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Este corto animado me ayudó a comprender

lo que significa perdonarse a uno mismo


La vida es profundamente compleja. Está compuesta por eventos y situaciones
muchas veces ajenas a nosotros, que nos cuesta perdonar y que nos mantiene en
una lejanía cómoda de quien otea la realidad a lo lejos, sin implicarse más allá
de una expresión de desaliento. Otras veces, inevitablemente, estos
acontecimientos se hacen más próximos afectando con cierta vehemencia lo que
somos, lo que pensamos y lo que vivimos. Pero cuando estos eventos tocan
nuestra realidad en lo más profundo, cuando nos llevan a replantearnos lo
que somos y lo que hacemos, y cuando dejan una huella imborrable, es cuando
constatamos la necesidad profunda de una respuesta que calme nuestra
intranquilidad, nuestro sufrimiento y que nos de una luz en medio de nuestra
miseria. Perdonarse a uno mismo no es nada fácil.
Miremos a lo profundo de lo que somos: ¿Cuántas veces hemos hecho o
vivido una situación en la que todo se nos viene abajo? ¿Cuántas vivencias
profundas creemos que nunca nadie ni nada va a poder perdonar, ni siquiera
nosotros mismos? ¿Cuántas veces el fracaso, el dolor, el sufrimiento se han
instalado en nuestra vida dejándonos con un perplejo mal sabor de boca? Así es
nuestra vida, ¡cada uno lleva en su consciencia secretos que son imposibles de
contar por lo que suponen para nosotros! Sin embargo, hay alguien que si los
conoce todos: Dios, nuestro Padre amoroso.
El cortometraje de Pixar que les traemos a continuación es fuerte, pero en
su crudeza nos habla de una realidad que no es para nada ajena a nuestras vidas.
En este se nos muestra cómo es posible quedarnos aferrados a un pasado
irreconciliado. Un pasado transido por el dolor, la culpa y la falta de respuestas.
Un pasado que nos puede arrastrar a la depresión, a la falta de ánimos por vivir.
Es un video que nos recuerda lo que sucede cuando somos incapaces de sanar
aquello que ha dejado una marca profunda en nuestro corazón; cuando las
preguntas emergen a borbotones y cuando los fantasmas de lo que hemos vivido
tocan a nuestra puerta, como los demonios de los que habla el Evangelio. Sí, es
un contormetraje que nos recuerda que es posible vivir angustiados por algo, lo
que sea, que hayamos hecho y cómo esta angustia se transforma en pérdida de
sentido. Frente a todo esto, ese Dios amoroso nos ofrece una posibilidad. Frente
a ese pecado que queremos ocultar por miedo, vergüenza o malestar
hay alguien que nos muestra que es posible reconciliar la vida.
El salmo 138 nos lo recuerda: «Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces
cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues
mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares». Es un
conocimiento amoroso, cercano, cariñoso. Porque Dios como Padre nos ama
con locura, con todo lo que es, con todo lo que tiene: somos su creación, hechos
a su imagen y semejanza. Dios no se aleja de nuestra realidad, compartiendo
nuestras alegrías y nuestras tristezas, nuestros sufrimientos y nuestros
logros. Por la Encarnación se hizo hombre, el hijo de Dios, el que compartió
todo con nosotros excepto el pecado. Día a día hay detalles que nos permiten
notar su presencia en medio de nosotros; presencia que, vivida con profundidad
lo transforma todo.
En el año de la misericordia, que acaba de concluir, se nos ha recordado lo que
quiere Dios de nosotros a través de Mateo: «Mas id, y aprended lo que significa:
misericordia quiero y no sacrificio; porque no he venido a llamar a justos, sino
a pecadores». Sí, es cierto, en medio de nuestro pecado, de nuestras
oscuridades; lo que quiere Dios de nosotros es esa actitud de reconciliación, de
redención y de búsqueda del perdón. Nada hay que no pueda ser reconciliado
por Dios siempre y cuando nosotros nos dejamos abrazar por esa Misericordia
que busca al pecador para que vuelva al redil como la oveja perdida. Dios nos
quiere cerca, nos quiere Amados, nos quiere perdonados.
Por último, leamos nuestra historia aprendiendo a contemplarla como una
historia de salvación. Dios actúa en los acontecimientos de nuestra vida: «Y
el que está sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y
añadió: Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas» (Ap 21,5). Sí,
nuestra historia tiene posibilidad de ser salvada porque ya ha sido redimida por
Jesucristo en su entrega en la cruz. Sí, nuestra historia, cuando la miramos con
ojos de amor, nos muestra lo maravilloso que es vivir la misericordia del Señor.
Sí, nuestra historia es testimonio de lo mucho que el Señor nos ama.
Vivamos esto en nuestra vida y permitamos que Dios nos muestre como el mal,
el dolor y el sufrimiento no tienen la última palabra. Más bien, la última palabra
ya fue pronunciada en Jesús de Nazareth y testimoniada en la Resurrección.