EL MISTERIOSO JARDÍN PROHIBIDO©

Autor. Guillermo Bermúdez S.

(Versión Electrónica Reducida, Capítulo 1)

Registro 50/50/1 Propiedad Intelectual de Guatemala 2004 Primera Edición Febrero 2007 Centro Impresor PS, S.A. ISBN: 99922-2329-4

Saber no es suficiente, Debemos aplicar. Desear no es suficiente, Debemos hacer. Johann W. Von Goethe A MAESTROS Y PADRES DE FAMILIA

Esta obra nace de la visión de motivar a los jóvenes con mensajes positivos provenientes de sus mismos compañeros, más allá de la denuncia y la protesta, siendo propositiva, frente a su apatía e indiferencia sobre los problemas que amenazan la vida peligrosamente, como la degradación del medio ambiente y de los patrones de conducta. Sus objetivos emanan de la visión, la misión y los valores que la sustentan.

Es didáctica, herramienta en formación de escolares y guía para padres de familia, enfocada en problemas que inducen a drogas, alcohol, asociación en pandillas y sus consecuencias como embarazos no deseados, abortos, enfermedades de transmisión sexual, el VIH-SIDA, y aún hasta suicidios.

Hace años, con la intención de divulgar dichos contenidos por medio del cine y aprovechando las inquietudes de la Asociación pro Arte Cinematográfico de Guatemala, me dí a la tarea de escribir un libreto. En aquel entonces, para los

derechos de autor se requería publicar edictos en el diario oficial que siempre estaba saturado y había que esperar turno. Para cuando se logró, quienes prestarían el equipo y nuestros asesores, ya se habían retirado, llevándose dicho libreto. asociación cayó así en inactividad. La

Luego, con la intención de que el mensaje se diera a conocer masivamente, participé en un certamen con un guión sobre valores y ecología y obtuve el primer lugar nacional. Sin embargo, no se dio cobertura noticiosa por problemas entre los patrocinadores.

Esta obra plasma la esencia de mis inquietudes anteriores, con mensajes de han sido inspirados en casos de la vida real, empleando una innovadora estrategia, la cual permite que los lectores participen de la aventura como protagonistas.

Y mejor aún, que tomen el papel de quienes son los únicos capaces de conseguir un desenlace feliz, promoviendo el desarrollo humano, siendo los promotores de la comunicación, la que concierne al equilibrio ecológico, a la estabilidad emocional y a la construcción de la paz. Factores que, a pesar de ser la esperanza del futuro de la humanidad, se encuentran en el mayor descuído, con la consecuente pérdida de valores y degradación, tanto social, como medioambiental.

Este original recurso rompe, además con la tradicional barrera generacional al reunirlos con los mayores con objetivos comunes, siendo una contribución que, libre de corrientes sectarias, conduce al lector a una búsqueda por un camino que le lleve al despertar, para que con mayor conciencia se convierta en constructor de una nueva era de crecimiento para la cultura del tercer milenio.

Guillermo Bermúdez S. Autor

CONTENIDO

CAPÍTULO I CUANDO SUPIMOS DEL MISTERIO (Pubertad, El rescate de la Beba, Terrible Propuesta, El tenebroso desconocido, Extraño relato, El “abuelo”)

CAPITULO II AVENTURAS DE LA PANDILLA (La Pandilla, El primer beso, Los problemas, El que se volvió al revés, Aquellas tardes alegres, La borrachera)

CAPITULO III EL AMOR…¿EL AMOR? (La otra, El extraño caso del mono, Paradigmas, Valores, Transculturación, Cultura del milenio, Tragedia, El Sida, Autoestima)

CAPITULO IV LA AVENTURA DE LA VIDA (Correrías Nocturnas, La Bella Princesa, la aventura, Una idea genial, El Pacto, Por fin, Los secretos del Misterio, Nueva esperanza, Las flores de mi jardín)

CAPITULO V SECRETOS DEL MISTERIO (Los guías, Lo inesperado, Qué noche, La cumbre, El conflicto, Decepción)

CAPITULO VI LOS ROCK (La riña, La pálida, El frío de la muerte, Los rock, El suicidio, Reflexiones)

CAPITULO VII EL LIBRO QUE ESCRIBIERON LOS MUERTOS (Pesadilla interminable, El verdadero infierno, Sociedad del siglo pasado, El día fatal, El temor, El atraco)

CAPITULO VIII CAMINO AL “JARDÍN” (Vil engaño, Desconsuelo, Suceso mágico, Las madres, Mi encuentro con Cristina)

CAPITULO IX LAS CLAVES DEL MISTERIO (Nacer de nuevo, La luz, Un rito macabro, Revelaciones, Misterio del Angel, El nacimiento)

PARTE II (Cuentos) I CONSTRUYENDO LA PAZ II LA PAZ EN GUATEMALA III MORIR POR LA PAZ

CAPITULO I. CUANDO SUPIMOS DEL MISTERIO. (Fragmento.) PUBERTAD: Esta es la simple historia de nuestras vidas y de la Beba, la menor de la pandilla. Son confesiones escritas con temor y vergüenza, en ratos de desesperación, como una especie de gritos lanzados al viento. Y aunque habrá relatos parecidos, este habla con valor y sin hipocresías de la dolorosa realidad. De la verdad de nuestras experiencias y de cómo fuimos forzados a salir de la pubertad antes de tiempo. Es historia, sufrimientos y aventuras. Es en fin, nuestra vida misma. Aunque recién empezamos a vivir queremos darla a conocer para iluminar el camino de muchos otros que quizá se encuentren atrapados en una angustiante situación, como estuvimos nosotros. O como dijo nuestra amiga Elisa: “Como si fuéramos por la carretera de la vida, en donde los niños y jóvenes habrán de transitar, poniendo pedazos de nuestros corazones como señales; como flores de amor que sembramos para mostrarles el camino”. Los mayores siempre dicen que quisieran volver a la juventud, pero nosotros hemos visto sufrir a los jóvenes cómo los adultos ni se imaginan. Y mucho de ese sufrimiento nunca llega a saberse. Los familiares lo ocultan porque les da vergüenza, tal vez, o por no dejar que les afecte, pero la angustia de muchos adolescentes es terriblemente real y se va quedando en el alma. Más tarde se pagan las consecuencias hasta con la muerte, como con aquello que pasó y que ahora me hace reflexionar. Qué ideal sería que los chiquillos fuéramos siempre, precisamente, niños y no padecer dramas como el que nos tocó vivir tan de cerca y que rasgó nuestras mentes infantiles, perdiendo la inocencia para siempre, cuando deberíamos de pensar en jugar y divertirnos.

