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LA MODERNIDAD LÍQUIDA IVÁN BALLESTEROS

BURGO

La solidez en virtud de la cual se desarrolló la Modernidad durante el paradigma industrial ha llegado a su


fin: es en la naturaleza líquida, señera del orden socio-económico del capitalismo postindustrial, donde
descansa la esencia de nuestra actualidad. Desde la reseña de la obra ​La corrosión del carácter ​venimos
advirtiendo que la ​postmodernidad ​en la que vivimos se caracteriza por el inmediatismo, la inconsistencia y
la incertidumbre. La combinación de estos tres elementos, entre otros, es empleada por Bauman para
narrar cómo la sociedad europea occidental no sólo ha borrado de sus horizontes la ​estabilidad ​de su
cosmovisión sino que por aditamento ha llegado a aborrecerla. ​Nada fijo ​es la norma.

Las propiedades de los líquidos les convierten en materia amorfa pero moldeable, perfectamente
adaptable a los recipientes a los que se sujete; también capaz de rebasarlos con facilidad. Si algo
caracterizó a los tiempos de ayer, la ​modernidad sólida, fue la estabilidad como núcleo desde el cual se
desplegaron los imaginarios de aquella época. Las estructuras culturales, sociales y económicas estaban
basadas en proyectos de largo plazo. Éstas solían estar fundadas en horizontes teleológicos en la medida
en la que participaban en el ​telos de la ​Modernidad​: el ​progreso entendido desde la felicidad material. No
obstante, aquellos tiempos se han difuminado ante el afianzamiento del capitalismo ​postindustrial​: casi la
totalidad de los ámbitos de nuestra vida, desde las relaciones afectivo-personales hasta la durabilidad de
los contratos de trabajo se encuentran atravesados por la levedad de la liquidez postmoderna.

La ​modernidad líquida ​arrancó con la emancipación del ​capital ​sobre el resto de condicionantes que lo
constreñían a causa de los frenos largoplacistas que los fundamentaban. Desde los albores del imperativo
de la liquidez, el apellido de nuestro orden socioeconómico es la ​fluidez​: el dinamismo del capital no tiene
por qué atender a los ​colaterales costos sociales ​que genera la búsqueda frenética del beneficio privado,
tampoco está entre sus responsabilidades preservar la salud de los ecosistemas ni garantizar unas
condiciones dignas en las relaciones laborales. La deslocalización es un hecho probatorio de estas
cuestiones, pues las multinacionales desplazan su producción para asentarla en entornos lejanos donde la
mano de obra es barata y la legislación medioambiental ofrece vacíos que en Occidente están vedados. La
idiosincrasia del capitalismo ​postindustrial ​puede observarse en la precarización relativa al mercado del
trabajo, concretamente en la temporalidad de los contratos como en las exigencias que las empresas
demandan a sus asalariados. La ​flexibilización ​es el símbolo de la nueva era. Quizá el planteamiento de
Bauman no ahonda tanto en la ​flexibilización ​cuanto en la ​informidad que, aunque coincidentes en lo que
respecto al ​inmediatismo ​y a la ​incertidumbre ​como rasgos propios del nuevo orden​, ​la ​velocidad ​y la
incesante-efímera formalización son señeras del capitalismo ​postmoderno​. Estos dos últimos atributos
encuentran eco en la ​precariedad ​de los sujetos ​líquidos​: en tanto que endebles, los vínculos que articulan
las relaciones sociales -tanto micro como comunitarias- han robustecido el ​individualismo​; por la
incapacidad de retener la liquidez, el individuo se ve abocado a lo inmediato; en la medida en la que nada
es estable, su ​identidad ​-”​de guardarropa​”​- ​es susceptible de ser construida en base a todos los productos
que se le ofrecen, pero nunca terminará por ser definitiva en un contexto que exige la resignificación
continua para ampararse en una seguridad ficticia, entre otros ejemplos.

