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Los horizontes de la razón

Dirigida por JOSETXO BERIAIN


(Universidad Pública de Navarra)

Conocer e investigar la realidad social hoy requiere un


bagaje teórico y metodológico adecuado al grado de
complejidad, desarrollo y posibilidad que tal realidad
contiene.
Vertebrar la reflexión en torno al estudio y análisis de
los presupuestos, elementos y proceso que hacen po­
sible históricamente la configuración mental y material
de la producción social del individuo y la misma reali­
dad social en su ineludible interrelación, es el propósi­
to de esta colección.
Su eje central es el estudio de esa realidad social, don­
de los individuos son los actores históricos que vehicu-
lan tal construcción social. Las áreas temáticas de las
que se nutre la colección son: la sociología, las cien­
cias políticas, la economía, el derecho, la historia, la
antropología, etc. La colección se inscribe en el mar­
co de la investigación específica de las ciencias socia­
les, pero al mismo tiempo constituye el despliegue de
una línea de investigación desde y sobre la vinculación
realidad-social e individuo-agente social, que desborda
los límites y tratamientos formales de tales disciplinas
y áreas temáticas.
Así, la colección se despliega como una «caja de herra­
mientas» que sirve para comprender interpretativamen­
te las producciones socioculturales: la sociedad como
mundo instituido e instituyente de significados: los por­
tadores de acción colectiva: partidos, clases, grupos,
movimientos sociales, etc., las lógicas de reproducción
social, a través del dinero, del poder, de los mass me­
dia, etc. En este sentido, ofrece una serie de gramáticas
o prismas sociológicos, políticos, históricos o antropoló­
gicos, que tematizan policontextualmente la realidad
del vínculo social ego-alter que es el fundamento de la
interacción social.
La colección aporta: textos teóricos y trabajos prácticos
en ciencias sociales sobre cuestiones relevantes que
abran el camino a nuevas hipótesis teóricas de inves­
tigación; textos clásicos que permitan entroncar con la
tradición de análisis social; y obras generales de con­
sulta y de metodología en las ciencias sociales.

■ III
LOS HORIZONTES DE LA RAZÓN
I
AUTORES, TEXTOS Y TEMAS
CIENCIAS SOCIALES
Colección dirigida por Josetxo Beriain

" W y i g n jp o editorial
^ v S I s ig lo v e in tiu n o
sig lo xxi e d ito re s , s. a. d e c. v. sig lo xxi e d ito re s , s. a.
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DIPUTAdÓ. 266.
08007, BARCELONA. ESPAÑA
www.anthropos-editorial.com
Hugo Zemelman

LOS HORIZONTES
DE LA RAZÓN
Uso crítico de la teoría
I
DIALÉCTICA Y APROPIACIÓN
DEL PRESENTE
Las funciones de la totalidad

Versión preparada por Emma León

@ ANTHROPOS
(I
Los horizontes de la razón : Uso crítico de la teoría / Hugo Zemelman. —
Barcelona : Anthropos Editorial, 1992-2011. — 3 vols.; 21 cm. —
ISBN 978-84-7658-353-1
Vol. I: Dialéctica y apropiación del presente : Las funciones de la totalidad ;
versión preparada por Emma León. — [3.” edición]. — 2012. — 255 p. —
(Autores, Textos y Temas. Ciencias Sociales ; 2). — Bibliografía p. 243-245. —
índices. — ISBN 978-84-7658-354-8
1. Sociología - Teoría 2. Conocimiento, Sociología del I. León, Emma, ed.
II. Título III. Colección

Primera edición: 1987, México, Universidad de las Naciones Unidas /


El Colegio de México
Título original: Uso crítico de la teoría. En tomo a las funciones
analíticas de la totalidad
Primera edición en Anthropos Editorial: 1992
Segunda edición en Anthropos Editorial: 2003
Tercera edición en Anthropos Editorial: 2012
© Hugo Zemelman Merino, 1992, 2003, 2012
© Anthropos Editorial. Nariño, S.L., 2012
Edita: Anthropos Editorial. Barcelona
www.anthropos-editorial.com
ISBN: 978-84-7658-353-1 (Obra completa)
ISBN: 978-84-7658-354-8 (Tomo I)
Depósito legal: B. 5.326-2012
Diseño de cubierta: Javier Delgado Serrano
Diseño, realización y coordinación: Anthropos Editorial
(Nariño, S.L.), Barcelona. Tel.: 93 697 22 96 / Fax: 93 587 26 61
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ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, clectroóptico, por foto­
copia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.
Hay un secreto _acuerdo entre las generaciones
pasadas y la nuestra. Hemos sido esperados en la
tierra. A nosotros, como a las generaciones que
nos precedieron, nos ha sido dada una débil fuer­
za mesiánica sobre la cual el pasado tiene sus de­
rechos [por eso] articular históricamente el pasa­
do no significa conocerlo «como verdaderamente
ha sido». Significa adueñarse de un recuerdo tal
como éste relampaguea en un instante de peli­
gro... La desvaloración del elemento onírico al
despertar es la piedra de toque del pensar dialécti­
co. De ahí que el pensar dialéctico'sea el órgano
del despertar histórico. Toda época sueña no sólo
con la que le sigue, sino que, soñando, se aproxi­
ma a un despertar.
W alter B enjamín
El conocimiento científico exige entregarse a la
vida del objeto o tener ante sí y enunciar su nece­
sidad interna.
H egel , Fenomenología del espíritu

No habría posibilidad de reelaborar una cosa


según el deseo si el mundo fuera cerrado, Heno de
hechos fijos e, incluso, consumados. En lugar de
ello hay simplemente procesos, es decir, relaciones
dinámicas, en las que lo que ha llegado a ser no se
ha impuesto totalmente. Lo real es proceso, y éste
es la mediación muy ramificada entre presente,
pasado no acabado y, sobre todo, futuro posible.
La forma del pensamiento mercancía es ella
misma la intensificación de la forma de pensa­
miento «llegado a ser» factunv, este factum hace
olvidar muy fácilmente el fien, como el producto
cosificado lo producente, como el aparente fixum
a espaldas del hombre lo abierto ante él.
E rnst B loch , El principio esperanza
PREÁMBULO

Saber situarse ante la realidad es hoy una tarea imperativa


pero no sólo como un desafío de conocimiento, pues más que
conformarse con quedar aprisionado en el interior de determi­
nados cónstructos se hace necesario trascenderlos, desde cier­
tas exigencias valóricas, mediante un acto deliberado de con­
ciencia. Ello debido a que el conocer constituye cada vez más
un arma de lucha para imponer y consolidar opciones que
sean las puertas de entrada para hacer de la historia el espacio
de gestación de proyectos. De ahí que la conciencia gnoseoló-
gica pueda devenir en conciencia política, para la cual siempre
la historia será un reto de construcción, en cuyo ámbito el
sujeto se obliga a enfrentar tareas ajenas a las del conocimien­
to en un sentido académico estricto.
La circunstancia de que la realidad se construye exige que
sea repensada constantemente, incorporándose dimensiones
que no están estructuradas, como todo aquello que emerge y
que no necesariamente se reproduce con certeza, pero que
conforma el contenido de esa materia con la que se pretenden
plasmar sentidos de historia. En esta dirección asume un ca­
rácter central la vinculación entre hecho y acontecimiento: en­
tre lo que se agota en su pura empiria y lo que trasciende la
contingencia de la situación, a partir de detectar los nudos
9
desde los que se pueda potenciar, o no, la realidad del hecho.
Postura que se encuentra con aquella antigua aspiración de
luchar por impedir que «la vida humana [quede] recluida en la
rigidez de su costra», en razón de que «el complicado meca­
nismo de la cultura deviene hostil a las cualidades heroicas del
hombre»; lo que conlleva la necesidad de «penetrar en las ca­
pas profundas del ser histórico».1 Reconocer estos nudos de
realidad potencial requiere no perder de vista al hombre como
un ser político, tal como lo había señalado Jaeger en relación
con la educación de los griegos cuando recuerda que en ella
«el ser del hombre se halla esencialmente vinculado a las ca­
racterísticas del hombre considerado como un ser político».12
El esfuerzo por abordar el problema de la realidad desde el
compromiso del sujeto con sus valores y las posibilidades y limi­
taciones de su contexto, supone privilegiar los espacios de reali­
dad según como éstos son acotados por los proyectos que asu­
men los individuos, o de los que son parte. Y hacerlo significa
pensar en términos de la construcción de sentido para enfrentar
los acontecimientos tal como son incubados en su contexto; esto
es, pensarlos en lo que tengan de articulable con otros de manera
de potenciar a lo históricamente dado. Desde esta perspectiva se
puede entender el cambio social como «la concreción de la ten­
dencia histórica que, a su vez, es el objeto mismo de la construc­
ción del hombre»,3 lo que implica un proceso consciente de cons­
trucción que coloca necesariamente «al hombre en el centro del
pensamiento», que es en lo que ha consistido la tradición huma­
nista. Situarse en el interior de los espacios recortados por los
proyectos significa aceptar que el conocimiento está permeado
por exigencias valóricas insoslayables, pues en verdad todo cono­
cimiento contiene una actitud ética.
Debido a lo expresado, el conocimiento no puede ser fun­
ción exclusiva de la facultad racional. Maimónides, como tan­
tos otros, nos advierte de que «todo hombre posee natural­
mente la facultad de la osadía»,4 la santa osadía que caracteri­
1. Wemer Jaeger, Pardea, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, p. 7.
2. Ibtil., p. 14.
3. Hugo Zemelman, Historia y política en el conocimiento, México, UNAM, Facul­
tad de Ciencias Políticas y Sociales, 1983, p. 23, Serie Estudios, 71.
4. Maimónides, Guía de perplejos, Madrid, Editora Nacional, 1983, p. 349.

10
za el pensamiento profético que va más allá de la simple facul­
tad racional, exigiendo de imaginación para trascender los lí­
mites del entendimiento, pero también de un compromiso éti­
co para dejar que «el mundo por su propia iniciativa halle la
paz».56Es ante esta necesidad de construir una visión más am­
plia del conocimiento y pensamiento en donde pueden evocar­
se las potencialidades gnoseológicas de otras construcciones
humanas, tal como señala Broch euando dice que «la poesía
es tan sólo una forma incontenida —impaciente— de conoci­
miento»^
Así, antes que aprisionar el pensamiento hay que saber ver
filosóficamente, es decir, enfrentar lo desconocido inspirados
por la curiosidad general, recuperar la costumbre de «viajar
por la filosofía»; esto es, por la osadía de «descubrir las mara­
villas del mundo, tal como Herodoto lo decía de Solón». Bus­
car la teoría desde la vastedad de la curiosidad fundamental
por lo desconocido.7 De ahí que haya que cuidarse, de «deducir
estructuras ontológicas de principios metodológicos, ya que
ello nos impedirá ver más allá de sus límites, perdiéndose la
idea de teoría como visión para reducirla a la explicación que
sea más funcional para la perspectiva metodológica que se
asuma». De lo que se desprende como necesario tener en
cuenta que cuando «algo» permite a un «modelo» que funcio­
ne y lo justifique, «no excluye el que el mismo “algo” permita
el funcionamiento de otros (y muy distintos) modelos»; de lo
contrario, el modelo propuesto agota la realidad descrita y ya
no es preciso instrumentar otras aproximaciones.8
En virtud de este peligro pretendemos abrimos a los hori­
zontes, a los contornos, para encontrar una respuesta a los
márgenes tanto de indeterminación como de moldeabilidad de
la realidad. En este sentido, el libro, en sus tomos I y II, repre­
senta una postura centrada en lo político como la «forma de
razonamiento capaz de activar la realidad»,9 a partir de una
5. Lao Tse, Too te king, México, Premiá, 1981, p. 95.
6. Hermaim Broch, Poesía e investigación, Barcelona, Barral, 1974, p. 23.
7. Alfonso Reyes, La crítica en la edad ateniense, México, El Colegio de México,
1941.
8. Umberto Eco, La estructura ausente. Introducción a la semiótica, Barcelona,
Lumen, 1978, pp. 402, 405, 406.
9. Hugo Zemelman, op. cit., p. 29.

11
síntesis entre visión de totalidad y voluntad como una actitud
de apertura a la complejidad del mundo; lo que no puede con­
fundirse con ningún intento por instaurar una escala universal
de valores en cuanto esfuerzo por implantar una concepción
única y excluyente. Por el contrario, pretendemos forjar una
postura epistemológica capaz de construir un conocimiento
que devenga en la apropiación de lo necesario, de proyectarse
en función de finalidades valóricas alternativas: que sirva de
fundamento al tránsito desde una aprehensión abierta, en tan­
to se enfrenta con sus propios parámetros, a la definición de
proyectos. Aprehensión y proyecto «mediantes los cuales opera
la transformación de la objetividad en praxis».101
El planteamiento de la política como epistemología se co­
rresponde con la necesidad de entender al ser consciente en
tanto su condición de ser histórico. Ello significa que la histo­
ria se tenga que concebir como un campo de posibilidades
transformadas en experiencias que concretan opciones objeti­
vas. En consecuencia se plantea la experiencia histórica no
como simple vivencia susceptible de reflexión, sino como espa­
cio de objetivación del propio sujeto, ya que media entre las
circunstancias que lo determinan y sus posibilidades de reco­
nocimiento de opciones. Sin embargo, para ello es necesario
prescindir de hábitos, apoyarse nuevamente en la libre especu­
lación y elegir las opciones que merezcan primacía según el
fin vislumbrado.
Lo anterior juega con la idea de los contornos excluidos
pero que se hacen presentes contribuyendo a dar una plurali­
dad de significados a los contenidos ya dados, pues se trata de
llevar a cabo en el plano de la epistemología lo que se ha des­
tacado en determinadas construcciones estéticas «que. juegan
con la idea de lo inacabado y levemente imperfecto», de mane­
ra que constituya un «certificado que da el tiempo a las obras
humanas» de que «nada esté totalmente terminado».11 Lao Tse
hablaba de que «la arcilla se trabaja en forma de vasos. Y en
el vacío reside la utilidad de ellos».12

10. Ibíd., p. 28.


11. Octavio Paz, Pasión crítica, Barcelona, Seix Barral, 1985, pp. 178-179.
12. Lao Tse, op. cit., p. 43.

12
Se busca estar en la vastedad de la realidad y no dejarse
aplastar por los límites de lo que ya está producido; de ahí que
se tenga que romper con las determinaciones histórico-cultu-
rales que nos conforman para rescatar al sujeto histórico
como constructor y retador o, por lo menos, inspirado por el
asombro que enriquece la conciencia cognitiva mediante la
imaginación.
Cualquier realidad particular ha de ser parte de un hori­
zonte histórico, de manera de pensar desde la amplitud de la
totalidad histórica, que no consiste en asimilar la realidad
como contenido de conocimiento ya organizado, sino en mo­
delar aquélla en campos que contengan objetos posibles. Por­
que la conciencia, o el espíritu, siguiendo a Spinoza, significa
también viento, soplo, a la vez que voluntad y designio, por lo
menos en la construcción de un pensamiento que escape a los
límites del entendimiento para así enriquecerlo con otras visio­
nes de la realidad.
Es posible que se tenga necesidad de un nuevo elogio de la
locura en defensa de un sujeto para el que, en contraposición
al sabio estoico despojado de todo compromiso, nada humano
le sea extraño y para el cual «las pasiones sean los pilotos que
conducen seguramente al puerto de la sabiduría e inspiren el
pensamiento y el deseo de hacer el bien»,13 en forma de reivin­
dicar la esencia política del conocimiento, en tanto el hombre
es el hombre político, el hombre de su momento y de los hori­
zontes que nacen de él como «treinta rayos convergen en el
círculo de la rueda. Y por el espacio que hay entre ellos. Es
donde reside la utilidad de la rueda».14
Pensar histórico como pensar constructor, ya que ha llega­
do el momento de «no ocultar por más tiempo la cabeza en el
polvo de las cosas celestes», y responder al desafío de llevar la
cabeza erguida: «llevad una cabeza de tierra, que engendre el
sentido de la tierra».15
Estar en la vastedad e impulsar una «voluntad de pensar
todos los seres», pues ella es la tierra de todo pensamiento. El

13. Erasmo, Elogio de la locura, Valencia, Prometeica, p. 54.


14. Lao Tse, op. cit., p. 43.
15. Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Buenos Aires, Aguilar, 1947, p. 42.

13
pensamiento se abre hacia esa inmensidad de horizontes tras­
pasando los límites del terruño acotado si es que queremos
que el conocimiento construya caminos de fácil velocidad,
pero que no oculten ese paisaje que nos circunda y hacia el
que nos dirigimos para contemplarlo como desafío de nuevas
rutas; así, la razón es una exigencia de libertad, porque «toda­
vía hay mil caminos inexplorados, mil saludes y tierras ocultas
de la vida».16
Nos afirmamos en la idea de la realidad venidera porque,
como sostiene Canetti, en las más diversas formas hay utopía
a punto de convertirse en realidad, pues el hombre ha descu­
bierto los medios y las vías para convertirlo todo en realidad.
«No existe utopía que no pueda realizarse», pero hay que sa­
ber liberarse de los límites, como los profetas de su mismo
entendimiento, para arribar a visiones anticipatorias que exi­
gían de visiones y de sueños, entre los que se encierran todos
los grados de la profecía; donarse de una osadía para reencon­
trar al hombre heroico de Bruno con el de la superación de
Marx. Recuperar el secular conflicto de trascender los límites
que para el hombre son un modo de identificación con el
mundo y frente a los cuales no podemos sino jugamos en la
frontera de sus posibilidades, aunque inspirados en la necesi­
dad de humanizar lo que se nos ofrenda.
Es precisamente esta actitud la que pretendemos desarro­
llar a lo largo del trabajo que presentamos. Abordar las posibi­
lidades y dificultades para ampliar la capacidad de colocamos
ante lo desconocido.
H ugo Z em elm an
El Colegio de México
México, D.F., 1991

16. Ibíd., p. 83.


14
ÍNDICE GENERAL DE LA OBRA

LOS HORIZONTES DE LA RAZÓN

T omo I
DIALÉCTICA Y APROPIACIÓN DEL PRESENTE
Las funciones de la totalidad

P reámbulo

Í ndice general de la obra

A claración sobre esta versión

I ntroducción

I. El análisis social como análisis del presente . El problema


de la conciencia histórica
Perspectivas del análisis social como análisis del presente
historia como secuencia de coyunturas: importancia de lo político
ES ET

conciencia histórico-política
tiempo: una necesidad del conocimiento
La totalidad como exigencia del razonamiento crítico
ET c «

totalidad: panorama de ideas básicas


totalidad y la relación del conocimiento
Mecanismos para pensar con base en la totalidad

15
La totalidad en ¡a construcción histórica del conocimiento
Centralidad de la totalidad dialéctica en el análisis de Marx
El uso de la totalidad como categoría del razonamiento
Otros enfoques sobre el problema de la totalidad
m . La CRíncA y la racionalidad científica
Autodeterminación o la razón liberada
Racionalidad y método
Razonamiento-y sistema
La crítica como lógica del pensar
Normatividad y ruptura
La realidad: exigencia del razonamiento objetivo
La forma de la crítica
La lógica de la crítica
Fundones gnoseológicas de la crítica
Conclusiones
Apéndice
IV. E l PAPEL DE LA TEORÍA
La teoría como forma de razonamiento y como sistema
La teoría y el progreso científico
Estructura y funciones de la teoría
Teoría y apertura
El movimiento de la teorización
Historicidad y especificidad del conocimiento
Condiciones de historicidad
Tiempo y objetividad: identidad, teorías,y secuencia histórico-real
V. La organización metodológica del descubrimiento
De la aprehensión
Organización y funciones de la aprehensión
El objeto y la hipótesis
Los conceptos ordenadores
Los conceptos y sus enunciados
El uso de los conceptos en la descomposición de los corpora teóricos
Criterios para seleccionar los conceptos ordenadores
Concepto y observable
La reconstrucción articulada
Hacia algunas consideraciones generales
Apéndice

16
E pilogo
Racionalidad y praxis: su articulación en el análisis del presente
B ibliografía

Í ndice de autores

Í ndice temático

Í ndice del tomo I

T omo n
HISTORIA Y NECESIDAD DE UTOPÍA

Agradecimientos
Í ndice general de la obra

I ntroducción

I. S obre lo cognoscible
Conocimiento y conciencia
Historia y lógica: la construcción de lo posible
El contorno histórico y la experiencia gnoseológica: cuestión
de potencialidad
La dialéctica en la ampliación racional
El pensamiento parametral
Conclusiones
Apéndice
n. E l pensar categorial
El movimiento: horizonte de la razón
Las modalidades de historicidad
La realidad determinable
Posibilidad y contenido
El instrumento lógico de la apertura racional
Unidad, diversidad y contradicción
El tiempo del futuro: un desafío a la estructura
Lo necesario como realidad
El objeto virtual
Apéndice
ni. L a construcción de la relación de conocimiento
Las condiciones de objetividad en la organización del razonamiento
Apertura: perfil de la razón en movimiento
La lógica interna del movimiento
La historicidad como relación de conocimiento
La creación de parámetros (la libertad racional)
El horizonte histórico. El conocimiento como conciencia de opciones
El poder del futuro
Apéndice
IV. E l método como actitud ante la realidad
Los contenidos
Clases de contenidos
Regularidad y construcción
Tipos de enunciados
La construcción del objeto
La función metodológica de los dinamismos constitutivos
La definición metodológica de la coyuntura
El enfrentamiento con la realidad
El recorte implícito de los conceptos
Perfil general de la discusión metodológica
Naturaleza del objeto
Razón cognitiva y razón gnoseológicaV.
V. A firmarse en horizontes o colocarse en el límite
Capacidad de asombro
La vigilia
La duda creativa
El hombre histórico y el hombre en la historia
B ibliografía

Í ndice de nombres y materias

Í ndice del tomo II

18
ACLARACIÓN SOBRE ESTA VERSIÓN

Como toda nueva versión de cualquier trabajo publicado,


la presente requiere de una breve explicación sobre las razones
de haber intervenido nuevamente ún texto que en su momento
fue considerado como un producto relativamente acabado.
En este caso la versión elaborada por la Mtra. Emma
León, con el título Dialéctica y apropiación del presente, repre­
senta el esfuerzo por reordenar el trabajo de análisis que fue
editado en 1987.* Si bien desde el comienzo de la reflexión
hasta nuestros, días, uno de los ejes centrales ha sido recupe­
rar la línea del pensamiento dialéctico en el plano epistémico,
en esta primera publicación el énfasis fue puesto en el proble­
ma de la teoría. A pesar del carácter abstracto a que obliga la
discusión epistemológica, el leitmotiv que dio sentido a la rea­
lización de ese primer texto fue el problema de los aciertos y
desaciertos de las Ciencias Sociales en Latinoamérica, hasta
la década de los ochenta, para generar construcciones meto­
dológicas que dieran cuenta de realidades histórico-sociales
concretas. Pero como pasa en muchos casos, la profundiza-

* Con el título Uso crítico de la. teoría. En tomo a las funciones analíticas de
la totalidad, I, México, Universidad de las Naciones Unidas / El Colegio de Méxi­
co, 1987.

19
ción de la temática, y la incorporación de diversas experien­
cias de discusión, llevó a trascender el límite inicial para re­
ubicar el análisis en el horizonte más vasto de la racionalidad
y de sus formas.
En este sentido surgió un nuevo texto (que actualmente
comprende el tomo II) que definió un marco renovado de dis­
cusión, el cual obligó a regresar sobre los pasos del primer
intento, enfrentándose a la necesidad de ubicarlo en el corte
más amplio de la racionalidad fundante, pertinente no sólo en
el terreno del conocimiento científico sino en el de la potencia­
ción de la conciencia histórica.
Con esta nueva óptica se procedió a elaborar una mejor
definición de los ejes centrales que sirven de fundamentación
al tomo I, los cuales no aparecían en la argumentación con
suficiente claridad, dando lugar a interpretaciones equivocadas
del mismo. Es así que se estableció como eje no ya la totalidad
y el uso de la teoría, sino la crítica, como forma de razona­
miento de manera de explicitar con mayor fuerza que el moti­
vo fundamental es la problemática de cómo organizar un ra­
zonamiento en cuyo marco la totalidad constituye una exigen­
cia gnoseológica que se traduce, entre otras demandas que
quedan abiertas, en un determinado uso de la teoría. Por eso,
se trata de prevenir cualquier sesgo ontologizante en su lectu­
ra, de modo que se privilegie una interpretación epistémica
que refuerce la función que cumple la categoría de totalidad
como criterio organizador del razonamiento.
En efecto, la primera edición estaba organizada partiendo
de la totalidad hasta llegar a problemas más operativos. Sin
embargo en este esquema la argumentación impedía destacar
muchas cuestiones relevantes para el planteamiento: ya sea
porque quedaban dispersas a lo largo del texto, o bien, en caso
extremo, porque estaban incluidas en los apéndices al final del
mismo. Por ejemplo, el problema de las exigencias gnoseológi-
cas de la historicidad aparecía como marginal en la argumen­
tación y bajo subtítulos que oscurecían su cometido, por lo
que se presentaban dificultadesjen la lectura por el continuo
enfrentamiento con distintos planos de análisis (v. gr.: teórico,
metodológico, psicocognitivo, etc.).
También el problema de las categorías quedaba subsumido
20
a una lectura de la totalidad con frecuencia sesgada hacia lo
ontológico, lo que contradecía la propuesta epistemológica,
pero que en ese formato era difícil de romper, opacando la
relación entre categorías, construcción de conceptos y aprehen­
sión de la realidad a partir de las demandas de historicidad.
De ahí que la nueva versión esté orientada a apoyar al tex­
to en el problema de la organización del razonamiento con
base en la crítica como forma lógico-epistemológica, con lo
cual se pretende facilitar un mejor entendimiento del método
desde una lógica constitutiva de la realidad y no puramente
instrumental: esto es, la construcción de la relación de conoci­
miento a través de la cual se recupera la exigencia de historici­
dad de la realidad, y en cuyo marco tienen lugar todos los
mecanismos operativos e instrumentales.
En esta nueva formulación, además, se intenta establecer,
de manera más explícita, un puente con el problema de las
categorías, que será el tema del tomo EL, y, congruentemente
con el planteamiento sobre el método que se desarrolla, la re­
lación entre racionalidad y conciencia; incluso más, entre fun­
ción cognitiva y gnoseológica en cuanto ésta cubre recortes de
realidad más amplios que los lenguajes estrictamente analíti­
cos.
En una palabra, se procura destacar la dialéctica de la ar­
gumentación obligada por la problemática de la historicidad,
tanto al nivel de su lógica como al de su traducción en el
plano de la construcción de la relación de conocimiento. Lo
anterior en el plano más concreto llevó a la rearticulación del
texto, lo que implicó un trabajo de organización en varios ór­
denes de problemas, entre los que es importante señalar: la
selección y ordenamiento de algunas temáticas afines que es­
taban dispersas con el propósito de resaltar su función en el
planteamiento general. Aunado a esto, la formación de bloques
conceptuales y de algunas relaciones entre ellos, que permitie­
ran dejar más abiertas las líneas de reflexión a debates poste­
riores.
Además, se cambió el estatus de los apéndices establecidos
en el original al ser incorporados en el cuerpo general de la
argumentación, de manera que facilitara establecer relaciones
más expresas con los ojos problemáticos del tomo II. Una
21
cuestión formal, pero no menos importante, es el cambio en la
titulación y subtitulación de muchos apartados con el objeto
de definir criterios de lectura no ya en términos de los conte­
nidos temáticos, sino de los problemas epistemológicos que les
subyacen.
Por otra parte, la nueva versión busca responder a la nece­
sidad de dar al conjunto del texto (tomo I), una organización
que procure no dificultar la lectura por los cambios de niveles
en el discurso, aunque respetando su complejidad inherente.
Finalmente, permitir que el libro cumpla su función más
importante: estimular en el lector su propio ejercicio de razo­
namiento, pues más que ser un conjunto de respuestas, éste
pretende ser un desencadenante de incursiones por nuevos ca­
minos del pensamiento.
H ugo Z em elm an

22
INTRODUCCIÓN

Pensar la realidad en movimiento constituye, por una par­


te, una afirmación de la necesidad de apropiarse de sus dina­
mismos, pero también representa una de las mayores dificul­
tades para organizar un razonamiento con pretensiones de
cientificidad, en la medida en que significa enfrentarse con los
modos establecidos de razonar la realidad que son expresión
de cánones metodológicos establecidos desde hace mucho
tiempo. Es aquí donde cobra sentido la crítica de E. Bloch a la
estructura del método científico cuando reclama la incorpora­
ción de otras categorías diferentes a las clásicas, que son las
que sirven de fundamento a la cientificidad. Entre estas nue­
vas categorías destacamos la de potencialidad que implica en­
tender cualquier determinación como inacabada, abierta a
nuevas realidades susceptibles de enriquecer las determinacio­
nes establecidas. En consecuencia, entendemos la apropiación
de los dinamismos de la realidad como el desafío abierto a lo
vigente y aceptado, no con base en una opción teórica o ideo­
lógica, sino, más bien, como expresión de un movimiento que
se está transformando en direcciones inéditas. Es lo que cons­
tituye la base para problematizar los contenidos organizados,
por cuanto ninguno puede ser conceptualizado dentro de lími­
tes concebidos como inamovibles.
23
La exigencia del movimiento, además de constituir un án­
gulo diferente desde el cual organizar el pensamiento, también
se traduce en un reto de lectura de la realidad en la medida en
que expresa cierta particularidad en la relación que se constru­
ye con ella. Así, la potencialidad se refiere a los elementos por
devenir, pero a la vez es concomitante a cómo esos elementos
pueden ser activados. En consecuencia, estaríamos en presen­
cia de una forma de movimiento que no es simplemente él
resultado de determinados dinamismos (sometidos o no a re­
gularidades), sino a un movimiento posible de construirse. El
espacio de esta construcción es lo que entendemos por presen­
te. De ahí que cuando hablamos de realidad potencial estamos
pensando en el presente como una realidad que es construible.
La idea de construcción plantea la cuestión relativa a la po­
sibilidad de esa misma construcción, la cual no es susceptible
de ser constatada en términos de un razonamiento general ya
que, por una parte, está siempre referida al espacio conforma­
do por el presente, pero además porque la posibilidad es fun­
ción de opciones de construcción que, como tales, resultan de
una particular visión del futuro. La incorporación de la exigen­
cia de futuro tiene implicaciones sobre el concepto que se tenga
de realidad, pues implica que ésta deje de ser el simple produc­
to de una génesis para devenir en un producente. Lo que signi­
fica concebir la realidad como la conjugación entre dos dimen­
siones: la histórica, que manifiesta su calidad como producto, y
la política, que traduce sus exigencias como construcción.
En palabras más generales, lo que planteamos significa que
la realidad tenga que ser comprendida como una articulación
entre lo dado y lo potencial, concepción que incide sobre la
propia noción de la historia en tanto lleva a entenderla como
una secuencia de coyunturas en las que, al conformar situacio­
nes de presente, se insertan las prácticas y proyectos construc­
tores de realidad.
Desde esta perspectiva, el tomo I tiene el propósito de con­
tribuir a esclarecer las implicaciones epistemológicas y meto­
dológicas de la idea de presente y de movimiento, concebidos
como mecanismos para construir el conocimiento que pueda
dar cuenta de la realidad sociohistórica, entendiendo ésta
como una articulación compleja de fenómenos.
24
El argumento central del trabajo gira en tomo a que la
realidad es una articulación de procesos de diferentes niveles
estructurales y escalas de tiempo y de espacio, lo que delimita
un recorte de la realidad muy complejo; complejidad que para
el caso del conocimiento histórico-político asume la particula­
ridad de que en su marco no podemos hablar de una objetivi­
dad ajena al sujeto y a sus prácticas sociales.
La práctica es la esencia del conocimiento social porque el
ámbito de éste debe ser el de aquélla si se quiere marcar una
diferenciación con la historiografía; pero a la vez la práctica, al
incorporar el futuro en el presente, enfatiza la potenciación de
lo posible antes que la predicción ya que, mientras la potencia­
lidad alude a la práctica, lo posible se vincula con la captación
de la realidad.
Esta exigencia temporal del presente y el planteamiento
acerca de la significación del futuro como potenciación de lo
posible constituyen el marco particular de la propuesta episte­
mológica, la cual enfrenta problemas en la construcción del
conocimiento que no se limitan a los de la contrastación de
una estructura teórica con una realidad particular; por el con­
trario, la cuestión de fondo es el problema de la viabilidad de
las diferentes opciones de construcción planteadas por los ac­
tores sociales. El centro del debate es la interrogante de cuán
real es la transformación de la política en historia.

25
I
EL ANÁLISIS SOCIAL
COMO ANÁLISIS DEL PRESENTE
El problema de la conciencia histórica

La idea de praxis relaciona el conocimiento con el proble­


ma de la viabilidad histórica. En el marco de esta relación, la
coyuntura constituye un corte en el tiempo que sirve de refe­
rencia para construir el conocimiento desde el «hacerse» de la
objetividad; de ahí que la coyuntura represente una mediación
entre el conocimiento acumulado en estructuras teóricas y la
alternativa de praxis adecuada al quehacer de una opción defi­
nida como posible.
Desde esta perspectiva, las conexiones conceptuales con lo
empírico tienen que tomar en cuenta esta complejidad y esta
ambigüedad, ya que de no hacerlo tenderían a cristalizar lo
real mediante el procedimiento, a veces encubierto, de reducir­
lo a factores explicativos. Enfrentadas a las exigencias de la
praxis, las conexiones deben ser expresión de la capacidad de
reconstruir lo objetivo desde la coyuntura, la que, en vez de
reducir lo posible a lo dado, abre lo dado a lo posible. De lo
que resulta que lo posible sea considerado como una conjuga­
ción entre la objetividad que se concreta en momentos sucesi­
vos y un proyecta que se manifiesta en praxis determinadas.
Esta tensión es ló que marca la exigencia particular del cono­
cimiento de vincularse con la necesidad de influir sobre la rea­
lidad a corto plazo.
27
En lo que respecta al largo'plazo, la discusión anterior ca­
rece de sentido si se desvincula del proceso histórico, entendi­
do como secuencia de coyunturas en cada una de las cuales
operan las praxis sociales. El hombre, al estar siempre en un
presente, se apropia del largo tiempo de la historia mediante
su actuar en función de un «proyecto»; por eso la influencia
sobre lo real-objetivo se desdobla en dos planos: el de la praxis
actuante en los sucesivos momentos de un proceso que tras­
cienda a cada momento particular, y el proyecto que conforma
la direccionalidad de la praxis propia del proceso transcoyun-
tural. Por esta razón las conexiones de lo conceptual con el
momento tienen que expresar la relación contradictoria entre
el corte del presente, que es parte del proceso como secuen­
cia de coyunturas, y el proyecto como direccionalidad a largo
plazo.
La direccionalidad complica la elaboración de los nexos en­
tre lo conceptual y lo empírico, ya que éstos no pueden redu­
cirse a un corte estructural como tampoco derivarse de un fin
normativo, pues en ninguna de las dos situaciones se captaría
la objetividad real: primero, porque la objetividad es un proce­
so y no el simple reflejo de un corte, por «estructural» que éste
sea; segundo, porque el desenvolvimiento en «el tiempo» tam­
poco se resuelve en el logro de un fin normativo, sino en el
marco de una direccionalidad que se vincula con la voluntad
social, condición indispensable para la concreción de lo real.
Por consiguiente, el ámbito de las conexiones con lo empí­
rico es aquel que está delimitado por la potenciación de lo
objetivo de acuerdo con una voluntad social orientada por la
exigencia de imprimir una direccionalidad a los procesos.
La teoría deberá, por consiguiente, reflejar esta potencia­
ción de lo dado, lo que no es susceptible de alcanzarse por
medio de modelos teóricos. Al contrario, hay que supeditar el
modelo teórico a la cuestión de la viabilidad de lo potencial, lo
teórico al desarrollo de una capacidad de determinación de lo
viable.
Al enfrentamos con una mutabilidad real imprevisible y
con una praxis que la moldea, no tiene sentido limitarse a
trabajar con estructuras teóricas «acabadas» (con las compli­
caciones adicionales que plantea su aplicación en lo que se
28
refiere a su adecuación, desajuste y falacia); sino que, a la in­
versa, a partir de esta consideración se fortalece un cambio en
la relación con las estructuras teóricas. Los componentes con­
ceptuales de estas estructuras deben desprenderse para con­
vertirse en instrumentos mediante los cuales se puedan delimi­
tar campos de lo real, omitiendo la supeditación a cualquier
función explicativa, cuyo papel consiste en predeterminar la
delimitación de los campos de observáción en términos de
su propia exigencia de jerarquización de las determinaciones
reales.
Esta modalidad en el uso de las teorías es inherente a la
perspectiva del conocimiento coyuntural o del presente, lo que
exige asumir la objetividad real en función de una dirección;
direccionalidad que obliga, a la vez, a subordinar las exigen­
cias teóricas a la aprehensión del presente, considerando éste
como el ámbito de las praxis constructoras de la historia.
De conformidad con lo anterior, esto es, de lo dado-poten­
cial o coyuntura-periodo, los niveles constitutivos de la totali­
dad social deben ser organizados para vislumbrar la función
que cada uno cumple en el movimiento de la realidad. Organi­
zación que es importante para aclarar los parámetros dentro
de los cuales se pueden definir las alternativas viables. Así,
puede ser que en la dimensión coyuntural se sitúen los proce­
sos o fenómenos que cumplen la función de «activar» (como
los políticos y los psicosociales) los procesos que se despliegan
en el «periodo?. En cambio, en el marco del periodo pueden
situarse claramente los procesos económicos y culturales que
se despliegan a largo plazo; aunque siempre mediando a, y
mediados por, los procesos o fenómenos coyunturales que in­
fluyen, por medio de los sucesivos momentos, sobre la direc­
cionalidad de los procesos estructurales según la naturaleza de
los sujetos sociales y de sus prácticas.
En esta perspectiva, cada una de estas dimensiones, desde
la exigencia de construcción del conocimiento, constituyen án­
gulos exploratorios del carácter específico que adquieren la je­
rarquía de las determinaciones; esto es, del carácter de lo con­
creto. En algunas situaciones la determinación, por ejemplo,
está dada por la preeminencia de lo cultural o de lo psicoso-
cial sobre lo económico, siendo el producto función de un ra-
29
/
/
zonamiento cuya guía es la búsqueda de lo específico, que re­
sulta de la reconstrucción articulada de la realidad.
Si aceptamos que la articulación de lo real está en movi­
miento, el problema es hacer posible su reconstrucción diná­
mica. En este sentido el movimiento de la articulación puede
descomponerse en dos ejes: el vertical-coyuntural y el periodo-
longitudinal. La conjugación entre ellos es lo que permite re­
construir el movimiento de la articulación.
Este doble movimiento permite distinguir dos clases de fe­
nómenos que reconocen diferentes escalas de temporalidad y
que, por consiguiente, cumplen funciones distintas para la
captación objetiva de la realidad. Se puede hablar, a este res­
pecto, de procesos que corresponden a dinamismos estructura­
les y de procesos de dinamismo coyuntural.
Así, puede verse que «lo político» en comparación con «lo
económico» reconoce un tiempo de desenvolvimiento diferen­
te, ya que mientras el proceso de producción fia división del
trabajo, por ejemplo) puede determinarse en el tiempo de un
ciclo, la naturaleza del poder político se determina en movi­
mientos intracíclicos. En la producción material cristalizan
condiciones de posibilidad de innovaciones tecnológicas y/o de
conflictos sociales, conformando un sistema de referencias
obligado para la acción política, que irrumpe como activadora
de una u otra alternativa. Los primeros procesos son de un
dinamismo estructural, en tanto que los segundos son de uno
coyuntural, los cuales, en su relación influyen sobre la direc-
cionalidad de los procesos de largo tiempo.
Cada uno de los fenómenos de la realidad puede, en conse­
cuencia, caracterizar, desde este carácter dual, la base prima­
ria de la reconstrucción. Distinción que es útil para compren­
der que la construcción de la historia, desde la óptica de cone­
xión entre fines y proyectos, se basa en procesos de los cuales
algunos cumplen el papel de definir las condiciones que fijan
alternativas, mientras que otros determinan la alternativa via­
ble entre las muchas que puedan darse.

30
Perspectivas del análisis social como análisis del presente
El punto de partida de la reflexión debe ser la pregunta
clásica originaria en todos los intentos hechos por diferenciar
el conocimiento social de otras ramas del conocer. ¿Cuál es el
rasgo que le confiere su particularidad? Las respuestas que se
han dado están principalmente fundadas en la identificación
de objetos cuya especificidad estructural exige de disciplinas'
que puedan configurar su conocimiento adecuado.
' Los objetos (por ejemplo, los de la sociología o la econo­
mía) han sido definidos según criterios que pretenden reflejar
la afinidad entre los fenómenos, lo que ha llevado a reconocer
compartimientos en la realidad cada vez más difusos y proble­
máticos. No obstante que los criterios por afinidad atienden a
los tipos de regularidades a que están sujetos los fenómenos,
también se pueden tomar en cuenta las diferentes clases de
fenómenos según se inserten en el todo de la realidad; esto es
a lo que llamaremos niveles problemáticos.
Desde nuestra perspectiva cualquier corte que no reconoz­
ca ser parte de la totalidad real aparece como apriorístico
cuando no simplemente arbitrario. Tal afirmación la cimenta­
mos en él presupuesto de que la cualidad de los campos disci­
plinarios solamente puede resolverse desde la óptica de su arti­
culación en la realidad, ya que ésta es la que determina su
especificidad. A este respecto surge un problema adicional de­
terminado por la circunstancia de que en las últimas décadas
ha tenido lugar una acumulación teórica que, reconociendo
como punto de partida un corte disciplinario-convencional, no
justificado, ha terminado por transformarse en contenidos teó­
ricos con un alto grado de cohesión interna.
Las «fronteras» entre disciplinas no sólo han configurado
especialidades y currículos particulares, generadores de comu­
nidades de estudiosos que han desarrollado «su» ciencia en
tomo a reglas muy precisas, tanto gnoseológicas como ideoló­
gicas; sino, además, estas fronteras inevitablemente han termi­
nado por convertirse en condicionantes del propio razona­
miento frente a lá realidad social, de tal suerte que la realidad
no puede observarse más que por medio de la mediación de.
estos compartimientos disciplinarios. -
31
Esta compartimentación limita las posibilidades de influir
sobre la realidad en la medida en que no tiene en cuenta la
complejidad de relaciones sobre todos los niveles que la consti­
tuyen! Aunque la «captación del todo» no es metodológica­
mente posible, se debe corregir el sesgo que lleva la comparti­
mentación mediante un razonamiento que, en vez de buscar
un contenido al todo, se apoye en el todo pero visto como una
exigencia de construcción abierta del conocimiento. En este
sentido, la totalidad cumple una función gnoseológica impor­
tante, no solamente como crítica a la división en campos disci­
plinarios, sino como fundamento para influir sobre la realidad,
pues no se trata de conocer para determinar posibilidades,
sino de plantearse las exigencias de «hacer» las posibilidades del
conocimiento en las cuales apoyarse; conocimiento que pueda,
a su vez, enriquecer o modificar el propio contenido de ese
«hacer». Por lo mismo, si lo que nos preocupa es influir y no
sólo conocer, es decir, si de lo que se trata es de una relación
compleja de conocimiento en función de influir, y de influir
con base en la posibilidad determinada por el conocimiento,
entonces nos enfrentamos a un tipo de construcción gnoseóló-
gica que atiende, más que a las diferencias sustantivas de los
contenidos disciplinarios y teóricos, a los modos como los dis­
tintos planos de la realidad se articulan con la totalidad social
y cómo ellos contribuyen a definir prácticas mediante las cua­
les se pueda influir.
Lo dicho significa que antes que pretender absorber la rea­
lidad mediante mecanismos tecnológicos susceptibles de deri­
varse de teorías previamente construidas o de definir metas
según marcos ideológicos o axiológicos, se trata de destacar
como aspecto dominante la necesidad de construir una direc­
ción históricamente viable. De lo que se desprenden dos pro­
blemas: el de la construcción y el de historia posible, que im­
plica una determinada presencia del «futuro» en la producción
del conocimiento.
Cuando nos referimos a la construcción pensamos en el
proceso de moldear una realidad potencial. Como diría Althus-
ser en La. revolución teórica de Marx, «se trata de actuar sobre
la historia, desde el seno de la única historia presente de lo
específico de la contradicción, de esas diferencias específicas
32
de la contradicción que permiten no demostrar o explicar a
posteriori, sino hacer en nuestro único presente».1 Es lo que
Lenin denomina «el momento actual», a cuya determinación
dedicó mucho esfuerzo para poder entender la situación políti­
ca como la «contingencia en la que se realiza la necesidad».
Es evidente que a partir de ese momento queda aclarado el
espacio de tipo de análisis científico, como es el análisis políti­
co o de la situación concreta, hasta entonces considerado
como propio de la intuición, pero cuando pensamos que la
realidad se construye, estamos considerando un espacio social
por conquistarse, un indeterminado susceptible de aprehen­
derse por medio de practicas sociales que contribuyen a que se
materialice ese «aún-no» blochiano, que no es otro que esas
«sugerencias de futuro» de las que hablaba Hermann Broch.
Cuando nos referimos a la historia posible estamos pensan­
do en un engarce de pasado con futuro: esto es, el presente
social, escenario propio exigido por la construcción.
El futuro como proyecto se incorpora al presénte y deter­
mina el modo y contenido de su apropiación. Althusser sostie­
ne que «la imagen que se hace del comunismo no es inocente:
puede alimentar ilusiones mesiánicas que garanticen la forma
y el porvenir de las acciones presentes, desviarlas del materia­
lismo de la acción concreta en la situación concreta»; es decir,
que una anticipación de lo posible (el comunismo) cumple la
función de conformar el presente en tanto momento de la pra­
xis, en forma de hacer viable la anticipación.
Si pensamos en una práctica social que se incorpora a una
realidad estructural, surge la cuestión de cómo ésta es poten­
ciada por aquélla. La realidad en este caso no está delimitada
como urna estructura con determinadas propiedades, sino como
un campo de posibilidades. «La práctica política, que produce
transformaciones, puede existir y desarrollarse sin experimen­
tar la necesidad de hacer la teoría de una propia práctica [...]
hasta el momento en que su objeto (el mundo existente de la
sociedad) le opone una resistencia suficiente como para obli­
garla a llenar ese hueco.»12 Por lo tanto, la política deviene en el

1. Louis Althusser, La revolución teórica de Marx, México, Siglo XXI, 1974, p. 148.
2. Ibíd.

33
elemento constructor de la posibilidad como historia concreta,
constituyendo la apropiación de lo real en una apropiación de
todo lo histórico que se sintetiza en un proyecto de futuro.
Ningún sujeto social puede imponer su futuro si no es apo­
yándose en toda la historia que ha cristalizado en su misma
existencia, pero si el presente es el producto cristalizado de
carácter histórico-genético y la apertura potencial (por cuanto
es un resultado de procesos anteriores que, junto con recono­
cer una lógica objetiva, también es una construcción por cons­
tituir un objeto moldeado por proyectos que luchan por impri­
mirle una direccionalidad a los procesos concretos), entonces
el carácter de su apropiación debe ser examinado desde el án­
gulo de estas mismas complejidades.
El planteamiento del presente como momento dinámico,
dado por un pasado pero que a la vez se construye, conduce
necesariamente a pensar la historia como una secuencia de
coyunturas, cada una de las cuales es un espacio para la inser­
ción en la lógica objetiva de los distintos sujetos sociales; pero,
además, la idea de un presente mutable obliga a pensar la
teoría como una estructura racional cuya función es poner el
sujeto pensante en función del movimiento de la realidad, el
cual, en la medida en que se desconoce, sólo es una exigencia
de objetividad y no un contenido. Recordemos la idea de la
teoría como «algo finito», es decir, como teoría abierta «y, por
lo tanto, atenta; capaz de asumir a tiempo la incorregible ima­
ginación de la historia».3
En consecuencia, lo anteridr también se vincula con la de­
terminación histórica de la teoría, la cual al ser aplicada al
caso de fenómenos que son imprevisibles en cuanto a su per­
manencia, lleva a afirmar que la estructura categoría! en que
se apoyan los cuerpos conceptuales puede tener una vigencia
diferente a la de su contenido sustantivo. Esta separación es
útil en condiciones de gran mutabilidad de la realidad, pues la
mayor estabilidad de las estructuras categoriales en relación
con las proposiciones teóricas que de ellas pueden derivarse,
permite organizar la captación racional de esa realidad «más
allá» de la verdad o falsedad de las proposiciones.
3. Lucio Colletti, El marxismo y Hegel, México, Grijalbo, 1977.

34
Por lo tanto, la determinación histórica es diferente según
atendamos a las teorías o nos preocupemos por su núcleo de
categorías; aunque este plano también reconozca lógicamente
una temporalidad o finitud determinada. De esta distinción
concluimos que hay que dar preeminencia a la lógica de cons­
trucción y uso de categorías sobre el manejo de conceptos teó­
ricos en sentido estricto.

La historia como secuencia de coyunturas:


importancia de lo político

Si consideramos la historia como una secuencia de coyun­


turas, estamos construyendo un concepto que consta de dos
dimensiones: la secuencia que es una dimensión temporal, y el
proceso posible de regularse en una secuencia. Lo que signifi­
ca que el concepto de historia revista dos acepciones: a) la
historia como desenvolvimiento de lo «histórico-natural» o his­
toria de lo determinante aunque no siempre necesariamente
explicativo, y b) la historia como desarrollo de lo político en­
tendido como el momento de la práctica activadora de todos
los niveles de la totalidad.
Estas dos acepciones se corresponden con planos de reali­
dad distintos que reconocen tiempos diferentes en la medida
en que su relación con la praxis no es semejante. Parece evi­
dente decir que el momento de la práctica corresponde al mo­
mento en que los sujetos sociales se insertan en una realidad
objetiva para influir en su direccionalidad. De este modo, se
enriquece el concepto de experiencia histórica com o él recorte
de realidad en que se conjuga lo objetivo, som etido a regulari­
dad, con la capacidad de construir lo objetivam ente posible que
no necesariamente lo está. Capacidad que se apoya en la capta­
ción de la necesidad histórica que es transformada en el objeto
específico de un tipo de análisis cuya función es, a su vez,
captar el modo de concreción, en un presente, de fenómenos
de larga duración.
Por lo tanto, es en el marco propio de la praxis en donde
tiene lugar una transformación cualitativa del concepto de ex­
periencia histórica. La incorporación del presente como recor­
35
te temporal contiene una necesidad de desarrollo abierta a va­
rias direccionalidades, lo que constituye el cometido del análi­
sis político. En otros términos, planteamos una recuperación
del conocimiento desde el ángulo de su dimensión política. El
análisis político es un saber que consiste en determinar lo via­
ble, por lo que es pertinente aclarar que también hay en ello
un «no saber» como contenido que se acompaña, en el análisis
político, con un desarrollo de una conciencia de lo histórico: lo
viable potencial.
El marxismo, con su concepción de la historia como produc­
to de la lucha de clases (con las especificaciones que puedan y
deban hacerse partiendo del conjunto de las tesis sobre Feuer-
bach), nos ha colocado en el umbral de lo político como dominio
real, con sus propias exigencias gnoseológicas y prácticas. Entre
las primeras está la que se refiere a la historia como secuencia de
coyunturas, que permite afirmar que lo político4 es la historia
real: la posibilidad concretada basada en proyectos que se dispu­
tan por imprimirle una orientación. Si en la coyuntura se conju­
ga la necesidad de los procesos y su direccionalidad potencial, el
análisis político de la realidad no persigue tanto destacar qué es
lo determinante en el plano de las estructuras, sino cómo lo acti­
vador conforma la dirección precisa del desarrollo, aunque no
sea lo determinante a largo plazo.
En consecuencia, lo político no constituye un conocimiento
en sí mismo, sino más bien una perspectiva de conocimien­
to que se fundamenta en la idea de que toda la realidad social
es una construcción viable. Sé puede retomar la afirmación
gramsciana de que «todo es político», pero cuidándose de no
confundir «lo político» con sus estructuras particulares (por
ejemplo: Estado, partidos, sindicatos, aparatos ideológicos,
etc.), pues lo político como plano de análisis, reconoce como
su núcleo básico la conjugación entre sujeto y proyecto, lo que
se expresa materialmente en el juego de tácticas y estrategias
que encuadran la dinámica de los sujetos en el interior de las
estructuras políticas.

4. No hay un desarrollo adecuado de lo político, ya que, como observa Colletti en


El marxismo y Hegel, «falta un análisis serio, articulado de lo político [...]. Falta el
marco en qué ubicarlo, en cuyo interior construir una conciencia de la política».

36
¿Qué racionalidad científica supone lo político del conoci­
miento, esto es, la determinación de la viabilidad posible? Se
puede ensayar una respuesta desde dos ópticas distintas, aun­
que complementarias.
Si el presente es un ángulo para rescatar lo político en la
construcción de cualquier conocimiento social, podemos exa­
minar sus implicaciones lógico-epistemológicas y confrontarlas
con la racionalidad contenida en la.obra de Marx con el fin de
vislumbrar la racionalidad que se contiene, en «estado prácti­
co», en los análisis concretos del propio Marx y de otros clási­
cos, para establecer la continuidad o discontinuidad de la es­
tructura racional del discurso cuando se desplaza desde obje­
tos macroteóricos a objetos coyunturales, para lo cual plantea­
mos la siguiente línea de reflexión.

La conciencia histórico-política

En un trabajo a que hacemos referencia,5 Sacristán ha sin­


tetizado muy claramente el problema. Asumiendo el punto de
vista de que la epistemología materialista dialéctica busca res­
puestas desde la premisa hegeliana de que «lo verdadero es lo
completo», no se puede distinguir en la obra de Marx lo que es
núcleo teórico de lo que es visión de la realidad. Si lo teórico-
formal está inmerso en un horizonte social, visión o paradig­
ma, constituido por una actitud racional frente a la realidad
(actitud que, sin agotarse en lo estrictamente teórico, determi­
na una organización del discurso racional), entonces el mar­
xismo en esta línea de argumentación es una construcción que
al sintetizar «teoría» y «visión» concibe la conciencia histórica
como la conciencia teórico-política de los sujetos sociales; lo
cual conduce a afirmar que la esencia de esta conciencia histó­
rica es la crítica en tanto apertura hacia lo objetivo real en
constante movimiento.
Lo anterior lleva a la conclusión del predominio de lo his-

5. Manuel Sacristán, «El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia», con­


ferencia pronunciada a la Fundación Miró, Barcelona, noviembre de 1979; publicada
en Cuadernos Políticos.

37
tórico y a una crítica de las estructuras teóricas, lo que es más
patente en los análisis concretos de corto tiempo. En efecto, se
exige en estos trabajos la necesaria supeditación de lo teórico-
explicativo a las formas de un razonamiento que, más que es­
tar orientado a probar hipótesis, pretende reconocer opciones
de acciones posibles; de ahí que consideremos importante ras­
trear la lógica del razonamiento que se contiene en los análisis
de situaciones políticas concretas, para poder ilustrar lo que
decimos.
Los textos de esta naturaleza muestran que, sin mediar una
teoría, la realidad se presenta como niveles articulados, aun­
que sea en la forma de una descripción aparentemente morfo­
lógica; pero donde cada uno de los niveles asume el carácter
que le determinó su incorporación en el conjunto, simultánea­
mente con mostrar cómo cada nivel contribuye al movimiento
del conjunto. El siguiente párrafo de «El dieciocho brumario»
ilustra lo que decimos:
La mayoría del Parlamento se declaraba así en contra de la
Constitución, pero ésta se declaraba, de por sí, a favor de la mi­
noría y declaraba su acuerdo como obligatorio. Pero ¿acaso el
partido del orden no había supeditado la Constitución a la ma­
yoría parlamentaria el 31 de mayo de 1850 y el 13 de junio de
1849? ¿No descansaba toda su política anterior en la supedita­
ción de los artículos constitucionales a los acuerdos parlamen­
tarios de la mayoría? ¿No había dejado a los demócratas y cas­
tigado en ellos la superstición bíblica por la letra de la ley? Pero
en este momento la revisión constitucional no significaba más
que la continuación del poder presidencial, del mismo modo
que la persistencia de la Constitución sólo significaba la destitu­
ción de Bonaparte. El Parlamento se había declarado a favor de
él, pero la Constitución se declaraba en contra del Parlamento.
Bonaparte obró, pues, en un sentido parlamentario al desgarrar
la Constitución, y en un sentido constitucional al disolver el
Parlamento [Karl Marx, «El dieciocho brumario de Luis Bona­
parte», en Obras escogidas, 3 tomos, tomo I, Moscú, Progreso,
1963, pp. 300-301],

Los elementos de la descripción mediante la cual se da


cuenta de la situación coyuntural configuran un cuadro diná­
38
mico: la relación de la «mayoría del Parlamento» con «la
Constitución», y la de ésta con la «minoría»; el carácter de la
política definida por el «partido del orden» en el contexto del
«articulado de la Constitución», y el significado específico que
asume la «revisión constitucional» y la «persistencia de la
Constitución» en ese concreto momento histórico.
Pero no se trata exclusivamente de una articulación entre
niveles (estructura jurídica, Parlamento, partidos, líderes, etc.),
sino que, simultáneamente, se trata de relaciones entre escalas
de tiempo que coexisten en un corte, aunque asociadas a fenó­
menos diferentes:
Por eso, en ningún periodo nos encontramos con una mez­
cla más abigarrada de fases altisonantes e inseguridad y desam­
paro efectivos, de aspiraciones más entusiastas de innovación y
de imperio más firme de la vieja rutina, de más aparente armo­
nía de toda la sociedad y más profunda discordancia entre sus
elementos. Mientras el proletariado de París se deleitaba toda­
vía en la visión de la gran perspectiva que se había abierto ante
él y se entregaba con toda seriedad a discusiones sobre los pro­
blemas sociales, las viejas fuerzas de la sociedad se habían
agrupado, reunido, vuelto en sí y encontrado un apoyo ines­
perado en la masa de la nación, en los campesinos y los peque­
ños burgueses, que se precipitaron todos de golpe a la escena
política, después de caer las barreras de la monarquía de julio
[ibíd., p. 414],

Coexisten la concepción de largo tiempo del proletariado de


París, producto de su experiencia anterior, con el rápido movi­
miento de las fuerzas sociales que le son antagónicas, por me­
dio de su representación política, que logra provocar comporta­
mientos en sectores como el campesino y la pequeña burguesía
en función de la percepción que tienen de la situación histórica
determinada por mediaciones tales como particulares figuras po­
líticas. Mientras algunas fuerzas que, en relación con la disputa
por el poder, se ubican en un tiempo «estratégico», otras lo
hacen en el marco definido por movimientos «tácticos».
En el análisis subyace el problema de cómo se pueden re­
tomar las regularidades del largo plazo («visión de la gran
perspectiva» por parte del proletariado de París), desde el ciclo
39
de corta duración («las viejas fuerzas de la sociedad se habían
agrupado, reunido, vuelto en sí y encontrado apoyo...»). Desde
el punto de vista teórico se enfrenta el problema de articular el
análisis estructural de las clases con el de sus expresiones polí­
ticas organizadas. Esta articulación de niveles y de tiempos
heterogéneos caracterizan el análisis dé presente, de forma
que su contenido resulta ser la intervención de varios conteni­
dos. Así tenemos que:
Hasta los escritores franceses revolucionarios corroboraron,
por una especie de temor reverente ante la tradición republica­
na, el error de la idea de que monárquicos dominaban en la
Asamblea Nacional Constituyente. Por el contrario, desde las
jom adas de junio, la Asamblea Constituyente que siguió siendo
la representante exclusiva del republicanismo burgués, destaca­
ba tanto más decididamente este aspecto suyo cuanto más se
desmoronaba la influencia de los republicanos tricolores fuera
de la Asamblea. Si se trataba de afirmar la forma de la repúbli­
ca burguesa, disponía de los votos de los republicanos demó­
cratas; si se trataba del contenido, ya ni el lenguaje la separaba
de las fracciones burguesas monárquicas, pues los intereses de
la burguesía, las condiciones materiales de su dominación de
clase y de su explotación de clase, son los que forman precisa­
mente el contenido de la república burguesa [Karl Marx, «La
lucha de clases en Francia, de 1848 a 1850», en Obras escogidas,
Moscú, Progreso, 1969, p. 234].

La determinación de un contenido (por ejemplo, la repúbli­


ca burguesa) se puede especificar según sean los sujetos con
sus proyectos que entran en relación: como «forma» la repú­
blica resultaba de la correlación entre «republicanos» y «republi­
canos demócratas», pero su contenido resultaba de la relación
entre «republicanos» y «monárquicos». Lo anterior plantea la
necesidad de reconstrucción de la totalidad (en este caso la
república como sistema político) atendiendo a procesos que no
reconocen la misma temporalidad (por ejemplo: clases, parti­
dos de las clases).
Antes de proseguir con la historia parlamentaria, son indis­
pensables algunas observaciones, para evitar los errores corrien­

40
tes acerca del carácter total de la época que nos ocupa. Según
la manera de ver los demócratas, durante el periodo de la
Asamblea Nacional Legislativa el problema es el mismo que el
del periodo de la Constituyente: la simple lucha entre los repu­
blicanos y realistas. En cuanto al movimiento mismo lo encie­
rran en un tópico: reacción, la noche en la que todos los gatos
son pardos y que les permite salmodiar todos sus habituales
lugares comunes, dignos de su papel de sereno. Y, ciertamente,
a primera vista el partido del orden parece un ovillo de diversas
fracciones realistas que no sólo intrigan unas contra otras para
elevár cada cual al trono a su propio pretendiente y eliminar al
del bando contrario, sino que, además, se unen todas en el odio
común y en los ataques comunes contra la república. Por su
parte, la Montaña aparece como la representante de la repúbli­
ca frente a esta conspiración realista. El partido del orden apa­
rece constantemente ocupado en una reacción.
Sin embargo, examinando más de cerca la situación y los
partidos se esfuma esta apariencia superficial, que vela la lu­
cha de clases y la peculiar fisonomía de este ^periodo [Karl
Marx, «El dieciocho brumario de Luis Bonaparte», en op. cit.,
pp. 430-431],

Esta distinción entre escalas y niveles es necesaria para no


ocultar, o distorsionar, la esencia del proceso que interesa co­
nocer.
Nos encontramos, pues, con el hecho de que determinados
individuos, que como productores actúan de un determinado
modo, contraen entre sí estas relaciones sociales y políticas de­
terminadas. La observación empírica tiene necesariamente que
poner de relieve en cada caso concreto, empíricamente y sin
ninguna clase de falsificación, la trabazón existente entre la
organización social y política y la producción [Karl Marx y
Friedrich Engels, La ideología alemana, Moscú, Cid Ediciones,
p. 25].
Y este modo de considerar las cosas no es algo incondicio­
nal. Parte de las condiciones reales y no las pierde de vista ni
por un momento. Sus condiciones son los hombres, pero no
vistos y plasmados a través de la fantasía, sino en su proceso de
desarrollo real y empíricamente registrable, bajo la acción de
determinadas condiciones. Tan pronto como se expone este

41
proceso activo de vida, la historia deja de ser una colección de
hechos muertos, como lo es para los empiristas, todavía abs­
tractos, o una acción imaginaría de sujetos imaginarios, como
para los idealistas [ibíd., p. 27],
Enfrentamos el problema de que la concreción de la histo­
ria involucra el análisis de las mediaciones de su concreción.
En efecto la mediación es la especificidad histórica del fenóme­
no) por lo tanto, cuando hablamos de lo históricamente deter­
minado estamos hablando de mediaciones. La concreción his­
tórica es una concreción mediada en virtud de que el conteni­
do de los procesos está determinado por una articulación de
tiempos diferentes y de niveles en alguna relación no predeter­
minada.
La idea básica sigue siendo la captación de la realidad
como un complejo articulado; lo que plantea un tipo de dis­
curso racional orientado a enriquecer la realidad como proble­
mática, aunque no exclusivamente en tomo de un eje teórico,6
sino basada en proyectos de sujetos sociales. Problemática que
se aprecia todavía de manera más clara en textos como los
que discutimos a continuación.
La idea de conocimiento del momento, o del presente, se
confunde en Lenin con el concepto de situación política que se
caracteriza porque allí tiene lugar «la fusión de corrientes abso­
lutamente diferentes, intereses de clase absolutamente hetero­
géneos, aspiraciones políticas y sociales absolutamente opues­
tas», donde constantemente se está pasando desde lo anecdóti­
co a la concatenación histórica de los sucesos, o al comporta­
miento de las clases, ya que sólo hay un contexto de referencia
a un proyecto histórico que se construye socialmente.7
6. Es el caso de la teoría del valor que, junto con pretender una explicación de la
transformación de los valores en precios, es un modo de resolver la relación entre las
diferentes áreas del conocimiento. A este respecto conviene recordar opiniones como
las siguientes: «la teoría del valor no es simplemente una teoría que intenta explicar
cómo se determinan los precios; es también una especie de manifiesto metodológi­
co que contiene la opinión de Marx acerca de cómo se deben estudiar las econo­
mías, y llama a una restauración de la unidad esencial entre varias ciencias sociales»
(R.L. Meek, citado por Sacristán, op. cit.).
7. Rescátando la complejidad de la situación política, comprendida como presen­
te, Lenin formula que «cada consigna debe derivar siempre del conjunto de peculiari­
dades que forman una determinada situación política» (a propósito de las consignas).

42
El razonamiento de Lenin, apoyado en un concepto abs­
tracto como el de clase, no se desarrolla desde un fmalismo
contenido en este concepto (desde el que se puede asignar un
comportamiento predeterminado o un sentido a las acciones),
sino que es empleado para articular las diferentes manifesta­
ciones particulares del fenómeno, desde las más estructurales,
hasta las más subjetivas, como son la inteligencia y la concien­
cia del hombre. «La idea de la necesidad histórica tampoco
menoscaba en nada el papel del individuo en la historia: toda
la historia se compone precisamente de acciones de individuos
que son indudablemente personalidades.»8 De esta manera se
refuerza la idea de la realidad como una articulación entre
procesos y prácticas.

El tiempo: una necesidad del conocimiento

Es el modo de constituirse de la totalidad el que conforma


f

los diferentes tiempos.9 Cuando nos referimos a los modos de


constituirse de la totalidad no nos referimos a una totalidad
dada, sino más bien a la construcción de objetos en la pers­
pectiva de la totalidad, los cuales pueden reconocer distintos
parámetros de tiempo y de espacio. Construcción del objeto
que implica el razonamiento de relacionar lo particular con lo
universal, pero donde lo universal es la totalidad supuesta,
8. Vladimir Hich Lenin, «¿Quiénes son los amigos del pueblo?», en Obras comple­
tas, tomo I, Buenos Aires, Cartago, 1958, p. 151.
9. La siguiente cita de Althusser puede servir para ahondar en la idea: «Ya no es
posible pensar en el mismo tiempo histórico el proceso de desarrollo de los diferen­
tes niveles del todo. El tiempo de existencia histórica de estos diferentes niveles no es
el mismo. Por el contrario, a cada nivel debemos asignarle un tiempo propio. Debe­
mos considerar estas diferencias de estructuras temporales como, y únicamente
como, índices objetivos del modo de articulación de los diferentes elementos o de las
diferentes estructuras de conjunto del todo. Hablar de temporalidades históricas dife­
renciales es, pues, obligarse absolutamente a situar el lugar y a pesar en una propia
articulación la función de tal elemento o de tal nivel en la configuración actual del
todo; es determinar la relación de articulación de este elemento en función de los
otros elementos, de e$ta estructura en función de otras estructuras... es obligarse a
definir lo que, en otras palabras, podríamos llamar el índice de determinación, el
índice de eficacia en el cual el elemento, o la estructura en cuestión están actualmen­
te afectadas en la estructura de conjunto del todo» (Louis Althusser, «Los efectos de
la economía clásica», en Para leer «El Capital», México, Siglo XXI, 1974, p. 117).

43
que, sólo después, se descubre como producto de la propia
investigación.
Desde el punto de vista del tiempo, el planteamiento ante­
rior se refiere a la relación entre coyuntura y periodo conside­
rados como «momentos» en la construcción del objeto. La co­
yuntura es el momento de la potencialidad y, como tal, el mo­
mento en que la totalidad descansa principalmente en la deter­
minación de lo superestructura! (en el sentido de que es lo
sobreestructural lo que determina que esa potencialidad tome
una dirección de desarrollo); por lo mismo, es el momento de
la coexistencia de toda las posibilidades no reveladas. En esta
linea, la coyuntura es el momento de la estructuración misma;
no es la totalidad dada sino su proceso de constitución. Sin
embargo, como la estructuración sólo puede conocerse sobre
la base de una cierta permanencia, supone que se tengan que
concebir los procesos como una secuencia de coyunturas, cada
una de las cuales puede considerarse como una totalidad «in­
conclusa».10
La coyuntura no apunta solamente, como dice Althusser, al
carácter dominante o subordinado de la determinación de un
elemento o estructura, a la eficacia con que está afectado tal o
cual elemento o estructura en el todo. La coyuntura, además,
cumple una función respecto de la posibilidad de que surja
una u otra modalidad en la estructuración del todo por efecto
de la praxis, lo que se traduce en una determinada direcciona-
lidad de su movimiento.
La eficacia de la determinación se complica cuando se ana­
liza desde el ángulo de las posibilidades contenidas en la co­
yuntura, las cuales suponen el análisis concreto de la potencia­
lidad; es decir, transformar en objeto de conocimiento no lo
concreto cristalizado, sino la determinación de lo concreto. Lo
anterior apunta a su dinamismo de estructuración. La eficacia
de las determinaciones propuestas por Althusser se replantea,
por lo tanto, como la cuestión de la opción viable elegida para

10. La diferencia entre permanencia y tiempo consiste en que mientras aquélla es


una duración sin involucrar ninguna transformación del elemento particular de que
se trate, el tiempo refleja el devenir en el que un elemento establece su sistema de
articulación según esté ubicado en tal o cual totalidad.

44
darle una dirección al desarrollo histórico. En este contexto
cabría recuperar la distinción de Braudel entre historia efecti­
va e historia posible.. .
En efecto, la discusión tiene sobre la historia la implicación
de que ésta habrá de concebirse como construcción de lo posi­
ble y no como constatación de lo objetivo. Volvemos, de este
modo, a la distinción que habíamos propuesto entre historia
«natural» o de lo «estructural» y la- de los elementos «sobrees­
tructurales» que se especifican en el proceso de influencia so­
bre el plano «histórico-natural».
En esta perspectiva es útil distinguir entre la problemática
de la historia como ciencia (donde es evidente una jerarquía
de los planos en que tienen lugar los fenómenos históricos) y
los problemas ligados con la construcción de los objetos eq el
interior de la historia. Si Marx fundó la historia como ciencia,
corresponde ahora plantear la problemática de la construcción
de los objetos que hacen posible el conocimientp del campo
propio de esa ciencia y que son las bases desde las cuales se
determinan las posibilidades objetivas para influir sobre los
procesos.
Con relación a estos temas surgen preguntas como las si­
guientes: ¿qué es conocer el interior de la historia?, ¿significa
solamente determinar la naturaleza del proceso histórico-natu­
ral?, ¿o también es determinar los puntos de ruptura por me­
dio de los cuales se puede reconstruir el proceso histórico
como totalidad compleja? En este caso, la idea de reconstruc­
ción trae consigo la inclusión de los elementos sobreestructu­
rales que influyen, en el plano histórico-natural, desde una do­
ble óptica de análisis: primero, considerar cada elemento de la
sobreestructura como objeto en sí mismo, y segundo, conside­
rarlo como conjunción de alternativas posibles para la concre­
ción de lo histórico como política.
En este sentido debe discutirse la problemática del objeto
en Marx, porque implica un cambio epistemológico en el sen­
tido de que el objeto del conocimiento es también un conteni­
do de la conciencia en cuanto instrumento constructor de la
realidad: no solamente hay una aprehensión de la realidad,
sino, también, una aprehensión de sí mismo por parte del su­
jeto. La conciencia teórica deviene en conciencia crítico-social;
45
por ello la discusión epistemológica hace parte del esfuerzo
por transformar la conciencia teórica en conciencia histórica.
Podemos afirmar junto a Korsch que «la lucha epistemoló­
gica corresponde a la etapa de consolidación, por una parte,
de las sociedades socialistas, y por otra, a una reacción frente
a los peligros de reducción de marxismo a una pura ideología,
como resultado de convertirse en praxis concreta... lo que crea
las condiciones para la embestida teórica científica de las fuer­
zas regresivas».
La aparición de esta conciencia histórica se manifiesta, en
el plano gnoseológico, en una apertura hacia las situaciones
históricas; lo que plantea que la captación de lo histórico-con-
creto se efectúe mediante un mecanismo que refleje las trans­
formaciones de contenido derivadas de los cambios en los pa­
rámetros de análisis. Este mecanismo es la construcción del
objeto, porque cumple la función de objetivarse hacia lo real.
Sin embargo, lo anterior obliga a tener que resolver los proble­
mas de las distinciones propias de los diferentes recortes de
tiempo y de espacio que coexisten en las situaciones históricas.
Esto significa poder resolver que el anáfisis de las situaciones
históricas no se reduzcan al ángulo de anáfisis de un fenóme­
no propio de un plano temporal y/o espacial. (En esta direc­
ción, la dinámica generada por las estrategias y tácticas de los
sujetos sociales consiste en la solución que se da al ritmo y
distribución espacial de los procesos que están involucrados en
la definición de una política, según sea propugnada por uno u
otro sujeto social.)
La realidad histórico-política, por constituir una construc­
ción de los sujetos sociales, imposibilita que la relación con
ella se limite a esquemas conceptuales de explicación. Más
bien la relación descansa en la necesidad de dar cuenta de las
opciones de viabilidad para los diferentes sujetos: relaciones
que se reflejen en el momento en que la realidad potencial es
transformada en realidad material mediante proyectos que, si­
multáneamente, se apropian del presente y lo potencial hacia
el futuro. De lo que concluimos que lo específicamente gno­
seológico de lo político es su función para reconocer lo poten­
cial; por eso su relación con la realidad no es, stricto sensu, un
correlato por cuanto aquélla todavía no está dada.
46
n
LA TOTALIDAD COMO EXIGENCIA
DEL RAZONAMIENTO CRÍTICO

Tal como se ha señalado, el motivo de la presente reflexión


consiste en abordar el problema de cómo un sujeto establece
la relación de conocimiento con la realidad cuando quiere in­
fluir sobre ella, lo que significa buscar caminos alternativos
que permitan enriquecer las formas de construcción de un co­
nocimiento social del presente.
En este sentido, el primer problema que tenemos que abor­
dar es el carácter de la relación de conocimiento de este sujeto
con la realidad. La idea dominante es que tal relación siempre
tiene un carácter teórico, o bien, que en última instancia,
siempre es posible de conformarse en función de una base
teórica. Esquemáticamente hablando, este enfoque lleva a pen­
sar que cualquier esfuerzo de captación racional de lo real está
determinado por el imperativo de explicar la realidad. Sin em­
bargo, los modos de relación del hombre con ella pueden asu­
mir, como lo sabemos, una complejidad mayor que el consti­
tuido por la relación teórico-explicativa, más aún cuando se
enfrenta la necesidad de estudiar los fenómenos en el mismo
momento en que se desarrollan; tal es el caso del conocimien­
to exigido por la'praxis o conocimiento histórico-político.
- Este es, precisamente, nuestro propósito: plantear la cons­
trucción del conocimiento de las ciencias sociales concebidas
47
como ciencias del presente, lo que demanda un esfuerzo para
elaborar formas de captación racional que no se restrinjan a la
comprobación ni a la simple aplicación de «corpus conceptua­
les como sistemas comprobables».
La tarea es relevante. Por una parte se plantea que una
teoría reduce la realidad al excluir ámbitos que pueden ser
determinantes para dar cuenta de la «objetividad». Por otra, se
propone rescatar formas de razonamiento que sin ser las pro­
pias del proceso de explicación científica, no por ello son me­
nos racionales, ya que no hay ningún motivo para conside­
rarlas, como se ha hecho tradicionalmente, como «no cientí­
ficas».
En consecuencia, el reto consiste en plantear la construc­
ción de un conocimiento que no deje fuera, por su afán y pre­
cisión formales, regiones de la realidad significativas para la
definición de prácticas de transformación.
En este sentido, el presente trabajo reconoce como ptrnto
central la categoría de la totalidad concreta y su capacidad
para enriquecer las formas racionales que median en la cone­
xión con la realidad empírica y que, por lo tanto, permiten
transformar la objetividad real en contenidos organizados, lo
que es constitutivo en la relación de conocimiento. Se enfatiza,
en consecuencia, por sobre las estructuras de expücación,
aquellas formas de razonamiento que lleven a delimitar uni­
versos de observación capaces de servir de base para determi­
nar opciones de teorización, o bien para definir prácticas so­
ciales alternativas que sean objetivamente posibles.
Para estos propósitos tomaremos como base la siguiente
formulación de la totalidad, planteada por Kosik:1
La categoría de totalidad, que Spinoza ha anunciado por
primera vez con su natura naturans y natura naturata, en la
filosofía moderna [...] comprende la realidad en sus leyes inter­
nas y las conexiones internas y necesarias, en oposición al em­
pirismo qUe considera las manifestaciones fenoménicas y ca­
suales, y no llega a la comprensión de los procesos de desarro­
llo de lo real. [Por lo mismo] no es un método que pretenda1

1. Karl Kosik, Dialéctica de lo concreto, México, Grijalbo, 1967.

48
ingenuamente conocer todos los aspectos de la realidad sin ex­
cepción y ofrecer un cuadro «total» de la realidad con sus infi­
nitos aspectos y propiedades, sino que es una teoría de la reali­
dad y de su conocimiento como realidad.
Sin embargo, ya que nuestra preocupación sobre la totali­
dad concreta gira en tomo de sus funciones gnoseológicas, to­
caremos diferentes, cuestiones desde la óptica definida por esta
categoría. De ahí que su lectura produzca a veces la sensación
de un constante retomo a un punto de partida, aun cuando,
en verdad, consista en una exploración acerca de cómo es po­
sible plantear diferentes problemas si se los analiza desde la
perspectiva de la totalidad concreta.
En este sentido, abordamos problemáticas comunes a cual­
quier trabajo cuya preocupación sea las cuestiones pertinentes
al método científico, y otros que se derivan lógicamente del
esfuerzo por profundizar en las implicaciones gnoseológicas
de la totalidad.
Todo lo cual supone aclarar primero el concepto de totali­
dad y sus funciones gnoseológicas, para enseguida definir sus
vinculaciones con el conocimiento exigido por la praxis; esto
es, con el conocimiento del presente. Por consiguiente, el desa­
rrollo argumental consiste en una reflexión abstracta sobre la
función de la totalidad en la construcción de conocimiento en
general al hacer referencia a temas tales como la función de la
crítica y las estructuras teóricas.

La totalidad: panorama de ideas básicas

La totalidad es un concepto central en el debate de la cien­


cia. En opinión de Geymonat, se identifica con la presentación
axiomática de las teorías científicas y ocupa «una posición
central en la ciencia actual», en razón de la dilatada utiliza­
ción de la lógica matemática que le confiere el carácter del
sistema unitario. Habermas, por su parte, ha enfatizado que la
totalidad no es lina clase de extensión lógica determinable me­
diante la agregación de cuantos elementos comprende, y asu­
me una postura semejante a la de Adomo, para quien la totali­
49
dad no mantiene ninguna vida propia por encima de sus com­
ponentes mismos que aúna y de los que, en realidad, viene a
constar.
En el contexto de esta investigación, la totalidad nos intere­
sa primordialmente como fundamento epistemológico para or­
ganizar el razonamiento. Este énfasis nos obliga a estar alertas
ante la posibilidad de su desfiguración trivial, en el sentido
acotado por Kosik, o sea: «que todo esta en conexión con todo
y que el todo es más que las partes».2 De ahí que si nos propo­
nemos desarrollar sus funciones analíticas debamos hacer el
esfuerzo de traspasar tanto este obstáculo como aquel otro se­
ñalado reiteradamente, en especial por los positivistas: «el he­
cho de que la palabra totalidad [...] y sus derivados son excep-'
cionalmente ambiguas, metafóricas y vagas», de manera que
con frecuencia es «imposible de estimar el valor cognoscitivo y
el significado de enunciados que las contienen».3
Ep la dirección de esta misma crítica podemos ubicar el
pensamiento de Popper,4 cuando observa que «hay una funda­
mental ambigüedad en el. uso que hace la literatura holística
reciente del término “un todo”», y distingue entre la totalidad
entendida como «todas las propiedades o aspectos de una
cosa», y la totalidad como «aquella propiedad que hace apare­
cer a la cosa como una estructura organizada, más que como
un "mero montón”».
A partir de esta distinción, el problema central que se plan­
tea es la posibilidad de determinar lo que se debe entender por
estructura organizada fundada eri la idea de la totalidad con­
creta, definida por Kosik como «estructura significativa para
cada hecho o conjunto de hechos». Lo dicho implica que la
totalidad no es todos los hechos, sino que es una óptica episte­
mológica desde la que se delimitan campos de observación de
la realidad, los cuales permiten reconocer la articulación en
que los hechos asumen su significación específica. En este
sentido, se puede hablar de la totalidad como exigencia episte­
mológica del razonamiento analítico.

2. Ib(d., p. 54.
3. Emst Nagel, La estructura de la ciencia, Buenos Aires, Paidós, 1968, p. 348.
4. Karl R. Popper, La miseria del historicismo, Madrid, Taurus, 1961, p. 90.

50
De conformidad con lo anterior, podemos proponer que la
totalidad cumple la función de aclarar el significado del con­
cepto «todo» en la primera acepción utilizada por Popper («to­
das las propiedades o aspectos de una cosa»), pues sirve para
definir la base desde la cual captar lo inclusivo (o indetermina­
do) de la realidad. La totalidad concreta cumple por eso la
función de ser la estructura pertinente para comprender los
hechos aislados; aunque, por otra; los hechos son a su vez
construcciones en función de esa pertinencia. Esto no es un
círculo vicioso en tanto la totalidad concreta se conciba y apli­
que como criterio de articulación de campos de observación
de la realidad.
Desde esta óptica, la delimitación de campos de observa­
ción se puede conceptualizar como un proceso de aprehensión
de las relaciones entre los hechos, los cuales no tienen carácter
necesariamente explicativo. En este sentido, se puede afirmar
que el beneficio metodológico de la totalidad, más que ser un
mecanismo de contrastabilidad —que tampoco podemos sos­
tener que sea inherente a su naturaleza rechazar—,5 consiste
en enriquecer la base para reconocer posibles opciones de teo­
rización. De ahí que rechacemos la interpretación de la totali­
dad tal como la formulan Popper y otros autores, que preten­
den ver en ella una postura que permite hacer pasar como
auténticos conocimientos «lo que en realidad no pasan de ser
puras decisiones».
En la medida en que la totalidad es una apertura hacia la
realidad —misma que es posible transformar en diferentes ob­
jetos de estudio—, requiere de una práctica de investigación
que no puede quedar enmarcada en un solo modelo científico.
Exige, más bien, un concepto de racionalidad más amplio con­
forme con la concepción de que la realidad no admite fragmen­
tación. Racionalidad ampliada que debemos explorar antes que
quedar replegados a un racionalismo metodológico de corte po­
sitivista, en virtud de las dificultades que se presentan para
avanzar en el desenvolvimiento de una dialéctica analítica.

5. Cfr. la crítica de Hans Albert a Jürgen Habermas, en El mito de la razón to­


tal en la disputa del positivismo en la sociología alemana, Barcelona, Grijalbo, 1973,
p. 219.

51
La totalidad y la relación del conocimiento
La totalidad como mecanismo de apropiación es indiferen­
te a las propiedades del objeto, ya que se limita a definir la
base de la teorización sin ser una teoría en sí misma, ni, me­
nos aún, un objeto real. Es un modo de organizar la apertura
hacia la realidad que no se ciñe a permanecer dentro de deter­
minados límites teóricos, pues se fundamenta en un concepto
de lo real como articulación compleja de procesos y exige que
cada uno de éstos sea analizado en términos de sus relacio­
nes con otros (aunque no sea cada uno .un objeto de análisis
como tal).
Por lo expresado anteriormente, es necesario distinguir en­
tre el «todo» como la «estructura del objeto» y el «todo» como
«exigencia epistemológica del razonamiento». El problema ra­
dica no sólo en romper con un punto de vista aditivo, sino en
plantearse los requerimientos de una forma racional que exige
la necesidad de analizar in situ los constituyentes de la totali­
dad, de manera que 1¿ «estructura de actividades de la tota­
lidad no pueda ser inferida de las propiedades manifestadas
por sus constituyentes separadamente de la totalidad».6 Por
eso, el concepto «todo» constituye un modo de recortar la re­
alidad para construir el objeto de estudio que, sin partir de la
exigencia a priori de «todas las propiedades o aspectos de una
cosa», permita dar soluciones sobre «ciertas propiedades o as­
pectos especiales de la cosa en cuestión [...] que le hacen apa­
recer como una estructura organizada». En consecuencia, la
totalidad constituye una delimitación de lo real que, al apoyar­
se en una noción de la realidad como articulación de procesos,
releva la importancia de lo no acabado, lo que significa cues­
tionar cualquier límite teórico cerrado: de ahí que se caracteri­
ce por su naturaleza crítica. Por ello también consideramos
que la totalidad representa una solución a la cuestión de la
«preeminencia del problema» por sobre cualquier ideal meto­
dológico, mediante sus mecanismos de adecuación a la cosa
concreta. Con base en su capacidad de apertura hacia lo real
permite avanzar en una problematización cada vez más pro­
6. Emst Nagel, op. cit., p. 357.

52
funda de la realidad de la manera de dar preeminencia a la
construcción del objeto con sus desafíos metodológicos mu­
chas veces inéditos.

Mecanismos para pensar con base en la totalidad

Proponemos la aprehensión racional como una solución


gnoseológica a la exigencia epistemológica de la totalidad con­
creta, cuyo mecanismo metodológico operativo es la recons­
trucción articulada, mediante la cual se pueden determinar las
bases para captar la realidad, sin necesidad de partir del a
priori de que tenga tal o cual estructura de propiedades; por
eso no constituye por sí misma una explicación, sino, más
bien, la condición para el conocimiento de lo real concreto
desde toda su complejidad estructural y dinámica.
A este respecto retomamos la duda de Popper acerca de la
posibilidad de un análisis «en el sentido holístico [...] que re­
presente la totalidad del organismo social». Duda que parte de
concebir la totalidad como objeto y no como forma de razona­
miento. Para evitar esta confusión es necesario separar las im­
plicaciones sobre la «dialéctica» de la totalidad del campo de
la «lógica», con el objeto de trasladar la discusión al marco de
la construcción de la relación con la realidad; esto es, al plano
epistemológico. Sin esta distinción la totalidad consistiría en el
control de «todas o casi todas las relaciones sociales», lo que
necesariamente llevaría a afirmar, en concordancia con Pop-
per, que se enfrenta a una «imposibilidad lógica».7
Desde la perspectiva epistemológica los elementos o niveles
componentes de la totalidad son teorizables sólo en función de
su relación posible con el «todo».8 El «todo» es el que da senti­
do a las partes en cuanto las incluye; las partes, a su vez, son
7. Con motivo de esta imposibilidad lógica Popper anota que «los holistas quizás
tengan la esperanza de salir de esta dificultad mediante la negación de la validez de
la lógica, la cual, piensan, ha sido arrumbada por la dialéctica» (cfr. Karl R. Popper,
op. cit., p. 93). A este respecto señalamos como incorrecta la equivalencia entre holis-
mo y totalidad.
8. A este respecto es rescatable una de las acepciones de la palabra «todo» anali­
zadas por Emst Nagel (op. cit., p. 349) como en el caso del «esquema de relaciones
entre ciertos tipos específicos de objetos o sucesos, cuando dicho esquema puede

53
el movimiento de esa inclusión. Sin embargo, el «todo» no
alude a un «todo» real sino a una exigencia de totalizar lo
fragmentario; no implica, entonces, el movimiento como reali­
dad ya construida sino, más bien, como una construcción que
se aprehende en tanto constituyéndose.
En suma, lo que se pretende es avanzar en un intento por
trasladar la discusión filosófica acerca de la categoría de la
totalidad al plano epistemológico, directamente relacionado
con la construcción del conocimiento concreto. Por eso es ne­
cesario formular algunas consideraciones en tomo de sus im­
plicaciones generales, así como también en relación con el
ámbito de realidad en el cual es principalmente significativa.
La exigencia de construir un conocimiento sobre «el pre­
sente», fundada en la categoría de la totalidad dialéctica, se
corresponde con el esfuerzo de entender «lo dado» en la reali­
dad en forma dinámica, de acuerdo con el supuesto del movi­
miento. Lo dicho supone incluir la idea de potencialidad en la
medida en que el movimiento no puede ser reconstruido, sino
más bien captado en un momento del desarrollo histórico. Sin
embargo, si por presente entendemos el recorte propio de la
praxis, no se puede concebir la dinámica de «lo dado» como
ajena a aquélla; de ahí que cuando hablamos de movimiento
en un recorte dado, o presente, no podemos restringimos a las
potencialidades que se derivan de mecanismos estructurales,
como la contradicción, sino que debe agregarse la función que
cumple la praxis para darle movimiento a la realidad, y que
llamaremos construcción de la direccionalidad.
De acuerdo con este planteamiento que articula dinámica y
praxis, la historia es la construcción objetivamente posible de los
actores sociales. Esto quiere decir que los procesos históricos
son movimientos de la praxis de dichos actores o sujetos so­
ciales, lo que plantea las interrogantes acerca de lo que es el
movimiento de estos agentes y lo que debemos entender por
su posibilidad de construcción.

manifestarse en diversas ocasiones y con diversas modificaciones», La «parte» puede


designar, entonces, cosas diferentes en contextos diferentes; puede referirse a cual­
quiera de los elementos relacionados de acuerdo con ese esquema en una de sus
manifestaciones.