El ver a nuestras amigas -casi unas niñas– engañadas, llegando hasta el extremo del aborto y a nuestros compañeros, víctimas del abuso sexual y sus terribles consecuencias, como el SIDA. Y el dolor de verlos morir a tierna edad fue verdaderamente triste e impresionante, pero escandalosamente real. Y pensar que esto ocurre diariamente mientras nuestros padres nos creen estudiando ¡Y en pleno nuevo milenio! Claro que a nuestra edad no nos hubiéramos enterado de nada pero, por una serie de acontecimientos, mi amigo José y yo fuimos llevados tan cerca de aquella tragedia, que ya nunca volveríamos a ser los mismos. No sé si nuestros mayores, ocupados como viven en atender sus asuntos de dinero, se darán cuenta que muchos chicos despertamos a la vida de golpe o si les importa poco lo que ocurra con nosotros, quienes seremos los hombres del mañana, la esperanza de la humanidad. Tampoco sé si en este momento habrá alguien que se interese por lo que ocurra con nuestra mentalidad, atrapados como estamos, entre esa marea de perversidad en la que ellos mismos nos han colocado. ¡Y son precisamente los adultos quiénes, con su hipócrita falsedad, nos han conducido a la tragedia! Misma de la que después se lamentan preguntándose: ¿Hacia dónde va la juventud? Y solo hay una respuesta: ¡Hacia donde ellos mismos la están llevando! Porque, mientras los juguetes duermen por los rincones, los niños, en la calle, se venden por una poca de droga. Con José, mi mejor amigo, compartíamos toda clase de correrías porque en nuestras casas no había nadie durante el día. Nos entreteníamos con sus videojuegos y platicábamos, ignorantes de lo que se nos venía encima, cuando fue saliendo el asunto. —Me fastidió la maestra, cuando dijo que éramos pre-púberes. —Le dije. —Sí, Freddy, —me respondió enojado—, ahora en el colegio, los más grandes, ya no quieren que nos juntemos con ellos.

— ¡Imagínate! Se reían porque leía una fábula de un bosque mágico, diciéndome que eso no era para varones, burlándose. —Es cierto que ya pronto seremos adolescentes y dejaremos de ser los niñitos del grado, pero eso no quita que me gusten los cuentos. Hasta me encantaría que existieran de verdad, esos bosques mágicos. —A mí también. Además, todos hemos soñado con jardines encantados. —Sí, es verdad. Yo creo que también los adultos, desde el fondo de sus corazones, quisieran regresar a la niñez y ocultarse entre un bosque misterioso ¡Cómo aquellos lugares de las fábulas! Y olvidarse de todo. Porque mi padre dice que se sienten fastidiados cuando oyen del terrorismo y de guerras y que entonces la vida pierde, para ellos, todo significado. —Es verdad. Mis papás, afligidos, dicen que los ataques terroristas y con bacterias desatarán epidemias espantosas. — ¡Pobres viejos! Unas veces, deprimidos por la situación económica y otras, con ganas de salir corriendo por la violencia. Tal vez será mejor ser niños, ¿verdad? —Me dijo. Ambos nos quedamos callados un rato pensando en todo aquello, como recordando los maravillosos lugares de los que habíamos leído en aquellas historietas que tanto nos habían deleitado. Y aunque no quisiéramos reconocerlo tuvimos que aceptar que sí, éramos unos mocosos, que aún nos gustaban los cuentos infantiles. —Además, es cierto que a veces nos sentimos algo incómodos con las chicas. —Le confesé algo avergonzado a José. —Es porque también nos ven como niños. ¡Me da una rabia! —Dijo haciendo gestos. —Hay algunas, tan lindas, que ya se ven como señoritas. Así como la Beba. —Es muy dulce y podemos platicar, a pesar de que es un poco mayor que nosotros. ¿Verdad?

—Bueno, cuando no le agarra la depresión y se pone insoportable. No logro entender sus cambios de ánimo tan repentinos. —Dije, pensando en ella. Nunca nos imaginamos lo que se iba a desencadenar al lado de aquella linda chiquilla que nos llevaría a vivir la más excepcional aventura de nuestras vidas, en la que conocimos un mundo diferente. Afortunadamente, gracias a eso, también llegamos a conocer puros y bellos sentimientos, que son lo que nos hace asemejarnos a Dios. Ocurrió cuando tuvimos que enfrentarnos al más extraño individuo, quien nos puso en aquel camino insospechado. Todo comenzó cuando quisimos rescatar a nuestra amiguita de las peligrosas garras de aquel sujeto, quien había estado metiéndole ideas en la cabeza y hablándole de amor. ¡Le había estado proponiendo llevársela a no sé dónde! A ese “lugar prohibido” al que llamaba “su jardín”. —También ella me dijo el otro día que hay veces que desearía irse a donde hubiera armonía, belleza y paz inspiradora, para quedarse allí para siempre. Se veía como desesperada. ¡A saber qué le estaría pasando! —Le comenté a José. —Es verdad, Freddy. —Me dijo y se quedó en silencio con la mirada perdida, en una actitud ensoñadora, como deseando encontrarse él mismo en un lugar así, quién sabe por qué. —Pero esos paraísos de fábula, solamente se encuentran en los cuentos para niños. —Alardeé, para que viera que ya pronto seré mayor. —O en la imaginación de las abuelitas de antaño. —Reconoció resignado. —Sin embargo, ella me ha estado asegurando que sí existe ese fabuloso edén y que es mejor que los de Las mil y una noches. Que cierto tipo, que es su amigo, le ha dicho que es muy lindo. —Le relaté como para animarlo. — ¡Sí, seguramente ha de estar loca! —Me dijo, burlándose con aires de muy adulto.