Una de las consecuencias más significativas de toda esta coyuntura es la cristalización de un clima
fundado en el binomio ​libertad-impotencia​. ​¿Quién podría oponerse a ser libre? Desde luego que nadie,
pero esto es sólo es un cebo. Los rasgos que caracterizan a la ​libertad líquida ​(si es que puede
denominarse así) son la inocuidad y el acriticismo. Los efectos derivados de la emancipación del capital
sobre los frenos culturales, morales y sociales a los que estaba sujeto en otra época, así como sus
dinámicas propias que estudiaremos a continuación, parecen encontrar eco en nuestra cotidianidad. Si
bien es verdad que este contexto abre los cauces a la libertad de crítica, lo cierto es que como apunta
Bauman ésta última ​no tiene dientes. ​Rescatando los aportes de Gilles Lipovetsky sobre este asunto
podemos afirmar que todos los individuos tienen el ​derecho incuestionable a cuestionar, ​pero ninguno de
ellos tiene la posibilidad de materializar sus ​críticas. ​Para entender este asunto hay que tener en cuenta
que el vasto campo abierto por la ​libertad líquida ​están aderezados del agotamiento de los proyectos
teleológico-modernos, de un profundo individualismo vertebrado por ​pequeños narcisos ​que ha contribuido
a la ruptura de los lazos comunitaristas-cívicos (¿o por contra es síntoma?) ​y de un alto grado de
escepticismo; todos ellos factores que redundado en un relativismo de grandes dimensiones donde no hay
Verdad objetiva a la que el individuo pueda atenerse. En otras palabras: en la medida en la que todo
horizonte personal es legítimo ante la carencia de un ​telos ​comunitario​, ​todos y ninguno son lícitos para
sobreponerse al resto como consecuencia del pleno amparo que la ​libertad líquida ​ofrece. Cualquier crítica
es válida porque los relatos se han multifragmentado y ninguno de ellos es capaz de detentar la
hegemonía en la medida que todos valen lo mismo. Como señala Bauman estamos en un marco de
libertad ​sin límite, lo cual conduce a una impotencia total. Allí donde la libertad es plena, la posibilidad de
acción es nula. Quizá debamos plantear si el concepto de ​ciudadano ​se ha diluido sustantivamente y que
el actual rol capaz de generar transformaciones es el de ​consumidor ​mediante las herramientas que el
mercado brinda.

De esta situación inferimos que el término ​ciudadanía ​se ha agotado en aras del triunfo de la
individualidad. ​No por casualidad hemos rehuido de emplear este primer término en los presentes
documentos: la pasividad y el escepticismo que apuntaban Lipovetsky y Bauman, esto es, que los sujetos
tengan la libertad de perseguir el horizonte que deseen en un contexto de impotencia total por realizarlos,
han mutilado la esencia ​ciudadana ​ante el periclitaje de lo comunitario​. ​A este fenómeno hay que añadir la
colonización de lo público por lo privado ​según afirma el sociólogo polaco. Lo que explica la indiferencia del
sujeto respecto a las lides de la política guarda una íntima relación con la falta del proyecto
teleológico-moderno que apuntábamos con anterioridad: según Bauman lo ​político ​se ha reducido a la ​vida
privada de sus actores​, a ​su credibilidad ​y a la orientación programática a puntos concretos y no a la
construcción de una sociedad justa. ​Y en cierta medida es cierto: el afianzamiento de la socialdemocracia
que señaló Judt ha configurado un marco político donde todos los partidos que persiguen representatividad
electoral han de respetar el Estado del Bienestar. No obstante, este fenómeno conduce a los actores
políticos a ilusionar mediante planes de escaso recorrido y a no presentar proyectos alternativos y
ambiciosos, situándose en la conformidad posibilista. Solamente las protestas que experimentan una fuerte
repercusión surgen como consecuencia de recortes del Estado del Bienestar salvo honrosas excepciones.
En definitiva: recortar el ​bienestar ​supone el suicidio político, pero también revela que el ciudadano sólo
elevará su voz cuando éste sea ​recortado​; y más importante aún: ante la incuestionabilidad de la
socialdemocracia, circunstancia negadora de proyectos alternativos o más profundos, lo político queda
reducido a ​emociones ​y hechos ​privados ​que suelen obedecer a ráfagas sentimentales​.

La falta de un horizonte teleológico ha puesto de manifiesto la fragilidad de la que adolecen los lazos
celebrados entre los sujetos con la comunidad, lo cual les ha conducido al refugio en el ​self ​individual. Las
lógicas de la sociedad de consumo han rebasado sus límites mercantiles para proyectarse sobre
numerosas dimensiones del sujeto ​líquido ​y llenar así los vacíos que antes los ​telos modernos ​ocupaban
en los imaginarios colectivos. Por ejemplo, los ​mass media, ​a través de las modas y del ​marketing,
elaboran arquetipos identitarios que no solamente pueden ser apropiados por los consumidores sino
también imperiosamente deseados por éstos. Los ​selves partícipes de la indefinición postmoderna
precisan de una significación identitaria que es explotada por los ​mass media ​a través del imperativo de la
liquidez. En tanto que la ​informidad ​es un motor de ansiedad, el sujeto acude al mercado de identidades
donde determinadas mercancías (marcadas por la obsolescencia) construyen su ​ethos​. El beneficio es
constante en la medida en la que opera en una contradicción que se retroalimenta sin fin: la incapacidad
de constituir una identidad sólida en un mundo bombardeado de arquetipos identitarios susceptibles de
tanto apropiados como efímeros. El mercado impone la condición ​kleenex​, esto es, de ​usar y tirar ​para
lograr pingües beneficios. En definitiva: la identidad es una mercancía más, y como tal, no puede ser
definitiva en un contexto donde la líquidez impera. El desarrollo de esta contradicción es el combustible de
caldera que mueve la maquinaria ​del sistema​: generar beneficios privados gracias a la ​inconsistencia​.

