para atraer y mantener sujetos en la enseñanza: mecanismo que
articulado a la vocación, hace del maestro un privilegiado, un escogido, y de su
labor, un apostolado. Sutiles formas del poder que a través de dos siglos han
logrado mantener sujeto, bajo control y vigilancia, al maestro de escuela.

Hace algo menos de doscientos años, Agustín Joseph de Torres Patiño, pionero
del magisterio colombiano, inauguró aquella ilusión intelectual del maestro.
Después de solicitar durante veinte años un aumento de salario, y gracias a un
designio del azar que le permitió momentáneamente subvenir a sus urgencias,
ya naturales de maestro de escuela, escribió una Cartilla Lacónica de las
Cuatro Reglas, de la Aritmética Práctica. Un acontecimiento cultural que no
bien se suscitó, quedó relegado al olvido. Primera cartilla, y de aritmética, que
escrita, según los cánones de la época, posee dos méritos particulares, entre
otros: haber sido escrita por un maestro escuela, y emerger a la luz pública en
un momento en que la escritura y los impresos estaban sometidos a una estricta
práctica de censura, además de su carácter restringido a una élite intelectual.
Cartilla que había permanecido sumergida tras dos siglos de historia y que hoy
tenemos como símbolo de una ilusión que se ahogó en las urgencias lloradas
de un maestro público. Registro que atraviesa la historia, testimonio
irrefragable de la ilusión intelectual de un maestro cuya huella se perdió en la
historia, dejándonos tan sólo su escritura, registro paradójico de su vida y de su
condición de maestro de escuela; escritura desde la cual nos enseña, a su
manera, las cuatro operaciones de cuentaguarismo, escritura que nos describe a
la vez, la condiciones del surgimiento de un sujeto en el panorama cultural de
finales del siglo XVIII.

Paradigma moral... y de pobreza

Emprender la recuperación histórica del maestro en Colombia, además de


permitirnos rescatar uno de los capítulos culturales más importantes de nuestra
historia, nos ha remitido a la descripción de un drama: drama cultural cuyo
personaje central ha sido el maestro de escuela; drama cultural que ha tenido
como temática fundamental la “ilusión del maestro como intelectual” y como
escenario, la subordinación y condena social del magisterio.

La historia del maestro es, pues, la historia de una paradoja permanente que ha
marcado el discurso pedagógico en nuestro país. Desde sus inicios hacia la
segunda mitad del siglo XVIII, el maestro en Colombia ha sido dibujado por el
poder estatal como la figura cultural por excelencia, como el intermediario
privilegiado entre sus políticas educativas y los fines sociales de la educación,
como el sujeto digno de la mayor consideración social, como el símbolo de la
virtud y el ejemplo. Dibujo caricaturesco que se ha esmerado en pulir desde
hace ya dos siglos para superponer a la figura escuálida, mendicante, anónima,
marginada, a veces indolente, de un sujeto cuya primera huella en la historia
tiene la forma de una súplica por un “socorro de limosna con qué subvenir a
sus urgencias y a las de su dilatada familia, con qué mantenerse de vestido y
demás alimentos para el cuerpo”. Las finas líneas con que el poder ha
delineado desde el discurso al maestro, contrastan notablemente con la rudeza
de la miseria que ha marcado el cuerpo y aun el espíritu del maestro de
escuela.
Armado con los rudimentos de un saber sobre las primeras letras y las cuatro
operaciones del cuentaguarismo, un novedoso personaje, hace ya más de dos
siglos, se lanzó por villas y ciudades a derrotar su miseria con la esperanza de
un pan, una vela o un huevo semanal, trueque que recibía de sus discípulos a
cambio de su exiguo saber. Mercader de saber, no bien traspasa el umbral de lo
público, cuando ya es objeto de disímiles miradas: de aceptación y acogida
entre la población; de rechazo y persecución por parte de autoridades civiles y
eclesiásticas. Marcado por esta contradicción, pronto se ve atrapado por la red
del poder, y de sujeto libre, pasó a ser mendigo de un salario.

Y es ésta la condena de lo público. Desde sus primeras inmersiones en el


panorama social, el maestro ha merecido, o mejor aún, ha padecido el carácter
de sujeto público, condición que adquiere desde el mismo momento en que es
atrapado por aquella red ambivalente del poder civil y el poder eclesiástico que
lo condena a un doble juego: control de su ejercicio y mendicidad de su
estipendio. Lo público se erige entonces sobre el maestro, antes que a manera
de territorio propio donde ejercer su práctica, donde poner a funcionar su saber
para saberse, más bien como territorio de exilio dentro del cual no solamente
se verá normatizada su práctica sino su vida misma, pues quedará, desde
entonces, expuesta a la mirada y censura pública. Aunque el maestro recibió el
título de Director de escuela, su actividad dentro de ella estaba totalmente
controlada y dirigida por las autoridades civiles y eclesiásticas locales: a las
primeras debía su nombramiento, su autorización para el ejercicio de la
enseñanza y de ellas dependía su permanencia en el cargo; a las segundas debía
su aprobación moral, su “bendición” como sujeto virtuoso. Curas y burócratas
seguían de cerca su comportamiento dentro y fuera de la escuela y definían las
condiciones morales y de saber para el ejercicio de la enseñanza.