—De verdad —le insistí— se le ha metido que existe. El tipo ese le ha dicho que: “un instante en su perfumada atmósfera es mágico, renovando el espíritu como por encanto y en donde se puede vivir para siempre”. Así le dice el hombre ese. — ¿Pero en qué serie de la tele, estaría pensando? —Dice que a nadie se le permite la entrada. Le llama: “El jardín prohibido”. — ¡Loca, irremediablemente trastornada debe de estar! —“Es un jardín prohibido al común de los mortales”. —Fue lo que le dijo él. — ¿Pero dónde habrá sacado semejante chifladura? ¡En donde se ha visto!... ¡Un jardín de fábula en pleno nuevo milenio!... ¡Já, son puros cuentos! —Bueno... ¬¬—Me quedé callado sin saber qué responder. Reaccionando, le aclaré—: Eso es lo más curioso. Ella dice que su “amigo” le ha revelado el “secreto” del misterioso jardín. Es un hombre adulto, según me dijo. — ¿No será alguna clase de pervertido, o algo así? ¡Bien podría tratarse de un violador! Un degenerado o alguien que desee secuestrarla. ¿Qué sus padres no le han enseñado que no debe de hablar con extraños? —Me dijo molesto. En realidad yo se lo había dicho a propósito, no solo por platicar y no era así como hubiera querido que José lo tomara. Fue para despertarle la curiosidad sobre aquel asunto tan raro del “Jardín Prohibido”, que el hombre ese le había contado y que no me atrevía a investigar yo sólo. ¡Definitivamente, necesitaba un cómplice que se atreviera a que corriéramos la aventura de descubrir ese misterio! Pero lo primero que tenía que lograr era que él creyera, al menos algo, en la posibilidad de que ese “lugar” existía. Luego, ya me encargaría yo de irlo entusiasmando poco a poco para que, armándonos de valor y astucia, —condiciones indispensables de los caballeros— tuviéramos el atrevimiento de hablar de eso con ella para someterla al más refinado interrogatorio, aún hasta “torturarla” con cosquillas, para hacerla confesar la verdad y nada más que la verdad.

Necesitaba que nos dijera si ella había inventado todo el cuento ese del dichoso jardín de fábula o si se trataba de algún centro vacacional, aún no descubierto por los chicos de nuestro barrio, para ir inmediatamente a jugar con todas las correrías que pudiéramos imaginar. Pero el bandido de José lo tomó por otro lado dándose sus aires de muy crecidito, a punto de echarme a perder el juego, quitándole la emoción a la aventura de descubrir aquel misterioso lugar. —No sé, él es muy misterioso. Ella me ha contado lo que le dice, pero es algo realmente absurdo. —Le dije, tratando de mantener aún su curiosidad. — ¡Quizá deberíamos de alertar a sus padres o dar parte a la policía o hacer algo! ¡Podría encontrarse en peligro en este preciso momento! —Dijo alarmado, creyéndose el “príncipe salvador de la doncella”. ¡El muy mocoso! — ¿No estarás viendo mucha tele? —Le dije, sarcástico, ante su reacción—. Bueno, la verdad... no lo sé. —Agregué vacilante— ¿Sabes lo que me dijo el otro día?... El sujeto ese le aseguró que él mismo vive allí. —Acepté, ya con mis dudas. — ¡Ah no, eso sí está muy sospechoso! ¡Cómo si quisiera convencerla para llevársela quién sabe a dónde! —Dijo, con pompas de muy adulto, yéndoseme por otro lado. —Te voy a decir, con sus propias palabras, con lo que quiso convencerla: “Te puedo asegurar que existe porque lo conozco, ya que allí es en donde vivo yo, lástima que sea prohibida su entrada. Y aunque son pocos su habitantes, la vida allí es muy feliz”. —Le dijo el viejo ese. Estaba seguro que sería el tiro final con que me afirmaría el interés de José. Luego, todo sería cosa de “montar en nuestros briosos corceles” —es decir, las bicicletas— y emprender la que prometía ser la más emocionante de nuestras correrías para descubrir los misterios ocultos de ese dichoso “jardín”. Y aunque se tratara de un simple parquecito de diversiones, para nosotros sería lo que ella quisiera que fuera y podríamos jugar allí cada vez que nos sintiéramos aburridos.

Pero no. El condenado de José, no parecía interesarse en eso en lo más mínimo. Su preocupación iba más por descubrir las intenciones que el hombre ese tuviera detrás de su “propaganda” para interesarla. Finalmente, sin que me diera cuenta, José me iba metiendo en su juego. — ¡Si no actuamos rápido va a llevársela! ¡Pero cómo es posible que sea tan tonta de creerle esas patrañas! Porque ingenua no es. —Me decía él. —Lo que sucede, es que tiene muchos problemas con sus padres. En su casa, ha estado pasando algo que no ha querido contarnos. Seguramente ha encontrado en las historias de ese tipo, un escape a sus problemas; una forma de huirse de su realidad. — ¡Sí, Freddy, pero lo peligroso es que decidiera fugarse con el sujeto ese! Las palabras de aquel niño creído mayor, tenían un tono de razón. Pero lo que más me conmovió no fue la madurez de sus reflexiones, ni tan siquiera lo peligroso que podría ser para ella la posible escapatoria de su hogar, sino ese sentimiento que se apoderó de mí en aquellos instantes. Fue una mezcla de rabia y frustración ante la impotencia de impedir aquello que, según José, estaba por suceder y que, irremediablemente, me apartaría de aquella linda chica con la que, recién, comenzábamos a ser buenos amigos. Yo no sé si será eso a lo que los mayores llaman celos, pero algo muy parecido sería. Lo cierto es que, el fragante aroma de su cuerpo, se me había venido metiendo hasta los huesos. Se me resecó la boca y, olvidándome de fantasías y las bromitas que acostumbramos, fui pensando más en el asunto. Y como si despertara a la realidad por las palabras de José, a quien ahora veía como si de pronto hubiera crecido haciéndose todo un adolescente, me di cuenta que él tenía razón y que quien actuaba como un niño era yo. Entonces, tomando las cosas en serio, decidí que era la hora de actuar. — ¡José, tienes razón, algo habrá que hacer! —Le dije decidido. —Yo creo que deberíamos de enfrentarlo y exigirle que la deje en paz.