Estas lógicas de consumo se han extrapolado al campo de las relaciones afectivas. En la ​Modernidad
líquida ​en general, y en el ​Amor líquido ​en particular, el filósofo polaco narra el calado del pragmatismo
economicista en la dimensión sentimental de los individuos ​líquidos. ​Si algo caracteriza a las relaciones
actuales es el -pronta- caducidad: desde que los vínculos afectivos arrancan no suele guardarse la
esperanza de que éstos duren para siempre ​ab initio​. Existe un temor a lo perdurable​. Las relaciones se
miden en términos de ​beneficios ​y ​pérdidas, ​esto es, bajo las claves del ​interés​. Y es que esta visión
pragmatista sobre la realidad social, que deriva del economicismo imperante, también puede observarse
en el trato que los ​parados ​reciben: éstos ya no son considerados como ​repuestos humanos ​cuanto
excedentes del mercado laboral ​e, incluso, ​desechos sociales​. La desregulación de todas las dimensiones
personales (amor, trabajo, política) como consecuencia del tránsito de ​lo sólido ​a ​lo líquido ​genera el
desasosiego y la incertidumbre en los individuos. Ello los aboca al refugio en sí mismos: el placer del
hedonismo, el narcisismo y la alienación ociosa no hacen sino camuflar la ansiedad generada por el clima
de ​incertidumbre constante ​al que se ven sometidos los sujetos ​líquidos​. La planificación y acción en el
espacio también han coadyuvado decisivamente a este hecho: en los ​edificios no se celebran
interacciones afectivas ​entre los individuos sino que el contacto entre éstos descansa en fines
normalmente mercantiles y previstos de antemano con una teleología predeterminada. Aunque el
imperativo de la libertad individual haya difuminado las normas socio-colectivas, los individuos se
encuentran forzados a convivir. El diálogo entre extraños, en un contexto donde los sujetos ​no saben
hablar con nadie ​según Zukin, descansan generalmente en encuentros rápidos y superfluos debido a la
prevalencia de la ​acción ​sobre la ​interacción​; una circunstancia que avala todavía más la inmediatez y el
pragmatismo al cual estamos sometidos.

Tras la descripción de toda esta casuística el interrogante a abordar estriba en analizar los derroteros que
nos han conducido hasta aquí y, sobre todo, qué podemos hacer para liberarnos de las ataduras
mencionadas. La sumisión de las nociones espacio-temporales al ​interés ​del ​capital ​han rebasado la
solidez que caracterizó a la pasada ​modernidad. El progreso tecnológico ha permitido un mayor control
sobre el tiempo para dominar el espacio; sin embargo, ya no vivimos en la era de la ​pesadez ​moderna. El
espacio puede recorrerse en nanosegundos y el ​tiempo ​está sometido a las veleidades del pragmatismo
económico, el cual ha llegado a calar profundamente en los horizontes de los sujetos: se huye del pasado
al mismo tiempo que es imposible planificar el futuro, siendo la única opción el refugio en los ciclos
cortoplacistas que atraviesan el presente. No obstante, el pesimismo determinista no debe ser óbice para
la transformación. Aunque los teóricos de la edad postmoderna en general nos hayan presentado un
diagnóstico crítico, lo cierto es que de acuerdo con Bauman todavía seguimos insertos en la ​modernidad​.
Con ello queremos recordar que el Hombre sigue siendo capaz de ​derretir los sólidos​. Y aunque la
ciudadanía ​parece haberse diluido ante el imperativo de la indiferencia, el nuevo rol que el sujeto ha
adquirido, esto es, el de consumidor, es lo suficientemente poderoso como para reestructurar la raíz del
problema: una sociedad de consumo que no sólo manipula a la sociedad para beneficios privados sino que
además amenaza con destruir el ecosistema Mundo.