54
En lo que respecta al primer aspecto, debemos abordar el
problema de que los actores se desenvuelven en distintos re­
cortes de la realidad, de modo que su dinámica no puede re­
construirse partiendo exclusivamente de uno de éstos y pres­
cindiendo de los otros. Es indudable que se puede privilegiar
alguno de ellos como punto de partida, pero sin que eso signi­
fique reducir la dinámica del proceso a ese recorte particular.
En efecto, todo sujeto social se puede observar tanto en espa­
cios y tiempos micro como en espacios y tiempos macro, lo
que puede resultar en una reconstrucción diferente del sujeto
o actor. Empero, cada una de estas debe considerar la necesi­
dad de complementarse con las otras reconstrucciones posi­
bles, si es que se pretende llegar a reconstruir la real objetivi­
dad del proceso de surgimiento, reproducción y transforma­
ción de los actores sociales.
Lo anterior es particularmente importante cuando lo que
se persigue es transformar a los actores en objetos de un cono­
cimiento político; esto es, de un quehacer que requiere tomar
en cuenta la constante transformación de los sujetos potencial­
mente existentes en fuerzas activas de carácter objetivo, que
buscan imprimirle una dirección determinada a los procesos
sociales.'
No es suficiente con limitarse a dar cuenta del pasado,
pues asumiendo la premisa de que los actores constituyen la
realidad sociohistórica, del sujeto y de su situación en el pre­
sente, se plantea como imperativo la necesidad de vislumbrar
sus potencialidades partiendo del conocimiento de su movi­
miento de construcción y desconstitución, en el sentido de que
los actores o sujetos sociales están, simultáneamente, siendo y
no siendo. Todo lo cual nos remite a la segunda cuestión que
planteábamos en relación con la concepción de los procesos
históricos: ¿qué debemos entender por posibilidad de cons­
trucción?
Comenzaremos por decir que la posibilidad de construc­
ción se define en el marco de alternativas viables, el cual debe
ser reconocido por el conocimiento que se construya según
los propósitos antes señalados. Por consiguiente, no se trata
tanto de la aplicación de un conocimiento sobre una realidad
determinada (sin descartar evidentemente este esfuerzo) sino
55
de entender ésta como la materia social que requiere ser
potenciada en función de opciones de construcción elabora­
das por diferentes actores sociales. Un conocimiento acerca
de lo posible de hacerse, lo que dependerá del campo de op­
ciones viables que pueda reconocerse; de tal suerte que dicho
campo se convierte en una exigencia que el conocimiento
debe cumplir.
Por su naturaleza vasta y compleja, difusa e imprevisible
en cuanto a sus alcances, el campo de opciones subsume cual­
quier estructura teórica a la presencia de un horizonte históri­
co. Horizonte histórico que puede ser captado mediante un
razonamiento que llamaremos pensar epistemológico porque,
a diferencia del pensar teórico (basado en proposiciones con­
ceptuales con contenidos determinados), éste carece de refe­
rentes en términos de una estructura teórica predeterminada;
por el contrario, nos enfrenta con ámbitos de la realidad en
cuyos contornos apenas pueden reconocerse las opciones de
teorización, así como de acción.
La razón de esta distinción se encuentra en que la realidad
social, como contenido de conocimiento, no se agota en Su
pura captación racional, sino que se realiza mediante su trans­
formación en praxis. Por eso debemos aclarar que la propues­
ta epistemológica que formulamos se ciñe a estas peculiarida­
des de la realidad cuya aprehensión se pretende fundamentar,
lo cual se refleja en la naturaleza del conocimiento concreto
que se pueda construir.
Ya que este tipo de conocimiento implica una estrecha re­
lación con la praxis, debe ajustarse al recorte de realidad pro­
pia de ésta; es decir, al presente que es donde la praxis se
materializa y potencia. Por eso se hace necesario detenerse a
examinar la tesis central del conocimiento social como conoci­
miento del presente, en razón de ser la idea medular en tomo
a la cual se organiza la propuesta epistemológica que desarro­
llamos con base en la totalidad dialéctica.

56
LA TOTALIDAD EN LA CONSTRUCCIÓN HISTÓRICA
DEL CONOCIMIENTO

El desplazamiento de la problemática de la totalidad del


plano óntico al epistemológico se corresponde con la cuestión
básica de convertir el qué pensar en el cómo pensar sobre la
realidad. Esto plantea cuestionamientos como los siguientes:
¿la capacidad de conocer es equivalente a la capacidad de
romper con los límites teóricos dados?, ¿la capacidad de rom­
per equivale a una mayor «autonomía de la razón» como ca­
pacidad de apertura y reactuación consciente?, ¿la conciencia
teórica se confunde con esta conciencia de apertura y de ubi­
cación histórica? Se puede responder afirmativamente siempre
que la teoría, como adecuación a lo real, se conciba subordi­
nada a una exigencia de problematización que no ha estado
presente en la razón teórica; por el contrario, la razón teórica
ha tendido a encerrarse en estructuras cristalizadas en vez de
objetivarse con base en su propia capacidad crítica de proble­
matización (y enriquecer, ppr consiguiente, el campo de la ex­
periencia y de los horizontes sociohistóricos en que se desen­
vuelve la actividad del pensar).
El cierre de la razón, en contra del cual han reaccionado
Bachelard y otros pensadores, se relaciona con la circunstan­
cia de que, a partir de la revolución metodológica del siglo xm,
la estructura del pensar quedó encuadrada en categorías como
experimento y prueba, y no se desarrollaron otras tan impor­
tantes como las de «lo posible» y «lo nuevo», tal como ha sido
advertido por Bloch. De esta manera, el razonamiento se ha
reducido a la función de ser un ordenador, ante la cual la
capacidad de asombro y aventura intelectual ha quedado su­
bordinada.
Lo dicho trasciende la simple crítica de la razón y se pro­
yecta en la constitución de la razón crítica. Por crítica enten­
demos el rompimiento de la condición dada de un objeto, por
medio de destacar lo procesual de lo estructurado mediante el
énfasis de su potencialidad, lo que es congruente con la idea
de que el movimiento de lo real exige que el mismo pensar
constituya un movimiento. Mientras «lo estructurado» alude a
57
lo que está delimitado teóricamente, la idea de «potencialidad»
implica la realidad abierta posible de pensarse. Distinción que
supone un esfuerzo crítico de separar lo que es teorizar de lo
que es pensar la realidad.
La realidad es más compleja, de forma que cualquier teoría
experimenta respecto a ésta un desfase, lo que lleva a distorsio­
nes en el análisis que dificultan el proceso mismo del conoci­
miento. De ahí que el énfasis deba colocarse en la formulación de
un modo de razonamiento que, para tomar conciencia de estos
sesgos teóricos, se fundamente en la necesidad de determinar la
relación con la realidad que sirva de marco para la elaboración
de teorías. No es posible plantearse ningún problema si no se
piensa la concepción que se tenga de lo que es la realidad.
Hemos sostenido que la realidad está constituida por una
articulación entre diferentes planos temporales y espaciales, por
lo que es imprescindible contar con un instrumento de análisis
que, partiendo desde ese supuesto, permita reconstruir la reali­
dad con toda su complejidad. Junto a esta exigencia, se debe
también considerar que entre los procesos no hay relaciones de
coincidencia simétrica; por el contrario, la situación es con fre­
cuencia la opuesta. Cuando no se tiene en cuenta la especifici­
dad de los diferentes fenómenos se incurre en esquemas expli­
cativos basados en determinismos mecánicos, por medio del
procedimiento de reducir un fenómeno a otro. Es lo que pasa,
por ejemplo, cuando se piensa que el ritmo de desarrollo de la
formación económica de una sociedad mantiene relaciones si­
métricas con el plano de las fuerzas políticas; y que, en conse­
cuencia, es suficiente con explicar aquella que es determinante
para comprender los otros que son reducibles a ella.
Ahora, si lo que pretendemos es formular algunas conside­
raciones sobre la función crítico-reconstructiva de la realidad
compleja por parte de la razón, entonces la no subordinación
de la forma del razonamiento a la estructura teórica obliga
a determinar si la totalidad constituye una categoría racional
—enunciada con claridad por primera vez por Hegel y desa­
rrollada con mayor amplitud en el programa de Marx, cuya
sistematicidad y globalidad con toda razón se ha reconocido
de inspiración hegeliana— que determina o no una ruptura
con racionalidades anteriores.
58
La razón ha experimentado históricamente transformacio­
nes, mutaciones, que interpretamos como las expresiones del
avance hacia una racionalidad cada vez más amplia. En nues­
tra época el problema se relaciona con el surgimiento de lo
político como dominio gnoseológico a partir de la conquista
científica de la historia.
Sin embargo, una particularidad del desarrollo del conoci­
miento científico hasta nuestros días radica en que éste ha
respondido al despliegue de prácticas investigativas que han
-ido modelando sus propias exigencias de organización racio­
nal. La epistemología se ha limitado a dar cuenta de este desa­
rrollo práctico de la razón y a fundamentar, como es el caso
de Kant, a posteriori una práctica científica ya realizada. Con
Marx nos encontramos con un proceso distinto: una racionali­
dad que no ha llegado a reconocer todavía una plena realiza­
ción en la investigación concreta, y esto contrasta con la rique­
za potencial de su capacidad analítico-sintética que se ha de­
mostrado por sus logros teóricos.
La cuestión reside en constatar si la incorporación de la
dialéctica, como forma de organización y construcción del co­
nocimiento, determina una «mutación» en la forma de razo­
nar que rompe con el modo clásico de entender la racionali­
dad científica.
Desde esta perspectiva examinemos el papel de la dialéctica
en la construcción teórica de Marx.

Centralidad de la totalidad dialéctica


en el análisis de Marx
Exploración en tomo al concepto y función de la articulación
en que Marx escribiera La introducción de 1857 a la Grundisse
La globalidad y sistematicidad de su enfoque obedece a la
idea hegeliana de que «la verdad es lo completo» que se pro­
yecta en dos líneas de argumentación: la totalidad dialéctica
como «añadido» a la fundamentación empírica o teórica de
los hechos, y el Sistema teórico que responda a esta exigencia
de totalidad.
La elaboración dialéctica, o «método de elaboración» del
59
que habla Marx es, a juicio de Sacristán, «algo que se añade a
un conocimiento ya fundamentado [...] una fundamentación o
validación añadida a lo normal»,9 y constituye una articula­
ción que, inspirada en el método de desarrollo hegeliano, está
enriquecida por la incorporación de «los métodos científicos
positivos» para determinar los datos y establecer su vincula­
ción positiva. Pero una vez establecidos los hechos y asegura­
da su interconexión, mediante la articulación dialéctica, se
pretende «presentar los hechos reflejando su vida». De esta
manera, la articulación dialéctica sirve de fundamento episte­
mológico y de globalidad sistemática. Siguiendo a Sacristán,
«lo mejor que la epistemología de Marx debe a la de Hegel es
su elaboración de la sentencia del filósofo: la verdad es lo
completo».101
En el pensamiento de Marx, la totalidad influye sobre el
carácter que asume el sistema teórico. A pesar de que numero­
sos autores han apreciado el carácter sistemático de la obra de
este pensador, no se trata de un sistema estructurado en tomo
a un núcleo teórico «en el sentido científico positivo formaliza­
do o formalizable», sino, más bien, de una visión histórica y
práctica «cuya unión con el núcleo teórico, en sentido estricto,
origina un producto intelectual que no es completamente cien­
cia positiva, aunque, al mismo tiempo intenta no ser especula­
ción».11
El carácter epistemológico de la teorización marxiana obli­
ga a insertar «al núcleo teórico» en un horizonte histórico más
vasto que lo estrictamente formal de un sistema; de lo que se
desprende que es necesario organizar un razonamiento que
sea abierto a la realidad dando lugar a lo que Zeleny ha llama­
do «ciencia abierta por principio, nunca terminada» o «ciencia
crítico-positiva».12 Idea que es congruente con la necesidad de
fundamentar el conocimiento en «la noción de desarrollo» que
es transformada en «el centro de la metodología de Marx».13

9. Manuel Sacristán, op. cit., p. 74.


10. Ibíd., p. 79.
11. Ibíd.., p. 81.
12. Ibíd., p. 82.
13. Jindrich Zeleny, La estructura lógica de «El Capital» de Marx, Barcelona, Gri-
jalbo, 1974, p. 302.

60
Esta expresión refleja la convicción de «que la argumentación
acerca de algo no debe ser una cadena de razonamiento indi­
ferente a la cosa, sino que ha de consistir en la exposición de
despliegue de la cosa misma». Planteamiento que no se puede
desligar de la idea de una exigencia de objetividad determina­
da por la necesidad de atenerse a ese despliegue, que excede
los límites teórico-formales de cualquier sistema conceptual en
la medida en que rompe con ellos debido a una exigencia gno-
seológica que no se deriva del sistema.
Esto ha llevado a pensar en las «demasías» de la ciencia
marxista y a justificar que se le califique con conceptos como
visión, si se sigue a Schumpeter, o paradigma, de acuerdo con
Kuhn.
En efecto, si la noción de ciencia de Marx «procede de la
epistemología hegeliana de globalidad», tiene lugar en su inte­
rior una tensión entre la «estrechez del punto de vista científi­
co en comparación con el objeto de la dialéctica».14 Tensión
que lleva a cuestionar si la dialéctica es un método' o si es una
actitud; pero, además, a plantear el problema del estatus de la
totalidad concreta como teoría o como epistemología.
En el equívoco de confundir una metodología con una acti­
tud y una teoría con una epistemología subyace la exigencia
gnoseológica de tener que organizar el razonamiento, de ma­
nera que se pueda basar la construcción del conocimiento en
una exigencia de objetividad antes que en un concepto ontoló-
gicamente cerrado, ya que el despliegue de la cosa no puede
ser concebido aisladamente del contexto en que se inserta y
especifica.
En este sentido, Marx ha afirmado que «no existe la pro­
ducción en general», por lo que «tampoco existe una produc­
ción general. La producción es siempre una rama particular
de la producción (por ejemplo, la agricultura, la manufactura,
etc.), o bien es una totalidad...», razón por la cual no hay una
«universal» producción y la producción es siempre concreta.
De esto se desprende que la relación entre universal y particu­
lar puede revestir tanto el modo de especificación creciente del
contenido del universal, como el modo de la reconstrucción de
14. Manuel Sacristán, op. cit., p. 65.

61
la totalidad a partir de un elemento tomado como base. De
esta manera, lo concreto o es un particular o una totalidad.
Si tomamos lo concreto como particular, significa que lo
pensamos morfológicamente, sujeto a un enfoque descriptivo
o, en el mejor de los casos, a uno de carácter genético-discipli-
nario. Si, por el contrario, se adopta lo concreto como totali­
dad, significa que éste es una construcción según una exigen­
cia descriptivo-totalizante a partir de algunos elementos par­
ticulares.
Cuando, en La introducción de 1857, Marx se refiere a la
producción, la distribución, el intercambio y el consumo como
«diferenciaciones dentro de una unidad», piensa estas diferen­
ciaciones internas de la articulación como momentos, al igual
que como niveles estructurales..
En tanto momentos, las diferenciaciones aluden al desplie­
gue temporal de la articulación más que a procesos estructura­
les de funcionamiento en un tiempo dado. Así, la producción,
consumo, cambio y distribución devienen «fases» del proceso
económico general, que lo van especificando en su desenvolvi­
miento a partir de dinámicas particulares que conforman la
dinámica total.
Si, en cambio, los consideramos como niveles o cortes es­
tructurales, apuntaremos hacia algo diferente ya que los nive­
les se refieren a la ubicación que cada proceso reconoce en el
interior del proceso económico total en un momento dado, en­
tendido como una totalidad jerarquizada en función de un re­
corte histórico particular.
Al cumplir cada uno de estos enfoques funciones específi­
cas para comprender la transformación que experimenta el
conjunto orgánico entre los planos de «nivel» y «momento», se
establece una relación recíproca que determina el carácter or­
gánico de la totalidad. La articulación entre momentos y nive­
les conforma una totalidad dinámica, cuya aprehensión re­
quiere que se abarquen las múltiples posibilidades que se con­
tienen en un estado determinado de la totalidad, conformado
por el modo particular de relación entre tales niveles y mo­
mentos.
Efectivamente, las dimensiones constitutivas de una totali­
dad determinan simultáneamente su estructura y su transfor-
62
mabilidad potencial. Esta postura obliga a concebir la realidad
como procesos de estructuración en vez de pensarla como un
conjunto de estructuras dadas. En el primer caso, las diferen­
ciaciones de la articulación (ya sea que se las entienda como
niveles o como momentos) cumplen el papel de ser mecanis­
mos de estructuración de la totalidad, abiertos a su propia
transformación; en cambio, si, de acuerdo con la segunda
acepción, pensamos los fenómenos en forma estática, los me­
canismos de conservación tienen la función de mantener la
identidad del fenómeno por sobre el movimiento de su especi­
ficación, lo que equivaldría a su descalificación como realidad
y su reducción a una ficción conceptual.
De lo expuesto se desprende que, para el desarrollo de una
forma racional dialéctica, es necesario reconocer como punto
inicial la construcción de la realidad como objeto, en el marco
de exigencias epistemológicas definidas por las articulaciones
entre momentos y niveles. En este marco tienen lugar dos
grandes grupos de contradicciones: las contradicciones de ni­
vel y las de momento. La importancia de distinguir entre estos
tipos de contradicciones reside en que los niveles nos permiten
comprender la totalidad como «articulación dada», mientras
que los momentos están referidos a la forma en como se
transforma la totalidad articulada.
Así, volviendo a La introducción de 1857, vemos cómo se
establece una relación dinámica entre niveles y momentos.
Los momentos forman parte de la dialéctica negación-supera­
ción del proceso real como unidad de determinaciones; mien­
tras que el nivel (por ejemplo: relaciones de producción, esfera
política e institucional) se refiere a los planos de realidad que
concretan la totalización. Por eso los niveles reconocen una
diferenciación que (por contraste con la idea de momento que
queda supeditada al tipo de dialéctica negación-superación), se
fundamenta en la totalización que, al tener lugar en el corte
vertical del presente, conjuga de la totalidad tanto su «articula­
ción dada» como su transformación posible. Esto último im­
plica hablar de una dialéctica entre niveles que está abierta a
los momentos que son propios de cada uno de ellos. Tal afir­
mación nos lleva a la conclusión de que si la captación de la
realidad se organiza con base en una totalidad que contiene
63
una potencialidad de movimiento, entonces los mecanismos
dinamizadores (tales como la contradicción) quedan incluidos
en la totalidad como formas particulares de su dinamismo
transformador.

El uso de la totalidad como categoría del razonamiento

El examen detenido del texto de La introducción de 1857


nos permite también distinguir algunos usos diferentes de la
totalidad como categoría.
Cuando se plantea la relación general de la producción con
la distribución, el cambio y el consumo, la totalidad cumple la
función de articulación entre procesos económicos particula­
res. Y si bien la unidad de éstos no se consuma, eso no invali­
da el razonamiento dialéctico ya que el objeto de éste es una
construcción lógica cuyo hilo conductor es determinar las co­
nexiones reales, sus rupturas (el porqué de ellas), además del
establecimiento de nuevas conexiones (y el porqué de las mis­
mas) entre los elementos que históricamente se suponen incor­
porados a una totalidad, en ese momento fragmentada. La re­
lación que se establece entre los elementos, al constituir una
unidad en un momento dado del desarrollo histórico, implica
la posibilidad de que en el ciclo del tiempo esta misma rela­
ción sea incluida en otras relaciones más comprehensivas; o
bien, que los elementos relacionados orgánicamente redefinan
esta relación al incluir otros elementos.15
Determinar es negar. Pero si negar es excluir en función de
un carácter esencial (esto es, de una identidad que supone
captar a la naturaleza sin entrar en ningún juego de relacio­
nes), entonces, la determinación es un a priori que puede su­
perarse sólo en la medida en que la determinación sea el resul­
tado de un conjunto de relaciones; esto es, entenderlas en el
marco de una aprehensión que se mueva desde la complejidad

15. .«La producción es también inmediatamente consumo [...] El acto de produc­


ción es también en todos sus momentos un acto de consumo. Esta identidad de la
producción y del consumo remite a la proposición de Spinoza: determinado est ne­
gado.»

64
máxima de inteirelaciones hasta aquello que es el contenido
específico. Por contenido específico entendemos tanto la deter­
minación negada como la delimitación que niega.
De ahí que lo específico debe ser capaz de ser utilizado
para reconstruir la red de relaciones fias mismas u otras que
sirvieron de punto de partida), por lo que afirmar es negar.
Sin embargo, negar no es afirmar, a menos que en la afirma­
ción con base en un razonamiento totalizador, respecto de lo
existente o presente, incluyamos el vasto campo de las poten­
cialidades. Este razonamiento totalizador, en el marco de La
introducción de 1857, significa lo siguiente: a) relacionar ele­
mentos complementarios, por ejemplo, consumo productivo y
producción; b) identificar los elementos excluyentes: por ejem­
plo, consumo entendido como el «opuesto aniquilador de la
producción», y c) establecer la unidad de transformación de
los opuestos.
Marx parte del aviso de que la «determinación del consu­
mo productivo ha sido establecida sólo para separar el con­
sumo identificado con la producción del consumo propiamen­
te dicho, concebido, por el contrario, como el opuesto aniqui­
lador de la producción». Después de separar consumo produc­
tivo de consumo propiamente tal, agrega: «igualmente el con­
sumo es de manera inmediata producción», para determinar
así el concepto de «reproducción consumidora», sólo que «esta
producción idéntica al consumo es una segunda producción.
En la primera, el producto se objetivaba; en la segunda, la
cosa creada por él se personificaba». Para concluir que la pro­
ducción y el consumo son «cada uno inmediatamente su
opuesto», mientas que «al mismo tiempo tiene lugar un mo­
mento mediador entre los dos...».
El razonamiento anterior corresponde a un movimiento de
identificación mediada porque se refiere a la unidad de los
opuestos (producción-consumo), y esta unidad sólo puede dar­
se por medio de una mediación que se refiere a la posibilidad
de transformación recíproca. Tomemos como ejemplo el si­
guiente párrafo:
La producción es mediadora del consumo, cuyos materiales
crea y sin los cuales a ésta le faltaría el objeto. Pero el consumo

65
es también mediador de la producción, en cuanto crea para los
productos el sujeto para el cual ellos son productos.
Esta transformación recíproca, sin embargo, puede ser pu­
ramente potencial. Carácter potencial que no le quita realidad.
Así es como Marx pone el ejemplo de una vía férrea «no tran­
sitada, que no se usa y que por lo tanto no se consume», por
lo que es una vía férrea potencial. Por el contrario, esta reali­
dad-potencial puede asumir muchos contenidos. En efecto, si
el contenido de una realidad está determinado por la «interac­
ción» entre dos o más elementos, una vía férrea que no se usa
no alcanza su finish en el consumo, pero en cambio puede
revestir otros contenidos, comp estar mal construida o haber
sido concebida en forma, que su uso haga subir en exceso los
costos de transporte, o que el volumen de productos posibles
de transportarse no sea suficiente para justificar su uso en tér­
minos económicos, etc.
La identificación mediada, que resulta de la transforma­
ción de un opuesto en otro, se corresponde con una serie de
transformaciones intermedias que son las que hacen posible
conceptualizar la unidad de los opuestos en dos momentos
por lo menos: el momento de la totalización que permite que
los elementos sean parte de una misma totalidad, y el momen­
to de la transformación de tino en el otro.
Marx señala que «tuto es inmediatamente el otro», pero «al
mismo tiempo tiene lugar un movimiento mediador»; es decir,
que la unidad dialéctica de los ópuestos se produce fundamen­
talmente por esa mediación, lo que implica que el proceso de
relación entre los opuestos seá el resultado de una dinámica
de totalización, que contiene la serie de transformaciones in­
termedias que pueden determinar que la transformación entre
los elementos tome una dirección u otra. La mediación se refie­
re, precisamente, al movimiento de la totalización', en otras pala­
bras, al momento de lo «indeterminado» de la dirección que
tome el desarrollo y no a la unidad ya cristalizada.
Por eso se puede pensar que la mediación es el ámbito
propio del análisis político, en cuanto éste plantea dichas me­
diaciones como objetos, ya que la exigencia epistemológica del
análisis político es el proceso mismo de totalización y no la
66
totalidad cristalizada o dada. Carácter que puede descubrirse
en el caso de la crítica que desarrolló Marx al procedimiento
analítico de la economía burguesa.
Krahl, en su comentario a La introducción de 1857, observa
que «el procedimiento analítico de la economía burguesa ha
fragmentado analíticamente en sus elementos a la abstracta
totalidad de la formación social. Marx procede a reconstruir
esa totalidad como universal concreto».16 Pero esta reconstruc­
ción, a partir de abstracciones simples, supone transformar la
totalidad ideológica en un objeto complejo-articulado de nive­
les; lo que plantea en forma explícita un método capaz de re­
cuperar lo real como proceso concreto.
Lo que es posible con apoyo en un concepto de realidad
como «totalidad orgánica», o bien como afirma Luporini, to­
mando en cuenta que la realidad es «el organismo social que
es siempre la totalidad estructurada y sincrónica de su con­
junto».
En esta dirección, puede decirse que el carácter de reale
Basis de la estructura económica indica sólo el versus que lior­
na inteligible la estructura del conjunto, pero el dinamismo del
conjunto, aunque depende principalmente del-dinamismo eco­
nómico, no se agota en el mismo. El propio Marx afirma que
«la dialéctica de los conceptos de fuerza productiva (medios de
producción) y de relaciones de producción es una dialéctica
cuyos límites hay que definir y que no suprimen las diferen­
cias reales».
A partir de esta discusión general puede concluirse: 1) las
funciones que cumplen la totalidad son organizar una forma de
razonamiento crítico que permita romper o traspasar la apa­
riencia de los fenómenos. Desde la perspectiva de la totalidad,
la apariencia es un nivel de la realidad que no esta analizado en
su articulación; así como, a contrario sensu, lo real es un nivel
de la realidad analizado en su articulación; y 2) la categoría de
la totalidad está claramente referida a la idea de movimiento,
sin referirse a la estructura dinámica particular que pueda asu­

16. Hans Jürgen Krahl, «la introducción de 1857 de Marx», en Introducción gene­
ral a la crítica de la economía política y otros escritos, México, Siglo XXI, 1974, p. 15,
Pasado y Presente, 1.

67
V

mir el movimiento (que es lo propio de la contradicción). Por


eso, la totalidad contribuye a delimitar el movimiento real para
facilitar su aprehensión como objeto particular; de ahí que se
vincule con la idea de la realidad como exterioridad-mutable,
por lo que, sin incurrir necesariamente en afirmaciones acerca
de su estructura, cumple la función de una exigencia epistemo­
lógica para construir el conocimiento objetivo.
Lo anterior significa distinguir dos aspectos en la discusión
sobre la totalidad: a) la totalidad como recurso metodológico,
que sirve para fundamentar la crítica de la economía política
(como puede apreciarse en La introducción de 1857 y en El
Capital)-, y b) la totalidad como enfoque epistemológico de la
realidad, que exige concebirla como un complejo de niveles
con sus propios requerimientos .para su captación racional, y
que principalmente son: tomar en cuenta la complejidad tem-
poespacial de los procesos reales, en forma de no reducir la
articulación a parámetros homogéneos y no identificar la tota­
lidad con una estructura de determinaciones, esto es, con un
modelo teórico.17
En suma, la totalidad es la articulación dinámica de los
procesos reales caracterizada por sus dinamismos, ritmos tem­
porales y despliegues espaciales, y esta articulación puede con­
cretarse en diferentes recortes del desarrollo histórico.

Otros enfoques sobre el problema de la totalidad

Muchos autores han insistido en que la significación espe­


cífica de los conceptos se alcanza en la medida en que somos
capaces de incluirlos en «una totalidad dinámica más vasta
que permite concretarlos».18 En este mismo sentido, se obser­
va, en el caso de la economía por ejemplo, que es necesaria la
«integración del hecho económico dentro de un contexto siem-

17. Hemos avanzado algunas ideas a este respecto en un trabajo anterior; cfr.
Hugo Zemelman, Historia y política en él conocimiento, México, Universidad Nacional
Autónoma de México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, 1983, Serie Estudios,
71.
18. Lucien Goldman, «Epistemología de la sociología», en Jean Piaget et al., Epis­
temología de las ciencias humanas, Buenos Aires, Proteo, 1972.

68
y

pre más complejo que relacione la economía política con las


demás ciencias del hombre».19 Sin embargo, es pertinente
aclarar que esta integración exige estar fundada en una forma
de razonamiento distinta al puramente analítico, a menos que
aceptemos que tal integración es de objetos, o sea a partir de
modelos que relacionen teóricamente diferentes esferas de la
realidad. A este respecto Lévi-Strauss señala la necesidad de
sustituir modelos lineales por las «formas espirales», por me­
dio de una razón dialéctica que es «algo más que la razón
analítica»; un añadido que consiste precisamente en esta susti­
tución de modelos lineales, que Piaget emparenta de cerca con
los círculos genéticos. En esta dirección, Piaget habla de una
«actitud relacional»,20 que puede corresponderse como actitud
intelectual con aquel cambio que puede rastrearse desde la re­
volución científica del siglo xvn con Galileo, en cuanto reem­
plazo de la idea de propiedad (sustantiva) por la de relación
que, como el mismo Piaget afirma, lleva a «imponer al todo
como más importante» que cada elemento por sí mismo «ais­
ladamente considerado».
En Piaget, esta idea de «todo» está asociada estrechamente
con el concepto de estructura; más aún, la totalidad deviene
en una propiedad de la estructura. «Una estructura comprende
los tres caracteres de totalidad, transformación y auto-regu­
lación»; características que permiten que una estructura «se
base por sí misma y no necesite, para ser captada, recurrir a
todo tipo de elementos a su naturaleza».21 Pero la estructura
requiere además «poder dar lugar a una formalización».
En este marco debemos decir que la totalidad no es sólo la
oposición a una concepción atomista de la realidad, sino que
es la oposición a la reducción de la realidad en cualquier siste­
ma. La totalidad (al no ser un objeto ni una estructura racio­
nal que da cuenta de un comportamiento regular de la reali­
dad) constituye una forma particular de definir la exigencia de
objetividad. Por esto, implica una lógica para organizar el pen­
samiento en la forma de un movimiento analítico-sintético.

19. GiUes-Gaston Granger, «Epistemología económica», en Jean Piaget, ibíd.


20. Jean Piaget, El estmcturalismo, Buenos Aires, Proteo, 1968, p. 107.
21. Ibíd., p. 13.

69
Ahora bien, el planteamiento de la totalidad como lógica de
razonamiento contiene el peligro de concebirla como una mo­
dalidad de inferencia-deductiva. Eñ este sentido, la totalidad
no alude a un razonamiento que sirva para formular deriva­
ciones, sino, a la inversa, para determinar inclusiones que faci­
liten un proceso creciente de especificación; o sea, dar el paso
del universal a la delimitación de un observable, qué constitu­
ye el marco en el cual poder reconocer la especificidad de
aquél o, dicho de otra forma, la totalidad refiere a un procedi­
miento para construir un objeto y no para obtener conclusio­
nes necesarias a partir de ciertas premisas. De ahí que no se
pueda establecer ninguna relación entre totalidad y sistemas
axiomáticos no formalizados. Esta aclaración sobre la natura­
leza de la totalidad también es pertinente cuando nos encon­
tramos abocados a lo que Piaget llama «totalidades emergen­
tes», desde las cuales se pretende explicar toda suerte de he­
chos y situaciones por particulares que sean. Nos referimos a
la tendencia a «formular sin más rodeos las totalidades desde
el comienzo mismo», procedimiento que sé orienta a invertir
el proceso normal de «pasar de lo simple a lo complejo»; por
ejemplo, explicar el hombre por la humanidad (Comte), o con­
siderar el todo social como surgido de la reunión de los indivi­
duos (Durkheim).22
La totalidad, entendida como lógica de inclusión de niveles,
plantea la cuestión de la superación de los condicionamientos
del razonamiento, y esto supone una constante ruptura de los
modelos teóricos e implica, en el plano epistemológico, la
transformación de los parámetros, ya que éstos devienen en
condiciones lógico-epistemológicas de apertura o de cierre ha­
cia la realidad o, como diría Hanson, hacia ésta «tal cual».
El cuestionamiento de los parámetros con base en esta exi­
gencia de inclusión de niveles de la realidad puede reconocer
cierta afinidad con la afirmación de este autor acerca de que
«los triunfos de la física contemporánea consisten en descubrir
que un parámetro puede ser considerado como una función
de algún otro» 23 En efecto, la totalidad concebida desde esta
22. M í., p. 10
23. M í., p. 13.

70
perspectiva cumple la función crítica de avanzar más allá de
las configuraciones teóricas. No podemos olvidar a este res­
pecto el tenaz empeño de Popper por buscar la cientificidad
por medio de su constante crítica; pero que, al no poder libe­
rarse del marco de las exigencias lógico-epistemológicas de la
prueba, lo conduce por un camino que empobrece la potencia
gnoseológica de la crítica, de forma que su conclusión última
es una formulación bastante vacía: su idea de progresar me­
diante el ensayo y el error.
Si vinculamos este planteamiento con la aseveración de
Hanson de que el objetivo de la ciencia es «minimizar de un
modo sistemático y seguro el área de divergencia y disparidad
que haya entre los fenómenos originales y el modelo teórico»,
tendríamos que concluir que «en último extremo, la ciencia
articularía los fenómenos tal cual, sin modelos y demás jugue-
titos».24 En esta línea argumental el modelo se transforma en
un instrumento de construcción del objeto y, en consecuencia,
de la propia relación de conocimiento con la realidad. Sin em­
bargo, para conseguir esto, antes que emplear términos teóri­
cos «cuyo significado se especifique por medio de expresiones
que ya están comprendidas y que se pueden emplear sin refe­
rencia a la teoría»,25 habría que trabajar con términos sin una
carga teórica tan decisiva; esto es, con lo que Hempel denomi­
nara «términos preteóricos» y Hanson «protohipótesis».
En este marco los términos cumplen la función epistemoló­
gica de determinar recortes de observación sin precipitar afir­
maciones de contenido o propiedad. Por ejemplo, si tomamos
como base la idea de protohipótesis, su función es «contrastar
nuestra capacidad para delinear ámbitos de conjetura plausi­
ble»; sin embargo, desde el punto de vista de la totalidad, tales
«ámbitos» son el producto de una forma de razonamiento ca­
paz de reconocer la realidad como problema, sin restringirse a
los límites de una determinada configuración teórica.
La plausibilidad de las conjeturas (que no se puede cir­
cunscribir a lo que es posible esperar desde ciertos corpus teó­

24. Norwood Russell Hanson, Patrones de descubrimiento. Observación y explica­


ción, Madrid, Alianza, 1977, p. 188.
25. Ibíd., p. 61.

71
ricos) consiste en que pueden reflejar un ángulo de apertura
hacia la objetividad. En este sentido, la totalidad es un proce­
dimiento para construir «protohipótesis» que sirvan de base
para formular conjeturas por encima de las demarcaciones
teóricas preestablecidas.
Por lo tanto, no se trata solamente de la capacidad de plan­
tear conjeturas con fundamentos teóricos, sino de ajustar el
razonamiento a la realidad; esto es, pensar o teorizar en fun­
ción de una exigencia de historicidad. En este punto el conoci­
miento social ofrece rasgos particulares, ya que en él la «deter­
minación histórica» del razonamiento es la primera fase del
descubrimiento de la verdad. Empero, la verdad al estar condi­
cionada por la relación de conocimiento, supone que la cons­
trucción de esta última tenga que romper con los condicionan­
tes del razonamiento que tienden a su enajenación o, lo que es
peor, a su cosificación, en el sentido del fixum de Bloch.
Es evidente que en este contexto la totalidad tiene que en­
fatizar lo epistemológico sobre lo lógico del lenguaje; es decir,
que el lenguaje quede sometido a la forma del razonamiento;
lo que se relaciona con el uso de enunciados no predicativos,
ya que éstos impiden el cierre «formal» del pensamiento en un
sistema teórico explicativo. Como se ha dicho, «el científico
que use modelos en sus reflexiones debe permanecer siempre
alerta frente a la posibüidad de que sus cuestiones sean única­
mente inspiradas por las propiedades del modelo, no teniendo
nada que ver con la materia misma»;26 es decir, debe guiarse
por la idea de una ciencia «indefinidamente abierta», lo que
equivale a la hberación de la forma del razonamiento de los
condicionantes teóricos, del lenguaje y de los propios instru­
mentos de observación. Piaget ya ha señalado que «una cosa
es el razonamiento y otra los procedimientos de observación y
sobre todo de verificación»,27 mismos que deben comprender­
se y desarrollarse en función de la forma de razonamiento, al
igual que se ha señalado para el caso del lenguaje, y la forma
del razonamiento apunta a la capacidad de observar la reali­
dad. Esto refuerza aquella orientación subrayada por Hanson

26. Kari G. Hempel, Filosofía de la ciencia natural, Madrid, Alianza, 1978, p. 131.
27. Norwood Russell Hanson, op. cit., p. 61.

72
en su reflexión acerca de la filosofía natural, que lo lleva a
afirmar que ésta más que descubrir nuevos hechos, debe pro­
curar descubrir nuevas formas de pensar.28 Desde esta pers­
pectiva se plantea una crítica al lenguaje ya que siempre «exis­
te un factor lingüístico en la visión», pero esta crítica a su vez
implica una relación dialéctica entre aprender a ver la realidad
y enriquecer el lenguaje en cuyo interior «es necesario hacer la
distinción si queremos hacerlo conceptualmente»,29 con base
en la premisa de que «raramente puede observar un hombre
lo que todavía no existe como probabilidad conceptual».30 To­
das estas afirmaciones descansan en el supuesto de que «si no
existiera este elemento lingüístico, nada de lo que hubiésemos
observado tendría relevancia para nuestro conocimiento».31
La contribución de la totalidad consiste en que, si el cono­
cimiento «se encuentra normalmente fijado en el lenguaje»,32
permite reenfocar la relación entre racionalidad y lenguaje
científico con base en una exigencia de inclusividad que rom­
pa con los ámbitos demarcados por este lenguaje. Tal plantea­
miento da preeminencia a las condiciones de hecho —relativas
a los aportes del objeto a los sujetos—, sobre las condiciones
de validez formal del conocimiento.33 Por esto nosotros cree­
mos qúe sin negar que el porvenir de la epistemología «debe
situarse en la investigación interdisciplinaria especializada»
(en cuanto aportes al esclarecimiento de la construcción de las
estructuras cognoscitivas), debemos rescatar la reflexión epis-
temológica-normativa que sea capaz de definir lo posible de
ser investigado fuera de los marcos de la teoría.
La totalidad permite distinguir entre construcción de la
verdad y los caminos que conducen hacia la problemática de
la verdad (que son los propios de la objetividad que se consi­
dera en el objeto construido); esto es, entre el objeto y la for­
ma de construir el objeto. Cuando la epistemología genética

28. Jean Piaget, Epistemología de las ciencias humanas, op. cit., p. 54.
29. Norwood Russell Hanson, op. cit., p. 112.
30. Ibíd., p. 118.
31. Ibíd., p. 310.
32. Ibíd., p. 106.
33. Manuel Sacristán, Introducción a la lógica y al análisis formal, Barcelona,
Ariel, 1943, p. 17.

73
afirma que «la verdad sólo se obtiene por deducción, pero con
ayuda de algoritmos precisos o por experiencias, con ayuda de
controles precisos»,34 quiere significar que basta con estos mé­
todos para dar cuenta de la objetividad, ya existente por sí
misma, sin la necesidad de la debida construcción del objeto.
Sin embargo, el problema se complica cuando pensamos en la
relación sujeto-objeto desde el marco del sujeto concreto, real,
del yo pensante como individualidad históricamente determi­
nada.35
Cabe discutir a este respecto la relación posible de estable­
cerse entre articulación y paradigma, aunque es preciso tras­
cender la interpretación kuhnhiana de una sociología del co­
nocimiento, de manera que se pueda abordar el problema de
la inercia de la razón, o el de su rigidez. En consecuencia, lo
que importa es enfatizar el tema de la creatividad intelectual
como problema lógico y no sólo sociocultural; es decir, tratar
de responder a la cuestión de si es posible o no establecer
formas racionales que rompan con la inercia y cosificación de
la razón científica.
Por esto, a la función del paradigma se opone la función de
la crítica, pero esto no significa limitarse al registro genético
del proceso del pensamiento como fenómeno de la naturaleza
humana. El pensamiento tiene una posibilidad de autonomía,
incluso respecto de sus propias condiciones materiales, como
ya el mismo Marx apuntaba. Posibilidad de autonomía que
descansa en la lógica de su movimiento interno y que ha sido
objeto de preocupación de la epistemología desde Kant y He-
gel, en sus diferentes formulaciones sobre la dialéctica como
libertad fundante del razonamiento objetivo.
El problema es poder organizar formas de razonamiento
abiertas hacia «lo real» y que sean «críticas» de sus propios
condicionantes; para lo cual, lo real, en tanto indeterminado,

34. Jean Piaget, Naturaleza y métodos de la epistemología, Buenos Aires, Proteo,


1970, pp. 17-18.
35. Recordemos la advertencia de Hanson de que los problemas del científico
están «únicamente inspirados por las propiedades del modelo que use», lo que re­
plantea la conveniencia de profundizar en esta relación sujeto-objeto. En este senti­
do, la totalidad, al exigir a esta relación un contenido en función de una exigencia
problemática, rompe con los condicionamientos tanto del lenguaje como de la teoría.

74
no es un objeto sino una exigencia de objetividad, de apertura
de lo racionalmente determinado hacia lo indeterminado, y
esta apertura requiere alguna forma de organización racional
que, consideramos, es la totalidad.
Por lo tanto, la transformación de los modelos teóricos por
medio de un distanciamiento respecto de ellos —es decir, de
su crítica— es función propia de una forma de razonamiento
que reconoce como característica suya la idea de que la objeti­
vidad está constituida por niveles articulados, cuya inclusión
obliga a romper no sólo con la conformación empírica, sino
con las determinaciones de ámbitos de realidad, tal como son
recordados por las visiones teóricas.
Esta exigencia de objetividad se puede conceptualizar
como una indeterminación que rompe el límite de las determi­
naciones mediante el mecanismo de la problematización, y
constituye un rescate de la dialéctica, no ya como especula­
ción filosófica desvinculada de la práctica de investigación,
sino como corriente metodológica (en proceso dé desarrollo),
pues no se puede limitar más la concepción de la dialéctica a
una toma de conciencia de los «métodos de interpretación em­
pleados de hecho en algunas investigaciones».36
Por otra parte, es preciso reconocer que, salvo algunas ex­
cepciones, la dialéctica de inspiración materialista no ha podi­
do precisar sus métodos ni delimitar sus problemas de manera
congruente con sus fundamentos filosóficos, y que su desarro­
llo ha sido básicamente exegético (en la mejor tradición de los
jóvenes hegelianos), con poca o ninguna relación con los cam­
pos de la realidad concreta, lo que ha impedido que madure
una epistemología dialéctico-materialista. A este respecto es
conveniente hacer una distinción entre lo que es una reflexión
epistemológica sobre la ciencia, y la epistemología que surge
«en el interior mismo de la ciencia»; ya que esta última obede­
ce a la necesidad de responder a las «crisis o conflictos como
consecuencia de la marcha interna de las construcciones de­
ductivas», que lleva a convertir la epistemología de «simple
reflexión» en un «instrumento del progreso científico».37
36. Jean Piaget, Naturaleza y métodos de la epistemología, op. cit., p. 24.
37. Jean Piaget, Epistemología de las ciencias humanas, op. cit., p. 92.

75
En este contexto, el planteamiento de la totalidad puede
considerarse como una alternativa que defíne una línea de
reflexión de grandes potencialidades. Es una constitución ra­
cional que permite establecer una base de razonamiento que
puede servir para sistematizar una reflexión sobre prácticas
investigativas ya cristalizadas, pero también para desarrollar
formas de pensar que no necesariamente sean un reflejo de
aquéllas.
Consideramos que, en este sentido, la función de la totali­
dad consiste en impulsar una racionalidad virtual (contenida
en la dialéctica) y confrontarla con las exigencias de la prácti­
ca de investigación concreta, pero donde esta racionalidad
nos abra la posibilidad de caminos alternativos de construc­
ción de conocimiento, no circunscritos a la enseñanza suscep­
tible de desprenderse de las formas anteriores de enfrentar
esta tarea.
Desde esta última perspectiva, se puede pensar que la solu­
ción a la crisis de las construcciones deductivas sería una for­
ma de organizar el razonamiento con base en la totalidad, que
consistiera en poner en evidencia, de manera explícita, articu­
laciones que van complicando el problema inicial en función
de sucesivas inclusiones. Lo que se fundamenta en la idea de
reconocer una indeterminación que cumple la función episte­
mológica de subordinar la jerarquía de determinaciones (cau­
sales o no) a la exigencia de la articulación, y que, por lo tan­
to, cuestiona la función de ordenación teórica. Lo que se em-
parenta con ese distanciamiento observado por Piaget «que
hace posible los progresos en la objetividad».38
Esta forma de razonamiento articulada, en tanto es crítica,
contribuye al desarrollo del sujeto cognoscente en la línea
planteada por Feyerabend: o bien los «adultos se mantienen
aferrados a su mundo perceptivo estable y al sistema concep­
tual establecido que lo acompaña», a pesar de poder modifi­
carlo, lo que determina qué conserve sus «líneas generales que
se han quedado inmovilizadas para siempre»; o bien son «po­
sibles cambios fundamentales... que deberían estimularse a ha­
cer esos cambios con objeto de no quedar excluidos para
38. Jean Piaget, Naturaleza y métodos de la epistemología, op. cit., p. 56.

76
siempre de lo que pudiera constituir una etapa superior de
conocimiento y de conciencia».39
La forma de razonamiento crítico se inserta en la segunda
opción señalada que supone un desarrollo epistemológico y
metodológico que se vincula con problemas aparentemente
distantes de la cuestión de construcción del conocimiento,
como son la autodeterminación del sujeto y la libertad de la
razón.
Este es el marco donde definimos la normatividad crítica
de la organización del razonamiento, en oposición a una epis­
temología descriptiva. El núcleo de este desenvolvimiento epis­
temológico es el sujeto real-concreto, el individuo actuante y
pensante, el hombre histórico y autorreflexivo.

39. Jean Piaget, Epistemología de las ciencias humanas, op. cit., p. 56.

77
m
LA CRÍTICA Y LA RACIONALIDAD CIENTÍFICA

Como señalamos anteriormente, el desarrollo del conoci­


miento científico no se puede confundir con el desarrollo de la
capacidad crítica. De ahí que la lucha por el conocimiento
confronte la necesidad de transformar el propio concepto de
razón que se puede convertir en un obstáculo para su propio
desarrollo.
A partir de esta proposición, nos proponemos discutir aho­
ra el planteamiento de una forma de razonamiento que contri­
buya á un crecimiento de la au'toconciencia del sujeto cognos-
cente en la perspectiva señálada por Feyerabend.1 La búsque­
da puede llevamos a un reencuentro con la gran tradición filo­
sófica que sostenía la libertad de la razón que, con la etapa de
dogmatización del marxismo, ha sido dejada de lado como
preocupación epistemológica; pero también nos coloca ante la
necesidad de cambiar los parámetros de la formulación del
problema en lo que se refiere a la formulación poskantiana de
circunscribir la función de la crítica a la posibilidad del sujeto
de trascenderse a sí mismo.1

1. Paul Feyerabend, «Consuelo para el especialista», en Imre Lakatós y Alan Mus-


grave, La crítica y el desarrollo del conocimiknto, Barcelona, Grijalbo, 1975.

79
En el conocimiento sociohistórico o histórico-político,
puesto que se enfatiza la importancia de la práctica, el proble­
ma de la racionalidad debe enfocarse no sólo como reflexión
sobre una práctica científica consumada o cristalizada, sino
como potencialidad de racionalidad para captar un continente
de realidad no completamente aprehendido. La mutabilidad
del ámbito de la realidad social hace difícil que se pueda pen­
sar en él con base en estructuras conceptuales cerradas, con
contenidos fijados de antemano, cuyo carácter problemático se
reduzca a considerarlos fragmentarios y en donde lo no inclui­
do en la estructura quede sin cumplir ninguna función en su
propia transformación, en el contexto de acumulación de co­
nocimiento. Por otra parte, en el conocimiento histórico-políti­
co no podemos hablar de una objetividad que sea ajena al
sujeto social, a sus prácticas y proyectos, como tampoco pen­
sar en una reducción de la realidad sociohistórica a las prácti­
cas de los sujetos.
En este tipo de conocimiento, la relación sujeto-objeto re­
viste una complejidad específica, pues, además de cumplir una
función gnoseológica, constituye el objeto mismo del conoci­
miento. Esto nos remite a la necesidad de una actividad conju­
gada entre la crítica de la realidad objeto de estudio y de la
autocrítica del sujeto que se apropia de esa realidad. Por lo
mismo, no podemos aceptar que el desarrollo del conocimien­
to sea disociable del desarrollo de la conciencia y autoconcien-
cia del sujeto (en este caso del sujeto social por medio de sus
individualidades). No se trata de avanzar exclusivamente hacia
etapas superiores de conocimiento de la realidad, sino también
de la conciencia del sujeto, y esto, en la historia de la ciencia,
no ha ocurrido en forma armoniosa. Por el contrario, con fre­
cuencia ha sucedido que el conocimiento se ha alcanzado sin
conciencia del mismo. La libertad del razonamiento, entonces,
se encuentra relacionada con la conveniencia de una normati-
vidad crítica para organizar el pensamiento, de modo que no
se restrinja al plano de una epistemología descriptiva, reducida
a ser reflejo de prácticas de investigación, de manera que al
pensar «se pueda ir más allá de lo pensado».
Nuestro planteamiento concibe la filosofía como una epis­
temología, pues de otra forma no se puede ahondar en la pro­
80
blemática del surgimiento de una conciencia crítica; de un
pensar que, aunque determinado, sea capaz de trascender sus
propias determinaciones teóricas y, en consecuencia, adecuar­
se a las exigencias de una realidad esencialmente mutable.
Discusión esta que concierne a una epistemología de la con­
ciencia crítica que, por no tener que ser el reflejo de una prác­
tica científica, permite distinguir la conciencia crítica de la lu­
cidez o conciencia crítico-social. Se .pretende, pues, que el pen­
sar, basado en esquemas conceptuales previamente elaborados
• (aun cuando no sea más que como «esbozos discursivos»), se
transforme en un pensar abierto.
Esta apertura historiza el pensar mediante una visión de lo
real no reducida a una teorización, pues se busca, más bien,
enriquecer el horizonte social mediante el descubrimiento de
objetos posibles de teorización. Ello coloca el problema de la
teoría verdadera como un aspecto particular de un universo
racional más amplio y complejo. Entendida así la historicidad
del pensar y de sus construcciones, implica, además del recha­
zo a los sistemas acabados y la crítica a las teorías, el recono­
cimiento de la «tendencia histórica de lo criticado», según lo
exige la idea de determinación histórica tal como es rescatada
por Della Volpe. Esto supone imponer sobre la teoría a la ra­
zón, lo que significa proceder críticamente a su desarrollo
abarcando no sólo al sujeto (a lo que alude la contribución de
la crítica kantiana) sino, además, a la realidad, concebida
como construcción del sujeto social (lo que obliga a un desa­
rrollo epistemológico de las tesis sobre Feuerbach).
Planteamiento que exige una mayor amplitud de lo que se
comprende por universo racional. La cientificidad, en efecto,
no se agota en el sentido cognoscitivo estricto, tal como se
desprende de la distinción neopositivista entre los distintos
tipos de significatividad o sentido de las proposiciones racio­
nales.
También se debe reconocer una función gnoseológica a las
manifestaciones de sentido de expresión y de evocación, según
lo ha desarrollado Camap, como pueden ser las manifestacio­
nes de la subjetividad, y a la significación, muchas veces anti-
cipatoria, de los contextos artístico-poéticos. La relación de es­
tas proposiciones con la realidad resulta más compleja que las
81
normativamente racionales; más aún cuando pensamos en un
sujeto concreto, constructor de su historia y no producto de
una pura racionalidad. La idea misma del sujeto, que transfor­
ma la realidad, compromete a todo el sujeto, no solamente a
su dimensión neurofisiológica, sino también a sus dimensiones
sociológicas y políticas, psicológica y cultural. En este sentido
la preocupación de Russell y Wittgenstein por el lenguaje na­
tural —que reconoce como punto de partida la mutilación de
la racionalidad provocada por su limitación a los lenguajes
formales— constituye un síntoma de la necesidad de ampliar
el concepto de racionalidad. Cuando el sujeto cognoscente es a
la vez el objeto de conocimiento —como en el caso del conoci­
miento histórico-político—, esta necesidad se convierte en un
imperativo. A este respecto podemos traer a colación las si­
guientes palabras de Gramsci:
[...] lo que interesa a la ciencia no es tanto [...] la objetividad
de lo real cuanto el hombre que elabora sus métodos [...] que
rectifica constantemente sus instrumentos materiales y lógicos;
lo que interesa es la relación del hombre con la realidad por la
mediación de la tecnología.2
La formulación de una racionalidad científica más rica en
sus modos de relacionarse con la realidad, así como su articu­
lación con el desarrollo de una conciencia crítica, se puede
rastrear tanto en las diferentes comentes actuales de pensa­
miento como al reconstruir el desarrollo de las ideas científi­
cas durante los últimos siglos.
En el caso del neopositivismo, el problema se encuentra en
sus posiciones frente al criterio de sentido, relacionado con la
verificabilidad, como en el caso de las proposiciones empíri­
cas, y en relación con el criterio de tautología o contradicción
propuesto por Wittgenstein, para el caso de las proposiciones
formales. Para las primeras, se constata que gran parte de las
proposiciones científicas son de tipo general, no susceptibles
de verificación. La solución de Popper, seguida después por
Camap, de la técnica de la falsación, que reduce las proposi­

2. Ibíd., p. 375.

82
ciones universales a proposiciones elementales, conduce a la
solución diluida de ensayo y error.3 La solución en Camap,
por el contrario, conduce a tratar de encontrar una solución
semántica ya no estrictamente sintáctica, que se sintetice en la
triple distinción de sentidos a la que nos referimos más arriba,
y que reduce la ciencia al sentido cognoscitivo, este último
parece servir de base a una cierta formalización que se privile­
gia sobre la necesidad de abordar .la complejidad de la reali­
dad (posible de captarse racionalmente, aunque ésta no sea,
stricto sensu, conocimiento). El problema de fondo que queda
al descubierto con la crisis de los criterios de sentido, o de
cientificidad, es lo problemático del concepto «realidad».
Es interesante recordar la reflexión de Schlick que, supe­
rando el esquema de los criterios de sentido, plantea el proble­
ma de lo que es ciencia en función de un concepto de realidad
que consiste en la coherencia de las proposiciones empíricas;4
lo que implica que no sería ciencia ningún conjunto de pre­
guntas sobre una realidad imposible.
Detrás de esta postura subyace una cuestión de fundamen-
tación: la coherencia, ¿es una coherencia teórica o bien empí­
rica?, ¿es una coherencia dada o más bien posible? El concep­
to de realidad resulta ser función de un conjunto de proposi­
ciones sobre la realidad, en lugar de ser las proposiciones for­
muladas en función de un concepto de realidad. No se trata de
plantear el problema en términos de «hay algo más que...», en
que puede cqnsistir un concepto de una realidad no captada,
sino de responder a la pregunta de «lo que hay», pero no en­
tendido como lo que pretende el empirismo lógico, sino conce­
bir «ese hay» como un movimiento racional de apertura a lo
indeterminado y de adecuación a lo concreto, que es lo deter­
minado históricamente.
En este sentido, el conocimiento exige supuestos que per­
mitan organizar el movimiento racional de la apertura. El co­
nocimiento en la historia debe caminar en dirección hacia ese

3. Manuel Sacristán, Papeles de filosofía. Panfletos y materiales, II, Barcelona, Ica­


ria, 1984, p. 189.
4. Karl R. Popper, El desarrollo del conocimiento científico. Conjeturas y refutacio­
nes, Buenos Aires, Paidós, 1967.

83
«filosofar espontáneo» que es la forma embrionaria de la con­
ciencia crítica sin la cual nó hay racionalidad posible; por lo
mismo, sus supuestos han de ser también los de la conciencia
crítica, que no se realiza en productos formales cognitivos.
Wittgenstein, después de partir de un formalismo «cristali­
zado» y de no compartir la tesis de la Lncompletud de Godel
(en relación con la fundamentación de las proposiciones), qui­
so volver al lenguaje natural, reconociendo que más importan­
te que el análisis formal del lenguaje son los usos, porque és­
tos dan lugar a nuevos tipos de lenguajes, a nuevos «juegos
lingüísticos.»5 Usos que por ser innumerables reivindican en la
epistemología al sujeto concreto: un sujeto que se enfrenta a la
tarea de abrir su «pensar» a otros niveles de la realidad no
determinados, y que por ello requieren de usos lingüísticos
probablemente distintos a los establecidos. Por esto el lenguaje
que consideramos no puede ser el factor que delimite lo real
que es objeto de reflexión; por el contrario, debe quedar supe­
ditado al recorte o exigencia de objetividad real.
En las corrientes racionalistas actuales se aprecia una ten­
dencia a dejar de lado los sistemas cerrados sobre la realidad
—como fuera el caso del racionalismo de los siglos xve y
xvm—, aunque no se renuncia a la pretensión de sistematici-
dad. El racionalismo que incorpora el sello de lo empírico y
desarrolla una capacidad de crítica y autocrítica encuentra su
expansión más destacada en la concepción de la razón en Ba-
chelard, quien la concibe como constante evolución, no ateni­
da a una estructura fija y enlazada con lo que denomina un
kantismo funcional; esto es, aquel que privilegia la función so­
bre la estructura.
El desarrollo del racionalismo crítico de Bachelard —que
es resultado de una reconstrucción de la evolución de la razón
científica en el curso de la historia, a partir de un análisis de
sus prácticas de investigación— tiene implicaciones pedagógi­
cas importantes debido a la relevancia que concede a la fun­
ción crítica en la producción y transmisión del conocimiento.
En esta línea de discusión, la concepción bachelardiana, quizá
por ser menos formal que el neopositivismo, deja como ense­
5. Manuel Sacristán, Papeles de filosofía. Panfletos y materiales, II, op. cit.,p. 129.

84
ñanza la necesidad de realizar el esfuerzo de constitución de la
razón fundante que él no duda en definir como razón polémi­
ca. Su planteamiento de una razón liberada se ubica en el
marco epistémico de la libertad, que ha sido desarrollado a
partir de Kant, Fichte y Hegel y que es también el marco gene­
ral en donde habría que ubicar al propio marxismo como ex­
presión particular del razonamiento crítico, aunque trascienda
sus fronteras.
En el marxismo no se trata, como en Kant, de la posibili­
dad del sujeto «de trascender de sí mismo», sino de reenfocar
la relación sujeto-objeto por medio de la reivindicación de la
práctica, pues, en la medida en que el marxismo es la crítica
del sujeto y de su realidad, no se lo puede encuadrar en el
marco estrecho de una teoría del conocimiento. Más aún, el
marxismo reubica al conocimiento y lo define como «un mo­
mento de la praxis» transformadora de la realidad. El marxis­
mo es una teoría sobre la posibilidad de hacer lo necesario, no
simplemente una teoría sobre la posibilidad del conocimiento
en general. En otras palabras, el marxismo es una teoría de la
historia que, en el plano del conocimiento, se traduce en la
«producción de la conciencia», topos clásico de Marx que, más
que serlo en la ciencia, abarca la complejidad de la conciencia
crítico-social.
La razón científica ha ido creando a lo largo de su desarro­
llo histórico, mediaciones cada vez más complejas en su rela­
ción con la realidad, en forma de organizar su apropiación más
profunda. Este esfuerzo de apropiación ha sido de naturaleza
crítica y no exclusivamente teórica al recurrir a lo que Langevin
llama «táctica intelectual», la cual no puede concebirse en fun­
ción de los hechos, sino de una «imaginación»; esto es, de una
capacidad de apertura y crítica. Sacristán afirma, recordando a
Blojinzez, a propósito del elogio de la imaginación intelectual
hecha por Lenin, que «el teórico y el filósofo deben considerar
que siempre hay bastantes hechos: lo único que falta es imagi­
nación».6 De ahí que la construcción del conocimiento no se
limite a que el hombre se plantee los problemas que pueda
resolver, sino que abarca también la capacidad de plantearlos
6. Ibíd.., p. 168.

85
correctamente para así poder resolverlos. Ello exige el reconoci­
miento del universo de objetos posibles que contiene una situa­
ción problemática en un determinado recorte tempoespacial; lo
que se traduce metodológicamente en la adecuación del razo­
namiento a esa situación histórica, de manera de alcanzar
aquello de que «pensando se puede ir más allá de lo pensado».
La dialéctica puede contribuir a resolver el problema de cómo
organizar esta apertura crítica de la razón que Bachelard regis­
tra como una peculiaridad de su mismo desarrollo histórico y
que piensa resolver por medio del psicoanálisis del conocimien­
to objetivo, mientras la epistemología genética tiende a reducir
la organización de la apertura a los «mecanismos de pasaje».
La función de la crítica es particularmente importante en
la construcción del conocimiento social, en la medida que en
éste no se refiere a una «tecnología» (en la acepción de produ­
cir o hacer una cosa), sino más bien al contexto que hace obje­
tivamente posible hacer una cosa; o dicho de otra forma, a la
realidad como contorno de objetos posibles. J.D. Bemal tiene
razón cuando afirma que el conocimiento social «da el modo
de hacer» la cosa, lo que reconoce un futuro indefinido «que
no está circunscrito a ningún campo de conocimiento particu­
lar», a diferencia del conocimiento científico natural, que «su­
ministra la posibilidad bruta de hacer una cosa».7 Por eso, no
tiene sentido hablar de sistemas acabados, sino de un objeto
potencial de una práctica social —fundada en un conocimien­
to—, cuya articulación conforma la viabilidad del objeto.
La verdad es función de uná objetividad histórico-concreta,
que es el contexto que hace posible una práctica; pero también
es, simultáneamente, objeto, en tanto contenido real posible de
transformarse por esa práctica. De ahí que la primera función
del conocimiento sea reconocer esta objetividad como contor­
no de objetos potenciales de una práctica social. La verdad
deviene reconocimiento de estos objetos, para lo cual requiere
de una cientificidad, incluso de una «necesaria logicidad for­
mal», como afirma Gramsci, que asegure un conocimiento ob­
jetivo que sea base de la práctica.
Al reflexionar sobre el conocimiento histórico-político he­
7. Iba., p. 278.

86
mos sostenido que es necesario enfrentarse con una amplia­
ción del concepto de racionalidad científica. Para ello, es indis­
pensable examinar antes la relación entre conciencia científica
y conciencia crítica, y revisar cómo esta última ha estado pre­
sente en la practica científica concreta; mostrar la «aparición
de la razón humana que reflexiona; esto es, que piensa la reali­
dad gracias a su capacidad de despegarse de ella, en vez de
quedar Inmersa en su seno»,8 y examinar el desenvolvimiento
de la capacidad de objetivación crítica, así como la tendencia a
un desarrollo cada vez más autónomo, libre de la razón; meta
última de la forma de organizar el razonamiento con base en
una normativa crítica no estrictamente genético-descriptiva.
En esta línea de argumentación, el problema de la apertura
de la razón —resultado de las «mutaciones intelectuales» plan­
teadas por Bachelard y del reto de Feyerabend de que el sujeto
cognoscente avance hacia etapas superiores de conocimiento y
conciencia— requiere de una normatividad que exige rastrear
las dificultades de la razón para desarrollar esa capacidad de
objetivación crítica, ya que el avance en la conciencia es una
conquista cultural que no se puede restringir al dinamismo de
las estructuras biológicas.9
En un siglo como el actual, donde el hombre en general ha
alcanzado importantes conquistas en su capacidad de autode­
terminación (tanto respecto al medio ambiente natural como al
propio mundo psíquico), la autodeterminación del sujeto con­
creto que conoce adquiere relevancia. En este marco la dialécti­
ca puede contribuir como organización racional a hacer facti­
bles formas de razonamiento —cada vez más mediatizadas—
de sus condicionamientos culturales, económicos y políticos.

Autodeterminación o la razón liberada

A partir de Zeller, a finales del siglo pasado, la teoría del


conocimiento como un cuerpo sistemático y con una concep­
ción acerca del análisis filosófico, se ha erigido según Cassirer

8. Ibíd.., p. 182.
9. Cfr. las contribuciones de la epistemología genética en tomo al constructivismo.

87
«en fundamento formal de toda filosofía, y es llamada a pro­
nunciar la última palabra acerca, del método certero que debe
seguirse en la filosofía y en la ciencia».101Esto no es más que la
expresión de la transformación de la conciencia en objeto de
la reflexión. El hombre creador de su historia se convirtió en
sujeto que es objeto de su propia reflexión, como resultado de
la revolución hegeliana de ver en la historia «la verdadera ex­
presión que el espíritu posee acerca de sí mismo y de su pro­
pia naturaleza», asegurándole «el rango legítimo que le corres­
ponde al lado de las ciencias naturales». De esta manera, la
idea de conciencia de Kant y Fichte, como equivalente a liber­
tad, se convierte en la idea de autorrealización con Hegel.
Nuestra época está dominada, según Zeleny, por la elabora­
ción de una filosofía de la libertad, de un sujeto activo —a
partir de Kant que culmina en Fichte— para quien el proble­
ma del ser se convirtió en «problema de la práctica, en el sen­
tido de que toda realidad ha de aparecer como momento del
proceso de la conciencia o, más precisamente, como momento
de la autorreproducción del yo absoluto de la razón»,11 lo que
preparó el salto a la idea de Marx de la práctica como mo­
mento constructor del ser.
Este desarrollo condujo a la idea de la conciencia cons-
tructora-objetivada en la que se enlazan el planteamiento de
la práctica social y el de la exigencia de objetividad como
historia por construirse; esto es, el producente, el novum, la
utopía de Bloch, asociadas necesariamente con el sujeto acti­
vo-constructor. Es el suelo fecundo para que madure la idea
de la autodeterminación de la razón en función de una critici-
dad que se fusiona con la libertad racional, entendida como
apertura hacia la objetividad real indeterminada. Esta apertu­
ra es una conquista no lograda plenamente por cuanto en­
cuentra tropiezos en obstáculos epistemológicos, algunos ob­
servados ya por Bachelard antes de la teorización de la episte­
mología genética.

10. Manuel Sacristán, op. cit., p. 176.


11. Emst Cassirer, El problema del conocimiento. De la muerte de Hegel a nuestros
días, México, Fondo de Cultura Económica, 1948, p. 15.

88
De pronto una palabra resuena en nosotros y encuentra un
eco demasiado prolongado en ideas antiguas y queridas; a la
vez que las palabras me arrastran según la convicción común;
convicción que proviene del pasado lingüístico o de la naturale­
za de las imágenes básicas, más que de la verdad objetiva.12
La razón, sin embargo, no se expande hacia una realidad
no determinada —sino rompiendo con los parámetros que en­
cuadran su racionalidad— y creando otras referencias de ra­
cionalidad. Es en este contexto donde toma sentido la preocu­
pación de Koestler de que «la ciencia académica reaccionaría
ante los fenómenos de percepción extrasensorial más o menos
como reaccionaría la Liga de la Paloma (el círculo de aristoté­
licos que se opuso a Galileo, encabezado por Ludovico delle
Colombe; de ahí el nombre) ante los astros medíceos».13 La
razón en verdad debe liberarse de toda estructura que proven­
ga de algún marco parametral cristalizado, sea éste producto
de la experiencia, del sentido común, de la acumulación de
conocimiento, de la ideología o de la religión. Hoy en día esta­
mos abocados a enfrentar la objetividad de la razón, en el
marco de lo indeterminado de lo real, que abre nuevas áreas o
campos de experiencia posibles de servir de base para la refle­
xión.
Así como se ha tenido que luchar para mostrar que «la
estructura del universo es en verdad, de una índole tal que no
puede comprenderse desde el punto de vista del espacio y del
tiempo humano, de la razón humana y de la imaginación hu­
mana...»,14 debemos también tener cuidado —antes de pensar
en reproducir ciertas estructuras reales— en atender a ciertos
principios de construcción racional abiertos a incorporar nue­
vas áreas de la práctica humana, que tienen su propia organi­
zación. Por esto la expansión de la razón es correlativa con la
expresión de los campos de la experiencia. Los nuevos hori­
zontes sociales de acciones posibles plantean cambios en las
estructuras categoriales, pues si la realidad es mutable, tam­

12. Jindrich Zelerty, op. cit., p. 313.


13. Gastón Bachelard, La formación del espíritu científico, Buenos Aires, Siglo
XXI, 1972.
14. IbU.

89
bién ha de serlo la organización de la razón. Por consiguiente,
la idea bachelardiana de apertura racional nos confronta con
la tarea de encontrar una forma de razonamiento que esté en
función de las nuevas exigencias de realidad.
El rompimiento con ciertas teorizaciones que han pretendi-
•do definir la razón científica —desde la estructura categorial
del kantismo, la propuesta hegeliana, más tarde el neopositi-
vismo con su identidad entre ciencia y estructuras sintácticas,
la propuesta de organización semántica de Tarski, hasta las
perturbaciones provocadas por la ontologización de la dialécti­
ca etc.— ha llevado a un rechazo de las soluciones cuyas for­
mas sean sistemas cerrados.
Esto deja abierto el campo para determinar la razón cientí­
fica como un movimiento de captación de lo real, cuya organi­
zación categorial no puede ser fija y dada de una vez para
siempre, pues ello conlleva el riesgo de identificar la «cientifi-
cidad» con una ciencia particular.
Es indudable que el rigor de la formalidad en el marco de
las ciencias sociales, entra en tensión con el rigor de la histori­
cidad en cuanto determinación histórica, que implica la crítica
al a priori (como lo definiera Della Volpe desde una postura
crítico-analítica del marxismo). Debido a esta tensión la crítica
reviste importancia, ya que cumple la función de hacer posible
la transformación de la racionalidad a partir de la exigencia de
la apertura hacia una realidad siempre más compleja, a medi­
da que se ahonda en su conocimiento. De otra manera, la ra­
zón se encuadraría en marcos predeterminados que la blo­
quearían en la posibilidad de avanzar hacia otras etapas de
conocimiento y de conciencia.

Racionalidad y método
Debido al planteamiento anterior no es aceptable restringir
el concepto «razón» a los límites cristalizados por la experien­
cia. «Es necesario devolver a la razón humana su función tur­
bulenta y agresiva [...] que multiplicaría las ocasiones de pen­
sar», liberándola del «recurso monótono a la certidumbre de
memoria» y promoviendo la «razón polémica al rango de ra­
90
zón constituyente».15 Pero, a partir de esta preocupación por el
desarrollo de la razón crítico-constructiva, debe aclararse el
papel que cumplen los requisitos metodológicos en cuanto a
abrir la realidad dada hacia nuevas fronteras.
Los problemas metodológicos desempeñan «un papel im­
portante durante los periodos críticos de la ciencia»,16 en la
medida en que reflejan la necesidad de nuevos tipos de plan­
teamiento de la realidad. Históricamente se podría afirmar
que los métodos surgen a partir de una práctica (por ejemplo,
el experimento, en cuyo caso la alquimia es debidamente res­
catada por Bachelard como un antecedente de la ciencia posi­
tiva), o bien como necesidad ante ciertos problemas plantea­
dos (por ejemplo, la necesidad de Newton de inventar un re­
curso metodológico como fue el cálculo infinitesimal). Situa­
ción que está referida a la determinación del contexto más
inclusivo en que se ubica el problema particular que interesa.
Por lo general, el método se desarrolla en función de un objeto
delimitado ya que es el procedimiento mediante el cual se pue­
de llegar a reconocer tal objeto.
El descubrimiento de una «nueva objetividad» y su consi­
guiente racionalidad supone la capacidad de liberar al propio
método de su ideología, producto de estar identificado con
cierto campo de objetos, aunque especialmente con ciertos ob­
jetos particulares. Ello ha llevado a que, en un plano más ge­
neral, la idea de racionalidad científica tienda a formalizarse
de acuerdo con los moldes de una propuestá que refleja una
determinada práctica científica. Así es como se puede consta­
tar que un concepto de racionalidad científica, definida a par­
tir de la revolución metodológica del siglo xn —en la que, bajo
la influencia de las artes y oficios, transformó el método geo­
métrico de los griegos en método experimental—, consagró
una idea de método científico que perdura hasta nuestros días,
con base en cierta estructura categorial relacionada con las
exigencias de experimentación y prueba. En ese momento fié­

is. Arthur Koestler, Los sonámbulos, México, Consejo Nacional de Ciencia y Tec­
nología, 1981, p. 524.
16. Gastón Bachelard, El compromiso racionalista, Buenos Aires, Siglo XXI, 1973,
p. 13.

91
ne lugar el descubrimiento de un concepto de teoría científica
que parte «de la costumbre experimental de las artes prácticas
y del racionalismo de la filosofía del siglo xn... Una gran parte
del trabajo experimental de los siglos xn y xiv fue efectuada,
en realidad, con el único fin de ilustrar este término de la
ciencia experimental, y todas sus obras reflejan este aspecto
metodológico».17
Es interesante observar cómo esta óptica de lo metodológi­
co se explica a partir, de la discusión de los analíticos de Aris­
tóteles —que se anticipó a una práctica investigativa que flore­
cería en el siglo xvn— como un producto de las potencialida­
des del discurso filosófico. En verdad, «los pensadores del si­
glo xm adquieren primero una concepción de la ciencia y del
método científico que, en sus aspectos fundamentales, sobre la
utilización de las matemáticas para la formulación de teorías y
de los experimentos para su "verificación'’ y su “falsación", es
idéntica a la del siglo xvn...».18 Si procuráramos establecer una
analogía, podría pensarse que lo ocurrido con los analíticos de
Aristóteles también puede ocurrir en nuestros días con el dis­
curso teórico-metodológico de Marx.
El siglo xm desarrolló una teoría de la razón que anticipó
su propia práctica, en lugar de limitarse a una sistematización
racionalizadora de la práctica en uso y que fijó un modelo de
razón científica que excluyó de éste, como protesta Bloch, ca­
tegorías tales como novum o «lo posible»; por lo mismo, las
categorías que adquirieron rango de cientificidad fueron las de
causa y verificación. Este modelo nacido en el siglo xm se de­
sarrolló hasta nuestros días con la sola interrupción de Hegel,
quien anticipó la necesidad de una práctica científica de natu­
raleza diferente a la de las ciencias exactas que usó Kant como
referencia para su epistemología. Esta nueva práctica fue la
ubicación de la investigación de la sociedad y su historia.
Marx, al conquistar la historia como nueva dimensión de
la ciencia, no parece haber superado explícitamente el modelo
de ciencia «natural». Es evidente que en él se conjugan dife­

17. Alexander Koyré, Estudios de historia del pensamiento científico, México, Siglo
XXI, 1978, p. 52.
18. Ibíd., p. 55.

92
rentes concepciones de ciencia, aunque, en lo que se refiere a
su aceptación de una ciencia positiva o normal, para emplear
la terminología de Sacristán, no es ajeno al modelo de racio­
nalidad que se originó en el siglo xm. Sin duda el cuadro se
complica con la incorporación de la dialéctica que, como he­
mos visto, se «añade» a la fundamentación de los hechos, pero
cuya función es independiente de ésta en cuanto sirve para
organizar una visión de la realidad como horizonte susceptible
de transformación.
Se puede afirmar que la dialéctica forma parte del concep­
to de realidad práctico-sensible —según como es formulado en
las Tesis de Feuerbach— más que del concepto de ciencia; esto
es, que la dialéctica permite que «la ciencia positiva» cumpla
una función de «crítica». Consideramos que Bloch, con sus
concepciones de lo «objetivamente posible» y del novum,
avanza más esta idea, aunque todavía sin la precisión episte­
mológica necesaria como para poder redefinir los marcos de
referencias básicas que permitan determinar lo que' es una teo­
ría científica, sin circunscribirse al modelo que ha sido el do­
minante durante siete siglos.
Mediante la crítica, la razón se libera de las estructuras que
históricamente la han encuadrado, lo que lleva, según Bache-
lard, a un «pluralismo racional que toca dominios tan diferen­
tes metafísicamente que no se puede esperar conferirles cohe­
rencia por simple síntesis de contrarios».19 Pero, ¿hay una al­
ternativa a esta «coherencia estática» que no sea más que el
reflejo de «sistemas metafísicos cerrados sobre sí mismos»?,
¿no se podría, acaso, encontrar para una «razón evolutiva»
una coherencia de «algún modo dinámica que regulara la mo­
vilidad misma del rigorismo»? Desde este ángulo la crítica
cumple la función principal, no solamente como cuestionado-
ra del modelo de racionalidad científica, sino, sobre todo, para
activar el pensar, al superar, su inercia por medio de «desarre­
glar los hábitos del conocimiento objetivo».20 Por eso, la crítica
se manifiesta en la necesidad de una epistemología que, sin
restringirse a la indicación de que «la ciencia moderna es cada
19. IbícL.
20. Cfr. Emst Bloch, El principio esperanza, Madrid, Aguilar, 1977.

93
vez más una reflexión sobre la reflexión»,21 sea capaz de po­
tenciar lo racional de manera que se rompa con los límites de
lo dado empírica y teóricamente y, en consecuencia, se avance
en dirección a una mayor autonomía en la capacidad reactiva
de la razón.
Koyré22 ha destacado que el progreso del pensamiento
científico parece haber sido en gran medida independiente del
de la metodología o, por lo menos, que las discusiones meto­
dológicas al final de la Edad Media no se vieron acompañadas
de un desarrollo paralelo de la ciencia. En verdad ninguna
ciencia ha comenzado nunca con un Tractatus demethodo. TL\
Discurso del método fue elaborado después de los ensayos
científicos de los que constituyó el prefacio, al igual que La
introducción de 1857 a los Grurídisse, qué también fue escrita
posteriormente a ellos. Se puede compartir este punto de vista
siempre que la idea de método se limite a una estructura for­
mal de pasos (por lo mismo de carácter convencional), pero
difícilmente si se trata de tomar conciencia dé las mutaciones
intelectuales que suponen cambios en la relación dé conoci­
miento; los cuales consisten en transformar una visión de la
realidad en métodos particulares y operativos. Esto exige un
razonamiento capaz de adecuarse a las exigencias cambiantes,
cada vez más complejas de la realidad, y superar la tendencia
hacia los sistemas cerrados que capturan a la razón, reducién­
dola a la función dé dedücir consecuencias.
Cuando queremos superar con un método atado a una idea
de rigor, o a un hábito para plantear problemas, no puede
olvidarse que un «falso rigor bloquea el pensamiento...»23 y
que el «espíritu científico debe formarse reformándose». En­
frentamos, en otras palabras, la tarea de romper con las «liga­
duras a las intuiciones usuales, o de la experiencia común to­
mada dentro de nuestro orden de magnitudes», sin dejar de
considerar la importancia de las revoluciones metodológicas
como las formas apropiadas para «romper con el hábito».24

21. Gastón Bachelard, El compromiso racionalista, op. cit.,p. 18.


22. Alexandre Koyré, op. cit.
23. Gastón Bachelard, La formación del espíritu científico, op cit., p. 291.
24. Ibíd., p. 294.

94
5|
I

La discusión sobre la razón científica es un punto base


para nuevas prácticas científicas. Lo que pensamos se inicia
con la «racionalidad hegeliana» que, a pesar de los avances
concretos y enriquecedores realizados por Marx, tiene todavía
un futuro abierto sin los frutos que están a la altura de su
riqueza virtual. Decimos virtual no solamente por la carencia
de suficientes productos concretos, sino, además, porque con­
fronta el desarrollo pleno de una conciencia histórico-crítica
que no puede confundirse con la conciencia teórica o razón
científica.

Razonamiento y sistema

La crítica a los sistemas metafísicos, que se origina desde


la segunda mitad del siglo xrx, cuando «echamos de menos ese
universalismo del pensamiento con el valor de formular más
metafísicas apriorísticas»25 no conduce solamente ál «pluralis­
mo racional», como señalaba Bachelard; también plantea la
cuestión de la relación de conocimiento como una construc­
ción que no se puede restringir a los límites de los recortes
científicos. Por el contrario, cuando surjan en la teoría del co­
nocimiento casi tantas orientaciones especiales como discipli­
nas científicas especiales existan, debemos volver al problema
de la metodología,26 pero no en el sentido de un «Descartes del
método», ya que ello, siguiendo a Bachelard, no es posible,
debido a las dificultades que «tiene su causa en la diversidad
de métodos».
La crítica a los sistemas acabados (y cerrados) no hace
más que reforzar la necesidad de reivindicar un razonamiento
abierto-constructor que no se identifique con ninguna respues­
ta teórica por sustentada que ésta sea (como podría ser actual­
mente el intento de la epistemología genética por convertirse
en la epistemología por su carácter no especulativo) sino, más
bien, que encame la capacidad cada vez más rica del hombre
para reactuar sobre sus propias condiciones materiales y teóri­
25. Ibcd., p. 25.
26. Ibíd., p. 265.

95
co-ideológicas. En consecuencia, no se trata de hablar de un
método general, sino de una forma de razonamiento que res­
ponda a una visión de la realidad que sea susceptible de trans­
formarse en actividades concretas de conocimiento. Es preci­
samente esto lo que Marx pone de manifiesto en su esfuerzo
por estructurar la historia como ciencia; más que un sistema
teórico, se trata de una forma de pensar la relación con la
realidad. A diferencia del método trascendental de Kant —que
presupone como algo dado el «hecho de la ciencia» y «una
forma general y necesaria de saber» que la filosofía «tiene la
misión y, al mismo tiempo, la capacidad de descubrir y asegu­
rar»—,27 se pretende ahora rescatar en el acto de conocer la
necesidad de reconstruir los contextos de especificación de los
contenidos que sean racionalmente apropiados, pues si el co­
nocimiento «versa sobre las cosas concretas como su meta úl­
tima, pronto tiene que convencerse de su incapacidad para
abarcar y dominar la totalidad de la materia del saber...», por
lo que debe «convertir la parte extensiva en parte intensiva».28
En consecuencia, conocer es avanzar en la mejor detemti-
nabilidad de lo determinado mediante la creación de bases de
observación cada vez más amplias e inclusivas que no se res­
trinjan a modelos teóricos, sino que sean respuestas de una
capacidad crítica, por lo general no correlativa con el progreso
del conocimiento acumulado. Ello es así porque la conciencia
crítica asume explícitamente que «cada nuevo punto de parti­
da, cada integración de lo que se ha separado, supone el co­
lapso de normas rígidas o sofisticadas de conducta y de pensa­
miento»,29 lo que se asocia con el hecho de que la construc­
ción de la razón científica significa enfrentarse a la tendencia
dominante del «instinto formativo o acabar por ceder frente al
instinto conservativo».30
Algunos criterios de cientificidad bloquean la capacidad de

27. Emst Cassirer, op. cit., p. 29.


28. Bachelard afirma que ya no es época de un Descartes del método. Las dificul­
tades tienen su causa en la diversidad de los métodos y en la especialización de las
disciplinas (cfr. del autor El compromiso racionalista, p. 46).
29. Emst Cassirer, op. cit., p. 28.
30. Emst Cassirer, El problema del conocimiento, 1.1, México, Fondo de Cultura
Económica, 1974, p. 370.

96
pensar imaginativa y creativamente, pues «el falso rigor blo­
quea al pensamiento». A este respecto, lo más grave es que el
razonamiento asume un modo (con base en una estructura
categorial), que en sí mismo constituye un parámetro de obje­
tividad. En realidad, «lo objetivo» ha sido siempre función de
determinados parámetros, tales como «las intuiciones usuales,
la experiencia común» de los presupuestos ontológicos e ideo­
lógicos, de la idea misma de lo que se entiende por ciencia
rigurosa y exacta, o, por último, del concepto de verdad que se
.tenga. En contra de estos condicionamientos ha tenido que
luchar el hombre. Como observa Cassirer, «Kepler nos dice
repetidas veces con qué dificultades internas hubo de luchar
antes de decidirse a sacrificar la idea de la absoluta perfección
geométrica de las órbitas planetarias», o bien, el esfuerzo des­
plegado por Galileo para alcanzar una definición del movi­
miento acelerado que «coincida con la esencia del movimiento
naturalmente acelerado», que confía haber conseguido «tras
prolongados esfuerzos mentales».31 La idea «del Movimiento
uniformemente acelerado que postula, expressis verbis, un in­
cremento continuo de su velocidad y, en particular, su incre­
mento continuo a partir del reposo [...] implica que el cuerpo
pasa por todos los grados de velocidad y lentitud infinita [...]
lo que parecía extraño e inverosímil a los mejores cerebros de
la época. En efecto, ¿cómo admitir un movimiento que se rea­
liza con una lentitud infinita?, ¿como concebir el paso conti­
nuo del reposo al movimiento, es decir, de la nada a algo?».32
Estamos en presencia de una transformación de los paráme­
tros del razonamiento cuando Galileo, por ejemplo, «busca y
plantea la identidad, o, si se prefiere, la uniformidad y la sen­
cillez, no en la velocidad, sino en el incremento de la veloci­
dad, es decir, en la aceleración».33
31. Arthur Koestler, op. cit., p. 508.
32. Gastón Bachelard, La formación del espíritu científico, op. cit., p. 17.
33. Emst Cassirer, El problema del conocimiento, op. cit., p. 338.
En un plano diferente se puede rescatar el análisis efectuado por Maquiavelo en
El príncipe, cuando, al reubicar la función de los elementos morales y culturales,
éstos dejan de ser problemas ajenos al quehacer analítico para convertirse en el con­
texto en el que se desarrolla el análisis. Así, los factores de la realidad que estaban
reducidos a una función moral y, en tanto tales, constituían límites del análisis e
influían en su contenido, fueron transformados en factores sociales del propio análi-

97
Este rompimiento de los parámetros (ontológicos, cultura­
les o teóricos), condición para el desarrollo de la conciencia
científica de la realidad, ha sido siempre tarea de la razón crí­
tica, pero no necesariamente de quienes han contribuido al
desarrollo de la ciencia. La ilustración más notable de esto es
lo ocurrido con la cosmología aristotélica dominante en la
Edad Media, pues su destrucción fue iniciada por los filósofos.
Nicolás de Cusa, por ejemplo, cuando puso en el mismo plano
ontológico la realidad de la tierra y la de los cielos, y convirtió
a la tierra en una estrella noble, lo que equivaldría a afirmar la
infinitud o lo indeterminado del universo, obligaba al pensa­
miento a derogar la materia jerarquizada. Rompimiento este
de la concepción de universo que se originó con una crítica al
concepto de la objetividad comp dada = estructurada = acepta­
da, y dio lugar, implícitamente todavía, a un concepto de la
objetividad como experiencia de un «dándose» y, por consi­
guiente, como una posibilidad de objetividad no necesaria­
mente estructurada. Esto supuso romper con una ontología:
«nada hay que no sea una unidad de potencialidad, actualidad
y movimiento conectante; conceptos estos que absolutamente
no pueden subsistir el uno sin el otro».34
Lo anterior es, sin lugar a dudas, contrastante con la deter­
minación del pensar teórico con base en presupuestos ontoló­
gicos no cuestionados, como en el caso de Kepler que «ve en
el mundo una expresión de Dios que simboliza la trinidad e
incorpora en su estructura un orden y armonía matemáticos.
Orden y armonía que no se pueden hallar en el universo infi­
nito y, por lo tanto, informe».35
sis. Tuvo lugar una crítica que transformó el contexto cultural en un objeto de estu­
dio, lo que exigió una capacidad de apertura crítica que se correspondiera con el
rompimiento de los esquemas cosmológicos del Medievo. De ahí que se puede exla-
mar con Koyré: «la inmoralidad de Maquiavelo es pura lógica» (Alexandre Koyré,
Estudios galileanos, México, Siglo XXI, 1981).
34. Cita de la Docta Ignorantia de Nicolás de Cusa, p. 15, en Alexander Koyré, Del
mundo cenado al universo infinito, México, Siglo XXI, 1979.
35. Ibíd., p. 61.
Otro caso que ilustra cómo la crítica de los supuestos metafisicos no se corres­
ponde con un desarrollo del conocimiento científico es el de Gassendi. «Gracias a su
insistencia en la existencia del vacío, minó los fundamentos mismos de la disputa,
esto es, la ontología tradicional que dominaba aún el pensamiento no sólo de Descar­
tes y More, sino también de Newton y Leibnitz» (Alexandre Koyré, ibíd., p. 111).

