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CAPÍTULO I:

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Es precisamente la multiplicación de planos y la falta de certezas la que nos muestra el tema de la


obra: el perspectivismo. Nada es claro. Todo depende del lugar en que se mire. Así todo será
relativo.

El título de la obra plantea una contradicción. El “hidalgo” es un título de nobleza que representa a
una casta guerrera que está venida a menos. Eran “hijos de algo” y ese “algo” eran los caballeros de
la plena Edad Media. Pero en el título, la palabra “hidalgo” está asociada a “Don” siendo este un
título de nobleza de mayor jerarquía. Así se nos presenta la contradicción ¿hidalgo o Don?
Precisamente las dos, porque son caras de una misma moneda. Es un hidalgo que elige verse como
Don, que es lo que aspira a ser, o lo cree ser por simple hecho de llamarse así. Veamos que el título
también incluye la palabra “ingenioso” que es un proceso mental por el cual se inventa algo nuevo,
así es este proceso mental lo que crea la nueva realidad. Pero tengamos presente que no parte de
cualquier lugar, sino parte de su misma condición, y por eso, este hidalgo que cuando se ha
adentrado la obra sabemos que se llama Alonso Quijano, y tiene como epíteto “el bueno”, no elige
convertirse en un asaltante de caminos, sino todo lo contrario, en alguien que imparte justicia. Todo
el proceso del personaje será así: parte de una realidad y elige verla de una manera diferente, por
eso no podemos asegurar tan fácilmente que esté loco.

Si bien el capítulo primero sirve como presentación a toda la obra, este podría dividirse en tres
partes: la primera sería la presentación del hidalgo, la segunda el proceso de la locura y la tercera
las prevenciones que toma el hidalgo para armarse caballero.

Presentación del hidalgo:

El texto comienza con la conocida expresión “en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero
acordarme”. Deliberadamente, el narrador nos niega el lugar de dónde proviene el hidalgo. Sólo
quiere que sepamos que es de la Mancha, pero nos aclara que no tiene ninguna intención de
recordar el lugar exacto. Recordemos, también, que en el prólogo se plantea que la intensión de esta
obra era la parodia de los libros de caballería. Una parodia es la imitación burlesca de una obra o
personajes, tomando las características esenciales del mismo. Todos conocían las elementos
esenciales de una novela de caballería, ya que era literatura habitual en la época; hombres gallardo,
de espíritu limpio, que luchaban contra dragones, gigantes, y adquirían fama y renombre, todo esto
en un lugar imaginario y perfecto. Una de las características de esta novela era la precisión. Ellas
comenzaban con el lugar exacto en que dichas hazañas sucedían, y junto con ellas también la
progenie que el personaje tenía. En este caso, el narrador nos niega esa información, y encima
veremos que ni siquiera sabe el nombre real de su personaje, por lo menos en el primer capítulo.
Estos son los mecanismos de la parodia, cualquiera que empieza a leer en aquella época, reconoce
los elementos de las novelas de caballería, y reconoce la burla que se está haciendo desde el
comienzo.

Esta imprecisión planteada respecto al lugar, también se planteará respecto al tiempo: “no ha mucho
tiempo” dice el narrador en este primer capítulo. Sin embargo, al final del capítulo VIII dice el
narrador que no puede seguir su historia, porque no sabe cómo termina. En el capítulo siguiente es
cuando todo comienza a complicarse. El narrador encuentra en Toledo, unos “papeles viejos” que
un muchacho está vendiendo. En esos papeles está la “Historia de don Quijote de la Mancha,
escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo”. De esta manera aquel “no ha mucho
tiempo” se vuelve confuso (¿es una historia antigua o no tanto? ¿el narrador conoce al hidalgo o en
realidad es una historia que escuchó de alguien que contó y que termina perdiéndose en el tiempo?).
Esta complicación del narrador que parece presentar a un personaje con la imprecisión de quién por
rumores ha escuchado hablar de un personaje con determinadas características que le ha pasado
determinada cosa, se vuelve más profunda cuando quien termina narrando es “Cide Hamete
Benengeli” que es traducido por el muchacho que vende los papeles en el capítulo IX. Así que ya no
sólo tenemos un narrador que no sabe de dónde viene su personaje, que no sabe cuándo existió, sino
que también tenemos a un segundo narrador y a un traductor, por lo tanto una historia que pasa por
varios niveles de narración.

Este primer narrador parece querer presentar la historia como algo verosímil y por lo tanto posible,
esta es una de las razones de la imprecisión en esta presentación. Si el narrador no quiere acordarse
del lugar, si dice “no ha mucho tiempo”, nos habla de un narrador que conoce la historia porque es
harto conocida, porque es popular, y se cuenta naturalmente, oralmente.

El hidalgo que se presenta desde el primer enunciado tiene algunos elementos importantes en los
que deberíamos detenernos: “lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. El
primer elemento nos habla del linaje guerrero de sus antepasados, que él ve cada día, pero del que
no es parte, más que como un recuerdo lejano y que ahonda en su frustración de lo que no ha hecho
jamás. La lanza y escudo (“adarga antigua”) están como adorno de lo que fue, y recuerdo constante
de lo que no es. El “rocín flaco” que luego se transformará en su Rocinante, ya está presentado
como un caballo que no tiene el arquetipo de caballo de caballero. Está venido a menos, está flaco y
su costumbre es la de trabajar, es un caballo “de poca monta”. Es interesante precisar, que este es el
típico caballo para este hidalgo, que no tiene lo necesario para ser un caballero, como tampoco lo
tendrá el caballo. El perro, que se menciona aquí (“galgo corredor”) recuerda el ocio de esta casta
guerrera venida a menos. Sus ancestro vivían de la lucha, a los hidalgos les queda la caza, es decir
un mero entretenimiento, mediocre de lo que eran las hazañas heroicas de sus antepasados.