— ¡Pero si ni siquiera lo conocemos! No sabemos ni quién es el tipo. — ¡Bueno, pues hablemos con ella! ¡Abrámosle los ojos! —Me insistió con madurez. Pero yo, conociéndola, le repliqué: —Recordemos que: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Parece que se ha convertido en una especie de admiradora de ese charlatán. ¡Cómo quisiera que lo supieran sus padres! —Agregué rabioso. —Pero si la pobre, anda cómo si no los tuviera. Siempre quejándose de su soledad. Parece que no le prestan atención. De no ser por Cristina, su hermana mayor. —Reflexionó. — ¡Eso es! ¡Su hermana puede ayudarnos a salvarla de caer en las garras de ese pervertido! ¡Vamos a hablar con ella! —Exclamé entusiasmado. — ¡Sí, tenemos que hacer algo! Tenemos que salvarla. ¡Vamos a buscarlas y que se aclare de una vez todo el asunto! —Me dijo resuelto. — ¡Sí, vamos a demostrarles que ya no somos unos niños! —Exclamé lleno de emoción, al ver que podíamos hacer algo digno del más audaz. Ese día iba a ser muy especial, porque estaba por ocurrir todo aquello que nos cambiaría para siempre. La relación con aquel extraño que hablaba de un maravilloso jardín prohibido y el choque abrumador de conocer repentinamente el mundo oscuro de las drogas, sería tan solo el principio; luego, se dejaría venir todo lo demás. — ¡Vamos, vamos pronto, antes de que otra cosa suceda! —Dijo José. — ¡Sí, rápido! Vamos. —Respondí jalándolo. Y como “valientes hidalgos”, que van a salvar a su “princesa”, nos fuimos a toda prisa a su casa decididos a que se aclarase con su hermana aquella peligrosa situación, sin importarnos los riesgos. Creo que también deseábamos lucirnos ante los ojos de aquella preciosa muchacha. Y, sofocados en las bicicletas, sudorosos por el calor de la tarde de verano llegamos por fin, temerosos de que nadie nos hiciera caso y, dudándolo un poco, llamamos a la puerta.

No nos relacionábamos con Cristina, su hermana grande, por ser mayor que nosotros. No habíamos pasado de saludarnos de vez en cuando. Nos sentíamos desconsolados y temíamos que se burlara. ¿Quién iba a prestar atención a las tonterías de un par de mocosos? Por otra parte, no nos atrevíamos a hablar con su padre pues tenía fama de bravucón y nos daba miedo. Su madre, siempre histérica, regañando a todo el mundo, no era la persona más adecuada para ponerse a charlar con unos niños. ¿Qué podíamos hacer? ¿A quién recurrir? Sin embargo, estábamos decididos. No sabría decir si por mala suerte o afortunadamente, ninguno de los mayores se encontraba. Solamente ella quien, extrañadísima de nuestra visita, nos atendió amablemente con refrescos, al tiempo que escuchaba nuestras acaloradas advertencias, aunque sin entender ni media palabra, porque —nerviosos— hablábamos los dos a la vez, armando tremendo escándalo. Nos interrumpíamos el uno al otro, hablándole del secuestro y de los degenerados, sin haber mencionado lo del dichoso “Jardín”. Por fin, ya un poco más calmados, le explicamos la razón de nuestra visita y el porqué de nuestros temores. Le dijimos que eso del “lugar encantado” nos sonaba a puro engaño y que, probablemente, el hombre ese, lo único que deseaba era aprovecharse de su credulidad, quién sabe con qué fines perversos y que debía de consultarlo por lo menos con su hermana mayor, para que la aconsejara. Con cara de bobalicona, muy extrañada de nuestra desconfianza, se puso un poco enojada. No sé si porque estábamos metiéndonos en su vida o por la gran admiración que le tenía a ese hombre. Lo cierto es que parecía que nos estaba regañando y no lográbamos entender por qué. — ¿Pero de quién creen que están hablando? —Nos reclamó alterada. — ¡Pues del pervertido ese! ¿De quién más? —Dijo José. — ¡Qué no es ningún pervertido! ¡Qué es una magnífica persona! —Gritaba con enojo, dando pataditas en el piso, encaprichada.

— ¿Te parece poco que un viejo marrullero esté sonsacándose a una adolescente, con el cuento ese de un “jardín encantado”? —Le reclamó mi amigo. — ¡Y aún que se tratara de una chica fea, ya no digamos alguien tan linda como tú! —Agregué. Sus ojos vivaces, sus mejillas sonrosadas y sus labios, tenían algo que me turbaba. Como para agradecerme lanzó un precioso gesto con el rabillo de los ojos, acompañado de una sonrisa. No pude resistir y, sin sostenerle la mirada, me sentí desconcertado. La boca se me secó de inmediato; me sudaron las manos y sentía fuego en las mejillas. Creo que me avergoncé de lo que dije pero, al parecer, mis palabras la habían suavizado. —Bueno, lo que pasa es que ustedes no lo conocen. —Dijo, un tanto más calmada. —Se trata de un verdadero caballero. —Agregó muy convencida. — ¡Pero, por Dios, no seas tan ingenua! ¿Qué clase de caballero les arma semejantes cuentos, a las niñas quinceañeras? —Le hizo ver José. — ¡Pero cómo que quinceañeras! ¡Si todavía me faltan unos meses para los catorce! —Reclamó ella, indignada, fijándose más en eso que en lo delicado del asunto. — ¿El qué? ¡Increíble! —Dije, asombrado— Estás tan... tan... —Me volví a turbar otra vez, enredándome en mis palabras, arrepentido de haber abierto la boca. —Tan desarrollada, quisiste decirme. Sí. Es cierto; me lo han dicho bastante. —Agregó con desenfado, dando un revuelo con la cabeza, haciendo que su cabello se ondulara graciosamente por los aires, mientras continuaba con esa su sonrisa. —Tan linda, quise decir. —Agregué, como para disimular. De nuevo el calor me hacía sudar hasta gotear. — ¡Bueno! —Se impacientó José—, ese degenerado anda engañando niñas y ustedes perdiendo el tiempo. ¡Debemos desenmascararlo!

