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La guerra en las palabras

Rafael Spregelburd
Los coletazos del Congreso de la Lengua me siguen sacudiendo, y la verdad es que me alegro mucho.
Leí algunas ponencias fantásticas y pude seguir diálogo en privado con algunos colegas escritores,
traductores, filólogos, curiosos. Me encantaría poder desprivatizar alguna charla, por ejemplo con
Pablo Ingberg o Jorge Fondebrider, pero el espacio es reducido. Ingberg, por caso, tiene razón al
expresar sus dudas acerca de cómo debemos llamar a esto que hablamos.

Hemos defendido a capa y espada que debe llamarse castellano y no español, ya que es la lengua
de Castilla y no la de Valencia o Galicia, por ejemplo. Sin embargo, es también la de Andalucía (por
cierto, una versión regional mucho más parecida a nuestra variante rioplatense) y es injusto para el
andaluz que deba hablar lengua prestada de quien impone su poder económico y se apropia del
gentilicio. Bajo ese punto de vista, “español” sería algo más justo. Fondebrider despotrica –con
hermosos argumentos– sobre la hipocresía del eufemismo: “español” o “panespañol” son
descripciones de un fenómeno complejo tan inacabadas como decir “afroamericano” para esconder
un propósito más ofensivo pero seguir explotando las ventajas económicas y políticas de esa ofensa.

Como bien me señala Ingberg –quien además es maestro en la elusión de los masculinos plurales
como genéricos y a la vez de las formas del lenguaje inclusivo, capaz de decir “quien escribe” en vez
de “lxs escritorxs”–, todos sabemos muy poco y vemos apenas una pequeña parte del manual de
uso de la lengua, que es además ciertamente el manual de uso de nuestra existencia en el mundo.

Mi humilde aporte proviene del fragor de las lenguas artificiales, esa eyaculación positivista opacada
por la broma y el desaire. En Esperanto (que se escribe con mayúscula), los descubrimientos de
estos eufemismos que esconden trampa se discuten acaloradamente una vez al año. Antes los
países se formaban en E-o (que así se abrevia) adjuntando el sufijo “-uj” al gentilicio, ya que significa
“que contiene”. Así, “hispano” era “español”, “Hispanujo” era “España”; “franco” era “francés”,
“Francujo” era Francia. Mas en un congreso se advirtió que España incluía también a vascos o
valencianos y que la idea de “contenedor” era un eufemismo inadecuado. Lo que estaba bien para
“piro” (pera) al producir “pirujo” (peral, lo que contiene a las peras) no produce el mismo efecto con
personas, identidades, lugares, masacres, conquistas, deudas externas. Lo resolvieron en un
santiamén, inventando otro sufijo antes inexistente: “-io”. Ahora se dice “Hispanio”, que no significa
nada más que el nombre geográfico del país, un pedazo de mapa visto desde la Luna, sin
connotaciones de posesión ni nada parecido. La pregunta es: ¿borra esta decisión gramatical la
condición de dominación? La respuesta es: no, para nada. En esa estamos.

Diario Perfil, 27-04-2019