98
Sin embargo, los rompimientos epistemológicos no son tan
duros y no presuponen la conciencia de sus actores, como se
puede observar en científicos como Galileo que, a pesar de
«sus prolongados esfuerzos mentales», ofrece la presencia de
residuos metafísicos que se ejemplifican en su idea de que «to­
davía existe un lugar natural, uno solo: el centro del mundo;
hay uñ movimiento natural, uno solo: el que va hacia ese cen­
tro»;36 lo que demuestra «lo difícil que le resultó a Galileo libe­
rarse de los marcos tradicionales de la representación del
mundo: se mantiene el orden concéntrico de los elementos
pero se explican por consideraciones geométricas». Por el con­
trario, Nicolás de Cusa no hablaba de un «centrum físico», a
pesar de que no contribuyó al desarrollo de la ciencia; lo mis­
mo se puede decir de los grandes metodólogos del siglo xm
(Duns Scott, Ockham), que no construyeron conocimiento,
aunque contribuyeron a enriquecer una forma de pensamiento
crítico.
Es en este marco en donde señalamos que las 'conexiones
conceptuales con la realidad no siempre pueden ser resueltas
satisfactoriamente en el marco de la relación hipótesis-explica­
ción; muchas veces se requiere pasar a modos de conexión
con lo real que sean abiertos a contenidos posibles que no son
necesariamente teorías, sino captaciones racionales que sirven
de base a conocimientos y praxis posibles. Captaciones racio­
nales que operan por medio de la construcción de objetos que
sirven para actuar sobre la realidad y que desde una perspecti­
va histórico-social consisten en la toma de conciencia de las
transformaciones exigidas sobre las formas de razonamiento
por los cambios en las condiciones objetivas (economía, tecno­
logía); cambios que hacen del hombre un «buscador de un
dominio social de las cosas...»,37 que lo enfrentan a un hori­
zonte de posibilidades cada vez más amplio y complejo; pero
también por las transformaciones producidas debido a los
avances en el conocimiento del universo y de la materia que
han puesto en crisis la estructura categorial del razonamiento.
A medida que el ámbito de la realidad conocido, o sobre el

36. Alexandre Koyré, Estudios galileanos, op. cit., p. 67.


37. Umberto Cerroni, Técnica y libertad, Barcelona, Fontanella, 1973, p. 106.

99
que el hombre ejerce una intervención se extiende, también se
modifican las exigencias de objetividad que van requiriendo,
cada vez más, de un pensamiento abierto, organizado para la
construcción y no únicamente para la explicación. Lo anterior
significa que la relación con la realidad no sea definida sola­
mente desde el corpus teórico, sino que esté mediada por la
determinación del campo de problemas, de acuerdo con una
visión integradora que contrarreste la tendencia a la fragmen­
tación del conocimiento. La tarea que surge es la de armoni­
zar la creciente especialización con la necesaria integración en
perspectivas más globales, de manera que esta especialización
pueda ser potenciada por la integración.
La especialización del conocimiento se produce, paradóji­
camente, en forma simultánea a la necesidad de aprehender la
realidad como totalidad. Se puede anticipar la hipótesis de tra­
bajo de que esta captación no está garantizada por la estructu­
ra del razonamiento explicativo, ya que no se trata de estable­
cer la relación con la realidad con base en una jerarquía de
determinaciones, sino que debe partirse de la delimitación de
contornos si queremos acercamos a la realidad. Es decir, el
desafio consiste en recuperar la totalidad de lo real desde la
fragmentación de los enfoques teórico-especializados, lo que
significa razonar en términos de una articulación de relacio­
nes, las cuales, en tanto relaciones, no tienen un contenido
predeterminado, pero tienen la función de reconocer las opcio­
nes impuestas por la objetividad. Según Cerroni, la objetividad
tiene «su asiento en las cosas mismas; es decir, en la evolución
misma de la situación y de la lógica que, independientemente
de los principios de preferencia personal (ideología), la justifi­
can y la hacen de hecho inevitable».38
Esta recuperación implica resolver el problema del papel
que tienen las múltiples «formas de la experiencia humana: el
cómo son las ciencias, la filosofía, la historia y el arte».39 Des­
de que los jónicos comenzaron a contemplar la naturaleza de
tal forma que ésta «no era superior a las posibilidades del co-

38. Ibíd., p. 40.


39. Joseph Needham, Ciencia, religión y socialismo, Barcelona, Crítica, 1978,
p. 267.

100
nocimiento humano»,40 la relación lógica del hombre con su
mundo se ha ido enriqueciendo, aunque, simultáneamente,
parcializando en diferentes esferas de la realidad.
Fragmentación del saber que, en vez de atrapar a la razón
en el plano de esferas separadas, debe contrarrestarse con un
desarrollo unitario de la razón, considerando que el trasfondo
económico y tecnológico empuja hacia la especialización. Es
en este contexto donde la dimensión lógico-epistemológica
cumple la función de compensar la disgregación de lo real-em­
pírico en una integración de las formas de razonar.
Esta función de la razón supone un esfuerzo de construc­
ción de una visión de lo teorizable, que es el papel que cumple
la totalidad, en la medida en que conocimiento y acción son
fusionadas en la conciencia del todo, lo que supone un proce­
so crítico porque incluye muchas -opciones y además porque
«no cabe desprender el pensar ese todo (la sociedad) de la
posibilidad de actuar sobre él al pensarlo».41 Nos enfrentamos
a un horizonte amplio de posibles relaciones con la realidad
que se problematdza recíprocamente. Needham ha llamado a
estas relaciones las «formas o modos de experiencias huma­
nas»42 (filosofía, matemáticas, ciencias naturales, ciencias his­
tóricas, estética, mística y religión), que constituyen otros tan­
tos lenguajes diferentes.
Esta riqueza de relaciones no es reducible de una en otra,
sino que plantea retomar como exigencia la apertura frente al
mundo real para romper con los moldes de cada una de las visio­
nes parciales; pero esta necesidad de apertura no significa adop­
tar la forma de un conocimiento organizado al estilo de los anti­
guos sistemas filosóficos, sino, más bien, implica asumir la forma
de una exigencia epistemológica abierta a lo todavía no determi­
nado. En este marco la crítica asume su papel de romper con los
modelos de organización fragmentaria o de seudoholismo, para
recuperar la totalidad como una forma de razonamiento que
obliga a la reconstrucción congruente de la realidad.
40. Benjamin Faijmgton, Ciencia y política en el,mundo antiguo, Madrid, Ayuso,
1979, p. 54.
41. Max Horkheimer, «Sociología y filosofía», en Theodor Adorroxy Max Hor-
kheimer, Sociología, Madrid, Taurus, 1971, p. 22.
42. Joseph Needham, op. cit„ p. 343.

101
Lo anterior significa no dar por resuelta la relación con la
realidad sino poner el énfasis en cómo organizar la relación de
la conciencia frente al mundo.

La crítica como lógica del pensar

El cambio de los horizontes teóricos es más lento que el


cambio de los horizontes históricos. De ahí que se requiere de
una forma de razonamiento que sea crítica y abierta a estos
desajustes que pueden llevar a un «bloqueo mental» (para uti­
lizar la expresión con que Schuhlz explica la falta de desarro­
llo técnico científico de los griegos). Lo anterior obliga a pro­
fundizar «en el razonar» y en sus.conexiones con lo «real», de
manera que oriente la construcción de una conciencia activa,
no ritualizada, que sea trascendente respecto de cualquier
ideología. La trascendencia de la ideología debe comprenderse
como una exigencia de problematización de lo que puede dar­
se como aceptable, y que expresa una exigencia de objetividad
siempre más compleja y comprehensiva que cualquier esque­
ma interpretativo. Discutamos las implicaciones del concepto
de crítica.
En primer término se plantea el problema de la función
crítica del saber en relación con el poder. Como afirma Hor-
kheimer, no se puede concebir la «fortaleza espiritual para
sentir el poder, que se abalanza sobre la conciencia, sin un
saber de la sociedad y de su proceso».43 Relación entre saber y
poder que se hace presente a lo largo de toda la historia en el
constante esfuerzo del poder por eliminar la crítica. Cuestión
que encuentra su más lejano antecedente en la oposición de
Epicuro a la fórmula de Platón según la cual «el gobierno sólo
puede seguir basándose en el engaño».44
En esta perspectiva se puede hacer la comparación entre
Anaximandro (vi a.C.) y la involución de Cosmas Indicopleus-
tes (vi d.C.), o entre Empédocles (v a.C.) y Prudencio (v d.C.),
para ejemplificar los retrocesos experimentados respecto de
43. Max Horkheimer, op. cit., p. 25.
44. Benjamín Farrington, op. cit., p. 114.

102
magníficos avances en el desarrollo de una conciencia liberada
de mitos y supersticiones. Puede también, en este sentido, se­
ñalarse la reacción taoísta, ante la petrificación del confucio-
nismo, como instante «de la mente humana de escapar de la
ordenación de la sociedad humana para retomar a la contem­
plación de la naturaleza».45
Hemos afirmado que el progreso del pensamiento crítico se
vincula también con la capacidad-de reaccionar contra la frag­
mentación del conocimiento, que históricamente se ha cumpli­
do en el desarrollo de la filosofía desde la misma Antigüedad.
La filosofía «no se contenta con inventariar el saber», sino
que va «trazando al conocimiento científico nuevas metas y
abriéndole nuevas rutas»,46 aunque actualmente la forma crí­
tica no pretende anticipar ninguna sistematización de conte­
nidos en su esfuerzo por conformar un recorte de observa­
ción de naturaleza epistemológica. Más bien se parte del análi­
sis de las posibilidades del conocimiento y no (le contenidos
eventuales.
Por otra parte, la crítica ha asumido la modalidad de con­
jetura sobre los contenidos de las teorías (cfr. Popper); sin em­
bargo, lo que planteamos es la crítica como forma lógica capaz
de dar cuenta de esa realidad conceptuada como «ser movible,
modificable, tal como se muestra en tanto que ser material-
dialéctico, que tiene en su fundamento y en su horizonte este
poder de venir, incluso, este no ser todavía concluso».47 Lo que
plantea la necesidad de un saber que no esté referido exclusi­
vamente «a lo concluso y, por lo tanto, pasado»,48 de forma de
poder pasar desde una actitud racional crítica-teórica fundada
en la conjetura a una actitud de crítica reconstructiva de lo
dado, donde la crítica consiste en la forma de razonamiento
capaz de referirse a la potencialidad de lo dado.
Esta forma de asumir la crítica no puede desligarse de su
relación con el poder. Aparece vinculada con el «no poder»,
pues persigue superar las barreras de «ese conocimiento impo­
45. Joseph Needbám, op. cit., p. 262.
46. Emst Cassirer, El problema del conocimiento. De la muerte de Hegel a nuestros
días, op. cit., p. 24.
47. Emst Bloch, op. cit., p. 189.
48. Ibíd., p. 190.

103
tente para el presente y ciego para el futuro» en una capacidad
de ver la totalidad en un momento del tiempo, y en su poten­
cialidad de desarrollo.
La crítica como actividad racional se realiza en la totalidad.
Ello significa que la crítica es una actividad que contribuye a
impedir el peligro de que, en virtud de lá lógica del poder, la
razón tienda a ser desmembrada.49
Sin embargo, lo más importante de la capacidad de crítica
es su vinculación con el descubrimiento del hombre como su­
jeto social de la historia, no ya sólo como individuo. La reali­
dad es una construcción de un sujeto social que se hace equi­
valente a objetividad; concepto de realidad «que va con el pro­
ceso», que «apela siempre al sujeto de la producción conscien­
te misma», que se corresponde con un concepto de objetividad
abierta. «En todo conocer entra un momento crítico e impul­
sor hacia lo real, que sólo se desvanece cuando aquél se desfi­
gura en receta y propaganda.»50
Por lo anterior, la crítica cumple la función de anticipar la
unidad de la razón cognoscente antes de corresponderse con
una realidad objetiva, pues ésta debe ser organizada por una
forma totalizadora del razonamiento si deseamos captar su
objetividad.
En este contexto puede rescatarse la noción del «novum»,
concepto más amplio y comprehensivo que el de finalidad, que
se relaciona con lo progresivo de la historia como apertura y
ensanchamiento de la experiencia y que obliga a definir lo
aprehensible desde lo indeterminado.51 Pero la capacidad de
construcción no puede basarse estrictamente en una estructu­
ra lógica, pues remite a la cuestión de la conciencia lúcida, no
solamente cognitiva.
A partir de la aparición del trabajo de Zeller «Sobre ía im­
portancia y la función de la teoría del conocimiento» (1862) se

49. En este sentido es oportuno recordar la idea de Thompson, planteada en su


libro Esquilo y Atenas (citado por Joseph Needham, op. cit., p. 296), de que «la ten­
dencia del pensamiento aristocrático es dividir, mantener las cosas en compartimien­
tos estancos», mientras que la tendencia del «pensamiento popular es unificar» (Max
Horkheimer, op. cit., p. 17).
50. Ibtí., p. 284.
51. Cfr. Emst Bloch, op. cit., pp. 193-195.

104
planteó, según Cassirer, «la tarea de que el problema del cono­
cimiento [...] sólo puede ser resuelto si analizamos y reduci­
mos a sus condiciones primeras la naturaleza de las nociones
del espíritu humano»; investigación que corresponde a la teo­
ría del conocimiento. Se establece así una distinción entre
conciencia lúcida y cognitiva.
La diferencia reside en que la primera se basa en un proce­
so de apropiación que no es estrictamente de determinación
sino de apertura, por lo que no se plantea llegar de inmediato
a un contenido, el cual es, precisamente, lo propio de la con­
ciencia cognitiva. De ahí la importancia de analizar ésta, tanto
en su organización como en la dimensión de sus funciones de
apertura.
En la medida en que el conocimiento se vincula con la
emergencia del sujeto social, deviene en lucidez porque el con­
tenido de la actividad de este sujeto es su capacidad de alcan­
zar su «autoconocimiento y autodeterminación».52 De este
modo se retoma Ja theoria como capacidad de asombro, acep­
ción esta en que interpretamos la proposición de Horkheimer:
«el pensamiento teórico de hoy consiste en la intención filosó­
fica [...]. Los estudios que no encierran explícitamente el pen­
samiento en las ideas pueden tener mayor importancia teórica
que muchos en los que este pensamiento desempeña conscien­
temente un papel».53 Lo anterior significa retomar la sentencia
de Lessing: «no es la posesión de la verdad lo que produce el
gozo de quien la busca, sino el esfuerzo y la lucha por alcan­
zarla». Búsqueda que exige un sentimiento de libertad, que es
lucidez; lucidez que es protagonismo. El mismo protagonismo
rebelde de un Epicuro o un Marx.
Lo que decíamos tiene una connotación de rebeldía contra
el ethos científico, producto de una práctica científica generali­
zada que lleva a confundir la racionalidad instrumental con la
racionalidad de una ética. Parece como «si los presupuestos de
la ciencia se hallaran rodeados por una amplia franja de con­
ceptos de la que no puede escaparse el hombre medio».54 Sin

52. Max Horkheimer, op. cit., p. 19.


53. Ibíd., p. 24
54. Joseph Needham, op. cit., p. 93.

105
embargo, todavía «nos hallamos en una fase de transición en
la que la ciencia no llega a ejercer su dominio sobre nuestras
vidas con tanta intensidad como lo hiciera la religión durante
la Edad Media, pero a no tardar cuajará una especie de Me­
dievo invertido».55 La conciencia tiende a cristalizar en deter­
minadas formas de organización racional; por lo tanto, debe
renovarse.
Si la crítica ejerce una función liberadora de la inercia
mental, cabe preguntarse: ¿cuál es el método?, ¿cuál es la for­
ma de razonamiento apropiada para evitar el anquilosamiento
mental? Parece ser verdad que una nueva sociedad, una socie­
dad sin clases, exigirá una revolución de la mente que «no se
ganará con facilidad y que, probablemente, necesitará una re­
novación perpetua. Hsin min (“renovar al pueblo”) era una an­
tigua consigna confuciana que ahora se está poniendo en
práctica como nunca antes se había hecho».56
La lógica cumple su papel liberador siempre y cuando el
sujeto detente una conciencia social totalizadora, haciéndose
«imprescindible el volver nuestra vista atrás, hacia los terrenos
de la ética y la política, pues en ellos es en donde debemos
apuntalamos y avanzar, o bien negamos a seguir adelante».57
Esto no hace más que expresar la necesidad de mantener la
articulación en el razonamiento pues, de no ser así, se llega a
la comisión de errores fatales, como puede atestiguarse con
los enfoques unilaterales y distorsionados de los fenómenos
sociales.
Ceironi señala la conveniencia de una revisión de la teoría
de la crisis como crisis económico-social, en la que desempe­
ñan un papel importante los elementos relacionados con la
subjetividad humana en razón de que ésta «es cada vez más
sensible al contraste entre producción social y apropiación pri­
vada: de aquí la marcha anárquica del mecanismo de repro­
ducción».58 Si se analiza la incorporación de la ciencia en la
producción, se constata que el «objetivo de la instrucción es la

55. Ibíd., p. 93.


56. Ibíd., p. 353.
57. Ibíd., p. 383.
58. Umberto Cerroni, op. cit., p. 110.

106
creación de un sujeto "capaz de escoger”»,59 lo que se puede
parafrasear como el reconocimiento, mediante la forma crítica
de razonar, de opciones que sean consustanciales con la idea
de una objetividad abierta.
La transformación de la conciencia en conciencia crítica
conlleva tener que comprender la razón como una capacidad
en expansión. La razón es la universalidad de las formas de
apropiación, enriquecida por la-necesidad de dar cuenta de
cada compleja síntesis a partir de una cada vez más diversifi­
cada fragmentación del conocimiento. La razón es la objetiva­
ción del sujeto resultante del predominio de la historia como
experiencia asimilada; es la capacidad de transformar los con­
tenidos en puntos de apoyo, para poder vislumbrar posibilida­
des de contenidos. Es la libertad como potencia de conciencia
que rompe con toda estructura racional organizada de la con­
ciencia; es la conciencia organizadora de su propia conquista y
no la organización de la conciencia ya conquistada. Todo lo
cual obliga a entender los modos de operación de la razón
cognoscitiva.
Desde la perspectiva de la crítica como forma lógica, el
problema metodológico de la relación entre hipótesis y objeto
es ambigua. La cuestión de hypothesses non fingo se pretende
resolver por medio del símbolo del objeto; no obstante, desde
la Antigüedad (con la discusión sobre la relación entre mate­
mática y física; entre reducción del universo a un orden o rei­
vindicación de su observación) se ha planteado el problema de
la función de la hipótesis. Cabe señalar que la formulación de
hipótesis puede demorar, en algunos casos, el desarrollo -del
conocimiento cuando la simple observación hubiera bastado
para indicar el punto muerto. El problema está en que la ob­
servación que rompa con la limitación de la hipótesis, debe ser
capaz de recortar universos de observación que creen la posi­
bilidad de nuevas relaciones observables; esto es, que reflejen
los modos de concreción de las relaciones entre niveles de la
realidad que se han convertido en objetos aislados. Modos de
concreción en un doble sentido: en tanto la transformación del
nivel en parte de un objeto inclusivo, y en cuanto a la especifici-
59. Ibtd., p. 112.

107
dad que asume el nivel al considerarse parte de una articula­
ción oculta o subyacente.
Lo anterior supone una capacidad de problematización
que impida la «mecanización del conjunto de la lógica»60 me­
diante el primado del cálculo que ya preocupaba a Hegel.
Sostenemos que esta capacidad de problematización' de la
realidad es un requisito indispensable para abarcar a ésta en
su génesis, y no simplemente como un producto morfológico
en un momento dado. De esta manera se evita que el recorte
de la realidad quede «preformado por la metodología com­
probada que ya conocemos [...] sino por la totalidad social y
sus múltiples momentos»,61 lo que significa que los datos em­
píricos sean determinados en función del momento y del ni­
vel de la articulación (económico, político, cultural, psicológi­
co), y de las posibles especificaciones intemas que puedan
determinarse.
El planteamiento lleva a tener que definir una lógica que
pueda anticipar lo que es la tendencia profunda (no aparien-
cial) hacia la articulación de la objetividad real, encubierta
por distorsiones como las que se desprenden de la especiali-
zación y fragmentación. Anticipación que permita reconocer
la exigencia de objetividad como supuesto del razonamiento,
partiendo desde la articulación como posibilidad lógica. Exi­
gencia de objetivación que también puede enunciarse como
el esfuerzo por «sumergirse en la contradictoria cosa mis­
ma».62
Se trata de arribar a una noción de razón que incluya su
construcción y transformación, expresión culminante del
proceso de ilustración «que guió la razón atravesando mile­
nios, contra la mitología y las supersticiones», pero que supo
tener que volverse en «contra de los conceptos que habían
permanecido como naturales».63 Lo dicho significa que la ra­
zón debe expandirse hacia la cada vez más compléja objetivi­
dad, desenvolviendo su propia capacidad de transformación.

60. Max Horkheimer, op. cit., p. 278.


61. Ibíd., p/19.
62. Ibíd., p. 282.
63. Ibíd., p. 273.

108
Lo que es «razonable» no es sólo lo que se define como ra­
cional y lo posible no se agota en lo lógicamente posible; por
lo tanto, hablamos de una razón capaz de aprehender la
realidad en su potencialidad de objetos de conocimiento po­
sible.
El razonamiento esbozado se cimenta en el esfuerzo de ge­
nerar un pensamiento y en el de poder comunicarlo. En la
primera acepción, los principios de organización del razona­
miento no se reducen a la estructura de la organización lógica
formal, ya que se plantea la necesidad de una organización
capaz de dar cuenta de la apropiación de lo real, de su elabo­
ración como contenido conceptual y, finalmente, de ser capaz
de comunicar ese contenido sin perder la riqueza definida por
las amplias exigencias de la apropiación, que reflejan el hori­
zonte de conocimientos posibles. Esto quiere decir pensar la
lógica como mecanismo de objetivación de la razón, partiendo
de la objetividad que se concreta en la incorporación de lo no
delimitado en lo delimitado racionalmente. Una razón que sea
capaz de enfrentarse con el «quebrantamiento de las viejas hi­
pótesis» y con el hecho de que la «novedad de los problemas
sociales rebasa los límites del acostumbrado horizonte histó­
rico»,64 lo que obliga a pensar en campos de objetos en vez
de objetos particulares. De esta manera la razón conquista
una mayor autonomía respecto a las «contingencias sociohis-
tóricas».
El ensanchamiento inacabable de la objetividad determina
la necesidad de transformaciones de la razón, que encuentra
en el lenguaje uno de sus obstáculos más importantes. Por eso
el interés por distinguir entre mecanismos de expresión de
ideas y mecanismos de gestación de ideas. De aquí la necesi­
dad de definir la construcción de diferentes tipos de obser­
vables, según las exigencias de la articulación y, consecuente­
mente, abordar los diferentes obstáculos para su expresión
conceptual.

64. Umberto Cerroni, op. cit., p. 17.

109
Normativadad y ruptura
Hemos recordado la diferencia entre lo que es el razona­
miento y lo que son los procedimientos de observación. Tam­
bién lo reducido de normalizar el razonamiento con apego es­
tricto a criterios formales; al igual que creer que lo normativo
es equivalente a la especulación, como lo postula la epistemo­
logía genética. Las orientaciones racionalistas contemporáneas
(Bachelard, Gnoseth), reivindican una libertad racional en
cuanto capacidad de transformar la razón de acuerdo con la
propia práctica, en virtud de que «el racionalismo científico se
modifica a sí mismo cuando es mal aplicado». No obstante, no
por ello «niega sus principios; los dialectiza», ya que el pensa­
miento científico para progresar «necesita una conversión [...]
hasta en los propios principios del conocimiento»,65 pero para
eso es necesario reconocer como foco epistemológico la bata­
lla racional contra la razón cristalizada, fijada u osificada.
A este respecto se puede retomar el trabajo de Kant por
describir la razón conformadora del conocimiento, según ésta
se corresponde con una realidad aprehendida. De ahí la nece­
sidad de construir la realidad como objeto aunque no plantee
las implicaciones que esa tarea tiene en lo tocante a la propia
conciencia cognoscitiva, más aún si se considera a la vez como
reflejo de la realidad y como ordenadora y explicativa de ésta.
Esto debido a que la unidad de la conciencia es objeto de un
proceso de síntesis que refleja la totalidad real. Por lo anterior,
pensamos que reexaminar a Kant, desde la perspectiva de la
totalidad concreta, no consiste tanto en descubrir gérmenes de
la dialéctica como en interpretar la teoría de la conciencia cog­
noscitiva como tarea de la función crítica. A partir de la obra
de Marx, la discusión no se circunscribe a la práctica de la
razón, sino que se extiende también a la función gnoseológica
de la crítica como el meollo epistemológico.
Si la unidad de la conciencia que, de acuerdo con Kant
sirve de base a lo necesario y objetivo del conocimiento, se
expresa en el objeto que ame lo diverso con su propio concep-

65. Gastón Bachelard, «Pensamiento filosófico y espíritu científico», en La Filoso­


fía del no, Buenos Aires, Amorrortu, 1978, p. 10.

110
to, entonces la posibilidad del conocimiento descansa en la ca­
pacidad de transformar lo real en objeto o unidad. Lo que
cabe discutir es si esta unidad conceptual solamente puede
fundamentarse en la unidad de la apercepción, o si, por el
contrario, hay otras alternativas de fundamentación de la obje­
tividad y necesidad del conocimiento. La alternativa se podría
definir en términos de trasladar la fundamentación de la uni­
dad primitiva de la apercepción a la. idea de lo necesario obje­
tivamente; esto es, buscar la solución en la aprehensión de lo
•real en el interior del marco de la dialéctica determinado-inde-
terminado que expresa al movimiento de la realidad y que se
materializa en la construcción del objeto.
Desde esta perspectiva, hablar de la fundamentación del
conocimiento implicaría apoyarse en las funciones mismas del
conocer: aprehender y conceptualizar; las cuales, por manifes­
tarse en el proceso de abstraer, nos remiten necesariamente a
preguntamos acerca de la organización de la propia abstrac­
ción.
Sin considerar las condiciones psicobiológicas de la abs­
tracción, este proceso está determinado por la relación estable­
cida con el objeto, ya que ésta puede ser una relación de iden­
tificación o de distanciamiento (que consiste en la transforma­
ción de la realidad en objeto). Ello supone concebir la abstrac­
ción en términos de potenciar la objetividad de la relación con
la realidad para que pueda abrirse y captar lo real como lo
necesario-dado, que es. exterior al sujeto, todo lo cual constitu­
ye un proceso lógico constructor de lo real en función de una
relación que se va constituyendo entre razón y realidad.
La función de la apercepción, entonces, consistiría en abrir
al sujeto a esa objetividad para que de ese modo éste pueda
trascender el concepto de lo necesario subjetivo en necesidad
objetiva. La apertura del sujeto, puesto que rompe con la iner­
cia de la razón, es crítica e impide que la razón se convierta en
una traba para la innovación del pensar, lo que es particular­
mente significativo en materia de un conocimiento tan muta­
ble e imprevisible en su desenvolvimiento como es el conoci­
miento histórico-político.
La historia niega la tesis kantiana de que «lo que no puede
comprenderse de un modo mecánico y cuantitativo [...] no
111
puede ser aprehendido científicamente».66 Sus categorías, más
allá del escepticismo de Hume, «que intentó librar a la percep­
ción de todas estas injerencias racionales»,67 tienen validez en
el caso de experiencias científicas formales, aunque dejan tras
de sí «un residuo no reducido que se hace ostensible en el
problema de la cosa en sí». Precisamente este residuo no do­
minado constituyó el gran problema de Hegel. En efecto, no
«tenía ante sí el problema de sacar de la razón sus leyes abs­
tractas que flotan sobre un montón de hechos fortuitos, sino
una conexión inmanente de contenidos concretos. Y el medio
adecuado para ello no podía ser otro que la historia; o sea, la
exposición de la marcha concreta y del devenir concreto de las
cosas».68
Esto nos coloca ante una nueva racionalidad que aborda
problemas inéditos, tales como el de un movimiento que no
sea puramente mecánico, como en Galileo y en Newton, sino
de un «movimiento cualitativo-productivo; de un movimiento
de historia real, en el que brota, de un modo necesario y me­
diato, algo nuevo»; pero también, ante un nuevo concepto de
tiempo, el tiempo histórico que «a diferencia del tiempo mate­
mático permanece inasequible al cálculo».69
Sin embargo esta nueva racionalidad no ha logrado impo­
nerse como forma de razonamiento. En cualquier caso, debe­
mos reforzar la idea de que la irrupción de la problemática
hegeliano-marxista, simultáneamente con la incorporación de
un nuevo dominio del conocimiento (la historia, la sociedad),
añade la problemática vinculada a la relación entre ciencia y
crítica; esto es, la controversia en tomo de la razón como
apertura hacia lo objetivo y la razón como estructura cohesio­
nada. Como dice Bachelard, «es todo el uso del cerebro el que
está en discusión».70
Es indudable que la razón enfrenta la necesidad de su am­
pliación, no exclusivamente en virtud de la incorporación de
nuevos dominios, ya se trate de la microfísica, que cuestiona
66. Emst Bloch, Sujeto-objeto, México, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 62.
67. Ibíd., p. 62.
68. Ibíd., p. 63.
69. Ibíd., p. 65.
70. Gastón Bachelard, La formación del espíritu científico, op. cit., p. 295.

112
una cierta lógica del objeto, o de la historia, que cuestiona
toda una estructura de la racionalidad; sino además porque no
es aceptable que la exigencia del «descubrimiento» quede re­
servada a la psicología y a la historia, como creía Reichen-
bach. La relación de conocimiento (sujeto-objeto) es un domi­
nio tan racional como el dominio de la explicación, sólo que la
naturaleza de las «normas» que reglan ese momento epistemo­
lógico es diferente. En este sentida pensamos que se debe res­
catar el estatus del momento del «descubrimiento» y de la «in­
ventiva» en el marco del proceso de la producción de conoci­
miento.
Desde esta perspectiva es conveniente distinguir entre lo
que es plantear un problema científico y lo que es resolverlo.
A este respecto puede decirse que la razón científica debe
ser capaz de elaborar teorías científicas y de pensar crítica­
mente, esto es, abrirse hacia lo real para así reconocer hori­
zontes de realidad cognoscibles, lo que significa sostener que
no solamente es válida la distinción entre «procesos construc­
tores y métodos de validación en la elaboración científica»
(que se refiere al papel que le corresponde al sujeto cognos-
cente «en la adquisición de conocimiento» y que según la epis­
temología genética no suele estar claro), sino también lo es la
distinción entre planteamiento y resolución de problemas.
El modo de plantear un problema está referido a la cons­
trucción de la relación con la realidad. Esto implica que una
organización racional de captación de lo real no es necesaria­
mente idéntica a él o los métodos adecuados para resolver un
problema. Así, el cálculo de los indivisibles en Galileo supu­
so una concepción del movimiento acelerado, tanto como el
cálculo infinitesimal en Newton implicó la capacidad crítica de
plantearse la posibilidad de integrar las contribuciones de Ke-
pler y Galileo, o, en el caso de Marx, la formulación de la
teoría del valor supuso la distinción problemática entre valor
de uso y valor de cambio en la mercancía. Lo significativo de
la capacidad de plantearse problemas es que no se puede re­
ducir a la simple acumulación teórica, pues alude a la defini­
ción de un campo problemático que no es lo mismo que la
elaboración de una teoría.
En efecto, mientras la elaboración de una teoría responde
113
a mecanismos de asimilación, sometidos a una secuencia ne­
cesaria (aunque no necesariamente a la «historia ontogenética
y filogenética de las estructuras cognoscitivas en tanto consti­
tuyen una organización de los conocimientos»),71 la definición
de un campo problemático supone un distanciamiento capaz
de abrir la relación con lo real, más allá de los límites del
encuadre teórico, mediante el procedimiento de hacer girar el
pensamiento, no en tomo de una teoría, sino de una realidad
problemática. Para aclarar este procedimiento recurramos a la
historia del pensamiento cosmológico y a la revolución de la
elipse kepleriana.
El desafío de Kepler nos parece ahora natural. Pero nunca
se ha requerido de un ejercicio de imaginación tan audaz. Ke­
pler se atrevió a «sacar el sistema» fuera del pensamiento astro­
nómico que había existido siempre [...]. Con anterioridad a Ke­
pler el movimiento circular era al concepto de planeta como la
tangibilidad es a nuestro concepto de «objeto físico». Si para
nosotros son inconcebibles objetos físicos intangibles, también
eran "inconcebibles las órbitas planetarias no circulares para los
predecesores de Kepler.72
[Kepler] no empezó con la hipótesis de que la órbita de
Marte era elíptica para deducir a continuación enunciados con­
firmados por las observaciones de Brahe.. Estas últimas obser­
vaciones le fueron dadas y plantearon el problema.73
A partir de este ejemplo, podemos decir que la definición
de un campo problemático es posible por la crítica que se
orienta a mantener la construcción de la relación de conoci­
miento, separada de la estructura teórica que determina la
explicación. La relación de conocimiento subordina el «ver
cómo» y el «ver qué» (para emplear las expresiones de Han-
son), a la organización de un campo de observación que no se
circunscriba a las exigencias de una teoría. Se trata de romper,
por el contrario, con la tendencia del observador que, pudien-
do no saber lo que está viendo, «intenta que sus observaciones
71. Jean Piaget y Rolando García, Psicogénesis e historia de la ciencia, México,
Siglo XXI, 1982, p. 31.
72. Norwood Russell Hanson, op. cit., p. 169.
73. Ibíd., p. 166.

114
sean coherentes con la base de su conocimiento establecido».74
Esto es, se trata de no reducir el campo de observación a un
objeto, sino de incluir en aquél varios objetos posibles, por
medio de un proceso de problematización que incluya elemen­
tos no incorporados en el esquema teórico que se emplee. Lo
anterior significa establecer una diferencia entre criterios de
organización racional para definir observables (en función de
una objetividad delimitada a través de un campo problemáti­
co) y criterios de organización racional con base en un esque­
ma de interpretación teórica.
La relación con la realidad debe ser construida, y esta es
una tarea normativa, pero no convencional. Ver la realidad
como problema exige que tal observación se desarrolle como
forma crítica; es decir, como capacidad reactiva ante sus pro­
pios condicionantes. La crítica, en este sentido, es una modali­
dad de la relación con la realidad que se comprende con una
mayor autodeterminación del sujeto cognoscent?e; en conse­
cuencia, también es una modalidad de la mayor extensión de
los espacios propios de las prácticas, mediante las cuales el
hombre se enfrenta con la realidad, y que plantea sus propios
requerimientos cognoscitivos.
La capacidad de plantear un problema consiste en ubicarlo
en una relación con la realidad que no necesariamente esté
contenida en la teoría. De lo que se trata es de cuestionar la
estructura teórica de la cual el problema forma parte para
considerar si es pertinente para resolverlo o explicarlo como
objeto teórico.
El ejercicio metodológico consiste en distanciarse de la es­
tructura teórica por medio de la apertura a la realidad, con
base en pensarla mediante la inclusión de nuevos niveles que
sirvan para problematizar el punto de partida. La crítica cum­
ple una función importante en la organización de esta capaci­
dad de apertura. Epistemológicamente consiste en la objetiva­
ción de la razón, de modo que se pueda llegar a reconocer
horizontes de conceptualización que sean más inclusivos en
función de prácticas más complejas y/o de esquemas teóricos
más globales.
74. Ibtd., p. 100.

115
La relación de conocimiento como organización abierta
tiene el papel de recortar un ámbito de realidad como dado
para problematizarlo en función de la exigencia de un dándo­
se. Bloch alude a este problema cuando afirma en el prólogo a
El principio esperanza: «pensar es traspasar. De tal manera,
empero, que lo existente no sea ni escamoteado ni pasado por
alto, ni en su indigencia, ni menos aún, en el movimiento que
surge de éste. Ni en las causas de la indigencia, ni menos aún,
en los brotes de cambio que maduran en ella. El verdadero
traspaso [...] concibe de nuevo como algo que está en media­
ción con lo existente, si bien, para poder ser puesto al descu­
bierto, exige de la manera más intensa la voluntad dirigida a
este algo. El verdadero traspasar conoce y activa la tendencia
inserta en la historia, de curso dialéctico». Y agrega, más ade­
lante, al referirse a la naturaleza del saber clásico que «un
saber basado en la observación es, por definición, un saber tan
sólo de lo observado; es decir, del pasado, mientras que sobre
lo que todavía no ha llegado a ser tiene contenidos formales
extraídos de lo que ha llegado a ser». Planteamiento que tiene
efectos sobre la estructura categorial aunque no haya sido to­
davía objeto de reflexión. Esto es, de un «pensamiento sufi­
cientemente agudo», pues «lo ya sido subyuga lo que está en
trance de ser, la acumulación de lo que ha llegado a ser, cierra
el paso totalmente a las categorías del futuro, del frente, del
novum». Lo que lleva a pensar el saber como teoría-praxis,
pues sólo en esa condición «puede hacerse con lo que está en
proceso de devenir», en tanto que una concepción contempla­
tiva «sólo puede referirse per definitionem a lo que ha llegado
a ser».75

75. En relación con este planteamiento, es pertinente traer a colación el pensa­


miento de Hermann Broch, especialmente el comentario de Hanna Arendt sobre su
teoría del conocimiento. A partir de la discusión en tomo a la transformación del
pasado y el futuro «en una coordinación» para así liberado «de su caducidad», plan­
tea: «El "asalto al futuro”, peculiaridad del hombre y sólo del hombre, hace de éste
un “trozo del ahora"; algún día, una lógica que traspasará los límites de la aristotéli­
ca, debería estar en condiciones de escrutar y analizar esas "sugerencias" con las que
se modelará lo nuevo del futuro. "Una delimitación precisa y formal de estos domi­
nios proporcionaría, en el supuesto de que se llege a conseguir algún día, nada más y
nada menos que una exacta teoría de la profecía" o, lo que es igual, pondría en
nuestras manos el esquema básico de todas las experiencias futuras posibles. Esta

116
La construcción de la relación con la realidad es, por lo
tanto, la problematización de lo sabido y de los modos que lo
hicieron posible. Esto significa no aceptar de partida ninguna
relación con la realidad según como esté resuelta por alguna
teoría. En tanto está dada, se debe problematizar la base teóri­
ca desde la que se teoriza porque ésta tiende a identificarse
con objetos particulares, lo que quiere decir que se puede abrir
a un campo de objetos, que es en lo-que consiste la capacidad
de objetivarse.
Descubrir la determinación histórica del conocimiento y de
sus formas de racionalidad supone la capacidad de reconocer
la relación de conocimiento encubierta, en la estructura con­
ceptual, ya sea en sus contenidos o en los recortes de observa­
ción de la realidad.76 A este respecto se puede citar a Zeleny
cuando afirma que «el marxismo como forma de racionalidad
crítica lleva al conocimiento de la caducidad histórica de la
concepción marxiana de la racionalidad, tal como fse expresa
en su forma concreta en la crítica de la economía política bur­
guesa».77
Lo anterior implica transformar la historicidad del conoci­
miento en una modalidad de razonamiento cuya característica
sea la preeminencia de la exigencia de objetividad. En térmi­
nos más concretos, significa que la esencia del descubrimiento
de lo real descansa en el reconocimiento de un contexto pro­
blemático en el que puedan determinarse diversos objetos. Por
esto, un razonamiento que no dé por resuelta la relación de
conocimiento no se orienta a la reconstrucción de un objeto
particular, sino más bien al trazado de un campo de objetos.

"profecía lógica" [...] es en si misma una disciplina totalmente racional, y por ende,
lógica, que nacerá con absoluta naturalidad de la expansión y profundización de la
investigación fundamental» (Hermann Broch y Hanna Arendt, Introducción a poesía
e investigación, Barcelona, Barral, 1974, pp. 47-48).
76. Este problema podría emparentarse con la preeminencia que da Piaget, en
los desarrollos cognoscitivos, a los factores de «naturaleza funcional y no estructu­
ral», porque son los que están vinculados «a la asimilación de lo nuevo a las prece­
dentes estructuras, así como a la acomodación de éstas a un nuevo objeto de conoci­
miento» (Jean Piaget y Rolando García, op. cit., p. 243); aunque se relaciona de
manera más directa con la problemática de la apertura, como parte de la historici­
dad del conocimiento y del razonamiento.
77. Jindrich Zeleny, op. cit., p. 328.

117
La realidad: exigencia del razonamiento objetivo
La conclusión más general a la que podemos llegar es que
la realidad cumple la función de una exigencia de objetividad
que rompe con cualquier organización conceptual previamente
establecida. El enfoque dialéctico-crítico fortalece esta función
haciéndose eco de una tradición en la historia misma de la
ciencia. Se puede también formular lo dicho como una exigen­
cia de pensar no con base en atributos, sino en relaciones po­
sibles. Esto puede ilustrarse en la física a partir de Galileo:
para él, «el movimiento es una entidad o un estado tan estable
y perdurable como el estado de reposo».78 Y como observa
Cassirer, desde Galileo y Kepler se plantea que «frente a la
concepción sustancial del universo, surge una concepción nue­
va, basada en el concepto de función»,79 y comienza a disolver­
se una concepción de la realidad como estructura acabada,
que no es más que la crisis de una estructura de categorías
derivada del sentido común.
Cada vez toman mayor importancia una serie de cambios
epistemológicos referidos a la idea de una reconstrucción que,
en el marco de las ciencias sociales, abre campo para un enri­
quecimiento de sus categorías —tales como posibilidad objeti­
va, inclusividad, apertura, articulación— que no tienen prece­
dente en la cientificidad clásica.
Entre estos cambios epistemológicos están los referidos a
los criterios de delimitación cada vez más fluidos. Ello ocurre
tanto en el campo del conocimiento histórico como en las
ciencias naturales (como en el caso de la microfísica). Si nos
referimos al conocimiento propio de estas últimas disciplinas,
el cual es mucho más formal que el referido al sujeto de la
historicidad, se puede decir que «ante el pensamiento humano
se presentan ahora otros objetos que no son estabilizares, que
no tendrían reposo, ninguna propiedad y por consiguiente nin­
guna definición conceptual».80 El problema que comienza a
surgir es el de un tipo de recorte fundado en un empleo par-

78. Álexandre Koyré, Estudios de historia del pensamiento científico, op. cit., p. 49.
79. Ernst Cassirer, El problema del conocimiento, t. 1, op. cit., p. 368.
80. Gastón Bachelard, La filosofía del no, op. cit., p. 93.

118
ticular de los parámetros de tiempo y de espacio, que requiere
de otros criterios mucho más. complejos donde la idea de rela­
ción posible y de potencialidad contenida cumple una función
epistemológica fundamental. A una mayor complejidad del ob­
jeto se requieren relaciones de conocimiento también más
abiertas. Así es como debemos abordar una complejidad de lo
real que necesariamente tiene su contrapartida en las formas
de razonamiento y que ha provocado, una crisis de los modelos
de racionalidad científica.
La incorporación por el marxismo de la idea de lo históri­
camente determinado previene contra cualquier fosilización en
los modelos de racionalidad, como lo recuerda Zeleny al refe­
rirse a la «caducidad» del marxismo como forma concreta de
racionalidad. Es esta capacidad para reconocer la caducidad
de una forma, o sea, su temporalidad, lo que constituye el nú­
cleo de una racionalidad abierta que supone un sujeto cada
vez más autodeterminado. La respuesta de Bachelard a la ne­
cesidad de contrastar la objetividad del conocimiento objetivo
psicoanalizándolo (obligando «al hombre a prescindir de las
magnitudes comunes [...] a tomar discursivo aquello que se
ofrece en la intuición inmediata»)81 es todavía más compleja.
No se trata exclusivamente de objetivan- la relación de conoci­
miento mediante la consideración de los mecanismos psicoge-
néticos, sino objetivarla también por medio de la considera­
ción de las mediaciones socioculturales e ideológicas que porta
el sujeto.82
Debemos distinguir razón científica y teoría científica. La
primera como lógica de problematización; la segunda, como
construcción de la respuesta a la problematización que, no
81. Gastón Bachelard, La formación del espíritu científico, op. cit., p. 249.
82. La objetividad conseguida mediante el uso de las matemáticas,"^acorde con la
concepción cartesiana de un «mundo matemático estrictamente uniforme», en con­
traste con el mundo «multiforme, lleno de colorido y cualitativamente determinado»
(Koyré), reconoce límites cuando nos enfrentamos con una realidad como la de la
microfísica y la de la historia, donde la cualidad «parece ejercer sus derechos de
revancha». Lo que está claro es que las matemáticas son una forma particular de
exigencia de objetivación (otro probablemente es el psicoanálisis aplicado al sujeto
que conoce); pero no hay que dejar de ver aquella necesidad lógico-epistemológica
que subyace permanentemente; nos referimos a la exigencia de apertura crítica hacia
lo real. Ésta se impone por medio de prácticas o ideologías que el sujeto debe saber
problematizar explícitamente.

119
obstante, en la generalidad de los casos pierde su riqueza por
quedar reducida a un objeto particular. En este marco se pue­
de recuperar la distinción de Kuhn entre ciencia extraordina­
ria (que llamaremos problematizadora) y ciencia normal (que
llamaremos de objetos); distinción que refuerza la que hemos
hecho entre plantear problemas y su resolución. Si esta sepa­
ración se aplica a la realidad, obliga a que no se confunda el
momento de problematizar, que tiene la función de determi­
nar la base desde la cual se pueden definir opciones de varios
objetos teóricos con el sustento de la construcción teórica, que
corresponde a la descripción precisa de hechos y leyes en fun­
ción de un objeto particular.
No tomar en el inicio de la investigación al objeto como
mecanismo delimitador de la relación con la realidad, significa
trascender la lógica de objetos con propiedades mediante una
construcción racional que, con base en una posibilidad necesa­
ria, se orienta hacia la especificación, la cual supone el rompi­
miento de parámetros, en tanto recortes que distorsionan la
objetividad de la realidad; y este rompimiento se alcanza en la
medida en que se razone con base en inclusividades crecientes
de niveles de realidad que contribuyan a especificar el proble­
ma que interesa investigar.
La liberación de los objetos de los parámetros se alcanza
mediante la apertura de éstos en virtud de la exigencia de es­
pecificación creciente del problema; lo que significa encontrar­
se con una lógica del objeto no particular que es la que corres­
ponde con el proceso reconstructor de la realidad, cuyo primer
paso es, precisamente, la construcción del objeto. «Sería negar
la misión más genuina de la razón científica creadora tratar de
poner coto a la facultad de extender, a zonas cada vez más
amplias del ser empírico efectivo, un concepto puro y abstrac­
to.»83 En nuestros términos, lo dicho' se traduce en la idea de
la inclusión de niveles de la realidad que cumple la función de
articular y, por lo mismo, de especificación del contenido his­
tórico del concepto.
El planteamiento de romper con los parámetros y la no
sujeción a objetos predeterminados aparece ya aunque implíci­
83. Emst Cassirer, El problema del conocimiento, 1.1, op. cit., p. 351.

120
tamente asociado con la idea de infinito, como en el caso de
las famosas discusiones relacionadas con la prueba de Dios.84
Lo ilimitado no determinado deviene en el ángulo de razona­
miento que rompe con las determinaciones del pensamiento
basadas en contenidos. Lo inacabado, siendo un potencialidad
todavía sin forma, cumple la función de una exigencia crítica
necesaria para descubrir lo no dado desde lo indeterminado,
en lugar de hacerlo desde sus contenidos-límites. La inclusivi-
dad lógica como premisa de pensamiento, mediante la cual la
realidad se amplía con base en una relación de inclusión nece­
saria, no puede confundirse con una relación de determina­
ción teórica.
La idea de infinito remite a la inclusión y ésta a la necesi­
dad («la infinitud significa ó implica ser, e incluso ser necesa­
rio», según Descartes) y, como ha sostenido Cassirer pensando
en la ciencia moderna, esto se ha transformado en el criterio
«que determina el sentido y el contenido del concepto de natu­
raleza». La inclusividad, concebida como necesaria/es la aper­
tura-crítica que niega toda supremacía a los límites conforma­
dores de contenidos, que, en el mejor de los casos, constituyen
lo que Bloch denomina esos «puntos de apoyo, considerados
como puntos de detención, [en los que] hay un devenir que se
capta», ya que «ningún punto de apoyo presenta un carácter
de fijeza».85
El rompimiento de los límites es lo propio de la razón críti­
ca, no de la teoría. Ortológicamente, lo expresado se relaciona
con el planteamiento de «una ortología del todavía no, princi­
palmente en el materialismo histórico. Ortología [...] basada en
el todavía no consciente del sujeto, en el todavía no devenido
del objeto».86 Esta posición conduce al concepto de una con­
ciencia de lo no devenido que requiere de una forma de organi­
zación racional que no puede reducirse a las formas teóricas de
lo adecuado (o correspondiente) con lo real; sino a una modali­
dad racional abierta a lo no devenido pero necesario.
84. Para Nicolás de Cusa el infinito es lo ilimitado, pero posible siempre de ser
articulado.
85. Emst Bloch, La noción de estructura y. génesis, t. I, Buenos Aires, Nueva Vi­
sión, 1975, p. 44.
86. Emst Bloch, El principio esperanza, parte segunda, cap. XVIH.

121
Lo no devenido está comprendido como potencialidad de
lo dado, en tanto objeto del pensamiento y/o de la acción. Des­
de esta perspectiva, las formas de organización de aquél no
están determinadas por la necesidad de adecuación, sino por
la exigencia de construir campos de problemas en donde se
puedan definir las opciones objetivamente posibles, ya sea
para teorizar o para actuar.
En la medida en que nos confrontamos con una realidad
que se puede caracterizar como un «poder devenir incluso», o
como un «no ser todavía concluso», requerimos de una forma
de razonamiento capaz de dar cuenta de esta exigencia de ob­
jetividad, como «ser movible, modificable y que se modifica»,
que rompe con cualquier concepto «angosto y rígido» de reali­
dad, que ha penetrado en el mismo marxismo. Una forma de
razonamiento nueva que sea congruente con este concepto de
realidad, ya que «no basta con hablar de proceso dialéctico y
tratar luego la historia como una serie de datos sucesivos o
totalidades conclusas».87
En general, la lógica de investigación se ha basado en un
concepto de razón crítica que permita salvar la noción de pro­
greso científico (Popper, Lakatos y, desde otras perspectivas,
Kuhn, para citar algunos autores). Sin embargo, lo que se ne­
cesita es transformar la crítica en el núcleo de una metodolo­
gía dinámica capaz de captar la realidad heterogénea en sus
recortes tempoespaciales y en constante movimiento, aunque
éste muchas veces permanezca oculto.

LA FORMA DE LA CRÍTICA

Hemos señalado que el descubrimiento de lo real se expre­


sa en el reconocimiento del campo problemático en el cual es
posible determinar diversos objetos mediante una racionalidad
fundada en la función de la crítica.

87. Ibíd.

122
En este sentido el carácter complejo de la relación con la
realidad nos puede servir de marco para arribar a la cuestión
de la organización del razonamiento y por lo tanto al papel
que cumplen las categorías,88 pues éstas son el reflejo del pro­
ceso mediante el cual el sujeto cognoscente construye su apro­
piación de lo real. En este marco el proceso de aprehensión
reconoce dos aspectos: el propio de un enfrentamiento abierto
con la objetividad (o epistemológico) y el que es función de las
configuraciones teóricas.
• La función epistemológica permite organizar la aprehen­
sión y consiste en reconocer la base de realidad para teoriza­
ciones posibles, sin llegar a determinar su contenido. Ejemplo:
el concepto de relación de producción organiza la aprehensión
en cuanto cumpla la función de delimitar, de cierta manera, a
la realidad (aunque a la vez puede cumplir una función teóri-
co-explicativa). La aprehensión determina la situación en cuyo
interior tiene lugar la explicación de un proceso; esto es, fija
los elementos de referencia descriptivos de carácter necesario
(según el problema que sirva de punto de partida) para cons­
truir la explicación capaz de dar cuenta de la realidad delimi­
tada. En el plano epistemológico no se puede llegar a la con-
ceptualización de contenidos, en el sentido de las hipótesis,
pues este plano es el de los criterios constructores de concep­
tos. Así, el concepto «relación de producción» (que en sí mis­
mo puede ser un concepto con función explicativa) si se em­
plea en su acepción epistemológica, sirve para delimitar cam­
pos de observación capaces de dar cuenta de fenómenos que
son reconocibles sólo cuando la realidad es delimitada de
acuerdo con ese concepto, pero no de otro modo. Lo mismo
puede ocurrir con el concepto «clase social», que sirve de base
para forjar una serie de conceptualizaciones que den cuenta
de realidades complejas y que solamente se pueden llegar a
reconocer si la realidad es delimitada de acuerdo con dicho
concepto.
La función epistemológica no maneja los conceptos y las

88. Las implicaciones lógico-epistemológicas y metodológicas de las categorías en


la construcción de la relación de conocimiento están tratadas con mayor profundi­
dad en el libro n.

123
estructuras conceptuales en términos de su contenido, sino
mediante su apertura hacia las múltiples modalidades que
puede asumir el movimiento de la realidad objetiva. En este
sentido, ningún concepto utilizado, en su función epistemoló­
gica, es una afirmación sobre modalidades particulares de
concreción; más bien, impbca la posibilidad de vislumbrar una
amplitud de concreciones posibles. Cuando, por ejemplo, el
concepto «relación de producción» es utilizado desde esta
perspectiva, impbca relaciones de producción tanto capitabs-
tas como precapitabstas, sin que necesariamente su uso obli­
gue a cerrar el concepto con un contenido particular (como
podría ser enmarcarse en el interior de las relaciones capitabs-
tas), pero de no utibzarse el concepto «relación de produc­
ción» como forma de delimitar la reabdad, no se puede déri-
var la posibüidad de reconocer ninguna de estas dos modali­
dades de relaciones de producción.
La debmitación determina la posibilidad de atender el
campo de fenómenos específicos que, aunque no se dejan
aprehender por la simple debmitación, sin ella no se ofrecen al
sujeto como posibles objetos de conocimiento. La función de
delimitar el ámbito de lo real determina, de conformidad con
su ampbtud, la posibilidad de definir objetos que puedan exi­
gir, para su tratamiento analítico, categorías conceptuales par­
ticulares.
Pensemos en el movimiento de apertura hacia lo real-obje­
tivo que realiza la razón gnoseológica. Este movimiento co­
rresponde a un momento precategorial o epistemológico; esto
es, propio del momento de los principios constructores de las
categorías de aprehensión de lo real y de su transformación en
contenido de conocimiento.
En ese momento la relación de la razón con la reabdad no
queda determinada como una relación teórica o de contenido,
sino por la necesidad de construir objetos en función de un
razonamiento articulado, de niveles inclusivos. Esta necesidad
tiene un carácter epistemológico en tanto refleja la exigencia
básica de la relación que se establece entre la razón cognos-
cente y la reabdad como ámbito problemático posible de des­
componerse en múltiples objetos de conocimiento teórico.
Por eso planteamos la cuestión de examinar el problema de
124
la organización de la razón desde el ángulo de las exigencias
de esta capacidad de apertura, ya que es ésta la que determina
a aquélla y no a la inversa. Esta perspectiva difiere de la lógica
tradicional para producir conocimiento científico, especial-
. mente debido a que plantea no confundir lo que es la proble­
mática de la construcción de la realidad con lo que ha sido
la forma de construir, según la práctica de ciertas disciplinas.
Lo que puede ilustrarse a partir de la influencia ejercida por
la matemática y las ciencias naturales en la construcción de la
relación razón-exterioridad objetiva, que ha sido elevada al
rango de racionalidad absoluta.
Esta apertura de la razón hacia lo real rescata la idea de
una objetividad como contenido potencial, en cuyo caso se
plantea que la relación con la realidad no se establece con
restricciones a formas teóricas, sino de manera abierta, lo que
demanda un razonamiento capaz de concebir y observar lo
real-objetivo como trascendente de cualquier forma teórica.
El planteamiento de la objetividad como trascendencia de
las formas teóricas parte del supuesto de que la relación de la
exterioridad respecto del sujeto significa enfrentarse con el
problema de que la realidad objetiva, en la medida en que es
aprehendida conceptualmente, implica una construcción ra­
cional que conjuga contenido y forma. Lo que nos remite al
punto de relación específico entre contenido y forma en los
dos momentos del proceso de conocimiento, que distinguimos
a partir de la, función, que cumplen las formas: el epistemológi­
co y el teórico.
Ambos momentos tienden a confundirse cuando la función
de aprehensión conceptual se da por construida con la sola
definición que contiene el concepto teórico. Sin embargo, si
explícitamente abordamos la construcción de la aprehensión,
nos situamos fuera de un esquema teórico, pues en este caso
lo que pretendemos es delimitar una posibilidad de conceptua-
lización antes que dar cuenta de los alcances de la explicación
que define una teoría.
Tal posibilidad está referida a un ámbito de realidad con el
que pretendemos enfrentamos antes de cualquier formulación
teórica. Esto supone la capacidad de traspasar lo que ya cono­
cemos (y que está teóricamente delimitado), con base en una
125
actitud crítica sobre el modo de utilizar los conceptos. Al par­
tir de lo real-objetivo, como potencialidad, se problematizan
los referentes teóricos establecidos por los conceptos. De ahí
que el razonamiento asuma una función crítica, ya que consi­
dera la realidad como objeto posible, antes que como conteni­
do; de manera que la relación con ésta no surge condicionada
por formas conceptuales cristalizadas.
En consecuencia, nos parece importante cuestionar la pre­
misa de que la relación entre razón y realidad deba necesaria­
mente mantenerse estrictamente en el marco de la explicación
para que tenga lugar un conocimiento científico; en particular
cuando pensamos en tipos de conocimiento cuyos referentes
empíricos son extremadamente mutables y sin sujeción a regu­
laridades claramente establecidas.
La explicación es un modo particular de apropiación de la
realidad, por lo tanto no tiene por qué excluir otras modalida­
des de apropiación racional. La esencia lógica y epistemológi­
ca del problema se puede formular en términos de que la de­
terminación de lo no determinado (en función de una secuen­
cia lógico-material de fenómenos) puede ofrecer otra alternati­
va de solución, como sería precisamente la inclusión de lo in­
determinado, pero en función de una totalidad articulada.
Hanson observó que para que «un fenómeno x sea explica­
ble de modo natural, es fundamental la percepción de la es­
tructura completa en la que está inmerso»,89 esto es, surge «el
todo» como exigencia en la construcción inclusiva. Sin embar­
go, la teoría rompe la posibilidad de estas relaciones lógicas
porque las subsume en una estructura cerrada, ya que la apro­
piación de la realidad por medio del expediente de la explica­
ción es una empresa «cargada de teoría» en tanto consista en
la atribución de una causa: por lo tanto, la apropiación de la
realidad no se abre hacia la objetividad, ya que es «una fun­
ción de la postura teórica del especialista».90 En consecuencia,
el reto de determinar mediante la inclusión, en una totalidad
articulada, consiste en no basar la apropiación de la realidad
en las estructuras explicativas, sino en realizarla mediante un

89. Norwood Russell Hanson, op. cit., p. 185.


90. Ibíd., p. 32.

126
proceso de construcción de la relación de conocimiento. De
esto puede inferirse que la. relación con la realidad puede ser
de dos tipos: según el modelo de la explicación o según la
lógica del objeto articulado.
La explicación como forma particular de apropiación se ca­
racteriza por la relación A -» B, que reduce los dinamismos de
la realidad a esa relación de tal forma que se excluye la posibi­
lidad de conformar un ángulo de observación que no sea coin­
cidente con A -> B; lo que es relevante por ser la realidad
siempre más compleja que cualquier estructura.91
Lo anterior nos coloca ante la necesidad de comprender la
relación con la realidad como un campo de observación resul­
tado de cierta acumulación teórica, pero a la vez de su propia
crítica, que se materializa por medio de la construcción de
nuevos objetos. Hanson señala que «hay un número limitado
de maneras en las que se puede ver un conjunto de líneas,
formas y manchas. Por qué una forma visual se ve de manera
diferente es una cuestión de psicología [subrayado nuestro],
pero el hecho de que pueda verse de manera diferente es im­
portante en cualquier examen que se haga de los conceptos de
visión y observación».92
En el planteamiento de Hanson no queda claramente esta­
blecida la diferencia entre criterios racionales para organizar
91. En relación con las ciencias exactas se ha observado esta deficiencia como
queda de manifiesto en el siguiente párrafo de Feyerabend: «¿es razonable suponer
que un punto de vista como el de la mecánica clásica, que se ha visto que es deficien­
te en varios aspectos, carezca de conceptos completamente adecuados, y no es igual­
mente razonable tratar de sustituir sus conceptos por otros de una cosmología ade­
cuada?, ¿por qué la noción de explicación habrá de llevar la carga de la exigencia de
continuidad conceptual? Se ha visto antes [...] que esta noción era demasiado estre­
cha y que tenía que ser ampliada para incluir conexiones parciales y conexiones
estadísticas, nada nos impide ampliarla aún más para admitir, digamos, la “explica­
ción por equivocación"».
En este sentido, la organización de la racionalidad o bien queda circunscrita al
plano de los principios de explicación, o es el ámbito más amplio de la construcción
de la relación de conocimiento; relación que constituye el campo de elección de las
estructuras explicativas alternativas, y que es una respuesta a la siguiente pregunta
del mismo Feyerabend; «¿qué mejor [...] que darse cuenta de que la elección entre
teorías que son suficientemente generales para damos una visión global del mundo
[...] puede llegar a se'r una cuestión de gusto?». Todo lo cual pone de manifiesto la
insuficiencia de que la relación de conocimiento obedezca estrictamente a condicio­
nes teóricas (Paul Feyerabend, op. cit., pp. 378-379).
92. Norwood Russell Hanson, op. cit., p. 97.

127
la observación (en función de una exigencia de objetividad) y
los criterios de interpretación de esta observación (en función
de un esquema teórico). «Si ver cosas diferentes implica la
posesión de conocimiento y teorías diferentes acerca de x, en­
tonces cuando veo la misma cosa debe tomarse q u izá [subra­
yado nuestro] como que los diferentes observadores compar­
ten conocimientos y teorías acerca de r.»93
En efecto, cuando pensamos en la construcción de la rela­
ción de conocimiento como el campo en que se pueden deter­
minar estructuras explicativas alternativas, estamos refiriéndo­
nos a una conexión con la realidad que no se limite a las exi­
gencias de un modelo teórico. Así, «el ver [subrayado nuestro]
puede que sea el elemento lógico que conecta el hecho de ob­
servar con nuestro conocimiento y con nuestro lenguaje».94 En
consecuencia, podría afirmarse que, en el marco de la cons­
trucción de objetos que no se derivan hipotéticamente, la teo­
ría sirve para organizar campos de observación sin llegar a
cristalizar en un eje explicativo.95
De esta manera, nos enfrentamos con la tarea de confor­
mar objetos que expresen una problematización que trascien­
da los límites de las determinaciones conceptuales formaliza­
das; por lo mismo, nos abocamos a la cuestión de cómo llegar
a definir un objeto con funciones de apertura hacia lo real,
antes de limitamos a deducirlo de ciertas premisas teóricas.
Esto supone basar nuestra investigación en una lógica del ob­
jeto que, en términos generales, apunte a la inclusión de su
movimiento, lo que significa subsumir cualquier estructura
teórica en un conjunto de posibilidades lógicas. De ahí que la
lógica de construcción del objeto devenga en la lógica de la
articulación de lo indeterminado en lo determinado.
La construcción de la relación de conocimiento, fundada
bajo la óptica de la construcción de objeto, dejará ver con cla­
ridad que preocuparse por el origen de una hipótesis no revis­
te solamente un interés «psicológico», sino que asume una
93. Ibíd., p. 98.
94. Ibíd.., p. 100.
95. Este tema será tratado en un capítulo posterior que se refiere a la descompo­
sición de los Corpus teóricos. También puede confrontarse con el apartado «La teoría
como forma de razonamiento y como sistema».

128
gran importancia gnoseológica; pues, como sostiene Hanson,
«los partidarios del enfoque hipotético-deduetivo evitan la con­
sideración del origen de una hipótesis, porque precisan que
sólo tiene un interés psicológico, o bien afirman que es sola­
mente un fruto del genio y no de la lógica [...]. Pero están
equivocados, ya que si tiene una lógica establecer una hipóte­
sis por sus predicciones, también la tiene la concepción de una
hipótesis».96
La capacidad de construir objetos más allá de las determi­
naciones teóricas obliga a pensar con base en relaciones posi­
bles (no teóricas) donde, si es que hay una estructura, ésta
será la del objeto; pero incluso ella tiene que ser concebida
como una «estructura potencial» que cuestiona lo dado teóri­
camente en función de una lógica de articulación por niveles
que reconoce como parámetro la apertura hacia lo real, la
que, a su vez, cuestiona cualquier referencia convencional. Por
eso es correcto, en oposición al esquema de la hipótesis, ha­
blar del objeto articulado.
La totalidad concreta en el marco del materialismo dialécti­
co (tal como nosotros lo entendemos), contribuye de manera
significativa a la lógica del objeto articulado por la potenciali­
dad de su función crítica (propia del momento epistemológico),
que encuentra su peculiaridad en su organización categorial: al
mismo tiempo que puede verse como un conjunto de afirma­
ciones sobre la realidad, también es un cuestionamiento de di­
chas afirmaciones teóricas sobre la base de su lógica de combi­
nar delimitación (exclusión de elementos) y articulación (inclu­
sión de elementos) para llevar a cabo el recorte de la realidad.
Desde esta perspectiva, el recorte de realidad empírica-ob-
servable se hace en función de un contenido determinado por
las mismas exigencias internas de los conceptos, pero, sobre
todo, en función de la relación posible con otros recortes pro­
pios de otros niveles de la realidad. En esta línea no todos los
paradigmas de razonamiento reconocen dicha posibilidad de
recorte para organizar la observación, en virtud de que su ca­
pacidad aprehensiva reflejada en sus conceptos no expresa la
potencialidad del movimiento de la realidad.
96. Norwood Russell Hanson, op. cit., p. 165.

129
La discusión anterior se proyecta en la cuestión relativa a
los principios de la racionalidad científica (coherencia, identi­
dad), en cuanto es útil para advertir acerca de la necesidad de
no confundir la función que cumplen dichos principios con la
formulación que se hace de ellos. Se trata de plantearse el
problema lógico en el marco de la relación con la realidad, y
no, como es lo usual, el de la construcción de la relación con
la realidad de conformidad con las exigencias lógicas. En este
contexto se aclara lo que significa hablar de una organización
«fluida» de la razón, no congelada ni formalizada; esto es, li­
berar la razón cognoscitiva de la limitación a que lleva la de­
formación epistemológica de identificarse con principios lógi­
cos para la construcción de la relación con la realidad; por
eso, preferimos hablar de formas de razonamiento en vez de
lógica de la razón cognoscitiva.
Desde esta ubicación es posible recuperar la riqueza que
contienen las relaciones formalizadas con la realidad cuan­
do son cuestionadas. Podríamos ilustrarlo con el concepto de
causa.
La crítica (a la concepción tradicional del concepto «cau­
sa»), en nuestra perspectiva, debe partir de la negativa a que
se imponga una «estructura» al razonamiento que sea reflejo
de un modo de explicación, de tal suerte que lo condicione
para que éste no pueda abrirse a la riqueza de la realidad. En
el caso general de los principios de la racionalidad científica,
resulta que éstos adquieren una estructura que es el resultado
de una cierta forma de razonamiento que, en el desenvolvi­
miento histórico del conocimiento científico, determina una
particular relación con la realidad, la cual tras una larga expe­
riencia de siglos, ha terminado por convertirse en la estructura
misma de la relación con la realidad. Esto puede ilustrarse con
el razonamiento matemático, que constituye una forma de re­
lación con la realidad basada en la construcción de ciertos ob­
jetos, que requiere de una estructura racional particular, pero
que termina por identificarse con la forma racional de pensar
la realidad.
La problematización de la relación que se establece con la
realidad ha de permitir encontrar los elementos que servirán
de marco para la comprensión de la naturaleza de los princi-
130
pios de la racionalidad (coherencia, identidad) que guían la
propia relación de conocimiento. De no hacerlo, se corre el
riesgo de confundir la capacidad de plantearse la realidad
como objeto con su transformación en contenido teórico.
Subordinar las estructuras lógicas a las exigencias episte­
mológicas contribuye a abrir la mente a la problemática pro­
pia de la relación con la realidad. No se trata de negar la vali­
dez de los principios racionales generales, sino de evitar que se
transformen en la única forma de razonamiento.97
La idea central es que las posibüidades de construir conoci­
miento, partiendo de tales principios, están determinadas por
la organización de la aprehensión en el marco de una particu­
lar relación con la realidad. En tanto la forma de razonamien­
to sea distinta a la asunción de principios lógicos universales,
se orienta a construir la relación con la realidad y, a partir de
ella, precisar el carácter de las exigencias de teorización que se
corresponden.
Una indicación gnoseológica inherente al materiahsmo dia­
léctico, vinculada con el concepto de lo concreto-específico, es
que hay que establecer la prioridad de las exigencias epistemo­
lógicas sobre aquellas de carácter lógico. Esto es, que lo «con­
creto» plantea a la función cognitiva la necesidad de su propia
construcción, en vez de quedarse en el examen de sus posibili­
dades de carácter teórico; pues si se trata de captar lo concre­
to-específico, la razón no ha de restringirse a proyectar el con­
tenido de una exphcación dada (lo que no implica que deba
negarse la importancia de la extrapolación teórica), sino tomar
en cuenta la relación con la realidad que ha servido de marco
para la determinación del contenido de conocimiento.
Para ilustrar lo anterior convendría recordar lo que le suce­
dió a Marx cuando, al discutir el carácter del método científi­
co, fue rechazando diferentes planos de la realidad como apa­
rentes, hasta llegar a una conceptualización que supone un
cambio en la relación del sujeto con la realidad. Es la presen­
cia de esta relación con la realidad la que sirvió de contexto al

97. La subordinación de las formas lógicas a las exigencias epistemológicas lleva


al planteamiento de las condiciones de objetividad del conocimiento sociopolítico, en
el marco de sus condicionantes y exigencias de historicidad (libro n, caps, n y III).

131
esquema conceptual interpretativo. Pero ocurre que el conoci­
miento de esta relación se ha efectuado siempre por medio de
hipótesis que se formulan en el interior del esquema explicati­
vo; esto ha llevado a la confusión entre forma de razonamien­
to y estructuras teóricas; mientras la primera está asociada
con una capacidad de cuestionamiento crítico, las segundas lo
están con la prueba o comprobación-empírica.
Esta distinción entre cuestionamiento epistemológico y
prueba reviste significación toda vez que se liga en la investi­
gación científica con una tendencia a limitarse al plano defini­
do por ésta (la prueba), y esta situación conlleva el riesgo de
reproducir la realidad implícita en la teoría, dejando sin acla­
rar si lo que se cuestiona por medio de la prueba es sólo el
contenido de conocimiento o bien el modo de razonamiento
frente a la realidad, implícito en la estructura teórica.
Lo expresado anteriormente se vincula con la idea de que
el concepto de realidad que se maneje tenga que ser explici-
tado, pues constituye una premisa epistemológica que confi­
gura una perspectiva de razonamiento que delimita o confor­
ma los campos en que la teoría ha estructurado sus funcio­
nes de conocimiento. Esta conformación de campos tiene la
función de determinar la naturaleza y extensión del ámbito
de realidad con el que se relaciona la teoría, pues llega a fijar
los límites del esquema conceptual-explicativo, diferentes de
los que se puedan inferir desde su propia capacidad explica­
tiva.
Nos parece importante destacar la conveniencia de no olvi­
dar este doble aspecto de la relación con la realidad para im­
pedir la autoproducción automática de la teoría. Este es el al­
cance que tiene la afirmación de que es la relación con la rea­
lidad (más allá de su validez teórica) la que, como instrumento
del razonamiento, configura los límites del esquema concep­
tual explicativo.
Se hace necesario establecer estas diferenciaciones, pues
¿en qué sentido es diferente el poder explicativo de una teoría
del ámbito de realidad con el que se relaciona? El poder de
explicación es la capacidad de organizar relaciones entre obje­
tos, perú en el interior de una delimitación que consiste en un
campo de objetos. Las limitaciones de la capacidad explicativa
132
de una teoría pueden hacerse manifiestas sin que ello ponga
en cuestión su campo de objetos. Este último tiene más que
ver con la exigencia epistemológica referida a la delimitación
de observables que con la lógica interna de la teoría y sus
posibilidades de ser verdadera o falsa.

La lógica de la crítica

Supeditar lo teórico a lo epistemológico para evitar reducir


la objetividad a una derivación teórica susceptible
de «ser comprobada»
Hemos sostenido que, en la construcción del conocimiento,
las exigencias teóricas deben quedar subordinadas a las exi­
gencias epistemológicas a fin de evitar que el razonamiento se
restrinja a la lógica interna del esquema explicativo. Esto se
pretende lograr mediante un razonamiento articulado por ni­
veles de la realidad, debido a que la totalidad problematiza en
la medida en que incluye relaciones posibles, las cuales, de ser
reales, cuestionarían lo ya delimitado. Estas relaciones posi­
bles surgen de concebir la realidad como articulación que obli­
ga a considerar cualquier afirmación, en el interior de lo deli­
mitado, como abierta a otras modalidades aún no determina­
das, aunque lógicamente posibles. De lo que se concluye que
la problematización no es el reflejo de problemas deducidos de
la teoría, sino de la apertura a la realidad en el marco de la
relación dado-dándose.
De esta forma, la totalidad constituye una organización
conceptual que no parte de una explicación, sino de la premi­
sa de que la realidad asume múltiples modos de articulación
entre sus niveles componentes, cuya captación es una necesi­
dad para el razonamiento. Lo que puede interpretarse como
un intento de vaciar de contenido a la totalidad, en el sentido
de que contenga explicaciones que reconozcan diferentes ba­
ses teóricas. El problema que se plantea es reconocer en el
interior del marco de la totalidad distintas estructuras explica­
tivas, o jerarquías en las determinaciones, acordes con las mo­
dalidades de concreción específica de la realidad; modalidades
133
que, al trascender la teoría, exigen múltiples formas de capta­
ción para garantizar recogerlas y reflejarlas como manifesta­
ciones de la totalidad articulada u objetiva.

La relación de conocimiento con la realidad se establece


por medio de un campo de objetos y no mediante
un objeto particular
Lo anterior nos plantea la necesidad de distinguir lo que es
la capacidad de leer la realidad desde una perspectiva teórica
de lo que es pensarla crítica o problemáticamente. En este úl­
timo caso, el pensamiento sobre la realidad no se restringe a
objetos preestablecidos, relacionados con algún marco teórico,
sino según un orden no sustantivo que trasciende lo teórico.
La postura se traduce en dos conceptos fundamentales
que tienen que manejarse en relación recíproca. Son los con­
ceptos «campos de objetos» y «objeto». El primero destaca la
conjugación entre esquemas conceptuales explicativos y las
exigencias epistemológicas de la articulación; ya que, si bien
los objetos pueden determinarse con base en una lectura teó­
rica de la realidad, la deducción posible a partir de la teoría
es problematizada mediante un razonamiento de apertura
hacia los contextos en que tal teoría puede cobrar su sentido.
De este modo, la determinación de los objetos que puedan
deducirse desde ella es enriquecida por un razonamiento crí­
tico de las mismas premisas teóricas, de manera que el obje­
to que se determine esté incluido en un campo de objetivi­
dad que lo cuestione, si se razona en función de la totalidad
articulada.
El campo de objetos cumple la función epistemológica de
colocamos fuera del corpus teórico para el uso de éste; no es
este el caso cuando se examina el objeto particular que se
haya seleccionado en el interior de un campo de objetos, que
exige ser explicado. Mientras que el objeto está asociado con
la explicación, el campo de objetos se vincula con la relación
con la realidad. Por eso es una forma de organización concep­
tual sobre la realidad que no constituye ninguna afirmación
sustantiva sobre ésta. Sirve, más bien, para delimitar objetos
134
posibles al romper con la restricción de la noción de objeto
encuadrado en el interior de un esquema teórico.
Debido a esto, el campo de objetos no da por establecida
ninguna clase de atributos o propiedades, sino que sirve para
transformar una concepción ontológica en una función episte­
mológica. Por eso, cuando utilizamos el concepto «totalidad
articulada» no nos referimos a una estructura dada a la cual
se le atribuye un contenido, sino que nos preocupamos por el
razonamiento mediante el cual se llevó a cabo su elaboración.
La totalidad articulada sirve para construir la realidad como
objeto de razonamiento, de ahí que contribuya a orientarlo
hacia la construcción del objeto, por medio del cual se trans­
forma la realidad en contenido de conocimiento. Esta cons­
trucción (en la medida en que el campo de objetos conjuga la
teoría con las exigencias epistemológicas) se fundamenta en la
determinación por exclusión (que corresponde a la delimita­
ción en función de exigencias teóricas) y, simultáneamente, en
la determinación por inclusión (que corresponde a la articula­
ción en función de exigencias epistemológicas); esto es, me­
diante el procedimiento basado en la dialéctica determinación-
indeterminación, que es congruente con el papel de lo indeter­
minado en la construcción de teorías para garantizar la priori­
dad de la objetividad sobre los esquemas teórico-explicativos.
En síntesis, se puede decir que estamos enfrentados al uso
epistemológico de los conceptos que, a diferencia de su utiliza­
ción teórica, ,no implica ninguna apropiación particular de la
realidad, en tanto atribución de propiedad ya establecida, sino
que tiene la función de configurar la realidad como un campo
de objetos posibles de ser construidos.

La diferenciación de lo concreto-específico del contenido teórico


Si todo objeto es parte de una configuración problemática,
o campo de objetos posibles, todo objeto incorpora elementos
que no provienep de la teoría. De ahí la importancia de que la
construcción del objeto no se restrinja a la exigencia propia
del corpus conceptual. La subordinación de la teoría a la cons­
trucción del objeto problematiza la teoría en función del cam­
135
po de objetos en que se traduce la relación con la realidad.
Esta relación, en tanto no está resuelta, plantea que no es sufi­
ciente partir de lo real asimilado ya como contenido teórico,
sino que es preciso aclarar la lógica de conexión con lo real,
que le es implícita; es decir, cuestionar cómo convierte a lo
real en pensable y no sólo en explicable. Este planteamiento se
orienta por la búsqueda de lo concreto-real prescindiendo de
lo que es definido como tal por los esquemas teórico-explicati-
vos que lo preceden. Enfatiza la capacidad del razonamiento
para reconocer campos de objetividades posibles antes que cir­
cunscribirse a la organización en contenidos estructurados
teóricamente. A esto llamamos aprehensión.
La aprehensión, en principio, es la capacidad para descu­
brir la teoría, en el marco de lo concreto-específico: requisito
que guarda relación con el reconocimiento de la potencialidad
de concreción, según las formas que asuma la articulación.
Pues en la medida en que la concreción es lo posible de articu­
larse y no lo dado-cristalizado, su análisis debe hacerse de ma­
nera que no se pierda el movimiento de lo real; lo que explica
que la aprehensión sea una forma abierta, no limitada a es­
tructuras particulares.98
Desde este ángulo debemos hacer una distinción entre dos
conceptos: lo concreto, según es definido por la teoría, y lo con­
creto como campo de objetividades que exige trabajar con for­
mas de aprehensión abiertas. En la práctica de la investigación,
lo anterior significa conjugar las. estructuras teóricas de explica­
ción con la exigencia del razonamiento que incorpora la situa­
ción concreta que debe pensarse. De lo que resulta que el refe­
rente real del pensamiento está constituido por una compleji­
dad entre lo dado (conceptual o empíricamente) y lo dándose o
potencial en función del campo de objetividades posibles.
Esto equivale a construir específicamente la situación con­
creta en vez de limitarse a considerarla como el correlato de
un esquema formalizado, bien restringida a un recorte empíri­
co-morfológico. Esta postura explica por qué se plantea al ob­
jeto el requisito de ser parte de una organización conceptual
que incorpore a la configuración problemática de la que es
98. Otros desarrollos sobre la aprehensión son planteados en el capítulo V.

136
parte, y que es el propósito de la aprehensión. Cuando la teo­
ría deja de lado la función de apertura problemática, se trans­
forma en un recorte de lo real que deviene rápidamente en un
marco rígido (parametral). Así es como lo concreto se identifi­
ca con lo determinado u objeto, dejando fuera su carácter de
lo determinable o, en el plano más metodológico, como cam­
pos de objetos.
Nos encontramos ante una forma de determinación abierta
que se vincula con el planteamiento de atribuir, en la cons­
trucción de la relación con la realidad, el predominio de la
exigencia epistemológica sobre la teórica. Hay que compren­
der esta construcción como un criterio de razonamiento que
supone un determinado uso de la teoría, de manera que la
realidad siempre quede fuera de los. contenidos enmarcados
por ésta, enriqueciéndose así el horizonte de abordaje de la
realidad.

Funciones gnoseológicas de la crítica

El mecanismo que permite asegurar el predominio de lo


objetivo sobre el pensar es la apertura hacia la realidad objeti­
va, que se logra por medio de la organización de la exigencia
de objetividad.

Predominio de lo objetivo: la apertura como organización


de la exigencia de objetividad
La idea de apertura se corresponde con el planteamiento
de la realidad como proceso y exige que el objeto, a partir y
mediante el cual se explica algo, se considere siempre abierto
a la constante transformación de sus referentes empíricos.
La idea de movimiento en que descansa la noción de aper­
tura se relaciona con el «cómo es» de lo real, con el «cómo es
posible de darse» y con el «cómo está siendo» de lo real; no­
ciones que se corresponden con las de lo «dado-potencial» o
«estructura-coyuntura», lo que proporciona una perspectiva
para el análisis del presente-futuro.
137
Si la realidad en movimiento se concreta en múltiples de­
terminaciones, su aprehensión reconoce diferentes dimensio­
nes, como son la estructura del movimiento (o nivel) y la tem­
poral (o corte). La dimensión estructural supone distinguir en­
tre lo empírico (o dado) y lo virtual (o potencial); mientras que
la dimensión temporal se refiere a lo que se prolonga en el
tiempo y a lo coyuntural. Ambas dimensiones se refieren a la
complejidad de niveles estructurales y a la amplitud de las es­
calas temporales. Ello implica que la dinámica del movimiento
real se despliega en diferentes niveles estructurales y escalas
de tiempo.
La distinción que hacemos puede compararse con los «cor­
tes integrados y múltiples» de Kula," que rompe con los lími­
tes teóricos en la medida en que la teoría utilizada aparece
subordinada a la forma del razonamiento totalizador. Se nos
plantea la posibilidad de transformar la función teórica (o ex­
plicativa), en función epistemológica (o de delimitación), en
forma que desde ésta se pueda regresar a aquélla. En este caso
tanto la teoría es enriquecida por el campo de objetividad in­
corporado como resultado de la construcción de la relación
con la realidad, como la propia aprehensión de la realidad al
no quedar sometida a aquélla. Pero esta posibilidad de trans­
formación de las funciones no se contiene en todos los esque­
mas teóricos, en la medida en que no todos pueden contener
las potencialidades de premisas epistemológicas como las de
naturaleza dialéctica.
Esto significa no considerar la teoría, stñcto sensu, como el
único o el más importante punto de partida, sino como un
elemento que, conjuntamente con el razonamiento, facilita la
definición de un objeto. En efecto, si consideramos exclusiva­
mente la teoría, se produce el salto directo al objeto sin la
mediación propia de la determinación del campo de objetos y,
en consecuencia, sin problematizarlo, y se pierde, consiguien­
temente, la riqueza de determinaciones que pueden incorpo­
rarse en la construcción del mismo.
La transformación de las funciones teóricas en funciones9
99. Witold Kula, Problemas y métodos de la historia económica, Barcelona, Penín­
sula, 1973, cap. IV.

138
epistemológicas plantea el problema de cómo una concepción
ontológica se transforma en forma de razonamiento, obligan­
do a distinguir momentos (que no lineales) en la construcción
del conocimiento, tales como: la aprehensión problemática de
lo real, la defunción del objeto y la explicación.
Entre estos momentos se establece una relación. La apre­
hensión, al coordinar el esquema teórico con la exigencia epis­
temológica de la articulación, delimita realidades que pueden
determinar cambios en los esquemas teóricos necesarios para
la construcción específica del objeto, convirtiendo el contenido
teórico ya organizado en el nivel de una articulación que se
abre hacia la objetividad. Por su parte la definición del objeto,
al llevarse a cabo en el marco de esta aprehensión problemáti­
ca, no es un producto exclusivo de una deducción, desde el
esquema teórico, sino una construcción que incluye la apre­
hensión problemática que sirve de marco para la determina­
ción teórica del objeto.100
Desde la perspectiva del círculo concreto-abstracto-concre­
to, la aprehensión problemática corresponde a la determina­
ción del concreto inicial.101 Efectivamente, se comienza con un
problema inicial identificable en la situación definida por una
temática para culminar con un objeto que sea parte de una
estructura teórica. Movimiento de apropiación de lo objetivo
que se organiza de acuerdo con las nociones de campo de ob­
jetos y de objeto, referidos, respectivamente, a las exigencias
epistemológicas y teóricas.

100. Para que la determinación teórica del objeto sea congruente con este plan­
teamiento, no se puede dejar de lado la relación en que se encuentra con respecto a
la problemática, la cual, al especificar a la teoría, sirve para esclarecer la naturaleza y
el alcance de la estructura explicativa.
101. Estamos pensando en la concepción dialéctica del movimiento concreto-abs­
tracto-concreto, que se ha desarrollado a partir del concepto de método diseñado por
Marx en La introducción de 1857 a la Contribución a la crítica de la economía política.
El tema del concreto inicial y su ascenso al abstracto no ha recibido la suficiente
atención si se compara con los análisis acerca del modo como la abstracción da
cuenta de la concreción histórica de la realidad. Consideramos que la abstracción
históricamente determinada, señalamiento epistemológico central de Marx, exige que
se profundice sobre el modo de construcción de esa abstracción. En este sentido, la
aprehensión cumple la función de determinar la base empírico-concreta desde la que
puede iniciarse el proceso de abstracción que dé cuenta del campo de objetos posi­
bles de teorizarse.

139
La configuración problemática
La configuración problemática (o campo de objetos), reco­
nocida de acuerdo con el criterio de que la realidad asume
diferentes modalidades de concreción, depende de que la deli­
mitación de lo real se haga según la exigencia de la articula­
ción. Esto es, de acuerdo con el nivel estructural y momento
temporal. Esta delimitación predomina sobre cualquier recorte
a priori de carácter teórico, pues queda abierta a la multiplici­
dad de las formas reales en su devenir; de ahí que sea necesa­
rio distinguir entre la construcción del marco epistemológico
que hace posible la captación y el contenido de lo racional­
mente captado.
El contenido de lo que se áprehende puede estar determi­
nado por la naturaleza del marco epistemológico, en cuanto
éste refleje un cierto nivel y un cierto momento de la realidad,
que imponen un determinado perfil a la reconstrucción de lo
real. Con ello se plantea que una misma realidad (en tanto
configuración problemática) pueda expresarse en diferentes
objetos, según el nivel y momento temporal que se considere,
y es, por lo tanto, base para distintas estructuras explicativas.
De este modo surge el problema de saber determinar nive­
les y momentos en el interior de la articulación, los que pue­
den dar lugar a una u otra estructura de explicación. Con
todo, lo que importa es no confundir lo real con ninguna de
las estructuras explicativas particulares que se pueden desarro­
llar a partir de determinados niveles y momentos de la articu­
lación.
La postura de que la realidad objetiva trasciende a la teoría
(rescate de la importancia de la «exterioridad objetiva») expre­
sa la idea de que la captación racional de lo real no se identifi­
ca con su explicación. Desde este punto de vista, la naturaleza
abierta de los esquemas conceptuales constituye la base para
pensar en la relación con la realidad, ya que problematiza al
esquema según el campo de objetividad que delimita la base
de opciones teóricas.
Por incluir más niveles de la realidad que cualquier teoriza­
ción, la configuración problemática sirve para organizar la co­
nexión con la realidad mediante formas de captación racional
140
que trasciende a una determinada explicación. Por lo mismo
son formas que no parten de hipótesis, sino de la propia confi­
guración problemática que sirve de contexto a distintas estruc­
turas de explicación, según sean los niveles estructurales y cor­
tes temporales que se consideren en el análisis.
El esfuerzo por avanzar hacia una forma de razonamiento
crítico-concreto, capaz de sustentarse y desarrollarse con su
propia fuerza, puede muy bien sistematizarse parafraseando
a Dietzgen:102 si nuestras ideas deben adaptarse a la verdad o a
la realidad —y no a la inversa, la verdad a nuestras ideas o
pensamiento—, debemos reconocer como naturalmente nece­
sario y verdadero el carácter cambiante de la realidad, pero
también debemos otorgar teóricamente a la razón la libertad
que esa realidad cambiante le impone.