No sé si José se quería lucir, haciéndose el héroe, o si realmente se encontraba apenado. — ¡Otra vez con eso! ¡Que no es ningún degenerado! —Refunfuñó ella, dando un taconazo. — ¿Pero de qué clase de tipo estamos hablando? —Interrumpí. Tal vez estaba tratando de lucirme yo también. —Bueno, ya les dije que él, lo único que quiere es que conozcamos lo del “jardín”. — ¡Já, já, sí, cómo no! —Le dijo José, burlón— Y se entretiene llevando chicas inocentes a su famoso “rincón encantado”. — ¡No es encantado! Es: “El jardín prohibido” —Aclaró ella, molesta. — ¡Prohibido! —Chilló José— ¡Prohibido será, pero por la ley! Eso de andar sonsacando a menores, lo convierte en un pervertido. ¡Aunque no quieras aceptarlo! —Le dijo él, dándose aires de muy adulto. —Pues créanlo o no, es una bella persona. ¡Aunque, claro, comprendo que para niños como ustedes, ha de ser difícil entender algunas cosas! —Dijo ella. — ¿Qué quieres decir con “niños como nosotros”? ¡Acláralo! —Le exigí. — ¡No es fácil que “niños alienados” comprendan la existencia de semejante lugar! Ustedes se han perturbado con películas de violencia. Han condicionado su pobre mente a los videojuegos de matar. ¡Cuanta más acción, mejor! Dicen, refiriéndose a la sangre. Entonces, no es posible que se interesen por aventuras en jardines encantados, como los niños de mente sana que deberían de ser. —Nos reprochó con una rara mezcla de candor y madurez que nos dejó con la boca abierta. — ¿Te das cuenta? Ya te engatusó el hombre ese. ¡A la cárcel debería de ir a parar! —Le dijo José, reaccionando. —Pues aunque no quieran creerlo, él es muy sincero. Además, es un hombre de experiencia y comprende los problemas. Es dulce y su conversación reconfortante.

¡Y no como los chicos de nuestro barrio, que hablan puras estupideces! —Dijo, defendiéndolo. Yo me moría de rabia al oír sus palabras y la forma en que lo halagaba. No sé si los celos me estaban consumiendo al comprender que “un mocoso con una conversación estúpida”, jamás podría competir contra el individuo aquel. Pero, bueno, al fin y al cabo no hemos venido para enamorarla, sino a salvarla del degenerado ese. ¡Y eso es lo que teníamos que hacer y pronto! Antes de que continuara embobándose más con él. Pensé. —Bueno, ¿y que más te ha dicho ese hombre? —Le interrogó José, ya impaciente. —Pues, él habla siempre del “Jardín Prohibido” y de que, si se supiera su existencia, serían miles los que querrían entrar allí y gozar de los placeres que se encuentran disponibles para todos, principalmente uno de los más anhelados por la mayoría: El amor. — ¿Lo ves? —Le grité, alterado, como si hubiera descubierto por fin, el arma para combatir y derrotar a ese perverso. — ¿Veo qué? —Me dijo molesta, cómo si no se diera cuenta de lo que ella misma acababa de revelarnos y lo tremendamente peligroso que podría ser. — ¿No te das cuenta que eso de los “Placeres del jardín prohibido” puede ser una clara insinuación a las drogas? Es como si quisiera llevarte a un antro o algo así. Para mí, el asunto está muy claro. —Agregué. Me sentía furioso, como combatiendo contra la maldad de ese hipócrita pervertidor de menores. —Además, ya estás grandecita para darte cuenta que ha estado tratando de seducirte. —Le aclaró José. — ¿Pero por qué, seducirme? —Dijo perpleja.

— ¡Pues, está clarísimo! Tú misma dijiste que estuvo hablándote de los “placeres” de ese prohibido jardín y que uno de los más anhelados es nada menos que: “El amor”. —Le dije, acalorado, como si estuviera a punto de ganar la batalla. —Oí decir a mi padre que cuando los hombres les hablan de amor a las jovencitas, es un indudable acoso sexual y eso de hablarte de “placeres”, lo pone indiscutiblemente en evidencia. —Agregó José, presumiendo de listo. — ¡Eso es! —Grité alterado—, debemos de darle la queja a tus padres para que lo acusen con las autoridades. — ¡Sí, que se sepa! ¡Que se sepa! ¡Hay que desenmascararlo! —Vociferaba José. — ¡Que lo metan a la cárcel! ¡Que lo encierren! ¡Es un viejo sinvergüenza! — Gritaba yo, furioso, para demostrarle a ella que habíamos descubierto a su “galán”. Gritábamos y hasta dábamos de brincos, palmoteando por los aires, con nuestros desmanes de chiquillos. — ¡Qué todos lo sepan! ¡Qué lo metan a la cárcel! —Gritábamos. Nosotros creíamos que habíamos ganado aquella discusión, lo que nos llenaba de un poder y satisfacción que no éramos capaces de controlar. Ya nada que ella dijera podría cambiarlo. — ¡Un momento! ¡No se alteren! —Clamaba, tratando de dominar nuestra furiosa indignación, pero sin lograr nada. Estábamos felices, porque demostrábamos que ya no éramos los niños que ella creía. Habíamos sido lo suficientemente maduros para descubrir las oscuras intenciones de aquel peligroso delincuente,

desenmascarándolo y, por el bullicio con que festejábamos nuestra victoria, no podíamos oírla. — ¡Silencio! —Gritó de nuevo, ya alterada— ¡Es mi amigo y no permito que le estén tratando de delincuente y pervertido!

Ustedes son un par de muchachitos, incapaces de comprender ciertas cosas. Lo mejor que podemos hacer, es olvidar todo esto. Dejen de hacer aspaviento creyéndose los muy adultos y no metan sus mocosas narices en mis asuntos. ¡Al fin y al cabo, es mi vida y no la de ustedes! —Y estallando en llanto se quedó abatida, con la cara entre sus manos. El cabello revuelto la cubría toda y nos sentimos profundamente desconsuelo. Nos sentimos como chiquillos quienes, con su torpeza, acabaran de romper un escaparate de un pelotazo y quisieran esconderse de su travesura. Y es que verdaderamente eso es lo que había ocurrido, porque el alma de aquella jovencita era como una copa del más delicado cristal. Finalmente, José, rompió el silencio. —Perdónanos, no quisimos... Es decir... —Se enredó y ya no supo que decir. —Lo que él quiere decir, es que no fue nuestra intención molestarte. No quisimos que te alteraras, ni mucho menos que te enojaras con nosotros. —Tercié de inmediato, acariciándole la cabeza con cierto temor. Me electricé al sentir lo sedoso de su cabello. Realmente habíamos actuado como un par de mocosos imprudentes, ya que sabíamos de los problemas en su hogar y que su estado era delicado por muchas emociones. No debimos presionarla tanto, —pensé—, pero en fin, ya habíamos metido la pata y no había más que hacer. Decidimos quedarnos callados unos momentos y le pedimos disculpas por nuestro error; luego, hicimos bromas y un montón de payasadas para que se riera y lo olvidara. José es fantástico para bromear, sacándole chiste a lo que sea. Yo lo aumentaba todo con mis risas que la contagiaban. Afortunadamente, se le pasó y sonrió de nuevo. TERRIBLE PROPUESTA: apenados con ella. Callados, nos cruzábamos miradas de