Los múltiples destinos

Como sujeto público, el maestro debía ser un hombre ejemplar, de “conocida


probidad y buena conducta, de vida pura e irreprehensible”; debía el maestro
entonces “arreglar su vida por una conducta seria y juiciosa que pueda servir
de regla a sus discípulos”. Es este su primer estatuto: hombre virtuoso antes
que erudito, condición que matizada, acompaña aún su imagen. Como sujeto
público, debía, además, contar con la autorización virreinal para percibir un
estipendio a cambio de su trabajo, hecho que lo liga paternalmente al poder
estatal. He ahí el precio que pagaron los primeros maestros por ganar las
condiciones para el ejercicio de una práctica: pago por la legalización de su
oficio, por la autorización del poder civil, a manera de título para cobrar algún
estipendio por su labor, y del poder eclesiástico, a manera de aprobación
moral, para obtener la confianza de los fieles en el ejercicio de su práctica.
Práctica que desde entonces ha quedado atrapada en las redes del poder
imponiendo al magisterio el carácter de práctica normatizada y controlada por
el Estado. El maestro, en contraposición con el carácter de hombre público, ha
sido más bien sujeto público, es decir, sujeto de lo público, como lo ha
entendido el Estado: como territorio de su jurisdicción, de su potestad, y por
tanto, de control y vigilancia. Quedó así el maestro sujeto al poder por la
norma que dirige, controla, circunscribe su práctica y hasta su vida misma
mediante la caracterización moral que hace del sujeto de la enseñanza y por el
salario que recibe, el cual tiene que mendigar.

Estas condiciones impuestas al maestro han hecho que se plantee, desde su


mismo surgimiento, una triple opción: pensar en otro destino, refugiarse en la
vocación para sobrellevar las vicisitudes de la enseñanza o interiorizar la
ilusión del maestro como intelectual. Agustín Joseph de Torres, quien fuera
maestro de la primera escuela pública de Santa Fe de Bogotá, al borde de la
miseria, y agotado de suplicar un aumento de salario a manera de “socorro de
limosna” durante más de diez y seis años, pide al Virrey en 1791 que de no ser
posible su solicitud, le asigne otro destino en el que “respire mi necesidad y
resplandezca la misericordia de Vuestra Excelencia”. Bartolomé de los Arcos,
maestro de escuela de Popayán, se vio obligado a renunciar a su cargo después
de siete años de ejercicio por presiones de vecinos, autoridades civiles y
eclesiásticas ante la imposibilidad de dedicarse exclusivamente al magisterio,
pues su salario asignado no era suficiente para cubrir sus necesidades. Ayer
pedían cambiar de destino por cualquier otro que les permitiera una “congrua
sustentación”; hoy pasan por el magisterio mientras cumplen con los requisitos
académicos para otro destino, en los negocios, la ingeniería, el derecho, la
arquitectura.

Visto así, el oficio de maestro sería un oficio pasajero si no existiese ese doble
mecanismo para mantener sujetos en la enseñanza: la vocación y la ilusión
intelectual. Es el caso de algunos que imposibilitados o no tan ambiciosos para
pensar en otro destino, interiorizando cierta ética de la resignación, recurren a
la vocación para dignificar su destino.

Es la imagen del maestro-apóstol, del elegido, del escogido, del privilegiado


con el don de la paciencia, la dedicación, el amor a la niñez. Otros recurren en
cambio a la ilusión del maestro como intelectual, como la esperanza que anima
su arduo trabajo frente a una junta de niños, numerosa en la mayoría de los
casos. Es la ilusión de un reconocimiento social por su exiguo saber que, sin
embargo, lo coloca por encima de sus discípulos y de los vecinos
semi-analfabetos; ilusión que se apoya en los simulacros de las disertaciones
públicas ante un doblegado y apático auditorio infantil.

La ilusión del maestro como intelectual, surge entonces en ese choque, en ese
enfrentamiento entre las condiciones de miseria, las urgencias lloradas, las
súplicas por una “gratificación graciosa”, y la figura idealizada del maestro que
promueve el Estado. Ilusión que se imprime como signo congénito en el maestro
como lo demuestran estas palabras del ministro Jovellanos, cuando se preguntaba
hace dos siglos:

“¿y dónde encontraremos los maestros? En todas partes donde haya


un hombre sensato, honrado y que tenga humanidad y patriotismo. Si
los métodos son buenos, se necesita saber muy poco para este de que
suyo es tan fácil”

Hoy, dos siglos después, podemos afirmar, parodiando a Jovenallos: “¿Y dónde
están los futuros maestros? En todas partes donde haya un hombre o mujer
medianamente inteligente, honrado y que tenga humanidad y patriotismo. Si hay
buenos textos escolares, televisión, videos, internet, ¿para qué maestros?