Conclusiones

Recapitulando podríamos concluir en las siguientes propo­


siciones:
a) La concepción de la realidad como movimiento exige
que en el plano de la razón se trabaje con un enfoque dinámi­
co, que suponga una organización crítica de la razón.
tí) La organización crítica de la razón consiste en la capa­
cidad de ésta para abrirse hacia lo objetivo sin deformaciones
formalistas, ya sean lógicas o teóricas. La apertura consiste en
el mecanismo racional para definir líneas de razonamiento al­
ternativo, determinadas en función de la exigencia epistemoló­
gica de la totalidad concreta.
c) A partir de la función de la crítica se desprende que la
razón cognoscitiva es una construcción. La idea de construc­
ción se corresponde con el supuesto ortológico de la realidad
como movimiento. Esto implica un constante esfuerzo para
organizar la aprehensión de lo objetivo, que no significa negar
el conocimiento acumulado, sino, más bien, problematizar el
punto de partida teóricamente definido. Por esto sostenemos
que el movimietíto entre el momento epistemológico y el mo-
102. JoSeph Dietzgen, La esencia del trabajo intelectual, México, Grijalbo, 1975.

141
mentó teórico es un requisito en la construcción de todo cono­
cimiento.
d) En consecuencia, la forma racional crítica se funda­
menta en el predominio de la función epistemológica sobre la
función teórica; en este contexto hablamos de forma de razo­
namiento y no de lógica de la razón cognoscitiva.
e) La función de la crítica se expresa en el cuestionamien-
to de los límites, a lo que alude precisamente el predominio de
lo epistemológico. Este rasgo de la crítica se materializa en las
organizaciones no atributivas de propiedades, con las que la
realidad comienza a transformarse en realidad aprehendida.
f) La captación de lo concreto-específico se traduce en una
forma de razonamiento centrada en la lógica de construcción
de objetos, fundada en la idea de campo de objetos posibles
(véase Apéndice, a continuación).

APÉNDICE
Por ejemplo, aquella tranquilidad de espíritu o ataraxia (el cheng
ching taoísta), de la que hablaba Epicuro cuando invocaba la necesi­
dad de situarse frente a la realidad por encima de los prejuicios y
creencias míticas, implicaba «una postura de desafío frente al univer­
so, una falta total de reverencia, una compleja ausencia de temor»,
que «congenia en lo esencial con la conciencia científica» y que «ha
servido para mantener espiritualmente a multitud de personas» hasta
nuestros días. De esta manera el desarrollo de la conciencia científica
ha modificado la relación del hombre con la naturaleza mediante «la
violencia brutal con que el espíritu científico arrastra hacia zonas de
luz un misterio tras otro»;103proceso de conquista que desde los grie­
gos supuso una lucha por el control de la verdad. Si acordamos con
Platón que «el gobierno es el que tiene más libertad para mentir»,104
todos los esfuerzos del pensamiento por la búsqueda de la verdad y el
rechazo de la función de legitimación que se ha pretendido cumple el
conocimiento científico han revestido un carácter siempre heterodoxo.
El antagonismo que enfrentó a los filósofos jónicos con las oligar­

103. Joseph Needham, op. cit., p. 87.


104. Benjamín Farrington, op. cit., p. 201.

142
quías de las ciudades griegas, a un Bruno con la Iglesia, a un Spinoza
con la escolástica judaica, a un Marx con la burguesía es, básicamen­
te, la lucha entre la conciencia objetiva y liberada del síndrome de
valores y posturas ideológicas atávicas, propio de los intereses domi­
nantes. La necesidad de liberar al hombre con base en un conocimien­
to «de la naturaleza y de la historia como guía del destino huma­
no...»,105 encuentra su origen, por lo menos en Occidente, en el hom­
bre jónico «que afrontó la naturaleza con la confiada esperanza de
estrujar todos sus secretos sólo con sus posibilidades», cuando el hom­
bre desata su curiosidad desinteresada o teoría.
Se inicia el proceso de liberación racional que se acompaña de una
estructura de lo racional como «mecanismo del pensar», y su sujeción
a ciertas reglas «de la lógica formal y discursiva: el principio de identi­
dad, el de contradicción y el de tercio excluso, el silogism o»,106 que se
mantendrá sin variantes a pesar de la cambiante experiencia. Se co­
mienza a producir una suerte de disociación entre la «cuestión de un
en-sí, algo objetivamente razonable» y lo que la estructura del pensar
define como tal. Sin embargo, cada vez que «hablamos de filosofía en
sentido enfático [...] nos encontramos frente a una concepción objetiva
de la razón que se refiere a la totalidad de lo existente»,107 de forma
que lo objetivo es lo racional en la medida en que sea dicha totalidad;
lo que sugiere exigencias allí contenidas que pueden influir sobre la
razón, provocando cambios en el «esqueleto» lógico del pensamiento.
La estructura de la racionalidad se puede complicar y ampliar de con­
formidad con la complejidad y ampliación de las estructuras sociales y
de los espacios desde los cuales la praxis puede intervenir sobre la
realidad social.

105. Ibtíí., p. 204.


106. Max Horkheimer, «Sobre el concepto de razón», en Theodor Adomo y Max
Horkheimer, op. cit., p. 270.
107. Ibúi., p. 271.

143
IV
EL PAPEL DE LA TEORÍA

Por constituir la problematización un rompimiento de los


límites teórico-formales para que el pensar sea aprehendido y
no puramente explicativo, se plantea que la teorización sea ne­
cesariamente posterior.1De esta manera la relación con la rea­
lidad no queda condicionada por las «estructuras teóricas ex­
plicativas», o por lo que Althusser llama el objeto formal teóri­
co con base en el razonamiento, «que sólo puede acceder al1
1. Cabe señalar que la problematización debe ser diferenciada de la conjetura.
Las diferencias residen en que mientras la conjetura es función de una teoría que,
entendida como programa (Lakatos), se expresa en hipótesis, la problematización no
lo es, ya que consiste más bien en articular la realidad como objeto, antes que cues­
tionar directamente una teoría. Esto se relaciona con la idea y función de la teoría
misma.
Si tomamos como base la formulación de Lakatos, en el enfoque «conjetura-pro­
grama teoría auxiliar» el «núcleo» es un objeto teórico, mientras que en el enfoque
de lo problematizador el «núcleo» representa una afirmación articuladora de posibles
niveles susceptibles de transformarse en objetos teóricos. En otras palabras, en el
enfoque conjetura-núcleo predicativo, la teoría es una estructura de proposiciones
sobre determinados hechos; mientras que en el enfoque problematización-núcleo-no-
predicativo, la teoría es una articulación determinada, en cuyo interior se contienen
alternativas en lo que se refiere a la estructura de las determinaciones.
En este mareo hay que enfatizar que cuando pasamos de la conjetura a lo proble­
mático, el razonamiento se desplaza del modelo de explicación, con su lógica de la
prueba, al modelo de reconstrucción, con su lógica de construcción del objeto. Desde
el plano de la teoría esto quiere decir trabajar con conceptos ordenadores y no con
hipótesis.

145
conocimiento de los objetos real-concretos con la condición de
trabajar también y, al mismo tiempo, sobre objetos formal­
mente abstractos».2 Desde nuestra óptica estos objetos no son
teorías (tomadas éstas en el sentido de la explicación por vía
de la deducción), sino modos de organizar una relación con la
realidad de conformidad con una lógica de construcción del
objeto, fundada en una exigencia de objetividad, que permite a
su vez, marcar la distinción entre función epistemológica y
teórica. Así, mientras la función epistemológica delimita cam­
pos de observación, al implicar campos de posibilidades conte­
nidos en lo formal-abstracto, la función teórica sirve para esta­
blecer un orden de jerarquías determinables en el plano de lo
concreto-real.
Problematizar la relación con la realidad (al exigir objeti­
varse) supone romper con las determinaciones teóricas sin im­
portar si éstas son verdaderas o falsas. Esto es todavía más
necesario al tratarse del conocimiento social, en el que la rela­
ción con el objeto «nunca es de puro conocimiento, pues los
datos se presentan como configuraciones vivas, singulares; en
una palabra, demasiado humanas, que tienden a imponerse (al
investigador) como estructura de objetos».3
Es necesario, por lo mismo, problematizar la relación con
la realidad para controlar las conformidades producidas por
las estructuras teóricas, pues de lo contrario se puede incurrir
en la omisión de ciertos temas que «la tradición profesional no
[...] reconoce dignos de ser tenidos en cuenta», o, a la inversa,
incluir «problemas que se exigen plantear porque ocupan un
lugar destacado en la jerarquía consagrada de los temas de
investigación».4 Por ello es necesario evitar la mediación de la
teoría en la delimitación de universos (en tanto éstos aparez­
can conformados por exigencias definidas por la teoría, tales
como «co-variación, dirección causal y ausencia de relaciones
espúreas»),5 pues de otro modo ellos serán el producto de un

2. Louis Althusser, Sobre el trabajo teórico: dificultades y conceptos, Barcelona,


Anagrama, 1970 (Cuadernos Anagrama), p. 25.
3. Pierre Bourdieu et al., El oficio de sociólogo, Buenos Aires, Siglo XXI, 1975, p. 29.
4. Ibíd., p. 47.
5. Stmchcomb, La construcción de teorías sociales, Buenos Aires, Nueva Visión,
1970, p. 68.

146
razonamiento cuya lógica implícita soslaye la construcción
de la relación con la realidad. El razonamiento constructor de
teorías queda, de esta manera, subordinado a la función de ex­
plicación.
Los universos de observación deben primero ser el produc­
to de una reconstrucción articulada de lo real, para enseguida
poder convertirse en puntos de partida de un razonamiento
explicativo. Antes de conocer hay que construir la relación con
la realidad, que constituye la aprehensión del conocimiento
anterior a la formulación de juicios predicativos. Hay que
complejizar esta relación para enriquecer asimismo el conteni­
do de las proposiciones teóricas, en forma tal que no se for­
mulen exclusivamente con base en la acumulación de conoci­
miento. En este sentido no compartimos el juicio de Stinch-
comb6 acerca de que «resulta poco útil discutir conceptos sin
hacer referencia a teorías sustantivas»; por el contrario, consi­
deramos que «la perfección conceptual» puede avanzar sin ne­
cesidad de un incremento del conocimiento sobre «el funcio­
namiento del mundo». La diferencia reside en que desde nues­
tra perspectiva el avance que consiste en la «localización de
fenómenos» no implica localización en términos de causa y
efecto, sino de un campo de relaciones posibles, que es el pro­
ducto de una reconstrucción articulada que constituye la base
a partir de la cual los «fenómenos» se someten a un proceso
de especificación creciente de su contenido. Por lo tanto, es
necesario que el punto de partida no sea el reflejo escrito de
una proyección teórica (lo que no significa, como diría Bunge,
«proceder sin ideas»),7 sino el desarrollo de la función gnoseo-
lógica de la intuición para «animar, y no aplastar dogmática­
mente, todo intento serio de enriquecer el sistema problemáti­
co accesible en el actual marco teorético».8
Para ello es necesario saber leer lo teórico desde fuera de lo
teórico. Es una exigencia de la capacidad de problematización
frente a la inercia de la acumulación teórica, pero también de
lo que Foucault ha llamado la «economía política de la ver­

6. Ibid., p. 52.
7. Mario Bunge, La investigación científica, Barcelona, Ariel, 1976, p. 421.
8. Ibíd., p. 619.

147
dad»,9 en la medida en que plantea el problema de descubrir la
especificidad de las condiciones que conforman el carácter de
la «verdad» en nuestras sociedades. Precisamente es sobre las
condiciones que conforman «la política de la verdad» que ha de
ejercerse el principal trabajo crítico problematizador.
Lo anterior significa que la crítica problematizadora es un
cuestionamiento de las formas teóricas cerradas ya cristaliza­
das tanto por el «tipo de discurso científico» como por la «ne­
cesidad de verdad para la producción económica como para el
poder político», o por los mecanismos de circulación del cono­
cimiento, como son los «aparatos de educación o de informa­
ción». Procedimiento que permite abrirse a la objetividad al
superar al estadio de la sociología crítica de la verdad, de Fou-
cault, en una lógica de construcción del conocimiento que
rompa con los moldes del uso impuesto y con su fuerte ten­
dencia a la cristalización histórica de la teoría.
Se busca una problematización que recupere la historicidad
del conocimiento desde su construcción y según un uso crítico
de la acumulación. Esto es, recuperar la dimensión heurística
que (por no descansar simplemente en una acumulación lineal
del conocimiento) requiere determinar una base desde la cual
poder apropiarse de lo acumulable. Lo que obliga a resolver
cómo se establece la relación entre el problema en cuestión y
las teorías pertinentes para su comprensión (según la perspecti­
va de las opciones teóricas que resulten reconocibles según la
reconstrucción articulada de universos de observación).10
De ahí que la problematización no sea el cuestionamiento
de lo dado desde un ángulo teórico o disciplinario, sino desde
la exigencia epistemológica definida por la reconstrucción ar­
ticulada que permita definir la base de opciones para teoriza­

9. «Cada sociedad tiene su régimen de verdad, su política en general de la ver­


dad: los tipos de discurso que ella acoge y hace funcionar como verdaderos; los
mecanismos y las instancias que permiten distinguir los enunciados verdaderos o
falsos, las técnicas y los procedimientos que son valorizados para la obtención de la
verdad...» (cfr. Michel Foucault, Microfisica del poder, Madrid, Ediciones de la Pique­
ta, 1979, p. 187).
10. Se trata de buscar una respuesta a la afirmación: «los elementos conceptuales
utilizados en la construcción de una teoría no dependen sólo del sistema del proble­
ma que debe resolver la teoría, sino también del conocimiento y de las técnicas
disponibles» (cfr. Mario Bunge, op. cit.).

148
ciones sobre objetos posibles. La problematización permite de­
terminar, mediante las relaciones posibles entre los elementos
del problema originario, un campo de posibilidades de opcio­
nes que impida una apresurada selección de un corpus teórico;
pero la determinación de esta opción exige que se distinga en­
tre «problema» originario y objeto. El «problema» se transfor­
ma en «objeto» cuando la dinámica de la articulación da lugar
a una articulación-jerarquizada, pero el paso del problema al
objeto requiere considerar los diferentes planos en que el pro­
blema manifiesta su objetividad, especialmente si considera­
mos la influencia que tienen, para determinar la objetividad
del objeto que se construye, el nivel estructural de la articula­
ción y el recorte en el tiempo.
Si lo anterior se examina desde el ángulo de la construc­
ción de la relación de conocimiento significa que, en vez de
partir de objetos teóricos, se parte del campo de objetos, esto
es, de la subordinación de la teoría (considerada, como siste­
ma) a las exigencias de objetividad incluyente de niveles. Y
esta subordinación implica considerar la teoría como instru­
mento del razonamiento antes que como sistema explicativo.
En este sentido, en el análisis de Marx, la formación social
inglesa del siglo xrx no constituye un objeto sino la situación
problematizadora que, a partir de un campo de posibilidades
de objetos, sirve de base para diferentes opciones teóricas se­
gún la forma de resolver la relación con lo real, lo que permi­
tió la construcción del objeto teórico «modo de producción».
Concebir la teoría como intento de razonamiento lleva a
criticarla en su acepción como sistema explicativo, lo que se
proyecta en un determinado modo de usarla que rompe con el
ángulo de la lógica hipotético-deductiva que la considera como
sistema. El uso crítico-problematizador de la teoría exige rom­
per con este carácter de sistema al transformarla en campo de
selección de los instrumentos para construir la relación de co­
nocimiento, que constituye el marco de exigencia epistemoló­
gica para permitir avanzar en la progresiva transformación de
las relaciones posibles en contenidos teóricos-explicativos.111

11. Para una discusión más detenida podemos utilizar como referencia el si­
guiente texto de Bunge (cfr. La investigación científica, p. 607): «El ámbito de una

149
La teoría como forma de razonamiento y como sistema
Analicemos la relación entre la teoría como instrumento de
una forma de razonamiento y su capacidad como sistema para
deducir consecuencias con un ejemplo sacado de Boudon.
Boudon encuentra que la teoría de Parsons de la estratifi­
cación social no cabe en ninguna de las distinciones formula­
das por Popper para determinar la cientificidad. Por un lado,*V)

teoría puede considerarse como un conjunto constituido por los siguientes subgru­
pos: I) el conjunto de los explicanda conocidos, o sea de los datos y las construccio­
nes de nivel bajo disponibles; n) el conjunto (desconocido) de los explicanda no
conocidos de la misma naturaleza que los del anterior subconjunto; III) el conjunto
de los explicanda conocidos pero de otra naturaleza, no tomados en cuenta al propo­
ner inicialmente la construcción; IV) el conjunto (desconocido) de los explicanda no
conocidos por el momento, de naturaleza distinta y no contemplados inicialmente; y
V) el conjunto de los explicanda lógicamente posibles, concebibles a base de otras
construcciones, pero imposibles, según la construcción dada...».
El párrafo anterior se refiere al ámbito de la teoría, pero cabe discutir el proble­
ma desde la perspectiva de la relación entre la lógica intema de la teoría y el uso de
ésta como instrumento de razonamiento para aprehender la realidad. El «conjunto
de los explicanda conocidos...» (I) se refiere a lo que la teoría define como recorte de
la realidad, que se especifican mediante explicanda «no conocidos» pero posibles de
articularse por ser «de la misma naturaleza» (n); o bien de explicanda «conocidos
pero de otra naturaleza, no tomados en cuenta al proponer inicialmente la construc­
ción» (HI), cuya consideración implica transformar el ámbito que constituye el con­
tenido mínimo de la teoría (I). El problema es impedir que el ámbito de la teoría
cristalice, ya que la ampliación del ámbito teórico (I) se basa en el conocimiento o en
cierta determinación acerca de la naturaleza afín de los elementos de la realidad.
Para ello es necesario su problematización con base en el conjunto de explicanda «no
conocidos, de naturaleza distinta y no contemplados inicialmente» (IV); pero funda­
mentalmente con base en los «explicanda lógicamente posibles» (V).
Son estos últimos los que sirven de base a la perspectiva de transformar la teoría
en un instrumento de razonamiento, ya que lo específico del ámbito de explicanda
conocido (I) se abre en función de la articulación de relaciones posibles; de esta
manera lo específico del ámbito teórico (I) es problematizado con base en relacio­
nes lógicamente posibles (IV) y (V), que cumplen la función de establecer relaciones
entre esferas de la realidad más allá de las relaciones teóricas establecidas. Por eso la
determinación del ámbito de la teoría se transforma en una forma de razonamiento
que toma en cuenta elementos conceptuales provenientes de diferentes conjuntos
teóricos.
Problematizar el recorte de la delimitación teórica significa poder reconocer en su
interior un campo de relaciones posibles; pero éstas, en tanto posibles, reflejan una
articulación potencial, en ningún caso ya dada, y en consecuencia definen un conte­
nido virtual. Este contenido se abre a una exigencia de objetivación que trasciende
los límites de la articulación. En el fondo, se trata de subordinar la deducción al
razonamiento constructor de teoría, y de subordinar la fase teórica de la apropiación
de lo real a las fases de la apropiación particulares de la delimitación del ámbito de
partida y su consiguiente y creciente especificación.

150
dice, conduce a consecuencias directamente comprobables con
los datos de la observación (las encuestas prueban que la fun­
ción de profesor de Universidad está menos valorada en los
Estados Unidos que en Alemania, que las funciones políticas
no son objeto del mismo anhelo, etc.); no se trata, pues, de
una teoría «metafísica».
Sin embargo, por otra parte, es difícil considerarla como
una teoría refutable. «Es difícil, en efecto, imaginar el hecho
o la observación que conduciría a rechazarla. Esto proviene,
en gran parte, de que la deducción de la teoría y sus conse­
cuencias no es una deducción en sentido estricto. Las con­
secuencias pueden ser explicadas por la teoría, pero no son,
precisamente hablando, deducidas de ella. Más exactamente,
cada consecuencia se extrae de la teoría gracias a un conjunto
de especificaciones y de proposiciones suplementarias. Estas
especificaciones tomarían el aspecto de una teoría ad hoc si la
teoría primaria a la que acompañan no permitiera explicar un
gran número de fenómenos y no fundamentara su'validez y su
generalidad.»12
Si ahora confrontamos desde nuestro ángulo las formula­
ciones anteriores, se puede concluir lo que exponemos en la
tabla de la página siguiente.
Si reformulamos el problema desde la perspectiva de la
construcción de la relación de conocimiento, observamos que
la teoría no se construye con base en una deducción o a partir
de una capacidad de explicación acumulada, sino en función
de la construcción de la relación de apropiación de lo real. En
este sentido la secuencia de los pasos debería ser la siguiente
y, respetando la numeración anterior:
6
7 < ’ —► 1 — 2 — ►3 — 4
5

Esto es: los números están referidos a la secuencia de los


pasos del razonamiento, señalados anteriormente en la colum-

12. Raymond Boudon, Los métodos en sociología, Buenos Aires, Siglo XXI, 1975,
p. 229.

151
Secuencia de los pasos Análisis de los pasos
del razonamiento
1) «Es difícil imaginar el hecho o Teoría sin criterio de refutabilidad.
la observación que conduciría
a rechazar la teoría.»
2) «Esto proviene, en gran parte, Subordina la derivación (teoría)
de que la deducción de la teo­ a la reconstrucción en que ésta
ría y sus consecuencias no es puede adoptar un contenido com­
una deducción en sentido es­ pleto.
tricto.»
3) «Las consecuencias pueden ser Las consecuencias, al no ser deri­
explicadas por la teoría; pero vaciones, son, más bien, el conte­
no son deducidas de ella» nido de una situación reconstrui­
da en función de un objeto.
4) «Cada consecuencia se extrae No es solamente un problema de
de la teoría gracias a un con­ operadonalización, sino de una re­
junto de especificaciones y de construcción conceptual; por eso
proposiciones suplementarias.» la especificación, más que ser un
recurso metodológico, constituye
una lógica de apropiación de la
objetividad enmarcada en pará­
metros diferentes.
5) «Especificaciones que serían La especificación como adecua­
una teoría ad hoc si la teoría ción de un corpus genérico consis­
primaria a la que acompañan te en el establecimiento de las re­
no permitiera explicar un gran laciones de inclusión y apertura,
número de fenómenos y no antes de la formulación de propo­
fundamentara su validez y su siciones teóricas en su interior.
generalidad.»
6) «Tiene sin duda una validez La observación lo es de los ele­
científica, por una parte, por­ mentos contenidos en los univer­
que es congruente con la ob­ sos de observación.
servación.»
7) «Porque explica un gran nú­ Relación de determinación a par­
mero de fenómenos sociales de­ tir de un concepto base. Concepto
pendientes del terreno de valo­ base determinador de universos
rización diferencial de la ac­ de observación, pero que contiene
ción social y de los mecanis­ una exigencia de relaciones de de­
mos de estratificación.» terminación.

152
na de la derecha. Lo que queda explicitado en el esquema 1.
Como se plantea en éste, el razonamiento se inicia con la
construcción de un conjunto de conceptos que sirven de base
a observaciones en tomo de un problema, como «la valoriza­
ción diferencial de la acción social y los mecanismos de estra­
tificación»; eso implica delimitar universos de observación des­
de estos conceptos. La observación, por lo tanto, se restringe a
los elementos que se contienen en los universos definidos con­
ceptualmente. Sin embargo, si los universos son posibles de
"articularse, el contenido de los universos de observación (que
cumplen la función de relacionar el concepto con lo empírico)
se redefinirán en función de esta exigencia. Se llega de este
modo a un recorte de la realidad que enriquece al que se defi-

Esquema 1
Relación de determinación a partir de un concepto base (7)
Entonces:
La observación lo es de los ele­ La especificación, como adecua­
mentos contenidos en los univer­ ción de un corpus genérico, con­
sos de observación (6). siste en el establecimiento de las
relaciones de inclusión y apertu­
ra, antes que en la formulación
de proposiciones teóricas (5).

í
Lo que significa:
Subordinar la derivación a la reconstrucción en que la teoría puede
adoptar un contenido concreto (2).
i
Las consecuencias al no ser derivaciones, son, más bien, el contenido
de una sistematización reconstruida en función de un objeto (3).
i
No es solamente un problema de operacionalización el que se enfrenta
con el uso de la teoría, sino de reconstrucción conceptual en función
de situaciones enmarcadas en parámetros diferentes (4).

153
ne en términos de la inferencia desde el contenido de los con­
ceptos y sus inferencias de observaciones, de forma que sea
congruente con la exigencia de delimitación-articulación.
Lo anterior supone subordinar el esfuerzo de derivación a
la reconstrucción del problema, con base en pensarlo articula­
damente para que así la derivación teórica pueda asumir un
contenido específico, que se expresa en la construcción de un
objeto.
De esta manera las llamadas «consecuencias» del concepto
constituyen el contenido definido en función de esa recons­
trucción, concretada en tomo de un objeto que sirve de eje
teórico; por lo tanto, cuando se habla de que «cada consecuen­
cia se extrae en la teoría gracias a un conjunto de especifica­
ciones y de proposiciones suplementarias», se alude no tanto a
una operacionalización ad hoc como a la apropiación concebi­
da como un proceso que tiene lugar en relación con situacio­
nes caracterizadas por diferentes parámetros.

La teoría y el progreso científico

La lógica intema en el uso de la teoría, reseñada anterior­


mente también puede plantear distintas visiones sobre el signi­
ficado del progreso científico; lo cual tiene importancia vital
en la medida en que conforma otro de los parámetros funda­
mentales para el sujeto preocupado en la producción de cono­
cimiento por medio de las rélaciones de apropiación que él
establece con la realidad. En este sentido puede verse que en
la acepción generalmente aceptada desde la postura de un ra­
cionalismo crítico, el progreso consiste en un ajuste de la teo­
ría para dar cuenta de nuevos contenidos empíricos; sin em­
bargo, también puede significar la especificación de la teoría
de manera de poder reformularla en función de una situación
problemática. En uno u otro caso, el concepto de teoría devie­
ne en una realidad corroborada (en la perspectiva de Imre La­
icatos), por lo que su «progreso» se basa en la capacidad expli­
cativa. Capacidad de explicación que es la exigencia que se
plantea desde la teoría para hacer posible la corroboración.
La teoría, entonces, se desarrolla por crecimiento; esto es,
154
trascendiendo sus límites en el sentido de los «excedentes de
contenidos corroborados», de acuerdo con la terminología
de Popper.
En una segunda óptica, la teoría es un descubrimiento de
las potencialidades que se contienen en el interior del campo
de realidad sobre la cual se desarrolla, sin mediar ninguna
ampliación de la teoría. Por lo tanto, ésta se desarrolla por
especificación; esto es, por medio de, una profundización en el
interior de sus límites. Es el caso de las teorías sobre el estado,
la teoría de las clases, etc., que se «desarrollan» por medio de
su especificación en situaciones históricas concretas.
La forma de evaluar uno y otro tipo de teoría será diferen­
te. El planteamiento de Popper de salvar una teoría mediante
hipótesis auxiliares en condiciones bien definidas, es propio de
las teorías que se desarrollan mediante su crecimiento; en
cambio, las teorías que se van especificando, se ajustan y/o
modifican mediante su capacidad para construir objetos en el
interior de un campo de objetos que puedan reconocerse
como posibles.
Lo anterior nos obliga a distinguir entre lo que es «descu­
brir hechos nuevos», en el sentido de la serie de teorías de
Lakatos, de lo que es especificar una teoría. La primera opción
de desarrollo del conocimiento tiene lugar por medio del mo­
delo de falsación; mientras que en el segundo, el desarrollo se
concibe mediante la construcción de objetos que cumplan con
la función de reconstruir la articulación, la cual especifica a la
estructura de jerarquía de las determinaciones.

Estructura y funciones de la teoría

Cuando se afirma que «lo menos que debe exigirse de una


teoría científica» es que constituya un «sistema hipotético de­
ductivo» con capacidad de «explicación y predicción» y que
sea «contestable», se sigue un enfoque de inspiración poppe-
riana.13 Si nos atenemos a la crítica que hace Merton del con­
cepto de teoría, se puede problematizar dicha afirmación en lo
13. Mario Bunge, op. cit., p. 516.

155
que respecta a las ciencias sociales, ya que, de acuerdo con su
planteamiento, antes de que propiamente aparezca «la teoría»,
tiene lugar un proceso de formación de conceptos que cumple
la función de orientaciones generales que «proporcionan un
contexto general para la investigación» y «facilitan el proceso
de llegar a determinar hipótesis». Solamente cuando tales con­
ceptos se «relacionan entre sí en forma de sistema, empieza a
aparecer la teoría».14
De esta manera resulta que, antes de tener cualquier siste­
ma con capacidad de deducción de consecuencias empíricas,
tenemos recortes de la realidad determinados por tales orien­
taciones generales, en donde estas orientaciones generales, sin
embargo, no sirven para pasar directamente a la sistematiza­
ción. Sólo sobre la base de la formulación de relaciones hipo­
téticas, estas orientaciones, al representar una selección y or­
denación de determinaciones, implican un recorte de la reali­
dad observable. Por lo tanto, resulta claro que cuando habla­
mos de orientaciones generales y de sistema conceptual no so­
lamente establecemos una diferencia lógica, explicable por la
función que aquéllas cumplen de preparación para la formula­
ción de hipótesis, sino que, además, enfrentamos un diferente
recorte de universos de observación.
Los conceptos constitutivos de las orientaciones generales
configuran universos particulares que no mantienen relación
entre sí en la medida en que no constituyen un sistema. En
cambio, el sistema conceptual transforma los universos ante­
riores en otros que se identifican con la función de explica­
ción, esto es, con el universo configurado por las consecuen­
cias empíricas que pueden deducirse del Corpus teórico. En
esta situación, el paso de un recorte a otro es posible con base
en una relación con la realidad que se define desde el sistema;
por eso mismo, otras alternativas de relaciones potenciales se
pierden.
En realidad, el uso de la teoría supone entender cada con­
cepto como instrumento de observación que pueda problema-
tizarse en su relación con la realidad, y no exclusivamente en

14. Robert K. Merton, Teoría y estructura social, México, Fondo de Cultura Eco­
nómica, 1964, p. 99.

156
función del esquema del cual forma parte. Esta posibilidad ló­
gica es propia de todos los conceptos, en cuanto «constituyen
las definiciones (o las prescripciones) de lo que debe observar­
se», sin tener por qué subordinarse a las exigencias lógicas de
la deducción propia de un sistema conceptual.
La capacidad de estructurar universos de observación que
no coincidan con la simple «deducción teórica», descansa en
la capacidad de reconocer las diferentes modalidades de con­
creción de lo real que, como hemos afirmado, tienen que tener
.expresión en los mecanismos de apropiación racional de la
realidad.
Desde esta perspectiva, la proposición mertoniana de las
orientaciones generales puede ser reenfocada de manera que
cada uno de sus elementos constituyentes pueda abrirse hacia
la objetividad mediante la problematización y conformar, en
consecuencia, la delimitación de universos de observación que,
sin convertirse en el contenido de ningún sistema conceptual,
constituya la base para diferentes opciones de teorización.15
En este sentido, la polisemia del concepto «teoría» (que
Merton constató en su análisis) reconoce su raíz en la confu­
sión de lo que es la teoría entendida como sistema hipotético
deductivo (con capacidad de explicación y previsión) con la
apropiación racional de la realidad, que incluye mecanismos
anteriores a la función de explicación de la teoría. Se puede
decir, en consecuencia, que las siete acepciones de Merton so­
bre la teoría representan diferentes determinaciones de lo teo-
rizable, según sea el recorte de la realidad que delimiten.
La esencia de la discusión anterior es no confundir la rela­
ción con la realidad con la estructura explicativa. Cabe pre­
guntarse, a este respecto, acerca de otros criterios de funda-
mentación que puedan definirse para seleccionar una teoría y
15. Sin embargo, conviene recordar que la apertura hacia la objetividad no es
una operación que sea autónoma de la concepción que se tenga de la realidad. En
efecto, no es posible organizar racionalmente dicha apertura sino con base en las
exigencias epistemológicas de construcción que plantea la objetividad, de conformi­
dad con el concepto que se tenga de ella. Por consiguiente, si se parte del concepto
de realidad como «totalidad orgánica» (para utilizar la misma expresión de Marx en
La introducción de 1857), la apertura debe ser congruente con dicho concepto, situa­
ción que será diferente para el caso de que se conciba la realidad como aglomeración
de entes aislados sujetos a relaciones mecánicas entre sí.

157
que no sean los de la prueba (que operan «ex-post» construi­
da), sino parte del proceso de la construcción teórica. Una res­
puesta a esta interrogante nos remite al momento que deno­
mináramos de las opciones teóricas, que no obedece simple­
mente a las decisiones puramente subjetivas del investigador.
La idea de campo de opciones teóricas se vincula con el
planteamiento de la capacidad de objetivación, pues subordina
la teoría como sistema a la capacidad de abrirse a la realidad
objetiva. Ha habido preocupación por estudiar este momento,
aunque no siempre con la claridad necesaria para fijar si es
posible una organización lógica suficientemente operativa. Así,
Bourdieu16 sostiene que «la literatura metodológica ha procu­
rado siempre [...] evitar explícitamente la consideración de los
ways of discovering en favor de los ways of validation»; esto es,
se ha dado la tendencia a hipostasiar el momento teórico-ex-
plicativo cuando es sólo un momento del proceso de apropia­
ción racional de la realidad.
Por lo tanto, se plantea la necesidad de «diferenciar de la
tradición que se atiene a la lógica de la prueba [...] de penetrar
en los arcanos de la invención», lo que requiere «adquirir una
disposición mental que sea condición de la invención y de la
prueba».17 La lógica del descubrimiento, en oposición a la lógi­
ca de la prueba, invita a trabajar en la organización de la co­
rrespondencia que requiere ser sometida a contrastación.
La invención de teoría depende de la capacidad de delimi­
tación de universos de observación no circunscritos a la sim­
ple inferencia de éstos desde premisas teóricas. En este con­
texto la relación de conocimiento con la realidad sirve para
organizar la apertura de los contenidos, en cuanto aquélla es
definida por una estructura de razonamiento y no por una
teoría. Esto plantea la cuestión de los «conceptos primitivos»
que «en una teoría científica tienen que ser tan precisos y tan
ricos como sea posible».18 Riqueza que, conviene recordar, re­
sulta de un recorte de lo real según una lógica de articula­
ción, obligado a un manejo de los conceptos referidos a una

16. Fierre Bourdieu, op. cit., p. 17.


17. Ibíd., p. 17.
18. Mario Bunge, op. cit., p. 433.

158
objetividad que no es inferencia de ninguno de ellos, y que
tampoco está ceñida a las relaciones hipotéticas entre los con­
ceptos.
r-*

Teoría y apertura
Cuando Stinchcomb analiza el papel que ha tenido en las
ciencias sociales la serie de consideraciones teórico-formales
(tales como «suposiciones», «puntos de vista», «definiciones
operacionales»), destaca que no han interferido «en el trabajo
de la disciplina» debido a la existencia de quienes «confian en
su intuición más que en sus prejuicios lógicos y filosóficos»,19
y añade que «el análisis explícito de la forma lógica de la intui­
ción de hombres excepcionales nos hará depender menos de
los genios» (citado por A. Flexner). Está claro que el argumen­
to de rechazo a las condiciones formales descansa en una in-
terpretación lógica de las mismas, en vez de abordar la tarea
t

de revisar las organizaciones no formalizadas del razonamien­


to constructor de teorías.
Desde el ángulo de la exigencia de objetivación de la razón,
la intuición abierta a lo real reconoce como organización a la
aprehensión, en razón de ser ésta la apropiación de la realidad
a partir de la totalidad todavía no demarcada, pero dibujada
en su potencialidad. Lo que nosotros cuestionamos no es que
desde «la proposición teórica derivamos, por deducción lógica
[...] una proposición empírica»,20 sino la ausencia de campos
de opciones para la formulación de proposiciones teóricas.
Cuando no existe la mediación del campo de opciones, el
descenso a lo empírico se cumple por mera deducción, y se
deja de lado la función que la articulación cumple sobre la
deducción, al hacer que los campos de observación determina­
dos asuman el carácter de objetos particulares. Entonces, la
delimitación de campos de opciones es desplazada en función
de un objeto construido, con las implicaciones propias de su
necesaria contrastabilidad: «después de la deducción lógica de

19. Ibíd., p. 8.
20. Ibíd., p. 25.

159
proposiciones empíricas, a partir de la teoría, se pueden reali­
zar las observaciones requeridas [...] para comprobar si éstas
son o no verdaderas».21 De este modo se cierra el ciclo y se
vuelve al predominio de la prueba sobre la invención, de ma­
nera que se soslaya la definición del momento de selección de
la teoría.
El problema de fondo es no limitarse a aplicar una teoría a
un problema determinado por la misma teoría, sino resolver
qué teoría es pertinente para el problema; lo que obliga a su­
bordinar la elaboración teórica a una exigencia previa de obje­
tivación.
Se plantea así la necesidad de distinguir entre el concepto
«teoría» y la deducción a partir de ciertas premisas. Desde el
razonamiento que tenga en cuenta la exigencia de adecuación
a lo concreto específico, se trata de pensar lo real en función
de ciertos universos de observación, cuya delimitación sirva de
base para la elaboración teórica; esto supone un razonamiento
no teórico-explicativo. El proceso de objetivación racional exi­
ge una organización (capaz de incluir niveles de la realidad)
que sea congruente con el constante devenir de lo real.
Esta modalidad de apertura entra en contradicción con los
requisitos establecidos por la teoría, especialmente con el de
unidad conceptual o consistencia semántica que «es necesaria
[...] para contar con sistemas hipotético-deductivos, o sea, con
teorías»,22 y que se relaciona con la coherencia intema de és­
tas. Sin embargo, ya se ha señalado que estos requisitos «pue­
den conducir a una actividad improductiva»,23 por eso convie­
ne distinguir entre el momento de la teoría construida y los
momentos del movimiento creador de la teoría, que lleva a
pensar fuera de ella; esto es, a pensar la realidad como base de
alternativas potenciales de teorización, lo que exige definir án­
gulos de lectura de la realidad que no signifiquen, en princi­
pio, una inclusión de sus elementos observables como «piezas
de un todo conceptual».24

21. Ibíd.,p.26.
22. Íbíd., p. 430.
23. Robert K. Merton, op. cit., p. 108.
24. Mario Bunge, op. cit., p. 621.

160
En el trasfondo se contiene la idea de que la función de
articulación de la realidad se transforma, de pura exigencia
epistemológica, en contenido de apropiaciones susceptibles de
corresponder con el movimiento de la realidad. De ahí que el
proceso de objetivación requiera de estructuraciones que, más
tarde, en el momento en que la aprehensión se transforme en
teoría, den lugar a las organizaciones de homología.
Desde esta perspectiva las teorías pueden clasificarse en di­
ferentes tipos. Boudon (ante la confusión persistente, aun des­
pués de los esfuerzos de esclarecimiento hechos por Merton),
reclama la necesidad de «distinguir tipos de teorías, lo que
llevaría al problema de dilucidar las dimensiones a partir de
las cuales se puede obtener esta tipología».25 Por cierto que
estas dimensiones son precisamente parte del problema, ya
que se, trata de saber la función que cumplen las distinciones
hechas por Merton según la relación que tenga con la apropia­
ción racional de la realidad; distinciones que, de acuerdo con
el grado de homogeneidad semántica de sus conténidos, pue­
den reconocer las fases de la aprehensión-problemática, de la
definición del objeto y de la explicación teórica. Para com­
prender mejor esta proposición es necesario anticipar algunas
ideas directrices.

La problemática
La problemática corresponde a la determinación del punto
de partida del proceso de apropiación de la realidad. Esta de­
terminación está de acuerdo con la lógica de las transforma­
ciones que sugiere la inserción del punto de partida en un
proceso de recorte fundamentado en los mecanismos de deli-
mitación-articulación. La base de la problematización del pun­
to de partida radica en un doble cuestionamiento crítico: por
una parte, de lo empírico-morfológico, ya que se le exige mos­
trarse en sus transformaciones «posibles», y, por otra, de la
«teoría», ya que a ésta se la considera en el interior del proce­
so de aprehensión. La explicación es solamente una de sus
25. Raymond Boudon, op. cit., p. 201.

161
etapas que corresponde a la adecuación con lo real, en tanto
que las etapas anteriores se refieren a la construcción misma
de la teoría como mecanismo racional de captación de la rea­
lidad.
La argumentación anterior pretende traspasar los niveles
recortados de lo empírico en función de su inserción en la
articulación. Esta posibilidad de articulabilidad no la entende­
mos a la manera de una relación hipotética que vincula nive­
les, ya que esto significaría anticipar el modo y contenido de la
relación. Por el contrario, en el momento de la problematiza-
ción, la cuestión central reside en dudar «de lo dado» en cuan­
to conformador de un contenido teorizable. Y es la problema-
tización la capacidad crítica para transformar lo dado como
apariencia empírica, o como forma teórica cristalizada, en po­
tencialidades posibles de transformaciones según se vaya as­
cendiendo hacia la abstracción articuladora, que no requiere
de los requisitos de unidad conceptual o de homogeneidad se­
mántica propios dé la teoría.
La problematización del punto de partida contiene, enton­
ces, una riqueza de determinaciones posibles que no admite el
sesgo de un reduccionismo a ninguna estructura teórica con
su necesario cierre semántico. La razón de esto es que la pro­
blematización constituye la crítica del problema originario a
fin de transformarlo en un campo de objetos desde el cual
poder seleccionar la estructura teórica coherente que sea ca­
paz de reflejar la riqueza que implica la problematización.
De acuerdo con lo anterior, la problematización o crítica
del problema originario representa el inicio de la apropiación
de lo real, pero referida estrictamente al ascenso de lo concre­
to a lo abstracto, lo que facilita especificar el contenido del
problema. El ascenso hacia lo abstracto supone una forma de
razonamiento abierta, cuyo propósito es determinar el nivel de
abstracción adecuado a la exigencia de especificación del pro­
blema.
El esfuerzo de aprehensión no plantea la exigencia de ho­
mogeneidad semántica propia de la teoría en tanto la aprehen­
sión no formula proposiciones predicativas de propiedades,,
por cuanto no hay ningún objeto particular sobre el cual for­
mularlas. De ahí que se oriente a la determinación del campo
162
desde el cual, subsecuentemente, sea posible definir un objeto
teórico sobre el que se puedan formular proposiciones atribu­
tivas de propiedades. Por eso la aprehensión no se refiere a
ningún fenómeno como objeto sino a la necesidad de especifi­
carlo, que resulta de pensar en cualquier nivel de fenómenos
en términos de su articulación con otros niveles de la realidad;
es decir, de su reconstrucción articulada. En consecuencia, la
naturaleza del objeto teórico que se construya dependerá de
cómo articule distintos niveles de la realidad con sus corres­
pondientes propiedades de tiempo y de espacio. De ahí que
hayamos hablado de la construcción del objeto articulado.26

La determinación del objeto


Lo anterior corresponde a la perspectiva del esquema de la
lógica del objeto que se contrapone al esquema basado en la
hipótesis. Su lógica se despliega desde la crítica del problema
inicial para ascender al nivel de la abstracción óptima que re­
fleja la riqueza de relaciones posibles contenidas en la configu­
ración problemática.
Esta forma de apropiación de lo real no puede limitarse a
constatar los mecanismos psicológicos o sociológicos mediante
los cuales tiene lugar la acumulación del conocimiento; abarca
también la problemática del desarrollo en las formas de razo­
namiento. Ello es particularmente importante cuando nos abo­
camos a un conocimiento como el histérico-político, cuya ma­
teria, como lo hemos señalado, impide hablar con claridad de
acumulación ya que es una articulación entre regularidades y
voluntades y prácticas sociales.
No se puede, en verdad, perder de vista la situación históri­
ca que determina la modalidad de concreción de la realidad, y
en la que se hace evidente que la transformación de la relación
posible, o de articulabilidad, en relación teórica o de contenido

26. Lo que decimos rescata este segundo aspecto como problema lógico en el
marco de la distinción entre razonar para aceptar una hipótesis como verdadera, y
razonar para sugerir hipótesis como plausibles, pero desde la óptica de la construc­
ción del objeto (cfr. Norwood Russell Hanson, op. cit.).

163
determinado (que se refiere al paso del abstracto al concreto
reconstruido), implica que no se pierda la riqueza de conteni­
do de la problematización inicial. En otras palabras, habrá que
recordar que la determinación del objeto como paso desde el
«abstracto al concreto» incorpora el paso del «concreto al abs­
tracto», lo que es posible si se tiene en cuenta que el objeto es
un producto articulado entre niveles de la realidad y de los
parámetros específicos de cada uno. Este objeto articulado co­
rresponde a una situación histórica que debe ser reconstruida
como campo de objetos posibles.

La explicación teórica
La relación entre el momento del concreto-abstracto con el
momento del abstracto-concreto se produce por medio de la
naturaleza que asume la abstracción. Puede ocurrir que, al no
explicitarse el camino de construcción del abstracto, la expli­
cación del concreto quede desligada del proceso de reconstruc­
ción articulada que problematiza el punto de partida, y que se
reduzca la explicación a la derivación del concreto desde el
abstracto mediante la deducción teórica.
La conciencia acerca de la naturaleza de la abstracción de­
pendería del juicio crítico que se desarrolle sobre la determina­
ción histórica, pues lo que permite recuperar la historicidad
del conocimiento es el modo como se constituye la abstrac­
ción. De ahí que, si mediante este juicio crítico sobre la abs­
tracción se hace explícito el nexo entre el momento del con­
creto-abstracto con el del abstracto-concreto, se puede con­
cluir que la estructura teórico-explicativa deviene en el cierre
de lo posible, aunque sin perder su naturaleza potencial o
abierta. La explicación se relacionaría, de este modo, con la
aprehensión abierta, no predicativa, que permitiría reutilizar
aquélla como instrumento de razonamiento constructor de la
relación con la realidad, sin limitarse a la deducción de conse­
cuencias.27

27. Volveremos a este tema cuando nos refiramos a la descomposición de los


Corpus teóricos. Lo que merece un desarrollo más amplio es la idea de que la riqueza

164
Lo anterior permite distinguir en el interior de los Corpus
teóricos dos funciones: primera, servir de instrumentos de la
forma de razonamiento problematizador para organizar la re­
lación con la realidad, con base en sus elementos conceptuales
componentes aunque utilizados fuera de la lógica interna del
sistema conceptual: y, segunda, la función de explicación o so­
lución de cierre a esta construcción abierta, objetivizante, a lo
real.

Recapitulación
I) Sostenemos la conveniencia de poner de manifiesto la
necesidad de subordinar la lógica intema del corpus a una for­
ma de razonamiento. De esto se desprende que los pasos lógi­
cos no corresponden a los de la deducción, sino a los de la
reconstrucción articulada del problema que nos preocupa re­
conocer.
II) La crítica de las estructuras teóricas, como situación
cerrada, desemboca en la defensa del predominio de la forma
de razonamiento sobre la coherencia lógica intema de aqué­
llas. •
III) En la medida en que en la teoría se confunde el mo­
mento concreto-abstracto con el abstracto-concreto se dificul­
ta determinar cómo se resolvió en la teoría la construcción de
su nivel de abstracción; por lo que el nivel de abstracción de
la teoría no permite recuperar la riqueza de la problemática
que le ha servido de punto de partida y, en consecuencia, la
teoría tenderá a formalizarse. La riqueza de su recorte se re­
ducirá a lo que se pueda deducir de ella, sin dar cabida a la
problematización de la relación que la teoría organice con la
realidad.

abarcadora de las estructuras racionales de captación de lo real no puede quedar


completamente desligada del campo circunscrito por la explicación; lo anterior exige
formular una reflexión epistemológica sobre la explicación desde las perspectivas de
la aprehensión y de la reconstrucción articulada.

165
El movimiento de la teorización
Hemos afirmado que antes de elegir una teoría hay que
determinar un campo de opciones, más aún si aceptamos que
«la explicación histórica no puede, por esencia, recurrir a la
teoría deductiva»,28 o si atendemos a la idea de que «las pre­
dicciones verificadas de una teoría no prueban ni demuestran
la teoría».29 Por eso debemos enfrentar la reconstrucción de
una situación de realidad, como campo de opciones, antes que
empeñamos en la empresa de probar la correspondencia de
una estructura teórica, al dar prioridad a la idea de construc­
ción de los observables sobre la inferencia desde premisas teó­
ricas.
En efecto, las consecuencias derivadas de una teoría no
sólo son una derivación de un conjunto de proposiciones a partir
de ciertas premisas; constituyen también una reconstrucción
del encadenamiento de proposiciones en términos de una exi­
gencia lógica de especificidad determinada por la articulación.
Si toda teoría contiene necesariamente alternativas de conse­
cuencias, el problema que se presenta es pensar en función de
alternativas, antes que en la estructura que las define, a fin de
abrirse hacia lo potencial-real que, en este sentido, representa
la imposición de lo real sobre lo teórico. Decidir el campo de
opciones (que es la función de la reconstrucción articulada)
permite entrar en la fase de prueba de la teoría como deduc­
ción en el interior de esa situación y de sus parámetros.
Lo anterior se fundamente en la capacidad metodológica
para reconocer opciones teóricas, que consiste en aprehender
la realidad como campo de observación con todas sus poten­
cialidades y sin que ésta quede encuadrada en ninguna jerar­
quía de determinaciones. Nos encontramos en el meollo de la
cuestión: ¿cuál es el punto de la teorización?, ¿desde qué cú­
mulo de articulaciones?, ¿con qué tipo de explicaciones?30

28. Raymond Boudon, op. cit.., p. 210.


29. Robert K. Merton, op. cit., p. 108.
30. Bunge se refiere al problema en diferentes partes de su obra. Como ilustra­
ción podemos citar el siguiente párrafo: «¿Cuándo debe empezar la teorización?, no
tiene, pues, más que una respuesta razonable, aunque sibilina: la teorización debe
empezar lo antes posible...» (op. cit., p. 418). «Un motivo de la teorización es la

166
Boudon,31 al analizar la pobreza de la teorización en las
ciencias sociales en virtud del predominio del «agregado de
proposiciones particulares más que teóricas», señala que esto
se debe al «costo extraordinario que representaría una obser­
vación que permitiera elaborar una verdadera teoría». Nos en­
frentamos con el problema del establecimiento de la relación
con la realidad sin que la primera atención se organice bajo el
sesgo propuesto por la teoría. Lazarsfeld, por su parte, al pro­
nunciarse contra las determinaciones de la derivación formal,
proponía el procedimiento de la codificación; esto es, «sinteti­
zar las generalidades empíricas de que se dispone en esferas
aparentemente diferentes de la conducta», para formular «hi­
pótesis provisionales» que permitan ampliar la teoría existen­
te.32 El problema, precisamente, es el paso de la formulación
de hipótesis: ¿cuáles son las bases que sirven de sustentación
para su formulación pertinente?
La teorización comienza en el momento de la construcción
de la observación, pero siempre que se determinen universos de
observación en función de la exigencia de apertura y de especi­
ficidad. Por eso el momento de la teorización es el de la deter­
minación de un campo de observables articulados. Surge así el
problema de los conceptos33 mediante los cuales nos aproxima­
mos a la realidad: éstos están cargados de exigencias internas
de observación, soslayando la cuestión previa acerca de cuál
realidad es teorizable. De ahí que se requiera supeditar los re­
querimientos intemos de observación a una exigencia de objeti­
vidad determinada por la construcción de la especificidad de
los conceptos, en función de la propia articulación que se re­
construye como campo de observación y base de teorización.
sistematización de un cuerpo de datos obtenidos a la luz de algunas conjeturas suel­
tas. ¿Cuál es la masa de datos necesaria para empezar a teorizar? ¿Cuándo no es ni
demasiado pronto ni demasiado tarde para empezar? Nadie puede contestar a esas
preguntas» (op. cit., p. 418). «Todo hecho dado puede en principio recibir un número
ilimitado de explicaciones incompatibles unas de otras: piénsese en los muchos mo­
dos de disculpar sus derrotas que tiene un político. Las explicaciones posibles de una
generalización son menos numerosas, pero tampoco escasas. ¿Cómo elegir la explica­
ción adecuada?» (o p .,citp. 603).
31. Raymond Boudon, op. cit., p. 194. jl|
32. Robert K. Merton, op. cit., p. 110.
33. La problemática específica de los conceptos y su función metodológica será
retomada en un capitulo posterior.

167
Así, por ejemplo, el fenómeno a' es un campo de observa­
ción cuyos elementos requieren ser especificados mediante la
reconstrucción del propio campo; otro tanto sucede con b',
que es una modalidad de concreción de a'. Se manifiestan dos
aspectos que se relacionan: por una parte, el campo de obser­
vación que se construye con base en la articulación; y, por
otra, los elementos componentes que lo especifican. La obser­
vación deviene no sólo en ciertos universos, sino en la recons­
trucción que determina campos de opciones, como un mo­
mento anterior al de la correspondencia entre las estructuras
teóricas y la realidad empírica (esquema 2).
Cuando hablamos de opción lo hacemos en el sentido de un
contenido indeterminado (lo que para una estructura teórica
sería una contradicción). Sin embargo, no se trata de una hipó­
tesis programática que «invita a investigar un determinado pro­
blema: averiguar la forma precisa de la relación entre dos fenó­
menos (/)», pues, desde el ángulo de análisis definido por el
campo de opciones, esta relación (f) constituye un campo de
posibles relaciones que se van transformando, en función de la
articulación, y trascienden así el ámbito de cualquier hipótesis.

Esquema 2
Parámetros
determinación histórica
!■
exigencia de especificación
i
determinación de la opción
I
derivación de la deducción y de la articulación34
Movimiento

34. «Una de las tareas importantes de una epistemología positiva sería la de


determinar la lógica de la derivación entre el tipo de paradigmas conceptuales y las
proposiciones explicativas» (cfr. Raymond Boudon, cp. cit., p. 217).

168
Más aún, dicho campo es la base para formular hipótesis alter­
nativas o complementarias sobre la relación (f).
En la medida en que (f) es un campo de relaciones posibles
y no una relación probable entre dos fenómenos, los conceptos
que sirven de instrumento al razonamiento son «constructo­
res» de relaciones. En efecto, estos conceptos no tratan de re­
construir una estructura con base en una variedad de conteni­
dos, más bien determinan un campo de relaciones posibles.
En consecuencia, se establece una diferencia entre los concep­
tos que están referidos a un campo de observación, que exigen
la formulación de juicios, de los conceptos que son enunciado-
res de juicio. Por lo mismo, las relaciones entre los conceptos
son relaciones entre las condiciones que fijan la posibilidad de
contenidos, en vez de serlo entre conceptos con un contenido
determinado.
Hablamos de relaciones posibles y no de probables, por
cuanto en aquéllas la prueba de hipótesis queda subordinada a
la dehmitación de las opciones teóricas; mientras que cuando
formulamos relaciones probables estamos pensando en corre­
laciones de prueba e hipótesis, sin necesidad de plantearse la
exigencia de construir el campo de opciones.

HISTORICIDAD Y ESPECIFICIDAD DEL CONOCIMIENTO35

La conciencia cognoscitiva está sujeta a determinadas con­


diciones que dificultan la posibilidad de ejercer su capacidad
de problematizar su relación con la realidad, por lo general
fundada en sistemas teóricos, ya sea explícitos o que subyacen
en forma implícita. Como se ha dicho, «la familiaridad con el
universo social constituye el obstáculo epistemológico por ex­
celencia para el sociólogo, porque produce continuamente

35. Las reflexiones que se incorporan en este apartado sirven para ilustrar el tipo
de razonamiento articulador, pero serán objeto de un análisis más sistemático en el
libro n, caps. III y IV.

169
concepciones o sistematizaciones ficticias», que requieren que
«todas las técnicas de objetivación deban ser aplicadas para
realizar efectivamente una ruptura, más a menudo enunciada
que efectuada».36 Por lo tanto, se plantea la necesidad lógico-
epistemológica de romper con la inercia de los modelos teóri­
cos y culturales, de manera que la conciencia pueda abrirse a
la exigencia de la objetividad, a los desafíos que plantea aquel
indeterminado o «aún no» de lo real, convertido en contenido
de corpus; o bien, simplemente cristalizado en nociones comu­
nes referentes a lo que es la realidad.
El conocimiento está plagado no solamente de verdades de
sentido común, sino de modos de razonamiento que no son
cuestionables porque aparecen como evidentes. A este respecto
se pueden citar experiencias como las que recuerda Bachelard
sobre Korzybski, donde se cuestiona la lógica aristotélica im­
plícita en la enseñanza; o bien argumentos como los desarro­
llados por el propio Bachelard acerca de cómo se ha internali­
zado un cierto tipo de racionalidad, que se ha adoptado como
la única forma de racionalidad posible, cuando ella solamente
corresponde a un cierto tipo particular. Basta recordar lo que
dice en relación con el uso de la categoría, de espacio, asimila­
da inconscientemente como una evidencia que, por lo mismo,
conforma el razonamiento científico mismo. Su argumenta­
ción es la siguiente: «para pasar de un lugar a otro, todo obje­
to debe atravesar el espacio interpuesto, lo que no puede ha­
cerse sino al cabo de cierto tiempo. Nuevamente creemos que
estamos frente a una evidencia primera. Sin embargo, al con­
siderar el problema en su conjunto, se descubre que esta pro­
posición es solidaria de la intuición del espacio euclidiano. La
relatividad presenta una dialectización particularmente clara.
En la óptica de la relatividad, el intervalo postulado por la
intuición común entre la fuente luminosa y el ojo, en cierto
sentido, es utilizado. Ante esta declaración, el sentido común y
la intuición cartesiana afirmarán que la geometría de la relati­
vidad es falsa, pero esta declaración equivale a entregarse al
sistema de coordinación habitual [cursivas nuestras], o a asig­
nar un privilegio a las fórmulas de definición pertenecientes al
36. Pierre Bourdieu, op. cit., pp. 27-28.

170
cuerpo de definiciones de la geometría euclidiana». En cuanto
esta proposición constituye las coordenadas habituales del
pensamiento físico, por ser «simples y familiares», se las ubica
«en la base del conocimiento vulgar».37
Desde que se constata que no es así, ya que solamente ex­
presan una modalidad particular de razonamiento, entre otras,
se puede concluir que no hay otra posibibdad para el conoci­
miento que romper con esta lógica convertida en norma cultu­
ral, mediante el desarrollo de la capacidad de objetivación, con
base en la crítica que problematiza la relación con la realidad.
En este marco se puede afirmar que la problematización es la
lógica de la determinación histórica en tanto expresa lo inde­
terminado como potenciación del contenido, ya que puede
asumir al devenir abierto a múltiples modalidades de concre­
ción y, en consecuencia, ser sensible a diferentes objetos posi­
bles de conocimiento.
Todo lo anterior se corresponde con la idea expresada de
que si el uso de la teoría, con la que se organiza la relación
con la realidad, está sujeto a la exigencia de la especificidad,
se ha de incorporar todo el proceso del concreto al abstracto
como aquel momento que permite llegar a reconocer campos
de objetos posibles antes de precisar los contornos de la expli­
cación.
Lo que se pretende es liberar a los objetos de la «coordina­
ción habitual»; es decir, de los parámetros que configuran la
forma cultural socializada de la racionalidad; lo que implica
un rompimiento con las condiciones «naturales» de la con­
ciencia cognoscitiva, ruptura cuyo fundamento no puede ser
otro que la crítica cimentada en aquello no determinado y
abierto, aunque potencial, en cuanto objeto de conocimiento.
Si se quiere avanzar en la dirección de una mayor objetivi­
dad en la apropiación de lo real, debemos pensar que la objeti­
vidad no es simplemente el resultado de la correspondencia de
un objeto, sino la resultante de la articulación de un campo de
observación. Así se hará necesario distinguir entre la objetivi­
dad propia del campo de objetos particulares que se pretende
explicar y la objetividad como exigencia del razonamiento.
37. Gastón Bachelard, La füosofta del no, op. cit., pp. 99-100.

171
La objetividad como exigencia del razonamiento cumple la
función de un campo de teorización posible que no se identifi­
ca con ningún objeto, y, por lo tanto, con ninguna estructura
teórica. Plantea que para percibir la cosa no es suficiente con
formular esquemas teóricos cuando, simultáneamente, no se
hace el esfuerzo por abrir estos esquemas en términos de la
exigencia de objetividad, propia de la articulación, que los re-
lativiza. Se impone, pues, determinar los parámetros que per­
mitan determinar la teoría pertinente al problema; lo que sig­
nifica que al requisito de «formulación de modelos más o me­
nos ideales hechos con construcciones teoréticas, para luego
contrastarlos»,38 que permite alcanzar la percepción de las co­
sas, debemos oponer los requisitos relativos al contexto de es­
pecificidad de las construcciones teóricas, que es a lo que se
refiere este campo de teorización posible. Este campo trascien­
de cualquier objeto teórico particular para incluir diferentes
posibilidades de objetos, ya que, como se ha dicho, es el pro­
ducto de un razonamiento que consiste en la inclusión de ni­
veles según las exigencias de articulación.
Con todo esto se llega a perfilar un concepto de racionali­
dad abierta que, partiendo de la no fragmentación, supone
una estructura lógica de apropiación que subordina la explica­
ción al campo de posibilidades. En consecuencia, la racionali­
dad es la captación de lo específico como condición de objetivi­
dad para su reconstrucción teórica.
Podemos suscribir para las ciencias sociales lo que Bache-
lard afirmaba respecto de la microfísica: la invitación a un
pensamiento nuevo significa conquistar «un nuevo tipo de rep­
resentación»; lo que exige al espíritu recuperar «su función de
mutación».
De ahí por qué el uso crítico de la teoría plantea las si­
guientes disyuntivas en lo que se refiere a la construcción del
conocimiento; 1) Frente a la explicación hipotético-deductiva,
el razonamiento crítico-aprehensivo-, 2) frente a la acumulación
teórica, la exigencia de especificación; 3) frente a la exigencia
de correspondencia con la realidad o prueba, la lógica de cons­
trucción del objeto, y 4) frente al enfoque definido por el ciclo
38. Mario Bunge, op. cit., p. 494.

172
dado o el producto cristalizado reconstruible, el razonar desde
lo potencial (apertura, indeterminación).
En cada una de estas dicotomías se cuestiona algún requi­
sito básico de la construcción teórica. En el número 1 se cues­
tiona la explicación que queda subordinada a la construcción
de lq relación de conocimiento como condición de cognoscibi­
lidad específica; en el 2 se cuestiona la acumulación por la
necesidad de reconstrucción del contexto, que es base de obje­
tos posibles; en el número 3 la exigencia de prueba queda su­
bordinada a la exigencia de objetividad en la construcción de
la apropiación de lo real y, finalmente, en el número 4 se cues­
tiona la idea de “lo dado - base de acumulación’ con el 'dándo­
se - campo de posibilidades’.
Todos estos cuestionamientos constituyen los criterios ge­
nerales para desarrollar una forma de razonamiento dialécti­
co, pertinente en una realidad caracterizada por la carencia de
marcos de referencia únicos; de manera de definir la significa­
ción de los problemas, ya que esto requiere tomar en conside­
ración los distintos ritmos temporales y escalas espaciales de
los fenómenos, simultáneamente con entender la realidad
como el movimiento constituyente de estructuras, sin reducir
aquél á éstas. Una realidad cuyos modos de concreción objeti­
vos reflejen un movimiento de la realidad que incluye procesos
con diferentes tiempos y espacios.

Condiciones de historicidad

Con el propósito de examinar al movimiento de la realidad


como condición del razonamiento problematizador, haremos
una distinción de las condiciones de historicidad en los si­
guientes términos: 1) la historicidad como nivel de especifici­
dad estructural; y 2) la historicidad como dimensión temporal.
El primer tipo de condiciones (1) opera en el plano de los
mecanismos que sustentan el movimiento de la realidad. Cons­
tituye un campo, de estudio que reconoce por igual un cierre y
una apertura. El cierre está dado por el nivel de especificidad
particular, posible de transformarse en objeto de análisis, pres­
cindiendo de sus relaciones de articulación con otro nivel. En
173
este caso el nivel se recorta teniendo en cuenta sus relaciones
posibles con la articulación, pero sin considerar las exigencias
que otros niveles definen sobre él para especificarlo. La aper­
tura, en cambio, está configurada por la articulabilidad del ni­
vel específico con otros niveles; de ahí la necesidad de profun­
dizar en la especificación creciente del nivel en función de la
articulación y también, como veremos, en función del tiempo.
El segundo tipo de condiciones de historicidad (2) opera en
el plano del despliegue temporal del fenómeno. Al igual que el
tipo anterior de condiciones, reconoce un cierre y una apertu­
ra. El cierre consiste en la determinación de un momento en
función de un parámetro que lo aísla de su secuencia tempo­
ral; es el recorte cronológico del movimiento en el tiempo. La
apertura, en cambio, capta al movimiento en una secuencia de
cortes, formulando ésta con base en niveles de especificidad.
Por ello, del mismo modo que la especificidad estructural, la
determinación temporal lleva a profundizar en la especifica­
ción creciente del nivel, dando lugar a ambos tiempos de con­
diciones.
Examinemos con más détalle ambos tipos de condiciones
de historicidad.

La historicidad como nivel de especificidad estructural


Se cumple con esta condición de historicidad del razona­
miento mediante la aprehensión de lo dado, que corresponde
al momento de la construcción de la abstracción que se inicia
con la delimitación de universos de observación. A partir de la
idea de que la construcción de la abstracción supone la delimi­
tación de contenidos, con base en la articulación de universos,
la articulación puede tener lugar en el interior de un mismo
nivel o entre niveles hasta un límite de inclusividad que es
convencional. Sin embargo, hay dos límites: primero, el de la
información susceptible de servir de referente empírico a esta
especificación, y segundo, la pertinencia de la especificación
en relación con la situación problematizada o problema que
ha servido de punto de partida.
La determinación de la abstracción adecuada al problema
174
es, simultáneamente, un proceso de especificación del nivel y
de articulación entre éstos; debido a ello, el contenido de los
conceptos se va transformando. La abstracción, como articula­
ción, refleja un universo compuesto de otros más particulares,
pero, como especificación, refleja un contenido particular aun­
que sea especificable en función de la exigencia de objetividad
propia de la articulación.
Desde el ángulo de esta condición de historicidad los con­
ceptos, en tanto no forman parte de un razonamiento deducti­
vo, no tienen un contenido fijo, sino que constituyen un hori­
zonte de contenidos posibles. Por cumplir la función de deli­
mitar la situación problemática, alcanzarán la especificidad de
su contenido en relación con ésta, rompiendo con el contenido
teórico-formal que puedan tener como elementos compuestos
de un corpus. Este quiebre se basa tanto en el dinamismo que
resulta de la articulación entre los niveles, en un momento y
espacio determinados, como en el que resulta de la secuencia
de su desarrollo en el transcurso del tiempo.
El rompimiento de lo teórico-formal es lo que permite deli­
mitar la base de las opciones teóricas y, en consecuencia, re­
descubrir el o los corpus teóricos que han proporcionado los
instrumentos conceptuales con que ha operado el razonamien­
to en articulación.
La teoría reviste de este modo el carácter de una estructura
abierta, mediante la cual se logra una adecuación a la reali­
dad, que no puede establecerse a partir de una corresponden­
cia con base en el procedimiento de la prueba de las conse­
cuencias deducidas teóricamente. Se utiliza al corpus no como
sistema, sino como cantera de instrumentos conceptuales; de
ahí que esta adecuación consista exclusivamente en la capta­
ción de un contenido entendido como lo específico con posibi­
lidad de articulabilidad: lo que es diferente, efectivamente, a
corroborar la objetividad de un contenido racional por medio
de la pmeba. Conviene recordar que la adecuación en el uso de
la teoría corresponde a una etapa anterior a la definición de las
opciones teóricas.

175
La historicidad, como dimensión temporal
Dice Kosik que «el hombre elige el presente en función del
futuro... [que] forma su propio presente y futuro sobre la base
de algo que todavía no existe».
El tiempo, fuera de su condición de propiedad o de pará­
metro, cumple la función gnoseológica de facilitar que predo­
mine en el análisis la dimensión procesual sobre la estructural.
Si concebimos la historia como tendencia hacia la articula­
ción de fenómenos que están ubicados en distintos niveles, es
relevante comprender esa articulación en los sucesivos mo­
mentos en los que se concreta. La concreción implica la ar­
ticulación de procesos diferentes, pero analizados como articu-
lables desde un punto de partida X y según determinados pa­
rámetros de tiempo y espacio. En este sentido hay que consi­
derar que los procesos reconocen diferentes secuencias de mo­
mentos para desplegar su objetividad, lo que influye sobre el
modo de encuadrar un proceso'particular, sin perder la pers­
pectiva de la articulación.
En esta línea de razonamiento se puede sostener que el
momento equivale a la coyuntura, mientras que la secuencia
de momentos corresponde al periodo, aunque deba hacerse la
siguiente precisión: el periodo puede entenderse como un ciclo
de desarrollo ya completo mientras que la secuencia de mo­
mentos alude al movimiento estructurador que opera a través
de momentos.
Por lo tanto, hablar de secuencia de coyunturas significa
entender la historia como constituida de momentos de estructu­
ración de lo posible, ya sea que se trate de modalidades objeti­
vas de concreción (que se contienen como potencialidad), o
bien como modalidad de desenvolvimiento impuesta por mía
praxis social.
Si el desarrollo histórico reconoce estos momentos de con­
creción de la estructuración, es importante atender a la fun­
ción que cumple el tiempo para reconstruir conceptualmente
la objetividad de los procesos. Efectivamente, el tiempo cum­
ple la función de exigir pensar todo en movimiento. No es
solamente el transcurrir, el pasar, sino también es una cons­
trucción, en el sentido de que lo que se da en un momento no
176
se manifiesta exclusivamente en términos de una circunstancia
cronológica, sino que el momento tiene lugar en función de
una articulación reconstruida que se desenvuelve en la dimen­
sión longitudinal. De lo que concluimos que el movimiento es
siempre doble: longitudinal cuando se refiere a las transforma­
ciones de la estructura que aparece como dominante en la to­
talidad (siguiendo la expresión de Althusser); y vertical cuando
se refiere al movimiento interno de la totalidad.
Ahora bien, pensar desde la totalidad social significa hacer­
lo desde el movimiento entre niveles y desde sus efectos sobre
el movimiento longitudinal. Lo que plantea cambios en la fun­
ción del tiempo: del tiempo de la articulación ubicada (o sea,
las escalas temporales de las articulaciones entre niveles), al
tiempo de ubicación de la articulación (escala temporal de la
articulación en el plano de desenvolvimiento longitudinal). El
tiempo deviene, por consiguiente, en función de la realidad
concebida como articulación, que implica el momento vertical
y el movimiento secuencial.39
Una primera conclusión que se puede desprender es la crí­
tica al concepto lineal del tiempo, que, como sostiene Balibar,
«lleva a insertar los fenómenos de corta duración en los de
larga duración» y donde «el acontecimiento se reduce al crite­
rio de la brevedad».40 Crítica del tiempo lineal que permite
eliminar la noción de tiempo exterior al objeto, y a resaltar el
tiempo como función del movimiento que se corresponde con
la idea de ritmo temporal. Este ritmo es una modalidad del
tiempo referida a la relación con la realidad (materia), aunque
sin atribuirle propiedades. Si el tiempo no es el mero suceder-
se de hechos, resulta ser la síntesis entre el ciclo cronológico
del transcurrir y el qué de lo que transcurre en el interior de
tal ciclo. Por eso el ritmo está referido a la escala de reproduc­
ción (o transformación) de un fenómeno; o dicho con mayor
exactitud, se refiere a los límites en cuyo interior conserva su
identidad el fenómeno; o bien, a la inversa, a los límites que
rigen su transformación (por ejemplo: los límites temporales

39. Nos referimos a este problema en el apartado siguiente: «Tiempo y objeti­


vidad».
40. Étienne Balibar, Para leer «El capital», México, Siglo XXI, 1974.

177
del tipo de dominación de clase no son los límites de sus ex­
presiones en regímenes de diferente naturaleza, cuyos cam­
bios, en efecto, no significan alteraciones en aquélla). Por esto
el tiempo cumple una función en la construcción de la abs­
tracción, en tanto que en las conceptualizaciones sobre los
procesos de la realidad subyacen determinadas escalas tempo­
rales. En efecto, el recorte de la referencia empírica de un con­
cepto apunta a una objetividad, entendida como la amplitud
del tiempo que exige un fenómeno para desplegarse; ampli­
tud diferencial que, si no se toma en cuenta, puede ser el ori­
gen de importantes sesgos en la reconstrucción conceptual de
los fenómenos. Por ejemplo, la reducción de la escala de un
fenómeno a la escala de otro que se considera explicativo res­
pecto del primero.
Se plantea así el problema de la simetría entre los concep­
tos según sus recortes parametrales, pues mientras algunos re­
conozcan como base un momento o coyuntura, otros podrán
reflejar una secuencia de momentos o periodos. Se podría ade­
más considerar que algunos conceptos se restringen a lo dado,
mientras otros se extienden al dándose de un momento si se
trata de conceptos que pretenden captar el momento como
potenciación. Pero cualquiera que sea la amplitud de la refe­
rencia, enfrentamos el problema de cómo esta apertura tem­
poral del concepto influye en la determinación de su identi­
dad; esto es, de cuál es la función del tiempo en la determina­
ción de un contenido. Es en este marco en el que se puede
hablar del tiempo como exigencia de sincronía.
Cuando Althusser se refiere a la sincronía, sostiene que
ésta «no es la presencia temporal del objeto concreto», sino
que es «la presencia (o tiempo) del objeto del conocimiento del
análisis teórico mismo»;41 por lo que se concluye que la sincro­
nía opera en el plano del conocimiento que sirve para com­
prender la realidad. En este plano el rasgo es siempre sincró­
nico, pues el objeto del conocimiento no puede ser sino el mis­
mo. La cuestión se plantea en relación con sus «referencias
empírico-concretas», por medio de las cuales se materializa su
concreción histórica y «que sí reconocen mutabilidad», por
41. Louis Althusser, Para leer «El Capital», op.cit.,p. 118.

178
eso se hace necesario distinguir entre el tiempo del concepto
teórico y el tiempo del contenido real.
El tiempo del contenido real requiere de una clara delimi­
tación temporal, ya que, a medida que lo real se transforma en
el transcurso del tiempo, debe también irse ajustando; en cam­
bio, en el plano de lo teórico, se reconoce una presencia o
tiempo cuya referencia no es la misma que la del concepto de
presente. Así, cuando pensamos en el objeto real, el presente
está dado por ciertos parámetros de tiempo cronológico; mien­
tras que la presencia del objeto teórico está dado por su propia
estructura paradigmática invariante, esto es, por la circunstan­
cia de mantener teóricamente la misma identidad. El proble­
ma que se presenta es el de los referentes que, en su concre­
ción histórico-empírica, pueden afectar la identidad teórica.
¿Qué pasa entonces con la relación entre la identidad teórica y
la secuencia histórico-real?

Tiempo y objetividad: identidad, teorías y secuencia


histórico-real

Se puede afirman a) que el tiempo es un recorte necesario


para reconocer el despliegue de la objetividad- del fenómeno
que interesa; en consecuencia, la objetividad debe entenderse
en función de este despliegue; b) que cuando los conceptos
utilizados reflejan diferentes recortes parametrales (coyuntura-
periodo) revisten un carácter asimétrico y, por lo tanto, no
articulado, lo que impide captar la objetividad en toda su com­
plejidad; c) que cuando no se tienen en cuenta estas circuns­
tancias se producen sesgos en la representación conceptual del
fenómeno, como sería un predominio o un olvido de lo coyun-
tural, que determina trastocar la objetividad del periodo cuan­
do se trata de captar el proceso mismo de su estructuración
(por ejemplo, la esencia del estado burgués, ¿es el democrático
representativo o el militar burocrático?).
Se podría resumir la discusión en el esquema 3.
El problema que se ha planteado es el de los referentes
empíricos, pues éstos no sólo concretan la materialidad del
objeto teórico sino que también pueden afectar su identidad.
179
Habría que discernir qué pasa entonces con la relación entre
objeto teórico y objeto histórico real: ¿significa que el objeto
teórico se construye a partir de la constatación de los desajus­
tes con sus referentes?, por lo que ¿al devenir irreal hay que
construir otro movimiento?; o bien, ¿los referentes están des­
ajustados respecto del objeto teórico por cuanto tienen sus
propias exigencias de tiempo?
■¿La presencia del objeto real es la presencia de una inva­
riante teórica, que, en cuanto tal, puede suponer sucesivas pre­
sencias históricas temporales? De ser así, ¿el objeto real reco­
noce sucesivas presencias?, o tal vez ¿el tiempo del objeto real
es función de un objeto teórico?; en este último caso, ¿cuál es
el tiempo del objeto teórico: el de la invariante?
Pero, si la invariante estructural del objeto teórico es fun­
ción de su determinación histórica, ¿el tiempo de la invariante
es el tiempo de su determinación histórica? Ahora bien, si la
determinación histórica es parte del tiempo de la invariante
teórica, ¿lo real objetivo es parte de la determinación en tanto

Esquema 3. Parámetros utilizados considerando la exigencia


lógico-epistemológica del movimiento
despliegue del fenómeno
coyuntura periodo
tiempo espacio espacio tiempo
conceptualización
parámetros usados sin
considerar el supuesto
del movimiento
conceptos simétricos en cuanto a su origen
parametral, de manera de alcanzar
la representación más objetiva del fenómeno
(articulación coyuntura-periodo)
180
forma de concreción de lo real, por lo que lo real es real en
tanto forma de concreción o especificidad?
¿Quiere decir lo anterior que no hay un tiempo de objeto
real sino sólo del objeto teórico determinado (lo teórico como
lo real determinado, y lo real como lo determinado)? De llegar
a esta conclusión el tiempo del objeto se puede replantear des­
de el ángulo de lo detenninado-indeterminado, esto es, como
dimensión del proceso de aprehensión. Pero si la aprehensión
es relativa a una realidad, cabe preguntarse si lo real es lo que
corresponde a un parámetro de tiempo o a varios parámetros.
Si lo real es movimiento, no puede más que concluirse que lo
real incluye varios parámetros, lo qúe nos obliga a resolver el
problema de la determinación de lo real en forma tal que su
posibilidad de aprehensión no rompa con la circunstancia de
su mutabilidad temporal.
La respuesta a la pregunta de si la presencia del objeto real
es la presencia de una invariante teórica que pueda reconocer
sucesivas presencias históricas es que el objeto, para ser real,
necesita permanecer abierto a la sucesión, tanto del movi­
miento suyo como de aquel que lo incluye y que puede ade­
más determinarlo. De esta manera, el presente es una referen­
cia para construir el tiempo de la aprehensión, aunque, a la
vez, es su negación como referencia, cuando de la aprehensión
pasamos a la determinación por medio de la construcción teó­
rica. Se rompe así con el presente como referencia para abrir­
lo a todos los presentes sucesivos en que se desenvuelve lo
real.
De lo dicho entendemos que lo sincrónico desaparece en la
coyuntura cuando ésta se concibe abierta a sucesivas totaliza­
ciones, las cuales pueden resultar tanto de la totalidad como
de cada elemento constitutivo de la misma. Analizando lo sin­
crónico desde el problema de la aprehensión-conceptualización
teórica, se puede redefinir como la «dialéctica» del movimiento
interno de la articulación, que no puede desligarse de la «dia­
léctica» del movimiento en el transcurso del tiempo.
La sincroma cqnsiste, pues, no en la sucesión lineal del
tiempo sino en la articulación de lo real en totalidades sucesi­
vas. Nos enfrentamos así al problema de la estructuración de
un todo por una estructura dominante (planteamiento meto­
181
dológico de Marx en La introducción de 1857) y, simultánea­
mente, con la transformación «longitudinal» del todo. Concep-
tualización de la doble dimensión del movimiento, que cumple
la función de permitimos formular algunas ideas referenciales
acerca de la relación del tiempo con lo concreto.
Lo concreto no se limita a la simple unidad de las determi­
naciones; se enriquece con la idea del desarrollo de esa unidad
en el tiempo, lo que tiene directa relación con la cuestión de
que la realidad del objeto se alcanza siempre que permanezca
abierto a la sucesión del movimiento. De esta manera se puede
plantear que en la sucesión histórico concreta se muestra el
cuerpo de la sociedad tanto como su articulación interna, ya
que ésta es la que, mediante su transformación, determina el
contenido a la sucesión histórica concreta. La lógica de la su­
cesión en el tiempo se transforma en la lógica de construcción
de los objetos de conocimiento, porque éstos son los que sir­
ven de fundamento para comprender tanto la dialéctica inter­
na de la articulación como el movimiento desde una totalidad
articulada a otra.
Cuando hablamos de objetos, lo importante es señalar que
estamos refiriéndonos a las distintas modalidades por medio
de las cuales lo real se concreta, por eso lo real es la sucesión
de la articulación, mientras que lo concreto es la determina­
ción de esta sucesión, que lleva a la construcción de un objeto
abierto a su propio movimiento.
La idea de sucesivas determinaciones implica la idea de
invariantes que se transforman como resultado de que lo con­
creto es producto de determinaciones siempre más ricas y
comprehensivas. De ahí que lo concreto deviene en la estruc­
tura-articulación de determinaciones y, en este sentido, lo dia­
léctico se hace equiparable a lo concreto de lo real. Con lo que
no se significa una postulación a priori de atributos sobre la
realidad; sólo se alude al complejo de determinaciones que, en
tanto complejidad, son la realidad y, en tanto especificidad,
son lo concreto.

182
V

LA ORGANIZACIÓN METODOLÓGICA
DEL DESCUBRIMIENTO

DE LA APREHENSIÓN

Hemos argumentado la necesidad de reconstruir el movi­


miento de la razón con base en la distinción entre aprehen­
sión y explicación, en virtud de que la relación con la realidad
está mediada por el pensar. Por eso planteamos la búsque­
da de una forma de razonamiento que pueda abrirse hacia
la objetividad mediante el control de sus propias determina­
ciones.
Las estructuras teóricas acumuladas son la principal de­
terminación del pensamiento en tanto constituyen un siste­
ma de referencias que circunscribe el pensar a ciertos ángu­
los de reflexión. Sostenemos que liberar el razonar de este
sistema de referencia es una condición para que éste se pue­
da abrir hacia lo real para hacerse sensible a las exigencias
de objetividad expresadas en el supuesto de la realidad en
movimiento.
Si pensar es más que explicar, hay que evitar que lo real,
transformado en contenido (parcial, relativo), devenga en un
sistema de referencias que anule la capacidad de problema-
183
tizar lo objetivo. A partir de esta consideración se puede ha­
cer la distinción entre el pensar teórico-formal y el pensar
que no se encuadra en ninguna estructura teórica, pero que
reconoce en la articulación el marco lógico-epistemológico
que garantice que el pensamiento se oriente hacia la objeti­
vidad.
A lo largo de este trabajo se ha desarrollado la idea de que
la dialéctica, a diferencia de otras concepciones de la realidad
en sí mismas explicativas, implica una forma racional en la
que predomina, sobre su «carga teórica», su función lógica
constructiva. Esta afirmación se apoya en que la organización
categorial de la dialéctica es crítica y no definidora de propie­
dades; esto es, que cumple la función gnoseológica de trans­
formar lo indeterminado en objeto sin mediar la formulación
de hipótesis, en tanto que no es una estructura conceptual ce­
rrada, sino una lógica para la teorización, que media gracias al
objeto que se construye. De ahí que sirva de fundamento para
la definición de conceptos que, como mecanismos de utiliza­
ción de los corpus teóricos, permitan abordarlos desde fuera
de sus límites al tener ellos la función de organizar campos de
observación sin reducirlos a un orden explicativo preestableci­
do; por lo tanto representan la capacidad para abrirse hacia lo
objetivo que se expresa en las inclusividades determinables, se­
gún la articulación.
El rompimiento de la relación teórica estructurada entre
sujeto-objeto se traduce en el reconocimiento de ciertas media­
ciones entre ambos, como es la problematización de lo dado,
que rompe no sólo con las condiciones teóricas sino también
con las del sentido común, y permite delimitar campos de ob­
servación que- no son definidos en términos de algún corpus
conceptual preestablecido como el teórico.
Por el contrario, tal corpus es utilizado en términos de una
exigencia de «objetivación», de manera que el pensar consista
en la capacidad de organización de esta objetivación. Así es
como la organización «no teórica» es más comprehensiva que
la explicación que busca jerarquizar esta objetivación como es­
tructura de determinaciones.
Pensar, en consecuencia, es determinar no sólo lo necesa­
rio de construirse con base en una exigencia conceptual, sino
184
determinar lo constituible en función de una exigencia de ob­
jetividad. Esta distinción permite concluir que el pensar no
puede quedar sometido a las condiciones formales de la teoría,
ya que, simultáneamente, debe cuestionarlas.
De acuerdo con lo que hemos planteado, la aprehensión
consiste en una forma articulada de razonar sin precipitar nin­
guna jerarquización sobre los contenidos. No predetermina
una jerarquía sino que se restringe-a delimitar campos que
son posibles de transformarse en objetos de conocimiento. En
éste sentido es preteórica. Su exigencia sine qua non es que
no precipite conclusiones que contradigan su naturaleza pre­
teórica, como sería conformar una determinada jerarquía sin
supeditarse a la lógica de construcción del objeto. Su función,
por lo tanto, es concebir lo real como niveles en proceso de
articulación, por medio de los cuales se manifieste el dina­
mismo que pueda estar determinado por cualesquiera de esos
niveles en su relación recíproca. Este dinamismo será defini­
do en función del orden jerárquico, propio del corte teórico,
que correspondería al momento de la transformación de la
configuración problemática, o campo de objetos en un objeto
particular.
De ahí que la aprehensión configure una relación abier­
ta, y potencial, con la realidad, que, finalmente, da lugar a
una explicación teórica; pero la transformación de la apre­
hensión en teorización debe ser crítica para evitar el riesgo
de terminar por aprisionar la aprehensión en el molde de
una explicación, en vez de problematizar ésta en términos de
aquélla.
El paso de la aprehensión a la explicación teórica reviste el
carácter de crítica porque es «problemática» en el sentido de
que la teoría que se construya quedará determinada, no sólo
por la lógica interna proveniente del corpus teórico, sino, sobre
todo, por las exigencias de objetividad que se reflejan en la
capacidad de aprehensión de la realidad. De ahí que el movi­
miento entre aprehensión y explicación teórica denote un mo­
vimiento entre empina y reconstrucción, que es lo que obliga
a construir la relación del conocimiento.
El movimiento anterior supone una constante inclusión de
niveles empíricos que no significa anticipar juicios acerca del
185
contenido de las determinaciones entre los niveles de la reali­
dad empírica.
El problema de fondo es cómo asumir nuevos ángulos de
reconstrucción sin dejar de obedecer a la exigencia de ampli­
tud de lo que queda fuera, a la que hemos llamado exigen­
cia de objetividad. Pensamos que la razón gnoseológica es
la conciencia del límite de lo no apropiado, de lo indeter­
minado. Con esto cobra sentido la distinción que hacíamos
entre aprehensión problemática, definición del objeto y ex­
plicación, funciones que corresponden a etapas de la cons­
trucción del conocimiento como un proceso, que se inicia
al delimitar un área de la realidad para transformarla en
objeto y culmina, finalmente, en una estructura de expli­
cación.
El paso de la aprehensión a la explicación consiste en el
movimiento de la razón desde la determinación de lo posible
de teorizarse hasta la teoría posible. Es el movimiento del ra­
zonamiento que se abre hacia lo objetivo, por medio de la su­
bordinación de la lógica de las estructuras teóricas a la capaci­
dad de problematización con el que se pretende reflejar lo po­
tencial de lo real, no transformado todavía en contenido de
sistemas teóricos. En este contexto se puede hablar de lo po­
tencial, pues al concebirse la relación con la realidad mediante
un campo de objetos que define lo que puede ser razonado
antes que explicado, requiere, como hemos dicho, de una or­
ganización racional abierta como la aprehensión. Por lo mis­
mo, esta es una forma de razonamiento cuya riqueza de capta­
ción no necesariamente es simétrica a un avance en los conte­
nidos del conocimiento.
La articulación entre aprehensión y explicación se produce
en el campo de las opciones teóricas; pero, mientras la rela­
ción entre problema y dato empírico está mediada por la re­
construcción problematizadora del problema que sirve de pun­
to de arranque del conocimiento (propia de la aprehensión), la
relación entre teoría y dato lo está por la opción teórica que se
especifica en la construcción del objeto. De ahí que el esfuerzo
por determinar el campo de opciones sea propio de la apre­
hensión, mientras que la selección del objeto opcional lo sea
de la explicación.
186
Una esquematización del paso de la aprehensión a la expli­
cación se podría representar del siguiente modo:
Problema —» problematización —> contexto especificador
—> datos del campo de posibilidades -> base de opciones
teóricas —> opción teórica —» explicación. De lo que
resulta que la secuencia: datos —» problema —> hipótesis
—» teorías se ve modificada, o, al menos, no puede ser
enfocada de modo tan lineal

Organización y funciones de la aprehensión

Es necesario avanzar en la precisión de la estructura inter­


na de la aprehensión para poder entender mejor su función
analítica:
1) La aprehensión cumple la función de problematizar. Se
le pide a la teoría «cubrir de un modo unitario [...] e,l conjunto
de los datos y las generalizaciones de bajo nivel de que se
dispone y que hasta el momento estaban sin conectar»;1 la
aprehensión, por el contrario, no ofrece ese rasgo, ya que su
función está en problematizar el recorte de universos empíri­
cos, de manera que sirvan de punto de partida a la teoriza­
ción. Así, la aprehensión no queda sujeta a las exigencias sin­
tácticas y semánticas de la teoría, por lo que los conceptos no
se interpretan con base en las reglas de interpretación (refe-
renciales o evidencíales), en la medida en que no se plantea el
problema de la correspondencia con la realidad.
En este sentido, la aprehensión transforma la teoría en un
mecanismo de razonamiento, en vez de utilizarla como estruc­
tura posible de contrastarse; por eso lo que enfrenta es la
construcción de los conceptos teóricos y no el problema de los
correlatos.
Se hace necesario señalar que es diferente pensar en ajus­
tar una teoría (con base en un determinado campo de corro­
boración), que en elaborar su apertura a otros niveles de la
realidad como supuestos correlatos independientes. En este1

1. Mario Bunge, op. cit., p. 487.

187
sentido, la idea de inclusión significa crear ángulos de razona­
miento desde fuera de lo transformado en contenido teórico
por alguna estructura conceptual explicativa.
Sin embargo, debe advertirse que la aprehensión no es
equivalente de la explicación subsuntiva, que supone «relacio­
nes entre entidades pertenecientes todas al mismo nivel»;2
como tampoco lo es de lo que se ha denominado «descripción
no-teórica»,3 en la medida en que es un procedimiento basado
en conceptos con contenido teórico.
Efectivamente, la aprehensión exige utilizar conceptos teó­
ricos aunque sin una función hipotético-explicativa y, evidente­
mente, con un tipo de enunciación en la medida que se razona
por medio de relaciones lógicamente posibles de articularse
para, así, determinar el contexto especificador.
El contexto determinado por la aprehensión puede ser defi­
nido en términos de la inclusión o bien de la determinación.
En el primer caso, el contexto reviste el carácter de un requisi­
to de especificidad para determinar la pertinencia de la teoría
que debe ser formulada, mientras que, en el segundo, es el
modo concreto de operar de la relación de determinación de
naturaleza teórica.
2) Predominio de lo procesual en la aprehensión. El predo­
minio de lo procesual cumple la función de delimitar el objeto
antes de que se plantee su captación racional. Se ha afirmado
que «no es posible exponer científicamente la articulación pro­
cesual en la forma devenida sin tener en cuenta la génesis his­
tórica, así como los procesos teóricos capaces de interpretar las
conexiones estructural-procesuales en la forma devenida, y al
mismo tiempo el contexto histórico-genético anterior al devenir
de la forma investigada».4 Concordamos con la idea de lo «pro-
cesual-estructural» siempre que se distinga entre la función de
problematizar y la conexión racional con la realidad objetiva.
La primera es una forma de organizar la relación con la reali­
dad para reconstruirla en función de la exigencia de objetivi­
dad, en tanto que la conexión reviste ya un contenido definido.