—Perdonen ustedes, pero es que me desesperaron. —Nos dijo ella, con ese gracioso movimiento de cabeza tan suyo, reponiéndose—. Les agradezco su interés, pero están equivocados. Como veo que este asunto no tiene solución, ya que ustedes creen que la que se equivoca soy yo, lo mejor será que lo conozcan a él personalmente y oyéndolo hablar, se formen su propia opinión. — ¿Qué? ¡Estás proponiendo que vayamos a donde ese pervertidor de menores! —Exclamó José, asustado. En realidad, el asunto nos pareció en extremo peligroso. No sabíamos cuáles serían las verdaderas intenciones del sujeto. ¡De ser algo raro, corríamos un serio peligro! Nos tomó de sorpresa. Pero si nos negábamos y no éramos capaces de enfrentar ese reto, notaría nuestro miedo. Entonces, ya no habría manera de demostrarle que no éramos los latosos que ella creía. Por lo que, a pesar de la cara de espanto que tenía José, haciéndome el valiente, respondí: —Sí, será lo mejor. —Y viendo que ella se llenaba de satisfacción, me entusiasmé de nuevo. — ¡Pero cómo! —Dijo José, pálido, casi gritando—. Eso sería exponernos al peligro que hemos venido a evitar. Están completamente locos. Por unos minutos estuvimos discutiendo el asunto. Yo quería demostrarle a ella mi valentía pero, en el fondo, estaba tan asustado como José. Él, decididamente, en contra de la idea, no quería aceptar; y ella, como probando nuestro valor y deseosa de que conociéramos a su amigo, insistía en convencernos para que accediéramos a su descabellado y peligroso plan. Pero pudo más nuestro orgullo que el temor y, aunque temblando del miedo y llenos de vacilación y de inquietantes dudas, finalmente, aceptamos el desafío y le dijimos que sí. Por el camino a casa de José, comentábamos sobre los riesgos de nuestra temeridad. Pero el asunto se había convertido en un compromiso, por la forma retadora en que ella había insistido.

Teníamos que reconocer que, de no haber sido por nuestra propia insistencia, nunca hubiéramos llegado al extremo de la temeridad. Así que no podíamos echarnos para atrás. No había más remedio que aceptar aquella terrible propuesta, por tenebrosa que nos pareciera. Nosotros mismos nos habíamos metido en eso, por llevárnoslas de “caballeros” y, ahora, había que demostrar lo “valientes” que podíamos ser… Con toda formalidad habíamos quedado de juntarnos al siguiente día, para hacer aquel viaje que nos conduciría hacia la, tan temida, entrevista. Estábamos dispuestos, pues, a enfrentarnos al desafío. Como quien dice: Meteríamos la cabeza entre la boca del lobo. —Ni pensar en decirle a nadie sobre esto. —Me previno José, muy serio. — ¡Claro que no! —Respondí resuelto—. Aunque… si algo pasara, podrían localizarnos o al menos seguirnos la pista. Pero si nadie sabe en donde estamos, no habrá forma que den con nosotros. —Protesté, deseando que todo el mundo se enterase, por nuestra seguridad. —O para que den con nuestros cadáveres. —Dijo él, de una forma macabra que me causó espanto, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda. — ¿Pero por qué? — ¡Bueno! —Reclamó enojado— ¡No te hagas el idiota! Se han visto tantas cosas en la televisión. —Me replicó, con ese su aire de petulancia, como cuando se quería hacer el muy experimentado—. De sobra sabes que esa historia del dichoso “jardín” es una patraña y quien sea tan hábil de inventar semejante mentira, también será capaz de cualquier cosa; desde atraer a los niños para meterles drogas, hasta raptarlos para prostitución. — ¿Pero entonces a qué vamos? —Pregunté desconcertado.

— ¡Pues, como te hiciste el valiente para lucirte ante la Beba! Ni modo, ya nos comprometimos. Ahora ya no hay remedio. —Me dijo, en tono de reclamo, haciéndome sentir culpable de todo el problema. En el fondo yo sabía que tenía razón, ya que en parte la culpa era mía, aunque la iniciativa de hablar con la Beba, había sido de él desde un principio. Pero en fin, a pesar de que el resto del camino anduvimos echándonos la culpa, al final, comprendimos que continuar con eso no remediaba nada y, haciendo las paces, decidimos afrontar la situación y aceptarlo, por terrible que fuera. Ya no nos quedaba otro remedio, más que la suerte nos acompañara. El lugar a donde tendríamos que ir por la mañana —pasara lo que pasara— era fuera de la ciudad y probablemente nos llevaría todo el día hacer aquel recorrido. Tendríamos que idearnos una buena excusa para estar fuera de casa todo ese tiempo. Habíamos inventado que, aprovechando el fin de semana, visitaríamos una granja de la familia de José y él dijo la misma historia, pero al revés, diciendo que la granja era de mis padres. Me hizo prometerle que guardaría el secreto y que por ningún motivo revelaría la verdad. Creo que le daba vergüenza que se supiera que andábamos en búsqueda del “jardín prohibido”. No quería hacer el ridículo y después exponerse a las burlas. Por la noche no pude dormir. Daba vueltas en la cama y cuando por fin conciliaba el sueño me despertaba dando de brincos, atormentado por terribles pesadillas. Me preocupaba nuestra seguridad y muy a mi pesar, me vi obligado a romper mi promesa de silencio y con una prudente actitud, decidí dejar algún rastro, por las dudas. Aprovechando el insomnio escribí una nota para mi madre, pidiendo perdón por ocultarle la verdad, tratando de explicarle mi compromiso. Cuidándome de no revelar lo del dichoso “jardín”, señalaba el lugar con la esperanza de que, si algo llegara a pasarnos, pudieran seguirnos la pista. Acto seguido, la oculte en un lugar del armario que mi madre ordena siempre y me dispuse a dormir.