Con los pincelazos que da en el primer enunciado, el narrador se propone describirnos


minuciosamente lo que el personaje come. Es interesante precisar que no sabrá cómo se llama, no
sabrá de dónde viene exactamente ni cuánto tiempo hace que existió, pero sabe qué come, qué viste,
quién vive con él, y cuántos años tienen lo que lo rodean. Detalles que parecen, a simple vista,
irrelevantes. Y lo son, si no tenemos en cuenta que lo que caracteriza a este hidalgo es la rutina, el
tiempo y la vida vacía que lleva permanentemente. La monotonía que reina en su vida cotidiana, y
la frustración de lo que no es, que terminarán siendo el motor para querer cambiar su mundo.

La comida que el narrador detalla reafirma la pobreza del hidalgo y el aburrimiento. Su menú
semanal está determinado, no hay opciones de cambio, porque tampoco existe un poder económico
o un interés creativo en eso. La comida, que es el alimento básico para la existencia, es aquí vaca
(que en la época es una comida desacreditada), lentejas, salpicón, incluso algún palomino, los
domingos, algo que debería ser como el gran festín, pero que resulta absurdo, dado que los
palominos eran usados por la nobleza para transmitir mensajes.

Luego de hablar de la comida, el narrador detalla la vestimenta que usa el hidalgo. Esta reafirma la
pobreza del personaje, que tiene pocas prendas, lo que muestra la falta de vida social, y por lo tanto
la soledad y el aislamiento o dejadez en que vive. Pero la amargura de esa conclusión está
escondida tras la ironía del narrador: “los días de entresemana se honraba con un vellorí de lo más
fino”. La ironía está clara en el doble significado de la palabra “fino”, dado que podría pensarse que
sentía honra por la finura y el prestigio del vellorí, pero también puede sugerir que este vellorí está
fino por lo gastado. Así el narrador empieza a mostrarnos cómo ve una cosa que en realidad puede
ser otra.

Esta soledad y reclusión tiene una razón en el entorno social del personaje. Lo acompaña una “ama
que pasaba de los cuarenta”, una sobrina de veinte años y un único trabajador, joven, que sirve para
cualquier tarea. Nadie podía comprender al hidalgo, la “ama” que es la más cercana en edad no
tiene la misma condición social de él, la sobrina no se acerca a poder comprender la frustración de
un hombre ya anciano, para la época, y el trabajador es el único que hace alguna tarea productiva,
pero no está para ocuparse de los ensueños del personaje. Es esta profunda soledad la semilla que
permitirá el crecimiento de la “locura”. Usaré las comillas para referirme a ese término porque si
bien el narrador dirá que el personaje se vuelve loco, esto merece una discusión profunda que
iremos planteando durante este análisis.

La grafopeya del personaje (descripción física) nos presenta a alguien cuyas características se
oponen a lo que el imaginario colectivo tiene como héroe o caballero. Suponemos que el mismo
debería ser rudo, fuerte, joven, gallarlo, y este es débil, flaco, entrado en años. En una palabra es lo
contrario a lo que esperamos, por lo tanto es como una caricatura del caballero. Es precisamente
esta contradicción lo que hará que el personaje jamás sea aceptado como lo que espera. No sólo
porque ser caballero en esa época es anacrónico (ya no existen en el tiempo del hidalgo), sino
porque este personaje no cumple los requisitos para ser aceptado como tal, ni en esta época (la de la
obra), ni en la época de los caballeros. Así el hidalgo siempre estará intentando comenzar un rito de
iniciación que nunca cumplirá, porque al final de la etapa la sociedad nunca lo aceptará como tal.

La etopeya del personaje (rasgos de personalidad) apuntan al entretenimiento que tenía esta casta
noble: la caza. Como ya dijimos, esta afición no era más que una representación de la decadencia de
aquel pasado heroico. Algunos críticos han relacionado a este personaje con la España en
decadencia.

Recién al final de estos datos el narrador hablará del nombre de su personaje y para darle
verosimilitud a su relato sugerirá que no conoce exactamente el nombre, que podría ser “Quesada”,
“Quejana” o “Quijada”. De esta forma, además de apartarse de la exactitud de las novelas de
caballería, se aparta también de lo esperable en una narración. Es de suponer, que un narrador
conoce el nombre de su personaje. Pero en este caso, como quiere hacernos creer que el personaje
existió, la mejor manera es crear esa imprecisión que sugiere la oralidad. Ya no sólo sabe de su
existencia el narrador, sino que hay “autores” que también conocen esta historia. De esta forma
marca su propósito: “basta que en la narración dél no salga un punto de la verdad”. Se trata de hacer
lo contrario a las novelas de caballería donde los personajes vivían historias fantásticas, con amores
inverosímiles e inaccesibles, luchando contra dragones y personajes sobrenaturales, buscando
ideales inalcanzables.

Podemos pensar en una deliberada intención de desmerecer al hidalgo, para luego construir la figura
del caballero. El nombre del hidalgo, en principio, no importa, el que cobra importancia es el de la
creación “Don Quijote”. Mientras que del hidalgo no sabemos lo más importante, ni su pasado ni su
identidad, pero si sabemos lo vacío de su presente, del caballero que el construirá conoceremos todo
lo a partir de ese momento vivirá.