2. Iba., p. 587.
3. Iba., p. 617.
4. Jindrich Zeleny, op. cit., p. 65.

188
3) La aprehensión está centrada en la relación posible. La
aprehensión supone una implicación lógica fundada en la
articulabilidad y no en ningún orden o razón de carácter
teórico.
La explicación es un orden jerárquico de determinaciones
que puede constituir un campo de posibilidades, ya que la re­
lación <cc -> y» puede expresar una problemática; esto es, una
apertura de lo dado a lo potencial. La verdad lógica de que el
explicandum se ligue lógicamente al explicans no puede sus­
traerse del campo de posibilidades reconstruido; por eso se
debe desarrollar, además del aspecto lógico, el aspecto episte­
mológico de la explicación mediante una mayor profundiza-
ción en la forma de construirse la relación de conocimiento,
esto es, en la aprehensión.
Stinchcombe observa que «si bien conocemos la ley causal
“x —> y", no necesariamente sabemos que un cambio dado en
“y", está causado en realidad por una variación en “x", puesto
que es muy posible que “x" no varíe en el contexto que esta­
mos investigando...».5 Este carácter complejo de las múltiples
consecuencias que pueden derivarse de una teoría,6 plantea el
problema de situar la derivación teórica en un contexto que la
especifique. Puesto que las consecuencias empíricas de una
teoría no se derivan sólo de la teoría, la variedad de conse­
cuencias empíricas dependerá de la situación de articulación
que la teoría pueda conocer en forma de afectar sus relaciones
con la realidad.
De ahí que las reglas de inferencia de una teoría supon­
gan considerar las exigencias de articulación para el uso de
ésta; más aún cuando consideramos que para el caso de las
ciencias sociales la regla A -> t (regla de inferencia admitida
por la teoría), se enturbia con la presencia de «paradigmas»
en los que la «derivación» (por ejemplo: El suicidio, de E.
Durkheim) se obtiene mediante la introducción de un con­

5. Ibtd., p. 43.
6. «El proceso lógico básico de la ciencia es la eliminación de teorías alternativas
(las que conocemos y lás que no conocemos), mediante la investigación de tantas de
las consecuencias empíricas y de cada teoría como resulte práctico, tratando siempre
de que las implicaciones puestas a prueba sean lo más variadas posibles» (Stinch­
combe, op. cit., p. 32).

189
junto de proposiciones intermedias que no se deducen lógi­
camente de los primeros enunciados. La deducción no es
formal, pues se transforma en una construcción de elemen­
tos constituyentes del proceso de especificación creciente, y
no, simplemente, determinables por derivación. En efecto, es
posible llegar a conclusiones que se someterán a la compro­
bación en la realidad, sin que éstas tomen la forma de una
deducción. En este caso hablaremos no de «teorías» sino de
«paradigma».7
4) La aprehensión no se restringe a los planos de la reali­
dad sometidos a regularidades, ya que refleja un campo de
posibilidades y no una exigencia de adecuación a lo real. En
este sentido, la aprehensión incluye a la explicación.
5) La aprehensión determina contextos especificadores de
contenidos al tener como función la delimitación del campo
de opciones, y define las condiciones de teorización como for­
ma particular de la apropiación racional.
6) Los referentes pueden ser virtuales, de manera que no
queden encuadrados en el interior de la exigencia de corres­
pondencia en razón de la presencia de lo potencial.8
En síntesis, se pueden formular las proposiciones siguien­
tes para caracterizar la aprehensión-.
— Es la apertura hacia la objetividad con predominio del
supuesto del movimiento.
— Está centrada en la relación posible-articulable, lo que
supone una reconstrucción delimitadora de lo real.

7. Raymond Boudon, Los métodos en sociología, op. cit., p. 203.


8. Implicaciones sobre el concepto de verdad; se plantea una idea de verdad que
consiste en la reconstrucción de situaciones que contengan relaciones posibles. La
verdad no se limita a la función de correspondencia con lo real, porque no es expre­
sión exclusiva de lo que es significativo en el marco de un sistema conceptual, tam­
bién se relaciona con lo que es significativo de construir como conocimiento, lo que
representa una capacidad de abrirse hacia lo objetivo más allá del Corpus. En este
marco, la verdad se supedita a la exigencia de objetividad para cumplir la función
epistemológica mediante la organización de un pensar del dándose al problematizar
lo dado del Corpus. Esto significa que la verdad no es solamente una proposición que
se corrobora, sino la lógica constructora del encuadre de la proposición. Su prueba,
entonces, es la función de cognoscibilidad, esto es, de poder optar entre proposicio­
nes. Poder que se acumula sobre la base de proposiciones demarcadoras de la objeti­
vad, capaces de contener a las proposiciones predicativas de propiedades.

190
— La reconstrucción delimitadora de lo real es el contexto
especificador de las condiciones de teorización.
— Desde la perspectiva de la articulabilidad, cualquier es­
tructura teórico-explicativa es función de un campo de posibi­
lidades que no reconoce un orden jerárquico, sino varios. Por
lo tanto, la idea de estructura-orden (propia de la explicación)
es reemplazada por la de campo-apertura, donde la posibilidad
no equivale a una probabilidad, sino a una modalidad de con­
creción de lo posible-real.
— La delimitación de campos posibles de teorización,
como captación de lo real, reconoce las siguientes etapas:
a) Problematizar los condicionamientos (teórico-formales,
parámetros, lenguajes) de la relación de conocimiento.
b) Transformar cualquier contenido (de estructura o siste­
ma conceptual) en un campo de relaciones posibles en­
tre elementos conceptuales.
c) Delimitación articulada de los campos de observación
con base en los elementos conceptuales extraídos de la
teoría o con aquéllos especialmente construidos.
d) Consiguiente determinación del campo de opciones teó­
ricas. Este constituye un marco de especificación de
contenidos que, a diferencia de la inferencia deductiva
desde premisas, no parte de un objeto (según el conjun­
to de reglas que permite una construcción semántica
cerrada), sino de una problematización que se expresa
en la construcción del objeto.
La explicación, en cambio, asume algunas características
como las siguientes, relacionadas por su naturaleza contras­
tante con la aprehensión:
— Es un orden de determinaciones.
— Predomina lo devenido (aunque sea un resultado histó-
rico-genético).
— Está centrada en la relación con lo real encuadrada teó­
ricamente. Esto es, la explicación fija el orden en la estructura
de las determinaciones.
— Se restringe a los planos de la realidad sujetos a regula­
ridades.
191
E sq u e m a 4

Aprehensión Explicación

Problematización
--------------* Apertura hacia Suspensión del orden
lo objetivo de determinaciones
en tanto organizado
Predominio de con base en el
lo procesual predominio de lo
devenido.
Consecuencias Crítica a la relación
operativas: relación teórica.
posible como criterio
de la reconstrucción.
Reconstrucción como Subordinación de la
mécanismó de deducción a la
descripción. articulación.
Conformación del Rechazo al
contexto especifícador mecanismo de prueba
como la función de la de hipótesis como
reconstrucción. mecanismo de
apropiación de lo real.
Base de opciones Selección de la teoría
teóricas. problematizada en
función de la base de
opciones teóricas.

El esquema 4 puede resumir el problema. Dicho esquema


implica una crítica al concepto de explicación desde el punto
de vista de la aprehensión. Con el propósito de ilustrar mejor
el desarrollo de estas ideas, acompañamos los siguientes co­
mentarios tomando como base la tabla de Bunge (página
siguiente) sobre la explicación racional (cfr. Bunge, op. cit.,
p. 571).
192
A) Explicación racional B) Explicación racional
ordinaria científica
1) Sin restricción sobre cuestio­ 1) Restringida a cuestiones bien
nes de por qué. formuladas.
2) Sin restricciones sobre la viabi­ 2) Los datos sobre el explicandum
lidad del explicandum ni de las y las circunstancias han de ser
circunstancias. contrastables.
3) El explicandum refiere a un he­ 3) El explicandum refiere a aspec­
cho íntegro. tos seleccionados de un hecho.
4) Las premisas del explicaras son 4) Las premisas del explicans son
imprecisas. precisas.
5) Las generalizaciones supuestas 5) Las generalizaciones supuestas
son extrasistemáticas: generali­ son sistemáticas, leyes.
zaciones empíricas, hipótesis ad
hoc o meros mitos.
6) Precisión y profundidad difícil­ 6) Precisión y profundidad mejo-
mente mejorable sin salir de rables.
sus medios.

Si subordinamos la explicación a la aprehensión (como es­


tructura racional de captación no hipotética), significa que en la
«cientificidad» de la explicación (Bl) se debe recuperar la riqueza
sugerida por la explicación racional «ordinaria» (Al), transfor­
mando a ésta en un mecanismo por medio del cual se ubica el
«problema científico» en el contexto problemático; lo que obliga
a pensar que la «fiabilidad del explicandum», antes que apoyarse
en la contrastabilidad de sus datos, consiste en una relación posi­
ble que lleva a reemplazar a aquella por la correspondencia (B2).
La correspondencia se refiere al proceso de estructuración
de lo real (del fenómeno particular que interesa estudiar) sin
restringirse a recortes de tiempo y de espacio, ni tampoco al
interior de un nivel dado de la realidad. Supone un campo
más amplio que la prueba de hipótesis, por lo que se plantea
la necesidad de oponer a la noción de verdad la de apropia­
ción objetivizante, que cumple la función de reconstrucción
especificadora de contenidos.
193
Desde esta perspectiva la riqueza de contenido de la expli­
cación se encuentra en la capacidad para que la riqueza del
explicandum, referido «a un hecho íntegro» (A3), sea la exigen­
cia real problematizada para determinar «los aspectos selec­
cionados de un hecho» a que se refiere el explicandum; que es
el papel que, sostenemos, cumple la totalidad en la medida en
que sirve para determinar la base para captar el «todo», en el
sentido de ser una organización pertinente para «cada hecho o
conjunto de hechos».
De manera que si el explicandum queda condicionado a la
constitución previa de un contexto más amplio (que es la base
para determinar las premisas del explicans), lo que ocurre es que
nos enfrentamos a la cuestión de determinar estas premisas del
explicans con la riqueza que supone pensar su determinación en
el interior de una situación reconstruida, que aparece exigida por
la problematización de lo real (A3-B3). En consecuencia, la idea
de que las «generalizaciones supuestas son sistémicas» queda su­
bordinada a la idea de la construcción del objeto como proceso
apropiador que cumple la función de explicans.
El planteamiento de la correspondencia se vincula con la
idea de que los mecanismos para conocer deben irse transfor­
mando junto con el conocimiento. Si éste está referido cada vez
más a la necesidad de dar cuenta de objetos determinados por
ciertos parámetros (tiempo y espacio) y por niveles de la articu­
lación, a la vez abiertos a otros parámetros y niveles (en los que
manifiestan su objetividad), entonces se debe tratar de resolver
el problema del correlato en fortna congruente. En este sentido,
se reivindica una práctica de investigación mediante la cual se
especifique la apropiación, por medio de todos sus matices, en
vez de codificarla en un «decálogo de procedimientos» que apa­
recen definidos por adelantado a la práctica.9
En realidad, esta práctica descansa en una racionalidad
que no se reduce a reglas. Más bien se expresa en una concep­
ción del progreso de investigación en el que, desde el punto de
vista de la construcción del correlato, la relación de determina­
ción está contenida en la de implicación lógica, ya que repre­
senta un contenido específico posible de esta última. Por ello.
9. Pierre Bourdieu, op. cit., p. 22.

194
la prueba es una transformación de lo dado (relación de deter­
minación) en potencial (indusividad), que lleva a reformular la
relación de determinación.
Por lo cual la determinación, y más estrictamente la causa­
lidad, mantiene su riqueza siempre que se considere la totali­
dad en que el objeto está situado. La determinación debe com­
prenderse en el interior de la totalidad, dado que ésta «impone
la exigencia, previa a cualquier postulación teórico-explicativa,
de reconocer las situaciones contextúales determinantes de la
complejidad de la relación de causalidad (explicación o deter­
minación)».101Lo anterior se justifica por el hecho de que la
«totalidad debe incluir los diferentes cortes en el tiempo, de
manera que permita que la relación entre los procesos se esta­
blezca según sus propias escalas de tiempo y no según una
escala impuesta arbitrariamente. Por eso la dimensión tempo­
ral propia de la totalidad resulta ser el producto de varios cor­
tes específicos de tiempo»;11 lo que garantiza una reconstruc­
ción más objetiva del proceso que se trata de conocer.

El objeto y la hipótesis

Por ubicarse en el momento de la explicación teórica, la


hipótesis se refiere a una realidad demarcada por la teoría de
la cual se infiere, y no contiene ninguna relación con lo real
que no esté incluida en la demarcación definida por la teoría.
Por eso la totalidad no es compatible con la lógica de la hipó­
tesis, en la medida en que ésta se refiere a una configuración
real con límites precisos. De manera que, si se quiere avanzar
con la incorporación de otros niveles de la articulación, sería
necesario eliminar la hipótesis reemplazándola por la cons­
trucción del campo de objetos.
La realidad como movimiento se capta por medio de la
construcción del objeto, ya que al no estar siempre determína­

10. Hugo Zemelman, «Problemas en la explicación del comportamiento repro­


ductivo (sobre las mediaciones)», en Reflexiones teórico-metodológicas sobre investiga­
ción en población, México, El Colegio de México, 1982, p. 105.
11. IbttL.p. 135.

195
da es determinable en contextos especificadores; función que
cumple el objeto en el marco del proceso que se inicia con la
aprehensión-problemática.
El proceso constructor del objeto consiste en reconstruir
un campo articulado con base en un problema eje que sirva de
punto de partida del conocimiento. Corresponde al esfuerzo de
pensar de acuerdo con los requerimientos de un campo de
posibilidades, en forma que pueda llegarse a fijar el contenido
teórico de una proposición, rompiendo con la fragmentación
de la observación sobre la realidad, mediante las articulacio­
nes posibles del problema eje. Se trata, pues, de aquellos cam­
pos de posibilidades, no homogéneos ni semánticamente ce­
rrados, a que nos hemos referido.12
La construcción del objeto refleja el esfuerzo por penetrar
en la realidad por medio de una lógica de inclusividad de nive­
les que operen mediante instrumentos conceptuales que cum­
plan la función de reflejar la articulación y su movimiento ver­
tical longitudinal, coyuntural-periodo. El movimiento de la
construcción se mueve hacia la objetividad, lo que hace nece­
sario prescindir de la mediación de estructuras teórico-explica-
tivas (aunque el proceso culmine en una organización concep­
tual cada vez más cerrada por estar estructurada). Se puede
apreciar, por esta razón, el carácter de mayor comprehensivi-
dad que reviste el objeto; de ahí su primacía sobre la hipótesis,
que queda incluida en el interior de la relación de conocimien­
to determinado por aquél. En este sentido, la construcción del
objeto se sitúa entre la aprehensión y la explicación.
El objeto incluye lo no estructurado; por lo tanto, no res­
tringe lo real a lo connotado por los términos utilizados, ya
que, a medida que el objeto supone una forma de razonamien­
to inclusiva, lleva a la búsqueda de significados más allá de
cualquier anáfisis formal del lenguaje en que se expresa el co­
nocimiento. Lo que se logra mediante la problematización de
la connotación de los términos de aquél en función de la re­
12. Conviene señalar que la exigencia de la especificación creciente de los con­
ceptos puede reconocer un impedimento en la hipótesis cuando ésta formaliza su
contenido; salvo que la corroboración de la hipótesis sea equivalente a la especifica­
ción creciente del contenido de los mismos. Esta característica constituye una exi­
gencia hacia esta especificación creciente.

196
construcción del campo en que quedan ubicados. Se trata, por
lo mismo, de «desformalizar» los términos del lenguaje rom­
piendo con su estructura semántica, en tanto condicionamien­
tos fijos del razonamiento. Dicho rompimiento es posible me­
diante una construcción proposicional abierta (poliádica) y no
atributiva de propiedades que cumpla con la función de cons­
trucción del campo de objetos. Estas proposiciones no pueden
confundirse con aquéllas, mediante las cuales se expresa el
contenido de un objeto ya definido. Este planteamiento se co­
rresponde con la idea de usar los conceptos enfatizando su
función de construcción de observables y no la teórico-expli-
cativa.

LOS CONCEPTOS ORDENADORES13

En la medida en que en el razonamiento articulado la sig­


nificación de los conceptos no está dada por su pertenencia a
un sistema conceptual, se plantea su construcción en función
de la especificación creciente. A este respecto la dialéctica
constituye un «mecanismo» para organizar el razonamiento
teórico, de manera que esté determinado por la exigencia de
objetividad que obliga a especificar la teoría. De esta manera
el campo de aplicación de una teoría es problematizado y tras­
ciende los límites de su capacidad de explicación para trans­
formarse en el espacio de contenidos virtuales que plantean
nuevas exigencias teóricas. Así se rompe la identificación entre
lo que es el recorte de realidad y lo que es el contenido de una
explicación, ya que el recorte de realidad no se reduce a lo que
es explicado. La razón de esto es que el recorte es visto desde
la problemática que rompe los límites de la explicación, por­

13. El uso de los conceptos a nivel categorial refiere a la problemática del cierre
metodológico del ejercicio de la apertura epistemológica. Su relación con la trans­
formación del movimiento en contenido, es tratado con mayor profundidad en el
libro n, particularmente en el cap. IV, «El método como actitud ante la realidad».

197
que se articula con otros recortes que no se desprenden de la
teoría que se utilice.
Esta forma de organizar la construcción de teorías descan­
sa en la idea de lo que es posible de transformarse en conteni­
do sin que se encuadre en la lógica de la explicación, dejando
en un segundo lugar aquel razonamiento que parte de lo que
ya ha sido transformado en contenido. Planteamiento que su­
pone el establecimiento de una relación entre la organización
racional de captación o aprehensión y la explicación; relación
que refleja el movimiento de la razón cognoscitiva en la direc­
ción de la transformación del problema en objeto, desde la
configuración problemática de elementos articulados a la de­
terminación de una jerarquización entre éstos.
Lo anterior, como fue señalado, constituye una crítica a la
forma de pensar lo real desde la deducibilidad teórica, la cual
no considera la cuestión de la pertinencia de la teoría para el
problema, según lo que plantea la exigencia de objetividad (tal
como surge en función del razonamiento articulado). Lo que
se pretende es subordinar la forma de pensar desde premisas
o hipótesis a la construcción articulada de la observación; lo
que obliga a pensar en contextos que relacionen la inferencia
deductiva con la necesidad de la articulación.
Esto define un marco particular para el uso de los concep­
tos, los cuales han de ser susceptibles de ser utilizados según
una lógica que busca definir lo posible de ser pensado racio­
nalmente antes que restringirlo a lo simplemente teorizado. De
ahí que la reflexión deba orientarse hacia la construcción de
aquello que pueda ser objeto de aprehensión, sin necesidad de
tener que ser explicado.
El uso de los conceptos desprendidos de su significación teó-
rico-explicativa no .endría mayor significación si no fuera por el
hecho de que éstos condicionan fuertemente la conciencia cog­
noscitiva. Un ejemplo puede obtenerse del análisis que Althusser
hace del concepto de trabajo en Marx. «En la aplicación, en el
interior de El Capital mismo, de los bien definidos conceptos del
proceso de trabajo, de fuerza de trabajo, de trabajo concreto, tra­
bajo abstracto, trabajo asalariado, etcétera [...] sobre el concepto
de trabajo [...] se descubre que este concepto de trabajo (a secas)
no es, en El Capital, más que una palabra, una de las formas
198
viejas pertenecientes al sistema conceptual de la economía políti­
ca clásica y de la filosofía de Hegel. Marx se ha servido de él pero
para llegar a nuevos conceptos que [...] hacen superflua dicha
forma, y que constituyen su crítica.»14 La función gnoseológica
del «trabajo» es problematizada por el modo de razonar. De esto
se concluye que la función del concepto se relaciona con las con­
diciones de especificidad del mismo.
Esto es posible sobre la base de la crítica, que conjuga lo
determinado y lo indeterminado. La especificidad del concepto
no está dada por su definición según un razonamiento deduc­
tivo; el concepto no especificado, al estar formahzado, dificulta
el razonamiento orientado por la exigencia de objetividad. Es
precisamente esta exigencia la que determina el rompimiento
de los límites de lo teórico formal.15
Hemos venido afirmando que el movimiento, en tanto su­
puesto, carece de atributos en la medida en que es un indetermi­
nado que tiene la función de ser una exigencia epistemológica
para la construcción del conocimiento. Se expresa en la modali­
dad categoría! del «dándose», pero el movimiento en tanto «dán­
dose» implica la idea de devenir, la referencia a una «mecánica»
por medio de la cual opera. Como supuesto, lo que nos interesa
es el movimiento y no su mecánica (contradicción). En este sen­
tido, el movimiento estará siempre indeterminado porque no re­
conoce una estructura categoría! que sea identificable desde la
partida; más bien, constituye la posibilidad de lo indeterminado;
por eso se debe diferenciar entre el movimiento como objetividad
y la determinación de su estructura particular.
En la primera acepción nos referimos a lo real como exte­
rioridad mutable, sin incurrir en la formulación de afirmacio­
nes acerca de su estructura. En la segunda, se formulan pro­
posiciones sobre lo real según determinadas estructuras. Esta
última queda incluida en aquélla, pues primero es necesario
delimitar el movimiento y después explicarlo.

14. Louis Althusser, op. cit., p. 48.


15. Este rompimiento descansa en la capacidad de trabajar con independencia
de la capacidad explicativa de los sistemas conceptuales. Forma de razonamiento que
reconoce como apoyo (el reemplazo de los Corpus teóricos) a ciertos ángulos de
lectura de la realidad que sean congruentes con el supuesto de la realidad como
movimiento.

199
El movimiento cumple la función de aquella «totalidad
dándose, nunca dada», que tiene el papel de ser requisito para
la construcción del conocimiento; el dándose da cuenta de lo
indeterminado de lo real. En este sentido consideramos que, a
diferencia de Hegel, el concepto de movimiento en Marx es
abierto en lo que respecta a su encuadramiento categorial.
La premisa que hemos asumido desde el principio es que
la dialéctica consiste en captar la realidad histórica mediante
la construcción racional de la totalidad concreta, y no sola­
mente mediante una estructura fija de categorías a las que
simultáneamente se les hace cumplir la función de leyes de
la realidad objetiva. La totalidad concreta es la realidad obje­
tiva como contenido de pensamiento, y desde esta perspecti­
va hemos privilegiado la categoría de totalidad sobre la de
contradicción. La única idea estructuradora dominante es la
de totalidad articulada sin que llegue a agotarse la determi­
nación de la estructura, como sucede en el caso de la contra­
dicción.
La estructura del razonamiento se organiza con base en
aquellos ángulos en los que se refleja la exigencia del movi­
miento como supuesto. Dichos ángulos son el nivel de especifi­
cidad y el momento, ya que se refiere a cómo las determina­
ciones histórico-concretas y el desenvolvimiento en el tiempo
de los procesos, respectivamente, conforman la objetividad de
lo que es posible de ser aprehendido.
En consecuencia, la relación objeto-problemática no se pier­
de siempre y cuando ésta opere en el marco del movimiento
que orienta la aprehensión en dirección hacia cierta conceptua-
lización teórica, lo que a su vez plantea revisar la conceptuali-
zación desde la aprehensión.
El movimiento aprehensión-conceptualización (problemáti­
ca-teoría, respectivamente) también se refiere a la relación en­
tre la función de apertura y la función explicativa; vinculada
aquélla con la necesidad de construcción de la realidad como
campo de objetos posibles. En este marco, la discusión condu­
ce necesariamente a repensar el referente del concepto mismo
en cuanto éste reconoce como base no sólo la estructura teóri­
ca, sino también la incorporación de la configuración proble­
mática como campo de posibilidades objetivas.
200
El movimiento desde la aprehensión hacia la conceptuali-
zación no se puede reducir a la fase del concepto porque la
aprehensión se conserva en la riqueza de determinaciones de
la conceptualización. En este sentido, la explicación tendría
que contener a la apertura, por lo que los conceptos deben
manejarse con toda la riqueza que ello implica, que se deriva
de su forjamiento a partir de la configuración problemática.
La esencia de la cuestión está en pensar los conceptos, ante
todo, como organizadores de la relación con la realidad; y, una vez
delimitada la realidad como campo de objetos posibles, proceder
a destacar las opciones de explicaciones teóricas. La teoría revis­
te, de este modo, un carácter abierto, puesto que está determina­
do por la configuración problemática que puede trascenderla.
Cuando la teoría se utiliza en esta función delimitadora (o
epistemológica), a los conceptos los denominamos ordenadores.
Los conceptos ordenadores reemplazan lo teórico general
por una exigencia epistemológica general; esto es, establecer
una relación de posibilidad entre los conceptos y avanzar en la
especificación de sus contenidos mediante la reconstrucción
de la articulación.
Esto implica una lectura de los conceptos que trascienda
las referencias empíricas de cada concepto y que configure los
universos de observación; pero, a la vez, supone la necesidad
de reformular los conceptos según estén determinados en su
contenido por el sistema del que son parte o por su recorte
fragmentario de la realidad. Se plantea así especificar los con­
ceptos originarios para adecuarlos a la situación que se re­
construye a partir de los universos articulados.
Los universos definidos de acuerdo con el contenido propio
de los conceptos constituyen recortes fragmentarios de la reali­
dad. No obstante, cuando se piensan articuladamente, los con­
ceptos son la base para determinar opciones teóricas en virtud
de su capacidad para plantear relaciones posibles, que se cons­
tituyen en el interior del marco en el cual se configura la jerar­
quía de determinaciones, que, además, es función del recorte
definido por el tiempo y nivel de la totalidad.16

16. Cuestiones que atañen a la problemática de las condiciones de historicidad


del conocimiento, planteadas con anterioridad.

201
El razonamiento, al romper con los límites de las definicio­
nes de contenido, opera mediante proposiciones constructoras
de teoría, por medio de las cuales el razonamiento articulado
refleja la exigencia de objetividad, más allá de la lógica interna
de cualquier sistema conceptual, de manera de adecuarse a las
condiciones de especificidad del contenido: nivel de la articula­
ción y temporalidad.
La exigencia de objetividad puede reconocer un parentesco
con la contextualización que pedía Lazarsfeld para superar la
ambigüedad de resultados, mediante el análisis de las «relacio­
nes condicionales entre las variables y cada una de las varia­
bles intermedias que hacen ambigua la relación primitiva».17
No obstante, se diferencia en que la exigencia de objetividad,
en oposición a la contextualización, no está interesada en refi­
nar la relación entre variables para encontrar la adecuada co­
rrespondencia con la realidad empírica, sino que se vuelca ha­
cia la construcción teórica, tomando como base el ángulo de
mayor inclusividad en su connotación lógica y no teórica. Este
es el sentido de afirmar que la articulación implica pensar en
función de contextos especificadores, que no son el reflejo par­
ticular de un universal teórico, sino más bien criterios capaces
de delimitar la base objetiva a partir de la cual poder teorizar.
En esta misma óptica, el razonamiento articulado, al cues­
tionar las premisas de la deducción teórica, cumple la función
de contribuir a profundizar en el desarrollo de las teorías en
dirección de su especificación creciente. La base de esta forma
de razonamiento es el contexto especificador de la teoría; por
lo tanto, su dialéctica no tiene por sí misma otro contenido
que el de subordinar las predicciones que se formulen al con­
tenido de lo posible.18
Por eso la dialéctica, como estructura de la racionalidad
científica, reconoce como función la delimitación del campo
de las opciones teóricas; lo que significa que cualquier inten­
to de atribuir contenidos (interpretación) queda subordinado
a esta delimitación con base en inclusiones que contienen
posibles alternativas teóricas; es decir, por el reconocimiento
17. Raymond Boudon, op. cit., p. 124.
18. Ibíd., p. 141.

202
de varias especificaciones teóricas según sea la naturaleza
del problema inicial que sirva de eje a la reconstrucción ar­
ticulada.
Si la constitución teórica es parte de la delimitación de un
campo que contiene alternativas teóricas posibles, es claro que
la teoría se incluye en una lógica de construcción de la rela­
ción con la realidad, por medio del recorte de universos de
observación, que, posteriormente,- se transforman en objetos
de estudio. La dialéctica, por eso mismo, cumple la función de
determinar las premisas de inferencia, pero según la naturale­
za de la relación del conocimiento.
Bunge sostiene que «toda teoría científica se limita a refe­
rirse a unos pocos aspectos del sistema real que esquemati­
za»;19 lo que al parecer entra en contradicción con la perspec­
tiva metodológica de la articulación, más aún si consideramos
que la teoría científica «no se introduce para dar cuenta de
tales aspectos sino de unas pocas variables, despreciando o
desconociendo las demás». Es diferente construir una teoría
con base en un recorte dado, relacionado con un subconjunto
de explicando, conocidas, que reconocer en el ámbito de la teo­
ría un campo de relaciones posibles donde el esfuerzo de apro­
piación de lo real no queda subordinado al modo de operar
lógico de la teoría.
Desde esta perspectiva se puede considerar que la idea de
«formal-abstracto» de Althusser20 (aunque confunde la función
del formal como posibilidad de relaciones y el formal como
premisa de derivaciones), constituye un campo para determi­
nar un campo de posibilidades que permite dar lugar a la
transformación de las relaciones posibles en relaciones teóri­
cas, que es el cometido de la construcción del objeto: la con­
versión de lo pensable en teorizable, de la objetividad potencial
en contenido. Ello porque entre el formal-abstracto y el con­
creto-teórico media la reconstrucción especificadora del con­
texto en el que se produce la transformación del formal-abs­
tracto (o campo de posibilidades) en concreto-teórico (o conte­
nido interpretado).
19. Mario Bunge, op. cit., p. 419.
20. Louis Althusser, op. cit., p. 24.

203
Aunque sabemos que «la correspondencia entre los mode­
los teóricos y sus correlatos no es puntual, sino una correspon­
dencia de sistema a sistema», debemos discutir la naturaleza
del correlato que se trata de encontrar. No se trata de estruc­
turar la teoría en términos de su correspondencia (entre ella
como sistema teórico) con el sistema real, sino de plantear la
teoría como una función de articulabilidad entre elementos de
la realidad que permita incorporar lo dable-indeterminado a lo
dado-determinado, ya que la teoría deviene en un dándose que
contiene lo potencial de lo indeterminado. La razón de lo ante­
rior yace en el supuesto de que la relación entre teoría y reali­
dad está determinada por la necesidad de adentrarse en el pro­
ceso constitutivo de lo real: exigencia que obliga a tomar en
cuenta las mediaciones entre niveles, en vez de restringirse a
la identificación de las estructuras susceptibles de ser contras­
tadas con cada uno de los niveles de la realidad.
Estas mediaciones constituyen una exigencia de objetiva­
ción fundada en la idea de campo de objetos (que es el plano
metodológico en que puede traducirse el supuesto del movi-
miento/articulación), en tanto que los mecanismos estructura­
les son identificables sobre la base de hipótesis. De lo anterior
se desprende que la diferencia entre sistema teórico y articula­
ción está dada en que, mientras en aquél se plantea el correla­
to posible de corroboración, en la articulación se lo concibe
como posibilidad de una construcción racional abierta a la
problematización e inclusividad, de manera que sólo posterior­
mente se pueda manejar el correlato entre estructura concep­
tual y realidad empírica como una relación de contenido que
recoge la problematización e inclusividad de niveles. En conse­
cuencia, el esquema:
Sistema de hipótesis —>razonamiento hipotético
deductivo -> inferencia
es reemplazado por:
Concepto ordenador —>universos de observación
—»articulación -> inferencia mediante elementos
de apertura de cada concepto

204
La articulación media la inferencia porque confirma un re­
corte de realidad que es diferente al que puede desprenderse
del sistema conceptual, pero lo verdaderamente importante
está ubicado en la organización misma del razonamiento. La
complejidad del tema exige un análisis por separado; sin em­
bargo, no podemos eludir algunas reflexiones.
Si nos enfrentamos a un reemplazo de la lógica axiomática
por la lógica de articulación, no hay inferencia sino objetiva­
ción. Al no coincidir el recorte del razonamiento articulado
con el recorte propio de la teoría, nos enfrentamos a la reali­
dad desde una exigencia de apertura que es extema a la teoría,
y que cumple la función de delimitar universos de observación
que no necesariamente quedan enmarcados por ella. Exigencia
que al ser parte del razonamiento por articulación, sirve de
marco epistémico para especificar las derivaciones que se pue­
den hacer al partir de premisas teóricas. Esta especificación es
la que sirve para determinar las condiciones de pertinencia de
la teoría, por lo que necesariamente es un paso" previo a la
posibilidad de formular inferencias-deductivas.
Cualquier razonamiento desde premisas teóricas que orga­
nice un conjunto de relaciones queda subordinado a una aper­
tura de las relaciones teóricas. De esta manera, las consecuen­
cias empíricas que puedan derivarse de la teoría no responde­
rán estrictamente a su lógica intema, sino a la reconstrucción
de campo en que es pertinente utilizarlas. En este sentido debe
señalarse que las variedades de consecuencias empíricas deri­
vadas de una teoría están influidas por el modo de relacionar­
se con la realidad, según la situación reconstruida. De esto se
desprende que las consecuencias empíricas deducidas teórica­
mente sólo son una modalidad de contenidos posible entre
otras.

Los conceptos y sus enunciados


La apertura que resulta de la delimitación-articulación
planteada supone la prioridad de lo externo, ya sea en relación
con el sujeto, o bien respecto de las formas conceptuales acu­
muladas. Esta prioridad se relaciona con el papel que tiene lo
205
indeterminado; pues siendo lo indeterminado lo que todavía
no es contenido de conocimiento, no puede concebirse como
objeto, sino como posibilidad que cumple una función en la
construcción de la relación con la realidad. Función que es
realizada mediante la problematización de las formas concep­
tuales para impedir la transformación de éstas en contenidos
teórico-formales «introducidos de contrabando» en el razona­
miento.
El predominio de lo objetivo, por determinar un uso episte­
mológico de los conceptos, supone trabajar en el momento de
la aprehensión-problemática con enunciados no-atributivos de
propiedades; aunque sean la base de la apropiación racional
que culminará con la formulación de proposiciones predicati­
vas de contenido en el momento de la explicación. La organi­
zación del razonamiento con base en la delimitación de un
campo de objetos plantea la cuestión acerca de los requisitos
lógicos del pensamiento, su lenguaje de expresión y su necesa­
ria subordinación a las exigencias epistemológicas (véase Apén­
dice, p. 232). De este modo los instrumentos lógicos del razo­
namiento científico cumplen la función de enriquecer y am­
pliar la capacidad de aprehensión problematizadora de la ra­
zón. Por esto se requieren conceptos que sirvan para organizar
los pilares de la aprehensión, y la consiguiente transformación
de la configuración problemática en situaciones delimitadas,
convertibles en contenidos dentro de una teoría.
En la misma dirección de esta argumentación, se debe dis­
tinguir entre enunciados que cumplan la función de atribuir
propiedades y aquellos otros que sólo delimitan configuracio­
nes problemáticas o campos de objetos sin adentrarse en la
caracterización de ningún objeto particular. En este marco se
puede afirmar que los enunciados referidos a objetos particu­
lares son atributivos de propiedades, y que en ellos se identifi­
ca la relación de la realidad con el contenido teórico que asu­
men; mientras que los enunciados referidos a campos de obje­
tos no son atributo de propiedades, ya que cumplen la función
de construir la relación con la realidad (enunciados de concep­
tos ordenadores). Ilustremos con un ejemplo:
La formulación I) «las relaciones de producción de la so­
ciedad x e y», corresponde al tipo de proposiciones no atributi­
206
vas de propiedades, ya que su función es construir una rela­
ción con la realidad que puede contener proposiciones atribu­
tivas de propiedades, como las siguientes: a) «las relaciones de
producción de la sociedad x son capitalistas», o b) «las relacio­
nes de producción de la sociedad y son precapitalistas».
El enunciado I construye una relación con la realidad que
es muy diferente a la que construyen los enunciados atributi­
vos de propiedades planteados en.a y b\ los cuales son sólo
contenidos que puede adquirir el enunciado I.
Los enunciados de campos de objetos cumplen la función
de delimitar configuraciones problemáticas en cuyo interior sea
posible definir objetos a los cuales poder atribuir propiedades a
y b (I). En este sentido el razonamiento de determinación teóri­
ca queda incluido y consecuentemente problematizado en un
razonamiento constructor de campos de objetos organizados
mediante proposiciones no predicativas de propiedades.
El paso de las proposiciones referentes a campos de obje­
tos a las proposiciones referentes a objetos particulares supone
definir correlatos empíricos acordes con el movimiento de la
razón. Movimiento que (sintetizado en los momentos de apre­
hensión-problemática y objeto teórico-explicación) exige una
apropiación progresiva de iiiclusividades, cada vez más especí­
fica, por medio de mediaciones que influyan sobre la organiza­
ción conceptual y que sirvan para corregir su tendencia hacia
la formalización.
Esto requiere que se aclare, como hemos tratado de hacer,
la situación problemática en el interior de la cual las construc­
ciones teóricas asumen su contenido-objetivo como determina­
ciones articuladas e inclusivas. Por eso, la necesidad de que el
núcleo de conceptos (para cumplir su función de aprehensión
de lo objetivo) deba manejarse con una lógica capaz de llevar
al razonamiento (condensado en dicha organización de con­
ceptos) más allá del mismo esquema teórico-explicativo. Lo
anterior significa poder establecer el nexo entre el momento
de aprehensión (o epistemológico) y el explicativo (teórico) o,
para decirlo con palabras de Lalande, en forma de hacer posi­
ble que lo construido racionalmente pueda ser cuestionado
por la «razón constituyente», que entendemos es una función
peculiar de la razón dialéctica.
207
El carácter flexible de las estructuraciones conceptuales se
fundamenta en las mediaciones que son propias del carácter
aproximativo de la aprehensión de lo objetivo, en las cuales
necesariamente se expresa el movimiento de la razón y, por
consiguiente, se produce la vinculación entre ésta y la reali­
dad; en la medida en que el movimiento de la razón consiste
en su concreción progresiva, que se refleja en la inclusión y
superación de mediaciones.
Por ello, la correspondencia entre los conceptos y la reali­
dad consiste en la transformación de la realidad y de los es­
quemas, en virtud de que las relaciones entre razón y realidad
están siempre mediadas por la necesidad de una inclusividad
creciente de relaciones posibles por el razonamiento con base
en la totalidad. Lo que lleva a la idea de que la corresponden­
cia entre estructuras conceptuales y realidad está mediada.
La importancia de la idea de la correspondencia mediada
reside en que permite que las exigencias de lo real-objetivo
puedan ser tomadas en cuenta, no ya como producto de cier­
tas estructuras teóricas, sino como indeterminaciones de la re­
lación con la realidad, que obligan a una complejidad crecien­
te, más allá de los límites teóricamente determinados.

El uso de los conceptos en la descomposición


de los corpora teóricos

La utilización de conceptos que rompan con los límites de


las estructuras teóricas lleva a enriquecer el examen de las teo­
rías desde un ángulo diferente y, en cierta medida, nuevo. Des­
de la perspectiva de la forma de razonamiento ya no basta con
distinguir entre teorías falsas o verdaderas, que es lo propio en
la óptica de la explicación, sino que se hace necesario exami­
narlas desde la problemática de la separación entre sus funcio­
nes teóricas y epistemológicas.
Así, las teorías se pueden ver no sólo desde su refutabili-
dad, sino también desde su capacidad para delimitar campos
de observación (que es a lo que apunta la última distinción),
pero ahora, ¿cualquier teoría cumple esta función?, ¿todos los
elementos conceptuales componentes de cualquier teoría pue­
208
den cumplirla? Independientemente del criterio de verdad o
falsedad surge el criterio de reevaluar a los Corpus conceptua­
les según su capacidad para descomponerse o no en instru­
mentos de observación, según las exigencias de la articulación.
De esta manera se determina un nuevo marco de referencia
para evaluar la calidad de las teorías. Si combinamos el crite­
rio de verdad-falsedad con el de descomposición en instru­
mentos para delimitar campos de_ observación, que sirva de
base para la construcción de teorías-explicativas, se obtiene el
siguiente cuadro de tipos de teorías:
«Y»
Falsas Verdaderas
Posibles de descomposición A B
«X»
No posibles de descomposición C D
Es altamente probable que en ciencias sociales el tipo A
sea el más frecuente, aunque el B sea el óptimo y el C nulo,
aunque de gran importancia como condicionamiento del pen­
samiento: a su vez, el tipo D será aquel que, no obstante ser
verdadero, no contribuye a enriquecer las formas de razona­
miento más allá de lo restringido de su prueba. Interesa desta­
car que es la coordenada «X» la que sirve para recuperar teo­
rías rechazables en la coordenada «Y». En efecto, la coordena­
da «X» replantea la evaluación de la teoría desde la base de
una lógica de razonamiento no circunscrita a lo que puede
significar como estructura explicativa. Ello da pie a pensar que
la acumulación se pueda definir en varios planos:
«Y»
Acum. No acum.
Plano teórico explicativo E F
«X»
Plano de las formas de razonamiento G H
Donde G puede ser dominante en ciencias sociales y servir
de criterio para rescatar una línea de acumulación que no lle­
209
ga a cristalizar en el plano «E». Si definiéramos los planos de
mayor significación epistemológica para el desenvolvimiento
del conocimiento social, podríamos determinar lo siguiente:
a) Teorías que han resultado falsas, pero cuyos elementos
conceptuales son posibles de descomposición, dando lu­
gar a una acumulación enriquecedora de las formas de
razonamiento: (A).
b) Teorías verdaderas que además pueden ser descom­
puestas: (B).
A y B sirven de base para el proceso de acumulación en las
formas de razonamiento (G), porque la posibilidad de descrip­
ción contribuye al enriquecimiento de la razón cognoscitiva
antes que a la ampliación de los corpus teóricos.
Si el pensar tiende a reducirse a la explicación y a recortes
de la realidad ya transformados en objetos, será necesario to­
mar conciencia de las limitaciones con que la razón opera con
el fin de iniciar la problematización de la estructura teórica en
un esfuerzo por salirse de sus marcos.
El rompimiento de los modelos teóricos estructurados y
la creación de formas capaces de trascender cualquier límite
que conforme lo que entendemos por real, se corresponde
con aquello de que «no habría posibilidad de reelaborar una
cosa [...] si el mundo fuera cerrado, lleno de hechos fijos e
incluso consumados. En lugar de ello hay simplemente pro­
cesos; es decir, relaciones dinámicas en las que lo que ha
llegado a ser no se ha impuesto totalmente».21 La cuestión
está en saber resolver cómo se manifiesta la necesidad de
romper con los condicionamientos del pensar, mediante el
ejercicio .de un razonamiento generador de la aprehensión
que no esté basada estrictamente en la intuición. Pensemos
en el rompimiento de la noción del mundo real que se impo­
ne para reemplazarla por la afirmación de que es la concien­
cia operante sobre el mundo real la que constituye el campo
que ha de organizarse, según las exigencias de lo real no

21. Emst Bloch, El principio esperanza, op. cit., p. 188; cfr. también la segunda
parte, cap. XVHI.

210
determinado, en vez de hacerlo en razón de una inercia teó­
rica o ideológica.
Desde este punto de vista, retomamos el concepto de apre­
hensión como lógica que suscita el despertar del pensar sobre el
saber, transformando al saber en nuevas formas de pensar que
permitan organizar la problemática con coherencia, sin res­
tringirse a las referencias de lo ya conocido o dado.
Lo real como lo dado es sustituido por la idea de construc­
ción de campos de posibilidades objetivas, que requerirán de
sus parámetros y que expresarán la capacidad del hombre
para transformar y ampliar su relación de conocimiento con la
realidad. De aquí que la descomposición de los cuerpos teóri­
cos tenga que responder a las siguientes exigencias metodoló­
gicas:
1) El distanciamiento respecto de los encuadres teóricos
del razonar se cimenta en la lógica de pensar desde lo externo
y lo ignorado con base en relaciones posibles: tocjo fenómeno
podrá ser definido como nivel dinámico de una articulación
posible, cuya función será problematizar cualquier organiza­
ción teórica «cerrada» C[ue desconozca las exigencias lógico-
epistemológicas.
2) Él uso de los conceptos exige ser bistorizado, en el sen­
tido de que deben ser definidos en función de la articulación y
no de la función de explicación implícita en la teoría de ori­
gen. En consecuencia, los conceptos son objeto de una proble-
matización para determinar su especificidad en función de la
articulación. La función explicativa es absorbida en el interior
de un campo de observación que define las bases para una
nueva teorización.
3) No se trata de «probar» un concepto sino de descubrir
su especificidad en el interior de la articulación. La diferen­
cia consiste en que los conceptos no buscan garantías de que
su contenido se contraste con determinadas «estructuras rea­
les»; sino de que el contenido sea determinable según la exi­
gencia de especificidad creciente, que transformará el con­
tenido definido,por la pertenencia a un corpus teórico. De
manera que si adoptamos el planteamiento de la contrasta-
ción con lo real-objetivo, ésta tendrá que interpretarse como
la adecuación a la exigencia de especificidad creciente según
211
es definida por la función lógico-epistemológica de la articu­
lación.22
4) Aislado de su corpas, el concepto ordenador se circuns­
cribe a una función delimitadora de campos articulados de
observación.
5) Los conceptos ordenadores pueden estar en una rela­
ción mediada respecto de sus universos de observación, ya que
algunos, por su nivel de abstracción, pueden requerir de otro
concepto nexo. En este sentido podemos hablar de concepto
ordenador universal o de base, y de conceptos ordenadores
cuyos campos de observación están más delimitados.

22. En relación con la idea de especificación creciente planteamos el problema


de las mediaciones. Nos permitimos transcribir las siguientes consideraciones: «plan­
tear el problema de las mediaciones significa destacar una lógica de pensamiento
que es la lógica mediante la cual se pretende captar el movimiento de la realidad
sociohistórica, con todas sus particularidades e indeterminaciones y su carácter cua­
litativo. No se trata de razonar en términos de probabilidades de situaciones estruc­
turadas en función de parámetros determinados, sino de pensar en el complejo pro­
ceso mediante el cual se estructuran o articulan los fenómenos sociales. Y hacerlo en
forma que los objetos del pensamiento no se congelen en una abstracción unilateral».
Para decirlo con palabras de Lefébvre: «si se mantiene a un objeto cualquiera aislado
por medio del pensamiento, dicho objeto se inmoviliza en el pensamiento, se con­
vierte en una abstracción metafísica. Pierde su verdad y, en este sentido este obje­
to ya no es nada. Pero la abstracción se legimima si se la considera como un objeto
momentáneo, que no vale por su forma y sus contornos aislantes, sino por su conte­
nido objetivo; si se la considera no como un resultado definitivo, sino como un me­
dio o una etapa intermedia para penetrar en lo real» (Henri Lefébvre, Lógica formal
lógica dialéctica, México, Siglo XXI, 1972, p. 128).
En una palabra, tratar de manera general el problema de las mediaciones signifi­
ca colocamos en la órbita del pensamiento cjialéctico como lógica concreta, y superar
el plan filosófico especulativo. «A través de las mediaciones se realiza el proceso de
concreción de lo real; esto es, su devenir en el tiempo y sus cambios cualitativos en el
interior de una unidad temporal. Las categorías de análisis a que se refieren los
conceptos, en este sentido, son los instrumentos por medio de los cuales se aprehen­
de el proceso de concreción. Su función está definida en este ámbito. Son formas de
aprehensión y nexo; de ahí que, para alcanzar un contenido real de conocimiento, se
requiere que éste se reestructure desde las aperturas del objeto hacia sus conexiones.
»La apertura implica el conjunto de determinaciones, ya sean aquellas que se
conocen previamente, o bien las que se descubren mediante su análisis, de acuerdo
con el criterio de las conexiones necesarias.
»Las mediaciones son un enfoque básico para comprender la totalidad inclusiva
de un fenómeno, como también para efectuar la descomposición analítica de sus
diferentes componentes intemos. Es el momento de convergencia en que el universal
se particulariza y lo particular se abre hacia lo universal. Las mediaciones reflejan las
transiciones de un razonamiento basado en la categoría de totalidad y, en consecuen­
cia, determinan la postura epistemológica para acercamos a la comprensión de lo
concreto-real en el proceso mismo de su concreción histórica.»

212
Los conceptos que cumplen la función de nexo mediador
se contienen en el concepto ordenador de base; éstos no cons­
tituyen una proposición teórica; antes bien, cumplen estricta­
mente una función epistemológica: organizar las vinculaciones
posibles con la articulación o totalidad.
6) . De la distinción formulada resulta que los conceptos or­
denadores definen campos de observación en dos planos: pri­
mero, en el plano general, en el que se establecen los puntos
de articulación a partir de universos de observación; segundo,
en el plano de lo particular de los universos, en el que se de­
terminan los puntos de conexión empírica donde las referen­
cias a la articulación se concretan.
7) Los conceptos ordenadores, al no quedar sometidos a la
lógica de la prueba (ya que sólo apuntan a las opciones de
teorías posibles), replantean la formulación del problema de la
verdad: no se trata de la simple prueba o falsación que garan­
tice la construcción de objetos teóricos especificares de la
mayor inclusividad.
Lo anterior plantea el problema de la realidad objetiva en
la situación de los fenómenos sociales que, además del nivel
que les confiere su especificidad, agregan la dimensión adicio­
nal de su direccionalidad, toda vez que la praxis no es ajena a
esa realidad fenoménica. Cuestión que es planteada desde el
inicio en el capítulo sobre el análisis social como análisis del
presente.

Las mediaciones constituyen «un campo [...] el ámbito real y concreto en que
juegan éstas, el cual resulta mayor o menor según el objeto o la finalidad del conoci­
miento» (Lukács, «Prolegómenos a una estética mandsta»). Con relación a esta for­
mulación se plantea la necesidad de distinguir conceptualmente entre estructura
como objeto del conocimiento y estructura como categoría de mediación.
La complejidad del problema reside en tener que pensar en un «campo de media­
ciones», pues este es un concepto cuyo carácter difuso es difícil de superar. No se
puede resolver este aspecto si no es alterando la estructura del pensamiento. La idea
de causalidad, que es un reflejo de la realidad, determina que se piense en la direc­
ción de una jerarquía de determinaciones, sin pensar en el campo de las mediaciones
como aquel donde tiene lugar la cualificación de los procesos, por efecto de las
múltiples determinaciones. De esta manera, pasa a ser determinante en la explica­
ción de la relación causal el momento que sirve de nexo entre el fenómeno que se
pretende explicar y su eventual explicación (Hugo Zemelman, «Problemas en la ex­
plicación del comportamiento reproductivo», en op. cit., pp. 106, 108, 130 y 147).

213
Criterios para seleccionar los conceptos ordenadores23
Si el criterio básico para la selección de los conceptos es el
supuesto del movimiento articulado de la realidad, podemos
distinguir los siguientes aspectos: a) la realidad es movimien­
to: criterio del dado-dándose; b) el movimiento tiene lugar en­
tre niveles particulares: criterio de exigencia de especifici­
dad; c) los niveles son parte de una articulación: criterio rela­
tivo a la relación que conforma el contenido de cada nivel, y
d) la relación como movimiento articulado de niveles está su­
jeta a cierta direccionalidad: criterio relativo a la influencia de
la praxis social.
De lo anterior se pueden desprender las siguientes conclu­
siones:
Hay conceptos que sí pueden dar cuenta del dado-dándose
y otros que no. Así, es posible distinguir entre conceptos «de
coyuntura» y conceptos que se refieren a una «potenciación de
desarrollo» en el tiempo.
Hay conceptos restringidos a niveles particulares de la rea­
lidad (por ejemplo: micro o macro espacio-temporales).
Hay conceptos que se refieren exclusivamente al dinamis­
mo de lo real objetivo, mientras que otros se orientan hacia el
análisis de lo que es viable históricamente.

Concepto y observable

Desde la exigencia de la reconstrucción articulada, la reali­


dad observable reviste diferentes significados, según sea la
progresión desde lo menos a lo más específico. En este senti­
do, se pueden distinguir diferentes planos de empiricidad se­
gún su inclusión en la totalidad: a) Lo empírico como área de
la realidad, recortada según esquemas disciplinarios referidos a
resultados de fenómenos; b) Lo empírico como área de la reali­
dad, recortada según esquemas disciplinarios referidos al pro-23

23. La cualidad de los conceptos está en función del ángulo desde el cual se
determinan los contenidos en la relación de conocimiento; lo que da lugar a distintos
tipos de contenidos con diversas funciones gnoseológicas (cfr. el libro II, cap. IV).

214
ceso de aquéllos; c) Lo empírico como puntos de articulación
entre fenómenos de diferentes áreas, atendiendo al resulta­
do de aquéllos; d) Lo empírico como puntos de articulación
entre fenómenos de diferentes áreas, atendiendo al proceso de
aquéllos.
El contenido que reviste lo empírico de acuerdo con a y b
corresponde a determinaciones de campos de observación se­
gún esquemas conceptuales que responden a ramas del cono­
cimiento disciplinario; mientras que desde la perspectiva del
-punto de articulación entre áreas c y d, los campos de observa­
ción son construcciones transdisciplinarias que pueden conte­
ner determinaciones posibles que rompan con los marcos teó­
ricos establecidos y conocidos.
Si analizamos ahora los niveles de lo empírico no ya desde
la perspectiva de si corresponden a áreas o constituyen puntos
de articulación, sino desde el ángulo de «resultados» o «proce­
sos», nos enfrentamos con la problemática de cómo se recons­
truye la realidad supuestamente en movimiento. El recorte se­
gún la exigencia de estar ante un «resultado» o un «proceso»
no corresponde a ramas del conocimiento, sino a formas de
razonar el movimiento de la realidad. Con el criterio de «resul­
tado», el recorte del movimiento se hace en términos de deter­
minados parámetros, que deben ser congruentes con estructu­
ras teóricas particulares; mientras que, de acuerdo con el crite­
rio de «proceso», el recorte del movimiento queda enmarcado
en la perspectiva de relaciones posibles.
La dicotomía resultado-proceso refleja el movimiento de
conformidad con el criterio de momento temporal y de se­
cuencia, respectivamente, pero el momento permanece abierto
a relaciones posibles en el corte vertical; por su parte, la se­
cuencia es la totalización sucesiva que, por lo mismo, trascien­
de el límite del momento para dar lugar a la sucesión de mo­
mentos temporales.
Por eso el proceso se puede definir como una secuencia de
coyunturas, puesto que la determinación de lo específico de lo
empírico resulta de una progresión hacia campos construidos,
como son los puntos de articulación; lo que necesariamente va
acompañado de cambios en los parámetros. En consecuencia,
la reconstrucción da lugar a una transformación cualitativa del
215
punto de partida de acuerdo con el encuadre que resulta de
dos condiciones: el recorte según área-punto de articulación y
el recorte según resultado-proceso.
Por transformación cualitativa del punto de partida enten­
demos, por una parte, el avance creciente hacia lo específico y
los cambios en los nexos con el espacio y el corte temporal,
y por otra, los cambios en los nexos con estructuras teóricas.
Ya que no es posible el avance hacia lo específico si no se
amplía el campo de operación del razonamiento, que exige
tanto pasar desde el resultado hasta el proceso, como pasar
del área al punto de articulación.
Con lo expresado volvemos a la idea de que el punto de
partida es una construcción de universos de observación, deli­
mitados por los conceptos ordenadores, pero con base en una
lógica del movimiento entendido como momento-secuencia:
punto de partida que se va transformando a medida que se
progrese en su articulabilidad. Esta transformación no es pro­
ducto de una pura exigencia teórica, sino que es función de la
exigencia de la objetividad, así como de haber entendido ésta
como movimiento.
En síntesis, podríamos decir que si lo específico es función
de la totalidad, entonces el mejor universo observable es aquel
que contiene la mayor complejidad de relaciones con otros
universos observables. De ahí que el universo de observación
óptimo es el determinado por los puntos de articulación y no
por las áreas.

LA RECONSTRUCCIÓN ARTICULADA

El enfoque adoptado exige privilegiar la reconstrucción de


observables sobre la explicación. En tomo a esta idea se hicie­
ron algunas proposiciones sobre la diferencia entre la aprehen­
sión y la explicación. Corresponde, ahora, abocamos a la me­
cánica general de la reconstrucción, entendiendo ésta como el
recurso metodológico de un proceso de aprehensión racional
216
que cobra su sentido en la necesidad de constituir un conoci­
miento social basado en el análisis del presente.
Cuando se pretende organizar una reconstrucción articula­
da de la realidad, hay que tomar conciencia de que es un mo­
vimiento relacionado entre los conceptos ordenadores, univer­
sos de observación y articulación. Los conceptos ordenadores,
relacionados con base en la descomposición de los Corpus teó­
ricos, al no restringirse a los marcos de ninguna estructura
teórica se transforman en medios para determinar nuevas po­
sibilidades de campos de objetos.
Desde esta óptica no es posible regresar el universo delimi­
tado a su concepto ordenador originario, ya que éste ha que­
dado redefinido al insertarse en la articulación. El retomo a la
articulación es posible en dos planos: uno, restringiéndose al
área temática a la cual el concepto corresponde, de forma que
éste sirva para determinar la articulación de un corte en el
tiempo y en el espacio; y otro, planteando una conexión entre
áreas o lo que llamamos puntos de articulación entre univer­
sos originalmente fragmentados. La descripción de los uni­
versos por cada área temática separada representa, por lo tan­
to, sólo un «material» para la reconstrucción articulada.
La reconstrucción se corresponde con el momento de la
aprehensión, por lo que su riqueza consistirá en las alternativas
de interpretación que sea capaz de proporcionar, y en el forja-
miento de nuevos conceptos como resultado del retomo desde
los universos de cada concepto ordenador hasta la articulación.
De acuerdo con esta lógica, hemos sostenido que la recons­
trucción articulada contiene la posibilidad de varias estructu­
ras de explicación, y que la determinación de la alternativa de
explicación (por la que se opte, en el interior del campo re­
construido) equivale a la teoría seleccionada. También hemos
afirmado que la selección de la teoría no está dejada al azar o
a las preferencias subjetivas del investigador, sino que es fun­
ción del campo de operaciones teóricas que configure.
El punto de partida de la reconstrucción (que llamaremos
eje 1) puede ser indistintamente un problema abstracto o un
problema empírico sin que medie ninguna teorización. Punto
de partida que es problematizado con base en sus articulacio­
nes posibles, que son resultado de la relación entre los concep­
217
tos capaces de organizar la reconstrucción inclusiva. De acuer­
do con el planteamiento que hemos venido desarrollando, no
se dispone en este momento, porque no es necesario, de un
sistema de hipótesis que anticipe el contenido de esas relacio­
nes de inclusividad del eje 1. La selección de los conceptos se
hará en términos del criterio de reconstrucción articulada que
permita avanzar en la especificación del fenómeno o del pro­
blema social base de que se trate. Con estos conceptos, se en­
foca el eje 1, obligando a su replanteo en forma de determinar
un nuevo eje más articulado: eje 2.
Con base en este nuevo eje se profundiza el proceso re­
constructivo por medio de la delimitación de universos que
serán problematizados en términos de su articulación; se pasa
de los universos fragmentados a la articulación de universos,
ciñéndose a la lógica de relaciones posibles.
El momento de mayor síntesis en la articulación se produ­
ce cuando ésta puede llegar a determinar puntos de articula­
ción como universos que contienen diferentes opciones teóri­
cas. La reconstrucción se mueve, por consiguiente, desde lo
empírico morfológico, propio de los universos fragmentados
de cada concepto ordenador, hacia lo empírico que ha sido
reconstruido en la articulación.
Este movimiento lo es entre diferentes grados de profundi-
zación de lo empírico (recordemos lo que decíamos acerca de
los diferentes niveles de la empiria) y constituye el proceso de
construcción del objeto que es concomitante con la especifica­
ción de los conceptos ordenadores, originalmente adoptados
para problematizar el eje 1.
La problematización de los universos que se articulan cum­
ple la función de delimitar nuevos campos de observación, de
manera que el punto de partida resulta problematizado por la
articulación que se construye, la cual tiene la función de trans­
formar los universos de cada concepto en componentes de una
reconstrucción, aunque sin formular entre ellos relaciones teó­
ricas. Se impide así que se produzca una delimitación de uni­
versos de observación en función del contenido originario de
cada concepto ordenador, aisladamente considerado, o bien
considerado como sistema de hipótesis.
De esta manera, las conexiones resultan de articular uni­
218
versos que se refieren a distintos niveles de empiricidad. El
entrecruzamiento permite avanzar hacia planos más articula­
dos y, en consecuencia, más específicos. Así, mientras los uni­
versos de observación comienzan siendo una forma de cone­
xión con lo empírico (en el plano definido por las áreas temá­
ticas correspondientes a cada concepto ordenador), la articula­
ción entre universos es una delimitación más abstracta y sinté­
tica. De ahí que el movimiento de la descripción reconstructi­
va pueda ir desde la simple delimitación, en función de con­
ceptos ordenadores fragmentados, hasta la delimitación con
base en puntos de articulación.
Los puntos de articulación sustituyen a los universos de
observación por área, ya que al ser de mayor abstracción los
incluyen. Es en este sentido como la reconstrucción cumple la
función de construcción de la abstracción en cuanto ascenso
hacia la síntesis desde lo fragmentario. Este proceso permite la
delimitación de la abstracción teórica en el marco de una ma­
yor especificidad que la que se desprende de un eáquema teó­
rico que el investigador se limita a aplicar, sin previo reconoci­
miento del campo de opciones que permita determinar la per­
tinencia de la teoría elegida.
Facilitemos el problema pensando en un ejemplo hipotéti­
co que sirva de campo de observación.
En cualquier realidad se puede observar una serie de ras­
gos empíricos que, sometidos a una lectura articulada, permi­
ten descubrir relaciones posibles (no necesariamente anticipa­
das teóricamente), que tienen la función de especificar a cada
uno de estos rasgos. El análisis de los rasgos empíricos desde
la perspectiva de las relaciones posibles permite determinar los
puntos de articulación, cuyo papel es delimitar un campo posi­
ble de transformarse en objeto teórico. El razonamiento para
pensar relaciones posibles entre los rasgos empíricos puede
obedecer a dos lógicas: una, basada en relaciones de implica­
ción, que aluden a aquellas relaciones lógicas que son deriva­
das del contenido, del concepto (y que, por lo tanto, denotan el
rasgo empírico óbservable), y relaciones de articulación, que
son las que pueden reconocerse una vez efectuada la recons­
trucción del conjunto de ellas.
219
Se puede por ejemplo iniciar la captación racional de una
realidad con la descripción económica de los estratos ocupa-
cionales que componen una comunidad, los cuales servirán
de marco de referencia para diferentes interpretaciones acer­
ca de la estructura de la propiedad que subyace en ellos. Sin
embargo, si trascendemos los límites del análisis puramente
económico, incorporando la influencia del plano cultural y/o
psicosocial, se podría constatar que los estratos se correspon­
den con fenómenos tales como la existencia de una concien­
cia de pertenencia a un grupo cultural (o étnico). Esto signifi­
ca. que los distintos estratos ocupacionales, entendidos como
datos, sean configurados como partes de una articulación que
los determina: por ejemplo, que su dinámica queda supedita­
da al predominio de objetivos comunes que prevalecen sobre
ellos.
En consecuencia, la lectura de lo económico desde el ángu­
lo cultural y psicosocial permite una mayor especificación de
la dinámica de los estratos económicos. Dinámica que puede
ser función de la articulación del estrato con la pertenencia de
éste a un grupo étnico y de la conciencia que se tenga de tál
pertenencia. Pertenencia y conciencia de pertenencia que, au­
nadas a los intereses materiales particulares del estrato, contri­
buirán a darle una orientación particular a sus integrantes,
sean grupos o individuos.
Lo anterior es drásticamente diferente para el caso de que
la dinámica sea función estricta de los intereses económicos,
por lo que debe concluirse que la lectura del estrato ocupacio-
nal desde una perspectiva que lo articula con otros niveles de
la realidad, permite comprender la naturaleza de su dinámica
y de su orientación, ya sea que el estrato obedezca a intereses
estrictamente particulares o bien a intereses comunitarios.
Con lo anterior se pretende mostrar una forma de aproxi­
mación a la realidad que, partiendo de ciertas características
empíricas, garantice especificarla en su dinámica, comporta­
miento y orientación sin incurrir en la formulación precipitada
de hipótesis que impliquen el sesgo de una reducción de la
riqueza de la realidad empírica a determinadas postulaciones.
Se procura llegar a formular enunciados empíricos que por
articular varios planos de la realidad sirvan de base para for­
220
mular hipótesis; o bien, en su defecto, vislumbrar alternativas
para decidir sobre un curso u otro de acción.
En efecto, se pueden aislar distintos niveles estructurales,
como son los estratos ocupacionales que se apoyan en una
estructura de la propiedad, o bien la existencia de un grupo
étnico. De lo que se trata es de reconstruir la relación posible
entre ambos niveles, antes de transformarlos a cada uno por
separado en un objeto de estudio para determinar su especifi­
cidad en ese contexto. Por ejemplo, la dinámica económica del
estrato particular puede predominar sobre la del grupo cultu­
ral o, a la inversa, la dinámica del grupo cultural o étnico de
pertenencia puede ser la que domine sobre la dinámica del
estrato económico, imprimiéndole una dirección diferente.
Los puntos de articulación son el resultado de la recons­
trucción de esta relación. Consideramos que no constituyen
hipótesis en razón de que no afirman nada acerca de cómo
surge un proceso (por ejemplo: la conciencia de pertenencia al
grupo), como tampoco nada sobre los modos concretos por
medio de los cuales se puede manifestar y desarrollar su rela­
ción con otros procesos (por ejemplo: el modo de articulación
de la conciencia de grupo con los intereses del estrato, o bien
sobre cómo la dinámica cultural sirve para establecer relacio­
nes entre los estratos, para encauzar o no la realización de los
intereses particulares de algunos de ellos). Más bien los puntos
de articulación son enunciados empíricos que incluyen aspec­
tos provenientes de distintos planos de la realidad, sin revestir
el carácter de enunciados hipotético-explicativos.
Siguiendo con esta lógica se pueden hacer las siguientes
consideraciones.
La caracterización de los estratos ocupacionales permite
derivar la posibilidad de expresión de ciertos intereses; pero si
el hecho complejo «estrato ocupacional-intereses económicos»
se lee desde la exigencia que plantea el todo «estrato-grupo
étnico o culturalmente homogéneo», resulta una especificación
de los intereses económicos por estrato y de sus modos de
expresión. De donde se pueda determinar un punto de articu­
lación cuyo enunciado podría ser el siguiente: «los miembros
de los diferentes estratos ocupacionales definen como metas
importantes aquellas que son comunes a todos los estratos».
221
Enunciado que no rebasa el límite de lo empírico, aunque
avance en dirección a una cierta articulación entre las deter­
minaciones.
Nos enfrentamos con el tipo de enunciado que ordena cam­
pos de observación sin formular proposiciones teóricas sobre la
realidad (fundadas éstas necesariamente en una estructura
teórica que proporciona consistencia y significado a las propie-
' dades atribuidas), como sería el caso de afirmar: «los miembros
de los diferentes estratos ocupacionales defínen como metas
más importantes aquellas que se relacionan con un proyecto
político de autonomía del desarrollo comunitario, que subordi­
na las diferencias económicas internas, propias de los estratos
ocupacionales, a la conveniencia de participación de todos los
integrantes de la comunidad en el proyecto político que se
comparte».
Lo mismo se puede decir sobre otras características empí­
ricas para ilustrar la problemática de los puntos de articula­
ción.
En una situación determinada se puede constatar la exis­
tencia de organizaciones, por medio de las cuales la población
participa en las tomas de decisiones y establece una jerarquía
de autoridad. Nos enfrentamos con el hecho empírico de la
pertenencia a diferentes organizaciones. Un esfuerzo de lectu­
ra de las organizaciones que se hayan podido registrar, que
responda a la óptica de los niveles de la realidad, permitiría
avanzar en el. reconocimiento del carácter específico de tales
organizaciones. Así, por ejemplo: el carácter específico de las
organizaciones, desde una lectura articulada, podría atender a
la presencia o no de un grupo étnico; o a la existencia o no de
una disposición colectiva para empujar un proyecto de desa­
rrollo local autónomo; o bien, considerando la actitud psicoló­
gica de los individuos en relación con el proyecto, etc. Lo que
puede significar que las organizaciones expresen o no una vo­
luntad colectiva.
De la misma manera, la actividad política que se realiza en
ciertas organizaciones, si se lee desde su articulación con el
grupo étnico de pertenencia, puede permitir especificar la acti­
vidad política con base en la defensa de la identidad étnica; lo
que es diferente para el caso de no haber un grupo étnico o
222
cuando no se aprecia ninguna identificación con el grupo. Por
otra parte, la especificidad de «la actividad política» asume
una modalidad particular para el caso de restringimos a la
lógica de la actividad política considerada aisladamente, o si
abarcamos el análisis del grupo cultural atendiendo a las fun­
ciones que cumplen las organizaciones existentes.
Si quisiéramos analizar ahora la estructura económica des­
de la articulación, con un proyecto político de desarrollo autó­
nomo, se podría decir que la economía encuentra su especifi­
cidad en tanto constituye un instrumento del proyecto político,
lo que abre el abanico para poder formular puntos de articula­
ción de la naturaleza siguiente: «la economía es la base para el
desarrollo del proyecto político» o «la economía no tiene rela­
ción ninguna con algún proyecto político».24
Los dos enunciados anteriores no hacen más que delimitar
recortes de observación respecto a la posible relación entre
economía y política, sin anticipar nada sobre la naturaleza de
esta relación, ni tampoco nada acerca de la característica in­
tema de ninguno de los niveles de la realidad (económico o
político).
El carácter no teórico de estos enunciados, que plantean
puntos de articulación, se puede apreciar, primero, por su ca­
rácter no excluyente, ya que la relación real no necesariamente
es tan simple como se postula en el enunciado; segundo, por­
que no se definen las condiciones en que la relación posible
asume1un carácter u otro. Su utilidad reside en constituir la
base para formular hipótesis acerca de las relaciones entre los
niveles de la realidad, que pueden ser mucho más complejas
de lo que pueda ser pensado a priori, sin tener en cuenta el
contexto especificador del contenido de las relaciones posibles.
Se puede también ilustrar este planteamiento con algunos
otros ejemplos relacionados con fenómenos psicológicos. Si la
idea de progreso que los individuos sustentan es leída en ar­
ticulación con el plano de lo político (organizaciones), se pue­
24. A este respecto hay que observar que si podemos hablar en un plano empíri­
co de proyectos y de voluntad colectiva, conceptos que suponen un grado de abstrac­
ción, se debe a que nos hemos planteado frente a la realidad empírica una relación
basada en conceptos cuya función es ordenar campos de observación que permitan
recortes complejos de esta realidad.

223
de especificar su significado en términos de que el progreso se
identifica con la idea de consolidación y perfeccionamiento de
la organización, con base en un fortalecimiento de los meca­
nismos de participación, antes que con el mejoramiento eco­
nómico.
Las observaciones anteriores muestran que la determina­
ción de los puntos de articulación sirve de base para elaborar
hipótesis o formular proposiciones de acción. Su rasgo distin­
tivo es recuperar el carácter articulador de todos los niveles de
la realidad, de manera que se puedan rescatar todas las situa­
ciones microespaciotemporales sin cortar sus vínculos con los
planos macroespaciotemporales, de manera de alcanzar una
reconstrucción más compleja de la objetividad.
A partir de la distinción entre relaciones posibles o de in-
clusividad y relaciones teóricas o explicativas, se debe advertir
sobre la confusión entre inclusividad y explicación, pues que lo
macroespacial incluya lo microespacial, o que el largo plazo
incluya el corto plazo, o que lo estructural incluya lo coyuntu­
ra!, no significa que la relación teórica entre los procesos siem­
pre se presente en esa dirección. Es un error afirmar que lo
económico explica lo político exclusivamente porque aquél in­
cluye a éste. Que un campo de fenómenos quede incluido en
otro no significa que necesariamente siempre sea explicado
por el más inclusivo, ya que la relación teórica explicativa pue­
de ser modificada por un cambio en los parámetros.
La idea central es que la inclusividad implica problemati-
zar la realidad antes que encuadrarla en una estructura de re­
laciones dadas; esto es, que las relaciones entre procesos son
más abiertas que sus determinaciones elaboradas por razones
estrictamente teóricas.25
En efecto, áreas disciplinarias como la política, económica,

25. Por ejemplo, que el proceso de concentración de la tierra se exprese en deter­


minado tipo de unidades de explotación, o que la innovación tecnológica se traduzca
en determinada productividad del trabajo, no quiere decir que los tipos de unidades
de explotación se expliquen por la concentración de la tierra (pues puede concurrir a
explicarla' la calidad de los suelos, la densidad de la población, el progreso tecnológi­
co, la organización de la población trabajadora, la política del Estado, etc.), o que la
productividad del trabajo se explique por la innovación tecnológica.

224
cultural o psicología social se transforman en niveles cuando
son comprendidas en términos de la articulación que expresa
la realidad objetiva. Cada una de las áreas se entiende en fun­
ción de las demás porque las contiene, pero ello no significa
que la articulación descanse en un conjunto de hipótesis expli­
cativas, sino que es entendida en una forma que plantea las
relaciones entre los procesos, sin revestir a éstas de un conte­
nido disciplinario a priori.
El manejo de los parámetros en función de estas articula-
.ciones de relaciones posibles enriquece el recorte de la reali­
dad y, en consecuencia, aproxima a una reconstrucción más
objetiva de ésta; pero, a la vez, exige de una apertura en las
relaciones de determinación para captar el carácter concreto
de la situación que se quiere conocer.
La idea de niveles se refiere al conjunto de universos de
observación que sirven para reconstruir la realidad y que pue­
den contener diversas opciones teóricas, lo que se vincula con
el planteamiento de la descomposición de los corpüs teóricos.
El siguiente esquema resume esta argumentación:
Área temática/disciplinaría —> teoría -> descomposición
del corpus teórico -> conceptos ordenadores —> universos
de observación - » indicadores

Se tienen que definir los puntos de articulación de cada


área temática con las otras áreas. Para ello, de acuerdo con
nuestro planteamiento, el conjunto de conceptos de cada área
temática debe remitirse a un concepto ordenador que cumpla
la función de relacionar, de manera inclusiva, a todos los de­
más conceptos. Este concepto ordenador más inclusivo, que
hemos denominado concepto base, debe reunir las caracterís­
ticas de: a) tener una relación de inclusión con cada uno de
los demás conceptos ordenadores del área, de manera que to­
dos se articulen en él, y b) cumplir la función de relacionar el
área con las otras.
El procedimiento para determinar este concepto base es la
selección previa de los conceptos ordenadores para delimitar
universos de observación, y después, tomando éstos como
marco, proceder a definir relaciones posibles entre los concep-
225
E sq u e m a 5. Concepto ordenador de base
A
Área económica: Área cultural: modos de
organización social de los resolución de la vida
agentes del proceso cotidiana
productivo
C
Área política: regulación Área psicosocial: modos
política entre las fuerzas de reproducción personal
sociales

tos ordenadores, hasta llegar a determinar el concepto más


inclusivo.
Por consiguiente, la función de los conceptos ordenadores
base es determinar los puntos de articulación en los cuales
fundamentar el análisis, sin necesidad de encuadrarse en un
modelo teórico.
En el esquema 5 se ilustra lo anterior. Las letras A, B, C y
D simbolizan los conceptos ordenadores de base de cada área,
mientras que las líneas de relación, sus puntos de articulación
recíprocos. Sus relaciones no tienen contenido, ya que el ca­
rácter de las determinaciones, que se puedan llegar a recono­
cer entre estos puntos, dependerá de la reconstrucción concre­
ta. Si los requisitos señalados para definir los conceptos de
base son suficientes en el sentido de que planteen una inclu­
sión y no una determinación teórica, entonces el concepto
base de cada área permañece abierto en función de la propia
riqueza que ofrece el movimiento de la articulación; pues de
estar determinado el contenido de la relación de los conceptos
de base, se incurrirá en la elaboración de un modelo teórico a
priori.
En consecuencia, se puede afirmar que las líneas entre las
letras simbolizan el proceso de problematización de la realidad
mediante la exigencia de una lectura articulada de cada área;
de manera que no puede haber un anáfisis parcial cualquiera
respecto al punto de partida que se tome para realizar (A, B, C
226
E sq u e m a 6

Área A Área B
C1 C 1 ---- - U ll
articulación > articulación
C2 | C 2 ------ U 2j
relación posible
C: Concepto ordenador
U: Universo de observación

o D). El problema metodológico que se enfrenta es definir


estos conceptos de base sin mediar la aplicación de ninguna
teoría.
En este sentido hay que distinguir dos momentos: a) selec­
ción y definición de los conceptos ordenadores y sus relacio­
nes posibles, y b) su inserción, según la lógica de la recons­
trucción articulada, en situaciones concretas.
En relación con el primer momento, la selección de los
conceptos en cada área temática se hace en concordancia con
su capacidad para dar cuenta del supuesto del movimiento ar­
ticulado de procesos. Hecha la selección de los conceptos, és­
tos se usarán para delimitar los universos de observación, en
función tanto de la desagregación de sus componentes como
de la exigencia de articulación, según como se obra en el es­
quema 6.
Hemos afumado que el conjunto de conceptos ordenadores
carece de una estructura de relaciones que es a lo que alude el
segundo momento referido a la traducción de la lógica de la
reconstrucción articulada en el plano de situaciones concretas.
Para determinar ésta se puede recurrir a un sistema de hipóte­
sis que establezca teóricamente el contenido de las relaciones
entre los procesos (A, B, C y D). Sin embargo, la perspectiva
en que nos colocamos obliga a descartar esta opción para pri­
vilegiar la situación concreta como el contexto especificador
que determina la relación jerárquica (explicativa) entre los
procesos.
227
Si quisiéramos ilustrar la solución desde el ángulo de la
formulación de hipótesis, la determinación de la estructura de
relaciones se puede lograr con proposiciones como las del si­
guiente ejemplo: 1) la diversificación de la estructura produc­
tiva determina un horizonte más ampüo de visibilidad social;
2) el comportamiento de los individuos se orienta por grupos
de referencia externos a la localidad; 3) las fuerzas sociales
locales son una expresión de fracciones de fuerzas que existen
a nivel nacional, y 4) los patrones de vida cotidiana determi­
nan la capacidad de la población para aceptar innovaciones en
la estructura de la producción, etc.
Cada una de estas proposiciones hipotéticas jerarquiza en
una forma particular los procesos, además de que selecciona,
entre una multiplicidad de procesos posibles de observarse, al­
gunos que se pretende incorporar a una estructura teórica. Lo
que quiere decir que la función que estas proposiciones hipo­
téticas pueden cumplir, en la reconstrucción, no agota la ri­
queza problemática de la realidad. De ahí que se afirme que
las proposiciones, a pesar de cumplir una función de jerarqui-
zación, deban quedar supeditadas al momento anterior de la
problematización (función que cumple el proceso de recons­
trucción).
La segunda opción para definir la estructura de relaciones,
y que es nuestra propuesta, supone organizar el conjunto de
conceptos en tomo a un problema, cuya naturaleza será la que
determine el área que sirva de base para iniciar la reconstruc­
ción de la articulación. El problema teórico o social que sirva
de punto de partida a la investigación cumplirá la función de
eje de la reconstrucción, el cual determinará la especificidad
que aquél contiene, según lo que resulte de las relaciones posi­
bles de establecerse entre las áreas temáticas.
La especificación del problema dependerá del tipo de rela­
ciones entre las áreas temáticas desde la perspectiva del pro­
blema-eje que se pretende reconstruir. Por ejemplo, si de lo
que se trata es de evaluar los efectos de una política de riego
en la estructura productiva local, el área que puede servir de
base para incorporar en la articulación a todas las demás será
la económica; en cambio, puede ser el área política, si lo que
se pretende es impulsar un cambio en las formas de elección
228
E sq u e m a 7

B C

Eje: problema A (Área temática básica para


social o teórico apoyar la reconstrucción
articulada)
D

de las autoridades comunitarias; o si, finalmente, se trata de


valorar las prioridades de la población, en cuanto a sus necesi­
dades básicas se pueden plantear las áreas de la cultura o la
política. Ilustremos lo anterior con el esquema 7.
Si transformamos B, C y D en campos problemáticos en
función de A (área económica, en este caso), que sirve de base
para la articulación, significa que el proceso de organización
de la articulación conduce desde cada área hasta una proble-
matización definida por el conjunto de ellas. Esta problemáti­
ca sugiere, más allá de la formulación de un sistema de hipó­
tesis, diferentes líneas que, comparadas con las proposiciones
hipotéticas, enriquecen el abordaje de la realidad que se quiere
analizar.
La supeditación de la hipótesis a la problematización se
puede ejemplificar en preguntas como las siguientes: ¿Cómo
surge el sistema de necesidades en una población y su perti­
nente jerarquización por ésta? ¿De qué manera puede influir
la organización del proceso productivo en esta jerarquización?
¿En qué forma la naturaleza de las fuerzas sociales y la corre­
lación en que están insertas determina la naturaleza y dinámi­
ca del sistema de necesidades y la dirección del proceso de
producción real? ¿Cómo la organización social del proceso
de producción conforma un horizonte de visibilidad social en
la población, y éste, por su parte, afecta el comportamiento del
individuo o del pequeño grupo?
El razonamiento nos abre hacia interrogantes que pueden
orientar el proceso de reconstrucción; interrogantes que no ne-
229
cesariamente están incluidas en las proposiciones hipotéticas
esbozadas. Por consiguiente, la función que cumple la proble-
matización es contribuir a precisar los tipos de preguntas ne­
cesarias para tomar conciencia teórica de los distintos aspec­
tos fenoménicos que no se incluyen en un sistema de hipóte­
sis; Esta situación es la que representa el esquema 7, que orga­
niza la desagregación del esquema 6 en función de un proble­
ma y no de hipótesis.
La organización del esquema 7 constituye la base para la
teorización, pues expresa la idea de que, antes de comprome­
temos con cualquier teoría, debemos procurar aprehender una
realidad más vasta y compleja que la que pueda reflejarse en
la teoría que se adopte.

Hacia algunas consideraciones generales

Podría cuestionarse si el razonamiento que desemboca en


la reconstrucción articulada sea su condición necesaria. Se
puede argumentar que los problemas gnoseológicos se resuel­
ven sin necesidad de una fundamentación epistemológica ex­
plícita como la desarrollada; de ahí que convenga señalar las
diferencias entre esta modalidad de captación de lo real y
aquellas otras que pretenden ser también articuladas.
En primer lugar debemos observar que se trata de captar
objetivamente la realidad, lo que implica dos requisitos: a) que
no se trate de una captación puramente intuitiva, sino de una
construcción sometida a ciertas exigencias epistemológico-me-
todológicas que tienen su núcleo en la totalidad concreta como
categoría y lógica del pensamiento dialéctico, y b) que conside­
rando la mutabilidad de la realidad, no se defina esta relación
como una reducción o una estructura teórica, organizada en
tomo de una función explicativa, en razón de que ésta puede
quedar sobrepasada por la complejidad dinámica de la reali­
dad. De lo que se desprende una primera conclusión: la re­
construcción articulada no se refiere al campo asimilado como
contenido de una teoría explicativa, porque, más bien, es genera­
dora de un campo de observación que la incluye.
Un segundo aspecto se refiere a que la reconstrucción ar­
230
ticulada no presupone la integración de lo real con base en un
esquema teórico, sino que constituye una aproximación a ¡a
determinación de lo específico, lo que es propio del análisis del
presente. Desde una perspectiva metodológica, la integración
supone partir de la premisa de que los fenómenos encuentran
el significado que los diferencia por medio de su inserción en
el conjunto de relaciones; el cual, al no ser parte de ningún
esquema de hipótesis, determina a los fenómenos sin partir de
un contenido a priori de la integración.
A diferencia de los enfoques «holísticos», que parten de
ciertos fundamentos o ángulos de relaciones teóricas postula­
dos que pueden reconocer una amplia variedad de formas em­
píricas, la articulación busca reconstruir la situación concreta
desde la perspectiva de un razonamiento que no obedece a
relaciones teórico-hipotéticas, sino al supuesto epistemológico
de que la realidad es una unidad compleja. Postura que no es
teórica sino epistemológica, ya que no anticipa pl carácter de
las relaciones existentes. De lo que se desprende una segunda
conclusión: la reconstrucción articulada no es en sí misma una
integración, sino que sirve para poner de manifiesto las condi­
ciones que hacen posible reconstruir la totalidad específica. De
ahí que no se trate, de conformidad con la cita que hacíamos
de Kosik al inicio del trabajo, de tender a captar todos los
aspectos de la realidad social, sino de pensar cada aspecto
como punto de partida para una reconstrucción; pero donde,
a la vez, cada uno de ellos experimenta una transformación
cualitativa al ser examinado desde el conjunto de los otros as­
pectos.
Una tercera cuestión es que la reconstrucción articulada,
como recurso metodológico, deja a la teoría en un lugar subal­
terno durante las primeras etapas de la investigación. En este
sentido, es un instrumento para la construcción del objeto, en
vez de servir para la prueba de una o varias hipótesis. Función
que se operacionaliza en la problematización, cuyo requisito
se encuentra en la definición de los conceptos ordenadores.
Por último, la reconstrucción articulada se funda en la no­
ción de relación necesaria, que supone la idea de que los fenó­
menos de la realidad están articulados objetivamente, aunque
no prejuzga acerca de su naturaleza.
231
E l rasgo m ás distintivo de la reconstrucción articulada es
que constituye u n expediente para construir el objeto, por eso
no puede ser la expresión de una sim ple capacidad intuitiva ni
reducirse a la form ulación y seguim iento de reglas m etodoló­
gicas, tal y com o se entiende tradicionalm ente. M ás bien res­
ponde a la exigencia de la «lógica específica del objeto especí­
fico», que obliga a ajustar el pensam iento teórico a la especifi­
cidad de un a situación; lo anterior en el m arco definido por la
circunstancia de que el proceso gnoseológico debe realizarse
en el interior de parámetros variables de tiem po y según deli­
m itaciones espaciales tam bién variables.