¡Mañana será el gran día en que por fin, podré probarle mi valor a la Beba! Y con suerte logremos desenmascarar al fulano ese, probando así que no somos tan niños y, quizás, cuando todo se averigüe, sea reconocida nuestra valentía y podamos ser aceptados entre los chicos mayores. ¡Ya no se burlarán más de nosotros! —Me decía a mí mismo para consolarme del miedo que sentía—. Mañana será nuestra prueba de fuego... Mañana... Y, finalmente, me fui quedando dormido. El día amaneció temprano. De un salto me levante a preparar una mochila con calzoneta y toalla, tan sólo para disimular; agregué algo de comida y me despedí, marchándome deprisa al parquecito en donde me esperaría José. Al parecer llegué antes de lo convenido porque José, no estaba. Me dispuse a esperarlo mientras comía mis panes del desayuno. Estuve esperándolo mucho tiempo y no aparecía por ninguna parte. Toda clase de pensamientos cruzaron por mi cabeza, poniendo a prueba mi paciencia, atormentándome durante aquellos largos minutos. Pensé —temiendo lo peor— que él había decidido simplemente no ir y que por lo tanto, me tocaría enfrentar a mí solo lo que hubiera que pasar, aunque se tratara de vida o muerte. — ¿Viviré para contarlo? —Me preguntaba, afligiéndome— ¿Y qué tal, si el José tenía razón y se trata de un vil degenerado, pervertidor de menores y nos obliga a consumir droga para volvernos viciosos? ¿O si, aprovechándose de nuestra estupidez, quiere vendernos con los que se llevan a los niños al extranjero? ¿Y si, al ver que descubrimos sus sucios planes, decide matarnos? O bien, podría secuestrarnos para cobrar un rescate. Cualquier cosa podría suceder. ¡Hay no, por Dios! ¡De verdad, que mejor no hubiera venido! ¿Y qué puedo hacer ahora? ¡Si sobrevivo a esta, me las va a pagar caro José! —Me decía a mí mismo, asomándome a las esquinas, tratando de ver si llegaba por algún lado. ¡Nunca debí confiarme! Desde un principio se notaba que no quería que fuéramos. —Me repetía— ¡Pero qué tonto fui; cómo no me di cuenta! ¿Y ahora qué

hago? Ni modo que le falle a la Beba. No puedo telefonear a su casa, porque aún debe de estar el ogro de su padre y no quiero que me ponga en confesión. ¡Tendré que aguantarme otro rato, hasta ver si este burro viene o no! De lo contrario, me tendré que ir yo solo con la Beba. —Pensaba, furioso. Deambulando, estuve un buen rato por el parque. La mañana estaba más fresca que de costumbre. El sol aún no calentaba y por las prisas, no saqué con qué cubrirme y tiritaba del frío. Sentado en una de las bancas de piedra, solitario, me sentía incómodo ante espantosas miradas de mendigos y vagabundos que pasan la noche en los alrededores. Para calmar mí nerviosismo destapé una botella de jugo de naranja que llevaba en mi mochila pero, por estar atento a unos pequeños delincuentes que se acercaban, di un mal trago quedando a punto de ahogarme. ¡Se me zafó de las manos, derramándose Justo en la entrepierna! Lo que aumentó mi rabia, mi frío y mi incomodidad. Me había empapado. ¡Por fin, apareció el tal José, despreocupado y con cara de inocente! Y todavía tuvo el cinismo de burlarse de mis pantalones mojados. — ¡Freddy, te orinaste del miedo! —Gritaba— ¡Te orinaste! —Repetía, brincando como un mono, sin importarle para nada que ya algunas vecinas pasaran a comprar el pan. ¡Encima de lo que me hizo esperar! Con lo peligroso que es estar sólo a esa silenciosa hora entre los vagabundos que merodean y todavía se carcajeaba de mí. ¡Me daban ganas de retorcerle el pescuezo! Y él, como si nada. Risa y risa, daba de saltos burlándose. — ¡Que no se entere mi madre! —Pensé. Finalmente, fuimos donde la chica, quien, impaciente, nos esperaba y, aunque refunfuñando por la tardanza, logró reconciliarnos. Al vernos juntos, quizás por el calor humano o por sus palabras reconfortantes, se me fue pasando un poco el frío. Bueno, al menos ya no temblaba más. Y así, gastándonos bromas y entre uno que otro empujón, nos dirigimos

finalmente al autobús que nos llevaría hacia nuestro destino. Ya los tres juntos, pudimos disfrutar de una franca camaradería por el camino. Ella dijo que le gustaba mi “loción de naranja”, carcajeándose ambos de mi pobre condición, ya que se estaban burlando del jugo que me había caído. Platicando, salieron a relucir muchas de las penas que le han tocado vivir al lado de su padre alcohólico y su histérica madre. Y que, su hermana Cristina, ha llegado a ser un consuelo para ella. Chiquilla perdida entre un mundo incomprensible de adultos neuróticos, preocupados únicamente por sí mismos, sin percatarse siquiera de las penalidades de los más jóvenes. Algunos sollozos apagados turbaron la emoción de aquel momento, enrojeciendo su naricita. Pero pronto ella reaccionó y sacando de su bolso una flauta se puso a tocar una melodía que fue limpiando el ambiente de toda vibración negativa, como si hubiera sido una melancólica y mágica conjuración que nos fue reconfortando. Pronto, la música se hizo más alegre, reanimándonos. Dicen que las almas se juntan para cumplir su misión en esta vida. Así, nos habíamos reunido con aquella preciosa jovencita y, acompañados de la dulce tonada de su flauta, nos dirigíamos a enfrentar nuestro destino. Ignorábamos, sin embargo, si nuestro encuentro con aquel “tenebroso desconocido” sería terriblemente malo, como temíamos con José, o una sorpresa insospechada que cambiaría nuestras vidas por completo. El autobús corría veloz abriéndose paso entre el humo de la carretera... EL TENEBROSO DESCONOCIDO: De cualquier manera, allí íbamos los tres solos y desamparados, temerosos de lo peor, pero dispuestos. Pasara lo que pasara, no cejaríamos en nuestro loco afán de salvar a la pobre chica de las garras del desconocido aquel, de sombríos propósitos, pero que había sabido ganarse la confianza de ella, tan inocente como puede ser una jovencita a los trece.