APÉNDICE
El lenguaje como condicionante del razonamiento
Siempre que tratamos la realidad como movimiento, tropezamos
con la dificultad de que el lenguaje tiene una estructura que dificulta
su captación.
Bourdieu sostiene que «una crítica lógica y lexicológica del lengua­
je es indispensable para la elaboración controlada de las nociones
científicas».26 Merton por su parte afirma que «el lenguaje conceptual
tiende a fijar nuestras percepciones y, derivadamente, nuestro pensa­
miento y nuestra conducta»,27 pero quizá el planteamiento más pro­
fundo lo formule Bachelard cuando, refiriéndose a Korzybsky, implíci­
tamente alude a la necesidad de incorporar lo indeterminado (movi­
miento) como exigencia de objetividad ante el lenguaje: «Korzybsky
quería reaccionar contra la ontología del lenguaje; quería sustituir la
palabra conocida como un ser, por la palabra concebida como una
función, función siempre susceptible de variaciones»,28 y agregaba que
sería conveniente dudar de los conceptos que no pueden ser dialectiza-
dos por una «sobrecarga de su contenido», lo que impide que el con­
cepto pueda ser sensible a «todas las variaciones de las condiciones
donde adquiere sus justas funciones».29 Más aún, el lenguaje transmite

26. Pierre Bourdieu, op. cit., p. 28.


27. Robert K. Merton, op. cit., p. 101.
28. Gastón Bachelard, op. cit., p. 110.
29. IbícL, p. 11.

232
esquemas lógicos de razonamiento que, «con el pretexto de la metáfo­
ra y de la homonimia», contienen «una filosofía inadecuada de la vida
social».30 De esta forma se pierde con relación al lenguaje toda base
crítica sustentada en la exigencia de objetividad que se contiene en la
aprehensión.
Cuando no se toma conciencia de la noción de la realidad que está
implícita en el lenguaje, éste cumple una función de condicionamiento
del pensamiento, por eso es indispensable el esfuerzo por objetivizarse
y transformar el lenguaje en un objeto que se construye según exigen­
cias epistemológicas, determinadas desde fuera de una estructura. Se
trata de un lenguaje gestador de ideas, diferente del lenguaje comuni-
cador de éstas en cuanto a conocimiento.
Analizado desde la exigencia del movimiento, el lenguaje debe dar
cuenta de este supuesto aunque pueda tener cierta oscuridad; oscuri­
dad que, junto con el hecho de reconocer aspectos lógicos, constituye
además un problema cultural. Bastaría con recordar las reflexiones de
Bloch sobre el lenguaje de Hegel.31
A este respecto, sería interesante discutir el cartesianismo como
paradigma racional correspondiente no sólo a una ejtapa de supera­
ción de la escolástica, sino también a una praxis científica de otro
tipo, tal como las matemáticas y la geometría aplicada al mundo físi­
co. En nuestro manejo del problema, habría que señalar que es dife­
rente cuando la praxis científica pretende dar cuenta de los fenómenos
históricos, ya que en estos casos el modo de razonamiento necesaria­
mente se modifica y, con ello, el concepto de claridad y precisión.
En efecto, dicho concepto define el centro del debate: el lenguaje
ha de comunicar claramente ideas inequívocas, pero ¿qué es una idea
clara? y ¿qué es comunicarla? Con algún sentido común se podría
decir que es claro lo que se entiende universalmente con igual signifi­
cado; por lo tanto, la verdad objetiva es necesariamente intersubjetiva.
En lo dicho subyace una dificultad porque la tendencia es identificar
claridad con aquello cuyos contornos son nítidos, indiscutibles, acaba­

30. Raymond Boudon, op. cit., pp. 37-38.


31. «El lenguaje de Hegel, allí donde el lector consigue dominar su obstinada
terminología, deja percibir constantemente la música del alemán de Lutero, asociado
con la más brusca plasticidad. Con la plasticidad del rayo que, viniendo de un cielo
no ciertamente limpio de nubes, iluminará, precisará y resumirá de golpe todo el
paisaje. El lenguaje de Hegel viola las reglas de la gramática, sencillamente, porque
tiene cosas inauditas que decir, cosas para las que la gramática anterior a él no
brinda asidero [...] Hegel rompe con la sintaxis de las palabras allí donde ésta no
cuadra con la única sintaxis que pueda dar la pauta desde el punto de vista filosófico:
la sintaxis lógico-dialéctica» (Emst Bloch, El pensamiento de Hegel, México, Fondo de
Cultura Económica, 1949, sección ni: «El lenguaje de Hegel», p. 13).

233
dos, en circunstancias que en la realidad históiico-política las cosas no
suceden de este modo.
Si en el campo de la microfísica ya se presenta el problema de la
identidad, los fenómenos históricos no son ajenos a esa dificultad.
Aceptando que lo real es lo «dándose», surge el problema de cómo
determinar su identidad y cómo hacerlo transparente; pues si lo real
es el movimiento, habría que resolver cómo reducirlo a una estructura
perfectamente enmarcada, o cómo hacer que lo estructurado se subsu­
ma a su propia realidad, hecho que niega las fronteras definidas de la
estructura.
El contenido de una proposición nunca puede dar cuenta de lo real
que siempre trasciende su contenido; más bien, éste sugiere líneas de
profundización que, como las de un cuadro, no reducen el contenido a
lo que «muestra», sino que lo extienden a todo el contorno no captado
en razón de que lo aprehendido trasciende los límites formales de
cualquier definición de contenido (en este sentido es como hemos ha­
blado de lo teórico-formal). Se requiere, por lo tanto, de una estructu­
ra capaz de reflejar lo «dándose» que, como tal, constituya el conteni­
do de la comunicación por medio del lenguaje.
De ello resulta que si la claridad y precisión no son idénticas con lo
acabado (a menos que prefiramos la claridad a la realidad), significa
que lo que se comunica mediante el lenguaje no es solamente lo aca­
bado, sino también la construcción de lo acabado como empina y
significación. Esto es, el proceso mismo de llegar a ser acabado y sig­
nificado, no simplemente su reconstrucción genética. La claridad es
trasladada desde los límites nítidos, indiscutibles y acabados, a la ubi­
cación en el contomo del cual el concepto es una delimitación particu­
lar. Así es como el límite es sólo una parte de la claridad por exclu­
sión, mientras que la otra lo es por inclusión. En tanto la primera
acepción de claridad se traduce en una 'estructura sintáctica que cum­
ple la función predicativa, la otra concepción se traduce en proposicio­
nes cuya función es delimitadora de campos de predicabilidad.
El problema subyacente es que la estructura del concepto claridad-
precisión, como la del lenguaje con que nos comunicamos, no es ajena
a la lógica con que pensamos. Si decimos que lo claro es igual a lo
acabado, podemos formular respecto de lo acabado juicios claros
siempre que respetemos sus límites; pero si, por el contrario, decimos
que lo claro es lo dándose, porque corresponde a lo real, entonces el
juicio no tiene un sistema de referencias fijas, y depende de la capaci­
dad de construir una serie de proposiciones congruentes que tengan
por referente lo dándose, como proceso no teorizado, y cuyo conjunto
(y no cada proposición aislada) constituye la claridad-precisión que se
busca y pretende.

234
No se trata de A es A: juicio de identidad en función de la concep­
ción de lo acabado, sino de A es Al, A2... kn que puede suponer que
Al sea A6, o bien que Al sea B. Si la realidad se corresponde con esta
opción, lo claro es, por ejemplo, Al función de la potencia n-poliádica.
Es decir: es lo acabado (Al) en tanto ubicado (sintáctica y semántica­
mente) en el dándose (An-poliádica), que no presupone un predicado
definido sino una capacidad lógica de predicabilidad.
Lo anterior reviste importancia toda vez que podemos constatar
que la búsqueda de lo claro y cierto es dominante en el operacionalis-
mo. Esta opción, además de representar una solución práctica, repre­
senta un planteamiento respecto de las conexiones con el mundo em­
pírico, con base en ciertos supuestos sobre la realidad (supuestos que,
aunque son muy explícitos, no siempre quedan suficientemente aclara­
dos para muchos investigadores en su práctica de investigación). Y ello,
más que nada, porque el problema de la claridad se restringe a un
problema de expresión, olvidándose de que antes que nada es un pro­
blema de gestación de ideas, que, sin restringirse a las estructuras teó­
ricas, cumple la función de aprehensión problemática de la realidad.
Lo anterior se vincula con el predominio de la forma de razonar
sobre la lógica propia de las estructuras teóricas. Sin embargo, puede
ocurrir que la aprehensión se confunda con las estructuras teóricas,
convertidas éstas en lenguaje de expresión. En este caso se enfrenta el
riesgo de que la relación que se establezca con la realidad quede deter­
minada estrictamente por el contenido de la proposición, olvidándose
la situación problemática que la contiene.
Si de lo que se trata es de buscar conexiones con lo empírico, que
no estén encajonadas en particulares estructuras teóricas a priori, es
necesario hacer una distinción entre el lenguaje de gestación del pen­
samiento y él lenguaje de su expresión. El primero no es predicativo
sino que es potenciador de predicaciones posibles y se corresponde
con la aprehensión; mientras que el otro se relaciona con el de la
explicación.
El momento del lenguaje de gestación, como expresión del mo­
mento de establecerse la relación con la realidad, es preteórico en el
sentido de lo teórico-formaL Cualquier forma de operacionalismo, en
cambio, al no romper con el lenguaje de expresión queda ligado a las
estructuras teóricas. Por eso sostenemos que la relación con lo real no
está determinada sólo por la proposición que se formula sobre lo real,
sino por la situación problemática que contenga a la proposición. Se
trata, entonces, de separar la proposición conceptual de la situación
problemática con base en esta distinción entre lenguaje de expresión y
lenguaje de gestación del pensamiento, lo que guarda homología con
la distinción entre explicar y aprehender, respectivamente.

235
Esta distinción rompe con el encuadre teórico ya cristalizado en el
lenguaje, mediante el cual se expresan las ideas. El punto de partida es
considerar que no es lenguaje de expresión la primera forma de rela­
ción con la realidad; más bien se trata de romperlo, deshacerlo y neu­
tralizarlo por medio de una forma de razonamiento que no se identifi-
- que con él.
El pensar científico ha resuelto su relación con la realidad median­
te la operacionalización de sus conceptos, capaces de delimitar univer­
sos de observación. Sin embargo, esta operacionalización hemos visto
que no neutraliza el condicionante de razonamiento, dado por las es­
tructuras teóricas, ya que éstas sólo quedan metamorfoseadas en su
aplicación. La operacionalización, en efecto, no constituye un meca­
nismo que permita objetivarse frente a la realidad, porque se restringe
a resolver el problema de la univocidad de los conceptos en cuanto a
sus referentes empíricos, como si el contenido de cada uno dependiera
de sí mismo y pudiera prescindir del conjunto de la estructura teórica
de la cual es parte.
Más que esta operacionalización consideramos pertinente mante­
ner como tal la estructura conceptual de la teoría, pero diferenciando
entre su función explicativa y una función epistemológica u organiza­
dora de campos de observación. Las conexiones racionales con la re­
alidad no tienen, de esta manera, la función de determinar la univoci­
dad de los contenidos, sino de definir posibilidades de construcciones
teóricas nuevas. Antes de determinar la relación con la .realidad, en
función de una necesidad de explicación, se tiene que establecer la
función de apropiación. Apropiación que mediatiza la teoría y, por con­
siguiente, la estructura condicionante de su lenguaje de expresión, ya
que la supedita a la forma de razonamiento y a su lenguaje de ges­
tación. ¡
Analizando la abstracción desde este ángulo, se puede concluir que
la teoría en general no queda absorbida en la estructura del lenguaje
de expresión, sino en él marco del modo como se «gesta» o construye
la racionalidad analítica. Así, en el momento de la aprehensión de la
realidad sólo está presente la forma del razonamiento que rompe con
la estructura codificada del lenguaje y de la teoría. En esta dirección
se piensa que la hipótesis corresponde exactamente a una modalidad
de relación de conocimiento con un contenido predeterminado; en
tanto que la construcción del objeto corresponde a la posibilidad de
muchas estructuras posibles. Algo así como una «masa pictórica» sin
ninguna forma determinada pero que contiene la multiplicidad de to­
das ellas.

236
EPÍLOGO

Racionalidad y praxis: su articulación en el análisis


del presente

Hemos procurado desarrollar algunas proposiciones sobre


el movimiento y la necesidad de desarrollar la capacidad de
apertura crítica de la racionalidad. Empero, todavía no hemos
puesto suficiente atención en las implicaciones que tiene reco­
nocer que la realidad social reviste un carácter doble, si segui­
mos la distinción hecha por Zeleny con motivo de El Capital:
entre aquella «objetualidad (realidad) cuya existencia no está
mediada por la actividad del hombre» y la «objetualidad pro­
ducida por el hombre».1 Distinción que debe ocupar nuestra
atención ya que es el fundamento que permite relacionar el
movimiento con la praxis social, considerada como un mo­
mento de la apropiación de la realidad con su propio recorte
espacio-temporal: el presente.
En el marco del conocimiento social, a la relación entre
razón y realidad subyace otra relación: lo que se establece en­
tre conocimiento y presente, en razón de ser este el recorte en
que opera la racionalidad gnoseológica de la realidad históri-
1. Jindrich Zeleny, op. cií., p. 307.

237
co-política. Con la formulación de las Tesis sobre Feuerbach ya
se ha marcado un paso desde el conocimiento considerativo-
contemplativo del pasado, hacia un tipo de conocimiento que,
por estar vinculado con la praxis, es activó y referido al pre­
sente como el momento de la praxis. Se afirma en la Tesis 2:
La cuestión de si al pensamiento humano le corresponde
verdad objetiva no es una cuestión práctica [...]. La polémica
acerca de la realidad o no realidad de un pensamiento que se
aísla de la praxis es una polémica puramente escolástica.
Estamos de acuerdo con Bloch en el sentido de esta afir­
mación de que «el pensamiento adecuado y la accipn de lo
adecuado de hacerse es, así, por fin, uno y lo mismo. La acti­
vidad [...] se halla implícita aquí desde un principio y surge, al
' final, de nuevo, como conclusión verdadera»,2 por lo tanto ca­
rece de sentido cualquier «prueba plena de una verdad desde
sí misma en tanto que meramente teórica [...]. No hay ningu­
na plena prueba posible teórica inmanente», con lo que se
rompe, en consecuencia, con la idea de una «inmanencia ce­
rrada del pensamiento (incluido el pensamiento materialista
mecánico)»; lo que tiene una enorme significación toda vez
que «este intemado contemplativo ha sido [...] el ámbito de
todos los conceptos de verdad».3
Lo verdaderamente relevante no está exclusivamente en lo
que se refiere al concepto de verdad y prueba, sino en la trans­
formación del eje de conocimiento. Es lo que Bloch ha llama­
do punto arquimédeo: el saber deja de estar referido a lo pasa­
do para volcarse «a lo por venir». Planteamiento que se ve
reforzado en la Tesis 4 cuando, a propósito de ella, comenta:
«el viejo mundo había de ser sacado de quicio y el nuevo ha­
bía de ser elevado a su quicio, el punto arquimédeo es la base
terrena de hoy»; base que, en palabras de Marx, ha de ser en­
tendida, en primer lugar, «en su contradicción y ha de ser,
después, revolucionada prácticamente por la eliminación de la
contradicción».4 De esta manera se entra en una nueva fase
2. Emst Bloch, El principio esperanza, op. cit., p. 264.
3. Ibíd., p. 264.
4. Ibíd., p. 278.

238
del desarrollo de la teoría del conocimiento, donde «el presen­
te domina, junto con el horizonte en él, un horizonte que es el
del futuro», saliendo al paso al «conjuro de ese antiquarium
contemplativo».
En razón del presente quedamos situados en el interior de
una historia «no conclusa», abierta, susceptible de ser poten­
ciada en su misma objetividad de la que son parte las prácti­
cas sociales, con su capacidad de imprimir direccionalidad a
los procesos sociales. Entramos en la historia como presente
que sintetiza lo dado y el dándose; desde el presente en el
momento de la práctica que permite rescatar la esencia políti­
ca del conocimiento. Así es como, en tanto campo de activa­
ción de lo real, por medio de las prácticas, el presente se cons­
tituye en una potencialidad de objetos posibles de construirse.
Lo dicho implica un modo de apropiación de la historia que
se desenvuelve en dos planos: el del conocimiento, mediante una
mediación racional que objetiva la historia en estructuras que
determinan su propia referencia en la realidad, y el de la pra­
xis, por medio de la sucesión de contingencias que lleva a una
exaltación del momento sobre cualquier estructura. Así, en el
discurso teórico, el dándose (como siendo lo objetivo) es elimi­
nado para reducirse a una hipótesis; mientras que, en la prác­
tica, el dándose es la «eliminación de la contradicción», me­
diante lo cual es revolucionada «la base terrena de hoy» y, con
ello, se eleva el nuevo mundo a su quicio.
Al sintetizar lo dado y lo dándose, el presente exige en el
plano del razonamiento una organización que resuelva la
apertura hacia una realidad mutable, aparentemente estática,
pero sujeta a movimientos engañosos. Desde esta perspectiva
se debe concebir una forma de razonamiento capaz de conju­
gar lo determinado y lo indeterminado, lo devenido y lo devi­
niendo, para dar cuenta de la relación dado-dándose en la
construcción de objetos. En este marco rescataremos a la tota­
lidad concreta ya que, de acuerdo con su lógica, se busca in­
cluir niveles de la realidad para reconstruir su movimiento his­
tórico, lo que también permite dar cuenta del dándose de lo
dado en tanto recorte empírico determinado.
En consecuencia, la idea de presente, como campo de obje­
tos posibles de construirse, se corresponde con el planteamien-
239
to de una realidad «moldeable» por la praxis de los hombres.
El presente, en la medida en que constituye una articulación de
procesos, no se limita al contenido particular de ninguno de
ellos, sino que se abre a la praxis social constructora que se
concreta en una cierta direccionalidad. En el marco de esta
práctica, la jerarquización entre niveles queda subordinada a la
reconstrucción de la situación concreta en la que se determina
lo que es objetivamente posible de hacerse. En este sentido, la
posibilidad de construcción representa una modalidad de apro­
piación de la historia,5 pero también su transformabilidad6 por
una praxis objetiva;7 por lo mismo, el concepto de construcción
no puede ser confundido con la noción pragmática de acción.
La construcción nos enfrenta con dos planos de la realidad:
uno, objeto de construcción con base en determinados proyec­
tos de sujetos sociales, que no requieren estar encuadrados en
ninguna estructura teórica; otro, propio del conocimiento cien­
tífico académico, sometido a una objetividad regida por regu­
laridades y que, desde luego, requiere de estructuras teóricas
en el plano gnoseológico.
A este respecto nos interesa develar, aunque sea somera­
mente, las implicaciones epistemológicas de la construcción
cuando es vista y analizada a la luz de proyectos de sujetos
sociales, y que es la que entendemos como pertinente al cono­
cimiento histórico-político. De estas implicaciones la más rele­
vante tiene que ver con la noción de objetividad concebida
como posibilidad objetiva en cuanto significa pensar con base
en una constructibilidad que incorpora la historia como futuro
posible. En esta dirección, el concepto usual de estructura teó­
rica se enfrenta con el concepto de objetividad real no sujeta a
legalidad alguna, lo que plantea el problema de las relaciones
que se establecen entre legalidad y posibilidad objetiva. Lo que
decimos puede reconocer una respuesta en los siguientes tér­
minos: mientras que las estructuras teóricas, propias de una
objetividad sometida a una legalidad, «explican», las organiza­
ciones racionales propias de la construcción cumplen la función

5. Tesis 1 sobre Feuerbach.


6. Tesis 2.
7. Tesis 1 y 4.

240
de «aprehender» situaciones para él reconocimiento de alternati­
vas teóricas y/o de acción.
Por definición, en el planteamiento de la construcción no
hay determinaciones, sino sólo una exigencia de determinabili-
dad en función del proyecto del sujeto social y de sus prácti­
cas, contrastando con las regularidades que implican una se­
cuencia necesaria en el orden de las determinaciones reales.
En este marco, el proyecto constituye la historia como futuro,
de manera que la detenninación cumple la función de ser una
forma particular para delimitar. Su contenido dependerá del
previo reconocimiento de un campo más amplio de opciones,
de ahí que el reconocimiento de este campo sea función de
una conciencia crítico-social que permanezca abierta a las po­
tencialidades de la realidad.
En este sentido es posible entender la objetividad real
como una conjugación entre lo indeterminado (que cumple la
función de lo inclusivo) y lo determinable (que es lo incluido);
por lo tanto, la articulación indeterminación-determinación no
necesariamente debe apoyarse en un modelo teórico para dar
cuenta del límite de lo determinado. Más bien, el límite fijado
por lo «teórico formal» es reemplazado por el punto de articu­
lación abierto a inclusiones mayores (según sea la capacidad
para activar la articulación), en forma que se pueda transfor­
mar en una articulación cada vez más compleja; de ahí que
sirva de base para una visión de la realidad con mayor ampli­
tud de alternativas en la medida en que constituya un reflejo
más rico de aquélla.
Nos hemos colocado ante la necesidad de una ampliación de
los límites de la racionalidad. Feyerabend ha sostenido (en rela­
ción a Kuhn) que el problema «no es si hay límites»;8 no obstan­
te, el problema reside en lo que se entiende por límite en cuanto
éste hace pensar en una separación entre lo racional y lo irracio­
nal, en circunstancias en que sólo hay diferencias en los mecanis­
mos de apropiación y de explicación; es decir, que puede variar
la naturaleza de los mecanismos de apropiación sin que por ello
dejen de ser racionales. De esta manera se avanza hacia la no­
ción de una racionalidad ampliada en sus modos de operar.
8. Paul Feyerabend, op. cit., p. 369.

241
Consideramos que puede haber un concepto de racionalidad
que atienda a lo posible de «ser falseado»; por lo tanto, que se
identifique con la teoría; pero también, simultáneamente, cabe
entender la racionalidad científica como la función de organizar
la realidad indeterminada, identificándose, por lo tanto, más que
con una teoría falseable, con una forma de construir objetos por
medio de los cuales tiene lugar la apropiación de lo real.
En suma, pensamos en una progresiva complejidad del
concepto de apropiación, lo que no significa considerar que
porque «todas las metodologías pueden ser falseadas», como
sostiene Lakatos, se pueda llegar a la conclusión de Feyera-
bend de que «no existe esa cosa llamada racionalidad científi­
ca».9 La racionalidad ampliada evita quedarse en el marco de
la prueba en sus diferentes modalidades (justificacionismo,
convencionalismo, falsacionísmo), rompiendo con un esquema
de racionalidad científica cimentada en sus exigencias. Esta­
mos interesados más bien en rescatar una forma racional que
ponga el énfasis en la construcción de la relación de conoci­
miento, concebida como el campo de articulaciones necesarias
en el que se puedan definir teorías alternativas.
Este salto hacia un concepto amplio de racionalidad nos
lleva al terreno donde el conocimiento se entiende como desa­
fío de conciencia, porque cumple una función hberadora res­
pecto de las circunstancias. Pero eso solamente es posible en
el esfuerzo conjugado por transformar el saber en conciencia
forjadora de voluntades, que, en tanto tales, no pueden ser
ajenas a opciones valóricas. De áhí que nos parezca pertinente
hacer una paráfrasis de ese viejo pensamiento de Fichte con
relación a la filosofía: el tipo de conocimiento que se elija
construir depende del tipo de hombre que se es, por cuanto
aquél no es un utensilio que se pueda dar o recibir, ya que
está animado «por el alma del hombre que lo posee». Por eso
retomamos la idea del epígrafe que preside este volumen,
orientada a resaltar la importancia de lo abierto ante el hom­
bre sobre el fixum que está a sus espaldas.

9. Imre Lakatos, «La historia de la ciencia y sus reconstrucciones», en Imie La­


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na, Grijalbo, 1974.
Z emelman , Hugo: Historia y política en el conocimiento, México, Uni­
versidad Nacional Autónoma de México, 1983, Serie Estudios, 71.
—: «Problemas en la explicación del comportamiento reproductivo
(sobre las mediaciones)», en Reflexiones teórico-metodológicas sobre
investigación en población, México, El Colegio de México, 1982.

245
ÍNDICE DE AUTORES

Althusser: 32, 33, 44, 177, 178, Empédocles: 102


198, 203 Epicuro: 102, 105
Adomo: 50
Anaximandro: 102 Feuerbach: 36, 81
Feyerabend: 76, 79, 87, 241
Bachelardr 63, 84, 86, 95, 110, 112, Fichte: 85, 88, 242
119, 170 Flexnen 159
Baliban 177
Bemal: 86 Galileo: 69, 97, 99, 112, 113, 118
Bloch: 57, 72, 92, 93, 116, 121, 233 Geymonat: 49
Boudon: 150, 161, 167 Gnoseth: 110
Bourdieu: 158, 232 Godel: 84
Braudel: 45 Gramsci: 82, 86
Bruno: 143
Bunge: 192 Habermas: 49
Hanson: 70, 71, 114, 127
Camap: 81 Hegel: 58-60, 74, 85, 92, 108, 112,
Cassirer: 87, 97, 118, 121 199, 200, 233
Cerroni: 100, 106 Hempel: 71
Comte: 70 Horkheimer. 102
Cusa: 98, 99
Indicopleustes: 102
Della Volpe: 90
Descartes: 121 Kant: 59, 74, 85, 88, 92, 110
Dietzgen: 141 Kepler: 97, 98, 113, 114, 118
Duns Scott: 99 Koestler: 89
Durkheim: 70, 189 Korzybski: 170

247
Kosik: 48, 50, 176, 231 Platón: 102, 142
Koyré: 94 Popper: 50, 51, 53, 71, 82, 103,
Krahl: 67 122, 151, 155
Kuhn: 61, 120, 122, 241 Prudencio: 103
Kula: 138
Reichenbach: 113
Lákatos: 122, 155, 242 Russell: 82
Lazarsfeld: 167
Lenin: 42, 43 Sacristán: 60, 85, 93
Lévi-Strauss: 69 Schlick: 83
Luporini: 67 Schuhlz: 102
Schumpeter: 61
Marx: 37, 45, 58-62, 65-67, 74, 85, Spinoza: 143
88, 92, 95, 96, 105, 110, 113, Stinchcomb: 159
131, 143, 149, 182, 198-200
Merton: 155, 157, 161 Tarski: 90
Newton: 112, 113 Wittgenstein: 82, 84
Ockham: 99 Zeleny: 60, 88, 117, 119, 237
Zeller: 87
Parsons: 150
Piaget: 69, 70, 72, 76

248
INDICE TEMATICO

Abstracción: 27, 67, 111, 162-165, 128-129, 136-139, 158-173, 177,


174, 178, 219, 236 194-197, 204-218, 219-220,
Actitud racional: 37, 61 223-232
Acumulación: 30-31, 80, 89, 96,
141, 147-151, 163 Captación: 42-56, 63-68, 83, 90, 99-
Alternativas (ver Opciones): 30-31, 100, 104, 111-114, 121-122, 133,
45, 48, 55, 76, 128, 155, 157 140, 175, 186-194, 208, 220, 230
Ángulo: 29, 34-37, 44-46, 72,121, Categoría: 34-35, 89-90, 92, 100,
127, 148, 159-160, 181, 183, 185, 115-124, 184, 199-200
200, 208, 220, 236 Ciencia: 45, 60, 72, 75, 83, 92-93,
Apertura (ver Crítica y Momento 106
epistemológico): 34-37, 46, 52-56, Cierre: 56, 61, 70, 72, 95, 116, 162,
61, 70, 75, 83-90, 101-105, 165, 173-174
113-130, 136-141, 158, 160, Cognoscitivo: 50, 73, 81-83, 87,
165-167, 173-178, 181-184,190, 104-105, 110, 130, 141-142, 169,
200, 205, 210, 225, 237, 239 171,210
Aprehensión: 29, 45, 51-56, 63-71, Conceptos: 58, 197-219, 225-232
80, 100-112, 122-131, 136-142, Conciencia y conciencia histórica
147, 159, 161, 165, 173-174, (ver Crítica): 37, 45-46, 56, 80,
181-193, 199-201, 207-208,211, 89, 95, 107
217, 233, 235 Concreción (ver Especificidad): 29,
Apropiación: 33-34, 51, 85, 105, 34-35, 42-45, 107, 123, 133-139,
109, 123-127, 139, 151-157, 161, 157, 164, 173-182, 191, 214, 235
164, 172, 236-237 , Conexiones: 64, 99, 102, 129, 136,
Articulación (ver Construcción): 140, 188, 217, 219
30-32, 38-43, 50, 58-68, 73-74, Conocimiento científico: 59, 68,
76, 82, 86, 106-109, 118-120, 79,103,130

249
Conocimiento, relación de Gnoseológico: 59-60, 71, 80, 110,
conocimiento y conocimiento 124, 137, 176, 185, 237
sociohistórico: 27-32, 43-56,
65-71, 79-86, 94-141, 145-157, Hipótesis: 38, 99, 107, 123, 129,
164-171, 188, 206-207,211, 141, 163-169, 184, 193, 218-231,
225-228, 235-236 236
Construcción: 29-36, 43-48, 53-57, Historicidad (ver Tiempo, Espacio,
65-77, 81-108, 110, 114, 117, Nivel y Momento): 32-36, 42-45,
128, 141-142, 147, 158, 176-177, 72, 81-82, 88-90, 104, 117, 148,
182, 184, 195-197, 211,234, 164, 173-174, 182
239-240 Horizontes (ver Utopía): 37, 56, 61,
Contenidos: 30-34, 40-41, 48-66, 89, 93, 99-102, 109, 113, 115,
71, 80, 94, 107, 111, 130-136, 138, 175
169-170, 175, 178, 196, 206, 215,
234-236 Identidad: 63-68, 111, 177-179,
Crítica (ver Apertura y 197, 206, 234
Rompimiento): 37-38, 49, 52, Inclusión e inclusividad (ver
56-58, 67-85, 90-98, 102-106, Apertura): 50-54, 64-76, 80, 91,
115, 122-123, 126, 130, 141-142 97, 107, 115-128, 134, 160, 174,
184, 196, 202-207, 218, 224-226
Determinación y determinabilidad: Indeterminación (ver Inclusión y
29-36, 44, 48-58, 64-75, 81, 83, Necesidad): 33, 50-51, 66, 74-75,
89-105, 115-130, 137, 139, 146, 83, 88-89, 98-104, 121, 126-128,
155-156, 162, 164,169-170, 135, 170-171,184, 186, 199-200,
174-175, 178, 180-182, 184-199, 204-208, 234,241-242
207,211,226, 239-241
Dialéctica: 56-61, 67, 73-75, 86-87, Lenguajes: 72-73, 82-84, 109,
93, 110-111, 118, 130, 135, 184, 196-197, 206, 232-236
200, 202-203 Límites: 54-55, 61, 67, 71, 75,
Dirección y direceionalidad (ver 94-95, 108-109,114,120-121,
Opciones): 28-36, 44-45, 55, 128, 132-133, 142, 145, 155, 184,
66-67, 239-240 186, 197, 199, 202, 208-210, 215,
234, 241
Espacio: 41, 54, 115, 119, 173
Especificidad: 30-31, 39-40, 45-50, Mediación (ver Reconstrucción):
58-65, 69-71, 80, 96, 108,120, 27-31, 39-42, 48, 66, 85, 87, 116,
124, 136, 139, 147-155, 163-175, 119, 138, 146, 159, 183, 186,
186-191, 197-205, 211-224, 228 196, 204, 207-208, 212, 236
Estructura: 28, 33, 38, 49, 62-63, Método: 60-61, 75, 77, 88-96, 113,
67-69, 74, 80, 84, 93-94 122,131
Experiencia: 56, 89, 100, 104 Momento (ver Historicidad y
Explicación (ver Racionalidad Presente): 34, 38, 44, 47, 54,
hipotético-deductiva): 46-53, 59, 62-66, 88, 104, 108, 140,
72, 99-100, 112-114, 123-134, 173-177, 185, 200
140-141, 147-162,^172-173, Momento epistemológico (ver
183-193, 197-201, 208-210, Apertura): 119, 123-142, 146-149,
216-217, 224-225, 230, 236 158, 167, 199, 201, 203

250
Movimiento (ver Historicidad): Posible: 27-37, 44-50, 54-58, 63-66,
27-30, 38-39, 54-57, 61-68, 74, 72-74, 81-93, 98-104, 109,
112, 122, 128-129, 136-138, 118-135, 146-149, 163, 170, 174,
173-177, 179-180, 185, 188, 186-187, 195-199, 217, 240
199-200, 207, 214, 234, 239 Potencialidad: 28, 32-33, 44-46,
54-58, 64-66, 76, 80, 87, 92-111,
Necesidad: 32-36, 41, 46, 55, 58, 123-130, 137-138, 155-162, 166,
75, 85, 112, 121, 124, 198 170, 173, 178, 185-186, 194, 204,
Nivel: 30-32, 38^2, 62-75, 85, 239
107-108, 115, 120, 124, 129-130, Praxis: 29-36, 43-49, 54, 59, 67,
133, 138-141, 162-163, 173-174, 79-86,92, 110, 115, 237
• 185-186, 194, 200, 204, 211-225, Presente (ver Historicidad): 34-64
239-240 Problematización y campo de
problemas (ver Crítica): 42-45,
Objetivación: 46, 56, 87-88, 52, 56, 73-75, 80-81, 86, 101-102,
107-108, 117, 119, 158, 161, 171, 108, 113-175, 186-187, 189,
184, 201, 204, 209 196-211, 228
Objetividad y exigencias de Proyecto: 27-46
objetividad: 27-28, 34-37, 46, 48, Prueba: 132, 158, 175, 193, 238,
61, 69-74, 80, 84-91, 96-109, 242
117-123, 127-128, 135-139,146,
158-159, 170-180, 183, 186, 191, Racionalidad, razón y formas de
194, 196, 198-202, 232-233, razonamiento: 27-29, 38, 43,
239-241 48-77, 79-80, 82, 90-113,
Objeto y campo de objetos: 30-36, 130-132, 138-139, 142, 150-151,
43-46, 52-75, 80-91, 99, 107-142, 153, 158, 164, 186, 209, 215,
145-149, 161-164, 171-182,184- 236, 242
186, 195-207, 217-218, 231, 239 Racionalidad científica: 49-50, 59,
Observable: 70, 107, 109, 115, 156, 85-87,91-106, 113, 119, 130, 206
167, 196, 214, 216 Racionalidad dialéctica (ver
Observación y universos de Movimiento): 51, 56-76, 85-87,
observación: 29-30, 48-51, 71-72, 93-96, 110-111, 118, 129, 133,
96, 107-110, 116, 124-129, 136
151-152, 156-160, 167-168,174, Racionalidad bipotético-deductiva
184, 198, 212-213, 215, 218, 223 (ver Explicación)-. 51, 149,
Opción (ver Praxis): 27, 37, 44-51, 155- 162, 172, 188-191, 198-199,
56, 77, 100-101, 120-121, 140, 205
148, 157-158, 166-169, 175, Recorte (ver Observación): 46,
186-187, 190, 201, 218, 225 52-56, 68, 71, 84, 86, 100, 103,
107-108, 115-130, 137, 140,
Parámetros (ver Rompimiento): 43, 156- 162, 174, 179, 197-203, 210,
46, 68-74, 79, 89, 97-101, 119-121, 214-215, 225, 237
129, 137, 154, 172-174, 181, 194, Reconstrucción (ver Mediación):
215 30, 40, 45, 53-61, 67, 84,
Pertinencia: 35, 51, 69-70, 115, 117-118, 140, 147-148, 156,
148, 160, 171, 174, 188, 205, 163-169, 186-203, 215-218,
207, 213, 240 225-232, 240

251
Relación de determinación (ver Teoría: 28, 32-37, 42, 47-56, 73-76,
Determinación y Recorte)'. 69, 81, 92-95, 105, 107, 113-116,
100, 121, 124-125, 163-164, 184, 128-133, 138-139, 140, 146-147,
195, 219, 224, 231 154-161, 167, 175-176, 189, 200,
Relación de implicación: 63, 120, 206-210, 217, 230, 235-236
194, 218-219 Tiempo (ver Historicidad): 27, 30,
Relación necesaria (ver Necesidad): 35-43, 55, 62, 64,112, 119, 138,
53 141, 174, 177-182
Relación posible (ver Tiempo y ritmo: 68, 173, 177
Indeterminación): 65, 74, 100-101, Totalidad (ver Racionalidad): 29,
118-119, 129-130, 133, 147-149, 32, 40-45, 48-76, 100-104, 110,
163, 169, 174, 188-194, 201-203, 126, 129, 133, 135, 159, 181,
208,211,215, 221-228 194-199, 208, 230, 239
Rompimiento (ver Parámetros): 52,
55-58, 64, 67, 71-74, 89, 94-102, Utopía (ver Horizonte): 41, 56, 60,
115-121, 145, 170, 175, 184, 199, 75, 81, 89-Í02, 109, 113, 115,
210 137, 175, 240-241
Significado: 48-55, 81, 128, Validez: 64, 74, 82, 113, 131-132
197-198, 224, 234 Viabilidad y viabilización (ver
Sistema: 49, 60-61, 69, 72, 81, Proyecto y Praxis): 28, 30, 33,
84-90, 93-96, 149-150, 155-158, 35-37, 46, 55, 86
169, 175, 183, 186; 197-204 Verdad: 72-74, 86, 97, 147-148,
Sujeto: 54-55, 79-88, 104-107, 170,209,213,233,238 .
112-122

252
ÍNDICE DEL TOMO I

P r e á m b u l o ......................................................................................... 9

Í ndice general de la o b r a ............................................................... 15

A claración sobre esta v e r s i ó n ........................................................ 19

I n t r o d u c c ió n ...................................................................................... 23

I. El
análisis social como análisis del presente . El problema
de la conciencia histórica ........................................................... 27
Perspectivas del análisis social como análisis del presente . . . 31
La historia como secuencia de coyunturas: importancia
de lo p o lític o ................................................................................... 35
La conciencia histórico-polit ic a ........................................................ 37
El tiempo: una necesidad del conocimiento ................................ 43
EL La totalidad como exigencia d el razonamiento crítico . . . . 47
La totalidad: panorama de ideas b á sica s....................................... 49
La totalidad y la relación del conocimiento ................................ 52
Mecanismos para pensar con base en la totalidad..................... 53

253
La totalidad en la construcción históricadel conocimiento . . . 57

C en tralid ad de la totalidad dialéctica en el análisis de M a rx . 59


E l uso d e la totalid ad c o m o categoría del ra zo n a m ien to . . . 64
O tros en foqu es sobre el p ro b lem a de la tota lid a d . . . . . . . 68

III. L a critica y l a racionalidad científica ............................... 79

A u tod eterm in a ció n o la razón liberada ..................... 87


R a c io n a lid a d y m é t o d o ..................................... ............................. 90
R a zo n a m ie n to y sistem a .................................................. 95
L a c rítica c o m o ló g ic a del p e n s a r .................................................. 102
N o rm a tiv id a d y r u p t u r a ................................................................... 110
• L a realidad: exigen cia del razon am ien to o b j e t i v o ............................118

La forma de la crítica .................................................. ... 122

L a ló g ic a d e la c r í t i c a ...................................................................... 133
F u ncion es gnoseológicas d e la crítica . . .................................. 137
C onclusiones ................................................................................... 141
A p é n d i c e .............................................................................................. 142

IV . E l papel de la teoría ................................................................ 145

L a te oría c o m o fo rm a d e razon am ien to y c o m o sistem a . . . 150


L a te oría y el p ro greso c i e n t í f i c o ................................................... 154
E structura y funciones d e la t e o r í a ............................................... 155
T e o ría y a p e r t u r a ............................................................................. 159
E l m o v im ie n to d e la t e o r i z a c i ó n .................................................. 166

Historicidad y especificidad del conocim iento ............................... 169

C on d icion es de historicidad .......................................................... 173


T ie m p o y ob jetividad: identidad, teorías y secu en cia
h is t ó r ic o - r e a l....................... 179

V. La organización metodológica del descubrimiento . . . . . . 183

De la aprehensión ............................................................................. 183

O rga n iza c ió n y funciones de la a p r e h e n s ió n ....................... 187


E l ob je to y la hipótesis ................................................................... 195

Los conceptos ordenadores ............................................................. 197

L o s con cep tos y sus enunciados ............................................... . 205


E l uso de los conceptos en la d escom p osición
d e los corpora t e ó r i c o s ................................................................ 208

254 -f
Criterios para seleccionar los conceptos ordenadores 214
Concepto y observable ................................................. 214
La reconstrucción articulada ....................................... 216
Hacia algunas consideraciones generales...................................... 230
Apéndice................................................................................................. 232
E pílogo ................................................................................................. 237
Racionalidad y praxis: su articulación en el análisis
del presente .................................................................................... 237
B ibliografía ...................................................................................... 243

Í ndice de autores ...................................... : ...................................... 247


Í ndice t e m á t ic o ................................................................................... 249

255
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Filosofía del m al y m em oria
TEXTOS Y TEMAS
S SOCIALES | 02

L HOMBRE HISTÓRICO es diferente al hombre en su historia


E pues la historia es a la vez experiencia y conciencia de los
horizontes, ya que el sujeto siempre se expande más allá en
virtud de su capacidad de asombro y de esperanza. Por eso el
conocimiento es un desafío de conciencia que convierte a lo
dado en una posibilidad, esto es, entre estar determinados y
ser protagonistas, entre evolución y construcción, entre poder
y libertad. La discusión epistemológica, entonces, desde esta
perspectiva, constituye una apuesta para rescatar el poder de
la racionalidad como expresión de una lucha por ensanchar el
ámbito de lo humano. De ahí que este texto signifique un esfuer­
zo por potenciar la conciencia desde la razón para enriquecer
las visiones del mundo y las prácticas de utopías que el hombre
puede llegar a poseer.

HUGO ZEMELMAN, chileno, abogado y sociólogo, profesor de la


Universidad de Chile, exiliado en México. Actualmente es director
del Instituto Pensamiento y Cultura en América Latina (IPECAL),
con sede en México. Es autor, entre otras, de las siguientes obras:
Subjetividad: umbrales del pensamiento social (con Ernrna León,
1997); Sujeto: existencia y potencia (1998); Necesidad de con­
ciencia. Un modo de construir conocimiento (2002): Voluntad
de conocer. El sujeto y su pensamiento en el paradigma crítico
(2005); El ángel de la historia: determinación y autonomía de la
condición humana (2007); Los horizontes de la razón. Uso crítico
de la teoría. III. El orden del movimiento, todas ellas publicadas
en Anthropos. Asimismo ha coordinado el n.° 45 de Suplementos
Anthropos: «Círculos de reflexión latinoamericana en ciencias so­
ciales. Cuestiones de teoría y método».

opos-editorial.com
Hugo Zemeiman
l , m rioi-tecntes de la t a z ó n
Dirigida por JOSETXO BERIAIN
(Universidad Pública de Navarra)

Conocer e investigar la realidad social hoy requiere un


bagaje teórico y metodológico adecuado al grado de
complejidad, desarrollo y posibilidad que tal realidad
contiene.
Vertebrar la reflexión en torno al estudio y análisis de
los presupuestos, elementos y proceso que hacen po­
sible históricamente la configuración mental y material
de la producción social del individuo y la misma reali­
dad social en su ineludible interrelación, es el propósi­
to de esta colección.
Su eje central es el estudio de esa realidad social, don­
de los individuos son los actores históricos que vehicu-
lan tal construcción social. Las áreas temáticas de las
que se nutre la colección son: la sociología, las cien­
cias políticas, la economía, el derecho, la historia, la
antropología, etc. La colección se inscribe en el mar­
co de la investigación específica de las ciencias socia­
les, pero al mismo tiempo constituye el despliegue de
una línea de investigación desde y sobre la vinculación
realidad-social e individuo-agente social, que desborda
los límites y tratamientos formales de tales disciplinas
y áreas temáticas.
Así, la colección se despliega como una «caja de herra­
mientas» que sirve para comprender interpretativamen­
te las producciones socioculturales: la sociedad como
mundo instituido e instituyente de significados: los por­
tadores de acción colectiva: partidos, clases, grupos,
movimientos sociales, etc., las lógicas de reproducción
social, a través del dinero, del poder, de los mass me­
dia, etc. En este sentido, ofrece una serie de gramáticas
o prismas sociológicos, políticos, históricos o antropoló­
gicos, que tematizan policontextualmente la realidad
del vínculo social ego-alter que es el fundamento de la
interacción social.
La colección aporta: textos teóricos y trabajos prácticos
en ciencias sociales sobre cuestiones relevantes que
abran el camino a nuevas hipótesis teóricas de inves­
tigación: textos clásicos que permitan entroncar con la
tradición de análisis social; y obras generales de con­
sulta y de metodología en las ciencias sociales.

«■■III
AUTORES, TEXTOS Y TEMAS
CIENCIAS SOCIALES
Colección dirigida por Josetxo Beriain

grupo editorial
siglo veintiuno
siglo x x i editores, s. a. de c. v. siglo xx i editores, s. a.
CERRO DEL AG U A 248, ROMERO DE TERREROS, GUATEMALA, 4824.
04310, MÉXICO, DF C 1425 BUP, BUENOS AIRES, ARGENTINA
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salto de página, s. I. biblioteca nueva, s. I.


ALMAGRO, 38, ALMAGRO, 38,
28010, MADRID, ESPAÑA 28010, MADRID, ESPAÑA
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editorial anthropos / narióo, s. I.


DIPLTTAQÓ. 266,
08007. BARCELONA, ESPAÑA
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LOS HORIZONTES DE LA RAZÓN
n

\
Hugo Zemelman

LOS HORIZONTES
DE LA RAZÓN
Uso crítico de la teoría
II
HISTORIA Y NECESIDAD
DE UTOPÍA

@ANTHR0l>0S
Los horizontes de la razón : Uso crítico de la teoría / Hugo Zemelman. —
Barcelona : Anthropos Editorial, 1992-2011. — 3 vols.; 21 cm. —
ISBN 978-84-7658-353-1
Vol. II: Historia y necesidad de utopía. — [3* edición]. — 2012.— 191 p.—
(Autores, Textos y Temas. Ciencias Sociales ; 3). — Bibliografía p, 183-185. —
Indices. — ISBN 978-84-7658-355-5
1. Sociología-Teoría 2. Conocimiento, Sociología del I. Título II. Colección

y
Primera edición: 1992
Segunda edición: 2003
Tercera edición: 2012
© Hugo Zemelman Merino, 1992, 2003, 2012
© Anthropos Editorial. Nariño, S.L., 1992, 2003, 2012
Edita: Anthropos Editorial. Barcelona
www.anthropos-editorial.com
ISBN: 978-84-7658-353-1 (Obra completa)
ISBN: 978-84-7658-355-5 (Tomo II)
Depósito legal: B. 5.327-2012
Diseño de cubierta: Javier Delgado Serrano
Diseño, realización y coordinación: Anthropos Editorial
(Nariño, S.L.), Barcelona. Tel.: 93 697 22 96 / Fax: 93 587 26 61
Impresión: Top Printer Plus, S.L.L., Madrid
Impreso en España - Printed in Spain
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en lodo ni en parte,
ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma
ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por foto­
copia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.
Hay un secreto acuerdo entre las generaciones
pasadas y la nuestra. Hemos sido esperados en la
tierra. A nosotros, como a las generaciones que
nos precedieron, nos ha sido dada una débil fuer­
za mesiánica sobre la cual el pasado tiene sus de­
rechos [por eso] articular históricamente el pasa­
do no significa conocerlo «como verdaderamente
ha sido». Significa adueñarse de un recuerdo tal
como éste relampaguea en un instante de peli­
gro... La desvaloración del elemento onírico al
despertar es la piedra de toque del pensar dialécti­
co. De ahí que el pensar dialéctico sea el órgano
del despertar histórico. Toda época sueña no sólo
con la que le sigue, sino que, soñando, se aproxi­
ma a un despertar.
W alter B enjamín
El interés más elevado y la razón de todo otro
interés es el interés por nosotros mismos. Así es
para el filósofo. No perder el propio ser en el razo­
namiento, sino mantenerlo y afirmarlo: he aquí el
interés que, invisible, guía todo su pensamiento.
J.G. Fitche
AGRADECIMIENTOS

La elaboración de un libro puede semejarse a l,tránsito por


un camino en el que se comparten y confrontan expectativas,
conocimientos y esfuerzos para la cristalización de ideas.
Agradezco a todos los que alimentaron la discusión sin otra
motivación que estimular esta aventura por el conocimiento.
De manera particular a la Mtra. Emma León quien con luci­
dez y dedicación ha recorrido con el autor este trayecto contri­
buyendo a la maduración de este producto. Asimismo a la
Mtra. Susana Luminato que también con su participación sis­
temática ha contribuido a enriquecer las primeras versiones
del manuscrito.
Pero además, quisiera mecionar a los alumnos que con sus
inquietudes ayudaron a su desarrollo en las numerosas reunio­
nes que se han llevado a cabo.
El espíritu de estas líneas es destacar a todos los que, en
las circunstancias que caracterizan el momento actual, preten­
den rebelarse ante una inercia que nos oculta la importancia
de ampliar los horizontes de la razón. Esfuerzo incierto pero
intrínseco a la dignidad del hombre.
México, septiembre de 1992

11
ÍNDICE GENERAL DE LA OBRA

LOS HORIZONTES DE LA RAZÓN

Tomo I
DIALÉCTICA Y APROPIACIÓN DEL PRESENTE
Las funciones de la totalidad

P r e á m b u l o .................... 9

Í ndice GENERAL de la o b r a .................................................................. 15


A claración sobre esta v e r s i ó n ......................................................... 19

I n t r o d u c c ió n ....................................................................................... 23

I. E lanálisis social como análisis del presente . El p ro b lem a


de la conciencia histórica ........................................................... 27
Perspectivas del análisis social como análisis del presente . . . 31
La historia como secuencia de coyunturas: importancia
de lo p o lític o ..................................................................... 35
La conciencia histórico-política........................................................ 37
El tiempo: una necesidad del conocimiento ................................ 43
n. La totalidad cómo exigencia d el razonamiento crítico . . . . 47
La totalidad: panorama de ideas b á sica s....................................... 49
La totalidad y la relación del conocimiento ................................ 52
Mecanismos para pensar con base en la totalid ad ..................... 53

13
La totalidad en la construcción histórica del conocimiento . . . 57
C en tra lid a d d e la totalidad dialéctica en el análisis
de M arx ................... 59
E l uso d e la totalidad c o m o categoría del razon am ien to . . . 64
O tros en foq u es sobre el p rob lem a de la totalid ad .................... 68

E l. L a critica y la racionalidad científica . .................................. 79


A u to d e te rm in a c ió n o la razón l ib e r a d a ........................................ 87
R a c io n a lid a d y m é t o d o ................................................................... 90
R a z o n a m ie n to y sistem a ....................................................... .... . 95
L a c rítica c o m o ló g ic a del p e n s a r .................................................. 102
N o r m a tiv id a d y r u p t u r a ................................................................... 110
L a rea lid a d : exigencia del razon am ien to o b jetivo . . . . . . . 118

La forma de la crítica ...................................................................... 122


L a ló g ic a d e la c r í t i c a .......................... ... . .................................. 133
F u n cion es gnoseológicas d e la crítica ........................................ 137
C on clu sion es ................................................................................... 141
A p é n d i c e ............................................................................................. 142

IV . E l pa pe l de l a teoría ............................................................... 145


L a te o ría c o m o fo rm a de razon am ien to y c o m o sistem a . . . 150
L a te o ría y el p ro greso c i e n t í f i c o .................................................. 154
E stru ctu ra y funciones d e la t e o r í a ............................................... 155
T e o r ía y a p e r t u r a ............................................................................. 159
E l m o v im ie n to d e la teorizació n .................................................. 166

Historicidad y especificidad del conocim iento .............................. 169


C o n d ic io n e s de h istoricidad ......................................................... 173
T ie m p o y ob jetividad: identidad, teorías y secuencia
h is t ó r ic o - r e a l................................................................................ 179

V. La organización metodológica del d e s c u b r im ie n t o ................. 183

De la aprehensión ............................................................................. 183


O r g a n iz a c ió n y funciones d e la a p r e h e n s ió n .............................. 187
E l o b je to y la hipótesis ........................................................ 195

Los conceptos ordenadores ............................................................ 197


L o s c on cep to s y sus enunciados .................................................. 205
E l uso d e lo s conceptos en la d escom p osición d e los corpora
te ó ric o s ....................................... 208
C riterios p a ra seleccion ar los conceptos o r d e n a d o r e s .............. 214
C o n c e p to y observable ................................................................... 214

14
La reconstrucción articulada ............................................................ 216
Hacia algunas consideraciones generales....................................... 230
A péndice.................................................................................................. 232
E pílogo .................................................................................................. 237
Racionalidad y praxis: su articulación en el análisis
del presente .................................................................................... 237
B ibliografía ................................................ 243
Í ndice de autores ................................................................................. 247
Í ndice t e m á t ic o ........................................................................................ 249
Í ndice del tomo I ................................................................................. 253

T o m o II
HISTORIA Y NECESIDAD DE UTOPÍA

Agradecimientos . . ............................................................................. 11
Í n d ic e GENERAL d e la o b r a ................................................................ 13

P r e á m b u l o .......................................................................................... 19

I ntroducción . .................................................................................... 23

I. S obre lo c o g n o s c ib l e ................................................................... 37
Conocimiento y co n cien cia ............................................................... 37
Historia y lógica: la construcción de lo p osib le............................ 41
El contorno histórico y la experiencia gnoseológica: cuestión
de potencialidad............................................................................. 46
La dialéctica en la ampliación racional.......................................... 50
El pensamiento param etral............................................................... 57
Conclusiones ........................................................................................ 63
Apéndices ..................................................................... 64

15
n. El pensar c a t e g o r ia l ................................................................... 75
E l m o v im ie n to : h o rizo n te de la ra zó n ........................................ 78
Las m o d a lid a d e s de h istoricidad .............................. 80
L a rea lid a d d e t e i m i n a b l e ................................................................ 82
P o s ib ilid a d y c o n t e n i d o ................................................................... 85
E l in stru m en to ló g ic o d e la apertura racional . / . . . . . . . 87
U n ida d, d iversid ad y c o n t r a d ic c ió n ............................................... 91
E l tie m p o d e l futuro: un desafío a la e s t r u c t u r a ........................ 93
L o n ecesa rio c o m o rea lida d .............................. .......................... 94
E l o b je to v i r t u a l ......................................................................... ... . 95
A p é n d i c e .............................................................................................. 97

m . La construcción de l a relación de c o n o c im ie n t o ................. 99


L as con d icio n es de ob jetivid ad en la organ iza ción
d e l ra zo n a m ien to ...................................................................... 102
Apertura: p e rfil de la ra zó n en m o vim ien to .............................. 103
L a ló g ic a in tern a d el m o v im ie n t o .................................................. 105

La historicidad como relación de conocim iento ........................... 108


L a c re a c ió n d e parám etros fía libertad r a c i o n a l ) ........................ 108
E l h o riz o n te h istórico. E l con ocim ien to c o m o con cien cia
d e op cion es ................................................................................ 111
E l p o d e r d e l fu tu ro .......................................................................... 113
A p é n d i c e .............................................................................................. 118

IV . E l método como actitud ante la realidad . . . • . ................. 123

Los conten idos .................................................................................... 129


Clases d e con ten id os ...................................................................... 136
R e gu la rid a d y c o n s t r u c c ió n ............................................................ 141
T ip o s d e enun ciados ...................................................................... 142

La construcción del o b je to ................................................................ 144


L a fu n c ió n m eto d o ló g ic a de los d in am ism os constitutivos . . 145
L a d e fin ic ió n m e to d o ló g ic a d e la c o y u n t u r a .............................. 149
E l en fren ta m ien to c o n la realidad ............................................... 150
E l rec o rte im p líc ito d e los c o n c e p t o s ................................. 154
P e rfil g en eral d e la discusión m eto d o ló gic a .............................. 157
N a tu ra le za d el o b j e t o ...................................................................... 159
R a z ó n co g n itiv a y ra zó n g n o s e o l ó g i c a ........................................ 162V
.

V . A firmarse e n horizontes o colocarse en e l l í m i t e ................. 165


C a p acid a d d e asom b ro . ................................................................ 169
L a v i g i l i a .......................................................... 174

16
La duda creativa ................................................................................. 175
El hombre histórico y el hombre en la historia ......................... 179
B ib l io g r a f ía ............................................................................................................................ 18 3

Í ndice de autores .............................................................................................. 187

Í ndice del tomo I I ................................................................................. 189

17
PREÁMBULO

Esta es una construcción inacabada. Pienso que es de su


naturaleza permanecer inacabada. Ello porque pretende resca­
tar el ángulo de fuga de todas las certezas en que nos apoya­
mos. En el preámbulo al volumen I dijimos que se pretende
estar en la vastedad de la realidad liberándonos de los límites
que con frecuencia nos aplastan. De ahí que asumamos que
estar históricamente condicionados entraña a la vez distan­
ciarse de la historia. Poder verla en los momentos de su mis­
mo acontecer.
En este trabajo hay un elogio a la razón comprometida
cuyo «Santo sepulcro» es construir la historia, empresa en la
que podrá, a veces, asumir la forma de una manera irreveren­
te. Construir y creer que puede acometer la empresa es su
desafío, porque se enfrenta la decisión de hacerlo o no hacer­
lo. En este sentido la razón es una exigencia de libertad, por lo
que reconoce una esencia política. Porque, como ha dicho
Unamuno en su Vida de don Quijote y Sancho, «no es la inteli­
gencia, sino la voluntad, la que nos hace el mundo, y al viejo
aforismo escolástico de nihil volitum quin praecognitum, nada
se quiere sin haberlo antes conocido, hay que corregirlo con
un nihil cognitum quin praevolitum, nada se conoce sin haber­
lo antes querido».
19
Desde esta exigencia pretendemos afirmar en la razón su
potencia virtual de rechazo a todo orden, pero no desde una
raíz anárquica, sino como un esfuerzo sistemático de rompi­
miento de los límites de manera de ubicarse en la tensión de
su mayor apertura. Es aquí donde surge lo que consideramos
la médula del debate. No se trata de buscar un nuevo metaire-
lato (sea el de la especulación, sea el de la emancipación);
tampoco de encontrar el sentido en el fundamento proporcio­
nado por un sistema cerrado, o en una teoría general de cual­
quier naturaleza, sino, más bien, de encontrar en el razona­
miento constructor la condición básica de las posibilidades de
autodeterminación de los individuos y de los conglomerados
sociales en su esfuerzo por construir un futuro. Algo así como
el esfuerzo por un constante ensanchamiento de lo humano,
aunque también de la conciencia de que la inteligencia del
hombre puede ser un mutante que contenga su propia des­
trucción.
Debemos estar alertas de que la especie humana es la úni­
ca que como tal ha perdido su instinto de sobrevivencia. Que,
por el contrario, cada vez más predomina el instinto de sobre­
vivencia individual sobre el de la especie y que quizás en esto
resida la naturaleza última de las dinámicas sociales.
El origen de la creación es también el de la muerte. En este
umbral de las decisiones más irreversibles se ubica el proble­
ma de rescatar el daimón salvador de la cultura. Lo demás son
palabras para la conciencia bella, complaciente o informada.
El esfuerzo consiste simplemente en no dejarse aplastar por lo
inexorable. Pero que tampoco soñar signifique evadirse de la
obligación de que la historia se construye todos los días y por
todos los hombres. De ahí que la utopía sea la ventana por
donde vemos volar el tiempo que nos espera. Si este es el de­
safío nunca terminaremos de ver todo lo que se puede mirar
por esa ventana. Pero hay que colocarse ante ella. Para eso
hay que necesitar hacerlo. Lo que pretendemos es querer ha­
cerlo. Y que todos lo quieran. Por eso, es una empresa inaca­
bada.
Hemos de continuar tomando conciencia de lo que se dis­
cute sobre la razón, el hombre y su progreso. Es nuestro áni­
mo enfrentamos con la problemática histórica actual, ya sea
20
con la fragmentación y atomización de la vida como totalidad,
producto de las sociedades de consumo, con la incredulidad
en los metarrelatos, o bien, con el nuevo nihilismo que resulta
de las sociedades cuyos valores tienden a reducirse a la lógica
del mercado.
Tenemos que recuperar el pasado como iluminación del
presente y a este como un trayecto hacia lo inédito que nos
espera como pieza para ser moldeada o como sepultura. Afor­
tunadamente todavía creemos en el espíritu quijotesco de mu­
chos hombres. De aquellos que siempre han salvado a la hu­
manidad de sus abismos.
México, septiembre de 1992

21
INTRODUCCIÓN

Pensar hoy en la teoría del conocimiento significa reflexio­


nar sobre la conciencia lúcida y su desarrollo a lo largo de la
historia.1 Sin embargo, se puede constatar que la historia de
la ciencia no se refiere al tema en la medida que se circunscri­
be al descubrimiento de las formas que ha experimentado la
construcción del conocimiento, sin abarcar las formas de irse
dando un mayor grado de conciencia en el hombre; aunque
no se puede desconocer que, concomitantemente con el desa­
rrollo de la ciencia, se ha ido dando un enriquecimiento gra­
dual en las maneras de pensar, en cuanto la historia de la
razón se ha desenvuelto sobre dos carriles, el de la ciencia y el
de la conciencia. Ciertamente no puede asumirse que la histo­
ria de la ciencia resuelva los problemas asociados con el des­

1. Nos referimos a la conciencia crítica como aquella que se relaciona con la


potenciación de la realidad y con el reconocimiento de opciones (cfr. Hugo Zemel-
man, Historia y política del conocimiento, México, UNAM, Facultad de Ciencias Políti­
cas y Sociales, 1983, pp. 45-48, Serie Estudios, 71). Habíamos planteado, en el marco
de la problemática del salto de la historia a lo político, la necesidad de una nueva
concepción epistemológica que incorporara los requerimientos de la construcción de
la realidad. Siendo lo político el principio de activación de lo histórico que constituye
el proyecto de organización social, se facilita la comprensión de la «conciencia lúci­
da» como una conciencia crítico-social (cfr. Hugo Zemelman, De la historia a la
política, México, Siglo XXI/Universidad de las Naciones Unidas, 1990).

23
arrollo de la conciencia; por el contrario, más bien debe llevar­
se a cabo una investigación que pueda responder al problema
básico de lo que significa afirmar que se conoce más y mejor.
En efecto, responder a la interrogante ¿qué significa tener un
mayor grado de conciencia? implica enriquecer la historia de
la ciencia en el marco de una historia de la conciencia que
esclarezca los puntos en que convergen y difieren.
En este marco le conferimos relevancia al proceso de cons­
titución categorial del pensamiento, entendido como proceso
histórico-cultural; pero, evidentemente, es necesario ir más
allá de la simple constatación histórica de que la ciencia se
desarrolla por medio de paradigmas que representan visiones
de la realidad. Si nos atenemos a las conclusiones de Kuhn,
surge la cuestión de cómo romper con sus límites para ver lo
nuevo a partir de reconocer las anomalías en vez de enclaus­
trarse en lo establecido. La percepción de las anomalías expre­
sa la capacidad para romper con las estructuras cognitivas
desde el propio conocimiento acumulado.
Como observa Kuhn, «la novedad surge sólo difícilmente»,
pues «sólo lo previsto y lo habitual se experimenta, incluso en
circunstancias en las que más adelante podrá observarse la
anomalía». Pero esta resistencia al cambio reviste el aspecto
positivo que garantiza «que los científicos no serán distraídos
con ligereza y que las anomalías que conducen al cambio del
paradigma penetrarán hasta el fondo de los conocimientos
existentes».2 Lo dicho plantea la necesidad de un distancia-
miento tanto respecto de la acumulación del conocimiento
como del mismo proceso psicocultural asociado a su construc­
ción; es decir, asumir la racionalidad como construcción y no
sólo como reflejo de lo que han sido las prácticas científicas.
Por eso debemos estar atentos a las rupturas en las prácti­
cas de construcción de conocimiento, en la medida en que
sean expresión de la reflexión sobre los problemas sustantivos
y metodológicos que surgen a lo largo de su historia. Ya que
como se ha señalado, «el científico [...] arrastra consigo, a su
trabajo, la herencia de sentido común no formulada ni explíci­

2. Thomas Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, México, Fondo de


Cultura Económica, 1971, pp. 109-111.

24
ta, del mismo modo que arrastra la herencia incoada de for­
mulaciones metafísicas, epistemológicas y lógicas que se han
ido embebiendo en su ciencia a lo largo de su desarrollo histó­
rico»;3 de ahí que la herencia de estructuras conceptuales, que
llamaremos parametrales, en virtud de estar perfectamente so­
cializadas, como es el caso de las reglas del paradigma normal
según Kuhn, constituyen un trasfondo «no crítico y no critica­
do (que le entorpece) con dogmas ocultos y no reconocidos
como tales».4
Partiendo de este curso del pensamiento debemos distin­
guir entre los momentos constitutivos de la racionalidad y los
cambios en las teorías. Los primeros se refieren a una amplia­
ción de la visión racional posible de ser internalizada por otras
formas de la conciencia y experiencia del hombre, no necesa­
riamente cognitivas, y por lo tanto sin limitarse a lo que es
susceptible de ser manipulado en las teorías. De ahí que sea
pertinente plantear la cuestión de la relación entre lo que es
pensar y lo que es saber, ya que el crecimiento cultural del
hombre consiste también en un enriquecimiento de su capa­
cidad lógica como producto de una ampliación de su racio­
nalidad.
Ampliación de la capacidad racional que se corresponde
con un ensanchamiento en los ámbitos de realidad (extemos e
intemos), donde el hombre puede ejercer su capacidad de ac­
ción y reacción. Se desprende de lo anterior que la conciencia
se retroalimenta de una relación con la realidad cuyos conteni­
dos no se restringen a lo cognitivo, sino que está abierta al
desafío de nuevas realidades susceptibles de diferentes modali­
dades de apropiación. Algunas de ellas son parte de la simple
capacidad de observar y pensar, mientras que otras dan lugar
a la construcción de objetos, cuya función explicativa queda
ubicada en los límites de un esfuerzo cognitivo en sentido es­
tricto.
Por lo expresado, las reflexiones que presentamos quedan
fuera del ámbito de la teoría del conocimiento, pues más que

3. Marc W. Wartofsky, Introducción a la filosofía de ta ciencia, Madrid, Alianza,


1983, p. 37.
4. Ibíd., id.

25
importar cuáles son los fundamentos de éste, interesa ubicar
la discusión en el marco del momento histórico que, al obligar
a abrirse hacia la realidad, exige rescatar una tradición que privi­
legia el carácter protagónico del hombre frente a sus circuns­
tancias: de ahí la centralidad de la conciencia histórica en nues­
tra discusión. Por lo mismo, no puede desconocerse que nuestra
reflexión queda ubicada en el marco de la tradición intelectual
que, partiendo de la Ilustración, pretende reivindicar y fortale­
cer las posibilidades para orientarse, en «el conjunto del mun­
do humano y de la naturaleza con el fin de someterlos al im­
perio de la razón», contra la simple especulación y el escep­
ticismo.
Participamos de la voluntad de transformación de la socie­
dad y del hombre mismo, comprometiéndolo en la decisión de
pensar en su futuro, rompiendo los bloqueos históricos y gno-
seológicos que le impiden vislumbrar algo nuevo fuera de lo
que se define como inexorable. En otras palabras, de lo que se
trata es de que el hombre, en nuestra época, como cuando
Kant invocaba la divisa de la Ilustración: «¡ten el coraje de
servirte de tu propio entendimiento!», pueda salir de su mino­
ría.5 Aunque, a diferencia del siglo xvm, esta minoría obedece
hoy a la desvinculación de la producción del conocimiento de
los procesos sociales, siendo ello atribuible en alguna medida
al propio carácter que ha adquirido el conocimiento teórico-
científico en manos de una minoría tecnócrata estrechamente
aliada con los centros de poder y, por ello, desligada ella mis­
ma del desafío que implicaría una racionalidad crítico-científi­
ca, potenciadora de transformaciones sociales.
Así, la capacidad de observar y pensar exige quizás una
libertad diferente a la exigida por Kant en 1784, por cuanto la
capacidad de decidirse a usar el propio entendimiento supone
saber ubicarse en el momento de la historia. La historicidad
5. «¿Qué son las Luces? La salida del hombre de su minoría, es decir, de su
incapacidad de servirse de su entendimiento sin la dirección de otro; minoría esta de
la que él mismo es responsable, puesto que la causa reside no en un defecto del
entendimiento, sino en una falta de decisión y de coraje de servirse de él sin la
dirección de otro. Sapere aude! Ten el coraje de servirte de tu propio entendimiento.
He ahí la divisa de las Luces [...] para esas luces no se requiere otra cosa que la
libertad» (Kant, 1784). G. Tilines y A. Lemperur, Diccionario general de ciencias hu­
manas, Madrid, Cátedra, 1975, p. 544.

26
de la conciencia se convierte así en un criterio básico para
enfocar la discusión epistemológica, ya que plantea claramente
el problema de la relación entre conocimiento y conciencia.
Esto exige poner el énfasis en la relación de conocimiento sin
restringirse a la función de explicación, o sea exaltar la capaci­
dad de pensar sobre los condicionamientos de la conciencia
teórico-cognitiva.
Si el pensar se diferencia del saber, significa la no subordi­
nación de aquél a la explicación,6 de modo que elevar la reali­
dad al plano de lo racional no implica su forzada reducción a
una estructuración teórica, sino, más bien, su transformación
en un campo de posibilidades objetivas, en la medida en que
pensar es pensar «fuera de los límites» de una concepción
preestablecida.7
En el planteamiento anterior subyace la relación entre con­
ciencia y conocimiento y cómo está resuelta en cada paradig­
ma epistemológico para determinar, desde esta perspectiva, en
qué divergen o, por el contrario, cómo pueden llégarse a con­
cebir sus convergencias, para lo cual se requiere comprender
más claramente en qué consiste el problema de la conciencia.
La conciencia histórica en su desarrollo se acompaña de
una ampliación del mundo de lo empírico o de las experien­
cias posibles; ampliación que se expresa en fenómenos carac­
terísticos de la sociedad moderna, consistentes en que la rela­
ción del hombre con su realidad está sometida a un constante
proceso de redefiniciones y estructuraciones que resulta de la
nueva información de que dispone sobre su realidad. Informa­
ción referida a la diversidad de contenidos que se manejan en
lenguajes heterogéneos, así como a las discontinuidades entre
las esferas de la realidad, de manera particular las de la vida
social (como ya lo había señalado Weber). Complejidad de in­
formación acumulada que contribuye a enriquecer el ámbito
en el que se desenvuelve el sujeto, constituyendo la razón de
nuevos desafíos gnoseológicos que pueden resumirse en la si­
guiente proposición: se produce un saber-información sobre la

6. Cfr. Hugo Zemelman, Historia y política del conocimiento, op. cit., p. 60.
7. Cfr. Hugo Zemelman, Conocimiento y sujetos sociales, México, El Colegio de
México / Universidad de las Naciones Unidas, 1987, p. 50, Jomadas 111.

27
realidad que termina cada vez más por imponerse sobre el
saber-pensar la realidad.
El desafío en que pensamos se traduce en la necesidad de
rescatar formas de pensar que predominen sobre las reglas del
conocer; esto es, fortalecer la capacidad de apertura crítica
que pueda traspasar las estructuras cosificadas del saber-infor­
mación.8
Una consecuencia de lo expresado plantea tener que reexa­
minar la relación sujeto-objeto, pues se trata de profundizar en
las modalidades que asume ésta cuando se analiza en el mar­
co más amplio de la actividad del pensar (y no del conocer), lo
cual se manifiesta en la exigencia de reconocer lo potencial:
rescatar lo virtual de la realidad, de manera que favorezca
nuevas formas de organización racional.
A partir de estos cuestionamientos se justifica una postura
que privilegie la relación del conocimiento sobre la teoría, en
razón de ser aquélla el marco adecuado para recuperar la his­
toricidad de la conciencia, y definir ésta, a su vez, como el
problema de fondo del conocimiento.
La relación entre conocimiento y conciencia se fundamenta
en la exigencia de historicidad que trasciende los límites de lo
teórico-cognitivo. La historicidad plantea un problema para la
construcción del conocimiento (y en general para la apropia­
ción de la realidad): el de la distinción entre lo dado y lo dán­
dose. Pues, mientras lo dado reconoce referencias empíricas, lo
dándose representa un conjunto de requerimientos de poten­
cialidad propios de las exigencias de objetividad que plantea la
realidad en movimiento. Esto obliga a revisar el concepto de
correspondencia entre las estructuras conceptuales y la reali­
dad empírica.
En efecto, dada la naturaleza cambiante de la realidad, se
plantea el desafío de tener que pensarla en forma abierta, más
allá de los límites organizados de la teoría. En este marco, la

8. Nuevamente nos encontramos ante la necesidad de desarrollar «las respuestas


óptimas en forma de un hábito arraigado» que ya preocupaban a Aristóteles. ¿Cómo
poder desarrollar los hábitos óptimos para la construcción de un conocimiento que
sea adecuado a la naturaleza de las cosas y que no descarte de antemano lo nue­
vo, incluso lo insólito, por descabellado que parezca? (cfr. Marc W. Wartofsky, op.
cit., p. 54).

28
relación de conocimiento asume la realidad con mayor com­
plejidad que las teorías, ya que su función gnoseológica (no
restringida a lo cognitivo) consiste en tomar en cuenta los di­
ferentes modos posibles de concreción que puede asumir una
realidad particular, así como sus potencialidades de transfor­
mación.
Por lo tanto, la relación de conocimiento rebasa las exigen­
cias de correspondencia por cuanto plantea recuperar el cono­
cimiento en su especificidad histórica, lo que deviene en un
esfuerzo de adecuación del pensamiento a la realidad histórica.
En efecto, la adecuación histórica reconoce como marco de
referencia la relación de conocimiento en la que pueden reco­
nocerse diferentes clases de contenidos, en la medida en que
incluye la exigencia de especificación histórica de cualquier de­
terminación teórica. Por esta razón, la historicidad plantea un
problema de quiebre de los límites formales de cualquier siste­
ma conceptual que puede obedecer a dos tipos de lógica: en
primer lugar, la propia de adecuar la teoría a un mbmento del
desarrollo de la sociedad, y en segundo lugar, la adecuación de
la teoría al momento definido por el desenvolvimiento del pro­
pio conocimiento, aunque dependiendo de las posibilidades de
éste para superar (o no) determinados criterios de demarca­
ción de lo que se entiende por «científico», para poder llegar a
reconocer nuevas realidades por medio de la percepción de
anomalías respecto de lo aceptado como válido.
El requerimiento de quiebre a que obliga, pues, la historici­
dad, plantea el problema de reemplazar la noción de paráme­
tro por la idea de potencialidad. Bajo esta perspectiva el pará­
metro deviene en un campo, en vez de ser su cierre, lo que
significa que el concepto de límite esté relacionado con la idea
de virtualidad.
Bajo esta óptica el pensamiento obedece a la lógica de lo
indeterminado. Es congruente con el planteamiento de que,
debido a su naturaleza, «el pensamiento es negación de todo
contenido concreto, resistencia a lo que se le impone»;9 es de­
cir, es «rebelde contra la pretensión constante con que lo in­
mediato exige someterse ante él». Pensar, por lo mismo, es
9. Theodor Adomo, Dialéctica negativa, Madrid, Taurus, 1984, pp. 26-35.

29
desafiar lo conocido, es transformar el límite en contenido y a
la vez en apertura. «El conocimiento se realiza en lo que se le
opone, en lo que está como fuera de la teoría», fuera del siste­
ma que doblega al pensamiento a sus coordenadas. Es lo
dado-conocido transformado en contenido lo que conforma un
modo de razonamiento para lo no-conocido. De este modo,
nos enfrentamos con la exigencia de objetividad que rompe
con la estructura de todo orden y con todo orden que requiere
de estructuras para reemplazarlo por la determinación del lí­
mite conformador de contenidos: esto es, por la construcción
de parámetros, o sea, por el límite virtual.
La «ratio», dice Adorno, «con tal de imponerse como siste­
ma elimina virtualmente todas las concreciones cualitativas a
que se refiere, “cayendo” en una contradicción irremediable
con la objetividad, a la que violenta a pesar de darse aires de
comprenderla».10 Esta necesidad de rompimiento de los lími­
tes (en tanto siempre hay una «ratio» que se nos impone) obli­
ga a una constante reivindicación del sujeto creador, crítico y
consciente, con base en una forma de organizar el razona­
miento que garantice su apertura hacia lo nuevo e insólito. Es
lo que concebimos como pensamiento categorial.
Para el pensamiento categorial, en la medida en que es
constructor de parámetros, la forma alude a un contenido que
no es sólo organización sino posibilidad, cimentada en la idea
de límite conformador de contenidos. En consecuencia, nos
enfrentamos con un pensamiento que nunca pretende abordar
la objetividad como dada, sino siempre como dándose, ya que
la concibe como un contorno que se llega a precisar en conte­
nidos específicos, pero también como potenciales porque son,
a su vez, contornos de otros contenidos.
En esta perspectiva, el problema epistemológico no consis­
te tanto en buscar una mejor fundamentación del conocimien­
to como en potenciar la facultad de reconocimiento de lo dán­
dose; esto es, en vislumbrar horizontes posibles de conoci­
miento y/o acciones para sensibilizamos ante el momento his­
tórico y también ante estructuras teóricas y valóricas que se
expresan en particulares organizaciones conceptuales.
10. Ibíd., p. 26.
30
La realidad no deviene en un objeto, sino en una exigencia
de conocimiento; por eso la formulación de juicios sobre obje­
tos, por medio de los cuales se conoce lo real (Kant), se tiene
que replantear como la organización de la base desde la cual
poder formular juicios. El problema del conocimiento no se
restringe a transformar la realidad en objetos, sino en determi­
nar la base categoñal desde la cual se formulan juicios sobre la
realidad.
El problema de las categorías se revierte en el problema de
cómo construirlas, lo que supone distinguir entre funciones ló­
gicas (que se refieren a la posibilidad de predicar una propie­
dad de algo) y exigencia de objetividad, ya que su construcción
remite a la apertura hacia lo real y, en consecuencia, a su
problematización antes que proceder a su transformación en
objeto, según lo que se entiende por la posibilidad de una ex­
periencia cognoscitiva.
De lo que se desprende la importancia de la conciencia his­
tórica como esa capacidad de reconocimiento de'horizontes
que no se circunscriben a la lógica de determinaciones con­
ceptuales formalizadas. Conciencia que opera, más bien, con
base en inclusividades para abrirse al contexto en que están
situados tanto el problema como el sujeto que conoce. Por
ello, el pensamiento categorial no constituye una forma de
pensar teórica sino epistemológica, ya que está orientado ha­
cia la apertura de la realidad antes que a su explicación; aper­
tura que se fundamenta en la articulación entre lo determina­
do y lo indeterminado; esto es, en pensar rompiendo con el
reduccionismo teórico, de conformidad con la necesidad de
objetividad que resulta de la articulación inclusiva de niveles
de realidad.11
La configuración de un horizonte plantea una necesidad de
realidad que es la que se expresa en una relación de conoci­
miento, que es el marco en el cual la relación razón-realidad
puede materializarse en contenidos específicos. El pensamien­
to categorial (o epistemológico) alude a esta relación de cono-1

11. Cfr. Hugo Zemelman, Los horizontes de la razón. Uso crítico de la teoría, vol. I:
Dialéctica y apropiación del presente. Las funciones de la totalidad, Barcelona / México,
Anthropos / El Colegio de México, 1992.

31
cimiento que, aunque incluya la explicación, debe plantearse
como diferente del pensamiento teórico.
Nuestra argumentación está orientada a defender una for­
ma de pensar que se apoye en la apertura que plantea la nece­
sidad de movimiento de la realidad. De ahí que su organiza­
ción se base en lo inclusivo-indeterminado, o sea en concebir
lo determinado como un indeterminado; lo que implica consi­
derar los contenidos como abiertos para reconocer sus ruptu­
ras, en lugar de someterse a su acumulación mecánica. Todo
, lo cual constituye una modalidad de razonamiento que rompe
con los límites establecidos, de manera de buscar, incluso, «lo
escandalosamente inesperado».12
En este sentido, debemos despojar al pensamiento de sus
significaciones y contenidos cqnocidos y aceptados como váli­
dos; luchar contra la tendencia de que la razón se encuadre
rígidamente en un determinado conjunto de referencias, tal
como lo definen y establecen sus límites. Es indispensable
para ello tomar conciencia de que las formas de pensar cam­
bian como consecuencia del mismo proceso de acumulación
de conocimiento, pero también como resultado de los impera­
tivos que plantea el momento histórico concreto. Esto significa
que la base desde donde se piensa está cambiando y, por lo
tanto, debemos estar conscientes de que el cómo se piensa y lo
que se piensa no son propiedades inherentes al pensar, ya que
son expresiones de parámetros teóricos y también culturales.
Los hitos en el desenvolvimiento de la razón y sus relacio­
nes con la crítica están marcados por la necesidad de luchar
contra la verdad probada, y por la pugna para descubrir la
conciencia que se manifiesta en el logro de una expansión en
el campo de la experiencia y de sus visiones alcanzables;13 así
como por el descubrimiento de la posibilidad de construir la
historia como un momento superior al descubrimiento de la his­
toria como ciencia. Cada uno de estos momentos se acompaña
de diferentes modos de construir la relación de conocimiento.
En el contexto de esta discusión, nuestra propuesta rescata la

12. Emst Bloch, Entremundos en la historia de la filosofía, Madrid, Taurus, 1984,


p. 17.
13. Ibíd., id.

32
constitución categorial del pensamiento con base en una lógi­
ca de apertura hacia lo nuevo.
Pretendemos rescatar el carácter jio acabado del conoci­
miento y el proceso de su transformación en conciencia. Des­
de este ángulo se privilegia la forana de razonamiento sobre las
reglas del conocer, apoyados en el hecho conocido de que la
ciencia constituye un conjunto de estructuras y prácticas regi­
do, en su devenir histórico, por pautas culturales, pero que tene­
mos que asimilar como experiencia para arribar, más que a
una simple constatación histórica, a una forma de conciencia.
Eso supone distanciarse del saber acumulado, a fin de que el
sujeto pueda apropiárselo en una perspectiva de construcción
de futuro. En esta dirección, la propuesta está orientada a im­
pedir o, al menos, controlar la inclinación de la razón a reifi-
carse como reflejo de una realidad que tiende a fijarse, incluso
a fetichizarse.
Finalmente, el planteamiento que desarrollamos reconoce
como trasfondo el contexto histórico actual que ños determi­
na. Consideramos que la discusión epistemológica, de acuerdo
con el enfoque que hemos adoptado, nace o se justifica de
constatar la insuficiencia de conciencia histórica, por lo que su
desarrollo se ubica más en el plano de ella que en el del cono­
cimiento, pues se trata de tomar distancia respecto de nuestras
circunstancias y de los bloqueos que impone la propia práctica
investigativa.
Hoy, como siempre, tendemos a confundir los horizontes
históricos posibles con una sola realidad viable, y esto acom­
pañado de otra confusión, tal vez propia de nuestro fin de
siglo, como es la identificación de la derrota de la razón for­
mal y mecánica con el de la razón sin más. La crisis de aqué­
lla no es la de la razón reveladora de los planos de realidad
que plantean el deber de traducirlos en contenidos de acciones
sociales significativas. Por el contrario, estamos frente al reto
de una razón que tenga que crecer con la propia experiencia de
la historia. Más que nunca hoy está planteado el desafío, ya
que existen mejores condiciones para asumirlo; sin embargo,
para ello primero hay que saber mirar la realidad. Es en esa
búsqueda como nos afirmamos en la recuperación del pensa­
miento dialéctico que supone ir más allá del discurso de Marx;
33
no quedar atrapado en él, sino partir desde ese pensamiento
para descubrir nuevas posibilidades. De ahí que la propuesta,
siendo parte de esa matriz, no se agota en sus límites.
La reflexión que presentamos no constituye una teoría de
la ciencia ni una sustitución de su quehacer por una disquisi­
ción epistemológica abstracta, miicho menos una racionali­
zación de la práctica científica; más bien es una contribución
para plantear la potencialidad de la capacidad de pensar del
sujeto concreto. No obstante, todavía queda fuera de sus fron­
teras lo que concierne a su apropiación por el hombre en su
cotidianidad; lo que constituye un desafío adicional si asumi­
mos que no es válido el argumento que convierte esa cotidiani­
dad en un obstáculo insuperable para llegar a conformar nue­
vas formas de pensar.
El reto para la conciencia reside en la posibilidad de escu­
driñar ampliaciones de mayor riqueza en los espacios de vida.
Reto que entendemos como la historización de lo inmediata­
mente dado al sujeto, que obliga a distinguir entre lo ya mol­
deado por el curso de la historia y lo que es posible de conce­
birse utópicamente, o de construirse como nuevos ámbitos
para diferentes experiencias y otros modos de razonar la reali­
dad que nos circunda.
En consecuencia, el presente trabajo es el seguimiento de
un intento por encontrar fundamentación, dentro de la misma
construcción del conocimiento, a la aventura más vasta por
liberar a la conciencia del cúmulo de cosas e ideas en que está
aprisionada. Luchar por un concepto de historia, como recla­
maba Benjamín, que evite toda complicidad con aquellos otros
que continúan ateniéndose a una ciega fe en el progreso, pues
no hay más historia que la del tiempo actual. La realidad es
lucha que se libra con las incertidumbres de todos los protago­
nismos, ya que no hay un progreso ineluctable.
La afirmación de la Tesis XI sobre Feuerbach constituye
una reivindicación de la historia como esperanza, sin que nece­
sariamente tenga que encerrarse su mensaje de emancipación
en los límites del trabajo ni en un solo protagonista de la histo­
ria. La cuestión es, más bien, la necesidad de un futuro mejor y
la consistencia en el empeño de su logro; por eso la historia es
una construcción que conjuga realidad y compromiso.
34
La idea central es que el conocimiento acumulado es parte
de una apropiación más inclusiva, como lo es la exigencia de his­
toricidad entendida como una lógica de descubrimiento de las
potencialidades de la realidad dada. Por lo mismo, el conoci­
miento debe estar abierto a sus mutaciones, no siempre suje­
tas a regularidades, y orientarse hacia los puntos nodales des­
de los cuales se pueda activar la realidad producida; lo cual
plantea una forma de razonamiento no cerrada, esto es, no
teórica, sino categorial, capaz de crear sus parámetros en vez
de ser función de ellos.
La historicidad como lógica de descubrimiento constituye
una forma de pensar desde lo específico hacia las potenciali­
dades de alternativas posibles de construcción; potencialidades
que conforman lo que entendemos por realidad sociohistóri-
ca. De ahí que la intención de transformación represente una
opción de la que el conocimiento puede ser contenido, conte­
nido que da cuenta de su misma posibilidad.

35
I
SOBRE LO COGNOSCIBLE

Conocimiento y conciencia

La lucha por la ciencia ha sido siempre una lucha inspira­


da por la convicción de que la verdad es posible de alcanzarse
y que tiéne un significado que por sí mismo justifica alcanzar­
la. Sin embargo, hoy vivimos una contradicción entre la nece­
sidad de saber y de sentido, en la medida en que este último
no se resuelve en los conocimientos que se construyen. Más
bien se constata que el conocimiento ha servido para impulsar
prácticas que conforman una dirección a la realidad y a la
vida que no siempre se refleja en valores propios para la reali­
zación del individuo. Se percibe entre ciencia y realidad una
contradicción que se expresa en la fragmentación de aquélla y
en la necesidad de un sentido inmediato en ésta, lo que parece
ser síntoma de una crisis profunda respecto a lo que ha sido el
modo clásico de pensar el discurso racional y totalizante here­
dado del fluminismo (véase Apéndice 1, p. 64).
Cualquier pretensión de visión global se asocia hoy día
como equivalente de un conjunto de respuestas que se dan
de manera definitiva, pero en nuestra perspectiva, dicha pre­
tensión representa el esfuerzo por retomar y transformar la
tradición racionalista en el contexto de un mundo sin pers-
37
pectivas claras. Es decir, recuperar no un racionalismo a ta­
bula rasa, sino el trasfondo de su optimismo en la perspecti­
va más trascendente del enriquecimiento en las formas de
pensar.
En efecto, no se puede confundir la crisis de los paradig­
mas explicativos con la crisis de la racionalidad en general.
Así, la crítica sobre una modalidad particular de la racionali­
dad es parte del propio crecimiento cognoscitivo y cultural del
hombre, que no sólo se justifica sino que además es un pro­
ducto necesario de su propio desarrollo, cuestión diferente a
desacreditar a la razón como un vínculo fundamental con la
realidad, pues eso implicaría profundizar la contradicción en­
tre lo cognitivo y lo volitivo (véase Apéndice 2, p. 65).
Vivimos al final de la era de los determinismos mecánicos
y su reemplazo por la idea de que la realidad es una construc­
ción, o bien una conjunción entre regularidad y aleatoriedad.
Esto se observa tanto en las ciencias naturales (en la modifica­
ción de la relación entre observador y objeto) como en las
ciencias del hombre, en las que un objeto teórico no deja de
pertenecer al mundo de las vivencias culturales y, en conse­
cuencia, a formas de pensar «precientíficas», siempre que nos
atengamos a las limitaciones de estándares del método cientí­
fico tal como es concebido en la actualidad. En este marco, el
papel gnoseológico que puede cumplir la totalidad está en exi­
gir que el razonamiento se mueva en toda la escala en que lo
real se muestra. Lo inmediato y lo mediato, lo dado y lo no
dado, lo determinado y lo indeterminado, lo producido y lo
que es potencialidad de emergencia, constituyen vastas dimen­
siones de la realidad que se articulan en cualquier esfuerzo
por aprehenderla.
Lo expresado asume su pleno sentido cuando el esfuerzo
de aprehensión no se restringe exclusivamente a transformar
la realidad en objeto de explicación, sino que se busque ade­
más convertirla en contenido de experiencia, lo cual significa
incorporar en la problemática del conocimiento la dimensión
de la conciencia (en particular de la conciencia histórica). De
lo que resulta que más relevante que hablar de verdades es
hablar de contenidos pertinentes, como aquellos puntos de an­
claje de lo general en lo inmediato, de lo racional en lo senso-
38
nal, de lo teórico en lo volitivo; o sea, de lo predictible en el
plano transhistórico pero recuperado en lo cotidiano.
Cada uno de estos niveles representa una base de apoyo
para privilegiar la construcción de lo real cuando se parte de
que lo posible es el horizonte con el que se enfrenta el hom­
bre. Por eso no es erróneo pensar que estamos situados en el
trance de pasar desde la ontología hasta los sujetos de su cons­
trucción, cualquiera que sean los-instrumentos que se em­
pleen, ya sean científicos, éticos, estéticos, intuitivos; instru-
•mentos que se refieren a diversas gnoseologías con las que
puedan conformarse campos problemáticos desde los que se
construyen y conocen nuevos objetos.
Lo dicho ilustra acerca de la complejidad de lo real cuando
se concibe como lo que es construible, ya que incluye las hete­
rogeneidades que la razón clásica ha excluido en su exigencia
de rigor, en la medida en que es a la vez campo de contempla­
ción, acción y objeto de conocimiento teórico.1
De lo expuesto surgen dos cuestiones principales: el proble­
ma del pensamiento como premisa de la acción y el del espa­
cio para la creatividad protagónica del hombre.
Acostumbramos organizar nuestro pensamiento a partir de
supuestos que den base a acciones capaces de enfrentarse con
la realidad y de resolver problemas. Pudiendo ser efectivo para
la acción sobre la naturaleza (aunque presenta lagunas para el
caso del conocimiento histórico), ha terminado, como lógica,
por reducir 1a. forma de darse de los objetos de la realidad a
las exigencias de leyes generales. Sin embargo, como se ha
señalado, hay diferentes tipos de construcción de lo real que
implican diferentes modalidades de aperturas inclusivas, por
lo que también hay diferentes tipos de donación del objeto, de
forma que no puede otorgarse algún privilegio excluyente a
ninguno de ellos en particular. Heidegger ha sostenido qué
ninguna de las maneras científicas de tratar los diversos obje­
tos supera a las demás,12 lo que nos obliga a tomar conciencia
1. «El descubrimiento de lo real consiste en la adecuación a lo objetivo en el cual es
posible determinar diversos objetos mediante un razonamiento fundado en la función
de la crítica» (cfr. Hugo Zemelman, Los horizontes de la razón, vol. I, op. cit., p. 87).
2. La posición de Heidegger sobre lo científico es entendible si se tiene en cuenta
la circularidad epistemológica del círculo de la comprensión. Desde nuestro punto de

39
de que enfrentamos una revivificación de las modalidades dife­
rentes que asume la relación con la realidad. Riqueza de la
relación gnoseológica que obliga a replantear el problema de
la racionalidad fundadora que, mediada por la práctica cientí­
fica, se oculta en sistemas no conscientes en el sentido de es­
tructuras parametrales socializadas que conforman nuestra ca­
pacidad de razonar y que sólo afloran a la conciencia cuando
«sobreviene una crisis grave que conmueve hasta sus funda­
mentos el estatuto de una ciencia».3 Empero, lo que decimos
no se reduce a una búsqueda de fundamentos, sino más bien
implica tener que reconocer el espacio de la creatividad en el
sentido de acciones protagónicas; esto es, la capacidad de re­
actuación del hombre sobre la realidad.
Ante la imposibilidad de forjar y sostener una visión de
carácter global, al modo de los antiguos sistemas filosóficos, la
alternativa que surge es centrar el pensamiento en la capaci­
dad de protagonismo, la cual representa una respuesta al desa­
fío que plantea la necesidad de imponer en la realidad una
dirección. En el plano del conocimiento lo que sostenemos es
la urgencia de complementar, o en su caso transformar, el ra­
zonamiento basado en leyes generales con la idea de construc­
ción de conocimiento a que obliga el movimiento de la histo­
ria. En este marco, la filosofía deviene entonces en el desafío
de conciencia que se contiene en todo conocimiento particu­
lar.4 Así es como nos enfrentamos con la articulación entre
conocimiento y acción, aunque sin olvidar la prevención seña­
lada por Adomo de que «cuando la praxis se aplaza indefini­
damente deja de ser instancia crítica contra una fatua especu­
lación para convertirse casi siempre en el pretexto bajo el que
vista, hay diferentes formas de presentación del objeto o de donación (siguiendo a
Sebag), en virtud de lo cual en ningún caso podrá otorgarse un privilegio absoluto
a alguna de ellas en particular, ni siquiera a la filosofía. La tarea hermenéutica se
convierte en Heidegger en un planteamiento objetivo a través de la conciencia forma­
da en la circularidad dialógica. Circularidad esta que, como sabemos, alude a la
circularidad ontológica del modo de captar lo real-dado, es decir, a la relación entre
el entendimiento comprensivo y la interpretación (cfr. H.G. Gadamer, Verdad y méto­
do, Salamanca, Sígueme, 1977, pp. 331-337).
3. Lucien Sebag, Marxismo y estructuralismo, Madrid, Siglo XXI, 1967, p. 243.
4. «La filosofía ha sido obligada por las ciencias particulares a convertirse en
ciencia particular y esta es la expresión más plástica de su destino histórico» (cfr.
Theodor Adomo, op. cit., p. 12).

40
los ejecutores estrangulan el pensamiento crítico como si fuera
una pedantería».5
Conocimiento y acción concebidos en su unidad se refieren
a la realidad como construcción, pues mientras el conocimien­
to lo es de opciones de construcción, la práctica sirve para
impulsar una construcción en la dirección desarrollada por el
conocimiento, o por la conciencia de determinadas metas va-
lóricas. De este modo el «de» cognitivo y el «para» de la praxis
configuran el marco en cuyos términos se define la realidad
■ como posible de ser objetivada. Posibilidad que deviene en obje­
to susceptible de ser reconocido por el pensamiento científico
y, en consecuencia, debiendo estar sujeto a un criterio que fa­
cilite su conocimiento. Pero, el paso a la objetivación, por me­
dio de la praxis, plantea una solución que no es posible llevar
a cabo sin incorporar el sentido de realidad que es parte de su
construcción práctico-teórica. En este punto es donde se plan­
tea la revisión del concepto de teoría según la exigencia de
conciencia, por cuanto el conocimiento se tiene que abrir a la
realidad no siempre susceptible de ser organizada teóricamen­
te Con ello nos referimos al ámbito de sentido que rodea y
trasciende a todo núcleo conceptual y que comprende al con­
torno de su historicidad.

Historia y lógica: la construcción de lo posible

Hemos aprendido que la relación con la realidad, inherente


a todo conocimiento, se toma compleja cuando se considera la
dimensión de la conciencia, en la medida en que ésta impone
tener que identificar posibilidades de sentidos antes que res­
tringirse a una apropiación de la realidad mediante la pura
organización de contenidos. Posibilidades de sentido que se
transforman a su vez en contenidos de experiencia, lo que no
sucede necesariamente con el conocimiento cuando es aislado
de los sujetos que lo producen. Esta complejización de la rela­
ción con la realidad, en razón de la consideración del sentido,
se acompaña de la creatividad necesaria para poder establecer
5. Ibtd. , v . 11.

41
la acción en el momento en que se piensa a la realidad. Lo
que implica que la forma de pensar tiene que buscar la solu­
ción a la relación entre conocimiento y acción, o sea romper
con ataduras, reduccionismos y apriorismos, para permitir dar
cuenta del desafío multidimensional de la acción.
La complejización de la relación con lo real y la vincula­
ción con la acción constituyen dos criterios para caracterizar
el perfil del pensamiento crítico, porque consideramos que lo
propio de su índole es poder captar simultáneamente la multi-
dimensionalidad de la realidad y transformarla en contenidos
de prácticas. No se trata exclusivamente de reconocer lo esen­
cial, o sea las regularidades diferenciadoras, de lo contingente
de la historia, sino de una lógica de relaciones conceptuales
capaz de dar cuenta de la realidad objetiva como objetivación-,
esto es, como construcción que resulta de su misma potencia­
ción por la práctica.
En razón de esto señalamos que, más allá de la discusión
sobre los modelos que puedan dar cuenta del supuesto episte­
mológico sujeto-objeto (especialmente de la idea de que la ob­
jetividad consiste en el reflejo del objeto en la conciencia cog-
nitiva, en virtud de que ese objeto existe objetivamente fuera
del sujeto), se trata de profundizar en esa relación cuando no
nos aferramos a la simple constatación de lo extemo, ya que
se quiere también abarcar el esfuerzo del hombre por cons­
truir su realidad. Por lo tanto, no es suficiente con plantear el
problema de en qué consiste lo extemo, ya que la realidad es
objeto de una práctica y, en ésa medida, se transforma en
contenido de una construcción. Lo objetivo deviene, entonces,
en algo construible por un sujeto, lo que conlleva, por una
parte, que se dé una posibilidad de realidad ajena al sujeto,
pero, por otra, que esta posibilidad dependa de la naturaleza
de ese mismo sujeto, en la medida en que condiciona las po­
sibilidades de transformación de lo real en cuanto las hace
parte de su proyecto. Lo objetivo es, por consiguiente, lo po-
tenciable.
En consecuencia, la transformación de la realidad en con­
tenido de una construcción obliga a una ampliación de la ex­
periencia y subjetividad del sujeto, lo cual nos ubica en el um­
bral de la crítica filosófica, por cuanto para ésta «es imprescin­
42
dible [...] confiar en que el concepto pueda superar al concep­
to, al instrumento que es su límite»;6 pues la clave está en
«desdeñar fijarse en un corpus cerrado de teoremas», de tal
manera que la pluralidad de objetos, para el que no hay posi­
bilidad de un esquema previo, sea el campo problemático más
que el contenido cerrado de un sistema teórico o filosófico
establecido.
Esta mayor amplitud en el ángulo de lectura de la realidad
plantea la necesidad de una óptica que permita recuperar la
infinitud tan añorada por la filosofía tradicional,7 mediante el
mecanismo de incorporar lo indeterminado de lo determinado,
es decir, incorporar en la experiencia gnoseológica el ámbito
problemático de sus objetos; pero hacerlo significa separar lo
que son los modos de pensar de sus formulaciones conceptua­
les en que se cristalizan los contenidos organizados teórica­
mente; esto es, supone tener que diferenciar entre el límite del
contenido dado y el contorno de la realidad pensada por el
sujeto (véase Apéndice 3, p. 66).
En verdad nos encontramos ante una exigencia de objetivi­
dad no cubierta por las organizaciones conceptuales ya esta­
tuidas; exigencia que rompe con todo orden cimentado por
estructuras para reemplazarlo por una forma de pensamiento
capaz de reformular sus propios límites, de tal manera que
ésta no niegue la dinámica del sistema teórico, sino que pueda
servirse de éste como un puntal para abrirse a sus propias
transformaciones internas; de esta manera no se excluye el sis­
tema teórico como producto del dinamismo sino que más bien
es incorporado como un momento de éste. A este respecto
Adorno decía sobre la lógica de Hegel que rompe con la lógica
de un pensamiento dominador y represivo, reflejo de un esta­
do que ha perdido todo antagonismo; lo que se traduce en el
esfuerzo por «hacer pasar cada concepto a su opuesto, sin
consideraciones para cualquier imposición desde arriba». En
esta línea y ahora desde Hegel vemos que para él solamente
6. Ibtí., p. 18.
7. «La filosofía tiene que renunciar al consuelo de que no podemos perder la
verdad. Toda filosofía incapaz de arrojarse en el abismo del que los fundamentalistas
de la metafísica parlotean [...] se convierte en analítica, potencialmente en tautología
bajo el imperio de su propio principio de seguridad» (ibíd., p. 42).

43
una vez realizada la totalidad del movimiento puede hablarse
de sistema.
Sin embargo, en la medida en que la objetividad no se re­
duce a un producto como puede ser la idea de sistema (que,
en definitiva, es la representación de un contenido en términos
de la jerarquización de un determinado orden y, en conse­
cuencia, viene a ser el reflejo de la necesidad de respuesta a lo
que es exigido), se plantea la demanda de inscribir la realidad
como posibilidad de contenido. De esta forma nos ubicamos
en el límite de lo cognoscible, pues se trata de incluir aquellas
posibilidades que toda determinación excluye porque no las
alcanza ni en el juicio ni en la conclusión; aunque lo más gra­
ve consiste en que la verdad que se intenta organizar «niega,
aunque derecho dudoso, lo que no llega a determinar».8 Por
esta razón, el criterio de verdad representa un producto que es
función de determinados parámetros de cognoscibilidad, lo
que es opuesto a una concepción que subordine el juicio y la
conclusión a una situación de objetividad en donde el límite
de lo sabido no pueda cerrarse ante la posibilidad de nuevas
realidades, es decir, al dinamismo de lo dado y conocido, sino
que, por el contrario, lo suponga como ángulo de apertura
hacia lo no dado ni conocido.
Lo anterior implica incorporar a la indeterminación como
lógica del pensar, en razón de que «el pensamiento es, por su
misma naturaleza, negación de todo contenido concreto, resis­
tencia a lo que se le impone...»,9 correspondiéndose con cierta
asistematicidad en su punto de partida, pues se trata de pen­
sar lo abierto como indeterminación que es determinable. Por
lo anterior, se puede comprender por qué pensamos el concep­
to de objetividad como equivalente de la posibilidad de reali­
dad que incluye sus diferentes modos de concreción, los cua­
les, a su vez, más que representar maneras para organizar res­
puestas encuadradas, expresan interrogantes problematiza-
doras.
Desde esta perspectiva, la estructura como instrumento ra­
cional cumple la función de establecer un tipo de relaciones

8. Ibíd., p. 27.
9. Ibíd., id.

44
de determinación orientadas a dar cuenta de la realidad y,
por lo tanto, conforma un límite a sus contenidos; en cambio
la lógica de la apertura se basa en el reconocimiento de una
variedad de relaciones que, no siendo estrictamente de deter­
minación, reflejan una necesidad que se traduce en vislum­
brar formas de expresión diferentes de las anteriores. El pro­
blema que subyace, en consecuencia, es el de delimitar ámbi­
tos en los que se puedan expresar estas diferentes posibilida­
des de concreción antes que encerrarse en conclusiones basa­
das estrictamente en esquemas de determinación. El recono­
cimiento de estas diferentes posibilidades nos lleva a darle
preeminencia a una lógica constitutiva del pensamiento sobre
una operativa como la explicación. Y esto sin necesidad de
esperar a que tengan lugar los momentos de crisis del conoci­
miento en los que, como observa Sebag, se «reasume la inten­
ción constitutiva que ha permitido la determinación del obje­
to propio de (la) ciencia», la cual toma la forma de «sistemas
más o menos inconscientes en los que está sumergido (el
científico) y a los que obedece».10 Por el contrario, se preten­
de explicitar la presencia siempre permanente de la construc­
ción de la relación de apropiación de la realidad, de manera
que la teoría se conciba como un modo particular y momento
de la misma.
La falta de credibilidad en una verdad universal no puede
llevamos a pensar que la realidad ha dejado de ser un desafío
de apropiación (que siempre está abierta a la exigencia de in­
clusiones cada vez más complejas), aunque no culmine nece­
sariamente en una conclusión de carácter general. Parafra­
seando la idea de Adomo sobre el «idealismo como furia», el
hombre pensante requiere transformar la realidad en gnoseo-
logía como sublimación de su instinto de presa. Pero si eso no
siempre es posible de satisfacerse en términos de teorías capa­
ces de resolver la tensión entre la necesidad de sistema (deter­
minación) y la del dinamismo que rompe con lo dado (apertu­
ra), debemos reconocer en ciertos modos de pensar abierto el
10. Lucien Sebag, op. cit., p. 234. Expresión de esta crisis que determina que se
quiera volver a los fundamentos de la ciencia es, entre otras, la reflexión de Edmund
Husserl, Crisis de tas ciencias europeas y la fenomenología trascendente, México, Folios
Ediciones, 1984.

45
germen de una mayor disponibilidad de conciencia para conti­
nuar enriqueciendo la relación de conocimiento.

y
El contorno histórico la experiencia gnoseológica:
cuestión de potencialidad

Destacar la cuestión de una experiencia gnoseológica abier­


ta plantea la necesidad de hacer una distinción entre los conte­
nidos, que sirven para hacer enunciados predicativos sobre los
objetos, y sus lógicas de construcción, en la medida en que,
mientras aquéllos se confinan en el interior de parámetros
como la explicación, estas últimas tienen la característica de
que pueden trascender los límités de ese punto. La riqueza y
complejidad de la realidad plantea incertidumbres acerca de
las muchas posibilidades que puede asumir su desenvolvi­
miento, lo que obliga a romper cdn toda estrechez conceptual;
en tanto que el no hacerlo lleva al riesgo de reducir el inmenso
contorno que es la historia y su conciencia, a contenidos par­
ticulares a los que hace referencia la estructuración teórica.
En este sentido se reconoce la función gnoseológica que posee
la conciencia histórica al colocar cualquier proposición forma­
lizada en el terreno de la historia, pero entendiendo ésta ya no
como objeto sino como experiencia y contexto.
Por lo tanto, la ubicación de la teoría en este punto signifi­
ca romper con sus propios límites, esto es, criticarla a partir
de lo que no incluye, que es precisamente lo que la determina.
Sin embargo, esta traslación en el campo del conocimiento
sociohistórico obedece a la particularidad de que la transfor­
mación de la historia en contenidos de experiencia tenga que
realizarse en el espacio que delimitan las prácticas, o sea, en
los límites de su presente. Esto plantea temas tales como la
diferencia y relación entre potencialidad y emergencia, así
como el pensar en el marco de un recorte parametral no con­
siderado en general para la construcción del conocimiento
científico.
La potencialidad a que aludimos es lo objetivo en cuanto
hace a la posibilidad de construcción, en razón de que ella es
parte del producto de un proceso histórico-genético. La emer­
46
gencia, en cambio, representa una discontinuidad en ese pro­
ceso, ya que no está necesariamente referida a una potenciali­
dad contenida en lo precedente, sino que constituye una nove­
dad, algo que surge y se devela como realidad tangible sin
tener claramente un antecedente. Así, el presente de la prácti­
ca social conjuga ambas dimensiones en tanto conforma un
dinamismo que activa lo potencial, pero que también puede
producir discontinuidades de acuerdo con su índole creadora.
Activación y creación, por consiguiente, constituyen dos rasgós
de la práctica por medio de la cual el hombre reactúa sobre su
realidad circundante. Por esto, el pensar desde la situación del
presente significa no hacerlo teóricamente sino categorialmen-
te, es decir, desde la misma relación que nos conecta con ella;
lo que supone no tanto interesarse en privilegiar la adecuación
del contenido organizado a una realidad, como reconocer sus
potencialidades según exigencias definidas desde una utopía
de futuro, para no reducir «lo que no es conceptual» al conte­
nido de los conceptos con que opera el pensamiento.
Entonces, más que atender a la necesidad de correspon­
dencia, se procura avanzar en dirección de lo que hemos lla­
mado conciencia; o sea, construir una experiencia que le per­
mita al sujeto salirse de los límites establecidos por las estruc­
turas del conocimiento, para ubicar y organizar su razona­
miento en función de los contornos históricos que le rodean,
los cuales son posibles de ser determinados aun cuando no
hayan sido teorizados.
Desde esta perspectiva, resulta insuficiente restringir la dis­
cusión epistemológica a los mecanismos de fundamentación o
a los recursos de construcción del conocimiento, en la medida
en que ella se reubica en el contexto más amplio de la trans­
formación del conocimiento en conciencia lo que, en conse­
cuencia, obliga a definir un nuevo criterio para evaluar las
contribuciones de las distintas orientaciones epistemológicas,
según sea su aporte al problema de la relación entre el conoci­
miento y la acción.
En este sentido podemos tener, en primer lugar, aquellas
epistemologías que, por estar centradas en un concepto de ver­
dad, requieren como fundamento la presencia de un orden en
las determinaciones; o bien otras que, al reconocer como crite­
47
rio un sentido de la realidad o de la historia, se basan en la
voluntad de construcción, y, finalmente, las epistemologías
que conjugan la exigencia de verdad y de sentido a la luz de la
autodeterminación histórica. El meollo de la discusión puede
ubicarse al establecer los diferentes tipos de epistemologías en
un continuum que destina al conocimiento en un extremo y a
la conciencia en el otro, lo cual significa transitar la discusión
desde el plano del conocimiento objetivo al de la objetivación
del sujeto. Sin embargo, no se puede interpretar lo anterior
como una exaltación de la autonomía del sujeto respecto del
objeto, sino más bien como relevar la necesidad de potenciar
su capacidad para abrirse a realidades inéditas, mediante una
ampliación del ángulo desde el que se piensa la realidad sin
reducirse a formas predeterminadas.
Lo que decimos se puede considerar como un esfuerzo por
transformar la razón en un objetó virtual, que oculta posibili­
dades de mayores despliegues lógico-epistemológicos o, en
otras palabras, de pensar al sujeto desde su exigencia de nece­
sidad de realidad. Bajo esta óptica, la antigua discusión filosó­
fica acerca de la antinomia entre sistema y dinámica constitu­
ye un valioso ejemplo de cómo el hombre se cierra o se abre
frente a lo desconocido, prefiriendo reducir el caos a un orden
preestablecido que buscar el orden del caos.
Así, la clásica polémica sobre la consideración de lo infinito
en lo finito de un sistema se resuelve epistemológicamente si
se piensa el límite-finito como producto y a la vez como ángu­
lo abierto hacia lo indeterminadb. Eso implica la posibilidad
de construir una organización conceptual que no se agote en
sí misma, lo que puede encontrar su fundamento en la idea de
que en lo particular de un contenido pueda leerse la totalidad.
Esto, dicho de otra manera, refiere a cómo lo particular es
articulable en una indeterminación que necesita ser incluida y
que por lo tanto tiene la función de romper con lo conocido.
Lo anterior significa asumir una visión del pensamiento
como exigencia creciente de racionalidad, que resulta del he­
cho de que el campo de las prácticas posibles se va acrecen­
tando y complejizando. Es verdad que siempre hay una necesi­
dad de pensar que sobrepasa las posibilidades de explicación,
pues partimos del hecho de que la mayor riquezá en las rela-
48
dones con la realidad obliga a la necesidad de una racionali­
dad más compleja, esto es, de una ampliación que no es con­
comitante necesariamente con una mayor acumulación de co­
nocimiento.
Como se ha señalado, esta expansión de la racionalidad
cumple la función de aludir al límite de lo dado al transfor­
marlo en un cuestionamiento de lo que contiene desde lo no
determinado por dicho límite; de ahí que se plantee la tarea de
reconstruir su contenido sin ceñirse a la lógica de las relacio­
nes de determinación. Por eso esta razón ampliada rompe con
el pensamiento encuadrado en parámetros que se refieren a la
apropiación de la realidad como devenida y, en consecuencia,
estructurada, para entrar en el terreno de una racionalidad vir­
tual cuyo desarrollo puede estimularse mediante recursos epis­
temológicos, cuestión última que significa traspasar el «mo­
mento psicogenético» de la racionalidad para entrar en su
«momento cultural» (véase Apéndice 4, p. 69).
Detengámonos ahora en el concepto de razón que se plan­
tea desde el límite de lo dado que es cuestionado.
Si retomamos el planteamiento de Adomo de que el pensa­
miento es, «por sü misma naturaleza, negación de todo conte­
nido concreto, resistencia a lo que se le impone», podemos
decir que la razón es la posibilidad de lo no dado. Posibilidad
lógica para construir lo que es trascendente al límite de lo
conocido. De esta manera, se plantea la razón como el meca­
nismo que se hace cargo de lo indeterminado-determinable
que, por definición, constituye la ruptura con lo dado y lo sa­
bido. En realidad, un razonamiento incapaz de romper con los
parámetros impuestos no puede superar la condición de ser
un reflejo de lo dado y en esta dirección corre el riesgo de
formar parte de la alineación que sea inherente al momento
producido.
Sin embargo, lo anterior nos remite al rompimiento de dos
tipos de parámetros; primero los que están determinados por
condiciones psicogenéticas e incluso neurofisiológicas, y se­
gundo los de naturaleza histórico-cultural. Empero, cualquiera
que sea la cualidad y relación entre ambos tipos de paráme­
tros, nuestro interés fundamental está centrado en desarrollar
la conciencia a partir de las condiciones históricas, en forma
49
de permitir ampliar la concepción de lo que entendemos por
racionalidad. Desde esta perspectiva, el pensamiento en que se
manifiesta esta ampliación es categorial y no teórico, en tanto
consiste en el reconocimiento de lo real como no devenido
todavía y que, por consiguiente, aún no ha llegado a tener una
expresión conceptual formalizada.

La dialéctica en la ampliación racional11

La recuperación de la dialéctica adquiere sentido cuando


es concebida como un mecanismo para estimular el incremen­
to én la disponibilidad de conciencia. Se fundamenta esta afir­
mación en que la dialéctica representa una solución dinámica
y con posibilidades de nuevos desarrollos al problema de la
relación entre razón «y» experiencia o entre historia «y» razón.
Aquí podemos señalar que el empleo de la conjunción co­
pulativa «y» en las relaciones arriba expresadas representa la
clave para entender la transformación del conocimiento en
conciencia, ya que implica el desarrollo de una organización
racional capaz de activar la potencialidad que se contiene en
todo sujeto para generar nuevas experiencias susceptibles de
ser vividas; es decir, que se pueda dar una articulación entre
las condiciones que determinan la cognoscibüidad de los suje­
tos con la posibilidad de transformar la conciencia en una ri­
queza de contenidos y de realidad que, al no ser aprehendidos
ni organizados como contenidos de conocimiento analítico,
planteen la necesidad de construir sus propios parámetros.
Ahora bien, la relación entre historia y razón se fundamen­
ta en una distinción entre los productos y sus génesis, la cual a
11. Como ya se ha dicho, no es posible confundir la exigencia lógica del razona­
miento con la forma como se constituye la relación de aprehensión de lo real. El
error consiste en quedarse con una visión metafísica de la realidad con el único y
expreso fin de establecer correspondencia entre las estructuras categoriales del pen­
sar y la realidad. La anticipación de la realidad social se posibilita por medio de los
principios constructores de categorías; en efecto, la correspondencia sujeto-objeto se
logra transformando la estructura dinámica del movimiento-realidad-objeto en es­
tructura lógica del pensamiento. No partiremos, pues, de la explicación sino del mo­
vimiento, pero no desde la ontologización del movimiento sino desde el movimiento
como expresión de objetividad (cfr. Hugo Zemelman, Historia y política del conoci­
miento, op. cit., pp. 21-24).

50
su vez puede refomiularse cuando le oponemos el problema
de la posibilidad no manifiesta del movimiento. Es decir, si
atendemos a la primera distinción vemos que en ella subyace
una forma de razonamiento basada en la causa, que remite lo
que está dado a su génesis, o sea, que recupera en lo devenido
lo que es pasado. Así, la relación entre producto y génesis es lo
propio de lo histórico genético, aunque escapa a su análisis la
relación inversa cuando se pretende captar en lo devenido su
futuro. En este último caso nos encontramos en presencia de
una relación que no solamente obecede a la necesidad de re­
construir las detenninaciones de lo devenido, sino que, sobre
todo, demanda incluir lo que es posible darse, cuestión que
rompe con la estructura de lo que se establece como conocido.
A este respecto cabe recordar la crítica que hacíamos a la
idea de los sistemas acabados, donde se señalaba que «cono­
cer es avanzar en la mejor determinabilidad de lo determina­
do, mediante la creación de bases de observación cada vez
más amplias e inclusivas, que no se restringen a modelos teó­
ricos sino que sean funciones de una capacidad crítica, por lo
general no correlativa con el progreso del conocimiento cientí­
fico»; en tanto que la clave radica en la lucha por romper la
inercia resultante de que, como afirmaba Bachelard, «el instin­
to formativo acaba por ceder frente al instinto conservativo».12
En consecuencia, el problema del deyenir implica que la
relación de determinación sea incoiporada y subordinada a
una relación de inclusión, de tal manera que su contenido se
vea modificado en el marco de relaciones posibles, las cuales,
en función de la exigencia de inclusividad, pueden ser diferen­
tes a los contenidos producidos por el cuerpo de determinacio­
nes que han servido de fundamento. Sin embargo, lo anterior
no es posible considerarlo sino con base en la contradicción,13
que como presupuesto epistemológico permite conjugar la di­
mensión de lo devenido y de lo no devenido, en tanto esto
último expresa la posibilidad de un movimiento en cuyo mar­
co lo devenido no puede sino conceptualizarse como un mo-
12. Hugo Zemelman, Los horizontes de la razón, vol. I, op. cit., pp. 95-96.
13. ¿Por qué es tan necesaria la revisión epistemológica? Porque se requiere de
«un instrumental permanente y poderoso de reconstrucción de la historia» (cfr.
Hugo Zemelman, Historia y política del conocimiento, op. cit., p. 68).

51
mentó del mismo. De ahí que en la relación entre historia y
razón, la conjunción copulativa «y», planteada anteriormente,
tenga que ser resuelta en términos de concebir la historia
como el movimiento reconstruido genéticamente, mientras
que lo lógico epistemológico podemos considerarlo como rela­
tivo al movimiento reconstruido potencialmente.
Ahora bien, el producto genético y la potencialidad del pro­
ducto sirven para plantear la caducidad de lo verdadero, así
como de las formas de pensar, en cuanto éstas consisten en el
punto en que se puede conjugar lo sabido con lo no sabido; lo
cual es tarea del pensar y no del saber, porque obliga a un
distanciamiento de los contenidos aprehendidos y a la incor­
poración de lo real como posibilidad determinable. Ello como
expresión del movimiento de la realidad, esto es, de lo dado-
dándose. Distanciamiento e incorporación que conforma la
transformación de la razón en un objeto que se construye
rompiendo con los parámetros establecidos; parámetros que
son las estructuras socializadas e implícitas que nos recortan
la realidad en tanto contenido de experiencias posibles, así
como lo real que es susceptible de pensarse. ¿Lo dicho signifi­
ca que se plantee pensar aun lo que todavía no es contenido
de experiencias posibles? La respuesta está en lo que parame-
tralmente determina lo que es una experiencia reconocible y
susceptible de apropiación racional; o sea, en aquellos meca­
nismos que, activados en la creación de contenidos de pensa­
miento, hacen que éste pueda quedar o no prisionero de los
mismos.
Empero, la clave del problema de esta reflexión está en lo
que llegamos a entender por experiencia posible. Es verdad,
aun cuando ésta pueda ser función de una estructura teórica
particular, puede además ser función de una necesidad de rea­
lidad que se expresa en una lógica que exige de categorías de
razonamiento que no se identifican ni agotan en la necesidad
teórica, lo que es básico si asumimos que el énfasis se encuen­
tra en una razón que pueda dar cuenta de los cambios de la
reabdad. A esto aludimos cuando afirmamos que dicho objeti­
vo puede ser satisfecho por la dialéctica como epistemología
de la crítica. Por ejemplo, en relación con Marx, Zeleny obser­
va que para captar adecuadamente una realidad el pensamien­
52
to tiene que acentuar la «independencia relativa del movimien­
to del pensar [...] y del carácter específico de este movimiento
y de sus formas respecto de las formas reales»;14 lo que no
alcanzó a comprender Hegel a pesar de la importancia que le
dio a la función del conocimiento. Idea que exige transformar
el pensamiento en un objeto en sí mismo, de manera de resol­
ver la forma racional adecuada a lo dado-dándose de lo real o,
en otras palabras, la relación entre límite y apertura, la rela­
ción entre lo que está determinado y lo indeterminado: expre­
siones categoriales de cómo se manifiesta el movimiento de la
realidad.
Si asumimos que la relación con la realidad está mediada
por «los presupuestos que son en cada época histórica y so­
cialmente inseparables de toda aproximación científica de la
realidad objetiva»,15 entonces debemos enfrentar el reto de
cómo evitar que los parámetros que sirven para organizar el
pensamiento se conviertan en sus únicos referentes de reali­
dad. Esto sin duda plantea el problema de los límites de la
experiencia cognitiva, que se refieren a una de las manifesta­
ciones más claras del poder definitorio que imponen tales es­
tructuras, ya que, por una parte, los límites devienen en reci­
piente de cristalización de prácticas, pero también representan
el espacio para la creación de prácticas sociales; todo, si es
que no queremos limitamos a pensar que lo dado en la expe­
riencia no es posible de ampliarse.
La experiencia, entonces, a la vez que es un reflejo o pro­
ducto de los desarrollos culturales, también puede ser conside­
rada como el ámbito desde el cual se tiene que organizar el
salto desde un pensamiento sometido a la inercia hasta otro
de índole abstracta capaz de producir la propia transforma­
ción de su sentido. Popper16 habla de pasar desde lo que deno­
mina «nuestro conocimiento», entendido como un «sistema de
disposiciones», por lo general unido a sentimientos de creen­
cias o de convicción, al pensamiento problematizador que se
14. Jindiich Zeleny, La estructura lógica de «El Capital» de Marx, Barcelona, Gri-
jalbo, 1974, p. 102.
15. Ibíd, p. 54.
16. Kari R. Popper, Lógica de la investigación científica, Madrid, Tecnos, 1967,
p. 94.

53
abre hacia lo nuevo como necesidad de pensamiento. Discu­
sión que nos remite a la naturaleza de la epistemología si
atendemos a la diferencia entre prácticas producidas y crea­
ción de prácticas.
En este sentido, podemos ver que la epistemología ha sido
considerada como reflejo de las prácticas del conocimiento, lo
que ha permitido ubicarla en una concepción científica y no
especulativa tal como lo señala Piaget. En esta línea el proble­
ma respecto de qué es el conocimiento científico (considerado
en bloque) se desplaza a la cuestión de «cómo se acrecientan
los conocimientos considerados en su multiplicidad y, ante
todo, en la diversidad de sus desarrollos respectivos». Sin em­
bargo, cambia la naturaleza del problema epistemológico
cuando deja de interesar el «proceder paso a paso, gracias a la
acumulación de resultados parciales y sin ambiciones prema­
turas»,17 para centrar la discusión en un principio activador
del razonamiento. Activación que es lo que caracteriza a una
epistemología capaz de enfrentarse con los presupuestos histó-
rico-culturales que, como recuerda Zeleny, están asociados
con cualquier exploración científica. El problema, en este caso,
a diferencia de una «epistemología científica» (y no normativa
como exige Piaget), no es una solución rigurosa al problema
de la correspondencia, sino el desafío de no descuidar la exi­
gencia de objetividad, cualquiera que sea la eficacia del proce­
dimiento de corroboración que se adopte.
Ahora bien, una lectura crítica de la afirmación de Piaget
permite, efectivamente, formular algunos alcances. En efecto,
pensar que se debe avanzar, como en toda ciencia, «paso a
paso», puede reinterpretarse como una forma de pensamiento
no basada en la acumulación de contenidos teorizados sino,
sobre todo, en inclusividades que pueden establecerse cuando
los resultados parciales son pensados desde el marco de rela­
ciones lógicamente posibles. Esto implica que los criterios uti­
lizados para hacer el recorte tengan que articular el contenido
teorizado con el contexto que lo conforma. De ahí que la epis­
temología no se pueda concebir como el ámbito de estructuras
cognitivas derivadas mecánicamente de las prácticas de cono­
17. Jean Piaget, Psicología y epistemología, Barcelona, Ariel, 1975, pp. 124-126.

54
cimiento, sino como una exigencia de racionalidad con base
en el supuesto de articulación lógica que da cuenta del movi­
miento de la realidad histórica. En consecuencia, que se aluda
a una forma que active el razonamiento en función de la trans­
formación de lo lógicamente posible (según lo exige la articu­
lación) en histórico concreto, y, a la inversa, de lo concreto de
los contenidos aprehendidos en posibilidad de apertura hacia
nuevas modalidades de concreción.. Esto significa, en suma, el
reto de potenciar una capacidad racional para conjugar la ne­
cesidad del movimiento con la necesidad del pensamiento, y
de la práctica con el modo de inserción del pensamiento activo
en la realidad.
Por lo mismo, el supuesto de la articulación no se restringe
a la discusión epistemológica respecto a la correspondencia
entre conocimiento y realidad objetiva, por cuanto el elemento
de intervención, por medio de la práctica, incorpora el tema
de la potencialidad capaz de transformar en objetividad lo que
no ha devenido.
Si la dialéctica es una forma de pensar lo potencial, consti­
tuye entonces una solución al problema de cómo transformar
en necesidad de pensamiento lo que es virtual, o lo todavía no
devenido, de conformidad con el presupuesto epistemológico
«procesual-relacional»; pero, además de lo potencial, se plan­
tea la cuestión de su construcción por la práctica (véase Apén­
dice 5, p. 69), la cual incorpora el problema del ámbito de
realidad que sea pertinente para sus objetivos. Práctica que
transforma las potencialidades reconocidas en experiencia de
realidades objetivadas que, como tales, crean sus propios pará­
metros. Las creaciones de las prácticas implican, en conse­
cuencia, la construcción de una relación nueva entre el presen­
te y el futuro, por lo que rompen con la lógica de parámetros
dados que están asociados con determinadas estructuras, en
tal forma que dan lugar a una apertura de desarrollos posibles.
Todo lo anterior nos permite distinguir entre parámetros
de correspondencia y aquéllos que crea la exigencia de poten­
ciación, en razón de que estos últimos, al conformar nuevos
espacios de realidad, configuran experiencias gnoseológicas
basadas en diferentes requerimientos de observación y de teo­
rización, que demandan ser organizados como instrumentos
55
para la apropiación de contenidos que puedan concebirse
como situaciones de objetividad sin perder la mutabilidad de
sus límites, incorporando en la determinación de esos espacios
nuevos niveles de la realidad y momentos temporales. Así,
como se ha dicho, más que atender a la correspondencia, inte­
resa la generación de organizaciones lógicas cuyos criterios
constitutivos sean de apertura hacia la objetivación que resulta
de la inclusión de niveles y de momentos y cuyo producto, en
definitiva, sea la transformación de lo virtual-no determinado
en una realidad configurada como contenido aprehendido.
La materialización de estos criterios de objetivación puede
encontrarse en la llamada lógica de construcción del objeto,
porque allí el límite que demarca un objeto se muestra en todo
su movimiento: por una parte, como frontera que delimita un
contenido, pero, por la otra, como ese contorno que, siendo
parte del contenido, no es objeto de aprehensión, en virtud de
que aquí el límite se expresa como un reflejo de lo virtual;
además, esta última cualidad tiene implicaciones sobre las ma­
neras de enunciación de los contenidos delimitados, pues re­
quiere de un lenguaje gestador que, congruente con la exigen­
cia de lo virtual, evite los términos cenados (véase Apéndice 6,
p. 70). Al respecto de los problemas de enunciación recorde­
mos lo que dice Schaff cuando afirma que «es imposible elimi­
nar de nuestro lenguaje términos tales como “verdad”»,18 ya
que lo que importa es que la verdad responda unívocamente a
la exigencia de correspondencia, lo que no se aviene con la
idea de potenciación de realidades. Criterio último que contri­
buye incluso a enriquecer el concepto de verdad, como exigen­
cia de lucidez, pues supera el escepticismo, que al estilo de
Cioran señala que ya no hay nada que buscar, sino la búsque­
da de la nada, ya que la verdad «es un pasatiempo de adoles­
cente o un síntoma de senilidad», pero que se busca todavía
«por un resto de nostalgia o una necesidad de esclavitud».19
Hablamos entonces de lenguajes gestadores como aquellos que
permiten distinguir entre el carácter absoluto-relativo de los
contenidos y los modos de formulación de los mismos a partir

18. Adam Schaff, Historia y verdad, México, Grijalbo, 1974, p. 106.


19. E.M. Cioran, Adiós a la filosofía, Madrid, Alianza, 1980, p. 46.

56
de cómo se establece la relación con la realidad: el todo o la
parte. Lenguaje con el que .no se pretenden hacer formulacio­
nes de correspondencia entre contenidos particulares tal y
como se manifiesta en el ámbito de la explicación, sino formu­
laciones que sean útiles para la construcción de situaciones
objetivas desde las cuales pueda realizarse una inserción trans­
formadora de la realidad. En este marco la verdad constituye
un compromiso ético20 con un valor que se quiere transformar
en realidad posible, o sea, cuando se piensa lo virtual como el
terreno propio de la conciencia.
El hombre se piensa cada vez más desde un futuro que por
sí mismo no está garantizado; con mucha frecuencia el hom­
bre se piensa inacabado y, por lo mismo, en proceso de ser.
Cada vez más se piensa situado en distintos marcos, de tal
suerte que esto lo pueda llevar a pensar sin parámetros que
preordenen su pensamiento. La razón se transforma en la con­
ciencia del devenir histórico y de sus posibilidades para la ac­
ción, cada día más complejas pero abordables.

El pensamiento parametral

El supuesto de un pensar abierto no puede ser resuelto en


ausencia de los condicionantes que lo determinan. En este
sentido cabe señalar que el hombre «posee «la disposición a
estar orientado y anclado en el espacio por medio de las teo­
rías y modelos del mundo 3 [...] y que de manera semejante,

20. «En la concepción humanista del marxismo no existen generalizaciones rela­


tivas al abismo existente entre hechos y valores, conocimientos e ideales, puesto que
se acepta como valor, como ideal, algo realmente posible y siempre que se sepa que
es posible. El carácter de valor [...] adquiere así una posibilidad histórica mediante
[...] la proyección hacia el futuro de lo que [...] ha sido escogido entre varias posibili­
dades reales de alternativa» (cfr. M. Markovic, Dialéctica de la praxis, Madrid, Amo-
rrortu, 1972, p. 62). Es interesante a este respecto hacer notar que si la potenciación
de lo objetivo responde a la necesidad de imprimir direccionalidad a los procesos, no
puede ésta sino coincidir con lo político. Sólo una conciencia política del conocimien­
to puede dar el salto de la historia a la política, precisamente en la medida en que
sea capaz de constituid el conocimiento en un principio activador de lo histórico, lo
que requiere de una racionalidad categorial que como tal podrá acreditar su lucidez
como conciencia ética. La lucidez, a la que nos hemos referido anteriormente, se
podría entender como la constitutividad de la conciencia político-crítica.

57
estamos anclados en el tiempo por nuestra disposición a re­
cordar el pasado, así como a evocar el futuro, mediante nues­
tros programas y expectativas teóricas»,21 de lo que surge una
necesidad inevitable de recurrir a parámetros en función de
esta disposición. Sin embargo, la apropiación de los productos
que el pensamiento del hombre ha generado, y que se refieren
a ese miando 3 planteado por Popper (véase Apéndice 7, p. 72),
constituye una expansión de la subjetividad que se traduce en
la incorporación de aquellas realidades, mundo 3 en el que
tiene lugar la transformación de las disposiciones gnoseológi-
cas en un conocimiento construido de carácter objetivo.
Entonces, el reto que subyace en el paso desde lo «disposi-
cional» hasta lo simbólico consiste en la creación de una expe­
riencia gnoseológica cuya objetividad se manifiesta en las posi­
bilidades para transformarse en operaciones constructivas. En
ese caso, uno de los problemas que se plantea es la tensión
entre la exigencia de orden para definir una relación con la
realidad (por ejemplo de determinación) y la exigencia de in-
clusividad (fundada en la idea de lo indeterminado), que im­
plica construir relaciones con la realidad que no siendo de de­
terminación sean sin embargo necesarias.
A este respecto, se enfatiza un papel que cumple la inclu­
sión como criterio de organización racional en términos de
contribuir al descubrimiento de las transformaciones del fenó­
meno, las cuales pueden ser de simple cualificacíón hasta de
mutaciones profundas. Así, en la tensión entre orden-inclusión
se traduce el movimiento de la razón, cuya función consiste en
modificar las estructuras parametrales que remiten el desplie­
gue del pensamiento a determinados ámbitos gnoseológicos;
ámbitos que se caracterizan por el hecho de definir las posibi­
lidades de respuestas dentro de las alternativas que se contie­
nen en el límite dado, sin incorporar la apertura hacia aquello
que ha sido excluido de antemano por las mismas estructuras
parametrales.
Adorno ha sostenido que la «utopía del conocimiento sería
penetrar con conceptos lo que no es conceptual sin acomodar21

21. Karl R. Popper y John C. Eccles, El yo y su cerebro, Barcelona, Labor, 1985,


p. 148, Labor Universitaria, Monografías.

58
esto a aquéllos», lo que plantea una filosofía modificada, cuya
infinitud consiste en no creerse en posesión de su objeto infi­
nito, aunque se conciba a sí misma como terminada, por lo
tanto, en desdeñar «fijarse en un corpas cenado de teoremas».
Un pensar que se «abandone a la pluralidad de los objetos que
se caen encima o que buscan», en vez de utilizarlos «como
espejo en que reproducir la propia imagen, confundiéndola
con lo concreto».22 En otras palabras, se trata de recuperar lo
indeterminado mediante una construcción de contenidos siste­
máticos que asegure la mayor apertura del pensamiento ante
la realidad, lo que significa enfrentar los parámetros que con­
dicionan el modo de organizar el razonamiento de manera
que alcancen una mayor objetivación del mismo.
En el plano formal las estructuras parametrales son lógico-
epistemológicas además de teóricas, pero pueden transformar­
se en pautas culturales que conforman la construcción posible
de realidades. Es así como las visiones culturales contienen
posibilidades lógicas, en cuanto permiten una determinada re­
lación de conocimiento con la realidad. Un ejemplo de lo que
decimos se encuentra en el concepto de ley de la naturaleza en
el mundo occidental cuando se la compara con Oriente.
Como observa Needham, «en la civilización occidental, la
idea sobre la ley natural, en el sentido jurídico, y sobre las
leyes de la naturaleza, en el sentido de las ciencias naturales,
proceden de una raíz común. Una de las nociones más anti­
guas de la civilización occidental fue que exactamente igual
que los legisladores imperiales terrenales elaboraban códigos
de leyes positivas que los hombres habían de obedecer, la ce­
leste y suprema deidad, creadora racional, había dictado una
serie de leyes que debían ser obedecidas por los minerales,
cristales, plantas, animales y por las estrellas de su curso»,
cuyo origen se encuentra sin duda entre los babilonios. En los
siglos del cristianismo, bajo la influencia hebrea, se refuerza la
concepción de «la mente legisladora de Dios».23
Por su parte, la visión china del mundo, en contraste con la

22. Theodor Adomo, op. cit., pp. 18-21.


23. Joseph Needham, La gran titulación. Ciencia y sociedad en Oriente y Occidente,
Madrid, Alianza, 1977, pp. 36-37.

59
occidental, «se apoya en una línea de pensamiento totalmente
distinta». A diferencia de una ley impuesta por un poder su­
premo como regulación, se planteaba que la «cooperación ar­
mónica de todos los seres surgía [...] del hecho de que eran
parte de una jerarquía global de acuerdo con un modelo cós­
mico y orgánico, y lo que ellos obedecían eran los dictados
internos de su propia naturaleza». Así, en oposición al Occi­
dente, China desarrolla «una gran aversión hacia la ley codifi­
cada, abstracta y formulada con precisión».
Estas contradicciones básicas acerca de lo que es una ley
se derivan de diferencias de orden ontológico. Mientras en Oc­
cidente dominaba una concepción mecánica del universo, en
China la concepción del mismo era de otra índole, por cuanto
los seres están sujetos a los dictados internos de su propia
naturaleza, la cual está determinada por su pertenencia a un
modelo cósmico y orgánico. La idea de inspiración griega de
que el cosmos es «un todo ordenado que funciona según leyes
cognoscibles por el pensamiento»,24 resume todo un modelo
de pensar cuya máxima expresión es la afirmación de leyes y
su conclusión necesaria: el imperativo de la explicación.25 En­
tre los chinos, en cambio, tiene más relevancia la idea de una
estructura dinámica, es decir, una articulación de materia y de
energía.26
Otra ilustración de cómo lo planteado culturalmente cum­
ple funciones parametrales, conformando formas de razona­
miento, es la oposición entre la concepción geométrica (occi­
dental) y la concepción algebraica (china) del universo. Donde
más claramente se puede ilustrar lo que decimos es en rela­
ción con la noción de espacio. Así es como, por ejemplo, el
mundo occidental, durante el medievo, se instalaba «en la pri­

24. Ib(d., p. 43, cita de C.C. Gillispie: «The Edge of Objetivity: an Essay in the
History of Scientific Idea».
25. Para los chinos «todo está en movimiento, pero no hubo necesidad de alguien
que lo pusiera en movimiento. El Tao (orden o camino invariante) es de hecho es­
pontáneo y no creado, y ningún rey celeste [...] tiene influencia sobre él» (Joseph
Needham, op. cit., p. 318). Así, tenemos que la necesidad de una causa es sincrónica
con la necesidad de ninguna causa. Es indudable que este último concepto tiene
relación con la idea de emergencia que ha surgido en los desarrollos de la ciencia
actual.
26. Ibíd., pp. 318-319.

60
sión de las esferas celestiales cristalinas, sólidas», lo que cons­
tituía una cosmología ingenua y limitada si se compara con la
concepción china de «los infinitos espacios vacíos de la escue­
la china Hue-Thien o los filósofos budistas relativistas».27 Más
aún, el contraste entre Oriente y Occidente muestra cómo de­
terminadas estructuras parametrales redujeron la ciencia en
Occidente a la mecánica o a la cibernética geométrica, cuyas
limitaciones han quedado de manifiesto con el concepto actual
de «teoría del campo en física y los conceptos orgánicos en la
-biología (que) han modificado profundamente la antigua ima­
gen mecanicista del mundo»; pues, en verdad, se continúa
mostrando que «la ciencia tiene muchos aspectos distintos de
las teorías geométricas».28
Ahora bien, en la cuestión de los parámetros hay algo más
que las funciones epistemológicas de la cultura. Se puede ad­
vertir que la visión de lo que es la ciencia y sus formas de
razonamiento está conformada por la observación de ciertas
áreas de la realidad que se han privilegiado. Por'ejemplo, se
constata que una excesiva preocupación por la astronomía ter­
mina encamando una visión de ciencia diferente que si la
atención hubiese estado centrada en la biología, la mineralogía
o la química. Con cuanta más razón sería otro el concepto de
ciencia si el meollo de la preocupación gnoseológica hubiese
estado centrado en la sociedad y las formas acerca de cómo
los hombres pueden vivir juntos con felicidad, tal como estuvo
representada en China por la tradición confuciana. Tal vez
uno de los desafíos que hoy enfrentamos es que, a partir del
surgimiento de las ciencias sociales, nos vemos encarados no
sólo con nuevos contenidos sino también con una nueva es­
tructura parametral y, por lo tanto, con un concepto enrique­
cido de razón que rompe con la tradición intelectual que nace
en el Renacimiento. Como observa Needham, «si la mecánica
fue la ciencia primaria se trataba de primus interpares. Si la
física celeste y terrestre tuvo los honores de la batalla del Re­
nacimiento, no hay que confundirla con el ejército de la cien­
cia en su totalidad, que posee otros muchos valientes regi­

27. IM „ p. 45.
28. Ibid., pp. 45-46.

61
mientos».29 Considerando en este contexto los retos que plan­
tean las ciencias de la sociedad a la racionalidad, encontramos
que el camino para ir más allá de la preparatio evangélica grie­
ga como fundamento de la ciencia es todavía más complejo y
arduo.
Debido a este esfuerzo por asumir explícitamente el papel
que cumplen las estructuras parametrales en la conformación
de modos de pensar (y en particular la cuestión de la doble
función del límite, como delimitador de contenidos y de aper­
tura hacia lo posible todavía indeterminado), ubicamos el pen­
samiento categorial como una forma básica para continuar
con la creación de conceptos, en cuyo marco tiene lugar la
determinación de teorías.
Así, romper con el parámetro de causa permite abrirse al
mundo de lo posible no necesariamente enmarcado en la lógi­
ca de determinaciones, ya que éstas se refieren a otras modali­
dades de relaciones necesarias aunque ellas sean no causales.
Si todo lo real es necesario, cualquiera que sea el conocimien­
to que se haya alcanzado, también lo no causal sería necesario
según la antigua tradición de Epicuro. De ahí que, con razón,
pueda afirmarse que el mayor enigma de la cosmología no es
la gran explosión original «sino que el universo sea creador:
que haya creado vida y a partir de ella la muerte».30 El predo­
minio de lo necesario sobre la lógica de determinaciones signi­
fica un cambio drástico en la naturaleza y función de las es­
tructuras parametrales, pues, como en este ejemplo, la búsque­
da del origen refleja un problema de lógica encuadrada en el
a priori de la causa, en tanto que la relación entre vida y muer­
te podría estar trascendiendo los límites de una relación de
causa-efecto, para apuntar al movimiento como necesidad in­
terna de los seres.
El predominio de lo necesario sobre las determinaciones
(como manifestaciones particulares de ello) significa que ante
el concepto de campo jerarquizado de relaciones se imponga
la idea de lo objetivo como potenciación que transforma a éste
en objeto de experiencia gnoseológica o en contenido de prác­
29. IUd„ p. 50.
30. Kari R. Popper y John C. Ecdes, op. cit., p. 69.

62
ticas posibles. Idea de lo real-objetivo que se corresponde con
la posibilidad de ampliar la capacidad de reactuar sobre el
contexto de las circunstancias, lo que tiene consecuencias so­
bre la propia conciencia, si estamos de acuerdo en que ésta
«es resultado en parte de las disposiciones innatas y en parte
de la experiencia, especialmente de la experiencia social»31 (véase
Apéndice 8, p. 73).
Contribuir a ensanchar la conciencia determina que ésta
no se desarrolle en el ámbito restringido de la experiencia cog-
nitiva, pues es resultado de la inclusión creciente de realidades
que, aunque no necesariamente están jerarquizadas, contribu­
yen a su expansión de manera que alcancen uná mejor apertu­
ra sobre la realidad indeterminada. De esta manera el hombre
es, cada vez más, un producto de su propio mundo (véase Apén­
dice 9, p. 73).

Conclusiones

Podemos recapitular las reflexiones anteriores en las si­


guientes consideraciones generales:
1) Si la exigencia de objetividad se refiere a una forma de
pensar fundada en una totalidad desontologizada, se plantea
que la forma racional pueda asumir, como criterio de su orga­
nización, esa tqtalidad abierta. Es lo que constituye la concien­
cia crítica.
2) Si la realidad es construida, significa que los modelos
de construcción no pueden identificarse con la construcción,
lo que plantea la necesidad de distanciarse de esos modelos,
sea para explicitarlos, sea para transformarlos. Es lo que cons­
tituye el problema del rompimiento de las estructuras parame-
trales.
3) Como consecuencia, estamos ante realidades cuyos con­
tenidos no son sólo el producto de procesos genéticos, sino
que se caracterizan también por realidades emergentes que re­
sultan de su potenciación por el sujeto.
31. Ibíd., p. 125.

63
4) Lo anterior plantea el problema de la relación entre re­
gularidad y aleatoriedad, que se enfrenta con la cuestión de si
lo que es necesario se puede expresar de un modo que no sea
el propio de la lógica de determinaciones.
5) La idea de potenciación exige reinsertar la subjetividad
del sujeto en la realidad que se construye. De esta manera, la
realidad no solamente es un objeto de conocimiento sino que
también es un contenido de conciencia, gestador de ámbitos
de sentido. El conocimiento, entonces, se transforma en con­
ciencia por medio de la intencionalidad de las prácticas que el
sujeto constituye en su experiencia.
6) Por consiguiente, la historicidad del sujeto y del conoci­
miento residen en la posibilidad de reconocer potencialidades
en la realidad, pero también en la capacidad de transformarlas
en objetividad factible de ser vivida.

APÉNDICES
1. El concepto de totalidad lo utilizamos en distintas acepciones,
pero a partir de la idea central de que la totalidad no es idéntica a
todos los hechos, sino que es una óptica epistemológica desde la que
se delimitan campos de observación de la realidad, los cuales permiten
reconocer la articulación en que los hechos asumen su significación
específica. En este sentido, se puede hablar de «la totalidad como exi­
gencia epistemológica del razonamiento analítico». La totalidad se re­
fiere: a) al proceso de estructuración de la realidad, por lo que reviste
el carácter de ser siempre «inconclusa», en tanto se refiere a la articu­
lación de un momento que es parte de un proceso; por eso b) la totali­
dad representa una forma de «razonamiento crítico que permite rom­
per o traspasar la apariencia de los fenómenos», en tanto «la aparien­
cia es un nivel de la realidad que no está analizado en su articulación,
así como, a contrario sensu, lo real es un nivel de la realidad analizado
en su articulación». Una consecuencia de esta existencia de la articu­
lación, que es propia de la totalidad como recurso epistemológico, es
c) que «permite» reenfocar la relación entre racionalidad y lenguaje
científico con base en la exigencia de inclusividad que rompe con los
ámbitos demarcados por el lenguaje»; de ahí que, como forma de ra­
cionalidad, la totalidad esconde grandes potencialidades, ya que d) sir­
ve de base «para sistematizar una reflexión sobre las prácticas investi-

64
gativas ya cristalizadas, pero también para desarrollar formas de pen­
sar que no necesariamente sean un reflejo de aquéllas»; por consi­
guiente, e) la totalidad como forma de razonamiento representa la po­
sibilidad de «trascender la lógica de objetos con propiedades en una
construcción racional que, con base en una posibilidad necesaria, se
oriente hacia la especificación, la cual supone el rompimiento de pará­
metros en tanto recortes que distorsionen la objetividad de la reali­
dad». En definitiva, f) se abre la posibilidad de una problematización
con base en relaciones posibles entre los diferentes niveles de la reali­
dad, con lo que «se hace posible recuperar la historicidad del conoci­
miento»; recuperación que se traduce, por último, g) en «reconocer las
diferentes modalidades de concreción de una objetivación de lo real
que requiere de una estructura (capaz de incluir niveles de la realidad)
congruente con el constante devenir de lo real».
Todo lo anterior se tiene que entender en el marco de que «la
realidad es una construcción viable», por eso lo práctico, o lo político,
tío constituye «un conocimiento en sí mismo sino más bien una pers­
pectiva de conocimiento». En consecuencia, la totalidad cumple la
función de permitir organizar un razonamiento «que más que estar
orientado para la prueba de hipótesis pretende reconocer opciones de
acciones posibles».32
De ahí el predominio de la historia sobre las estructuras teóricas, que
conduce a una estrecha vinculación entre conocimiento y conciencia.
2. La forma superior del razonamiento dialéctico se logra con una
cercanía tal con el objeto que difícilmente puede separarse de la ac­
ción. Es insólito que tras todos los años de progreso en el avance del
conocimiento, todavía el conocimiento científico tenga que exigir se­
pararse de su objeto y, en este sentido, continuar siendo conocimiento
de «lo pasado» y no del presente que se vive. Ha llegado aparentemen­
te el momento en que todo conocimiento sea político, en la acepción
de lo real actual y de las potencialidades del presente.
En realidad, ningún conocimiento puede justificarse por sí mismo
si no es porque resume en sí conciencia y acción. Por lo tanto, es
preciso captar la realidad como la forma que asume lo vivo, que está
ante nosotros como realidad objetiva, o el sujeto que, por medio de su
conciencia cognoscente, procura aprehender lo «esencial» de lo real.
Se trata de diferenciar entre lo esencial y el esfuerzo de captación del
«mundo»; esto es, la tensión de transformarlo, pero no necesariamente
en la dimensión del tiempo histórico, sino en la simultaneidad de lo

32. Hugo Zemelman, Los horizontes de la razón, vol. I, op. cit., pp. 36, 43-46, 50,
69, 70, 73, 76, 148 y 160.

65
que ocurre en los instantes en que ocurre, aquellos en que se manifies­
ta la realidad total condensadamente (alude a la exigencia de objetivi­
dad). Lo que significa que el objeto que se estudie y la relación del
sujeto con el objeto estén determinados por un mismo tiempo como
dim ensión del conocimiento, de manera que permita objetivizar lo ac­
tual com o totalidad, producto de un devenir y simultáneamente como
potencialidad de devenir futuro. En este sentido, el conocimiento se
transforma no sólo en conciencia de necesidad sino también en nece­
sidad de acción, en tanto la necesidad encubre una potencialidad que,
com o desarrollo de lo real, es un elemento constitutivo de la realidad,
la que asume, entonces, la forma de prácticas.
Las consideraciones anteriores llevan a plantear la necesidad de
descubrir la lógica implícita en el pensamiento que trata de penetrar
en la temporalidad potencial del devenir, en forma que la relación
entre el sujeto que conoce y el objeto que es conocido sea definida sin
que el tiem po del sujeto sea otro diferente al del objeto. El sujeto al
distanciarse de la realidad, puede proyectar valores o perspectivas,
perdiendo la objetividad que constantemente está emergiendo en ple­
nitudes incompletas. Es este surgimiento de plenitudes de lo real en su
hacerse lo que convierte la historia en política, y lo político en con­
ciencia elevada a necesidad de acción. De lo que se trata es de poder
recuperar la realidad en el tiempo en que ella todavía no puede mos­
trarse por lo estrecho o limitado de su temporalidad. Lo que plantea la
necesidad racional de aprehender la totalidad potencial y su transfor­
mación en objetividad por medio de las prácticas. De este modo nos
enfrentamos con la lógica de la construcción de lo potencial.33
3. Si el problema central de la teoría del conocimiento es la cons­
trucción de la relación de conocimiento, ésta no puede serlo con un
objeto, en la medida en que eso implicaría hacerlo con lo conocido o
teorizado, lo que constituye una contradicción, sino con una realidad
no determinada como objeto pero que se plantea como cognoscible
(que es el problema). Por ello hay que evitar la formalización de esta
relación, de manera que no se reduzca la realidad no determinada a
ton objeto, lo que representa un desafío al razonamiento, como tener
que liberarse de sus condicionantes mediante su apertura ante cual­
quier relación codificada de conocimiento en que se apoye. Esta aper­
tura consiste en dar cuenta de la función gnoseológica que cumple lo
indeterminado.
En este sentido, recordemos lo que señalaba Descartes en cuanto

33. Hemos dedicado a este tema un trabajo titulado De la historia a la política,


op. cit.

66
a que el pensamiento, antes de abordar lo particular y lo concreto, se
construye un mundo posible que crea a base de los materiales puros
de la matemática, pues hay que prescindir de la realidad detenninada
y concreta, «abstraemos de la realidad inmediata que nos rodea». Así
se puede rescatar la función que cumple la construcción de un campo
de observación que rompa con los límites de la experiencia. Es preci­
samente lo que ocurre con la matemática cuando pretende delimitar
lo real para deducir opciones teóricas, «todas ellas de por sí igualmen­
te posibles y verdaderas», en forma que-la deducción reconozca como
fundamento no sólo una teoría sino un campo de observación en cu­
yos límites se puedan reconocer opciones. Sin embargo, el problemá
que enfrentamos es si esta «posibilidad», tan destacada en la forma
del razonamiento deductivo, puede generalizarse a razonamientos que
no se expresan en lenguaje formales.
Si el campo de la observación no se restringe al ámbito de la expe­
riencia, facilita plantear la relación entre lo determinado y lo indeter­
minado, rompiendo con lo dado como contenido de la experiencia
concreta. Surge, entonces, la cuestión de cómo determina lo indeter­
minado, cuál es la naturaleza de su determinabilidad.
El indeterminado puede asumir a este respecto dos modalidades:
en primer lugar, analizado desde la perspectiva de lo relativo-absoluto,
lo indeterminado es parte de una inclusividad que se resuelve a lo
largo del proceso de crecimiento histórico que experimenta el conoci­
miento; pero, por otra parte, cuando lo indeterminado se piensa desde
la relación todo-parte, la inclusividad no es solamente un producto de
una fase histórica sino que, más bien, es parte del esfuerzo lógico por
abrirse hacia articulaciones más complejas que median la determina­
ción de los contenidos. Como ilustración de esta segunda modalidad
en las ciencias naturales tenemos que, para D. Bohm (cfr. Kurt Hüb-
ner, Crítica de la razón científica, Barcelona, Alfa, 1981, p. 28), «la na­
turaleza sería infinitamente compleja, estaría estructurada en un nú­
mero infinito de estratos; cada uno de ellos posee una autonomía sólo
relativa, pues en ellos se manifiestan efectos de los estratos que estén
situados más profundamente y cuyos parámetros, en un primer mo­
mento, permanecen ocultos». Posición que contrasta con otras con­
cepciones, como la llamada Escuela de Copenhague, para la cual «sólo
tiene existencia objetiva lo que es mensurable», en forma que «ser es
sólo lo posible, lo que puede representarse como algo real con la ayu­
da de un instrumento de medición».
La posibilidad de la inclusión supone una cierta complejidad de
articulaciones en lá construcción del conocimiento. En el conocimien­
to sociohistórico, articular el presente con su desenvolvimiento en el
tiempo reconoce correspondencias con el conocimiento natural. Por

67
ejemplo, en la perspectiva de la mecánica cuántica, «el modo de la
naturaleza se describe como una multiplicidad de niveles en interac­
ción», siendo los «niveles superiores irreductibles a los inferiores»; de
esta manera las propiedades de los niveles superiores no pueden dedu­
cirse a partir de las propiedades de los niveles inferiores, ya que las
propiedades de un todo no pueden necesariamente predecirse a partir
de un conocimiento de las propiedades de sus componentes» (Brian
Easlea, La liberación social y los objetivos de la ciencia, Madrid, Siglo
XXI, 1981, pp. 369-370). Todo lo cual converge hacia una exigencia de
objetividad que reconoce muchos antecedentes en la historia del pen­
samiento, pero que requiere resolverse mediante una forma determi­
nada de razonamiento.
De este modo, la nueva racionalidad se reconstituye como la capa­
cidad del hombre para apropiarse del conocimiento como una cons­
trucción abierta, pero que, a medida que el desenvolvimiento histórico
va rompiendo con los lím ites paradigmáticos, deviene cada vez más
claramente en conciencia apropiadora de un saber abierto a sus pro­
pias potencialidades de transformación.
En este sentido, la función gnoseológica de lo indeteiminado se
vincula con la idea de que la ciencia debe aprender a trabajar con la
incertidumbre, que incita a «criticar el saber establecido», asimismo a
«autoexaminarse y a intentar autocriticarse» (Edgar Motín, Ciencia
con conciencia, Barcelona, Anthropos, 1984, p. 109). Más aún, si esta­
mos de acuerdo con que la ciencia nueva es «aquella que trabaja, ne­
gocia con el alea, lo incierto, lo impreciso, lo indeterminado, lo com­
plejo» {ibíd., p. 127), nos enfrentamos a la tarea de superar la lógica de
disyunción y reducción.
En efecto, «la disyunción aísla a los objetos, no sólo los unos de los
otros, sino también de su entorno y de su observador... aísla a las
disciplinas unas de otras e insulariza a la ciencia en la sociedad por el
mism o proceso». La reducción, por su parte, al unificar «lo diverso o
múltiple, bien sea con lo elemental, bien sea con lo cuantificable... no
concede la "verdadera” realidad a las totalidades, sino a los elementos,
no a las cualidades, sino a las medidas» {ibíd., p. 44). Lo anterior
permite, en un plano metodológico, pensar el objeto real como articu­
lado en función de lo articulante, lo cual es concebible partiendo de la
exigencia de articulación. En esta dirección no podemos olvidar que
«la superioridad del pensamiento humano sobre el ordenador que eli­
mina lo vago, es trabajar a despecho de lo vago y con lo vago» {ibíd.,
p. 132).
De esta manera, la incorporación de aquello no contenido lógica­
mente en los parámetros de la ciencia, obliga no sólo a la constante
renovación metodológica (como reclama Feyerabend), sino que pone

68
en juego la estructura misma de la ciencia. Con lo que nos obligamos
a colocam os en el umbral de tener que pensar que un cambio en las
formas de razonamiento se hace necesario si queremos estar alerta a
la mayor complejización de las relaciones de conocimiento que va im­
poniendo la realidad, a medida que el hombre ahonda en su conoci­
miento.
4. El momento psicogenético, de acuerdo con el análisis de Piaget,
corresponde a la formación de las categorías, conceptos y nociones, en
la perspectiva de que «todo conocimiento es siempre un devenir que
consiste en pasar de un conocimiento menor a un estado más comple­
to y eficaz».34 Devenir que no tiene lugar al azar sino que, desde Pia­
get, debe ser examinado desde los llamados estadios'de formación. El
problema de la formación de normas de razonamiento en las diferen­
tes fases por las que pasa el individuo plantea ¿qué pasa una vez con­
solidado el marco de referencias parametrales?, ¿qué importancia tie­
nen las pautas culturales en la organización del razonamiento?, ¿cómo
limitan sus posibilidades para ampliar dicha capacidad?, ¿en qué me­
dida se plantea y cómo la necesidad de su rompimiento?, ¿acaso la
tendencia a la inercia de la mente es propia de todo proceso cultural
que tiende a la estabilización y al cierre? Preguntas como estas son
parte del desarrollo de la razón como proceso psicocultural.
5. Desde las tesis de Feuerbach, la práctica dejó de estar en una
relación de contradicción con la teoría, pero, como hemos sostenido,
es necesario todavía desarrollar las implicaciones epistemológicas de
esta relación, que, en parte, es lo que pretendemos con este trabajo.
El papel que cumple la práctica es definir el ámbito desde el cual
poder organizar la aprehensión de la realidad en forma de no perder
la complejidad de ésta, más aún cuando se quiere actuar sobre ella
para algún objetivo viable. De ahí que la práctica no es solamente un
resultado del conocimiento construido, sino que es el mecanismo por
medio del cual se incorpora en su construcción el contexto, incluyen­
do los elementos de éste que no serán necesariamente posibles de
transformar en contenidos de conocimiento, pero que son parte de la
opción de construcción que se pretende y que constituye, además, el
marco de referencia en que se ubica el conocimiento.
En este sentido, se puede decir que la práctica constituye un desa­

34. Cfr. Mark W. Wartofsky, op. cit., p. 29. (Sobre este punto consúltense: Karl R.
Popper, Lógica de la investigación científica, op. cit., p. 38; e Imre Lakatos, La metodo­
logía de los programas de investigación científica, Madrid, Alianza, 1983, pp. 65-72.
especialmente p. 66.)

69
fio para el conocimiento, especialmente para las disciplinas especiali­
zadas, en cuanto pone de manifiesto aquello que se oculta entre las
disciplinas y que, como diría E. M oiin, «no es otra cosa que lo real».35
Sostenem os que el conocimiento es el contenido particular deter­
minado de una opción de historia, de la que son componentes otros
elementos como los valóricos e ideológicos. Por eso la práctica, en la
medida en que define una necesidad de conocimiento desde la exigen­
cia planteada por opciones de construcción, es parte de su misma
construcción. Esto significa que la práctica conforma el marco proble­
mático en el cual se determinan los objetos teóricos, por lo que éstos,
una vez convertidos en contenido de conocim iento, hacen que éste
constituya una posibilidad de activación de la realidad.
La incorporación de la práctica en el proceso mismo de construc­
ción del conocimiento obliga a pensar todo contenido en términos de
una direccionahdad posible de los procesos, lo cual no es en sí mismo
un objeto sino un campo problemático que puede contener muchos
objetos posibles de teorización. Lo que plantea para la teoría el proble­
ma de su pertinencia, más que el de su verdad, en forma de activar la
realidad desde el campo problemático configurado por la necesidad de
práctica que se impone sobre los contenidos teóricos abstractos.
La práctica determina la construcción de un conocimiento que,
además de cumplir una función analítica, sea capaz de ofiecer una
visión sintética de la realidad, que sea, no obstante, sensible a los cam­
bios de la reabdad sociohistórica. Por eso cuando la relación con la
realidad es la necesidad de su activación, nos obligamos a trascender
el marco de la pura explicación para conformar una relación más
compleja. De ahí que la práctica obliga a una estrecha relación entre
conocimiento y conciencia. Esta es una de las implicaciones epistemo­
lógicas a que nos referíamos, que plantea la relación entre teoría y
práctica.
6. En relación con la idea de un lenguaje gestador tendríamos que
aclarar que si nos colocamos en la perspectiva de que la reabdad pue­
de contener, o asumir, en su reconstrucción racional múltiples signifi­
cados (lo que es propio de privilegiar la relación de conocimiento so­
bre las estructuras teóricas semánticamente cerradas), nos tenemos
que plantear la construcción de un lenguaje de significantes. Sin duda
constituye un límite de esta investigación; no obstante, para dar una
idea de su problemática es indispensable hacer algunas consideracio­
nes desde el campo de la lingüística.
Lo que se pretende resolver con la idea de un lenguaje gestador es
35. Edgar Morin, op. ctí., p. 75.

70
la apertura del lenguaje con base en la función n-poliádica en la orga­
nización de significaciones; o sea, el mecanismo de generación de con­
tenidos sin que estén asociados a significados dados. Un lenguaje ca­
paz de llevamos más allá del modo de pensar que cristaliza en el len­
guaje de significaciones. Como dice Barthes,36 si «escribir es ya organi­
zar el mundo, es ya pensar», el problema es plantearse un lenguaje
que no quede prisionero del canon de cada época, en forma de poder
descubrir, más allá de un sentido singular, el sentido popular, trans­
formando «la obra cerrada en obra abierta». O, para decirlo desde la
exigencia de los contextos histórico-culturales, destacar «la disposición
• a la apertura» de lo que se dice en una construcción intelectual.
En esta dirección, el lenguaje de significantes es el producto de una
lógica de apertura que se caracteriza por la búsqueda del contomo en
el que se formulan los significados. Si este lenguaje de significantes
reconociera una correspondencia con una forma de razonamiento no
encerrada en el contenido de los Corpus teóricos, equivaldría a la pre­
tensión de Barthes de construir una ciencia de la literatura (o de la
escritura) «como el discurso general cuyo objeto es, no tal o cual senti­
do, sino la pluralidad misma de los sentidos de la obra»..,
De lo que se trata, pues, es de construir significantes más allá de
pensar desde los significados dados. Aunque no se conozca bien, «hay
una lógica del significante»; exigencia que fundamentamos en esa «en­
trega del yo al ser otro de las cosas», que se traduce en el imperativo
de que «se hunde el yo en la cosa» como pedía Hegel.37
Lo anterior se corresponde con la necesidad de que la conciencia
trascienda «sobre aquello con que se encuentra como resultado de un
proceso de devenir»,38 lo que está en la base de nuestros planteamien­
tos en tom o de un pensar epistemológico o categorial. Nos recuerda
las formulaciones de M. Merleau-Ponty39 acerca del «fantasma de un
lenguaje puro»; esto es, acerca de la posibilidad de un lenguaje que no
permanezca atado a sus propios significados, sino que los crea, es
decir, que a partir de significaciones claves «pueda recomponer cual­
quier nueva significación a partir de aquéllas». Su idea se refiere a un
lenguaje que «nos libraría de sí mismo dejándonos a merced de las
cosas», capaz de «recomponer exactamente lo nuevo que se pueda
querer decir».
Es indudable que ante esta posibilidad nos tropezamos con las li­
mitaciones de su adquisición. No pueden desconocerse en este sentido

36. Roland Barthes, Crítica y verdad, México, Siglo XXI, 1983, pp. 33, 52, 58 y 70.
37. Cfr. Emst Bloch, op. cit., p. 42.
38. Ibíd., p. 452.
39. Cfr. M. Merleau-Ponty, La prosa del mundo, Madrid, Taurus, 1971, pp. 26-27.

71
los problemas planteados por Chomsky en relación con las «restriccio­
nes a priori [que] determinan al saber (el sistema cognitivo) obteni­
do»,40 que conduce al planteamiento de las «teorías accesibles» en fun­
ción de las restricciones biológicas. Desde el punto de vista de una
epistem ología que pretende activar la capacidad de pensar, enrique­
ciendo las modalidades en las formas de razonamiento, nos enfrenta­
m os con lo que Chomsky llama «intersecciones» entre las teorías posi­
bles y la clase de las teorías verdaderas. Esto es, si la creación científi­
ca depende, por un lado, «de una propiedad intrínseca de la mente» y,
por otro, «de un conjunto de condiciones sociales e intelectuales», de­
bemos poder no sólo comprender esas «intersecciones» sino, además,
desde nuestra perspectiva, el modo cómo estas últimas son más efica­
ces para ampliar «las limitaciones del espíritu humano».
Lo dicho supone prácticas creativas cotidianas «del lenguaje y de la
acción humana en general», sin limitarse a los grandes momentos de
rupturas paradigmáticas en la acepción de Kuhn; pero esto no es aje­
no a la circunstancia de que el hombre tenga que ampliar su propio
horizonte de visibilidad social y que enriquezca sus formas de relación
con la realidad, superando la concepción instrumental-empirista de
que «la estructura intelectual de los hombres está concebida única­
mente para la satisfacción de sus necesidades elementales».
La ampliación del campo de experiencias posibles que da lugar a
objetos de pensamiento es un aspecto social e intelectual que debemos
resolver para abordar la posibilidad de un lenguaje de significantes,
entendido como «ciencia de las condiciones del contenido», es decir
de las formas, «capaz de abrirse a la comprensión de la polivalencia
de significados dados, pero también a los sentidos engendrables»; esto
es, en el plano metodológico, un lenguaje capaz de construir nuevos
campos de observación generadores de sus propios significados. En
este sentido, la lógica del lenguaje de significantes es parte de lo que
en este trabajo llamamos «pensar epistemológico».
7. En relación con el concepto de Mundo 3, nos remitimos al
planteamiento de Popper para quien el Mundo 3 es «el mundo de los
productos de la mente humana, como las historias, los mitos explicati­
vos, las herramientas, las teorías científicas (sean verdaderas o falsas),
los problemas científicos, las instituciones sociales y las obras de arte.
Los objetos del Mundo 3 son obras nuestras».41 Consistiendo el Mun­
do 3 en los productos de la mente humana, no significa que a pesar de

40. Cfr. Mitsou Ronat, Conversaciones con Chomsky, Barcelona, Gedisa, 1981,
pp. 106-119 y 134, Serie Conversaciones.
41. Kail R. Popper y John C. Eccles, pp. cit., p. 44.

72
que «el yo activo está orientado y anclado en el espacio por medio de
las teorías o modelos del Mundo 3, respecto a los cuales poseemos la
disposición a hacerlos explícitos y conscientes a voluntad»,42 la mente
humana no reacciona frente a esos productos, ya que se produce «una
retroalimentación». De esta manera se puede afirmar que la capacidad
de reactuación del hombre crea las bases para concebir que el conte­
nido de la conciencia consista en lo indeterminado que se determina
en su misma construcción.
8. Sobre el problema de las disposiciones innatas en la conciencia,
nos referimos a la antigua discusión en tomo a la naturaleza del yo.
Como dice Popper,43 frente a «la teoría según la cual el ego estaba ya
allí antes de la experiencia, de modo que todas las experiencias estu­
vieran acompañadas, desde el comienzo por el "yo pienso” cartesiano
o kantiano [...] pienso que ser un yo es resultado en parte de disposi­
ciones innatas y, en parte, de la experiencia, especialmente de la expe­
riencia social». Lo que ocurre es que hay «muchas maneras innatas de
actuar y responder [...] pero entre ellas está la tendencia a convertirse
en una persona consciente de sí misma», aunque para conseguirlo se
requiere no estar en aislamiento social, ya que «el cerebro se desarro­
lla mediante la actividad, teniendo que resolver activamente proble­
mas».
9. Cuando hablamos de las propiedades disposicionales del cere­
bro nos referimos al «yo inconsciente» que es en gran medida disposi-
cional y, parcialmente al menos, físico. Disposición a actuar y dispo­
sición a esperar, que son expectativas inconscientes, ya que contribu­
yen «a la unidad del yo y, más específicamente, a su continuidad tem­
poral (que) parece ser inconsciente».
Ambas influyen sobre el yo; especialmente el primer tipo resulta
importante para «lo que podríamos considerar como la memoria que
produce la continuidad potencial del yo o memoria productora-de-con-
tinuidad». Sin embargo, el yo cambia de manera «más rápida debido
al aprendizaje de la experiencia», ya sea por acción o por selección.
En este marco, se sostiene que «si nuestras conjeturas forman parte de
nosotros mismos, existe una gran posibilidad de que, si bien no están
bien adaptadas, muramos con ellas».
Sin embargo, lo que interesa en el marco de este trabajo es plan­
tear la relación entre la discusión epistemológica y lo que son las con­
diciones neurofisiológicas o, más exactamente, lo que se conoce como

42. Ibtd., pp. 148 y 163.


43. Ibíd., pp. 123, 125 y 126.

73
«la plasticidad sináptica». Se afirma que cualquier experiencia lleva a
«circuitos reverberantes en el cerebro [...] que entrañan un gran núme­
ro de sinapsis. Los circuitos reverberantes utilizan determinado con­
junto de sinapsis, pudiéndose mostrar experimentalmente que la efica­
cia de las sinapsis aumenta con su uso, habiendo también pruebas de
que las sinapsis se desarrollan con el uso».44
La discusión anterior relativa al yo que se constituye y desarrolla a
partir de «su carácter intensamente activo», tiene que ver con el víncu­
lo entre las condiciones neurofisiológicas y el estímulo proveniente de
una normativa epistemológica que plantea usos en espacios sociales
cada vez más complejos de la capacidad del hombre; esto es, tiene que
ver con la discusión epistemológica relativa a pasar desde el nivel ge­
nético al normativo critico, cuya función es conformar nuevas realida­
des para ser pensadas y cuyos contenidos no descansan en la pura
potencialidad de lo ya contenido (o producido). Más bien, implica la
construcción de «contornos» que reinfluyan sobre la propia capacidad
del hombre para nuevos ensanchamientos de los horizontes de reali­
dades posibles de pensarse y conocerse.

44. Ib(d., pp. 157, 158, 165, 424 ss.

74
n
EL PENSAR CATEGORIAL

Podemos recuperar el planteamiento central del capítulo an­


terior en la idea de que, si la realidad verdaderamente es pensa­
da desde la perspectiva de que está en movimiento, cualquier
delimitación conceptual (y por lo tanto teórica) que se haga de
ella expresa un momento y también la posibilidad de otros nue­
vos. Por eso cualquier límite conceptual reviste simultáneamen­
te una doble condición: ser un producto al mismo tiempo que
ser un producente. De ahí que la conformación de contenidos
manifieste un momento que necesariamente está abierto a lo
que devenga desde esa potencialidad que constituye lo indeter­
minado que lo trasciende. El momento, a su vez, al implicar
una situación dada y la posibilidad de su devenir, constituye la
objetividad en tanto historicidad, la cual puede asumir diferen­
tes modalidades que representan distintas formas de incorpora­
ción de lo no dado en lo dado de la realidad.
Si desde este marco discutimos la naturaleza de las relacio­
nes gnoseológicas que pueden establecerse, tenemos, por una
parte, que el conocimiento propiamente dicho requiere de un
referente delimitado de lo real, mientras que la sola actividad
de pensar o ver el devenir de un momento (sin pretensión de
transformarlo en contenido de explicación) puede ser ajena a
esta exigencia, de ahí que no todas las formas de aprehensión
75
racional reconozcan el mismo tipo de estructuración concep­
tual (véase Apéndice, p. 97). Lo que resulta importante de des­
tacar en esto es la necesidad de complejizar la relación del
sujeto con la realidad, de tal suerte que se amplíen los espa­
cios de la experiencia y, en consecuencia, de lo que es posible
razonar gnoseológicamente. Por lo tanto afirmamos que en la
medida en que se expanden las posibilidades de apropiación,
la realidad se subjetiviza en ámbitos más extensos, a la vez
que la misma subjetividad se enriquece al quedar abierta hacia
lo inédito de aquélla.
La propuesta de una mayor complejidad de la relación de
conocimiento sugiere que ésta no se contenga en una serie de
paradigmas cognitivos ya establecidos, sino que más bien se
abra al reto de abordar realidades que escapan a esa clase de
esquemas. Pero una racionalidad impelida a traspasar los lími­
tes de la razón cognitiva significa tener que reaccionar frente a
su propia tendencia a la inercia, desplazando la relación con la
realidad a un plano más amplio e inclusivo, lo que a su vez
implica que el marco de la cognición se tenga que incorporar
y utilizar en forma abierta a otras realidades y, por lo tanto, a
otras modalidades de lenguajes fuera del analítico (como lo
pueden ser los lenguajes simbólicos) que, sin ser cognitivos,
cumplen una función gnoseológica. En esta línea de conside­
raciones a que alude una concepción ampliada de racionali­
dad, se plantea la necesidad de incorporar otras dimensiones
del sujeto como la volitiva, que tiene correspondencia estrecha
con otras exigencias no teóricas, como pueden ser las de natu­
raleza ideológica y valórica, demandando con ello también
una extensión de la noción de realidad. La inclusión, entonces,
de otras esferas que no se subordinan a la razón cognitiva
lleva al conocimiento a transitar desde el plano en que su defi­
nición es realizada, a partir de corpora teóricos, hasta ubicarlo
en función de una exigencia de horizontes; exigencia que bajo
nuestra óptica alude a la historicidad como forma de pensar.
En esta perspectiva la historicidad es parte del conocimiento,
como aquel contorno que contribuye a darle movimiento y es­
pecificidad al significado de los objetos construidos.
En consecuencia, el conocimiento es para nosotros sólo
una forma particular de apropiación que reconoce su carácter
76
más general en la posibilidad de dotar al sujeto de una capaci­
dad para ubicarse en un momento histórico y poder reactuar
sobre sus circunstancias.
De ahí que se proponga una relación con la realidad que,
basada en el reconocimiento de su riqueza y diversidad, incor­
pore modos de apropiación, exigencias y funciones gnoseológi-
cas, cuya articulación sea respuesta a una noción de objetivi­
dad entendida como la conjunción entre el objeto y su contor­
no, en virtud de que tal conjunción incluye otras realidades
que, no obstante no ser susceptibles de racionalidad analítica,
son parte del objeto delimitado.
Se manifiesta entonces, en lo expresado,' una subordina­
ción (en tanto inclusividad) de lo cognitivo a lo gnoseológico,
que a su vez reconoce una tensión con la dimensión volitiva.
Por eso, la construcción de la relación con la realidad termina
cimentándose en la tendencia hacia una ampliación de la ca­
pacidad gnoseológica, así como en el cuestionámiento ideoló-
gico-valórico asociado con la voluntad. Tramas complejas que
se pretenden abarcar en el plano definido por la relación de
conocimiento, ya que es ahí donde puede encontrar un espa­
cio la construcción de la conciencia histórica del sujeto. La
historicidad, por consiguiente, cumple con una doble función
en la apropiación de la realidad: por una parte ser contenido
de una racionalidad gnoseológica, en sentido amplio y, por
otra, ser práctica posible de una voluntad que se levanta para
reactuar sobre el campo de determinaciones que la condicio­
nan y limitan.
Ahora bien, desde esta raíz nos adentramos en la proble­
mática interna de la función gnoseológica cuando se analiza
en el terreno de la conciencia histórica. Lo que lleva a retomar
y definir como base de las reflexiones la apertura del límite
conceptual; apertura que resulta de la tensión entre el conteni­
do y su contomo, y la cual se hace presente por la simple
consideración de lo posible de darse en la medida en que su­
pone incorporar lo potencial. Con ello volvemos a colocamos
ante el problema de la historicidad, que en esta oportunidad
será analizada desde dos aspectos fundamentales: a) la histori­
cidad como forma constitutiva de razonamiento y sus corres­
pondientes problemas lógico-epistemológicos; en este sentido,
77
se referirá a las distintas modalidades que ella puede asumir
para incorporar a lo no dado (motivo del presente capítulo); y
b) la historicidad en su capacidad para construir la relación de
conocimiento, que alude al modo de organizar el movimiento
interno del razonamiento exigido por el devenir de la realidad
(lo que trataremos más adelante).
Comenzando con el primer aspecto, diremos que la histori­
cidad puede revestir distintas modalidades que cumplen la fun­
ción de tomar distancia respecto de los parámetros que definen
lo que es determinable y, por lo tanto, lo que está cerrado a lo
indeterminado de la realidad. De esta manera, la función crítica
de la historicidad radica en trasladar al eje del razonamiento
hacia lo no dado, de tal forma que pueda colocarse ante la
realidad en sus aspectos «no visibles», es decir, frente a aque­
llos que se encuentran en estado de potencialidad. Empero, ello
es posible siempre que se garantice el movimiento del razona­
miento; es decir, pasar desde lo articulado (que como lo dado o
lo devenido constituye un parámetro) a su articulabilidad en
función de nuevos contenidos (y, en consecuencia, de nuevos
parámetros). Así, el razonamiento se ubica ante una exigencia
de especificación creciente que obliga a romper con los conte­
nidos establecidos. En suma, junto con el reconocimiento explí­
cito de lo dado, se plantea la exigencia de distanciamiento que
tiene el papel de descubrir lo potencial de la realidad y así reco­
nocer opciones de teorización y/o de prácticas sociales.