— ¡Miren, ya estamos por llegar! —Exclamó ella, interrumpiendo mis pensamientos bruscamente. El paisaje nos reconfortaba regalándonos con exuberancia. Se divisaba ya, detrás de una loma, el magnífico parque acuático. Burlándonos de ella, le decíamos que ese “jardín” ya lo conocíamos, refiriéndonos al balneario y que desde hacía tiempo que lo veníamos visitando. Pero ella lo negó con la cabeza, diciéndonos que no sabíamos de lo que estábamos hablando. —Más allá, en lo alto de la loma, por donde se distinguen los frondosos árboles, si tenemos suerte, lo encontraremos y, si lo desea, les explicará sobre ese misterio. —Nos dijo, dejándonos sorprendidos. En verdad, habíamos llegado a pensar que se trataba de un posible juego de ella, sobre aquel centro recreativo que tan popular había llegado a ser entre la muchachada. A lo lejos, se distinguía el magnífico paraje. Se veía irreal, rodeado de una atmósfera mágica. Las doradas nubes filtraban rayos de sol, que recortaban siluetas de árboles oscuros con un halo plateado, por la contraluz. Maravillas de la naturaleza que ya no estamos acostumbrados a ver en la ciudad. Nos quedamos sorprendidos. Dentro de nosotros aún vivía el alma de niños, conmoviéndonos por la emoción de la aventura del paso que íbamos a dar: ¡Dos mocosos indefensos yendo a enfrentarse a un tenebroso desconocido! Nuestra imprudencia nos estaba colocando al borde del peligro. El viajar solos, en compañía de aquella linda jovencita y admirar el paisaje tan espectacular, nos puso muy sensibles. Sentíamos que la emoción —con una opresión en la garganta— nos descontrolaba y suspirábamos, con la adrenalina hasta el tope. Al bajar del autobús, de inmediato, percibimos el aroma del campo. Nos dirigimos como autómatas por un camino estrecho, bajo el ardiente calor, como un manto protector en aquellos momentos fatales cuando habíamos sentido el frío hasta en los mismos huesos.

— ¡Allí está! —Nos previno ella. Nos dio un vuelco el corazón, latiendo más deprisa que de costumbre. — ¡Él es! —Agregó entusiasmada. No lo distinguimos muy bien, por la distancia, pero conforme nos acercábamos pudimos verlo mejor. Su cabello resplandecía al sol. Se me resecó la boca, sin tragar una saliva que ya no tenía y que no sabía por qué necesitaba con urgencia, en aquel instante. ¡Sentía las piernas cómo de trapo! Como si arrastrara los pies sin avanzar, como en la fina arena del desierto. Tenía miedo a que, si caminaba, finalmente me tuviera que enfrentar al desconocido aquel a quien tanto temía y que desde el fondo de mi corazón ya odiaba. Sin embargo hicimos esfuerzos por avanzar, lo que fuimos logrando poco a poco, como entre un pantano de arenas movedizas, Vimos a un hombre alto y atlético de mediana edad por detrás que, junto a un caballete, trabajaba una pintura sobre un lienzo. Él no podía vernos aún. Mis ojos se engancharon con José, quien iba con una mirada perdida. ¡Quién sabe lo que iría pensando! Me hizo una expresión de desconsuelo. Como si estuviera clamando por su querida madre. Le hice señas cómo preguntándole ¿qué haremos ahora? Y con un ademán, encogiéndose de hombros, me demostró que se encontraba tan turbado como yo, poniendo una cara tan afligida que pude sentir su pena desde lejos. Sus blanquecinos labios, resecos, delataban su espanto mientras sus ojillos enrojecidos trataban de esconderse entre las cuencas. Respirábamos entrecortadamente, con fuertes palpitaciones que parecían escucharse desde afuera de nuestros angustiados corazones. ¿Qué se puede hacer en un momento así? No estábamos preparados. Lo peor era que, a cada instante, nos acercábamos más al sujeto aquel quien nos agarraría totalmente desprevenidos. Nunca planeamos lo que iríamos a hacer cuando estuviéramos frente a él; no habíamos pensado ni qué decirle. Ni siquiera sabíamos cómo protegernos. En aquellos terribles momentos de angustia recordé cuando me decía mi madre que los

ángeles nos cuidan aunque no podamos verlos y, tan solo de pensarlo, sentí que me estaba comunicando con ellos, como pidiéndoles protección, sintiéndome, de pronto, cómo acompañado de una entidad superior. ¡Cómo una cálida presencia! Como cuando mi padre me alzaba entre sus brazos apretándome contra su pecho y me tranquilizaba. Ahora mis piernas volvían a obedecerme y nos fuimos acercando más ágilmente al sujeto. FIN de la versión electrónica…

(CONTRAPORTADA)
Esta es una historia de sufrimientos y aventuras expuestas con valor, sin hipocresías, sobre una dolorosa realidad que para muchos será asquerosa quizá, pero que es una palpitante verdad de nuestros días. Son nuestras confesiones escritas en ratos de desesperación, con temor y vergüenza, como gritos de dolor lanzados al viento.

Nuestra relación con aquel extraño que nos hablaba de un maravilloso “Jardín Prohibido” y el choque abrumador de conocer subitamente el mundo oscuro de las drogas, sería tan solo el principio; luego, se dejaría venir todo lo demás. Ver a

nuestros compañeros víctimas de abuso sexual, muriendo de SIDA a tierna edad, fue doloroso pero escandalosamente real.

Fuimos coleccionando su historia con sus correos electrónicos y quisimos hacer con ellos un libro para darlo a conocer a todo el mundo.

_¿Y cómo se les ocurre publicar eso?_ Dijo el papá de Javier lleno de una indignación caduca, extemporánea, basada en las costumbres de los viejos hipócritas que todo lo quieren mantener oculto aunque el mundo necesite saber la verdad y

principalmente los jóvenes.

Y mientras los juguetes duermen por los rincones o

debajo de la cama, los niños en la calle se venden por un poco de droga.

Por eso quisimos darlo a conocer, para iluminar a quienes se encuentren atrapados en una angustiante situación parecida a la nuestra, como si fuéramos por la carretera de la vida poniendo pedazos de nuestros corazones como señales, como flores de amor que sembramos para mostrarles el camino.

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