El movimiento: horizonte de la razón

El movimiento de la razón hacia lo indeterminado se aso­


cia con una transformación del concepto de realidad, ya que
ésta, de ser un objeto de la conciencia cognitiva, se convierte
en objeto de una conciencia gnoseológica que puede reconocer
realidades no necesariamente teorizables; asimismo, deviene
en objeto de una voluntad de acción capaz de transformar lo
potencial en realidades tangibles. Entonces, las modalidades
de la historicidad y el correspondiente movimiento del razona­
miento constituyen las dimensiones básicas de un pensamien­
to abierto.
78
Lo anterior implica romper con los encuadres preestableci­
dos para poder construir nuevos recortes que permitan apro­
piarse de lo indeterminado de la realidad al abrirse hacia lo
excluido por los parámetros anteriores: incorporar los horizon­
tes problemáticos que conforman el contorno de los objetos
teorizables, o bien de las prácticas posibles. A partir de ello
nos enfrentamos con el pensamiento, no simplemente como
un problema de sociología del conocimiento, sino desde la
perspectiva de un conjunto de proposiciones lógico-epistemo­
lógicas críticas que respondan al desafío de irrumpir en la es­
tructura dogmática de la razón, en tanto ésta refleja una deter­
minación de lo real sin incorporar su devenir. Sin embargo,
pata elaborar una normativa crítica se debe encontrar un eje
que sirva pára dar cuenta de la apertura del pensamiento, en
la medida eh que se trata de construirlo desde su misma histo­
ricidad. Se requiere para ello de una organización lógica que
facilite un acto imaginativo y de invención para aprehender las
diferentes formas en que se articulan los mundos inéditos y
cristalizados de la realidad.
Tal desafío encama en la necesidad de una relación gno-
seológica a partir de lo indeterminado, ya que en toda deter­
minación siempre hay una necesidad que trasciende a su con­
tenido, lo que es propio de una noción de realidad inacabada.
Idea que nos lleva a centrar el debate en tomo al siguiente
punto: si la realidad es movimiento que puede articularse en
una vastedad de formas posibles, entonces determinar sus posi­
bilidades equivale a concretar su indeterminación, la cual, en
tanto devenir, no tiene contenido para el razonamiento, pero sí
plantea para éste la necesidad de su inclusión. Así, la determi­
nación de lo posible equivale a la concreción de la necesidad;
por eso, en este tipo de racionalidad fundada en la noción del
movimiento de la realidad, la posibilidad como necesidad in­
cluye la contradicción, pues mientras la primera constituye el
proceso mismo de la concreción de lo indeterminado, la con­
tradicción se refiere a la naturaleza específica que puede asu­
mir dicha concreción; por lo tanto, los modos de concreción
de lo indeterminado no se agotan en la contradicción, sino que
tienen que considerarse a la luz de las posibilidades en que pue­
de articularse el movimiento.
79
En consecuencia, el razonamiento, al desplegarse con base
en este movimiento intemo, se desplaza del contenido hacia el
contomo, y de éste nuevamente al contenido, pero ahora re­
descubierto a partir de entenderlo configurado por un límite
abierto.

Las modalidades de historicidad

Como se señaló anteriormente, constituyen diferentes for­


mas de apropiación de lo no dado en lo dado de la realidad en
el marco de la gestación de contenidos posibles que pueden
hacerse desde distintos ángulos. Así, planteamos los siguientes:
Cuando se incorpora lo posible en función de la necesidad de
lo indeterminado estamos hablando de la historicidad como
construcción de parámetros. Cuando se trata de definir lo posi­
ble bajo la óptica de una complejidad creciente de lo dado, la
historicidad se plantea como exigencia de especificidad. Por últi­
mo, cuando se ubica lo posible a la luz de la potenciación o
construcción de realidades, la historicidad se asume como con­
creción de contenidos.

Historicidad según parámetros


Si cualquier contenido conceptual es la manifestación de
un determinado marco parametral, la historicidad plantea su
ruptura en razón de que en este contenido dado se incluye la
posibilidad de su transformación posible; de ahí que un conte­
nido delimitado exprese además la absorción de nuevas reali­
dades como resultado de la potencialidad y discontinuidades
de los procesos reales. De esta manera en el contenido deveni­
do se refleja tanto un momento, producto determinado, como
una secuencia que se refiere a lo indeterminado del mismo (si
es que atendemos a su movimiento). Aquí los parámetros con­
figuran el límite del conocimiento que refleja un momento de
su construcción. Bajo esta perspectiva la historicidad como
forma de apropiación es el momento que define el significado
del conocimiento acumulado.
80
Historicidad como exigencia de especificidad
Cuando entendemos la historicidad como exigencia de es­
pecificidad nos ubicamos ante la necesidad de articular las
distintas posibilidades que pueden conformar la urdimbre de
la realidad. Eso significa considerar la situación problemática
en la cual se determina el contenido de lo devenido; por lo
tanto, la historicidad consiste en la misma construcción de las
determinaciones, ya que ésta no puede resolverse por medio
de una mera delimitación de acuerdo con un corte cronológi­
co, sino más bien en la capacidad para atender el ámbito don­
de el despliegue del movimiento se dota de una cualidad para
ser punto de partida de otras realidades. En esta modalidad la
historicidad cumple el papel de ser mediadora entre la teoría y
la realidad, en función de constituir un campo de problemas
que, respondiendo a la exigencia de articulación, obliga al ra­
zonamiento a abarcar otras determinaciones de contenidos
que pueden ser y son diferentes a aquellos que han sido defini­
dos en el interior de los corpora teóricos. En esta línea el pro­
blema de la especifidad se traduce en la necesidad de cons­
truir los contenidos de los conceptos que se usan para dar
cuenta de la determinación, de tal suerte que respondan a la
exigencia de su articulabilidad.

Historicidad como concreción del contenido


Por último, esta tercera acepción de la historicidad consiste
en precisar los contenidos que permitan influir sobre la reali­
dad y, simultáneamente, llegar a determinar nuevos campos
de objetividades posibles.
De lo expuesto se desprende que la historicidad significa el
movimiento de la razón y de sus teorizaciones, por medio del
cual se incluye a éstas en lo indeterminado; de tal manera que
el conocimiento producido muestre su apertura hacia nuevos
campos de la realidad, los cuales, aun cuando impliquen dife­
rentes mecanismos, se refieren en su conjunto a la realidad
como lo que es construible.

81
En efecto, cada una de estas modalidades de historicidad
permite diferentes enunciados de gestación de contenidos que
se caracterizan por ser un ángulo particular desde el cual se
busca captar la realidad. Así, en la historicidad según paráme­
tros, en tanto se enfatiza la función de lo indeterminado, la
inclusión de lo no dado se realiza con base en lo posible como
lo necesario de ser incluido en cualquier delimitación de lo
real, lo que plantea el problema de los contenidos en cuanto a
su posibñidad lógica; en cambio, en la historicidad según la
exigencia de especificidad, la función de incorporar a lo no
dado en una articulación inclusiva subraya la necesidad de lo
constituyente, lo que plantea el problema de cómo realizar la
determinación formal y su relación con la especificación de
contenidos que tiendan a transgredirla.
En estas dos modalidades sé plantea lo determinable de la
realidad desde un doble requerimiento lógico-epistemológico:
desde lo necesario como posible y desde la articulación como
especificación creciente, cuya conjugación se traduce en la
apertura del objeto.
En cambio, la tercera modalidad de historicidad, al enfren­
tar lo determinable de la realidad desde la exigencia de lo
Construible, vincula el conocimiento con la práctica. A diferen­
cia de las anteriores modalidades ésta no se refiere a una sim­
ple exigencia lógico-epistemológica sino más bien a una de ca­
rácter teórico-política.
Sin embargo, ya sea desde la perspectiva de lo necesario y
de la articulación, o de la construcción, se plantean problemas
que nos llevan a abordar el concepto de realidad como lo de­
terminable.

La realidad determinable

Podemos decir que si la realidad es lo determinable, en­


tonces no hay otro contenido de ella que el conjunto de
relaciones que resulta de la articulación entre el límite de
lo dado y lo que es posible de darse. Por eso, hablar de la
ampliación de la temporalidad de un fenómeno o de un
proceso significa que ésta pueda transformarse en la pro­
82
piedad de un objeto más inclusivo, en vez de ser la mani­
festación de las variaciones del objeto inicial; lo que puede
llevar a la conclusión de que el objeto más explicativo lo es
por ser el más inclusivo. No obstante, puede ocurrir tam­
bién que el objeto más inclusivo no implique modificacio­
nes en el objeto inicial, pero que, en cambio, exija recono­
cer los distintos tiempos que están asociados con sus ele­
mentos componentes.
Las alternativas arriba señaladas conforman distintas ex­
presiones en que puede concretarse la determinabilidad de lo
real con base en la ampliación de su temporalidad, según la
lógica de la inclusión: a) estar en presencia de un movimien­
to que involucra cambios cualitativos en el objeto inicial, o
b) enfrentar estrictamente una mayor complejidad del mismo
objeto como resultado de las nuevas relaciones que se vayan
explicitando (ilustración de lo último es el objeto «capacidad
de decisión en un partido», que está incluido en la «pecesidad de
decisión en el marco de un proyecto», el cual, a su vez, no
adquiere significación más que en el contexto del interés social
que representa).
Sin embargo, tanto en una como en otra la lógica de la
inclusión es parte de la problemática que alude a la necesidad
de conjugar la realidad como producto-dado con su dimen­
sión de producente-dándose. Ahora bien, si esta última inclu­
ye a la primera, el tiempo como criterio del movimiento no
puede limitarse a ser un parámetro, sino que tiene que trans­
formarse en una exigencia de despliegue de lo dado; lo que
significa ubicar el fenómeno que se trata de conocer en una
temporalidad que incluya lo dado en lo dándose, o sea, en su
devenir.
Por consiguiente, se distingue una doble condición en el
fenómeno: por una parte ser articulante de otro u otros y,
como tal, eje de un conjunto de fenómenos, y por otra, ser
articulado por otro. Tal carácter nos lleva a señalar que la ob­
jetividad de un fenómeno radica precisamente en atender a su
despliegue, lo que obliga a controlar los sesgos teóricos deriva­
dos del hecho de que los conceptos son asimétricos desde el
punto de vista de los tiempos que reflejan; por ejemplo, algu­
nos conceptos son el producto de recortes de coyuntura, mien­
83
tras que otros corresponden a momentos históricos más pro­
longados o periodos.1
De lo señalado podemos desprender distintas líneas de re­
flexión, como por ejemplo: ¿qué significa asimilar la larga du­
ración en los estudios que no son historiográficos? Considera­
mos que la respuesta debe buscarse por el lado de la articula-
bilidad del fenómeno de que se trate, ya sea como articulador
o como articulado que, al ubicar al fenómeno particular en
despliegues temporales más complejos e inclusivos, permita
recuperar la historicidad de éste en cuanto posibilita determi­
nar su especificidad.
Desde esta perspectiva, el tiempo se desontologiza, pues
deja de ser considerado como una propiedad de la realidad
para convertirse en una función epistemológica, en cuanto for­
ma parte de una lógica categorial tendiente a la búsqueda de
la especificidad creciente (que exige romper con los paráme­
tros establecidos). La importancia de ello estriba en no limitar
la objetividad a la delimitación que hacen recortes predetermi­
nados, que lleva a concebir los contenidos dados de una reali­
dad y sus conceptualizaciones como un problema de articüla-
bilidad: que el fenómeno simultanéamente sea entendido
como un momento y en una secuencia; esto es, como una
apertura de lo dado en el tiempo. Despliegue temporal que se
vincula estrechamente con la determinación histórica en tanto
ésta es una forma de apertura, en la medida en que incluye la
doble dimensión de producto-dado que se articula en el mo­
mento, y producente-dándose que constituye la secuencia en
su articulabilidad. En este sentido, por ejemplo, un conflicto
social que observamos en términos de un movimiento laboral
en una industria no es más que un síntoma de cómo esa situa­
ción forma parte de un proceso de desarrollo de «lo laboral»
en general y de «la organización de la producción», los cuales
reconocen un desenvolvimiento más amplio que el conflicto
particular que ha servido de punto de partida.
Por lo anteriormente expuesto decimos que la exigencia de
despliegue lleva a concebir la objetividad como una dialéctica

1. Habíamos anticipado algunas ideas en el volumen I de Los horizontes de la ra­


zón, capítulo IV, apartado «Historicidad y especificidad del conocimiento», pp. 169-182.

84
éntre el cierre y la apertura de los contenidos, la cual subyace
en las múltiples modalidades de concreción de la realidad. Así,
utilizando otra ilustración, vemos que las propiedades del fe­
nómeno Estado se muestran en su capacidad de reproducción
transcoyuntural, pero mediante los diferentes tipos de regíme­
nes políticos en que va cristalizando la relación momento-
secuencia.
En razón de ello, retomamos el punto de la determinación
histórica y reafirmamos que ésta, al apoyarse en el dándose de
la realidad para definir el límite de sus contenidos, represen­
ta la apertura de lo dado. Por lo mismo, este tipo de determi­
nación signa la objetividad como una secuencia de momentos,
sirviendo cada uno de ellos de base para un razonamiento
orientado hacia el devenir posible o, en términos más abstrac­
tos, hacia lo determinable de lo indeterminado. Bajo esta pers­
pectiva, cabe decir que las potencialidades contenidas en la
realidad obligan a trabajar con la historia como construcción y
ya no sólo como producto o como resultado.2 Concebir la his­
toria no sólo como el pasado de algo que imprime una huella
indeleble, sino, sobre todo, como presente en que se conjuga
lo dado en lo dándose, el cierre con su apertura, y cuya articu­
lación se realiza mediante las prácticas de los sujetos en el
esfuerzo por construir su utopía.
Ahora bien, en el plano epistemológico la argumentación
anterior corresponde a una forma de razonamiento flexible
ante las mutaciones de la realidad, en forma de poder abrirse
a ellas rompiendo con sus propios límites, en los que destaca­
mos los teóricos. Forma de razonamiento a la que hemos de­
nominado pensar categorial.

Posibilidad y contenido
El pensar categorial se traduce en el reconocimiento de
contenidos que pueden construirse; o sea, en primera instan­
cia, que sean lógicamente posibles. Requiere por lo mismo que

2. Hemos procurado desarrollar en forma más detallada un planteamiento en


esta dirección en nuestro trabajo De la historia a la política, op. cit., primera parte.

85
se hagan ciertas consideraciones formales. Si nos atenemos a
que la realidad es abierta, pero a la vez activable, en el sentido
de ser una construcción de la práctica, surge la cuestión de
diferenciar entre aquel plano que podemos denominar teórico-
explicativo y el del examen y transformación de obstáculos
para determinar prácticas sociales. Distinción que nos ha lle­
vado a sostener, desde el principio, que el ámbito de la racio­
nalidad trasciende los límites de las funciones cognitivas, lo
que se expresa en las implicaciones de la aprehensión y en el
proceso posterior de la conceptualización cuando se incluye la
relación que es propia de la voluntad de acción.
En esta línea se puede afirmar que la relación particular
sujeto cognoscente y objeto teórico, tan privilegiada en las teo­
rías del conocimiento, queda incluida en otra más general que
se enuncia como la relación entre razón y realidad, en virtud
de que la primera se ubica en la esfera restringida de la cogni­
ción explicativa. El problema del conocimiento, en la medida
en que no sea confinado a la explicación, nos lleva a otras
dimensiones que van más allá del punto referido a cómo el
mundo de lo sensible llega a convertirse en conceptos, para
ubicarse en la cuestión de cómo la realidad puede ser tomada
desde el ángulo de las consecuencias que tiene sobre el desen­
volvimiento del hombre y de su capacidad para reactuar sobre
ella en tanto objeto de su práctica.
Esta forma más genérica que adquiere la presencia de lo
real y la relación de apropiación que se establece con ella, nos
hace proponer dos modalidades de contenidos: mientras que
la relación de aprehensión-conceptualización es el espacio pro­
pio de los contenidos de la explicación, la relación propia del
reconocimiento y transformación de obstáculos da lugar a los
contenidos de viabilidad.
Lo significativo de esta distinción radica en el carácter que
puede asumir la naturaleza de los objetos construidos en el pro­
ceso de determinación de la realidad. Así, vemos que en el pri­
mer caso el objeto tiene el papel de determinar lo real en for­
ma de convertirlo en contenido de pensamiento teórico; en cam­
bio, los contenidos de viabilidad, al estar delimitados en fun­
ción del desarrollo de una potencialidad, devienen en la deter­
minación de una construcción signada por la voluntad que se
86
refleja en la práctica. En este último caso, y a diferencia de la
relación cognoscitiva, el objeto no proporciona necesariamente
un contenido susceptible de ser teorizado, ya que se constituye
en sí mismo como un parámetro desde el cual pueda definirse
■ qué es lo posible de construirse. Sin embargo, el común deno­
minador para ambas situaciones radica en la necesidad de re­
conocer contenidos posibles.
Estos plantean, efectivamente, tener que organizar una ra­
cionalidad orientada a contrapesar su tendencia a la reifica-
ción. Es aquí donde volvemos a constatar la factibilidad para
recuperar la función crítica de la dialéctica, de manera que
puedan estimularse formas de razonar que traspasen los lími­
tes de lo establecido y aceptado, más allá de cualquier verdad,
valor o dogma.
La dialéctica contiene la posibilidad de evitar el anquilosa-
miento de la razón, su congelación, sus extravíos valóricos, sus
compromisos por inercia. Es una base para garantizar la obje­
tividad de la razón cognoscitiva porque facilita la'libertad del
pensamiento en cuanto capacidad para controlar sus determi­
naciones. La dialéctica significa, por eso, elevar a instrumento
de trabajo gnoseológico y científico el momento de la ruptura
entre lo pasado, que se acumula, y el presente, que se descu­
bre, con o sin relación con ese pasado. Es la forma que asume
la crítica como categoría del pensamiento abstracto. Es la ubi­
cación respecto «del cualquiera», empleando la expresión ba-
chelardiana, con lo que se quiere indicar que la función crítica
encuentra su espacio de concreción en la construcción de
cualquier objeto. Es la construcción que representa el punto
de fusión entre lo develado y lo por descubrirse, que, en el
marco gnoseológico, se hila en un doble plano: el de lo virtual,
que como posibilidad puede implicar una discontinuidad con
lo ya habido, y el de lo teórico, que como acumulación puede
significar una continuidad con el mismo.

El instrumento lógico de la apertura racional

El pensar categorial contribuye a potenciar las posibilida­


des de aprehensión. Posibilidades que exigen un nuevo uso de
87
los instrumentos lógicos, que sirven para organizar el pensa­
miento o bien generar otros que sean apropiados para dar res­
puesta a las necesidades de objetividad que plantea el momen­
to. Debido al carácter mutable de dichos requerimientos, re­
sulta indispensable cuestionar aquellas formas lógicas que, du­
rante siglos se ha sostenido, son comunes a cualquier desafío
epistemológico, ya que el no hacerlo puede llevamos a supo­
ner que diversas exigencias epistemológicas (planteadas según
la naturaleza que asume la relación con la realidad) pueden
resolverse en el interior de los mismos principios lógicos, en la
circunstancia de que el proceso es el inverso. En este sentido,
lo que proponemos con el pensamiento categorial es sustituir
los imperativos lógicos de las reglas metodológicas por una
recuperación del movimiento de la razón por medio de la dia­
léctica: rescatar el problema lógico en el plano de un razona­
miento no restringido a lo formal sino abierto a relaciones
más amplias e inclusivas con la realidad.
Si en esta discusión tomamos un principio lógico básico
como el de no-contradicción, podemos ver que su forma para
organizar el pensamiento, al asumirse como el modo más ge­
neral en que se determina la realidad, deviene necesariamente
en el contenido de la misma; quedando restringida, en conse­
cuencia, la exigencia epistemológica al imperativo lógico. En
otras palabras, la captación del contenido, en la medida en
que se somete a los requisitos formales, prescinde de las espe­
cificaciones propias de sus niveles constitutivos y de su des­
pliegue temporal, ya que incorporar tales dimensiones obliga­
ría a subordinar las formas lógicas de la determinación, que
impone el principio de identidad, a las exigencias epistemoló­
gicas que demandan la apertura del razonamiento; es decir,
significaría romper con el límite que impone la no-contradic­
ción. De ahí que, desde la perspectiva de los requerimientos
epistemológicos señalados, el principio de no-contradicción
tenga que subsumirse a una forma que pueda reflejar la objeti­
vidad que subyace a cualquier identidad; lo cual se refleja en
la posibilidad de que la identidad del fenómeno se reencuentre
en muchas identidades que pueden ser simultáneas. En conse­
cuencia, la verdad lógica del principio de no-contradición pue­
de ser compatible con una pluralidad de objetividades posibles
88
en que la realidad del fenómeno se materializa, según sean los
parámetros que sirvan de referencia para formular proposicio­
nes sobre su contenido.
Lo anterior nos obliga a plantear en qué consiste la especi­
ficidad de los contenidos y su relación con los principios lógi­
cos de la determinación según el principio de identidad. En
verdad, si queremos encontrar su especificidad, tendría que
pensarse que si la realidad es siempre determinada, aunque
sea contradictoria, no significa que dicha determinación pueda
confundirse con el único contenido que impone la identidad.
La generalidad de este principio no autoriza a pensar que
abarque todas las formas de presencia que puede asumir lo
real, ya que como principio es una generalidad en la forma de
pensar, pero dentro de los límites de una realidad dada. En
efecto, si nos colocamos en la perspectiva de la realidad, como
dándose, el principio de identidad como determinación lógica
del pensamiento tiene que supeditarse e incluirse en otro: el
principio de objetivación que incluye lo no-dado como conteni­
do en función de una exigencia de articulación. Esto significa
que se incorpora la diferencia en la identidad, concebida ésta,
a su vez, como momento. La objetivación en este caso es la
simple negación del momento, pero sin llegar a afirmar nin­
gún contenido, ya que sólo representa la incorporación del
movimiento en el proceso mismo de determinar el pensamien­
to (lo que es congruente con la idea de despliegue temporal
del objeto). Se diferencia de la contradicción en que ésta,
como lo hemos señalado, está referida a contenidos más preci­
sos y, por lo tanto, posibles de teorizarse.
De acuerdo con el principio de no-contradicción, la organi­
zación del pensamiento se realiza sustrayendo el tiempo, mien­
tras que hacerlo en el marco de la articulación obliga a que el
pensamiento, para ser congruente consigo mismo, tenga que
abarcar el decurso del tiempo. Así, en tanto la identidad refie­
re a la primera modalidad de determinación, pues supone re­
presentar todas las posibles formas de concreción sin incorpo­
rar su despliegue, la objetivación responde a la segunda moda­
lidad, al incorporar la multiplicidad de concreciones que pue­
den estar contenidas en la identidad. El problema de fondo, en
consecuencia, es la función del tiempo en la determinación del
89
pensamiento a la luz de dos cuestiones: primero, delimitar un
contenido y segundo, organizar su apertura.
La discusión anterior recupera la relación entre los princi­
pios lógicos y los supuestos epistemológicos que subyacen a
ellos. No podemos en realidad examinar las formas lógicas si
no es en relación con la epistemología que les sirve de funda­
mento, en tanto que estas últimas son expresadas en aquéllas.
Por todo lo anterior, las exigencias epistemológicas pueden
requerir un manejo diferente de las mismas formas lógicas si
es que no han dado lugar a la creación de otras nuevas, en la
medida en que responden a la exigencia de objetividad según
la dialéctica entre razón y realidad. Así, la premisa «A es A» o
«A es igual a B» es parte de una forma de razonamiento dife­
rente de aquella que plantea que «A no es no-A». En el primer
caso estamos hablando de una forma lógica bajo la cual el
razonamiento está fuera del tiempo, o bien donde se reduce
un objeto a otro. En cambio, cuando decimos «A no es no-A»
vemos que la identidad deviene en una diferencia, es decir,
estamos incluyendo la diferencia en la identidad transforman­
do su papel en la determinación del pensamiento, si es que se
pretende captar el movimiento de la reahdad. La identidad es
concebida, por lo tanto, en función de un momento que está
desplegándose en secuencias.3
Lo anterior significa subordinar la organización lógica de
lo dado a la exigencia epistemológica de lo dándose, pero ha­
cerlo significa diferentes posibilidades de cognoscibilidad; de
ahí que tal distinción lleve, entre otras muchas cosas, a revisar
el concepto de estructura y de proceso, por cuanto el movi­
miento de la realidad enfrenta el razonamiento ante la necesi­
dad de pensarla desde el supuesto de una «tendencia hacia
algo», que envuelve a «ese paso incesante del ser al no ser y
recíprocamente, a esta transición que la abstracción permite
analizar». Esto es, supone pensar en forma abierta hacia las

3. Hegel dice que la identidad en relación con la contradicción es la determina­


ción del ser muerto, mientras que la contradicción es la raíz del movimiento y de la
vida (Henri Lefebvre, Lógica formal, lógica dialéctica, México, Siglo XXI, 1972, p.
224). Se produce, por lo mismo, una subordinación del principio de identidad res­
pecto al de contradicción, pues «sin contradicción», la identidad se estanca. Tiene
que desganarse desde dentro para ser, para vivir, para devenir (ibíd., p. 225).

90
nuevas determinaciones que se vayan articulando y, con ello,
incorporar lo real que, estando todavía indeterminado, forma
el contenido posible de un movimiento hacia algo.4
De lo señalado podemos concluir que el movimiento, más
que ser una categoría del razonamiento, puede considerarse
como un criterio para generar relaciones abstractas orientadas
hacia lo nuevo e indeterminado de la realidad. Por eso, el mo­
vimiento es concebido como una articulación-dinámica y espe-
cificadora, ya que permite contruir categorías cuya función es
la de articular y de especificar, lo cual se asocia con un con­
cepto de realidad que la signa como unidad de lo diverso y
como multiplicidad de momentos.
En este marco, la contradicción viene a ser una categoría
que da cuenta de la dinámica, pero no necesariamente de la
objetividad, en razón de que ésta es función de la totalidad;
pero, a su vez, la totalidad tampoco puede, por sí misma, dar
cuenta del contenido específico si no es por medio de la re­
construcción de lo dado, según las relaciones posibles de pen­
sarse y descubrirse a partir del supuesto de la articulación.

Unidad, diversidad y contradicción

Otra de las implicaciones que se asocian con las modalida­


des que puede adoptar la realidad y que obliga a romper con
cualquier forma de lo dado es la misma idea de estructura, la
cual puede ser reemplazada por otra, como la del modo de
concreción, en la medida en que la primera, tal como se ha
utilizado, remite a un razonamiento basado en relaciones de
determinación (como las que representa la estructura teoriza­
da), mientras que lo segundo responde a una necesidad de con­
tenidos; de ahí que tengamos que preguntamos ¿qué es un
contenido?
En un plano epistemológico, entendemos por contenido la
4. Como se ha afirmado, «no se trata de decir que esta casa existe y no existe a la
vez, pues sería la misiria cosa que si yo soy o no soy. De lo que se trata es de afirmar
que esta casa no puede aislarse ni de sus relaciones con el resto del mundo ni del
devenir de ese mundo. Es y no será, encontrará su “fin" que ya está envuelto en las
relaciones de la casa con el resto» (ibíd., pp. 220-221).

91
unidad de lo diverso en su despliegue temporal; sin embargo,
la multiplicidad propia de la diversidad de ion mismo momen­
to también connota una multiplicidad de momentos a pesar
del recorte parametral que se tenga como referencia. De ma­
nera que un contenido representa, simultáneamente, una uni­
dad de lo diverso, pero, también, una multiplicidad de mo­
mentos que exigen ser conjugados si queremos aproximamos
a la objetividad del mismo.
Ahora bien, si el contenido incluye la unidad de lo diverso,
nos tenemos que preguntar cómo éste puede ser o no contra­
dictorio, pues lo contradictorio subyace en lo diverso. En este
sentido, la determinación material que se realiza con base en
el principio de identidad conforma do concreto del contenido
como unidad de lo diverso, pero, al dejar de lado la necesidad
de conjugar los momentos que son parte del mismo, reduce el
principio de identidad a una modalidad de lo diverso que no
es contradictoria. En esta línea, el principio de identidad cum­
ple la función de determinar la unidad de lo diverso en un
momento dado; por lo tanto, está referido sólo a una parte de
lo concreto.
Por su parte, si la contradicción es un modo particular que
puede asumir la articulación entre momentos de la realidad,
entonces cumple la función de determinar los diferentes mo­
mentos en que se puede encontrar la unidad de lo diverso, en
vez de limitarse a decir cómo esta unidad se manifiesta en un
momento dado.
En esta dirección, se puede afirmar que la unidad de los
contrarios (no ya de lo diverso) constituye una forma de dar
cuenta de la secuencia del contenido de lo concreto. Pensada
desde la contradicción, la unidad de los contrarios es la posibi­
lidad de desenvolvimiento de un contenido dado, que puede
revestir distintas modalidades de potenciación, según sea la re­
lación que se establezca entre el contenido como unidad de lo
diverso y el contenido como articulación entre momentos en
un determinado recorte.
Apoyados en esta relación entre la unidad de lo diverso y la
articulación entre momentos, la estructura cumple la función
de delimitar el proceso de lo real: fija modos para resolver el
problema del devenir. Sin embargo, esta función debe ser ana­
92
lizada desde una óptica más amplia, pues se trata de concebir
la concreción de la realidad objetiva como muy variada sin
reducirla a una modalidad particular. Ilustración de esta re­
ducción es la confusión que frecuentemente se establece entre
permanencia (o «mismidad», para emplear el término utiliza­
do por Nicol)5 e identidad; lo que obliga a aclarar la relación
entre tiempo y estructura.

-El tiempo del futuro: un desafío a la estructura

Ya decíamos que el tiempo es un criterio procesual para


entender el movimiento de la realidad sin supeditarlo a deter­
minaciones previamente establecidas, de manera de no conge­
lar sus modos de concreción. A este respecto se puede hablar
de dos funciones básicas del tiempo: constituir un marco para-
metral y dar cuenta del despliegue de los procesos, esto es, de
su ritmo.
En este contexto, el concepto de estructura expresa la ar­
ticulación de un ritmo (por lo general identificado con un rit­
mo lento de cambio) con una conjunción entre niveles y mo­
mentos, es decir, con una determinada modalidad de concre­
ción. La estructura debe entenderse, en consecuencia, como
una forma particular para organizar el tiempo, concebido éste
como despliegue posible del fenómeno; por eso, en la medida
en que el modo de concreción de lo real expresa la interacción
dinámica de la articulación entre niveles y momentos, viene a
ser un concepto más inclusivo que aquélla, pero además por­
que no prejuzga teóricamente acerca de su contenido; por el
contrario, privilegia sobre el contenido al movimiento entre ni­
veles y momentos, según como se esté dando en el despliegue
temporal del fenómeno.
En relación con este proceso de articulación entre niveles y
momentos, el concepto de estructura ha ido perdiendo cada
vez más su capacidad para organizar lo dado, en tanto se ha
utilizado dejando de lado la exigencia del movimiento. El con­

5. Eduardo Nicol, La idea del hombre, México, Fondo de Cultura Económica,


1977, pp. 11-12; 107-108.

93
tenido de la estructura ha terminado por ser aquel que definen
determinados marcos teóricos establecidos, mientras que las
modalidades de concreción, en virtud de ser respuesta a la exi­
gencia de transformación de lo no dado en un contenido posi­
ble de determinarse, cumplen una función epistemológica más
clara. En este marco surgen preguntas del siguiente tenor:
¿cómo se define, efectivamente, la relación entre estructura y
procesos?, ¿pueden acaso distinguirse entre sí?, ¿en qué se
puede fundamentar su diferencia?, ¿no perturba esta distin­
ción la noción de objetividad, en cuanto ésta implica diferen­
tes formas de organizar el tiempo en su función de objetivi-
zar el razonamiento?, ¿cuál de estos dos conceptos (modalidad
de concreción o estructura) responde mejor a una exigencia de
construcción del conocimiento, y cuál, más bien, a una simple
organización teórica?
Más que llegar a afirmaciones conclusivas en pro de uno u
otro concepto, interesa destacar que la idea de movimiento
objetivo requiere de una forma de razonamiento abierta a lo
potencial; forma racional que plantea tener que pensar en
lo que es posible como contenidos necesarios, partiendo de
problematizar el contenido dado según la exigencia epistemo­
lógica de lo dándose y que, por lo mismo, no están prefigura­
dos en el interior de una estructura teórica. Se trata entonces
de pensar desde lo necesario.

Lo necesario como realidad

Constituir el pensamiento desde lo necesario significa hacer­


lo desde lo dado-actual en términos de su potenciación. Esto
es, no quedarse en el interior de los parámetros en que se orga­
niza la relación de determinación, ya que lo dado es sólo un
modo de darse, no pudiendo confundirse con lo real-objetivo.
Lo anterior permite diferenciar entre lo concreto como determi­
nación de lo posible y lo concreto como posibilidad teórica.
En la primera situación, lo concreto es concebido como la
exigencia epistemológica de contenido, mientras que como po-
sibiüdad teórica nos referimos a lo que ya está prefigurado por
una estructura conceptual formalizada que pretende expresar
94
la realidad «objetiva». Tal distinción se fundamenta en el pre­
dominio de la objetivación sobre lo determinado, de la apertu­
ra sobre el cierre, con base en la idea de privilegiar lo concreto
como determinación de lo posible que lleva a romper con los
parámetros que condicionan el ámbito de la teoría.
En efecto, lo concreto como determinación de lo posible
tiene sentido a partir del supuesto de que el pensar está orien­
tado hacia lo indeterminado, que, en virtud de carecer precisa­
mente de contenido, no es concebible más que como exigencia
epistemológica de nuevas determinaciones. En otras palabras,
lo real es el imperativo de objetivación del pensamiento, cuya
traducción descansa en la construcción de un marco de cate­
gorías mediante el cual el sujeto organiza sus nexos con la
realidad, ya sea que tales mecanismos de apropiación consis­
tan en una relación gnoseológica, y/o en una relación prác­
tica.6

El objeto virtual

El predominio de la objetivación nos enfrenta con el pro­


blema de las estructuras parametrales que, como señalábamos
en líneas anteriores, condicionan los modos de determinación
de la realidad y del pensamiento. Decimos que dichas estruc­
turas refieren a aquellas formas implícitas de organización de
los elementos, morfológicos de la realidad: las cosas se mues­
tran en el interior de conjuntos descriptibles, aparentemente
cristalizados, en los que cada una se relaciona con otra por su
sola co-presencia temporal. Configuraciones, entonces, que en­
caman en una estructura racional según la cual se ordenan las
cosas singulares.

6. La distinción anterior concierne al problema de la naturaleza de la relación


entre conocimiento (organización de contenidos) y práctica (potenciación de conteni­
dos). Efectivamente, si la determinación de lo indeterminado se entiende como rata
posibilidad teórica, significa que las acciones se deducen en vez de construirse a
partir del reconocimiento de lo potencial. A contrario sensu, transitar desde lo posible
a la determinación de lo indeterminado significa subordinar la lógica de los objetos
teóricos formales o de cualquier otra estructura racional al reconocimiento de lo
potencial

95
Más importante aún de destacar es el hecho de que tales
configuraciones preestablecidas conforman elementos básicos
de una cultura particular, entre los que podemos nombrar per­
cepciones de distancia, distribución del espacio, percepción del
tiempo, visiones, modos de entender y explicar la realidad.
Como hemos visto en el capítulo anterior, como un producto
del desenvolvimiento histórico-cultural, nos condicionan más
todavía que los esquemas teórico-conceptuales.
Por lo mismo las estructuras parametrales deben ser objeto
de un análisis crítico, al igual que cualquier otro tipo de aprio-
rismo, ya que influyen sobre el modo cómo se establece la
relación con la realidad. En esta perspectiva, su cuestiona-
miento adquiere plena significación cuando se trata de hacerle
frente a la inercia, en que, por virtud de ellas, se confina el
pensamiento. Tarea que no es concebible sino mediante el es­
fuerzo por construir la relación de conocimiento; es decir, me­
diante la tarea de explicitar el cimiento categorial en que se
apoya el conocimiento, llevando esto incluso al rompimiento
de los límites de la experiencia, ya sea que éstos sean función
del conocimiento acumulado o bien del desenvolvimiento de la
sociedad en un momento de su historia.
Llamamos objetividad, en este marco, al resultado y proce­
so de problematizar la relación que el sujeto establece con la
reahdad, ya que en ella, o por medio de ella, se determinan los
márgenes de cognoscibilidad, según sea la naturaleza de su
adecuación. Por lo tanto, lo objetivo consiste en la posibilidad
de transformar lo real, en tanto objetividad posible, en conteni­
do de apropiación.
Lo anterior significa destacar una forma racional que no se
restrinja a lo posible, según se desprenda del conocimiento
acumulado, cualquiera que sea su índole, sino que, con base
en la construcción de categorías fundantes, se puedan trascen­
der los límites fijados por los parámetros conceptuales y cultu­
rales. Por ello, una racionalidad de esta índole implica una
forma de pensar orientada hacia los contenidos que han sido
excluidos de cualquier determinación, pero que son lógica­
mente posibles; esto es, significa asumir la racionalidad del
objeto virtual. En verdad, con el objeto virtual se cuestiona la
estructura teórica a partir de consideraciones epistemológicas,
96
en la medida en que la apertura de lo dado (como estructuras
formales o simples estructuras conceptuales, o bien como lo
experiencial) se puede resolver mediante lo exigido por totali­
dades inacabadas. En este marco de discusión, no puede des­
conocerse la idea de que una metodología verdaderamente
dialéctica debería presentar nuevas formas de acercamiento
«sobre un objeto virtual para construirlo y realizarlo. Sería la
lógica del objeto posible o imposible».7
Por consiguiente, el esfuerzo por captar el movimiento de
la realidad demanda apoyarse en la exigencia de especificidad,
lo que supone reconocer los límites de la transformación cuali­
tativa. Se plantea así el desafío de construir y usar categorías
que permitan cuestionar las estructuras parametrales domi­
nantes, en lugar de limitarse a una simple ampliación del es­
pacio del conocimiento sin salirse de las condiciones acepta­
das como válidas. Se puede afirmar, por lo tanto, que cual­
quier conocimiento incluye un contenido virtual como mani­
festación de lo no devenido de la realidad, en el cual y desde el
cual se busca descifrar el enigma del futuro.

APÉNDICE
Con la Ilustración la preocupación pasa del análisis de la repre­
sentación y del conocimiento teórico al estudio de los afectos y pasio­
nes; pero, a diferencia del siglo xvn (como en el caso de Descartes y
Spinoza) dejan de ser considerados como perturbaciones del intelecto.
Las existencias sensibles, los impulsos y pasiones «no constituyen un
entorpecimiento del conocimiento, pues se muestran como el impulso
radical e imprescindible de todo acontecer anímico».8 Por eso Hume
pudo observar que la razón desempeña un papel subordinado, ya que

7. Cabe considerar si esta lógica del objeto virtual se corresponde o no con la


llamada inferencia transductiva basada en las leyes de transitividad. La transducción
siempre se queda en el marco determinado por las premisas, mientras que el objeto
virtual o posible rompe con los límites de la problemática definida en las premisas.
El objeto virtual se acerca, más bien, a «las lógicas concretas» vinculadas con la
«praxeologfa» (Henri Lefebvre, op. cit., pp. 17-18).
8. Emst Cassirer, Filosofía de la Ilustración, México, Fondo de Cultura Económi­
ca, 1975, p. 126.

97
depende «de las fuerzas psíquicas en vez de gobernarlas; no puede
funcionar sin ayuda de la sensibilidad y de la imaginación». Por todo
lo cual no se puede fundamentar el conocimiento racional en la rela­
ción causa-efecto, ya que ésta «no descansa en determinados princi­
pios universales y necesarios de razón», sino que es resultado de «un
puro instinto, de un impulso fundamental de la naturaleza humana
[...] que domina toda nuestra vida representativa».9 Voltaire a su vez
formula la opinión, compartida por Helvetius y Diderot, que «sin las
pasiones, sin los deseos de fama, sin ambición, sin vanidad, no es
posible imaginar ningún progreso».

9. Ibíd., p. 127.

98
m
LA CONSTRUCCIÓN DE LA RELACIÓN
DE CONOCIMIENTO

En la historia de la ciencia se revela cómo el pensamiento


ha sido caracterizado por un proceso complejo que reconoce
momentos de cierre y apertura asociados, respectivamente,
con el predominio de modos de explicar o con la prevalencia
de la crítica que ha llevado a su rompimiento.1 Sin embargo,
el desafío está en trascender la mera constatación de que tales
movimientos han tenido lugar, según se ha advertido a la ma­
nera de Khun, lo cual, sin negar la bondad de sus aportes,
puede restringimos al ámbito de una interpretación socio-
cultural de la ciencia, dejando de soslayo la posibilidad para
observar cómo en ellos subyace una dialéctica determinante
de las formas de razonamiento y, en consecuencia, de los uni­
versos gnoseológicos que imprimen una dirección al desarrollo
del conocimiento. Germen de una capacidad que es expresión
y enseñanza del papel protagónico del hombre en la lucha por
ubicarse en su tiempo.
Es así como esta dialéctica, motivo de nuestra preocupa­
1. Dedicamos un trábajo sobre .Ja historia de los rompimientos gnoseológicos al
tema de la creación de categorías en la historia del pensamiento, como expresión de
las grandes rupturas que han dado lugar a que la razón se abra hacia nuevas realida­
des o cambios en los ángulos desde los cuales se piensa.

99
ción, representa uno de los cauces en que lo histórico se mues­
tra como realización del pensamiento cuando se relaciona con
el tejido transformador de la práctica. De ahí que en el capítu­
lo anterior hayamos abordado el problema de la historicidad y
sus vínculos con la razón en términos de los retos epistemoló­
gicos para incorporar lo no dado de la realidad, en que, según
el supuesto del movimiento, radica su índole objetiva. Bajo tal
perspectiva corresponde analizar ahora la organización de esta
forma de razonamiento a la luz del intento por construir una
relación de conocimiento que sea respuesta a la exigencia que
plantea la historicidad.
Sinteticemos la discusión precedente en los siguientes tér­
minos: la realidad constituye un todo en el tiempo; como todo
es lo dado y lo por darse, es por lo tanto un proceso que se
desenvuelve constantemente; alcanza su objetividad en la con­
jugación de lo dado y lo por darse, esto es, en el dándose. Por
eso el devenir de la realidad cumple, a este respecto, la fun­
ción de exigencia de objetividad, pues, en tanto abre lo dado a
su virtualidad, conduce gnoseológicamente al requerimiento
de incluir aquello que escapa a los límites establecidos. Esto
debido a que la posibilidad de darse no puede encentarse en
una estructura parametral, cuya función normativa principal
es «encuadrar» las opciones de pensar, ni menos aún confinar­
se a una estructura teórica cuyos parámetros fijan los criterios
de validez de sus mismas proposiciones. De ahí que una forma
de razonamiento abierta plantee como requisito determinar
sus propias condiciones de cognoscibilidad, a partir de las
cuales puede desenvolverse en vez de hacerlo desde las defini­
das previamente en esos encuadres.
En la medida en que lo anterior remite a las posibilidades
de conocer, según sean los márgenes establecidos del razona­
miento, se hace obligado distinguir entre dos tipos de condi­
ciones: las de objetividad y las de validez. Las primeras tienen
el papel de definir las potencialidades del pensamiento para
generar nuevos vínculos con la realidad que rompan con el
marco de la relación de conocimiento preestablecida en que
éste se ha organizado. De conformidad con estas condiciones,
el pensamiento cumple su función de aprehensión mediante la
constitución de una relación de conocimiento fundada en cate­
100
gorías que, de acuerdo con su naturaleza abierta, requieren ser
sensibles para captar otras realidades que llevan a plantear
modificaciones a los marcos que ya estaban definidos. En
cambio, en el terreno de las condiciones de validez, el pensa­
miento no se enfrenta al cuestionamiento de los criterios que
le han servido de referencia, ya que su misma organización y
contenido dependen de los parámetros en que se recorta la
realidad pensada y observada.
Por lo expresado, las condiciones de objetividad aluden al
poder definitorio de una nueva relación de conocimiento se­
gún las potencialidades del pensamiento y, por lo tanto, contri­
buyen a la apertura del mismo, mientras que las condiciones
de validez, al transformar la virtualidad del pensamiento en
pensamiento ya dado, plantean su cierre.
De acuerdo con esta línea de argumentación, se pueden
distinguir dos momentos en la construcción de la relación de
conocimiento: primero, cuando respondiendo a esta necesidad
de apertura se constituye un vínculo gnoseológicó que poten­
cia el pensamiento, de manera que éste pueda traspasar los
parámetros fijados; segundo, cuando abiertas a la realidad, es­
tas nuevas posibilidades se conforman en contenidos que, con­
frontados con los límites ya determinados, cumplen la función
de identificarlos.
Desde el ángulo de las condiciones de objetividad, se conci­
be la realidad objetiva como la apertura de cualquier «dado»
(contenido, límite, momento, realidad determinada, etc.), con­
ceptualmente organizado o experiencialmente percibido. En
este marco, la explicación constituye un momento del proceso
de apertura caracterizado por representar un cierre teórico, el
cual no puede llevamos a desconocer que, más allá del ámbito
de las relaciones explicativas, hay otras relaciones posibles de
aprehensión; ese indeterminado que se implica en todo cierre
de contenidos. En otras palabras, que el cierre de la apertura
no requiere ser teórico (el cual se identifica con la idea de
universo semánticamente cerrado), sino que puede revestir ca­
rácter categorial, o sea, vinculado con las condiciones de obje­
tividad en cuyos márgenes las de validez se enriquecen y com-
plejizan. Es lo que ocurre cuando predomina sobre las relacio­
nes de determinación teórica una relación que se sustenta en
101
la posibilidad de articulación donde tiene lugar la apertura de
los contenidos teóricamente cerrados. Esto implica una lógica
en la construcción de los contenidos que contiene, que no nie­
ga, a las determinaciones, pero cuya inclusión obliga a tomar
en cuenta su especificidad resultante.
De lo anterior se infiere que el cierre, cuando es categorial,
puede contener múltiples alternativas susceptibles de ser teori­
zadas, lo que lleva a destacar la diferencia entre pensar y ex­
plicar. En este contexto es donde mejor se capta la idea desa­
rrollada en otra parte de que el principio de identidad puede
transformarse en principio de objetivación. El primero forma
parte de una lógica de razonamiento centrada en el cierre teó­
rico; pero, cuando el cierre es categorial, la identidad pasa a
tomar la forma de principio de objetivación, en la medida en
que se incorpora la exigencia de inclusión-apertura de la reali­
dad, concebible solamente desde el presupuesto epistemológi­
co del movimiento.
En efecto, si el cierre es de naturaleza categorial constituye
parámetros porque su función es resolver la apertura con base
en lo objetivamente posible. La determinación resultante no
conforma una estructura cristalizada sino, más bien, una ar­
ticulación que conjuga lo determinado y lo indeterminado; por
lo tanto deviene en un universo abierto que representa un
campo de relaciones posibles, en contraste con el universo ce­
rrado propio de la teoría.

Las condiciones de objetividad en la organización


del razonamiento

Se puede concluir de lo anterior que la principal función


de las condiciones de objetividad es servir de base para for­
mular enunciados de gestación de contenidos, de acuerdo
con el presupuesto del dándose. Esta objetivación plantea un
proceso que debe examinarse en distintos planos: a) el pro­
pio de una caracterización del perfil del movimiento de la
razón; b) el que se refiere a su fundamentación con base en
las condiciones de objetividad (lógica no parametral), y c) el
reto para que dicha lógica pueda ser estímulo de una expe­
102
riencia gnoseológica crítica, es decir, para que estas exigen­
cias epistemológicas cumplan la función de activar la capaci­
dad de razonamiento del sujeto. En esencia, se trata de colo­
carse ante el desafío de desarrollar una racionalidad que per­
mita hacer de la relación de conocimiento una construcción
de campos de problemas y de horizontes, en cuyo interior se
ubique la dimensión analítica. Es decir, una actitud lógico-
epistemológica que trascendiendo lo puramente cognitivo sea
capaz de incorporarlo en la búsqueda para transformarse en
conciencia.

Apertura: perfil de la razón en movimiento

El desafío maravilloso que es la realidad para el pensa­


miento radica en que ella no está delimitada cuando se la con­
cibe como una vastedad en movimiento necesario», pues obliga
a tratar de articularla para dar cuenta de su objetividad. Tal
empresa requiere de, o se corresponde con, una forma de pen­
sar organizada desde las potencialidades que germinan en lo
real, en virtud de ser éstas las puertas de entrada a lo indeter­
minado, propio de su devenir incesante. Pero la potencialidad
se desencadena solamente desde lo específico de los conteni­
dos, por cuanto en ello residen los nudos que con mayor dina­
mismo articulan su fondo nuclear. Por consiguiente, se plan­
tea la demanda de encontrar un puntal al pensamiento en el
trazado de una relación de conocimiento que facilite desple­
garlo hacia lo articulable. Puntal cuyo basamento enraiza en
las condiciones de objetividad que establecen márgenes per­
meables, donde puedan el pensamiento y sus determinaciones
reconocerse como necesidad de realidad. De esta manera el
perfil del movimiento se vislumbra por medio del contorno
que configura el campo de posibilidades en que se concretan
los contenidos, hayan sido determinados por los requisitos de
validez de los esquemas teóricos o por otro tipo de condicio­
nantes parametrqles. La inclusión del contomo, entonces, des­
plaza hacia un papel subordinado a las estructuras conceptua­
les formales por otras formas más flexibles que contengan
múltiples significados, posibles de ser rescatados en el esfuer­
103
zo por alcanzar una mayor profundidad y lucidez en el conoci­
miento. En suma, un movimiento necesario que devenga en
conciencia, entendida como la forma de razonamiento cuyo
despliegue da sentido al protagonismo del hombre en la cons­
trucción de sus opciones. Todo lo cual puede formularse me­
diante el siguiente perfil:
1) El razonamiento crítico se conforma según una estruc­
tura categorial abierta a campos de realidades no delimitados
por parámetros.
2) El carácter no parametral de la relación con la realidad
se fundamenta en la centralidad de la categoría de necesidad,
en razón de que ella alude a la inclusión, en toda organización
de lo dado, de aquel indeterminado que es parte de una reali­
dad inacabada cuyo movimiento incesante es función de su
necesidad por completarse.
3) Los puntos de mayor articulación entre lo dado y no
dado de la reahdad, con base en la inclusión de lo determina­
do, y su ensanchamiento hacia nuevos horizontes, contienen
lo potencial como posibilidad de rompimiento.
4) La posibilidad de nuevas realidades y su función de
rompimiento se apoya en reconocer lo articulable en los conte­
nidos de cualquier constructo; lo que se vincula con la función
de los contornos de los contenidos.
5) La apertura del razonamiento hacia lo excluido por los
parámetros y por las condiciones de validez obliga a pensar en
horizontes históricos que se pretende transformar en conoci­
miento pertinente.
Esta forma de razonamiento enfrenta obstáculos que se
desprenden de la tendencia a suponer que no es concebible
pensar la reahdad si no es con y mediante contenidos. A este
respecto podría señalarse que tal dilema encuentra solución al
enunciarse cuáles son los contenidos puestos en juego y, a par­
tir de ello, tratar de reconstruir una articulación que dé cuenta
de los dinamismos. Sin embargo, esto no implica resolver so­
bre la incorporación del movimiento como basamento de un
modo de apropiación objetivo. Proponemos exactamente lo
contrario: pensar en movimiento para construir desde él los
104
.distintos contenidos que tipifican los enunciados formulados
sobre la realidad. De ahí que haya que explicitar en qué con­
sisten los desafíos que le plantea la virtualidad al sujeto cog-
noscente, para adentrarse en su lógica interna de manera de
desarrollar la disposición racional pertinente.
Sin embargo, antes de transitar con detalle por el conjunto
de proposiciones que pueden dar cuenta de dicha logicidad, es
importante destacar algunas consideraciones sobre el modo
como se estructuran los pilares del movimiento racional en
términos de las diferencias y relaciones entre las condiciones
de objetividad y las condiciones de validez, que es lo propio de
las siguientes líneas.

La lógica interna del movimiento

En los párrafos precedentes hemos ofrecido ,el perfil del


movimiento cuando es trazado a la luz de las condiciones de
objetividad en que se basa una actitud racional crítica y nos
hemos referido a sus exigencias lógicas nodales. Debemos aho­
ra avanzar en dirección a mostrar cómo estas exigencias pue­
den concretar en el sujeto una forma de pensar.
Para comenzar diremos que las exigencias centrales de las
condiciones de objetividad generan tensiones en su relación
con las de validez, lo que es importante considerar si asu­
mimos que una clave para enriquecer la experiencia gnoseo-
lógica radica en la forma en que pueden ser recuperadas y
enriquecidas estas ultimas desde la perspectiva dinámica de
aquéllas.
Así, proponemos una serie de relaciones contradictorias,
que serán expresadas de acuerdo con un orden de presenta­
ción en donde se formulan inicialmente los componentes que
refieren a las condiciones de validez, seguidos por aquellos en
que se concretan las condiciones de objetividad. Señalando
además que en unas o en otras tienen cabida respectivamente
las dimensiones de lo dado y lo por darse de la realidad, cuya
conjunción se resuelve en el movimiento que supedita las pri­
meras a las segundas. Con esta advertencia formulamos las
siguientes relaciones:
105
a) La tensión entre identidad (propia de la determinación
como momento) y contradicción (que como categoría de razo­
namiento es parte de una articulación inclusiva). En esta si­
tuación la tensión se resuelve mediante la incorporación del
principio de identidad en el marco de la inclusión que permite
objetivar el momento en secuencia (cfr. capítulo anterior).
b) La tensión entre determinación teórica (que permite rela­
ciones causales) y determinabilidad (que se traduce en la re­
lación necesaria); también puede definirse como la tensión en­
tre contenidos y contorno. Aquí la relación teórica (o de expli­
cación) se complejiza en el marco de lo indeterminado, cuya
función de apertura y rompimiento lleva a su posible transfor­
mación en otra relación que demanda ser determinada.
c) La tensión entre teoría (universo semántico cerrado) y
articulación posible (que se refiere a la potencialidad de un
campo abierto). La teoría se recupera en términos de su capa­
cidad para construir articulaciones desde las cuales poder
construir realidades.
d) La tensión entre estructura y modalidades de concreción
se resuelve a partir de que éstas incluyen a la estructura como
una forma particular de concreción.
e) La tensión entre verdad (búsqueda de correspondencia)
y pertinencia histórica (que se traduce en el reconocimiento de
opciones). El criterio de verdad se recupera en tanto conforma
el contenido particular de opciones, que demandan construir­
se, por lo tanto se supedita a la exigencia de ser pertinente
para el momento tempo-espacial en que se construye la deter­
minación.
Las relaciones contradictorias arriba presentadas y la con­
formación de condiciones de cognoscibilidad que resultan de
la solución a sus tensiones nos llevan a afirmar que las funcio­
nes clave de las condiciones de objetividad consisten precisa­
mente en transformar los imperativos que subyacen a las con­
diciones de validez, para convertirlos en instrumentos de una
racionalidad abierta; es decir, supeditar su lógica interna a las
exigencias epistemológicas que demanda el supuesto del movi­
miento. Hacer de la organización del pensamiento un medio,
que no un fin, para construir relaciones de conocimiento en
106
donde la historicidad se imponga como único límite. De ahí
que las condiciones de objetividad se traduzcan en una serie
de funciones gnoseológicas que pueden Sintetizarse en el si­
guiente esquema:

Exigencias lógico-epistemológicas Funciones gnoseológicas


de las condiciones de objetividad
1) Predominio de la función Vaciamiento de contenidos:
epistemológica de los conceptos — Conceptos no restringidos
en que consiste la apertura a realidades delimitadas.
de los parámetros del — Ruptura de las estructuras
razonamiento. conceptuales cenadas.
2) Pensar el contomo como el — El contom o como criterio
horizonte dónde pueden para descubrir la riqueza
reconocerse opciones de contenidos-posibles en
de contenidos. términos de su necesidad
de potenciación.
3) Determinar la realidad — Transformar el movimiento
en términos de los límites como criterio constructor
abiertos según la necesidad de contenidos.
de su movimiento. — Ubicar cualquier momento
como secuencia.

Una relación de conocimiento que se puede construir des­


de estas exigencias es la que a continuación presentamos, la
cual pretende traducir un modo de razonar congruente con
la lógica de rompimiento de los parámetros para poder descu­
brir lo potencial y determinar opciones de construcción de
realidades. Es así como en este trazado la creación de paráme­
tros se traduce en el vaciamiento de contenidos, o bien se en­
fatiza la relevancia del contorno cuando se plantea destacar la
dinámica constitutiva de la realidad por medio del reconoci­
miento de sus opciones o, por último, y en relación con las
anteriores, la recuperación de los límites abiertos en la cons­
trucción de contenidos que mediante la práctica transformen
la potencialidad en determinación concreta.
Sin embargo, el carácter dinámico y entrecruzado de estas
107
exigencias hace imposible hablar, en un sentido formal, de que
constituyan reglas metódicas que se prosiguen linealmente
sino, más bien, de una disposición racional cuyo rasgo princi­
pal es abrirse a los desafíos siempre inéditos e inesperados de
la historia.

LA HISTORICIDAD COMO RELACIÓN DE CONOCIMIENTO

La creación de parámetros (la libertad racional)

1. La función de la crítica es contribuir a la apertura del


razonamiento mediante la construcción de la relación de co­
nocimiento en que se genera la apropiación gnoseológica de la
realidad.
La construcción de conocimiento problematiza el conoci­
miento acumulado al posibilitar su apertura hacia nuevas rea­
lidades, con base en que la misma realidad cumple una exi­
gencia de objetividad que obliga a traspasar el contenido de
las organizaciones conceptuales establecidas.
2. A partir de la idea de movimiento se plantea la necesi­
dad de definir los criterios de construcción categorial que sean
congruentes con esta concepción. Consideramos que este plan­
teamiento descansa en la articulación dinámica entre determi­
nación e indeterminación como manifestaciones del movi­
miento, sin prejuzgar sobre el contenido que asuma; articula­
ción que requiere de un desarrollo epistemológico y metodo­
lógico.
Lo anterior supone comprender la objetividad como articu­
lación que constituye los límites de lo dado-dándose y cuya
significación se quiere aprehender. La objetividad así concebi­
da se abre a la relación posible, pero también, en tanto articu­
lación dada, constituye el contenido específico del fenómeno,
en la medida en que esta especificidad es el contenido de la
articulación misma.
Esta articulación dinámica constituye una forma de pensar
108
que conjuga la relación determinado-indeterminado, pues con­
siderarla solamente sobre la base de lo determinado conduci­
ría a entender el movimiento solamente como un estado. Es
precisamente lo indeterminado lo que permite pensar lo deter­
minado como inacabado. A esta apertura de lo determinado la
llamamos determinabilidad de lo indeterminado, la cual, en ra­
zón de no considerarse en función de contenidos particulares
sino de relaciones posibles, no consiste más que en su necesi­
dad. Lo anterior lleva a concebir los límites de los contenidos
teóricos como lo indeterminado de los mismos, o sea como
ángulos abiertos hacia lo no determinado que es parte de los
contenidos determinados.
Lo anterior asegura la apertura del razonamiento toda vez
que incorpora el movimiento de la realidad más allá de cual­
quier estructura conceptual y parametral. No obstante, hay
que estar advertidos de que la articulación dialéctica, aunque
cumple la^ función de objetivación del pensamiento, contiene
los peligros del apriorismo cuando se tienden a destacar, en
dicha articulación, sus connotaciones explicativas, es decir, a
transformarla en una estructura teórica. De ahí que para evi­
tarlo se deba privilegiar lo potencial sobre lo histórico-genéti-
co, lo virtual sobre las determinaciones.
3. Se desprende de lo anterior la idea de una realidad ne­
cesaria que traspasa lo dado; por eso concibe la relación de
posibilidad como necesaria y expresa la apertura hacia lo in­
determinado.
Pero la apertura hacia lo indeterminado supone saber dar­
se cuenta de lo que está dado, para romperlo, de manera de
incluirlo en el marco de una articulación de relaciones más
compleja.
Por lo tanto, para abrir el pensamiento, lo indeterminado
constituye una posibilidad de contenido a partir del supuesto
de la articulación, que opera en dos planos: en el del pensa­
miento y en el de la realidad. En el pensamiento la posibilidad
de contenido es una posibilidad lógica en cuanto articulación
entre lo determinado y lo indeterminado, por lo que no es par­
te del objeto de la aprehensión, en tanto que se refiere al mis­
mo proceso de la construcción de la aprehensión y representa,
por lo mismo, la posibilidad de teorización antes que la teoría
109
posible. En cambio, si consideramos el objeto de la aprehen­
sión, o el plano del objeto, la posibilidad de contenido cumple
la función de potencialidad; esto es, que lo real que ha cristali­
zado quede inserto en un amplio campo de indeterminaciones
que lo están influyendo.
La idea de posibilidad de contenido exige revisar el concep­
to de estructura en tanto espacio conceptual con jerarquiza-
ción interna de determinaciones. De lo que se desprende, pri­
mero, la conveniencia de concebir la estructura como una uni­
dad de procesos y productos; y segundo, que debe ser pensada
como los límites parametrales en cuyo marco tiene lugar la
conjugación entre diferentes procesos en determinados puntos
del tiempo y del espacio.
4. La consideración de lo indeterminado como necesidad
plantea el contenido como articulación entre lo dado y lo dán­
dose, base para pensar en la relación posible que abre el con­
tenido hacia nuevas realidades.
Desde esta perspectiva, la teoría tiene que subordinarse a la
lógica de construcción de la relación de conocimiento en tanto
se privilegian las condiciones de objetividad, o de pertinencia,
que incorporan la historicidad de la teoría. De ahí que en toda
construcción teórica se tengan que incluir las condiciones de
validez y sus funciones de explicación en el marco de las con­
diciones de objetividad.
5. EL predominio de la relación de conocimiento, al no res­
ponder a una lógica de acumulación, obliga a poner la aten­
ción en la construcción de categorías antes que limitarse a una
estructura categorial prefijadora; lo anterior expresa la exigen­
cia de historicidad, que en este marco asume la función de
lógica de descubrimiento.
Por lo tanto, se plantea una forma de razonamiento abierta
capaz de traspasar los límites de la acumulación teórica para
dar cuenta de las discontinuidades propias de la secuencia de
momentos históricos, lo que significa concebir la realidad
como potencialidad de direcciones posibles de construirse; en
consecuencia, la realidad se transforma en un campo de alter­
nativas viables.

110
El horizonte histórico. El conocimiento como conciencia
de opciones

1. La construcción como pensar pertinente al momento


histórico es lo que constituye la esencia de la conciencia histó­
rica. Tal requerimiento de pertinencia se encuentra presente
en cualquier construcción gnoseológica, siempre que ésta con­
sista en un reconocimiento de la realidad según una lógica de
relaciones posibles, es decir, que no se limite a relaciones hi­
potéticas entre contenidos; en otras palabras, que incluya lo
potencial. En dicho contexto, para la conciencia sociohistórica
es importante que el contenido de una explicación exprese el
reconocimiento de una opción posible, porque esta última re­
presenta el plano de realidad en el que el conocimiento trans­
forma la posibilidad objetiva en un contenido entendido como
direccionalidad de procesos.
2. El conocimiento como conciencia de opciones supone
incorporar la idea de contomo, de manera de transformar el
horizonte histórico en conocimiento, y las visiones y opciones
valóricas en problemas susceptibles de ser aprehendidos; pues
lo específicamente humano es la construcción epistemológica
de la conciencia histórica a partir de la relación parte-todo, ya
que, a diferencia de lo que sucede con la racionalidad analítica
y sintética (a que alude la conciencia teórica, cuyas operacio­
nes pueden ser transferidas a la máquina inteligente), no pue­
de tener lugar en la conciencia histórica en la medida en que
ésta consiste en la posibilidad de articulación donde se incor­
poran los contenidos teóricamente organizados en un todo in­
clusivo. De ahí que se asuma como conciencia crítica porque,
además de la especificación de tales contenidos, al expresar las
continuidades y discontinuidades históricas puede plantear
rupturas con las estructuras teórico-conceptuales.
3. La distinción entre conciencia teórica y conciencia his­
tórica significa distintos recortes de la realidad: mientras que
la primera delimita, la segunda incorpora la delimitación en
una exigencia de articulación mediante concebir la delimita­
ción dada no sólo como momento sino también como secuen­
cia de momentos, y el nivel como articulación de diversos mo­
mentos y en relación con otros niveles. Desde esta perspectiva
111
la función crítica de la conciencia histórica consiste en razo­
nar los contenidos establecidos desde el ángulo de lectura del
momento temporal y de la especificidad de las interconexiones
en que se ubican.
4. Por lo tanto, para cualquier contenido conceptual se
plantea la necesidad de su objetivación de forma que trascien­
da sus propios límites; lo cual puede reflejar la continuidad o
bien la discontinuidad de lo que es dado en esos límites. Por
eso la realidad deviene en lo determinable a partir de una rela­
ción lógicamente necesaria que traspasa el límite de lo teórica­
mente establecido. En consecuencia, la idea central del plan­
teamiento es la posibilidad como necesidad para romper con
los parámetros dados; lo que significa definir la necesidad
como categoría lógico-epistemológica cuya función es descu­
brir nuevas condiciones de cognoscibilidad.
5. Lo anterior supone privilegiar lo potencial sobre el con­
tenido producido (producto), rescatando la virtualidad de la
realidad; pero, en la medida en que ésta implica construir rea­
lidades, lleva a diferenciar entre realidades susceptibles de ex­
plicación y realidades a las que puede dárseles una dirección;
no obstante, para imprimir una dirección a los procesos se
requiere de un conocimiento de lo dado como dándose-poten-
ciable.
6. La capacidad de potenciar en una direccionalidad con­
siste en poder captar la dinámica constitutiva de una realidad,
lo que significa el reconocimiento de opciones. En este marco,
un razonamiento reducido a relaciones causales no lo permite,
ya que sólo recupera un modo particular de concreción. Por
eso se puede considerar que la explicación cumple la función
de delimitar un campo de realidad en cuyo interior son posi­
bles determinadas opciones (teóricas y/o prácticas), aunque
por sí misma la explicación no permita definir ninguna op­
ción. De ahí que la explicación represente el contenido deter­
minado de una opción particular que subyace a ella (véase
Apéndice, p. 118).
En consecuencia, desde la perspectiva de la posibilidad ob­
jetiva se puede concluir que el conocimiento se coloca ante la
disyuntiva de qué hacer con sus contenidos. Se puede hacer
con ellos o hacer desde ellos, lo que marca la distinción entre
112
lo que es un contenido como posibilidad objetiva (conciencia
social) y lo que es una estructura objetiva con función de deter­
minación (conciencia teórica). El hacer con el contenido del
conocimiento es función de la secuencia dinámica que consti­
tuye un campo de opciones objetivas; mientras que, en el se­
gundo caso, la posibilidad de hacer depende de concebir el
contenido determinado como objetividad en el marco de una
opción particular, no siempre explícita.

El poder del futuro

1. La exigencia de descubrir la potencialidad de la realidad


supone construir una capacidad gnoseológica orientada según
la exigencia de lo específico. En este sentido, la dialéctica re­
presenta una forma racional que no confina al pensamiento en
estructuras que tienden a reificarse; por el contrario, su rasgo
esencial radica en confrontar el pensamiento con las múltiples
posibilidades de concreción. La importancia no reside enton­
ces en encontrar teorías claramente estructuradas, sino en no
restringir el uso de los conceptos a la exigencia de la explica­
ción contenida en ellos.
2. Lo que significa abrirse a la realidad de manera de tras­
cender la organización de una estructura racional fija, reem­
plazándola por una forma de razonamiento categorial abierta,
fundada en relaciones posibles. Estas relaciones, al poner el
énfasis en lo no dado de la realidad, cumplen la función de
activarla. Hablamos entonces de un pensamiento que no sea
función de representaciones sino de espacios articuladores, no
de verdades sino de construcción posible, no de córpora teóri­
cos sino de historicidad.
3. En la medida en que la historicidad significa concebir el
conocimiento en función de sus potencialidades, se plantea te­
ner que organizar el razonamiento no en términos de una ló­
gica de correspondencia (en términos de «si A entonces B»),
sino desde el ángulo de un proceso de reconstrucción en don­
de A está en función de sus relaciones posibles Aa, Ab, Ac...
An; las cuales nos permiten alcanzar su especificidad antes
que establecer relaciones de determinación desde Aa.
113
La relación de potenciación, entonces, subordina a la de
explicación, lo que obliga a distinguir entre dos funciones de
los conceptos: la función teórica, que de acuerdo con las con­
diciones de validez se deriva de premisas definidas desde los
córpora teóricos, y la función epistemológica, que de acuerdo
con las condiciones de objetividad es la propia de la articulabi-
lidad.
Para garantizar que se avanza en la determinación de la
especificidad del objeto habrá que entender éste como un de­
terminado nivel, que conforma un cierre, pero que es a la vez
articulable con otros íiiveles (constituyendo su apertura). En
esta dirección el universo del discurso conceptual se transfor­
ma en parte de una articulación que no se trata de convertir
en objeto de conocimiento, sino más bien en supuesto episté-
mico que exija pensar con base en relaciones posibles.
Desde la perspectiva de ubicar el objeto como un nivel ar­
ticulable, se considera que la relación que éste establece con la
realidad está mediada por el contexto configurado por los dife­
rentes niveles que pretende reflejar.
4. Esto se logra siempre que la exigencia de totalidad sea
privilegiada para dar cuenta de cómo distintos niveles consti­
tutivos de la realidad se relacionan en un campo de observa­
ción, conformando concreciones susceptibles de teorizaciones,
los cuales predominan sobre la estructura conceptual de cual­
quier enunciado predicativo de carácter disciplinario.
La construcción entonces no se identifica con un orden
causal, o de determinaciones, sino con la búsqueda de la espe­
cificidad del orden de determinaciones en el marco de los pa­
rámetros que se hayan definido; empero, si se considera la
dimensión de las prácticas, se tiene que incluir la exigencia de
la direccionalidad desde la cual se potencia lo dado.
Esta aproximación a la realidad se apoya en la conjugación
entre estructuras teóricas, que se refieren a nivelés de la reali­
dad, e historicidad, que plantea la necesidad de inclusión y los
puntos de activación; lo que es congruente con el planteamien­
to de que la realidad histórica se construye en el espacio de las
prácticas que imprimen una direccionalidad a la potenciación
de lo dado.
La realidad, concebida como potencialidad en función de
114
las prácticas, demanda que su razonamiento se tenga que ubi­
car en el recorte del presente, que es el propio de aquéllas. La
razón de lo anterior está en que el razonamiento obliga a
abrirse a las emergencias imprevisibles que resultan del im­
pacto del sujeto sobre la realidad. Eso implica cuestionar las
condiciones de validez (que aluden a ciertas regularidades)
desde las exigencias de potenciación impuestas por las condi­
ciones de objetividad. De ahí que el descubrimiento de realida­
des posibles de especificarse sea resultado de la necesidad y
capacidad de reactuar sobre la realidad mediante prácticas
concretas.
Las consideraciones anteriores llevan a concluir que la rea­
lidad sociohistórica contiene lo dado y lo potencial, ya sea
como posibilidad necesaria o como construcción viable; lo que
obliga a distinguir entre lo que es susceptible de determinarse
teóricamente y lo que es determinar puntos de activación de la
realidad. Por consiguiente, la idea de la construcción, de con­
formidad con la necesidad de lo nuevo en su posibilidad obje­
tiva, plantea la conjunción entre gnoseología y política.
Por ello, el pensamiento categorial enriquece las formas de
organizar el razonamiento, ya que incorpora una lógica que
remite a la necesidad de inclusión de lo delimitado, como mo­
mento, en una constelación histórica, que es el contenido de lo
que entendemos por conciencia histórica-cultural como forma
de pensar.
El núcleo del pensar categorial descansa en encontrar la
organización categorial capaz de estimular la expresión del
pensamiento humano, lo que se manifiesta en el predominio
de la crítica sobre la razón teórica, del límite abierto a lo nue­
vo sobre los contenidos cerrados y de los significantes sobre
los significados. En última instancia, se trata de encontrar la
forma de pensar capaz de convertir el conocimiento en con­
ciencia, en la perspectiva del esfuerzo constante del hombre
por enfrentarse con la realidad, en todo momento y lugar; una
razón que ensanche sus límites y que reafirme al hombre en
su capacidad patagónica de constructor de su realidad.
Por lo mismo, estamos en presencia de una ampliación de
los límites de lo racional mediante su enfrentamiento con los
desafíos de la historicidad, en la medida en que ésta incluye
115
realidades que son ajenas al conocimiento, tales como poder,
valores, ideologías, por lo que su objetividad no se agota en
aquella que es propia del conocimiento analítico. De ahí que
la conciencia del mismo sujeto cognoscente se encuentre
en expansión, lo que se manifesta en la transformación de
la crítica como simple actitud en una forma de razonamiento
crítica.
El ejercicio de apertura que hemos presentado constituye
un intento por mostrar un desarrollo posible que se contiene
en la dialéctica como forma de razonamiento, aunque éste
pueda admitir diversas formulaciones. Lo más significativo,
sin embargo, está en poner de manifiesto las potencialidades
que la dialéctica ofrece para romper con la tendencia a la iner­
cia y el cierre de la razón, en la medida en que simultánea­
mente constituye una exigencia lógica y de conciencia. Des­
de esta perspectiva, la apertura debe comprenderse como par­
te de la aventura del hombre por superar los límites de lo co­
nocido.
Con el ejercicio de la secuencia anterior, queda de mani­
fiesto que no hay obstáculos de naturaleza lógico-epistemoló­
gica para enriquecer las formas de razonamiento, a pesar de
los desafíos metodológicos pendientes para organizar un cierre
de la apertura epistemológica sin que pierda riqueza. Así, lo
que proponemos representa una visión de la realidad que pue­
de organizarse lógicamente desde fuera del conocimiento; por
ello se refiere a una forma de razonamiento que plantea difi­
cultades para su traducción eri el plano de los recursos meto­
dológicos (según se entienden en la tradición clásica), entre las
cuales podemos señalar:
a) La dificultad de pensar mediante una forma que no se
apoye en la exigencia de «lo dado-delimitado-explicativo»; es
decir, poder superar el esquema de pensamiento basado en
estructuras para hacerlo con apoyo en procesos.
b) Poner el énfasis en la construcción de la relación de
conocimiento y no sólo en la formulación de enunciados atri­
butivos de propiedades que asumen a dicha relación como ya
construida.
c) La dificultad de sobreponer a la necesidad de la teoría
116
(formulación de hipótesis) la exigencia epistemológica de obje­
tividad en función de la lógica de inclusiones crecientes.
Las dificultades anteriores surgen de pensar desde el proce­
so mismo en que se da la articulación dinámica entre distintos
planos de la realidad, la cual cambia históricamente en forma
tal que no se puede anticipar cuál sea la modalidad que vaya a
asumir dicha articulación. Es lo que obliga a superar el esque­
ma «dado-delimitado-explicativo», de forma que rompa con los
límites de lo teóricamente establecido para reconocer el proce­
so que subyace a la dinámica de su articulación. Lo cual re­
quiere del distanciamiento de cualquier orden que se haya fija­
do teóricamente, problematizando la relación que implica con
la realidad, lo que supone abrirse a las nuevas modalidades de
concreción de los fenómenos, objetivo del pensar categoría!
El desafío gnoseológico no reside entonces en determinar
objetos aislados, sino en determinar cómo la realidad se articula,
por cuanto la especificidad de los fenómenos es función del
dinamismo que caracteriza a la realidad como proceso. De lo
que se desprende una subordinación de la noción de estructu­
ra a la de modalidad de concreción; pues lo que en definitiva
se pretende es recuperar la exigencia de movimiento antes que
reducir el carácter de lo real al contenido de una estructura
que expresa, dentro de ciertos límites parametrales, la concre­
ción en un momento dado.
El esfuerzo por razonar de esta manera la realidad obliga a
pensar en la relación con la realidad no en términos de conte­
nidos establecidos, sino de un contomo de contenidos; es decir,
en una gama de indeterminaciones que resultan posibles de
pensarse con fundamento en la lógica de inclusiones. De
acuerdo con ella se requiere abrir cualquier contenido deter­
minado hacia relaciones posibles que trasciendan sus límites
conceptuales y, así, avanzar hacia el devenir de nuevas realida­
des de forma que no queden atrapadas en las estructuras para­
metrales que rigen nuestra visión de la realidad y, en conse­
cuencia, nuestrq forma de organizar el pensamiento.
Por último, desde otro ángulo, la apertura que proponemos
constituye también una apropiación de las condiciones ideoló-
gico-valóricas (nunca su negación), en virtud de que la apertu­
117
ra es la concreción posible de ellas, de tal forma que no se
transformen en parámetros implícitos que recorten la realidad
con base en una sola visión de la misma. Apropiación que
plantea la necesidad de una objetivación de la razón para im­
pedir que el vínculo con la realidad se reduzca a una sola for­
ma de pensarla.
Desde esta postura, el pensar categorial se sitúa en el con­
texto definido por el proceso de renovación del discurso cientí­
fico, ya que obliga a complejizar la relación con la realidad;
más aún cuando estamos interesados en profuiidizar en un
conocimiento vinculado estrechamente con las posibilidades
de transformación de aquélla.
Lo anterior obliga a considerar que una propuesta como la
formulada no puede aislarse de la situación concreta en la que
las ciencias sociales se desenvuelven. Estamos impelidos a re­
saltar cuáles son las dificultades institucionales, culturales, in­
cluso referentes a las condiciones de trabajo intelectual, para
que se pueda desarrollar una forma de razonamiento crítico;
esto es, a pensar el movimiento de la realidad apoyados en la
exigencia histórica de su propio movimiento. Problema que
plantea para poder solucionarse, tener que abordar el contexto
del sujeto concreto, el cual puede ser tratado a la luz de dos
planos: el epistemo-metodológico y el de las condiciones histó-
rico-culturales que lo caracterizan. En esta oportunidad nos
hemos limitado al primero de esos dos planos.

APÉNDICE
No subordinar el razonamiento a la lógica de la explicación plan­
tea abrirse a la realidad sin restringimos a los límites de éste, aunque
ello no signifique no rescatar elementos lógicos que se contienen en la
explicación. Con el propósito de ilustrar lo anterior, nos proponemos
algunas consideraciones con base en las formulaciones de Hempel so­
bre la explicación científica (Karl G. Hempel, La explicación científica,
Buenos Aires, Paidós, 1979, cap. XII, pp. 439-445, Estudios sobre la
Filosofía de la Ciencia; subrayado nuestro), especialmente en tom o a
la explicación genética, la explicación por conceptos y la disposicional.

118
Comienza dicho autor por afirmar que «un procedimiento muy
utilizado en la historia, aunque no solamente en ésta, es el de la ex­
plicación genética», la cual «presenta al fenómeno [...] como la etapa
final de un desarrollo, y explica dicho fenómeno describiendo las eta­
pas sucesivas de este desarrollo», con lo que se plantea claramente que
la naturaleza que reviste la sucesión entre las etapas es función de una
regularidad genética-, pues «en una explicación genética debe mostrarse
que cada etapa “conduce" a la siguiente [...] en virtud de algunos prin­
cipios generales que hacen razonablemente probable, al menos, la
aparición de ella dada la primera». De esta manera se esclarece aque­
llo en que consiste el carácter necesario entre dos etapas.
El razonamiento anterior no es incompatible, sin embargo, con la
explicación por un concepto; esto es, cuando diferentes manifestacio­
nes empíricas se pueden incluir en un concepto, como es el caso de la
forma de razonamiento «¿qué fue lo que sucedió?» y se da la respues­
ta «fue tal y tal cosa». Por ejemplo, cuando el investigador no pretende
decidir «por qué o cómo se produjeron los sucesos investigados», pero
concluye que se explican «como una revolución», esto es, cuando re­
duce una cantidad de hechos a un concepto más inclusivo.
La necesidad entre los hechos o etapas en estas formas de razona­
miento constituye un simple reflejo de una regularidad genética que
determina que una etapa conduce a la siguiente; pero, en el caso de la
inclusión de hechos diversos en un solo concepto, como en el ejemplo
de la revolución, la «necesidad» aparece como una interpretación del
investigador a partir d e u n a priori que, como tal, puede no explicar
nada si no se reconoce una necesidad objetiva en las relaciones.
La argumentación a que nos referimos está centrada en la idea de
«relaciones entre etapas» que, a su vez, se apoya en una «necesidad
genética»; de ahí que, cuando se plantea la apertura del razonamiento,
ésta rompe con el molde tal como está descrito, planteándose dos
cuestiones básicas que se relacionan con la no subordinación del razo­
namiento a la lógica de la explicación: a) primero, que la relación
entre etapas no solamente constituye una secuencia genética, sino que,
además, constituye un campo de posibilidades o de potenciación, don­
de la relación «y» no se contiene estrictamente en los hechos, sino en
los sujetos que actúan sobre la realidad y también interactúan entre sí.
Es decir, que la secuencia no obedece exclusivamente a la lógica cau­
sa-efecto, sino a un proceso de mediación entre las «etapas», en forma
de poder entender cómo se produce la relación sin tener que restrin­
girse a lo que sería la producción de un efecto. Es lo que podemos
definir como especificación de la realidad, de conformidad con una
dinámica constitutiva; y b) segundo, como consecuencia de lo ante­
rior, el concepto de necesidad es más inclusivo que el de relación de

119
explicación, ya que este último alude a un tipo particular de contenido
necesario. En efecto, la «inevitabilidad» con la cual una cosa conduce
a la siguiente queda incluida en el planteamiento acerca de la posibili­
dad contenida en «la cosa», como propio de sus dinamismos constitu­
tivos.
Con lo anterior nos referimos a la diferencia entre pensar sobre
una posibilidad de la cosa «a» en función de «x» (situación dada) y
pensar en el efecto de determinación de «a» sobre «b». La primera
formulación refleja la multiplicidad de relaciones de «a», mientras que
la segunda reduce «a» a una relación determinada con un efecto. En
otras palabras, la primera alternativa pretende reflejar las modalida­
des de concreción de «a», en tanto que la segunda subordina un com­
portamiento a un universal con base en la necesidad del vínculo en­
tre el particular y lo universal; ya sea que hablemos de enunciados
de carácter general sobre la propiedad «d» o bien de enunciados de
tipo disposicional, «d» tenderá a comportarse de acuerdo con esa pro­
piedad.
Por consiguiente, pensar la necesidad de la relación entre «a» y «b»
en términos de un concepto más inclusivo nos obliga a concebirla
com o una dinámica que potencia la realidad de «a» en un desarrollo
que puede reconocer distintas modalidades de concreción o especifica­
ción. Una de éstas puede contener una relación de determinación sobre
«b», mientras que otras reflejarán una simple transformación de «a» o
su propia reproducción.
Con lo expresado, nos enfrentamos con el problema de rescatar
aquello que el mismo Hempel considera que no se hace en la explica­
ción genética, como es «presentar con nitidez un conjunto de "etapas"
interconectadas pero distintas en una sucesión temporal», lo que con­
siste en poner la atención en las mediaciones que operan en la re­
lación de determinación, impidiendo que se pueda establecer una
«vinculación inmediata dé la etapa final del proceso con la inicial».
Pero, además, se trata de reflejar el dinamismo interno de la relación
de determ inadóh cuando se entiende como parte del proceso de cons­
titución de los propios hechos, sea cual sea el contenido de la relación
de determinación que se establezca entre ellos.
Lo dicho significa pénsar en el predominio de lo potencial sobre lo
causal y de la especificación del fenómeno (esto es, de su objetivación
más allá de los encuadres teóricos sobre el mismo, en función de sus
diferentes modalidades de concreción), sobre la regularidad genética
que lo somete a un orden antes de que podamos rescatar sus necesida­
des internas de desenvolvimiento; esto es, no hacerlo parte de una
realidad recortada teóricamente antes de ubicarlo en el marco de una
relación de conocimiento que contenga diversas modalidades de deter­

120
minación. El dilema consiste en que las relaciones de determinación
se definen desde el objeto problematizado, o bien en que nos limi­
temos a interpretar el objeto desde una particular modalidad de rela­
ciones.
Valga lo anterior como una ilustración de algún problema que
plantea el razonamiento crítico-abierto a la realidad cuando se relacio­
na con la explicación; lo que deberá ser el contenido de una investiga­
ción particular.

121
IV

EL MÉTODO COMO ACTITUD


ANTE LA REALIDAD

En los capítulos anteriores se ha presentado la problemáti­


ca de la historicidad atendiendo a dos de sus «dimensiones»,
que están íntimamente relacionadas: a) la que se referiría a las
implicaciones lógico-epistemológicas de un razonamiento que
se enfrenta con las exigencias de incorporar el devenir de la rea­
lidad, y b) cómo estas exigencias pueden traducirse en la ca­
pacidad para construir una relación de conocimiento abierta
a las múltiples posibilidades que pueden contenerse en ese de­
venir.
Cuestiones las anteriores que se han sintetizado en un ejer­
cicio de apertura, cuyo propósito obedece a la organización
del razonamiento para atender a espacios articulados, de ma­
nera que la relación gnoseológica constituida pueda mostrar la
virtualidad de construcciones posibles. Aun cuando este plan­
teamiento puede tener diversas lecturas, una que interesa des­
tacar es aquella que propone subordinar los criterios de cienti-
ficidad de la verdad al criterio de historicidad, pues se preten­
de privilegiar la captación de las nuevas articulaciones reales
que trascienden las fronteras de las organizaciones teóricas es­
tablecidas. Ello significa privilegiar la función epistemológica
de las estructuras conceptuales para dar cuenta de la articu-
123
labilidad del problema, según la exigencia del complejo histó­
rico del que es parte. Una consecuencia de lo expresado es que
el razonamiento se orienta hacia los puntos de activación de la
realidad, de conformidad con la opción particular de construc­
ción que se haya elegido.
Lo que decimos asume toda su relevancia cuando se con­
trasta con el trasfondo de que la mutabilidad de la realidad
obliga a trascender los límites conceptuales, con base en una
relación de conocimiento que busca abrir dichas estructuras a
las exigencias de realidad; por eso se recupera la historicidad
como una lógica de descubrimiento fundada en el predomi­
nio de la